viernes, 24 de junio de 2016

Comentario a las Lecturas del Domingo XIII del Tiempo Ordinario 26 de junio de 2016

A la luz de la Palabra proclamada, somos invitados a examinar y actualizar la vocación que hemos recibido. Como bautizados, retomar el reto que supone la llamada que Jesús nos hace, comprender el alcance, contenido y proyección de la misión que se encierra en ella.
En la llamada va implícito dejar de lado todo aquello que impide actuar con la radical entrega que Jesús propone. En el seguimiento es fundamental el don de la libertad para llevar a cabo la misión encomendada. También las lecturas dejan claro de dónde y quien nos protegerá, de donde viene nuestra fortaleza.

Primera Lectura : 1 Re 19,16b.19-21 Elías se marchó y encontró a Eliseo… Elías pasó a su lado y le echó el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo. Elías le dijo: ve y vuelve; ¿quién te lo impide? La disposición de Eliseo para seguir la vocación de profeta a la que Dios, por medio del profeta Elías, le llamaba, era una disposición radical, tal como demostró después durante toda su vida. Renunció a seguir viviendo con sus padres y a todas sus posesiones materiales, incluidos los bueyes con los que estaba arando. El amor a los padres era un deber sagrado para todo judío;

algunas frases de Jesús que pueden dar a entender lo contrario, como alguna frase de las que hemos leído en el evangelio de este domingo, debemos entenderlas en un contexto distinto y no deben entenderse literalmente, sino fijándonos en el mensaje que quieren dar, el mensaje de la radicalidad y de anteponer la predicación del reino de Dios y el cumplimiento de su voluntad a todo lo demás. Porque todo lo demás se nos dará por añadidura.
La misión del profeta pasa de Elías a Eliseo. Este es un pobre labrador, pero en medio de su humildad siente la llamada del Señor, a través de un mediador: Elías impone su manto sobre Eliseo para significar que le transfiere la misión profética. Es como una imposición de manos: el vestido era considerado como parte de la persona que lo vestía. Por lo tanto, el gesto de Elías significa que Eliseo participa desde este momento del espíritu de Elías.

El responsorial de hoy es el salmo 15 (Sal 15,1-2.5-11),Destaca una petición a Dios y expresa nuestra actitud. "Protégeme, oh Dios, que me refugio en ti".
Esta composición es una expansión confidencial del alma que encuentra su felicidad en vivir en compañía de Dios, porque Él es la fuente única de todo bien. De aquí se sigue la simpatía por todos los que son fieles a su Dios y la aversión hacia los que se entregan a prácticas idolátricas. Los ídolos, lejos de otorgar la felicidad a los seguidores, son ocasión de grandes perversiones morales, de prácticas crueles e inhumanas, llegando hasta el derramamiento de sangre humana en sus libaciones. Al contrario, el que sigue a Yahvé ha encontrado su porción selecta. El salmista, consciente de este privilegio, tiene, de día y de noche, presente en su mente a su Dios y ansía y espera perpetuar esta intimidad espiritual de vida con su Dios aun por encima de la muerte.
El salmista no quiere tomar parte en los cultos idolátricos, porque no tiene más que un Dios, Yahvé, que es la parte de su heredad y su copa (v. 5). La metáfora alude a la distribución de la tierra de Canaán entre las doce tribus. A la de Leví no se le dio extensión territorial, porque su parte o hijuela fue el propio Yahvé. Debía estar dedicada exclusivamente al culto, por pertenecer de un modo especial a Dios, y por eso las otras tribus debían atender al sostén material de sus miembros. Yahvé es, pues, la porción y heredad especial de los levitas y sacerdotes; pero también lo era de Israel, de las almas piadosas. Y el mismo Israel es la heredad de Yahvé.
El salmista expresa la alegría de sentirse privilegiado  de poder tener como heredad suya al propio Yahvé, el cual garantiza su lote, es decir, su íntimo bienestar y felicidad. Realmente ha sido afortunado en la distribución, pues las cuerdas cayeron para él en parajes amenos (v. 6). Ahora el símil está calcado en la costumbre de medir con cuerdas las diversas partes para determinar la hijuela de cada miembro de la familia. Él ha sido afortunado, pues su parcela cayó en la parte más feraz del terreno.
Agradecido, el salmista quiere bendecir a Yahvé, que le aconseja y le hace ver que su verdadero bien está en el propio Yahvé, que le ha cabido en suerte; su conciencia le instruye de noche, cuando medita secretamente en el lecho sobre la elección divina sobre él. En las horas tranquilas de la noche es cuando el salmista oye la voz de Dios reflejada en su conciencia.
Consecuencia de esta meditación profunda y secreta sobre su suerte privilegiada es su entrega sin reservas a Yahvé, al que tiene siempre ante su mente; y precisamente en esta su vinculación constante a su Dios está su seguridad inconmovible: no vacilaré (v. 8). Yahvé está siempre a su derecha, protegiéndole contra todo peligro.
En los  vv. 9-11 expresa el sentimiento de seguridad bajo la protección de Yahvé, esta hace que el justo este lleno de una alegría que penetra todo su ser: el corazón, las entrañas y la carne. Esta triplicidad de términos resalta la gran alegría que embarga al salmista al sentirse bajo la protección divina. Con Él descansa sereno, porque podrá hacer frente a todos los peligros.
Movido de esta confianza, el salmista espera que su Dios no le dejará ir al seol, o región subterránea donde están los difuntos. Espera que su Dios protector le libre del peligro de muerte, de ver la fosa. Esta expresión equivale a morir, ser relegado al sepulcro. Así, fosa y seol son dos términos paralelos para designar la muerte.
El salmista expresa su esperanza de librarse de la muerte por intervención divina, que le enseñará el sendero de la vida (v. 11); es decir, le permitirá vivir en plenitud junto a Él, saciándole de gozo en su presencia y de alegría a su diestra. En sus ansias de felicidad, el salmista aspira a convivir para siempre con su Dios.


