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viernes, 12 de julio de 2024

Comentarios a las lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario 14 de julio de 2024

 

Comentarios a las lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario  14 de julio de 2024

Las lecturas de hoy, la profética y la evangélica, nos pueden permitir hacer un retrato-robot de la identidad del cristiano a partir de los rasgos fundamentales que  caracterizan la misión apostólica. Porque el cristiano, seguidor de Jesucristo, incluso antes  de llamarse así, era aquél que, desde la fe en Jesucristo como Señor, tomaba un nuevo  camino y se ponía en marcha para anunciar la Buena Noticia del Reino y para irla haciendo  realidad. Dejar el antiguo camino (pecado, idolatría, judaísmo, etc). para tomar con otros el  camino hacia el Reino del Padre.

Hoy como ayer, el Señor nos envía a anunciar su Palabra, a curar y consolar a los enfermos, a anunciar la paz que Él trae, la paz del espíritu y ello, aunque nos cueste indiferencia, incomprensión o persecución por su causa, pero, a pesar de ello, siempre habrá lugares donde evangelizar. ¿Cómo puedes y donde el Señor te llama y envia a evangelizar?. ¿Cómo ser profeta en tu vida cotidiana?.


La primera lectura nos sitúa ante el envió como profeta de Amos (Am. 
7, 12-15 ), “ve y profetiza a mi pueblo de Israel”. texto de Am. 7,10-17 es capital para entender la vocación profética y, más en concreto, sus relaciones con los poderes establecidos: el rey y el sacerdote (cfr. Dt. 17-18). El rey del N. tiene su santuario real en Betel, la ciudad tradicionalmente ligada al patriarca Jacob (=Israel), en ella ofician sacerdotes creados por el fundador del reino, Jeroboam I, y que están al servicio del monarca de turno. Este santuario es como el corazón del reino, y así como el reino tiene sus fronteras también el templo es un espacio acotado y controlado por los sacerdotes al servicio del rey.

-Y en este espacio acotado irrumpe algo nuevo e inesperado: la palabra de Dios traída por un profeta de allende las fronteras. Viene de fuera, sin pedir permiso, como tomando posesión; más aún, hace de Betel como una caja de resonancia para que el mensaje resuene en todo el reino: el país no puede soportar sus palabras.

La amenaza de Amós pone en movimiento el mecanismo de la denuncia: Amasías, representante de la religión institucionalizada, denuncia al portador de la palabra divina ante el rey. Y tras la denuncia, la orden de expulsión: en su patria, Judá, podrá desarrollar su actividad profética, pero no en un territorio ajeno. El tinglado religioso no puede desmontarse ni se puede perder la fuente de ingresos. Así el rey y el gran sacerdote pretenden neutralizar la palabra de Dios como si ésta pudiera depender del permiso y de la tolerancia del rey y del sacerdote.

-En ese momento Amós reacciona con más vigor (v.s. 14-17). Amasías ha informado al rey y ha intentado intimidar al profeta, pero Amós no predica por ganarse el sustento cuotidiano... y así se siente libre para proclamar una sentencia soberana. Por medio de su profeta, la palabra divina penetra, se instala, expulsa, actúa en la historia.

El profeta molestaba a demasiada gente: a la casa real, a los funcionarios políticos, a los comerciantes sin moral, a los sacerdotes adictos a las razones de Estado, a las damas de la alta sociedad, a los magistrados corrompidos y corruptores, etc. Más que en defender el origen carismático de su vocación y misión, Amós pone el acento en demostrar que Dios lo ha investido de autoridad para denunciar ahora y aquí los crímenes de Israel y predecir su castigo. Ante una religión que busca instrumentalizar los conceptos de elección y de pacto, para crear en el pueblo un sentido de seguridad respecto a su futuro, Amós denuncia la infidelidad a la alianza. Si puede llamarse revolucionario, sólo lo será en el sentido de que él busca restablecer el orden querido por Dios; la transformación que preconiza es una conversión. El profeta manifiesta que si se entrega a la tarea de denunciar el orden existente es en virtud de una encomienda divina, directamente opuesta a la pretensión de Amasías: "Vete, escapa a la tierra de Judá y come allí tu pan haciendo de profeta" (v 12).

La insistencia en el tema revela el significado primordial del relato: el mensajero no puede elegir su destino sino que debe ser inexorablemente fiel a quien le envía. «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9,16).

El conflicto entre Amós y Amasías es el conflicto entre la autoridad de la palabra de Dios y la autoridad del Estado, que se sirve de la religión. El pastor de Tecua no apela al éxtasis ni a la pertenencia a asociaciones proféticas: la única prueba de autenticidad de su palabra es su entrega total a ella. El profeta tiene el valor y la sabiduría de enfrentarse a Amasías no con oscuros razonamientos, sino sólo con la palabra, con los criterios de fe.

 

El salmo responsorial de hoy (Sal. 84) nos prepara, nos invita y nos hace expresar en actitud orante la necesidad de la intimidad y cercanía del Señor. "Muéstranos, señor, tu misericordia y danos tu salvación".

Este salmo está marcado en su totalidad por el tema del "retorno". La situación que dio origen a este salmo no es otra que el regreso de los deportados de Babilonia. Con base en este acontecimiento histórico, considerado como un acto de perdón de Dios, se le pide una nueva gracia. Luego del entusiasmo por el retorno de las primeras caravanas de prisioneros liberados, se encuentra uno súbitamente ante la decepción de lo "cotidiano": la reconstrucción del Templo tomaba tiempo y los enemigos hostigaban sin cesar a los nuevos repatriados (Esdras 4,4).

El plan del salmo es claro:

La primera estrofa recuerda las intervenciones de Dios en el pasado: seis verbos en pasado que tienen a Dios como autor. Luego dos estrofas que expresan la oración actual, y que se resume en dos peticiones: "Haznos volver". "¿No volverás?".

Finalmente el salmista se recoge para "escuchar" la respuesta de Dios en forma de Oráculo: Sí, Dios promete que va a volver, trayendo sus beneficios.

Desde el punto de vista literario, admiremos el juego danzante de repetición de palabras. Once palabras se repiten: regresar, salvación, amor, verdad, justicia, cólera, dar, tierra, pueblo, decir... paz...

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: " 1. El salmo 84, que acabamos de proclamar, es un canto gozoso y lleno de esperanza en el futuro de la salvación. Refleja el momento entusiasmante del regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de sus padres. La vida nacional se reanuda en aquel amado hogar, que había sido apagado y destruido en la conquista de Jerusalén por obra del ejército del rey Nabucodonosor en el año 586 a.C.

En efecto, en el original hebreo del Salmo aparece varias veces el verbo shûb, que indica el regreso de los deportados, pero también significa un "regreso" espiritual, es decir, la "conversión". Por eso, el renacimiento no sólo afecta a la nación, sino también a la comunidad de los fieles, que habían considerado el exilio como un castigo por los pecados cometidos y que veían ahora el regreso y la nueva libertad como una bendición divina por la conversión realizada.

2. El Salmo se puede seguir en su desarrollo de acuerdo con dos etapas fundamentales. La primera está marcada por el tema del "regreso", con todos los matices a los que aludíamos.

Ante todo se celebra el regreso físico de Israel:  "Señor (...), has restaurado la suerte de Jacob" (v. 2); "restáuranos, Dios salvador nuestro (...) ¿No vas a devolvernos la vida?" (vv. 5. 7). Se trata de un valioso don de Dios, el cual se preocupa de liberar a sus hijos de la opresión y se compromete en favor de su prosperidad:  "Amas a todos los seres (...). Con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida" (Sb 11, 24. 26).

Ahora bien, además de este "regreso", que unifica concretamente a los dispersos, hay otro "regreso" más interior y espiritual. El salmista le da gran espacio, atribuyéndole un relieve especial, que no sólo vale para el antiguo Israel, sino también para los fieles de todos los tiempos.

3. En este "regreso" actúa de forma eficaz el Señor, revelando su amor al perdonar la maldad de su pueblo, al borrar todos sus pecados, al reprimir totalmente su cólera, al frenar el incendio de su ira (cf. Sal 84, 3-4).

Precisamente la liberación del mal, el perdón de las culpas y la purificación de los pecados crean el nuevo pueblo de Dios. Eso se pone de manifiesto a través de una invocación que también ha llegado a formar parte de la liturgia cristiana:  "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación" (v. 8).

Pero a este "regreso" de Dios que perdona debe corresponder el "regreso", es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen "a los que se convierten de corazón" (v. 9). Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz.

Es sabido que a menudo los términos bíblicos relativos al pecado evocan un equivocarse de camino, no alcanzar la meta, desviarse de la senda recta. La conversión es, precisamente, un "regreso" al buen camino que lleva a la casa del Padre, el cual nos espera para abrazarnos, perdonarnos y hacernos felices (cf. Lc 15, 11-32).

