domingo, 18 de febrero de 2018

Comentario a las lecturas I Domingo de Cuaresma 18 de febrero de 2018


"Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados  sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla  (1 Cor 10, 15)
Hoy hay  una relación muy bien entretejida, entre los textos litúrgicos para enseñarnos la ayuda de Dios en nuestro caminar terrenal.
Durante los 5 domingos de Cuaresma, la primera lectura presenta las diferentes etapas
de la historia de la salvación, que en este ciclo B se centran en el tema "alianza". Hoy leemos la alianza que Dios hizo con Noé después del diluvio.
En las lecturas de hoy constatamos como la convocatoria de Cuaresma es un pregón positivo y a la vez comprometedor. Camino e itinerario de Pascua, hacia la renovación total, como Noé y sobre todo como Cristo. Camino de lucha y de opción, de reiniciación de vida nueva porque "ha llegado la hora". Es más una convocatoria a Pascua que a Cuaresma.
Este mismo camino y acontecimiento es el que celebramos sacramentalmente en nuestra Eucaristía: memorial de Cristo que a través de su Muerte llega y nos lleva a la Nueva Vida. Y si se ha seguido el filón de la Alianza, nuestra Eucaristía es participación -bajo el signo del Vino/Sangre de Cristo- en su Nueva Alianza sellada en la Cruz.

En la primera lectura del libro del Génesis (Gen, 9, 8-15). En estos vv. Dios establece con la humanidad una alianza que regule las relaciones entre criatura y creador (vv. 8-17). El arco es la garantía visible de dicho pacto. Los dobles de este pasaje (2x se da la promesa del pacto: vv.9/11; dos veces se indica la señal del mismo: vv. 12/17...) indican la existencia de dos versiones de un mismo hecho.
Por primera vez en la Biblia suena la palabra Alianza. Las diversas Alianzas con Noé, Abrahán y Moisés, cada uno con signo diverso, marcan la sucesión de las épocas del mundo en su relación con Dios. Pero por oposición a las otras dos, esta alianza no se hace con un individuo o con un pueblo sino con todos los seres vivientes (hombres y animales: cf. Os 2. 20; Is 11. 5 ss.; 65. 25) y regula las relaciones entre ellos.
Además es una alianza unilateral, para nada depende del actuar humano (el arco iris no es obra humana como lo es el cumplir el sábado...). No es una alianza cultica, sino ética. En virtud de esta alianza, el Señor promete no enviar otro diluvio: "el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra" (v. 11; cf. 8. 20-22).
Este triunfo del Dios creador sobre las fuerzas caóticas se celebraba cada año en los pueblos orientales en la fiesta del Año Nuevo. Este teCristo afirma que no debe temerse ninguna batalla anual, ya que la alianza es el triunfo de la vida sobre el caos y sus fuerzas. El arco (en sí es un término guerrero puesto en manos del Señor, ya no se usará para la guerra sino que Dios lo cuelga de las nubes con fines pacíficos. El arco iris, formado por los rayos del sol que atraviesan la bóveda celeste durante la lluvia, anuncia a los hombres el fin de la tormenta o la borrasca (símbolo de la ira divina) y la reaparición del sol (imagen de la misericordia de Dios). Todo esto son signos simbólicos del pacto de paz por parte de Dios de cara a toda la creación viviente.
En el futuro, la misericordia divina prevalecerá sobre su justicia en sus relaciones con la humanidad. Así la historia del hombre puede continuar.
El destinatario directo de esta promesa de alianza es el pueblo bíblico en el destierro. La catástrofe significa sacudida de fundamentos, hasta el grado de sentir como inestable el mismo orden cósmico y humano. El exilio es un diluvio que lo ha arrasado todo. El teólogo-pastor reafirma en nombre de Dios la estabilidad del mundo, la continuidad de la vida, el sometimiento del caos, para los que son justos como el justo Noé. Es a la humanidad como Noé a quien se hace la promesa. Los destinatarios entienden qué significa alianza: ámbito de paz, de vida, de salvación de Dios. A los hijos de la fidelidad de Noé no les perturban los diluvios que puedan sobrevenir, pues para ellos es el signo de la paz el que da la justa perspectiva.
A pesar de esa inmediata intención pastoral, el pacto sitúa esta alianza más allá de la sinaítica y de la abrahamítica, para deshacer todo particularismo en el propósito de salvación de Dios. Se sale del reducto particular de salvación e incluye la humanidad entera y hasta el cosmos. Es promesa de salvación para quienes no pertenecen a una historia particular de salvación. El Dios creador y salvador está en todas las historias humanas de elección y aun fuera de ella. La ley sencilla de esa alianza universal es el respeto a la vida del otro como a la propia, por cuanto el otro es para el yo la imagen viva de Dios.


El salmo responsorial Salmo  24 (24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9), de hoy resume la realidad de la misericordia divina anunciada ya en la primera lectura.
Así repetimos en la estrofa: "tus sendas, señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza"
Nos encontramos ante un salmo que respira una ferviente piedad personal. Y ante una oración más bien curiosa. En realidad el procedimiento adoptado para su composición es el llamado alfabético. Es decir, que el autor para componer el salmo sigue la sucesión de las letras del alfabeto. El primer versículo corresponde a la primera letra. Y así sucesivamente..., respetando rigurosamente el orden.
Este método para un israelita era un buen método. También el alfabeto es un don de Dios. Por eso es usado para alabar a Yahvé: incluso en la sucesión de las letras. En cierto sentido es restituido al Señor, elaborado por la inteligencia humana, lo que él le ha regalado. Además no hemos de olvidar otro aspecto religioso del alfabetismo: alabar a Dios con las mismas letras con que ha sido escrita la ley.
Todo el salmo oscila entre dos polos: lo que ha hecho o lo que hace el Señor, y lo que ha hecho o hace el salmista.
Dios es presentado como el que indica el camino justo a seguir:
Hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
(v. 9).
Incluso quien se ha equivocado no es abandonado a sí mismo:
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores
(v. 8).
El salmista en su oración se hace atrevido. Llega a sugerir al Señor lo que debe olvidar.
No te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud
(v. 7).
Y también lo que debe recordar:
Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas
(v. 6).
Y si te quieres acordar de mí no te pares en mis imbecilidades:
Acuérdate de mí con misericordia (v. 7).
En otras palabras, recuerda cuánto amor, cuánta paciencia y cuántos sufrimientos te he costado.
En definitiva, el autor de esta oración elige el caer en la emboscada de la misericordia
"Recuerda, Señor, que tu ternura  y tu misericordia son eternas;  acuérdate de mí con misericordia,  por tu bondad, Señor."
Soy un pecador, soy un miserable, pero me he agarrado a un cable que a pesar de todo no he soltado: «en ti confío» (v. 2), «tú eres mi Dios y mi salvador» (v. 5). Mi esperanza no será defraudada (v. 2); el haberme agarrado con todas las fuerzas a esa cuerda no habrá sido en vano. Y asi suplica al Señor:
Señor, enséñame tas caminos,
instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad;
enséñame...
(v. 4- 5).

