martes, 19 de marzo de 2019

Lecturas de la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María 19 de Marzo de 2019

PRIMERA LECTURA LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 7, 4-5a.12a.16.
 En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán: «Ve y habla a mi siervo David: "Así dice el Señor: Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmen ante mí; tu trono durará para siempre”». Palabra de Dios.

 Salmo responsorial. Sal 88,2-3.4-5.27.29 R/. Su linaje será perpetuo.
  Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

 Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.» R.

 El me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R.>

 SEGUNDA LECTURA 
 LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 4,13.16-18.22 Hermanos: No por la ley sino por la justicia de la fe recibieron Abrahán y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero del mundo. Por eso depende de la fe, para que sea según gracia; de este modo, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la que procede de la ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por lo cual le fue contado como justicia.
Palabra de Dios.

 EVANGELIO ACLAMACIÓN Sal 83, 5 Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándose siempre. 

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 1, 16.18-21.24a

 Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no
quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Palabra del Señor.

jueves, 14 de marzo de 2019

Lecturas del Domingo 2º de Cuaresma - Ciclo C Domingo, 17 de marzo de 2019

Primera lectura 

 LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 15, 5-12. 17-18
En aquellos días, Dios sacó afuera a Abran y le dijo:
«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas».
Y añadió:
«Así será tu descendencia».
Abrán creyó al Señor, y se le contó como justicia.
Después le dijo:
«Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra».
Él replicó:
«Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?».
Respondió el Señor:
«Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón».
Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba.
Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.
El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.
Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos:
«A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 26,1.7-8a.8b-9abc.13-14

R/.
 El Señor es mi luz y mi salvación


El Señor es mi luz y mi salvación, 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida, 
¿quién me hará temblar? R/.

Escúchame, Señor, que te llamo; 
ten piedad, respóndeme. 
Oigo en mí corazón: 
«Buscad mi rostro.» R/. 

Tu rostro buscaré, Señor, 
no me escondas tu rostro. 
No rechaces con ira a tu siervo, 
que tú eres mi auxilio. R/. 

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS FILIPENSES 3, 17-4, 1
Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque - como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos - hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.
Palabra de Dios
ACLAMACIÓN Cf. Lc 9, 35En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo».

EVANGELIO
 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 28b-36
Imagen relacionadaEn aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía lo que decía.
Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.
Y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
Palabra del Señor

Comentario a las lecturas del II Domingo de Cuaresma 17 de marzo de 2019

Comentario a las lecturas del II Domingo de Cuaresma 17 de marzo de 2019

El Domingo de la Transfiguración
El segundo domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor. Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar. Es éste un lugar donde se produce el encuentro con la divinidad: "su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos". El rostro iluminado refleja la presencia de Dios. El Señor Jesús quiso dar fuerza a sus discípulos para que aguantaran los terribles sucesos que llegarían con el prendimiento del Maestro y el inicio de Su Pasión. Jesús enseñaba la Gloria de Dios en compañía de Moisés y Elías. Luego, desde la nube, Dios Padre habló para recomendar a su Hijo Unigénito. Pero la respuesta atolondrada de Pedro, era, en el fondo, muy humana y hasta coherente… Deseaba alargar para siempre el momento del Monte Tabor construyendo tres chozas, tres refugios, para los protagonistas de la Transfiguración. Lo que no entendió Pedro es, precisamente, lo quería advertirle Jesús: el inicio de unos tiempos terribles que iban a terminar no obstante con Gloria, con la Gloria de la Resurrección.
Hoy en los escenarios de las lecturas de hoy, 1ª y 3ª, hay un denominador común: la soledad. El desierto en  la primera, la montaña en  la segunda. Abraham está en el desierto, que si imponente es de día, mucho más lo es de noche. Es un inmenso espacio cuya bóveda jalonan incontables estrellas mudas, que no deslumbran por muchas que sean, pero que iluminan tenuemente. Las dudas, las cuitas del Patriarca, corroen su interior. Le duele su esterilidad. Le preocupa la falta de continuidad de su familia. Tiene atractiva esposa, bien lo sabe, y extenso ganado, pero le falta descendencia. Se queja en su interior al Dios que en Siquem se le ha confiado y hecho amigo, al Dios que le ha sido fiel en la empresa que acaba de culminar: la salvación de su sobrino, secuestrado por gentes enemigas, que habitan en el país.
También en el Tabor, Jesús parece que deja solos y alejados de las gentes a los discípulos. Esa soledad con un acompañamiento selectivo gusta a los apóstoles. En el silencio impresionante de aquella altura, ante el panorama de las llanuras de Galilea con las aguas del Tiberíades en el horizonte, es comprensible que el Señor subiera allí para orar. Pedro, Juan y Santiago le acompañaban, lo mismo que le acompañarán cuando llegue la hora de las angustias en Getsemaní. Los que participaron de su dolor participaron también en su gloria.

Con la primera lectura se nos proclama un texto del Génesis (Gen 15,5-12.17-18). La narración de este c. 15 contiene una variedad de fuentes de difícil distinción. En principio la división más clara se sitúa entre el primer párrafo y el resto de la lectura.
Este capítulo presenta dos partes claramente diferenciadas (1-6- 7-21). La primera está construida a partir de la segunda, más antigua. Probablemente, los vv 3 y 13-16 son adiciones posteriores. La estructura formal es ésta: promesa de Yahvé, lamentación de Abrahán, respuesta de Yahvé a la lamentación (acompañada de actos significativos y confirmativos) y palabra final de Yahvé.
- "Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes...” Así será tu descendencia": Abrán es invitado por Dios a salir de su tienda, donde se cuestionaba sobre la contradicción entre la promesa y la realidad de su existencia.
- "Abrahán creyó al Señor": El narrador se dirige ahora al lector para darle la interpretación teológica de la situación de Abrán.
Se afirma su fe sin más explicaciones. Externamente la expresión de esta fe es un silencio contemplativo de la promesa, interpretado como una aceptación del plan de Dios. Ahora, Dios actuará en favor de Abrán.
- "El Señor le dijo: Yo soy el Señor...": Un nuevo comienzo narrativo. Dios se autopresenta a Abrán. En un mundo lleno de manifestaciones de lo sagrado o de fuerzas amenazantes. Dios se identifica como el Dios de la promesa. En este texto encontramos por primera vez la promesa de la posesión de la tierra.
- "Tráeme una ternera de tres años...": Dios pasa de las palabras a los hechos. Da órdenes para preparar un ceremonial de alianza según la costumbre de los pueblos antiguos. Se colocaban animales partidos por la mitad, "colocando cada mitad frente a la otra", y quienes hacían el pacto debían pasar por el medio profiriendo contra sí mismos una maldición parecida a la muerte de los animales, para el caso de violación del pacto. Mientras Abrán lo prepara "los buitres bajaban a los cadáveres": podría tratarse de fuerzas malignas que intentan oponerse a la alianza.
- "Cuando iba a ponerse al sol...": Empieza entonces un cuadro de expectación tensa y aterradora: el terror de la oscuridad que cae en el exterior y en el interior de Abrán. Es un contexto de revelación. Entonces "una humareda de horno y una antorcha ardiendo" pasan entre los animales. No se identifica directamente con Dios, pero la presencia del fuego nos recuerda la escena de la alianza del Sinaí. Notemos cómo es Dios quien se compromete en el pacto, mientras se subraya la pasividad del hombre.
- "Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán": La narración termina con una nueva explicación del hecho para deja constancia jurídica de los términos de la alianza.
La actitud de Abrahán es de duda, y exige una señal (v. 8). Muchas veces, en la Biblia, pedir un signo no implica una falta de fe, sino todo lo contrario (cfr. Is. 7, 10-14). El Señor considera legítima esta postura y va a dar un signo en los vs.9-12. 17-18a: pasar entre las partes de un animal descuartizado.
A la pregunta de Abrahán en el v. 8, el Señor responde pasando a través de los animales (humo y antorcha=fuego, son símbolos clásicos para indicar la presencia de Dios). El paso a través de los animales descuartizados hace que este compromiso adquiera suma solemnidad. Abrahán sólo es el destinatario, no se compromete a nada; y el Señor no puede nunca correr la suerte de ser descuartizado, ya que siempre ha sido, es y será fiel a su compromiso.

