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domingo, 2 de agosto de 2020

Comentario a las lecturas del domingo XVIII del Tiempo Ordinario 2 de agosto de 2020

Comentario a las lecturas del domingo XVIII del Tiempo Ordinario  2 de agosto de 2020

La primera lectura del libro de Isaías (Is 55, 1-3). presenta  tema de la eficacia de la palabra divina, ilumina la lectura litúrgica de hoy.

Todo el poema intenta levantar los ánimos de los desterrados con la esperanza de la inminente vuelta del destierro. Ante la pertinaz incredulidad de su gente, el poeta se ve obligado a recurrir a la palabra de Dios (cap. 55): el Señor siempre cumple sus promesas (40. 8), su palabra se realiza (55. 4), nunca vuelve vacía (45. 23).

La imagen de los vv. 1-3 es sumamente sencilla. Un vendedor ambulante ofrece su mercancía, trigo, agua, vino y leche, a hombres hambrientos y sedientos (v. 1). Esos productos alimenticios no están reservados a ricos y poderosos sino a todo ser humano, ya que son absolutamente gratuitos; el único requisito exigido es tener ganas de comer y beber.

Y esta imagen tan sencilla está cargada de un profundo significado:

-El vendedor es el profeta que habla en nombre de Dios. El producto que ofrece es de tal calidad que no se le puede poner precio. Por eso es gratuito.

-Los hambrientos y sedientos son los exiliados, todos ellos privados del alimento primordial de la libertad. ¿Dónde encontrar ese alimento? Los exiliados andan un tanto despistados y tratan de comer y de beber algo que nunca puede calmar su hambre y su sed: "¿por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura?" (v. 2).

Resecos por la aridez del camino intentan buscar fuentes, pero no las encuentran... Sólo el Señor es el verdadero aljibe, sin agrietar, de aguas cristalinas (/Jr/02/13) que son capaces de empapar la tierra sedienta y hacerla germinar (55.10ss). Sólo Dios es el que puede derramar su agua sobre todo lo sediento y vivificarlo. Y el agua que da vida a lo reseco es símbolo del espíritu o aliento divino que reanima al pueblo deportado (cf. el paralelismo existente en 44. 3: "derramar agua sobre los sedientos"= "derramar mi aliento sobre tu estirpe").

El trigo evoca no un pan cualquiera sino el pan de la palabra divina: "...el hombre no vive sólo de pan sino de todo lo que sale de la boca de Dios" (Dt 8. 3; Mt 4. 4). Por haber despreciado tantas veces este pan de la palabra, Amós nos recriminará: "Mirad que llegan días... en que enviaré hambre al país: no hambre de pan, sino de oír la palabra del Señor" (8. 11).

-El vino y la leche, alimentos a los que se compara la palabra de Dios son enumerados con mucha frecuencia en la Biblia como bienes elementales e  insuperables.

-El profeta nos invita a participar en el banquete de esta palabra, fuente de vida, en acudir al Señor (cf. paralelismo entre "acudid por agua":v. 1 y "venid a mí": v. 3a). El bien que se ofrece es gratuito, la liberación del pueblo (52. 3). Si el ser humano se abre escuchando la palabra (v. 3A) obtendrá la vida

"Oíd, sedientos todos, acudid por agua...": Los invitados son todos, pero les falta una condición: deben tener sed de Dios. La invitación se dirige a los que se sienten pobres, a los que no buscan la salvación en los bienes materiales. Los tiempos mesiánicos de la salvación son presentados mediante imágenes del primer Éxodo: el agua que brota en el desierto, la tierra prometida que mana leche, el banquete pascual que inauguró la liberación de Egipto, el que selló la alianza en el monte Sinaí..., y el vino, signo de la abundancia del tiempo mesiánico en la predicación profética. Notemos que encontraremos el uso de estos temas en el NT.

-"Inclinad el oido, venid a mi: escuchadme y viviréis": El primer anuncio de la Jerusalén mesiánica termina con una invitación que recuerda el tono de la predicación del Deuteronomio. Israel debe escuchar a Dios, pues encontrará en su palabra la fuente de vida, los beneficios de la Alianza. Aquí el profeta toma como punto de referencia la alianza hecha con David. ¿Por qué? El hecho de que, precisamente, después del destierro no haya una continuidad dinástica de la monarquía davídica, y la expresión "sellaré con vosotros alianza perpetua", hacen pensar en una visión de la Alianza como don unilateral y gratuito de la salvación de parte de Dios.

 

El salmo responsorial es el salmo 144 (Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18)

El salmo 144 (145 en la numeración hebrea de nuestras Biblias) constituye una alabanza continua a Dios por sus obras. Dios es un rey eterno y universal que derrama su justicia y su bondad sobre todo ser viviente.

Con este salmo se concluye la última colección davídica de las que componen el salterio. Basta mirar nuestra Biblia para darse cuenta de que es el último salmo que tiene como título de David.1

Es un salmo alfabético, es decir, en su texto original hebreo cada versículo inicia por una letra del alfabeto, de modo ordenado. Sin embargo, falta en el texto masorético (el texto oficial hebreo) el versículo correspondiente a la letra nun. Por este motivo sólo tiene 21 versículos, en vez de los 22 que se esperarían en una composición alfabética.

El autor pasa constantemente de hablar sobre Dios a hablar directamente a Dios, de la contemplación de sus obras, nace espontáneamente la plegaria. También alterna entre la primera persona del singular y la tercera del plural: la implicación personal en la alabanza del autor del salmo afecta también a los oyentes y a todas las criaturas.

Otra característica literaria es el uso de sinónimos por parte del autor: grandeza, proezas, prodigios, hazañas, maravillas, favores... y también: ensalzar, bendecir, alabar, aclamar, proclamar...

Estructuralmente el salmo 144 mantiene la división tradicional en tres partes: introducción (v. 1-2), cuerpo del salmo (v. 3-20) dividido en dos secciones (v. 3-12 y 13-20) y conclusión (v. 21).

El texto litúrgico de hoy corresponde a parte del cuerpo del salmo. En la parte introductiva está expresada la intención del salmista de elevar hacia Dios su alabanza por la grandeza de su divinidad y la majestad de su realeza.

El cuerpo del salmo, en sus dos secciones, desarrolla los temas enunciados en la introducción: la divinidad y la realeza del Señor. La trascendencia divina del Señor se expresa en la avalancha de adjetivos y de substantivos que utiliza el autor. Esta redundancia quiere crear, en el lector, la sensación que Dios ultrapasa todo lo que el hombre diga por mucho que añada. La realeza se expresa en el interés del Señor por las criaturas y por la justicia con la que gobierna a los hombres. El versículo conclusivo recupera el motivo inicial de la alabanza, sea en boca del salmista, sea en boca de cualquier ser vivo. Una alabanza que perdura siempre.

Los primeros versículos alaban a Dios de un modo genérico, sin especificar su contenido; pero al llegar al v. 8 nos encontramos con una fórmula tradicional: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad». La formulación más solemne que hay en toda la Escritura es la revelación que Dios hace de sí mismo a Moisés en la cima del Sinaí: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7a). Esta convicción fundamental, que se repetirá con diversas variantes a lo largo del Antiguo Testamento, llegará a su cima en la primera carta de Juan: «Dios es amor» (lJn 4,8).

