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sábado, 23 de septiembre de 2023

Comentarios a las lecturas del XXV Domingo del Tiempo Ordinario 24 septiembre de 2023


La primera lectura es del libro de Isaías 55, 6-9. Este texto parte de
 la conclusión del libro del consuelo de Isaías, en estrecha relación con el prólogo. El texto  empieza con unos imperativos que recalcan la urgencia con que debemos afrontar lo ordenado: "Buscad al Señor", "invocadlo" (vv 6-7). Y las razones que nos da tienen su fundamento: en la perennidad de la palabra divina, en el hecho de que los planes y caminos divinos en nada se parecen a los de los mortales (vv. 8 ss.).

Se urge  mediante dos imperativos, a buscar al Señor; no ha muerto sino que se halla muy cerca de aquél que le busca (v. 6). En el AT "buscar al Señor" puede denotar una llamada cúltica: acudir al santuario con sacrificios y oraciones, pero no se agota aquí su sentido. Ya desde los tiempos de Amós, la búsqueda del Señor no consiste en hacer numerosos sacrificios de vacas y de ovejas, ni en peregrinar a los grandes santuarios de Guilgal, Betel, Berseba . Buscar al Señor es hacer caso de la palabra profética que Is II está dirigiendo a su pueblo: a Dios se le puede encontrar en el desierto, ahora mismo..., sólo se exige la conversión (v. 7).

Dios, mediante el profeta, pide a los malvados que se arrepientan de sus malas acciones, con la seguridad de que el Señor tendrá piedad de ellos y les perdonará. El perdón de Dios, les dice, es superior al pecado del ser humano. Aceptemos nosotros siempre la voluntad de Dios en nuestras vidas y, aunque algunas veces nos equivoquemos y pequemos, si sabemos pedir perdón Dios es seguro que nos perdonará. Ante Dios, la humildad y el amor tienen siempre la última palabra, porque el Señor está siempre cerca de los que le invocan, como nos dice el salmo 144.

 "Mis planes so son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos". El profeta Isaías contrapone directamente en este texto los planes de los malvados y criminales con los planes de Dios. ¿En qué se diferencian los planes divinos y los humanos? Los planes y caminos de Israel, a consecuencia de la grave situación en que se encuentra, son los de la duda, falta de fe, escasa confianza en sí mismos, en los otros

 

En esta lectura se nos invita a "Buscar al Señor" Descubrir los planes de Dios. ¿En qué se diferencian los planes divinos y los humanos? Los planes y caminos de Israel, a consecuencia de la grave situación en que se encuentra, son los de la duda, falta de fe, escasa confianza en sí mismos, en los otros. Porque la palabra divina es siempre eficaz, el Segundo Isaías urge a los suyos, mediante dos imperativos, a buscar al Señor; no ha muerto sino que se halla muy cerca de aquél que le busca. En el Antiguo Testamento "buscar al Señor" puede denotar una llamada cultica: acudir al santuario con sacrificios y oraciones, pero no se agota aquí su sentido. Ya desde los tiempos de Amós, la búsqueda del Señor no consiste en hacer numerosos sacrificios de vacas y de ovejas, ni en peregrinar a los grandes santuarios. Buscar al Señor es hacer caso de la palabra profética que Isaías está dirigiendo a su pueblo: a Dios se le puede encontrar en el desierto, ahora mismo..., sólo se exige la conversión y la escucha de su Palabra.

El responsorial es el salmo 144, ( Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18).  Este  salmo  es de los llamados alfabéticos y es un canto de alabanza a Dios. Su inspiración literaria viene de otros salmos y era considerado por los judíos contemporáneos de Jesús como uno de los grandes poemas de alabanza a Yahvé compuestos por el Rey David. La realidad es que el salmista expresa, con maestría, su gozo ante esa gran realidad que es la grandeza y la ternura de Dios, Nuestro Padre y Padre de la toda la creación.

Los judíos recitan este salmo todos los días en el oficio matinal, respondiendo a la invitación del comienzo: "cada día, quiero bendecirte..." Jesús debió recitarlo miles de veces. El vocabulario de la alabanza hímnica es de una gran densidad: Exaltar... Bendecir... Alabar... Decir... Proclamar...

El salmista no puede contenerse de "dar gloria" a su rey que es Dios. Alaba su "gloria", su "magnificencia", su "grandeza" su "poder", su "esplendor"... ¡Cualidades eminentemente reales! Pero canta también su "bondad", su "justicia", su "ternura", su "piedad", su "amor", su "fidelidad", su "proximidad"... Cualidades más que todo paternales.

El salmo 144 mantiene la división tradicional en tres partes: introducción (v. 1-2), cuerpo del salmo (v. 3-20) dividido en dos secciones (v. 3-12 y 13-20). El texto liturgico presenta una selección de versiculos que llegan hasta el v. 18. En la parte inicial está expresada la intención del salmista de elevar hacia Dios su alabanza por la grandeza de su divinidad y la majestad de su realeza.

El cuerpo del salmo, en sus dos secciones, desarrolla los temas enunciados en la introducción: la divinidad y la realeza del Señor. La trascendencia divina del Señor se expresa en la avalancha de adjetivos y de substantivos que utiliza el autor. Esta redundancia quiere crear, en el lector, la sensación que Dios ultrapasa todo lo que el hombre diga por mucho que añada. La realeza se expresa en el interés del Señor por las criaturas y por la justicia con la que gobierna a los hombres. El versículo conclusivo recupera el motivo inicial de la alabanza, sea en boca del salmista, sea en boca de cualquier ser vivo. Una alabanza que perdura siempre.

El salmo se inicia con una invitación a ensalzar al Señor. El concepto ensalzar, igual que exaltar y enaltecer, parte de una concepción espacial de la divinidad. La zona alta de la tierra es la más noble, por eso, el rey está sentado más alto que el resto de las personas. Dios, más poderoso que cualquier rey humano, es el altísimo, y habita en la cima de los montes donde se le construyen santuarios. Alabar a una persona o a Dios mismo, es, por tanto, ensalzarlo, exaltarlo, enaltecerlo pues todos estos términos proceden de la raíz alto.

«Una generación a la otra» es la manera cómo el salmista expresa la constancia divina: las generaciones pasan y cambian, pero Dios mantiene la majestad de sus favores de un modo constante.

Los primeros versículos alaban a Dios de un modo genérico, sin especificar su contenido; pero al llegar al v. 8 nos encontramos con una fórmula tradicional: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad». La formulación más solemne que hay en toda la Escritura es la revelación que Dios hace de sí mismo a Moisés en la cima del Sinaí: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7a).

Un rasgo notable del salmo es su universalismo. No hace distinciones entre los fieles al tributar la alabanza a Dios. Tampoco hace distinciones al comprender que Dios lo es de todo el mundo y de todos los vivientes. No hay discriminación de destinatarios de los favores divinos, porque ama de corazón todo lo que ha creado, hombres y criaturas, y por tanto, sacia de favores a todos los que en él esperan. La alabanza no se circunscribe a un pueblo, ni a una ciudad, ni a un lugar, el templo. El Dios universal merece una alabanza universal.

Los versículos 15-16 parecen inspirados en el salmo 103, 27 manifiestan la providencia diaria de Dios, imaginado como un campesino que cada día da de comer a sus animales. Da un carácter cercano y simpático a la realeza sublime de Dios, que poco antes había presentado el salmista.

