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miércoles, 25 de diciembre de 2024

Comentarios a las lecturas del día de la Natividad del Señor, 25 diciembre de 2024

Que sea, el Señor, bienvenido a esta tierra llena de muchos contrastes y tan necesitada de paz y de esperanza. Una paz que, por sí mismo, el mundo no puede lograr y una esperanza que, el mundo en sí mismo, es capaz de asegurar. ¡Cómo no dar gracias a DIOS que, en su gran misericordia, toma la condición humana! ¡Cómo no mirar hacia el cielo y, comprender, que las puertas de ese cielo se abren para venir hasta nosotros en forma de misericordia: Dios, en Cristo, nos redime de nuestras esclavitudes y pecados que nos van destruyendo en lo mejor que Dios ha depositado en nosotros.

Las palabras del profeta: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: ¡Tu Dios es rey!" , coincide con la definición de Hijo de Dios que da tanto el autor de la Carta a los Hebreos como San Juan en la introducción a su Evangelio hace. Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva. Pero va a insistir. Añade: "Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión." Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. Sobre este aspecto inciden los tres textos proclamados.

 

La primera lectura esta tomada de Isaías (Is 52, 7-10). En ella Isaías presenta el final del exilio.

El texto es uno de los himnos gozosos del Segundo Isaías anunciando el retorno de  los exiliados de Babilonia a Jerusalén, y tiene la forma de un anuncio de restauración  dirigido a la ciudad devastada.

Desde el país de exilio, de monte en monte, un mensajero va transmitiendo la voz, el gran  anuncio. Este anuncio se sintetiza en: la "paz", que es la plenitud de todos los bienes; la  "buena nueva" (en griego, "evangelio"), que es lo que uno tiene ganas de oír para ser feliz,  la noticia más esperada; la "victoria", que es la liberación de toda opresión; y finalmente, lo  que es la causa de todo: que "tu Dios es rey", él es el que conduce la historia a favor de su  pueblo.

Escuchar este mensaje es una gran alegría, y lo es más aún cuando los centinelas de la  ciudad devastada también se unen a él: el retorno de los exiliados que ya se ven llegar  significa que realmente, definitivamente, el Señor vuelve a estar presente en su ciudad. Ver  el retorno es ver cara a cara al Señor mismo que vuelve.

El profeta, entonces, entusiasmado, entona un cántico dirigido a las ruinas de Jerusalén,  convocadas también a gritar de alegría porque el Señor reconstruye su pueblo y su ciudad. Y acaba proclamando que esta obra maravillosa de Dios es un anuncio de salvación que  se dirige a todos los pueblos de la tierra.

El oráculo del Deutero-Isaías – del que tratamos-, está repleto de gozo y de entusiasmo por el  inminente retorno de los exiliados en Babilonia.

El mensajero anuncia la llegada del Señor  que, a modo de un rey oriental, hace una solemne entrada en la ciudad de Jerusalén. Los  centinelas gritan de júbilo e, incluso, las ruinas de la ciudad exultan por la reconstrucción  que se avecina, signo de la salvación divina en favor del pueblo. Pero los exiliados son  invitados a abandonar Babilonia después de haberse purificado ritualmente: el camino que  se disponen a emprender y la ciudad hacia la que se encaminan son santos. La buena noticia (en griego evanguélion) es el anuncio del inicio del reinado de Dios y la  reconstrucción de la nación. Sus dones son la paz y la salvación. Dios viene a habitar en  medio de su pueblo. Esta es la buena noticia que anunciará, siglos más tarde, Jesús (cf. Mc  1,14-15 y paralelos).

 

El interleccional de hoy es el salmo 97 (Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6), Himno de alabanza a Dios.

Este es un "salmo del reino": una vez al año, en la fiesta de las Tiendas (que recordaban los 40 años del Éxodo de Israel, de peregrinación por el desierto), Jerusalén, en una gran fiesta popular que se notaba no solamente en el Templo, lugar de culto, sino en toda la ciudad, ya que se construían "tiendas" con ramajes por todas partes... Jerusalén festejaba a "su rey". Y la originalidad admirable de este pueblo, es que este "rey" no era un hombre (ya que la dinastía Davídica había desaparecido hacía largo tiempo), sino Dios en persona. Este salmo es una invitación a la fiesta que culminaba en una enorme "ovación" real: "¡Dios reina!", "¡aclamad a vuestro rey, el Señor!" Imaginemos este "Terouah", palabra intraducible, que significa: "grito"... "ovación"... "aclamación".

Originalmente, grito de guerra del tiempo en que Yahveh, al frente de los ejércitos de Israel, los conducía a la victoria... Ahora, regocijo general, gritos de alegría, mientras resonaban las trompetas, los roncos sonidos de los cuernos, y los aplausos de la muchedumbre exaltada.

¿Por qué tanta alegría? Seis verbos lo indican: ¡seis "acciones" de Dios! Cinco de ellas están en "pasado" (o más exactamente en "acabado": porque el hebreo no tiene sino dos tiempos de conjugación para los verbos, "el acabado", y el "no acabado"). "El ha hecho maravillas"... "Ha salvado con su mano derecha"... "Ha hecho conocer y revelado su justicia"... "Se acordó de su Hessed"... (Amor-fidelidad que llega a lo más profundo del ser); "El vino-el viene"... Y para terminar, un verbo en tiempo, "no acabado", que se traduce en futuro a falta de un tiempo mejor (ya que esta última acción de Dios está solamente sin terminar aunque comenzada): "El regirá el orbe con Justicia y los pueblos con rectitud"...

Observemos la "universalidad" de este pensamiento de Israel. La salvación (justicia-fidelidad-amor) de que ha sido objeto la Casa de Israel... está, efectivamente destinada a "todas las naciones": ¡El Dios que aclama como su único Rey, será un día el rey que gobernará la humanidad entera. Entonces será poca la potencia de nuestros gritos! ¡Será poca toda la naturaleza, el mar, los ríos, las montañas, para "cantar su alegría y aplaudir"! El Salmo 97, es uno de estos cantos de alabanza a Yahvé, rey del mundo, cuya actuación no es sino una serie de maravillas y portentos en favor del hombre y del pueblo de Israel. Está influenciado, como todos los de su grupo (salmo 46, 92, 95-98), por el Segundo Isaías en sus miras universalistas, en su concepción de las nuevas realidades que se acercan para Israel, en su jubilosa visión del mundo como escena de la actuación de Dios y eco de su alabanza.

Lo podemos dividir en estas secciones(las dos primeras son las proclamadas hoy):

- vv. 1-3: cantan la victoria y salvación de Yahvé

- vv. 4-6: la humanidad ensalza a Yahvé

Ha hecho maravillas (w. 1-3)

La primera frase del salmo es una invitación a la alabanza a Dios con un canto nuevo. Las maravillas de Dios son tan grandes, tan inesperadas, que el pueblo no puede contentarse con las alabanzas rituales conocidas: parece que requiere algo nuevo y grandioso. Dios es el obrador de grandes cosas, y su victoria ha sido total. Su brazo, es decir, su fuerza invencible, es quien ha actuado (no la fuerza del hombre).

Ciertamente el salmista piensa en la restauración de Israel después del exilio de Babilonia, cuando tiene lugar un nuevo inicio en la vida, en la religión, en la liturgia del templo. Este período feliz vendrá después del retorno, y este solo pensamiento produce en el salmista (igual que en Isaías) un potencial enorme de alegría y entusiasmo. Dios realiza estas maravillas de salvación porque ama a su pueblo, porque nunca lo ha olvidado y ha tenido siempre presentes su misericordia y su fidelidad. El versículo 3:

"se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel"

Este fragmento ha inspirado muy de cerca el Magníficat de María (Lc 1,54), cántico que se mueve en la misma sintonía de alabanza al Dios que actúa en favor de su pueblo y de los humildes.

Suenen los instrumentos (vv. 4-6)

Las obras de Dios son contempladas por todo el mundo:

"los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Es una acción de Dios que percibe (o percibirá) el mundo entero, que conocerán todos los pueblos y por esto alabarán a Dios. La vuelta a Sión, que según el Segundo Isaías superará en grandiosidad al mismo Exodo (Is 49), será el comienzo de esta justicia de Dios y la celebrarán todos los pueblos porque en la nueva etapa Israel será algo grande y su nombre se dejará sentir en todas partes.

Por esto ahora el salmista invita a toda la tierra a cantar al Señor, a aclamar a Dios sonando toda clase de instrumentos: ahora es la música quien acompaña esta sinfonía grandiosa de alabanza: "tañed la cítara... suenen los instrumentos".

Los instrumentos musicales son muy citados en la Biblia como acompañamiento y complemento de la alegría y alabanza. Baste recordar el último salmo del salterio con la enumeración de tantos instrumentos al servicio de la liturgia jubilosa: trompetas, arpas, cítaras, tambores, flautas, platillos sonoros... Todo esto para aclamar al Señor que es rey sobre su pueblo y sobre el universo, y para que la alabanza sea más armoniosa, más universal. La Biblia nos da una muestra más de aprecio por todo aquello que es bueno, alegre, positivo, humano: todo colabora en el bien del hombre, todo redunda a gloria de Dios. Los salmos son este eco fiel que van formando la conciencia del pueblo y le educan en una actitud abierta y generosa que la ennoblece y dignifica.

 

 

La segunda lectura es el inicio de la Carta a los Hebreos (Hb1, 1-6).

 

Esta lectura, además de ser un magnífico complemento del evangelio del día, merece por sí misma una atención especial puesto que, en pocos versículos, nos presenta un esquema completo de la historia de la salvación a la luz de la actual presencia de Cristo, que luego el autor irá desarrollando y aplicando en los diferentes capítulos de esta carta.

