domingo, 24 de mayo de 2015

Comentarios a las Lecturas del domingo de Pentecostés. 24 de mayo de 2015.

Pentecostés es la culminación de la Pascua. La vida nueva que Jesús consiguió es también nuestra vida. Muchas veces no somos conscientes de la actuación del Espíritu en nosotros. Quizá sea porque no le dejamos actuar....Da la sensación de que estamos como los discípulos antes de Pentecostés: decimos que creemos en Jesús, nos confesamos cristianos, pero vivimos apocados, miedosos.
La Iglesia celebra hoy la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Es el día de los laicos y de su misión. La Acción Católica es una realidad eclesial creada hace muchos años y que ha facultado la incorporación de los laicos a las tareas de la evangelización de la Iglesia. Pero, obviamente, la jornada está dedicada también a otros muchos movimientos de seglares que trabajan por la extensión del Reino de Dios en inteligencia y cercanía de la Iglesia católica. Todos los laicos que, de una forma u otra, trabajamos en expandir la Palabra de Dios debemos festejar este día y buscar, en lo personal y en lo comunitaria, fórmulas que mejoren la evangelización de nuestra sociedad, tal vez cada vez más alejada del pensamiento de Cristo. Sinceramente, es un día para reflexionar en profundidad sobre todo ello. Y es que, sin duda, Pentecostés es jornada de renovación, gracias al Espíritu que todo lo hace nuevo.
En el catecismo se nos resume lo que es Pentecostés: número 731 "El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu".
Número 732. "En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado..."


La primera lectura de HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 1-11 nos trae la venida del Espíritu Santo en la fiesta judía de Pentecostés. En sus orígenes, Pentecostés  fue fiesta de la cosecha, de la plenitud y la abundancia.
Muy pronto la fecha se fijó a los cincuenta días de la Pascua, uniéndola al acontecimiento liberador del Éxodo: el Sinaí y la Antigua Alianza.

Cuando en el Nuevo Testamento se pone en marcha el pueblo de la Nueva Alianza, se escogerá, también, la fiesta de Pentecostés.
Cristo sube al cielo y baja el Espíritu Santo; Moisés sube al Sinaí y baja con las tablas de la Ley.
En el Sinaí, la presencia de Dios se manifiesta por medio de las fuerzas de la naturaleza (truenos, relámpagos, densa nube, fuego, temblor de tierra...), en el Pentecostés de la Nueva Alianza, , en el que el Espíritu de Dios también desciende, igualmente hay unas manifestaciones de fuerza de la naturaleza: ruido del cielo, viento recio, lenguas de fuego.
Pentecostés se presenta a los primeros cristianos como la inauguración de la Nueva Alianza y la proclamación de una Ley que ya no está grabada en piedra sino en el corazón.
Llegado el plan de Dios a su plenitud, lo que el pecado había roto en Babel, dividiendo las lenguas, en Pentecostés todos entienden a los apóstoles, aunque hablen lenguas diversas.
El Espíritu da a su Iglesia el don de las lenguas para que todos los hombres de todos los tiempos, lenguas y culturas puedan escuchar las "maravillas de Dios". 


En el salmo ( Salmo 103), de hoy reconocemos y pedimos la actuación de Dios.  Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. Bendecimos y damos gracias a Dios por el gran don de la creación, por su grandeza.
"Bendice alma mía al Señor
¡Dios mío, qué grande eres!"
Para el que quiera ver, toda la creación habla de la existencia de Dios, sobretodo la creación del hombre, con la capacidad de desarrollar la obra creadora divina.
"Cuántas son tus obras, Señor,
la tierra está llena de tus criaturas"
Pero si todo se mantiene es por su aliento de vida; si falta el aliento, falta la vida; sin el creador, sin Dios, no hay aliento, no hay vida, todo aboca a la muerte.
"Le retiras el aliento, y expiran,
y vuelven a ser polvo"
El aliento de Dios, su Espíritu, es vida y llena todo de vida ("Señor y dador de Vida"); es el alma de la creación.
"envías tu aliento y los creas,
y repueblas la faz de la tierra"
La vida de todos los seres, especialmente el hombre, con sus capacidades y sus obras, deben ser un constante canto de acción de gracias y alabanza al creador.
" Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras"

