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viernes, 27 de diciembre de 2019

Lecturas del Domingo: Sagrada Familia, Jesús, María y José 29 diciembre de 2019


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 3, 2-6. 12-14
El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
Salmo 127, 1-2. 3. 4-5
R. DICHOSOS LOS QUE TEMEN AL SEÑOR Y SIGUEN SUS CAMINOS.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R.

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3,12-21
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimo.
Palabra de Dios



ALELUYA Col 3, 15a. 16a
La paz de Cristo reine en vuestro corazón; la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 2, 13-15.19.23
Cuando se retiraron los magos, el ángel del señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atacaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
Palabra del Señor

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Comentarios a las lecturas del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario 8 de septiembre de 2019.


Comentarios a las lecturas del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario 8 de septiembre de 2019.
"Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti". Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: "La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma". (San Agustín).
¿Qué es lo que Dios espera de mí? ¿Qué hombre conoce el designio de Dios?. ¿Buscamos a Dios de verdad?. ¿Anhelamos su sabiduría?. ¿Se nota, no solo de palabra, que el Señor es nuestra  riqueza?. Comprender el designio de Dios. Dios como refugio, el cambio que supone la vida cristiana de recibir a todos como hermanos, la exigencia de renuncia de la propia vida cristiana para ser discípulos de Jesús, las condiciones del seguimiento.
Todas estas preguntas y realidades resonarán hoy en las lecturas propuestas.

La primera lectura es del Libro de la Sabiduría ( Sab 9,13-18), nos presenta a la Sabiduría auténtica como que es el mismo Espíritu de Dios, es Dios mismo. La razón es de los hombres, la sabiduría es de Dios y ¡qué difícil es para nuestra pobre razón conocer los designios de Dios, si Dios no nos da su santo Espíritu!. Ante el misterio de Dios, el hombre debe proceder siempre con humildad y reconocimiento de nuestros límites.
 Los designios de Dios solo los podrá conocer el hombre con ayuda del Espíritu Santo. Sin la ayuda permanente del Espíritu es imposible conocer lo que Dios quiere de nosotros. Es verdad que Jesús "fue la imagen del Dios invisible" y nos enseñó a reconocer el amor desbordante del Padre hacia sus criaturas. Pero eso mismo, sin la ayuda del Espíritu, no nos llegaría, no lo entenderíamos. Muchas de las especulaciones "cientificistas" que hacen algunos respecto a la figura de Cristo, o en torno a la presencia de Dios en la creación, y que se pierden por caminos de adivinanzas o de conjeturas interminables, se deben a la ausencia del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo está en nosotros todo llega fluidamente y con una profundidad que no procede de nosotros mismos. Pretender llegar al "fondo" de Dios cerrándose al Espíritu es –casi—una pérdida de tiempo. Eso no quiere decir que no tengan mérito los esfuerzos de personas que, sin recibir al Espíritu, buscan a Dios. El contenido del texto que leemos hoy en el Libro de la Sabiduría nos demuestra que eso ya lo sabían muchas generaciones antes del nacimiento de Cristo.
"¿Qué hombre comprende el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere...?" (Sb 9, 13). Los planes de Dios, sus intenciones, sus pensamientos están ocultos a los hombres. Los deseos, las motivaciones humanas son más o menos previsibles. Muchas veces sabemos lo que nuestro interlocutor piensa con sólo mirarle a los ojos. Sabemos qué es lo que desea, qué es lo que está buscando. Con Dios no ocurre lo mismo. Él se escapa a nuestras previsiones, está por encima de nuestros cálculos. Y a menudo nos sorprende su forma de actuar, nos extraña quizá su pasividad, su prolongado silencio. Y nos preguntamos, inútilmente, el porqué de las cosas. Hoy nos dice el sabio inspirado por Dios: Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo es el lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente del que medita... Por eso ante Dios sólo nos queda en ocasiones el silencio por respuesta, la aceptación rendida de cuanto Él quiere disponer. Conscientes de que sus planes son siempre justos e inapelables. Contentos al pensar que, además de inteligente como nadie, Dios es sobre todo amor.
"Pues, ¿quién rastreara las cosas del cielo, quien conocerá tu designio?" (Sb 9, 17). Los planes de Dios están escondidos para los hombres, el Señor puede mostrarlos con el fulgor de tu luz, esa luz que luce en las tinieblas y que las tinieblas no sofocaron, esa luz verdadera que, con su venida a este mundo ilumina a todo hombre. La luz, nos ha penetrado, sembrando el gozo y la alegría en nuestros corazones, porque sabemos lo que buscas, lo que intentas desde el principio de los tiempos. Salvar a los hombres, a todos. Esa es la voluntad del Señor, su deseo de universal salvación. Y para que esa redención no fuera como una limosna que nos humillase, permite que podamos cooperar a nuestra propia salvación, conquistar con nuestro pequeño esfuerzo, sostenido por tu gracia, ese Reino maravilloso que él ha venido a proclamar.

El responsorial es el salmo 89 (Sal 89,3-6.12-17). Volvemos a presentar el comentario hecho el Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 4 de agosto de 2019.
  Decíamos que este es uno de los llamados salmos reales. Estos salmos tienen dos modalidades: algunos salmos que hablan sobre el rey de Israel y otros que muestran la realeza divina. La tradición de ambos grupos de salmos es davídica en el sentido de que se apoya tanto en la elección divina del Rey David como en la promesa que Yahveh le hizo sobre la perpetuidad de su dinastía. Inicialmente usados para la consagración de reyes o para ceremonias reales, con la caída de la monarquía son reutilizados en sentido mesiánico. Los más representativos son el Salmo 2, el 45, el 89 y el 110 (para los directamente relacionados con la dinastía davídica).
En este salmo, un himno al Señor rey del universo (vs. 1-18) y una evocación de las promesas hechas a David y a su descendencia (vs. 19-37) sirven de base para una súplica en favor del rey (vs. 38-52). El salmo fue compuesto probablemente hacia fines de la época de los reyes, cuando el creciente poderío de Babilonia se había convertido en una grave amenaza para el reino de Judá.
El hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos la vieja sabiduría sobre la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia.
"Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación".
El salmista se presenta en el escenario, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los siglos pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones humanas. En efecto, necesitábamos una roca porque las generaciones subían y bajaban como las olas, y la vida era un perpetuo movimiento como las entrañas del mar.
Y, por encima de las estaciones y vaivenes, el Señor estuvo con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El estaba -estuvo-- en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el fondo de nuestros sueños como confidente; y, desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados, apenas conseguimos rescatarlo a El como un ser familiar con el típico encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías. Nuestro refugio de generación en generación.
En medio de ese remolino de contrastes en que se mueve el salmista, la impresión, entre tantas impresiones, que más vigorosamente resalta el salmo 89 es la de la caducidad de la realidad humana y, en general, de toda la realidad, frente a la consistencia de Dios. Todo, en el salmo, está en una mezcla confusa: las leyes biológicas junto a las iras divinas, el vacío, el silencio, el olvido.
"Mil años en tu presencia son un ayer que pasó ,una vela nocturna... " (Sal 89,4)
"Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato" (v.12).
El Señor nos enseña a «contar nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo, «entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12).
Sabiduría de corazón. ¿En qué consiste ella? En «conocer mi fin» y «la medida de mis años» para comprender «lo caduco que soy», y en «calcular nuestros años» para, de esta manera, adquirir un «corazón sensato». He ahí la fuente y el camino de la sabiduría.
Corazón sensato es el de aquel hombre que tiene una visión objetiva sobre todo su entorno, dispone en su mente de la medida de las cosas y sabe aplicar, cuando corresponde, la ley de la proporcionalidad. Por lo demás, es capaz de hacer una correcta distinción entre lo verdadero y lo ficticio, entre la apariencia y la realidad. En suma, sabe que la verdad consiste en saber que todo lo humano es caduco.
"Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo" (v. 14)
Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. Hemos buscado al salmista y lo hemos encontrado acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, hostigado por los rayos divinos, verdaderamente en el ojo de la tempestad.
Todas las verdades, proclamadas fragorosamente en la primera parte del salmo, siguen y seguirán en pie, pero la Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».
Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la plenitud total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como hierbas secas se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).
Las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en llenarnos. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza.
Dios hace estos prodigios, no el Dios de la venganza, que ya «murió» sobre el monte de las bienaventuranzas, sino el Dios de las Misericordias, el verdadero Dios, Aquel que nos reveló Jesús.
Después de beber este «vino», los días y los años que se abren ante nuestros ojos estarán colmados de alegría (v. 15). Y el salmo acaba con una estrofa en que una esperanza invencible llena por completo y guarda nuestro futuro:
"Aparezca tu obra ante tus siervos y tu esplendor sobre tus hijos.
La dulzura del Señor sea con nosotros. Confirma tú la acción de nuestras manos" (vv. 16-17).

