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domingo, 6 de abril de 2025

Comentario a las Lecturas del V Domingo de Cuaresma 6 de abril de 2025

 Estamos hoy en el último domingo de cuaresma, pues el próximo domingo será ya el de Ramos. Tenemos que aprovechar este tiempo que nos queda de cuaresma para profundizar en su significado. Este tiempo nos recuerda, entre otras cosas, los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto para prepararse a predicar. Este tiempo nos debe de servir para prepararnos para vivir la Semana Santa que se acerca.

¿Qué vamos a hacer en Semana Santa? (Descansar, ir al pueblo, vacaciones de la escuela, ver la tele, viajar...). Y desde el punto de vista religioso, ¿qué cosas podemos hacer? Podemos elegir ir a alguna de las procesiones de nuestras ciudades o pueblos. Pero, ¿sería bastante para que Jesús estuviera contento con nosotros? NO. Porque eso puede ser simplemente como ver un espectáculo. Podemos asistir a las celebraciones en donde nos encontremos por la Semana Santa. Pero tampoco nos podemos conformar con ir a procesiones o con ir también (mucho mejor) a los cultos de la Semana Santa. Hace falta algo más. Tenemos que hacer algo que nos afecte a nuestro interior. Jesús en las lecturas de hoy nos muestra alguna de estas cosas que podemos hacer:

En la primera el profeta, de una forma poética, nos narra el nuevo éxodo, la nueva liberación.

No es casualidad que sea nuevamente el desierto el marco dentro del cual se desliza hoy la Palabra de Dios. Mas... no ya el desierto árido y estéril, el desierto de la pereza y del egoísmo, sino un desierto en el que Dios nos ofrece agua «para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé».

Isaías, en efecto, anuncia la salvación del Señor como la prodigiosa realización de algo Nuevo e insospechado, algo que ya está brotando como un río que pronto ha de anegar el arenal.


En la segunda, San Pablo, se confronta de tal manera con el descubrimiento de Cristo (algo totalmente nuevo) que todo lo demás lo estima basura.

Y, para que no falte nada en esa triple nota de acorde mayor, el Evangelio nos presenta a un Jesús que lejos de condenar renueva, recupera la vida de una mujer pecadora.

 

La primera lectura  es de Isaías (Is 43,16-21) En este libro, llamado “libro de la consolación”, Isaías dice a los judíos de su tiempo que este segundo éxodo no va a ser como el antiguo, cuando salieron de Egipto. Será algo totalmente nuevo: van a tener agua abundante en el desierto y no serán atacados por las bestias del campo.

Mirar con añoranza el pasado, -recordando sólo lo bueno-,  olvidando lo malo que hubo es un hecho  generalizado en la condición humana. Lo contrario que pasa con el mirar el presente. En él se suele ver sólo lo desagradable, lo negativo, sin vislumbrar lo mucho bueno que sin duda tiene el tiempo que nos tocó vivir. Y con esa actitud se fomenta la desilusión, la desesperanza, se impide la objetividad para juzgar, se origina la impotencia para afrontar el futuro. las palabras del profeta nos marcan un camino distinto: "No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?" (Is 43, 18-19).

La liberación de los desterrados no vendrá de Ciro el persa, sino de Dios del éxodo y de los manantiales. El Dios capaz de sacar agua de la roca y hacer ríos en el desierto. Así que vale la pena recordar y mirar al pasado, pero éste no agota a Dios. ¿Cuál es la novedad que anuncia el profeta? La novedad es la gracia que nos transforma y "nos ayuda para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo" (Oración Colecta).

La profecía de Isaías insiste en el mismo tema de domingos anteriores. Dios ha salvado al pueblo; desde siempre es "El Salvador". Con Él, el pueblo salió de la esclavitud, el desierto se ha hecho transitable... con Dios sabemos vivir, contamos con su fuerza para que todo sea "nuevo".

En el texto  aparece un tema nuevo. La acción de Dios no es sólo ni sobre todo una acción de pasado. No se trata de creer en Él por las maravillas que hizo antaño. La acción de Dios es sobre todo futuro, y se supera a sí misma de manera que el pasado es sólo sombra y anuncio de la salvación futura.

El responsorial de hoy es el salmo (Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6). Este salmo es un "salmo gradual" o "canto de subida". Hace pues parte de esta colección de cantos de peregrinación que los judíos cantaban subiendo hacia Jerusalén. Las expresiones (la marcha, la travesía, "se va, se va... se vuelve, se vuelve...") Hacen pensar en una inmensa procesión que avanza hacia el Templo, con los brazos cargados de "gavillas" para la fiesta en que se ofrendaban a Dios las cosechas.

Observemos la delicadeza rítmica, "como escalones a subir paso a paso", mediante palabras-gancho que se repiten de una estrofa a otra: "traía...trae..." "estábamos... estábamos..." - "maravillas... maravillas..." - "sembrado... semilla..." "se va... se vuelve..." Cada estrofa está compuesta sobre una medida que se llama "elegía": el primer verso tiene tres acentos y el segundo dos, como si la respiración, bajo una emoción demasiado fuerte, se fuera desvaneciendo. Este ritmo elegíaco es especialmente sensible en la primera estrofa:

"se va, se va llorando hecha la semilla, viene, viene alegremente. Trae las gavillas".

El sentido original de este salmo, el que le dio el salmista judío, fue evidentemente el "regreso de los prisioneros" mediante el edicto de Ciro, en el año 538, después de 47 años de exilio en Babilonia. Este acontecimiento histórico innegable es para él un gran símbolo humano: En toda situación humanamente desesperada, Dios es el único "salvador". Los beneficiarios no salen de su asombro, creen ver un "sueño" su alegría estalla. Y los paganos (los goim) están igualmente maravillados y cantan la acción de gracias.

Así comenta el Papa Benedicto XVI este salmo de hoy:

" El dolor visto con los ojos de Dios. Comentario al Salmo 125
1. Al escuchar las palabras del Salmo 125 da la impresión de ver cómo se desarrolla ante los ojos el acontecimiento que se canta en la segunda parte del Libro de Isaías: el «nuevo éxodo». Es el regreso de Israel desde el exilio de Babilonia a la tierra de los padres, tras el edicto del rey persa Ciro, en el año 538 a.C. Entonces se repite la experiencia gozosa del primer éxodo, cuando el pueblo judío fue liberado de la esclavitud de Egipto.

