lunes, 24 de septiembre de 2018

Comentarios a las lecturas del XXV Domingo del Tiempo Ordinario 23 de septiembre de 2018


Comentarios a las lecturas del XXV Domingo del Tiempo Ordinario 23 de septiembre de 2018
Vivir desde la bondad y la humildad en un mundo que busca la distinción, el éxito; que fuerza la competencia hasta situaciones de violencia real. Hoy, entra a colación, el duro texto de la Carta de Santiago perfectamente relacionado con el texto de Marcos. Habla incluso de asesinatos por pura ambición. Ese no es el camino. Cristo nos habla de paz, de amor, de mansedumbre. Ciertamente, de eso hay poco es nuestro entorno. Pero, ¿no es así el Reino de Dios? ¿No es nuestra obligación hacer lo posible por pacificar nuestras conciencias y nuestro ambiente? En el fondo de nuestros corazones anhelamos la paz, pero hacemos poco por instaurarla. La auténtica revolución que el mundo espera reside en cambiar el mundo pacíficamente para llenarlo de amor, de servicio a todos y de oración.
Vamos pues a encontrarnos con la Palabra que hoy se nos proclama.
En la primera lectura texto de la Sabiduría (Sb 2, 12.17-20), se refiere directamente a los judíos fieles que tienen que soportar la mofa y la persecución de los que no son fieles a Dios. Estos últimos son los que se han apartado de las tradiciones paternas y quebrantan sin escrúpulos la Ley. Por esta razón no aguantan la presencia de los justos, que sólo con su vida denuncian toda clase de impiedad. Los impíos quieren hacer un experimento con el justo y salir de dudas y ver si es tan bueno como parece y Dios está efectivamente con él, quieren someterlo a prueba. Se trata de tentar incluso al mismo Dios, de ver si realmente Dios puede salvar al justo. Aunque el "hijo de Dios" es aquí simplemente un título que se da al justo.
El libro de la Sabiduría es casi contemporáneo de Jesús. Escrito en Alejandría de Egipto, en el seno de la poblada colonia judía, afronta un problema serio: cómo vivir la fe bíblica tradicional en un ambiente culturalmente hostil, como era el caso del helenismo. El autor presenta, simplificando, el prototipo de dos actitudes: el "justo", quien se mantiene fiel a la tradición judía, y el "impío", quien se dejó deslumbrar por la cultura secularista del helenismo de entonces.
El c. 2 nos presenta en un díptico las actitudes vitales de ambos personajes: las esperanzas inmanentistas de los "impíos", y la esperanza trascendente del "justo". Fuerte contraste. Además, ya que el "justo", con su forma de vivir, pone en entredicho las pseudoesperanzas de sus contemporáneos, estos deciden condenarlo a una muerte ignominiosa para mostrar así a todos que su esperanza carece de fundamento: con la muerte todo se acaba, el más allá es pura falacia de fanáticos.
El c. 3 se traslada a la acción de Dios, que no deja sin recompensa la fe y la esperanza del justo, aunque aparentemente no sea así. Este mismo Dios cuidará, en su momento, de desenmascarar el engaño existencial de los "impíos".
Nuestro breve texto se inscribe en los razonamientos de los "impíos" que dudan de la veracidad de la esperanza religiosa y quieren demostrarlo a base de un asesinato. La muerte de un inocente prueba, a sus ojos, la despreocupación de Dios por el destino del hombre.
Nuestra mentalidad secularista actual tiene ciertamente puntos de contacto con esta página bíblica. ¿Somos capaces, desde nuestra fe, de desenmascararlos?
El v.18 ("Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará") Mateo lo aplica a la pasión de Cristo, el verdadero justo, poniéndolo en boca de las autoridades judías que se burlan de él y de sus pretensiones (cf. 27,43).

El autor del Salmo 53 (Sal 53,3-4. 5. 6. 8), nos recuerda que quienes nos consideramos hijos suyos, hemos de seguir el mismo ejemplo que Él nos dio, amando a nuestro prójimo y buscándolo para que vuelva al Señor. Porque El Señor está siempre a nuestro lado y nos sostiene.
La introducción de este salmo atribuye esta oración a una situación real de la vida de David. Procedimiento literario semítico, muy revelador: la realidad concreta de esta situación histórica es temible. David está acosado por su enemigo Saúl. El primer rey de Israel teme que el joven David le arrebate su trono, tanta es su popularidad. "Extranjeros", entre los cuales se refugió David, están listos a "venderlo" (1 Samuel 23,19-28). Este salmo ha sido recitado y releído a lo largo de la historia, en particular en los momentos de persecución de los Macabeos, por todos los "Anawim", los "pobres", oprimidos por los poderosos, orgullosos, sin fe ni ley, que no "tienen en cuenta para nada a Dios". 
Adivinamos el grado de opresión de este "pequeño" ante los "más fuertes" que él. Su oración se hace vengativa y pide a Dios que aplique a sus enemigos la ley del Talión: "Vuelve el mal contra mis adversarios". Pero su oración termina en la alegría de la acción de gracias: alabanza a la bondad de Dios que libera.

La segunda lectura de la Carta de Santiago (San.3,16-4,3),  Los domingos anteriores, el autor atacaba los favoritismos comunitarios y la fe desencarnada que no se traducen en obras. Y todo esto por coherencia con Cristo.
La sección 3,12-4,12 trata de los frutos que daña conocer la calidad del árbol. Las obras del cristiano han de estar inspiradas en la sabiduría y en un realismo sano. En el centro de la sección hallamos nuestra perícopa, que podemos dividir temáticamente en dos partes.
La primera se centra en la sabiduría. El término hebreo "sabiduría" expresa más un estilo de vida que una cualidad intelectual. La sabiduría del AT se basa en el estilo creyente de plantear la propia existencia, basado en la Torah. La sabiduría que propone Santiago a sus lectores cristianos se centra en la caridad fraterna y se manifiesta en la comprensión, la docilidad, la misericordia, las buenas obras y la siembra de la paz.
La segunda participa de la teología. Judía de la época. Descubría la raiz del pecado en el "deseo", esto es, en aquel siempre querer más, incluso a costa de los demás; en basar la propia vida en un continuo cúmulo de insatisfacciones. Santiago lo traduce en guerras y contiendas mutuas. El autor contrapone a esta raiz otra: la obediencia de la fe que nos empuja no a seguir nuestras pasiones, sino la voluntad de Dios. (cf. 4,7)

