Mostrando entradas con la etiqueta Triduo Pascual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Triduo Pascual. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de septiembre de 2025

Comentario a las lecturas del domingo XXVI del Tiempo Ordinario 28 de septiembre de 2025.

Las lecturas de hoy destacan por el carácter social que tienen. Las tres lecturas nos ayudan a visualizar las necesidades de nuestro entorno y señalar las actitudes adecuadas en un cristiano.

La primera lectura del profecía de Amós (Am 6,1a.4-7).

Los caps. 3-6 de Amós están formados por una serie de breves oráculos contra Israel y que desarrollan la temática del oráculo de amenaza de 2,6 ss. Empiezan todos ellos con las fórmulas: "Escuchad esta palabra...", "Ay de los que...".

En Am. 6,1-7 se describe, con amplitud, la conducta de los dirigentes de Israel (vs.1-6), y acaba con un breve oráculo de condena (v.7).

Con gran ironía, Amós describe en los vv. 4-6 el lujo y goces a los que se entrega esta gente despreocupada: el "arrellanarse en divanes" no sólo es un lujo inaudito en Israel sino que también indica una actitud de apoltronamiento, de "aquí me las den todas", de vivir la vida bien sin abrir los ojos a la realidad.

Tocan el arpa, como David, pero con un fin muy diverso: divertirse; beben en copas que sólo estaban destinadas a uso cúltico. Creen servir a los intereses del pueblo , dedicándose a los placeres de la mesa; sólo viven para la fiesta.

El "pues ahora" del v. 7 introduce el oráculo de condena: la inminencia del juicio divino caerá como jarro de agua fría sobre las ilusiones alienantes de los samaritanos.

Los caps. 3-6 de Amós están formados por una serie de breves oráculos contra Israel y que desarrollan la temática del oráculo de amenaza de 2,6 ss. Empiezan todos ellos con las fórmulas: "Escuchad esta palabra...", "Ay de los que...".

En Am. 6,1-7 se describe, con amplitud, la conducta de los dirigentes de Israel (vs.1-6), y acaba con un breve oráculo de condena (v.7).

Amós describe en los vv. 4-6 el lujo y goces a los que se entrega esta gente despreocupada: el "arrellanarse en divanes" no sólo es un lujo inaudito en Israel sino que también indica una actitud de apoltronamiento, de vivir la vida bien, centrados en la propia y egoísta  realidad.

Tocan el arpa, como David, pero con un fin muy diverso: divertirse; beben en copas que sólo estaban destinadas a uso cúltico (Ex 38. 3; Nm 4. 14). Dedicándose a los placeres de la mesa creen servir a los intereses del pueblo; sólo viven para la fiesta, "... pero no os doléis del desastre de José".

El "pues ahora" del v. 7 introduce el oráculo de condena: la inminencia del juicio divino caerá como jarro de agua fría sobre las ilusiones alienantes de los samaritanos.

 

El responsorial es el  salmo 145 (Sal 145,7.8-9a.9bc-10).

Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmo contrapone la suerte del que confía en el hombre y la del que confía en Dios. Es el primero de los cinco salmos «aleluyáticos», que cierran el Salterio. En él abundan las reminiscencias de otros salmos y textos bíblicos, y abundan también los paralelismos sinónimos.

Con frases estereotipadas, el salmista inicia su poema exhortándose a sí mismo a alabar a Yahvé. La idea central del salmo es la confianza en Dios, de quien únicamente puede venir el auxilio seguro al hombre. En consecuencia, es inútil confiar en poderes humanos, por muy altos que sean, pues los mismos príncipes dejan de existir y después de la muerte no pueden prestar ayuda a nadie. Sólo el Dios de Jacob puede inspirar verdadera confianza, pues es el mismo que ha formado el cielo y la tierra, y, por otra parte, es fiel a sus promesas de protección a sus devotos. Especialmente muestra su solicitud y favor con los necesitados: los oprimidos, los hambrientos, los ciegos, los contrahechos, los peregrinos, los huérfanos y las viudas. Ese Dios providente y justo tiene su morada en Sión y desde ella mantiene su dominio por la eternidad.

En este salmo junto al afecto básico de la alabanza, se abre paso la confianza del salmista, como experiencia propia y como invitación a otros. La confianza se funda en los predicados hímnicos del Señor

En los VV. 6-9, después de recordar la acción creadora, recuenta una serie de obras de misericordia, que caracterizan a Dios.

En el V. 10 indica en qué consiste el reinado de Dios. El Dios del universo es el Dios de Sión, porque eligió un pueblo y un templo.

Las razones de la actitud de bienaventuranza de Dios con su pueblo se reducen a actos de fe en el poder de Yahvé, que se presenta como el gran Auxiliador en toda clase de necesidades del hombre, en contraste con la impotencia y fragilidad de éste. Él es Creador; siempre fiel y valedor de oprimidos, hambrientos, cautivos, ciegos, peregrinos o huéspedes, huérfanos y viudas, y, por antítesis, castigador de los malvados.

Así comenta San Juan Pablo II, este salmo: " 1. El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un «aleluya», el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara: «El Señor reina eternamente» (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

2. Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

3. Así, el hombre se encuentra ante una opción radical entre dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de «confiar en los poderosos» (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es «un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas» (Pr 2,15), que tiene como meta la desesperación.

En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12,1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8,14), como un hilo de hierba, verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89,5-6; 102,15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo: «Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes» (Sal 145,4)

4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: «Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios» (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor." . (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 2 de julio de 2003).

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1 Tim 6,11-16).El texto es el final de la primera carta a Timoteo.

El texto subraya lo que en las cartas pastorales se denomina la sana doctrina. El tema se halla dentro de la exhortación a «conservar el mandamiento sin tacha ni culpa», es decir, todo el mensaje religioso de Cristo (14), y en el v 20, que manda igualmente «guardar el depósito».

Probablemente estas palabras recogen la conclusión de un himno litúrgico, de ahí que contengan una doxología con el "amén" final. Se contrapone la realeza de Jesús a cualquier apoteosis humana y al señorío de los emperadores. Porque sólo Jesús es el Señor.

El hombre de Dios debe buscar la “Justicia” (Diakaiosune) Lo recto, lo equitativo. Lo recto y equitativo tiene que ver con nuestros pensamientos, actos, conductas. Debido a que seguimos a Dios debemos ser justos en nuestros juicios respecto a las personas, debemos ser cuidadosos es como juzgamos las cosas, ya que debemos hacerlo con “justo juicio”. El uso de nuestros recursos que Dios no dio debemos usarlo de forma “justa”, si somos empleadores debemos ser justos con los trabajadores, sino somos trabajadores debemos servir “justamente” a los empleadores. En la comunidad de creyentes debemos ser justos con el trato con los hermanos, evitando toda discriminación que no fuera justa. La justicia es todo lo que demos perseguir.

El hombre de Dios debe perseguir la piedad (gr. Eusebia) debe seguir lo devoto, lo reverente. La piedad tiene que ver con el esfuerzo, el sacrificio, para ser piadoso, el camino no es fácil.

El hombre de Dios debe buscar la fe (gr. Pistis) significa persuasión, credibilidad, convicción, confianza. Esta palabra aparece 19 veces en la carta, por lo que parece ser también de suma importancia.

Un hombre de Dios sigue el amor (Gr ágape) afecto, benevolencia. Aparece 5 veces en esta carta. Pablo dice que el mandamiento para refutar a los falsos maestros es el amor (1:5) que el amor de Dios es abundante (1:14) la mujer cristiana debe permanecer en el amor (2:15) debemos ser ejemplos en amor (4:12).

El hombre de Dios sigue la paciencia (Gr. Jupomoné) resistir o aguantar alegremente. San Pablo argumentando sobre la justificación por la fe, hace esta extraordinaria conexión con la paciencia (Rom 5:3-5) La paciencia nos enseña a esperar en Dios y en su plan salvador que tiene para la humanidad y para cada uno de sus hijos, la paciencia nos invita a gozarnos en Dios pase lo que pase.

El hombre de Dios busca la mansedumbre (Gr praótes) gentileza, humildad. La palabra en griego también expresa humildad. El hombre que es manso es el hombre que sabe quién es por la gracia de Dios, conoce sus limitantes. 

El hombre de Dios debe huir de los que no se conforman a las sanas palabras del Evangelio, del envanecimiento y del amor al dinero. Y debe seguir la justicia, la piedad, el amor, la paciencia y la mansedumbre. Pero en el fondo de todo este escenario el hombre de Dios debe huir del pecado, lo más rápido y fugaz que pueda y correr con todas sus fuerzas y energías, como corriendo por su vida a los brazos de Jesús, aferrarse en su sacrificio y en su justicia, porque él es su único y suficiente salvador.

