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miércoles, 25 de diciembre de 2024

Comentarios a las lecturas del día de la Natividad del Señor, 25 diciembre de 2024

Que sea, el Señor, bienvenido a esta tierra llena de muchos contrastes y tan necesitada de paz y de esperanza. Una paz que, por sí mismo, el mundo no puede lograr y una esperanza que, el mundo en sí mismo, es capaz de asegurar. ¡Cómo no dar gracias a DIOS que, en su gran misericordia, toma la condición humana! ¡Cómo no mirar hacia el cielo y, comprender, que las puertas de ese cielo se abren para venir hasta nosotros en forma de misericordia: Dios, en Cristo, nos redime de nuestras esclavitudes y pecados que nos van destruyendo en lo mejor que Dios ha depositado en nosotros.

Las palabras del profeta: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: ¡Tu Dios es rey!" , coincide con la definición de Hijo de Dios que da tanto el autor de la Carta a los Hebreos como San Juan en la introducción a su Evangelio hace. Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva. Pero va a insistir. Añade: "Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión." Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. Sobre este aspecto inciden los tres textos proclamados.

 

La primera lectura esta tomada de Isaías (Is 52, 7-10). En ella Isaías presenta el final del exilio.

El texto es uno de los himnos gozosos del Segundo Isaías anunciando el retorno de  los exiliados de Babilonia a Jerusalén, y tiene la forma de un anuncio de restauración  dirigido a la ciudad devastada.

Desde el país de exilio, de monte en monte, un mensajero va transmitiendo la voz, el gran  anuncio. Este anuncio se sintetiza en: la "paz", que es la plenitud de todos los bienes; la  "buena nueva" (en griego, "evangelio"), que es lo que uno tiene ganas de oír para ser feliz,  la noticia más esperada; la "victoria", que es la liberación de toda opresión; y finalmente, lo  que es la causa de todo: que "tu Dios es rey", él es el que conduce la historia a favor de su  pueblo.

Escuchar este mensaje es una gran alegría, y lo es más aún cuando los centinelas de la  ciudad devastada también se unen a él: el retorno de los exiliados que ya se ven llegar  significa que realmente, definitivamente, el Señor vuelve a estar presente en su ciudad. Ver  el retorno es ver cara a cara al Señor mismo que vuelve.

El profeta, entonces, entusiasmado, entona un cántico dirigido a las ruinas de Jerusalén,  convocadas también a gritar de alegría porque el Señor reconstruye su pueblo y su ciudad. Y acaba proclamando que esta obra maravillosa de Dios es un anuncio de salvación que  se dirige a todos los pueblos de la tierra.

El oráculo del Deutero-Isaías – del que tratamos-, está repleto de gozo y de entusiasmo por el  inminente retorno de los exiliados en Babilonia.

El mensajero anuncia la llegada del Señor  que, a modo de un rey oriental, hace una solemne entrada en la ciudad de Jerusalén. Los  centinelas gritan de júbilo e, incluso, las ruinas de la ciudad exultan por la reconstrucción  que se avecina, signo de la salvación divina en favor del pueblo. Pero los exiliados son  invitados a abandonar Babilonia después de haberse purificado ritualmente: el camino que  se disponen a emprender y la ciudad hacia la que se encaminan son santos. La buena noticia (en griego evanguélion) es el anuncio del inicio del reinado de Dios y la  reconstrucción de la nación. Sus dones son la paz y la salvación. Dios viene a habitar en  medio de su pueblo. Esta es la buena noticia que anunciará, siglos más tarde, Jesús (cf. Mc  1,14-15 y paralelos).

 

El interleccional de hoy es el salmo 97 (Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6), Himno de alabanza a Dios.

Este es un "salmo del reino": una vez al año, en la fiesta de las Tiendas (que recordaban los 40 años del Éxodo de Israel, de peregrinación por el desierto), Jerusalén, en una gran fiesta popular que se notaba no solamente en el Templo, lugar de culto, sino en toda la ciudad, ya que se construían "tiendas" con ramajes por todas partes... Jerusalén festejaba a "su rey". Y la originalidad admirable de este pueblo, es que este "rey" no era un hombre (ya que la dinastía Davídica había desaparecido hacía largo tiempo), sino Dios en persona. Este salmo es una invitación a la fiesta que culminaba en una enorme "ovación" real: "¡Dios reina!", "¡aclamad a vuestro rey, el Señor!" Imaginemos este "Terouah", palabra intraducible, que significa: "grito"... "ovación"... "aclamación".

Originalmente, grito de guerra del tiempo en que Yahveh, al frente de los ejércitos de Israel, los conducía a la victoria... Ahora, regocijo general, gritos de alegría, mientras resonaban las trompetas, los roncos sonidos de los cuernos, y los aplausos de la muchedumbre exaltada.

¿Por qué tanta alegría? Seis verbos lo indican: ¡seis "acciones" de Dios! Cinco de ellas están en "pasado" (o más exactamente en "acabado": porque el hebreo no tiene sino dos tiempos de conjugación para los verbos, "el acabado", y el "no acabado"). "El ha hecho maravillas"... "Ha salvado con su mano derecha"... "Ha hecho conocer y revelado su justicia"... "Se acordó de su Hessed"... (Amor-fidelidad que llega a lo más profundo del ser); "El vino-el viene"... Y para terminar, un verbo en tiempo, "no acabado", que se traduce en futuro a falta de un tiempo mejor (ya que esta última acción de Dios está solamente sin terminar aunque comenzada): "El regirá el orbe con Justicia y los pueblos con rectitud"...

Observemos la "universalidad" de este pensamiento de Israel. La salvación (justicia-fidelidad-amor) de que ha sido objeto la Casa de Israel... está, efectivamente destinada a "todas las naciones": ¡El Dios que aclama como su único Rey, será un día el rey que gobernará la humanidad entera. Entonces será poca la potencia de nuestros gritos! ¡Será poca toda la naturaleza, el mar, los ríos, las montañas, para "cantar su alegría y aplaudir"! El Salmo 97, es uno de estos cantos de alabanza a Yahvé, rey del mundo, cuya actuación no es sino una serie de maravillas y portentos en favor del hombre y del pueblo de Israel. Está influenciado, como todos los de su grupo (salmo 46, 92, 95-98), por el Segundo Isaías en sus miras universalistas, en su concepción de las nuevas realidades que se acercan para Israel, en su jubilosa visión del mundo como escena de la actuación de Dios y eco de su alabanza.

Lo podemos dividir en estas secciones(las dos primeras son las proclamadas hoy):

- vv. 1-3: cantan la victoria y salvación de Yahvé

- vv. 4-6: la humanidad ensalza a Yahvé

Ha hecho maravillas (w. 1-3)

La primera frase del salmo es una invitación a la alabanza a Dios con un canto nuevo. Las maravillas de Dios son tan grandes, tan inesperadas, que el pueblo no puede contentarse con las alabanzas rituales conocidas: parece que requiere algo nuevo y grandioso. Dios es el obrador de grandes cosas, y su victoria ha sido total. Su brazo, es decir, su fuerza invencible, es quien ha actuado (no la fuerza del hombre).

Ciertamente el salmista piensa en la restauración de Israel después del exilio de Babilonia, cuando tiene lugar un nuevo inicio en la vida, en la religión, en la liturgia del templo. Este período feliz vendrá después del retorno, y este solo pensamiento produce en el salmista (igual que en Isaías) un potencial enorme de alegría y entusiasmo. Dios realiza estas maravillas de salvación porque ama a su pueblo, porque nunca lo ha olvidado y ha tenido siempre presentes su misericordia y su fidelidad. El versículo 3:

"se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel"

Este fragmento ha inspirado muy de cerca el Magníficat de María (Lc 1,54), cántico que se mueve en la misma sintonía de alabanza al Dios que actúa en favor de su pueblo y de los humildes.

Suenen los instrumentos (vv. 4-6)

Las obras de Dios son contempladas por todo el mundo:

"los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Es una acción de Dios que percibe (o percibirá) el mundo entero, que conocerán todos los pueblos y por esto alabarán a Dios. La vuelta a Sión, que según el Segundo Isaías superará en grandiosidad al mismo Exodo (Is 49), será el comienzo de esta justicia de Dios y la celebrarán todos los pueblos porque en la nueva etapa Israel será algo grande y su nombre se dejará sentir en todas partes.

Por esto ahora el salmista invita a toda la tierra a cantar al Señor, a aclamar a Dios sonando toda clase de instrumentos: ahora es la música quien acompaña esta sinfonía grandiosa de alabanza: "tañed la cítara... suenen los instrumentos".

Los instrumentos musicales son muy citados en la Biblia como acompañamiento y complemento de la alegría y alabanza. Baste recordar el último salmo del salterio con la enumeración de tantos instrumentos al servicio de la liturgia jubilosa: trompetas, arpas, cítaras, tambores, flautas, platillos sonoros... Todo esto para aclamar al Señor que es rey sobre su pueblo y sobre el universo, y para que la alabanza sea más armoniosa, más universal. La Biblia nos da una muestra más de aprecio por todo aquello que es bueno, alegre, positivo, humano: todo colabora en el bien del hombre, todo redunda a gloria de Dios. Los salmos son este eco fiel que van formando la conciencia del pueblo y le educan en una actitud abierta y generosa que la ennoblece y dignifica.

 

 

La segunda lectura es el inicio de la Carta a los Hebreos (Hb1, 1-6).

 

Esta lectura, además de ser un magnífico complemento del evangelio del día, merece por sí misma una atención especial puesto que, en pocos versículos, nos presenta un esquema completo de la historia de la salvación a la luz de la actual presencia de Cristo, que luego el autor irá desarrollando y aplicando en los diferentes capítulos de esta carta.

