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viernes, 27 de diciembre de 2019

Lecturas del Domingo: Sagrada Familia, Jesús, María y José 29 diciembre de 2019


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 3, 2-6. 12-14
El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
Salmo 127, 1-2. 3. 4-5
R. DICHOSOS LOS QUE TEMEN AL SEÑOR Y SIGUEN SUS CAMINOS.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3,12-21
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimo.
Palabra de Dios



ALELUYA Col 3, 15a. 16a
La paz de Cristo reine en vuestro corazón; la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 2, 13-15.19.23
Cuando se retiraron los magos, el ángel del señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atacaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
Palabra del Señor

viernes, 28 de diciembre de 2018

Lecturas en la fiesta de La Sagrada Familia: Jesús, María y José 30 de diciembre de 2018

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 3, 2-6. 12-14
El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
Salmo 127, 1-2. 3. 4-5
R. DICHOSOS LOS QUE TEMEN AL SEÑOR Y SIGUEN SUS CAMINOS.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén .R



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3, 12-21
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad humildad, mansedumbre y paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
Palabra de Dios



ALELUYA Col 3, 15a. 16a
La paz de Cristo reine en vuestro corazón; la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 2, 41- 52
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que se enteraran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
Imagen relacionada«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todas esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres.
Palabra del Señor

sábado, 30 de diciembre de 2017

Lecturas del Domingo Sagrada Familia, Jesús, María y José 31 de diciembre de 2017

PRIMERA LECTURA 
LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 3, 2-6. 12-14
 El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de las madres sobre ellos. Quien honra a su padre expía su pecado, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros. Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece, será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor. Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza. Aunque pierda e juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en peno vigor. Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados. Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL Salmo 127, 1bcd-2. 3. 4-5 
R. DICHOSOS LOS QUE TEMEN AL SEÑOR Y SIGUEN SUS CAMINOS 
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R.
 Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
 tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R.
Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R.

SEGUNDA LECTURA 
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3,12-21 
Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad humildad, mansedumbre y pacSobre llevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
 Palabra de Dios

ALELUYA Col 3, 15. 16 La paz de Cristo reine en vuestros corazones la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.

EVANGELIO 
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 2, 22-40 
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor"), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/09/Yegorov-Simeon_the_Righteous.jpgEspíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -- Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: -- Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él. Palabra de Dios

lunes, 2 de enero de 2017

Comentario a las lecturas del Domingo de la octava de Navidad Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2017

Comentario a las lecturas del Domingo de la octava de Navidad Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2017

Hoy es un día bastante especial. La Iglesia celebra la fiesta de María, Madre de Dios; no es domingo. Pablo VI instauró también para hoy la jornada de la Paz; esto ha marcado la elección de la primera lectura y es bueno que se haga alusión al tema en el acto penitencial, las plegarias y el gesto de la paz. Se ha de tener todo en cuenta, y colocarlo en su debido momento; no es posible hablar de todo en profundidad pero tampoco pasar por alto ninguno de estos aspectos. La dominante es, sin duda, la fiesta de Santa María.
La definición de María como Theotokos (madre de Dios) en el concilio de Éfeso (433) es como una conclusión casi natural de los concilios de Nicea (325) y I de Constantinopla (381). El tema crucial de discusión en estos tiempos era la consideración de Cristo como hombre y Dios y el conflicto que existía en afirmar, en los términos de la época, la relación existente entre persona y naturaleza.
Nicea y I Constantinopla se esfuerzan en afirmar la naturaleza de Cristo como idéntica a la del Padre (homousios), consustancial al Padre; el hombre Jesús, es también Dios. Y será Éfeso el que afirme ya explícitamente que, al considerar la unidad inseparable de las dos naturalezas (divina y humana) en el Verbo, puede considerarse entonces a María como verdadera Madre de Dios.
La reflexión es una conclusión de una discusión antropológica y cristológica, que luego terminó derivando en un dogma mariano. Pero no por eso podemos dejar de considerar que en verdad María ha engendrado, misteriosamente, al Verbo hecho hombre, del cual afirmamos que es Uno con el Padre y el Espíritu.
Del Concilio de Éfeso debemos rescatar su esfuerzo por definir el misterio de la unidad entre las dos naturalezas, lo cual nos ayudará a pensar en Cristo verdaderamente hombre, comprometido a tal punto con la humanidad, que asume totalmente la condición humana desde su nacimiento.
El Verbo, por lo tanto, no es "aparentemente hombre". Jesús no se "vistió" de carne humana. Desde el misterio de la encarnación Dios es hombre... y la naturaleza humana ve en Cristo el proyecto de Dios hacia toda la humanidad. Cristo es, entonces, el modelo humano hacia el cual tendemos y el cual anhelamos.
En este sentido María se convierte en la madre del Verbo Encarnado, y en cuanto en él coexisten ambas naturalezas en la misma Persona Divina, ella es entonces verdaderamente Madre de Dios.
Obviamente, no se trata de afirmar la maternidad de María respecto de la divinidad en cuanto tal, sino su maternidad en respecto al Verbo Encarnado, histórico, revelador, mediador y liberador.
¿Podemos aclarar o explicar este Misterio? Si lo hiciéramos o pretendiéramos hacerlo, ya no sería tal.
Por lo tanto, solo nos queda sentirnos unidos a la tradición creyente que en su misma oración de los pobres repite "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...". Y esto no es poco, porque la fe cristiana no puede basarse ni apoyarse únicamente en la racionalización de los enunciados; es también un creer histórico y una unidad en la fe de un pueblo que en la historia manifiesta lo que cree.
 
 
La primera lectura tomada del libro de los números (Nm 6,22-27): En medio de una serie de instrucciones para los sacerdo­tes, el libro de los Números, que sitúa a los israelitas al pie del monte Sinaí, aún reciente la experiencia de la Alianza, indica cómo deberá ser bendecido el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.» La paz, el resumen de todos los bienes que puede desear un hombre, el conjunto de todos los beneficios que puede el hombre recibir de Dios, la meta última de todo lo que Dios está haciendo por su pueblo: un hombre en paz consigo mismo y con sus semejantes; un pueblo en el que reina la paz entre sus miembros y que vive en paz con sus vecinos.
Esta formula de bendición que Moisés, en el texto, dicta a Aarón debe ser considerada como lo que es, una fórmula litúrgica. Esa es la razón por la que Yahvé se la inspira a Moisés y éste a Aarón, para darle toda la relevancia y solemnidad necesarias. Sabemos que en ella podemos rastrear expresiones de otros textos bíblicos, de salmos especialmente (cf 121,7-8; 4,7; 31,17; 122,6). Tres veces se repite el nombre de Dios, de Yahvé. Y se pide la bendición que guarde al pueblo, que ilumine con su rostro. Hay toda una teología bíblica del “rostro de Dios” que ha influido mucho en la espiritualidad y en la verdadera actitud cristiana del seguimiento. Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en la fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. La paz que era lo que el pueblo podía desear más que otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo.
El pueblo de Israel tendrá que completar un largo proceso que empezó con la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud, llegar a la tierra que Dios le va a entregar, organizar una sociedad en la que nadie sea esclavo de nadie y establecer unas relaciones de amistad con sus vecinos.
La paz es, por tanto, la meta; pero en nombre de la paz no se puede eludir el proceso: para llegar a la meta no hay más remedio que recorrer todo el camino. El fin último no es la liberación, sino la paz, pero la paz es incompatible con la opresión y la injusticia.
 
