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lunes, 24 de enero de 2022

Comentarios a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario. 23 de enero de 2022 .

 

Comentarios a las  lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario. 23 de enero de 2022 .

El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el 23 de enero, la Iglesia celebra elDomingo de la Palabra de Dios. El papa Francisco instituyó esta Jornada el 30 de septiembre de 2019, con la firma de la Carta apostólica en forma de «Motu proprio» Aperuit illis, con el fin de dedicar un domingo completamente a la Palabra de Dios.

Las lecturas de este tercer domingo del TO. nos invitan a cuidar y a valorar la importancia que tiene la Palabra de Dios para nuestra vida y para nuestra fe. Cada una de las lecturas es un ejemplo de esto.

Me vienen a la memoria las palabras de San Jerónimo, que decía que “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”, ya que Jesús es la PALABRA con mayúsculas que Dios nos ha dirigido a todos nosotros. Él es la Palabra de Dios hecha carne, hecha vida. Cada vez que nos acercamos a la Palabra, nos acercamos a Jesús, para conocerle mejor, amarle más y seguirle más de cerca.

 

La primera lectura tomada de Nehemias ( Neh 8,2-4a.5-6.8-10) Neh. 8, 1-12 es uno de los textos más importantes para conocer el origen y desarrollo del culto sinagogal del judaísmo.

Desde un púlpito, Esdras pronuncia la bendición inicial, a la que el pueblo responde con un doble "amén" y una serie de gestos. La lectura es traducida del hebreo a la lengua hablada por el pueblo, el arameo y comentada por la gente.

La lectura pública de la ley marca una fecha muy importante en la historia de Israel. Pues, hasta ese momento, el pueblo vivía su fe rezando, participando en las ceremonias del templo. Recibía de boca de los sacerdotes y profetas sentencias o prédicas. No sentía la necesidad de leer una Biblia.

Esdras entiende que, en adelante, la comunidad se desarrollará en torno a la lectura, la meditación y la interpretación del libro sagrado: la Biblia no estará guardada, sino que será libro de todos y la norma de su fe. Este paso religioso y cultural es parecido al que ha afectado a cristianos en diversos momentos de la historia. La fe cristiana no puede cobrar fuerza sino a partir de la palabra de Dios leída y escuchada en forma comunitaria.

Esta lectura pública de la ley (s.IV) servía de preludio a la renovación de la Alianza. La Ley es recuerdo del encuentro salvífico de Dios con su pueblo (nada tiene que ver con nuestro concepto romano de ley); su lectura les hace ver que el Señor ha sido, es y será siempre su protector, especialmente en los momentos difíciles. Gracias a la intervención divina Judá jamás ha estado abandonada. Por eso el pueblo, si es agradecido, debe corresponder siendo fiel a esta ley. Esdras trata de imponer la ley como ley de Estado (es el nacimiento del judaísmo. Por eso han considerado siempre a Esdras como su segundo fundador, después de Moisés).

El recuerdo de la ley y de su significado provoca el llanto de un pueblo sin fe que se reconoce infiel a Dios y se compromete a ser cuerdo protector del Señor; por eso debe ser un día de gozo y no de lloros (y en el gozo del banquete también debe participar el pobre: Dt. 16,11 ss).

Esdras concluye la proclamación de la Ley con una alabanza al Señor, y todo el pueblo responde con una aclamación y un asentimiento a la voluntad del Señor, alzando las manos y diciendo amén, amén. Es la renovación de la Alianza: Dios da su palabra y el pueblo se compromete a cumplirla. Su futuro depende de que así sea. Esdras y Nehemías animan al pueblo para que no se aflija y se alegre en el Señor. Porque el Señor es la fortaleza de Israel. La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también en un mismo banquete para celebra la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yahvé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad implica necesariamente la reconciliación entre los hombres y la acogida a los pobres a los que ama el Señor.

"Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos respondió: Amén, amén. . . “(Ne 8, 6). Amén, amén. Palabra hebrea que ha perdurado a través de muchos siglos. Palabra litúrgica que encierra la síntesis de una auténtica espiritualidad: deseo ardiente de querer lo que Dios quiere, de someterse sin condiciones a los planes del Padre de los cielos... Amén, que así sea, como tú quieres, como tú lo dispones. Sea lo que sea, Señor, amén, amén. El pueblo entero se echó a llorar. Entonces el profeta les dice: No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es nuestra fortaleza".

 

El responsorial de hoy es el salmo 18 (Sal 18,8-10.15) . La liturgia nos presenta la segunda parte del Salmo (vv. 8-15). Se trata de un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios.

Las palabras del salmo 18, son un buen resumen del mensaje que nos trasmiten las lecturas de este domingo . Su contenido es algo que debemos tener en cuenta nosotros en nuestra vida habitual cristiana. . El salmista reconoce al Señor como su redentor y le pide que llegue hasta él el meditar de su corazón. Se nos dice en este salmo que la palabra de Dios, la ley del Señor, es descanso del alma, instruye al ignorante, alegra el corazón, da luz a los ojos, es verdadera y eternamente estable.

Leemos en el Sal 18 como el orden de la naturaleza y el orden de la ley se sintetizan en este himno de alabanza a Dios. La enumeración de seis sinónimos para designar la ley del Señor expresa la totalidad y no busca diferenciación. (Ley, precepto, mandato, norma, voluntad, mandamiento). Está presentado como auténtico valor en sí, por su estabilidad, por sus efectos en el alma: descanso, instrucción, alegría, limpieza, luz, estabilidad, verdad, más preciosos que el oro y más dulces que la miel.

Por ser dicha ley revelación de la voluntad divina, no oprime al hombre, y el salmista puede experimentarla así, como descanso, luz y alegría.  

El texto nos hace entrar en comunión con el proyecto de Dios presente en la Biblia, con el mandamiento del amor. Nos hace también pensar en nuestra propia fragilidad. Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos libramos de la arrogancia y del orgullo...

V 8 "La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple".

Esa es la ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados. Ley que quería ser luz para sus pasos y acompañar el peregrinar de su Pueblo.
Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más! He visto la aflicción, he oído el clamor, he conocido su angustia (cf. Ex 3,9).

Y ahí se manifiesta el rostro de nuestro Dios, el rostro del Padre que sufre ante el dolor, el maltrato, la inequidad en la vida de sus hijos; y su Palabra, su ley, se volvía símbolo de libertad, símbolo de alegría, de sabiduría y de luz.
¿Vemos nuestra libertad en la ley del Señor? ¿Dónde encontrar felicidad y solución a las diferentes problemáticas de la vida? ¿Necesita ayuda la palabra de Dios para salvar?

V 9 "Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón; los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos".

Las Leyes de Dios, las cuales son imposibles de cumplir en su totalidad, son la norma para el comportamiento que Él requiere. No son arbitrarias ni opresoras, sino que son perfectas como Él es perfecto, y el hacerlas parte de la vida es un camino seguro para la prosperidad y el éxito. Aun las personas que no creen en el Creador que las ordenó son bendecidas cuando incorporan Sus leyes en su estilo de vida.

Yahvé le dice a Josué: “Releerás constantemente este libro de la Ley; lo meditarás día y noche para que actúes en todo según lo que está allí escrito: de este modo llevarás a cabo tus proyectos y tendrás éxito” (Jos 1, 8).
La ley hemos de verla en conjunción con el sujeto que responde. El hombre no es un autómata que reacciona espontáneamente a las exigencias morales, sino una persona que responde a lo objetivo tal como él lo percibe.

 La función de la conciencia moral no es sólo la de aplicar las normas morales objetivas, sino también la de descubrir, con un ancho margen de iniciativa, los valores morales que han de aplicarse a fin de conseguir la realización auténtica de la persona.

V10 "La palabra del Señor es pura, permanece para siempre; los juicios del Señor son la verdad, enteramente justos".

La palabra humana, para ser verdadera, debe volverse antes que nada escucha de la única Palabra que ha venido como Sol a iluminar nuestras tinieblas; entonces se convierte, a su vez, en anuncio libre y agradecido de las grandes obras que Dios ha realizado. La grandeza del hombre está, por otra parte, en su capacidad de interpretar y recoger la voz de los astros para hacerse, a su vez, eco de ella y volver a darla al Creador, «recalentada» por el fuego de su corazón. A esto nos exhorta la liturgia, invitándonos precisamente a hacernos voz de cada criatura.

