martes, 6 de diciembre de 2016

Comentarios a las lecturas de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen 8 de diciembre de 2016.

Comentarios a las lecturas de la Solemnidad de la  Inmaculada Concepción de Santa María Virgen 8 de diciembre de 2016
María, Madre desde la gracia de Dios
Esta fiesta de la Inmaculada Concepción se enmarca perfectamente en el Tiempo de Adviento que estamos celebrando en estos días. El domingo II de adviento escuchábamos al Bautista llamar a la vigilancia. Hoy celebramos a quien estuvo atenta a la palabra del Señor que le llegó a través del Ángel. Y cuando en el Adviento esperamos la llegada del Señor, sabemos que María, su Madre, estará siempre con él.
Pío IX pronunció y definió como dogma de fe en la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de Diciembre de 1854, que la Santísima Virgen María proclamaba «en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original».
Esto era una creencia que la tradición popular había sostenido desde los comienzos de la Iglesia. Ya en el siglo II saludaba san Ireneo en la Madre de Jesús a la nueva Eva. Pero fue dentro del segundo milenio cuando poco a poco fue apercibiéndose la Iglesia del depósito revelado referente a la Inmaculada Concepción de María. El papa Sixto IV  en 1483 ya .había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente
 
La primera lectura de hoy procede del capítulo tercero del Libro del Génesis (Gen 3, 9-15. 20 ). El texto nos sitúa en los momentos iniciales de la humanidad en el que Dios Padre dice que establece hostilidades entre la serpiente y la mujer. El yahvista divide la historia de la humanidad en dos cuadros: antes del pecado y después del pecado. Antes del pecado la vida del hombre era maravillosa. Vivía feliz, desconocía el dolor y la muerte, Dios era su confidente y toda la naturaleza estaba a su disposición. Después del pecado el cuadro cambia radicalmente. El resultado y el primer efecto del pecado es que el hombre, en lugar de ser como Dios, descubre su profunda miseria: "va desnudo", es decir, se encuentra degradado. El hombre no ha conseguido lo que pensaba; huye de Dios y mezquinamente descarga sobre los demás la propia responsabilidad. Pero Dios no huye, permanece en el jardín, pasea sobre la tierra y llama a los responsables del pecado pidiéndole cuentas. El hombre busca un chivo expiatorio: "la mujer que me diste". El mal divide, rompe la armonía inicial. Aparece el dolor, el trabajo, la muerte, el egoísmo, la división. Esta lectura que es un relato religioso, de estilo poético-místico, que no quiere ser una investigación histórica sino una reflexión sobre el sufrimiento del hombre, ha llegado a esta conclusión: la fuente moral del pecado es el hombre que se ha equivocado al hacer la opción del valor fundamental de su vida.
El texto proclamado aborda el problema del origen del mal en cuatro tiempos: tentación (3,1-4), caída (3,5-8), juicio (3,9-13) y consecuencias (3,14-23). Hoy, sólo leemos el juicio y algunas consecuencias de la desobediencia.
El juicio empieza cuando Dios llama al hombre y le pregunta: ¿Dónde estás? (3,9), porque ha roto la amistad y la armonía originales. El resultado y el primer efecto de la desobediencia es que el hombre, en vez de llegar a ser como Dios, descubre que ha perdido su estatuto y su dignidad: está desnudo (3,10-11), ha perdido su condición privilegiada ante Dios (conversaba con Él). El hombre no ha logrado lo que pretendía, huye de Dios y mezquinamente descarga sobre los demás la propia responsabilidad: el hombre busca un chivo expiatorio (3,12) en quien le ayuda (2,18). Dios, en cambio, no huye, se pasea por el jardín y llama a los responsables de la desobediencia y habla con ellos.
Otra de las consecuencias del juico de condena es que la serpiente es maldecida, se convierte en la enemiga de todos los humanos y es condenada a una futura derrota definitiva. La estirpe de la mujer (Cristo, nacido de mujer) vencerá el mal porque "le aplastará la cabeza". Es el primer anuncio de salvación, el llamado protoevangelio (3,15). El hombre llama Eva a quien Dios le había hecho su ayuda y ella se convierte en madre de todos los que viven (3,20).
Frente a la presencia del pecado, hay una promesa de salvación. Llegará un tiempo en el que Dios cambiará la situación y dará a la descendencia de Adán la posibilidad de recuperar la posición perdida. La humanidad se levantará contra la serpiente y uno de ellos le aplastará la cabeza. A su lado tendrá a la mujer. En la tradición bíblica al lado del hombre encontramos siempre a la mujer implicada en la obra de la salvación. El yahvista conoce la misión y la función de la mujer en esta obra de salvación. A esta madre que por su desobediencia trae la muerte, hoy, se le contrapone la nueva madre de los que viven, María, que por su obediencia trae la vida que no muere. María es, pues, la nueva Eva. La vencedora de la Serpiente. De ella, de su Hijo, vendrá la salvación.  
 
El interleccional de hoy (Sal  97, 1-4 ) es una invitación a reconocer y cantar las maravillas de Dios en sus criaturas. El salmo 97 era cantado en el Templo de Jerusalén en ocasiones muy solemnes. Se glorifica al Dios grande y poderoso que ha creado el mundo y lo mantiene.
El salmo 97 tiene un claro significado mesiánico y escatológico; nos hace contemplar la victoria final de Dios sobre el poder del mal y la salvación que conseguirá Israel para todos los pueblos: El Señor da a conocer su victoria.
El salmo (v1): Comienza según la fórmula clásica invitando a la alabanza y enunciando el motivo.
Continua señalando (v2)las victorias de Dios son acciones salvadoras en la historia: el brazo de Dios se manifiesta con poder irresistible. Y la victoria, ganada para salvar a un pueblo escogido, es revelación para todas las naciones; porque es una victoria justa, es decir, salvadora del oprimido y desvalido.
omienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel
: Esta victoria histórica no es un hecho particular, (v 3) sino un punto en una línea coherente de amor: el Señor es fiel a sí mismo, se acuerda de su fidelidad. Su amor por Israel es revelación para todo el mundo.
Las imágenes de la «diestra» y del «santo brazo» remiten al éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. v. 1). En cambio, la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: «misericordia» y «fidelidad» (cf. v. 3).
Estos signos de salvación se revelan «a las naciones», hasta «los confines de la tierra» (vv. 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica.
Para nosotros, hoy, es una oportunidad de dar gracias al Padre que nos envió a su Hijo por medio de María
 
