viernes, 28 de febrero de 2020

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 1 de marzo de 2020



Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 1 de marzo de 2020

La Palabra de Dios que se nos proclama en este tiempo nos mostrará un Dios que nos busca para compartir con nosotros su presencia, su esperanza, su proyecto de liberación, su actitud de misericordia. También en este tiempo resonaran gritos y critica por parte de los profetas.
Resultado de imagen de cuaresma¿Cómo vivir entonces esta Cuaresma?. Tenemos 40 días para recorrer los pasos del pueblo de Israel y de Jesús. Recordemos que el desierto es el lugar de los contrastes, donde están todas las tentaciones pero al mismo tiempo la fuerza del Espíritu que apoya a quien se deja acompañar. Aprovechemos este tiempo para evaluar las tentaciones y pecados que envuelven la vida personal y comunitaria, la vida de nuestra comunidad y de nuestro pueblo en general. Es necesario reflexionar y hablar de nuestros problemas, será la única manera de resolverlos. Después de un buen tiempo de desierto se sale más fuerte y maduro, con mayor conciencia de tomar en nuestras manos el rumbo de nuestra vida y de nuestro pueblo.
De nuestra realidad no podemos obviar la tentación; la más grande del hombre es el no querer conocer y aceptar sus propios límites (1 Lect.). Cristo, a diferencia de Adán, acepta plenamente la condición humana, reconociendo la dependencia de Dios y rechazando el proyecto autónomo (Ev.). Y así Cristo constituye la nueva humanidad, en donde sobreabunda la gracia (2 Lect.).

En la primera lectura (Gn 2,7-9; 3,1-7), nos encontramos con dos fragmentos de la narración yavista sobre los orígenes. El primero nos sitúa en el paraíso, en la armonía de la creación y en la armonía de la relación hombre-Dios, así como en la armonía de la pareja humana. Creado el hombre en una tierra desierta es trasladado al jardín del Edén. Allí el Señor le impone un mandato; si lo cumple, vivirá feliz en el jardín... Pero el hombre rompe el pacto, y es expulsado del Edén. Aunque no se diga explícitamente, este esquema es un relato de Alianza. Todo esto ha ocurrido en la historia del pueblo.
Trasladado del desierto por el Señor a una tierra buena y fructífera, el pueblo deber cumplir lo estipulado por Dios. Si lo cumple, vivirá feliz; en caso contrario será expulsado de la tierra.
El segundo nos coloca en la tentación de no obedecer a la Palabra de Dios.
-Muchas veces Israel ha roto el pacto con su Dios, y la consecuencia ha sido la irrupción del mal en la historia del pueblo. La meditación de esta continua experiencia vivida, lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por Dios, como un acto libre del hombre. Las buenas relaciones del hombre con Dios y con su mujer se han roto.
No olvidemos nunca que esta es una interpretación más entre las muchas que se han dado en la historia humana para explicar el origen del mal. Problema siempre acuciante al que se le han dedicado miles de páginas impresas.

El salmo de hoy (Sal 50,3-6.12-14.17) es un salmo específicamente de cuaresma. Es el mismo del pasado miércoles de Ceniza.  
Data del final de la época monárquica. Habría sido compuesto para una liturgia penitencial presidida por el rey. Pero es obvio que ha servido de sustento a la oración de innumerables personas lo suficientemente religiosas para reconocerse en él.
 Este salmo penitencial tiene un estrecho parentesco con la literatura profética, sobre todo con Isaías y Ezequiel. Dios, totalmente puro e íntegro, al perdonar, manifiesta su poder sobre el mal y su victoria sobre el pecado (v. 6). Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.
Salmo de penitencia,  continúa el precedente, que trataba de una discusión judicial entre Dios y el pueblo en la que Dios no actuaba como juez sino como parte frente al pueblo, y adquiere todo su valor como segunda parte de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre sólo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma la «justicia», la «salvación» que se iba preparando en el salmo anterior.
El salmo describe el reino del pecado sin mencionar ni una vez a Dios (vv. 4-5). El pecado es una marcha aberrante fuera de la ruta, una contorsión de la voluntad divina, una erradicación del suelo nutricio que es Dios. Una vez descrito el pecado, aparece en seguida el polo divino: «Contra ti, contra ti sólo pequé» (v. 6).
Los sustantivos que describen el pecado son abundantes, también lo son los verbos que en imperativo piden la acción de Dios: «borra mi culpa», «lava mi delito», «limpia mi pecado». Sólo Dios puede realizar eficazmente estas acciones.
Ante la condición pecadora del orante, se impone una actuación profunda de Dios, una acción creadora: «Crea en mí un corazón puro, rocíame por dentro con espíritu firme» (v. 12): un espíritu santo que introduzca al orante en la santidad de Dios (en su templo); un espíritu magnánimo por encima de la estrechez humana (v. 14). Es el mismo espíritu prometido por Jeremías y Ezequiel, y relacionado con la nueva alianza.
Así lo comenta San Agustín: " Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón (...).
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado; tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.
Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor". ( San Agustín. Sermón 19, 2-3; CCL 41, 252-254).

En la segunda lectura ( Rom 5,12-19) San Pablo no quiere destacar la negatividad de la condición humana, sino tomarla como punto de partida para destacar, en cambio, la acción salvadora de Dios que supera muchísimo esa negatividad.
El texto es uno de los más difíciles  de la carta a los romanos,pero es también uno de los más importantes de su teología: existe, sin duda alguna, una similitud entre Cristo y Adán: ambos mantienen una estrecha vinculación con la multitud. Pero no hay ni antiguo ni nuevo, ni primero ni segundo. Está tan solo Jesucristo y sus figuras, figuras que, en cuanto tales, no adquieren su sentido hasta tanto no ha llegado lo que anuncian. Lo más importante es que la humanidad no puede desvelar por sí misma el sentido de su existencia sino a la luz de la soberanía de Cristo.
En el texto se repiten constantemente las expresiones "así como... mucho más" y parecidas. El paralelismo entre el pecado de Adán y la obra de Cristo es para subrayar que esta última es mucho, infinitamente en sentido literal, mayor, más importante.
Con la comparación, Pablo quiere decir que tal situación, por fuerte que sea, siempre es menor que la salvación que Cristo nos ha traído.
Los vv. 13-14 suponen que, tras el pecado consciente de Adán, la voluntad de Dios no se ha vuelto a dar a conocer hasta la revelación de la Ley del Sinaí (situación que se prolonga fuera del judaísmo, entre las naciones, en donde la ley no es conocida). A los miembros de esa humanidad sin ley, atea en cierto modo (v. 13b), no se les imputa ningún pecado personal, y, sin embargo, la muerte cae sobre esos hombres aun cuando sean ignorantes de su pecado (v. 14).

