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sábado, 9 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas del VI Domingo de Pascua 10 de mayo 2026

         En las dos semanas que quedan de Pascua, el Señor Resucitado nos prepara para vivir el misterio de su «ausencia». Nosotros pertenecemos a las generaciones que ya desde el principio merecieron la «bienaventuranza» de los que, como Cristo le dijo a Tomás, «creen sin haber visto».

Cristo mismo, a pesar de que no le vemos, porque está en estado glorioso, sigue estándonos presente: a pesar de que «vuelve» al Padre, sin embargo «no os dejaré desamparados», «yo sigo viviendo», «yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». Es una buena ocasión -como lo ha sido todo el tiempo pascual- para insistir en la gozosa convicción de que Cristo no está lejos, sino entrañablemente cercano, según su promesa: en la comunidad, en su Palabra, en sus sacramentos, de modo particular en su Eucaristía, y también en la persona del prójimo.

Hoy es la «jornada del enfermo» y se nos dice que «las comunidades están llamadas a curar». Y ¿qué quiere decir «curar»? Curar quiere decir ofrecerles «razones para la esperanza».

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles  (Hech 8, 5-8. 14-17). Con el cap. 8 comienza la fase expansiva de la Iglesia fuera de Jerusalén (8. 1).

Los discípulos, una vez expulsados de Jerusalén, inician su segunda misión (Hch  8,4-9,43) en Judea y Samaría, según la palabra de Jesús: seréis testigos míos en  Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). El primer  evangelizador de esta nueva misión es Felipe (Hch 21,8), uno de los siete hombres  escogidos para servir a la comunidad de los creyentes.

"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo". Felipe, ya nombrado diácono-servidor de la comunidad, va a predicar a Samaria. Anuncia a los samaritanos que Jesús es el Mesías que ellos también esperaban. Su palabra va acompañada de la acción, la misma acción de Jesús: saca los espíritus malignos y da la salud a los inválidos. El gentío creía en el diácono Felipe, porque veía lo que hacía y escuchaba lo que decían de él. Y es que se cumplía el dicho: las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El diácono Felipe hablaba y actuaba lleno del Espíritu Santo, del espíritu de la Verdad, predicaba la resurrección de Jesús y hacía prodigios en su nombre.

El resultado de la predicaci6n de Felipe es la alegría, tema típico de Lucas. Es la alegría propia de los últimos tiempos, del momento en que Dios interviene decisivamente en la historia humana. Ante el resultado de la predicación de Felipe, los apóstoles envían a unos representantes a confirmar en la fe a aquellos que han hecho caso de Felipe y han sido bautizados en el nombre de Jesús. En este caso, la imposición de manos comporta recibir el don del Espíritu.

Los dos temas centrales de este relato son la evangelización y el don de Dios, que es el  Espíritu Santo.

El  anuncio del mensaje de salvación en Samaría da lugar a un movimiento de masas. No hay  que olvidar que toda Palestina vive entonces bajo una fuerte tensión y expectativa  mesiánicas. Felipe, lo mismo que antes Simón el mago, son los catalizadores de esta  expectación en la ciudad de Samaría (vs.6-8. 12-13). El caso de Simón Mago es un ejemplo de la falsa actitud ante este doble  hecho cristiano. El, como los magos de Egipto (Ex 7,11-13), ha de reconocer que solamente  el mensajero del Dios verdadero tiene acceso a una fuente de poder más fuerte que la  magia del dios falso. El designio de Simón de comprar el don de Dios manifiesta que no  aprecia bastante el carácter interior del evangelio y de la operación del Espíritu Santo. Es  cierto que Simón había creído el mensaje de Felipe y había recibido el bautismo; pero no  era un hombre convertido, regenerado, nacido de lo alto; prueba de ello es su deseo de  manipular mágicamente al Espíritu.

Llama la atención los milagros y  prodigios que hacían (vs. 6-7. 11). Pero había  ausencia de una auténtica  disposición de fe por parte de la gente. "Creían a Felipe" (v. 12), exactamente igual que  antes habían creído al mago Simón.

Los de Samaria no  habían pasado de aceptar la palabra de Dios (v.14a), solamente habían quedado  bautizados en el nombre del Señor Jesús (v. 16b); les faltaba hacer activa esa palabra,  actualizar a Jesús.

Se daba el peligro de un cristianismo mágico, bautismo mágico, ritos  simplemente folklóricos. Y en estas  condiciones el bautismo no produce su efecto,  es decir, el Espíritu Santo no puede hacerse presente (v. 16).

 

El  responsorial es el salmo 65, (Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20)

R. aclamad al señor, tierra entera.

Como en muchos salmos de acción de gracias, se trata aquí de una oración ante todo "colectiva". En las siete primeras estrofas aparece el "nosotros": Israel recuerda las maravillas del Éxodo, en particular "el paso del agua", "la Pascua del Mar Rojo y del Jordán: obstáculos superados por la gracia de Dios... Pero ésta es también una oración "individual " De pronto se pasa al «yo" a partir de la estrofa 8: los actos "liberadores" que Dios hizo en la historia de Israel son "significativos" de todas las situaciones de prueba aun individuales en que Dios es siempre el mismo, el que libera.

Es el salmo 65 una súplica colectiva (cf. Sal. 103 y 74). Se da una combinación de lo que hace Dios en la naturaleza y su acción en la historia. No sabemos cuándo fue escrito; quizá fue después de una sequía o de un tiempo de sitio como en el tiempo de Ezequías (716-687 a. de J.C.).

Dios es digno de alabanza, v. 1 En vez de hacer un llamado a la alabanza, como es normal en los himnos, el salmista declara que Dios es digno de la alabanza.

El v. 1 da la impresión de una multitud que adora a Dios. Por cierto en Sion, en el pueblo de Dios, donde conocen quién es y qué hace, es donde las personas aprecian la adoración que Dios merece. Los demás párrafos del Salmo presentan motivos de esta alabanza.

 El perdón de Dios, vv. 2-4 Tú oyes la oración. El Dios de todo el universo oye nuestra oración.

 Pero tú perdonarás… (v. 3). Probablemente el himno fue cantado después de una restauración de comunión con Dios mediante el perdón de los pecados. La palabra perdonarás es kapar (de donde viene kippur) que se usa para la expiación (cubrir el pecado) por medio del sacrificio sangriento. La maldad y el pecado siempre estorban; pero Dios ha cubierto nuestro pecado, así el maligno no tiene de dónde agarrarnos.

El v. 4 presenta la gracia de Dios; el salmista da una visión de esta gracia. Y el beneficio y el deleite de esta gracia se viven en medio del pueblo de Dios. El contacto con y la actividad en el pueblo de Dios nos sacia con lo mejor de la vida.

El poder de Dios, vv. 5-8 Con hechos tremendos es lenguaje del éxodo. Nos responderás tiene en mente la oración del v. 2. Dios quiere mostrar su poder a sus hijos; quiere que oremos con fe para poder manifestar sus maravillas. Pero notemos que lo hace en justicia, no da respuestas contra lo que es correcto. Afirmas las montañas que eran símbolos de estabilidad y permanencia. El salmista, cuando piensa en el poder de Dios, también piensa en las olas poderosas del mar (v. 7) y cómo Dios las frena y las controla. Y esto le hace pensar en el ruido que hacen las multitudes; también Dios lo limita y lo controla.

Así comenta San Agustín los primeros versículos del salmo: " [v. 2]. Cantad salmos a su nombre. ¿Qué dijo? Que bendigáis su nombre con salmos. Creo que dije ayer lo que es salmodiar, y creo que lo recuerda vuestra Caridad. Se trata de tocar también el instrumento llamado salterio, y pulsarlo con las manos, de manera que voces y manos estén acordes. Porque si aclamáis con júbilo algo para que lo oiga Dios, tocadlo también con salmos, de manera que lo vean y lo oigan además los hombres; pero no lo hagáis en vuestro nombre. Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres, para que lo vean ellos6. ¿Y a nombre de quién tocaré salmos, me dirás, sin que vean lo hombres mis obras? Prestad atención a otra cita del Evangelio: Brillen vuestras obras ante los hombres para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos7. Que vean vuestras buenas obras, y den gloria no a vosotros, sino a Dios. Porque si hacéis obras buenas para ser glorificados vosotros, os responderá lo que él mismo dijo a unos que hacían eso mismo: Os lo aseguro: ya recibieron su recompensa. Y también: De otro modo no recibiréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos8. Entonces me replicarás: —luego ¿debo ocultar mis obras para no hacerlas delante de los hombres? No. ¿Qué es lo que dice? Brillen vuestras obras ante los hombres. Así que me quedo indeciso: por un lado me dices: Cuidado con practicar vuestra justicia delante de los hombres; y por otro me dices: Brillen vuestras buenas obras ante los hombres; ¿Cuál voy a practicar? ¿Qué voy a hacer? ¿Cuál de ellas debo omitir? Así como no se puede servir a dos señores, que te mandan cosas diversas, así tampoco a uno que te ordena cosas contrarias. —No, dice el Señor; no te mando cosas contrarias. Fíjate en el fin, canta el salmo mirando el fin; fíjate a ver con qué fin lo haces. Si lo haces para ser tú glorificado, esto es lo que te he prohibido; pero si lo haces para que sea Dios glorificado, esto es lo que yo he mandado. Cantad, pues, salmos no a vuestro nombre, sino al nombre del Señor vuestro Dios. Vosotros cantad salmos; que sea él alabado; vosotros vivid rectamente: sea él glorificado. ¿Y cómo lograréis vivir con rectitud? Si tuvierais al eterno, jamás habríais vivido mal; pero si procede de vosotros, nunca habríais vivido bien. (San Agustín. Comentario al salmo 65). [1]