La segunda lectura esta tomada de la carta a los gálatas (Gál 4,31-5,1.13-18).
 La primera frase que leemos viene a ser como un resumen del mensaje de la carta. Cristo no sólo nos ha liberado de la esclavitud de la Ley y del pecado, sino que nos quiere libres, nos ha colocado en un estado de libertad.
 Algunos gálatas querían volver al yugo de la Ley, a la esclavitud.
La mayor parte de los versículos corresponden al l cap. 5 que constituye la conclusión de la carta. Los versículos comienzan enunciando el resultado de la actuación de Cristo: liberación para vivir en libertad.
Liberación se contrapone a sometimiento y libertad a esclavitud.
En el contexto global de la carta se establecen los siguientes procesos:
* ley - sometimiento - esclavitud;
* fe - liberación - libertad.
La ley, va acorralando al  hombre en un cerco asfixiante de remordimientos y complejos de culpabilidad que terminan por destruirlo. Liberación de la ley quiere decir liberación de todo ese proceso aniquilador que la ley desencadena.
Esta es la liberación aportada por Cristo; su resultado es la pura alegría de vivir sin cercos asfixiantes. Libertad frente a la ley, libertad de la autodestrucción provocada por la ley. Esta es la llamada que Dios hace al cristiano (v. 13a).
Esta libertad está expuesta a profundos malentendidos y abusos (v.13b). Es el  propio hombre en cuanto es carnal, es decir, en cuanto es legalista, en cuanto es egoísta.
Deseos de la carne, egoísmo y ley reflejan la misma e idéntica condición humana (cfr. vs. 13, 16 y 18). La expresión "deseos de la carne" no tiene un sentido de concupiscencia sexual.
El auténtico y recto ejercicio de la libertad acontece en el mutuo servicio del amor (vs. 13c-14). La realidad de la libertad se da en la vinculación amorosa a los otros. Libertad es ponerse a disposición y dejar disponer de sí. Los deseos de la carne, es decir, el egoísmo, el servirse a sí mismo, llevan a morderse y devorarse mutuamente (v. 15); llevan a la misma destrucción a la que conduce la ley. Homo homini lupus. El amor auténtico, en cambio, es liberación del propio yo y se desarrolla sirviendo a los demás.
Para perseverar en la libertad del amor es necesaria  la guía y la fuerza del Espíritu (vs. 16-18). Este Espíritu no es un poder dado con la existencia, sino el poder de Cristo mismo venido con Cristo sobre la existencia; es la presencia poderosa de Cristo que irrumpe en nosotros y se interioriza en nuestra intimidad. Para que este Espíritu se imponga a la carne  es necesario abrimos a él. Es entonces cuando dejamos de estar bajo el dominio de la ley y empezamos a ser libres.
El mensaje es claro, hay que dejarse guiar por el Espíritu, que es el principio de filiación y, por tanto, de fraternidad, y no dejarse llevar por la carne, que significa todo aquello que hay en el hombre que se opone a Dios. La lucha entre Espíritu y carne no es entre "espíritu" y "cuerpo", sino entre lo que Dios quiere y lo que va contra ese querer, que a veces son cosas muy "espirituales". El que se deja conducir por el Espíritu no se enorgullecerá de haber cumplido la Ley o de ir contra ella. Será libre, será hijo de Dios.

El evangelio de san Lucas ( Lc 9,51-62) nos presenta a  Jesús consciente de que se acercaba el momento de la manifestación de su mesianismo ante Israel y ante el mundo entero: la hora de su inmolación como víctima expiatoria en favor de los hombres. Por eso no duda ni por un momento en dirigirse hacia Jerusalén. Allí tendría lugar la última escena del drama, allí derramaría su propia sangre, hasta la última gota. Su decisión anima a sus discípulos, que le siguen hacia el lugar de su muerte.
Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? Jesús se volvió y les regañó. En varios pasajes de la Biblia podemos leer frases en las que judíos piadosos le piden a Yahvé que extermine a sus enemigos y que acabe con ellos. La intención primera, claro está, es que los enemigos se conviertan e Israel pueda ser el auténtico trono y reino de Dios. Hoy, en este relato evangélico, según san Lucas, los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, le piden a su Maestro que les permita mandar fuego del cielo contra los Samaritanos por no haberles permitido a ellos alojarse en su territorio, por el simple hecho de que se dirigían hacia la ciudad enemiga de Samaria, Jerusalén. Jesús les regaña y no accede a su petición.
La vocación en el seguimiento de Jesús exige radicalidad: “el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”. No es necesario pensar que los que hemos sido llamados a la vocación religiosa tengamos que ser necesariamente mejores personas que los demás. Es verdad que el seguimiento de la vocación religiosa exige radicalidad, es decir, exige renunciar a muchas satisfacciones y exigencias que se encuentran en la vida familiar, al desapego del dinero y de otras ambiciones del mundo, pero también es verdad que las personas que hemos seguido la vocación religiosa tenemos ciertas ventajas, espirituales y sociales, que no se encuentran en la vida familiar, tal como hoy se vive generalmente. Los casos de los que hoy nos habla el evangelio son de personas que no se atrevieron a aceptar la radicalidad del seguimiento que Jesús les exigía.


