sábado, 7 de noviembre de 2020

Comentario de las Lecturas del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario 8 de noviembre 2020

 La primera lectura de hoy nos hace una  exhortación a la búsqueda de la sabiduría, resaltando la facilidad con que se puede accederse a ella.  Así se decía que la Sabiduría madrugaba para salir al paso de los deseos de sabiduría.

También en el salmo se expresa esa actitud madrugar para encontrarse con Dios.

San Pablo presenta a los cristianos de Tesalónica una catequesis sobre la suerte de los difuntos y los acontecimientos del fin del mundo. Escuchemos atentamente, porque estas indicaciones son para nosotros que esperamos la segunda venida de Cristo.

En el Evangelio se habla del reino de los cielos bajo el simbolismo de una fiesta de bodas, pero esta vez no se habla del festín, sino de la espera previa y vigilante, como aquellas doncellas que esperaban a su esposo.

 

La primera lectura es del Libro de la Sabiduría (Sab 6, 12-16) Comienza el capítulo con una exhortación a buscar la sabiduría, puesta en labios de Salomón, dirigida a los gobernantes de la tierra (vs. 1-11).

Los vs. 12-16 hablan del valor de la sabiduría, así como de la posibilidad de encontrarla; por ello obtenemos la inmortalidad y el reino eterno (vs. 17-21).

¿En qué consiste esta sabiduría? Nos lo aclara el final del capítulo (vs. 22-23).

Fijémonos en el fragmento de hoy. Se describe la posibilidad de un encuentro personal entre el ser humano y la sabiduría (personificada en los vs. 12-16). Aparece radiante, hermosa cual esposa que hechiza y embelesa a su amado (cfr. 7, 29; 8, 2...). La divinidad, a pesar de que el hombre se empeñe en negarlo, sigue atrayéndonos, ya que es fuente y origen de todos nuestros bienes: "con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.." (7, Il). Es, además, el único bien inmarcesible.

Por eso debemos pensar en ella, madrugar y buscarla afanosamente (v. 13), velar por ella (vs. 14-15), amarla (v. 12). Actividad frenética que implica un gran esfuerzo humano, pero la sabiduría no se queda a la zaga, sino que, solícita, sale al encuentro y aborda a los caminantes, sentada a la puerta, y se da a conocer a los que la buscan (vs. 13-14). Esfuerzo humano y correspondencia divina.

Se presenta aquí la Sabiduría de Dios personificada por una joven hermosa que solicita a su amante para un encuentro feliz.

La Sabiduría no se comporta como una mujer esquiva; todo lo contrario: se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El verdadero conocimiento de Dios no es el resultado de una laboriosa operación intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a cuantos se disponen a recibirlo con un corazón abierto. 

v. 15:La Sabiduría de Dios madruga más que quienes la desean.

Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, he aquí que la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar detrás de ella todo el día. Dios se presenta al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos.

v. 17:De manera que la primera iniciativa para el encuentro la lleva la Sabiduría de Dios. Es decir, el mismo Dios busca a los que se muestran dignos de conocerlo. Más aún, el hombre no buscaría a Dios, si Dios no lo hubiera alcanzado antes. En todas las preguntas y deseos, en todas las búsquedas y pensamientos, ya está la Sabiduría de Dios haciendo que pregunten por ella, que la deseen y la busquen. Así que no es difícil conocer a Dios si no estamos interesados en ignorarle.

 

El responsorial es el Salmo 42 (Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8). Las cuatro primeras estrofas cantan la alegría de un huésped del Señor. Feliz de visitar a Dios en su casa, su templo, y de habitar allí como un levita. Se canta aquí, la alegría de la intimidad con Dios y de la meditación. Notemos particularmente este tuteo amoroso: Tú eres mi Dios, Te busco, tengo sed de Ti, Tu fuerza, Tu gloria, Tu amor, Tu nombre, etc... (17 pronombres personales o posesivos en segunda persona). Una manera de meditar este salmo, es precisamente adoptar este juego de lenguaje, insistiendo interiormente en estos pronombres: "¡Tú estás allí, Señor, Te hablo, escúchame!".

Las dos últimas estrofas son la evocación del combate escatológico que acabará con el mal de la tierra. Algunos exegetas piensan que estas dos estrofas no hacen parte del salmo original. Esta situación es chocante para alguien que no conoce bien el sentido profundo de este salmo (Expresión de violencia que repugna a una mentalidad actual de tolerancia de no sectarismo). Pero la mayor parte de los "salmos de intimidad con Dios" tienen este género de estrofas contra los enemigos de Dios, la plena realización del amor a alguien, pide que desaparezcan aquellos que hacen mal a quien se ama, esto pone de relieve, que la felicidad de estar con Dios no es ni mucho menos una huida, un refugio perezoso... sino la iniciación al compromiso total, al combate de cada día contra el mal. La oración, en Israel, jamás estuvo separada de la vida.

Así comenta San Juan Pablo II este salmoEl alma sedienta de Dios

1. El salmo 62, sobre el que reflexionaremos hoy, es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo.

Como escribe santa Teresa de Ávila, "sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata" (Camino de perfección, c. 19). La liturgia nos propone las primeras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la luminosidad y la dulzura del resto del salmo.

2. Así pues, comenzamos nuestra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios (cf. versículos 2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo, se podría decir "físico". De la misma manera que la tierra árida está muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una boca sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y para poder estar en comunión con él.

Ya el profeta Jeremías había proclamado: el Señor es "manantial de aguas vivas", y había reprendido al pueblo por haber construido "cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2, 13). Jesús mismo exclamará en voz alta: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba, el que crea en mí" (Jn 7, 37-38). En pleno mediodía de una jornada soleada y silenciosa, promete a la samaritana: "El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn 4, 14).

3. Con respecto a este tema, la oración del salmo 62 se entrelaza con el canto de otro estupendo salmo, el 41: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo" (vv. 2-3). Ahora bien, en hebreo, la lengua del Antiguo Testamento, "el malma" se expresa con el término nefesh, que en algunos textos designa la "garganta" y en muchos otros se extiende para indicar todo el ser de la persona. El vocablo, entendido en estas dimensiones, ayuda a comprender cuán esencial y profunda es la necesidad de Dios: sin él falta la respiración e incluso la vida. Por eso, el salmista llega a poner en segundo plano la misma existencia física, cuando no hay unión con Dios: "Tu gracia vale más que la vida" (Sal 62, 4).

También en el salmo 72 el salmista repite al Señor: "Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! (...) Para mí, mi bien es estar junto a Dios" (vv. 25-28).

4. Después del canto de la sed, las palabras del salmista modulan el canto del hambre (cf. Sal 62, 6-9). Probablemente, con las imágenes del "gran banquete" y de la saciedad, el orante remite a uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sion: el llamado "de comunión", o sea, un banquete sagrado en el que los fieles comían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el hambre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Señor. En efecto, "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3; cf. Mt 4, 4). Aquí el cristiano piensa en el banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y cuyo valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 55-56).

5. A través del alimento místico de la comunión con Dios "el alma se une a él", como dice el salmista. Una vez más, la palabra "alma" evoca a todo el ser humano. No por nada se habla de un abrazo, de una unión casi física: Dios y el hombre están ya en plena comunión, y en los labios de la criatura no puede menos de brotar la alabanza gozosa y agradecida. Incluso cuando atravesamos una noche oscura, nos sentimos protegidos por las alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por las alas de los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la alegría: "A la sombra de tus alas canto con júbilo" (Sal 62, 8). El miedo desaparece, el abrazo no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra mano se estrecha con la fuerza de su diestra (cf. Sal 62, 9).

6. En una lectura de ese salmo a la luz del misterio pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu y de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene.

Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que, comentando las palabras de san Juan: de su costado "salió sangre y agua" (cf. Jn 19, 34), afirma: "Esa sangre y esa agua son símbolos del bautismo y de los misterios", es decir, de la Eucaristía. Y concluye: "¿Veis cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Veis con qué nos alimenta a todos? Con ese mismo alimento hemos sido formados y crecemos.

En efecto, como la mujer alimenta al hijo que ha engendrado con su propia sangre y leche, así también Cristo alimenta continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha engendrado" (Homilía III dirigida a los neófitos, 16-19, passim: SC 50 bis, 160-162). (San Juan Pablo II. Audiencia general Miércoles 25 de abril de 2001).

 

La segunda lectura es de 1 Tesalonicenses (1 Tes 4, 13-18) De esta carta, hemos leído hasta ahora tres fragmentos que hablaban de las relaciones de Pablo con aquella comunidad y recordaban los momentos felices de la evangelización. Hoy y el próximo domingo, en cambio, leemos la respuesta de Pablo a unas preocupaciones que debían de ser vivas en aquella comunidad. Se trata de lo que se refiere a la segunda venida de Xto para llevarse a sus fieles a su reino. Concretamente, el texto de hoy habla de lo que acontecerá a los que han muerto antes de esa segunda venida, y el del próximo domingo, de la fecha de la venida.

En un ambiente como el de la primera comunidad, de entusiasmo por la salvación recibida de la resurrección de JC, se vivía la espera de la segunda venida como algo inminente, en la línea de las esperanzas judías de una renovación universal: renovación que se había iniciado con Jesús y que a continuación se esperaba que tuviera lugar con todos los creyentes.