El responsorial es el salmo 66 (Sal 66,2-3.5.6.8) Salmo -de tres estrofas con estribillo intercalado- parece un comentario poético a la bendición sacerdotal de Núm 6,24-27: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia; que vuelva a ti su rostro y te dé la paz» [es la bendición de Aarón).
Es una acción de gracias por la cosecha que ha sido abundante y, al mismo tiempo, una plegaria pidiendo a Dios que continúe mostrando su bondad por medio de nuevos beneficios: La tierra ha dado su fruto, que el Señor nos bendiga. Además, este salmo -cosa no frecuente- tiene una fuerte resonancia universal. El salmista, tanto cuando se refiere a la alabanza divina como a los beneficios de Dios, no piensa únicamente en su pueblo, sino también en las otras naciones: Que todos los pueblos te alaben, que todos los pueblos conozcan tu salvación.
El salmista inicia su poema comentando la bendición sacerdotal de Núm. 6,24-27, dando una proyección universalista. La benevolencia divina se manifiesta en el resplandor de la faz de Yahvé sobre los suyos; se dice de Dios que «aparta su faz» cuando priva a alguno de su protección; y, al contrario, cuando dispensa a alguno su ayuda y protección se dice que su faz brilla sobre él. El salmista aquí considera al pueblo elegido como vehículo para dar a conocer los caminos o modos de proceder de Dios para con los pueblos. La protección dispensada a Israel será como una lámpara que atraerá la atención de todas las gentes hacia Dios. La glorificación del pueblo elegido será una prueba de que Dios protege a los que le son fieles, y en ese sentido es un reclamo para dar a conocer sus caminos.
(vv. 2-3). Se pide la bendición. Iluminar o hacer brillar el rostro es mostrarse afable, benévolo. El rostro como expresión auténtica de la persona.
El camino es la conducta de Dios, su modo regular de obrar; es, sencillamente, la salvación. Este camino se hace patente en la bendición para todos los que quieren mirar y aceptar.
 (vv. 5-6). La segunda estrofa amplifica el tema del himno, insistiendo en el horizonte universal del gobierno divino y de la alabanza humana. Todas las gentes deben sentirse felices y exultantes, porque es el propio Dios quien lleva las riendas del gobierno en el mundo, y, en consecuencia, sus decisiones tienen que llevar el sello de la equidad y de la justicia. Ello debe dar seguridad a sus fieles que se conforman a las exigencias de su Ley. Esto que se manifiesta en la historia de Israel, debe ser reconocido por todas las naciones, vinculadas al pueblo elegido en virtud de la bendición de Dios a Abraham sobre todas las gentes (Gn 12,2). Por eso se invita a todos los pueblos a unirse en alabanza del Dios omnipotente y justo, que gobierna el mundo conforme a sus designios salvadores. Así, la reacción de las naciones, dispuestas a celebrar la guía del Dios universal y su gobierno justo, ocupa el centro de la segunda parte del Salmo (vv. 5-6).
 (vv. 7-8). La benevolencia divina se ha manifestado concretamente en la abundancia de los frutos de la tierra. El salmista, agradecido por los beneficios recibidos, vuelve a implorar la bendición divina para su pueblo. Todos los habitantes de la tierra, desde sus más remotos confines, deben reconocer reverencialmente este poder superior de Dios, que gobierna el mundo con equidad (v. 8). 
 
