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domingo, 19 de febrero de 2023

Comentario a las lecturas del VII Domingo del Tiempo Ordinario 19 de febrero de 2023

Comentario a las lecturas del VII Domingo del Tiempo Ordinario 19 de febrero de 2023

En estos domingos la Iglesia goza leyendo el Sermón de la Montaña (Mt 5–7), la quintaesencia del evangelio de Jesús. Hoy escuchamos las dos últimas antítesis de la primera parte (“habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”), que son también las más radicales: los creyentes no solo deben exigir justicia (“ojo por ojo”) y amar al próximo (“amarás a tu prójimo”; frase tomada de Levítico 19,18), sino que son invitados a presentar la otra mejilla hasta amar al enemigo (Mt 5,38-48). La propuesta de Jesús es desconcertante, escandalosa, inaudita. Por eso necesita buenas razones. Jesús ofrece dos:

* Los discípulos serán verdaderamente hijos del Padre, que se preocupa no solo de los justos sino también de los injustos (“hace salir su sol para malos y buenos”);

 * Los discípulos deben practicar una ética de lo extraordinario, más allá de las normas de conducta comúnmente aceptadas. El texto acaba con un mandato, que es la cima de la moral cristiana: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¿cómo es posible imitar a Dios? Mateo ofrece la única vía plausible: continuar leyendo para seguir los pasos de Jesús, quien camina dando vida, da segundas oportunidades a sus discípulos infieles y muere aceptando y perdonando. Gandhi solía decir que solo por estas palabras merecería la pena hacerse cristiano… pero no se convertía porque los seguidores de Jesús no las cumplían. El Sermón de la Montaña propone un evangelio de las obras. El cristiano sabe que la fidelidad a Jesús es el mejor camino misionero.

La santidad que Dios nos regala, al hacernos un poco más parecidos a él, se dirige hacia una entrega gratuita y generosa a nuestros hermanos. Jesús nos impulsa a amar como él nos ha amado, procurando llenar el vacío de los corazones que nos rodean con nuestro amor. «Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos» (Mt 5,38-48). La propuesta de Jesús es tan radical que incluye algo que, humanamente hablando, parece una quimera: querer a los enemigos. Es decir, a quien nos ha ofendido, no piensa como nosotros, nos hace la vida más complicada o, simplemente, nos resulta antipático. Si esto dependiera solo de nosotros, sería imposible. Pero recordemos que, cuando el Señor pide algo, quiere darlo. Y no solo nos ayuda, sino que también nos dio ejemplo pidiendo el perdón para los que le crucificaron (cfr. Lc 23,34).

 

La primera lectura  ( Lv 19,1-2.17-18 ) presenta un pasaje perteneciente a una compilación legislativa realizada después del destierro (Lv 17-25) y designada con el nombre de "Ley de santidad" porque se muestra particularmente sensible a la santidad de Dios y a las exigencias que esa trascendencia impone al pueblo que ha establecido una alianza con él. Santidad es la palabra que se repite en el estribillo: "Sed santos, porque yo, el Señor... soy Santo".

La "ley de santidad" sección central y la más compacta del Levítico (Lv 17-26), se trata de modelar el orden humano a partir de la santidad de Dios. Santidad es aquí un concepto que no habla tanto de Dios en sí, cuanto de Dios como fundamento del mundo. De ahí que sea una exigencia radical del mundo mismo para ser verdaderamente lo que es o está llamado a ser. La ley se dirige al pueblo de Dios en el mundo, para enseñarle el camino de acceso a la santidad de Dios o a la plena realización de sí mismo.

-La pericopa litúrgica de hoy recoge algunas leyes, y no las más interesantes.

-v.2: antes de exponer las diversas leyes, el autor nos da la razón o motivo por el que debemos cumplirlas. Así nuestra obediencia no será ciega, sino razonable. Si Dios nos exige es porque primero nos ha dado, porque nos ha otorgado el don de la salida de Egipto, de la tierra de la esclavitud (v.36), por eso puede ordenar el cumplimiento de unos preceptos.

El Señor santo de la Alianza exige la santificación de su pueblo, y esto no se obtiene con la construcción de un santuario y la práctica de un culto (Ex.25-31;35-40), sino con el cumplimiento de los preceptos morales de este Dios santo, como nos lo dice el cap. 19. La santidad implica separación, pero no de un lugar o de un espacio -tan frecuentemente aconsejada por la Iglesia-, sino por la calidad de nuestras obras, como decía Orígenes. Es el mismo mensaje que nos inculca hoy el N.T.: "Sed perfectos..." A través de esta fórmula de presentación, las leyes humanas se insertan en la fe israelítica.

