sábado, 14 de abril de 2018

Comentario a las Lecturas del III Domingo de Pascua 15 de abril de 2018

Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C—se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección.
Las tres lecturas de hoy contienen alusiones directas al perdón de los pecados: "arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados" (I lectura); "El es víctima de propiciación por nuestros pecados" (II lectura); "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén" (Evangelio). A primera vista, quizá parezca rara esta insistencia en el perdón de los pecados -un tema tradicionalmente cuaresmal- en pleno tiempo de Pascua. En el fondo, sin embargo, es perfectamente lógica esta insistencia, puesto que, si el pecado conduce a la muerte, la resurrección a la nueva vida destruye el pecado. El fruto directo del misterio pascual es la remisión de los pecados, y uno de los signos más claros de la presencia del Resucitado en la Iglesia es el anuncio del perdón de todas nuestras culpas.
El hombre tiende a negar su propio pecado o, si lo reconoce, intenta apaciguar su ansiedad mediante ritos purificatorios. El cristianismo propone una norma de conducta: reconocer el propio pecado y aceptar ser aceptado por alguien en esta situación de pecado. Reconocernos pecadores y aceptar depender, no de nuestro orgullo ni de ningún rito tranquilizante, sino de alguien que nos pueda ayudar a descubrir el camino de superación del pecado.
La  liturgia de estos domingos nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Con ello  nos presenta ya unos creyentes que han recibido el Espíritu Santo. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Es importante no olvidarlo.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Act 3, 13-15.17.19) nos sitúa siguiendo a Pedro que  acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. El discurso de Pedro, 3, 12-26, está motivado por la actitud del pueblo ante la curación del cojo en la puerta del templo.
Pedro comienza dando gloria a Dios y a Jesucristo en cuyo nombre ha realizado el milagro (v. 6). Pues no ha sido el poder de Pedro el que ha hecho andar al tullido, sino la fuerza de Dios que ha resucitado a Jesucristo; y tampoco ha de ser la fe en Pedro, sino la fe en Jesucristo, la que puede borrar los pecados del pueblo.
A los curiosos y admiradores Pedro les dice que la curación no es fruto de fuerzas ocultas que ellos posean. Con este hecho Dios glorifica a su Siervo Jesús. Al atribuir el hecho al Dios de Abraham establece una contraposición entre los judíos=hijos de Abraham, que han negado y muerto a Jesús, y Dios que lo ha glorificado. Al referirse a la glorificación del "Siervo Jesús" alude al siervo de Isaías, que a través de su sacrificio ha realizado el plan de Dios: salvar a los pecadores de todos los pueblos.
Con sus palabras valientes, Pedro realiza a la vez y en el momento preciso el anuncio y la denuncia del evangelio.
Esta segunda presentación del mensaje es muy semejante a la de Hech. 2, 22 sig. Es también composición de Lucas a base de tradiciones del kerygma primitivo y los elementos son también muy semejantes: cumplimiento de la promesa que Dios obra en y por Jesús; rechazo humano de este mismo Jesús y glorificación por parte del Padre. En este punto contrasta fuertemente la actividad humana: "entregasteis", "negasteis al Santo", "matasteis al autor de la vida (vv. 13, 14-15) y la divina: Dios le ha resucitado (v. 15). Los apóstoles son testigos de esta acción de Dios. Cada uno ha de sacar las consecuencias de esta proclamación, sabiendo que en los judíos actores estábamos representados todos. Cada mujer, cada hombre, está confrontado con esos acontecimientos para aceptarlos o no, para apuntarse a lo que significan o para dejarlos.
En esta lectura, más que ponerse del lado de Pedro que predica y anuncia que son
culpables de la muerte de Cristo, hay que ponerse entre los que escuchan para sentirse responsables de la muerte de Cristo. Y si todos son culpables de la muerte también todos participan de la salvación si voluntariamente no se excluyen.
Hay una cierta excusa en el comportamiento de los ejecutores de Jesús. Lo hicieron por ignorancia. Muy típico de Lucas, que ha aprendido la lección del Maestro. No ha lugar para vg. el antisemitismo. Se ve que Pedro habla a unos que, probablemente, no eran los actores materiales de la muerte de Jesús pero los considera englobados en ella, de la misma manera también todos los demás.
Un romano-pagano, en última instancia, se ha hecho responsable de la gran injusticia. Todos son culpables. Si hay solidaridad en la culpa debe haberla en la penitencia. Pedro ofrece a todos, incluidos los judíos, la posibilidad de ser justificados. Sin negar la culpa quiere facilitarles las condiciones de la conversión. Admite atenuantes. Todos han contribuido a la muerte. La clase dirigente judía ha rechazado al Mesías. Uno del grupo de los Doce lo ha traicionado.
Arrepentíos, cambiad de vida y os serán perdonados los pecados. Esta invitación suena diferente en el tiempo de Pascua y en tiempo de Cuaresma, pero la actitud de conversión debe ser permanente.


En el salmo responsorial de hoy Salmo 4 (Sal 4, 2. 7.9), pedimos que el Señor obre en nosotros, desde la humildad sabemos que necesitamos que el esté ahí junto a nosotros y actuando en nuestra vida, personal y social.
Este salmo es la oración de un "fiel", un hombre religioso de Israel consciente de ser amado por Dios. Tal es el sentido de la palabra "Hassid": el fiel, objeto de la Alianza Divina. Ahora bien, este hombre lleno de fe, no está preservado: su oración al comienzo es jadeante...
Para decir que ora, se atreve a decir que "grita" hacia Dios. Su gran angustia, es estar literalmente sofocado por los paganos que lo rodean: este paganismo, este ambiente materialista, diríamos hoy, es atrayente, aun para un fiel. Recurre entonces a una antiquísima costumbre religiosa usada en muchas de las religiones antiguas: "pasará una noche en el Templo", haciéndose el "huésped de Dios", esperando el favor de un "sueño profético" en que Dios le hablará.
De hecho, en el fondo de sí mismo, en su fe, escucha decir a Dios que la vida "sin Dios" es "nada", una "carrera hacia la mentira", una vida engañosa. La verdadera felicidad no está en la abundancia de bienes materiales, sino en "la intimidad con Dios": "alza sobre nosotros la lumbrc de tu rostro... Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y d vino".
"Tú que en el aprieto me diste anchura" (v. 2).
La impresión de estar perdido. Caminar por una estrecha vereda entre dos precipicios. Por una parte están los demás que se encargan de excavarme un abismo bajo los pies., Mezquindad, incomprensión, orgullo. Un ambiente que me asfixia, me desilusiona, me desgasta, me oprime. Los intentos de hacerme entender, de elevarme sobre mares de miedo, de rebelarme contra la gigantesca comedia general, son anulados por la desconfianza y la indiferencia. Las fuerzas de los distintos fariseísmos, de la pereza, de los privilegios, de la defensa del statu quo, se alían para quitarme terreno, excavar abismos de sospechas y envenenar el aire de prejuicios.
Por otra parte me encuentro frente a mi vacío, mis cansancios y mis innumerables desilusiones. Voy por una vereda entre dos precipicios. De repente me empieza a doler la cabeza, siento vértigo, las piernas me tiemblan, el sendero se hace cada vez más estrecho, como un hilo, me falta tierra para pisar. Ante mi grito desesperado alguien me coge por la espalda, me empuja y me precipita... en la anchura. En una zona de serenidad, con vastos horizontes, abiertos a las más audaces exploraciones. Lejos de todas las pequeñeces e intentos de servilismo.
Dios es el que me da anchura.
"Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha?" (v. 7).
Esta exigencia ya no se puede eludir. Se trata de «ver algo». Las palabras deben dejar el puesto a los hechos. El cristianismo «de boca» debe dar paso a un cristianismo «de compromiso», de hechos. Después podremos continuar hablando. O quizá no será necesario ni hablar. Nos explicaremos perfectamente de este modo.
Nos hemos creído que bastaban las declaraciones precisas, las tomas de posición teóricas, los programas, las instancias, los «exámenes profundos» de la situación, los buenos sentimientos, la indignación, la comprensión. Pero la gente espera otra cosa. Espera la realización práctica de nuestras palabras.
"En paz me acuesto y enseguida me duermo porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo" (v. 9).
Termina el día con todo su bullicio, su aburrimiento, los riesgos, las desilusiones, las pesadillas, las preocupaciones. He sido capaz de encontrar un sitio donde reposar mi cabeza. «En ti reposaré mi cabeza y dormiré» (P. Claudel). No conoceré ya la inquietud ni la desesperación porque todas las demás cosas han perdido su poder de seducción sobre mí. Marcada con el sello de su rostro he encontrado la unidad de mi vida e incluso el sueño puede convertirse en un «sacrificio legítimo» (v. 6).
Porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo (v. 9).
No dice «me das un poco de seguridad», sino algo con mucha más fuerza: «me haces vivir tranquilo». Y nadie más me moverá. Incluso si perturbo la paz pública con mi grito.

