lunes, 17 de junio de 2019

Comentario a las lecturas del Domingo de la Santísima Trinidad . 16 de junio de 2019.

Comentario a las lecturas del Domingo de la Santísima Trinidad . 16 de junio de 2019.
 “El Espíritu Santo, de quien hemos recibido ahora la prenda, es el que nos garantiza que llegaremos a la plenitud de que habla el mismo Apóstol: Entonces le veremos cara a cara”. (San Agustín. Comentarios sobre el evangelio de San Juan 96,4).
Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo y único Dios en tres personas. Describe una realidad misteriosa que conjuga la unidad absoluta (monoteísmo) con la trinidad de personas, familia comunidad de amor. El Padre es el principio sin principio, el Hijo es reflejo del Padre, engendrado en la eternidad de la misma naturaleza. El Espíritu Santo es el Aliento del Padre y del Hijo, es el Amor que los abraza. Los tres coexisten desde toda la eternidad, sin comienzo y para siempre. El proyecto de Dios es hacernos a nosotros partícipes de esa felicidad, y para eso hemos sido creados.
En esta fiesta la Iglesia nos propone el testimonio de las vocaciones contemplativas. Toda una vida para contemplar, alabar, interceder, dar gloria a Dios, reparar con amor ante el Amor que no es amado. ¿Qué hace en la Iglesia una comunidad contemplativa? ¿Qué provecho alcanza de ello la sociedad de nuestro tiempo? Los contemplativos responden a una vocación de Dios, que se convierte en profecía para todos: amar y buscar a Dios sobre todas las cosas, y son para la sociedad como oasis de paz y de silencio que invitan a encontrarse con Dios y restaurar nuestras fuerzas.
Hay una antigua leyenda llamada de “San Agustín y el niño de la concha”, tal como está representada en el famoso cuadro de Rubens. En este cuadro aparece el santo obispo de Hipona paseando por la playa; cuando ve que un niño está echando agua del mar en un pequeño hoyito, con una concha que lleva en la mano. El santo se acerca al niño y le pregunta: ¿qué haces? A lo que el niño responde sin dudar: voy a meter toda el agua del mar en este agujero. El santo, paternal y bondadoso, le responde al niño: toda el agua del mar no va a caber en este agujero. El niño le mira y le dice: tampoco Dios cabe en tu inteligencia. Esta respuesta del niño hizo reflexionar al santo, que llevaba varios años pensando en el libro que iba a escribir, y que de hecho escribió, sobre misterio de la Trinidad.

La primera lectura tomada de Proverbios (Prov 8,22-31). El cap. 8 de Proverbios es una reflexión nueva sobre el ser de las cosas. Esto adquirió consistencia en lo que llaman "sabiduría", como algo muy próximo a Dios (cf. Sab 7) y que queda casi personificado. Después del exilio en Babilonia, a medida que el politeísmo fue dejando de ser una amenaza para la fe en el Dios único, se fue desarrollando la idea de una Sabiduría personificada, como la que encontramos en el texto de hoy.
En este v. 22 se habla de la Sabiduría "establecida desde el principio". El entender las cosas desde Dios tiene su raíz en Dios mismo.
El texto presenta  la tercera parte del capítulo (vs. 22-31), en ella, la sabiduría intentará probar su capacidad para llevar a cabo este orden entre los hombres. Ella se mueve entre Dios creador (v. 22) y los mortales que aparecen al final (v. 31). Es primogénita y mediadora: y el orden existente en el mundo no es independiente de ella ya que cuando Dios pone orden y estabilidad al universo, ella como primera criatura, está junto a El.
Al principio habla de sus relaciones con Dios (sólo en el v. 22 aparece el nombre del Señor). Ha sido engendrada (en sentido figurado), tejida con nervios y hueso al igual que el embrión en el seno materno (v. 23) y dada a luz con dolor por el Señor (v. 24). La sabiduría es anterior al mundo que el hombre ve (cfr. repetición de "antes" en los vs. 23-26) y está junto a Dios cuando organiza el mundo (cfr repetición de "cuando" en los vs. 26-29). No tiene ningún papel activo en la creación (v. 30), sino que es como un niño de pecho en el que Dios pone su complacencia; y ella tendrá sus mayores delicias en estar junto a los hombres (vs. 30 ss.).
Nuestro texto presenta la Sabiduría de Dios hablando de ella misma y afirmando que existe desde antes "del principio de las tareas" de Dios, lo que significa no sólo una precedencia en el tiempo, sino una preeminencia sobre toda criatura.
La afirmación según la cual "en un tiempo remotísimo fui formada" trajo muy pronto problemas entre los cristianos, ya que algunos la utilizaban para defender que el "Logos" había sido creado por Dios.
La Sabiduría no dice sólo que existe antes que todo, sino que estaba presente en la obra creadora de Dios, que explica de acuerdo con la concepción del relato del Génesis. Sorprende esta imagen tan tierna de la Sabiduría, que hace las delicias de Dios, jugando en su presencia y por toda la tierra, y su proximidad con los hombres, con los cuales comparte sus delicias. No es extraño que aplicaran este texto a Jesús aquellos que le descubrieron como Sabiduría de Dios y como cercano a los hombres.
El autor de este capítulo pensaba en la sabiduría de Dios dada a conocer a Israel y formando parte de su propia mentalidad y sabiduría.
"Esto dice la sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas" (Pr 8, 22), estas palabras  se pierden en la bruma de los tiempos, y nos llegan envueltas en los tupidos velos del misterio. Nos hablan de cuando no había nada, de un tiempo fuera del tiempo. Contemplar con nuestros ojos la hondura de la esencia de Dios, sin comparaciones ni metáforas. Pero es imposible, Dios no cabe en nuestras palabras, no podemos conocerlo directamente. Tan sólo llegamos hasta él por analogía, por aproximación. Es suficiente esa aproximación para que podamos entrever algo tan sublime, que nos rindamos ante tanta grandeza. Sí, por la revelación de Dios podemos llegar hasta donde nuestro pobre entendimiento no pudo si soñar, hasta la misma cumbre divina. Y desde allí, el hombre sólo puede hacer una cosa, adorar en silencio. Estamos ante lo sagrado, lo trascendente, lo inefable. Pretender preguntar siempre, querer saberlo todo es profanar la revelación, las palabras llenas de la sabiduría de Dios.
"Cuando ponía un límite al mar; y las aguas no traspasaban mis mandatos...” (Pr 8, 29). Dios uno y trino. Tres personas y una naturaleza. El Padre, Dios, dando forma y color al mundo, haciendo brotar de las tinieblas un torrente de luz, colgando sin hilos los millones de astros que pueblan los espacios siderales, tallando en hielo las imponderables filigranas de una brizna de escarcha... El Hijo, Dios hecho hombre, nacido de madre virgen. Trabajando sobre nuestra tierra, predicando la Buena Nueva y curando a los enfermos, amando a los hombres hasta morir por ellos colgado de una cruz... El Espíritu Santo, Dios que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

El responsorial es el salmo 8 (Sal 8,4-9). Este himno a la realeza de Yahveh debía cantarse, (en una fe), en una fiesta nocturna, bajo el encanto de un cielo estrellado, y la transparencia de las noches sin nubes del oriente. Este salmo es la traducción en canción y en oración de la enseñanza o catecismo elemental de la religión de Israel, el Génesis: Un Dios creador de todo, que confía todo al hombre y lo coloca en lo más alto: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. .. Dominad la tierra y sometedla. . . Os doy todo. .." (Génesis 1;2).
El  himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una "caña" frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una "caña pensante" que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, "coronado" por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:  "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (vv. 2. 10).
La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A  estos se les califica de "adversarios", "enemigos" y "rebeldes",  porque  creen erróneamente que con  su  razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1).
A continuación se abre el escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:  "¿Qué es el hombre?" (Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es "tuyo", "has creado" la luna y las estrellas, que son "obra de tus dedos" (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común:  "obra de tus manos" (cf. v. 7):  Dios ha creado estas realidades inmensas con la facilidad y la finura de un cincel.
¿Cómo puede Dios "acordarse" y "cuidar" (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa:  al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda:  lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).
La segunda estrofa del salmo (cf. vv. 6-10) describe al hombre como el lugarteniente regio del mismo Creador. Dios lo ha "coronado", destinándolo a un señorío universal:  "Todo lo sometiste bajo sus pies", y el adjetivo "todo" resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala:  a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.
Como declara la constitución pastoral Gaudium et Spes del concilio Vaticano II, "el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios" (n. 12).