Un rasgo notable del salmo es su universalismo. Hemos ya notado que no hace distinciones entre los fieles al tributar la alabanza a Dios. Tampoco hace distinciones al comprender que Dios lo es de todo el mundo y de todos los vivientes. No hay discriminación de destinatarios de los favores divinos, porque ama de corazón todo lo que ha creado, hombres y criaturas, y por tanto, sacia de favores a todos los que en él esperan. La alabanza no se circunscribe a un pueblo, ni a una ciudad, ni a un lugar, el templo. El Dios universal merece una alabanza universal.

Los versículos 15-16 parecen inspirados en el salmo 103,27 que hemos comentado en otra ocasión y manifiestan la providencia diaria de Dios, imaginado como un campesino que cada día da de comer a sus animales. Da un carácter cercano y simpático a la realeza sublime de Dios, que poco antes había presentado el salmista.

Los versículos 17-18 por una parte reconocen lo  justo y bondadoso que es el  Señor en todos sus caminos y en todas sus acciones.
La sinceridad al invocar al Señor es garantia de la cercania  del Señor.

El salmo afirma que Dios se dedica a satisfacer la voluntad de sus fieles. En vez de señor y rey, Dios es el siervo de sus fieles. La persona queda magnificada en su relación con Dios clemente y misericordioso. Cuando el creyente se ha identificado con Dios ambas voluntades coinciden y podemos pedir a Dios que haga su voluntad o bien que realice lo que le expresamos en la plegaria.


La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 8, 35. 37-39).

En el primer versículo que leemos, Pablo, en forma de pregunta, deja claro que ninguna de las situaciones conflictivas que pasan tanto él como los creyentes no pueden apartarnos de Cristo, porque su amor es tan grande, que no permitirá que nada nos pueda vencer. "Aquel que nos ha amado", tanto puede ser Jesucristo como Dios. El caso es que "aquel" nos hace salir vencedores de todos los peligros.

Después el apóstol enumera una serie de potencias espirituales y astrológicas que se consideraba (¡y todavía hoy muchos consideran!) que influían en la vida de los humanos, para afirmar que nada ni nadie nos puede apartar del amor de Dios. Así, recordando lo que ha dicho poco antes en este mismo capítulo, Pablo muestra que el amor que Dios nos ha manifestado en Jesucristo es el origen de la esperanza, que hace vivir en la libertad: ningún poder, del tipo que sea, no supera el poder del amor de Dios.

San Pablo termina el tema que ha sido objeto de lectura durante los últimos domingos: la nueva vida del cristiano que encuentra en su unión con Cristo. Y lo expone con unos interrogantes de estilo retórico y un canto hímnico a la fuerza del amor de Dios manifestado en Cristo.

- "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?" (V. 35).Vimos el domingo pasado, cómo San Pablo nos considera justificados y glorificados, transformados en imágenes del Hijo. Siendo esto así, el juicio que debemos emitir sobre nosotros mismos no debe angustiarnos. Nadie nos puede separar de Cristo. San  Pablo va enumerando, utilizando expresiones habituales en él, los motivos que podrían separarnos del amor de Cristo, pero todos ellos son absolutamente incapaces de lograrlo. El último que enumera es la espada.

 Los peligros o las adversidades humanas no son lo bastante potentes para vencer el amor de Cristo, manifestado en su muerte y en su resurrección. Pablo no expone aquí una teoría, sino que su pensamiento se nutre de la experiencia vivida en los contratiempos, peligros y persecuciones que ha sufrido por causa del Evangelio.

- "Pues estoy convencido de que ni la muerte, ni vida, ni..." (V. 37): No sólo el cristiano se encuentra con dificultades en el plano humano, sino también en el plano sobrehumano: la de los poderes de tipo angélico o de las fuerzas astrológicas, que los contemporáneos de Pablo creían que podían influir y dominar al hombre y a su vida. El amor de Cristo es un triunfo sobre todas las realidades, sean del orden que sean, que se erigen contra el hombre y le cierran el paso a la gloria a que Dios le llama gracias a la resurrección.

- "... del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (V. 39): Aquí tenemos un auténtico resumen de toda la temática desarrollada en el capítulo octavo de la carta y que ha ocupado la segunda lectura de los domingos 14 a 18 de este  tiempo ordinario del ciclo A.


Evangelio según san Mateo (Mt 8, 39). Después de una etapa de tres domingos dedicada a la afirmación del Reino, comienza una nueva etapa centrada en la fe en Jesús, Mesías del Reino. Una etapa que, después de tres domingos de milagros destinados a reafirmar nuestra fe en Jesús, culminará, en el cuarto domingo, con la confesión mesiánica de Pedro en Cesarea de Filipo.

El hecho narrado aquí debía ser uno de los que impactaron fuertemente a las primeras comunidades. Lo encontramos en los cuatro evangelios y, en dos (Mateo y Marcos), dos veces.

La gente sigue a Jesús, en contraste con lo que acaba de suceder en Nazaret. La reacción de Jesús al ver la multitud es de "compasión", una compasión que quiere decir "ponerse en la piel del otro". Por eso es una compasión que provoca la acción: "Y curó a los enfermos".

La indicación que los discípulos hacen a Jesús muestra su falta de fe en el poder del Maestro.

Traspasándoles a ellos la responsabilidad ("dadles vosotros de comer"), Jesús les pone en evidencia: no pueden; ¡no tienen comida ni tan sólo para ellos! La manera como Mateo explica los gestos de Jesús es muy cercana a la manera cómo relata la ultima cena: así subraya la referencia a la eucaristía.

Las sobras, así como la cantidad de personas que se benefician de la intervención de Jesús, indican la abundancia del don. El número doce seguramente hay que relacionarlo con "los Doce". Ellos han de repartir el pan que Jesús da a los que lo necesitan. Ellos no son los dueños, sino los distribuidores del pan.

La muerte de Juan Bautista es un anuncio y una amenaza de muerte para Jesús. Jesús se marcha a un lugar desierto.

- "Estamos en un despoblado y es muy tarde...": En seguida hallamos una de las seis narraciones de la multiplicación de los panes y peces que hay en los evangelios. En un despoblado, como el pueblo de Israel en el desierto fue alimentado por el maná, ahora el nuevo pueblo de Dios, formado por gente dispersa y heterogénea, será alimentado por Jesús. Notamos en el texto las oposiciones entre la propuesta de los discípulos: "que vayan a las aldeas y se compren de comer" y la propuesta de Jesús: " Dadles vosotros de comer" (v.16). Jesús no ha enseñado a sus discípulos a multiplicar el pan, sino a dar gracias por él, a partirlo, a repartirlo, a compartirlo... Esto tiene sus antecedentes: igual que a Moisés junto a la zarza ardiendo (Ex 3) no se le permitió quedarse en permanente adoración cultual -más bien se le comprometió a intervenir política y socialmente en favor del pueblo, así los profetas tampoco toleraron culto alguno que no tuviera consecuencias en el amor y ayuda al prójimo. También, de este modo, el Hijo del Hombre, protagonista del juicio definitivo, discierne según un criterio profano, no cultual: "Lo que hicisteis con uno de mis más humildes, conmigo lo hicisteis". El milagro de una multiplicación de bienes imprescindibles sólo puede comprenderse en el marco de una fe socialmente comprometida.

