viernes, 23 de septiembre de 2016

Comentarios a las Lecturas del domingo XXVI del Tiempo Ordinario 25 de septiembre de 2016.

De nuevo en este domingo se nos presenta con la viveza de las palabras proféticas y con la sencillez de una parábola el tema de la división de los hombres en ricos y en pobres (el tema dominante de hoy es el mismo: el dinero que esclaviza). Son mucho más numerosos los pobres que los ricos. Un problema grave en nuestra sociedad es la insensibilidad ante las estadísticas: apenas nos impresiona conocer que hay ocho millones de pobres en España. Todos corremos el peligro de olvidarnos de los pobres, pasar de ellos en cualquier semáforo o acostumbrarnos a su presencia.
 
En la primera lectura  ( Am 6,1a.4-7) oímos al profeta Amós que interviene en el Reino del Norte (Israel) durante el reinado de Jeroboan II. La coyuntura política y económica de este siglo VIII produjo, tanto en el reino de Israel como en el de Judá, una profunda separación entre los ricos, que se aprovecharon al máximo de los acontecimientos, y los pobres, que en estos momentos se ven más desamparados que nunca.
En Samaria, algunos de sus habitantes se enriquecen a costa de los otros, y el lujo aparece por todas partes: se construyen "casas de sillares" (5.11); el mobiliario es de lujo: "os acostáis en lechos de marfil" (6,4) se divierten sin conocimiento (4,1;6,4-6) y sin preocupación alguna. Su fe en Samaria es ciega: su pueblo es la flor y nata del mundo próspero.
Amós es un hombre del desierto; por esta razón es sumamente sensible a la injusticia social en todas sus formas. Yahvé no puede soportar que su pueblo viva como un advenedizo, y su castigo se ve ya perfilarse en el horizonte. Las invectivas del profeta contra la clase poderosa le valdrán la expulsión.
Amós describe en los vv. 4-6 el lujo y goces a los que se entrega esta gente despreocupada. El profeta no puede soportar que el lujo de los poderosos (vv. 4-6) insulte descaradamente la miseria de los oprimidos,  acaba con un breve oráculo de condena (v.7).
En nombre de Dios condena sin paliativos el despilfarro, la molicie y la injusticia de los opresores y la seguridad (totalmente falsa) en que creen moverse.
Tocan el arpa, como David, pero con un fin muy diverso: divertirse; beben en copas que sólo estaban destinadas a uso cúltico (Ex 38. 3; Nm 4. 14). Dedicándose a los placeres de la mesa creen servir a los intereses del pueblo; sólo viven para la fiesta, "... pero no os doléis del desastre de José".
El "pues ahora" del v. 7 introduce el oráculo de condena: la inminencia del juicio divino caerá como jarro de agua fría sobre las ilusiones alienantes de los samaritanos. Los que se llamaban flor y nata de los pueblos tendrán el lugar que les corresponde: "encabezarán la cuerda de los deportados" (v. 1b).
La tremenda realidad del destierro abrirá los ojos a los que ahora no quieren abrir sus oídos a las quejas de los pobres y a la denuncia del profeta. El mismo Dios hablará con hechos tremendos y dará "un corte" a la orgía de los disolutos. Los dirigentes de Israel serán los primeros en ser deportados. Todo esto ocurriría unos treinta años más tarde de la predicación de Amós.
 
El responsorial de hoy es el salmo 145 ( Sal 145,7-10). Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. El salmista canta el amor de Dios en una especie de carillón festivo, más sensible en hebreo por la repetición, nueve veces, de una misma construcción gramatical que se llama el "participio hímnico":
Dios
-Que ha creado los cielos
-Que mantiene su fidelidad
-Que hace justicia a los oprimidos...
-Que da el pan a los hambrientos...
Yahvé
-Que libera a los prisioneros...
Yahvé
-Que abre los ojos a los ciegos...
-Que endereza a los encorvados...
Yahvé
-Que ama a los justos...
Yahvé
-Que guarda a los peregrinos...
-Que protege al huérfano y a la viuda...
Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.
Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.
En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo.
 
La segunda lectura (1 Tim 6,11-16) es una  exhortación sobre el testimonio cristiano. El v.12 alude a cómo Timoteo "hizo noble profesión ante muchos testigos".
Esta profesión de fe, se pone en relación con la confesión del propio Jesús, que ante Poncio Pilato dio testimonio de la verdad y proclamó sin temor su realeza (v.13). El discípulo de Jesús tampoco debe tener miedo de proclamar la verdad delante de las autoridades de este mundo.
Pero hay también otro testimonio, en cierto modo más difícil, porque no es la decisión heroica de un momento, de la que todo el mundo es más o menos capaz, sino que está hecho de fidelidad indefectible en la práctica cotidiana de las virtudes, ante Dios (religión, fe) y ante el prójimo (justicia, amor, paciencia, delicadeza) (v.11). El testimonio es posible a partir de la fe, que significa vivir el presente pendientes de un futuro que no palpamos, en función de la venida de JC y del Dios inmortal, a quien "ningún hombre ha visto ni puede ver" (vv. 15-16)
 