La segunda lectura  es de la carta a los romanos (Rom 5,1-5 ), su mensaje es claro. Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios “EL amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Se trata aquí, en la Carta a los Romanos, del amor especial que Dios nos tiene y del que nadie podrá separarnos.
El cap. 5 de Rom expone una de las piezas claves de la teología de San Pablo: el hombre justificado, reconciliado y salvado. En este texto trinitario paulino podemos ver algunas de las características más importantes de la presentación de la Trinidad que Pablo suele hacer en su catequesis. Aparecen, desde luego, los Tres de la Trinidad ("Dios" es el Padre en la terminología Paulina) y aparecen obrando la salvación. Este es el rasgo sobresaliente de la predicación trinitaria de san Pablo: no hablar tanto de la Trinidad en sí misma, ontológicamente considerada, sino de su función salvífica. Habla de ella tanto cuanto sea preciso para explicar el misterio de la salvación humana, sin grandes preocupaciones teóricas: en cambio procura conectar la vivencia cristiana (justificación, esperanza, otras actitudes cristianas básicas tal como aparecen en el texto de hoy) con la Trinidad. Se trata, pues, de un Dios cercano a los hombres, hombres creyentes.
El estar en paz con Dios no quiere decir tanto buscar la paz, sino el caer en cuenta de que ya se nos ha dado la paz en Jesucristo (Ef 2, 14). La paz se convierte así en el mayor bien mesiánico y no en una simple dimensión del alma, en una mera virtud (Is 9, 6; Lc 1, 79; Ef 2, 17). Estar en paz con Dios es saberse salvado y con fuerza para emprender una labor constructiva.
Después de que en los capítulos anteriores Pablo ha expuesto que "hemos recibido la justificación por la fe", ahora describe los efectos de esta "justicia". El primero de todos es la paz: la reconciliación obrada por Jesucristo hace que estemos en paz con Dios. No es la paz del estúpido que no se apercibe de los problemas o la del cínico que pretende ignorarlos y los rehúye, sino que se trata de aquella paz que se mantiene firme incluso en las pruebas, porque es un don de Dios.
Al lado de la paz, está la gracia y la esperanza. En nosotros todavía no se ha realizado en plenitud el gozo de la vida en Dios, pero la esperanza, basada en la fe en Jesucristo, nos lleva a no sentirnos defraudados.
De hecho, estos efectos se incluyen en uno: el Espíritu Santo. El, que es el amor de Dios derramado en nuestros corazones, es quien hace posible que vivamos de la misma forma que Jesús, quien, lleno de este mismo Espíritu, ha vivido, en las pruebas y el sufrimiento, con aquella paz y aquella esperanza que provienen de la confianza total en un Dios-Amor.

El evangelio continua siendo de San Juan  (Jn 16,12-15) Este Evangelio es considerado por la liturgia como el Evangelio pascual por excelencia. En las dominicas que preceden a Pentecostés, nos presentan una y otra vez sus páginas inspiradas, llenas del recuerdo luminoso del discípulo amado. En especial las escenas y diálogos de la Ultima Cena tienen el acento entrañable de una despedida cargada de promesas y de ternura. Jesús dijo entonces a los suyos, y nos lo dice ahora a nosotros, que muchas cosas tiene que enseñarnos, pero que todavía no podemos cargar con ellas; aún no podemos comprenderle del todo.
El evangelio de hoy es un fragmento del discurso de despedida de Jesús en la última Cena. El tiempo es breve para Jesús y tiene aún muchas cosas que comunicar a los suyos. Por eso, al no poder ahora decirlo todo, habla del Espíritu de la Verdad, el Defensor (Paráclito), diciendo que será él quien les hará conocer todo lo que les enseñó Jesús. No les dirá cosas distintas o referentes a otras verdades no explicadas por Jesús. La función del Espíritu será ir iluminando las palabras de Jesús, las mismas que él dijo a los discípulos. Estando Jesús ausente corporalmente, su Espíritu permanece en medio de los suyos, y les va recordando y aclarando el sentido de sus enseñanzas.
El Espíritu se va a convertir, por tanto, en el Maestro que enseña en los corazones de los discípulos todo lo que salió de la enseñanza de Cristo, y siempre les hará ver más clara la esperanza en el futuro y en la recompensa.
El Espíritu ayudará a descubrir la gloria de Jesús haciendo descubrir todo lo que Jesús dijo e hizo por los hombres. Jesús glorificó al Padre revelando el Padre a los hombres (Jn 17, 4), el Paráclito glorifica a Jesús revelándolo a los hombres.
Todo lo que es del Padre es de Jesús. El mismo misterio del Padre relacionado con el Hijo es lo que el Espíritu anunciará mostrando en realidad quién es Jesús, cuál es su dignidad, cuál la misión que ha tenido, qué gloria va a compartir con todos nosotros.
Al Espíritu se le designa como "Espíritu de la verdad". La verdad de la que aquí se habla es la revelación que promete la vida y que ha traído Jesús. Se trata de la penetración profunda en el contenido de la revelación y simultáneamente de su aplicación al comportamiento de la comunidad en medio del mundo. En comparación con otras funciones que se le asignan al Espíritu en el cuarto evangelio, ésta es la que cobra mayor relieve en la experiencia cristiana.
El Espíritu no oscurece la posición reveladora de Jesús. La función de guía del Espíritu está en conexión con Jesús, al igual que Jesús lo está con el Padre. La comunicación de lo que está por venir no debe entenderse como algo completamente nuevo más allá de la revelación de Jesús, algo así como la manifestación de sucesos futuros. "Hablar de lo oído y comunicar lo que está por venir" son, en realidad, expresiones mutuamente complementarias. El Espíritu no anuncia nada nuevo, sino que abre el mensaje mismo de Jesús a las nuevas y cambiantes situaciones de la comunidad, de forma que ese mensaje vaya adquiriendo su sentido siempre actual. La guía del Espíritu saca a la luz del día a día cambiante las insospechadas e insondables virtualidades de la revelación del Padre traída por Jesús. Lo que está por venir no son sucesos futuros, sino la actualización de la definitiva revelación que Jesús hizo del Padre, revelación que en este texto y en el resto del cuarto evangelio recibe el nombre de "la verdad".


Para nuestra vida.
Lo que nos enseña el Misterio de la Santísima Trinidad.
-Dios es AMOR y, nosotros, participamos de esa fusión única y maravillosa que existe entre las tres personas.
-Dios es COMUNIÓN y, nosotros, la contemplamos y la comemos, la vivimos y la palpamos, la añoramos y la necesitamos ante la fragmentación existente en nuestro entorno, en las galaxias de nuestros afectos, en nuestras luchas, proyectos y fatigas.
-Dios es ÚNICO y, nosotros, le damos gloria y alabanza porque nuestra FE nos dice que en Él está puesta nuestra esperanza, nuestro ser iglesia, nuestra vida cristiana que ha de ser siempre trinitaria.
- En nuestra vida cotidiana, nos enseña que DIOS es familia y que, nosotros, formamos parte de ella aunque no lleguemos a comprender ni entender todo el entresijo y la riqueza que encierra.
El principal mensaje que nos dice a los cristianos este misterio es que el Dios en el que creemos es un Dios familia, un Dios comunidad, un Dios amor.
Nuestro Dios no es un individuo aislado e incomunicado, como una isla remota e inaccesible. Es un Dios universal. La fe nos dice que Dios es nuestro Padre, que el Hijo es nuestro redentor y que el Espíritu Santo es el amor que une al Padre con el Hijo. Por consiguiente, si nosotros queremos entender algo de este misterio, sólo podremos hacerlo entendiendo a Dios como amor. Y si nosotros queremos entender vivencialmente algo de este misterio, sólo podremos hacerlo viviendo en el amor de Dios. Todos nosotros somos criaturas de Dios, hijos de Dios, y podemos ser, vivir y existir en Dios, si amamos a Dios. Un cristiano no puede ser una persona egoísta, que sólo piensa en sí mismo, porque entonces no está creyendo en un Dios Trinitario. El individuo, y la familia cristiana, debe tener como ideal vivir creyendo y amando a un Dios que es, en sí mismo, una familia.

