sábado, 6 de febrero de 2016

Comentarios a las lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario 7 de febrero de 2016.

Comentarios a las lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario 7 de febrero de 2016
En las lecturas de este domingo tenemos tres modelos de personas que aceptaron la vocación a la santidad que Dios les dio, reconociendo inicialmente su incapacidad para conseguirlo. Estas tres personas - Isaías, san Pablo y San Pedro - fueron llamadas por Dios a conseguir la santidad mediante la predicación de la palabra de Dios. Las tres respondieron positivamente a la llamada de Dios, a la vocación; cada una desde sus concretas y particulares circunstancias personales.
La primera lectura del Profeta Isaías nos enseña que, si creemos y sabemos que no estamos preparados para cumplir la misión que Dios nos encarga, Él mismo nos ayudará. Pero tenemos que dejar ayudar. El profeta Isaías es un buen ejemplo para nosotros. Reconoció humildemente su impureza y su incapacidad personal, pero ofreció a Dios su disponibilidad para cumplir con la vocación de profeta que el Señor le pedía.
San Pablo pasó de perseguidor a perseguido, de heterodoxo del judaísmo a contrario profundo de la ley hebrea. Tenía que dejarse llevar –también contra todo pronóstico—como un inválido, no como un aguerrido perseguidor , a Damasco y allí esperar. Podría haberse negado y, mejor o peor, seguir su camino y cumplir la otra misión: la de perseguir a los seguidores de Cristo.
San Pedro, atónito y asustado, por el portentoso milagro que acaba de ver, se arrojó a los pies del Señor para reconocer que él no era la persona apropiada, para el encargo que le proponía Jesús y se declara pecador… El Maestro le dice, simplemente, “no temas, yo te haré pescador de hombres”.

En la primera lectura (Is 6,1-2a.3-8), nos encontramos con la vocación del profeta Isaías.  "Él año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo" (Is 6, 1). Isaías contempla, entre extasiado y atónito, el grandioso espectáculo que se despliega ante sus ojos. Los cielos se han abierto, todo ha desaparecido de su vista, las cosas terrenas han quedado bañadas por la brillante policromía del mundo de la luz. Y allá, en lo alto, en lo más excelso, está sentado el Señor, llenando con su esplendor el recinto del templo.
"¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria...! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de sus voces, y el templo estaba lleno de humo". El profeta exclama asustado: " ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo hombre, de labios impuros… Escuché la voz del Señor que decía: ¿a quién mandaré? ¿Quién ira por mí? Contesté: aquí estoy, mándame. El profeta Isaías se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser mensajeros del evangelio. El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. El profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame".

El responsorial de hoy es el Salmo 137 (Sal 137,1-8) . Este salmo es atribuido por la tradición judía a David, aunque probablemente surgió en una época posterior, el Salmo 137,  himno de acción de gracias,  comienza con un canto personal del orante. Eleva su voz en la asamblea del templo o teniendo como punto de referencia el Santuario de Sión, sede de la presencia del Señor y de su encuentro con el pueblo de los fieles.
Así confiesa: «me postraré hacia tu santuario» de Jerusalén ( v. 2): allí canta ante Dios que está en los cielos con su corte de ángeles, pero que también está a la escucha en el espacio terreno del templo (v. 1). El  Señor, es decir, su realidad personal viva y operante, y sus virtudes de fidelidad y misericordia, signos de la alianza con su pueblo, son la base de toda confianza y de toda esperanza ( v. 2). La mirada se dirige, entonces, por un instante, al pasado, al día del sufrimiento: entonces la voz divina había respondido al grito del fiel angustiado. Había infundido valentía en el alma turbada (v.3). El Señor «agita la fuerza en el alma» del justo oprimido: es como la irrupción de un viento impetuoso que barre las dudas y miedos, imprime una energía vital nueva, hace florecer fortaleza y confianza.
Después de esta premisa, aparentemente personal, el salmista amplía su mirada personal e imagina que su testimonio abarca a todo el horizonte: «los reyes de la tierra», con una especie de adhesión universal, se expresan unidos en una alabanza común en honor de la grandeza y de la potencia soberana del Señor (vs..4-6). Este contenido tiene como primer tema la «gloria» y los «caminos del Señor» (v.5), es decir, sus proyectos de salvación y su revelación. De este modo, se descubre que Dios  «es grande» y trascendente, «ve al humilde» con afecto, mientras aparta su rostro del soberbio, como signo de rechazo y de juicio (v. 6). Se habla de la «ira de los enemigos» (v 7), una especie de símbolo de todas las hostilidades que puede tener que afrontar el justo durante su camino en la historia. Pero él sabe, y también lo sabemos nosotros, que el Señor no le abandonará nunca y le ofrecerá su mano para socorrerle y guiarle. El final del Salmo es, por tanto, una apasionada profesión de confianza en el Dios de la bondad sempiterna: no abandonará la obra de sus manos, es decir, a su criatura (versículo 8). Expresión de plena confianza en la obra de Dios la que se expresa en el v. 8 «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay.
La segunda lectura  de hoy continua siendo  de la primera carta a los corintios (1 Cor 15,1-11).
"Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol…, pero por la gracia de Dios soy lo que soy". Sobre la humildad de san Pablo y sobre su disponibilidad para cumplir con la vocación de predicador del evangelio de Jesús, tal como el mismo Jesús le pidió, sabemos bastante. Sus cartas a las distintas comunidades cristianas que él mismo fundó son leídas casi diariamente en nuestras asambleas litúrgicas. En el libro de los Hechos de los Apóstoles también encontramos mucha información sobre la humildad de san Pablo y sobre su impresionante actividad como predicador del evangelio de Jesús. Imitemos a san Pablo en su humildad, en su continua oración y en su múltiple e incansable actividad a favor del evangelio.
San Pablo no quiere terminar su primera carta a los corintios sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos. El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. El transmite lo que ha recibido. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante. Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción.
El texto proclamado hoy acaba con el testimonio de San Pablo que no quiere olvidar que persiguió a la Iglesia, que fue enemigo y aborreció aquella voluntad de amor y de salvación de Dios, que tenía ya un cuerpo en la tierra, que es su Iglesia. Pero, que lo mereciera o no, que fuera digno o no, ahora es apóstol y sabe que lo debe exclusivamente, y con mayor razón que nadie, a la gracia de Dios. Y porque debe a esta gracia su apostolado, también todos los frutos de su ministerio apostólico. Puede afirmar ya con toda objetividad -aunque se halla todavía en la mitad de su carrera- que ha trabajado y se ha fatigado más que ningún otro. Esta afirmación no anula en nada el carácter de gracia de sus trabajos; y, a la inversa, tampoco la intervención de la gracia anula la fatiga del Apóstol. La gracia no desvaloriza lo personal, las cualidades humanas. Aunque Pablo sabe que todo es gracia, y quiere tributar a esta gracia la gloria, con todo, no debe olvidarse que la gracia ha podido hacer todas estas cosas «con él», con su disposición, con todas aquellas cualidades espirituales que recibió de la naturaleza, que adquirió con el estudio y con el agradecimiento de que se sabe deudor, desde aquel día, a Cristo.
Involuntariamente o de propósito, el Apóstol nos habla aquí con algún mayor detalle de sí mismo. De este modo, restablece, al terminar, el justo equilibrio, tal como había sido planteado en el versículo 3: «Os he transmitido lo que yo mismo recibí.» La fe de los creyentes no se apoya, en última instancia, en personalidades aisladas, sino en el testimonio de la totalidad. Incluso el testimonio más personal debe concordar con la tradición apostólica. En ella se apoya la predicación de los que predican y la fe de los que creen.