El evangelio (Mt 4,1-11) nos relata las tentaciones al comienzo del ministerio de Jesús . Se establecen un paralelo histórico con el peregrinaje del pueblo israelita en su viaje a la tierra prometida. La tradición judía en la que se formó Mateo enseñaba que el pueblo israelita dejó Egipto y viajó por el desierto durante cuarenta años, debiendo allí experimentar la total dependencia de Dios, antes de conquistar la tierra prometida; y que también Moisés se preparó en el desierto con cuarenta días en ayuno y oración para recibir la ley (Dt 9:9). Mateo, siguiendo esa tradición, describe a Jesús, el creador del nuevo Israel, también dejando Egipto de niño (Mt 2:15), y emprendiendo, antes de comenzar su ministerio público, su viaje de fe por cuarenta días, siendo el número cuarenta por esta razón sinónimo del tiempo de prueba o preparación para el pueblo o para los profetas, en el cual el juicio divino siempre se manifiesta (véase por ejemplo Jon 3:4).
Para el evangelista Mateo, Jesús, antes de comenzar su misión de crear al nuevo Israel (la comunidad de discípulos), debe ser probado en el mismo escenario en que lo fue Moisés, el formador del Israel del Antiguo Testamento. Y pasando la prueba, Jesús demuestra que está listo para llevarnos a la tierra prometida, que en Mateo es el Reino de Dios que Jesús mismo proclama (Mt 4:17).
El desierto también era el escenario del poder del mal y de la ausencia de protección, así como el lugar donde, en el día de la expiación, se soltaba y se abandonaba a un macho cabrío al que se le hacían llevar sobre sí todos los pecados (Lv 16:21-22).
Nos centramos en las palabras dominantes de los vv. 1 y 2: desierto-tentado (tentación) – cuarenta- hambre,.
Estas palabras nos  traen a  nuestra memoria lo narrado en el libro del Éxodo, esto es, la historia de Israel caminando por el desierto durante cuarenta años, entonces padeció hambre y sed, y experimentó diversas tentaciones: murmurar contra Dios, que lo había liberado de la esclavitud, desear volverse atrás, e incluso fabricarse un Dios hecho de metal (el becerro de oro), desconfiando del Dios Vivo y Verdadero.
Nuestro recuerdo no es solo de desdichas, recordaríamos la cercanía de Dios y la respuesta creyente de Moisés y en Elías, los dos grandes profetas que permanecieron cuarenta días y cuarenta noches, el uno en el Sinaí (Éx 34,28), y el otro en el desierto de Berseba (2 Re 19,8). Tanto para Israel como para Moisés y Elías, el desierto es un lugar privilegiado de encuentro personal con Dios y de escucha de la Palabra: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16).
San Mateo nos cuenta que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Y es que Jesús lo vivió todo en y desde el Espíritu, porque en Él reposaba en plenitud, como se hizo manifiesto en el bautismo. (Oración anterior).
El evangelista San Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Israel en el desierto. Como verdadero hombre que era (igual en todo a nosotros, excepto en el pecado), experimentó la debilidad de su condición humana (el hambre) y la tentación. Pero su respuesta fue muy diferente a la del pueblo de Israel.
Nos fijamos en cada una de las tentaciones:
a) Primera tentación: el hambre y el pan - En qué consiste ser Hijo.
Éxodo 16 nos cuenta que cuando los israelitas sintieron hambre en el desierto, murmuraron contra Moisés y Aarón diciendo: “Nos habéis traído a este desierto para matarnos de hambre”.
Cuando Jesús siente hambre, el tentador intenta que se aproveche de su condición de Hijo y utilice su poder en su beneficio, convirtiendo las piedras en panes.
Pero, para Jesús, ser Hijo no tiene nada que ver con demostrar su poder. Ser Hijo es fiarse de Dios y de su Palabra incondicionalmente, saberse amado y protegido.
En el evangelio de Juan 4,34, Jesús les dice a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y realizar su obra”. Es decir, no le alimenta alardear ni hacer valer sus derechos. No “le alimenta” ser poderoso.
Las palabras con las que, Jesús responde a la tentación están tomadas del Deuteronomio 8,3: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”..
En apariencia, a Jesús se le ofrece algo bueno, que raya con la ingenuidad: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. ¿Por qué pasar hambre si eres hijo de Dios? El diablo lo invita a aprovecharse de su condición de Hijo de Dios y así no pasar las penas que pasan millones de personas para conseguir el pan de cada día. Sin embargo, Jesús reflexiona: ¿Cómo se ganan el pan los pobres? Sudando, bajo el sol. Así opta ser como sus hermanos. Se niega a las ventajas, a las recomendaciones, a los privilegios. Jesús pasó su vida trabajando en un taller de carpintería, cómo lo hacían las gentes del pueblo. También es verdad que multiplicó los panes en el desierto, pero no para su beneficio, sino para dar de comer a la gente que estaba con hambre, para que no desfallecieran en el camino.
El gran peligro al que nos enfrentamos hoy en nuestra sociedad es querer convertirlo todo en pan, es decir, buscar en el bienestar y en el consumo ilimitado, el ideal de nuestras vidas. Es un engaño creer que este es el camino hacia el progreso y la liberación. ¿Acaso no vemos lo que nuestra sociedad ha creado al empujar a las personas hacia el consumismo sin límites y a la búsqueda incesante de la autosatisfacción? El resultado: personas egoístas, vacías, que no se sienten responsables de lo que sucede fuera de su pequeño mundo, encerradas, carentes de solidaridad.
b) Segunda tentación: el agua y la sed.
La segunda tentación cambia de escenario, se sitúa en el Templo de Jerusalén. De nuevo, la voz del tentador  toca a Jesús en su realidad más intima: “Si eres Hijo de Dios...”. En la meditación anterior recordábamos como  el bautismo, Jesús había escuchado estas Palabras del Padre: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
            El amor del Padre y su voluntad es lo único importante para Jesús pero, a lo largo de su vida, tuvo que escuchar muchas voces que ponían en duda su identidad de Hijo, sobre todo al final, en la cruz: " Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, 40 decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. .... Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,40.43).
En el Templo de Jerusalén, Jesús siente la tentación de pedirle al Padre una prueba de su amor y protección. Sin embargo, vence esa tentación respondiendo con las palabras del Dt 6,16: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Estas palabras evocan el episodio de Massá y Meribá, cuando los israelitas sintieron sed en el desierto y Dios hizo brotar para ellos agua de la roca. En aquella ocasión, tanto los israelitas como Moisés y Aarón desconfiaron del Señor (cf. Nm 20,1-13; Éx 17,12 ss). Jesús, por el contrario, expresa su confianza radical en el Padre.
Segunda tentación: un mesías liviano, pero famoso
El diablo llevó a Jesús a la ciudad santa, y lo puso en el alero del Templo”. A continuación, la invitación del diablo, que se tire para que lo recojan los ángeles. La propuesta es creer que vino a este mundo para aprovechar sus privilegios de Hijos de Dios. De esta manera llegará a ser famoso por realizar actos que contradicen las leyes de la naturaleza. Sin dudarlo, podemos decir que la reflexión de Jesús nuevamente tiene como referente a los sencillos y humildes. ¿Cuántas personas pasan por la vida y han hecho el bien y no han aparecido en los medios de comunicación, ni han sido famosos? La opción de Jesús fue: no quiero vivir de milagros. Seré hermano con los demás, viviendo como ellos.
c) Tercera tentación: la soberbia y el poder.
El tentador va a centrarse en el hambre de poder y la ambición de riquezas que se esconden en todo corazón humano,  para probar la confianza filial de Jesús.
Lo lleva a un monte alto (los montes elevados, en algunos profetas, designan la soberbia y la altanería) y le ofrece los reinos del mundo a cambio de que se postre y lo adore. El tentador es, como dice San Juan, el mentiroso. En este caso la mentira es, además, una blasfemia, porque la misma maldad se hace igual a Dios y pretende que Jesús reconozca esa falsa divinidad a cambio de unas riquezas que él no puede otorgar, porque sólo Dios es el dueño de todo.
Jesús desenmascara esa mentira y responde con palabras del Deuteronomio : “Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean.”. (Dt 6,13-14)
El diablo hace su oferta a Jesús: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Pareciera que el demonio ha olvidado algo elemental. ¿De quién es el mundo? ¿Acaso no está ofreciendo algo que él no ha creado, que no le pertenece? Es más, el diablo está buscando suplantar al mismo Dios, convirtiéndose en sujeto de adoración. En el fondo, la invitación del maligno es a olvidarse del camino propuesto por el Padre: camino de sacrificio, entrega, servicio desinteresado. Todo esto pasa por la muerte en la cruz. Jesús rechaza esta tentación dejando en claro que debe seguir la senda que le ha señalado el Padre.
San Mateo nos presenta un desenlace, acorde a la voluntad y filiación divina de Jesús,  a las tres tentaciones que en el fondo se trata de una única tentación: “Demuestra que realmente eres el Hijo de Dios; demuestra que Dios es tu Padre y te ama...”. Ante la actitud y respuestas de Jesús el diablo se da por vencido y Jesús es confortado por los ángeles, como confortado y alentado fue Elías en el desierto hasta llegar al Horeb.

