domingo, 17 de junio de 2018

Comentarios a las lecturas del XI Domingo del Tiempo Ordinario 17 de junio de 2018

Hoy en las lecturas escucharemos palabras y anuncios acerca  del reino mesiánico anunciado por el profeta Ezequiel con la imagen del tallo que, con los cuidados del Señor, se convierte en su cedro noble, se hace realidad en el Reino de Dios que crece incontenible, a pesar de comienzos tan modestos como los de un diminuto grano de mostaza (evangelio).
El símbolo utilizado hoy es el árbol. Vayamos descubriendo los diversos matices teológicos y espirituales que este símbolo nos aporta cuando es aplicado al Reino de Dios, como se hace hoy.

Ezequiel anuncia en la primera lectura  ( Ez 17,22-24), Hacia el año 597 el rey de Babilonia, Nabucodonosor, se lleva a Joaquín (con los notables) cautivo a Babilonia, poniendo como rey vasallo suyo en Judá a Sedecías. Este, que era hermano de Joaquín juró fidelidad al rey de Babilonia, pero el año 588 rompe este juramento de fidelidad y pide auxilio al faraón Ofra. Nabucodonosor reacciona rápidamente y somete por la fuerza a Judá conquistando Jerusalén el año 586.
Teniendo presente este cuadro; podemos comprender el sentido de la lectura de hoy.El pueblo desterrado ha perdido su esperanza; entre los miembros de la comunidad cunde el desaliento. Ezequiel debe gritar: El Señor no os ha abandonado, sino que os va a colmar de bendiciones a través de un nuevo rey salido de la estirpe de David. Y Dios no sólo habla, sino que también actúa (v. 25).
Image result for cedro-Así, el Señor, coge también un esqueje del cogollo del cedro y lo planta en suelo adecuado (v. 22), pero su plantel no está condenado al fracaso como el de Babilonia, ya que nunca abandonará el suelo de Israel (II Sam, 7). El esqueje plantado en el monte Sión (=morada perpetua de Dios; cfr. Salm 68, 16 ss), se convierte en un gran árbol frondoso capaz de cobijar bajo sus ramas a todas las aves del universo. El pequeño reino de Israel, que había perdido todo, incluso su esperanza, se convierte, con este esqueje, en lugar de refugio y salvación para todas las naciones del mundo. Esto no lo consigue el pueblo con sus fuerzas, sino Dios. El es el Señor del tiempo y de la historia y hace lo que quiere aunque los humanos nos empeñemos en hacer lo contrario: "... verán que yo humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde.." (v. 24).
El último versículo nos invita a trascender un poco el orden puramente temporal y pasar más allá de la instancia concreta de poder, de dominio, de política, a una visión más universalista: un día el retoño mesiánico plantado por Dios Padre dará verdadero fruto para todo el mundo en la montaña del Calvario.

El responsorial es el Salmo 91. (Sal 91, 2-3. 13-14. 15-16). Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.
El libro de Job contribuyó a profundizar estas reflexiones, reconociendo con realismo que los "impíos" dan la impresión de una prosperidad total aquí abajo, en tanto que los "justos" pueden darla de fracaso. Es un problema siempre actual. El libro de la Sabiduría (3,1-9), que se lee en las Misas de los mártires, da la respuesta definitiva: "Las almas de los justos están en las manos de Dios. Los "insensatos" creen que los buenos están muertos; sin embargo descansan en paz. Aunque a los ojos de los hombres parecían ser castigados, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Los impíos al contrario recibirán el castigo que merecen sus "malos pensamientos".
Así comenta San Juan Pablo II el salmo 91. Alabanza a Dios creador
" 1. La antigua tradición hebrea reserva una situación particular al salmo 91, que acabamos de proclamar como el canto del hombre justo a Dios creador. En efecto, el título puesto al Salmo indica que está destinado al día de sábado (cf. v. 1). Por consiguiente, es el himno que se eleva al Señor eterno y excelso cuando, al ponerse el sol del viernes, se entra en la jornada santa de la oración, la contemplación y el descanso sereno del cuerpo y del espíritu.
En el centro del Salmo se yergue, solemne y grandiosa, la figura del Dios altísimo (cf. v. 9), en torno al cual se delinea un mundo armónico y pacificado. Ante él se encuentra también la persona del justo que, según una concepción típica del Antiguo Testamento, es colmado de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su existencia honrada y fiel.
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4. Luego se nos presenta la figura del justo, dibujada como en una pintura amplia y densa de colores. También en este caso se recurre a una imagen del mundo vegetal, fresca y verde (cf. vv. 13-16). A diferencia del malvado, que es como la hierba del campo, lozana pero efímera, el justo se yergue hacia el cielo, sólido y majestuoso como palmera y cedro del Líbano. Por otra parte, los justos están "plantados en la casa del Señor" (v. 14), es decir, tienen una relación muy firme y estable con el templo y, por consiguiente, con el Señor, que en él ha establecido su morada.
La tradición cristiana jugará también con los dos significados de la palabra griega fo¤nij, usada para traducir el término hebreo que indica la palmera. Fo¤nij es el nombre griego de la palmera, pero también del ave que llamamos "fénix". Ahora bien, ya se sabe que el fénix era símbolo de inmortalidad, porque se imaginaba que esa ave renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia semejante gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de vida nueva (cf. Rm 6, 3-4). "Dios (...), estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" -dice la carta a los Efesios- "y con él nos resucitó" (Ef 2, 5-6).
5. Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez: 
...
Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.
Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios:  "Me unges con aceite nuevo" (v. 11). Orígenes comenta:  "Nuestra vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1, 12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez, todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor" (74 Omelie sul Libro del Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim). (San Juan Pablo II en la Catequesis de la audiencia general del miércoles, 12 de Junio 2002.)


