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domingo, 9 de octubre de 2022

Comentario a las lecturas del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario 9 de octubre de 2022

Los textos de hoy nos presentan el encuentro con Dios. Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado, ni mucho menos. Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo barruntado.

Curiosamente, los dos hombres que se encuentran con Dios en las páginas de las lecturas de hoy son «extranjeros» un sirio y un samaritano. Ninguno de los dos pertenecía al pueblo elegido, ninguno estaba, al parecer, en las mejores condiciones para tener el encuentro con Dios. Sin embargo, ambos hombres, el sirio y el samaritano, supieron ver más allá de la «primera lectura» (como se diría ahora) de su propio acontecimiento para llegar a una segunda lectura donde se encontraron nada más y nada menos con el hecho, más sorprendente todavía que el de su curación, de que habían descubierto a Dios.

La primera lectura es del segundo libro de los reyes  (Rey 5, 14-17) corresponde al bello episodio en que el profeta Eliseo convierte y cura de la lepra al magnate sirio Naamán. Naamán era un gran soldado sirio, querido de su rey por su valor y su lealtad. Pero su cuerpo estaba podrido. La lepra le corroía la piel y la carne. Una muchacha hebrea, botín de guerra, esclava de su esposa, interviene. En su tierra, dice, vive un profeta que puede curar a su amo de aquella terrible enfermedad. Naamán cree y se pone en camino hacia Israel. El profeta le atiende: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". El bravo soldado sirio se resiste, le parece que aquello es un remedio absurdo. Por fin accede a bañarse en el Jordán. Y su carne quedó limpia como la de un niño.

Ni el rey de Siria ni el general de su ejército entienden nada de lo que se trata, creen que el poder de devolver la salud a un noble enfermo debe ser cosa del rey, y que han de obtener este favor enviando una fastuosa embajada. Los malentendidos se irán deshaciendo uno tras otro gracias a la pedagogía de las actitudes sorprendentes que toma el profeta.

Un caso más de fe en la palabra de Dios, un prodigio más que nos anima a creer contra toda esperanza, a vivir todo lo que nos exige nuestra condición de creyentes. Un hecho que nos empuja a la generosidad, a la entrega por encima de todo egoísmo, de toda incomprensión, de toda ingratitud.

Naamán reconoce que Yahvé es el único Dios verdadero, y en homenaje de adoración quiere hacer un presente a su profeta, Eliseo (v.15). Este no lo acepta (v.16). Naamán, con todo, sigue manteniendo su concepción primitiva de la religión. Se quiere convertir en adorador de Yahvé, pero, como en general los antiguos, piensa que cada tierra tiene sus dioses, y por ello se quiere llevar dos mulas cargadas con sacos de tierra de Israel, que se llevará a Damasco para venerar allí al Dios de Israel (v.17). Naamán no ha descubierto aún que Yahvé no es Dios sólo de Canaán, sino que es el creador y señor de cielo y tierra.

Naamán se vuelca gozoso en ese Dios bueno que ha tenido compasión de su dolor. Es un corazón agradecido el suyo, un corazón noble. Y su agradecimiento es algo más que un puñado de palabras. Él llega hasta las obras.

 

El responsorial es el Salmo 97, (Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4) nos sitúa ante  el momento en que todas las naciones acudirán al Monte Santo para aclamar a Dios. Ese era para los judíos, contemporáneos de Jesús, el momento final de la historia.

Breve salmo, pero entusiasta, que ha sabido mostrar estupendamente el sentido de la alabanza y dar su motivación, en un alarde de experiencia divina y de sentido profético. Escuela de alabanza en la cual se inspiró el mismo Magníficat de María, y que nos enseña a todos el sentido de admiración, de esperanza y alegría frente a las obras de Dios, de su providencia, de su salvación.

Como tantas veces, si el salmista logró componer un himno tan perfecto y que tan profundamente expresa sus sentimientos religiosos, cuánto más profundamente lo pueden comprender y hacer suyo los cristianos, nosotros que hemos visto la realización completa del plan de Dios, de su venida a nuestro mundo, que hemos visto su "victoria" en la redención del hombre, triunfando sobre el pecado y la muerte, resucitando e inaugurando las nuevas realidades de su reino entre los hombres. A partir de entonces, la misma historia de los hombres se ha dividido en dos, como para indicar con este elemento profano que realmente Dios ha venido a regir la tierra y a darle los cauces para una nueva etapa de vida.

La primera frase del salmo es una invitación a la alabanza a Dios con un canto nuevo. Las maravillas de Dios son tan grandes, tan inesperadas, que el pueblo no puede contentarse con las alabanzas rituales conocidas: parece que requiere algo nuevo y grandioso. Dios es el obrador de grandes cosas, y su victoria ha sido total. Su «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (Cf. versículo 1). La proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (Cf. versículos 1-3).

Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (versículos 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora. La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (Cf. versículo 3).

El salmista piensa en la restauración de Israel después del exilio de Babilonia, cuando tiene lugar un nuevo inicio en la vida, en la religión, en la liturgia del templo. Este período feliz vendrá después del retorno, y este solo pensamiento produce en el salmista (igual que en Isaías) un potencial enorme de alegría y entusiasmo. Dios realiza estas maravillas de salvación porque ama a su pueblo, porque nunca lo ha olvidado y ha tenido siempre presentes su misericordia y su fidelidad.

El versículo 3: "se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel"

Estos versículos han inspirado muy de cerca el Magníficat de María (Lc 1,54), cántico que se mueve en la misma sintonía de alabanza al Dios que actúa en favor de su pueblo y de los humildes.

Breve salmo, pero entusiasta, que ha sabido mostrar estupendamente el sentido de la alabanza y dar su motivación, en un alarde de experiencia divina y de sentido profético. Escuela de alabanza en la cual se inspiró el mismo Magníficat de María, y que nos enseña a todos el sentido de exultación, de admiración, de esperanza y alegría frente a las obras de Dios, de su providencia, de su salvación.

Como tantas veces, si el salmista logró componer un himno tan perfecto y que tan profundamente expresa sus sentimientos religiosos, cuánto más profundamente lo pueden comprender y hacer suyo los cristianos, nosotros que hemos visto la realización completa del plan de Dios, de su venida a nuestro mundo, que hemos visto su "victoria" en la redención del hombre, triunfando sobre el pecado y la muerte, resucitando e inaugurando las nuevas realidades de su reino entre los hombres. A partir de entonces, la misma historia de los hombres se ha dividido en dos, como para indicar con este elemento profano que realmente Dios ha venido a regir la tierra y a darle los cauces para una nueva etapa de vida.

El campo de la fe del cristiano es mucho más vasto, mucho más claro y mucho más grandioso que el campo de la fe del salmista. Por esto nuestra alabanza debería ser todavía más intensa, más auténtica y más sentida.

El salmo de hoy es un buen ejemplo para un ejercicio de admiración y de alabanza frente a las maravillas de Dios, que culminan en el centro de la fe cristiana, la vida y la obra de Cristo Jesús, Rey de la paz y Rey del universo.

A nosotros, hoy este salmo, nos sirve para aclamar la grandeza de Dios y el amor por sus criaturas

Así comenta San Juan Pablo II este salmo “ 1. El Salmo 97 que acabamos de proclamar pertenece a un género de himnos conel que ya nos hemos encontrado durante el itinerario espiritual que estamosrealizando a la luz del Salterio.

Se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (Cf. versículo6). Es definido como un «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblicosignifica un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por músicafestiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso dela cítara (Cf. versículo 5), la trompeta y el son del cuerno (Cf. versículo6), así como una especie de aplauso cósmico (Cf. versículo 8).

Además, incesantemente resuena el nombre del «Señor» (seis veces),invocado como «nuestro Dios» (versículo 3). Dios, por tanto, está en elcentro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en lahistoria y es esperado para «juzgar» al mundo y los pueblos (versículo 9).El verbo hebreo que indica el «juicio» significa también «gobernar»: hacereferencia por tanto a la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, quetraerá paz y justicia.

