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sábado, 30 de agosto de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 de agosto de 2025.

 

 “Me parece que la humildad es la verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo la verdad en todas las cosas”. (Santa Teresita del Niño Jesús)

En esta época tan utilitarista y materialista, donde cuánto más tienes más vales, donde ser rico y famoso a toda costa se ha convertido en casi una obsesión enfermiza, son muy apropiadas las lecturas de hoy.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de la humildad.

Reconocer que hemos recibido todo de Dios, admitir sus límites y deficiencias, eso es la humildad cristiana. Debemos tener un doble comportamiento: con Dios, acción de gracias y confianza en su ayuda; con los otros, respeto por sus diferencias y compartir mutuamente los dones recibidos.

 El Salmo Responsorial como el Evangelio, nos habla de que Dios tiene predilección por los pobres.

La primera lectura es del libro del Eclesiástico (Eclo 3, 17-18. 20. 28-29).

En ella se presenta una unidad en la que la humildad (tapeinôs) y su opuesto, son protagonistas (3,17-29).

El que obra con humildad será amado (v.17), hallará gracia (v.18) y “glorificará a Dios” (v.20). Por el contrario, a los que no reconocen sus propias fuerzas, les espera el descarrío y el extravío (v.24). Teniendo en cuenta que las fuentes de la sabiduría son lo que nos es “encomendado” (v.22), la escucha atenta de las “parábolas” (v.29) se muestra un evidente contraste entre el corazón endurecido (kardía sklêrà) (v.26) y el corazón sabio (kardía sinetou) (v.29).

Es probable que el autor esté escribiendo en conflicto con los pensadores griegos, y a ellos se refiera al aludir a quienes tienen un corazón endurecido, son orgullosos, el pensamiento los excede. En ese caso se estaría refiriendo a ellos en contraste con la sabiduría de Israel. Como se ve, en estos casos el autor no está aludiendo a la humildad como actitud frente a la vida, sino en cuanto al conocimiento, de allí su contraste ante los que los sobre pasa. Esta humildad ya era frecuente en otros textos de la Escritura. La diferencia viene dada por un lado por la humildad del ser humano ante Dios y por otra la actitud soberbia de no reconocer los límites.

El texto  es el resultado de la composición de dos textos del capítulo 3 del Sirácida, en sus vv. 17-18. 20 (19-21) que se refieren a la humildad y la mansedumbre/dulzura, combinados con los vv. 27-28 (30-31) acerca de la sabiduría de la escucha y la miseria del orgulloso.

Los cuatro elementos tienen un denominador común: el de la correcta relación con la propia persona. Humilde es aquel que no pierde la conciencia de sus propios límites y posee una mansedumbre-dulzura característica (cf. Mt 11,29 y 26,45); es una persona que no intenta imponerse con agresividad o violencia. Es sabio quien no presume de saberlo ya todo, consciente de las riquezas que existen más allá de su persona, poniéndose en atenta actitud de escucha: quien sabe escuchar accede desde ya a olvidarse de sí mismo. Prestarle atención a los pobres y necesitados es otra de las maneras de mostrarse atento y abierto, olvidado de la propia persona.

Por el contrario, todo aquel que obra impulsado por el deseo de poner en evidencia las propias riquezas (sean del tipo que sean), enorgulleciéndose, no dejará de suscitar hostilidad y antipatía. Para lograr vencer las resistencias y reticencias con las que tropezará no dejará de recurrir a la agresividad y a la violencia, con su correspondiente cuota de arrogancia. No descubre ninguna necesidad de escuchar a nadie: ¡ni a Dios ni a los seres humanos, ciego para las necesidades de los que lo rodean!

 

El responsorial  es el salmo  67 (Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11(R.: cf. 11b), salmo  de alabanza y reconocimiento de las obras de Dios.

Así comenta San Agustín este salmo y concretamente el texto litúrgico:

4. [v. 4]. Continúa el salmo: Y alégrense los justos y se alborocen en la presencia de Dios y disfruten de alegría. Porque entonces oirán: Venid benditos de mi Padre; recibid el reino14. Regocíjense los que se fatigaron, y alborócense en la presencia de Dios. No será este un regocijo como el de una vana jactancia delante de los hombres, sino un santo alborozo en presencia de Dios, que contempla sin error lo que él ha dado. Disfruten con alegría; ya no alegrándose con temor15, como en este mundo, donde la vida humana sobre la tierra es una tentación16.

5. [vv. 5—6]. A continuación se dirige a los que dio tan gran esperanza, y a los que viven aquí les habla y exhorta diciendo: Cantad a Dios, cantad salmos a su nombre. Ya dije en la exposición del título del salmo, lo que me parecía significar esta expresión. Canta a Dios el que vive para Dios; y canta salmos a su nombre el que obra para gloria de Dios. Así cantando, y así salmodiando, es decir, así viviendo y así obrando: Preparad el camino, dice, al que está sobre el ocaso. Preparad el camino a Cristo, para que por los pies hermosos de los evangelizadores17, se le abran los corazones de los creyentes. Es él quien asciende sobre el ocaso, sea porque ya sólo recibe a aquel que se convirtió a él con una nueva vida, dando muerte a la vieja y renunciando a este mundo, o sea porque sube del ocaso, cuando al resucitar, convirtió en victoria la destrucción de su cuerpo. Su nombre es el Señor. Porque si sus enemigos lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria18.

6. Exultad de gozo en su presencia. Oh vosotros, a quienes se ha dicho: Cantad a Dios, entonad salmos a su nombre, preparad el camino al que anda sobre las nubes del ocaso; y también: Regocijaos en su presencia, como si estuvierais tristes, pero siempre alegres19. Mientras le preparáis el camino, mientras vais preparando por dónde puede venir a tomar posesión de las naciones, vais a sufrir muchas cosas tristes en presencia de los hombres, pero no os desalentéis, al contrario, regocijaos; no en presencia de los hombres, sino en la presencia de Dios. Gozosos en la esperanza, y tolerantes en la tribulación20. Saltad de gozo en su presencia. Aquellos que os hacen sufrir en presencia de los hombres, sentirán el sufrimiento en presencia de Dios, Padre de huérfanos, defensor de viudas. Piensan que están vencidos y desolados aquellos que muchas veces son separados por la espada de la palabra de Dios, como los padres de sus hijos, los maridos de sus esposas21; pero estos abandonados o viudos, tienen la consolación del Padre de los huérfanos y defensor de las viudas; tienen la consolación de aquél a quien le dicen: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá22; y los que perseveraron en el Señor, insistiendo en la oración día y noche23, ante cuya mirada se turbarán sus enemigos, al ver que de nada les aprovechó, ya que todo el mundo se va en pos de él24.

7. [v. 7]. De hecho, el Señor, con estos huérfanos y viudas, es decir, con los abandonados por la sociedad de toda esperanza terrena, construye para sí un templo, del que dice a continuación: El Señor está en su lugar santo. Cuál sea este su lugar, lo aclara al decir: Dios, que hace morar en su casa a los de un mismo sentir; es decir, a los que son unánimes y están animados de un mismo sentimiento: este es el lugar santo del Señor. Después de haber dicho: El Señor está en su lugar santo, como si le preguntáramos en qué lugar, ya que él está íntegro en todas partes, y no lo contiene ningún espacio corporal, añade a renglón seguido: no lo busquemos fuera de nosotros; sino más bien en la casa de los que tienen un mismo pensar, y así merezcamos que él también se digne habitar en nosotros. Este es el lugar santo del Señor, que muchos hombres buscan tener, para ser escuchados en su oración. Sean ellos mismos el lugar que buscan; y lo que dicen en sus corazones, es decir, en estos sus aposentos, se sientan contritos25, habitando en la casa de un mismo sentir, para ser morada del Señor de la casa grande, y sean con ellos escuchados en su oración. Porque la casa es grande, y en ella no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y arcilla; unos para usos honorables, y otros para usos viles. Pero quienes se hayan purificado de ser vasos viles26, estarán en la casa de la unanimidad, y serán el lugar santo del Señor. Y así como en una casa grande de un hombre, el dueño no descana en cualquier lugar, sino en alguno retirado y más honorable, así tampoco Dios habita en todos los que están en su casa (no habita, ciertamente en los vasos de uso vil). Su templo santo son aquéllos a quienes hace habitar de un modo unánime, o con unas mismas costumbres en su casa. Lo que en griego se dice ?trópoi?, en latín se puede interpretar como "modos" (modi) o "costumbres" (mores). Además el griego no tiene: El que hace habitar (Qui inhabitare facit), sino solamente: Habitare facit ("hace habitar"). El Señor, pues, está en su lugar santo. ¿Qué lugar es este? El mismo Dios se lo construye. Dios, en efecto, hace habitar en su casa a los de unas mismas costumbres: este es su lugar santo.