La segunda lectura es de la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios. (Ef 1, 3-6. 11-12.). Esta carta que se atribuye a Pablo, o a uno de sus discípulos, ha recogido el texto de  un precioso himno litúrgico desde tiempos muy antiguos. La lectura consta de la primera parte del himno inicial de la carta (vs. 3-6) en estos versículos aparece claramente la acción de gracias-bendición por la predestinación y elección de los hombres por parte de Dios.  Bíblicamente hablando la predestinación: la hace Dios para que todos los hombres sean hijos suyos.
El pasaje pertenece al género literario de bendición (cfr. 2 Cor 1, 3), muy usual en la liturgia judía. Dios es el sujeto de los verbos; su acción se encuentra ritmada por los "en Cristo" ("en él") y jalonada por fórmulas doxológicas (vv. 6.12).
*La bendición de Dios se considera como elección (4-5), “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. 5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos.
San Pablo expone el alcance del proyecto divino. La «predestinación» consiste en que Dios, según su libre designio, determinó desde la eternidad que los miembros del nuevo pueblo de Dios alcanzaran la santidad mediante el don de la filiación adoptiva. Ya el Apóstol había escrito que tal «filiación» arranca de Jesucristo, el Hijo Unico (Rom 8,15). *liberación (6), “para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.
Este don es también la suprema manifestación de la alabanza de la gloria de su gracia. Es decir, la gloria de Dios se revela a través de su amor misericordioso, por el que nos ha hecho sus hijos, según el plan eterno de su Voluntad. La gracia de la que habla Pablo se refiere en primer lugar al carácter totalmente gratuito de las "bendiciones divinas", e incluye también los dones de la santidad y de la filiación divina, con que es agraciado el cristiano
*herencia (11-12). “En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión | del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria | quienes antes esperábamos en el Mesías”.
La predestinación de Israel para que tuviera su herencia en Cristo la decidió, pues, la voluntad divina que obra todas las cosas. La esperanza del pueblo judío ha tenido su cumplimiento en Cristo, pues con El han llegado el Reino de Dios y los bienes mesiánicos, destinados en primer lugar a Israel como a su herencia (Mt 4,17; 12,28; Lc 4,16-22). La finalidad de la elección de Israel por parte de Dios era formarse un pueblo propio (Ex 19,5), que le glorificara y fuera testigo entre las naciones de la esperanza de la venida del Mesías. Los hombres justos de la antigua Alianza vivieron de la fe en el Mesías prometido, en cuanto que no sólo esperaban su venida, sino que, al aceptar la promesa, su esperanza se nutría de la fe en Cristo.
«La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf. Ef 1,12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor» [Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 10].
Estos temas pertenecen al vocabulario de alianza del A.T. Efesios llega a hacer una unión notable entre la perspectiva bíblica de pueblo de Dios y la idea nueva de Iglesia de Cristo. Así señala el texto que todos fuimos elegidos por el Padre, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.
 
Hoy el evangelio de San Lucas (Lc 1, 26- 38) nos presenta el esplendido cuadro  de la anunciación.  La escena de la Anunciación de María, narrada por el evangelista San Lucas, es sin duda, una de las más bellas de todos los evangelios. Lucas es el evangelista que más nos habla de María. De los 152 versículos del NT que se refieren a la Virgen, unos 90 se los debemos a él: uno aparece en los Hechos de los apóstoles (1,14) y 89 en el tercer evangelio (Lc 1,26-28.39-56; 2,1.52; 8,1921; 11,27-28).
La escena lucana del anuncio a María tiene su extremo inicial en el v. 26a ("El ángel Gabriel fue enviado por Dios..."), y su extremo final en el v. 38b ("Y el ángel la dejó').
Dos personajes centrales:
a).-Gabriel, el mediador del mensaje. El ángel Gabriel entra en escena como el enviado de Dios (Lc 1,26). También él, por así decirlo, pronuncia un discurso en el que se hace portavoz del proyecto que Dios tiene sobre María; ella es llamada a dar a luz a Jesús, el rey mesiánico que reinará para siempre en la casa de Jacob (vv. 30-33) En él Dios quiere ser aliado del hombre, haciéndose uno de nosotros: es ésta la novedad absoluta de la nueva y eterna alianza. El Señor -dirá Zacarías- "se acordó de su santa alianza" (Lc 1,72).
b).-María, como criatura libre y sabia en la fe, presenta una objeción "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?" (v. 34). Y el ángel, en este punto, cumple con una de las tareas que corresponden a los mediadores de la alianza, es decir, iluminar a los contrayentes del pacto, para que su adhesión al Señor salga del corazón y de la mente: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti..." (vv. 35-37). Con tales palabras, el ángel ha cumplido su función de revelador de los designios divinos.
Elementos destacados del episodio.
a} El anuncio de la llegada de los tiempos mesiánicos, caracterizados por la realización de la salvación de Dios que llena de gozo a la humanidad: así aparece en la invitación dirigida por el ángel a María: «alégrate» (gr. chaire), que es un eco de otras invitaciones análogas dirigidas por algunos profetas a la «Hija de Sión» (Israel) en su anuncio de los tiempos mesiánicos en nombre de Dios.
b} La concepción y el nacimiento del Hijo del Altísimo, - del Mesías, hijo de David, e incluso -más radicalmente- Hijo de Dios, gracias a una intervención extraordinaria del poder del Espíritu de Dios (cf. Lc 2,30-35). Con una clara referencia al vaticinio mesiánico del profeta Natán a David (cf. 2 Sm 7 12-16) y a la profecía de 1s 7 14 sobre la «virgen» (almah) que dará a luz a un hijo, el ángel anuncia a María la maternidad mesiánica; y le comunica que quedará cubierta por la sombra del Espíritu divino, y que por eso concebirá y dará a luz, de una forma totalmente extraordinaria, a un hijo que será el «Santo', o bien el Hijo de Dios de modo absolutamente distinto de como se le entendía en el contexto de las esperanzas mesiánicas del judaísmo.
c} La predilección singular de Dios por María y la misión particular que le confía. Lleva al ángel ha llamarla «Privilegiada» nombre nuevo que Dios da a María y que indica un favor y un amor divino singularísimo para con ella. Esto constituirá la base de toda la reflexión teológica sobre María a lo largo de los siglos.
d} El consentimiento de la “esclava del Señor” con espíritu de obediencia y de fe en los designios del Altísimo: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»” (Lc 1,38). La respuesta afirmativa de María constituye la cima del diálogo entre ella y el ángel. Es el fíat de la Virgen a su Dios, con el que se coloca en aquella serie tan numerosa de siervos del Señor de su pueblo y se declara totalmente disponible para la realización de los designios de Dios sobre ella y sobre la humanidad entera, poniendo la libertad humana en sintonía con la urgente invitación del amor divino, para  que por medio de una alianza semejante Dios vuelva a ser el Señor de la vida del hombre y éste pueda experimentar la salvación, la redención y la esperanza que Dios le ofrece. María realiza de forma  auténtica y plena la esencia de la «fe» en la perspectiva bíblica; con ello comienza un camino de fe, que la llevará a compartir con su Hijo los gozos y los sufrimientos (cf. Jn 19,25-27) incluidos en la realización de la obra de salvación del Padre.
La Anunciación es el acontecimiento que abre el Nuevo Testamento. En él Dios dice su sí definitivo y más alto a la humanidad, y ésta en María inaugura su historia de amor con su Dios hecho carne en ella y . por ella (Jn 1,14; Gál 4,4), el «Dios con nosotros», de una forma infinitamente más alta que las esperanzas del profeta lsaías (1s 7 14).
 