La segunda lectura de la carta a los gálatas  (Ga 4,4-7) es, históricamente, el primero que hace mención de María y se encuentra en su carta a los Gálatas escrita, probablemente, en Éfeso en el año 54, durante el tercer viaje de su misión apostólica. Pablo dirige esta carta a una región, a un conjunto de iglesias, ubicadas en Galacia, lo que es hoy Turquía, fundado por el un grupo étnico llamado los Celtas, los Galos, quienes tenían fama de ser volubles y cambiantes, en específico a las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, y Derbe, mismas que fundó en su primer viaje misionero.
Falsos maestros judaizantes estaban pervirtiendo el Evangelio de la gracia, engañando a unos Gálatas volubles e inestables, poniendo no peligro no solo la fe de los Gálatas, sino que el corazón mismo del Evangelio es “la justificación por la fe”, “la salvación por fe, y no por obras”. Y estos judaizantes estaban enseñando que para ser salvo, la fe en Cristo no era suficiente, sino que además necesitabas cumplir la ley.
Los Gálatas estaban cayendo en el error del legalismo, de la religiosidad, del ritualismo, estaban comprando la idea que regresar a la ley era señal de madurez, de espiritualidad superior, creí por fe, Dios me encontró cuando yo no le buscaba, pero, ahora, ya he crecido, he madurado, de tal manera que ya puedo por mí mismo a través de rituales y la ley sostenerme delante de Dios, le puedo demostrar a Dios que ya no me tiene que ayudar tanto porque ahora ya crecí y me las puedo arreglar solo, pretendiendo justificarse delante de Dios cumpliendo la ley
San Pablo intenta mostrarles cómo es todo lo contrario, regresar a la ley no es avanzar, sino retroceder, abandonar la gracia y regresar una vez más a la ley o al legalismo, a las obras, no es ganar mayor espiritualidad, sino regresar a la esclavitud de las obras, al vernos incapaces de alcanzar el estándar de perfección que Dios demanda.
San Pablo está respondiendo a la pregunta, ¿qué es lo que salva a una persona? ¿Cómo una persona puede estar en una relación correcta con Dios? A la cual Pablo tiene una sola respuesta: Es por fe. El único camino a la salvación que ofrece la Biblia, la Palabra de Dios, es la fe.
Nos recuerda cómo venimos a Cristo por su pura gracia, Cristo nos salvó no por nuestras obras, no cuando lo estábamos buscando, sino, que fue por su pura misericordia que nos alcanzó, a nosotros solo nos tocó oír con fe, creer en su testimonio.
 San Pablo explica como hay una promesa y un pacto con Abraham, y un pacto con Moisés, cómo son dos pactos diferentes, con diferentes términos y características, los cuales no se contraponen, sino que más bien se complementan. Como las promesas de Dios a Abraham son irrevocables e incondicionales, y fueron cumplidas en Cristo.
La ley de Moisés que vino siglos después de la ley, no fue traída para reemplazar la promesa a Abraham, sino con funciones específicas y con una duración temporal, hasta que llegara Cristo, su función era revelar el pecado y mostrarnos la necesidad de un salvador, fue cuidarnos hasta que llegar la promesa, la cual era Cristo, y una vez llegado Cristo,  nosotros llegar a Cristo, la ley no sería necesaria.
Fijémonos en las referencias que se hacen a María en el texto.  María no es nombrada por su nombre propio, pero la mujer en cuestión, no puede ser otra que ella. San Pablo hace de esta mujer la garantía más cierta y más segura sobre la humanidad del Señor. María aquí es insoslayable en cuanto a la encarnación del Hijo. Esta encarnación es la que, precisamente, nos trae la salvación, y que, de hecho, nos eleva a la dignidad de hijos. El gran valor de este texto es que se escribió en estilo y forma “paralelística”. El paralelismo es un procedimiento literario que toma la forma de U y mantiene dos partes simétricas en ambas ramas que, recíprocamente, se aclaran. Lo más simple es reproducir Gálatas 4, 4-7 en la forma paralelística. Se ve claramente que las diversas partes de cada rama están entrelazadas entre sí y así lo confirma el texto: cuando nace Jesús de una mujer, es cuando nosotros nacemos como hijos de Dios. El vínculo es el de causa, el nacimiento de Jesús, a efecto, nuestro nacimiento como hijos de Dios. Cuando María es escogida para ser Madre de Dios, también nosotros somos escogidos entonces para ser hijos de Dios y poseer el mismo Espíritu de Jesús y como Él, ser capaces de poder llamar a Dios: “¡Abba, Padre!”.
También este paralelismo tiene dos partes: la primera es descendente y comprende a todos cuantos intervienen en la salvación: Dios, el Padre, el Hijo, y la mujer que lo recibe. La segunda parte, o rama, es ascendente y la forman los salvados que estaban todos bajo la ley y que reciben el Espíritu Santo: Nosotros “para que se nos conceda la adopción filial”. Vosotros: “prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha puesto en vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “Abba Padre”. A ti: “ya no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de Dios”. Toda esta gran hazaña de la salvación ha sido posible porque el Hijo, en la plenitud de los tiempos, nació de una mujer y esta mujer es María. Los lazos con que Jesús nos salva, son tan fuertes, que con razón, podemos proclamar que formamos con Él una sola familia: “tenemos un mismo Padre, estamos habitados por el mismo Espíritu que el Hijo; somos llamados hijos y tenemos a Jesús por hermano y a María por madre”.
Y prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «Abba! ¡Padre!»”. La adopción filial constituye el motivo por el que Dios nos comunicó el Espíritu de su Hijo. El final de los tiempos no sólo trajo consigo la misión del Hijo al mundo; a aquellos que son hijos de Dios por la fe les trajo también el bien prometido: han recibido el don escatológico del Espíritu.
Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones. No sólo, pues, hemos sido colocados en la situación privilegiada de hijos de Dios, sino que en lo más íntimo de nuestro ser, en nuestro corazón, estamos poseídos por el Espíritu de Jesucristo. Y su Espíritu es «Espíritu de filiación» (Rom 8,14ss); él es quien nos da la actitud que conviene al hijo frente al padre: la obediencia llena de fe. Este Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad (Rom 8,26). Transforma nuestro interior, da al hombre un corazón nuevo y un nuevo espíritu.
“Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.
El clamor del Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones hace patente que ya no somos esclavos, sino hijos, pues el Espíritu testifica «que somos hijos de Dios» (Rom 8,16). Pablo usa la segunda persona del singular para que todos, individualmente, caigamos en la cuenta. En la filiación de cada individuo ha alcanzado la misión de Dios su objetivo último. Gracias a la misión de Cristo todos estamos capacitados fundamentalmente para pasar a ocupar el lugar de hijos de Dios (4,4s). Por la infusión del Espíritu de Cristo en los corazones de los fieles, los «bautizados en Cristo», los verdaderos hijos de Dios (cf. 3,26-28), cada individuo en concreto llega a adquirir conciencia de su filiación divina. Ahora su tarea consiste en vivir lo que es, en mostrarse, a lo largo de su vida, como hijo de Dios: «los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14). El niño se abandona con fe a la guía del padre, le mira con espíritu de filiación, no con miedo servil. Quien es hijo es también heredero. Quien por Cristo y por su Espíritu ha llegado a ser hijo de Dios es también heredero de la promesa. Ya no es esclavo, sino hijo que tiene derecho a la herencia. Ya no es un menor de edad sometido a un tutor, porque el tiempo se ha cumplido y la herencia está en su mano.
Es sólo Dios, su inclinación graciosa, quien nos da la herencia, no el obrar humano realizado como prestación. «En Cristo» tenemos asegurada la herencia. «Siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados» (Rm 8,17). Al final de los tiempos, Dios revelará la gloria de su Hijo ante todo el mundo.
 
El evangelio de San Lucas (Lc 2,16-21) hoy se nos propone la continuación del relato del nacimiento de Jesús, que se leyó la noche de Navidad, que se compone de tres partes (1ª vv.1-6; 2ª vv. 7-14; 3ª vv. 15-21). Nos permitimos señalar que esta tercera parte del relato de Lucas tiene un cierto sentido por sí mismo, en cuanto muestra la respuesta humana al momento anterior que es todo él mítico, revelador, divino, angelical y extraordinario. Los pastores ¿qué harán? ¿buscarán al Salvador? ¿dónde? ¿es suficiente el signo que se les ha dado? ¡Desde luego que si!, lo buscarán y lo encontrarán. Pero lo buscarán y lo encontrarán con el instinto de los sencillos, de los que no se obsesionan con grandezas; diríamos que lo encontrarán, más bien, por instinto profético. El narrador no deja lugar a dudas, porque quiere precisamente mostrar la respuesta humana al anuncio celeste. Los pastores se dicen entre ellos algo muy importante: «lo que nos ha revelado el Señor”. Y se van derechos a Belén ¿a Belén? ¿era esa acaso la ciudad de David? Sí; lo fue, pero ya no lo era de hecho, porque Jerusalén había ganado la partida. Pero como por medio está el anuncio del Señor, recuperan el sentido genuino de las cosas. Y van a Belén, de donde procedía David, para “ver” al Mesías verdadero. Es verdad, todo es demasiado ajustado al proyecto teológico de Lucas, que quiere poner de manifiesto el designio salvador de Dios.
El texto nos habla de la vida de María y su fe -su adhesión al plan de Dios encarnado en Jesús- se acercan más a la de los cristianos de a pie que se debaten entre dudas y preguntas, entre incertidumbres y contradicciones.
En los dos primeros capítulos de su Evangelio, Lucas lo pone de relieve: Los pastores , acogiendo en su corazón la palabra del ángel, «fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño.
Todos los que lo oyeron se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándola en su interior» (Lc 2,l6ss). No basta oír, hay que meditar. Las decisiones personales salen de dentro del corazón. Además, cuando el corazón deja de escucharse siempre a sí mismo y sale de sí mismo, se da cuenta de cuántos problemas hay a su alrededor y halla fuerzas para encontrarse con la novedad del amor de Dios manifestado en Jesús que se nos entrega, portador de la vida y de la paz.
La noticia de un Mesías, niño, acostado en el pesebre, coge de sorpresa a todos. Aquello no entraba en el programa de la teología de entonces. ¡El Mesías, el Salvador, el heredero del trono de David su padre, acostado en un pesebre! ¡El hijo del Altísimo sumergido en la debilidad humana: un tierno niño, compartiendo ya desde el principio la condición de los humil­des y pobres de la tierra!.
Al imponerle al Niño el Nombre, en la circuncisión, José ejerció el derecho y el deber del padre. "Tú le pondrás por nombre Jesús" (Mt 1,22). Así se lo había mandado el ángel. En el lenguaje de la Biblia dar el nombre significa tomar posesión de lo que se nombra: "Dios llama por su nombre a las estrellas; Jesús llama a Simón, hijo de Juan, "Cefas". José así, se hace responsable del Niño, Jesús, en su misión mesiánica de Salvador. "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción" Lucas 2,21.
Jesús significa Dios que salva de todo mal. A todos los hombres, de todos los males, que en el fondo, son privación de la plenitud de la vida verdadera, corporal, espiritual, psicológica, moral. Nos libra del error y la ignorancia, nos fortalece en las tristezas, nos conforta en el dolor. Y nos sigue librando hoy y ahora, en la Eucaristía, donde "tiene piedad y nos bendice, e ilumina su rostro sobre nosotros" (Salmo 66).
 