Hoy el responsorial es el salmo 26(Sal 26,1.7-9.13-14)
El salmo de hoy expresa  confianza en Dios, es rezado por el orante en el templo en tres situaciones de vida diferentes: momentos bélicos, abandono familiar, agresiones sociales. El título hebreo lo atribuye a David, perseguido por Saúl y antes de ser ungido rey en Hebrón, aunque para los especialistas hay que considerarlo como de la época exílica o postexílica.
Así comenta San Juan Pablo II este salmo y lo titula “La ternura de Dios, confianza del creyente”
1. La Liturgia de las Vísperas ha dividido en dos partes el Salmo 26, siguiendo la estructura misma del texto que es parecida a la de un díctico. Acabamos de proclamar la segunda parte de este canto de confianza que se eleva al Señor en el día tenebroso del asalto del mal. Son los versículos 7 a 14 del Salmo: comienzan con un grito lanzado al Señor: «ten piedad, respóndeme» (versículo 7); después expresan una intensa búsqueda del Señor con el temor doloroso de sentirse abandonado por él (cfr vv. 8-9); por último, presentan ante nuestros ojos un horizonte dramático en el que los mismos afectos familiares desfallecen (Cf. versículo 10), mientras aparecen «enemigos», «adversarios», «testigos falsos» (versículo 12).
Pero también ahora, como en la primera parte del Salmo, el elemento decisivo es la confianza del que ora en el Señor que salva en la prueba y ofrece su apoyo en la tempestad. En este sentido, es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo 14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5).
También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor, que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7).
2. Nos limitamos ahora a destacar tres símbolos de gran intensidad espiritual. El primero de carácter negativo es el de la pesadilla de los enemigos (Cf. Salmo 26,12). Son descritos como una bestia que acecha a su presa y, después, de manera más directa, como «testigos falsos» que parecen resoplar violencia por la nariz, como las fieras ante sus víctimas. 
Por tanto, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene por guía e inspirador a Satanás, como recuerda san Pedro: «vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1 Pedro 5, 8).
3. La segunda imagen ilustra claramente la confianza serena del fiel, a pesar del abandono incluso por parte de los padres: «Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá» (Salmo 26, 10).
También en la soledad y en la pérdida de los afectos más queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él se inclina Dios misericordioso. El pensamiento se dirige a un célebre pasaje del profeta Isaías que atribuye a Dios sentimientos de compasión y de ternura más que materna: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Isaías 49, 15).
A todas las personas ancianas, enfermas, olvidadas de todos, a las que nadie dará nunca una caricia, recordemos estas palabras del salmista y del profeta para que sientan cómo la mano paterna y materna del Señor toca silenciosamente y con amor sus rostros sufrientes y quizá regados por las lágrimas.
4. Llegamos así al tercer y último símbolo, repetido en varias ocasiones por el Salmo: «Buscad mi rostro.Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos 8-9). El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar de la dicha del Señor» (versículo 13).
En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (Cf. Éxodo 33,20). Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad --como nos recuerda san Juan-- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12).
5. Al comentar este Salmo, el gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes, escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG 12, 1281). 
Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la verdad de tu rostro? (Comentarios a los Salmos, 26,1, 8-9, Roma 1967, pp. 355.357).
 [Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, uno de los colaboradores del Papa leyó esta síntesis en castellano].
La segunda parte del Salmo 26 es un canto de confianza elevado al Señor, que salva en el momento de la prueba y nos sostiene durante la tribulación. A este respecto, es muy bella la exhortación que el salmista se dirige a sí mismo: «Espera en el Señor, sé valiente, ten animo, espera en el Señor» (v. 14). Como en otros salmos, aparece la certeza de que la fortaleza y la esperanza vienen del Señor.
Tres símbolos resaltan en este Salmo. El primero es la pesadilla de los enemigos, descritos como falsos testigos que respiran violencia, el segundo es la pérdida de los afectos naturales más queridos y el tercero, varias veces repetido, es la búsqueda del rostro divino que en el lenguaje de los salmos es sinómino de la entrada en el templo y más específicamente la intimidad con Dios a través de la oración.
Con la confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro, oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso». (San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles 28 abril 2004. Comentario a la segunda parte del Salmo 26 (versículos 7 a 14)).

En la segunda lectura (Flp 3,17-4,1 ) vemos a un san Pablo clarividente en el diagnostico que hace. El contexto del texto es exhortatorio. Pablo quiere motivar en profundidad a sus cristianos para vivir como tales. Por ello menciona su propio ejemplo pero como un puro tránsito para presentar la condición de Cristo y, por tanto, del cristiano. La condición de Cristo es la que nos espera.
Jesús comenzó a vivir esa realidad en su propia Resurrección de modo total. Nosotros esperamos eso mismo. Por la unión que tenemos con El.
Consecuencia de esto es reconocer la precariedad de nuestra existencia. Pablo no es inconscientemente optimista. Ve los fallos, pero no se deja dominar por ellos. Tiene esperanza.
Pablo invita a los filipenses a participar en la carrera que él lleva y a seguir su ejemplo. Ya conocen cuál es el sentido de la vida y lo que deben hacer para alcanzar la meta cristiana. Pero este conocimiento no es más que un primer paso, del que no deben retroceder (3, 6). Ahora necesitan lanzarse hacia delante y correr hasta alcanzar "el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús" (3, 4). Hay algunos que ya le siguen en este empeño, pero es preciso que todos se enrolen en la carrera.
- "Seguid mi ejemplo": El apóstol no es sólo un comunicador de un mensaje; es, ante todo, un discípulo del Maestro que atrae a la imitación de su seguimiento.
- "Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo": la invitación al seguimiento va acompañada también de un poner de manifiesto los caminos equivocados de entender el Evangelio. La crítica de san pablo parece que se dirige hacia el grupo de judaizantes que hay en la comunidad de Filipo. Viendo una referencia a los judaizantes, queda más claro que "su gloria" en "sus vergüenzas" es la confianza en la circuncisión y en las obras de la Ley.
«Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos también como salvador al Señor Cristo Jesús» (20). Quieras o no, no se puede negar esta ley de desengaño que entraña vivir la esperanza cristiana. La fe y la esperanza en Jesucristo como único salvador implican la incredulidad en cualquier otra cosa y en nadie que no sea él. La esperanza cristiana es la esperanza de los desengañados de todo aquello que no sea Dios o Cristo. De todo el resto ¿existe algo en lo que se pueda poner «toda» la esperanza? Sin embargo, no parece que nadie pueda manifestar por qué todavía. A pesar de la decepción constante y continuada, aparece ante los ojos de los hombres, hasta llevárselos tras ella, la ilusión de una vida liberada y completamente feliz sobre la tierra. Los santos son hombres que, aun creyendo que para Dios nada hay imposible, no creen ni esperan en otra cosa que no sea él.
La nueva ciudadanía no se logra por el cumplimiento de los preceptos de la Ley -Pablo les da una dimensión sólo humana-, sino por la incorporación transformadora con Cristo resucitado (cf. 1 Co 15,47-55).