- "Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente" (v. 19): Al igual que el cabeza de familia judía decía -al empezar la comida- la acción de gracias sobre el pan y lo repartía para cada miembro de la familia, igualmente lo hace Jesús, y a través de los discípulos da el alimento al pueblo congregado por él. No podemos desunir la lectura de este hecho, de la imagen de Jesús como Pan de vida que hallamos en el evangelio de Juan y de la referencia clara que hay, en el vocabulario, a la Eucaristía, signo del don total de Jesús a los hombres.

"Recogieron doce cestos llenos de sobras" (v. 20). El evangelista acentúa la abundancia del inesperado acontecimiento. Así, en el marco de este milagro de la multiplicación y bajo el punto de vista sacramental, la historia de la fe, renovada por Jesucristo, se ha atenido permanentemente a una indicación tan antigua como el cristianismo: la conservación reverente de los dones eucarísticos. Tras la celebración, el pan sacramental fue siempre objeto de profunda adoración, porque en él permanece la presencia del Autor del don; una presencia salvadora.

De este evangelio podemos entresacar dos enseñanzas:

- Jesús sacia nuestra hambre de Dios

En él encontramos el camino que nos lleva hacia Dios. Su palabra y su testimonio de vida y acción nos dicen cuál es la vida que vale la pena. En la Eucaristía nos alimentamos de esta palabra, de esta vida de Jesús. Su pan partido nos da vida. Como expresa el salmo de hoy: "Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo".

- Jesús nos urge a saciar el hambre de la humanidad sufriente

El camino por el cual nos conduce Jesús y que sacia nuestra hambre de Dios pasa por la entrega en favor de los que más sufren. Pasa por el compartirlo todo, sea poco o mucho lo que tengamos. Abrir los ojos, como Jesús. Darse cuenta de la realidad. Y dar una respuesta, no teórica sino práctica, como Jesús. La mesa eucarística siempre nos abre a la caridad. Y la caridad hecha acción nos lleva a la mesa eucarística. La primera lectura añade una tercera enseñanza vinculada a las de este evangelio:

- La gratuidad de Dios y la gratuidad de la caridad

Demasiadas veces queremos comprar la felicidad (consumismo, por ejemplo). Demasiadas veces utilizamos el comercio, también, en las cosas de Dios (la terrible impresión que tiene mucha gente de que las misas tienen un precio). Demasiadas veces, también, somos mezquinos a la hora de dar limosna. Ciertamente que no se trata de administrar de cualquier manera los bienes. Pero hay que ir a fondo con las actitudes, de modo que la caridad sea sincera, auténtica. No valen excusas para no compartir.

 

Para nuestra vida

 

La primera lectura presenta la ultima parte del texto de Isaías comprendido entre los capítulos 40 y 55, al que se le ha dado el nombre de "Libro de la consolación de Israel" y se supone con razón que fue escrito ya en los tiempos del destierro y estando próxima la repatriación decretada por Ciro. En la lectura toma la palabra el mismo Yahvé, el Señor que sacó de Egipto a Israel y que ahora lo sacará de Babilonia en un segundo éxodo, e invita solemnemente a los desterrados para que reciban con gozo la salvación que se aproxima.

Hay agua para los sedientos, y vino, y leche; hay trigo para los hambrientos y para todos los pobres que no pueden comprarlo. Nadie tiene que pagar nada, todo corre a cuenta del Señor que invita.

Comida y bebida es el símbolo de la salvación esperada. Comida y bebida en abundancia es señal de una vida abundante y libre de cualquier necesidad o penuria. Claro que Israel esperaba también una prosperidad material sin precedentes cuando llegaran los tiempos de la salvación prometida. Pero estaba convencido de alcanzar la salvación si sentía ante todo el hambre y la sed de justicia y de la comunión con Dios. El A. T. sabía que el hombre no vive sólo de pan, sino de toda la palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8,3; cf. Mt 4,4).

A menudo encontramos en la Biblia la imagen del banquete para describir el amor de Dios: la salida de Egipto se celebra con un banquete, así como la alianza del Sinaí; también se utiliza el banquete para expresar la abundancia de los tiempos mesiánicos; el libro de los Proverbios habla del banquete que ofrece la Sabiduría.

Aquí, el profeta invita al banquete divino, como una llamada a participar de los bienes de la nueva alianza de Dios con su pueblo, que pronto podrá volver del exilio. En esta llamada resuena la teología de los "pobres de Yahvé" (cf.Is 51, 21). Los sedientos, los pobres, podrán saciarse de balde.

El hambre y la sed materiales son imagen, real por otro lado, del hambre y la sed de Dios.

Por eso, el profeta exhorta a escuchar (tema típicamente deuteronómico) la palabra de Dios, que puede llenar totalmente la vida, porque es portadora de vida. La referencia a David es única en el Segundo Isaías, que no ve la nueva alianza como una restauración de la monarquía. Para él, la nueva alianza consiste en volver a escuchar con atención la palabra del Señor y hacer caso de ella.

 

El salmo responsorial de hoy se inicia con una invitación a ensalzar al Señor. El concepto ensalzar, igual que exaltar y enaltecer, parte de una concepción espacial de la divinidad. La zona alta de la tierra es la más noble, por eso, el rey está sentado más alto que el resto de las personas. Dios, más poderoso que cualquier rey humano, es el altísimo, y habita en la cima de los montes donde se le construyen santuarios. Alabar a una persona o a Dios mismo, es, por tanto, ensalzarlo, exaltarlo, enaltecerlo pues todos estos términos proceden de la raíz alto.

El salmo se inicia pues con un discurso, o reconocimiento, público del salmista dirigido a Dios.

«el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas » es la manera cómo el salmista expresa la constancia divina, Dios mantiene la majestad de sus favores de un modo constante.

El Señor es grande, clemente y misericordioso, bondadoso para todo el mundo, sus obras son obras de amor, está cerca de los que lo invocan. Sus acciones son calificadas de grandezas, proezas, hazañas, temibles proezas, favores, gloria, majestad.

" Abres tú la mano, Señor,  y nos sacias de favores" (V 16) Cuando el autor especifica el contenido de las obras del Señor nos damos cuenta de la cercanía del Señor a su criatura, el Señor sostiene y endereza a los que se caen y se doblan, da la comida y sacia a todos los seres vivos, está cerca de los que lo invocan sinceramente, satisface los deseos de sus fieles y los salva, guarda a los que lo aman, destruye a los malvados.

El salmo proclamado hoy es una gozosa alabanza al Señor como soberano amoroso y tierno, preocupado por todas sus criaturas. En efecto, el centro del canto está constituido por la celebración intensa y apasionada de la realeza divina, que es la expresión del proyecto salvífico de Dios.

No estamos a merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que tiene para nosotros un designio, un reino que instaurar. Este reino no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede con frecuencia en los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura y bondad, como afirma el Salmo: «el Señor es lento a la cólera y rico en piedad». Por eso comenta San Pedro Crisólogo: «"Grandes son las obras del Señor", pero más grande aún es su misericordia».