La plenitud de los tiempos: "Antiguamente... Ahora, en esta etapa final" (vv. 1a. 2a.). De la contraposición de los diferentes momentos salvíficos de la historia (=Kairoi) se pasa a una valoración escatológica del tiempo. El "ahora" no es exactamente el fin, pero sí es el tiempo definitivo y, por esta razón, el tiempo "final" después del cual no debe esperarse ningún otro. Toda la carta se mueve dentro de esta perspectiva: la etapa definitiva de la historia de la salvación ya ha llegado. (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 1-2. 15).

La plenitud de la revelación: "De muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los Profetas... (pero a nosotros) nos ha hablado por el Hijo" (vv. 1b. 2b). En todo momento es Dios el que habla; él es quien tiene la iniciativa de la revelación. Pero también aquí, la contraposición acaba mostrando que la actual realizada a "nosotros" es la definitiva revelación que Dios hará a los hombres. Una cosa es hablar sirviéndose de palabras y otra muy distinta es hablar mediante una persona: una cosa son los "profetas" y otra muy distinta es el "Hijo". (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 1.5-9. 14. 18).

La plenitud de la creación: "(Cristo es) heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo" (v. 2c).

Hacia él queda finalizada aquella misma realidad que con él y en él tuvo origen. La génesis de la creación no fue un acto puntual y estático de Dios, sino que encuentra todo su sentido en el dinamismo que le sigue impulsando hacia su creador. (Cf. el evangelio de hoy; Jn 1, 3-4. 10).

La plenitud de las Escrituras: de modo especial los vv. 5 y 6 nos muestran como desde la fe cristiana hay una posibilidad de re-interpretación del Antiguo Testamento. Lo que allí se dice del Mesías está siempre en un nivel de promesa y de anuncio; pero ahora aquello mismo, en Jesús, es realidad y acontecimiento. (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 16-17). El punto de partida es la iniciativa de Dios: Dios nos ha hablado.

En la primera frase, la carta no habla del contenido de la palabra, sino del hecho, el proceso (antes-ahora) y el mediador (los profetas-el Hijo). Este pasa a ser el centro de la segunda parte, con una frase rica y densa, el autor intenta hacer una presentación completa acentuando en el corazón del período lo que constituye el núcleo de toda la carta: el Hijo «después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad de las alturas» (v 3). En este punto, los últimos versículos completan los primeros: el contenido de la palabra de Dios a los hombres es propiamente la persona del Hijo, Jesucristo. En él y en su misterioso camino Dios ha dicho a los hombres todo sobre sí mismo y sobre el propio hombre; sus días son los últimos. La introducción acaba con una alusión a la superioridad del nombre del Hijo sobre el de los ángeles, tema de la primera parte de la carta (1,5-2,18).

El autor de la carta a los Hebreos nos presenta la venida de Cristo como un momento privilegiado de la revelación divina a lo largo de la historia. Ha sido él quien ha hablado a lo largo de la historia, muchas veces y de muchas maneras, a los hombres, primero por boca de los profetas, después por la de su propio Hijo.

A esta afirmación fundamental, que tan bien encaja con la celebración de la Navidad, sigue un discurso sobre la naturaleza del Hijo de Dios. Considerado en sí mismo, él es resplandor de la gloria y sello de su mismo ser. El autor utiliza el lenguaje sapiencial del helenismo judío, cuando hablaba de la Sabiduría divina concedida a los hombres (cf. Sa 7,25-26). Él es imagen, icono de Dios.

En relación con la obra de salvación que ha realizado con su misterio pascual, Cristo es aquel que ha expiado el pecado de la humanidad (cf. Rm 3,24-25; Ef 1,7; Col 1,13-14), y el que ha sido exaltado por encima de todo (cf. Fl 2,9-11), siendo hijo y heredero por encima de los ángeles (cf. Rrn 8,17; Mt 21,38).

La acción salvífica de Jesús se inscribe, para el autor de la carta a los Hebreos, en la lista de acciones reveladoras de Dios en la historia. Pero no como una de tantas, sino como la principal de todas ellas. Jesús, que nos ha purificado de los pecados (referencia al misterio pascual) es icono de Dios; el hombre Jesús, sentado ahora a la derecha de los ángeles, ha heredado un nombre superior al de los mismos ángeles.

 

Como todos los años el evangelio de este día es el inicio del prologo de San Juan  (Jn 1, 1-18).

El prólogo del evangelio de San Juan es un himno solemne -en siete estrofas de estructura semita- al Logos, al Verbo, revelación del Padre en Cristo. En este prólogo están ya presentes los grandes temas del evangelio: el Verbo, la vida, la luz, la gloria, la verdad. Y las fuertes contraposiciones: Luz-tinieblas; Dios-mundo; fe-incredulidad. Dos veces resuena la voz del testigo: Juan Bautista.

El texto empieza igual que el primer libro de la Biblia cuando narra la creación: "En el principio...". Y, ya al principio, antes que todo, está la Palabra, el proyecto de comunicación plena de Dios con los hombres. Juan señala por cuatro veces, con exagerada insistencia, la preexistencia y divinidad de esta Palabra. ¡Ha de quedar muy claro que es Dios mismo quien se hará hombre! Y para resaltarlo más, señala para la Palabra las cualidades básicas de vida y luz que no son cualidades estáticas de Dios, sino cualidades para ser dadas a los hombres.

Juan continúa con una reflexión sobre la aceptación de la Luz por parte de los hombres. No se trata sólo de la aceptación de Jesús, sino de la aceptación de todos los signos de Luz que los hombres han tenido a mano y a menudo han rechazado. Pero hay quienes sí han estado dispuestos a aceptarlos: éstos son los que Dios hará hijos suyos.

La afirmación clave: la Palabra se hizo carne. Es una afirmación muy sabida, pero es realmente escandalosa: aquella Palabra que Juan tanto ha insistido en que "era Dios", resulta que asume la total debilidad de la condición humana, y viene a vivir con los hombres, y en esta debilidad (¡hasta la cruz!) será donde contemplaremos su gloria divina. A Dios ahora se le puede ver y tocar. Y se le ve y se le toca en la "carne" débil de Jesús. - Una vez dicho esto, Juan resalta una y otra vez las cualidades y dones que recibimos de la Palabra hecha carne (que ahora ya no se llama "Palabra" sino "Hijo" y "Jesucristo", una persona concreta y palpable): gracia, verdad, abundancia de su plenitud... Todo para consolidar la afirmación básica: a Dios sólo se le encuentra en Jesucristo, en su carne, en su vida concreta.

Las tesis que presenta son las mismas que las del evangelio. La idea de fondo es la plenitud de la revelación que nos ha traído el Verbo. Ha salido del Padre y se ha hecho hombre. También de la Sabiduría se dice que estaba en Dios (Pr 8. 30), pero la sabiduría era una personificación literaria. La Palabra en cambio, es una persona, es Dios, es la última palabra que Dios ha pronunciado (Hb 1. 3).

Nos presenta a la Palabra de Dios como una realidad sensible y tangible. La realidad de la presencia de Dios ha comenzado a incidir históricamente en los hombres con el comienzo de la vida de Jesús: este suceso constituye el momento decisivo de la historia de la salvación; lo testimonian los cristianos. La palabra "carne" designa en Juan todo lo que constituye la debilidad humana, todo lo que conduce a la muerte como limitación del hombre. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres. El cuerpo de Jesús se convierte, por su muerte y su resurreción, en el templo de la presencia de Dios.

La encarnación no es ninguna apariencia: por la experiencia de nuestro ser de hombres es como hemos de acercarnos a Dios, a Jesús. La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres.

Dios se acerca a los hombres hasta el punto de hacerse uno de ellos: "carne". Esta fórmula de Juan, "la palabra se hizo carne", es una afirmación del misterio de la encarnación del Hijo; del paso de la existencia eterna de la palabra de Dios, al comienzo de su existencia histórica y de su aparición en el mundo.

Juan intenta, sobre todo, destacar que Jesús de Nazaret, palabra de Dios hecha carne, no es una apariencia, una sombra o un fantasma.

La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros.

El es la verdad y la vida de Dios hecha carne. Ama, cura, perdona. Vive y sufre como un hombre entre los hombres. Todos pueden verlo y oírlo. Todos pueden creer en él, ver su luz, beber su agua, comer su pan, participar de su plenitud de gracia y de verdad. Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.

Dios se expresa en una palabra viva, que crea un interlocutor (el hombre concreto, tú y yo), con quien entabla un diálogo iluminador. Pero desgraciadamente el hombre (tú y yo) rechaza la Palabra y se hace tiniebla, angustia, ser para la muerte, absurdo radical.

 Hasta el v. 11 el juicio histórico del evangelista Juan es tremendamente pesimista. De hecho, todo su evangelio va a ser un conflicto continuado entre Jesús y un mundo incrédulo, que terminará en el proceso y condena de Jesús.

Pero en los vs. 12-13 el juicio histórico se completa haciéndose esperanzador: hay hombres que aceptan la Palabra y viven la asombrosa experiencia de ser hijos de Dios.

v.14:"La Palabra se hizo carne". No se refiere al momento de la Encarnación. Es la existencia toda de Jesús la que queda abarcada. El proyecto divino realizado es una existencia humana, visible, accesible, palpable. La tienda del encuentro, morada de Dios entre los israelitas en el desierto, queda sustituida por Jesús. El lugar donde Dios habita en medio de los hombres es un hombre de carne y hueso. Una existencia humana es ahora el resplandor de Dios, su gloria. Ha desaparecido la distancia entre Dios y el hombre. Buscas al Infinito, ve tras el Finito. La plenitud personal de Dios es Jesús, una plenitud de amor incondicional, consistente.

 

Para nuestra vida.

El texto de la primera lectura es uno de los himnos gozosos del Segundo Isaías anunciando el retorno de los exiliados de Babilonia a Jerusalén, y tiene la forma de un anuncio de restauración dirigido a la ciudad devastada.