El evangelio de hoy (Lc 9,28b-36 ), nos presenta uno de los relatos misteriosos, pero llenos de esperanza escatológica: estamos en el mundo, pero nuestro destino no es este mundo.
Se articula dentro de un contexto en el que Jesús acaba de hablar de su muerte y de su resurrección, de la necesidad de ese camino para todo el que quiera ser su discípulo y del anuncio de que algunos de los presentes verán el Reino de Dios antes de que mueran.
En este contexto Lucas nos presenta a Jesús subiendo a un monte en compañía de Pedro, Juan y Santiago, con la finalidad concreta de orar, y no de manifestarse a sus discípulos. La referencia a la oración es típica de Lucas. Un judío oraba varias veces al día, pidiendo a Dios la venida del Mesías. Lucas parece presuponer que se trata de la oración de primeras horas de la noche, puesto que de los tres discípulos dice más adelante que se caían de sueño.
La descripción de la transformación de Jesús y el diálogo con Moisés y Elías la sitúa Lucas durante la oración de Jesús. La escenografía es escatológica: color blanco, brillo, gloria o resplandor, Moisés y Elías, cuya vuelta se esperaba para el final de los tiempos. Es decir, Lucas se sitúa en este final y lo describe desde las concepciones y los símbolos con que los judíos se lo imaginaban. El diálogo versa sobre el éxodo de Jesús. Es el término que emplea el texto griego, y no muerte como dice la traducción litúrgica. El término, en sí mismo, suena al éxodo de Israel, a su salida de la cautividad de Egipto para entrar en la tierra
prometida. Tanto Moisés como Elías habían hecho la experiencia de un camino que va de la opresión a la liberación.
En medio de la escenografía escatológica entran en acción Pedro y sus dos compañeros. Su entrada coincide con la marcha de Moisés y Elías, marcha que Pedro cree poder evitar haciendo una propuesta desafortunada. No sabía lo que decía. La situación escatológica sigue. El propio Dios se hace presente bajo el símbolo de una nube envolvente y habla a los tres discípulos sobre Jesús. Moisés y Elías no están ya. Sólo Jesús es el importante y a quien hay que escuchar, ya que se trata de un mensajero o enviado muy especial: es el Hijo de Dios. Los éxodos pasados, representados por Moisés y Elías, no existen ya, eran prefiguraciones, anticipos. El éxodo último y definitivo, que completa y da sentido a los anteriores, es el de Jesús, su muerte y su resurrección. Cuando éstos tengan lugar realmente, algo decisivo habrá acontecido en el tiempo: éste habrá empezado a ser efectivamente escatológico, es decir, último y definitivo. Hoy, segundo domingo de cuaresma, todo esto tiene sólo valor literario. El domingo de Pascua todo esto tendrá además valor real.
El relato de San Lucas sobre la Trasfiguración, no por conocido, deja de ser, siempre, sugerente. Jesús estaba en oración en lo alto del monte --es verdad que el Señor elegía sitios apartados y también altos para mantener su diálogo continuado con el Padre-- pero casi nunca se llevaba a nadie. Prefería quedar en soledad. En este caso son Pedro, Juan y Santiago quienes le acompañan. Lo que Jesús , tenía previsto para Pedro, Juan y Santiago era muy importante, mucho. Tendrían que construir la base para la transmisión de la Palabra del Reino y dar los primeros pasos catequéticos y organizativos para que ello tuviera éxito.
 Los exegetas no coinciden al localizar el monte donde Jesús hizo ver a sus discípulos algo de su gloria. Unos dicen que fue el monte Hermón, pero la mayoría defienden que fue el monte Tabor.
En el texto se nos presenta a un Jesús orante:" Mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. Es un pasaje único en los evangelios. Nunca Jesús aparece tan grandioso y magnífico como entonces. Un resquicio de su inmensa gloria se trasluce por unos momentos, ante los ojos atónitos de los discípulos preferidos. El rostro de Jesucristo adquiere un aspecto nuevo y sus vestidos cobran el resplandor de un blanco rutilante. A su lado otros dos personajes llenos de gloria hablan con Él de su muerte en Jerusalén. Parece una contradicción el que, precisamente en medio de aquella gloria, hablen de la pasión de Cristo. Pero en realidad se trata de algo lógico ya que después de esa pasión y muerte, incluso gracias a eso, Jesús resucitará glorioso y subirá luego con gran poder y majestad a los cielos.
Los apóstoles contemplan a Jesús orando en lo alto del monte. En el monte los tres apóstoles experimentaron la visión de   Jesús como el Hijo de Dios, al que hasta entonces sólo habían visto como el “hijo del hombre”.
Desde esta experiencia los apóstoles que acompañaban a Jesús le dicen: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". "No sabía lo que decía", aclara el evangelistaEl deseo de Pedro era un deseo muy humano: si se estaba tan bien allí, ¿para qué iban a bajar al llano, a luchar contra tantas adversidades como les esperaban? Pero había que escuchar a Jesús, el amado del Padre, y Jesús les decía que había que bajar a la llanura y seguir camino hacia Jerusalén. Jesús sabía muy bien que en Jerusalén le esperaba la pasión y la muerte, pero también sabía que la pasión era el camino necesario para la resurrección. Por la cruz a la luz. Pedro y los demás apóstoles todavía no entendían esto, lo entenderían después.
Pedro y sus compañeros no comprendieron entonces lo que estaban escuchando. Pedro lo único que desea es perpetuar ese momento, o al menos que dure lo más posible. Por eso quiere hacer un refugio para el Señor, Moisés y Elías, con el fin de que sigan allí ante su mirada extasiada de gozo, ausente de todo lo que le rodea, olvidado incluso de sí mismo, dispuesto a estar mirando aquella aparición celestial por toda la eternidad. Este sentimiento nos hace comprender en cierto modo, mejor quizá que muchas explicaciones, la dicha que supone la contemplación de la Gloria. Si esto, que no era más que un pálido resplandor de la majestad divina, fue suficiente para trastornar de dicha a Pedro, qué no será la contemplación de Dios en todo su esplendor.
Una nube descendió sobre la cima del Tabor y los apóstoles se vieron de pronto envueltos por la niebla. La voz del Padre exclamó: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle".
En aquel tiempo. “Unos ocho días” (primer día de la nueva creación) después de las palabras duras y desconcertantes de Jesús, ininteligibles para los discípulos. Entienden a un Mesías glorioso, no a un Mesías que va a la cruz. El anuncio de Jesús no puede ser tolerado. O Jesús da marcha atrás o le espera la muerte. Para tomar la decisión de seguir, Jesús ora. El mundo de Dios y el nuestro se encuentran en la oración y en la escucha de su palabra.
Tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orarEl monte alto, como el desierto, son lugares privilegiados de encuentro con Dios. Jesús solía retirarse al monte a orar, para ser fiel a su vocación y seguir su misión. La oración ayuda a superar la crisis de fe, que el sufrimiento y la cruz producen hoy. En la oración descubrimos la identidad de Jesús y la nuestra.
Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. Toda la Biblia es una manifestación de Dios. El centro de la escena es Jesús con el rostro iluminado. Hay momentos que nos llevan a decir: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de su presencia. Entonces todo cambia y se transfigura.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. Dialogan acerca de su muerteLos dos simbolizan el Antiguo Testamento. Hablan del éxodo doloroso de Jesús. Cruz y resurrección van tan de la mano, que es imposible separarlas. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación. Nos toca descubrir que todo nos ha sido dado, que es gracia; necesitamos ver nuestro verdadero ser. Lo divino que ya está dentro de nosotros, no es lo contrario de las carencias que experimentamos, inherentes a nuestra condición.
Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para ElíasCuando se habla de cruz, los discípulos duermen. Y cuando reacción, con el recuerdo de la fiesta de las tiendas, no saben lo que dicen. Les gusta más la gloria que la cruz, quieren un paraíso narcisista. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón. Tendrán que aprender, hasta decir: "Por toda la hermosura, nunca yo me perderé, sino por un no sé qué, que se alcanza por ventura".
Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Moisés y Elías han cumplido su misión. Ahora la atención se centra en Jesús, a quien hay que escuchar para volver al Evangelio. Damos el salto al Dios de Jesús. En el vemos lo que somos. Su Palabra es la única decisiva. Las demás palaras nos han de llevar hasta él. Los Evangelios son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.
Después de oírse la voz, se encontró Jesús soloToca bajar del monte a la dureza de lo cotidiano. Los discípulos querrían quedarse arriba. En el corazón quedan los momentos de gracia, en los que el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Debajo de la piel, muy dentro, en lo profundo, late Dios.
En la vida hay tiempos o momentos privilegiados, llenos de sentido, embriagados de amor, de felicidad. ¿Has tenido alguna transfiguración en tu vida? ¿Te ha ayudado a asumir tu misión? «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». ¿Puedo decir que el proyecto fundamental de mi vida está en escuchar a Jesús en el Evangelio? ¿Qué mensaje nos trae el símbolo de la transfiguración a este tiempo de mirada tan corta? ¿Qué aspectos de nuestra personalidad, queremos que sean transformados en este tiempo? ¿Cuál es el mensaje para nuestra vida hoy y cómo hacerlo realidad? 

Para nuestra vida.
Luz y tinieblas son los componentes de nuestra vida. En el salmo responsorial hemos manifestado en actitud orante y confiada: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?"Nos comenta Juan Mediocre: "  Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar plenamente convencidos no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis (Juan Mediocre de Nápoles, «Sermón 7», en PLS 4, cols. 785ss).
La primera lectura, nos  muestra la acción de Dios para confirmar su alianza con Abrahán. Abrahán prepara los animales para el sacrificio y los pone sobre el altar… Y es el poder de Dios quien completa el holocausto. “Un terror intenso y oscuro cayó sobre él…” Frase que refleja la soledad tremenda del hombre ante Dios. Es verdad que Jesús de Nazaret nos muestra la naturaleza de Dios. Desde que Él llega a la vida de los hombres la imagen de Dios es otra. Dios es un Padre amoroso y tierno con sus criaturas. Pero eso, no contradice con el poder infinito de Dios que, sin duda, al ser humano produce temor por el poder y la grandeza de Dios al, inevitablemente, compararse con su pequeñez, pobreza y desvalimiento de criatura. Además, es la antorcha de Dios la que quema la ofrenda de Abrahán. Dios es el que dirige la historia y actúa en nuestra vida. Con esta actuación de Dios, se abría, una nueva Alianza en el medio de una noche difícil, como ocurrió igual es esa otra noche terrorífica en la que Dios pactó con Abrahán.
"En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: Así será tu descendencia" (Gn 15, 5).  Abrahán era ya mayor, sus días se terminaban. Y todo ese acabar de las cosas, todo ese sentirse cada vez más torpe, todo ese presentimiento de la muerte cercana, todo ello le proporcionaba un vago sentimiento de nostalgia, de honda pena. Pero lo que más le pesaba era el envejecer sin hijos, el contemplar el gran amor de Sara totalmente baldío, sin un hijo tan siquiera que perpetuara su nombre.
En aquella noche serena, tachonada de mil estrellas, resonó  la voz de Yahvé. Abrahán se puso a la escucha con la misma fe de siempre: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y los ojos cansados del patriarca se perdían entre aquellos puntos luminosos sobre el oscuro cielo. Pues así será tu descendencia, concluyó el Señor.
Y Dios actuó, la fe provocó de nuevo el prodigio. Sara, la estéril, y Abrahán, el anciano, tuvieron un hijo. De él brotaría el frondoso árbol del pueblo de Dios, renovado y engrandecido por Jesucristo. Y así, todos los que tienen fe en Jesús son descendientes de Abrahán. Miembros del pueblo santo, hijos de Dios, herederos de su gloria. Sí, la fe nos incorpora a la familia de Dios, nos injerta en Cristo, el primogénito. Pero hace falta que la fe sea viva, vibrante, consecuente, comprometida, amorosa, confiada, constante. Una fe con obras, que, aún sin quererlo, se note y atraiga. Señor, que nos empeñamos seriamente por ser coherentes en toda nuestra vida, la pública y la privada.
"Aquel día, el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos. A tus descendientes les daré esta tierra...” (Gn 15, 8). Yahveh le dio una prueba de que su palabra quedaría cumplida. Hizo un pacto al estilo del que hacían los hombres de aquel tiempo. Se puso a la altura de Abrahán, con la misma ternura que un padre se agacha hasta ponerse a la altura de su pequeño… Los animales del sacrificio estaban descuartizados según el rito usual. Por entre aquellos despojos habían de pasar los que iban a pactar  la alianza, asumiendo así el serio compromiso de no violarla, so pena de ser descuartizados al igual que aquellas víctimas...
Abrahán esperaba, entre ansioso y atemorizado, la conclusión del rito. Y cuando el sol se ocultó y las tinieblas poblaron la tierra, una llama viva pasó como antorcha humeante por entre aquellos despojos. Yahvé no había faltado a su palabra. Nunca faltó Dios a su compromiso. A pesar de no tener ninguna obligación frente al hombre, de no deberle nada en absoluto, Dios permanecerá siempre fiel a su compromiso de amor. Seremos nosotros, los descendientes de Abrahán, los que nos empeñemos en romper el pacto que hicimos con el Señor.
En resumen vemos que Dios prometió y Abraham creyó. La fe de Abraham fue grande. La promesa de Dios era inmensa. Abraham pedía un hijo. Dios le concedía millones de hijos. Incontables como las estrellas. Y, por si fuera poco, le dará también una tierra, donde sus hijos puedan echar raíces.
Y más. Dios le dará mucho más. Le dará su ayuda providente, su presencia constante, su amistad definitiva. Se dará a sí mismo. Es lo que significa la alianza.
¿Qué se le pide al hombre? Sólo una cosa: fe, fidelidad. Aunque te sientas acabado, aunque te envuelva la «oscuridad», aunque te invada «un terror intenso», confía y espera contra toda esperanza.