La segunda lectura ( 2 Co 5, 6-10), de hoy nos presenta un texto situado en el contexto de unos capítulos donde prima el tema de la Nueva Alianza y su superioridad respecto a la antigua.
San Pablo  expone las dificultades con que suele tropezar el apóstol como ministro de la nueva alianza y la confianza que tiene en medio de esas dificultades.
San Pablo   amplia estas reflexiones  con el tema de la esperanza en una vida mejor.
En primer lugar destaca la seguridad en una vida futura que Pablo tiene. No se refiere a una vida terrena, sino más allá de la muerte. Piensa que esa vida futura es la verdadera, en el sentido que se desprende de la comparación de destierro y estar en patria que utiliza en estos versos.
Esa seguridad, en segundo término, es tan grande que prefiere separarse del cuerpo, morir, para estar con el Señor Jesús.
En tercer lugar hay un esfuerzo ético para vivir como Dios quiere. No ha de interpretarse esta voluntad o el agrado que se "proporciona" a Dios con nuestra conducta como algo arbitrario, algo que Dios quiere o que le gusta porque sí, sino porque es el modo más humano de vivir. Por eso Dios está a favor de ciertas conductas, precisamente las más beneficiosas para los hombres.
El texto de hoy nos plantea un punto esencial en esta nueva situación que es la tensión entre el presente y el futuro, lo que se está viviendo ahora y lo que se espera vivir. Esto último no es algo simplemente futuro, todavía no alcanzado, de ninguna manera. Más bien al contrario: aquello que aún no se vive plenamente ya se tiene en germen ahora. De donde brota la confianza -tema central de este texto - como actitud fundamental del cristiano. Este no es una persona simplemente volcada hacia el futuro, sino viviendo lo actual, sabiendo que es una anticipación o comienzo total de aquello.
A san Pablo le parece que la vida actual es un destierro del Señor y quería desterrarse de ella para estar definitivamente con El. Es un pensamiento, mejor, un afecto, que, aunque no ve al Señor, lo siente tan presente que añora estar del todo con El, a todos los efectos. Para expresar esto se vale de un juego de palabras intraducible en castellano entre "estar desterrado" y "estar en el hogar".
Lo esencial es el subrayar la certeza de la vida futura, cosa puesta en duda actualmente más que en otros tiempos. Únicamente habría que precaverse contra detalladas descripciones de esa vida en deterioro de sus puntos esenciales y de su credibilidad. Lo importante es estar con Cristo para siempre.

El evangelio de hoy (Mc 4, 26-34), En un contexto de incomprensión Marcos introducía el domingo pasado el tema de la nueva familia de Jesús (Mc. 3. 20-35). Sigue a continuación el capítulo 4, del que está tomado el texto de hoy. Hasta ese capítulo el contenido de la enseñanza de Jesús ha sido el formulado en Mc. 1, 15: Se ha cumplido el plazo: el Reino de Dios ha llegado. En el capítulo 4 este contenido es formulado y ampliado por medio de parábolas. Marcos nos ofrece unas cuantas, una selección, y además nos informa de que el sentido de estas parábolas no es obvio ni inmediato.
¿Qué es una parábola? ¿Cuál es su fín? ¿Dónde está su significado preciso? La parábola es una semejanza inspirada en los acontecimientos cotidianos conocidos para mostrarnos la relación con algo desconocido. Las parábolas son metáforas o episodios de la vida, que ilustran verdades morales o espirituales. Jesús ha usado con frecuencia este género literario para explicar el misterio del Reino de Dios y de su Persona. Son discursos cifrados que deben ser aclarados desde la fe.
El objetivo de las parábolas usadas por Jesús es estimular el pensamiento, provocar la reflexión y conducir a la escucha y a la conversión. Para poder comprender las parábolas es imprescindible la fe en quien la escucha; solamente de este modo puede descubrirse el misterio del Reino de Dios, que es enigma indescifrable para los que no aceptan el evangelio.
Hoy el texto nos presentan dos parábolas.
En la parábola del campesino perseverante (vv. 26-29), el reino de Dios es comparado al lento crecimiento de la semilla hasta su cosecha, y, simultáneamente, con la larga inactividad del campesino antes de su febril actividad de la recolección (que es descrita, por lo demás, partiendo de Jl 4, 13; cf. también Ap 14, 14-16). Esa recolección, de conformidad con toda la Biblia y con la referencia a Joel, es, sin duda alguna, el juicio de Dios que inaugura su reino efectivo. Esto equivale a decir que es Dios el agricultor: es indudable que no va a tardar en intervenir y de forma tan espectacular como un segador en la recolección.
Es verdad que ahora, y de manera especial a lo largo del ministerio de Jesús, Dios parece no intervenir: deja a Cristo aislado, sin éxito, cada vez más rechazado por los suyos. Pero este silencio de Dios no deja por eso de estar vinculado al juicio venidero, lo mismo que la inactividad del agricultor mientras brota la semilla no deja de estar vinculada a su actividad de segador.
Esta parábola presenta como el sembrador no está inactivo, sino que espera día y noche hasta que llegue la cosecha cuando el grano esté a punto para meter la hoz. El sembrador representa a Dios que ha derramado abundantemente la semilla sobre la tierra por medio de Jesús, "sembrador de la Palabra". A pesar de las apariencias contrarias, el crecimiento es graduado y constante: primero el tallo, luego la espiga, después el grano. Un día llegará el tiempo de la cosecha, es decir, el cumplimiento final del Reino de Dios, que ha tenido sus muchas y diversas etapas antecedentes.
La segunda parábola del grano de mostaza, la semilla más pequeña, responde a los que tienen dudas sobre la misión de Cristo o su esperanza frustrada. Los comienzos insignificantes pueden tener un resultado final de proporciones grandiosas. Ya san Ambrosio dijo que Jesús, muerto y resucitado, es como el grano de mostaza. Su reino está destinado a abarcar a la humanidad entera, sin que esto signifique triunfalismo eclesial.
Esta parábola alimenta la confianza en Dios al subrayar el contraste entre los humildes comienzos del reino (v. 31) y la magnitud de la tarea escatológica (v. 32, en donde el tema del nido está tomado de las escatologías judías consagradas a la incorporación de los paganos en el pueblo de Dios; cf. Ez 17, 22-24). Con esta parábola Jesús ha querido, seguramente, responder a la objeción de quienes se oponían a la pequeñez de los medios utilizados por Jesús para la gloria del Reino esperado, y que ridiculizaban la pobreza y la ignorancia de los discípulos de Jesús frente al cortejo triunfal que habría de inaugurar los últimos tiempos.
En realidad, en lo minúsculo actúa ya lo grandioso: incluso en el mundo que no conoce el reino, este está ya actuando; incluso en el corazón del pecador más endurecido puede brillar aún una lucecita y convertirse en gloria y fuego devorador. Se trata de tomar a Dios en serio a pesar de todas sus apariencias.
Las dos parábolas de este domingo son un himno a la paciencia evangélica, a la esperanza serena y confiada. El fundamento de la esperanza cristiana, virtud activa, es que Dios cumple sus promesas y no abandona su proyecto de salvación. Incluso cuando parece que calla y está ausente, Dios actúa y se hace presente, siempre de una manera misteriosa, como le es propio. Aunque el hombre siembre muchas veces entre lágrimas, cosechará entre cantares.


Para tu vida.

