domingo, 26 de marzo de 2017

Comentario a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma 26 de marzo de 2017

Comentario a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma 26 de marzo de 2017

El domingo IV de Cuaresma es notable, como se sabe, por diversos motivos: es el domingo "Laetare" -según el título clásico- que anuncia la proximidad de la Pascua, pasada ya la mitad de la Cuarentena; es el segundo domingo de escrutinios, segunda etapa de esta gran experiencia de examen interior y renovador que todos estamos llamados a realizar, en solidaridad con los candidatos al bautismo, incluso si éstos no son visibles en nuestra comunidad, pero que existen ciertamente en la Iglesia, es, en fin, sobre todo en el ciclo A, el domingo "luminoso": las lecturas y la eucología ambientan la celebración en un tono pre-pascual.

La primera lectura del primer libro de Samuel (1S 16, 1b. 6-7. 10-13a) es un relato que idealiza la juventud del rey David. Desde el primer momento, Dios ha intervenido ya en la historia de este joven de Belén (elección), ordenando a Samuel ungirle como rey.
Fragmentos del inicio de la historia de David. Saúl, que había sido ungido para ser el primer rey de Israel, no ha sido fiel al Señor. Ahora el Señor escogerá a otro. El profeta Samuel es enviado a ungir al que debe ser el nuevo rey. La unción consagraba a la persona ungida para una misión y le confería la fuerza para llevarla a cabo. Al ver a Eliab, Samuel cree que ya ha encontrado al que debe ungir. Pero el Señor no ha escogido a un hombre "de buena estatura", como Saúl, sino al más joven de todos, que hacía de pastor. El Señor, como tantas veces repetirá la Escritura, no se fija en las apariencias, sino en el fondo del corazón.
Anticipación de un rito que, en realidad, acaeció mucho después (cf. 2 S 2. 4; 5. 3). En su interpretación teológica, el autor juega con la oposición entre las palabras "ver"(="elegir":v.1/7) y "rechazar" (vv. 1/7; cf. 15. 23/26). Por su actitud, Saúl ha sido rechazado, y David es el elegido del Señor; se hace necesario el traspaso de poderes. Lamentarse por Saúl (v. 1) indica la muerte efectiva de su reinado (cf. cap. 15); por eso Dios ordena buscar el sustituto (v.1). Las escenas del sacrificio y de la unción (vv.5-13) nos evocan la unción de Saúl (9.-10. 1). El nuevo consagrado deberá suplantar al primero. Dios no se fija en las apariencias humanas (v.7:"apariencia" es una palabra en hebreo derivada de "ver"). Eliab (v.6) es un muchacho de buena estatura como David (9.2; 10. 23), pero el Señor sólo atiende al corazón humano, centro y sede de toda actividad humana, y por eso elige al menor (VV. 10-11. Es un tema clásico de toda la literatura bíblica: cf. 2 S 1. 11). El Señor escoge la debilidad humana para que así brille su poder y su gracia (1 Co 1. 27).
La unción es el signo de esta elección. Como en el bautismo de Jesús (Mc 1. 10 y par.), también aquí desciende el espíritu sobre él de forma estable (v.13). Es el testimonio de fe de una comunidad que siempre considera a David como el elegido del Señor. 
Finalmente, Samuel se da cuenta de que el Señor quiere por rey a aquel en quien nadie pensaba: el hijo pequeño de Jesé, que estaba guardando el rebaño. La imagen del pastor para designar la misión del rey de Israel y la del Señor mismo entrará en la tradición de Israel y llegará al Nuevo Testamento.
La unción de David se presenta con unos efectos perennes. El Espíritu del Señor se apodera de David, no por un tiempo pasajero, como sucedió con Saúl, sino por siempre.