San Pedro en su Primera Carta (1 Pd 3, 18-22), Este teCristo es un esquemático símbolo de fe (cfr. I Cor. 15, 3ss): Cristo sufre, recibe vida por el Espíritu, proclama la victoria, llega al cielo y está sentado a la derecha de Dios. A este sucinto símbolo, Pedro añade, probablemente basado en la apocalíptica judía tardía, un largo relato que no debemos interpretar en su literalidad y que rellena el hueco de espacio comprendido entre la muerte y la resurrección del Señor.
v. 18b: Jesucristo era hombre y por eso lo mataron; pero en él habitaba la plenitud del Espíritu que da la vida y por eso resucitó (Rm 1. 4).
vv.19-20: Este versículo es, sin duda uno de los más oscuros de todo el NT; pero sea lo que fuere de su interpretación exacta, parece cierto que aquí se afirma la eficacia salvadora universal de la muerte y la resurrección de Cristo; que éste es el verdadero sentido del "descenso a los infiernos" (cf. Rm 10. 7; Ef 4. 8-10). Muriendo por los pecadores, Jesús desciende hasta el corazón del mundo, hasta las raíces, y lo renueva todo desde los cimientos. Así Cristo se constituye como un nuevo principio universal que beneficia incluso a los que ya fueron y a los que serán.
En este fragmento cristológico hay expresiones enigmáticas y referencias oscuras: la predicación a «los espíritus encarcelados que antiguamente fueron rebeldes» (19-20). Pero es claro lo que el autor quiere subrayar: incluso la muerte ha quedado sometida al Cristo glorificado. En frase de Melitón de Sardes, «yo he destruido la muerte y he triunfado del enemigo, he pisoteado al hades, he atado al fuerte y he hecho al hombre llegar a lo alto del cielo». El dominio de Cristo sobre la muerte es uno de los motivos centrales y más importantes del NT. El autor enlaza íntimamente la destrucción del poder de la muerte con el bautismo.
vv. 21-22: La mirada retrospectiva hasta los días de Noé para mostrarnos de alguna manera la extensión universal de la gracia de Cristo, le sirve al autor de pretexto para hablarnos del bautismo cristiano; pues de la misma manera que Noé fue salvado de la muerte, emergiendo con su arca sobre las aguas, así somos nosotros salvados por el bautismo, en el que nacemos a la nueva vida. El bautismo es el símbolo eficaz que nos enrola en la muerte y resurrección de Cristo. Por esta participación en la muerte de Cristo somos recreados, regenerados y adquirimos una conciencia pura. Lo cual no sucede sin la fe, sin la interpelación a Dios.

En Evangelio de hoy de San Marcos (Mc 1, 12- 15 ).El relato nos situa unos meses más tarde del bautismo en el Jordan, al comenzar el verano del año 28 y después de ser apresado Juan Bautista, comienza la predicación de Jesús en Galilea. Y así, reducido al silencio el último de los profetas, Jesús, que es la misma Palabra, se alza en medio del pueblo anunciando la Buena Noticia.
 En el texto San Marcos construye el relato de las tentaciones de Jesús en torno a tres elementos, que sitúa uno al lado del otro sin una vinculación aparente: el Espíritu "empuja" a Jesús al desierto; Jesús permanece cuarenta días en el desierto tentado por Satanás; vivía entre los animales salvajes y los ángeles le servían.
Fijémonos en las escenas del texto:
La escena inicial en los vv. 12-13 está en estrecha relación con la anterior en la que Jesús ve rasgarse el cielo y al Espíritu descender sobre Él. Es este Espíritu el que ahora toma la iniciativa impulsando a Jesús al desierto. Aquí y durante cuarenta días Jesús es tentado, convive con animales salvajes y es servido por ángeles. En el relato de hoy la tentación no se produce al final de la estancia en el desierto, sino que se extiende a lo largo de toda ella.
La escena siguiente en los vv. 14-15 se desarrolla en Galilea después del arresto de Juan. Aquí el sujeto de la acción es Jesús lanzando a los cuatro vientos "la Buena Noticia de Dios". La primera parte del v. 15 especifica en qué consiste esa buena noticia: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios" La segunda parte del c. 15 formula las actitudes a adoptar de cara a la Buena Noticia: cambiar la mentalidad-comportamiento y dar crédito a la Buena Noticia.
En este texto hay un contraste muy marcado: Jesús durante estos cuarenta días es tentado por Satanás; pero vive pacíficamente entre alimañas y servido por los ángeles. Es posible que se refleje aquí, antes de comenzar la vida pública, aquella situación originaria del éxodo, en el que, durante cuarenta años, Israel fue sometido a todas las tentaciones y a la vez fue objeto de los beneficios de Dios.
Por otra parte, la pacificación de las fieras viene a ser el restablecimiento de un orden paradisíaco (Gn 2. 19s). Además, el servicio de los ángeles significa el trato familiar que mantiene con el Padre el que ha sido llamado y es en verdad su "Hijo amado". Todo ello indica que va a comenzar una nueva creación y que en Jesús va a ponerse en marcha el nuevo pueblo de Dios.

Para nuestra vida
Las lecturas de hoy inciden en el tema de la Alianza. La Alianza de Dios con Noé, indica que la vida recomienza después del descalabro del diluvio. Y recomienza con la promesa de Dios que se hace cargo personalmente del hombre y de la creación entera: "El pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive...". Son unas buenas palabras estimulantes, al comenzar este tiempo: en toda realidad está la marca de la vida de Dios, el amor de Dios. Y, con este convencimiento, vale la pena caminar por su camino, como dice el salmo. Y tiene profundo sentido valorar la vida, la humana y la de toda realidad creada, si ya tiene sentido por sí misma; mucho más tendrá si la vemos como vida de Dios.
Y esa vida que valoramos, nos lleva a valorar la nueva vida en Jesucristo (2a.lectura): la vida que recomienza surgiendo del agua del diluvio es signo de la vida nueva que renace del agua del bautismo. La Pascua será celebrar que nuestra débil pero tan querida vida ha sido potenciada hasta el infinito.
El leccionario bíblico de este primer domingo subraya dos aspectos de la misma realidad, el bautismo y la conversión, es decir, la acción salvífica y gratuita de Dios y la respuesta humana. Por eso el diluvio ha sido interpretado litúrgicamente como el gran bautismo de la humanidad, que fue recreada para establecer con Dios una nueva alianza.
La Cuaresma es diluvio y es desierto. Diluvio que ahoga el pecado y mueve a construir el arca de salvación que permite ver el arco iris de la esperanza y es signo de que Dios está en paz con nosotros. Es desierto por la espiritualidad de despojo que se nos transmite, pues vivimos de paso hacia la tierra prometida, que es el cielo.
La conversión es el gran mensaje cuaresmal. Convertirse es mucho más que hacer penitencia o lograr privaciones momentáneas. La conversión verdadera es síntesis de toda la experiencia cristiana, explosión gozosa del deseo de Dios y cambio radical de los deseos egoístas del corazón.

Vemos como ya en la primera lectura  aparece la voluntad bondadosa de Dios, de hacer un pacto con la humanidad en la persona de Noé: este pacto no está condicionado a la respuesta del hombre, sino que se basa única y exclusivamente en el amor y la misericordia de Dios. "Dijo Dios a Noé y a sus hijos: yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes".
Después del diluvio, Dios promete a Noé un pacto, una Alianza: no volverá a haber otro diluvio que devaste la tierra. En esta voluntad divina de la Alianza, vemos como la misericordia de Dios es más grande que el pecado del hombre. Esto debe de llenarnos de agradecimiento a Dios y debe animarnos a serle fieles, movidos más por su amor, que por el miedo a sus castigos. Lo mismo que la misericordia de Dios para con nosotros se basa únicamente en su amor incondicional a nosotros, así nosotros debemos responder con fidelidad al amor de Dios. Las normas morales que se basan únicamente en el miedo al castigo, aunque sea pedagógicamente, no son, teológicamente, las más fieles a la realidad narrada en los textos bíblicos.

La segunda lectura nos recuerda que llegada la plenitud de los tiempos, se obró un gran prodigio en favor de la humanidad. Esta lectura es una profesión de fe en el Cristo Pascual. Se trata de un himno en el que se halla incluida la alusión al diluvio y al bautismo. El himno lo forman las frases que hablan de cómo Cristo ha muerto y ha descendido a la profundidad de la muerte, pero es devuelto a la vida, ha resucitado y está a la derecha de Dios. Cristo Resucitado, como prototipo de la salvación, auténtico Cabeza de la nueva humanidad, tras el juicio de Dios sobre el pecado que tuvo lugar en la Cruz. La Resurrección es la nueva creación. Entre las estrofas de este himno se intercala la alusión al diluvio en tiempos de Noé (conectando así con la primera lectura) y su carácter tipológico respecto al bautismo cristiano. Lo que el diluvio decía típicamente (pecado, juicio, salvación, nueva humanidad), se ha realizado eminentemente en Cristo (que asume el pecado, es llevado a la muerte pero luego resucita), y lo participamos nosotros a partir del Bautismo (también aquí: pecado, participación en la victoria de la Cruz, nueva vida en Cristo).
 Se nos recuerda que la salvación no fue pura quimera, fue una realidad al alcance de todos y cualquiera, gracias a la obra de Jesús.  Él Hijo de Dios , trae la salvación universal  a todos. Muchos esperaban la salvación desde los tiempos de Noé y hasta antes. La Palabra de Dios sigue viva y eficaz. En este inicio del tiempo de Cuaresma, la Palabra ha de llevarnos a una conversión más profunda, a un sentirse impregnados, por el mensaje, de salvación que nos anuncia y proclama la Palabra.