 

El evangelio continua siendo de san Lucas (16,19-31). Dentro de la perspectiva de camino Lucas vuelve a ofrecernos una parábola de Jesús.

La parábola forma parte de una más amplia réplica, es contundente. Buenos conocedores de la Ley y de los Profetas como son los fariseos, éstos deberían saber que aquello que los hombres tienen por más elevado, para Dios es sólo basura (Lc.16,15). Pero parecen desconocerlo, a pesar de que el principio mantiene toda su vigencia, especialmente ahora que el Reino de Dios es una realidad. Para recalcar esa vigencia cuenta Jesús la siguiente parábola: Había una vez un judío rico, que, tras llevar una vida regalada, vivía atormentado en el infierno. En este punto de la parábola Jesús se sirve de los mismos espacios figurativos con que sus interlocutores fariseos concebían el más allá de la muerte. Estos espacios eran el seol o infierno como lugar de tormento y el seno de Abrahán como lugar de dicha. Seno de Abrahán es en realidad una imagen que designa el puesto de honor en un banquete, es decir, el puesto a la derecha del anfitrión.

En el relato aparecen dos partes distintas. La primera (vv. 19-26), la única parábola del Evangelio en la que uno de los protagonistas aparece con su nombre, Lázaro ("Dios ayuda"), podría ser una transposición cristiana de un cuento egipcio introducido en Palestina por los judíos alejandrinos y que relataba la suerte diferente del publicano Bar Majan y de un escriba pobre. La segunda parte (vv. 27-31) es más original, pero su objeto es distinto: Lázaro no desempeña en ella más que un papel secundario y el interés se centra en torno a la suerte de los cinco hermanos del rico, buenos vividores a quienes la amenaza del Día de Yahvé no llega a convertir (cf. Mt 24, 37-39).

a) La primera parte aplica, pues, la teoría judía de la retribución por trastrueque de las situaciones a los pobres y a los ricos, lo mismo que en las bienaventuranzas (Lc 6, 20-26; cf, también Lc 12, 16-21). No se trata, por tanto, de saber si el rico era un buen o mal rico y Lázaro un buen o mal pobre. La parábola no se interesa por las condiciones morales de sus vidas, sino por el anuncio de la proximidad del Reino en un mundo sociológicamente determinado. De hecho nos encontramos en esta parte de la parábola con el clima de la comunidad primitiva de Jerusalén, constituida de pobres y bastante revanchista respecto a los ricos (Act 4, 36-37; 5, 1-16). En ella parecen estos incapaces de optar por una vida nueva, ligados como están a la vida presente por el disfrute de todos sus bienes; los pobres están más disponibles; por eso es más accesible para ellos el Reino.

-"Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino..." "Y un mendigo llamado Lázaro...": La parábola, que tiene como destinatarios -de acuerdo con el contexto anterior- los fariseos, tiene dos partes. En la primera, se contrasta la vida de un hombre rico con la de un hombre pobre, un mendigo. El mendigo se llama Lázaro, pero no parece que tenga ninguna relación con Lázaro hermano de Marta y María, del evangelio según san Juan.

Las situaciones de estos dos personajes quedarán totalmente invertidas, y de una manera irreversible, en la vida del más allá, con el paso de la frontera de la muerte. Se trata de un tema relacionado con el del evangelio del domingo pasado: los dos consideran las riquezas como impedimento para conseguir la vida verdadera. En esta primera parte de la parábola se establecen dos momentos: en un primer momento, el contraste entre el rico y el mendigo y en un segundo momento, el diálogo entre el rico y Abraham a propósito de la situación en el más allá. El mensaje de la parábola radica en la valoración que hace Dios de los hombres y de su conducta, bien distinta de nuestras valoraciones. Se han encontrado algunos paralelos de esta parábola en escritos de la época: un documento del año 47 d.C. narra una historia egipcia en la que aparece igualmente la situación invertida de un mendigo y un rico en la vida del más allá. También en la literatura rabínica se encuentran narraciones parecidas. Jesús podía estar familiarizado con estas narraciones de la época, pero la parábola del evangelio tiene muchos elementos propios.

La segunda parte de la parábola "El rico insistió: Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre...", nos orienta hacia la perspectiva de las condiciones de la espera escatológica y corrige singularmente el concepto demasiado sociológico y demasiado materialista de la primera parte. Aquí, en efecto, no son ya la riqueza y la pobreza las que reciben un premio, sino la irreligión y el egoísmo los que oscurecen el corazón de los hombres hasta el punto de no poder leer los signos que Dios le ofrece, incluso a través de los milagros. Los hombres irreligiosos viven en un egoísmo que les cierra a priori a todas las anticipaciones de Dios; en este punto se encuentran a ras de tierra de forma que no pueden en absoluto ver el menor signo de Dios en los acontecimientos. Para ellos la muerte pone fin a la existencia (v. 28); ni siquiera les convencerá una prueba de la resurrección de los cuerpos porque han perdido el hábito de ver los signos de la supervivencia en su vida misma. La exigencia de signos no es más que un falso pretexto: el hombre no es salvado más que por la audición de la Palabra ("Moisés y los profetas") y por la vigilancia, no por las apariciones y los milagros.

El centro del relato es el destino de los cinco hermanos del rico. ¿Cómo hacer que se conviertan? La conversión no es fruto de milagros espectaculares, sino de escuchar a Moisés y a los profetas (Cf.Rm 10,17). Este camino no es imposible (Dt 30,11-14). La alusión a un resucitado de entre los muertos se refiere a la muerte y a la resurrección de Cristo, y es una advertencia a los que aun se comportan despreocupadamente como los cinco hermanos del rico.

Para nuestra vida

Las lecturas de hoy  denuncian la desigualdad y el injusto reparto de las riquezas que es mayor cada día. A la luz del texto del profeta Amós y de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro , debemos hacer nosotros, hoy, en este domingo, un examen de conciencia sincero y comprometido.

.Así leemos en la primera lectura: " Esto dice el Señor omnipotente: ¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes…, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José". Las palabras de profeta Amós, pastor de Tecoa, escritas unos quinientos años antes de Cristo, nos mandan a nosotros el mismo mensaje que nos dará  la parábola de Cristo a los fariseos sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro. Hoy día, más de dos mil años después de Cristo podríamos repetirlas nosotros con un lenguaje distinto, pero con el mismo contenido y mensaje. La sociedad actual sigue poniendo el dinero y la buena vida por encima de todo lo demás.

La palabra de Amós sigue sonando con gran actualidad. Hoy su protesta es contra los que confiaban en Dios, pensando tenerlo propicio por el sólo hecho de que su templo estuviera sobre el monte Sión en Jerusalén, o sobre el monte Garizim, en Samaria. Se fiaban de sus prácticas religiosas, creyendo que dando culto a Dios ya se podía faltar, impunemente, a los más sagrados deberes de justicia y de caridad.

Son situaciones que todavía se dan. Sí, hay quienes piensan que con asistir a Misa, con comulgar de cuando en cuando, con rezar determinadas oraciones o dar algunas limosnas, ya está todo arreglado. Y viven completamente al margen de lo que es el camino señalado por Dios, seguros de que al final todo se solucionará, de que habrá tiempo de arrepentirse. Y mientras llega ese momento, tan lejano al parecer, viven como paganos, sin pensar más que en sí mismos.

"Os acostáis en lechos de marfil, tumbados en camas; coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo…" (Am 6, 4). Amós es un hombre de campo, rudo y recio, no tiene una sensibilidad especial para reaccionar contra toda aquella molicie que contemplan sus ojos. Y critica duramente la vida fácil y comodona de sus contemporáneos, les echa en cara su culto al confort, su vida aburguesada y muelle.

El confort excesivo destruye al hombre, le corrompe, le pudre. El que no está habituado al sacrificio acaba convirtiéndose en un hombre inútil, débil, un ser derrotado antes de la lucha. Si no hay esfuerzo, no hay fortaleza. Y sin fortaleza el hombre no puede realizarse, salvarse a sí mismo. El que no pone empeño en la vida, acabará prematuramente sumergido en la muerte.