Hoy en  el evangelio , siguiendo a san Marcos (Mc 9,30-37) contemplamos a Jesús camino de Jerusalén. Jesús sigue instruyendo a sus discípulos sobre el final que le espera. Insiste una vez más en que será entregado a los hombres y estos lo matarán, pero Dios lo resucitará. Marcos dice que "no le entendieron y les daba miedo preguntarle".
Al llegar a Cafarnaún, Jesús les pregunta: "¿De qué discutíais por el camino?". Los discípulos se callan. Están avergonzados. Marcos nos dice que, por el camino, habían discutido quién era el más importante. Ciertamente, es vergonzoso ver al Crucificado acompañado de cerca por un grupo de discípulos llenos de estúpidas ambiciones. los apóstoles discuten sobre quién de ellos ha de ser el primero. Era una cuestión en la que no se ponían de acuerdo. Cada uno soñaba en secreto con ser uno de los primeros, o incluso el cabecilla de todos los demás, de aquel Reino maravilloso que Jesús acabaría por implantar con el poderío de sus milagros y la fuerza de su palabra. Juan y Santiago se atrevieron a pedir, directamente y también a través de su madre, los primeros puestos en ese Reino. Es evidente que la ambición y el afán de figurar les dominaban. Como a ti y a mí tantas veces nos ocurre.
Pero el Jesús les hace comprender que ese no es el camino para triunfar en su Reino. Quien procede así, buscando su gloria personal y su propio provecho, ese no acertará a entrar nunca. "Jesús se sentó -nos dice el texto sagrado-, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos..." El Maestro, al sentarse según dice el texto, quiere dar cierta solemnidad a su doctrina, enseñar sin prisas algo fundamental para quienes deseen seguirle. Sobre todo para los Doce, para aquellos que tenían que hacer cabeza y dirigir a los demás.
Una vez en casa, Jesús se dispone a darles una enseñanza. La necesitan. Estas son sus primeras palabras: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". En el grupo que sigue a Jesús, el que quiera sobresalir y ser más que los demás, se ha de poner el último, detrás de todos; así podrá ver qué es lo que necesitan y podrá ser servidor de todos.
La verdadera grandeza consiste en servir. Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás.
Para él es tan importante que les va a poner un ejemplo gráfico.
Antes que nada, acerca un niño y lo pone en medio de todos para que fijen su atención en él. En el centro de la Iglesia apostólica ha de estar siempre ese niño, símbolo de las personas débiles y desvalidas, los necesitados de apoyo, defensa y acogida. No han de estar fuera, junto a la puerta. Han de ocupar el centro de nuestra atención.
Luego, Jesús abraza al niño. Quiere que los discípulos lo recuerden siempre así. Identificado con los débiles. Mientras tanto les dice: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí...acoge al que me ha enviado".
La enseñanza de Jesús es clara: el camino para acoger a Dios es acoger a su Hijo Jesús presente en los pequeños, los indefensos, los pobres y desvalidos. ¿Por qué lo olvidamos tan a menudo?

Para nuestra vida.
Ya el domingo pasado veíamos el conflicto de criterios entre Jesús y sus discípulos. Cuando Jesús les anunció por primera vez su muerte y resurrección, Pedro se atrevió a "reñir" al Maestro por esta visión que a él le parecía indigna del Mesías. Lo que le valió una dura reprimenda de Jesús. Hoy repite Jesús el anuncio: "El Hijo del hombre va a ser entregado y lo matarán y después de muerto, a los tres días resucitará". Ese es, para Jesús, el estilo para salvar al mundo: no viene en plan guerrero o triunfador, sino como un Siervo que entrega su vida por los demás.
Esta vez, la página del evangelio viene preparada por la del libro de la Sabiduría, en que aparece cómo "el justo", "el hijo de Dios", estorba a "los malos". La presencia de una persona buena da, por una parte, testimonio a los demás y les puede edificar y animar a practicar el bien. Pero, por otra, puede resultar una denuncia callada del estilo de vida que llevan otros: por ejemplo, materialista, despreocupada por las cosas del espíritu, superficial, injusta, egoísta.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, pone al descubierto, en un esquema simplista, las maquinaciones de los malvados contra los justos. Es un ejemplo elemental y con tintes maniqueos, pero ilustra muy bien dos actitudes en la vida y ante la vida, dos "sabidurías". De una parte, la sabiduría de arriba, al decir de Santiago, la de los justos, o sea, los que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, justa, en paz, solidaria y respetuosa con las normas y valores. De otra parte, la sabiduría de abajo, la de la carne, o sea, los que no tienen escrúpulos, que burlan la ley, pisotean los derechos y escarnecen la moral. El fin justifica los medios, es su lema. Y como el fin es el éxito, el poder, el dinero, el placer... no reparan en ningún medio, ni se detienen ante el chantaje, la traición, el asesinato o la masacre. Todo vale si me hace feliz.
Estos últimos, los desmadrados, los que se autodefinen progresistas, acechan y fustigan a los primeros, acusándoles de retrógrados, de estrechos, de legalistas, de utópicos. Piensan que, al tomar la iniciativa, se llevan la razón. No hace falta mucha imaginación para ver la rabiosa actualidad de estas reflexiones del libro de la Sabiduría. Es verdad que el mundo no se divide en buenos y malos, pero los hay. Más aún, todos podemos ser, al menos a ratos o en ciertos aspectos de la vida, lo uno o lo otro, alternativamente. Porque todos experimentamos en nosotros mismos esa tensión y todos padecemos las mismas tentaciones.
La sabiduría contrapone continuamente los impíos, que obran la injusticia, a los justos, que se comportan de acuerdo con los criterios dictados por ella. Son «impíos» quienes con sus hechos, razonamientos, criterios y malas lenguas engendran la muerte. Su visión materialista de la vida los incapacita para valorar lo que sobrepasa la razón, se encierran en sí mismos y contemplan impasibles los sufrimientos que causan a los demás; así se dejan llevar por el pesimismo y la tristeza de una existencia carente de sentido. «Nuestro respiro es humo, y el pensamiento, chispa de un corazón que late; cuando ésta se apague, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se disipará como aire tenue». Sólo les queda una salida: el desenfreno, gozar de los placeres de la vida sumergiéndose en la espiral de un consumo sin freno, aunque sea a costa de los más débiles, pisoteando sus derechos y hundiendo a los pobres.
Pero ni eso les basta. Hay que ahogar todo intento de crear vida y alegría. Hay que dar muerte al justo que denuncia la injusticia con su conducta. "Lleva una vida distinta de los demás" (2,15). El justo se gloría de tener a Dios por Padre. Tiene una escala de valores diferente y constituye una acusación contra las convicciones mundanas de los impíos. La envidia ciega a los poderosos. Proyectan contra el justo la muerte que los consume: "Vamos a ver si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte; si el justo ese es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos... Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien mira por él» (2,17-20).

