jueves, 28 de julio de 2016

Comentario a las lecturas del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 31 de julio de 2016.

El mensaje bíblico de hoy es una invitación a relativizar en nuestro corazón valores como el dinero -que es el que hoy directamente se nombra-, pero también otros como el poder, el éxito, el prestigio, el placer, la buena vida. La tentación de la avaricia, de la ambición exagerada, de la idolatría de la riqueza, van directamente contra el primer mandamiento: "no tendrás otro Dios más que a mí".

La primera lectura  es del libro del Eclesiastés  (Ecl 1,2; 2,21-23). Eclesiastés o Cohelet que es el término con que los judíos designaron al libro sapiencial que sigue en la Biblia a Proverbios. Es el apelativo que el mismo texto sagrado da al autor de las sentencias que en él se contienen. Los LXX lo tradujeron por Εκκλησιαστής, vocablo en que se inspiró San Jerónimo para darnos el título con que ordinariamente lo designamos los cristianos.
Vanidad de vanidades y todo vanidad es el pensamiento con que el Eclesiastés abre su libro, el que irá aplicando a lo largo del libro a aquellas cosas que prometen al hombre la felicidad, y con el que pondrá punto final a su obra. "Si los poderosos — comenta San Juan Crisóstomo —, los que gozan de autoridad, comprendieran la verdad que esta sentencia del sabio encierra, lo escribirían en todas las paredes y en sus mismos vestidos; en las portadas de sus casas la harían grabar. Porque son muchas las meras apariencias, las imágenes falsas que engañan a los incautos, es preciso recordar cada día este verso saludable, y en los banquetes y en las reuniones susurrarlo cada uno a su prójimo y escucharlo con gusto de él, porque realmente vanidad de vanidades y todo vanidad." (San Juan Crisóstomo.  Paraenetica ad Eutropium).
"¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?".  Nuevas consideraciones convencen a Cohelet de la vanidad de las riquezas.           En primer lugar, quien trabajó, tal vez con sudores, cuando llega la hora de la muerte, tiene que dejar el fruto de sus trabajos a sus herederos, sin que pueda llevarse más allá del sepulcro nada de cuanto con sus afanes logró acumular.
Es el pensamiento que frecuentemente tortura a quienes consumieron su vida en el afán de conseguir bienes terrenos. Pero hay además incertidumbres que aumentan esa desilusión: ¿irán a parar sus riquezas a manos de un sabio, que hará con ellas honor a sus antepasados, o a las de un necio, que disipará en poco tiempo la herencia que sus padres le legaron? Esto último acaeció a Salomón con su hijo Roboam, a quien el Targum aplica estos versos.
"Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo". No solo la codicia le obsesiona, igualmente le desilusiona el pensamiento de que riquezas conseguidas con su inteligencia y destreza sean heredadas tal vez por quienes no pusieron en su consecución ni el más mínimo esfuerzo.