 

El salmo 145 ( responsorial de hoy) es un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza. El salmo se considera una alabanza, en el verso final se proclama su señorío universal; expresa un augurio de que Dios ejerce su reinado para que tengan vida plena cuantos confían en Él.  El texto presentado hoy es el final del salmo, que es una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

A pesar de las previsiones que se tomaron- en el AT- para que nunca hubiera pobres en el pueblo de Israel, como fue la institución del año sabático o la atribución propia del rey -defensor del pobre, del huérfano y de la viuda-; no obstante las promesas de la Escritura, los pobres están ahí con el clamor de su pobreza.

Dios obra a pesar de las injusticias. La vida del hombre justo se caracteriza por estar en las manos de Dios. No se le ahorrarán las pruebas de aquellos que obran mal. Entre los propósitos de éstos figuran oprimir al justo, no perdonar a la viuda, ni respetar al anciano. Pretenden, en último término, comprobar si Dios está con el justo: «se ufanan de tener a Dios por Padre, veamos si sus palabras son verdaderas» (Sab 2,17).

Así valora San Juan Pablo II, la importancia de confiar en Dios:

4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: «Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios» (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor.

5. Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.

El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice: «El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos», descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía: «Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre.

Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre». Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527)." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 2 de julio de 2003).

En la Segunda Carta a Timoteo, que se lee en este Vigésimo sexto Domingo del Tiempo Ordinario, nos ofrece todo un programa. Tiene, incluso, mucho sentido consignar de final al principio esas virtudes. Delicadeza, paciencia, amor, piedad, justicia. San Pablo que era un hombre de extraordinaria fortaleza y empuje estaba "tocado" por la acción del Espíritu que es quien da esos brillos importantes a nuestra alma. Necesitamos paciencia y delicadeza para tratar justamente al prójimo y será nuestro amor hacia él –y, por tanto, a Dios— lo que nos incline a una auténtica piedad.

San Pablo anima a la práctica de varias virtudes. De las enumeradas- la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza la primera es la justicia. No hay caridad (amor) sin justicia, la piedad desligada de la justicia puede ser falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta, la paciencia y la delicadeza no son enemigas de la denuncia y del compromiso solidario con los oprimidos.

Si hay algo que define al cristianismo es la piedad. Pero seamos realista ¿Es lo que vemos hoy? ¿Vemos a los niños siendo guiados en la piedad? ¿Vemos padres piadosos? ¿Vemos iglesias piadosas? ¿Vemos pastores piadosos? ¿Vemos jóvenes hambrientos por ser piadosos? Al parecer es lo que menos vemos. Y Esto es por el simple hecho de que nuestra sociedad de comodidad tiene más influencia en nuestra vida que el mismo evangelio. Esto es porque la piedad tiene que ver un esfuerzo, un sacrificio, debe doler, debes gemir, debes llorar para ser piadoso, no es un camino fácil. Pablo lo ilustra de esta manera en 4:7-8 “Ejercítate en la piedad” ¿Cuánto nos ejercitamos en la piedad? ¿Cuánto tiempo asolas con Dios, con la Biblia orando? ¿Cuánto dedicamos a memorizar o estudiar la Biblia? ¿Aun existen los devocionales diarios?¿Dónde están esos padres que enseñaban a sus hijos a ser piadosos?

Buscar la fe. Nosotros debemos ser capaces de siempre auto examinar nuestra fe, no para torturarnos, sino para poder tener cada día más seguridad de nuestra fe. Por supuesto que abra algunos que estarán temblando, algunos que tienen fe débil encontraran mayor confianza y reposo en Jesús y otros  porque no están seguros . Un hombre de Dios siempre sigue la fe y persevera en ella.

Buscar el amor. Si pensamos en nuestra sociedad es fácil detectar que la ideología del falso amor ya está por todas las partes. Por “amor” un hombre mata a su pareja, porque se acabo “el amor” se separan, por “amor” una mujer aborta, por “amor” se casaran las parejas homosexuales, todo es por “amor”. Ahora pensemos en los círculos cristianos parece haber invadido la misma ideología falsa del amor. Dice un Dios de “amor” no puede enviar gente al infierno”, lo que importa es “amor” no la doctrina, no debes juzgar debes “amar”. Hay que ser sumamente cuidadosos en cómo se usa la palabra amor hoy en día. Debemos mostrar el amor en nuestras iglesias, debemos amarnos unos a otros, debemos crecer en amor, debemos negarnos a nosotros mismos para amar a nuestros hermanos. El amor es el distintivo del cristianismo, pero definamos bien lo que es amor.

Buscar la paciencia. Todas las  virtudes recomendadas hay que cultivarlas, pero pienso que esta es una de las que más necesitamos , no es posible buscar la justicia sino tenemos paciencia, ni practicar la piedad si esperamos resultados rápidos, ni perseverar en la fe si no tenemos paciencia. Todas las características que hemos venido enunciando tienen que tener cierta dosis de paciencia. Además hay que añadir a esto que nuestra sociedad no promueve la paciencia para nada; si tienes una relación que no funciona te buscas otra, si hay algo que no te gusta te compras otra, si quieres comunicarte con alguien lo haces rápidamente, todo lo puedes obtener rápido ¿Para qué esperar? Pero como cristianos sabemos que la paciencia es parte esencial del cristianismo.

Ser manso o humilde no significa que es alguien que es pisoteado por todas las personas. Ni tampoco significa que es alguien necesariamente tranquilo. Ser manso o humilde es alguien que sabe quién es. Sabe que es un pecador redimido por Jesús y que ahora es amado por Dios. Incluso Pablo nos dice que el siervo de Dios debe ser manso y debe corregir a los que se oponen al evangelio (2 Tim 2:25- No confundamos ser manso con ser cobarde.

A  Timoteo se le llama "siervo de Dios" porque ha elegido servir a Dios y no a las riquezas. Como tal siervo de Dios debe emplear su vida en la consecución de bienes más altos y no dejarse dominar por el dinero. En consecuencia, deberá practicar aquellas virtudes que regulan tanto la relación con Dios "la religión" como la que se da entre los hombres (la justicia), y en ambos casos de acuerdo con las tres virtudes fundamentales de la vida cristiana que sabe dispensar los defectos ajenos.

Esta "profesión de fe ante muchos testigos" la haría Timoteo en su bautismo, como sigue siendo costumbre hasta nuestros días. Todas las hemos hecho, como cristianos, hijos de Dios.

Esta  profesión de fe no se hace sólo ante la iglesia o los fieles sino, principalmente, ante el Dios vivo y su enviado Jesucristo, el cual dio testimonio de la verdad ante los tribunales y ahora ha sido constituido en juez de vivos y muertos. A la confesión de fe sigue la aceptación de Mandamiento: el que quiera alcanzar la vida eterna ha de confesar la fe, ha de bautizarse y ha de cumplir el mandamiento del amor que es el resumen de todos los mandamientos. Confrontados con la venida del Señor debemos cumplir su mandamiento, porque sobre esto, sobre el amor, seremos juzgados cuando vuelva.

La fe no es solamente una aceptación pasiva de un credo religioso, sino un combate difícil y encarnizado. Creer no es cómodo, sino que lleva consigo la disponibilidad para una lucha concreta y determinada. Creer es comprometerse.

 

El evangelio de hoy nos presenta la parábola, del rico Epulón y el pobre Lázaro.

En la parábola del pobre Lázaro hay mucho más que ese camino de justicia referido a las necesidades de los hermanos que nos pide el seguimiento de Cristo. Aparece el diálogo entre lo cotidiano y el más allá. El rico Epulón pide al padre Abraham que descienda un muerto para que convenza a sus hermanos de que tomen el camino adecuado. Abraham va a contestar que no creerán a un resucitado y, ciertamente, así va a ser. La Resurrección de Cristo sirvió para impulsar el camino de la Iglesia, la continuidad en la Redención de sus discípulos. Pero aquellos que le condenaron, le torturaron y le asesinaron iban a quedar donde estaban. No se convirtieron en su gran mayoría. Es cierto que el Señor no buscó aparecerse a todos y lograr sobre el Israel de entonces una generalizada y maravillosa manifestación del poder de Dios. Sin embargo, todo el que quiso creer, creyó. Es decir, las apariciones de Jesús se multiplicaron dé tal manera que era difícil sustraerse a ellas. Habla Pablo de que se apareció a más de quinientos, después de personalizar con nombres otro buen número de apariciones. Más de quinientos testigos en un ambiente tan interrelacionado como podía ser Jerusalén –incluso toda la Galilea— armarían suficiente "ruido". Pero no sirvió para que muchos de sus coetáneos cambiaran. Y en cuanto a los signos prodigiosos que Jesús realiza durante su predicación tampoco sirvieron, aunque ellos produjeron un auténtico clamor popular.