2. El Salmo se abre con la proclamación de la intervención divina dentro dela historia de Israel (Cf. versículos 1-3). Las imágenes de la «diestra» ydel «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitudde Egipto (Cf. versículo 1). La alianza con el pueblo de la elección esrecordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (Cf. versículo 3).

Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confinesde la tierra» (versículos 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída porDios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora.

3. La acogida reservada al Señor que interviene en la historia está marcadapor una alabanza común: además de la orquesta y de los cantos del templo deSión (cfr vv. 5-6), participa también el universo, que constituye unaespecie de templo cósmico.

Los cantores de este inmenso coro de alabanza son cuatro. El primero es el marcon su fragor, que parece un contrabajo de este grandioso acto de alabanza(Cf. versículo 7). Le siguen la tierra y el mundo (Cf. versículos 4. 7) contodos sus habitantes, unidos en una armonía solemne. La tercera personificaciónes la de los ríos que, al ser considerados como brazos del mar, parecen batirpalmas con su flujo rítmico (Cf. versículo 8). Por último, aparecen lasmontañas que parecen bailar de alegría ante el Señor, a pesar de ser lascriaturas más macizas e imponentes (Cf. versículo 8; Salmo 28, 6; 113, 6).

Un coro colosal, por tanto, que tiene un único objetivo: exaltar al Señor,rey y juez justo. El final del Salmo, como se decía, presenta de hecho a Dios «que llega para regir (juzgar) la tierra... con justicia y los pueblos conrectitud» (versículo 9).

Esta es nuestra gran esperanza y nuestra invocación: «¡Venga tu reino!», un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armoníaoriginaria de la creación.

4. En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (Cf. Romanos 1, 17), «se ha manifestado» (Cf. Romanos 3, 21).

La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Romanos 1,16).

Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido.

5. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del  Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico.

«Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado --algo que nunca antes se había escuchado--. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo» («74 homilías sobre el libro de los Salmos» --«74 omeliesul libro dei Salmi»--, Milán 1993, pp. 309-310).”( San Juan Pablo II. “Catequesis del Papa 6-XI-2002).

 

La segunda lectura es de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo  (II Tim 2, 8-13) escribe San Pablo ya en prisión. Es la última carta escrita por el apóstol. Poco después llegaría su martirio. Pablo, pasa un momento de gran desencanto ya que, prácticamente, le han abandonado todos, salvo Lucas y la familia de Onesíforo. Es, según la mayoría de los expertos, la última de las cartas escritas por Pablo. Y, además, de ese fin de enseñanza doctrinal busca que vengan a visitarle el propio Timoteo y Marcos, también.

Esta lectura pertenece a la primera parte de la carta en la que Pablo exhorta a Timoteo a la fidelidad. Los falsos maestros habían sembrado en la comunidad cristiana de Timoteo una confusión tanto más peligrosa cuanto mayor era también la persecución que padecían los fieles por parte del mundo pagano.

San Pablo presenta brevemente el contenido del evangelio, y ofrece después a Timoteo su propio ejemplo de fidelidad a Cristo. Señala igualmente que esta fidelidad al evangelio y a Cristo no es posible sin aceptar el riesgo del sufrimiento y aun de la misma muerte. Pero el que muere con Cristo, resucitará con él y por él.

En estos primeros versículos, San Pablo utiliza posiblemente una fórmula o símbolo de la fe. La muerte y resurrección de Jesucristo, el Señor, y su descendencia de David según la carne, constituyen el núcleo del mensaje evangélico predicado por Pablo.

La fe, como memoria de Jesucristo, no es sólo la aceptación de un mensaje, sino también la aceptación del mismo Cristo. Por la fe habita Cristo en el corazón de los creyentes y se constituye en principio de la nueva vida. Es Cristo el que ha de vivir en nosotros.

Por amor al evangelio está Pablo encarcelado como si fuera un criminal. Pero el evangelio, que es palabra de Dios, no está encadenado y se extiende por todo el mundo (cf.Flp 1,12-14). Es el evangelio la "buena noticia" que se p0ublica en las plazas y se predica desde las azoteas, pero también el "rumor" de los acontecimientos de Jesús que se dice al oído y se propaga de boca en boca sin que nadie pueda controlarlo.

El apóstol, a quien no le dejan ir predicando por calles y plazas, sigue dando testimonio del evangelio con sus cadenas. Sus padecimientos pertenecen igualmente a su misión apostólica y son tan elocuentes como sus palabras. Además, estos padecimientos por Cristo fructifican en beneficio de todos los creyentes. San Pablo alude al misterio de la solidaridad entre todos los miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf.Col 1,24). En este versículo afirma, de una parte, la fe de que cuantos padecen y mueren con Cristo resucitarán con él; de otra, se amonesta a cuantos niegan a Cristo y no quieren seguir su misma suerte.

San Pablo recuerda y alecciona a Timoteo a que los padecimientos por Jesús –Pablo los está pasando en la cárcel—les llevarán al Reino de los Cielos, donde reinarán con el Señor Jesús. “Por eso –dice—lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación”. La tristeza por su encierro y su abandono se ve dulcificada por el convencimiento pleno de que sus sufrimientos se alinean con los que el Señor sufrió en la Cruz y que fueron camino total de salvación.

Y así, aunque se siente profundamente solo todavía intenta enseñar a su discípulo que la perseverancia –sin importar los duros trabajos y el sufrimiento—nos llevará a reinar con Cristo.

Muertos con él, viviremos con él (2 Tm 2, 8-13).

Timoteo ha sido invitado a recordar y avivar en sí mismo la gracia que recibió por la imposición de las manos; es un carisma de fortaleza para anunciar el evangelio y predicar la sana doctrina. Pablo se encuentra encadenado como un malhechor, pero a la Palabra de Dios no se la puede encadenar y Pablo ha recibido la misión de anunciarla. Por eso, lo aguanta todo en favor de los que Dios ha elegido, para que ellos alcancen también la salvación, lograda por Jesucristo, con la gloria eterna.

La exhortación termina con un himno pascual que quizá fue un canto litúrgico utilizado en el momento de la iniciación cristiana:

Es doctrina segura:  "Si morimos con él, viviremos con él.

 Si perseveramos, reinaremos con él.

 Si lo negamos,  también él nos negará.

 Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo".

Se ha puesto de manifiesto a menudo cómo a san Pablo le gusta componer versos con la partícula "sun" ( = con) para indicar nuestra íntima comunión con Cristo. Esta intimidad significa nuestro sufrimiento con Cristo, pero también nuestra glorificación con él. Sufrir con Cristo (Rm 8, 17; 1 Co 12, 26); ser crucificado con él ( Rm 6, 8; Ga 2, 2O); ser sepultado con él ( Rm 6, 4; Col 2, 12; 3, 1); revivir con Cristo (Ef 2, 5; Col 2, 13); ser conforme a él (Flp 3, lO); ser glorificados con él (Rm 8, 17); estar sentados con él en los cielos (Ef 2, 6). En ese canto pascual encontramos la misma búsqueda expresiva para subrayar nuestra íntima comunión con Cristo: morir con él (2 Tm 2, 11; 2 Co 7, 3), vivir con él (2 Tm 2, 11; Rm 6, 8), reinar con él (2 Tm 2, 12; 1 Co 4, 8).

 

El evangelio de hoy según san Lucas  (Lc 17, 11-19) narra el episodio de los diez leprosos, del capítulo 17 del Evangelio de San Lucas. Hasta el v.14 el relato tiene simplemente una función preparatoria. Se nos narra un hecho con vistas a su comentario. Los vv. 15-19 son este comentario en acción.