El evangelio de hoy  ( Lc. 5,1-11), nos sitúa ante  un Jesús buscado insistentemente por la gente. De esta situación parte precisamente el texto. El marco no es ya la sinagoga, sino el lago Genesaret. La gente escucha la Palabra de Dios.
La expresión es típica de Lucas y define la propia enseñanza de Jesús, aunque no se especifica su contenido. El autor espera probablemente que no perdamos de vista la enseñanza de los domingos anteriores en la sinagoga de Nazaret.
A orillas del lago de Genesaret tuvieron lugar muchos encuentros de Jesús con la muchedumbre. Paisaje sencillo de barcas y pescadores, de montañas, de aguas claras y azules. También allí llamó el Maestro a los primeros apóstoles que eran pescadores y siguieron siéndolo después.
En este contexto genérico resuena explícita la Palabra de Dios a través de Jesús. Sacad la barca lago adentro y echad vuestras redes para la pesca. Pedro replica constatando lo descabellado, absurdo incluso, de la propuesta de Jesús. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo. Pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes. Es decir, la Palabra de Jesús adquiere para Pedro rango de valor superior a la lógica de la situación. Pedro acoge, hace suya esa Palabra. Se fia más de ella que de la lógica de la situación. Los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús. Un resultado imprevisible, impensable incluso, desde la lógica de la situación previa.
El relato marca los  tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles.
*La "señal", o el milagro, refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
* La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberíades.
* El fiarse de la Palabra. La vida del que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva.
Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimientos distintos, sacrificando un orden cronológico en aras de un orden pedagógico.
La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal" o el milagro refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberiades o de Genesaret.
Toda la tradición exegética se ha recreado, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan plenamente actuales las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca.
Después viene el mandato de Jesús y las dudas de Pedro y las palabras de confianza de Jesús.
La pesca milagrosa era la prueba que se necesitaba para convencer a un pescador como Simón Pedro.
Ante la grandeza de Cristo Pedro se siente profundamente débil y pecador. Él, experto pescador, no había conseguido pescar nada en toda la noche, pero cuando actúa en nombre de Cristo consigue llenar las redes de peces. El asombro ante la grandeza de Cristo le lleva a Pedro al reconocimiento humilde de su incapacidad personal. Simón se arroja a los pies de Jesús diciéndole: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Pero Jesús le responde con palabras que representan el culmen del relato y el motivo que hará inolvidable este episodio: “Desde ahora serás pescador de hombres”.