El responsorial: es el Salmo (Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 ) Fijémonos en la estrofa oracional: El señor es mi pastor, nada me falta. El salmo 22, comienza con una afirmación atrevida: "El Señor es mi pastor, nada me falta".
Dios como pastor (vv. 1-4)
Dios como anfitrión (v. 5-6).
El salmista habla en primera persona a lo largo de todo el poema y en la primera parte describe su experiencia bajo la solicitud y el amor de su pastor.
Con metáforas sacadas del mundo pastoril va enumerando las pruebas del exquisito amor del pastor hacia él, afirmando ya desde el principio que nada le falta porque Dios piensa en todo: verdes praderas, fuentes tranquilas, sendero justo: todo lo positivo y lo agradable de la vida se lo proporciona el pastor de quien se siente hondamente amado. Dios obra así "en honor de su nombre", es decir, para que su reputación de Dios bondadoso, grande en misericordia y rico en perdón, se manifieste y se viva. Dios no puede ser tildado de negligente o indiferente en lo que respecta a su pueblo y al bien de los suyos.
Frente a las dificultades y angustias de la vida, simbolizadas por las "cañadas oscuras", el salmista nada teme. Se fía del Pastor. Se encuentra en sus manos, y por tanto, ¿qué le puede suceder de malo? ¿no le protegerá el amor y la solicitud de su pastor?
"Tu vara y tu cayado me sosiegan". Una doble imagen que puede ser simplemente una redundancia, pero que igualmente pueden significar una defensa: la vara contra los animales, chacales, lobos, y el cayado como una guía que encamina y endereza e impide descarriarse. Así el salmista se siente protegido, seguro, feliz.
La descripción muestra con  claridad meridiana la bondad de Dios, su providencia, su atención solícita hacia aquellos que confían en él.
La tradición cristiana, desde los primeros tiempos, ha visto poéticamente en la mención de la vara y el cayado los dos brazos de la cruz de Cristo, el buen Pastor: así, por ejemplo, san Justino y san Zenón de Verona.
Siguiendo el tono simbólico, el salmista pasa del pastor guía y protector de sus ovejas, a la imagen del huésped espléndido o anfitrión que invita a un banquete.
Y este festín no lo hemos de imaginar como un momento o un día especial: el pensamiento del salmista lo ve como una cosa continuada, de cada día. Así como el pastor siempre se preocupa de sus ovejas, las guía y las alimenta, así ahora, igualmente, el mismo Dios, con la figura del huésped, favorece magníficamente a aquellos que se sienten amados por él, les regala con dones exquisitos. Por esto el salmista no ha imaginado otra cosa más expresiva que un banquete: una mesa preparada, un ambiente de alegría y de riqueza (ungüento para la cabeza, rebosar de la copa).
La mención de los enemigos la hace el salmista para recalcar la seguridad de aquél que es favorecido por Dios; así como antes hablaba de cañadas oscuras, ahora menciona a los enemigos, que son ya impotentes y se ven como derrotados viendo la suerte feliz de aquél a quien querían malherir o aniquilar.
Se habla del creyente como el  huésped de Dios, para expresar una experiencia de intimidad con Dios, utiliza dos imágenes universales: el pastizal... el festín... (el Pastor... y el huésped...). En los países en que la vida está en armonía con la naturaleza, este lenguaje es poético.
El tema del "Pastor" aparece constantemente, en la Biblia. Los judíos vivían en una civilización rural y hasta cierto punto nómada. Para un hombre cuyo rebaño es la principal riqueza, toda la vida está "polarizada" por su cuidado: encontrar verdes praderas, conducir a las ovejas al abrevadero, hacer reposar el rebaño bajo la sombra, conocer los senderos seguros y evitar los pasajes peligrosos, proteger con el bastón los ataques de las fieras. Dios es presentado como este "Pastor" diligente: Ezequiel 34 - Oseas 4,16 - Jeremías 23,1- Miqueas 7,14 - Isaías 40,10; 49,10; 63,11.
El tema del "huésped" es también universal. Cuanto más sencillas son las civilizaciones, más sentido de hospitalidad tienen los hombres. Cuanto más pobre, más generoso, ordinariamente. Aquí, la hospitalidad se resume en tres detalles concretos: la mesa con abundantes alimentos, la copa desbordante en la mano, el aceite perfumado que se echa en la cabeza para refrescar al visitante que llega, del sol abrasador.
En la Biblia, este tema se aplica también constantemente a Dios: el tema del Templo, considerado "Casa de Dios" en la que se quiere habitar, como los levitas, que tenían la fortuna de pasar su vida en la Casa de Dios. No olvidemos que el Templo de Jerusalén era el lugar de los sacrificios rituales: los animales inmolados, ofrecidos a Dios (asados al fuego, que simbolizaba justamente a Dios), eran cocidos, y distribuidos entre los fieles en forma de "comida sagrada". En Israel, la "mesa" y la "copa" no eran solamente un símbolo, eran realmente un festín sagrado.
El salmo nos presenta como realidad la intimidad con Dios. Sería grave, que los cristianos apareciéramos  como gente desesperada y triste, nosotros que tenemos el secreto fantástico de la plena alegría: la humanidad avanza hacia Dios, felicidad infinita. ¿Por qué no comenzar de inmediato? " Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor todos los días de mi vida". El clima árido "de la sociedad de consumo" lleva a muchos jóvenes y menos jóvenes a la búsqueda de "fuentes frescas". El hombre no vive solamente de pan ni de supermercados, ni de placeres... Hoy descubre alegrías más profundas. La experiencia de la "vida con" Dios hace parte de estas alegrías secretas: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta", cuando vivo esta experiencia.
Vuelta a la naturaleza. Es esta una de las aspiraciones del hombre moderno. Este salmo nos invita a mirar las praderas, las fuentes, los trabajos pastoriles: " El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas" , la mesa en que recibimos a los amigos, las casas que nos alojan. Muchas alegrías inocentes están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlas? ¿Por qué no proporcionarlas a los demás?
El salmo 22 ha sido muy frecuentemente comentado por los Padres.
Para  San Cirilo de Jerusalén es una profecía de la iniciación cristiana:  "El bienaventurado David te da a conocer la gracia del sacramento (de la Eucaristía),  cuando dice: "Has preparado una mesa delante de mis ojos, frente a los que me persiguen.  ¿Qué otra cosa puede significar con esta expresión sino la Mesa del sacramento y del  Espíritu que Dios nos ha preparado? Has ungido mi cabeza con óleo. Sí. El ha ungido tu  cabeza sobre la frente con el sello de Dios que has recibido para que quedes grabado con  el sello, con la consagración a Dios. Y ves también que se habla del cáliz; es aquél sobre el  que Cristo dijo, después de dar gracias: Este es el cáliz de mi sangre" (Catequesis Mistagógicas IV. PG 33, 1.101. 1.104).
San Ambrosio comenta el mismo salmo y le da la misma explicación:  "Escucha cuál es el sacramento que has recibido, escucha a David que habla. También  él preveía, en el espíritu, estos misterios y exultaba y afirmaba "no carecer de nada". ¿Por  qué? Porque quien ha recibido el Cuerpo de Cristo no tendrá jamás hambre. ¡Cuántas  veces has oído el salmo 22 sin entenderlo! Ahora ves qué bien se ajusta a los sacramentos  del cielo" (AMBROSIO DE MILÁN. Los sacramentos, 5. 12-13).
Así pues, el salmo 22 es considerado como una síntesis de la catequesis sacramental y ocupa un puesto importante en el rito de iniciación cristiana que se hacía en la antigüedad.  Hemos de citar todavía otros dos pasajes patrísticos en los que descubrimos la  preocupación pastoral que tenían los Padres.
San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en  alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus  necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen  Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la  sagrada doctrina" (GREGORIO DE NISA. PG 46 692). 
San Cirilo de Alejandría dice de este salmo que es  "el canto de los paganos convertidos, transformados en discípulos de Dios, que  alimentados y reanimados espiritualmente, expresan a coro su reconocimiento por el  alimento salvador y aclaman al Pastor, pues han tenido por guía no un santo como Israel  tuvo a Moisés, sino al Príncipe de los pastores y al Señor de toda doctrina en quien están  todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (CIRILO DE ALEJANDRÍA, PG 69, 840).


La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 5, 8-14) y forma parte de la última sección de Efesios, que como tantas otras cartas de la tradición paulina, está dedicada a la práctica de la vida cristiana. Y también como es frecuente, se fundamenta en la actuación del cristiano en temas fundamentales. Son como recuerdos de la condición fundamental en que estamos para animar a vivir en la realidad conforme a ella.
La intención de este párrafo es motivar a los cristianos a esas conductas. Han de ser conscientes de lo que son. La práctica ha de corresponder a la teoría, pues no hay dicotomías entre los distintos aspectos de la persona, so pena de caer en la incoherencia. Entre otras cosas, Cristo ha venido para hacernos ver cómo la ética, el comportamiento humano concreto, está integrado en los planes de Dios acerca del hombre. Por tanto, quienes dicen aceptar esos planes, lógicamente también han de preocuparse de que esa aceptación no se quede en una mera palabrería.
Por medio de dos imágenes contrapuestas, tinieblas-luz, Pablo -como eco de lo que antes llamaba hombre viejo y hombre nuevo- insiste a los creyentes para que tomen conciencia de lo que son y se decidan a obrar según su estado. Tinieblas y luz indicarían dos posibles maneras de ser, opuestas y excluyentes entre sí, como la noche y el día, oponiendo lo que estos hombres eran y lo que ahora son. La luz, que brilla, ilumina y se esparce, hace pensar en las obras buenas, en el fruto «lleno de bondad, honradez y sinceridad» (v 9). También las tinieblas son operantes, pero sus obras son «estériles» (11), hechas "en secreto" y de las que da vergüenza hablar (12). Que los cristianos se guarden de mezclarse en las obras de la oscuridad, aunque sea para criticarlas y oponerse a ellas.
Antes, también ellos eran tinieblas, pero ahora son luz, aunque no han sido ellos los que se han convertido, sino la luz misma la que los ha iluminado y hecho suyos. Es decir, la imagen de la luz indica lo que son: la obra de Cristo en ellos (13s). Son luz, no debido a su voluntad, sino a Cristo que los ha transformado.