Hasta el v.14 el relato tiene simplemente una función preparatoria. Se nos narra un hecho con vistas a su comentario. Los vv. 15-19 son este comentario en acción. La clave nos la da el propio narrador cuando nos dice que el que retornó era un samaritano. Se trata de un retorno religioso. En esto está lo que el narrador quiere resaltar. Alguien no sociológica ni institucionalmente religioso reconoce la acción de Dios en él y se abre a ella. Lo que en él ha acontecido no lo interpreta como algo que le sea debido, como algo normal. Así es como lo interpretan los que no retornan: son oficialmente religiosos, el pueblo de Dios. Por lo tanto, piensan que Dios se debe a ellos.

No tienen nada que agradecerle, es normal que actúe en ellos salvíficamente. Desde el punto de vista de Jesús, el pueblo de Dios no tiene fe; sólo el samaritano la tiene. Y ésta es precisamente su salvación.

San Lucas refiere con frecuencia que Jesús caminaba hacia Jerusalén. De ordinario los viajes a la Ciudad Santa para los hebreos eran una peregrinación hacia el Templo de Dios Altísimo. Eran viajes, por tanto, cargados de un profundo sentido religioso en el que se caminaba con la mirada puesta en Dios, y con el deseo de adorarle, y de ofrecerle un sacrificio de expiación o de alabanza. Jesús se nos presenta en el tercer evangelio en un continuo camino hacia el monte Sión, el lugar sagrado en el que se inmolaría él mismo como víctima de amor para redimir a todos los hombres.

A lo largo de ese camino, el Señor enseña a cuantos le siguen; cura y sana a los enfermos que acuden a él. La fama de su poder y compasión era cada vez más grande. En el pasaje que contemplamos son diez leprosos los que se acercan cuanto pueden, más quizá de lo permitido, para implorar que los sane de su repugnante enfermedad. Exclamación angustiada y dolorida, súplica ardiente de quienes se encuentran en una situación límite, oración vibrante y esperanzada, que solicita con todas las fuerzas del alma que sus cuerpos se vean libres de aquella podredumbre que les roía la carne.

El texto presenta el encuentro con Dios. Entrar en relación con Dios, mediante el culto vinculado al templo, era el deseo de todo judío. Los leprosos han encontrado a Jesús y en él a Dios, pero los judíos no han comprendido que quedar limpios de la lepra, entrar de nuevo en comunión con Dios y con los hombres no es fruto de ser miembro del pueblo elegido, sino que se ofrece, como un don, a todo el que acepta y encuentra a Dios en el Mesías, Jesús. Sólo uno, y este samaritano, ha comprendido el significado del encuentro salvífico y da culto, glorifica, a Dios sin templo.

Al curar a los leprosos, Jesús los reintegra a la sociedad y demuestra que en él se ha hecho presente el reino de Dios y la superación de toda forma de esclavitud y marginación. En Jesús la salvación llega hasta la salud del cuerpo, supera la resignación, se abre a la esperanza y se retorna a la alabanza a Dios.

Sólo uno ha comprendido esta realidad. Los otros han vuelto a la religiosidad del templo sin descubrir que se han encontrado con Dios no en unas prácticas religiosas sino en un hombre, en Cristo.

La clave nos la da el propio narrador cuando nos dice que el que retornó era un samaritano. Se trata de un retorno religioso. En esto está lo que el narrador quiere resaltar. Alguien no sociológica ni institucionalmente religioso reconoce la acción de Dios en él y se abre a ella. Lo que en él ha acontecido no lo interpreta como algo que le sea debido, como algo normal. Así es como lo interpretan los que no retornan: son oficialmente religiosos, el pueblo de Dios. Por lo tanto, piensan que Dios se debe a ellos.

No tienen nada que agradecerle, es normal que actúe en ellos salvíficamente. Desde el punto de vista de Jesús, el pueblo de Dios no tiene fe; sólo el samaritano la tiene. Y ésta es precisamente su salvación.

Para nuestra vida.

Hoy las lecturas nos recuerdan una acción tan humana como la acción de gracias. El agradecimiento, la postura de esperanza confiada, la alegría, no son precisamente signos muy visibles en nuestra Iglesia. El mismo acto de acción de gracias que constituye nuestra reunión más importante parece convertido, las más de las veces, en un acto frío y gris donde todo está perfectamente sometido a unas reglas formales y pasivas.

Nuestra oración hace más hincapié en pedir cosas que en agradecer otras muchas, y la participación y reconocimiento de los sencillos, de los de a pie, en nuestro sistema institucional deja mucho que desear.

Los que parecen extraños, los que no parecen buenos, los que son de otra manera distinta, incluso los que calificamos de rebeldes y poco religiosos, pueden estar más próximos a Dios que nosotros mismos y hacerlo presente de un modo más eficaz que el nuestro.

Pero reconocerlo es peligroso para nuestra seguridad, para nuestro ordenamiento institucional, para nuestra pretendida verdad total, aunque el Evangelio nos lo repita constantemente y nos invite a ser más abiertos, más sencillos, más inquietos y más agradecidos.

 

En la primera lectura, Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, está enfermo de lepra. Una cautiva israelita le habla de la portentosa actuación del profeta Eliseo en Samaría. Eliseo significa "Dios salva". Naamán se pone en camino para verse con Eliseo llevando consigo una carta de recomendación de su rey. Naamán había ido a visitarlo cargado de oro y plata y dispuesto a someterse a mil ritos esotéricos. Y, claro está, con una recomendación del rey de Aram para el rey de Israel. Pero a pesar de la intervención de ambos reyes, Eliseo ni siquiera le recibe personalmente; no acepta nada de los regalos y el dinero que le ofrecían; en lugar de fórmulas mágicas y operaciones misteriosas, Naamán debe limitarse a creer la palabra que Eliseo le dirige -indirectamente, a través de un mensajero- e ir a bañarse al Jordán. Naamán, que estaba dispuesto a todo, se resiste a aceptar tanta simplicidad. Son sus servidores los que deben convencerle de que vale la pena hacer la prueba.

El profeta sabe muy bien que sólo Dios puede curar a Naamán, pero éste piensa que es Eliseo el que cura mediante una virtud maravillosa que posee. A fin de no confirmar al enfermo en su falsa opinión, Eliseo evita todo contacto directo con Naamán. Se limita a dar a conocer a Naamán las condiciones que Yahvé le impone si quiere curarse. Y, por la misma razón, el profeta tampoco aceptará los presentes de Naamán, una vez curado. Las palabras de Naamán son algo más que una alabanza al "Dios de la tierra" de Israel (cf.1 Re 10,9) o un reconocimiento de que Yahvé es el más poderoso de entre los dioses de los pueblos (cf.Dn 2,47;3,96;4,31;6,27s). Son la clara expresión de que Naamán, el sirio, se ha convertido al único Dios verdadero (cf.v.18). La salvación del enfermo comienza con la curación de su cuerpo y prosigue con la aceptación de la fe.

Eliseo aparece aquí como un fiel servidor de Yahvé que no busca su provecho, sino la gloria de Dios y la salud de Naamán. Su actitud contrasta con la de otros profetas cortesanos de su tiempo, que sólo buscaban medrar sirviéndose de Dios para sus propios fines.

Naamán reconoce que Yahvé es el único Dios verdadero, y en homenaje de adoración quiere hacer un presente a su profeta, Eliseo (v.15). Este no lo acepta (v.16), a diferencia de su criado Giezi, que aprovecha la buena disposición de Naamán para pedir por su cuenta un regalito (es lástima que no leamos la "simonía" de Giezi y su castigo, vv.19-27). Naamán, con todo, sigue manteniendo su concepción primitiva de la religión. Se quiere convertir en adorador de Yahvé, pero, como en general los antiguos, piensa que cada tierra tiene sus dioses, y por ello se quiere llevar dos mulas cargadas con sacos de tierra de Israel, que se llevará a Damasco para venerar allí al Dios de Israel (v.17). Los sacos de tierra de Israel harán las veces de templo, y si entra en el templo de Remmón no será para ofrecer sacrificios, sino tan sólo en razón de su cargo, que le obliga a acompañar a su rey para que éste pueda apoyarse en su mano (v.18). Naamán no ha descubierto aún que Yahvé no es Dios sólo de Canaán, sino que es el creador y señor de cielo y tierra.