-vs.15-18: en su contexto primitivo, todo estos versículos se referían a las normas que debían observarse en todo proceso judicial. Al emitir sentencia, el juez no debe favorecer al rico para obtener ganancias, ni tampoco al pobre por falso sentimentalismo, sino que en su juicio debe resplandecer siempre la verdad y la justicia (v.15). El v.16 se refiere a los testigos y el v. 17 alude a que todo miembro del pueblo puede recurrir al tribunal en caso de disputa; el hecho de no acudir a este organismo acarrea el peligro de incubar en el corazón humano el odio al hermano, y el odio o rencor pueden llevar a la venganza (v.18)

En este código de preceptos fundamentales de relación humana, la exigencia es no sólo de obras, sino también de actitudes y sentimientos hacia el otro; de ellos son hijas las obras. Denomina por su nombre a las actitudes que no pueden llegar a ningún compromiso con la santidad: el odio, el rencor, la venganza; y a las que son exigidas por ella: la corrección o reprensión justa, el amor. Los primeros son sentimientos que niegan al otro, lo destruyen; por supuesto, destruyen también al sujeto del que emanan. La corrección del culpable y la denuncia del mal son exigencias radicales en el que busca el bien, y son también justicia que el hombre le debe al que está en el error. Es la señal de que busca afirmarlo.

Pero la suprema afirmación del otro la hace el amor. El amor verdadero no es un superficial y caprichoso sentimiento, que puede encubrir un solapado amor propio. Se salvaguarda de cualquier malentendido en un criterio y en una medida que debe valer para acreditarlo: amor al otro como a sí mismo. Este es el reto más grande que se puede hacer a la relación del hombre con el hombre. El yo es llamado a desplazarse hacia el tú que está delante, a considerarlo como un yo y a comportarse con él como consigo mismo.

Este precepto compromete al hombre en sus obras y en sus sentimientos y nunca podrá decir que lo ha cumplido cabalmente; su incumplimiento le estará denunciando siempre.

 

  El responsorial de hoy,  el  salmo 102 (Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13) es atribuido a David y tiene un mensaje casi idéntico al conocido salmo 50, al “Miserere”. Es, un himno de alabanza que recorre toda la historia de Israel señalando que todos los bienes proceden del Señor. Para nosotros mismos, hoy, debe ser una oración de agradecimiento por todo lo que somos y recibimos.

El salmo 102 es el gran salmo de la ternura de Dios. El concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y especial en el contexto de amor.

La ternura es, ante todo, un movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro idioma de otra palabra: cariño.

Allá, en las raíces de la ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad, donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.

Ciertamente, la Biblia, cuando intenta expresar la ternura de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna, debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón, benevolencia. En suma, la ternura.

En el salmo 102 se han condensado todas las manifestaciones de la ternura humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el escenario, conmovido por la benevolencia divina y destacando la realidad de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo enseguida «con todo mi ser».

En el versículo segundo continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo, conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, -y siempre recordándose a sí mismo- despliega una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v. 3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa corriente, llena de inspiración:

"te colma de gracia y ternura,
sacia de bienes todos tus anhelos
y como un águila se renueva tu juventud
" (v. 4-5).

No hay mejor palabra, que misericordia, que mejor defina a Dios; ella expresa admirablemente los rasgos fundamentales del rostro divino. Es, además, hija predilecta del amor y hermana de la sabiduría; nace y vive entre el perdón y la ternura.

Estas dos palabras, entrañablemente emparentadas -ternura y misericordia- sintetizan la riqueza viviente del responsorial de hoy.  

Todas las experiencias vividas por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años, están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de Israel:

«El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).

Israel -y el salmista- que ha convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque sabe de qué barro estamos constituidos.

Para El perdonar es comprender, y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que lo arrastran por rumbos contrarios.

Por eso no le cuesta perdonar, y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia, sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.

A partir de versículo 9 el salmista penetra en las entrañas mismas de Dios, esto es, de la Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.

Le han puesto la fama de que no hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso, sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en el polvo:

«No nos tratan como merecen nuestros pecados,

ni nos paga según nuestras culpas» (v. lo).