El salmo de hoy (Sal 53) nos sitúa ante un Dios, justo en la retribución, el salmista  le pide al Señor que le defienda de sus enemigos, y además que extienda su mano en contra de ellos. Nosotros, siendo pecadores y dignos de recibir el castigo merecido a nuestra rebeldías y ofensas al Señor, hemos sido buscados por Él para que recibamos su perdón y la participación de su misma vida. Aquel que puso orden en el caos inicial y lo convirtió en fuente de vida, llega a nosotros para hacer desaparecer el desorden y las tinieblas del pecado, y a concedernos su Espíritu para que ilumine nuestros caminos y nos haga fecundos en buenas obras. Si así hemos sido amado por Dios, quienes nos consideramos hijos suyos, hemos de seguir el mismo ejemplo que Él nos dio amando a nuestro prójimo y buscándolo para que vuelva al Señor.
San Agustín medita así la ayuda que Dios nos proporciona: "Ahora: si hay alguno que llamado por ti escuchó tu voz y pudo evitar los delitos que ahora recuerdo y confieso y que él puede leer aquí, no se burle de mí, que estando enfermo fui curado por el mismo médico a quien él le debe el no haberse enfermado; o por mejor decir, haberse enfermado menos que yo. Ese debe amarte tanto como yo, o más todavía; viendo que quien me libró a mí de tamañas dolencias de pecado es el mismo que lo ha librado a él de padecerlas". (San Agustín. Las Confesiones,  Libro II, capítulo 7.)
El salmo nos presenta la vida como  un combate. Difícilmente aceptamos salmos que dicen como éste: "porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, ". El enemigo es el Mal, potencia maligna contra la cual debemos luchar. Este salmo afirma que este "mal" es una potencia "extranjera", contraria al hombre, alienante, diríamos hoy. Pero dice también que Dios combate con nosotros, al lado del hombre, contra todas las potencias "que buscan su perdición". Gracias, Señor. Sí, por tu verdad, Señor, destruye a aquellos que se han levantado contra la humanidad.
La victoria del bien está asegurada. Quien ora en este salmo, sabe que será escuchado, y anuncia que "dará gracias": "He visto a mis enemigos humillados". Sin orgullo, sin pretensión, el cristiano debería tener una mentalidad de vencedor... La seguridad de la victoria final de Dios, lejos de inmovilizar, debe da dar ánimo al cristiano para su combate de cada día.

La segunda lectura Santiago continúa la reflexión sapiencial de la primera lectura, y así, frente a la sabiduría "de arriba", que se traduce en paz, comprensión, justicia, misericordia y buenas obras, denuncia los estragos de la falsa sabiduría, que conduce a la injusticia, conflictos, violencia y homicidios. Esa falsa sabiduría hunde sus raíces en nosotros mismos, en el deseo irrefrenable de placer y de felicidad, llevado al paroxismo de norma suprema de la vida. Porque nos hace codiciar lo que no podemos tener y nos lleva a la eliminación del contrario, y nos hace ambicionar lo que no podemos alcanzar por las buenas, y nos induce a obtenerlo por las malas. Esta falsa sabiduría, o sea, este modo de ver y vivir la vida es el que prevalece en nuestro sistema de convivencia y el que se nos impone desde la cuna en la familia, en la escuela, en el trabajo, en los deportes, en todo. No se nos educa en la solidaridad, sino en la competitividad, en el triunfo, en la victoria, en el éxito, en tener más que los demás. De suerte que se despiertan y fomentan en nosotros unos deseos y unas expectativas que nunca podrán quedar satisfechas, porque el éxito es para unos pocos, y sólo el primero gana. Los demás, la inmensa mayoría, está condenada al fracaso, a incrementar la masa de perdedores, de derrotados, de vencidos, de frustrados.
El texto de Santiago, denuncia un consumo desenfrenado que estimula al hombre a tener siempre más es hoy la raíz de muchas frustraciones que, a su vez, desatan la violencia y dan pábulo a la agresividad de todo tipo: "Codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando". El autor piensa que el hombre permanece insatisfecho porque no pide a Dios lo que realmente necesita y, por lo tanto, no pide bien.
El texto denuncia que hay una falsa sabiduría de la vida que se opone a la sabiduría de Dios. Es la sabiduría de los "vivos" o de los que "saben vivir", de aquellos que no buscan otra cosa que su proyecto. Esta falsa sabiduría es el origen de todos los males, de las envidias y de las peleas que siembran el desorden y hacen imposible la convivencia. La auténtica sabiduría tiene otro origen, otras cualidades y, en consecuencia, produce otros frutos. La ambición y los deseos de placer dividen al hombre en su interior, al no poder alcanzar lo que desea; pero esta división interior produce la envidia y se proyecta al exterior, afecta a la vida comunitaria y da origen en ella a las discordias y a los conflictos.
Decía San Agustín: " Hay muchos que piden lo que no deberían, por desconocer lo que les conviene. En consecuencia, quien invoca a Dios debe precaverse de dos cosas: de pedir lo que no debe y de pedirlo a quien no debe. Al diablo, a los ídolos y demonios no hay que pedirles nada de lo que se debe pedir. Si algo hay que pedir, hay que pedirlo al Señor nuestro Dios, el Señor Jesucristo; a Dios, padre de los profetas, apóstoles y mártires; al Padre de nuestro Señor Jesucristo, al Dios que hizo el cielo y la tierra y todo cuanto contienen5. Mas hemos de guardarnos también de pedirle a él lo que no debemos. Si la vida humana que debemos pedir la pides a ídolos mudos y sordos, ¿de qué te sirve? De igual manera, si pides a Dios Padre, que está en los cielos, la muerte de tus enemigos, ¿de qué te aprovecha? ¿No has oído o leído cómo, a propósito del traidor Judas, digno de condena, dice una profecía en el salmo que lo anuncia: Su oración le sea computada como pecado?6 Si, pues, te levantas por la mañana y comienzas a pedir males para tus enemigos, tu oración se convertirá en pecado." (San Agustín, Sermón 56).