Para nuestra vida
En la primera lectura vemos como Dios se acerca al hombre cuando éste trabaja en lo cotidiano de cada día. El trabajo es el lugar de encuentro más adecuado entre Dios y el hombre.
El  trabajo es  parte de la naturaleza del hombre, con todas sus grandezas y con toda su miseria. Y en ese lugar, Dios se hace presente.

El salmo nos presenta una esplendida manifestación de  la de la confianza ciega en Dios. El salmista se acoge a la protección divina como única fuente de felicidad. Por eso lo proclama como Señor único, pues sólo en Él encuentra su dicha. Llevado de esta su vinculación a Dios, sólo le interesan los que están en buenas relaciones con Él, como los santos; en éstos tiene su complacencia, y son en realidad, a su estimación, los verdaderos príncipes y señores de la tierra.

La segunda lectura nos presenta los problemas de los  gálatas  que han vuelto a encerrarse en preocupaciones religiosas estériles pues lo que cada uno quiere únicamente es evitar los reproches de Dios, y eso tiene mucho de egoísmo. El celo por la ley o la posesión del Espíritu mal entendida conducen al orgullo, a la enemistad y a la envidia, conducen a devorarse mutuamente.
Dios llamó a los gálatas, por medio de la predicación de Pablo, a ser libres, a salir del mundo antiguo de la Ley y del pecado, para vivir en la nueva creación de Dios. Pero la libertad puede ser mal entendida si no se tiene en cuenta el amor, del cual nace. Precisamente porque es fruto del amor, la libertad verdadera lleva al servicio de los hermanos, lleva a "amar al prójimo como a ti mismo". Este es el criterio perpetuo para saber si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos ha ganado y nos ha dado.
La reflexión paulina nos sirve para nuestra vida cristiana. El que tiene el Espíritu de Cristo no se preocupa por no pecar, sino por amar. Lo que a Dios le importa es que salgamos de nuestros pequeños problemas para que nos anime su Espíritu. Es lo que dice ahora Pablo. El creyente realmente libre es el que se considera "esclavo" de Cristo. Esa es la manera de "tener fe" en la vida diaria: solucionar todo pensando que soy de Cristo y estoy al servicio de mis hermanos. De ahí nacen alegría y paz. Espíritu y carne no son dos partes del hombre, sino sólo dos orientaciones divergentes de toda persona.

En el evangelio contemplamos a unos discípulos que perdieron el miedo a quienes acechaban al Maestro y nos enseñaron con su actitud cuál ha de ser la nuestra en los momentos de la prueba. El evangelista narra luego el paso de Jesús hacia la Ciudad Santa. Por el camino irían ocurriendo diversos sucesos que darían pie al Maestro para enseñar a sus discípulos. La luz divina resplandece en sus palabras e ilumina aquellos senderos con la paz, la comprensión y el aliento. Otras veces sus palabras son de reproche. En esta ocasión los hijos del Trueno querían arrasar aquel poblado samaritano con fuego venido de lo alto. Jesús se apena y les recrimina porque todavía no han entendido cuál es el espíritu que ha de animar a un seguidor suyo.
El Evangelio nos interpela, ante la cólera y la indignación en nuestro interior, los deseos de justicia implacable, los sentimientos del odio y el rencor, el afán de venganza
En los diálogos que se nos presentan de Jesús con gentes que quieren seguirle, parece muy radical en su planteamientos al no dejar que uno entierre a su padre o que otro ni siquiera pueda despedirse de su familia. Ese radicalismo podría parecer que estaba en contra de la libertad personal de cada uno. No es así. La "petición fuerte" sorprende y trae, sin duda, un camino de reflexión. Y ahí es donde todo se hace grande, porque una misión que ni siquiera permite seguir unos legítimos compromisos familiares da idea de su enorme dimensión. Y, también, obliga al análisis personal, porque no se puede aceptar nada que lleve una petición tan importantes, si no es mediante la reflexión y la decisión personal.

miércoles, 22 de junio de 2016

Lecturas del Domingo XIII del Tiempo Ordinario 26 de junio de 2016

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL PRIMER LIBRO DE LOS REYES 19, 16B. 19-21
En aquellos días, el Señor dijo a Elías en el monte Horeb:
- «Unge profeta sucesor tuyo a Elíseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá».
Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía
doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima.
Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo:
- «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré».
Elías le respondió:
- «Anda y vuélvete, pues; ¿qué te he hecho?».
Eliseo dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.
Palabra de Dios.



SALMO RESPONSORIAL
SALMO 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11
R. TÚ, SEÑOR, ERES EL LOTE DE MI HEREDAD.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS GÁLATAS 5, 1. 13-18
Hermanos:
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de la esclavitud.
Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor.
Porque toda la Ley se cumple en una sala frase, que es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente.
Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais.
Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
Palabra de Dios.



