domingo, 20 de enero de 2019

Comentario a las lecturas II Domingo del Tiempo Ordinario 20 de enero de 2019


Del 18 al 25, celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, haciendo nuestro el deseo del Señor expresado en su oración a Dios Padre en la última cena: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Esta iniciativa a la que se adhieren la mayoría de las denominaciones cristianas empezó su andadura en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que posteriormente entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del Papa san Pío X y fue promovida por el Papa Benedicto XV, quien impulsó su celebración en toda la Iglesia católica con el Breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.
  El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en la década de 1930 por el abad Paul Couturier de Lyon, que sostuvo la oración «por la unidad de la Iglesia tal como quiere Cristo y de acuerdo con los instrumentos que él quiere». En sus últimos escritos, el abad Couturier ve esta Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo «entrar y penetrar en todo el Cuerpo cristiano»; esta oración debe crecer hasta convertirse en «un grito inmenso, unánime, de todo el pueblo de Dios», que pide a Dios este gran don. Y precisamente en la Semana de oración por la unidad de los cristianos encuentra cada año una de sus manifestaciones más eficaces el impulso dado por el concilio Vaticano II a la búsqueda de la comunión plena entre todos los discípulos de Cristo.
  Al menos una vez al año, se invita a  los cristianos a evocar la oración de Jesús para sus discípulos: «para que todos sean uno; [...]; para que el mundo crea [...]» (véase Juan 17,21). Los corazones se conmueven y los cristianos se reúnen para orar por su unidad.  Las congregaciones y parroquias de todo el mundo organizan intercambios de predicadores o celebraciones y cultos ecuménicos especiales.  El evento en el que tiene su origen esta experiencia única es la Semana de oración por la unidad de los cristianos.
Esta semana de oración se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero, entre las festividades de la confesión de San Pedro y la de la conversión de San Pablo. 
Esta cita espiritual, que une a los cristianos de todas las tradiciones, nos hace más conscientes del hecho de que la unidad hacia la que tendemos no podrá ser sólo resultado de nuestros esfuerzos, sino que será más bien un don recibido de lo alto, que es preciso invocar siempre.
Tengamos presente en nuestras celebraciones y oraciones litúrgicas esta realidad de la Iglesia.
Este domingo no es todavía del todo del "tiempo ordinario": es un eco de la Navidad, en  línea con la Epifanía y el Bautismo: "el segundo domingo del tiempo ordinario se refiere aún  a la manifestación del Señor celebrada en la solemnidad de la Epifanía, "con lecturas  evangélicas tomadas de san Juan: este año, las bodas de Caná (cfr. "Ordenación de las  lecturas de la Misa", OLM 105).
A lo largo de los domingos y fiestas siguientes, guiados este año por san Lucas, iremos  escuchando y acogiendo las enseñanzas de este Maestro enviado por Dios, a quien hoy  vemos haciendo su primer signo, para que crezca la fe de los discípulos en El. 

La primera lectura tomada de Isaías ( Is 62,1-5) es un fragmento del tercer Isaías, en el que se expresa las relaciones entre Jerusalén y Dios como de esposo a esposa. El autor de este relato, el tercer Isaías, habla a un pueblo que ya ha vuelto del destierro en Babilonia y le anima a seguir creyendo y confiando en Yahvé, que sigue amando a su pueblo, como un marido fiel y amante ama a su esposa.
Un trasfondo muy amargo se deja sentir a lo largo de todo este capítulo. Jerusalén es la ciudad "abandonada y devastada". La pobreza de la desolación y la tristeza del abandono se palpan a lo largo de los cap. 60-62. El pueblo se lamenta contra su Dios porque no quiere actuar en su historia; al menos así son las apariencias; el Señor se muestra remiso en traer la salvación.
A un autor, comúnmente llamado Is. III, le toca vivir esta precaria condición de los repatriados de Babel, y trata de infundir ánimos a un pueblo roto.
Este capítulo del tercer Isaías vuelve a tomar temas ya tratados, aunque dándoles un nuevo impulso. Hay unas relaciones entre Jerusalén y Dios como de esposo a esposa. Yavè dará a Jerusalén su brillo universal. Tocamos de nuevo el tema de la "aurora", lugar privilegiado de la manifestación de Dios, por oposición a tinieblas, medio del olvido de Dios.
El pueblo se quejaba: "está lejos de nosotros el derecho, y no nos alcanza la justicia; esperamos la luz y vienen tinieblas, claridad y caminamos a oscuras" (59,9). Un heraldo, haciéndose eco de esta queja, y lleno de esperanza en el Señor, no ceja de anunciar la liberación de Jerusalén. La justicia, el derecho, la liberación van a romper como aurora sobre la Ciudad Santa. Lo que parecía una quimera se hace realidad, y la ciudad así iluminada con la presencia de Dios se convierte en antorcha que también ilumina a los otros pueblos (vs. 1-2a). Los términos luminosos: aurora, antorcha, guardan relación por contraste con la oscuridad y las tinieblas. Sobre la triste y tenebrosa situación presente brilla ya la aurora de un futuro luminoso.
Todo se debe al actuar divino (=su justicia) que es luz, y luz definitiva.
Así todo cambia, incluso su nombre (v. 2b). Jerusalén es como corona refulgente sobre el monte (v. 3;38,4). Los vs. 4-5 toman la metáfora de la vida matrimonial, tan frecuente en la literatura bíblica (cfr. Os. 2; Is.54). Dios ama a Jerusalén como el esposo a su esposa. El sufrimiento de la ciudad y de los habitantes ("abandonada y devastada") por haber rechazado el amor de su esposo se transforma en gozo ("mi favorita, desposada") por haberlo reencontrado. "Como un joven se casa con una doncella.." (v.5). El amor del esposo es joven, apasionado, como en sus mejores tiempos.
"... y tu tierra tendrá marido". Pero nuestro mundo, nuestra Iglesia más bien parecen tener vocación de viudas.
Practican la tristeza, monotonía, seriedad ridícula, prosopopeya medie- val. ¿Dónde está la cara risueña, expectante y anhelante de la doncella casadera? ¿Por qué tanta tristeza, vejez, aburrimiento... en nuestra iglesia, esposa de Cristo? (cfr. Ef. 5, 25 ss). Más que desposorios con un arrogante joven lleno de vida (Jesús) parece celebrar el casorio con un decrépito, abandonado y devastado contenido de doctrinas. Pidamos hoy para que la esposa de Jesús, al reencuentro con el amor de su joven y eterno galán, aparezca alegre, radiante... y así sea luz que atraiga a los hombres del siglo XX.
A ti te llamarán "mi favorita", y a tu tierra "desposada". Vale para el Pueblo de Dios, para la comunidad y para cada creyente.
La imposición del nombre es característico de la toma de posesión (Gn 2,19) o de la nueva orientación que se da a una persona o a una cosa; decir el nombre es llegar a la esencia de la persona (Ex 3,13). El Señor mismo es el que pronuncia el nombre, el que da un nuevo impulso a Israel. Por eso mismo, por la obra del Señor, los pueblos vendrán a Israel. Es el milagro del Señor.
Las relaciones que se instauran entre Dios e Israel adquieren los tonos más fuertes del corazón humano, lo más profundo de la persona: el amor. Muchas veces en la Escritura se oyen estos acentos (cf. Ez 16). La amargura de la viudez desaparecerá y la irrisión del abandono ya no tendrá lugar, porque el señor toma a su cargo a la esposa infiel y abandonada.
No vamos solos, perdidos y abandonados. Por más que alguien nos diga, como Jerusalén, "abandonada" o "devastada", Dios nos ama y se ha unido íntimamente (se ha desposado) con nosotros. El creyente nunca va solo y abandonado: está siempre acompañado y amado.