El evangelio nos presenta a Jesús tentado en el desierto. Fijémonos en las primeras palabras: "El Espíritu empujó a Jesús". Jesús es nuestro modelo: esta Cuaresma y la vida entera son un desierto, una travesía; nosotros somos probados, pero tenemos a disposición el alimento celestial. ¿Nos dejamos conducir por el Espíritu, como él?. El desierto, en la vida de cualquier persona, es un camino inherente a la condición y naturaleza humana. Hablar de desierto en el camino de la vida cristiana es hablar de momentos difíciles por los que tendremos que pasar. Pueden ser dificultades físicas, en forma de enfermedad, o dificultades psicológicas y espirituales, en forma de crisis interiores y tentaciones, o problemas sociales, en forma de dificultades económicas, relaciones laborales o familiares. Todos los santos y todas las grandes personas tuvieron que pasar por desiertos interiores o exteriores, antes de llegar a ser lo que fueron.
También Cristo, como hemos visto  hoy en este relato de san Marcos, tuvo que pasar por el desierto, antes de comenzar su vida pública. Y no lo hizo empujado por sus deseos más naturales, sino empujado por el Espíritu. El desierto fue para Jesús un lugar de privaciones materiales y de tentaciones espirituales, el desierto es lugar de prueba y de fortalecimiento. También todos nosotros deberemos aceptar los momentos de desierto interior y exterior, si queremos caminar fuertes en nuestra vida.
En la Liturgia de las Horas hay un himno que nos habla del desierto de nuestro corazón. Nos puede servir de meditación.


" Hoy sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón. 
Para que nunca la amargura sea en mi vida más fuerte que el amor, pon, Señor, una fuente de alegría en el desierto de mi corazón.
Para que nunca ahoguen los fracasos mis ansias de seguir siempre tu voz, pon, Señor, una fuente de esperanza en el desierto de mi corazón.
Para que nunca busque recompensa al dar la mano o al pedir perdón, pon, Señor, una fuente de amor puro en el desierto de mi corazón.  
Para que no busque a mí cuando te busco y no sea egoísta mi oración, pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra en el desierto de mi corazón. Amén ( Lunes II semana, laudes)  (Anónimo)


 Jesús, el protagonista, llevado al desierto por el Espíritu, es tentado por el maligno, en esos los míticos cuarenta días. Se dejó tentar, permitió que fuera atacado por los enemigos peores que el hombre tiene, aquellos que surgen de su mismo interior. El hambre que procede del estómago, era expresión de otras muchas tentaciones, más difíciles de superar. Vivía entre alimañas, servido por ángeles. Exactamente como nosotros nos sentimos rodeados, atacados, pero protegidos por el  favor de Dios que nos ayudara a superar las tentaciones. En los caminos de la vida Dios nos ofrece su ayuda, su colaboración.
El contenido del mensaje de Jesús se expresa programáticamente en estas palabras: Pasó el tiempo de la espera, se acerca el reinado de Dios; los que deseen participar de los bienes del reino, han de convertirse y creer la Buena Noticia.
El advenimiento del reinado de Dios pone al hombre ante la decisión, pues ha de cambiar de mente y de corazón; que esto es hacer penitencia. Sin embargo se trata de un anuncio gozoso, de una buena noticia. La respuesta del hombre ha de ser un cambio gozoso, una salida al encuentro de Dios, que viene en Jesucristo, a liberarnos.
El texto de hoy nos permite reflexionar en uno de los sentidos fundamentales de la Cuaresma: la conexión viva entre conversión y fe. Jesús anuncia la buena noticia de la liberación, tras haber superado y vencido las fuerzas del mal. Y el contenido de su mensaje se reduce a decir: "Convertíos y creed". Fe y conversión son dos realidades inseparables. Creer es convertirse; convertirse es creer. Sólo podemos creer si entablamos una lucha eficaz contra el mal. Sólo podemos luchar contra el mal si tenemos fe en la victoria.
El objeto de la fe es ver en Jesús al hombre según el plan de Dios (Marcos nos presenta a Jesús en el desierto conviviendo con alimañas y con ángeles, signo del hombre reconciliado con toda la naturaleza, conforme al sentido de la alianza cósmica de que habla la 1a.lectura); creer que en un momento de la historia, en un lugar determinado, ha existido un ser que ha combatido y vencido a las fuerzas del mal. Creer, pues, que cada miembro de la humanidad, de la cual Cristo es la cabeza, puede pasar por la brecha que él ha abierto y llegar a una vida superior. El objeto de la fe se refiere a esta buena noticia. Creer es reconocer en Jesús, no sólo al más poderoso de los hombres, sino aquel que tiene la misma fuerza que Dios y que por eso puede vencer con tanta seguridad, certeza y libertad.

Resumiendo  el contenido de las lecturas, nos percatamos de que estamos llamados a  iniciar este tiempo de Cuaresma , percatándonos de que el mal y la tentación están cerca de nosotros. En este domingo se nos sitúa ante nuestra responsabilidad en las tentaciones de la vida. La tentación está ahí, acecha a todo ser humano. Lo malo no es ser tentado, Jesús también lo fue, lo malo es caer en la tentación. Está nuestra capacidad de elegir: de consentir o de vencer. El evangelio de Marcos en este primer domingo de Cuaresma nos presenta este lado profundo y real  del mal. Pero también presenta a otras realidades que nos ayudaran a buscar y vivir en el bien: El Espíritu, Jesús, Dios y su proyecto. Toda vida humana pasará la prueba de la tentación. La tentación es la posibilidad, siempre presente, de abrirle las puertas a fuerzas que se oponen al proyecto fraterno de Dios. El seductor es el que me aparta de mí mismo. Una gran tentación es eludir nuestras responsabilidades y así vernos libres del trabajo que comporta una vida entregada a la misión que Jesús nos encomienda. Sin embargo, en nosotros hay una llamada a dejarnos guiar por el Espíritu, a optar por Dios como compañero de camino, nunca para manipularlo y servirnos de Él, sino para que se realice el destino de vivir en libertad, pese al “poder de las tinieblas”. No olvidemos que el actor principal de la tentación es ya un ser vencido por la muerte y resurrección de Cristo. tendrá sus artimañas pero es ya un derrotado.
La Cuaresma es un tiempo de conversión y por ello es un tiempo privilegiado para la oración. La oración es esencial para entender y comprender la voluntad de Dios. Y si no la entendemos ni la comprendemos es porque, muchas veces, no valoramos los desiertos de la oración, el silencio, la reflexión o la lectura asidua de la Palabra de Dios.
Que el Señor nos ilumine en este tiempo de camino a la Pascua:
a) Ante la tentación del materialismo, el saber defender el “ser” antes que el “tener”. Cuántos hermanos nuestros viven en situaciones de dificultades y de desencanto porque no han sabido medir ni controlar su avaricia
b) Ante el incentivo de la vanidad hay que adorar al Único que se lo merece: a Dios. La vanagloria, los aplausos y el engreimiento son fiebres que se pasan en cuatro días ¿Qué queda luego? Las secuelas de las grandes soledades.
c) Ante la incitación del poder, el dominio de uno mismo. El poder en la vida de un cristiano es el servir con generosidad y el ofrecer sin esperar nada a cambio.
En esta cuaresma se nos invita a dedicar tiempo a analizar nuestras tentaciones más frecuentes y nuestra actuación en  ellas.  Si vivimos en intimidad con el Señor Dios, Él  no permitiría que la tentación supere nuestras fuerzas, ni nuestra capacidad de evitarla. Y, sin embargo, caemos una y otra vez. La realidad es que cuando se analiza nuestra caída y la naturaleza del pecado cometido  vemos que a veces, demasiadas veces ha sido por imprudencia . Vamos directamente al engaño por falta de cuidado o reflexión.. La  realidad es que la tentación existe, que es persistente, si le dejamos sitio. Y la mejor forma de salir de ella es no dar pábulo a sus argumentos. Ahí lo de huir no es de cobardes, sino de perspicaces e inteligentes.
"Quien quiera servir a Dios  puede contar con tentaciones,  preparase contra ellas;   el mejor preparativo es armarse de fortaleza, para hacerles frente cuando vengan   (San Francisco de Sales)
El ocio y la pereza es origen de muchas tentaciones.la tentación nunca nos coge tan flacos como cuando estamos tan ociosos"...“No dejéis que se entretenga vuestro espíritu en pensamientos varios e inútiles; si se acostumbra a  éstos, luego pasará más allá, deteniéndose en los malos y nocivos”.(San Francisco de Sales).
Combates tendréis y no pequeños, porque nuestros enemigos son muchos y muy crueles, por tanto no os descuidéis; si no, luego sois perdidos. Si los que velan aún tienen trabajo en guardarse, qué pensáis será de los descuidados, sino ser todo vencidos”  (San Juan de Ávila)
Las tentaciones actúan en el hombre de tres maneras:
1º engañando el entendimiento con falsas ilusiones, por ejemplo: me salvaré aunque siga pecando, con esto seré feliz...
2º Debilitando nuestra voluntad, debilitándolo a base de caer continuamente en la comodidad, la negligencia, la fantasía, dejándome llevar por la pereza, etc.
3º instigando a los sentidos internos, principalmente la imaginación, ofreciendo imágenes sensuales, soberbias, odios, envidias etc.
La tentación sólo puede incitar a pecar, pero nunca nos puede obligar a pecar, porque la voluntad permanece dueña de la libertad. También contamos con la ayuda de Dios, su presencia, su Palabra, la gracia divina. La tentación es pecado, no cuando la sentimos, sino cuando voluntariamente la consentimos.
Pero estamos ya inmersos en la historia de Salvación divina.
San Juan de Ávila nos advierte: "el hombre que se cree a sí mismo no ha menester demonio que lo tiente, que él es demonio para sí."
 Esto es verdad, , pero también es verdad que detrás de cada tentación, directa o indirectamente, está el demonio. 
El oficio del demonio es tentar, llevar a los hombres a pecar. 
El demonio empieza con una sugestión o mera representación del mal y después sigue con  complacencia deliberada  y consentimiento de la libertad.
Las tentaciones se vencen con la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, la oración, la mortificación de los sentidos, la abnegación del entendimiento y de la voluntad, la huida de las ocasiones de pecado y, sobre todo, con la oración. 
Santa Teresa nos advierte:"Son tantas veces las que estos malditos demonios me atormentan,
y tan poco el miedo que ya los he,
con ver que no pueden menear si el Señor no les da licencia…
Sepan que cada vez se nos da poco de ellos quedan con menos fuerza y el alma muy más señora…
Porque no son nada sus fuerzas si no ven almas rendidas a ellos y cobardes que aquí muestran ellos su poder” (Santa Teresa de Jesús)