El texto también plantea - a petición del rico Epulón-la realidad de los milagros. ¿Existen los milagros, los prodigios, los hechos maravillosos? Pues, sí; porque cuando un hombre –o una mujer— joven lo deja todo para dedicarse a cuidar enfermos terminales o ancianos que ya no quiere nadie, ahí se está operando un milagro evidente. Lo que ocurre que tal prodigio no sería nunca advertido por los hermanos de Epulón aunque volviese a la vida él mismo. Habrá muchos ejemplos de puros milagros, que lo son si aplicamos la lógica de nuestros días. Es un prodigio cuando también una mujer –o un hombre— joven se recluye para siempre en un convento para rezar por quienes nadie reza. Tal vez, no es menos milagro el caso de muchos hombres y mujeres corrientes que no dejan amilanar o afectar por lo "corriente", por lo "habitual" de este mundo de hoy pero que conlleva la injusticia, la violencia, el desamor, la opresión de los hermanos.

Tratemos  de aplicar la parábola a nuestro tiempo. En nuestra sociedad occidental, somos muchos los que vivimos sin que nos falte físicamente de nada para poder vivir con dignidad. Realmente podemos decir que vivimos en la abundancia. Lo importante, como cristianos que somos, es que no vivamos sin ver a los que pasan necesidad.

Decíamos en el comentario de la primera lectura que la sociedad actual sigue poniendo el dinero y la buena vida por encima de todo lo demás.

No es ese el mensaje que vino a traernos Cristo a este mundo, predicando el reino de Dios. Realmente, ¿los cristianos, en nuestro apego al dinero, en nuestras ganas del bien vivir, y en nuestra atención a las personas necesitadas, nos parecemos mucho a los “hijos de este mundo”?.

Hoy nos habla el Señor de aquel rico que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, ávido de recibir unas migajas de las muchas que se caían de la mesa del epulón. Sólo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. El hombre rico estaba tan abismado en sus negocios y en sus francachelas que no veía, porque no quería ver, la miseria que rodeaba su grandeza. Pero la muerte iguala al poderoso y al débil. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en la blanda tierra. Sin embargo, tanto uno como otro fueron pasto de los gusanos y la podredumbre. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados volvieron a ella. Pero ahí terminaba su historia, pues, digan lo que digan, en el hombre hay un algo distinto de los animales, y ese algo se llama alma inmortal.

No debiéramos olvidar que la parábola señala la justicia de Dios, derivada de su misericordia. En realidad, el rico en la parábola no tiene nombre, el pobre sí: Lázaro. Quizá es una forma de manifestar que el más importante no es siempre el que se piensa, pues Dios hace una opción por aquél que lo está pasando mal. El rico no se daba cuenta del sufrimiento de Lázaro aquí abajo. Sin embargo, lo reconoce en la estancia de los muertos. ¿Es necesario que las cosas vayan mal para que nos demos cuenta de nuestra ceguera con respecto a nuestro prójimo sufriente?.

Demasiadas veces olvidamos que en las dos ocasiones que el evangelio habla del juicio final se hace alusión a nuestro comportamiento con el prójimo, no a nuestro cumplimiento de la ley.

El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia. Aquel que en su abundancia se olvidó de la necesidad ajena fue arrojado al infierno, el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza fue llevado por los ángeles al descanso y la paz. Es verdad que no podemos hacernos una idea clara del infierno, ni tampoco del cielo. Pero lo cierto es que ambas realidades existen y que en una se sufre lo indecible y sin remedio, mientras que en la otra realidad se goza plenamente y sin fin. Casi siempre se habla del fuego, también del llanto y las tinieblas, de la desesperación que hace rechinar los dientes, de la sed insaciable, de la separación definitiva de la imposibilidad de amar y de ser amado. Es la más terrible amenaza, el último y tremendo recurso que el Amor, sí el Amor, tiene para atraernos y salvarnos. Es verdad que la lejanía de ese castigo, aunque quizá sea mañana, nos puede dejar indiferentes.

Es útil que se ponga a disposición de la Iglesia –a través de nuestra parroquia o diócesis— de dinero o recursos suficientes para que ésta cumpla su misión. En este sentido, es posible que la mejor ayuda destinada a los pobres vaya conducida a través de Caritas dentro de sus amplios sectores de actuación.

 Pero volviendo a lo anterior, tampoco nosotros podemos obviar la ayuda inmediata, perentoria o aquella que te impulsa a acometer el corazón... o el Espíritu. Y es que no sabremos nunca bien, si alguno de esos pobres que se nos acercan, aunque algunos tengan un aspecto feo y despreciable, no sea el mismo Cristo. El remedio "calculador" es dar a todos un poco -un poquito- de lo que ese día llevamos en el bolsillo.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

domingo, 10 de abril de 2022

Comentarios a las lecturas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. 10 de abril de 2022

El Domingo de Ramos es un día alegre y, religiosamente, muy significativo. Es el primer día de la semana grande, de la Semana Santa, y en esta semana conmemoramos los cristianos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, a quien nosotros consideramos como nuestro Salvador.

El evangelio que hoy inicia y acompaña a la bendición y procesión de ramos, nos presenta un  relato, repetido por los otros evangelistas, que es sin duda uno de los más entrañables y alegres de la historia de Jesucristo. En él intervienen los apóstoles y discípulos, el pueblo llano que seguía entusiasmado a Cristo, los niños que tanto le querían y admiraban.     
El marco escénico también contribuye a dar encanto y ternura, sencillez y magnificencia a un tiempo a este suceso. El descenso desde Betfagé hasta Jerusalén, hacia la Puerta Dorada probablemente, era un camino de bajada y subida que muchas veces habían recorrido los peregrinos procedentes de Galilea. Descendía por el monte de los Olivos, atravesaba el torrente Cedrón en el valle de Josafat, zona de sepulcros y de muerte, para ascender casi en línea recta a la explanada del Templo por la parte oriental, entrando por la Puerta Dorada, llamada también Puerta de la Misericordia.

Del evangelio  proclamado en la bendición comenta san Agustín: "No te avergüences de ser jumento para el Señor. Llevarás a Cristo, no errarás la marcha por el camino: sobre ti va sentado el Camino. ¿Os acordáis de aquel asno presentado al Señor? Nadie sienta vergüenza: aquel asno somos nosotros. Vaya sentado sobre nosotros el Señor y llámenos para llevarle a donde él quiera. Somos su jumento y vamos a Jerusalén. Siendo él quien va sentado, no nos sentimos oprimidos, sino elevados. Teniéndole a él por guía, no erramos: vamos a él por él; no perecemos" . (San Agustín Sermón 189,4).

Toda la escena tiene como trasfondo  un pasaje de  Zacarías (Zac 9,9), a pesar de la inverosimilitud histórica. La profecía de Zacarías -centro  del relato- tuvo lugar entre los años 520 y 518 antes de Cristo. Era la época del retorno de  los judíos de la cautividad. El año 536 a.C. habían empezado los trabajos de reconstrucción  del templo; pero en forma tan modesta que los viejos, que habían conocido el templo de  Salomón, lloraban desconsolados. Zacarías y su contemporáneo Ageo quieren presentar un  Mesías sencillo, muy lejos de la imagen que los judíos derrotados y humillados tenían de su  soñado jefe. Por eso Zacarías lo presenta sentado sobre un asno.

La aclamación"¡ Bendito  el que viene en el nombre del Señor!" está tomada del salmo 118 (vv. 25-26), que se  cantaba en algunas de las fiestas más solemnes; un salmo que nos ayuda a captar el  verdadero sentido de aquel episodio, y que quizá recitaran completo. La aclamación  "Hosanna" -"Dios salva"- había perdido su sentido como invocación para pedir la ayuda  divina, y se había convertido en una expresión de júbilo y entusiasmo, como nuestro "viva"  o "aleluya". La exclamación "Viva el Hijo de David" nos indica la realeza que esperan de  Jesús: que restaure la monarquía davídica. De ahí la frase de Marcos: "Bendito el reino que  llega, el de nuestro padre David".

Ya introducidos en la celebración vamos a seguir las lecturas.

 

La primera lectura del libro de Isaías  (Is.50, 4-7) es del tercer canto del Siervo. este aparece más como sabio que como profeta. Asegura que el Señor le está introduciendo en su Sabiduría, para poder llevar al abatido una palabra de aliento.

