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sábado, 3 de mayo de 2025

Comentarios a las lecturas del III Domingo de Pascua 4 de mayo de 2025.

Vamos pasando los días de la Pascua: la alegría y la sorpresa vive entre todos nosotros. Jesús Resucitado nos ayuda a vivir llenos de amor y esperanza, pero para obtener esos frutos hay que meterse dentro, muy dentro, de lo que allí ocurría como si estuviéramos presentes.

 

En la primera lectura del Libro de los hechos de los Apóstoles (Hch 5,27b-32.40b-41). Este pasaje pertenece a lo que se ha dado en llamar ciclo de los Apóstoles (4, 32-5, 42). La actividad benéfica de los Apóstoles, acreditando así su predicación, provoca por parte de los judíos, sobre todo de los dirigentes, su encarcelamiento (5, 18) y su misteriosa liberación (5, 23). Los Apóstoles son llevados con cautela ante las autoridades (5, 26). Hay un doble principio que subyace en la actividad apostólica: los Apóstoles obran prodigios en nombre de Jesús.

Los que han perseguido a Jesús también perseguirán a los Apóstoles (Jn 15, 20). Proclamar la resurrección del Señor supondrá a los discípulos la dificultad de implantar el mensaje y la alegría del triunfo.

Los número 29-32 son un breve resumen de la predicación apostólica, lo que se llama un kerigma o proclamación esencial.

Pedro habla así en varias ocasiones . Este tipo de predicación comporta generalmente estos elementos: evocación de la crucifixión de Jesús y su resurrección por obra de Dios; la vida de Jesús es como una continuación de la alianza; por eso ha sido constituido "Señor"; termina con una invitación al arrepentimiento. La predicación que se atiene a lo esencial, que va derecha al asunto: fundamentar la vida cristiana en la fe. Este es el mensaje central del suceso pascual.

La respuesta de Pedro da razón del valor que anima al apóstol . Este es el principio básico de todo el que proclama con verdad el nombre de Dios: el hombre tiene que estar siempre orientado hacia Dios. La respuesta del apóstol es una denuncia, ya que obliga a tomar posición ante el mensaje. Así el acusado se convierte en acusador.

Proclamar el plan de Dios es inevitable para el mensajero. Por eso esta obediencia es un descubrimiento del querer de Dios (Cf. 2, 23), llegando a constituir lo más hondo de la fe (Cf. 2, 38).

En este texto se plantea dos veces el tema de la obediencia. La obediencia no es un acatamiento pasivo, sino saberse en línea con Dios y sacar de ahí ánimo necesario para lanzarse a la transformación del mundo.


La obediencia a Dios antes que los hombres y el Espíritu Santo como don de Dios a los que le obedecen. Los Apóstoles de una manera pública y solemne desobedecen a las autoridades del Templo que les han prohibido enseñar en el nombre de Jesús y dar testimonio de su Resurrección.

La obediencia a Dios los lleva a la desobediencia a las autoridades del Templo. El Testimonio Apostólico choca con las autoridades del Templo. El Testimonio es simultáneamente de los Apóstoles y del Espíritu Santo.


La fidelidad de los Apóstoles al Testimonio los hace merecedores del Espíritu Santo que Dios sólo da a los que le obedecen. Lo que ellos vieron fue que las autoridades del Templo y del Sanedrín dieron muerte a Jesús colgándole de un madero y que Dios lo resucitó y lo exaltó. El Testimonio Apostólico es el testimonio de esta realidad de muerte y resurrección de Jesús. Los Apóstoles debe hablar de esta realidad, aunque las autoridades se lo prohíban.

Deben ser fieles y obedientes a la realidad de Jesús crucificado y resucitado. Esta es la obediencia que los hace merecedores del Espíritu Santo. Son portadores del Espíritu por su obediencia a Dios y desobediencia a las autoridades del Templo que les prohíben hablar de la muerte y resurrección de Jesús. El Testimonio de los Apóstoles, contra la voluntad de las autoridades del Templo, es además ineludible, porque a Jesús "Dios lo exaltó como Jefe y Salvador para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados" (v. 31).

 

Hoy el responsorial es el salmo 29 (Sal 29,2.4-6.11-13). El salmo 29 es un salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

El salmo 29 pertenece a la categoría de salmos individuales de acción de gracias. La ocasión pudo ser un peligro grave, posiblemente una enfermedad mortal, de la que escapó el salmista. Éste expresa su experiencia recurriendo a otros lugares bíblicos, sobre todo proféticos. La mayor parte de los textos bíblicos están en relación con el pueblo de Dios. Por lo cual la experiencia personal del salmista es valedera para todo el pueblo: refleja el destino de Sión. No es extraño que el judaísmo rezara este salmo con motivo de la «dedicación del templo». En continuidad con el rabinismo, también nosotros lo rezamos.

El salmo se divide en tres partes: 1) Alabanza a Yahvé, que salva de la enfermedad y el abismo (vv. 2-4). 2) Invitación a que otros le alaben, y aclamación confesional (vv. 5-6). 3) Descripción de la salvación y de la ayuda, con una alabanza conclusiva.

 

VV. 2-3. El tema de los enemigos puede ser real, o puede ser imagen convencional del peligro pasado, que parece haber sido una enfermedad grave.

Se encuentran alabanzas directas, invocación y motivación, propias del himno.

"Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí."

V. 4. En el sentido de librar de la muerte en el momento extremo. El abismo es la morada de los muertos, el sheol o seol de los hebreos. Amplificación y aclaración del motivo de la acción de gracias. Me sanaste: no hay por qué no entender en sentido propio este verbo. Sacaste mi vida del abismo, o seol: hades, o lugar de los muertos, en paralelo con tumba o fosa. Sacaste mi vida: no dejaste que bajara; hipérbole, como la nuestra: «estar con un pie en el sepulcro».

VV. 5-6. La acción de gracias individual se extiende a otros, transformando la liberación individual en una doctrina general. La cólera de Dios es su reacción personal frente al pecado.

V. 5. Fieles suyos: sus devotos, todo buen israelita, los adoradores, los justos, los siervos de Yahvé.

V. 6. Motivo de la invitación y, a la vez, alabanza a Yahvé, corto en el castigo, largo en la bondad (Is 54,7). Del caso particular al principio, ilustrado y confirmado con un refrán de filosofía popular: al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo: en la tarde pernoctará, como huésped en casa, el llanto, que se marchará para siempre al siguiente día. El que clamó a Yahvé recibió ayuda.

VV. 7-11. El salmista cuenta su propia experiencia a la asamblea, dialogando en voz alta con Dios: la confianza inicial, la prueba que desconcierta el alma, la súplica agitada ante el peligro de muerte. Los cambios de la vida son obra de Dios: cuando Él esconde el rostro, el hombre siente soledad. En el reino de la muerte no hay comunidad de culto, ni liturgia de alabanza.

V. 12. Hablar directo; términos metafóricos; beneficio recibido. Sayal o saco penitencial corresponde a luto o llanto; fiesta, a danza. No son festejos tenidos después de un sacrificio.

V. 13. Termina alabando como empezó (himno), y dando gracias por el beneficio recibido (eucarístico). Dios mío: idea muy vétero-testamentaria. El beneficio recibido confirma en la entrega total a Yahvé, en oposición a los ídolos. Acto de renovada fe y entrega a Yahvé, que llevarán consigo el cumplir lo que manda Yahvé en sus preceptos, morales y litúrgicos.


            En la segunda lectura  del libro del Apocalipsis ( Ap 5,11-14). Este texto es puramente doxológico[1] y no narrativo ni doctrinal.

 Continuamos escuchando la «revelación» que tuvo S. Juan en Patmos y que fue motivada por las condiciones adversas por las que estaban pasando los cristianos del Asia Menor. El culto imperial, que había comenzado a desarrollarse en tiempos de Augusto, adquirió proporciones extraordinarias en el de Domiciano, amenazando con sumergir a todas las cristiandades del Asia. Los cristianos se opusieron valientemente a dicho culto, por cuyo motivo, Domiciano desencadenó una cruenta persecución. El Apocalipsis es, pues, un libro de consolación dirigido a las cristiandades perseguidas por el poder civil.

Tiene como finalidad animar a los fieles y exhortarles a permanecer firmes en la fe, pone ante sus ojos la perspectiva del triunfo definitivo de Cristo sobre todos los poderes del mal. Les inculca reiteradamente la paciencia en las persecuciones y les anima a oponerse valientemente a la recepción de la «señal» de la Bestia - el poder imperial -, y a no reconocer su carácter divino. El triunfo de Cristo llegará pronto y los cristianos verán tiempos mejores. Los himnos de alabanza que entonan los cristianos que ya han triunfado, en la liturgia celeste, son como la respuesta a las aclamaciones del culto pagano tributado a los Emperadores. También S. Juan quiere inculcar a las Iglesias la vigilancia celosa y fiel de la pureza de la fe, amenazada entonces por diversos errores doctrinales.

El Apocalipsis, según su propio autor (1, 19), se divide en dos partes: "lo que está sucediendo" y "lo que va a suceder después".

Dentro de la segunda parte (4, 1-22,5) se inserta este pasaje de la visión inaugural (4, 1-5, 14). La Iglesia ve en la resurreción de Cristo eso "que va a suceder después", y lo que va a dar fundamento a la vida cristiana. El relato está lleno de imaginación apocalíptica (toma las imágenes iniciales de Dan 7,10) que da un marco literario al triunfo de Cristo. Lenguaje que llenaba de esperanza al primitivo creyente: el triunfo de Cristo prueba que la vida del cristiano, aun entre dificultades, tiene una salida airosa.