Aunque Naamán confiesa que Yahvé es el único Dios, y no sólo un Dios territorial, descubre la relación especial de Yahvé con la tierra y el pueblo de Israel. Por eso desea que el altar sobre el que, de ahora en adelante, ofrecerá sacrificios a Yahvé, se construya sobre tierra de Israel. Por esta causa lleva consigo a Siria una carga de tierra.

Naamán reconoció a través de la acción que le había ordenado el profeta Eliseo, que sólo el Dios de Israel era el verdadero Dios, y quiso recompensar materialmente al profeta por su buena acción. El profeta no aceptó recompensas materiales, porque para él la única recompensa era la conversión del magnate sirio. Actuemos también nosotros siempre con generosidad de espíritu.

 

El responsorial es el salmo 97 en sus primeros versículos.

El sentido original de los salmos es aquel querido y orado por el pueblo de Israel. Este es un "salmo del reino": una vez al año, en la fiesta de las Tiendas (que recordaban los 40 años del Éxodo de Israel, de peregrinación por el desierto), Jerusalén, en una gran fiesta popular que se notaba no solamente en el Templo, lugar de culto, sino en toda la ciudad, ya que se construían "tiendas" con ramajes por todas partes... Jerusalén festejaba a "su rey". Y la originalidad admirable de este pueblo, es que este "rey" no era un hombre (ya que la dinastía Davídica había desaparecido hacía largo tiempo), sino Dios en persona. Este salmo es una invitación a la fiesta que culminaba en una enorme "ovación" real: "¡Dios reina!", "¡aclamad a vuestro rey, el Señor!".

Originalmente, grito de guerra del tiempo en que Yahveh, al frente de los ejércitos de Israel, los conducía a la victoria... Ahora, regocijo general, gritos de alegría, mientras resonaban las trompetas, los roncos sonidos de los cuernos, y los aplausos de la muchedumbre exaltada.

¿Por qué tanta alegría? Seis verbos lo indican: ¡seis "acciones" de Dios! Cinco de ellas están en "pasado" (o más exactamente en "acabado": porque el hebreo no tiene sino dos tiempos de conjugación para los verbos, "el acabado", y el "no acabado"). "El ha hecho maravillas"... "Ha salvado con su mano derecha"... "Ha hecho conocer y revelado su justicia"... "Se acordó de su Hessed"... (Amor-fidelidad que llega a lo más profundo del ser); "El vino-el viene"... Y para terminar, un verbo en tiempo, "no acabado", que se traduce en futuro a falta de un tiempo mejor (ya que esta última acción de Dios está solamente sin terminar aunque comenzada): "El regirá el orbe con Justicia y los pueblos con rectitud"...

La salvación (justicia-fidelidad-amor) de que ha sido objeto la Casa de Israel... está, efectivamente destinada a "todas las naciones": ¡El Dios que aclama como su único Rey, será un día el rey que gobernará la humanidad entera. ¡Será poca toda la naturaleza, el mar, los ríos, las montañas, para "cantar su alegría y aplaudir"!

El campo de la fe del cristiano es mucho más vasto, mucho más claro y mucho más grandioso que el campo de la fe del salmista. Por esto nuestra alabanza debería ser todavía más intensa, más auténtica y más sentida.

El salmo de hoy es un buen ejemplo para un ejercicio de admiración y de alabanza frente a las maravillas de Dios, que culminan en el centro de la fe cristiana, la vida y la obra de Cristo Jesús, Rey de la paz y Rey del universo.

 

En la segunda lectura, se nos recuerda como San Pablo tenía el cuerpo encadenado, pero su espíritu era libre, porque estaba lleno del espíritu de Cristo. Como sabemos, San Pablo llega a decir que no es él realmente el que vive, sino que es Cristo quien vive en él. Este espíritu de san Pablo es el que debemos pedir nosotros todos los días a Dios. ¡Ser libres de espíritu! es una meta y un medio. Socialmente pueden encadenarnos las tentaciones y dificultades de la vida, hasta cierto punto, nuestro cuerpo, las enfermedades corporales también pueden encadenar en cierto modo el cuerpo, pero el verdadero cristiano siempre será una persona libre. Libre para anunciar con nuestra palabra y con nuestra conducta el evangelio de Jesús, el reino de Dios.

Esto nos llevara a plantearnos la vida como lucha (2 Tim. 2,4-7). La libertad de la Palabra que ha crucificado a Jesús ha llevado a Pablo a la cárcel, probando así toda su eficacia: sólo se encarcela al que molesta. Un mensaje que no suscitara oposición no pasaría de ser una bonita palabra.

Pablo pide a Timoteo que tenga en cuenta todo esto, que no desmienta los himnos que canta su comunidad: Jesucristo es nuestra razón de vivir, porque El ha sufrido la muerte; nuestra razón de continuar, porque El continuó hasta el final; nuestra razón de esperar, porque nuestra infidelidad sería ridícula frente a su indomable fidelidad. Tener miedo a los riesgos que puedan derivarse del anuncio del Evangelio, esto sería ya renegar de Jesús.

Este tipo de textos nos permiten hacer una reconstrucción bastante aproxima de la situación de las comunidades cristianas de Asia Menor en el último cuarto del siglo I. Empezaban a surgir las controversias teológicas, enredadas en multitudes de interpretaciones, cada una de las cuales pretendía enlazar directamente con la primerísima tradición y obtener así el monopolio de la interpretación de la fe.

Timoteo evoca y reconstruye los consejos de su viejo maestro Pablo. Antes que establecer una valoración sobre las diversas interpretaciones, hay que partir del único inicio posible en una comunidad cristiana: la persona de Cristo: "Acuérdate de J.C., resucitado de entre los muertos, descendiente de David. Este es mi Evangelio". Para un cristiano la misma teología está sometida a la cristología: ser cristiano es fundamentalmente creer en J.C., aquel hombre histórico y determinado, conocido por todos, pero que sigue estando misteriosamente presente en la comunidad después de su resurrección.

De nuevo nos encontramos con la idea paulina de que  la resurrección de Cristo no es simplemente una marcha triunfante a los cielos, sino una vuelta a la realidad cotidiana y trivial de la comunidad creyente. Nadie ni nada podrá considerarse sucedáneo de esta presencia activa y operante de Cristo entre los creyentes.

Por esta presencia de Cristo, Pablo, encarcelado y olvidado, soporta las cadenas, seguro de que la palabra de Dios no quedará aprisionada ni ahogada en las mazmorras que él padece. Pablo no se cree necesario e imprescindible. Él se irá, pero Cristo sigue estando presente en la comunidad: y esto, de una manera siempre viva y renovada. (...).

 

El evangelio nos presenta la figura de los leprosos. El leproso en tiempo de Jesús era tratado como un muerto en vida y se le obligara a vestir como se vestía a los muertos: ropas desgarradas, cabelleras sueltas, barba rapada. No se les permitía habitar dentro de ciudades amuralladas, pero sí en las aldeas con tal de no mezclarse con sus habitantes. Por eso, vivían en las afueras de los pueblos. Todo lo que ellos tocaban se consideraba impuro, por lo que tenían obligación de anunciar su presencia desde lejos. Eran "impuros” ritualmente y vivían una especie de vida de excomulgados.

