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domingo, 25 de enero de 2026

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

En estos días la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, haciendo nuestro el deseo del Señor expresado en su oración a Dios Padre en la última cena: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17, 21). El lema de este año 2017 es «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia». Este lema se inspira en un pasaje del capítulo quinto de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Cor 5, 14-20). En este texto
el Apóstol habla de la obra reconciliadora de Dios por medio de la muerte de Jesucristo y del cambio que se produce en los que viven «en Cristo». El cartel del octavario recoge un instante del encuentro, en la catedral de Lund (Suecia), entre el papa Francisco y el obispo luterano Munib Younan, el 31 de octubre de 2016, en conmemoración de los 500 años de la Reforma luterana.

Jesús comenzó a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Las palabras de Jesús son muy claras; si no nos convertimos, no tendremos acceso al Reino de los cielos. La conversión es una condición necesaria para entrar en el Reino de Dios. Necesitamos convertirnos cada uno de nosotros en particular y necesita conversión la Iglesia entera, en general. Una Iglesia convertida del todo a Cristo sería una Iglesia santa y católica, una Iglesia una y plural. Igualmente, un mundo de personas convertidas a Cristo sería un mundo – Reino de Dios. La conversión es la principal tarea de nuestra vida. Toda nuestra vida debe ser conversión, purificación continua y constante de nuestra mente y de nuestro corazón.

La conversión a la que nos llama Jesús, pasa necesariamente por la búsqueda de la unidad perdida a todos los niveles de nuestra vida.

Hoy la Palabra proclamada nos ofrece luz para poder ver entre las tinieblas de nuestra sociedad y nuestra vida.

 

La primera lectura (Is 9,1-4 ) describe una situación local e histórica concreta. Todo el norte del país (los territorios de Zabulón y Neftalí, Transjordania y el "Distrito de las naciones", es decir, Galilea), al caer bajo la dominación asiria, queda sumergido en las tinieblas, antítesis de la luz.

El versículo 1, tiene un gran significado mesiánico. Este capítulo habla de un cambio que se avecinaba en un lugar específico, un lugar que estaba exclusivamente relacionado con la obra del Mesías hace 2,000 años.

v1: Oscuridad: Había habido pesimismo (ausencia de luz) en este lugar, pero la implicación aquí era que esto iba a cambiar.

La que está: Hablando de Israel – específicamente del Reino del Norte. Sin embargo, esto tendría implicaciones para todos los descendientes de Jacob.

Como… la primera vez: La vez anterior. Un período de tiempo anterior al Mesías.

Él (entendido, pero no escrito): Dios

Livianamente: Esta palabra puede significar que Dios pensó poco en este lugar y no le dio preferencia. También es una palabra que podría significar “maldito”.

La tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí: Zabulón (el décimo hijo de Jacob, por Lea – Génesis 30:20) y Neftalí (el sexto hijo de Jacob por medio de Bilha – Génesis 30:8). Estos hijos heredaron tierras en la región de Galilea (Josué 19). Zabulón y Neftalí formaban parte del Reino del Norte (Israel). Dios trajo juicio (la maldición sobre ellos, a través de Asiria, debido a su desobediencia.

Pues al fin: En la última parte. En los últimos días. Esto no se refiere a los siete años finales de los últimos días, sino que se refiere a los días generales de los últimos tiempos. El mismo período del fin del que habló Pedro en Hechos 2:16-17. Este período de tiempo también se puede referir conocido como el tiempo de los gentiles – Lucas 21:24, Romanos 11:25)

Llenará de gloria: En hebreo esta es una palabra que literalmente significa ‘honor’ – ver biblehub.com o blueletterbible.org. Esta tierra de Galilea había sido un lugar de tristeza y opresión, pero se avecinaba un cambio y Di-s iba a honrarla.

El camino del mar, de aquel lado del Jordán: La ciudad situada entre estas dos porciones de tierra, que se ajusta a estos criterios, se llama Capernaum – la ‘sede’ del ministerio de Jesús (Kefer-Nahum – que significa ‘aldea de confortamiento’ – Mateo 4:13-16).

Galilea de los gentiles: Galilea se llama con este nombre porque era una porción de tierra muy deseada por las naciones. Algunos eruditos dicen que se le llama con este término porque lo que el Mesías trae (Su salvación) es muy deseado por las naciones.

 v2: Andaba en tinieblas: Caminaron en oscuridad. Estaban privados de iluminación; no tenían la verdad de Dios. Estaban confundidos y seguían la mentira.

Vio gran luz: Ha ocurrido un cambio. Esta luz se relaciona con el Mesías (Juan 8:12). El candelero del templo estaba siempre encendido. Cuando la gente miró esta luz, recordaron el hecho de que la presencia de Di-s estaba con ellos.

Luz resplandeció: Esto se relaciona con los numerosos milagros que Jesús iba a realizar entre ellos. También se relaciona con la gran verdad y sabiduría que Jesús iba a compartir con ellos.

El binomio luz-tinieblas no encierra un dualismo puramente antropológico y ético, sino que designa sobre todo la salvación y la perdición. El «norte» es un territorio atravesado de nordeste a sudoeste por la «ruta del mar», la famosa vía comercial y militar que unía Mesopotamia con Egipto. En el texto, Asiria encarna la potencia fortuita y momentánea de este mundo, mientras que las provincias del norte evocan el país de Emanuel, quien con su presencia y asistencia borra las fronteras geográficas. Para el evangelista Mateo, la Galilea, «la humillada», será la gran beneficiaria del «Dios-con-nosotros» porque en ella se establecerá Jesús «luz del mundo» (texto Mt 4,12-16, del evangelio donde se cita este texto).

Isaías recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas, en medio de sus propios enemigos.

Pero Yahvé los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, para hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la espalda, nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a él, a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

 

El salmo de hoy ( Sal 26,1.4.13-14) * Es un "salmo de confianza"... Compuesto quizá en dos ocasiones. Nos presenta en su estado  actual, un admirable ritmo de sentimientos:

-Afirmación del credo "el Señor es mi salvación". 

-Matiz: esta salvación conlleva una participación del hombre, un combate. 

-Este valor tiene una fuente: la oración. 