Para nuestra vida
Dios da a todos y cada uno de nosotros una vocación común: la vocación a la santidad.
De la llamada a la santidad nos dice el papa Francisco ".. la santidad no es algo que nos procuramos nosotros, que obtenemos nosotros con nuestras cualidades y nuestras capacidades. La santidad es un don, es el don que nos da el Señor Jesús, cuando nos toma con sí y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él. En la Carta a los Efesios, el apóstol Pablo afirma que "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla (Ef 5,25-26). Por esto, de verdad la santidad es el rostro más bello de la Iglesia, es el rostro más bello: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y de su amor. Se entiende, por lo tanto, que la santidad no es una prerrogativa solamente de algunos: la santidad es un don que es ofrecido a todos, nadie está excluido, por lo cual, constituye el carácter distintivo de todo cristiano." (Papa Francisco. Audiencia general . 19 de Noviembre de 2014 ).
Esta vocación común a todas las personas debe realizarla después cada uno mediante el cumplimiento concreto de las vocaciones temporales que también nos da el Señor. Aceptar o no aceptar esta vocación a la santidad que Dios nos da, supone colaborar o no colaborar con Dios en la edificación de nuestro yo interior, para que se parezca lo más posible al Yo de Cristo.
Colaborar con Dios supone siempre reconocer nuestra imperfección radical y aceptar que sea Dios mismo el verdadero autor de nuestra santidad.
Colaborar con Dios en la construcción de nuestra propia santidad supone, pues, siempre un acto de humildad y  un cuidado exquisito de la oración. La humildad es siempre el primer paso hacia la santidad; sin humildad no avanzaremos nunca hacia la santidad. Pero, a la humildad debe seguir siempre la oración transformadora para que sea Él el autor de una santidad que por nosotros mismos no podríamos conseguir nunca. En la vida interior hay que ser constantes, hay que sembrar y regar, pero sabiendo siempre que es Dios el que da el verdadero inicio y crecimiento.
Nuestra  debilidad es evidente. No estamos a la altura de los encargos que el Señor Dios pide. Pero Él, sí. Cuando elige a alguien ya sabe quién es “desde que estaba en el seno de su madre”. Pero Dios no impone. Dios no obliga. En el salmo ha resonado la fidelidad del Señor.«El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Se expresa la confianza de  que el Señor tiene planes sobre mí, y que quiere llevar a feliz término lo que ha comenzado. Eso debiera bastarnos. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. La promesa del Señor es que lo acabará.
La primera y la segunda lecturas, nos presentan dos testimonios claros de la llamada de Dios: Isaías y San pablo.
El responsorial nos sitúa ante la obra de Dios en nosotros. Ante la actitud orante y confiada la obra de Dios: "Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos".
El evangelio nos da una magnifica lección del poder de Dios y de nuestra humilde colaboración. También para nosotros resuenan las palabras de Jesús: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Echar las redes tiene para nosotros el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios también en mares turbulentos, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento a la cosecha.
Todo el episodio que el evangelista de la misericordia, san Lucas, nos cuenta en este domingo tiene como finalidad infundirnos coraje para el servicio apostólico, no obstante todas las dificultades externas o internas que puedan presentarse.
La valentía (la “parresía” apostólica de que hablarán los Hechos de los Apóstoles) proviene no tanto de nuestras capacidades sino de la Palabra y de la persona de Jesús. El servicio apostólico no se fundamenta ni en la capacidad de los apóstoles ni en la buena voluntad de la gente a la cual ellos son enviados, sino solamente se apoya en el encargo misionero y en el poder del Señor. La misión no se apoya tanto en las cualidades personales de los misioneros por muy grandes que puedan ser, sino ante todo en la “Palabra” del Señor.
El servicio de Pedro (y el de todo apóstol de Jesucristo) permanecerá siempre ligado a estas experiencias fundamentales y no podrá nunca ser independiente o autónomo.
No hay que recordarle a Jesús que el llamado es un pecador, Él ya lo sabe. Lo más importante es que Jesús puso a su servicio a este pecador, que ha orado por él  y al que ha dirigido su mirada misericordiosa . Así, Simón no realizará su servicio con base en sus propias fuerzas sino a partir de la confianza en (y de) Jesús.
En fin, la vocación solamente puede ser asumida “en su Palabra”. “En tu Palabra echaré las redes” (v.5).
Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, también nosotros habremos experimentado la grandeza y la santidad de Dios actuando en nosotros. Si sabemos ser humildes y colaboradores de Dios en la construcción de nuestra propia santidad, no fracasaremos, a pesar de las muchas dificultades por las que tengamos que pasar. Pedro, con todos sus defectos y con todas sus virtudes puede y debe ser un buen ejemplo para nosotros. Desde que sintió la llamada del Señor, estuvo siempre dispuesto a dar y hasta perder su vida al servicio del evangelio. Todo el que comprenda la grandeza de Dios y piense en su propia miseria, ha de sentirse indigno de ser amigo del Señor, incapaz de hacer nada bueno y, mucho menos, de entregarse a su servicio y consagrar la propia vida a su inmenso amor. Al mirar nuestra condición de pecadores, nos asustamos de la cercanía de Dios, nos sentimos débiles e inseguros en su presencia. Uno quisiera huir y contemplar de lejos, casi a escondidas, la magnificencia y bondad del Señor.
Como a Pedro y a pesar de nuestra propia condición, el  Señor nos pide confiar plenamente en su palabra y estar animosos e incansables, echando sus redes en todas las aguas del mundo.
No debemos romper los planes que tiene para cada uno de nosotros. Estamos en el Año de la Misericordia. Pidamos al Señor que Él, salga con todo su corazón a socorrer nuestras miserias. Una de ellas la “parálisis evangelizadora” cuando se convierte en realidad viva por el pesimismo o nuestra tristeza por los logros no conseguidos.
Nota. 
El Miércoles,  10 de Febrero es Miércoles de Ceniza  . En esta fecha comenzamos la Cuaresma. Es día de ayuno y abstinencia, y se realiza la imposición de ceniza . La  “Cuaresma” (40 días de preparación para la Pascua),  comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos.

Las cenizas se elaboran a partir de la quema de ramas de olivo del Domingo de Ramos del año anterior, siendo luego bendecidas. Estas son colocadas sobre la frente de los fieles mientras pronuncian las palabras “recuerda que polvo eres y en polvo te has de convertir” o " conviertete y cree en el evangelio".


viernes, 5 de febrero de 2016

Lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario 7 de febrero de 2016

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS (6,1-2a.3-8):
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.» Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»

Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 137
R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tú promesa supera a tu fama;
cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande. R/.

Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS (15,1-11):
Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a
los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Palabra de Dios
ALELUYA Mt 4, 19
Venid a mí –dice el Señor--, y os haré pescadores de hombres.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (5,1-11):
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

sábado, 30 de enero de 2016

Comentarios a las Lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 31 de enero de 2016

El tema de la liturgia de este domingo invita a reflexionar sobre el “camino del profeta”: camino de sufrimiento, de soledad, de riesgo, pero también camino de paz y de esperanza, porque es un camino en el que está Dios. La liturgia de hoy asegura al “profeta” que la última palabra será siempre de Dios: “no temas, porque yo estoy contigo para librarte”.
La primera lectura está tomada del Profeta Jeremías (Jr 1,4-5.17-19), empieza situando
un tiempo concreto en la historia del Pueblo de Israel. "En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré; te nombré profeta de los gentiles" (Jr 1, 4-5). Y Yahvé extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: He aquí que yo pongo mis palabras en tu boca. Mira, en este día te constituyo sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y destruir, para edificar y plantar... Dios ha escogido a Jeremías. Desde siempre había pensado en él, antes incluso de ser concebido. Ahora ha llegado el momento de llamarle, de ungirle, de enviarle. Será profeta de los gentiles, será portavoz del mensaje de Yahvé, plañirá atormentado ante su pueblo, porque el enemigo está cerca, a punto de caer furiosamente sobre Jerusalén. Pero su llanto cae en el vacío, su lamento quedará perdido, sus palabras no serán atendidas. El profeta tendrá que ver, entre la desesperación y la fe desnuda, que su pueblo no teme el castigo de Dios, que sus lamentaciones y elegías no sirven para nada.
 Acaba describiendo la obra de Dios en el profeta: "Tú, cíñete los lomos…” (Jr 1, 17). Estas palabras indican que el profeta ha de ajustarse la túnica y ponerse en pie. Es la actitud de quien se dispone a caminar, del que comienza la lucha. Palabras imperiosas que vencen la resistencia del profeta. Mas en medio de su miedo y de sus luchas, seguirá hablando con valentía, con audacia, con claridad. Se cumplió lo que Dios le prometió: "Mira, yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país... Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte".

El responsorial de hoy son estrofas del salmo 70 (Sal 70,1-6.15.17)
Es un salmo hermoso y entrañable. Entre sus pliegues palpita en todo momento una profunda intimidad; y una confianza casi invencible cruza su firmamento de un extremo a otro.
Próximo ya a las puertas del abismo, el anciano salmista mira atrás, mira hacia adelante, se mueve entre agitados contrastes, entre la impotencia y la esperanza y, a pesar de estos contrastes, una serenidad vestida de ternura está presente entre sus líneas en todo momento. Es un salmo de gran consolación.
En los tres primeros versículos sentimos al salmista como nervioso, tenso. Se parece a un hombre que se halla ante un peligro inminente, o, quizá, a un hombre acosado por fieras que le acechan desde todas partes: ayúdame, sálvame, mira que estoy en grave peligro. Si sucumbo, ¿qué van a decir mis enemigos? Te necesito. Sé para mí roca de refugio, fortaleza invulnerable, ancla de salvación (vv. 1-3).
En este momento el anciano salmista extiende su mirada sobre su pasado, abarca de un golpe de vista todos los años de su vida, retrocede hasta la infancia, y, conmovedoramente, nos hace una deslumbrante evocación (vv. 5-8), y nos transmite un mundo de ternura: Dios lo había hecho vibrar desde la aurora de su vida, y siempre había sido sensible a los encantos divinos (v. 5).
Y, en una actitud audaz, retrocede hasta el seno materno. El anciano salmista tiene la conciencia clara de que desde entonces, desde el embrión, había sido tocado por el dedo de Dios: ya entonces me apoyaba en Ti más que en mi propia madre; desde entonces Tú fuiste la esencia de mi existencia; todavía en el seno uterino en Ti respiraba, subsistía, era. Mi madre me llevaba en el útero, pero yo te llevaba dentro de mí, y, al mismo tiempo, yo estaba dentro de Ti (v. 6). Y, sintetizando el contenido de este versículo, y abarcando todos los horizontes, nos entrega el salmista esta emotiva acotación: «Siempre he confiado en Ti.»
Acaba el responsorial expresando plena confianza en Dios. En sus típicas transposiciones de planos y alteraciones anímicas, el viejo salmista, lleno de gratitud y en un tono sumamente entrañable, vuelve, en los versículos siguientes (vv. 17-20), al recuerdo de los años pasados, años cuajados de milagros y maravillas: desde los años de mi juventud fuiste mi antorcha; desde la aurora hasta el ocaso me mantenías en vilo, causando yo asombro a todos los espectadores (v. 17).