Así dice Juan (Jn 17, 17-21): “Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo; por ellos ofrezco el sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.”

V 15 "¡Ojalá sean de tu agrado las palabras de mi boca, y lleguen hasta ti mis pensamientos, Señor, mi Roca y mi redentor!".

Dios, quien juzga los motivos de nuestros corazones, conoce la diferencia entre la confesión sincera de un pecador humilde y contrito y la de las palabras sin sentido que pronunciamos sin ningún sentimiento. David terminó esta oración con la esperanza de que Dios lo encontrara sincero cuando ofrecía su confesión, y juzgara favorablemente sus intenciones.

 Es un buen consejo para nosotros también. En los días que tenemos por delante, nuestra forma de vida va a ser desafiada de manera nunca imaginada hace apenas unos años atrás.

Por eso es importante ahora más que nunca permanecer lo más cercanos a nuestro Señor y Salvador, para valernos de Su bendición y de Su protección.
¿Cuidamos de proclamar la Palabra del Señor? ¿Está nuestro corazón de acuerdo con las palabras que salen de nuestra boca? ¿Comprendemos que cabeza y corazón, pensamiento y sentimiento deben de ir “al unísono”?

 

La segunda lectura  es de la primera carta a los corintios ( 1 Cor 12,12-30).

En la segunda parte de este capítulo, dedicado a la acción del Espíritu en la comunidad, San Pablo avanza en la consideración de la unidad. Llega a su raíz profunda, ya apuntada en la primera sección del capítulo.

La metáfora del cuerpo es de sobra conocida. Está tomada de la sociedad civil y se había aplicado en contextos profanos, pues no se trata sino de una comparación para explicar las relaciones entre la diversidad y la unidad.

El texto plantea la necesidad recíproca de los miembros diversos, su interdependencia y su construcción, de este modo, del Cristo total. Nótese que Pablo no habla aquí de la vida de Cristo/Cabeza descendiendo de los miembros, que es tema de Efesios.

San Pablo, nos propone la imagen de un cuerpo humano para explicarnos cómo es la Iglesia. Del mismo modo que en el cuerpo humano hay muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser distintos, forman un solo cuerpo, así sucede en la Iglesia: todos nosotros somos iguales en dignidad, y todos somos importantes, como son importantes todos los miembros de un cuerpo humano, a pesar de que cada uno tenemos una función distinta en la Iglesia, como también en un cuerpo humano cada miembro tiene una función distinta. Hemos de vivir por tanto en la comunidad eclesial de este modo, reconociendo cada uno su función propia y la de los demás, procurando vivir cada uno según su vocación, sin suplantar las funciones de los demás como un miembro del cuerpo humano no puede suplantar las funciones de otro miembro. Pero todos vivimos y actuamos de forma unánime, pues todos hemos recibido el mismo bautismo.

Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: a) que en la Iglesia no hay miembros pasivos, lo que sería una contra- dicción, y que todos son sujetos y no simples objetos de cuidado; b) que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; c) que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; d) que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.

Para llegar a ser todos un mismo cuerpo, todos deben ser bautizados o inmersos en el Espíritu de Cristo y beber de ese Espíritu. una alusión clara al bautismo y a la eucaristía. Todos y cada uno de los fieles son importantes en el cuerpo y para el cuerpo de Cristo. Nadie puede decir que él no es del cuerpo ni que es todo el cuerpo, ni despreciar la función y el carisma de los otros miembros, porque esto equivaldría a una mutilación del cuerpo. En esta solidaridad de vida de todos los fieles en Cristo y por Cristo hallamos el fundamento de una corresponsabilidad que nada tiene que ver con una adaptación a los esquemas modernos de convivencia. Esta corresponsabilidad contradice todo intento de marginación y toda absorción autoritaria dentro de la Iglesia.

Así  por el bautismo, todos nosotros hemos recibido el mismo Espíritu, lo que nos hace a todos hijos de Dios y miembros del pueblo de Dios. No hay por tanto entre nosotros ninguna distinción en cuanto a la dignidad, pues todos somos por igual hijos de Dios. El mismo Espíritu que ungió a Cristo como Hijo de Dios, como el Mesías, nos hace a nosotros miembros del cuerpo de Cristo, cada uno según su función.

El evangelio de hoy presenta dos fragmentos de San Lucas  (Lc 1,1-4; 4,14-21). Del primer capítulo los cuatro primeros versículos y a continuación pasa al capítulo cuarto y nos encontramos con Jesús ya en su vida pública en la Sinagoga de Nazaret.



San Lucas es el único autor de evangelio que da razón de su obra. En el mejor estilo de la historiografía griega (Herodoto, Tucídides, Polibio), nos da a conocer sus motivaciones, metodología y finalidad. En la configuración del texto litúrgico de este domingo, Lc. 1, 1-4 juega un papel secundario. Sin embargo, en la perspectiva global de la literatura evangélica, estos versículos son de valor científico incalculable.

El texto litúrgico que comentamos une al prólogo de Lucas la narración que hace éste más adelante del comienzo de la vida pública de Jesús. El evangelio, en su más estricto sentido, comienza con la vida pública y comprende lo que hizo y dijo Jesús a partir de su bautismo en el Jordán.

San Lucas dirige su escrito a un tal Teófilo. Probablemente el autor del Evangelio no se dirige a una persona concreta llamada Teófilo sino que, con este nombre simbólico, que significa literalmente “amigo de Dios”, San Lucas quiere acercar el Evangelio a aquellos cristianos que son amigos de Dios y seguidores de Cristo. Se trata por tanto de un recurso literario para lograr que el lector y el oyente del Evangelio sientan que el Evangelio está dirigido directamente a ellos. Cada uno de nosotros somos, por tanto, este Teófilo, ese amigo de Dios a quien San Lucas dirige sus palabras en el Evangelio. El mismo Evangelista explica en el comienzo cuál es el motivo y la finalidad al escribir el Evangelio: “para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”. Lucas deja claro que ya otros han emprendido la tarea de recoger lo que hizo y dijo Jesús, tal como los transmitieron los apóstoles y los testigos oculares de Jesús. A éstos les llama “servidores de la palabra”, pues son los que han escuchado y han creído la palabra de Cristo y así la han transmitido. Estas palabras del comienzo del Evangelio de San Lucas nos hablan por tanto de la importancia del Evangelio, pues recoge las enseñanzas de Jesús, transmitidas por sus testigos directos, comprobadas diligentemente por el mismo Evangelista, y escritas para que den solidez a nuestra fe.

Después del comienzo del Evangelio, pasamos directamente al pasaje en el que Jesús vuelve a su pueblo después del bautismo y de las tentaciones en el desierto. Jesús, sobre quien descendió el Espíritu Santo en forma de paloma el día de su bautismo, llevado por este mismo Espíritu al desierto para ser tentado, vuelve ahora a Galilea con la fuerza del Espíritu. Va a su pueblo de Nazaret, y allí entra en la sinagoga un sábado. Lee el libro del profeta Isaías, concretamente el pasaje en el que Isaías presenta al Mesías como el ungido por el Espíritu. Y cuando termina de leer el pasaje proclama: “Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír”. De este modo, Jesús se presenta ante sus paisanos como el Mesías prometido, el ungido de Dios, el Cristo, pues “Cristo” significa “ungido”. En Él se cumplen las promesas hechas por Dios al pueblo de la Antigua Alianza. Él es aquél a quien esperaban los israelitas, el enviado por Dios. Es la Palabra misma de Dios que se ha hecho carne, como celebrábamos en Navidad. Ahora la palabra ya no es simplemente un escrito en unas tablas de piedra o en un simple pergamino. Ahora la Palabra habita entre nosotros, Dios nos habla a través de su Hijo.