4. Así llegamos a la segunda parte del Salmo (cf. vv. 10-14), tan familiar para la tradición cristiana. Allí se describe un mundo nuevo, en el que el amor de Dios y su fidelidad, como si fueran personas, se abrazan; del mismo modo, también la justicia y la paz se besan al encontrarse. La verdad brota como en una primavera renovada, y la justicia, que para la Biblia es también salvación y santidad, mira desde el cielo para iniciar su camino en medio de la humanidad.

Todas las virtudes, antes expulsadas de la tierra a causa del pecado, ahora vuelven a la historia y, al encontrarse, trazan el mapa de un mundo de paz. La misericordia, la verdad, la justicia y la paz se transforman casi en los cuatro puntos cardinales de esta geografía del espíritu. También Isaías canta:  "Destilad, cielos, como rocío de lo alto; derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, el Señor, lo he creado" (Is 45, 8).

5. Ya en el siglo II con san Ireneo de Lyon, las palabras del salmista se leían como anuncio de la "generación de Cristo en el seno de la Virgen" (Adversus haereses III, 5, 1). En efecto, la venida de Cristo es la fuente de la misericordia, el brotar de la verdad, el florecimiento de la justicia, el esplendor de la paz.

Por eso, la tradición cristiana lee el Salmo, sobre todo en su parte final, en clave navideña. San Agustín lo interpreta así en uno de sus discursos para la Navidad. Dejemos que él concluya nuestra reflexión:  ""La verdad ha brotado de la tierra":  Cristo, el cual dijo:  "Yo soy la verdad" (Jn 14, 6) nació de una Virgen. "La justicia ha mirado desde el cielo":  quien cree en el que nació no se justifica por sí mismo, sino que es justificado por Dios. "La verdad ha brotado de la tierra":  porque "el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14). "Y la justicia ha mirado desde el cielo":  porque "toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto" (St 1, 17). "La verdad ha brotado de la tierra", es decir, ha tomado un cuerpo de María. "Y la justicia ha mirado desde el cielo":  porque "nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo" (Jn 3, 27)" (Discorsi, IV/1, Roma 1984, p. 11). (San Juan Pablo II. Audiencia del miércoles, 25 de septiembre de 2002 ).

 

La segunda lectura de la Carta a los Efesios (Ef. 1, 3-14), El escrito de Pablo que empezamos hoy, conocido como carta a los Efesios, se abre, como de costumbre, con un saludo (v 1s) al que sigue un himno introductorio, probablemente de origen litúrgico, que canta el misterio de Dios oculto desde la eternidad y manifestado ahora (3-14).

Este himno a Cristo, es  una de las cumbres de la literatura paulina. Se expone en él el sentido de Jesucristo en términos totalmente globales y que abarcan toda la historia. Estas líneas intentan nada menos que dar cuenta del plan de Dios respecto al hombre y del puesto y misión de Cristo en ese plan.

En el saludo, las palabras «por designio de Dios» expresan la comprensión que Pablo tiene de sí mismo como cristiano: es lo que es sólo porque Dios lo ha querido así y por obra suya. Esta comprensión de sí mismo en Pablo es fundamental, ya que orienta toda su vida. El pensamiento cristiano, que ve el designio de Dios en la totalidad de la propia vida, manifiesta la insuficiencia de un humanismo que cree que lo que el hombre es y puede llegar a ser está totalmente en su mano.

En la primera estrofa (vv. 3-6) se expone básicamente ese plan en un contexto de acción de gracias. Aparece la predestinación y elección del hombre por parte de Dios. Predestinación a ser hijo de Dios, no a ninguna otra cosa como luego entendieron los calvinistas. El destino a ser hijos es lo primero, aunque aparezca después, en el texto la santidad. Se destaca la libre, absolutamente libre, iniciativa de Dios.

Nada hay, sino su amor, que explique por qué ha puesto en marcha este plan. La segunda estrofa (7-10): la acción del Hijo. La constante repetición de fórmulas referidas a Cristo hacen ver la importancia de su persona. A través de Jesucristo se va realizando el proyecto.

Este himno cristológico   resume la fe de los cristianos de los primeros tiempos en Cristo Jesús. Es una auténtica oración, una contemplación teológica de todo el plan salvífico de Dios. Todo el himno es una alabanza a Dios por habernos bendecido en Cristo. La bendición era un componente esencial de la promesa que Dios le había dado a Abraham (Génesis 12:1-3). Esta bendición nos da la historia del Antiguo Testamento. Esta bendición daba la identidad al pueblo de Israel.

Esta bendición culmina en la persona de Jesús. Jesús es la bendición prometida a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús es la única fuente de bendición. En el centro de la bendición resuena el vocablo griego mysterion, un término asociado habitualmente a los verbos de revelación («revelar», «conocer», «manifestar»). En efecto, este es el gran proyecto secreto que el Padre había conservado en sí mismo desde la eternidad (cf. v. 9), y que decidió actuar y revelar «en la plenitud de los tiempos» (cf. v. 10) en Jesucristo, su Hijo.

El nos ha elegido desde toda la eternidad para ser sus hijos en su Hijo, para que vivamos una vida de amor y de acción de gracias, para reproducir en nosotros la imagen de su Hijo querido. Dios tiene un plan desde antes de la fundación del mundo. No es una adaptación agregado después que el hombre pecó. Antes de la creación, sabía que Jesús iba a la cruz.

 “"... Dios nos escogió en Cristo ..." (Efesios 1:4)

Nos predestinó para adopción como hijos…” (Efesios 1:5)

 “… Para la alabanza de su gloría …” (Efesios 1:6)

Cristo es así nuestro Señor y nuestro hermano: el que con su sangre borra nuestro pecado, y nos llena de la gracia y del favor del Padre. Cristo, es la síntesis y el cumplimiento del plan de Dios: en El, todos nosotros y toda la creación somos una sola cosa; El es el centro de todo, y nosotros no podemos menos de girar en su órbita, y vivir en una segura esperanza de la herencia que nos está destinada.

  En nuestro momento histórico es importe tener claro y valorar en todas sus consecuencias esta recapitulación de todo en Cristo. . La cual recapitulación es el punto final del proceso comenzado por la iniciativa divina aún antes de la creación. Es hacer que toda la humanidad reconozca a Cristo como Señor, se someta a El y El a su vez la una con Dios, de forma que Dios sea todo en todas las cosas (I Cor, 15, 27-28). La última estrofa (11, 14), es una especie de aplicación concreta de esta gran construcción. El arco de bóveda abarca toda la historia, apoyándose en cada uno de sus extremos. Cristo no deja fuera a nadie ni a nada. La recapitulación es la manera de llegar a ser hijos. Nadie puede pensar que el plan divino no va con él.

Pero de hecho sucede a menudo que cada vez,  hay más agnósticos. En gran parte es nuestra responsabilidad hacer que esto no suceda, no con imposiciones o predicaciones que todavía alejan a más gente y hacen más increíble este plan, sino con amor a la gente real. Este es el reto que los cristianos tenemos en este momento de nuestra historia.

 

El evangelio de hoy del evangelista San Marcos,  (Mc. 6, 7- 13 ) nos sitúa ante el envío de Jesús: "En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos".

Ante el rechazo de Jesús por sus paisanos, San Marcos comentaba el domingo pasado: "Y se extrañaba de aquella falta de fe y recorría las aldeas de alrededor enseñando" (Mc. 6, 6). Acto seguido añade los versículos que leemos hoy. En ellos se conserva el colorido localista de Palestina.

Los vs. 7 y 12 nos remiten a Mc. 3, 13-15. Son su realización. El envío por parejas era una costumbre habitual en el judaísmo. Según la legislación judicial judía, para la validez de un testimonio se requerían al menos dos varones adultos. Los doce, enviados de dos en dos, serán testigos de Jesús, darán testimonio en favor de él en un momento en que los indicios de rechazo de Jesús empiezan a hacer su aparición con fuerza (cfr. Mc. 3, 6; 6, 1-6).

La misión de los doce no es para enseñar (esto es específico de Jesús), sino para proclamar la conversión (v. 12; cfr. 3, 14). El término conversión nos remite a la proclamación programática de Jesús y connota una urgencia, dada la cercanía del La semántica básica del término expresa un cambio radical de mentalidad, un giro copernicano en las categorías mentales, las cuales, a su vez, determinan la actuación del hombre.

Fijémonos en  la insistencia en la pobreza como condición indispensable para la misión: ni pan, ni morral, ni dinero, sino sólo calzado corriente, un bastón y un solo manto (versículos 8-9). Se trata de una pobreza que es fe, libertad y ligereza. Ante todo, libertad y ligereza; un discípulo cargado de equipaje se hace sedentario, conservador, incapaz de captar la novedad de Dios y demasiado hábil para encontrar mil razones utilitarias y considerar irrenunciable la casa donde se ha instalado y de la que no quiere salir (¡demasiadas maletas que hacer y demasiadas seguridades a las que renunciar!). Pero la pobreza es también fe; es la señal de que uno no confía en sí mismo, de que no quiere estar asegurado a todo riesgo.