La plenitud de los tiempos: "Antiguamente... Ahora, en esta etapa final" (vv. 1a. 2a.). De la contraposición de los diferentes momentos salvíficos de la historia (=Kairoi) se pasa a una valoración escatológica del tiempo. El "ahora" no es exactamente el fin, pero sí es el tiempo definitivo y, por esta razón, el tiempo "final" después del cual no debe esperarse ningún otro. Toda la carta se mueve dentro de esta perspectiva: la etapa definitiva de la historia de la salvación ya ha llegado. (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 1-2. 15).

La plenitud de la revelación: "De muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los Profetas... (pero a nosotros) nos ha hablado por el Hijo" (vv. 1b. 2b). En todo momento es Dios el que habla; él es quien tiene la iniciativa de la revelación. Pero también aquí, la contraposición acaba mostrando que la actual realizada a "nosotros" es la definitiva revelación que Dios hará a los hombres. Una cosa es hablar sirviéndose de palabras y otra muy distinta es hablar mediante una persona: una cosa son los "profetas" y otra muy distinta es el "Hijo". (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 1.5-9. 14. 18).

La plenitud de la creación: "(Cristo es) heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo" (v. 2c).

Hacia él queda finalizada aquella misma realidad que con él y en él tuvo origen. La génesis de la creación no fue un acto puntual y estático de Dios, sino que encuentra todo su sentido en el dinamismo que le sigue impulsando hacia su creador. (Cf. el evangelio de hoy; Jn 1, 3-4. 10).

La plenitud de las Escrituras: de modo especial los vv. 5 y 6 nos muestran como desde la fe cristiana hay una posibilidad de re-interpretación del Antiguo Testamento. Lo que allí se dice del Mesías está siempre en un nivel de promesa y de anuncio; pero ahora aquello mismo, en Jesús, es realidad y acontecimiento. (Cf. el evangelio de hoy: Jn 1, 16-17). El punto de partida es la iniciativa de Dios: Dios nos ha hablado.

En la primera frase, la carta no habla del contenido de la palabra, sino del hecho, el proceso (antes-ahora) y el mediador (los profetas-el Hijo). Este pasa a ser el centro de la segunda parte, con una frase rica y densa, el autor intenta hacer una presentación completa acentuando en el corazón del período lo que constituye el núcleo de toda la carta: el Hijo «después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad de las alturas» (v 3). En este punto, los últimos versículos completan los primeros: el contenido de la palabra de Dios a los hombres es propiamente la persona del Hijo, Jesucristo. En él y en su misterioso camino Dios ha dicho a los hombres todo sobre sí mismo y sobre el propio hombre; sus días son los últimos. La introducción acaba con una alusión a la superioridad del nombre del Hijo sobre el de los ángeles, tema de la primera parte de la carta (1,5-2,18).

El autor de la carta a los Hebreos nos presenta la venida de Cristo como un momento privilegiado de la revelación divina a lo largo de la historia. Ha sido él quien ha hablado a lo largo de la historia, muchas veces y de muchas maneras, a los hombres, primero por boca de los profetas, después por la de su propio Hijo.

A esta afirmación fundamental, que tan bien encaja con la celebración de la Navidad, sigue un discurso sobre la naturaleza del Hijo de Dios. Considerado en sí mismo, él es resplandor de la gloria y sello de su mismo ser. El autor utiliza el lenguaje sapiencial del helenismo judío, cuando hablaba de la Sabiduría divina concedida a los hombres (cf. Sa 7,25-26). Él es imagen, icono de Dios.

En relación con la obra de salvación que ha realizado con su misterio pascual, Cristo es aquel que ha expiado el pecado de la humanidad (cf. Rm 3,24-25; Ef 1,7; Col 1,13-14), y el que ha sido exaltado por encima de todo (cf. Fl 2,9-11), siendo hijo y heredero por encima de los ángeles (cf. Rrn 8,17; Mt 21,38).

La acción salvífica de Jesús se inscribe, para el autor de la carta a los Hebreos, en la lista de acciones reveladoras de Dios en la historia. Pero no como una de tantas, sino como la principal de todas ellas. Jesús, que nos ha purificado de los pecados (referencia al misterio pascual) es icono de Dios; el hombre Jesús, sentado ahora a la derecha de los ángeles, ha heredado un nombre superior al de los mismos ángeles.

 

Como todos los años el evangelio de este día es el inicio del prologo de San Juan  (Jn 1, 1-18).

El prólogo del evangelio de San Juan es un himno solemne -en siete estrofas de estructura semita- al Logos, al Verbo, revelación del Padre en Cristo. En este prólogo están ya presentes los grandes temas del evangelio: el Verbo, la vida, la luz, la gloria, la verdad. Y las fuertes contraposiciones: Luz-tinieblas; Dios-mundo; fe-incredulidad. Dos veces resuena la voz del testigo: Juan Bautista.

El texto empieza igual que el primer libro de la Biblia cuando narra la creación: "En el principio...". Y, ya al principio, antes que todo, está la Palabra, el proyecto de comunicación plena de Dios con los hombres. Juan señala por cuatro veces, con exagerada insistencia, la preexistencia y divinidad de esta Palabra. ¡Ha de quedar muy claro que es Dios mismo quien se hará hombre! Y para resaltarlo más, señala para la Palabra las cualidades básicas de vida y luz que no son cualidades estáticas de Dios, sino cualidades para ser dadas a los hombres.

Juan continúa con una reflexión sobre la aceptación de la Luz por parte de los hombres. No se trata sólo de la aceptación de Jesús, sino de la aceptación de todos los signos de Luz que los hombres han tenido a mano y a menudo han rechazado. Pero hay quienes sí han estado dispuestos a aceptarlos: éstos son los que Dios hará hijos suyos.

La afirmación clave: la Palabra se hizo carne. Es una afirmación muy sabida, pero es realmente escandalosa: aquella Palabra que Juan tanto ha insistido en que "era Dios", resulta que asume la total debilidad de la condición humana, y viene a vivir con los hombres, y en esta debilidad (¡hasta la cruz!) será donde contemplaremos su gloria divina. A Dios ahora se le puede ver y tocar. Y se le ve y se le toca en la "carne" débil de Jesús. - Una vez dicho esto, Juan resalta una y otra vez las cualidades y dones que recibimos de la Palabra hecha carne (que ahora ya no se llama "Palabra" sino "Hijo" y "Jesucristo", una persona concreta y palpable): gracia, verdad, abundancia de su plenitud... Todo para consolidar la afirmación básica: a Dios sólo se le encuentra en Jesucristo, en su carne, en su vida concreta.

Las tesis que presenta son las mismas que las del evangelio. La idea de fondo es la plenitud de la revelación que nos ha traído el Verbo. Ha salido del Padre y se ha hecho hombre. También de la Sabiduría se dice que estaba en Dios (Pr 8. 30), pero la sabiduría era una personificación literaria. La Palabra en cambio, es una persona, es Dios, es la última palabra que Dios ha pronunciado (Hb 1. 3).

Nos presenta a la Palabra de Dios como una realidad sensible y tangible. La realidad de la presencia de Dios ha comenzado a incidir históricamente en los hombres con el comienzo de la vida de Jesús: este suceso constituye el momento decisivo de la historia de la salvación; lo testimonian los cristianos. La palabra "carne" designa en Juan todo lo que constituye la debilidad humana, todo lo que conduce a la muerte como limitación del hombre. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres. El cuerpo de Jesús se convierte, por su muerte y su resurreción, en el templo de la presencia de Dios.

La encarnación no es ninguna apariencia: por la experiencia de nuestro ser de hombres es como hemos de acercarnos a Dios, a Jesús. La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres.

Dios se acerca a los hombres hasta el punto de hacerse uno de ellos: "carne". Esta fórmula de Juan, "la palabra se hizo carne", es una afirmación del misterio de la encarnación del Hijo; del paso de la existencia eterna de la palabra de Dios, al comienzo de su existencia histórica y de su aparición en el mundo.

Juan intenta, sobre todo, destacar que Jesús de Nazaret, palabra de Dios hecha carne, no es una apariencia, una sombra o un fantasma.

La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros.

El es la verdad y la vida de Dios hecha carne. Ama, cura, perdona. Vive y sufre como un hombre entre los hombres. Todos pueden verlo y oírlo. Todos pueden creer en él, ver su luz, beber su agua, comer su pan, participar de su plenitud de gracia y de verdad. Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.

Dios se expresa en una palabra viva, que crea un interlocutor (el hombre concreto, tú y yo), con quien entabla un diálogo iluminador. Pero desgraciadamente el hombre (tú y yo) rechaza la Palabra y se hace tiniebla, angustia, ser para la muerte, absurdo radical.

 Hasta el v. 11 el juicio histórico del evangelista Juan es tremendamente pesimista. De hecho, todo su evangelio va a ser un conflicto continuado entre Jesús y un mundo incrédulo, que terminará en el proceso y condena de Jesús.

Pero en los vs. 12-13 el juicio histórico se completa haciéndose esperanzador: hay hombres que aceptan la Palabra y viven la asombrosa experiencia de ser hijos de Dios.

v.14:"La Palabra se hizo carne". No se refiere al momento de la Encarnación. Es la existencia toda de Jesús la que queda abarcada. El proyecto divino realizado es una existencia humana, visible, accesible, palpable. La tienda del encuentro, morada de Dios entre los israelitas en el desierto, queda sustituida por Jesús. El lugar donde Dios habita en medio de los hombres es un hombre de carne y hueso. Una existencia humana es ahora el resplandor de Dios, su gloria. Ha desaparecido la distancia entre Dios y el hombre. Buscas al Infinito, ve tras el Finito. La plenitud personal de Dios es Jesús, una plenitud de amor incondicional, consistente.