Hoy el evangelio (Lc 16,19-31) vuelve a ofrecernos una parábola de Jesús. En esta ocasión la parábola forma parte de una más amplia réplica, a los fariseos. Son buenos conocedores de la Ley
y de los Profetas, y deberían saber que aquello que los hombres tienen por más elevado, para Dios es sólo basura (Lc.16,15). Pero parecen desconocerlo, a pesar de que el principio mantiene toda su vigencia, especialmente ahora que el Reino de Dios es una realidad. Para recalcar esa vigencia cuenta Jesús la parábola, En ella Jesús se sirve de los mismos espacios figurativos con que sus interlocutores fariseos concebían el más allá de la muerte. Estos espacios eran el seol o infierno como lugar de tormento y el seno de Abrahán como lugar de dicha. Seno de Abrahán es en realidad una imagen que designa el puesto de honor en un banquete, es decir, el puesto a la derecha del anfitrión. Por no estar los comensales sentados, sino reclinados o tumbados, el comensal contiguo a otro daba la impresión de estar recostados, de tener apoyada su cabeza en el regazo del otro.
 El pobre ocupaba ahora el puesto de honor junto a Abrahán, el padre de todos los judíos. Observemos que la situación del rico y del pobre es ahora exactamente la inversa a la descrita al comienzo de la parábola.
El rico se dirigió a Abrahán solicitando la presencia benéfica del pobre, a lo que Abrahán respondió invitando a su hijo al recuerdo del pasado, para añadir después: "Ahora, en cambio, él encuentra aquí consuelo y a ti te toca sufrir". La parábola no habla para nada de una compensación a Lázaro por haber sido antes pobre, ni de un castigo al rico por haberlo sido con anterioridad. La parábola invierte situaciones sin más, empleando la misma técnica de contraste que ya conocemos por otros textos, p.ej. en el caso de Marta y María. El rico, se hizo la reflexión de la situación y pidió a Abrahán el favor de enviar a Lázaro a sus hermanos que todavía vivían en la tierra, en el convencimiento de que la presencia de un muerto les haría reflexionar. Abrahán no se lo concedió, alegando que es suficiente con prestar oídos a lo que dicen la Ley y los Profetas.
La parábola termina así, remitiendo a los fariseos a la Ley y a los Profetas, es decir, a lo que ellos tan bien conocen. Ellos siguen siendo el hijo mayor de hace dos domingos.
 
 
Para nuestra vida
Hoy se nos plantea el tema de lo necesario y lo superfluo. Dice que el pobre esperaba lo que tiraban de la mesa del rico. Fácilmente el rico piensa que resuelve su problema moral dando de lo que a él le sobra. Hubo -hace no muchos años- teólogos que distinguían entre lo necesario y lo superfluo. Todo se solucionaba dando de lo superfluo. Pero la parábola afirma claramente que la solución no está ahí, ya que el problema -el pecado- está en que uno tenga "bienes" y el otro "males".
No se trata de atenuar los males y reducir los bienes. La solución única es terminar con la división entre ricos y pobres. Que todos participen de la misma mesa. Quizá convendría decir claramente que eso no depende principalmente de la buena voluntad de los ricos. A menudo -en la organización actual de la sociedad- estos no pueden hacer gran cosa si se limitan a ayudar (una ayuda que puede tener su valor, pero que deja intacta la máquina económica que genera ricos y pobres). El cristianismo -como tal- no tiene una solución económica para conseguir una sociedad más justa e igualitaria.
Pero los cristianos -junto con otros hombres que caminan hacia esta sociedad- debemos trabajar, luchar, por conseguir esta mejor organización social.
Hablar de los ricos no es difícil. Son los que centran como única preocupación de su vicia la comida y la bebida, los que reducen toda su filosofía existencial a un concepto de hedonismo materialista, los que se acuestan en "lechos de marfil" en un lujo despreocupado e insultante con los parados y chabolistas, los que creen que la vida es una orgía de olores, de sonidos y sensualidades, los injustos que explotan a los más débiles.
Es más fácil elogiar la pobreza que soportarla, pues siempre humilla al hombre y a algunos los hace humildes, pero a los más los hace malévolos. De ahí que cuando se experimenta la pobreza, se aprende a compadecer la de tantos desgraciados que giran en cualquier necesidad humana o espiritual.
 
En la primera lectura nos encontramos una vez más el profeta Amós critica con palabras durísimas la explotación que hacían los ricos y gobernantes de su tiempo con los más pobres e indefensos. Además, les dice ahora, lo hacen valiéndose de la religión establecida por ellos mismos, dando culto a Dios desde Sión, en Jerusalén, o en Samaría. Debemos examinar también hoy cada uno de nosotros nuestra conducta religiosa y nuestra conducta social, porque la justicia social debe ser siempre justicia religiosa. No podemos los cristianos decir que estamos dando verdadero culto a Dios si no practicamos una verdadera justicia social cristiana.
 
En el salmo expresamos nuestra alabanza a Dios, que cuida del hombre , especialmente de aquel que sufre las consecuencias de  la maldad, del egoísmo y del orgullo. Dios apoya a quienes han caído o pueden caer en los caminos resbaladizos, en los senderos tortuosos y  sendas llena de revueltas que conducen al hombre a la desesperación y lo deja en situaciones de fracaso.
 
San Pablo en la Primera Carta a Timoteo anima a la práctica de varias virtudes: la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Es curioso, pero la primera de todas es la justicia. No hay caridad (amor) sin justicia, la piedad desligada de la justicia puede ser falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta, la paciencia y la delicadeza no son enemigas de la denuncia y del compromiso solidario con los oprimidos. Hace falta una civilización del amor y de la solidaridad. Hoy a escala mundial hay naciones bien alimentadas y otros muchos pueblos hambrientos. El apego a los bienes de este mundo corrompe el corazón del hombre y destruye toda posibilidad de sentido fraternal. Por eso, no basta redescubrir el valor de la pobreza, sino que es preciso abrirse a la solidaridad con los demás.
 