Mañana tras mañana le espabila y le abre el oído; y la consecuencia de tener el oído abierto a la Palabra, es que no se rebela ni se echa atrás; más bien afrontará todos los sinsabores de su historia, sin histerismos ni timideces, a pecho descubierto, sabiendo que el Señor le ayuda, y por tanto no quedará avergonzado.

. La unidad de este tercer canto del siervo (50, 4-9) está en las cuatro proposiciones que tiene al Señor por sujeto ("mi Señor me...": vs. 4.5.7.9). La persona del siervo, así como su ministerio, son interpretados de forma profética: vocación o misión, sufrimientos que conlleva su ministerio, así como su total confianza en Dios.

El siervo escucha y predica el mensaje divino, pero esta misión resulta imposible de llevarla a cabo a no ser que el Señor le dé "lengua de iniciado" o le abra el oído para entender (vs. 4-5, la misión siempre nace de una vocación).

El está convencido de que es Dios el que ha obrado esta maravilla.

El mensaje que proclama de parte del Señor es de esperanza, y es que su palabra se dirige a hombres concretos con su problemática específica; la situación del pueblo - que presupone el texto- es muy diversa ya que la larga duración del destierro ha provocado la desesperación de la gente. Al abatido es necesario reanimarle, dirigirle una palabra de consuelo, de esperanza en el Señor (v. 4a;).

- A la vocación e invitación el siervo responde con prontitud . Sabe que su tarea es amarga y así lo confiesa en este relato que se asemeja a las confesiones de Jeremías. Intenta suscitar esperanza en el pueblo y sólo recibe escepticismo por la tardanza de la liberación. Como Ezequiel (2, 8) abre su boca para comer el mensaje divino, pero éste no es dulce sino que le acarrea un gran sufrimiento: le apalean, le mesan la barba (v. 6).

Los ultrajes el siervo los acepta y afronta con decisión, sin intentar vengarse; al insulto responde con fría calma (v. 6); cree con total firmeza que el Señor está a su lado (le nombra insistentemente: vs. 4.5.7.7.9) y por eso espera contra toda esperanza sabiendo que al final el triunfo es suyo.

El, que dice al abatido una palabra de consuelo,  es un incomprendido, y en consecuencia acepta su misión entregando su espalda a los que le flagelan.

Confía plenamente en el éxito de su misión, no porque tenga fuerzas sobrehumanas, sino porque «mi Señor me ayudaba».

 

  El responsorial es el Salmo 21 (Sal 21,8-9. 17-18a. 19-20. 23-24), en el  repetimos la estrofa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 Jesús oro con este salmo, en uno de los momentos más impresionantes de la pasión de Cristo, cuando pronuncia  aquellas palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Expresan todo el  drama espiritual que sufre en medio de los tormentos de la cruz. San Mateo  nos han transmitido estas palabras, incluso en la lengua original: "Eli, Eli, lama sabactani?" . Si todos recuerdan fácilmente estas palabras que inspiran un hondo sentimiento de  admiración hacia el crucificado agonizante, no todos sabrán seguramente que las palabras  de Jesús son el inicio del salmo 21, y que él probablemente lo continuaría rezando, siendo  consuelo para su alma y realización de una palabra profética sobre el Mesías. 

A la luz de este salmo, la cruz no era un fracaso, no era una derrota de uno que se había  excedido en ilusiones mesiánicas: era el cumplimiento de un plan trazado por Dios y desde  antiguo anunciado a su pueblo de Israel. Así el misterio de la cruz, escándalo o locura,  aparecía a la luz del salmo 21 como el misterio de la fuerza de Dios.  Cristo en la cruz ora con el salmo 21. Toda su vida ha orado con  los salmos de la Biblia, como buen israelita. Los ha hecho suyos,  alimento de su vida de creyente, se ha identificado con ellos, les ha dado cumplimiento. Y así no es de extrañar que en el  momento de su agonía vengan, a su mente y a sus labios, las  oraciones sálmicas más apropiadas. Concretamente el salmo 21, que es uno de los más  conmovedores del salterio. 

 A pesar de la sensación de abandono y hasta desesperación que refleja el salmo 21 --"¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?"-- implora la ayuda de Dios y sabe de quien se ha fiado. Las últimas palabras de este salmo son las que le dan su sentido esencial: aunque  parezca paradójico, se trata de un salmo de acción de gracias. El salmista canta la acción  de gracias de Israel resucitado a la vuelta del exilio. Lo que más llama la atención, es que  este poeta describe la liberaci6n de su pueblo, bajo el «ropaje» de un «crucificado vuelto a  la vida». 

8-9 "Al verme se burlan de mí,  hacen visajes, menean la cabeza:  «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo,  que lo libre si tanto lo quiere». 

El suplicante es lo contrario de los himnos de Israel. Pero, ¿cómo decir eso que está en  contra de los himnos, sino recurriendo también ahora a las palabras de los himnos,  tomadas al revés para que resulten una burla? «Nuestros padres esperaron y tú los  libraste», dicen los himnos. La burla dice hoy: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo».  ¿Para qué cambiar de palabras? En el salmo 18 se ora asi: «Me libró porque  me amaba» (v. 20). La burla de Sal 21,9 es casi una cita de esa acción de gracias!.  De  cara a Dios, las palabras se agotan (v. 2) y, por lo que hace a los hombres, se vacían y  caen inertes. La muerte de las palabras anuncia la muerte del hombre. Muerte y vida basculan en la vida orante. muerte. Quien no cree en la  vida exige pruebas y por ello mismo se ve rápidamente abocado a aportar él mismo las  pruebas de lo contrario. Quien no cree en la vida trabaja afanosamente a favor de la  muerte.

17 "Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies",  18 "y puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes, 19 se reparten mi ropa, se sortean mi túnica". 

Es el momento de la inminencia. La irrupción de los animales significa que ha pasado la  hora de la palabra. Se abren las fauces para atemorizar y devorar. Es la hora del miedo,  pues la víctima es la presa de una cacería a la inversa, en que las grandes fieras utilizan a  los perros contra el hombre, cuando lo habitual es que el hombre se sirva de los perros  contra las fieras. Pero no es eso todo: los «perros» son en realidad los agentes humanos  del mal. Son hombres, como lo demuestra el paralelismo mastines/malhechores en el v. 17 

20 "Pues tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a auxiliarme;  «¡Rápido! ». Se lanza el grito hacia «mi Dios»". 23 "¡Tú me respondiste!. Y yo proclamo tu nombre ante mis hermanos,  en medio de la asamblea te alabo." 

Al igual que la muerte significaba abandono, soledad, separación, la vida aparece como  comunión, y el que ha sido salvado se vuelve hacia los demás. Tan rápido como el recién  nacido se vuelve hacia su madre, el que ha sido salvado se vuelve hacia sus hermanos  para «proclamar» el nombre de su salvador. El suplicante hablaba a Dios de sus enemigos.  El hombre que canta un himno habla de Dios a sus hermanos.

El salmista se encontraba hasta ahora solitario; nadie había visto a los hermanos.  Apenas salvado, entona su canto dirigido a ellos y se convierte en el centro de una  asamblea convocada para entonar una alabanza. El que no era reconocido por el grupo es  el que convoca al grupo.

24 "Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo;  respetadlo, linaje de Israel"; 

La palabra que reúne a los grupos es un himno en toda regla. Pero el himno tiene una  forma que hace pensar en el Evangelio: el pueblo es invitado («alabad», «glorificad»,  «respetad» ) a escuchar una buena noticia. Pero esta buena noticia, bien conocida por  nosotros, es que Dios se acerca al pobre y escucha su queja. ¿Por qué cambiar de  palabras? Mirado en otro tiempo como una «vergüenza» (v. 7) ante la que se esconde el  rostro, el salmista anuncia a todos que Dios, por su parte, no ha sentido ese horror, que no  se ha «velado el rostro». La buena nueva de los salmos es que Dios escucha a los pobres, a  los desdichados. 

 

La segunda lectura de la carta del apóstol San Pablo a los filipenses (Fil 2, 6-11), nos acerca a la actitud radical de Jesús, su vaciamiento hasta la muerte. Este himno cristológico refleja la entrega de Jesús, hasta vaciarse por nosotros. Este despojo lleva un nombre técnico en teología: es la "kenosis" de Cristo. Kenosis viene del griego "kenos", que significa precisamente "vacío". Se concretizó en una obediencia total a su misión, que era la voluntad del Padre. Y no sólo aceptó esta obediencia, sino que escogió también el vivirla hasta el final, "hasta la muerte y la muerte en la cruz", esta muerte que era reservada a los malhechores o a los esclavos. En este sentido, Jesús dio libremente su vida.