 

La segunda lectura nos presenta unas palabras de San Pablo en las que se expresa la esperanza cristiana y la confianza inquebrantable en el amor que Dios nos tiene. Este es el fundamento de nuestra seguridad, pues si Dios está con nosotros y nos ama hasta el extremo de darnos a su propio Hijo, nadie podrá condenarnos. El amor de Dios, el que Dios nos tiene, se ha manifestado en el amor de Cristo que se ha desvivido por todos cuando todos éramos aún enemigos. Este amor es una fuerza victoriosa que nos libera del pecado y de la muerte y de cualquier amenaza.

San Pablo sabe muy bien que el cristiano está sometido a muchos peligros y necesidades: el sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre..., pero de todo ello sale victorioso con la ayuda de aquel que nos ha amado. Aquí habla por experiencia y desde la experiencia de una esperanza que se abre camino sin que nada ni nadie pueda detenerla. San Pablo se siente presa del amor de Dios que se manifiesta en Cristo Jesús. Ninguna realidad creada puede separarnos de la omnipotencia del amor.

San Pablo se basa en una respuesta personal -y por tanto voluntaria y opcional- a la obra divina, que llega a todo hombre que se abre a ella. La piedra angular y cimiento de todo esto es Cristo, el Padre, el Espíritu y su amor derramado en nuestros corazones. Esto es así porque Dios nos ama, y eso no tiene acepción de personas. Por consiguiente todo cristiano ha de estar en condiciones de poder hacer suyas las afirmaciones de Pablo, que se entienden muy bien en sí mismas y apenas requieren explicación. Es más bien una asimilación y apropiación de ellas lo necesario para leer y entender estas frases. Y eso es posible para todos.

-"¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?". Realmente, ni la muerte, ni la vida, ni nada del mundo presente o del futuro puede apartarnos de Cristo que tanto nos ama, ni apartarnos de Dios que, en Jesucristo, ha manifestado su amor. Es verdad que nos encontramos con dificultades y que la fe es oscura. Es verdad que cuesta creer en esta nuestra sociedad de hoy... Pero lo importante, lo decisivo, es que en Jesús hemos encontrado la perla y el tesoro, que en él hemos encontrado la Vida, y que nada ni nadie es capaz de apartarnos de él. Ni la misma muerte.

 

Del evangelio, lo que más llama la atención del proceder "milagroso" de Jesús, es la actitud de los apóstoles que llegan a darse cuenta de las necesidades que tienen los que les rodean. Es una buena lección para nuestro tiempo, en el que existe una acusada tendencia al individualismo.

Jesús empieza "compadeciéndose" de la multitud y termina "compartiendo", que es la terminación normal a donde no llega casi nadie. Compadecerse, todos, sí. Todos tenemos un alma finísima y lloramos mucho por poca cosa. En seguida compadecemos a cualquiera. ¿Y compartir? ¡Hombre, eso ya es cosa de los elegidos! Pues no. Quien compadece y no comparte, ni compadece ni nada. Hace teatro. ¿Compartir qué? Todo, lo que se tenga, nada, cualquier cosa, unos panes y unos peces, dos pesetas, lo que sea.

Nos sucede con frecuencia a todos. Nos sucede que ante dificultades, problemas o peticiones y pretensiones de alguno de nuestros prójimos, decimos: "No es mi problema". Y es que cada uno de nosotros ya tiene su buen fardo de problemas -en su vida personal, familiar, de trabajo, etc.- como para que tengamos que cargar con fardos ajenos. A veces se nos conmueve el corazón ante las desgracias de alguno de nuestros prójimos, pero, en general, pensamos -si no decimos- que cada uno se resuelva sus problemas.

Algo así pensaron y dijeron los discípulos de Jesús en aquel despoblado, ante el problema de aquella multitud sin comida. Y los discípulos eran buena gente (como la mayoría de los hombres y mujeres de ayer y de hoy son buena gente). Pero una cosa es ser más o menos bueno -un poco aquello de: yo no robo ni mato- y otra bastante distinta es sentir los problemas de los demás como propios.

Los apóstoles mostraron con su preocupación que algo se les estaba contagiando de Jesús, que algo estaban captando de aquel Maestro que jamás pasó indiferente ante el dolor, la muerte, la angustia, el ridículo, la pobreza, la ignorancia y la injusticia que sufrían o soportaban los hombres. Y tampoco pasó indiferente ante la alegría, el gozo y el bienestar que disfrutaban los que con El vivieron. Algo se estaban contagiando los discípulos de aquel Maestro cuya finalidad era buscar al hombre y encontrarlo.

Tener una especial sensibilidad para captar la necesidad de los que nos rodean debía ser uno de los mejores distintivos del cristiano. Estar allí donde el débil sufre. Estar allí, para ayudarle, donde el ignorante pregunta, para responderle; donde el anciano llama para acompañarle; donde el niño grita, para socorrerle; donde el hambre aprieta, para remediarlo. Estar allí donde el hombre se ensoberbece, para indicarle, con toda suavidad, que para su Maestro el mayor es el menor y viceversa; donde el hombre mata, para explicarle que para su Maestro el gran don es la vida; donde el hombre odia, para arrancarle esa serpiente que todo lo envenena y cambiarla por el amor que todo lo aguanta, todo lo supera y todo lo disculpa. Estar allí donde el hombre goza, para darle un sentido más profundo a su alegría; donde el hombre espera, para hablarle de un horizonte sin límites para su anhelo. Ee una palabra: estar con el hombre, vivir con el hombre, trabajar con y por el hombre.

Afortunadamente -y lo decimos con orgullo-, a través de los tiempos los cristianos han demostrado con abundancia que este sentido de solidaridad con los hombres está en la médula misma del cristianismo y allí donde el hombre ha sido más débil y ha estado más abandonado, ha estado, a lo ancho y a lo largo del mundo, una mano cristiana que ha enseñado al que no sabe, y ha curado las llagas del leproso, y ha recogido al huérfano, y ha atendido al anciano.

Recreemos la escena evangélica, junto a la muchedumbre que seguía a Jesús, y pedirle sinceramente al Maestro que aumente en todos los cristianos la sensibilidad para vivir cerca de los hombres, captando sus íntimas exigencias; pedirle sinceramente que aleje de los cristianos la tentación de decir y hacer, de vivir la filosofía de aquellos que piensan en sí mismos como único objetivo de su existencia, porque los problemas de los otros no son nunca "su problema".

Jesús, sin embargo, no aceptó el decir "no es mi problema". Antes de hacer lo que solemos llamar el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, hace como otro milagro, previo y más importante (y quizá incluso mas difícil): el milagro de contagiar su interés por todos, su preocupación por todos, su acción eficaz en favor de todos. No hace falta que la gente se vaya (que cada uno por su cuenta busque la solución de su problema). Traed lo que tengáis, aunque sea poco. "Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio". Y lo poco compartido, se convirtió en mucho, suficiente para todos y aún sobró. Y es que lo que tenemos -aunque sea poco- si es compartido, siempre es mucho.

Ante nuestros problemas, jamás Dios dice: "No es mi problema" Pero aquel hecho por tantos conceptos admirable que sucedió en aquel descampado de Galilea, no es sólo un ejemplo de cómo hemos de intentar ocuparnos y preocuparnos nosotros de los problemas de los demás. Es también un ejemplo revelador de cómo se comporta Dios -el Dios que nos reveló Jesucristo- con nosotros, con cada uno de nosotros, sin excepción.