Desde el país de exilio, de monte en monte, un mensajero va transmitiendo la voz, el gran anuncio. Este anuncio se sintetiza en: la "paz", que es la plenitud de todos los bienes; la "buena nueva" (en griego, "evangelio"), que es lo que uno tiene ganas de oír para ser feliz, la noticia más esperada; la "victoria", que es la liberación de toda opresión; y finalmente, lo que es la causa de todo: que "tu Dios es rey", él es el que conduce la historia a favor de su pueblo.

Escuchar este mensaje es una gran alegría, y lo es más aún cuando los centinelas de la ciudad devastada también se unen a él: el retorno de los exiliados que ya se ven llegar significa que realmente, definitivamente, el Señor vuelve a estar presente en su ciudad. Ver el retorno es ver cara a cara al Señor mismo que vuelve.

El profeta, entonces, entusiasmado, entona un cántico dirigido a las ruinas de Jerusalén, convocadas también a gritar de alegría porque el Señor reconstruye su pueblo y su ciudad. Y acaba proclamando que esta obra maravillosa de Dios es un anuncio de salvación que se dirige a todos los pueblos de la tierra.

El pueblo de Israel ha experimentado en propia carne la llaga mortal del exilio. Se hace necesaria una mano amiga que ayude algo, que levante el ánimo del creyente que flaquea. La caravana ha partido de Mesopotamia, y el poeta hace ver el momento tan ansiado de la llegada del mensajero, que ya está atravesando las colinas del norte de la ciudad. Una nueva era de paz y libertad comienza: el mensajero trae la buena noticia de la liberación de Israel. A este anuncio se unen los gritos de los vigías que custodian las ruinas de la ciudad. La intervención de Dios no puede dejar a nadie indiferente. Su victoria debe alcanzar a todos los confines de la tierra. Es un mensaje de alegría para un pueblo abatido y sin horizontes: ¡Dios vuelve! Mensaje para el que se siente desanimado: ¡Dios sigue entre los que creen!

"Escucha, tus vigías gritan, cantan a coro..." (Is 52, 8)."Porque ven la cara del Señor, que vuelve a Sión", sigue diciendo Isaías.

Las palabras de Isaías, en las que vemos como Dios consuela a los suyos, como los libra de la esclavitud "Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén" vuelven a resonar hoy en nuestros oídos pues también nosotros tenemos motivos para estar a alegres en el día de la Navidad y romper a cantar. Dios ha nacido para redimirnos. Es un Niño de carita morena y ojos grandes, de mirada inocente y alegre.

El que cree en el mensaje piensa que la restauración de una sociedad en ruinas y en crisis económica es posible. Es el mensaje para el creyente de hoy en esta Navidad.

La paz, el evangelio, la victoria, la acción poderosa de Dios, que se hicieron presentes en  el retorno del exilio para el pueblo dispersado y la ciudad devastada, ahora, con la venida de  Jesús, se hacen realidad plena para la humanidad entera dolorida y para todas las  devastaciones que hay en el mundo.

 

Sigamos ahora el Salmo 97, salmo responsorial del día de Navidad.

Es uno de estos cantos de alabanza a Yahvé, rey del mundo, cuya actuación no es sino una serie de maravillas y portentos en favor del hombre y del pueblo de Israel. Está influenciado, como todos los de su grupo (salmo 46, 92, 95-98), por el Segundo Isaías en sus miras universalistas, en su concepción de las nuevas realidades que se acercan para Israel, en su jubilosa visión del mundo como escena de la actuación de Dios y eco de su alabanza.

 La acción de gracias de la primera lectura también resuena, en el Salmo 97 que hoy recitamos, en las que el triunfo de Dios aparece como una activa esperanza. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Quien escucha este himno se ve animado a una seria colaboración con el Dios que actúa en la historia y se preocupa del hombre. Uno de los temas que más tratan los salmos es el de la alabanza. Dios merece toda la alabanza por ser él quien es, por sus obras maravillosas, por la bondad mostrada al hombre, por la salvación, por su predilección por Israel.

Esta alabanza es el fruto de una experiencia gozosa, de una alegría que produce la actuación salvadora de Dios: el salmista siente admiración, entusiasmo y gratitud por este Dios tan excelso, tan providente, y por esto brota de su corazón la más sincera alabanza. La fe en Dios lleva aneja la alabanza, y la alabanza proviene de la alegría. Los salmos, entre otras muchas otras cosas, nos enseñan también esta verdad y esta actitud de la alabanza gozosa, porque si el hombre alaba a Dios lo hace movido por un corazón admirado y agradecido, inundado de alegría por sentirse amado, salvado y protegido por su Dios.

El Antiguo Testamento ha sabido elaborar una serie copiosísima de cánticos y de himnos que ensalzan la bondad o las obras de Dios en medio de una atmósfera exultante: los cánticos de Moisés, de Débora, de Ana, de Judit, de Ezequías y los profetas, y por supuesto los salmos: una magnífica panorámica de una oración llena de alabanza y de gloria. "Cantad al Señor un cántico nuevo".

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: “ 1. El Salmo 97 que acabamos de proclamar pertenece a un género de himnos con el que ya nos hemos encontrado durante el itinerario espiritual que estamos realizando a la luz del Salterio.

Se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (Cf. versículo 6). Es definido como un «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso de la cítara (Cf. versículo 5), la trompeta y el son del cuerno (Cf. versículo 6), así como una especie de aplauso cósmico (Cf. versículo 8).

Además, incesantemente resuena el nombre del «Señor» (seis veces), invocado como «nuestro Dios» (versículo 3). Dios, por tanto, está en el centro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es esperado para «juzgar» al mundo y los pueblos (versículo 9). El verbo hebreo que indica el «juicio» significa también «gobernar»: hace referencia por tanto a la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.

2. El Salmo se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (Cf. versículos 1-3). Las imágenes de la «diestra» y del «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (Cf. versículo 1). La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (Cf. versículo 3).

Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (versículos 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora.

3. La acogida reservada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza común: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cfr vv. 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico.

….

4. En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (Cf. Romanos 1, 17), «se ha manifestado» (Cf. Romanos 3, 21).

La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Romanos 1,16).

Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido.

5. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico.

«Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado --algo que nunca antes se había escuchado--. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo» («74 homilías sobre el libro de los Salmos» --«74 omelie sul libro dei Salmi»--, Milán 1993, pp. 309-310).(San Juan Pablo II. Catequesis 6-XI-2002).

 

Claro es el mensaje de la Carta a los hebreos. “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en la etapa final, nos ha hablado por el Hijo”. Cristo es la Palabra visible del Dios invisible. Esta Palabra debe ser vida y luz para nosotros. Celebrar la Navidad es celebrar la vida y la luz de Dios en nuestro mundo. Sin la vida y sin la luz de Cristo vivimos en un mundo de tiniebla y desorientación.

La exhortación a los "Hebreos" comienza con una solemne afirmación: el Dios de nuestros padres ha hablado. Dios se manifiesta, se da a conocer por su palabra. El soplo de Dios, su Espíritu, se hace sonido. Antaño, en la voz de los profetas. En esta etapa final de la historia, señala la carta a los Hebreos, nos ha hablado por su Hijo, que se acerca a nosotros para liberarnos.

Esta es la palabra eterna del Padre, hecha hombre, la manifestación luminosa de la gloria del Padre y la impronta de su ser.

Las distintas manera con que Dios se reveló antes se han unificado en Cristo, han llegado a plenitud en la venida de quien es mayor que cualquier profeta. Quien ve a Jesús ve a Dios.

Cristo nos revela el misterio de Dios. Por eso, la entrada del Hijo en la historia de los hombres lleva los tiempos a "su plenitud".

El Hijo, la suprema y definitiva manifestación de Dios al mundo, es Jesús de Nazaret. La afirmación de que él ha heredado un "nombre" superior a los ángeles introduce el tema de la primera parte de esta carta: Jesús, Hijo de Dios y hermano de los hombres.

 La última frase del texto de hoy "Adórenlo todos los ángeles de Dios" (Hb 1, 6).nos recuerda el relato de anoche  leído en la Misa del gallo en el que los  pastores se llenaron de asombro ante la voz de los ángeles en las cercanías de Belén. Hoy aquel lugar se llama Campo de pastores y una pequeña iglesia conmemora el hecho, junto a una gruta, utilizada en tiempos de Cristo para guarecerse del frío del invierno. Ellos creyeron el anuncio de los ángeles y fueron presurosos y alegres al portal de Belén, llenando los caminos de coplas sencillas, mientras allá arriba los ángeles cantaban "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra...". Los ángeles siguen cantando y nos anuncian el nacimiento del Hijo de Dios.

La vida de Dios, la luz de Cristo, no se nos impone forzosamente, podemos rechazarla. Pero si la aceptamos, si nos dejamos inundar por la vida y la luz de Cristo, comenzamos a vivir como hijos de Dios, como hermanos del mismo Cristo que vive y alumbra en nosotros. Celebrar la Navidad en cristiano es celebrarla como hijos de Dios y como hermanos de Cristo. Esta celebración nos compromete a que Dios se encarne en nosotros, a través de Cristo.

 

En el evangelio, hoy leemos  el prólogo del evangelio de Juan en la fiesta del nacimiento del Señor.

 Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.

La Palabra se hizo carne (v. 14)y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. A Dios nadie lo ha visto jamás, nos dice el evangelista. El Dios judío es un Dios trascendente, invisible, siempre más allá de nuestras capacidades sensoriales. Así lo afirmaron siempre Moisés y los profetas. Pero fue este mismo Dios invisible el que un día decidió hacerse carne y acampar entre nosotros.