ALELUYA Jn 10,27
Mis ovejas escuchan mi voz –dice el Señor—y yo las conozco, y ellas me siguen.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 51-62
Cuando se completaron los días en que iba de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él.
Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
- «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y les regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
- «Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
- «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
- «Sígueme».
Él respondió:
- «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
- «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
- «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
- «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».
Palabra del Señor.

domingo, 19 de junio de 2016

Comentario a lecturas del Domingo XII del Tiempo Ordinario 19 de junio de 2016

La celebración dominical  es para  todos los cristianos   la invitación  semanal  a mirar-creer-seguir de nuevo  al Traspasado, presente  entre nosotros, ofreciéndose  a nosotros   en el memorial  de su Pasión. Es  la oportunidad   para volver  a decir   con Pedro-  con el  Papa, con nuestro obispo-  y toda la Iglesia, nuestra fe. Para renovar, bajo la fuerza  del Espíritu, la decisión  de cargar  la cruz  cada día, para acompañar  a Jesús, perder la vida, ¡y ganarla!.
A ello nos ayudara la palabra proclamada hoy.

La primera lectura  de Zacarías ( Zac 12,10-11; 13,1) nos sitúa ante el actuar de Dios en la historia de su pueblo. " Pero  sobre  la dinastía  de David  y los habitantes  de Jerusalén  derramaré  un espíritu  de benevolencia  y de súplica. Mirarán  hacia mí, a quien  traspasaron; harán duelo  como por un hijo  único  y llorarán  como se llora  a un primogénito" .
El hecho  de que Dios   quiera    verter un espíritu en el pueblo  significa   que tomará  la iniciativa   para crear  en él  una   nueva  actitud  interior. El tenor  de esta  sección  indica  que esta  nueva actitud  debe brotar  del arrepentimiento  por algún pecado  que procedía  de una actitud   malvada.
benevolencia”  es una   postura   en la que  se somos   sabedores    y responsables  de que todo  cuanto  somos   y hacemos  es donación  gratuita   de Dios, es “clemencia”  de Dios  hacia nosotros   y , mediante  nosotros, a la humanidad  entera. 
“súplica”: Dios suscitará  en ellos   una actitud  mediante   la que se volverán  a él   para implorarle su favor.
"Mirarán  al que  traspasaron". La lectura   del texto   hebreo  dice  literalmente: “Mi mirarán  a mí, a quien   traspasaron”. Y  ese “mí” no era  el Mesías, sino  Yahveh mismo. Que los judíos   de la dinastía  davídica  “miraran” a Yahveh  era repetir, con una  nueva imagen, la verdadera   conversión  y la postura   genuina  de los “anawim”  frente  a  Yahveh. Lo incomprensible  era  la afirmación  siguiente: “ a quien  traspasaron”, en sentido  físico , real  y objetivo ; tal  es la fuerza  del término  hebreo. ¿Cómo  podía   decirse   eso de Dios? Sin  duda,  porque  lo hecho   con   cualquiera  de sus   ungidos, de sus fieles, era  como si se lo  hicieran   él. Es la  expresión   más  similar   a la escuchada  por Pablo  camino de Damasco en todo el Antiguo  Testamento.
Pretender  aquilatar  la persona   contemporánea  en quien pudo  pensar   el profeta  al pronunciar  este mensaje   es algo  que se escapa  a la crítica  histórico-literaria  actual.
Nosotros   sabemos  por revelación  que,  desde  que Jesús    fue crucificado, tenemos  en él   el verdadero  signo  visible  de un Dios  ofendido  y redentor, cumplimiento  pleno  del  imprevisible alcance  de nuestro  profeta.
El NT  reconoce   ciertamente   un significado  mesiánico  al pasaje. Estos  versículos   de Zac, tratan   de proclamar  el misterio  de la “pasión”  divina, la  reacción  de Dios ante  los sufrimientos  redentores  de su pueblo elegido, y especialmente   de su Unigénito.
11. Aquel día   el duelo  de Jerusalén será   tan  grande  como el  de Hadad-Rimón  en la llanura  de Meguido.
Cuando Jesús muera en la Cruz, muchos llorarán su muerte  como no se ha llorado por muerte alguna. El versículo 11, al querer acentuar este llano, hace una comparación, que no es fácil de entender
Se explica, siguiendo  a Jerónimo, como  nombre  de una ciudad en el valle  de Meguiddó, la que   luego  fue  Maximianópolis. Debido  al control  que ejercía   sobre las  rutas  comerciales   entre el norte  y el sur  de Palestina, Meguiddó  fue lugar  de grandes batallas  en la historia profana   y en la sagrada.
Del capítulo  13, cuyos  primeros  versículos  1-6  presentan el término  de la  falsedad, solamente  la Liturgia toma el primer versículo.
1. Aquel día   manará   una fuente   para que  en ella   puedan  lavar  su pecado  y su
impureza  la dinastía  de David  y los habitantes  de Jerusalén.
El   reino   mesiánico  habrá   de estar  limpio  de toda  maldad y especialmente  de cualquier   tipo   de “profesionalismo” en los   ministerios sagrados. En las   Escrituras    es frecuente   la  imagen   de una fuente  que purifica  o difunde  la vida  por todo el país.
La fuente   simboliza  la purificación  del pecado  de la casa  de David  y los habitantes  de Jerusalén.
Expresivo y  acertado  el estribillo  del salmo  responsorial: “Mi alma está  sedienta   de ti, Señor, Dios  mío”
Ante la fuente    que es el  costado  abierto  del  traspasado, ¿no tendremos   sed de Dios? Cantando    este salmo  nos es fácil  recordar  las palabras  del apóstol: “¡todos   hemos   bebido  del mismo  Espíritu!”  (1 Cor 12, 13).

