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sábado, 18 de julio de 2020

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2020

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2020
Las lecturas de hoy tienen como hilo conductor la cercanía bondadosa y activa de Dios en nuestro peregrinar terrenal. Así nos muestran el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre.
La lectura del Antiguo Testamento nos indica con claridad qué es lo que, sobre todo, debe retener y centrar nuestra atención: la larga paciencia de Dios, su juicio indulgente, el don de la conversión para quienes han pecado:  ". diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores." Sb 12,19(
San Pablo  afine aún más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.
El evangelio al hablar de la cizaña, solo se nos pide el reconocimiento de la existencia de la misma, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda.

La primera lectura es del libro de la Sabiduría (Sb 12, 13. 16-19) Este pasaje forma parte de la reflexión sapiencial sobre los castigos infligidos por Dios a los cananeos (v. 12). Es parte de los "juicios históricos" de los caps. 11-12 y 16-19 que comentan, de forma midrásica, los relatos de las plagas del libro del Éxodo. Dos fuerzas antagónicas se enfrentan, Israel y Egipto, y el Señor es el juez que emite su veredicto. El Dios de Israel no puede permanecer indiferente a la historia de su pueblo sino que en ella manifiesta su fuerza, su poder, su justicia.
-"Justicia, juicio y poder" son tres palabras que el autor de este libro repite machaconamente mientras exhorta a los poderosos de este mundo a la praxis de la justicia... Y una duda asalta la mente del autor: ¿Dios es justo? Entonces, ¿por qué castiga a la gente cananea que es inocente? Pase el que Dios castigue al Egipto opresor, pero ¿qué pecado han cometido los pobres cananeos para que su territorio sea invadido? ¿No es un abuso del poder divino? El autor trata de responder a estos interrogantes en  los vv. 12. 13-21
Dios no actúa con moderación por miedo o debilidad, sino por su gran misericordia, pues Yahvé es el único Dios que juzga de todo y no tiene que dar cuentas a nadie de su proceder, pero quiere demostrarnos que sabe juzgar con justicia. El poder de Dios no es un motivo para que obre como un tirano, arbitrariamente; por el contrario, es el fundamento de su serena justicia. Su poder sólo se hace sentir contra los que le desafían estúpidamente.
Dios es tan poderoso para cumplir sus planes que no necesita aliarse con la injusticia y recurrir al terror. "Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos" (V. 16).Por eso castiga con moderación incluso a pueblos extraños. Con mayor razón tratará con indulgencia a su pueblo Israel. El rigor excesivo no es propio de Dios, pues es la señal más clara de la debilidad de los tiranos.
Obrando así, Dios enseña que "el justo debe ser humano". La justicia deja de serlo cuando no se deja aconsejar por la misericordia. Dios no se precipita en sus castigos y da lugar al arrepentimiento, "concedes el arrepentimiento a los pecadores" (V. 19), pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
El autor aplica estos principios a los hechos concretos y distingue en Dios dos comportamientos.
*Dios se muestra fuerte y severo con quienes no creen en su soberano poder, siguiendo la conducta de los paganos; y también con los que creen, pero viven como si no creyeran, siguiendo la conducta de los judíos apóstatas (Rom 1, 21). Dios castiga el orgullo de una vida descreída y la insensatez de una conducta ilógica.
*Dios se muestra condescendiente y bondadoso con quienes reconocen su omnipotencia divina y obran en consecuencia. Dios gobierna a los hombres con moderación e indulgencia, porque es poderoso y sabe que, con sólo quererlo, puede recurrir a su fuerza y su severidad.
Esta conducta de Dios enseña a su pueblo dos cosas.
*A ejemplo de la sabiduría debe mostrarse humanitario, y esto no sólo con sus hermanos de raza, como prescribía la ley israelita, sino con todos los hombres. Es un jalón importante en el camino hacia el amor universal del Evangelio (Mt 5, 43-48).
*Nunca debe perder la esperanza, pues siempre hay lugar para el arrepentimiento y el perdón.

El responsorial es el salmo 85, (Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a ). Este salmo , nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu.
El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).
El salmista, que se define también "fiel" del Señor ( v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.
 El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).
En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (vv. 8-13).
Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).
El salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.
Aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado.

La segunda lectura de la carta del apóstol San Pablo a los romanos (Rom 8, 26-27) Este texto, es un buen complemento a las parábolas del Reino.
No sólo gime el universo y gemimos nosotros, sino que también es el Espíritu mismo quien gime. El Espíritu, en nuestro interior expresa mucho más intensa y vivamente que nosotros mismos este anhelo de vida y plenitud que es el Reino. ¿Cómo podríamos vivir lo que vivimos, sentir lo que sentimos, anhelar lo que anhelamos, si no fuera por el Espíritu que hay en nosotros?
La humanidad vive un continuo parto, ilusionada con dar a luz una criatura perfecta. Pero su debilidad radical (el egoísmo, el vivir para sí) puede más que su ilusión y por eso sus parto es trabajoso y decepcionante.
Como parte integrante de la humanidad, los cristianos vivimos la grandeza y la miseria de esa misma humanidad. Demasiadas veces los cristianos experimentamos la debilidad (v. 26), es decir, el egoísmo paralizante, que encierra en uno mismo borrando todo horizonte e imposibilitando toda colaboración en la tarea de creación de una nueva criatura. 
"nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". (V 26). Los "gemidos inefables" son los sentimientos y vivencias internas, de los que nosotros mismos no somos demasiado responsables ni a un conscientes, pero que nos abren a Dios.
El segundo versículo subraya el modo  de ser del Espíritu en nosotros.
Por una parte el modo de ser para el Espíritu en sí, y ese Espíritu que está presente en nosotros y nos impulsa a actuar de modo determinado. Muchas veces ni nos damos cuenta de El. Pero Dios se está comunicando con nosotros. Algo así como si fuésemos una especie de espejo del propio Dios cuando el Espíritu actúa.
Dentro de la vida en el Espíritu un tema particularmente importante es el de la oración. La condición cristiana no supone una total transformación del hombre, sino que continúa con aspecto de debilidad. Sobre todo cuando se trata de la comunidad con Dios. Es punto donde se hace más sensible la importancia del hombre que ha de ser suplida por el propio Espíritu.
Demasiadas veces se da por supuesto que podemos organizar y podemos establecer nuestra oración. Que es cuestión de adecuada preparación y buena voluntad. Sin duda es importante tener habito de oración, pero no puede bastar cuando se trata de ponerse en comunicación con el Señor. Fijémonos en nuestras peticiones  y sus resultados prácticos. Frecuentemente no conseguimos lo que pedimos . Y ello no se debe a falta de interés por parte de Dios, sino a que quizá no hemos sabido pedir lo que nos conviene.
Si somos sinceros con nuestra vida espiritual, nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada cn la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.

