viernes, 4 de septiembre de 2015

Lecturas del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario 6 de septiembre de 2015


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAIAS 35, 4-7a
Decid a los cobardes de corazón:
-- Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, os resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mundo cantará. Porque han brotado aguas del desierto, torrentes de la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
SALMO 145
R.- ALABA, ALMA MÍA, AL SEÑOR
Alaba alma al señor.
Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos. R.-

El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a al os peregrinos. R.-

El Señor sustentará al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. R.-



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO 2, 1-5
Hermanos:
No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo; llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: "Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado." Al otro, en cambio: "Estate ahí de pie o siéntate en el suelo". Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los le aman?
Palabra de Dios



ALELUYA Mt, 4, 23
Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino, y curaba toda enfermedad en el pueblo.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 7, 31-37
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron a un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó le lengua: Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:
-- Effetá (esto es, "ábrete").
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia proclaman ellos. Y en el colmo del asombro decían:
-- Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Palabra del Señor

jueves, 6 de agosto de 2015

Comentarios a las Lecturas de Solemnidad de La Asunción de la Virgen María. 15 de agosto de 2015.

El 15 de agosto la Iglesia celebra la glorificación en cuerpo y alma al cielo de la Virgen. Según la doctrina de la Iglesia católica, que se basa en una tradición acogida también por la Iglesia ortodoxa (si bien por ésta no definida dogmáticamente), María entró en la gloria no sólo con su espíritu, sino íntegramente con toda su persona, como primicia –detrás de Cristo- de la resurrección futura.. Fue establecido como dogma por el Papa Pío XII, el día 1 de noviembre de 1950.
¿En qué se diferencia la Asunción de María de la Ascensión de Cristo? La misma palabra <Asunción> lo sugiere: el verbo asumir significa “hacerse cargo de algo, tomar para sí”. La Virgen fue asunta, fue tomada por Dios, fue atraída por Dios, la Asunción fue obra de Dios, no de la Virgen María; en cambio, Cristo ascendió a los cielos por su propia fuerza y virtud. En definitiva, más allá de frases y metáforas, en esta fiesta de la Asunción de la Virgen, los cristianos debemos alabar a Dios y de darle gracias porque hizo posible que una criatura humana como nosotros –María- fuera directamente a vivir con Él, nada más terminada su vida terrena. Esta es la aspiración de cada uno de nosotros, los cristianos.
Hoy las lecturas nos situan ante la batalla entre dos fuerzas antagónicas. San Agustín en su obra «La ciudad de Dios», dice en una ocasión que toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí, estos dos amores, aparecen en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia.

La primera lectura del libro del Apocalipsis (Ap. 11, 19; 12, 1-6. 10), nos sitúa ante una de las revelaciones de la grandeza y el poder de Dios. En la isla de Patmos, en medio a su destierro, San Juan contempla visiones grandiosas, que luego trasmite a los cristianos de su comunidad, perseguidos por la crueldad del emperador romano y sus secuaces. Como él, también ellos necesitaban el consuelo de aquellas revelaciones que anunciaban la grandeza y el poder del Señor. Era necesario recordarles que sus sufrimientos de entonces eran el precio de la gloria.
En esta ocasión el cielo se abre para mostrar una gran aparición, "una señal grande": Una mujer vestida de sol y coronada de estrellas con la luna bajo sus pies. Es, sin duda, uno de esos numerosos signos en los que tanto abundan los escritos de S. Juan. Por otra parte, como los demás signos, su significado es polivalente. Pero el que hoy nos sugiere la Iglesia es que contemplemos la figura rutilante de Santa María, enfrentada al dragón rojo, segura de su victoria. Para que confiemos en su protección y su ayuda.

Salmo responsorial (Sal 44, 10. 11-12. 16)
R/ De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir.
El salmo, en esta segunda parte, glorifica a la reina. En la liturgia de hoy estos versículos son aplicados a María y celebran su belleza y grandeza.
Entre tus predilectas hay hijas de reyes,
la reina a tu derecha, con oro de Ofir.
Escucha, hija, mira, presta oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna,
que prendado está el rey de tu belleza.
El es tu señor, ¡póstrate ante él!
La siguen las doncellas, sus amigas,
que avanzan entre risas y alborozo
al entrar en el palacio real.
María nos precedió en el cielo y nos precederá siempre, como madre del rey que se sienta al lado del trono.

La segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios. (1ª Cor.15, 20-27), nos habla de la certeza de la Resurrección. Entre los corintios había algunos que negaban la resurrección de los muertos. Las antiguas costumbres e ideas pesaban aún en ellos. No es fácil extirpar del todo el error y los vicios. Pero el Apóstol San Pablo les rebate con claridad y vigor. La resurrección es posible pues Cristo ha resucitado, hecho verificado por cuantos les vieron vivo después de haberlo visto muerto en la Cruz. En una ocasión fueron más de quinientos hermanos los que pudieron verle y escucharle. Puesta estas premisas, la conclusión es que también nosotros podemos resucitar, también nosotros resucitaremos. Acude S. Pablo a otro argumento y les recuerda que si por Adán entró la muerte en el mundo, de la misma manera por Cristo ha entrado la vida... Es cierto que la muerte aún no ha sido vencida pues será el último enemigo en caer. Sin embargo, aunque pasemos por la muerte, como Cristo, pasó, el final será la resurrección, la vida eterna-

El pasaje del Evangelio de san Lucas elegido para esta fiesta (Lc.1, 39-56).es el episodio de la Visitación de María a Santa Isabel, que se cierra con el sublime canto del Magnificat.
El Magnificat puede definirse como un nuevo modo de contemplar a Dios y un nuevo modo de contemplar el mundo y la historia. Dios es visto como Señor, omnipotente, santo, y al mismo tiempo como «mi Salvador»; como excelso, trascendente, y al mismo tiempo como lleno de premura y de amor por sus criaturas. Del mundo se pone en evidencia la triste división en poderosos y humildes, ricos y pobres, saciados y hambrientos, pero se anuncia también el derrocamiento que Dios ha decidido obrar en Cristo entre estas categorías: «Ha derribado a los poderosos...». El cántico de María es una especie de preludio al Evangelio. Como en el preludio de ciertas obras líricas, en él se apuntan los motivos y las arias importantes cuyo destino es su desarrollo, después, en el curso de la ópera. Las bienaventuranzas evangélicas se contienen ahí como en un germen y en un primer esbozo: «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre...».
En este canto María se considera parte de los anawim, de los “pobres de Dios”, de aquéllos que ”temen a Dios”, poniendo en Él toda su confianza y esperanza y que en el plano humano no gozan de ningún derecho o prestigio. La espiritualidad de los anawinpuede ser sintetizada por las palabras del salmo 37,79: “Está delante de Dios en silencio y espera en Él”, porque “aquéllos que esperan en el Señor poseerán la tierra”.
 En el Salmo 86,6, el orante, dirigiéndose a Dios, dice: “Da a tu siervo tu fuerza”: aquí el término “siervo” expresa el estar sometido, como también el sentimiento de pertenencia a Dios, de sentirse seguro junto a Él.
 Los pobres, en el sentido estrictamente bíblico, son aquéllos que ponen en Dios una confianza incondicionada; por esto han de ser considerados como la parte mejor, cualitativa, del pueblo de Israel.
 Los orgullosos, por el contrario, son los que ponen toda su confianza en sí mismos.
 Ahora, según el Magnificat, los pobres tienen muchísimos motivos para alegrarse, porque Dios glorifica a los anawim (Sal 149,4) y desprecia a los orgullosos. Una imagen del N. T. que traduce muy bien el comportamiento del pobre del A. T. , es la del publicano que con humildad se golpea el pecho, mientras el fariseo complaciéndose de sus méritos se consuma en el orgullo (Lc 18,9-14). En definitiva María celebra todo lo que Dios ha obrado en ella y cuanto obra en el creyente. Gozo y gratitud caracterizan este himno de salvación, que reconoce grande a Dios, pero que también hace grande a quien lo canta.
En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras:
«Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí».
 De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