En el fragmento del Libro de los Proverbios, la Sabiduría de Dios habla en primera persona y señala su origen. El texto es una reflexión sobre el ser de las cosas. Este origen de las cosas, adquirió consistencia en lo que llaman "sabiduría", como algo muy próximo a Dios (cf. Sab 7) y que queda casi personificado. En el v. 22 se habla de la Sabiduría "establecida desde el principio". El entender las cosas desde Dios tiene su raíz en Dios mismo. Cualquier criterio religioso tiene que nacer de un criterio de fe.
Por antigua que sea la Sabiduría, tiene su origen. En esto se distingue de Dios, que es anterior y que la ha engendrado. Pero a la vez es anterior a toda creación. Aquí se apunta la cuestión del ser misterioso de esta Sabiduría a la que se asimilará Cristo, "Sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 30) El Antiguo Testamento desconocía el misterio de la Trinidad. Por eso nunca habla de él. Sin embargo, hace muchas referencias al Espíritu, entendido como una fuerza de Dios, como un poder o un impulso de Dios con el que obra en el mundo y en la historia de los hombres, especialmente en su pueblo.
El monoteísmo absoluto del A. T. no podía hacer la menor referencia a un hijo de Dios. Será el Nuevo Testamento quien va a darnos la maravillosa doctrina del Hijo eterno de Dios hecho hombre para salvar al mundo.
Pero hoy, en el libro de los Proverbios, libro sapiencial con un gran material antiguo (anterior al Exilio), se nos habla de la sabiduría de Dios, sabiduría que se presenta personalizada, como la primera de las criaturas de Dios, muy unida a Dios y a su actuación, como un discípulo, que constituía la delicia de Dios, y su propia alegría consistía en estar entre los hombres.
Dios no es un ser solitario, ni aburrido, ni egoísta. Dios es una comunicación infinita, una generosidad sin medida, una risa eterna.
La creación es un signo de su generosidad y de su sabiduría. Dios es vida que se desborda. Pero ya antes de ser creados Él se complacía en nosotros y en todas las cosas, como los esposos que sueñan con el hijo deseado. Y antes de todo, desde la eternidad, la Sabiduría jugaba en presencia de Dios, y era su encanto cotidiano. Y del amor de Dios surgía un gozo inexplicable que era el Espíritu. Dios es una comunidad de Espíritu.
La mayor hermosura coincide en las últimas palabras: "...yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres."

La Liturgia propone el salmo 8 para la Misa de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Nos apoyamos en este uso. El salmista se  pregunta: "¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?, lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”. Pregunta que en estos inicios del siglo XXI continuamos haciéndonos, contemplando las obras acertadas de los hombres las acertadas y especialmente las menos acertadas.
Por medio de esta exclamación llena de admiración y entusiasmo -que atraviesa el salmo desde su inicio hasta el final-, nos trasladamos a la atmósfera del Paraíso, al momento en el que las criaturas salían luminosas y transparentes de las manos del Creador, como manifestación de su grandeza y bondad.
"Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?".
Hay en estos dos versículos una doble mirada: una mirada hacia afuera y una mirada hacia adentro: mirada global de la que nace la sabiduría, que es una visión objetiva y proporcional; y esta visión, a su vez, surge espontáneamente al medir el hombre la altura del Altísimo con su propia pequeñez. No es necesario comparar, basta con contemplar; y se hace patente, como primera evidencia, su condición de criatura, contingente y precaria. Tiene, pues, el salmo una fuerte dimensión antropológica.
El salmista sale y contempla  una noche estrellada, y queda anonadado por la profundidad, misterio, silencio y serena belleza del firmamento. Este es el punto de partida. Abrumado por el espectáculo, que, por vía de evocación, le recuerda a Dios, comienza a reflexionar: semejante hermosura no es más que la huella digital de Dios, «obra de sus dedos»; y si así de ardiente es el esplendor de sus obras, qué no será la hermosura de su Autor.
A continuación el salmista vuelve la mirada sobre sí mismo, y descubre la insignificancia del hombre. Pero, en lugar de sentirse avergonzado o triste a causa de su pequeñez, con simplicidad y tranquilidad, deja abierto un interrogante que ni siquiera es una pregunta o una duda. Es, más bien, una pasmada exclamación, hecha de afirmación, interrogación, admiración: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él
El salmista, en lugar de sentirse sonrojado por su pequeñez, se siente feliz de que Dios sea Dios, tan indiscutible, tan incomparable, tan único. Y esto sucede porque, en lugar de fijar su mirada sobre su propia insignificancia, queda clavado, casi extasiado contemplando la munificencia del Otro. Se trataba, pues, de una pascua. Y al aceptar que Dios es Dios, al quedar «vencido» por el peso de la Gloria, entra el salmista a participar de la eterna juventud de Dios, de su omnipotencia y plenitud.
En medio de tanto deslumbramiento, el salmista alcanza a saborear, por contraste, un vislumbre de la ternura de Dios, ternura, por cierto, absolutamente gratuita, porque el objeto de su predilección no es ese firmamento majestuoso, sino el hombre en su pequeñez: «... para que te acuerdes de él». Fijémonos en el «Acordarse», la palabra tiene aquí un sentido muy concreto y muy humano. Si uno se acuerda de otro, significa que éste ya «vivía» en el corazón de aquél.
A pesar de sentir una cierta extrañeza, para el salmista, el hombre es el predilecto de la creación.
Los versículos 6-7 resumen y contienen cuanto la Biblia dice sobre el hombre:
" Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies."
Desde los primeros días de la creación, como si dijéramos, desde el principio, entra el hombre en el escenario como un señor, «coronado de gloria y dignidad» (v. 6). No es Dios, pero sí «poco menos que un dios» (v. 6). Su dependencia respecto de Dios no es una condición de vasallaje, sino una relación de padre a hijo.
El objeto único de contemplación en el salmo es el hombre. Después que el hombre salió a la luz de las manos de Dios, en un ambiente de gran solemnidad, fue colocado en una comarca hermosa y feraz, para que la cuidara y cultivara. Viéndolo demasiado solitario, un buen día, el Señor Dios presentó ante el hombre una muchedumbre de mamíferos y aves, para que, como en una ceremonia de vasallaje, tomara posesión de todos los seres vivientes. Y, efectivamente, poniéndoles un nombre a todos ellos, fue asumiendo y expresando un señorío y soberanía sobre todos los animales de la tierra. A esta ceremonia hacen referencia los versículos 6-9 del salmo.

En la segunda lectura se nos anuncia que a la hora de esforzarnos por llevar a cabo el plan de Dios, los cristianos tenemos un incentivo. Los primeros versículos del capítulo 5 nos hablan de la salvación que hemos recibido nosotros en nuestra justificación. Al quedar justificados por la fe en Cristo, estamos en paz con Dios: gozamos de su amistad, confianza, amor, nos sentimos próximos a él sin ningún temor ni distancia. Gracias a Cristo, la fe nos ha permitido esta entrada en la familia y la familiaridad con Dios, y gozar de la esperanza de la gloria.
Esto confiere seguridad y confianza al corazón cristiano, incluso en medio de las pruebas que van afinando nuestra fe y nuestra esperanza. Dios nos ha dado su amor dándonos el Espíritu Santo, Espíritu de amor; y nosotros lo hemos conocido y acogido, dándole una respuesta de amor, de su mismo amor.
Dios no se ha guardado su capacidad de querer, sino que nos la ha dado a nosotros. El final del texto de San Pablo  dice: "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado." El estar en paz con Dios no quiere decir tanto buscar la paz, sino el caer en cuenta de que ya se nos ha dado la paz en Jesucristo. La paz se convierte así en el mayor bien y no en una simple dimensión del alma, en una mera virtud. Estar en paz con Dios es saberse salvado y con fuerza para emprender una labor constructiva en favor de la humanidad.
Estamos justificados, estamos salvados, estamos en paz con Dios, por Jesucristo. Con vigor expresa S. Pablo esta realidad de gracia. Hay que repetir constantemente: "Gloria a Dios".
Pero aún no vivimos en la gloria. Es el tiempo de la esperanza. Vivimos en «la esperanza de la gloria de los hijos de Dios». Y esta esperanza es inquebrantable. Incluso se crece en los trabajos, en los fracasos, en los sufrimientos y en las tribulaciones. Y la razón última es que tenemos una fuerza secreta y una garantía infalible: son las arras del Espíritu, «Amor de Dios derramado en nuestros corazones».
Nuestra fe, a diferencia de la fe de Abrahán, es fe en unas promesas que ya se han cumplido. Cristo ha tomado posesión de la tierra prometida, que es la casa del Padre, y ha obtenido en herencia todos los reinos de la tierra. Por eso, nuestra fe nos introduce inmediatamente en una especie de cielo: la paz, la filiación divina, el acceso franco a Dios, la esperanza.
Hay todavía diferencias entre Cristo y nosotros: por eso hablamos de esperanza (lo cual significa que el don de Dios no es todavía completo) y sentimos en nuestra carne las tribulaciones propias de los que viven en este mundo. Pero las afrontamos con el espíritu de la victoria ya lograda, precisamente porque hemos participado de la victoria de Cristo. Ni la constancia ni la virtud tienen su origen en nosotros, sino que todo forma una cadena perfectamente trabada que arranca de que el Espíritu Santo nos ha infundido el mismo amor de Dios.
Dios ya se ha puesto totalmente de nuestra parte: cuando éramos débiles, impíos, pecadores y enemigos, cuando nada se podía esperar de nosotros, entregó a su Hijo para morir por nosotros, mucho más dispuesto a continuar su obra estará ahora que hemos creído en Cristo y hemos participado de su vida.
Como cristianos podemos contar con Dios, gloriarnos en Dios. Del mismo modo que el judío decía con orgullo ante todos los pueblos de la tierra «éste es mi Dios», así el pueblo cristiano, sin atribuirse ningún tipo de mérito, puede sentirse continuador de la obra de Cristo y, por tanto, templo vivo de Dios en la tierra.