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pedro ( 1Pe  3, 15 -18 , presenta varias  exhortaciones y entre ellas una de mayor  importancia: dar razón de la esperanza cristiana. San Pedro se lo decía a aquellos primeros cristianos, que vivían en un mundo hostil y difícil para ellos: que no se desanimaran, que mantuvieran firme su esperanza y que a todo el que se la pidiere le propusieran su esperanza cristiana .

Esta es una de las más completas  formulaciones del mensaje cristiano, sobre todo de cara a otros. Porque los cristianos,  vistos desde fuera, somos gente que espera. Esperanza estrechamente emparentada, casi  identificada con la fe y el amor. Pero esperanza. Esencial también para el hombre,  necesitado de ella ahora y en todo momento.

Se indica (v. 16) cómo se ha de dar razón de esta esperanza: de forma no impositiva ni  apabullante, sin presunción ni menosprecio hacia otros. Lo cual no es fácil precisamente  cuando uno está convencido. Por eso muy a menudo en el pasado, y también ahora,  aunque de forma diferente, hemos caído y caemos en intransigencias, censuras, juicios,  etc., acerca de quienes no piensan como nosotros. Y creemos que eso es testimonio, santa  desvergüenza, o cosas parecidas. No es esta la actitud que se nos recomienda en este  pasaje para dar razón de nuestra esperanza.

San Pedro nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a  cuantos pregunten por ella. Estamos en deuda con todos y a todos debemos una  respuesta. Somos responsables de la  esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar  razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los  otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos.

El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues  la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Y lo ha de hacer  con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el  respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin  mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él. Pues todo el evangelio es motivo de esperanza  para el creyente. Pedro nos amonesta igualmente para que demos razón de nuestra  esperanza con buena conciencia; esto es, que hablemos de la esperanza sin doblez ni  segundas intenciones, que proclamemos la esperanza que vivimos y vivamos la esperanza  que proclamamos, que seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás, que  seamos honestos delante de Dios y de los hombres.

Así comenta San Agustín esta segunda lectura “1 Pe 3,15-18: Por la fe a la contemplación

 Dios está muy lejos de odiar en nosotros esa facultad por la que nos creó superiores al resto de los animales. Él nos libre de pensar que nuestra fe nos incita a no aceptar ni buscar la razón, pues no podríamos ni aún creer si no tuviésemos almas racionales.

Pertenece al fuero de la razón el que preceda la fe a la razón en ciertos temas propios de la doctrina salvadora, cuya razón todavía no somos capaces de percibir. Lo seremos más tarde. La fe purifica el corazón para que capte y soporte la luz de la gran razón. Así dijo razonablemente el profeta: Si no creéis, no entenderéis (Is 7,9 LXX). Aquí se distinguen, sin duda, dos cosas. Se da el consejo de creer primero, para poder entender después lo que creemos. Por lo tanto, es la razón la que exige que la fe preceda a la razón. Ya ves que si este precepto no es racional, ha de ser irracional, y Dios te libre de pensar tal cosa. Luego, si el precepto es racional, no cabe duda de que esta razón, que exige que la fe preceda a la razón en ciertos grandes puntos que no pueden comprenderse, debe ella misma preceder a la fe.

Por eso amonesta el apóstol Pedro que debemos estar preparados a contestar a todo el que nos pida razón de nuestra fe y nuestra esperanza (1 Pe 3,15). Supongamos que un infiel me pide a mí la razón de mi fe y esperanza. Yo veo que antes de creer no puede entender, y le aduzco esa misma razón: en ella verá -si puede- que invierte los términos, al pedir, antes de creer, la razón de las cosas que no puede comprender. Pero supongamos que es ya un creyente quien pide la razón para entender lo que ya cree. En ese caso hemos de tener en cuenta su capacidad, para darle razones en consonancia con ella. Así alcanzará todo el conocimiento actualmente posible de su fe. La inteligencia será mayor si la capacidad es mayor; menos, si es menor la capacidad. En todo caso, no debe desviarse del camino de la fe hasta que llegue a la plenitud y perfección del conocimiento.

Aludiendo a eso, dice el Apóstol: Y, sin embargo, si sabéis algo de distinto modo, Dios también os lo revelará; pero cualquiera que sea el punto al que hayamos llegado, caminemos en él (Flp 3,15-16). Si ya somos fieles, hemos tomado el camino de la fe; si no lo abandonamos, no sólo llegaremos a una inteligencia extraordinaria de las cosas incorpóreas e inmutables, tal como pocos pueden alcanzar en esta vida, sino a la cima de la contemplación que el apóstol llama cara a cara. Hay algunos cuya capacidad no puede ser más modesta, y, sin embargo, marchando con perseverancia por este camino de la fe, llegan a aquella beatísima contemplación. En cambio, otros conocen a su modo la naturaleza invisible, inmutable e incorpórea, y también el camino que conduce a la mansión de tan alta felicidad; pero juzgan que no es válido ese camino, que es Cristo crucificado, y rehúsan mantenerse en él, y así no pueden mantenerse en el santuario de la misma felicidad. La luz de esta felicidad se contenta con emitir algunos rayos que tocan desde lejos las mentes de tales sabios”. (San Agustín. Carta 120,1, 3-4).

 

Aleluya Jn 14, 23 el que me ama guardara mi palabra --dice el señor--, y mi padre lo amará, y vendremos a él.

 

El  evangelio  de hoy de san Juan ( Jn 14, 15-21) es un fragmento de los discursos de despedida. Jesús dice a sus discípulos palabras de cariño y les hace varias promesas:

-- «Me veréis» Aunque es verdad que dentro de poco seré arrebatado de vuestra vista, pero enseguida me volveréis a ver (cf. Jn 16, 10). Por un momento no me veréis, pero después me volveréis a ver. La presencia será para siempre.

-- «El mundo no me verá» Es un problema. Judas, no el Iscariote, ya le preguntó a Jesús: «¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Jn 14, 22). El mundo no verá a Jesús, porque no quiere escuchar y porque no ama a Jesús. Sólo escucha y sólo ama lo que le interesa. El mundo no verá a Jesús, no porque no lo quiera Jesús, sino porque el mismo mundo no quiere.

-- «Y viviréis» Ver a Jesús es vida. Un ver que es conocer, comprender, participar. Decía San Ireneo, que si la gloria de Dios es que el hombre viva, la vida del hombre es la visión de Dios. Y viviréis para siempre, «porque yo sigo viviendo».

--"Sabréis" La visión da conocimiento del misterio por participación. "Sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros". Sabréis este misterio de la interrelación y la comunión, porque participaréis de él. Mi Padre está conmigo y en mí. Yo estaré con vosotros y en vosotros.

--"Otro Defensor" Esto sí que no lo esperaban los discípulos. Como regalo supremo se les promete el gran Don del Espíritu. Es el mismo Espíritu de Dios, que será un Consolador, un Defensor, un Maestro y, sobre todo, un Huésped y Amigo. Quien lo recibe no necesita otros apoyos, ni otras recomendaciones, ni otras enseñanzas. Es un Espíritu Santo; por eso, no lo puede recibir cualquiera, sólo el que cree en él y se prepara para recibirlo.

-- «Guardaréis mis mandamientos» El Señor sólo pide a los discípulos que guarden sus palabras, que acepten y guarden sus mandamientos. Que no se limiten a escuchar ni sean olvidadizos o inconstantes. Su palabra es una semilla que, si se la acoge, puede dar mucho, muchísimo fruto. Cuando Jesús habla de estas cosas, su palabra aún no estaba escrita. Jesús quiere que la escriban en sus entrañas, que la guarden en la mente y en el corazón, que la hagan vida. Vivid lo que os he dicho, lo que os he mandado, lo que os he pedido. Y lo que Jesús ha dicho y ha mandado no es tan difícil de aprender y recordar. Todo lo que Jesús ha dicho se puede resumir en pocas palabras, quizá en una: amad, amaos, como yo; sed testigos del amor, de la misericordia, de la generosidad; sabed que Dios es Padre -Abba-, es Amor; dejaos amar y extended este amor. Como yo, que os he amado hasta el fin.