Para nuestra vida
Estamos celebrando esta fiesta de la Inmaculada dos días después del segundo domingo de adviento. En este día mariano del adviento vamos a pedirle a Dios que se encarne y crezca cada día un poco más dentro de nuestro corazón.
La fiesta de la Inmaculada, flanqueada por otras advocaciones marianas que se celebran en este tiempo, adquiere su verdadera dimensión eclesial encuadrada en la expectación del Adviento, como símbolo de la humanidad que espera y se prepara para ser visitada de lo alto por el que ha querido ser “Dios con nosotros”.
La festividad de la Inmaculada, en medio del Adviento, desata, religiosamente hablando, todos los resortes más sensibles y utópicos de lo que ha perdido la humanidad. Si analizamos todo ello psicológicamente, habría que recurrir a muchos elementos culturales, ancestrales, pero muy reales, del pecado y de la gracia. El contraste entre la mujer del Génesis que se carga de culpabilidad y la mujer que aparece en la Anunciación, resuelve, desde el proyecto del Dios del amor, lo que las culturas antifeministas o feministas no pueden resolver con discusiones estériles.
La historia de los hombres arrastra, clavado en su corazón, el drama del mal y del pecado: el mal que nos hacemos y hacemos a los demás, el pecado que nos hace revelarnos frente a Dios.
Sobre este fondo oscuro, descrito en el relato del Génesis, se proyecta desde el principio una promesa de salvación por parte de Dios, que en el propio texto aparece ya misteriosamente ligada a la figura de la mujer, que “herirá a la serpiente en su cabeza”. Hoy, festividad de la Inmaculada, celebramos el cumplimiento de esa promesa en María, entregada en todo su ser al plan de salvación de Dios para los hombres.
            La Inmaculada, la que nunca estuvo sujeta a la esclavitud del pecado, fue objeto de todas las complacencias divinas. Pero también fue la mujer más libre y responsable, sin condicionamientos de un mal pasado, capaz de asumir una función especialísima en la historia de nuestra salvación. Su maternidad fue efectivamente responsable, fue madre porque quiso serlo. María acogió al Mesías deseado por todo el pueblo y soñado por todas las mujeres de Israel. En ella llega a su culminación la esperanza de todos los hombres y mujeres del mundo.
            María es la "nueva Eva". Eva es seducida y engañada por el orgullo y el ansia de dominio. Se dejó seducir por el pecado y fue sometida al yugo de la violencia, del temor, de la tristeza, de la culpabilidad, de la ignorancia y de la tiranía. María también es seducida, pero es por el Amor de Dios. Por eso recibe del ángel este mensaje lleno de confianza: "no temas". María". María, humilde y confiada, libre y obediente es el prototipo de la mujer nueva, el principio de la nueva humanidad basada en el amor y en la confianza en la voluntad de Dios. María quiere alimentarse de la Palabra de Dios, no de otras cosas pasajeras o engañosas. María se contrapone a Eva, salva a Eva, la rehabilita. Eva transmite dolor y esclavitud, María ofrece liberación y gracia. La "llena de gracia" vence al mal y nos invita a nosotros a asociarnos con ella en la lucha. Sabemos que el Señor "está con nosotros".
La fiesta de la Inmaculada, al comienzo de este tiempo, es pues, un estímulo para nuestra "espera confiada".
Profundicemos un poco en el mensaje de las lecturas de hoy.
La primera lectura del Génesis (Gen.3,9-15.20), es la manifestación teológica de un autor llamado “yahvista que se limita a poner por escrito toda la tradición religiosa de siglos, en ambientes culturales diversos, sobre la culpabilidad de la humanidad: Adán-Eva. El hombre siempre se ha preguntado por el origen del mal y ha procurado darse una respuesta.
El cap. 3 del Génesis describe la convicción de la fe de Israel de que la condición humana es una consecuencia de una primitiva transgresión de la humanidad contra Dios. Una existencia humana marcada por la fragilidad existencial y moral, en forma de trabajo y esfuerzo contra la naturaleza, en forma de tensiones y violencias, e incluso de luchas fratricidas, abocada a la muerte.
El pecado nos abruma, nos envuelve, nos fascina, nos empapa en libertad desmesurada, hasta que vemos que estamos con las manos vacías. Entonces empiezan las culpabilidades: la mujer, el ser débil frente al fuerte, como ha sucedido en casi todas las culturas. Y por medio aparece el mito de la serpiente, como símbolo de una inteligencia superior a nosotros mismos, que no es divina, pero que parece.
El mal siempre ha sido descrito míticamente. Pero en realidad el mal lo hacemos nosotros y lo proyectamos al que está frente de nosotros, especialmente si es más débil, según la una visión cultural equivocada. ¿Quién podrá liberarnos de ello? Siempre se ha visto en este texto una promesa de Dios; una promesa para que podamos percibir que el mal lo podemos vencer, sin proyectarlo sobre el otro, si sabemos amar y valorar a quien está a nuestro lado; en este caso el hombre a la mujer y la mujer al hombre.
Desde su fe en el Dios salvador del Éxodo, Israel afirma que no es éste el plan de Dios sobre la humanidad. Ha sido la misma humanidad la que ha subvertido el ideal de Dios. La fiesta de hoy, no obstante, no nos quiere retener en la contemplación del pecado, sino de la gracia, la promesa de salvación que contiene el v. 15: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón" (este versículo ha inspirado la imaginería mariana de los últimos siglos). La humanidad tiene la promesa de la victoria final sobre el mal que ella misma ha provocado. La serpiente como representación simbólica del mal es común a las culturas del Medio Oriente. El texto proclamado ha sido referido a la madre del mesías-rey, que, con ojos cristianos, es María, la madre de aquel que, con su muerte inocente y su resurrección, ha vencido el círculo vicioso del pecado, y nos ha abierto el camino de la victoria final sobre el pecado de la humanidad.
 