8. Y para evidenciar que se edifica este lugar por su gracia, y no por los méritos anteriores de aquellos para quienes lo edifica, mira lo que sigue diciendo: Libera a los cautivos con su fortaleza. Efectivamente, rompe las pesadas cadenas de los pecados, que les impedían caminar por el camino de sus preceptos; los libera con su fortaleza, de la que carecían antes de poseer su gracia. Igualmente a los que lo irritan y que habitan en los sepulcros: es decir, a los completamente muertos, y dedicados a las obras muertas. Éstos irritan porque oponen resistencia a la justicia; los prisioneros tal vez quieren caminar y no pueden; suplican a Dios que se lo conceda, y le dicen: Sácame de mis angustias27. Y cuando Dios les ha escuchado, le dan gracias diciendo: Rompiste mis ataduras28. En cambio, los provocadores de la ira de Dios, que habitan en los sepulcros, son de aquella clase de personas, a las que se refiere la Escritura en otro lugar, diciendo: La alabanza de un muerto se desvanece como la de uno que no existe29. De ahí se deduce esta afirmación: El pecador, cuando llega al fondo de la maldad, se hace despectivo30. Porque una cosa es desear la justicia, y otra hacerle resistencia; una cosa es querer librarse del mal, y otra distinta el defenderlo en lugar de confesarlo: a unos y a otros la gracia de Cristo los libra con su fortaleza. ¿Con qué fortaleza, sino con aquélla que les hace luchar contra el pecado hasta derramar su sangre? De una y de otra clase de personas se consiguen hombres idóneos para que se edifique la casa santa de Dios: unos los liberados de sus ataduras, y los otros los que han sido resucitados. Por ejemplo, aquella mujer, a quien Satanás tuvo cautiva durante dieciocho años31, a una orden suya se le soltaron las ataduras, y lo mismo, con una voz venció la muerte de Lázaro32. El que hizo cosas tales en los cuerpos, puede hacer maravillas mayores en las costumbres, y lograr habitar en la casa de los que son unánimes, librando con su fortaleza a los encarcelados, lo mismo que a los que provocaban su ira, y que habitan en los sepulcros.” (San Agustín, Sermón al pueblo. comentario al salmo 67).

 

La segunda lectura es de la carta a los Hebreos (Hb12, 18-19. 22~24a) recoge una serie de reflexiones en las que el autor quiere exhortar a una vida coherente con todo lo que ha señalado anteriormente. Destaca aquí la urgencia de una vida “santa” y en paz (12,14), y presentará en 12,14-29 la santidad, continuara en el cap 13,1-19 reflexionando sobre la vida en paz con el prójimo.

En la reflexión se contrastan dos actitudes en “el monte” (vv. 18-24). En el texto se cita la segunda, esto es- la experiencia salvífica en el monte Sión (vv.22-24) donde alude a la “Jerusalén del cielo” (cf. 11,10.16). Ciertamente el contraste viene dado en el Sinaí, como “emblema” de Israel, y la “Jerusalén celestial” como imagen de la Iglesia; es la ciudad esperada por los patriarcas (11,10), la ciudad de descanso del pueblo definitivo (10,16.19). El clima del Sinaí es de angustia, negativo (e impersonal, ni el pueblo ni Dios aparecen), no hay relaciones humanas, no hubo alianza, de aquí que no hay nada que lamentar en que esa etapa haya sido superada. En la experiencia reseñada, en cambio, todo es encuentro, hay personas, hay Dios, hay fiesta. Dios no es el terrible, sino el cercano, hay reunión pacífica y fraterna (y sororal, acotemos). El clima de fiesta (v.22; cf. Dt 7,10) es de alabanza, asamblea, adoración, de “nueva alianza”. Alianza de una sangre que habla mejor que la del justo Abel (cuya sangre es un clamor que Dios escucha, Gen 4,10).

Teniendo en cuenta las maravillas del AT el autor las toma para destacar la superioridad excelente de las cosas nuevas; una liturgia donde miles de ángeles participan (v.22),

El monte Sión, sobre el que está edificado Jerusalén, es para el pueblo de Israel, y también lo es para los cristianos (Apocalipsis) la figura de la ciudad celestial. Este párrafo dice con imágenes imponentes todo lo que descubre la persona que se convierte a Cristo y entra en la Iglesia. Con el bautismo entra en la familia de Dios, de los santos y de los ángeles. Tiene acceso a ese centro misterioso donde se decide el destino del mundo, y encuentra a Jesús mismo.

En la conversión, uno puede tener la experiencia de esto y casi tocar con las manos estas verdades, pero no debe olvidarlo cuando, después, sobrevengan el cansancio, la desilusión y las pruebas. En el mundo actual es urgente que los cristianos sean testigos ante los hombres de la existencia de ese mundo distinto (nuevo), diverso y joven, bello y pacífico en el que Cristo nos introdujo con su muerte y su resurrección.

Jesús es el que posibilita el acceso a ese mundo nuevo. Para expresar esta novedad, la lengua griega tiene dos adjetivos: uno con que indica un nuevo género de vida y otro que expresa la juventud del ser.

La Nueva Alianza fundamentada en Cristo es a la vez un género nuevo de vida y una formidable irradiación de juventud. El creyente en este Mediador tiene que llenar de “verdad” y de “vida” estas palabras


El evangelio es de San Lucas (Lc. 14, 1. 7-14). En el texto se describe una de las frecuentes comidas de Jesús, propias de Lucas. El texto luego de presentar el marco narrativo (la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos) omite el primer debate sobre el sábado y empieza una serie de temas sobre las comidas.

En primer lugar una intervención al notar que los invitados eligen los primeros lugares (v.7) que  finaliza con un frecuente dicho errante (v.11; cf. 18,14; Mt 23,12; cf. Sgo 4,6.10; 1 Pe 5,6). Luego se señala un nuevo dicho (v.12), esta vez dirigido a quien lo había invitado finalizado con una “bienaventuranza” (v.14).

Las diferentes actitudes de Jesús en las comidas –particularmente la importancia que Lucas les da- muestran elementos que deben destacarse de modo importante. Tenemos comidas con “publicanos y pecadores”, en las que lo habitual es la “murmuración” de los testigos, y comidas en casas de fariseos que parecen seguir en cierto modo el esquema del género literario de los simposios (Plutarco). Esto es una comida a la que un personaje importante es invitado y –a partir de algo fuera de lo común que este hace- se desencadena un debate entre los asistentes. En este caso, lo que Jesús –el invitado- hace, es curar en sábado ( esto no aparece en el texto litúrgico). Pero luego de este pequeño diálogo sobre el sábado, encontramos las escenas mencionadas.

Es bueno destacar que en el mundo antiguo habitualmente no se come sino con quien es “como uno”. El esquema visible del “honor” hacía imposible que uno compartiera la mesa con alguien con menor honor ya que eso manifiesta pública y visiblemente que uno se reconoce públicamente como des-honroso. Jesús es invitado porque para los fariseos se trata de alguien de un honor semejante (y por eso escandaliza cuando come con personas de menor honor, como es el caso de los publicanos). Sin embargo, hay algunas ocasiones en las que un banquete incluye gente de los más diversos grados de honor. Es el caso –por ejemplo- de un homenaje a un benefactor, en el que todo el pueblo participa. Sin embargo, los lugares en la mesa son indicio visible y evidente de las diferencias de honor de esos mismos participantes. Junto al agasajado se sientan los principales, y a medida que se van alejando, el honor es menor, terminando con clientes y esclavos. Un indicio de esto es que en la mesa no comen todos lo mismo, y mientras junto al homenajeado se sirven los mejores manjares, en la otra punta la comida es vulgar. Elegir los primeros lugares es –precisamente- una manifestación pública y visible del honor con que una persona se auto-comprende. En este sentido, ir a ubicarse al último lugar es a su vez una manifestación también visible del lugar que uno mismo se asigna. Es estigmatizante, y a su vez es una manifestación pública del honor que uno se asigna ante los demás.