Así comenta Benedicto XVI este salmo: "Queridos hermanos y hermanas:

1. Hemos elevado la oración del Salmo 114, una gozosa alabanza al Señor que es exaltado como un rey cariñoso y tierno, preocupado por todas sus criaturas. La Liturgia nos presenta este himno en dos momentos distintos, que corresponden también a los dos movimientos poéticos y espirituales del mismo salmo. Ahora nos detendremos en la primera parte, que corresponde a los versículos 1 a 13.
El Salmo está dirigido al Señor a quien se invoca y describe como «rey» (Cf. Salmo 144, 1), representación divina dominante en otros himnos de los salmos (Cf. Salmo 46; 92; 95-98). Es más, el centro espiritual de nuestro canto está constituido precisamente por una celebración intensa y apasionada de la realeza divina. En ella se repite en cuatro ocasiones --como indicando los cuatro puntos cardenales del ser y de la historia-- la palabra hebrea «malkut»», «reino» (Cf. Salmo 144,11-13).

Sabemos que esta simbología regia, que tendrá un carácter central también en la predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios: él no es indiferente a la historia humana, es más, tiene el deseo de actuar con nosotros y para nosotros un designio de armonía y de paz. Toda la humanidad está también convocada a cumplir este plan para obedecer a la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a todos los «hombres», a «toda generación» y a «todos los siglos». Una acción universal, que arranca el mal del mundo y entroniza la «gloria» del Señor, es decir, su presencia personal, eficaz y trascendente.

2. Hacia el corazón de este salmo, que aparece precisamente en el centro de la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz de todos los fieles y que hoy querría ser portavoz de todos nosotros. La oración bíblica más alta es, de hecho, la celebración de las obras de salvación que revelan el amor del Señor por sus criaturas. El Salmo continúa exaltando «el nombre» divino, es decir, su persona (Cf. versículos 1-2), que se manifiesta en su acción histórica: se habla de «obras», «maravillas», «prodigios», «potencia», «grandeza», «justicia», «paciencia», «misericordia», «gracia», «bondad» y «ternura».

Es una especie de oración en forma de letanía que proclama la entrada de Dios en las vicisitudes humanas para llevar toda la realidad creada a una plenitud salvífica. No estamos a la merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que instaurará para nosotros un designio, un «reino» (Cf. versículo 11).

3. Este «reino» no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede por desgracia con frecuencia con los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura, bondad, de gracia, de justicia, como confirma en varias ocasiones en los versículos que contienen la alabanza.

La síntesis de este retrato divino está en el versículo 8: el Señor es «lento a la cólera y rico en piedad». Son palabras que recuerdan la presentación que el mismo Dios había hecho de sí mismo en el Sinaí, donde dijo: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Tenemos aquí una preparación de la profesión de fe en Dios de san Juan, el apóstol, al decirnos simplemente que Él es amor: «Deus caritas est» (Cf. 1 Juan 4,8. 16).

4. Además de fijarse en estas bellas palabras, que nos muestran a un Dios «lento a la cólera y rico en piedad», dispuesto siempre a perdonar y ayudar, nuestra atención se concentra también en el bellísimo versículo 9: «el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Una palabra que hay que meditar, una palabra de consuelo, una certeza que aporta a nuestra vida. En este sentido, san Pedro Crisólogo (nacido en torno al año 380 y fallecido en torno a 450) se expresa con estas palabras en el «Segundo discurso sobre el ayuno»: «"Grandes son las obras del Señor": pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la Creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. De hecho, habiendo dicho el profeta: "Grandes son las obras de Dios", en otro pasaje añade: "Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo, llena la tierra… Por esto la grande, generosa, única misericordia de Cristo, que reservó todo juicio para un solo día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia… Por eso confía totalmente en la misericordia el profeta, que no tenía confianza en la propia justicia: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa" (Salmo 50, 3)» (42,4-5: «Sermoni 1-62bis», «Scrittori dell’Area Santambrosiana», 1, Milano-Roma 1996, pp. 299.301). Y nosotros decimos también al Señor: «Piedad de mí, Dios mío, pues grande es tu misericordia» " (Benedicto XVI. Audiencia general miércoles, 1 febrero 2006).

 

La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los filipenses (Fil 1, 20c-24. 27a). En este domingo vigésimo quinto del Tiempo Ordinario se inicia la lectura de cuatro pasajes de la Carta de San Pablo dirigida a los filipenses. Filipos era una ciudad importante y tenía también una numerosa Iglesia. Pablo escribe desde su prisión de, probablemente, Roma.

La precariedad de su situación no le produce desesperanza, sino una gran alegría. Si muere sabe que se reunirá con Cristo, pero si no muere podrá encargarse de la cura espiritual de quienes él mismo ha llevado al conocimiento del Evangelio de Jesús. "Me encuentro –dice San Pablo—en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros". Pero a l final va a declarar que dicha alternativa tiene menos importancia que la necesaria vida digna que deben llevar los fieles de Filipo. Pablo acepta los planes de Dios y aunque su inteligencia analiza bien las opciones que tiene, deja en manos del Señor lo que tenga que ocurrir. Y esa confianza en el Señor toma mayor relevancia si consideramos que San Pablo vive la incertidumbre personal que produce el hecho de estar encarcelado.

 San Pablo formula la experiencia de su vinculación a Cristo: el sentido, el principio, y el fin de su vida es Cristo.

Por eso, incluso la muerte es para san Pablo una ganancia, pues así espera llegar a unirse definitivamente con el Señor.

El Apóstol considera las dos posibles sentencias que le esperan: la muerte o la libertad. No sabe qué escoger. Pues si la muerte es el paso de la esperanza a la posesión de Cristo y de la fe a la visión cara a cara del Señor, su vida en el mundo puede ser todavía útil a la Iglesia.

Pablo deja el asunto en las manos de Dios y acepta su voluntad en cualquier caso, pues todo contribuye tanto la vida como la muerte, para bien de los que se salvan. Lo importante es que los cristianos vivan dignamente y conformen su conducta a las enseñanzas del Señor (cf. Ef 4, 1; Col 1, 10).

 Si muere sabe que se reunirá con Cristo, pero si no muere podrá encargarse de la cura espiritual de quienes él mismo ha llevado al conocimiento del Evangelio de Jesús. Dice San Pablo, "Me encuentro, en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros". San Pablo acepta los planes de Dios y aunque su inteligencia analiza bien las opciones que tiene, deja en manos del Señor lo que tenga que ocurrir. Y esa confianza en el Señor toma mayor relevancia si consideramos que San Pablo vive la incertidumbre personal que produce el hecho de estar encarcelado.

!Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger". San Pablo, como sabemos, creía firmemente en la resurrección con Cristo, cuando Cristo volviera en la segunda y definitiva venida que él creía que iba a ser inmediata. Por eso, el morir para san Pablo era una ganancia porque dejaría de sufrir y se incorporaría para siempre a Cristo. Pero él también sabía que había sido el mismo Cristo el que le había dado la vocación de predicar el evangelio a los gentiles y, por tanto, su trabajo era fructífero. Si para él su vida es Cristo debe aceptar el vivir para los demás, por Cristo, aunque para esto tenga que sufrir en esta vida mortal Este mismo sentimiento lo han tenido también otros santos del cristianismo y podemos tenerlo también en algún momento nosotros, cuando la vida nos resulte demasiado dura y penosa. Lo importante es que todos nosotros hagamos en cada momento lo que Dios nos pide y dejemos después que sea el mismo Dios el que decida la hora de nuestra muerte y de nuestra unión definitiva y gloriosa con Cristo.