La primera afirmación de Jesús  relaciona el amor a él con "guardar sus mandamientos" (los "mandamientos" son el  mandamiento del amor). Para comprender la expresión de Jesús, es necesario evitar una interpretación de la palabra "mandamientos". No se trata de normas, leyes, prescripciones, prohibiciones. Es necesario superar una visión meramente legalista y jurídica para dar a la palabra "mandamientos" el sentido más amplio de "enseñanzas". Aquí se trata, en efecto, de la enseñanza de Jesús en su conjunto. No es una lista de rígidas disposiciones legalistas, sino un mensaje. No es un código, sino un evangelio. Y es precisamente este evangelio el que es "acogido" como palabra de Dios, y es "observado", o sea, debe hacerse principio inspirador de la conducta.

Creer y amar constituyen una unidad  indivisible. Sólo puede decir que cree el que ama.

Jesús insiste en que quien le ama guarda sus mandamientos y, también, en lo que puede ser un matiz algo distinto: la aceptación y guarda de esos mandamientos es señal de que se le ama.

La escena de hoy relaciona el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (la Trinidad) con los  discípulos (la Iglesia).

Este evangelio es presentado como un  proceso contra Jesús. También sus discípulos sufrirán un juicio en su contra. Por eso  necesitan a alguien que les defienda. Por eso Jesús pide al Padre que les envíe este  defensor, que es el Espíritu de la verdad. Su presencia será permanente.

El Espíritu es presentado como el "defensor". La palabra "paráclito" es un término jurídico para designar al abogado defensor. Con su ayuda es posible vivir desde el amor y mantener nuestra esperanza.

Después de la muerte y resurrección, Jesús no está presente de la misma manera que  antes de la muerte. Pero incluso aquellos que no han conocido a Jesús, si creen en él, lo  "verán", porque vivirán su misma vida 

Con todo, Jesús hace referencia a "entonces", aquel día es decir, al final de los tiempos,  cuando llegará a la plenitud su presencia, cuando se manifestará la comunión íntima entre  Jesús y el Padre, y los discípulos y Jesús.

Por la intervención de Jesús, el Padre enviará a los discípulos el  Espíritu Santo. El hecho de que el Padre dé el Espíritu Santo a los discípulos de su Hijo  Jesús, implica que quiere estar en ellos, como ellos están en el Hijo y el Hijo está en él. El  Espíritu une la Trinidad y los discípulos, y hace de la existencia de los discípulos una  existencia de comunión con Dios y entre nosotros. Pero los discípulos sólo recibirán el don  del Espíritu si se mantienen unidos a Jesús, si guardan su palabra, palabra que se ha  hecho relación (1,14), comida y bebida (6,55), donación libre por amor (10,17-18).  Jesús nos promete su presencia. No nos deja solos, porque quiere que vivamos la vida  que vive desde siempre al lado del Padre, una vida de comunión, una vida de amor en  plenitud, una vida libre y feliz para siempre. Por eso, el Padre nos dará el Espíritu, para que  éste haga manar de los corazones de los creyentes ríos de agua viva (7,38-39). El Espíritu  prometido transformará nuestros corazones para que sirvamos y amemos como Jesús, y  nos acompañará siempre en nuestro camino hacia la comunión con Dios y entre nosotros. 

El texto acaba recordando la relación amorosa entre el Padre, Jesús y los discípulos.  Esta relación es la que hace posible el conocimiento, la revelación de Jesús.

 

Para nuestra vida.

La cincuentena pascual está unificada por la alegría que proviene del Resucitado y se diversifica por los temas que se proponen a la consideración y vivencia cristiana. Hoy el creyente es invitado de manera especial a tomar conciencia explícita de la promesa del Espíritu Santo, el Defensor (éste es el significado exacto de “Paráclito”).

Desde el comienzo de la pascua las Escrituras se han enfocado en Jesús resucitado. De hoy hasta Pentecostés el centro de la atención es el Espíritu Santo. 

Si bien Jesús tuvo un precursor (San Juan Bautista), el precursor del Espíritu Santo es el mismo Jesús. "Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros"

Para recibir el E.S. nos preparamos abriendo el corazón a la Palabra de Dios.

Así , las lecturas de este domingo nos aconsejan estar atentos a la presencia del Espíritu. El Espíritu s quien, estando en Jesús, le hizo volver a la vida. Merece que a lo largo de estos siguientes días vayamos abriendo nuestro corazón a la inmediata llegada del Espíritu.

 

La primera lectura nos presenta la predicación de Felipe. El comportamiento del diácono Felipe debe servirnos a nosotros de ejemplo y meditación: no se trata sólo de hablar, sino de hablar y actuar en el nombre del Señor Jesús. Jesús es nuestro único modelo completo de comportamiento, es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. En el tema espiritual y de acción y predicación cristiana no tenemos que inventar cosas nuevas, sino hablar y actuar en nombre del que es nuestro modelo. Así hablaron y actuaron los apóstoles y discípulos del Maestro, los santos y grandes predicadores cristianos de todos los tiempos. Hagamos nosotros lo mismo, aunque en cada época tengamos que variar los métodos y usos propios del tiempo en el que nosotros hablamos y actuamos.

El don del Espíritu se vincula, en la primera lectura, a un gesto que la Iglesia conservará en adelante para indicar su efusión: la imposición de las manos. El domingo pasado la comunidad se ordenaba con ministerios, en este la acción del Espíritu… necesariamente, los cristianos tuvieron, desde muy pronto, que ir descubriendo cómo se iba formando la Iglesia, cómo se iba haciendo esa comunidad que compartía lo que tenía, aprendía a orar y escuchaba la Palabra.

 

El Salmo 65 es una invitación a contemplar las maravillas de Dios, a admirarse por ellas y dar gracias. Recuerda la maravilla fundamental del éxodo, pero recuerda sobre todo que Dios continúa actuando sin negar nunca su amor a quien se dirige a Él.

San Agustín al comentar este salmo hace una amplia reflexión de las obras de Dios, así dice: "5. [v. 3]. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras! ¿Por qué temibles y no amables? Escucha otras palabras del salmo: Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor17. ¿Qué quiere esto decir? Escucha la voz del Apóstol: Trabajad con temor y temblor, dice, por vuestra salvación. ¿Por qué con temor y temblor? Y añade la causa: Pues es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar por su benevolencia18. Luego si Dios obra en ti, haces el bien por gracia de Dios, no por tus fuerzas. Y si te alegras, teme también, no sea que lo que se le dio al humilde, tal vez se le quite al soberbio. Debéis saber que esto les sucedió a los judíos por su soberbia, como si hubieran sido justificados por las obras de la ley, y por tanto se vinieron abajo, dice otro salmo: Éstos confían en sus carros y en sus caballos; nosotros, en cambio, añade, en el nombre del Señor, nuestro Dios, recibiremos la gloria del triunfo: como si los primeros pusieran toda su confianza en su energía y en sus medios, pero nosotros triunfaremos amparados en el nombre del Señor nuestro Dios19. Fijaos cómo aquéllos se ensalzaban a sí mismos; en cambio estos otros se gloriaban en Dios. Por eso ¿qué añade el salmo? A ellos se les han trabado los pies y han caído; nosotros, en cambio nos mantenemos en pie20. Mira cómo el mismo Señor nuestro dice lo mismo: Yo, dice, he venido para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos21 .Mira cómo en una parte hay bondad, y en la otra una especie de malicia. Pero ¿cuál de las dos es mejor? ¿Dónde hay más misericordia, más justicia? ¿Por qué los que no ven, que vean? Por bondad.