Enseñaba en la sinagoga y aquel día abrió el libro e hizo la lectura del profeta Isaías. Todos tenían los ojos fijos en él. Jesús leyó la antigua profecía de Isaías que decía: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres…». Terminada la lectura, explicó la lectura de un modo absolutamente inesperado a la asamblea que lo escuchaba con gran atención y curiosidad, 'el dijo: "Hoy se cumplen estas profecías que acabais de escuchar".  “Hoy”, en Él se cumplía verdaderamente aquella antigua profecía. Jesús no vino a leer la Biblia. Vino a cumplirla.

 Él se presenta ante sus oyentes como el Mesías prometido por Dios para la salvación de su Pueblo, el Ungido con el Espíritu divino, el enviado por Dios a anunciar la Buena Nueva de la Reconciliación a la humanidad sumida en la esclavitud, la pobreza, el mal, la enfermedad y la muerte.

La visión conjunta de los dos textos, que hoy se han proclamado, nos lleva a tres conclusiones principales:

a) En el principio está el hecho de Jesús; nosotros debemos aceptarle como aquél que viene desde Dios y nos transmite la fuerza de su Espíritu.

b) Aceptar a Jesús significa actualizar su obra de liberación para los hombres; sólo quien sigue su gesto y ayuda a los enfermos, libera a los cautivos y proclama el evangelio para todos los pobres de la tierra, sólo ése habrá entendido el mensaje de Jesús, según san Lucas.

c) Pero, a la vez, un auténtico cristiano está obligado a "conocer la solidez de la enseñanza" que recibe (1-4); para eso ha escrito Lucas su evangelio, recogiendo las tradiciones de su tiempo; para eso debemos conocerlo y meditarlo.

San Agustín comenta así estas palabras evangélicas: " Por tanto, hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos. No sólo son discípulos suyos aquellos doce, sino todos los que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres, es decir, Cristo el Hijo de Dios que dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Nos hará libres, es decir, nos liberará no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal, sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga esta liberación. Que nadie se considere libre, para no permanecer esclavo. Nuestra alma no permanecerá en la esclavitud, puesto que cada día se nos perdonan nuestras deudas" . (San Agustín. Sermón 134,3-4.6)

 

Para nuestra vida.

En este tercer domingo del Tiempo Ordinario, tras celebrar el Bautismo del Señor hace dos domingos y escuchar el domingo pasado el relato del primer milagro de Jesús en la boda que se celebraba en Caná de Galilea, comenzamos hoy la lectura continua a lo largo de los domingos de este año del Evangelio escrito por san Lucas. Las lecturas de hoy nos hablan de la centralidad de la palabra de Dios pues, como rezamos en el salmo de hoy, sus palabras son espíritu y vida.

 

El pasaje del libro de Nehemías que hemos escuchado en la primera lectura, relata un momento muy significativo de la historia del pueblo de Israel, dentro de todas las etapas en las que Dios se va revelando gradualmente. Es la vuelta del destierro. El pueblo, contrito y humillado por la desoladora experiencia que ha vivido en Babilonia, está recuperando su libertad; lo que fue demolido en Jerusalén se está reconstruyendo; Dios no les había abandonado y hay lugar para la esperanza. La asamblea que se congrega en torno al libro de la Ley, de la Palabra de Dios, manifiesta el reconocimiento de que Dios está en medio de su pueblo y sigue ratificando su Alianza. Dios los ha traído de nuevo a su tierra, la tierra que Dios les había dado, y les ha recordado que son el pueblo del Señor. Por eso no hay lugar para el duelo y el llanto.

La lectura de este libro de Nehemías nos habla del inmenso gozo que sintió el pueblo de Israel cuando volvió del destierro y comenzó de nuevo a vivir como auténtico pueblo de Yahvé, en Jerusalén. La Ley fue para ellos auténtico gozo y vida, no sólo el leerla, sino, sobre todo, el practicarla y vivirla.

El pueblo, al escuchar la Palabra, se conmueve, adora a Dios, y con su “amén, amén” manifiesta su disposición de vivir conforme a la Ley, que manifiesta la voluntad del Señor.

Este pasaje nos enseña a nosotros las actitudes interiores con las que debemos acoger la Palabra de Dios: alegría, gozo, reconocimiento, disponibilidad, fidelidad.

 

El salmo 18, en conjunto es una invitación a descubrir la palabra divina presente en la creación.  La liturgia de hoy nos presenta la segunda parte del Salmo, nos presenta la hay Palabra divina  más elevada, más  preciosa que la luz misma:  la de la Revelación bíblica.

Cuando oímos hablar de leyes y normas, en seguida nos viene a la mente la idea de restricción, de coacción, incluso de pérdida de libertad. En cambio, en este salmo leemos que la ley del Señor produce en sus fieles un efecto totalmente contrario a la represión.

Es una ley que proporciona alivio y paz: “descanso del alma”. Es educativa: “instruye al ignorante”. Causa alegría al corazón, otorga clarividencia y sabiduría. No es como tantas leyes humanas, que sirven para controlar a las gentes, a veces necesariamente pero otras veces de forma injusta, por muy legales que sean.

La ley de Dios tiene otras cualidades. Las leyes humanas cambian y lo que antes era ley hoy incluso puede ser un crimen, pero la ley divina es perfecta e inmutable. Así lo reza el salmo: es eternamente estable. ¿Por qué? Porque es pura, perfecta y verdadera. Porque no procede de la voluntad humana ni de sus intereses, sino del amor de Dios.

La ley de Dios, en realidad, es la ley del amor, como Jesús enseñó. Y el amor, efectivamente, tiene sus mandatos y opera un efecto en quienes se rigen por él. No hay que entender la palabra “mandato” como una obligación impuesta; Dios ama nuestra fidelidad, y no es posible ser fiel sin ser libre. El mandato significa una necesidad prioritaria, un imperativo básico, de la misma manera que para sobrevivir son imperativos el respirar, comer, descansar lo suficiente.

¿Qué consecuencias tiene seguir esta ley? El salmista que compuso estos versos lo sabía muy bien. Seguir la ley del Señor otorga serenidad, alegría y sabiduría. Es una ley que nos libera de las peores opresiones: nuestro orgullo, nuestros prejuicios, nuestro egocentrismo, nuestros miedos. Es una ley que nos hace humildes e intrépidos a la vez, porque el amor no conoce temor ni se endiosa. Esta ley nos ayuda a vivir con plenitud: nuestro gozo es el mayor deseo de Dios.

Actualmente la Teología bíblica, la primacía en lo moral de la caridad y el Vaticano II muestran un renovado interés hacia lo subjetivo: se insiste en un mayor amor, sinceridad, libertad, apertura y sentido de la responsabilidad.
¿Somos “conscientes” de nuestra “conciencia”? ¿Sabemos que la conciencia moral cristiana trata de realizar lo que la imitación y el seguimiento de Cristo exigen de nosotros? ¿Asumimos que la conciencia moral cristiana es la conciencia que tiene el cristiano de ser otro Cristo?

¿Creemos “de verdad” en la Palabra de Dios? ¿Recurrimos a ella en nuestras angustias, problemas, dudas…? ¿Estimamos su justicia?

 

La segunda lectura, vemos que esa Palabra es creadora de unidad, de eclesialidad, por la fuerza que tiene, por el Espíritu de Dios que está en ella. “Todos… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, dice San Pablo, y cada uno es un miembro.

La pluralidad de miembros en la Iglesia es la pluralidad de miembros incorporados a Cristo. La Iglesia sólo es cuerpo en la medida que es cuerpo de Cristo. De él recibe la Iglesia su unidad y su pluralidad. Porque él es el principio rector y organizador, la plenitud de la que participan todos los miembros, cada uno según su carisma. Por lo tanto, la unidad de la Iglesia no es el resultado de un convenio entre sus miembros, sino más bien la consecuencia de la incorporación de estos miembros a Cristo y por Cristo. De ahí se sigue el imperativo ético de permanecer unidos cuantos se confiesan cristianos. Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: que en la Iglesia no hay miembros pasivos, que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.