Para nuestra vida.
La primera lectura del Libro del Génesis, nos relata con palabras sencillas, cargadas de poesía y de simbolismo, lo que ocurrió en aquellos instantes iniciales y decisivos para la Historia.
El texto presenta  dos escenas superpuestas.
a) Don de Dios al crear al hombre y colocarlo en el Edén (2,7ss).
Atrayente y grafica la imagen de Dios, como alfarero y escultor que modela con mimo los perfiles de esa figura hecha a su imagen y semejanza, al hombre. Infundiéndole el soplo de su Espíritu, animando aquel cuerpo muerto, dándole vida, haciéndolo partícipe de su propio hálito vital.
Barro y espíritu. Extraña mezcla de tierra fangosa y de cielo limpio. Ansias de eternidad y avidez por lo sensible, hambre de grandeza y deseos de lo material y caduco. Dos fuerzas en tensión continua. Hacia arriba, muy arriba. Y hacia abajo, muy abajo... Señor, compadécete de la obra de tus manos, corta esas amarras que nos frenan en nuestro vuelo vertical y ascendente de seres racionales.
-El hombre es la primera obra de la creación. Desde su nacimiento es libre y no malo como decían los relatos orientales. Por eso es modelado de arcilla, pero no amasado con la sangre de los dioses rebeldes. El soplo divino lo convertirá en ser vivo: Dios da la vida y la puede quitar (cfr. Is. 2, 22; Sb. 15, 16; Sal. 104, 29 ss; Job 34, 14 ss). No se hace distinción entre cuerpo y alma, sino entre ser vivo y no vivo.
-Es trasladado, como el pueblo, de la tierra desierta al jardín. Se recalca el don divino al enumerar las riquezas de dicho jardín (cfr. Ez. 31, 7 ss).
b) Desobediencia humana (3, 1-7).
-A partir de 3,1 un nuevo personaje ha entrado en escena: la serpiente que trata de perturbar la idílica paz y las buenas relaciones existentes entre Dios y el hombre y la mujer. Sigue el relato transmitiendo una verdad profunda con su ropaje de palabras sencillas al alcance de todos los hombres, también de aquellos que, con una mentalidad casi infantil, escucharon por vez primera cuanto ocurrió en el principio de la Historia. Pero a través de esas palabras se descubre entre líneas la presencia del maligno. Ese espíritu infernal, esa fuerza maléfica, ese demonio horrible que acecha y engaña con mentiras descaradas, con tentaciones que seducen y que arrastran.
No sabemos qué es lo que podía sugerir este animal a los antiguos lectores del relato. Es verdad que la tradición cristiana ha visto en la serpiente a "Satán" (=el que tienta), pero el Satán que pone a prueba sólo aparece a partir del libro de Job (libro tardío).
-Aunque no podamos conjeturar qué era lo que sugería este animal entre los antiguos, la descripción de 3, 1-7 es un relato sicológico perfecto: la astuta serpiente sabe mucho más que la mujer. La prohibición de comer de un árbol la extiende a todos los árboles del jardín dando así motivo para que la mujer lo niegue. En el diálogo, la serpiente se muestra interesada en ayudar a la Humanidad en su afán de un progreso desordenado, contrario al querer de Dios: "...se os abrirán los ojos y seréis como dioses". Sugestionada, la mujer come y hace comer a su marido.
Seréis como Dios. Y la mujer se lo creyó, y el hombre también. Cayeron en la trampa, quedando aprisionados en la miseria y en el dolor, en la angustia y en la muerte... Y el padre de la mentira, el diablo, sigue susurrando al oído del hombre sus palabras malditas, dulcemente envenenadas... Señor, haznos sordos a sus insinuaciones, ten compasión de tus hijos.
Defiéndenos en la lucha y ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Libéranos de las fuerzas del infierno, de Satanás y de los otros malignos enemigos  que andan dispersos por el mundo.