El salmo de hoy, característico de Cuaresma, nos brinda la ocasión de hacer  la experiencia más prolongada de intimidad con Dios. El salmista se consideraba "huésped"  de Dios: "sólo una cosa le he pedido al Señor, sólo una cosa deseo: habitar en la casa del  Señor todos los días de mi vida... Me oculta en lo más secreto de su morada... Tu rostro,  Señor, yo busco". ¿Por qué no hacemos la experiencia de la proximidad sabrosa de Dios?  "Jesús inspirado en este salmo, nos invita a una oración íntima". "Cuando quieras orar:  entra en el silencio de tu habitación la más retirada, cierra la puerta y dirige tu oración al  Padre que está allí, en lo secreto". (Mateo 6,6). Se trata de la misma fórmula del salmo: "El  me oculta en lo más secreto de su morada". Alejarse en Dios. Ocultarse en Dios. Expresión  de ternura. 
Hoy hay un sentimiento bastante generalizado de  la "ausencia" aparente de Dios. El hombre occidental contemporáneo está realmente  traumatizado por "el silencio" de "Dios". Concluye sin más que Dios no existe, que "Dios ha  muerto". La fórmula de este salmo 26, es dramática en este sentido: "No olvido que tú has  dicho: ¡buscad mi rostro! Tu rostro busco, Señor". El salmista de otros tiempos debía,  como nosotros, experimentar la dificultad de encontrar a Dios. Pero su canto termina con un  grito de fe: " Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. ". 
El intimismo de este salmo de confianza, no debe  llevarnos a lo ilusorio. La oración, "la habitación en Dios", la búsqueda de su rostro no  justifican la huida egoísta de la realidad. El salmo está impregnado por  una atmósfera de batalla. Los "malvados", los "adversarios", los "enemigos", "aquellos que  me acechan", están allí, junto al que ora. “Escúchame, señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme”. La búsqueda del rostro de Dios conlleva todo un  programa de lucha contra el mal, que puede convertirse en un verdadero programa para  una verdadera Cuaresma. 
El primer cuadro del salmo traza el rostro de Dios con dos símbolos, que son la expresión de la fe y de la confianza del orante: el Señor es luz y salvación. Dios es luz por ser principio de la creación y revelador de la vida; Dios es salvación por ser defensa y fuerza del fiel (v 1).
En el segundo cuadro del salmo, el orante, ya en el templo, desahoga su corazón con una profesión de fe en forma de súplica, en la que interpela directamente al Omnipotente: «Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme» (v 7).
La conclusión del salmo la lleva a cabo el sacerdote con un oráculo de confianza dirigido al orante para que no tema, sino que permanezca firme, esperando en la fidelidad y en la asistencia del Señor (v 14).
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz; no esa que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.
Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El hombre interior, así iluminado, no vacila; sigue recto su camino y todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, y no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

En la segunda lectura San Pablo consagra la doctrina de la resurrección gloriosa. La imagen del relato se relaciona bien con el episodio de la Transfiguración. Y hace pensar que los discípulos, tras contemplar al Resucitado, y su capacidad para superar tiempo y espacio, lo relacionaron con la escena del monte. Pablo, sin duda, se inspiró en los testimonios directos de los primeros discípulos. Recuérdenos  como él reproduce las palabras de Jesús del Jueves Santo, en la Institución de la Eucaristía, durante la Cena, en uno de los textos más antiguos del evangelio: en el capítulo 11 de la Primera Carta a los Corintios.
"Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo". San Pablo les dice a los primeros cristianos de Filipos que ellos no deben comportarse como hombres carnales, cuyo Dios es el vientre, sino en personas espirituales, a imagen de Jesucristo. Era difícil para ellos, los cristianos de Filipos, renunciar a las exigencias y tentaciones del cuerpo; también resulta difícil para nosotros. Pero esta es nuestra lucha, una lucha que durará mientras nuestro espíritu esté sometido a las tentaciones de la carne. Mientras vivimos en el cuerpo, el vivir como personas espirituales será siempre una meta a la que debemos aspirar, aunque sabiendo que no llegaremos a ella definitivamente hasta después de nuestra muerte. Es la virtud de la esperanza la que debe dar alas a nuestro espíritu, creyendo firmemente que también nosotros podremos participar definitivamente de la victoria de Cristo sobre el cuerpo y la muerte. Con esta esperanza vivimos los cristianos.

En el evangelio contemplamos como Jesús como ser humano experimenta  a Dios con la oración. La oración es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos con Dios y sin oración no hay propiamente religión, o mejor, expresión religiosa. La oración debe terminar siendo siempre en la transformación y transfiguración religiosa. Una oración que no nos cambie por dentro tiene poco sentido y poco valor. La oración debe ser siempre un acto de comunión y comunicación con Dios, porque en la oración de alguna manera somos habitados por Dios. No oramos tanto para que Dios nos escuche a nosotros, sino para que nosotros escuchemos a Dios. En la oración debemos pedir transformarnos nosotros en Dios, no que Dios se transforme en nosotros. Oramos para que nosotros seamos capaces de aceptar y hacer la voluntad de Dios, no para que Dios se adapte y haga nuestra voluntad. Una persona orante debe, además, manifestar en su vida ante los demás que es una persona habitada por Dios, imagen de Dios, hijo de Dios. La oración, además de tener una función transformadora de nuestro yo personal, debe tener una función evangelizadora ante los demás. La oración, como venimos diciendo, debe transformarnos por dentro y transfigurarnos por fuera ante los demás.
Los apóstoles quieren quedarse allí, es para nosotros una llamada de atención. Aclara como cada uno de nosotros debemos de aceptar, nuestras pequeñas cruces, nuestro calvario y pasión, sabiendo que sólo de esta manera podremos escalar el monte de la resurrección gloriosa.
Resuenan las palabras de Dios-Padre: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle". Palabras que han de resonar también en nuestros oídos y en nuestro corazón. Para que nuestra fe en Cristo aumente, y también nuestra esperanza. Con la persuasión de que el gozo de ver a Dios llenará de consuelo y felicidad todo nuestro ser, preocupémonos por ser fieles al Señor, cueste lo que cueste,  hasta el fin de nuestro peregrinar terrenal.
Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Jesús está en continuidad con ellos, pero superándolos, dándoles la plenitud que ellos mismos desconocen, pues Él es el Hijo, el escogido. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta manifestación de la divinidad de Jesús? La voz que sale de la nube nos lo dice: ¡Escuchadlo! Abram escuchó la voz de Dios y creyó en su promesa: una descendencia como las estrellas del cielo y una tierra como posesión suya. Abrahán escuchó y aceptó la alianza con Dios. Era una costumbre sellar la alianza pasando entre las carnes sangrientas de los animales cortados en dos. Dios toma la iniciativa, pues sólo El, con el signo del fuego, pasa por entre las dos partes de los animales. Pero Abram escucha y acepta el plan de Dios. Desde ese momento transforma su nombre. Ya no será Abram, sino Abraham -padre de muchedumbres-.
La gran tentación es quedarse quieto, porque en la montaña "se está muy bien". Hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un mero espiritualismo que se desentiende de la vida concreta. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra y es aquí donde debemos demostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como hombres nuevos y transformados.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

lunes, 11 de marzo de 2019

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 10 de marzo de 2019


Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 10  de marzo de 2019
En la liturgia de hoy comenzamos el camino hacia la pascua (orac. sobre las ofrendas). La meta de este camino es la plenitud del misterio de Cristo. Y para vivirlo tenemos que conocerlo escuchando en este tiempo su Palabra, nuestro alimento más importante que el pan material (cf. orac. después de la comunión).
En el desierto Jesús, lleno del Espíritu Santo, vence al diablo (Ev.). Nosotros, como Cristo en sus cuarenta días por el desierto, contamos con la fuerza del Espíritu Santo, y en la Eucaristía encontramos el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece la caridad; es Cristo mismo, el pan vivo y verdadero del que hemos de sentir hambre (cf. orac. después de la comunión). Con su fuerza podremos vencer las tentaciones en este desierto de la vida.
Cuaresma hoy es nuestro tiempo de vivir. Un tiempo que desde Jesús nos ofrece la posibilidad de ser cada día más humanos, porque cada día se hace más profunda e interior nuestra vocación a vivir como hermanos. Es un tiempo de pasar de los ritos, de las cosas, del poder y de los triunfos a la serena riqueza de que ser cristiano es compartir, y no poseer; dar y no aceptar; crear vida y posibilitar todos los caminos de transformación humana.
Siempre de camino, con un denodado y renovado esfuerzo. En esta Cuaresma  deberíamos descubrir que para ser fieles a Dios debemos arriesgarnos cada día más en la lucha por conseguir una sociedad de hombres más libres y más humanos. En definitiva, un compromiso.

