sábado, 14 de julio de 2018

Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario 15 de julio de 2018

PRIMERA LECTURA
LECTURA DE LA PROFECÍA DE AMÓS 7, 12-15
En aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, dijo a Amós:
«Vidente, vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan y allí profetizar. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».
Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: 'Ve y profetiza a mi pueblo Israel"».
Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
R. MUÉSTRANOS, SEÑOR, TU MISERICORDIA Y DANOS TU SALVACIÓN

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS EFESIOS 1,3-14
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
En él hemos heredado también los que estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de verdad - el evangelio de vuestra salvación -, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.
Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.
Palabra de Dios

ALELUYA Cf. Ef 1, 17-18
El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 6, 7-13
En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Resultado de imagen de envio apostolesY añadió:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Palabra del Señor

Comentarios a las lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 15 de julio de 2018

Comentarios a las lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 15 de julio de 2018
Las lecturas de hoy, la profética y la evangélica, nos pueden permitir hacer algo así como  un retrato-robot de la identidad del cristiano a partir de los rasgos fundamentales que  caracterizan la misión apostólica. Porque el cristiano, seguidor de Jesucristo, incluso antes  de llamarse así, era aquél que, desde la fe en Jesucristo como Señor, tomaba un nuevo  camino y se ponía en marcha para anunciar la Buena Noticia del Reino y para irla haciendo  realidad. Dejar el antiguo camino (pecado, idolatría, judaísmo, etc). para tomar con otros el  camino hacia el Reino del Padre.
Hoy como ayer, el Señor nos envía a anunciar su Palabra, a curar y consolar a los enfermos, a anunciar la paz que Él trae, la paz del espíritu y ello, aunque nos cueste indiferencia, incomprensión o persecución por su causa, pero, a pesar de ello, siempre habrá lugares donde evangelizar. ¿Cómo puedes y donde el Señor te llama y envia a evangelizar?. ¿Cómo ser profeta en tu vida cotidiana?.

La primera lectura nos sitúa ante el envió como profeta de Amos (Am.  7, 12-15 ), “ve y profetiza a mi pueblo de Israel”. texto de Am. 7,10-17 es capital para entender la vocación profética y, más en concreto, sus relaciones con los poderes establecidos: el rey y el sacerdote (cfr. Dt. 17-18). El rey del N. tiene su santuario real en Betel, la ciudad tradicionalmente ligada al patriarca Jacob (=Israel), en ella ofician sacerdotes creados por el fundador del reino, Jeroboam I, y que están al servicio del monarca de turno. Este santuario es como el corazón del reino, y así como el reino tiene sus fronteras también el templo es un espacio acotado y controlado por los sacerdotes al servicio del rey.
-Y en este espacio acotado irrumpe algo nuevo e inesperado: la palabra de Dios traída por un profeta de allende las fronteras. Viene de fuera, sin pedir permiso, como tomando posesión; más aún, hace de Betel como una caja de resonancia para que el mensaje resuene en todo el reino: el país no puede soportar sus palabras.
La amenaza de Amós pone en movimiento el mecanismo de la denuncia: Amasías, representante de la religión institucionalizada, denuncia al portador de la palabra divina ante el rey. Y tras la denuncia, la orden de expulsión: en su patria, Judá, podrá desarrollar su actividad profética, pero no en un territorio ajeno. El tinglado religioso no puede desmontarse ni se puede perder la fuente de ingresos. Así el rey y el gran sacerdote pretenden neutralizar la palabra de Dios como si ésta pudiera depender del permiso y de la tolerancia del rey y del sacerdote.
-En ese momento Amós reacciona con más vigor (v.s. 14-17). Amasías ha informado al rey y ha intentado intimidar al profeta, pero Amós no predica por ganarse el sustento cuotidiano... y así se siente libre para proclamar una sentencia soberana. Por medio de su profeta, la palabra divina penetra, se instala, expulsa, actúa en la historia.
El profeta molestaba a demasiada gente: a la casa real, a los funcionarios políticos, a los comerciantes sin moral, a los sacerdotes adictos a las razones de Estado, a las damas de la alta sociedad, a los magistrados corrompidos y corruptores, etc. Más que en defender el origen carismático de su vocación y misión, Amós pone el acento en demostrar que Dios lo ha investido de autoridad para denunciar ahora y aquí los crímenes de Israel y predecir su castigo. Ante una religión que busca instrumentalizar los conceptos de elección y de pacto, para crear en el pueblo un sentido de seguridad respecto a su futuro, Amós denuncia la infidelidad a la alianza. Si puede llamarse revolucionario, sólo lo será en el sentido de que él busca restablecer el orden querido por Dios; la transformación que preconiza es una conversión. El profeta manifiesta que si se entrega a la tarea de denunciar el orden existente es en virtud de una encomienda divina, directamente opuesta a la pretensión de Amasías: "Vete, escapa a la tierra de Judá y come allí tu pan haciendo de profeta" (v 12).
La insistencia en el tema revela el significado primordial del relato: el mensajero no puede elegir su destino sino que debe ser inexorablemente fiel a quien le envía. «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9,16).
El conflicto entre Amós y Amasías es el conflicto entre la autoridad de la palabra de Dios y la autoridad del Estado, que se sirve de la religión. El pastor de Tecua no apela al éxtasis ni a la pertenencia a asociaciones proféticas: la única prueba de autenticidad de su palabra es su entrega total a ella. El profeta tiene el valor y la sabiduría de enfrentarse a Amasías no con oscuros razonamientos, sino sólo con la palabra, con los criterios de fe.

