lunes, 17 de marzo de 2014

Comentario de San Agustín. TRATADO 49. Comentario a Jn 11,1-54, predicado en Hipona en otoño de 414).

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
Juan 11,1-45. La resurrección de Lázaro

TRATADO 49. Comentario a Jn 11,1-54, predicado en Hipona en otoño de 414, poco después del anterior

Crear al hombre es más que resucitarlo
" 1. Entre todos los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo, se predica principalmente la resurrección de Lázaro. Pero, si observamos quién lo realizó, debemos deleitarnos más que asombrarnos. Resucitó a un hombre el que hizo al hombre, pues ese mismo es el Único del Padre, mediante el cual, como sabéis, se hizo todo. Si, pues, mediante él se hizo todo, ¿qué tiene de particular si mediante él ha resucitado uno solo, cuando tantos nacen mediante él cotidianamente? Más es crear a los hombres que resucitarlos. Se ha dignado empero crear y resucitar: crear a todos, resucitar a algunos. Por cierto, aunque el Señor Jesús hizo muchas cosas, no todas están escritas; ese mismo evangelista san Juan testifica que el Señor Cristo dijo e hizo muchas cosas que no están escritas1; ahora bien, para ser escritas se han elegido las que parecían bastar a la salvación de los creyentes. Has oído, en efecto, que el Señor Jesús resucitó a un muerto; te basta para saber que, si quisiera, resucitaría a todos los muertos, mas se reservó ciertamente esto para «el final del mundo» porque, como asevera ese mismo acerca del que habéis oído que con un gran milagro resucitó del sepulcro al muerto cuatriduano, vendrá una hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su
voz y saldrán. Resucitó a un hediondo, pero en todo caso estaba aún en el cadáver hediondo la forma de los miembros; aquél, a una única voz, en el último día va a restituir las cenizas a su primitivo estado de carne. Pero era preciso que de momento hiciera algunas cosas para que, dados cual indicios de su energía, creamos en él y nos preparemos a la resurrección que acontecerá para vida, no para castigo, puesto que asevera así: Vendrá una hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y quienes obraron bien saldrán para resurrección de vida; quienes obraron mal, para resurrección de juicio2.
Temerosos ante la muerte, perezosos ante la vida eterna
2. En el evangelio leemos empero que el Señor resucitó a tres muertos, y quizá no sin motivo, pues los hechos del Señor son no solamente hechos, sino signos. Si, pues, son signos, además de ser asombrosos, significan en realidad algo, y hallar la significación de estos hechos es bastante más laborioso que leerlos u oírlos. Cuando se leía el evangelio, asombrados como si ante nuestros ojos se hubiese montado el espectáculo de un gran milagro, escuchábamos cómo revivió Lázaro. Si observamos obras de Cristo más asombrosas, resucita todo el que cree; si observamos todas las clases de muertes y entendemos las más detestables, muere todo el que peca. Pero todo hombre teme la muerte de la carne; la muerte del alma, pocos. Respecto a la muerte de la carne, que sin duda va a llegar alguna vez, todos procuran que no llegue; de eso es de lo que se preocupan. El hombre que va a morir se preocupa de no morir, mas no se preocupa de no pecar el hombre, que a vivir eternamente. Y, cuando se preocupa de no morir, sin causa se preocupa, pues consigue diferir mucho la muerte, no evadirla; si, en cambio, no quiere pecar, no se preocupará y vivirá eternamente. ¡Oh, si pudiéramos estimular a los hombres y con ellos estimularnos en idéntico grado a ser tan amadores de la vida permanente, como los hombres son amadores de la vida huidiza! ¿Qué no hace un hombre colocado bajo peligro de muerte? Suspendida la espada sobre sus cuellos, los hombres entregaron todo lo que para vivir de ello se reservaban. ¿Quién no lo entregó al instante para que no lo matasen? Y tras la entrega quizá lo mataron. ¿Quién, para vivir, no quiso perder al instante eso de que vivía, prefiriendo la vida mendicante a la muerte rápida? ¿A quién se dijo «Navega para no morir», y lo difirió? ¿A quién se dijo «Trabaja para no morir», y fue perezoso? Para que vivamos eternamente, ordena Dios cosas leves, mas descuidamos obedecer. Dios no te dice: «Para que por tiempo exiguo vivas preocupado en la fatiga, pierde cuanto tienes», sino: «Para que vivas siempre seguro sin fatiga, de lo que tienes da al pobre». Nos acusan los amadores de la vida temporal, la cual no tienen cuando quieren ni la tienen todo el tiempo que quieren; mas no nos acusamos mutuamente nosotros, tan perezosos, tan tibios para dirigirnos rápidamente a la vida eterna, la cual, si queremos, tendremos y, cuando la hayamos tenido, no perderemos; en cambio tendremos, aunque no quisiéremos, esta muerte que tememos.
Tres resucitados y tres clases de pecados
3. Si, pues, por su gran gracia y por su gran misericordia resucita el Señor las almas para que no muramos eternamente, entendemos bien que los tres muertos que en cuanto a los cuerpos resucitó significan y figuran algo sobre las resurrecciones de las almas, que son hechas mediante la fe. Resucitó a la hija del arquisinagogo, yacente aún ella en casa3; resucitó al joven hijo de una viuda, sacado fuera de las puertas de la ciudad4; resucitó a Lázaro, sepultado de cuatro días.
Mire cada cual a su alma: si peca, muere; el pecado es la muerte del alma. Pero a veces se peca en el pensamiento. Te deleitó lo que es malo, consentiste, pecaste; ese consentimiento te ha matado; pero la muerte está dentro, porque el pensamiento malo no resultó aún en hecho. Para significar el Señor que él resucita a un alma tal, resucitó a la niña que aún no había sido sacada afuera, sino que yacía muerta en casa; por así decirlo, el pecado estaba oculto. Si, en cambio, no sólo consentiste en una delectación mala, sino que también hiciste el mal mismo, sacaste fuera de la puerta al muerto, por así decirlo; ya estás fuera y muerto te han sacado. Sin embargo, también a ese mismo lo resucitó el Señor y lo devolvió a su madre viuda. Si has pecado, arrepiéntete, y el Señor te resucita y te devolverá a la Iglesia, tu madre.
El tercer muerto es Lázaro. Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar. Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a pecar, está sepultado y de él se dice bien «hiede», pues comienza a tener pésima fama, olor asquerosísimo, digamos. Así son todos los habituados a malas acciones, los «de costumbres depravadas». Le dices: «No lo hagas». ¿Cuándo te escuchará ese a quien así lo oprime la tierra, lo corrompe la putrefacción y lo abruma la mole de la costumbre? Tampoco empero para resucitar a ese mismo fue menor la fuerza del Mesías. Sabemos, hemos visto, cotidianamente vemos que los hombres, cambiada del todo una costumbre pésima, viven mejor de lo que viven quienes los criticaban. Detestabas a un hombre; he ahí que la hermana misma de Lázaro —si empero esa misma es la que ungió con perfume los pies del Señor y con sus cabellos secó los que había lavado con lágrimas— fue resucitada mejor que su hermano: fue liberada de la gran mole de la costumbre mala. En efecto, era pecadora famosa y de ella está dicho: Se le perdonan muchos pecados, porque amó mucho5. Vemos a muchos, conocemos a muchos; nadie desespere, nadie presuma de sí. Desesperar es malo; también presumir de sí. No desesperes de forma que elijas de qué presumir.
Significados ocultos
4. El Señor, pues, resucitó también a Lázaro. Habéis oído en qué condiciones estaba, esto es, qué significa la resurrección de Lázaro. Así pues, leamos ya y, porque en esta lectura hay muchas cosas claras, no busquemos exposición respecto a cada una, para examinar detalladamente lo necesario. Pues bien, había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de María y Marta, hermanas suyas6. Recordáis que, según la lectura anterior, el Señor salió de las manos de esos que habían querido lapidarlo, y se retiró allende el Jordán, donde Juan bautizaba7. Establecido allí el Señor, enfermaba Lázaro en Betania, que era una aldea próxima a Jerusalén.
La noticia del amigo es para el Señor una súplica
5. Pues bien, María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabellos. Sus hermanas, pues, enviaron hacia él, a decir8. Entendemos ya a dónde enviaron, adonde estaba el Señor, porque estaba ausente, o sea, allende el Jordán. Enviaron hacia el Señor a comunicar que el hermano de ellas estaba enfermo, para que, si se dignaba, viniese y lo librase de la enfermedad. Para poder resucitarlo difirió él sanarlo. ¿Qué, pues, hicieron saber sus hermanas? Señor, he ahí que ese a quien amas está enfermo9. No dijeron «ven», pues solamente hubo que dar la noticia a quien lo amaba. No osaron decir «ven y sánalo»; no osaron decir «da allí la orden, y se cumplirá aquí». Por cierto, ¿por qué no lo osaron también ésas, si por eso se loa a la fe del centurión, pues aseveró: No soy digno de que entres bajo mi techo; pero da órdenes sólo de palabra y mi sirviente será sanado?10 Ésas, nada de esto, sino solamente: «Señor, he ahí que ese a quien amas está enfermo. Basta que lo sepas, pues no amas y abandonas». Dice alguien: «¿Cómo mediante Lázaro se significaba al pecador y así lo amaba el Señor?». Óigale decir: Vine a llamar no a justos, sino a pecadores11. En efecto, si Dios no amase a los pecadores, no descendería del cielo a las tierras.
Jesús se declara Dios
6. Pues bien, tras oír, Jesús les dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino en pro de la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado12. Tal glorificación suya no lo enalteció a él, sino que nos aprovechó a nosotros. Asevera, pues, esto: «No es para muerte», porque esa muerte misma tampoco era para muerte, sino más bien para un milagro, hecho el cual, los hombres creerían en Cristo y evitarían la muerte auténtica. Ved bien cómo el Señor se llamó de través, digamos, a sí mismo Dios, a causa de ciertos individuos que niegan que el Hijo es Dios. Efectivamente, hay herejes que niegan esto: que el Hijo de Dios es Dios. Escuchen por ejemplo: Esta enfermedad no es para muerte, sino en pro de la gloria de Dios. ¿Qué gloria? ¿De qué Dios? Escucha lo que sigue: Para que el Hijo de Dios sea glorificado. Esta enfermedad, pues, no es para muerte, sino en pro de la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado mediante ella. ¿Mediante cuál? Mediante esa enfermedad.
¡Volvamos a Judea!
7. Por su parte, Jesús quería a Marta, a su hermana María y a Lázaro13. Éste, enfermo; ellas, tristes; todos, queridos; pero los quería el Sanador de enfermos, mejor dicho, incluso el Resucitador de muertos y el Consolador de tristes. Cuando, pues, oyó que estaba enfermo, ciertamente entonces se quedó en idéntico lugar dos días14. Notificaron, pues, ellos, se quedó allí él; se dejó transcurrir el tiempo hasta completarse cuatro días. No sin motivo, sino porque quizá, mejor dicho, porque ese número mismo de días insinúa algún misterio. Después, tras esto, dice de nuevo a sus discípulos: Vayamos a Judea15, donde casi había sido lapidado quien precisamente para no ser lapidado parecía haberse alejado de allí. Se alejó, en efecto, como hombre; pero, en regresando cual olvidado de su debilidad, manifestó su potestad. Vayamos, dice, a Judea.
Seguidme si no queréis tropezar
8. Ved cómo los discípulos se aterrorizaron después, dicho esto. Le dicen los discípulos: Rabí, ahora buscaban los judíos lapidarte, ¿y de nuevo vas allí? Respondió Jesús: ¿Acaso no son doce las horas del día?16 ¿Qué significa esta respuesta? Ellos dijeron: Hace poco querían los judíos lapidarte, ¿y de nuevo vas allí para que te lapiden? Y el Señor: ¿Acaso no son doce las horas del día? Si alguien caminare en el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; si, en cambio, camina en la noche, tropieza porque la luz no está en él17. Del día ha hablado ciertamente, pero en nuestra inteligencia hay aún noche, por así decirlo. Invoquemos al Día, para que expela a la noche y con la luz alumbre al corazón.
Por cierto, ¿qué ha querido decir el Señor? En la medida en que la altura y profundidad de la frase se me muestran, en la débil medida en que se me transparentan, ha querido redargüir la duda e incredulidad de ellos. En efecto, al Señor, que había venido a morir para que no muriesen ellos, quisieron darle el consejo de que no muriera. Así también, en otro lugar, san Pedro, que quería al Señor, pero aún no entendía plenamente por qué había venido, temió que muriera y disgustó a la Vida, esto es, al Señor mismo. En efecto, como indicase a los discípulos que iba a padecer en Jerusalén a manos de los judíos, Pedro respondió y aseveró entre los demás: Lejos de ti, Señor, esto, sé propicio contigo, no sucederá. E inmediatamente el Señor: Regresa tras de mí, Satanás, pues piensas no en lo que es de Dios, sino en lo que es de los hombres. Mas poco antes, por haberle confesado como el Hijo de Dios, había merecido loa; en efecto, había oído: Dichoso eres, Simón Barjoná, porque te lo reveló no la carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos. A quien había dicho «Dichoso eres», le dice «Regresa atrás, Satanás», porque dichoso era no por sí mismo, sino ¿por qué razón? Porque te lo reveló no la carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos18. He ahí por qué eres dichoso: no por lo tuyo, sino por lo mío; no porque yo soy el Padre, sino porque todo lo que tiene el Padre es mío19. Si dichoso es por el Señor mismo, Satanás ¿por qué? Allí lo dice, pues de su dicha ha dado razón de forma que dijo: «Te reveló esto no la carne y sangre, sino mi Padre que está en los cielos; ésta es la causa de tu dicha. Por otra parte, en cuanto a lo que he dicho: «Regresa tras de mí, Satanás», oye también la causa de este hecho: pues piensas no en lo que es de Dios, sino en lo que es de los hombres». Nadie, pues, se halague: por lo suyo es Satanás; por Dios es dichoso. En efecto, ¿qué significa «por lo suyo», sino por su pecado? Quita el pecado, ¿qué es tuyo? «La justicia, afirma, de mí procede», pues ¿qué tienes que no hayas recibido?20