La segunda lectura  es de la primera carta a los corintios (1 Cor 12,31-13,13). Y S. Pablo presenta la Iglesia como el cuerpo de Cristo. Es necesaria una pluralidad diversificada: varios miembros que se necesitan y se subvienen entre sí. En el origen del pluralismo carismático, está el Espíritu, garantía de participación y corresponsabilidad contra la dispersión y disgregación. Y concluye insinuando que no todos los carismas son iguales. Existe una jerarquía entre ellos, pero todos son funcionales y relativos, menos uno, único y excepcional: el ejercicio de la caridad.
El  texto de san Pablo a los Corintios, es el himno al amor, es uno de los textos más conocidos por todos los cristianos. El Himno a la Caridad, brillante y perfecta pieza literaria de valor universal y de un profundo lirismo; es el canto más bello del amor al prójimo, que parangona con la fe y la esperanza, pero la caridad es la más grande, no pasa jamás; es superior a todos los carismas, pues se prolonga en un abrazo perpetuo de estrecha unión con Dios. No olvidemos que san Pablo dice lo que dice a los Corintios, porque entre estos lo que predominaba en muchas ocasiones no era el amor, sino el egoísmo y la envidia entre ellos. También es posible que nosotros hablemos mucho de amor y luego nuestra conducta sea egoísta. Si al atardecer de nuestra vida Dios nos examinará en el amor, hagamos el propósito, ya desde ahora mismo, de poner amor, amor de verdad, amor cristiano, en todo lo que hagamos. Las obras que no tengan como razón primera y principal el amor no nos servirán de mucho ante un Dios cuyo nombre es amor y misericordia. Tenemos las tres virtudes teologales: fe, esperanza, amor; la más grande es el amor.
La caridad es un amor que se manifiesta en pequeños detalles, en gestos muy concretos. Lo extraordinario del cristianismo no está en las manifestaciones prodigiosas o en el poder de hacer milagros, sino en que un hombre ordinario sea capaz de amar con sencillez, humildad y perseverancia. Un amor que se pone en actitud de servicio, un amor desinteresado y gratuito que renuncia a sus propios derechos, a tomarse la justicia por su mano y se dirige precisamente a aquellos que no le devolverán nada: los pobres y los enemigos. Un amor que evita las palabras y los gestos ofensivos; un amor que busca la verdad y la acepta, incluso si la encuentra en los propios enemigos.
El amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente (1Cor 13,8-13). Este amor permanece para siempre, no cambia jamás; sólo el amor, que es capaz de transformarlo todo, de cambiarlo todo, no cambiará. El amor no cesa nunca, permanece siempre. Es eterno.
Este amor es también caridad teológica, superior a todos los dones y virtudes, porque todos desaparecerán con la muerte, mientras que la caridad es eterna. Todos los prodigios, todas las magníficas obras humanas no son nada, nada valen, de nada sirven, si no se tiene caridad: Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…