El salmo responsorial de hoy (Sal. 84) nos prepara, nos invita y nos hace expresar en actitud orante la necesidad de la intimidad y cercania del Señor. MUÉSTRANOS, SEÑOR, TU MISERICORDIA Y DANOS TU SALVACIÓN
Este salmo está marcado en su totalidad por el tema del "retorno". La situación que dio origen a este salmo no es otra que el regreso de los deportados de Babilonia. Con base en este acontecimiento histórico, considerado como un acto de perdón de Dios, se le pide una nueva gracia. Luego del entusiasmo por el retorno de las primeras caravanas de prisioneros liberados, se encuentra uno súbitamente ante la decepción de lo "cotidiano": la reconstrucción del Templo tomaba tiempo y los enemigos hostigaban sin cesar a los nuevos repatriados (Esdras 4,4).
El plan del salmo es claro:
La primera estrofa recuerda las intervenciones de Dios en el pasado: seis verbos en pasado que tienen a Dios como autor. Luego dos estrofas que expresan la oración actual, y que se resume en dos peticiones: "Haznos volver". "¿No volverás?".
Finalmente el salmista se recoge para "escuchar" la respuesta de Dios en forma de ORÁCULO: Sí, Dios promete que va a volver, trayendo sus beneficios.
Desde el punto de vista literario, admiremos el juego danzante de repetición de palabras. Once palabras se repiten: regresar, salvación, amor, verdad, justicia, cólera, dar, tierra, pueblo, decir... paz...
Así comenta San Juan Pablo II este salmo: " 1. El salmo 84, que acabamos de proclamar, es un canto gozoso y lleno de esperanza en el futuro de la salvación. Refleja el momento entusiasmante del regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de sus padres. La vida nacional se reanuda en aquel amado hogar, que había sido apagado y destruido en la conquista de Jerusalén por obra del ejército del rey Nabucodonosor en el año 586 a.C.
En efecto, en el original hebreo del Salmo aparece varias veces el verbo shûb, que indica el regreso de los deportados, pero también significa un "regreso" espiritual, es decir, la "conversión". Por eso, el renacimiento no sólo afecta a la nación, sino también a la comunidad de los fieles, que habían considerado el exilio como un castigo por los pecados cometidos y que veían ahora el regreso y la nueva libertad como una bendición divina por la conversión realizada.
2. El Salmo se puede seguir en su desarrollo de acuerdo con dos etapas fundamentales. La primera está marcada por el tema del "regreso", con todos los matices a los que aludíamos.
Ante todo se celebra el regreso físico de Israel:  "Señor (...), has restaurado la suerte de Jacob" (v. 2); "restáuranos, Dios salvador nuestro (...) ¿No vas a devolvernos la vida?" (vv. 5. 7). Se trata de un valioso don de Dios, el cual se preocupa de liberar a sus hijos de la opresión y se compromete en favor de su prosperidad:  "Amas a todos los seres (...). Con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida" (Sb 11, 24. 26).
Ahora bien, además de este "regreso", que unifica concretamente a los dispersos, hay otro "regreso" más interior y espiritual. El salmista le da gran espacio, atribuyéndole un relieve especial, que no sólo vale para el antiguo Israel, sino también para los fieles de todos los tiempos.
3. En este "regreso" actúa de forma eficaz el Señor, revelando su amor al perdonar la maldad de su pueblo, al borrar todos sus pecados, al reprimir totalmente su cólera, al frenar el incendio de su ira (cf. Sal 84, 3-4).
Precisamente la liberación del mal, el perdón de las culpas y la purificación de los pecados crean el nuevo pueblo de Dios. Eso se pone de manifiesto a través de una invocación que también ha llegado a formar parte de la liturgia cristiana:  "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación" (v. 8).
Pero a este "regreso" de Dios que perdona debe corresponder el "regreso", es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen "a los que se convierten de corazón" (v. 9). Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz.
Es sabido que a menudo los términos bíblicos relativos al pecado evocan un equivocarse de camino, no alcanzar la meta, desviarse de la senda recta. La conversión es, precisamente, un "regreso" al buen camino que lleva a la casa del Padre, el cual nos espera para abrazarnos, perdonarnos y hacernos felices (cf. Lc 15, 11-32).
4. Así llegamos a la segunda parte del Salmo (cf. vv. 10-14), tan familiar para la tradición cristiana. Allí se describe un mundo nuevo, en el que el amor de Dios y su fidelidad, como si fueran personas, se abrazan; del mismo modo, también la justicia y la paz se besan al encontrarse. La verdad brota como en una primavera renovada, y la justicia, que para la Biblia es también salvación y santidad, mira desde el cielo para iniciar su camino en medio de la humanidad.
Todas las virtudes, antes expulsadas de la tierra a causa del pecado, ahora vuelven a la historia y, al encontrarse, trazan el mapa de un mundo de paz. La misericordia, la verdad, la justicia y la paz se transforman casi en los cuatro puntos cardinales de esta geografía del espíritu. También Isaías canta:  "Destilad, cielos, como rocío de lo alto; derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, el Señor, lo he creado" (Is 45, 8).
5. Ya en el siglo II con san Ireneo de Lyon, las palabras del salmista se leían como anuncio de la "generación de Cristo en el seno de la Virgen" (Adversus haereses III, 5, 1). En efecto, la venida de Cristo es la fuente de la misericordia, el brotar de la verdad, el florecimiento de la justicia, el esplendor de la paz.
Por eso, la tradición cristiana lee el Salmo, sobre todo en su parte final, en clave navideña. San Agustín lo interpreta así en uno de sus discursos para la Navidad. Dejemos que él concluya nuestra reflexión:  ""La verdad ha brotado de la tierra":  Cristo, el cual dijo:  "Yo soy la verdad" (Jn 14, 6) nació de una Virgen. "La justicia ha mirado desde el cielo":  quien cree en el que nació no se justifica por sí mismo, sino que es justificado por Dios. "La verdad ha brotado de la tierra":  porque "el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14). "Y la justicia ha mirado desde el cielo":  porque "toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto" (St 1, 17). "La verdad ha brotado de la tierra", es decir, ha tomado un cuerpo de María. "Y la justicia ha mirado desde el cielo":  porque "nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo" (Jn 3, 27)" (Discorsi, IV/1, Roma 1984, p. 11). (San Juan Pablo II. Audiencia del miércoles, 25 de septiembre de 2002 ).

La segunda lectura de la Carta a los Efesios (Ef. 1, 3-14), El escrito de Pablo que empezamos hoy, conocido como carta a los Efesios, se abre, como de costumbre, con un saludo (v 1s) al que sigue un himno introductorio, probablemente de origen litúrgico, que canta el misterio de Dios oculto desde la eternidad y manifestado ahora (3-14).
Este himno a Cristo, es  una de las cumbres de la literatura paulina. Se expone en él el sentido de Jesucristo en términos totalmente globales y que abarcan toda la historia. Estas líneas intentan nada menos que dar cuenta del plan de Dios respecto al hombre y del puesto y misión de Cristo en ese plan.
En el saludo, las palabras «por designio de Dios» expresan la comprensión que Pablo tiene de sí mismo como cristiano: es lo que es sólo porque Dios lo ha querido así y por obra suya. Esta comprensión de sí mismo en Pablo es fundamental, ya que orienta toda su vida. El pensamiento cristiano, que ve el designio de Dios en la totalidad de la propia vida, manifiesta la insuficiencia de un humanismo que cree que lo que el hombre es y puede llegar a ser está totalmente en su mano.
En la primera estrofa (vv. 3-6) se expone básicamente ese plan en un contexto de acción de gracias. Aparece la predestinación y elección del hombre por parte de Dios. Predestinación a ser hijo de Dios, no a ninguna otra cosa como luego entendieron los calvinistas. El destino a ser hijos es lo primero, aunque aparezca después, en el texto la santidad. Se destaca la libre, absolutamente libre, iniciativa de Dios.
Nada hay, sino su amor, que explique por qué ha puesto en marcha este plan. La segunda estrofa (7-10): la acción del Hijo. La constante repetición de fórmulas referidas a Cristo hacen ver la importancia de su persona. A través de Jesucristo se va realizando el proyecto.
Este himno cristológico   resume la fe de los cristianos de los primeros tiempos en Cristo Jesús. Es una auténtica oración, una contemplación teológica de todo el plan salvífico de Dios. Todo el himno es una alabanza a Dios por habernos bendecido en Cristo. La bendición era un componente esencial de la promesa que Dios le había dado a Abraham (Génesis 12:1-3). Esta bendición nos da la historia del Antiguo Testamento. Esta bendición daba la identidad al pueblo de Israel.
Esta bendición culmina en la persona de Jesús. Jesús es la bendición prometida a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús es la única fuente de bendición. En el centro de la bendición resuena el vocablo griego mysterion, un término asociado habitualmente a los verbos de revelación («revelar», «conocer», «manifestar»). En efecto, este es el gran proyecto secreto que el Padre había conservado en sí mismo desde la eternidad (cf. v. 9), y que decidió actuar y revelar «en la plenitud de los tiempos» (cf. v. 10) en Jesucristo, su Hijo.
El nos ha elegido desde toda la eternidad para ser sus hijos en su Hijo, para que vivamos una vida de amor y de acción de gracias, para reproducir en nosotros la imagen de su Hijo querido. Dios tiene un plan desde antes de la fundación del mundo. No es una adaptación agregado después que el hombre pecó. Antes de la creación, sabía que Jesús iba a la cruz.
 “"... Dios nos escogió en Cristo ..." (Efesios 1:4)
Nos predestinó para adopción como hijos…” (Efesios 1:5)
 “… Para la alabanza de su gloría …” (Efesios 1:6)
Cristo es así nuestro Señor y nuestro hermano: el que con su sangre borra nuestro pecado, y nos llena de la gracia y del favor del Padre. Cristo, es la síntesis y el cumplimiento del plan de Dios: en El, todos nosotros y toda la creación somos una sola cosa; El es el centro de todo, y nosotros no podemos menos de girar en su órbita, y vivir en una segura esperanza de la herencia que nos está destinada.
  En nuestro momento histórico es importe tener claro y valorar en todas sus consecuencias esta recapitulación de todo en Cristo. . La cual recapitulación es el punto final del proceso comenzado por la iniciativa divina aún antes de la creación. Es hacer que toda la humanidad reconozca a Cristo como Señor, se someta a El y El a su vez la una con Dios, de forma que Dios sea todo en todas las cosas (I Cor, 15, 27-28). La última estrofa (11, 14), es una especie de aplicación concreta de esta gran construcción. El arco de bóveda abarca toda la historia, apoyándose en cada uno de sus extremos. Cristo no deja fuera a nadie ni a nada. La recapitulación es la manera de llegar a ser hijos. Nadie puede pensar que el plan divino no va con él.
Pero de hecho sucede a menudo que cada vez,  hay más agnósticos. En gran parte es nuestra responsabilidad hacer que esto no suceda, no con imposiciones o predicaciones que todavía alejan a más gente y hacen más increíble este plan, sino con amor a la gente real. Este es el reto que los cristianos tenemos en este momento de nuestra historia.