Del salmo reflexionamos con San Juan pablo II: “Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: «¡Venga tu reino!», un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.
4. En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «se ha revelado la justicia de Dios» (cf. Rm 1,17), «se ha manifestado» (cf. Rm 3,21).
La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio «es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora «todos los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la salvación de nuestro Dios» (Sal 97,3), sino que la han recibido.
5. Desde esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto recogido después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Por eso, sigamos su comentario, que entrelaza el cántico del salmista con el anuncio evangélico: «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo". En realidad, el que sufrió la pasión es un hombre; pero vosotros cantad al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero salvó como Dios».
Prosigue Orígenes: Cristo «hizo milagros en medio de los judíos: curó paralíticos, limpió leprosos, resucitó muertos. Pero también otros profetas lo hicieron. Multiplicó unos pocos panes en un número enorme, y dio de comer a un pueblo innumerable. Pero también Eliseo lo hizo. Entonces, ¿qué hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre, para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado, para elevarnos hasta el cielo» (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 309-310).” [San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 6 de noviembre de 2002]
Unámonos a esta alabanza con el salmo.
La segunda lectura de Efesios (1,3-6.11-12), nos recuerda que Dios nos ha destinado a ser sus hijos, según un plan o decreto divino y eterno. Plan de amor, cuya realización se llama Historia de la Salvación.
EL fragmento presenta un himno (que como otros himnos del NT que se cantaban) es una confesión de fe, en alabanza al Dios salvador, que por Jesucristo se ha revelado a los hombres. Este himno se nos presenta a Cristo ya desde los orígenes, antes incluso de la creación el mundo y con Cristo se tiene presente a toda la humanidad. Se alaba a Dios porque, en Cristo, nos ha elegido para ser santos y sin tacha (diríamos sin pecado) en el amor. Como santos nos parecemos a Dios, y por eso estamos llamados a vivir sin la culpabilidad y el miedo del pecado. Esto lo logra Dios en nosotros por el amor. Porque Dios nos ha destinado a ser sus hijos, no sus rivales.
 Esta historia de culpabilidades entre los fuertes y los débiles, entre hombre y mujer, es atentar contra la dignidad de la misma creación. Cristo, pues, viene para romper definitivamente esa historia humana de negatividad, y nos descubre, por encima de cualquier otra cosa, que todos somos hijos suyos; que los hijos de Dios, hombre o mujer, esclavos o libres, estamos llamados a la gracia y al amor. Esta es nuestra herencia.
 
El fragmento del evangelio de San Lucas (Lc 1,26-38) nos presenta el relato de la “Anunciación” que es el reverso de la página del Génesis. Aunque aparentemente no se usen los mismos términos, todo funciona en él para reivindicar la grandeza de lo débil, de la mujer. Para mostrar que Dios, que había creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, tiene que decir una palabra definitiva sobre ello. Dios restablece el equilibrio en la creación, para ello queriendo  actuar de una forma nueva, extraordinaria e inaudita para arreglar este mundo que han manchado los poderosos, elige a la mujer, que se abre a Dios y a la gracia.
Al igual que María tengamos un corazón abierto, acogedor, para que la Palabra habite en nosotros y nos ilumine el camino a seguir.  María nos enseña la humildad, la ilusión, la esperanza, la espera paciente y la aceptación de la voluntad de Dios.
 Como María dejemos que la Luz nos inunde, que Cristo se haga presencia en nuestro interior, que meditemos en el silencio como lo hizo María y respondamos «Si» a los planes de Dios, aunque estos nos saquen de nuestra comodidad, de nuestra rutina, porque responder afirmativamente es vivir con alegría, con esperanza, con amor, es dejar que Él nos guié.
 Junto a María contestemos: «hágase en mi tu voluntad».
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

Lecturas en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen 8 de diciembre de 2016

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 3, 9-15. 20.
Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre:
-- ¿Dónde estás?
El contestó:
-- Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.
El Señor le replicó:
-- ¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol que te
prohibí comer?
Adán respondió:
-- La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.
El Señor dijo a la mujer:
-- ¿Qué es lo que has hecho?
Ella respondió:
-- La serpiente me engañó, y comí.
El Señor Dios dijo a la serpiente:
-- Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
SALMO 97
R.- CANTAD AL SEÑOR UN CÁNTICO NUEVO, PORQUE HA HECHO MARAVILLAS.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.-

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.-

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS EFESIOS 1, 3-6. 11-12.
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. El nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad.
Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.
Palabra de Dios

ALELUYA Lc 1, 28
Alégrate, Maria, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
-- Alégrate, llena de gracias, el Señor esta contigo.
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
-- No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel:
-- ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?
El ángel le contestó:
-- El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó:
-- Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
Y la dejó el ángel.
Palabra del Señor

sábado, 3 de diciembre de 2016

Comentario de las lecturas del II Domingo de Adviento. 4 de diciembre de 2016.

 
Desde evangelio de San Mateo  proclamado nos llega un claro mensaje de lo que puede y debe ser el adviento. Hay que convertirse, hay que hacer penitencia, para así mejorar nuestro camino hacia la conversión verdadera. Pero habremos de tener en cuentas las duras palabras que Juan Bautista dirige a fariseos y saduceos. ¿Nos la diría a nosotros también hoy?
Este segundo domingo de Adviento se nos invita a hacer realidad un propósito sincero de conversión. Conversión, es tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque el advenimiento del Reino.
La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva.
El primer paso de la conversión es el sentirse juzgado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar, está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios. Cuando se ha recibido el fuego de la acción juzgadora de Dios, entonces se recibe el Espíritu.
El juicio de Dios, que nos lleva a la conversión, es el inicio de nuestra justificación.
 