El evangelio de hoy de san Juan (Jn 9, 1-41), nos sitúa ante la mirada de Jesús: "Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento" (Jn 9, 1). Admiremos una vez más esta capacidad que tiene Jesús de vernos pasar. En el relato de San Juan se advierte hasta qué punto la escena se ha grabado profundamente en el espíritu de los apóstoles y ha renovado su manera de observar a los otros y de observarse a sí mismos. Y más especialmente su observación del pecado y de los pecadores.
Un hombre ciego de nacimiento, al borde del camino. Un marginado. Y la pregunta de los discípulos, que da por descontado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de alguien: "Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?" Era la ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se le atribuían indirectamente: alguien que había pecado individualmente había provocado contra sí mismo o contra sus descendientes la ira divina. Así no había que preocuparse demasiado por los sufrimientos de los demás: siempre se debía a algún oscuro pecado.
Jesús le atiende: "[Jesús] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa 'Enviado')".
Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo, simbolizada por el barro,. Y lo manda a lavarse en la piscina del Enviado. Esto es, le ofrece un proyecto de hombre, el hombre que vive preocupándose, por amor, de la felicidad de los demás; ese proyecto es Jesús mismo -su saliva, su barro-, que es la luz del mundo. Se lo pone en los ojos y lo invita a descubrirlo y a aceptarlo libremente. Y el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce: "Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos... preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y mendigaba?... Él afirmaba: Soy yo". Ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la tiniebla lo va a intentar.
Los fariseos, los ideólogos religiosos de aquel tiempo, los que se sentían responsables de conservar la fe y las tradiciones recibidas, empezaron a cavilar: ¿Cómo es posible que un hombre que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías?
Atacan virulentamente: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar clarísimo: «Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver...»; después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que el que lo había curado era un pecador y, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: "Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador". Y como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo declaran fuera del pueblo de Dios: "Empecatado naciste tú de arriba abajo... Y lo echaron fuera". Al no someterse, lo marginan.
Cuando el hombre aquel ha asumido su nueva realidad con firmeza, después de haber sido expulsado de su religión y haberse mantenido firme, Jesús sale a su encuentro y se da a conocer. Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: "Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: " ¿Crees tú en el Hijo del hombre?". Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta:"Creo, señor». Y se postró ante él" .
 Termina el capítulo con una fuerte acusación a los dirigentes religiosos de Israel. El relato comenzó con la negación de la relación entre la ceguera física y el pecado, y concluye con la afirmación de que la ceguera del corazón sí que es causada por el pecado.
Jesús vino a traer la luz a los que son conscientes de no ver: a los que se reconocen pecadores y necesitados de salvación- liberación; y la ceguera a los que creen que ven, como los fariseos. Su misión no es la de juzgar a la humanidad, pero con su mensaje y su vida denuncia las obras perversas del "mundo" y obliga a definirse. Quienes estén a favor del bien del hombre, estarán a favor de Jesús; los que busquen sus intereses y privilegios, se le pondrán en contra. Y resulta que los que buscan el bien de los demás son los pobres..., los que el "mundo" cree "que no ven"; mientras que los "que ven" andan afanados, preocupados de sí mismos... Jesús "ha venido a este mundo para que los que no ven vean y los que ven se queden ciegos". Palabras duras y verdaderas para todas las épocas de la historia. ¡Cuándo descubriremos que es necesario ser pobre para evangelizar y dejarse evangelizar! Y no olvidemos que no se es pobre por decirlo, como tampoco cristiano.
En las actitudes que con relación a Jesús han adoptado el hombre que recobró la vista y los fariseos se reflejan los dos caminos que seguirán los hombres. Los que vivan en la ilusión de tener buena vista, de poseer el debido conocimiento de Dios y de sí mismos..., mientras explotan y engañan al pueblo con falsas ideas y doctrinas, estarán cada vez más ciegos, Ios que sean conscientes de sus limitaciones y pecados... verán cada vez mejor la realidad como es.
Los fariseos que se encontraban presentes se sintieron aludidos por las palabras de Jesús, y le preguntan entre indignados e irónicos si también a ellos los cuenta entre los ciegos a quienes debe prestar ayuda para que recuperen la vista. Es una pregunta que delata incredulidad y autosuficiencia.
Con su respuesta Jesús afirma que no es pecado ser ciego, pero sí lo es el no querer abrir los ojos, el serlo voluntariamente, rechazando toda evidencia. Los dirigentes no sólo no quieren ver, sino que imponen sus mentiras como verdades. Son ciegos voluntarios que buscan cegar a los demás. No obran inconscientemente, saben muy bien lo qué pretenden. Van a quedar definitivamente ciegos. ¿No es éste el pecado "contra el Espíritu Santo"? (Mt 12,31-32).

Para nuestra vida.
La primera lectura nos presenta los inicios del rey David. Las figuras bíblicas son de carne y hueso y no de cartón como tantas veces nos han presentado a los santos. David es un ser contradictorio con grandes defectos, pero también con grandes cualidades: guerrero que recurre al pillaje, pero incapaz de clavarle la lanza a Saúl que le persigue con ánimo de matarle, adúltero con alevosía, pero hombre íntegro que sabe reconocer su culpa y pedir perdón, político de grandes miras, y a la vez astuto y cicatero negociador con el filisteo... David todo lo hace a lo grande, con entusiasmo, con pasión, poniendo la carne en el asador... Es cierto que sus etapas de luz fueron mas numerosas que las de sombra, pero cuando se equivocó supo reconocerlo con humildad.

En el  responsorial vemos al salmista, creyente en Yahveh, que se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar...
Dios, el gran protagonista del salmo, se nos describe con los colores más hermosos que puedan representar la bondad, la providencia, la ayuda, la generosidad, la esplendidez. Dios no deja nada de lo que pueda contribuir al bien, a la alegría, a la paz de sus fieles. Por esto el salmista confiesa, agradecido, que la bondad y la misericordia del Señor le acompañan siempre, todos los días de su vida. Constata su situación de privilegio, ,  sentirse amado por Dios, y plenamente consciente de sus favores, de su predilección.
Y de la misma forma, por su experiencia de un Dios tan inmensamente bueno y providente, se siente seguro de aquella bondad que ha experimentado siempre, y prorrumpe en una afirmación llena de fe y de esperanza: "habitaré en la casa del Señor por años sin término".
Solamente el espíritu cristiano puede comprender la profundidad de esta mención de la eternidad feliz. El salmista la ignoraba del todo en su tiempo, y por esto lo que él veía y pretendía era la certeza de vivir junto al templo del Señor hasta el final de sus días. Nada le separa del templo, nada le alejara de aquella intimidad, de aquella experiencia de un Dios que él mismo calificó de pastor y de huésped.
Nuevamente la antigua tradición cristiana leyó algunas veces esta segunda parte del salmo en clave sacramental: la mesa preparada sería la eucaristía; el ungüento o la unción en la cabeza significaría la unción del Espíritu, la confirmación; las cañadas oscuras de antes (sombras de muerte) eran imagen del bautismo, ser sepultados con Cristo. Todas estas gracias sacramentales harán que el cristiano tenga siempre vida eterna, ahora ya en este mundo, y luego, para siempre, en la gloria.

En la segunda lectura  San Pablo siente la dificultad de conseguir que otros piensen y vean las cosas como él las piensa y las ve. Experimenta la dificultad, mejor imposibilidad, de transmitir el propio conocimiento del misterio de Cristo. Es decir, no puede, por más que insista, hacer ver a los creyentes lo que él -por gracia- ha visto y vivido. Así, las imágenes de tinieblas y luz, en lugar de ser un juicio sobre la conducta de los hombres, representan un recurso de Pablo para mostrar a los cristianos que lo que les pide no es sino lo que ellos, en el fondo, desean y buscan en todo momento, aunque no siempre lo consigan: vivir como personas sensatas y no como necios, como inteligentes y no como insensatos, no a base de vino y lujuria, sino por el Espíritu. Por eso, que eviten las obras malas, como rechazan las tinieblas, y busquen obrar el bien como son atraídos por la luz. Una llamada, en fin, a la propia conciencia de cada uno, para que caigan en la cuenta de que Pablo no les pide sino lo que siempre han buscado, el bien, y para que se decidan con esfuerzo a practicarlo.
Consejos paulinos muy importantes y necesarios en nuestras comunidades y vida personal.