TeCristos del Catecismo de la iglesia Católica para el Primer domingo de Cuaresma
CEC 394, 538-540, 2119: la tentación de Jesús
CEC 2846-2949: "No nos dejes caer en la tentación"
CEC 56-58, 71: la Alianza con Noé
CEC 845, 1094, 1219: el Arca de Noé prefigura la Iglesia y el Bautismo
 CEC 1116, 1129, 1222: Alianza y sacramentos (especialmente el Bautismo)
CEC 1257, 1811: Dios nos salva por medio del Bautismo

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

viernes, 16 de febrero de 2018

Lecturas I Domingo de Cuaresma 18 de febrero de 2018

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 9, 8-15
Dios dijo a Noé y a sus hijos:
«Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañan, aves, ganado y fieras con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Establezco, pues, mi alianza con vosotros: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra».
Y Dios añadió:
«Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi alianza con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9
R. TUS SENDAS, SEÑOR, SON MISERICORDIA Y LEALTAD PARA LOS QUE GUARDAN TU ALIANZA.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PEDRO 3, 18-22
Queridos hermanos:
Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios.
Muerto en la carne pero verificado en el Espíritu; en el espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión, a los desobedientes en otro tiempo, cuando la paciencia de Dios aguardaba, en los días de Noé, a que se construyera el arca, para que unos pocos, es decir, ocho personas, se salvaran por medio del agua.
Aquello era también un símbolo del bautismo que actualmente os está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la resurrección de Jesucristo, el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes.
Palabra de Dios

ACLAMACIÓN Mt 4, 4b
No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 12- 15
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
Después de que Juan, fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Palabra del Señor

sábado, 10 de febrero de 2018

Comentarios a las lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 11 de febrero 2018

Hoy se celebra la “Campaña Contra el Hambre de Manos Unidas”. Para los cristianos la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, que se podría dejar a otros, sino que es algo que pertenece a su naturaleza y a su esencia. La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En el mundo no debe haber nadie que sufra por falta de alimentos. Es necesario luchar por la justicia y por una sociedad más equitativa. Con el lema COMPARTE LO QUE IMPORTA, la campaña número 59 muestra un teléfono móvil con forma de regadera, una herramienta cotidiana que se utiliza para transformar el paisaje árido de un país del Sur en un frondoso huerto familiar con pozos de agua y árboles de mangos, berenjenas, tomates, pimientos y coliflores. El texto que acompaña al lema y al diseño gráfico es una invitación a que nos sumemos a la lucha de Manos Unidas, a que nos interesemos por las causas del hambre y a que hablemos de ello con nuestros amigos. Y a descubrir los proyectos de desarrollo que se realizan en América, Asia y África gracias a tantísimas personas. El texto es, también, una invitación a seguir colaborando, con aportaciones económicas o mediante el voluntariado. Compartamos lo importante para acabar con el hambre en el mundo, comprometámonos con Manos Unidas.
Este año se quiere compartir propuestas de cambio para un mundo más justo. Eso permitirá que todos podamos beneficiarnos de esa inmensa riqueza para sumarnos de una manera decisiva y eficaz en la lucha contra el hambre y la pobreza, no dejando a nadie atrás. Al final, compartir bienes y compartir experiencias de cambio se convierten en las dos caras de una misma moneda: la imperiosa necesidad de humanizar la vida de millones de seres humanos que siguen subsistiendo en condiciones inaceptables. 

La primera lectura ( Levítico,13, 1-2.44-46), nos enmarca en el tema de la lepra y su entorno social y religioso.
El capítulo 13 del Levítico es una minuciosa descripción de diversos síntomas y enfermedades que se conocían bajo el nombre de "lepra" pero que no eran la lepra que nosotros conocemos con este nombre, sino muchos otros tipos de enfermedades de la piel, algunas benignas, otras mortales. Vale la pena leerse el capítulo entero para ver cuán duro debía ser encontrarse con cualquier enfermedad en unas épocas en que se desconocía casi todo de la ciencia de la medicina y se vivía bajo el temor del contagio de cualquier cosa que pudiera parecer peligrosa.
Todas estas enfermedades que podían ser consideradas "lepra" o que hacían temer que terminaran siéndolo, eran consideradas impurezas rituales, de modo que los que las padecían debían quedar al margen de la vida social (es durísimo: ni se menciona en ningún momento cómo se alimentaban estos marginados), para no contaminar ritualmente a los demás. Y con el fin de evitar todo peligro de contagio.
Aquí se refiere a las enfermedades de la piel, y en especial a la lepra. El que contrajera alguna de esas dolencias, en su mayoría contagiosas, tenía que presentarse al sacerdote para que viese si realmente existía aquella enfermedad y, en su caso, tomar una serie de medidas de tipo terapéutico y preventivo. De ese modo se evitaba, dentro de lo posible, que la enfermedad se extendiera.
Pero al mismo tiempo se consideraba al enfermo como castigado por Dios, culpable de un pecado, quizá oculto, que en definitiva era la causa de aquel mal. Así, el pobre leproso no sólo tenía que sufrir su dolencia física, sino que además tenía que padecer la humillación y la vergüenza de ser considerado un hombre empecatado.
Con el tiempo esa concepción se fue suavizando, pero siempre quedó en pie la idea de que quien padecía alguna enfermedad, sobre todo de la piel, era una persona impura cuyo contacto manchaba y transmitía su propia impureza. De ahí que siguiera siendo obligatorio acudir al sacerdote, para que incluyera al enfermo en la lista de los impuros. Luego, cuando la enfermedad se curase, debía volver otra vez al sacerdote, para que lo reconociera y lo borrara de la fatídica lista.
El leproso tenía que llevar los vestidos rotos, rapada la cabeza y cubierta la barba. Además debía gritar cuando alguien se acercaba diciendo "tamé, tamé", es decir, "impuro, impuro". Tenía su morada fuera de la ciudad. Para juzgar este texto del Levítico sobre el comportamiento que debían tener los leprosos ante los demás y los demás ciudadanos respecto a los leprosos, tenemos que saber el tiempo y el lugar en el que este texto fue escrito. En aquel tiempo, la sociedad pensaba que la lepra era una enfermedad contagiosa por contacto y, en consecuencia, el que se acercaba a un leproso y lo tocaba quedaba automáticamente contagiado de lepra. La ley estaba dada por el bien de las personas sanas, para que no se contagiaran y el que los leprosos quedaran marginados de la sociedad y estuvieran obligados a gritar su impureza, evitando entrar en contacto con personas sanas les parecía una consecuencia inevitable.