 
Para nuestra vida.
 
Hoy es un día de bendiciones: comienzo del año civil en la mayor parte de los países del mundo, el penúltimo año de este segundo milenio, desde que la humanidad cuenta el tiempo a partir del nacimiento de Jesús. Comenzamos bendiciéndonos, invocando sobre el mundo y sobre nosotros mismos la misericordia de Dios encarnada en Jesús, el hijo de María cuya maternidad divina hoy celebramos; invocando al "príncipe de Paz" (Is 9, 5).
 
La primera lectura es el pasaje conocido como la "bendición araonítica", contenida en el libro de los Números en medio de prescripciones rituales para los sacerdotes del AT. Así debía ser bendecido el pueblo por sus sacerdotes, invocando sobre él la presencia protectora, luminosa, favorable y pacificadora de Dios. No es un simple deseo de buena voluntad; es la confianza en el poder de la Palabra de Dios confiada a sus intermediarios, los sacerdotes, servidores del pueblo.
El texto que se ha escogido del libro de los Números, está orientado, hoy especialmente, por  la bendición que se pide a Dios. Esa bendición es la paz. En las lenguas semitas, con la raíz shlm —de donde deriva shalom-paz— se indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo. Con la palabra paz se indica “lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado”. La paz, así entendida, designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano. En los textos, sin embargo, no aparece siempre con este significado tan denso. De ahí viene la palabra griega eirênê. Desde luego, desde el punto de vista bíblico, la paz, e incluso la “pax” como término latino, no es solamente el orden establecido. Es un don mesiánico, implica necesariamente ausencia de guerra. Pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad.
 
El salmo responsorial prolonga el tema de la bendición de la primera lectura con un acento universalista que cae muy bien en este día, primero del año, en el que percibimos fuertemente la fraternidad universal, sobre todo si pensamos en la Jornada Mundial por la Paz que la Iglesia viene celebrando cada 1º de Enero desde hace varios años. ¿Qué mejor bendición para la humanidad, para todos los pueblos, para cada uno de nosotros, que la instauración de un orden mundial justo y pacífico?
 
 “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer”
En estas palabras evoca Pablo, de manera concentrada como es usual en sus escritos, no solamente la madurez a que ha llegado la historia de la humanidad, hasta el punto de hacerse Dios presente en ella a través de su Hijo, sino la plena humanidad de Jesús, hijo de María -una mujer-, cuya maternidad divina hoy celebramos, y sometido a la ley de su pueblo para liberarnos del yugo de toda ley inhumana. La plenitud de los tiempos no es un momento de madurez de la humanidad. La plenitud es obra de Dios.
Después del Concilio de Éfeso (431) santa María es invocada con el título de Madre de Dios tanto en Oriente como en Occidente. La liturgia romana le dedicó la fiesta más antigua de María en la octava de Navidad. La historia olvidó esta fiesta y Pablo VI la recuperó "para recordar el papel que María tuvo en este misterio de salvación y alabar la dignidad singular de que goza 'aquella por cuya maternidad virginal ... hemos recibido ... a Jesucristo, el autor de la vida' (colecta)" (Marialis Cultus, 1974). María siempre presente a lo largo de todo el Adviento y las fiestas de Navidad. La celebramos hoy en el núcleo central de su misterio: Madre de Dios (Theotokos), cf. Lumen Gentium 53. La Iglesia siempre ha visto una unidad llena de delicadeza entre la maternidad divina de María y su santidad única (Verbum Dei corde et corpore suscepit).
 La imagen de la Virgen María sosteniendo a su Hijo Jesús en sus brazos, repetida de tantas formas en nuestra tradición iconográfica y en la de los pueblos cristianos, expresa ya todo el misterio que celebramos hoy. María concibió a Jesús y le amó como nadie le ha amado. Ese amor no consistió en un simple sentimiento sino que la hizo generosa, activa y fiel al servicio de Jesús y siempre a su lado incluso en los momentos más difíciles. Y a la vez, su amor fue Don del Espíritu que la hizo santa e inmaculada. La comunión íntima de María con Jesús tiene un momento último: ella nos lo ofrece a todos nosotros, y así es como se manifiesta Madre de la Iglesia.
La Palabra, nacida en Israel, ha llegado a su plenitud en Jesús, y ha roto todos los moldes. Se ha anunciado al mundo entero, a judíos y gentiles, libres y esclavos, y nos ha mostrado quiénes somos: no simples cumplidores de la Ley, sino hijos y herederos.
Pablo mira desde atrás, con la vista puesta en el único autor del futuro del hombre: Dios. “Sólo con ojos de redimido puede llamar plenitud de los tiempos” al momento de la Encarnación. El proyecto de Dios tiene un objetivo primordial: la liberación del hombre. Dios, fiel a sí mismo, hace al hombre libre. La primera es su Madre Santísima, primera entre los salvados y única en la obra de Dios.
Es la síntesis y la esencia del mensaje de la Navidad.
En el texto San Pablo  nos recuerda como la promesa de Dios fue dada para darnos libertad plena a diferencia de la ley, la cual nos encierra, nos cuida con un látigo, nos esclaviza, nos cierra la puerta, dejándonos fuera, no así la fe, la cual nos hace a todos Hijos de Dios por igual, nos reviste de Cristo, dándonos libertad plena de la condenación de la ley, librándonos del elitismo y dándonos el mismo nivel de acceso a Dios, a su gracia y bendición a convirtiéndonos por la fe en hijos legítimos de Abraham.
  En el texto vemos este problema desde una perspectiva diferente, ahora Pablo enfoca el tema en aquel que vive su cristianismo de acuerdo a la promesa y aquel que lo vive de acuerdo a la ley, y cómo esto afecta directamente a su relación con Dios, cómo aquel que vive bajo la ley y aquel que vive bajo la gracia, tiene o la relación de de un esclavo o la de un hijo respectivamente, cómo los que pretenden relacionarse con Dios a través de reglas y legalismo están en una situación aún peor que la de un esclavo.
La libertad de los cristianos no tiene un fundamento simplemente jurídico; se afianza en el hecho de que somos hijos y, por lo tanto, herederos, porque así lo ha querido Dios. Y éstas, nuestra filiación divina y nuestra libertad de hijos y herederos, se fundan en el haber enviado Dios a su hijo Jesucristo "cuando se cumplió el tiempo... nacido de una mujer, nacido bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley".
Cuando Pablo recuerda esta nueva forma de existir, hace al mismo tiempo una llamada apremiante a todos los lectores para que pongan en práctica, en obediencia de fe, esta actitud filial.
El Espíritu clama al Padre: Abba!, ¡Padre! Se ha apoderado de nosotros con tanta fuerza que ya no es nuestro yo quien ora al Padre, sino el Espíritu del Hijo de Dios. Más tarde, Pablo dirá que nosotros clamamos «en» ese Espíritu: «Abba!, ¡Padre!» Es la fuerza creadora divina la que nos hace capaces de orar filialmente. Pablo no renuncia a la forma aramea del nombre de padre, tal como la usó Jesús dirigiéndose a su Padre (Mc 14,36). Es una fórmula íntima que corresponde más o menos a nuestro «papá». Así se dirigían los hijos a sus padres. Ningún judío se hubiera atrevido a dirigirse así a Dios. Sólo Cristo, como Hijo de Dios, pudo atreverse a dirigirse a Dios sin rodeos, como padre. Al hacerlo, no olvida que Dios es nuestro padre en los cielos (Mt 6,9). ¡Gran misterio de salvación, celebrado en esta Navidad!.
 