 

Para nuestra vida.

El texto de la primera lectura es uno de los himnos gozosos del Segundo Isaías anunciando el retorno de los exiliados de Babilonia a Jerusalén, y tiene la forma de un anuncio de restauración dirigido a la ciudad devastada.

Desde el país de exilio, de monte en monte, un mensajero va transmitiendo la voz, el gran anuncio. Este anuncio se sintetiza en: la "paz", que es la plenitud de todos los bienes; la "buena nueva" (en griego, "evangelio"), que es lo que uno tiene ganas de oír para ser feliz, la noticia más esperada; la "victoria", que es la liberación de toda opresión; y finalmente, lo que es la causa de todo: que "tu Dios es rey", él es el que conduce la historia a favor de su pueblo.

Escuchar este mensaje es una gran alegría, y lo es más aún cuando los centinelas de la ciudad devastada también se unen a él: el retorno de los exiliados que ya se ven llegar significa que realmente, definitivamente, el Señor vuelve a estar presente en su ciudad. Ver el retorno es ver cara a cara al Señor mismo que vuelve.

El profeta, entonces, entusiasmado, entona un cántico dirigido a las ruinas de Jerusalén, convocadas también a gritar de alegría porque el Señor reconstruye su pueblo y su ciudad. Y acaba proclamando que esta obra maravillosa de Dios es un anuncio de salvación que se dirige a todos los pueblos de la tierra.

El pueblo de Israel ha experimentado en propia carne la llaga mortal del exilio. Se hace necesaria una mano amiga que ayude algo, que levante el ánimo del creyente que flaquea. La caravana ha partido de Mesopotamia, y el poeta hace ver el momento tan ansiado de la llegada del mensajero, que ya está atravesando las colinas del norte de la ciudad. Una nueva era de paz y libertad comienza: el mensajero trae la buena noticia de la liberación de Israel. A este anuncio se unen los gritos de los vigías que custodian las ruinas de la ciudad. La intervención de Dios no puede dejar a nadie indiferente. Su victoria debe alcanzar a todos los confines de la tierra. Es un mensaje de alegría para un pueblo abatido y sin horizontes: ¡Dios vuelve! Mensaje para el que se siente desanimado: ¡Dios sigue entre los que creen!

"Escucha, tus vigías gritan, cantan a coro..." (Is 52, 8)."Porque ven la cara del Señor, que vuelve a Sión", sigue diciendo Isaías.

Las palabras de Isaías, en las que vemos como Dios consuela a los suyos, como los libra de la esclavitud "Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén" vuelven a resonar hoy en nuestros oídos pues también nosotros tenemos motivos para estar a alegres en el día de la Navidad y romper a cantar. Dios ha nacido para redimirnos. Es un Niño de carita morena y ojos grandes, de mirada inocente y alegre.

El que cree en el mensaje piensa que la restauración de una sociedad en ruinas y en crisis económica es posible. Es el mensaje para el creyente de hoy en esta Navidad.

La paz, el evangelio, la victoria, la acción poderosa de Dios, que se hicieron presentes en  el retorno del exilio para el pueblo dispersado y la ciudad devastada, ahora, con la venida de  Jesús, se hacen realidad plena para la humanidad entera dolorida y para todas las  devastaciones que hay en el mundo.

 

Sigamos ahora el Salmo 97, salmo responsorial del día de Navidad.

Es uno de estos cantos de alabanza a Yahvé, rey del mundo, cuya actuación no es sino una serie de maravillas y portentos en favor del hombre y del pueblo de Israel. Está influenciado, como todos los de su grupo (salmo 46, 92, 95-98), por el Segundo Isaías en sus miras universalistas, en su concepción de las nuevas realidades que se acercan para Israel, en su jubilosa visión del mundo como escena de la actuación de Dios y eco de su alabanza.

 La acción de gracias de la primera lectura también resuena, en el Salmo 97 que hoy recitamos, en las que el triunfo de Dios aparece como una activa esperanza. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Quien escucha este himno se ve animado a una seria colaboración con el Dios que actúa en la historia y se preocupa del hombre. Uno de los temas que más tratan los salmos es el de la alabanza. Dios merece toda la alabanza por ser él quien es, por sus obras maravillosas, por la bondad mostrada al hombre, por la salvación, por su predilección por Israel.

Esta alabanza es el fruto de una experiencia gozosa, de una alegría que produce la actuación salvadora de Dios: el salmista siente admiración, entusiasmo y gratitud por este Dios tan excelso, tan providente, y por esto brota de su corazón la más sincera alabanza. La fe en Dios lleva aneja la alabanza, y la alabanza proviene de la alegría. Los salmos, entre otras muchas otras cosas, nos enseñan también esta verdad y esta actitud de la alabanza gozosa, porque si el hombre alaba a Dios lo hace movido por un corazón admirado y agradecido, inundado de alegría por sentirse amado, salvado y protegido por su Dios.

El Antiguo Testamento ha sabido elaborar una serie copiosísima de cánticos y de himnos que ensalzan la bondad o las obras de Dios en medio de una atmósfera exultante: los cánticos de Moisés, de Débora, de Ana, de Judit, de Ezequías y los profetas, y por supuesto los salmos: una magnífica panorámica de una oración llena de alabanza y de gloria. "Cantad al Señor un cántico nuevo".

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: “ 1. El Salmo 97 que acabamos de proclamar pertenece a un género de himnos con el que ya nos hemos encontrado durante el itinerario espiritual que estamos realizando a la luz del Salterio.

Se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (Cf. versículo 6). Es definido como un «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso de la cítara (Cf. versículo 5), la trompeta y el son del cuerno (Cf. versículo 6), así como una especie de aplauso cósmico (Cf. versículo 8).

Además, incesantemente resuena el nombre del «Señor» (seis veces), invocado como «nuestro Dios» (versículo 3). Dios, por tanto, está en el centro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es esperado para «juzgar» al mundo y los pueblos (versículo 9). El verbo hebreo que indica el «juicio» significa también «gobernar»: hace referencia por tanto a la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.

2. El Salmo se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (Cf. versículos 1-3). Las imágenes de la «diestra» y del «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (Cf. versículo 1). La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (Cf. versículo 3).

Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (versículos 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora.

3. La acogida reservada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza común: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cfr vv. 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico.

….

4. En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (Cf. Romanos 1, 17), «se ha manifestado» (Cf. Romanos 3, 21).

La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Romanos 1,16).

Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido.

5. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico.

«Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado --algo que nunca antes se había escuchado--. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo» («74 homilías sobre el libro de los Salmos» --«74 omelie sul libro dei Salmi»--, Milán 1993, pp. 309-310).(San Juan Pablo II. Catequesis 6-XI-2002).

 

Claro es el mensaje de la Carta a los hebreos. “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en la etapa final, nos ha hablado por el Hijo”. Cristo es la Palabra visible del Dios invisible. Esta Palabra debe ser vida y luz para nosotros. Celebrar la Navidad es celebrar la vida y la luz de Dios en nuestro mundo. Sin la vida y sin la luz de Cristo vivimos en un mundo de tiniebla y desorientación.

La exhortación a los "Hebreos" comienza con una solemne afirmación: el Dios de nuestros padres ha hablado. Dios se manifiesta, se da a conocer por su palabra. El soplo de Dios, su Espíritu, se hace sonido. Antaño, en la voz de los profetas. En esta etapa final de la historia, señala la carta a los Hebreos, nos ha hablado por su Hijo, que se acerca a nosotros para liberarnos.

Esta es la palabra eterna del Padre, hecha hombre, la manifestación luminosa de la gloria del Padre y la impronta de su ser.

Las distintas manera con que Dios se reveló antes se han unificado en Cristo, han llegado a plenitud en la venida de quien es mayor que cualquier profeta. Quien ve a Jesús ve a Dios.

Cristo nos revela el misterio de Dios. Por eso, la entrada del Hijo en la historia de los hombres lleva los tiempos a "su plenitud".

El Hijo, la suprema y definitiva manifestación de Dios al mundo, es Jesús de Nazaret. La afirmación de que él ha heredado un "nombre" superior a los ángeles introduce el tema de la primera parte de esta carta: Jesús, Hijo de Dios y hermano de los hombres.

 La última frase del texto de hoy "Adórenlo todos los ángeles de Dios" (Hb 1, 6).nos recuerda el relato de anoche  leído en la Misa del gallo en el que los  pastores se llenaron de asombro ante la voz de los ángeles en las cercanías de Belén. Hoy aquel lugar se llama Campo de pastores y una pequeña iglesia conmemora el hecho, junto a una gruta, utilizada en tiempos de Cristo para guarecerse del frío del invierno. Ellos creyeron el anuncio de los ángeles y fueron presurosos y alegres al portal de Belén, llenando los caminos de coplas sencillas, mientras allá arriba los ángeles cantaban "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra...". Los ángeles siguen cantando y nos anuncian el nacimiento del Hijo de Dios.

La vida de Dios, la luz de Cristo, no se nos impone forzosamente, podemos rechazarla. Pero si la aceptamos, si nos dejamos inundar por la vida y la luz de Cristo, comenzamos a vivir como hijos de Dios, como hermanos del mismo Cristo que vive y alumbra en nosotros. Celebrar la Navidad en cristiano es celebrarla como hijos de Dios y como hermanos de Cristo. Esta celebración nos compromete a que Dios se encarne en nosotros, a través de Cristo.

 

En el evangelio, hoy leemos  el prólogo del evangelio de Juan en la fiesta del nacimiento del Señor.

 Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.