ALELUYA Cf. Hch 16, 14b

Señor, abre nuestro corazón para que aceptemos las palabras de tu Hijo.

 

El evangelio es de San Mateo (Mt 20, 1-16 ). Presenta la parábola  del dueño de la viña. Se inicia con la fórmula fija, v. 1a. La acción transcurre en dos fases, alrededor de la iniciativa del dueño:

 1) Contrato de los trabajadores, vv. 1b-7: cuatro salidas, trabajo con contrato; última salida, trabajo sin contrato, es cuando el dueño establece una breve diálogo con los que todavía están en la plaza esperando a ser contratados (6-7).

2) Pago a los trabajadores y discusión, vv. 8-15: orden de pago (8-11); protesta de los "primeros" (12); respuesta del dueño (13-15) y sentencia conclusiva-aplicación, v.16 (cf. Mt 19, 30).

Jesús invita a los oyentes, primero, a identificarse con los que protestan y, después, a tomar partido.

Sorprende el orden del dueño que alimenta la ilusión de los "primeros". Sorprende, todavía más el sistema de pago: los trabajadores que han realizado toda la jornada son tratados igual que aquellos que sólo han hecho una hora y en el momento más favorable; eso, ciertamente, ¡no es justo! Este es el punto de vista de los primeros, pero no el de los últimos que tienen todo derecho a vivir aunque el dueño les haya contratado a última hora. Sorprende, pues, la libertad y la generosidad del dueño: v. 15.

En su contexto histórico, expresa simbólicamente una situación conflictiva o polémica: las opciones de Jesús, a favor de los que no contaban para nada en el mundo socio-religioso de entonces, hacen explotar las críticas de los observantes y comprometidos (fariseos y escribas). Jesús, con esta parábola, se remite al estilo de Dios Padre. El actuar de Jesús revela y hace presente esta libertad del amor de Dios Padre, que ya tiene sus precedentes en la historia bíblica.

San Mateo, colocándola aquí, hace notar un aspecto del debate en el interior de la comunidad y del conflicto con el judaísmo: "Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos". Los paganos, los últimos, toman el lugar de Israel, llamado en primer lugar. Y aquellos que en la comunidad son considerados últimos, los más pequeños de entre los hermanos, en la perspectiva del Reino y del juicio de Dios serán primeros. Hay que decir que este texto ha sufrido diversas interpretaciones y que son legítimas en la medida en que no contradicen su sentido global originario, ligado al contexto histórico de Jesús.

El propietario de esta viña pagó lo mismo en denarios, [1]a los jornaleros que habían trabajado todo el día, que a los que habían trabajado menos horas. ¿Fue injusto este propietario? Según las costumbres de la época, según los planes de los hombres, sí, pero según los planes de Dios, no. ¿Por qué? Porque el propietario de la parábola, que se parece al Reino de los cielos, no se fijó en la cantidad de horas que habían trabajado unos u otros, sino en la misma voluntad de trabajar que habían tenido todos los jornaleros que habían ido a la plaza a buscar trabajo. Por qué habían contratado a unos antes que a otros no lo sabemos, pero, según la parábola, parece que todos habían ido a la plaza con la misma voluntad de trabajar. El propietario no hizo distinción entre jornaleros y jornaleros, entre los más fuertes, o los más ricos, o los más amigos, y los más débiles, o los más pobres, o los menos conocidos. Por supuesto, la frase final: los últimos serán los primeros y los primeros los últimos, tiene un significado histórico y teológico. Se refiere a que los judíos, que fueron los primeros llamados al Reino de Dios, serían los últimos en entrar en él, mientras que los paganos, que fueron los últimos llamados, serían los primeros. San Pablo explicará después esto mismo en muchas ocasiones.

El plan que Dios tiene para nosotros es trabajar en su  "viña".

El evangelio nos habla de este plan y camino de Dios para cada ser humano. La parábola evangélica es especialmente útil para los tiempos actuales. Hay muchos creyentes  que se creen con todos los derechos habidos y por haber. Buscan un premio permanente a su fidelidad y pretenden ser los primeros. La verdad es que habría que tener en cuenta los méritos de toda una vida dedicada al seguimiento de Cristo. Y hay hermanos verdaderamente ejemplares en ese camino. Pero son ellos precisamente los que también han de ejercer la máxima humildad y ponerse en el último lugar de la lista de retribuciones. No es fácil desprenderse de una cierta complacencia ante la satisfacción del deber cumplido. Y, sin embargo, no es lo que nos pide Cristo.

Guarda, sin duda, relación el evangelio de hoy con la doctrina de la conversión de los pecadores y con la Parábola del Padre Miseriordioso. Aun convertidos en el mismo momento tendrán la misma paga que los fieles de "toda la vida".  La Misericordia del Señor les llevara a la gracia de Jesucristo , a la salvación y sanación y a a la vida eterna. Y, en este caso lo que dice Jesús respecto a las retribuciones es perfectamente aplicable. Va a dar a sus hijos fieles de siempre lo que les prometió, si restarles ni un céntimo, ni un gramo: la salvación. La única receta posible para no caer en pecados de superioridad respecto a los recién llegados a la gracia está en la última frase: "Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos". Muchas veces, demasiadas veces nosotros no vivimos esta lógica de Dios.

 Pedimos que se nos reconozcan nuestros méritos, que se hagan santos a personas de nuestra cuerda. Claro que esto lo hacemos intentando  maquillar nuestros propósitos e intenciones intimas. Repetimos palabras suaves, incluso "palabras bíblicas". hacemos elocuentes discursos...

 

Para nuestra vida

En la primera lectura, el profeta Isaías nos invita a buscar al Señor, pero para ello nos habla de exigencia y "abandono". Se trata, por tanto, de buscarlo desde la conversión, abandonando nuestras seguridades, nuestros esquemas, nuestras certezas. Creyente, no es el que dice saber quien es Dios, sino el que cada día se arrodilla delante de El para preguntarle: “Señor, ¿Quién eres?” Pues sólo en presencia del Señor, se puede intuir que sus planes no son nuestros planes.

"Buscad al Señor mientras se le encuentra..." (Is 55, 6) Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que Dios nos brinda. Todas tienen su importancia, y sólo el que sabe apreciarlas en su justo valor llegará a triunfar plenamente en la vida. Por el contrario, el que deja pasar el tiempo sin salir al paso de lo que se le ofrece, acabará fracasando, quedándose atrás siempre. Y de todas las ocasiones, hay una que resulta decisiva. Tan decisiva que de aprovecharla o no, depende nuestra felicidad en esta vida y en la otra.. Porque lo demás, comparado con la eternidad es bien poquita cosa, nada en definitiva.

El segundo Isaías nos habla de un Dios “perdonador. El perdón que Dios da al que hace lo posible por vivir de acuerdo con la exigencia de la fe es un acto de una misericordia que no tiene comparación entre los hombres. Pero es necesario el requisito de cambiar de planes. Una experiencia así solamente es comprensible desde una óptica de pura fe. La era mesiánica que se anuncia es de características tan radicalmente nuevas que los planes del hombre apartado de Dios no tendrán cabida en ella. En esta incomprensión del actuar del Dios generoso es donde el hombre tiene que afirmar su fe. Solamente el que tiene corazón agradecido y admite la evidencia de lo maravilloso de la generosidad de Dios puede comprender esto. El profeta emplea una imaginería cósmica para corroborar la actuación gratuita y escandalosamente diferente del actuar de Dios. En último término la actuación de Dios no es pura arbitrariedad sino un criterio de fidelidad y de amor.