En el evangelio de hoy, San Marcos retoma uno de sus temas favoritos: la falta de comprensión de los discípulos. Esta falta de comprensión es también el punto de arranque de la escena siguiente, reducida al sólo grupo de caminantes con Jesús hacia Jerusalén. A estas alturas de su obra Marcos está exclusivamente interesado en la relación maestro-discípulos. Por eso la situación esbozada es típica de una sesión de enseñanza al estilo judío, con el maestro sentado en el suelo y los alumnos a su alrededor. El tema escogido tiene su origen en una conversación concreta de los discípulos durante el camino hacia Jerusalén. Una conversación sobre rango, sobre mayor y menor, más importante y menos. Marcos no concreta más: le basta el problema de fondo. Lo que sí concreta es la diferenciación entre discípulos y los doce, como ya lo ha hecho en 4, 10. Marcos explicita que se trata de una enseñanza a los doce.
La enseñanza es teórica y práctica. La teoría es muy breve, formulada por medio de lo que los especialistas denominan "logion": enunciado breve en forma de máxima o aforismo.
El que quiera ser el primero, que sea el último; el que quiera ser el primero de todos, que sea el servidor de todos. Se trata de un enunciado por contraste, en que el segundo miembro niega al primero: último y servidor niegan a primero.
Quien quiera ser el primero, que sea el último. La sabiduría de arriba, la de Dios, la de Jesús y el evangelio es totalmente contraria. Frente al slogan competitivo, frente al impulso a ser los primeros, los vencedores, los triunfadores, Jesús nos invita a ponernos en último lugar, en el lugar de los que sirven, no de los que utilizan a los demás para su propio medro.
Así fue la vida de Jesús, desde su nacimiento en Belén hasta el colmo del amor y servicio a los hombres en la cruz. Ese es el camino del evangelio, el camino del amor y del servicio. Ese era el camino que Jesús descubría a sus discípulos al anunciarles los acontecimientos de su pasión y muerte en la cruz: "El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres...". Ese fue el camino que los discípulos no entendieron y que no entendemos ni queremos entender los cristianos de hoy. Como los discípulos de Jesús, mientras el evangelio nos urge el amor, nosotros seguimos discutiendo quien es el primero, el más importante, el triunfador, el de mayor éxito. Pero ése es el único camino para los que quieren seguir a Jesús, para los que se rigen por la sabiduría de Dios y no por las vanas especulaciones del sistema.
-Y acercando a un niño, lo puso en medio. Con este hermoso gesto resolvía Jesús plásticamente lo que dejaban oscuro sus palabras. Con este gesto, Jesús significaba dos cosas elementales. Primero, que los niños, como los pobres, son los únicos que pueden entender el mensaje, porque los primeros aún no tienen prejuicios y los segundos aún no tienen riquezas. Y segundo, que hay que empezar de nuevo, desde el principio y desde un nuevo principio.
Cuando el sistema anda mal, y el actual hace agua por todos lados, no valen apaños, ni reformas, ni cambios de boquilla. Hace falta un cambio radical, desde la raíz. Hay que volver a empezar. Porque no se puede aprender justicia en una sociedad injusta, no se puede aprender a ser solidarios en una sociedad y un mundo insolidario hasta la explotación, no se puede aprender a amar la paz en un mundo armado y en guerra ininterrumpida, no se puede aprender a ser hombres en un mundo inhumano. Porque el niño y el adulto no aprenden lo que se les dice, sino lo que ven y viven. Y cuando lo que se dice está en contradicción con lo que se hace, se aprende también a mentir y engañar y explotar y matar.
Han pasado cientos de años, oyendo las palabras evangélicas. En este siglo XXI, ¿De qué discutimos en la Iglesia mientras decimos seguir a Jesús?.
Los primeros en la Iglesia no son los jerarcas sino esas personas sencillas que viven ayudando a quienes encuentran en su camino. No lo hemos de olvidar.
Para Jesús, su Iglesia debería ser un espacio donde todos piensan en los demás. Una comunidad donde estamos atentos a quien nos puede necesitar. No es sueño de Jesús. Una Iglesia en la que se quiera ser el último y servir con desinterés y generosidad. Ese es el camino para entrar en el Reino, para ser de los primeros. Allá arriba se invertirá el orden de aquí abajo: Los primeros serán los últimos y éstos los primeros. Los que brillaron y figuraron en el mundo, pueden quedar sepultados para siempre en las más profundas sombras.
La eucaristía es una lección de amor, de entrega. Aquí celebramos el servicio del amor de Jesús que da su vida para que tengamos vida. De nosotros depende que la lección nos sirva para aprender a ser cristianos, a ser como Cristo, servidores de los demás, o para aprender a seguir mintiendo y fingiendo y así envileciendo el buen nombre de Cristo.
Es constante la enseñanza de Jesús al respecto de la humildad en el servicio de los demás. Ser el servidor de todos, dice Él mismo en el evangelio de hoy. El ser servidor de todos es un objetivo muy repetido por Él. Muy pocos son –somos—capaces de entregarse al resto de sus hermanos. Buscamos éxito, singularidad, premios, distinciones. Como máximo, seremos comprensivos y cordiales. Y la mayoría de las veces, ni eso. La humildad es una vía, una pista. Comenzando por la humildad todo será más fácil. Si asumimos humildemente la dificultad del camino, es que, de hecho, hemos comenzado a recorrerlo. ¿Es, pues y de acuerdo con lo dicho al principio, una utopía el sistema de relaciones humanas que preconiza Cristo? Sin Él, sí. Sin contar con su ayuda, seguro. Jesús ayuda a quienes se le acercan con gran humildad en el mismo trato íntimo con Él. Y de ella, de la humildad, surge el deseo de servir al prójimo.
Rafael Pla Calatayud
rafael@betaniajerusalen.com

Lecturas del XXV Domingo del Tiempo Ordinario 23 de septiembre de 2018


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 2, 12. 17-20
Se dijeron los impíos:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida.
Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte
Si es el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos.
Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues, según, dice Dios lo salvará».
Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 53, 3-4. 5. 6 y 8
R. EL SEÑOR SOSTIENE MI VIDA.

Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras. R.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte,
sin tener presente a Dios. R.

Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario,
dando gracias a tu nombre, que es bueno. R.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO 3, 16-4, 3
Queridos hermanos:
Donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencias y todo tipo de malas acciones.
En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera.
El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz.
¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis; asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis porque no pedís.
Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones.
Palabra de Dios

ALELUYA Cf. 2 Tes 2, 14
Dios nos llamó por medio del Evangelio para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. 


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 9, 30-37
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía:
«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará».
Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó
«¿De qué discutíais por el camino?».
Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
Palabra del Señor

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Comentario a las Lecturas del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario 16 de septiembre 2016.


Comentario a las Lecturas del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario 16 de septiembre 2016.

La liturgia de este domingo  nos da una respuesta a la pregunta de Jesús, que enmarca la Palabra de hoy ¿Quién dice la gente que soy yo?”.. Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado

La primera lectura tomada del libro de Isaías (Is. 50, 5-9a) nos presenta al Siervo de Yahvé, que a pesar de todas las dificultades confía en que “el Señor me ayuda”. Esta lectura está sacada de los poemas del Siervo paciente.
Cuatro en total, el poema que se lee este día es el tercero. En él el Siervo habla de Sí mismo.
Habla un personaje anónimo: no se llama "siervo", pero es semejante al personaje del capítulo precedente; no se llama profeta, pero narra una vocación profética. Es el hombre de la palabra, que deberá arrastrar las dificultades de su misión, confiando sólo en el Señor.
El Siervo ha recibido el encargo de sostener con su palabra a los desalentados. Para ello ha recibido el don de la palabra Is 49, 2 a diferencia de Moisés que tenía dificultad en el hablar Ex 4, 10. Pero ha recibido también la capacidad de escuchar la palabra-revelación de Dios.
Profeta y mediador de salvación es aquel a quien Dios ha capacitado para escuchar su palabra y no se echa atrás a pesar de la dificultad que esta actitud comporta. El Siervo no se desanima porque Dios está presente, lo asiste y le hace justicia.
La existencia del Siervo se caracteriza por "escuchar" y "anunciar". Puede cumplir la doble misión porque Dios le ha abierto el oído. Recibe y así puede dar=comunicar. Esta es la característica del servicio profético en Israel: ministerio profético-ministerio de la palabra.
El drama del Siervo es interior y exterior: en lo exterior oprobios y malos tratos, en lo interior la actitud paciente y constante en medio de las angustias. Sin dudas ni vacilaciones se mantiene fiel a su compromiso. No sale de su boca una palabra de queja. Ha superado la concepción religiosa de su tiempo según la cual la desgracia era signo de castigo. El Siervo está seguro de su actitud al esperar que Dios le hará justicia. No sabe cómo pero no duda.
Dios modela enteramente a su profeta o enviado: le da una lengua, le abre el oído. El profeta no opone resistencia a la llamada de Dios (compárese con Jr. 1, 6; 15, 17; 20, 9); ésta es su primera justificación. En el desempeño de su misión acepta plenamente el sufrimiento. Como no resiste a la palabra del Señor tampoco resiste a las injurias humanas: ésta es su segunda justificación. En medio del sufrimiento experimenta la ayuda de Dios, que lo hace más fuerte que el dolor.
La actitud del Siervo que sufre está en la línea de las enseñanzas del sermón del monte: "... A quien te golpee la mejilla... ofrécele la otra..." Mt 5, 39s.
La no resistencia podía tomarse como confesión de culpa, que da razón al contrario. El profeta, confiando en el Señor, acude tranquilo al juicio humano. Dios se encargará de la causa y probará la inocencia del acusado, su siervo.

El salmo de hoy es el  114 (Sal 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9)
R.- Caminaré en presencia del señor, en el país de la vida.
Este salmo de acción de gracias los judíos lo cantan al finalizar la comida Pascual, después de recordar la liberación de la esclavitud de Egipto. Este contexto es el telón de fondo. Los prisioneros liberados, los antiguos deportados, los que han escapado a un grave peligro... comprenderán mejor. Israel estaba efectivamente atado en las redes del terrible faraón, sin ninguna libertad, atado con nudos de la más dura sujeción: sofocado en medio de una civilización de paganismo idolátrico, el pueblo de Dios se sentía como muerto. Se sentía muy "pequeño y débil" frente al formidable poder del estado opresor. Israel "gritó". Y Dios escuchó su clamor, nos dice la Biblia (Éxodo 2,23-24). Dios liberó a Israel, y lo hizo entrar en la "tierra del reposo", "la tierra de los vivos"... Esta tierra de Canaán en que se vive a gusto, la tierra misma de Dios, en donde está su Casa y su Ciudad, la tierra en que uno puede vivir "en presencia del Señor". Observemos hasta qué punto este poema está impregnado del acontecimiento Pascual.
El salmo 114 es una llamada a la esperanza y a confiar en Dios, teniéndolo siempre presente en nuestra vida. Vivir conscientes de la presencia del Señor ha sido una constante en la vida de muchos santos. Y ese “país de la vida” es una hermosa expresión que no significa otra cosa que una existencia densa y llena de sentido, porque sabemos que Dios la ha querido y la ama.
Este salmo se rezó un Jueves Santo de camino hacia Getsemaní. Había acabado la cena; el grupo era pequeño, y el último himno de acción de gracias, el Hal-lel, quedaba por recitar; y lo hicieron al cruzar el valle hacia un huerto de antiguos olivos, donde unos descansaron, otros durmieron, y una frágil figura de bruces bajo la luz de la luna rezaba a su Padre para librarse de la muerte. Sus palabras eran eco de uno de los salmos del Hal-lel que acababa de recitar. Salmo que, en su recitación anual tras la cena de pascua, y especialmente en este último rito frente a la muerte, quedó como expresión final del acatamiento de la voluntad del Padre por parte de Aquel cuyo único propósito al venir a la tierra era cumplir esa divina voluntad.
«Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del Abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: `¡Señor, salva mi vida!'»
Me acerco a este salmo con profunda reverencia, sabiendo como sé que labios más puros que los míos lo rezaron en presencia de la muerte.
Los cristianos también tenemos derecho a rezar este salmo, porque también , en la miseria de nuestra existencia terrena, experimentamos la amargura de la vida y el terror de la muerte. El sello de la muerte nos marca desde el instante de nuestro nacimiento, no sólo en la condición mortal de nuestro cuerpo, sino en la angustia vivencial de nuestra existencia. Sé que caminamos hacia la muerte, y la sombra de ese último día se cierne sobre todos los demás días de nuestra vida. Y cuando ese último día se acerca, todo nuestro ser se rebela y protesta y clama para que se retrase la hora inevitable.
También sabemos que Dios que nos hizo nacer por amor nos aguarda con el mismo amor misericordioso al otro lado de la muerte. Sabemos que la vida continúa, que nuestra verdadera existencia comienza sólo cuando se declara la eternidad; aceptamos el hecho de que, si somos mortales , también somos eternos y hemos de tener vida por siempre en la gloria final de las moradas eternas.
Creemos en la vida después de la muerte, y nos alienta el pensar que las palabras del salmo que hoy nos reconfortan consolaron antes al Hijo de Dios, en la noche desolada de un jueves, Ël las dijo también antes de que amaneciera su último día sobre la tierra:
«Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida».