A los tesalonicenses les resultaba un problema que, antes de esa segunda venida, algunos cristianos de la comunidad ya hubiesen muerto: les entristecía pensar que quizás éstos quedarían fuera de la llamada universal que Jesús haría cuando volviese. Ante esto, Pablo responde diciendo que la tristeza por la muerte de gente amada no ha de ser solamente tristeza, como los paganos: los muertos no quedarán fuera de la llamada de Jesús, sino que resucitarán y serán incorporados al séquito de los salvados. Y Pablo lo dice manteniéndose en la hipótesis contemporánea de una venida inmediata de Jesús: considera posible que, en esta segunda venida, él se halle vivo todavía.

San Pablo comienza afirmando la identidad del destino del cristiano con Cristo resucitado. Este tema es el principal. El cristiano ha establecido una unión con Cristo cuando ha creído, se ha unido a Él, se ha bautizado, que no se rompe nunca y que hace que cuanto ocurre y ha ocurrido a Cristo, le ocurra también a quien ha establecido esa comunidad con Él. Naturalmente es afirmación de fe. En ese sentido también de esperanza, porque no es controlable empírica y actualmente. San Pablo sabe que vivimos en Cristo y, por lo tanto, lo que Dios hizo con su Hijo, resucitándolo y haciéndole vivir para siempre, llegará un momento de nuestro tiempo, justamente cuando lo necesitemos al morir, en que lo hará también con nosotros. Y como Dios es fiel, la certeza es también absoluta. Sobre esa victoria de la vida no le caben dudas a Pablo. es la liberación del sentido fatal y definitivo de morir, el que puede tener para quien no hay otra perspectiva que la del final de la existencia, los "hombres sin esperanza".

La segunda parte (vv. 14-16) es menos importante. Está llena de imaginaciones apocalípticas e influenciada por la expectación inminente de la parusía del Señor, que Pablo, como tantos cristianos primitivos tenía. Lo importante aquí es saber que habrá una coronación general de este destino individual expuesto en la primera parte.

La descripción de la parusía se hace según la cosmología de la época: el cielo está arriba, y de él baja el Señor después del grito de un arcángel; viene la resurrección de los muertos; y finalmente todos suben al encuentro del Señor, hacia la nube.

 

El evangelio es de San Mateo (Mt 25, 1-13) Comenzamos a leer hoy el cap. 25 de Mt, que terminaremos dentro de 15 días, en la solemnidad de Cristo Rey. Quedan ya sólo tres domingos para que finalice el año litúrgico, y la lectura de San Mateo nos hace penetrar en el primero de los tres relatos que componen el capítulo 25, que vienen a ser como un esquema para evaluar la actuación cristiana: ¿construimos realmente, con nuestra manera de vivir, el nuevo pueblo de Dios iniciado por Jesús? Fijémonos en los contenidos:

* Domingo 32 (la parábola de las diez vírgenes): ¿Estamos preparados para tener suficiente aceite para alumbrar cuando llegue el esposo? Es una invitación a recordar que nuestra vida tendrá un final.

* Domingo 33 (la parábola de los talentos): ¿Hacemos fructificar para el Reino de Dios todas nuestras posibilidades, o nos las guardamos para nosotros?

* Cristo Rey (el juicio final): Qué clase de aceite hay que tener preparado, y qué quiere decir hacer fructificar los talentos: el criterio básico de todo es el bien de los que necesitan de nosotros, porque en los necesitados es donde está presente el Señor, el Rey.

El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo… Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora". La fiesta nupcial judía, cargada de ritos simbólicos, sirve a Jesús para hablar del Reino de los cielos. Se fija en la ceremonia de recepción y de acompañamiento que hacen las amigas solteras de la novia a la feliz pareja. Con sus lámparas encendidas y su alegría juvenil contribuían, sin duda, a la felicidad de los novios. Todos juntos iban hacia la sala del banquete, inundada de luz y de alegría. Se cerraba entonces la puerta y la noche, oscura y triste, quedaba fuera, en fuerte contraste con la luz y el alborozo que había dentro, en la sala del banquete.

Jesús se refiere al Reino de los cielos: esta vez lo compara con diez doncellas, cinco necias y cinco prudentes. Les dice a sus discípulos que el que espera el Reino de los cielos debe imitar a las cinco doncellas prudentes que esperaron al esposo con las lámparas encendidas.


¿Qué quiere decirnos a nosotros esta parábola? Que debemos vivir siempre preparados para encontrarnos con Jesús, con Dios, cuando tengamos que comparecer ante él, en cualquier momento que él nos llame. Y como no sabemos cuándo nos va a llamar, debemos vivir preparados, es decir, esperándole siempre, durante toda nuestra vida. Y debemos hacerlo con esperanza activa, como lo hicieron las cinco vírgenes prudentes; no imitar nunca a las cinco vírgenes necias. Las vírgenes prudentes esperaron al esposo con esperanza activa, es decir, velando, estando continuamente vigilantes. No podemos pensar que es suficiente dejar la preparación para cuando seamos viejos, o estemos gravemente enfermos. La esperanza activa supone una vigilancia continua sobre nuestra manera de pensar, de hablar, de comportarnos. ¿Cómo pensamos, cómo hablamos, cómo nos comportamos? ¿Lo hacemos pensando sólo en nuestros intereses psicológicos y materiales, o lo hacemos como lo haría en nuestro caso el mismo Jesús? Ser buen cristiano supone un esfuerzo, una lucha, contra nuestras malas inclinaciones naturales. Porque, de hecho, todos nacemos con una inclinación original al pecado, al mal. Es cierto que también nacemos con buenas inclinaciones, con inclinación al bien, pero nuestras buenas inclinaciones naturales siempre, durante toda nuestra vida, están mezcladas y muy limitadas por nuestras inclinaciones malas. Ser bueno, ser buena persona, no es un regalo de ningún dios, supone, como hemos dicho, lucha continua y un esfuerzo personal continuado. Imitemos a las cinco doncellas prudentes de la parábola, con el aceite de la virtud siempre encendido, para que podamos recibir a Dios, cuando nos llame, con nuestras lámparas de la virtud encendidas.

Sólo así podremos entrar al banquete de bodas que es el Reino de los cielos, y que Dios tiene preparado para todos sus hijos desde el principio de la creación.

Así comenta San Agustín este evangelio:

Mt 25,1-13: La virginidad del cuerpo la poseen pocos; la del corazón han de poseerla todos

Aquellas vírgenes simbolizan a las almas. En realidad no eran sólo cinco, pues eran símbolo de millares de ellas. Además, ese número cinco comprende tanto varones como mujeres, pues ambos sexos están representados por una mujer, es decir, por la Iglesia. Y a ambos sexos, estos es, a la Iglesia, se la llama virgen: Os he desposado con un único varón para presentaron a Cristo cual virgen casta (2 Cor 11,2). Pocos poseen la virginidad de la carne, pero todos deben poseer la del corazón. La virginidad de la carne consiste en la pureza del cuerpo; la del corazón en la incorruptibilidad de la fe. A la Iglesia entera, pues, se la denomina virgen y, con nombre masculino, pueblo de Dios; uno y otro sexo es pueblo de Dios, un solo pueblo, el único pueblo; y una única Iglesia, una única paloma. Y en esta virginidad se incluyen muchos miles de santos. Luego las cinco vírgenes simbolizan a todas las almas que han de entrar en el reino de Dios.

Y no carece de motivo el que se haya elegido el número cinco, porque cinco son los sentidos del cuerpo conocidísimos de todos. Cinco son las puertas por las que las cosas entran al alma mediante el cuerpo: o por los ojos, o por el oído, o por el olfato, o por el gusto, o por el tacto; por uno de ellos entra cualquier cosa que apetezcas desordenadamente. Quien no admita corrupción alguna por ninguna de estas puertas ha de ser contado entre las vírgenes. Se da paso a la corrupción también por los deseos ilícitos. Qué sea lícito y qué ilícito, aparece en cada página de los libros de las Escrituras. Es preciso, pues, que te encuentres dentro de aquellas cinco vírgenes. Entonces no temerás las palabras: «Que nadie entre». Así se dirá y se hará, pero una vez que hayas entrado tú. Nadie cerrará la puerta ante tus narices; mas cuando hayas entrado, se cerrarán las puertas de Jerusalén y se asegurarán sus cerrojos. Pero si tú quieres o bien no ser virgen, o bien virgen necia, quedarás fuera y en vano llamarás.

¿Quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas que conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente de los sentidos, que acabo de mencionar. Evitan ciertamente la corrupción, venga de donde venga, pero no presentan el bien que hacen a los ojos de Dios en la propia conciencia, sino que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el parecer ajeno. Van a la caza de los favores del populacho y, por lo mismo, se hacen viles, cuando no les basta su conciencia y buscan ser estimadas por quienes las contemplan. Evidentemente no llevan el aceite consigo, aceite que es el hecho de gloriarse, en cuanto que procura brillo y esplendor. Pero ¿qué dice el Apóstol? Observa a las vírgenes prudentes que llevan consigo el aceite: Cada uno examine su obra, y entonces hallará el motivo de gloria en sí mismo, no en otro (Gál 6,4). Éstas son las vírgenes prudentes.