Los judíos descendían de los Patriarcas; nacieron de Abrahán, según la carne. ¿Y qué dice el Apóstol? Quizá digas: Han sido desgajados los ramos naturales, para ser yo injertado27. Sí es cierto, ellos fueron desgajados por su incredulidad. Tú, en cambio, te mantienes por la fe; no vayas a engreírte, sino más bien teme; porque si no perdonó Dios a las ramas naturales, tampoco te perdonará a ti. Fíjate cómo algunos ramos fueron arrancados, y tú fuiste injertado; no vayas a creerte más que ellos, sino que debes decirle a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Hermanos, si no nos debemos creer más que los judíos, mirándolos con desprecio, ellos, que en otro tiempo fueron arrancados de la raíz de los patriarcas, sino más bien debemos temer, y decir a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! ¿Cuánto menos no debemos tener sentimientos de orgullo y desprecio hacia las recientes heridas de los desgajados? Primero fueron cortados los judíos e injertados los paganos; de ese injerto se han separado los herejes; pero ni tampoco contra ellos debemos tener sentimientos de orgullo, no vaya a merecer ser desgajado el que se complace en despreciar a los separados. Hermanos míos, si oís alguna voz de un obispo en este sentido, sea quien sea, os pido que estéis alerta; los que estáis dentro de la Iglesia, no despreciéis a los que no lo están. Mejor debéis orar para que ellos también lo estén. Poderoso es Dios para volverlos a injertar a ellos28. De los judíos dijo esto el Apóstol; y se ha realizado en ellos. Resucitó el Señor, y muchos han creído; no comprendieron cuando lo crucificaron; y sin embargo creyeron después, y les fue perdonado tamaño delito. La sangre derramada fue un don para los homicidas, que no los voy a llamar deicidas; porque si lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Ahora a los homicidas se les ha perdonado el derramamiento de la sangre de un inocente; y la misma sangre que derramaron por crueldad, la han bebido por gracia. Decid, pues, a Dios: ¡cuán temibles son tus obras! ¿Por qué temibles? Porque la ceguera de una parte de Israel sucedió, para que entrara en la fe la plenitud de los gentiles29. ¡Oh plenitud de los gentiles!, di a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Y así alégrate, para que al mismo tiempo te estremezcas; no te pongas sobre los ramos cortados. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras!" (San Agunstin. Comentario al salmo 65. http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)

 

En la segunda lectura Pedro en su carta nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. San Pedro observa la capacidad de calumniar y de endurecerse si no glorificamos en nuestros corazones a Jesús. Dice San Pedro: "...y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo". Es una excelente advertencia contra el fariseísmo o los excesos que producen aquellos que se creen en únicos poseedores de la verdad, pero incluso ante ellos solo cabe la mansedumbre y el respeto. Es la Cruz de Cristo quien nos dará la plenitud, pues si sufrió la Cabeza, como no van a aceptar el sufrimiento el resto de los miembros. Hay que mantener una atención muy precisa en todo lo que sea el trato con los hermanos y en él debe primar la mansedumbre, dejando la superioridad de un lado, que no es otra cosa que prueba de soberbia.

Estamos en deuda con todos y a todos debemos una respuesta. Somos responsables de la esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es mostrar que esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Se ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él.

La esperanza cristiana es nuestra esperanza fundamental, la que debe animar y dar sentido a todas nuestras otras esperanzas. Vivimos en un mundo en el que las esperanzas que predican los medios de comunicación son casi siempre esperanzas políticas, o económicas, o deportivas. En esta situación, los cristianos de hoy, cuando predicamos nuestra esperanza cristiana debemos hacerlo con mansedumbre y en buena conciencia. No se trata de avasallar, o despreciar las esperanzas mundanas de cada día, sino de saber establecer un orden de esperanzas. Lo primero es lo primero, y lo primera para los cristianos es la esperanza cristiana; esta esperanza es la que debe apoyar y fundamentar todas nuestras otras esperanzas. Debemos predicar nuestra esperanza cristiana con valentía y decisión, nunca con orgullo o prepotencia, siempre son mansedumbre, sencillez y buena conciencia. Esto es lo que El mundo en el que nosotros vivimos no es más difícil para los cristianos de hoy que el mundo en el que vivía san Pedro y los primeros cristianos de su época. Si también nosotros tenemos que sufrir por hacer el bien, hagámoslo en nombre de nuestro Señor Jesús, como hicieron los primeros cristianos.

Se indica también como dar razón de esta esperanza: con mansedumbre, pero sin titubeos, y que si tenían que sufrir por ello lo hicieran pensando en Jesucristo. Porque, decía san Pedro, “es mejor padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.

 

Ya, el domingo pasado, Jesús nos decía que un camino, una verdad y una vida nos aguardaba y apostábamos fuerte por Él. Pero la pregunta es la siguiente: ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo entrar en ese camino? ¿Cómo defender esa verdad? ¿Cómo sostener esa vida?

El Evangelio de hoy nos da la clave: “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34).

Y el mensaje de Jesús en este tiempo pascual es claro: "Vosotros -les dice- viviréis, porque yo sigo viviendo". ¿Qué significa esto? Que la muerte de Jesús es la entrega de su vida y el que da la vida la gana para él y para los que le aman, que Jesús en su muerte da la vida por sus discípulos y a sus discípulos. La hora de su despedida es la hora de su entrega: en adelante, privados de la presencia física del maestro, los discípulos reciben la herencia del Espíritu Santo y el regalo inapreciable de la nueva presencia de Jesús resucitado. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Jesús no nos deja solo en la tarea de anuncia la Buena Noticia de su amor. Nos envía el Espíritu Santo para fortalecernos.

Jesús nos ofrece el secreto para permanecer en su persona como camino. Avanzando por los senderos de nuestra existencia tendremos que mirar a un lado y a otro. Nada de lo que ocurra, especialmente si es con el color del dolor, nos podrá resultar indiferente. Malo será que por ir deprisa, por mirar hacia adelante, por pretender alturas y grandezas….dejemos de lado al Jesús que se encuentra al borde del camino.

Los cristianos debemos tener siempre en cuenta que para nosotros Cristo es el camino, la verdad y la vida. Sólo a través de Cristo podemos llegar al Padre, sólo en Cristo encontraremos la Verdad y sólo en Cristo tendremos verdadera vida. En nuestra vida ordinaria, en nuestra vida de cada día, como ciudadanos que somos tenemos que convivir con múltiples verdades, que sólo son verdades a medias, verdades relativas, pero que no son en ningún caso la verdad absoluta. El mundo en el que vivimos no tiene la Verdad; sólo tiene verdades a medias, medias verdades que son medias mentiras. La única verdad absoluta es Cristo. Lo mismo podemos decir del camino y de la vida: Cristo es para nosotros el único camino recto para llegar a Padre, la única vida verdadera. Pretender amar a Cristo y no vivir según el espíritu de Cristo es una contradicción. Porque amar a Cristo es comulgar con Cristo, vivir en continua comunión espiritual con él, guardar sus mandamientos. "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él". El ofrecimiento de Jesús es enorme. Nos va a amar el Padre y él se nos revelará". Quien dice que ama a Cristo y no guarda sus mandamientos es un mentiroso. Y no olvidemos que el amor a Cristo sólo es completo si incluye el amor al prójimo.  

Debemos amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros, con amor gratuito, generoso, pensando siempre en dar, más que en recibir. Siempre encontraremos en nuestro entorno personas de, de alguna manera, nos necesitan. Debemos saber descubrirlas y saber amarlas, tratando de ayudarles de la mejor manera que sepamos y podamos. Esto es vivir en el espíritu de la Verdad, en el Espíritu de Cristo. El paráclito que nos promete Jesús.

El Espíritu, del que se nos habla en el evangelio de este sexto domingo de Pascua tiene una doble función: en el interior de la comunidad mantiene vivo e interpreta el mensaje evangélico, al exterior da seguridad al fiel en su confrontación con el mundo, ayudándole a interpretar el sentido de la historia.

Lo que fue Jesús, para sus discípulos durante la vida pública, es ahora misión permanente del Espíritu en la Iglesia: testimoniar la presencia operativa de Dios en el mundo. Los que están llenos de Espíritu, tienen la visión y conocimiento pleno de la verdad, que es Jesús. Los hombres espirituales son siempre una crítica radical para los que tienen solamente espíritu mundano, pues la verdad de arriba se contrapone con la mentira de abajo.

Jesús promete enviar el Espíritu de la verdad. Ante la confusión de tanto discurso erróneo y el espejismo de valores mentirosos, es urgente defender la verdad y encontrar caminos para que brille. Muchos, como Pilatos, repiten la vieja pregunta: ¿qué es la verdad?

Se trata de una presencia, totalmente personal e íntima. Una presencia personal de conocimiento y amor, como de amigo con amigo, un "morar" en medio de nuestro corazón, en el fondo de nuestra alma, en lo oculto de nuestro ser. Una presencia que nos hace templos del Espíritu Santo. Esta presencia no depende de nuestro sentimiento, ni de nuestro estado de salud ni de las variables de nuestra alma. Es una realidad, aunque no nos percatemos de ella. Es desde luego objeto de fe. Esta presencia es real y operativa como la Fe y la gracia lo son. A pesar de ser oculta, esta presencia es perceptible y experimentable. "Él permanecerá y obrará en vosotros".

Recapitulemos nuestra reflexión de hoy.

A veces hablamos de Dios y de Jesús, como si estuvieran lejos, en el cielo. ¿No nos dice nada el saludo de cada domingo: que el Señor esté con nosotros? ¿Notamos que está con nosotros? ¿Estamos con él? ¿Lo atendemos en la oración?