El responsorial es el salmo 89 (Sal 89,3-6.12-17)  Es uno de los llamados salmos reales. Estos salmos tienen dos modalidades: algunos salmos que hablan sobre el rey de Israel y otros que muestran la realeza divina. La tradición de ambos grupos de salmos es davídica en el sentido de que se apoya tanto en la elección divina del Rey David como en la promesa que Yahveh le hizo sobre la perpetuidad de su dinastía. Inicialmente usados para la consagración de reyes o para ceremonias reales, con la caída de la monarquía son reutilizados en sentido mesiánico. Los más representativos son el Salmo 2, el 45, el 89 y el 110 (para los directamente relacionados con la dinastía davídica).
En este salmo, un himno al Señor rey del universo (vs. 1-18) y una evocación de las promesas hechas a David y a su descendencia (vs. 19-37) sirven de base para una súplica en favor del rey (vs. 38-52). El salmo fue compuesto probablemente hacia fines de la época de los reyes, cuando el creciente poderío de Babilonia se había convertido en una grave amenaza para el reino de Judá.
El hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos la vieja sabiduría sobre la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia.
"Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación".
El salmista se presenta en el escenario, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los siglos pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones humanas. En efecto, necesitábamos una roca porque las generaciones subían y bajaban como las olas, y la vida era un perpetuo movimiento como las entrañas del mar.
Y, por encima de las estaciones y vaivenes, el Señor estuvo con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El estaba -estuvo-- en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el fondo de nuestros sueños como confidente; y, desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados, apenas conseguimos rescatarlo a El como un ser familiar con el típico encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías. Nuestro refugio de generación en generación.
En medio de ese remolino de contrastes en que se mueve el salmista, la impresión, entre tantas impresiones, que más vigorosamente resalta el salmo 89 es la de la caducidad de la realidad humana y, en general, de toda la realidad, frente a la consistencia de Dios. Todo, en el salmo, está en una mezcla confusa: las leyes biológicas junto a las iras divinas, el vacío, el silencio, el olvido.
"Mil años en tu presencia
son un ayer que pasó,
una vela nocturna...
"(Sal 89,4)
"Enséñanos a calcular nuestros años
para que adquiramos un corazón sensato
"(v.12).
El Señor nos enseña a «contar nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo, «entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12).
Sabiduría de corazón. ¿En qué consiste ella? En «conocer mi fin» y «la medida de mis años» para comprender «lo caduco que soy», y en «calcular nuestros años» para, de esta manera, adquirir un «corazón sensato». He ahí la fuente y el camino de la sabiduría.
Corazón sensato es el de aquel hombre que tiene una visión objetiva sobre todo su entorno, dispone en su mente de la medida de las cosas y sabe aplicar, cuando corresponde, la ley de la proporcionalidad. Por lo demás, es capaz de hacer una correcta distinción entre lo verdadero y lo ficticio, entre la apariencia y la realidad. En suma, sabe que la verdad consiste en saber que todo lo humano es caduco.
"Por la mañana sácianos de tu misericordia
y toda nuestra vida será alegría y júbilo
" (v. 14)
Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. Hemos buscado al salmista y lo hemos encontrado acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, hostigado por los rayos divinos, verdaderamente en el ojo de la tempestad.
Todas las verdades, proclamadas fragorosamente en la primera parte del salmo, siguen y seguirán en pie, pero la Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».
Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la saciedad total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como papelitos se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).
Las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en saciarse, verbo eminentemente vital, casi vegetativo. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza.
Dios hace estos prodigios, no el Dios de la venganza, que ya «murió» sobre el monte de las bienaventuranzas, sino el Dios de las Misericordias, el verdadero Dios, Aquel que nos reveló Jesús.
Después de beber este «vino», los días y los años que se abren ante nuestros ojos estarán colmados de alegría (v. 15). Y el salmo acaba con una estrofa en que una esperanza invencible llena por completo y guarda nuestro futuro. Lo diré con la traducción de la Biblia de Jerusalén:
"Aparezca tu obra ante tus siervos
y tu esplendor sobre tus hijos.
La dulzura del Señor sea con nosotros.
Confirma tú la acción de nuestras manos"
(vv. 16-17).

En la segunda lectura  continuamos con la carta a los colosenses (Col 3,1-5.9-11). San Pablo nos invita a buscar las realidades de arriba. El texto, de hondas resonancias pascuales, contrapone, los bienes de arriba y los bienes de abajo, de acuerdo con la simbología que contrapone con esquemas geográficos o espaciales los valores trascendentes e imperecederos con los intrascendentes y perecederos.
La actitud equilibrada del cristiano de hoy y de siempre, le viene dictada por la realidad que ha surgido en él con su bautismo. Resucitado con Cristo, debe buscar las realidades de arriba Ahí reside el sentido de su vida.
El cristiano es un hombre nuevo, rehecho sin cesar por el Creador a su imagen para irle conduciendo al verdadero conocimiento.
Si hay que hacer desaparecer lo vicios que S. Pablo enumera, entre los que subraya el deseo de placer y el culto a los ídolos, es por lograr el conocimiento verdadero que conduce a la gloria. Buscar las realidades de arriba no es únicamente un consejo moralizante de S. Pablo, sino una consecuencia de toda una ontología nueva: pertenecemos al Reino de arriba; es por tanto normal que estemos libres de las convulsiones y preocupaciones del hombre viejo.
Pablo amplía la perspectiva del texto que nos presenta el evangelio: junto a la codicia, cita otras maneras de matar el espíritu, sobre todo la fornicación. Eran dos vicios que en el mundo pagano dificultaban la praxis del espíritu evangélico, por lo que Pablo apela al orden nuevo que ha establecido en el mundo la resurrección de Jesús. La Pascua establece una escala de valores y propicia el sentido de la vida humana que se afianza en la búsqueda del Reino y en la construcción de un hombre a la medida de Cristo.
Tan cierto es esto que, si se viviera a fondo el Evangelio, debieran desaparecer, postula Pablo, hasta las grandes diferencias raciales, sociales y religiosas sobre las que se asentaba la vida del imperio romano.