Jesús es invitado a casa de un “jefe” (arjontes) de los fariseos. Los “jefes” suelen ser adversarios de Jesús (23,13.35; 24,20; Hch 3,17; 4,5.8.26; 13,27) pero en este caso parece referir simplemente a un líder del grupo. Pero ya sabemos que estos quieren ponerle una trampa a Jesús en lo que diga (11,53-54) y que se “las dan de justos delante de los hombres” (16,15), por tanto que esta invitación a comer sea un sábado deja abonado el terreno del conflicto.

En este caso Jesús presenta una parábola (aunque no lo sea precisamente), y se trata de una boda. Precisamente una fiesta a la que el pueblo entero está invitado. Es una característica parábola de actitudes contrapuestas (“no te pongas en el primer lugar” / “ve a sentarte en el último puesto”) que parece inspirarse en textos sapienciales (Pr 25,6-7; Sir 3,17-20), a lo que se añade la valorización cultural del “honor”. Ver que “buscan el primer lugar” (prôtoklisias) es algo que Mt 23,6 había señalado y Lucas en su paralelo de 11,43 había omitido, quizás para reservarlo a este momento. El honor (v.10) y la vergüenza (v.9) muestran esta diferencia contrapuesta. Sin embargo, la escena que parecería una estrategia precisamente para visibilizar el honor ante todo el mundo, finaliza con un dicho de Jesús que invita a otra lectura.

 Pues todo el que se ensalce, será humillado y el que se humille, será ensalzado” (v.11). Evidentemente encontramos aquí también una escena contrastante como la de la parábola; sin embargo, lo que llama la atención en este caso es la doble voz pasiva (será humillado / será ensalzado). Como es frecuente en la Biblia –especialmente en el período post-exílico, la voz pasiva es un modo frecuente de aludir a Dios sin nombrarlo (obviamente es algo que se da cuando no es visible quién es el hacedor del verbo). En este caso lo que se afirma es que Dios ensalzará y Dios humillará. Y esto nos cambia el enfoque de la escena. No se trata de ser exaltado / humillado por el que nos ha invitado a la cena, sino por Dios mismo. Esto indica que para Jesús Dios ve nuestra realidad con otros ojos distintos a aquellos con los que la sociedad ve a las personas. Los que son tenidos por valiosos (honor significa “valor” para el mundo antiguo; lo que una persona vale para la sociedad) no necesariamente son valorados por Dios. Mientras la sociedad contemporánea veía a determinadas personas (por su oficio, por su familia, por su trayectoria, por ejemplo) con un honor que los ponía por encima o por debajo de los demás, Jesús nos dice que Dios no lo ve así; la voz pasiva nos indica que Dios lo ve precisamente a la inversa. La sociedad de su tiempo valoraba que una persona se mostrara ante todos como importante, mientras que rechazaba a los que se mostraban humildes; es interesante notar que la “humildad” era habitualmente tenida por defecto, no como virtud por los moralistas griegos;; como algo propio de los esclavos, por ejemplo. El término es propiamente cristiano (recordar que el término, en la primera lectura no se refiere a la humildad como virtud sino en referencia a lo intelectual, al aprendizaje). La inversión de los valores en la dinámica del reino es algo habitual en Lucas: (1,48.52; 3,5; 10,15; 14,11; 18,14; Hch 2,33; 5,31).

En un segundo momento se dirige al que lo había invitado, el jefe de los fariseos. La sociedad antigua era sumamente fastuosa en sus acontecimientos públicos: el homenaje a un benefactor debe ser bien visible por todos: un banquete fastuoso, una estatua o un templo dedicado a una divinidad en su honor; todo debía hacerse a la vista de todos. Pero precisamente por eso, también a la vista de todos debía manifestarse la gratitud por los beneficios recibidos. Si uno era convidado a un banquete importante, debía dar otro banquete a su vez, y éste debía ser más suntuoso, con más invitados, para manifestar la gratitud con aquel que nos ha convocado. No ser suficientemente agradecido era sumamente grave. Jesús, entonces, propone una nueva actitud, nuevamente contracultural. “Cuando des… no invites” (el mismo esquema que en v.8). Lucas varía indistintamente las palabras [cena (v.12), boda (v.8), comida (v.12), recepción (v.13)], y aquí se refiere a una “recepción” (doxê), como la que Leví ofreció a Jesús (5,29). Los cuatro invitados habituales contrastan ahora con cuatro inesperados: pobres, lisiados, cojos, ciegos (los mismos cuatro –por otra parte- que se repetirán en la parábola que viene a continuación (v.21; cf. 7,22 sin “lisiados”); son grupos excluidos del sacerdocio (Lev 21,17-21) y del banquete escatológico:

La referencia en primer lugar a los pobres parece ser inclusiva, y puede leerse: “invita a los pobres, como por ejemplo, a los lisiados, cojos, ciegos...). El contraste –evidentemente- está dado entre los que pueden y los que no pueden “invitar a su vez”, es el modo de ser “compasivos, como es compasivo el Padre” (6,36), como en la escena anterior, Jesús invita a medir con “la medida del reino”..

Pero esto destaca a su vez otros elementos: por un lado, una renuncia no sólo a lo visible y exterior, sino también un reconocimiento de una igualdad explícita que viene dada por la comunión de mesa. Pero esto incluye una renuncia al honor al que se tiene derecho y en el que se manifiesta –siempre visiblemente- la valía que la sociedad reconoce a determinada persona o colectivo. Invitar a los que no tienen honor no es –solamente- un gesto de “caridad”, es una estigmatización social, un aceptar ser –ante todos- de bajo honor en la mesa compartida. Por otro lado, la gratuidad, que es algo propio de la lógica del reino. Éste no se guía con el “do ut des” (te doy y me das) propio de cierta religiosidad, y la lógica mercantil, sino del simple dar, como donación de sí.

Una nueva “voz pasiva” que refiere a Dios concluye la unidad: “(Dios) te recompensará en la resurrección de los justos”. El “banquete” es expresión escatológica (cf. 13,29) y alude, por lo tanto, a la resurrección, la cual –por otra parte- era particularmente creída por los fariseos (cf. Hch 23,6).

 

 

Para nuestra vida

Las lecturas de este domingo hacen un gran elogio de dos virtudes cristianas y humanas sumamente importantes: la humildad y el amor generoso. Cualquier persona que practique y viva estas dos virtudes cristianas es un santo cristiano. La humildad religiosa en primer lugar: saber situarnos ante Dios. Dios es nuestro Padre y nuestro único Señor; nosotros somos hijos de Dios, siervos y empleados de Dios. Todo lo que tenemos y somos, nuestro ser y nuestro obrar, es de Dios. Reconocer la soberanía única de Dios sobre nuestras vidas y sobre nuestras cosas, y actuar en consecuencia, eso es humildad. Somos brazos de Dios y boca de Dios.

A través de nosotros Dios quiere llegar a los demás, con nuestros brazos, con nuestros pies, con nuestras palabras y obras Dios quiere construir entre nosotros su Reino. Humildad religiosa es aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos sus humildes siervos. También la humildad social es muy importante: saber situarnos ante los demás. Los demás son nuestro prójimo, nuestros hermanos, hijos de nuestro mismo Padre,

Es muy útil la enseñanza de la primera lectura (Eclesiastico). Con gran facilidad  podemos llegar a envanecernos e inflarnos tanto, que terminamos por invadirlo todo (Cf. 1Cor 1,31), sofocándolo todo y terminando por sofocarnos a nosotros mismos, no permitiéndole a Dios que nos impregne de su Espíritu de sabiduría.

Ella nos permitirá ponernos en plena armonía con Dios, que nos responderá con las efusiones de su gracia y descubriremos que puede que también los demás reaccionen hacia nosotros con idénticas muestras de benevolencia y apertura, colmándonos con una paz que el orgulloso jamás experimentará.

 

El salmo de hoy nos sitúa en la actitud de alabanza. Invitación a la alabanza y motivos. La bondad de Dios se manifiesta en la protección del humilde e indefenso, y en la providencia amorosa sobre el pueblo. Dios mira con verdadera piedad paternal a los pobres y humildes. Lo proclama la experiencia secular de Israel. El Señor Dios merece la alabanza. Cristo ratificará de forma solemne esa imagen de Dios: pobre, humilde, por los pobres y humildes de la tierra.