En la segunda lectura de hoy (Primera carta a los corintios, 12, 3b-7. 12-13), se nos recuerda algo que el catecismo expresa en su numero 683 "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia.
Si Cristo es la Cabeza y los cristianos son el Cuerpo, el Espíritu Santo es el alma, la vida de la Iglesia.
Por la acción del Espíritu Santo es posible la fe, la proclamación de que Jesús es el Señor.
Y el Espíritu Santo distribuye sus dones a los miembros del Cuerpo para que éstos estén sanos y fuertes, para que cada uno cumpla con su función. Sólo así el Cuerpo llevará a cabo su tarea.
Todos los miembros son necesarios, y todos dependen de todos.
La diversidad de miembros, de dones y funciones, nos habla de la generosidad del Espíritu.
Esta riqueza pluriforme no puede producir distinciones, antagonismos, creernos poseedores absolutos de la verdad; pues todo don es para la edificación de la Iglesia y para el bien común. Cuando en el ejercicio de un ministerio o una función, no crece el Cuerpo entero, no hay don ni carisma del Espíritu.
Al construir el Cuerpo Místico, la Eucaristía reúne a las mentalidades y carismas más diversos, pero deseosos de colaborar en el amor y la unidad.
La ruptura y la desunión son pecados contra el Espíritu.

Esplendida la secuencia de hoy previa al evangelio. Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Yo creo que deberíamos rezar todos los días esta bella Secuencia de este día de Pentecostés. Sí, debemos pedirle todos los días al Espíritu divino que nos conquiste y nos posea, porque es la única manera que tenemos de vivir como auténticos hombres nuevos, dirigidos por la gracia de Dios.

El evangelio de hoy es de San Juan (San Juan, 20, 19-23). En el se nos narra como el resucitado se hace presente entre los suyos.
Todavía dudosos, Jesús les saluda con la paz y les enseña las manos y el costado.
La alegría expresa que se va fortaleciendo su fe en el resucitado.
No hay nada nuevo, se va cumpliendo todo lo que Jesús les había dicho.
Ya es hora de comenzar la tarea, la misión; la misma que el Padre le encomendó a él.
 Con todo, necesitan de su empuje; ellos solos no pueden llegar muy lejos.
Se lo había repetido varias veces aquella noche que precedió a la pasión, después de la Cena. No los dejaría ni solos ni huérfanos, les enviaría el Espíritu; Él les acompañaría, les daría fuerzas, les llevaría al conocimiento de la verdad plena.
Y exhaló su aliento sobre ellos y cobraron nueva vida, como en la creación, por el aliento de Dios, cobró vida la figurita de barro.
Una nueva vida que debe llegar a todos los hombres de todos los tiempos y lugares.
En Pentecostés lo decisivo es abrir el corazón. El mayor pecado según la tradición bíblica es vivir con un corazón cerrado y endurecido, un corazón de piedra y no de carne. Quien vive cerrado en sí mismo no puede acoger al Espíritu, que es amor.
Por eso lo decisivo es abrir el corazón:
- Abrir el corazón a la compasión y a la ternura.
- Abrir el corazón a la admiración y a la acción de gracias.
- Abrir el corazón con generosidad y bondad.
- Abrir el corazón a Dios y dejar que él sea dios en nuestra vida.
Necesitamos un corazón nuevo. Y saber mirar a través de él. Y tenerlo transparente. Así, en nuestro rostro y en nuestra sonrisa, nuestros hermanos sabrán que Dios está entre nosotros amando intensamente y que su mayor deseo es que seamos felices viviendo en comunión.
Que ésta sea hoy nuestra primera oración al Espíritu: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y transformado, un corazón compasivo como el de Jesús».