Ante nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestros agobios, también ante nuestro personal pecado, Dios, nuestro Padre, nunca dice: "No es mi problema". Nunca nos envía, nunca nos despide, para que resolvamos solos nuestros problemas. Nuestros problemas Él los siente y vive como propios. Nunca nos deja solos con ellos.

Es muy frecuente "pasar" con indiferencia respecto a los que nos rodean, sin captar -porque no nos importa o nos puede molestar la problemática que puedan padecer. A las nuevas generaciones les hemos mostrado un estilo de vida en el que vivir con los demás es algo prácticamente irrealizable. Las expresiones "vivir mi vida" y "ése es su problema" dan alguna medida de la actitud que asoma por cualquier rincón de nuestro espacio; lo cual es muy peligroso para la convivencia a nivel humano, porque las posturas que se resumen realmente en dichas expresiones deterioran gravemente la convivencia, que termina saltando por los aires dando entrada a la "ley de la selva", que es, siempre, la ley del más fuerte.

El hambre es el mayor mal que aquejó a la humanidad del siglo XX, y continua en los albores del XXI. Su incidencia es superior a la de las enfermedades, accidentes y violencias. Y su letalidad es mayor que la de todas las guerras y epidemias juntas de este siglo. El hambre afecta a dos tercios de la humanidad, predomina en los países del tercer mundo y no ha sido eliminada racionalmente en los del primero.

Pero el hambre no es sólo una situación, es el resultado de un sistema económico y político dominante. En buena medida el hambre es la consecuencia de una actividad económica sistemáticamente organizada como guerra de todos contra todos y de una política nacionalista periclitada y mantenida a ultranza. Se juega y se especula con la escasez de alimentos, como de recursos de todo género, para conservar situaciones monopolísticas en el mercado y para mantener posiciones hegemónicas en el plano internacional.

Por eso, el hambre (la geografía del hambre y la estadística del hambre) es un indicador incontestable de un mundo absurdo, de una cultura inhumana, de una política sin imaginación, de una economía insensata, de un progreso sin sentido.. Pues, mientras haya hambre en el mundo, mientras se tolere, se fomente y se trafique con el hambre de los pueblos y de los hombres será impensable la paz, la justicia, la libertad, la solidaridad la felicidad. Así no se puede vivir al menos sin despojarse de la dignidad humana.

EI mensaje, la Buena Nueva que Jesús anuncia, los hechos salvíficos que realiza proclaman la liberación de los pobres, de los oprimidos que hambrean la justicia, "porque de ellos es el Reino de los cielos".

No se trata de un programa de revolución social, sino de la llamada urgente a la conversión religiosa que pone en un primer plano las exigencias éticas de la relación del hombre con Dios. Esa relación, más que en el templo y en el culto, se establece y confirma en la vida social Dios prefiere la misericordia a los sacrificios.

En el encuentro con el pobre, con el desamparado y marginado, negocia el hombre su situación y relación con Dios.

Pidamos hoy, con toda confianza, que también nosotros, como San Pablo, aquel hombre apasionado por Cristo y por los hermanos, podamos estar cada día más convencidos de que "ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni presente, ni futuro, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús".

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



sábado, 28 de julio de 2018

Comentarios a las Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 29 de julio 2018


Comentarios a las  Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 29 de julio 2018


 En la primera lectura del 2º Libro de los Reyes (2 Rey. 4, 42-44) El capítulo 4 del segundo libro de los Reyes está dedicado a algunos milagros de Eliseo. Este profeta es presentado como discípulo de Elías y su sucesor como responsable de una comunidad profética junto al Jordán. Elías había sido el gran propulsor de la religión yahvista frente al sincretismo religioso del reino de Samaria y a la gran influencia baálica de entonces. Sólo Yahvé es Dios y no los baales; quien realmente sacia al pueblo con vino, trigo y aceite es Yahvé, el único capaz de saciar el hambre de los suyos.


Los textos que van de 4, 1 a 8, 15 del segundo libro de los Reyes pertenecen al "ciclo de Eliseo" (que continúa en 9, 1-13 y en 13, 14-25). Cuentan, de manera un tanto épica, una serie de milagros realizados por el profeta Eliseo en favor de "los hijos de los profetas" (cfr. 1 Re 20, 35), o en favor de notables israelitas (la Sunamita, 4, 8s), o de extranjeros (Naamán el sirio), o del pueblo entero víctima de la guerra (6, 7-8; 20) o del hambre (como en este relato). Personaje temible (CF 2, 23-25) y taumaturgo popular a la vez. Eliseo es asociado a las hermandades (los "hijos de los profetas") que combaten en tiempo de la monarquía por la pureza de la fe yahvista contra el baalismo ambiente. Probablemente en el seno de estas hermandades fueron conservados, aunque sin rigor cronológico, los recuerdos de gestas maravillosas que veían en Eliseo uno semejante al gran profeta Elías e incluso a Moisés.
El contexto del pasaje es una situación de hambre (4, 38). El pueblo está sufriendo en carne viva las consecuencias de un hambre prolongada. El pan de primicias es el pan hecho con la harina nueva de la cosecha reciente (Lev 23, 17). Era una costumbre el llevar a los hombres de Dios, como signo de sacrificio y consagración a Dios, los primeros frutos del campo.
Además, en la legislación sacerdotal, las primicias son uno de los ingresos del clero (cf Lev 23, 20). Sin embargo, el relato va a adquirir un vuelo nuevo; lo que en principio estaba destinado para el goce de uno solo, por obra de Dios en manos de su profeta, se va a convertir en salud para muchos.
Dios no abandona del todo a su pueblo como lo prueban las vidas de aquellos que han hecho una opción clara por el evangelio y quieren mantenerse en la fidelidad.
"Se los sirvió a la gente". Estos son los verdaderos destinatarios del milagro. El milagro no lo es tanto porque exalta la figura del hombre de Dios, sino porque se hace en favor de los que quieren creer en Dios y necesitan un cauce de expresión de fe. Así es como el prodigio, lo maravilloso y portentoso, queda convertido en milagro, en signo de salvación (cf. evangelio). El prodigio provoca admiración, pero el milagro empuja a la adhesión, a la postura de fe.
El Dios Salvador de Israel se complace en manifestar su fuerza liberadora de las situaciones límite en que se halla el pueblo: ya sea la esclavitud de Egipto, o la esterilidad de sus mujeres, o la opresión de los enemigos, o la enfermedad, o el hambre o la necesidad como en nuestro caso.