Para nuestra vida.
En la fiesta de la Asunción de la Virgen María celebramos lo que aguarda al que cree y espera por la fe: la gloria de Dios. El mayor gozo, por el cual salta también María, es el vernos a nosotros sus hijos por la dirección adecuada: recordando las maravillas del Señor, viviendo según su voluntad, proclamando su santo nombre y abriendo las ventanas de nuestro vivir para que Dios entre por ellas y sea un gran vecino en nuestros corazones.
Las Iglesias Orientales hablan de la Dormición de María como titularidad de la presente fiesta. Es, tal vez, más completa la nomenclatura eclesial de Occidente que habla de asunción: de subida al cielo. Sin embargo, existen lugares en España donde la Dormición se celebra e, incluso, hay bellas imágenes de la Señora muy bella en su sueño… y que, además, procesionan por calles y plazas. La Dormición --el plácido sueño-- como tránsito de esta vida a su presencia eterna en la Gloria de Dios es algo muy bello. En la Liturgia de las Horas, en las Completas, todas las noches, antes de rezar la última antífona que está dedicada a la Virgen, se repite: "El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa". El sueño parece una antesala de la muerte cuando los cristianos despegamos del hecho de morir todo lo truculento o desagradable que culturalmente hemos añadido y la fe nos lleva a considerarlo como una Dormición.
 La vida María, desde Nazaret es un canto a la bondad del Señor. Su “sí” fue desde el principio un ponerse manos a la obra y a lo que Dios mandase. Al colocarse al lado de Jesús lo
hizo desde la humildad y con el silencio. Bien sabía, María, quién era Dios, qué esperaba Dios y qué tenía que hacer para que Dios cumpliera en Cristo lo profetizado desde antiguo.
Para nosotros habitantes de Europa esta fiesta entraña una expresión de nuestras raíces cristianas y mariologicas. Un fragmento de la preciosidad de la descripción del Apocalipsis, “coronada de doce estrellas” dice el texto, fue captado en 1955 por Arsène Heitz, pintor de Estrasburgo, y aprobada el 8 de diciembre. El piadoso artista consiguió que su proyecto fuera aceptado como bandera emblemática de Europa, precisamente un día muy vinculado con la Virgen. Algunos años me he permitido poner la bandera de la Unión Europea, junto al altar, en el celebraba la misa, es un homenaje a ella. La Fe de la Europa de Puy en Velay, Chartres, La Salette, Lourdes, Fátima y del Pilar, queda reflejada en ella.
El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.
Rafael Pla Calatayud
rafael@sacravirginitas.org

Comentarios a las lecturas del XXII Domingo del Tiempo Ordinario 30 de agosto de 2015.


En este domingo las lecturas primera y tercera enseñan a observar la ley sin glosas y la segunda explica que el verdadero culto se ha de manifestar en las obras de caridad y en no contaminarse con el mundo.
El ser humano, propenso siempre a la supervaloración de lo externo y socialmente cotizable en su vida y en su conducta, fácilmente se inclina el formalismo religioso. Se ha de insistir en la interiorización de los cultos religiosos, pues la trascendencia de la fe cristiana y del Evangelio radica, fundamentalmente, en la transformación interior del hombre según el diseño y la gracia santificadora que nos ha traido la obra redentora de Jesucristo.