 Dios nos ha distribuido en la Iglesia. El Espíritu da vida a la Iglesia con la fuerza de la Palabra, una Palabra viva que, a pesar de los años, sigue siendo actual y da respuesta a nuestras necesidades vitales más profundas. Es Dios mismo el que nos habla a través de esa Palabra, de su Palabra. Es una Palabra personalizada. Hay que escucharla con atención. No se puede proclamar de cualquier manera. Tampoco se puede permanecer indiferente ante ella. Después de cada celebración deberíamos preguntarnos: ¿Qué me ha dicho hoy a mí la Palabra de Dios que acabo de escuchar? ¿Me ha ayudado a sentirme más unido a mis hermanos, más unido a la Iglesia?

 

   En el evangelio, en la primera parte que hemos leído hoy, Lucas nos explica su intención al escribirlo: “para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”. La Iglesia ha reconocido desde siempre el gran valor que tienen los evangelios, y toda la Palabra de Dios, para fortalecer nuestra fe. Para un cristiano que quiera crecer en la fe, ha de ser imprescindible la lectura habitual, frecuente, y yo diría que diaria, de la Palabra de Dios. Para Jesús, esa Palabra es muy importante.

  También hoy contemplamos a Jesús que entra en la Sinagoga de Nazaret, “donde se había criado”. Todos los sábados solía asistir a la celebración. Ese sábado le toca hacer la lectura. Se pone en pie y lee al profeta Isaías. Y convierte esas palabras en su programa de vida: anunciar, con la fuerza del Espíritu, la Buena Noticia de Dios a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos, en definitiva, a todos aquellos que estén dispuestos a acogerla en su corazón y cambiar de vida. El hoy pronunciado por Jesús, debe cumplirse como Buena Noticia en nuestra vida cristiana. Un hoy que hace referencia a la actualidad, a nuestra situación personal y comunitaria: "hoy se cumple esta Escritura", debiera resonar insistentemente en nuestra vida.

El compromiso que surge de la escucha de la palabra de hoy, es que dediquemos más tiempo a leer y escuchar la Palabra de Dios, en casa, en la parroquia, en un grupo… donde sea, pero aprovechar cualquier momento para profundizar en esta Palabra que es una Palabra de Vida y que nos guía y nos orienta en nuestra vida de cada día. Es nuestro alimento . Lo necesitamos para seguir adelante y no desfallecer en el camino, para seguir creciendo en nuestra fe y en nuestro conocimiento de Jesús, que es la Palabra de Dios hecha vida.

La palabra profética dice que la salvación vendrá de Dios, vendrá en un ungido por el Espíritu y enviado por él. Vendrá de Dios, y vendrá para ti que lo necesitas. Vendrá para los pobres, entiende cautivos, ciegos, oprimidos, esclavizados.

Aquel día en la sinagoga de Nazaret, la palabra proclamada dejó de ser una promesa de salvación, y comenzó a ser un evangelio, buena noticia de que la salvación prometida para el futuro era ya salvación cumplida en el presente: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

La buena noticia se llamaba Jesús, y era para los pobres.

Démonos clara cuente que el evangelio no es una complicada doctrina, sino una persona que viene a salvar a los oprimidos por el mal. El evangelio no es una fuente de valores morales para mantener alta la producción industrial, sino revelación del misterio de la unción divina sobre el hombre Jesús de Nazaret, para que este hombre proclame el año de gracia del Señor. En realidad, él, Jesús, es el verdadero año de gracia que ya nunca se acabará para el hombre que quiera recibirla.

Hoy es un día santo para cada uno de los que escuchamos la Palabra proclamada, en la Iglesia rescatada del Señor, pues para ti ha sido ungido Aquel que viene a ser tu luz y tu libertador.

La Escritura, toda la Escritura, recibe en Jesús de Nazaret su interpretación verdadera, real, última, pues en él se cumplen las promesas que la Escritura encierra, y tú, comunidad de los que han entrado por la fe en el año de gracia del Señor, has visto y conocido al que velaban las palabras de la profecía. Es más, hoy te encuentras con él, lo escuchas, comulgas con él. Hoy te encuentras con tu luz y con tu libertad, con el que es para ti el evangelio de la gracia.

Hoy la Iglesia es ungida tú también, y enviada, como Jesús, como el siervo del Señor, para llevar la buena noticia a los pobres. Hoy es ungida para liberar, para iluminar, para salvar. Hoy es enviada a la frontera sur de la riqueza, en la que se levantan barreras para que los explotados no perturben la tranquilidad de los explotadores. Hoy te esperan los desesperados de todas las latitudes del sufrimiento. Seguramente los encontrarás con la mano tendida a las puertas mismas de tu celebración dominical.

Decir que la Palabra de Dios se cumple quiere decir que la humanidad, hoy, ha incorporado a Dios en Jesucristo. No se trata, pues, de hacer una homilía que tratara de aplicar tal o cual texto inspirado, tal o cual palabra profética a los acontecimientos vividos por los miembros de la asamblea; se trata más bien de revelar, como lo hace el Evangelio con el acontecimiento privilegiado Jesucristo, cómo el acontecimiento vivido actualmente por los hombres y los cristianos es revelador del designio cristificador de Dios. Las fuentes y el vocabulario bíblicos deben desdoblarse en fuentes y vocabularios sociológicos y psicológicos. Para esto es preciso disociar la obra de Jesucristo del contexto sociocultural al que está ligada, lazo que la "palabra" de los evangelistas ha reforzado con frecuencia, para verla en acción en el ambiente contemporáneo como una respuesta a la búsqueda de Dios que lleva a cabo un pueblo concreto al que se dirige la homilía.

De esta manera, en el momento actual de los hombres es como la homilía incorpora el "hoy" de Dios y merece ser el ministerio de la Palabra de Dios.

Hoy se cumplen en el cuerpo de Cristo, del que ada cristiano somos parte, las palabras de la profecía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres”.

Jesús ha sido ungido y enviado para proclamar la Buena Noticia -que esto significa evangelio-, a todos los hombres, en especial a los más humildes y desgraciados. Unción y misión, dos aspectos de la persona de Cristo, que se repiten en aquellos que le siguen y son bautizados; en especial en quienes reciben el sacramento del Orden. Con la unción se sacraliza a la persona y se le encomienda la tarea sagrada de testimoniar sobre la doctrina salvadora del evangelio. Con la misión se le envía para que se vaya por doquier proclamando con la palabra y el ejemplo, cuanto nuestro Señor Jesucristo ha dicho y ha hecho. Seamos consecuentes con esta realidad y hagámonos voceros incansables de la única y auténtica Buena Noticia.

La liberación que trae Jesús, solo la podremos seguir si aprendemos a vivir con su espíritu profético. Su actuación es Buena Noticia para la clase social más marginada y desvalida: los más necesitados de oír algo bueno, los humillados y olvidados por todos. Jesús se siente enviado a cuatro grupos de personas: los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos. Los pobres lo sienten como liberador de sufrimientos; los cautivos, como el que les quita sus opresiones; los ciegos lo ven como luz que libera del sinsentido y la desesperanza; los pecadores y oprimidos lo reciben como gracia y perdón. Son los que sufren los que más dentro lleva en su corazón, los que más le preocupan. La Iglesia es de los que sufren, o deja de ser la Iglesia de Jesús. Si no son ellos quienes nos preocupan, ¿de qué nos estamos preocupando? Nos empezamos a parecer a Jesús cuando nuestra vida, nuestra actuación y amor solidario puede ser captado por los sufren como algo bueno. Seguimos a Jesús cuando nos va liberando de todo lo que nos esclaviza, empequeñece o deshumaniza.

No olvidemos que la palabra de Dios sólo es eficaz para nosotros cuando se hace vida en nosotros, cuando en la palabra de Dios vemos y sentimos el Espíritu de Dios que quiere encarnarse en nosotros, como se encarnó en Jesús de Nazaret y como, muchos siglos antes, se hizo vida en el pueblo de Israel en tiempos del sacerdote Esdras y del gobernador Nehemías.