San Pablo, encarcelado y juzgado por ser cristiano (Fil. 1, 13), probablemente en Éfeso , ya ha comparecido ante el tribunal, pero la sentencia está todavía pendiente.

Desde allí escribe a los filipenses. San Pablo está en condiciones de pedir con coherencia y autoridad a los miembros de la comunidad de Filipos que den a su vez testimonio cristiano. ¿Qué tipo de testimonio? El de la concordia y el amor. En efecto, el egoísmo, la envidia y la presunción habían empezado a causar estragos en la comunidad; ésta se estaba convirtiendo en un anti signo escandaloso. San Pablo pide a los cristianos de Filipos que tengan la grandeza de ánimo suficiente para superar el propio interés y abrirse con sencillez a los demás (Flp 2, 3-4). Al pedir esto, Pablo no se basa en una simple pedagogía humana, sino en el caso concreto de Cristo Jesús, que siendo Dios se hace hombre. Para ello, Pablo se sirve de un himno litúrgico, que él incorpora a su carta. Este himno describe la dinámica existencial de Cristo Jesús.

Este fragmento con toda probabilidad no fue compuesto por San Pablo, sino que parece ser un himno, quizás litúrgico, que fue introducido por el Apóstol en esta sección de la carta para apoyar su exhortación a la humildad y sencillez, a la renuncia a creerse superior... cosas todas que quería inculcar a los cristianos de Filipos.

El texto manifiesta la unión que hay entre la exhortación moral de san Pablo a los Flp para que evitaran las disensiones y la motivación cristológica de tal exhortación. ¿Por qué han de amarse los filipenses ¿Por qué han de conservar la unidad? ¿Por qué han de respetarse unos a otros? La suprema motivación que el Apóstol da a los filipenses para que eviten las disensiones que amenazan la vida de toda la comunidad es "porque Dios nos ha amado" Y, ¿cómo sabemos esto? Porque Cristo, siendo de condición divina, descendió a nuestra condición humana, se humilló, abandonó el poder y entró por este camino del amor humilde, del amor solidario, y se hizo obediente hasta la muerte.

 El texto nos presenta el proceso de la Encarnación, abajamiento, exaltación y Resurrección de Jesucristo.

El primer tema del himno -aunque no el más importante en su estructura- es la preexistencia de Cristo. Describe su condición divina (v. 6). No se describe en sí misma, sino como punto de arranque de una actuación que inicia su marcha en el insondable mundo de Dios.

Quiere indicar que la existencia total de Jesús no comienza con su aparición en el mundo, sino tiene una "prehistoria". Dicho de otro modo: la preexistencia es una forma de expresar la trascendencia en términos temporales. Cristo-Jesús es el Hijo de Dios desde siempre, igual al Padre.

* Condición humana (vs. 7-8). Fruto de una decisión puramente libre. Está presentada polarmente: momento inicial y final de la existencia humana de Jesús. Así el segundo punto es el vaciamiento. No se trata de afirmaciones ontológicas sobre un imposible abandono de la naturaleza divina por parte del Hijo, sino de insistir en su solidaridad con el hombre, compartiendo el destino de ésta aun en sus lados más oscuros y negativos. Indica una actitud contrastante con la de Adán, que quiso ser lo que no podía. El Hijo, en cambio, no vive como podía, sino como nosotros, haciendo una suerte de milagro por puro amor gratuito.

Jesús es hombre. Muere en la de cruz -probablemente retoque personal paulino del himno original-. Lleva a cabo su misión de predicar el Reino asumiendo las consecuencias de su vida, de su acción concreta de predicar la justicia y el amor en un mundo donde ello a menudo no se admite. Con ello corre el riesgo, al ser pobre, desamparado y pacífico, de morir injustamente. Ello sucede de hecho.

El proceso termina en la exaltación, como indica la segunda parte del himno.

* Condición glorificada (vs. 9-11). Entra en escena Dios, a quien la condición humana de Jesús ha puesto en entredicho. Se trata de Jesús en su destino final y definitivo gloriosos, de su proclamación como Señor de todo, o sea, de reconocimiento de cuanto era de hecho, pero disimulado a lo largo de su vida mortal. Comenzado todo ello en su Resurrección.

 

Los Evangelio de este día nos dan el relato de la Pasión según San Lucas (Lc 22, 14-23, 56).

San Lucas orienta el relato de la pasión hacia el descubrimiento del amor del Padre hacia su Hijo y hacia los hombres. La cruz es así, para el tercer evangelista, el sacramento de la misericordia divina.

Por eso San Lucas no recoge generalmente los cargos que pesan sobre los judíos y sobre los discípulos: ¿para qué buscar responsabilidades cuando la sangre de Cristo lava toda falta? San Lucas no recoge el hecho de que por tres veces Jesús encuentra a sus discípulos dormidos (Mt. 26, 40-47); no dice, como los demás evangelistas, que los discípulos huyeron en Getsemaní (Mt. 26, 56), y no menciona las imprecaciones de Pedro contra los servidores del sumo sacerdote (Mt. 26, 74). Incluso los enemigos de Jesús aparecen en la redacción de San  Lucas con colores menos cargados que en otros lugares. No se dice que los judíos escupieron a Jesús (Lc. 22, 63; cf. Mt. 26, Lc. 67 y 27, 27-31), ni que le ataron para llevarle a Pilato (Lc. 23; cf. Mt. 27, 2).

Incluso en lo que se refiere a Judas, San Lucas trata por desvirtuar al máximo la tradición (no dice nada del convenio aludido por Mt. 27, 3-10). Finalmente, al contrario que los demás evangelistas, no nos presenta a Jesús aislado en el Calvario; por eso no cita a Zac. 13, 7 (sobre la dispersión del rebaño) y menciona la presencia de los amigos y conocidos (Lc. 23, 49), contrariamente a Mt. 27, 55-56 y Mc. 15, 40-41.

San Lucas lava a casi todo el mundo. El mismo Pilato aparece por tres veces inocente (Lc. 23, 4, 13-15, 20-22, todos ellos textos exclusivos de San Lucas). Uno de los agresores de Jesús es incluso beneficiario de una curación después que un apóstol le había cortado una oreja (Lc. 22, 51). En el momento mismo de la traición, Jesús tiene todavía tiempo para mirar a Pedro e inducirle al arrepentimiento (Lc. 22, 61). Las palabras de desesperación que Mateo y Marcos ponen en boca de Jesús en la cruz (Mt. 27, 46) San Lucas las sustituye por palabras de perdón para todos los judíos (Lc. 23, 34). Es igualmente el único que habla del perdón concedido al ladrón (Lc. 23, 39-43) y del arrepentimiento que se adueña del centurión mismo (Lc. 23, 47). Hasta la caricatura de reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc. 23, 6-12) es fruto del perdón de la cruz.

El secreto de ese perdón y de ese amor radica en la comunión particular de Jesús con su Padre. San Lucas es el único que levanta en parte el velo de su intimidad. En las distintas oraciones que San Lucas pone en labios de Jesús se puede captar un tono mucho más personal que en los demás sinópticos. San Lucas es  el único que descubre la solicitud de Dios que consuela y da ánimos a Cristo en medio de su angustia (Lc. 22, 43). Se da incluso una especie de intuición de la divinidad de Jesús. La muerte de Cristo deriva, para San Lucas, de la confesión oral (Lc. 22, 71) de su divinidad.

En el momento mismo en que "va a sufrir", Jesús vive en plena esperanza; no comerá ya la Pascua, ni beberá más el vino de la fiesta; pero él sabe que la Pascua terrestre tendrá su cumplimiento en los cielos y que él será su comensal; sabe que el Reino de Dios vendrá ciertamente, y entonces volverá a encontrar a sus discípulos en la fiesta. Más adelante, en los versículos 28 y 30, Jesús vuelve a hacer profesión de su esperanza, con fórmulas que le otorgan un papel muy importante y muy activo en el establecimiento del reino, mientras que en las expresiones que acabamos de leer, Jesús era solamente el beneficiario de la venida del Reino. Ahora dice "mi reino", y afirma que dispone de él en persona, tal como, explica, "el Padre ha dispuesto" en su favor.

El gesto eucarístico será un "memorial" de Jesús; con él los discípulos, acordándose de él, guardarán igualmente el recuerdo de sus palabras, de sus actos, del misterio del que él habrá sido el signo.