En la primera lectura el profeta Ezequiel compara la acción de Dios con la de un campesino que reforesta las cumbres áridas con cedros que se caracterizan por su tamaño excepcional, por la duración de su madera y por su singular belleza. El nuevo Israel será un rebrote joven plantado en lo alto de los montes de Judá; atrás quedaría la soberbia de la monarquía y todos los peligros de su desmesurada avidez de poder. El profeta tiene la esperanza de que su pueblo renazca luego del exilio y su estirpe perdure como lo hacen los cedros que pueden llegar a durar dos mil años. Nosotros somos parte de ese pueblo y como parte también recibimos los efectos de la obra de Dios.
En una perspectiva mesiánica, Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sion, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica, alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. El profeta Ezequiel anuncia que el Señor – se entiende que en los tiempos mesiánicos- arrancará una rama del “alto cedro” (que no puede ser otro que Israel) y la plantará en la cima de un alto monte (el monte alto simboliza a Dios mismo). Por lo tanto, se habla de la elección de uno proveniente de Israel pero que al mismo tiempo tiene su arraigo fuera de las estructuras israelitas, en Dios mismo. Precisamente por esto, esta “rama” se convertirá en un cedro noble cuyas ramas albergarán a toda clase de aves (las aves simbolizan en las tradiciones rabínicas a los pueblos paganos). Se está hablando entonces de que en este personaje encontrarán acogida todos los pueblos, en él se hará realidad la universalidad de la salvación y se romperán todas las fronteras religiosas e ideológicas para formar un solo pueblo.
Por otro lado, conviene recordar que los cedros del Líbano eran árboles fuertes, frondosos, con una madera aromática inigualable. Eran tan apreciados que Salomón importaba la madera de estos cedros para revestir las paredes del Templo y su aroma llegó a ser considerado como símbolo del perfume/amor divino que llenaba su casa.
Esta imagen del árbol grande, la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza del evangelio de hoy. El soberbio árbol del imperio de Babilonia será humillado por Yahvé, que ensalzará al humilde árbol de la casa de David. De un renuevo suyo nacerá el liberador de Israel.

También el salmo de hoy (Sal 91) apunta en esta dirección de crecimiento del reino y del justo que vive desde el reino, al llamar al justo “cedro del Líbano”. Se refiere, claro está, a ese “resto fiel de Israel” que supo mantenerse firme en la confianza absoluta en Yahvé, en la esperanza del cumplimiento de las promesas y en el amor a pesar de la decadencia de las estructuras religiosas de Israel. Empieza a perfilarse una identificación entre el Mesías anunciado por Ezequiel y el resto fiel.
San Juan Pablo II comenta así el salmo 91: " Así pues, el salmo 91 rebosa felicidad, confianza y optimismo, dones que hemos de pedir a Dios, especialmente en nuestro tiempo, en el que se insinúa fácilmente la tentación de desconfianza e, incluso, de desesperación.
4. Nuestro himno, en la línea de la profunda serenidad que lo impregna, al final echa una mirada a los días de la vejez de los justos y los prevé también serenos. Incluso al llegar esos días, el espíritu del orante seguirá vivo, alegre y activo (cf. v. 15). Se siente como las palmeras y los cedros plantados en los patios del templo de Sión (cf. vv. 13-14).
El justo tiene sus raíces en Dios mismo, del que recibe la savia de la gracia divina. La vida del Señor lo alimenta y lo transforma haciéndolo florido y frondoso, es decir, capaz de dar a los demás y testimoniar su fe. En efecto, las últimas palabras del salmista, en esta descripción de una existencia justa y laboriosa, y de una vejez intensa y activa, están vinculadas al anuncio de la fidelidad perenne del Señor (cf. v. 16). Así pues, podríamos concluir con la proclamación del canto que se eleva al Dios glorioso en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis:  un libro de terrible lucha entre el bien y el mal, pero también de esperanza en la victoria final de Cristo:  "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! (...) Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque  han quedado de manifiesto tus justos designios. (...) Justo eres tú, aquel que es y que era, el Santo, pues has hecho así justicia. (...) Sí, Señor, Dios  todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos" (Ap 15, 3-4; 16, 5. 7). " ( San Juan Pablo II. A udiencia general del miércoles 3 de septiembre de 2003)


San Pablo , en su carta a los Corintios nos recuerda  “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de estar con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que se decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia.
Dado que nuestra patria definitiva es el cielo, la tierra es un lugar de paso. Dios quiere que seamos felices también aquí, pero solo son felices aquellos que ponen su mirada en el Señor. Si nos dejamos llevar por el egoísmo y solo dirigimos nuestros ojos a lo material, nos olvidamos de Dios y de los demás y nos encaminamos a la perdición. Este camino no puede llevarnos a la felicidad. Nos lo recuerda San Agustín en su comentario a esta lectura de la segunda carta a los corintios: “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; el diablo acecha en todas las gargantas del mismo, por doquier intenta entrar y hacerse dueño. Y a aquel de quien se adueña, o bien le aparta del camino, o bien le retarda; le vuelve atrás y hace que no avance, o le saca del camino mismo para sujetarle con los lazos del error y de las herejías o cismas y llevarle a otros tipos de supersticiones. Permaneced, pues, fuertes en la fe; que nadie os induzca al engaño mediante ningún tipo de promesa; que nadie os fuerce a engañar mediante ninguna amenaza. Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos; cualquiera que sea la amenaza del mundo, mayor es la amenaza del infierno”.
También San Pablo hace hincapié en la realidad corporal del cristiano. Nada de espiritualismos facilones que invitarían al escapismo, a la “fuga mundi”, al descompromiso con el aquí y el ahora.  Vale la pena recordar, para comprender cabalmente este texto, que en la antropología semita (bíblica), el concepto “cuerpo” señala la dimensión de manifestación sensible de la interioridad humana. Es cuerpo el hombre entero en tanto se manifiesta e impacta a los demás, en tanto entabla relaciones. Se puede ser “cuerpo carnal” si se vive de cara a uno mismo, sin referencia dialogal positiva a los otros (sobre todo al Otro) y se puede ser “cuerpo espiritual” si se viven relaciones de apertura y respeto, de entrega y servicio al Otro y a  los otros.
Es verdad que el apóstol utiliza formas de expresión con claros acentos dualistas ( " desterrados del Señor mientras permanecemos en el cuerpo"), pero su intención no es avalar el dualismo platónico sino simplemente mostrar que en el plano histórico corpóreo es imposible la plena comunión con Dios (le vemos sólo en la fe) y que sin embargo, eso debe ser el aliciente para manifestarnos en el mundo como auténticos hijos de Dios (se nos tomarán cuentas de lo que hicimos mientras éramos cuerpo histórico.)