Porque, pues, querían los hombres dar un consejo a Dios, los discípulos al Maestro, los siervos al Señor, los enfermos al Médico, los corrige y asevera: «¿Acaso no son doce las horas del día? Si alguien caminare en el día, no tropieza. Seguidme si no queréis tropezar; no me deis consejo vosotros, a quienes es preciso recibir de mí consejo». ¿A qué, pues, se refiere «Acaso no son doce las horas del día?». A que, para indicar que él es el Día, eligió doce discípulos. Si yo soy el Día, afirma, y vosotros las horas, ¿acaso las horas dan consejo al día? Las horas siguen al día, no el día a las horas. Si, pues, ellos eran las horas, ¿por qué estaba allí Judas? ¿También él estaba entre las doce horas? Si era hora, lucía; si lucía, ¿cómo al Día lo entregaba a la muerte? Pero el Señor preveía mediante esta frase no a Judas mismo, sino a su sucesor. En efecto, tras caer Judas, le sucedió Matías y se conservó el número duodenario21. No sin motivo, pues, eligió el Señor doce discípulos, sino porque él en persona es el Día espiritual. Sigan, pues, las horas al Día, prediquen las horas el Día, las horas sean alumbradas por el Día, las horas sean iluminadas por el Día y mediante la predicación de las horas el mundo crea en el Día. Esto, pues, asevera en compendio: Seguidme si no queréis tropezar.
La muerte, un sueño
9. Y, tras esto, les dice: Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy para sacarlo del sueño22. Ha dicho la verdad. Para las hermanas estaba muerto, para el Señor dormía. Para los hombres, que no podían resucitarlo, estaba muerto; por cierto, el Señor lo sacaba del sepulcro con facilidad mayor que esa con que tú sacas de la cama a quien duerme. Según su potencia, pues, dijo que dormía porque, con frecuencia, en las Escrituras se llama durmientes también a otros muertos, como dice el Apóstol: Ahora bien, para que no os entristezcáis como también los demás que no tienen esperanza, no quiero que vosotros, hermanos, tengáis ignorancia respecto a los durmientes23. Durmientes los ha nominado también él precisamente porque ha prenunciado que van a resucitar. Duerme, pues, todo muerto, tanto bueno como malo. Pero, como entre esos mismos que cotidianamente duermen y se levantan hay diferencia respecto a qué ve en sueños cada uno —unos experimentan sueños gratos, otros, tan torturantes que, una vez despierto, teme dormir, no sea que regrese de nuevo a esos mismos—, así cada uno de los hombres duerme con su causa, se levanta con su causa. Hay también diferencia entre la clase de custodia que recibe cada uno para ser después presentado al juez. De hecho, también las recepciones en custodia se aplican según las responsabilidades de las causas: a los lictores, oficio humano, suave y civil, se les manda custodiar a unos; otros son entregados a los ayudantes del centurión; otros son enviados a la cárcel, mas en esa cárcel misma se hacina en mazmorras no a todos, sino según las responsabilidades de las causas más graves. Como, pues, son diversas las custodias de los agentes en función, así son diversas las custodias de los muertos, y diversos los méritos de los que resucitan: fue recibido el pobre, fue recibido el rico; pero aquél en el seno de Abrahán, éste donde tuviera sed, mas no hallase una gota24.
Despertar diverso según los méritos
10. Tienen, pues, todas las almas, como instruiré con esta ocasión a Vuestra Caridad; tienen todas las almas, cuando hayan salido del mundo, sus diversas recepciones. Tienen gozo las buenas; las malas, tormentos. Pero, cuando haya acontecido la resurrección, el gozo de los buenos será muy intenso, y muy rigurosos los tormentos de los malos, ya que serán torturados con el cuerpo. Fueron recibidos en la paz los santos patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los fieles buenos; todos empero van a recibir al final lo que Dios ha prometido; se ha prometido, en efecto, incluso la resurrección de la carne, la consunción de la muerte, la vida eterna con los ángeles. Todos a una vamos a recibir esto, porque cada uno recibe, cuando muere, el descanso que se da inmediatamente tras la muerte, si es digno de él. Lo recibieron los primeros los patriarcas; ved desde cuándo descansan; los siguientes, los profetas; más recientemente los apóstoles, mucho más recientemente los mártires santos, cotidianamente los fieles buenos. Unos están en ese descanso hace ya tiempo, otros no tanto; otros hace muy pocos años, otros ni hace poco tiempo. Pero, cuando despierten de este sueño, todos van a recibir a una lo que está prometido.
Refuerza la fe de sus discípulos
11. Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy para sacarlo del sueño. Dijeron, pues, los discípulos —como entendieron, así respondieron—: Señor, si duerme, estará a salvo25, pues en los enfermos suele el sueño ser indicio de salud. Ahora bien, Jesús había hablado de su muerte; ellos, en cambio, supusieron que hablaba de la dormición del sueño. Entonces, pues, les dijo manifiestamente Jesús. Ya que había dicho de modo algo oscuro «duerme», pues se había comunicado que estaba enfermo, no muerto, asevera, pues, manifiestamente: «Lázaro murió; y por vosotros, para que creáis, me alegro de que yo no estaba allí26. Sé que murió, mas yo no estaba allí». Pero ¿qué podía ocultarse a quien lo había creado y hacia cuyas manos había salido el alma del que había muerto?
Para que comenzasen ya a asombrarse de que el Señor pudo decir que aquél estaba muerto, cosa que no había visto ni oído, esto es lo que asevera: Por vosotros, para que creáis, me alegro de que yo no estaba allí. Al respecto, debemos recordar bien que también la fe de los discípulos mismos, que ya habían creído en él, se edificaba aún con milagros no para que comenzase a existir la que no existía, sino para que creciera la que ya había comenzado a existir, aunque usó tal frase, cual si entonces comenzasen a creer. En efecto, no asevera «Por vosotros me alegro, para que vuestra fe crezca o se fortalezca», sino que asevera «Para que creáis», lo cual ha de entenderse «para que creáis más y más robustamente».
Los cuatro días de la muerte
12. Pero vayamos hacia él. Tomás, pues, al que se llama Mellizo, dijo a los condiscípulos: Vayamos también nosotros y muramos con él. Así pues, llegó Jesús y halló que él llevaba ya cuatro días en el sepulcro27. De los cuatro días puede ciertamente decirse mucho, como existen oscuridades de las Escrituras que, según la diversidad de quienes las entienden, engendran muchos sentidos. Diré también yo qué me parece significar el muerto cuatriduano. El hecho es que, como en el ciego entendemos en cierto modo al género humano, así también en ese muerto vamos a entender quizá a muchos, pues una única cosa puede significarse de diversas maneras. Cuando el hombre nace, nace ya con la muerte porque de Adán adquiere el pecado. Por ende dice el Apóstol: Mediante un único hombre entró el pecado al mundo, y mediante el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, en el cual todos pecaron28. He ahí que tienes un día de muerte, cosa que el hombre adquiere del mugrón de la muerte. Después crece, comienza a acercarse a los años de la razón para conocer la ley natural que todos tienen promulgada en su corazón: «No hagas a otro lo que no quieres que te hagan». ¿Acaso se aprende esto en los escritos y en cierto modo no se lee en la naturaleza misma? ¿Quieres sufrir un robo? Evidentemente, no quieres. He ahí la ley en tu corazón: «No hagas lo que no quieres sufrir». Mas los hombres transgreden también esta ley: he ahí otro día de muerte. También por voluntad divina fue dada la Ley mediante Moisés, siervo de Dios; está dicho ahí: No matarás, no fornicarás, no dirás falso testimonio, honra padre y madre, no codiciarás el patrimonio de tu prójimo, no codiciarás la esposa de tu prójimo29. He ahí que la ley está escrita, y también a esa misma se la desprecia: he ahí el tercer día de muerte. ¿Qué falta? Ha llegado también el Evangelio, se predica el reino de los cielos, se divulga por doquier a Cristo, amenaza con el quemadero, promete la vida eterna: aun a esta misma se la desprecia. Los hombres transgreden el Evangelio: he ahí el cuarto día de muerte. Con razón hiede ya. ¿Acaso ha de negarse incluso a tales individuos la misericordia? ¡Ni pensarlo! El Señor no se desdeña de acercarse a hacer salir incluso a tales individuos.
La súplica de Marta
13. Ahora bien, muchos de los judíos habían venido a Marta y María para consolarlas por su hermano. Marta, pues, cuando oyó que Jesús viene, salió a su encuentro. María, en cambio, estaba sentada en casa. Dijo, pues, Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto30. Pero aun ahora sé que Dios te dará cualquier cosa que pidieres a Dios. No dijo: «Pero aun en este momento te ruego que resucites a mi hermano», pues ¿cómo sabía si sería útil a su hermano resucitar? Dijo sólo esto: Sé que puedes, si quieres lo harás, pues a tu juicio, no a mi presunción, pertenece hacerlo o no hacerlo. Pero aun ahora sé que Dios te dará cualquier cosa que pidieres a Dios.
Escuchemos y resucitemos
14. Le dice Jesús: Resucitará tu hermano. Esto fue ambiguo, pues no asevera «Ahora mismo resucito a tu hermano», sino: Resucitará tu hermano. Le dice Marta: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día31. De esa resurrección estoy segura; de ésta estoy incierta». Le dice Jesús: Yo soy la Resurrección. Dices «Resucitará mi hermano en el último día»; es verdad; pero ese mediante quien resucitará entonces, puede también actuar ahora mismo porque afirma: Yo soy la Resurrección y la Vida32. Escuchad, hermanos, escuchad qué dice. La entera expectación de los circunstantes era ciertamente que reviviese Lázaro, un muerto cuatriduano; escuchemos y resucitemos. ¡Cuantísimos hay entre este pueblo a los que oprime la mole de una costumbre! Quizá me oyen algunos a quienes se dice: «No os embriaguéis con vino, en el que hay intemperancia»33; dicen: «No podemos». Quizá me oyen algunos inmundos, manchados por desenfrenos y torpezas, a quienes se dice: «No hagáis esto, no sea que perezcáis»; y responden: «No podemos retirarnos de nuestra costumbre». ¡Oh Señor, resucita a ésos! Yo soy, afirma, la Resurrección y la Vida, la Resurrección precisamente por ser la Vida.
El alma del alma es la fe
15. Quien cree en mí, aun si hubiere muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre34. ¿Qué significa esto? El que cree en mí, aun si hubiere muerto, como muerto está Lázaro, vivirá, porque es Dios no de muertos, sino de vivos. Respecto a los patriarcas muertos antaño, esto es, respecto a Abrahán, Isaac y Jacob, dio a los judíos tal respuesta: Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven35. Cree, pues, y aunque estuvieres muerto vivirás; si, en cambio, no crees, aunque vives, estás muerto. Probemos también esto: que si no crees, aunque vives, estás muerto. El Señor, a un quídam que aplazaba seguirlo y decía «Iré primero a sepultar a mi padre» , dijo: Deja a los muertos enterrar a sus muertos; tú ven y sígueme36. Había allí un muerto que sepultar, había también allí muertos que iban a sepultar al muerto; aquél, muerto en la carne; éstos, en el alma. ¿Por qué la muerte del alma? Porque no hay fe. ¿Por qué la muerte en el cuerpo? Porque no hay allí alma. El alma, pues, de tu alma es la fe. Quien cree en mí, afirma, aun si hubiere muerto en la carne, vivirá en el alma, hasta que resucite también la carne para nunca morir después. Esto significa «Quien cree en mí, aunque muera, vivirá». Y todo el que vive en la carne y cree en mí, aunque a causa de la muerte del cuerpo muere por un tiempo, no morirá para siempre, a causa de la vida del espíritu y la inmortalidad de la resurrección. Esto significa lo que asevera: «Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre».
¿Crees esto? Le contestó: Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que has venido al mundo37. Cuando he creído esto, he creído que tú eres la Resurrección, he creído que tú eres la Vida, he creído que quien cree en ti, aunque muera, vivirá, y quien vive y cree en ti no morirá para siempre.
El Maestro está ahí y te llama
16. Y como hubiese dicho esto, se fue y llamó silenciosamente a su hermana María, diciendo: El Maestro está ahí y te llama38. Es de advertir cómo nominó silencio a la voz baja. Efectivamente, ¿cómo guardó silencio la que dijo: El Maestro está ahí y te llama? Es de advertir también cómo el evangelista no ha dicho dónde ni cuándo ni cómo el Señor llamó a María; así, conservada la brevedad de la narración, se entiende esto, más bien, mediante las palabras de Marta.