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El responsorial de hoy es el salmo 22  (Sal 62,2-6.8-9 ). Salmo de lamentación individual con motivos de confianza y de acción de gracias.
Según la anotación del texto hebreo, el rey David lo compuso cuando se refugió en el desierto de Judá y en la región idumea a causa de la rebelión de Absalón (cf. 1 Sm 23-26; 2 Sm 15,23-30). Esta magnífica composición lírica ha sido definida como «el canto del amor místico» y celebra el abandono total y confiado del salmista en Dios. Tal vez se trata de la oración de un levita exiliado y alejado de Jerusalén, que recuerda con nostalgia los días felices vividos en el templo.
Se nos presentan dos estrofas del salmo.
 La primera estrofa (vv. 2-4) canta la alegría del orante, que visita, al alba, a Dios en su templo a fin de buscar la luz de la intimidad con el Señor. El autorretrato del orante, en tensión hacia Dios, se expresa como sed física y espiritual, porque toda su persona está implicada en ello. Como la tierra rocosa de las colinas de Palestina es árida y está muerta sin la lluvia, así el orante necesita a Dios para existir y sentirse vivo. Es Dios, en efecto, quien calma la sed del corazón árido del hombre y llena sus «aljibes agrietados», fecundándolos con la «fuente de agua viva» (cf. Jr 2,13). Lo que el hombre espera de Dios no es, por consiguiente, tanto una vida feliz y longeva como su gracia (hesed), es decir, el amor misericordioso y fiel, el único bien verdadero del mundo espiritual, superior a cualquier otra aspiración humana, y la familiaridad del creyente con Dios, expresada en el lenguaje sálmico con la bendición y con el sorprendente tuteo.
La segunda estrofa (vv. 5-9) añade la alabanza a la bendición, expresada con las manos del orante elevadas hacia el cielo (cf. Sal 28,2; 88,10); y a la alabanza sigue la comunión con Dios mediante la participación gozosa en el convite sagrado, «un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera», preparado por Dios sobre las colinas de Sión (Is 25,6). Esta intimidad de vida es la que el fiel experimenta en la casa de Dios, y ese recuerdo de benevolencia y de ayuda le acompaña durante la noche como la mano de un padre que protege la vida de su hijo.

La segunda lectura  de la carta a los gálatas (Gal 3,26-29)  es parte de la sección ( 2, 15-4,31)  cuyo el tema  central  : la salvación  del hombre viene   de Dios  a través  de la fe  en Jesucristo, que entregó   su vida para liberarnos  de nuestros pecados  y de la perversión  de este mundo.
 Al hombre   le corresponde  colaborar, pero no  a través  de un cumplimiento  minucioso  y externo  de la ley, sino apoyándose  en la palabra-promesa  salvadora   de la ley de Dios, mediante   una fe  que actúa  por medio  del amor  ( Gal  5, 6).
Este capítulo    tercero   nos presenta tres temas: Salvados  por la fe   y no  por la ley; la ley   y la promesa; Hijos  de Dios  en Jesucristo. Los  versículos  que la Liturgia nos propone  como segunda lectura de este  domingo XII del tiempo Ordinario, ciclo C, pertenecen  a este tercer apartado.
"Hermanos: Todos   sois hijos   de Dios  por la fe  en Cristo  Jesús".  La adopción  filial   es la  nueva   relación  de los cristianos  con Dios, alcanzada  “a través de Cristo”, o posiblemente  “en unión  con él”. Su ser-en- Cristo-Jesús es lo que les hace  ser  hijos  de Dios. A este  nuevo ser los llevó  el bautismo. El  ser-hijo-de-Dios  exige  no sólo  la fe como  medio objetivo  que puede   abrir   el paso  a su ser   nuevo, sino que exige también el  reafirmarse  en el nuevo  fundamento   del ser, en Cristo  Jesús. Objetivamente  exige   esta consolidación en Cristo  Jesús incluso  de un modo  primordial, aunque   en el proceso  del hacerse   cristiano preceda la fe. Este ser recibido, este   estar-en-Cristo-Jesús  se efectúa  según  Pablo  en el acto del bautismo y después  en la vivencia  de esta realidad, recibida  en el Sacramento del Bautismo.   
"Los que  os habéis  incorporado  a  Cristo por el  bautismo, os habéis  revestido  de Cristo".  Como síntesis  del adentrarse   intensivo en el nuevo  ser realizado  por medio del bautismo  usa aquí  Pablo el  verbo (endyno= vestirse).
Revestirse  de Cristo: presupone   la idea  de que Cristo  es como  un vestido celeste preparado   para todos,  y “ponérselo”  significa  entrar  en una nueva  “realidad” 
La expresión  no se fija   en el comienzo   de una   relación ética, sino  de un  nuevo vínculo  ontológico. Describe  el comienzo  de la (común) participación  en el ser mismo de Cristo, que se realiza, al nacer  el nuevo yo, el “Cristo en mí”, el hombre interior.
Nos   hemos   despojado  del hombre  viejo- en el bautismo-. El bautismo   ha destruido  todo  el pasado  del hombre. Nos hemos   revestido   del hombre  nuevo. Nos hemos  revestido  de él   en cuanto  que continuamente  el bautizado pretende   su renovación  con la meta   puesta  en el “conocimiento”, conforme  a la imagen  de su creador. El haberse  revestido  del hombre nuevo en el bautismo se continúa  en el constante  revestirse   de sus miembros. El revestirse   de sus miembros   exige  el revestirse  de los dones y de las virtudes.
Sólo  partiendo  del nuevo ser  puede conseguirse  una nueva conducta. Pablo se fija    realmente   en el cambio  de ser, el ontológico, y no  en la incorporación  dialéctico-religiosa o moral   de cada  bautizado  en Cristo.  
" Ya no  hay distinción  entre  judíos   y gentiles , esclavos  y libres,  hombres   y mujeres , porque  todos   sois  uno en  Cristo  Jesús". En los  bautizados se han   suprimido   sacramentalmente, es decir, de modo   velado  y real, las diferencias  históricas y naturales   procedentes  de la “vieja” realidad.
Ya no  hay distinción  entre  judíos   y gentiles: acentúa  fuertemente   la realidad  de la igualdad  de todos   en Cristo  Jesús. Dichoso  positivamente, es un   hecho  que todos-  son uno  en Cristo  Jesús, es decir, son Cristo  mismo.
En el sentir  de los judíos  contemporáneos  de Jesús de Nazaret y Pablo  de  Tarso   los paganos, los esclavos y las mujeres eran gente  discriminada.
Pablo  proclama  en este singular  y nunca bastante  ponderado  pasaje  de Gálatas, que a partir   de Cristo  toda  discriminación  entre los hombres   y sobre todo  entre los cristianos  carece  de sentido.
Insiste san Pablo en la nueva situación : " Y si  sois   de Cristo, sois   descendientes  de  Abrahán  y herederos   de la promesa". Ser de Cristo  no tiene  para Pablo   un sentido moral, sino que  presupone la posesión  del  espíritu  de Cristo. Pertenecer    a Cristo  significa  que uno está   esencialmente   subordinado   u ordenado  a Cristo.
Podemos sintetizar la doctrina de Pablo así: desde la llegada de la fe ya no estamos  bajo  la ley, pues  todos   vosotros- guiados allí por la fe- sois   hijos  de Dios  en Cristo Jesús. Todos   vosotros   estáis   incorporados  esencialmente  a Cristo  por medio del  bautismo, de modo  que todos  en conjunto  y cada uno   de por sí sois  uno, sois   Cristo.