La Palabra de Dios no es un sueño fantástico del evangelista en un momento de ensueño nostálgico. No. Es una realidad sensible y tangible, cuyo nombre es Jesús de Nazaret. Con él ha convivido Juan y esta experiencia ha engendrado en él la certeza de la que da testimonio. La Palabra, el Verbo, ya existía antes de la encarnación, pero la Palabra en el principio estaba junto a Dios. Antes de hacerse carne y acampar entre nosotros, la Palabra, el Verbo, era puro espíritu, no cuerpo, era espiritual e invisible como el mismo Dios.

La Navidad, la encarnación, es el primer momento en el que el Dios invisible se hace visible en la carne de un hombre, en su hijo, en Jesús de Nazaret. Cristo es la impronta del ser de Dios, nos dirá el autor de la carta a los Hebreos. A partir de la encarnación, Dios, evidentemente, como puro espíritu que es, seguirá siendo invisible para nuestros sentidos corporales, pero podremos ver un cuerpo en el que se ha encarnado nuestro Dios, es el cuerpo de Cristo, la persona de Cristo, en la que Dios se ha encarnado. Ver a Cristo será para nosotros ver a Dios.

Los suyos no le recibieron. La pobreza de Dios se hace drama de Dios. Vino a los suyos y, al igual que todos, busca acogida y abrigo, comprensión y aliento. Dios viene a los suyos todos los días. Puerta cerrada a un Dios que no vive según nuestros reglamentos. Puerta cerrada a una Palabra que desconcierta nuestros pensamientos. ¡Navidad es también una fiesta de conversión! El Verbo se hace carne, y Dios sabe lo que le cuesta. Desde el pesebre hasta la cruz, el camino es uniforme.

Y no obstante... A los que creen en su nombre les da el poder de hacerse hijos de Dios. A los que creen en Jesús-Salvador, Dios de los pecadores, Dios de los perdidos, Dios de los humildes, Dios de ternura. Los que creen en su nombre... Los que perciban la luz en la obscuridad de la espesa noche, los que escuchan la Palabra en el silencio de una fe incesantemente zarandeada.

¡Nacieron de Dios! Venidos al mundo como vino Jesús, hijos e hijas de lo inesperado, de la pobreza, de la inseguridad. No tienen en este mundo otro apoyo que Dios, su amor y su Espíritu. Vienen al mundo en pleno viaje, y el tiempo les urge a proseguir el camino. Hijos frágiles, siempre llamados a renacer; hijos de un Dios al que nadie vio jamás. Pueblo de los sin nombre, de los apátridas, de los huérfanos según el mundo.

Hoy es el día en el que, cielo y tierra, se unen. Es el instante en el cual, la gloria de Dios, regala a nuestro mundo aquello que tanto necesita: amor. ¿Sabremos ser sensibles a este acontecimiento? ¿Nos dejaremos embargar por la emoción de estas horas? ¿Iremos deprisa, como los pastores, dejando a un lado nuestros cómodos valles para brindar homenaje al Rey de Reyes? ¿O tal vez nos quedaremos en la orilla de la Navidad presos de otras luces y mensajes?

Así comenta San Agustín este texto de San Juan: “El comienzo del evangelio de san Juan que se nos acaba de leer, amadísimos hermanos, reclama la pureza del ojo del corazón. En él se nos presenta a nuestro Señor Jesucristo, tanto en su divinidad en cuanto creador de todo, como en su humanidad en cuanto reparador de la criatura caída.

En el mismo evangelio encontramos quién fue Juan y cuál su grandeza. En la excelencia, pues, del ministro podemos entrever cuán alto es el precio de la palabra que tal boca pudo proferir; mejor, cómo carece de precio la Palabra que supera a todas las palabras. Es por relación a su precio por lo que una cosa se la iguala a otra o se la pone por debajo o por encima. Si alguien la compra en su valor hay ecuación entre el precio y lo comprado; si en menos, la cosa le queda por debajo; si en más, por encima. Pero a la Palabra de Dios nada puede igualarse, ni es posible hacerla bajar de precio ni que nada la supere. Todas las cosas pueden quedar por debajo de la Palabra de Dios, puesto que todas han sido hechas por ella (Jn 1,3), mas no en concepto de precio de la Palabra, como si pudiese alguien apropiárselo dando algo.

Con todo, si puede hablarse así, y alguna razón o la costumbre admite este lenguaje, el precio para comprar la Palabra es el mismo comprador, si se da a sí mismo a esta Palabra en beneficio de sí mismo. Así, cuando compramos algo, recurrimos a algo que dar, para, dado su valor equivalente, adquirir la cosa que deseamos comprar. Ahora bien, lo que damos es algo exterior a nosotros; o si está en nosotros, sale de nosotros lo que damos, para que venga a nosotros lo que compramos. Sea cual sea el valor al que recurre quien compra, necesariamente acontece que uno da lo que tiene para adquirir lo que no tiene. Mas quien da el precio permanece siendo el mismo, aunque se le agrega aquello por lo que ha dado el precio. En cambio, quien quiera comprar esta Palabra, quien quiera poseerla, no busque fuera de sí qué dar, dése a sí mismo. Al hacerlo no se pierde a sí mismo como pierde el precio cuando compra algo.

La Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Cf. Lc 2,14). Por tanto, quien quiera comprarla, dése a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da. ¿Qué da a la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho. Todas las cosas fueron hechas por ella (Jn 1,3). Si todas las cosas, también el hombre. Si el cielo, si la tierra, si el mar, si cuanto hay en ellos, si toda criatura, más evidente es aún que también fue creado por la Palabra el hombre hecho a imagen de Dios.

No nos ocupamos ahora, hermanos, de cómo puedan entenderse estas palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1,1). Pueden ser entendidas de manera inefable; su inteligencia no la procuran las palabras humanas. Nos ocupamos de la Palabra de Dios e indicamos por qué no se la comprende. No hablamos ahora para hacerla comprensible, sino que exponemos lo que impide su comprensión. La Palabra de Dios es una cierta forma, pero una forma no formada, forma de todos los seres que tienen forma; forma inmutable, estable, a la que nada le falta; sin tiempo ni lugar, que lo trasciende todo, que se alza por encima de todas las cosas, fundamento donde se apoyan y remate que a todas cobija.

Si dices que todas las cosas están en ella, dices verdad. A la misma Palabra se la designó como Sabiduría de Dios, pues dice la Escritura: Hiciste todas las cosas en la Sabiduría (Sal 103,24). Así, pues, en ella están todas las cosas y, con todo, por ser Dios, todas están debajo de ella. De lo dicho se deduce lo incomprensible del texto leído. Pero fue leído no para que el hombre lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo, descubra lo que le impide la comprensión, lo remueva y suspire por la percepción de la Palabra inconmutable, una vez que él haya cambiado de peor a mejor. La Palabra no obtiene provecho ni crece cuando la conocen; sea que tú te quedes, te marches o vuelvas, ella permanece íntegra en sí, aunque renueva todas las cosas. Es, pues, la forma de todas la cosas, forma no hecha, sin tiempo ni lugar, como dijimos. Todo lo contenido en un lugar está circunscrito. La forma se circunscribe por sus límites, tiene un punto de partida y otro de llegada. Además, lo contenido en un lugar tiene cierto volumen y ocupa un espacio y es menor en la parte que en el todo. Haga Dios que lo entendáis.

Por los que tenemos ante los ojos, que vemos, tocamos, y entre los cuales andamos, podemos deducir que todo cuerpo que se halla en un lugar tiene una forma. Lo que ocupa un lugar es menor en la parte que en el todo. El brazo, por ejemplo, es una parte del cuerpo humano y, ciertamente es menor que el cuerpo entero. Y cuanto más pequeño sea el brazo, menor es el lugar que ocupa... Del mismo modo, en todo lo que ocupa un lugar, la parte es menor que el todo. No nos imaginemos, no pensemos de la Palabra nada parecido. No nos figuremos las cosas espirituales al talle de la carne. Aquella Palabra, Dios, no es menor en la parte que en el todo.

 

Pero no puedes concebir una cosa tal. Vale más la ignorancia piadosa que la ciencia presuntuosa. Estamos hablando de Dios. Se dijo: La Palabra era Dios (Jn 1,1) Hablamos de Dios: ¿qué tiene de extraño el que no lo comprendas? Si lo comprendes, no es Dios. Hagamos piadosa confesión de ignorancia, más que temeraria confesión de ciencia. Tocar a Dios con la mente, aunque sea un poquito, es una gran dicha; comprenderlo, es absolutamente imposible...

¿Qué se puede decir de la Palabra, hermanos? Si los cuerpos que tenemos ante los ojos no pueden abrazarse con la mirada, ¿qué ojo del corazón puede comprender a Dios? Basta con que le toque, si está purificado. Si le toca, lo hace con cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo comprende. Y aún aquello, a condición de estar purificado. El hombre se hace bienaventurado tocando con el corazón lo que permanece siempre bienaventurado. En eso consiste la felicidad perpetua y la vida perpetua, de donde se deriva al hombre la vida; la sabiduría perfecta, de donde le viene al hombre el ser sabio; la luz sempiterna de donde la viene su luz al hombre. Ve ahora cómo tocándole te haces lo que no eras, sin convertir en lo que no era a lo que has tocado. Esto es lo que afirmo: Dios no es más por ser conocido, pero el conocedor sí es más conociendo a Dios. No pensemos, hermanos, que prestamos un beneficio a Dios, por haber dicho que en cierto modo damos un precio por él. Nada le damos que le haga aumentar, puesto que aunque tú caigas, aunque vuelvas, él permanece íntegro, dispuesto a dejarse ver para hacer felices a los que retornan y cegar a los alejados. La primera represalia divina con el alma que se aleja de Dios es cegarla. Quien ciega los ojos a la luz verdadera, es decir, a Dios, queda sin más a oscuras. Aunque no experimente el castigo, ya lo tiene sobre sí”. (San Agustín. Sermón 117,1-5).