Este salmo asumía un significado particular cuando se cantaba en los días en los que Israel se sentía amenazado y experimentaba el miedo, pues estaba sometido de nuevo a la prueba. El salmo incluye, de hecho, una oración por el regreso de los prisioneros de ese momento (Cf. versículo 4). De este modo, se convertía en una oración del pueblo de Dios en su itinerario histórico, lleno de peligros y pruebas, pero siempre abierto a la confianza en Dios, salvador y liberador, apoyo de los débiles y de los oprimidos.

2. El salmo introduce en una atmósfera de júbilo: hay sonrisas, fiesta, por la libertad lograda, de los labios salen cantos de alegría (Cf. versículos 1-2).

La reacción ante la libertad recuperada es doble. Por un lado, las naciones paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel: «El Señor ha estado grande con ellos» (versículo 2). La salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba límpida de la existencia eficaz y poderosa de Dios, presente y activo en la historia. Por otro lado, el pueblo de Dios profesa su fe en el Señor que salva: «El Señor ha estado grande con nosotros» (versículo 3).

3. El pensamiento se dirige después al pasado, revivido con un escalofrío de miedo y amargura. Queremos prestar atención a la imagen agrícola que utiliza el salmista: « Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (versículo 5). Bajo el peso del trabajo, a veces el rostro se riega de lágrimas: se siembra con una fatiga que podría acabar quizá en la inutilidad y el fracaso. Pero cuando llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que ese dolor ha sido fecundo.
En este versículo del salmo se condensa la gran lección sobre el misterio de fecundidad y de vida que puede albergar el sufrimiento. Precisamente, como había dicho Jesús en los umbrales de su pasión y muerte: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24).

4. El horizonte del salmo se abre de este modo a la festiva cosecha, símbolo de la alegría producida por la libertad, por la paz y la prosperidad, que son fruto de la bendición divina. Esta oración es, entonces, un canto de esperanza, al que se puede recurrir cuando se está sumergido en el momento de la prueba, del miedo, de la amenaza exterior y de la opresión interior.

Pero puede convertirse también en un llamamiento más general a vivir los propios días y a cumplir las propias opciones en un clima de fidelidad. La esperanza en el bien, aunque sea incomprendida y suscite oposición, al final llega siempre a una meta de luz, de fecundidad, de paz.

Es lo que recordaba san Pablo a los Gálatas: «El que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien, que a su tiempo nos vendrá la cosecha, si no desfallecemos» (Gálatas 6, 8-9).

5. Concluyamos con una reflexión de san Beda el Venerable (672/3-735) sobre el salmo 125 en la que comenta las palabras con las que Jesús anunciaba a sus discípulos la tristeza que le esperaba y al mismo tiempo la alegría que surgiría de su aflicción (Cf. Juan 16, 20).

Beda recuerda que «lloraban y se lamentaban los que amaban a Cristo cuando le vieron apresado por los enemigos, atado, llevado a juicio, condenado, flagelado, ridiculizado, por último crucificado, atravesado por la lanza y sepultado. Gozaban sin embargo quienes amaban al mundo…, cuando condenaban a una muerte vergonzosa a quien les resultaba molesto sólo con verle. Se entristecieron los discípulos por la muerte del Señor, pero, al recibir noticia de su resurrección, su tristeza se convirtió en alegría; al ver después el prodigio de la ascensión, con una alegría aún mayor alababan y bendecían al Señor, como testimonia el evangelista Lucas (Cf. Lucas 24,53). Pero estas palabras del Señor se adaptan a todos los fieles que, a través de las lágrimas y las aflicciones del mundo, tratan de llegar a las alegrías eternas y que, con razón, ahora lloran y están tristes, pues no pueden ver todavía al que aman y, porque mientras están en el cuerpo, saben que están lejos de la patria y del reino, aunque estén seguros de llegar a través de los cansancios y las luchas al premio. Su tristeza se convertirá en alegría cuando, terminada la lucha de esta vida, reciban la recompensa de la vida eterna, según dice el salmo. “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares” » («Homilías sobre el Evangelio» - «Omelie sul Vangelo», 2,13: Colección de Testos Patrísticos, XC, Roma 1990, pp. 379-380).- ( Papa Benedicto XVI.  Castelgandolfo, miércoles, 17 agosto 2005. Audiencia general, dedicada a comentar el Salmo 125, «Dios, alegría y esperanza nuestra».)

 

La segunda lectura es de san Pablo a los filipenses ( Flp 3,8-14) . A la comunidad de Filipos, en el norte de Grecia, habían comenzado a llegar cristianos judaizantes que perturbaban la paz. Pablo entra en polémica contra los que él denomina "enemigos de la cruz". Posiblemente esgrimían títulos de apostolado para justificar su predicación. Pablo adopta una actitud apologética respecto a su propia persona. Flp 3,1-6 contiene los títulos con los que Pablo se justifica frente a sus adversarios: hebreo, circuncidado, fariseo, perseguidor de la Iglesia, irreprensible en la observancia de la Ley. El v. 7 sirve de transición: todo ello lo estima pérdida por Cristo.

Los vv. 8-14 se centran en el cambio de valores que ha supuesto su encuentro con el Resucitado. Pablo se entretiene presentando su experiencia vocacional en clave atlética. Su vocación marca una trayectoria interior de "mi justicia" a la "fe de Cristo" que le proporciona la "justicia que viene de Dios".

San Pablo nos da su testimonio personal: Dios no nos salva por el simple cumplimiento de los preceptos de la ley de Moisés, sino por la ley de Cristo, que es la ley del amor a Dios y al prójimo. Este descubrimiento transformó totalmente su vida: "Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe".

Si antes se glorió de ser un hijo de la Ley y de su propia justicia, ahora todo esto le parece basura.

Para San  Pablo no hay otra justicia que la que viene de Dios como una gracia para todos los creyentes. En esta justicia está la salvación y no en las obras de la Ley. San Pablo  señala los puntos principales de su doctrina: El hombre se justifica al recibir la justicia que viene de Dios, abriéndose por la fe a esta justicia.

El tema que recoge San Pablo es el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. He dejado atrás muchas cosas, "el hombre viejo", lo he perdido todo por Él, y merece la pena. Y sigo corriendo, como si se tratara de una carrera en que corro tras Él, para llegar con Él a la meta, "tratando de llegar a la resurrección".