Las necias encienden ciertamente sus lámparas; parece que lucen sus obras, pero decaen en su llama y se apagan, porque no se alimentan con el aceite interior. Como el esposo se retrase, quedan dormidas todas, en cuanto que todos los hombres, de una y otra categoría, se duermen en el momento de la muerte. Al retrasarse la venida del Señor sobreviene, tanto a las necias como a las sabias, la muerte de la vida corporal y visible, a la que la Escritura llama sueño, como saben todos los cristianos. Hablando de ciertos enfermos, dice el Apóstol: Porque hay entre vosotros muchos débiles y enfermos y muchos duermen. Dice duermen, en lugar de «mueren».

Mas he aquí que el esposo ha de venir; todas se levantarán, pero no todas han de entrar. Faltarán las obras a las vírgenes necias, por no tener el aceite de la conciencia, y no encontrarán a quién comprar lo que solían venderles los aduladores. Las palabras: Id a comprarlo para vosotras las pronuncia una boca burlona, no un corazón envidioso. Las vírgenes necias se lo habían pedido a las prudentes, diciéndoles: Dadnos aceite, pues nuestras lámparas se apagan. Y qué les dijeron las vírgenes prudentes? Id más bien a quienes lo venden y compradlo para vosotras, no sea que no haya bastante para nosotras y vosotras. Era como decirles: ¿De qué os sirven ahora todos aquellos a quienes solíais comprar la adulación? Y mientras ellas fueron a comprarlo, entraron las prudentes y se cerró la puerta (Mt 25,1-13). Cuando se alejan con el corazón, cuando piensan en tales cosas, cuando dejan de mirar a la meta y volviéndose atrás recuerdan sus méritos pasados, es como si fueran a los vendedores; pero entonces ya no encuentran a los protectores, ya no encuentran a quienes las alababan entonces y las estimulaban a hacer el bien, no por la fortaleza de la buena conciencia, sino por el estímulo de la lengua ajena" . (San Agustín. Comentario al salmo 147,10-11).

 

Para nuestra vida

Hoy  celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Cada uno de nosotros, con nuestros talentos y capacidades, formamos la Iglesia Diocesana. No es algo extraño a nosotros. Es la gran familia que rompe las distancias locales y se abre a la comunión con otras parroquias de la misma provincia. Y cada una de las diócesis se une también en comunión con la Iglesia Universal. La Diócesis es nuestra gran familia, la casa grande donde todos cabemos y tenemos nuestro sitio. Hoy es su día. Hoy pedimos en nuestra Eucaristía por todas las parroquias de nuestra diócesis, por todas sus actividades pastorales

 

En la primera lectura  se nos presenta la Sabiduría de Dios personificada en una joven que busca encontrarse con su amado.. "Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan". No se comporta como una mujer que hace desaires. Al contrario, la Sabiduría se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El verdadero conocimiento de Dios no es el resultado de una laboriosa operación intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a cuantos se disponen a recibirlo con un corazón abierto.

La sabiduría de la que aquí se habla es algo muy distinto de lo que habitualmente entendemos por ciencia o conocimientos sobre una materia determinada. Un científico puede no ser nada sabio y un sabio puede ser una persona no científica. El sabio es la persona que sabe comportarse con prudencia, con justicia, con fortaleza y con templanza ante Dios, ante el prójimo y consigo mismo. Todos conocemos a alguna persona con pocos conocimientos científicos y a la que de verdad consideramos muy sabia, porque sabe discernir muy bien entre el bien y el mal, entre lo que se debe hacer en cada momento y lo que no se debe hacer. Es evidente que la verdadera sabiduría de la que habla  este texto, es de la Sabiduría como un don de Dios. Pero los dones de Dios debemos nosotros trabajarlos con humildad y perseverancia. Todos los cristianos debemos aspirar a ser sabios, a saber comportarnos en cada momento como Dios quiere que nos comportemos, como lo haría en nuestro lugar Jesús de Nazaret en cada momento determinado. Pidamos a Dios que nos conceda el don de la sabiduría y que nosotros la amemos y la busquemos constantemente y digámosle al Señor con humildad, como nos dice el salmo 62: ¡Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío!

La sabiduría "Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca, no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada". La Sabiduría de Dios madruga más que los que la desean. Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, se la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar tras de ella todo el día. Dios se presenta siempre al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos. Desgraciadamente, muchas veces nosotros los cristianos no somos capaces de imaginar que Dios esté sentado junto a nuestra puerta, esperando para regalarnos su amor. Dios nos ama gratuitamente y se ofrece constantemente para que nos llenemos de su vida. Acudamos a El para iluminar nuestra oscuridad y saciar nuestra sed de felicidad.

En este mundo donde imperan las prisas, hoy nos invita a detenernos, a descansar, a calmarnos y sobre todo a estar vigilantes.

Cuando la sabiduría exhorta a los gobernantes y reyes de la tierra a que la escuchen y les recuerda que el poder les ha sido dado por Dios, está muy lejos de querer justificar las estructuras humanas de poder. Se dirige a ellos porque son los responsables más directos del gobierno del mundo y quiere inculcarles una manera completamente nueva y revolucionaria de regir las naciones. El reinado de Dios no se puede instaurar sin aceptar su plan, y el plan divino no se puede aceptar si no se conoce la sabiduría, que lo revela y lo graba en lo más profundo de la persona.

Jesús, al asumir las enseñanzas del A.T. y presentarse como auténtica sabiduría, dio un vuelco a la historia. En lugar de dirigirse a los sabios y poderosos se dirigió a los sencillos. Si no se cambia por completo la escala de valores, no se puede captar el sentido profundo de las máximas de la sabiduría. Sólo se acepta lo que agrada y lo que justifica las posiciones a que uno se agarra desesperadamente. Es preciso que el justo muera prematuramente a los ojos del mundo por haber aceptado unos valores que los poderosos consideran ridículos y utópicos: es el único modo de llegar a reinar según las coordenadas de la sabiduría divina. Esta multitud de sabios es la que salva al mundo. Son «sabios» los discípulos de la Sabiduría del Padre.

 

El salmo es uno de los muchos que se utilizaban en la oración individual. Aunque este 62 tiene un especial registro de búsqueda esforzada de Dios, como muy necesitados de la cercanía del Señor. Todos –hoy y siempre— necesitamos de Dios y podemos invocar al Señor como lo hizo el Rey David cuando estaba –sólo y triste— en el desierto.

"Oh dios, tú eres mi Dios..." (Sal 62, 2) Ocurre a veces que el latido místico e íntimo del cantor de Dios aflora a la superficie de sus palabras. El salmo de hoy expresa, en efecto, los más hondos sentimientos del hombre ante Dios. "Mi alma está sedienta de ti -dice con emoción-, mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada, sin agua".

El salmista se siente seco por dentro, con una ansiedad incontenible, con una sed indefinible de algo que sólo le puede venir de lo Alto. Y por eso clama con acentos de humilde súplica y llama al Señor, diciéndole: Oh Dios, Tú eres mi Dios, mi todo, mi bien supremo, mi verdad única, mi más firme esperanza de amor eterno. Humildemente, con sencillez de niño enfermo, vamos a acercarnos en el silencio de la oración hasta nuestro Dios y Señor. Vamos a decirle cuanto sentimos o cuanto no sentimos y quisiéramos sentir. Digamos también con honda emoción, o sin ella: "Oh Dios, tú eres mi Dios...".

"Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote..." (Sal 62, 5) Sigue el salmista desgranando sus versos inspirados, sigue brotando a borbotones el agua limpia de su fuente interior. Toda la vida te bendeciré, mi Dios y Señor; en todas las circunstancias te cantaré con gratitud y amor. Pase lo que pase, sea bueno lo que me ocurra o sea lo peor cuanto me pueda ocurrir, alzaré las manos hacia ti para invocarte, humilde y confiado.

También nosotros  podemos acercarnos a Dios en la íntima soledad de nuestro corazón, donde él está. Si lo hacemos, sentiremos que nuestra vida se colma, se sacia, se apacigua en las ansias más profundas. Digámosle  entonces al Señor, con palabras de ese salmo: "Mis labios te alabarán jubilosos. En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo".

Tener sed de Dios, anhelar su cercanía más que cosa alguna. Buscarle si le hemos perdido de vista, correr tras él hasta encontrarlo de nuevo. Quedarse entonces junto a él para nunca más separarse, persuadidos de que sólo así alcanzaremos alivio para nuestra ardiente sed.

 

En la segunda lectura, de la Carta a los Tesalonicenses, San Pablo va refiriéndose al final de los tiempos. En estos últimos domingos del año litúrgico, el Apóstol nos muestra ese camino de salvación en el que, también, la esperanza y la prudencia son factores importantes.

En el momento en el que escribe San Pablo esta primera carta a los cristianos de Tesalónica, estos primeros cristianos esperaban ansiosamente la segunda venida, que creían inminente, del Señor Jesús. La pregunta que se hacían era esta: ¿qué será de los cristianos que han muerto antes de que venga el Señor?. "No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza". Nosotros, los cristianos de ahora, no nos hacemos, evidentemente, esta pregunta

San Pablo les dice que tendrán la misma suerte que los que vivan cuando él venga: todos los que hemos creído en él resucitaremos con él.