El texto de San Juan sitúa en las palabras de Cristo esa realidad profunda que es la Santísima Trinidad.
El evangelio de hoy es un fragmento del discurso de despedida de Jesús en la última Cena. El tiempo es breve para Jesús y tiene aún muchas cosas que comunicar a los suyos. Por eso, al no poder ahora decirlo todo, habla del Espíritu de la Verdad, el Defensor (Paráclito), diciendo que será él quien les hará conocer todo lo que les enseñó Jesús. No les dirá cosas distintas o referentes a otras verdades no explicadas por Jesús. La función del Espíritu será ir iluminando las palabras de Jesús, las mismas que él dijo a los discípulos. Estando Jesús ausente corporalmente, su Espíritu permanece en medio de los suyos, y les va recordando y aclarando el sentido de sus enseñanzas.
El Espíritu se va a convertir, por tanto, en el Maestro que enseña en los corazones de los discípulos todo lo que salió de la enseñanza de Cristo, y siempre les hará ver más clara la esperanza en el futuro y en la recompensa.
El Espíritu ayudará a descubrir la gloria de Jesús haciendo descubrir todo lo que Jesús dijo e hizo por los hombres. Jesús glorificó al Padre revelando el Padre a los hombres (Jn 17, 4), el Paráclito glorifica a Jesús revelándolo a los hombres.
Todo lo que es del Padre es de Jesús. El mismo misterio del Padre relacionado con el Hijo es lo que el Espíritu anunciará mostrando en realidad quién es Jesús, cuál es su dignidad, cuál la misión que ha tenido, qué gloria va a compartir con todos nosotros.
El texto  identifica a Jesús con la verdad. Esta no es pues un concepto o una categoría, sino una persona. El conocimiento de una persona no se hace ni se agota una vez por todas: se va haciendo continuamente, diariamente. Facilitar este conocimiento es la tarea y la función del Espíritu: El irá llevando al grupo cristiano a un conocimiento cada vez más hondo de Jesús. Este conocimiento progresivo explica la expresión "muchas cosas me quedan por deciros". Hay mucho desconocido en la  persona de Jesús, que sólo puede ser conocido a medida que la experiencia coloca a la comunidad delante de nuevos hechos o circunstancias. Los cristianos deberán saber estar abiertos, por una parte, a la vida y a la historia –los signos de los tiempos- y, por otra, a la voz del Espíritu que se la interpreta. Uno de los cometidos del Espíritu es llevar a los discípulos hasta el conocimiento pleno de Jesús. Que el Espíritu glorifica a Cristo es realidad en la medida en que conduce a los discípulos progresivamente al conocimiento de la realidad que se manifiesta en él.
Se refiere el Señor a la riqueza inagotable e inabarcable de los tesoros divinos que, poco a poco, a lo ancho y lo largo de la vida terrena, vamos recibiendo. Dios se adapta a nuestra capacidad limitada y se nos va acercando más y más, para descubrirnos paulatinamente su grandeza sin límites. Jesús sabía que los suyos no comprenderían el sentido de las persecuciones y sufrimientos, ni incluso después de haber resucitado. Pero no se desanima y les dice que cuando venga el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena. Él será quien culmine la obra de la redención, quien habite en nuestros corazones y actúe, día a día, hasta transformarnos en hombres nuevos, siempre que nosotros secundemos con docilidad su acción sobre nuestro corazón .
"Él me glorificará", dice Jesús , "porque recibirá de mí lo que os irá comunicando". Los apóstoles comprendieron entonces, cuando llegó el Espíritu de la Verdad, lo que Jesús era y significaba realmente para todos los hombres. Desde entonces su amor y entusiasmo por Jesucristo creció hasta límites insospechados, por Él serían capaces de los mayores sacrificios, héroes de las más grandes hazañas. Jesús es confesado como perfecto hombre y como perfecto Dios, es proclamado ante todos los hombres a través de todos los tiempos y sobre todos los espacios, amado y venerado como ningún otro hombre, como ningún otro dios. Él es el Hombre por excelencia, pero también el único y verdadero Dios. Al decir que todo lo que tiene el Padre es suyo, Jesús nos revela su igualdad de naturaleza y dignidad con el Padre y Creador del universo. También lo que anuncia el Espíritu Santo, y por tanto también con Él es uno es de Jesucristo e igual a Él.
Estamos ante el misterio de la Santísima Trinidad, misterio insondable e incomprensible, ante el que sólo cabe la aceptación humilde y gozosa. La grandeza divina es tan inmensa que la más penetrante inteligencia humana se siente embotada y lenta para comprender.
 Esta incapacidad en lugar de entristecernos nos ha de alegrar. Ello significa que Dios es inmenso en todos sus atributos y perfecciones, digno de nuestro amor y nuestra fe, mantenedor firme de nuestra esperanza.
Rafael Pla Calatayud.
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domingo, 16 de junio de 2019

Lecturas del Domingo de la Santísima Trinidad 16 de junio de 2019


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS 8, 22-31
Esto dice la Sabiduría de Dios:
«El Señor me creó al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada, antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales; cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 8, 4-5. 6-7a. 7b-9.
R. SEÑOR, DUEÑO NUESTRO, ¡QUÉ ADMIRABLE ES TU NOMBRE EN TODA LA TIERRA!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R.

Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 1-5
Hermanos:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Palabra de Dios.

ALELUYA Cf. Ap 1, 8
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo; al Dios que es, al que era y al que ha de venir.

EVANGELIO
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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».
Palabra del Señor

lunes, 10 de junio de 2019

Comentario a las lecturas del Domingo de Pentecostés 9 de junio de 2019


Comentario a las lecturas del Domingo de Pentecostés 9 de junio de 2019

El domingo pasado decíamos que Jesús había mostrado a la humanidad el único camino posible para llegar a ser seme­jantes a Dios (la entrega por amor en favor de los hombres) y que, tras realizar él este camino, está permanentemente al lado del Padre.
Diez días después de la Ascensión, según las cuentas que hace San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, Dios volvió a bajar a la tierra para acompañar y despedirse de un puñado de hombres que estaban asustados pero que se hallaban dispuestos a tomar el relevo y a andar también ellos el camino que anduvo Jesús.
En esta solemnidad de Pentecostés vamos a prestar atención en las tareas del Espíritu en el interior de los creyentes y en el conjunto de la comunidad creyente. El Espíritu ejercita, primeramente, la tarea de consolador y abogado protector del cristiano, combinando esta tarea con la de maestro interior (evangelio). En la primera lectura el Espíritu, bajo la imagen del viento y del fuego, cumple su tarea de potencia transformante del hombre y promotora del Evangelio en todas las naciones. Finalmente, él es fuerza vivificadora, a la vez que testigo y artífice de nuestra filiación divina (segunda lectura).