Del evangelio pocas parábolas pueden provocar mayor rechazo en nuestra cultura del rendimiento, la productividad y la eficacia, que esta pequeña parábola en la que Jesús compara el Reino de Dios con ese misterioso crecimiento de la semilla, que se produce sin la intervención del sembrador.
Esta parábola, tan olvidada hoy, resalta el contraste entre la espera paciente del sembrador y el crecimiento irresistible de la semilla. Mientras el sembrador duerme, la semilla va germinando y creciendo «ella sola», sin la intervención del agricultor y «sin que él sepa cómo».
Acostumbrados a valorar casi exclusivamente la eficacia del trabajo y el rendimiento de las personas, hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, no de esfuerzo, pues Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la gracia que vamos recibiendo de Dios.
El evangelio nos muestra la “siembra mesiánica” en la que la semilla que producirá fruto (cedros del Líbano/árboles de mostaza) es Cristo mismo que se entrega, que se derrama sin medida en todas las tierras posibles. Nos presenta dos parábolas, dos mensajes sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas. En la primera parábola un hombre echa el grano en la tierra; el grano brota y crece. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en la santidad y la gracia, la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz. La semilla de la que habla el evangelio tiene una fuerza que no depende del sembrador. El evangelizador debe ser consciente de que es un colaborador de Dios y no el dueño que pueda manipular a su arbitrio la salvación. Aprendamos a trabajar por el Evangelio sin querer violentar los caminos de Dios. Aprendamos a escuchar al Señor y a llevar su mensaje de salvación orando para que el Señor haga que su Palabra rinda abundantes frutos de salvación en aquellos que son evangelizados. En la segunda parábola del grano de mostaza lo importante es la desproporción entre la pequeñez del principio (grano de mostaza) y la magnitud del final (el arbusto). Así ocurre con el Reino de Dios: escondido ahora e insignificante, ha de llegar un día (el "día del Señor"), cuando vuelva con "poder y majestad", en que se manifieste según toda su dimensión.
Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores? ¿No estaremos desgastando inútilmente nuestras fuerzas cuando, la realidad de las personas, de la iglesia local, de las personas o de la sociedad es muy diferente a la de hace unos años?.
De las lecturas de hoy nos queda la imagen de Dios, que  es un labrador bueno, un campesino experto que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso, para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso. Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó.
Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno... Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol  
Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú. Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.



Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com


Lecturas del XI Domingo del Tiempo Ordinario 17 de junio de 2018

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL PROFETA EZEQUIEL 17, 22-24
Esto dice el Señor Dios:
«También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto.
Se hará un cedro magnífico.
Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas.
Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco.
Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
Salmo 91, 2-3. 13-14. 15-16
R. ES BUENO DARLE GRACIAS, SEÑOR.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad. R.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios. R.

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
mi Roca, n quien no existe la maldad. R.

SEGUNDA LECTURA
SEGUNDA CARTA DEL APOSTOL SAN PABLO A LOS CORINTOS 2Cor 5, 6-10
Hermanos:
Siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor.
Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal.
Palabra de Dios


ALELUYA
La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo; todo el que lo encuentra vive para siempre.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 4, 26-34
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo
fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
Palabra del Señor

sábado, 9 de junio de 2018

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

En este domingo X, se comienza la recuperación de los domingos del tiempo ordinario. La Constitución Sacrosanctum Concilium tiene un texto bellísimo, con una cita del Concilio de Trento: "Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el Misterio Pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de su muerte" y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef. 1, 12), por la fuerza del Espíritu Santo" (n.6).
El tiempo Ordinario, Constituyen la mayor parte del año litúrgico -34 semanas- y su liturgia de la palabra se caracteriza por una lectura continuada de los evangelios. En el actual Ciclo B, estamos leyendo el evangelio de san Marcos.
Cada domingo nos encontramos con un pasaje evangélico y una lectura del Antiguo Testamento que ha sido escogida en función del tema principal de aquel.
El tema de este domingo, aunque lo queramos esquivar, va de Satanás. Cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar es una realidad que los textos bíblicos presentan como perteneciente a la Historia de la Salvación y presente en la vida de los hombres.
Efectivamente, la lectura del Génesis, al describir el drama del pecado, presenta a Satanás como el promotor del mismo, pero también anuncia que un descendiente de mujer le aplastará la cabeza. La tradición de la Iglesia nos dice que se trata de Cristo, que con su muerte y resurrección, ha decapitado la fuerza del mal para hacer posible que el hombre salga victorioso del combate. Este tema nos acerca a la lectura de San Marcos en la que presenta a Jesús con tal poder sobre Satanás que sus adversarios, no pudiendo negar lo evidente, le atacan diciendo: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios".

La  primera lectura es del libro del génesis ( Gn. 3, 9-15) Estos versículos del Génesis forman parte del relato yahvista de la creación (2, 4b-3, 260: creado el hombre en una tierra desierta es trasladado por el Señor a un terreno muy fértil, al jardín del Edén, donde crecen toda clase de árboles.
Un mandato impone Dios a Adán y Eva, si lo cumplen vivirán felices en esta tierra paradisíaca..., pero éstos desobedecen y son expulsados del Edén. Este es el esbozo descarnado de todo este relato que nos evoca la historia vivida por todo el pueblo de Israel: del desierto es sacado y conducido a una tierra paradisíaca donde se le impone una serie de mandatos. Si Israel cumple le irá bien, pero la desobediencia le acarreará muchas veces la expulsión de este territorio. Así aunque no se diga explícitamente, este relato del Génesis es un esquema de alianza.
El mal en Israel siempre ha nacido de la ruptura del pacto por el pueblo. Y la meditación de esta experiencia continuamente vivida lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por el Señor, como acto libre del hombre. Los hombres son los únicos responsables de la ruptura de las relaciones con Dios y entre ellos.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre...." (v. 3,9): El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
 "El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón" (v. 15). Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.