Aleluya Mt. 11, 25 "Bendito seas, padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

El evangelio es de  San Mateo (Mt 13, 24-30) El pasaje del Evangelio de S. Mateo que proclamamos hoy, es denso y nos invita a recorrer varios caminos de reflexión.
San Mateo, reagrupa diversas parábolas que están todas unidas por un significado semejante: el juicio final, cuando el Reino haya llegado a su madurez. Al final de este pasaje del Evangelio, encontramos una breve explicación del uso que Cristo hace de las parábolas y el comentario que el mismo Jesús hace para sus discípulos de la parábola de la cizaña.
La parábola de la cizaña ocupa el puesto central. El comentario nos lo da el mismo Jesús. Pero la explicación se complementa en las otras dos parábolas, de las cuales una expresa en qué consiste el crecimiento del Reino, semejante a un grano de mostaza que es la más pequeña de las semillas y sin embargo se convierte en un árbol grande, y la otra muestra el Reino mediante la comparación con la levadura que hace que fermente la masa.
Si Jesús se expresa en parábolas es para realizar lo que decía el Profeta: "Hablaré en parábolas y proclamaré las cosas ocultas desde los orígenes". En realidad no es posible identificar a qué profeta alude S. Mateo, pero encontramos este texto en el salmo 78, 2: "Voy a abrir mi boca en parábolas, a evocar los misterios del pasado". Las "cosas ocultas" desde los orígenes, son sin duda los misterios del Reino que solamente se revelan a los discípulos.
Dos parábolas mas nos presenta el texto evangélico: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura en la masa nos muestran otro aspecto del modo de proceder de Dios. El Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza; sin embargo, su energía es tal, que termina por doblegar lo que aparece como fuerte. La fuerza del Reino no tiene que ver nada con la fuerza de los hombres; es un concepto distinto. Las dos parábolas sobre el Reino subrayan sobre todo el lento trabajo de crecimiento del Reino de los cielos. Podría decirse: el inexorable crecimiento del Reino en el que no interviene el hombre. El poder de Dios es el único que ha creado todas las cosas y está sustentando este crecimiento que nadie puede detener; mientras, los hombres viven practicando la justicia o inspirados por el mal. Pero el Reino continúa creciendo, animado por la levadura de Dios, hasta que llegue a la madurez.
Se adivina, bajo estas dos parábolas descriptivas del Reino, la larga paciencia creadora de Dios que se encamina al perfeccionamiento de su obra, el plan de salvación concebido desde toda la eternidad en beneficio del hombre.
Esta paciencia vigilante se pone de relieve en la parábola de la cizaña que es el centro del Evangelio de hoy.
El campo ha sido sembrado de buen trigo. El Hijo del hombre ha sembrado en el mundo a los hijos del Reino. Por la noche viene el enemigo; Satanás siembra la cizaña. Y en el mundo se produce la confusión, buenos y malos crecen juntos. A las miradas superficiales se les hace a veces difícil no someter a Dios a juicio: ¿Cómo deja crecer también al mal? A veces parece que los malos están más al resguardo en su vida material que los buenos. Es un problema que se suscita todos los días y no sólo entre las gentes sencillas. Dios deja hacer. Deja crecer a los que El mismo ha sembrado, a sus hijos de adopción, a los que ha dado la gracia bautismal, a los que el Espíritu ha transformado en imágenes de su Hijo. Les deja crecer al mismo tiempo que deja que crezca también la cizaña que El no ha sembrado, que es imposible que El haya sembrado. Y espera pacientemente. El mundo tiene que recorrer su propio camino y Dios le deja seguirlo. Espera el tiempo de la cosecha; las cosas están tan mezcladas en la vida del mundo que es mejor no intervenir demasiado pronto para no machacar lo que todavía vive. Pero el Reino no deja de crecer como el grano de mostaza, como la masa en la que la levadura está actuando. El Señor aguarda a que todo llegue a su madurez.
Cuando S. Mateo escribe esto no hace caso omiso del estado de la comunidad que tiene bajo su responsabilidad. Ve que crece como el grano de mostaza, muy pequeño, pero que se convierte en árbol; cae en la cuenta de que la levadura está en la masa, pero tampoco ignora que la cizaña está mezclada con el buen trigo. Sin duda alguna, como en nuestros días, esto era un problema para sus fieles y no era sencillo calmar sus inquietudes y reanimar la fe en la Providencia de Dios. El objetivo del Evangelista es mostrar la dinámica del Reino, a pesar de los enemigos, a pesar de los pecados y, al mismo tiempo, ayudar a su comunidad a reflexionar sobre sus responsabilidades mientras espera el día de la cosecha.