17. Ella, cuando lo oyó, se levantó inmediatamente y vino a él, pues Jesús aún no había llegado a la aldea, sino que estaba aún en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. Así pues, los judíos que estaban con ella en casa y la consolaban, como hubiesen visto que María se levantó inmediatamente y salió, la siguieron, diciendo que «Va al sepulcro a llorar allí»39. ¿Por qué importó al evangelista narrar esto? Para que veamos qué oportunidad hizo que muchos estuvieran allí cuando Lázaro fue resucitado. En efecto, los judíos, porque supusieron que se apresuraba precisamente para buscar en las lágrimas el solaz de su dolor, la siguieron; así halló muchísimos testigos tan gran milagro de un muerto cuatriduano que resucitó.
La turbación de Jesús
18. Por su parte, María, como hubiese llegado adonde estaba Jesús, al verlo cayó a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús, pues, cuando vio que lloraba y que lloraban los judíos que estaban con ella, bramó con el espíritu y se turbó a sí mismo y dijo: ¿Dónde lo habéis puesto?40 No sé qué nos ha insinuado bramando con el espíritu y turbándose a sí mismo. En efecto, ¿quién podría turbarlo sino él mismo? Así pues, hermanos míos, observad aquí primero su potestad y, así, inquirid el significado. Tú te turbas sin querer; Cristo se turbó porque quiso. Jesús tuvo hambre, es verdad, pero porque quiso; durmió Jesús, es verdad, pero porque quiso; se ha contristado Jesús, es verdad, pero porque quiso; murió Jesús, es verdad, pero porque quiso; verse afectado así que asá o no verse afectado estaba en su potestad, pues la Palabra tomó alma y carne para unir consigo en la unidad de persona la naturaleza del hombre entero. De hecho, también el alma del Apóstol fue iluminada por la Palabra, el alma de Pedro fue iluminada por la Palabra, el alma de Pablo, las almas de los otros apóstoles, las de los profetas santos fueron iluminadas por la Palabra; pero de ninguna está dicho: «La Palabra se hizo carne»41; de ninguna está dicho: Yo y el Padre somos una única cosa42. El alma y la carne de Cristo son con la Palabra de Dios una única persona, son un único Cristo. Y, por eso, donde suma es la potestad, según el imperio de la voluntad se trata a la debilidad; esto significa: Se turbó a sí mismo.
Jesús llora, para que tú, pecador, llores
19. He hablado de la potestad; atended al significado. Gran reo es a quien significan los cuatro días de la muerte y esa sepultura. ¿Por qué, pues, sucede que Cristo se turba a sí mismo, sino para darte a entender cómo debes turbarte tú cuando te abruma y oprime la mole tan enorme del pecado? Te has observado, en efecto; te has visto reo, has echado tus cuentas: «He hecho esto, y Dios me ha perdonado; he cometido aquello, y me ha dado un plazo; he oído el Evangelio y lo he despreciado; he sido bautizado y de nuevo he vuelto a las andadas; ¿qué haré? ¿a dónde iré? ¿de dónde me evadiré?». Cuando dices esto, Cristo brama ya porque brama la fe. En la voz de quien brama aparece la esperanza de quien resucita. Si la fe misma está dentro, ahí está bramando Cristo; si la fe está en nosotros, Cristo está en nosotros. ¿Qué otra cosa, en efecto, asevera el Apóstol: Mediante la fe habite Cristo en vuestros corazones?43 Tu fe, pues, acerca de Cristo es Cristo en tu corazón.
A esto se debe lo de que dormía en la barca y, porque los discípulos peligraban, inminente ya el naufragio, se le acercaron y lo despertaron; se levantó Cristo, dio órdenes a los vientos y a las olas, y se produjo gran bonanza44. Así también tú; a tu corazón entran los vientos cuando navegas, evidentemente, cuando atraviesas esta vida cual a piélago proceloso y peligroso; entran los vientos, las olas mueven, turban la barca. ¿Cuáles son los vientos? Has oído un insulto, te aíras; el insulto es el viento, la iracundia son las olas; peligras, decides responder, decides devolver maldición a maldición; la nave se acerca ya al naufragio; ¡despierta tú a Cristo dormido! De hecho fluctúas y preparas devolver males por males, precisamente porque Cristo duerme en la barca: el sueño de Cristo en tu corazón es, en efecto, el olvido de la fe. Por cierto, si despiertas a Cristo, esto es, si renuevas la fe, ¿qué te dice Cristo cual si despertase en tu corazón? «Yo he oído “Tienes un demonio”45, mas he orado por ellos. El Señor lo oye y soporta; ¡lo oye el siervo y se indigna! Pero quieres vengarte. ¿Pues qué, ya me he vengado yo?». Cuando tu fe te dice esto, se dan órdenes a los vientos y a las olas, por así decirlo, y se produce gran bonanza. Como, pues, despertar a Cristo en la barca es esto, despertar la fe, así en el corazón del hombre al que aplasta una enorme mole y costumbre de pecado, en el corazón del hombre transgresor incluso del Santo Evangelio, despreciador de las penas eternas, brame Cristo, incrépese a sí mismo el hombre. Escucha aún: Cristo lloró; llore el hombre por sí mismo. En efecto, ¿por qué lloró Cristo, sino porque enseñó al hombre a llorar? ¿Por qué bramó y se turbó a sí mismo, sino porque la fe del hombre merecidamente descontento de sí debe de algún modo bramar en la acusación de sus obras malas, para que la costumbre de pecar ceda a la violencia de arrepentirse?
Dios «desconoce» al pecador
20. Y dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? Supiste que había muerto ¿e ignoras dónde está sepultado? También eso es significación de que, por así decirlo, Dios desconoce al hombre así perdido. No he osado decir «desconoce», pues ¿qué desconoce él?, sino «desconoce, por así decirlo». ¿Cómo lo pruebo? Escucha que el Señor va a decir en el juicio: No os conozco; apartaos de mí46. ¿Qué significa: No os conozco? No os veo en mi luz, no os veo en la justicia que conozco. Así, también aquí, como si desconociese a un pecador tal, dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? Tal es la voz de Dios en el paraíso, después que el hombre pecó: Adán, ¿dónde estás?47 Le dicen: Señor, ven y ve. ¿Qué significa «ve»? Ten misericordia. En efecto, el Señor ve cuando tiene misericordia. Por eso se le dice: Ve mi humillación y mi fatiga, y perdona todos mis pecados48.
El llanto de Jesús, medicina del pecador
21. Derramó lágrimas Jesús. Dijeron, pues, los judíos: ¡He ahí cómo le amaba!49 ¿Qué significa: le amaba? No he venido a llamar a justos, sino a pecadores a enmienda50. En cambio, algunos de esos mismos dijeron: Este que abrió los ojos del ciego ¿no podía hacer también que éste no muriese?51 Lo que va a hacer quien no quiso hacer que no muriese es más: que, muerto, sea resucitado.
22. Jesús, pues, tras bramar de nuevo dentro de sí mismo, llegó al sepulcro. Brame también dentro de ti si dispones revivir. A todo hombre al que aplasta una costumbre pésima se dice: Llegó al sepulcro. Pues bien, era una cueva y había puesta sobre ella una piedra52. El muerto bajo la piedra es el reo bajo la Ley. Sabéis, en efecto, que la Ley que fue dada a los judíos fue escrita en piedra53. Pues bien, todos los reos están bajo la Ley, quienes viven bien están con la Ley: La Ley no está puesta para el justo54. ¿Qué significa, pues: Retirad la piedra?55 Predicad la gracia. En efecto, el apóstol Pablo se llama a sí mismo ministro del Nuevo Testamento, no de letra, sino de espíritu, porque la letra, afirma, mata, el Espíritu vivifica56. La letra asesina es cual piedra aplastante. Retirad, afirma, la piedra. Retirad el peso de la Ley; predicad la gracia, ya que, si se hubiese dado una ley que pudiera vivificar, la justicia existiría absolutamente en virtud de la Ley; pero la Escritura encerró todo bajo el pecado, para que en virtud de la fe en Jesucristo se diera a los creyentes la promesa57. Retirad, pues, la piedra.
23. Le dice Marta, la hermana de ese que había muerto: Señor, hiede ya, pues es cuatriduano. Le dice Jesús: ¿No te dije que si creyeres verás la gloria de Dios?58 ¿Qué significa: Verás la gloria de Dios? Que, pues todos pecaron y carecen de la gloria de Dios59, y donde abundó el pecado, sobreabundó también la gracia60, resucita incluso a un hediento y cuatriduano.
Confesar los pecados es salir del sepulcro
24. Quitaron, pues, la piedra. Jesús, por su parte, elevados a lo alto los ojos, dijo: Padre, te doy gracias porque me escuchaste; por mi parte, yo sabía que siempre me escuchas; pero lo dije por el pueblo que está alrededor, para que crean que tú me enviaste. Como hubiese dicho esto, gritó con fuerte voz61. Bramó, derramó lágrimas, gritó con fuerte voz. ¡Qué difícilmente se levanta ese a quien aplasta la mole de una costumbre mala! Pero en todo caso se levanta: lo vivifica dentro la oculta gracia; se levanta tras la fuerte voz. ¿Qué ha sucedido? Gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven afuera! Y el que había muerto se presentó al instante, atado con vendas las manos y los pies, y su faz estaba cercada por un sudario62. ¿Te asombras de cómo se presentó atados los pies, y no te asombras de que resucitó cuatriduano? En una y otra cosa estaba la potencia del Señor, no las fuerzas del muerto. Se presentó, y aún está atado; aún envuelto, se presentó empero ya afuera. ¿Qué da a entender? Cuando desprecias, yaces muerto; y, si desprecias tantas cosas cuantas he dicho, yaces sepultado; cuando confiesas, te presentas. En efecto, ¿qué es presentarse, sino manifestarse cual saliendo de escondites? Pero que confieses, Dios lo hace gritando con fuerte voz, esto es, llamando con gran gracia. Por eso, como el muerto se hubiese presentado aún atado, confeso y reo aún, para que sus pecados fuesen soltados, el Señor dijo esto a los ministros: Desatadlo y dejadlo irse63. ¿Qué significa: Desatadlo y dejadlo irse? Lo que hayáis desatado en la tierra, quedará desatado también en el cielo64.
Los fariseos perdieron la ciudad eterna y la temporal
25. Muchos de los judíos, pues, que habían venido donde María y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él; en cambio, algunos de esos mismos se fueron a los fariseos y les dijeron lo que hizo Jesús65. De los judíos que habían acudido donde María no todos creyeron, pero en todo caso muchos. En cambio, algunos de ellos —de los judíos que habían acudido o de los que habían creído— se fueron a los fariseos y les dijeron lo que hizo Jesús, notificándolo para que también ellos creyeran o, más bien, delatando, para que se enfurecieran. Pero, de cualquier modo y por quienes fuese, eso se hizo llegar a oídos de los fariseos.
26. Los pontífices y los fariseos reunieron el consejo y decían: ¿Qué hacemos?66 No decían empero «creamos». En efecto, hombres perdidos, más que en cómo mirar por sí para no perecer, pensaban en cómo dañar para destruir; y, sin embargo, temían y, por así decirlo, deliberaban. En efecto, decían: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos signos: si lo dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos y aniquilarán el lugar y la nación nuestros67. Temieron perder lo temporal, mas no pensaron en la vida eterna, y así perdieron una y otra cosa. De hecho, los romanos, tras la pasión y glorificación del Señor, les aniquilaron el lugar y la nación, tomándolo por las armas y trasladándola; y les toca en suerte lo que en otra parte está escrito: En cambio, los hijos de este reino irán a las tinieblas exteriores68. Pues bien, porque percibían que la doctrina de Cristo se oponía al templo mismo y a su leyes paternas, temieron esto: que, si todos creían en Cristo, nadie quedaría para defender contra los romanos la ciudad y el templo de Dios.
Caifás profeta, y Jesús hombre
27. Ahora bien, uno de ellos, Caifás, como fuese pontífice de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada ni pensáis que nos conviene que por el pueblo muera un único hombre, y no perezca la nación entera». Ahora bien, no dijo esto por su propia cuenta, sino que, como fuese pontífice de aquel año, profetizó69. Aquí se nos enseña que el espíritu de profecía predice el futuro incluso mediante hombres malos; el evangelista empero atribuye esto a un misterio divino, porque fue pontífice, esto es, sumo sacerdote. Por otra parte, puede turbar por qué se le llama pontífice de aquel año, siendo así que Dios había constituido un único sumo sacerdote al que, muerto, sucedería uno solo. Pero ha de entenderse que, por las ambiciones y disensiones entre los judíos, después se estableció que fuesen varios y por turno sirviesen uno cada año. De hecho, también de Zacarías se dice esto: Ahora bien, sucedió que, como desempeñase ante Dios el sacerdocio conforme al orden de su turno, según la costumbre del sacerdocio salió por suerte a poner el incienso, tras entrar al templo del Señor70. De esto resulta claro que ellos eran varios y tenían sus turnos, porque poner el incienso no era lícito sino al sumo sacerdote71. E incluso en un único año quizá servían varios, a los que sucedían al otro año otros, alguno de entre los cuales salía por suerte para poner el incienso.
¿Qué es, pues, lo que profetizó Caifás? Que Jesús iba a morir por la nación. Y no sólo por la nación, sino para congregar en uno a los hijos de Dios, que estaban dispersos72. El evangelista ha añadido esto; de hecho, Caifás profetizó sólo acerca de la nación de los judíos, en la que estaban las ovejas de las que el Señor mismo asevera: No fui enviado sino a las ovejas de la casa de Israel que perecieron73. Pero el evangelista sabía que había otras ovejas que no eran de este redil, a las cuales era preciso traer para que hubiese un único redil y un único pastor74. Ahora bien, esto se dijo según la predestinación porque, quienes todavía no habían creído, no eran aún ovejas suyas ni hijos de Dios.