El primer Evangelio del año evoca la figura de los pastores que van a adorar a Jesús recién nacido. No son las figuras simpáticas y acarameladas de nuestros pesebres y avisos publicitarios. Son hombres rudos, con fama de ladrones, de sucios. Considerados "impuros" entre los judíos del tiempo de Jesús, y peligrosos entre los demás habitantes del imperio romano. A ellos, en representación de todos los excluidos de la tierra, les fué comunicada la buena noticia del nacimiento de Jesús, "un salvador, el mesías, el Señor", como leímos en días pasados. Ahora escuchamos que ellos van corriendo a contemplarlo, que cuentan la revelación de que fueron testigos, que se vuelven a su lugar glorificando y alabando a Dios.
El texto concluye con tres afirmaciones importantes:
1) Cuando nace el Hijo de Dios, hablan los ángeles, los pastores, los reyes venidos de Oriente. Hablarán Simeón y Ana en el templo. Sólo María calla, absorta en el misterio. Sólo la Madre guarda silencioMaría -comenta Lucas- conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior.» Difícil de digerir la escena; por eso María tendría necesidad de meditar en su interior estos acontecimientos, que rompían los esquemas que se ha­bían trazado sobre el mesías venidero.
Sólo María calla. Dios habló a Abraham y a Moisés y envió a los Profetas para que hablaran a nuestros padres. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo (Hb 1,1).
2) Que el niño fue circuncidado al octavo día de su nacimiento, es decir, que se cumplió en él lo que prescribía la ley judía, para que algún día nosotros pudiéramos liberarnos de ritualismos inútiles. Él se sometió a la Ley "para rescatar a los que estaban bajo la Ley", como dice San Pablo en la segunda lectura.
3) Que le pusieron, ese mismo día de su circuncisión, como acostumbraban los judíos, el nombre de Jesús, que el ángel había anunciado que llevaría. Un nombre que significa nada menos que: "Dios es salvador"; todo un programa de vida para el niño, y para nosotros sus discípulas y discípulos en este año que hoy comenzamos.
Digamos, finalmente, una palabra sobre la jornada mundial por la paz que hoy celebra la Iglesia. La paz es, por una parte, un don de Dios, de su Espíritu. Por eso hay que pedirla fervientemente en la oración: paz entre las grandes religiones de la tierra, entre las razas y las naciones, entre los hombres y las mujeres de todo el mundo, de todas las edades y de todas las lenguas. Paz entre los iglesias cristianas, para que lleguen a conformar algún día la gran Iglesia, la única Iglesia de Jesucristo, para que todos crean. Paz como fruto de la justicia, pues mientras permanezcan las desigualdades abismales entre los pocos ricos del mundo y los millones y millones de pobres, es muy difícil que haya paz. La paz es, por tanto, tarea nuestra: se funda en la justicia de nuestras relaciones, en el respeto por cada uno de los seres humanos, en la defensa de su dignidad y en la plena realización de sus derechos.
Un programa político, cultural, social, religioso, familiar.
"Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios!" dijo Jesús, nuestro Señor.
¿No es un programa para nosotros este año, seguir el ejemplo de los pastores? ¿No somos, como ellos, indignos de haber sido llamados a la fe en Jesús, pero agraciados porque Dios no ha tenido en cuenta nuestra indignidad?
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

Comentarios a las lecturas en la Solemnidad de la Sagrada Familia. 30 diciembre de 2016-

Comentarios a las lecturas en la Solemnidad de la Sagrada Familia. 30 diciembre de 2016
En medio de una fuerte crisis en torno a la integridad de la familia, Dios Amor nos brinda nuevamente el modelo pleno de amor familiar al presentarnos a Jesús, María y José.
La Sagrada Familia nos habla de todo aquello que cada familia anhela auténtica y profundamente, puesto que desde la intensa comunión hay una total entrega amorosa por parte de cada miembro de la familia santa elevando cada acto generoso hacia Dios, como el aroma del incienso, para darle gloria.
Por ello, a la luz de la Sagrada Escritura, veamos algunos rasgos importantes de San José, Santa María y el Niño Jesús.
 