El cuerpo es "dado por vosotros"... "la sangre derramada por vosotros",. San Lucas ve primeramente el don de Jesús hecho en beneficio de sus discípulos y amigos. Queda muy subrayada la atmósfera familiar de la última cena; el "discurso después de la Cena" que San Lucas propone, recoge la invitación a los discípulos a comportarse unos con otros como siervos, y recordando la fidelidad que estos discípulos han demostrado a Jesús durante "sus pruebas", fidelidad que les valdrá participar en su triunfo.

Hasta ahora, es Jesús el que ha sido "probado"; a partir de ahora les toca a sus discípulos ser "tentados", "cribados por Satanás". Así San Pedro permanece firme, para que sea un apoyo inquebrantable para los demás. Antes, conocerá San Pedro la traición, consecuencia quizá de la presunción que aparece en su declaración: porque existe una diferencia entre el "Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca", y el "yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte".

El episodio de Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos. Son ellos los que deben "orar para no entrar en tentación". Jesús ora, y su oración es el modelo de la oración cristiana (ver la semejanza con el Padrenuestro); y el combate que libra es el modelo de la lucha que debe entablar el cristiano: combate penetrado de oración y sostenido con la ayuda de Dios.

El arresto de Jesús se desarrolla muy rápidamente. Y en medio de este movimiento rápido, el único que se hace notar por los lectores es Jesús: por la frase con que acoge a Judas... y por la dulzura de que da pruebas con Malco. Resuena, su voz, que atribuye el escenario en el que es la víctima, al temible poder de las tinieblas.

Al contar la traición de Pedro, San Lucas nota sobre todo la mirada que Jesús dirige a Pedro. Esta mirada, dice cómo Jesús, en medio mismo de su drama, sabe ser amigo.

La comparecencia de Jesús ante el Sanedrín es referida brevemente. Hay una frase que reviste una particular significación. "Desde ahora, afirma Jesús, el Hijo del hombre está sentado...". Las decisivas palabras: "desde ahora", van unidas a una cita que proclama el reino del Hijo del hombre, sin mencionar su venida sobre las nubes. San Lucas llama, pues, la atención sobre el presente, nuestro presente, que es ya el tiempo en que reina el Hijo del hombre. No olvida el futuro, marcado por la última venida, subraya la actualidad de una salvación que compromete nuestra comprensión de la vida, de nuestra vida presente, diaria.

San Lucas no espera a la mañana de Pascua para gritar al mundo ese "desde ahora"; lo hace cuando Jesús es entregado por Judas, traicionado por Pedro, ridiculizado por los criados, acusado por los jefes. Así relaciona humillación y triunfo de una forma que resulta llamativa.

Acusado ante Pilato de pretensiones políticas y de intrigas antiromanas, Jesús es, finalmente, inocente; Pilato no "encuentra ningún motivo de condena" en él: sorprendente afirmación del carácter apolítico de la acción desarrollada por Jesús. San Lucas, es el único en referir la comparecencia ante Herodes, la aprovecha para hacer ver el sentido especial de la realeza de Jesús. "Tratado con desprecio", convertido en objeto de un juego indigno, Jesús, sin embargo, se halla revestido con una "vestidura magnífica", que dice al creyente su verdadera dignidad.

Al dar cuenta de la segunda audiencia de Pilato, San Lucas insiste, por una parte, en el juicio que hace -Jesús es inocente- y, por otra, en la unanimidad que reúne a "sumos sacerdotes, jefes y pueblo" en la condena de Jesús, conseguida con su insistencia, varias veces renovada... De esta manera, los paganos salvan, en parte al menos, su responsabilidad, mientras que los judíos comprometen gravemente la suya.

La subida al Calvario permite una oposición muy esclarecedora para los cristianos de todos los tiempos. Entre Simón de Cirene, que va "detrás de Jesús" "llevando la cruz", o las mujeres que sólo saben llorar el destino de Jesús, ¿cuál es el discípulo más fiel? Simón de Cirene, sin duda; las mujeres que lloran por Jesús se equivocan. Si hay que llorar es por el destino de los responsables de la muerte de Jesús.

Lo que Jesús espera de sus verdaderos amigos es no que se conmuevan por su suerte, sino que vayan con él llevando la cruz y que, una vez llegada la muerte, sepan dirigirle la oración de ese otro personaje modelo. El buen ladrón: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas...". Pero, ¿por qué es necesario que los modelos de los cristianos hayan sido tomados no entre los discípulos formados por la enseñanza de Jesús, sino entre unos ladrones o entre quienes parecían encontrar a Jesús por primera vez o de casualidad? ¿Será que es entre ellos donde se encuentra la verdadera fidelidad?

De la crucifixión que pinta San Lucas, hay que fijarse sobre todo en las dos palabras de Jesús: la petición de perdón que dirige a su Padre, junto con el motivo que se da -"No saben lo que hacen" y la frase confiada con la que Jesús marca su muerte. Nada recuerda aquí el trágico grito que refieren Marcos y Mateo. Jesús, según San Lucas, expira en medio de un sorprendente movimiento de abandono filial: " Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu"

"Desde ahora, afirmaba Jesús, el Hijo del hombre estará sentado...". De hecho, es a partir del ahora de su crucifixión, más aún, de su muerte, cuando "las hijas de Jerusalén", símbolos de la ciudad incrédula, se interesan por él, cuando uno de los ladrones crucificados con él le saluda con un acto de fe, cuando un centurión "glorifica a Dios" por la muerte de este justo, cuando la gente se arrepiente de esto, y sus amigos vuelven a aparecer. Entre ellos, José de Arimatea, hasta entonces desconocido, se enfrenta a Pilato y coloca a Jesús en una tumba digna de él, mientras las mujeres empiezan los preparativos cuya inutilidad podrán comprobar en el cuerpo desaparecido y resucitado.

 

Para nuestra vida

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un humilde borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes (Zacarías 4, 4). Y los cantos del pueblo son claramente mesiánicos; esta gente conocía bien las profecías y se llena de júbilo. Jesús admite el homenaje. Su triunfo es sencillo, sobre un pobre animal por trono. Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de los hombres sobre una cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de Él, en la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra serenidad, con nuestra sincera preocupación por los demás. Desde el evangelio y meditando la reflexión de San Agustín podemos decir: Como un borrico soy ante Ti, Señor..., como un borrico de carga, y siempre estaré contigo.

 

En la primera lectura, vemos y contemplamos al "Siervo de Yahvé" . Los judíos veían representado en él al pueblo de Israel perseguido e incomprendido por los otros pueblos. Los cristianos vemos en el "Siervo" la prefiguración del Mesías sufriente, que en la cruz recibe insultos y salivazos, que ofrece la espalda a los que le golpean. No es un loco ni un necio, sino alguien que se fía de Dios y cumple su voluntad. Por eso, no se acobarda ni se echa atrás ante el sufrimiento o la misma muerte. Sabe que el Señor le ayuda y que no quedará avergonzado

Los contenidos oracionales del salmo de hoy, se dan en Jesús hasta los más mínimos detalles sugeridos por el salmista: la  agonía, el carácter infamante del suplicio, la sed causada por la deshidratación, los  miembros dislocados, la sangre que mana de pies y manos, el golpe de gracia con la lanza,  las vestiduras dadas a los verdugos según la costumbre, los insultos de los acusadores...  En esta primera parte del género «lamentación«, se expresa un punzante sufrimiento,  casi insoportable en su realismo, y en el cual podemos admirar la belleza de este «hombre  de dolores«: a diferencia de las lamentaciones de Jeremías, no tiene rabia ni lanza  maldiciones contra sus verdugos... gime, sí... expresa su dolor en medio de una paz  profunda en que mezcla acentos de esperanza «Tú, sin embargo, eres santo... en Ti  esperaron nuestros padres... Tú me acogiste desde mi nacimiento... Tú eres mi Dios...»  Tampoco aparece ninguna preocupación filosófica sobre el problema del mal: sufre, y ora  con mayor intensidad. 

 

Hoy el salmo nos permite llegar a lo profundo del alma de Jesús: «Tú estás  lejos... no permanezcas alejado... me has respondido...» La Resurrección, la gloria, la  alabanza, estaban en su corazón aun mientras permanecía en la cruz. Leyamos una vez más la  tercera parte de este salmo, poniéndola en labios de Jesús en la cruz: es una esplendida acción de gracias (Eucaristía en griego). Ia víspera de su muerte, Jesús «mimó» su  sacrificio en la «acción de Gracias» de la comida Pascual. Era consciente de la enorme  fecundidad de su muerte; convidó a todos sus hermanos a tomar parte en la «comida de los  pobres» para asociarlos a la alabanza del Padre: «¡Esta es la obra del Señor!»