Hoy la segunda lectura tomada de la carta de Santiago (Sant. 2, 14-18) trata de mostrar la íntima y necesaria vinculación entre la fe autentica y las obras.
La carta de Santiago sigue el estilo propio de la literatura sapiencial del A. T. El contexto judeo-cristiano es claro. Es una colección de dichos, exhortaciones y normas morales. Se caracteriza no por la reflexión teológica, sino por las indicaciones explícitas hacia la vida concreta. El diálogo polémico es una ficción literaria. No es posible establecer quién sea el adversario con quien polemiza. En la carta no hay indicaciones concretas. En la lectura de hoy se desarrolla el tema Fe-Obras. Algunos han querido oponer esta doctrina a la de Pablo en Romanos y Gálatas.
El autor de esta carta no hace otra cosa que recordar las palabras de Jesús: "No todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre".
La fe que Santiago rechaza es totalmente distinta de la fe a la que Pablo atribuye la justificación. Pablo conoce la fe que opera por medio de la caridad. Es posible que en este texto se polemice contra un paulinismo mal entendido que quería renunciar a hacer la fe operante en la vida. Contra esta actitud se propone una fe que actúa en la vida.
Parece ser que entre los posibles lectores había quienes se gloriaban mucho de su ortodoxia y descuidaban, en cambio, la buena conducta.
El modo cómo esta concreción se realiza depende del mensaje de la carta de Santiago. Una fe viva y dinámica significa una vida tan radical y profundamente solidaria con los otros como lo fue la de Cristo que es el sujeto de nuestra fe. Es un mensaje que nos toca de cerca. El tema es hoy tan actual como en los tiempos de Santiago. También hoy se da la fe sin obras o la fe que no se encarna en la vida.
Una fe simplemente intelectual, que no es capaz de cambiar la vida, que no es compromiso y entrega a los hombres, es una fe muerta que no salva ni da vida. Decir palabras bonitas y vacías a quien tiene necesidad de ayuda es lo mismo que la fe sin obras.
La fe es un principio de vida. Cuando carece de obras no da señales de vida; es una fe muerta. La fe no es simple adhesión teórica a unas verdades prácticas. El que sólo cree con la cabeza, no cree. Las obras son las únicas señales que acreditan la autenticad de la fe delante de los hombres. Los cristianos no podemos permanecer pasivos ante la llegada a nuestros países más ricos de oleadas de personas humanas huyendo del horror de la guerra. Como alguien ha dicho hay que pasar de la compasión a la acción. En Alemania hay familias que acogen en sus casas a estas personas. Esta es la fe auténtica que se demuestra con las obras.

El texto del evangelio de Marcos (Mc. 8, 27-35) se sitúa  en la zona más septentrional judía, donde el río Jordán comienza su andadura. El suceso se sitúa en Cesarea de Filipo, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles.
Vemos a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran ocasión propicia para estar solos y hablar de las enseñanzas que el Maestro quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que Jesús abría los tesoros de su corazón.
San  Marcos centra su atención en Jesús, abordando el interrogante que con anterioridad había aparecido en al menos cinco ocasiones. La pregunta sobre quién es Jesús se la han formulado a sí mismos absolutamente todos los que le rodean: la gente, los responsables doctrinales, los discípulos, los paisanos de Jesús, Herodes Antipas.
El texto presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta de Jesús a tal confesión de fe.
A menudo les hace unas preguntas intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos. Jesús comienza con una pregunta impersonal ¿Quién dice la gente que soy yo?”. A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas.
En el texto de hoy es el propio Jesús quien traslada la pregunta a sus discípulos. Es una forma de resaltar la importancia del texto de hoy.
La pregunta de Jesús no quiere quedarse en una simple información- Se dirige directamente  sus discípulos: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?”. "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado. ¿En qué clase de Mesías creían los discípulos? . En un principio creían en un Mesías triunfante y arrollador, que instauraría un reino de Dios en el que ellos serían los primeros. Y cuando Jesús les dice que no va a ser así, sino que el Mesías tendría que padecer mucho, ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días, Pedro le increpa seriamente y trata de corregirle. Jesús responde a Pedro airadamente y le increpa: “¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios”! ¡“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”!
Resultado de imagen de confesion de pedroVemos como la respuesta de Pedro en nombre del grupo va seguida de un tajante mandato de Jesús instando a sus discípulos a guardar silencio. El mandato de guardar silencio que el domingo pasado recaía sobre la curación del sordomudo, recae hoy sobre la confesión de Pedro. La actividad curativa de Jesús y la personalidad de Jesús las recubre Marcos con el mismo velo de silencio. En cualquier caso, del más sorprendente. Mandatos de silencio hasta ahora constatados acerca de la persona de Jesús: Mc. 1, 25 y 3, 12; acerca de las curaciones: Mc. 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26.
El mandato de silencio viene seguido en esta ocasión por unas palabras de Jesús sobre su camino futuro. Marcos subraya que se trata de una revelación a las claras, de un hablar abiertamente, sin esconder ni velar nada. Cuatro verbos resumen ese futuro camino: padecer, ser condenado, ser ejecutado, volver a la vida.
La expresión padecer mucho no se refiere a un momento concreto, sino que recoge el conjunto de tribulaciones causadas a Jesús a lo largo de su existencia terrena. Pedro cuestiona la revelación de Jesús. La reprensión siguiente de Jesús viene a sumarse a las cuatro ocasiones anteriores en que Marcos ha presentado a Jesús reprendiendo a sus discípulos por su falta de compren- sión. Mc. 4, 40; 6, 52; 7, 18 y 8, 17-21. Se trata de otro rasgo peculiar del quehacer teológico de Marcos.
El texto concluye con una solemnidad especial en razón de la ampliación del auditorio. Se anuncia el comienzo de una andadura difícil y se formulan dos condiciones para emprenderla: negación de sí mismo y disposición a cargar con la cruz.