En la segunda lectura carta a Filemón (Flm 9b-10.12-17). San Pablo está en la cárcel, detenido por causa del Evangelio, y desde la cárcel ha conocido a un tal Onésimo, que ha resultado ser un esclavo que se había escapado de la casa de su amo Filemón.
 San Pablo pide clemencia por el esclavo Onésimo, fugado de su casa y, posteriormente, reunido con el Apóstol. Al encontrarse con Onésimo, pasa bastante tiempo con él, y lo convierte a la fe. Luego decide devolverlo a su amo, pero acompañándolo con la carta de recomendación que hemos leído.
Filemón es cristiano, convertido también por Pablo, y por eso el apóstol tiene autoridad sobre él y puede pedirle lo que hemos escuchado en la carta. Le dice que, como cristianos que son los dos, cuando ahora se vuelvan a encontrar la relación que deben tener entre ellos no debe ser la de un amo que castiga al esclavo que se le había escapado, sino la de dos hermanos que se reúnen.
San Pablo nos va a dar siempre esa aproximación insuperable a la realidad de su tiempo sin dejar de dar mensajes válidos para todas las épocas. La esclavitud era un "sistema de producción" dentro de la economía de ese tiempo. Sin duda, esa mano de obra barata y fiel había ayudado a construir imperios. Hombres, mujeres y niños constituían parte del botín de las guerras y pasaban a ser utilizados por los vencedores. En el Antiguo Testamento aparecen las deportaciones que sufrió el pueblo judío. Egipto, Babilonia son destinos de esclavitud. San Pablo pide hermandad entre esclavo y amo y, sorpresivamente, no pide la liberación de Onésimo. Pero es que el respeto por la ley civil del Apóstol es lo que dio marcha a su largo camino.
San Pablo pone en práctica las exigencias del evangelio de Jesús. Por la aceptación del evangelio y merced al bautismo, el esclavo tampoco es ya simplemente esclavo, ya no es un objeto sin derechos perteneciente a su propietario, de modo que éste pueda hacer lo que le plazca, sino que es un liberto del Señor, un hermano en Cristo. La relación de amo respecto a su esclavo ha quedado modificada. La llamada de Cristo acarrea una transformación radical de las relaciones: el esclavo se convierte en un liberto de Cristo y el libre se hace esclavo de Cristo. Onésimo quiere decir "útil". No habrá ya entre los hombres una relación de "utilidad" sino de "fraternidad. Esta libertad gracias a Cristo es la solución dada por el cristianismo primitivo al problema de la esclavitud. San Pablo manifiesta que merced al evangelio se produce una nueva relación del hombre para con Dios, y ella crea a su vez una nueva relación respecto a los demás hombres, cuyo determinante es el amor.

El Evangelio de este domingo de San Lucas (Lc 14,25-33),, se encuentra dentro de la sección de Lucas -iniciada en 9,51- que nos presenta a Jesús en viaje hacia Jerusalén. El texto está formado por dos comparaciones enmarcadas por tres frases de Jesús sobre el discipulado.
Como en otras ocasiones, también en la que nos refiere hoy el texto encontramos a Jesús rodeado de mucha gente. Era fácil seguir al joven rabino de Nazaret que hablaba con autoridad y que amaba a los niños y prefería a los humildes. No obstante, el Señor les dice que para seguirle hay que posponerlo todo a su amor: los padres, la mujer y los hijos, incluso uno mismo ha de estar en segundo plano respecto de Jesucristo. La doctrina no puede ser más clara en lo que respecta a las exigencias que comporta, el Maestro no palió las dificultades, podríamos decir que incluso parece exagerarlas un poco.
En los vv. 25-26, Jesús explica que ser su discípulo no significa simplemente caminar detrás de Él. Por esta razón, al ver que tantos lo siguen, se voltea y explica que para poder ser su seguidor de verdad, hay que preferirlo a Él por sobre todos. El amor que pide Jesús para sí es mayor que los lazos familiares más profundos, como el padre, la madre, los hijos o hermanos. Como ya había hecho en 9,57-62, el Señor enseña que solo poniéndolo a Él en el centro de nuestro corazón, prefiriéndolo incluso a la propia vida, podemos ser sus seguidores.
El v. 27, nos indica que para seguir a Jesús, es necesario cargar con la propia cruz. Del mismo modo que Él camina sin dudar hacia Jerusalén para entregar su vida (cf. Lc 9,51), quien quiere seguirlo debe hacer de su existencia un camino de entrega y servicio, y no de comodidad.
Al final del texto, en el v. 33, Jesús deja ver que tampoco puede ser discípulo suyo quien no renuncia a todo lo que tiene, es decir, a los bienes materiales que posee. Nuestro pasaje nos enseña así que el Señor debe ser preferido a todos y a todo.
Es de notar que las tres frases sobre el discipulado que hemos leído no son consejos para seguir mejor a Jesús, sino condiciones sin las cuales es imposible seguirlo (en las tres ocasiones se repite la expresión “no puede ser mi discípulo”). De este modo, el Evangelio nos invita a revisar nuestra escala de valores y prioridades para asegurarnos que Jesús esté siempre en el lugar más alto.
Jesús advierte de la absoluta necesidad de discernir antes de tomar una decisión tan importante: “¿Quién de vosotros, en efecto, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos...? Y ¿qué rey, si quiere presentar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente...? (los vv. 27-32). Los dos ejemplos propuestos sirven para demostrar que la decisión no puede hacerse a la ligera. Los medios humanos con que se puede contar son del todo insuficientes para acometer la construcción del reino de Dios y para afrontar las dificultades humanamente insuperables que se derivan de ello. La única escapatoria inteligente de este callejón sin salida es sopesar la gravedad de la situación, renun­ciando a contar exclusivamente con los propios medios. Sola­mente así se podrá hacer la experiencia del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para la construcción del Reino.


Para nuestra vida.