El evangelio nos presenta la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, lo relatado no es cosa del pasado, es de lo más actual, sólo que multiplicados los Lázaros por millones y en situación más hiriente y escandalosa. Este amor preferencial... no puede dejar de abarcar las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor, no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecemos al “rico Epulón”, que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta. El nombre Epulón significa "convidado", o "comensal". En latín "épulo" es aquél que da un convite, o también el invitado. En castellano lo asociamos con aquél que come y bebe mucho. Pero en realidad, el rico en la parábola no tiene nombre, el pobre sí: Lázaro. Quizá es una forma de manifestar que el más importante no es siempre el que se piensa, pues Dios hace una opción por aquél que lo está pasando mal.
Optar los por pobres es optar por una riqueza compartida, por una vida en sobriedad solidaria, por una sociedad en la que la justicia social sea una virtud primera e indiscutible. Que los Epulones vean a los Lázaros de la sociedad en la que viven no sólo para aprovecharse de ellos, cuando los necesitan, sino para ayudarlos cuando los ven necesitados. Parece evidente que muchos ricos se han hecho ricos a costa del esfuerzo, del trabajo y de la explotación de los pobres, lo cual es algo totalmente antievangélico, contrario al comportamiento de Jesús. Los cristianos de hoy debemos ser los primeros en defender una justicia social evangélica, optando por una sociedad cristiana en la que la distancia entre ricos y pobres sea cada día menor y en la que los Epulones y los Lázaros se vean y se ayuden mutuamente, más como hermanos que se necesitan, que como enemigos que se autodestruyen. Esto es, repito, lo que predicó Jesús de Nazaret en una sociedad en la que la desigualdad social entre ricos y pobres era grandísima y escandalosa. Y si esto es lo que hizo Jesús de Nazaret en su vida, esto es, necesariamente, lo que debemos hacer los cristianos de hoy.
Hay quienes piensan que con asistir a Misa, con comulgar de cuando en cuando, con rezar determinadas oraciones o dar algunas limosnas, ya está todo arreglado. Y viven completamente al margen de lo que es el camino señalado por Dios, seguros de que al final todo se solucionará, de que habrá tiempo de arrepentirse. Y mientras llega ese momento, tan lejano al parecer, viven como paganos, sin pensar más que en sí mismos.
"Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal…" (Lc 16, 20). Jesús actuaba y hablaba con plena franqueza, decía con libertad lo que tenía que decir, tanto a los de arriba como a los de abajo, tanto a los ricos como a los pobres. Tocaba, además, todos los temas. En muchas ocasiones sus palabras aquietan el alma, en otras inquietan al hombre. Habla de premio pero también de castigo. Nos refiere cuán grande es el amor y la misericordia del Padre, pero nos advierte también cuán terrible es su ira y su eterno castigo. Él nos quiere transmitir la verdad, pero toda la verdad, esa que nos hace libres y nos redime si la aceptamos con el entendimiento y la acatamos con la voluntad, luchando para que toda nuestra vida se acople a las enseñanzas del Evangelio.
Hoy nos habla el Señor de aquel ricachón que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, ávido de recibir unas migajas de las muchas que se caían de la mesa del epulón. Sólo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. El hombre rico estaba tan abismado en sus negocios y en sus francachelas que no veía, porque no quería ver, la miseria que rodeaba su grandeza. Pero la muerte iguala al poderoso y al débil. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en la blanda tierra. Sin embargo, tanto uno como otro fueron pasto de los gusanos y la podredumbre. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados volvieron a ella. Pero ahí terminaba su historia, pues, digan lo que digan, en el hombre hay un algo distinto de los animales, y ese algo se llama alma inmortal.
El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia. Aquel que en su abundancia se olvidó de la necesidad ajena fue arrojado al infierno, el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza fue llevado por los ángeles al descanso y la paz. Es verdad que no podemos hacernos una idea clara del infierno, ni tampoco del cielo. Pero lo cierto es que ambas realidades existen y que en una se sufre lo indecible y sin remedio, mientras que en la otra realidad se goza plenamente y sin fin. Casi siempre se habla del fuego, también del llanto y las tinieblas, de la desesperación que hace rechinar los dientes, de la sed insaciable, de la separación definitiva de la imposibilidad de amar y de ser amado. Es la más terrible amenaza, el último y tremendo recurso que el Amor, sí el Amor, tiene para atraernos y salvarnos. Es verdad que la lejanía de ese castigo, aunque quizá sea mañana, nos puede dejar indiferentes. Peor para nosotros. Luego no diremos que nadie nos avisó.
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Lecturas del domingo XXVI del Tiempo Ordinario 25 de septiembre de 2016

PRIMERA LECTURA
LECTURA DE LA PROFECÍA DE AMÓS 6, 1a. 4-7
Esto dice el Señor omnipotente:
«¡Ay de los que se sienten seguros en Sión, y confiados en la montaña de Samaría!
Se acuestan en lechos de marfil; se arrellanan en sus divanes, comen corderos de rebaño y terneras del establo; tartamudean como insensatos e inventan como David instrumentos musicales; beben el vino en elegantes
copas, se ungen con el mejor de los aceites pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José.
Por eso irán al desierto a la cabeza de los deportados y se acabará la orgía de los disolutos».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10
R. ALABA, ALMA MÍA, AL SEÑOR.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.
 
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R.
 
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO 6, 11-16
Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste notablemente delante de muchos testigos.
Delante de Dios, que da la vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.
Palabra de Dios.


ALELUYA 2 Cor 8, 9
Jesucristo, siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 16, 19-31
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
"Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas".
Pero Abrahán le dijo:
"Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros".
Él dijo:
"Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también vengan ellos a este lugar de tormento".
Abrahán le dice:
"Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen".
Pero él le dijo:
"No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán"
Abrahán le dijo:
"Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto"».
Palabra del Señor.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Comentarios a las lecturas del Domingo XXV del Tiempo Ordinario 18 de septiembre 2016.

Las lecturas de este domingo son de una gran actualidad, pues a través de ellas encontramos aportes muy inspiradores sobre la Ética de los Negocios. La corrupción pertenece a esa zona oscura de los seres humanos, allí donde se ocultan nuestras miserias (el orgullo, la envidia, la codicia). Si nos descuidamos y dejamos llevar por lo que la sociedad considera como normal y políticamente correcto, terminaremos como los personajes de estos relatos.
 
La primera lectura es del profeta Amós ( Am 8,4-7)Amos vive ochocientos años antes del nacimiento de Cristo. En este tiempo los reinos judíos del Norte y del Sur viven una gran prosperidad, que, aunque no duró mucho, fue superior a la de los tiempos de Salomón. Pero esas riquezas –Amos se asombra de la magnificencia de los edificios públicos—se habían obtenido de manera injusta y clama contra ellas.
Amós guardaba ovejas por los campos de Tecua; también descortezaba sicómoros. Y un día Yahvé le sacudió de pies a cabeza. Entonces el profeta sintió escocer en su propia carne toda la tragedia que sufría la gente de su pueblo, toda la tremenda injusticia social en que la gente vivía. Los ricos abusaban de los pobres aprovechándose de su situación privilegiada. Los hacían trabajar sin descanso, explotaban su trabajo, pisoteaban los derechos más sagrados de la persona. Lo que más le dolía al profeta era el desamparo de los pobres, que eran víctimas de la ambición de los poderosos.
Es uno de los profetas que denuncia con mayor dureza el pecado social que los ricos de su tiempo estaban cometiendo contra los pobres. Compraban por dinero al pobre, poniéndoles en la disyuntiva de, o someterse a sus fraudes e injusticias, o morir físicamente de hambre.
 