Hay finalmente un tercer aspecto que no conviene olvidar: la atmósfera "dramática" de la misión. Quizás sea ésta la nota dominante de todo el capítulo. Está la dramaticidad de la repulsa y la dramaticidad de la contradicción. Dos sufrimientos que el discípulo tiene que arrastrar con valentía. La repulsa está ya prevista (versículo 11): la palabra de Dios es eficaz, pero a su modo. El discípulo tiene que proclamar el mensaje y jugárselo todo en él.

Al discípulo se le ha confiado una tarea, pero no se le ha garantizado el resultado. La otra dramaticidad, la de la contradicción, todavía es más interior a la naturaleza misma de la misión. El anuncio del discípulo no es una instrucción teórica, sino una palabra que actúa, en la que se hace presente el poder de Dios, una palabra que compromete y frente a la cual es preciso tomar una postura. Por tanto, es una palabra que sacude, que suscita contradicciones, que parece llevar la división en donde había paz, el desorden en donde había tranquilidad. La misión es, como dice Marcos, una lucha contra el maligno; donde llega la palabra del discípulo, Satanás no tiene más remedio que manifestarse, tienen que salir a la luz el pecado, la injusticia, la ambición; hay que contar con la oposición y con la resistencia. Por eso el discípulo no es únicamente un maestro que enseña, sino un testigo que se compromete en la lucha contra Satanás de parte de la verdad, de la libertad y del amor.

Los doce deben ser ellos mismos signo visible de la conversión que proclaman. En las circunstancias concretas de su momento histórico, los doce no necesitan más bagaje de un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias, sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina. La fuerza y credibilidad de su misión no estriban en los modelos socioeconómicos constituidos. Este es el significado del v. 9. Los vs, 10-11, en cambio, se mueven en otros campos de significación: el de la urgencia de dedicación a la proclamación (v. 10) y el de la gravedad que lleva consigo el rechazo del proclamador o de su proclamación.

La misión de los doce busca provocar una transformación.

El alcance de esta transformación queda puesto de manifiesto en el poder que Jesús les confiere sobre los espíritus inmundos. Esta expresión mitológica engloba todo lo que de inhumano y hostil destruye al hombre. La transformación no se reduce a la sola dimensión espiritual, sino que afecta a la totalidad del hombre. La conversión tiene también una dimensión material como elemento constituyente.

 

Para nuestra vida.

La llamada de Dios a Amós, la llamada de Jesús a los Doce, y el propio ejemplo de San Pablo que habla en la segunda lectura, no son casos excepcionales, propios de un sector de los cristianos (curas y obispos, por ejemplo). Curas y obispos realizan su tarea evangelizadora de un modo más institucional, por así decirlo. Pero la llamada es para todos. En este sentido, el ejemplo de Amós en la primera lectura, es significativo: él no es un profesional de la profecía, vinculado a tal o cual santuario, sino que es un individuo normal, un pastor y campesino que se siente llamado a dar a conocer a su pueblo la llamada de Dios. Y como él, todo cristiano ha sido llamado a esto: a coger el bastón y las sandalias, a ir por el mundo sacando demonios e invitando a cambiar el corazón. Y en cada época y en cada situación deberá verse qué es lo que esto significa.

En nuestra situación, en una sociedad que ya no es cristiana (que es "país de misión"), significa ante todo que la Iglesia no puede sentirse satisfecha teniendo mucha gente enrolada en consejos parroquiales, organizaciones, catequesis... como si el ideal fuera esto: que los cristianos se pasaran muchas horas en el interior de la iglesia, de manera que la iglesia se convierta en una especie de club que encierre y tranquilice a la gente. Las organizaciones de iglesia serán válidas si sirven para esto: para que los cristianos sean en el mundo verdaderos testigos de la fe.

Y significa, en segundo lugar, que la Iglesia como tal debe presentarse ante el mundo como un verdadero testigo transparente del amor de Dios. La iglesia esta llamada a  hacerse solidaria con los anhelos y preocupaciones de los hombres para llevarles la Buena Nueva que Jesucristo le encargó comunicar.

 

En la primera lectura se nos presenta a Amós como profeta es un ejemplo que debe servirnos a todos, cuando predicamos el evangelio. La obligación de todo cristiano es ser fiel al evangelio, guste o no guste a los jefes religiosos o políticos. Aunque esto no haya sido siempre así en la historia de nuestra Iglesia, sí es verdad que así lo hicieron los mártires y muchos de los grandes santos.

Este pastor y campesino del siglo VIII a. C., está en un contexto donde el pueblo escogido se encontraba por entonces, dividido en dos reinos.  Amos era  un pobre hombre del sur, de Judá y ha ido a profetizar al reino del norte. El rey se enoja, evidentemente, y manda que lo expulsen. Un hombre pobre, pastor de oficio y conservador a destajo de los frutos de los sicomoros. Son estos unos árboles corrientes por aquellas tierras. Es un árbol majestuoso, de hoja semejante a la de la morera, pero de fruto muy parecido al higo.

Amós condenó la injusticia social y la violencia del lujo, la depravación religiosa y el formalismo de un culto vacío; anunció por vez primera el castigo del Día de Yahvé y el exilio del Reino del Norte. Habló donde era preciso hablar y en el momento oportuno, que es cuando hablan los profetas y callan los maestros y sacerdotes que viven de su oficio. Por eso sus palabras resultaron insoportables. No es de extrañar que le salga al paso el sumo sacerdote Amasías que, como buen funcionario, debe velar por los intereses del rey de Israel. Amasías denunciaría la predicación del profeta Amós ante Jeroboán II. Amós le responde enérgicamente y le dice que si él predica la palabra de Dios no lo hace por vocación humana o por simple interés, sino porque Dios le ha mandado profetizar contra Israel. Por encima de la voluntad de Amasías y la presión del poder está la autoridad indiscutible de Dios, que le dice “ve y profetiza”. Amós es claro exponente del profetismo, que encarna siempre una fidelidad a la vocación de Señor, no de capricho, ni de ambición. Ser profeta significa sin duda ser persona incómoda. Pero es un signo de fidelidad y una muestra, para quien le escuche, de que Dios no olvida a nadie.

Las palabras de Amós son muy duras y a la vez muy claras. Autoridades religiosas que acotan el lugar sagrado, profetas y funcionarios del templo que viven de él, porque no saben dedicarse a otra cosa, y que tratan de proteger su sustento aunque sea a costa del mensaje evangélico... son muy abundantes. ¡Que cada cual cargue con la vela que le corresponda!.

 

El salmo responsorial de hoy, presenta la realidad humana en su historicidad cotidiana. El pasado, el presente, el porvenir. Así como el pueblo de Israel recordaba los beneficios que Dios le había hecho en el pasado, para tener seguridad de su protección en el futuro, nosotros también, en los días de prueba, debemos recordar las gracias que han marcado nuestra infancia, nuestra juventud, nuestro pasado. Actualizando la primera estrofa del salmo, podemos decir: "Señor, Tú has hecho esto con-migo... Tú me has concedido esto o aquello... Tú me has perdonado...".

La tierra responde al cielo, el cielo responde a la tierra. La afirmación, "la verdad brotará de la tierra, y del cielo penderá la justicia", no es sólo una imagen maravillosa, sino la definición misma de la "religión": religar, establecer relación, entre la tierra y el cielo, entre el hombre y Dios. Los campanarios, los minaretes, y todas las arquitecturas religiosas del mundo, apuntan hacia el cielo como una especie de signo simbólico.

El salmo nos recuerda, el optimismo bíblico. La Biblia es más optimista y moderna, ya que nos habla de una especie de encuentro recíproco: la tierra busca al cielo y el cielo busca a la tierra..."la verdad brotará de la tierra". Ha habido épocas en que se ha querido rebajar al hombre como si fuera totalmente incapaz de descubrir la verdad.

Amor y verdad se encuentran, justicia y paz se abrazan. ¡Qué equilibrio en estos "encuentros", en estos "besos"! Con frecuencia oponemos estas realidades. Insistimos en la caridad y caemos en una especie de subjetivismo que nos hace abandonar verdades fundamentales. O bien, somos en tal forma defensores de la verdad, que olvidamos la caridad más elemental hacia los adversarios con quienes estamos en desacuerdo. Hay que unir "amor y verdad" para no caer ni en el sectarismo, ni en el sentimentalismo bonachón. Tengo miedo de la gente que "posee la verdad" y no tiene amor. Pero temo igualmente a las personas que hablan de "amor" y no tienen el rigor de análisis para descubrir la verdad en situaciones y doctrinas.