-Y la vida con sus combates sigue su curso, ansiosa. 

-Pero todo culmina de nuevo en una certeza, apoyada en Dios. " pon tu esperanza en el Señor".

El  salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con  metáforas cada vez más brillantes y audaces:

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El señor es la defensa de mi vida,  ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla, si me  declaran la guerra, me siento tranquilo.

¿Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido  del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida  que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota  los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad,  restándole un cierto eco edonista que este término oculta.

Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el  contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo?  ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Podría  ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez un significado lleno de ricos y profundos matices positivos: seguridad, libertad, gozo, paz,  alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior,  entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién  señaladas. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de  ausencia de miedo.

La Biblia repite invariablemente términos parecidos: yo estoy  contigo; no tengas miedo. La causa que  desencadena la certeza es la presencia divina (yo soy contigo); y el hecho, el efecto  producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a  efecto.

Con la confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro, oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso».

Así San Agustín comenta: "¿Creemos que podemos decir: Una sola cosa pedí al Señor? (Sal 26,4). Digámoslo, digámoslo si podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuán feliz es el corazón que usa esa fórmula interiormente, allí donde sólo oye aquel a quien se dice; pues muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en el rostro y no en el corazón. Vea, pues, cada cual cuán feliz es el corazón que dice interiormente, allí donde sabe lo que dice: Una sola cosa pedí al Señor, esa buscaré, ¿Y cuál es? Dice que es una sola cosa o petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida y contemplar los deleites del Señor (Sal 26,4). Esta es la única cosa; pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras. Si ya la has saboreado algo, si ya te intriga algo, si ya aprendiste a calentarte con un santo deseo, pésala y compárala con muchas otras cosas, instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas (¿cuándo las mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna visión, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el examen: todo el mundo y el Creador del mundo". (S. Agustín Sermón 65 A).

 

La segunda Lectura (1 Cor 1,10-13.17) presenta las facciones en la Iglesia de Corinto que se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y... a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. En efecto, a Corinto fueron a parar muchos palestinenses que pudieron haberse encontrado con Jesús o con Pedro. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: quién un carácter judaizante (partidarios de Pedro), quién una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y quién el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

v. 13: Pablo supone que Cristo está unido a su comunidad, la iglesia, como la cabeza a su cuerpo. Por lo tanto, si uno mismo es Cristo, el Señor de la Iglesia, una misma ha de ser la Iglesia y no es legítimo desmembrarla. Lo mismo que la cabeza reúne la pluralidad de miembros y los gobierna dejando a cada uno su función en beneficio de todo el cuerpo, así hace Cristo con su Iglesia.

Hemos sido bautizados en nombre de Cristo y en su nombre nos reunimos. Él es el único que ha muerto por nosotros. Pablo se defiende noblemente de los suyos y no tolera que lo conviertan en cabecilla cuando sólo Cristo es la cabeza y el Señor de todos los fieles.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, la facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

San Pablo se manifiesta un tanto anti ritualista y manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17).

A pesar de la vida superactiva de hoy, a los hombres les gusta oír hablar, y están al acecho de formas nuevas y originales de presentar su fe. En ocasiones, llegan a interesarse más por la forma de la exposición que por el contenido mismo, pudiendo llegar la adhesión a la "vedette" hasta constituir pequeñas células autónomas dentro de la Iglesia. Esto, en el momento mismo de sentirse tentado a ver en ello un fenómeno de búsqueda de Dios, debe considerarse como una falta de verdadera fe y de sentido de lo que es el cuerpo de Cristo, en el que no todo tiene que ser uniforme pero sí que ha de estar unido para bien de la totalidad.

No debemos perder la pista a la desunión interna que produce en la Iglesia Católica poner en prioridad al grupo particular que a la comunidad total unida por la Comunión de los Santos. Y eso se sigue produciendo. La discrepancia, a veces, es más humana --incluso de matiz político-- que espiritual. Y eso es lo que hay que evitar, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

 

 

El evangelio de hoy  (Mt 4,12-23), nos recuerda como  Juan Bautista acabó sus días en la cárcel y sigue con el inicio de la vida pública de Jesús.

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes:

* la presentación de Jesús que predica en Galilea;

* el mensaje que predica;

* l a elección de los discípulos.

La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue "arrestado": su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. San Juan, quedaría como modelo de fidelidad a su propia misión, y ejemplo para todos los que tenemos la  misión de ser testigos de Cristo a lo largo de toda la Historia. Su misión fue, en efecto, cumplida con toda exactitud.

Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la "Galilea de los gentiles", es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. De forma paulatina, pero inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por los territorios de Galilea, "Galilea de los gentiles", al otro lado del Jordán. Es  el Norte, en el territorio de Neftalí y Zabulón, tribus habitadas por gentes consideradas por los judíos como paganos debido a la "contaminación" con otras religiones e ideas, que desde el siglo VIII antes de Cristo habían sufrido con la invasión de los asirios. Muchos fueron deportados a las ciudades de Asiría y volvieron transformados, allí también se instalaron extranjeros que traían consigo otras vivencias religiosas.

Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la "luz" de la revelación porque viven en las "sombras" del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

El mensaje de Jesús es el mismo que San Mateo pone en labios de Juan el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos" (Mt 3,2).

Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista San Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, "está cerca"; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

  En el relato se describe los momentos normales del trabajo de aquel día. Los Zebedeos estaban repasando redes, como lo siguen haciendo millones de pescadores en las orillas de los mares de todo el mundo. Acompañaban a su padre y ni siquiera la presencia del progenitor, con la enorme autoridad que se le daba el ambiente judío, impide que sus hijos lo dejen todo y marchen en pos de Jesús.

En este contexto  de normalidad se da  la proclamación del mensaje, y el seguimiento de los discípulos. Lo que más nos interesa es el significado de la expresión "seguir a Jesús": en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Venid y seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Jesús llama a los discípulos allí donde se encuentran: en su tarea de cada día, a la orilla del lago. El evangelio es escueto: presenta sólo dos trazos, la llamada y la respuesta. Pero entre una y otra hay un amplio espacio de maduración. Pedro, por ejemplo, dio mil y un rodeos y los evangelios no nos los esconden. Pero incluso así, el seguimiento de Jesús se fue imponiendo en su vida. Venid y seguidme: también a nosotros nos ha llegado, por mil y un caminos, la llamada de Jesús: familia, parroquia, escuela, grupo, compañeros, personas que nos han influido quizá sin saberlo... Y nos esforzamos por responder a ella como Pedro.