En el evangelio nos encontramos con un ciego de nacimiento al Jesús cura. Las dificultades que rodean al ciego en su experiencia de iluminado son, por otro lado, indicativas de situaciones paralelas en nuestras vidas: el cristiano se encuentra fácilmente con reacciones de admiración, de contradicción, de exclusión, de interrogación, incluso de desconocimiento ("No es él, pero se le parece"). Hace falta toda la convicción de la fe para mantener el testimonio, y únicamente dejándonos iluminar más y más por el Señor conseguiremos llevar una vida luminosa.
Esta luz es frágil, también en nuestros tiempos. La Cuaresma es el tiempo propicio para alimentarla: con la Palabra de Dios, con la contemplación personal, con los sacramentos de la Eucaristía y de Penitencia.
La acusación de los fariseos a Jesús nos motiva a hacernos algunas preguntas. ¿Es lícito o no curar en sábado? A nosotros la pregunta nos hace reír. Pero, si insertamos la pregunta en un contexto contemporáneo (cualquier orden establecido). ¿Se puede hacer el bien cuando su ejecución tropieza con el orden establecido? Dar de comer al hambriento, socorrer al que necesita ayuda, dar albergue al forastero, son otras tantas obras de misericordia. Son "obras buenas". Pero si el hambriento o el que nos pide ayuda o posada resulta ser enemigo del orden establecido, la obra de misericordia nos convierte en cómplices ante la ley. ¿También el bien debe hacerse sólo dentro de un orden? La ambigüedad de esta situaciones, más frecuentes de lo que sería deseable, fuerza al creyente a radicalizar la cuestión.
¿Sólo es justo lo que la ley permite o debe ser la ley la que se atenga a lo que es justo? ¿Hay que hacer el bien dentro de un orden? ¿Y quién decide ese orden? Para los creyentes la respuesta es tan sencilla como comprometida la responsabilidad. Para el creyente el primer orden es el establecido por Dios. Cualquier otro orden al margen o en contra del orden divino es puro desorden legalizado. Porque un creyente no puede aceptar de ninguna manera que una autoridad (sea política o eclesiástica) intente desautorizar la autoridad soberana de Dios. Y de Dios hemos recibido el imperativo: haced el bien a vuestros enemigos, a los que os persiguen y calumnian.
Jesús fue, sin duda ninguna, un hombre absolutamente libre, un hombre que rompió todos los esquemas de su tiempo y todos los esquemas de los tiempos que le sucedieron. Concretamente en el terreno religioso fue un judío que "sin abolir la Ley, sino dándole su cumplimiento", dio en su entorno y para la posteridad una lección clarísima de cómo deben entenderse las relaciones con Dios.
Difícilmente encontraremos en el Evangelio normas ni reglamentos sino más bien actitudes; metas altísimas que estimulan al hombre y lo lanzan hacia un Dios Padre que está atento no a la letra sino al Espíritu.
Por eso ni Jesús ni sus discípulos guardaban el sábado, porque sabiamente opinaban que no era el sábado para el hombre sino el hombre para el sábado; ni hacían las abluciones rituales antes de comer porque no es lo que el hombre toca sino lo que el hombre alberga en su interior, lo que lo hace puro o impuro. Por eso a Jesucristo no le importa comer con los oficialmente "pecadores" -porque eran ellos y no los "buenos" oficiales los que lo buscaban y lo necesitaban imperiosamente- y no le importaba que una Mujer como Magdalena -que había amado tanto- regara con sus lágrimas de mujer, consciente de sus pequeñeces, los pies que no habían sido lavados por el anfitrión, y no le importó que aun cuando la ley mosaica mandaba lapidar a las adúlteras "in fraganti", aquella adúltera que estaba delante de El saliera como nueva sin recibir ni siquiera un reproche de sus labios. Por eso no le importó calificar a los fariseos con los más rotundos epítetos que encontramos en su léxico y llamar "zorro" a Herodes. No le importó hacer todo eso porque Jesús era, fue, un hombre absolutamente libre que no conocía más que una norma: hacer la voluntad de su Padre, un Padre que es fundamentalmente espíritu. Y, por eso, a los suyos, cuando les dice que llegará un día en que los dejará, les promete enviarles no un Código para que sepan exactamente lo que tiene que hacer en cada momento sino el Espíritu que soplara donde quiera y de la manera más extraordinaria y hará el milagro de convertir a aquellos hombres vulgares y corrientes en hombres libres dispuestos a todo.
Pero al filo de estas consideraciones podríamos preguntarnos si los cristianos damos a los que no lo son la sensación de que somos hombres maduros o más bien parecemos niños pequeños necesitados siempre de atención y consejo. Si damos la sensación de hombres capaces de autonomía o de ciegos o tullidos que necesitan siempre la mano de otro para que nos diga por dónde tenemos que andar. Sería cuestión de pensarlo seriamente y dar respuesta sincera a la luz de la actuación de Jesús en el evangelio de hoy.
Dejemos que Jesús cuide nuestra mirada. Cristo está aquí. En su mano tiene el lodo que proporciona la salud. Y la misteriosa piscina de Siloé está representada por el cáliz con el agua y sangre  que brotaron del costado del Crucificado. Todo está dispuesto para la salvación, para la iluminación. Y he aquí que también nosotros, los ciegos de nacimiento, estamos presentes. Pero ¡con qué facilidad el pecado vuelve de nuevo a enturbiar nuestra vista! Los enigmas de la vida, la confusión de los acontecimientos mundiales, las angustias y contratiempos de nuestra propia existencia nos acongojan. Vemos el poder de las tinieblas y la debilidad de los buenos, y no lo acabamos de comprender. Es que no penetramos hasta el fundamento de la historia, que es donde actúan las manos creadoras del amor divino. Demasiadas veces caminamos como ciegos, no viendo la realidad como Dios quiere que la veamos.
No olvidemos que lo Jesús, por mucho que nosotros nos empeñemos, no es una religión, ni lo será por muchos esfuerzos que nosotros hagamos para deformar sus enseñanzas. Lo de Jesús no es una religión y por eso la gente religiosa, cuando lo veía actuar, sentenciaba sin rubor: «no viene de Dios». Y lo que viven muchos cristianos -de todos los tiempos y lugares- tampoco es una religión; por eso hay muchos religiosos que, a estos cristianos, les llaman ateos, comunistas (ahora habrá que buscarles un calificativo nuevo), y otras lindezas por el estilo.
La religión (toda y cualquier religión) es cómoda; nos deja tranquilos y contentos, no nos crea apenas problemas, o son de fácil solución; lo tiene todo previsto y regulado y no hay que hacer más que seguir las normas, cuanto más al pie de la letra, mejor. Ser cristiano complica la vida; se nos puede llegar a llamar de todo: que no venimos de Dios, ateos, rojos, revolucionarios, que nos metemos en política, que no somos piadosos... Complica, pero merece la pena.
También  el texto del evangelio nos plantea la realidad del pecado. La mirada que los contemporáneos de Cristo dirigen a las personas es una mirada que juzga. ¿Es diferente la mirada que nosotros dirigimos a nuestros contemporáneos? En el momento mismo en que negamos el pecado. (¿Acaso, según el pensamiento moderno, no nos encierra en un universo mórbido y destructivo? ¿La libertad a la que el hombre tiene derecho no exige la liberación de las reglas y de los tabúes al mismo tiempo que la negación de todo valor?). Clasificamos a los hombres en buenos y malos, justos e injustos, pecadores y sin pecado. Nos presentamos como justos ante los demás. Me hago el justo ante mi parroquia cuando desdeño todas las iniciativas. Los que frecuentamos tal o cual grupo, quienes vivimos en tal o cual corriente, sabemos bien qué mediocre y carente de impulso es la parroquia. ¡Sólo van unos cristianos sociológicos, adeptos a la misa de once. Y además llegan tarde!".

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

Lecturas del IV Domingo de Cuaresma 26 de marzo de 2017

PRIMERA LECTURA
David es ungido rey de Israel
Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor le dijo a Samuel:
—«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey».
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó:
—«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido».
Pero el Señor le dijo:
— «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los
hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón».
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
—«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor».
Luego preguntó a Jesé:
—«¿Se acabaron los muchachos?».
Jesé respondió:
—«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas».
Samuel dijo:
—«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:
—«Anda, úngelo, porque es éste».
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.
Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)
R. El señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R.

SEGUNDA LECTURA
Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.
Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de luz-, buscando lo que
Añadir leyenda
agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta, tú que duermes,
levántate de entre los muertos,
y Cristo será tu luz».
Palabra de Dios.