La segunda lectura de la primera carta de San Juan (1 Jn 2, 1-5a) ,   está dentro del contexto general que es desenmascarar a unos herejes a los que llama anticristos 2, 19; pseudoprofetas 4, 1. Estos defendían falsas doctrinas sobre la persona de Cristo y sobre la redención. De su doctrina hacían aplicaciones morales contrarias a la enseñanza de los apóstoles. Negaban la posibilidad de pecar y defendían que no tenían necesidad de ser redimidos por la sangre de Cristo. No se sentían ligados a los mandamientos pero creían estar en comunión con Dios. No se preocupaban de su manera de actuar porque ninguna acción, del que está unido y en comunión con Dios, puede ser pecado.
El autor afirma la posibilidad del pecado y contra los herejes enseña que la fe en Dios y la observancia de los mandamientos son dos realidades que no se pueden separar, que la realidad del pecado es cierta pero que en la vida del cristiano el perdón del pecado está siempre al alcance de todos. Su conclusión es que ni la afirmación de los herejes ni la facilidad del perdón han de dar una falsa seguridad. Dios perdona en virtud de la intercesión de Cristo que es víctima de propiciación por nuestros pecados.
Contra las "frases" de los falsos maestros, Juan establece el único criterio válido para discernir entre el verdadero y el falso conocimiento de Dios. Sólo conoce a Dios el que hace lo que Dios manda. Pues conocer a Dios es para Juan siempre "reconocer" a Dios, esto es, tenerlo en consideración y aceptarlo prácticamente como el que es. Es una afirmación característica de Juan ésta de que sólo se conoce la verdad cuando se hace. En consecuencia, conocer a Dios es imposible sin cumplir los mandamientos de Dios (cfr. 3, 22 y 24; Jn 14, 15 y 23; 15, 10).
Aplicando el criterio anterior a los falsos maestros que dicen y no practican, se descubre que son unos mentirosos. La "mentira" es para Juan una oposición, a ciencia y conciencia, a la verdad, y la Verdad es Cristo. Los que se oponen a la Verdad no la conocen, pues no está en ellos, sino contra ellos. Por más que digan que conocen a Cristo, a la Verdad, si no cumplen lo que Cristo dice, están ciegos y caminan en las tinieblas. Su pretensión es el peor de los pecados, es obstinación y ceguera, es tinieblas e incredulidad. Pues no hay ortodoxia sin ortopraxis, y nadie está en la verdad si no hace la verdad.
Hay que estar siempre en guardia contra el pecado para no ser excluido de la comunión con Dios pero se puede vivir en paz porque hay un intercesor ante el Padre en caso de pecar.
El criterio para saber si el conocimiento que tienen de Dios es verdadero o falso es la observancia de los mandamientos. Cumplir la palabra (v. 5) puede ser una alusión a la Palabra=Cristo.
Quien sigue a Cristo tiene el auténtico amor de Dios.
Así comenta San Agustín este texto: " Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero quizá se cuela el pecado en la vida humana. ¿Qué hacer? ¿Dejar paso a la desesperación? Escucha: Si alguien peca -dice- tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el Justo; él es propiciador por nuestros pecados. Él es nuestro abogado. Pon empeño en no pecar; mas si la flaqueza de tu espíritu te indujo al pecado, ponte en guardia al instante, desapruébalo, condénalo enseguida; una vez que le hayas condenado, podrás acercarte seguro al juez. Allí tienes tu abogado; no temas perder la causa de tu confesión. Si a veces se confía el hombre en esta vida a una lengua elocuente, y así evita el perecer, ¿vas a perecer tú, si te confías a la Palabra? Grita: Tenemos un abogado ante el Padre.
Contemplad al mismo Juan revestido de humildad. No cabe duda de que era un hombre justo y excelso, que libaba los secretos de los misterios en el pecho del Señor; él, en efecto, es quien bebiendo del pecho del Señor, eructó la divinidad: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios (Jn 1,1). Tan gran varón no dijo: «Tenéis un abogado ante el Padre», sino: Si alguien peca, tenemos un abogado. No dijo: «Tenéis», ni «me tenéis», ni «tenéis a Cristo», sino que presentó a Cristo, no a sí mismo; dijo: «Tenemos», no: «Tenéis». Prefirió contarse en el número de los pecadores para tener por abogado a Cristo, antes que constituirse personalmente como abogado en lugar de él y hallarse entre los soberbios merecedores de condenación. Hermanos, es a Jesucristo, el Justo, a quien tenemos por abogado ante el Padre; él es propiación por nuestros pecados. Quien retiene esto, no es hereje; quien lo defiende, no es cismático. ¿De dónde se originan los cismas? De decir los hombres: «Somos justos»; de afirmar: «Nosotros santificamos a los impuros, justificamos a los impíos, nosotros pedimos y nosotros alcanzamos lo pedido». Pero ¿qué dijo Juan? Si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo, el Justo.
Entonces dirá alguien: « ¿Luego los santos no interceden por nosotros? ¿No piden por el pueblo los obispos y prelados? Atended a la Escritura y veréis que ellos mismos se encomiendan al pueblo. El Apóstol dice a los fieles: Orad unánimes, orad por mí (Col 4,3). Ora el pueblo por el Apóstol y ora el Apóstol por el pueblo. Rogamos por vosotros, hermanos; rogad vosotros por mí. Rueguen los miembros unos por otros, interceda por todos la Cabeza. Por lo tanto, no es de admirar lo que sigue, y que al mismo tiempo tapa la boca a los que dividen la Iglesia de Dios. El que dijo: Tenemos por abogado a Jesucristo, el Justo, que es propiciación por nuestros pecados puso su mirada en los que habían de apartarse de él y decir: He aquí al Cristo, hele aquí (Mt 24,23), con la intención de mostrar que quien compró el mundo entero y posee todo lo creado se halla sólo en una parte. Por eso añadió a continuación: No sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo." ( San Agustín. Comentario a la I Carta de San Juan 1,7-8.).