Para nuestra vida
La fe es un don singular del Espíritu que nos hace reconocer en Jesús al Señor. La segunda lectura de hoy ha dicho una cosa que nos puede sorprender: "Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu". Claro que materialmente cualquiera puede decir: "Jesús es Señor", pero debemos entenderlo como una profesión de convencimiento y como una profesión que nos lleve a adorar sólo a Jesús y no estar queriendo hacer adulterios en nuestro corazón, reconociendo a Jesús como Señor, pero en cambio viviendo de otros ídolos: el dinero, el aparentar, los materialismos de la tierra. Por eso, “Jesús es Señor” sólo lo puede decir el que tiene fe. Nadie puede decir "Jesús es el único Dios", "Jesús es el Señor" si no ha sido envuelto en el ropaje de la fe que nos da el Espíritu Santo.
Aunque muchas veces olvidado, el Espíritu Santo es el que está animando y alimentando, calladamente, nuestra vida cristiana.
Es el Espíritu Santo el que nos ilumina, el que nos enseña, el que guía a la Iglesia, a sus pastores, a sus miembros para que seamos fieles a Jesucristo a lo largo de la historia.
Es Espíritu Santo nos hace testigos, seguidores de Jesucristo; el Espíritu Santo es el motor, el alma de nuestra vida cristiana.
Si dejamos que actúe en nosotros, es viento recio que sacude nuestra comodidad y nuestra apatía, que remueve una fe instalada en la rutina, que empuja a dar la cara, a anunciar las maravillas de Dios, lo que ha hecho por nosotros, en medio de la gente.
Si dejamos que el Espíritu Santo actúe en nosotros, es fuego que purifica nuestra vida cristiana, que le quita impurezas y adherencias, que la hace más limpia y transparente. Y es que son esas impurezas y adherencias las que impiden que los demás vean en nosotros el rostro de Cristo, en nuestras palabras, las palabras de Cristo, en nuestros comportamientos los comportamientos de Cristo, que pasó por el mundo haciendo el bien. Tal vez muchos de los que rechazan y persiguen a la Iglesia y a los cristianos es porque no ven en nosotros a Jesucristo.
El Espíritu Santo es comunión en la diversidad; porque las lenguas son muchas y las formas de expresar la fe, también; y porque el Espíritu Santo es uno, la diversidad no nos rompe, sino que nos enriquece. Cuando andamos rotos, divididos, peleándonos, creyéndonos poseedores únicos de la verdad cristiana, es que tenemos encerrado al Espíritu Santo y no le dejamos actuar. Seguimos construyendo la torre de Babel en la confusión de lenguas.
Y cuando tenemos encerrado al Espíritu Santo y no le dejamos actuar, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y sus miembros estamos muertos, pues el Espíritu Santo es alma y vida de este cuerpo, él es "Señor y dador de vida".
Y el Espíritu Santo es aliento de una nueva vida, de una nueva creación, del mundo nuevo que hay que construir; y para comenzar de nuevo, el poder de perdonar los pecados.
Hoy, de una manera especial, necesitamos redescubrir la presencia del Espíritu Santo en nosotros, liberarle, para que nos llene de su fuerza y de su vida en estos tiempos difíciles para fe, en los que los que nos gobiernan quieren borrarla de la sociedad.
Si nos quedamos en denuncias, en críticas, en lamentos, pero nuestra vida cristiana no se revitaliza, el Espíritu Santo sigue encerrado.
El Espíritu Santo nos hace testigos de Jesucristo. Y en esta hora histórica, personal e irrepetible que nos toca vivir, se necesita que los cristianos seamos , con nuestras palabras y nuestros comportamientos, testigos de Jesucristo.

Lecturas del Domingo de Pentecostés 24 de mayo de 2015.

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 1-11
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
-- ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
SALMO 103
R.- ENVÍA TU ESPÍRITU, SEÑOR, Y REPUEBLA LA FAZ DE LA TIERRA.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.-

Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas, y
repueblas la faz de la tierra. R. -

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R. -



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 12, 3b-7. 12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.



SECUENCIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.



ALELUYA
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Palabra del Señor.

sábado, 16 de mayo de 2015

Comentario a las lecturas del VII Domingo de Pascua / Solemnidad de la Ascensión del Señor. 17 de mayo de 2015.


Este domingo, dentro de la última reforma litúrgica, celebramos la Ascensión del Señor.
Esta celebración de la Solemnidad de la Ascensión del Señor, la hacemos con la convicción de que, Jesús, está siempre junto a nosotros. De que nos acompaña hasta el último día de nuestro mundo. Tendremos luchas, saldrán a nuestro encuentro dificultades, numerosas naciones darán la espalda a una religión cristiana que ha sido el cuño y la identidad de su historia. Pero, el Señor, no nos abandona.
La Ascensión del Señor, hoy sobre todo, nos invita mirar hacia el cielo. Pero no para desearlo como salida y fin de nuestros sufrimientos o válvula de escape sino para seguir combatiendo, hoy y aquí, con la misma fuerza y persuasión de Aquel que hoy se nos va pero nos asegura su mano, su presencia y su voluntad de no abandonarnos anímica ni eclesialmente.
Por eso dos hombres vestidos de blanco dicen a los discípulos: ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Nos está diciendo también a nosotros, discípulos del siglo XXI, que no nos quedemos contemplando, que hay que pasar a la acción, que tenemos que ser sus testigos por todo el mundo.
Contamos en los textos de hoy con un principio y un final. Se leen los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles y los últimos del Evangelio de Marcos. En los Hechos se va a narrar de manera muy plástica la subida de Jesús a los Cielos y en el texto de Marcos se lee la despedida de Jesús que, sin duda, es impresionante: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Es el mandato de Jesús a sus discípulos y el ofrecimiento de sí mismo, de su cercanía, hasta el final de los tiempos. Interesa ahora referirse, por un momento, a la Segunda Lectura, al texto paulino de la Carta a los Efesios donde se explica la herencia de Cristo recibida por la Iglesia. Dice San Pablo: "Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos". Es, pues, la confirmación del mandato de Jesucristo.