La Palabra se hizo carne (v. 14)y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. A Dios nadie lo ha visto jamás, nos dice el evangelista. El Dios judío es un Dios trascendente, invisible, siempre más allá de nuestras capacidades sensoriales. Así lo afirmaron siempre Moisés y los profetas. Pero fue este mismo Dios invisible el que un día decidió hacerse carne y acampar entre nosotros.

La Palabra de Dios no es un sueño fantástico del evangelista en un momento de ensueño nostálgico. No. Es una realidad sensible y tangible, cuyo nombre es Jesús de Nazaret. Con él ha convivido Juan y esta experiencia ha engendrado en él la certeza de la que da testimonio. La Palabra, el Verbo, ya existía antes de la encarnación, pero la Palabra en el principio estaba junto a Dios. Antes de hacerse carne y acampar entre nosotros, la Palabra, el Verbo, era puro espíritu, no cuerpo, era espiritual e invisible como el mismo Dios.

La Navidad, la encarnación, es el primer momento en el que el Dios invisible se hace visible en la carne de un hombre, en su hijo, en Jesús de Nazaret. Cristo es la impronta del ser de Dios, nos dirá el autor de la carta a los Hebreos. A partir de la encarnación, Dios, evidentemente, como puro espíritu que es, seguirá siendo invisible para nuestros sentidos corporales, pero podremos ver un cuerpo en el que se ha encarnado nuestro Dios, es el cuerpo de Cristo, la persona de Cristo, en la que Dios se ha encarnado. Ver a Cristo será para nosotros ver a Dios.

Los suyos no le recibieron. La pobreza de Dios se hace drama de Dios. Vino a los suyos y, al igual que todos, busca acogida y abrigo, comprensión y aliento. Dios viene a los suyos todos los días. Puerta cerrada a un Dios que no vive según nuestros reglamentos. Puerta cerrada a una Palabra que desconcierta nuestros pensamientos. ¡Navidad es también una fiesta de conversión! El Verbo se hace carne, y Dios sabe lo que le cuesta. Desde el pesebre hasta la cruz, el camino es uniforme.

Y no obstante... A los que creen en su nombre les da el poder de hacerse hijos de Dios. A los que creen en Jesús-Salvador, Dios de los pecadores, Dios de los perdidos, Dios de los humildes, Dios de ternura. Los que creen en su nombre... Los que perciban la luz en la obscuridad de la espesa noche, los que escuchan la Palabra en el silencio de una fe incesantemente zarandeada.

¡Nacieron de Dios! Venidos al mundo como vino Jesús, hijos e hijas de lo inesperado, de la pobreza, de la inseguridad. No tienen en este mundo otro apoyo que Dios, su amor y su Espíritu. Vienen al mundo en pleno viaje, y el tiempo les urge a proseguir el camino. Hijos frágiles, siempre llamados a renacer; hijos de un Dios al que nadie vio jamás. Pueblo de los sin nombre, de los apátridas, de los huérfanos según el mundo.

Hoy es el día en el que, cielo y tierra, se unen. Es el instante en el cual, la gloria de Dios, regala a nuestro mundo aquello que tanto necesita: amor. ¿Sabremos ser sensibles a este acontecimiento? ¿Nos dejaremos embargar por la emoción de estas horas? ¿Iremos deprisa, como los pastores, dejando a un lado nuestros cómodos valles para brindar homenaje al Rey de Reyes? ¿O tal vez nos quedaremos en la orilla de la Navidad presos de otras luces y mensajes?

Así comenta San Agustín este texto de San Juan: “El comienzo del evangelio de san Juan que se nos acaba de leer, amadísimos hermanos, reclama la pureza del ojo del corazón. En él se nos presenta a nuestro Señor Jesucristo, tanto en su divinidad en cuanto creador de todo, como en su humanidad en cuanto reparador de la criatura caída.

En el mismo evangelio encontramos quién fue Juan y cuál su grandeza. En la excelencia, pues, del ministro podemos entrever cuán alto es el precio de la palabra que tal boca pudo proferir; mejor, cómo carece de precio la Palabra que supera a todas las palabras. Es por relación a su precio por lo que una cosa se la iguala a otra o se la pone por debajo o por encima. Si alguien la compra en su valor hay ecuación entre el precio y lo comprado; si en menos, la cosa le queda por debajo; si en más, por encima. Pero a la Palabra de Dios nada puede igualarse, ni es posible hacerla bajar de precio ni que nada la supere. Todas las cosas pueden quedar por debajo de la Palabra de Dios, puesto que todas han sido hechas por ella (Jn 1,3), mas no en concepto de precio de la Palabra, como si pudiese alguien apropiárselo dando algo.

Con todo, si puede hablarse así, y alguna razón o la costumbre admite este lenguaje, el precio para comprar la Palabra es el mismo comprador, si se da a sí mismo a esta Palabra en beneficio de sí mismo. Así, cuando compramos algo, recurrimos a algo que dar, para, dado su valor equivalente, adquirir la cosa que deseamos comprar. Ahora bien, lo que damos es algo exterior a nosotros; o si está en nosotros, sale de nosotros lo que damos, para que venga a nosotros lo que compramos. Sea cual sea el valor al que recurre quien compra, necesariamente acontece que uno da lo que tiene para adquirir lo que no tiene. Mas quien da el precio permanece siendo el mismo, aunque se le agrega aquello por lo que ha dado el precio. En cambio, quien quiera comprar esta Palabra, quien quiera poseerla, no busque fuera de sí qué dar, dése a sí mismo. Al hacerlo no se pierde a sí mismo como pierde el precio cuando compra algo.

La Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Cf. Lc 2,14). Por tanto, quien quiera comprarla, dése a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da. ¿Qué da a la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho. Todas las cosas fueron hechas por ella (Jn 1,3). Si todas las cosas, también el hombre. Si el cielo, si la tierra, si el mar, si cuanto hay en ellos, si toda criatura, más evidente es aún que también fue creado por la Palabra el hombre hecho a imagen de Dios.

No nos ocupamos ahora, hermanos, de cómo puedan entenderse estas palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1,1). Pueden ser entendidas de manera inefable; su inteligencia no la procuran las palabras humanas. Nos ocupamos de la Palabra de Dios e indicamos por qué no se la comprende. No hablamos ahora para hacerla comprensible, sino que exponemos lo que impide su comprensión. La Palabra de Dios es una cierta forma, pero una forma no formada, forma de todos los seres que tienen forma; forma inmutable, estable, a la que nada le falta; sin tiempo ni lugar, que lo trasciende todo, que se alza por encima de todas las cosas, fundamento donde se apoyan y remate que a todas cobija.

Si dices que todas las cosas están en ella, dices verdad. A la misma Palabra se la designó como Sabiduría de Dios, pues dice la Escritura: Hiciste todas las cosas en la Sabiduría (Sal 103,24). Así, pues, en ella están todas las cosas y, con todo, por ser Dios, todas están debajo de ella. De lo dicho se deduce lo incomprensible del texto leído. Pero fue leído no para que el hombre lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo, descubra lo que le impide la comprensión, lo remueva y suspire por la percepción de la Palabra inconmutable, una vez que él haya cambiado de peor a mejor. La Palabra no obtiene provecho ni crece cuando la conocen; sea que tú te quedes, te marches o vuelvas, ella permanece íntegra en sí, aunque renueva todas las cosas. Es, pues, la forma de todas la cosas, forma no hecha, sin tiempo ni lugar, como dijimos. Todo lo contenido en un lugar está circunscrito. La forma se circunscribe por sus límites, tiene un punto de partida y otro de llegada. Además, lo contenido en un lugar tiene cierto volumen y ocupa un espacio y es menor en la parte que en el todo. Haga Dios que lo entendáis.

Por los que tenemos ante los ojos, que vemos, tocamos, y entre los cuales andamos, podemos deducir que todo cuerpo que se halla en un lugar tiene una forma. Lo que ocupa un lugar es menor en la parte que en el todo. El brazo, por ejemplo, es una parte del cuerpo humano y, ciertamente es menor que el cuerpo entero. Y cuanto más pequeño sea el brazo, menor es el lugar que ocupa... Del mismo modo, en todo lo que ocupa un lugar, la parte es menor que el todo. No nos imaginemos, no pensemos de la Palabra nada parecido. No nos figuremos las cosas espirituales al talle de la carne. Aquella Palabra, Dios, no es menor en la parte que en el todo.

 

Pero no puedes concebir una cosa tal. Vale más la ignorancia piadosa que la ciencia presuntuosa. Estamos hablando de Dios. Se dijo: La Palabra era Dios (Jn 1,1) Hablamos de Dios: ¿qué tiene de extraño el que no lo comprendas? Si lo comprendes, no es Dios. Hagamos piadosa confesión de ignorancia, más que temeraria confesión de ciencia. Tocar a Dios con la mente, aunque sea un poquito, es una gran dicha; comprenderlo, es absolutamente imposible...

¿Qué se puede decir de la Palabra, hermanos? Si los cuerpos que tenemos ante los ojos no pueden abrazarse con la mirada, ¿qué ojo del corazón puede comprender a Dios? Basta con que le toque, si está purificado. Si le toca, lo hace con cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo comprende. Y aún aquello, a condición de estar purificado. El hombre se hace bienaventurado tocando con el corazón lo que permanece siempre bienaventurado. En eso consiste la felicidad perpetua y la vida perpetua, de donde se deriva al hombre la vida; la sabiduría perfecta, de donde le viene al hombre el ser sabio; la luz sempiterna de donde la viene su luz al hombre. Ve ahora cómo tocándole te haces lo que no eras, sin convertir en lo que no era a lo que has tocado. Esto es lo que afirmo: Dios no es más por ser conocido, pero el conocedor sí es más conociendo a Dios. No pensemos, hermanos, que prestamos un beneficio a Dios, por haber dicho que en cierto modo damos un precio por él. Nada le damos que le haga aumentar, puesto que aunque tú caigas, aunque vuelvas, él permanece íntegro, dispuesto a dejarse ver para hacer felices a los que retornan y cegar a los alejados. La primera represalia divina con el alma que se aleja de Dios es cegarla. Quien ciega los ojos a la luz verdadera, es decir, a Dios, queda sin más a oscuras. Aunque no experimente el castigo, ya lo tiene sobre sí”. (San Agustín. Sermón 117,1-5).