Aleluya Jn 8,2b
Yo soy la luz del mundo
–dice el Señor–;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.


EVANGELIO
Fue, se lavó, y volvió con vista
Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
—«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?».
Jesús contestó:
—«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
—«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
—«¿No es ése el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
—«El mismo».
Otros decían:
—«No es él, pero se le parece».
Él respondía:
—«Soy yo».
Y le preguntaban:
—«¿Y cómo se te han abierto los ojos?».
Él contestó:
—«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».
Le preguntaron:
—«¿Dónde está él?».
Contestó:
—«No sé».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
—«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
—«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
—«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
—«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
—«Que es un profeta».
Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
—«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
Sus padres contestaron:
—«Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».
Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
—«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
Contestó él:
—«Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo».
Le preguntan de nuevo:
—«¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?».
Les contestó:
—«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?».
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
—«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene».
Replicó él:
—«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
Le replicaron:
—«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
—«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
—«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús les dijo:
—«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es».
Él dijo:
—«Creo, señor».
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
—«Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos».
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
—«¿También nosotros estamos ciegos?».
Jesús les contestó:
—«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».
Palabra de Dios.

lunes, 20 de marzo de 2017

Las lecturas son  un conjunto de textos seleccionados en función del Evangelio, que es el texto fundamental que guiará toda la celebración. La idea clave del conjunto es "JC ofrece el Don de Dios que llega al corazón del hombre".
La imagen central es el don del agua al sediento (1a lectura y evangelio) y las realidades significadas son la Palabra de Dios que conduce a la fe (salmo y evangelio) y el Espíritu derramado en el corazón de los hombres (2a lectura y evangelio) Desde el punto de vista del corazón humano, se hace una descripción de sus tinieblas: falta del sentido de Dios (1a lect.), endurecimiento del corazón (salmo), enemistad, amor descarriado; pero también de su capacidad de apertura y de deseo de verdad (evang). La centralidad de Jesús en el conjunto es clara: es el gran protagonista. Se presenta en la totalidad de su persona. Es capaz de cansarse, de sentarse fatigado y rendido a mediodía, de tener sed... y al mismo tiempo capaz de anunciar el don mesiánico del Espíritu, fruto de su resurrección, y de presentarse como la plenitud de adoración del Padre.
Lo que más caracteriza este domingo tercero, sobre todo en este ciclo A, es el comienzo de los tres evangelios de Juan con temática bautismal: agua, luz y vida (samaritana, ciego y Lázaro), que tradicionalmente han servido para motivar y valorar el camino bautismal de los catecúmenos o también de la comunidad cristiana en su recorrido cuaresmal hacia la Pascua.
Son evangelios de claro contenido cristológico, con su revelación progresiva hacia el "yo soy". Vale la pena que los tres domingos, empezando por el de hoy, se lean enteros los pasajes de Juan, lenta y expresivamente.
 
La primera lectura  del libro del Exodo (Éx 17,3-7) tiene una estructura muy sencilla: ante la dificultad, la falta de agua (v.1), el pueblo protesta contra Moisés y contra Dios (v. 2) tergiversando así el sentido de la salida de Egipto (v. 3). Moisés suplica (v. 4) y Dios ordena golpear la roca del Horeb (vv. 5-6); Moisés ejecuta lo ordenado y da nombre al lugar (v. 7).
La queja es el elemento constante en todos estos versículos: "murmuran" (v. 3), "riñe" con Moisés y "tienta" al Señor. Con murmuración y protesta se abre y se cierra el relato, de ahí el nombre dado al lugar: "Meribá"=riña, altercado o querella, y "Massa"=tentación (v. 7). Israel tergiversa su salida al interpretar su liberación como una salida hacia la muerte. Es la ofuscación del pueblo ante el peligro.
Moisés, agente de la liberación, es el que sale peor parado: "poco falta para que me
apedreen" (v. 4). Moisés es el auténtico líder que comparte con el pueblo las dificultades y tiene que soportar, además, sus quejas. Por eso a veces se queja de que el pueblo le trate mal, pero siempre acaba intercediendo por él (v. 4).
La pregunta clave que marca el texto es clara:¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" (v. 7Lo que era sólo una insinuada duda en el relato de Abrahan).¿y si todo fuera una mera ilusión?, aquí es una pregunta abiertamente formulada por el pueblo que camina hacia la tierra prometida, hacia la salvación. Una diferencia patente salta a la vista entre los dos relatos: Abrahan se fía a pesar de que la promesa es solamente una realidad futura, mientras que el pueblo de Israel duda y eso tras experimentar la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud.
 
El responsorial es el Salmo 94  (Sal 94,1-2.6-9), salmo que  refiere la rebelión en el desierto y nos advierte de no endurecer nuestro corazón como en ese momento los israelitas.  Este Salmo nos invita a inclinarnos ante Dios que es nuestro Dueño. 
Invitación a escuchar a  Dios: “Ojalá escuchéis hoy la voz del señor: «no endurezcáis vuestro corazón».
Este salmo se  divide en dos partes, versos 1 y 2, es un himno de alabanza al Señor Dios  Creador del mundo y protector de Israel y  profecía divina sobre la  incredulidad e indocilidad de los israelitas, versos 6 y 9.
 En la primera parte  se destaca el carácter litúrgico procesional del himno, que ha sido compuesto  para alguna festividad religiosa solemne.
El salmista  invita a no imitar a la generación perversa del desierto. En el transcurso de la procesión,  un levita invita a no ser rebeldes como los antepasados, que excitaron la ira de Yahvé en el desierto.
En la versión de los LXX, también  este salmo es adjudicado a David, y así es aceptado por el autor de la  Epístola a los Hebreos: “Por eso,  como dice el Espíritu Santo: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros  corazones como en la querella, el día de la provocación en el desierto”  (Hebreos 3, 7-8). Las nuevas generaciones que volvían del exilio  estaban defraudadas con los modestos comienzos de la restauración, muy  diversos de las idealizaciones proféticas de Is 40-52. El salmista parece  responder a este estado de descontento y depresión nacional.
El salmista aprovecha la  ocasión de una asamblea solemne para invitar al pueblo a tomar parte en esta  manifestación gozosa de reconocimiento al Señor. En primer lugar, es digno de toda alabanza por ser el Creador:  “¡Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; “entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios,!”, que a su vez está por encima  de todos los dioses o seres angélicos, que constituyen su corte de honor: Porque el  Señor, el Altísimo, es Rey grande sobre la tierra toda”.  (Salmo  47,  3). Todo le pertenece desde las profundidades de la  tierra a las cimas de los montes, el mar y la tierra seca: Del   Señor  es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe y los que en él habitan;  que él lo fundó sobre los mares, él lo asentó sobre los ríos”.  (Salmo  24, 1-2). Todo es obra de sus  manos. El ser humano no puede explorar las profundidades de la  tierra ni las del mar, sólo el supremo  Hacedor puede llegar hasta sus escondites.
El poeta, dramatizando el canto  procesional, invita a oír la voz de Dios y a mostrarse más dóciles que la  generación del desierto. “Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; ». Una  voz profética quiere prevenirlos contra la exigencia de tentar a Dios pidiendo manifestaciones  asombrosas, como hicieron los antepasados en las estepas sinaíticas. Estos, a  pesar de haber sido testigos de los prodigios al salir de Egipto,  exigieron  un milagro en Meribá y en MasaAmbos nombres son simbólicos; el primero significa  “querella,” porque en Refidim se “querelló” Israel al  Señor porque no les daba agua. Y allí hizo un milagro, proporcionándoles agua  de la roca: “y  acamparon en Refidim, donde el pueblo no encontró agua para beber. El pueblo  entonces se querelló contra Moisés, diciendo: Danos agua para beber.”  (Éxodo 17, 1-2). El mismo milagro volvió a repetirse en la  zona de Cades. Masa significa  “tentación,” porque los israelitas “tentaron” al  Señor reclamando un milagro: “cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras” de salvación  de la esclavitud del Faraón”. Esta actitud de desconfianza y rebeldía  persistió durante los cuarenta  años de estancia  en el desierto. El resultado fue que Dios se disgustó de esta generación y  decidió que no entrara en la tierra de  Canaán.
Fueron por ello  excluidos de la tierra de promisión, el reposo conferido por Dios a los hijos de  Israel. El salmista recuerda esta trágica historia para que sus  contemporáneos se guardaran de tentar a  Dios como la generación del desierto, para no ser reprobados como estos  desdichados antepasados. La invitación es puesta en boca de Dios para  impresionar más en la concurrencia.
Al repetir hoy, en el Salmo responsorial de la Misa, “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 94), formulemos el propósito de no resistirnos a la gracia, siendo siempre muy sinceros.
 