El evangelio  es de San Lucas (Lc 12,13-21 ). Este texto es parte del cap. 12, en el que San Lucas, reuniendo fragmentos de tradición, compone una instrucción para los discípulos. Jesús reclama una confesión intrépida (12,1-12), libertad frente a los bienes de la tierra y frente a la ansiosa preocupación por la vida (12,13-34), vigilancia y fidelidad con vistas al Señor que ha de venir, que obliga a una decisión (12,35-53).
El discípulo de Jesús debe adoptar la debida posición frente a estos bienes. Jesús se niega a hacer de árbitro en una cuestión de repartición de herencia (12,14), pone en guardia contra la avidez y la codicia (12,15) y con una parábola muestra cómo se asegura verdaderamente la vida (12, 16-21).
"Díjole uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. 14 Pero él le contestó: ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? El hombre del pueblo acude a Jesús, al que trata como a doctor de la ley, a fin de que en el asunto de su herencia dé un dictamen y con su autoridad ejerza influjo sobre su hermano injusto. Jesús es considerado como acreditado doctor de la ley, que se presenta y actúa con autoridad.
Cuando las gentes acuden a Jesús con sus miserias del cuerpo y del alma, lo halla dispuesto a socorrerle. En cambio, el hombre que se presenta con su pleito hereditario tropieza con una repulsa. ¡Hombre! Aquí esta palabra suena áspera y dura. Jesús no quiere ser juez ni árbitro en los asuntos de los hombres. En su obrar se inspira Jesús en las decisiones expresadas por la palabra de Dios en la Sagrada Escritura. La palabra de la Escritura le muestra también los inconvenientes que tiene el constituirse árbitro en tales asuntos.
Con su palabra se niega Jesús a intervenir para poner orden en las condiciones perturbadas de este mundo y a decidir con su autoridad en favor de este o del otro orden social. Su misión y la conciencia de su vocación que le da la voluntad de Dios, la dejó ya bien establecida reiteradamente al comienzo de su actividad en Nazaret y todavía antes en la tentación en el desierto. Ha sido enviado para anunciar a los pobres el Evangelio, para llamar a los pecadores (5,32), para salvar a los que estaban perdidos (19,10), para dar su vida en rescate (Mc 10,45), para traer al mundo la vida divina (Jn 10,10).
"Entonces les dijo: Guardaos muy bien de toda avidez, pues no por estar uno en la abundancia, depende su vida de los bienes que posee". La vida es un don de Dios, no es fruto de la posesión o de la abundancia de bienes de la tierra y de la riqueza. De hecho, no es el hombre el que dispone de la vida, sino Dios.
Jesús después con la parábola del laburador avaricioso, presenta gráficamente lo que se ha expresado con la sentencia: la vida no se asegura con los bienes. El rico labrador revela su ideal de vida en el diálogo que entabla consigo mismo: vivir es disfrutar de la vida: comer, beber y pasarlo bien; vivir es disponer de una larga vida: para muchos años; vivir es tener una vida asegurada: ahora descansa ¡Ética del bienestar! ¿Cómo puede alcanzarse este ideal de vida? Almacenaré: hay que asegurar el porvenir. Varían las formas de esta seguridad. El labrador edifica graneros. ¿El moderno hombre de negocios...? La economía de este labrador no tiene otro sentido que el de asegurar la propia vida.
La entera forma humana de proyectar flaquea. El hombre no tiene en su mano la vida como dueño y señor. No puede contentarse con hablar consigo mismo: Dios interviene también en el diálogo. Este hombre debería también tratar con otros hombres, pero le importan tan poco como Dios mismo. El hombre es insensato si piensa así, como si la seguridad de su vida estuviera en su mano o en sus posesiones. El que no cuenta con Dios, prácticamente lo niega, y es insensato. Que nuestra vida no se asegura con la propiedad y con los bienes lo pone al descubierto la muerte. Te van a reclamar tu alma: los ángeles de la muerte, Satán por encargo de Dios. ¡Esta misma noche! El rico había contado con muchos años.