El salmo de hoy (Salmo 31), es expresión de la confianza en la obra sanadora y salvadora, realidad puente entre la primera lectura y el evangelio. Sanación que rompe las barreras que separan a las personas, devolviendo la realidad inicial de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.
Este salmo se atribuye a David. Es la acción de gracias de un pecador. Notemos la audacia maravillosa de este salmo. Lejos de ocultar, en forma individualista, en lo secreto de su conciencia personal, este hombre culpable confiesa en público que es pecador, se apoya en su propia experiencia de hombre reconciliado para sacar lecciones de sabiduría que pueden ser útiles a todos: al final del salmo, invita a todo el mundo a festejar en la alegría y el júbilo, este perdón de que ha sido objeto.
El salmo 31 nos muestra una experiencia profundamente humana, y con ella una enseñanza universal, válida para todos y para siempre.
Sabemos que el salterio de la Biblia es como esta radiografía sorprendente y magnífica, que revela toda la interioridad del alma humana que llega a sus más hondos recovecos y que los manifiesta de una manera sincerísima. Y siempre lo hace en unas coordenadas de fe en Dios y de confianza en El.
Hoy nos lo hace el salmo 31, uno de los salmos llamados penitenciales.
Es la experiencia de la necesidad imperiosa del perdón: cómo el alma humana aspira al perdón y cómo se siente aliviada y feliz cuando se obtiene.
En la débil estructura del corazón del hombre hay fuerzas y realidades que lo aprisionan, que lo angustian, que lo hacen infeliz. Son fuerzas que lo agobian y lo determinan. Díganse pecado, injusticia, egoísmo, hay algo que deja en nosotros un poso de inquietud, de vacío, de miedo, de depresión, de soledad. Algo que la conciencia detecta y vive, y que la convierte, como dice el poeta, en "delator, juez y verdugo". Así de pobre es el hombre, así de débil.
Y esto es lo que nos dice tan gráficamente el salmista. Su sufrimiento era indecible, sus fuerzas habían flaqueado, su vigor, "su savia" convertida en sequedad, en "fruto seco".
Pero es capaz de controlar su situación, de considerarla, de ponderarla, de ver sus causas y sus raíces. Y entonces con gran sinceridad reconoce ante Dios su pecado, no oculta su culpabilidad: pide perdón, se humilla, baja sus ojos.
Y ahora experimenta la alegría y la felicidad de un corazón en paz, reconciliado. Puede exclamar con toda verdad, con todo asentimiento: "Dichoso el que está absuelto de su culpa a quien le han sepultado su pecado, dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito"

En la segunda lectura de la Primera carta de los corintios (1 Cor, 10, 31;-11, 1), San Pablo responde a las cuestiones planteadas por los nuevos cristianos en Corinto, "Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios". Los cristianos de Corinto le habían preguntado a san Pablo si se podían comer carnes previamente sacrificadas a los ídolos, así como otras cuestiones relativas a la liturgia de la comunidad, como el uso del velo de las mujeres, o la celebración de la cena del Señor de una forma determinada. San Pablo les pone delante su propio ejemplo y les dice que la ley suprema del cristiano es la caridad, no poniendo por encima de todo el bien propio, sino el de la mayoría, para que todos se salven. Todo deben hacerlo a la mayor gloria de Dios, sacrificando, cuando lo crean conveniente, su propio interés y sus preferencias particulares al bien común de la Iglesia. Se trata de construir la Iglesia de Cristo según la ley de Cristo, que no fue otra que la del amor a Dios y al prójimo. Pablo escribe que, sea lo que fuere, ya comamos o bebamos o hagamos cualquier cosa, la suprema norma de conducta cristiana es dar gloria a Dios. Pablo les ofrece su propio ejemplo y les invita a que le sigan en la medida en que él mismo sigue a Jesucristo.
v. 31: Con las palabras limite de la libertad concluye Pablo su controversia acerca de la licitud o no para los cristianos de comer o no carne sacrificada a los ídolos. Es sabido que los judíos no comían de una carne sacrificada a los ídolos por considerarla impura.
Pensaba que el que comía de esa carne participaba de alguna manera en el culto pagano y se incapacitaba para el culto legítimo de Israel. Y de la misma opinión que los judíos eran los cristianos procedentes del judaísmo, los más conservadores o judaizantes, a los que Pablo llama los "débiles" en contraposición al partido más progresista de los "fuertes". Estos últimos comían sin miramiento alguno de toda carne que se vendiera en los mercados públicos, que era siempre carne previamente "sacrificada".
San Pablo defiende la opinión de los "fuertes", pero les advierte que por consideración a los "débiles" no coman carne cuando éstos les digan que ha sido sacrificada a los ídolos (v. 28). A lo que objetan los "fuertes": "¿Cómo ha de ser juzgada la libertad de mi conciencia por una conciencia ajena? Si yo como algo dando gracias, ¿por qué voy a ser reprendido por aquello mismo que tomo dando gracias?" (vv. 29s). Pablo responde que, sea lo que fuere, ya comamos o bebamos o hagamos cualquier cosa, la suprema norma de conducta cristiana es dar gloria a Dios.
v. 32: Pero nadie puede dar gloria a Dios si desprecia olímpicamente la conciencia de los demás. Por eso es preciso no escandalizar a nadie, ni a los judíos ni a los gentiles, ni a los de fuera ni a los hermanos en la fe. Esto significa para los fuertes que no deben herir la susceptibilidad de los débiles, aunque no deben renunciar tampoco a confesar la libertad de los hijos de Dios ante los gentiles. Tendrán que actuar, por tanto, teniendo en cuenta la situación.
v. 33-1 Pablo les ofrece su propio ejemplo y les invita a que le sigan en la medida en que él mismo sigue a Jesucristo. La condescendencia de Pablo que se adapta a todos para servir a todos y salvarlos a todos es, en efecto, una manera válida de imitar los sentimientos de Cristo.
El comportamiento de San Pablo no es una táctica proselitista ni obedece al deseo de congraciarse con los judaizantes. San Pablo se sitúa más allá de la controversia y de la anécdota: admite abiertamente la licitud de comer de cualquier carne, sacrificada o no, ya que las cosas nunca son "impuras"; rechaza la validez de una ética basada en la distinción entre lo puro y lo impuro, pues todas las cosas son buenas como creadas por Dios y no hay una división material que pueda originar después la división de los hombres en buenos y malos; se opone al ritualismo y al legalismo de los judíos y judaizantes, de los débiles...
Pero esto no quiere decir que esté de acuerdo con la actitud de los fuertes que hacen ostentación de una mayor libertad hiriendo los sentimientos de los débiles, pues sabe que no es así como se ayuda a la fe de los hermanos y se fomenta la convivencia en la comunidad cristiana. El ejemplo de Pablo puede evitar hoy muchas tensiones inútiles dentro de la iglesia, aunque ciertamente no todas.