Mucho más. Si nuestras demasías, amontonadas unas encima de otras, alcanzaran la cumbre de una montaña, su ternura alcanza la altura de las estrellas. ¿Hay alguien en el mundo que pueda escudriñar las profundidades del mar y que logre llegar hasta aquellas latitudes últimas, hechas de silencio y oscuridad? Mucho más profundo es el misterio de su amor.

¿Quién consiguió tocar con sus manos las cumbres de las nieves eternas? ¿Qué ojo penetró en las inmensidades del espacio para explorar allí sus misterios? Pues bien; si nuestros desvíos y apostasías tocaran todos los techos del mundo, lo-largo-y-lo-ancho-y-lo-alto-y-lo profundo de su misericordia alcanza y sobrepasa todas las fronteras del universo. Bendice, alma mía, al Señor. «Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos» (vv. 11-13).

En los versículos siguientes, la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14).

Dios, ante la fragilidad humana, en lugar de sentir rencor y cólera, siente piedad y compasión. Y no podía ser de otra manera porque nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y por eso nos comprende y perdona más fácilmente que nosotros a nosotros mismos. De donde deducimos ¡qué sabio y realista es el contenido de la revelación de Jesús! cuando dice que los últimos serán los primeros, que los pobres son especialmente amados, que los heridos y pecadores se llevan las preferencias y cuidados del Padre y que, en fin, el Papá-Dios vuelca todo su cariño sobre la resaca humana que deja el río de la vida; y que, cuanto más miseria, mayor ternura, porque, al final, sólo el amor puede sanar la miseria.

 

En la segunda lectura (  primera Carta a los Corintios 1 Cor 3,16-23) San Pablo  , marca la esencia de la evangelización del cristiano, que es la unidad de Dios Padre con Jesús y, al mismo tiempo, nuestra unidad total con la Trinidad Santa mediante el Espíritu.

En el proceso de la primera carta a los corintios, San Pablo termina el tema de la sabiduría divina, recapitulando lo ya expuesto en perícopas anteriores. Pero con matices: uno de ellos es el mostrar cómo el abrirse a Cristo-sabiduría no es cuestión de pensamiento sólo, sino que implica la inhabitación del Espíritu en todo el hombre, lo que implica también un modo de vivir en consonancia con esa realidad.

Esta es la actitud básica de la que brotará el amor. Y además tiene otra consecuencia, a primera vista inesperada, que aparece en los últimos versículos: quien se encuentra de esa forma unido con Dios es libre y está por encima de todo.

"¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?":

Pablo contempla su ministerio evangelizador como una obra de construcción de la que la comunidad de Corinto es el resultado. También en otros pasajes aplicará la imagen del templo al cuerpo de los bautizados. Es una aplicación que depende de esta otra: los bautizados son templo del Espíritu en tanto que comunidad.

- "Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios": Los corintios han cometido el error de valorar a sus evangelizadores a partir de los criterios de este mundo y no a partir del criterio de la sabiduría de la cruz. Pablo les censura por eso utilizando dos citas del AT: una de Job 5,12, acomodándola sustituyendo el término "hombres" por "sabios", y otra del Salmo 93,11.

- "Que nadie se gloríe en los hombres...": Ningún cristiano ha de poner su confianza en los hombres, aunque éstos sean los mensajeros del Evangelio, en perjuicio de la unidad de la comunidad eclesial. El apóstol está al servicio de la construcción de la Iglesia y no a la inversa.

- "Todo es vuestro...": toda la obra de difusión del Evangelio y toda la realidad creada están al servicio de la salvación de los hombres. Cristo es el artífice de esta salvación y el único Señor, de acuerdo con los planes de Dios. La comunidad cristiana participa de ese dominio de su Señor en la fe y la esperanza.

Se trata de construir el templo de Dios. Este templo es la comunidad cristiana; no es un grupo cualquiera, y san Pablo la compara con un cuerpo; también la ha comparado con un edificio. Ahora la ve como un templo sagrado, un templo de Dios. Este templo está construido en cada cristiano habitado por el Espíritu. Campo de Dios y edificio de Dios, la comunidad es también templo de Dios. Esta vez hemos llegado no ya a una imagen, sino a una realidad que coincide exactamente con lo que es la comunidad. Pues la comunidad es cuerpo de Cristo, y Cristo crucificado es templo que supera a todo edificio material. Desdichados los que profanan este templo. Pues bien, se le profana si se da preferencia a la sabiduría de este mundo: los razonamientos de los sabios no son más que viento.