El salmo de hoy - Salmo 50 –que también se proclamó en la Misa del Miércoles de Ceniza— ha sido durante muchos siglos el salmo penitencial por excelencia. Es el “Misirere” latino. Pero también para los judíos tenía se sentido penitencial. Está cerca de muchos profetas y, sobre todo, de Jeremías. Tras confesar con humildad el pecado, se recibe en seguida la curación del Señor, el Perdón de Dios. Es uno de los salmos más bellos del salterio.
El salmista reconoce su falta sin rodeos. No teme contemplar ese pecado que siempre "está ante él". ¿Culpabilidad exagerada? ¿Énfasis literario? No, ya que el sentido profundo del pecado sólo existe para poder captar mejor la dimensión del perdón divino. El hombre ha pecado "contra Dios" y sólo contra él... Sin duda, conoce las repercusiones sociales de su falta, pero en el acto litúrgico de la confesión pone el acento sobre Dios, que está en el origen de todas las cosas, tanto del perdón como del sentido último de todo pecado. ¡No se puede expresar mejor hasta qué punto está de acuerdo Dios con la vida humana y su condición existencial! La conciencia del salmista es tan viva que se reconoce "nacido en la culpa", "pecador desde el vientre de su madre". No parece que sea necesario buscar en estas expresiones una teología explícita del pecado original, y menos aún del modo como se transmite, ya que el que ora se sitúa aquí a un nivel existencial; tiene conciencia de pertenecer a una humanidad pecadora, a un pueblo pecador en el que ninguna existencia podría escapar al peso de la miseria. Lo veremos mejor cuando apele al Dios creador para que le salve de su culpa. La conciencia de pecado supera absolutamente la dosificación aparentemente justa que un juez podría hacer de las responsabilidades y las circunstancias atenuantes. Se trata nada menos que de la existencia "frente a Dios". Israel es un pueblo santo, y el pecado obstaculiza al mismo Dios.
  Desde nuestra condición pecadora, Invocamos la infinita misericordia de Dios; por ella Dios nos lavará y purificará. Nuestra vida es, gracias a su inagotable condescendencia, historia de salvación, de purificación. Nuestra existencia culminará en la justificación y purificación total; entonces llegará a su plenitud la nueva creación; hará desbordar la alegría e instaurará el nuevo culto en el que nuestro espíritu y corazón serán el holocausto agradable.
"Misericordia, Señor, hemos pecado". Pidamos a Dios que su Espíritu nos renueve por dentro con espíritu firme, que cree en nosotros un corazón puro, que limpie del todo nuestro pecado y que borre en nosotros toda culpa. En este primer domingo de cuaresma recemos con fervor este salmo, para que el Señor tenga misericordia de nosotros y nos bendiga.

En la segunda lectura San  Pablo cuenta, la realidad entre Adán, que nos perdió y Cristo que nos ha salvado. Y como todas las cosas del Apóstol de los Gentiles, San Pablo crea con maestría la doctrina del nuevo Adán, del Salvador del Pueblo de Dios.
Desde el texto, queda clara  la llamada de optimismo que a partir de los puntos negros de la existencia humana San Pablo hace a sus lectores. Hablar del pesimismo paulino es no entender una palabra de la mente de Pablo. San Pablo quiere presentar una situación humana negativa supraindividual, pero con origen humano, que en cada individuo se encuentra cuando nace y que le va influyendo independientemente de sus opciones conscientes. La situación existencial del ser humano no puede cambiarse con una simple buena voluntad, porque gran parte de ella sobrepasa los límites de la conciencia y decisiones individuales, aunque tenga ciertamente un origen humano. La situación de mal, de muerte, de "hamartia", es más que la mera adición de los actos responsables pecaminosos individuales.  Existe una situación negativa en la condición humana.

En el evangelio, contémplanos a Jesús, retirado en el desierto y tentado. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba. Jesús fue tentado como lo han sido, son y serán todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero se trata de no escuchar al Tentador y solo aceptar el camino y misión que Dios nos ha marcado.
* Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras:
-- El hambre, que simboliza todas las "reivindicaciones" del cuerpo.
-- La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.
-- La sed de poder, el temible instinto de dominación.
¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: “El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia". La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos muchas veces. Por eso, debemos apoyarnos en El para hacer esta escalada cuaresmal, para llegar a la meta transformados y venciendo toda tentación que nos aparte del seguimiento de Jesucristo.
Nos tienta el tiempo de perder todo y de dar importancia a lo que no es importante… Y que nos lamentamos, pero no cambiamos.
Nos tienta el desaliento, porque veo muy difícil las cosas que se me presentan, las personas que me rodean ante mi vida.
Nos tienta la desesperanza, la falta de utopía, el dejarlo todo para mañana, el no querer comenzar. ¡Cuánta confianza y espera tienes que tener, con nosotros.
Nos tienta a veces creer que te estamos escuchando, pero no sabemos discernir tu voz, no distinguimos tu rostro,  no  descubrimos tu voluntad.
Le preguntamos a: Jesús, ¿cómo quieres que hagamos penitencia? Y Él nos dirá que la penitencia que hagamos no sea exterior, como ésa que hacían los fariseos, como ésa que hacían los publicanos... No, Él no quiere que hagamos así, que no vayamos practicando y tocando la trompeta por todos los sitios diciendo qué es lo que quiere que hagamos. No, la penitencia que quiere que hagamos es ponernos en la piel del otro, en los zapatos del que sufre, en revisar nuestras actitudes, en ver los deseos que tenemos, en darnos a los demás.
Y seguimos preguntándole a Jesús: ¿y qué quieres que hagamos, Señor? ¿Cómo quieres que demos limosna? La limosna que quiere es que nos preocupemos exigentemente por las necesidades de los demás, del más próximo, del que sufre, del que es hermano tuyo y mío, porque todos somos hijos de Dios.
Jesús nos dice tres cosas muy fuertes: si quieres ser más cristiano, ora, entrégate y sacrifícate por los demás. Y nos dice que lo hagamos de una forma sencilla, modesta, natural. Cuántas gracias tenemos que darle a Jesús hoy, cuando le escuchamos, porque Él nos anima y nos dice: “Vive esta etapa fuerte de cuarenta días, que es lo que es la Cuaresma. ¡Y vive! ¡Y anímate! Anímate a cuidarte un poco más, a revisar tu fe, a revisar tu oración, tu vida, tus relaciones...” 
Que estos días, Señor, Jesús sean días de un fuerte encuentro contigo, un gran amor a los demás y una preocupación exigente por todo lo que nos rodea. Pero así, en silencio; así, sin ostentación, sin ruido, como Tú quieres, porque Tú miras el corazón del hombre y miras nuestro corazón y nuestra vida.
Hoy le decimos: Jesús, una vez más nos invitas y nos regalas este tiempo de gracia… que no lo desperdicie, que no lo pase de cualquier manera, que sea un tiempo de gracia de verdad. Tú conoces nuestra vida, nuestro corazón.
Hoy le pedimos al Señor que sepamos buscar espacios para estar con Él, para encontrarnos; que sepamos ayunar de tantas cosas que nos complican la vida, que nos hacen que perdamos la paz, que nos metamos en líos; que dejemos de un lado las relaciones que nos hacen mal, y hacen más mal a los demás; que quitemos todo eso que nos arrastra, que nos encorseta, que no nos deja seguir a Jesús libremente.
Le pedimos que nos quite también cualquier tristeza y cualquier falta de fe, y que nos llene ese espacio de mucha alegría; pero que sepamos hacerlo sin pregonarlo, que sepamos hacerlo con toda sencillez; que sepamos ayunar bien de tantas desilusiones, de tantas preocupaciones, de tantas palabras enfermizas, de tantas indiferencias, de tantos agobios; y que sepamos abrirnos a los demás.
            Gracias, Señor, por regalarme este tiempo de gracia que nos prepara para vivir la Pascua.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com


Lecturas del I Domingo de Cuaresma 1 de marzo de 2020



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 2, 7-9; 3, 1-7
El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.
Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:
«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente:
Resultado de imagen de ècado original«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis"».
La serpiente replicó a la mujer:
«No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Palabra de Dios




SALMO RESPONSORIAL
Salmo 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17
R. MISERICORDIA, SEÑOR: HEMOS PECADO.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 12-19
Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados acabó en justicia.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánto más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo. En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, pasó como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
Palabra de Dios.