El texto de la primera lectura de hoy del Libro de la Sabiduría nos dice que sólo es posible comprender los caminos de Dios cuando el Espíritu Santo ilumina con la fe. Y esas resonancias del Espíritu, que tienen un claro matiz cristiano, ya se expresaban en tiempos de los judíos, lo que nos demuestra la unidad –en el tiempo y en el espacio-- de toda la Palabra de Dios.
Se  formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso.
¿Qué hombre conoce el designio de Dios? Los sabios de todos los tiempos han buscado la verdad y el sentido de la vida. Los astrólogos han buscado en los astros el destino de los hombres. Hoy se ha puesto de moda de nuevo el ansia de descubrir el propio futuro acudiendo al horóscopo o al adivino de turno que descifra la carta astral. Sabemos que son estafadores que se aprovechan de la ingenuidad y de la falta de seguridad que sufren muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. También en el siglo I en el Libro de la Sabiduría un judío de Alejandría se pregunta ¿quién rastreará las cosas del cielo? El sabio, que utiliza el seudónimo de Salomón, llega a la conclusión de que nuestros razonamientos son falibles, que apenas conocemos las cosas terrenas. Dios es el que nos concede la auténtica sabiduría, iluminando nuestra oscuridad. Cuando descubrimos la verdad aprendemos lo que Dios quiere de nosotros y alcanzamos la felicidad (la salvación). Fue el gran anhelo de San Agustín "Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti". Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: "La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma".
 Nosotros, los cristianos del siglo XXI, tenemos a Jesucristo, la sabiduría de Dios, que es Dios hecho hombre, que nos ha mostrado el rostro de Dios Padre, que nos ha hablado de lo que Dios quiere de nosotros, y que nos envió desde el cielo el Espíritu Santo que nos ilumina y nos guía. Así, si leemos y meditamos cada día el Evangelio, con la ayuda del Espíritu Santo, encontraremos allí una respuesta a esta pregunta que cada uno de nosotros hemos de hacernos: ¿Qué es lo que Dios quiere, y qué es lo que quiere de mí? Sin duda, a lo largo del Evangelio, escuchamos una llamada constante del Señor a seguirle, a ser sus discípulos. En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda qué hemos de hacer, y qué hemos de dejar atrás, para ser sus discípulos.

El responsorial de hoy es el salmo 89, el primero del Libro Cuarto del Salterio. Y nos muestra la oración de Moisés. Pero es, además, el inicio del reconocimiento del género humano de la existencia de un camino de contrastes entre Dios y el hombre. Se muestra la inconmensurable grandeza de Dios que supera enormemente la débil condición humana, la cual Dios remedia si invocamos su misericordia.
La "suscripción" de este salmo lo atribuye a Moisés, "hombre de Dios": es el único salmo puesto bajo el patronato de Moisés, a causa de sus lazos literarios con el Génesis 2,17; 3,12. "Adán sacado del polvo y volviendo a"... y Éxodo 32, 12; Deuteronomio 32,36. "Vuelve de tu cólera"... Oración de Moisés.
"Es un salmo de súplica por los pecados", oración "colectiva": el salmista dice siempre "nosotros"... No ora solamente, ni sobre todo por sus propios pecados, sino por aquellos de todo su pueblo. ¡Solidaridad admirable!
Este salmo era utilizado, en el culto de Israel, como "Liturgia penitencial" para pedir perdón... Como lo hacemos al principio de cada la "solidez y la permanencia inmóvil" de las montañas, y la "fragilidad efímera" de las flores, que florecen por la mañana y se marchitan por la tarde! ¡La imagen del "sueño" de la noche, que al despertar ya no se recuerda!.
En medio de ese remolino de contrastes en que se mueve el salmista, la impresión, entre tantas impresiones, que más vigorosamente resalta el salmo 89 es la de la caducidad de la realidad humana y, en general, de toda la realidad, frente a la consistencia de Dios. Todo, en el salmo, está en una mezcla confusa: las leyes biológicas junto a las iras divinas, el vacío, el silencio, el olvido. ¿Conclusión? Pareciera que íbamos a aterrizar en el pesimismo fatalista; pero no, el salmista nos conducirá de la mano hacia la sabiduría de corazón.
"Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna..." (Sal 89,4).
He aquí uno de los lados más significativos de la sabiduría de corazón: vivir enraizados en las profundidades de Dios. La raíz, por instinto, por una fuerza misteriosa, tiende al centro de la tierra; y cuanto más avanza en esa dirección, más vigorosamente se aferra a esa tierra que nutre y sustenta el árbol; y ese hundimiento es la condición de nuestra seguridad y la medida de nuestra fuerza.
El desatino está en pretender echar raíces en realidades de arena que no tienen subsuelo; ya se puede imaginar el resultado.
En medio del follaje de tópicos que aborda el salmo, la convicción central es ésta: lo efímero reclama lo consistente; la experiencia de lo contingente nos lleva a lo absoluto de Dios.
" Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato". (Sal 89,12).
Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. Hemos buscado al salmista y lo hemos encontrado acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, hostigado por los rayos divinos, verdaderamente en el ojo de la tempestad.
¿Será que la esperanza ha sustituido definitivamente a la tragedia, y la misericordia será en definitiva más fuerte que la ira?
Todas las verdades, proclamadas fragorosamente en la primera parte del salmo, siguen y seguirán en pie, pero la Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».
Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la saciedad total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como papelitos se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).
" Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo".  (v. 14)
Una vez más lo decimos, las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en saciarse, verbo eminentemente vital, casi vegetativo. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza.
" y toda nuestra vida será alegría y júbilo;  baje a nosotros la bondad del Señor  y haga prósperas las obras de nuestras manos".(v. 17).

En la segunda lectura de la Carta a Filemón,–la más breve de todas las del Apóstol San Pablo-- habla de abolir la esclavitud por uso del amor fraterno. ¿No es esta una buena reflexión para nosotros en estos tiempos donde la emigración y el trabajo precario –dos formas de esclavitud— forman parte de nuestra vida?
El texto nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado.
Este tal Onésimo había sido esclavo de Filemón, pero un día se escapó de su casa y se fue a refugiarse con san Pablo. Ahora, al escribirle Pablo una carta a Filemón, la envía junto con Onésimo, y le pide que lo acoja sin regañarle, sin echarle nada en cara, y que lo acepte no ya como esclavo, sino como hermano querido. Este cambio de actitud que san Pablo pide a Filemón es un claro ejemplo de lo que supone para nosotros seguir a Jesucristo. El perdón, el amor incondicional, el considerarse como inferiores a os demás, es la consecuencia de lo que Jesús nos pide hoy en el Evangelio para poderle seguir auténticamente. Así lo pide san Pablo a su discípulo Filemón. Esto no es nada fácil, pero sabemos con certeza que es lo que Dios quiere de nosotros. Esto es ser cristiano: vivir hacia los demás el mismo amor que Dios nos tiene a nosotros.
Aún siendo legal la esclavitud en muchas épocas  de la historia, el texto de esta carta,  hace ver que los buenos cristianos siempre tendieron a ver a los esclavos ya en tiempos de Pablo y posteriormente por las órdenes religiosas más como hermanos que como esclavos. San Agustín, en sus monasterios no permitía hacer distinciones entre esclavos y libres, en el trato diario, tanto en el trabajo, como en la comida, los vestidos y costumbres en general. Lo mismo podemos decir de casi todas las Órdenes religiosas en general. Los cristianos de este siglo XXI tenemos que esforzarnos denodadamente para conseguir una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones como personas.