Dios  se escapa de nuestras reglas lógicas muchas veces, rebasa nuestros cálculos y suposiciones, sin que podamos enmarcarlo en unos moldes determinados.

Como el cielo es más alto que la tierra, así los caminos de Dios son más altos que los caminos de los hombres, sus planes que nuestros planes. Hay una diferencia insondable, distancia infinita, inabarcable. Y, sin embargo, Dios está cercano, íntimo, entrañable. Grande, inmenso, terrible. Pero al mismo tiempo sencillo, bueno, comprensivo, amable.

 

El salmo es una completa alabanza al Señor, "clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; cerca está de los que lo invocan sinceramente". Con razón dice Isaías: "que regrese (el malvado y el criminal) al Señor, y él tendrá piedad" (1. lectura). "Es incalculable su grandeza"; pero no lo aleja de nosotros sino que nos lo acerca, ya que "es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas".

El Señor es cariñoso con todas sus criaturas . La palabra "cariñoso" expresa bien la cualidad del amor que Dios nos tiene y traduce bien los matices del original: no es un amor "platónico" o "idealista", "intelectual" y frío. No nace tanto de la inteligencia como del corazón, de toda la persona, afecta a las entrañas. Es como el amor de una madre: "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (/Is/49/15;d. 8).

Alabad, bendecid, proclamad, dad gracias. Si, según costumbre de la Sinagoga, utilizamos frecuentemente este salmo, surgirá poco a poco en nosotros una actitud esencial: el sentido de la "alabanza". Con frecuencia tenemos ante Dios la actitud del pedigüeño. Nuestras oraciones se aíslan con frecuencia en la petición, a riesgo de transformar a Dios en simple "motor auxiliar" de nuestras insuficiencias: cuando todo va bien, prescindimos de El... Si algo va mal, pedimos su ayuda...

Releyendo este salmo, descubrimos otra forma de oración. No hay una sola línea de "petición". Por el contrario, el vocabulario de alabanza es de una intensidad y de una variedad admirables: "te ensalzaré, Dios mío... bendeciré tu nombre... Te alabaré... Proclamarán tus hazañas... Repetiré tus maravillas... Proclamaré tus grandezas... Se recordarán tus inmensas bondades... Todos aclamarán tu justicia..." Es admirable el cúmulo de cualidades que el salmista encuentra en Dios: ¡Tú eres grande, Señor... Poderoso, admirable, glorioso, fuerte, bueno, justo, tierno, amante, eterno, verdadero, fiel, compasivo, próximo, atento, salvador... Nuestra vida de oración se transformaría totalmente si adoptáramos más a menudo este tono positivo de alabanza, en lugar de la oración de petición, que en el fondo, nos encierra en nosotros mismos, para poner a Dios a nuestro servicio!.

 

San Pablo en la segunda lectura de la Carta los Filipenses, afirma lo mismo que el profeta Isaías, con esta hermosa declaración: "Para mí la vida es Cristo" ¿Podríamos decir nosotros, de verdad, que Cristo es lo único que cuenta en nuestra vida?. Demasiadas veces , y aún a pesar nuestro, tenemos que reconocer que lo que cuenta en nuestras vida es todo lo demás, no Cristo. Iniciamos, hoy, la lectura de cuatro fragmentos sucesivos de esta epístola paulina.

San Pablo siente un deseo fuerte de estar unido a Jesús inmediatamente después de la muerte. Solamente si se entra en categoría de amor podremos llegar a comprender y a desear con realismo vivir el estilo de vida que vive ya Jesús. Consciente del valor de su misión, rechaza el Apóstol eso que para él es mejor, como sería el salir condenado del juicio en el que está metido. No quiere abandonar a medio hacer lo que ha comenzado. Quiere continuar la misión que ha recibido aquí en la tierra, aunque en el fondo desearía estar junto a Dios.

 

En el evangelio de San  Mateo se nos ofrece el Reino, pero no como un salario, sino como un regalo que Dios ofrece a todos por amor.

Vamos a pensar si realmente estamos trabajando en la viña del Señor, o por el contrario, nos empeñamos en vivir ausentes de la gran tarea de evangelizar en el  mundo. Es cierto que el amo de esta viña va a ser comprensivo y bueno, dándonos al final no según el resultado de nuestro trabajo, sino según la medida generosa de su gran corazón. Pero eso mismo nos ha de empujar a trabajar con denuedo y afán renovado. En definitiva, de lo que se trata es que hagamos en cada instante, con sencillez y rectitud de intención, lo que debemos hacer.

La parábola es, especialmente útil para los tiempos actuales. Hay muchos creyentes "de toda la vida" que se creen con todos los derechos habidos y por haber. Buscan un premio permanente a su fidelidad y pretenden ser los primeros. Hay que tener en cuenta los méritos de toda una vida dedicada al seguimiento de Cristo. Y hay hermanos verdaderamente ejemplares en ese camino. Pero son ellos precisamente los que también han de ejercer la máxima humildad y ponerse en el último lugar de la lista de retribuciones. No es fácil desprenderse de una cierta complacencia ante la satisfacción del deber cumplido. Y, sin embargo, no es lo que nos pide Cristo.

Dios  sale una y otra vez,, a contratar jornaleros para su viña. Esta llamada puede ocurrir en las más diversas circunstancias, en las épocas más dispares de la vida. Pero nadie, repito, se podrá quejar de no haber sido llamado a trabajar en la tarea de extender el Reino. Podemos afirmar, incluso, que esa llamada se repite en más de una ocasión para cada uno. Hay momentos en los que uno parece haber perdido el rumbo y de pronto comprende que su camino se está desviando. Resuena entonces, de forma indefinida quizá, la voz de Dios para indicarnos que hay que recuperar el rumbo perdido.

En la viña del Señor, su Iglesia, hay trabajo para todos. Pobres que necesitan atención, catequistas que exigen formación, enfermos que nos reclaman una visita, personas encerradas en la soledad que nos piden un poco de nuestro tiempo. ¡Vete a esa viña! Nos dice Jesús: a ese trozo de tierra en el que, la Iglesia, ofrece lo mejor de sí misma: el Evangelio. A esa persona que necesita un poco de cariño o a esas situaciones en las que, por no ser recompensadas, siempre hay huecos libres que nadie quiere.

Querer a Jesús no resulta difícil pero querer lo que Él quiere o cuidar lo que el cuidó…no siempre es gratificante. En cuantos instantes en vez presentarnos puntuales ante cualquier necesidad que nos reclama la Iglesia, preferimos no meter excesivo ruido por miedo al “qué dirán” o, simplemente, porque no son puestos de cierta relevancia.

¿Cómo podemos trabajar en la viña del Señor? ¿Con qué utensilios? La oración que riega lo que se siembra; la constancia en nuestro testimonio cristiano; la limosna al necesitado; la escucha atenta y meditada de la Palabra del Señor…son arados que nos ayudan a cultivar esa inmensa viña del Señor que es su Iglesia y, de paso, esa porción de tierra que es el corazón o el alma de cada uno. ¿Puede hacer algo más por cada uno de nosotros Jesús? ¿Por qué tanta resistencia para ir donde Él nos envíe? ¿Por qué los primeros, cuando ciertos señores de este mundo, nos piden colaboración y, en cambio, los últimos cuando se trata de asuntos divinos?