El evangelio de hoy del evangelista San Marcos,  (Mc. 6, 7- 13 ) nos sitúa ante el envío de Jesús: "En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos".
Ante el rechazo de Jesús por sus paisanos, San Marcos comentaba el domingo pasado: "Y se extrañaba de aquella falta de fe y recorría las aldeas de alrededor enseñando" (Mc. 6, 6). Acto seguido añade los versículos que leemos hoy. En ellos se conserva el colorido localista de Palestina.
Los vs. 7 y 12 nos remiten a Mc. 3, 13-15. Son su realización. El envío por parejas era una costumbre habitual en el judaísmo. Según la legislación judicial judía, para la validez de un testimonio se requerían al menos dos varones adultos. Los doce, enviados de dos en dos, serán testigos de Jesús, darán testimonio en favor de él en un momento en que los indicios de rechazo de Jesús empiezan a hacer su aparición con fuerza (cfr. Mc. 3, 6; 6, 1-6).
Imagen relacionadaLa misión de los doce no es para enseñar (esto es específico de Jesús), sino para proclamar la conversión (v. 12; cfr. 3, 14). El término conversión nos remite a la proclamación programática de Jesús y connota una urgencia, dada la cercanía del reinado de Dios (cfr. Mc. 1, 15). La semántica básica del término expresa un cambio radical de mentalidad, un giro copernicano en las categorías mentales, las cuales, a su vez, determinan la actuación del hombre.
Fijémonos en  la insistencia en la pobreza como condición indispensable para la misión: ni pan, ni morral, ni dinero, sino sólo calzado corriente, un bastón y un solo manto (versículos 8-9). Se trata de una pobreza que es fe, libertad y ligereza. Ante todo, libertad y ligereza; un discípulo cargado de equipaje se hace sedentario, conservador, incapaz de captar la novedad de Dios y demasiado hábil para encontrar mil razones utilitarias y considerar irrenunciable la casa donde se ha instalado y de la que no quiere salir (¡demasiadas maletas que hacer y demasiadas seguridades a las que renunciar!). Pero la pobreza es también fe; es la señal de que uno no confía en sí mismo, de que no quiere estar asegurado a todo riesgo.
Hay finalmente un tercer aspecto que no conviene olvidar: la atmósfera "dramática" de la misión. Quizás sea ésta la nota dominante de todo el capítulo. Está la dramaticidad de la repulsa y la dramaticidad de la contradicción. Dos sufrimientos que el discípulo tiene que arrastrar con valentía. La repulsa está ya prevista (versículo 11): la palabra de Dios es eficaz, pero a su modo. El discípulo tiene que proclamar el mensaje y jugárselo todo en él.
Al discípulo se le ha confiado una tarea, pero no se le ha garantizado el resultado. La otra dramaticidad, la de la contradicción, todavía es más interior a la naturaleza misma de la misión. El anuncio del discípulo no es una instrucción teórica, sino una palabra que actúa, en la que se hace presente el poder de Dios, una palabra que compromete y frente a la cual es preciso tomar una postura. Por tanto, es una palabra que sacude, que suscita contradicciones, que parece llevar la división en donde había paz, el desorden en donde había tranquilidad. La misión es, como dice Marcos, una lucha contra el maligno; donde llega la palabra del discípulo, Satanás no tiene más remedio que manifestarse, tienen que salir a la luz el pecado, la injusticia, la ambición; hay que contar con la oposición y con la resistencia. Por eso el discípulo no es únicamente un maestro que enseña, sino un testigo que se compromete en la lucha contra Satanás de parte de la verdad, de la libertad y del amor.
Los doce deben ser ellos mismos signo visible de la conversión que proclaman. En las circunstancias concretas de su momento histórico, los doce no necesitan más bagaje de un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias, sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina. La fuerza y credibilidad de su misión no estriban en los modelos socioeconómicos constituidos. Este es el significado del v. 9. Los vs, 10-11, en cambio, se mueven en otros campos de significación: el de la urgencia de dedicación a la proclamación (v. 10) y el de la gravedad que lleva consigo el rechazo del proclamador o de su proclamación.
La misión de los doce busca provocar una transformación.
El alcance de esta transformación queda puesto de manifiesto en el poder que Jesús les confiere sobre los espíritus inmundos. Esta expresión mitológica engloba todo lo que de inhumano y hostil destruye al hombre. La transformación no se reduce a la sola dimensión espiritual, sino que afecta a la totalidad del hombre. La conversión tiene también una dimensión material como elemento constituyente.

Para nuestra vida.
La llamada de Dios a Amós, la llamada de Jesús a los Doce, y el propio ejemplo de Pablo que habla en la segunda lectura, no son casos excepcionales, propios de un sector de los cristianos (curas y obispos, por ejemplo). Curas y obispos realizan su tarea evangelizadora de un modo más institucional, por así decirlo. Pero la llamada es para todos. En este sentido, el ejemplo de Amós en la primera lectura, es significativo: él no es un profesional de la profecía, vinculado a tal o cual santuario, sino que es un individuo normal, un pastor y campesino que se siente llamado a dar a conocer a su pueblo la llamada de Dios. Y como él, todo cristiano ha sido llamado a esto: a coger el bastón y las sandalias, a ir por el mundo sacando demonios e invitando a cambiar el corazón. Y en cada época y en cada situación deberá verse qué es lo que esto significa.
En nuestra situación, en una sociedad que ya no es cristiana (que es "país de misión"), significa ante todo que la Iglesia no puede sentirse satisfecha teniendo mucha gente enrolada en consejos parroquiales, organizaciones, catequesis... como si el ideal fuera esto: que los cristianos se pasaran muchas horas en el interior de la iglesia, de manera que la iglesia se convierta en una especie de club que encierre y tranquilice a la gente. Las organizaciones de iglesia serán válidas si sirven para esto: para que los cristianos sean en el mundo verdaderos testigos de la fe.
Y significa, en segundo lugar, que la Iglesia como tal debe presentarse ante el mundo como un verdadero testigo transparente del amor de Dios. La iglesia esta llamada a  hacerse solidaria con los anhelos y preocupaciones de los hombres para llevarles la Buena Nueva que Jesucristo le encargó comunicar.

En la primera lectura se nos presenta a Amós como profeta es un ejemplo que debe servirnos a todos, cuando predicamos el evangelio. La obligación de todo cristiano es ser fiel al evangelio, guste o no guste a los jefes religiosos o políticos. Aunque esto no haya sido siempre así en la historia de nuestra Iglesia, sí es verdad que así lo hicieron los mártires y muchos de los grandes santos.
Este pastor y campesino del siglo VIII a. C., está en un contexto donde el pueblo escogido se encontraba por entonces, dividido en dos reinos.  Amos era  un pobre hombre del sur, de Judá y ha ido a profetizar al reino del norte. El rey se enoja, evidentemente, y manda que lo expulsen. Un hombre pobre, pastor de oficio y conservador a destajo de los frutos de los sicomoros. Son estos unos árboles corrientes por aquellas tierras. Es un árbol majestuoso, de hoja semejante a la de la morera, pero de fruto muy parecido al higo.
Amós condenó la injusticia social y la violencia del lujo, la depravación religiosa y el formalismo de un culto vacío; anunció por vez primera el castigo del Día de Yahvé y el exilio del Reino del Norte. Habló donde era preciso hablar y en el momento oportuno, que es cuando hablan los profetas y callan los maestros y sacerdotes que viven de su oficio. Por eso sus palabras resultaron insoportables. No es de extrañar que le salga al paso el sumo sacerdote Amasías que, como buen funcionario, debe velar por los intereses del rey de Israel. Amasías denunciaría la predicación del profeta Amós ante Jeroboán II. Amós le responde enérgicamente y le dice que si él predica la palabra de Dios no lo hace por vocación humana o por simple interés, sino porque Dios le ha mandado profetizar contra Israel. Por encima de la voluntad de Amasías y la presión del poder está la autoridad indiscutible de Dios, que le dice “ve y profetiza”. Amós es claro exponente del profetismo, que encarna siempre una fidelidad a la vocación de Señor, no de capricho, ni de ambición. Ser profeta significa sin duda ser persona incómoda. Pero es un signo de fidelidad y una muestra, para quien le escuche, de que Dios no olvida a nadie.
Las palabras de Amós son muy duras y a la vez muy claras. Autoridades religiosas que acotan el lugar sagrado, profetas y funcionarios del templo que viven de él, porque no saben dedicarse a otra cosa, y que tratan de proteger su sustento aunque sea a costa del mensaje evangélico... son muy abundantes. ¡Que cada cual cargue con la vela que le corresponda!.