Es una magnifica reflexión para cada uno de nosotros, en nuestras relaciones sociales, especialmente con los que consideramos inferiores a nosotros.ratamos como ios nos trata y trata a cualquier persona?

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría”. La confianza auténtica siempre experimenta a Dios como amor, a pesar de que en ocasiones sea difícil intuir el recorrido de su acción. Queda claro que “el Señor guarda a los sencillos» (versículo 6). Por tanto, en la miseria y en el abandono, se puede contar con él, «padre de los huérfanos y tutor de las viudas” (Salmo 67,6).

Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (Cfr. Salmo 67, 6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos.

El Dios de los “pobres”: “Padre de los huérfanos y defensor de las viudas”, pone todo su poder al servicio de quienes ama con predilección, para disipar a sus enemigos, “como la cera se derrite al fuego”; en cambio, desde su templo santo, a huérfanos y a viudas da su auxilio”.

 

En la segunda lectura la reflexión está centrada en el actuar y hablar de Dios. Dios habló en un tiempo… por los profetas…, en los últimos tiempos habló en el Hijo. Dios habló es la afirmación fundamental. En el Hijo, la novedad transcendental. El Aconteci­miento Cristo, Palabra de Dios, el tema de la obra.

Dios habló y Dios habla: Dios continúa hablando. El autor recurre al entonces de la Antigua Alianza para, por contraste, presentar la hondura y transcendencia de la Nueva Alianza. La comparación de una con otra atraviesa toda la carta.

Dios habló en el Sinaí a Moisés. Fue una teofanía tremenda. Dios habló en el Sinaí. En un monte. Monte alto y apartado. Una masa de tierra tangible. Dios habló sobre la tierra. El lugar era terreno, de este mundo. Dios habló desde el monte. Habló con voz de trueno, de forma espantosa. Los hombres no «podían» oír aquella voz. Pidieron que Dios no les hablara, que les hablara Moisés. En realidad el pue­blo no tuvo acceso a Dios. Aun siendo un monte tangible no se podía tocar. Había amenaza de muerte sobre el que osara acercarse a él. El pueblo no vio a Dios ni entendió sus palabras. Necesitaron del intérprete Moisés. La manifes­tación terrena del Dios Santo se mostró insoportable. Así fue el «hablar» de Dios entonces.

En cambio, el hablar de Dios AHORA es diverso. No es un monte tangible, terreno. Es la Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, la Asamblea de… Es algo divino. Y con ser divino es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, tangi­ble. ¡Tenemos acceso a Dios! Estamos ya dentro. No está castigada con la muerte la entrada a tan sa­grado recinto. Todo lo contrario, la Muerte ame­naza al que se queda fuera. La Voz de Dios, su Hijo, es audible. No espanta, atrae; no aterra, con­suela; no hiere, sana; no mata, salva. La Voz del Hijo nos hace hijos; como la voz del siervo Moisés hacía siervos. Jesús no es un media­dor; es el Mediador. Y la alianza es la eterna Alianza. La Voz de Dios se ha hecho carne nuestra. Jesús no se aver­güenza de llamarnos hermanos. No lo rodea niebla y fuego, sino luz y Espíritu. Por eso, ¡hay que oír su voz!.

Todo esto es el gran regalos de Dios.

 

El evangelio nos presenta las reflexiones de Jesús, con ocasión de la invitación a una comida. Estas  son dos: la primera se refiere a la tendencia casi instintiva que nos empuja a ocupar los primeros puestos en los banquetes, y, la segunda, a la gratuidad que debe regir dichos convites.

Todos buscan ocupar los puestos de honor. Esta actitud tiene como resultado alejar al ser humano de sí mismo (lo ‘aliena’), alejándolo al mismo tiempo de Dios, que habita en las profundidades de su corazón. No se atiende a la propia realidad más profunda sino que se termina por depender de las apreciaciones de los demás. Esto lleva a ‘desperfectos’ en todos los campos (pensemos, para citar un ejemplo, en algún artista que sólo trabajara buscando el éxito), pero sobre todo produce ‘desperfectos’ graves en la vida espiritual.

Hasta se puede llegar a abandonar la fe si esta no asegura los primeros puestos, convirtiendo a la fe en un trampolín para ponerse en evidencia, para ocupar puestos de importancia (aunque fuera sólo a los propios ojos y en secreto), para ser admirados por los demás (baste recordar las enseñanzas de Jesús sobre los fariseos de todos los tiempos que usualmente se hallan entre las personas más ‘religiosas’), pero al proceder de esta forma se destruye la esencia misma de la fe.

En ese contexto Jesús  expresa el conocido dicho, “todo el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado”, que nos permite captar el núcleo de la enseñanza evangélica. En presencia de Dios todo ser humano se encuentra situado en el lugar justo y adecuado, y la mano del Señor realiza la elevación de los humildes y la humillación de los soberbios (Ver Sal 113,7 y 1 Pe 5,5-6), tal como lo canta María. Pero es necesario advertir que la humildad es una virtud muy difícil de ser vivida y que además corre el riesgo, si no es correctamente entendida, de suscitar actitudes contrahechas y hasta perversas, generando búsqueda de méritos y terminando por propiciar comportamientos que justamente son los que Jesús condena. Es mejor hablar dehumillación-abajamiento, ya que sólo si aceptamos las humillaciones que provienen de nosotros mismos, de los demás y de Dios, podremos descubrir nuestra propia indigencia y, aceptándola, llegar a atisbar, con verdad, lo que significa la humildad evangélica.

La segunda reflexión!-, la hace Jesús, dirigiéndose a quien lo recibe, le recomienda:” Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos.

El mensaje es claro, si queremos ser sus discípulos, debemos expulsar de nuestras vidas la perversa lógica del ‘intercambio’, de la ‘reciprocidad’, del ‘doy-para-que-me-den’ (Cf. Lc 6,30. 35). La vida de Jesús se desarrolló de acuerdo a dicha ‘lógica-ilógica’, tal y como lo cantan las Bienaventuranzas y el Magníficat y tal como, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó en una ocasión Jesús: te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños (Lc 10,21). Por algo Jesús concluye sus recomendaciones con una de sus bienaventuranzas: ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos”.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusale.com


sábado, 12 de noviembre de 2022

Comentario a las lecturas del domingo XXXIII del Tiempo Ordinario 13 de noviembre de 2022

En este Domingo 33 del Tiempo Ordinario, el penúltimo del año litúrgico, se acerca el final del año litúrgico, dentro de dos semanas comenzará el Adviento. Por eso, la liturgia, con lenguaje apocalíptico, pone en boca de Jesús palabras sobre la destrucción del templo y sobre el final catastrófico del tiempo en que los apóstoles y discípulos de Jesús vivían. A nosotros, en este siglo XXI, tanto litúrgica como realmente, no nos afectan demasiado estas palabras. Pueden servirnos, eso sí, para que meditemos sobre la brevedad de la vida presente, sobre la caducidad de todas las cosas de este mundo, incluido el ser humano, y sobre la eternidad y grandeza de nuestro Dios. Debemos vivir sabiendo que nuestras vidas son como los ríos que van al mar, que es el morir. Como  dijo santa Teresa, en este mundo todo se muda, pero con paciencia, en nuestra relación con Dios, todo se alcanza, ya que para nosotros sólo Dios basta. La palabra “paciencia” podemos cambiarla, dentro del lenguaje evangélico de este domingo por “perseverancia”. Si perseveramos durante toda nuestra vida en nuestra fe y en nuestra confianza en Dios, Dios nos salvará. La verdad es que en nuestra vida diaria es fácil perderse en las ocupaciones y ajetreos de cada día, olvidando que sólo Dios debe llenar nuestro espíritu, ser el dulce huésped de nuestra alma, la luz y el gozo en el que debemos continuamente vivir. En nuestra relación con Dios somos realmente muy poca cosa, pero sabemos que Dios nos ama dentro de nuestra pequeñez y que si vivimos en Dios y para Dios somos realmente algo de Dios. Y no olvidemos nunca que para un buen discípulo de Cristo, vivir en Dios y para Dios es vivir con el prójimo y para el prójimo. En fin, que en este final del tiempo litúrgico vivamos conscientes de nuestra caducidad y de nuestra absoluta dependencia de Dios, de un Dios que nos ama.