 El Señor, nos necesita. En algunos lugares hay carencia de cariño y de justicia, escasez de libertad o de alimentos…y eso no es porque Dios no quiere o no puede llegar: es porque, nuestras manos, se han conformado con estar pendientes exclusivamente de nuestras necesidades (y sus manos no olvidemos, son las nuestras); es porque nuestros pies se han cansado de acompañar al triste, al agobiado, al deprimido o al que ya no cree (y no olvidemos que los pies de Cristo avanzan con los nuestros); es porque, nuestros corazones, se han quedado tan encerrados en nuestro pecho que son incapaces de ser sensibles a otros mundos, a otras personas (y no olvidemos que el corazón de Cristo actúa por el nuestro).

Demasiadas veces, pensamos que el trabajo que merece le pena es aquel que se ve y se gratifica. Puede incluso, que en algunos momentos, pensemos que lo invisible a los ojos del mundo no tiene sentido llevarlo a cabo. Pero, los planes del Señor, son siempre distintos a nuestros planes y su forma de trabajar, pensar y valorar es muy distinta a la nuestra: nosotros nos quedamos en la apariencia y El… escudriña el corazón de cada persona.

Ante este Evangelio,  deberíamos preguntarnos: ¿quiero ir yo a trabajar a la viña del Señor? ¿Qué pienso de los que vienen detrás? ¿Cómo rindo en el trabajo que se me ha encomendado? ¿Lo hago bien, regular, mal? ¿Me hago el distraído para que trabajen los demás?

Este evangélico nos invita también a  saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.

Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A veces por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de mirar a los que tienen más, mirar a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces por no tener no tienen ni lo necesario.

Así comenta San Gregorio Magno esta parábola: " Según la parábola evangélica, el "dueño de casa" llama a los obreros a su viña a distintas horas de la jornada: a algunos al alba, a otros hacia las nueve de la mañana, todavía a otros al mediodía y a la tres, a los últimos hacia las cinco (cf. Mt. 20, 1 ss.). En el comentario a esta página del Evangelio, San Gregorio Magno interpreta las diversas horas de la llamada poniéndolas en relación con las edades de la vida. "Es posible -escribe- aplicar la diversidad de las horas a las diversas edades del hombre. En esta interpretación nuestra, la mañana puede representar ciertamente la infancia. Después, la tercera hora se puede entender como la adolescencia: el sol sube hacia lo alto del cielo, es decir crece el ardor de la edad. La sexta hora es la juventud: el sol está como en el medio del cielo, esto es, en esta edad se refuerza la plenitud del vigor. La ancianidad representa la hora novena, porque como el sol declina desde lo alto de su eje, así comienza a perder esta edad el ardor de la juventud. La hora undécima es la edad de aquéllos muy avanzados en los años (...). Los obreros, por tanto, son llamados a la viña a distintas horas, como para indicar que a la vida santa uno es conducido durante la infancia, otro en la juventud, otro en la ancianidad y otro en la edad más avanzada" (San Gregorio Magno Hom. in Evang. I, XIX, 2: PL 76, 1155)

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] .- El denario era una moneda de plata, su peso oscilaba alrededor de los 4 gramos, pero en sucesivas emisiones fue disminuyendo hasta llegar a poco más de 2 gramos. Como se trataba de moneda acuñada, su valor era el facial. Al principio figuraban en anverso y reverso divinidades o diseños simbólicos, más tarde la figura del personaje que las autorizara, por ejemplo el emperador. Acuñada en diferentes cecas y tiempos, era común en todo el imperio romano, “generalmente bien aceptada” como ocurre  hoy con el dinero.

sábado, 4 de marzo de 2023

Comentario a las lecturas del II Domingo de Cuaresma 5 de marzo 2023




El domingo pasado se centraba nuestra atención más en el primero de los polos: nuestra situación; y se subrayaba nuestra condición de pecadores. Este domingo, en cambio, se nos presenta con fuerza el polo de la meta: la Resurrección, la vida plena en Dios.

En este segundo domingo, también se nos insiste en la necesidad de encaminarnos hacia la meta de la Pascua. O, lo que es lo mismo,  salir de nuestra situación para acercarnos, e incluso adentrarnos en la vida de Dios.

El conjunto de las lecturas de este domingo se puede presentar como explicación de un doble itinerario: el del hombre hacia Dios y el de Dios hacia el hombre. La iniciativa, no obstante, en ambos itinerarios, pertenece a Dios: él es quien llama al hombre -Abrahán (1a lectura) y a nosotros (2a lectura)- con una vocación santa, hacia una bendición misteriosa. Él es, ahora, quien presenta a los hombres a JC, su Hijo, el amado, su predilecto, para que le escuchen y le sigan, y sean así partícipes de su gloria. El salmo es una súplica serena que contempla ambos aspectos del itinerario: el amor de Dios que acompaña al hombre en su itinerario de búsqueda, y la acción de Dios hacia el hombre liberándole de la muerte, fundamento de nuestra esperanza.

Presencia, llamada, agradecimiento de Dios y hacia Dios, son las líneas conductoras de este domingo.

Si hoy tuviéramos que elegir una imagen de Cristo . elegiríamos el Pantocrátor o Cristo transfigurado, interpretado en la tradición de la Iglesia, sobre todo la oriental, que lo venera en toda su liturgia y su iconografía, en esta imagen, vemos como se hace converger toda la fuerza y la vida del universo, el celeste y el terreno, el psíquico y el pneumático,

En Cristo  confluyen y de él nacen todas las corrientes de vida que inundan la creación. Por eso está en comunión con todas las criaturas de la tierra y del firmamento, de la altura y la profundidad, sintiéndolas en sí, alentándolas en sí, amándolas, sufriéndolas y gozándolas. Ese es el Kyrios que nos descubre San Pablo. (...) Ese Cristo Pantocrátor no deja nunca de ser hombre y ahora podemos sentirle junto a nosotros, como en Emaús, sentado a la misma mesa de los caminantes, es decir, de nosotros; pues como Pedro, aún no podemos tener morada permanente en las tiendas del Tabor.

 

En la primera lectura (Gn 12,1-4a) se  describe un éxodo "sal de tu tierra... hacia la tierra que te mostraré", éxodo que parece tener su fundamento histórico en el movimiento de tribus nómadas o seminómadas desde las tierras del Tigris y el Eufrates hasta Egipto pasando por Palestina. En Egipto, sus caudillos llegaron a gobernar el territorio desde posiblemente el 1730 hasta el 1570 a.de C.

El relato se compone de un mandato divino: "sal".(v. 1) que va unido a una promesa de bendición (vs. 2-3) y de una respuesta humana: "marchó" =salió (vs. 4. 6-9). -La elección de Abraham es un relato de éxodo, de salida con todas las dificultades que ésta entraña. El patriarca tiene que romper con todos sus lazos más entrañables: la tierra nativa, la casa paterna (v. 1).

-El exodo va marcado por una promesa: "la tierra que te mostraré", y una bendición que abarca todas las aspiraciones humanas de aquella época: descendencia numerosa a través de un hijo (v. 2) y un "nombre famoso" contrapuesto a aquella fama buscada en Babel, y que sólo llevaba a la dispersión (11, 4 ss). Pero todo es un futuro incierto, una marcha a lo desconocido teniendo que romper con lo conocido.

Abrahán sale de Ur y, tras una breve estancia en Canaán se dirige con su mujer a Egipto. Sin saber el porqué, de nuevo regresa a Palestina. Y a estas tribus que se quedaron en Palestina se les unirán, algunas generaciones después, algunos de sus compatriotas a las órdenes de Josué.