-Jesús vive y está activo en los sacramentos: ¿Cómo los recibimos? ¿Somos conscientes, al administrarlos, que Jesús actúa en nuestras acciones? ¿Nos sentimos tocados por la gracia de Dios?

-Jesús vive y habla en su palabra: ¿Cómo escuchamos el evangelio? ¿Cómo hubiéramos escuchado a Jesús en aquel tiempo...? ¿Leemos con asiduidad el evangelio? ¿Qué hacemos para que se trasluzca en nuestra vida y obras?

-Jesús vive y está en la comunidad: ¿Somos comunidad? ¿Qué es lo que tenemos en común? ¿Nos sentimos unidos en la fe, en la esperanza y en el amor? ¿Estamos disponibles para trabajar por nuestra comunidad? ¿O tenemos tantas obligaciones que no nos queda tiempo para convivir y compartir con los hermanos de la parroquia?

-Jesús vive y está en los pobres y en los enfermos: ¿Lo atendemos? ¿Nos olvidamos? ¿Lo esquivamos?

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)

 

domingo, 11 de mayo de 2025

Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Pascua 11 de mayo de 2025

A los primeros Domingos pascuales, centrados en las apariciones, sucede en todos los ciclos el Domingo dedicado al Buen Pastor. Porque este título se verifica sólo en el Cristo que ha dado la vida por las ovejas y éste sólo es el Resucitado.

Destaquemos expresiones significativas en la pericona de este año C. Las ovejas "escuchan" su voz (de Jesús), no sólo oyen sino atienden con interés y acogen la Palabra sembrada en el corazón. Jesús "conoce" a las ovejas, da la Vida eterna. Nadie podrá arrebatar las ovejas de las manos de Jesús, porque se las ha dado el Padre, que todo lo puede, con el que Jesús es "Uno", "Yo y el Padre somos uno".

En el IV Domingo de Pascua, se nos invita a contemplar dos dimensiones de una misma realidad, como es la vocación.

Dios no quiere vocaciones que fomenten la desunión, ni personas que se crean el centro del universo. El Espíritu sopla donde quiere y a quien quiere. Eso está claro. Y será la influencia del Espíritu la que nos ayude a cumplir y entender mejor las palabras que acaba de decirnos nuestro único pastor.

Oremos al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia, también a la que va naciendo y consolidándose en los ámbitos geográficos de la misión. Y que los jóvenes que en esas comunidades nacientes experimentan la mirada y la llamada de Jesús para ser sacerdotes, religiosos o religiosas cuenten con nuestra ayuda espiritual y económica, en esta Jornada y en todo momento.

 

La primera lectura del Libro de los Hechos (Hch 13,14.43-52), es uno de los textos fundamentales para conocer la apertura del mensaje evangélico a todas las gentes. . Es una escena que se repetirá con frecuencia. Pablo y Bernabé son dos de los muchos que cruzaron tierras y mares para sembrar la semilla de Dios. Todo el mundo de entonces se iba iluminando con ese puñado de ideas sencillas que Cristo había sembrado a voleo en un rincón del Oriente Medio.

La estrategia misionera normal de Pablo y Bernabé era predicar primero a los judíos para conseguir su conversión. La misión a los gentiles viene después y está subordinada a esta conversión primera de Israel. Pablo se vuelve ahora momentáneamente a los gentiles, únicamente porque los judíos han rechazado la salvación que Pablo les ofrece.

Si se hubiera iniciado un movimiento significativo de conversión de los judíos, San Pablo no se hubiera dirigido inmediata y directamente a los gentiles. San Pablo justifica su vuelco hacia los gentiles, interpretando su conversión y elección por parte del Espíritu, a la luz de la Palabra de Dios en Is.49, 6 que ahora Pablo atribuye a Cristo.

San Lucas subraya con fuerza lo positivo de este vuelco hacia los gentiles: "los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra de Señor.....y la Palabra del Señor se difundía por toda la región" (v. 48-49). A pesar de la expulsión de los misioneros: "los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo" (v. 52).

Esta decisión de San Pablo de dirigirse ahora a los gentiles no significa, sin embargo, que Pablo abandone su estrategia de ir primero a los judíos y de cómo él entiende su vocación. En la próxima ciudad adonde van, Iconio, Pablo y Bernabé entran del mismo modo (es decir: como de costumbre) en la sinagoga de los judíos (14, 1). Pablo sigue buscando la conversión de Israel. Si su estrategia fracasa, no es porque sea errónea, sino por culpa de los dirigentes judíos o de algunos judíos incrédulos que la hacen fracasar. La gran novedad que San Lucas nos presenta en Antioquía de Pisidia, no es un cambio en la estrategia de Pablo, sino su vuelco hacia los gentiles, después que los judíos rechazan el Evangelio. San Pablo, manteniendo su estrategia original, se vuelve ahora a los gentiles con plena conciencia, seguridad y valentía.

 

El responsorial de hoy es el salmo 99  (Sal 99,2.3.5). Se presenta como un himno doxológico destinado a la entronización del Señor. La tradición judía dio a este canto de alabanza el título de «salmo para la tóda'», esto es, para el sacrificio de acción de gracias en el canto litúrgico. Se cantaba cuando el pueblo entraba en el templo para las grandes celebraciones litúrgicas.

La estructura del himno es simple:

– vv. 2-3: invitación a la alabanza dirigida a Israel y a toda la tierra, porque Dios es su creador y pastor;

V. 2: El servicio del Señor consiste, sobre todo, en el culto. Este servicio no es esclavitud, y se debe ofrecer con alegría. Música, canto, procesión, son expresión ritual de esta actitud interna de servicio: la expresan y la alimentan.

V. 3: El saber es una penetración por la fe, es un acto de reconocimiento. El pueblo existe como «pueblo de Dios»: una de las imágenes favoritas es la del pastor y rebaño.

– vv. 4-5: invitación a que los fieles que desfilan en procesión se asocien a la alabanza por la fidelidad del Dios de la alianza.

V. 5: Respuesta del pueblo: en la breve procesión litúrgica se rompen los límites del tiempo, aclamando una misericordia eterna.

El breve himno litúrgico de alabanza y de acción de gracias, en su sencillez, presenta tanto las palabras de la revelación bíblica comunes a los salmos de alabanza -a saber: alegría, pueblo, rebaño, nombre del Señor, bondad, misericordia, fidelidad- como los verbos empleados para el culto de Israel: aclamar, servir, reconocer; entrar (por las puertas del templo), alabar, bendecir. La comunidad israelita está invitada a alabar y dar gracias a Dios con el canto de procesión litúrgica en el templo. Ante todo, es común la alegría entre el pueblo, que experimenta la bondad del Señor presente en la vida cotidiana de sus fieles.

La composición del himno se mueve de forma dinámica de lo universal a lo particular. Se pasa de la «tierra», donde vive el hombre, al «pueblo-rebaño» que habita en su «país-redil», para presentar, a continuación, el «templo» donde reside el Señor, centinela vigilante del pueblo. Por otra parte, la atención se dirige a la historia de la salvación que Dios ha trazado con su pueblo, mostrando su presencia providente. Dios formó y eligió a Israel, en el pasado, como criatura predilecta: «Él nos hizo» (v 3a); en el presente, Dios acompaña la vida de la comunidad como a su rebaño e Israel profesa su pertenencia a Dios: «Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3b); en el futuro, la bondad misericordiosa del Señor se manifestará a las naciones que le serán fieles y confiarán sólo en él: «Su fidelidad por todas las edades» (v 5).

El salmista concluye su alabanza al Señor con algunos mandatos que ponen de relieve la firmeza de su fe, la alegría y el entusiasmo religioso: aclamad, servid, entrad en su presencia, sabed, alabad, bendecid (vv. 2-5). Estas benévolas incitaciones brotan de su experiencia de comunión con Dios, y a esta misma experiencia quiere conducir a su comunidad y hacer que permanezca en ella, a fin de que participe de su misma alegría y viva de la misma fe en el Señor.

San Juan Pablo II tiene varios comentarios a este salmo. Nos fijamos en el siguiente, tomado de su Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001 : " 1. La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.

2. Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del Salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual:  "Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14, 1; 23, 3. 7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría.

Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente.

3. Quisiera reservar una segunda y breve nota al comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor (cf. v. 1). Ciertamente, el Salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas:  él "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95, 10. 13).

4. Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones:  el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es  bueno, su misericordia es eterna  y  su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).

5. Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo:  "Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2. 3). Y como se repite a menudo en la Biblia:  "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro" (Dt 4, 39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina:  "Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 P 2, 25).

6. Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro Salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio:  la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.

Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa san Agustín:  "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el Salmo:  "Aclama al Señor, tierra entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor" (San Juan Pablo II. Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001).