 

La primera lectura del profeta Malaquías  (Mal 3,19-20a ). En la  primera lectura, el profeta Malaquías nos describe lo que será el Día del Señor, un momento difícil y terrible que los judíos esperaban como final de todo y como principio de muchas cosas. La lectura  del Libro de Malaquías guardia especial concordancia con el evangelio de Lucas.

La lectura nos pone sobre aviso del futuro con un mensaje de esperanza. “Mirad que llega el día, ardiente como un horno; malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir" (Mal 4, 1). Dios avisa de cuando en cuando a los hombres, nos recuerda que todo esto ha de terminar, nos hace caer en la cuenta de que todo pasa, de que vendrá un día en el que caerá el telón de la comedia de esta vida. Día terrible, día de la ira, día de lágrimas, día de fuego vivo. A veces nos asustamos ante el recuerdo de que este mundo puede derrumbarse estrepitosamente, al saber el potencial de armas atómicas y químicas que hay almacenado, al conocer que pueden volver los días tristes de una guerra, que nuevamente podemos vivir huyendo, temiendo que un día nos maten de forma inmisericorde, como hacen hoy en algunos lugares de la tierra.

Dios nos habla con lealtad y, como nos ama entrañablemente, nos avisa del riesgo que corremos si continuamos metidos en el pecado. Sí, los perversos, los empecinados en vivir de espaldas a Dios, los malvados serán la paja seca que devorará el gran incendio del día final.

"Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas...” (Mal 4, 2) No se trata de vivir amedrentados, de estar siempre asustados;  Dios nos quiere felices, optimistas, llenos de esperanza. Pero esa serenidad, esa paz tiene un precio. El precio de nuestra respuesta generosa y permanente al gran amor de Dios. Así los que aman a Dios esperarán el día final con tranquilidad, con calma, con alegría. Con los mismos sentimientos que embargan al hijo que espera la vuelta del padre, con el mismo deseo que la amada espera al amado. Para los que han luchado por amar limpiamente, el fuego final no abrasará, no aniquilará. Ese fuego será calor suave y vivificante, resplandor que ilumine hasta borrar todas las sombras, hasta vencer el miedo de la noche con el alegre fulgor de un día eterno.

 

El responsorial es el salmo 97 (Sal 97,5-9 ). El Salmo 97, que cantamos hoy, es junto al 95, 96, 98 y 99, un himno de un gran sentido escatológico, que anuncia los tiempos finales. Y todo ello con el poder y la salvación proveniente de Dios. Es, pues, este salmo 97 típico y adecuado para estos domingos finales del Tiempo Ordinario.

Este salmo  pertenece a la categoría de himnos de alabanza. El salmo  con un claro significado mesiánico y escatológico nos hace contemplar la victoria final de Dios sobre el poder del mal y la salvación que conseguirá Israel para todos los pueblos: El Señor da a conocer su victoria.

Esta inspirado en la última parte del libro de Isaías (caps. 56-66), y muy afín al salmo 95: "Cantad al Señor un cántico nuevo".  En algunas biblias se le titula: "El juez de la tierra".

En el salmo resuenan palabras proféticas, sobre todo del Segundo Isaías. Tanto el salmista como el profeta miran hacia atrás y hacia adelante. Las maravillas de Dios en el pasado remoto y reciente, y la venida del Señor como rey y juez de toda la tierra enardecen al compositor. A su júbilo se une el de la creación. Hay que tener muy en cuenta que las maravillas cantadas y la venida esperada acontecen en el seno del pueblo de Dios. El salmo ha de ambientarse en el culto post-etílico. Aquí se festejan las maravillas del «segundo Éxodo» y se anticipa la teofanía última de Yahveh. A estas nuevas acciones de Dios corresponde un cántico nuevo.

Se trata pues de un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf. v. 6).

El salmista invita a toda la tierra a cantar al Señor, a aclamar a Dios sonando toda clase de instrumentos: ahora es la música quien acompaña esta sinfonía grandiosa de alabanza: "tañed la cítara... suenen los instrumentos".

Los instrumentos musicales son muy citados en la Biblia como acompañamiento y complemento de la alegría y alabanza. Baste recordar el último salmo del salterio con la enumeración de tantos instrumentos al servicio de la liturgia jubilosa: trompetas, arpas, cítaras, tambores, flautas, platillos sonoros... Todo esto para aclamar al Señor que es rey sobre su pueblo y sobre el universo, y para que la alabanza sea más armoniosa, más universal. La Biblia nos da una muestra más de aprecio por todo aquello que es bueno, alegre, positivo, humano: todo colabora en el bien del hombre, todo redunda a gloria de Dios. Los salmos son este eco fiel que van formando la conciencia del pueblo y le educan en una actitud abierta y generosa que la ennoblece y dignifica.

La acogida dispensada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza coral: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cf. vv. 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico.

Son cuatro los cantores de este inmenso coro de alabanza. El primero es el mar, con su fragor, que parece actuar de contrabajo continuo en ese himno grandioso (cf. v. 7). Lo siguen la tierra y el mundo entero (cf. vv. 4 y 7), con todos sus habitantes, unidos en una armonía solemne. La tercera personificación (no está  incluido en el texto de hoy) es la de los ríos, que, al ser considerados como brazos del mar, parecen aplaudir con su flujo rítmico (cf. v. 8). Por último, vienen las montañas, que parecen danzar de alegría ante el Señor, aun siendo las criaturas más sólidas e imponentes (cf. v. 8 ).

" Aplaudan los ríos, aclamen los montes" (vv. 7-9)

A esta vasta aclamación de la humanidad, acompañada de la música, se asocia ahora la naturaleza, como si ella continuase en la misma vibración de la primera creación, salida de las manos de Dios. Ahora, de un modo semejante, esta misma naturaleza, siempre solidaria del hombre (el hombre viene de ella: barro de la tierra), canta las obras de Yahvé: el mar y cuanto él contiene en su inmensidad y su misterio, los habitantes de la tierra (hemos de pensar aquí en el variadísimo reino animal), los ríos, como si sus bordes, al decir de un antiguo rabino, fueran largas manos que aplauden mientras tocan sus orillas. Así, con una mención de estos elementos más importantes como representantes de toda la tierra, el salmista asocia a su alabanza el mundo entero.

De este salmo decia Paul Claudel : "¿Qué canto, oh Dios mío, podemos inventar al compás de nuestro asombro? El ha roto todos los velos. Se ha mostrado. Se ha manifestado tal como es a todo el mundo. La misma caridad, la misma verdad, todo semejante, a lo que quiso con Israel, ¡helo aquí, doquier, brillando a los ojos de todo el mundo! ¡Tierra, estremécete! ¡Que oiga en tus profundidades el grito de todo un pueblo que canta y que llora y que patalea! ¡Adelante, todos los instrumentos! ¡Adelante la cítara y el salmo! ¡Adelante, la trompeta en pleno día con sonido claro, y esta trompeta, la otra, muy bajo, como un hormigueo de trompetas que yo creía escuchar durante la noche! ¡Adelante el mar, para sumirme! ¡Adelante, la redondez de la tierra como un canasto que se sacude! ¡Ríos, aplaudid, y que se alisten las montañas, porque ha llegado el momento en que Dios va a "juzgar" a la tierra! ¡Ha llegado el día del rayo del sol, y de la radiante nivelación de la justicia!".

  La segunda lectura  sigue siendo de la segunda carta de tesalonicenses (2 Tes 3,7-12). En Tesalónica había sido mal interpretada la predicación de San Pablo acerca de la Parusía del Señor. Y los había que, a pretexto de la proximidad de la Parusía, se daban a la holganza; y perturbaban la paz de la Comunidad. San Pablo les escribe corrigiendo estos desvíos. En el pasaje que hoy leemos insiste en el deber del trabajo: de un trabajo asiduo y ordenado:

 San Pablo  les recuerda el ejemplo que les dio mientras estuvo entre ellos. Bien que en razón de su dignidad de Apóstol y de las urgencias del ministerio podía dispensarse de trabajos manuales, pero para evitar toda ocasión de murmuración sobre su conducta o intenciones, y para no ser gravoso a nadie, renunció a los derechos de vivir de limosna; y se impuso el deber de un trabajo duro: “Con fatiga y con sudor noche y día trabajábamos” (8). Bien sabía San Pablo que con esto les daba una lección muy importante: “No que no tuviéramos derecho (a vivir del ministerio), sino para daros en nosotros un modelo que imitar” (9).