Con el relato de la llamada a Abraham  se pretende indica:


a) El cierre de la etapa primitiva, considerada por el autor como la época del hombre bajo el imperio del mal. La criatura humana, salida de las manos de Dios, no ha respondido como debiera al don divino de la creación, evaluada por el mismo Señor como "muy buena" (1. 31). Alejándose de Dios y de los demás seres creados, el hombre ha implantado en el mundo el miedo y el terror: los primeros padres se avergüenzan de Dios y se acusan sin piedad (Gn 2-3), Caín comete el primer fratricidio (Cap. 4), los contemporáneos de Noé se corrompen y Dios tiene que poner coto al miedo, terror y venganza que el hombre impone en la creación (Gn 6. 1ss.; 9. 1-7), con la torre de Babel y su afán de gloria el hombre pretende subirse a las mismas barbas del Creador... La maldad y el egoísmo humano, ¿acabarán alguna vez?

b) El comienzo de una nueva etapa de salvación: la etapa patriarcal. Es cierto que el Señor había castigado la maldad humana: destierro de Adán y Eva, de Caín, envío del diluvio, dispersión de la Humanidad, pero... el castigo nunca es la última palabra divina, sino el perdón y la misericordia.

A la etapa de maldición el autor le contrapone esta nueva de "bendición" (aparece cinco veces la palabra en los vv. 2-3) que debe alcanzar a los patriarcas, a su descendencia y al resto de la Humanidad.

Desde la Bondad y la Misericordia, Dios quiere salvar a todos los hombres creados a través de un hombre, Abrahán, y de un pueblo, Israel. El juicio, la maldición o bendición de todo hombre, dependerá de la actitud de éste frente a la presencia divina salvadora.

 

En el salmo de hoy  (Sal 32, 4-5.18-22) manifestamos la confianza ilimitada en el poder misericordioso  de Dios. En el salmo resuena sinfónicamente, con la aportación peculiar de cada uno de nosotros, la alabanza del Señor. Dios nos ha hablado. Cristo, que habita por la fe en nuestros corazones, es su Palabra siempre interpoladora y convocadora. Por esta Palabra Dios hizo el cielo, sujetó a la creatura inestable del agua, conduce la historia; por ella hemos adquirido nuestra identidad de hijos, nos mantenemos unidos y congregados en el amor comunitario y enviados a la misión; " él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra."

Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder misericordioso  de Dios, porque "Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan en su misericordia,"

Tenemos la certeza de que nuestro servicio a la causa del progresivo reinado de Dios tiene futuro y no es una ilusoria utopía. La certeza no nace de de nuestras cualidades humanas, de nuestro número o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios está ahi " para librar sus vidas de la muerte  y reanimarlos en tiempo de hambre"

Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre humanidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones desesperadas: " Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. "

Expresamos con  esperanza, nuestra confianza en Dios: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti."

 

En la segunda lectura (2 Tim 1,8b-10), San Pablo nos muestra como ejerce sobre las comunidades que él ha fundado y sobre algunas otras una autoridad soberana, y como con mucha frecuencia envía a ellas a algunos discípulos como delegados suyos.

Hoy es Timoteo a quien se dirige. En el texto de hoy, San Pablo se limita a insistir sobre un don particular de Timoteo: la fuerza que se le ha dado para no avergonzarse del Evangelio (vv. 7-9).

San Pablo nos describe la meta humana como "una vida santa" (v. 9), es decir, la adecuación de nuestra vida y nuestra sociedad con el plan de Dios, el cumplimiento de la vocación irrenunciable que Él ha señalado a todo hombre, la obediencia a esa Palabra que Él sigue pronunciando sobre nosotros desde la creación: Palabra reveladora de nuestro verdadero ser y fuerza para la realización de los hombres.

 

El texto del evangelio de hoy (Mt 17,1-9) nos introduce con el relato de la transfiguración, en presentarnos como Cristo establece los poderes mesiánicos en la Iglesia, confiriendo en particular a sus apóstoles el derecho a ser escuchados, ese derecho que Él mismo ha recibido en su transfiguración.

San Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés, legislador de la nueva economía de salvación. Espera convencer así a los judeo-cristianos de que la ley ha sido superada por la de JC. Así escuchamos como San Mateo nombra a Moisés antes que a Elías (v. 3). Es también el único evangelista que habla de la irradiación del rostro de Cristo (v. 2), en correspondencia con la irradiación de la figura de Moisés en el Sinaí (Ex 34. 29-35; 2 Co 3. 7-11).


Recibe este título porque primero pasó por la obediencia al sufrimiento y a la muerte. El nuevo Moisés ha comenzado por obedecer personalmente a la ley que propone; contrariamente a Moisés, Cristo es un legislador que no se contenta con imponer una ley, sino que proporciona al mismo tiempo los medios interiores de corresponder a ella.

La transfiguración tiene en San Mateo un carácter fundamental de investidura mesiánica (cf. la alusión a la fiesta de las tiendas, por ejemplo),. Lo mismo que el Siervo paciente debió a su obediencia en convertirse en luz del mundo, así Cristo está habilitado para convertirse en el maestro que habla y enseña a sus discípulos. y en el nuevo legislador del mundo porque ha sido el primero en someterse a la ley nueva que Él mismo trae, ley de amor y de renuncia (v. 9). En el relato Cristo es al mismo tiempo, el Señor divino, penetrado por la luz de Dios y envuelto en la nube (signos de la presencia divina).

Así comenta San Agustín este evangelio: " Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor, bueno es estarnos aquí (Mt 17,4). Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías (ib.). Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió, no obstante, una respuesta, pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad.

Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: Éste es mi Hijo amado (ib., 5). Allí estaba Moisés, allí estaba Elías. No se dijo: «Éstos son mis amados». Una cosa es, en efecto, el único, y otra los adoptados. Se recomienda a aquél de donde procedía la gloria a la ley y a los profetas. Éste es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle (ib.), puesto que en los profetas fue a él a quien escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.

El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no vieron a nadie más que a Jesús solo (ib., 8). ¿Qué significa esto? Cuando se leía el Apóstol, oísteis que ahora vemos en un espejo, en misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas desaparecerán cuando llegue lo que ahora esperamos y creemos. En el caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la carne: Tierra eres y a la tierra volverás (Gn 3,19). Y cuando el Señor los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda sólo: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn 1 ,1). Te queda el que Dios es todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria. Así se cumple lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?». Y me mostraré a él (Jn 14,21). ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero si no tienes a Dios ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende, predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. Cuando se lee al Apóstol, oímos que dice en elogio de la caridad: No busca lo propio (I Cor 13,5). No busca lo propio, porque entrega lo que tiene. Y en otro lugar dijo algo, que si no lo entiendes bien, puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol ordena a los miembros fieles de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno (1 Cor 10,24). Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a modo de negocio, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir, no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la justicia.

Escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte: «Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para poseer lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo, tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, avaro; escucha. En otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven (ib., 33). Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó el Camino para cansarse en el camino; descendió el Manantial para sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad»". (San Agustín. Sermón 78,3-6).

 

Para nuestra vida

El domingo anterior se presentaba la necesaria opción por un camino de vida (de bien) o de muerte (de mal). Ya se insinuaba (1. lectura y evangelio) que a menudo no queda claro dónde se hallan el uno y el otro.