El responsorial de hoy es el Salmo  95 (Sal 95,1-10).
San Juan pablo II lo comenta de la siguiente forma. " 1. «Decid a los pueblos: "El Señor es rey"». Esta exhortación del salmo 95 (v. 10), que se acaba de proclamar, en cierto sentido ofrece la tonalidad en que se modula todo el himno. En efecto, se sitúa entre los «salmos del Señor rey», que abarcan los salmos 95-98, así como el 46 y el 92.
Ya hemos tenido anteriormente ocasión de presentar y comentar el salmo 92, y sabemos que en estos cánticos el centro está constituido por la figura grandiosa de Dios, que gobierna todo el universo y dirige la historia de la humanidad.
También el salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres como al Salvador de los pueblos: Dios «afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente» (v. 10). El verbo «gobernar» expresa la certeza de que no nos hallamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos o de la casualidad, sino que desde siempre estamos en las manos de un Soberano justo y misericordioso.
2. El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal: «cantad al Señor, toda la tierra» (v. 1). Se invita a los fieles a «contar la gloria» de Dios «a los pueblos» y, luego, «a todas las naciones» para proclamar «sus maravillas» (v. 3). Es más, el salmista interpela directamente a las «familias de los pueblos» (v. 7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que digan «a los pueblos: el Señor es rey» (v. 10), y precisa que el Señor «gobierna a las naciones» (v. 10), «a los pueblos» (v. 14). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del universo y que «los dioses de los gentiles son apariencia» (v. 5).
El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (cf. vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor «en su santuario» (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina: «Cantad al Señor un cántico nuevo, (...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...), contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos (...)» (vv. 1-3, 7-9).
Así pues, el gesto fundamental ante el Señor rey, que manifiesta su gloria en la historia de la salvación, es el canto de adoración, alabanza y bendición. Estas actitudes deberían estar presentes también en nuestra liturgia diaria y en nuestra oración personal.
3. En el centro de este canto coral encontramos una declaración contra los ídolos. Así, la plegaria se manifiesta como un camino para conseguir la pureza de la fe, según la conocida máxima: lex orandi, lex credendi, o sea, la norma de la oración verdadera es también norma de fe, es lección sobre la verdad divina. En efecto, esta se puede descubrir precisamente a través de la íntima comunión con Dios realizada en la oración.
El salmista proclama: «Es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo» (vv. 4-5). A través de la liturgia y la oración la fe se purifica de toda degeneración, se abandonan los ídolos a los que se sacrifica fácilmente algo de nosotros durante la vida diaria, se pasa del miedo ante la justicia trascedente de Dios a la experiencia viva de su amor". (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 18 de septiembre de 2002]

La segunda lectura  es de San Pablo en su primera carta a los corintios (1 Cor 12,4-11). La comunidad carismática de Corinto está experimentando la tentación del sincretismo: el mundo pagano aspira a un "conocimiento" experimental de la divinidad por medio de trances, de fenómenos estáticos y otros "carismas" dudosos. Pablo habla a los cristianos de otro tipo de conocimiento basado en la fe. Pero ésta va a veces acompañada de signos y de carismas que los corintios no distinguen con exactitud de los del paganismo.
El problema tocado en esta lectura no es anacrónico. Si el Espíritu conduce a la Iglesia para su gobierno, despierta también continuamente iniciativas personales con vistas a la construcción y a la reforma de la Iglesia. En este sentido, los criterios que permiten juzgar si tal o cual iniciativa es conforme al Espíritu siguen siendo los de San Pablo: esta iniciativa debe estar orientada hacia la utilidad común y no hacia la prosecución de un bien individual; no debe sembrar la discordia o la confusión, puesto que todo procede de un solo Espíritu y edifica un solo Cuerpo, el que la Eucaristía anima y estructura.
 A lo largo de los capítulos 12-15 Pablo presenta a sus corresponsales los criterios que les permitirán distinguir los carismas del Espíritu de los del paganismo.
El apóstol recuerda en primer término (vv. 4-6) que si el politeísmo antiguo gozaba de carismas de toda especie, estos carismas los concedían dioses cada vez diferentes. En la Iglesia, por el contrario, todo es uno y unificado por la vida trinitaria, ya se trate de gracias, de funciones comunitarias o de actividades maravillosas. Por otra parte, los carismas se conceden con vistas a una utilidad común. Esta regla descarta automáticamente los fenómenos de embriaguez pagana o los trances individuales. Puesto que un mismo Espíritu es la fuente de todos los dones, estos no pueden oponerse unos a otros, como tampoco lo pueden quienes son beneficiarios de ellos: si existe una contraposición entre carismáticos es porque no los inspira el Espíritu y sus dones no son de Cristo (v. 7).
¿Cuáles son, entonces, los principales dones del Espíritu? Pablo nos da una lista bastante completa, pero clasifica esos carismas de acuerdo con una jerarquía bien establecida, invitando a los corintios a buscar, sobre todo, los carismas superiores, esos carismas que el paganismo ignora.
En primer lugar, dos carismas de inteligencia: la sabiduría, conocimiento de los designios de Dios, y la ciencia, capacidad para presentar las verdades de fe dentro de un sistema aceptable por el entendimiento. Vienen después: la fe, que no designa aquí la virtud teologal, sino la posibilidad de hacer milagros , el don de curar y el don de hacer milagros, tres carismas bastante similares.
Sigue una tercera serie de carismas, los más parecidos a los que conoce el paganismo: la profecía, el discernimiento y las lenguas. El primero pronuncia palabras de Dios, el segundo comprende y explica lo que dice el tercero, y este último consiste, sin duda, en un hablar misterioso, incomprensible si no se conoce la clave.
Así comenta San Agustín esta lectura. "También nosotros recibimos el Espíritu Santo si amamos a la Iglesia, si estamos unidos por la caridad y si nos gozamos en la fe y nombre católicos. Creámoslo así, hermanos. En el mismo grado en que alguien ama a la Iglesia, en ese mismo grado posee el Espíritu Santo. El Espíritu Santo se dio -como dice el Apóstol- con vistas a una manifestación (1 Cor 12,7). ¿De qué manifestación se trata? Lo indica el mismo Apóstol: Por el Espíritu a uno se le dan palabras de sabiduría; a otro, según el mismo Espíritu, palabras de ciencia; a otro la fe, en el mismo Espíritu; a otro el don de curaciones, en virtud del único Espíritu y a otro el obrar milagros en el mismo Espíritu (1 Cor 12,7-10).
Se dan muchos dones a fin de que se manifiesten; pero tal vez tú no tienes ninguno de ellos. Si amas no estás sin nada; si amas la unidad, cualquier cosa que tenga otro en ella la tiene también para ti. Elimina la envidia y será tuyo lo que yo poseo; elimina la envidia y será mío lo que posees. La envidia divide, la salud une. El ojo es el único que ve en el cuerpo; pero ¿acaso ve para sí solo? Ve también para la mano, para el ojo y para los restantes miembros; de hecho, si el pie tropieza de alguna manera, el ojo no mira a otro lado para evitar el tomar precauciones. De igual manera sólo la mano obra en el cuerpo; pero ¿acaso obra para sí sola? También obra para el ojo; en efecto, si algo golpea no la mano sino el rostro, ¿dice acaso la mano: «No me muevo, pues el golpe no llega a mí?». De igual manera, cuando el pie camina, milita en favor de todos los miembros. Los restantes miembros callan, pero la lengua habla por todos. (Comentarios sobre el evangelio de San Juan 32,8).