Para nuestra vida
La primera lectura es del libro de la Sabiduría. Este  es el último libro del Antiguo Testamento. En el fragmento que leemos hoy se nos dice que el Dios de Israel mira siempre a sus hijos con una mirada misericordiosa, dispuesto a perdonarle todos sus pecados. Aplicando este texto a cada uno de nosotros, es consolador escuchar que nuestro Dios nos juzga siempre con moderación y gobierna nuestras vidas con gran indulgencia. Esta certeza en un Dios que nos ama y nos perdona debe acrecentar nuestro amor a él y debe ahuyentar de nuestras almas el miedo y la desesperación. Por supuesto que el saber que Dios nos va a perdonar siempre no debe permitir que se introduzca en nuestras vidas la laxitud y la tibieza espiritual, sino todo lo contrario. Precisamente, porque sabemos que Dios nos ama y nos perdona, debemos nosotros amarle a él y no hacer nada que le desagrade. Ante Dios no debemos ser ni miedosos, ni escrupulosos, ni abandonados y espiritualmente tibios. Un buen hijo siempre quiere amar a sus padres buenos y hace todo lo que puede para no ofenderles. Saber que Dios es clemente y misericordioso, como nos dice el salmo, debe elevar nuestro corazón hacia él y decirle “Señor, mírame, ten compasión de mí”
El texto hace referencia al poder humano que suele ser opresivo, dictador, porque es limitado y se teme que otros nos lo puedan arrebatar. Por eso se manda cerrar filas para no dejárselo quitar. El fiel de turno será premiado; el díscolo, condenado al ostracismo; el sumiso, que suele ser tonto, es ascendido, mientras que el crítico y listo es marginado. No importa el bien de la comunidad, sino la manutención del poder. ¿Se puede gobernar así a una comunidad, ya sea religiosa o política? -Y como el poder divino es ilimitado, por eso excluye el miedo (v. 13) y lleva a la compasión. Y amor y compasión no pueden conjugarse con la injusticia y el oportunismo... Por su poder ilimitado el Señor es fuente de misericordia y perdón (v. 18). Todo juicio de Dios en la historia da tiempo a la conversión, incluso la busca, la provoca.
"Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano..." (19). Poder, justicia, compasión. Términos difíciles de conjugarlos con nuestra vida... y por eso convertimos nuestro planeta en un antro de injusticias y en el reino de intransigencia, de desesperación, de luchas, de rencor...
-"El justo debe ser humano". Dios es humano, más humano que nosotros, y perdona a todos. Y no solamente "porque puede hacer cuanto quiere", sino porque nos ha creado, nos conoce y nos ama: "nos amó primero' (1 Jn 4. 10). El contacto con Dios sólo nos puede humanizar: "amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4. 7-8).

El salmo nos invita a una oración confiada en la bondad de Dios. "Tú, Señor, eres bueno y clemente", dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón "humilde y contrito".
Así comenta el Papa San Juan Palo II este salmo:
Oración a Dios ante las dificultades . 1. El salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf. v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.
Sigamos ahora esta plegaria que la Liturgia de las Horas nos propone al inicio de una jornada que probablemente implicará no sólo compromisos y esfuerzos, sino también incomprensiones y dificultades.
2. El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf. vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34, 6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).
En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf. vv. 8-13).
3. Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).
En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.
4. En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado (cf. vv. 12-13; Sal 15, 10-11).
El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).
San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano. La traducción latina, en el versículo 2, de acuerdo con la versión griega de los Setenta, en vez de "fiel" usa el término "santo": "protege mi vida, pues soy santo". En realidad, sólo Cristo es santo, pero -explica san Agustín- también el cristiano se puede aplicar a sí mismo estas palabras: "Soy santo, porque tú me has santificado; porque lo he recibido (este título), no porque lo tuviera; porque tú me lo has dado, no porque yo me lo haya merecido". Por tanto, "diga todo cristiano, o mejor, diga todo el cuerpo de Cristo; clame por doquier, mientras sufre las tribulaciones, las diversas tentaciones, los innumerables escándalos: "protege mi vida, pues soy santo; salva a tu siervo que confía en ti". Este santo no es soberbio, porque espera en el Señor" (Esposizioni sui Salmi, vol. II, Roma 1970, p. 1251).
5. El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85, 9). Y san Agustín comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo" (ib., p. 1269).
Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas" . ( San Juan Pablo II. Audiencia general del día 16-X-2002).

De la segunda lectura resuenan las palabras paulinas: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene".
Esta debilidad se refiere, sobre todo, a nuestra falta de sentido espiritual, a nuestra falta de esperanza. Porque la tensión tan intensa que sentimos entre lo que tenemos en nuestras manos como un comienzo y primicia y lo que será definitivo pero todavía no lo tenemos totalmente asegurado, no es, por su naturaleza, tranquilizante; somos demasiado débiles para soportar pacientemente esa situación. Nos sentimos incluso incapaces de la enérgica reacción que podría suponer la oración. No sabemos cómo orar. Nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada con la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.
Pidamos siempre a Dios que aceptemos su voluntad, porque es verdad que nosotros no siempre sabemos qué es lo que más nos conviene. Hagamos por nuestra parte todo lo que creemos que es mejor para nosotros y lo demás dejémoselo a Dios. Es lo han hecho siempre todos los santos y todas las personas profundamente religiosas. No siempre es fácil aceptar las desgracias personales, o familiares, o sociales, pero no echemos la culpa a Dios de lo que ocurre en nuestras vidas, o en la vida de nuestra familia, o en la sociedad. Lo malo que ocurre a los hombres casi siempre es culpa de los hombres; de nuestra maldad, o de nuestra ignorancia, o de unas leyes físicas y universales que nosotros no podemos controlar. Pidamos a Dios, como nos dice hoy san Pablo en esta carta a los Romanos, que el Espíritu nos guíe siempre al cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, nuestro Padre.
Así comenta san Agustín esta segunda lectura "Rom 8,26-27: El Espíritu gime en nosotros, porque nos hace gemir.
El gemido es propio de las palomas, como todos sabéis, y el suyo es un gemido de amor. Oíd lo que dice el Apóstol y no os extrañe que el Espíritu Santo haya querido mostrarse en forma de paloma. No sabemos -dice- orar como conviene, mas el Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26). ¿Cómo se puede decir, hermanos míos, que el Espíritu gime, siendo así que goza con el Padre y el Hijo de una felicidad perfecta y eterna? Porque el Espíritu Santo es Dios como es Dios el Padre y es Dios el Hijo. He mencionado tres veces a Dios, pero no he hablado de tres dioses. Mejor es decir tres veces Dios que tres dioses, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios como es sabido por vosotros. El Espíritu Santo no gime, pues, en sí mismo ni dentro de si mismo en aquella Trinidad, en aquella felicidad, en aquella eternidad de sustancias; gime en nosotros, porque nos hace gemir. No es pequeña cosa la que nos enseña el Espíritu Santo. Nos insinúa que somos peregrinos y nos enseña a suspirar por la patria, y los gemidos son esos mismos suspiros.
Al que le va bien en este mundo, mejor dicho, al que cree que le va bien y se goza en la alegría de la carne, en la abundancia de las cosas temporales y en la vana felicidad, ése tiene voz de cuervo. La voz del cuervo es clamorosa, no gimebunda. El que se da cuenta de la opresión de su mortalidad, y de que está alejado del Señor, y de que todavía no posee aquella felicidad prometida ahora en esperanza y luego en realidad, cuando el mismo Señor venga lleno de gloria, quien primero vino oculto por la humildad, el que se da cuenta de esto, -repito-, gime. Y mientras sus gemidos sean por esto, sus gemidos son santos. El Espíritu Santo es quien le enseña a gemir así. Es gemido que aprende de la paloma. Muchos son los que gimen por su desdicha en la tierra, o por las desgracias que los torturan, o por las enfermedades corporales que los oprimen, o por estar encarcelados o combatidos por las olas del mar o cercados en derredor por las asechanzas de los enemigos. Pero éstos no gimen como la paloma, no gimen como hace gemir el amor de Dios, como hace gemir el Espíritu. Por lo cual, esos tales, tan pronto como se ven libres de las desdichas, muestran su alegría con grandes alaridos. Eso muestra que son cuervos, no palomas. ¡Qué bien está cuando se dice que del arca salió el cuervo y no volvió, y que salió la paloma y volvió! Son las dos aves que soltó Noé. Allí había un cuervo y una paloma; ambas especies de aves estaban encerradas en aquella arca, y si el arca es figura de la Iglesia, ya veis por qué es necesario que en este diluvio del mundo encierre la Iglesia ambas especies: el cuervo y la paloma. ¿Quiénes son los cuervos? Los que buscan sus cosas. ¿Quiénes las palomas? Los que buscan las de Jesucristo". ( San Agustín. Comentario sobre el evangelio de San Juan 6,1-2)