El evangelio de hoy (Marcos, 1, 40-45), Los tres sinópticos cuentan esta curación de un leproso. Parecen estar de acuerdo en hacer de él uno de los primeros milagros del Señor, haciéndole en cierto modo el encargado de poner de manifiesto la autoridad del joven rabino sobre el mal. También están de acuerdo en situar este milagro en Galilea. Lucas precisa incluso que "en una ciudad" (Lc. 5, 12 ), lo que es bastante improbable, dada la severa legislación de los judíos (Lev. 13, 45-46), que alejaba a los leprosos de los centros habitados. Por eso, Mt. 8, 5 corrige este detalle, situando el milagro a las puertas de la ciudad.
San Marcos nos muestra a Jesús haciendo realidad la Buena Noticia. Enseñaba con autoridad, expulsaba demonios y curaba en sábado. El hombre está por encima del sábado. El amor está por encima de la ley. Hoy vemos cómo cura a un leproso.
Aquí es donde por primera vez se habla de la curación de un leproso.
La lepra era una enfermedad espantosa, porque excluía de la comunión con el pueblo, o sea, segregaba a un hombre de sus relaciones con el pueblo de Dios. "¡Impuro, impuro!", gritaba el leproso desde lejos, de manera que todos se pudieran parar y evitar así acercarse a él (Lev 13, 45). Los rabinos lo consideraban como si estuviera muerto y pensaban que su curación era tan improbable como una resurrección.
En este caso es curioso observar que el leproso no duda en acercarse a Jesús. Un viejo documento cristiano, el papiro Egerton, inserta en este texto una insistente oración del leproso cuando descubre a Jesús: "Maestro Jesús, tú que andas con los leprosos y comes con ellos en su mansión: yo también me he puesto leproso; si tú quieres, me volveré a poner puro".
Algunos códices muy autorizados, en vez de decir "tuvo compasión", dicen que "se había indignado". Evidentemente, Jesús rechazaba enérgicamente la segregación de la que eran víctimas aquellos pobres leprosos.
Algunos detalles en el modo en que se realiza la curación subrayan su indignación por la segregación de los leprosos. Jesús "toca" al enfermo para demostrar así su desprecio por las inhumanas leyes vigentes. Estamos en un tema que se repetirá como un "leitmotiv" a lo largo del segundo evangelio, como igualmente en el epistolario paulino: las leyes no son soberanas en sí; sólo obligan en cuanto están a favor del hombre. Y el juicio sobre esta condición humana de la ley lo tiene que hacer el súbdito.
El relato nos sitúa ante la realidad de la lepra  y el tratamiento que tenía en el pueblo judío. Las medidas tomadas por los sacerdotes respecto a la pureza tenían una finalidad en primer lugar de tipo higiénico: evitar el contagio; pero la finalidad más importante era de tipo cultico, ya que las afecciones descritas deforman la presencia externa del hombre. La no integridad física los hacía incompetentes para el culto. La persona declarada impura era alejada de la comunidad. El pueblo, propiedad de Dios, es santo y la impureza atenta contra esa santidad. El grito de "impuro" sirve de aviso para que los otros miembros de la comunidad no se le acerquen. Se les consideraba personas "apestadas", eran separados de la comunidad y del culto y tenían que vivir alejados de todos, como "excomulgados". La lepra, decían, era consecuencia de su pecado, el castigo por su mala conducta. No cabe duda de que la actitud ante ellos era sumamente humillante y vejatoria. El leproso vivirá solo hasta que sea declarado puro por el sacerdote. Era una desgracia en aquel tiempo contraer la enfermedad de la lepra, no sólo por el sufrimiento físico, sino sobre todo por la marginación social y religiosa a la que estaban sometidos los leprosos. Se les consideraba como personas “apestadas”, eran separados de la comunidad y del culto y tenían que vivir alejados de todos, como “excomulgados”. La lepra, decían, era consecuencia de su pecado, el castigo por su mala conducta, tenían que tocar una campanilla y gritar cuando pasaban por un camino: ¡Impuro, impuro! Quizá lo hacían para evitar el contagio, pero no cabe duda de que la actitud ante ellos era sumamente humillante y vejatoria. Jesús sabe todo esto, por supuesto, y, aun sabiéndolo, opta por la persona enferma, la toca, la cura y, como él no era sacerdote, les manda a los leprosos que vayan a comunicárselo a los sacerdotes, para que estos les declaren curados. Jesús hace una auténtica opción por los enfermos y marginados de la sociedad, siendo muy consciente de que su comportamiento es contrario a lo que mandaba la Ley judía. Que cada uno de nosotros saque las consecuencias que crea más convenientes para su comportamiento ante las personas más pobres, marginadas y vulnerables dentro de nuestra sociedad. Unas veces en cuevas y otras en chozas. Eran poblados miserables en los que aquella pobre gente se pudría poco a poco, sumidos en la soledad y el desamparo, cuando no en la desesperación.
Jesús ve lo que está sufriendo el leproso a causa de la enfermedad y de su discriminación social y religiosa. Se acerca al leproso y le toca con su mano. Dos actitudes, dos verbos entre los muchos que emplea Marcos en su evangelio: acercarse y tocar. Un ejemplo para nosotros y una llamada de atención: tenemos que acercarnos al necesitado, acogerle con cariño y estar dispuestos a tenderle nuestra mano. Las manos sirven a veces para golpear, para rechazar, para desplazar al otro. Jesús emplea su mano para perdonar, para acoger, para ayudar, para apoyar al que se tambalea, para guiar al que no encuentra el camino. Jesús ha unido el mandamiento del amor a Dios con el de amor al prójimo. Amar, según es “ocuparse del otro y preocuparse por el otro”. Se trata de un amor oblativo, que se entrega al otro, es decir del amor entendido como “agapé”, auto donación gratuita y generosa al hermano. Dios nos ama personalmente y apasionadamente. Lo ha demostrado en Jesús de Nazaret y lo podemos comprobar en la curación del leproso. Su amor está por encima de la justicia humana. Frente a la legislación rigurosa y discriminatoria que excluía a los leprosos, Jesús actúa con misericordia — poniendo el corazón en la miseria--. El cura y, sobre todo, pone sus ojos de amor en aquel hombre. Hemos de aprender a mirar no con nuestros ojos, sino desde los ojos y sentimientos de Jesús, que se fija en el necesitado y sale a su encuentro. Sólo pide fe, la confianza del leproso, que le dice: “Si quieres, puedes curarme”. Y Jesús....le devolvió la salud y la dignidad.
Contemplamos dos actitudes: acercarse y tocar. Frente a la legislación rigurosa y discriminatoria que excluía a los leprosos, Jesús actúa con misericordia --poniendo el corazón en la miseria--. El cura y, sobre todo, pone sus ojos de amor en aquel hombre. Hemos de aprender a mirar no con nuestros ojos, sino desde los ojos y sentimientos de Jesús, que se fija en el necesitado y sale a su encuentro. Sólo pide fe, la confianza del leproso, que le dice: "Si quieres, puedes curarme". Y Jesús....le devolvió la salud y la dignidad. ¿Qué actitud tomamos ante esas personas que están tiradas al borde del camino? Comencemos ya ahora a tener actitudes de amor hacia el necesitado. La compasión, el consuelo, el cuidado de la persona herida, el ejercicio de la misericordia con el prójimo es lo que hoy día llamamos solidaridad. Es la participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro. No se trata de dar, sino de "darse", es manifestar al hermano sufriente que "lo que a ti te pasa, a mí me importa y me conmueve".

Para nuestra vida.
Este domingo, el último antes de la Cuaresma 2018, nos trae dos propuestas comunitarias de mucha importancia. Es la Jornada del Enfermo habitualmente celebrada el 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, el domingo “tapa” la liturgia dedicada a María pero no así su mensaje notable: La jornada del Enfermo. Este año el eslogan de la jornada es: “Acompañar a la familia en la enfermedad”. El papa Francisco ha escrito un extraordinario mensaje dedicado a los enfermos que merece la pena ser leído (ver nuestro Editorial) y meditado. En España también se celebra la Pascua del Enfermo que, este año tendrá lugar el 5 de mayo y que, junto a la referida Jornada Mundial, constituye un todo... Asimismo, la Pascua del Enfermo tiene una enorme tradición. Y, por otro lado celebramos la Colecta de la Campaña contra el Hambre auspiciada por la Conferencia Episcopal Española. Manos Unidas en su habitual jornada y que tiene por eslogan este año: “Comparte lo que importa”, Manos Unidas es la ONG de desarrollo de la Iglesia católica y de voluntarios, que trabaja para apoyar a los pueblos del Sur en su desarrollo y en la sensibilización de la sociedad española.
Hoy las lecturas nos hablan de una realidad que a menudo la Biblia nos habla es la lepra. Es también un símbolo que nos habla del pecado, del mal. El leproso es una representación del pecador. Pero hay dos modos diversos -dos etapas- en la consideración del leproso. La primera, le separa para que no contagie, la segunda, la de Jesucristo, le cura para que conviva. Uno se pregunta si, demasiadas veces, no seguimos en aquella primera etapa (1. lectura), y no conseguimos vivir en la segunda (evangelio).