Hoy el evangelio tomado de San Juan (Jn 2,1-12), nos narra cómo Jesús en una ocasión estuvo presente en unas bodas en Caná de Galilea.
El texto de hoy no pertenece a San Lucas sino a San Juan. Dos autores, muy diferentes en manera de escribir, Juan escribe en clave. De ahí que el sentido de sus textos no sea siempre evidente a primera vista. La clave la sitúa en el futuro y la denomina "la hora". "Todavía no ha llegado mi hora". Esta hora es la muerte de Jesús en la cruz. Lo que el autor escribe con anterioridad a ella es signo de esa muerte, es decir, señal que apunta hacia ella, que la evoca o la representa. Así comenzó sus signos. Parece que Juan quiere que leamos este texto como anticipo de la gloria de Jesús que se va a manifestar en la cruz. Es el relato de su gloria futura anticipada en símbolos, Jesús es el vino bueno que mejora al anterior. Sus raíces hay que buscarlas en suelo y tradición judíos. Son el agua de las tinajas.
Imagen relacionadaEl relato tiene su centro de atención en el vino. La ausencia de vino primero y su presencia después dominan la escena. Por el comentario del autor en el v. 11 resulta claro que el vino funciona como signo de Jesús.
El relato quiere explicar en clave plástica quién y de dónde es Jesús. La clave es el vino, que procede de un agua, a la que supera. Los sirvientes conocen-descubren esta clave: el mayordomo, no. Y es precisamente el que no conoce la clave, quien canta las excelencias del vino (idéntico recurso empleará el autor con Caifás en 11, 50).
Pero el agua es también signo de algo y de alguien: purificaciones de los judíos. Agua y vino representan dos órdenes sucesivos. Con mucha ironía el autor hace que un representante del orden-agua reconozca que el orden-vino es mejor. Estamos sólo en los comienzos del evangelio.
San Juan nos ofrece, en este relato del episodio de Caná un ejemplo de la forma en que reflexiona en torno a un milagro de Jesús, aun cuando sea muy corriente, hasta ver en él un signo (v. 11). Lo sitúa al final de una semana; introduce incluso el tema de la hora; subraya intencionadamente la materia del vino; señala, los mismo que en Jn. 7, 1-10, la incapacidad de los suyos para descifrar correctamente el milagro; y todo eso para probar que un milagro es un llamamiento a la fe. No se trata tan solo de creer que Jesús puede hacer un milagro, como sucede en los sinópticos, sino también de leer su significado misterioso, sólo captable por quien ha comprendido el misterio pascual y vive del amor que entraña.

Para nuestra vida.
La liturgia  de este domingo se abre con un signo de alegría y esperanza: llega el que restaurará a la  vieja humanidad para que viva con la lozanía de una esposa joven, hermosa y feliz, «Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó...»
El cristianismo no es la religión de la depresión, ni del negativismo, ni del pesimismo. 
Hemos sido llamados por Dios para constituir una comunidad que sea una auténtica fiesta:  una fiesta en la que nadie se sienta marginado, aislado u olvidado. Se nos ha convocado  para participar de un banquete de bodas en el que los manjares y el vino serán dados en  abundancia.
Cada vez que celebramos la Eucaristía, la pequeña comunidad reunida en torno a una  mesa, que representa a toda la Iglesia, actualiza y ratifica las bodas de Cristo con la Iglesia,  la Nueva Alianza. Cristo alimenta y purifica a su Esposa, la une entrañablemente a sí  mismo, que es su Cabeza, para llegar a ser con ella un solo cuerpo completo. Todos los  que comen de un mismo pan, son reunidos en un solo cuerpo, recapitulados, encabezados,  en Cristo.
Vivir la Eucaristía es vivir el gran símbolo de la vida de fe.

Importante el texto de la primera lectura, La lectura nos presenta el amor de Dios a su pueblo, amor de juventud, primer amor. El despertar de los sentidos al amor, ese sentimiento tan hondo, tan humano y tan divino. Las palabras quedan inexpresivas para describir el amor, son un torpe balbuceo que trata inútilmente de expresarse. Es una realidad que sólo cuando se siente, se comprende. Podemos decir que es lo que más se asemeja al ser de Dios.  Los hombres nos alejamos por el pecado del Creador, y al estar lejos nos sumergimos en un mundo oscuro y gris. Esa historia colectiva es figura y paradigma de muchas historias individuales, de todas las historias de cada uno de los pecadores, y de una forma u otra todos los somos.
En Jerusalén brillará la aurora, lugar privilegiado de la manifestación de Dios, por oposición a tinieblas, medio del olvido de Dios. La imposición del nombre a la esposa es característico de la nueva orientación que se da a una persona o a una cosa. El Señor mismo es el que pronuncia el nombre, el que da un nuevo impulso a Israel. Por eso mismo, por la obra del Señor, los pueblos vendrán a Israel. Es el milagro del Señor. Las relaciones que se instauran entre Dios e Israel adquieren los tonos más fuertes del corazón humano, lo más profundo de la persona: el amor. La amargura de la viudez desaparecerá y la irrisión del abandono ya no tendrá lugar, porque el señor toma a su cargo a la esposa infiel y abandonada.
 El autor describe las relaciones más cálidas entre los hombres: el amor conyugal. Todo ello en términos de alegría: la alegría de después de la boda, la alegría interna de sentirse amado es lo que Israel va a experimentar. Nunca palabras tan consoladoras han sido dichas al creyente. Son palabras dirigidas también a nosotros. El hombre es levantado hasta el plan de Dios, no hay lugar para la desesperanza porque el amor es sincero y hace vivir.
Hoy también  podemos aplicarnos este texto, cuando nos encontremos desanimados, o nos sintamos fracasados. Dios nos ama y nos ofrece constantemente su ayuda y protección. Sentirnos amados por Dios puede y debe levantar nuestra moral  tantas veces decaída y reavivar nuestra fe y nuestra esperanza en Dios. La mejor forma que tenemos para agradecer a Dios su ayuda y protección es convertirnos nosotros mismos en ayuda y protección para aquellas personas que nos necesiten. El que se siente amado por Dios está siempre animado a amar al prójimo.

La antífona del  salmo "Contad las maravillas de Dios a todas las naciones", es una llamada a los creyentes  a decir que creemos y que alabamos a Dios por la gran misericordia con que nos ha tratado en muchas ocasiones. Alabemos a Dios por su gran misericordia para con nosotros y no tengamos miedo en decirlo a los que no creen en Dios.
En su comentario a este salmo San Juan Pablo II, nos dice: " Aquí quisiéramos dejar espacio a la relectura cristiana de este salmo que hicieron los Padres de la Iglesia, los cuales vieron en él una prefiguración de la Encarnación y de la crucifixión, signo de la paradójica realeza de Cristo.
5. Así, san Gregorio Nacianceno, al inicio del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95: «Cristo nace: glorificadlo. Cristo baja del cielo: salid a su encuentro. Cristo está en la tierra: levantaos. "Cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, "alégrese el cielo, goce la tierra" (v. 11) a causa de aquel que es celeste pero que luego se hizo terrestre» (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).
De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina «hecho terrestre», reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica: «El Señor reina desde el árbol de la cruz».
Por esto, ya la Carta a Bernabé enseñaba que «el reino de Jesús está en el árbol de la cruz» (VIII, 5: I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque «el Señor reinó desde el árbol de la cruz» (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121).
En esta tierra floreció el himno del poeta cristiano Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que se exalta a Cristo que reina desde la altura de la cruz, trono de amor y no de dominio: Regnavit a ligno Deus. En efecto, Jesús, ya durante su existencia terrena, había afirmado: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,43-45)" .(San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 18 de septiembre de 2002]