En la primera lectura tomada del libro del Deuteronomio (Dt,4,1-2.6-8) vemos como la Antigua Alianza, es fruto de la iniciativa salvífica de Dios. Esta primera Alianza supuso y exigía un compromiso de fidelidad personal y colectivo, suficiente para condicionar la vida del pueblo de Dios. No añadáis nada a lo que os mando y así cumpliréis los preceptos del Señor.
Este pasaje pertenece al primero de los discursos que conforman el libro de Deuteronomio y que habrían sido pronunciados por Moisés en el día de su muerte, en tierra de Moab, al final de los cuarenta años de vagar por el desierto. (cf. Dt 1,1-5). Se presentan como sus últimas palabras, como el testamento espiritual en el que recuerda acontecimientos pasados ​​e insta a los israelitas a permanecer fieles a la ley del Señor, para vivir una vida feliz en la tierra donde van a entrar.
La atribución a Moisés, sin embargo, es un recurso literario utilizado por el autor sagrado para dar autoridad a sus palabras; el libro, de hecho, ha recibido su forma definitiva hacia el siglo V a.C.
El texto de hoy fue compuesto en Babilonia, probablemente por un sacerdote del templo de Jerusalén, y se dirige a los israelitas decepcionados y resignados a su triste suerte. El autor les invita a no dar todo por
perdido, puesto que a pesar de que fueron derrotados y humillados y de que están lejos de su tierra y ya no tienen un templo donde ofrecer las primicias y holocaustos al Señor, todavía poseen su tesoro más grande, la Torá por la que son famosos entre todos los pueblos de la tierra.
En la primera parte del texto (vv. 1-2), se insiste en el valor absoluto e inviolable de esta ley que no se puede cambiar porque no es obra de hombres, sino de Dios. Dos tentaciones deben evitarse: la de reducirla mediante la supresión de las disposiciones más exigentes y difíciles y la tentación opuesta: añadir nuevas prescripciones dictadas por la “sabiduría” humana.
Esta segunda tentación es particularmente insidiosa, ya que induce a considerar “voluntad de Dios” lo que solamente son disposiciones humanas. A partir de este equívoco, surge la idolatría de la ley y la falta de respeto por el hombre y por su conciencia. Los que introducen estas normas, fácilmente se auto-convencen de estar interpretando el pensamiento de Dios, equiparando su mente a la de Dios (cf. Ez 28,1) e imponen sus propios preceptos en nombre del cielo, olvidándose de que éstos son sólo obra suya.
En el Deuteronomio –segunda ley- están escritos los mandatos y decretos que Dios, por medio de Moisés, dio a su pueblo, para que fuera un pueblo sabio e inteligente. No hay duda que este texto bíblico tiene una clara intención apologética de la historia del pueblo de Israel, como pueblo elegido especialmente por Dios como pueblo predilecto suyo.
Revelación del amor de Dios, la ley es también revelación y don de sabiduría. La posterior tradición bíblica sapiencial mantuvo este concepto: la sabiduría divina se manifestará a Israel en el don divino de la ley (Prov 1,7; 9,10). Sabiduría práctica y vivida que difunde existencialmente en la vida del fiel la visión que Dios mismo tiene de la historia y del destino del hombre. La Sabiduría de Dios se proyecta sobre los otros pueblos, con unión universalística de la salvación.

El Salmo 14 nos ayuda a meditar en la sinceridad de nuestras acciones y en lo que realmente es importante a los ojos de Dios. «SEÑOR, ¿QUIÉN PUEDE HOSPEDARSE EN TU TIENDA?
El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones legales
y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor. -

El que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará.

En la segunda lectura del libro de Santiago (San 1,17-18.21.23-279, el apóstol Santiago nos dice que la mejor manera de aceptar la palabra de Dios y llevarla a la práctica es atender a las personas necesitadas. Llevad la palabra a la práctica. La fe cristiana es un don de Dios; sus exigencias son siempre de iniciativa divina. La única postura coherente por parte del hombre elegido e iluminado es la de convertirse, de hecho y por sus obras, en una nueva criatura.
«El bienaventurado Apóstol Santiago amonesta a los oyentes asiduos de la Palabra de Dios, diciéndole: “Sed cumplidores de la palabra y no solo oyentes, engañándoos contra vosotros mismos” (Sant 1,22). A vosotros mismos os engañáis, no al autor de la palabra ni al ministro de la misma. Partiendo de una frase que da la fuente misma de la Verdad a través de la veracísima boca del Apóstol; también yo me atrevo a exhortaros, y mientras os exhorto a vosotros, pongo la mirada en mi mismo. Pierde el tiempo predicando exteriormente la palabra de Dios, quien no es oyente  de ella en su interior. Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros.
«Pero nos consuela el que donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones... Debéis orar y levantar a quienes obligáis a ponerse en peligro... Yo que tan frecuentemente os hablo por mandato de mi señor y hermano, vuestro obispo, y porque vosotros me lo pedís, solo disfruto verdaderamente cuando escucho, no cuando predico. Entonces mi gozo carece de temor, pues tal placer no lleva consigo la hinchazón. No hay lugar para temer el precipicio de la soberbia, allí donde está la piedra sólida de la verdad» (San Agustín:Sermón 179,1-2).
Para aquellos que confunden la religión del corazón con el formalismo y la ejecución meticulosa de los ritos, Santiago ofrece el criterio para saber si se está practicando la verdadera religión, la auténtica: “cuidar de huérfanos y de viudas en su necesidad y no dejarse contaminar por el mundo” (v. 27).
En la Biblia, las viudas y los huérfanos representan cualquier persona en necesidad. La escucha de la Palabra de Dios lleva a asimilar los sentimientos y la premura del Señor para con los más débiles. Para practicar esta religión es necesario –continúa Santiago– mantenerse puros, es decir, despegado de los bienes de este mundo. El egoísta, el que acumula bienes para sí mismo y no los comparte con los necesitados no es todavía un verdadero discípulo.