-"Digno es el Cordero degollado de recibir el poder...": La visión del Cordero va acompañada de unas aclamaciones doxológicas. El Cordero ha recibido el libro con los siete sellos y se dispone a abrirlos: el proyecto salvador de Dios sobre la historia y la humanidad está en las manos de Cristo. El lo irá revelando y llevando a cabo. La Iglesia (significada por los ancianos) y toda la creación (significada por los ángeles, los vivientes y las creaturas del cielo, de la tierra y bajo la tierra), manifiestan su admiración hacia Cristo, el liberador.

"Al que se sienta en el trono y al Cordero..":

Juan ve a Cristo junto a Dios en la figura de un cordero: su nombre recuerda, a la vez, al cordero pascual y al siervo de Dios, que toma sobre sí los pecados del mundo. Parece degollado (muerte), pero está de pie (resurreción), vivo y eternamente vivo.

Jesucristo, el Cordero inmolado, es el único en el cielo y en la tierra que merece recibir de Dios todo poder. Los coros de los ángeles entonan un cántico de alabanza, y a ellos se unen todas las criaturas del mundo visible. Toda la creación tributa un mismo canto a Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero.

Creador y Salvador son alabados por igual en este himno cósmico. De ahí que el vidente presenta plásticamente las verdades recogidas en los dos primeros artículos del símbolo apostólico.

La fe en Dios creador y en su Hijo salvador. La última palabra en esta alabanza cósmica la pronuncian los cuatro vivientes. Con su "Amén" se cierra esta maravillosa liturgia, inmediata cercanía de Dios, allí donde había comenzado; pero después de haber sido asociadas a la misma fiesta todas las criaturas.

La alabanza de los que esperan la salvación, se da conjuntamente a Dios y a Cristo. Cristo por la resurrección participa de la realeza de Dios Padre. La creación manifiesta su alabanza con el asentimiento obediente del "Amén" litúrgico, y la Iglesia, por la adoración.

En esta doxología de cuatro términos, que toda la creación dirige a Dios y al Cordero, se descubre una clara alusión a las cuatro partes del universo: cielo, tierra, mar, abismos, o a las cuatro regiones del mundo: norte, sur, este, oeste. Todas las criaturas alaban a Cristo, en paridad con Dios, como Emperador supremo de todo el universo regenerado. A la aclamación de toda la creación se unen los cuatro vivientes, diciendo: Amén (v.14). Estos, que habían dado la señal para entonar los cánticos de alabanza, dan ahora su solemne amén de aprobación a la aclamación cósmica universal. Los ancianos también se postran en profunda adoración. Y de este modo forman como un todo único los seres de la creación, para tributar homenaje de obediencia y alabanza a Dios y a su Hijo Jesucristo.

 

Continuamos con el evangelista san Juan (Jn 21,1-19). El tema de "el tercer domingo de Pascua, tercera aparición del Resucitado".

Se nos narra la relación entre el Señor y los discípulos. Es una relación en dos momentos: primero, les indica cómo pescarán; después, les prepara el almuerzo. También hay dos momentos en la situación de los personajes: los discípulos en el mar y Jesús en la playa, en un primer momento; después, todos en la playa, con los peces que han pescado los discípulos, comiendo de lo que el Señor les da. Dos momentos, aún, en el reconocimiento del Señor: empieza el discípulo con la afirmación de la fe y terminan todos sin necesidad de preguntar, porque "sabían bien que era el Señor".

El texto pertenece al último capítulo del cuarto Evangelio. El capítulo 21 del Evangelio según San Juan está cargado de simbolismo.

Los discípulos están juntos. Forman comunidad. Se nombra, en primer lugar, a Simón Pedro, que será figura central en este episodio y en la continuación del relato. Se nombra también a Tomás, que había pasado de la incredulidad a la adhesión incondicional a Jesús y se vuelve a traducir su nombre: el Mellizo. El tercer discípulo nombrado es Natanael. No había aparecido en el evangelio desde la escena de su llamada. Es la figura de Israel fiel a las promesas que esperaba el Mesías. Son siete los discípulos presentes. No se hace alusión a los doce. Doce es el número que señala a la comunidad en cuanto heredera de las promesas de Israel. Ahora la comunidad está representada por otro número: el siete, el de la totalidad, que, referido a pueblos, indica la totalidad de las naciones y hace, por tanto, referencia directa a los paganos. Es ahora la comunidad de Jesús en cuanto abierta a todos los hombres, a los que estaba destinado su mensaje. La nueva comunidad, que ha reconocido su origen en el antiguo Israel de las promesas, renuncia a todo particularismo y reconoce su misión universal.

"Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: vamos también nosotros contigo". Bajo la imagen de la pesca se representa la misión de la comunidad.

"Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". Esta precisión temporal "aquella noche", es de gran importancia para comprender la escena. Esta mención de la noche, en relación con el trabajo de los discípulos, está en relación con estas palabras de Jesús: "tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo" (Jn 9, 4-5). La noche significa, por tanto, la ausencia de Jesús, luz del mundo, que hace infecundo todo trabajo. 

"Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús". La llegada de la mañana coincide con la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje comenzado con la mención de la noche; Jesús es luz del mundo, su presencia es el día que permite trabajar realizando las obras del Padre (9, 4).

"Jesús les dice: Muchachos ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: no".

"El les dice: echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarlas, por la multitud de peces".

La obediencia a la palabra de Jesús, la fidelidad a su mensaje, es la condición necesaria para que el trabajo apostólico tenga fruto. "Y aquel discípulo a quien Jesús quería le dice a Pedro: Es el Señor". Es el discípulo que sigue a Jesús y vive con él. Ante la misma pesca, él descubre la presencia del Señor y Pedro no. Solamente el que tiene experiencia del amor de Jesús sabe leer las señales. Este discípulo sabe que la fecundidad de la misión es señal de que Jesús está presente.

"Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba dormido, se ató la túnica y se echó al agua". Pedro no había descubierto que la causa de la fecundidad apostólica era la obediencia a la palabra de Jesús, pero al oír lo que le dice el otro discípulo, comprende. Para indicar el cambio de actitud de Pedro, el autor utiliza un lenguaje simbólico sumamente denso.

En primer lugar, hay un juego de vestido-desnudez; en segundo lugar, la acción de tirarse el agua. La desnudez de Pedro indica que carece del vestido propio del discípulo. "Se ciñó la túnica". Juan emplea la misma expresión de la cena, cuando Jesús se ató el paño que significaba su servicio hasta la muerte.  Se ata aquella prenda como Jesús se había atado el paño para servir. Y para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte. Pedro es el único que se tira al mar, por ser el único que ha de rectificar su conducta anterior; los demás no habían resistido como él el amor de Jesús ni lo habían negado.

"Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan". En la tierra, lo primero que ven es la comida que Jesús ha preparado, expresión de su amor a ellos. Jesús sigue siendo el amigo que se pone al servicio de los suyos. La eucaristía es el don de Jesús a sus amigos. El pan de vida es su carne, dada para que el mundo viva. Ese es el alimento que ahora ofrece. Después de haber dado su vida, puede dar su pan, que es él mismo.

"Jesús les dice: traed de los peces que acabáis de coger". 153 peces, número de especies distintas de peces conocidas por ellos, expertos pescadores.

"Jesús les dice: vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos". La definitiva, la que va a durar para siempre. Por eso, esta manifestación es modelo para la vida de la comunidad. Esta tercera vez es todo un programa para la vida de la comunidad en su misión en el mundo y en la eucaristía.

El alimento que ven y que Jesús ha preparado es distinto del que ellos han obtenido por indicación suya. Este último es fruto de su trabajo, el que encuentran preparado es don gratuito. Existen, por tanto, dos alimentos: el que da directamente Jesús, y el que se obtiene respondiendo a su mensaje.

Fijémonos en los personajes principales del texto.

El primero es Pedro. Este capítulo final, está anunciado desde el cap. 13, cuando a un Pedro rebelde le dice Jesús: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde". El texto de hoy recoge ese "más tarde", poniendo final a una historia imperfecta de Pedro. Esta historia guarda relación con el seguimiento. El término aparece explícito en el último versículo en forma de invitación: Sígueme. Jesús había cuestionado el seguimiento de Pedro en un diálogo mantenido con él en Jn. 13, 36-38. Los hechos le iban a dar la razón: Pedro negará tres veces ser discípulo, es decir, seguidor de Jesús (cfr. Jn 18, 15-18. 25-27). El diálogo  entre Jesús y Pedro está montado sobre esta triple negación, ahora, Jesús ya no cuestiona el seguimiento de Pedro.

La escena narrada  pone de manifiesto la sinceridad y totalidad de su seguimiento actual. Apenas oye Pedro que el desconocido de la orilla es el Señor, se ciñe y se lanza al agua en pos de él. El término ceñirse (traducción litúrgica, atarse) está intencionadamente usado en la escena de la barca, preparando las palabras finales de Jesús a Pedro sobre el ceñimiento voluntario e impuesto. Como intencionada es la mención de las brasas preparadas por Jesús y que recuerdan, por contraste, las brasas de las negaciones, cuando Pedro se calentaba del frío reinante. Al calor de las brasas de Jesús comprende Pedro su programa de vida. En su último ejemplo de magisterio y señorío, Jesús ha preparado una comida, que él mismo distribuye.