San Pablo vuelve al verdadero objeto de su inquietud: no hay que gloriarse en los hombres. Entonces reanuda el tema de la libertad, que más arriba desarrolló. El cristiano trabaja y vive ya en este Templo que es eterno, y debe dejar atrás lo que es secundario: el cristiano es de Cristo, y Cristo es de Dios. A todos se nos invita a ver en la comunidad una presencia dinámica que supera a todo y exige que nuestra fe se sitúe por encima de toda sabiduría según el mundo, para vivir nuestra liberación en Cristo y en Dios.

 

En el evangelio de hoy (Mt 5,38-48 ), San Mateo sigue narrándonos las enseñanzas de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña. Hoy expresa la plenitud del amor cristiano que rompe hasta lo razonable: nos pide que amemos a nuestros enemigos. Pero sucede que para Jesús no puede haber amores a medias, amores de conveniencia. El amor ha de romperlo todo y construirlo de nuevo si hubiera desaparecido.

Dios es el Santo. Nadie como Él es justo y bueno, distinto y singular, trascendente y diverso. Por eso los que ha elegido para formar parte de su Pueblo, los que creen el Él, han de ser santos, perfectos, hombres consagrados para servirle.

De hecho, al ser bautizado el creyente es consagrado, santificado. Todo su ser queda, en cierto modo, separado del uso meramente profano, su persona queda consagrada a Dios. De tal forma que cuanto el bautizado haga, si permanece unido al Señor por la gracia, viene a ser algo grato al Señor, algo también santo. El estar consagrado implica dedicación a Dios, y por eso mismo supone también perfección.

En efecto, cuanto se consagraba a Dios había de ser intachable, sin el menor menoscabo. Por eso la consagración supone santidad, e implica también perfección y rectitud en el orden moral. El creyente, mediante el Bautismo, es un ser sagrado, queda constituido en hijo de Dios, y como tal ha de comportarse.

Lo dirá expresamente Jesús: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto". El lugar paralelo de san Lucas formula de otra forma lo mismo al decir: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es una aclaración muy provechosa, ya que es en la misericordia donde está el aspecto divino que podemos imitar. Hay que extirpar como mala hierba cualquier tendencia que nos incline al rencor o al odio. Más aún hay que fomentar el deseo de ayudar al prójimo en cuanto podamos, no sólo en el plano moral sino también en el material. Hay que aprender a ponerse en el lugar del prójimo, de ese que está junto a nosotros. Hay que amar al otro como a uno mismo.

En otra ocasión Jesús nos dará una medida aun mayor para la práctica de la misericordia, para vivir el amor. Como yo os he amado, nos dice, así habéis de amaros los unos a los otros. Por tanto, la medida de amor que tiene el Corazón divino de Jesús, esa ha de ser nuestra propia medida. Sólo así llegaremos a esa perfección y santidad que el Señor nos exige.

" ojo por ojo, diente por diente". Este pasaje corresponde a una de las antítesis que Jesús pronuncia en el Sermón de la Montaña. Aunque es cierto que la Ley sigue en vigor, hay sin embargo un modo nuevo de vivirla, una exigencia de mayor interiorización y autenticidad en su cumplimiento. Jesús dirá que el mandamiento de no matar implica también un respeto hacia el hermano, hasta el punto que quien se enfade contra su prójimo, o le insulte, es reo de juicio o del fuego de la Gehena.

En el caso de la ley del Talión, Cristo abre unas perspectivas nuevas. Es cierto que el ojo por ojo y diente por diente en la ley del Talión era un modo de atemperar la venganza personal o la represalia. Se intentaba, en efecto, que quien se tomara la justicia por su mano no se excediera, llevado por su indignación ante el daño sufrido, y causara un mal desproporcionado.

Sin embargo, Cristo considera que hay que desechar todo deseo de venganza o de justa compensación por el daño sufrido. Según la doctrina evangélica, no hay que enfrentarse a quien nos perjudica, no hay que devolver mal por mal. Aunque eso sea lo normal, e incluso podemos decir que lo natural.

Jesucristo, por el contrario, desea que actuemos, no como hijos de los hombres, sino como hijos de Dios. Es decir, quiere que nos parezcamos más a nuestro Padre Dios. Y si Él no distingue entre buenos y malos a la hora de mandar la lluvia o de hacer salir el sol, tampoco quienes somos sus hijos podemos dejarnos llevar de criterios meramente humanos. Hemos de luchar por ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, o, como dice el paralelo de Lucas, hemos de ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.