Retomamos la lectura del evangelio de Marcos (Mc 7,1-8.14-15.21-23), como en el resto del Ciclo B, tras haber meditado durante cuatro domingos anteriores de agosto el discurso del pan de vida del evangelio de Juan. El episodio que narra Marcos ofrece uno de los muchos enfrentamientos de Jesucristo con los fariseos. El encontronazo de Jesús de Nazaret contra la religión oficial de su tiempo es constante.
A pesar de que Marcos se dirige a los cristianos de Roma, el discurso del capítulo 7 es una catequesis que trata de costumbres judías. Después de multiplicar los panes y los peces y demostrar su dominio sobre las fuerzas naturales y la enfermedad, los fariseos y escribas, celosos cumplidores, se acercan a Él para ponerlo en aprietos. Le acusan de que sus discípulos comen con manos impuras. Pero Jesús denuncia su actitud, pues le honran a Dios con los labios y no con el corazón, tal como denuncia el profeta Isaías, pues la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Hacen las cosas para "cumplir y parecer buenos".
Perder de vista lo fundamental, lo que Dios quiere, para centrarse en cosas de menor importancia, las tradiciones de los hombres. Jesús confirma la doctrina de los profetas contra el "formalismo" en la práctica de la religión. Pone en evidencia la deformación que lleva al hombre a "parecer bueno" más que "a serlo de verdad"; a preferir el cumplimiento "externo" de la ley al cambio real del corazón; a poner más atención en practicar con cuidado los "ritos" que en procurar la unión de corazón con Dios. Lo que sale del interior del hombre es lo que cuenta, no lo externo. Porque del interior del hombre salen las obras buenas y las malas. Jesús da un catálogo de las maldades que salen del corazón: fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¡Qué retrato de una sociedad corrompida! ¿No se parece esta descripción a lo que está ocurriendo en muchos ambientes de nuestro mundo? Quizá también nosotros estamos un poco contaminados de estas maldades…