En la primera lectura, del Libro del Deuteronomio ( Dt 26,4-10). En este texto se describe el rito de la ofrenda de las primicias, que se supone ya una costumbre establecida. Se debe entregar al sacerdote una cesta llena de estos frutos tempranos, para que él la presente a Yahvé y la coloque sobre el altar. No se dice nada sobre la cantidad de estos frutos, pero sabemos que la tradición rabínica señalaba al respecto el 1/60 de la cosecha. Acompañando al rito, el sacerdote debía pronunciar una fórmula en la que daba gracias a Dios por los frutos de la tierra y, con ocasión de la cosecha, también por esta misma tierra que Dios había dado a los hijos de Israel.
El "arameo errante" es Jacob, que efectivamente era arameo por parte de su madre Rebeca (Gn 25, 20) y estaba emparentado con "Labán, el arameo" (Gn 31, 42). Los israelitas, de origen arameo, aprendieron el hebreo en Canaán, donde esta lengua era la dominante (cf Is 19, 18). Pero lo que importa en este contexto es el calificativo de "errante". Nada más deseado por un pueblo nómada que una tierra, que una patria que "mana leche y miel".
La fórmula que acompaña al rito de las ofrendas es una fórmula de fe. Podemos ver en ella que la fe de Israel no versaba sobre verdades abstractas, sino sobre hechos bien concretos: Dios elige a los patriarcas, saca de la esclavitud de Egipto a los israelitas y les da una tierra..., de ella proceden ahora los frutos que llegan al altar de Yahvé. La Biblia no es un catecismos o un tratado de teología, sino ante todo una historia de salvación en la que se expresa la fe del pueblo elegido.
"Dijo Moisés al pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta de las primicias y la pondrá ante el altar..." (Dt 26, 4) Dios no necesita nada, lo tiene todo. Es dueño de los bosques, de las montañas, de los valles, de la llanura y de los mares. Precisamente por ser Señor de cuanto existe, es necesario que el hombre reconozca de algún modo ese señorío. Desde muy antiguo los pueblos ofrecen a Dios las primicias de los campos, los primeros frutos, las primeras crías. Al ofrecer eso que era lo más preciado, reconocían el dominio soberano de Dios, le rendían pleitesía. Hay que ofrecer lo mejor a Dios. También hoy día, ya que también hoy Dios es dueño absoluto de todo.
"Nos introdujo en este lugar y nos dio una tierra que mana leche y miel. Por eso ahora te traigo las primicias de los frutos del suelo..." (Dt 26, 10) Fue Dios quien con mano segura condujo a su pueblo. Su presencia fortalecía a los suyos, les animaba en la lucha. Él fue quien los libró de la servidumbre de Egipto, el que les alimentó en el desierto. Quien hundió en las aguas a los enemigos y quien derrumbó las murallas inexpugnables de Jericó. Sí, Dios los introdujo en la rica tierra de la leche y de la miel.

El responsorial de hoy es el salmo 90 (Sal 90,1-2.10-15) Este es uno de los salmos más típicos de la Cuaresma. El tentador cita a Jesús, en el evangelio de la "tentación en el desierto", del primer domingo de Cuaresma. Es un salmo de peregrinación, que hace entrar en escena un rey, comprometido en una guerra a la vez nacional y religiosa, contra naciones paganas, y por ellas, contra los poderes del mal desencadenados... Sube en peregrinación al templo para pasar allí la noche, y ser favorecido con una revelación divina, un oráculo en medio de su oración. La naturaleza de la lucha, supuesta en juego, son "escatológicos" Es la lucha del rey-Mesías contra todas las fuerzas que nos oprimen. ¡Es el combate de Jesús!
En hebreo, el verbo "reposar" del segundo versículo, significa "pasar la noche a la sombra del Altísimo". Como Salomón cuando venía a pasar la noche en Gabaón (I Reyes 3,4-15), como Saúl que solicitaba un oráculo (1 Samuel 28, 5-6), antes de dar una batalla decisiva, el Rey de Israel viene a pasar una noche en oración en el Templo. El cambio de "personas", en el texto, indica los diversos personajes que intervienen: el rey, primeramente llega ante el Templo y expresa su intención. Los sacerdotes del lugar sagrado lo reciben de inmediato diciéndole cuánta confianza debe poner en la protección de Dios. Y hacia el final de la noche de oración, Dios toma la palabra para pronunciar un oráculo solemne y anunciar al rey la victoria. Ya puede partir a realizar el combate. Tal es el "revestimiento midráshico" de este salmo admirable.
"Tú, que habitas al amparo del Altísimo..." (Sal 90, 2) Estamos ante un salmo que, como otros muchos, habla de la confianza en el Señor, de la esperanza como virtud teologal, de la fortaleza y del optimismo.
Habitar al amparo del Señor, vivir a su sombra, cobijarse en él como el polluelo bajo las alas tibias y mullidas de su madre. No se te acercará la desgracia -insiste el poema sacro-, ni la plaga llegará hasta tu tienda... A primera vista, da la impresión de que este salmo resulta inadecuado para el tiempo de Cuaresma, período de penitencia y de mortificación. Y, sin embargo, abre el ciclo del tiempo preparatorio a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
La razón principal de su inserción en esta dominica primera de Cuaresma es porque en ella recordamos las tentaciones de Cristo, y en una de ellas el demonio, con cita de algunos versículos de este salmo, incita a Jesús a que se tire desde el alero del templo, para que los ángeles de Dios le reciban antes de estrellarse. El demonio, como harán sus seguidores luego, tergiversa el sentido de las Escrituras y trata de tentar a Dios con un milagro inútil.
"Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra..." (Sal 90, 12) Es cierto que el salmista habla de la protección de los ángeles, que en verdad nos protegen de continuo, aunque quizá muchas veces no nos demos cuenta de ello. Pero también es verdad que esa protección no nos puede llevar a la temeridad de meternos imprudentemente en el peligro y tentar a Dios. En este sentido es lógico que este salmo se recite hoy. Con ello se nos pone en guardia contra una falsa confianza, que nos hiciera olvidar que es necesario luchar, poner los medios que están a nuestro alcance, aunque en último término dependa todo de Dios.

La segunda lectura de romanos (Rom 10,8-13), “Nadie que cree en Él quedará defraudado”. Aquí san Pablo hace una profesión de fe, en la que resalta que Dios nos ha mostrado su cercanía enviándonos a Cristo. Éste es el camino ofrecido generosamente para salvarse. Rm 9-11 tiene como tema general el problema de la situación en que se encuentra Israel después de haber rechazado a su Mesías. Este problema atormenta el corazón de San Pablo como buen judío que, él sabe, por una parte, que Dios mantiene la fidelidad inquebrantable a sus propias promesas y, por otra, el hecho histórico del rechazo de Israel. La afirmación de la justificación por la fe llevaba a Pablo a evocar la justicia de Abrahán (c.4). De igual modo, la afirmación de la salvación otorgada en el Espíritu, por el amor de Dios, le obliga a tratar (c. 9-11), el caso de Israel, infiel a pesar de las promesas de salvación que se le hicieron.
Proclamar a Jesús como "Señor". Este era el gran escándalo para los judíos: que un profeta, por excelso que fuera, pudiera llamarse con el nombre de Yahvé, "Señor". Para el judío, Yahvé debería seguir allá en lo más alto de los cielos, dejando a los hombres el arreglo de las cosas de este mundo. Por eso, la encarnación era considerada como una molesta intromisión de Dios en el quehacer diario. Un Jesús-Señor impedía esa libertad de acción con que el judío se movía en su vida terrena.
En la mística judía jugaba un gran papel la discriminación "judío y griego". Ser judío implicaba la pertenencia a un pueblo escogido. Los griegos, o sea, los extraños de entonces, podrían ser incorporados de alguna manera pero en relación de dependencia; se llamaban "prosélitos de la puerta". Allá dentro del Sancta sanctorum los judíos eran los principales...
Pablo rompe el mito, ya no hay diferencia.
El único camino que conduce a la salvación es la fe en Jesucristo, el Señor. Esta salvación no es para el creyente algo que ha de buscar penosamente y que está muy lejos de él, sino algo que lleva en el corazón y confiesa con sus labios. La cita que trae Pablo está tomada de Dt 30, 11-14, donde se dice de la ley: "Estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo (..), ni están al otro lado del mar (...), sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica". Una vez abrogada la ley, Pablo refiere estas palabras a Cristo, el cual "habita por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 17). El núcleo de esta fe lo constituye el hecho y la confesión de que Jesús es ahora el Señor.
Con una cita de Isaías (28, 16), Pablo afirma la salvación de judíos y de griegos por igual. Esta igualdad radica en el hecho de que uno mismo es el Señor de todos. Lo que implica, por otra parte, la exclusión de un orden teocrático que interponga entre el Señor único y los hombres diferentes grados o señoríos.