El salmo responsorial es el salmo 129, (Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8).
Este salmo de "Súplica" era utilizado por Israel en las ceremonias penitenciales comunitarias, particularmente en la fiesta de las Expiaciones: antes de renovar la Alianza, se ofrecían "sacrificios de expiación" en reparación por los pecados.
Lo que llama la atención es que el "grito" del pecador no tiene por objeto confesar su pecado en forma circunstanciada y detallada: no se sabe de "qué" pecado se trata. Este salmo es ante todo un "grito de esperanza", "el más hermoso canto de esperanza que jamás haya salido quizá del corazón del hombre" (M. Mannati).
El plan de este poema relieva la sutil dialéctica del diálogo interior. Es un "movimiento" del alma, que va alternativamente del hombre a Dios, luego vuelve al hombre y pasa enseguida, nuevamente a Dios:
Primera estrofa: disposiciones del "que ora"... Grito; escucha mi clamor... Segunda estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres grande... cerca de Ti, el perdón... Las dos líneas centrales, que indican el núcleo del tema, la esperanza, la espera... Tercera estrofa: disposiciones del "que ora"... Aguardo, acecho, espero... Cuarta estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres bueno... Cerca de Ti, el amor. Este salmo hacía parte de los salmos de Subida o salmos graduales. Para admirar el estilo "en eco", con la repetición de palabras, que parecen avanzar en una especie de peregrinación: Señor (8 veces), aguardar (3 veces), esperar, acechar (2 veces), y luego el "grito", "el llamado", "la oración" (4 veces), y al comienzo y al final "la falta"... Finalmente, se nombra dos veces a Israel, el pueblo escogido.
Una observación más, señalar el paso del "yo" al "nosotros" en las dos últimas estrofas. En persona de "un" pecador está todo "Israel" pecador: dimensión colectiva y comunitaria del perdón.
El breve salmo 129 tiene tan sólo 8 versículos. Y los podemos dividir fácilmente en dos apartados:
vv. 1-4: Oración confiada.
vv. 5-8: Certeza del perdón.
La liturgia de hoy hace una selección de estos versículos, destacando lo más importante.
La oración del salmo es confiada. La palabra que más resuena en él es la de la confianza humilde y cierta.
El salmista consciente de su debilidad se siente como envuelto por la injusticia, el desencanto, la culpabilidad. La angustia y el remordimiento le aparecen como el barro o las aguas que le sumergen distanciado de Dios: "desde lo hondo a ti grito, Señor".
Pero este hombre derrotado es un creyente. Y un hombre que, a pesar de sus pecados, ama a Dios. Y en un momento de sinceridad y de fe, contemplando su propia miseria, acude a Dios. Levanta sus ojos al cielo: "estén tus oídos atentos...".
En su experiencia de creyente ha llegado a conocer el corazón de Dios, "lento a la ira, pronto a la misericordia". Le pasa como al hijo pródigo. Se acuerda de su padre y se dirige a él. Con toda humildad. Con toda confianza.
"Pero de ti procede el perdón,.."
Se dirige al Dios del perdón, y encontrando siempre en él la mejor de las disposiciones de perdón y de misericordia.
Y este perdón le infundirá un respeto agradecido. Este perdón será una ayuda para corregirse y superarse. Lo servirá con una mayor fidelidad.
Por esto, humilde y confiado, con el ánimo dispuesto a recomenzar una nueva vida o a emprender un nuevo camino, levanta su corazón a lo alto. Y esto mismo es ya un salir del abismo. Dios le acogerá: "de ti procede el perdón".
Si el salmista acude a Dios es porque está del todo cierto de su perdón generoso. El lo dice y lo repite. Reafirma su convicción de que la bondad del Señor le librará de su angustia.
Y para ayudarse en su propósito pone la comparación del centinela que aguarda la aurora. La noche es fría y peligrosa. Pero la aurora todo lo cambia. Su luz hace que el temor disminuya y que se recobren los ánimos. Y si ésta es la certeza del centinela que hace su guardia de noche ésta es también la certeza de este corazón que sabe esperar en la luz del perdón.
"Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra".
Es la palabra de la revelación divina que forma parte del universo religioso del salmista.
Los profetas han hablado de la infinita bondad de Dios y en los libros de Moisés hay estupendos pasajes que hablan de la misericordia divina. El salmista recuerda estas palabras de vida. Cree en estas palabras. Espera en ellas. Y esto le salva.
Y entonces él, que ha tenido esta experiencia de fe y de liberación, exhorta a su pueblo a confiar en el Señor. Y pone de nuevo la misma comparación del centinela que aguarda la aurora: "aguarda Israel al Señor como el centinela la aurora".
También para Israel llegará esta aurora del perdón, de la redención. El Dios de su fe es el que sabe convertir el desierto en vergeles y la roca en fuentes de agua. Así será su liberación, su nueva vida. Porque el Señor "le redimirá de todos sus delitos".
Así es la vida iluminada por la esperanza. Es la vida que resucita, la vida que, en realidad, nunca está muerta. Aunque esté en el abismo, tiene siempre un hálito de esperanza. Su pulso no se ha parado.
Es el gran mensaje que nos da nuestro salmo "De profundis".

La segunda lectura es de la segunda carta del apóstol san pablo a los corintios ( 2 Cor. 4, 13 - 5,1). El texto forma parte de  la exposición dedicada al ministerio apostólico (capts. 3-7 en términos reales). En ella Pablo expone diversos aspectos del ministerio.
En este párrafo, aparece, en primer lugar el puesto fundamental de la fe para la predicación. Es algo evidente: no se puede hablar de Cristo y de lo de Cristo sin creer en él. Ahora bien, como siempre en Pablo, el hablar no es algo separado del ser. Por ello se habla de Cristo porque se está en Cristo, se ha muerto con El, se está unido a El y se espera la resurrección.
Esta experiencia no es algo individual. También como punto base en Pablo, no se puede hablar de individuos solamente, sino de comunidad. El mismo apóstol no es algo separado de sus oyentes.
Todos forman algo. Diferente modo de ver del más moderno en que el predicador se contrapone muchas veces a sus oyentes y sólo forma comunidad con ellos de nombre o desde arriba.
El apostolado conlleva un desgaste real del (vv. 16-18). No conviene minimizar. El predicar a Cristo es duro y puede costar un precio muy alto. A San Pablo le costó y a muchos seguidores y predicadores de otros tiempos, también.
Esta vivencia va unida a la esperanza. No cabe el escapismo o menosprecio de la realidad, como podría entenderse algo del v. 16, sino que la esperanza en la obra de Dios que supera cualquier limitación, llena nuestra vida.
La confianza que tiene San Pablo en el poder de Dios, que resucitó a Cristo, y la esperanza en que este mismo poder se manifieste abundantemente en la gloria eterna de los creyentes, le hacen considerar en poco las tribulaciones de hoy, que bien pueden soportarse con paciencia. La esperanza se funda en el espíritu de fe, es decir, en aquella fe que causa el Espíritu " Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; " . Esa esperanza que late ya en nuestro interior como una primicia de todo lo que esperamos se apoya en la fe en la resurrección de Cristo y tiende hacia la vida eterna de todos los creyentes.