Le segunda  lectura nos recuerda la riqueza de la Iglesia y de la humanidad, cuando leemos nuestras capacidades en clave de dones o carismas, regalos de Dios a través de su Espíritu.
Hasta la Cuaresma, o sea, en los domingos segundo al ..., leemos fragmentos de la carta de Pablo a los Corintios, que nos presenta un retrato de comunidad cristiana lleno de viveza, con lecciones muy actuales para las nuestras.
Se distingue en este texto entre los dones, los servicios y las funciones. Los primeros proceden de un mismo Espíritu, que es el don por excelencia; los segundos de un mismo Señor, Jesucristo, que vino a servir y no a ser servido, y las funciones de un mismo Dios (es decir, del Padre) que lo opera todo en todos. Pero este esquema trinitario no pretende otra cosa que hacernos ver cómo la gran variedad de los carismas tiene un mismo origen divino.
El carisma es una gracia singular que Dios concede a cada uno, pero que está destinada al bien de todos y a la edificación de la iglesia. La gran variedad de los carismas no está reñida en modo alguno con la unidad de la Iglesia y la comunión fraterna; antes al contrario: conscientes de que ningún hijo de Dios está desposeído de una gracia especial, todos debemos estar atentos para estimar los carismas ajenos y no retener los nuestros para disfrute individual.
Según el carisma así será el “ministerio” o servicio que se desempeña en la Iglesia. Todos tenemos algún don y estamos llamados a servir de alguna manera. Hoy se habla más que nunca de los “ministerios laicales”. Pero hay que dejar que estos ministerios puedan ser ejercidos, abandonando el “clericalismo” que ha predominado en la Iglesia. Es imposible que el sacerdote, sobre todo ahora que disminuyen las vocaciones, pueda llegar a todo. Es mejor que “muchos hagan poco a que uno haga todo”. Así se ejerce la corresponsabilidad en la Iglesia y sus frutos son mucho mayores. De modo que la unidad abarca la variedad o pluralidad y ésta es el contenido de la unidad de la iglesia.
 Todos los carismas tienen un mismo destino, que es el bien común. De modo que la unidad abarca la variedad y ésta es el contenido de la unidad de la iglesia. Se comprende, pues, que aquí la unidad, lejos de contradecir a la pluralidad, se constituye precisamente como unidad de las diferencias y no existe sin éstas. Nada más extraño a esta unidad, que viene de Dios, que la uniformidad a la que se empeñan en someternos los señores de este mundo y aún de la iglesia.
El mismo y único Espíritu obra en  todos, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. Estas frases que dice el apóstol san Pablo a los Corintios son una verdad que debemos aplicarnos a nosotros mismos continuamente, dentro de nuestras familias, parroquias y comunidades. Todos tenemos algún don y, en consecuencia, todos podemos poner nuestras cualidades y carismas al servicio de la comunidad en la que trabajamos y vivimos. El bien común siempre debe ser visto como un bien al que deben subordinarse los bienes particulares.
Nada más extraño a esta unidad, que viene de Dios, que la uniformidad a la que se empeñan en someternos los señores de este mundo e incluso de la iglesia.
Se apunta a la corresponsabilidad que todos debiéramos sentir, para que cada uno aporte su don al bien común en esta comunidad que llamamos Iglesia, o diócesis, o parroquia, o comunidad religiosa... Es fácil concretar: la caridad y la fraternidad, el cuidado de lo económico, la catequesis, la pastoral sanitaria, los diversos servicios que se pueden realizar en la liturgia para que la celebración de la comunidad sea mejor.

El evangelio de hoy tiene un alto valor simbólico. "Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda" (Jn 2, 2). A ella fueron invitados Jesús con su madre y sus discípulos. De este modo el Señor santificó con su presencia divina ese acontecimiento crucial en la vida del hombre, bendice la unión entre marido y mujer hasta hacer de ella el gran sacramento, el símbolo vivo de su propia unión con la Iglesia, la esposa de Cristo.
Fijémonos como con este milagro, realizado gracias a la intervención de María, se pone de manifiesto: Por un lado la ternura de su corazón materno, el desvelo por las necesidades de sus hijos; y por otra parte aparece su poder de intercesión ante su divino Hijo, que se siente incapaz de no atender la súplica de su Madre santísima. Con razón, por tanto, la podemos invocar como Madre de misericordia y como la Omnipotente suplicante.
El texto nos presenta cómo de la colaboración entre Jesús y María surgió un hecho admirable, el primero de los signos obrados por el Señor. El, que era un invitado, al final les invitó a todos y les dio un vino mucho mejor.
 La conversión del agua en vino fue motivo de alegría para los novios, que veían cómo su fiesta corría el riesgo de "aguarse" por causa de un descuido, y para los invitados, que así podían continuar alegres la fiesta. Y al mismo tiempo, hizo que creciera la fe en Jesús de los discípulos que habían presenciado el hecho. También los cristianos  estamos llamados, ejerciendo cada uno su papel propio, a "convertir el agua en vino". De las cosas más habituales y cotidianas, esas que valoramos tan poco —esto es "el agua"—, deben hacer "vino", algo de valor, sabroso y que alegra a quien lo bebe. Siempre que actuamos con amor somos motivo de que aumente la fe, de la misma manera que creció la fe en los discípulos que acompañaban a Jesús y a su madre en las bodas de Caná.
El agua simboliza la religión vacía; el vino, la alegría y la vida abundante que proceden de Dios. Las bodas son el símbolo de la unión (alianza) de Dios con el pueblo. Las tinajas de piedra (seis es el número de lo imperfecto e incompleto) representan a la Ley, que pretende purificar al ser humano, pero que en realidad es algo vacío.
Jesús vino a salvar y a dar vida, y eso lo hizo predicando y cumpliendo el mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Este es el vino bueno del que Jesús quiso llenar las tinajas de agua de la Ley antigua. Cumplamos nosotros, lo mejor que sepamos y podamos, el mandamiento del amor que Jesús nos predicó, y el vino bueno de su amor embriagará nuestro espíritu de una presencia de Dios renovadora y vivificante, haciéndonos partícipes de su vida divina.
María es la "mujer", el resto fiel de Israel, "desposado" con Dios. El mandato que ella expresa "haced lo que él os diga" es prácticamente idéntica a la que pronunció el pueblo el día de la alianza (pacto, desposorio) del Sinaí: "Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho". Debemos escuchar el consejo de la María si queremos seguir de verdad a Jesús.
Hoy, en el Señor, vemos su semblante más festivo. Acostumbrados a escucharle en el templo, a tenerlo rodeado de leyes y de normas, nos asombra su otra dimensión: viene con nosotros y, cuando hace falta, se suma al espíritu festivo de nuestro caminar.
Como María, también nosotros, debiéramos de estar atentos en esas situaciones que necesitan un poco de paz y de sosiego. María, con los ojos bien abiertos, fue consciente de que algo raro ocurría en aquel convite. Que, de repente, todo podría irse al traste si el vino, elemento importante en una comida, hubiera faltado. Esa puede ser también nuestra misión: ser sensibles a las necesidades de las personas o situaciones que nos rodean. Aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente” no es una buena filosofía para aquellos que creemos y esperamos en Jesús. Que él nos ayude a poner el buen vino de nuestra fe, de nuestro testimonio, de nuestra alegría cristiana en tantas mesas donde rezuman los vasos de licores que han dejado de ser cristianos para convertirse sólo en exponente de fiesta pagana sin referencia a lo eterno.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

viernes, 18 de enero de 2019

Lecturas del II Domingo del Tiempo Ordinario 20 de enero de 2019


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 62, 1-5
Por amor a Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.
Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 9-10a y c
R. CONTAD LAS MARAVILLAS DEL SEÑOR A TODAS LAS NACIONES.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra; 
cantad al Señor, bendecid su nombre. R. 
Proclamad día tras día su victoria,
contad a los pueblos su gloria,
 sus maravillas a todas las naciones. R. 
Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
 aclamad la gloria del nombre del Señor. R. 
Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda. 
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente.» R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 12, 4-11
Hermanos:
Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él quiere.
Palabra de Dios

ALELUYA Cf. 2 Tes 2, 14
Dios nos llamó por medio del Evangelio para que sea nuestra la gloria e nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 2, 1-11
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:
«No tienen vino».
Jesús le dice:
«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes:
«Haced lo que él diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo:
«Llenad las tinajas de agua».
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dice:
«Sacad ahora y llevádselo al mayordomo».
Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al esposo y le dice:
«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Palabra del Señor

domingo, 13 de enero de 2019

Comentario a las lecturas del Domingo del Bautismo del Señor 13 de enero de 2019.