La segunda lectura es de la carta a los romanos (Rom 5,1-2.5-8 ), en ella se describe el proceso del pensamiento de Pablo: partiendo de la experiencia presente (vv. 1-2) de la paz, de la gracia y de la esperanza, descubre en ella dos signos del amor eterno de Dios (vv. 3-8): la morada del Espíritu en nosotros y la muerte por nosotros del Señor Jesús.
Rom. 5, 1-11, en su conjunto, es una exhortación y motivación a la esperanza, partiendo de los hechos ya acontecidos y que fundamentan esa actitud. Por eso predominan en el texto los pasados, comenzando por la primera palabra y continuando hasta el final con la consideración de la obra de Cristo por nosotros.
La primera afirmación de Pablo es la de nuestra justificación mediante la fe (v. 1).
Entre los frutos actuales de la justificación adquirida por Cristo, Pablo menciona la paz y la gracia (v. 2a).
La paz sucede al estado de enemistad en la que pagano y judío estaban sumergidos antes de Cristo
La paz entre judíos y paganos es uno de los "leitmotiv" de la carta a los romanos.
Los cristianos de Roma están divididos en dos iglesias que no llegan a hacer las paces entra sí. Sin duda, cada cual tomó su propio partido remitiendo esta paz a las calendas griegas cuando Dios conceda al hombre su justicia. Pablo reacciona contra esta mentalidad aún demasiado judía; la justicia de Dios ya ha sido dada y por tanto la paz debe ser ya buscada y vivida porque es el fruto de la mutua conciencia de nuestra justificación en Jesús.
Pablo quiere que las dos Iglesias no sean más que una y que judíos y paganos se den cuenta de que son tan pecadores los unos como los otros (cap. 1-4) y por tanto gratuitamente reconciliados con Dios por Cristo (cap. 5 y sgs.); por tanto, no deben esperar ya la mutua paz del justo, sino que deben vivirla inmediatamente.
Pero el goce de los bienes presentes acarreado por la justificación queda, a su vez, superado por la esperanza.
Leyendo el v. 8 podría incluso creerse que la fe es superada por la esperanza, porque el apóstol mantiene sobre todo la tensión escatológica de la fe y la justificación. La fe, acto de Dios, es en nosotros certidumbre de la gloria.
Sin embargo, esta esperanza de gloria pone muy de relieve la distancia que separa todavía al cristiano en el mundo y la gloria cuya manifestación espera. Los judíos expresan fácilmente esta distancia entre el presente y el futuro hablando de tribulaciones y de las persecuciones que serán la nota característica del paso de un estado a otro. Tras este tema se oculta la dolorosa depuración que produce siempre la trascendencia. La prueba experimentaDa aquí abajo, cuando se vive de un alto ideal, pone primero en juego la existencia misma de la fe en ese ideal: la virtud de constancia la mantiene en actividad (v.3). Pero el tiempo y su extensión están expuestos a poner a prueba la solidez de la fe: la "virtud sometida a prueba" viene en apoyo de la esperanza para ayudarla a mantenerse firme a pesar y por encima de todo (v. 4). Pero ¿qué pueden unas simples virtudes como la constancia y la solidez si el Espíritu mismo de Dios no le sitúa dentro de unas relaciones personales indisolubles con el Padre? (v. 5).
 
El evangelio  de San Juan (Jn 4,5-42) puede dividirse en cinco secuencias. (vs. 5-6). Diálogo Jesús-mujer en ausencia de los discípulos, quienes se habían ido a la ciudad a comprar alimentos (vs. 7-26). Vuelta de los discípulos y la mujer deja entonces el cántaro y se va a la ciudad a hablar con la gente (vs. 27-30). La gente deja la ciudad y se pone en camino hacia Jesús Diálogo Jesús-discípulos mientras la gente viene de camino hacia Jesús (vs. 31-38). Llegada de la gente creándose una situación nueva (vs. 39-42).
(vv. 5-6)S describen el lugar. Todas las indicaciones están en función de lo que vendrá después. Todas son importantes, pero su razón de ser no la percibimos hasta más adelante: Samaría, pozo de Jacob, cansancio, sentado, sobre mediodía.
(vv. 7-26) presenta dos personajes: Jesús y la mujer a solas. No tienen más conocimiento inicial el uno del otro que el de su origen judío y samaritano respectivamente. Un conocimiento que en vez de unirlos los separa y enfrenta. Desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total. Expresión de esta escisión: templos diferentes, recensiones diferentes de la Torá o cinco libros de Moisés. Podemos decir que, inicialmente al menos, no dialogan personas individualizadas sino personajes-tipo que ilustran tradiciones y concepciones diferentes y enfrentadas.

Pero ambas tienen una necesidad común, cuyo símbolo es el agua. Desde el primer momento Jesús cuestiona el agua samaritana y lo hace en nombre de otra agua, que sin embargo tampoco es judía. El texto nos presenta un triángulo judío-samaritano-jesuano. Cada uno tiene sus símbolos. Judea, el templo de Jerusalén; Samaría, el de Garizín; Jesús, el aire (La misma palabra griega significa aire y espíritu). Frente a judíos y samaritanos, Jesús ilustra una concepción distinta de Dios. En términos del diálogo: Jesús trae el don de Dios, el agua viva que aplaca la sed. Y la aplaca porque la fuente es mejor y además se encuentra dentro del que bebe. Hay una contraposición, no perceptible en la traducción litúrgica, pero sí en el original, entre el pozo de Jacob y el pozo existente dentro del que bebe el agua que Jesús trae. El pozo de Jacob tiene un agua contaminada: en él beben personas y animales. (Ironía y simbolismo del cuarto evangelista). El agua que Jesús trae es viva, es decir, limpia y cristalina. Pero para hacerse acreedora a ella, la samaritana tiene que salir de su Torá (los cinco maridos, los cinco libros de Moisés de la recensión samaritana) y de sus otros ritos religiosos (sexto hombre: desde siempre Samaría había cultivado un sincretismo judío-pagano). Tiene que salir y venir adonde está Jesús (lo espacial, de dónde, aquí, ir, adonde, salir, juega un papel simbólico muy importante en todo el relato). Jesús es el nuevo templo. En él es posible un tipo de vida religiosa que no lo es ni en Jerusalén ni en Garizín. Una vida cuyo símbolo es la movilidad, gracilidad y libertad del aire. En términos del diálogo: una vida en "espíritu y verdad".
Jesús, sentado junto al pozo, dialoga con la samaritana "hacia el mediodía". A esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14. Es la hora de la matanza de los corderos a manos del personal encargado del Templo. Todo en el cuarto evangelio está orientado hacia la Pascua, hacia el Cordero glorificado en su misma muerte. "Yo soy, el que habla contigo".
(vv. 27-30)son versos puente, cuya única función es preparar la secuencia siguiente. Es importante la salida de la gente para acudir adonde está Jesús.
(vv. 31-38) describe una secuencia-comentario de la salida de la gente y de su puesta en camino para acudir adonde está Jesús.
El autor concibe las secuencias 3 y 4 desarrollándose simultáneamente. La gente saliendo de la ciudad y acudiendo adonde Jesús está son los campos dorados. Es una secuencia alegre, con la alegría de la cosecha que llega. Atrás quedan el trabajo y el cansancio del sembrador. Donde la traducción litúrgica habla de sudar, el texto original habla de cansarse.
Es el cansancio del que se ha hablado en la primera secuencia y que ahora vemos que era también un símbolo. Jesús trae agua limpia, está construyendo un nuevo templo. Es la tarea y la obra que tiene encomendada, su alimento, su razón de ser. Los discípulos (en el cuarto evangelio sinónimo de cristianos) son los encargados de continuar la obra siempre inacabada, porque Jerusalén y Garizín no son antisignos del pecado, sino antisignos que nunca acaban de dejar de existir.
(vv. 39-42) Los samaritanos llegan adonde está Jesús y le piden que se quede con ellos. El autor amplía o limita la estancia de Jesús a dos días, tal vez porque quiere que el lector sitúe el siguiente relato en el marco del tercer día, el día de la resurrección según la tradición sinóptica. De hecho el siguiente relato habla de la curación de alguien que está para morir. Se trata probablemente de un ordenamiento muy intencionado para ilustrar que el mundo de Jesús no lleva a matar sino a hacer vivir, cobrando así todo su sentido la afirmación final de los samaritanos: "sabemos que él es de verdad el salvador del mundo".
 