En la primera lectura (Is 11,1-10) La unidad literaria de Is. 10, 33; 11, 10, insertada dentro del "Libro del Emmanuel" (7-11), habla de juicio y de salvación divina. -El castigo divino nunca es, en la Biblia, su palabra última y definitiva.
El profeta Isaías sigue así iluminando nuestro peregrinar terrenal. Isaías profetiza un tiempo de paz y de amor insuperables que, evidentemente, todavía no ha llegado. La fraternidad entre un lobo y un cabrito, pastoreados ambos, por un niño, por un muchacho es un bien deseable. Pero para llegar a esa paz hay  convertir nuestros corazones a la paz del Señor a quien esperamos.
Así el árbol talado aún no está muerto sino que de su tocón va a brotar un tierno vástago; la raíz o tocón se refiere a la muy humilde familia de Jesé, padre de David, de la que brotará este nuevo vástago (v.1), un segundo David que, al igual que el primero, estará equipado para su trabajo con el don del Espíritu divino (v. 2, cfr. I Sam. 16, 1-13; 2 Sam 23, 2ss). Poseerá el espíritu de prudencia y el don de sabiduría para poder percatarse de la situación concreta y obrar en consecuencia (capacidad para saber juzgar), espíritu de consejo para poder prescindir de opiniones interesadas y egoístas (el futuro rey no necesita consejeros parciales), espíritu de valentía para llevar a cabo las sabias y valientes decisiones tomadas. Más aún, su actuar estará en perfecta consonancia con el querer de Dios: "espíritu de conocimiento y respeto del Señor".
-El vástago, equipado con estos dones tan preclaros, ejerce su oficio estableciendo un reino justo (vs. 3-5). Los jueces humanos sentencian de acuerdo con el testimonio que aportan los testigos que, con frecuencia, es falso; el nuevo juez nunca juzgará por apariencias sino por la realidad que conoce con todo detalle. Del juicio divino queda desterrada toda ambigüedad, todo lado oscuro del problema, toda ignorancia, el sentenciar atendiendo a la emoción del momento... El nuevo juez es siempre incorruptible: defiende al pobre y al oprimido, al desamparado (tema muy bíblico, cfr. Is. 9, 6; 32,1; Sal. 72,12 ss.; 101...) sin dejarse violentar por la sinrazón de la fuerza o del poder; su sentencia judicial es la vara que castiga y condena al malvado (I Rey. 8, 32), justicia y lealtad son el lema y la insignia de su reinado.
-En el v. 2, el autor  usa el símbolo de los vientos o espíritus que convergen en el tocón de Jesé, ahora (vs. 6-9) a través de un símbolo vegetal y animal intenta enseñarnos cómo debería ser una sociedad humana ideal: los animales salvajes cohabitan, sin temor, con los domesticados ya que la hierba ha sustituido a la matanza; tampoco se temen el hombre y los animales, todos pueden vivir en paz y armonía, como en el relato primigenio de la creación (Gn. 1, 29), rota por el pecado humano (Gn. 9, 2ss.). Comienza una nueva era paradisíaca en la que el hombre ni mata ni teme a ningún animal, la enemistad con la serpiente se da por terminada y al hombre se le concede la ciencia del Señor (cfr. Gn. 3).
"Y brotará un retoño del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un
vástago" (Is 11, 1).El retoñar de los árboles es un milagro que se repite cada primavera. Troncos aparentemente muertos que echan brotes verditiernos, raíces perdidas en el fondo de la tierra que asoman reverdecidas y pujantes. Con esa imagen Dios llama a la esperanza en este período del Adviento. Isaías se dirige a los hombres de su tiempo. No todo está perdido, les dice. De ese madero carcomido y viejo brotará un vástago, de ese pueblo deportado y dividido surgirá el Mesías que salve a la humanidad entera.
Y esto ¿como será posible?. " Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de prudencia y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor…"  La justicia será el cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Naturalmente que estas palabras del profeta Isaías son palabras utópicas, en el sentido literal de esta palabra, porque nunca se han realizado, ni se realizarán en ningún sitio de esta tierra, mientras el hombre sea lo es hoy: hombre pecador. Pero el mensaje que nos presentan estas palabras de la profecía sí es real y posible: que nos esforcemos todos en construir un camino hacia una fraternidad universal de toda la humanidad entre sí y de la humanidad con la naturaleza en la que vivimos y de la somos huéspedes temporales.
"En aquel día, el renuevo de la raíz de Jesé, se alzará como estandarte para los pueblos, y le buscarán las gentes, y será gloriosa su morada" (Is 11, 10). De este modo contempla el profeta en el horizonte de la historia a ese brote nuevo que se alzará como bandera de salvación. Todas las gentes le buscarán, pues sólo en Él está la libertad, el amor, la paz, la alegría... Nosotros también queremos caminar hacia ti, cambiar nuestras rutas perdidas y orientarlas con decisión hacia donde Tú estás.
Cambiar de ruta, día a día. Mirar tu luz y ponernos en camino, sin rodeos ni demora. Es necesario estar continuamente agarrado al volante, cosido al timón de nuestra nave. Tenemos, sin remedio, un defecto en el mecanismo de nuestra dirección, e insensiblemente nos inclinamos a uno o a otro lado. El Adviento es un período de conversión, de cambio de conducta... Hemos de entrar en este movimiento que la Iglesia alienta esperanzada. Hemos de pararnos a considerar cómo marcha nuestra vida, hemos de hacer una revisión a fondo en el motor de nuestro espíritu. Ponerlo a punto, con el deseo y la ilusión renovada de caminar hacia Cristo, de vivir siempre de cara a Dios.
 
El responsorial es el salmo 71  (Sal 71,2.7-8.12-13.17). Este salmo  era para los judíos del tiempo de Jesús una plegaria de espera a la venida de Dios o de su Mesías.
El salmo está  escrito después del exilio, en una época en que ya la dinastía de David no estaba en el trono, se refiere directamente al "rey-Mesías", ¡al reino Mesiánico esperado como "universal' y "eterno"! Sólo Dios puede tener un reino eterno, "que dure tanto como el sol, hasta la consumación de los siglos". En vano un rey cualquiera puede pretender tal cosa. Como en los demás salmos, encontramos en éste, el procedimiento literario llamado de "revestimiento": se trata de un lenguaje florido, que utiliza el "estilo de las cortes reales de oriente", con sus hipérboles gloriosas y su ideología real, para expresar un "misterio", para "revestir" una revelación no sobre un sistema político sino sobre Dios mismo.
Comentando este salmo dice san Juan Pablo II: " ...Es de notar la particular insistencia con la que el salmista subraya el compromiso moral de regir al pueblo según la justicia y el derecho: «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud... Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador» (versículos 1-2.4).
Así como el Señor rige al mundo según la justicia (Cf. Salmo 35, 7), el rey que es su representante visible en la tierra --según la antigua concepción bíblica-- tiene que uniformarse con la acción de su Dios.
2. Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (Cf. Salmo 67, 6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos.
Es fácil intuir que la figura del rey davídico, con frecuencia decepcionante, fuera sustituida --ya a partir de la caída de la dinastía de Judá (siglo VI a.C.)-- por la fisonomía luminosa y gloriosa del Mesías, según la línea de la esperanza profética expresada por Isaías: «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (11,4). O, según el anuncio de Jeremías, «Mirad que días vienen --dice el Señor-- en que suscitaré a David un germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra» (23,5)." ( San Juan Pablo II. Dios es defensor de los oprimidos. Comentario a la primera parte del Salmo 71. ROMA, miércoles, 1 diciembre 2004).
 