¿Qué quiere decir ser pescadores de hombres? No se trata de llenar el cesto, arrancando violentamente ahora a éste, ahora a aquél del agua en donde vive, se mueve y alimenta. Jesús  es sino el agua viva que da la vida.

Predicando el Evangelio del reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo (ev.). Enseñar y curar palabras de misericordia y obras de misericordia. La Iglesia (y nosotros muchas veces) ya ha escuchado el "id y enseñad". Pero quizá no ha prestado suficiente atención a la segunda parte: "Id y curad", abrirnos a las necesidades de los demás, a sus alegrías, esperanzas y temores, a sus enfermedades y deficiencias..., y esforzarnos por remediarlas.

Sólo a partir del amor real, es decir, concreto, de obras, podremos anunciar la buena noticia del amor de Dios. Cristianos, comunidades e iglesias: ¿cómo vamos con Jesús "anunciando el Evangelio de reino y curando 1as enfermedades y dolencias del pueblo"?

 

Para nuestra vida.

La primera lectura nos habla de alegría,  gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo. Vivir alegres, tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con fortaleza y serenidad la vida, por difícil o penosa que sea.

Gozo del que recoge el abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batalla... Esta experiencia es muchas veces nuestra propia experiencia, muchas veces estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Nuestro mundo se debate también en medio de tinieblas y sombras; la oscuridad es nuestro eterno acompañante. Densa niebla envuelve las relaciones políticas entre el Este y el Oeste. En eterna humillación se encuentran los países subdesarrollados en sus relaciones con los poderosos y los "así llamados" pueblos más avanzados (avanzados, ¿en qué?, ¿en nuestra forma refinada y diplomática de oprimir y esclavizar a los económicamente más débiles?). Oscuridad total en nuestras relaciones, cada vez más interesadas y menos humanas. En noche cerrada, sin claroscuros lunares, caminamos al pensar en el futuro de nuestros hijos, en el pan necesario de los parados, en la ética de nuestros jefes políticos y religiosos, en ... ¿Estaremos condenados a vivir en densa tiniebla? Y nuestro mundo sueña con la paz, con la luz que disipe nuestras tinieblas. La noche, la oscuridad, no pueden ser etapas definitivas, según el mensaje bíblico. Isaías sueña con un niño, pero éste no puede ser ningún ser humano, sino el Mesías, como nos dice el Evangelio de hoy (cfr. Is. 11). La persona de Jesús, su mensaje vivido, pueden disipar nuestras tinieblas.

Le podemos pedir al Señor que repita una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza en alegría, que nos ayude a vivir seriamente nuestra fe, a inyectar  fuerza en nuestra debilidad, acrecentando en nosotros la alegría, aumentando el gozo.

 

En la segunda lectura de la Carta a los Corintios, San Pablo presenta el tema de la división de los cristianos, de sus facciones o de sus "capillitas". Y ese problema ha sido permanente en la historia de la cristiandad. Esta misma semana –y la pasada-- hemos celebrado oraciones por la unidad de los cristianos. Y habría que decir que uno de los puntos que más escándalo produce es esa capacidad para la desunión y, sin duda, lo que nos separa es el pecado. Tal vez, algún día no muy lejano veamos la presencia de Jesús convertido en único Pastor y en único Maestro. "Soy de Pedro, de Pablo, de Apolo..." Y, en realidad, todos somos del mismo maestro.

San Pablo  ve en la división una contradicción fundamental entre la actitud del cristiano y la negación misma de lo que es la Iglesia. Sin duda hay entusiasmos en aquella joven comunidad, pero parece más interesada por la línea doctrinal de los evangelizadores, por su modo de enseñarla y por su persona, que por el contenido mismo y, en definitiva, más que por el Señor, Maestro de todos y en el que fueron bautizados. Para la Iglesia de Corintio, llegar al cisma sería no haber comprendido nada ni de Cristo crucificado ni de lo que constituye el pueblo de Dios. Creer unidos y realizar la unidad por haber nacido en un mismo bautismo y haber sido liberados por el mismo Cristo crucificado: tal es la unanimidad que hay que realizar.

Experimentamos toda la actualidad de una carta así.  Hoy, el problema interno es la falta de unidad. Las tensiones entre ricos y pobres, "fuertes y débiles", y también las tendencias partidistas eclesiales (unos se sienten más ligados a Pedro, otros a Pablo, otros a Apolo), hacen de la comunidad de Corinto un escándalo continuado por su falta de unidad. Pablo reacciona: "os ruego, en nombre de Nuestro S. J.C., poneos de acuerdo...". ¿Cómo puede estar dividida una comunidad en la que todos creen en Cristo, por la que ha muerto Cristo? Eso no pasaba sólo en Corinto. Ahora, ante el mundo, estamos dando un espectáculo escandaloso: cristianos que creen en el mismo Jesús y que sin embargo están desunidos: católicos, protestantes, ortodoxos orientales... Es más lo que nos une que lo que nos separa, y sin embargo no queremos unirnos. Esta semana de oración que del 18 al 25 de este mes estamos viviendo es una llamada a la unidad.

Pero no hace falta que nos extrañemos mucho de la falta de unidad que haya a niveles superiores, porque nosotros mismos seguramente estamos experimentando también la desunión: en nuestras comunidades parroquiales o diocesanas, en el seno de cada familia, en la relación de jóvenes y mayores, de laicos y sacerdotes... ¿No vivimos a veces situaciones de tensión por tendencias, por sensibilidades distintas, por ideologías más o menos adelantadas o tradicionales, por partidismos eclesiales y conflictos de pareceres en todos los órdenes? A todos, la Palabra de Dios nos dice hoy que nos convirtamos al único que puede ser nuestra Luz, nuestra Paz, nuestro Guía: Cristo Jesús. En el nivel de las Iglesias, pero también en el de las personas y los grupos dentro de nuestras comunidades, convertirnos a Cristo es el único camino de la unidad. Cuando experimentamos el dolor de la discordia, una mirada a Cristo debe evitar que perdamos la caridad, el humor, la unidad, la ilusión de seguir creciendo en nuestra vida cristiana.