El Evangelio pone en escena a diez leprosos curados por la fe en Cristo; esta fe obtiene la salud y no la ley, ya que es un extranjero, un separado, un cismático, profundamente despreciado por los fariseos, el que supera a los demás en la aproximación a Cristo. Los leprosos se fían. Durante el camino son curados. Y entonces pasa esto: Los que están sometidos a la Ley, los nueve judíos, se atienen a la aplicación de esta Ley y con ello se consideran libres de deudas. Sólo el décimo "comprendió". En lugar de ir, con los otros, a cumplir con una Ley inútil, "vuelve sobre sus pasos", "glorificando a Dios", "dando gracias a Jesús". En adelante será por Jesús por donde pase la gloria de Dios y toda la Eucaristía (cf. Jn 4. 20-26). Y es un samaritano el único que ha comprendido esto.

He aquí, pues, la enseñanza principal de este Evangelio: se salva por la fe en J.C. sin distinción de origen, se sea judío o no. Y los paganos (o asimilados) menos "habituados", menos rutinarios de la práctica, menos orgullosos de sus obras tienen más fácilmente el sentido de la gratuidad, de la "gracia", del impulso de la acción de gracias. Aquí como en la época de Jesús, los pobres y marginados son m-as fácilmente dados a la Fe.

En nuestros días la marginación social no sólo ha crecido sino que se ha agudizado; el rechazo a los leprosos, sin ser justificable al menos se podía explicar por el temor al contagio (y la consiguiente impureza legal). Hoy día se sigue marginando a los enfermos; habrán cambiado las formas, pero la marginación sigue: leprosos, enfermos de sida, de cáncer..., pero, además, se margina a personas y grupos que nos pueden contagiar; simplemente se ha creado la costumbre de verlos con malos ojos y se sigue adelante con la tradición: gitanos, prostitutas, drogadictos, obreros, emigrantes, refugiados apatridas...; personas y grupos que, sin duda, tienen sus fallos, sus defectos. La experiencia de la salvación es una experiencia que, felizmente, siguen teniendo muchas personas en nuestros días; pero son muchos más los que no sólo no llegan a tenerla, sino que ni siquiera sienten la necesidad de experimentarla; salvación es, para ellos, el comamos y bebamos, compremos y acumulemos, el tengamos y aparentemos... Así, su salvador es el dinero; ya avisó Jesús lo difícil que resulta para un rico tener la oportunidad de ver en su vida otra necesidad que la de más y más dinero. A bastantes de ellos los podemos equiparar a los leprosos. Todas estas lepras y leprosos con los que nadie quiere juntarse son los que el Papa Francisco llama “los descartados”. Son las personas rechazadas en el mundo y expulsadas de la comunidad. Sin embargo, la curación de los leprosos se presenta en los evangelios como señal mesiánica y cumplimiento de las promesas que ya anunció Isaías. La Iglesia debería ser el “hospital de campaña” que pide el Papa Francisco para atender a aquellos que nadie quiere, a aquellos con los que nadie quiere juntarse.

Los diez leproso fueron curados, pero a uno solo de ellos, al samaritano, Jesús le dice: "tu fe te ha salvado" precisamente porque volvió sobre sus pasos "para dar gloria a Dios", es decir, para reconocer que la curación obrada en él era obra exclusivamente don de Dios, sin ningún mérito propio. Los otros nueve, judíos, podían creer que tenían derecho a ser purificados por el hecho de ser miembros del pueblo escogido y por tanto no tenían nada que agradecer. Como en la parábola del buen samaritano, éste se convierte también en prototipo de persona que sabe recibir y acoger la salvación de Dios.

La salvación está abierta a todos -judíos y samaritanos, judíos y gentiles-, pero es necesaria esta actitud de saber reconocer la propia pobreza ante el don de Dios y al mismo tiempo la actitud de alabanza y agradecimiento.

Este relato también nos sirve para reflexionar acerca de la lepra que viene a ser como un símbolo del pecado, enfermedad mil veces peor que daña al hombre en lo que tiene de más valioso. En efecto, el pecado corroe el espíritu y lo pudre en lo más hondo, provoca desesperación y desencanto, nos entristece y nos aleja de Dios. Si comprendiéramos en profundidad la miseria en qué quedamos por el pecado, recurriríamos al Señor con la misma vehemencia que esos diez leprosos, gritaríamos como ellos, suplicaríamos la compasión divina, confesaríamos con humildad y sencillez nuestros pecados, para poder recibir de Dios el perdón y la paz, la salud del alma, mil veces más importante que la del cuerpo.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

sábado, 29 de junio de 2019

Comentario a las lecturas del Domingo XIII del Tiempo Ordinario. 30 de junio de 2019

Comentario a las lecturas del Domingo XIII del Tiempo Ordinario.  30 de junio de 2019

Primera Lectura : 1 Re 19,16b.19-21. El texto  expone la vocación de Eliseo e intenta acreditarle como sucesor legítimo de Elías. La llamada divina es muy diversa, pero no por eso menos auténtica. La de Elías se asemeja mucho a la de Moisés: los dos se encuentran con el Señor en el monte Horeb, aunque el uno entre rayos y truenos y el otro en medio de una suave brisa (Dios es libre, e incluso paradójico, en su forma de manifestarse), los dos dejan un sucesor como continuador de su misión: Josué, que recibe el bastón de mando, y Eliseo, sobre quien se echa un manto como signo de investidura e invocación (v. 19). El fragmento forma parte del ciclo de Eliseo, pero ha sido introducido en el de Elías porque es este último el que lleva la iniciativa en el episodio.
Pero la iniciativa básica, según el v. 16, no es de Elías sino de Yahvé, que le ordena ungir a Eliseo. La unción con el aceite sagrado era un gesto sensible que quería expresar la infusión invisible del Espíritu de Yahvé. El simbolismo natural sería que así como el aceite lo penetra todo, así la fuerza divina llega hasta lo más íntimo de los hombres que Dios elige. La unción sagrada externa la recibían primitivamente sólo los reyes: el rey de Israel es el Ungido del Señor, el "Mesías". Después del exilio se introdujo la costumbre de ungir también a los sacerdotes con el aceite sagrado, que ningún laico podía recibir. Son los tiempos en que los judíos no se rigen ya por una monarquía, sino por una teocracia sacerdotal. Los profetas recibían el Espíritu, que los movía a hablar y a obrar, pero no eran objeto de una unción sagrada ritual, como los reyes y los sacerdotes. Si el v. 16 habla de ungir a Eliseo para que sea el sucesor de Elías, es en sentido figurado, por analogía con la unción visible del rey Jehú, de la que se habla en el mismo versículo (16a, omitido en el leccionario). En realidad, en el relato de la vocación de Eliseo no se encuentra ningún rito de unción, sino sólo el de imponer el manto característico de los profetas. El manto de Elías significaba también el poder de Dios: antes de ser llevado al cielo, Elías lo usa para abrirse paso entre las aguas (2 R 3,7) y Eliseo, como prueba de haber sido acogida su petición de obtener el espíritu de su maestro, repetirá el prodigio sirviéndose también del manto de Elías (2 R 3,14).