El salmo responsorial de hoy, presenta la realidad humana en su historicidad cotidiana. El pasado, el presente, el porvenir. Así como el pueblo de Israel recordaba los beneficios que Dios le había hecho en el pasado, para tener seguridad de su protección en el futuro, nosotros también, en los días de prueba, debemos recordar las gracias que han marcado nuestra infancia, nuestra juventud, nuestro pasado. Actualizando la primera estrofa del salmo, podemos decir: "Señor, Tú has hecho esto con-migo... Tú me has concedido esto o aquello... Tú me has perdonado...".
La tierra responde al cielo, el cielo responde a la tierra. La afirmación, "la verdad brotará de la tierra, y del cielo penderá la justicia", no es sólo una imagen maravillosa, sino la definición misma de la "religión": religar, establecer relación, entre la tierra y el cielo, entre el hombre y Dios. Los campanarios, los minaretes, y todas las arquitecturas religiosas del mundo, apuntan hacia el cielo como una especie de signo simbólico.
El salmo nos recuerda, el optimismo bíblico. La Biblia es más optimista y moderna, ya que nos habla de una especie de encuentro recíproco: la tierra busca al cielo y el cielo busca a la tierra..."la verdad brotará de la tierra". Ha habido épocas en que se ha querido rebajar al hombre como si fuera totalmente incapaz de descubrir la verdad.
Amor y verdad se encuentran, justicia y paz se abrazan. ¡Qué equilibrio en estos "encuentros", en estos "besos"! Con frecuencia oponemos estas realidades. Insistimos en la caridad y caemos en una especie de subjetivismo que nos hace abandonar verdades fundamentales. O bien, somos en tal forma defensores de la verdad, que olvidamos la caridad más elemental hacia los adversarios con quienes estamos en desacuerdo. Hay que unir "amor y verdad" para no caer ni en el sectarismo, ni en el sentimentalismo bonachón. Tengo miedo de la gente que "posee la verdad" y no tiene amor. Pero temo igualmente a las personas que hablan de "amor" y no tienen el rigor de análisis para descubrir la verdad en situaciones y doctrinas.
Es necesario por otra parte reconciliar la "justicia" y la "paz". El mundo moderno habla mucho de "luchas", de "combates", de "justicia"... Y esto está bien. Pero también hay que construir la "paz", el "diálogo", la "concordia".
Detrás de las palabras de este salmo, avizoramos los conflictos sociales que sacuden nuestro mundo, nuestras familias, nuestras empresas, nuestra Iglesia.
"Escucho... ¿qué dirá el Señor Dios?". Dejemos resonar en nosotros estas palabras, este interrogante. Estemos a la escucha de Dios. Nos quejamos con frecuencia del "silencio de Dios". ¿Dejamos que El nos hable? ¿Aceptamos que El contradiga nuestros puntos de vista y no esté de acuerdo con nosotros? ¿Estamos dispuestos a escucharlo? ¿Estamos dispuestos a construir con El el mundo de paz-amor-verdad-justicia... que nos "pide" hacer?
Dios y el hombre se buscan mutuamente, se miran el uno al otro. Al observar las ojivas que estructuran las bóvedas de nuestras catedrales, se ve justamente este doble movimiento, estas dos búsquedas que se apoyan la una sobre la otra, y no pueden mantenerse la una sin la otra. La gracia y la libertad son necesarias. La gracia, sin la respuesta del hombre, es estéril desgraciadamente. El esfuerzo del hombre sin la gracia está abocado al fracaso. Señor, inclínate hacia mí, mientras me esfuerzo por hacer germinar mi vida.

Hoy  hemos escuchado en la segunda lectura, un himno tomado de la carta a los Efesios (cf. Ef 1,3-14), un himno que se repite en la liturgia de las Vísperas de cada una de las cuatro semanas. Este himno es una oración de bendición dirigida a Dios Padre. Su desarrollo delinea las diversas etapas del plan de salvación que se realiza a través de la obra de Cristo.
En el himno las etapas de ese plan se señalan mediante las acciones salvíficas de Dios por Cristo en el Espíritu. Ante todo -este es el primer acto-, el Padre nos elige desde la eternidad para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor (cf. v. 4); después nos predestina a ser sus hijos (cf. vv. 5-6); además, nos redime y nos perdona los pecados (cf. vv. 7-8); nos revela plenamente el misterio de la salvación en Cristo (cf. vv. 9-10); y, por último, nos da la herencia eterna (cf. vv. 11-12), ofreciéndonos ya ahora como prenda el don del Espíritu Santo con vistas a la resurrección final (cf. vv. 13-14).
Desde el himno cristológico de efesios demos también nosotros gracias a Dios y alabémosle por habernos dado a su Hijo, como camino, verdad y vida. Toda nuestra vida, como dice el salmo, debe ser un sacrificio de alabanza a Dios. 
De este himno dice San Juan Pablo II " 1. El espléndido himno de «bendición», con el que inicia la carta a los Efesios y que se proclama todos los lunes en la liturgia de Vísperas, será objeto de una serie de meditaciones a lo largo de nuestro itinerario. Por ahora nos limitamos a una mirada de conjunto a este texto solemne y bien estructurado, casi como una majestuosa construcción, destinada a exaltar la admirable obra de Dios, realizada a nuestro favor en Cristo.
Se comienza con un «antes» que precede al tiempo y a la creación: es la eternidad divina, en la que ya se pone en marcha un proyecto que nos supera, una «pre-destinación», es decir, el plan amoroso y gratuito de un destino de salvación y de gloria.
2. En este proyecto trascendente, que abarca la creación y la redención, el cosmos y la historia humana, Dios se propuso de antemano, «según el beneplácito de su voluntad», «recapitular en Cristo todas las cosas», es decir, restablecer en él el orden y el sentido profundo de todas las realidades, tanto las del cielo como las de la tierra (cf. Ef 1,10). Ciertamente, él es «cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo» (Ef 1,22-23), pero también es el principio vital de referencia del universo.
Por tanto, el señorío de Cristo se extiende tanto al cosmos como al horizonte más específico que es la Iglesia. Cristo desempeña una función de «plenitud», de forma que en él se revela el «misterio» (Ef 1,9) oculto desde los siglos y toda la realidad realiza -en su orden específico y en su grado- el plan concebido por el Padre desde toda la eternidad." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 18 de febrero de 2004).
San Ireneo, reconoce que «no hay más que un solo Dios Padre y un solo Cristo Jesús, Señor nuestro, que ha venido por medio de toda "economía" y que ha recapitulado en sí todas las cosas. En esto de "todas las cosas" queda comprendido también el hombre, esta obra modelada por Dios, y así ha recapitulado también en sí al hombre; de invisible haciéndose visible, de inasible asible, de impasible pasible y de Verbo hombre» (San Irineo. Contra las herejías).
¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? El "misterio" ha quedado revelado. No hay azar. Dios tiene un "plan": Dios ha creado para nosotros el mundo, casa abierta para los hijos de Dios. No vamos a la deriva, caminamos hacia una meta: todos los hombres reunidos en torno a Cristo formando un inmenso Cuerpo, la humanidad regenerada sentada en torno a la mesa familiar, el encuentro definitivo de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.
El  himno, para entenderlo es preciso que lo escuchemos como dicho para nosotros, hasta llegar -en cierto modo- a cantarlo nosotros mismos. Sólo con esta actitud, y no por la curiosidad de examinar la "realidad" de que se habla, podremos comprender que Dios nos bendiga con su bendición (3). El mundo y la vida que se cantan en el himno parecen extraños a la vida y al mundo nuestro de aquí. Pero no es así, ya que, aunque apenas se alude, en realidad nos abre a una nueva forma de comprendernos a nosotros mismos, lo que supone una nueva manera de vivir en relación con nosotros y con los demás. No seremos los mismos -para con nosotros y para los demás-, ni nos comportaremos de la misma forma, si nos consideramos todos bendecidos (3), elegidos de antemano para ser santos (4), escogidos en orden a una filiación adoptiva por parte de Dios (5), redimidos, perdonados (7), llenos de gracia por obra del Señor, rebosantes de sabiduría e inteligencia (8). Lo que se ha realizado en Cristo no es sólo para la salvación de unos cuantos; el designio de Dios es «hacer la unidad del universo en Cristo, de lo terrestre y de lo celeste» (10). Y, al final, en nuestro interior, tal vez caeremos de rodillas ante el misterio del hombre, que no es otro sino el de ser el lugar del misterio de Dios, donde llega a hacerse realidad la obra de Dios en Cristo.
Esto no son sólo palabras bonitas, promesas sin garantía. Entre nosotros vive un hombre en quien se ha cumplido ya todo esto: Jesucristo, muerto para resucitar. Tenemos además en nosotros el fermento de la metamorfosis futura: el Espíritu Santo. Tenemos, más o menos arraigado en nosotros, ese espíritu filial de fe y confianza que ilumina a tantos corazones cuando penetran este misterio y entran en este plan.
Cada eucaristía recordamos este proyecto de Dios, participamos en él y esperamos que termine por ser realidad total. Cada día de la semana, cada acontecimiento de nuestra vida, es una etapa en el camino de Dios.