La primera lectura es del Libro de los Hechos de los apóstoles ( Hch 2,1-11),. En la primera lectura de hoy, del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos el relato del momento culmen del inicio de  la vida de la Iglesia. Después de que el Espíritu Santo bajara sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, éstos salieron con fuerza a anunciar la Buena Noticia en todas las lenguas conocidas, para que todos aquellos que los escuchasen pudiesen entender el Evangelio que predicaban. Podemos decir que con este acontecimiento se ponía en marcha la Iglesia, salía del miedo para llevar a todos la palabra de Dios. El don de lenguas, don que da el Espíritu Santo, es una señal de la universalidad del Evangelio: todos podían entenderles.
Cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés, o la fiesta de las Tiendas. En esta fiesta celebraban que siete semanas después de salir de Egipto, en el Éxodo, el pueblo llegó al monte Sinaí, y allí Dios les entregó por medio de Moisés las tablas de la Ley. Dios hizo alianza con su pueblo. Ese día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y allí recibieron el don del Espíritu Santo. La alianza ya no está escrita en tablas de piedra, sino que está inscrita en el corazón de cada hombre, grabada a fuego por el Espíritu Santo. Es la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que impulsa a la Iglesia a salir fuera y a anunciar el Evangelio de Cristo.
Es un relato germinal, decisivo y programático; propio de Lucas, como en el de la presencia de Jesús en Nazaret (Lc 4,1ss). Lucas nos quiere da a entender que no se puede ser es­pec­tadores neutrales o marginales a la experiencia del Espíritu. Porque ésta es como un fenómeno absurdo o irracional hasta que no se entra dentro de la lógica de la acción gratuita y poderosa de Dios que transforma al hombre desde dentro y lo hace capaz de relaciones nuevas con los otros hombres. Y así, para expresar es­ta realidad de la acción libre y renovadora de Dios, la tradición cristiana tenía a disposición el lenguaje y los símbolos religiosos de los relatos bíblicos donde Dios interviene en la historia hu­mana.
"Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería". La lengua del Espíritu es siempre la bondad, la justicia misericordiosa, la verdad, el amor. Es un lenguaje fácilmente inteligible para todos los que nos ven y nos escuchan. Hace falta estar lleno de espíritu, de Espíritu Santo. Esto es siempre una gracia, un don que se ofrece siempre, generoso, a todo el que lo pide con humildad y amor. Pero, como nadie da lo que no tiene; si no estamos habitados por el Espíritu no podemos hablar la lengua del Espíritu. En nuestra sociedad faltan personas llenas de espíritu, de Espíritu Santo; la mayor parte de nosotros somos simples charlatanes, vendedores de palabras sin Espíritu. ¡Así nos va! No vivimos en un mundo de hermanos. Hablando en general, se puede afirmar que en la calle, en los medios de comunicación, en el lenguaje intrafamiliar, en la política y en el comercio, se oyen siempre palabras interesadas, lengua de tratantes, mercaderes o vendedores de humo. Hay, gracias a Dios, personas distintas, lenguas distintas, pero son minoría. Espiritualmente hablando, no vivimos en el mejor de los mundos posibles.
El responsorial de hoy es el salmo  103 (Sal 103, 1.24.29-31.34). Es un himno celebrativo que brota de un corazón ardiente de fe que sabe reconocer la presencia del creador en la naturaleza y su providencia en la asistencia que presta a las diferentes criaturas.
Hay otros salmos que comparten con éste la labor de alabar al creador a partir de sus obras: 8, 18 (v.2-7), 28 y 148. Pero este salmo, a diferencia de los demás, hace una presentación amplia y sistemática de las maravillas de la creación, lo que motiva que algún comentarista lo haya situado al lado de Gn 1 y Gn 2, como una tercera relación de la obra creadora de Dios.
En la parte inicial el salmista describe la grandeza real de Dios.
La invitación introductoria, "Bendice, alma mia, al Señor", la hallamos también en el salmo 102 que nos habla de Dios como un padre misericordioso para con sus hijos. La bendición que el hombre dirige a Dios es un humilde reconocimiento de su bondad y un vivo agradecimiento por la acción de esta bondad hacia el salmista y el mundo que le rodea. La bendición hebrea abarca un contenido más amplio que la bendición cristiana, hasta el punto que una buena parte de las plegarias litúrgicas judías son bendiciones, que van rimando la jornada del creyente.
Nos presenta una alabanza global a las obras del Señor con una referencia a la vida del mundo marino, desde una perspectiva optimista: el mar, ancho y dilatado, en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes, lo surcan las naves y el retozón Leviatán (v.24-26); finalmente, este cuerpo del salmo, subraya la providencia divina, sosteniendo la vida de las criaturas y nutriéndolas con el alimento cotidiano (v.27-29).
El salmo 103 proclama a Dios admirable en las obras de la creación. Para el creyente, la creación se hace transparente, y ve en ella la mano de Dios. Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital (los traductores griegos lo llamarán pneuma, y los latinos spiritus). Si un hombre, animal o planta muere, el salmista que contempla la naturaleza entiende que Dios le ha retirado el ruah, y por eso vuelve al polvo de donde había salido (v. 29). Pero Dios no cesa de enviar su espíritu a la tierra, renovando así la creación y repoblando la faz de la tierra . Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada.

La segunda lectura es de la primera carta a los corintios (1 Cor 12,3b-7.12-13). La comunidad de Corinto pasa por la tentación del sincretismo: el mundo pagano pretende obtener un "conocimiento" de Dios por medio de trances y de fenómenos extáticos. Pero, como hemos visto en la lectura anterior (Act 2, 1-11), las comunidades cristianas gozan también de ciertos carismas. De ahí el peligro de confundir el conocimiento de Dios por la fe con los signos que lo acompañan.
 San Pablo habla de los "carismas" o gracias que edifican la comunidad. Siendo el amor que Dios nos tiene un amor personal es un amor que distingue a cada uno con su favor. Todos tienen su carisma, aunque todos lo tienen para bien de la comunidad. Por eso nadie debe ser marginado, o marginarse, de la comunidad de Jesús. Los que desprecian el carisma del hermano atentan contra la integridad del cuerpo de Cristo. Puede ocurrir que los carismáticos -y todos lo son en el sentido expuesto- se vean tentados a valorar cada cual sus propias dotes o dones, poniendo así en peligro la unidad. Pablo recuerda por eso que todos los carismas tienen un mismo destino, la comunidad, y un mismo principio. El Espíritu, el Señor (Jesús) y Dios (el Padre, en este contexto) no son tres causas independientes, son "uno" en la diversidad de personas. El misterio de Dios, uno y trino, está por encima de nuestras divisiones y de nuestras unidades. Lo que más se asemeja a este misterio es la unidad del amor, en la que todos somos "nosotros". Con esta imagen del cuerpo, usada ya en la literatura clásica de los estoicos para explicar tanto la unidad política como la del universo, se nos enseña que todos somos miembros vivos y, por lo tanto, activos de la iglesia, cuya cabeza es Cristo.
El texto nos presenta los criterios para enjuiciar los carismas, fruto de la obra del Espíritu.
En los vv. 1-3, Pablo define el criterio para distinguir los verdaderos carismas de los falsos: la fe del beneficiario, puesto que un carisma auténtico deberá contribuir siempre a reforzar la profesión de fe en el Señor Jesucristo (v.3).
Un segundo criterio de juicio se verifica en la colaboración de los carismas más diversos al único designio de Dios (vv. 4-6). El politeísmo pagano ostentaba carismas muy variados concedidos por dioses diferentes. En la Iglesia, por el contrario, todo se unifica en la vida trinitaria, ya se trate de gracias particulares, de funciones comunitarias o de prodigios maravillosos.
Puesto que un único Dios es la fuente de los carismas, no puede haber oposición entre ellos, del mismo modo que no puede haber competencia entre los beneficiarios. Si existe alguna oposición entre ellos, quiere decir que no provienen del Dios trinitario.
Tercer criterio para discernir los carismas: su mayor o menor capacidad de servir al bien común (v. 7) y a la unidad del cuerpo (vv. 12-13). Los carismas se distribuyen con vistas al bien común: todo cuanto aprovecha sólo a una persona, o no tiene repercusión en la asamblea, habrá que excluirlo de la comunidad, como, por ejemplo, las escenas de éxtasis o embriaguez. Los carismas, además, deben servir para el crecimiento y la vitalidad del cuerpo. Del mismo modo que este aúna a los miembros más diversos, la Iglesia aúna todas las funciones que en ella se realizan, en la unidad del Espíritu que la anima (versículos 12-13).
Es el Espíritu Santo quien fortalece a los apóstoles y les impulsa a salir. Pero además es el Espíritu Santo quien hace posible que podamos proclamar a Dios como Padre y a Jesucristo como Señor. Así nos lo dice san Pablo en la segunda lectura que escuchamos hoy. Ya lo anunció Jesús a sus discípulos antes de su pasión: el Espíritu serían quien nos lo enseñase todo y nos recordase todo lo que Él había dicho.
La fe no es una certeza que cada uno puede construirse. No depende de nosotros. La fe es un don de Dios. ¿Quién puede entender el misterio de Dios si es infinitamente superior a nuestro entendimiento? ¿Quién puede siquiera imaginar que Dios se hace hombre, que muere por nosotros, o que incluso está presente en el pan de la Eucaristía? Por muy grande que sea nuestra inteligencia, Dios es siempre mayor, nos supera. Por eso, la fe no depende sólo de nuestro entendimiento.
La fe es un don de Dios que nos da por medio del Espíritu Santo. Por eso, los apóstoles, que después de la resurrección todavía no habían terminado de entender y por eso no podían salir a evangelizar, una vez que reciben la fuerza del Espíritu salen sin miedo, hablando con claridad sobre el misterio de la fe.
" En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común" . San Pablo nos recuerda también que el don del Espíritu Santo no es sólo para cada uno de nosotros. No es que yo recibo este don para mi propio provecho. Dios da el Espíritu Santo para el bien común. Y a cada uno nos da unos dones distintos. Es muy ilustrativa la comparación que hace san Pablo con el cuerpo humano. Del mismo modo que el cuerpo tiene muchos miembros, y cada uno, según sus características, realiza una función distinta en el cuerpo, y todas las funciones son necesarias y ayudan al resto del cuerpo, del mismo cada uno de nosotros hemos recibido por medio del Espíritu Santo unos dones distintos, unos carismas, para que cada uno realicemos en la Iglesia la función que nos corresponde, según los carismas que Dios distribuye, para el servicio de todo el cuerpo que es la Iglesia. Pero es que, además, la Iglesia necesita de todos estos carismas. Si yo he recibido un don, no puedo quedármelo sólo para mí. Esto no sirve de nada. He de compartirlo, he de ponerlo al servicio de los demás, al servicio de la Iglesia. Así es como el Espíritu Santo no sólo da fuerza a la Iglesia y la impulsa a ser misionera, sino que además la organiza en ministerios y en funciones diversas que sirven al bien común.