 

La segunda lectura  tomada del Apocalipsis ( Ap 7,9.14b-17), es  continuación de la visión de San Juan, se nos explica la multitud de personas de todas las partes del mundo que han llegado después de sufrir el martirio y allí son "colmados" de toda felicidad".

Durante estos domingos del ciclo C, leemos fragmentos del Apocalipsis. Todos los apocalipsis, tanto los bíblicos como los no inspirados, eran escritos de rabiosa actualidad, porque siempre pretendían confrontar a comunidades atribuladas por unas persecuciones muy concretas, dar sentido a sus sufrimientos e infundirles la certeza de que Dios no los había olvidado, sino que muy pronto los socorrería. El Apocalipsis de San Juan , también tenía este sentido, pero la exégesis medieval, que todavía predomina, lo ha desviado en sentido milenarista, como si se tratara de un mensaje cabalístico sobre acontecimientos muy lejanos, o bien en sentido místico, como si sólo valiera para almas privilegiadas.

El cap. 7 es un texto de transición colocado entre la apertura del sexto y séptimo sello. Ante la injusticia infligida por el poder humano (6, 1ss), el Señor interviene y, como consecuencia, cunde el pánico entre los prepotentes (6, 12-17). Desesperados, preguntan, "¿quién podrá resistirle?" (6, 17). A esta ansiosa pregunta da respuesta el autor del Apocalipsis asegurando que los fieles del Señor deben conservar intacta su esperanza (cap. 7).

El texto presenta a los elegidos que han llegado ya a la meta, a la salvación definitiva (significado de la túnica blanca). Su número es incontable y en sus manos llevan palmas en señal de victoria (cfr. I Mc. 13, 51; II Mac. 10, 7). La salvación se la deben al Cordero y, en última instancia, a Dios: por eso entonan un himno de alabanza los dos. Los que no se han dejado doblegar ante ningún poder humano, lo hacen ante Dios en señal de agradecimiento.

Mediante el recurso literario del diálogo se va a especificar quiénes son los vestidos de blanco (vs. 13 ss). Son los que, con la ayuda del Señor, se han mantenido fieles a su Dios en el día de la persecución. El Cordero, con su muerte, ha hecho posible uniendo su sangre (martirio) a la del Cordero.

El Cordero es Cristo resucitado, que es nuestro pastor ( 3 lectura), pero antes ha sido cordero llevado al sacrificio. La multitud de los bautizados de todo el mundo, especialmente en estas solemnidades pascuales, se han lavado en la sangre del Cordero. Ya pueden tomar parte plenamente en la asamblea eucarística y adorar a Dios en espíritu y en verdad. Son el verdadero pueblo de Dios, prefigurado en los israelitas que peregrinaban por el desierto y vivían en tiendas y cabañas (las palmas del v. 9, demasiado esterilizadas por la iconografía cristiana, son el ramaje de los Tabernáculos), que cuenta con el propio Dios convertido en compañero de camino, porque él también tenía su tienda en medio del campamento, figura del Dios-con-nosotros, que por la encarnación ha acampado entre nosotros (el v. 15, "el que se sienta en el trono acampará entre ellos", utiliza el mismo verbo que Jn 1,14, énosei). Las vestiduras blancas (v. 9) sugieren también la liturgia bautismal, así como la frase final sobre las "fuentes de aguas vivas" (v. 17). Si los bautizados son fieles a sus compromisos y superan valientemente la prueba del desierto (hambre, sed, sol, calor), se les promete la consolación final, que ya está presente, en el sentido de las bienaventuranzas.

La visión del autor del Apocalipsis es optimista: hace que las miradas de los cristianos de su época -y de la nuestra- se dirijan al cielo, donde ya está gozando de Dios "una muchedumbre inmensa, de toda nación y lengua".

Estos bienaventurados participan de la victoria de Cristo, "vestidos de vestiduras blancas y con palmas en sus manos", y están "de pie delante del trono de Dios y del Cordero", cantando alabanzas y con acceso a las "fuentes del agua de la vida". Ya para ellos todo es gloria y alegría: "y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos".

Somos ovejas del "Cordero de Dios" y después de aceptar las penas, dolores y amarguras de esta vida, iremos a disfrutar en el cielo. Aquí también ya estamos llamados a vivir rasgos de esta resurrección.

De la palabra proclamada nos viene a nuestro tiempo, un mensaje de confianza "Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero…Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos...".  Las palabras del Apocalipsis van dirigidas a una comunidad que estaba sufriendo persecución y muerte a causa de su fe. Habla de los mártires que ya estaban en el cielo, después de haber lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero.

Estamos en tiempo de Pascua de Resurrección y debemos creer firmemente que también nosotros resucitaremos en los brazos de Dios si somos fieles a nuestro Maestro y Buen Pastor.

 

En el evangelio tomado de san Juan  ( Jn 10,27-30), se da una respuesta a la pregunta que los judíos dirigían a Jesús: ¿eres tú el Cristo, el Mesías? Han sido muchas las imágenes con que se ha presentado al Mesías. En todas ellas hay un elemento común que las caracteriza: la relación particular entre Dios y su pueblo.

Dios ha investido a su Mesías de autoridad a fin de que libere y reine sobre su pueblo. Los judíos han concretado esta misión en un reino de la categoría y estirpe de David. En el discurso sobre el pastor Jesús insiste y se revela como Mesías pero en una forma inesperada. Se define como el buen pastor en contraposición a los jefes de Israel. En el fondo esta afirmación está en la línea bíblica según la cual sólo Yahvé es el pastor de Israel. Más tarde se promete al pueblo disperso que Yahvé volverá a reunir a su rebaño y le dará un pastor: su siervo David, el Mesías.

Esta afirmación viene relacionada desde tres puntos de vista con el Mesías político; conocimiento mutuo: las ovejas no siguen a un extraño; don de la vida eterna: así se anuncia la salvación; unidad con el Padre: es la respuesta a la pregunta sobre si él era el Mesías.

El evangelista no ha buscado demostrar la mesianidad de Jesús desde su procedencia genealógica de David, ni ha demostrado su divinidad por medio de los milagros. La declaración de la filiación divina suena así: Dios ha amado a Jesús antes de la creación del mundo porque le ha dado su gloria.

La imagen del pastor era muy expresiva para los hebreos. Hoy suscita reacción y perplejidad. Nadie acepta formar parte de un rebaño. Al hombre moderno no le gustan estos conceptos. Hay que cambiar imágenes pero hay que mantener el contenido.

Vemos como San Juan recordaba con emoción cómo Jesús hablaba de su rebaño, su pequeña grey por la que daría su vida derramando hasta la última gota de su sangre: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano...”. Juan había escuchado al Maestro como quien bebía sus palabras.

El pastor y las ovejas es una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen cotidiana en una economía agrícola y ganadera. Las ovejas representan a los seguidores de Jesús, el Buen Pastor, que da su vida por ellas. El Papa Francisco nos ha dicho que los “pastores tienen que oler a oveja”, es decir tienen que estar en medio del pueblo, compartir sus sufrimientos y sus gozos. El auténtico pastor “conoce a sus ovejas” y les da vida.

 “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen”, dice Jesús. Lo primero que tenemos que hacer es escuchar la Palabra de Dios, para después hacer la vida en nosotros y seguir a Jesús. El seguimiento de Jesús comporta un comportamiento consecuente con el Evangelio. El seguimiento es la norma de moralidad para el cristiano. A este respecto escribe San Agustín: “¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo”.

" Escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen"

Con todo, como cualquier comparación, no debe exagerarse. Si recordamos lo que hemos escuchado en el evangelio, debemos constatar que Jesucristo habla de UNAS "ovejas" no como un número más en el rebaño, sino como alguien - hombre, mujer- que tiene una relación muy personal con JC. Porque dice: "escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen". no basta en absoluto formar parte del rebaño (multitudinariamente, rutinariamente). Lo que Jesucristo dice exige una relación personal: escuchar su voz. Cada uno, cada uno de nosotros -para ser cristiano- no puede contentarse con ser miembro de la Iglesia (venir a misa, cumplir los preceptos, etc.) sino que hay algo mucho más importante, también más difícil pero también más humano, más enriquecedor: saber escuchar personalmente la voz de JC, su palabra de vida, su llamada a reconocerle vivo y actuante en nuestra vida de cada día.

Es una relación personal.

Es una relación personal que tiene una base, un fundamento en el que a menudo no pensamos. Pero lo afirma Jesucristo: "Yo las conozco". Esto es muy importante. Incluso más importante que sentirse miembro del "rebaño". lo más importante, el principio y fundamento de nuestra vida cristiana es atrevernos a aceptar este gran misterio del amor de Dios: jc nos conoce -y nos conoce con amor total- y por ello podemos seguirle. Porque sólo puede seguirse -es decir, confiar la vida, entregar la vida- a quien te conoce y ama. Con un conocimiento y amor personal, de cada uno de nosotros, que nada -ni nuestro mayor pecado- puede destruir.