San Pablo es consciente de haber perdido todos los valores por los que la gente común se desvive. El conocimiento y seguimiento de Jesús tiene un precio: se renuncia a todo lo que el mundo aprecia. Pero esto no tiene ninguna importancia, comparado con lo que se gana. Es exactamente el mismo mensaje que la Parábola del Tesoro, (Mateo 13,44).

Y esto es como una carrera. No se posee hasta la meta, aunque estamos corriendo porque ya tenemos dentro el deseo, el principio de la posesión de ese tesoro. El tesoro es, por tanto, la Nueva Vida, anunciada como Buena Noticia, como resurrección. La Buena Noticia es que la Vida tiene sentido en Dios, que Dios es el Salvador de nuestra vida, que contamos con Él para vivir, que "si Dios es el que salva, ¿quién condena?", que la Vida de Dios es más fuerte incluso que la misma muerte... Y esto es lo que resplandece de manera increíble en el evangelio.

San Pablo espera recibir, como fruto de esta justificación por la fe, un "conocimiento" de Cristo. No se trata aquí de un conocimiento meramente teórico, sino de una experiencia profunda y de una comunión de vida con el Señor resucitado. Muerte y resurrección son momentos inseparables tanto en la vida de Cristo como en la de sus discípulos. El encuentro con Cristo en el camino de Damasco y el camino operado en la vida de Pablo, es ciertamente ya un premio; sobre todo es premio el haber sido elegido y tomado por el Señor para su servicio. De todo esto tiene Pablo clara conciencia y es para él como una prenda de lo que todavía confía en alcanzar.

Pero mientras tanto lo verdaderamente importante es seguir adelante en la carrera. El corredor que vuelve atrás su mirada para ver sus éxitos o fracasos no está en lo que hace; el corredor debe tener los ojos puestos en la meta; así Pablo tiene los ojos puestos en Cristo y los oídos a Dios que le llama desde lo alto. El amor de Cristo le urge y Pablo corre como un atleta.

Jesucristo, el Señor resucitado ya ha alcanzado a San  Pablo; por eso ahora el apóstol , en respuesta al Señor, tiene que procurar dar alcance a Cristo.

 

El evangelio es de San Juan  (Jn 8,1-11)

La escena tiene lugar en el Templo, por la mañana. Allí está Jesús sentado en el suelo y rodeado de un puñado de discípulo, enseñando al pueblo. El tribunal juzgaba habitualmente en el ámbito del templo. Algunos fariseos y escribas observan a Jesús que está también allí. Ellos saben muy bien cómo Jesús trata a los pecadores, ellos se han escandalizado de su conducta y han criticado que se siente a comer con los publicanos. Estos escribas y fariseos comprenden que no deben dejar escapar la ocasión para comprometer al maestro delante del pueblo. Entienden que Jesús no va a ser capaz de condenar a la mujer adúltera ya que va a poder más su misericordia que el peso de la ley de Moisés. Esperan acusar a Jesús de desacato a la ley ante el Sanedrín. Escribas y fariseos citan la pena señalada por la Ley contra las mujeres sorprendidas en adulterio. El Dt 22, 23 s. condena a la mujer desposada que haya cometido adulterio con un extraño en su propio pueblo a que sea lapidada; el Lv. 20, 10 condena tanto al hombre como a la mujer adúltera a la pena de muerte; Ez. 16, 38. 40, presupone que todos los adúlteros deben ser condenado a muerte por lapidación. Los rabinos introdujeron más tarde algunas mitigaciones al respecto, pero no parece que esto sucediera ya en los tiempos de Cristo.

Jesús, sentado en el suelo, según costumbre, puede escribir perfectamente en el polvo. No se trata de qué escribiera, pues se trata más bien de un gesto para mostrar su desinterés y el deseo de que lo dejen en paz. Sin embargo, ante la insistencia de los acusadores, Jesús se levanta, pero no para condenar a la mujer adúltera sino para denunciar la mala fe de estos escribas y fariseos que no querían otra cosa que comprometer a Jesús ante la opinión pública y ante el Sanedrín. Jesús no critica la dureza de la ley establecida, ni afirma que sólo puedan dictar sentencia justa unos jueces inocentes. Jesús denuncia, eso sí, que estos escribas y fariseos no son jueces legítimos y tan sólo acusadores de la mala fe, hombres que se tienen a sí mismos por justos y se erigen en jueces de los demás. Según el Dt. 17, 7, los testigos del crimen deben ser los primeros en arrojar la primera piedra contra el reo. Jesús se encara con sus enemigos y les dice que comience a tirar la primera piedra el que de ellos se encuentre sin pecado. La palabra de Jesús y su actitud contra estos hipócritas produjo el efecto deseado. Jesús se sentó de nuevo, mientras sus enemigos se marchaban corridos.

Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia.

El texto es perfectamente inteligible en clave de hijo mayor e hijo menor de la parábola de Lucas del domingo pasado. Tanto uno como otro tienen algo en que cambiar, los que cumplen la Ley de Dios y los que no la cumplen. Más aún, los que la cumplen no tienen ningún derecho a recriminar ni a condenar a los que no la cumplen. La palabra y la mirada tierna y misericordiosa de Jesús es la que salva y levanta a la mujer pecadora de su postración.

En la escena es muy notable la posición general de Jesús. Desde su pretendido ensimismamiento hasta el desenlace final que purifica los pecados de la mujer.          Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia. Jesús  consigue que una adúltera no sea condenada por otros pecadores.

¿A quiénes lanzamos piedras? ¿Queremos, acaso, hacer a Jesús partícipe del apedreamiento, o contar con su bendición para ello? Jesús mira al suelo. No tira piedras. Él lanza preguntas que desnudan la situación y descubren el corazón. Su mirada va siempre al centro de las personas y nos enseña a contemplarlas desde el suelo, que es desde donde todos sabemos estar, como hace en la última cena. Podemos atrevernos a sentir la mirada de Jesús y, desde ella, también permitir que, por medio de nuestros labios y actitudes, muchas víctimas sigan escuchando: “Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar”.