El evangelio  de  san marcos (Mc. 3, 20-35) La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos.
El tema esencial de este Evangelio es el combate entre los dos espíritus. Para la tradición judía, explotada ya en la doctrina de Qumrán, el mundo está entregado a merced del espíritu del mal por voluntad de los hombres que le siguen. Pero los últimos tiempos verán la aparición del Espíritu de bondad, que orienta al hombre hacia el bien y le abre el camino hacia el reino. El hecho de que Cristo arroje a los demonios es señal de que ese Espíritu de bondad está ya actuando en el mundo (Mt 12, 28).
Los escribas no niegan que Jesús arroje a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventan una explicación de lo más peregrina: que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsa a los demonios subalternos " «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios»." (v. 22).
Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo. Este pecado no tiene perdón, porque quien comparte una afirmación así no puede formar parte del Reino, puesto que niega precisamente la misión del Espíritu, que es el único que puede instaurar el Reino " En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». 30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo."  (vv. 28-30).
La frase "la blasfemia contra el Esp. Sto." y el "pecado eterno" (v.29), pone en claro que la vida humana no es un juego de canicas. El hombre es capaz de rebeldías que desencadenan su desdicha.
La manifestación de Jesús deja a la gente asombrada y desconcertada y suscita un grupo de discípulos dispuestos a seguirle. Esta misma manifestación suscita la incomprensión de los parientes y la reacción contraria de los escribas. En un texto anterior (2, 1-3) ya hemos visto la oposición de los fariseos, los practicantes; ahora se trata de los escribas, los teólogos.
El caso es que existen los dos espíritus y el combate que libra Cristo es justamente el del "más fuerte" contra el "fuerte" (versículo 27). Los fieles toman parte en ese combate optando por el uno o por el otro: ahora bien, optar por el espíritu de Dios es escuchar su Palabra y ponerla en práctica (vv. 33-35) adquiriendo el compromiso de practicar todas las rupturas necesarias -aun cuando sean familiares- para llevar a feliz término este proyecto.
Después de haber instituido a los Doce (Mc 3, 13-20), Cristo encuentra a su familia (vv. 31-35). La oposición entre los apóstoles y la familia de Jesús es frecuente en los Evangelios,
eco sin duda de las querellas que separaron a unos de otros sobre la sucesión del Mesías . De hecho, esta oposición entre los "hermanos de Jesús" y sus "apóstoles" ilustra la cuestión de la fe. Los paisanos  de Jesús, y especialmente su familia, no comprenden su enseñanza . Ni la vista de los milagros, ni las victorias de Jesús sobre Satanás les hacen cambiar de parecer. Jesús no puede desde entonces más que fundar una nueva familia; la pertenencia a esta es cuestión de libertad y no de lazos naturales, de escucha de la Palabra y no de sentimentalismo. " Quiénes son mi madre y mis hermanos” Y paseando la mirada por el corro, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi hermana” (vv.34-35)
Al ver a Jesús asediado por la gente, hasta el punto de que "ni siquiera podía comer", sus parientes creyeron que había perdido su sano juicio, que "se había vuelto loco". Y fueron a buscarlo para llevárselo a casa. Pero ¿por qué sus parientes lo toman por loco? No comprenden su tremenda actividad, su predicación a todos, su disponibilidad incondicionada. Los hombres no acaban de comprender las absolutas exigencias de Dios.
Además la fama que empieza a formarse en torno a él va creando problemas; y esos problemas afectan a toda la familia, empiezan a causarle disgustos. "¡Ha perdido la cabeza! ¡Está fuera de sí!": una forma muy frecuente de desacreditar las manifestaciones de Dios y tomar distancias frente a ellas. Dios debería permanecer encerrado dentro de nuestro concepto de orden y de sentido común, debería ahorrarse energías y efusiones de amor, debería entregarse con un poco más de prudencia. Decimos que carece de sentido todo lo que nos supera, todo lo que nos sorprende y nos desconcierta.

Para nuestra vida.
Como en otras muchas ocasiones, en este domingo, la relación entre la primera lectura y el evangelio se da… y con mucho acierto. En el fragmento del Libro del Génesis que acabamos de escuchar y, asimismo, los versos del capítulo tercero del evangelio de San Marcos aparece el diablo, el malo, el demonio… Es el mismo tentador de la pareja de Paraíso Terrenal… Y también parte de la catequesis de Jesús de Nazaret, cuando sus enemigos quieren adjudicar su fuerza sanadora y milagrosa a Belzebú, el llamado príncipe de los demonios. Jesús dice que si eso fuera así el reino del mal estaría en guerra civil y, por tanto, a punto de desaparecer… Pero no. Jesús pertenece a otro Reino. El maligno sigue fuerte y poderoso. Hoy mismo, junto a nosotros, intenta modificar la realidad para acercarla al mal absoluto.
La figura del tentador ha sido negada por muchos y algunos le han convertido en un personaje ridículo, vestido de rojo, con cuernos y rabo. La negación de la existencia del demonio ha sido protagonizada por personajes más o menos notables de la religión, filosofía o ciencia… La cada vez más extendida increencia niega la existencia del diablo, como niega al propio Jesús de Nazaret incluso en su presencia histórica en la tierra. Hace unos años dos teólogos de enorme peso e influencia fueron los más citados como “negadores” de la realidad del demonio. Pero la Iglesia se ha mantenido fiel  para que no se niegue u olvide la figura del tentador. Ya en los años del posconcilio, el beato  Pablo VI dijo “son rodeos que el demonio es una realidad personal que actúa en la historia funesta de la humanidad”.

La liturgia de este domingo décimo del tiempo ordinario nos propone como primera lectura el relato de la primera tentación del paraíso, narrada en el capítulo tercero del Génesis.
Así la primera lectura nos habla del pecado. Pecar es alejarse de la presencia de Dios, es vivir en la oscuridad y la tristeza. El hombre se siente desnudo en la presencia de Dios que le pregunta si ha comido del árbol prohibido. Adán echa la culpa a Eva, su mujer. Dios dice a Eva por qué ha incitado a su marido y ella echa la culpa la serpiente.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre....": El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
El hombre no puede esconderse de la presencia de Dios, aunque lo intenta siempre cuando peca. Dios lo interroga y el hombre, una vez más, trata de huir de su culpa echándosela en cara al mismo Dios: "La mujer que tú me has dado...". Sin embargo, el miedo del hombre que le impulsa a la huida es ya la señal que le descubre su propio pecado. Tampoco la mujer acepta su responsabilidad: también ella huye en vano de su culpa, tratando de echársela a la serpiente. No obstante, Dios, que maldice a la serpiente sin haberla escuchado antes, no maldice a Adán y Eva. La serpiente es como la expresión objetiva de toda la fuerza seductora del mal.
-"El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón": Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.
Esta lucha que se inicia en el paraíso entre la mujer y su descendencia contra toda la fuerza seductora del mal, continuará después en la historia de la humanidad. Los hijos de la mujer, los hombres, sufrirán más de una derrota; pero al fin habrá una victoria definitiva. De la mujer -de otra mujer, pero de la mujer al fin y al cabo- nacerá "el más fuerte", que aplastará la cabeza de la serpiente. El pecado puede ser vencido, porque Dios nos regala su perdón con su misericordia.