Con la fiesta del Bautismo del Señor, de este domingo, finaliza el tiempo de Navidad, un tiempo en el que nos hemos alegrado por el nacimiento de nuestro redentor. Con esta fiesta terminamos el período de espera, que fue el adviento, y la celebración de los primeros años de vida del Señor. Recordemos que su bautismo fue realizado por Juan el Bautista cuando tenía al menos 30 años, después del cual Jesús salió a predicar y a curar enfermos, a anunciar la buena noticia de la salvación, tiempo que duró unos tres años porque los mismos evangelios nos dicen que Jesús celebró tres pascuas con sus discípulos, la última en la que instituyó la eucaristía.
A partir del lunes se iniciará el tiempo ordinario donde día a día seguiremos los pasos del Señor, conoceremos su mensaje y apreciaremos sus milagros. Para esta fiesta del Bautismo del Señor la liturgia nos propone el capítulo 42 del Profeta Isaías, el salmo 28, el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, y en este ciclo C meditamos el evangelio según san Lucas en su capítulo tercero.
Los tres ciclos dominicales repiten hoy las dos primeras lecturas y varían el evangelio. Las dos primeras lecturas indican que no se trata fundamentalmente de celebrar el bautismo de J. (y menos el nuestro) sino de la manifestación de Dios que autentica la persona y la misión de JC. Todo lo que el pueblo de Dios esperaba (1.lectura) y todo lo que J. hizo y la Iglesia cree y anuncia (2. lectura) está incluido en la proclamación del Jordán: J. es el hombre lleno del Espíritu de Dios que podrá manifestar y comunicar al Padre, al Dios del amor (ya que él es el Hijo, el amado, "en quien he puesto mi amor "=" el que es el predilecto").
La escena del bautismo nos es presentada por Lc con evidente intención del paralelismo con la que él mismo describirá como acontecimiento inicial de la Iglesia (Pentecostés). De ahí que Lc atribuya a Juan la profecía de que "el os bautizará con Espíritu Santo y fuego". Se trata, por tanto, de subrayar el inicio de la misión profética de JC, que después continuará en la Iglesia de sus discípulos.
Es preciso tener también en cuenta la importancia que la primera comunidad cristiana daba a este hecho del bautismo de J. como inicio de la realización eficaz de su misión (véase la 2. lectura: el resumen característico de la predicación de Pedro = el esquema fundamental de los sinópticos = el esquema básico de la primera predicación cristiana). 

Primera Lectura tomada del libro de Isaías ( Is 42,1-4.6-7),  es un  texto profético, con el que comienza la segunda parte del libro de Isaías (40), cuya predicación pertenece a un gran profeta que no nos quiso legar su nombre, y que se le conoce como discípulo de Isaías (los especialistas le llaman el Deutero-Isaías, o Segundo Isaías), es el anuncio de la liberación del destierro de Babilonia, que después se propuso como símbolo de los tiempos mesiánicos, y los primeros cristianos acertaron a interpretarlo como programa del profeta Jesús de Nazaret, que recibe en el bautismo su unción profética.
Este es uno de los Cantos del Siervo de Yahvé (Isaías 42, 1-7) nos presenta a ese personaje misterioso del que habla el Deutero-Isaías, que prosiguió las huellas y la escuela del gran profeta del s. VIII a. C.) como el mediador de una Alianza nueva. Los especialistas han tratado de identificar al personaje histórico que motivó este canto del profeta, y muchos hablan de Ciro, el rey de los persas, que dio la libertad al pueblo en el exilio de Babilonia.
Es este el primero de cuatro cánticos dedicados a este siervo doliente. Literariamente homogéneos, teológicamente complementarios y con igual objetivo temático, estos cánticos parecen ser obra de un discípulo inspirado del Deuteroisaías, posteriormente insertados en los contextos donde ahora se encuentran. No cabe duda de que su ambientación histórica son los años del destierro o inmediatamente siguientes. Sin embargo, si queremos comprender un poco mejor cómo el profeta veía este personaje individual o colectivo que la historia y la revelación posterior han identificado con Jesús de Nazaret, es imprescindible leer conjuntamente los cuatro cánticos con su respectivo comentario: cf 49, 1-6; 50, 4-9a; 52, 13-53, 12.
En este primer canto que nos ocupa se presenta al Siervo de Yahveh distinto del pueblo histórico y realizando una doble misión de trascendental relieve. De un lado, renovar la alianza hecha con Israel. De otro, repatriar a los exiliados y establecer la verdadera religión en medio de todas las naciones paganas. Para ello el autor se sirve de la terminología propia de la creación, "Yo te he formado", como al primer hombre. Es que con su siervo comienza un Nuevo Mundo, una Nueva Creación, un nuevo orden de cosas a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo. A partir de él todo será nuevo. "Los ciegos" o paganos abrirán sus ojos a la revelación; "los presos" o israelitas serán liberados de las tinieblas o equivocaciones en que viven desterrados. Y todo lo hará el que todo lo hizo con el soplo de su palabra, el creador de cielos y tierra. Creador y Redentor serán siempre ideas correlativas en nuestro profeta.
No menos llamativo es el modo cómo este siervo realizará su misión. Encargado de brindar el "derecho", es decir, la torah o doctrina revelada a todos los pueblos, lo hará compaginando las prerrogativas reales, proféticas y sacerdotales simultáneamente.
Como rey implantará el derecho y justicia en la tierra. Derecho y justicia que están muy por encima de los conceptos modernos impregnados de legalismo o sociología; implican una actividad salvífica a todos los niveles sobre la base de los designios de Dios.
Como sacerdote, es a él a quien compete exponer lo mismo que el rey debe implantar: el derecho. Tal era la costumbre en el pueblo de Israel.
Como profeta, le compete ser el paciente altavoz de la voluntad divina en medio de todas las naciones de la tierra.
Rey, sacerdote y profeta en maravilloso contraste con los reyes, sacerdotes y profetas de su tiempo. Nada de procedimientos militares ni de griteríos en las plazas ni de legalismo humano.
Su forma de actuar es distinta. Irá transformando la interioridad de los individuos, reavivando la mecha a punto de extinguirse, llevando a cabo la verdadera revolución querida por Dios con las armas de la paz.
Y todo ello será efecto de la acción dinámica de Yahveh en él, del espíritu divino que lo anima. En el bautismo y en el Tabor nos encontraremos con la realización de esta profecía en Jesús como primicia. Más tarde, en Pentecostés, sobre la naciente Iglesia como comunidad salvífica y medianera universal. Los exiliados no podían llegar tan lejos. A nosotros se nos ha revelado.