"Y Jesús despide a la mujer con estas estupendas palabras: «Vete, y en adelante no peques más» (v. 11). Y así, Jesús le abre un nuevo camino, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación válida para cada uno de nosotros: cuando Jesús nos perdona, nos abre siempre un nuevo camino para que avancemos. En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos como pecadores y a pedir perdón a Dios. Y el perdón, a su vez, al reconciliarnos y darnos paz, nos hace comenzar una historia renovada. Toda conversión verdadera está encaminada a un futuro nuevo, a una vida nueva, a una vida hermosa, a una vida libre de pecado, a una vida generosa. No temamos pedir perdón a Jesús porque Él nos abre la puerta a esta vida nueva. ¡Qué la Virgen María nos ayude a testimoniar ante todos amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y hace nueva nuestra existencia, ofreciéndonos siempre nuevas posibilidades!" (Papa Francisco Ángelus, 7 de abril de 2019)

 

 

Para nuestra vida.

Las tres lecturas coinciden en la misma idea, aunque desde ángulos distintos. Isaías, con un lenguaje simbólico al que no hay que atarse. Pablo, con una reflexión teológica. El evangelio, con una actitud concreta que produce la crisis.

Cada comunidad y cada creyente tenemos la tarea de descubrir a esa mujer adúltera, al chivo expiatorio, sobre quien descargamos nuestras iras para ocultar nuestro propio pecado. ¿En qué medida seguimos actuando como los fariseos? ¿Hay respeto a la persona humana? ¿Se practica la pedagogía liberadora de Jesús?

 

Ya desde la primera lectura se nos invita a descubrir y esperar  algo nuevo. Es una llamada a esperar lo nuevos que nos ofrece Dios.

No es de cristianos vivir de recuerdos, pasarse la vida suspirando por lo que pasó, encerrado en un pasado que ya no existe. Hay que mirar con ilusión nuestra propia época, tratando de mejorarla, luchando para que haya más justicia, más amor, más paz. Es lo que Dios pone en nuestras manos, el talento que ahora tenemos que negociar hasta conseguir el máximo rendimiento. El pasado no es más que eso, pasado. Lo que realmente nos pertenece es el presente, de esto es de lo que tenemos que responder ante Dios. Lo pasado ya no tiene remedio, mientras que lo que ocurre ahora es susceptible de hacerse bien. Es señal de vejez el mirar atrás. De esa vejez caduca y decadente que afecta no sólo al cuerpo, sino también al espíritu. Esa es la peor forma de llegar a viejo, ese vivir del pasado, ese sentirse desfasado en el presente, ese no mirar con esperanza y con serenidad al futuro.

La salida de Egipto con el camino por el desierto, simboliza nuestra vida   del pecado. En cambio el perdón divino nos da una vida nueva que irrumpe impetuosa en  nuestra actitud de anhelo del pasado. Estamos llamados a vivir la nueva criatura, la creada según Dios, en justicia y santidad .

¿Qué es esto nuevo que Dios realiza?. No es un cambio espectacular en el derrotero histórico de los pueblos como pensaban los hebreos e incluso los primeros cristianos. No se refiere al cambio político o social logrado por una mágica intervención divina, ni al cambio de la naturaleza para que nos dé sus frutos sin el esfuerzo sacrificado del trabajo.

Lo Nuevo parece realizarse en el mismo corazón del hombre, para crear una actitud distinta, un nuevo modo de relaciones humanas, y para fundamentar el cambio social o político sobre algo más sólido que la simple ley, o el dictado de la fuerza o la indiferencia abstencionista.

Sólo en la medida en que estemos dispuestos a recibir la presencia de Dios en nuestra vida, será posible olvidarse de lo que queda atrás y lanzarse a lo que está por delante, como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses. Las liberaciones históricas del pasado son garantía de la intervención presente. La liberación presente continúa y profundiza las del pasado.

 

El responsorial de hoy es un poema donde se refleja la situación moral de los repatriados de la cautividad babilónica, los cuales, de un lado, están gozosos al ver que se han cumplido las profecías del Señor sobre el final del exilio, pero al mismo tiempo sufren grandes penalidades y ansían que la nación recupere su plenitud política y económica, como en los tiempos antiguos. Los vaticinios proféticos hablaban de una reconstrucción gloriosa, pero la realidad es mucho más modesta; y, por ello, las almas justas que vivían de las promesas mesiánicas esperaban el cumplimiento de los anuncios de los profetas.

El retorno de la cautividad resultó tan insólito, que los que asistían al espectáculo no creían lo que veían, como si fuera un sueño. El júbilo popular fue grande al ver llegar las caravanas después del decreto de retorno firmado por Ciro, conquistador de Babilonia (538 a. C.). Los mismos paganos estaban admirados del cumplimiento de los antiguos oráculos sobre el retorno de los exilados. El Señor había cumplido sus promesas.

El salmista se suma a esta admiración por las magnificencias de su Dios; El Señor hizo por ellos grandes cosas! ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos alegres!”,  pero desea que se cumplan las antiguas promesas de restauración plena.

Con bellas metáforas anuncia la futura transformación de la nación israelita: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, Los torrentes del Negueb están secos en verano y se llenan de agua en el otoño con las primeras lluvias impetuosas, así la nación israelita recuperará su plena vitalidad nacional; y como los que siembran lo hacen con no pocas penalidades, pero sus trabajos son compensados con la recolección de las ricas gavillas, así los israelitas ahora trabajan penosamente en la reconstrucción de la nación, pero al fin verán alegres coronada su obra y sentirán la íntima satisfacción del sembrador” que recoge su mies, que le compensa de los trabajos de siembra. Al ir, iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando; trayendo sus gavillas.”.

 

La segunda lectura nos recuerda la novedad de la " ley de Cristo" , la ley del amor, ¿cambia y transforma realmente nuestra vida? Sólo si esto es así, podremos también nosotros decir con el salmo responsorial: “el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

No olvidemos que siendo la "justificación" una gracia de Dios, no quedamos reducidos a una situación de mera pasividad. Pues el hecho de haber sido agraciados con la justicia que viene de Dios es el fundamento de un imperativo ético y la condición de su posible cumplimiento: Radicalmente justificados por la gracia de Dios, podemos y debemos hacer obras de justicia verdadera hasta alcanzar la plena salvación. De ahí que San Pablo haga suyo el consejo que hace a los Filipenses: "Trabajar con temor y temblor en la propia salvación". San Pablo tiene conciencia de que aún está en camino para conseguir la meta y el ideal de todo cristiano. En ese camino nos encontramos nosotros mientas peregrinamos en este mundo.