Lo cual no significa uniformidad: que todos piensen y sientan igual. En un coro no hace falta que todas las voces canten al unísono. En una orquesta no se trata de que todos los instrumentos sigan una misma línea melódica. Lo que sí se pide es que haya armonía y concordia en esa riqueza de matices y personalidades. Que haya unidad de fe, de caridad fraterna, de ilusión por el trabajo común, de empuje misionero.

Con todo lo que hay que hacer para llevar a este mundo la luz y la novedad del evangelio, y estamos divididos entre nosotros mismos. La falta de unidad nos condena a la ineficacia, a la esterilidad.

La Eucaristía, en la que cada uno de nosotros escuchamos la misma Palabra y comulgamos con el mismo Cristo, y en la que nos damos el gesto de la paz, como condición para recibir a Cristo, nos debe ayudar cada vez a crecer en sentimientos y en actitudes de paz y de unidad.

 

 

El evangelio nos invita hoy a acompañar al Maestro, para contemplar sus gestos, para escuchar sus palabras, deseosos de empaparnos de su espíritu.

El texto nos recuerda  el contexto sociológico en el que Jesús empieza a predicar su evangelio, un evangelio de conversión y de purificación de la religión judía. Empieza  por la “Galilea de los gentiles”, el país de Zabulón y de Neftalí, una región en sombras, desde el punto de vista religioso. Era una tierra de sincretismo religioso, de relajación de costumbres. Por ahí comenzó Jesús, desde una tierra y unas personas despreciadas por la élite religiosa de Jerusalén. Para esta gente religiosamente despreciada y sospechosa Cristo quiso brillar como una gran luz. Yo creo que nuestra sociedad, y nuestra tierra, hoy es también “Galilea de los gentiles”, una sociedad religiosamente relajada y sin vigor.

Con Jesús, la Luz irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos que ya  Isaías contemplaba envueltos en las tinieblas de la muerte. El evangelista recoge las palabras del profeta Isaías, al señalar esta tierra como llena de tinieblas y de sombra. Pero una luz grande va a brillar sobre ellos. Allí aparece Jesucristo, luz que ilumina la oscuridad y que elimina las tinieblas. Jesús prefiere empezar su ministerio público precisamente en territorio semipagano. Cafarnaúm, junto al lago, será su pueblo y de allí saldrán sus primeros discípulos que son unos pobres pescadores. El lugar y las personas elegidas desconciertan, pero son un signo de lo que significa el anuncio de la Buena Noticia, que va dirigido en primer lugar a los pobres, a los sencillos y los a los considerados ateos.

 A nosotros, los cristianos del siglo XXI, nos toca hoy brillar como una gran luz y predicar el amor y la conversión. Jesús en los inicios de su predicación -y ahora a cada uno de nosotros, a todos los que buscan- nos llama a la conversión, a la renovación.

Convertirse no  se trata de buscar un Dios lejano, sino descubrir un Dios presente en nuestra vida. Un Dios presente, pero que pide más, ofrece más, espera más. Esta es la Buena Noticia de JC -siempre "buena", siempre "nueva"- para nosotros.

Desde esta conversión de corazón podremos ayudar a nuestra sociedad a acercarse cada día un poco más al Reino de Dios.

El evangelio nos presenta a un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el lago de Galilea.

Allí encuentra a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. Jesús pasa cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago. También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos respondieron con prontitud y generosidad.  Le siguen, dejándolo todo. El seguimiento de Jesús será una de las categorías fundamentales que definen el discipulado. Así llegará a decir posteriormente: "El que no tome su cruz y me siga no es digno de mí" (Mt 10,38). El seguimiento no se limita a gestos superficiales, sino que lleva hasta la entrega de la propia persona. En Israel los discípulos buscan al maestro de la Torá, la Ley. En cambio aquí es Jesús el que elige. La condición del discípulo de los rabinos es transitoria, mientras que para el discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la comunión de vida y de muerte con su Maestro. El seguimiento no se limita a la aceptación histórica de Jesús, sino que supone la entrega a Él y la identificación con El y al mismo tiempo la asunción de su causa: la atención compasiva hacia los pobres y marginados. La adhesión a la persona de Cristo es la base de la moral, del comportamiento del cristiano. Adhieres a su persona, es asumir sus actitudes y valores. La moral cristina no es un mero cumplimiento de normas, sino que se basa en el "seguimiento de Jesús". Pregúntate ¿Qué pide El de ti?, ¿qué espera El de ti? ¿Qué haría El en tu circunstancia?

Jesús ahora también pasa a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria, ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de muerte en que yace el mundo, iconos de la misericordia del Padre Las barcas y las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá, lo mismo que les ocurriría quizás a los primeros discípulos. Pero como ellos hemos de mirar hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y ser valientes para recorrerlo.

Tengamos muy presente que tanto en la época de Jesús, como ahora, lo que caracteriza al discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir, esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a "fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona, establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro, no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente, todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas explicaciones.

Que el Señor, por lo menos en este domingo, nos encuentre con un corazón dispuesto a una renovación personal y comunitaria. Que el Señor, en este Día del Señor, encuentre en nuestros labios un “si” como respuesta a todo aquello que nos pide como muestra de nuestra fidelidad y de nuestra fe. ¿Hemos escuchado nuestro nombre?.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@sacravirginitas.org

 

 

sábado, 4 de enero de 2020

Comentario a las lecturas del domingo segundo después de Navidad 5 de Enero de 2020