 

Para nuestra vida.

La voluntad del Señor es compartir con los hombres su vida divina. Dios le encarga a Moisés que transmita este deseo suyo a los hijos de Israel: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,1). La llamada a la santidad está presente también desde el principio en la predicación de Jesús. En las riberas del mar de Galilea, el Maestro les propone a las multitudes un alto modelo de vida: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

 

Estas palabras pueden sonar sorprendentes, porque no hay día en el que no sintamos nuestra imperfección, nuestros límites y nuestros errores. Al conocer, aunque sea superficialmente, la debilidad que habitualmente nos acompaña, es fácil que se nos presente la inquietud: ¿cómo puedo aspirar a esa perfección de la que habla Jesús? O, más bien, ¿de qué tipo de perfección habla el Señor? Ciertamente, no se trata del perfeccionismo humano, sino del modo de ser de un Dios que es amor, gratuidad y misericordia.

 

Procurar llenarnos de la santidad de Dios y de su perfección, tan distinta a la que imaginamos, no es una meta inalcanzable, pues contamos con la ayuda del Espíritu Santo. «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3,16), les recuerda san Pablo a los corintios. «La santidad cristiana no es en primer término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad (…). El Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar día a día»[3].

 

Con la encarnación de Dios en su Hijo Jesucristo, este ideal de perfección no es abstracto, sino que toma un cuerpo. En Cristo, Dios se ha hecho carne para ser cercano a cada hombre, para revelarnos su amor infinito de una manera muy comprensible. En su Hijo, nos llama a una vida de cercanía, de comunión con él. La santidad de Dios se nos comunica en Cristo. Jesús es la fuente de toda santidad, porque «de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia» (Jn 1,16).

 

Nuestra perfección no está, por tanto, solamente en perseguir unas metas que se alcanzan después de mucho esfuerzo. Aunque aquello esté presente, esa perfección a la que nos llama Dios se trata, más bien, de abrirnos a compartir ese camino con Jesús, siguiéndole de cerca, viviendo como él vivió, y siendo testigos de esa alegría.

En cada Eucaristía –en donde revivimos la muerte y la resurrección de Jesús–, proclamamos esta santidad que es Dios mismo: «Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo». Él, que es tres veces santo, nos permite participar en su propia santidad. Al darnos su Cuerpo y su Sangre, podemos alcanzar lo que sería totalmente imposible con nuestras solas fuerzas: hacernos una sola cosa con Cristo, hasta llegar a la identificación plena con él. Recibimos, entonces, en el Señor, todas las riquezas de Dios, como nos recuerda san Pablo: «Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios» (1Cor 3,22-23).

 

La primera lectura  del Libro del Levítico, nos muestra que ya Dios, encarga a Moisés que enseñe a cada miembro del pueblo elegido que tiene que amar al prójimo como a sí mismo. En realidad la enseñanza de Dios ha sido siempre la misma. Pero el pueblo judío olvidó la enseñanza divina y tuvo que venir Jesús a dar plenitud al mensaje del Padre de todos.

El Levítico advierte al pueblo para que deje a un lado el odio, el rencor y la venganza. Llega incluso a decir que cada uno debe “amar al prójimo como a uno mismo”.

En el Levítico, la santidad tiene una relación directa con el amor al prójimo. En el tiempo en que se escribió este libro, unos 1400 años antes de Cristo, ya regía la Ley del talión, una ley que prohibía la venganza desproporcionada, sólo podíamos castigar al que nos ofendía en la misma proporción y medida en la que habíamos sido ofendidos, nunca más. Y, además, en este tiempo la palabra prójimo se refería literalmente a la persona cercana, próxima a nosotros, esto es, a nuestros parientes y personas de nuestra misma etnia o religión. Amar al prójimo como a nosotros mismos era amar a los nuestros como a nosotros mismos. En eso consistía fundamentalmente la santidad humana.  

 

El salmo de hoy 102 (Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13) señala que  Dios es siempre, compasivo y misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.

Es un salmo de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mía, al Señor". Es, pues, una invitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser. Cada uno de nosotros -"alma mía"- está llamado  a esta bendición.

b) El Salmo va describiendo con entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro de oro.

c) El autor del Salmo, en clave poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de Dios:

-"como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre sus fieles",

-"como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos",

- "como un padre siente ternura por sus hijos,

siente el Señor ternura por sus fieles"...

d) El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:

-el pecado: "él perdona todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados" "ni nos paga según nuestras culpas";

-la enfermedad: "y cura todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y "como un águila se renueva tu juventud";

-la opresión: "el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de hijos a nietos";

-la caducidad: "los días del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro"...