Salmo : Sal 112,1-8
Este es el primero de los himnos de Hallel egipcio, cantado en la comida de Pascua, y en las grandes solemnidades de Israel.
Salta a la vista el parentesco de este salmo con el Magníficat de María: Ella también: "alaba el nombre santísimo"... Ella canta al Dios que "engrandece a los pobres"... Ella es por excelencia la mujer dichosa a quien Dios da una posteridad inesperada, ya que es virgen, y por ello las "generaciones la llamarán bienaventurada".
 
Seguimos el comentario al salmo del papa emérito Benedicto XVI
" La primera estrofa (Cf. Salmo 112, 1-3) exalta «el nombre del Señor» que, como se sabe, en el lenguaje bíblico indica a la misma persona de Dios, su presencia viva y operante en la historia humana.
 En tres ocasiones, con insistencia apasionada, resuena «el nombre del Señor» en el centro de esta oración de adoración. Todo ser y todo el tiempo, «de la salida del sol hasta su ocaso», dice el salmista (versículo 3), se une en una única acción de gracias. Es como si una respiración incesante se elevara desde la tierra hacia el cielo para exaltar al Señor, Creador del cosmos y Rey de la historia.
 3. Precisamente a través de este movimiento hacia lo alto, el Salmo nos conduce al misterio divino. La segunda parte (Cf. versículos 4-6) celebra la trascendencia del Señor, descrita con imágenes verticales que superan el simple horizonte humano. Se proclama: el Señor «se eleva sobre todos los pueblos», «se eleva en su trono» y nadie puede estar a su nivel; incluso para ver los cielos «se abaja», pues «su gloria está sobre los cielos» (versículo 4).
 La mirada divina se dirige a toda la realidad, a los seres terrestres y a los celestiales. Sin embargo, sus ojos no son altaneros o distantes, como los de un frío emperador. El Señor, dice el salmista, «se abaja para mirar» (versículo 6).
 4. De este modo, pasamos al último movimiento del Salmo (Cf. versículos 7-9), que cambia la atención para dirigirla de las alturas celestes a nuestro horizonte terreno. El Señor se abaja con solicitud hacia nuestra pequeñez e indigencia, que nos llevaría a retraernos con temor. Señala directamente con su mirada amorosa y con su compromiso eficaz a los últimos y miserables del mundo: «Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre» (v. 7).
 Dios se inclina, por tanto, ante los necesitados y los que sufren para consolarles. Y esta expresión encuentra su significado último, su máximo realismo en el momento en el que Dios se inclina hasta el punto de encarnarse, de hacerse como uno de nosotros, como uno de los pobres del mundo. Al pobre le confiere el honor más grande, el de «sentarlo con los príncipes»; sí entre «los príncipes de su pueblo» (versículo 8). A la mujer sola y estéril, humillada por la antigua sociedad como si fuera una rama seca e inútil, Dios le da el honor y la gran alegría de tener muchos hijos (Cf. versículo 9). Por tanto, el salmista alaba a un Dios sumamente diferente de nosotros en su grandeza, pero al mismo tiempo muy cercano a sus criaturas que sufren". (Benedicto XVI. Audiencia general del miércoles, 18 mayo 2005, el Salmo 112).
 
La segunda lectura es de la Primera carta a Timoteo (1 Tim 2,1-8). Es toda una “oración universal” pidiendo orar por toda la humanidad, porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (2,8).
San Pablo le pide a su amigo y hermano en la fe “que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracia por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz”. A pesar de lo absurda que pueda parecer esta propuesta de san Pablo, los ciudadanos, independientemente de nuestra posición política, deberíamos pedir por las autoridades, de manera que el bien común esté por encima de los intereses particulares.
 El autor de esta carta está convencido de que en Jesús, Dios ha actuado la salvación universal; que no hay otro salvador y que la salvación es una oferta de Dios, real y verdadera, a todos y cada uno de los hombres del mundo entero. Sabe que Jesús resucitado había mandado a sus apóstoles: Id al mundo entre y enseñad a todas las gentes (Mt 28, 20). Y este mandato se apoya en su obra de proclamador del Evangelio y de realizador de la salvación. Nadie debe quedar excluido de la oración de un creyente en Jesús, porque sabe que el Padre revelado por Él es el Padre que se cuida con solicitud de todos los hombres, que manda la lluvia sobre justos y pecadores y hace brillar su sol sin fronteras. Para el creyente toda la humanidad es una familia que Dios ama y que se secciona en naciones, por un lado, o en culturas e ideologías por otro, para mejor expresar la singularidad, pero nunca se debe romper la universalidad. Y esto no es una teoría, piensa el autor de esta carta, sino una realidad viva que se desprende de otra realidad viva: la universalidad del amor de Dios (creador y Padre) manifestado en Cristo Jesús (Salvador).
 
El evangelio de San Lucas (Lc 16,1-13),  es la parábola del hombre rico que tenía un administrador infiel. Se trata de un texto muy interesante y polémico. Un administrador, sorprendido y acusado de abusar de la confianza de su amo, sabe que será despedido; se encuentra en una situación límite y muy difícil para él y su familia. ¿Qué hacer? Decide actuar sagazmente (sabiamente) y se ingenia esta forma tan singular de agraciarse con los deudores para que luego pueda recibir su ayuda (¡una especie de tráfico de influencias a la antigua!). Jesús enseña que ha llegado el momento final (se ha cumplido el plazo determinado por Dios para realizar su plan de salvación); no se puede perder el tiempo; las circunstancias urgen porque con él llega la última oferta de salvación ofrecida por Dios; es necesario actuar sagazmente (sabiamente) porque el destino del hombre está en juego.
 