La esperanza en la resurrección se funda en el hecho de que Jesús ya ha resucitado. Cristo es "el primogénito de los muertos", el primer nacido o resucitado para la verdadera vida. Él es también nuestra cabeza, principio de unidad y solidaridad de todos los miembros para formar un mismo cuerpo. Si Cristo, la cabeza, ha resucitado, también resucitarán sus miembros. Describe la venida del Señor y la resurrección de los muertos con símbolos tomados de la literatura apocalíptica. Lo que importa es la afirmación de la vida sobre la muerte y la comunión de todos con el Señor que ha de volver. Como todos los fieles de su generación, espera que esta venida sea muy pronto. Pero esta creencia no se funda en ninguna palabra de Jesús, y lo único que puede decir Pablo en nombre del Señor es que "el día llegará como un ladrón en la noche". Sabemos que vendrá, pero no sabemos cuándo.

Nuestra fe nos dice que todos los que hayamos creído en Cristo durante nuestra vida resucitaremos con él, después de nuestra muerte. Creamos firmemente esto y consolémonos con las palabras del Señor que nos ha prometido que si le seguimos mientras vivimos en esta tierra, resucitaremos para siempre, para toda la eternidad, con él en el cielo. Consolémonos, pues, mutuamente, con estas palabras.

 

 El evangelio de hoy nos invita a revisar dos características esenciales en la vida de un creyente: la prudencia y la esperanza. Teniendo en cuenta que la manera de actuar de Dios no es nuestra manera y su tiempo no es nuestro tiempo. San Mateo nos presenta ya a un Jesús de Nazaret en la cercanía de la Pasión. Y quiere instruir a sus discípulos en esa línea de prudencia y esperanza. La imagen de las vírgenes necias es muy inquietante, pero hemos de tenerlo en cuenta. La salvación tiene su precio y mucho esfuerzo, aunque la inestimable ayuda de Jesús nos facilite ese camino de manera fundamental.

La Carta a Diogneto, del siglo II, define a los cristianos como hombres que «habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña». Se trata, sin embargo, de una manera especial de ser «extranjero». Algunos pensadores de la época también definían al hombre «extranjero en el mundo por naturaleza». Pero la diferencia es enorme: éstos consideraban el mundo como obra del mal y, por ello, no recomendaban el compromiso con él que se expresa en el matrimonio, en el trabajo, en el Estado. En el cristiano no hay nada de todo esto. Los cristianos, dice la Carta, «se casan como todos y engendran hijos», «participan en todo».

 «En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!”. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas...».

El banquete de bodas  viene a ser el Reino de los cielos, un banquete de bodas reales. En la noche, cuando menos se espera quizá, llegará el esposo, Cristo Jesús, para celebrar por siempre la gran fiesta nupcial. Entonces el que tenga su lámpara encendida, quien tenga su alma en gracia, viva la fe, despierta la esperanza y ardiente la caridad, ese entrará en la sala del Reino, participará de esa fiesta que nunca cesará. En cambio, el que tenga su lámpara sin aceite, quien tenga el corazón seco y frío, quien vista los harapos del pecado, quien duerma el sueño de los indolentes y los frívolos, quien sólo piense en sí mismo, ese se quedará fuera, inmerso en esa oscura noche, sin amanecida posible.

En la parábola de las diez vírgenes, vemos que hay algo que les une: todas están saliendo al encuentro del esposo, y algo que les diferencia (cinco son prudentes y cinco necias).Esto nos permite reflexionar sobre un aspecto fundamental de la vida cristiana, su orientación escatológica; es decir, la espera del regreso del Señor y nuestro encuentro con él.

Nos ayuda a responder a la eterna e inquietante pregunta: ¿Quiénes somos y adónde vamos?.

La Escritura dice que en esta vida somos «peregrinos forasteros», somos «párrocos», pues «paróikos» es la palabra del Nuevo Testamento que se traduce como peregrino y forastero (Cf. 1 Pedro 2,11), como «paroikía» (parroquia) es la traducción de peregrinación o exilio (Cf. 1 Pedro 1, 17). El sentido es claro: en griego «pará» es un adverbio y significa junto: «oikía» es un sustantivo y significa casa; por tanto: vivir junto, cerca, no dentro, sino a un lado. Por este motivo el término pasa a indicar después a quien vive en un puesto durante un tiempo, el hombre de paso, o el exiliado; «paroikía» indica, por tanto, una casa provisional.

La vida de los cristianos es una vida de peregrinos y forasteros, pues estamos «en» en el mundo, pero no son «del» mundo (Cf. Juan 17,11.16); pues su verdadera patria está en los cielos, de donde esperan que venga Jesucristo el Salvador (Cf. Filipenses 3, 20); pues aquí no tienen una morada estable, sino que están en camino hacia la futura (Cf. Hebreos 13, 14). Toda la Iglesia no es más que una gran «parroquia».

Su manera de ser «extranjero» es escatológica, es decir, el cristiano se siente extranjero por vocación, no por naturaleza; en cuanto que está destinado a otro mundo, y no en cuanto que procede de otro mundo. El sentimiento cristiano de reconocerse extranjero se fundamenta en la resurrección de Cristo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Colosenses, 3, 1). Por eso, no rechaza la creación ni su bondad fundamental.

Vivir en espera del regreso del Señor no significa ni siquiera desear morir pronto. «Buscar las cosas de arriba» significa más bien orientar la existencia de cara al encuentro con el Señor, hacer de este acontecimiento el polo de atracción, el faro de la vida. El «cuándo» es secundario y hay que dejarlo en la voluntad de Dios.

Debemos de estar muy atentos a nuestras actitudes, a nuestra vida de cristianos. ¿Hemos pensado alguna vez en la escena de encontrarnos con Jesús, el amado Maestro, y que no nos reconociera? El epílogo del texto evangélico de hoy es estremecedor. Las doncellas llaman desde fuera: "Señor, señor, ábrenos." Pero él responde: "Os lo aseguro: no os conozco". Hay un riesgo grave entre los hombres y mujeres de fe. Y es caer --y tolerar-- el engaño. Dejar de ser cristianos en lo hondo, aunque lo parezcan en la superficie. Muchos de los que acuden a los templos están muy alejados del Espíritu del Señor. Y esconden tras su aparente buena fe y cercanía a Jesús, graves circunstancias que les hacen estar más cerca del "enemigo" que del Maestro. La hipocresía, la soberbia, el pecado, la incapacidad para el arrepentimiento ira produciendo una especie de abandono intimo que matará la semilla del Espíritu. Y todo puede llegar por desidia por abandono.

Los primeros cristianos han querido ver a la Iglesia-esposa en las diez vírgenes, tanto las prudentes como las necias, pues la Iglesia, antes que las bodas se celebren, está compuesta de buenos y pecadores. La parábola es una llamada a nuestra responsabilidad. Precisamente porque sabemos que el Padre nos invita a la gran fiesta, no tenemos que dejarnos perder la "sabiduría radiante" de la que nos habla la primera lectura de hoy. Las cinco jóvenes poco previsoras reciben una dura sentencia condenatoria sin haber hecho nada malo. Ni siquiera maltrataron a los criados, como el mayordomo infiel. Tropezamos aquí con el tema clásico de la omisión y la neutralidad. El teórico "no hacer nada malo" es también una manera de hacer el mal. Algo así como el negar auxilio en carretera. Es no dar de comer al hambriento, es no vestir al desnudo. La neutralidad no existe.

Nos podemos hacer una pregunta que nos sirva de luz para nuestra vida eclesial. ¿Por qué no prestan su aceite las sensatas a las necias?  El aceite y la lámpara encendida significan aquí algo personal e intransferible, que forma parte de la propia identidad, que está o no está en toda la biografía personal. ¿Qué significa tener aceite y tener lámparas encendidas? La liturgia sugiere una cierta identidad entre el aceite de la parábola y la Sabiduría. Quien la tiene, tiene la plenitud de la vida.

La Eucaristía de hoy tiene que ensanchar nuestro corazón y ahondar nuestro gozo de sabernos llamados al gran banquete de bodas: ya estamos en la casa de la novia con las lámparas encendidas, pero aún no ha llegado el novio. Entretanto la Eucaristía tiene que multiplicar y renovar, cada domingo, el aceite de nuestras lámparas, la verdadera sabiduría, que es Jesucristo. Y al mismo tiempo tiene que ser una llamada -que bien necesitamos- a la responsabilidad de nuestra vida cristiana.

-¿A qué vigilancia se nos invita?

La comunidad eclesial es esencialmente "escatológica", o sea, un pueblo en marcha, peregrino, que mira hacia adelante, que espera la Venida última de su Señor y Esposo. Es una actitud fundamental para todo cristiano: además de la fe y de la caridad, un cristiano es una persona que espera, que está en vela mirando al futuro. Los  cristianos vivimos entre el recuerdo del gran acontecimiento de Cristo y la tensión hacia su vuelta final.

Nuestra vigilancia como cristianos es vivir en esta atención despierta. Los judíos no supieron estar atentos a la llegada del Esposo. Pero también nosotros corremos el peligro de adormecernos y dejar pasar el momento de gracia una y otra vez. Podemos pasar los días y los años distraídos; o bien locos tras otros valores (tras el anuncio de otros esposos y otras fiestas). Y luego, cuando llega el verdadero esposo, estamos desprevenidos. Y eso que una y otra vez Cristo nos ha avisado de que llegará en el momento menos esperado.