Hoy es un día para felicitarnos. ¡Dios ha cumplido lo prometido! Ha nacido del seno virginal de María, aquella que quedando para siempre virgen, se convierte en Madre de Dios y Madre nuestra. ¡Qué gran Misterio! ¡Qué gran Sacramento! ¡Dios en un pesebre, Dios humillado! ¡Cuánto! ¡Pero cuánto nos ama Dios para que nos entregue, así y de estas formas tan sorprendentes, a su único Hijo!

Que al contemplar al Dios Niño nuestras conciencias se vean interpeladas: el que es Todopoderoso, entra al mundo por la puerta de la humildad. El que lo tiene todo, aparece ante nosotros desnudo. El que, en el cielo habitaba entre ángeles y triunfo, nace en el mundo en medio de la soledad, la indiferencia o la frialdad. ¿Por qué nosotros –siendo menos que Dios- optamos por escoger las puertas grandes, la opulencia o el afán de notoriedad?.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

martes, 24 de diciembre de 2024

Comentario a las lecturas Misa de Nochebuena de la Natividad del Señor 24-25 de diciembre 2024

 “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”

 En el silencio de una noche mágica Dios quiso transformar el mundo, simplemente, haciéndose Niño. ¿Por qué nos empeñamos en romper el mundo siendo demasiado adultos?

Ante el anuncio divino desaparece la lógica humana, o mejor dicho, se sublima la razón, se eleva y se capacita para descubrir que, detrás de las apariencias humanas, está oculta la grandeza divina… Cuando uno se fía en exceso de su propio parecer, se cierra a entender, aunque sea a medias, el misterio inefable de Dios. Es preciso reconocer nuestra limitación a la hora de juzgar o explicar algunas cosas, sobre todo cuando se trata de verdades trascendentes y sobrenaturales.

En esa noche, los ángeles  interrumpieron e  interrumpen el sueño de los mortales. Algunos, como los contemporáneos del Niño Jesús, no se percatarán de su nacimiento

Otros, cerrando sus corazones, serán reflejo de aquellas otras posadas que dijeron ¡no! al paso de la familia de José y María.

Y, otros más, entretenidos en sus cosas, en su mundo y mirando a otra parte…serán incapaces de descubrir, ver y seguir el destello de una estrella que conduce hasta el Dios Humanado.

Puede que, como los pastores, también nosotros veamos unos simples pañales, un austero portal.

Puede que, como los pastores, nuestros ojos no descubran nada extraordinario. Pero, es que en esa aparente invisibilidad del señorío de Dios, está la dignidad de su pobreza y la pobreza en su grandeza. Sólo, con un corazón sobrecogido por el misterio, podremos ver el prodigio que está contenido en un mísero establo. Nunca, tanta riqueza, se hizo tan gran mendigo para solicitar del hombre eso: cariño, amor, ternura, asombro, respeto, adoración y fe.

Posiblemente hemos de recurrir a la ayuda. Acudir, como hacen los niños, a nuestra madre la Virgen María e implorarle con humildad y sencillez que, como los pastores, también nosotros vayamos presurosos a Belén y contemplemos con asombro y alegría a ese Niño recién nacido.

 Las lecturas tienen como hilo conductor la esperanza, la fe en el obrar de Dios y la alegría que ello supone. Y todo ello centrado en la figura de un niño.

 

 

La primera lectura es del Profeta Isaías (Is 9, 1-3.5-6). El libro del Enmanuel -6,1-9,6- tiene la función de testimoniar que la palabra del profeta es la palabra de Dios y, por tanto, es una palabra que se cumplirá.

La estructura de este texto, que podríamos titular "la gran fiesta de la liberación y de la paz", es sencilla. En los capítulos siete y ocho, el profeta anuncia la total destrucción del reino del norte. Pero el castigo, la destrucción, no es el fin o la intención de Dios. Dios no abandona a su pueblo. El pueblo de las doce tribus volverá a reunirse y será un pueblo nuevo.

Isaías ha sido llamado, desde el tiempo de san Jerónimo, el "evangelista". Hoy las principales afirmaciones mesiánicas del libro de Isaías son sometidas a crítica, pero está fuera de toda duda que el trasfondo del anuncio de salvación de Is 9, 1-6 es un tiempo de dificultad, de inseguridad. El peligro y la insatisfacción hacían que el pueblo estuviera dispuesto a acoger el anuncio de paz que Dios le ofrecía.

El hecho histórico es la conversión del norte oriental de Palestina en provincia asiria. En este contexto histórico el oráculo es un canto de esperanza. Dios no abandona para siempre a su pueblo y a su territorio al capricho de los enemigos.

La contraposición entre luz y tinieblas, entendidas como símbolos de la salvación y condenación, tienen una referencia al lenguaje típico de la creación en la que Dios, creador de la luz, vence al caos y a las tinieblas.

La imagen de la alegría la toma del libro de los Jueces 7, 20ss. La derrota total de los madianitas. Israel deja de ser un animal encadenado reducido a trabajos forzados. El motivo de la paz y el hecho de la liberación es el nacimiento del nuevo rey. Así como en Egipto, el día de la entronización, se daban al soberano nombres nuevos así se le imponen al niño que ha nacido. Entre estos nombres no aparece el de Yavhé pero tienen un significado teológico. El poder y la plenitud que expresan superan todo lo que se puede decir del rey teocrático de Jerusalén.

Las imágenes usuales se presentan en clave escatológica. Desde esta clave interpretativa se refieren al príncipe con quien se cerrará la historia, en el que se realizarán todas las promesas hechas a la casa de David desde Natán. Celebramos su venida, pero su obra no ha llegado a plenitud. El reino de paz se está haciendo realidad pero todavía no es "la realidad".

 El profeta pasa de la descripción de una ruina total del pueblo a la de la una ocasión de esperanza y restauración. Probablemente Isaías aprovecha una pieza de la liturgia de entronización real, no para decirnos nada de un rey histórico, sino para realzar la entrada del rey ideal, mesiánico. De otro modo, no se hubiera atrevido a usar la expresión “Dios guerrero” (Dios fuerte) atribuyéndosela al Rey que viene.

 

El responsorial es el salmo 95 (Sal 95, 1-2a.2b-3.11-12.13) “Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Es una invitación a cantar un cántico nuevo. Este salmo nos invita con insistencia a "cantar". La palabra se repite tres veces al comienzo de las tres primeras líneas. Más adelante, por tres veces, vuelve la insistencia: "Dad gloria al Señor"... "Dad gloria al Señor"... "¡Dad pues gloria al Señor!".

Hay que recitar este salmo con los "ángeles de los campos de Belén" que "cantaron aquella noche": "Gloria a Dios, paz a los hombres". Nosotros junto con ellos cantemos también "alegría en el cielo, fiesta en la tierra"... "¡El cielo se alegra, la tierra exulta!" "¡Gloria a Dios!" "¡Adorad a Dios!" "¡El Señor es rey! Que nuestra oración jamás olvide esta actitud de adoración, sentimiento de anonadamiento, ella es el fundamento de todo primer descubrimiento de Dios. Dios es el "totalmente Otro", el trascendente, aquel que supera toda imaginación. Y la revelación de la proximidad de Dios que se hizo uno de nosotros, que se hizo niño en Navidad. Este sentimiento de adoración no disminuye en nada la infinidad de Dios paradójicamente brilla hasta en el exceso de amor que lo hizo nacer en un pesebre de animales.

El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos escenas. La primera parte (cf. vv. 1-9). comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal:  "cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1). Se invita a los fieles a "contar la gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las naciones" para proclamar "sus maravillas" (v. 3). En el fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina:  "Cantad al Señor un cántico nuevo, (...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...), contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos (...)" (vv. 1-3).

La segunda escena, se abre con la proclamación de la realeza del Señor (cf. vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica:  "Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra" (vv. 11-13).

Toda la tierra debe unirse a la melodía. Todos debemos sumergirnos en el portento que inunda a todas las naciones, pese a que muchos de sus ciudadanos lo ignoren. De la manera que podamos debemos decirlo: NOS HA NACIDO UN SALVADOR, ES EL MESÍAS, EL SEÑOR.

Comentaba San Juan Pablo II este salmo diciendo: " San Gregorio Nacianceno, al inicio del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95:  "Cristo nace:  glorificadlo. Cristo baja del cielo:  salid a su encuentro. Cristo está en la tierra:  levantaos. "Cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, "alégrese el cielo, goce la tierra" (v. 11) a causa de aquel que es celeste pero que luego se hizo terrestre" (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).

De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina "hecho terrestre", reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica:  "El Señor reina desde el árbol de la cruz".

Por esto, ya la Carta a Bernabé enseñaba que "el reino de Jesús está en el árbol de la cruz" (VIII, 5:  I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque "el Señor reinó desde el árbol de la cruz" (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121).

En esta tierra floreció el himno del poeta cristiano Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que se exalta a Cristo que reina desde la altura de la cruz, trono de amor y no de dominio:  Regnavit a ligno Deus. En efecto, Jesús, ya durante su existencia terrena, había afirmado:  "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 43-45)". (Catequesis del Papa San Juan Pablo II., en la audiencia general del miércoles, 18 de septiembre de 2002).

 

La segunda lectura de San Pablo a Tito (Tt 2,11-14) nos recuerda que “Ha aparecido la gracia de Dios para los hombres”. Esta lectura quiere ofrecer el motivo fundamental del deber cristiano de santificar la vida cotidiana. Dentro de la sección 1, 5-3,11, en que se dan las instrucciones para organizar la comunidad, la perícopa de hoy trata de la estructura interna de la comunidad. Los cristianos deben dar testimonio de Dios con su vida a fin de que sea conocido y amado y no blasfemado.