La primera lectura  es del libro del eclesiástico  (Eclo 3,2-6.12-14, también llamado libro de Ben Sirá o "Sirácida".
El sabio que escribe este libro unos doscientos años antes de Cristo se dirige sobre todo a los jóvenes para instruirlos en los diversos aspectos de la vida. El sabio autor del Eclesiástico, no manda. Se limita a desbrozar y mostrar con su palabra los caminos del comportamiento humano que considera acorde con la sabiduría.
La palabra clave de este fragmento es "honrar": detrás de este concepto hay una idea de respeto y veneración con palabras y obras.
En primer lugar habla de las consecuencias de honrar al padre y a la madre, y va más allá de lo que prometía el texto del libro del Éxodo (20, 12). El texto de hoy glosa el mandamiento del Éxodo: «Honra a tu padre y a tu madre; así prolongarás tu vida en la tierra que Yahvé, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12). La sabiduría habla de la vida y para la vida. Y lo hace con la palabra que nace del esfuerzo del hombre -o de ciertos hombres-, tratando de llenar como puede el vacío que representa la imposibilidad de conocer la verdadera palabra, aquella de la cual brota la vida y todas las cosas. Es decir, para el sabio existe una sabiduría oculta, no descubierta ni intuida nunca por nadie, la del único sabio de verdad, de quien viene todo: del Señor.
Afirma que hay un orden, no establecido por los hombres, que regula las relaciones de los hijos para con los padres sobre la base del respeto, la honra y la obediencia. Se trata, concretamente, de un orden que implica incluso aceptar la vergüenza procedente de la posible deshonra de los padres, que lleva a acogerlos cuando son ancianos, sin hacerles sufrir nunca; que exige tratarlos con comprensión en caso de que pierdan la razón. El hijo sabio trata de cumplir con sus padres este orden que descubre como recto y justo.
El hijo que honra al padre y a la madre tendría larga vida. El Eclesiástico afirma que, además, el que honra al padre expía sus pecados.
Esta misma "recompensa" del perdón de los pecados se apunta como consecuencia de tratar bien al padre cuando ya es anciano y le fallan las fuerzas y chochea.
No es difícil comprender este texto, a pesar de que hoy, con la exaltación estúpida de la juventud, es fácil olvidar este consejo de un sabio que no tenía nada de estúpido.
La observancia de este orden por parte de los hijos lleva anejas promesas de bendiciones y bienestar: el perdón de los pecados, la alegría de los hijos, ser escuchado por Dios, vida larga, firmeza del hogar y prosperidad. Sin embargo, es evidente que el sabio no puede garantizar que estas promesas se cumplirán en todos los que hagan lo que él enseña. Por tanto, si formula esas promesas no es porque tenga seguridad de que se cumplirán, ya que nadie puede asegurar, por ejemplo, una larga vida a nadie. La certeza del sabio es de otro tipo. Al recoger las promesas de bendiciones no hace sino mostrar su seguridad de que el camino que enseña es bueno: quien lo siga no sufrirá ningún mal, sino todo lo contrario. Para el sabio, los caminos de Dios, los que él señala al hombre, son los que la sabiduría muestra como buenos. Todo lo que el sabio ve como bueno y justo viene de Dios.
 
El responsorial es el almo  127 ( Sal 127,1-2.3.4-5) Este salmo forma parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..."
En este salmo se describe un cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal...
En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Pensamos a veces que esta clase de dichas son materiales y vulgares. Fuimos formados quizá en un espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad?
No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud.
Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!"
 
La segunda lectura  de la carta a los colosenses  (Col 3,12-21), es un típico texto de exhortación ética de la tradición paulina. En realidad sigue hasta 4,1, pero dirigido a relaciones entre esclavos y amos de menor aplicación hoy y que tiene dificultades de otro tipo.
Después de haber recordado que, por el bautismo, nos hemos despojado del "hombre viejo", Pablo explica a los cristianos de Colosas en qué consiste el "vestido" propio del "hombre nuevo": en unos sentimientos que, de hecho, son los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Hay recomendaciones generales (v. 12-17) y particulares (v. 18-21). Gran parte del texto es igual al de los catálogos de virtudes de la filosofía popular estoica o del judaísmo rabínico. El contenido es de ética general o de sentido común, vertido en moldes culturales del tiempo.
Es importante subrayar la gradación que hace el apóstol, alejada de un espiritualismo desencarnado. Lo primero que pide es que se "sobrelleven" mutuamente: a menudo es un paso imprescindible para poder dar los siguientes. Después viene el perdón, como consecuencia del conocimiento de uno mismo y del ejemplo de Jesucristo: si él nos ha perdonado, también nosotros debemos hacerlo. Y, finalmente, el amor, que es el "ceñidor" de la vestidura nueva de los bautizados y lo que mantiene unidos a todos los miembros del cuerpo.
Pero aún queda una cosa por decir, un pequeño añadido que es consecuencia de saberse amado infinitamente y, a la vez, la posibilidad para la solidaridad y la paz. El agradecimiento es una característica básica del cristiano, que es repetida con insistencia en el párrafo siguiente.
Vienen tres aspectos que deben estar presentes en la vida del hombre nuevo: la "palabra de Cristo", la "enseñanza", la "corrección" y la plegaria gozosa y agradecida. Seguramente encontramos aquí una alusión a la liturgia comunitaria, de la que podemos destacar la participación de todos los miembros de la comunidad, incluso en la instrucción y la amonestación.
Finalmente Pablo habla de las relaciones entre los miembros de la familia considerados débiles (mujeres e hijos) y los tenidos por fuertes (maridos y padres). El apóstol cristianiza preceptos de la moral corriente, añadiendo la fórmula "en el nombre del Señor Jesús".
Así el v. 18 refleja la condición femenina y del matrimonio en aquella época. Esto es preciso tenerlo presente para no tomar como palabras de Dios lo que no es sino la forma cultural en que se transmite un contenido de revelación. Lo ético, cuando pasa a lo concreto, está más sujeto a estos condicionamientos culturales que otras partes del mensaje neotestamentario, porque aplica los principios generales a circunstancias históricas definidas. Cuando estas circunstancias cambian por evolución humana, los principios permanecen, pero sus aplicaciones han de adaptarse a las nuevas situaciones, precisamente para ser fieles a la Palabra.
En cuanto a la familia, esta perspectiva es esencial, dado que ha cambiado enormemente respecto a los tiempos primitivos del cristianismo y continuará evolucionando sin duda alguna.
 