Pedro, el que por tres veces le negó, no duda ni por un momento en ir a su encuentro. Él sabía que el Señor le amaba más que lo suficiente para perdonarle su pecado. Esa era la diferencia respecto de Judas. Éste huyó de Jesús, no creyó posible el perdón para su traición. Pedro es cierto que lloró amargamente su pecado. Pero sabía que el Maestro le volvería a perdonar. Quien le había enseñado a perdonar siete veces siete, bien podría perdonarle a él. Y no se equivocó. El Señor le acoge con el mismo cariño de siempre, le mira con la misma profunda mirada, con la misma comprensión de antes.

Lo que quizá no imaginaba Pedro es que el perdón de Jesús iba a ser tan grande, que todo sería lo mismo que antes. Lo lógico hubiera sido que el primer puesto lo ocupara otro que lo mereciera más que él, otro que al menos no hubiera renegado de su Maestro hasta jurar que no le conocía. Sin embargo, Jesús le vuelve a encomendar el cuidado de su rebaño, le entrega otra vez el poder de regir a su Iglesia, la misión excelsa de ser su vicario en la tierra, el que haga sus veces cuando él se marche a los cielos. Al mismo tiempo le profetiza las dificultades que ese papel entraña. Llegará el momento en que le perseguirán y el encarcelarán, le calumniarán y le maltratarán, lo llevarán maniatado adonde él no quisiera ir, le crucificarán en una de las colinas de Roma.

El otro protagonista es el discípulo a quien Jesús amaba. Una vez más destaca este discípulo como el que reconoce de inmediato a Jesús, aspecto este en el que supera a Pedro, aquí y en todos los pasajes en los que ambos aparecen juntos, El enigma de este discípulo estriba en que nunca se le menciona por su nombre. La identificación tradicional con Juan resulta francamente frágil y problemática. Indicios internos, sacados del propio Evangelio, favorecen incluso una identificación cambiante, según las escenas en que se le menciona. Ello explicaría la ausencia de nombre propio.

De este discípulo lo importante no es la identidad personal, sino su función: sintonizar con Jesús, conocerle. Esta función no es exclusiva de una persona (de ahí la ausencia de un nombre propio), a diferencia de la de Pedro, que sí lo es. Discípulo preferido de Jesús es todo creyente en él.

Para nuestra vida

La Pascua de Jesús es la esencia del ser cristiano. Los fieles necesitamos ser familiarizados con el Misterio de la Pascua. Como cristianos, llamados a ser testigos, debemos adquirir una comprensión más profunda de la Resurrección como realidad de salvación personal y desde allí, salvación comunitaria. Una fe cristiana sin los contenidos de la Resurrección es una fe vacía y sin compromiso de vida. La Pascua es la verdadera fuente y el origen de nuestra vida religiosa. La Pascua es una oportunidad única para ahondar en nuestra realidad de bautizados. Es llegar al fondo del ser. Vivir el Misterio de la Resurrección es vivir en mí mismo que una realidad nueva, de vida, se ha apoderado de mí. Fieles a la Pascua, a la Resurrección, a la Vida.

La primera lectura es un testimonio de fidelidad en el anuncio del evangelio. El texto nos muestra a un San Pedro fortalecido, ya después de Pentecostés, sin miedo alguno, cumpliendo su “Señor, Tú sabes que te amo”, entregándose a los designios divinos y realizando su misión de Pastor, respondiendo al jefe religioso de los judíos, el Sumo Sacerdote, que presidía el Sanedrín, organismo máximo de justicia civil y de asuntos religiosos en Israel.

" Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Este es un principio universal que nos parece evidente a todas las personas religiosas, pero no es fácil saber en cada momento discernir cuándo lo que nos manda Dios es distinto de lo que nos mandan los hombres. Lo que los apóstoles estaban haciendo cuando les encarcelaron era predicar el evangelio de Jesús y la buena nueva de la salvación. Ese era el mandato que Jesús les había dado antes de ascender a los cielos: id al mundo entero y predicad el evangelio.

Una vez más están frente al Sanedrín, ante el Tribunal Supremo de justicia de Israel. Y no será la última. Ya lo había dicho el Señor: "Os llevarán a los tribunales por mi nombre. No temáis, no penséis qué habéis de contestar. Yo estaré muy cerca, el Espíritu contestará por vosotros".

Es claro, se ve palpablemente que estos hombres tienen una nueva fuerza desconocida, no hay manera de hacerlos callar. Y hablan, nada menos de que Jesús de Nazaret ha resucitado, de que es el Mesías prometido por los profetas, de que han crucificado al que había de venir, al Cristo de Dios, al Ungido, al Rey de Israel. Estas palabras sacuden sus conciencias dormidas. Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Creyeron que aquel duro castigo sería suficiente para callarlos, una mordaza para sus bocas. Pero se equivocaron. Los Apóstoles, azotados y doloridos, caminaban, sin embargo, contentos, rebosantes de gozo por haber sufrido aquello por amor de Cristo.

Esta situación vivida por los Apóstoles se repetirá a lo largo de toda la historia del Cristianismo. Muchas veces el Testimonio Apostólico sobre la muerte y resurrección de Jesús entra en conflicto con las "autoridades del Templo". En estas situaciones la obediencia a Dios se impone contra la voluntad del Templo. Son los Testigos los portadores del Espíritu de Dios y es a ellos que debemos escuchar.

La Iglesia desde el principio aparece como signo de contradicción, por eso es perseguida. El anuncio valiente del Evangelio puede acarrear persecución por parte de los poderes de este mundo, pero está claro que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Si la Iglesia se acomodase a este mundo perdería el sentido de su ser. Sólo si presenta con valentía el anuncio gozoso y liberador del Evangelio se identificará con el Cordero Pascual, Jesucristo muerto y resucitado que se entrega por nosotros. Los testimonios de los mártires de hoy son impresionantes. Cristianos asesinados en Pakistán, Siria, Irán, La India. Ellos son testigos auténticos de Cristo resucitado. Pidamos por ellos para que se mantengan firmes en la fe y dejen de ser perseguidos por llevar el nombre de cristianos. Viendo nuestra realidad actual hemos de reconocer que nosotros tenemos mucho que aprender de ellos.

 

El salmo de hoy nos invita a una continua acción de gracias a Dios, "Te ensalzaré; Señor, porque me has librado" .  Su acción  es siempre muy superior a nuestros merecimientos. Demos hoy cada uno de nosotros gracias a Dios por todos aquellos momentos en los que nos hemos sentido librados de algún peligro por el Señor.

Dios siempre salva a los que confían en él, aunque a veces permita la persecución, y hasta la muerte, de los que le aman. Seguro que todos nosotros tenemos experiencia de algunos momentos en los que el Señor nos ha librado de algún peligro, físicos y espirituales. El salmo hoy nos invita a una  profunda acción de gracias  elevada a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este es el sentimiento es el que resuena en nuestros oídos y en nuestros corazones. Esta actitud de gratitud se expresa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.

Así al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (versículo 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (versículo 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (ibídem); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (versículo 12).

Pasada, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual. Lo atestigua la cita de apertura que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de una gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: «Cristo da gracias al padre por su resurrección gloriosa».

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: " 1. El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro corazón.

Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, «sacar la vida del abismo» se opone a «bajar a la fosa» (cf. v. 4); la «bondad de Dios de por vida» sustituye su «cólera de un instante» (cf. v. 6); el «júbilo de la mañana» sucede al «llanto del atardecer» (ib.); el «luto» se convierte en «danza» y el triste «sayal» se transforma en «vestido de fiesta» (v. 12).

Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: «Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre».

2. El orante se dirige repetidamente al «Señor» -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf. v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (cf. v. 5).

Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa.

3. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: «Yo pensaba muy seguro: "No vacilaré jamás"» (v. 7).

Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad. Por ejemplo, san Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su Carta 3, dirigida a la religiosa Proba, comenta el pasaje del Salmo con estas palabras: «El salmista confesaba que a veces se enorgullecía de estar sano, como si fuese una virtud suya, y que en ello había descubierto el peligro de una gravísima enfermedad. En efecto, dice: "Yo pensaba muy seguro: No vacilaré jamás". Y dado que al decir eso había perdido el apoyo de la gracia divina, y, desconcertado, había caído en la enfermedad, prosigue diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Asimismo, para mostrar que se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, añade: "A ti, Señor, llamé; supliqué a mi Dios". Por lo demás, nadie eleva oraciones y hace peticiones sin reconocer que tiene necesidades, y sabe que no puede conservar lo que posee confiando sólo en su propia virtud» (Lettere di San Fulgenzio di Ruspe, Roma 1999, p. 113).

4. Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor: «Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado» (v. 8).

El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él.

Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: «¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Sal 87,12). De igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios: «Que el seol no te alaba ni la muerte te glorifica (...). El que vive, el que vive, ese te alaba» (Is 38,18-19).

Así expresaba el Antiguo Testamento el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (cf. Sal 106,4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer.

La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente". (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 12 de mayo de 2004]

 

La segunda lectura tomada del Apocalipsis,

En el fragmento de hoy, contemplamos al Cordero, aparece aquí como imagen del siervo de Yahvé y, por extensión, imagen del Jesús Pascual. Asistimos ahora a la entronización solemne del Cordero, el único que puede mirar de hito en hito «al que está sentado en el trono» y recibir de sus manos el libro.