En el evangelio de hoy encontramos  tres parábolas o comparaciones de lo que es el Reino: la buena semilla sembrada en el campo, el grano de mostaza y la levadura. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas del Reino. Jesús hablaba en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía. Demasiadas veces utilizamos un lenguaje elevado, izado y desencarnado de la realidad. Las tres parábolas de hoy, nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde.
La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra --el Verbo-- que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es una forma más de oponerse a Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal --el Maligno-- será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.
Hoy nos podemos hacer la pregunta que más se han formulado los humanos de todos los tiempos. ¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.
  Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente.
No arranquéis la cizaña, que podríais arrancar también el trigo". Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Nuestra justicia humana, una justicia según la ley, es muchas veces, una tremenda injusticia. Porque donde está la ley está la trampa, y los ricos y los poderosos corruptos tienen siempre la trampa a mano. La ley es la misma para todos, decimos, pero no todos saben, ni pueden, usar la ley para su servicio de la misma manera. Además, que cada uno de nosotros somos un mundo, y no se puede hacer una ley para cada persona, por mucho que los jueces traten de buscar las circunstancias individuales atenuantes o acusantes para cada individuo. Sólo Dios nos conoce por dentro y por fuera a cada uno de nosotros y puede juzgarnos imparcialmente. Y como Dios sabe que somos de barro, de naturaleza frágil y pecadora, nos juzga a todos misericordiosamente. Mira nuestro corazón, antes que a nuestras obras, y nos juzga como lo que realmente somos. Desde que nacemos tenemos la cizaña ya metida en el alma y, aunque en el bautismo se nos perdone la culpa y la pena de nuestra fragilidad original, la inclinación al pecado, la cizaña, nos va a acompañar mientras vivamos. ¿Qué hacer? Confiar en la misericordia de Dios y en su perdón. E intentar juzgar a los demás con amor y misericordia. Porque más de una vez somos muy exigentes con los demás y muy tolerantes con nosotros mismos. Vivimos en un mundo imperfecto, en el que el trigo y la cizaña están muy revueltos y envueltos, y no podemos juzgar precipitada e inmisericordemente a los demás. Tratemos cada uno de nosotros de ser trigo limpio y no pretendamos exterminar de golpe y arrancar lo poco o lo mucho que nosotros consideramos cizaña. Dejemos a Dios ser Dios, es decir, dejemos que Dios sea el que nos juzgue a todos.
La Iglesia puede tener la tentación de pensar que ella acapara todo el trigo y que fuera de ella no hay más que cizaña. Más de una vez la Iglesia lo ha pensado. La verdad es que fuera de la Iglesia también hay trigo y dentro de ella también hay cizaña. La frontera entre el trigo y la cizaña también pasa por el corazón de cada uno de los cristianos.
La parábola nos habla del Reino, no lo perdamos de vista. Y recalca que el dueño del campo corrige la impaciencia de los criados. Ellos querían arrancar la cizaña cuanto antes. El dueño les hace esperar hasta la hora de la siega.
Nosotros, olvidando que somos también trigo y cizaña, quisiéramos más de una vez imponer nuestros criterios en este campo que es el mundo y la Iglesia. Olvidamos que también nosotros tenemos cizaña. Olvidamos que es difícil distinguir el trigo de la cizaña. Olvidamos que detrás de la cizaña hay trigo también.
Olvidamos que no fuimos nosotros los que sembramos y que no somos nosotros los que tenemos que segar.
Y por eso surge la intolerancia, las inquisiciones, las luchas, las diferencias, las cruzadas, las penas de muerte, muchos anatemas... Cada uno creemos que la diferencia entre el trigo y la cizaña se mide según nuestros propios criterios.
Y nos da pena, y nos impacientamos o nos desesperamos al ver el campo lleno de trigo y cizaña. Y nos parece imposible que el Reino deba estar sometido a la servidumbre de tener que tolerar la presencia de la cizaña. Nos causa extrañeza, nos desalienta.
Quisiéramos medir el desarrollo del Reino según nuestros propios criterios. Nos preocupa el número, el éxito, el aplauso, las cuentas... Y nos resulta intolerable que no sea nuestro criterio el que predomine. Nos parece muy bueno el pluralismo, pero a costa de descalificar a todos los que no piensan como nosotros.
Llamamos a nuestros tiempos de pluralismo. Y nos gusta que así sea. Pero a veces nuestro pluralismo no es soportado sino a base de anatemas interiores. El pluralismo -también en la Iglesia- no nos ha educado para la convivencia social. Cada uno sigue convencido de que el trigo lo tiene él y que los demás sólo tienen cizaña.
La fe en el Reino de Dios nos pide -según la parábola- la tolerancia. Es decir, no cabe duda de que la tolerancia se basa en buena parte en la fe. No es a nosotros a los que nos toca juzgar. La justicia total llegará al final. Dios, el dueño del campo, se ha reservado el hacer justicia. Nosotros, mientras, tenemos que convivir en la comprensión, en la tolerancia, en la paz, sin anatematizar a ningún hombre, sin despreciar a nadie, sabiendo con humildad que también nosotros cosechamos cizaña en nuestro propio corazón.
Esta conclusión de tolerancia y humildad sube de tono al aplicarla al interior mismo de la Iglesia. También en la Iglesia tenemos un pluralismo muchas veces no más que soportado y lleno de anatemas interiores. Cada uno suele pensar que la recta opinión (ortodoxia) que se ha de tener hoy día en cuanto a pastoral, liturgia, moral, teología, espiritualidad, etc., es, claro está, la suya. Todos los demás, a derecha e izquierda de uno mismo, no están en la verdad exacta, que es la mía. Esta actitud que tenemos en el corazón tantos cristianos, no es ciertamente la del Reino, según la parábola.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen. com