Conocer a Cristo, ganar a Cristo, existir en Cristo, comulgar en sus padecimientos, morir su muerte, conocer y participar la fuerza de su resurrección: esto es la vida cristiana. Hay distintos niveles y grados. San Pablo se propone como ejemplo: él fue alcanzado por Cristo cuando corría en otra dirección; ahora es él quien pretende alcanzar a Cristo, "corriendo hacia la meta, lanzándose hacia adelante". Como el atleta, siempre en tensión progresiva. La vida cristiana es esencialmente camino, carrera y progreso. Una exigencia atlética: liberarse de peso excesivo y cargas inútiles: todo es estorbo y "basura", en comparación con el premio.

En todo el párrafo aparece un San Pablo atraído y seducido totalmente por Cristo, en cuya comparación nada importa. Es uno de los momentos en que más claramente aparece la seducción que Cristo ha tenido sobre San Pablo, en todos los planos de la existencia de Apóstol. Es un ejemplo de lo que debe significar Cristo para todo cristiano. No sólo para Pablo de Tarso.

 

El evangelio es una gran lección para cuantos nos erigimos a veces en jueces de los demás.

La cuestión de la mujer sorprendida en adulterio ponía a Jesús en un verdadero aprieto.

En el texto de hoy, se nos presenta a los letrados y los fariseos que tratan de comprometer a Jesús. Así ponen a la mujer adúltera  en medio del corro acusándola ante Jesús y todos los presentes. Si perdona, va contra la ley judía; si aprueba la condena de muerte, se contradice a sí mismo y va contra la autoridad romana, la única capaz de condenar a muerte. Jesús les dice que comience a tirar la primera piedra el que de ellos se encuentre sin pecado.

Jesús, se inclina en silencio hacia el suelo. Cuando le insisten para que se pronuncie, se incorpora e invita a que quien no tenga pecado tire la primera piedra. Luego vuelve a inclinarse y continúa escribiendo con el dedo en la tierra. No sabemos qué es lo que escribía. Quizá lo único que pretendía era dar tiempo para suscitar la reflexión y hacerles caer en su incongruencia. Jesús les invita al examen personal de conciencia para que reconozcan también la hipocresía social que condena a la mujer. Desenmascarados, van saliendo de uno en uno,  hasta dejar sola a la adúltera frente a Jesús.

Jesús no quiere condenar, sino liberar, con su decisión asegura la vida a la mujer, dándole así un nuevo impulso vital, una nueva oportunidad. Cierto que Jesús no declara por bueno lo que la mujer ha hecho. Lo que Jesús desea es este nuevo comienzo para la mujer.

Esta historia pertenece a las cumbres más altas del evangelio, porque en ella se revela de una manera visible todo el sentido de la salvación que Jesús nos ofrece. No es como la que ofrece Juan el Bautista; para el Bautista, la conversión es la condición para recuperar la comunión con Dios, para volver a ingresar en la comunidad del pueblo de Dios. Jesús va al encuentro de los hombres y los acoge en la comunión divina, en el ámbito del amor de Dios que otorga vida y confía en que tal comportamiento, ese perdón de los pecados, pueda tocar al hombre en lo más íntimo, a fin de moverle de esa manera a la conversión. El perdón de los pecados que Jesús otorga gratuitamente provoca la conversión; la conversión es la consecuencia del perdón, no su condición propia. Este es el nuevo orden -el Reino de Dios- que Dios hace presente en el mundo mediante la palabra y la vida de Jesús, su Hijo, un orden en el que Dios se manifiesta a los hombres fundamentalmente como el Dios del amor incondicional, lo cual se ve claramente en el perdón incondicional de los pecados, como el que Jesús practica, El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo, al saberse amado y acogido por Dios. Es una liberación de todas las presiones y miedos.

Con qué facilidad sometemos la conducta ajena a nuestro propio juicio. Olvidamos que el Señor nos ha dicho que no juzguemos y no seremos juzgados, y que con la misma medida con que midamos a los demás, seremos nosotros medidos. Nos resulta más fácil ser fiscales que no defensores, tendemos a resaltar las circunstancias agravantes y a olvidar las atenuantes.

- ¿Preferimos ser juzgados ante un tribunal humano o ante Dios? Tribunal humano: Fijaros en el evangelio de hoy: los fariseos no hacían más que echar en cara y escupir los pecados de la adúltera. Dicen que la sorprendieron en adulterio. Pero, ¿cómo en adulterio? ¿No había nadie más con ella? Para decir que estaba en adulterio, debía de estar con un hombre ¿Por qué no cogieron al hombre y lo acusaron? Acusan a la adúltera y la condenan a morir apedreada. El tribunal humano condena de mala manera y con odio a la mujer, autora de adulterio, y absuelve y deja marchar sin acusación al hombre, autor también de adulterio.

Veamos ahora el tribunal de Dios. Sin embargo, Jesús hace que las personas, en este caso los fariseos, dejen de mirar únicamente a la mujer y se miren también a sí mismos: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Y desde los más viejos, todos se fueron escabullendo. ¿Por qué empezando por los más viejos? Porque… “cuanto más viejo, más pellejo”. Todo el mundo que reflexiona seriamente se da cuenta de que bastante tiene con ver lo suyo. Recuerdo una mujer que criticaba por todo el pueblo, porque a la hija de la vecina la dejaron embarazada de soltera, y luego sus hijas salieron peor aún.

Dice Jesús a la mujer: “Tampoco yo te condeno, mujer. Vete y no peques más.” Ante nuestros pecados, Jesús no adopta una actitud de condena, de mandarnos al infierno. Pero eso no quiere decir que no se entera de lo malo que hacemos; ni tampoco quiere decir que lo malo que hacemos no sea importante. Cristo distingue entre el pecado y el pecador. Cristo ama al pecador y rechaza el pecado. Cristo quiere la conversión del pecador y eso buscó y procuró en aquella mujer

Hoy día seguimos condenando, somos jueces implacables de los demás. Los males, decimos, son muchos, pero los culpables son los otros, o las estructuras. No queremos reconocer que todos somos corresponsables, por acción o por omisión, del mal y de la injusticia que sufre nuestro mundo. Esto se llama hipocresía. Trasladamos a la conducta del prójimo nuestra propia malicia y hacemos realidad aquello de que se cree el ladrón que todos son de su condición.

La llamada del Señor -en este tiempo de conversión- es  a rectificar, a ser benévolos a la hora de juzgar; dentro de lo posible abstengámonos de hacerlo, dejemos que sea Dios quien emita su justo juicio y seamos misericordiosos para que el Señor lo sea con nosotros, que falta nos hace.