El salmo de hoy es el Salmo 144 (Sal 144,10-11. 15-16. 17-18)
El salmo responsorial (144) es una alabanza a la grandeza y la bondad de Dios en favor de sus fieles y de toda la creación. Los versículos seleccionados se centran en la providencia de Dios que sacia el hambre de sus criaturas. La liturgia judía rezaba este salmo diariamente al inicio de la tarde.
Con este salmo se concluye la última colección davídica de las que componen el salterio. Basta mirar nuestra Biblia para darse cuenta de que es el último salmo que tiene como título de David.1
Es un salmo alfabético, es decir, en su texto original hebreo cada versículo inicia por una letra del alfabeto, de modo ordenado.
Estructuralmente el salmo 144 mantiene la división tradicional en tres partes: introducción (v. 1-2), cuerpo del salmo (v. 3-20) dividido en dos secciones (v. 3-12 y 13-20) y conclusión (v. 21).
El texto proclamado corresponde al cuerpo del salmo. El cuerpo del salmo, en sus dos secciones, desarrolla los temas enunciados en la introducción: la divinidad y la realeza del Señor. La trascendencia divina del Señor se expresa en la avalancha de adjetivos y de substantivos que utiliza el autor. Esta redundancia quiere crear, en el lector, la sensación que Dios ultrapasa todo lo que el hombre diga por mucho que añada. La realeza se expresa en el interés del Señor por las criaturas y por la justicia con la que gobierna a los hombres. El versículo conclusivo recupera el motivo inicial de la alabanza, sea en boca del salmista, sea en boca de cualquier ser vivo. Una alabanza que perdura siempre.
Los versículos 15-16 parecen inspirados en el salmo 103,27 que hemos comentado en otra ocasión y manifiestan la providencia diaria de Dios, imaginado como un campesino que cada día da de comer a sus animales. Da un carácter cercano y simpático a la realeza sublime de Dios, que poco antes había presentado el salmista.

La segunda lectura es de la carta de San Pablo a los Efesios (Ef 4, 1-6) En medio de su prisión, San Pablo vibra apostólicamente. Sus palabras están pletóricas de entusiasmo, llenas de fe, pujantes y optimistas. Si no lo indicara, se pudiera pensar que escribe en circunstancias distintas, más halagüeñas, más placenteras. La razón de todo ese vigor y empuje está en su fe profunda en Dios. Está convencido del poder divino, de su amor infinito, de su grandeza indescriptible, con un optimismo desbordante, con un gozo sin fin.
Esta carta, junto a la que envió a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, constituye el grupo de las llamadas cartas de la cautividad.  La valentía del Apóstol en predicar el mensaje de Cristo le ha llevado a esta situación humillante y penosa. Pero Pablo no ceja en su empeño y, aunque sea entre cadenas, sigue predicando a Cristo, sigue animando a los cristianos para que vivan como tales.
La carta a los Efesios es menos una carta de circunstancias que una exposición lírica y didáctica de la fe cristiana. En este cap. 4 comienza la segunda parte de la carta (caps. 4-6) que se podría denominar como una "exhortación a los bautizados" para vivir una vida cristiana nueva basada sobre todo en la unidad.
Así, a la discordia (VV. 1-3) que amenaza a la Iglesia, la carta opone las fuentes de la unidad: la presencia del Espíritu que actúa junto con Jesús y el Padre (vv. 4-6).
Los vv. 2-3 son exhortaciones generales, también muy características de la ética paulina que no se mete a detalles porque concede a la conciencia y adultez de los cristianos su justo puesto. Los últimos versos, en cambio, ponderan la unidad de la comunidad, su fundamento. Es un auténtico cántico total de la unidad cristiana. Pero fijémonos en qué consiste esa unidad.
Los vv. 4 al 6 forman una breve aclamación litúrgica con predominio de ritmo ternario. En su origen era probablemente una confesión de fe bautismal, modificada sin duda por el autor de la carta. La insistencia sobre "uno solo, una sola" recuerda un poco el estilo de confesiones de fe israelitas. La influencia de este pasaje sobre el símbolo de Nicea es evidente. El v. 6 se acaba con una doxología inspirada en fórmulas de la corriente estoica. No viene nada mal al creyente el tener quien le recuerde, por medio de la lectura de la Palabra, estas bases de la fe cristiana.
Esta lectura, nos exhorta a como debemos de comportarnos. Dice que sean siempre humildes y amables, comprensivos, sabiendo sobrellevarse los unos a los otros con amor... Sus palabras, no lo olvidemos, se dirigen también a cada uno de nosotros, esperando una respuesta a esa exigencia que nos pone por delante. Si somos cristianos, y lo somos, vamos a luchar por vivir conforme a la vocación que hemos recibido. Sobre todo en esos puntos que San Pablo señalaba: en la sencillez y en la amabilidad, en la comprensión, en el amor mutuo.