Evangelio de San Mateo ( Mt 2, 13-15.19.23)-  nos presenta un momento concreto de la vida de la sagrada familia: el de su huida a Egipto para evitar la persecución desatada por Herodes. En los relatos de la infancia de Mateo, el peso de la acción lo lleva José, movido siempre según la voluntad de Dios, expresada a través del sueño y del ángel. José buscó para los suyos, siguiendo las inspiraciones divinas, un lugar tranquilo y seguro, en donde pudieran vivir honestamente, dedicados a sus humildes oficios, en la paz doméstica.
Este texto del Evangelio de San Mateo nos muestra las experiencias, las vicisitudes y drama por las que tiene que pasar la Sagrada Familia. El texto nos recuerda lo que siguió al Nacimiento de Jesús: la despedida de los Magos, la persecución al Niño Jesús por parte de Herodes, el sueño de José y la huída a Egipto, país en el que la Sagrada Familia encuentra un refugio de emergencia como lo fue muchas veces a su mismo pueblo a través de la historia de la salvación.
Es evidente el contrate entre los paganos que han venido a homenajear al niño Jesús como rey y el rey de los judíos, Herodes, que quiere eliminar a Jesús. Seguramente hallamos ya al inicio de la vida de Jesús aquella realidad que expresará la parábola de los viñadores homicidas.
Todo el fragmento remite a las vicisitudes del pueblo de Israel, desde la bajada a Egipto huyendo del hambre hasta el retorno a la tierra prometida.
Ya desde el s. VI a. de C. existía en Egipto una comunidad judía en continuo crecimiento. Egipto no era para los judíos únicamente el país de la antigua esclavitud, sino también un lugar de refugio en tiempos de persecución ( cf. Dt 23. 8; Jr 26. 21). Por otra parte, la narración de San Mateo se ajusta muy bien al talante y al comportamiento cruel de Herodes, de quien se dice haber asesinado a tres hijos suyos. Además, conocemos una antigua acusación del siglo primero en la que se dice que Jesús aprendió la magia en Egipto. En fin, no parece históricamente imposible lo que aquí narra San Mateo.
 Oseas pone en boca de Yahvé estas palabras: "Cuando Israel era un niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (Os 11. 1). Se trata de la salida de Egipto, del éxodo de Israel en el comienzo de su historia. Pues bien, S. Mateo lo interpreta refiriéndolo a Jesús, que es el verdadero Hijo de Dios. Y hace notar que así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta. Muerto Herodes el Grande, le sucedió en el trono su hijo Arquelao como soberano de Judea, Samaria e Idumea. Su crueldad pronto fue mayor que la de su propio padre. Se explica que S. José, para escapar de la autoridad de Arquelao, no regresara a Belén de Judá, sino a Nazaret de Galilea. Arquelao, uno de los hijos de Herodes, reinó en Judea desde el año 4 aC hasta el 6 dC.
Y de nuevo S. Mateo ve en este hecho la confirmación de otra profecía. Probablemente se refiere ahora al pasaje de Isaías en donde se habla del "vástago" (en hebreo "neser", palabra fonéticamente emparentada con Naserath=Nazaret) del tronco de Jesé (Is 11. 1). No hallamos en ningún profeta del Antiguo Testamento la expresión "se llamará Nazareno". Algunos proponen como solución el hecho de que la palabra hebrea que traducimos por "renuevo" en el texto de Isaías 11, 1: "brotará un renuevo del tronco de Jesé" se asemeja a la palabra "nazareno". Sea como fuere, el calificativo "nazareno" para designar a Jesús debe ser muy antiguo, y hace pensar en la manera sorprendente como actúa Dios. Recordemos las palabras de Natanael en el evangelio de Juan: "¿De Nazaret puede salir nada bueno?"
Al establecerse en Nazaret se cumple, así lo anota el evangelista, otra profecía: "sería llamado nazareno".
Efectivamente, así fue llamado Jesús y así fueron llamados también los cristianos (He 24, 5). Pero el Antiguo Testamento no contiene ninguna profecía en este sentido. Lo más probable es que Mateo identifica la palabra "nossri", nazareno, con "nesser", que significa el brote o vástago de una planta. Según esto, la Escritura cumplida sería la de Isaías (Is 11, 1: un renuevo.. un vástago sale del tronco de la de Isaí). También del siervo de Yahveh se dice "como un retoño creció ante nosotros... " (Is 53, 2). Esta referencia a la Escritura sería un argumento más a favor de la medianidad de Jesús.
Llama la atención la frase, "para que se cumpliese la Escritura", repetida tantas veces en este capítulo segundo. En otras ocasiones, en lugar de citar expresamente la Escritura, se alude a la mentalidad y esperanzas de la época. Al hacerlo así, Mateo pretende afirmar que, en Jesús, se cumplen todas las esperanzas: él es el nuevo Moisés, el libertador, fundador del nuevo pueblo de Dios, el Mesías oculto y perseguido, y, a través de él, se cumplen las promesas de Dios y las esperanzas de los hombres.
En realidad lo que parece interesarle al autor no es tanto la anécdota histórica o la leyenda cuanto la afirmación fundamental de que en Cristo se han cumplido todas las promesas y a pesar de todas las asechanzas. Mateo, más allá de los acontecimientos, desea mostrar a Jesús como un nuevo Moisés que experimenta lo mismo que el gran legislador: que lo persiguen y que debe huir para luego regresar a Israel cumpliendo las Escrituras en que las que Dios llama a su Hijo desde Egipto, experimentando así la protección del Padre del Cielo a través de su padre según la Ley, José, cuya obediencia y confianza permiten el cumplimiento del designio divino de salvación. Jesús es para S. Mateo el libertador del pueblo igual que Moisés y mayor que él. Jesús es el Siervo de Yahvé anunciado por Isaías, el Siervo marcado por la persecución y el sufrimiento desde el comienzo de su vida. Jesús es el "vástago del tronco de Jesé", nacido en Belén de Judá lo mismo que David. Jesús viene a restaurar de un modo inesperado el trono de David su padre. La descendencia de David vive oculta y perseguida por el tirano Herodes, que ha usurpado el trono y que se empeña en retenerlo luchando vanamente contra los designios de Dios. Pero Dios está con Jesús y lo protege, Dios mismo hará que se cumplan todas sus promesas no obstante la resistencia de cuantos se oponen a su plan providencial.
José al recibir la orden del Ángel del Señor de regresar a su pueblo, Arquelao había heredado gobernar la parte de Judea, por eso José por cuestiones de seguridad se traslada a Galilea, a una pequeña aldea llamada Nazaret, de ahí se cumple la profecía que Jesús sería llamado Nazareno: “vástago” y también “consagrado a Dios”, identificando Mateo esta palabra con el retoño mesiánico que brotará del tronco de Jesé, que menciona el profeta Isaías.
 
Para nuestra vida.
Las enseñanzas de la primera lectura tienen que ver con la familia. Los judíos en la época de Jesús, y muchos de los pueblos primitivos, no conocían, ni conocen, las actuales dificultades y crisis por las que atraviesa en nuestra época la institución familiar. Lo normal era que la familia permaneciera unida, que los vínculos entre sus miembros fueran muy estrechos y positivos. Es cierto que entre los judíos existía el divorcio, a favor del varón, y que la mujer estaba completamente sometida a la voluntad de su padre mientras era soltera y de su esposo cuando se casaba; pero esto se vivía con naturalidad, pues no existían los criterios y movimientos de autonomía femenina que existen en nuestra época.
La recompensa para quien respete, comprenda y ayude a sus padres es tener larga vida, tener la alegría de engendrar hijos, ser escuchado por Dios en su oración y alcanzar el perdón de sus culpas. Se promete la bendición por parte del Padre, bendición que robustece y afirma el hogar y la casa del hijo.
 