El evangelio sigue el ciclo C (San Lucas) ( Lc 4,21-30) El Domingo pasado escuchábamos cómo Jesús, como era su costumbre, acudió a la sinagoga de Nazaret un sábado. Como bien sabemos, Nazaret era el pueblo en el que el Señor se había criado. ¿Cuántas veces habría asistido a esta misma sinagoga a lo largo de su vida, desde que era un niño? En esta ocasión, sin embargo, había una diferencia fundamental: luego de acudir a Judea, para ser bautizado por Juan, luego de pasar cuarenta días en el desierto y vencer las tentaciones del diablo, el Señor «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan» (Lc 4, 14). Con esta fuerza del Espíritu con que ha iniciado su ministerio público y con esta fama que va creciendo y se va extendiendo, el Señor vuelve nuevamente a Nazaret y acude aquel sábado a la sinagoga.
Con la venia del jefe de la sinagoga se levantó para hacer la lectura y el comentario público del texto sagrado ante la asamblea reunida. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y lo desenrolló, hallando la profecía que hablaba del futuro Mesías. Entonces, teniendo todos los ojos fijos en Él, declaró con solemnidad en su comentario: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). De este modo afirmaba que la profecía tenía su cumplimiento en Él. El Mesías anunciado y prometido por Dios a su pueblo, el Ungido con la fuerza del Espíritu, estaba ya con ellos: era Jesús de Nazaret.
Sus palabras causaron en un primer momento una gran admiración entre sus oyentes. La primera reacción era favorable y positiva. Una consideración inmediata, sin embargo, los hizo cambiar de actitud: pero, «¿no es éste el hijo de José?». ¿Cómo era posible que alguien que había vivido entre ellos desde pequeño y nunca se había distinguido especialmente entre sus paisanos pudiese de pronto alzarse entre ellos y afirmar solemnemente que Él es el Mesías enviado por Dios? Surgió la desconfianza entre ellos, y la incredulidad dio paso a la dureza de corazón. No estaban dispuestos a aceptar tan fácilmente que Él fuese el Mesías enviado por Dios mientras no fuesen ellos mismos testigos de los signos y señales con los que —según la fama que ya para entonces lo precedía— ya se había manifestado en otros pueblos vecinos de Galilea. Ni sus palabras llenas de sabiduría ni tampoco los testimonios que había escuchado sobre Él eran suficientes. Ellos necesitaban ver por sí mismos una alguna señal inequívoca.
Jesús no hace lo que le piden, no hace milagros para que le crean, sino que espera que crean en Él para hacer milagros. La fe no debe brotar de los milagros, sino que antecede a los milagros. La fe es creer en el Señor Jesús por ser quien es y porque Él es de fiar. Así, pues, lejos de ceder a sus exigencias les echa en cara su dureza de corazón. Su prédica se torna entonces hostil e insoportable a sus oídos, de modo que en vez de convertirse de su incredulidad «se pusieron furiosos» y movidos por la ira lo sacaron fuera del pueblo con intención de despeñarlo por un barranco.
Resulta curioso cómo el Señor Jesús se libera tan fácilmente de la turba virulenta que ya estaba a punto de arrojarlo por el precipicio: «pasando en medio de ellos, continuó su camino». ¿Cómo lo hizo? ¿No es acaso un milagro liberarse tan tranquilamente de una multitud enardecida? El Señor tiene el dominio absoluto sobre la situación. El mensaje parece claro: nadie tiene poder alguno para hacerle daño o para quitarle la vida si Él mismo no lo permite (ver Jn 10, 17-18). Y su hora no ha llegado aún.
Jesús da su explicación de lo que ocurre. "Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra".  ¿cuál es la verdad que dijo Jesús en su pueblo para que sus paisanos quisieran despeñarlo? Pues, sencillamente, que ellos no eran el centro del mundo y que si había hecho obras grandes en Cafarnaúm es porque allí sí tenían fe en él, y que, en definitiva, también había habido siempre gente no judía, que no adoraba a Yahvé y que, sin embargo, practicaban la caridad y la misericordia mejor que los mismos judíos. Tal había sido el caso de la viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón, y el sirio Naamán. Los vecinos de Nazaret creían que Jesús por ser su paisano tenía que tratarles a ellos mejor que a los demás, pero para Jesús lo que contaba era la fe en él, no el paisanaje, o la vecindad.
Para nuestra vida.
“Te escogí… te consagré… te envío… Yo estoy contigo para librarte”. Jeremías toma conciencia de su vocación como profeta. ¿Cuántos nos vemos identificados con esta llamada-invitación?, ¿o con esta consagración-misión?, ¿o con esta fiel compañía favorable?... La conciencia de sentirme un vacacionado, me hace bien, me hace feliz. Y la razón primera y última de esta elección-consagración-misión es alcanzar y disfrutar lo excelente, lo máximo, en cristiano, “ambicionando lo mejor”.
Como cristianos participamos en la misión profética de Cristo. Todos y cada uno tenemos la obligación perentoria de proclamar, con hechos y con palabras, el mensaje de amor que trajo Jesús a la tierra. Nos da miedo de hablar, tenemos reparo de presentarnos como cristianos. El Señor como  Jeremías, nos ayuda  a sacudir nuestra cobardía. Si le dejamos nos convierte  hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce  en nuestro entrono cotidiano.
La segunda lectura nos da la clave de como vivir nuestra vocación. Para ello el camino mejor es el amor. Amor paciente, afable, no envidioso ni presuntuoso, no egoísta ni mal educado… Un amor así, no pasa nunca, no se acabará.
Como los contemporáneos de Jesús somos privilegiados.  Pero, escuchando lo que ocurrió en Nazaret, los cristianos, no podemos olvidar que también podemos cometer una equivocación parecida a la que cometieron los paisanos de Jesús, cuando pensamos que nosotros, por el simple hecho de ser cristianos, tenemos ya asegurado el cielo. Cuentan la fe y las obras, no el lugar donde hemos nacido o la religión que profesamos. Seguramente que hay muchos paganos que no conocen a Jesús, o adoran a Dios con ritos distintos a los nuestros, y, sin embargo, son más gratos a Dios que muchos de los que hemos sido bautizados en el bautismo de Jesús, o pertenecemos a la religión católica. Dios nos juzgará a cada uno de nosotros por nuestras obras, sobre todo por las obras de misericordia que hayamos hecho.
Hemos contemplado a Jesús en Nazaret y la actitud de sus contemporáneos, también nosotros, como ellos, vemos a menudo las cosas de Dios con ojos carnales, consideramos los acontecimientos de tejas abajo, hablamos de cuestiones referentes a la Iglesia con una mentalidad ramplona y puramente temporal. Con esta actitud quedamos incapacitados para comprender el hondo sentido de esos acontecimientos que intentamos juzgar. Es cierto que, como Jesús, también la Iglesia y los que la gobiernan presentan a veces un aspecto externo demasiado humano, poco divino. Pero eso no puede ser óbice para que nosotros sepamos, por la fuerza de la fe, elevar nuestro punto de mira y juzgar con visión sobrenatural. Sólo así será posible una correcta visión de las cosas que se refieren a Dios y a nuestra condición de hijos de Dios, llamados a ser testigos del Reino en medio de los avatares del mundo.
Analizando nuestra vida de testimonio cristiano, si Jesús encontró oposición, ¿no la encontraremos también nosotros cuando anunciemos el Evangelio? Si Él fue rechazado por algunos, calumniado y perseguido, ¿no lo seremos nosotros también como discípulo suyos? .
Jesús sabe bien de las dificultades que encontraremos en el camino y por eso Él mismo nos alienta en todo momento: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27), «en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y como a su profeta Dios nos dice también a nosotros: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1, 19). Así pues, si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?. ¡Qué importante es confiar en Dios en los momentos de prueba, y mantenernos siempre fieles al Señor!
Cuando confiados en el Señor vencemos nuestros miedos e inseguridades y nos lanzamos a anunciar el Evangelio dando testimonio de nuestra fe, descubrimos que verdaderamente Dios está con nosotros , que Él nos da la fuerza necesaria para el anuncio y que incluso Él mismo pone en nuestra boca las palabras adecuadas cuando no sabemos qué decir: «el Espíritu de vuestro Padre [es] el que hablará en ustedes» (Mt 10, 20)
Como cristianos que somos no podemos quedarnos callados, no podemos escondernos ni acobardarnos, no podemos renunciar a la misión que Él nos ha confiado a todos de anunciar el Evangelio. No podemos defraudar al Señor por miedo al “qué dirán”, por evitar el conflicto o la incomodidad, por respetar lo “políticamente correcto”, por juzgar que “yo no soy capaz”, por ceder a la cobardía o al “complejo” de ser y mostrarme creyente. Se nos pide hoy dar razón de nuestra fe, hablar venciendo nuestros temores e inseguridades, dar testimonio valiente del Evangelio .

viernes, 29 de enero de 2016

Lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 31 de enero de 2016



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS (1,4-5.17-19):
En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.»

Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15ab.17
R/. Mi boca contará tu salvación, Señor
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame. R/.

Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú,
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R/.

Mi boca contará tu auxilio,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R/.




SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS (12,31–13,13):
Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

Palabra de Dios



ALELUYA Lc 4, 18-19
El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (4,21-30):
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también
aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Palabra del Señor

viernes, 22 de enero de 2016

Comentarios a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario. 24 de enero de 2016 .