El evangelio de hoy, de San Lucas (Lc 4,1-13) es un  relato, de carácter teológico, que ha sido compuesto y transmitido, no para informar acerca de un episodio de la vida de Jesús, sino para mostrar el modo con que el Hijo de Dios comprendió y vivió su misión mesiánica. Se quiere subrayar el hecho de la tentación en la existencia de Jesús, no el modo en que históricamente se presentó. El relato presenta como evento acaecido una vez, una experiencia que acompañó constantemente el ministerio del Mesías Jesús de Nazaret.
Jesús, “lleno del Espíritu Santo”, “era conducido (a go) por el Espíritu en el desierto” (v. 1). No se describe a Jesús mientras va al desierto, sino caminando en medio del desierto lleno del Espíritu Santo. Durante cuarenta días fue ten­tado por el diablo y estuvo sin comer (v. 2). El desierto es lugar detentación, de auto comprensión de la propia identidad, pero también espacio para afirmar la fidelidad en Dios como único absoluto.
Jesús vive una doble experiencia: la experiencia de la tentación, delante de la cual permanece firme, y la experiencia de la plenitud divina, siendo conducido permanentemente por el Espíritu. Como “hijo de Adán” (Lc 3,38b) advierte la dificultad y la seriedad del momento de la prueba en su relación con Dios; como “Hijo de Dios” (Lc 3,38) vive, lleno del Espíritu, la plenitud de la intimidad divina. A diferencia de Adán (Gen 3), Jesús supera la prueba demostrando su adhesión obediente y filial a Dios en forma inquebrantable. Se mantiene firme proclamando su fidelidad absoluta y su confianza inquebrantable en los caminos del Padre: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4,12). Jesús es el modelo de adhesión plena y total a Dios y a su voluntad.
Related imageLas “tres” tentaciones de Jesús no son sino una sola: la tentación de abandonar el mesianismo humilde y obediente en favor de los hombres y emprender un camino de gloria, de poder y de autosuficiencia humana. Para Lucas, la tentación máxima que Jesús enfrenta y supera es el terror a la muerte. En el relato se afirma, en efecto, que “el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno” (v. 13), es decir, hasta el momento del sufrimiento y de la angustia de la pasión, que Lucas llamará “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53), cuando “Satanás había entrado en Judas Iscariote” (Lc 22,3).
El relato de las tentaciones no pretende sólo informar al lector acerca de las pruebas sufridas por Jesús, sino que es una página de catequesis que invita a estar atentos para no caer en las actuales tentaciones del poder, del materialismo y de la religión espectacular e impositiva.

Para nuestra vida.
Recién comenzada la cuaresma ¿Con qué sentimientos podríamos comenzar la Cuaresma? Lo primero, interiorizar que nos preparamos para la Pascua, es decir para la vida. En cada día de la Cuaresma tenemos que morir a algo, para que alcancemos una vida en plenitud.
En segundo lugar, la vida se hace auténticamente cristiana cuando el cambio de vida es fruto de la toma de conciencia de lo que somos y debemos hacer, y no el catálogo de buenas intenciones que repetimos sin cumplir cada año. Aprovechemos para quitarnos las máscaras que nos hacen hipócritas; así dejaremos de actuar y comenzaremos a vivir como verdaderos cristianos
En tercer lugar, la reconciliación, que es el sacramento de la autentica comunión , no puede dejarse para más tarde, porque éste el es el tiempo y la hora de comenzar.
En cuarto lugar la Cuaresma es un tiempo para recordar que por nuestra naturaleza humana estamos expuestos al egoísmo que se hace injusticia, corrupción y muerte, pero al mismo tiempo, que contamos con la misericordia de Dios, nuestro mejor aliado si queremos salir vencedores frente a las tentaciones y el pecado.
"Ganar a Cristo y existir en él". Es la meta de la prueba de todo cristiano. Esta prueba, cada año los cristianos somos invitados a hacerla durante la Cuaresma. Los dos primeros domingos son una llamada a compartir la lucha y el triunfo de Cristo, los otros tres nos invitan a la conversión y a la reconciliación, reconociendo y asumiendo la actitud misericordiosa de Jesús. Esta Cuaresma de fe y reconciliación la podemos ver culminada en la palabra de Jesús en la Pasi6n de Lucas: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", dicha al ladrón arrepentido.
En la primera lectura podemos descubrir el itinerario del pueblo de Israel desde la fe en el Dios de la Alianza y de la Liberación de Egipto hacia la realidad nueva dada en los tiempos mesiánicos. La Iglesia, nuevo Israel, recorre también, en la plenitud, este camino: pueblo creyente de la nueva Alianza, liberado por el Dios encarnado en Jesús Redentor, que celebra la nueva Pascua y es incorporado a la nueva creación.
Toda la reflexión de este primer domingo de Cuaresma tiene como fundamento de sostén el simbolismo del desierto.
Parece oportuno, entonces, partir de una descripción fenomenológica de todo lo que es el desierto y lo que implica una travesía por él.
Una zona inhóspita, agreste, sin nada hecho, sin camino ni señales. Donde no se deja huella. Espacio infinito que abre la amplitud de miras; un sol sin obstáculos que quiere penetrar... El caminante que no puede detenerse ni hacer una cómoda casa; que no lo tiene todo servido; que debe buscar el agua, la escasa sombra, un refugio para la noche.
Sobre esta experiencia tan cercana al pueblo hebreo (el desierto comenzaba ya en las afueras de Jerusalén y se extendía hacia el Mar Muerto y hacia Egipto) surge el sentido espiritual y profundo del desierto, como itinerario del hombre que busca a Dios y que se pregunta por el sentido de su existencia, tan similar al desierto.
La Primera Lectura es un resumen de esa experiencia hebrea: un pueblo errante y un Dios fiel y salvador.
La pedagogía del desierto acentúa la acción liberadora de Dios, que, mientras se manifiesta como presencia, subraya al mismo tiempo la presencia del hombre artífice de su propio destino. El desierto pone de manifiesto esa tremenda "soledad" del hombre, tan marcada en la literatura y psicología modernas como asimismo en la filosofía, el cual debe dar un Sí totalmente suyo, que no puede construirse a costa del otro.
Lucas en su relato enfatiza ese aspecto de la vida de Jesús: solo en el desierto (Marcos 1,12 dirá que «vivía entre animales salvajes»), hambriento, enfrentado al tentador. Seguramente hoy nuestra pastoral debe volver a esta mística del desierto, para que descubramos la «educación liberadora» que allí protagonizó Dios el Salvador. El cristiano llega a sentirse aplastado por toda una estructura religiosa, a veces de color dudoso, que le impide mirarse a sí mismo y hacer una opción verdaderamente sincera. La misma crisis padece el sacerdocio y la vida religiosa.
Y éste es el sentido de la Cuaresma..., punto cero de la vida de fe. Estas reflexiones tienden a sugerir a la comunidad una vuelta al desierto, es decir, al camino de la liberación interior; a un apartarse sin agresividades de cierto "arsenal religioso" que más bien disfraza que revela a Dios. Y de los muchos puntos de reflexión que el desierto sugiere, escogemos tres que nos parecen esenciales: tiempo de búsqueda, de desprendimiento, de prueba y fidelidad.
La «mística del desierto» estará presente en los restantes domingos que nos irán revelando el rostro de Dios por caminos realmente paradójicos.

La primera lectura de los domingos de Cuaresma presenta las grandes etapas de la historia de la salvación en el AT. El primer domingo, en los ciclos A y B, leemos escenas de los orígenes; pero este año, en cambio, lo que leemos es una afirmaci6n de la fe de Israel, centrada en el hecho decisivo del Éxodo.
Al final de la larga exposición de la Ley, que ocupa la mayor parte del Deuteronomio, se explica un ritual de ofrenda de las primicias, en el cual se incluye el relato de la fe histórica del pueblo. Es una narración en apariencia simple, pero que en su simplicidad transmite una gran carga, incluso emotiva.
 «Mi padre fue un arameo errante». La larga marcha hacia la tierra prometida. Envueltos en una nube, en las sombras, en la promesa, a través de caminos de arena y agua, hasta llegar al fondo de la Luz. En esta cuarentena hacia la Pascua, un desierto, como un paréntesis de desnudez y aridez. Hoy todos estamos caminando en el desierto de una sociedad convulsionada, transformada en un campo de batalla entre la verdad y la mentira, entre el amor y el egoísmo. Un sinfín de ídolos quieren repartirse el espacio humano. Continúa hoy en nuestro tiempo la larga marcha hacia la libertad. Todos los tiempos tienen sus peculiares experiencias de desierto.
El israelita se siente hijo de "un arameo errante" innominado (se trata de Jacob, aunque un Jacob muy distinto del personaje escogido por Dios que presenta el Génesis: ¡un hombre pobre que tiene que emigrar!). Este arameo errante que emigra está en el origen de un pueblo que acabará viviendo como esclavo en Egipto.
En medio de este pueblo sin posibilidades de futuro se hará patente la acción poderosa del Señor: el pueblo clama al Señor, y Él escucha su voz. Y tiene lugar el acontecimiento que constituirá el primer artículo y el más fundamental de la fe de Israel: "El Señor nos sacó de Egipto". El clamor del pueblo, la atención del Señor, y su acción poderosa, constituyen los elementos básicos que identifican al Dios de Israel. (Cf. domingo 3 de Cuaresma).
Y entonces viene el último paso: el don de la tierra. El objetivo de la liberación será hacer que aquel pueblo pueda establecerse como pueblo libre en una tierra en la que valga la pena vivir.