El evangelio o de hoy de San Lucas (Lc.  23, 35-48) nos recuerda el núcleo de la fe y predicación cristiana: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto".
Este mensaje  es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús y las dudas correspondientes de los discípulos, de las cuales nosotros no estamos exentos.
El texto parte de una situación idéntica a la del domingo pasado en Jn. 20, 19-31. Caída de la tarde del domingo, discípulos reunidos en un local de Jerusalén, llegada inesperada de Jesús. Lo mismo que a Juan, tampoco a Lucas le interesan el cómo y el modo de esta llegada. Lo importante es el hecho: Jesús está ahí, expresando deseos de paz. Es ahora, en el tratamiento del hecho, cuando comienzan las diferencias entre Lucas y Juan. Y es precisamente este diverso tratamiento de un mismo hecho lo que da la medida exacta de la diversidad de problemática, intereses y objetivos existentes en ambos evangelistas, lo cual equivale a decir que nos hallamos ante autores y obras diferentes.
Como había desaparecido repentinamente de la vista de los discípulos de Emaús, también ahora se presenta Jesús repentinamente en medio de los once y de los que están con ellos.
Jesús no está ya sometido a las leyes del espacio y del movimiento en el espacio. El modo de existir del resucitado no es ya el modo de existir del Jesús terrestre. La aparición repentina, inesperada e inexplicable del Resucitado causa miedo y terror.
La resurrección de Jesús y su aparición en figura corporal es cosa que sobrepasa la capacidad de comprensión humana. Ni siquiera viendo y oyendo su saludo de paz logran los discípulos convencerse de que es él.
San Lucas no habla de miedo al exterior como hace Juan, sino de miedo ante la presencia de Jesús. A San Lucas le interesa la problemática de identidad del Resucitado. ¿Quién es el Resucitado? ¿Es el mismo Jesús de antes de morir? ¿Resucitado y Jesús son la misma persona? Desde el prólogo de su Evangelio sabemos que LC. es un escritor crítico. El dice que al escribir su evangelio buscó testigos oculares de las cosas ocurridas, que investigó cuidadosamente los hechos, que precisa trasmitir la solidez de lo recibido". En la segunda de sus obras, Hechos de los Apóstoles, la condición indispensable para cubrir la vacante de Judas dentro de los doce es el haber convivido con Jesús desde el principio, hasta el final, es decir, el haber sido testigo ocular de su vida.
Sólo bajo esta condición se puede ser testigo de la resurrección de Jesús, es decir, se puede garantizar críticamente que Resucitado y Jesús son la misma persona.(Hech 1, 21-22).
Si Lucas hace hincapié en los once (doce en los Hechos) es porque sólo ellos cumplen esta condición y son, por lo tanto, los únicos que ofrecen la garantía crítica incuestionable para poder creer que el Resucitado y Jesús son la misma persona. Gracias a ellos, podemos hoy, veinte siglos después, creer tranquilos. A Lucas, el autor que se planteó y abordó esta problemática, debemos la certeza inconmovible de nuestra fe en el Resucitado. Con su tratamiento del problema, Lucas echó la base sobre la que se apoya nuestra fe. Los discípulos ven la aparición, pero la interpretan como la de un espíritu sin cuerpo, como un fantasma. Una aparición puede constituir un fenómeno psicológico y por eso necesita el evangelista resaltar la corporalidad del Jesús aparecido y la realidad física de su encuentro con los apóstoles. Por eso les deja que palpen su carne y por eso come con ellos.
La predicación de la primera comunidad cristiana aludía a estas comidas con el Resucitado precisamente para alejar el peligro de volatizar el cuerpo de Jesús y dejarlo reducido a algo puramente espiritual. "A éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con el después que resucitó de entre los muertos" (Hch/10,40-41), predica Pedro en casa de Cornelio.
"Entonces les abrió el entendimiento para comprender las escrituras". Este es el don pascual que Jesús hace en el relato de ayer a los discípulos de Emaús; hoy, a los doce reunidos".
En el texto San  Lucas comenta la llegada de Jesús destacando lo siguiente: Llenos de miedo por la sorpresa, los once y sus acompañantes creían ver un fantasma. A diferencia de Juan, Lucas distingue entre los once y el resto de los discípulos. Lucas hace hincapié en los once (cfr. Lc. 24, 33). Por otra parte, Lucas no habla de miedo al exterior como hacía Juan, sino de miedo ante la presencia de Jesús. A Lucas, pues, le interesa la problemática de identidad del Resucitado. ¿Quién es el Resucitado? ¿Es el mismo Jesús de antes de morir? ¿Resucitado y Jesús son la misma persona? Desde el prólogo de su evangelio sabemos que Lucas es un escritor crítico. Vale la pena leer ahora Lc. 1, 1-4, que por razones de espacio no transcribo. Allí se habla de testigos oculares, de investigación cuidadosa, de solidez de lo recibido. En la segunda de sus obras, Hechos de los Apóstoles, la condición indispensable para cubrir la vacante de Judas dentro de los doce es el haber convivido con Jesús desde el principio hasta el final, es decir, el haber sido testigo ocular de su vida. Sólo bajo esta condición se puede ser testigo de la resurrección de Jesús, es decir, se puede garantizar críticamente que Resucitado y Jesús son la misma persona (cfr. Hech. 1, 21-22).Si Lucas hace hincapié en los once (doce en Hechos) es porque sólo ellos cumplen esta condición y son, por lo tanto, los únicos que ofrecen la garantía crítica incuestionable para poder creer que el Resucitado y Jesús son la misma persona. Gracias a ellos podemos hoy, veinte siglos después, creer tranquilos. A Lucas, el autor que se planteó y abordó esta problemática, debemos la certeza inconmovible de nuestra fe en el Resucitado. Con su tratamiento del problema, Lucas echó la base sobre la que se apoya nuestra fe.
El texto de hoy da todavía un paso más. "Todo lo escrito acerca de mí tenía que cumplirse". Este "todo" queda especificado un poco más adelante: pasión, resurrección, proclamación universal de la conversión y del perdón de los pecados. A la problemática de identidad Resucitado-Jesús, Lucas añade ahora la problemática hermenéutica. ¿Cómo leer el Antiguo Testamento? El "tener-que" no es del orden de la predeterminación mental ni de la necesidad física. Es del orden de la captación y de la profundización en el sentido de los acontecimientos y de la historia. Lucas introduce un sentido de finalidad en la historia.
Y esta finalidad la formula con la expresión "tener que". Toda la historia anterior al resucitado la concibe como un proceso que culmina en este Resucitado y a partir de El se expande al mundo entero (no sólo a los judíos) en términos de novedad (conversión) y de gracia (perdón de los pecados).
El relato marca pues, lo especifico del tiempo pascual.

Para nuestra vida
Hoy las lecturas nos ayudan a centramos en Cristo muerto y resucitado. Los textos bíblicos y litúrgicos nos hablan de Él. Esto nos ayuda a tomar conciencia de los frutos de conversión santificadora que en nuestras vidas debió producir la Cuaresma. Esto es lo que nos ayuda a vivir la vida del Resucitado, una vida nueva de constante renovación espiritual. Esto no deben experimentarlo solamente los recién bautizados, sino también todos los demás, porque la renovación pascual ha de revivir en todos nosotros la responsabilidad de elegidos en Cristo y para Cristo por la santidad pascual.
La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior para volver de nuevo a morir un día de manera ya definitiva. No es una simple reanimación de su cadáver, como pudo ser el caso de Lázaro. Jesús no regresa a esta vida, sino que entra en la Vida definitiva de Dios. Por eso, los primeros predicadores dicen que Jesús ha sido "exaltado" por Dios (Hech. 2, 33), y los relatos evangélicos presentan a Jesús viviendo ya una vida que no es la nuestra.
Los cristianos no han entendido nunca la resurrección de Jesús como una supervivencia misteriosa de su alma inmortal. Jesús resucitado no es "un alma inmortal" ni un fantasma. Es un hombre completo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte con todo lo que constituye su personalidad. Para los primeros creyentes, a este Jesús resucitado que ha alcanzado ahora toda la plenitud de la vida no le puede faltar cuerpo.
Los primeros cristianos no describen nunca la resurrección de Jesús como una operación prodigiosa en la que el cuerpo y el alma de Jesús han vuelto a unirse para siempre. Su atención se centra en el gesto creador de Dios que ha levantado al muerto Jesús a la vida. La resurrección de Jesús no es un nuevo prodigio, sino una intervención creadora de Dios. La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús y no a los discípulos. Es algo que ha acontecido en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación de los discípulos. No es que "ha resucitado" la fe de los discípulos a pesar de haber visto a Jesús muerto en la cruz. El que ha resucitado es Jesús mismo. No es que Jesús permanece ahora vivo en el recuerdo de los suyos. Es que Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.
A los primeros cristianos no les gusta decir: "Jesús ha resucitado." Prefieren emplear otra expresión: "Jesús ha sido resucitado por Dios" (Hech. 2, 24; 3, 15...) Para ellos, la resurrección es una actuación del Padre que con su fuerza creadora y poderosa ha levantado al muerto Jesús a la Vida definitiva y plena de Dios. Para decirlo de alguna manera, Dios le espera a Jesús al otro lado de la muerte para liberarlo de la destrucción, vivificarlo con la fuerza creadora, levantarlo de entre los muertos e introducirlo en la vida indestructible de Dios.