Las lecturas de este tercer domingo del TO. nos invitan a cuidar y a valorar la importancia que tiene la Palabra de Dios para nuestra vida y para nuestra fe. Cada una de las lecturas es un ejemplo de esto. Me vienen a la memoria las palabras de San Jerónimo, que decía que “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”, ya que Jesús es la PALABRA con mayúsculas que Dios nos ha dirigido a todos nosotros. Él es la Palabra de Dios hecha carne, hecha vida. Cada vez que nos acercamos a la Palabra, nos acercamos a Jesús, para conocerle mejor, amarle más y seguirle más de cerca.

La primera lectura tomada de Nehemias ( Neh 8,2-4a.5-6.8-10) nos presenta la forma de lectura y escucha de la Palabra. Esdras concluye la proclamación de la Ley con una alabanza al Señor, y todo el pueblo responde con una aclamación y un asentimiento a la voluntad del Señor, alzando las manos y diciendo amén, amén. Es la renovación de la Alianza: Dios da su palabra y el pueblo se compromete a cumplirla. Su futuro depende de que así sea. Esdras y Nehemías animan al pueblo para que no se aflija y se alegre en el Señor. Porque el Señor es la fortaleza de Israel. La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también en un mismo banquete para celebra la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yahvé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad implica necesariamente la reconciliación entre los hombres y la acogida a los pobres a los que ama el Señor.
"Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos respondió: Amén, amén. . . “(Ne 8, 6). Amén, amén. Palabra hebrea que ha perdurado a través de muchos siglos. Palabra litúrgica que encierra la síntesis de una auténtica espiritualidad: deseo ardiente de querer lo que Dios quiere, de someterse sin condiciones a los planes del Padre de los cielos... Amén, que así sea, como tú quieres, como tú lo dispones. Sea lo que sea, Señor, amén, amén. El pueblo entero se echó a llorar. Entonces el profeta les dice: No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es nuestra fortaleza".

El responsorial de hoy es el salmo 18 (Sal 18,8-10.15) . Las palabras del salmo 18, son un buen resumen del mensaje que nos trasmiten las lecturas de este domingo . Su contenido es algo que debemos tener en cuenta nosotros en nuestra vida habitual cristiana. . El salmista reconoce al Señor como su redentor y le pide que llegue hasta él el meditar de su corazón. Se nos dice en este salmo que la palabra de Dios, la ley del Señor, es descanso del alma, instruye al ignorante, alegra el corazón, da luz a los ojos, es verdadera y eternamente estable.
Leemos en el Sal 18 como el orden de la naturaleza y el orden de la ley se sintetizan en este himno de alabanza a Dios. La enumeración de seis sinónimos para designar la ley del Señor expresa la totalidad y no busca diferenciación. (Ley, precepto, mandato, norma, voluntad, mandamiento). Está presentado como auténtico valor en sí, por su estabilidad, por sus efectos en el alma: descanso, instrucción, alegría, limpieza, luz, estabilidad, verdad, más preciosos que el oro y más dulces que la miel. Por ser dicha ley revelación de la voluntad divina, no oprime al hombre, y el salmista puede experimentarla así, como descanso, luz y alegría.
 

La segunda lectura  es de la primera carta a los corintios ( 1 Cor 12,12-30). La pluralidad de miembros en la Iglesia es la pluralidad de miembros incorporados a Cristo. La Iglesia sólo es cuerpo en la medida que es cuerpo de Cristo. De él recibe la Iglesia su unidad y su pluralidad. Porque él es el principio rector y organizador, la plenitud de la que participan todos los miembros, cada uno según su carisma. Por lo tanto, la unidad de la Iglesia no es el resultado de un convenio entre sus miembros, sino más bien la consecuencia de la incorporación de estos miembros a Cristo y por Cristo. De ahí se sigue el imperativo ético de permanecer unidos cuantos se confiesan cristianos. Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: que en la Iglesia no hay miembros pasivos, que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.

El evangelio de hoy presenta dos fragmentos de san Lucas  (Lc 1,1-4; 4,14-21). Del primer capítulo los cuatro primeros versículos y a continuación pasa al capítulo cuarto y nos encontramos con Jesús ya en su vida pública en la Sinagoga de Nazaret. Al comienzo de su evangelio, nos dice san Lucas que muchos emprendieron la tarea de relatar cuanto había sucedido entre ellos. A pesar de existir esos relatos -se refiere sobre todo a los evangelios de Mateo y de Marcos-, él también escribe sobre la vida y enseñanza del Señor. Para esto, nos dice el Evangelista, se ha preocupado de comprobarlo todo exactamente y desde el principio. Así quiere contribuir a que los creyentes conozcan la solidez de la doctrina que han recibido.
Después de este preámbulo, san Lucas narra que Jesús  volvió a su pueblo, Nazaret. Jesús inicia  su ministerio público en la sinagoga de Nazaret. Poco antes había recibido el bautismo de Juan en el Jordán. Relata San Lucas que en aquella ocasión «se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma» (Lc 3,21-22). Se trataba de un signo visible que señalaba a Jesús como el Ungido por Dios con el Espíritu divino, realizándose en Él de modo visible la antigua profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido» (Is 61,1). De esta manera Jesús es presentado al pueblo de Israel como el Mesías -que significa Ungido- prometido por Dios desde antiguo, aquél «que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino.» Enseñaba en la sinagoga y aquel día abrió el libro e hizo la lectura del profeta Isaías. Todos tenían los ojos fijos en él. Jesús leyó la antigua profecía de Isaías que decía: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres…». Terminada la lectura, explicó la lectura de un modo absolutamente inesperado a la asamblea que lo escuchaba con gran atención y curiosidad, 'el dijo: "Hoy se cumplen estas profecías que acabais de escuchar".  “Hoy”, en Él se cumplía verdaderamente aquella antigua profecía. Jesús no vino a leer la Biblia. Vino a cumplirla.
 Él se presenta ante sus oyentes como el Mesías prometido por Dios para la salvación de su Pueblo, el Ungido con el Espíritu divino, el enviado por Dios a anunciar la Buena Nueva de la Reconciliación a la humanidad sumida en la esclavitud, la pobreza, el mal, la enfermedad y la muerte.
Jesús ha sido ungido y enviado para proclamar la Buena Noticia -que esto significa evangelio-, a todos los hombres, en especial a los más humildes y desgraciados. Unción y misión, dos aspectos de la persona de Cristo, que se repiten en aquellos que le siguen y son bautizados; en especial en quienes reciben el sacramento del Orden. Con la unción se sacraliza a la persona y se le encomienda la tarea sagrada de testimoniar sobre la doctrina salvadora del evangelio. Con la misión se le envía para que se vaya por doquier proclamando con la palabra y el ejemplo, cuanto nuestro Señor Jesucristo ha dicho y ha hecho. Seamos consecuentes con esta realidad y hagámonos voceros incansables de la única y auténtica Buena Noticia.