 El Evangelio s de San Juan (Jn 6, 1-15). A partir de hoy y durante varios domingos habremos de olvidarnos del evangelio de Marcos y centrarnos en el de Juan. El lugar del que parte Jesús es Jerusalén, en donde ha estado con ocasión de una fiesta judía (Jn. 5, 1). Con anterioridad había estado también allí con ocasión de la Pascua (Jn. 2, 13). La gente le sigue "porque habían visto los signos que hacía con los enfermos". Signo es cualquier cosa, acción o suceso que evoca otra o la representa. Para Juan lo relevante del milagro no está en la acción milagrosa, sino en lo evocado a través de ella. El relato se enmarca en el monte, a ojos vista de la Pascua. El monte con artículo es uno concreto, pero ni el texto ni el contexto lo determinan. A diferencia de Jn. 2, 13, en esta ocasión Jesús no va a Jerusalén para la pascua. Todo lo anterior, vs. 1-4, es ambientación, preparación del relato propiamente dicho. Este arranca de la constatación que hace Jesús de que el gentío está acudiendo a él. Es la misma expresión empleada en Jn 3, 26 por los discípulos del Bautista refiriéndose a Jesús (todos acuden a él) por el narrador en Jn. 4, 30 a propósito de los habitantes de Sicar (acudían a él). La constatación motiva el diálogo con Felipe primero y la intervención de Andrés después. De ambos ha hablado ya Juan
en el cap. 1 y ambos han usado las mismas palabras palabras refiriéndose a Jesús: "Hemos encontrado" (Jn 1, 41-45). Lo sorprendente en el diálogo es la interrupción-aclaración del autor: "Jesús lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer". Constatemos de momento esta aclaración del narrador. Luego Jesús manda acomodar al gentío, da gracias a Dios por la comida que van a hacer y, finalizada esta, manda recoger lo sobrante para que nada se pierda. Es la misma expresión empleada por Jesús en Jn. 3, 16 (para que ninguno de los que creen en el Hijo de Dios se pierda), por Caifás en Jn. 11, 50 (conviene que muera uno sólo por el pueblo y no que toda la nación se pierda) y por Jesús en Jn. 17, 12 (ninguno se perdió).
El texto señala como a Jesús "Lo seguía mucha gente, porque había visto los signos que hacía con los enfermos" "Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades)". Hay un éxodo, un paso a través del mar hacia una tierra donde abunda el amor y la generosidad de Dios. Jesús es este nuevo Moisés, que hace a su pueblo capaz de andar y de seguirle en esa travesía.
"Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos". Este acontecimiento se realiza cuando se acerca la Pascua, la fiesta que conmemoraba el antiguo éxodo. Aquél es figura de éste. "Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos". Con motivo de la Alianza, Moisés subió al monte dos veces: la primera, acompañado por los notables (Ex 24. 1-2/9/12); la segunda, después de la idolatría del becerro de oro, subió solo (Ex 34. 3). También en este episodio subirá Jesús dos veces al monte: una, al principio, donde aparece acompañado de sus discípulos; la segunda, después del intento de proclamarlo rey, él solo.
El "monte" representa el lugar donde reside la gloria de Dios. Jesús subió al monte. Está en su lugar propio, la esfera divina. Y se sentó allí. Es su actitud permanente. Él es para los hombres el lugar donde la gloria de Dios reside y se manifiesta. "Jesús entonces levantó los ojos y al ver que acudía mucha gente...". Jesús, al otro lado del mar, representa una alternativa, que el evangelista hace presente ahora a los hombres de todo lugar y tiempo que se acercan a Jesús. "...dice a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman estos? (lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer)".
La escena tiene detalles que recuerdan los del Éxodo. Como allí en el desierto, se plantea el problema de la subsistencia, que había sido una tentación para los israelitas, haciéndoles desear la esclavitud de Egipto. La época de Israel en el desierto fue un tiempo en que hubo de demostrar su fidelidad a Dios: el pueblo pone a prueba a Dios, pero, con más frecuencia es Dios quien pone a prueba al pueblo.
En esta situación de éxodo, Jesús pone a prueba a Felipe, el discípulo a quien él mismo ha invitado a seguirlo, y por eso, en cierto modo, prototipo de todos los que él llama. Jesús enfrenta a Felipe y con él, a la comunidad, con la realidad que tiene delante: personas que quieren seguir a Jesús, que quieren verse libres de su pasado... y que no pueden bastarse por sí mismas.
Jesús para poner a prueba a Felipe, a la comunidad, aborda directamente la cuestión del dinero como medio para satisfacer esa necesidad. Es interesante la pregunta de Jesús porque es la pregunta que la comunidad se hace a sí misma: ¿con qué "compraremos" panes para que coman "estos"? No es un diálogo entre Jesús y la comunidad. Es la misma comunidad, en cuyo interior se percibe la presencia de Jesús, la que se pregunta cómo va a solucionar los problemas del mundo.
"Felipe le contestó: Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo". El denario, el jornal de un obrero. Doscientos denarios, más de medio año de trabajo, para que a cada uno le toque un pedazo. Ateniéndose a los principios de este mundo, resulta imposible a los discípulos satisfacer la necesidad de la gente. Felipe, que no ve más horizonte, confiesa su impotencia. Para Felipe, el éxodo fracasa. "Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?" El lugar donde está el muchacho es donde están los discípulos. Representa, por tanto, al grupo de discípulos que está con Jesús, en su condición de debilidad y su pobreza de medios. Andrés habla de los panes y peces como de algo de lo que puede disponer pero que cree insuficiente.
Por su edad y por su condición, el muchacho, es un débil, física y socialmente. Lo más desproporcionado que pueda encontrarse como solución a la magnitud del problema. El muchacho significa también a la comunidad en cuanto servidora de la multitud: el muchacho de la tienda, la muchacha de servicio. La comunidad se presenta ante el mundo como un grupo socialmente humilde, sin pretensión alguna de poder ni dominio, dedicado al servicio de los hombres. 5+2=7:La totalidad. El alimento es poco, pero es todo lo que tienen.
"... dijo la acción de gracias". Dar gracias a Dios significa reconocer que algo que se posee es don recibido de él y, como tal, muestra de su amor, y alabarlo por ello. En este caso se le dan gracias por la existencia de los panes, producto de su obra creadora, ayudada por el trabajo del hombre. Al reconocer su origen en Dios, como don suyo, se desprenden de su poseedor humano, el niño-grupo de discípulos, para hacerse propiedad de todos, como la creación misma. La señal que da Jesús, o el prodigio que realiza, consiste precisamente en liberar la creación del acaparamiento egoísta que la esteriliza, para que se convierta en don de Dios para todos.
Según Andrés, no se podía repartir porque no bastaba lo que se poseía; cuando ya no se posee, por haberlo hecho de todos por la acción de gracias, se demuestra que había más que suficiente.
Jesús mismo distribuye el pan y el pescado. Al restituir a Dios, con su acción de gracias, los bienes de la comunidad, Jesús restaura su verdadero destino, que es la humanidad entera. Con su acción, Jesús enseña a sus discípulos cuál es la misión de la comunidad: la de manifestar la generosidad del Padre, compartiendo los dones que de él se han recibido. Se convierte este signo en una celebración de la generosidad de Dios a través de su Hijo que, en la comunidad, multiplica lo que ésta posee al ponerlo a disposición de los hombres. Aparece así el sentido profundo de la Eucaristía que, de expresión de amor entre los miembros de la comunidad, pasa a ser signo del amor de Dios al mundo, continuación del don de su propio Hijo.
"La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo. Jesús sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo". Hay quienes piensan en hacerlo rey. Un propósito que está en abierta contradicción con la actitud que él ha adoptado antes, poniéndose a servir a los comensales. La fuente de abundancia que Jesús ha abierto, es el amor de Dios, capaz de multiplicar lo que parece desproporcionado al objetivo. Pero ellos pretenden cambiar su programa mesiánico, hacerlo rey, conferirle el poder que él rechaza.
Ante esta perspectiva, Jesús huye; se aleja de aquellos que pretenden deformar su mesianismo. Se retira solo, como Moisés subió solo al monte después de la traición del pueblo. El monte representa la esfera divina, la gloria y amor de Dios. El paralelo con Moisés muestra la gravedad de lo sucedido. Al intentar hacer de Jesús un Mesías poderoso, repiten la idolatría cometida por los israelitas en el desierto. Allí quisieron adorar a Dios, pero bajo la imagen que ellos mismos se habían hecho de él. Ahora éstos están dispuestos a reconocer a Jesús, pero según la idea que ellos mismos se han forjado.

Para nuestra vida.
Las lecturas nos recuerdan lo  difícil que es darse, es duro desprenderse sin esperar nada en la tierra, sin buscar ningún interés personal de tipo material. Sobre todo viviendo en un mundo que gira y danza al son del dinero, del placer, de la materia; un mundo que fácilmente se vende al mejor postor. Es poco menos que imposible no sentirse salpicado por la ambición de los de arriba y los de abajo, la sensualidad voluptuosa de los unos y los otros.
Por otra parte está comprobado, con más seriedad que el dato de esos dos tercios de hambrientos que existen , esta contrastado que existen enormes reservas de proteínas en la inmensidad de los mares y océanos, y que todos los recursos de alimentación no están, ni mucho menos, totalmente descubiertos y aprovechados... Sí, a pesar de todo lo que quieren hacernos creer, el Señor es bueno, bondadoso en todas sus acciones. Él no puede querer un crecimiento de población, si no existiera de forma paralela un crecimiento en los recursos.

La primera lectura nos sitúa ante  ante la invitación a compartir. "En aquellos días vino un hombre de Bal-Salisá trayendo en la alforja el pan de las primicias" (2 R 4, 42) Este hombre de Bal-Salisá trae lo mejor de su cosecha: pan de primicias y trigo reciente. Él sabe que Eliseo es un profeta de Dios, un enviado del Altísimo. Y por eso le honra con lo mejor que tiene. Está convencido de que honrar a un enviado divino, equivale a honrar al mismo Dios, es una buena forma de agradar al Señor, de servirle.
 "El criado le respondió: ¿Qué hago yo con esto para cien personas? Eliseo insistió: Dáselo para que coman" (2 R 4, 43) Y el profeta lo da todo. Para que aquellos pordioseros puedan satisfacer su hambre. Generosidad del que está cerca de ese Dios que es, ante todo, Amor. Corazón grande que se conforma con poco, que se olvida de sí para preocuparse hondamente por los demás. Y este dar y este darse, este amar sin buscar interés alguno, este volcarse hasta quedarse sin nada, es el mejor modo de testimoniar el mensaje amoroso de Dios.