ACLAMACIÓN Mt 4, 4 b
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 4, 1- 11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
« Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras"».
Jesús le dijo:
«También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"».
De nuevo el diablo lo llevó a una monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Palabra del Señor.

lunes, 24 de febrero de 2020

Comentario a las lecturas del Miércoles de Ceniza 23 de febrero de 2020


Comentario a las lecturas  del Miércoles de Ceniza 23 de febrero de 2020

Cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”. (San León magno).
La Cuaresma comprende los 40 días de preparación para celebrar la Resurrección de Jesús.
Es un tiempo de penitencia, en griego metanoia, es decir: “cambio de mentalidad”. Poco sabemos sobre el origen de la Cuaresma, su nacimiento y su desarrollo. Las primeras alusiones a una preparación de la fiesta de Pascua se remontan al siglo IV, al principio en Oriente y finalmente en Occidente. Al finalizar este siglo, ya consiste en un período de 40 días, aunque la preparación para la celebración pascual ya existía (por menos tiempo) desde el siglo II.
La Cuaresma, en todo caso, fue instituida después del reconocimiento del cristianismo por el emperador Constantino (Edicto de Milán, 313). En esa época, los paganos recibían el Bautismo en masa. Pero el fervor de los primeros tiempos, donde las persecuciones exigían una fe muy fuerte, se fue atenuando poco a poco. Los cristianos eligieron entonces huir del mundo y refugiarse en el desierto, para poder llevar una vida de oración y de renuncia. Se los llamaba los “Padres del desierto”. En la misma época comienza a aparecer el catecumenado de los adultos que quieren recibir el Bautismo, y la práctica de la penitencia pública para los cristianos culpables de muerte, de adulterio o de apostasía. De esta manera, la Cuaresma fue tomando forma.  
Hoy el Señor nos regala iniciar un tiempo fuerte —como nos dice la Iglesia—, que es el tiempo de Cuaresma. Un tiempo en que tú y yo tenemos que reflexionar mucho sobre nuestra fe, tenemos que prepararnos para la Pascua, para ese gran acontecimiento pascual, y tenemos que reflexionar sobre nuestra vida: cómo la llevamos, personalmente y comunitariamente. Y este tiempo, que es tiempo de reflexión, la Iglesia nos pone como tres pilares que nos desarrolla Jesús en su Evangelio. Y nos lo dice en el Evangelio de Mateo 6,1-6.16-18.
Reconciliación es palabra clave en la liturgia del miércoles de ceniza. Reconciliación significa cambio "desde otro", por ello, implica la conversión a Dios y desde Dios, a la que llama el profeta Joel en la primera lectura: "Volved al Señor, vuestro Dios". Jesús en el evangelio interioriza las prácticas religiosas y penitenciales del judaísmo: la limosna ha de ser oculta; el ayuno, gozoso; y la oración, humilde. "Y el Padre que ve en lo escondido, te recompensará".

En la primera lectura (Jl 2,12-18), Joel es un profeta del que no se sabe prácticamente nada. Por lo que se deduce de su escrito, parece que proclamó su profecía después del exilio, cuando la vida en Jerusalén y Judá está ya restaurada y el país vive tranquilo en situación de provincia autónoma del imperio persa.
Pero en aquel momento tranquilo, sobreviene lo inesperado: una plaga de langostas y otros animales amenaza con destruirlo todo. Y el miedo a perderlo todo se apodera del pueblo, y nadie sabe qué hacer. Los sacerdotes son incapaces de convocar a la oración ante el Señor.
Y un hombre, de nombre Joel, se siente empujado a remover al pueblo e invitarlo a ponerse ante Dios pidiendo su ayuda. Ayuda y perdón, porque es la época en que aún se ve todo mal y toda catástrofe como una consecuencia del pecado.
Joel quiere que todo el pueblo se mueva, empezando por los sacerdotes. Quiere que se hagan signos públicos y rituales de petición de perdón, y quiere, sobre todo, que se rompa la pasiva tranquilidad del pueblo para renovar la fidelidad al Señor. Y quiere que se utilice ante Dios el gran argumento: si el pueblo cae en la miseria, se perderá la libertad (la gente tendrá que venderse como esclavos a los persas para poder comer) y Dios mismo quedará en ridículo ante "los gentiles".
El profeta Joel parte de una desgracia que se había abatido sobre el pueblo -la plaga de langostas que destruye todos los sembrados- para invitar a una penitencia interior. Se trata de "rasgar el corazón, no las vestiduras". Es decir, se trata de una actitud de conversión interior a Dios para reconocer su santidad, su poder, su majestad. Joel advierte a sus coetáneos que el "día de Yahvé" llegará y tendremos que estar preparados pues su poder es inmenso. Hemos de arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados, pues ellos nos han alejado de Dios y nos han hecho caer en un abismo de miseria. Nos invita a una conversión "de todo corazón", es decir, sincera, estable y con un firme propósito de enmienda. Y esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia, es compasivo y misericordioso. Sólo Dios es capaz de crear en nosotros un corazón puro y renovarnos por dentro con espíritu firme y devolvernos la alegría de la salvación. Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Así el profeta promueve un "ambiente penitencial": hay que tocar la trompeta, congregada la reunión, llamar a las conciencias.