En la primera lectura Pedro que  acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo,  dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús".
Vemos un Pedro fuerte y seguro en la fe." Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos". La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio radical: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor.
Anunciar los hechos ocurridos  es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.

Con el Salmo 4 proclamamos: «Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro. Escúchame cuando te invoco, Dios mío, tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración. Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque. Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros”. En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo».
La búsqueda de la dicha, de la felicidad. la humanidad actual, igual que el hombre de todos los tiempos, está ávido de felicidad, busca con ansia la dicha. Hay algo profundamente melancólico en este problema: "¿Quién nos dará la felicidad?".
Esta especie de pesimismo cunde en nuestras civilizaciones occidentales, pese a apariencias contrarias. La "sociedad de consumo" produce una especie de desencanto. Bien pagado, bien alimentado, bien instruido, bien abrigado, bien alojado... El hombre sigue preguntando: "¿Quién nos dará la felicidad?". ¡Qué valiosa es la profesión de fe del salmista, que se atreve simplemente a afirmar que él es feliz, que es más feliz que todos aquellos que superabundan en bienes materiales! "¡Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino!".
Engañarse de felicidad: la "carrera hacia la mentira". Los bienes terrenos son necesarios. Pero quien va al extremo se engaña sobre la felicidad. Estamos seguros de una cosa: ¡que esos bienes son frágiles, fútiles, engañosos, decepcionantes! El autor de este salmo opone un rechazo total a la ambición que llevamos dentro hacia esos bienes engañosos. Estigmatiza esta búsqueda desenfrenada de la "carrera hacia la mentira, el amor de la nada": corréis hacia el "vacío" cuando os dejáis absorber por los negocios... Os equivocáis sobre la verdadera felicidad. "No sólo de pan vive el hombre" (Mateo 4,4). La invitación tanto de Jesús como del salmo, es no tanto de reducir nuestros deseos, cuanto de colocarlos más alto.
Para un verdadero sueño reparador. La fórmula del salmista es pintoresca y de una elocuencia nada banal. "En paz me acuesto y me duermo"... ¡Hace de este equilibrio un signo de su "fe"! No está turbado, no está tenso, aun en medio de sus cuidados... Su secreto, es poner su confianza en Dios. Confiesa que se duerme tranquilo y que se despierta bien dispuesto, la mañana siguiente, pasada una buena noche: "me acuesto, me duermo, luego me despierto; el Señor me protege, no temo a los muchos millares que en derredor mío acampan contra mí" (Salmo 3,6), cantaba el salmo anterior, casi con las mismas palabras. Jesús, era alguien que sabía dormir, aun en medio de las fuertes tempestades, y decía que Dios cuida del trigo que crece aun cuando el agricultor duerma (Marcos 4,27).
Este salmo es tradicionalmente utilizado como oración de Completas. Es una bella oración vespertina. Decir a Dios que El es nuestro "único necesario". Hacer "silencio" haciendo callar las preocupaciones. ("Yo os digo, no os inquietéis", decía Jesús a sus discípulos. Lucas 12,22). Promover en nosotros mismos los valores de "paz", de "tranquilidad", de "felicidad". Luego entregarnos al sueño confiando que la acción misteriosa de Dios continúa en nosotros mientras dormimos. Tener "confianza" en Dios (la palabra se repite dos veces en el salmo) y sepultarse en esta muerte aparente que es el sueño, con la certeza del "despertar".
Reflexionemos en lo secreto, hagamos silencio, no pequemos más. Al caer la tarde, es hora del balance, de la "revisión de vida". Han ocurrido quizá cosas desagradables o malas en esta jornada. Es el momento de "reflexionar" en ellas, y de "convertirse". Señor, rectifica en nuestra vida lo que no corresponde a tu amor. Perdona nuestros pecados.

La segunda lectura de la carta de san Juan,  continua el mensaje del domingo anterior, se nos proclama la invitación inexcusable al  amor. "Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos..La Fe cristiana es comunión con Dios y con los hermanos y la comunión se expresa sensorialmente mediante la comunicación. Los hombres, cada hombre, cada cristiano, no es una isla incomunicada, protegida y solitaria.
San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, no solo evangelizadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos.

El evangelio nos sitúa en la continuación del encuentro de Emaús.
El texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de las apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. A veces su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos.
 Los discípulos de Emaús, le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Después del encuentro del con aquellos discípulos que decepcionados, huían de Jerusalén, camino de Emaús, que nos cuenta Lucas, la narración continúa diciéndonos que presurosos ellos, volvieron a la capital para encontrarse con los demás. Los dos caminantes no quieren quedarse el gozo de su experiencia para sí y los suyos exclusivamente. Los de Emaús son, pues, los primeros misioneros de entre los seguidores del Maestro. María, la de Mágdala, la apóstol de los apóstoles.
Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, - nosotros mismos bastantes veces- nos encontramos agobiados y decepcionados. Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban cabizbajos y desconcertados. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.
Surge una pregunta: ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo?  Regresamos decepcionados de muchas realidades de nuestra vida, incluso de nuestra vida de fe. No llegamos a lo que el Señor espera de nosotros.
Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras dudas o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Así recorremos los caminos de la vida, según nuestros proyectos, olvidando demasiadas veces la voluntad de Dios. Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No olvidemos que sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente.
Jesús se hace presente en medio de sus discípulos y les invita "a comprender" las Escrituras y así entenderán su Pascua, su muerte y resurrección gloriosas. Todas las comunidades cristianas de todos los tiempos hemos de "comprender" las Escrituras con amor y con fe, y así experimentaremos la presencia real de Jesucristo resucitado que nos abre la mente y el corazón con la fuerza de su Espíritu, y podremos ser testigos delante de todos los pueblos.
La Palabra de Dios nos lleva al sacramento. Sin la Palabra no sabríamos nada de Dios, los signos y gestos sacramentales no tendrían ningún sentido. Por eso la reforma litúrgica del concilio Vaticano II en todas las celebraciones de los sacramentos manda que se lea y proclame alguna o algunas lecturas de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios anuncia aquello que el sacramento realiza. Por eso en la Eucaristía, en la Misa, la mesa de la Palabra de Dios y la mesa de la Eucaristía, las dos partes de que consta, están "tan íntimamente unidas que forman un sólo acto de culto" (SC 56).

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com


viernes, 13 de abril de 2018

Lecturas del III Domingo de Pascua 15 de abril de 2018

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 3, 13-15.17-19
En aquellos días, Pedro dijo a la gente:
«El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Vosotros renegasteis del Santo y del justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados»
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
Salmo 4, 2. 7.9
R. HAZ BRILLAR SOBRE NOSOTROS, SEÑOR, LA LUZ DE TU ROSTRO.

Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración. R.

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque. R

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?» R.