Se entrega el libro sellado al Cordero para que revele el contenido que nadie era digno de leer y toda la corte celestial prorrumpe en el himno de alabanza y adoración. La atención se centra en el Cordero. Al coro de los ancianos sigue el de los ángeles. Millares y millones era la fórmula o número más grande al que recurría la antigüedad para hacer cálculos. Aquí indica una multitud inmensa al igual que en Dn 7,10.

Ante la corte celestial se proclama el poder, la dignidad y la plena soberanía del vencedor que se extiende más allá del círculo celestial. La creación en todos sus sectores, diferenciados por las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra y en el mar, participan en la alabanza a Dios, al que está sentado en el trono, al Cordero. La doxología partiendo de la creación penetra en la esfera celeste y llega al trono y la creación incontaminada en los cielos responde: "Amén".

 La escena que se nos presenta, incluye a Cristo, el Cordero que ha sido degollado, y que recibe juntamente con el libro, el homenaje y el dominio de toda la creación. Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero, indivisiblemente unidos. San Juan junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero redentor, a quien atribuyen la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos (ν.13).

La liturgia cósmica que se celebra consiste en un cántico nuevo. Es el canto de la Jerusalén del cielo. La pieza, de tres partes, está escrita rítmicamente en forma de himno. En el relato se va ampliando el círculo de los que rinden alabanza: los veinticuatro ancianos, la multitud de los ángeles y todo lo creado (que, según los conocimientos cosmológicos de la época, se divide en cielo, tierra-mar y abismo). Finalmente, las plegarias son recogidas por los cuatro vivientes en un rotundo «amén». La aflicción del profeta ha desaparecido. El que cree que Jesús es el Señor no desfallece. El Espíritu, enviado por Jesús y presente en toda la tierra, es su firme garantía.

El texto nos recuerda que en este tiempo de Pascua, nuestra actitud debe ser de alabanza,  nosotros también debemos de alabar a Jesús, el cordero pascual, de quien ha nacido la Iglesia de la que todos nosotros formamos parte. Tratemos de ser nosotros mansos y humildes como  Jesús, y rindámosle el homenaje de nuestra devoción, acción de gracias y de nuestro amor.

 

En el evangelio nos hemos encontrado con que los discípulos de Jesús se habían pasado la noche en el lago bregando como expertos pescadores que eran y no habían pescado nada, pero cuando se dejan guiar por el Maestro recogen tal cantidad de peces que las redes se rompían. 

El evangelista san Juan da a este relato de la pesca milagrosa una intención teológica que va bastante más allá de lo que es puramente hecho histórico, a nosotros nos sirve ya que lo que quiere decir a sus lectores el evangelista es  que si la Iglesia cristiana no se deja guiar por Jesús pierde eficacia y autenticidad y puede llegar a ser más que signo del reino de Dios, contra-signo. El vencedor de la muerte dice a sus discípulos "echad la red". Los siete discípulos representan a toda la Iglesia, que debe dar testimonio de su fe; los 153 peces quizá simbolicen el número de naciones conocidas entonces, porque a todos se les anuncia la Buena Noticia. La cercanía de Cristo es necesaria para la Iglesia en general, y para cada uno de nosotros en particular y de cada uno de los grupos y comunidades cristianas que formamos el conjunto de la Iglesia cristiana. Cuanto más apartados vivamos del evangelio de Jesús, más contra-signo de su reino seremos y no podremos ni nosotros mismos considerarnos Iglesia nacida de Jesús.

El evangelio nos sitúa ante uno de los dramas que estamos padeciendo, a nivel espiritual, es que nunca la Iglesia, los sacerdotes o los agentes de pastoral hemos empleado tantos medios y esfuerzos para incentivar el aprecio por las cosas de Dios. Hoy, con el evangelio en la mano, el Señor nos dice que no nos agobiemos por la ausencia de frutos. Tal vez, aunque nos cueste admitirlo, el tiempo  de Dios es distinto al nuestro. Nuestras horas son de sesenta minutos, nuestros años de 365 días pero, tal vez, Dios no cuenta los segundos como nosotros ni pasa las hojas del calendario como nosotros pretendemos. La Pascua, la resurrección de Cristo, nos invita a una obediencia y confianza absoluta en el Padre. Toda la pesca no está alcance de nuestra mano ni todos los océanos son tan superficiales como quisiéramos para llegar hasta el fondo de los mismos: las personas.

El proceso relatado en el evangelio, presenta para nosotros la relación entre el Resucitado y su Iglesia. El resucitado, según la promesa realizada, está con sus discípulos, pero de un modo nuevo en comparación con su presencia histórica: está en la playa, sin que las acometidas del mar le puedan afectar; y pese a todo dirige la "pesca". No es suficiente, para una buena pesca, la decisión de Pedro y las ganas de los demás discípulos; es el Señor que ordena -que da misión- cómo debe pescarse. El esfuerzo será de los discípulos.

Fijémonos hoy en los apóstoles, ellos como nosotros en algunos momentos, estaban a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. Sólo, cuando apareció el resucitado, el panorama cambió. Que también nosotros, lejos de abandonar cuando el horizonte es oscuro, imploremos, recemos y miremos al cielo buscando la mano siempre tendida de Jesús que sale en los momentos más amargos de fracaso, tristeza y  dolor.

Hagamos un responsable  examen de conciencia sobre este punto, cada uno de nosotros en particular y cada uno de los grupos y comunidades que formamos el conjunto de lo que llamamos Iglesia .

¿Podemos hoy nosotros, cristianos  en siglo XXI, decirle al Señor que sí lo amamos, que sí nos entregamos a El y a su Voluntad ... sea cual fuere? ¿Sea que nos quiera hacer pastores o que nos quiera hacer ovejas fieles? ¿Sea que dejemos aquel pecado al que estamos apegados y que no nos deja libres para seguirle ... sea que le sigamos con esa cruz que nos es pesada porque no la hemos abrazado como El abrazó la suya?

¿Podremos responderle como Pedro: tres veces, sí te amo, Señor? ¿Nos entristecemos como Pedro por tantas veces que hemos entristecido a Jesús? ¿Tememos que nuestro sí no sea tan seguro, porque podríamos repetir los pecados ya confesados? ¿Tenemos miedo de prometer como Pedro que nunca negaría al Señor y que estaba dispuesto a morir con El, y no cumplir?

Puede ser, porque sabemos que nuestro sí de hoy no es garantía segura, pues somos débiles, pero confiando en la gracia divina y realmente queriendo ser fieles a Dios, la guerra está ganada, aunque perdamos una que otra batalla, en la lucha contra el pecado.

Y recordemos que el Señor no espera que seamos impecables sino que, confiados en El, pongamos todo nuestro deseo y volvamos a El cada vez que perdamos una batalla contra el pecado, acogiéndonos a su Misericordia Infinita en el Sacramento de la Confesión.

Sobre todo, tengamos muy en cuenta que, en la lucha contra las tentaciones, no podemos confiar en nosotros mismos. Nos puede suceder como a Pedro. En realidad, no podemos confiar en nosotros mismos para nada. Siempre orar, pero más que nunca en la tentación. “El que ora se salva y el que no ora se condena” (San Alfonso María de Ligorio).

Fijémonos en el comentario que hace San Agustín a este relato de la pesca milagrosa: "Centrad vuestra atención ahora en la otra pesca, la que se ha leído hoy. Tuvo lugar después de la resurrección del Señor, para dar a entender cómo será la Iglesia después de nuestra resurrección. Echad -les dijo- las redes a la derecha5. Ahora, pues, se ocupa sólo del número de los que estarán a la derecha. Recordáis que el Señor anunció que vendría en compañía de los ángeles y que en su presencia se congregarían todos los pueblos. Él los separará como el pastor separa las ovejas de los cabritos, colocando aquéllas a su derecha y éstos a su izquierda. A las ovejas dirá: Venid, recibid el reino; a los cabritos: Id al fuego eterno6. Echad las redes a la derecha: como si dijera: «Ya he resucitado; quiero mostrar cómo será la Iglesia al final de los tiempos. Echad las redes a la derecha». Echaron las redes a la derecha y no podían subirlas a la barca debido a la cantidad de peces. También en la primera pesca se habla de una gran cantidad, pero aquí se da un número fijo; se indica la cantidad y la calidad, a diferencia de la otra, que no precisa número. En el tiempo presente, antes de que llegue la resurrección y la separación de buenos y malos, se cumple lo que dice el profeta: Hice el anuncio y hablé.¿ Qué significa eso? He echado las redes. ¿Y qué pasó? Se multiplicaron por encima del número7. Hay un número, y los hay que exceden del número. El número se refiere a los santos que han de reinar con Cristo; los que exceden el número pueden entrar ahora en la Iglesia, pero no en el reino de los cielos.

3. Por ello, os exhorto a que os liberéis del mundo presente, que es malo. Por ello os amonesto: quienes queréis vivir no imitéis a los malos cristianos. No digáis: «¿Cómo? ¿No está bautizado fulano que se embriaga? ¿Cómo? ¿No está bautizado aquel que tiene concubinas? ¿No está bautizado aquel otro que comete fraudes a diario? ¿No está bautizado el otro que consulta a los astrólogos?». Los que ahora queráis ser grano, entonces os encontraréis en el muelo; pero los que queráis ser paja os encontraréis en la gran parva, mas para ser presa de un gran fuego.