Pidamos nosotros al Señor hoy que sus palabras, la palabra de Dios, sea para nosotros siempre espíritu y vida y que hagamos de la palabra de Dios el meditar de nuestro corazón, la vida que nos alimente, la luz que nos guíe y la paz que dé descanso a nuestra alma.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

viernes, 10 de mayo de 2019

Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Pascua 12 de mayo de 2019


Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Pascua 12  de mayo de 2019

A los primeros Domingos pascuales, centrados en las apariciones, sucede en todos los ciclos el Domingo dedicado al Buen Pastor. Porque este título se verifica sólo en el Cristo que ha dado la vida por las ovejas y éste sólo es el Resucitado.
Destaquemos expresiones significativas en la pericona de este año C. Las ovejas "escuchan" su voz (de Jesús), no sólo oyen sino atienden con interés y acogen la Palabra sembrada en el corazón. Jesús "conoce" a las ovejas, da la Vida eterna. Nadie podrá arrebatar las ovejas de las manos de Jesús, porque se las ha dado el Padre, que todo lo puede, con el que Jesús es "Uno", "Yo y el Padre somos uno".
En el IV Domingo de Pascua, se nos invita a contemplar dos dimensiones de una misma realidad, como es la vocación.
Dios no quiere vocaciones que fomenten la desunión, ni personas que se crean el centro del universo. El Espíritu sopla donde quiere y a quien quiere. Eso está claro. Y será la influencia del Espíritu la que nos ayude a cumplir y entender mejor las palabras que acaba de decirnos nuestro único pastor.
Oremos al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia, también a la que va naciendo y consolidándose en los ámbitos geográficos de la misión. Y que los jóvenes que en esas comunidades nacientes experimentan la mirada y la llamada de Jesús para ser sacerdotes, religiosos o religiosas cuenten con nuestra ayuda espiritual y económica, en esta Jornada y en todo momento.


La primera lectura del Libro de los Hechos (Hch 13,14.43-52), es uno de los textos fundamentales para conocer la apertura del mensaje evangélico a todas las gentes. . Es una escena que se repetirá con frecuencia. Pablo y Bernabé son dos de los muchos que cruzaron tierras y mares para sembrar la semilla de Dios. Todo el mundo de entonces se iba iluminando con ese puñado de ideas sencillas que Cristo había sembrado a voleo en un rincón del Oriente Medio.
La estrategia misionera normal de Pablo y Bernabé era predicar primero a los judíos para conseguir su conversión. La misión a los gentiles viene después y está subordinada a esta conversión primera de Israel. Pablo se vuelve ahora momentáneamente a los gentiles, únicamente porque los judíos han rechazado la salvación que Pablo les ofrece.
Si se hubiera iniciado un movimiento significativo de conversión de los judíos, San Pablo no se hubiera dirigido inmediata y directamente a los gentiles. San Pablo justifica su vuelco hacia los gentiles, interpretando su conversión y elección por parte del Espíritu, a la luz de la Palabra de Dios en Is.49, 6 que ahora Pablo atribuye a Cristo.
San Lucas subraya con fuerza lo positivo de este vuelco hacia los gentiles: "los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra de Señor.....y la Palabra del Señor se difundía por toda la región" (v. 48-49). A pesar de la expulsión de los misioneros: "los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo" (v. 52).
Esta decisión de San Pablo de dirigirse ahora a los gentiles no significa, sin embargo, que Pablo abandone su estrategia de ir primero a los judíos y de cómo él entiende su vocación. En la próxima ciudad adonde van, Iconio, Pablo y Bernabé entran del mismo modo (es decir: como de costumbre) en la sinagoga de los judíos (14, 1). Pablo sigue buscando la conversión de Israel. Si su estrategia fracasa, no es porque sea errónea, sino por culpa de los dirigentes judíos o de algunos judíos incrédulos que la hacen fracasar. La gran novedad que San Lucas nos presenta en Antioquía de Pisidia, no es un cambio en la estrategia de Pablo, sino su vuelco hacia los gentiles, después que los judíos rechazan el Evangelio. San Pablo, manteniendo su estrategia original, se vuelve ahora a los gentiles con plena conciencia, seguridad y valentía.

El responsorial de hoy es el salmo 99  (Sal 99,2.3.5). Se presenta como un himno doxológico destinado a la entronización del Señor. La tradición judía dio a este canto de alabanza el título de «salmo para la tóda'», esto es, para el sacrificio de acción de gracias en el canto litúrgico. Se cantaba cuando el pueblo entraba en el templo para las grandes celebraciones litúrgicas.
La estructura del himno es simple:
– vv. 2-3: invitación a la alabanza dirigida a Israel y a toda la tierra, porque Dios es su creador y pastor;
V. 2: El servicio del Señor consiste, sobre todo, en el culto. Este servicio no es esclavitud, y se debe ofrecer con alegría. Música, canto, procesión, son expresión ritual de esta actitud interna de servicio: la expresan y la alimentan.
V. 3: El saber es una penetración por la fe, es un acto de reconocimiento. El pueblo existe como «pueblo de Dios»: una de las imágenes favoritas es la del pastor y rebaño.
– vv. 4-5: invitación a que los fieles que desfilan en procesión se asocien a la alabanza por la fidelidad del Dios de la alianza.
V. 5: Respuesta del pueblo: en la breve procesión litúrgica se rompen los límites del tiempo, aclamando una misericordia eterna.
El breve himno litúrgico de alabanza y de acción de gracias, en su sencillez, presenta tanto las palabras de la revelación bíblica comunes a los salmos de alabanza -a saber: alegría, pueblo, rebaño, nombre del Señor, bondad, misericordia, fidelidad- como los verbos empleados para el culto de Israel: aclamar, servir, reconocer; entrar (por las puertas del templo), alabar, bendecir. La comunidad israelita está invitada a alabar y dar gracias a Dios con el canto de procesión litúrgica en el templo. Ante todo, es común la alegría entre el pueblo, que experimenta la bondad del Señor presente en la vida cotidiana de sus fieles.
La composición del himno se mueve de forma dinámica de lo universal a lo particular. Se pasa de la «tierra», donde vive el hombre, al «pueblo-rebaño» que habita en su «país-redil», para presentar, a continuación, el «templo» donde reside el Señor, centinela vigilante del pueblo. Por otra parte, la atención se dirige a la historia de la salvación que Dios ha trazado con su pueblo, mostrando su presencia providente. Dios formó y eligió a Israel, en el pasado, como criatura predilecta: «Él nos hizo» (v 3a); en el presente, Dios acompaña la vida de la comunidad como a su rebaño e Israel profesa su pertenencia a Dios: «Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3b); en el futuro, la bondad misericordiosa del Señor se manifestará a las naciones que le serán fieles y confiarán sólo en él: «Su fidelidad por todas las edades» (v 5).
El salmista concluye su alabanza al Señor con algunos mandatos que ponen de relieve la firmeza de su fe, la alegría y el entusiasmo religioso: aclamad, servid, entrad en su presencia, sabed, alabad, bendecid (vv. 2-5). Estas benévolas incitaciones brotan de su experiencia de comunión con Dios, y a esta misma experiencia quiere conducir a su comunidad y hacer que permanezca en ella, a fin de que participe de su misma alegría y viva de la misma fe en el Señor.
San Juan Pablo II tiene varios comentarios a este salmo. Nos fijamos en el siguiente, tomado de su Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001 : " 1. La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.
2. Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del Salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual:  "Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14, 1; 23, 3. 7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría.
Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente.
3. Quisiera reservar una segunda y breve nota al comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor (cf. v. 1). Ciertamente, el Salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas:  él "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95, 10. 13).
4. Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones:  el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es  bueno, su misericordia es eterna  y  su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).
5. Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo:  "Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2. 3). Y como se repite a menudo en la Biblia:  "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro" (Dt 4, 39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina:  "Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 P 2, 25).
6. Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro Salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio:  la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.
Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa san Agustín:  "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el Salmo:  "Aclama al Señor, tierra entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor" (San Juan Pablo II. Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001).