En la segunda Lectura : Rom 15,4-9 San Pablo , habla a los fieles de Roma de las antiguas Escrituras y del tiempo del Reino de Jesús. Es perfectamente válida también para nosotros, porque en definitiva, Cristo esta viniendo para también salvarnos.
El v. 4 es una consideración sobre el valor de las Sagradas Escrituras, que naturalmente se refiere a lo que nosotros conocemos como A.T., supuesto que el Nuevo no estaba todavía escrito cuando se envía esta carta a la comunidad romana. Se destaca entre esas funciones la del consuelo y esperanza. No está escrita la revelación para opresión o angustia del género humano, sino para lo contrario. ¡Ojalá no desvirtuáramos ese carácter como normalmente, por desgracia, sucede! ¿Cuántos cristianos piensan en la Escritura -con mayor razón se puede decir esto del N.T.- como fuente de consuelo y esperanza?
Los vv. 5-6 son exhortación a la concordia y oración común de alabanza. Cuando uno está contento, cosa que debería ser lo normal en el cristiano, precisamente porque cree en lo que dice la Biblia, es más fácil orar y ayudarse, alabar y dar gracias.
Por último, (vv. 7-9) se nos pone delante el ejemplo de Cristo. Tenemos en él la realización de las promesas, de los compromisos de Dios con el Hombre. Ha puesto en marcha desde el comienzo del tiempo la historia de la salvación humana. No tratamos de algo futuro sin más, sino que, aun cuando haya proyecciones hacia adelante, ella se basa en lo acontecido, la intervención de Dios en Cristo a favor del hombre. Por eso nos ha de resultar más fácil la mutua entrega y solidaridad, cuyo ejemplo máximo es precisamente Cristo.
Pablo continúa describiendo la obra de la redención como un servicio, servicio hecho precisamente en favor de los hermanos, de los judeocristianos, que ahora son los débiles en la fe. Cristo, siervo del pueblo judío, ha libertado a los judíos, y con ellos, subraya el autor, a vosotros, a los paganos (vv 7-8). La libertad, si es cristiana, debe ser como la de Cristo, no debe estar al servicio del propio placer o deseo, sino al servicio de los otros, cuando así lo exige su fe. Que el carisma de nuestra libertad esté al servicio de los otros no implica ponerse a merced del capricho de unos eternos niños en la fe, sino contribuir constantemente a su crecimiento en la fe.
 
Evangelio : Mt 3,1-12. A diferencia de Marcos y de Lucas, Mateo introduce a Juan Bautista en acción y después lo presenta. De esta forma resalta más el mensaje transmitido (v.2) que la identidad del mensajero (vs. 3-4). Como los otros evangelistas, también Mateo resalta el impacto y acogida del mensaje (vs. 5-6), pero a partir del v. 7 tiene un punto de mira propio: fariseos y saduceos. Ellos, en exclusiva, son los destinatarios del desarrollo del mensaje. Fariseos y saduceos representaban las dos corrientes religiosas más representativas de la sociedad judía. Los fariseos, con sus haburot o fraternidades laicales, empeñadas en el más estricto cumplimiento de la Ley, interpretada ésta de acuerdo a una tradición que buscaba acomodar los principios a las situaciones siempre cambiantes; los saduceos, con su sacerdocio y su culto en el Templo y con su fundamentalismo religioso que sólo tenía en cuenta la Ley escrita, sin la dinámica de la tradición.
Fariseos y saduceos son objeto de crítica en su calidad de corrientes religiosas que apelaban a su pertenencia al Pueblo de Dios. No os hagáis ilusiones pensando que sois descendientes de Abrahán. A pesar de esa pertenencia se les acusa de no dar frutos adecuados de conversión y por eso se les amenaza con la llegada del día del Señor, una llegada en la que precisamente ellos tenían depositada la máxima esperanza. Se les dice que esa llegada es inminente en la persona del que tiene toda la fuerza y la autoridad de Dios para discernir los corazones.
En su identificación de Juan en los vs. 3-4, Mateo lo había presentado vestido a la usanza de Elías (ver 2 Reyes 1, 8). Para Mateo, Juan es el mensajero del día del Señor, el Elías esperado inmediatamente antes del final de los tiempos para preparar a los miembros del Pueblo de Dios a salir airosos ante la llegada del Mesías.
Juan Bautista , es el último profeta del Antiguo Testamento y marca la transición entre las dos etapas de la acción de Dios en el mundo. Juan tenía una vocación fuerte y un comportamiento austero que lindaba ya con lo infrahumano. Su sinceridad era evidente y esa sinceridad le costó la vida ante Herodes por no callar los pecados del rey. Juan, además, no se atribuyó jamás poder alguno y solo su capacidad anunciadora. El Evangelio hace referencia a la profecía de Isaías que marca el ámbito de la proclamación del Nuevo Camino en el desierto. Y en el desierto iba a formarse Juan a la espera de la Primera Venida.
"Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos..." (Mt 3, 2). La
ansiedad de salvación que todo hombre lleva dentro de sí, escondida quizá en lo más íntimo de su ser, es un sentimiento que se agudiza cuando crece el temor y la angustia, motivados quizá por circunstancias particularmente difíciles. Eso es lo que ocurría en los tiempos en que aparece el Bautista a orillas del Jordán. Israel estaba bajo el yugo de Roma, tiranizada además por los herodianos, los descendientes del cruel Herodes el Grande que dejó su reino entre los hijos que le quedaron, después de haber matado él mismo a aquellos que más derecho tenían a subir a su trono. Eran años de intrigas palaciegas que intentaban acabar con el viejo rey, que no acababa de morir y eliminaba fríamente a quienes intentaran algo contra él, aunque fuesen los hijos de su más querida esposa, o el primogénito. Días de violencia y de terrorismo en los que la sangre corría con frecuencia por las calles, en los que la tortura y el encarcelamiento estaban a la orden del día. Por otra parte la corrupción moral llegaba a límites inconcebibles en una degradación cada vez más profunda y extendida. Por todo ello el anhelo de un salvador, la esperanza de que llegara pronto el Mesías se hacía cada vez más intensa.
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Juan Bautista sabía muy bien que él era sólo el precursor, el que venía a preparar el camino al Señor Jesús. A esto aspiramos nosotros en Adviento: a llenarnos del Espíritu Santo, a vivir como bautizados en el Espíritu del Señor Jesús. Este Espíritu Santo del Señor Jesús es el que nos describe, en la primera lectura, el profeta Isaías.
 