El salmo de hoy (Sal 50,3-6.12-17), es el salmo cuaresmal por excelencia.  En el reconocemos que hemos pecado y que somos dignos de ser juzgados y condenados por nuestras infidelidades a la Alianza pactada con Dios desde el día de nuestro bautismo.
Fijémonos en los versículos que nos presenta el texto litúrgico de hoy.
3: Comienza el salmo con la apelación a la misericordia, que incluye la confesión formal del pecado; este verso es síntesis o germen del resto.
VV. 4-5: Comienza la primera parte, en el reino del pecado, sin mencionar a Dios. Repite siete veces la raíz «pecado» y siete veces diversas palabras sinónimas.
V. 6: El pecado es acto personal contra Dios, no mera violencia de un orden abstracto. En la sentencia de este careo, uno resultará «el inocente», o «tendrá razón», y otro resultará el culpable; cuando yo me reconozco «el culpable», estoy confesando que Dios es «el iV. 12: Comienza la segunda parte, en el reino de la gracia; vuelve a sonar el nombre de Dios al principio. La purificación es una nueva creación por dentro.
VV. 12-14: En esta nueva creación Dios derrama un triple espíritu que ordena nuestro ser: espíritu firme, santo, generoso. Este espíritu trae la salvación y con ella la alegría.
V. 17: Después de la liberación, el hombre responde con himnos y acción de gracias.
El Salmo Miserere es la oración del hombre de siempre; pertenece a la historia de la humanidad, no solo a la historia del Oriente hebreo y de la civilización occidental cristiana. Al meditarlo entramos en el corazón del hombre y en el corazón de la historia de la humanidad. Los primeros versículos del Salmo 50 nos introducen con estas palabras:
" Misericordia, Dios mío, por tu bondad;  por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado" .
El punto de partida del camino de la conversión del corazón es la iniciativa divina de misericordia: Dios es siempre el primero en tender la mano, la balanza se inclina siempre por la parte de su bondad.
El pecado es un error fundamental hombre, una distorsión, una desarmonía, una rebelión, una voluntad de proyecto alternativo y que contrasta con el proyecto de Dios. A las palabras que indican el descarrío del hombre se contraponen tres apelativos divinos: “Piedad...misericordia... amor”. Está el pecado del hombre, aunque expresado con diversos términos, y hay tres atributos de Dios. Esta desproporción indica que la insistencia no es sobre el hombre pecador, sobre la pobreza que somos, sino sobre lo infinito de Dios. Reflexionemos brevemente sobre los vocablos que definen al Dios de la misericordia y de la bondad.
Los versículos de este salmo nos acercan a contemplar quién y como es Dios
* La primera palabra “Misericordia, Dios mío”,
en hebreo es simplemente: “Gracia, hazme gracia, lléname de tu gracia”.
Pedimos a Dios que sea para nosotros gracia, que se interese por quien está mal, por quien se encuentra en dificultad, que nos dé una mano. Es la experiencia de María que canta: “Señor, tú has mirado la pobreza de tu esclava y me has hecho gracia, me has llenado de tu gracia”.
Dios es don gratuito, es la esencia de la gratuidad. Cuando decimos que Dios no tiene ningún interés en pensar en nosotros, en ocuparse de nosotros, manifestamos que tenemos una idea falsa de Dios. Tenemos de él, una idea farisaica, es decir, que trata de comprender a Dios partiendo de las categorías del cálculo. A Dios le gusta dar algo a quien tiene necesidad de apoyo, a quien cree que no es nada, a quien se siente abajo. El quiere derramar su valor sobre nosotros, sin juzgar nuestro valor.
* La segunda palabra es piedad: “por tu bondad”. El salmista subraya la proporción infinita, que el hombre intuye sin comprenderla, de la bondad divina. En hebreo el término es hésed y tiene una larga historia rica de significado. En efecto, indica la actitud característica de Dios para con su pueblo, que supone lealtad, confianza, fidelidad, bondad, ternura, constancia en la atención y en el amor. Se podría traducir también con gentileza , en el sentido de ternura, que no se desmiente, que no desaparece nunca. Dios es aquel a quien yo conozco, pero para el cual soy importante-según la palabra de Jesús-, pues él dijo que hasta los cabellos de mi cabeza están contados. Nada sucede en mí sin una atención de la ternura de Dios. Nosotros traducimos hésed  con “bondad”, porque la gentileza de Dios se hace más tierna cuando somos débiles, frágiles, pecadores, inconstantes, raros, poco atrayentes, y tal vez creemos que Dio hace bien en no acordarse de nosotros, que haría bien en castigarnos.
* La tercera palabra es por tu inmensa compasión . En hebreo se dice rahammín y significa “el corazón, las entrañas”. Es un vocablo profundamente materno e nindica la capacidad de llevar a alguien adentro, de identificarse con una situación de tal modo que se viva en la propia carne, se sufra y se goce con ella como con algo propio. Este atributo de Dios lo puede comprender quien ha amado a otra criatura con un amor total,

En la segunda lectura (2 Cor 5,20 - 6, 2), San Pablo tiene como punto central la reconciliación: “dejar que Cristo nos reconcilie con Dios”. De acuerdo al cambio de vida se da nuestra reconciliación con Dios. Por esto, los ayunos, abstinencias, promesas, etc., tienen sentido si ayudan a cambiar de vida, a renovar la alianza de amor con Dios, a impulsar la reconciliación con Dios como fruto de una vida nueva reconciliada con los hermanos. De lo contrario es puro teatro. El otro aspecto importante de la reconciliación es asumirlo como un regalo gratuito que se adquiere a través de Cristo. Y la reconciliación como regalo de Dios que nos convierte en sujetos del cambio, no es para enterrarla esperando mejores tiempos, sino para multiplicarla ¡ya!, en el ahora que es siempre un tiempo favorable (kairós).  

En el evangelio de hoy Mt (6,1-6.16-18) continua  la meditación sobre el Sermón del Monte. En los días anteriores hemos reflexionado sobre el mensaje del capítulo 5 del evangelio de Mateo. En el Evangelio de hoy y en los días siguientes vamos a meditar el mensaje del capítulo 6 del mismo evangelio.
Mateo 6,1-4: La nueva práctica de las obras de piedad: la limosna.
Mateo 6,5-15: La nueva práctica de las obras de piedad: la oración.
Mateo 6,16-18: La nueva práctica de las obras de piedad: el ayuno.
El evangelio de hoy trata de tres asuntos: la limosna (6,1-4), la oración (6,5-6) y el ayuno (6,16-18). Son las tres obras de piedad de los judíos.
Jesús critica los que practican las buenas obras sólo para ser vistos por los hombres (Mt 6,1). Jesús pide apoyar la seguridad interior en aquello que hacemos por Dios. En los consejos que él da transpare un nuevo tipo de relación con Dios: “Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará" (Mt 6,4). “Antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan” (Mt 6,8). “Si perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará” (Mt 6,14). Es un nuevo camino que aquí se abre de acceso al corazón de Dios Padre. Jesús no permite que la práctica de la justicia y de la piedad se use como medio de auto-promoción ante Dios y la comunidad (Mt 6,2.5.16).
 Dar la limosna es una manera de realizar el compartir tan recomendado por los primeros cristianos (Hec 2,44-45; 4,32-35). La persona que practica la limosna y el compartir para promoverse a sí mismo ante los demás merece la exclusión de la comunidad, como fue el caso de Ananías y Safira (At 5,1-11). Hoy, tanto en la sociedad como en la Iglesia, hay personas que hacen gran publicidad del bien que hacen a los demás. Jesús pide el contrario: hacer el bien de forma tal que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha. Es el total desapego y la entrega total en la gratuidad del amor que cree en Dios Padre y lo imita en todo lo que hace.
La oración coloca a la persona en relación directa con Dios. Algunos fariseos transformaban la oración en una ocasión para aparecer y exhibirse ante los demás. En aquel tiempo, cuando tocaba la trompeta en los tres momentos de la oración: mañana, mediodía y tarde, ellos debían pararse en el lugar donde estaban para hacer sus oraciones. Había gente que procuraba estar en las esquinas en lugares públicos, para que todos pudiesen ver cómo rezaban. Ahora bien, una actitud así, pervierte nuestra relación con Dios. Es falsa y sin sentido. Por esto, Jesús dice que es mejor encerrarse en un cuarto y rezar en secreto, preservando la autenticidad de la relación. Dios te ve también el lo secreto y él te escucha siempre. Se trata de la oración personal, no de la oración comunitaria.
Jesús critica la práctica del ayuno que iba acompañada de algunos gestos exteriores bien visibles: no lavarse la cara ni peinarse, usar ropa de color oscuro. esta manera de actuar y manda hacer lo contrario, para que nadie consiga percibir que estás ayunando: báñate, usa perfume, péinate bien el pelo. Y así el Padre que ve en lo secreto recompensará.
El texto nos dice los tres pilares de la vida cristiana, que es la oración, el ayuno y la limosna. Oración, ayuno y limosna. Y nos lo dice también de una forma humilde, sin ganas de notoriedad, de no practicar nada de estos tres valores de cara al exterior, sin vanidad, sin ostentación, sino simplemente en la intimidad, en el Corazón de Dios.
Y nos dice “cuando oréis”, “cuando ayunéis”, “cuando deis limosna”. Hoy tú y yo nos vamos ahí, a esa montaña, y escuchamos cómo lo dice Jesús y le preguntamos: Jesús, ¿cómo quieres que oremos? Y Él nos dirá que le gusta una oración sencilla, íntima, profunda, oculta, nada de exterior; una oración en que sólo busquemos su mirada y su corazón. Y esa oración quiere que sea un diálogo con Él, y que la tengamos como una necesidad vital de nuestra existencia, que escuchemos su Palabra, que nos dice lo que Él quiere que hagamos. Tiempo de oración, de más amor, de más intensidad, de más fe.