Hoy es un día para felicitarnos. ¡Dios ha cumplido lo prometido! Ha nacido del seno virginal de María, aquella que quedando para siempre virgen, se convierte en Madre de Dios y Madre nuestra. ¡Qué gran Misterio! ¡Qué gran Sacramento! ¡Dios en un pesebre, Dios humillado! ¡Cuánto! ¡Pero cuánto nos ama Dios para que nos entregue, así y de estas formas tan sorprendentes, a su único Hijo!

Que al contemplar al Dios Niño nuestras conciencias se vean interpeladas: el que es Todopoderoso, entra al mundo por la puerta de la humildad. El que lo tiene todo, aparece ante nosotros desnudo. El que, en el cielo habitaba entre ángeles y triunfo, nace en el mundo en medio de la soledad, la indiferencia o la frialdad. ¿Por qué nosotros –siendo menos que Dios- optamos por escoger las puertas grandes, la opulencia o el afán de notoriedad?.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

sábado, 31 de diciembre de 2022

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2023

 

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2023

La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma.

La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.

Pablo VI instauró también para hoy la jornada de la Paz; esto ha marcado la elección de la primera lectura y es bueno que se haga alusión al tema en el acto penitencial, las plegarias y el gesto de la paz. Se ha de tener todo en cuenta, y colocarlo en su debido momento; no es posible hablar de todo en profundidad pero tampoco pasar por alto ninguno de estos aspectos. La dominante es, sin duda, la fiesta de Santa María.

La definición de María como Theotokos (madre de Dios) en el concilio de Efeso (433) es como una conclusión casi natural de los concilios de Nicea (325) y I de Constantinopla (381). El tema crucial de discusión en estos tiempos era la consideración de Cristo como hombre y Dios y el conflicto que existía en afirmar, en los términos de la época, la relación existente entre persona y naturaleza.

Nicea y I Constantinopla se esfuerzan en afirmar la naturaleza de Cristo como idéntica a la del Padre (homousios), consustancial al Padre; el hombre Jesús, es también Dios. Y será Efeso el que afirme ya explícitamente que, al considerar la unidad inseparable de las dos naturalezas (divina y humana) en el Verbo, puede considerarse entonces a María como verdadera Madre de Dios.

La reflexión es una conclusión de una discusión antropológica y cristológica, que luego terminó derivando en un dogma mariano. Pero no por eso podemos dejar de considerar que en verdad María ha engendrado, misteriosamente, al Verbo hecho hombre, del cual afirmamos que es Uno con el Padre y el Espíritu.

Del Concilio de Efeso debemos rescatar su esfuerzo por definir el misterio de la unidad entre las dos naturalezas, lo cual nos ayudará a pensar en Cristo verdaderamente hombre, comprometido a tal punto con la humanidad, que asume totalmente la condición humana desde su nacimiento.

El Verbo, por lo tanto, no es "aparentemente hombre". Jesús no se "vistió" de carne humana. Desde el misterio de la encarnación Dios es hombre... y la naturaleza humana ve en Cristo el proyecto de Dios hacia toda la humanidad. Cristo es, entonces, el modelo humano hacia el cual tendemos y el cual anhelamos.

En este sentido María se convierte en la madre del Verbo Encarnado, y en cuanto en él coexisten ambas naturalezas en la misma Persona Divina, ella es entonces verdaderamente Madre de Dios.

Obviamente, no se trata de afirmar la maternidad de María respecto de la divinidad en cuanto tal, sino su maternidad en respecto al Verbo Encarnado, histórico, revelador, mediador y liberador.

¿Podemos aclarar o explicar este Misterio? Si lo hiciéramos o pretendiéramos hacerlo, ya no sería tal.

Por lo tanto, solo nos queda sentirnos unidos a la tradición creyente que en su misma oración de los pobres repite "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...". Y esto no es poco, porque la fe cristiana no puede basarse ni apoyarse únicamente en la racionalización de los enunciados; es también un creer histórico y una unidad en la fe de un pueblo que en la historia manifiesta lo que cree.

 

 

La primera lectura tomada del libro de los números (Nm 6,22-27): En medio de una serie de instrucciones para los sacerdo­tes, el libro de los Números, que sitúa a los israelitas al pie del monte Sinaí, aún reciente la experiencia de la Alianza, indica cómo deberá ser bendecido el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.» La paz, el resumen de todos los bienes que puede desear un hombre, el conjunto de todos los beneficios que puede el hombre recibir de Dios, la meta última de todo lo que Dios está haciendo por su pueblo: un hombre en paz consigo mismo y con sus semejantes; un pueblo en el que reina la paz entre sus miembros y que vive en paz con sus vecinos.

Esta formula de bendición que Moisés, en el texto, dicta a Aarón debe ser considerada como lo que es, una fórmula litúrgica. Esa es la razón por la que Yahvé se la inspira a Moisés y éste a Aarón, para darle toda la relevancia y solemnidad necesarias. Sabemos que en ella podemos rastrear expresiones de otros textos bíblicos, de salmos especialmente (cf 121,7-8; 4,7; 31,17; 122,6). Tres veces se repite el nombre de Dios, de Yahvé. Y se pide la bendición que guarde al pueblo, que ilumine con su rostro. Hay toda una teología bíblica del “rostro de Dios” que ha influido mucho en la espiritualidad y en la verdadera actitud cristiana del seguimiento. Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en la fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. La paz que era lo que el pueblo podía desear más que otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo.

El pueblo de Israel tendrá que completar un largo proceso que empezó con la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud, llegar a la tierra que Dios le va a entregar, organizar una sociedad en la que nadie sea esclavo de nadie y establecer unas relaciones de amistad con sus vecinos.

La paz es, por tanto, la meta; pero en nombre de la paz no se puede eludir el proceso: para llegar a la meta no hay más remedio que recorrer todo el camino. El fin último no es la liberación, sino la paz, pero la paz es incompatible con la opresión y la injusticia.

 

El responsorial es el salmo 66 (Sal 66,2-3.5.6.8) Salmo -de tres estrofas con estribillo intercalado- parece un comentario poético a la bendición sacerdotal de Núm 6,24-27: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia; que vuelva a ti su rostro y te dé la paz» [es la bendición de Aarón).

Es una acción de gracias por la cosecha que ha sido abundante y, al mismo tiempo, una plegaria pidiendo a Dios que continúe mostrando su bondad por medio de nuevos beneficios: La tierra ha dado su fruto, que el Señor nos bendiga. Además, este salmo -cosa no frecuente- tiene una fuerte resonancia universal. El salmista, tanto cuando se refiere a la alabanza divina como a los beneficios de Dios, no piensa únicamente en su pueblo, sino también en las otras naciones: Que todos los pueblos te alaben, que todos los pueblos conozcan tu salvación.

El salmista inicia su poema comentando la bendición sacerdotal de Núm. 6,24-27, dando una proyección universalista. La benevolencia divina se manifiesta en el resplandor de la faz de Yahvé sobre los suyos; se dice de Dios que «aparta su faz» cuando priva a alguno de su protección; y, al contrario, cuando dispensa a alguno su ayuda y protección se dice que su faz brilla sobre él. El salmista aquí considera al pueblo elegido como vehículo para dar a conocer los caminos o modos de proceder de Dios para con los pueblos. La protección dispensada a Israel será como una lámpara que atraerá la atención de todas las gentes hacia Dios. La glorificación del pueblo elegido será una prueba de que Dios protege a los que le son fieles, y en ese sentido es un reclamo para dar a conocer sus caminos.

(vv. 2-3). Se pide la bendición. Iluminar o hacer brillar el rostro es mostrarse afable, benévolo. El rostro como expresión auténtica de la persona.

El camino es la conducta de Dios, su modo regular de obrar; es, sencillamente, la salvación. Este camino se hace patente en la bendición para todos los que quieren mirar y aceptar.

 (vv. 5-6). La segunda estrofa amplifica el tema del himno, insistiendo en el horizonte universal del gobierno divino y de la alabanza humana. Todas las gentes deben sentirse felices y exultantes, porque es el propio Dios quien lleva las riendas del gobierno en el mundo, y, en consecuencia, sus decisiones tienen que llevar el sello de la equidad y de la justicia. Ello debe dar seguridad a sus fieles que se conforman a las exigencias de su Ley. Esto que se manifiesta en la historia de Israel, debe ser reconocido por todas las naciones, vinculadas al pueblo elegido en virtud de la bendición de Dios a Abraham sobre todas las gentes (Gn 12,2). Por eso se invita a todos los pueblos a unirse en alabanza del Dios omnipotente y justo, que gobierna el mundo conforme a sus designios salvadores. Así, la reacción de las naciones, dispuestas a celebrar la guía del Dios universal y su gobierno justo, ocupa el centro de la segunda parte del Salmo (vv. 5-6).

 (vv. 7-8). La benevolencia divina se ha manifestado concretamente en la abundancia de los frutos de la tierra. El salmista, agradecido por los beneficios recibidos, vuelve a implorar la bendición divina para su pueblo. Todos los habitantes de la tierra, desde sus más remotos confines, deben reconocer reverencialmente este poder superior de Dios, que gobierna el mundo con equidad (v. 8). 