Las enseñanzas del evangelio no sólo se refieren a la Vuelta final de Cristo, ni tampoco sólo al momento de nuestra propia muerte, aunque son los dos momentos culminantes de la historia comunitaria y personal.

No olvidemos que hay otras "venidas" de Cristo, el Esposo, a las que también debemos estar preparados y con los ojos bien abiertos. Toda nuestra  vida está llena de momentos importantes, irrepetibles. Entre la venida primera y la última de Cristo, está su venida continuada, diaria, a nuestra vida personal y eclesial: "yo estoy con vosotros todos los días..." El cristiano sabio es el que está atento a esta presencia, el que sabe descubrir la cercanía de Cristo y de Dios en su vida, el que ve todas las cosas con los ojos de la fe, el que orienta su vida desde la perspectiva de Cristo. La verdadera vigilancia es una actitud continua de atención, de espera gozosa.

 "Vigilar" no es estar siempre con miedo, ni dejarnos atenazar por la angustia. Un cristiano no deja de vivir, y de gozar la vida, y de incorporarse seriamente a las tareas de la sociedad y de la Iglesia. Lo que pasa es que lo hace con responsabilidad, con la atención puesta en los verdaderos valores, los que valen en verdad la pena, sin dejarse amodorrar por las innumerables drogas de este mundo, o por la pereza y la inercia. Vivir en tensión gozosa.

Estamos invitados a vivir los años que vivamos de modo que acertemos en la clave fundamental de nuestra existencia. La presencia -invisible- del Esposo y su vuelta -visible y gloriosa- le sirven de focos que iluminan cada uno de sus pasos.

Fijémonos en aquellos aspectos de nuestra celebración dominical que "miran al futuro": el canto del Sanctus, "bendito el que viene"; la aclamación "ven, Señor Jesús"; las palabras de la Plegaria Eucarística, "mientras esperamos su venida gloriosa...". En nuestra celebración  no sólo esperamos la venida futura, sino que nos gozamos ya en la presencia actual, porque comulga con el Cristo ya presente, que nos invita a su cena de bodas.

Recordemos otra palabra de Jesús: "Que así resplandezca vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre del cielo". (Mt 5,16) Es así como tenemos que esperar al Señor,  encendidas las lámparas de nuestras buenas obras.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 


domingo, 18 de octubre de 2020

Comentario a las lecturas del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario 18 de octubre 2020

Comentario a las lecturas del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario 18 de octubre 2020

Celebramos en este domingo la Jornada Mundial de la Propagación de la fe, día del Domund . Mientras en algunos continentes, la fe cristiana, sigue sosteniendo y sigue siendo referencia en el modo de vivir, pensar y regir de muchos pueblos, nos encontramos – severo contraste serio e incomprensible- con una Europa que intenta arrinconar a Dios al santuario de la privacidad de cada persona. ¿Es bueno? ¡Por supuesto que no! El mundo, la tierra, sus habitantes…todo es de Dios y, por lo tanto, con el Evangelio en la mano –como cristianos- nos hemos de comprometer a ofrecer y dar a Dios lo que es de Dios, lo que es creación suya.

Hoy, en este día del Domund, nuestros ojos no solamente observan y se conforman con la realidad en la que vivimos, creemos y expresamos nuestra fe; eso sería muy poco

Hoy, en esta Jornada Mundial de la Propagación de la fe, nos aventuramos con el Señor, porque no queremos arrodillarnos ante ningún “dios” sino, sólo y exclusivamente ante El

Hoy, como Pablo, conscientes de que hay muchísima gente que no conoce a Jesucristo, muerto y resucitado por la salvación de la humanidad, nos preguntaremos y reflexionaremos seriamente si estamos haciendo poco, mucho o nada por el Evangelio.

 

La primera lectura es del libro de Isaías ( Is 45, 1. 4-6). La lectura de este domingo es un fragmento literario del oráculo de Ciro (44. 24-45. 7; inclusión literaria con las expresiones: "Yo soy el Señor, creador de todo", 44. 24, y "Yo, el Señor, hago todo esto, 45. 7).

En este oráculo podemos distinguir dos partes:

* 1)Un telón de fondo: 44. 24-28 y 45. 7. La forma es la de un autohimno pronunciado por el mismo Dios. Forma muy usada en la literatura babilónica.

Dios va siendo definido como el Señor del cosmos y de la historia. Frente a los ídolos (=nada, 44. 9-20), Dios es capaz de crear el cielo y la tierra sin esfuerzo alguno. Su palabra se realiza en la historia, y su soberanía se extiende sobre el poder cósmico (incluidas las tinieblas) y sobre la historia (también la desgracia) pasada (cumplimiento de la palabra profética) y presente (restauración del templo y de la ciudad). -En 44. 28 suena, por primera vez, el nombre de Ciro como liberador del pueblo. Así un pagano entra de lleno en los planes divinos, en la historia de la salvación querida por Dios.

* 2) Oráculo de investidura de Ciro: 45. 1-6.

Esta forma literaria es la única vez que aparece en Is II. Existía fuera de Israel y ha dejado sus vestigios en algunos relatos bíblicos.

Este oráculo recoge el momento profético de la esperanza. Y consta de:

a) Ritual: "Unción" (v. 1): se trata del acto de coronación del rey que le otorga habilidad para su oficio. "Ungido": no se refiere al futuro Mesías -"llevar de la mano" indica confirmarlo como rey- "darle un título" (v. 4): implica íntima relación con el Señor. "Poner la insignia" (v. 5): acto de investidura. Se trata del acto de investidura de un rey.

b) Oráculo que implica una misión: cumplir lo ordenado (44. 28), y una promesa: Dios le acompaña en persona y, como Soberano de la historia, le entrega reyes, ciudades y tesoros. Dios es el auténtico artífice de todas sus victorias.

La elección de Ciro está al servicio del pueblo de Israel (v. 4a). Su investidura aparece en el marco de la historia de Dios con su pueblo elegido (44. 24a: Dios aparece como el redentor y el que elige a Israel, lo salva y forma en el seno de su madre, cf. Jr 1. 5; Sal 139. 13 ss.).

Ciro era un rey persa, no judío, que no conocía al Dios de los judíos, sin embargo Dios hace de él su Ungido, hace de él un instrumento necesario para conseguir la restauración del templo judío, permitiendo que los desterrados judíos pudieran volver a Jerusalén. "Así dice el Señor a su Ungido, Ciro, a quien lleva de la mano…, te llamé por tu nombre, aunque no me conocías…, te pongo una insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro".

Ciro no conoce al Señor (vv 4b/5b), pero a pesar de ello va a ser el agente de la liberación divina. Se rompe así la concepción raquítica y estrecha que tenía de la elección de Israel y de su ungido (el rey); el pueblo de Dios no es un grupo étnico o político (v. 6), la elección es don gratuito de Dios. Solo Él y no el pueblo, tiene un puesto exclusivo.

A Ciro se le llamó "ungido". Algo exclusivo de los reyes davídicos, peculiar del futuro rey de los tiempos mesiánicos y nombre propio de Jesús de Nazaret. ¿No es esto sorprendente? Sin duda que ello es debido a la misión que realiza. Todo lo cual es un claro testimonio de que no son las personas quienes en su perfección se proyectan hacia una misión, sino que es la misión divina o vocación carismática quien transforma a las personas en la medida en que la realizan actuando solidariamente con Dios y los hombres. Finalmente, esa repetición enfática "soy yo, Yahvé", que es como la síntesis de todo lo expuesto. Ya que no sólo implica una clara reafirmación del monoteísmo tradicional sino primordialmente el carácter secundario y dependiente que el hombre ocupa en el plan de Dios.

A nosotros se nos ha enseñado que Dios es Uno, Providente, Ordenador de la historia. Lo sabemos. Israel lo descubrió experimentalmente en su propia historia gracias al Espíritu de Dios, que movía a los profetas. Quienes vivimos los tiempos mesiánicos de efusión plena del Espíritu, deberíamos tener una perspicacia mucho más profunda que ellos para descubrir la acción de Dios hasta en los más pequeños pormenores de la evolución histórica de nuestras vidas y de la vida de nuestros pueblos.

 

El  responsorial es el salmo 95, ( Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y e ). Este  salmo es un himno de alabanza . Se considera un salmo de la realeza de Dios por incluir la expresión: " ! El Señor es rey¡" (v. 10 a).

El salmo tiene tres partes (vv. 1-6; vv. 7-10;  vv. 11-13). Los versículos de hoy pertenecen a la primera y segunda parte. Las invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar, se dirige en a un pueblo de Dios.

Este salmo invita a cantar al Señor un cántico nuevo, que consiste en alabar la realeza universal de Dios.

Después de las invitaciones a cantar, bendecir, proclamar y anunciar a todos los pueblos (vv. 1-3), se presenta el primero de los motivos, introducido por un " porque …" (VV. 4-5).

Se compara a Dios (el Señor, V. 5) al resto de Dios es. El Señor es el creador, los otros son apariencia.

La segunda parte en (vv. 7-10) presenta diversas invitaciones: aclamar, entrar en los atrios del templo llevando ofrendas para adorar (vv. 7-9a). La tierra para que en la primera parte se invita a cantar, debe ahora a temblar en la presencia del Señor (v. 9b). A los imperativos se dirigen a las familias de los pueblos (7a), tienen un carácter internacional.