Así comenta San Agustín esta fragmento de la liturgia de hoy: " Si careces de codicia, todo será tuyo
Jesucristo que otorga el amor, recrimina la codicia. Quiere arrancar el árbol malo y plantar el bueno. Del amor mundano no brota ningún fruto bueno, del divino ninguno malo. Son estos los dos árboles de los que dijo el Señor: El árbol bueno no produce frutos malos; en cambio, el malo los da malos (Mt 7,17). Nuestra palabra, cuando procede de Dios, el Señor, es la segur puesta a la raíz del árbol malo. La misma palabra del evangelio leído hirió a los malos árboles; pero poda, no tala. Sábete que no te conviene lo que no quiere que tengas el que te creó. El Señor no quiere que haya en nosotros codicia mundana.
Nadie, por tanto, diga: «Busco lo. mío, no lo ajeno». Guárdate de toda codicia (Lc 12,15). No ames demasiado tus bienes que pueden perecer, pues perderás sin duda los imperecederos. «Yo -dices- no quiero ni perder lo mío, ni apropiarme de lo ajeno». Esta excusa o pretexto es señal de cierta codicia, no gloria del amor. Del amor se dijo: No busca las cosas propias, sino lo que interesa a los demás (1 Cor 13,5; Flp 2,4). No busca su comodidad, sino la salvación de los hermanos. Pues si prestasteis atención y os disteis cuenta, también buscaba su propio interés, no el ajeno, aquel que solicitó apoyo del Señor. Su hermano se había llevado todo el patrimonio dejándole sin la parte que le correspondía. Vio al Señor justo —no podía haber encontrado mejor juez— y requirió su ayuda diciéndole: Señor, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia (Le 12,13). ¿Hay algo más justo? «Que tome él su parte y me deje a mí la mía. Ni todo para mí, ni todo para él, pues somos hermanos».
Si, en cambio, viviesen en concordia, tendrían siempre la totalidad de la herencia, pues lo que se divide disminuye. Si viviesen concordes en su casa, como cuando estaba en vida su padre, cada uno lo poseería todo. Si, por ejemplo, tuviesen dos fincas, las dos serían de ambos, y a quien preguntase por ellas ellos responderían que eran suyas. Si preguntares a uno de ellos de quién era la finca, te respondería: «Nuestra». Y, si siguiesen preguntando: «¿De quién es la otra?», respondería de igual forma: «Nuestra». Si cada uno se quedase con una, disminuiría la posesión y cambiaría la respuesta. Si preguntases entonces: «¿De quién es esta finca?», te respondería: «Mía». —«¿Y la otra?»—. «De mi hermano». No adquiriste una, sino que perdiste la otra, porque dividiste la herencia. Como le parecía que era justa su codicia, puesto que reclamaba su parte en la herencia y no deseaba la ajena, como presumiendo de lo justo de su causa, pidió el apoyo del juez justo. Pero. ¿qué le respondió? Di, ;oh hombre!, —tú que no percibes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres—, ¿ quién me ha constituido en divisor de la herencia entre vosotros? (Lc 12,14). Le negó lo que le pedía, pero le dio más de lo que le negó.
Le pidió que juzgase sobre la posesión de la herencia, y Jesús le dio un consejo sobre el despojo de la codicia. ¿Por qué reclamas las fincas? ¿Por qué reclamas la tierra? ¿Por qué tu parte en la herencia? Si careces de codicia lo poseerás todo. Ved lo que dijo quien carecía de ella: Como no teniendo nada y poseyéndolo todo (2 Cor 6,10). «Tú, pues, me pides que tu hermano te dé tu parte en la herencia. Yo —respondió— os digo: Guardaos de toda codicia. Tú piensas que te guardas de la codicia del bien ajeno; yo te digo: Guardaos de toda codicia. Tú quieres amar con exceso tus cosas y, por tus bienes, bajar el corazón del cielo; queriendo atesorar en la tierra, pretendes oprimir a tu alma». El alma tiene sus propias riquezas como la carne tiene las suyas". (San Agustín. Sermón 107 A, 1)