Hoy el evangelio es tremendamente exigente,  expresa las duras condiciones de Jesús para aceptar a sus discípulos. Tales exigencias continúan vigentes para nosotros, hoy; con la dificultad añadida de que vivimos inmersos en un mundo que prima el placer y el abandono de todo esfuerzo. La demanda de Cristo, sin duda, nos va extrañar. Pero hemos de asumirla para poder seguirle.
Cada vez que Jesús habla en el Evangelio de seguimiento, de ir con Él, tras de Él, habla con mucha exigencia. Y es que no se puede seguir al Señor haciendo cada uno lo que quiera. Es necesario dejar otras cosas atrás para poderle seguir. “Quien quiera venir conmigo, dijo Jesús en una ocasión, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Seguir a Jesús es optar por Él, y para ello hemos de renunciar a otras cosas que nos impiden seguirle de verdad. Hoy, en el Evangelio, por tres veces dice Jesús a qué cosas hemos de renunciar, de modo que si no renunciamos a ellas no podemos ser discípulos suyos. Quien no pospone a los suyos, e incluso a sí mismo; quien no lleva su cruz detrás de Él, quien no renuncia a todos sus bienes. Esto es lo que Jesús pide para ser discípulo suyo. Se trata de optar. No es que la familia sea mala, ni mucho menos. Tampoco los bienes son malos. Pero seguir a Jesús requiere despegarse de otras cosas. La familia es muy importante, y no es que tengamos que abandonarla. Se trata de poner a Dios por encima de los demás, incluso de los nuestros, y por medio de Él amar más aún a nuestra familia, pero teniendo siempre primero a Dios. Los bienes materiales son importantes para poder vivir, pero no han de quitar el primer puesto a Dios en nuestra vida. No podemos seguir a Jesús si no renunciamos a nosotros mismos, es decir, si no dejamos de ser los protagonistas de nuestra vida para que el protagonista sea Dios, si no dejamos de hacer sólo aquello que a nosotros nos gusta, o nos interesa, para así poder hacer aquello que Dios quiere de nosotros. EL discípulo es el que sigue a su maestro, y Jesús nos mostró que el verdadero camino es el de la cruz. Por eso, para ser discípulos de Cristo, hemos de tomar también nosotros nuestra cruz y así seguirle auténticamente.
Jesús se presenta  a sí mismo como el centro de su mensaje, Él mismo es el Reino que predica. Por eso, pide una adhesión sin reservas a su Persona con términos como jamás se atrevió  a usar hombre alguno:“ Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
Por la primera ("si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío"), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Jesús pide una renuncia total, para que nuestra entrega a Él sea también total,  quiere dejar muy claras las condiciones para ser discípulo suyo: como Él es libre ante su familia y ante el ambiente social, así, sus discípulos deben vivir esa libertad y estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas, trabajo y al propio egoísmo. Ciertamente Jesús no nos está invitando a odiar o a despreciar a la familia. Ni a suicidarnos, cuando dice que tenemos que renunciar incluso a nosotros mismos. Nos está diciendo que tenemos que saber distinguir entre lo importante, lo absoluto, que es Dios mismo, y lo menos importante. Ya sabemos que el Señor quiere que amemos a los nuestros. El amor a los hijos, el amor fraterno, el amor conyugal son santos, pero el amor de Dios que los sostiene y anima debe ser mayor todavía en cada uno de nosotros.
Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.
Por la segunda ("quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío"), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.
La tercera condición ("todo aquel  que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío")  parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece estar por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, luchando por erradicar la injusticia de la tierra.
Cuando decimos que hay que preferir a Cristo a todo lo demás, debemos entender estas palabras en un sentido estricto. Empezando por uno mismo, por mis bienes corporales y por todos mis bienes, incluida, por supuesto, mi familia, mi dinero, mis cargos públicos y privados. Si soy una persona sana y fuerte debo poner al servicio de Cristo mi salud y mi fortaleza; si soy débil o estoy enfermo, igualmente debo poner al servicio de Cristo mi debilidad y ni enfermedad. Todos tenemos, o podemos tener nuestras propias cruces, pongamos estas cruces al servicio de Cristo. Y si nos consideramos muy felices y afortunados por lo que somos y tenemos, pongámonos enteramente al servicio de Cristo. Es decir, que lo primero en mi vida es Cristo, después viene todo lo demás.
Esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.
No hemos de extrañarnos de que a veces nos cueste el ser fieles al Evangelio, que en ocasiones llegue hasta ser heroico cumplir con la voluntad divina. Por otra parte, podemos pensar que quien no nos ha engañado en cuanto a las dificultades, tampoco nos engaña en cuanto a la promesa y el premio para quienes le sean siempre fieles. Es cierto, por tanto, que hemos de luchar con denuedo cada día contra todo aquello que se opone a Dios, contra todo obstáculo que se interponga entre el Señor y nosotros; aunque ese obstáculo sean nuestros seres más queridos, o nuestro propio provecho personal. El premio es tan grande y tan duradero que exige un precio elevado pero no equitativo, pues por mucho que se tenga que sufrir o sacrificar nunca pagaremos adecuadamente los bienes que el Señor nos ha preparado para toda una eternidad. Por eso estemos persuadidos de que vale la pena sufrir un poco durante unos años, para poder un día gozar mucho y para siempre.
Posponerlo todo al amor de Dios no significa, por otra parte, que uno haya de prescindir del amor a nuestros padres o demás familiares, ni que hayamos de anularnos a nosotros mismos. No se trata de destruir, prescindir o anular, sino de trascender, de sublimar, de elevar a un plano sobrenatural aquello que de por sí es sólo natural. Así, quien se haya entregado al servicio de Dios mediante una consagración a Él, no está exento de querer a sus padres, a los que quizá ha disgustado con su entrega. Tendrá que quererlos y cuidarlos si es preciso, estar atento a sus necesidades y procurar atenderlas.
En cuanto a uno mismo, decíamos que Dios no quiere la anulación de nuestra persona sino su perfeccionamiento. Lo que hay que destruir es cuánto de malo o torcido llevemos en nuestro interior, todas esas inclinaciones y deseos, claros o larvados, que nos incitan al mal. Termina diciendo el Señor que quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser su discípulo. El Maestro no se limita a decir claras las cosas, además las repite. Ojalá aprendamos bien su lección y, con la ayuda de lo alto, sepamos dar un sentido nuevo, trascendente y sobrenatural, a cuanto constituye el entramado de nuestra vida.
Hemos de echar cálculos en función de cómo deberemos administrar la dedicación a  las cosas de Dios. No se puede pasar, por ejemplo, de una actitud religiosa privada e intimista a una participación más directa y pública en las actividades de –por ejemplo— nuestra parroquia. Ello puede producirnos una notoriedad que nos asuste; o que, por el contrario, incremente una vanidad personal, de manera innecesaria. Hemos da dar los pasos bien medidos y hacer nuestros cálculos. Es cierto que Dios nos ayudará en todos los caminos que tomemos y sean útiles para el desarrollo de su Palabra y el apoyo a los hermanos. Pero hemos de poner por nuestra parte todo aquello que nos conduzca a un final término. Asimismo, quien se encuentre en la cercanía de una vocación religiosa plena también debe echar sus cuentas.
 Las grandes decisiones de la vida han de estar avaladas por la reflexión. Será, sin duda, el Espíritu quien nos envíe dicha vocación, pero hemos de saberlo.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