El evangelio nos sitúa ante la misión. Los doce habían sido escogidos para que "estuvieran con él y enviarlos a predicar" (3, 14-15). En los capítulos anteriores les hemos visto separarse de la gente y seguir a Jesús, escuchar y aprender, vivir en comunidad con él; ahora (6, 7-13) Marcos nos muestra la otra dimensión del discípulo, la misionera. Las pocas palabras de Marcos (versículos 7-13) son muy densas del significado y constituyen, dentro de su brevedad, una especie de regla misionera.
Para describir la misión de los discípulos usa Marcos las mismas palabras que utiliza a través de todo el evangelio para describir la misión de Jesús: predicaban la conversión, curaban a los enfermos, echaban a los demonios (versículos 12-13). La misión de los discípulos depende totalmente de la de Cristo y encuentra en ella su motivación y su modelo. Cristo supone en el discípulo esta triple conciencia: conciencia del origen divino de su misión ("los envió"), esto es, de una actividad querida por otro y no decidida por nosotros mismos; de un proyecto en que estamos metidos pero sin ser nosotros los directores de escena; la conciencia de salir de si mismo y de ir a otro sitio, a lugares nuevos, continuamente de viaje; la conciencia finalmente de poseer un mensaje nuevo y alegre que comunicar a los demás.
El envío por parejas era una costumbre habitual en el judaísmo. Según la legislación judicial judía, para la validez de un testimonio se requerían al menos dos varones adultos. Los doce, enviados de dos en dos, serán testigos de Jesús, darán testimonio en favor de él en un momento en que los indicios de rechazo de Jesús empiezan a hacer su aparición con fuerza. La misión de los doce no es para enseñar, sino para proclamar la conversión, que  expresa un cambio radical de mentalidad, un giro copernicano en las categorías mentales, las cuales, a su vez, determinan la actuación del hombre. La misión de los doce busca provocar una transformación. Los doce deben ser ellos mismos signo visible de la conversión que proclaman. En las circunstancias concretas de su momento histórico, los doce no necesitan más bagaje que un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias, sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina.
Imagen relacionadaLos consejos de Jesús al  envío de los apóstoles nos habla de la pobreza. La pobreza no debemos entenderla como miseria y falta de lo necesario para vivir, sino como sobriedad y austeridad en nuestros gastos. Además de ser pobres en este sentido, la pobreza cristiana debe tener siempre una dimensión social; así lo predicaba siempre san Agustín con su palabra y con su ejemplo: en los monasterios agustinianos no había diferencia alguna económica entre los monjes, porque todo era de todos y lo que les sobraba lo daban a los pobres. San Agustín decía a sus fieles que lo que no necesitaban, los bienes superfluos, se lo dieran a los pobres, porque los bienes superfluos de los ricos son los bienes necesarios de los pobres.  
"Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja". Es evidente que los tiempos han cambiado, pero el mensaje que nos transmiten estas palabras del evangelio sigue siendo válido para nosotros, nos recuerdan el valor de puro medio que tienen los bienes materiales y como no debemos estar apegados a ellos.
"Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". La predicación cristiana debe tener siempre estas dos dimensiones: predicar el evangelio, la Palabra de Dios, y hacer el bien a las personas a las que se predica. Así lo hacía Cristo y así lo hicieron todos los verdaderos profetas cristianos. Hablar es necesario, pero no es suficiente; las palabras deben estar siempre corroboradas con las obras. Si uno habla y habla, y lo que dice es verdad, pero sus acciones son contrarias a sus palabras, automáticamente está perdiendo credibilidad.
¿Cómo es nuestro predicar y nuestro testimonio?. Si los cristianos del siglo XXI, además de predicar el evangelio lo cumpliéramos de verdad, el mundo nos vería como veían a los cristianos de los primeros siglos, con admiración y respeto. Las palabras hoy día están bastante devaluadas, porque nuestros gobernantes están acostumbrados a decirnos unas cosas y a hacer otras, y los grandes medios de comunicación son más servidores de quienes les pagan que de la verdad. En cambio, los más grandes santos de nuestro calendario cristiano fueron personas que sobresalieron tanto por sus hechos como por sus palabras. Hagamos nosotros lo mismo, si queremos ser cristianos de verdad hoy.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

sábado, 7 de julio de 2018

Comentarios a las Lecturas del XIV Domingo del Tiempo Ordinario 8 de julio 2018.

Comentarios a las Lecturas del XIV Domingo del Tiempo Ordinario 8 de julio 2018.

Las lecturas de este domingo 14 del tiempo ordinario nos ponen de manifiesto lo que decíamos más arriba: los profetas en su tiempo fueron frecuentemente incomprendidos y rechazados. Esto les pasó a Ezequiel, como vemos en la primera lectura, a san Pablo, como podemos deducir de la segunda lectura, y al mismo Cristo, como sabemos todos los cristianos

La primera lectura ( Ez. 2, 2-5 ), nos narra el encuentro de Dios con el profeta.
El texto se refiere a la primera visión de Ezequiel, conocida como la "visión del libro". Entonces fue llamado por Dios al servicio profético (hacia el año 593). Cuando el culto resultaba imposible en aquella situación de diáspora, lejos del templo y en medio de un mundo pagano, el sacerdote Ezequiel es investido de una mayor responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla.
"En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía..." (Ez 2, 2). El profeta  estaba viviendo en el exilio, entre los deportados que estaban junto al río Quebar. Allí fue arrebatado en éxtasis. De pronto una fuerza interior le impulsa a ponerse de pie. Es algo que le domina, que le puede. Y se pone de pie, o lo que es lo mismo se dispone a marchar, a emprender el camino. Esa es la actitud que el profeta ha de tener ante la llamada de Dios. Una actitud de dinamismo, de lucha, de caminante, de peregrino.
La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come (3, 3). Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios no nos harían tragar los "maestros" tan fácilmente sus "rollos", no seríamos víctimas de la propaganda, de las ideologías... y tendríamos algo nuevo que decir aunque no quisieran escucharnos. En cualquier caso el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún viven los profetas.
Ezequiel actúa como profeta entre los exiliados de Babilonia. Su profecía es una crítica contra el pueblo por su infidelidad que le ha llevado a la situación de desastre en que se encuentra, y también por el afán de los gobernantes que han quedado en Jerusalén después de la primera deportación de aliarse con Egipto para combatir (inútilmente) a Nabucodonosor. Y a la vez es también un anuncio de la fidelidad de Dios que, en el momento oportuno, renovará y restaurará al pueblo.
Es la fuerza de Dios ("el espíritu") el que llama, y el que actúa en aquel que no es más que un "hijo de Adán" (una designación que aparece a menudo en Ezequiel, y quiere destacar la debilidad de la condición humana).
La expresión "hijo del hombre" (="hijo de Adán") es una peculiaridad del libro de Ezequiel, en el que aparece hasta unas noventa veces. Sin embargo, el sentido mesiánico que recibiría este título más tarde se debe al texto de Daniel 7, 13. En nuestro texto viene a subrayar tan sólo la debilidad del hombre, que no puede permanecer en pie delante de Dios y, menos aún, levantarse para cumplir la misión que Dios le encomienda, a no ser que reciba la fuerza del espíritu divino.
Y la llamada es para una labor de crítica y de denuncia. El pueblo es rebelde, infiel: no ha seguido el camino de Dios, ha dado la espalda a Dios. Y Dios, ante esta situación, no quiere dejar de decir su palabra al pueblo: quiere que el pueblo continúe escuchando lo que Dios espera de él, y se dé cuenta del contraste que hay entre lo que Dios quiere y lo que el pueblo hace. Esta será la labor del profeta, y por eso tendrá que enfrentarse a sus compatriotas.
El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Pues el pueblo al que va a ser enviado es un pueblo de cabeza dura y rebelde, su historia es una cadena de falsedades e infidelidades al pacto con el que está unido a Yahvé.
Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Además, Dios le garantiza que todos tendrán que oírlo y, hagan o no hagan caso, todo el mundo sabrá que hay un profeta. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios.