Los versos del salmo 129 que hemos proclamado hoy son un canto al arrepentimiento y a la paz. Hay tres de ellos que, en lenguaje moderno diríamos que son muy fuertes:
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón, y así infundes temor.
Es obvio que también se pide, mediante el arrepentimiento, el regreso a Dios y a su Bien. No estaría bien releer en cualquier momento lo que hemos orado hoy del salmo 129 y que sea nuestro oficio “rápido” de demanda de perdón a Dios nuestro Padre.
La estrofa repetida marca el sentido del salmo de hoy: " Del señor viene la misericordia, la redención copiosa."
Dios es Amor, Dios ama a todos los hombres. El mundo de hoy, lleno de espíritus ateos y agnósticos, es un mundo "huérfano". En un mundo "sin Dios", el mal ya no tiene sentido, se convierte en "fatalidad" implacable contra la cual una sola actitud es posible: la rebelión. Pero seamos claros, esta rebelión es radicalmente estéril, ya que el "mal" de la muerte lo superará. La ola de incredulidad del mundo occidental corresponde al "malestar existencial", a una profunda desesperación, a un frenesí de gozo inmediato (¿no es esto también un embrutecimiento estéril?) el condenado a muerte "se divierte" como puede, para no pensar en el fatal desenlace.
Para el creyente, al contrario, el "grito" del hombre tiene una respuesta... El mal no es fatal... La muerte no es el último acto... El pecado no es una situación "sin salida". Cuando el hombre está en el fondo del abismo, se siente solo, abandonado, condenado a quedarse en su "hoya". Ahora bien, justamente al fondo de este abismo viene a buscarnos el amor de Jesús. Desde la profundidad, de la cual pedimos socorro... hay una salida, vertical, por la cruz de quien nos ama. No, el grito del hombre que sufre, no cae en un cielo "vacío", como dicen los ateos... Yo sé que mi Salvador está vivo, que está junto a mí cuando toco el fondo del abismo, que escucha mi llamado y que su oído está atento... Hay que repetirlo: el único "porvenir" posible para el hombre no está en un hombre-cerrado-sobre-sí- mismo, sino en un hombre-abierto-sobre-la-trascendencia. Si Dios "no existe", sólo queda una cosa segura: tampoco "existe" el hombre.
Como un vigilante que ansía la aurora. ¡He ahí el creyente! ¡Un vigilante! En este mundo que duerme pensando que la noche es definitiva, El, despierto, espera el despuntar de la aurora. El oficio del "vigilante nocturno" es muy evocador. Mientras la caravana duerme en el desierto, una persona vigila, un centinela protege el campamento. No es extraño ser "centinela" en plena guerra rodeado de enemigos: soledad, frío, tinieblas, ruidos sospechosos, riesgo de dormirse, de tensión nerviosa ante el enemigo que ronda. Los minutos son largos, la noche se hace interminable. Pero el centinela "sabe" que la aurora vendrá ciertamente. ¡Con qué impaciencia, el vigilante, acecha los primeros rayos, los primeros signos de la aurora! Ahora bien, lo que espera el creyente, es Dios. "Mi alma espera al Señor más que un centinela a la aurora". Jamás se dio una mejor definición de la esperanza. La dilación de la noche es temporal. Pero la humanidad camina hacia el mañana.
Solidarios, todos pecadores, todos salvados. Pasemos del "yo" al "nosotros" y oremos con este salmo no solamente por nuestros pecados individuales o nuestra muerte individual... sino en nombre de todos.

En la segunda lectura, San Pablo nos va a dar una receta que ayuda a superar las dificultades. Dice en unos de los párrafos que se han leído hoy de su carta a los Corintios: “Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”. Realmente, lo que vemos con nuestros ojos de la cara es transitorio y poco firme. Y lo que no vemos, pero sabemos por la doctrina de la Iglesia que existe, es camino de eternidad. Y cuanto al fin último, a lo que será nuestra vida en el cielo, señala que “sabemos que, si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas es eterna y está en los cielos”.
La meditación sobre la efímera condición de esta vida ha sido una constante de la sabiduría cristiana de siempre. La presencia activa de la muerte en la vida es continua, sin faltar un momento, y se pone de manifiesto en la «decadencia de nuestro exterior, mientras nuestro interior se renueva de día en día» (4,16). La doctrina cristiana, como es bien sabido, lleva a ver la muerte no como el fin de todo, sino como un paso, el último y definitivo, que abre al hombre las puertas de la mansión celeste y eterna. Por otro lado, esta manera de ver la muerte no se presenta como una ilusión para continuar viviendo en este mundo a pesar de las dificultades de todo tipo, sino más bien como la meta final de la existencia humana fijada por el propio Dios (cf. 5,5). A pesar de vivir y morir, ni la vida ni la muerte pertenecen a quien vive o muere. Existe, en efecto, un Señor de la vida y de la muerte, de cada vida y de cada muerte, que ha sembrado y alimenta en lo íntimo de los creyentes la aspiración a las metas "verdaderamente últimas", aquellas "que no se ven y son eternas" (v 18).
El anhelo del ser humano es estar con el Señor y verlo. De ahí que sienta esta vida como un exilio, donde contempla en lejanía el cumplimiento de su deseo. La fe esperanzada llega a ser la condición de los exiliados, de los que, sin habérselo buscado, se encuentran en la necesidad de vivir lejos de la patria anhelada. Con todo, su sueño íntimo sería el de dejar esta existencia e irse con el Señor (5,8). Pero el cumplimiento de tal deseo no está en las manos de ninguno. Por eso se le presenta al creyente la pregunta: ¿qué hago entre tanto? ¿Qué he de hacer de mí mismo y de mi vida? La toma de conciencia de la propia condición mortal, como un misterio que está en las manos del Señor, llega a ser liberadora para el hombre, en tanto lo descarga de las preocupaciones de algo que no está en su mano ni depende de él. De este modo queda enfrentado únicamente con sus propias posibilidades: tratar de hacer ahora lo que juzga digno del Señor, despreocupándose de todo lo demás.