El domingo de la transfiguración sigue al de la tentación. Esto es muy significativo... La tentación viene a colocarse al comienzo del camino del sufrimiento y acecha todo a lo largo de él. La tentación pretende esencialmente acortar el camino, alcanzar una transfiguración prematura apoyándose en las propias fuerzas; quiere pasar por encima de las etapas fijadas en dicho camino, quiere rehuir la cruz. Si cede a todo esto, viene la muerte y el abismo. En último término, la caída de nuestros primeros padres no fue otra cosa, y la misma tentación de Cristo no apuntaba sino a que manifestase prematuramente y de modo arbitrario la gloria divina que en El residía.

En el tiempo de  Cuaresma debemos examinarnos de si nos encontramos prestos para optar por el Señor resueltamente, sin división, sin arrepentimiento y sin pesar.

Toda atadura constituye un obstáculo para la respuesta al llamamiento que el Señor nos dirige; y este llamamiento nos llega no sólo a la hora de las decisiones graves, en los momentos transcendentales de nuestra vida, sino también cada día, ante cada una de nuestras acciones, ante las innumerables opciones en las cuales la vida nos sitúa entre el bien y el mal, entre lo mediocre y lo mejor. Ciertamente, es necesario que nos liberemos de las ataduras graves y desordenadas; pero también las pequeñas ataduras constituyen un verdadero obstáculo. Si quiero elevarme es seguro que no lo conseguiría si me encuentro sujeto al suelo por un cable, pero mientras que una fibra me mantenga sujeto a una brizna de hierba, yo no podría elevarme si no sacrifico este tenue lazo, aunque sea de color de rosa y me resulte agradable. No importa cuál es el viejo obstáculo que no quiero cortar.

Hoy hay que insistir en la opción de fe que significa creer en el camino de fidelidad al único Señor, Dios, revelado en Jesucristo; la fidelidad a su camino de verdad, amor, justicia, bondad... es el único camino de Vida, el único camino de Victoria.

 

En la primera lectura, del libro del Génesis, el Señor pide a Abrahán que lo deje todo para iniciar una misión enorme: crear el pueblo de Dios. A todos nosotros, alguna vez, Dios también nos pide que demos prioridad al camino que Él nos sugiere y que, así, abandonemos lo superfluo, lo que nada vale para mejor servirle a Él y a los hermanos. Hemos de tenerlo en cuenta.

-Abraham no puede quedar indeciso, ya que el mandato divino exige una respuesta (v. 4a; cfr. vs. 6-9). Y en este momento crucial el patriarca confía. El verbo "marchar" indica la obediencia de este hombre que se fía de Dios a pesar de todas las dificultades. Por eso, él es el modelo y héroe de la fe (Hb. 11, 8 ss).

-El éxodo de Abraham es prototipo de todo éxodo humano, tanto a nivel individual como colectivo. Miles de personas, cada año, deben romper con lo inmediato y querido: tierra, familia... rumbo a lo desconocido. A todos ellos les alienta la esperanza de una vida más digna y humana, un poder alimentar a sus seres queridos, un...; pero ¿y si todo fuera una vana ilusión?. Toda existencia humana es una difícil encrucijada. Me viene a la mente la dura situación de esos hombres de color que patean los bares de nuestras ciudades con esas cajas de sorpresas, los temporeros agrícolas de la vendimia y de la recogida de la aceituna, los...

-El éxodo de Abraham es también prototipo de la vida del pueblo de Israel, de la Iglesia como pueblo de Dios. Nuestra existencia cristiana siempre implica ruptura con lo que nos agrada, salida de lo inmediato y palpable... rumbo a lo desconocido. La fe nunca es fácil, porque ¿y si todo fuera mentira? El fiarse de Dios siempre implica un riesgo; pero el que no ama el riesgo no puede llamarse cristiano.

Abraham  es presentado como modelo.

Abraham, padre de los creyentes, puesto que él se apoyó en su fe y aceptó por ella el trastorno de su vida. El v. 5 nos dice tranquilamente: «Tomó, pues, Abraham a Saray, su mujer»; está fuera de lugar suponer que esto no sucedió sin algunas discusiones, sin alguna escena de familia: «¿Quién es el que toma a mi marido? El pretende que el Señor exige de nosotros que plantemos todo allá: propiedades, familia...»

Peregrinar exige como condición indispensable la de abandonar. Conocemos a mucha gente que está atada a sus costumbres de tal manera que les resultaría imposible viajar. Tienen medios para hacerlo.Intentar peregrinar sin abandonar es pretender la cuadratura del círculo.

Espiritualmente también esto es verdadero. Es necesario desinstalarnos, constantemente desinstalarnos, porque nos estamos arraigando sin cesar, como la araña que teje de nuevo la tela que un golpe ha desgarrado, como la yedra que encuentra siempre un trozo de muro donde engancharse.

Es necesario que nos guardemos de estar apegados a nuestros hábitos, ¡aunque sean buenos! Precisamente porque son buenos nos parecerán respetables; pero, por el hecho de ser hábitos, son perjudiciales.

Pensemos en todos aquellos que en el Antiguo Testamento recibieron de Dios una llamada importante e «incómoda». Recordemos, por ejemplo, a Jonás: «La Palabra de Yahvé llegó a Jonás, diciéndole: Levántate y ve a Nínive. Jonás levantóse para huir» (Jn. I, 1-3).

También el Pueblo de Dios se convirtió en nómada por obediencia al Señor. Abandonó un cierto confort en Egipto por seguir aquella aventura; sin embargo, echará de menos aquel confort relativo y no cesará de reprochar a Moisés la aventura a la cual le ha arrastrado. «Ellos dijeron a Moisés: ¿Es que no había sepulcros en Egipto, que nos has traído al desierto a morir? ¿Qué es lo que nos has hecho con sacarnos de Egipto?» (Ex. xrv, 11). «Los hijos de Israel decían: «Por qué no hemos muerto de mano de Yahvé en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan? Nos habéis traído al desierto para matar de hambre a toda esta muchedumbre» (Ex 16, 3).

Fijémonos en la Virgen. Conocemos su respuesta cuando el enviado de Dios le presenta la más extraordinaria vocación que jamás nadie pudo escuchar: «Yo no conozco varón». Esto no es una objeción al proyecto divino, sino una constatación de la oposición entre aquel mensaje y la consagración de su vida a Dios, realizada como respuesta a un llamamiento interior. El ángel viene ciertamente a desinstalar a María, en el sentido espiritual.

También Jesucristo. El renuncia, si así puede decirse, a la serenidad, a la tranquilidad de la vida trinitaria para lanzarse a la aventura humana: «He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Salmo XL, 9, citado en Heb. X, 7). El conoce la incomodidad hasta el punto de «no tener dónde reposar la cabeza» (Mt. VIII, 20 y Lc. IX, 58); ya conocemos al detalle lo que oculta esta expresión. Y su enseñanza es exigente, a la medida del ejemplo que éI nos da: «El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí... El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que halla su vida la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará» (Mt. X, 37-39 y lugares paralelos).

Jesús desarraiga a los que llama: «Dijo a Pedro y a Andrés: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, "Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que en la barca, con Zebedeo, su padre, componían las redes, y los llamó. Ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron" (Mt. 4, 18-22). «Jesús salió y vio a un publicano por nombre Leví sentado al telonio y le dijo: Sígueme. El, dejándolo todo, se levantó y le siguió» (Lc. 5, 27). Los apóstoles son conscientes del trastorno que para sus vidas representa el llamamiento del Maestro: «Pedro entonces comenzó a decirle: Pues nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido» (Mc. 10, 28).