Para nuestra vida.
En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a la conversión del pecado, esta es siempre un proceso misterioso y escondido. Dios toca a las puertas del corazón del pecador y lo mueve a una transformación interior. Dicha transformación no es fácil y requiere un proceso de conversión porque, como dice el Papa Juan Pablo II en una de sus poesías de juventud, "la verdad tarda en sondear el error". No es, por tanto, una actitud exterior y superficial para que la gente lo vea, como lo hacían los fariseos, sino una conversión que se hace "en la presencia de Dios que mira el corazón". Nos dice el catecismo : "La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón)". (CIC nº 1431).
Sugerente y creativa la invitación del Señor. Saber llevar la propia cruz, los propios sufrimientos, la oblación de la propia vida en la sencillez del silencio y de la amistad con Dios. No pedir ser consolados cuando el mundo nos pide consolar a los demás y estar dispuestos a más. No buscar ser apreciados, reconocidos, estimados, compadecidos, cuando como cristianos, nos debemos a los demás. El desprendimiento que todo esto comporta no es pequeño y tiene un nombre preciso: conversión continua del corazón al Dios de misericordia.

En la primera lectura (Jl. 2, 12-18) es una invitación a volvernos a Dios, Padre amoroso, misericordioso y rico en ternura para con nosotros. Dios siempre velará de nosotros y nos concederá aún aquello que no le hemos pedido, y que sabe que nos aprovechará para nuestra salvación. Pero si hemos vuelto la mirada hacia el Señor no es sólo para encontrarnos ritualmente con Él, sino porque realmente lo buscamos con el corazón arrepentido y con el deseo de vivir en adelante como sus hijos, fieles al amor que le hemos de profesar.
El profeta Joel hace un llamamiento al pueblo para que cambie de actitud. El llanto, el luto, el vestido negro no debe ser expresión de una piedad superficial o del simple deseo de llamar la atención. La voz del profeta desea remover los cimientos mismos de la religiosidad y convertir los símbolos del luto en camino de conversión para todo el pueblo. Por eso se debe cambiar el corazón, y no la ropa.
Por eso no debemos vestirnos de luto, sino enlutar nuestro corazón, volviendo al Señor nuestro Dios compasivo, misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia y que se conmueve ante la desgracia de sus hijos. Por eso no sólo pidamos perdón con los labios, sino que aprovechemos este tiempo especial de gracia para reiniciar nuestro caminar fiel en la Alianza nueva y eterna entre Dios y nosotros, donde el Señor será nuestro Padre y nosotros sus hijos por nuestra comunión de vida y de fe con Jesús, su Hijo amado en quien se complace.
El período cuaresmal desea también crear este ambiente litúrgico y penitencial en los fieles: un camino de cuarenta días en donde experimentaremos de modo apremiante el amor misericordioso de Dios.

En el salmo de hoy (Sal. 50), desde el primer versículo es notable la orientación hacia la conversión. Lejos de querer declarar inocente al salmista,  la súplica se dirige de entrada a Dios para pedir su misericordia, su amor. La salvación del pecador está por completo en las manos de ese Dios que el amor define radicalmente.
No se ignora que Dios es justo, que quiere la verdad y la sabiduría en el corazón del hombre, pero precisamente esta "justicia" de Dios se manifestará, ante todo, en el perdón concedido al pecador. Se podría decir que se trata nada menos que de su honor, ya que el pecador perdonado se convertirá en testigo de Dios: podrá mostrar a los pecadores el camino de la verdad, y "hacia Dios volverán los extraviados". El reconocimiento del pecado tiene, pues, también una dimensión profética. Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.
Ante nuestra actitud humilde en reconocer nuestras faltas, Dios se llenará de celo por su pueblo y se levantará lleno de amor por nosotros, para liberarnos y hacernos sus hijos. Quienes estamos iniciando nuestro camino hacia la Pascua de Cristo, caminamos hacia nuestra propia pascua. La Victoria de Cristo será nuestra victoria; y la Gloria de Cristo será nuestra gloria. Que esta esperanza mantenga alerta nuestra fe y despierto nuestro amor para que no dejemos de caminar a impulsos del Espíritu Santo hasta lograr nuestra plena realización en Cristo.
«Contra ti, contra ti solo pequé». Ese es mi dolor y mi vergüenza, Señor. Sé cómo ser bueno con los demás; soy una persona atenta y amable, y me precio de serlo; soy educado y servicial, me llevo bien con todos y soy fiel a mis amigos. No hago daño a nadie, no me gusta molestar o causar pena. Y, sin embargo, a ti, y a ti solo, sí que te he causado pena. He traicionado tu amistad y he herido tus sentimientos. «Contra ti, contra ti solo pequé».
Si les preguntas a mis amigos, a la gente que vive conmigo y trabaja a mis órdenes, si tienen algo contra mí, dirán que no, que soy una buena persona; y sí, tengo mis defectos (¿quién no los tiene?), pero en general soy fácil de tratar, no levanto la voz y soy incapaz de jugarle una mala pasada a nadie; soy persona seria y de fiar, y mis amigos saben que pueden confiar en mí en todo momento. Nadie tiene ninguna queja seria contra mí. Pero tú sí que la tienes, Señor. He faltado a tu ley, he desobedecido a tu voluntad, te he ofendido. He llegado a desconocer tu sangre y deshonrar tu muerte. Yo, que nunca le falto a nadie, te he faltado a ti. Esa es mi triste distinción. «Contra ti, contra ti solo pequé».
Fue pasión o fue orgullo, fue envidia o fue desprecio, fue avaricia o fue egoísmo...; en cualquier caso, era yo contra ti, porque era yo contra tu ley, tu voluntad y tu creación. He sido ingrato y he sido rebelde. He despreciado el amor de mi Padre y las órdenes de mi Creador. No tengo excusa ante ti, Señor.
«Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el tribunal me condenarás justamente». Condena justa que acepto, ya que no puedo negar la acusación ni rechazar la sentencia. «En la culpa nací; pecador me concibió mi madre: Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado». Confieso mi pecado y, yendo más adentro, me confieso pecador. Lo soy por nacimiento, por naturaleza, por definición. Me cuesta decirlo, pero el hecho es que yo, tal y como soy en este momento, alma y cuerpo y mente y corazón, me sé y me reconozco pecador ante ti y ante mi conciencia. Hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que quiero. He sido concebido en pecado y llevo el peso de mi culpa a lo largo de la cuesta de mi existencia.
Pero, si soy pecador, tú eres Padre. Tú perdonas y olvidas y aceptas. A ti vengo con fe y confianza, sabiendo que nunca rechazas a tus hijos cuando vuelven a ti con dolor en el corazón.
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Rocíame con el hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa».
Hazme sentirme limpio. Hazme sentirme perdonado, aceptado, querido. Si mi pecado ha sido contra ti, mi reconciliación ha de venir de ti. Dame tu paz, tu pureza y tu firmeza. Dame tu Espíritu.
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».
Dame la alegría de tu perdón para que yo pueda hablarles a otros de ti y de tu misericordia y de tu bondad. «Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Que mi caída sea ocasión para que me levante con más fuerza; que mi alejamiento de ti me lleve a acercarme más a ti. Me conozco ahora mejor a mí mismo, ya que conozco mi debilidad y mi miseria; y te conozco a ti mejor en la experiencia de tu perdón y de tu amor. Quiero contarles a otros la amargura de mi pecado y la bendición de tu perdón. Quiero proclamar ante todo el mundo la grandeza de tu misericordia. «Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti».
Que la dolorosa experiencia del pecado nos haga bien a todos los pecadores, Señor, a tu Iglesia entera, formada por seres sinceros que quieren acercarse a unos y a otros, y a ti en todos, y que encuentran el negro obstáculo de la presencia del pecado sobre la tierra. Bendice a tu Pueblo, Señor.
«Señor, por tu bondad, favorece a Sión; reconstruye las murallas de Jerusalén».[1]