"nadie las arrebatara de mi mano" hemos leído en el evangelio. "Nadie", ni nuestro pecado, ni nuestra mediocridad, ni nuestras dudas, ni lo que sea. "Nadie las arrebatara de mi mano".

Esta es nuestra gran confianza. Jesucristo nos conoce -personalmente, a cada uno-, nos ama, nos guía. Por eso podemos seguirle unidos, formando su "pequeño rebaño", para intentar comunicar -contagiar- a todos los que conviven con nosotros esta gran Buena Nueva: hay un Pastor que nos puede guiar hacia una vida auténtica, nueva y total.

Así comenta San Agustín el evangelio. Jn 10,11-18: Si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos: " Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen (Jn 10,27). Aquí encuentro a todos los pastores en uno solo. No faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. Aquí se anuncia uno solo porque se recomienda la unidad. Quizá digas que ahora no se habla de pastores, sino de un solo pastor, porque no encuentra el Señor a quien confiar sus ovejas. Entonces las confió porque encontró a Pedro. Al contrario, en el mismo Pedro nos recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles y a uno sólo se dice: Apacienta mis ovejas (Jn 21,16). ¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo.

Por tanto, es él mismo quien apacienta, cuando ellos apacientan. Dice: « Soy yo quien apaciento», pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad. Al mismo Pedro a quien confiaba sus ovejas, como si fuera su «otro yo», quería hacerle una sola cosa consigo, para confiarle luego las ovejas, porque así él sería la cabeza y mantendría la figura del cuerpo, es decir, de la Iglesia; como esposo y como esposa serían dos una sola carne. Por lo tanto, al confiarle las ovejas, ¿qué le pregunta antes para no confiárselas a otro distinto de sí? Pedro, ¿me amas? Y le responde: Te amo. De nuevo: ¿Me amas? Y respondió: Te amo. Confirma la caridad para consolidar la unidad. Él mismo, siendo único apacienta en ellos, y ellos apacientan en el único. No se habla de los pastores, y se está hablando. Se glorían los pastores, pero quien se gloríe, que se glorie en el Señor. Esto es lo que significa el que Cristo apacienta: esto es apacentar con Cristo, apacentar en Cristo y no apacentarse a sí mismo fuera de Cristo.

No pensaba en la penuria de los pastores, como si el profeta anunciase como venideros estos malos tiempos, cuando dijo: Yo apacentaré a mis ovejas, como indicando: «No tengo a quién confiarlas». En efecto, cuando aún vivía Pedro y cuando aún se hallaban en esta carne y en esta vida los apóstoles mismos, dijo aquel pastor único, en quien son todos una sola cosa: Tengo otras ovejas que no son de este redil, es preciso que yo las atraiga, para que haya un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien en él todos una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que anunciéis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas (1 Cor 1,10). Oigan las ovejas esta voz liberada de todo cisma, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: Las ovejas que son mías, oyen mi voz y me siguen."  (San Agustín, Sermón 46,30).

 

Para nuestra vida.

  De la primera lectura nos viene un mensaje de fidelidad al evangelio. San Pablo y San Bernabé, como todos los demás discípulos y apóstoles del Maestro, quisieron cumplir el mandato de Jesús, de predicar el evangelio hasta el extremo de la tierra. Sufrieron muchas persecuciones y fatigas a causa de su predicación, pero nunca desistieron y fueron capaces de sufrir y hasta de dar su vida antes que renunciar al cumplimiento del mandato del Señor. Cuando nosotros tengamos algún problema o contradicción por causa de nuestro comportamiento y de nuestro proceder cristiano, acordémonos de los apóstoles y primeros discípulos de Jesús, porque sabemos que ser ovejas del Buen Pastor, Jesús, supone, por nuestra parte, decisión, entrega y sacrificio.

Aquellos primeros misioneros entran en la sinagoga y toman asiento entre la multitud. La sinagoga era el lugar donde se reunían los judíos y los paganos prosélitos del judaísmo para oír la palabra de Dios. Después de leer el texto sagrado, alguno de los asistentes se levantaba para comentar lo que acababa de leer. Pablo y Bernabé se levantarán muchas veces para hablar de Cristo. Partiendo de las Escrituras, ellos mostraron que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Salvador del mundo. La gente buena y sencilla escucha y acepta el mensaje. La fe brotaba, la luz de Cristo llenaba de claridad y de esperanza la vida de los hombres.

Vemos  también  cómo se produce el rechazo de la comunidad judía. Aquellos judíos, los hijos de Israel, que habían recibido las promesas, los herederos de la fe de Abrahán, el pueblo elegido, mimado hasta la saciedad por Dios; ellos, los judíos precisamente, van a poner las mayores trabas al crecimiento de la naciente Iglesia. Perseguían a los apóstoles de ciudad en ciudad, los calumniaban, soliviantaban a las autoridades y al pueblo contra ellos, contra los que predicaban a Cristo, los que hablaban de perdón y de paz.

San Pablo va a ir a otros que lo aceptan. La hostilidad de los judíos pone aún más de relieve la valentía y constancia de los apóstoles y descubre las dos actitudes que pueden adoptarse ante el Evangelio: los judíos lo rechazan y se quedan con sus prejuicios, los gentiles lo aceptan y alcanzan la "vida eterna". Es verdad que también entre los gentiles Pablo encontrará dificultades… Pero la enseñanza del texto es que no debe haber un monopolio del mensaje evangélico, no se puede encorsetar la Palabra en formas concretas predeterminadas por tradiciones que pueden ser superadas por la dinámica del evangelio.

La misión directa a los gentiles, sin subordinarla a la conversión de los judíos, es para San Lucas voluntad del Espíritu Santo, es la obra para la cual San Pablo y San Bernabé fueron elegidos. San Bernabé, en contra de San Pablo, también piensa como San Lucas.

"Nos dedicamos a los gentiles". La misión y la obra salvadora de Cristo, Buen Pastor, y la de quienes hacen sus veces en la Iglesia, no pueden quedar limitadas por privilegios raciales o religiosos. Es universal, por cuanto todos los hombres necesitan, por igual, de Cristo Redentor. La Iglesia es universal y aunque los judíos hubieran aceptado el mensaje salvífico del Evangelio, la Iglesia se extendería por doquier. Comenta San Agustín:

 «Admirable es el testimonio de San Fructuoso, obispo. Como uno le dijera y le pidiera que se acordara de rogar por él. El santo respondió: “Yo debo orar por la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente”. ¿Qué quiso decir el  santo obispo con estas palabras? Lo entendéis, sin duda, recordadlo ahora conmigo: “Yo debo orar por la Iglesia Católica; si quieres que ore por ti, no te separes de aquélla por quien pido en mi oración”» (Sermón 273).

El salmo 99 nos invita al gozo y a la alegría. Cristo, victorioso vencedor de la muerte, es nuestro pastor, y nosotros, sus ovejas, caminamos, tras él y como él, hacia la resurrección. Aclamemos, pues, al Señor con alegría, y que esta hora, en la que Cristo entró en su gloria, aumente nuestra esperanza de que también nosotros, ovejas de su rebaño, entraremos un día por sus puertas con acción de gracias, bendiciendo su nombre.

El salmo 99 es un canto procesional de acción de gracias a Dios que ha elegido a Israel y lo guía con cuidado amoroso como a ovejas de su rebaño.

"Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño". (Salmo 99,3).

Con el Salmo 99 decimos: «Servid al Señor con alegría; entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades»

No hay seguimientos de Jesucristo, no hay pertenencia a la iglesia, sin saberse miembros de un pueblo, ovejas de un rebaño. No se puede ser cristiano cada uno a su aire, desentendiéndose de los demás -y mucho menos menospreciando a los demás, sean quienes sean estos "demás"- no se puede ser cristiano sin aceptar que formamos parte de una Iglesia, aunque haya en nuestra Iglesia cosas que nos molestan. Este tiempo de Pascua que estamos celebrando no es sólo celebración alegre de la Resurrección de Cristo, anuncio de Vida nueva y eterna para todos. Es también celebración del vivir en la comunión que es la iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús , el Cristo.

El salmo de hoy sintoniza plenamente con las enseñanzas del papa Francisco. Alegría. Júbilo. Gozo. Nuestra época necesita más que cualquier otra, la alegría; estando como está amenazada por la difusión masiva de catástrofes a escala mundial. En otro tiempo, el hombre tenía "sus propias" desgracias que soportar, las de su familia, de su región, máxime las de la nación... Hoy, por la información que recibimos de todas partes, llevamos el universo entero sobre los hombros. De allí la melancolía y la desesperación, que se apodera de muchos de nuestros contemporáneos.