En el v. 10b se indican las consecuencias del gobierno del Señor: el mundo no vacilarán nunca; se señala también la principal característica del gobierno de Dios: es la rectitud cf. dirige a todos los pueblosv (. 10b).

Este salmo expresa la superación de un conflicto religioso entre las naciones. El Señor se ha convertido en el Dios de todos los pueblos, el rey universal, creador de todas las cosas, es el que gobierna a los pueblos con rectitud, como justicia infidelidad. La superación del conflicto o se describe de este modo: "Porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo."
(vv. 4-5).

El salmo nos invita con insistencia a "cantar". La palabra se repite tres veces al comienzo de las tres primeras líneas. Más adelante, por tres veces, vuelve la insistencia: "Dad gloria al Señor"... "Dad gloria al Señor"... "¡Dad pues gloria al Señor!".

 

Así comentó San Juan Pablo II este salmo: " Dios, rey y juez del universo

1. "Decid a los pueblos:  "El Señor es rey"". Esta exhortación del salmo 95 (v. 10), que se acaba de proclamar, en cierto sentido ofrece la tonalidad en que se modula todo el himno. En efecto, se sitúa entre los "salmos del Señor rey", que abarcan los salmos 95-98, así como el 46 y el 92.

Ya hemos tenido anteriormente ocasión de presentar y comentar el salmo 92, y sabemos que en estos cánticos el centro está constituido por la figura grandiosa de Dios, que gobierna todo el universo y dirige la historia de la humanidad.

También el salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres como al Salvador de los pueblos:  Dios "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente" (v. 10). El verbo "gobernar" expresa la certeza de que no nos hallamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos o de la casualidad, sino que desde siempre estamos en las manos de un Soberano justo y misericordioso.

2. El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal:  "cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1). Se invita a los fieles a "contar la gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las naciones" para proclamar "sus maravillas" (v. 3). Es más, el salmista interpela directamente a las "familias de los pueblos" (v. 7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que digan "a los pueblos:  el Señor es rey" (v. 10), y precisa que el Señor "gobierna a las naciones" (v. 10), "a los pueblos" (v. 13). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del universo y que "los dioses de los gentiles son apariencia" (v. 5).

El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (cf. vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor "en su santuario" (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina:  "Cantad al Señor un cántico nuevo, (...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...), contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos (...)" (vv. 1-3, 7-9).

........

4. Pero pasemos al segundo cuadro, el que se abre con la proclamación de la realeza del Señor (cf. vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica:  "Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra" (vv. 11-13).

Como dirá san Pablo, también la naturaleza, juntamente con el hombre, "espera vivamente (...) ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rm 8, 19. 21).

Aquí quisiéramos dejar espacio a la relectura cristiana de este salmo que hicieron los Padres de la Iglesia, los cuales vieron en él una prefiguración de la Encarnación y de la crucifixión, signo de la paradójica realeza de Cristo.

5. Así, san Gregorio Nacianceno, al inicio del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95:  "Cristo nace:  glorificadlo. Cristo baja del cielo:  salid a su encuentro. Cristo está en la tierra:  levantaos. "Cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, "alégrese el cielo, goce la tierra" (v. 11) a causa de aquel que es celeste pero que luego se hizo terrestre" (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).

De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina "hecho terrestre", reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica:  "El Señor reina desde el árbol de la cruz".

Por esto, ya la Carta a Bernabé enseñaba que "el reino de Jesús está en el árbol de la cruz" (VIII, 5:  I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque "el Señor reinó desde el árbol de la cruz" (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121).

En esta tierra floreció el himno del poeta cristiano Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que se exalta a Cristo que reina desde la altura de la cruz, trono de amor y no de dominio:  Regnavit a ligno Deus. En efecto, Jesús, ya durante su existencia terrena, había afirmado:  "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 43-45). (San Juan Pablo II.  Audiencia general del miércoles, 18 de septiembre de 2002 ).

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pablo a los tesalonicenses 1, 1-5b. Esta primera carta de San Pablo a los fieles de Tesalónica es probablemente el escrito más antiguo de cuantos componen el Nuevo Testamento. La fecha en que fue redactada data del año cincuenta. Y ya entonces encontramos estos saludos en los que se desea la gracia y la paz. Hoy, cuando han pasado tantos siglos, la Iglesia, a través de sus ministros y en nombre de Dios, sigue deseando a los hombres la gracia y la paz.

Se trata de una carta colectiva. Escriben Pablo, Silvano y Timoteo, colegialmente. Además, el destinatario es toda la comunidad cristiana de Tesalónica, la iglesia local.

Después de un breve saludo, la carta comienza dando gracias a Dios y recordando en esa acción de gracias a los fieles tesalonicenses. Es como un "memento" y un "communicantes". Este recuerdo y esta oración se hace por todos y por cada uno. Se describe concisamente el estado en el que se halla la comunidad de Tesalónica. Es una comunidad fundada en las tres virtudes teologales: en una fe que fructifica en obras, en un amor sincero que va más allá del sentimiento y llega al compromiso y en una esperanza capaz de aguantar todo lo que le echen. El centro de esa comunidad es Jesucristo.

El trabajo de Pablo y de su equipo no fue en vano en Tesalónica. Porque no fue pura palabrería, sino "manifestación del poder del Espíritu" (1 Co 2. 13).

Ellos mismos pudieron comprobar entonces lo que más tarde diría Pablo a los romanos: que "el evangelio es fuerza de Dios para salvar a los creyentes" (1. 16). Y si ahora siguen fieles es porque tuvieron la experiencia inolvidable de la fuerza de Dios en la predicación apostólica.

Hoy se comienza la lectura de la primera carta a los cristianos de Tesalónica antigua capital de la Macedonia romana. Pablo había predicado allí, aunque con dificultades (Hch 17,1-10). Esta primera carta a los Tesalonicenses parece ser el escrito cristiano más antiguo de los que han llegado hasta nosotros. El saludo inicial es colectivo: Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de los tesalonicenses (1,1).

La predicación del evangelio había dado fruto allí, constituyéndose una comunidad de creyentes. Los que remiten la carta dan ante todo gracias a Dios en sus plegarias, haciendo constantemente memoria de ellos por su fe, su caridad y su esperanza, demostradas en obras, fatigas y constancia (v 3).

El texto, nos coloca frente a un hecho singular: la sorprendente conciencia de sí mismos que manifiestan los predicadores de las primeras horas. Para ellos, anunciar el evangelio ha llegado a ser una urgencia inexcusable de la propia conciencia, ya que se sienten responsables ante Dios por ello (2,4). Por el evangelio, en efecto, están dispuestos a sufrimientos y contradicciones de toda ciase, como de hecho soportan (v 2). No les importa nada más: ni la benevolencia y simpatía de los hombres, ni el provecho material, ni quedar bien (v 5s).


aleluya flp 2, 15d. 16a "brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida"

El evangelio es de  san Mateo (Mt 22, 15-21). El evangelio de hoy y del próximo domingo son dos escenas de controversia, en las que los fariseos buscan el modo de comprometer a Jesús en sus palabras, con el fin de hallar un motivo para acusarlo. El episodio de hoy gira en torno al tributo al César, el del próximo domingo sobre el mandamiento más importante de la Ley, y entre ambos se encuentra la pregunta de los saduceos sobre la resurrección de los muertos.

Los fariseos iban estrechando el cerco contra Jesús. En esta ocasión se unieron a los herodianos, a los partidarios de la dinastía de Herodes, a quienes los fariseos, sin embargo, rechazaban. Se cumple así el salmo segundo que habla de cómo los poderosos de la tierra se amotinan, todos a una, contra el Mesías. También durante la Pasión, Pilato y Herodes enemistados entre sí, se reconciliaron a costa de Jesús.

Las primeras palabras que le dirigen serían un magnífico elogio de Jesús si hubiesen sido dichas con sinceridad. La mayor alabanza que podía hacerse de un maestro consistía en decir que era veraz y fiel en la interpretación de la Ley y que se comportaba libremente en su trato con las personas. Jesús se da cuenta inmediatamente de que, aparentando interés por una cuestión actual, lo que pretenden es hacerle caer en una trampa. Así, después de ponerlos en evidencia -"¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis?"-, hace que los mismos que han formulado la pregunta queden implicados en la respuesta.


La trampa urdida no podía ser más insidiosa. Cualquier respuesta era comprometida. Si decía que era lícito pagar el tributo al César, le acusarían de colaborar con el poder extranjero, y si contestaba negativamente podrían denunciarle por rebelde ante la autoridad romana. Astucia y malicia que denota el odio profundo que tenían contra Jesús. Pero no sabían ellos que de Dios nadie se burla y que Cristo es el Hijo de Dios. Por eso su respuesta deshizo de un golpe la trampa.

Este pasaje pertenece al relato de las "tentaciones" a las que escribas, fariseos y saduceos someten a Cristo. Los partidarios de Herodes formulan el primer ataque con la esperanza de que Jesús pronunciará alguna palabra que pueda ser atentatoria contra el César.

A la pregunta de los herodianos: "¿está permitido pagar el impuesto al César?", que no posee ningún derecho divino a reinar sobre el pueblo porque no es de la raza de David, Cristo responde con un argumento "ad hominem": puesto que los fariseos y sus discípulos aceptan la autoridad y los beneficios del imperio romano, que soporten también las prescripciones y las exigencias.