 

En el salmo 32 se agradece a Dios que vele permanente por sus criaturas. Se  expresa, el deseo de amar a Dios por encima de todo y enseña a quienes no le conocen a amarle también.

Es necesario personalizar este salmo, en nuestra propia vida y en nuestra propio estilo:  alabar... Creer en el poder de Dios... Creer que Dios interviene "hoy y siempre en los  acontecimientos contemporáneos..." "hacerse pobre": la "mirada de Dios" sobre nosotros es  una defensa más segura que todos los medios del poder humano.

 

En la segunda lectura, San Pablo recomienda a su discípulo Timoteo: "Toma parte en los duros trabajos del Evangelio". La evangelización es un trabajo duro. El que evangeliza vive en una continua confrontación en el mundo y con el mundo. Evangelizar no es decir palabras hermosas en el templo, en nuestra casa, en un medio acogedor y complaciente, que muchas veces huye de los problemas reales del mundo. Evangelizar es salir con la palabra y la vida a la plaza. El que evangeliza es un "enviado", que tiene que ir a donde no le gustaría ir, que tiene que hablar con oportunidad y sin ella, y, sobre todo, tiene que hacer lo que muchas veces el mundo no está dispuesto a tolerar.

También San Pablo, anuncia que Jesús sacó a la luz la vida inmortal por medio del Evangelio. Esa luz y esa vida inmortal nos están presentes la luminosidad de la Transfiguración.

 

San Mateo presenta la Transfiguración, como un relato lleno de luz y de aires de eternidad, hasta la ingenuidad de Pedro que pretende continuar allí para siempre. En esta escena Jesús quiso mostrar a sus discípulos la Gloria, antes de iniciar el camino hacia su muerte redentora.

Este texto es como un paradigma de oración. Primero retirarse de la actividad ordinaria Jesús en el Evangelio lo hace varias veces. Jesús hombre como nosotros, tiene necesidad del tiempo y espacio de oración. En el momento de encontrar a Dios en gratuidad. Otros serán los tiempos de encontrarlo activamente.

Así hoy se nos proclama que Jesús, se los llevó a una montaña alta. Subir es el proceso simbólico de acercamiento a Dios. En la montaña surgen las Teofanías. Pedro, Santiago y Juan suben con Jesús. En esta soledad amigable, Jesús se transfigura. El que ora descubre quién es de verdad Jesús. El ámbito de la divinidad -lo blanco, la luz- inunda al hombre. Descubre cómo culmina la ley y los profetas en Él. El gozo del Espíritu trastorna a Pedro -al orante-. ¡Qué hermoso! A uno le gustaría estar siempre así. La tentación de evadirse del mundo acecha.

EI momento crucial de la oración esta en el escuchar a Dios. Él ya sabe qué nos apremia. No intentemos marearle con nuestras voces. Más bien es para escucharle, para afinar nuestro oído. Elías lo oyó en la brisa que apenas movía las hojas. En la oración vamos percibiendo la voluntad de Dios, crecemos en ganas de construir el Reino, logramos dar paso a los gritos de los pobres, como Moisés.

Jesús se acercó, y tocándolos les dijo: "Levantaos, no temáis". Las palabras de ánimo en el coloquio final son necesarias en toda nuestra vida. Ten confianza, no temas.

Si primero fue subir, el tiempo de oración es bajar del monte. Bajar a la vida a encontrarnos con el epiléptico, con el enfermo, el necesitado, el compañero que sufre de soledad o que, sin más, quiere pasar un rato charlando con alguien.

 

El evangelio también plantea una tentación de la condición humana la tentación a "instalarse". Hoy, con todas las ventajas y el  confort de la civilización, esta tentación está bastante generalizada. Podemos alcanzar una instalación  perfecta en la que nos encontramos francamente bien, perfectamente arropados y lejos de  cualquier aventura que comprometa nuestra bien ganada tranquilidad. Hoy podemos caer  en la tentación de cerrar los ojos y los oídos a toda llamada que nos haga "salir" de nuestro bienestar, evitar por todos los medios que sintamos la necesidad de marchar para colaborar en la construcción de una tierra nueva, más cristiana, en una palabra; una tierra en la que es necesario vivir prácticamente la fe, aceptar el desafío que supone creer en un Dios que pide a los suyos algo más que la aceptación de unas verdades o la práctica de  unos determinados cultos.

Y esto aparece también en el Evangelio de hoy. Ante la espléndida visión de Jesús transfigurado aparece Pedro queriendo "instalarse", quedarse allí para siempre, olvidarse del mundo que seguía al pie del monte y que esperaba con impaciencia el paso  del Señor. No pudo conseguir su propósito.

Desapareció la luz y el resplandor y quedó solo Jesús frente a ellos con una advertencia: ni una palabra de todo esto hasta "que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos". Nada, por tanto, de instalaciones. Es necesario bajar del monte y enfrentarse valientemente  al reto de la propia vocación, de la llamada de Dios que sigue pidiendo el éxodo como  condición para encontrarse con El. La advertencia de Jesús es un indicativo de que no es posible, para los suyos, la acomodación. No será posible ni efectivo hablar de la gloria  hasta que no se haya resucitado -no se encontrará la tierra nueva- hasta que no se haya aceptado el riesgo, hasta que no se haya descendido a la tierra, para encontrarse con los  hombres que viven en ella con sus problemas y sus inquietudes y acercarse a ellos para  mostrarles a Dios, con todo el riesgo que eso lleva consigo.

Algo de la transfiguración nos puede tocar a nosotros, pero para que podamos transfigurarnos y resplandecer tenemos que escuchar al Hijo predilecto de Dios. Toda la Cuaresma es una escucha intensa de la Palabra que salva; imitando a San Pedro, deberíamos como cristianos exclamar: ¡qué hermoso es vivir este tiempo de gracia y renovación, para bajar al valle de lo cotidiano pertrechados de una gracia y fuerza nueva! Así un día podremos subir al definitivo Tabor de los cielos después de haber caminado por la vida manifestando en todo la gloria de Dios.

La Iglesia es el Tabor de nuestro tiempo. En la Iglesia, en la comunidad podemos  encontrar a Jesús y escuchar su palabra; podemos  relacionarnos con los profetas y los santos; podemos  dejarnos envolver y transfigurar por la nube del Espíritu y podemos  encontrar fuerza esperanzada para transformarlo todo. Cierto que no todo lo que allí encontramos es luminoso y santo. La Iglesia tiene aún mucho de Sinaí y del monte de las tentaciones. Es también monte Calvario. Pero en la Iglesia hay también experiencia de Dios, presencia de Cristo, dinamismo del Espíritu. En la Iglesia se recogen y actualizan las palabras de Moisés y los profetas, se escucha la voz del Padre y nos envuelve la nube misteriosa. En la Iglesia se renueva la transfiguración, se enciende la esperanza y se contagia la alegría. En la Iglesia toda transformación es posible, el cambio es necesario y se afirma la trascendencia. En la Iglesia hay verdad y certeza y amistad. En la Iglesia está Cristo resucitado, el Hijo bien amado y el derroche del Espíritu, que nos llevan al Padre. La Iglesia, Tabor de las revelaciones y transfiguraciones, el monte de la luz, de la palabra y del amor. Entonces es claro que también nosotros podemos «estar con El en el Monte Santo» (2 Pe. 1,18).

 

Rafael Pla Calatayud.

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