Este texto es como la recapitulación de la fe de la Iglesia primitiva. El autor describe la acción maravillosa que Dios ha realizado en Cristo. Se anuncia el misterio de la encarnación pero se recuerda el sacrificio expiatorio y la gloria que recibe en la resurrección.

La gracia de Dios se ha manifestado ya en Jesucristo, pero se manifestará en plenitud cuando vuelva glorioso al fin del mundo. Esta revelación histórica del plan de Dios en la persona de Jesús tiene siempre en el pensamiento de San Pablo una finalidad: la salvación de todos los hombres. Por eso congrega a un pueblo que renuncia "a la impiedad y a los deseos mundanos" y vive en la expectativa del cumplimiento de esta salvación universal.

"Él se entregó por nosotros para rescatarnos...": Dios realiza su plan salvador en la persona de Jesucristo, "gran Dios y Salvador nuestro". Así como en la antigua alianza, Dios congregó a un pueblo suyo, ahora Cristo con su muerte sacrificial reúne un nuevo pueblo, liberado del pecado y "dedicado a las buenas obras.

¿Hay que seguir "aguardando la dicha que esperamos"? Si la dicha es Jesucristo, hay que esperar y no hay que esperar: porque Él está con nosotros, pero Él tiene que venir; mientras no hayamos renunciado del todo a una vida sin religión y a una religión sin vida, hay que seguir esperando.

Toda la vida cristiana tiene su comienzo en esta aparición del Señor y Salvador que celebramos ahora. La "gracia de Dios" de que habla la lectura, ¿qué mejor interpretación puede recibir que la de la persona de Jesús?.

Depende, del comportamiento cristiano que el mundo crea en la salvación y espere la revelación final de Dios. En la medida en que la vida cristiana sea pura pondrá de manifiesto, en efecto, que está liberada del pecado por la Sangre de Cristo y que pertenece realmente a la soberanía de Cristo (Tt 2. 14).

 

El evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14) presenta una sugestiva  secuencia de nombres de lugares. El relato empieza hablando de "el mundo entero", luego de Siria, después de Galilea y Nazaret, de Judea y Belén y, finalmente, de la posada y del pesebre. De esta forma, con un movimiento semejante al de una cámara que, en el marco de un vasto paisaje al que se acerca poco a poco, se fija progresivamente en un único punto, dejando todo lo demás hasta no ver más que aquel punto, el autor conduce nuestra mirada desde las lejanas fronteras del universo hasta el pesebre de Belén.

El sentido del procedimiento es fácil de entender. Porque entre los nombres de lugares, los hay relacionados con personas.

César Augusto y "el mundo entero"...; Cirino y Siria; Belén y David, finalmente, Jesús y el pesebre. Por lo tanto, el autor ha hecho desfilar sucesivamente ante nosotros a las diversas autoridades reconocidas por los hombres, con la indicación del campo en el que ejercen su poder, hasta conducirnos, finalmente, a aquel que posee la verdadera autoridad, el único verdadero poder: no ya César, reinando sobre toda la tierra, ni Cirino, el gobernador de Siria, ni siquiera David en su ciudad de Belén, sino Jesús en su pesebre, aquel a quien hay que llamar el Mesías-Señor.

Belén, es un lugar fértil, el significado de Bethlehem es casa de pan. Allí sucede el mayor acontecimiento de la historia, el nacimiento de Jesús. Es notable la sobriedad con la cual se nos describe este hecho. Y dio a luz a su hijo primogénito. Pero también Jesús, es unigénito. Lo de primogénito, es un término más bien legal, no significa que luego habrá más hijos.

El que Jesús ocupe el lugar de esas autoridades reconocidas o establecidas, se deduce de los títulos que le son atribuidos.

Él es, dice el ángel, "Salvador, Mesías-Señor". En tiempos de Lucas, los romanos gratificaban a sus emperadores con los títulos de "Salvador", de "Señor"; y mucho antes, la tradición bíblica había considerado a los reyes del Antiguo Testamento, a aquellos "ungidos", "mesías", "cristos" (2 Sam 1, 14-16), como "salvadores": "El salvará a los hijos de los pobres", canta, por ejemplo, el salmo 72, a propósito del "rey" y del "hijo del rey" (vv. 1 y 4). Así, pues, a partir de "hoy", todos los monarcas humanos, sean cuales fueren, paganos o judíos, no tienen ya el privilegio de tales títulos, de los que el nacimiento de Jesús les desposee. Únicamente éste que acaba de nacer puede ser llamado y lo es verdaderamente, Salvador, Mesías y Señor.

El acontecimiento es iluminador para los hombres que saben por dura experiencia que "los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen la autoridad sobre ellos se hacen llamar Bienhechores" (Lc 22, 25). Pero se ha producido un parón en esta sed de consideración y de prestigio, porque el que ahora posee la autoridad se presenta a los hombres de una forma desacostumbrada: "envuelto en pañales y acostado en un pesebre... porque no había sitio para ellos en la posada". Es comprensible que el que así nace, el que no se comporta como los poderosos de este mundo, pida un día a sus discípulos "que el mayor entre vosotros sea el que sirve" (22, 26).

El acontecimiento es, aún ahora, más considerable de lo que parece. El niño es llamado "Señor", con un título que se atribuían los monarcas terrenos pero que en el lenguaje cristiano -el del evangelista, por lo tanto- adquiere un sentido mucho más rico. Esto se ve confrontando tres pasajes de los Hechos donde se proclaman los mismos títulos que los ángeles dieran a Jesús. El primer pasaje habla de la Buena Noticia del Cristo Jesús (5, 42); el segundo, de "la Buena Noticia del Cristo Señor" (11, 20); el tercero, de la Buena Noticia de "este Jesús a quien Dios ha constituido Señor y Cristo" (2, 36). De modo que, el Señorío de Jesús, manifestado mediante su resurrección y su ascensión, que han revelado en él al Hijo de Dios (Lc 1, 35), es proclamado por los ángeles en el momento mismo de su nacimiento. Desde ese día, a Jesús se le llama "Señor", porque lo es, no solo a la manera con que se saludaba a los emperadores, sino a la manera con que Dios era celebrado en el Antiguo Testamento.

No es, pues, únicamente un Cristo, un salvador, un señor, de este mundo el que yace en el pesebre, sino el Cristo de Dios, el Señor. Sorprendente trueque de las cosas que lleva, además, en sí mismo un motivo para suscitar la convicción. Los pastores, se nos dice, verán un "signo", pero ese signo no será otra cosa que la realidad... oculta, escondida. Escondida e invisible para quienes permanecen en la noche; luminosa como la claridad angélica para quienes saben verla. Maravillosa Buena Noticia, pues: "Os traigo la buena noticia, la gran alegría".

Los pastores se encontraban en la noche antes de que se les comunicara y fuera proclamada a sus oídos la Buena Noticia; he aquí que con los mensajeros del sorprendente misterio aparece una extremada claridad, que es "la Gloria del Señor". Cambio total de las cosas, indicio de un mundo verdaderamente nuevo en el que las realidades aparecen al fin tal como son.

El objeto del discurso del ángel, se dice con una frase muy breve: el ángel habla de los "hombres que Dios ama". El texto no insiste en esta palabra-clave que queda sin comentario. Por eso, porque los hombres son el objeto de la benevolencia, del amor divino, se opera la maravilla que convierte a la noche de los hombres tan luminosa súbitamente como el día.

Finalmente, hay que prestar atención a los personajes: José y María pasan rápidamente por la escena y dejan el lugar a dos grupos de interlocutores: el ángel del Señor, por una parte, en seguida rodeado de "una legión del ejército celestial", y los pastores, por otra. Estos últimos permanecen callados, destinados a tomar la palabra en el segundo acto. El ángel responde a su pregunta incluso sin que la hayan formulado (vv. 9 s). De este modo, los hombres quedan sorprendidos de improviso, con la boca abierta, pasivos ante la súbita irrupción del don de Dios.

Los ángeles hablan... Su discurso tiene un doble registro. Hablan a la manera de los predicadores apostólicos al publicar la Buena Noticia de Jesús, Cristo y Señor... Pero luego cantan "Gloria a Dios". Interesante yuxtaposición de los procesos: la palabra de evangelización y la palabra de alabanza, la que publica la Buena Noticia y la que formula la Gloria de Dios. El primero dice a los hombres las maravillas divinas, que vuelve a ponderar el segundo para felicitar por ellas a su Autor.

San Agustín comenta el evangelio: Lc 2,1-14: Palabras de fiesta y congratulación.

 

Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento, de una virgen, de Jesucristo el Señor: Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14). Palabras de fiesta y de congratulación, no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador. En verdad era digno y de todo punto conveniente que la que había procreado al Señor de cielo y tierra y había permanecido virgen después de dar a luz, viera celebrado su alumbramiento no con festejos humanos de algunas mujercillas, sino con los divinos cánticos de alabanza de un ángel.

 

Digámoslo, pues, también nosotros, y digámoslo con el mayor gozo que nos sea posible; nosotros que no anunciamos su nacimiento a pastores de ovejas, sino que lo celebramos en compañía de sus ovejas; digamos también nosotros, vuelvo a repetirlo, con un corazón lleno de fe y con devota voz: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad. Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” . (San Agustín. Sermón 193,1

 

Para nuestra vida.

Las fiestas de Navidad sustituyeron, en su origen, a unas fiestas bulliciosas y desmadradas, llenas de crápula y desenfreno. Eran las fiestas que la sociedad celebraba en honor al sol invicto. Como se creía que el 25 de diciembre comenzaba el solsticio de invierno, es decir, que ese día el sol comenzaba a crecer, pues ese día comenzaban unas fiestas ruidosas y bullangueras, desmadradas, como hemos dicho, fiestas que duraban hasta el fin del año y el comienzo del año nuevo. Los cristianos participaban, como ciudadanos que eran, de la alegría de esas fiestas y también se podían ver envueltos en el clima de juergas y atropellos que se cometían en esos días. Contra estas fiestas quiso luchar la Iglesia y buscó un motivo religioso que pudiera cambiar estas celebraciones paganas por una celebración religiosa.