3. ¿Entonces, pues? Arrastraron -dice- las redes hasta la orilla8. Pedro arrastró las redes hasta la orilla; acabáis de escucharlo cuando se leyó el evangelio. Cuando oyes hablar de orilla, piensa en el límite del mar, y cuando escuchas «límite del mar», entiende el fin del mundo presente. En la primera pesca no se arrastraron las redes hasta la orilla, pues los peces capturados se amontonaron en las barcas. En ésta, en cambio, las arrastraron hasta la orilla. Espera el fin del mundo, fin que ha de llegar para bien de los que estén a la derecha y mal de los que estén a la izquierda. ¿Cuántos fueron los peces? Arrastraron -dice- las redes, que contenían ciento cincuenta y tres peces. Y el evangelista añadió algo muy importante: Y, a pesar de su tamaño, es decir, de ser tan grandes, no se rompió la red9. Serán grandes, pero no habrá herejías, y no habrá herejías precisamente porque serán grandes. ¿Quiénes son grandes? Lee las palabras del Señor en el evangelio y encontrarás quiénes lo son. Dice, en efecto, en cierto lugar: No vine a abrogar la ley y los profetas, sino a cumplirla" . (San Agustín. Sermón 251. La pesca milagrosa).

La experiencia pascual de los discípulos llega hasta el cristiano de hoy en un contexto de Iglesia. En el texto hay una alusión a la comida eucarística (cf. 6, 1-13), ya que aquí Jesús no come nada, sino que distribuye el pan y el pescado. Los discípulos quedan invitados a participar del alimento que les ofrece el Señor resucitado. La celebración de la comida eucarística, eucaristía de culto y eucaristía de vida, es para el cristiano el lugar cumbre de la vivencia de la resurrección.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 



[1] Doxología es alabanza, reconocimiento de adoración por lo que Dios es o lo que Dios hace. Ni siquiera es, explícitamente, acción de gracias. Es una característica de la auténtica actitud religiosa, del hombre confrontando y percibiendo la realidad de Dios en su vida. Lo posterior proviene de aceptar este comienzo.

 

sábado, 26 de abril de 2025

Comentario a las lecturas del II Domingo de Pascua 27 de abril de 2025

Comentario a las lecturas del II Domingo de Pascua 27 de abril de 2025

Estamos en Pascua. ¡Resucitó el Señor y nos llama a la vida! ¡Señor qué vea! ¡Señor, que viva! ¡Señor, que crea en ti! Deben ser exclamaciones que broten desde lo más hondo de nuestras ganas de celebrar, sentir y vivir a Jesús.

Con Santo Tomás, hacemos un acto de fe: “Señor mío y Dios mío”.. Están aún muy vivos los recuerdos de las celebraciones del Triduo Pascual y este domingo  las lecturas nos centran en el efecto de la Resurrección del Señor. La aparición del Señor Resucitado en el cenáculo en el “primer día de la semana” es el origen de la consagración del Domingo –el Día del Señor, que eso significa domingo—frente al sábado ritual de los judíos. La importancia del descubrimiento de la divinidad de Cristo, acrisolada por el hecho inaudito de su Resurrección y de la visible glorificación de su cuerpo, hizo que se modificara la ancestral costumbre judía de reservar el sábado a la oración y al descanso.

Continuamos con la actitud exultante que tan bien describía el Cardenal Montini, posteriormente Papa San Pablo VI y que recordábamos la semana pasada: «Dicimus 'alleluia' ut solamen viatici», dice San Agustín (Nosotros decimos 'Alleluia' como consuelo de nuestro peregrinar, como nuestro viático). Y San Jerónimo afirma que, durante los primeros siglos, ese grito se había hecho tan habitual en Palestina que quienes araban los campos y trabajaban, gritaban de tanto en tanto: ¡Alleluia! Y aquellos que conducían las barcas, cuando se aproximaban, decían: ¡Alleluia! Es decir, que este grito, que surgía en medio de las acciones profanas, era una especie de jaculatoria. Pero ¡qué bella jaculatoria ésta, tan breve como expresiva, tan querida de la espiritualidad cristiana y que tanto resuena en la Liturgia de la Iglesia! ¡Cómo deberíamos hacerla nuestra, a modo de recuerdo pascual!"( G. B. Card. Montini, Discurso pronunciado el 3 de abril de 1961 en la Catedral de Milán, en Discorsi, vol. II. Milano, Arcivescovado, 1962 p. 253 ss.).

 

La primera lectura  del Libro de los Hechos ( Hch 5,12-16). Este fragmento del Libro de los Hechos es un resumen del tipo que encontramos en los Sinópticos sobre momentos de la vida pública de Jesús, y que, evidentemente, no son síntesis históricas, sino teológicas. Se repite de los discípulos de Jesús y de la comunidad primitiva algo que ya se había dicho de Jesús.

 Nueva descripción "sumaria" de la vida de la comunidad, de forma parecida a como ya se había hecho en 2:42-47 y 4:32-35.

Por un lado, los apóstoles (los «buenos») con todo el pueblo a su favor, convertidos en el centro de una fiesta generosa en prodigios de curaciones de enfermedades y de liberación de espíritus impuros. Por otro, en cambio, el gran sacerdote y todos los que estaban con él (los "malos""), las autoridades religiosas, cegados por los celos e inconmovibles en sus torcidos propósitos.

Se indica el  lugar (pórtico de Salomón), es el lugar habitual donde se reúne la naciente iglesia.

Se toma a Pedro por un taumaturgo, sin que éste se oponga como Pablo y Bernabé en un caso semejante (Hech 14, 14s). El autor transmite simplemente el dato histórico. En la antigüedad la sombra es como una proyección de la persona misma. La depuración de la fe cristiana se llevó a cabo poco a poco; por eso no es de extrañar que aún se relaten ciertos detalles que rayan con la superstición. Lo que sí es cierto es que en este sumario se explícita un principio que surca las páginas del N. T.: la fuerza de Jesús es la fuerza de los discípulos; lo mismo que hace Jesús harán sus discípulos; si él hizo curaciones, los discípulos también las harán en su nombre (cf. 3,6). La fuerza de Jesús resucitado sigue viva en los que creemos en él.

Un verdadero derroche de milagros, se deja entender la narración de San Lucas que hacían los apóstoles (v.1a.15). Buena respuesta a la oración que en este sentido habían hecho al Señor. Es natural que el número de fieles creciese más y más (v.14) y que la fama saliese muy pronto fuera de Jerusalén (v.16), dando sin duda ocasión a que la Iglesia comenzase a extenderse por Judea.

Esos "otros" que no se atrevían a unirse a los apóstoles (v.13) serían los ciudadanos de cierta posición, que se mantenían apartados por miedo al sanedrín, en contraste con la masa del pueblo, que abiertamente se mostraba bien dispuesta. Las reuniones solían tenerse en el "pórtico de Salomón", lugar preferido para reuniones públicas de carácter religioso, y donde ya Pedro, a raíz de la curación del rengo de nacimiento, había tenido el discurso que motivó su primer arresto por parte del sanedrín.

 

El responsorial hoy es parte del salmo 117 (Sal 117,2-4.22-27). Como el domingo anterior hoy se nos presenta como responsorial, el salmo pascual por excelencia (Sal 117), el texto sálmico  más expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor. 

Siendo hoy el domingo de la Misericordia, se recoge expresamente en el estrofa que repetimos a modo de oración de petición agradecida. Cambian algunos versículos, del salmo.

Según testimonio de los tres evangelistas sinópticos, Jesús se aplicó explícitamente este salmo (Mateo 21,42; Marcos 12,10; Lucas 20,17), para concluir la parábola de los "viñadores homicidas": "la piedra que desecharon los constructores, se convirtió en la ¡piedra angular!".

Jesús, se consideraba como esta "piedra" rechazada por los jefes de su pueblo (anuncio de su muerte), y que llegaría a ser la base misma del edificio espiritual del pueblo de Dios. El día de los ramos, los mismos evangelistas señalan cuidadosamente que la muchedumbre aclamó a Jesús con las palabras del salmo: "¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!".

Todo fue obra del Señor: «ha sido un milagro patente» (v. 24), «es el Señor quien lo ha hecho» (v. 23). «Este es el día en que actuó el Señor'» (v. 24) ¡cantos de victoria para el Señor! ¡Aleluyas y hurras para nuestro victorioso salvador!, «sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24), resuene la música en nuestra trastienda, sea nuestra existencia una fiesta, nuestros días una danza, y la alegría sea nuestra respiración.

Al referirse a este salmo dice San Agustín: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: "¿Qué otra cosa podremos cantar allí -en el Cielo- sino sus alabanzas? Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mio, yo te ensalzo. Pero no proclamaremos estas alabanzas con palabras; más bien será el amor mismo, que nos unirá a Él, quien gritará. Esa voz, incluso, será la voz del mismísimo amor. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: el texto comienza y concluye con estas palabras; son el primer versículo y el último del salmo porque de todo lo que hemos venido narrando desde el principio hasta el fin, no hay cosa que más nos pueda embelesar que la alabanza a Dios y un eterno «Aleluya»." (S. Agustín, enarrationes in psalmos 117, 27.).