sábado, 9 de junio de 2018

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

En este domingo X, se comienza la recuperación de los domingos del tiempo ordinario. La Constitución Sacrosanctum Concilium tiene un texto bellísimo, con una cita del Concilio de Trento: "Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el Misterio Pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de su muerte" y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef. 1, 12), por la fuerza del Espíritu Santo" (n.6).
El tiempo Ordinario, Constituyen la mayor parte del año litúrgico -34 semanas- y su liturgia de la palabra se caracteriza por una lectura continuada de los evangelios. En el actual Ciclo B, estamos leyendo el evangelio de san Marcos.
Cada domingo nos encontramos con un pasaje evangélico y una lectura del Antiguo Testamento que ha sido escogida en función del tema principal de aquel.
El tema de este domingo, aunque lo queramos esquivar, va de Satanás. Cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar es una realidad que los textos bíblicos presentan como perteneciente a la Historia de la Salvación y presente en la vida de los hombres.
Efectivamente, la lectura del Génesis, al describir el drama del pecado, presenta a Satanás como el promotor del mismo, pero también anuncia que un descendiente de mujer le aplastará la cabeza. La tradición de la Iglesia nos dice que se trata de Cristo, que con su muerte y resurrección, ha decapitado la fuerza del mal para hacer posible que el hombre salga victorioso del combate. Este tema nos acerca a la lectura de San Marcos en la que presenta a Jesús con tal poder sobre Satanás que sus adversarios, no pudiendo negar lo evidente, le atacan diciendo: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios".

La  primera lectura es del libro del génesis ( Gn. 3, 9-15) Estos versículos del Génesis forman parte del relato yahvista de la creación (2, 4b-3, 260: creado el hombre en una tierra desierta es trasladado por el Señor a un terreno muy fértil, al jardín del Edén, donde crecen toda clase de árboles.
Un mandato impone Dios a Adán y Eva, si lo cumplen vivirán felices en esta tierra paradisíaca..., pero éstos desobedecen y son expulsados del Edén. Este es el esbozo descarnado de todo este relato que nos evoca la historia vivida por todo el pueblo de Israel: del desierto es sacado y conducido a una tierra paradisíaca donde se le impone una serie de mandatos. Si Israel cumple le irá bien, pero la desobediencia le acarreará muchas veces la expulsión de este territorio. Así aunque no se diga explícitamente, este relato del Génesis es un esquema de alianza.
El mal en Israel siempre ha nacido de la ruptura del pacto por el pueblo. Y la meditación de esta experiencia continuamente vivida lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por el Señor, como acto libre del hombre. Los hombres son los únicos responsables de la ruptura de las relaciones con Dios y entre ellos.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre...." (v. 3,9): El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
 "El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón" (v. 15). Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.

El salmo responsorial es el salmo 129, (Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8).
Este salmo de "Súplica" era utilizado por Israel en las ceremonias penitenciales comunitarias, particularmente en la fiesta de las Expiaciones: antes de renovar la Alianza, se ofrecían "sacrificios de expiación" en reparación por los pecados.
Lo que llama la atención es que el "grito" del pecador no tiene por objeto confesar su pecado en forma circunstanciada y detallada: no se sabe de "qué" pecado se trata. Este salmo es ante todo un "grito de esperanza", "el más hermoso canto de esperanza que jamás haya salido quizá del corazón del hombre" (M. Mannati).
El plan de este poema relieva la sutil dialéctica del diálogo interior. Es un "movimiento" del alma, que va alternativamente del hombre a Dios, luego vuelve al hombre y pasa enseguida, nuevamente a Dios:
Primera estrofa: disposiciones del "que ora"... Grito; escucha mi clamor... Segunda estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres grande... cerca de Ti, el perdón... Las dos líneas centrales, que indican el núcleo del tema, la esperanza, la espera... Tercera estrofa: disposiciones del "que ora"... Aguardo, acecho, espero... Cuarta estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres bueno... Cerca de Ti, el amor. Este salmo hacía parte de los salmos de Subida o salmos graduales. Para admirar el estilo "en eco", con la repetición de palabras, que parecen avanzar en una especie de peregrinación: Señor (8 veces), aguardar (3 veces), esperar, acechar (2 veces), y luego el "grito", "el llamado", "la oración" (4 veces), y al comienzo y al final "la falta"... Finalmente, se nombra dos veces a Israel, el pueblo escogido.
Una observación más, señalar el paso del "yo" al "nosotros" en las dos últimas estrofas. En persona de "un" pecador está todo "Israel" pecador: dimensión colectiva y comunitaria del perdón.
El breve salmo 129 tiene tan sólo 8 versículos. Y los podemos dividir fácilmente en dos apartados:
vv. 1-4: Oración confiada.
vv. 5-8: Certeza del perdón.
La liturgia de hoy hace una selección de estos versículos, destacando lo más importante.
La oración del salmo es confiada. La palabra que más resuena en él es la de la confianza humilde y cierta.
El salmista consciente de su debilidad se siente como envuelto por la injusticia, el desencanto, la culpabilidad. La angustia y el remordimiento le aparecen como el barro o las aguas que le sumergen distanciado de Dios: "desde lo hondo a ti grito, Señor".
Pero este hombre derrotado es un creyente. Y un hombre que, a pesar de sus pecados, ama a Dios. Y en un momento de sinceridad y de fe, contemplando su propia miseria, acude a Dios. Levanta sus ojos al cielo: "estén tus oídos atentos...".
En su experiencia de creyente ha llegado a conocer el corazón de Dios, "lento a la ira, pronto a la misericordia". Le pasa como al hijo pródigo. Se acuerda de su padre y se dirige a él. Con toda humildad. Con toda confianza.
"Pero de ti procede el perdón,.."
Se dirige al Dios del perdón, y encontrando siempre en él la mejor de las disposiciones de perdón y de misericordia.
Y este perdón le infundirá un respeto agradecido. Este perdón será una ayuda para corregirse y superarse. Lo servirá con una mayor fidelidad.
Por esto, humilde y confiado, con el ánimo dispuesto a recomenzar una nueva vida o a emprender un nuevo camino, levanta su corazón a lo alto. Y esto mismo es ya un salir del abismo. Dios le acogerá: "de ti procede el perdón".
Si el salmista acude a Dios es porque está del todo cierto de su perdón generoso. El lo dice y lo repite. Reafirma su convicción de que la bondad del Señor le librará de su angustia.
Y para ayudarse en su propósito pone la comparación del centinela que aguarda la aurora. La noche es fría y peligrosa. Pero la aurora todo lo cambia. Su luz hace que el temor disminuya y que se recobren los ánimos. Y si ésta es la certeza del centinela que hace su guardia de noche ésta es también la certeza de este corazón que sabe esperar en la luz del perdón.
"Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra".
Es la palabra de la revelación divina que forma parte del universo religioso del salmista.
Los profetas han hablado de la infinita bondad de Dios y en los libros de Moisés hay estupendos pasajes que hablan de la misericordia divina. El salmista recuerda estas palabras de vida. Cree en estas palabras. Espera en ellas. Y esto le salva.
Y entonces él, que ha tenido esta experiencia de fe y de liberación, exhorta a su pueblo a confiar en el Señor. Y pone de nuevo la misma comparación del centinela que aguarda la aurora: "aguarda Israel al Señor como el centinela la aurora".
También para Israel llegará esta aurora del perdón, de la redención. El Dios de su fe es el que sabe convertir el desierto en vergeles y la roca en fuentes de agua. Así será su liberación, su nueva vida. Porque el Señor "le redimirá de todos sus delitos".
Así es la vida iluminada por la esperanza. Es la vida que resucita, la vida que, en realidad, nunca está muerta. Aunque esté en el abismo, tiene siempre un hálito de esperanza. Su pulso no se ha parado.
Es el gran mensaje que nos da nuestro salmo "De profundis".