No olvidemos que sólo el Señor es capaz de reconstruir a la persona por dentro para convertirla en nueva criatura. Sólo Jesús puede cambiar la orientación de nuestra vida para que podamos cantar con el salmo de hoy que "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres".

Al cerrar este ciclo de reflexiones cuaresmales, después de caminar cuarenta días en el desierto de nuestro mundo interior, de pronto nos encontramos con la figura de Cristo que arroja luz y agua sobre nuestro oscuro pedregal. Hemos dejado al otro lado del desierto nuestro «todo», un esquema y un modo de pensar, un estilo de vivir, mas ¿cuál es nuestra ganancia? Y respondemos con San  Pablo: «Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la que viene de la fe de Cristo...»

Al entrar al desierto se nos reclamó despojo total, descalzarnos y desnudarnos, caminar sin equipaje y sin defensas. Y tuvimos miedo. ¿Es que se nos conducía a la muerte? De alguna manera, sí. A morir a nosotros mismos, para «llegar a la resurrección», al renacimiento del hombre- nuevo en Cristo.

Ahora, al final del desierto, se nos exige la total purificación para que el Cristo muerto y resucitado (muerto a lo viejo, resucitado a lo nuevo) nos inunde y nos vista con su luz. «Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?»

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

domingo, 23 de febrero de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo VII del Tiempo Ordinario - Ciclo C. 23 de febrero de 2025


Las lecturas de hoy destacan las actitudes del perdón y la misericordia. En el  evangelio se nos presenta el segundo fragmento del "sermón del llano" de Lucas, sobre el amor a los enemigos, preparado en la primera lectura por el ejemplo del perdón de David a Saúl, y por el salmo responsorial por el canto a la misericordia de Dios, razón última del mensaje evangélico. Y en la segunda lectura leemos otro fragmento del c. 15 de 1 Corintios, sobre el misterio de Jesucristo resucitado y la condición de hombres nuevos propia de los cristianos, incorporados a Cristo por el bautismo.

En la primera lectura del primer libro de Samuel (26,2.7-9.12-13.22-23), se nos presenta una escena importante en las relaciones entre David y Saúl, Las relaciones entre estos dos ilustres personajes se nos descubre a los largo de 1 Sam. 16-2 Sam. 1.

David, ungido rey por Samuel, entra al servicio de Saúl; su triunfo sobre el gigante Goliat y su éxito en todas las incursiones militares que se le encomiendan, provocan la celotipia y envidia de Saúl, que intentará quitárselo de en medio.

Saúl está a merced de David (v. 7). Varias veces, Saúl intentó atravesar, con su lanza, a David contra la pared (cfr.18,11; 19, 9 s; 20, 23). Este, pudiendo ahora matarlo con la misma lanza, no lo hace. El atentado no puede fallar (v. 8), pero David devuelve bien por mal (vs. 9-11; cfr. 24, 7-8a).

Saúl, a pesar de sus tres mil soldados (v. 2), se halla desatendido. Esto es demasiado inverosímil, por eso el v. 12 hace caer sobre ellos un letargo enviado por el Señor. El autor juega con la ironía: el que no es custodiado por sus amigos, debe ser protegido por el enemigo (vs. 13-16).

-David apela al tribunal del Señor. El dará a cada uno según sus acciones. (vs. 22-23). Así, la venganza personal queda excluida.

Si las lecturas de los días pasados han hablado de la amistad y el amor (o los amores) de David, la de hoy nos presenta otra faceta de su perfil humano: la grandeza de ánimo, manifestada en el perdón y la renuncia a la venganza.

Dos narraciones presentan a David perdonando la vida a Saúl: la primera (c. 24) en una cueva del desierto de Engaddi; la segunda en el desierto de Zif. En la primera es Saúl quien entra en la cueva donde se habían escondido David y sus hombres; en la segunda es David quien, acompañado de Abisay, se infiltra en el campamento de Saúl. Fuera de estas diferencias, el esquema de las dos narraciones es el mismo: denuncian a Saúl que David se esconde en tal lugar del desierto de Judá; Saúl reúne tres mil hombres escogidos y va allá para atraparlo; en un momento de la persecución, sin saberlo, Saúl y sus soldados consiguen alcanzar a David y los suyos, y Saúl queda, indefenso, a merced de David. Los acompañantes de David creen que es la ocasión de poner término a la vida de quien implacablemente los persigue; David no se lo permite, porque, dice, no quiere poner la mano sobre el ungido de Yahvé; toma tan sólo una prenda -un trozo del manto de Saúl (c. 24) o su lanza (c. 26)- y después, desde una distancia prudente, le llama y le muestra la prenda que hace ver que podía haberlo matado.

En ambos relatos dice David que es Yahvé quien le hará justicia, es decir, quien matará a Saúl; Saúl se emociona, llora y reconoce que ha obrado mal con David; por último, Saúl se va de allí en una dirección y David en otra. Seguramente se trata de un mismo hecho, transmitido según dos versiones, o bien fueron realmente dos hechos, en cuya narración uno sufre la influencia del otro.

 

El responsorial es el Salmo 102  (SAL 102, . 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13). El salmo 102 es el gran salmo de la ternura de Dios. El concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y especial en el contexto de amor.

La ternura es, ante todo, un movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro idioma de otra palabra: cariño.

Allá, en las raíces de la ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad, donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.

Ciertamente, la Biblia, cuando intenta expresar el cariño de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna, debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón, benevolencia. En suma, la ternura.

En el salmo 102, se han condensado todas las vibraciones de la ternura humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el escenario, conmovido por la benevolencia divina y levantando en alto el estandarte de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo enseguida «con todo mi ser».

La estructura del salmo es también clara y sencilla, como suele ser la de los himnos, estructura ternaria:

a) Invitación a la propia alma y corazón del salmista a bendecir al Señor (vv. 1-2). b) Motivación: la bondad de Dios en:

1. los favores personales (vv 3-5);

2. los favores dados a la humanidad (vv. 6-19).

c) Aclamación final de toda la creación (vv. 20-22).

En el versículo segundo continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo, conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, despliega una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v. 3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa corriente, llena de inspiración:

(v.3- 4) : "Él perdona todas tus culpas  y cura todas tus enfermedades;  él rescata tu vida de la fosa te colma de gracia y ternura".

Todas las experiencias vividas por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años, están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de Israel: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).