28. Desde aquel día, pues, pensaron asesinarlo. Jesús, pues, ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se fue a la región cerca del desierto, a una ciudad que se llama Efraín, y allí moraba con sus discípulos75, no porque se había extinguido su potencia, gracias a la cual, evidentemente, si quisiera, viviría públicamente con los judíos y no le harían nada, sino que en su debilidad de hombre mostraba a los discípulos un ejemplo de vida, mediante el que resultase claro que no hay pecado si sus fieles, que son sus miembros, se sustraían a los ojos de los perseguidores y, ocultándose, evitaban el furor de los criminales, en lugar de encenderlo más, ofreciéndose." (San Agustín. TRATADO 49. Comentario a Jn 11,1-54, predicado en Hipona en otoño de 414).

Quinto Domingo de Cuaresma. Ciclo A.

DOMINGO V DE CUARESMA

 
PRIMERA LECTURA
Os infundiré mi espíritu, y, viviréis
Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14
Así dice el Señor:
-«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel.
Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor.
Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.»
Oráculo del Señor.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial
Sal 129, 1-2- 3-4ab. 4c-6. 7-8(R.: 7)
R. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi
súplica. R.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. R.

Mi alma espera a en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. R.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos. R.

SEGUNDA LECTURA
El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11
Hermanos:
Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 11, 25a. 26
Yo soy la resurrección y la vida -dice el Señor-; el que cree en mí no morirá para siempre.
EVANGELIO

Yo soy, la resurrección y la vida
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 1-45
En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
-«Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo:
-«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
-«Vamos otra vez a Judea.»
Los discípulos le replican:
-«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó:
-«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió:
-«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
Entonces le dijeron sus discípulos:
-«Señor, si duerme, se salvará.»
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
-«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
-«Vamos también nosotros y muramos con él.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo:
-«Tu hermano resucitará.»
Marta respondió:
-«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice:
-«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó:
-«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.»
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -«¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron:
-«Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-«¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron:
-«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús:
-«Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice:
-«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice:
-«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
-«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente:
-«Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra de Dios

Comentario de San San Agustín, SERMÓN 136..

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
Juan 9,1-41. Curación del ciego de nacimiento.
1. El Señor Jesús vino a este mundo para salvar a los pecadores1. Encontró, pues, a un hombre ciego de nacimiento. De hecho, ¿hay algún hombre que no nazca ciego? Me refiero a la ceguera espiritual, no a la física. Mas, para que vea, se le untan los ojos con saliva y barro; pero no con cualquier saliva, ni con la de cualquiera, sino con la de Cristo. La saliva de Cristo es la profecía; el barro, los hombres. Recordad de qué fue hecho el hombre2. Luego cuando los hombres profetizaban, la saliva estaba en el barro. ¿Qué diré de los profetas antiguos? El mismo Apóstol dice: Tenemos este tesoro en recipientes de barro3. Mira: tu tesoro consiste en tener saliva, con la que primeramente fue untado este ciego —con ella es untado también todo ciego de nacimiento— y enviado a la piscina de Siloé. ¿No podía Cristo abrirle los ojos con su saliva? En última instancia, podía mandarle que viera sin recurrir a la saliva ni al barro, y habría visto. Podía, pero los hechos milagrosos se equiparan a palabras que ocultan realidades sagradas. Así, pues, es enviado a la piscina de Siloé. ¿Por qué esa tardanza? Conocemos tu poder; tú, ¡oh Cristo!, lo que quieres lo haces; vea de una vez este ciego. «No —dice—; vaya primero a la piscina de Siloé y lávese la cara». Gracias al santo evangelio, sabemos el significado de la piscina de Siloé. Siloé —dice— que significa «enviado»4. ¿Quién es este enviado? Conoced al enviado; él grita: El Padre me ha enviado5. Luego él mismo envió al ciego a sí mismo, envió al creyente al bautismo. Lavó su cara, y vio; fueron borrados sus pecados, y brilló la luz. Por otra parte, el hecho de que, al ser interrogado y acosado por los judíos, respondió como respondió indica que ya estaba ungido en el corazón. A su vez, la lectura atestigua cuándo se lavó la cara en la piscina de Siloé. Por tanto, cuando decía: Sabemos que Dios no escucha a los pecadores6, aún estaba untado, aún no veía.
2. ¿Qué esperanza queda a los hombres, si Dios no escucha a los pecadores?7 ¿Por ventura no subieron dos a orar al templo, un fariseo y un publicano? ¿Acaso no decía el fariseo: Gracias te doy porque no soy como los demás hombres: injustos, rapaces, ni como ese publicano?8 No pedía nada; había subido como saciado y eructaba su hartura. No dijo: «Ven en mi ayuda»; no dijo: «Compadécete de mí», porque mi padre y mi madre me han abandonado»9; no dijo: «Sé mi auxilio, no me abandones»10. En cambio, el publicano se mantenía de pie a distancia. Cosa extraña: en el templo se mantenía de pie a distancia, pero se acercaba al Dios del templo. Así, pues, se mantenía de pie a distancia, y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: «Señor, ten compasión de mí, que soy pecador»11. Hemos oído las dos actitudes opuestas; pronuncie Cristo la sentencia. Ved que la pronuncia; escuchémosla: En verdad os digo que el publicano bajó del templo hecho justo, y no el fariseo12. Ciertamente Dios no escucha a los pecadores. Cuando el publicano golpeaba su pecho, castigaba sus propios pecados; cuando castigaba sus propios pecados, se acercaba a Dios Juez. Efectivamente, Dios odia los pecados; si los odias también tú, comienzas a unirte a Dios para decirle: Aparta tu rostro de mis pecados13. Aparta tu rostro, ¿de qué cosa? De mis pecados; no apartes tu rostro de mí14. Ahora bien, ¿qué significa: Aparta tu rostro de mis pecados? No pongas tus ojos en ellos, no los tomes en cuenta, para que puedas perdonarme. Luego también para el pecador hay esperanza; ruegue niegue a Dios, no desespere, golpee su pecho, vénguese de sí mismo por medio del arrepentimiento, para que se vengue Dios por medio del juicio. El que se abaja se acerca al Excelso.
3. Mas ¿por qué dijo el Señor: el publicano bajó del templo hecho justo, y no el fariseo?15 No te defraudó; adujo la razón inmediatamente. Como si le preguntásemos la causa de ello, dice: Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado16. Has oído la causa; si la has oído y entendido, haz lo que has oído: humíllate, ruega a Dios, di a tu Señor que eres pecador, algo que él ve aunque tú no lo digas. Tal vez dices tú: «Si lo ve antes de que yo lo diga, ¿qué necesidad hay de decirlo?» ¡Oh hombre! ¿Has olvidado: es bueno confesar al Señor?17 ¿Has olvidado: Confesad al Señor, porque es bueno?18 Aunque no confieses al juez humano que eres malo, confiésalo al Señor, porque es bueno; confiésalo, gime, arrepiéntete, golpea el pecho. Al Señor le agrada este tipo de espectáculos en el que ve al pecador vengar su propio pecado. Reconócelo tú, y él hace la vista gorda; castígalo tú, y él lo perdona. Mas, para que él te perdone, no debes ser condescendiente con tus pecados. Responde: «Que no condescienda con mi maldad; que no condescienda con ella, sino que la elimine».