Para nuestra vida.
Nosotros, los cristianos, podemos sustituir pueblo de Israel por Jesús de Nazaret. No sólo la cercanía, sino la comunión perfecta de Jesús con su padre Dios, deben servirnos a nosotros, los cristianos, discípulos de Jesús, para considerar siempre a Dios como un Dios cercano a nosotros, que nos ama y nos escucha siempre que le invocamos. Debemos vivir nuestro cristianismo como una relación de amor íntimo y cordial con Jesús y con Dios nuestro Padre.
La carta de Santiago propone claramente la religión que Dios quiere: "visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo". Los cristianos de verdad son aquellos que demuestran con sus obras lo que creen. Ya el salmo 14 nos recuerda quienes son los que habitan en la tienda junto al Señor: los que proceden honradamente y practican la justicia, los que tienen intenciones leales y no calumnian, el que no hace mal a su prójimo, el que no abusa del inocente. La palabra hay que llevarla a la práctica, pues la fe sin obras está muerta.
El evangelio nos sitúa ante una problemática muy actual entre los cristianos en la actualidad. Lo fundamental y lo secundario. “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Sustituir la fe por ritos convencionales, aun legítimos, la moral por una ética convencional humana, la santidad por una mera educación sociopolítica... es tan antievangélico como lo fuera en tiempo de Cristo el farisaísmo judaico.
Es interesante la reflexión de Jesús en el Evangelio de Marcos de hoy. No es impuro lo de fuera, sino lo de dentro. Del corazón del hombre salen los malos propósitos. Fuertes y duras palabras de Jesús. Pero si ya es muy duro que Jesús arremeta contra un sector muy determinado de la sociedad de su época, lo es mucho más cuando indica que la maldad está en el corazón del hombre y no plantea exclusiones. Hay mucho de malo en nosotros y, a veces, esa maldad evidente nos deja asustados. Hay que purificarse para ir dejando una maldad intrínseca que tal vez sea una constante genética, como diría un científico, pero que puede proceder de esa herencia de maldad mantenida al nivel de la conciencia colectiva de la humanidad y que no es otra cosa que lo que se llama pecado original. Pero, tal vez, Jesús --que siempre enseñaba-- quiso dar un argumento eficaz contra la soberbia: los buenos están fuera, nosotros no lo somos. Necesitamos de una purificación interior antes de presumir de nada.
La observancia de la pureza legal se sobreponía con rigorismo a la más general y benigna ley mosaica. Los signos externos religiosos son buenos si manifiestan la religiosidad interior del corazón. Cristo no cree en un moralismo que mira superficialmente a algunos resultados sin pasar a través del corazón del hombre para transformarlo radicalmente. A esto tiende todo el mensaje evangélico.
En el cristianismo, toda religiosidad no avalada por una auténtica formación de la conciencia personal degenera normal-mente en farisaísmo, en pietismo subjetivo irresponsable. Esto es lo que condenó el Señor en su tiempo y se hace en nuestros días por el magisterio constante de la Iglesia. Seamos consecuentes con nuestra participación en las acciones litúrgicas, que exigen una voluntad decidida de fe vivida, de caridad afectiva y efectiva, de verdadera santidad en toda nuestra vida.
Tenemos que esforzarnos para no ser hipócritas y fariseos. Hay mucha complacencia en los católicos en sentirse buenos y despreciar a los "malos". Lo peor de esa complacencia es cuando se auto-justifica un cristianismo inoperante, de solo devociones, y que no se esfuerza por servir al prójimo. Lo básico en el cristiano es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En el amor por Dios está la cercanía personal e intransferible a su mensaje y, por tanto, el seguimiento de la Iglesia, de la que él es cabeza, reúne una serie de comportamientos positivos que nos acercan a lo que llamaríamos mundo de piedad, que, en realidad, es un mundo de oración. Pero junto a eso está el amor al prójimo. Y con el amor a ese prójimo su cumple el principio de la fe con obras. Las conductas en superioridad son intolerables. Sirve de ejemplo esa fórmula ideal para llamar al Papa: "el siervo de los siervos de Dios".

Rafael Pla Calatayud
rafael@sacravirginitas.org

miércoles, 5 de agosto de 2015

Comentarios a las lecturas del XXI Domingo del Tiempo Ordinario 23 de agosto de 2015.


La primera lectura tomada del libro de Josué (Jo 24,1-2,15-17,18), nos recuerda como Josué reúne en Siquén las doce tribus del pueblo en asamblea general. Josué ha sido el sucesor de Moisés que, con brazo seguro y pie firme, ha entrado en la Tierra Prometida. Cuando Josué entró en la tierra de promisión se encontró con una población que adoraba ídolos falsos y temió que su pueblo, Israel, se contagiara de la idolatría. Por eso, Josué pregunta al pueblo si quieren seguir sirviendo al Señor de sus antepasados, Yahvé, o a los dioses de los amorreos.
Consciente de la misión que Yahvé, el Dios vivo, le ha encomendado, reúne a todo el pueblo de Israel: a los ancianos, a los jefes, a los jueces, a los magistrados. Y allí, invocando al Señor, les propone algo decisivo para la historia del pueblo: su entrega incondicional y su consagración a Dios. Josué propone a los suyos: "Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quien servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis". Son libres de volver a los ídolos que adoraron antes de conocer a Yahvé, o de postrarse ante los dioses de los amorreos.


El fragmento del salmo de hoy (Sl 33,2-3,16-17,18-19,20-21,22,23), se nos recuerda la cercanía del Señor, como presencia salvadora. Tanto en la estrofa como en los fragmentos elegidos del salmo.” GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR.
Bendigo al Señor en todo momento,
tu alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloria en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
Los ojos del Señor miran a los justos;
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y los libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor;
el cuida de todos los huesos,
y ni uno solo se quebrará.
La maldad da muerte al malvado,
y los que odian al justo serán castigados.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él”.