El evangelio de hoy  es de San Juan (Jn 20,19-23). Destaca el texto la costumbre de la comunidad cristiana de reunirse el primer día de la semana, es decir, el mismo día de la resurrección de Jesús. El evangelista quiere demostrar que con la resurrección de Jesús se ha creado una situación totalmente nueva. La resurrección señala el inicio de una nueva creación que toma forma en la comunidad neotestamentaria de la salvación.
Por este motivo, desde muy temprano, a este día se le dio el nombre en griego de "kyriaké hemera" (cf. Apoc 1,10). Traducido al latín suena "dominica dies" y traducido al castellano, "día domínico"; de aquí viene nuestra palabra "domingo". En todas estas lenguas significa: "Día del Señor".
El evangelista da por descontado el hecho de que ese día debían encontrarse todos los discípulos reunidos: "estaban cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos". El Evangelio no relata en qué momento se reunieron todos los discípulos, excepto Tomás. Más bien relata lo que hicieron esa mañana dos de ellos -Pedro y Juan- y concluye que estos dos, después de verificar que el sepulcro de Jesús estaba vacío, "volvieron a sus casas". Si el evangelista no explica más, es porque a él mismo y al lector debía parecerles obvio el hecho de que todos los discípulos de Jesús se encontraran reunidos el primer día de la semana.

¿Para qué se reunían? Si nos fijamos, en ambas apariciones percibimos otra insistencia del evangelista: "Estando las puertas cerradas, se presentó Jesús en medio". Jesús resucitado en medio de la comunidad de sus discípulos reunidos. Esta es la descripción de lo que ocurre hoy cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía dominical. Esto es lo que hacía la comunidad cristiana original, según se deduce de este Evangelio que estamos comentando; esto es lo que ha hecho la comunidad cristiana en toda la historia; esto es lo que debe seguir haciendo cada domingo.
El Evangelio insiste también en que "estaban las puertas cerradas". Y, no obstante, Jesús entra y se pone en medio. No es un fantasma. Por eso él muestra las heridas de los clavos en sus manos y de la lanza en su costado: "Les mostró las manos y el costado". Era Cristo resucitado según la carne. Pero con un cuerpo glorioso, es decir, no sujeto ya a muerte ni corrupción ni enfermedad ni ninguna de las molestias corporales que se sufren en esta vida, y tampoco a la resistencia de las puertas cerradas. En esta misma forma está él actualmente en el cielo sentado a la derecha de Dios, y en esta misma forma se hace presente en medio de sus fieles en la Eucaristía y se nos da como alimento de vida eterna. Allí se hace efectiva su promesa: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54).
Una última insistencia del evangelista es la frase de Jesús resucitado y presente en medio de sus discípulos: "Paz a vosotros". Se repite tres veces. Esto es lo que Jesús tiene de más precioso que ofrecer a los suyos. Lo había prometido durante la última cena: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14,27). Los discípulos, que habían negado a Jesús y lo habían abandonado ante su pasión, y que estaban llenos de temor a los judíos, necesitaban escuchar de labios de Jesús una palabra que pusiera su corazón en paz. Por eso, en la celebración de la Eucaristía hoy, cuando ya Cristo va a hacerse presente resucitado y vivo en medio de sus fieles, el sacerdote comienza con ese mismo saludo: "La paz esté con vosotros". El don de la paz y el perdón ofrecido por Jesús a sus discípulos es el signo más claro de su misericordia.
El texto nos presenta la despedida y el don del Espíritu Santo "Dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo". El Espíritu de Jesús es el que nos hace ser cristianos, el Espíritu de Jesús debe ser el fundamento y la fuente de nuestra vida espiritual.
A modo de síntesis, el texto presenta cuatro hechos principales:
1. El saludo, el don de la paz, que ahora es la paz mesiánica prometida para los tiempos escatológicos. Paz que, para los discípulos reunidos, quiere decir perdón por la infidelidad durante la pasión, superación de la incredulidad y victoria sobre el miedo.
2. La identificación de Cristo. Es aquel con quien convivieron, al que crucificaron... sus manos y sus pies...
3. La misión. La paz y el perdón que ellos reciben deben transmitirlo a todos los hombres.
4. El "aliento" que indica la realidad y la naturaleza del don que se les ha hecho. "Recibid el Espíritu". Al principio de la creación el espíritu planeaba sobre las aguas -Gn 1. 2-, es el soplo de Dios que ha dado vida al hombre (Gn 2. 7). Así ahora el Espíritu plasma el hombre nuevo e inaugura la nueva creación.

Para nuestra vida.
La Iglesia exulta hoy de júbilo, porque es como el aniversario de su fundación, y porque hoy se renuevan en ella los prodigios de los orígenes, pues el Espíritu Santo sigue colmándola de dones.
Viernes Santo, pascua de resurrección, ascensión y pentecostés: en esta secuencia temporal celebra la fe el único misterio pascual de la exaltación de Jesús y de la salvación del hombre.
También el envío del Espíritu pertenece al acontecimiento pascual y se proclama en el evangelio de Juan el domingo de pascua y hoy.
Las lecturas de hoy nos presentan los frutos del Espíritu Santo; él es el gran don pascual que encierra en sí todos los demás dones. El Espíritu une para siempre a todos los discípulos con su Maestro, con su Señor resucitado; reúne a todos entre sí e inaugura un mundo nuevo por medio del perdón de los pecados.