Es necesario por otra parte reconciliar la "justicia" y la "paz". El mundo moderno habla mucho de "luchas", de "combates", de "justicia"... Y esto está bien. Pero también hay que construir la "paz", el "diálogo", la "concordia".

Detrás de las palabras de este salmo, avizoramos los conflictos sociales que sacuden nuestro mundo, nuestras familias, nuestras empresas, nuestra Iglesia.

"Escucho... ¿qué dirá el Señor Dios?". Dejemos resonar en nosotros estas palabras, este interrogante. Estemos a la escucha de Dios. Nos quejamos con frecuencia del "silencio de Dios". ¿Dejamos que El nos hable? ¿Aceptamos que El contradiga nuestros puntos de vista y no esté de acuerdo con nosotros? ¿Estamos dispuestos a escucharlo? ¿Estamos dispuestos a construir con El el mundo de paz-amor-verdad-justicia... que nos "pide" hacer?

Dios y el hombre se buscan mutuamente, se miran el uno al otro. Al observar las ojivas que estructuran las bóvedas de nuestras catedrales, se ve justamente este doble movimiento, estas dos búsquedas que se apoyan la una sobre la otra, y no pueden mantenerse la una sin la otra. La gracia y la libertad son necesarias. La gracia, sin la respuesta del hombre, es estéril desgraciadamente. El esfuerzo del hombre sin la gracia está abocado al fracaso. Señor, inclínate hacia mí, mientras me esfuerzo por hacer germinar mi vida.

 

Hoy  hemos escuchado en la segunda lectura, un himno tomado de la carta a los Efesios (cf. Ef 1,3-14), un himno que se repite en la liturgia de las Vísperas de cada una de las cuatro semanas. Este himno es una oración de bendición dirigida a Dios Padre. Su desarrollo delinea las diversas etapas del plan de salvación que se realiza a través de la obra de Cristo.

En el himno las etapas de ese plan se señalan mediante las acciones salvíficas de Dios por Cristo en el Espíritu. Ante todo -este es el primer acto-, el Padre nos elige desde la eternidad para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor (cf. v. 4); después nos predestina a ser sus hijos (cf. vv. 5-6); además, nos redime y nos perdona los pecados (cf. vv. 7-8); nos revela plenamente el misterio de la salvación en Cristo (cf. vv. 9-10); y, por último, nos da la herencia eterna (cf. vv. 11-12), ofreciéndonos ya ahora como prenda el don del Espíritu Santo con vistas a la resurrección final (cf. vv. 13-14).

Desde el himno cristológico de efesios demos también nosotros gracias a Dios y alabémosle por habernos dado a su Hijo, como camino, verdad y vida. Toda nuestra vida, como dice el salmo, debe ser un sacrificio de alabanza a Dios. 

De este himno dice San Juan Pablo II " 1. El espléndido himno de «bendición», con el que inicia la carta a los Efesios y que se proclama todos los lunes en la liturgia de Vísperas, será objeto de una serie de meditaciones a lo largo de nuestro itinerario. Por ahora nos limitamos a una mirada de conjunto a este texto solemne y bien estructurado, casi como una majestuosa construcción, destinada a exaltar la admirable obra de Dios, realizada a nuestro favor en Cristo.

Se comienza con un «antes» que precede al tiempo y a la creación: es la eternidad divina, en la que ya se pone en marcha un proyecto que nos supera, una «pre-destinación», es decir, el plan amoroso y gratuito de un destino de salvación y de gloria.

2. En este proyecto trascendente, que abarca la creación y la redención, el cosmos y la historia humana, Dios se propuso de antemano, «según el beneplácito de su voluntad», «recapitular en Cristo todas las cosas», es decir, restablecer en él el orden y el sentido profundo de todas las realidades, tanto las del cielo como las de la tierra (cf. Ef 1,10). Ciertamente, él es «cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo» (Ef 1,22-23), pero también es el principio vital de referencia del universo.

Por tanto, el señorío de Cristo se extiende tanto al cosmos como al horizonte más específico que es la Iglesia. Cristo desempeña una función de «plenitud», de forma que en él se revela el «misterio» (Ef 1,9) oculto desde los siglos y toda la realidad realiza -en su orden específico y en su grado- el plan concebido por el Padre desde toda la eternidad." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 18 de febrero de 2004).

San Ireneo, reconoce que «no hay más que un solo Dios Padre y un solo Cristo Jesús, Señor nuestro, que ha venido por medio de toda "economía" y que ha recapitulado en sí todas las cosas. En esto de "todas las cosas" queda comprendido también el hombre, esta obra modelada por Dios, y así ha recapitulado también en sí al hombre; de invisible haciéndose visible, de inasible asible, de impasible pasible y de Verbo hombre» (San Irineo. Contra las herejías).

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? El "misterio" ha quedado revelado. No hay azar. Dios tiene un "plan": Dios ha creado para nosotros el mundo, casa abierta para los hijos de Dios. No vamos a la deriva, caminamos hacia una meta: todos los hombres reunidos en torno a Cristo formando un inmenso Cuerpo, la humanidad regenerada sentada en torno a la mesa familiar, el encuentro definitivo de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

El  himno, para entenderlo es preciso que lo escuchemos como dicho para nosotros, hasta llegar -en cierto modo- a cantarlo nosotros mismos. Sólo con esta actitud, y no por la curiosidad de examinar la "realidad" de que se habla, podremos comprender que Dios nos bendiga con su bendición (3). El mundo y la vida que se cantan en el himno parecen extraños a la vida y al mundo nuestro de aquí. Pero no es así, ya que, aunque apenas se alude, en realidad nos abre a una nueva forma de comprendernos a nosotros mismos, lo que supone una nueva manera de vivir en relación con nosotros y con los demás. No seremos los mismos -para con nosotros y para los demás-, ni nos comportaremos de la misma forma, si nos consideramos todos bendecidos (3), elegidos de antemano para ser santos (4), escogidos en orden a una filiación adoptiva por parte de Dios (5), redimidos, perdonados (7), llenos de gracia por obra del Señor, rebosantes de sabiduría e inteligencia (8). Lo que se ha realizado en Cristo no es sólo para la salvación de unos cuantos; el designio de Dios es «hacer la unidad del universo en Cristo, de lo terrestre y de lo celeste» (10). Y, al final, en nuestro interior, tal vez caeremos de rodillas ante el misterio del hombre, que no es otro sino el de ser el lugar del misterio de Dios, donde llega a hacerse realidad la obra de Dios en Cristo.

Esto no son sólo palabras bonitas, promesas sin garantía. Entre nosotros vive un hombre en quien se ha cumplido ya todo esto: Jesucristo, muerto para resucitar. Tenemos además en nosotros el fermento de la metamorfosis futura: el Espíritu Santo. Tenemos, más o menos arraigado en nosotros, ese espíritu filial de fe y confianza que ilumina a tantos corazones cuando penetran este misterio y entran en este plan.

Cada eucaristía recordamos este proyecto de Dios, participamos en él y esperamos que termine por ser realidad total. Cada día de la semana, cada acontecimiento de nuestra vida, es una etapa en el camino de Dios.

 

El evangelio nos sitúa ante la misión. Los doce habían sido escogidos para que "estuvieran con él y enviarlos a predicar" (3, 14-15). En los capítulos anteriores les hemos visto separarse de la gente y seguir a Jesús, escuchar y aprender, vivir en comunidad con él; ahora (6, 7-13) Marcos nos muestra la otra dimensión del discípulo, la misionera. Las pocas palabras de Marcos (versículos 7-13) son muy densas del significado y constituyen, dentro de su brevedad, una especie de regla misionera.

Para describir la misión de los discípulos usa Marcos las mismas palabras que utiliza a través de todo el evangelio para describir la misión de Jesús: predicaban la conversión, curaban a los enfermos, echaban a los demonios (versículos 12-13). La misión de los discípulos depende totalmente de la de Cristo y encuentra en ella su motivación y su modelo. Cristo supone en el discípulo esta triple conciencia: conciencia del origen divino de su misión ("los envió"), esto es, de una actividad querida por otro y no decidida por nosotros mismos; de un proyecto en que estamos metidos pero sin ser nosotros los directores de escena; la conciencia de salir de si mismo y de ir a otro sitio, a lugares nuevos, continuamente de viaje; la conciencia finalmente de poseer un mensaje nuevo y alegre que comunicar a los demás.

El envío por parejas era una costumbre habitual en el judaísmo. Según la legislación judicial judía, para la validez de un testimonio se requerían al menos dos varones adultos. Los doce, enviados de dos en dos, serán testigos de Jesús, darán testimonio en favor de él en un momento en que los indicios de rechazo de Jesús empiezan a hacer su aparición con fuerza. La misión de los doce no es para enseñar, sino para proclamar la conversión, que  expresa un cambio radical de mentalidad, un giro copernicano en las categorías mentales, las cuales, a su vez, determinan la actuación del hombre. La misión de los doce busca provocar una transformación. Los doce deben ser ellos mismos signo visible de la conversión que proclaman. En las circunstancias concretas de su momento histórico, los doce no necesitan más bagaje que un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias, sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina.