Estamos a finales del siglo III y comienzos del siglo IV y la Iglesia dice a los cristianos que nuestro sol invicto es realmente Cristo Jesús y que debemos celebrar su nacimiento con más alegría aún que la que demostraban los paganos en memoria del nacimiento del sol.

De esa manera comenzó a celebrarse la Navidad cristiana. Frente a la alegría ruidosa y desmadrada de las fiestas paganas, los cristianos debemos manifestar en estos días una alegría igualmente grande, pero no una alegría pagana y externa, sino una alegría interior y religiosa. Siguiendo este deseo de la Iglesia, también ahora nosotros, los cristianos, debemos celebrar la <Nochebuena> y las fiestas de Navidad con gran alegría humana, interior y exterior.

 En esta noche santa debemos vestir el alma con traje de inocencia, de ilusión confiada, de fe sencilla y santa alegría. El principal motivo de nuestra alegría navideña no puede ser otro que la esperanza y la certeza de la venida de un Dios que, por amor, ha venido a salvarnos. Ha venido a salvarme a mí y, por eso, mi alegría es, en primer lugar, una alegría personal e íntima.

La alegría es una nota distintiva de estas fiestas navideñas, alegría individual, alegría familiar, alegría comunitaria, alegría interior y religiosa, alegría también social y pública.

 

Tanto el profeta Isaías como el autor de la carta a Tito y el evangelista San Lucas nos muestran al Niño que ha nacido con palabras hermosas y llenas de contenido agradecido.

 

En la primera lectura, Isaías nos anuncia los acontecimientos que celebramos en esta Noche santa: Dios cumple sus promesas.

"El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande": Las tinieblas, signo del caos y de la muerte, nos indican la situación de opresión y también de infidelidad del pueblo. La luz, signo de nueva creación y de vida, nos indica la liberación y la restauración. Este paso es motivo del gozo, comparable al de una buena cosecha o al de una victoria sobre los enemigos. La posesión de la tierra y su fecundidad están siempre en el centro de atención del pueblo de Israel.

"... los quebrantaste como el día de Madián": La liberación y la iluminación es una acción de Dios, que se compara a la victoria de Gedeón sobre los madianitas (Jc 7, 16-23): en medio de la noche, los israelitas con antorchas encendidas y tocando los cuernos ahuyentan a los enemigos. La luz y la palabra liberan en medio de la noche.

"Porque un niño nos ha nacido...": ¿En qué consiste esta acción de Dios? Aparentemente las palabras del profeta se mueven a nivel de una historia concreta: la continuidad de la dinastía de David. Pero los mismos términos de la profecía se abren en un sentido que va más allá de la historia menuda. Cuatro nombres de uso cortesano definen, en principio, al niño: consejero, guerrero, padre, príncipe. Pero cada uno de ellos va acompañado de un calificativo que lo sitúa en un ámbito y en una amplitud que va más allá de las realidades humanas: "Maravilla de Consejero, Dios guerrero. Padre perpetuo, Príncipe de la paz".

-"... con una paz sin límites sobre el trono de David...": la profecía de Isaías reasume la profecía de Natán, con una insistencia en su perpetuidad que desborda las posibilidades históricas: "por siempre". Su fundamento es el mismo Dios: el celo de Dios, que se puede manifestar en el castigo, se manifestará "desde ahora y por siempre" en el amor por su pueblo a través del Mesías.

 

El salmo responsorial nos invita a la alegría: «Hoy nos ha nacido un Salvador» (Salmo resp.).

 

Al hoy del gran misterio de la Encarnación corresponde de modo particular esta hora, en que celebramos la santa misa llamada de medianoche. Según la tradición, el Hijo de Dios vino al mundo en Belén, en medio de la noche.

 

Leemos en el texto del profeta Isaías:

 

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9, 1). A este pueblo pertenecían los pastores de Belén, que velaban de noche su rebaño y a los que, en primer lugar, llegó la noticia: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2, 11). Ellos fueron también los primeros que, siguiendo la invitación del ángel, se acercaron al establo donde había nacido Jesús.

 

«¡Hoy ha nacido Cristo, el Señor, el Salvador!». Esta alegre noticia invita a toda la creación a cantar al Señor «un cántico nuevo»: «Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque» (Sal 95, 11-12).

 

Por eso en la noche de Navidad resuenan en el mundo entero cantos de alegría, en todas las lenguas de la tierra. Son cantos que tienen un atractivo singular y contribuyen a crear el clima inconfundible de este periodo del año litúrgico. Verdaderamente, como dice el profeta Isaías, «acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9, 2).

 

«Hoy ha nacido» (cf Lc 2, 11).

 

Junto al término «ha nacido», natus est, encontramos en los textos litúrgicos otra expresión: «apparuit», «apareció», «se ha manifestado». Cuando nace un niño, aparece en el mundo una nueva persona. Refiriéndose al nacimiento en Belén del Hijo de María, la liturgia habla de «manifestación», como se señala especialmente en la carta de san Pablo apóstol a Tito: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación» (Tt 2,11).

 

«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado», está escrito en el texto de Isaías (Is 9, 5). En este Niño ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres. Esta gracia es ante todo él mismo, el Hijo unigénito del Padre eterno, que en esta hora se hace hombre naciendo de una mujer. Su nacimiento en Belén constituye el primer momento de la gran revelación de Dios en Cristo. Los pastores llegan al establo y encuentran «al Salvador del mundo, que es Cristo el Señor» (cf. Lc 2, 11). Y aunque sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, en aquel signo reconocen, gracias a la luz interior de la fe, al Hijo del Padre eterno. En él se manifiesta el amor de Dios por el hombre, por toda la humanidad. Aquel que nace en la noche de Belén viene al mundo para «entregarse por nosotros, para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras» (Tt 2, 14).

 

« Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2. l4).

 

Este himno , que ha entrado definitivamente en la tradición litúrgica de la Iglesia, resuena por vez primera en la noche de Belén y habla de un acercamiento singular y extraordinario entre Dios y el hombre. En realidad, Dios nunca se ha acercado tanto al hombre como en aquella noche, cuando el Hijo unigénito del Padre se hizo hombre. Y, aunque su nacimiento tuvo lugar en condiciones modestas y pobres -Jesús nació en la pobreza de un establo, como los que no tienen casa-, estuvo rodeado de gloria divina. En efecto, gloria no significa sólo esplendor externo; significa ante todo santidad.

 

La hora del nacimiento del Hijo de Dios en el establo de Belén es la hora en que la santidad de Dios irrumpe en la historia del mundo. «Noche santa», como anuncia un conocido villancico. Noche que señala, al mismo tiempo, el Inicio de la santificación del hombre por obra del único que es «el Santo de Dios». El himno angélico que acompaña la Navidad del Señor anuncia precisamente esto.

 

Al mismo tiempo, proclama la paz en la tierra. Pensamos ante todo en la paz en sentido histórico. Así, en la noche de la Navidad del Señor, se renueva en nosotros la esperanza de paz para todos los hombres y para todos los pueblos afectados por la guerra: los Balcanes, Africa y cualquier otro lugar donde falta la paz.

 

Sin embargo, en la liturgia navideña la palabra paz tiene también otro significado más profundo. Se refiere a la nueva alianza de Dios con los hombres, a su renovación y cumplimiento definitivo. Si la alianza de Dios con los hombres es una realidad que abarca toda la historia de la salvación, no es posible hallar una expresión más plena que esta: Dios ha acogido en sí mismo a la humanidad asumiéndola en la Persona única del Hijo. De este modo Cristo ha unido en sí lo divino y lo humano, como fundamento perenne y estable de la paz y de la eterna alianza. Por esto la Iglesia entera entona en esta noche un cántico nuevo:

 

Salmo responsorial SANTA MISA DE NOCHEBUENA. Así comenta San Juan Pablo II la estrofa y su significado del responsorial de hoy: “«Hoy nos ha nacido un Salvador»

 

“ 1. «Os anuncio una gran alegría (...): hoy os ha nacido (...) un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11).

 

¡Hoy! Este «hoy» que resuena en la liturgia no se refiere sólo al acontecimiento que tuvo lugar hace ya casi dos mil años y que cambió la historia del mundo. Tiene que ver también con esta Noche santa, en la que nos hemos congregado aquí, en la basílica de San Pedro, unidos espiritualmente a cuantos, en todos los rincones de la tierra, celebran la solemnidad de la Navidad. Incluso en los lugares más apartados de los cinco continentes resuenan, en esta noche, las palabras de los ángeles que escucharon los pastores de Belén: «Os anuncio una gran alegría (...): hoy os ha nacido (...) un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11).

 

Jesús nació en un establo, como cuenta el evangelio de san Lucas, «porque no había sitio para ellos en la posada » (Lc 2, 7). María, su Madre, y José no encontraron alojamiento en ninguna casa de Belén. María depositó al Salvador del mundo en un pesebre, única cuna disponible para el Hijo de Dios hecho hombre. Esta es la realidad de la Navidad del Señor. La recordamos cada año: de ese modo la descubrimos de nuevo, la vivimos cada vez con el mismo asombro.

 

2. ¡El nacimiento del Mesías! Es el acontecimiento central de la historia de la humanidad. Lo esperaba con oscuro presentimiento todo el género humano; lo esperaba con conciencia explícita el pueblo elegido.

 

Testigo privilegiado de esa espera, durante el tiempo litúrgico del Adviento y también en esta solemne vigilia, es el profeta Isaías, que, desde la lejanía de los siglos, fija la mirada inspirada en esta única, futura, noche de Belén. Él, que vivió muchos siglos antes, habla de este acontecimiento y de su misterio como si fuese testigo ocular: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»; «Puer natus est nobis, Filius datus est nobis» (Is 9, 5).