domingo, 17 de junio de 2018

Comentarios a las lecturas del XI Domingo del Tiempo Ordinario 17 de junio de 2018

Hoy en las lecturas escucharemos palabras y anuncios acerca  del reino mesiánico anunciado por el profeta Ezequiel con la imagen del tallo que, con los cuidados del Señor, se convierte en su cedro noble, se hace realidad en el Reino de Dios que crece incontenible, a pesar de comienzos tan modestos como los de un diminuto grano de mostaza (evangelio).
El símbolo utilizado hoy es el árbol. Vayamos descubriendo los diversos matices teológicos y espirituales que este símbolo nos aporta cuando es aplicado al Reino de Dios, como se hace hoy.

Ezequiel anuncia en la primera lectura  ( Ez 17,22-24), Hacia el año 597 el rey de Babilonia, Nabucodonosor, se lleva a Joaquín (con los notables) cautivo a Babilonia, poniendo como rey vasallo suyo en Judá a Sedecías. Este, que era hermano de Joaquín juró fidelidad al rey de Babilonia, pero el año 588 rompe este juramento de fidelidad y pide auxilio al faraón Ofra. Nabucodonosor reacciona rápidamente y somete por la fuerza a Judá conquistando Jerusalén el año 586.
Teniendo presente este cuadro; podemos comprender el sentido de la lectura de hoy.El pueblo desterrado ha perdido su esperanza; entre los miembros de la comunidad cunde el desaliento. Ezequiel debe gritar: El Señor no os ha abandonado, sino que os va a colmar de bendiciones a través de un nuevo rey salido de la estirpe de David. Y Dios no sólo habla, sino que también actúa (v. 25).
Image result for cedro-Así, el Señor, coge también un esqueje del cogollo del cedro y lo planta en suelo adecuado (v. 22), pero su plantel no está condenado al fracaso como el de Babilonia, ya que nunca abandonará el suelo de Israel (II Sam, 7). El esqueje plantado en el monte Sión (=morada perpetua de Dios; cfr. Salm 68, 16 ss), se convierte en un gran árbol frondoso capaz de cobijar bajo sus ramas a todas las aves del universo. El pequeño reino de Israel, que había perdido todo, incluso su esperanza, se convierte, con este esqueje, en lugar de refugio y salvación para todas las naciones del mundo. Esto no lo consigue el pueblo con sus fuerzas, sino Dios. El es el Señor del tiempo y de la historia y hace lo que quiere aunque los humanos nos empeñemos en hacer lo contrario: "... verán que yo humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde.." (v. 24).
El último versículo nos invita a trascender un poco el orden puramente temporal y pasar más allá de la instancia concreta de poder, de dominio, de política, a una visión más universalista: un día el retoño mesiánico plantado por Dios Padre dará verdadero fruto para todo el mundo en la montaña del Calvario.