El responsorial de hoy es el Salmo 28 (Sal 28,la.2.3ac4.3b.9b-10). La Iglesia nos lo propone como un canto a la voz humana de Jesús; la que imperaba al viento y al mar: 'tace!', 'obmutesce!' "Increpó al viento y dijo al mar: «Calla, enmudece!» Y el viento cesó y sobrevino una gran bonanza".
En el salmo visualizamos la potencia divina del Señor sobre los seres naturales. Y así son también las acciones salvadoras que Él obra, no sólo en la historia humana, sino también en la historia singular de cada persona.
San Agustín se complace en describir las maravillosas operaciones que la voz de Jesús realiza también en el corazón humano: voz que "humillaba a los soberbios mediante la contrición del corazón, ... que arrastraba a unos hacia su amor, mientras dejaba a otros en su propia malicia, ... que manifestaba la opacidad de los misterios contenidos en la Sagrada Escritura, ... " (San Agustín. Enarrationes in psalmos, 28, 3.)
" Algunos estudiosos consideran el salmo 28 como uno de los textos más antiguos del Salterio. Es fuerte la imagen que lo sostiene en su desarrollo poético y orante: en efecto, se trata de la descripción progresiva de una tempestad. Se indica en el original hebraico con un vocablo, qol, que significa simultáneamente «voz» y «trueno». Por eso algunos comentaristas titulan este texto: «el salmo de los siete truenos», a causa del número de veces que resuena en él ese vocablo. En efecto, se puede decir que el salmista concibe el trueno como un símbolo de la voz divina que, con su misterio trascendente e inalcanzable, irrumpe en la realidad creada hasta estremecerla y asustarla, pero que en su significado más íntimo es palabra de paz y armonía.
... nos invita a tomar una actitud de profunda y confiada adoración de la divina Majestad.
2. Son dos los momentos y los lugares a los que el cantor bíblico nos lleva. Ocupa el centro (vv. 3-9) la representación de la tempestad que se desencadena a partir de "las aguas torrenciales" del Mediterráneo. Las aguas marinas, a los ojos del hombre de la Biblia, encarnan el caos que atenta contra la belleza y el esplendor de la creación, hasta corroerla, destruirla y abatirla. Así, al observar la tempestad que arrecia, se descubre el inmenso poder de Dios. El orante ve que el huracán se desplaza hacia el norte y azota la tierra firme. Los altísimos cedros del monte Líbano y del monte Siryón, llamado a veces Hermón, son descuajados por los rayos y parecen saltar bajo los truenos como animales asustados. Los truenos se van acercando, atraviesan toda la Tierra Santa y bajan hacia el sur, hasta las estepas desérticas de Cadés.
3. Después de este cuadro de fuerte movimiento y tensión se nos invita a contemplar, por contraste, otra escena que se representa al inicio y al final del salmo (vv. 1-2 y 9b-11). Al temor y al miedo se contrapone ahora la glorificación adorante de Dios en el templo de Sión.
Hay casi un canal de comunicación que une el santuario de Jerusalén y el santuario celestial:  en estos dos ámbitos sagrados hay paz y se eleva la alabanza a la gloria divina. Al ruido ensordecedor de los truenos sigue la armonía del canto litúrgico; el terror da paso a la certeza de la protección divina. Ahora Dios "se sienta por encima del aguacero (...) como rey eterno" (v. 10), es decir, como el Señor y el Soberano supremo de toda la creación.
4. Ante estos dos cuadros antitéticos, el orante es invitado a hacer una doble experiencia. En primer lugar, debe descubrir que el hombre no puede comprender y dominar el misterio de Dios, expresado con el símbolo de la tempestad. Como canta el profeta Isaías, el Señor, a semejanza del rayo o la tempestad, irrumpe en la historia sembrando el pánico en los malvados y en los opresores. Bajo la intervención de su juicio, los adversarios soberbios son descuajados como árboles azotados por un huracán o como cedros destrozados por los rayos divinos (cf. Is 14, 7-8).
Desde esta perspectiva resulta evidente lo que un pensador moderno, Rudolph Otto, definió lo tremendum de Dios, es decir, su trascendencia inefable y su presencia de juez justo en la historia de la humanidad. Esta cree vanamente que puede oponerse a su poder soberano. También María exaltará en el Magníficat este aspecto de la acción de Dios:  "Él hace proezas con su brazo:  dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos" (Lc 1, 51-52).
5. Con todo, el salmo nos presenta otro aspecto del rostro de Dios:  el que se descubre en la intimidad de la oración y en la celebración de la liturgia. Según el pensador citado, es lo fascinosum de Dios, es decir, la fascinación que emana de su gracia, el misterio del amor que se derrama sobre el fiel, la seguridad serena de la bendición reservada al justo. Incluso ante el caos del mal, ante las tempestades de la historia y ante la misma cólera de la justicia divina, el orante se siente en paz, envuelto en el manto de protección que la Providencia ofrece a quien alaba a Dios y sigue sus caminos. En la oración se conoce que el Señor desea verdaderamente dar la paz.
En el templo se calma nuestra inquietud y desaparece nuestro terror; participamos en la liturgia celestial con todos "los hijos de Dios", ángeles y santos. Y por encima de la tempestad, semejante al diluvio destructor de la maldad humana, se alza el arco iris de la bendición divina, que recuerda "la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra" (Gn 9, 16). " (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 13 de junio de 2001).

En la segunda lectura  tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,34-38), escuchamos el testimonio de san Pedro  "Me refiero a Jesús el Cristo de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo".
Lucas habla siempre a lectores que, a su juicio, conocen los acontecimientos de la vida y muerte de Jesús. Se trata siempre de algo que ha acontecido en medio de vosotros. Son hechos que no se pueden discutir, que se pueden reconstruir históricamente, pero que deben ser interpretados. De ahí la fórmula de Pedro: Conocéis lo que aconteció en el país de los judíos. Comienza por el bautismo de Jesús, la unción por el Espíritu significa que Jesús ha sido elegido para realizar la salvación. Con Jesús llegó el "fuerte" que despoja al enemigo. Las enfermedades que Jesús cura tienen una incidencia que va más allá del cuerpo. Jesús, con su obra, ha abierto el camino de la libertad, es el salvador.
Esta pericopa forma la primera parte del discurso de Pedro vv. 34-43. La evangelización de los gentiles constituyó un grave problema para las comunidades cristianas. La intervención de Dios, en el caso de Cornelio, hizo superar las barreras. La misión a los gentiles no será una victoria de las ideas o decisiones de Pablo o de Pedro, sino una obligación derivada de la intervención de Dios.
El plan literario y teológico de los Hechos depende en gran parte de la concepción de San Lucas según el cual la proclamación del mensaje se inicia en Jerusalén y llega a toda la tierra. En este caminar misionero el Espíritu tiene la función de guía. En el episodio de Cornelio, Pedro reconoce el designio de Dios sobre los gentiles. Pedro comprende que no debe distinguir ya entre alimentos puros e impuros, tampoco entre gentiles y judíos. Pero proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios.
Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres.
Después de esta introducción, Pedro pasa ahora a predicar el Evangelio de Jesucristo. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo.
Jesús es el "ungido", es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.
Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos "salvadores y benefactores" no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor.
Pedro, antes que Pablo y más allá de cualquier propuesta humana, asume que la iniciativa de bautizar a los gentiles no proviene de los hombres sino de Dios. Dios, que no hace distinciones, toma una decisión que señala un cambio decisivo. Desde este momento nadie puede ser tenido por impuro. Todo hombre puede ser grato a Dios.