En la primera lectura del Libro de los Hechos  (Hech. 1, 1-11), "En mi primer libro, querido Teófilo, escribí todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando..." (Hch 1, 1). San Lucas quiso dejar constancia por escrito no sólo de la vida de Jesucristo, sino también de la de su Santa Iglesia. En esos primeros tiempos, bajo una especial asistencia del Espíritu Santo, se marca para siempre la dirección por la que luego la Iglesia habría de caminar. De ahí que haya un empeño permanente en volver a los principios, para adecuar a ellos el presente.
 En el texto aparece un detalle, que expone cuál era la posición de los discípulos el mismo día en el que Jesús se marcha, va a ascender al cielo: esperaban todavía la construcción del reino temporal de Israel. Parecía que la maravilla de la Resurrección, que ni siquiera la cercanía del Cuerpo Glorioso del Señor, les inspiraba para entender la verdadera naturaleza del Reino que Jesús predicaba. Y es que faltaba el Espíritu Santo. Va a ser en

Pentecostés --que celebraremos el próximo domingo-- cuando la Iglesia inicie su camino activo y coherente con lo que va a ser después. Tras la venida del Espíritu ya no esperan reino alguno porque el Reino de Dios estaba ya en ellos. Y así se lo anuncia también: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo".
Era necesario que aquellos primeros se convencieran plenamente de que la Resurrección era un hecho incontrovertible. Ellos habían de ser los testigos cualificados, los primeros, de que Jesús seguía vivo, presente en la Historia de los hombres. Por eso el Señor insiste y se les aparece una y otra vez. San Pablo recogerá este dato, hablando de que hasta unas quinientas personas llegaron a ver a Jesús resucitado. Después de todo aquello se persuadirán de la Resurrección de Cristo, y de tal forma que nada ni nadie les hará callar. Por todos los rincones del mundo y de los tiempos resonará el mensaje de los primeros, la buena noticia de que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, después de morir crucificado para redimir a los hombres, ha resucitado y ha subido a los Cielos.
 Este mensaje llevaba, y lleva, consigo unas exigencias y también unas promesas. Jesucristo con su muerte y resurrección, lo mismo que con su vida entera, nos traza un camino a seguir, un itinerario a recorrer día a día. También nosotros, si creemos en él, hemos de vivir y morir como él vivió y murió. Sólo así podremos luego resucitar con él y subir a los Cielos como él subió. Ojalá que la esperanza de una gloria eterna nos estimule, de continuo, a vivir nuestra existencia terrena como Jesús la vivió.
Comienza nuestro tiempo, el tiempo de los creyentes evangelizadores, el tiempo de la Iglesia. ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Se acabó el tiempo de Cristo en la tierra. Desde ese mismo momento, comenzó nuestro tiempo, el tiempo de la Iglesia. El tiempo de evangelizar, de ser testigos del Cristo muerto y resucitado. Dios ha querido dejarnos a nosotros ahora todo el protagonismo. La Iglesia de Cristo debe ser el cuerpo de Cristo; todos nosotros, los cristianos, debemos ser la boca, los pies, las manos del cuerpo de Cristo. Ante las dificultades, ante los problemas, ante los retos continuos que nos plantea continuamente la sociedad y el mundo en el que vivimos, ya no nos vale quedarnos plantados mirando al cielo, esperando que Dios baje otra vez a curar nuestras enfermedades y a dar el pan a los hambrientos.

En el salmo responsorial de hoy ( Salmo 46) entonamos un himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad.
Himno empleado en la liturgia del templo, en el corazón espiritual de la alabanza de Israel.
Yahvé es Dios y Señor de todo.
"Pueblos todos batid palmas
aclamad a Dios con gritos de júbilo"
El motivo del aplauso y la alabanza es la grandeza de Dios: "el Altísimo, Grande y Terrible"
"porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra"
Si bien, Dios, es "emperador de toda la tierra", hay una porción especial: Israel, su pueblo. Él camina junto a ellos, especialmente cuando el Arca de la Alianza les acompaña a la batalla. Tras la victoria, vuelve a subir al Templo, al Monte Sión.
"Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor al son de trompetas".
Pero, aunque Dios esté cercano a su pueblo y camine a su lado, sigue siendo por siempre Dios, el Trascendente, el que está sentado en el trono sagrado.
"Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado".