 

La segunda lectura  es del Apocalipsis ( Ap 1,9-11a.12-13.17.19 ). El texto de hoy pertenece a la introducción  del libro del Apocalipsis. Juan se presenta como hermano de aquellos a quienes envía su escrito. No se sitúa en una posición superior, lo que escribe, es fruto de un "éxtasis" que le ha sido concedido gratuitamente por Dios. Es hermano porque comparte el mismo destino de los demás cristianos: la realeza, pero también las penas y la paciencia para soportarlas. Incluso vive deportado a causa de su fe.   Patmos es una isla desde la cual se pueden "intuir", colocadas en semicírculo, las siete ciudades a cuyas iglesias dirige el escrito.

El día del Señor, el domingo, el día de la resurrección, el Espíritu se apodera de Juan. Al igual que ha sucedido con los profetas, su misión y su palabra no son fruto de la propia voluntad, sino de la de Dios. La "voz potente" simboliza esta voz que supera a la palabra puramente humana.

La predicación  será oral y escrita, para enviarla a "las siete Iglesias" que simbolizan a toda la Iglesia y que son simbolizadas, a su vez, por los "siete candelabros de oro". El nuevo pueblo de Dios ya no es el que se reúne en el templo de Jerusalén, sino la Iglesia, que tiene en su centro "una figura humana", es decir, Jesucristo. La imagen, sacada de Daniel, hace referencia al juez escatológico que actúa con el poder de Dios. La túnica hasta los pies y el cinturón de oro eran distintivos propios de los reyes y los sacerdotes.

Ante la manifestación de Dios, el hombre se siente anonadado. Sólo la palabra amorosa del mismo Dios lo puede reincorporar. Jesús se da a conocer con el mismo nombre de Dios. Pero es Jesús: es el que "estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos". El es el que vive. ¡El, hombre como los demás, es Dios!.

El segundo domingo de Pascua celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, que Juan Pablo II instauró en el comienzo del milenio: "En nuestros tiempos, muchos son los fieles cristianos de todo el mundo que desean exaltar esa misericordia divina en el culto sagrado y de manera especial en la celebración del misterio pascual, en el que resplandece de manera sublime la bondad de Dios para con todos los hombres. Acogiendo pues tales deseos, el Sumo Pontífice Juan Pablo II se ha dignado disponer que en el Misal Romano, tras el título del Segundo Domingo de Pascua, se añada la denominación "o de la Divina Misericordia" (Fragmento del Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 5 de mayo de 2000). Hay unas Indulgencias anejas: "Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina, o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, "Jesús misericordioso, confío en ti")".

Santa Faustina promovió esta devoción, y Juan Pablo II al canonizarla la extendió a toda la Iglesia, como dijo en la homilía de la basílica de la misericordia: "hoy en este santuario quiero realizar un solemne acto de consagración del mundo a la misericordia divina, con el deseo de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, que fue aquí proclamado por medio de santa Faustina, se extienda por toda la tierra. La santa así lo vio: "La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia" (Diario, 300). La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742). Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para la cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia. La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales:

1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina".

2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias: "Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad".

3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona: "Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formar de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia".

 4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias: "Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio".

5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. "Debes saber, hija mía que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas". Santa Faustina Kowalska consiguió lo que había querido: Juan Pablo II en su canonización anunció: «En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros» (la encíclica dedicada a Dios Padres se llamó «Dives in misericordia», Rico en misericordia).

 

 

 

  En el evangelio  continuamos con San Juan  (Jn 20,19-31) Con este texto nos encontramos ante el segundo grupo de episodios narrados por el cuarto Evangelio en el contexto de la resurrección de Jesús.

 En este texto hay  tres  partes:

1.- *la aparición de Jesús a los discípulos, sin Tomás (vv 19-23);

Los discípulos, que habían comenzado su éxodo siguiendo a Jesús, se encuentran desamparados en medio de un ambiente hostil. No tienen experiencia de Jesús vivo. Pero están en la noche en que el Señor va a sacarlos de la opresión. Jesús viene a liberar a los suyos. Su primer saludo de paz recuerda a los discípulos su presencia anterior en medio de ellos y su victoria, eliminando el miedo y la incertidumbre. Se les da a conocer como el que les demuestra su amor hasta la muerte, con las señales que indican su poderío (manos) y la permanencia de su amor (costado).

El nuevo saludo en v. 21 sirve para transmitir seguridad y valentía en la misión que comienza para ellos y que, como la de Jesús, va a consistir en la actividad liberadora del hombre, hasta la entrega total. La comunidad cristiana es la alternativa que Jesús ofrece para dar testimonio ante el mundo de la realidad del amor del Padre. El resultado de la misión de la comunidad viene formulado en términos positivo y negativo en el v. 23. Ante el testimonio de amor que la comunidad tiene que dar, sucederá lo mismo que sucedió con Jesús: habrá quienes lo acepten y den su adhesión y quienes se endurezcan en su actitud hostil al hombre.

Como Jesús, pues, la comunidad es mediación de salvación o de condena, no porque ella enjuicie a nadie, sino porque la actitud que se adopte ante ella refrendará lo que cada uno es y decide de por sí.

2.- *la aparición de Jesús estando presente Tomás (24-29),

La fe en Jesús vivo y resucitado consiste en reconocer su presencia en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde él se manifiesta y de donde irradia su amor.

Tomás representa la figura de aquél que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular. No quiere aceptar que Jesús vive realmente y que la señal tangible de ello es la comunidad transformada en la que ahora se encuentra. La comunidad transformada es ahora lo importante: ella es el medio que las generaciones posteriores tendrán para saber que Jesús vive realmente.

3.- *la conclusión del Evangelio (30-31). Notemos que, con estos dos versículos (30-31) aparece la conclusión original de la obra, ampliada más tarde con la inclusión del capítulo 21.

 De esta forma, el enlace entre la escena de Tomás y la conclusión resulta todavía más directo e importante. La estructuración de las apariciones está hecha en paralelo con los dos primeros episodios de este capítulo 20: por una parte, los discípulos y la fe; por otra, la aparición a Tomás forma un claro paralelo con la aparición de Jesús a María de Magdala, y el énfasis en este segundo caso se centra en la dificultad de reconocer a Jesús y en la correspondencia de Jesús a la fe de los creyentes.

En el texto se relaciona la mañana y la tarde del domingo. En la mañana del domingo se rememora el descubrimiento del sepulcro vacío que tiene su culminación en el cuarto Evangelio en la tarde de ese mismo domingo. Si por la mañana el sepulcro vacío dominaba el relato, por la tarde lo domina la presencia de Jesús en medio de sus discípulos. Esta presencia explica aquel vacío, pero, sobre todo, restablece una continuidad de relación Jesús-discípulos. De aquí arranca la intencionalidad del texto. Al servicio del final de la relación está el miedo de los discípulos; al servicio de la reanudación de la relación están el saludo, enfáticamente repetido, y la identificación del propio Jesús como la misma persona que antes habían conocido los discípulos. La reanudación de la relación se sella con la alegría de los discípulos, quienes, a partir de ahora, hablan de Jesús como el Señor, enraizándolo por completo con Dios. La aceptación de la identificación de Jesús por los discípulos se plasma en la fórmula de confesión de fe "ver al Señor".

Pero la reanudación de la relación con el Señor, es sólo un primer paso. El siguiente es el envío de los discípulos por Jesús, en continuidad con el envío de Jesús por el Padre. Los discípulos deben hacer presente a Jesús y prolongar su obra, como Jesús ha hecho presente al Padre y prolongado su obra. Este envío no debe entenderse limitado a los doce. En el cuarto Evangelio la denominación discípulos es sinónima de creyentes. La comunidad creyente en su totalidad es la enviada.

El tercer paso es la donación del Espíritu, que capacita para el envío. El símbolo de exhalar el aliento significa la transmisión de vida. Aquí se trataría, por consiguiente, de una participación en la vida de Jesús resucitado, que posee personalmente el Espíritu de Dios y que lo transmite a la comunidad creyente.

El último paso es la potestad de perdonar los pecados. La potestad se da en el seno de la comunidad creyente, más allá y por encima de las concreciones históricas que esa potestad ha asumido con posterioridad.

A partir del v. 24 el relato avanza con la conocida historia de Tomás, al que el autor presenta como "uno de los doce", una expresión que en el cuarto Evangelio se reserva para Tomás y para Judas el traidor. Los discípulos hacen ante Tomás confesión de su fe: "hemos visto al Señor". Tomás les responde que él hará suya esta misma confesión, siempre y cuando tenga razones tangibles para hacerlo. Jesús en persona le aporta esas razones y Tomás hace suya la confesión de fe. Jesús la acepta, pero reprocha a Tomás el modo de llegar a ella, declarando, en cambio, bienaventurados a los que crean sin necesidad de basarse en la comprobación tangible.

A través de esta bienaventuranza el texto se abre al futuro, a las personas no contemporáneas de Jesús, a los lectores del cuarto Evangelio. Así se pone explícitamente de manifiesto en los dos versículos finales, en los que el autor da cuenta de la doble finalidad de su escrito.

La frase "para que creáis" no va dirigida a no creyentes, a quienes se intenta ganar, sino a creyentes, a quienes se intenta afianzar en la fe que ya tienen.

Esta finalidad cristológica se completa con otra soteriológica: "para que tengáis vida".

 

Para nuestra vida.