En el salmo responsorial de hoy Salmo 122  (Sal 122 , 1-2a. 2bcd. 3-4), se nos recuerda la obra de la misericordia de Dios en nosotros.
Salmo de Peregrinación o "salmo de Subida", este poema es una joyita literaria, cuyo ritmo verbal está cincelado mediante un juego de repeticiones significativas: los ojos, la mano, "hacia"... Piedad, hartos despreciados... El pueblo de Israel tenía conciencia de ser un pueblo de "pequeños", de "pobres", de "oprimidos", de "despreciados". Todo esto lo dice la palabra hebrea "Anawin" que se traduce ya por "pobre" ya por "humilde". Lejos de abatirse por esta situación, los judíos se apoyaban en ella para "volverse a Dios sólo": privados de todo poder político o militar, ellos "volvían los ojos hacia el cielo". La imagen del "servidor" y de la "servidora" corresponde a una civilización ya superada. No se trata aquí de la relación "señor-esclavo" analizada por Karl Marx, se trata más bien, de una relación "familiar": el servidor en cuestión tiene gran veneración amorosa hacia su señor y acecha el menor signo para obrar rápidamente.
Podemos orar con este salmo, en nombre de aquellos cuya dignidad humana es despreciada, en nombre de los "Derechos Humanos", como se dice hoy, en nombre de los "sin-voz", en nombre de los que sufren ocultamente porque no tienen los medios de hacerse oír en este mundo ruidoso.
Desde el salmo cuidamos el espíritu de servicio. "Como los ojos de la esclava, fijos en las manos de su señora"... Estamos en una civilización muy distinta, es cierto. Estas palabras a lo mejor no nos dicen nada, quizá nos fastidian. Sin embargo si logramos superar nuestros esquemas ideológicos, descubriremos un ideal muy moderno: este espíritu de escucha y de atención al otro, tan mencionado por las ciencias humanas.
 "Hacia Ti levanto los ojos". Hacia Ti, Señor, elevo mi alma". En ninguna parte como en los ojos está el alma. Nuestros ojos hablan. Nos pueden servir para la oración... Fijos en un icono, en un crucifijo, en el Tabernáculo... Vueltos hacia el "Pan de Vida", el Cuerpo de Cristo.
Desde el salmo descubrimos el espíritu de pobreza: los "Anawim". ¿Estamos en una situación de abundancia, comparativamente respecto a los demás? Deberíamos entonces aplicarnos, los primeros, esta condenación del "desprecio de los orgullosos", que indigna a los pobres. Los "pobres" llenan los salmos. Los pobres son aquellos "cuya angustia los hace conscientes de su dependencia absoluta de Dios"... "Aquellos que todo lo esperan de su bondad"... "Aquellos a quienes falta algo y no están satisfechos"... "Aquellos cuyo ideal no han logrado alcanzar y que permanecen siempre pobres y disponibles"... "Aquellos que están en búsqueda de una realización, de una perfección mayor"... "Aquellos a quienes la tierra no basta y..." Todos, en el fondo, ante Dios, somos "pobres" "Anawim". Pero podemos ser inconscientes... ¡"Bienaventurados los pobres de corazón, dice Jesús, porque de ellos es el Reino de Dios!". En este sentido "religioso", la palabra "pobre" se opone menos a "rico" que a estas otras palabras: "orgulloso", "malvado", "impío", "gocetas", "escéptico", "burlón", "chancista", "materialista satisfecho". "Esto es demasiado, estamos hartos del escarnio de los pudientes, del desprecio de los orgullosos". Pero sigue siendo cierto que algo de pobreza material es necesaria para hacernos descubrir la pobreza esencial: cuando todo lo tenemos aquí abajo, cuando ya hemos recibido la consolación, cuando estamos "satisfechos", no estamos preparados a escuchar los llamados espirituales del más allá.

 En la segunda lectura (2 Cor.12, 7b-10 ), San Pablo termina su segunda carta a los de Corinto. En el fragmento que hoy leemos San Pablo recuerda sus limitaciones humanas. La intención profunda del apóstol es mostrar que toda la grandeza de su misión tiene su origen en la gracia de Dios y no en sus propios méritos. En ningún momento intenta minimizar la gloria de la misión apostólica (sería falsa humildad), pero al mismo tiempo es siempre plenamente consciente de su debilidad personal (humildad como verdad).
El tema de la debilidad domina este pasaje. Los adversarios de Pablo, para desacreditarlo a los ojos de los corintios, quieren servirse de su superioridad sobre él en el campo de los carismas. Pablo no puede entonces contenerse en poner de relieve la acción de Dios en la debilidad de su ministerio (2 Cor 11, 14-33) e incluso tiene que probar que no tiene nada que temer de sus acusadores, aun sobre el plano de los carismas. Si no se gloría más y pone más bien en relieve su debilidad, es porque no defiende su propia persona, sino la naturaleza misma del ministerio apostólico.
San Pablo repite varias veces los términos “gloriarse” y “debilidad” (καυχήσομαι / ἀσθενείαις): “¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor! (2 Cor, 12, 1); “De alguien así podría gloriarme; pero, por lo que a mí respecta, solo me gloriaré de mis debilidades. Aunque, si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la pura verdad” (2 Cor, 12, 5-6); “‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor, 12, 9-10). ¿Qué debilidades son estas? ¿Es real que son los pecados? Es improbable, una vez que en este misma epístola cuando él habla del “pecado” utilizando otros términos: ἁμαρτίαν / προημαρτηκότων.
San Pablo alude a las revelaciones que ha recibido. Podría haber sentido orgullo. Pero el Señor le ha preservado de caer en él, humillándole mediante una "espina" en la carne que le puede asemejar a quien está bajo el imperio del demonio y no a un representante de Dios. En aquella época las debilidades nerviosas y otras muchas enfermedades eran consideradas como obra del demonio. Parece inútil intentar precisar cuál es la "espina" de que habla S. Pablo. Se ha hablado de tentaciones sexuales, sin prueba alguna posible. Sin duda se trata de alguna enfermedad humillante y crónica; algo que indispusiera de algún modo a sus auditores y predispusiera a negarle audiencia. ¿Es un hombre de Dios (los Galatas le recibieron como a un ángel (Ga 4, 14) o es un poseso de Satanás?
El Señor no quiere librar a San Pablo de esta "espina" que le hace partícipe de la cruz de Cristo, humillándole, y dándole a la vez fuerzas en su debilidad. Es el poder de Cristo lo que habita en él, en su propia debilidad. Es por tanto, fuerte, siendo débil, y así queda todo el sitio libre para el poder de Dios que habita en él. El Cristo humillado y en cruz tenía en sí mismo toda la fuerza del Espíritu y en el mismo momento en que estaba sumido en el sufrimiento y parecía débil, arrancaba al mundo del pecado y le elevaba con él a la vida de Dios.
La vida de persecución, de dificultad, de sufrimientos de todo tipo, no es para el cristiano fuente de desesperanza y de desánimo, sino que es una vida que toma toda su fuerza en el Señor que vive en él. Esta debilidad y estos sufrimientos posibilitan al cristiano hacer el vacío en sí mismo para que pueda habitar en su vida la fuerza de Cristo.
San Pablo habla por propia experiencia de la fortaleza que viene de Cristo. Ante las dificultades y propia debilidad San Pablo no sólo no se acobarda, sino que se crece ante las dificultades. Y todo lo hace por Cristo y con Cristo, dejando que sea el mismo Cristo el que actúe en él y por él.

En el evangelio de hoy  (Mc. 6, 1-6), Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta.
Jesús asiste al rito de la sinagoga y comienza a hablar, haciendo uso del derecho a intervenir que tenía cualquiera de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de
Santiago y José y Judas y Simón?
Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Según el modo de hablar de los semitas se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.
El fragmento de hoy cierra la primera etapa del ministerio de Jesús. Es la etapa de la popularidad en Galilea, de las multitudes que se acercan a él para escucharle y para que les cure a los enfermos, la etapa en que se muestra como por Jesús llega a los hombres el Reino de Dios que transforma los corazones y libera del mal.
Resalta, en el texto de hoy, la manera cómo reacciona la gente ante la palabra de Jesús en contraste con las reacciones del inicio de la vida pública: allí la gente decía que "enseñaba con autoridad", y quedaban admirados ( 1,21 ss); aquí no importa cómo enseña, sino que de entrada no resulta aceptable que pueda tener autoridad alguien que es una persona normal.
San Marcos cierra esta etapa en Nazaret, su pueblo, que viene a ser como un símbolo de todo el pueblo de Israel. Porque, efectivamente, a pesar del éxito inicial y la popularidad, el conjunto del pueblo no puede aceptar que Dios manifieste su Reino a través de alguien que es un hombre como otro cualquiera, con una familia y un oficio como la demás gente. Jesús pretendía cambiar la vida de su pueblo, y de hecho, de entrada, parecía que los que le veían y le escuchaban quedaban cautivados por lo que decía y hacía. Pero poco a poco su pretensión les fue pareciendo excesiva: ¿qué credenciales podía exhibir Jesús para hacer y decir todo aquello?
Y después resalta que Jesús "no pudo hacer" ningún milagro. El domingo pasado, en los dos milagros que leíamos, se veía que la fe-confianza llevaba a la curación, y aquí no está presente esta fe-confianza. Por eso, "su tierra" queda excluida de la liberación, excepto "algunos enfermos": ¡no todo el pueblo se cierra a Jesús!
La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene en San Marcos  un cierto tono de insulto. Le piden que haga en su pueblo los milagros realizados en otros lugares. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron leídos desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible. Jesús comentó amargamente: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Esta frase se ha convertido en proverbial: nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad.
La "extrañeza" de Jesús ante el hecho de "su falta de fe" se convertirá, al final de la vida pública, en lamento sobre Jerusalén, que no ha querido recibir a su liberador.
Jesús, después de esta escena-resumen, empezará a centrar su acción en sus discípulos. Continuará predicando y curando enfermos, y realizará la acción pública y simbólica de alimentar las multitudes multiplicando los panes y los peces, pero su interés estará centrado sobre todo en hacer comprender el sentido de su misión al grupo más reducido y cercano de los que van con él.