El principal aporte que encontramos en este relato se refiere a la rendición de cuentas.
En la parábola que nos ocupa, el dueño del capital le exige a su administrador una rendición de cuentas, porque habían llegado a sus oídos unas acusaciones muy serias sobre los manejos que se estaban dando. Como arma de defensa, el empleado optó por la modificación de las facturas y recibos, que es una práctica corrupta muy extendida.
El dueño de los bienes se enteró de las modificaciones que estaba haciendo su empleado y, como lo dice el texto de la parábola, “Tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”.
Hay dos elementos en el relato: el administrador infiel actúa sagazmente, aunque injustamente (cometiendo un último abuso en su cargo). Y Jesús propone a sus discípulos que actúen del mismo modo. Pero, ¿cómo es ejemplar el administrador para sus discípulos? En su modo sabio e inteligente de resolver la grave situación, pero no en el modo injusto de salir de la misma, responde Jesús. Porque es una parábola y no una alegoría*. Porque en otros lugares de la enseñanza de Jesús no encontramos que alabe los comportamientos que lesionan la justicia o la paz (se declara siempre contra la injusticia y contra la violencia). Jesús insiste en que hemos de estar vigilantes y atentos a la oferta salvadora de Dios a través de sus gestos y palabras. De esta manera el episodio transformado en parábola se ha convertido en una admirable lección para sus discípulos. Y este Evangelio sigue teniendo vigencia hoy. Es necesario, en medio del mundo, tener la sabiduría de leer en los acontecimientos y deducir la lección que fundamente realmente nuestra esperanza. Hay que contar con los bienes visibles, pero con sabiduría para alcanzar los bienes eternos. Y esto es lo que explica Jesús en las palabras que siguen y que constituyen el objeto de la siguiente reflexión.
Diríase que Jesús parece felicitar o poner de modelo a un administrador infiel, a un sinvergüenza, al malo de la película. En una lectura sosegada y global ya es otra cosa. Jesús no alaba la injusta gestión del administrador estafador e infiel, pues es despedido de la administración.
Lo que alaba Jesús es su inteligencia, su laboriosidad, su sagacidad y previsión. Jesús viene a decirnos que los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz (Lc 16,8). El dinero sirve para todo, dice el sabio en la Biblia. En sí no es ni bueno ni malo. Lo hace bueno o malo su uso o su abuso. Y en principio es bueno y necesario. De tal modo es bueno, que hasta para ser buen cristiano hay que solucionar previamente el problema humano de la subsistencia que viene por el trabajo y el dinero. ¡Qué bien lo saben los misioneros portando a la vez la cruz y la azada, el evangelio y la economía! Y al igual que agradecemos los avisos reiterados de peligros en carretera, deberíamos agradecer también que la Palabra de Dios nos recuerde de vez en cuando la peligrosidad del dinero mal administrado.
En realidad, lo que Jesús condena es “servir al dinero”, no que el dinero nos sirva, es decir, Jesús condena idolatrar el dinero, ser esclavo del negocio, que aleja del culto a Dios y de la convivencia humana con la sociedad. Jesús condena la riqueza mal adquirida y peor distribuida.
Finalmente, la parábola nos hace una aguda observación sobre la importancia de ser delicados en los procedimientos administrativos y en la gestión de los negocios: “El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes”.
Los hijos de este mundo son más sagaces (para sus cosas y negocios) que los hijos de la luz (para los intereses del reino), es una frase paradójica y conscientemente desconcertante para que los oyentes presten mayor atención. Y lo mismo habría que decir de la expresión ganaos amigos con el dinero injusto...; es una paradoja querida y buscada por Jesús para conseguir el mismo resultado o para intentar conseguirlo ya que ciertamente Él era un excelente maestro con una gran pedagogía, pero los que le seguían no fueron, durante su vida terrena, tan admirables discípulos (¡lo serán después de la resurrección y el don del Espíritu que les guiará a la verdad completa!). Jesús sigue poniendo en paralelo las dos situaciones: el comportamiento frente a los bienes y asuntos temporales (importantes pero no absolutos) y el comportamiento frente a los bienes que Él ofrece al anunciar con la palabra y los gestos la realidad del reino.
 
Para nuestra vida.
La primera lectura reflexiona acerca de las injusticias. Dios no podía quedar impasible ante esa situación. El pecado de injusticia contra los pobres enseña Santiago (St 5,4) es de los que claman al cielo. Por eso la voz de Dios se oye clara y enérgica, como un rugido, dirá el profeta.
La Primera Lectura del Profeta Amós (Am. 6, 4-7) puede servir para describir la situación de corrupción en que se encuentra el mundo.  El Profeta acusa y reprocha fuertemente a los que cometen fraude, a los vendedores sin escrúpulos que se enriquecen a expensas de los pobres y que suben los precios aprovechando la necesidad ajena.  Y amenaza el Profeta a los que así se comportan con el castigo de Dios, diciendo que el Señor no olvidará jamás ninguna de estas acciones.  Es decir:  las malas acciones, los actos que van contra la Ley de Dios -y que además hacen daño al prójimo- tienen el castigo de Dios ... o pueden tener el perdón de Dios, si el pecador se arrepiente y no peca más.
Hoy día estas palabras de Amós resuenan con toda actualidad. Gran parte de la culpa de la desgracia que ha caído sobre Israel la tienen los mercaderes que, con su rapacidad, despojan en esta época de hambre a los más débiles. El profeta recrimina sin compasión estas lacras sociales. La ambición de los negociantes perversos llega al límite de que, importándoles poco la celebración del culto, se impacientan por las fiestas religiosas. Su corazón está sediento de dinero.
Nuestra sociedad está en aspectos como éste muy próxima a aquella problemática, también hoy tenemos nosotros razones para afirmar que el pecado social que denuncia el profeta Amós sigue estando muy vivo entre nosotros. Los grandes ricos de hoy –empresas, multinacionales, países ricos respecto a países pobres, etc.- siguen explotando al pobre sin misericordia alguna. Pero no nos conformemos con pensar en los más ricos, pensemos cada uno de nosotros en los posibles pecados sociales que cometemos, por acción o por omisión. Como ya hemos dicho arriba, el dinero debemos usarlo siempre no sólo en beneficio propio, sino en beneficio de los demás. Vivamos sobriamente y procuremos que nos sobre siempre algo para dar a los que no tienen ni lo necesario para vivir. Si somos sinceros, debemos reconocer que muchos de nosotros podemos vivir gastando algo menos de lo que gastamos habitualmente, para así poder dar algo a los más necesitados. Que nunca puedan decirnos que exprimimos al pobre tratándole injustamente y sin misericordia.
El creyente debe adoptar una actitud de desapego y de denuncia. Palabras como éstas aún golpean la conciencia de muchos hombres de nuestra sociedad. Es preciso decirlo sin tremendismos pero con veracidad: el que tal hace sepa que le aguarda un castigo formidable. Por eso, el día de la restauración final, se tendrá en cuenta hasta la última de las obras de iniquidad que han obrado los que tenían la fortuna y el poder. Palabras para meditar: que nuestra fe no se convierta en una opresión; que el hombre no sea explotado por otro hombre.
 