Comentario a las lecturas del domingo segundo después de Navidad 5 de Enero de 2020
Eclo 24, 1-2. 8-12
Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20  
Ef 1, 3-6.15-18
Jn 1,1-18
Este domingo es como un reflejo de la fiesta de la Navidad. Y así muchos de los textos que se reflejan en la celebración de hoy son los mismos de la Natividad. Viene muy buena esta “segunda oportunidad” de meditar esta Palabra de Dios, por si hace unos días se nos pasaron algunas cosas de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador.
Los textos litúrgicos de hoy ofrecen la dimensión teológica de los hechos de Belén. La contemplación se basa principalmente en el prólogo del cuarto evangelio. El alma se postra al son de la gran afirmación: "La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros". Nosotros, por la venida de esta Palabra, somos hijos de Dios.
La presente meditación, siguiendo el texto sapiencial, nos conduce a ensalzar a la Sabiduría, a admirarla, a alabarla y bendecirla. Oración gratuita que acaricia el misterio, a semejanza de la actitud contemplativa de la Virgen María, y que lo hace penetrar en el corazón. Adoremos, pues, a la Divina Sabiduría Eterna, que ha querido residir, con todo su poder salvador, en la nueva Jerusalén, para participar a su pueblo la misma gloria que ella posee.
La oración, por tanto, deviene hoy glorificación de Dios. Oportunidad para dar alas a la alabanza que brota espontáneamente de la consideración de los hechos y palabras del Señor a favor de los hombres. Singularidad de una revelación que hemos tenido la suerte de conocer y que agradecemos con todo el alma.
Nuestra bendición -decir bien- se dirige a Dios, porque, en Cristo, nos ha bendecido con toda suerte de bendiciones espirituales. Elegidos eternamente a la santificación, nos ha predestinado a ser hijos adoptivos en el mismo Cristo. Debemos ser alabanza de la gloria de Dios. Tenemos que ser testigos de la esperanza que inunda nuestros corazones.

La primera lectura  del libro del Eclesiástico, (Eclo 24, 1-2. 8-12),es el “himno a la sabiduría”, a sabiduría que habita junto a Dios, es “Palabra”  sabia, es veraz. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho VIDA.
La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloria en medio de su pueblo”. La sabiduría, no la ciencia; la sabiduría es cosa de Dios, la ciencia es cosa de los hombres. Los cristianos amamos la ciencia, pero sólo para llegar con ella más fácilmente a Dios por el amor, es decir, para alcanzar la verdadera sabiduría. Nuestro mundo es bastante racional y científico, pero no es sabio, porque no tiene amor y porque usa la ciencia, en gran parte, para matar mejor y para agrandar el inmenso abismo que separa a unos hombres de otros. La Sabiduría , es el conocimiento y el amor de Dios y de todas las cosas en Dios y para Dios. Pidamos a Dios Padre que nos dé la sabiduría, que nos dé su gracia para que vivamos realmente como hijos adoptivos suyos, a imagen de su Hijo.

El Salmo de hoy es  el 147 (Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20  ),desgrana la obra de Dios y la une en la estrofa a la cercanía de la palabra encarnada. Asñi lo expresamos en la estrofa:  " la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"
Este salmo, en el texto hebreo, es la segunda parte del salmo 146 y continuación del mismo tema: Himno de alabanza a Dios Señor de todo y cuya bondad se manifiesta en toda clase de beneficios. Para los pueblos rurales de otros tiempos, la "ciudad", rodeada de murallas y protegida por sólidas puertas, era el símbolo de la seguridad. Israel no olvida nunca que el mayor beneficio es el maravilloso don de la "Ley", de la "alianza" de Dios con su pueblo: ningún otro pueblo fue tratado de igual manera, ningún otro pueblo conoció sus voluntades. Estos dos temas, el de la intervención de Dios en la historia y el de la intervención de Dios en la naturaleza están estrechamente unidos por el tema de la "Palabra", del "Verbo" de Dios: es el mismo Dios "que se expresa" en los dos casos... Y las maravillas del cosmos son como la garantía de la verdad de su ley. El hombre que conoce la voluntad de Dios tiene la posibilidad de saber "la ley de su ser": es una seguridad de éxito. Lejos de considerar la ley como una sujeción o un peso, Israel la considera como liberadora. Se la ama, como la luz que permite caminar sin vacilar. Saber lo que es "bueno para el hombre", saber "lo que lo destruye".
Así comenta San Juan Pablo II este salmo: " 1. El Lauda Ierusalem, que acabamos de proclamar, es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo a la palabra de Dios, que "corre veloz" sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, verdadera "flor de harina" otorgada por Dios para "saciar" el hambre del hombre (cf. vv. 14-15).
Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía: "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice:  el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).
Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior, constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre invitación a la alabanza: "Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa" (Sal 146, 1).
2.Si fijamos nuestra atención en el pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor (cf. Sal 147, 12).
En el primer momento (cf. vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los "cerrojos" que refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén.
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En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina.
La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el salmista introduce la saciedad con la "flor de harina", o sea, con el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87, 2); ha derramado sobre ella su bendición (cf. Sal 128, 5; 134, 3), extendiéndola a todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122, 6-8); y ha saciado a sus hijos (cf. Sal 132, 15).
3.En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147, 15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: "Dijo Dios: "haya luz", y hubo luz. (...) Envía su palabra a la tierra. (...) Envía su palabra" (cf. Gn 1, 3; Sal 147, 15.18).
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4.Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: "Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos" (v.20).
Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos en el Deuteronomio: "¿Cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?" (Dt 4, 8).
5.Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones:  una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo "carne", es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1, 3. 14)." (San Juan Pablo II. Catequesis en la audiencia general del miércoles. 5 de Junio de 2002 ).