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 2, 1-5a
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos.
Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.
Palabra de Dios


ALELUYA Lc 24,32
Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 24, 35-48
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?»


Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo:
«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».
Palabra del Señor

domingo, 8 de abril de 2018

Comentarios a las lecturas del II Domingo de Pascua 8 de abril de 2018

Comentarios a las lecturas del II Domingo de Pascua 8 de abril de 2018

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia.
San Juan Pablo II, instituyó esta fiesta, ahora el Papa, Francisco, ha convocado el "Jubileo de la Misericordia". Misericordia tiene dos significados: perdón y solidaridad. En el evangelio de hoy Jesús envía a sus discípulos: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. El perdón de Dios se derrama en plenitud en la humanidad. Celebrar la misericordia de Dios es algo más que venerar una imagen, es celebrar que Dios es un Padre con entrañas que quiere a sus hijos. "La misericordia es un camino que comienza con una conversión espiritual, y todos estamos llamados a recorrer este camino", ha dicho el Papa Francisco.

En la primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles (Act . 4, 32-35), se nos narra  el modo de vida que llevaban los primeros cristianos lo que animaba a los no creyentes a seguirles. No era tanto lo que oían decir a los apóstoles, sino lo que veían que los apóstoles hacían. Era el ver, más que el oír, lo que animaba a la gente a seguir a los apóstoles.
 Estos versículos ofrecen la alternativa cristiana a los modelos de existencia seculares. Al margen de toda consideración sobre su verificación en el tiempo (con toda probabilidad no tuvo una vigencia muy duradera en la primitiva comunidad), esta alternativa tiene valor constituyente; por eso, confrontándose con ella, la Iglesia de todos los tiempos sabrá indefectiblemente en qué medida es cristiana, es decir, comunidad de Cristo.
El momento constitutivo de esta comunidad de amor es la resurrección de Jesús. La alternativa cristiana es, en primera instancia, religiosa. La resurrección de Jesús es el comienzo y el signo infalible de la nueva humanidad; es esa resurrección la que desencadena el entusiasmo comunitario.
En el origen mismo de la resurrección de Jesús se halla Dios  y a El se refiere la segunda parte del v. 33 "todos eran muy bien vistos" Dios los miraba a todos con mucho agrado). La verificación del favor de Dios es la ausencia de propiedad exclusiva entre los hermanos (v. 34).
"Lo poseían todo en común". Esta lapidaria frase resume el ideal comunitario de los cristianos y representa una increíble fuerza para la nueva Iglesia: ¿Qué mejor motor para el apostolado que el apoyo mutuo y fraterno? Pues no sólo los bienes materiales son susceptibles de ser puestos en común, sino también la fe, la alegría de estar juntos, las preocupaciones...
En Jerusalén, el compartir los bienes era asunto de libre elección. Algunos cristianos ponían todas o una parte de sus propiedades a disposición de la comunidad. Ananías y Safira serán condenados no por haberse quedado con sus bienes, sino por haber hecho creer que los ofrecían en su totalidad, cuando en realidad no se les exigía nada (5, 1-11).
El cuadro de la caridad entre cristianos en la comunidad de Jerusalén es un tanto idílico. Las relaciones de este tipo caracterizan a las comunidades de carácter rural o familiar, en las que las relaciones pueden reproducir prácticamente el "Yo-Tú-, puesto que suponen el conocimiento más o menos íntimo del interlocutor.
El proceso moderno de urbanización ha introducido un valor diametralmente opuesto a la mentalidad rural: la del anonimato, en virtud del cual cada uno protege su vida privada tan absolutamente como quiere, presta a sus conciudadanos numerosos servicios, pero de orden funcional y segmentario, y no admite al intercambio "Yo-Tú- más que a algunos amigos seleccionados.
El anonimato de las ciudades encierra muchos valores y dentro de ese marco nuevo es donde hay que dar cuerpo al amor fraterno y a la atención mutua. El anonimato, y hasta la negativa positiva a conocerse, son muchas veces auténticos medios para vivir más humanamente y para salvaguardar una vida privada profunda y rica, libre frente a la opinión pública. La vida en la ciudad permite, por lo demás, amistades mucho más profundas, elegidas de entre un abanico muy amplio de posibilidades y libres de todas las convenciones de la vida rural.
Finalmente, la población urbana exige una multitud de servicios: las relaciones públicas son mucho más ricas y más diversificadas que en una comunidad restringida. Qué importa que no lleguen hasta la cordialidad antigua, si al menos prestan los servicios que se esperan de ellas y permiten vivir diferentes tipos de relaciones.
Si el amor mutuo de los cristianos tiene un sentido, habrá que aplicarlo hoy a esos diferentes niveles de la vida privada, de la vida seleccionada y de los servicios públicos. La Eucaristía no tiene como misión hacer vivir a los participantes una experiencia de ternura mutua, sino que envía a cada uno a diversificar el amor de Cristo en las mil y una facetas de las relaciones humanas del hombre moderno.

El Salmo de hoy es el   117 (Sal 117, 2-4. 16ab-18. 22-24 )  Este salmo es el último del grupo aleluyático («Gran Hallel») y rezuma un profundo sentido eucarístico, de acción de gracias. El salmista habla en nombre de la nación (v 10): Yahvé ha liberado milagrosamente al pueblo de un gran peligro nacional, y el poeta, recogiendo el sentir colectivo, expresa, durante una procesión al templo para ofrecer las víctimas eucarísticas, los sentimientos de gratitud hacia el Dios nacional.
Este salmo fue utilizado por primera vez el año 444 Antes de Jesucristo, en la fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8,13-18). Hace parte del ritual actual de esta fiesta. La fiesta de los Tabernáculos era la más popular: el "patio de las mujeres" en la explanada del Templo, permanecía iluminado toda la noche...
Procesionalmente se iba a buscar el "agua viva" a la piscina de Siloé... Y durante siete días consecutivos, se vivía en chozas de ramaje en recuerdo de los años de la larga peregrinación liberadora en el desierto... En el Templo la alegría se expresaba mediante una "danza" alrededor del altar: en una mano se agitaba un ramo verde; la otra se apoyaba en el hombro del vecino, en una especie de ronda... se giraba alrededor del altar balanceándose rítmicamente y cantando "¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!"
La verdadera victoria, la auténtica gesta de liberación que consigue el salmista por «la diestra poderosa del Señor» (v. 16), es decir, por su presencia potente y amante, experimentada por el salmista en la relación personal con el Señor.
El Señor, como Padre solícito y sabio, tuvo para conmigo una pedagogía acertada: «me castigó» (v. 18) una y otra vez: me abandonó en las sombras del desconcierto, me sentí mil veces con las aguas al cuello, las difícultades me desbordaban, me sentía como un muro en ruinas, mi prestigio recibió heridas de muerte, caí en las manos de la desesperanza, invoqué a la muerte.... pero «no me entregó a la muerte» (v. 18).
El coro retorna la palabra para comentar, conmovido, los acontecimientos de liberación (vv. 22-25): resulta que aquél que nuestros ojos lo contemplaron pisoteado bajo los pies de sus enemigos, herido por el aguijón de las lenguas venenosas, despreciado con frecuencia, y siempre el último, resulta que ahora ha sido constituido en la piedra angular y viga maestra del edificio (v. 22).
Es un «milagro patente» (v. 23), todo ha sido obra del Señor. Sucedió que el Señor irrumpió en el escenario de la historia, hizo proezas increíbles, sacó prodigios de la nada y dejó mudas a las naciones. ¡Hosanna! Señor, ¡sálvanos! (v. 25).