Israel -y el salmista- que ha convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque sabe de qué barro estamos constituidos.

Para El perdonar es comprender, y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que lo arrastran por rumbos contrarios.

Por eso no le cuesta perdonar, y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia, sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.

A partir de versículo 9 el salmista se mete en las entrañas de la actitud de Dios, esto es, de la Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.

Le han puesto la fama de que no hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso, sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en el polvo: «No nos tratan como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (v. 10).

(vv. 11-13).«Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos».

En los versículos siguientes, la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14). Aquí entran sincronizadamente, la comprensión, el perdón, la misericordia y la ternura.

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,45-49).

El  aspecto tratado hoy es con el que topaban los Corintios: una concepción demasiado materialista de la resurrección. Sobre todo en ambientes judíos se especulaba mucho sobre cómo sería el cuerpo resucitado, y se imaginaban unos paraísos que sin duda tenían que repugnar a gente formada en determinadas filosofías helénicas que consideraban el cuerpo como la cárcel del alma. Esta repugnancia acentuaba, ciertamente, el rechazo de determinados miembros de la comunidad de Corinto ante la idea de una resurrección corporal.

En un texto que ahora puede continuar teniendo vigencia para determinadas mentalidades cristianas que tienden a imaginar un cielo muy material (y que no saben dar una respuesta, por ejemplo, cuando alguien les pregunta de quién serán los órganos que han sido trasplantados de un cuerpo a otro, o qué sucederá con los cuerpos incinerados), Pablo acumula ejemplos para explicar que no se debe imaginar la resurrección del cuerpo como una resurrección del cuerpo material que ahora tenemos, sino que será un cuerpo diferente: un cuerpo "celestial", en contraste con el actual cuerpo terrenal.

Eso lo explica Pablo en 15 ,35-53 . Y de todo este largo fragmento, leemos únicamente cinco breves versículos que constituyen como una síntesis, hecha a partir de los dos modelos de hombre: el hombre terreno es el hombre que continúa la descendencia de Adán; el hombre celestial es el que se realizará en la resurrección, por obra del Espíritu del último Adán, Jesucristo.

En el texto de hoy, como explicación final de la diferencia entre los dos tipos de hombre, presenta la conocida contraposición entre Adán y Cristo. El modelo del "hombre celeste", que no sabemos cómo será, es el cuerpo resucitado de JC, el "segundo hombre". A partir de la imagen de Gen 2,7, en la que se dice Dios puso en Adán el aliento de la vida, y a partir de este aliento nació la vida natural, Pablo presenta la resurrección de Jesucristo como el momento en que él recibió también el aliento de la vida, pero de una vida distinta, que da origen a la vida nueva de los hombres mediante la donación del Espíritu Santo. Es este el significado de las dos expresiones contrapuestas: "se convirtió en ser vivo" - "se convirtió en espíritu que da vida".

Los dos últimos versículos parecen presentar una contradicción: "son los hombres celestiales" - "seremos imagen..." Por el bautismo participamos ya de la resurrección ("somos"), pero nos hallamos en el camino que lleva a la plena imagen de JC resucitado, en la parusía ("seremos").

En esta segunda lectura, San Pablo nos ayuda a profundizar en lo que es ser cristiano, que consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos, si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.

San Pablo explica como el cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.

 

El evangelio es de  san Lucas (Lc. 6,27-38). A diferencia del texto del domingo pasado que restringía las bienaventuranzas a los discípulos, el texto de hoy no es restrictivo. Los destinatarios son absolutamente todos los oyentes, que, de acuerdo a Lc 6, 17, se componen de los doce, discípulos y gentío.

La lectura evangélica iniciaba el "sermón de la llanura" con la apreciación que le merece al Padre la "pobreza" y la "riqueza". Hoy la continuación del mismo discurso que encontramos en el evangelio  nos presenta cual debe ser la visión que el cristiano tiene que tener de los "otros".

El evangelio nos explica la relación de cada creyente con los demàs. La explicación está estructurada en tres partes.

Parte primera: vs. 27-30. Abren el texto cuatro frases imperativas en plural (vs. 27-28). Las cuatro igualmente concisas, con igual estructura e igual ritmo: al imperativo, marcando el sentido de lo que debe ser la actitud de los oyentes, sigue la mención global de quienes encarnan la actitud contraria y que no debe ser reproducida por los oyentes, sino cambiada por la opuesta, anteriormente formulada en imperativo.

Los versículos 29-30 no son casuística, sino invitaciones urgentes a despertar a un nuevo talante. vs. 29-30 otras cuatro frases también imperativas, aunque en singular y con estructura sintáctica inversa: el imperativo cierra ahora cada frase. Estas, por otro lado, no se mueven en el terreno de los principios o de las directrices genéricas, como sucedía con las anteriores, sino en el de las situaciones concretas. La formulación es gráfica, incisiva: pon la otra mejilla, quédate desnudo, da a todo el que te pida, no reclames lo tuyo.

Parte segunda: vs. 31-35. El grupo cristiano debe ser reconocible por el amor. Este amor no lo concibe Jesús como un sentimiento, sino como una actuación. Por el amor, Dios reconoce al hombre como hijo suyo y el hombre se reconoce hijo de Dios. Este es el premio del que habla Jesús: experimentar a Dios como Padre.

El v. 31 formula un criterio de actuación para con los demás. Comportaos con los demás, como queréis que los demás se comporten con vosotros. La frase no tiene la crudeza y la agresividad de las anteriores. Se trata de un criterio realista, razonable y, aunque con un componente interesado, el criterio es práctico y eficaz. Jesús era indudablemente un perfecto didacta, que sabía conjugar la imagen agresiva y la sabiduría popular y sosegada de las máximas.

En los vs. 32-35 Lucas retoma el estilo y el lenguaje incisivos de los primeros versículos. La traducción litúrgica presenta estos versículos como explicación del v. 31, probablemente sin fundamento. En realidad, estos versículos forman un bloque en función del último de ellos, el 35. Los tres primeros (32-34) insisten en un misma idea: el plus diferenciador de la ética de Jesús frente a las éticas no religiosas. Lucas ha conservado la expresión "los pecadores", con la que los judíos designaban a todos aquellos que no conocían al Dios de Israel.