El responsorial de hoy es el salmo 15 (Sal 15,1-2.5-11). El salmo destaca una petición a Dios y expresa nuestra actitud. "Protégeme, oh Dios, que me refugio en ti".
Este salmo se clasifica en la categoría de los "Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad "tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones.
Es más: este hombre está tentado por este mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...
Tentado, turbado, por el mundo circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como "pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi alegría"... "mi fiesta"...
Los versículos 5 y 6 hacen alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina, hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh. En esta forma la "vida de los levitas", que vivían en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".
Estamos ante una expansión confidencial del alma que encuentra su felicidad en vivir en compañía de Dios, porque Él es la fuente única de todo bien. De aquí se sigue la simpatía por todos los que son fieles a su Dios y la aversión hacia los que se entregan a prácticas idolátricas. Los ídolos, lejos de otorgar la felicidad a los seguidores, son ocasión de grandes perversiones morales, de prácticas crueles e inhumanas, llegando hasta el derramamiento de sangre humana en sus libaciones. Al contrario, el que sigue a Yahvé ha encontrado su porción selecta. El salmista, consciente de este privilegio, tiene, de día y de noche, presente en su mente a su Dios y ansía y espera perpetuar esta intimidad espiritual de vida con su Dios aun por encima de la muerte.
El salmista no quiere tomar parte en los cultos idolátricos, porque no tiene más que un Dios, Yahvé, que es la parte de su heredad y su copa (v. 5). La metáfora alude a la distribución de la tierra de Canaán entre las doce tribus. A la de Leví no se le dio extensión territorial, porque su parte o hijuela fue el propio Yahvé. Debía estar dedicada exclusivamente al culto, por pertenecer de un modo especial a Dios, y por eso las otras tribus debían atender al sostén material de sus miembros. Yahvé es, pues, la porción y heredad especial de los levitas y sacerdotes; pero también lo era de Israel, de las almas piadosas. Y el mismo Israel es la heredad de Yahvé.
El salmista expresa la alegría de sentirse privilegiado  de poder tener como heredad suya al propio Yahvé, el cual garantiza su lote, es decir, su íntimo bienestar y felicidad. Realmente ha sido afortunado en la distribución, pues las cuerdas cayeron para él en parajes amenos (v. 6). Ahora el símil está calcado en la costumbre de medir con cuerdas las diversas partes para determinar la hijuela de cada miembro de la familia. Él ha sido afortunado, pues su parcela cayó en la parte más feraz del terreno.
Agradecido, el salmista quiere bendecir a Yahvé, que le aconseja y le hace ver que su verdadero bien está en el propio Yahvé, que le ha cabido en suerte; su conciencia le instruye de noche,cuando medita secretamente en el lecho sobre la elección divina sobre él. En las horas tranquilas de la noche es cuando el salmista oye la voz de Dios reflejada en su conciencia.
Consecuencia de esta meditación profunda y secreta sobre su suerte privilegiada es su entrega sin reservas a Yahvé, al que tiene siempre ante su mente; y precisamente en esta su vinculación constante a su Dios está su seguridad inconmovible: no vacilaré (v. 8). Yahvé está siempre a su derecha, protegiéndole contra todo peligro.
En los  vv. 9-11 expresa el sentimiento de seguridad bajo la protección de Yahvé, esta hace que el justo este lleno de una alegría que penetra todo su ser: el corazón, las entrañas y la carne. Esta triplicidad de términos resalta la gran alegría que embarga al salmista al sentirse bajo la protección divina. Con Él descansa sereno, porque podrá hacer frente a todos los peligros.
Movido de esta confianza, el salmista espera que su Dios no le dejará ir al seol, o región subterránea donde están los difuntos. Espera que su Dios protector le libre del peligro de muerte, de ver la fosa. Esta expresión equivale a morir, ser relegado al sepulcro. Así, fosa y seol son dos términos paralelos para designar la muerte.
El salmista expresa su esperanza de librarse de la muerte por intervención divina, que le enseñará el sendero de la vida (v. 11); es decir, le permitirá vivir en plenitud junto a Él, saciándole de gozo en su presencia y de alegría a su diestra. En sus ansias de felicidad, el salmista aspira a convivir para siempre con su Dios.

La segunda lectura esta tomada de la carta a los gálatas (Gál 4,31-5,1.13-18). El cap. 5 de la carta a los gálatas constituye la conclusión de esta carta. Pablo no aporta nuevas perspectivas sobre la libertad cristiana, sino que resume con pasión los puntos esenciales de lo que ha dicho sobre ello y se preocupa, sobre todo, de que sus corresponsales adopten un estilo de vida que manifieste la libertad obtenida en Jesucristo.
La lectura de este día recuerda a primera vista el tema general de la carta a los gálatas: la libertad adquirida en Jesús, y muestra que la auténtica libertad se vive en la obediencia a la verdad y al Evangelio. El primer versículo afirma nuestra liberación, pero no especifica de qué ni de qué manera hemos sido liberados. Para saberlo basta volver a los primeros capítulos de la carta: la cruz es lo que libera al hombre, radicalmente (Gál 1, 4; 4, 5), y esta liberación se hace personal cuando cada hombre concreto escucha la predicación apostólica y se adhiere a ella (Ga 3, 1-5). La libertad es una realidad ya adquirida para la humanidad por iniciativa de Dios y por la muerte de Cristo. Pero falta la integración de cada hombre en este misterio de libertad, y esto es precisamente lo que viene a hacer el apóstol.
San Pablo reflexiona sobre el problema de la Ley, de la que Cristo nos ha eximido para la libertad. La Ley impuesta al pueblo de Dios era una primera etapa de su salvación. Era una ley "educativa". Pero era preciso observarla, y sabemos que no fue así. Fue la Ley la que hizo que los hombres conocieran la situación en que se hallaban: una situación en la que el pecado gravitaba sobre su vida esclavizándoles, no liberándoles. Las obligaciones externas de la Ley no pudieron acarrear la liberación total del hombre; por el contrario, le pusieron en una situación de mayor opresión que nunca.
Fue Cristo en persona quien vino a liberar completamente al hombre. La promesa de una liberación le había sido ya hecha a Abrahan, a quien la fe en Dios le justificó. También a nosotros nos libera la fe en la liberación prometida y realizada en Jesucristo. Cristo nos libera del pecado y de toda opresión externa de la Ley.
Se comprende que semejante doctrina debía "chocar" a los que se habían convertido del judaísmo, para quienes, si bien había que seguir a Cristo, no menos necesario era obedecer a la Ley. Para ellos la salvación, la justificación, dependía de esta doble actitud. Pero Pablo piensa que la justificación es un don gratuito que llega a todos aquellos a los que Dios quiere salvar, incluso a quienes no forman parte del pueblo judío, pero, con la condición, "sine qua non", de creer.
Los gálatas deben sentirse libres y no volver a caer en las cadenas de su antigua esclavitud. El evangelio nos revela la libertad; por consiguiente, no hay que darle las características de la Ley y asimilarlo a esta.
Pero ¿de qué hemos sido liberados? San Pablo piensa, sobre todo en la liberación de las prácticas de la ley (circuncisión, días sagrados, etc. Gál 3, 10-22; 4, 9-10).
Designa estas prácticas con la imagen del yugo. De todos modos, la libertad evangélica se opone, no sólo a la esclavitud de la ley, sino también a toda esclavitud religiosa (Rom 8, 21), a toda alienación del hombre por lo sagrado.
El amor es la expresión de esta libertad cristiana; en primer lugar, porque es el cumplimiento de la ley (v. 14): la vida religiosa y moral liberada de las infinitas sobrecargas legalistas, puede concentrarse en el precepto único del amor; en segundo lugar, porque el amor y el servicio a los demás (v. 13) permiten liberarse de la esclavitud de la carne o, más concretamente, del egoísmo.
Los vv. 16-17 desarrollan  esta oposición entre carne y espíritu. La carne designa el camino que elige el hombre dominado por su autosuficiencia, sin contar con la ayuda especial de Dios y de su Espíritu. La exhortación de Pablo a elegir entre la carne y el Espíritu muestra claramente que el creyente no queda introducido automáticamente en la esfera de la salvación: no es menos carnal que el incrédulo, pero el Espíritu de libertad se le ofrece como una posibilidad concreta de victoria sobre sí mismo.