¡Dios, plenitud del "ser", y de la "alegría". La única razón que nos dan de esta inmensa "todah", es que Dios es Dios, y que El nos ha hecho!. ¡Existir. Vivir. Ser. Primer don de Dios. Primera gracia, primera Alianza... universal!

Hoy recibimos los "siete imperativos" de este salmo: "¡Aclamad... Servid a Dios con alegría! Id hacia El con cantos de alegría... Reconoced que El es Dios... Id hacia su casa dando gracias... Entrad en su morada cantando... Bendecid su nombre... Verdaderamente el Señor es bueno, su amor es eterno!"

Toda época ha tenido veleidades "de universalismo", experimentando confusamente que "cada" hombre es sagrado, y una especie de realización de "la humanidad". A menudo esta visión universal ha tomado, desgraciadamente, el rostro odioso de la "dominación". Se ha pretendido anexionar a los demás a sí mismo, para explotarlos, para imponerles la propia manera de pensar. Y el deseo de "convertir" a los otros no estaba siempre exento de este instinto de superioridad, aun hablando de "catolicidad"... Cuando no se hacía otra cosa que imponer a otras culturas nuestra manera de pensar y de orar. Aún hoy día estamos lejos de habernos liberado de este "imperialismo" que unificaría la tierra entera "por la fuerza". No obstante progresa un movimiento que busca la unificación de la humanidad "por unanimidad", en la que cada uno se asocia libremente a un proyecto humano universal. ¿Acaso Dios no trabaja en este sentido en el corazón del mundo?

La proclamación del Evangelio no tiene nada de propaganda o de publicidad: es una invitación, una proposición. ¡Venid! ¡Id hacia el Señor! "Todos los hombres, toda la tierra".

La alegría, de por sí, es comunicativa. "Reconoced que el Señor es Dios". Esto viene de dentro, sin ninguna presión... Libremente. Y quienes ya lo han "reconocido", ¡están invitados a dar gracias, a estar felices, a gritarlo, para que se oiga!.

 Nietzche reprochaba a los cristianos la "cara triste" cuando el domingo salían de las iglesias. ¿Tienen nuestras liturgias un rostro de júbilo, de alegría? ¿Dan, nuestras vidas de cristianos, la imagen de hombres y mujeres felices de su Dios?

 

  De la lectura del apocalipsis, nos viene un mensaje de confianza para actuar en tiempos difíciles movidos por la esperanza en la Resurrección. Nuestra actuar no es fácil, porque las potencias de este mundo tiran de nuestro cuerpo y nos incitan a vivir cómodamente aquí en la tierra. Pero si queremos ser buenas ovejas del Buen Pastor debemos saber que nuestra patria definitiva es el cielo, porque allí está él y hasta allí queremos seguirle. Ante el sufrimiento y el dolor sepamos que Dios siempre enjugará las lágrimas de nuestros ojos, si seguimos al Maestro, a nuestro Buen Pastor, hasta el final. Allí, en el cielo, ya no pasaremos hambre ni sed, sufrimiento, ni dolor, porque el primer mundo ya habrá pasado.

El Vidente "ve" una muchedumbre heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas, una comunidad enriquecida con todas las diferencias e íntimamente unida con la participación de una misma victoria. No son unos pocos de un pequeño pueblo, sino una multitud innumerable de todos los pueblos. Todos llevan su túnica blanca, vestido de fiesta para celebrar juntos las bodas con el Cordero. Y en las manos, cada uno su palma para formar un bosque de aclamaciones. Todos han pasado por la gran tribulación.

¿Quiénes son los pertenecientes a la muchedumbre? Aunque aparecen (anteriormente) agrupados según las doce tribus de Israel, más bien debemos pensar que los ciento cuarenta y cuatro mil representan a la gran multitud de quienes, por el bautismo, se han incorporado a Cristo; el número simboliza la totalidad del pueblo de Dios que milita en la tierra.

Al final de los tiempos, esta multitud representa la visión ampliada de San Juan, que contempla en el cielo una grandiosa y triunfal celebración de toda la Iglesia. Una muchedumbre de todas las naciones, pueblos, razas y lenguas del mundo se reúne para alabar a Dios. Unidos a los ángeles, a los ancianos y a todo el universo, proclaman su victoria, simbolizada por la túnica blanca y palma en la mano, y obtenida gracias a la "sangre del Cordero", su pastor. Porque se unieron a su pasión, le glorifican ahora. Y gozan de los dones anunciados antes en las cartas a las iglesias; dones que serán detallados con más precisión en la descripción de la nueva Jerusalén.

Queda señalada, esta vez con términos del AT, la paradoja que envuelve constantemente la vida del cristiano, tribulación que introduce en la vida eterna junto a Dios; sangre que blanquea los vestidos; Cordero que pastorea y conduce a las fuentes de agua viva.

El Cordero será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. La Iglesia triunfante en los cielos será el fruto de una comunidad de creyentes, elegida de toda nación, raza o lengua, y santificada por la sangre universalmente redentora del Cordero. La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la sangre del Cordero no son únicamente los mártires de la persecución neroniana, sino también todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El sacramento del bautismo recibe de la sangre del Cordero, que es también Pastor, la virtud de lavar y purificar las almas.

 

En el evangelio San Juan  nos invita a nosotros - cristianos del siglo XXI- a escuchar de la misma forma, como el escucho a Jesús , a que hagamos vida de nuestra vida la enseñanza  de Jesucristo. Sólo así alcanzaremos la vida que nunca termina, seremos copartícipes de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, nos remontaremos hasta las cimas de la más alta gloria que ningún hombre puede alcanzar, la cumbre misma de Dios.

Sintamos la alegría de ser  miembro del rebaño, porque Jesús es  el Pastor. El es  la raíz de nuestra unidad. Al depender de él, buscamos refugio en él, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de su cayado. Mi lealtad a Jesús se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque me fío de Jesús, Pastor. Amo a los demás, porque le amo a Él. Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a su lado.

Jesús asume la alegoría del pastor y el rebaño, con la que expresan los profetas la relación de Dios con su pueblo, para significar su relación con la comunidad. Él es el Pastor encarnado, en todo semejante a sus ovejas menos en el pecado (Hb 4,15). "Padre santo, protege a los que me has confiado" (Jn 17,11). Con esta alegoría, Jesús quiere comunicarnos el mensaje de que su proyecto es la comunidad. Y quiere poner de manifiesto cuáles son sus relaciones con cada miembro y cuáles han de ser nuestros comportamientos dentro de ella. En este tiempo de Pascua, la palabra de Dios pone de relieve que Jesús es el pastor que vive, que sigue estando en medio de los suyos, siendo vínculo de unidad, creando comunión en ella. Jesús no es el hombre-Dios que realizó su aventura y pasó a la historia. Él sigue siendo el "único" Pastor de su comunidad a la que alimenta con su palabra y con su cuerpo. Ha constituido a algunos como servidores de sus hermanos que guían y animan a la comunidad "en su nombre" y siempre en referencia a él. Con su palabra y con los hechos, Jesús deja bien claro cual es su intención: "Le dio pena porque eran como ovejas dispersas sin pastor" (Mc 6,34). "Tengo otras ovejas que no son de este redil; tengo que atraerlas para que escuchen mi voz y haya un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10,16).

En el momento culminante de la última cena oró ardientemente: "Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea" (Jn 17,23).

Pero Jesús pone todavía más de manifiesto cual es su proyecto con los hechos. Ya al comienzo de su ministerio de profeta itinerante reúne a sus discípulos para que convivieran como amigos. Con algunos convive como en familia.

Los discípulos entendieron bien el mensaje de Jesús, después de la desbandada de su pasión y muerte, al reencontrarse con él resucitado, se congregan de nuevo para convivir como hermanos. "En el grupo de los creyentes, escribe Lucas, todos tenían un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32).

Éste es el único cristianismo posible: el cristianismo comunitario. Ch. Peguy lo decía muy gráfica y ardientemente: "Ésta es nuestra religión: aceptar la fraternidad, vivir la fraternidad". Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos.

Dios nos tomó la delantera en el amor.

Ya en el siglo IV se hizo famoso un dicho de san Cipriano, haciendo un juego de palabras latinas decía: "Ullus christianus, nullus christianus". Traducido significa: "Un solo cristiano no es ningún cristiano". Es decir, un cristiano en solitario es un imposible. Es como una abeja sola; no puede existir; se muere inexorablemente. Afirma rotundamente el Vaticano II: "Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad". Más claro, imposible.

Y el Papa Francisco en una entrevista dice: " La pertenencia a un pueblo tiene un fuerte valor teológico: Dios, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular."  (Papa Francisco. Entrevista a Spadaro, 19 de agosto de 2013)

 

Rafael Pla Calatayud.

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