El salmo (90), que antes de la reforma litúrgica se leía prácticamente entero el día de hoy (en el "tractus"), es una plegaria de confianza que identifica el tiempo de Cuaresma.             En el evangelio, el diablo utiliza este salmo para tentar a Jesús con una confianza perversa que ponga a Dios al servicio del éxito fácil; nosotros lo decimos entendiendo qué quiere decir verdaderamente confiar en el Señor.
Después de 40 días de oración y de ayuno pasados en el desierto cerca de Dios, justo antes de emprender su gran combate escatológico, Jesús es tentado por el mal. Satanás le cita este salmo: "Échate de lo alto del Templo, porque Dios prometió que enviaría a sus ángeles para llevarte en sus manos y que tu pie no tropiece contra ninguna piedra". ¡Jesús "oró" realmente este salmo! Y esto es poco decir: El lo "vivió".
El Oráculo final (leer el salmo en esta perspectiva), asume toda su dimensión sólo en el caso de Jesús: se trata, de un gran combate de Jesús contra el pecado y la muerte (el dragón, la antigua serpiente, el diablo, satanás) (Apocalipsis 20,2). Las fuerzas del mal pierden su tiempo desplegándose. La promesa de victoria ya está dada: "¡Tú aplastarás el dragón!" quiero salvarte, protegerte, permanezco contigo, quiero liberarte, glorificarte, darte larga vida, revelarte mi salvación", ¡Se trata, ni más ni menos, de la Resurrección! Este salmo es el canto de victoria de Jesucristo.
El mal se despliega, pero Dios está presente en el corazón de la historia, y el mal será un día definitivamente vencido: certeza de la victoria de Dios a la que estamos asociados. La abundancia de "imágenes" sucesivas nos da idea de la amplitud de la contienda: "la red del cazador"... "El mal pernicioso"... "Los terrores de la noche"... "Las flechas que vuelan en pleno día"... "El mal que ronda en la oscuridad"... (es el más peligroso, que no dice su nombre, el mal solapado; la trampa nocturna) "Las calamidades del medio día"... "La desgracia"... "El peligro"... "La víbora, el escorpión, el león, el dragón"... ¡Esta última palabra denomina eminentemente al mal!. ¡Se trata de un combate entre Dios y el adversario! El mundo moderno sabe que el mal es multiforme, abundante, hábil, solapado y violento. Cada uno de nosotros puede descubrir bajo las palabras de este salmo, realidades muy concretas.
La Cuaresma puede convertirse para cada uno de nosotros, en esta "noche", tiempo propicio para el recogimiento, pasado "al abrigo del Altísimo, bajo su sombra". ¡Una noche de vigilia antes del combate! Como aquella que Jesús vivió antes de entrar "en la contienda". ¿Qué lugar damos a la oración íntima en estos 40 días? ¿Para qué orar? Dirán ciertos espíritus modernos. Hay que luchar, esto es todo. Hay que luchar, Toda oración que evade la confrontación directa sería una oración "perezosa". Todos hemos tenido la experiencia de nuestras debilidades e incapacidades: el primer objetivo de la oración, es retomar fuerzas "cerca de Dios".
Nuestro combate no es contra un adversario cualquiera, sino contra el Adversario (con mayúscula), contra el dragón del Apocalipsis. Ante las fuerzas "sobrenaturales" que combaten contra nosotros no está por demás que los "ángeles" intervengan: Dios  dio a sus ángeles la misión de guardarte en todos los caminos".
El hombre de hoy sabe muy bien, que es juguete de fuerzas verdaderamente cósmicas que lo superan totalmente... Que es incapaz de dominar mediante las solas fuerzas naturales. La oración, entonces, viene a ser la fuerza misma de Dios en nosotros: no nos dispensa de la lucha... ¡Simplemente nos sitúa en el verdadero nivel!
¿Cuál es la victoria de Dios? Es la victoria escatológica, es decir aquella que ya se realizó en Jesucristo: ¡ya se hizo en El! Pero para nosotros, prosigue en tanto prosigue la historia de la humanidad. El oráculo final pronunciado por Dios nos da la explicación: se trata ante todo de la intimidad con Dios (Tengo su amor... El sabe mi nombre... Le respondo si me llama.,. Permanezco con El en la prueba.. "Palabras de amor"... que nos dirige el mismo Dios).
Participación en su gloria (¡quiero glorificarlo!). Es también una liberación (yo lo protejo... Quiero liberarlo... Revelarle mi salvación...). Es finalmente una misteriosa promesa de vida perdurable (¡quiero darle larga vida!) ¡He ahí lo que está en juego en el combate!
Este salmo 90 se utiliza tradicionalmente como oración de "Completas". Se trata efectivamente de una bella oración de la tarde, que prepara a "reposar bajo la sombra protectora del Todopoderoso"... Para ser liberado "de los terrores nocturnos y del mal que ronda en la oscuridad"... La vida moderna es trepidante, agobiadora. Muchas personas se quejan de no tener tiempo para orar a lo largo de su jornada. Debemos hacer de "la tarde" un "tiempo de relax". Pero esto, no es algo automático: hace falta quererlo y preverlo, teniendo por ejemplo en la mesa de noche un libro espiritual (¿por qué no el libro de los Salmos?), que nos recuerde oportunamente que debemos "culminar" nuestra jornada mediante algunos minutos de plenitud interior, con Dios. Este salmo 90 será particularmente útil para prepararnos a un sueño realmente reparador: pedimos a Dios la tranquilidad, la calma, la esperanza. Cuánta gente, por el contrario, envenena sus noches con preocupaciones y angustias, que turbarán su inconsciente, y su reposo. Qué útiles resultan estas frases de confianza: "Digo al Señor: Tú eres mi refugio, mi fortaleza, mi Dios en quien confío... Su fidelidad es una armadura y un escudo... No tiene nada que temer... Descansa a la sombra del Altísimo... La desgracia no puede alcanzarte... Dios te protege"...

En la segunda  lectura, el contexto general de los capítulos 9-10 de Romanos, sobre Israel y su destino, aparecen estos versículos, importantísimos para una concepción profunda y auténtica de la fe.
La fe aquí como en otros tantos lugares bíblicos, no es sólo el asentimiento intelectual, aunque lo incluye, sino la actitud total del hombre. El externo ("boca", "labios") y el interno ("corazón"). Todo el yo comprometido.
El único camino que conduce a la salvación es la fe en Jesucristo, el Señor. Esta salvación no es para el creyente algo que ha de buscar penosamente y que está muy lejos de él, sino algo que lleva en el corazón y confiesa con sus labios. La cita que trae Pablo está tomada de Dt 30, 11-14, donde se dice de la ley: "Estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo (..), ni están al otro lado del mar (...), sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica". Una vez abrogada la ley, Pablo refiere estas palabras a Cristo, el cual "habita por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 17). El núcleo de esta fe lo constituye el hecho y la confesión de que Jesús es ahora el Señor.
"Nadie que cree en él quedará defraudado": cita del AT, de Is 28, 16, que se refiere precisamente a un tema muy apreciado por el NT: la piedra angular puesta por Dios en Sión. Cristo es la piedra que no tiembla. Pablo acentúa el universalismo de la confianza en él. Jesús es el Señor de judíos y griegos. Por la resurrección ha sido constituido por Dios como Señor, un título que el AT reservaba a Yahvé. Lo que implica, por otra parte, la exclusión de un orden teocrático que interponga entre el Señor único y los hombres diferentes grados o señoríos.
"La Palabra de Dios está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón...". Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación. Afirma el apóstol la importancia de la escucha de la palabra de Dios para entrar en el ámbito de la fe y, por ende, de la salvación. Israel no escuchó a su Mesías y ni a sus apóstoles. Los temas de la conversión y de la fe que es propio del tiempo cuaresmal del ciclo C, un tiempo que nos conduce a la renovación bautismal en la solemne Vigilia Pascual. Ante la fe ya no tienen valor las prerrogativas del pasado. Israel debe entrar en el camino de la fe en Jesucristo como último Enviado del Padre para la salvación de los hombres. Todo se ha hecho de nuevo. Ha nacido el nuevo y verdadero Israel constituido por los que escuchan la palabra de Jesús. Es necesario subrayar la relación íntima y profunda que existe entre la palabra y la fe. Ésta surge en el corazón del hombre como un don gratuito de Dios en el encuentro con la palabra que ha de ser escuchada y acogida como parte esencial de ese don. La actitud de escuchar, respuesta libre del hombre, es imprescindible ya que Dios respeta siempre la libertad del hombre. Y esta oferta universal sigue siendo válida en nuestro mundo. El pueblo judío sigue siendo invitado a entrar en el Evangelio.
Los cristianos tenemos una fórmula de fe sumamente concentrada. Nos basta decir con fe: "Jesucristo" = Jesús es Cristo, para quedar justificados. Nos basta decir de corazón: Jesús es Señor, para quedar salvados. Aceptar que Jesús es el único Salvador, el único Señor. No creer en ningún otro Mesías, no aceptar ningún otro Señor. Que nuestro corazón no tenga más dueño que Jesús ni se someta a otra tiranía que la del amor.
Este Credo o este evangelio no se aprende en ninguna escuela teológica. «Está cerca de ti: lo tienes en los labios y en el corazón».
Este Credo está al alcance de todos. «Todo el que invoque el nombre del Señor Jesús -de palabra, con la mente y el corazón- se salvará, sea judío o griego, católico o protestante, obispo o laico, de derechas o de izquierdas, de la ciudad o del pueblo». «¡Se salvará!».