Los consejos de Jesús al  envío de los apóstoles nos habla de la pobreza. La pobreza no debemos entenderla como miseria y falta de lo necesario para vivir, sino como sobriedad y austeridad en nuestros gastos. Además de ser pobres en este sentido, la pobreza cristiana debe tener siempre una dimensión social; así lo predicaba siempre san Agustín con su palabra y con su ejemplo: en los monasterios agustinianos no había diferencia alguna económica entre los monjes, porque todo era de todos y lo que les sobraba lo daban a los pobres. San Agustín decía a sus fieles que lo que no necesitaban, los bienes superfluos, se lo dieran a los pobres, porque los bienes superfluos de los ricos son los bienes necesarios de los pobres.  

"Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja". Es evidente que los tiempos han cambiado, pero el mensaje que nos transmiten estas palabras del evangelio sigue siendo válido para nosotros, nos recuerdan el valor de puro medio que tienen los bienes materiales y como no debemos estar apegados a ellos.

"Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". La predicación cristiana debe tener siempre estas dos dimensiones: predicar el evangelio, la Palabra de Dios, y hacer el bien a las personas a las que se predica. Así lo hacía Cristo y así lo hicieron todos los verdaderos profetas cristianos. Hablar es necesario, pero no es suficiente; las palabras deben estar siempre corroboradas con las obras. Si uno habla y habla, y lo que dice es verdad, pero sus acciones son contrarias a sus palabras, automáticamente está perdiendo credibilidad.

¿Cómo es nuestro predicar y nuestro testimonio?. Si los cristianos del siglo XXI, además de predicar el evangelio lo cumpliéramos de verdad, el mundo nos vería como veían a los cristianos de los primeros siglos, con admiración y respeto. Las palabras hoy día están bastante devaluadas, porque nuestros gobernantes están acostumbrados a decirnos unas cosas y a hacer otras, y los grandes medios de comunicación son más servidores de quienes les pagan que de la verdad. En cambio, los más grandes santos de nuestro calendario cristiano fueron personas que sobresalieron tanto por sus hechos como por sus palabras. Hagamos nosotros lo mismo, si queremos ser cristianos de verdad hoy.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

sábado, 26 de febrero de 2022

Comentario a las lecturas del VIII Domingo del Tiempo Ordinario 27 de febrero 2022

 

Comentario a las lecturas del VIII Domingo del Tiempo Ordinario  27 de febrero  2022

Acaba hoy la primera parte del tiempo ordinario, porque el próximo miércoles iniciamos ya la Cuaresma.

Además, tanto en la segunda lectura como en el evangelio, concluimos la lectura de los textos que íbamos leyendo a los largo de las últimas semanas; así acabamos la lectura continuada de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto, y también el resumen del mensaje de Jesús que el evangelista Lucas ha recogido en el capítulo 6, y del que hoy leemos el tercer y último fragmento. 

Por tanto, toda la liturgia de hoy nos invita a cerrar un período, una etapa del año litúrgico, durante la cual hemos ido siguiendo los inicios del ministerio de Jesús, para iniciar otra la próxima semana: la Cuaresma, un tiempo fuerte, con todo lo que comporta. 

 

La primera lectura es del libro del Eclesiástico (Eclo 27,4-7) Un notable de Jerusalén escribe este libro con la sola intención de poner sus conocimientos de la Escritura al servicio de su pueblo. Se trata de un hombre que ha viajado mucho, que conoce el corazón del hombre.

El libro del Eclesiástico, conocido también con el nombre de Sirácida, fue compuesto en hebreo por Jesús, hijo de Sirá (cf. 50,27), en Jerusalén hacia el año 200 a.C., y traducido al griego por el nieto del autor en Egipto hacia el año 120-130 (cf. prólogo). Es la obra de un hombre que reflexiona a partir de la Escritura y de la historia de Israel, y elabora un conjunto de enseñanzas para mantener y valorar la fe y la tradición del pueblo, amenazadas por la fuerza creciente de la cultura helénica. Estas enseñanzas son la "sabiduría" verdadera, que tiene como depositario a Israel, el pueblo de Dios.

Este conjunto de enseñanzas son muy variadas. Lo que hoy leemos como preparación del evangelio de este domingo es un breve poema que invita a no equivocarse a la hora de valorar las personas. Cuando se agita la criba se ve lo que había bueno o malo; cuando el alfarero pone su obra en el horno se ve si estaba bien hecha; cuando un árbol da fruto se ve qué tipo de árbol es. De la misma manera, cuando el hombre se manifiesta exteriormente se ve qué llevaba en su interior.

¿Cómo conocer a los hombres? La lectura señala tres criterios: el de la criba, el del horno y el del fruto.

De la misma manera que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad que lo acompaña, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus reflexiones y en sus palabras. De la misma manera que las deficiencias de las piezas de alfarería se manifiestan a la hora de ser cocidas en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión.

Lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras. En resumen, para pronunciarse sobre el modo de ser de un hombre, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.

Salmo responsorial (Sal  91, 2-3. 13-14. 15-16 (r: cf. 2a)) Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.

Así comenta el  Papa San Juan Pablo II en la catequesis de la audiencia general del miércoles, 12 de Junio

"Alabanza a Dios creador

1. La antigua tradición hebrea reserva una situación particular al salmo 91, que acabamos de proclamar como el canto del hombre justo a Dios creador. En efecto, el título puesto al Salmo indica que está destinado al día de sábado (cf. v. 1). Por consiguiente, es el himno que se eleva al Señor eterno y excelso cuando, al ponerse el sol del viernes, se entra en la jornada santa de la oración, la contemplación y el descanso sereno del cuerpo y del espíritu.

En el centro del Salmo se yergue, solemne y grandiosa, la figura del Dios altísimo (cf. v. 9), en torno al cual se delinea un mundo armónico y pacificado. Ante él se encuentra también la persona del justo que, según una concepción típica del Antiguo Testamento, es colmado de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su existencia honrada y fiel. Se trata de la llamada "teoría de la retribución", según la cual todo delito tiene ya un castigo en la tierra y todo acto bueno, una recompensa. Aunque en esta concepción hay un elemento de verdad, sin embargo -como dejará intuir Job y como reafirmará Jesús (cf. Jn 9, 2-3)- la realidad del dolor humano es mucho más compleja y no se puede simplificar tan fácilmente. En efecto, el sufrimiento humano se debe ver desde la perspectiva de la eternidad.

2. Pero examinemos ahora este himno sapiencial con matices litúrgicos. Está constituido por una intensa invitación a la alabanza, al canto alegre de acción de gracias, al júbilo de la música, acompañada por el arpa de diez cuerdas, el laúd y la cítara (cf. vv. 2-4). El amor y la fidelidad del Señor se deben celebrar con el canto litúrgico, que se ha de entonar "con maestría" (cf. Sal 46, 8). Esta invitación vale también para nuestras celebraciones, a fin de que recuperen su esplendor no sólo en las palabras y en los ritos, sino también en las melodías que las animan.

Después de esta invitación a no apagar nunca el hilo interior y exterior de la oración, verdadera respiración constante de la humanidad fiel, el salmo 91 presenta, casi en dos retratos, el perfil del malvado (cf. vv. 7-10) y del justo (cf. vv. 13-16). Con todo, el malvado se halla ante el Señor, "el excelso por los siglos" (v. 9), que hará perecer a sus enemigos y dispersará a todos los malhechores (cf. v. 10). En efecto, sólo a la luz divina se logra comprender a fondo el bien y el mal, la justicia y la perversión.

3. La figura del pecador se describe con una imagen tomada del mundo vegetal:  "Aunque germinen como hierba los malvados y florezcan los malhechores..." (v. 8). Pero este florecimiento está destinado a  secarse y  desaparecer. En efecto, el salmista multiplica los verbos y los términos que aluden a la destrucción:  "Serán destruidos para siempre. (...) Tus enemigos, Señor, perecerán; los malhechores serán dispersados" (vv. 8. 10).

En el origen de este final catastrófico se encuentra el mal profundo que embarga la mente y el corazón del malvado:  "El ignorante no entiende, ni el necio se da cuenta" (v. 7). Los adjetivos que se usan aquí pertenecen al lenguaje sapiencial y denotan la brutalidad, la ceguera, la torpeza de quien piensa que puede hacer lo que quiera sobre la faz de la tierra sin frenos morales, creyendo erróneamente que Dios está ausente o es indiferente. El orante, en cambio, tiene la certeza de que, antes o después, el Señor aparecerá en el horizonte para hacer justicia y doblegar la arrogancia del insensato (cf. Sal 13).