En la segunda lectura, San Pablo , maestro de la vida cristiana, de la oración y del camino de la fe, nos dice que es "anunciador y apóstol, maestro en la fe y verdad". Nos habla de la oración de intercesión universal. Lo que Dios quiere es la colaboración de los creyentes en la gran tarea de la salvación, convirtiéndonos en cierta medida en mediadores de esta obra redentora. Esta es la misión universal de la Iglesia que tiene la misión de anunciar a todos la salvación y de preparar el camino. Así somos solidarios con Cristo, que se entregó generosamente camino. Así somos solidarios con Cristo, que se entregó generosamente para salvar a todos los hombres. Orando por los hombres preparamos el terreno por el efecto de la gracia de Dios que siempre se derrama en abundancia sobre el mundo, perpetuándose así la obra de Cristo, salvador universal.
 
El evangelio nos presenta una  parábola que nos habla del balance de una gestión. Con ello se nos recuerda que todos y cada uno de nosotros hemos de rendir cuentas ante el Señor de toda nuestra vida, hemos de entregar un balance de nuestra gestión. Y según sea el resultado, así será la sentencia que el Juez supremo dicte en aquel día definitivo. A lo largo de nuestra vida vamos recibiendo bienes de todas clases, materiales y espirituales, vamos disponiendo de meses y de años, de horas y de minutos.
La astucia de aquel administrador infiel, qué ponía interés en sus asuntos, cuánto se jugaba por solucionar sus problemas. El Señor da por supuesto lo inmoral de su conducta, pero reconoce al mismo tiempo la eficacia de su actuación, la inteligencia de que hizo alarde para salir de su apurada situación. Compara esa manera de proceder de granuja la actuación de los que son buenos. Y concluye que los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la luz en los suyos. A pesar de que lo que persiguen los primeros son sólo unos bienes caducos, mientras que los que alcanzan los hijos de Dios son unos bienes superiores e imperecederos.
Este es el dramático problema que Jesús quiere resolver con estas expresiones dificultosas, pero iluminadoras y actuales. El creyente está en medio del mundo para que, como Jesús, sepa discernir y valorar en sus justos límites los distintos valores: los humanos y los del reino. Utilizar aquellos sin poner en riesgo éste. He ahí la gran sabiduría que Jesús desea a sus discípulos, para que puedan ser siempre señores e hijos libres en la casa del Padre, que para eso nos ha librado el Hijo. Entendería mal este mensaje de Jesús quien despreciara los valores terrenos de raíz. Y lo entendería peor quien pusiera en ellos su esperanza. Hay que utilizarlos con sabiduría; más todavía, utilizarlos como ayudas para conseguir el reino y vivir en la solidaridad y la justicia.
De todo ello se concluye que hemos de poner más empeño y más cuidado en nuestra vida de cristianos, que hemos de luchar dispuestos a cuantos sacrificios sean precisos por lograr que el amor de Cristo, su paz y su gozo se extiendan más y más entre los hombres. No nos dejemos ganar por los que sólo buscan su provecho personal y el logro de una felicidad pasajera y aparente, pongamos cuanto esté de nuestra parte para que el Evangelio sea una realidad viva en nuestro mundo.
Seamos sagaces, seamos astutos, en el único negocio que realmente vale la pena:  el negocio de nuestra salvación, el negocio de asegurarnos la ganancia eterna del Cielo.
Y ¿qué significa ser astuto en la vida espiritual?  Significa que debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para asegurarnos el porvenir eterno.  Tenemos a disposición los Sacramentos, especialmente la Confesión y la Sagrada Eucaristía.
Y la mejor muestra de sagacidad espiritual consiste en buscar y en hacer sólo la Voluntad de Dios en nuestra vida.  Y esto se hace, no solamente huyendo del pecado y confesándolo cuando sea necesario, sino buscando siempre la Voluntad de Dios para nuestra vida ... no nuestra propia Voluntad:  los Planes de Dios para nuestra vida ... no nuestros propios planes.
El dinero ha de ser utilizado de tal forma que no sea obstáculo para llegar a la Vida Eterna.  Porque el dinero puede ser un obstáculo para la salvación. Pero el dinero bien usado -usado sagazmente- puede servirnos para la salvación, puede ser una inversión en el único negocio importante.  Esa inversión la hacemos cuando no estamos apegados al dinero y con generosidad lo compartimos, dedicando parte del mismo a las necesidades de los demás, a la limosna, a contribuciones a obras de caridad organizadas, a las necesidades de la Iglesia, etc.
No significa esto que el Cielo puede comprarse, o que actuando así tenemos asegurada la Vida Eterna.  Tampoco significa que el actuar así nos exime de otras obligaciones morales y espirituales.  Simplemente significa que actuando así impedimos que el dinero nos desvíe del camino al Cielo.
Termina el pasaje evangélico con una sentencia de enorme valor práctico: quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho. Se subraya así la importancia de las cosas pequeñas, lo decisivo que es ser cuidadoso en los detalles, en orden a conseguir la perfección en las cosas importantes. En efecto, quien se esfuerza por afinar hasta el menor detalle, ese logra que su obra esté acabada, evita la chapuza. Es cierto que para eso es preciso a veces el heroísmo, una constancia y una rectitud de intención que sólo busca agradar a Dios en todo. Pero sólo así agradaremos al Señor y nos mantendremos siempre encendidos, prontos y decididos a cumplir la voluntad de Dios .
El Evangelio trae al final la frase de Jesús:  “No se puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro ... o se apegará a uno y despreciará al otro”.   Se está refiriendo el Señor específicamente al dinero, pues termina así la frase:  “En resumen, no puedes servir a Dios y al dinero”.
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

Lecturas del Domingo XXV del Tiempo Ordinario 18 de septiembre de 2016

 
PRIMERA LECTURA
LECTURA DE LA PROFECÍA DE AMOS 8, 4-7
Escuchad esto, los que pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país, diciendo:
«¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal - reduciendo el peso y aumentando el precio, y modificando las balanzas con engaño - ,para comprar
al indigente por plata, y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano?».
Señor lo ha jurado por la gloria de Jacob: «No olvidará jamás ninguna de sus acciones».
Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
SALMO 112, 1-2. 4-6. 7-8
R. ALABAD AL SEÑOR, QUE ALZA AL POBRE.
 
Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R.
 
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? R.
 
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO 2, 1-8
Querido hermano:
Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto.
Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos: este es un testimonio dado a su debido tiempo y para que fui constituido heraldo y apóstol --digo la verdad, no miento--, maestro de las naciones en la fe y en la verdad.
Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando las manos limpias, sin ira ni divisiones.
Palabra de Dios.
ALELUYA 2 Cor 8, 9
Jesucristo, siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.


EVANGELIO 
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 16, 1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
"¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando".
El administrador se puso a decir para sí:
"¿Qué voy a hacer, pus mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa."
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
"¿Cuánto debes a mi amo?"
Éste respondió:
"Cien barriles de aceite."
Él le dijo:
"Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta."
Luego dijo a otro:
"Y tú, ¿cuánto debes?"
Él contestó:
"Cien fanegas de trigo".
Le dijo:
"Aquí está tu recibo, escribe ochenta".
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».
Palabra del Señor.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Comentarios a las lecturas del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario 11 de septiembre de 2016.

Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).
¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.
El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.
¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana el don de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.
 
 
La primera lectura  tomada del Libro del Éxodo (Ex 32,7-11.13-14 ), nos presenta una vez más al pueblo escogido que se ha olvidado de Dios, que le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto.
En un lenguaje antropomórfico Moisés habla con Dios como quien habla con un
padre lleno de amor hacia sus hijos. Sabe que Dios ama a su pueblo Israel con un amor entrañable y que esa es la causa de su enfado y de su ira cuando ve que su pueblo predilecto, Israel, le ha abandonado y ha preferido adorar al dinero, a un becerro de oro. Es tanta su ira, al no verse correspondido en el amor, que, por un momento, piensa abandonarlo y destruirlo. Pero Moisés conoce el corazón de Dios, un Dios cuyo corazón es puro amor, y se atreve a interceder por el pueblo que Dios mismo ha puesto bajo su dirección.
Tres ideas  en el texto:
Apostasía de Israel.
Intercesión de Moisés-
Perdón de Dios.
*El pecado de Israel fue contravenir la orden divina de no fabricarse imágenes de Dios. De suyo no era esto acto de idolatría, sino obediencia y camino para la idolatría. El Señor muestra a Moisés cuán irritado está por las veleidades y rebeldías de aquel pueblo. Propone a Moisés el plan de abandonar a aquel pueblo y hacerle a él caudillo de otro pueblo más dócil, con el que más fácilmente y más gloriosamente realizaría su obra salvífica.
*Es ejemplarizante la conducta de Moisés en este momento. La propuesta del Señor no halaga su vanidad. Moisés es fiel a la misión que el Señor le confió, de “Mediador” de su pueblo. Y puesto a prueba, demuestra que es el siervo fiel y el intercesor poderoso. De momento parece que su mediación a favor del pueblo va a fracasar: “Déjame” (10), le dice Dios: “Déjame que mi cólera se encienda contra ellos.” Este antropomorfismo indica cómo la oración es eficaz ante Dios. Con la oración trocamos el castigo en gracia.
* La oración de Moisés-Mediador. Moisés en este momento está a la altura de su función. Dios le ha dicho: “Tu pueblo se ha prostituido, se ha desviado del camino que le tenía Yo trazado”. A este reproche de Dios contra Israel, ¿Qué podrá responder el Mediador? “Y Moisés, acariciando el rostro de Yahvé su Dios, le decía: ¿Por qué, Yahvé, se ha de encender tu ira contra tu pueblo que hiciste salir de Egipto?” (11). La oración es “acariciar” el rostro del Padre. Y Moisés asegura el éxito de su plegaria cuando con tanta confianza como habilidad le dice a Dios: “No, Señor, no es “mi” pueblo; no lo saqué yo de Egipto. Es “tu” pueblo; el que Tú sacaste de Egipto; el que desciende de los Patriarcas por Ti tan amados; el portador de la Promesa y de las bendiciones mesiánicas” (11). ¿Cómo no se va a rendir Dios? ¿Qué otra cosa quiere Dios que la conversión del pecador para poderle perdonar? Moisés gana la partida.
 
El  responsorial es el salmo 50  (Sal 50,3-4.12-13.17.19) . El salmo 50 llamado  Miserere es el más famoso de los siete salmos llamados «penitenciales» en la tradición cristiana. Se trata de una confesión individual de pecado seguida de una plegaria para obtener el perdón. El salmista sabe que todo pecado tiene como primer referente a Dios mismo; la culpa llega a su corazón y es sólo él quien, con el perdón, puede recrear. Aunque, efectivamente, el orante tiene una profunda conciencia de ser pecador desde su propia concepción, sabe también con certeza que Dios puede intervenir llevando a cabo una salvación que es una nueva creación.
El orante dirige a Dios, presente en el templo, una acongojada e implorante oración de perdón, apelando a la misericordia del Señor y reconociendo sus propias culpas: «Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado» (vv. 3-5).
A la confesión sincera elevada por el orante a Dios, que siempre se muestra compasivo con el pecador, le sigue la súplica confiada en favor de la liberación de la culpa: «Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (vv. 9-12).
Es la oración de un hombre arrepentido que desea ser liberado del pecado, obtener la alegría de vivir. Quiere que se realice en su vida una nueva creación, un «corazón puro» y una renovación interior. Eso le permitirá volver a encontrar la comunión con Dios, experimentar la salvación, volver al estado de inocencia y estar disponible al servicio de un culto agradable al Señor (vv. 13ss).
San Agustín nos dice de los últimos versículos del testo de hoy: " Si te ofreciera un holocausto -dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro" (Agustín de Hipona, Sermón XIX, 2s, passim).
 