La segunda lectura es de la segunda carta del apóstol san pablo a los corintios ( 2 Cor. 4, 13 - 5,1). El texto forma parte de  la exposición dedicada al ministerio apostólico (capts. 3-7 en términos reales). En ella Pablo expone diversos aspectos del ministerio.
En este párrafo, aparece, en primer lugar el puesto fundamental de la fe para la predicación. Es algo evidente: no se puede hablar de Cristo y de lo de Cristo sin creer en él. Ahora bien, como siempre en Pablo, el hablar no es algo separado del ser. Por ello se habla de Cristo porque se está en Cristo, se ha muerto con El, se está unido a El y se espera la resurrección.
Esta experiencia no es algo individual. También como punto base en Pablo, no se puede hablar de individuos solamente, sino de comunidad. El mismo apóstol no es algo separado de sus oyentes.
Todos forman algo. Diferente modo de ver del más moderno en que el predicador se contrapone muchas veces a sus oyentes y sólo forma comunidad con ellos de nombre o desde arriba.
El apostolado conlleva un desgaste real del (vv. 16-18). No conviene minimizar. El predicar a Cristo es duro y puede costar un precio muy alto. A San Pablo le costó y a muchos seguidores y predicadores de otros tiempos, también.
Esta vivencia va unida a la esperanza. No cabe el escapismo o menosprecio de la realidad, como podría entenderse algo del v. 16, sino que la esperanza en la obra de Dios que supera cualquier limitación, llena nuestra vida.
La confianza que tiene San Pablo en el poder de Dios, que resucitó a Cristo, y la esperanza en que este mismo poder se manifieste abundantemente en la gloria eterna de los creyentes, le hacen considerar en poco las tribulaciones de hoy, que bien pueden soportarse con paciencia. La esperanza se funda en el espíritu de fe, es decir, en aquella fe que causa el Espíritu " Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; " . Esa esperanza que late ya en nuestro interior como una primicia de todo lo que esperamos se apoya en la fe en la resurrección de Cristo y tiende hacia la vida eterna de todos los creyentes.

El evangelio  de  san marcos (Mc. 3, 20-35) La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos.
El tema esencial de este Evangelio es el combate entre los dos espíritus. Para la tradición judía, explotada ya en la doctrina de Qumrán, el mundo está entregado a merced del espíritu del mal por voluntad de los hombres que le siguen. Pero los últimos tiempos verán la aparición del Espíritu de bondad, que orienta al hombre hacia el bien y le abre el camino hacia el reino. El hecho de que Cristo arroje a los demonios es señal de que ese Espíritu de bondad está ya actuando en el mundo (Mt 12, 28).
Los escribas no niegan que Jesús arroje a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventan una explicación de lo más peregrina: que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsa a los demonios subalternos " «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios»." (v. 22).
Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo. Este pecado no tiene perdón, porque quien comparte una afirmación así no puede formar parte del Reino, puesto que niega precisamente la misión del Espíritu, que es el único que puede instaurar el Reino " En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». 30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo."  (vv. 28-30).
La frase "la blasfemia contra el Esp. Sto." y el "pecado eterno" (v.29), pone en claro que la vida humana no es un juego de canicas. El hombre es capaz de rebeldías que desencadenan su desdicha.
La manifestación de Jesús deja a la gente asombrada y desconcertada y suscita un grupo de discípulos dispuestos a seguirle. Esta misma manifestación suscita la incomprensión de los parientes y la reacción contraria de los escribas. En un texto anterior (2, 1-3) ya hemos visto la oposición de los fariseos, los practicantes; ahora se trata de los escribas, los teólogos.
El caso es que existen los dos espíritus y el combate que libra Cristo es justamente el del "más fuerte" contra el "fuerte" (versículo 27). Los fieles toman parte en ese combate optando por el uno o por el otro: ahora bien, optar por el espíritu de Dios es escuchar su Palabra y ponerla en práctica (vv. 33-35) adquiriendo el compromiso de practicar todas las rupturas necesarias -aun cuando sean familiares- para llevar a feliz término este proyecto.
Después de haber instituido a los Doce (Mc 3, 13-20), Cristo encuentra a su familia (vv. 31-35). La oposición entre los apóstoles y la familia de Jesús es frecuente en los Evangelios,
eco sin duda de las querellas que separaron a unos de otros sobre la sucesión del Mesías . De hecho, esta oposición entre los "hermanos de Jesús" y sus "apóstoles" ilustra la cuestión de la fe. Los paisanos  de Jesús, y especialmente su familia, no comprenden su enseñanza . Ni la vista de los milagros, ni las victorias de Jesús sobre Satanás les hacen cambiar de parecer. Jesús no puede desde entonces más que fundar una nueva familia; la pertenencia a esta es cuestión de libertad y no de lazos naturales, de escucha de la Palabra y no de sentimentalismo. " Quiénes son mi madre y mis hermanos” Y paseando la mirada por el corro, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi hermana” (vv.34-35)
Al ver a Jesús asediado por la gente, hasta el punto de que "ni siquiera podía comer", sus parientes creyeron que había perdido su sano juicio, que "se había vuelto loco". Y fueron a buscarlo para llevárselo a casa. Pero ¿por qué sus parientes lo toman por loco? No comprenden su tremenda actividad, su predicación a todos, su disponibilidad incondicionada. Los hombres no acaban de comprender las absolutas exigencias de Dios.
Además la fama que empieza a formarse en torno a él va creando problemas; y esos problemas afectan a toda la familia, empiezan a causarle disgustos. "¡Ha perdido la cabeza! ¡Está fuera de sí!": una forma muy frecuente de desacreditar las manifestaciones de Dios y tomar distancias frente a ellas. Dios debería permanecer encerrado dentro de nuestro concepto de orden y de sentido común, debería ahorrarse energías y efusiones de amor, debería entregarse con un poco más de prudencia. Decimos que carece de sentido todo lo que nos supera, todo lo que nos sorprende y nos desconcierta.

Para nuestra vida.
Como en otras muchas ocasiones, en este domingo, la relación entre la primera lectura y el evangelio se da… y con mucho acierto. En el fragmento del Libro del Génesis que acabamos de escuchar y, asimismo, los versos del capítulo tercero del evangelio de San Marcos aparece el diablo, el malo, el demonio… Es el mismo tentador de la pareja de Paraíso Terrenal… Y también parte de la catequesis de Jesús de Nazaret, cuando sus enemigos quieren adjudicar su fuerza sanadora y milagrosa a Belzebú, el llamado príncipe de los demonios. Jesús dice que si eso fuera así el reino del mal estaría en guerra civil y, por tanto, a punto de desaparecer… Pero no. Jesús pertenece a otro Reino. El maligno sigue fuerte y poderoso. Hoy mismo, junto a nosotros, intenta modificar la realidad para acercarla al mal absoluto.
La figura del tentador ha sido negada por muchos y algunos le han convertido en un personaje ridículo, vestido de rojo, con cuernos y rabo. La negación de la existencia del demonio ha sido protagonizada por personajes más o menos notables de la religión, filosofía o ciencia… La cada vez más extendida increencia niega la existencia del diablo, como niega al propio Jesús de Nazaret incluso en su presencia histórica en la tierra. Hace unos años dos teólogos de enorme peso e influencia fueron los más citados como “negadores” de la realidad del demonio. Pero la Iglesia se ha mantenido fiel  para que no se niegue u olvide la figura del tentador. Ya en los años del posconcilio, el beato  Pablo VI dijo “son rodeos que el demonio es una realidad personal que actúa en la historia funesta de la humanidad”.