La primera lectura nos plantea la realidad social de la lepra.
Desde siempre, la situación que crea la lepra, se ha considerado como un símbolo de la persona  en pecado, el pecado nos destruye,  mal terrible que corroe y mancha al hombre. Una lepra mucho más dañina, pues sus consecuencias no terminan con la muerte, sino que con ella empiezan para no terminar jamás. Consecuencias indescriptibles que superan infinitamente el sufrimiento y las penas de aquellos tiempos.
Hemos de reaccionar, hemos de luchar con alma y vida para evitar el pecado, para salir de él si lo hemos cometido. La iglesia nos proporciona una curación del pecado, el sacramento de la reconciliación. Vayamos al sacerdote como aquellos leprosos para que nos cure, para que perdone nuestros pecados y nos ayude a huir de nuestra soledad y tristeza, devolviéndonos la salud y la paz, nuestra plena condición de hijos de Dios.
Hoy nos cuesta entender este texto. También nos cuesta entender aquellos cánones del antiguo Código de Derecho Canónico -en uso hasta hace muy pocos días- que hablaban de los defectos corporales que inhabilitaban para ser ministros del culto.
-Estos versículos del Levítico debemos leerlos siempre a la luz del Evangelio cuando nos dice que no es lo que viene de fuera lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca y del corazón (Mt. 15, 10-20): "...porque del corazón salen las malas ideas: los homicidios, los adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias. Eso es lo que mancha al hombre; comer sin lavarse las manos, no". Y en la Iglesia, ¿qué es lo que contamina al cristiano? Contestémonos a esta pregunta.

El salmo de hoy nos presenta una actitud profundamente religiosa:  el drama del pecado. Este drama se sitúa en el interior de la "relación con Dios". No se trata aquí del simple fenómeno sicológico del remordimiento, de la vergüenza... Se trata de la ruptura de la Alianza, de la reanudación del diálogo de amor, entre dos seres que se aman, y que se han hecho mal, pero que se perdonan. "Dichoso el hombre a quien el Señor no acusa de falta alguna. Te he confesado mi falta. Y Tú has perdonado la ofensa de mi falta. Tú eres mi refugio. El Señor rodea con su gracia (con su "Hessed", "amor fiel") a aquellos que "confían en El". Aquí está la palabra clave de la Alianza, la palabra "amor".
Y esto lo sufre el corazón humano. Y es esto lo que claramente ha analizado el salmista. Muy profundo debió ser el autor de este salmo. La Biblia dice que fue David, y al menos para la primera parte del salmo, no habría ningún serio inconveniente para atribuírselo. El, David, que tantas experiencias tuvo y que tan bellamente supo cantar la realidad interior del hombre y de su fe.
El salmo nos presenta la experiencia del agobio. No de una manera abstracta, sino basándose en la propia experiencia, en la vivencia de un tormento interior, el autor analiza su situación interna. Vive en desasosiego, en el agobio. Un remordimiento profundo o una insatisfacción constante lo invaden y no le dejan en paz: "sus huesos se consumen, ruge todo el día". Algo que le roba la paz y la serenidad, algo que le hace infeliz. Y en la raíz de todo descubre el pecado: "Había pecado, lo reconocí". En sus múltiples formas el pecado sabe tiranizar al hombre, a veces de una manera tan sutil que solamente él lo siente y los demás no se percatan. Pero allí está su obra y sus consecuencias. Causa de insatisfacción, de complejos, de desesperación y de infelicidad, su peso se hace a veces insoportable. Se siente la necesidad de liberarse de él, de salir, de gritar, de confesar...
El salmo 31 habla del pecado y el perdón. La lepra y su curación por Jesús ha sido tomada tradicionalmente como una imagen del pecado y su perdón. Pero en el momento actual no tendríamos que limitarnos a este tipo de aplicaciones: es importante resaltar que Jesús se acerca a enfermos y marginados reales, físicos. Y además, puede resultar un tanto ofensivo para los leprosos actuales, si no se explica bien, este tipo de aplicación.
San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizará el Salmo 31 para mostrar a los catecúmenos la profunda renovación del Bautismo, purificación radical de todo pecado («Procatequesis» n. 15). También él exaltará con las palabras del salmista la misericordia divina. Concluimos nuestra catequesis con sus palabras: «Dios es misericordioso y no escatima su perdón... El cúmulo de tus pecados no será más grande que la misericordia de Dios, la gravedad de tus heridas no superará las capacidades del sumo Médico, con tal de que te abandones en él con confianza. Manifiesta al médico tu enfermedad, y dirígele las palabras que pronunció David: "Confesaré mi culpa al Señor, tengo siempre presente mi pecado". De este modo, lograrás que se haga realidad: "Has perdonado la maldad de mi corazón"» («Las catequesis» --«Le catechesi», Roma 1993, pp. 52-53).
Ojalá el salmo que hemos visto sea una voz de invitación que nos conduzca hacia Dios, que es donde se encuentra la paz y la alegría.
San Juan pablo II concluye asi su catequesis sobre este salmo: " En el Salmo proclamado hoy encontramos el testimonio personal de un convertido. Habiendo cometido culpas graves, no tenía valor para confesar sus pecados. Su situación era penosa. Sentía el peso de la mano de Dios, consciente de que Dios, guardián de la justicia y la verdad, no es indiferente al mal. Por ello, decide confesar su culpa. Sus palabras parecen anticipar las del hijo pródigo de la parábola de Jesús. Dios responde con el perdón. Para los arrepentidos y perdonados, a pesar de las pruebas de la vida, se abre un horizonte de confianza y de paz.
Podemos aplicar este Salmo al sacramento de la Reconciliación. En él se debería experimentar la conciencia del pecado, a menudo ofuscada, y al mismo tiempo, la alegría que brota del ser liberado y perdonado.( San Juan Pablo II. Audiencia general miércoles, 19 mayo 2004 ).

De la segunda lectura nos queda un claro mensaje: nadie puede dar gloria a Dios si desprecia la conciencia de los demás. San Pablo se refiere concretamente a los cristianos que comían o bebían alimentos impuros, porque eran alimentos que habían sido sacrificados previamente a los ídolos. Algunos cristianos, que venían del paganismo, seguían esta costumbre y no la creían contraria al cristianismo. San Pablo les dice a todos que toda comida es, en sí misma, pura y que lo importante es que hagan todo para gloria de Dios, no apartando a nadie, por esta causa, de la salvación. Así lo hace, de hecho él mismo. Quedémonos nosotros con esta frase: “hagamos todo para gloria de Dios”. Lo importante, en la comida y en todo lo demás, es ayudar a los demás a amar a Dios y al prójimo, esto es hacer todo para gloria de Dios. También san Ignacio de Loyola tenía esto muy claro cuando mandaba a sus frailes que hicieran todo “a la mayor gloria de Dios”.
San Pablo deja claro que  es preciso no escandalizar a nadie, ni a los judíos ni a los gentiles, ni a los de fuera ni a los hermanos en la fe. Esto significa para los fuertes que no deben herir la susceptibilidad de los débiles, aunque no deben renunciar tampoco a confesar la libertad de los hijos de Dios ante los gentiles. Se nos invita a actuar teniendo en cuenta la situaciones concretas personales. Una actitud necesaria para nosotros creyentes hoy es buscar, por encima de todo, el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se nos dará por añadidura. El ejemplo de Pablo puede evitar hoy muchas tensiones inútiles dentro de la iglesia.
San Pablo se ha referido y ha reflexionado desde un hecho cotidiano en su tiempo, el problema de comer o no comer las carnes sacrificadas a los ídolos. El apóstol no daban importancia a ese hecho, pues en realidad dicha carne es sólo carne. Pero algunos cristianos, sobre todo los más cercanos a las creencias judías, repudiaban totalmente tal práctica. Pablo consigue con su exhortación dar una normal general importantísima para la conducta del cristiano: “Hacedlo todo para gloria de Dios”. Y la clave está en que todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos sean para mayor gloria de Dios. Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en el templo algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, entregando unas monedas en las colectas, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen.
Esa especie de esquizofrenia de vida y comportamiento es una constante de los cristianos ahora y en todas las épocas. Y contra eso ya Pablo, hace casi dos mil años, llamaba la atención sobre el problema. Y además es que dicha posición de hacer todo por la gloria de Dios, plantea que todo lo creado es bueno, pero no hay maldad en la gran mayoría de nuestras acciones y de nuestras necesidades y deseos. Que no hay oposición entre lo material y lo espiritual, ni en lo llamado bueno, ni en lo llamado malo. Y es que Jesús nos enseñó que todo lo que hacía era para Gloria de su Padre.
Somos los hombres y mujeres de todos los tiempos quienes marcamos fronteras y divisiones innecesarias. Los que decretamos la bondad o la maldad de algunos de nuestros semejantes. Pero eso Dios no lo hace ni lo dice. Y es que el fondo de lo que dice Pablo hay una invitación a la unidad de todos, dentro del amor y en comunión con Dios. San Pablo no hace otra cosa que imitar a Jesús. Así es el Señor Jesús quien nos lo enseña mediante la palabra inspirada de San Pablo.
Una perfecta vida burguesa, pasar de todo lo que se salga de los caminos trillados ya por la especie humana, conservaréis la calma, la paz. Y la tranquilidad de conciencia, se atreven a añadir. Sí, la paz de los perezosos, de los injustos políticamente correctos, como se dice hoy en día. Sin querer reconocer que se arrastra una vida injusta a la luz del mensaje evangélico. Como, bebo, visto, compro y miro, haciéndolo todo para la gloria de Dios, así lo afirmo, estoy convencido y basta, repiten. San Pablo en nombre de Dios nos dice: no seas motivo, con tu comportamiento, de que otros prescindan de Dios y crean que Él es injusto, caprichoso. Que te da a ti lo que a otros niega. Pensará así, al verte, al conocer la vida que llevas y reclamen a Dios justicia, para conseguir ellos, lo que tienes tú. Su reflexión será, tal vez, impropia, pero sumida en la tristeza de la que serás culpable.