Para nuestra vida
En este Adviento tenemos la oportunidad de pararnos  y preguntarnos: ¿qué camino estamos siguiendo, el falso o el que conduce a la felicidad? Si vivimos obsesionados por el dinero, el placer, la vanagloria, el pensar sólo en ti mismo, nos estamos equivocando. Esto no puede traernos la felicidad. A lo largo de esta Adviento, tiempo de gracia y de conversión, tenemos la oportunidad de rectificar y allanar el camino. ¿Cómo podemos  preparar el camino que conduce a Jesús, qué piedras son las que te hacen tropezar, qué baches son los que te encuentras? Sólo si tienes ilusión y ganas por llegar a la meta, podrás llegar. No lo harás solo, pues hay otros muchos que te acompañan.
No olvides que otra Navidad es posible. Prepárate para la Navidad. No te dejes arrastrar por el desenfreno de las cenas, el gasto inútil, las prisas..... Sólo merecerá la pena esta Navidad si encuentras de nuevo tu camino interior y escuchas al Dios de la misericordia, que viene a consolarte y a regalarte la salvación. ¿Estarás atento a su voz?
 
La primera lectura del Profeta Isaías expone las  profecías sobre la llegada del Mesías.
El texto describe la era mesiánica con imágenes agrícolas y ganaderas, que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, debéis traducir a realidades de hoy, a realidades vuestras, cotidianas. El león, la serpiente, el cabrito, el novillo, serán para vosotros imágenes lejanas, imaginarias tal vez. A mí no tanto. He tocado cabritos, serpientes y culebras, me ha picado un escorpión y nada me ha hecho. Los peligros que acechan hoy serán seguramente el alcohol, el malgastar inútil, la egoísta satisfacción sensorial, sensual y sexual. El dinero para presumir, el poder para avasallar, el atractivo personal para arrastrar y dominar.
Nosotros esperamos al Mesías salvador. El que esperamos será justo y dará paz a la tierra y los conflictos desaparecerán. No sólo los que el género humanos ha producido a lo largo de los siglos, si no también –y eso es muy interesante-- habrá paz en la misma naturaleza. La fraternidad llegará incluso a las especies animales que siempre están en conflicto por su propia supervivencia: “La vaca –dice el profeta-- pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey”. ¿No es especialmente hermoso? Nuestra esperanza es saber que todo el contenido de la Escritura, del Antiguo y del Nuevo Testamento, profetizado en torno al Mesías se cumplirá. No es una utopía o un bello texto de ficción lo que nos dice Isaías. Se cumplirá.
Le va a llegar a Israel la savia que fluye todavía de David el elegido, el mítico más bien, el que impulsó a su pueblo, protegió, defendió y enriqueció. El árbol de las promesas no se ha secado, todavía puede dar fruto, es capaz de vitalizar a su pueblo. Esto se le dice a Israel, el elegido. Esto se nos dice a nosotros, ya que la Iglesia es la realización de las antiguas promesas hechas a Abraham y a los profetas.
Promesas cumplidas en Jesús de Nazaret, el es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Jesús mientras vivió en esta tierra manifestó el cumplimiento de las promesas.  Vivió en su propia vida, la fraternidad universal, amando a todos: a ricos y pobres, a santos y pecadores, a los amigos y hasta a los propios enemigos. Si dejamos que sobre nosotros se pose el espíritu de Señor también nosotros seremos personas fraternas, solidarias, amantes y nunca excluyentes. Que nunca juzguemos a los demás por apariencias, ni de oídas, sino siempre con justicia y rectitud, sobre todo a los que se encuentren más desamparados.
 
El salmo proclamado hoy es muy indicado para este Segundo Domingo de Adviento. Salmo marcadamente mesiánico, con la riqueza y la fuerza evocativa de sus imágenes proclama el reino universal de justicia y de prosperidad, de paz y abundancia de liberación y rehabilitación del rey-mesías, el esperado de Israel. De esta filigrana se destaca la figura ideal del descendiente de David, el verdadero ungido de Dios, dibujado con prerrogativas grandiosas; en efecto, él realizará cosas maravillosas y manifestará su gloria, que es la gloria misma de Dios. La lectura litúrgica ve aquí el sentido pleno de la bendición perenne realizada en Jesucristo.
 El canto de este salmo durante el adviento expresa igualmente la espera de Cristo, rey de paz, ayuda y defensor de los pequeños y de los pobres, de los débiles y de los oprimidos, en contra de toda violencia y de todo abuso.
 
En la segunda lectura San Pablo: se nos presenta una doctrina y enseñanza dirigidas  a la  comunidad de Roma que se hallaba dividida en dos grupos o facciones: los "débiles" y los "fuertes". Los primeros se abstenían de comer carne y de beber vino los días señalados, por motivos religiosos; los segundos no distinguían los alimentos, pensando que todas estas prácticas no son lo importante para la fe. Aunque Pablo reconoce en teoría el buen sentido de los "fuertes", invita a los dos grupos a que se respeten y se acojan los unos a los otros como hizo Cristo.
Una comunidad dividida en facciones intolerantes no puede unirse para tributar a Dios una misma alabanza. Por lo tanto, la asamblea eucarística presupone, al menos, la unidad de todos sus participantes en una misma esperanza y en una misma fe en Jesucristo. Pero esta unidad en Cristo, el verdadero punto de coincidencia y el único mediador, es un don de Dios.
Cristo nos ha dejado el mejor ejemplo de comprensión mutua: él se sometió a la "circuncisión", es decir, a la Ley, y aceptando la Ley y sirviendo a los judíos, dio pruebas de la fidelidad de Dios que cumple las promesas hechas a los patriarcas y al pueblo de Israel; pero no se olvidó de acoger también a los gentiles para manifestarles la misericordia de Dios y lo alaben por esa misericordia. De unos y otros, de judíos y gentiles, hizo Cristo un solo pueblo de Dios. De igual manera es preciso que los cristianos, superando todas las diferencias, lleguen a la unanimidad de una misma alabanza al Padre por Cristo y en Cristo.
San Pablo nos recuerda " Cristo salvó a todos los hombres". En los designios divinos Cristo, del que todos los hombres necesitan para ser salvados, es el gran Reconciliador. San Pablo llama al amor la «ley de Cristo» (Gál 6,2) o «la plenitud de la ley» (Rm 13,10; Gál 5,14). La importancia del amor cristiano es tal que no puede absolutamente ser llamado una virtud; sería como vaciar de su sentido verdadero al amor de Dios mismo o de su Hijo hacia nosotros.
Para San Pablo, el ejemplo de Cristo, que para salvarnos se hace obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 8), ha de ser estímulo y acicate para que nosotros hagamos lo mismo por la salvación de los hermanos.
 San Pablo  exhorta "En una palabra; acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios". Estas palabras que escribe a los primeros cristianos de Roma deben servirnos a nosotros para formular, un propósito de  conversión a Dios y a los hermanos, siguiendo siempre el ejemplo de Cristo que nos acogió a todos nosotros para gloria de Dios Padre. No es posible una verdadera conversión cristiana sin este propósito de amar a Dios y al prójimo, siguiendo siempre el ejemplo de nuestro Señor Jesús. Que en nuestras palabras y en nuestras obras se note siempre que estamos bautizados con el Espíritu Santo y con el fuego de nuestro Señor.
El Adviento, tiempo de espera, debe incitar a todos los cristianos a una profunda reflexión sobre nuestra responsabilidad en la salvación de los hombres alejados de Dios.
 