La liturgia de este domingo décimo del tiempo ordinario nos propone como primera lectura el relato de la primera tentación del paraíso, narrada en el capítulo tercero del Génesis.
Así la primera lectura nos habla del pecado. Pecar es alejarse de la presencia de Dios, es vivir en la oscuridad y la tristeza. El hombre se siente desnudo en la presencia de Dios que le pregunta si ha comido del árbol prohibido. Adán echa la culpa a Eva, su mujer. Dios dice a Eva por qué ha incitado a su marido y ella echa la culpa la serpiente.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre....": El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
El hombre no puede esconderse de la presencia de Dios, aunque lo intenta siempre cuando peca. Dios lo interroga y el hombre, una vez más, trata de huir de su culpa echándosela en cara al mismo Dios: "La mujer que tú me has dado...". Sin embargo, el miedo del hombre que le impulsa a la huida es ya la señal que le descubre su propio pecado. Tampoco la mujer acepta su responsabilidad: también ella huye en vano de su culpa, tratando de echársela a la serpiente. No obstante, Dios, que maldice a la serpiente sin haberla escuchado antes, no maldice a Adán y Eva. La serpiente es como la expresión objetiva de toda la fuerza seductora del mal.
-"El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón": Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.
Esta lucha que se inicia en el paraíso entre la mujer y su descendencia contra toda la fuerza seductora del mal, continuará después en la historia de la humanidad. Los hijos de la mujer, los hombres, sufrirán más de una derrota; pero al fin habrá una victoria definitiva. De la mujer -de otra mujer, pero de la mujer al fin y al cabo- nacerá "el más fuerte", que aplastará la cabeza de la serpiente. El pecado puede ser vencido, porque Dios nos regala su perdón con su misericordia.

Los versos del salmo 129 que hemos proclamado hoy son un canto al arrepentimiento y a la paz. Hay tres de ellos que, en lenguaje moderno diríamos que son muy fuertes:
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón, y así infundes temor.
Es obvio que también se pide, mediante el arrepentimiento, el regreso a Dios y a su Bien. No estaría bien releer en cualquier momento lo que hemos orado hoy del salmo 129 y que sea nuestro oficio “rápido” de demanda de perdón a Dios nuestro Padre.
La estrofa repetida marca el sentido del salmo de hoy: " Del señor viene la misericordia, la redención copiosa."
Dios es Amor, Dios ama a todos los hombres. El mundo de hoy, lleno de espíritus ateos y agnósticos, es un mundo "huérfano". En un mundo "sin Dios", el mal ya no tiene sentido, se convierte en "fatalidad" implacable contra la cual una sola actitud es posible: la rebelión. Pero seamos claros, esta rebelión es radicalmente estéril, ya que el "mal" de la muerte lo superará. La ola de incredulidad del mundo occidental corresponde al "malestar existencial", a una profunda desesperación, a un frenesí de gozo inmediato (¿no es esto también un embrutecimiento estéril?) el condenado a muerte "se divierte" como puede, para no pensar en el fatal desenlace.
Para el creyente, al contrario, el "grito" del hombre tiene una respuesta... El mal no es fatal... La muerte no es el último acto... El pecado no es una situación "sin salida". Cuando el hombre está en el fondo del abismo, se siente solo, abandonado, condenado a quedarse en su "hoya". Ahora bien, justamente al fondo de este abismo viene a buscarnos el amor de Jesús. Desde la profundidad, de la cual pedimos socorro... hay una salida, vertical, por la cruz de quien nos ama. No, el grito del hombre que sufre, no cae en un cielo "vacío", como dicen los ateos... Yo sé que mi Salvador está vivo, que está junto a mí cuando toco el fondo del abismo, que escucha mi llamado y que su oído está atento... Hay que repetirlo: el único "porvenir" posible para el hombre no está en un hombre-cerrado-sobre-sí- mismo, sino en un hombre-abierto-sobre-la-trascendencia. Si Dios "no existe", sólo queda una cosa segura: tampoco "existe" el hombre.
Como un vigilante que ansía la aurora. ¡He ahí el creyente! ¡Un vigilante! En este mundo que duerme pensando que la noche es definitiva, El, despierto, espera el despuntar de la aurora. El oficio del "vigilante nocturno" es muy evocador. Mientras la caravana duerme en el desierto, una persona vigila, un centinela protege el campamento. No es extraño ser "centinela" en plena guerra rodeado de enemigos: soledad, frío, tinieblas, ruidos sospechosos, riesgo de dormirse, de tensión nerviosa ante el enemigo que ronda. Los minutos son largos, la noche se hace interminable. Pero el centinela "sabe" que la aurora vendrá ciertamente. ¡Con qué impaciencia, el vigilante, acecha los primeros rayos, los primeros signos de la aurora! Ahora bien, lo que espera el creyente, es Dios. "Mi alma espera al Señor más que un centinela a la aurora". Jamás se dio una mejor definición de la esperanza. La dilación de la noche es temporal. Pero la humanidad camina hacia el mañana.
Solidarios, todos pecadores, todos salvados. Pasemos del "yo" al "nosotros" y oremos con este salmo no solamente por nuestros pecados individuales o nuestra muerte individual... sino en nombre de todos.

En la segunda lectura, San Pablo nos va a dar una receta que ayuda a superar las dificultades. Dice en unos de los párrafos que se han leído hoy de su carta a los Corintios: “Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”. Realmente, lo que vemos con nuestros ojos de la cara es transitorio y poco firme. Y lo que no vemos, pero sabemos por la doctrina de la Iglesia que existe, es camino de eternidad. Y cuanto al fin último, a lo que será nuestra vida en el cielo, señala que “sabemos que, si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas es eterna y está en los cielos”.
La meditación sobre la efímera condición de esta vida ha sido una constante de la sabiduría cristiana de siempre. La presencia activa de la muerte en la vida es continua, sin faltar un momento, y se pone de manifiesto en la «decadencia de nuestro exterior, mientras nuestro interior se renueva de día en día» (4,16). La doctrina cristiana, como es bien sabido, lleva a ver la muerte no como el fin de todo, sino como un paso, el último y definitivo, que abre al hombre las puertas de la mansión celeste y eterna. Por otro lado, esta manera de ver la muerte no se presenta como una ilusión para continuar viviendo en este mundo a pesar de las dificultades de todo tipo, sino más bien como la meta final de la existencia humana fijada por el propio Dios (cf. 5,5). A pesar de vivir y morir, ni la vida ni la muerte pertenecen a quien vive o muere. Existe, en efecto, un Señor de la vida y de la muerte, de cada vida y de cada muerte, que ha sembrado y alimenta en lo íntimo de los creyentes la aspiración a las metas "verdaderamente últimas", aquellas "que no se ven y son eternas" (v 18).
El anhelo del ser humano es estar con el Señor y verlo. De ahí que sienta esta vida como un exilio, donde contempla en lejanía el cumplimiento de su deseo. La fe esperanzada llega a ser la condición de los exiliados, de los que, sin habérselo buscado, se encuentran en la necesidad de vivir lejos de la patria anhelada. Con todo, su sueño íntimo sería el de dejar esta existencia e irse con el Señor (5,8). Pero el cumplimiento de tal deseo no está en las manos de ninguno. Por eso se le presenta al creyente la pregunta: ¿qué hago entre tanto? ¿Qué he de hacer de mí mismo y de mi vida? La toma de conciencia de la propia condición mortal, como un misterio que está en las manos del Señor, llega a ser liberadora para el hombre, en tanto lo descarga de las preocupaciones de algo que no está en su mano ni depende de él. De este modo queda enfrentado únicamente con sus propias posibilidades: tratar de hacer ahora lo que juzga digno del Señor, despreocupándose de todo lo demás.