Por encima de toda nuestra historia, está el amor y la misericordia de Dios. Y esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia amorosa de un Dios que se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.

e) Aplicación a nuestra vida de hoy. Este cuadro de flaquezas humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de barro), oprimidos por enfermedades y angustias...

El Salmo, es una invitación  a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.

 

San Pablo en la segunda lectura nos habla del  templo de Dios y señala como tal a la comunidad cristiana de Corinto, a la asamblea reunida en el nombre de Jesús. No cualquier persona, o cualquier grupo, es templo de Dios, sino sólo aquellos en los que el Espíritu de Dios habita en ellos. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? .El Espíritu de Dios es el Espíritu de Jesús, del Jesús crucificado, muerto y resucitado. Es “la sabiduría de la cruz”, frente a la cual la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Según la sabiduría de este mundo Pablo, Apolo, Cefas, eran distintos, pero según la sabiduría de Dios, la sabiduría de la cruz, los tres debían ser lo mismo, porque los tres hablaban no según su propia sabiduría, sino según la sabiduría de la cruz de Cristo. Que nuestra sabiduría y nuestro amor sean sabiduría de la cruz y así habitará en cada uno de nosotros y en nuestra propia comunidad cristiana el Espíritu de Dios. A esta perfección es a la que estamos llamados cada uno de nosotros.

El texto  de San Pablo es un párrafo muy importante que deberíamos leer asiduamente y hacerle sitio en nuestros corazones.

 

Jesús, como hemos visto en el evangelio de hoy, amplió el concepto de amor al prójimo, y, consecuentemente, el concepto de santidad, extendiendo este amor hasta los mismos enemigos. Para los discípulos de Jesús este texto del Levítico se queda corto y estrecho: no es que Jesús haya anulado la ley del talión, es que la ha ampliado y mejorado, como se puede ver con toda claridad en la parábola del Samaritano. "Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo…", No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás, ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". La perfección de la que aquí habla Jesús es la perfección en el amor. El amor perfecto es amar a todos, porque Dios, nuestro padre celestial ama a todos y “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.

Sí, Jesús nos manda amar a todos, incluidos los enemigos, y a poner la mejilla izquierda cuando nos abofetean en la derecha. En esto, nos dice Jesús, consiste la perfección del amor, perfección a la que estamos llamados todos los discípulos de Jesús. ¿Es realmente posible esta perfección que Jesús nos pide?.

 Sí, entendiendo bien lo que significa la palabra <amor>. No se trata de un amor afectivo y sensible, sino de un amor religioso, que consiste, en querer hacer siempre el bien a los que nos ofenden y ultrajan. Es una verdad evidente y comprobable que a quien le han matado un ser querido no siempre puede amar afectivamente a quien ha matado injusta y violentamente. No le puede amar afectivamente, pero sí le puede amar religiosamente, es decir, puede desear de corazón el bien a su enemigo, y rezar por él para que se convierta y viva. Dios quiere que todas las personas se salven, que los pecadores se conviertan y vivan. Esto es lo que nosotros debemos querer para todos, incluidos nuestros enemigos, y esta es la perfección a la que Jesús nos llama.

Una persona es moralmente perfecta, acabada y madura, cuando ha alcanzado la perfección a la que está llamada, la suya, de acuerdo con las posibilidades de su naturaleza. Nunca podremos alcanzar la perfección de Dios, porque la medida de Dios es infinita y nosotros somos finitos, pero siempre podremos alcanzar, con la gracia de Dios, nuestra propia perfección. A esta perfección, a la nuestra, es a la que debemos aspirar.

¿Por qué perdonar a nuestros enemigos?. Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque, como proclamamos en el salmo, “el Señor es compasivo y misericordioso”. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros.

¿Cómo puedo llegar a amar a un enemigo? Miremos a Jesús en la cruz. Dijo "Perdónalos porque no saben lo que hacen". Estas palabras sólo se pueden pronunciar cuando se ve algo distinto de un populacho excitado sádicamente. Sólo lo puede decir cuando en todos los que rodean su cruz ve hijos pródigos y equivocados. El amor al prójimo no reside en un acto de la voluntad, con el que intento reprimir todos mis sentimientos de odio, sino que se basa en una gracia: en que se me dan unos nuevos ojos para ver al prójimo.