La segunda lectura  tomada del Apocalipsis ( Ap 7,9.14b-17), es  continuación de la visión de San Juan, se nos explica la multitud de personas de todas las partes del mundo que han llegado después de sufrir el martirio y allí son "colmados" de toda felicidad".
Durante estos domingos del ciclo C, leemos fragmentos del Apocalipsis. Todos los apocalipsis, tanto los bíblicos como los no inspirados, eran escritos de rabiosa actualidad, porque siempre pretendían confrontar a comunidades atribuladas por unas persecuciones muy concretas, dar sentido a sus sufrimientos e infundirles la certeza de que Dios no los había olvidado, sino que muy pronto los socorrería. El Apocalipsis de San Juan , también tenía este sentido, pero la exégesis medieval, que todavía predomina, lo ha desviado en sentido milenarista, como si se tratara de un mensaje cabalístico sobre acontecimientos muy lejanos, o bien en sentido místico, como si sólo valiera para almas privilegiadas.
El cap. 7 es un texto de transición colocado entre la apertura del sexto y séptimo sello. Ante la injusticia infligida por el poder humano (6, 1ss), el Señor interviene y, como consecuencia, cunde el pánico entre los prepotentes (6, 12-17). Desesperados, preguntan, "¿quién podrá resistirle?" (6, 17). A esta ansiosa pregunta da respuesta el autor del Apocalipsis asegurando que los fieles del Señor deben conservar intacta su esperanza (cap. 7).
El texto presenta a los elegidos que han llegado ya a la meta, a la salvación definitiva (significado de la túnica blanca). Su número es incontable y en sus manos llevan palmas en señal de victoria (cfr. I Mc. 13, 51; II Mac. 10, 7). La salvación se la deben al Cordero y, en última instancia, a Dios: por eso entonan un himno de alabanza los dos. Los que no se han dejado doblegar ante ningún poder humano, lo hacen ante Dios en señal de agradecimiento.
Mediante el recurso literario del diálogo se va a especificar quiénes son los vestidos de blanco (vs. 13 ss). Son los que, con la ayuda del Señor, se han mantenido fieles a su Dios en el día de la persecución. El Cordero, con su muerte, ha hecho posible uniendo su sangre (martirio) a la del Cordero.
El Cordero es Cristo resucitado, que es nuestro pastor ( 3 lectura), pero antes ha sido cordero llevado al sacrificio. La multitud de los bautizados de todo el mundo, especialmente en estas solemnidades pascuales, se han lavado en la sangre del Cordero. Ya pueden tomar parte plenamente en la asamblea eucarística y adorar a Dios en espíritu y en verdad. Son el verdadero pueblo de Dios, prefigurado en los israelitas que peregrinaban por el desierto y vivían en tiendas y cabañas (las palmas del v. 9, demasiado esterilizadas por la iconografía cristiana, son el ramaje de los Tabernáculos), que cuenta con el propio Dios convertido en compañero de camino, porque él también tenía su tienda en medio del campamento, figura del Dios-con-nosotros, que por la encarnación ha acampado entre nosotros (el v. 15, "el que se sienta en el trono acampará entre ellos", utiliza el mismo verbo que Jn 1,14, énosei). Las vestiduras blancas (v. 9) sugieren también la liturgia bautismal, así como la frase final sobre las "fuentes de aguas vivas" (v. 17). Si los bautizados son fieles a sus compromisos y superan valientemente la prueba del desierto (hambre, sed, sol, calor), se les promete la consolación final, que ya está presente, en el sentido de las bienaventuranzas.
La visión del autor del Apocalipsis es optimista: hace que las miradas de los cristianos de su época -y de la nuestra- se dirijan al cielo, donde ya está gozando de Dios "una muchedumbre inmensa, de toda nación y lengua".
Estos bienaventurados participan de la victoria de Cristo, "vestidos de vestiduras blancas y con palmas en sus manos", y están "de pie delante del trono de Dios y del Cordero", cantando alabanzas y con acceso a las "fuentes del agua de la vida". Ya para ellos todo es gloria y alegría: "y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos".
Somos ovejas del "Cordero de Dios" y después de aceptar las penas, dolores y amarguras de esta vida, iremos a disfrutar en el cielo. Aquí también ya estamos llamados a vivir rasgos de esta resurrección.
De la palabra proclamada nos viene a nuestro tiempo, un mensaje de confianza "Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero…Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos...".  Las palabras del Apocalipsis van dirigidas a una comunidad que estaba sufriendo persecución y muerte a causa de su fe. Habla de los mártires que ya estaban en el cielo, después de haber lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero.
Estamos en tiempo de Pascua de Resurrección y debemos creer firmemente que también nosotros resucitaremos en los brazos de Dios si somos fieles a nuestro Maestro y Buen Pastor.

En el evangelio tomado de san Juan  ( Jn 10,27-30), se da una respuesta a la pregunta que los judíos dirigían a Jesús: ¿eres tú el Cristo, el Mesías? Han sido muchas las imágenes con que se ha presentado al Mesías. En todas ellas hay un elemento común que las caracteriza: la relación particular entre Dios y su pueblo.
Dios ha investido a su Mesías de autoridad a fin de que libere y reine sobre su pueblo. Los judíos han concretado esta misión en un reino de la categoría y estirpe de David. En el discurso sobre el pastor Jesús insiste y se revela como Mesías pero en una forma inesperada. Se define como el buen pastor en contraposición a los jefes de Israel. En el fondo esta afirmación está en la línea bíblica según la cual sólo Yahvé es el pastor de Israel. Más tarde se promete al pueblo disperso que Yahvé volverá a reunir a su rebaño y le dará un pastor: su siervo David, el Mesías.
Esta afirmación viene relacionada desde tres puntos de vista con el Mesías político; conocimiento mutuo: las ovejas no siguen a un extraño; don de la vida eterna: así se anuncia la salvación; unidad con el Padre: es la respuesta a la pregunta sobre si él era el Mesías.
El evangelista no ha buscado demostrar la mesianidad de Jesús desde su procedencia genealógica de David, ni ha demostrado su divinidad por medio de los milagros. La declaración de la filiación divina suena así: Dios ha amado a Jesús antes de la creación del mundo porque le ha dado su gloria.
La imagen del pastor era muy expresiva para los hebreos. Hoy suscita reacción y perplejidad. Nadie acepta formar parte de un rebaño. Al hombre moderno no le gustan estos conceptos. Hay que cambiar imágenes pero hay que mantener el contenido.
Vemos como San Juan recordaba con emoción cómo Jesús hablaba de su rebaño, su pequeña grey por la que daría su vida derramando hasta la última gota de su sangre: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano...”. Juan había escuchado al Maestro como quien bebía sus palabras.
El pastor y las ovejas es una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen cotidiana en una economía agrícola y ganadera. Las ovejas representan a los seguidores de Jesús, el Buen Pastor, que da su vida por ellas. El Papa Francisco nos ha dicho que los “pastores tienen que oler a oveja”, es decir tienen que estar en medio del pueblo, compartir sus sufrimientos y sus gozos. El auténtico pastor “conoce a sus ovejas” y les da vida.
 “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen”, dice Jesús. Lo primero que tenemos que hacer es escuchar la Palabra de Dios, para después hacer la vida en nosotros y seguir a Jesús. El seguimiento de Jesús comporta un comportamiento consecuente con el Evangelio. El seguimiento es la norma de moralidad para el cristiano. A este respecto escribe San Agustín: “¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo”.
" Escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen"
Con todo, como cualquier comparación, no debe exagerarse. Si recordamos lo que hemos escuchado en el evangelio, debemos constatar que Jesucristo habla de UNAS "ovejas" no como un número más en el rebaño, sino como alguien - hombre, mujer- que tiene una relación muy personal con JC. Porque dice: "escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen". no basta en absoluto formar parte del rebaño (multitudinariamente, rutinariamente). Lo que Jesucristo dice exige una relación personal: escuchar su voz. Cada uno, cada uno de nosotros -para ser cristiano- no puede contentarse con ser miembro de la Iglesia (venir a misa, cumplir los preceptos, etc.) sino que hay algo mucho más importante, también más difícil pero también más humano, más enriquecedor: saber escuchar personalmente la voz de JC, su palabra de vida, su llamada a reconocerle vivo y actuante en nuestra vida de cada día.
Es una relación personal.
Es una relación personal que tiene una base, un fundamento en el que a menudo no pensamos. Pero lo afirma Jesucristo: "Yo las conozco". Esto es muy importante. Incluso más importante que sentirse miembro del "rebaño". lo más importante, el principio y fundamento de nuestra vida cristiana es atrevernos a aceptar este gran misterio del amor de Dios: jc nos conoce -y nos conoce con amor total- y por ello podemos seguirle. Porque sólo puede seguirse -es decir, confiar la vida, entregar la vida- a quien te conoce y ama. Con un conocimiento y amor personal, de cada uno de nosotros, que nada -ni nuestro mayor pecado- puede destruir.
"nadie las arrebatara de mi mano" hemos leído en el evangelio. "Nadie", ni nuestro pecado, ni nuestra mediocridad, ni nuestras dudas, ni lo que sea. "Nadie las arrebatara de mi mano".
Esta es nuestra gran confianza. Jesucristo nos conoce -personalmente, a cada uno-, nos ama, nos guía. Por eso podemos seguirle unidos, formando su "pequeño rebaño", para intentar comunicar -contagiar- a todos los que conviven con nosotros esta gran Buena Nueva: hay un Pastor que nos puede guiar hacia una vida auténtica, nueva y total.
Así comenta San Agustín el evangelio. Jn 10,11-18: Si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos: " Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen (Jn 10,27). Aquí encuentro a todos los pastores en uno solo. No faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. Aquí se anuncia uno solo porque se recomienda la unidad. Quizá digas que ahora no se habla de pastores, sino de un solo pastor, porque no encuentra el Señor a quien confiar sus ovejas. Entonces las confió porque encontró a Pedro. Al contrario, en el mismo Pedro nos recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles y a uno sólo se dice: Apacienta mis ovejas (Jn 21,16). ¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo.
Por tanto, es él mismo quien apacienta, cuando ellos apacientan. Dice: « Soy yo quien apaciento», pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad. Al mismo Pedro a quien confiaba sus ovejas, como si fuera su «otro yo», quería hacerle una sola cosa consigo, para confiarle luego las ovejas, porque así él sería la cabeza y mantendría la figura del cuerpo, es decir, de la Iglesia; como esposo y como esposa serían dos una sola carne. Por lo tanto, al confiarle las ovejas, ¿qué le pregunta antes para no confiárselas a otro distinto de sí? Pedro, ¿me amas? Y le responde: Te amo. De nuevo: ¿Me amas? Y respondió: Te amo. Confirma la caridad para consolidar la unidad. Él mismo, siendo único apacienta en ellos, y ellos apacientan en el único. No se habla de los pastores, y se está hablando. Se glorían los pastores, pero quien se gloríe, que se glorie en el Señor. Esto es lo que significa el que Cristo apacienta: esto es apacentar con Cristo, apacentar en Cristo y no apacentarse a sí mismo fuera de Cristo.
No pensaba en la penuria de los pastores, como si el profeta anunciase como venideros estos malos tiempos, cuando dijo: Yo apacentaré a mis ovejas, como indicando: «No tengo a quién confiarlas». En efecto, cuando aún vivía Pedro y cuando aún se hallaban en esta carne y en esta vida los apóstoles mismos, dijo aquel pastor único, en quien son todos una sola cosa: Tengo otras ovejas que no son de este redil, es preciso que yo las atraiga, para que haya un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien en él todos una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que anunciéis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas (1 Cor 1,10). Oigan las ovejas esta voz liberada de todo cisma, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: Las ovejas que son mías, oyen mi voz y me siguen."  (San Agustín, Sermón 46,30).