Para nuestra vida.
Cierto que ordinariamente la gracia de Dios se reducirá a menudo a una suave atracción que nos nace de pronto muy dentro. Pero tu respuesta ha de ser la misma: Ponerte de pie, disponerte a caminar por el itinerario que Dios te va a marcar. Consciente de que el primer enemigo eres tú mismo, cuando eres comodón, egoísta, soberbio, ambicioso. Has de luchar esas malas inclinaciones interiores que a veces te dominan. Decídete, Dios pasa, ponte en pie.
No debes olvidar que Dios sigue enviando a sus profetas. Son los que siguen cogiendo la antorcha que un día Cristo entregara a los suyos... Lo contrario sería injusto por parte de Dios. Es como si se cerrara en un profundo silencio, ausente de nuestras vidas, desinteresado por nuestros problemas, indiferente ante nuestra salvación.

En la primera lectura vemos el ejemplo de un profeta. El profeta Ezequiel predicó en tiempos del exilio y en circunstancias muy difíciles. El pueblo de Israel había dejado de fiarse de Dios y, por tanto, tampoco se fiaba de sus profetas. Dios manda a Ezequiel que insista y que no desista de su vocación de profeta, que el pueblo sepa que él, Dios, no se ha olvidado de ellos.
Ezequiel es investido de una gran responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come. Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún viven los profetas. El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Pues el pueblo al que va a ser enviado es un pueblo de cabeza dura y rebelde, su historia es una cadena de falsedades e infidelidades al pacto con el que está unido a Yahvé. Sin embargo, estamos acostumbrados a creer que un profeta es alguien que adivina el futuro.
No es fácil la labor del profeta, pues muchas veces es incomprendido y perseguido. Los falsos profetas se dejan alagar por el éxito o el poder. Son aquellos que dicen a los poderosos lo que quieren oír. El verdadero profeta es aquél que dice palabras que escuecen, no busca la fama ni el éxito, ni los honores, sino sólo quiere ser fiel a la palabra que ha recibido de Dios. Profeta es el que denuncia la injusticia y el pecado, es el que anuncia la buena noticia. Dios presta su apoyo a Ezequiel y le dice que no se desanime, pues al final se cumplirán sus palabras. Ezequiel es el profeta de la esperanza. Todos reconocerán que “hubo un profeta en medio de ellos”. Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Además, Dios le garantiza que todos tendrán que oírlo y, hagan o no hagan caso, todo el mundo sabrá que hay un profeta. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios.
A lo largo de toda la Historia de los hombres, Dios ha enviado a sus mensajeros, sus profetas, los hombres que hablan en su nombre, sus pregoneros, sus portavoces. De un modo o de otro, también hoy nos llega el eco de sus voces, el contenido de su mensaje. La respuesta será variada. "Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos" (Ez 2,5).
Pero este pueblo es rebelde y no quiere hacer caso. Es cierto que habrá quienes oigan el mensaje de Dios y lo vivan. Esos se salvarán, serán felices aquí en la tierra y allá en el Cielo. Los otros no. Los que no oyen la palabra de Dios, o los que la oyen y no la ponen en práctica, esos serán unos desgraciados. Y no podrán excusarse, no podrán decir que no hubo profetas en su tiempo.
No podemos olvidar que nosotros por el bautismo somos también marcados como profetas. Todo bautizado  participa del profetismo de Jesús. No sólo los sacerdotes son profetas. También todo laico bautizado. Debemos ofrecer a Dios nuestros labios de modo que el Señor pueda seguir predicando por nuestro intermedio durante todo el trascurso de la historia, expulsando esos demonios que siguen estropeando los cuerpos y las almas de tantos que se dejan llevar por sus hechizos prometiendo la eterna juventud, como narra el escritor irlandés Oscar Wilde en su obra “El retrato de Dorian Gray”, a cambio de vender su alma al Mefistófeles de turno, parafraseando el Fausto del escritor y poeta alemán Goethe. Y debemos predicar la buena nueva por todos los tejados: casa, fábrica, puesto de trabajo, escuela, hospital, asilo de ancianos…hasta alcanzar todas las periferias existenciales, físicas, morales y espirituales.
Profetas que también sepamos denunciar con respeto los desvaríos e injusticias de tantos –el pecado-, como hacía Cristo. Y esto desde todos los medios lícitos y buenos: medios de comunicación, púlpito, cátedras, mesa familiar. Y no sólo con la palabra, sino sobre todo con el ejemplo de vida.
En estos tiempos nuestros, en este siglo XXI, también nosotros, los cristianos, no debemos desanimarnos ante las dificultades que nuestra sociedad ofrece a nuestros catequistas y evangelizadores para cumplir con su misión de anunciar el evangelio de Jesús, el reino de Dios a las personas con las que convivimos. Nos hagan caso o no, nosotros no debemos de dejar de predicar y predicar el evangelio. Las dificultades no sólo no deben desanimarnos, sino que deben de confirmarnos en la necesidad de nuestra misión. Más necesario es predicar el evangelio a una sociedad que, mayoritariamente, ha dejado de creer en él, que a una sociedad mayoritariamente fiel y creyente.
¿Soy consciente de ser profeta desde el bautismo? ¿Anuncio con alegría y convencimiento la Buena Nueva del Evangelio, sin miedo y sin temor? ¿Denuncio el mal, sin condimentar lo que dice Dios con criterios mundanos? ¿A quién no he querido anunciar el mensaje de Cristo y denunciar con caridad el mal?
Así comenta el Papa emérito Benedicto XVI: el Salmo 122, «El Señor, esperanza del pueblo»
" Queridos hermanos:
Por desgracia, habéis sufrido bajo la lluvia. Esperemos que ahora el tiempo mejore.
1. De manera muy incisiva, Jesús afirma en el Evangelio que los ojos son un símbolo expresivo del yo profundo, un espejo del alma (cf. Mateo 6, 22-23). Pues bien, el Salmo 122, que se acaba de proclamar, se sintetiza en un intercambio de miradas: el fiel alza sus ojos al Señor y espera una reacción divina para percibir un gesto de amor, una mirada de benevolencia. También nosotros elevamos un poco los ojos y esperamos un gesto de benevolencia del Señor.
Con frecuencia, en el Salterio se habla de la mirada del Altísimo, que «observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios» (Salmo 13, 2). El salmista, como hemos escuchado, recurre a una imagen, la del siervo y la de la esclava, que miran a su señor en espera de una decisión liberadora.
Si bien la escena está ligada al mundo antiguo a sus estructuras sociales, la idea es clara y significativa: esta imagen tomada del mundo del antiguo Oriente quiere exaltar la adhesión del pobre, la esperanza del oprimido y la disponibilidad del justo al Señor.
2. El orante está en espera de que las manos divinas se muevan, pues actuarán según justicia, destruyendo el mal. Por este motivo, con frecuencia, en el Salterio el orante eleva sus ojos llenos de esperanza hacia el Señor: «Tengo los ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red» (Salmo 24, 15), mientras «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios» (Salmo 68,4).
El Salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la comunidad: de hecho, el Salmo pasa de la primera persona del singular --«a ti levanto mis ojos»-- a la del plural «nuestros ojos» (Cf. versículos 1-3). Expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para difundir dones de justicia y de libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números: «ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 25-26).
3. La importancia de la mirada amorosa de Dios se revela en la segunda parte del salmo, caracterizada por la invocación: «Misericordia, Señor, misericordia»» (Salmo 122, 3). Continúa con el final de la primera parte, en el que se confirma la expectativa confiada, «esperando su misericordia» (versículo 2).
Los fieles tienen necesidad de una intervención de Dios porque se encuentran en una situación penosa, de desprecio y de vejaciones por parte de prepotentes. La imagen que utiliza ahora el salmista es la de la saciedad: «estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos» (versículos 3-4).
A la tradicional saciedad bíblica de comida y de años, considerada como signo de la bendición divina, se le opone ahora una intolerable saciedad constituida por una carga exorbitante de humillaciones. Y sabemos que hoy muchas naciones, muchos individuos están llenos de vejaciones, están demasiado saciados de las vejaciones de los satisfechos, del desprecio de los soberbios. Recemos por ellos y ayudemos a estos hermanos nuestros humillados.
Por este motivo, los justos han confiado su causa al Señor y no es indiferente a esos ojos implorantes, no ignora su invocación ni la nuestra, ni decepciona su esperanza.
4. Al final, dejemos espacio a la voz de san Ambrosio, el gran arzobispo de Milán, quien con el espíritu del salmista, da ritmo poético a la obra de Dios que nos llega a través de Jesús Salvador: «Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si estás ardiendo de fiebre, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si tienes miedo de la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas comida, es alimento» («La virginidad« --«La verginità»--, 99: SAEMO, XIV/2, Milano-Roma 1989, p. 81)." (Papa Benedicto XVI. Plaza de San Pedro del Vaticano.Audiencia general miércoles, 15 junio 2005).  
Si no queremos caer en lo irreal y la hipocresía, preguntémonos al recitar este salmo, si de alguna manera no participamos en este "tiempo de desprecio". ¿Hay personas a las cuales "yo" desprecio? ¿A cuáles grupos amo y respeto con mayor dificultad? ¿Podemos llamarnos "discípulos de Jesús" si aún reservamos parcelas de racismo, de odio, de desprecio, hacia un hombre cualquiera que sea, enemigo o adversario? "Si amáis únicamente a los que piensan como vosotros, no hacéis nada extraordinario, también lo hacen los paganos... (Mateo 5,46-Lucas 6,27).
En el fondo, estamos llenos de nosotros mismos y no "acogemos" de verdad al otro. Ojos que miran la mano. Imagen de extrema sutileza sicológica. "Mi alma alaba al Señor y mi espíritu exulta, porque Dios ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava". Paralelo admirable. María vivió de verdad, el ideal expresado en este salmo 122: se llama a sí misma la humilde "sierva", atenta a hacer la voluntad del Señor. Paradójicamente, el "servicio" se hace a la inversa, la "mirada" de Dios está atenta a realizar el menor deseo de su "sierva".
La pobreza y la riqueza no son realidades asépticas. Jesús dijo también que las "riquezas" son peligrosas. ¿No será por esto que los países ricos profesan un ateísmo de masa? Quien está harto de bienes materiales corre el riesgo de encerrarse en este mundo mezquino, olvidando que le hace falta lo esencial.