San Pablo en la segunda lectura (Ef 1, 3-6.15-18):. La segunda lectura de hoy nos presenta una de esas doxologías que aparecen en los escritos paulinos.
Inmediatamente después de la salutación, la carta a los Efesios incorpora un himno -posiblemente de procedencia litúrgica- de acción de gracias al Padre por la salvación que nos dio en Cristo (versículos 3-14). Acto seguido (versículos 15 ss), Pablo hace una oración al Padre para que conceda a los creyentes un espíritu de sabiduría que les dé a conocer cuál es su esperanza. La lectura de hoy nos presenta los primeros versículos de la acción de gracias y de la oración.
El himno de acción de gracias es básicamente una bendición del "Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" porque El fue el primero en bendecirnos. Es decir, se da gracias porque nos dio su Gracia. Y su gracia o bendición consiste en elegirnos para "ser hijos adoptivos suyos" por medio de Jesucristo. Y esto lo hizo el Padre de acuerdo con su plan salvador concebido "antes de la creación del mundo". El himno ayuda al creyente a comprenderse a sí mismo como agraciado, bendito, amado por el Padre desde siempre, con un amor que se manifiesta sobre todo al rescatarnos al precio de la sangre de Cristo (cfr. 1,7).
Esta acción de gracias de Pablo está motivada por las noticias que tiene de la fe de los efesios, lo cual motiva también su oración para que el Padre les conceda un "espíritu de sabiduría y revelación" que les lleve al verdadero conocimiento del Padre y de la esperanza de los creyentes: la participación en la misma suerte de Cristo.
La lectura consta de la primera parte del himno inicial de la carta (vs. 3-6) y de un final (15-18), común a todo el himno, lo cual resulta una distribución extraña desde el punto de vista del texto.
En esos versos iniciales aparece claramente la acción de gracias-bendición por la predestinación y elección de los hombres por parte de Dios. La palabra "predestinación" bíblicamente hablando es la que Dios hace para que todos los hombres sean hijos suyos. Santidad y filiación van unidas en este texto.
El texto destaca, por un lado, la gratuidad e iniciativa de Dios. Por otra, la consecuente apertura del hombre a este proceso, a través de la fe. Actividad humana que es de respuesta y aceptación también, nuevamente, en el Espíritu y como don de Dios también ella.
Este pasaje expresa en una sola frase una alabanza desbordante, que, de una alentada, celebra el despliegue de la gracia de Dios.
El pasaje pertenece al género literario de bendición (cfr. 2 Cor 1, 3), muy usual en la liturgia judía. Dios es el sujeto de los verbos; su acción se encuentra ritmada por los "en Cristo" ("en él") y jalonada por fórmulas doxológicas (vv. 6.12. 14). La bendición de Dios se considera como elección (4-5), liberación (6-7), herencia (11-12). Estos temas pertenecen al vocabulario de alianza del A.T. Efesios llega a hacer una unión notable entre la perspectiva bíblica de pueblo de Dios y la idea nueva de Iglesia de Cristo.
La expresión "en el cielo" , que es muy particular de esta carta (1, 20; 2,6), sitúa sucesivamente en el mundo celeste a Cristo, a la Iglesia, a los creyentes. La expresión se asocia estrechamente a los elegidos en el triunfo de Cristo, vencedor de las potencias celestes. Esta elección es obra absoluta de la gracia, lo que viene a constituir un signo de adopción filial.
Esta adopción no debilita nuestra responsabilidad, sino que la potencia hasta una exigencia sin límites (vv. 11-14).
El Apóstol se siente lleno de gratitud hacia Dios y exclama gozoso alabando la bondad y el poder divinos. “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”
El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad.
Dios nace cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y les lleve al encuentro con Dios.
Santos e irreprochables.- "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones..." (Ef 1,3) Bendice al Padre precisamente porque él nos ha bendecido con toda clase de bendiciones. Bendecir equivale a decir bien. Aplicado al hombre respecto de Dios viene a significar que el hombre habla bien de Dios, reconoce su dignidad divina y la proclama. Y lo mismo que una blasfemia ofende al Señor, una alabanza le honra. Si maldecir a Dios es un pecado gravísimo, alabarle y bendecirle es un modo de darle culto y ensalzarle.
Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por amor”. Con absoluta claridad y rotundidad San Pablo les dice a los primeros cristianos de Éfeso y también a nosotros que estamos llamados a la santidad, es decir, a ser santos e irreprochables en la presencia de Dios, por amor. Para conseguir esta santidad por amor deberemos arrancar de los más oscuros rincones de nuestra conciencia los egoísmos, las tendencias pecaminosas, los orgullos y vanidades, en definitiva todos los pecados. Dios Padre nos ha elegido hijos adoptivos suyos, a imagen de su Hijo, Jesús, para que seamos en este mundo gloria y alabanza de su gloria.
Tanto para entender lo que significa participar de la herencia de Jesús, como para discernir lo que exige la esperanza de la fe y el conocimiento de la sabiduría de Dios, es preciso que el cristiano se ponga en actitud de súplica consciente y religiosa. Así es como se llega a ser "santos": siendo hermanos en Cristo, capaces de conocer la realidad de Dios y las exigencias de la fe entre los hombres.
En contra de lo que algunos podrían suponer, la visión cristiana sobre el hombre y su historia no puede ser más optimista y esperanzada. Nuestra existencia no es «un breve resplandor entre dos oscuridades», sino que sabemos muy bien cuál es nuestro origen y cuál es nuestro destino; somos hijos de la luz y herederos de la gloria; de luz en luz caminamos.
«Antes de la creación» fuimos elegidos y pensados con amor. «Yo soy porque soy amado». Yo crezco porque no dejo de ser amado. Yo no moriré porque siempre seré amado. La riqueza de gloria que nos espera sólo podemos comprenderla desde el «espíritu de Sabiduría».
La razón última de toda esta realidad desbordante y gratificante, la explicación de tanta bendición y tanta gracia, es Cristo. Cristo es nuestra alabanza de gloria.
¿Nuestra vida es gloria y alabanza de Dios ante nuestros hermanos? ¿Nos ven los demás realmente como gloria y alabanza de Dios? Son estas algunas de las preguntas que debemos meditar ahora y a las que deberemos responder los cristianos en este tiempo de Navidad.