El responsorial es el Salmo 91. (Sal 91, 2-3. 13-14. 15-16). Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.
El libro de Job contribuyó a profundizar estas reflexiones, reconociendo con realismo que los "impíos" dan la impresión de una prosperidad total aquí abajo, en tanto que los "justos" pueden darla de fracaso. Es un problema siempre actual. El libro de la Sabiduría (3,1-9), que se lee en las Misas de los mártires, da la respuesta definitiva: "Las almas de los justos están en las manos de Dios. Los "insensatos" creen que los buenos están muertos; sin embargo descansan en paz. Aunque a los ojos de los hombres parecían ser castigados, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Los impíos al contrario recibirán el castigo que merecen sus "malos pensamientos".
Así comenta San Juan Pablo II el salmo 91. Alabanza a Dios creador
" 1. La antigua tradición hebrea reserva una situación particular al salmo 91, que acabamos de proclamar como el canto del hombre justo a Dios creador. En efecto, el título puesto al Salmo indica que está destinado al día de sábado (cf. v. 1). Por consiguiente, es el himno que se eleva al Señor eterno y excelso cuando, al ponerse el sol del viernes, se entra en la jornada santa de la oración, la contemplación y el descanso sereno del cuerpo y del espíritu.
En el centro del Salmo se yergue, solemne y grandiosa, la figura del Dios altísimo (cf. v. 9), en torno al cual se delinea un mundo armónico y pacificado. Ante él se encuentra también la persona del justo que, según una concepción típica del Antiguo Testamento, es colmado de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su existencia honrada y fiel.
....
4. Luego se nos presenta la figura del justo, dibujada como en una pintura amplia y densa de colores. También en este caso se recurre a una imagen del mundo vegetal, fresca y verde (cf. vv. 13-16). A diferencia del malvado, que es como la hierba del campo, lozana pero efímera, el justo se yergue hacia el cielo, sólido y majestuoso como palmera y cedro del Líbano. Por otra parte, los justos están "plantados en la casa del Señor" (v. 14), es decir, tienen una relación muy firme y estable con el templo y, por consiguiente, con el Señor, que en él ha establecido su morada.
La tradición cristiana jugará también con los dos significados de la palabra griega fo¤nij, usada para traducir el término hebreo que indica la palmera. Fo¤nij es el nombre griego de la palmera, pero también del ave que llamamos "fénix". Ahora bien, ya se sabe que el fénix era símbolo de inmortalidad, porque se imaginaba que esa ave renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia semejante gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de vida nueva (cf. Rm 6, 3-4). "Dios (...), estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" -dice la carta a los Efesios- "y con él nos resucitó" (Ef 2, 5-6).
5. Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez: 
...
Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.
Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios:  "Me unges con aceite nuevo" (v. 11). Orígenes comenta:  "Nuestra vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1, 12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez, todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor" (74 Omelie sul Libro del Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim). (San Juan Pablo II en la Catequesis de la audiencia general del miércoles, 12 de Junio 2002.)


La segunda lectura ( 2 Co 5, 6-10), de hoy nos presenta un texto situado en el contexto de unos capítulos donde prima el tema de la Nueva Alianza y su superioridad respecto a la antigua.
San Pablo  expone las dificultades con que suele tropezar el apóstol como ministro de la nueva alianza y la confianza que tiene en medio de esas dificultades.
San Pablo   amplia estas reflexiones  con el tema de la esperanza en una vida mejor.
En primer lugar destaca la seguridad en una vida futura que Pablo tiene. No se refiere a una vida terrena, sino más allá de la muerte. Piensa que esa vida futura es la verdadera, en el sentido que se desprende de la comparación de destierro y estar en patria que utiliza en estos versos.
Esa seguridad, en segundo término, es tan grande que prefiere separarse del cuerpo, morir, para estar con el Señor Jesús.
En tercer lugar hay un esfuerzo ético para vivir como Dios quiere. No ha de interpretarse esta voluntad o el agrado que se "proporciona" a Dios con nuestra conducta como algo arbitrario, algo que Dios quiere o que le gusta porque sí, sino porque es el modo más humano de vivir. Por eso Dios está a favor de ciertas conductas, precisamente las más beneficiosas para los hombres.
El texto de hoy nos plantea un punto esencial en esta nueva situación que es la tensión entre el presente y el futuro, lo que se está viviendo ahora y lo que se espera vivir. Esto último no es algo simplemente futuro, todavía no alcanzado, de ninguna manera. Más bien al contrario: aquello que aún no se vive plenamente ya se tiene en germen ahora. De donde brota la confianza -tema central de este texto - como actitud fundamental del cristiano. Este no es una persona simplemente volcada hacia el futuro, sino viviendo lo actual, sabiendo que es una anticipación o comienzo total de aquello.
A san Pablo le parece que la vida actual es un destierro del Señor y quería desterrarse de ella para estar definitivamente con El. Es un pensamiento, mejor, un afecto, que, aunque no ve al Señor, lo siente tan presente que añora estar del todo con El, a todos los efectos. Para expresar esto se vale de un juego de palabras intraducible en castellano entre "estar desterrado" y "estar en el hogar".
Lo esencial es el subrayar la certeza de la vida futura, cosa puesta en duda actualmente más que en otros tiempos. Únicamente habría que precaverse contra detalladas descripciones de esa vida en deterioro de sus puntos esenciales y de su credibilidad. Lo importante es estar con Cristo para siempre.