El evangelio de san Lucas ( Lc 9,51-62) nos presenta a  Jesús consciente de que se acercaba el momento de la manifestación de su mesianismo ante Israel y ante el mundo entero: la hora de su inmolación como víctima expiatoria en favor de los hombres. Por eso no duda ni por un momento en dirigirse hacia Jerusalén. Allí tendría lugar la última escena del drama, allí derramaría su propia sangre, hasta la última gota. Su decisión anima a sus discípulos, que le siguen hacia el lugar de su muerte.
De camino hacia Jerusalén. Todos los sinópticos hablan de un viaje de Jesús a Jerusalén. Pero sólo Lc ha hecho de él un motivo catequético básico: la vida de Jesús fue también un largo caminar hacia una meta. Durante el mismo, instruyó a la comunidad de discípulos de cara a su propio caminar. El discípulo de todos los tiempos encuentra aquí el canon perenne de su actuación cristiana.
Como telón de fondo del relato están la enemistad y el odio entre samaritanos y judíos: originariamente, de tipo racial; después, además, de tipo político y religioso. El camino habitual de Galilea a Jerusalén pasa por Samaria: Jesús, dirigiendo al grupo galileo de discípulos, irá por él. Pero no es esto lo que molesta a los samaritanos, sino la finalidad del viaje: el ir al templo de Jerusalén lo interpretan como una infravaloración de Garizín. A la propuesta de los discípulos, Jesús reacciona regañándolos: el discípulo no puede moverse por sentimientos de venganza, desquite o intransigencia. Es una crítica de Jesús a las posiciones maximalistas.
Las respuestas de Jesús en cuanto al seguimiento hay que entenderlas en la capacidad de sugerencia que adquiere el lenguaje en una cultura de tipo oral: no es tan importante lo que se dice cuanto lo que se quiere decir. El contenido de las propuestas de Jesús significan, pues, que seguirle, condición de todo discípulo (=cristiano), exige disponibilidad total, radicalidad de entrega y coherencia.
La segunda parte de la lectura contiene tres palabras de Jesús en torno a las actitudes del que quiere seguir como discípulo: debe calcular antes el riesgo que esta decisión implica. El primero que se le acerca se manifiesta lleno de un espontáneo entusiasmo. La respuesta de Jesús: "...el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza", le recuerda que su existencia tiene como objetivo el "caminar" hacia Jerusalén, es un éxodo permanente. El segundo es invitado por Jesús al seguimiento, pero el llamado pone condiciones. La respuesta de Jesús ofrece dificultades de interpretación: "Deja que los muertos entierren a sus muertos...". Deja que los indecisos entierren a sus muertos. La renuncia al seguimiento de Jesús es una renuncia a la vida. El tercero es una síntesis de los dos anteriores: manifiesta espontáneamente su voluntad de seguir a Jesús pero con condiciones. Tiene una semejanza con la vocación de Eliseo leída en la primera lectura. "El que... sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios": El seguimiento de Jesús exige una dedicación absoluta al Reino, por encima de los sentimientos y proyectos personales.

Para nuestra vida

En la primera lectura vemos como Dios se acerca al hombre cuando éste trabaja en lo cotidiano de cada día. El trabajo es el lugar de encuentro más adecuado entre Dios y el hombre.
El  trabajo es  parte de la naturaleza del hombre, con todas sus grandezas y con toda su miseria. Y en ese lugar, Dios se hace presente.
La disposición de Eliseo para seguir la vocación de profeta a la que Dios, por medio del profeta Elías, le llamaba, era una disposición radical, tal como demostró después durante toda su vida. Renunció a seguir viviendo con sus padres y a todas sus posesiones materiales, incluidos los bueyes con los que estaba arando. El amor a los padres era un deber sagrado para todo judío; algunas frases de Jesús que pueden dar a entender lo contrario, como alguna frase de las que hemos leído en el evangelio de este domingo, debemos entenderlas en un contexto distinto y no deben entenderse literalmente, sino fijándonos en el mensaje que quieren dar, el mensaje de la radicalidad y de anteponer la predicación del reino de Dios y el cumplimiento de su voluntad a todo lo demás. Porque todo lo demás se nos dará por añadidura.
La misión del profeta pasa de Elías a Eliseo. Este es un pobre labrador, pero en medio de su humildad siente la llamada del Señor, a través de un mediador: Elías impone su manto sobre Eliseo para significar que le transfiere la misión profética. Es como una imposición de manos: el vestido era considerado como parte de la persona que lo vestía. Por lo tanto, el gesto de Elías significa que Eliseo participa desde este momento del espíritu de Elías.
Elías no impide a Eliseo decir adiós a sus padres. Eliseo se despide de sus padres y lo celebra con un banquete. La llamada implica un cambio generoso de vida y por eso sacrifica los bueyes con los que araba y obtenía sus ingresos de vida; pero toda llamada debe ser alegre, y por eso la celebra con un banquete.
Ser "llamado" no puede equivaler a orillar a padres y hermanos para servir a una institución religiosa. La llamada profética es dura, implica aguante, conlleva incomodidades sin cuento..., pero más que un desgarro familiar debe ser una ruptura con un "status quo" profesional. Eliseo mata a los bueyes, quema los aperos..., y come con alegría en medio de los suyos. El discípulo de Jesús deberá renunciar a toda seguridad: cargos, poderes, insignias, influencias, autocomplacencia...
También a nosotros cristianos del  Siglo XXI, el Señor nos sigue llamando. Estemos atentos a su llamada, siempre personal, pero con un sentido comunitario.

El salmo nos presenta una esplendida manifestación de  la de la confianza ciega en Dios. El salmista se acoge a la protección divina como única fuente de felicidad. Por eso lo proclama como Señor único, pues sólo en Él encuentra su dicha. Llevado de esta su vinculación a Dios, sólo le interesan los que están en buenas relaciones con Él, como los santos; en éstos tiene su complacencia, y son en realidad, a su estimación, los verdaderos príncipes y señores de la tierra.
Es un salmo de abandono confiado en el Señor desencadena una multitud de problemas llenos de dificultades y hace enloquecer la pluma de los estudiosos. Lo cual nos indica que si es difícil «entrar» en el sufrimiento de alguien, es aún más difícil «entrar» en la alegría de un hombre.
" Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»" (v. 1-2).
Después de este arranque, que constituye el tema principal de toda su oración, el salmista debería haberse defendido: «Y protege mi alegría de las indiscreciones ­y de las vivisecciones­ de los estudiosos». Naturalmente, no pensó en ello.
Un orante que ha apostado todo por Dios.
Pero, ¿quién es este orante?. Se trataría de un sacerdote al servicio del templo. De sus labios brota uno de los más bellos cantos de confianza y de paz que se han cantado jamás.
No se limita a gritarnos su propia alegría. Nos da también la clave de ella. Vuelto hacia el Señor puede decir: «Tú eres mi bien» (v. 2).
El rasgo característico de este individuo es el de uno que ha apostado todo por Dios. Se ha «jugado» hasta su vida por él.
" El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano" (v. 5).
No se para a hacer inventario de lo que está en manos de los demás. El tesoro que le espera está en buenas manos (v. 5).
Él no cede ante soluciones fáciles. No se deja impresionar por las modas. No es conformista. No está dispuesto a correr tras naderías. Ni quiere rifar su propio corazón y llenarlo de bagatelas. Sabe que su Dios es terriblemente celoso.
Es el rechazo intransigente de todos los ídolos en sus formas más variadas y fascinantes.
Pero no está inmune ni siquiera de dudas, inquietudes, equivocaciones. El versículo 7: «hasta de noche me instruye internamente» nos hace imaginar que no está asegurado contra el insomnio.
Sin embargo, no es presuntuoso. Sabe a quién dirigirse. Sabe orar para descubrir los planes de Dios para él: «Bendeciré al Señor que me aconseja» (v. 7).
Incluso cuando se encuentra zambullido en un grave peligro, tiene una certeza:
Ha aprendido un «ejercicio de piedad» fundamental: «Tengo siempre presente al Señor» (v. 8). Los resultados de este «ejercicio piadoso» son evidentes:
"Con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena" (v. 8-9).
" Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha" (v. 10-11).
Meditemos la expresión final:
" Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha" (v. 11).