El evangelio de hoy de San Juan  (Jn 1,1-18), es el prólogo del evangelio de Juan en el que se identifica a Jesús con la Palabra, "el Logos" griego La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
El texto de hoy es el mismo que el día de Navidad. Nos presenta un prólogo que es una especie de Evangelio o Buena Nueva hecha en un resumen teológico desde la mente de Juan y de su comunidad primitiva. Hay un progreso de Revelación desde el principio hasta el fin. Se nos dice explícitamente que esta Palabra es el Hijo de Dios (vv.14 y 18) y que el Dios del que se ha venido hablando desde el principio es el Padre.
El prólogo del evangelio de Jn es un himno solemne -en siete estrofas de estructura semita- al Logos, al Verbo, revelación del Padre en Cristo. En este prólogo están ya presentes los grandes temas del evangelio: el Verbo, la vida, la luz, la gloria, la verdad. Y las fuertes contraposiciones: Luz-tinieblas; Dios-mundo; fe-incredulidad. Dos veces resuena la voz del testigo: Juan Bautista.
El evangelista se dirige a una comunidad de cultura griega, que conoce muy bien lo que significa en la filosofía el término "logos", palabra. Es el origen y culmen del universo, es lo que da sentido a todo. El logos es Jesús, que se encarna por nosotros. Pero vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz. Hoy día sigue viniendo a nosotros, ¿por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son "navidades" en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica "luz", porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra.
Las tesis que presenta son las mismas que las del evangelio. La idea de fondo es la plenitud de la revelación que nos ha traído el Verbo. Ha salido del Padre y se ha hecho hombre. También de la Sabiduría se dice que estaba en Dios (Pr 8. 30), pero la sabiduría era una personificación literaria. La Palabra en cambio, es una persona, es Dios, es la última palabra que Dios ha pronunciado (Hb 1. 3).
En la Palabra hay vida y la vida era luz. Luz que brilla en las tinieblas. La llegada de Jesús divide la historia en dos partes. Tinieblas antes de Jesús, luz después de él y nos coloca en una alternativa: ser hijos de la luz o hijos de las tinieblas.
Jesús es la luz verdadera no tanto en contraste con Juan sino con el A.T. Es la luz verdadera porque en él se cumplen las promesas.
El comienzo del prólogo de Juan nos remonta a lo más alto y más sublime del misterio trinitario: "La Palabra, en el principio, estaba junto a Dios".
La expresión es, a la vez, sobrecogedora y humilde: nosotros sabemos bien qué es eso de estar unos junto a otros; somos conscientes de necesitar el cobijo y el calor que da la cercanía humana. De lo que es y significa "estar junto a Dios" sabemos menos; es decir, en realidad no sabemos apenas nada: es un nivel al que, si no fuera por Jesús, no tendríamos posiblidad de acceso. Nosotros pertenecemos a la noche, y por nosotros mismos no podemos alcanzar el ámbito de la Luz.
Pero, un día, ese Dios a quien nadie ha visto nunca decidió rasgar la tiniebla y plantar su tienda junto a nosotros.
"Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros..." (Jn 1, 14). El “Logos” dice el texto original griego, que traduce el término hebreo “Menrah” y que la versión latina traduce por “Verbum”. En castellano siempre se dijo el Verbo. Ahora se traduce por Palabra en un afán de hacer más comprensible ese concepto joánico que intenta dar un nombre al Inefable, que precisamente por serlo escapa a nuestras posibilidades de comprensión y por tanto de nominación. De todas maneras el misterio sigue envolviendo a este Dios que nos nace en Belén como un niño...
Él se hizo carne en el seno virginal de María. Sí, carne, “sarx” en griego, “bashar” en hebreo. Un niño de carne, como cualquier otro niño, pequeño y torpe, inerme y blando, casi ciego, el pelo raído y escaso, desvalido y hambriento...
La Palabra se hizo carne. Así clarifica que la revelación definitiva de Dios no es una sombra, un sueño, una ilusión sino una realidad tangible. Juan lo reafirma en el prólogo de su primera carta.
Ha venido para acampar entre nosotros. Este ha sido siempre el modo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Desde la revelación en el Sinaí, Dios ha estado en medio de su pueblo. La tienda primero, el templo después, fueron los modos de presencia. Ahora esta presencia se ha hecho real y viva con la vida del hombre. La encarnación es el primer momento de esta morada de Dios entre los hombres y tendrá su realización plena en la resurrección.
Dios se acerca a los hombres hasta el punto de hacerse uno de ellos: "carne". Esta fórmula de Juan, "la palabra se hizo carne", es una afirmación del misterio de la encarnación del Hijo; del paso de la existencia eterna de la palabra de Dios, al comienzo de su existencia histórica y de su aparición en el mundo.
Pero no es ésa la intención principal del evangelista. Juan intenta, sobre todo, destacar que Jesús de Nazaret, palabra de Dios hecha carne, no es una apariencia, una sombra o un fantasma.
La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros.
Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres. El cuerpo de Jesús se convierte, por su muerte y su resurrección, en el templo de la presencia de Dios.
El es la verdad y la vida de Dios hecha carne. Ama, cura, perdona. Vive y sufre como un hombre entre los hombres. Todos pueden verlo y oírlo. Todos pueden creer en él, ver su luz, beber su agua, comer su pan, participar de su plenitud de gracia y de verdad. La comunidad cristiana lee solemnemente el prólogo del evangelio de Juan en las fiestas del nacimiento del Señor. Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.
El Antiguo Testamento conocía ya los temas de la Palabra y de la Sabiduría de Dios quien, siendo preexistente al mundo, es el artífice de toda la creación. Los libros sapienciales afirman que Dios lo crea todo con Sabiduría. Ésta estaba presente cuando Dios fundamentaba la tierra y los mares Pr 8,22.31). Ella ha querido habitar entre los hombres y hacerse conocer, como portadora que es de la Ley del Altísimo (cf. Sir 24,vv. 8. 23). Esta palabra volverá a Dios después de haber cumplido su misión salvífica y reveladora (cf. Is 40,8; 55.10-11).
El evangelista Juan es heredero de esta rica tradición veterotestamentaria. Después de la experiencia fundamental de la Resurrección, Jesús aparece como el portador y el revelador de la presencia de Dios. Todos los temas reveladores del Antiguo Testamento son reinterpretados para expresar con ellos el misterio del Resucitado. Jesús, es presentado como la Palabra preexistente de Dios, mediador de la obra creadora del Padre, que se ha encarnado en nuestra historia y ha venido a compartir nuestra vida, para cumplir la misión recibida: revelar a Dios a los hombres y mujeres. Después de cumplir su misión, ha de volver al Padre, de quien había salido. La novedad del Nuevo Testamento está, por una parte, en comprender la Sabiduría-Palabra de Dios como una persona diferente de la de Dios-Padre; y por otra en darle un rostro concreto: la persona de Jesús de Nazaret, hijo de María y de José.