En la 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos el relato del Pentecostés cristiano.
La venida del Espíritu Santo, prometido por Jesucristo, sobre los apóstoles y los demás componentes de la Iglesia naciente, entre ellos María, la madre de Jesús, y otras mujeres. Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la Pascua, inicialmente una fiesta agraria, de campesinos, que había sido asociada al recuerdo de la llegada del pueblo de Israel al pie del monte Sinaí, y al don de la ley y de la alianza en medio de los portentos que lo acompañaron: fuego en la montaña, viento huracanado, sonar de truenos y trompetas. San Lucas, el autor del libro de los Hechos, ha querido presentar la inauguración oficial del ministerio apostólico, en el marco de esta celebración judía, cuando llegaban a Jerusalén miles de peregrinos, como sucedía también en Pascua y en la fiesta otoñal de los tabernáculos o de las tiendas.
Así como en el Sinaí fue constituido el pueblo de Israel con sus instituciones, así también ahora, en Jerusalén, sobre el monte Sión, es constituido el nuevo pueblo de Dios: la Iglesia de Jesucristo. No es obra puramente humana, es obra del Espíritu Divino que el Resucitado envía del Padre como supremo don al mundo. Por eso las manifestaciones portentosas: las lenguas de fuego, el huracán y el ruido. La gente reunida por el portento, asiste a la primera predicación de Pedro y los demás apóstoles. Una predicación que no ha dejado de resonar en el mundo a lo largo de estos 20 siglos y a pesar de todas las dificultades y persecuciones. Para los cristianos ya no rige la ley judía con sus minucias a veces inhumanas, y a la alianza antigua sellada con los sacrificios de animales, sucede ahora la alianza nueva y eterna refrendada por la sangre misma de Cristo.

El salmo de hoy  es, quizá, uno de los salmos más antiguos que contiene el libro de los salmos. El salmo canta la grandeza de Dios en las obras maravillosas de la creación.
Es un salmo bendicional, de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia, al Señor". Es, pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser, Al final, en el himno solemne con que concluye, invitará también a los ángeles, a los "ejércitos" de Dios (los mismos ángeles) y a la creación entera (las obras de Dios) a bendecir al Dios a quien sirven. Pero lo principal es que cada uno de nosotros -"alma mía"- se decida a esta bendición.
Asi comenta San  Agustín los versículos del salmo de hoy<.
" 2. [v.1]. Luego digamos rodos: Bendice, alma mía, al Señor. Hablemos todos a nuestra alma, porque el alma de todos nosotros, por nuestra única fe, es una sola, y todos nosotros, los que creemos en Cristo, por la unidad de su Cuerpo, somos un solo hombre. Bendiga nuestra alma al Señor por tantos beneficios suyos, por tantas y tan grandes dádivas de su gracia. Estos dones los encontramos en este salmo si ponemos atención, y si, con espíritu valeroso, desechamos, en lo posible, las tinieblas del pensamiento carnal, y el ojo puro de nuestro corazón, y no nos lo impida la vida presente, con sus deseos y ocupaciones, y no nos ciegue la codicia del siglo. Hemos, pues, de oír sus muchos, alegres, llenos de gozo, hermosos y apetecibles dones suyos, que ya veía en espíritu el que compuso este salmo, y con el gozo de su contemplación, lo eructaba, diciendo: Bendice, alma mía, al Señor.
[v.24]. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! Realmente grandes, verdaderamente magníficas. ¿Dónde se han realizado estas obras tan grandes? ¿Cuál es la residencia, donde Dios está; o cuál el trono, donde está sentado, y realiza estas cosas? ¿Cuál es el lugar en el que ha realizado todo esto? ¿De dónde procedieron en primer lugar estas cosas tan bellas? Si lo tomas en sentido literal, ¿de dónde procede con su orden toda la creación, que se mueve ordenadamente, es ordenadamente bella, que ordenadamente nace en el oriente y tiene su ocaso en occidente, y que cumple con orden todas sus fases? Y si nos referimos a la Iglesia, ¿cómo ha recibido su desarrollo, su progreso y su perfección? ¿Y cómo está destinada a un cierto fin de inmortalidad? ¿Por qué predicadores es anunciada? ¿Cuáles son los misterios que le dan valor? ¿En qué sacramentos se oculta? ¿Por qué predicación se manifiesta? ¿Dónde ha hecho Dios estas cosas? Veo las grandes obras. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! Busco dónde las ha hecho, y no encuentro el lugar; pero veo cómo sigue el texto: Todo lo has hecho en la sabiduría. Luego en Cristo hiciste todas las cosas. Él fue escarnecido, abofeteado, escupido, coronado de espinas, crucificado, todo lo has hecho en él. Oigo, sí, oigo lo que, desde aquel soldado tuyo, comunicas a los hombres; lo que por medio de aquel santo pregonero, predicas a las gentes: que Cristo es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Que se rían los judíos de Cristo crucificado, pues para ellos es un escándalo; que se rían los paganos de Cristo crucificado, pues para ellos es una necedad: Pero nosotros —dice el Apóstol— predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, judíos y gentiles, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios101. Has hecho todas las cosas en la sabiduría.
(v.30]. Mira también lo que sigue: Enviarás tu espíritu, y serán creados. Quitarás su espíritu, y enviarás el tuyo: Les quitarás su espíritu, ya no tendrán su espíritu. ¿Han quedado, pues, desamparados? Bienaventurados los pobres de espíritu; no han sido, no, abandonados, porque de ellos es el reino de los cielos38. No han querido tener su propio espíritu; y tendrán el espíritu de Dios. Esto es lo que dijo a los futuros mártires: Cuando os arresten y os lleven presos, no os preocupéis de lo que vais a decir, ni de cómo lo diréis, porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre quien habla en vosotros39. No os atribuyáis la fortaleza. Si es la vuestra, dice, y no es la mía, entonces es terquedad, no fortaleza. Les quitarás su espíritu, y desfallecerán, y volverán de nuevo a ser su polvo; enviarás tu espíritu, y serán creados. Somos, en realidad, hechura suya —dijo el Apóstol—, creados para hacer el bien40. De su espíritu hemos recibido la gracia para vivir en la justicia, porque es él quien justifica al impío41. Les quitarás su espíritu, y desfallecerán; envías tu espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra, es decir, con nuevos hombres que confiesen haber sido justificados, y que no son justos por sí mismos, para que la gracia de Dios resida en ellos. Mira cómo han de ser aquéllos por los que se ha renovado la faz de la tierra. Dice Pablo: He trabajado más que todos ellos. ¿Qué dices, Pablo? Mira a ver si has sido tú, o ha sido tu espíritu. No he sido yo —añade—, sino la gracia de Dios conmigo42.
 [v.31]. ¿Qué hacer, entonces? Puesto que, al retirar el Señor nuestro espíritu, volveremos a ser nuestro polvo, quizá podamos mirar con provecho nuestra debilidad, para recibir su espíritu, y así seamos creados de nuevo. Fíjate en lo que sigue: Sea la gloria del Señor para siempre. No la tuya, ni la mía, no la de éste, o la de aquél otro; sea la gloria del Señor, no por un tiempo, sino eternamente. El Señor se gozará en sus obras. No en las tuyas, como tuyas; ya que tus obras, si son malas, es por tu maldad; y si buenas, es por la gracia de Dios. Se gozará el Señor en sus obras.
[v.34]. Que le sean agradables mis palabras; y yo me regocijaré en el Señor. Que le sean agradables mis palabras. ¿Cuáles han de ser las palabras del hombre ante Dios, sino la confesión de los pecados? Confiesa a Dios lo que eres, y habrás hablado con él. Habla con él, practica las buenas obras, y habla. Lavaos, purificaos —dice Isaías—, apartad de la mirada de mis ojos la maldad de vuestras almas, dejad de obrar inicuamente, aprended a obrar el bien, haced justicia al huérfano, defended a la viuda, y luego venid y hablaremos, dice el Señor46. ¿Qué es hablar con Dios? Mostrarte a él que te conoce, para que se muestre él a ti, que lo desconoces. Que le sean agradables mis palabras. Mira lo que le agrada al Señor cuando le hablas: el sacrificio de tu humildad, la contrición de tu corazón, la ofrenda de tu vida como un holocausto; esto le agrada al Señor. Y a ti, ¿qué te es agradable? Y yo me regocijaré en el Señor. Ésta es la conversación recíproca que ya he citado: muéstrate a él que te conoce, y él se muestra a ti que lo desconoces. Lo mismo que a él le es agradable tu confesión, a ti se te hace agradable su gracia. Él se te ha mostrado. ¿Cómo ha sido? Por la Palabra. ¿Qué Palabra? Cristo. Al hablarte a ti, se manifestó a sí mismo. Al enviarte a Cristo, te ha hablado de sí mismo. Oigamos ya claramente a la misma Palabra: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre47. Y yo me regocijaré en el Señor." (San Agustín. Comentario al salmo 103).