 

La segunda lectura de la carta a los gálatas  (Ga 4,4-7) es, históricamente, el primero que hace mención de María y se encuentra en su carta a los Gálatas escrita, probablemente, en Éfeso en el año 54, durante el tercer viaje de su misión apostólica. Pablo dirige esta carta a una región, a un conjunto de iglesias, ubicadas en Galacia, lo que es hoy Turquía, fundado por el un grupo étnico llamado los Celtas, los Galos, quienes tenían fama de ser volubles y cambiantes, en específico a las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, y Derbe, mismas que fundó en su primer viaje misionero.

Falsos maestros judaizantes estaban pervirtiendo el Evangelio de la gracia, engañando a unos Gálatas volubles e inestables, poniendo no peligro no solo la fe de los Gálatas, sino que el corazón mismo del Evangelio es “la justificación por la fe”, “la salvación por fe, y no por obras”. Y estos judaizantes estaban enseñando que para ser salvo, la fe en Cristo no era suficiente, sino que además necesitabas cumplir la ley.

Los Gálatas estaban cayendo en el error del legalismo, de la religiosidad, del ritualismo, estaban comprando la idea que regresar a la ley era señal de madurez, de espiritualidad superior, creí por fe, Dios me encontró cuando yo no le buscaba, pero, ahora, ya he crecido, he madurado, de tal manera que ya puedo por mí mismo a través de rituales y la ley sostenerme delante de Dios, le puedo demostrar a Dios que ya no me tiene que ayudar tanto porque ahora ya crecí y me las puedo arreglar solo, pretendiendo justificarse delante de Dios cumpliendo la ley

San Pablo intenta mostrarles cómo es todo lo contrario, regresar a la ley no es avanzar, sino retroceder, abandonar la gracia y regresar una vez más a la ley o al legalismo, a las obras, no es ganar mayor espiritualidad, sino regresar a la esclavitud de las obras, al vernos incapaces de alcanzar el estándar de perfección que Dios demanda.

San Pablo está respondiendo a la pregunta, ¿qué es lo que salva a una persona? ¿Cómo una persona puede estar en una relación correcta con Dios? A la cual Pablo tiene una sola respuesta: Es por fe. El único camino a la salvación que ofrece la Biblia, la Palabra de Dios, es la fe.

Nos recuerda cómo venimos a Cristo por su pura gracia, Cristo nos salvó no por nuestras obras, no cuando lo estábamos buscando, sino, que fue por su pura misericordia que nos alcanzó, a nosotros solo nos tocó oír con fe, creer en su testimonio.

 San Pablo explica como hay una promesa y un pacto con Abraham, y un pacto con Moisés, cómo son dos pactos diferentes, con diferentes términos y características, los cuales no se contraponen, sino que más bien se complementan. Como las promesas de Dios a Abraham son irrevocables e incondicionales, y fueron cumplidas en Cristo.

La ley de Moisés que vino siglos después de la ley, no fue traída para reemplazar la promesa a Abraham, sino con funciones específicas y con una duración temporal, hasta que llegara Cristo, su función era revelar el pecado y mostrarnos la necesidad de un salvador, fue cuidarnos hasta que llegar la promesa, la cual era Cristo, y una vez llegado Cristo,  nosotros llegar a Cristo, la ley no sería necesaria.

Fijémonos en las referencias que se hacen a María en el texto.  María no es nombrada por su nombre propio, pero la mujer en cuestión, no puede ser otra que ella. San Pablo hace de esta mujer la garantía más cierta y más segura sobre la humanidad del Señor. María aquí es insoslayable en cuanto a la encarnación del Hijo. Esta encarnación es la que, precisamente, nos trae la salvación, y que, de hecho, nos eleva a la dignidad de hijos. El gran valor de este texto es que se escribió en estilo y forma “paralelística”. El paralelismo es un procedimiento literario que toma la forma de U y mantiene dos partes simétricas en ambas ramas que, recíprocamente, se aclaran. Lo más simple es reproducir Gálatas 4, 4-7 en la forma paralelística. Se ve claramente que las diversas partes de cada rama están entrelazadas entre sí y así lo confirma el texto: cuando nace Jesús de una mujer, es cuando nosotros nacemos como hijos de Dios. El vínculo es el de causa, el nacimiento de Jesús, a efecto, nuestro nacimiento como hijos de Dios. Cuando María es escogida para ser Madre de Dios, también nosotros somos escogidos entonces para ser hijos de Dios y poseer el mismo Espíritu de Jesús y como Él, ser capaces de poder llamar a Dios: “¡Abba, Padre!”.

También este paralelismo tiene dos partes: la primera es descendente y comprende a todos cuantos intervienen en la salvación: Dios, el Padre, el Hijo, y la mujer que lo recibe. La segunda parte, o rama, es ascendente y la forman los salvados que estaban todos bajo la ley y que reciben el Espíritu Santo: Nosotros “para que se nos conceda la adopción filial”. Vosotros: “prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha puesto en vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “Abba Padre”. A ti: “ya no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de Dios”. Toda esta gran hazaña de la salvación ha sido posible porque el Hijo, en la plenitud de los tiempos, nació de una mujer y esta mujer es María. Los lazos con que Jesús nos salva, son tan fuertes, que con razón, podemos proclamar que formamos con Él una sola familia: “tenemos un mismo Padre, estamos habitados por el mismo Espíritu que el Hijo; somos llamados hijos y tenemos a Jesús por hermano y a María por madre”.

Y prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «Abba! ¡Padre!»”. La adopción filial constituye el motivo por el que Dios nos comunicó el Espíritu de su Hijo. El final de los tiempos no sólo trajo consigo la misión del Hijo al mundo; a aquellos que son hijos de Dios por la fe les trajo también el bien prometido: han recibido el don escatológico del Espíritu.

Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones. No sólo, pues, hemos sido colocados en la situación privilegiada de hijos de Dios, sino que en lo más íntimo de nuestro ser, en nuestro corazón, estamos poseídos por el Espíritu de Jesucristo. Y su Espíritu es «Espíritu de filiación» (Rom 8,14ss); él es quien nos da la actitud que conviene al hijo frente al padre: la obediencia llena de fe. Este Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad (Rom 8,26). Transforma nuestro interior, da al hombre un corazón nuevo y un nuevo espíritu.

“Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

El clamor del Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones hace patente que ya no somos esclavos, sino hijos, pues el Espíritu testifica «que somos hijos de Dios» (Rom 8,16). Pablo usa la segunda persona del singular para que todos, individualmente, caigamos en la cuenta. En la filiación de cada individuo ha alcanzado la misión de Dios su objetivo último. Gracias a la misión de Cristo todos estamos capacitados fundamentalmente para pasar a ocupar el lugar de hijos de Dios (4,4s). Por la infusión del Espíritu de Cristo en los corazones de los fieles, los «bautizados en Cristo», los verdaderos hijos de Dios (cf. 3,26-28), cada individuo en concreto llega a adquirir conciencia de su filiación divina. Ahora su tarea consiste en vivir lo que es, en mostrarse, a lo largo de su vida, como hijo de Dios: «los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14). El niño se abandona con fe a la guía del padre, le mira con espíritu de filiación, no con miedo servil. Quien es hijo es también heredero. Quien por Cristo y por su Espíritu ha llegado a ser hijo de Dios es también heredero de la promesa. Ya no es esclavo, sino hijo que tiene derecho a la herencia. Ya no es un menor de edad sometido a un tutor, porque el tiempo se ha cumplido y la herencia está en su mano.

Es sólo Dios, su inclinación graciosa, quien nos da la herencia, no el obrar humano realizado como prestación. «En Cristo» tenemos asegurada la herencia. «Siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados» (Rm 8,17). Al final de los tiempos, Dios revelará la gloria de su Hijo ante todo el mundo.

 

El evangelio de San Lucas (Lc 2,16-21) hoy se nos propone la continuación del relato del nacimiento de Jesús, que se leyó la noche de Navidad, que se compone de tres partes (1ª vv.1-6; 2ª vv. 7-14; 3ª vv. 15-21). Nos permitimos señalar que esta tercera parte del relato de Lucas tiene un cierto sentido por sí mismo, en cuanto muestra la respuesta humana al momento anterior que es todo él mítico, revelador, divino, angelical y extraordinario. Los pastores ¿qué harán? ¿buscarán al Salvador? ¿dónde? ¿es suficiente el signo que se les ha dado? ¡Desde luego que si!, lo buscarán y lo encontrarán. Pero lo buscarán y lo encontrarán con el instinto de los sencillos, de los que no se obsesionan con grandezas; diríamos que lo encontrarán, más bien, por instinto profético. El narrador no deja lugar a dudas, porque quiere precisamente mostrar la respuesta humana al anuncio celeste. Los pastores se dicen entre ellos algo muy importante: «lo que nos ha revelado el Señor”. Y se van derechos a Belén ¿a Belén? ¿era esa acaso la ciudad de David? Sí; lo fue, pero ya no lo era de hecho, porque Jerusalén había ganado la partida. Pero como por medio está el anuncio del Señor, recuperan el sentido genuino de las cosas. Y van a Belén, de donde procedía David, para “ver” al Mesías verdadero. Es verdad, todo es demasiado ajustado al proyecto teológico de Lucas, que quiere poner de manifiesto el designio salvador de Dios.


El texto nos habla de la vida de María y su fe -su adhesión al plan de Dios encarnado en Jesús- se acercan más a la de los cristianos de a pie que se debaten entre dudas y preguntas, entre incertidumbres y contradicciones.