La segunda lectura (2Cor. 5, 20-6, 2) nos recuerda que Dios vuelve su mirada compasiva, misericordiosa y amorosa hacia nosotros, que muchas veces hemos vagado lejos de Él como ovejas sin pastor. Nuestro Dios y Padre ha salido a nuestro encuentro por medio de su Hijo, el Pastor de las ovejas; y no ha descansado hasta encontrarnos y manifestarnos que, a pesar de nuestros grandes pecados y miserias, Él jamás ha dejado de amarnos. Ahora somos hijos de Dios, y a nosotros corresponde vivir como criaturas nuevas en Cristo; más aún, tenemos la misión de trabajar constantemente para que la salvación, el perdón, la misericordia y el amor de Dios lleguen a todos los pueblos.
San Pablo nos exhorta en esta segunda lectura (2Cor 5, 20) a la reconciliación: "En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios". "Somos embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros", nos dice san Pablo en la segunda lectura, y añade: "Ya que somos sus colaboradores, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios". San Pablo nos muestra la dimensión eclesial de la reconciliación. Es Dios quien pone en el corazón del hombre el don de la reconciliación (dejaos reconciliar por Dios), y es el hombre el que lo acoge (o lo rechaza), pero la Iglesia es el instrumento elegido por el mismo Dios para que nos esté recordando por medio de sus ministros este don extraordinario, y es al mismo tiempo la mediadora querida por Dios de toda reconciliación.
La Iglesia nació para reconciliar a la humanidad con Dios, pues su Señor quiso convertirla en un Sacramento de reconciliación, con el mismo poder salvador que Él tiene como Hijo Encarnado. Volvamos al Señor, rico en misericordia y convirtámonos en camino de reconciliación para toda la humanidad, hasta que todos logremos nuestra plena unión fraterna como hijos de Dios.
Para la Iglesia es una exigencia de su fidelidad a Dios tanto el predicar en todas partes y de todos los modos posibles la reconciliación con Dios y entre los hombres, cuanto administrar eficazmente esa reconciliación por medio del sacramento de la penitencia y del perdón. Vivamos pues, este tiempo de reconciliación.

En el evangelio, resuenan las palabras de Jesús: "Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial" .
Se refiere El texto evangélico a tres prácticas piadosas, habituales en Israel: la limosna, la oración y el ayuno. En el cristianismo se da una continuidad con lo que en el pueblo elegido se hacía. Sin embargo, Jesús renueva el modo de hacerlas, sobre todo removiendo la hipocresía y enseñándonos a obrar siempre de cara a Dios y no de cara a los hombres. Es decir, buscar sólo el beneplácito divino y prescindir del pláceme humano... Así, al dar limosna no hay que hacer ostentación de ello; al contrario hay que procurar el anonimato y actuar de forma que nadie lo sepa sino sólo Dios... Con palabras hiperbólicas nos dice Jesús que no sepa la mano izquierda lo que de bueno hace la derecha
En cuanto a la oración, ha de ser íntima y personal. Por eso dice: "Tú cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo oculto..." Ese carácter personal de la oración, es un amable diálogo de tú a Tú, que no excluye la oración comunitaria, fundamental en la Eucaristía. Sin embargo, también entonces no podemos diluirnos en el anonimato, pues para el Señor no hay nunca una mera multitud, sino siempre personas con su propio nombre cada una...
En cuanto al ayuno hemos de considerar que es una práctica agradable a Dios, cuando se hace con espíritu de penitencia. El mismo Señor se retiró para orar y ayunar durante cuarenta días. Hoy se tiende a eliminar cuanto suponga sacrificio y se ridiculizan las prácticas penitenciales. En tiempo de Jesús también el ayuno se practicaba para quedar bien ante los demás, y se hacía ostentación de ello. El Señor, en cambio, nos aconseja que disimulemos nuestro sacrificio, para que no lo noten los demás. Hay que actuar no para agradar a los hombres, sino para mostrar nuestro amor a Dios nuestro Padre. Y tu Padre --nos dice Jesús-- que ve en lo escondido te lo recompensará.
Lo más importante en el tema de la limosna , de la oración y el ayuno , desde el punto de vista espiritual, no son las acciones en sí mismas, sino la intención con la que las hacemos. Si damos limosna, o si rezamos, para ser vistos y presumir de santidad ante los que nos ven, nuestra limosna y nuestra oración no nos sirven a nosotros para nada. Puede servirles a aquellos a los que damos limosna, o a aquellos por quienes rezamos, pero nuestro Padre celestial no nos va a recompensar por ello. También la limosna, la oración y el ayuno deben contribuir a rasgar nuestro corazón, a hacernos más desprendidos, caritativos y mejores personas. La limosna, la oración y el ayuno no son fines en sí mismos, sino medios para cambiar nuestro corazón y hacerlo más parecido al corazón de Cristo, es decir, al corazón de nuestro Padre Dios.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com




[1] Carlos g. Vallés. Busco tu rostro. orar los salmos. ed. Sal Terrae, Santander, pág. 101s.