Evangelio  de San Lucas (Lc 9,18-24 ), nos presenta una escena de profunda intimidad y claridad entre Jesús y sus discípulos. El fragmento  que leemos hoy se encuentra prácticamente  al final del ministerio de Jesús en Galilea. De hecho, el próximo  domingo empezaremos ya a seguir a Jesús  en su camino de subida a Jerusalén.
La perícopa evangélica abarca tres enseñanzas: La confesión de fe de san Pedro, y el anuncio  de la Pasión, junto con la Invitación a seguirle.
Lucas no dice donde ocurrió esta escena del evangelio de hoy. Sabemos por los otros sinópticos que fue en un lugar cercano a Cesarea de Filipo. Sin embargo, Lucas, es el único que nos habla de que Jesús estaba orando. La oración de Jesús al Padre es una señal de su relación singular con él, en la que nadie puede inmiscuirse. Jesús tiene conciencia de su dignidad y de su misión, sabe quién es y lo que ha venido a hacer en el mundo. La gente está dividida en sus opiniones respecto a Jesús: unos dicen que es el Bautista revivido, otros que Elías o alguno de los antiguos profetas. Jesús interpela directamente, personalmente, a los suyos, a los que ha elegido y reunido en torno a su persona.

Releemos brevemente el texto:
"Un día  que estaba  Jesús orando  a solas, sus discípulos   se le acercaron. Jesús   les preguntó: ¿Quién  dice  la  gente  que soy yo?"
Jesús  estaba orando” da un  relieve   particular  a este momento, en el que  va  a producirse  no sólo  la declaración  de  Pedro, sino- lo que es  más importante- la   propia   declaración” de Jesús  sobre su  destino. En el  Evangelio  según Lucas, la mención  explícita  de la “oración” suele  introducir  algún relato  particularmente   significativo.
"Respondieron: Según   unos, Juan  el Bautista; según  otros, Elías; según  otros, uno  de los antiguos  profetas, que ha  resucitado".
La imagen   de Jesús, entre el pueblo, es  la de un  “profeta”  y no  precisamente   la de una  figura  “mesiánica”. Eso sirve   de contraluz  a la declaración  de Pedro.
El tema   de la resurrección  de los profetas  está vivo  en Lucas desde  el principio  del evangelio.
"El les dijo: Y vosotros  ¿quién   decís  que soy  yo? Pedro  respondió: El  Mesías  de Dios".
En vez   de hacer  algún comentario  sobre  esa diversidad   de reacciones, Jesús   plantea  directamente  a sus  propios  discípulos   la  gran   cuestión  de su identidad.
Pedro, por consiguiente, no afirma, aunque  tampoco niega, la Divinidad de Jesús. Aquí no se trataría de una confesión de fe , sino de una manifestación de Pedro, motivada por la experiencia de lo que ha visto en Jesús.
"Pero   Jesús   les prohibió  terminantemente  que se lo dijeran  a nadie".
La prohibición  vale   para el período  del ministerio  público  de Jesús. Después   de la resurrección , el propio  Jesús  va  a dar a sus   discípulos  el encargo  de proclamar, como  testigos , que él  es el Mesías crucificado  y resucitado.
"Luego añadió: Es necesario  que el Hijo  del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los   sacerdotes  y por los maestros  de la ley, que lo maten  y que resucite  al tercer día".
Nos encontramos  ante la primera  de las tres  predicciones  de la pasión que son comunes a los sinópticos. El segundo anuncio de la pasión se encuentra en  9, 44, inmediatamente antes de emprender el Viaje a Jerusalén. El  tercero en 18, 31-33, al finalizar  el Viaje,  un poco antes de entrar en Jerusalén. La Mesianidad del Hijo de Dios solamente se comprenderá con exactitud, a la luz de su  Pasión y de su Resurrección. Cuando olvidamos esta dimensión, nos exponemos a no entender acertadamente al Señor.
"Entonces  se puso  a decir  a todo el pueblo: El que quiera venir en pos  de mí, que renuncie a sí mismo, que   cargue  con su cruz de cada día  y me siga".
Lucas  añade  al primer   anuncio  de la pasión  otras   cinco máximas de  Jesús   que, en líneas   generales, tratan  de la fidelidad  del discípulo  y de las actitudes  frente a la vida  y ante el Reino , que han de caracterizar   al que  se decide   a seguirle.