La 2ª lectura, tomada de la 1ª carta a los Corintios, está pensada para una situación de sincretismo que experimentó Corinto, pero el problema que esta lectura suscita no es, en modo alguno, anacrónico. El Espíritu continúa conduciendo a la Iglesia por su jerarquía, pero El suscita todavía las iniciativas personales con vistas a la misión o a la reforma. De esta forma, los criterios permiten afirmar que una tal iniciativa es conforme al Espíritu, incluso los de San Pablo: esta iniciativa debe ser la expresión de la fe más fundamental en el Señor, y no perderse en el dédalo de las ideas y los sistemas (véanse las herejías). Esta iniciativa debe orientarse hacia el bien común y saber hacer pasar el beneficio individual a través de la unidad del cuerpo. No puede ni escandalizar ni plantear dudas o sembrar discordias, pues todo viene de un Espíritu de amor y de unidad.
San Pablo nos recuerda algo fundamental en la vida cristiana "hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu". Lo importante es que cada uno de nosotros, desde nuestra realidad personal, pongamos Espíritu en todo lo que pensamos, hacemos y decimos. No siempre nos va a resultar fácil, pero es necesario que lo intentemos cada día. Jesús de Nazaret vivió siempre habitado plenamente por el Espíritu Santo y este mismo Espíritu es el que quiere llenar ahora nuestro pobre y muy limitado corazón. Dejémonos llenar por el Espíritu del Resucitado y pongamos todo lo que somos y tenemos al servicio del Espíritu, para que, en cada uno de nosotros, el Espíritu de Jesús se manifieste para el bien común. Si estamos llenos del Espíritu de Jesús seremos personas fuertes, en medio de nuestra debilidad, y repartiremos paz, amor y perdón en un mundo lleno de egoísmos y de amenazas paralizantes. Que en este día de Pentecostés, y siempre, el Espíritu exhale su aliento sobre cada uno de nosotros y nos diga: ¡RECIBIDME!.
La obra del Espíritu realiza la unidad de la Iglesia. Utiliza  la imagen de un cuerpo bien coordinado, en el que cada uno de los miembros contribuye al bienestar de todos, desempeñando distintas funciones cada uno. Es cierto que Pablo pudo tomar la imagen de autores paganos que la aplicaban a la sociedad en general, pero lo novedoso es que en la Iglesia la unidad del cuerpo es otorgada por el don del único Espíritu Divino que recibimos en el bautismo, y la diversidad de sus miembros es la manifestación de los diversos dones del mismo Espíritu. Ya no hay distinción entre judíos y paganos, ni entre esclavos y libres, ninguna otra distinción: todos somos llamados a ocupar nuestro lugar en la comunidad, un lugar diverso según los dones, funciones o servicios que se nos hayan confiado, pero un lugar en la unidad de la misma Iglesia, nuevo pueblo de Dios, familia de Dios convocada por el Espíritu.
Hoy podemos pedirle al Espíritu Santo que, manifieste y selle, por fin y definitivamente, esa unidad tan anhelada, concediéndonos a todos comprender las palabras inspiradas de Pablo, de que somos un solo cuerpo de bautizados en el mismo Espíritu.

La Secuencia nos recuerda que  el Espíritu es "Luz que penetra en nuestras almas, es Huésped divino dentro de nuestro corazón; es fuente de Vida y del mayor consuelo, es tregua, es brisa, es gozo que enjuga nuestras lágrimas y nos reconforta en los duelos" . Nuestra vida cotidiana debe estar abierta al Espíritu, a sus dones y carismas, para que en nuestra vida se materialicen sus frutos.

La lectura del evangelio de San Juan nos da otra versión de Pentecostés, diferente pero no contradictoria de la que leímos en Hechos. Para san Juan el Espíritu es un don que procede directamente de Cristo Resucitado: es su aliento, su soplo vital. Él lo transmite, al atardecer del día mismo de la resurrección, a los discípulos reunidos en una casa de Jerusalén, y llenos de miedo por la hostilidad de los judíos. El Señor resucitado se pone en su presencia deseándoles reiteradamente la paz, identificándoseles como el Jesús de Nazaret que ellos habían conocido, el crucificado, pues les muestra las llagas de las manos y del costado. Enviándolos a predicar la Buena Nueva, como el Padre lo había enviado a El. Aquí la imagen del Espíritu es también el viento, el soplo, el aire en movimiento. Pero no el simple viento de la tierra, sino el soplo que sale de las entrañas mismas del Resucitado, pues en El está presente el Espíritu Divino que lo ha resucitado de entre los muertos y por eso puede comunicarlo a otros sin medida.
En el evangelio proclamado, tomado de San Juan, describe a los discípulos que estaban atemorizados, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. ¿Había tenido algún sentido la cruz?
Hoy estamos atemorizados, igual que los discípulos: terrorismo, guerras preventivas, choque de culturas, hedonismo ilimitado, pérdida de valores, paro, drogas... ¿Cuál es el sentido de la cruz hoy? ¿ cuál es el sentido que da a nuestras vidas el resucitado?.
Parece que los cristianos, además de temor, estamos incluso en actitud conformista ante todo lo anterior, nos da miedo exponer en público nuestra creencia, y muchas veces también en privado.
Ante esta situación existencial, los cristianos invocamos al Espíritu. ¡Ven hoy, Espíritu de Dios y haznos testigos, danos la fuerza para salir de nuestros lugares de cristianos cumplidores, sácanos de nuestra comodidad y haznos proclamadores  de tu palabra en nuestro entorno cotidiano, en el trabajo, en el grupo de amistades, en la opción política,.
Al Señor debemos pedirle que no nos falte nunca su Espíritu, porque, de lo contrario, nuestra vida será una vida espiritualmente vacía y estéril. El Espíritu es para nuestra vida como el sol y el agua para la tierra; si nos falta el Espíritu somos sólo cuerpo, vida mundana, egoísmo, consumismo, materialismo puro y duro. Sin Espíritu, la sociedad y cada uno de nosotros en particular, nos convertimos en puro mercado y la vida humana pasa a ser una competición egoísta, una guerra de todos contra todos, en la que siempre ganan o los más fuertes, o los más listos, o los más aprovechados. Una sociedad que no esté movida por el Espíritu Santo será siempre una sociedad desigual y radicalmente injusta, en la que no tendrán lugar ni los más pobres, ni los más enfermos, ni los menos afortunados. Una sociedad que no esté movida por el Espíritu Santo será siempre una sociedad antievangélica y anticristiana. Los discípulos de Jesús debemos levantarnos cada día invocando al Espíritu, al Espíritu del Resucitado, y abriéndole las puertas y las ventanas de nuestra alma para que nos llene de su luz y de su fuerza. Para que podamos así vivir siempre en un Pentecostés inacabado.
En este evangelio también hemos visto cómo desde la primerísima comunidad cristiana ha sido siempre un deber de los discípulos de Cristo reunirse el domingo para celebrar su presencia viva en medio de los suyos.
 En la carta apostólica " Novo Millennio Ineunte ", al concluir el gran jubileo del año 2000 ", publicada el 6 de enero de 2001, San Juan Pablo II presentaba la recuperación de este deber como uno de los puntos programáticos centrales para el milenio que comenzaba: " Por tanto, quisiera insistir, en la línea de la Exhortación « Dies Domini », para que la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un « pequeño rebaño » (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística cada domingo es una de éstos. La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia[22], que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad. " (N. 36).
Repitamos con fe y constancia las estrofas de la Secuencia:
" ¡Ven Espíritu Santo,
llena nuestros corazones,
 enciende en nuestras almas el fuego de tu amor
y renueva la faz de la tierra!
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo
" (Secuencia).
Una última consideración destacar como el texto concluye destacando que el don del Espíritu Santo está asociado al perdón de los pecados. Porque el pecado es como el paradigma, el ejemplo exacto, de todos los males que nos pueden afligir a los seres humanos. El pecado es la injusticia, la opresión, la violencia y la muerte. Él es la causa de nuestra caducidad, de todas nuestras lágrimas y de todas nuestras perplejidades. Cuando el Espíritu divino perdona nuestros pecados es como si volviéramos a nacer y como si el mundo se renovara milagrosamente delante de Dios, liberado de la carga de males con que lo afligen nuestros crímenes.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com