Para nuestra vida.
En la primera lectura se nos presenta la experiencia de frustración del pueblo judío. El pueblo exiliado en Babilonia no cree ya en su liberación; piensa que Dios le ha abandonado como el esposo que repudia a su mujer o como un mal padre que vende a su hijo como esclavo. Pero lo que ha ocurrido es muy distinto: han sido los hijos de Israel los que han abandonado a Yahvé; por lo cual han caído bajo el poder de Babilonia y padecen ahora el exilio y la esclavitud.
Por segunda vez nos hallamos este año con el tercer cántico del Siervo (cf. miércoles santo). Los rasgos más característicos del anónimo personaje que pronuncia este cántico son: vocación en vistas a la palabra, los sufrimientos que acompañan la misión y la confianza en el apoyo del Señor.
Se nos presenta a Dios forjando interiormente la personalidad de su enviado: "El Señor me abrió el oído", expresión sapiencial que caracteriza la actitud abierta y obediente del discípulo.
Al desarrollar su misión, el personaje acepta el sufrimiento. Con la misma actitud de no rebelarse a la acción de Dios, tampoco se resiste a las injurias de sus contemporáneos. De este modo la obediencia y la aceptación de su destino resultan perfectas.
En medio del sufrimiento experimenta la ayuda del Señor, quien le fortalece para resistir el dolor.
La sumisión ante el sufrimiento podría hacer pensar en la aceptación de la culpabilidad del personaje. Éste, no obstante, afronta la dureza del juicio humano porque se sabe en manos de un abogado infalible: Dios en persona. Del mismo modo, san Juan nos presentará a Jesús afrontando su destino con fortaleza y serenidad, pues sabe que un Abogado, el Espíritu, probará su justicia (cf. Jn 16,4?11).
El Siervo de Yahvé, que ha recibido buenos oídos para escuchar la palabra de Dios no ha dejado de predicar la salvación de este pueblo cerril. En este ambiente hostil, la fidelidad del Siervo de Yahvé y el valor con que cumple su misión despierta el enojo y la violencia de sus propios paisanos. Pero él lo aguanta todo, hasta los golpes y las acciones más débiles con que el populacho se ensaña contra su persona. El Siervo de Yahvé no se vuelve atrás ni cejará en su empeño. Contra todos los ataques tiene el mejor defensor; contra todas las falsas acusaciones, el mejor abogado. El Siervo de Yahvé confía salir victorioso de todos sus enemigos, porque Dios está con él. "Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado" (Is 50, 7). La fuerza de Dios. Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto.
Como el profeta Isaías, también los cristianos debemos saber sufrir las adversidades de esta vida con valentía y esperanza cristiana: el Señor nos ayudará. A Cristo los cristianos le identificamos muchas veces con el siervo de Yahvé del Antiguo Testamento: el que no se echó atrás ante el sufrimiento, sino que precisamente el sufrimiento le ayudó a fortalecer más su fe en Dios. Muchos cristianos son perseguidos hoy día por seguir a Jesucristo y dan su vida por él. Nosotros, que nos venimos abajo ante la primera dificultad, tenemos en el Siervo de Yahvé, que representa a Cristo ultrajado y condenado a muerte, el mejor ejemplo para seguir adelante apoyados en nuestro “defensor”.
¡Dichosos nosotros si sabemos aceptar el sufrimiento con la misma actitud y confianza del siervo de Yahvé! Cristo así lo hizo y nosotros, si queremos de verdad seguir a Cristo, así deberemos hacerlo.

El Salmo responsorial (114) narra la experiencia de liberación del salmista quien, tras sentir la muerte muy próxima, es escuchado por Dios que le retorna a la vida.
Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor.
El salmo relata una serie de circunstancias adversas. Ya sea por acontecimientos externos, o porque dentro de nosotros mismos descubrimos abismos tenebrosos, ¿quién no se ha sentido atrapado, angustiado, caído y envuelto “en redes de muerte”?
El salmo nos recuerda como es en los momentos adversos de la vida cuando podemos rebelarnos contra Dios o bien pedir su auxilio. El salmo dice que “el Señor guarda a los sencillos”. Ante las dificultades de la vida, la persona orgullosa puede optar por afrontarlas sola, o bien por renegar de un Dios que permite tanto mal. Pero el sencillo de corazón, el que se siente pequeño y necesitado, pide ayuda. ¡Esa será su salvación! Porque Dios nunca ignora una súplica sincera. ¿Cómo podemos pensar que los males que azotan el mundo son voluntad suya? Es su ausencia la que causa dolor y desgracia en el mundo. Allí donde Dios es rechazado, cunde el dolor y la barbarie.