Para nuestra vida.
La primera lectura nos sitúa ante el duro caminar del pueblo hacia la liberación -como en todo caminar humano- siempre surgen dificultades. Es lo más normal, ya que la liberación es un bien, pero difícil de alcanzar, por eso la dificultad y el riesgo son sus eternos acompañantes. La historia de la humanidad contemporánea, en su lucha por obtener la libertad, es un buen testigo de esta afirmación.
La actitud correcta del pueblo ante el riesgo y el peligro debería ser el tratar de superarlos, pero no ocurre así, sino que se dedica a hacer lo más fácil: protestar.
El pueblo tienta a Dios desafiándole a que dé pruebas (signo evidente de su inmadurez en la fe). Aquí tentar a Dios es dudar de él, no fiarse a pesar de las pruebas que les ha ido dando hasta entonces. ¡Han experimentado en su carne la liberación de la opresión y ahora van diciendo que Dios los ha sacado para morir en el desierto! Reflexiones.
"¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" A la duda del pueblo responde, con su presencia, Dios haciendo eficaz la acción de Moisés. De la roca de Horeb mana un agua corriente y viva que calma la sed y es presencia salvadora (v. 6). Pablo nos dirá que esta roca es Jesús (1 Co 10. 4), presencia de Dios salvadora, fuente de agua cristalina que calma la sed de todo hombre (Jn 4. 13ss;...). Y los cristianos muchas veces tentamos al Señor abandonando la fuente de agua viva y cavándonos en su lugar aljibes agrietados incapaces de retener el agua (Jr 2. 13; 17. 13...).Y demasiadas veces nos hacemos la misma pregunta: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?"
La murmuración y la queja son los eternos acompañantes de toda liberación. ¡Amamos más la seguridad con esclavitud que la libertad con riesgo! -Moisés, líder, es el que sale peor parado, ya que debe compartir las dificultades del pueblo y cargar con sus quejas.
El pueblo de Dios, liberado de la esclavitud opresiva de Egipto, tendría que pasar por otras esclavitudes no menos primarias y fundamentales antes de llegar a la tierra de la libertad. Habrían de pasar por el desierto, que es desarraigo y desamparo, carencia y enfermedad, hambre y sed, duda y tortura, la prueba. El Massá y Meribá, el lugar de la tentación y la crisis.
Nuestro Massá y Meribá: ¿Se puede creer en un Dios que permite el hambre sin entrañas o el terremoto devastador? ¿Se puede creer en un Dios que permite este accidente o esta enfermedad o este fracaso? ¿Se puede creer en un Dios que permite una Iglesia dividida, atrasada y pecadora? ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? Dios no dará más pruebas. Ofrece sólo algunas señales de su presencia para los que tienen ojos y quieren ver. Siempre puede brotar de la roca agua para los sedientos.
 
El salmo de hoy, nos recuerda que nosotros somos el pueblo de Dios y que él nos quiere guiar, como hace un pastor con su rebaño, para introducirnos en la tierra prometida. El, que nos ha pensado desde siempre, sabe cómo tenemos que caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestro verdadero ser. En su amor nos sugiere qué hacer, qué no hacer y nos señala el camino a seguir.
Dios nos habla como a amigos porque quiere introducirnos en la comunión con Él. Si uno escucha su voz -dice el salmo en su conclusión-, entrará en el "reposo" de Dios, es decir, en la tierra prometida, en la alegría del Paraíso.
“Ojalá escuchéis hoy su voz".
La palabra  “escuchar” en distintas formas, es una de las palabras más repetidas en la Biblia. ¿Cuántas veces se repite la expresión “Shemá Israel” (Escucha Israel)? Escuchar significa prestar atención a la palabra de Dios, dejar que entre en nosotros, colocarla en el centro. Desde esta perspectiva se entienden mejor los reproches que hoy nos lanza el profeta Jeremías. El pecado que denuncia es el de “no escuchar”. Frente a la orden del Señor: Escuchad mi voz, en tres o cuatro ocasiones denuncia la actitud del pueblo que se niega a escuchar: No escucharon ni prestaron oído (dos veces), Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán. Esta actitud es tan persistente que se convierte en una característica del pueblo: Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios.
¿No estamos hoy viviendo un momento en el que oímos mucho pero escuchamos poco? Nuestros hermanos de Latinoamérica prácticamente han desterrado de sus usos lingüísticos el verbo oír. Casi siempre dicen “escuchar”. Y, sin embargo, ¡qué diferencia entre oír y escuchar! La palabra de Dios la oímos muy a menudo, pero “como quien oye llover”; es decir, sin prestar atención, sin acogerla como palabra dirigida a cada uno de nosotros.
¿No es la Cuaresma un tiempo para pasar del simple oír al escuchar? Caigamos en la cuenta de lo que nos dice el salmo responsorial de hoy. Es como un mensaje que se hace eco de la profecía de Jeremías: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis el corazón.
¿Cómo afinar la sensibilidad sobrenatural y la intuición evangélica para estar en condiciones de percibir las sugerencias de esa voz?
Antes que nada, es necesario reevangelizarse, acudiendo a la Palabra de Dios, leyendo, meditando, viviendo el Evangelio, para ir adquiriendo, cada vez más, una mentalidad evangélica.
La clave está en reconocer la voz de Dios dentro de nosotros y eso ocurre cuando aprendemos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre. El camino para conseguir esto es la oración.
En este camino es fundamental dejar vivir al Resucitado en nosotros, haciéndole la guerra al egoísmo, al "hombre viejo" que está siempre al acecho. Esto requiere una gran inmediatez a decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y a decirle sí a todo lo que Él quiera; no a nosotros mismos en el momento de la tentación, cortando de inmediato con sus insinuaciones y sí a las tareas que Él nos ha confiado, sí al amor hacia todos los prójimos, sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos.
Podemos, identificar más fácilmente la voz de Dios si tenemos al Resucitado en medio de nosotros. Jesús en medio de nosotros es como el altavoz que amplifica la voz de Dios dentro de cada uno, haciéndola escuchar más claramente.
Entonces nuestra vida estará como entre dos fuegos: Dios en nosotros y Dios en medio de nosotros.
No olvidemos que el gran pecado de Israel fue cerrar sus oídos a la palabra del Señor. También este peligro nos acecha a nosotros.
 