En los dos primeros capítulos de su Evangelio, Lucas lo pone de relieve: Los pastores , acogiendo en su corazón la palabra del ángel, «fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño.

Todos los que lo oyeron se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándola en su interior» (Lc 2,l6ss). No basta oír, hay que meditar. Las decisiones personales salen de dentro del corazón. Además, cuando el corazón deja de escucharse siempre a sí mismo y sale de sí mismo, se da cuenta de cuántos problemas hay a su alrededor y halla fuerzas para encontrarse con la novedad del amor de Dios manifestado en Jesús que se nos entrega, portador de la vida y de la paz.

La noticia de un Mesías, niño, acostado en el pesebre, coge de sorpresa a todos. Aquello no entraba en el programa de la teología de entonces. ¡El Mesías, el Salvador, el heredero del trono de David su padre, acostado en un pesebre! ¡El hijo del Altísimo sumergido en la debilidad humana: un tierno niño, compartiendo ya desde el principio la condición de los humil­des y pobres de la tierra!.

Al imponerle al Niño el Nombre, en la circuncisión, José ejerció el derecho y el deber del padre. "Tú le pondrás por nombre Jesús" (Mt 1,22). Así se lo había mandado el ángel. En el lenguaje de la Biblia dar el nombre significa tomar posesión de lo que se nombra: "Dios llama por su nombre a las estrellas; Jesús llama a Simón, hijo de Juan, "Cefas". José así, se hace responsable del Niño, Jesús, en su misión mesiánica de Salvador. "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción" Lucas 2,21.

Jesús significa Dios que salva de todo mal. A todos los hombres, de todos los males, que en el fondo, son privación de la plenitud de la vida verdadera, corporal, espiritual, psicológica, moral. Nos libra del error y la ignorancia, nos fortalece en las tristezas, nos conforta en el dolor. Y nos sigue librando hoy y ahora, en la Eucaristía, donde "tiene piedad y nos bendice, e ilumina su rostro sobre nosotros" (Salmo 66).

Después de la lectura, toma unos momentos para reflexionar en silencio acerca de una o más de las siguientes preguntas:

• ¿Cuál palabra o palabras en este pasaje captaron tu

atención?

• ¿Qué parte en este pasaje te consoló?

• ¿Qué parte en este pasaje te desafió?

¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida me pide el Señor?

Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. ¿En qué momentos he visto a Dios obrar en mi vida? ¿Cómo puedo compartir el mensaje de fe en Jesucristo a través de mis palabras y acciones?

Cuantos los oían quedaban maravillados. ¿En qué momentos me he maravillado de Dios actuando en mi vida? ¿Cómo puedo estar más atento al amor y la misericordia de Dios que obran en mi vida?

María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. ¿En qué momentos  experimento desafíos en mantener mis compromisos de fe? ¿Cómo puedo hacer tiempo para el silencio, la oración y la reflexión en mi horario diario?

 

Para nuestra vida.

 

Hoy es un día de bendiciones: comienzo del año civil en la mayor parte de los países del mundo, el penúltimo año de este segundo milenio, desde que la humanidad cuenta el tiempo a partir del nacimiento de Jesús. Comenzamos bendiciéndonos, invocando sobre el mundo y sobre nosotros mismos la misericordia de Dios encarnada en Jesús, el hijo de María cuya maternidad divina hoy celebramos; invocando al "príncipe de Paz" (Is 9, 5).

 

La primera lectura es el pasaje conocido como la "bendición araonítica", contenida en el libro de los Números en medio de prescripciones rituales para los sacerdotes del AT. Así debía ser bendecido el pueblo por sus sacerdotes, invocando sobre él la presencia protectora, luminosa, favorable y pacificadora de Dios. No es un simple deseo de buena voluntad; es la confianza en el poder de la Palabra de Dios confiada a sus intermediarios, los sacerdotes, servidores del pueblo.

El texto que se ha escogido del libro de los Números, está orientado, hoy especialmente, por  la bendición que se pide a Dios. Esa bendición es la paz. En las lenguas semitas, con la raíz shlm —de donde deriva shalom-paz— se indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo. Con la palabra paz se indica “lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado”. La paz, así entendida, designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano. En los textos, sin embargo, no aparece siempre con este significado tan denso. De ahí viene la palabra griega eirênê. Desde luego, desde el punto de vista bíblico, la paz, e incluso la “pax” como término latino, no es solamente el orden establecido. Es un don mesiánico, implica necesariamente ausencia de guerra. Pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad.

 

El salmo responsorial prolonga el tema de la bendición de la primera lectura con un acento universalista que cae muy bien en este día, primero del año, en el que percibimos fuertemente la fraternidad universal, sobre todo si pensamos en la Jornada Mundial por la Paz que la Iglesia viene celebrando cada 1º de Enero desde hace varios años. ¿Qué mejor bendición para la humanidad, para todos los pueblos, para cada uno de nosotros, que la instauración de un orden mundial justo y pacífico?

 Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer

En estas palabras evoca Pablo, de manera concentrada como es usual en sus escritos, no solamente la madurez a que ha llegado la historia de la humanidad, hasta el punto de hacerse Dios presente en ella a través de su Hijo, sino la plena humanidad de Jesús, hijo de María -una mujer-, cuya maternidad divina hoy celebramos, y sometido a la ley de su pueblo para liberarnos del yugo de toda ley inhumana. La plenitud de los tiempos no es un momento de madurez de la humanidad. La plenitud es obra de Dios.

Después del Concilio de Éfeso (431) santa María es invocada con el título de Madre de Dios tanto en Oriente como en Occidente. La liturgia romana le dedicó la fiesta más antigua de María en la octava de Navidad. La historia olvidó esta fiesta y Pablo VI la recuperó "para recordar el papel que María tuvo en este misterio de salvación y alabar la dignidad singular de que goza 'aquella por cuya maternidad virginal ... hemos recibido ... a Jesucristo, el autor de la vida' (colecta)" (Marialis Cultus, 1974). María siempre presente a lo largo de todo el Adviento y las fiestas de Navidad. La celebramos hoy en el núcleo central de su misterio: Madre de Dios (Theotokos), cf. Lumen Gentium 53. La Iglesia siempre ha visto una unidad llena de delicadeza entre la maternidad divina de María y su santidad única (Verbum Dei corde et corpore suscepit).

 La imagen de la Virgen María sosteniendo a su Hijo Jesús en sus brazos, repetida de tantas formas en nuestra tradición iconográfica y en la de los pueblos cristianos, expresa ya todo el misterio que celebramos hoy. María concibió a Jesús y le amó como nadie le ha amado. Ese amor no consistió en un simple sentimiento sino que la hizo generosa, activa y fiel al servicio de Jesús y siempre a su lado incluso en los momentos más difíciles. Y a la vez, su amor fue Don del Espíritu que la hizo santa e inmaculada. La comunión íntima de María con Jesús tiene un momento último: ella nos lo ofrece a todos nosotros, y así es como se manifiesta Madre de la Iglesia.

La Palabra, nacida en Israel, ha llegado a su plenitud en Jesús, y ha roto todos los moldes. Se ha anunciado al mundo entero, a judíos y gentiles, libres y esclavos, y nos ha mostrado quiénes somos: no simples cumplidores de la Ley, sino hijos y herederos.

Pablo mira desde atrás, con la vista puesta en el único autor del futuro del hombre: Dios. “Sólo con ojos de redimido puede llamar plenitud de los tiempos” al momento de la Encarnación. El proyecto de Dios tiene un objetivo primordial: la liberación del hombre. Dios, fiel a sí mismo, hace al hombre libre. La primera es su Madre Santísima, primera entre los salvados y única en la obra de Dios.

Es la síntesis y la esencia del mensaje de la Navidad.

En el texto San Pablo  nos recuerda como la promesa de Dios fue dada para darnos libertad plena a diferencia de la ley, la cual nos encierra, nos cuida con un látigo, nos esclaviza, nos cierra la puerta, dejándonos fuera, no así la fe, la cual nos hace a todos Hijos de Dios por igual, nos reviste de Cristo, dándonos libertad plena de la condenación de la ley, librándonos del elitismo y dándonos el mismo nivel de acceso a Dios, a su gracia y bendición a convirtiéndonos por la fe en hijos legítimos de Abraham.

  En el texto vemos este problema desde una perspectiva diferente, ahora Pablo enfoca el tema en aquel que vive su cristianismo de acuerdo a la promesa y aquel que lo vive de acuerdo a la ley, y cómo esto afecta directamente a su relación con Dios, cómo aquel que vive bajo la ley y aquel que vive bajo la gracia, tiene o la relación de de un esclavo o la de un hijo respectivamente, cómo los que pretenden relacionarse con Dios a través de reglas y legalismo están en una situación aún peor que la de un esclavo.

La libertad de los cristianos no tiene un fundamento simplemente jurídico; se afianza en el hecho de que somos hijos y, por lo tanto, herederos, porque así lo ha querido Dios. Y éstas, nuestra filiación divina y nuestra libertad de hijos y herederos, se fundan en el haber enviado Dios a su hijo Jesucristo "cuando se cumplió el tiempo... nacido de una mujer, nacido bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley".

Cuando Pablo recuerda esta nueva forma de existir, hace al mismo tiempo una llamada apremiante a todos los lectores para que pongan en práctica, en obediencia de fe, esta actitud filial.