Para nuestra vida.
  De la primera lectura nos viene un mensaje de fidelidad al evangelio. San Pablo y San Bernabé, como todos los demás discípulos y apóstoles del Maestro, quisieron cumplir el mandato de Jesús, de predicar el evangelio hasta el extremo de la tierra. Sufrieron muchas persecuciones y fatigas a causa de su predicación, pero nunca desistieron y fueron capaces de sufrir y hasta de dar su vida antes que renunciar al cumplimiento del mandato del Señor. Cuando nosotros tengamos algún problema o contradicción por causa de nuestro comportamiento y de nuestro proceder cristiano, acordémonos de los apóstoles y primeros discípulos de Jesús, porque sabemos que ser ovejas del Buen Pastor, Jesús, supone, por nuestra parte, decisión, entrega y sacrificio.
Aquellos primeros misioneros entran en la sinagoga y toman asiento entre la multitud. La sinagoga era el lugar donde se reunían los judíos y los paganos prosélitos del judaísmo para oír la palabra de Dios. Después de leer el texto sagrado, alguno de los asistentes se levantaba para comentar lo que acababa de leer. Pablo y Bernabé se levantarán muchas veces para hablar de Cristo. Partiendo de las Escrituras, ellos mostraron que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Salvador del mundo. La gente buena y sencilla escucha y acepta el mensaje. La fe brotaba, la luz de Cristo llenaba de claridad y de esperanza la vida de los hombres.
Vemos  también  cómo se produce el rechazo de la comunidad judía. Aquellos judíos, los hijos de Israel, que habían recibido las promesas, los herederos de la fe de Abrahán, el pueblo elegido, mimado hasta la saciedad por Dios; ellos, los judíos precisamente, van a poner las mayores trabas al crecimiento de la naciente Iglesia. Perseguían a los apóstoles de ciudad en ciudad, los calumniaban, soliviantaban a las autoridades y al pueblo contra ellos, contra los que predicaban a Cristo, los que hablaban de perdón y de paz.
San Pablo va a ir a otros que lo aceptan. La hostilidad de los judíos pone aún más de relieve la valentía y constancia de los apóstoles y descubre las dos actitudes que pueden adoptarse ante el Evangelio: los judíos lo rechazan y se quedan con sus prejuicios, los gentiles lo aceptan y alcanzan la "vida eterna". Es verdad que también entre los gentiles Pablo encontrará dificultades… Pero la enseñanza del texto es que no debe haber un monopolio del mensaje evangélico, no se puede encorsetar la Palabra en formas concretas predeterminadas por tradiciones que pueden ser superadas por la dinámica del evangelio.
La misión directa a los gentiles, sin subordinarla a la conversión de los judíos, es para San Lucas voluntad del Espíritu Santo, es la obra para la cual San Pablo y San Bernabé fueron elegidos. San Bernabé, en contra de San Pablo, también piensa como San Lucas.

El salmo 99 nos invita al gozo y a la alegría. Cristo, victorioso vencedor de la muerte, es nuestro pastor, y nosotros, sus ovejas, caminamos, tras él y como él, hacia la resurrección. Aclamemos, pues, al Señor con alegría, y que esta hora, en la que Cristo entró en su gloria, aumente nuestra esperanza de que también nosotros, ovejas de su rebaño, entraremos un día por sus puertas con acción de gracias, bendiciendo su nombre.
El salmo 99 es un canto procesional de acción de gracias a Dios que ha elegido a Israel y lo guía con cuidado amoroso como a ovejas de su rebaño.
"Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño". (Salmo 99,3).
No hay seguimientos de Jesucristo, no hay pertenencia a la iglesia, sin saberse miembros de un pueblo, ovejas de un rebaño. No se puede ser cristiano cada uno a su aire, desentendiéndose de los demás -y mucho menos menospreciando a los demás, sean quienes sean estos "demás"- no se puede ser cristiano sin aceptar que formamos parte de una Iglesia, aunque haya en nuestra Iglesia cosas que nos molestan. Este tiempo de Pascua que estamos celebrando no es sólo celebración alegre de la Resurrección de Cristo, anuncio de Vida nueva y eterna para todos. Es también celebración del vivir en la comunión que es la iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús , el Cristo.
El salmo de hoy sintoniza plenamente con las enseñanzas del papa Francisco. Alegría. Júbilo. Gozo. Nuestra época necesita más que cualquier otra, la alegría; estando como está amenazada por la difusión masiva de catástrofes a escala mundial. En otro tiempo, el hombre tenía "sus propias" desgracias que soportar, las de su familia, de su región, máxime las de la nación... Hoy, por la información que recibimos de todas partes, llevamos el universo entero sobre los hombros. De allí la melancolía y la desesperación, que se apodera de muchos de nuestros contemporáneos.
¡Dios, plenitud del "ser", y de la "alegría". La única razón que nos dan de esta inmensa "todah", es que Dios es Dios, y que El nos ha hecho!. ¡Existir. Vivir. Ser. Primer don de Dios. Primera gracia, primera Alianza... universal!
Hoy recibimos los "siete imperativos" de este salmo: "¡Aclamad... Servid a Dios con alegría! Id hacia El con cantos de alegría... Reconoced que El es Dios... Id hacia su casa dando gracias... Entrad en su morada cantando... Bendecid su nombre... Verdaderamente el Señor es bueno, su amor es eterno!"
Toda época ha tenido veleidades "de universalismo", experimentando confusamente que "cada" hombre es sagrado, y una especie de realización de "la humanidad". A menudo esta visión universal ha tomado, desgraciadamente, el rostro odioso de la "dominación". Se ha pretendido anexionar a los demás a sí mismo, para explotarlos, para imponerles la propia manera de pensar. Y el deseo de "convertir" a los otros no estaba siempre exento de este instinto de superioridad, aun hablando de "catolicidad"... Cuando no se hacía otra cosa que imponer a otras culturas nuestra manera de pensar y de orar. Aún hoy día estamos lejos de habernos liberado de este "imperialismo" que unificaría la tierra entera "por la fuerza". No obstante progresa un movimiento que busca la unificación de la humanidad "por unanimidad", en la que cada uno se asocia libremente a un proyecto humano universal. ¿Acaso Dios no trabaja en este sentido en el corazón del mundo?
La proclamación del Evangelio no tiene nada de propaganda o de publicidad: es una invitación, una proposición. ¡Venid! ¡Id hacia el Señor! "Todos los hombres, toda la tierra".
La alegría, de por sí, es comunicativa. "Reconoced que el Señor es Dios". Esto viene de dentro, sin ninguna presión... Libremente. Y quienes ya lo han "reconocido", ¡están invitados a dar gracias, a estar felices, a gritarlo, para que se oiga!.
 Nietzche reprochaba a los cristianos la "cara triste" cuando el domingo salían de las iglesias. ¿Tienen nuestras liturgias un rostro de júbilo, de alegría? ¿Dan, nuestras vidas de cristianos, la imagen de hombres y mujeres felices de su Dios?