En la segunda lectura de la Carta a los Efesios (Ef 5,21-32), San Pablo vuelve su mirada a la familia, la comunidad doméstica, la más pequeña comunidad de vida social, delimitando para cada miembro de la misma cuál es su puesto y cuáles sus correspondientes obligaciones. El autor de esta carta a los Efesios habla de las relaciones entre marido y mujer, y lo hace teniendo en cuenta las normas y costumbres de su época, que no son precisamente las nuestras. El marido y la esposa tienen hoy los mismos derechos y obligaciones ante la ley, cosa que no ocurría en tiempos de san Pablo. Pero lo que era verdad antes y es verdad ahora es que el amor cristiano y el respeto cristiano son y deben seguir siendo la base del matrimonio cristiano. Porque un matrimonio que se fundamente en el amor cristiano será siempre un matrimonio cristiano.
Las obligaciones familiares deben estar cimentadas en el amor. No hay que ver en las palabras de Pablo connotaciones machistas, pues en lo que respecta a las obligaciones mutuas de la mujer y del hombre la parte más débil se pone siempre delante. No puede hablar el apóstol sin referirse a la esencia misma del matrimonio. Da por supuesto que el matrimonio fue instituido por Dios, y sus correspondientes obligaciones que de él se desprenden son expresiones de su voluntad. Pablo va aquí a lo profundo, estableciendo la unión entre cónyuges en paralelo a la unión de Cristo con su iglesia, su esposa mística.

Hoy el evangelio de san Juan (Jn 6,60-69), nos sitúa ante el final del discurso sobre el pan de vida. Las palabras de Jesús de que es necesario comer su carne y beber su sangre decepcionan y escandalizan a la mayoría de los oyentes. "Muchos discípulos de Jesús al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?". Las palabras de Jesús plantean a los oyentes una grave exigencia. La fe es una decisión personal que incluye la aceptación de Jesús por parte del hombre. Jesús no priva a los oyentes de su decisión personal. "¿Esto os hace vacilar?" Pedro toma la palabra y manifiesta su confianza
absoluta en Jesús: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Esta respuesta constituye la versión del evangelio de Juan de la confesión de Pedro en los sinópticos. En los cuatro evangelios aparece Pedro como portavoz de la fe de la primera generación cristiana. La respuesta del apóstol recupera la expresión del mismo Jesús: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida", esto es, constituyen la única orientación que puede dar sentido pleno a una vida. Los discípulos aceptan la propuesta de Jesús, a pesar de las dificultades ambientales y a pesar de la paradoja del mismo mensaje. Su respuesta constituye una opción de fe en favor de Jesús: "Nosotros creemos y sabemos". Conocer a Jesús, reflexionar su mensaje, asimilar sus actitudes, conduce a una mayor madurez en nuestra fe.
Jesús les explica de alguna manera el sentido de sus palabras sobre la Eucaristía. Les hace comprender que lo que ha dicho tiene un sentido más profundo, del que parece a simple vista. Su carne y su sangre son ciertamente comida y bebida, pero no en un sentido meramente físico, como si se tratase de una forma de canibalismo. Se trata de algo muy distinto que, en definitiva, sólo por medio de la fe se puede aceptar y, en cierto modo, hasta entender.
A este fragmento del evangelio el padre Pio comenta: “Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con no adelantar sino a pasos pequeños. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar.
Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta no ser sino una pequeña abeja en el nido de la colmena; muy pronto llegarás a ser una de estas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor.
Entonces el Señor te hablará en verdad y te enriquecerá con sus dones.
Ocurre a menudo que las abejas, al atravesar los prados, recorren grandes distancias antes de llegar a las flores que han escogido; seguidamente, fatigadas pero satisfechas y cargadas de polen, vuelven a entrar en la colmena para realizar allí la transformación silenciosa, pero fecunda, del néctar de las flores en néctar de vida. Haz tú lo mismo: después de escuchar la Palabra, medítala atentamente, examina los diversos elementos que contiene, busca su significado profundo.
Entonces se te hará clara y luminosa; tendrá el poder de transformar tus
inclinaciones naturales en una pura elevación del espíritu; y tu corazón estará cada vez más estrechamente unido al corazón de Cristo”. (San Pio de Pietrelcina (1887-1968), capuchino. Epistolario 3, 980; GF, 196s ).


Para nuestra vida.