4. Después de muchas vicisitudes, el ciego que había recuperado la vista fue excluido de la sinagoga judía. Se enfurecieron con él, y le excluyeron de su sinagoga. Ved qué temían sus padres; nos lo expuso el evangelista; no lo silenció: Pues sus padres —dice— temían confesar a Cristo y ser excluido de la sinagoga. Por eso dijeron: «Edad tiene; preguntádselo a él»19. Temieron, pues, que los excluyeran de la sinagoga; él no lo temió, y fue excluido; sus padres quedaron en ella. A él le queda Cristo que lo acoge, para que pueda decirle: Pues mi padre y mi madre me han abandonado20. Pero ¿qué añadió? Pero el Señor me ha acogido21. «Ven, ¡oh Cristo!, y acógeme; ellos me excluyeron, acógeme tú; tú, el enviado, acoge al rechazado». Ved que lo acoge: se mostró a los ojos que él se dignó abrir. ¿Crees —le dice— en el Hijo de Dios? A lo que él, aún untado, responde: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Y el Señor: Lo has visto; el que está hablando contigo, ese es22: le lavó la cara. En consecuencia, viendo ya con el corazón, adoró a su Salvador23. Cristo Jesús hace eso mismo con el género humano equiparable a un ciego de nacimiento, aún untado en su cuerpo, con la intención puesta en realizar el milagro; pero el milagro lo hizo para encarecer la fe. Con este milagro de abrir los ojos del ciego de nacimiento, encareció la fe que, día a día abre los ojos del género humano, también él ciego de nacimiento. (San Agustín, SERMÓN 136 A (=Mai 130)).

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A.


DOMINGO IV DE CUARESMA

 
PRIMERA LECTURA

David es ungido rey de Israel Lectura del primer libro de Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
-«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Elías y pensó:
-«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo:
-«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
-«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé:
-«¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió:
-«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo:
-«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue. »
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:
_«Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios.



Salmo responsorial
Sal 22, lJa. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. R'.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.



SEGUNDA LECTURA

Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14
Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.
Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»
Palabra de Dios.



Aleluya Jn 8, 12b

Yo soy, la luz del mundo Dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
EVANGELIO Fue, se lavó, y, volvió con vista
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
-«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Jesús contestó:
-«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
-«¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían:
-«El mismo.»
Otros decían:
-«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
-«Soy yo.»
Y le preguntaban:
-«¿Y cómo se te han abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. »
Le preguntaron:
-«¿Dónde está él?»
Contestó:
-«No sé.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
-«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
-«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban:
-«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Que es un profeta.»
Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
-«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres contestaron:
-«Sabernos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. »
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
-«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. »
Contestó él:
-« Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo:
-¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»
Les contestó:
-«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? »
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.»
Replicó él:
-«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»
Le replicaron:
-«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
-«¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
-«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
-«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
-«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
-«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
-«¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: -«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»
Palabra de Dios

San Agustín, TRATADO 15. Comentario a Jn 4,1-42, predicado en Hipona en junio de 407


TERCER DOMINGO DE CUARESMA
San Juan 4,5-42. La mujer samaritana.

"Es por ti por quien Jesús está fatigado del camino. En Cristo encontramos la fuerza y la debilidad: se nos muestra a la vez poderoso y anonadado. Poderoso porque "en el Principio la Palabra existía, y la Palabra era Dios, en el Principio él estaba en Dios". ¿Quieres saber cuál es el poder de este Hijo de Dios? "Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada fue hecho". ¿Hay algo más fuerte que aquel que ha hecho todas las cosas sin experimentar cansancio? ¿Quieres conocer su debilidad? "La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". El poder de Cristo te ha creado; su debilidad te ha recreado. El poder de Cristo ha dado el ser a lo que no era; la debilidad de Cristo ha evitado que pereciese lo que era. En su fuerza nos ha creado, en su desvalimiento ha venido en nuestra busca" (San Agustín, Tratado sobre San Juan, 15, 6; CCL. 36, 152).

La transformación que la gracia opera en esa mujer es maravillosa (Jn 4,28-29). El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que le había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento. «Los Apóstoles, cuando fueron llamados, dejaron las redes; ésta de­ja su cántaro y anuncia el Evangelio, y no llama solamente a uno, sino que remueve toda la ciudad» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 33).

El episodio presenta todo un proceso de evangelización que se inicia con el entusiasmo de la samaritana (Jn 4,39-42). «Lo mismo sucede hoy a los que están fuera y no son cristianos: comienzan sus amigos cristianos por darles noticias de Cristo, como hizo aquella mujer, lo mismo que hace la Iglesia; luego vienen a Cristo, esto es, creen en Cristo por esta noticia y, finalmente, Jesús se queda con ellos dos días, y con esto creen mucho más y con más firmeza que Él es en verdad el Salvador del mundo» (San. Agustín, Tratado sobre San Juan,15,33).