La Liturgia  solamente  nos presenta dos, pues no leemos los  versículos  25-27. Es de resaltar que en el  Evangelio  de san  Lucas , estas máximas de Jesús    sobre  las actitudes  del discípulo  van dirigidas   a “ todos”,  es decir, no sólo  a los suyos, sino a toda  la gente en general. Este  ensanchamiento   de destinatarios contrasta con la intimidad   de los dos  pasajes   precedentes  en los que,  por una parte, Jesús  pregunta   a sus discípulos   qué   dice la gente  sobre su persona , y  por otra, él mismo  les declara  , a ellos  solos  , el desenlace  final  de su existencia. Las cinco  máximas   de Jesús   subrayan  la misma   y única  lección: ser  discípulo, verdaderamente  discípulo, significa  compartir  día a día  la misma suerte  del Maestro;   el camino  que tiene   que recorrer  Jesús  es el camino  que el discípulo  tiene que seguir. Por eso   las  actitudes  del discípulo, condensadas   en esta serie   de máximas, se expresan, ante  todo,  en términos  de “seguimiento”;  una noción  que cobra  tanto mayor   relieve  cuanto más  se acerca  el comienzo   del viaje  de Jesús  a Jerusalén. El “seguimiento”  tiene   sus exigencias  específicas: cargar  con la propia  cruz   día  tras día, detrás del Maestro; estimar  la vida  no con  parámetros   de ganancia, aunque  lo que esté en juego  sea la  totalidad  de lo terrestre; no vacilar  frente   a una posible  confrontación  pública  por causa   de Jesús   ni avergonzarse  por ello  ante los demás; abrirse   a  una   espera    esperanzada  y a una  comprensión  más comprensiva  del misterio  y de  los  secretos   del Reino.
El primer   enunciado: " El que quiera venir en pos  de mí, que renuncie a sí mismo, que   cargue  con su cruz de cada día  y me siga", presenta una  triple exigencia: renuncia  al interés personal, aceptación  sincera  de la propia  cruz   y seguimiento  el Maestro.  Las actitudes  que se plantean en primer lugar   y  tercer  lugar   no parecen  excesivamente  complejas; pero  la segunda , expresada en una  metáfora, requiere  una mayor  reflexión.
Cargue  con su cruz: La imagen   hace  referencia   a la  crucifixión   de Jesús; en eso  radica   esencialmente   la imitación, como   actitud  del discípulo
     La máxima, sólo  es inteligible  a la luz  de la descripción  explícita   que se hace en el cuarto  Evangelio.
Que se  niegue  a sí mismo: La “ negación “  consiste  en enfocar  la propia   vida   no precisamente   desde una  actitud  egocéntrica, sino más bien  desde   una postura   abierta , que permita  una  verdadera   identificación del comportamiento  personal   con  el de Jesús  y con las exigencias   de su misión  salvífica.
Cada día: Este  detalle   es una   adición   redaccional  de Lucas, que proyecta  sobre la vida  del cristiano   las exigencias   más radicales. Desde la óptica  personal de Lucas, la situación  con la que  se enfrenta  el discípulo no es precisamente  la persecución  por causa  del Reino, sino la comprensión  profunda  de lo que significa  en la vida diaria   mantener  una fidelidad  sincera  a la persona   de Jesús.
El segundo  enunciado, " Porque el quiera  salvar su vida, la perderá; pero   el que  pierda  su vida por mí, ése  la salvará" , que exige  una valoración  de la propia vida, determinada  por el compromiso  con la persona  de Jesús  y con el Reino que él predica.
Se  trata  de una “vida”, en su dimensión  terrestre y biológica, y una  “vida”  proyectada  hacia  la  trascendencia, es  decir, no mensurable  por las  preocupaciones  de orden   material.
Las exigencias  de la máxima  se refieren a la  disponibilidad    para ofrecer  la propia  vida  por la persona   de Jesús   o por el  Reino.

Para nuestra vida
En la lectura del profeta Zacarías, el profeta, en los últimos años del siglo VI a. c., escribe palabras de consuelo y ánimo a un pueblo vencido, hablándoles de la posible restauración de la ciudad soñada, Jerusalén, y de un hijo único, “al que traspasaron”, acordándose, sin duda, del “siervo de Yahvé”, del profeta Isaías. Sí, les dice el profeta, “aquel día se alumbrará un manantial a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén”. Son palabra que transcurridos siglos, continúan teniendo validez para nosotros, muchas veces demasiado pendientes de la cruz y menos de la Resurrección.