En la segunda lectura, San Pablo nos recuerda lo que tenemos que hacer los cristianos de todos los tiempos: no creernos nosotros los protagonistas del evangelio, sino dejar que sea Dios el que actúe en nosotros y a través de nosotros. El buen predicador no busca nunca su propia gloria, sino la gloria de Dios en todo lo que hace y dice. Esto es lo que quiere decirnos san Pablo, en esta carta, cuando afirma: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
¿De qué debilidades se gloría San Pablo?

San Agustín nos dice que nadie puede gloriarse del mal pues esto no es gloria sino miseria.

"Señor, yo me creía que era algo por mí solo, me juzgaba autosuficiente por mí, sin caer en la cuenta de que Tú me regías, hasta cuando te apartaste de mí, y entonces caí en mí, y vi y reconocí que eras Tú quien me socorría; que si caí fue por mi culpa, y si me levanté fue por ti. Me has abierto los ojos, luz divina, me has levantado y me has iluminado; y he visto que la vida del hombre sobre la tierra es una prueba, y que ninguna carne puede gloriarse ante ti, ni se justifica ningún viviente, porque todo bien, grande o pequeño, es don tuyo, y nuestro no es sino lo malo. ¿De qué pues podrá gloriarse toda carne?, ¿acaso del mal? Pero eso no es gloria sino miseria. ¿Podrá gloriarse de algún bien, aunque sea ajeno? Pero todo bien es tuyo, Señor, y tuya es la gloria". (San Agustín. Soliloquio del alma a Dios, 15)

y Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la flaqueza es materia de la virtud.

" Y esta expresión: “la fuerza se perfecciona en la flaqueza” se puede entender de dos maneras: materialmente u ocasionalmente. Si se entiende materialmente, el sentido es éste: la fuerza se perfecciona en la flaqueza, esto es, la flaqueza es la materia de la virtud que se ha de ejercer. Y primeramente de la humildad, como arriba se dijo; y luego de la paciencia (La prueba de la fe produce la paciencia: Sant. 1, 3); tercero, de la templanza, porque por la flaqueza se debilita el fomes y se hace uno moderado.
Y si se entiende ocasionalmente, entonces la fuerza se perfecciona en la flaqueza, o sea, es la ocasión de alcanzar la virtud perfecta, porque sabiéndose débil el hombre, más se esfuerza por resistir, y por el hecho de resistir y luchar se hace más esforzado, y consiguientemente más fuerte" . (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10).
"Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". La vida del apóstol san Pablo la conocemos suficientemente bien todos los cristianos. Fue un apóstol que predicó el evangelio de Jesús a los gentiles, con una fortaleza y una capacidad de sufrimiento grandísima. En su predicación sufrió toda clase de dificultades, persecuciones y la misma muerte. Pero todo lo sufrió con valentía por su fe y su amor a Cristo. “No soy yo, llegó a decir, es Cristo quien vive en mí”. No se fio nunca de su propia fuerza, sino de la fuerza del Cristo que vivía en él. Un buen ejemplo para nosotros, los cristianos de todos los tiempos: no somos nosotros, es el Cristo que actúa en nosotros el que es fuerte. En nuestra debilidad debemos dejar que actúe la fuerza de Dios. Precisamente, porque el Señor ve nuestra debilidad y nuestra humildad, como decía María, la madre de Jesús, es por lo que Dios puede hacer en nosotros maravillas. Seamos humildes también nosotros, reconociendo nuestra debilidad. Como hoy nos dice san Pablo de sí mismo, y dejemos que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza de Cristo.
El difícil equilibrio del que da muestras Pablo -orgullo de su misión sin vanagloria, reconocimiento de su debilidad sin pusilanimidad- debería ser una cualidad permanente en cuantos formamos la Iglesia. Sin dejar de ser débiles, hemos recibido la fuerza de Dios. Debemos ser, por tanto, atrevidos en la proclamación del Evangelio, a pesar de nuestras propias infidelidades al mensaje que anunciamos. Cuanto más clara sea la conciencia de nuestra debilidad, más eficaz será la fuerza de Dios y más alejados nos encontraremos del estúpido triunfalismo.

En el evangelio hoy, Jesús como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día  de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado a Dios y no el que a cada uno le parezca oportuno.
El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo.
El rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.
El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. Dios tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: “Tengo miedo de Jesús que pasa”. Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.
La enseñanza para nosotros hoy es que debemos poner mucha atención a lo que ocurre a nuestro alrededor en todas las manifestaciones de la vida, y, asimismo, en el ámbito religioso. Cristo se nos presenta muchas veces ante nosotros con la imagen de los hermanos que sufren o, ¿quién sabe?, con la presencia de unos niños –que como a San Agustín— que cantan, en la lejanía, sobre lo que tenemos que hacer. Es muy importante estar abierto a cualquier inspiración del Espíritu y hemos de pedirle a Dios el don del discernimiento: saber que es de Dios, de todo lo que recibimos de nuestros hermanos más cercanos a nosotros.
 La humildad es siempre un buen camino para descubrir esos mensajes. Y por el contrario la soberbia es el gran impedimento para tener ojos y oídos abiertos a las inspiraciones de Dios. Amemos a nuestros semejantes, comenzando por los que comparten nuestra vida en nuestro barrio, que nos parecerán, ni famosos, ni importantes. Por ellos nos puede hablar Dios… No hay que cruzar los mares y atravesar los continentes para recibir la Palabra. Es más que probable que nos la estén diciendo cerca, muy cerca, y, sin embargo, que no consideremos que esa persona “conocida de toda la vida”, pueda ser un mensajero del Altísimo. Busquemos, con ahínco, los muchos profetas que, sin duda, hay en nuestra tierra.

Rafael Pla Calatayud.
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