Para nuestra vida.
Una vez más la liturgia dominical nos centra con enorme sabiduría nuestro propio y deseable camino. Cuando Dios creó al mundo y al hombre quiso que hubiera un desarrollo armónico. El trabajo produce bienestar y riqueza. No se trata –por supuesto—de que todos vivamos en el desierto vestidos de saco.

El Libro de Eclesiastés habla de la vanidad y es este defecto lo que lleva a mucha gente a la persecución de distinciones y riquezas. La primera lectura nos ha planteado el tema de la consecución de las riquezas que supone destreza y esfuerzo prolongado; su posesión no está exenta de angustia y temor ante la posibilidad de que un azar desfavorable las arrebate; y la incertidumbre sobre la suerte de tantos trabajos y ansiedades es causa de profunda desilusión. Evidentemente, el afán por las riquezas es también vanidad e intentar perseguir el viento: "Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad".
Nos encontramos todavía en el ambiente del Antiguo Testamento, en que las perspectivas del más allá permanecían aún en la oscuridad para los autores sagrados. Nosotros sabemos que los trabajos humanos, aun privados de éxito material, ofrecidos por un motivo sobrenatural por quienes viven en la amistad de Dios, contribuyen a una eternidad más feliz. El libro del Eclesiastés viene a ser, en sentido negativo, una preparación para la revelación del Nuevo Testamento. La constatación de la vanidad de las cosas del mundo y su incapacidad para llenar las ansias de felicidad que el Creador ha puesto en el corazón humano, hace añorar bienes superiores y lo preparan para la revelación de los mismos, que comienza con los últimos libros del Antiguo Testamento y se culmina con las enseñanzas de Jesucristo en el Evangelio. Nosotros ya tenemos la revelación plena de Dios, por ello mayor es la certeza de lo que nos interesa.

El salmo responsorial de este domingo, nos da una clara pista de quien es nuestro refugio seguro, de generación en generación. Esta vivencia no es posible sin un corazón sensato. Un corazón sensato sabe que es locura llorar hoy por cosas que mañana no son, sabe que los disgustos se los lleva el viento (¿para qué sufrir?), que la vida es flor de un día, que la gloria es sonido de flauta cuyo final es el silencio, que la moda es lo que muda, que la caducidad es la verdad, que la transitoriedad es la verdad, que las apariencias son la mentira, que sufrimos y agonizamos por la mentira de las cosas, que la apariencia nos seduce y tiraniza, nos obliga y doblega, por todo lo cual vivimos obsesionados, temerosos y tristes.