TRATADO 15

Comentario a Jn 4,1-42, predicado en Hipona en junio de 407
" Se anuncian cosas sublimes en este mensaje
1. No es nuevo para los oídos de Vuestra Caridad que el evangelista Juan, cual águila, vuela muy alto, trasciende las tinieblas de la tierra y contempla con mirada firmísima la luz de la verdad. De hecho, son muchos ya los pasajes de su evangelio que con la ayuda de Dios y por ministerio mío se han tratado. Ahora bien, por orden sigue esta lectura que hoy se ha recitado. Más para recordarlo que para aprenderlo, vais a oír muchos lo que por donación del Señor voy a decir. Sin embargo, no porque no haya instrucción, sino recuerdo, debe por eso ser perezosa la atención. Se nos ha leído esto y tengo en las manos esta lectura para tratar de ella: junto al pozo de Jacob hablaba con una mujer samaritana el Señor Jesús. De hecho se dijeron allí grandes misterios e imágenes de cosas importantes, que alimentan al alma hambrienta y dan nuevas fuerzas a la enferma.
De nuevo vuelve a Galilea
2. Como el Señor hubiese oído que los fariseos sabían que hacía y bautizaba más discípulos que Juan —aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos—, abandonó la tierra de Judea y se fue de nuevo a Galilea. Sobre esto no hay que disertar más tiempo, no sea que por detenerme en lo evidente ande falto de tiempo para escrutar y aclarar lo oscuro. Si el Señor supiera que los fariseos conocían de él que hacía más discípulos y que bautizaba a más, de forma que conocer eso les valiera para la salvación de seguirlo, para ser discípulos también ellos y querer ellos ser bautizados por él, más bien no abandonaría la tierra de Judea, sino que por ellos permanecería allí, sí; pero, porque conoció el saber de ellos y a la vez conoció también su envidia —que se enteraron de esto no para seguirle, sino para perseguirle—, se marchó de allí. Ciertamente, porque pudo no nacer si no quería, también podía él, presente, no ser detenido por ellos si no quería; no ser asesinado si no quería. Pero, porque en toda cosa que realizó como hombre daba ejemplo a los hombres que iban a creer en él —porque ningún siervo de Dios peca si, al ver el furor de quienes quizá le persiguen o de quienes buscan su vida para mal, se retira a otro lugar; en cambio, al siervo de Dios le parecería que pecaba si lo hacía, a no ser que el Señor hubiese precedido en hacerlo—, aquel Maestro bueno hizo esto para enseñar, no porque temiera.
Como bautizaba Jesús
3. Tal vez pueda turbar esto también, por qué está dicho: «Jesús bautizaba a más que Juan», y, después de que está dicho «bautizaba», se ha añadió: Aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos. ¿Qué, pues? «Se había dicho una falsedad y fue corregida cuando se añadió: Aunque bautizaba no Jesús, sino sus discípulos? ¿O una y otra cosa es verdad: Jesús bautizaba y no bautizaba? Bautizaba, en efecto, porque él en persona purificaba; no bautizaba porque él en persona no sumergía en el agua. Los discípulos prestaban el servicio del cuerpo, él prestaba la ayuda de la majestad. ¿Cuándo, en efecto, cesaría de bautizar mientras no cesa de limpiar? De él está dicho por el mismo Juan, mediante la persona de Juan Bautista, que dice: Éste es quien bautiza. Jesús, pues, bautiza todavía y seguirá bautizando hasta que seamos bautizados. Acérquese seguro el hombre al ministro inferior, pues tiene un Maestro superior.
El bautismo: agua y palabra
4. Pero quizá afirma alguien: «Cristo bautiza, sí, pero en el espíritu, no en el cuerpo», como si en el sacramento del bautismo corporal y visible es imbuido alguno por el don de otro que aquél. ¿Quieres saber que él en persona bautiza no sólo con el Espíritu, sino también con el agua? Escucha al Apóstol: Como Cristo, dice, amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para limpiarla con el baño del agua mediante la palabra, para presentar él mismo a sí la Iglesia gloriosa, que no tiene mancha ni arruga ni algo de esta laya. Para limpiarla. ¿Con qué? Con el baño del agua mediante la palabra. ¿Qué es el bautismo de Cristo? Un baño del agua mediante la palabra. Quita el agua: no hay bautismo; quita la palabra: no hay bautismo.
El pozo de Jacob
5. Tras esta introducción mediante la que llega al coloquio con aquella mujer, veamos, pues, lo que resta, lleno de misterios y preñado de sacramentos. Pues bien, afirma, era preciso que él atravesase Samaría. Llegó, pues, a una ciudad de Samaría, que se llama Sicar, junto a la finca que Jacob dio a su hijo José. Ahora bien, allí estaba la fuente de Jacob. Era un pozo, pero todo pozo es una fuente, no toda fuente es un pozo. En efecto, donde el agua mana de la tierra y se ofrece al uso de quienes la sacan, se habla de fuente; pero, si está a la mano y en la superficie, se habla sólo de fuente; si, en cambio, está en lo hondo y profundo, se llama pozo, sin perder el nombre de fuente. Jesús débil y Jesús fuerte
6. Jesús, pues, fatigado del viaje, estaba sentado así sobre la fuente. Era como la hora sexta. Ya comienzan los misterios, pues no en vano se fatiga Jesús; no en vano se fatiga la Fuerza de Dios; no en vano se fatiga quien reanima a los fatigados; no en vano se fatiga quien, si nos abandona, nos fatigamos; si está presente, nos afianzamos. Se fatiga empero Jesús y se fatiga del viaje, se sienta; se sienta junto al pozo, y fatigado se sienta a la hora sexta. Todo eso insinúa algo, quiere indicar algo, llama nuestra atención, nos exhorta a aldabear. Abra, pues, a mí y a vosotros quien se dignó exhortar, diciendo: Aldabead y se os abrirá. Por ti está Jesús fatigado del viaje. Hallamos a Jesús fuerte y hallamos a Jesús débil; a Jesús fuerte y débil: fuerte porque en el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio en Dios. ¿Quieres ver cuán fuerte es ese Hijo de Dios? Todo se hizo mediante ella, y sin ella no se hizo nada y todo se hizo sin esfuerzo. ¿Qué, pues, más fuerte que ese mediante quien todo se hizo sin esfuerzo? ¿Quieres conocer que es débil? La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. La fortaleza de Cristo te creó y la debilidad de Cristo te reanimó. La fortaleza de Cristo hizo que existiera lo que no existía; la debilidad de Cristo hizo que lo que existía no pereciese. Con su fortaleza nos creó, con su debilidad nos buscó.
La debilidad de Jesús
7. Él en persona, débil, nutre a los débiles, como la gallina a sus pollos, pues a ésta se hizo similar: ¡Cuántas veces quise, dice a Jerusalén, congregar a tus hijos bajo las alas, como gallina a sus pollos, y no quisiste! Por vuestra parte, hermanos, veis cómo la gallina se enferma con sus pollos. No se conoce ave ninguna que sea madre. Vemos a varios pájaros hacer el nido ante nuestros ojos; cada día vemos que golondrinas, cigüeñas, palomas hacen su nido, pero sólo al verlos en el nido reconocemos que son padres. La gallina, en cambio, enferma por sus polluelos de tal modo que, aunque ellos mismos no la sigan y no veas a los hijos, sin embargo, reconoces a la madre. Así sucede por las caídas, las plumas erizadas, la voz ronca, todos sus miembros caídos y bajos, de manera que, como he dicho, aunque no veas a los hijos, entiendes que es madre. Así, pues, es Jesús enfermo, fatigado del viaje. Su viaje es la carne asumida por nosotros. Por cierto, ¿cómo está de viaje quien está en todas partes, quien nunca está ausente? ¿A dónde va o por qué va, sino porque no vendría a nosotros si no asumiera la forma de la carne visible? Porque, pues, se ha dignado venir a nosotros, apareciendo, asumida la carne, en forma de esclavo, esa asunción de la carne es su viaje. Por eso, «fatigado del viaje» ¿qué otra cosa significa sino fatigado en la carne? Jesús es débil en su carne; pero tú no te debilites; tú sé fuerte por su debilidad, porque lo que es débil de Dios es más fuerte que los hombres.
Adán y Cristo
8. Bajo esta imagen de las cosas, Adán, que era forma del futuro, nos ofreció indicio grande de un misterio; mejor dicho, Dios lo ofreció en él. En efecto, mientras dormía, mereció recibir esposa y de su costilla le fue hecha la esposa, porque de Cristo dormido en la cruz iba a proceder de su costado la Iglesia —a saber, del costado de quien dormía—, porque también del costado de quien pendía en la cruz, costado golpeado por una lanza, descendieron los sacramentos de la Iglesia. Pero ¿por qué he querido decir esto, hermanos? Porque la debilidad de Cristo nos hace fuertes. ¡Gran imagen precedió allí! Pudo Dios arrancar al hombre carne con que formar a la mujer; y, más bien, parece que esto pudo ser lógico. Se formaba, en efecto, el sexo muy débil y la debilidad debió ser hecha de carne más que de hueso, pues en la carne los huesos son los más firmes. No arrancó carne con que hacer a la mujer, sino que sacó un hueso y, sacado el hueso, fue formada la mujer y en el lugar del hueso se rellenó la carne. Podía devolver un hueso por otro; para hacer a la mujer podía arrancar no una costilla, sino carne. Por tanto ¿qué significó? La mujer fue hecha fuerte, digamos, en la costilla; en la carne fue hecho Adán débil, digamos. Se trata de Cristo y la Iglesia: su debilidad es nuestra fortaleza.
La hora sexta
9. ¿Por qué, pues, a la hora sexta? Por ser la sexta edad del mundo. Según el evangelio, computa tú como hora primera la primera edad, desde Adán hasta Noé; la segunda, desde Noé hasta Abrahán; la tercera, desde Abrahán hasta David; la cuarta, desde David hasta la deportación a Babilonia; la quinta, desde la deportación a Babilonia hasta el bautismo de Juan; la sexta se desarrolla a partir de ahí. ¿De qué te admiras? Llegó Jesús y rebajándose llegó al pozo. Llegó fatigado porque cargó con la débil carne. A la hora sexta, porque corría la sexta edad del mundo. Al pozo, porque llego hasta la profundidad de esta morada nuestra. Por ende se dice en Salmos: Desde las profundidades clamé a ti, Señor. Se sentó, como he dicho, porque se rebajó.
La samaritana, figura de la Iglesia
10. Y llega una mujer, forma de la Iglesia, no ya justificada, sino por justificar ya, porque de ello trata la conversación. Viene ignorante, lo halla y con ella se desarrolla algo. Veamos qué, veamos por qué. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Los samaritanos no pertenecían a la nación de los judíos, pues fueron extranjeros, aunque habitaban tierras vecinas. Es largo relatar el origen de los samaritanos, no sea que nos retengan muchas cosas y no diga lo necesario; basta, pues, que tengamos por extranjeros a los samaritanos. Y, para que no creáis que he dicho esto con más audacia que verdad, escuchad qué dijo el Señor Jesús mismo de aquel samaritano, uno de los diez leprosos que había limpiado, único que regresó a dar gracias: ¿Acaso no han sido limpiados los diez? ¿Y los nueve dónde están? ¿No había otro que diera gloria a Dios sino ese extranjero? Que esa mujer que llevaba el tipo de la Iglesia venga de extranjeros, atañe a la imagen de un hecho, pues la Iglesia iba a venir de los gentiles, extranjera para la raza judía. En ella, pues, oigámonos a nosotros, reconozcámonos en ella y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era, en efecto, una figura, no la realidad, porque esa misma envió por delante una figura y sucedió la realidad, porque creyó en ese que, a partir de ella, nos ponía delante la figura. Viene, pues, a sacar agua. Había venido sencillamente a sacar agua, como suelen los varones o las mujeres.
La sed de Jesús
11. Le dice Jesús: Dame de beber. Por cierto, sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar alimentos. Le dice, pues, la mujer samaritana: ¿Cómo tú, aunque eres judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana? Los judíos, en efecto, no se tratan con samaritanos. Veis que son extranjeros: en absoluto usaban sus recipientes los judíos. Y, precisamente porque la mujer llevaba un recipiente con que sacar agua, se extrañó de que un judío le pedía de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Ahora bien, quien pedía de beber, tenía sed de la fe de esa misma mujer.
Jesús pide lo que ofrece
12. Finalmente oye quién pide de beber. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva. Pide de beber y promete beber. Necesita como para recibir, y está sobrado como para saciar. Si conocieras, dice, el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero a la mujer habla todavía veladamente y poco a poco entra en su corazón. Tal vez instruye ya, pues ¿qué más suave y amable que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva. Hasta aquí la mantiene en suspenso. Llamamos vulgarmente agua viva a la que sale de la fuente, pues al agua que de la lluvia se recoge en lagunas o cisternas no se la llama agua viva. Y, si manase de una fuente y se estancase en algún lugar y hubiera perdido el reguero venido directamente del manantial, como si estuviera separada de él, tampoco a ésta se la llama agua viva; sino que se llama agua viva la que se recoge tras manar. Tal agua había en aquella fuente. ¿Por qué, pues, promete lo que estaba pidiendo?
La respuesta, una llamada
13. Sin embargo, la mujer afirma indecisa: Señor, no tienes con qué sacar, y el pozo es hondo. Ved cómo entendió ella el agua viva, o sea, el agua que había en aquella fuente: «Tú quieres darme agua viva y yo llevo con qué sacar, mas tú no llevas. El agua viva está ahí; ¿cómo vas a dármela?». Porque entiende y saborea carnalmente otra cosa, aldabea en cierto modo, para que el Maestro abra lo que está cerrado. Aldabeaba con ignorancia, no con afán; todavía es digna de lástima, aún no ha de instruírsela.
El agua invisible
14. Del agua viva habla el Señor con total evidencia. Había dicho, en efecto, la mujer: ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebió él mismo y sus hijos y sus ganados? De esta agua viva no puedes darme, porque no tienes pozal. ¿Quizá prometes otra fuente? ¿Puedes ser mejor que nuestro padre, que cavó este pozo y él mismo lo usó con los suyos? El Señor, pues, diga a qué llamó agua viva. Respondió Jesús y le dijo: Todo el que bebiere de esta agua tendrá de nuevo sed; en cambio, quien bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en fuente que salta para vida eterna. Con toda claridad ha dicho el Señor: Se convertirá en él en fuente de agua que salta para vida eterna. Quien bebiere de esta agua no tendrá sed jamás. Es del todo evidente que prometía agua no visible, sino invisible; es del todo evidente que hablaba en sentido no carnal, sino espiritual.
15. Sin embargo, la mujer está aún centrada en la carne. Le complació no tener sed y suponía que el Señor le había prometido esto según la carne. Sí, esto se realizará, pero en la resurrección de los muertos. Ella lo quería ya, pues en cierta ocasión Dios había dado a su siervo Elías no padecer hambre ni sed durante cuarenta días. Quien pudo dar esto durante cuarenta días, ¿no pudo darlo siempre? Suspiraba empero ella, pues no quería necesitar, no quería trabajar. Se veía forzada a venir con frecuencia a esa fuente, a cargarse de peso con que suplir la necesidad y, terminada el agua que había sacado, a regresar de nuevo; ese trabajo era cotidiano para ella, porque la necesidad se aliviaba, pero no se extinguía. Complacida, pues, por tal don, ruega que le dé agua viva.
La sed que vuelve
16. Sin embargo, no pasemos por alto que el Señor prometía algo espiritual. ¿Qué significa: Quien bebiere de esta agua tendrá de nuevo sed? Es verdad según esta agua, y es verdad según lo que significaba esa agua. En efecto, el agua en el pozo es el placer del mundo en tenebrosa profundidad; de ahí la sacan los hombres con la hidria de los deseos nefastos. Se inclinan hacia abajo para hacer bajar el deseo nefasto y llegar al placer sacado de la profundidad; y disfrutan del placer, tras haber precedido y sido enviado por delante el deseo nefasto, porque no puede llegar al placer quien no hubiere enviado por delante el deseo nefasto. Imagina, pues, como hidria el deseo nefasto, y como placer el agua de la profundidad; cuando alguien llegare al placer de este mundo —comida, bebida, baño, espectáculo, unión sexual—, ¿acaso no tendrá de nuevo sed? Quien bebiere de esta agua, afirma, tendrá de nuevo sed; si de mí, en cambio, recibiere agua, no tendrá sed jamás. Nos saciaremos, afirma, con los bienes de tu casa. ¿De qué agua, pues, va a dar sino de la que se dijo: En ti está la fuente de la vida? Pues ¿cómo tendrán sed quienes se embriagarán de la fertilidad de tu casa?
17. Prometía, pues, cierta comida sustanciosa y la saciedad del Espíritu Santo, y ella no entendía aún y, al no entender, ¿qué respondía? Le dice la mujer: Señor, dame esta agua para que no tenga sed ni venga acá a sacar. La carencia forzaba al esfuerzo y la debilidad rehusaba el esfuerzo. ¡Ojalá oyera: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis abrumados, y yo os devolveré las fuerzas! De hecho, se lo decía Jesús para que ya no se fatigase. Pero ella no entendía aún.
Llama a tu marido
18. Finalmente, porque quería que entendiese, le dice Jesús: Anda, llama a tu marido y vuelve acá. ¿Qué significa: Llama a tu marido? ¿Mediante su marido quería darle esa agua? ¿O, porque no entendía, quería enseñarle mediante su marido? ¿Quizá como el Apóstol dice de las mujeres: Ahora bien, si quieren aprender algo, interroguen en casa a sus maridos? Pero se dice: «Interroguen a sus maridos en casa», allí donde no está Jesús para enseñar; además se dice a mujeres a las que el Apóstol prohibía hablar en la Iglesia. Pero, cuando estaba allí el Señor en persona y presente hablaba a quien estaba presente, ¿qué necesidad había de hablarle mediante el marido? ¿Acaso a María, sentada a sus pies y que recogía su palabra, le hablaba mediante el marido, cuando Marta, atareadísima en mucho servicio, refunfuñaba también por la felicidad de su hermana? Oigamos, pues, hermanos míos, y entendamos lo que dice el Señor a la mujer: Llama a tu marido. En efecto, quizá dice también a nuestra alma: Llama a tu marido. Preguntemos también por el marido del alma. ¿Por qué el verdadero marido del alma no es ya Jesús mismo? ¡Acuda el entendimiento, porque lo que voy a decir apenas lo comprenden sino los atentos! ¡Acuda el entendimiento, pues, para que sea comprendido, y tal vez el entendimiento mismo será marido del alma.
El entendimiento y su iluminación
19. Al ver, pues, Jesús que la mujer no entendía y queriendo que entendiese, ordena: «Llama a tu marido», pues desconoces lo que te digo, precisamente porque tu inteligencia no acude. Yo hablo según el espíritu, tú oyes según la carne. Lo que digo no tiene que ver con el placer del oído ni con los ojos ni con el olfato ni con el gusto ni con el tacto. Sola la mente lo comprende, solo el entendimiento lo extrae; ese entendimiento no acude a ti, ¿cómo comprenderás lo que digo? Llama a tu marido, presenta tu entendimiento. ¿De qué te sirve, en efecto, tener alma? No es gran cosa, porque las bestias la tienen también. ¿Por qué eres de más valor? Porque tienes entendimiento, cosa que no tienen las bestias. ¿Qué significa, pues: Llama a tu marido? No me comprendes, no me entiendes. Te hablo del don de Dios; tú, en cambio, piensas en la carne; no quieres sentir sed según la carne, yo hablo al espíritu. Está ausente tu entendimiento: Llama a tu marido. No seas como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento.