El Espíritu clama al Padre: Abba!, ¡Padre! Se ha apoderado de nosotros con tanta fuerza que ya no es nuestro yo quien ora al Padre, sino el Espíritu del Hijo de Dios. Más tarde, Pablo dirá que nosotros clamamos «en» ese Espíritu: «Abba!, ¡Padre!» Es la fuerza creadora divina la que nos hace capaces de orar filialmente. Pablo no renuncia a la forma aramea del nombre de padre, tal como la usó Jesús dirigiéndose a su Padre (Mc 14,36). Es una fórmula íntima que corresponde más o menos a nuestro «papá». Así se dirigían los hijos a sus padres. Ningún judío se hubiera atrevido a dirigirse así a Dios. Sólo Cristo, como Hijo de Dios, pudo atreverse a dirigirse a Dios sin rodeos, como padre. Al hacerlo, no olvida que Dios es nuestro padre en los cielos (Mt 6,9). ¡Gran misterio de salvación, celebrado en esta Navidad!.

 

El primer Evangelio del año evoca la figura de los pastores que van a adorar a Jesús recién nacido. No son las figuras simpáticas y acarameladas de nuestros pesebres y avisos publicitarios. Son hombres rudos, con fama de ladrones, de sucios. Considerados "impuros" entre los judíos del tiempo de Jesús, y peligrosos entre los demás habitantes del imperio romano. A ellos, en representación de todos los excluidos de la tierra, les fué comunicada la buena noticia del nacimiento de Jesús, "un salvador, el mesías, el Señor", como leímos en días pasados. Ahora escuchamos que ellos van corriendo a contemplarlo, que cuentan la revelación de que fueron testigos, que se vuelven a su lugar glorificando y alabando a Dios.

El texto concluye con tres afirmaciones importantes:

1) Cuando nace el Hijo de Dios, hablan los ángeles, los pastores, los reyes venidos de Oriente. Hablarán Simeón y Ana en el templo. Sólo María calla, absorta en el misterio. Sólo la Madre guarda silencio.«María -comenta Lucas- conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior.» Difícil de digerir la escena; por eso María tendría necesidad de meditar en su interior estos acontecimientos, que rompían los esquemas que se ha­bían trazado sobre el mesías venidero.

Sólo María calla. Dios habló a Abraham y a Moisés y envió a los Profetas para que hablaran a nuestros padres. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo (Hb 1,1).

2) Que el niño fue circuncidado al octavo día de su nacimiento, es decir, que se cumplió en él lo que prescribía la ley judía, para que algún día nosotros pudiéramos liberarnos de ritualismos inútiles. Él se sometió a la Ley "para rescatar a los que estaban bajo la Ley", como dice San Pablo en la segunda lectura.

3) Que le pusieron, ese mismo día de su circuncisión, como acostumbraban los judíos, el nombre de Jesús, que el ángel había anunciado que llevaría. Un nombre que significa nada menos que: "Dios es salvador"; todo un programa de vida para el niño, y para nosotros sus discípulas y discípulos en este año que hoy comenzamos.

Contemplar a los pastores entrando en la cueva quienes sorprendidos, ven la pobreza en la que el Hijo de Dios se ha dignado nacer. Un niño débil, dormido, tierno, que tal vez tiembla un poco por el frío, con las manitas juntas y apretadas sobre el pecho, era el Dios de Israel, el salvador de la humanidad. Contemplar a ese Niñito que baja del cielo por amor a mí, para hacerse cercano, para dejarse alzar, tocar, alimentar.

María conservaba todo esto en su corazón: la llegada de los pastores, los regalos que le traían al niño, los sucesos desde la partida de Nazaret, la anunciación del ángel, el nacimiento en un pesebre… Recordaría al pastorcillo, que temeroso, se acercó a pedirle le dejara alzar en sus brazos al Niño Dios; las lágrimas de emoción que tal vez corrieron por la mejilla de alguna mujer al contemplar milagro tan sublime, el esfuerzo de José por darle lo mejor que podía a ella y al recién nacido, las narraciones de los pastores que vieron a los ángeles… Todo lo conservaba en su corazón, porque en ello sabía ver la mano de Dios que desde ya actuaba en su vida y en la de los demás.

Contemplar a María y a José… Mirar a José, que después de haber pensado en abandonar a María, ahora tiene en sus brazos al mismo Dios. ¡Con cuánta ternura le habrá dado el primer beso de un padre terrenal al Hijo del Altísimo! La barba molestaría al niño, que rascaría su cara para alejar aquello que le incomodaba.

¿Cómo serían las primeras horas de María con el Niño? No dejaría de observarlo. Seguir contemplando aquella realidad del Dios hecho carne por amor a mí.

Así comentan algunos Santos Padres este texto.

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

«María, Madre de Dios, Madre del Príncipe de la Paz» (Is 11,5).

 “La fiesta de Navidad renueva en nosotros los primeros instantes de Jesús, nacido de la Virgen María. Y nosotros, al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, celebramos nuestro propio origen. En efecto, el pueblo cristiano comienza en el momento de venir Cristo al mundo: el aniversario de la cabeza es el aniversario del cuerpo.

Ahora bien, entre los tesoros de la generosidad divina ¿podemos encontrar algo más de acorde con la dignidad de la fiesta de Navidad que la paz proclamada por el canto de los ángeles en el nacimiento del Señor? (Lc 2,41). Porque es la paz la que engendra hijos de Dios, la que favorece el amor, la que hace nacer la amistad, la que es el descanso de los bienaventurados, la morada de la eternidad. Su obra propia, su particular beneficio es unir a Dios los que ella separa del mundo… Puesto que, los que «no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano» sino que «nacen de Dios» (Jn 1,13) deben ofrecer al Padre la voluntad unánime de hijos constructores de paz.

Todos los que, por adopción han llegado a ser miembros de Cristo, deben acudir presurosamente y encontrarse junto al primogénito de la nueva creación, el que ha venido «no a hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que lo ha enviado (Jn 6,38). Los que la gracia del Padre adopta como herederos no están divididos o en contraste entre ellos sino que tienen los mismos sentimientos y el mismo amor. Los que son recreados según la Imagen única (cf Hb 1,3; Gn 1,27) deben tener un alma que les asemeje. El nacimiento del Señor Jesús, es el nacimiento de la paz. Tal como lo dice san Pablo: «Él es nuestra paz»” (Ef 2,14). (San León Magno. Sermón: Nos trae la paz. Sermón 6º para Navidad, 2,3, 5) .

San Efrén, diácono y doctor de la Iglesia

«Glorificaban y alababan a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20).

“Venid, sabios, admiremos a la Virgen Madre, la hija de David, esta flor de belleza que dio a luz la maravilla. Admiremos el manantial de donde brota la fuente, la nave toda cargada de gozo que nos trae el mensaje venido del Padre. En su pecho puro, recibió y llevó a este gran Dios que gobierna la creación, este Dios por el que la paz reina sobre tierra y en los cielos. Venid, admiremos a la Virgen toda pura, maravillosa toda ella. Escogida entre todas las criaturas, ella dio a luz sin haber conocido varón. Su alma Sólo entre las criaturas, parió sin haber conocido a hombre. Su alma estaba llena de admiración, y cada día ella glorificaba a Dios en la alegría por estos dones que parecían no poder unirse: su integridad virginal y su hijo muy amado. ¡Sí, bendito sea el que nació de ella!.

Lo lleva y canta sus alabanzas con dulce cánticos: » tu sitio, mi hijo, está por encima de todo; pero, porque lo quisiste, has sido hecho sitio en mí. ¡Los cielos son demasiado estrechos para tu majestad, y yo, la toda pequeña, te llevo! Que Viene Ezequiel, que te vea sobre mis rodillas; qué se prosterne y adore; qué reconozca en ti aquel que vio ocupar un escaño sobre el carro de los querubines (Ez 1) y el me llamará bienaventurada por su gracia…Isaías proclama: «He aquí a la Virgen que concebirá y dará a luz un hijo» (7,14), venid, contempladme, regocijaos conmigo…He aquí que he dado a luz, manteniendo intacto el sello de mi virginidad. Mirad al Emmanuel que, antaño, estaba escondido para ti… «Venid a mi, los sabios, cantores del Espíritu, profetas que en vuestras visiones habéis revelado las realidades ocultas, agricultores que, después de la siembra estáis distraídos en la esperanza. Levantaos, saltad de jubilo ha llegado el tiempo de la recolección de los frutos. He aquí en mis brazos la espiga de la vida que da el pan a los hambrientos, que sacia a los hambrientos. Alegraos conmigo: yo he recibido la gavilla del gozo»”. (San Efrén. Himno: Bendito el fruto de tu vientre. Himno 7 sobre la Virgen).

Digamos, finalmente, una palabra sobre la jornada mundial por la paz que hoy celebra la Iglesia. La paz es, por una parte, un don de Dios, de su Espíritu. Por eso hay que pedirla fervientemente en la oración: paz entre las grandes religiones de la tierra, entre las razas y las naciones, entre los hombres y las mujeres de todo el mundo, de todas las edades y de todas las lenguas. Paz entre los iglesias cristianas, para que lleguen a conformar algún día la gran Iglesia, la única Iglesia de Jesucristo, para que todos crean. Paz como fruto de la justicia, pues mientras permanezcan las desigualdades abismales entre los pocos ricos del mundo y los millones y millones de pobres, es muy difícil que haya paz. La paz es, por tanto, tarea nuestra: se funda en la justicia de nuestras relaciones, en el respeto por cada uno de los seres humanos, en la defensa de su dignidad y en la plena realización de sus derechos.

Un programa político, cultural, social, religioso, familiar.

"Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios!" dijo Jesús, nuestro Señor.

¿No es un programa para nosotros este año, seguir el ejemplo de los pastores? ¿No somos, como ellos, indignos de haber sido llamados a la fe en Jesús, pero agraciados porque Dios no ha tenido en cuenta nuestra indignidad?.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com