Para nuestra vida.
El pasaje del libro de Nehemías que hemos escuchado en la primera lectura, relata un momento muy significativo de la historia del pueblo de Israel, dentro de todas las etapas en las que Dios se va revelando gradualmente. Es la vuelta del destierro. El pueblo, contrito y humillado por la desoladora experiencia que ha vivido en Babilonia, está recuperando su libertad; lo que fue demolido en Jerusalén se está reconstruyendo; Dios no les había abandonado y hay lugar para la esperanza. La asamblea que se congrega en torno al libro de la Ley, de la Palabra de Dios, manifiesta el reconocimiento de que Dios está en medio de su pueblo y sigue ratificando su Alianza. Dios los ha traído de nuevo a su tierra, la tierra que Dios les había dado, y les ha recordado que son el pueblo del Señor. Por eso no hay lugar para el duelo y el llanto. El pueblo, al escuchar la Palabra, se conmueve, adora a Dios, y con su “amén, amén” manifiesta su disposición de vivir conforme a la Ley, que manifiesta la voluntad del Señor.
 Este pasaje nos enseña a nosotros las actitudes interiores con las que debemos acoger la Palabra de Dios: alegría, gozo, reconocimiento, disponibilidad, fidelidad…

La segunda lectura, vemos que esa Palabra es creadora de unidad, de eclesialidad, por la fuerza que tiene, por el Espíritu de Dios que está en ella. “Todos… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, dice San Pablo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia”. El Espíritu convierte esa Palabra en una Palabra viva que, a pesar de los años, sigue siendo actual y da respuesta a nuestras necesidades vitales más profundas. Es Dios mismo el que nos habla a través de esa Palabra, de su Palabra. Es una Palabra personalizada. Hay que escucharla con atención. No se puede proclamar de cualquier manera. Tampoco se puede permanecer indiferente ante ella. Después de cada celebración deberíamos preguntarnos: ¿Qué me ha dicho hoy a mí la Palabra de Dios que acabo de escuchar? ¿Me ha ayudado a sentirme más unido a mis hermanos, más unido a la Iglesia?

   En el evangelio, en la primera parte que hemos leído hoy, Lucas nos explica su intención al escribirlo: “para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”. La Iglesia ha reconocido desde siempre el gran valor que tienen los evangelios, y toda la Palabra de Dios, para fortalecer nuestra fe. Para un cristiano que quiera crecer en la fe, ha de ser imprescindible la lectura habitual, frecuente, y yo diría que diaria, de la Palabra de Dios. Para Jesús, esa Palabra es muy importante.
  También hoy contemplamos a Jesús que entra en la Sinagoga de Nazaret, “donde se había criado”. Todos los sábados solía asistir a la celebración. Ese sábado le toca hacer la lectura. Se pone en pie y lee al profeta Isaías. Y convierte esas palabras en su programa de vida: anunciar, con la fuerza del Espíritu, la Buena Noticia de Dios a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos, en definitiva, a todos aquellos que estén dispuestos a acogerla en su corazón y cambiar de vida. El hoy pronunciado por Jesús, debe cumplirse como Buena Noticia en nuestra vida cristiana. Un hoy que hace referencia a la actualidad, a nuestra situación personal y comunitaria: "hoy se cumple esta Escritura", debiera resonar insistentemente en nuestra vida.

El compromiso que surge de la escucha de la palabra de hoy, es que dediquemos más tiempo a leer y escuchar la Palabra de Dios, en casa, en la parroquia, en un grupo… donde sea, pero aprovechar cualquier momento para profundizar en esta Palabra que es una Palabra de Vida y que nos guía y nos orienta en nuestra vida de cada día. Es nuestro alimento . Lo necesitamos para seguir adelante y no desfallecer en el camino, para seguir creciendo en nuestra fe y en nuestro conocimiento de Jesús, que es la Palabra de Dios hecha vida.
No olvidemos que la palabra de Dios sólo es eficaz para nosotros cuando se hace vida en nosotros, cuando en la palabra de Dios vemos y sentimos el Espíritu de Dios que quiere encarnarse en nosotros, como se encarnó en Jesús de Nazaret y como, muchos siglos antes, se hizo vida en el pueblo de Israel en tiempos del sacerdote Esdras y del gobernador Nehemías. Pidamos nosotros al Señor hoy que sus palabras, la palabra de Dios, sea para nosotros siempre espíritu y vida y que hagamos de la palabra de Dios el meditar de nuestro corazón, la vida que nos alimente, la luz que nos guíe y la paz que dé descanso a nuestra alma.