El evangelio nos presenta a Jesús quien ya  ha comenzado su vida pública, después del Bautismo, predicando la Buena Noticia y curando a varios enfermos.
El Evangelio de este domingo nos resulta insólito y chocante, porque se lee pocas veces: de hecho, en los dieciocho años que llevo en la parroquia, aún no había salido en la Misa Dominical, pues por estas fechas aún solemos estar en el Tiempo Pascual o en el rosario de fiestas con las que la Pascua se resiste a ceder el paso al Tiempo Ordinario, y que continúan casi hasta el inicio del verano... pero es que -además- narra una escena curiosa: los escribas y la familia de Jesús reaccionan fatal a su proyecto, porque ellos ('los-de-casa-de-toda-la-vida') se veían "con todos los derechos -reservados"- a su Reino.
Pronto Jesús les dirá a los suyos -y a nosotros- con toda claridad que, ni ellos ni nadie tenemos derechos sobre Él y su Iglesia y que -si no lo entendemos así- es porque aún nos queda un gran trecho que recorrer. Pero aquí viene este evangelio "molesto": a ponernos en nuestro lugar, el de María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, "que, sentada a los pies de Jesús, le escuchaba" (Lc 10, 39). ¡Ojalá aprendamos en la escuela de Betania, la sabiduría y la fuerza de la Cruz, pues "lo necio y lo débil de Dios, es más sabio y más fuerte que los hombres!"
La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos. No obstante, puesto que los discípulos ya se encuentran con Jesús, parece más probable que éstos que lo buscan ahora sean sus familiares. Están preocupados por la salud de Jesús, bien sea que ellos mismos piensen que está "fuera de sí", o que han oído decir que éste es el rumor de la gente. Hay que pensar que "los suyos" miran también por la buena fama de toda la familia. El celo de Jesús por cumplir su misión ni siquiera fue comprendido por los de su casa, sus familiares. La presión de la familia, nacida ciertamente de la incomprensión, pero no ejercida con mala voluntad, es secundada ahora por la malicia de estos escribas, quizás en misión oficial del sanedrín, que tratan conscientemente de tergiversar la actividad de Jesús, para desprestigiarlo ante el pueblo. El odio entra en acción con todos sus recursos. No pueden negar el poder de Jesús, pero le dan una interpretación malévola: "Jesús es un aliado de Satanás".
Jesús expulsaba a los demonios, al mal, con el poder del espíritu que le había dado su Padre, Dios, es decir, con el poder del Espíritu Santo. Jesús luchaba contra el mal, contra los malos espíritus, por amor a las personas, porque no podía ver sufrir a las personas sin hacer nada para liberarlas del sufrimiento y del dolor. Y esto es lo que tenemos que hacer los cristianos: ayudar a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los que pasan hambre, defender la vida siempre y defender a los que la pierden injustamente; en definitiva, defender y ayudar a cualquier persona que sufre por culpa de la injusticia humana. Esto naturalmente nunca sale gratis, porque las personas a las que ayudamos son personas, en su mayor parte, que sufren por culpa de otras personas que se quieren aprovechar de ellas, que salen ganando, aprovechándose de su debilidad y vulnerabilidad. Hay pobres porque hay ricos injustos, hay marginados porque hay personas orgullosas y soberbias, hay miles de enfermos que padecen enfermedad, hay muertes injustas precisamente porque los que tienen el poder y el dinero no hacen nada para remediarlo, hay personas que pasan hambre y sed porque a muchas personas y a muchos Estados les interesa más gastar el dinero en provecho propio, que en remediar el hambre, la sed, la enfermedad, el mal, la muerte injusta, que podían combatir y remediar, al menos en gran parte. Esto debemos analizarlo a nivel de Estados, de empresas, y también de personas particulares. Cada uno de nosotros debemos analizar nuestra conducta y ver si realmente también nosotros estamos contribuyendo a aumentar el mal en el mundo en el que vivimos, o no hacemos todo los que podemos hacer para remediarlo. Jesús nunca se quedó indiferente ante el mal y la vida; tampoco los cristianos podemos, ni debemos hacerlo.
 Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Jesús vivió en familia muchos años de su vida, mientras crecía en gracia y santidad. Nunca despreció a su familia natural. Pero cuando le llegó el momento de dedicar toda su actividad y su vida a predicar el Reino, la Buena Nueva, abandonó su casa materna y a sus padres; su única casa y su única familia pasaron a ser desde entonces todos los que querían seguirle, todos los que querían hacer y cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, los que queremos seguir a Cristo y hacer su voluntad, somos familia de Cristo, familia de Dios.
Es evidente que debemos seguir amando a nuestra familia natural, pero, en el orden espiritual nuestra única familia es Cristo y todos los que hacen la voluntad de Dios. Esto no sólo es aplicable a las personas consagradas, sino a todos los cristianos seglares comprometidos con la defensa del Reino de Dios en este mundo.
La familia auténtica de Jesús somos nosotros. Lo somos cuando escuchamos y cumplimos la Palabra de Dios. Esto es lo único que Jesús pide, que le sigamos. Somos ahora “su madre y sus hermanos”, tal como indica San Agustín en sus sermones:
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos. SAN AGUSTIN (Sermón 25, 7-8).
Desde  este texto podemos entender la realidad del hombre, que ha sido creado para responder, mediante la fidelidad, a la iniciativa amorosa de Dios. Y como libre que es puede ser infiel y traicionar su vocación. Eso es el pecado. Pero la experiencia que el hombre saca de ese pecado es la de una especie de solidaridad que es anterior a cada uno de nosotros, una solidaridad que puede abarcar incluso a otras criaturas distintas del hombre: los demonios y la misma Naturaleza. Pecar es introducirse conscientemente en esa solidaridad casi cósmica.
Pero el hombre ha sido creado libre; y no puede, por tanto, ser juguete de otras criaturas, ni siquiera espirituales. Esto es lo que ha venido a revelar Cristo liberándose de la solidaridad cósmica que le rodeaba en cuanto hombre y liberando a sus hermanos de los lazos de los poderes demoníacos. Y no fueron precisamente sus exorcismos los que hicieron efectiva esa liberación, sino, más fundamentalmente, su obediencia victoriosa de la tentación y de la muerte.
Mientras espera la manifestación clara de esta victoria, los cristianos nos encontramos entre dos fuerzas contradictorias: o sucumbimos al pecado y nos  hundimos  en la primera, o escuchamos  la Palabra y la obedecemos, con lo que nos unimos a la solidaridad del Reino nuevo.
Esta escucha de la Palabra toma cuerpo en la liturgia de la Palabra y su realización en la obediencia constituye el contenido del sacrificio espiritual ofrecido en la Eucaristía.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com