El texto de la segunda lectura es una exhortación a la vida de amor en el seno de una comunidad cristiana. Si Dios nos amó y nos perdonó en Jesucristo, también nosotros debemos amarnos y perdonarnos los unos a los otros. La Iglesia es como una gran familia que vive en la presencia del padre Dios con los sentimientos tan elevados y nobles que San Pablo enumera en su carta: misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón mutuo, paz... Se nos llega a decir que somos un solo cuerpo y que Cristo es como el árbitro en nuestro corazón.
Comienza repitiendo la metáfora del vestido viejo y nuevo, que quiere expresar una transformación radical (Ef 4, 24).
"Poneros pues el vestido que conviene a los elegidos de Dios".
"Revestiros de sentimientos de tierna compasión" (Col 3, 12). La idea de revestirse de Cristo, concepto muy amado por Pablo, conlleva el adoptar sentimientos, actitudes y conductas nuevas, todas expresiones del amor fraterno. El texto diseña un verdadero programa de vida comunitaria, tanto para los grupos cristianos como para los hogares y familias. Se escalonan en secuencias de consejos: soportarse mutuamente, perdonarse unos a otros, aconsejarse, cantar y alabar a Dios, dar gracias a Dios, hacer todo en nombre de Jesús. Y dos medios infalibles: la lectura de la Palabra en comunidad y la paz de Cristo como árbitro en las relaciones humanas. Así la religión y la piedad no son para practicarlas en el templo, sino en la vida y en todas las circunstancias de nuestra existencia.
San Pablo muestra así, la unidad del amor en la familia: «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos». El amor es el único vínculo que mantiene unida a la familia más allá de todas las tensiones. Y esto una vez más no en plano de la simpatía puramente natural, sino que «todo lo que de palabra y de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús y en acción de gracias a Dios Padre». El amor recíproco de los padres aparece diferenciado: a los maridos se les recomienda auténtico amor (como el que Cristo tiene a su Iglesia, precisa la carta a los Efesios), sin despotismo ni complejo de superioridad; y a las mujeres, la docilidad correspondiente. El amor mutuo entre padres e hijos se fundamenta con una psicología insólitamente profunda: la obediencia de los hijos a los padres «le gusta al Señor». El comportamiento de los padres, por el contrario, se fundamenta con precisión: «No exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos». La autoridad paterna incontestada ha de fomentar en el hijo su propio coraje de vivir, cosa que pertenece ciertamente a la esencia de la auctoritas («fomento»).
 
El evangelio de San Mateo nos narra Mateo, nos hace ver la unión de la familia en la dura experiencia de huir de la violencia estatal. Es familia de "desplazados", a quienes la violencia y la persecución obliga a huir a un país vecino en búsqueda de paz y seguridad. José sigue ejerciendo el papel de confidente sufrido y eficaz. Le corresponde cargar con los problemas domésticos y trascendentales, y resolverlos ejecutando órdenes divinas. María es simplemente nombrada como la madre del niño. Entre líneas puede suponerse su sujeción y obediencia a José, quien toma la iniciativa.
La cita de Oseas "llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto" es un ejemplo claro: el profeta se refería a Israel; ahora el "hijo" que es llamado de Egipto es Jesús. También la expresión "ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño", es la misma que es comunicada a Moisés para que vuelva a Egipto a liberar a su pueblo.
Con todo, hay que señalar que el intento de Mateo no es sobre todo el de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, sino que más bien quiere significar el nacimiento del nuevo pueblo de Dios buscando paralelismos con el antiguo. San Mateo adapta el texto de Oseas (Os 11, 1), "cuando Israel era niño yo lo amé y de Egipto llamé a mi hijo", para hacer ver que Jesús asume en su vida la suerte de su pueblo. El profeta no se refiere al futuro Mesías, sino al pueblo de Israel y recuerda la experiencia del Éxodo. Egipto es el lugar clásico de huida y refugio (1Re 11, 17; Jr 43).
La determinación de Herodes desencadena una sucesión de hechos que van desde la huida a Egipto y el retorno a Israel hasta el asentamiento en Nazaret, dentro ya de Israel. Esta sucesión obedece a un mismo y único esquema de mandato divino y cumplimiento humano. Se trata de un esquema narrativo habitual en la Biblia, el cual no busca reproducir el modo de sucederse los hechos, como el de un dictado de los mismos se tratara, sino que reproduce el modo de estar situado y de entender los hechos. El esquema transparenta un perfecto entendimiento y una total colaboración ante el hombre y Dios.
A su vez, el autor aborda esos mismos hechos desde la perspectiva global de la historia de la salvación. La Sagrada Familia encarna al Israel liberado de la esclavitud y peregrino en busca de la libertad en la tierra prometida.
Recién nacido el niño, la familia de José, María y Jesús, ha de exiliarse por motivos políticos. El exilio a Egipto tiene, en Mateo, una finalidad simbólica: el Hijo de Dios, Hijo de Israel, ha de experimentar el Éxodo. Así el Padre podrá llamar a su Hijo de Egipto. Pero en el exilio la Sagrada Familia experimenta el rechazo, la soledad, el rompimiento de la estabilidad del hogar.
Pero, a pesar de todo, mantiene su fe en Dios, la fidelidad entre los hombres. También las angustias de la familia se han de vivir "en el Señor". Muchas familia pasan por momentos difíciles, las dificultades menudean. Las separaciones y los divorcios aumentan, a menudo, porque no se saben aguantar, soportar con fe y fidelidad, las estrecheces de la vida cotidiana. La santa Familia exiliada es un gran ejemplo para las familias, para tantas familias, que sufren.
Dios nos muestra a la familia de Nazaret como ejemplo actual de la vivencia de muchas familias y en especial la vida de los pobres y de los que sufren. Hoy en muchas familias emergen problemas y dificultades debido a la carencia de valores y de ideales, el materialismo, el hedonismo, la permisividad en los campos educativo y moral, y por la falta de auténticos guías y formadores en este campo. Pero hay familias que con sus hijos son también desplazados de su tierra, sin entender nada, hacia tierras desconocidas, ya sea por cuestiones naturales o humanas, como el hambre, la falta de lluvia, o la violencia, por eso el destino de Cristo no se puede separar de tantos desplazados que sufren necesidades lejos de su lugar de sustento. Dios permitió que su propio Hijo pasara, desde la infancia, por la condición de perseguido, de emigrante; y todo esto, para poder darle esperanza a todos sus hijos.
La Sagrada Familia tampoco era una familia sin problemas, pero la presencia de Dios le comunicó fortaleza, tranquilidad y paz interior porque Cristo es ese lazo de unión que toda familia necesita.
Viviéndolo todo "en el Señor", el cristiano mantiene la esperanza en cualquier situación. Este domingo -también día de la resurrección- tendría que animar a nuestras familias a seguir adelante en su tarea humana, iluminada siempre por su fe en el Señor. A pesar de cierto pesimismo que oprime los horizontes de la familia actual, la celebración de esta fiesta tendría que ser un aliento para continuar una tarea difícil y rodeada de sufrimientos pero fecunda y entusiasmadora.
 
Hoy día de la "Sagrada familia" se nos invita a orar por las familias y hogares "desplazados" por la violencia en todo el mundo.
¿Estamos nosotros como cristianos aportando a que nuestras familias se unan más en ese amor mutuo que nos ha enseñado Cristo y en esa confianza total que debemos tener en Nuestro Padre Celestial?
¿Cómo estamos reaccionando cuando situaciones de miseria, moral o material, se cruzan en nuestro caminar diario?
¿Nos compadecemos atendiéndolas generosa, sincera y gratuitamente o simplemente no les hacemos caso?
¿Acaso no debemos admirar la valentía, la solicitud y la prudencia con que José cumple las instrucciones del ángel, y la docilidad de María?
 ¿Acaso no es el pasaje un ejemplo de la providencia paternal de Dios sobre estos humildes esposos, a los cuales ha confiado los primeros pasos de su enviado?
También el texto nos sugiere preguntas para nuestra vida personal y familiar:
 -¿Cómo vivo la vida familiar?
-¿Tengo un desajuste entre lo que digo en la sociedad pública y lo que vivo en la familia?
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org