Lejos de pronunciarse sobre la legitimidad del poder, Jesús se limita a precisar que ha sido aceptado y, por consiguiente, merece obediencia.

Como los inquisidores se encuentran de esta forma no sólo reducidos al silencio, sino confirmados además en su celo pro-romano, Cristo añade: "y dad a Dios lo que es de Dios". La obediencia cívica no constituye un obstáculo para los deberes para con Dios. La enseñanza es doble: la autoridad civil tiene derecho a la obediencia, sobre todo de parte de quienes se aprovechan de las ventajas que lleva consigo (Rm 13. 1-8 ).

Pero esta obediencia no puede ser un obstáculo a la obediencia que se debe a Dios.

No existe, una verdadera oposición, basada en el Evangelio, entre lo que es del César y lo que es de Dios. En efecto, el Reino de Dios no se sitúa fuera de los reinos terrestres, puesto que éstos son asumidos por Dios en JC. Querer dar a Dios lo que le es debido implica, pues, que se dé al César lo que le pertenece. El Reino de Dios no es de este mundo en el sentido de que no es uno más de los reinos de acá abajo; pero sí está en el mundo en el sentido de que es extensible a todas las realezas terrestres. Por tanto, no se puede ser cristiano auténtico al margen de las realidades.

Hay que dar al César lo que es del César. Hay que cumplir con los deberes cívicos. Jesús mismo pagó el tributo, aunque por su condición soberana no tenía obligación de hacerlo. Más tarde San Pablo, siguiendo la enseñanza del Maestro, hablará también de la obediencia debida al poder legítimamente constituido, de la obligación de pagar los tributos impuestos por el Estado. La segunda parte de la respuesta de Jesucristo establece la independencia y separación de los dos poderes, el civil y el religioso. A Dios lo que es de Dios: la adoración rendida, la entrega generosa, la obediencia fiel a su Ley, el amor sobre todas las cosas.

 

Para nuestra vida.

Desde hace veinte siglos, la Iglesia está en camino para llevar a cabo la misión de Jesús que es hacer de todos los pueblos un solo pueblo, reconciliar a los hombres que andan divididos, congregar en unidad a los dispersos, hacer de todos los hombres hermanos, anunciando a Dios, Padre de Jesucristo y Padre nuestro, que nos llama a convertirnos a El, para que vivamos reconociéndole como “Padre único de todos”.

En Jesucristo, al revelarnos a Dios como Padre suyo y Padre nuestro, se ha iniciado un camino, que no tiene retorno, hacia el encuentro de todos los hombres, conduciendo a los hombres y a los pueblos por los caminos del amor y de la fraternidad. Jesucristo es quien puede conducirnos a una humanidad verdaderamente fraterna que reconoce a Dios como padre único y de todos. Anunciar a Jesucristo hasta los confines de la tierra y llamar a todos los pueblos y a todas gentes a que se conviertan a Jesucristo es la urgencia apremiante que la Iglesia vive desde siempre, particularmente avivada en nuestro tiempo ante el clamor que nos llega del mundo contemporáneo, de las naciones pobres y marginadas, pueblos en conflicto y desgarrados por el odio.

A ese mundo estamos llamados a evangelizar, pero primero dejándonos también nosotros evangelizar, siguiendo los pasos de Jesús.

 

En la primera lectura, el profeta Isaías nos muestra que Dios rompe, una vez más, nuestros esquemas. Elige a un "sin-Dios" para "ungirlo y que lleve a su pueblo la libertad. Ciertamente Israel no esperaba la libertad desde esa plataforma. Sin embargo esto demuestra que Dios es el Señor absoluto Él escoge sus instrumentos donde nadie se le hubiese ocurrido elegirlos; escogiendo personajes que nosotros hubiéramos rechazado, para decirnos que sólo podremos descubrir las acciones del Señor cuando abandonemos nuestros esquemas raquíticos y calculadores y nos entreguemos a Él sin condiciones.

A Ciro se le llamó "ungido". Algo exclusivo de los reyes davídicos, peculiar del futuro rey de los tiempos mesiánicos y nombre propio de Jesús de Nazaret. ¿No es esto sorprendente? Sin duda que ello es debido a la misión que realiza. Todo lo cual es un claro testimonio de que no son las personas quienes en su perfección se proyectan hacia una misión, sino que es la misión divina o vocación carismática quien transforma a las personas en la medida en que la realizan actuando solidariamente con Dios y los hombres. Finalmente, esa repetición enfática "soy yo, Yahvé", que es como la síntesis de todo lo expuesto. Ya que no sólo implica una clara reafirmación del monoteísmo tradicional sino primordialmente el carácter secundario y dependiente que el hombre ocupa en el plan de Dios. A nosotros se nos ha enseñado doctrinalmente que Dios es Uno, Providente, Ordenador de la historia. Lo sabemos. Israel lo descubrió experimentalmente en su propia historia gracias al Espíritu de Dios, que movía a los profetas. Quienes vivimos los tiempos mesiánicos de efusión plena del Espíritu, deberíamos tener una perspicacia mucho más profunda que ellos para descubrir la acción de Dios hasta en los más pequeños pormenores de la evolución histórica de nuestras vidas y de la vida de nuestros pueblos.

Este puede ser un buen ejemplo para nosotros: debemos reconocer las virtudes cristianas de los que, sin profesar la religión cristiana, practican el mandamiento cristiano de amor a Dios y al prójimo. Hay personas no cristianas que, en su vida cotidiana, nos dan ejemplo de virtud cristiana. Debemos juzgar a las personas por lo que hacen, sin fijarnos tanto en la religión que profesan. Vivimos en mundo muy plural y nuestra religión depende mucho de las circunstancias espaciales y temporales en las que hemos nacido y nos han educado. Todo el que hace obras cristianas es, de algún modo, cristiano.

 

El salmo 95 expresa de manera clara, que para los judíos, Dios era Rey, un Rey total, con atribuciones incluso políticas y de Gobierno. Para nosotros, sin embargo, su majestad es más del Espíritu. Jesús de Nazaret nos enseñó que Dios es amor y en ese sentido lo aclamamos, sin olvidar que toda la gloria es suya y que todo el poder posible está en sus manos.

Asi comenta San Juan Pablo II: " El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal:  "cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1). Se invita a los fieles a "contar la gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las naciones" para proclamar "sus maravillas" (v. 3). Es más, el salmista interpela directamente a las "familias de los pueblos" (v. 7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que digan "a los pueblos:  el Señor es rey" (v. 10), y precisa que el Señor "gobierna a las naciones" (v. 10), "a los pueblos" (v. 13). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del universo y que "los dioses de los gentiles son apariencia" (v. 5).

El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (cf. vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor "en su santuario" (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina:  "Cantad al Señor un cántico nuevo, (...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...), contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos (...)" (vv. 1-3, 7-9).

Así pues, el gesto fundamental ante el Señor rey, que manifiesta su gloria en la historia de la salvación, es el canto de adoración, alabanza y bendición. Estas actitudes deberían estar presentes también en nuestra liturgia diaria y en nuestra oración personal.

3. En el centro de este canto coral encontramos una declaración contra los ídolos. Así, la plegaria se manifiesta como un camino para conseguir la pureza de la fe, según la conocida máxima:  lex orandi, lex credendi, o sea, la norma de la oración verdadera es también norma de fe, es lección sobre la verdad divina. En efecto, esta se puede descubrir precisamente a través de la íntima comunión con Dios realizada en la oración.

El salmista proclama:  "Es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo" (vv. 4-5). A través de la liturgia y la oración la fe se purifica de toda degeneración, se abandonan los ídolos a los que se sacrifica fácilmente algo de nosotros durante la vida diaria, se pasa del miedo ante la justicia trascedente de Dios a la experiencia viva de su amor.

4. Pero pasemos al segundo cuadro, el que se abre con la proclamación de la realeza del Señor (cf. vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica" (San Juan Pablo II.  Audiencia general del miércoles, 18 de septiembre de 2002 ).

El salmo no oculta la alegría que causa la realiza universal de Dios. El tema de la realeza del Señor es propio del periodo post exílico (a partir del 538 a. C..), cuando ya no había reyes que gobernarán al pueblo de Dios..

En nuestra sociedad donde se crean tantos Dios es falsos, es importante reflexionar y meditar en nuestro corazón está la realeza de Dios, que viene y quiere gobernar la tierra, empezando por nuestros corazones, con rectitud, con justicia y con fidelidad. El mundo entero está invitado a celebrar este acontecimiento que indudablemente puede cambiar desde la conversión de nuestros corazones, las realidades temporales y social.

Es un salmo muy adecuado para los momentos en los que queremos alabar a Dios por el progreso de los pueblos, por la paz entre las naciones, y especialmente cuando sentimos el deseo de pedir " venga a nosotros tu reino"; conviene rezar lo con esa actitud del corazón, sintiéndonos Hermanos de todos los pueblos, rarezas y realidades creadas.

 

San Pablo, en el comienzo de la Carta a los Tesalonicenses –que es nuestra segunda lectura de hoy-- nos recuerda que una comunidad tiene que estar siempre regida por la fuerza del Espíritu. No importa el número de miembros, ni las pruebas que se presenten, ni el ambiente en que se desarrolle; lo importante es la fidelidad a Dios, la vivencia evangélica, y que los miembros hayan sido "tocados" por el mensaje de Cristo. Así lo llevaremos "acuñado" en nuestra manera de vivir y la gente sabrá de quien somos, al ver que nuestra relación con Dios brota del amor. Durante las próximas semanas seguiremos leyendo esta carta a los Tesalonicenses.