Desde el evangelio se nos proporciona luz para vivir la realidad cotidiana de las tentaciones. "Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre" (Lc 4, 2) El Hijo de Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias, menos en una, en el pecado. Sin embargo, quiso someterse a las asechanzas del peor enemigo del hombre, el Demonio.
Aceptó sufrir la tentación, esa situación penosa en la que el hombre se ve envuelto con frecuencia. Situación tan penosa a veces que, si no se tiene la conciencia bien formada, se puede confundir y llenarse de angustiosos escrúpulos, porque en su imaginación, o en sus deseos, se esconden las peores aberraciones. Por eso, la primera enseñanza que hemos de sacar de este pasaje es que la tentación no es de por sí un pecado, y que si la vencemos, es incluso, un acto meritorio a los ojos del Señor.
Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba.....Sin embargo, el exponerse a una prueba es lo que hace progresar al deportista o al estudiante.
* Las tentaciones de Jesús  en el desierto son las nuestras:
 El hambre, que simboliza todas las "reivindicaciones" del cuerpo.
La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.
La sed de poder, el temible instinto de dominación.
¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: "El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia". La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos a menudo.
 Como creyentes no podemos obviar la realidad del pecado. Sólo el reconocimiento de nuestro pecado nos pone en disposición para captar la generosidad del perdón de Dios. Es el don gratuito de la amnistía que Dios nos regala a raudales. El pecado es dejarse llevar por la sinrazón. Es el engaño que nos seduce como aparece en el relato del Génesis. Sólo cuando se nos abren los ojos nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Porque el pecado es una traición al amor de Dios, es no ser fiel a nuestro compromiso bautismal, es alejarnos de Aquél que es nuestra vida. Por eso debemos pedir al Señor un corazón puro, renovado, transformado. Nos dice el Papa en su mensaje para esta Cuaresma: “Las obras de misericordia nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado»… más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.” (Papa Francisco. Mensaje cuaresma 2016).
Hoy deben resonar en nosotros en toda su plenitud las palabras finales del Padrenuestro: Y no nos dejes caer en la tentación”… La frase del padrenuestro --la oración que Jesús nos enseñó y que define perfectamente la figura de Dios Padre-- nos sitúa claramente en la existencia de la tentación. Todos somos tentados y muy frecuentemente.
San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales dice en su punto 314: “En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados”.
No debemos olvidar que para que la tentación tenga acogida busca en primer lugar hacernos desconfiar de Dios y de la bondad de su Plan para contigo, pues mientras nos aferres a la palabra y consejos divinos tal como lo hizo Jesús en el desierto, no podrá vencernos. ¡Cuántas veces el Demonio nos sugiere que Dios en realidad no quiere nuestro bien ( Gen 3, 2-5), que es un egoísta, que no nos escucha, que seguir su Plan es renunciar a nuestra propia felicidad, condenarnos a una vida oscura, triste e infeliz! Y una vez que siembra en nuestro corazón la desconfianza en Dios y en sus amorosos designios para nuestra vida, él mismo se presenta como aquel que es digno de ser creído, y su tentación como “la verdad” que conduce a nuestra felicidad,  realización, y vida plena, a lo largo de los siglos resuenan las palabras del Génesis “¡serás como Dios!”.
El evangelio de hoy nos enseña que el mejor modo de vencer la tentación del enemigo y evitar el pecado, es la oración y la mortificación. Por muy fuerte que sea la inclinación al mal que podamos sentir, siempre la venceremos con la ayuda de Dios y con nuestro esfuerzo. Si actuamos así, estaremos seguros de la victoria; de lo contrario seremos víctimas fáciles del enemigo. Este tiempo de Cuaresma es propicio para esas dos prácticas que tanto bien hacen a nuestra alma. Orar sin cesar, pensar en Dios y pedirle su ayuda continuamente. Es cierto que hay que buscar un rato para estar a solas con el Señor, pero también es cierto que podemos acudir a Dios y pensar en él en medio de nuestro trabajo de cada día, en la calle o en casa; donde quiera que estemos allí está también Dios, dispuesto a escucharnos y a echarnos una mano en nuestras necesidades. Sobre todo recurramos a él, y a su Madre, cuando sintamos cerca al enemigo que nos tienta al pecado.
Y, además, la mortificación, negar a nuestro cuerpo alguna cosa, ser austeros en nuestras comidas y en nuestro modo de vivir. Luchar contra el afán de confort que reina en nuestra sociedad de consumo, el privarse de alguna cosa que realmente no es necesaria, el suprimir un gasto caprichoso y entregar ese dinero a una obra buena, o para socorrer a un pobre. Estas palabras pueden parecer extrañas e incluso desfasadas para el hombre de hoy. Sin embargo, tienen una actualidad perenne porque perenne es el Evangelio, y perenne es nuestra fragilidad para el mal, la inclinación de nuestra voluntad para lo fácil, aunque esa facilidad nos conduzca a nuestra perdición física o moral. Es preciso robustecer la voluntad mediante una ascesis que la haga fuerte y ágil, para que siga con prontitud y eficacia lo que el entendimiento descubre como mejor. Y, sobre todo, hemos de ser fieles a Jesucristo. Cosa imposible sin oración y mortificación.
Este esfuerzo, concretado en la mortificación y espíritu de penitencia propias del tiempo cuaresmal, es lo que la Iglesia nos  recuerda. Si caminamos con Cristo paciente, le acompañaremos también en su itinerario de gloria. Son cuarenta días de desierto que, si los vivimos como es debido, serán la preparación adecuada para la gran fiesta de la Pascua.
Nuestro reto cuaresmal: presentar con nuestra vida el vigor y la fuerza del Evangelio.
Si alguien quiere conocer a Cristo y su Evangelio desde fuera de la Iglesia, no lo tendrá fácil.
Ennuestrasociedadloreligiososelepresentaráamenudocomo“anacrónico”yquedicemuypocoparalavidaactual.Lasceremoniasreligiosasquecontempleyellenguajeeclesiásticoqueescucheleharánpreguntarse:“¿Aquévienetodoesto:hayquevestirseohablarasíyhaceresosritospararelacionarseconDiosovivirelEvangelio?” Quizás se le presente también lo religioso como “autoritario”.
Ante la imposición de verdades y dogmas que hay que aceptar aun sin entender y ante una institución que prohíbe y censura, se planteará la pregunta: “¿Cómo voy a aceptar algo que se me trata de imponer de forma autoritaria?”
Podría tener la impresión de que en las instituciones religiosas hay miedo al avance de la ciencia, el progreso de las ideas y los cambios sociales .Incluso sospechar que lo religioso, tal como a veces es presentado y vivido, se opone a las conquistas más nobles de los pueblos. ¿Cómo percibir entonces a ese Cristo que vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia? Aparte de lo que haya de injusto o verdadero en esta visión de lo religioso, lo cierto es que con esta percepción es casi imposible que una persona llegue a descubrir la luz y la fuerza que Cristo puede infundir a la existencia. Para quienes sólo conocen lo religioso “desde fuera”, la verdadera oportunidad de entrar en contacto con “lo cristiano” y descubrir a ese Dios es encontrarse con hombres y mujeres cuya vida ponga claramente de manifiesto que creer  en Dios hace bien, nos humaniza profundamente y nos da fuerza para hacer un mundo nuevo y vivir con sentido y esperanza. Y la Cuaresma nos llama a ser esas personas nuevas para renacer con Cristo y ser, como Él, verdadera luz y verdadera sal de la tierra.
Un deseo hecho oración
"Dios de misericordia y bondad: al iniciar el camino cuaresmal queremos acercarnos más a Jesús y adentrarnos en su misterio para celebrar de verdad la Pascua.
Ayuda nuestra fe para no domesticar la fuerza de tu Palabra ni aferrarnos al materialismo. Que vivamos desde la caridad y el servicio a todo el mundo. Por Jesucristo, nuestro único Señor. Amén."
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com