La segunda lectura nos invita a la comunión y a cuidar unas actitudes que edifiquen a la Iglesia, (Carta a los Efesios, 4, 1-13 ). Esta edificación se fundamenta en la comunión con Cristo y entre los hermanos, y los "materiales" de construcción: "Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz".
Y la comunión, base para misión. Cada miembro del cuerpo tiene su misión específica, todas importantes para el buen funcionamiento del Cuerpo: "Y él ha constituido  a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros...".
Y todo ello para que la Iglesia sea Cuerpo de Cristo, profunda e íntimamente unida a su Señor, entregada, como él, a la salvación del mundo y para que cada uno vayamos creciendo a la medida de Cristo, el hombre perfecto.
Todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Cristo, después de su ascensión al cielo, le dio a la Iglesia todo el poder espiritual necesario para realizar su misión. Si la Iglesia de Cristo no actúa con el Espíritu de Cristo estará traicionando la misión que el mismo Cristo le ha confiado. Nuestra Iglesia sólo es Iglesia de Cristo cuando actúa con el espíritu de Cristo. Con espíritu de amor, de justicia, de verdad, de paz, de fraternidad. Debemos amar a la Iglesia de Cristo como a nuestra madre espiritual, sabiendo que, como hijos, tenemos que luchar valientemente para que todos puedan ver en ella el verdadero rostro de Cristo. Todos los cristianos tenemos la obligación de sostener, espiritual y materialmente, el cuerpo de la Iglesia. Corrigiendo en cada momento lo que creamos que se debe corregir y defendiendo lo que creamos que se debe defender. Actuando siempre con amor, con sinceridad, con humildad y con firmeza.

El  evangelio de hoy es de San Marcos, el evangelista del ciclo B (Mc. 16, 15-20), nos sitúa ante el mandato evangelizador.  "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. Es el último mensaje de Jesús en el día de la Ascensión. La Buena Noticia que el discípulo tiene que anunciar irá acompañada de estos signos: echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, las serpientes no les harán daño, curarán enfermos. ¿Cómo se traduce esto hoy día?
"A los que crean les acompañarán estos signos…"  El cristianismo no es sólo una profesión de fe, o una teoría, o una devoción piadosa, o el cumplimiento de unas normas. Ser cristiano es actuar, en cada caso, con el mismo espíritu con el que Cristo actuó. Tendremos que curar enfermos, defender a marginados, anunciar la conversión a los pecadores, ponernos siempre de parte del más necesitado.


Para nuestra vida.
Con frecuencia se ha acusado a los cristianos de desentenderse de los asuntos de este mundo, mirando sólo hacia el cielo. No podemos vivir una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos debemos implicarnos más en la defensa de la vida, de la dignidad del ser humano, de la justicia y de la paz. No es fácil la tarea que nos asigna el Señor. Soplan vientos contrarios a todo aquello que esté relacionado con el Evangelio. La cultura de hoy ridiculiza la fe, confunde a las personas sencillas y desorienta mediante la ceremonia de la confusión y la burla. Muchos cristianos mueren hoy día por confesar su fe. Nadie hace una manifestación para protestar por ello. Parece como si el cristiano hoy no pudiera hablar ni manifestarse. Sin embargo, Jesús nos pide que seamos sus testigos. No hay que temer a nada ni a nadie. Contamos con el apoyo de la gracia de Dios.
Jesús se despide, pero nos deja  la misión de seguir sus pasos, de ser sembradores de luz, de justicia, de paz y de amor, porque el Reino de Dios aún no está en su plenitud, nos toca trabajar, sembrar, abrir nuevos caminos puestos que los tiempos cambian y la fe debe seguir siendo un pilar importante en la vida de las personas.
En ningún momento debemos sentirnos solos porque Él está en comunión con nosotros, lo veremos la próxima semana.  Ve que estamos desanimados, que nos sentimos huérfanos, desamparados y nos envía su Espíritu.
Por todo lo anterior, deberíamos caer en la cuenta que en el mandato de «Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación» Él cuenta con nosotros, confía en nuestra madurez y apoyo incondicional, porque todos somos el pueblo elegido, no sólo los católicos.
Somos nosotros, con la ayuda y la fuerza del Espíritu de Cristo, los que tenemos que resolver los problemas de cada día. Dios quiere que nos comportemos como personas autónomas, libres, responsables de nuestros actos y de nuestra vida. Dios no nos ha abandonado a nuestra propia suerte; Él está con nosotros apoyándonos desde dentro, con su espíritu. Pero quiere que seamos nosotros, con su fuerza, los que sigamos intentando construir su Reino en este mundo.
Cada uno debemos  de releer estas páginas inspiradas del libro de los Hechos de los Apóstoles, para ver hasta qué punto nuestra vida de cristianos es como la de aquellos primeros. Fueron tiempos difíciles y heroicos que han quedado para siempre como un modelo que imitar, un ideal de vida que intentar. Es cierto que las circunstancias son muy diversas, pero también es cierto que el espíritu que les animaba pervive y que, dejando a un lado lo accidental, es posible reproducir en nosotros las virtudes que ellos vivían.
La vida cristiana es contemplación y acción (nos recuerda esto la casa de Betania, nos recuerda a Marta y a María; la vida cotidiana es lucha, es trabajo, es un esfuerzo continuado para hacer más cristiano y más humano el mundo en el que nos ha tocado vivir. Los signos que deben acompañar a los cristianos en este siglo XXI son, aunque con nombres distintos, los mismos que acompañaron a los cristianos de los primeros siglos del cristianismo. El mandamiento de Cristo sigue siendo hoy el mismo de ayer y de siempre: amar a Dios y demostrar ese amor amando incondicionalmente al prójimo no sólo con palabras, sino con hechos.
Esta es la misión de la Iglesia, y no olvidemos que la Iglesia somos todos, aunque, en cuanto a responsabilidad, unos más que otros, por supuesto.
¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía y la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir?