El evangelio nos presenta a Jesús quien ya  ha comenzado su vida pública, después del Bautismo, predicando la Buena Noticia y curando a varios enfermos.
El Evangelio de este domingo nos resulta insólito y chocante, porque se lee pocas veces: de hecho, en los dieciocho años que llevo en la parroquia, aún no había salido en la Misa Dominical, pues por estas fechas aún solemos estar en el Tiempo Pascual o en el rosario de fiestas con las que la Pascua se resiste a ceder el paso al Tiempo Ordinario, y que continúan casi hasta el inicio del verano... pero es que -además- narra una escena curiosa: los escribas y la familia de Jesús reaccionan fatal a su proyecto, porque ellos ('los-de-casa-de-toda-la-vida') se veían "con todos los derechos -reservados"- a su Reino.
Pronto Jesús les dirá a los suyos -y a nosotros- con toda claridad que, ni ellos ni nadie tenemos derechos sobre Él y su Iglesia y que -si no lo entendemos así- es porque aún nos queda un gran trecho que recorrer. Pero aquí viene este evangelio "molesto": a ponernos en nuestro lugar, el de María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, "que, sentada a los pies de Jesús, le escuchaba" (Lc 10, 39). ¡Ojalá aprendamos en la escuela de Betania, la sabiduría y la fuerza de la Cruz, pues "lo necio y lo débil de Dios, es más sabio y más fuerte que los hombres!"
La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos. No obstante, puesto que los discípulos ya se encuentran con Jesús, parece más probable que éstos que lo buscan ahora sean sus familiares. Están preocupados por la salud de Jesús, bien sea que ellos mismos piensen que está "fuera de sí", o que han oído decir que éste es el rumor de la gente. Hay que pensar que "los suyos" miran también por la buena fama de toda la familia. El celo de Jesús por cumplir su misión ni siquiera fue comprendido por los de su casa, sus familiares. La presión de la familia, nacida ciertamente de la incomprensión, pero no ejercida con mala voluntad, es secundada ahora por la malicia de estos escribas, quizás en misión oficial del sanedrín, que tratan conscientemente de tergiversar la actividad de Jesús, para desprestigiarlo ante el pueblo. El odio entra en acción con todos sus recursos. No pueden negar el poder de Jesús, pero le dan una interpretación malévola: "Jesús es un aliado de Satanás".
Jesús expulsaba a los demonios, al mal, con el poder del espíritu que le había dado su Padre, Dios, es decir, con el poder del Espíritu Santo. Jesús luchaba contra el mal, contra los malos espíritus, por amor a las personas, porque no podía ver sufrir a las personas sin hacer nada para liberarlas del sufrimiento y del dolor. Y esto es lo que tenemos que hacer los cristianos: ayudar a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los que pasan hambre, defender la vida siempre y defender a los que la pierden injustamente; en definitiva, defender y ayudar a cualquier persona que sufre por culpa de la injusticia humana. Esto naturalmente nunca sale gratis, porque las personas a las que ayudamos son personas, en su mayor parte, que sufren por culpa de otras personas que se quieren aprovechar de ellas, que salen ganando, aprovechándose de su debilidad y vulnerabilidad. Hay pobres porque hay ricos injustos, hay marginados porque hay personas orgullosas y soberbias, hay miles de enfermos que padecen enfermedad, hay muertes injustas precisamente porque los que tienen el poder y el dinero no hacen nada para remediarlo, hay personas que pasan hambre y sed porque a muchas personas y a muchos Estados les interesa más gastar el dinero en provecho propio, que en remediar el hambre, la sed, la enfermedad, el mal, la muerte injusta, que podían combatir y remediar, al menos en gran parte. Esto debemos analizarlo a nivel de Estados, de empresas, y también de personas particulares. Cada uno de nosotros debemos analizar nuestra conducta y ver si realmente también nosotros estamos contribuyendo a aumentar el mal en el mundo en el que vivimos, o no hacemos todo los que podemos hacer para remediarlo. Jesús nunca se quedó indiferente ante el mal y la vida; tampoco los cristianos podemos, ni debemos hacerlo.
 Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Jesús vivió en familia muchos años de su vida, mientras crecía en gracia y santidad. Nunca despreció a su familia natural. Pero cuando le llegó el momento de dedicar toda su actividad y su vida a predicar el Reino, la Buena Nueva, abandonó su casa materna y a sus padres; su única casa y su única familia pasaron a ser desde entonces todos los que querían seguirle, todos los que querían hacer y cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, los que queremos seguir a Cristo y hacer su voluntad, somos familia de Cristo, familia de Dios.
Es evidente que debemos seguir amando a nuestra familia natural, pero, en el orden espiritual nuestra única familia es Cristo y todos los que hacen la voluntad de Dios. Esto no sólo es aplicable a las personas consagradas, sino a todos los cristianos seglares comprometidos con la defensa del Reino de Dios en este mundo.
La familia auténtica de Jesús somos nosotros. Lo somos cuando escuchamos y cumplimos la Palabra de Dios. Esto es lo único que Jesús pide, que le sigamos. Somos ahora “su madre y sus hermanos”, tal como indica San Agustín en sus sermones:
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos. SAN AGUSTIN (Sermón 25, 7-8).
Desde  este texto podemos entender la realidad del hombre, que ha sido creado para responder, mediante la fidelidad, a la iniciativa amorosa de Dios. Y como libre que es puede ser infiel y traicionar su vocación. Eso es el pecado. Pero la experiencia que el hombre saca de ese pecado es la de una especie de solidaridad que es anterior a cada uno de nosotros, una solidaridad que puede abarcar incluso a otras criaturas distintas del hombre: los demonios y la misma Naturaleza. Pecar es introducirse conscientemente en esa solidaridad casi cósmica.
Pero el hombre ha sido creado libre; y no puede, por tanto, ser juguete de otras criaturas, ni siquiera espirituales. Esto es lo que ha venido a revelar Cristo liberándose de la solidaridad cósmica que le rodeaba en cuanto hombre y liberando a sus hermanos de los lazos de los poderes demoníacos. Y no fueron precisamente sus exorcismos los que hicieron efectiva esa liberación, sino, más fundamentalmente, su obediencia victoriosa de la tentación y de la muerte.
Mientras espera la manifestación clara de esta victoria, los cristianos nos encontramos entre dos fuerzas contradictorias: o sucumbimos al pecado y nos  hundimos  en la primera, o escuchamos  la Palabra y la obedecemos, con lo que nos unimos a la solidaridad del Reino nuevo.
Esta escucha de la Palabra toma cuerpo en la liturgia de la Palabra y su realización en la obediencia constituye el contenido del sacrificio espiritual ofrecido en la Eucaristía.

Rafael Pla Calatayud.
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