En el evangelio de hoy tomado de San Lucas  (Lc 3,15-16.21-22) leemos " Un día en que se bautizó mucha gente, también Jesús el Cristo se bautizó. Y mientras Jesús el Cristo oraba se abrió el cielo, y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz que venía del cielo:"Tú eres mi Hijo el amado, en ti me complazco."
Después de los relatos de la infancia y como preparación a la actividad pública de Jesús, Lucas narra los acontecimientos que se refieren a Juan Bautista, el bautismo de Jesús, las tentaciones de Jesús; este conjunto sirve como de introducción a la verdadera y propia actividad de Jesús y le da sentido. El evangelista concentra en un cuadro único y completo toda la actividad de Juan: desde el comienzo de la predicación en las orillas del río Jordán (3,3-18) hasta el arresto mandado por Herodes Antipas (3,19-20). Cuando Jesús aparece en la escena en 3,21 para ser bautizado ya no se menciona a Juan. Con esta omisión Lucas clarifica su lectura de la historia salvífica: Juan es la última voz profética de la promesa veterotestamentaria. Ahora el centro de la historia es Jesús, es Él quien da comienzo al tiempo de salvación que se prolongará en el tiempo de la Iglesia.
Comienza la lectura diciéndonos que el pueblo estaba a la expectativa ante la persona de Juan el Bautista. Esto se debe a que Israel durante varios años vivió una “ausencia” de profetas en su pueblo, y la llegada de Juan significó una buena noticia. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Notablemente diferente a los demás, por su estilo de vida, su forma de hablar y su mensaje, constituía un nuevo paradigma que difícilmente tendría similitudes a otros.  Era tan grande la impresión causada por este, que muchos comenzaron a señalarlo como el Mesías esperado.
Por aquel tiempo, Juan invitaba a un bautismo que se distinguía de las acostumbradas abluciones religiosas. Este bautismo se caracteriza por no ser repetible, y por ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de él. Este bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego. Y Juan reconoce la autoridad y el honor de esta persona, a la que afirma que no es digno de desatarle la correas de las sandalias.
Jesús quiere ser bautizado, y se mezcla entre la multitud que espera a las orillas del Jordán. Puesto que el bautismo de Juan comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables pero que tienden a la justicia.
San Lucas nos dice que Jesús recibió el bautismo mientras oraba, es decir, entra en diálogo con el Padre. El Cielo se abre, y el Espíritu Santo bajó sobre Jesús como una paloma, y se oyó una voz del cielo que se dirige a Jesús “Tú eres mi hijo querido, mi predilecto”. El Espíritu Santo es representado “como una paloma”, probablemente, a causa del primer versículo del Génesis, donde el Espíritu de Dios, según la tradición judía, aleteaba sobre las aguas “como una paloma”. Este símbolo evocaría entonces la nueva creación inaugurada en el bautismo de Jesús.
La imagen del cielo abierto, nos habla de la plena comunión de Jesús con la voluntad del Padre, y a ello se añade la presencia del Espíritu Santo, las tres personas de la Santísima Trinidad.
San Gregorio Nacianceno comentando  este pasaje dice: " «Se abrió el cielo» (Lc ,).
Cristo se revela, dejémonos iluminar con él; Cristo se hace bautizar, descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él… Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo tiempo a aquel por quien va a ser bautizado, y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán. Santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y de la misma manera que él mismo era espíritu y carne, para iniciarnos mediante el Espíritu y el agua… Jesús por su parte asciende también de las aguas. En efecto, lleva con él al mundo y le hace subir con él. «Ve como se rasgan los cielos y se abren» (Mc 1,10) que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.
También el Espíritu Santo da testimonio de la divinidad, acudiendo, por cierto, a favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues se encontraba allí precisamente Aquel de quien se había dado testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra su cuerpo, ya que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio (Gn 8,11)… " ( San Gregorio Nacianceno, obispo y doctor de la Iglesia- Homilía 39, para la fiesta de las Luces: PG 36, 349.

Para nuestra vida.
Los textos que nos han dejado los primeros cristianos nos muestran que viven su fe en Jesucristo como un fuerte «movimiento espiritual». Se sienten habitados por el Espíritu de Jesús.
Lo primero que cambia radicalmente es su experiencia de Dios. Viven con  «espíritu de hijos» que se sienten amados de manera incondicional y sin límites por un Padre. El Espíritu de Jesús les hace gritar en el fondo de su corazón: ¡Abbá, Padre! Esta experiencia es lo primero que todos deberían encontrar en nosotros.
Cambia también su manera de vivir la religión. Ya no se sienten «prisioneros de la ley», las normas y los preceptos, sino liberados por el amor. Este es el clima que entre todos hemos de cuidar y promover en las comunidades cristianas, si queremos vivir como Jesús.
Descubren también el verdadero contenido del culto a Dios. Lo que agrada al Padre son los ritos vividos «en espíritu y en verdad».
Una iglesia, vacía del espíritu de Cristo, no puede vivir ni comunicar su verdadera Novedad. No puede saborear ni contagiar su Buena Noticia. Cuidar la espiritualidad cristiana es reavivar nuestra religión.
Yo digo: «Soy cristiano». Pero tal vez no sepa bien lo que digo ni diga con verdad lo que soy, pues «ser de Cristo» es misterio que nadie puede abarcar, ni puede nadie acabar de serlo.
El Espíritu de Dios y su gracia, la contemplación de los hechos de Cristo, la oración de la Iglesia y el amor de los hermanos me irán abriendo camino para que me adentre en ese misterio que confieso cuando digo: «Soy cristiano».
Mi realidad de cristiano se irá fortaleciendo a través de la meditación de la Palabra proclamada.

La primera lectura retoma el tema del Siervo de Yahveh, en este siglo XXI, el actual discípulo de Jesús el Cristo, bautizado en su Espíritu, debe ser una persona mansa y humilde, luchadora contra las injusticias de este mundo y anunciadora de un reino de justicia, de amor y de paz. A ello nos invita esta lectura.
La tradición cristiana primitiva ha sabido identificar a aquél que puede ser el mediador de una nueva Alianza de Dios con los hombres y ser luz de las naciones: Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios.
"  Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero". Para nosotros, los cristianos, el siervo de Yahvé es Jesús el Cristo de Nazaret, el que fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista. Él vino a implantar el derecho en la tierra, pero no quiso hacerlo con las armas, ni con una doctrina intolerante y opresora; no quiso quebrar la caña cascada, ni apagar el pábilo vacilante. Vino a abrir los ojos a los ciegos y la prisión a los cautivos; quiso ser alianza de los pueblos y luz de las naciones. A este siervo de Yahveh, a este Jesús el Cristo de Nazaret, es al que debemos convertirnos, del que debemos revestirnos, cuando intentamos vivir como personas bautizadas en su Espíritu.
La misión del siervo de Yahveh es sentenciar justicia y llevar el derecho a las naciones. El siervo dará una nueva constitución a los pueblos y establecerá un orden nuevo en el que habite la justicia. Se piensa aquí especialmente en la sentencia que ha de resolver el pleito de Yahveh con todas las naciones y que pondrá en claro que Yahveh es el único Dios. La proclamación del nuevo orden no se hará según la costumbre de los reyes orientales que sancionaban las leyes antiguas y establecían otras nuevas tan pronto ascendían al trono, que las hacían pregonar por las calles y las plazas en todas sus ciudades. El Siervo de Yahveh actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo, que, como Ciro, conmueven toda la tierra para establecer el derecho de los más fuertes. Esta sentencia no será ejecutada violentamente contra los débiles, los vencidos y los que estén ya moribundos.
Aunque el Siervo de Yahveh es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia.
El será la fortaleza de todos los oprimidos.
Como otro Moisés será mediador en la nueva alianza entre Dios y su pueblo. Como "luz de las naciones" llevará a todas partes el conocimiento de Dios. Su misión es universal. Por fin, se subraya el carácter liberador del Siervo de Yahveh.
El cuidado de Dios va más allá del siervo.
Llega hasta la "caña cascada" y el "pábilo vacilante", es decir, llega hasta hombres que, a juicio de los demás y desde su propia impresión, están acabados; a hombres de quienes la sociedad nada puede esperar, porque no van a aportar nada al resto; a personas sobre las que no quedaría más que romper el bastón en sus espaldas, como cuando al pábilo vacilante sólo le cabe esperar una mano que lo apague: el hijo no querido en el seno de la madre, el viejo que se acaba y que no es más que una carga para el entorno y, en fin, todos aquellos de los que se dice o al menos se piensa, "mas valía que no existieran".
El siervo de Dios actúa de otra manera; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, a la manera que Dios actúa, que también es diferente. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: "No grita, ni clama, ni vocea por las calles". Promueve fielmente el derecho, que no es precisamente como el del mundo; su lenguaje son los hechos; y éstos no consisten en acabar con la caña cascada ni en apagar el pábilo vacilante.