La segunda lectura da pistas de para quien y para qué  hay que vivir "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo… aspirad a los bienes de arriba... dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros… despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo. San Pablo dirige a los Colosenses  palabras claras y exigentes, también son para todos nosotros, los cristianos. Venimos a este mundo con un cuerpo que tiene mucha inclinación al mal, porque es un cuerpo material y materialista, apegado a los bienes de la tierra.
San Pablo nos previene de la avaricia. "La avaricia que es una idolatría". El dinero es un ídolo de nuestro tiempo, que está ahí, conviviendo con nuestras creencias y haciéndose sitio. Es muy importante que el cristiano piense en su posición exacta respecto a las riquezas y cuál es el sitio que esas riquezas ocupan en su corazón. Pablo habla también en esa misma frase de la Carta, de la "impureza, la pasión y la codicia". No es cuestión de pasarlo por alto y ya dijimos en nuestro editorial de la semana pasada que el seguidor de Cristo tiene que aceptar la castidad que marca su estado, pero, asimismo, San Pablo enfatiza con el término idolatría --terrible pecado para él y para su tiempo-- el de la avaricia.
San Pablo nos da la pista positiva para vivir, así nos recuerda que por el bautismo hemos sido convertidos en hombres nuevos,  revestidos de gracia y santidad, pero el cuerpo sigue estando ahí con todas sus inclinaciones y pasiones. Cada día debemos esforzarnos para que el hombre nuevo que surgió en nuestro bautismo se parezca un poco más a Cristo. Es muy difícil vivir como hombre nuevo, como verdadero cuerpo de Cristo, y no lo seremos del todo hasta después de resucitados. Por eso, cada día debemos intentar, como nos dice el apóstol, dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros: impureza, pasión, codicia, avaricia, idolatría.
Si bien Pablo recuerda a los cristianos sus deberes morales -lo hace generalmente al final de sus carta-, anuncia, aclara y explica por qué los cristianos debemos vivir con una vida distinta. Para Pablo, Jesucristo muerto y resucitado es el comienzo de un nuevo orden social y religioso, a pesar de que ni él ni los demás cristianos de su época llegaron a entrever el cambio que se podría producir si esos criterios se hubieran llevado a la práctica. Hoy lo vemos más claro, con la desaparición de la esclavitud y una mayor justicia social; entonces, hubiera sido una utopía encontrar la aplicación total del Evangelio a nivel político-social, pero el principio que lentamente cambiaría la historia de occidente fue postulado con suficiente claridad. Pues en esa utopía continuamos llamados a caminar.

En el evangelio el mismo Jesús nos previene: "Guardaos de toda codicia". Es la codicia la que cambia nuestros corazones. En este mundo de hoy un cristiano va a medir bien su posición de auténtico seguimiento al Maestro al evaluar su "enganche" con el dinero y su nivel de codicia. Todo el entorno está lleno de adoración por el dinero. El consumismo ha ido complicándose no solo por el deseo de tener muchas, sino además por tenerlas de marcas con alto precio. Una de las mayores estupideces que pueden existir es pagar el doble o el triple por algo que siendo igual que el resto "se distingue" por su "imagen".
Debemos meditar muy en serio sobre nuestra posición respecto a las riquezas y a la codicia. La riqueza que el hombre acumula para sí, con la que quiere asegurarse la existencia terrena, no le aprovecha nada. Tiene que dejársela aquí, en manos de otros. Sólo el que se hace rico ante Dios, el que acumula tesoros que Dios reconoce como verdadera riqueza del hombre, saca provecho. El querer el hombre asegurar nerviosamente su vida por sí mismo lleva a perder la vida, sólo la entrega a Dios y a su voluntad la preserva. ¿Cuáles son los tesoros que se acumulan con vistas a Dios?
Puede pasar desapercibida desde el punto de vista cristiano esa mala inclinación, porque en pocas ocasiones se considera como pecado el mal uso de las riquezas. Y, sin embargo, la terrible inestabilidad de este mundo surge de ahí. Los pueblos ricos explotan a los pobres. Y los hombres ricos precarizan el trabajo de otra gente para tener más riquezas. La oposición del cristianismo al mal uso de las riquezas o a la explotación económica no es un invento moderno de los cristianos progresistas. Hay muchos ejemplos, pero, tal vez, merece la pena leer en estos momentos algunos párrafos de la Carta de Santiago donde se dice: "El jornal de los obreros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los lamentos de los segadores han llegado a Dios todopoderoso" (Sant. 5, 4)
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

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