Les recuerda que la ley del trabajo urge para todos: “El que no trabaje que  no coma” (10). Con la ociosidad se perjudica a los demás. Primero, porque se perturba su paz. El ocioso ni trabaja ni deja trabajar. Y segundo, se alimenta y aprovecha del trabajo  de los otros.

Uno de los valores que más enaltece San Pablo en el trabajo es el de la caridad. El trabajo es caridad con los otros. Y la ociosidad, pecado contra la justicia y amor fraterno. San Pablo VI nos dirá: «El cristiano ha de amar tanto a sus hermanos como para entregarse a ellos por entero. Y es una forma eficaz de entregarse a sus hermanos estar presente en el proceso del mundo en fase de aumento y desarrollo. Por tanto, la participación cristiana en el desarrollo se sitúa en un nivel muy elevado, anclada no solamente en razones de pura justicia, equidad o conveniencia; se proyecta en el plano del amor verdadero y resulta una auténtica imitación de la caridad de Cristo, quien dictará su sentencia de Juez sobre la relación de amor que nos haya tenido vinculados a nuestros hermanos» (Catequesis 29-IX-1966).

 

El evangelio de San Lucas  (Lc 21,5-19 ). Llegamos ya al término de la vida pública de Jesús, cuando ya todo está centrado en los acontecimientos centrales que se aproximan.

Jesús pasa estos últimos días enseñando en el Templo, centro de la vida religiosa de Israel, indicando así la seguridad con que lleva a cabo su misión y la autoridad de la que se siente investido. Leemos hoy la mitad del discurso sobre la caída de Jerusalén.


San Lucas  sitúa el relato en el templo y van a ser precisamente unos comentarios anónimos sobre la belleza y riquezas del templo los que van a motivar el tajante comentario de Jesús sobre su destrucción en un futuro que no precisa (vs. 5-6). Es el detonante para la pregunta sobre el cuándo preciso y las señales premonitorias de esa destrucción (v. 7).

San Lucas dirige el discurso a señalar que los cristianos deben disponerse a una larga etapa de espera y de persecución. Los discípulos no han de esperar que se les dé una fecha próxima y definitiva de la parusía: pese a la caída de Jerusalén y a la destrucción del Templo en el año 70, pese a las persecuciones contemporáneas, deben seguir esperando y habituarse a mantener su firmeza en la espera.

San Lucas escribe  después del año 70, a unas primeras comunidades cristianas que estaban totalmente desconcertadas y oprimidas. Se retrasaba la segunda venida, la parusía, y a ellos les perseguían, les entregaban a las sinagogas y a la cárcel, les hacían comparecer ante reyes y emperadores, y todo porque estaban siendo fieles a la predicación del evangelio de Jesús.

Cuando San Lucas escribe su evangelio ya se ha producido la destrucción del Templo de Jerusalén. Fue el emperador Tito quien ordenó que fuera arrasado en el año 70. Por tanto, lo que se narra como algo apocalíptico, como algo que va a suceder, en realidad ya se ha producido. Pero lo importante es la enseñanza que quiere dar el evangelista.

Algunos ponderaban, y con razón, la belleza y suntuosidad de las construcciones del templo. "Él contestó: cuidado con que nadie os engañe..." (Lc 21, 8). En tiempo de Jesús, Herodes quiso congraciarse con los judíos que le odiaban abierta e intensamente. Por eso no escatimó en gastos ni en tiempo. Quería demostrar lo indemostrable: que él era también un piadoso creyente en Yahveh, aun cuando no era hebreo sino idumeo. Los judíos nunca se lo creyeron aunque si reconocían la magnificencia de este hombre, el afán de asentarse en el trono sin olvidar que para ello era preciso hacer de la religión un recurso político más.

Grandes piedras de corte herodiano, propio de la época de Augusto emperador, preparadas para su colocación. Los apóstoles se quedan asombrados y así lo expresan con toda sencillez delante del Maestro. Pero sus palabras no encontraron eco en el Señor. Él sabe en qué quedará todo aquello dentro de no mucho tiempo. Sólo un montón de ruinas y un tramo de muro descarnado, donde los judíos se lamentarán por siglos.

Jesús no entra en la dinámica de la pregunta. A lo largo de los domingos de este año hemos tenido ocasión de constatar cómo en sus respuestas  Jesús corrige a menudo los planteamientos de sus interlocutores. Jesús comienza haciendo unas recomendaciones: "Cuidado con que nadie os engañe" a propósito del cuándo o de las señales; "no vayáis tras ellos; no tengáis pánico". Cierra estas recomendaciones una afirmación rotunda: "El final no vendrá en seguida". En otras palabras: Jesús desautoriza toda especulación sobre el cuándo y las señales. Más aún: guerras y desórdenes no son señal alguna de fin de mundo. Los que hablan en este sentido son simples embaucadores. Guerras y desórdenes son, desgraciada y lamentablemente, una necesidad. Lo mismo pasa con los terremotos, epidemias y fenómenos cósmicos. Nada de esto es señal de fin de mundo. Esto supuesto a partir del v. 12 y ya hasta el final, Jesús aborda lo que sí tiene importancia según él. Y aquí sí que prevé un tiempo no lejano: "Antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán... por causa de mi nombre". Aunque no lo diga explícitamente, Lucas presupone que son los discípulos los interlocutores-destinatarios de las palabras de Jesús. De nuevo el acoso, la acusación, la comparecencia ante los tribunales. Las mismas situaciones con que nos encontrábamos hace cuatro domingos. Y aún prevé otra: la muerte. ¡La muerte a manos de quien menos se podía esperar! El odio total por causa del estilo de vida de Jesús, que no es otro sino el compromiso con los valores del Reino. Este es el cuadro que Jesús pinta ante los suyos, el futuro que les espera. Este es el futuro que interesa y no el de las especulaciones sobre el fin del mundo. Y de cara a ese futuro dos nuevas recomendaciones: espontaneidad y tesón. El versículo final rezuma esperanza "Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".

El Señor entrevé la caída de Jerusalén, y también recuerda por unos momentos el fin del mundo. Esos momentos finales en los que surgirán falsos profetas y mesías, proclamando ser los portadores de la salvación eterna.

Serán circunstancias terribles, situación que si se prolongase demasiado acabaría con todos. Pero por amor de los elegidos, dijo el Señor, aquellos días se acortarán. Por eso hay que guardar la calma y saber esperar.

Así comenta San Agustín este texto evangélico: "Mientras nos hallamos en este mundo, no nos perjudicará el caminar aquí abajo, siempre que procuremos tener el corazón en lo alto. Caminamos abajo, mientras caminamos en esta carne. Al fijar nuestra esperanza en lo alto, hemos como clavado el ancla en lugar sólido, para resistir cualquier clase de olas de este mundo, no por nosotros mismos, sino por aquel en quien está clavada nuestra ancla, nuestra esperanza, puesto que quien nos dio la esperanza no nos engañará y a cambio de la esperanza nos dará la realidad. Pues, como dice el Apóstol, la esperanza que se ve no es esperanza. En efecto, lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25).

Quiero hablar a vuestra caridad cuanto el Señor me conceda sobre esta paciencia. También Jesucristo el Señor dice en cierto lugar del evangelio: Con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas (Lc 21,19). Y en otro lugar dice igualmente: ¡Ay de aquellos que perdieron la paciencia! (Eclo 2,14). Sea que se hable de paciencia, aguante o tolerancia, se trata de una única realidad significada con varios términos. Esa única realidad hemos de fijar en nuestros corazones, no la diversidad de las palabras que la expresan, y poseer en nuestro interior lo que designamos fuera. Quien sabe que es un peregrino en este mundo, independientemente del lugar en que se halle corporalmente, quien sabe que tiene una patria eterna en el cielo, quien tiene la certeza de que allí, se encuentra la región de la vida feliz, que aquí es licito desear, pero no es posible tener, y arde en deseo tan bueno, tan santo y tan casto, ese vive aquí pacientemente. La paciencia no parece necesaria para las situaciones prósperas, sino para las adversas. Nadie soporta pacientemente lo que le agrada.