Al rezar hoy el Padrenuestro no seamos hipócritas. Seamos sinceros al decir “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Nos daremos cuenta que lo imposible es posible.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

domingo, 30 de octubre de 2016

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Todos los Santos 1 de Noviembre de 2016.

 
La liturgia de esta fiesta está centrada en la santidad. El evangelio sintetiza admirablemente los caminos de la santidad cristiana mediante las bienaventuranzas. En la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se pone ante nuestros ojos el infinito número de los llamados a ser santos y a participar aquí y en la eternidad del don de la santidad. Finalmente, con la primera carta de san Juan, se nos introduce en la misteriosa relación existente entre el amor que Dios nos tiene, amor de Padre, y la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su Hijo.
La fiesta de Todos los Santos es muy antigua y parece que su origen está en la dedicación del Panteón Romano a Santa María y los mártires. En el Siglo IV la iglesia oriental ya conmemoraba esta fiesta. En el siglo IX se comienza a celebrar en lo que hoy es Francia para luego extenderse a toda la Iglesia latina. En los primeros textos cristianos, escritos inmediatamente después del Nuevo Testamento, nos encontramos con una pieza muy singular que son las Actas de los Mártires. Se trata de los documentos que reflejan los juicios a que fueron sometidos un cierto número de cristianos que se oponían a las leyes romanas de adorar ídolos y de presentar sacrificios rituales a las estatuas de los emperadores. Dichos relatos que, por supuesto, contienen interesante doctrina, también consagran documentalmente a un cierto número de santos por su martirio.
El culto a los mártires fue muy importante entre esos primeros cristianos y de ahí se originó la devoción a esos hermanos singulares que supieron dar su vida por Cristo. Lo que los fieles pedían a esos mártires es muy parecido a lo que nosotros hoy solicitamos en nuestras devociones. Y la tradición de "hacer santos", de canonizar a cristianos de singulares méritos, es muy antigua. Y el día que litúrgicamente se dedica a recordar a todos los santos, a los conocidos y desconocidos, es este primero de noviembre, en el que las oraciones de la Misa van dirigidas a ese gran número de intercesores que nosotros necesitamos para seguir adelante con nuestros trabajos de ser buenos cristianos.
Las Iglesias reformadas, tras la protesta de Lutero, prescindieron de esa práctica canónica. No así las Iglesias ortodoxas que han continuado buscando ejemplos de santidad y venerándolos. En nuestra Iglesia Católica, el pontificado del San Juan Pablo II se caracterizó por un incremento notable del número de las beatificaciones y canonizaciones. Y ha pasado a la historia como el Papa que más santos ha elevado a los altares. Él mismo, santo, junto a su antecesor Juan XXIII por una histórica  decisión del Papa Francisco en los primeros meses de su pontificado.
 
La primera lectura es del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14 El Apocalipsis, como sucede en la literatura de este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica, necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos.
La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos» -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.
En la lectura se nos muestra la apertura del misterio de la historia con la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser liberados de la destrucción. El sello sobre los siervos de Dios sella su pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la multitud inmensa, incontable, con su simbolismo propone algo de las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza. Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable” representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero sacrificado, con su sangre.
Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». No está claro lo que significa este sello (¿se trata de una cita de Ez 9,4?, ¿de la unción bautismal?, ¿de la cruz?). Probablemente resulta más fácil identificar a los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).
Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los israelitas en el momento de la Pascua de Egipto.
Esta liturgia celeste celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución (thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.
En el texto se nos quiere hablar de mártires, pero también de todos aquellos que han pasado por la tribulación de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad, son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo que son los auténticos vencedores de la historia.
El himno es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan pasado por la muerte.
 
El responsorial es el salmo 23. Como comentario seguimos la catequesis del Papa San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.
" 1. el antiguo canto del pueblo de dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén, para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. el primero atañe a la verdad de la creación:  dios creó el mundo y es su señor. el segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas:  debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. el tercero es el misterio de la venida de dios:  viene en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. un comentarista moderno ha escrito:  "se trata de tres formas elementales de la experiencia de dios y de la relación con dios; vivimos por obra de dios, en presencia de dios y podemos vivir con dios" (G. Ebeling, sobre los salmos, Brescia 1973, p. 97).
2. A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, que ahora trataremos de profundizar, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante. La primera es una breve aclamación al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitectónica:  Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.
3. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso:  "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf. Sal 14; Is 33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.
4. Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo:  "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.
5. Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes:  "Rey de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos". A las puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa.
El escenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de san Pedro (cf. 1 P 3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch 1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo de Sión.
6. El último título:  "Señor de los ejércitos", no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter marcial, aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. por el contrario, entraña un valor cósmico:  el señor, que está a punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santuario de sión, es el creador, que tiene como ejército todas las estrellas del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le obedecen. en el libro del profeta Baruc se lee:  "brillan las estrellas en su puesto de guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen:  "aquí estamos". y brillan alegres para su hacedor" (ba 3, 34-35). el dios infinito, todopoderoso y eterno, se adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, escucharla y entrar en comunión con ella. y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor." (Papa San Juan Pablo II. Ciudad del Vaticano. Audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.)
 