Hoy es el domingo de la "Divina misericordia" y hay algo que todavía no tenemos asumidlo los  cristianos y es que: tenemos que ser misericordiosos. Sus llagas nos han curado. Jesús nos envía a perdonar no a condenar, nos entrega el evangelio de la misericordia. Así lo ha expresado el Papa Francisco: “La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, El sólo ama y salva”. Dios no se cansa de perdonar. Nos ha dicho, además, que tenemos que anunciar la misericordia de Dios. Nosotros tenemos que ser mensajeros de perdón, aprender a perdonarnos primero a nosotros mismos y ser instrumentos de perdón y reconciliación para todos. Este es el Evangelio auténtico.. Que la celebración de este día nos ayude a ser misericordiosos y compasivos todo el año.

Las lecturas de este tiempo de Pascua nos llevan a dos actitudes que deben arraizar profundamente en nuestras vidas: la fe y la paz.

Hermosa síntesis de la experiencia que tienen los primeros cristianos de la resurrección de Jesús, el fragmento del Apocalipsis incluye testimonios de la Resurrección y las apariciones de Jesús a los Apóstoles centran el relato de este Segundo Domingo del Tiempo Pascual, y marcan ese arco histórico de muchos años en la primitiva vida de la Iglesia. Del cenáculo lleno de hombres temerosos iba a salir, gracias a Espíritu, el fermento, fuerte e ilustrado, de una Iglesia pujante, eficaz… y perseguida. La mejor clave para adorar y meditar la Resurrección de Jesús está en el efecto de ese prodigio suscitado en los Apóstoles. Primero --ya, de una vez—creyeron que Él era Dios; y, entonces, se convirtieron en seguidores conscientes de una actitud y de un camino de indudable trascendencia: de la divinidad y humanidad de Cristo y del camino por Él marcado. Antes de la Cruz y de la Resurrección, los Doce y sus acompañantes no eran otra cosa que una banda irregular de seguidores, llenos de dudas. Para que no existan lagunas en el "discurso litúrgico" de esa transformación, bien claro está el contenido del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de la velocidad en el crecimiento del número de fieles. Pedro ya está constituido como primado de esa naciente Iglesia y no sólo lo establece su autoridad humana, porque la autoridad divina le llega en su capacidad --y en la de su sombra

Los apóstoles dudaron. Pedro no se fía de lo que decían las mujeres. Tomás exige ver las señales de los clavos en las manos y de la lanza en el costado. De ello se deduce que la duda es algo connatural al hombre. Pero la duda tiene su aspecto positivo: evita que caigamos en el desatino o en lo irracional. Un creyente no es un crédulo que acepta todo sin pasarlo por el tamiz de la razón. Un creyente de verdad tiene que pasar del fideísmo a la fe adulta, responsable y personalizada, que nos hace gritar: "¡Señor mío y Dios mío!" No creemos porque nos lo han dicho otros, sino porque nosotros mismos hemos experimentado la presencia de Jesús vivo en nuestra vida. Creer es fiarse de Alguien: Jesús de Nazaret, el Resucitado, que ha vencido a la muerte, dando un nuevo sentido a nuestras vidas. El mejor don que nos regala la fe en Jesús es la paz, plenitud de todos los dones. Es una paz que produce en nuestro interior una sensación profunda de felicidad y realización personal. Sin embargo, esta paz no puede quedar encerrada en nosotros mismos, sino que tiene que salir hacia afuera, tiene que notarse y ser testimoniada. La construcción de un mundo en paz es una tarea de todo cristiano, partiendo siempre de la justicia y el amor. Hoy la paz se siente amenazada por los atentados terroristas. Matar en nombre de Dios es una blasfemia, porque Dios nos regala siempre su paz.

Para vivir esta fe y paz tenemos que relacionarse con Dios desde la confianza filial consciente de que habla con su Padre. Dios es la fidelidad misma, cumple siempre, no falla jamás. El cristiano tiene que corresponder a esa fidelidad ,siendo fieles al que nos es fiel  hasta la muerte.

La fe de la que hablamos no es algo racional y abstracto, sino que  tiene que ser operante, acompañada de buenas obras. Una fe, sin obras, está muerta. El creyente se ha comprometido a guardar los mandamientos, la palabra de Cristo. La fe, si está viva, produce necesariamente obras de amor operativo. En la vida espiritual, la fe es el "espíritu" y las obras la "letra"; y, si no hay letra, no puede haber espíritu de la letra. "Cree de verdad aquel que practica con la vida la verdad que cree", dice S. Gregorio Magno. La fe actúa por la caridad

Esta vida de fe activa nos da la claves de otra realidad; también las lecturas nos sitúan ante el nacimiento de las primeras comunidades cristianas. ¿Qué diferencias y semejanzas, hay entre aquellas y las nuestras?. El recuerdo idealizado de la primera comunidad cristiana en el Libro de los Hechos muestra las cualidades que tiene el grupo de los seguidores de Jesucristo: hacías signos y prodigios, los enfermos eran curados, la gente "se hacía lenguas de ello".....Comparado todo esto con la imagen miedosa de muchos cristianos del siglo XXI, puede parecer que nos encontramos muy lejos de aquel ideal. Parece que en lugar de aumentar, disminuye en algunos lugares el número de los que se adhieren a Jesús. Sin embargo, no es del todo cierto que seamos peores en general, a pesar de los escándalos de algunos cristianos y sacerdotes, presentados en los medios de comunicación o en el cine con cierta morbosidad interesada. La Iglesia es santa y pecadora al mismo tiempo, santa porque fue fundada por Jesucristo, aspira a la santidad de todos sus miembros y es apoyada siempre por la gracia salvadora de Jesucristo. Pero está compuesta por hombres y mujeres pecadores. Pretender que en ella todo sea santo es no comprender la condición humana. La fe se vive y se celebra en comunidad y es ella, la Iglesia, el medio e instrumento de salvación, a pesar de sus defectos y pecados.

 

La primera lectura nos sitúa ante los apóstoles que hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.  Este tercer resumen destaca la actividad milagrosa de los apóstoles y su repercusión en el pueblo.

El lugar indicado,(pórtico de Salomón), del que se ha hecho mención más arriba (3, 11), es el lugar habitual donde se reúne la naciente iglesia. Del tipo de estas reuniones nos ha informado también el autor anteriormente (2, 44-47).

Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos se curaban. Que Jesús curaba a los enfermos es una de las verdades que más frecuentemente repiten los evangelios. Ante un enfermo el alma de Jesús se conmovía y su corazón misericordioso le impulsaba a curarlo. Sus Apóstoles quisieron hacer siempre lo mismo que había hecho su Maestro: predicar el Reino de Dios, curar enfermos, anunciar la buena nueva, el evangelio, a todas las personas, con especial atención a las personas más desprotegidas y marginadas de la sociedad. Esa era la señal distintiva de los discípulos del Maestro: amarse entre ellos y extender su amor a todas las personas necesitadas de amor.

Todo esto se nos presenta como algo difícil, pero Jesús mantiene lo  mismo que les dio a los primeros discípulos. Cristo les dio y nos da el soplo del Espíritu Santo, los inunda de paz y, ungiéndolos sacerdotes, los envía a predicar y perdonar los pecados. Vigorizados y ungidos, los apóstoles salen y “hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo y crecía el número de los creyentes, que se adherían al Señor” (He 5,12-16). Hoy nuestra Iglesia está en esa misma realidad. El Resucitado no nos ha dejado huérfanos.

Esta llamada y don  lo describe así San Cirilo de Alejandría: "Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria el apostolado, con preferencia a todos los demás". (San Cirilo de Alejandría. Sobre el evangelio de San Juan).

Y San Basilio de Seleucia nos recuerda: " Este es el ejército seducido por el Señor; estos son los hijos de la piscina bautismal, las obras de la gracia, la cosecha del Espíritu. Han seguido a Cristo sin haberle visto, le han buscado y han creído. Le han reconocido con los ojos de la fe, no con los del cuerpo. No han puesto su dedo en las marcas de los clavos, sino que se han unido a su cruz y han abrazado sus sufrimientos. No han visto el costado abierto del Señor, pero por la gracia han llegado a ser miembros de su cuerpo y han hecho suya su palabra: «¡Dichosos los que crean sin haber visto!» (San Basilio de Seleucia. Sermón: Creer sin haber visto).

En respuesta a la actividad apostólica, se va congregando una comunidad cada vez más numerosa, hombres y mujeres que se adhieren al Señor. Los rasgos más característicos son: el poder de la palabra y los signos que acompañan la predicación apostólica, el favor que el pueblo les dispensa y la fraternidad entre todos los creyentes. La iglesia nace y crece como respuesta al evangelio, es fundación de Dios en Cristo y en sus enviados. Por eso confesamos su origen apostólico.

Con esta afluencia de las gentes a la ciudad de Jerusalén, comienza a cumplirse la segunda parte del programa de los apóstoles que predicaron el evangelio hasta los confines de la tierra (Hech 1, 8). Va a llegar un momento en la primitiva Iglesia en que se lancen a predicar fuera de Jerusalén. Las curaciones de enfermos provocarán la persecución de los misioneros por parte de los judíos (8, 1.4).Y la comunidad cristiana crecerá fuera de Jerusalén (9, 31). En definitiva, la fuerza del resucitado llega a todo hombre que cree.

 

Así comenta san Juan Pablo II el salmo responsorial de hoy: " Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, que acabamos de escuchar, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22:  "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles:  "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta:  "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado" (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313). La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del salmo 117 es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén:  "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf. Sal 117, 26). La aclamación está enmarcada por un "Hosanna" que recoge la invocación hebrea hoshia' na':  "sálvanos".

2. Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto:  "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (vv. 1 y 29).

La palabra "misericordia" traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas:  todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).

3. La procesión parece desarrollarse por las calles de Jerusalén, porque se habla de las "tiendas de los justos" (v. 15). En cualquier caso, se eleva un himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), que contiene un mensaje esencial:  incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación.

El poeta sagrado usa imágenes fuertes y expresivas:  a los adversarios crueles se los compara con un enjambre de avispas o con un frente de fuego que avanza reduciéndolo todo a cenizas (cf. v. 12). Pero la reacción del justo, sostenido por el Señor, es vehemente. Tres veces repite:  "En el nombre del Señor los rechacé" y el verbo hebreo pone de relieve una intervención destructora con respecto al mal (cf. vv. 10-12). En efecto, en su raíz se halla la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, y no ciertamente la mano débil e incierta del hombre. Por esto, la alegría por la victoria sobre el mal desemboca en una profesión de fe muy sugestiva:  "el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14).

4. La procesión parece haber llegado al templo, a las "puertas del triunfo" (v. 19), es decir, a la puerta santa de Sión. Aquí se entona un segundo canto de acción de gracias, que se abre con un diálogo entre la asamblea y los sacerdotes para ser admitidos en el culto. "Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor", dice el solista en nombre de la asamblea procesional. "Esta es la puerta del Señor:  los vencedores entrarán por ella" (v. 20), responden otros, probablemente los sacerdotes.

Una vez que han entrado, pueden cantar el himno de acción de gracias al Señor, que en el templo se ofrece como "piedra" estable y segura sobre la que se puede edificar la casa de la vida (cf. Mt 7, 24-25). Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles, que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y celebrar su culto.

5. La última escena que se abre ante nuestros ojos es un rito gozoso de danzas sagradas, acompañadas por un festivo agitar de ramos:  "Ordenad una procesión con ramos hasta los ángulos del altar" (v. 27). La liturgia es alegría, encuentro de fiesta, expresión de toda la existencia que alaba al Señor. El rito de los ramos hace pensar en la solemnidad judía de los Tabernáculos, memoria de la peregrinación de Israel por el desierto, solemnidad en la que se realizaba una procesión con ramos de palma, mirto y sauce.

Este mismo rito evocado por el Salmo se vuelve a proponer al cristiano en la entrada de Jesús en Jerusalén, celebrada en la liturgia del domingo de Ramos. Cristo es aclamado como "hijo de David" (Mt 21, 9) por la muchedumbre que "había llegado para la fiesta (...). Tomaron ramas de palmera y salieron a su encuentro gritando:  Hosanna, Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel" (Jn 12, 12-13). En esa celebración festiva que, sin embargo, prepara a la hora de la pasión y muerte de Jesús, se realiza y comprende en sentido pleno también el símbolo de la piedra angular, propuesto al inicio, adquiriendo un valor glorioso y pascual.

El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús "el día en que actuó el Señor", en el que "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud:  "el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14). "Este es el día en que actuó el Señor:  sea nuestra alegría y nuestro gozo (v. 24) ". (Juan Pablo II. Audiencia general. Miércoles 5 de diciembre de 2001

 

La segunda lectura es del Libro del Apocalipsis. Cuando San Juan escribe en la Isla de Patmos, la Iglesia ya está establecida en todo el mundo conocido de entonces. Y tiene problemas de heterodoxia y persecuciones durísimas, con la fuerza terrible del Estado --el romano-- más poderoso de la tierra. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas. Y el episodio --muy importante, muy notable-- que completa el citado "discurso litúrgico", va desde la alegría por la Aparición del cenáculo hasta el testimonio singular y maravilloso de un anciano que nos dice que sigue disfrutando de la misma juventud interior que en los días --ya lejanos-- de la Resurrección gloriosa de Jesús, el Maestro.

"Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús". Ser fiel al evangelio de Jesús, normalmente no sale gratis. Porque el “mundo”, en el sentido que le da San Juan a esta palabra, es enemigo de Jesús, es enemigo de la verdad. Seamos nosotros fieles a la verdad del evangelio, aunque nos cueste más de un disgusto, porque, al final, sólo la verdad nos hará libres. Después de todo, sólo Dios es el que vive por los siglos de los siglos y tiene las llaves de la muerte y de la vida.

 

Hoy el  Evangelio nos describe lo que sucede en el Cenáculo  ocho días después de la crucifixión, por primera vez en la ausencia de Tomás, a continuación, en su presencia.

" Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor".

Antes de recibir el Espíritu Santo los discípulos de Jesús no tenían paz interior. Sabían que los judíos que no creían en Jesús como el Mesías de Israel, les odiaban a ellos y querían exterminarlos. Antes de recibir el Espíritu Santo, los discípulos no se atrevían ni a salir a la calle, porque sabían que vivían rodeados de un mundo hostil. Pero cuando ven, de pronto, a Jesús en medio de ellos, exhalando sobre ellos su aliento y su paz, se llenan de alegría, desaparece el miedo y su alma se llena de paz y vigor.

Jesús da el Espíritu a los discípulos para que tengan su misma vida, una vida que se caracteriza por la reconciliación, por la capacidad de ser corderos de Dios que quitan el pecado del mundo a base de dar la propia vida por amor y con plena libertad.

Decía Orígenes que la flor de la Sagrada Escritura es el Nuevo Testamento, y la flor del Nuevo Testamento es el evangelio de San Juan. La esencia del Evangelio de San Juan es el discurso de la Santa Cena. En los capítulos 14, 15 y 16 nos entrega el Evangelio de la alegría. Se intenta explicar el gozo infinito de Dios, y el destino del hombre al gozo infinito. Ya aquí se nos invita a gozar y disfrutar de la alegría.

"La paz os dejo, mi paz os doy". (Jn 14,27)

"Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de  vosotros, y vuestra alegría sea completa". (Jn 15,11)

"...pero vuestra tristeza se cambiará en alegría". (Jn 16,20)

"Así también vosotros estáis ahora tristes, pero yo os veré otra vez y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría". (Jn 16,22)

En este sentido, debemos nosotros examinarnos a nosotros mismos y ver hasta qué punto la presencia del espíritu de Jesús nos llena de paz y nos da suficiente ánimo y vigor para hacer frente a las adversidades interiores y exteriores que frecuentemente nos amenazan. Un alma llena del espíritu de Jesús, del espíritu de Dios, es un alma en paz, aunque por dentro y por fuera nos veamos frágiles e inseguros. Las propias dolencias físicas y las dolencias del alma que nos causan los acontecimientos exteriores no deben nunca robarnos la alegría y la paz interior. Los grandes santos fueron personas de una gran paz interior, aunque todos ellos tuvieron que sufrir mucho, en su lucha contra las tentaciones interiores y contra el mundo hostil que les rodeaba. Pidamos a Dios que no nos falte nunca su espíritu, el espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

El texto presenta la nueva forma de vida del Señor que no permite ya que se le conozca según la carne, es decir, a base tan solo de los medios humanos. Ya no se le reconocerá como hombre terrestre, sino en los sacramentos y la vida de la Iglesia, que son la emanación de su vida de resucitado. La "fe" que se le pide a Tomás permite "ver" la presencia del resucitado en esos elementos de la Iglesia, por oposición a toda experiencia física o histórica. La fe está ligada al "misterio", en el sentido antiguo de la palabra.

El género de visión (v. 25) que los apóstoles han tenido de Cristo resucitado no ha sido el tipo de visión material (vv. 26-31) exigida por Tomás. Si no hay diferencia entre estas dos experiencias, no se ve por qué Cristo habría de reprocharle lo que no reprocha a los demás y por qué habría que exigir al primero una fe que no les ha exigido a los segundos. En realidad, los diez apóstoles han tenido una experiencia real del Señor resucitado, pero probablemente fue más mística que la experiencia a que aspiraba Tomás. Para evitar a los hombres a "creer sin ver", ¿no deben, los apóstoles, los primeros, aprender a pasar las pruebas materiales? La resurrección es signo en la medida en que la fe la ilumina, y es, al mismo tiempo, interior a la fe.

" Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!".  Tomás no era distinto de los demás apóstoles de Jesús. También él necesitó ver para creer, para ahuyentar el miedo del alma, para recobrar una paz interior que había perdido. Tampoco Tomás era muy distinto de muchos de nosotros, cuando pensamos que los límites de la ciencia son los límites de la religión y cuando creemos que la creencia no puede ir más allá de la certeza científica y comprobable. La fe religiosa, nuestra fe cristiana, tiene unos fundamentos que van más allá de los postulados empíricamente científicos, porque se basa en la autoridad del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.

 Toda la liturgia de estos domingos está bajo el influjo de la Pascua. Pero la Iglesia se  preocupa para que la Pascua sea algo más que una palabra, de ahí que constantemente  nos presente el ejemplo de la primera comunidad cristiana que hizo de la Pascua un  programa concreto de vida. Con la Pascua nace la comunidad y el espíritu de la Pascua la  desarrolla invitándola a la gran obra de la evangelización universal. Por todo esto, durante este tiempo vamos a mirar cómo se desarrolla la vida de esta  comunidad que es la nuestra.

Pidamos a Dios que nos dé una fe tan viva y profunda como la que recobró Tomás cuando vio corporalmente a Jesús y que nos permita decir con toda el alma: ¡Señor mío y Dios mío!

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com