El evangelio de hoy (Mc 4, 26-34), En un contexto de incomprensión Marcos introducía el domingo pasado el tema de la nueva familia de Jesús (Mc. 3. 20-35). Sigue a continuación el capítulo 4, del que está tomado el texto de hoy. Hasta ese capítulo el contenido de la enseñanza de Jesús ha sido el formulado en Mc. 1, 15: Se ha cumplido el plazo: el Reino de Dios ha llegado. En el capítulo 4 este contenido es formulado y ampliado por medio de parábolas. Marcos nos ofrece unas cuantas, una selección, y además nos informa de que el sentido de estas parábolas no es obvio ni inmediato.
¿Qué es una parábola? ¿Cuál es su fín? ¿Dónde está su significado preciso? La parábola es una semejanza inspirada en los acontecimientos cotidianos conocidos para mostrarnos la relación con algo desconocido. Las parábolas son metáforas o episodios de la vida, que ilustran verdades morales o espirituales. Jesús ha usado con frecuencia este género literario para explicar el misterio del Reino de Dios y de su Persona. Son discursos cifrados que deben ser aclarados desde la fe.
El objetivo de las parábolas usadas por Jesús es estimular el pensamiento, provocar la reflexión y conducir a la escucha y a la conversión. Para poder comprender las parábolas es imprescindible la fe en quien la escucha; solamente de este modo puede descubrirse el misterio del Reino de Dios, que es enigma indescifrable para los que no aceptan el evangelio.
Hoy el texto nos presentan dos parábolas.
En la parábola del campesino perseverante (vv. 26-29), el reino de Dios es comparado al lento crecimiento de la semilla hasta su cosecha, y, simultáneamente, con la larga inactividad del campesino antes de su febril actividad de la recolección (que es descrita, por lo demás, partiendo de Jl 4, 13; cf. también Ap 14, 14-16). Esa recolección, de conformidad con toda la Biblia y con la referencia a Joel, es, sin duda alguna, el juicio de Dios que inaugura su reino efectivo. Esto equivale a decir que es Dios el agricultor: es indudable que no va a tardar en intervenir y de forma tan espectacular como un segador en la recolección.
Es verdad que ahora, y de manera especial a lo largo del ministerio de Jesús, Dios parece no intervenir: deja a Cristo aislado, sin éxito, cada vez más rechazado por los suyos. Pero este silencio de Dios no deja por eso de estar vinculado al juicio venidero, lo mismo que la inactividad del agricultor mientras brota la semilla no deja de estar vinculada a su actividad de segador.
Esta parábola presenta como el sembrador no está inactivo, sino que espera día y noche hasta que llegue la cosecha cuando el grano esté a punto para meter la hoz. El sembrador representa a Dios que ha derramado abundantemente la semilla sobre la tierra por medio de Jesús, "sembrador de la Palabra". A pesar de las apariencias contrarias, el crecimiento es graduado y constante: primero el tallo, luego la espiga, después el grano. Un día llegará el tiempo de la cosecha, es decir, el cumplimiento final del Reino de Dios, que ha tenido sus muchas y diversas etapas antecedentes.
La segunda parábola del grano de mostaza, la semilla más pequeña, responde a los que tienen dudas sobre la misión de Cristo o su esperanza frustrada. Los comienzos insignificantes pueden tener un resultado final de proporciones grandiosas. Ya san Ambrosio dijo que Jesús, muerto y resucitado, es como el grano de mostaza. Su reino está destinado a abarcar a la humanidad entera, sin que esto signifique triunfalismo eclesial.
Esta parábola alimenta la confianza en Dios al subrayar el contraste entre los humildes comienzos del reino (v. 31) y la magnitud de la tarea escatológica (v. 32, en donde el tema del nido está tomado de las escatologías judías consagradas a la incorporación de los paganos en el pueblo de Dios; cf. Ez 17, 22-24). Con esta parábola Jesús ha querido, seguramente, responder a la objeción de quienes se oponían a la pequeñez de los medios utilizados por Jesús para la gloria del Reino esperado, y que ridiculizaban la pobreza y la ignorancia de los discípulos de Jesús frente al cortejo triunfal que habría de inaugurar los últimos tiempos.
En realidad, en lo minúsculo actúa ya lo grandioso: incluso en el mundo que no conoce el reino, este está ya actuando; incluso en el corazón del pecador más endurecido puede brillar aún una lucecita y convertirse en gloria y fuego devorador. Se trata de tomar a Dios en serio a pesar de todas sus apariencias.
Las dos parábolas de este domingo son un himno a la paciencia evangélica, a la esperanza serena y confiada. El fundamento de la esperanza cristiana, virtud activa, es que Dios cumple sus promesas y no abandona su proyecto de salvación. Incluso cuando parece que calla y está ausente, Dios actúa y se hace presente, siempre de una manera misteriosa, como le es propio. Aunque el hombre siembre muchas veces entre lágrimas, cosechará entre cantares.


Para tu vida.

En la primera lectura el profeta Ezequiel compara la acción de Dios con la de un campesino que reforesta las cumbres áridas con cedros que se caracterizan por su tamaño excepcional, por la duración de su madera y por su singular belleza. El nuevo Israel será un rebrote joven plantado en lo alto de los montes de Judá; atrás quedaría la soberbia de la monarquía y todos los peligros de su desmesurada avidez de poder. El profeta tiene la esperanza de que su pueblo renazca luego del exilio y su estirpe perdure como lo hacen los cedros que pueden llegar a durar dos mil años. Nosotros somos parte de ese pueblo y como parte también recibimos los efectos de la obra de Dios.
En una perspectiva mesiánica, Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sion, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica, alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. El profeta Ezequiel anuncia que el Señor – se entiende que en los tiempos mesiánicos- arrancará una rama del “alto cedro” (que no puede ser otro que Israel) y la plantará en la cima de un alto monte (el monte alto simboliza a Dios mismo). Por lo tanto, se habla de la elección de uno proveniente de Israel pero que al mismo tiempo tiene su arraigo fuera de las estructuras israelitas, en Dios mismo. Precisamente por esto, esta “rama” se convertirá en un cedro noble cuyas ramas albergarán a toda clase de aves (las aves simbolizan en las tradiciones rabínicas a los pueblos paganos). Se está hablando entonces de que en este personaje encontrarán acogida todos los pueblos, en él se hará realidad la universalidad de la salvación y se romperán todas las fronteras religiosas e ideológicas para formar un solo pueblo.
Por otro lado, conviene recordar que los cedros del Líbano eran árboles fuertes, frondosos, con una madera aromática inigualable. Eran tan apreciados que Salomón importaba la madera de estos cedros para revestir las paredes del Templo y su aroma llegó a ser considerado como símbolo del perfume/amor divino que llenaba su casa.
Esta imagen del árbol grande, la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza del evangelio de hoy. El soberbio árbol del imperio de Babilonia será humillado por Yahvé, que ensalzará al humilde árbol de la casa de David. De un renuevo suyo nacerá el liberador de Israel.