En la segunda lectura de hoy (1ª carta de San Juan 5, 1-6)  Los primeros versículos son una maravillosa descripción de la vida del creyente: quien cree en la mesianidad de Jesús ha nacido de Dios, es hijo de Dios (v 1a); ama a los hermanos, hijos de un mismo Padre (1b-2); (v. 2) Hay en él  un proceso que va de la fe al cumplimiento de los mandamientos, del evangelio o anuncio de lo que somos -hijos de Dios- a lo que hacemos o debemos hacer, de la ortodoxia a la ortopraxis: El que cree que Jesús es el Cristo, nace de Dios, ama a Dios y en consecuencia a los hijos de Dios, cumple los mandamientos. Pero, si no cumple los mandamientos, esto es, si no cumple el mandamiento del amor, el proceso denuncia su mentira y lo condena: es un incrédulo, no cree que Jesús es el Cristo y ya está condenado. He aquí, pues, cómo para Juan la ortopraxis es la verificación o falsificación de la ortodoxia.
Observa los mandamientos (3); y vence al mundo, porque la victoria con que se ha vencido al mundo es nuestra fe (4). Esta última afirmación es muy interesante: la victoria sobre el mundo ya se ha realizado en Jesús. De ahí que la victoria sea nuestra fe, que es Jesús. Jesús es nuestra fe, como Jesús es nuestra vida, nuestro pan, nuestra palabra.
Así quien ha nacido de Dios vence al mundo. Y creer en Jesús como Mesías, es lo que nos hace Hijos predilectos de Dios. Dice también San Juan que el auténtico amor a Dios se demuestra cumpliendo sus mandamientos. Es, en cierto modo, una aplicación teológica del antiguo refrán castellano: “Obras son amores, y no buenas razones”.

En el  evangelio de hoy (Juan  20, 19- 31 ), El texto nos sitúa en la mañana del domingo del descubrimiento del sepulcro vacío r que culmina en el cuarto Evangelio en la tarde de ese mismo domingo. Si por la mañana el sepulcro vacío dominaba el relato, por la tarde lo domina la presencia de Jesús en medio de sus discípulos. Esta presencia explica aquel vacío, pero, sobre todo, restablece una continuidad de relación Jesús-discípulos. De aquí arranca la intencionalidad del texto. Al servicio del final de la relación está el miedo de los discípulos; al servicio de la reanudación de la relación están el saludo, enfáticamente repetido, y la identificación del propio Jesús como la misma persona que antes habían conocido los discípulos. La reanudación de la relación se sella con la alegría de los discípulos, quienes, a partir de ahora, hablan de Jesús como el Señor, enraizándolo por completo con Dios. La aceptación de la identificación de Jesús por los discípulos se plasma en la fórmula de confesión de fe "ver al Señor".
Son varios los temas que componen este Evangelio: las apariciones del Señor ritman de ocho en ocho días la vida de las comunidades primitivas; Cristo-Señor hace uso de su poder de Resucitado transmitiendo sus poderes a los apóstoles; finalmente, los discípulos se ven llevados a descubrir, lo mismo que Tomás, el desprendimiento de la fe.
San Juan comienza por resumir los datos que han llegado a su conocimiento seguramente a través de las mismas fuentes que a San Lucas (24, 36-49): Cristo no es ya un hombre como los demás, puesto que pasa a través de los muros; pero no es un espíritu, puesto que se le puede ver y tocar sus manos y su costado (v. 20). Su resurrección ha supuesto para El un nuevo modo de existencia corporal. San Juan  presenta a Jesús, más bien orientado hacia el futuro y preocupado por "enviar" a sus apóstoles al mundo.
Un tema importante de las apariciones es la preocupación de Cristo por organizar los distintos elementos que prolongarán sobre la tierra su actividad de Resucitado: la jerarquía, los sacramentos, el banquete, la asamblea (adviértase la doble mención de la "reunión" de los apóstoles" vv. 19 y 26, ya con su ritmo dominical: v. 26).
 ¿Cómo puede San Juan descubrir la venida del Espíritu sobre los apóstoles el domingo de Pascua, mientras que Lucas la anuncia para Pentecontés? (Lc 24, 49). Realmente, Juan se hace eco de una antigua idea de los medios judíos, en especial de los que se movían en torno a Juan Bautista. En esos medios se esperaba a un "Hombre" que "purgaría a los hombres de su espíritu de impiedad" y les purificaría por medio de su "Espíritu Santo" de toda acción impura, procediendo así a una nueva creación . Al "insuflar" su Espíritu, Cristo reproduce el gesto creador de Gén 2, 7 (cf, 1 Cor 15, 42, 50, en donde Cristo debe su título de segundo Adán al "Espíritu" que recibe de la resurrección; Rom 1, 4).
Mediante su resurrección, Cristo se ha convertido, pues, en el hombre nuevo, animado por el soplo que presidirá los últimos tiempos y purificará la humanidad. Al conferir a sus apóstoles el poder de remitir los pecados, el Señor no instituye tan solo un sacramento de penitencia; comparte su triunfo sobre el mal y el pecado.
Se comprende por qué San Juan ha querido asociar la transmisión del poder de perdonar con el relato de la primera aparición del Resucitado. La espiritualización que se ha producido en el Señor a través de la resurrección se prolonga en la humanidad por medio de los sacramentos purificadores de la Iglesia.
La forma de vida del Resucitado es de tal especie que no se le reconoce. San Juan el evangelista del "conocimiento" (Jn 21, 4), a través de una pedagogía particular.
Esta pedagogía del Señor resucitado nos permite comprender la lección dada a Tomás. La nueva forma de vida del Señor no permite ya que se le conozca según la carne, es decir, a base tan solo de los medios humanos. Ya no se le reconocerá como hombre terrestre, sino en los sacramentos y la vida de la Iglesia, que son la emanación de su vida de resucitado. La "fe" que se le pide a Tomás permite "ver" la presencia del resucitado en esos elementos de la Iglesia, por oposición a toda experiencia física o histórica. La fe está ligada al "misterio", en el sentido antiguo de la palabra.
Esta aparición asocia el don del Espíritu y la fe a la revelación del costado de Jesús (v.20). Ahora bien: Juan ya había dicho, en el momento en que fue herido el costado de Cristo en la cruz (Jn 19, 34-37), que la fe captaría a quienes vieran su costado herido. He aquí lo que sucede: la contemplación de la muerte de Cristo provoca la fe en la acción del Espíritu. Si Cristo muestra su costado no lo hace por simples razones apologéticas: revela a los contemplativos la fuente de la nueva economía.
En este sentido, el género de visión (v. 25) que los apóstoles han tenido de Cristo resucitado no ha sido ese tipo de visión material (vv. 26-31) exigida por Tomás. Si no hay diferencia entre estas dos experiencias, no se ve por qué Cristo habría de reprocharle lo que no reprocha a los demás y por qué habría que exigir al primero una fe que no les ha exigido a los segundos. En realidad, los diez apóstoles han tenido una experiencia real del Señor resucitado, pero probablemente fue más mística que la experiencia a que aspiraba Tomás.

Para nuestra vida
En este domingo II de Pascua, se nos invita a reflexionar desde la primera lectura con el modo  como vivían los primeros discípulos de Jesús, sin tener nada propio, sino poniéndolo todo en común: “no consideréis nada como propio, sino tenedlo todo en común", no con criterios de igualdad, porque no todos tenemos  idéntica salud, sino conforme a la necesidad de cada cual.