En la segunda lectura San Pablo dice una vez más que estamos en buenas relaciones con Dios, que nos encontramos en un estado positivo respecto a El.
La acción de Cristo no sólo es valiosa en sí misma, sino se nos ha aplicado a quienes hemos creído en El. Tenemos la fe, estamos en la Iglesia, participamos en los sacramentos.
Este es un dato inolvidable para un cristiano y sólo a partir de él se pueden plantear las otras cuestiones de moral, etc.
Efectivamente, el Espíritu es un hecho en el cristiano y es señal inequívoca del amor de Dios a los hombres que ha sido el motor de toda su acción salvífica. Amor que comenzó a ser activo no por méritos nuestros, sino por pura iniciativa suya (vs, 6,8,10). Es otro recuerdo de la gratuidad.
Esta lectura viene a ser una respuesta a los interrogantes anteriores. "La prueba de que Dios nos ama", de que no nos deja tirados, de que está con nosotros, es la muerte de Cristo, el Hijo. Sin merecer nada, Dios nos lo da todo en el Hijo: reconciliación, paz, justificación, salvación.
Pero hay más. Dios nos ha llegado a dar su misma intimidad, su amor personal. No es que nos ame, sino que pone en nosotros su Amor, el Espíritu Santo. Este será el surtidor de agua que salte hasta la vida eterna, para que ya nadie muera de sed. Es la mejor respuesta a los incrédulos del desierto y la mejor oferta a la samaritana del pozo.
Una prueba de que Dios está con nosotros y nos ama, diría San Pablo, es que Cristo murió por nosotros y resucitó para nosotros. La señal de Jonás.
Y no sólo está entre nosotros, sino que está en nosotros, porque «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». Es una revelación asombrosa. Es el culmen de la donación de Dios. No sólo dará agua en el desierto o maná o codornices o victorias, sino que se da a sí mismo para saciar nuestras insatisfacciones y colmar nuestras esperanzas.
 
En el diálogo evangélico, hay un entramado de imágenes en las palabras de Jesús: "...el que beba del agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna". Nos recuerdan las palabras del Apóstol: "...el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado".
Jesús pide agua (es el punto de partida) y "crea" la fe en el corazón de la samaritana (in ea fidei donum ipse creaverat); tiene sed de la fe de la samaritana, y por eso enciende en su corazón el fuego del amor divino (fuego que producirá, en la samaritana, la fe como sed de Dios). Por parte de Jesús, pues, hay una petición explícita -el agua para beber- que significa una realidad espiritual -un corazón ardiente de caridad. De una sed material se pasa a una sed mesiánica: el deseo de ver difundido el Espíritu en el corazón de los hombres.
Jesús tiene una necesidad que le hace manifestarse solidario con el hombre, con todos los hombres, por encima de cualquier "clase" de hombre, incluso por encima de cualquier religión que practiquen los hombres, porque, en principio, entre Jesús y aquella mujer samaritana había, entonces, una tremenda barrera: la religiosa. Y si Jesús no tenía tal barrera, los judíos y los samaritanos sí la tenían. Y es que la religión entre otras cosas, servía -y en el fondo aún sirve hoy, a la hora de muchos momentos importantes- para diferenciar fuertemente una sociedad de otra, un pueblo de otro, una cultura de otra y unos intereses de otros.
Nosotros, los cristianos, -quizá en una gran mayoría- seguimos siendo "hombres religiosos" sin más. Y si no, que cada uno observe en sus actitudes y comportamientos -casos especiales, casos importantes o decisivos, motivaciones que impulsan a la práctica de sacramentos sociales, etc- hasta qué punto está condicionado por su pertenencia en mayor o menor grado a un determinado "credo".
Pero entre Jesús y la samaritana había además otra barrera gruesa: él era hombre y ella, mujer. Evidente. Sin embargo, la sencillez y la elegancia de Jesús le hace prescindir. Él es ante todo un ser humano necesitado como cualquier otro, independientemente de ser varón o mujer y de ser judío o cualquier otra cosa.
Pues bien, Jesús, pidiendo un favor e ignorando todas las divisiones existentes (suprimió hasta la de justo y pecador -muy importante en la religión judía-, porque nos descubrió que todos somos deudores), suprimió en especial la religiosa, ofreciendo a cambio otro favor: brinda a aquella mujer, como brindó a todos en su vida, el amor de Dios que supera toda división, toda barrera, toda clasificación.
Porque el amor es una necesidad idéntica para todos los hombres; es más, de alguna manera es la necesidad que subyace en todas las necesidades humanas.
Contemplemos a Jesús que  se manifiesta libre, es el hombre más libre. Y es que el "hombre religioso" no es precisamente el hombre verdaderamente libre, sino tal vez el más condicionado (y en esto, tendríamos que contar no sólo con las grandes y pequeñas religiones que en el mundo hay, sino, sobre todo, con las grandes supersticiones y fetichismos modernos, con todas las esclavitudes que la sociedad de hoy y cada cual se impone, y con todas las "religiones" que entre nosotros se practican, aunque aparentemente no tengan visos de tales).
Jesús es de verdad libre, y nosotros si queremos ser  auténticos seguidores de él,también debemos serlo. porque el objetivo de la fe en Dios es el amor, y el amor en su acepción exacta libera totalmente.
La mujer samaritana, educada en la ley, desconociendo el amor gratuito de Dios y moviéndose en el plano de lo religioso, pensaba que en el esfuerzo vital había que buscar la perfección propia de la ley. Después del encuentro, verá que eso no satisface y llegará a ser ella la que pida a Jesús que le dé de beber. Porque la autenticidad de Jesús -que no ha perdido el tiempo en discusiones tontas sobre asuntos baladíes en relación con lo definitivo de la existencia humana (culto, creencias, religión)- es lo que la ha "con-movido" y la ha hecho también ir al grano: el hombre es un hijo de Dios y todos los hombres somos iguales ante él, hermanos.
Así, Jesús no sólo no se presenta como el iniciador de una nueva religión, sino que rechaza toda pretensión religiosa, desacreditándola como imperfecta; como imperfecta es, en lo que respecta al sentido último de nuestra existencia, toda manifestación cultural, aunque nos sirva a veces para "manejarnos" prácticamente dentro de un orden social. De ahí que este Jesús, venido de parte de Dios, no nos haya traído un nuevo orden social, ni religioso, ni político, ni cultural, ni... sino sólo un nuevo estilo de ser hombre, que, si nos ejercitamos en él, tal vez nos ayude a encontrar ese orden nuevo que necesitamos en este mundo para que sea otro, conforme a lo que estamos destinados.
La sed es el signo de que estamos caminando en el desierto. La sed es el signo de que la vida está por delante, más allá de la frontera.
Cuaresma es el tiempo en que el hombre descubre su sed, esa sed profunda de vivir, de amar, de crecer, de ser feliz, de crecer como hombre.
¿De qué tenemos sed nosotros? La Palabra de Dios de este domingo, tercero de Cuaresma, nos invita a plantearnos hasta el fondo esta cuestión. También Jesús tuvo sed y hambre, y los sació con el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y comprendió nuestra sed, y se ofreció a sí mismo como fuente de agua viva.
Hoy Jesús va a dialogar con nosotros, va a preguntarnos por el agua que tomamos y si realmente esa agua calma nuestra sed. Nos obligará a mirarnos dentro de nosotros mismos para que no busquemos fuera de la fuente de la vida.
Hoy nos dice, como le dijo a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú me pedirías el agua de la vida.» Con esta invitación tan sugestiva, nos disponemos a participar de la Eucaristía.
Rafael Pla Calatayud.
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