Todos los evangelistas cuentan con la actividad del Bautista como previa a la de Jesús. Cada uno lo presenta desde un punto de vista y los diversos aspectos de esta figura singular nos proporcionan otros tantos elementos para reconstruir su extraordinaria personalidad. Mateo acentúa el aspecto de predicador que lleva a cabo su quehacer al estilo profético. Los profetas antiguos se distinguían tanto por sus vestidos ásperos como por la austeridad de su vida (2 Re 1, 8). El Bautista entra en escena como un predicador penitencial.
El contenido esquematizado de su predicación coincide absolutamente con lo que después anunciaría Jesús (4, 17). Exige la conversión. Era tema y exigencia continua también entre los fariseos. La diferencia estaba en el modo de entenderla. La conversión "farisaica" significaba únicamente el "cambio de mente". La conversión exigida por el Bautista, y por Jesús, es mucho más: la exigencia de un cambio radical, total, en la relación con Dios y esta relación con Dios comprende no sólo el interior sino también lo externo, todo lo que es visible en la conducta humana (v. 8: dar frutos dignos de penitencia). La recta relación con Dios debe traducirse en la correspondiente ordenación y conducta recta de toda la vida. El ejemplo del árbol lo ilustra: si el árbol es bueno, produce buenos frutos, frutos dignos de sí. Quien se convierte a Dios es como una planta de su inmenso campo y sus frutos-obras deben ser buenos. Si el árbol no produce buenos frutos es señal evidente de que no es bueno.Entonces será cortado y arrojado al fuego.
La radicalidad en las exigencias del Bautista molestaban a los piadosos de la época: los "fariseos", movimiento de laicos instruidos y piadosos, que buscaban, con su conversión interna, la seguridad frente al juicio divino, y los "saduceos", la nobleza sacerdotal influyente.
El motivo de estas exigencias es la proximidad del reino de los cielos. Mateo, al estilo judío, evita en lo posible, por un exagerado respeto, pronunciar el nombre de Dios y recurre a sucedáneos, como "el cielo". El reino de los cielos y el reino de Dios -de que nos hablan Marcos y Lucas- son la misma realidad. El reino, o mejor, reinado de Dios, era la más alta aspiración y esperanza del Antiguo Testamento y del judaísmo. Algo que pertenecía al más allá y que Dios concedería en el momento oportuno. Sería como el nuevo cielo y la nueva tierra donde no habrá pecado, muerte ni dolor. El Bautista anuncia que todo esto, que los judíos esperaban para un futuro incalculable, se realiza en la persona de Jesús y a través de ella. Estamos ante la razón última de las exigencias de la conversión: el hombre debe volverse a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres.
Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: “convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Las palabras de Juan Bautista, predicando la conversión, siguen teniendo hoy valor total para todos nosotros. Porque todos los nacidos de mujer nacemos empecatados, es decir, con unas tendencias innatas al pecado.
Juan es el último profeta del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo, es el precursor del salvador. Nos invita a la conversión, al cambio de mente y de corazón, de pensamiento y sentimiento. Nos invita a tomar postura, de ella depende la diferencia que separará a unos de otros. Nosotros preguntamos también: ¿entonces, qué hacemos? Él nos indica un camino: compartir nuestros bienes, servir al necesitado, no aprovecharse de los demás, dar de comer al hambriento...
Juan predicaba a unas personas inmersas en una sociedad de vilencia e injusticias. Sociedad dominada por Roma y gobernada por los fieles a Roma en lo civil y en lo religiosos por unos estamentos que generalmente olvidaban a Dios y presentaban los medios como lo que salvaba. Demasiadas veces parece que vivimos tiempos parecidos, o tal vez peor. sí Se puede afirmar que hay miedo en las calles, sobre todo a determinadas horas y por ciertos sectores de cualquier ciudad. Es verdad también que la sangre salta con demasiada frecuencia, y con excesiva cercanía, a las páginas de los rotativos. También podemos decir, sin exageraciones, que la degradación moral está destruyendo los cimientos de nuestro viejo mundo, que se rompe la familia, sin que haya formas adecuadas para recomponerla una vez rota. Se busca con demasiada frecuencia el placer y el confort por encima de todo y a costa de lo que sea. Sí, sin ponernos trágicos, hay que reconocer que cada día ocurren cosas de las que hemos de lamentarnos, o que hemos de temer.
Ante todo esto podemos pensar que el hombre de hoy anhela con ansiedad la salvación, ese nuevo Mesías que nos redima otra vez, sin considerar que ya estamos redimidos y que lo que hay que hacer es cooperar con Dios para hacer realidad sus planes de redención. Por ello las palabras del Bautista tienen plena vigencia. Sí, también nosotros tenemos que convertirnos, hacer penitencia y preparar nuestro espíritu para la llegada del Señor. Convertirnos y hacer penitencia. Volver a Dios, que eso es convertirse a Él. Dejar nuestra situación de pecado, o de tibieza que es peor quizá, por medio de una buena confesión de nuestras faltas. Dolernos en lo más hondo de haber pecado, proponernos sinceramente rectificar. Y luego hacer penitencia, mortificar nuestras pasiones y malas inclinaciones, prescindir de nuestra ansia de comodidad, huir del confort excesivo, contradecir alguna vez nuestro gusto o deseo. Conversión y penitencia. Sólo así haremos posible la salvación y recibiremos adecuadamente a nuestro.
 
El adviento, nos sugiere ser más un tiempo de esperanza, de alegría que de penitencia.
¿ No merece el Señor, que –aquello que desafina y no está atinado en nuestra forma de ser- sea cambiado para que su Nacimiento sea algo real y palpable en lo más hondo de nuestras entrañas?
El adviento, por ser tiempo de esperanza…también es época de poda. De cortar aquellas ramas que, en el tronco de nuestras personas, pesan o aparentan más de lo que son, sobran o no dan fruto, son frondosas por fuera...pero quién sabe si no están huecas por dentro.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org