Lecturas del VII Domingo de Pascua / Solemnidad de la Ascensión del Señor. 17 de mayo de 2015.


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 1, 1-11
En mí primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndose durante cuarenta días, les hablo del reino de Dios.
Una vez que comían juntos les recomendó:
-- No es alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua; dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
Ellos le rodearon preguntándole:
-- Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
Jesús contestó:
-- No es toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.
Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban atentos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron:
-- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
SALMO 46
R.- DIOS ASCIENDE ENTRE ACLAMACIONES, EL SEÑOR, AL SON DE TROMPETAS.
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.-

Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R.-

Porque Dios es el Rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones;
Dios se sienta en su trono sagrado. R.-




SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS EFESIOS 1, 17-23
Hermanos:
Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la Gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual es la
extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuera y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en el mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajos sus pies y lo dio a la Iglesia; como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud de lo que acaba todo en todos.
Palabra de Dios



ALELUYA Mt 28, 19-20
Id y haced discípulos de todos los pueblos, dice el Señor. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo:
-- Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos
Después de hablarles, el Señor Jesús, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.
Palabra de Señor

sábado, 9 de mayo de 2015

Comentario a las Lecturas del VI Domingo de Pascua. 10 de mayo de 2015.

Comentario a las Lecturas del VI Domingo de Pascua. 10 de mayo de 2015

En este VI Domingo de Pascua se celebra  la Pascua del Enfermo, que es el final de un itinerario que se inició el pasado 11 de febrero con la celebración de la  Jornada Mundial del Enfermo. La Campaña del Enfermo 2015 se centra en la recuperación de una mirada contemplativa hacia la persona doliente bajo el lema “Otra mirada es posible con un corazón nuevo”, invitación que nos hace el Papa a través del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud. La Iglesia española se acerca tradicionalmente en este domingo, en el seno de sus comunidades parroquiales, al mundo de los enfermos, sus familias y los profesionales de la sanidad.
En este domingo en muchas parroquias, se administrará el sacramento de la Unción de Enfermos a todos aquellos enfermos que deseen recibirlo.