El evangelio nos presenta la figura de un leproso. Este leproso viene hasta Jesús, se acerca a él. Esto es lo primero que hemos de hacer, si queremos ser curados de la lepra-pecado de nuestra condición pecadora, acercarnos a Cristo, llegar hasta donde está él, oculto, pero presente en el Sagrario. Venir también hasta el sacramento de la Penitencia para confesar nuestros pecados con humildad, para que él nos perdone y nos dé fuerzas para ser fieles a nuestra condición de hijos de Dios, llamados a la santidad.
El leproso se pone de rodillas y adopta una actitud suplicante. Con una gran fe y humildad, lleno de confianza, exclama: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Ante esa manera de rogarle, ante esa sencillez, el corazón de Cristo se enternece con una compasión profunda y contesta: "Quiero: queda limpio". Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús no se hizo rogar, fue suficiente la humillación y la confianza del leproso para que actuara en su favor enseguida.
  Seguimos contemplando y nos llenamos de alegría y de esperanza. Contemplamos en silencio a Jesús y esperamos que nos mire y se compadezca también de nosotros, tan sucios y podridos quizás. Desde lo más hondo de nuestro ser repetimos la sencilla plegaria del leproso: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Así una y otra vez. Podemos estar seguros de que Jesús volverá a enternecerse y nos dirá: "Quiero: queda limpio".
Jesús cumple la Ley de Moisés y por ese le pide al leproso que haga lo que manda la religión y que se presente al sacerdote. A lo que se opone Jesús es a lo inhumano de una parte de esa ley, al aislamiento, a la soledad y a la pobreza obligados del enfermo de lepra. Todo el enfrentamiento de Jesús de Nazaret con la religión oficial reside en la exageración de unas normas que se habían convertido en auténtica esclavitud. Esas normas habían creado una imagen falsa de Dios, convirtiéndole en un ser lejano y justiciero. Y es lo que el Maestro quiere evitar. Y comunica algo completamente revolucionario para esos tiempos… y para los de ahora: que Dios es amor y que el prójimo merece nuestro cariño y ayuda, nuestro roce, nuestras caricias y las necesarias palabras de aliento.
Para nuestra vida también nos presenta como ejemplar la actitud del leproso. El leproso del Evangelio viene hasta Jesús, se acerca a él. En nuestra vida, esto es lo primero que hemos de hacer, si queremos ser curados de la lepra de nuestra alma, acercarnos a Cristo, llegar hasta donde está él, oculto, pero presente en el Sagrario. Venir también hasta el sacramento de la Penitencia para confesar nuestros pecados con humildad, para que él nos perdone y nos dé fuerzas para no ofenderle nunca más.
Del evangelio queda un ejemplo para nosotros y una llamada de atención: tenemos que acercarnos al necesitado, acogerle con cariño y estar dispuestos a tenderle nuestra mano. Las manos sirven a veces para golpear, para rechazar, para desplazar al otro. Jesús emplea su mano para perdonar, para acoger, para ayudar, para apoyar al que se tambalea, para guiar al que no encuentra el camino. Dios nos ama personalmente y apasionadamente. Lo ha demostrado en Jesús de Nazaret y lo podemos comprobar en la curación del leproso. Su amor está por encima de la justicia humana.
La lepra personifica en los tiempos que vivimos a toda persona que se duele y llora por las situaciones de contradicción que se dan en el mundo. Por tanta exclusión e injusticia fruto de la intolerancia o de los intereses que convierten automáticamente a unos en buenos y a otros en malos. Unos son colocados en el escaparate, como referencia y encarnación de los valores que emergen en una sociedad caprichosa, y otros son desterrados porque –sus exigencias o su modo de vida- pueden resultar chocantes o calificados incluso de “peligrosos”.
Hay muchos descartes en nuestra sociedad y muchos intentos ideológicos de silenciar a los que no hacen orfeón o secundan iniciativas amparadas por leyes de turno. Existen muchas iniciativas de apartar a los “nuevos leprosos” porque no dicen lo que la sociedad quiere oír ni actúan como la sociedad dicta.
Nuestro comportamiento en todo debe ser de tal manera, que nuestras decisiones las tomemos de acuerdo con las apetencias justas de los demás, no por lo que nos marque nuestro egoísmo. Ser indiferentes a los otros, sentir lástima por las víctimas de desgracias naturales, por las crisis económicas inesperadas, sin hacer nada por ellos, sin tener siempre presente que ser cristiano es compartir, es olvidar errónea e injustamente, el mensaje de Jesús.
Si hemos escuchado atentamente el relato de Marcos en el evangelio de hoy vemos muchas cosas dignas de ser tomadas en cuenta, para nuestra vida de cada día. Precisamente, en línea a esas prescripciones en torno a los leprosos. Es el enfermo quien se acerca a Jesús. Eso significa que el mismo Jesús le autorizó a romper la distancia de seguridad que marcaba la Ley. Y le permite asimismo que hable. Expresa el leproso su deseo de ser curado por Jesús. El Maestro lo acepta pero además toca al leproso, lo cual estaba completamente prohibido. Es cierto que podría haberle curado sin rozarle, con solo una palabra. Pero le toca y eso en presencia de todos, de las multitudes que le seguían cotidianamente. Para que no quepan dudas de que su gesto es humano y humanitario. Rompe así el aislamiento del leproso.
Dediquemos esta semana que empieza (el miércoles comienza la Cuaresma -tiempo de conversión-) a meditar sobre esos caminos de amor a Dios y a los hermanos. !Ojala nos concienciemos profundamente sobre que barreras que nos separan del prójimo y no inventar –o favorecer-- leyes que nos separan de él o que traigan desigualdad y odio entre nosotros ¡. El leproso tuvo un acto de valentía y se acercó, contra todos y todo, a Jesús. ¿Qué actos de valentía evangélica estamos dispuestos a tener y adoptar en nuestra vida.
Una vez más, como en tiempos de Jesús, la perseverancia y la mano de Dios salen al paso de aquellos que saben que, sólo Dios, es capaz de responder con generosidad cuando el mundo rechaza o abandona.
Miremos un poco a nuestro alrededor. ¿Qué se enaltece? ¿Qué se valora? ¿Qué se desprecia? ¿Qué se margina? ¿Qué se recompensa?

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org