Desde el salmo se nos recuerda la obra de Dios. Dios espera nuestra petición. El Señor bendice a su pueblo con la paz. Pues recemos hoy todos con el salmo 28 y pidamos fervientemente al Señor que Él nos bendiga a todos con su paz, especialmente a los más la necesiten.
Asi comenta San Juan Pablo II, este salmo "Y por encima de la tempestad, semejante al diluvio destructor de la maldad humana, se alza el arco iris de la bendición divina, que recuerda "la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra" (Gn 9, 16).
Este es el principal mensaje que brota de la relectura "cristiana" del salmo. Si los siete "truenos" de nuestro salmo representan la voz de Dios en el cosmos, la expresión más alta de esta voz es aquella con la cual el Padre, en la teofanía del bautismo de Jesús, reveló su identidad más profunda de "Hijo amado" (Mc 1, 11 y paralelos). San Basilio escribe:  "Tal vez, más místicamente, "la voz del Señor sobre las aguas" resonó cuando vino una voz de las alturas en el bautismo de Jesús y dijo:  "Este es mi Hijo amado". En efecto, entonces el Señor aleteaba sobre muchas aguas, santificándolas con el bautismo. El Dios de la gloria tronó desde las alturas con la voz alta de su testimonio (...). Y también se puede entender por "trueno" el cambio que, después del bautismo, se realiza a través de la gran "voz" del Evangelio" (Homilías sobre los salmosPG 30, 359)." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 13 de junio de 2001).

En la segunda lectura tomada del Libro de los Hechos de los apóstoles San Pedro hace como un resumen biográfico de Jesús ante los nuevos conversos, ante aquellos que ahora quieren creer y que, sin embargo, le dieron la espalda en los días de la Pasión y en dicho resumen va a decir lo más fundamental de lo que fue la misión de Jesús: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que paso haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él” Haciendo el bien y curando a los oprimidos es también nuestra misión y no debemos de olvidarlo, hoy, muchos hermanos necesitan el bien que les podamos hacer y la curación de sus enfermedades de cuerpo y Espíritu.
La palabra autorizada de Pedro descifra el misterio de las visiones de la narración anterior y legitima el paso de la misión cristiana a los gentiles en dos palestras diferentes. En primer lugar, Lucas presenta a Pedro pronunciando en casa de Cornelio (10,34-48) un gran discurso que no tiene demasiada conexión con el caso concreto y que parece responder al tipo de lo que era o debía de ser la proclamación clásica del evangelio a los gentiles (34-43). Los Hechos, como los evangelios, tienen más de catequesis que de crónica puntual. Si los evangelios, a la luz de la Pascua han amplificado el alcance de las palabras y de la obra del Jesús histórico y lo han actualizado para las comunidades destinatarias, ¿por qué hemos de negar al autor de los Hechos un recurso semejante? Tendría buenas razones para hacerlo: el protagonismo que en la apertura a los gentiles atribuye Lucas a la iniciativa del Espíritu Santo y de Pedro, el primero de los Doce, sería una ayuda para sus lectores, y así quedarían superadas pesadas polarizaciones eclesiales. El tener en cuenta matices semejantes hace más dinámica y abierta nuestra lectura de la Biblia y de los documentos de la tradición cristiana. Además Lucas aparece aquí como un escritor conciliador y ecuménico. En nuestra época de rupturas y rápidos cambios culturales en la expresión de la fe sería muy útil que al presentar los nuevos caminos de la Iglesia se acentuara la catolicidad y una profunda continuidad con la tradición. De esta manera se evitarían muchos malentendidos y ocasiones de malestar, sobre todo, para las conciencias débiles.

El evangelio de hoy nos da una respuesta clara, una respuesta de fe, a la pregunta de quién es Jesús: El Padre manifestó su identidad: "Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto". Pero, al mismo tiempo, asume su misión: pasar por el mundo haciendo el bien, abriendo los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas.
San Lucas destaca como peculiaridad de su Evangelio que "Jesús también se bautizó", añadiendo la circunstancia "en un bautismo general". Lucas destaca el detalle de solidaridad de Jesús con el pueblo entero que acudía a Juan necesitado de conversión. Lucas precisa algo que los restantes sinópticos no indican: "En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación". Se había creado una situación especial de anhelo y de esperanza en torno a Juan. Jesús sintonizando con este "movimiento", haciéndose uno más, mostrándose como un penitente más, se acerca a Juan. Así asume la condición humana, incluso la apariencia de pecado y realiza la profecía de Isaías: "No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" ( 1. lectura) y lo que afirma la 2a: "...pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo".
Es todo un ejemplo para los bautizados, que renunciando al pecado están llamados a compartir toda la realidad humana en una solidaridad que se concreta en el amor de Dios. Así seremos imagen de Cristo que nos am6 hasta el fin y lo asumió todo, excepto el pecado.
Hoy nos encontramos con la realidad del bautismo que configura nuestras vidas.
Jesús  fue bautizado con agua por Juan en el Jordán
 Nosotros hemos recibido el bautismo "en el Espíritu Santo". ¿Somos conscientes de la gracia recibida, de nuestra consagración como sacerdotes, profetas y reyes? Nuestra misión es ser fieles al honor recibido, no traicionar el amor de Dios Padre. Nuestra misión es aspirar a la santidad --somos sacerdotes todos--, luchar por un mundo donde reine la justicia --nuestra misión profética-- y servir a los más necesitados con los dones recibidos --somos ungidos como reyes--.
Di y toma conciencia de que eres cristiano : «Soy cristiano», y estarás diciendo: «He sido lavado con Cristo en las aguas de su bautismo, he creído en el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, he visto desaparecer perdonados todos mis pecados, se han abierto también para mí las puertas de la casa de Dios, he subido con Cristo desde lo hondo de la esclavitud humana a la condición de hijo amado de Dios».
Pero no es eso sólo lo que vives hoy, pues también se te permite contemplar al Espíritu que baja sobre Jesús, y oír la voz que viene del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Si en comunión con Cristo Jesús quedaste purificada por las aguas de su bautismo, en Cristo quedaste también ungida con el Espíritu que a él lo ungió, y escuchaste, como dichas también para ti, las palabras que él oyó, palabras de amor que nunca en tu pequeñez hubieras podido imaginar.
Si ahora dices: «Soy cristiano», estás diciendo: «Soy hijo de Dios en Cristo, soy amado de Dios en Cristo, soy en Cristo un predilecto de Dios».
Aprende lo que eres; agradece con todos los redimidos lo que el amor de Dios ha hecho de ti; comulga con Cristo y, en esa comunión, admira la belleza del misterio que hoy se te ha revelado, saborea su dulzura, goza con la abundancia de la misericordia que se te revela, escucha de nuevo, dichas para el Unigénito, dichas también para ti, las palabras de aquel día en el Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.
Los cristianos somos personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo. Como Cristo inicia su vida pública, también nosotros estamos llamados en nuestra condición de bautizados a vivir un estilo propio y peculiar de vida en el Espíritu de Jesús el Cristo.
¿ Que significa vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo?.
Vivir, en fin, como personas bautizadas, es intentar vivir como vivió nuestro Maestro y Señor ,  movidas y dirigidas por el Espíritu de Dios. .
Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo es vivir como discípulos del que quiso nacer y vivir como pobre, del que vivió luchando contra unos poderes políticos y religiosos que querían hacer de la religión un mercado y un negocio al servicio de los más ricos y poderosos.
Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo es seguir al Cristo que prefirió morir en una cruz, antes que callarse y claudicar ante jefes y autoridades ambiciosas y corruptas.
Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo es vivir como personas llenas de Dios que, en medio de las intimas y personales  debilidades, actúan movidas siempre por el Espíritu.
Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo es como personas llamadas a evangelizar, empeñadas en construir en la tierra el reino de Dios.
Vivir como personas bautizadas en el Espíritu de Jesús el Cristo es vivir predicando el amor a Dios y al prójimo, vivir en la fraternidad universal, en la justicia misericordiosa, sembrando paz y esperanza en este mundo lleno de egoísmos y ambiciones, de guerras y discordias.
Feliz domingo. Feliz fiesta del Bautismo del Señor.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com