La primera lectura  (Hech. 10, 25-26,34-35,44-48),  nos sitúa ante la profecía de universalidad de la salvación, del mismo Cristo: “Vendrán de Oriente y de Occidente, para sentarse en la mesa de los hijos de Abrahán, de los hijos de Dios”. Es uno de los momentos primeros en los que esa profecía maravillosa se cumple. Los judíos pensaban que sólo los descendientes de Abrahán podían participar en los bienes que Dios daba a los hombres. Sólo ellos eran hijos del Altísimo. Pero esa cortedad de miras se cambia de modo insospechado, para dar cabida en las moradas eternas de Dios a todos los hombres, paganos o no, de la tierra. También con esta mentalidad estaban los mismos apóstoles.
Cornelio era centurión de la cohorte itálica, una de las más prestigiosas del imperio romano. Hombre profundamente religioso que temía al Señor y que "hacía muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios". Un pagano que sentía en lo más íntimo de su alma la necesidad de amar y dar culto al verdadero Dios...
En efecto, Pedro, el primero de todos ellos, se va a oponer a la admisión de los gentiles de un modo casi instintivo. Él seguía pensando que no debía de entrar tan siquiera en la casa de un pagano, convencido de que ese acto le manchaba, le dejaba impuro ante Dios... Pero el Espíritu, la gran fuerza que mueve a la Iglesia, le empuja a vencer sus escrúpulos de judío observante. Y entra en casa de Cornelio. Y descubre atónito la buena disposición de aquel soldado romano, sus sinceros deseos de encontrar el verdadero camino.
Pedro responde a esa actitud de humilde adoración, con una frase que invita al encuentro. "Levántate que yo también soy hombre". Es un encuentro imborrable, un primer e importante paso para la difusión universal del Evangelio del amor y de la verdad. Gracias a esto, el evangelio se expandió, y en lejanas tierras escucharon un día la proclamación del mensaje cristiano. y hoy nosotros podemos disfrutar y vivir desde la realidad evangélica.
Al ver Pedro la de fe de aquel puñado de paganos, se siente conmovido. Descubre en los hechos la magnanimidad grandiosa de Dios, su corazón grande, inmenso, tan lleno de amor y de deseos de salvación. En él no hay acepción de personas, no hay clases sociales, no hay favoritismos, no hay injusticias. Las puertas de su casa, la Iglesia Santa, están abiertas de par en par para todos los hombres que acepten, lealmente, su mensaje de liberación.

Hoy el Salmo (salmo 97), es un canto entusiasta, que ha sabido mostrar espléndidamente el sentido de la alabanza y dar su motivación, en un alarde de experiencia divina y de sentido profético. Nos introduce en la escuela de alabanza en la cual se inspiró el mismo Magníficat de María, y que nos enseña a todos el sentido de exultación, de admiración, de esperanza y alegría frente a las obras de Dios, de su providencia, de su salvación.
Como tantas veces, si el salmista logró componer un himno tan perfecto y que tan profundamente expresa sus sentimientos religiosos, cuánto más profundamente lo pueden comprender y hacer suyo los cristianos, nosotros que hemos visto la realización completa del plan de Dios, de su venida a nuestro mundo, que hemos visto su "victoria" en la redención del hombre, triunfando sobre el pecado y la muerte, resucitando e inaugurando las nuevas realidades de su reino entre los hombres. A partir de entonces, la misma historia de los hombres se ha dividido en dos, como para indicar con este elemento profano que realmente Dios ha venido a regir la tierra y a darle los cauces para una nueva etapa de vida.
El campo de la fe del cristiano es mucho más vasto, mucho más claro y mucho más grandioso que el campo de la fe del salmista. Por esto nuestra alabanza debería ser todavía más intensa, más auténtica y más sentida.
El salmo de hoy es un buen ejemplo para un ejercicio de admiración y de alabanza frente a las maravillas de Dios, que culminan en el centro de la fe cristiana, la vida y la obra de Cristo Jesús, Rey de la paz y Rey del universo.

La segunda lectura (1ª carta de San Juan, 4,7-10),  continua en su línea de la actitud del amor: "Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Estas frases del apóstol san Juan están dichas en el mismo sentido que tenían las frases que dijo el apóstol Pedro.
Ya estamos viendo desde domingos anteriores, como la Primera Carta del Apóstol San Juan es un canto al Amor de Dios. El amor es de Dios, nos dice, y por eso debemos amarnos unos a otros. Quien no ama no conoce a Dios. En el texto de este domingo encontramos la expresión "Dios es Amor", Más adelante nos dirá que tenemos que permanecer en el amor para permanecer en Dios. Coincide con el consejo de Jesús en el evangelio de hoy: "permaneced en mi amor".

Hoy el evangelio (Juan 15, 9- 17), nos presenta una declaración de amor. Señor nos dice hoy: "Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo... Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos...". Palabras que fueron, y son, una realidad viva y gozosa; palabras que resuenan ahora con la misma fuerza de la vez primera que se pronunciaron, con la misma intensidad, con la misma urgencia. Pablo expresa con vigor esa incidencia del amor de Dios en el alma y exclama: La caridad de Cristo nos urge. Sí, también a ti y a mí nos urge con su impulso arrollador el amor divino. No olvidemos que el amor es cosa de dos. Dios nos ama con toda la grandeza infinita de su corazón. Sin embargo, la criatura (el hombre-obra excelsa de Dios) puede quedarse insensible al requerimiento divino, puede decir que no, o lo que es peor puede responder que sí a medias, sin que esas palabras de correspondencia pasen de sus labios, sin decir que sí con el corazón, con las obras. Jesús nos urge insistente: "Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor". Está claro, no basta decir que se ama a Dios, hay que demostrarlo con una vida coherente y fiel al querer divino.
Añadir leyenda
Claras y esplendidas las palabras de Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. 
Dar la vida es dar toda la persona humana, lo que hay de más íntimo en el hombre  y de más valor en él. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, nos amó hasta el extremo. Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. Él aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar. Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios. Es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo para reparar nuestra desobediencia.