En el relato de los Hechos de los Apóstoles, vemos como tenían todas las cosas en común y se distribuía a cada uno según su necesidad.
E l modo de vida que llevaban los primeros cristianos lo que animaba a los no creyentes a seguirles. No era tanto lo que oían decir a los apóstoles, sino lo que veían que los apóstoles hacían. Era el ver, más que el oír, lo que animaba a la gente a seguir a los apóstoles. San Agustín, que fundamenta su Regla en este pasaje de los Hechos, lo primero que recomienda a sus monjes es que vivan como vivían los primeros discípulos de Jesús, sin tener nada propio, sino poniéndolo todo en común: “no consideréis nada como propio, sino tenedlo todo en común…, no con criterios de igualdad, porque no todos tenéis idéntica salud, sino conforme a la necesidad de cada cual. Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles: tenían todas las cosas en común y se distribuía a cada uno según su necesidad”. La Iglesia cristiana, nuestro Iglesia, debe tener esto siempre muy en cuenta: que la gente vea que vivimos como verdaderos hermanos. Si no nos ven así, no creerán en nosotros, por muchas bellas palabras que les digamos.
La Iglesia cristiana, nuestro Iglesia, debe tener esto siempre muy en cuenta: que la gente vea que vivimos como verdaderos hermanos.

El salmo de hoy es el 117, era un himno que los judíos contemporáneos de Jesús utilizaban en la fiesta de las tiendas o tabernáculos, una de las más importantes del calendario litúrgico hebreo. Y se cantaba en la procesión de entrada al Templo en dicha fiesta. Según algunos tratadistas fueron los éxitos militares de Judas Macabeo contra los sirios los que, originariamente, debieron inspirar el Salmo. Para nosotros, hoy, representa un canto de alegría pascual: la victoria de Cristo sobre la muerte.
" Das gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia".
Así comentó San Juan Pablo II este salmo; " Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: «Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: «Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado» (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).
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2. Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el «Hallel pascual», es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (vv. 1 y 29).
La palabra «misericordia» traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la «casa de Aarón», es decir, los sacerdotes, y «los que temen a Dios», una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).
....
El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús «el día en que actuó el Señor», en el que «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: «el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (v. 14). «Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24)." [San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 5 de diciembre de 2001]
El salmo de hoy nos recuerda la misericordia de Dios es la dimensión teologal más profunda de Israel. Yahvé es un Dios de ternura, de gracia, de abundante misericordia y fidelidad. Diríase que la misericordia divina es la última instancia salvadora del Israel teologal. El Israel que retorna de la prueba del exilio trae en sus labios una canción a la misericordia de Dios. Junto con el amor, la misericordia es la mejor definición del Dios revelado. Acaso por eso plugo a Dios encerrar a todos los hombres bajo la desobediencia, para usar con ellos misericordia (Rm 11,32). El mejor regalo que Dios nos ha hecho se llama Jesús, el sumo Sacerdote misericordioso. ¿No necesitará el cristiano revestirse de entrañas de misericordia para que alcance misericordia y sea socorrido en el tiempo oportuno?

En la segunda lectura de la primera carta de San Juan se habla de nuestra realidad como Hijos de Dios. Lo somos, si creemos que Jesús es el Señor y si cumplimos sus mandamientos. Es una forma muy sencilla y precisa de definirnos. Sería absurdo que nos quisiéramos hacer Hijos de Dios, cuando ni siquiera creemos en el Él. Y es que cuando, verdaderamente se cree en Él se cumplen, automáticamente, sus mandamientos, si apenas esfuerzo.
San Agustín en su comentario a la Primera carta de San Juan y concretamente en los versículos de hoy nos dice: " Veamos, pues, qué significa creer en Cristo, creer que el mismo Jesús es Cristo. Así sigue la carta: «El que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios». ¿Pero qué significa creer eso? «Todo el que ama al que le da el ser, debe amar también al que lo recibe de él». Une inmediatamente el amor a la fe, porque la fe sin amor no sirve para nada. La fe con amor es la del cristiano; la fe sin amor es la del demonio. Y los que no creen son peores y más tardíos que los demonios. No conozco a nadie que no quiera creer en Cristo, pero si hay alguien, ni siquiera ese está en la misma situación que los demonios. Ya cree en Cristo, pero le odia. Confiesa la fe, pero por temor al castigo, no por amor a la corona. Los demonios también temían recibir un castigo. Añade a esta fe el amor para que sea la fe de la que habla el apóstol Pablo: «La fe que actúa por medio del amor» (Gál 5, 6). Has encontrado al cristiano, has hallado al ciudadano de Jerusalén, al ciudadano de los ángeles, te has cruzado en el camino con un viajero que suspira por el final del camino. únete a él, pues es tu compañero, y corre con él, si es que tú eres lo mismo que él. «Y todo el que ama al que le da el ser, ama también al que lo recibe de él». ¿Quién es el que engendró? El Padre. ¿Y quién es el engendrado? El Hijo. ¿Qué quiere, pues, decir? Que todo el que ama al Padre, ama al Hijo.
«En esto conocernos que amamos a los hijos de Dios». ¿De qué se trata, hermanos? Hace un momento Juan hablaba del Hijo de Dios, no de los hijos de Dios. Cristo era el único que se ofrecía a nuestra contemplación cuando decía: «El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, pues todo el que ama al que le da el ser —es decir, al Padre— ama a quien lo recibe de él», o sea, al Hijo y Señor nuestro Jesucristo. Y continúa: «En esto conocemos que amamos al Hijo de Dios», como si dijera: en esto sabemos que amamos al Hijo de Dios. El que poco antes decía «Hijo de Dios», dice ahora «hijos de Dios», porque los hijos de Dios son el cuerpo del Hijo único de Dios. Y como él es la Cabeza y nosotros los miembros, no hay más que un único Hijo de Dios. Luego el que ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios. Y el que ama al Hijo de Dios ama al Padre. Porque es imposible amar al Padre si no se ama al Hijo. Y si se ama al Hijo, se ama también a los hijos de Dios.
¿A qué hijos de Dios? A los miembros del Hijo de Dios. Y, al amar, él mismo pasa a ser miembro y, por el amor, se incorpora a la unidad del cuerpo de Cristo. Pues si se ama a los miembros, se ama también al cuerpo. «¿Que un miembro sufre? Todos los miembros sufren con él. ¿Que un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría».
¿Qué es lo que dice a continuación?: «Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro» (1 Cor 12, 26.27).
Al hablar un poco antes del amor fraterno, Juan decía: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». Si amas a tu hermano, ¿cómo es posible que le ames a él y no ames a Cristo? Por tanto, si amas a los miembros de Cristo, amas también a Cristo. Si amas a Cristo, amas al Hijo de Dios. Y si amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor no se puede dividir. Elige qué vas a amar, porque, una vez que lo eliges, lo demás viene por sí mismo. Si dices: «Sólo amo a Dios, a Dios Padre», estás mintiendo. Porque si amas, no le amas sólo a él. Si amas al Padre, amas también al Hijo. O si dices: «Amo al Padre y al Hijo, pero sólo a Dios Padre y a Dios Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, al Verbo por el que todo fue hecho, al Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros», vuelves a mentir. Porque si amas a la Cabeza, amas también a los miembros; y si no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza. ¿Es que no te estremece la voz de la Cabeza que grita por los miembros: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4). Dijo que el que perseguía a los miembros le perseguía también a él, y que el que amaba a sus miembros le amaba también a él. Pues bien, hermanos, ya sabéis cuáles son sus miembros: la Iglesia de Dios.
«Por tanto, si amamos a los hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios». ¿Cómo es posible?, ¿es que no son una cosa los hijos de Dios y otra muy distinta Dios? Pero el que ama a Dios, ama sus mandamientos. ¿Y cuáles son sus mandamientos?: «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros» (Jn 13, 34). Que nadie se excuse de un amor en virtud del otro amor, porque este amor es absolutamente coherente. Y del mismo modo que está perfectamente ensamblado, a todos los que dependen de él los convierte en una sola cosa, como si el fuego los hubiera fundido. He aquí el oro, la masa se ha fundido, no hay más que una sola cosa. Pero si no la calienta el fervor del amor, es imposible que la multitud se convierta en una sola cosa. «Por tanto, si amamos a los hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios».