En la segunda lectura se nos recuerda que por la cruz se llega a la luz. El anonadamiento de Cristo es la puerta que conduce la glorificación. Sólo en la cruz se desvela el misterio. Ese Jesús crucificado es "verdaderamente el Hijo de Dios", es el Cristo, Mesías Exaltó a aquél que se había despojado en la muerte. Estamos acostumbrados a oír "al tercer día resucito de entre los muertos" que apenas nos hace mella el despojamiento de la cruz (Ver Cuadernos de Oración, núm. 75-1990: La locura de la cruz). Más allá de la vida nuevamente conseguida, estas palabras se refieren al puesto que ahora se confía a Jesús, el obediente.

"En el cielo, en la tierra, en el abismo". No se habla de hombres, sino de potestades. Se trata de aquellas potestades que hasta ahora esclavizaban el destino de los hombres y reducían la humanidad a esclavitud. Si doblan la rodilla ante Cristo, esto significa no sólo que le reconocen como más poderoso, sino también que el antiguo poder de ellos ha sido quebrantado. Se ha producido en el cosmos un cambio de dominio. "KYRIOS": el Jesús obediente ocupa ahora el puesto de Señor del universo.

El sentido del mundo no es ya la insensatez, la ceguera, el azar, sino JC. Él es la respuesta a las preguntas que turban a los hombres. En él recobra el mundo su sentido. Estas mismas líneas maestras de este precioso himno a Cristo Señor se encuentran también en el relato de la Pasión de este ciclo A. En la epístola a los Flp, JC "se despojó de su rango"; en el evangelio parece que no quiere que la gente descubra que Él es el Mesías: prohíbe hablar, manda callar.

Jesús se despojo y se hizo obediente en una doble vertiente. Obediente no sólo al Padre. También se hizo obediente a la condición humana que había tomado, a lo que exige la realidad de vivir como hombre. Esto quiere decir que Cristo, al hacerse hombre, no lo hizo con condiciones especiales. ¡Es que Él era Dios!, decimos.

Se sometió, "obediente hasta la muerte" a todo lo que comporta vivir como hombre: condicionamientos físicos y materiales (hambre, sed, calor, fatiga); condicionamientos económicos y culturales (los de la propia sociedad de su tiempo, cultura limitada, medios pobres, oportunidades concretas más o menos reducidas); y, sobre todo, condicionamientos sociales, que le implican en los intereses (legítimos o ilegítimos, puros o bastardos) de las gentes de su tiempo, que le aman y son amados por él, le aceptan, o le rechazan, o le utilizan... y finalmente le matan, porque no se acomodaba a lo que ellos ansiaban y esto les molesta.

Se hizo obediente a la realidad humana, promoviendo todo lo que era verdaderamente humano y rechazando todo lo que era contrario al hombre. Y así, de esta forma, obediente también al Padre, dando testimonio "hasta la muerte" de lo que el Padre quiere que sea la realidad humana.

Y es esto precisamente lo que san Pablo recomienda a los filipenses: "tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús"; la misma obediencia a la realidad humana y al Padre, aunque esto pueda costaros la vida, "hasta la muerte".

La vida de Jesús es asumir la situación de los otros y ver cómo desde dentro de esa situación se puede crear la relación filial con el Padre y fraternal con los hermanos. Miremos el ejemplo de Jesús: deja tu "condición divina" -porque todos nos creemos de condición divina, nos hacemos absolutos y nos creemos dioses- y ponte en la condición del otro y procura sentir desde dentro al otro y padecer desde su situación.

 

  ¿Con qué personaje de la pasión nos identificamos: con Pedro que le negó, con Judas que le traicionó, con el pueblo que no le acepta, o con Juan y las mujeres que le acompañaron?.

Contemplado y orando desde la Pasión y la muerte de Cristo, es el mejor medio de acercarnos a la semana Santa, al Triduo pascual.

La pasión según san Lucas tiene muchos aspectos característicos. Desde un punto de vista externo, por ejemplo, el interrogatorio de Pilato está dividido en dos partes y entre las dos se incluye la comparecencia de Jesús ante Herodes (vv 6-12), escena que sólo narra el tercer evangelista. San Lucas tiende a disminuir la responsabilidad de Pilato: declara tres veces inocente a Jesús (21s) propone castigarlo y soltarlo (22). Jesús no calla ante él, sino únicamente ante Herodes. Se manifiesta así una clara voluntad de rebajar la responsabilidad de los romanos en el proceso de Jesús.

Dejando aparte estas particularidades, que desempeñan un papel importante en el momento de establecer un orden cronológico en los acontecimientos, la narración de San Lucas se caracteriza por la manera de subrayar aspectos que podríamos llamar pastorales y que apuntan a una aplicación práctica en la vida de los cristianos. Esta parece ser la intención de tres episodios de la historia de la pasión: el  lamento de las mujeres, el diálogo con el buen ladrón y la reacción del pueblo ante la muerte de Jesús.

El llanto de las mujeres (27-31) evoca la lamentación de Zac 12,10: «derramaré sobre la casa de David un espíritu de compunción y de pedir perdón. En la respuesta de Jesús (28-30) hay una alusión al juicio de Israel (cf. Lc 13,34-35). Indirectamente exhorta San Lucas a sus lectores a aceptar el mensaje de Jesús, camino de salvación.

La salvación que aporta Jesús es explicitada también con la conversión del buen ladrón (39-43), ejemplo de pecador convertido: en el momento de su muerte entrará ya en el paraíso.

La propia muerte de Jesús es precedida  de un gran grito de confianza (v 46, cf. Sal 31,6) " Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". La reacción de la gente ante esta muerte (47-49) contiene el reconocimiento por parte del centurión de que Jesús era un hombre justo (confesión primitiva de la fe). Los demás, por su parte, se sienten interpelados por esta muerte: «se volvieron golpeándose el pecho» (48). La apertura y conversión de la gente son también un ejemplo para la comunidad cristiana de cualquier época.

La sepultura de Jesús cierra la historia de la pasión y es a la vez un presupuesto necesario para las narraciones del sepulcro vacío. Era costumbre de los romanos entregar el cuerpo de los ejecutados, para enterrarlos, a los familiares o amigos que los pidiesen. Desaparecidos los discípulos, un judío piadoso toma la iniciativa en esta acción humanitaria. José de Arimatea, miembro del sanedrín (en desacuerdo con la decisión de condenar a Jesús), tenía que sentir una gran simpatía por la corriente mesiánica de Jesús, una gran piedad por el crucificado, para no retroceder ante la impureza que conllevaba tocar un cadáver, en vigilias de la gran fiesta judía. Como el anciano Simeón de los evangelios de la infancia, "un hombre justo y piadoso que esperaba la consolación de Israel" (2,25), José es caracterizado por su bondad y justicia y por su esperanza en el reino de Dios (v 50). Sus cualidades morales se manifiestan en la acción que lleva a término. Sin ser discípulo, ni galileo como la mayoría de ellos, José debió de conocer a Jesús en la última etapa de su ministerio en Jerusalén.

San Lucas insiste en que el sepulcro, excavado en la roca, aún no había sido usado. Quizá José de Arimatea no creía en que Jesús fuera el Mesías, pero esto no era obstáculo para que trate su cuerpo con el máximo respeto. Sin duda, José se había abierto a la predicación de Jesús sobre el reino de Dios.

Unas mujeres, que seguían a Jesús desde la Galilea, ven dónde y cómo es sepultado Jesús. Son las mismas mujeres que, pasado el sábado, muy de mañana, irán al sepulcro y recibirán el primer anuncio de la resurrección. Entre ellas están María Magdalena y Juana (24,10), que son citadas entre los seguidores de Jesús en Galilea (8,2-3). De esta manera San Lucas relaciona la narración de la pasión y de la pascua con el ministerio galileo de Jesús.

Son las enseñanzas dadas allí las que facilitarán la llave para interpretar la muerte de Jesús en Jerusalén y para abrirse al mensaje de pascua. En estos momentos de silencio y de prueba, los discípulos -hombres y mujeres- descubrirán el alcance y las exigencias de la fe a la que les había llamado Jesús cuando estaban en la Galilea. La muerte no tenía la última palabra. El crucificado, puesto en el sepulcro, les llamaba en aquel momento de espera, como nos llama hoy a nosotros, a creer en su mensaje de vida.

 

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com