La segunda lectura de la Primera carta a Timoteo (1 Tim 1,12-17)
La segunda lectura es una densa presentación de la vocación apostólica de Pablo, el que persiguió a la Iglesia, por ignorancia de que en Cristo Jesús estaba la salvación del hombre y la suya propia.
San Pablo nos da en síntesis las tres etapas de su vida:
 - Etapa de perseguidor: Recarga las tintas al hablarnos de aquel período triste. “Fui blasfemo y perseguidor, y ultrajador”. La sincera humildad de Pablo se trasluce al definirse y clasificarse como “el primero entre los pecadores”
.- Gracia de conversión: Cristo ha mostrado su magnanimidad y bondad en el perdón del gran perseguidor. Pablo será en la Iglesia el monumento viviente de la bondad de Cristo.
- Elección para el ministerio del apostolado: Pablo considera esta elección como una predilección y una especial confianza que deposita en él Cristo: “Considerándome digno de confianza me estableció en el ministerio”. Por lo cual está sumamente agradecido a Jesús. Jesús le ha revestido de poder. Este “poder” es la virtud salvífica de Cristo. Ahora está en manos de los Apóstoles, que prosiguen en nombre de Cristo su obra salvífica: “Como me enviaste Tú al mundo, Yo también los envío al mundo” (Jn 17,18). La plenitud de su virtud salvífica la transmite Jesús a sus Apóstoles, y entre éstos está Pablo, elegido personalmente por el mismo Jesús.
 
El evangelio  de san Lucas  (Lc 15,1-32 )nos ofrece una de las tres parábolas de Jesús que son praxis, declaración programática del Reino que esperamos, y, sobre todo, espejo del amor de Dios por sus criaturas. Es la parábola del Hijo Pródigo tan meditada y esplendorosamente manifestada en esa magnífica pintura del maestro Rembrandt que acoge, en un ambiente de una cierta penumbra al huido y tapa su humanidad arrodillada por la fuerza de sus brazos de padre amoroso.
Comienza el texto con esa afirmación: “se acercaba a él todos los publicanos y pecadores”. Es muy propio de Lucas subrayar el “todos”, como en 14,33 cuando decía que quien no se distancia (apotássomai) de todos los bienes… Y también merece la pena tener en cuenta para qué: “para escucharle”. Escuchar a Jesús, para aquellos que todo lo tienen perdido, debe ser una delicia. También se acercaban, como es lógico, los escribas de los fariseos, pero para “espiar”.
En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13; ver también: Mt 12, 7; 23, 23; Lc 10, 37).
La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7, 1ss), a los samaritanos (Lc 10, 33ss; 17, 16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5, 32; 15, 1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4, 18; 6, 20; 7, 22; 14, 13; 18, 22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.
 
Para nuestra vida
La historia descrita en la primera lectura  de un modo o de otro, se repite también hoy día. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado... Ojalá que seamos capaces de reconocer nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva, en vez de crearnos dioses a nuestra medida e interés.
En la historia descrita hay un intercesor Moisés. Como resultado de la intercesión de Moisés Dios se arrepiente de su amenaza y perdona, una vez más, a su pueblo. También en este caso, como en las parábolas de la misericordia, vemos que el amor tiene siempre para Dios la última palabra. Fijémonos también, en este caso, en el poder de la intercesión. Moisés intercede por amor y Dios, que lo sabe, perdona también por amor. esa intercesión es la que realiza la Iglesia y tantos creyentes unos por otros. La gran intercesión la realizó Jesucristo.
 
El salmo nos sitúa ante la realidad del pecado. El hombre contemporáneo busca de todos los modos posibles la manera de cancelar todo sentido de culpa, llamando con frecuencia bien al mal y viviendo en una pretendida autosuficiencia ética, vive uno de los más grandes tormentos y de las más profundas soledades precisamente porque le falta la alegría de recibir el perdón.
Esta experiencia, que acompaña al ser humano en su historia y que tan bien expresa  el Miserere nos conduce, a un horizonte en el que se puede medir la gravedad de las acciones humanas, porque respecto a todo pecado debemos decir a Dios: «Contra ti, contra ti, sólo pequé» (v. 6). Pero pone también de manifiesto la maravillosa novedad que Dios, en su gran amor, puede llevar a cabo: hace nuevas todas las cosas, o sea, recrea. Por eso la invocación: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (v. 12), expresa al mismo tiempo arrepentimiento y experiencia de salvación.
¡Cuántas veces, en efecto, después de una mala acción, tras pronunciar una palabra injusta, nos sorprendemos pensando: podíamos no haberlo hecho. Pero sólo Dios puede cancelar nuestro pecado hasta restituirnos una integridad total; es ésta una fuente de alegría que necesita el corazón humano para recomenzar, para volver a partir con una vida nueva.
San Agustín nos ayuda a meditar este salmo. " «Yo reconozco mi culpa», dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.
¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios " (Agustín de Hipona, Sermón XIX, 2s, passim).
 
En la segunda lectura (1 Tim. 1, 12-17)tenemos la confesión de San Pablo a su discípulo Timoteo. Este tipo de testimonios son importantes en la vida cristiana. La sinceridad de nuestra experiencia religiosa manifestada de forma sencilla es una forma perfecta de evangelizar.
En esta Carta San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio. San Pablo le asegura a Timoteo que “Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores”. Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien, en palabras de su Carta, se confiesa el más grande pecador.
 
San Lucas en la llamada "Parábola del Hijo Pródigo" manifiesta  la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Dios Padre refleja en su rostro los rasgos de la vida. El da vida a aquellos que, libremente, deciden seguirle. Dios Padre nos da vida porque es Amor. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. Pero el discípulo decide volver al buen camino y allí goza de la profundidad de la vida. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona. El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites.
El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola. Debería titularse: "Parábola del Padre Pródigo en amor". El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huida ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad.
 
Rafael Pla Calatayud.
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