Las palabras finales del evangelio de hoy: " A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer". resumen lo que significa aquello que denominamos la Encarnación de Dios, la Revelación-Manifestación de Dios. Palabras que podrían basar el comentario homilético de este domingo. Permitid que lo haga brevemente.
-"A Dios nadie lo ha visto jamás"
Primera afirmación, que quizá pueda parecernos sorprendente por lo que tienen de negación de un Dios conocido, hecho a nuestra medida. Hay en este texto, el evangelio de Juan, del prólogo de su evangelio, algo de "ateísmo" en el sentido de negar -de poner en crisis, en duda- nuestro conocimiento de Dios. Dice el evangelio de Juan: "A Dios nadie lo ha visto jamás".
¿Qué Dios conocemos? ¿No nos enseña la historia -y la realidad cotidiana- que muchos se han hecho una imagen o una concepción de Dios muy a la medida de las propias convicciones? ¿Qué pruebas tenemos de que el Dios que afirmamos conocer sea el Dios real? Decía uno de los mayores teólogos de la historia de la iglesia, santo Tomás de Aquino, que de Dios sabemos más lo que no es que no lo que es. Porque Dios es siempre más de lo que imaginamos, distinto de lo que suponemos, trascendente, más allá de nuestros esquemas y suposiciones.
De ahí que, el cristiano, en primer lugar, deba reconocer que partimos de un desconocimiento de Dios. Dicho de otro modo: que no podemos estar seguros de que Dios sea como lo imaginamos.
¿Por qué? Porque, como dice el evangelio que hoy hemos leído, "a Dios nadie lo ha visto jamás".
-"El Hijo es quien lo ha dado a conocer"
Pero inmediatamente el evangelio añade: "el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer". Esta es la gran afirmación propia de este tiempo de Navidad y Epifanía que estamos celebrando. "La Palabra -el Hijo de Dios- se hizo hombre y acampó entre nosotros". Este es para nosotros el camino, éste es para nosotros la luz, éste es para nosotros la Palabra.
La Iglesia primitiva recurrió con frecuencia al lenguaje poético e hímnico para expresar los misterios de su fe en Cristo resucitado. El testo proclamado hoy, expresa, con un lenguaje lleno de reminiscencias bíblicas, el misterio de Cristo y lo que supone abrirse a la fe: participar en la vida de Dios. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de Navidad.
Es todo un misterio desvelado y revelado para una mayor comprensión nuestra, hecha por Juan:
a. Es una Palabra Divina: No solo está junto a Dios sino que ella misma es Dios pues existía desde el principio. Esta Cristología de Juan en el Prólogo es la misma que Pablo usa en sus cartas y es la más desarrollada de todo el Nuevo Testamento. No se remonta hasta la infancia de Jesús, como hacen Mateo y Lucas, sino que se remonta hasta su preexistencia.
b. Es Palabra creadora: Todo existe gracias a ella y por ella. Y parte de esta creatividad es que no solo transmite la vida, sino que ella misma es la vida que se identifica con la luz. En el Evangelio Jesús dirá: "Yo soy la Luz del mundo" y también "Yo soy la vida". Y lo manifestará con signos y señales abundantes, con portentosos milagros.
c. Es Palabra rechazada: El mismo Prólogo lo hace constar. Ha sido una Palabra que no han podido apagar las mismas tinieblas. Ha habido rechazo, ya que los suyos, que "no la recibieron", como la de tantos otros que en acto de autosuficiencia se han negado a abrazar este signo vital.
d. Es Palabra recibida: Los que oyen esta palabra serán sus discípulos, y a estos les dará el honor de ser Hijos de la Luz, Hijos de Dios.
e. Es Palabra testimoniada: Jesús va a ser el testigo principal de esta palabra y otros le seguirán como discípulos. El testigo reconoce perfectamente bien su función subordinada. Su vida es un continuo contraste con esta palabra que hace de espejo donde se refleja la propia vida con todos sus actos. (v.15).
f. Es Palabra iluminadora: (v. 9) De este mundo al que Dios ha enviado su Palabra. Un mundo individual y colectivo, que acepta o rechaza este don de Dios. Hay en este mismo Prólogo símbolos que han sido preferidos por Juan para manifestar más claramente el contraste de las dos realidades.  Es un dualismo claro: luz y tinieblas, bien y mal, vida y muerte, arriba y abajo.  Pero aunque hay contraste, los términos y los resultados no son iguales: Al final la luz vence a las tinieblas, la vida vence a la muerte, la gracia al pecado.
La Palabra de Dios recorrió un largo proceso en su acercamiento a los hombres. La hemos contemplado presente en la Creación. La vemos, como señala la Carta a los Hebreos, a lo largo de la historia del pueblo de Dios, al cual Dios ha hablado en distintas ocasiones por medio de los profetas. En la etapa final de la historia nos ha hablado por el Hijo, la luz verdadera. Pero lo más grave es que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Rechazaron la claridad para vivir en la oscuridad.
Dice San Agustín, "la Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Por tanto, quien quiera comprarla, que se dé a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da. ¿Qué da la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho" (Sermón 117, 1-5).
¿Cómo recibimos nosotros la Palabra? Ella acampa entre nosotros, toma nuestra condición, "se hace hombre para divinizarnos a nosotros". Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, le rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento de su hijo fueron los excluidos de aquella época, los pastores, quienes, eran mal vistos porque nunca participaban del culto como los demás y vivían al margen de los demás. O más bien eran ellos marginados por los poderosos. Su trono fue un pesebre, su palacio un establo, su compañía un buey y una mula… ¡Por algo quiso Dios que fuera así!
Oramos con San Agustín:
"Canten mis labios las alabanzas del Señor,
de ese Señor por el que fueron hechas todas las cosas
y por el que fue hecho Él en medio de las mismas;
de ese Señor que es el manifestador del Padre
y el creador de su Madre;
Hijo del Padre Dios sin madre,
hijo del hombre de madre sin padre;
gran luz de los Ángeles,
pequeña en la luz de los hombres;
Palabra de Dios antes de los tiempos;
palabra humana en el tiempo oportuno,
creador del sol,
creado bajo el sol
" (S. Agustín. Cuarto Sermón de Navidad, 1 PL 38, 1001).

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com