4. Luego se nos presenta la figura del justo, dibujada como en una pintura amplia y densa de colores. También en este caso se recurre a una imagen del mundo vegetal, fresca y verde (cf. vv. 13-16). A diferencia del malvado, que es como la hierba del campo, lozana pero efímera, el justo se yergue hacia el cielo, sólido y majestuoso como palmera y cedro del Líbano. Por otra parte, los justos están "plantados en la casa del Señor" (v. 14), es decir, tienen una relación muy firme y estable con el templo y, por consiguiente, con el Señor, que en él ha establecido su morada.

La tradición cristiana jugará también con los dos significados de la palabra griega fo¤nij, usada para traducir el término hebreo que indica la palmera. Fo¤nij es el nombre griego de la palmera, pero también del ave que llamamos "fénix". Ahora bien, ya se sabe que el fénix era símbolo de inmortalidad, porque se imaginaba que esa ave renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia semejante gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de vida nueva (cf. Rm 6, 3-4). "Dios (...), estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" -dice la carta a los Efesios- "y con él nos resucitó" (Ef 2, 5-6).

5. Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez:  "A mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo" (Sal 91, 11). Por una parte, el don de la potencia divina hace triunfar y da seguridad (cf. v. 12); por otra, la frente gloriosa del justo es ungida con aceite que irradia una energía y una bendición protectora. Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.

Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios:  "Me unges con aceite nuevo" (v. 11). Orígenes comenta:  "Nuestra vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1, 12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez, todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor" (74 Omelie sul Libro del Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim)." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 12 de junio de 2002).

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios (1 Cor. 15, 54-58) En el contexto de este capítulo, dedicado a afirmar la resurrección de los hombres en virtud del influjo de Cristo Resucitado, llega Pablo a la coronación y final de todo el argumento.

Este es uno de los pasajes más esperanzadores para la vida del cristiano. San Pablo ha empezado ya a hablar de la resurrección. En los domingos 6° y 7°, Ciclo C, oímos sus reflexiones a este respecto. Aquí, tiene empeño en descender a puntualizaciones: "Lo que en nosotros es corruptible se convertirá en incorrupción, y lo que es mortal se revestirá de inmortalidad". A san Pablo le gusta la expresión "revestir" que, en él, como en otros escritos, no significa en modo alguno una forma exterior, sino una mutación real. Así, "por el bautismo, nos hemos revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Mediante esta mutación, nos transformamos radicalmente... Se trata de un nuevo nacimiento. Encontramos aquí la misma imagen. Seremos revestidos de inmortalidad. Esta vestidura de inmortalidad es celestial (1 Co 15, 40; 47-50; 2 Co 5, 2). Nuestro cuerpo miserable, escribe también san Pablo, será transformado en cuerpo glorioso como el de Jesucristo (Flp 3, 20-21).

A partir de este momento, el cristiano ha de ver la muerte de manera enteramente distinta de como la ve el que no cree ni recibió el bautismo. En el cristiano se realizarán las palabras de la Escritura ¿En qué parte de la Escritura se lee esta reflexión? En realidad, no se encuentra así en la Biblia; tal reflexión, en san Pablo resulta de la lectura de dos pasajes distintos: el primero, en Isaías 25, 8, cuando el profeta escribe: "Aniquilará la muerte para siempre".

En las últimas frases del c. 15, las afirmaciones sobre la resurrección alcanzan su punto álgido y concluyente: en el mundo divino no existe muerte alguna ni corrupción alguna. De ahí que, como nosotros somos mortales, tendremos que transformarnos para poder entrar en el mundo de Dios. El inicio o puesta en marcha de este proceso ha sido establecido: el aguijón de la muerte, el pecado (Rm/07/07-24), ha sido derrotado por la muerte y la resurrección de Jesús. Las consecuencias prácticas son evidentes: quien pertenece al Señor (está "en el Señor") sabe que el esfuerzo de su fe y de su fidelidad no es vano, porque ése ya ha dado el paso de la muerte a la vida.

En primer lugar (vs. 54-55) hay una confesión de esperanza. Pablo sabe que no todo se ha cumplido ya con la Resurrección de Cristo, aunque cierta- mente están puestos los fundamentos para ello y puede decirse en otro sentido que todo ya se ha realizado. Pero hay un aspecto en que todavía es preciso esperar la victoria final individual. Esto es lo que afirma al principio del párrafo.

La muerte ha quedado vencida, herida de muerte, por la resurrección de Cristo, pero nosotros todavía morimos. Sin embargo, además de que esa nuestra muerte ya no es lo mismo que sin la resurrección de Cristo, todavía habrá de desaparecer plenamente. Una segunda afirmación sintética muy importante es la de el v.56, donde San Pablo relaciona una vez más, con toda fuerza, muerte, pecado y ley. Hay consecuencia de una categoría a la otra. No se puede separar pecado y muerte por un lado y ley por otro. Las tres pertenecen al mismo mundo. La "fuerza del pecado es la ley".

Se trata de una afirmación muy fuerte y muy seria. Fuerte porque crea y aumenta la conciencia del pecado y porque la ley, para nosotros de hecho, es ocasión de que pequemos más. No sólo por la atracción de lo prohibido, sino porque se nos fomenta la autosuficiencia y la soberbia por medio de la ley, sobre todo si se cumple. Esta podría ser una verosímil interpretación de esta acusadora frase paulina.

Termina el párrafo con una acción de gracias a quien hace posible nuestra liberación de todos esos poderes y una exhortación a seguir por este camino.

 

Aleluya Flp 2 15d. 16a.
"Brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida.

El evangelio es según San Lucas (Lc 6, 39 - 45). Al igual que el domingo pasado, los destinatarios de las palabras de Jesús son absolutamente todos los oyentes (los doce, discípulos y gentío). Restringiendo esas palabras a los discípulos, la traducción litúrgica no hace justicia al texto de Lucas. El versículo inicial califica al texto de comparación o parábola. Todo el texto es parábola y no sólo los dos primeros versículos. A diferencia, sin embargo, de otros casos, la parábola de hoy es discontinua o, mejor, es un mosaico de cinco piezas distintas, como lo demuestra el hecho de que en Mateo esas mismas piezas se encuentren diseminadas en contextos diferentes.


El texto evangélico forma parte de la conocida enseñanza que comienza con las bienaventuranzas. Lucas presenta esta enseñanza como una instrucción a los discípulos. Al hacerlo así va persiguiendo un fin pedagógico: configurar el comportamiento de todo aquel que quiera ser seguidor de Jesús.

Este texto  evangélico tiene dos partes: la primera consiste en una llamada a la humildad, a la sencillez, a la hora de valorarnos a nosotros y a los demás.

Los dos versículos iniciales 39-40 van precisamente en esa línea , buscan motivar al discípulo, despertar en él el ansia de aprender. El cristiano está llamado a ser guía, a orientar. Debe por tanto saber hacerlo, debe aprender. Nadie, en efecto, nace enseñado; sólo el aprendizaje hace del discípulo un buen maestro.

Los vs. 41-42 abordan un tema concreto de aprendizaje. Lo hacen de una manera gráfica y deliberadamente exagerada y grotesca: la mota en el ojo del otro; la viga en el ojo propio. El cuadro gráfico ilustra la inclinación que experimenta el ser humano a criticar y a encontrar defectos en el prójimo, sin el más mínimo asomo de autocrítica y de conciencia de los propios defectos, que con frecuencia superan con creces a los del prójimo criticado.

A partir de las imágenes del ciego que no puede ser guía de otro ciego, y del discípulo que no está tan instruido como su maestro, Jesús hace una llamada a ser conscientes de la propia limitación, a la capacidad de autocrítica. Este pensamiento culmina con el ejemplo de la viga en el propio ojo y la mota en el del vecino: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?" 

Los versículos finales 43-45 completan el tema anterior abordándolo de una manera positiva. La formulación es gráfica, tomada esta vez del campo de la agricultura y de las leyes que la rigen. Como cada árbol y cada especie vegetal, cada persona debe saber desarrollar sus capacidades.

A partir de la falsa situación del que pretende enseñar siendo ciego o un simple discípulo, y del que pretende corregir a los demás cuando él está aún más cargado de faltas, Jesús invita, en esta segunda parte del texto, a descubrir al hombre en su propia realidad. Una realidad que halla su aspecto más auténtico en lo que hay en el fondo del corazón. Lo que vale en cada persona no es lo que dice, ni lo que hace, sino lo que hay en su corazón. Y lo que hay en el fondo del corazón se expresará después en sus palabras y en sus obras.

En vez de fijarse en los defectos de los demás, el discípulo es aquél que aprende a fijarse en sus propios defectos y aprende a ser fructífero.