 

Este es el acontecimiento histórico cargado de misterio: nace un tierno niño, plenamente humano, pero que es al mismo tiempo el Hijo unigénito del Padre. Es el Hijo no creado, sino engendrado eternamente. Hijo de la misma naturaleza que el Padre, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero ». Es la Palabra, «por medio de la cual fueron creadas todas las cosas».

 

Proclamaremos estas verdades dentro de poco en el Credo y añadiremos: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Profesando con toda la Iglesia nuestra fe, también en esta noche reconoceremos la gracia sorprendente que nos concede la misericordia del Señor.

 

Israel, el pueblo de Dios de la antigua Alianza, fue elegido para traer al mundo, como «renuevo de la estirpe de David », al Mesías, al Salvador y Redentor de toda la humanidad. Junto con un miembro insigne de ese pueblo, el profeta Isaías, dirijámonos, pues, hacia Belén con la mirada de la espera mesiánica. A la luz divina podemos entrever cómo se está cumpliendo la antigua Alianza y cómo, con el nacimiento de Cristo, se revela una Alianza nueva y eterna.

 

3. De esta Alianza nueva habla san Pablo en el pasaje de la carta a Tito que acabamos de escuchar: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11). Precisamente esta gracia permite a la humanidad vivir «aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo », que «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras» (Tt 2, 14).

 

A nosotros, queridísimos hermanos y hermanas, se dirige hoy este mensaje de gracia. Por tanto, escuchad. A todos los «que Dios ama», a los que acogen la invitación a orar y velar en esta santa Noche de Navidad, repito con alegría: Se ha manifestado el amor que Dios nos tiene. Su amor es gracia y fidelidad, misericordia y verdad. Es él quien, librándonos de las tinieblas del pecado y de la muerte, se ha convertido en firme e indestructible fundamento de la esperanza de cada ser humano.

 

El canto litúrgico lo repite con alegre insistencia: ¡Venid, adoremos! Venid de todas las partes del mundo a contemplar lo que ha sucedido en el portal de Belén. Nos ha nacido el Redentor y esto constituye hoy, para nosotros y para todos, un don de salvación.

 

4. ¡Qué insondable es la profundidad del misterio de la Encarnación! Muy rica es, por ello, la liturgia de la Navidad del Señor: en las misas de medianoche, de la aurora y del día los diversos textos litúrgicos iluminan sucesivamente este gran acontecimiento que el Señor quiere dar a conocer a los que lo esperan y lo buscan (cf. Lc 2, 15).

 

En el misterio de la Navidad se manifiesta en plenitud la verdad de su designio de salvación sobre el hombre y sobre el mundo. No sólo el hombre es salvado, sino toda la creación, a la que se invita a cantar al Señor un cántico nuevo y a alegrarse con todas las naciones de la tierra (cf. Sal 96).

 

Precisamente este cántico de alabanza ha resonado con solemne grandeza sobre el pobre establo de Belén. Leemos en san Lucas que las milicias celestiales alababan a Dios diciendo: «Gloria Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14).

 

En Dios está la plenitud de la gloria. En esta noche la gloria de Dios se convierte en patrimonio de toda la creación y, de un modo particular, del hombre. Sí, el Hijo eterno, Aquel que es la eterna complacencia del Padre se ha hecho hombre, y su nacimiento terreno, en la noche de Belén, testimonia de una vez para siempre que en él cada hombre está comprendido en el misterio de la predilección divina, que es la fuente de la paz definitiva.

….

(Homilía del san  Juan Pablo II. Basílica de San Pedro. Miércoles 24 de diciembre de 1997).

 

En la segunda lectura de la epístola a Tito San Pablo escribe que "Ha aparecido la gracia de Dios...": Esta lectura quiere ofrecer el motivo fundamental del deber cristiano de santificar la vida cotidiana. Dentro de la sección 1, 5-3,11, en que se dan las instrucciones para organizar la comunidad, la perícopa de hoy trata de la estructura interna de la comunidad.

La vida cristiana tiene su fuente en la aparición y realidad de la salvación entre nosotros. Vivimos de una forma determinada porque Jesús nos ha salvado. La "gracia de Dios" de que habla la lectura es convenientemente interpretada con la aparición de Jesús entre los hombres.

La primera venida de Cristo, con todo, prepara la segunda y definitiva. A ella hay que irse disponiendo con un modo de vida acorde con la de Jesús. No vale mirar sólo hacia un pasado aparentemente remoto, sino hay que mirar hacia adelante apoyado en lo ya sucedido.

Los cristianos debemos dar testimonio de Dios con nuestra vida a fin de que sea conocido y amado.

La acción-vida del hombre es una respuesta a la acción salvífica de Dios. La "epifanía", aparición, de la gracia de Dios puesta al principio de esta lectura orienta el sentido de todas las demás afirmaciones. En la tradición bíblica las "epifanías" eran signos de la intervención de Dios. La Iglesia primitiva ha asumido este concepto para anunciar a Cristo que se manifiesta en la carne para la salvación del mundo. El texto proclama la actividad terrena de Jesús como revelación de la gracia de Dios... El hombre no se libera a sí mismo sino que debe acoger la salvación que viene de Dios.

Este texto es como la recapitulación de la fe de la Iglesia primitiva. El autor describe la acción maravillosa que Dios ha realizado en Cristo. Se anuncia el misterio de la encarnación pero se recuerda el sacrificio expiatorio y la gloria que recibe en la resurrección.

 

El evangelio nos da el marco del nacimiento de Jesús  destacando dos aspectos:

* 1) la descripción del censo (marco universal, implicación de todos los pueblos) que lleva a José y María a Belén (lugar clave de la manifestación del Mesías davídico), vv. 1-5;

* 2) la descripción del nacimiento en Belén, indicando la colocación del niño en el pesebre, vv. 6-7. En Is 1, 3 encontramos: "conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento".

San Lucas pone de relieve que Jesús nace en la ciudad de David, no en un alojamiento como un extraño , sino en un pesebre, donde Dios sostiene a su pueblo. Una vez situados en un marco universal (el censo) y a la vez muy concreto (un pesebre). Le presenta la anunciación del acontecimiento a los pastores. Los pastores (que, viviendo al aire libre, velan, v.8) simbolizan la Iglesia que acoge la irrupción de la gloria de Dios en el espacio/tiempo y, al mismo tiempo, representan a todos los anawim, prototipo de los que lo esperan.

A ellos les manda Dios, antes que a nadie, el recado del nacimiento del Mesías: "Os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Mesías Señor". Ellos, marginados y despreciados por los buenos, oprimidos y explotados por los ricos, son los elegidos por Dios para conocer antes que nadie que ha nacido el Mesías; a ellos, antes que al resto del pueblo, se les comunica la buena noticia que, más para ellos que para cualesquiera otros, convierte aquella noche en nochebuena.

 

La Navidad es el tiempo de Dios, el tiempo de la Fe, el tiempo de la Esperanza.

Toda la sabiduría y todas las promesas bíblicas están resumidas en estas definiciones, en estas descripciones que se nos hacen de Jesús. El es el Salvador, el Mesías, el Señor. Él es Maravilla de consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Él es hoy, esta noche y durante estos días santos del tiempo litúrgico de Navidad, el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Él es la grandeza de Dios en la realidad frágil, pobre, humilde, y tierna de un niño que acaba de nacer, de un niño para el que su Madre apenas encuentra lugar donde recostarle, un niño que, anunciado por los ángeles, es adorado por unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turnos su rebaño.

De esa esperanza que es la salvación. Y no hay otra Navidad…..Por más que nos empeñemos en banalizarla, edulcorarla, maquillarla, disfrazarla y desnaturalizarla, viviendo y practicando tantas veces una Navidad sin Dios. Y no hay otra Navidad que la Navidad de Belén, la Navidad que el evangelista Lucas y el resto de los textos bíblicos de hoy y de estos días nos relatan. Algo muy distinto de las “otras navidades”.

En esta “Noche Buena” Dios se hace Niño y se manifiesta en la pequeñez y en pobreza para indicarnos el verdadero camino de la vida, la gran sabiduría de la existencia y la gran y única esperanza que nos salva.

La verdadera Navidad es la Navidad de la Esperanza. Hagamos posible la esperanza con nuestros gestos y con nuestros detalles. Esperanza es el nuevo nombre de la Navidad. Y a esa esperanza hemos de comprometer nuestra vida. Una vida sobria que significa también solidaridad, fraternidad y justicia social, Una vida honrada en el cumplimiento de la entera ley de Dios, en el respeto a los demás, en la equidad y cuyos otros nombres son también solidaridad y fraternidad. Una vida religiosa: una vida que descubra a Dios, al Dios revelado por Jesucristo, al Dios de rostro y corazón humanos, que hoy, en Belén, en Jesús, es el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Una vida, sí, sobria, honrada y religiosa. Es decir, una vida abierta a Dios y dirigida al prójimo. Una vida cuajada, rebosante y remecida de una esperanza que se basa en el amor de Dios y que se demuestra en el amor al prójimo. Hagamos posible la esperanza regalando no sólo cosas materiales, sino lo que de verdad puede hacer felices a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo:

Nos sirve para nuestro testimonio cristiano, darnos cuenta de lo que el Señor nos ofrece y nosotros recibimos: a Cristo que es Luz que ilumina las tinieblas. . Todo el que recibe la luz de Cristo, se siente hijo de Dios y portador de esta luz. Y no solamente puede llenar de luz los caminos de los hombres, sino decirles dónde está la luz verdadera. La Iglesia es hoy la luz que alumbra a todo hombre, porque es el sacramento de Cristo ante el mundo.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com