Por el contrario, siempre que toleramos, que soportamos algo con paciencia, se trata de algo duro y amargo; por eso no es la felicidad, sino la infelicidad la que necesita la paciencia. Con todo, como había comenzado a decir, todo el que arde en deseos de la vida eterna, por feliz que sea en cualquier tierra, tendrá que vivir necesariamente con paciencia, puesto que le resulta molesto el tolerar la propia peregrinación hasta que llegue a la patria deseada y amada. Uno es el amor propio del deseo y otro el de la visión. En efecto el que desea ama también; y quien desea ama hasta llegar a lo amado; y quien ya lo ve, ama para permanecer en ello. Si el deseo de los santos, originado por la fe, es tan ardiente, ¿cómo será en presencia de la realidad? Si tal es nuestro amor cuando amamos sin haber visto, ¿cómo amaremos cuando veamos?

Así, pues, tres cosas son las que principalmente nos encarece el Apóstol que construyamos en el hombre interior: la fe, la esperanza, el amor. Y tras haber encomiado las tres virtudes, dice para concluir: La mayor de todas es el amor (1 Cor 13,13). Perseguid el amor (1 Cor 14, l). ¿Qué es, pues, la fe? ¿Qué la esperanza? ¿Qué el amor? ¿Y por qué es mayor el amor? Según la define cierto texto de la Escritura, la fe es el contenido de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve (Heb 11,1). Quien espera algo, aún no posee lo que espera, pero mediante la fe se hace semejante a quien lo posee. La fe es -dice- el contenido de lo que se espera,- aún no es la realidad misma que poseeremos, pero la fe está en su lugar. No se puede decir que no tiene nada quien tiene la fe, o que está vacío quien se encuentra lleno de fe. Por eso es grande su recompensa: porque, aunque no ve, cree. Si viera, ¿qué recompensa merecería?

FE/VISION:Jn/20/29: Por esa razón, cuando el Señor resucitó de entre los muertos y se manifestó a sus discípulos, no sólo hasta ser visto, sino hasta ser tocado con las manos, y convenció a los sentidos humanos de que él, el que poco antes colgaba del madero, era quien había resucitado, tras vivir con ellos durante algunos días, los que le parecieron suficientes para afianzar el evangelio y asegurar la fe en la resurrección, subió a los cielos para que nadie lo viera, antes bien, lo poseyeran por la fe. Si permaneciese siempre aquí, visible a los ojos, la fe no merecería elogio alguno. Ahora, en cambio, se dice a un hombre: «Cree». Pero él quiere ver. Se le replica. «Cree ahora, para poder ver alguna vez. La fe origina el merecimiento; la visión es el premio. Si quieres ver antes de creer, pides la recompensa antes de realizar el trabajo. Eso que quieres poseer tiene un precio. Tú quieres ver a Dios. El precio de tan gran bien es la fe. ¿Quieres llegar y no quieres caminar? La visión es la posesión; la fe el camino. Quien rehúsa la fatiga del camino, ¿cómo puede reclamar el gozo de la posesión?».

La fe no desfallece porque la sostiene la esperanza. Elimina la esperanza y desfallecerá la fe. ¿Cómo va a mover, aunque sólo sea los pies, para caminar quien no tiene esperanza de poder llegar? Si, por el contrario, a la fe y a la esperanza les quitas el amor, ¿de qué aprovecha el creer, de qué sirve el esperar, si no hay amor? Mejor dicho, tampoco puede esperar lo que no ama. El amor enciende la esperanza y la esperanza brilla gracias al amor. Pero ¿qué fe habrá que elogiar, cuando lleguemos a la posesión de aquellas cosas que hemos esperado creyendo en ellas sin haberlas visto? Porque la fe es la prueba de lo que no se ve (Heb 11,1). Cuando veamos ya no se hablará de fe. Entonces, verás, no creerás.

Lo mismo sucederá con la esperanza. Cuando se haga presente la realidad, ya no la esperarás. Pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Ved que cuando hayamos llegado dejará de existir la fe y la esperanza. Y ¿qué pasará con el amor? La fe aboca en la visión, la esperanza en la realidad. Allí existirá ya la visión y la realidad, no ya la fe o la esperanza. Y el amor, ¿qué? ¿Acaso puede desaparecer también él? Si ya se inflamaba ante lo que no se veía, cuando lo vea se inflamará más. Con razón se dijo: Pero el amor es la mayor de todas porque a la fe sucede la visión, a la esperanza la realidad, pero al amor nada le sigue: el amor crece, el amor aumenta y alcanza su perfección mediante la contemplación" . ( San Agustín. Sermón 359 A, 1-4).

 

Para nuestra vida.

Hoy, como desde hace siglos, se sigue hablando si estamos en una etapa final de la historia, del hombre y del mundo mismo. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? ¿Hacia dónde caminar? Las pistas nos las ofrece el evangelio de este día: “No hagáis caso”.

            Estamos en la hora del testimonio. Nos toca, hoy más que nunca, separar la paja del trigo, la auténtica fe de la religión a la carta. ¿Qué conlleva todo ello? Incomprensión, persecuciones o incluso el intento sistemático de reducir lo religioso al ámbito privado. Para los creyentes sigue la llamada a hacer la voluntad de Dios y a no renunciar a lo que es constitutivo de la misma Iglesia.

De las lecturas de hoy emana  un mensaje de esperanza, el juicio será para la salvación, no para la condenación. La palabra de Dios nos habla del final de los tiempos con una literatura apocalíptica. Tanto el evangelio como la primera lectura del profeta Malaquías nos hablan de catástrofe, enfrentamientos, divisiones, guerra y destrucción. Sin embargo, lo importante es el mensaje final en ambas lecturas: "iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas", "ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".

 

En la primera lectura el profeta Malaquías, el último de los profetas menores, nos dice muy bien que los hombres que se resisten con orgullo o maldad ante Dios terminarán aniquilados, como seres caducos y pasajeros que son; que sólo Dios es eterno.

" He aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja… Pero a vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra". Pero las personas que confían en Dios encontrarán paz y salud interior junto a él y por él. Ser orgulloso ante Dios, además de ser una necedad, es algo que sólo puede conducirnos al fracaso y a la destrucción. Seamos, pues, siempre humildes, anta Dios y ante el prójimo, porque el Señor destruye a los soberbios y enaltece a los humildes.

Malaquías, habla claro: los perversos serán aniquilados y no quedará de ellos “ni rama ni raíz”; a los buenos, en cambio, “los iluminará para siempre un sol de justicia”. La verdad es que en todas las religiones y culturas de la humanidad se ha creído siempre, aunque de distintas maneras y con distintos matices, que Dios premiará a los justos, mientras que los malos serán castigados. Parece un sentimiento espontáneo el pensar que no puede ser igual hacer el bien que hacer el mal y que algún premio o castigo debe haber por lo uno o por lo otro.

 

El Salmo 97, que se propone hoy como responsorial, es un canto de alabanza a Yahvé, rey del mundo, cuya actuación no es sino una serie de maravillas y portentos en favor del hombre y del pueblo de Israel.

Está influenciado, como todos los de su grupo (salmo 46, 92, 95-98), por el Segundo Isaías en sus miras universalistas, en su concepción de las nuevas realidades que se acercan para Israel, en su jubilosa visión del mundo como escena de la actuación de Dios y eco de su alabanza.

Siguiendo el salmo, vemos como el salmista piensa en la restauración de Israel después del exilio de Babilonia, cuando tiene lugar un nuevo inicio en la vida, en la religión, en la liturgia del templo. Este período feliz vendrá después del retorno, y este solo pensamiento produce en el salmista (igual que en Isaías) un potencial enorme de alegría y entusiasmo. Dios realiza estas maravillas de salvación porque ama a su pueblo, porque nunca lo ha olvidado y ha tenido siempre presentes su misericordia y su fidelidad.

Los acontecimientos salvadores de Dios, también son validos para nosotros. El versículo 3:"se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel", ha inspirado muy de cerca el Magníficat de María (Lc 1,54), cántico que se mueve en la misma sintonía de alabanza al Dios que actúa en favor de su pueblo y de los humildes.

La alabanza incluye el sonido de los instrumentos (vv. 4-6). Las obras de Dios son contempladas por todo el mundo: "los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Es una acción de Dios que percibe el mundo entero, que conocerán todos los pueblos y por esto alabarán a Dios. La vuelta a Sión, que según el Segundo Isaías superará en grandiosidad al mismo Éxodo (Is 49), será el comienzo de esta justicia de Dios y la celebrarán todos los pueblos porque en la nueva etapa Israel será algo grande y su nombre se dejará sentir en todas partes.