En el salmo de hoy la Palabra de Dios suscita en el corazón de cada uno de nosotros el deseo de volver a Dios, porque gracias a este diálogo de amor con Dios podemos crecer y ser capaces de dar sentido a las relaciones fundamentales de nuestra vida cotidiana.
Decía san Agustín que «la vida de un buen cristiano es toda ella un santo deseo. Ahora bien, si una cosa es objeto de deseo, todavía no la vemos, y, sin embargo, te dilatas por medio del deseo, y así podrás ser colmado cuando llegues a la visión».
Buscar a Dios, tener sed de él, significa que él fue el primero en venir a buscarnos y depositó en nuestro corazón la conciencia de nuestra pobreza y la aspiración profunda a nuestra felicidad, algo que sólo él puede apagar. Depositó en nosotros un germen de vida que es el Espíritu Santo, cuya invocación es fundamental en nuestra vida cristiana.
Así las cosas, la oración se entiende como «deseo» y «sed» humana y espiritual, búsqueda y aspiración a Dios, porque todo lo que somos -cuerpo, existencia, alma- se convierte en exigencia de vida y auténtico itinerario espiritual.
En el texto se expresan bien nuestros sentimientos de piedad personal y de búsqueda de Dios. El salmo nos ayuda a participar plenamente en el encuentro personal con el Señor y con los hermanos, en el encuentro eucarístico de la mesa dominical del pueblo de Dios, porque, como decía san Gregorio Nacianceno, «Dios tiene sed de que tengamos sed de él».

Hoy las palabras de san Pablo a los Gálatas  nos recuerdan que "Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús".  Queda clara la unidad de todos los cristianos, y de todas las personas, en general; el cristianismo es una religión universal, sin distinción de fronteras, razas o lenguas. Por el bautismo todos somos una comunidad de hermanos, hijos de un mismo Dios. esta realidad hay que llevarla al dia dia de nuestra vida cristiana.

Desde el evangelio se  nos describe una escena de confianza dialogantes entre Jesús y sus discípulos. El pregunta para que aflore la fe de sus discípulos. La fe es una respuesta personal al misterio de Cristo que nos interroga. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado. Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? No se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder desde la experiencia más intima del encuentro con Jesús en nuestra  vida cristiana.
Jesús mismo  nos presenta la realidad del Mesías como el sufriente. Los cristianos creemos ahora que nuestro Mesías, Jesús de Nazaret,  fue, mientras vivió en este mundo, un Mesías sufriente; sólo después de su resurrección comenzó a ser para siempre un Mesías triunfante. Entender esto, y aceptarlo, es necesario en la vida cristiana, porque, de hecho, nuestra vida tiene mucho más de sufriente, que de triunfante, mientras vivimos en este mundo; nuestra vida aquí en la tierra siempre termina vencida por la muerte. Jesús, para nosotros, es un modelo de vida más humano que divino, como modelo a seguir aquí en la tierra, porque a Dios no lo podremos ver nunca en este mundo y porque Jesús es para nosotros, mientras vivimos en este mundo, el rostro humano de Dios. Aceptemos a Jesús como Mesías sufriente y, en medio de nuestros sufrimientos y dolores, vivamos con gozo y esperanza, en la certeza de que si seguimos en esta vida al Cristo sufriente, también vamos a estar para siempre, después de esta vida terrenal, con el Cristo glorioso y triunfante.
Y esto Jesús recomienda que se guarde en secreto. Jesús prohíbe a sus discípulos que vayan diciendo a la gente que él es el Mesías de Dios. Jesús advierte a sus seguidores que callen y no digan nada. Es el llamado secreto mesiánico. Hay misterios que deben desvelarse poco a poco. también hoy la impaciencia en descubrir con rapidez y querer conocerlo todo de golpe no siempre es conveniente. Hay que dejarse acompañar por el Espíritu y el nos irá desvelando todo en su momento adecuado.
Jesús advierte de la dificultad de seguirlo. Uno mismo es a menudo el mayor obstáculo para seguir a Jesús. Cargar con nuestra cruz significa tomar nuestras incoherencias y contradicciones, nuestro pecado. Jesús ya cargó con el mal de todos, nuestra carga aún es de poco peso. Pero hemos de llevar la cruz de nuestras limitaciones, miedos y orgullo, que nos pesan y dificultan nuestro crecimiento. Requiere de un proceso interno de cambio en el pensamiento, en la actitud, hasta en nuestra visión del mundo y nuestra forma de entender la religión. Pide una conversión total. Hoy Dios necesita gente valiente, heroica y buena, que se sienta familia de Jesús y esté dispuesta a seguirlo. Necesita iconos  que anuncien el amor de Dios y su deseo de felicidad para la humanidad. Cargar con la propia cruz es asumir el compromiso que cada uno tiene de luchar por hacer un mundo mejor a pesar de los contratiempos y de las incomprensiones.
Claridad en la última reflexión del evangelio: Quien vive sólo para él, en su pequeño mundo, se perderá. Es la consecuencia de cerrarse en sí mismo y aferrarse a los miedos y las falsas seguridades, negándose a oír y a cambiar. En cambio, quien esté dispuesto a abrirse, a sacrificarlo y a darlo todo por amor, lo ganará todo. Darlo todo, darse a sí mismo, es la única vía para encontrar la plenitud humana y espiritual.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org