La segunda lectura nos presenta los problemas de los  gálatas  que han vuelto a encerrarse en preocupaciones religiosas estériles pues lo que cada uno quiere únicamente es evitar los reproches de Dios, y eso tiene mucho de egoísmo. El celo por la ley o la posesión del Espíritu mal entendida conducen al orgullo, a la enemistad y a la envidia, conducen a devorarse mutuamente.
La primera frase que leemos viene a ser como un resumen del mensaje de la carta. Cristo no sólo nos ha liberado de la esclavitud de la Ley y del pecado, sino que nos quiere libres, nos ha colocado en un estado de libertad.
 Algunos gálatas querían volver al yugo de la Ley, a la esclavitud.
La mayor parte de los versículos corresponden al l cap. 5 que constituye la conclusión de la carta. Los versículos comienzan enunciando el resultado de la actuación de Cristo: liberación para vivir en libertad.
Liberación se contrapone a sometimiento y libertad a esclavitud.
En el contexto global de la carta se establecen los siguientes procesos:
* ley - sometimiento - esclavitud;
* fe - liberación - libertad.
La ley, va acorralando al  hombre en un cerco asfixiante de remordimientos y complejos de culpabilidad que terminan por destruirlo. Liberación de la ley quiere decir liberación de todo ese proceso aniquilador que la ley desencadena.
Esta es la liberación aportada por Cristo; su resultado es la pura alegría de vivir sin cercos asfixiantes. Libertad frente a la ley, libertad de la autodestrucción provocada por la ley. Esta es la llamada que Dios hace al cristiano (v. 13a).
Esta libertad está expuesta a profundos malentendidos y abusos (v.13b). Es el  propio hombre en cuanto es carnal, es decir, en cuanto es legalista, en cuanto es egoísta.
Deseos de la carne, egoísmo y ley reflejan la misma e idéntica condición humana (cfr. vs. 13, 16 y 18). La expresión "deseos de la carne" no tiene un sentido de concupiscencia sexual.
El auténtico y recto ejercicio de la libertad acontece en el mutuo servicio del amor (vs. 13c-14). La realidad de la libertad se da en la vinculación amorosa a los otros. Libertad es ponerse a disposición y dejar disponer de sí. Los deseos de la carne, es decir, el egoísmo, el servirse a sí mismo, llevan a morderse y devorarse mutuamente (v. 15); llevan a la misma destrucción a la que conduce la ley. Homo homini lupus. El amor auténtico, en cambio, es liberación del propio yo y se desarrolla sirviendo a los demás.
Para perseverar en la libertad del amor es necesaria  la guía y la fuerza del Espíritu (vs. 16-18). Este Espíritu no es un poder dado con la existencia, sino el poder de Cristo mismo venido con Cristo sobre la existencia; es la presencia poderosa de Cristo que irrumpe en nosotros y se interioriza en nuestra intimidad. Para que este Espíritu se imponga a la carne  es necesario abrimos a él. Es entonces cuando dejamos de estar bajo el dominio de la ley y empezamos a ser libres.
El mensaje es claro, hay que dejarse guiar por el Espíritu, que es el principio de filiación y, por tanto, de fraternidad, y no dejarse llevar por la carne, que significa todo aquello que hay en el hombre que se opone a Dios. La lucha entre Espíritu y carne no es entre "espíritu" y "cuerpo", sino entre lo que Dios quiere y lo que va contra ese querer, que a veces son cosas muy "espirituales". El que se deja conducir por el Espíritu no se enorgullecerá de haber cumplido la Ley o de ir contra ella. Será libre, será hijo de Dios.
Dios llamó a los gálatas, por medio de la predicación de Pablo, a ser libres, a salir del mundo antiguo de la Ley y del pecado, para vivir en la nueva creación de Dios. Pero la libertad puede ser mal entendida si no se tiene en cuenta el amor, del cual nace. Precisamente porque es fruto del amor, la libertad verdadera lleva al servicio de los hermanos, lleva a "amar al prójimo como a ti mismo". Este es el criterio perpetuo para saber si vivimos de verdad la libertad que Cristo nos ha ganado y nos ha dado.
La reflexión paulina nos sirve para nuestra vida cristiana. El que tiene el Espíritu de Cristo no se preocupa por no pecar, sino por amar. Lo que a Dios le importa es que salgamos de nuestros pequeños problemas para que nos anime su Espíritu. Es lo que dice ahora Pablo. El creyente realmente libre es el que se considera "esclavo" de Cristo. Esa es la manera de "tener fe" en la vida diaria: solucionar todo pensando que soy de Cristo y estoy al servicio de mis hermanos. De ahí nacen alegría y paz. Espíritu y carne no son dos partes del hombre, sino sólo dos orientaciones divergentes de toda persona.

En el evangelio contemplamos a unos discípulos que perdieron el miedo a quienes acechaban al Maestro y nos enseñaron con su actitud cuál ha de ser la nuestra en los momentos de la prueba. El evangelista narra luego el paso de Jesús hacia la Ciudad Santa. Por el camino irían ocurriendo diversos sucesos que darían pie al Maestro para enseñar a sus discípulos.
" No lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén". "Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Jesús se volvió y les regañó".
 En varios pasajes de la Biblia podemos leer frases en las que judíos piadosos le piden a Yahvé que extermine a sus enemigos y que acabe con ellos. La intención primera, claro está, es que los enemigos se conviertan e Israel pueda ser el auténtico trono y reino de Dios.
En este relato evangélico, los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, le piden a su Maestro que les permita mandar fuego del cielo contra los Samaritanos por no haberles permitido a ellos alojarse en su territorio, por el simple hecho de que se dirigían hacia la ciudad enemiga de Samaria, Jerusalén. Jesús les regaña y no accede a su petición.
La vocación en el seguimiento de Jesús exige radicalidad: el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”. No es necesario pensar que los que hemos sido llamados a la vocación religiosa tengamos que ser necesariamente mejores personas que los demás. Es verdad que el seguimiento de la vocación religiosa exige radicalidad, es decir, exige renunciar a muchas satisfacciones y exigencias que se encuentran en la vida familiar, al desapego del dinero y de otras ambiciones del mundo, pero también es verdad que las personas que hemos seguido la vocación religiosa tenemos ciertas ventajas, espirituales y sociales, que no se encuentran en la vida familiar, tal como hoy se vive generalmente. Los casos de los que hoy nos habla el evangelio son de personas que no se atrevieron a aceptar la radicalidad del seguimiento que Jesús les exigía.
Podemos dejarlo todo para seguir a Jesús, sin tener por eso que desear el mal de nadie. Es más, si para seguir a Jesús creemos que debemos desear el mal de alguna persona, realmente no estamos siguiendo a Jesús, porque Jesús nunca deseó el mal de nadie. Seguir a Jesús es amar a Dios y al prójimo como Cristo lo amó, es decir, deseando siempre su bien y haciendo por nuestra parte todo lo que podamos para que sea feliz.
Los hijos del Trueno querían arrasar aquel poblado samaritano con fuego venido de lo alto. Jesús se apena y les recrimina porque todavía no han entendido cuál es el espíritu que ha de animar a un seguidor suyo.
El Evangelio nos interpela, ante la cólera y la indignación en nuestro interior, los deseos de justicia implacable, los sentimientos del odio y el rencor, el afán de venganza
En los diálogos que se nos presentan de Jesús con gentes que quieren seguirle, parece muy radical en su planteamientos al no dejar que uno entierre a su padre o que otro ni siquiera pueda despedirse de su familia. Ese radicalismo podría parecer que estaba en contra de la libertad personal de cada uno. No es así. La "petición fuerte" sorprende y trae, sin duda, un camino de reflexión. Y ahí es donde todo se hace grande, porque una misión que ni siquiera permite seguir unos legítimos compromisos familiares da idea de su enorme dimensión.
esta exigencia  obliga al análisis personal, porque no se puede aceptar nada que lleve una petición tan importantes, si no es mediante la reflexión y la decisión personal.
Rafael Pla Calatayud.
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