Hermanos míos, tener, pues, alma y no tener entendimiento, esto es, no usarlo ni vivir según él, es vida de bestia. Efectivamente, en nosotros hay algo de bestia, con lo que vivimos en la carne; pero debe ser regido por el entendimiento. En efecto, el entendimiento rige desde un plano superior los impulsos del alma que se mueve según la carne y desea desbordarse inmoderadamente hacia los placeres carnales. ¿A quién debemos llamar marido, al que rige o a quien es regido? Sin duda, cuando la vida está ordenada, el entendimiento, aun perteneciente al alma misma, rige al alma, pues el entendimiento no es otra cosa que alma, sino que algo del alma es el entendimiento, como el ojo no es otra cosa que la carne, sino que algo de la carne es el ojo. Ahora bien, aunque el ojo es algo de la carne, disfruta empero de la luz él solo; en cambio, los demás miembros carnales pueden ser inundados de luz, no pueden percibirla; solo el ojo es inundado por ella y disfruta de ella. Así, en nuestra alma hay algo que llamamos entendimiento. Esto mismo del alma, que es el entendimiento, se llama mente; la ilumina una luz superior. Por otra parte, esa luz superior que ilumina la mente humana es Dios, pues existía la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Tal luz era Cristo; tal luz hablaba con la mujer. Pero ella no acudía con el entendimiento, para ser iluminado por esa luz y que no sólo lo inundase, sino que también disfrutase de ella. El Señor, pues, como si dijera: «Quiero iluminar, pero no hay a quién. Llama, dice, a tu marido. Usa el entendimiento mediante el que seas adoctrinado, para que te rija». Al alma sin entendimiento imagínala, pues, como a una mujer; imagina, en cambio, que tiene como marido al entendimiento. Pero este marido no rige bien a su mujer sino cuando es regido por un superior, pues cabeza de la mujer es el marido, pero la cabeza del marido es Cristo. La cabeza del marido hablaba con la mujer, y no estaba presente el marido. Y, como si el Señor dijera: «Haz venir a tu cabeza para que él acoja a su cabeza, llama, pues, a tu marido y ven acá. Esto es, acude, hazte presente, pues estás como ausente mientras no entiendes el lenguaje de la Verdad presente. Hazte presente, pero no sola; acude con tu marido.
El conocimiento de Jesús
20. Mas ella, sin llamar todavía a ese marido, no entiende; aún está centrada en la carne, pues el marido está ausente: No tengo marido, dice. El Señor continúa y habla de misterios. Entiende tú que, de verdad, esta mujer no tenía entonces marido; pero convivía con no sé qué marido no legítimo, adúltero más que marido. Y el Señor a ella: Bien dijiste que «No tengo marido». «¿Por qué, pues, has dicho: Llama a tu marido?». Oye tú también que el Señor sabía bien que ella no tenía marido. Para que la mujer no supusiera quizá que el Señor le había dicho: «Bien dijiste que “No tengo marido”», precisamente porque lo supo por la mujer, no porque él mismo lo hubiera conocido en razón de la divinidad, le dice también lo demás: «Escucha algo que no has dicho, pues cinco maridos tuviste, y el que ahora tienes no es tu marido; con verdad has dicho esto».
Cinco maridos, cinco sentidos
21. De nuevo me veo forzado a indagar algo más sutil sobre estos cinco maridos. Muchos entendieron, por cierto no absurdamente, que los cinco maridos de esta mujer son los cinco libros de Moisés. Los samaritanos, en efecto, los usaban y estaban bajo idéntica Ley, porque de ella tenían también ellos la circuncisión. Pero, porque me angustia lo que sigue: «Y el que tienes ahora no es tu marido», me parece más fácil que nosotros podamos aceptar que los cinco primeros maridos del alma son los cinco sentidos del cuerpo. De hecho, cuando uno nace, antes de poder usar la mente y la razón, no lo rigen sino los sentidos de la carne. En un niño pequeñín el alma apetece o rehúye esto: lo que se oye, lo que se ve, lo que tiene olor, lo que tiene sabor, lo que se siente por el tacto. Apetece cualquier cosa que encanta, rehúye cualquier cosa que molesta a estos cinco sentidos. De hecho, encanta a estos cinco sentidos el placer, les molesta el dolor. El alma, al principio, vive según estos cinco sentidos, como cinco maridos, porque la rigen. Ahora bien, ¿por qué se los ha llamado maridos? Porque son legítimos. Dios, en efecto, los ha hecho y Dios los ha dado al alma. Es débil todavía la que rigen esos cinco sentidos y actúa bajo el dominio de esos cinco maridos. Pero, cuando llegue a los años de ejercitar la razón, si se encargan de aquélla la disciplina y la doctrina de la sabiduría, a los cinco maridos no les sucede en el gobierno sino el auténtico marido legítimo, mejor que todos ellos, para regirla mejor y guiarla a la eternidad, cultivarla para la eternidad, instruirla para la eternidad. De hecho, estos cinco sentidos nos guían no a la eternidad, sino a apetecer o rehuir esas cosas temporales. Pero, cuando el entendimiento, imbuido en sabiduría, comienza a regir al alma, sabe ya no sólo rehuir el hoyo y caminar por tierra llana —cosa que los ojos muestran al alma débil—, ni escuchar sólo los sonidos agradablemente armoniosos y rechazar los disonantes, o deleitarse en olores seductores y repeler los pestilentes, o ser captada por la dulzura y molestarse por la amargura, o dejarse encantar por lo suave y sentirse herido por lo áspero. Todo eso, en efecto, es necesario al alma débil. ¿Qué gobierno, pues, se proporciona mediante el entendimiento? Distinguir no lo blanco y lo negro, sino lo justo y lo injusto, el bien y el mal, lo útil e inútil, la castidad y la indecencia, para amar a aquélla y evitar ésta; la caridad y el odio, para estar en aquélla y no estar en éste.
22. En esa mujer todavía este marido no había sustituido a los cinco maridos, pues donde él no ha llegado, domina el error. En verdad, cuando el alma es capaz de razonar, se rige por una mente sabia o por el error. Pero el error no rige, arruina. Aquella mujer, pues, todavía erraba tras esos cinco sentidos, y el error la llevaba de acá para allá. Por su parte, ese error era marido no legítimo, sino adúltero. Por eso le dice el Señor: Bien dijiste que «No tengo marido», pues cinco maridos tuviste; primero te rigieron los cinco sentidos de la carne; viniste a la edad de usar la razón, mas no llegaste a la sabiduría, sino que caíste en el error. Tras esos cinco maridos, pues, ese que ahora tienes no es tu marido. Y, si marido no era, ¿qué era sino un adúltero? Llama, pues, no al adultero, sino a tu marido, para que me entiendas con el entendimiento y por error no pienses de mí algo falso. En efecto, erraba la samaritana que pensaba en aquella agua, aunque el Señor hablaba ya del Espíritu Santo. ¿Por qué erraba, sino porque tenía no marido, sino a un adúltero? Quita, pues, de aquí a ese adúltero que te corrompe, y anda, llama a tu marido. Llámalo y ven a entenderme.
El templo y el monte
23. Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres profeta. Comenzó a llegar el marido. Aún no ha venido del todo. Tenía al Señor por profeta. Ciertamente era también profeta, porque de sí mismo afirma: No hay profeta sin honor sino en su patria. Y también de él está dicho a Moisés: Les suscitaré de entre sus hermanos un profeta similar a ti. Similar, evidentemente, en cuanto a la forma de la carne, no en cuanto a la eminencia de su majestad. Hemos hallado, pues, que al Señor Jesús se le ha llamado profeta. Por tanto, esta mujer ya no yerra mucho. Veo, dice, que tú eres profeta. Y comienza a llamar al marido, a expulsar al adúltero. Veo que tú eres profeta. Y comienza a preguntar lo que suele preocuparle. En efecto, entre judíos y samaritanos había una discusión: los judíos adoraban a Dios en el templo construido por Salomón; los samaritanos, lejos de esto, no lo adoraban en él. Los judíos se jactaban de ser mejores precisamente porque adoraban en el templo a Dios. Los judíos, en efecto, no se tratan con samaritanos porque les decían: «¿Cómo os jactáis y aseguráis que vosotros sois mejores que nosotros precisamente por tener un templo que nosotros no tenemos? ¿Acaso nuestros padres, que agradaron a Dios, adoraron en ese templo? ¿No adoraron en ese monte donde estamos nosotros? Con mayor razón, dicen, rogamos, pues, nosotros a Dios en este monte donde lo hicieron nuestros padres. Unos y otros, ignorantes porque no tenían marido, disputaban; unos a favor del templo, otros a favor del monte, se ensoberbecían unos contra otros.
Adorar en espíritu y verdad
24. El Señor, sin embargo, ¿qué enseña a la mujer, como si su marido hubiese comenzado a estar presente? Le dice la mujer: Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que es en Jerusalén donde es preciso adorar. Le dice Jesús: Créeme, mujer. Vendrá, en efecto, la Iglesia, como está dicho en el Cantar de los Cantares, vendrá y pasará desde el comienzo de la fe. Vendrá para pasar; pero no puede pasar sino desde el comienzo de la fe. Presente ya el marido, con razón oye: «Mujer, créeme, pues hay ya alguien en ti que crea, porque está presente tu marido. Comenzaste a estar presente con el entendimiento cuando me llamaste profeta». Mujer, créeme, porque si no creéis no entenderéis. Así que, mujer, créeme, que vendrá la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero vendrá la hora —¿cuándo?— y es ahora. ¿Qué hora, pues? Cuando los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y verdad; no en un monte, no en un templo, sino en espíritu y verdad. Porque también el Padre busca a tales que lo adoren. ¿Por qué busca el Padre a tales que lo adoren no en un monte, no en un templo, sino en espíritu y verdad? Dios es espíritu. Si Dios fuese un cuerpo, sería preciso adorarlo en un monte, porque el monte es corpóreo; sería preciso adorarlo en un templo, porque el templo es corpóreo. Dios es espíritu y es preciso que quienes lo adoran adoren en espíritu y verdad.
Acercarse a Dios
25. Lo hemos oído y está bien claro: habíamos ido fuera, hemos sido metidos dentro. ¡Si pudiera encontrar, decías, algún monte alto y solitario! Como yo creo que Dios está en las alturas, me oiría mejor desde las alturas. ¿Crees que por estar en un monte estás más cerca de Dios? ¿Crees que te va a escuchar en seguida, como si le llamases desde cerca? Dios habita en las alturas, pero se fija en lo de abajo. Cerca está el Señor. ¿De quiénes? ¿Quizá de los elevados? De quienes trituraron el corazón. Cosa admirable: habita en las alturas y se acerca a lo de abajo; se fija en lo de abajo; en cambio, de lejos conoce lo excelso. Desde lejos ve a los soberbios, tanto menos se les acerca cuanto más altos se creen. ¿Buscabas, pues, un monte? Desciende para llegar. Pero ¿quieres ascender? Asciende, no busques un monte. Dice un salmo: En el valle del llanto, ascensiones en su corazón1. El valle tiene bajura. Dentro, pues, haz todo. Y, si acaso buscas un lugar alto, un lugar santo, dentro ofrécete a Dios como templo, pues santo es el templo de Dios, que sois vosotros. ¿Quieres orar en un templo? Ora en ti. Pero sé primero templo de Dios, porque él escuchará en su templo al orante.
Dios no rechazó a los samaritanos
26. Viene, pues, la hora, y es ahora cuando los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y verdad. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Mucho dio a los judíos, pero no entiendas que ésos son réprobos. Entiende el muro aquel al que se ha añadido otro para que se unan, pacíficos en la piedra angular que es Cristo. En efecto, un muro viene de los judíos, otro de los gentiles. Alejados entre sí están esos muros, pero hasta que se unan en un ángulo. Los extranjeros, en cambio, eran huéspedes y extraños a los testamentos de Dios. Según esto, pues, está dicho: Nosotros adoramos lo que sabemos. En representación de los judíos está dicho, pero no de todos los judíos, no de los judíos réprobos, sino de esos de entre los que fueron los apóstoles, cuáles fueron los profetas, cuales fueron todos aquellos santos que vendieron todo lo suyo y colocaron el precio de sus cosas a los pies de los apóstoles. Dios, en efecto, no rechazó a su pueblo que había preconocido.
El Mesías
27. Oyó esto esa mujer y añadió. Ya antes le había llamado profeta. Vio que ese con quien hablaba decía tales cosas que eran ya demasiado para un profeta, y ved qué respondió: Le dice la mujer: Sé que vendrá un Mesías, que se llama Cristo; cuando, pues, venga él, nos mostrará todo. ¿Qué significa esto? Ahora, dice, los judíos discuten acerca del templo y nosotros discutimos acerca del monte. Cuando venga él, despreciará el monte y destruirá el templo. Ése nos enseñará todo, para que sepamos adorar en espíritu y en verdad. Sabía quién podía enseñarle, pero no reconocía aún a quien ya enseña. Era, pues, digna ya de que se le manifestase. Por otra parte, mesías significa ungido; ungido en griego se dice Cristo, en hebreo mesías. Por eso en púnico messe significa unge tú. Afines, en efecto, y vecinas son esas lenguas, la hebraica, la púnica y la siríaca.
28. La mujer, pues, le dice: Sé que vendrá un Mesías, que se llama Cristo; cuando, pues, venga él, nos anunciará todo. Jesús le dice: Soy yo, el que hablo contigo. Llamó a su marido, su marido se convirtió en cabeza de la mujer, Cristo se convirtió en cabeza del marido. La mujer está ya ordenada en la fe y es regida para vivir bien. Después de haber oído esto: «Soy yo, el que hablo contigo», ¿qué más diría ya, cuando Cristo el Señor ha querido manifestarse a la mujer a quien había dicho «Créeme»?
29. Inmediatamente llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablaba con una mujer. Les extrañaba que, quien había venido a buscar lo que había perecido, buscaba a la perdida. Se extrañaban, en efecto, de un bien, no sospechaban un mal. Sin embargo, nadie dijo: ¿Qué buscas o por qué hablas con ella?
La samaritana apóstol
30. Dejó, pues, la mujer su hidria. Oído: «Soy yo, el que hablo contigo», y recibido en el corazón Cristo el Señor, ¿qué haría sino dejar ya la hidria y correr a evangelizar? Arrojó sus pasiones y se lanzó a anunciar la verdad. Aprendan quienes quieren evangelizar, arrojen la hidria junto al pozo. Recordad qué he dicho anteriormente sobre la hidria: era una vasija con que se sacaba el agua. En griego se llama «hydria», porque agua se dice en griego ὕδωρ; como si dijéramos aguadera. Arrojó, pues, la hidria que, más que servirle, le era una carga; ávida, deseaba ciertamente saciarse del agua aquella. Para anunciar a Cristo, tirada la carga, corrió a la ciudad y dice a aquellos hombres: Venid y ved un hombre que me dijo todo lo que hice. ¡Con precaución, para que ellos no se airasen, digamos, ni se indignasen ni la persiguieran! Venid y ved un hombre que me dijo todo lo que hice. ¿Acaso ese mismo es el Mesías? Salieron de la ciudad y venían a él.
Tengo otro alimento
31. Y mientras tanto los discípulos le rogaban diciendo: Rabí, come. Habían ido, en efecto, a comprar alimentos y habían venido. Pero él dijo: Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Decían, pues, unos a otros los discípulos: ¿Acaso alguien le trajo de comer? ¿Qué tiene de extraño que la mujer no entendiera lo del agua? He aquí que los discípulos aún no entendieran lo de la comida. Ahora bien, oyó sus pensamientos y ya instruye como maestro; no con rodeos, como a aquella por cuyo marido preguntaba aún, sino abiertamente ya: Mi alimento, afirma, es hacer la voluntad de quien me envió. La bebida misma, pues, respecto a aquella mujer era que cumpliera la voluntad de quien lo había enviado. Por eso decía: «Tengo sed, dame de beber», a saber, para realizar en ella la fe, beber su fe y trasvasar a la mujer a su cuerpo, pues su cuerpo es la Iglesia. Afirma, pues: ése es mi alimento: hacer la voluntad de quien me envió.
Sembradores y segadores
32. ¿Acaso no decís vosotros que aún hay cuatro meses y viene la siega? Con ardor hervía por su obra y decidía enviar obreros. Vosotros contáis cuatro meses hasta la siega, yo os muestro otra mies blanca y preparada. He aquí que os digo: Levantad vuestros ojos y ved que los campos están ya blancos para la siega. Va a enviar, pues, segadores. Efectivamente, respecto a esto es verdadero el proverbio: que uno es quien siega, otro quien siembra. Así, quien siembra se alegra a la vez que quien siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado; otros han trabajado y vosotros habéis entrado en su labor.
¿Qué, pues? ¿Envió segadores, no sembradores? Segadores ¿a dónde? Adonde ya otros han trabajado. Porque donde ya se había trabajado, se había sembrado, sí, y lo que se había sembrado había ya madurado, deseaba la hoz y la trilla. ¿A dónde, pues, había que enviar segadores? Adonde los profetas habían ya predicado, pues ellos son los sembradores porque, si no lo fueran, ¿cómo había llegado a la mujer lo de «Sé que un Mesías vendrá? Esa mujer era ya fruto maduro, las mieses estaban blancas y pedían la hoz. Os envié, pues. ¿A qué? A segar lo que no habéis sembrado. Otros sembraron y vosotros habéis entrado en sus labores. ¿Quiénes trabajaron? Abrahán mismo, Isaac y Jacob. Leed sus labores: en todas sus labores hay profecía de Cristo; por eso son sembradores. Moisés, los demás patriarcas y todos los profetas, ¡cuánto aguantaron en el frío cuando sembraban! En Judea, pues, la siega estaba ya preparada. Con razón hubo allí como una cosecha madura, cuando tantos miles de hombres llevaban el precio de sus cosas y, tras ponerlo a los pies de los apóstoles, expeditos los hombros de los fardos del mundo, seguían a Cristo el Señor. ¡Mies verdaderamente madura!
¿Qué ocurrió después? De la cosecha misma se arrojaron pocos granos, sembraron el orbe de las tierras y surge otra mies que ha de segarse al final del mundo. De esa cosecha se dice: Quienes siembran con lágrimas, segarán con gozo. A esa siega, pues, serán enviados no los apóstoles, sino los ángeles. Los segadores, afirma, son los ángeles. Esa mies, pues, crece entre la cizaña y aguarda ser purificada al final. En cambio, estaba ya madura la mies adonde primero fueron enviados los apóstoles: donde trabajaron los profetas. Pero en todo caso, hermanos, ved qué está dicho: Quien siembra se alegra a la vez que quien siega. Tuvieron labores dispares en tiempo, pero disfrutarán igualmente de gozo, a una van a recibir en pago la vida eterna.