 

Para nuestra vida

La primera lectura de hoy está tomada del libro del Eclesiástico y es el típico texto de la literatura sapiencial con sabor poético. A partir de varias imágenes (la criba, el horno, el fruto del árbol) se nos dice que la bondad del hombre se manifiesta auténticamente después de haber sido probada, después de haber sido examinada. Tan sólo entonces se constata si es algo sólo superficial o si es algo que mana de lo hondo del corazón: "No alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre". 

Este texto no es más que un breve eco de una doctrina a la que Ben Sira da una gran importancia. Conoce todos los pecados de la lengua: las discusiones que provoca, las promesas demasiado rápidas, las mentiras y los chismes y, sobre todo, la falsedad.

La palabra pertenece, pues, al ser más intimo del hombre; revela su fuerza y su vitalidad, su espíritu y sus proyectos. Que la palabra corra sin penetrar en el fondo de la persona no es solamente un pecado, sino una dicotomía profunda y desequilibrada. Pero la cultura moderna, sometida a la publicidad o a la propaganda, enajena la palabra, la desata de toda raíz humana y la hace el elemento de un juego incontrolado, hasta el punto de que el lenguaje pierde su valor racional, no une ya entre ellas a las personas, sino que agrupa en una enorme torre de Babel a aquellos que creen emplear el mismo vocabulario y hablar el mismo idioma. No es únicamente el corazón de un hombre al que revela la palabra, sino el mismo corazón de toda la civilización en desorden.

 

El salmo de hoy nos recuerda precisamente la importancia de que las raíces sean hondas y estén agarradas en el Señor, "El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor.. En la vejez seguirá dando fruto... "

Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.

La liturgia cristiana, como originariamente la hebrea, ha cantado siempre el salmo 91 en la mañana del sábado, debido precisamente al contenido de esta estrofa. Por medio de ella, la Iglesia, que tiene como misión declarar sobre la tierra la gloria del Señor, celebra las obras admirables de Dios: la Creación, la Redención y la Santificación.

Lo mismo que le sucede con la tierra, el agua, las plantas y los animales, el hombre judío, que respira por todos sus poros la naturaleza circundante, contempla el día y la noche como destello de la gloria de su Creador. Por eso, de acuerdo con las leyes del paralelismo propio de la poesía hebrea, el día y la noche son citados aquí por separado como sugiriendo que, por encima de la alternancia de ambos, hay un algo que debe permanecer constante: nuestra alabanza agradecida a Dios misericordioso y fiel, por medio de su Hijo, en Espíritu Santo.[1]

El Justo se alzará como un Cedro del Líbano: Aquí intuimos una alusión tipológica a Cristo Resucitado. Él mismo expresó su misterio con la figura del árbol de la vida, plantado en la Iglesia -la Casa del Señor- que con esta victoria suya -la más completa que cabe pensar- realiza la redención objetiva y así destruye a los malvados para siempre: todos los pecados de cada uno de los hombres y nuestra condenación eterna. Sin olvidar el optimismo que dimana de esa certeza: mis oídos escucharán su derrota.

He ahí por qué dar gracias al Señor y tocar para su nombre (v. 2) es, en definitiva, entonar un canto de alabanza a la obra de la Redención.

La robustez, la fecundidad y la longevidad de los cedros y de las palmeras -las plantas más lozanas de Palestina- son un símbolo expresivo de la inefable riqueza de la vida interior de Jesucristo. Debido a la bondad y solidez de su raíz, este Árbol santísimo -Cristo mismo- crece y fructifica en tantos y tantos Santos que adornan, desde los primeros siglos, el jardín espléndido de la Iglesia. Oportunamente señala Agustín:[2] "Tenemos una raíz que se orienta hacia lo alto. Nuestra raíz es Cristo, que asciende al Cielo."

5. Catequesis del Papa en la audiencia general del miércoles, 3 de Septiembre

Alabanza al Dios creador

" 1.Se nos ha propuesto el cántico de un hombre fiel al Dios santo. Se trata del salmo 91, que, como sugiere el antiguo título de la composición, se usaba en la tradición judía "para el día del sábado" (v. 1). El himno comienza con una amplia invitación a celebrar y alabar al Señor con el canto y la música (cf. vv. 2-4). Es un filón de oración que parece no interrumpirse nunca, porque el amor divino debe ser exaltado por la mañana, al comenzar la jornada, pero también debe proclamarse durante el día y a lo largo de las horas de la noche (cf. v. 3). Precisamente la referencia a los instrumentos musicales, que el salmista hace en la invitación inicial, impulsó a san Agustín a esta meditación dentro de la Exposición sobre el salmo 91:  "En efecto, ¿qué significa tañer con el salterio? El salterio es un instrumento musical de cuerda. Nuestro salterio son nuestras obras. Cualquiera que realice con sus manos obras buenas, alaba a Dios con el salterio. Cualquiera que confiese con la boca, canta a Dios. Canta con la boca y salmodia con las obras. (...) Pero, entonces, ¿quiénes son los que cantan? Los que obran el bien con alegría. Efectivamente, el canto es signo de alegría. ¿Qué dice el Apóstol? "Dios ama al que da con alegría" (2 Co 9, 7). Hagas lo que hagas, hazlo con alegría. Si obras con alegría, haces el bien y lo haces bien. En cambio, si obras con tristeza, aunque por medio de ti se haga el bien, no eres tú quien lo hace:  tienes en las manos el salterio, pero no cantas" (Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 192-195).

2.Esas palabras de san Agustín nos ayudan a abordar el centro de nuestra reflexión, y afrontar el tema fundamental del salmo:  el del bien y el mal. Uno y otro son evaluados por el Dios justo y santo, "el excelso por los siglos" (v. 9), el que es eterno e infinito, al que no escapa nada de lo que hace el hombre.

Así se confrontan, de modo reiterado, dos  comportamientos  opuestos. La conducta del fiel celebra las obras divinas, penetra en la profundidad de los pensamientos del Señor y, por este camino, su vida se llena de luz y alegría (cf. vv. 5-6). Al contrario, el malvado es descrito en su torpeza, incapaz de comprender el sentido oculto de las vicisitudes humanas. El éxito momentáneo lo hace arrogante, pero en realidad es íntimamente frágil y, después del éxito efímero, está destinado al fracaso y a la ruina (cf. vv. 7-8). El salmista, siguiendo un modelo de interpretación típico del Antiguo Testamento, el de la retribución, está convencido de que Dios recompensará a los justos ya en esta vida, dándoles una vejez feliz (cf. v. 15) y pronto castigará a los malvados.

En realidad, como afirmaba Job y enseñó Jesús, la historia no se puede interpretar de una forma tan uniforme. Por eso, la visión del salmista se transforma en una súplica al Dios justo y "excelso" (cf. v. 9) para que entre en la serie de los acontecimientos humanos a fin de juzgarlos,  haciendo  que  resplandezca el bien.

3. El orante vuelve a presentar el contraste entre el justo y el malvado. Por una parte, están los "enemigos" del Señor,  los "malvados", una vez más destinados a la dispersión y al fracaso (cf. v. 10). Por otra, aparecen en todo su esplendor los fieles, encarnados por el salmista, que se describe a sí mismo con imágenes pintorescas, tomadas de la simbología oriental. El justo tiene la fuerza irresistible de un búfalo y está dispuesto a afrontar cualquier adversidad; su frente gloriosa está ungida con el aceite de la protección divina, transformada casi en un escudo, que defiende al elegido proporcionándole seguridad (cf. v. 11). Desde la altura de su poder y seguridad, el orante ve cómo los malvados se precipitan en el abismo de su ruina (cf. v. 12).

Así pues, el salmo 91 rebosa felicidad, confianza y optimismo, dones que hemos de pedir a Dios, especialmente en nuestro tiempo, en el que se insinúa fácilmente la tentación de desconfianza e, incluso, de desesperación.

4. Nuestro himno, en la línea de la profunda serenidad que lo impregna, al final echa una mirada a los días de la vejez de los justos y los prevé también serenos. Incluso al llegar esos días, el espíritu del orante seguirá vivo, alegre y activo (cf. v. 15). Se siente como las palmeras y los cedros plantados en los patios del templo de Sión (cf. vv. 13-14).