En la segunda lectura, se nos expone la relación entre fe y obras. Entre los lectores de la carta había cristianos que se contentaban con una fe teórica, que confesaban la fe con la boca, pero no actuaban de acuerdo con ella en la vida práctica (cf. 1, 22). A éstos les indica el autor con toda fuerza que la fe manifiesta su efectividad en las obras de cada día. Esta exposición es a la vez una exigencia que se subraya expresamente, se fundamenta y se defiende contra cualquier falsa concepción. Con todo esto, el autor es portador de la enseñanza de Jesús en Mt 7, 21-27. La "redención" no consiste en la primera justificación del hombre, en el paso del pecado a la gracia, sino en la consecución de la "salud", de la vida eterna por medio precisamente del hombre justificado. Se trata, pues, de aprender aquí que la adhesión al mensaje de Jesús (esto es, la fe) exige la colaboración efectiva con Dios en su designio de solucionar los problemas del hombre.
Esta colaboración no se hace cumpliendo las obras de la ley, sino amando al prójimo como "hermano"
El ejemplo que pone  el apóstol Santiago es muy clarificador: si un pobre que necesita de verdad mi ayuda me pide que le ayude, la única respuesta verdaderamente cristiana es ayudarle. Cuando Pablo les decía a los primeros cristianos que lo que les salvaba era la fe en Cristo y no las obras, se refería, casi siempre, a las obras de la ley judía. Después de la vida, pasión y resurrección de Cristo, lo que les salvaba, también a los judíos, no eran ya las obras de la ley mosaica, sino la fe en Cristo. Pero la fe en Cristo supone siempre el seguimiento de Cristo y Cristo fue siempre una persona misericordiosa y que predicó las obras de misericordia. Así lo hizo él y así quiere que lo hagamos sus seguidores.

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que quiere saber hasta qué punto la fe de su discípulos va más allá de la opinión que tiene la gente de su persona. De ahí que la primera pregunta prepare la segunda y decisiva. De la pregunta que hace Jesús a sus discípulos se desprende que el pueblo andaba dividido en múltiples opiniones respecto a su persona. Después de unos siglos de opresión y dominación extranjera, el pueblo de Israel había puesto todas sus esperanzas en el Mesías anunciado por los profetas. Se explica que la expectación fuera grande y que la gran mayoría esperara a un Mesías que librara a Israel de la dominación extranjera. Nadie, al parecer, pensaba en un Salvador que librara a todos los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte, aunque sí se esperaba la destrucción de los pecados por la ira de Dios. Mucho menos se esperaba que el Mesías cumpliera su misión padeciendo y muriendo en una cruz. Es comprensible, pues, que las gentes no reconocieran a Jesús como Mesías, ya que su doctrina y su comportamiento no encajaba con sus prejuicios nacionalistas. Pedro, al confesar decididamente que Jesús es el Mesías, se eleva por encima de la opinión general de la gente; pero su fe es todavía imperfecta: sólo después de la experiencia pascual creerá que Jesús es el Hijo de Dios. Cuando el evangelista Mateo, en el lugar paralelo a este de Marcos, pone en labios de Pedro la confesión de que Jesús es el Hijo de Dios (Mt 16, 16), realiza una anticipación literaria. Sólo teniendo en cuenta la imperfección de la fe de Pedro en este momento, se entiende que, acto seguido, trate de disuadir a Jesús de que cumpla su misión muriendo en la cruz.
Aunque Jesús acepta la confesión de Pedro, prohíbe a sus discípulos que vayan diciendo por ahí que él es el Mesías. Con ello quiere evitar el peligro de un malentendido, muy probable en un pueblo que se había formado una idea tan distinta del Mesías a como era Jesús.
A partir de este momento, Jesús quiere hablar sin rodeos de lo que le espera y de qué manera ha de entrar en su gloria padeciendo antes la afrenta de la cruz. Esto, que había sido anunciado por Isaías en los cantos del Siervo de Yavé, era, sin embargo, lo que no podían entender los discípulos en aquella ocasión.
Pedro, y de seguro también sus compañeros, piensan de Jesús "como los hombres". Peor aún; Pedro se comporta aquí lo mismo que Satanás en las tentaciones de Jesús en el desierto. Por eso Jesús lo rechaza de la misma manera (cfr. Mt 4, 10).
Pero ni Pedro ni nadie puede detener a Jesús en su camino y en el cumplimiento de su misión. Todo lo contrario, Jesús está dispuesto a exigir a sus discípulos que lo sigan. Porque sólo aquel que carga con la cruz y se niega a sí mismo, puede ser su discípulo. "Cargar con la cruz" no era para los oyentes una expresión simbólica. Los romanos obligaban al reo a llevar sobre los hombros su propia cruz, y más de uno de los oyentes habría visto con sus ojos a alguno de estos desgraciados caminar fatigosamente para ser crucificado. Cargar con la cruz significa renunciar voluntariamente a los instintos de conservar la vida, los honores y las riquezas cuando todo esto no es posible sin quebrantar la voluntad de Dios. Pero la cruz, que es la más alta expresión del sacrificio, no tiene que ver nada con el masoquismo: el cristiano no se sacrifica por amor al dolor, sino por amor a Cristo y a los hombres y por hacer la voluntad de Dios.
La entrega de la propia vida, cuando esto es una exigencia del evangelio (y lo es al menos cuando a uno le llega la muerte), es el único modo de entrar en la vida eterna (Mt 16, 24-25; Lc 9, 23-25).
A nosotros cristianos del siglo XXI evangelio nos presenta una pregunta clara y directa. ¿En quién creemos?. La misma pregunta que hace Jesús a lis discípulos, nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? No se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti? ¿Estás dispuesto a seguir a Jesús? Si tienes este propósito, no te equivocarás, pues aunque aparentemente pierdas tu vida, encontrarás la vida de verdad, la que Él te ofrece. Entonces podrás experimentar la grata seguridad de que "El Señor te ayuda", como Isaías , teniendo la seguridad de que  " escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco ", como nos dice el autor del Salmo 114.
La experiencia equivocada del Mesías la tuvieron los discípulos y también nosotros, en muchas ocasiones, tendemos a pensar como Pedro: que Cristo está ahí para resolvernos los posibles problemas que tengamos, sea la salud, o el trabajo, o la familia…etc. Esto es algo bastante normal entre nosotros, pero debemos pensar en la respuesta que Cristo dio a Pedro: “él quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Esto no quiere decir que Cristo no sepa premiar las obras buenas de los que le siguen y que sólo prometa cruz y dolor. La religión cristiana no puede ni debe ser una religión victimista; también Cristo ha prometido a los que le siguen obtener en esta vida cien veces más y, después, la vida eterna. Debemos saber que, como Cristo, también nosotros tendremos en esta vida nuestra propia pasión, pero no debemos dudar que el final será siempre la resurrección gloriosa.
Muchos de nosotros, tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos. Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado: ¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres, no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos lo contrario.

Rafael Pla Calatayud
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