Primero la palabra, luego la presencia

33. Pues bien, muchos samaritanos de la ciudad aquella creyeron en él por la palabra de la mujer que daba el testimonio de que «Me dijo todo lo que hice». Ahora bien, como los samaritanos hubiesen venido a él, le rogaron que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por su palabra y decían a la mujer que «Ya no creemos por tus dichos, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo. Sobre esto hay poco que advertir, porque la lectura se ha terminado. Primero, la mujer dio la noticia y ante el testimonio de la mujer creyeron los samaritanos y le rogaron que se quedara con ellos y se quedó allí dos días y creyeron muchos y, después de haber creído, decían a la mujer: Ya no creemos por tu palabra, sino que nosotros mismos hemos conocido y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo; primero mediante la fama, después mediante la presencia. Así sucede hoy con quienes están fuera y aún no son cristianos: Cristo es anunciado mediante amigos cristianos; como gracias a la mujer, esto es, a la Iglesia anunciadora, vienen a Cristo, creen mediante esa fama. Se queda con ellos dos días, esto es, les da los dos preceptos de la caridad y en él creen muchos más y con más fuerza que verdaderamente él mismo es el Salvador del mundo. ( San Agustín, TRATADO 15. Comentario a Jn 4,1-42, predicado en Hipona en junio de 407)