Para nuestra vida
Seguimos bajo la luz de la Pascua contemplamos  a Jesús que abre su corazón a los apóstoles, en la intimidad del Cenáculo. Como para el evangelista San Juan, aquellas palabras han de adquirir para nosotros una dimensión nueva y profunda después de que Cristo ha resucitado. Su victoria de entonces, preludio de la victoria final y definitiva, confiere a nuestro entendimiento una perspectiva nueva y luminosa para comprender lo que el Maestro dijo y nos dice. El triunfo de Jesús fortalece además nuestra voluntad, enciende la ilusión y el entusiasmo de ser fiel a Jesucristo hasta la muerte, para recibir luego la corona de la vida.
En las lecturas de hoy se nos habla del amor cristiano. El amor cristiano "Agape", es un amor gratuito y entregado, que no consiste en la posesión del otro, sino en la entrega desinteresada y en el sacrificio por el otro, Agapé es, en primer lugar, un amor originario, que no nace en respuesta a otro amor previo. No es un amor de correspondencia. El amor del Padre es gratuito, Él es la fuente primordial del amor: "Él nos amó primero”. La mejor noticia que el hombre ha recibido es que Dios le ama personalmente. Su amor está por encima de la justicia.
Es un amor apasionado, que perdona, que acude en persona en busca de la oveja perdida. Jesús ha perpetuado el acto de entrega en la institución de la Eucaristía.
¡Cómo cambiaria el mundo y nuestra Iglesia, si cuidáramos más este amor!. Pues a ello nos invitan hoy las lecturas.
Las reflexiones sobre el amor se completan hoy con otra reflexión importante, el de la evangelización sin interponer obstáculos ni fronteras. Esta invitación-reflexión es importante para nuestra vida eclesial, demasiadas veces centrada en cuestiones internas.
El salmo es un cantico que nos invita a la alegria y al agradecimiento al Señor.
EI Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia
Seguimos la reflexión de Carlos G. Vallés " Creo en tu victoria, Señor, como si ya hubiera llegado, y lucho por ella en el campo de batalla como si aun hubiera que ganarla con tu poder y mi esfuerzo a tu lado. Esa es la paradoja de mi vida: tensión a veces, y certeza siempre. Tú has proclamado tu victoria ante el mundo entero, y yo creo en tu palabra con confianza absoluta, contra todo ataque y toda duda. Tu eres el Señor, y tuya es la victoria. Sin embargo, Señor, tu tan anunciada victoria no se deja ver todavía, y mi fe está a prueba. Ese es mi tormento.
Proclamo la victoria con los labios y lucho con las manos para que venga. Celebro el triunfo y me esfuerzo por que suceda. Creo en el futuro y y vivo feliz mi presente. Me regocijo cuando pienso en el ultimo día y me echo a temblar cuando me enfrento a la tarea del día de hoy. Sé que pertenezco a un ejército victorioso, que al final, acabará por derrotar a toda oposición y conquistar todo el mundo; pero caigo en el campo de batalla con sangre en el cuerpo y desencanto en el alma. Soy soldado herido de un ejército triunfador. Mío es el triunfo y mías las heridas. Piensa en mí, Señor, cuando anuncies tus victorias.
Robustece mi fe y abre mis ojos para hacerme ver que tu victoria ya ha llegado, aunque quede velada bajo apariencias humildes que ocultan la gloria de toda realidad celestial mientras seguimos en la tierra. Tu victoria ha llegado porque tú has llegado; tú has andado los caminos del hombre y has hablado su lengua; tú has gustado su miseria y has llevado a cabo su redención; tú has hallado la muerte y has restaurado la vida. Sé todo eso, y ahora quiero hacerlo realidad en mi vida para que yo mismo viva esa fe y todos sean testigos. Hazme gustar la victoria en el alma para que pueda proclamarla con los labios.
Entre tanto, gozo viendo en sueño y profecía la victoria final que te devolverá la tierra entera a ti que la creaste. Entonces todos lo verán y todos entenderán; la humanidad se unirá, y todos los hombres reconocerán tu majestad y aceptarán tu amor. Ese día es ya mío, Señor, en fe y esperanza". (CARLOS G. VALLÉS. Busco tu rostro. Orar los Salmos).

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org