También el salmo de hoy (Sal 91) apunta en esta dirección de crecimiento del reino y del justo que vive desde el reino, al llamar al justo “cedro del Líbano”. Se refiere, claro está, a ese “resto fiel de Israel” que supo mantenerse firme en la confianza absoluta en Yahvé, en la esperanza del cumplimiento de las promesas y en el amor a pesar de la decadencia de las estructuras religiosas de Israel. Empieza a perfilarse una identificación entre el Mesías anunciado por Ezequiel y el resto fiel.
San Juan Pablo II comenta así el salmo 91: " Así pues, el salmo 91 rebosa felicidad, confianza y optimismo, dones que hemos de pedir a Dios, especialmente en nuestro tiempo, en el que se insinúa fácilmente la tentación de desconfianza e, incluso, de desesperación.
4. Nuestro himno, en la línea de la profunda serenidad que lo impregna, al final echa una mirada a los días de la vejez de los justos y los prevé también serenos. Incluso al llegar esos días, el espíritu del orante seguirá vivo, alegre y activo (cf. v. 15). Se siente como las palmeras y los cedros plantados en los patios del templo de Sión (cf. vv. 13-14).
El justo tiene sus raíces en Dios mismo, del que recibe la savia de la gracia divina. La vida del Señor lo alimenta y lo transforma haciéndolo florido y frondoso, es decir, capaz de dar a los demás y testimoniar su fe. En efecto, las últimas palabras del salmista, en esta descripción de una existencia justa y laboriosa, y de una vejez intensa y activa, están vinculadas al anuncio de la fidelidad perenne del Señor (cf. v. 16). Así pues, podríamos concluir con la proclamación del canto que se eleva al Dios glorioso en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis:  un libro de terrible lucha entre el bien y el mal, pero también de esperanza en la victoria final de Cristo:  "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! (...) Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque  han quedado de manifiesto tus justos designios. (...) Justo eres tú, aquel que es y que era, el Santo, pues has hecho así justicia. (...) Sí, Señor, Dios  todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos" (Ap 15, 3-4; 16, 5. 7). " ( San Juan Pablo II. A udiencia general del miércoles 3 de septiembre de 2003)


San Pablo , en su carta a los Corintios nos recuerda  “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de estar con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que se decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia.
Dado que nuestra patria definitiva es el cielo, la tierra es un lugar de paso. Dios quiere que seamos felices también aquí, pero solo son felices aquellos que ponen su mirada en el Señor. Si nos dejamos llevar por el egoísmo y solo dirigimos nuestros ojos a lo material, nos olvidamos de Dios y de los demás y nos encaminamos a la perdición. Este camino no puede llevarnos a la felicidad. Nos lo recuerda San Agustín en su comentario a esta lectura de la segunda carta a los corintios: “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; el diablo acecha en todas las gargantas del mismo, por doquier intenta entrar y hacerse dueño. Y a aquel de quien se adueña, o bien le aparta del camino, o bien le retarda; le vuelve atrás y hace que no avance, o le saca del camino mismo para sujetarle con los lazos del error y de las herejías o cismas y llevarle a otros tipos de supersticiones. Permaneced, pues, fuertes en la fe; que nadie os induzca al engaño mediante ningún tipo de promesa; que nadie os fuerce a engañar mediante ninguna amenaza. Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos; cualquiera que sea la amenaza del mundo, mayor es la amenaza del infierno”.
También San Pablo hace hincapié en la realidad corporal del cristiano. Nada de espiritualismos facilones que invitarían al escapismo, a la “fuga mundi”, al descompromiso con el aquí y el ahora.  Vale la pena recordar, para comprender cabalmente este texto, que en la antropología semita (bíblica), el concepto “cuerpo” señala la dimensión de manifestación sensible de la interioridad humana. Es cuerpo el hombre entero en tanto se manifiesta e impacta a los demás, en tanto entabla relaciones. Se puede ser “cuerpo carnal” si se vive de cara a uno mismo, sin referencia dialogal positiva a los otros (sobre todo al Otro) y se puede ser “cuerpo espiritual” si se viven relaciones de apertura y respeto, de entrega y servicio al Otro y a  los otros.
Es verdad que el apóstol utiliza formas de expresión con claros acentos dualistas ( " desterrados del Señor mientras permanecemos en el cuerpo"), pero su intención no es avalar el dualismo platónico sino simplemente mostrar que en el plano histórico corpóreo es imposible la plena comunión con Dios (le vemos sólo en la fe) y que sin embargo, eso debe ser el aliciente para manifestarnos en el mundo como auténticos hijos de Dios (se nos tomarán cuentas de lo que hicimos mientras éramos cuerpo histórico.)


Del evangelio pocas parábolas pueden provocar mayor rechazo en nuestra cultura del rendimiento, la productividad y la eficacia, que esta pequeña parábola en la que Jesús compara el Reino de Dios con ese misterioso crecimiento de la semilla, que se produce sin la intervención del sembrador.
Esta parábola, tan olvidada hoy, resalta el contraste entre la espera paciente del sembrador y el crecimiento irresistible de la semilla. Mientras el sembrador duerme, la semilla va germinando y creciendo «ella sola», sin la intervención del agricultor y «sin que él sepa cómo».
Acostumbrados a valorar casi exclusivamente la eficacia del trabajo y el rendimiento de las personas, hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, no de esfuerzo, pues Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la gracia que vamos recibiendo de Dios.
El evangelio nos muestra la “siembra mesiánica” en la que la semilla que producirá fruto (cedros del Líbano/árboles de mostaza) es Cristo mismo que se entrega, que se derrama sin medida en todas las tierras posibles. Nos presenta dos parábolas, dos mensajes sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas. En la primera parábola un hombre echa el grano en la tierra; el grano brota y crece. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en la santidad y la gracia, la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz. La semilla de la que habla el evangelio tiene una fuerza que no depende del sembrador. El evangelizador debe ser consciente de que es un colaborador de Dios y no el dueño que pueda manipular a su arbitrio la salvación. Aprendamos a trabajar por el Evangelio sin querer violentar los caminos de Dios. Aprendamos a escuchar al Señor y a llevar su mensaje de salvación orando para que el Señor haga que su Palabra rinda abundantes frutos de salvación en aquellos que son evangelizados. En la segunda parábola del grano de mostaza lo importante es la desproporción entre la pequeñez del principio (grano de mostaza) y la magnitud del final (el arbusto). Así ocurre con el Reino de Dios: escondido ahora e insignificante, ha de llegar un día (el "día del Señor"), cuando vuelva con "poder y majestad", en que se manifieste según toda su dimensión.
Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores? ¿No estaremos desgastando inútilmente nuestras fuerzas cuando, la realidad de las personas, de la iglesia local, de las personas o de la sociedad es muy diferente a la de hace unos años?.
De las lecturas de hoy nos queda la imagen de Dios, que  es un labrador bueno, un campesino experto que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso, para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso. Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó.
Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno... Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol  
Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú. Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.



Rafael Pla Calatayud.
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