Por esto el salmista invita a toda la tierra a cantar al Señor, a aclamar a Dios sonando toda clase de instrumentos: ahora es la música quien acompaña esta sinfonía grandiosa de alabanza: "tañed la cítara... suenen los instrumentos".

En esa alabanza de la tierra, estamos incluidos todos los creyentes, de cualquier momento de la historia, incluida lógicamente la presente.

           

  La segunda lectura nos mantiene en la esperanza y una esperanza activa. San Pablo en ella como en domingos anteriores, sigue aconsejando a los fieles de Tesalónica.

Algunos tesalonicenses, creían que la segunda venida del Señor iba a ser inmediata, por eso algunos de ellos se habían echado a la buena vida, sin trabajar, creyendo que ya estaba todo hecho. Pero san Pablo les recomienda que se pongan a trabajar, pues la venida de Jesucristo no será inmediata.

Dos son las características de estos individuos: por un lado, se ocupan en no hacer nada y, por eso, se meten en todo. No se entregan a un trabajo que les centre en algo y puedan dejar de zascandilear sin otra misión que transmitir chismes. Por otro lado, turban la tranquilidad de los demás. Y su peligrosa ocupación pone a la comunidad en trance de perder la paz y la armonía.

A estos cristianos presenta el apóstol su propio ejemplo. Aunque tenía derecho a ser sostenido por la comunidad en su labor misionera, no aceptó el pan de balde. Trabajó día y noche, a fin de no ser una carga para nadie.

Y añade, además, un mandato que puede poner remedio a la situación creada por estos ociosos: que trabajen, así no vivirán inquietos. Y que lo hagan con tranquilidad, y así evitarán perturbar a los demás.

San Pablo es directo y práctico: “el que no trabaje que no coma”.

Como cristianos estamos llamados a ser portadores de esperanza y perseverar confiando, siempre en el Señor. Y mientras tanto, no quedarse con los brazos cruzados, esperando el fin del mundo como les ocurría a los fieles de la iglesia de Tesalónica. Pablo les insta a trabajar para ganarse el pan de cada día. Es así como Dios nos quiere, como personas esperanzadas y esperanzadoras, consciente de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios.

 

El evangelio nos presenta a Jesús que acaba de entrar triunfal en Jerusalén y los discípulos se siente maravillados por la belleza del Templo de Jerusalén.       En esos momentos, Jesús profetiza sobre la destrucción total y definitiva de Jerusalén que se iba a producir menos de cuarenta años después de que Jesús expresara su mensaje. Sus palabras  abren  un camino de reflexión hacia lo nuevo, hacia lo que nace tras los tiempos difíciles.  Esta lectura se nos proclama a las puertas del Adviento que no es otra cosa que la espera confiada en la llegada de nuestro salvador, Jesucristo..

Jesús nos pone en guardia a todos ante quienes están fijos en catástrofes.

No vayáis tras de ellos, nos dice. No les creáis cuando afirmen que el fin está ya cerca. Habrá guerras y revoluciones, pero todavía no ha llegado el momento. Por eso hay que permanecer serenos, no dejarse llevar por el pánico, tener la confianza puesta en Dios que no nos abandonará en esos terribles momentos.

Para los judíos del tiempo de Jesús el Templo de Jerusalén representaba la seguridad. Con tal de cumplir las leyes y acudir al Templo se "justificaban" ante Dios. Era para ellos el fundamento de su práctica religiosa. Y Jesús se atreve a decir que no quedará de él piedra sobre piedra. El Templo no es lo importante, tampoco el mero cumplimiento de la ley, pues Jesús predicó que no es ni en Jerusalén ni en Garizín donde se debe dar culto a Dios, sino "en espíritu y en verdad". En nuestra religión cristiana también nos hemos montado "otros templos", otras normas que nos "aseguran la salvación". Es más fácil pedir que te digan qué es lo que tienes que cumplir y asegurar así la salvación, que identificarse con Cristo, dejar que Él te transforme y estar dispuesto a seguirle con todas las consecuencias. Lo primero no cuestiona tu vida, lo segundo transforma tu vida y te convierte en hombre nuevo. La fe es una aventura arriesgada y emocionante, no es un cumplimiento cómodo y seguro de normas sin implicación de tu persona.

San Lucas  anima a los cristianos desanimados y les pide que se mantengan firmes en la fe, porque todas esas desgracias tenían que venir primero, pero el final no vendrá enseguida. Si perseveran salvarán sus almas.

Desde entonces hasta ahora se ha repetido bastantes veces la creencia en que el final de los tiempos ya estaba llegando, pero Dios, por lo que hemos visto, no parece tener prisa. Lo importante para cada uno de nosotros no es saber cuándo llegará el momento final, sino vivir cada momento con fidelidad al evangelio, con paciencia y con perseverancia, como si fuera el momento final.  

Aprendamos a vivir siempre con paz interior, con confianza en la palabra del Señor, dejando a Dios ser Dios, y actuando nosotros con fuerza y perseverancia cristiana, como si fuera el momento último de nuestra vida, a pesar de todas las desgracias que puedan ocurrirnos, a nosotros y a nuestra sociedad en general.

- La reflexión sobre la segunda venida de Cristo ha provocado continuamente en la historia preocupaciones, temores y angustias. La venida del Señor no es una amenaza, sino una esperanza. Por eso no puede producir pánico, temor o miedo, sino confianza absoluta.

Tengamos en cuenta que el texto proclamado hoy no es ninguna descripción del fin del mundo. El centro del relato se encuentra en una frase a mitad del texto: "Pero antes de todo eso..." San Lucas quiere enseñar que no se sabe cuándo ocurrirá el fin del mundo, y al preguntar los discípulos a Jesús cuando vendrá el día, la respuesta consiste en decir que deben suceder muchas cosas que parecerán el fin sin serlo. Lo que importa, pues, no es conocer la fecha de la parusía, sino tener claro que "antes de todo eso" los discípulos serán perseguidos. No serán unas persecuciones reservadas al tiempo final, sino que la persecución se convertirá en característica fundamental de la vida del cristiano mientras dure la historia del mundo.

- Ante la conflictividad político-religiosa de la historia hay que vivir en actitud de discernimiento de las señales que en ella encontramos para actuar. ¿Cómo estamos actuando ante los problemas políticos y religiosos que se viven en nuestra sociedad?

- La realidad que vivimos está generando desconcierto, desilusión y desesperanza. ¿Qué estamos haciendo para devolverle a tanta gente la esperanza?

- Muchos cristianos están luchando por construir una nueva historia y por eso son perseguidos, calumniados y asesinados. ¿Qué estamos haciendo nosotros por construir esta nueva historia?.

El texto también nos plantea la realidad de nuestra vida cristiana. Los tiempos son difíciles. ¿Qué es para nosotros lo más importante?.¿Nos mantenemos en el ámbito de la Fe o de la práctica religiosa?.

En clave "religiosa" se llega a la religión por tradición o herencia; en clave de "fe", se llega por decisión personal y libre. La religión puede convertirse en una forma de pensar que acomodo a mi vida, o bien es una forma de vivir que me compromete. En clave religiosa la referencia soy yo y mis necesidades; en clave de fe la referencia es Jesús y estoy dispuesto a hacer su voluntad. Las verdades pueden convertirse en simples doctrinas que hay que saber, sin embargo para el seguidor de Jesús la única verdad es Jesús y la escucha de su Palabra. Puedo ser un cristiano que considera el culto como un conjunto de ritos a los que hay que asistir, o por el contrario para mí el culto es la celebración gozosa de la experiencia de Jesús en mi vida. Puedo considerar la Ley como un conjunto de normas que hay que cumplir, o darme cuenta de que la auténtica Ley del cristiano es vivir en el amor. La Iglesia puede ser para mí una institución jurídica, o más bien una comunidad de hermanos.

 ¿Es para ti la fe un seguro de vida, o es un regalo, un don gratuito de Dios que celebras con entusiasmo? Pregúntate: ¿en qué clave se sitúa tu vida cristiana, en la "religiosa", o en la de la "fe"?

 

 

Rafael Pla Calatayud.

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