San Pablo agradece a los primeros cristianos de Tesalónica su fe, su esperanza y su amor cristiano, en medio de las grandes dificultades sociales en las que vivían.: "Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor". En los tiempos difíciles es cuando tenemos que demostrar los cristianos la fuerza de nuestro espíritu cristiano y nuestra profunda convicción cristiana. No vivimos hoy en una sociedad que nos facilite el ejercicio de la fe, la esperanza y el amor cristiano, pero esto, en lugar de desanimarnos, lo que debe hacer es fortalecernos con la fuerza del Espíritu de Cristo.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, esto es, su benevolencia, su favor. Gracia, en el sentido que se usa aquí, es lo contrario a paga estipulada. Se obtiene una gracia cuando se recibe algo de forma gratuita. Por eso al desearnos la gracia de Dios, se nos desea su perdón y su amor, que son siempre fruto de su bondad, y nunca el resultado de un intercambio o una compraventa. De ahí que estar en gracia de Dios equivale a estar en estado de amistad con él. Amistad que siempre resulta de su benevolencia, y nunca de un derecho que el hombre tenga frente al Señor. Así, pues, al desearnos la Iglesia la gracia de nuestro Señor Jesucristo nos desea la amistad con Dios, lo mejor que podemos tener.

El Apóstol nos llama amados de Dios, sin que ninguno haya merecido ese amor, o se le haya adelantado tomando la iniciativa. ¡Amados de Dios!, si nos diéramos cuenta de lo que esto significa, si supiéramos valorar esa realidad divina, si conociéramos el don de Dios...

¡Tarde te amé --se lamentaba san Agustín--, oh belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Estabas dentro de mí y yo te buscaba fuera de mí, y andaba errante en todo lo bello que salió de tus manos. Todo eso me retenía lejos de ti, cuando todo eso si no fuera por ti no existiría. Llamaste, clamaste, rompiste mi sordera, me quemaste, resplandeciste y apagaste mi ceguera, me hiciste sentir tu fragancia y mi espíritu corrió tras de ti a quien tan sólo anhelo...”

Palabras encendidas de un corazón apasionado que, después de mucho buscar, encontró en Dios lo que buscaba. Nos hiciste para ti -dirá también -, e inquieto está nuestro corazón hasta que repose en ti. Ojalá que acabemos de apreciar el amor infinito que Dios nos tiene y nos decidamos seriamente a querer a Dios sobre todas las cosas, y amarle con todas nuestras fuerzas, con toda el alma.

Si cada uno de nosotros, como los primeros cristianos de Tesalónica, tiene una fe activa, un amor esforzado y una esperanza firme, siguiendo el ejemplo de Cristo, seguro que seremos un fermento activo de cristianismo en la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

Hoy la Jornada Mundial por las Misiones, que celebramos : día del Domund, nos invita como a la comunidad de Tesalónica, a ser evangelizadores. De aquella comunidad que había acogido la Palabra con alegría en medio de tantas luchas y dificultades, esa misma Palabra del Señor se extendía por todas partes.

Ser cristiano es estar vuelto a Dios, es ser testigo de su amor. Y por eso mismo amarle por encima de todas las cosas. “Amarás al Señor, tu Dios”, este es el santo y seña de la identidad del cristiano. Enamorados de estas palabras, raíz y entraña de la Iglesia, estas palabras han de ser la razón suprema de la existencia, de toda existencia humana. Amar a Dios es plenitud del hombre. Dios, único y eterno centro de nuestra vida: “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Totalidad de la persona; nada se escapa a este amor de Dios. Amar a Dios no es poesía de fácil sentimiento; incluye en sí la fidelidad, gratitud, adoración, sintonía en el pensar y querer de Dios; no como un peso que oprime al hombre desde fuera, sino como aliento que nace libre y espontáneo en lo más profundo de nuestro ser: porque allí está Dios, que es amor, nuestra fortaleza, nuestra roca, alcázar, refugio, escudo, salvador y misericordia infinita.

 

En el evangelio escuchamos el célebre relato del denario. San Mateo muestra el deseo de engaño de los fariseos y la sagacidad práctica de Jesús. La respuesta a la trampa está en la cara y en la cruz de un denario. Y es toda una catequesis permanente para entender mejor nuestra vida: hemos de separar los compromisos mundanos de los espirituales, no separándoles pero dando a cada uno su sitio. Hoy todavía a muchos les gustaría que Dios y el César fuesen una misma cosa.

Demasiadas veces estamos de tal forma ligados a un "César" que nos es imposible reconocer al Señor; otras veces nos resulta difícil  admitir un más allá para la vida presente; otras, finalmente, nos envuelve, al igual que los fariseos, una intransigencia de tal calibre y en una pureza tal que no podemos identificar a la Iglesia en todo el que llega.

San Mateo prepara así el capítulo 23 de su evangelio, en el que Cristo maldice a esos oponentes, y el cap. 24, en el que Jesús anuncia la nueva asamblea y la "bendición" de los nuevos congregados (Mt 23. 34), opuesta a la "maldición" de quienes han rechazado la invitación (Mt 23.), y la nomenclatura de los congregados (Mt 25.).

Fijémonos lo qué nos dice sobre la demanda de Dios. Dice que vinieron a Jesús los fariseos y los herodianos, los primeros representando el poder religioso y los herodianos el poder político de la época. Estos dos poderes se confabularon para tentar a Jesús y como siempre, cuando la religión y la política se combinan nada bueno puede esperarse. Vinieron a Él, orgullosos de su condición y con palabras aduladoras: “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres”. Después de tanto serpentear, vino la pregunta, una pregunta capciosa: “¿Es lícito dar tributo a César, o no?”. Jesús reconoció la hipocresía y la malicia que había en sus corazones, sintió que los anillos de aquellas víboras se cerraban sobre Él, y exclamó como para liberarse: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Seguramente que se frotaban las manos –¡Ya es nuestro! Cualquier respuesta sería comprometida. Un “sí” le daría a los fariseos ocasión de acusarle como amigo del régimen romano, haciéndole perder autoridad ante el pueblo, y un “no” haría que los herodianos lo tacharan de secesionista, lo cual estaba penado con la muerte.

Pero Jesús no se amedrentó. Les inquiere: Mostradme la moneda del tributo. Aquellos presuntuosos, pensando que la presa estaba al caer, corrieron a presentarle un denario, la moneda de plata para el tributo.

¿De quién es esta imagen, y la inscripción? De repente, los interrogadores pasan de preguntar a ser ellos los cuestionados. La respuesta, de todos modos no era difícil, era evidente: De César, y en ese mismo instante, el cazador se vio cazado en su propia red. Sin que ellos lo notaran, Jesús aparece como el verdadero soberano de aquella situación. La respuesta ya se ha citado: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Es la respuesta de uno que ama la verdad, y que enseña con verdad el camino de Dios, y que no se cuida de nadie, porque no mira la apariencia de los hombres.

Jesús pide su moneda como el César pide la suya.

En este relato Jesús pide que le prestemos atención a algo que los maliciosos inquisidores no tuvieron en cuenta: la imagen y la inscripción de la moneda.

En la Biblia, leemos: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. (Gen 2:26), El hombre fue también creado por Dios para reinar, a Su imagen y conforme a Su semejanza. Llevaba grabado dentro de Él la imagen del Dios que hizo los cielos y la tierra, del Dios vivo.

Cuando Dios, el mayor orfebre de este universo, terminó de cincelar esta maravillosa obra maestra, no pudo menos que decir, con satisfacción: “y vió Dios, que era bueno” (Génesis 1:31).

Dios tenía una moneda en esta tierra con su imagen e inscripción, una moneda que le pertenecía y a la que amaba.

Conforme a esta doctrina no es admisible mezclar lo político con lo religioso. No se puede comprometer a la Iglesia en banderías humanas, no se la puede vincular a ningún partido. La misión de la Iglesia es espiritual y trascendente, no material ni meramente humana. Intentar otra cosa es traicionar a Cristo y destruir su Iglesia.

La respuesta de Jesús es del todo inesperada y coge de sorpresa a sus interlocutores. Es una respuesta que se sustrae a la lógica de tomar partido. No es una respuesta evasiva. Evita el dilema, mas no por miedo a comprometerse. Lleva el razonamiento a mayor profundidad, al centro inspirador, a saber, la justa concepción de la dependencia de Dios y, por tanto, la justa libertad frente al estado.

Evidentemente, con su respuesta Jesús no coloca a Dios y al César en el mismo plano. En las palabras "Dad al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios", el acento me parece que cae en la segunda parte. La preocupación de Cristo es ante todo salvaguardar en toda situación política los derechos de Dios.

También están los derechos del estado; pero cuando el estado permanece en su sitio, estos derechos se truecan en deberes de conciencia. Sin embargo, hay que apresurarse a añadir que el estado no puede erigirse en valor absoluto; ningún poder político: romano o no, cristiano o no, puede arrogarse derechos que competen sólo a Dios, ni puede absorber el corazón entero del hombre, ni reemplazar su conciencia ("pero a Dios lo que es de Dios").

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com