En la primera lectura Josué presenta una elección. También nosotros muchas veces tenemos que elegir. Tienen ante ellos al Señor de los cielos y tierra, al Señor que los ha librado de la esclavitud y los ha guiado por un duro desierto, interminable. A ese Dios que tiene derecho a la entrega sin condiciones del pueblo israelita que tanto, todo cuanto es, le debe. Pero el Señor quiere una decisión nacida del amor, una decisión libérrima. Por eso plantea la cuestión en tales términos. Al contemplar este modo tan atrayente de querernos, de pedirnos por amor lo que te debemos por justicia, te decimos que somos totalmente tuyos, que sólo a ti te vamos a servir, que sólo a ti te vamos a amar, en ti vamos a creer y a esperar.
Se trata de un asunto de capital importancia: asentado ya en tierras de Canaán, este pueblo ha de decidir ahora si quiere servir a Yahvé o prefiere someterse a los dioses falsos del territorio en el que ha de vivir en adelante. Su identidad como pueblo y su libertad futura depende ahora de que sigan fieles a Yahvé y no se sometan a los dioses de los amorreos. El pueblo responde ratificando la alianza del Sinaí: Yahvé, el que lo sacó de la esclavitud de Egipto, será su Dios. Elegir a Yahvé es también elegir un modo de existencia desarraigada, orientada hacia el futuro, en el que se cumplirán las promesas. Elegir a Yahvé es elegir al Dios vivo, al Dios que libera siempre de un mal pasado, a condición de vivir abiertos a los sorprendente gracia de un futuro mejor. Yahvé, el Dios siempre mayor, es el futuro y la verdadera Tierra Prometida hacia la que siempre se está en camino.
También a nosotros se nos pide una sí claro y sin medias tintas: "Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
nos situa ante la pregunta de Pedro en el final del evangelio "Señor, ¿a quién vamos a acudir?". Muchos de los que seguían a Jesús consideraron muy radicales las palabras de comer y beber su cuerpo y su sangre. Y que los dos eran verdadera comida y bebida, tal como leíamos en el Evangelio del pasado domingo. Él mantiene esa posición y se produce la deserción de un buen número de discípulos. Y esa marcha debió ser tan numerosa que el Señor se vuelve a sus Doce y les pregunta lo mismo. La respuesta de Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir?"
Y así es: algunas veces nos ocurre a muchos de nosotros, a los seguidores de este tiempo. Surge un "Señor, a quien vamos a acudir" dicho con la mayor humildad. Lo mejor ante el desconcierto es preguntar al Señor cual es el camino y sin duda nos ayudará en la línea a que se refiere el Salmo 33 que hemos terminado de leer este domingo, Este salmo habla de nuestras angustias y de nuestros gritos al Señor y como nos escucha. Hay mucha angustia en la vida de nuestros días. La relación cotidiana – el trabajo, la convivencia social o familiar, la violencia, el odio generalizado-- con nuestros hermanos y el mundo produce esa angustia que puede ser amplificada por nuestra propia equivocación interior, por sospechar que los males que nos aquejan son peores de lo que en realidad son. Para esos tiempos de angustia y de miedo es ideal la lectura reposada y repetida del Salmo 33.
En el evangelio vemos como Jesús no se desdice de lo que ha dicho acerca de su presencia real en la Eucaristía, y sobre la inmolación de su cuerpo y su sangre en sacrificio redentor por todos los hombres. Por otra parte, es preciso subrayar que en ocasiones seguir a Cristo supone negarse a Sí mismo, dejar el propio criterio y abandonarse en la palabra y en las manos de Dios. Para eso hay que ser muy humildes y sinceros con nosotros mismos. En el fondo, humildad y sinceridad se identifican. Se trata, en una palabra, de reconocer la propia limitación de entendimiento y comprensión, aceptar que uno es muy poca cosa para captar bien lo referente a Dios. Fiarse del más sabio y del más fuerte, saberse pequeño y torpe, escuchar con sencillez al Señor.
Entonces sí "comprenderemos", entonces sí aceptaremos. Dios que siente debilidad por los humildes, nos iluminará la mente y nos encenderá el corazón, para que la dicha y la paz inunden nuestro espíritu, en ese acercamiento supremo entre Dios y el hombre, que se realiza en la Sagrada Eucaristía.
La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios. “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque Él, que es la Verdad, no miente” (S. Cirilo)
No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas (pan y vino) se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros.
El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas” (S. Juan Crisóstomo).

Rafael Pla Calatayud
rafael@sacravirginitas.org