  ¿Y en qué conoceremos que amamos a los hijos de Dios? «En que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos». Y ahora suspiramos porque es difícil cumplir el mandamiento de Dios. Escucha con atención lo que sigue. Hombre, ¿por qué te cuesta tanto amar? Porque amas la avaricia. Lo que amas cuesta mucho amarlo, pero amar a Dios no cuesta nada. La avaricia te va a traer problemas, trabajos, peligros, tormentos y preocupaciones, y sin embargo la obedeces. ¿Para qué la obedeces? A cambio de tener con qué llenar tu arca, pierdes la tranquilidad. No cabe duda de que estabas más tranquilo cuando no tenías nada que cuando has empezado a tener. Fíjate bien qué te trae la avaricia: has llenado tu casa, pero tienes miedo a los ladrones; ahora tienes oro, pero has perdido el sueño. La avaricia te dijo: «Haz esto», y lo hiciste. ¿Qué es lo que Dios te manda?: «Ámame. Si amas el oro, lo buscarás y puede que no lo encuentres; en cambio, si alguien me busca a mí, estoy con él. Si amas el honor, es posible que no lo consigas. Pero, ¿hay alguien que me haya amado a mí y no me haya conseguido?». Dios te dice: «Quieres tener un protector o un amigo poderoso, y tratas de conseguirlo por medio de otro inferior. Ámame —te dice Dios—; para llegar a mí no necesitas de ningún intermediario, porque el amor me hace presente en ti». Hermanos, ¿hay algo más dulce que este amor? «Los pecadores me han contado sus placeres, pero no hay nada como tu ley, Señor» (Sal 118, 85). ¿Y cuál es la ley de Dios? Su mandamiento. Y este mandamiento, ¿cuál es? El mandamiento nuevo, que se llama nuevo porque renueva: «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros». Esta es realmente la ley de Dios, pues dice el apóstol: «Ayudaos mutuamente a llevar las cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6, 2). El amor es, pues, el culmen de todas nuestras obras. Ahí está el fin. Por él corremos, hacia él nos dirigimos. Y cuando lleguemos a él, descansaremos". (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los partos. Homilía décima (1 Jn 5,1-3).


El evangelio nos recuerda como el encuentro con Jesús es siempre en la comunidad.
Vemos como Jesús se apresura a volver junto a sus discípulos y apóstoles después de resucitar. Él sabía lo tristes y decaídos que se encontraban después de su crucifixión y muerte. Él comprendía que los de Emaús iniciaran una dispersión que, de haber tardado un día más, hubiera sido general. "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana...". Aquellos hombres no podían ni imaginar que Jesús atravesara ileso las barreras de la muerte. A pesar de que el Maestro lo había predicho, ellos ni le habían entendido, ni habían aceptado como posible tal realidad; lo mismo que no aceptaron entonces, ni comprendieron luego cómo era posible que el Mesías, el Rey de Israel, terminase sus días en una cruz.
Entre ellos algunos que no estaban no creyeron  lo ocurrido: ·"Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
--Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
Jesús volvió de nuevo, dándoles otra vez su paz, pasando por alto su incredulidad. "Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente". Tomás cae rendido ante la evidencia y confiesa con humildad el señorío y la divinidad de Jesús. El Señor piensa entonces en nosotros, en los que vendríamos después y también quisiéramos, como Tomás, ver y tocar para creer. En aquella ocasión, para animarnos a creer, enuncia la última de sus bienaventuranzas, la felicidad bienaventurada de quienes no necesitan verle para creer en él y para amarle sobre todas las cosas.
Tomás volvió a la comunidad y  allí  es donde tuvo su experiencia pascual. Es un  error retirarse a la soledad  como hizo Tomás al principio. Sólo en la comunidad podemos compartir, celebrar, madurar y testimoniar nuestra fe. Valoremos más que nunca lo privilegiados que somos por haber visto a Jesús y por tener una comunidad en la que compartimos nuestra fe. Sólo si permanecemos unidos haremos signos y prodigios, ayudaremos a los que sufren y seremos capaces de dar un sentido auténtico a nuestro mundo demasiadas  veces perdido y desorientado en sus soledades.
Contemplando la actitud de Tomás, vemos que él no cree en el prodigio de la Resurrección. Y aunque Jesús había anunciado muchas veces que resucitaría, el tema era tan inconcebible que, o no lo recordaban, o no querían recordarlo. Tomás, asimismo, pone muy alto el listón de su apuesta, quiere tocar con sus propias manos esa Resurrección para creer. Nosotros, muchas veces, tenemos posiciones parecidas a las de Tomás. No valoramos la fuerza espiritual de los sacramentos, ni nos terminamos de creer las grandes realidades de nuestra fe. También a nosotros, Jesús nos podría llamar descreídos.
El mensaje de Jesús en este segundo domingo de Pascua es doble: la paz y la misericordia. En primer lugar, nos trae la paz: "Paz a vosotros". Es la paz que no puede regalarnos nadie más en la vida, la paz interior, la paz que da sentido a nuestra vida y la plenifica. Por eso los discípulos "se llenaron de alegría al ver al Señor". Hay algo que todavía no tenemos asumido los que nos decimos seguidores de Jesús: tenemos que ser misericordiosos. Jesús nos envía a perdonar no a condenar, es el evangelio de la misericordia lo que nos trae Jesús. Me alegré mucho al escuchar las últimas palabras del Papa Francisco en el Vía Crucis del Coliseo de Roma. Nos recordó que tenemos que anunciar el perdón de Dios, que no tenemos que tener vergüenza al proclamar que Jesús es quien salva de vedad, que tenemos que practicar la “santa esperanza”. Nosotros tenemos que ser mensajeros de perdón, aprender a perdonarnos primero a nosotros mismos y ser instrumentos de perdón y reconciliación para todos. Este es el Evangelio auténtico. Quizá muchos no dan el paso de entrar en nuestras celebraciones desde la calle después de las procesiones porque no ven en nosotros esos signos evangélicos de paz, misericordia y alegría. Hoy es el día de la "Divina misericordia". Que la celebración de este día nos ayude a ser misericordiosos todo el año.
La increencia hoy más que nunca, es un problema añadido para la Nueva Evangelización a la que se nos convoca. Y no porque encontremos resistencias en los nuevos cristianos sino porque, en muchos casos, las mayores dificultades nos vienen de los que en teoría han sido bautizados en el nombre de Cristo pero han olvidado su procedencia: ni tan siquiera se preocupan por acercar los dedos de su vida en el Cuerpo de Cristo, en la familia de la Iglesia o en la gracia de los sacramentos. ¿Resultado? Incrédulos y ateos prácticos. En nada, o en poco se diferencian, con el resto que nunca escucharon nada sobre Dios o ni tan siquiera fueron bautizados. Son los nuevos Tomás de los tiempos de hoy.
La importancia de ver para creer fue grande y decisiva para los discípulos del Señor. Lo mismo sigue pasando hoy día para la mayor parte de la gente, aunque se trate de otras maneras de ver. Una fe rutinaria en Jesús y en su evangelio se puede adquirir por la simple tradición oral, pero una fe viva y transformadora en el Cristo resucitado sólo se adquiere mediante una visión personal, mediante un encuentro vivo y profundo con el Jesús resucitado. Y sigue siendo verdad que para llegar a este encuentro vivo y profundo con Jesús tiene mucha importancia lo que vemos, sea con los ojos del cuerpo, o con los ojos del alma. Sobre todo, lo que los demás ven en el comportamiento de los que nos llamamos cristianos y decimos ser discípulos de Cristo. Creer con fe viva sin haber visto es lo menos frecuente. Por eso, los cristianos debemos actuar de tal manera que los que nos vean se sientan animados a creer en el Jesús en el que nosotros decimos creer. Porque, si ven que decimos una cosa, pero hacemos otra, no nos creerán.
Rafael Pla Calatayud.
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