El justo tiene sus raíces en Dios mismo, del que recibe la savia de la gracia divina. La vida del Señor lo alimenta y lo transforma haciéndolo florido y frondoso, es decir, capaz de dar a los demás y testimoniar su fe. En efecto, las últimas palabras del salmista, en esta descripción de una existencia justa y laboriosa, y de una vejez intensa y activa, están vinculadas al anuncio de la fidelidad perenne del Señor (cf. v. 16). Así pues, podríamos concluir con la proclamación del canto que se eleva al Dios glorioso en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis:  un libro de terrible lucha entre el bien y el mal, pero también de esperanza en la victoria final de Cristo:  "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! (...) Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque  han quedado de manifiesto tus justos designios. (...) Justo eres tú, aquel que es y que era, el Santo, pues has hecho así justicia. (...) Sí, Señor, Dios  todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos" (Ap 15, 3-4; 16, 5. 7). (San Juan Pablo II. Catequesis en la audiencia general del miércoles, 3 de septiembre de 2003)

 

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda dónde se encuentra el fundamento de nuestra esperanza: la victoria de Cristo que ha engullido la muerte. Si arraigamos profundamente nuestro corazón en esta convicción, nuestra vida será un auténtico testimonio de la fe que profesamos. "¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles.

Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor. ".

San Pablo finaliza este cap. 15 de su carta, dedicado al tema de la resurrección y a los problemas que suscitaba en la comunidad de Corinto, con una especie de himno a la victoria definitiva de la vida sobre la muerte que Jesucristo ha alcanzado.

Cuando todos los elegidos habrán llegado ya a aquella vida "incorruptible", "inmortal", entonces se habrá cumplido ya el objetivo final de Dios manifestado en la Escritura, que es la liquidación del poder de la muerte. Pablo utiliza dos textos de la Escritura (Is 25,8 y Os 13,14), citados muy libremente, para expresar este objetivo, y lo enlaza con la explicación del porqué de esta aniquilación del poder de la muerte: la causa era el pecado, y el pecado existía debido a la Ley, que mostraba qué había que hacer pero no ofrecía la fuerza para hacerlo, de modo que los hombres tenían que vivir siempre con la conciencia culpable de ser infieles a la voluntad de Dios; ahora, Jesús sí ha realizado lo que realmente es la voluntad de Dios, y el hombre puede adherirse a él y liberarse del pecado.

San Pablo sabe que esta transformación a imagen del Señor Jesús ya ha comenzado, pero también percibe que no ha llegado a desarrollar todas las virtualidades que contiene en sí. Lo que aún falta lo resume con la palabra "corrupción" y con la de mortalidad, que resaltan bien los aspectos negativos todavía presentes en la existencia.

Lo importante está en la certeza de la victoria. De tal manera que, aun siendo algo futuro, permite emplear a Pablo un pasado: «la muerte ya ha sido absorbida por la victoria». Es un enemigo herido, precisamente, de muerte, aunque todavía no haya desaparecido del todo. Sería bueno destacar que, por todo esto, la esperanza no es algo sólo futuro, sino que hunde sus raíces en el pasado de Cristo y de cada uno de nosotros. Porque ello permitiría vivir en consonancia mayor con esta situación cristiana fundamental. A lo cual exhorta el Apóstol en los versículos los finales del párrafo.

Es interesante también destacar la vinculación entre muerte, pecado y ley. Muerte no sólo física, sino en cuanto acertado símbolo de cuanto deshumaniza y hace la vida humana menos humana; pecado como fuerza del mal presente y actuante en el mundo, productora de deshumanizaciones varias, como podemos ver todos los días. Y ley. En la misma categoría negativa de las dos potencias anteriores. Ley, no sólo judía, sino actitud de autosuficiencia, pecadora soberbia y consiguiente desprecio de los demás.

Estos tres poderes, los tres, también han sido ya vencidos por el Señor Jesús, no de un modo general, sino en cada uno de nosotros que podemos y debemos vivir según esa victoria.

El razonamiento paulino acaba con una conclusión en orden a la vida cristiana. Este convencimiento de victoria y de vida plena en Jesucristo, que estamos invitados a creer firmemente, es lo que empuja a "trabajar siempre por el Señor, sin reservas", con la seguridad de que realmente vale la pena.

 

El evangelio de hoy usa el estilo de la primera lectura, con una serie de máximas e imágenes del mismo tipo de las que hemos visto en la primera lectura, algunas incluso calcadas: el ciego y el hoyo, el discípulo y su maestro, la mota y la viga en el ojo, el árbol y sus frutos, el corazón y la boca.

El pasaje del evangelio es un conjunto de consignas y sentencias del Jesús sin unidad entre ellas. pero resulta claro que el pensamiento central lo constituye la alegoría del árbol. el árbol bueno da buenos frutos y el árbol enfermo da frutos dañados; "no se cosechan higos de las zarzas".

También el mensaje de este fragmento de Lucas enlaza con el de la 1ª lectura. El núcleo de este mensaje  consiste en valorar lo interior. Jesús invita a la profundidad y a la sinceridad de corazón; a no quedarse con la imagen exterior, que sólo es al fin y al cabo un reflejo de la interioridad de la persona. 

Jesús nos invita a cultivar la dimensión interior de la persona, aquello que constituye la parte más profunda y auténtica de su ser. Una dimensión interior que Jesús ve en positivo, al decir que "El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien". Pero este tesoro de bondad que cada cual guarda en su corazón se ha de cultivar para que dé su fruto. Por eso es tan importante trabajar la vida interior de las personas, su capacidad de reflexión, de escucha, de meditación, de silencio. 

El tema de los falsos profetas y de los falsos maestros era un tema candente en la sociedad de Jesús y en las primeras comunidades cristianas. los escritos del nuevo testamento hacen referencia a ellos con frecuencia. basta leer las diatribas de mateo con las que Jesús abre los ojos del pueblo sencillo para que no se dejen embaucar (Mt. 23,3). ¿quiénes son los verdaderos profetas? ¿quiénes orientan debidamente al pueblo de dios? ¿de quiénes nos hemos de fiar? Jesús ofrece un criterio indefectible para reconocerlos. es preciso preguntarse: ¿qué pretenden? ¿qué intereses les mueven? ¿qué actitudes despiertan con su palabra y su conducta?

También nosotros somos profetas, testigos del señor. ¿Cómo reconocerán la autenticidad de nuestro mensaje? ¿por nuestras palabras llenas de misticismo y entusiasmo? ¿por nuestros rezos y celebraciones? ¿Cómo sabremos que caminamos de verdad por las sendas del evangelio? en este sentido es necesario satisfacer una doble exigencia: que el amor se traduzca en obras y que las obras estén animadas por el amor. es decir, se nos invita a un amor afectivo y efectivo.

Amor con obras. todo el nuevo testamento está sembrado de llamadas a un amor efectivo y a no engañarse a sí mismo con el follaje de las creencias, los sentimientos infecundos, los deseos vaporosos, los cultos y oraciones muy solemnes y las palabras altisonantes. sólo las obras son el verdadero test con garantía de autenticidad de la fe. advierte jesús categóricamente: "no basta decir: ¡señor, señor!, para entrar en el reino de dios; no, hay que poner por obra la voluntad de mi padre del cielo" (Mt. 7,21). el mismo mensaje tiene la parábola de los dos hijos (Mt. 21,28-32), la parábola de la higuera estéril (le 13,6-9), la maldición de la higuera infecunda (Mt. 21,18-32). cuando le indican a Jesús que su madre y sus hermanos quieren verle, contesta: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra y la ponen por obra" (le 8,21). es conocidísimo el dicho de santa teresa de Jesús: "obras son amores y no buenas razones". sólo es auténtica y verdadera la fe que actúa por la caridad.

Las obras con que hemos de demostrar el amor son, ante todo, obras de servicio, de solidaridad con el prójimo, principalmente con el necesitado. ni el padre ni Jesucristo necesitan nada para sí. como sabemos, San Juan advierte muy seriamente: "el que diga: yo amo a dios, mientras se despreocupa de su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, no puede amar a dios a quien no ve" (Jn 4,20).

Jesús insiste que no bastan las obras; se requiere que estén animadas por el amor. las motivaciones egoístas y la búsqueda de diversos intereses pueden viciar miserablemente gestos en sí generosos. lo advierte seriamente Jesús poniendo para escarmiento las "buenas obras" de los escribas y fariseos, que las realizan "para ser bien vistos de los hombres". ni sus limosnas, ni sus oraciones, ni sus ayunos les sirven para nada.

Generalmente nuestras motivaciones son mixtas, están impulsadas por un cierto nivel de generosidad y por algunos  intereses egoístas que los acompañan. siguiendo la alegoría de Jesús, diremos que el árbol de nuestro espíritu está más o menos enfermo, y por eso sus frutos no son ni todo lo abundantes ni todo lo sanos que deberían ser. necesitamos, por lo tanto, redoblar los cuidados. Para producir frutos abundantes y sanos es necesario que la savia circule por el árbol. y esa savia vital nos viene de Cristo: "el que sigue conmigo y yo con él es quien da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn. 15,5). necesitamos un proceso de interiorización para producir frutos abundantes y sanos.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 



[1] H. RAGUER OSB, El día y la noche en los salmos, en "Orar con los salmos", Dossiers CPL, 43, Barcelona, 1990, p. 64.

[2] S. AGUSTIN, Enarrationes in psalmos, 91, 13.