La segunda lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3. Parece escogida como una forma de resaltar algunos aspectos de la santidad, su naturaleza y su modo de realización.
San Juan en su primera carta resume muy bien en qué consiste la esperanza cristiana: todos los bautizados somos ya, aquí y ahora, hijos de Dios, pero todavía con limitaciones, tenemos la esperanza de llegar a serlo un día en plenitud.
Lo primero en el camino de la santidad es lo que Dios ha hecho por nosotros; las maravillas obradas por Dios no solo en el pasado, más aún las que ha obrado con la venida de su Hijo. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!”. Aunque no se exprese, la admiración toca en primer lugar a la manifestación inaudita del amor de Dios enviándonos a su Hijo; pero fundándose en ello, nuestro pasaje contempla y admira directamente las consecuencias de esa manifestación: el Padre, “que envió al mundo a su Hijo Unigénito” (4,9), nos ha llamado “hijos de Dios” y lo ha hecho con llamada eficaz, “pues lo somos”.
Lo que Dios ha hecho ya en nosotros está abierto a la plenitud, que consistirá en ser “semejantes a él”; y esta afirmación toca a la naturaleza de la santidad.
La semejanza no puede interpretarse como una especie de asimilación que implicara la ausencia de toda distinción entre Dios y nosotros. El ser humano contemplará a Dios: “ lo veremos tal cual es”; y esta visión nos transformará de tal modo que participaremos de la misma vida de Dios.  
 
El evangelio según san Mateo 5, 1-12a nos presenta el Sermón de la Montaña. Es la carta magna del discipulado, de la vida cristiana, del seguimiento de Jesús, de la salvación futura.
Las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida. Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico” (no necesariamente apocalíptico), que quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.
Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús.
Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.
Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.
De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey».
Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»).
De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación.
La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.
 
Para nuestra vida
Hoy damos gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices, radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa.
Al honrarles hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la aceptación de la voluntad de Dios.
 
La primera lectura propone el tema de la salvación. Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.
La muerte y la resurrección de Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía. Esta lectura es una invitación a revisar como vivimos nuestra condición de bautizados invitados a la mesa eucarística. La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios, como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación.
Desde el bautismo participamos del cumplimiento de la profecía del Enmanuel, Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre, ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva. Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte.
 
El texto de la segunda lectura es una teología sobre la vida cristiana que se representa bajo la imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. Se trata de una alta teología como corresponde al círculo de las comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.
El título cristológico más coherente de la teología joánica, es lo que afecta a la filiación divina de Jesús, esto también tiene su repercusión en quienes seguimos a Jesús, consiste en la  posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él.
 Muchos santos, desconocidos para nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y “hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para eso hemos nacido. San Pablo nos recuerda la  esperanza a la que estamos llamados.
 
El evangelio San Mateo recoge las grandes líneas o rutas, condiciones imprescindibles, por las que se realiza la utopía humana según Jesús. La santidad cristiana es vivir la nueva sociedad que propone Jesús.
La fiesta de hoy es propiamente la de aquéllos que, aun sin corona ni altar, son dichosos según las bienaventuranzas, porque son pobres, sufridos, pacientes, misericordiosos, honestos, pacíficos e incomprendidos.
Jesús con las bienaventuranzas  ha pretendido presentar los rasgos de una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano. No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la lucha por la justicia, porque Dios es justo.
Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige, simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida. Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.
¿Cómo vivo en el aquí y ahora, esta fiesta de Todos los Santos?.
Con la Iglesia, estamos invitados a celebrar a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios.
Todos podríamos decir, como Santa Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Sin embargo, hoy se nos invita vivir  la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo.
¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo?.
 Hoy es un buen día para hacerlo.
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org