  De la lectura del apocalipsis, nos viene un mensaje de confianza para actuar en tiempos difíciles movidos por la esperanza en la Resurrección. Nuestra actuar no es fácil, porque las potencias de este mundo tiran de nuestro cuerpo y nos incitan a vivir cómodamente aquí en la tierra. Pero si queremos ser buenas ovejas del Buen Pastor debemos saber que nuestra patria definitiva es el cielo, porque allí está él y hasta allí queremos seguirle. Ante el sufrimiento y el dolor sepamos que Dios siempre enjugará las lágrimas de nuestros ojos, si seguimos al Maestro, a nuestro Buen Pastor, hasta el final. Allí, en el cielo, ya no pasaremos hambre ni sed, sufrimiento, ni dolor, porque el primer mundo ya habrá pasado.
El Vidente "ve" una muchedumbre heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas, una comunidad enriquecida con todas las diferencias e íntimamente unida con la participación de una misma victoria. No son unos pocos de un pequeño pueblo, sino una multitud innumerable de todos los pueblos. Todos llevan su túnica blanca, vestido de fiesta para celebrar juntos las bodas con el Cordero. Y en las manos, cada uno su palma para formar un bosque de aclamaciones. Todos han pasado por la gran tribulación.
¿Quiénes son los pertenecientes a la muchedumbre? Aunque aparecen (anteriormente) agrupados según las doce tribus de Israel, más bien debemos pensar que los ciento cuarenta y cuatro mil representan a la gran multitud de quienes, por el bautismo, se han incorporado a Cristo; el número simboliza la totalidad del pueblo de Dios que milita en la tierra.
Al final de los tiempos, esta multitud representa la visión ampliada de San Juan, que contempla en el cielo una grandiosa y triunfal celebración de toda la Iglesia. Una muchedumbre de todas las naciones, pueblos, razas y lenguas del mundo se reúne para alabar a Dios. Unidos a los ángeles, a los ancianos y a todo el universo, proclaman su victoria, simbolizada por la túnica blanca y palma en la mano, y obtenida gracias a la "sangre del Cordero", su pastor. Porque se unieron a su pasión, le glorifican ahora. Y gozan de los dones anunciados antes en las cartas a las iglesias; dones que serán detallados con más precisión en la descripción de la nueva Jerusalén.
Queda señalada, esta vez con términos del AT, la paradoja que envuelve constantemente la vida del cristiano, tribulación que introduce en la vida eterna junto a Dios; sangre que blanquea los vestidos; Cordero que pastorea y conduce a las fuentes de agua viva.

En el evangelio San Juan  nos invita a nosotros - cristianos del siglo XXI- a escuchar de la misma forma, como el escucho a Jesús , a que hagamos vida de nuestra vida la enseñanza  de Jesucristo. Sólo así alcanzaremos la vida que nunca termina, seremos copartícipes de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, nos remontaremos hasta las cimas de la más alta gloria que ningún hombre puede alcanzar, la cumbre misma de Dios.
Sintamos la alegría de ser  miembro del rebaño, porque Jesús es  el Pastor. El es  la raíz de nuestra unidad. Al depender de él, buscamos refugio en él, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de su cayado. Mi lealtad a Jesús se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque me fío de Jesús, Pastor. Amo a los demás, porque le amo a Él. Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a su lado.
Jesús asume la alegoría del pastor y el rebaño, con la que expresan los profetas la relación de Dios con su pueblo, para significar su relación con la comunidad. Él es el Pastor encarnado, en todo semejante a sus ovejas menos en el pecado (Hb 4,15). "Padre santo, protege a los que me has confiado" (Jn 17,11). Con esta alegoría, Jesús quiere comunicarnos el mensaje de que su proyecto es la comunidad. Y quiere poner de manifiesto cuáles son sus relaciones con cada miembro y cuáles han de ser nuestros comportamientos dentro de ella. En este tiempo de Pascua, la palabra de Dios pone de relieve que Jesús es el pastor que vive, que sigue estando en medio de los suyos, siendo vínculo de unidad, creando comunión en ella. Jesús no es el hombre-Dios que realizó su aventura y pasó a la historia. Él sigue siendo el "único" Pastor de su comunidad a la que alimenta con su palabra y con su cuerpo. Ha constituido a algunos como servidores de sus hermanos que guían y animan a la comunidad "en su nombre" y siempre en referencia a él. Con su palabra y con los hechos, Jesús deja bien claro cual es su intención: "Le dio pena porque eran como ovejas dispersas sin pastor" (Mc 6,34). "Tengo otras ovejas que no son de este redil; tengo que atraerlas para que escuchen mi voz y haya un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10,16).
En el momento culminante de la última cena oró ardientemente: "Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea" (Jn 17,23).
Pero Jesús pone todavía más de manifiesto cual es su proyecto con los hechos. Ya al comienzo de su ministerio de profeta itinerante reúne a sus discípulos para que convivieran como amigos. Con algunos convive como en familia.
Los discípulos entendieron bien el mensaje de Jesús, después de la desbandada de su pasión y muerte, al reencontrarse con él resucitado, se congregan de nuevo para convivir como hermanos. "En el grupo de los creyentes, escribe Lucas, todos tenían un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32).
Éste es el único cristianismo posible: el cristianismo comunitario. Ch. Peguy lo decía muy gráfica y ardientemente: "Ésta es nuestra religión: aceptar la fraternidad, vivir la fraternidad". Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos.
Dios nos tomó la delantera en el amor.
Ya en el siglo IV se hizo famoso un dicho de san Cipriano, haciendo un juego de palabras latinas decía: "Ullus christianus, nullus christianus". Traducido significa: "Un solo cristiano no es ningún cristiano". Es decir, un cristiano en solitario es un imposible. Es como una abeja sola; no puede existir; se muere inexorablemente. Afirma rotundamente el Vaticano II: "Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad". Más claro, imposible.
Y el Papa Francisco en una entrevista dice: " La pertenencia a un pueblo tiene un fuerte valor teológico: Dios, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular."  (Papa Francisco. Entrevista a Spadaro, 19 de agosto de 2013)

Rafael Pla Calatayud.
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