Parte tercera: vs. 36-38. Jesús sitúa al hombre en una relación nueva con Dios: relación hijo-padre. Esta nueva relación del hombre con el hombre. Sólo así adquiere sentido todo lo que Jesús ha dicho desde el v. 27.

los vs. 36-38, está dominada por el Padre. Seréis juzgados, es decir, Dios os juzgará; etc. Estos futuros, por otra parte, participan del mismo carácter lógico que los futuros del v. 35. No obedecen, pues, primaria ni exclusivamente a una actuación de Dios en el más allá sino ya en el acá.

Estos últimos versículos erigen al Padre de los cielos en modelo de la ética de Jesús. El Padre, sus entrañas, su misericordia, su amor abismal- mente desbordante y desinteresado. El es origen y la razón de ser de las absolutamente desconcertantes y fascinantes propuestas éticas de Jesús.

A propósito, por último, del término juzgar del v. 37 hay que decir que su ámbito no es el jurídico sino existencial, es decir, remite a la inclinación que experimenta el ser humano a criticar y a encontrar defectos en el prójimo.

Es el padre quien da sentido y coherencia a los hermanos. El amor del que habla Jesús no es un simple sentimiento humanitario; tiene una raíz existencial: la realidad del Padre. Sólo así tiene sentido que pueda amar yo al de al lado: es que resulta que es hermano mío.

La idea, nuclear que da sentido  a todos los consejos que hallamos en el texto, la encontramos casi al final del mismo: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" y tiene su correlato humano en esta otra advertencia: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten".

Jesús quiere trasladar al seno de la comunidad de los suyos las relaciones de misericordia que el Padre mantiene con los hombres y pormenoriza, casi hasta el detalle, cómo tiene que ser esas relaciones. Así, hace pasar por delante de su auditorio -en nuestro caso, lectores- prácticamente una casuística completa de circunstancias que hace difícil soportar al otro y, mucho más difícil, amarlo.

Comienza recordando a los enemigos a los que hay que amar aunque nos odien, nos maldigan o nos injurien. Pero esto no basta, la respuesta del discípulo de Jesús debe ir más lejos: ofrecer la otra mejilla, dar además el manto y no reclamar nada al ladrón. Después presenta una serie de relaciones totalmente unilaterales: hay que amar, prestar y hacer el bien sin esperar a que el otro responda con la misma moneda.

Para entender las exigencias de estos consejos viene bien recordar la experiencia personal que hemos tenido del perdón tantas veces recibido de manos del Padre, en el sacramento de la reconciliación, que "es bueno con los malvados y desagradecidos.

 

Para nuestra vida.

En las lecturas de este domingo se repiten palabras claves:  Amor y perdón . Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl.

 

En la primera lectura nos presenta la escena  entre el rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David. El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel. David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”.

En el texto proclamado lo que destaca sobre todo es la compasión y el perdón de David, en contraste con la voluntad de Saúl de hacerle la vida imposible y matarle. Hay que subrayar, no obstante, que este perdón y esta compasión no son el puro amor a los enemigos del que hablará Jesús en el evangelio de hoy, sino que incluye el temor a tocar al que el Señor ha ungido: en Saúl, a pesar de todo, se da una especialísima presencia del Señor, y por eso sería gravísimo atentar contra él.

Aún hoy día la actitud de David, renunciando a matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su comportamiento.

 

Hoy en el salmo proclamamos “el Señor es compasivo y misericordioso”. Dios es el primero que nos perdona a nosotros. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros

Es un salmo bendicional, de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia, al Señor". Es, pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser, Al final, en el himno solemne con que concluye, invitará también a los ángeles, a los "ejércitos" de Dios (los mismos ángeles) y a la creación entera (las obras de Dios) a bendecir al Dios a quien sirven. Pero lo principal es que cada uno de nosotros -"alma mía"- se decida a esta bendición.

El Salmo va describiendo con entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro de oro.

El autor del Salmo, en clave poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de Dios:

-"como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles",

-"como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos",

- "como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles"...

d) Cómo somos nosotros. El otro polo de la historia somos nosotros: y ciertamente el panorama no es alentador. El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:

-el pecado: "él perdona todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados" "ni nos paga según nuestras culpas";

-la enfermedad: "y cura todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y "como un águila se renueva tu juventud";

-la opresión: "el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de hijos a nietos";

-la caducidad: "los días del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro"...

Por encima de toda nuestra historia, que no es nada gloriosa, está el amor y la misericordia de Dios. Y esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia de un Dios que se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.

Este cuadro de flaquezas humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de barro), oprimidos por enfermedades y angustias...

El Salmo, por tanto, nos invita también a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.

 

San Pablo en la su primera carta a los Corintios describe  nuestra condición humana. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo, pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. San Pablo nos dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho. Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.

"Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

Dios se acercó al hombre, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

 

En el evangelio de hoy hay una actitud  provocadora en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.

Jesús nos pide hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada día, creciendo en el amor y en la misericordia.

El evangelio de hoy presenta lo nuclear del cristianismo: la confesión del amor gratuito y misericordioso de Dios, que conduce a la ética humana más radical y gratuita. La luz sobre Dios llega a iluminar las profundidades de la vida y el comportamiento humanos. Hoy, no obstante, hay que poner de relieve un último aspecto: esta ética tan radical no es un exceso sublime de perfección; es propiamente la ética más profundamente humana. Las relaciones entre los hombres que no estén regidas por estas actitudes acaban en lucha e inhumanidad. Hoy hay que subrayar que en la convivencia entre los hombres y entre los pueblos hay que llegar a una ética que busque el bien del otro sin utilizarle, que atienda sus necesidades sin intención de pasarle luego la factura, que busque realmente la justicia sin actitud de revancha, que dialogue con los pretendidos enemigos buscando realmente el bien social común. Esta tiene que ser la aportación cristiana al dialogo social. No sólo para dar a la convivencia un plus de perfección, sino para hacerla posible y humana, es decir, según el Espíritu del Señor.

¿Y la "recompensa"?. Es más que recompensa; es la vida en Dios, ahora y por toda la eternidad, encontrando así la verdadera relación entre los hombres, la paz, el amor, la alegría de la comunión, incluso entre los problemas y las tensiones. La vida evangélica parte de Dios y tiene a Dios como "recompensa" porque no es sino la expresión viva de la misma gratuidad que define el amor de Dios. El que ama así, y a este amor estamos llamados toda la humanidad, es el que realmente cree, en su corazón, en el Dios vivo. Esta es la fe que salva.

La existencia de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com