En el salmo de hoy, se nos recuerda y a su vez expresamos en actitud orante la esplendidez del Señor  "...abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente". Habla de que todas las criaturas han de dar las gracias al Señor, le han de bendecir todos sus fieles, proclamar la gloria de su reinado y hablar de sus hazañas. La razón última de esa actitud está en la inmensa bondad de Dios, que cuida de todo ser viviente y le da el sustento a su tiempo.
San Agustín comenta el salmo 144 " Señor, que todas tus obras te confiesen y que todos tus santos te bendigan. Que te confiesen todas tus obras (Sal 144,10). ¿Qué decir? ¿No es la tierra obra suya? ¿No son obras suyas los árboles? ¿No son obra suya los animales domésticos, los salvajes, los peces, las aves? En verdad, también ellos son obra suya. Pero ¿cómo le confesarán estos seres? Veo que sus obras le confiesan en las personas de los ángeles, pues los ángeles son obras suyas; y también le confiesan sus obras cuando le confiesan los hombres, pues los hombres son obras suyas. Pero ¿acaso las piedras y los árboles tienen voz para confesarle? Sí, confiésenle todas sus obras. ¿Qué estás diciendo? ¿También la tierra y los árboles? Todos son obra suya. Si todas las cosas le alaban, ¿por qué no han de confesarle todas las cosas? El término confesión no indica sólo la confesión de los pecados, sino también la proclamación de alabanza; no suceda que siempre que oigáis la palabra confesión penséis únicamente en la confesión del pecado. Hasta el presente así se cree, de forma que cuando aparece el término en las Escrituras divinas, la costumbre lleva a golpearse el pecho inmediatamente. Escucha cómo hay también una confesión de alabanza. ¿Tenía, acaso, pecados nuestro Señor Jesucristo? Y, sin embargo, dice: Te confieso, ¡oh Padre!, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11,25). Esta confesión es, pues, de alabanza. Por tanto, ¿cómo ha de entenderse: Señor, que todas tus obras te confiesen? Alábente todas tus obras.
Pero no hemos hecho más que trasladar el problema de la confesión a la alabanza. En efecto, si no pueden confesarle los árboles, la tierra y cualquier ser insensible, porque les falta la voz, tampoco podrán alabarle, porque también les falta la voz para hacerlo. Y, sin embargo, ¿no enumeran aquellos tres jóvenes que caminaban en medio de las llamas inofensivas para ellos a todos los seres, puesto que tuvieron tiempo no sólo para no arder, sino también para alabar a Dios? Pasan revista a todos los seres desde los celestes hasta los terrenos: Bendecidle, cantadle himnos, exaltadlo por los siglos de los siglos (Dn 3,20.90). Ved como entonan un himno. Con todo, nadie piense que la piedra o el animal mudos tienen mente racional para comprender a Dios. Quienes creyeron eso se apartaron inmensamente de la verdad. Dios creó y ordenó todas las cosas: a unas les dio sensibilidad, entendimiento e inmortalidad, como a los ángeles; a otras, sensibilidad, entendimiento con mortalidad, como a los hombres; a otras les dio sensibilidad corporal, mas no entendimiento ni inmortalidad, como a las bestias; a otras no les dio ni sensibilidad ni entendimiento ni inmortalidad como a las hierbas, a los árboles y a las piedras; sin embargo, ellas, en su género, no pueden faltar a esa alabanza puesto que Dios ordenó a las criaturas en ciertos grados que van desde la tierra al cielo, de lo visible a lo invisible, de lo mortal a lo inmortal.
Este concatenamiento de la criatura, esta ordenadísima hermosura, que asciende de lo inferior a lo superior y desciende de lo supremo a lo ínfimo, jamás interrumpida, pero acomodada a la disparidad de los seres, toda ella alaba a Dios. ¿Por qué toda ella alaba a Dios? Porque cuando tú la contemplas y adviertes su hermosura, alabas a Dios por ella. La belleza de la tierra es como cierta voz de la muda tierra. Te fijas y observas su belleza, ves su fecundidad, su vigor, ves cómo concibe la semilla, cómo con frecuencia germina aquello que no se sembró; la observas y esa tu observación es como una pregunta que le haces. Tu investigación es una pregunta. Pues bien, cuando, lleno de admiración, sigues investigando y escrutando y descubres su inmenso vigor, su gran hermosura y luminoso poder, dado que no puede tener en sí y de sí misma tal poder, inmediatamente te viene a la mente que ella no pudo existir por sí misma, sino que recibió el ser del Creador. Lo que has hallado en ella es la voz de su confesión, para que alabes al Creador. En efecto, si consideras la hermosura de este mundo, ¿no te responde su hermosura como a una sola voz: «No me hice a mí misma, sino que me hizo Dios»?
Luego, Señor, que tus obras te confiesen y tus santos te bendigan. Que tus santos contemplen la creación que te confiesa, para que te bendigan ante la confesión de las criaturas. Escucha también la voz de los santos que le bendicen. ¿Qué dicen tus santos cuando te bendicen? Proclaman la gloria de tu reino y anuncian tu poder. ¡Cuán poderoso es Dios que hizo la tierra! ¡Qué poderoso es Dios que llenó la tierra de bienes! ¡Qué poderoso es Dios que dio a cada animal su propia vida! ¡Qué poderoso es Dios que infundió en el seno de la tierra las diversas semillas, para que germinara tanta variedad de frutales, tanta hermosura de árboles! ¡Qué poderoso es Dios, qué grande es Dios! Tú pregunta, la criatura responderá; y por su respuesta, cual confesión de la criatura, tú, santo de Dios, bendices a Dios y anuncias su poder" .(San Agustín. Comentario al salmo 144,13).

En la segunda lectura  de la Carta de Pablo a los Efesios que se escucha este domingo es un recordatorio y una llamada a vivir en la unidad propia de la vida cristiana. Vivir en 'la unidad y en la paz es la vocación a la que hemos sido llamados a vivir los cristianos. Esta vocación la hemos de poner de manifiesto en nuestro esfuerzo por responder con fidelidad (humildad, amabilidad, comprensión, amor mutuo). Así como la hemos de expresar en la confesión de nuestra fe, de la fe que nace de un solo bautismo y nos hace reconocer a Cristo como único Señor y a Dios como único Padre de todos.
La desunión es una de las cosas que más escandalizan y debemos de esforzarnos porque un día solo haya un rebaño conducido por el Señor Jesús. Esto es lo que deseamos con todo el corazón.
¿A qué tipo de unidad nos exhorta el Apóstol?
Se nos llama a la unidad que el Espíritu Santo desea y hace posible: cristianos unidos con Dios en una relación personal de amor, y unidos los unos a los otros, relaciones de amor Cristo-céntricas.
Esto es clave en nuestro testimonio (v. 1): una comunidad con cualidad sorprendente que testifique el poder de Cristo para reconciliar y unir.
¿Por qué esta unidad es posible?
+En v.4-6, Pablo explica la base de este tipo de unidad. Los cristianos podemos  tener una unidad única, porque tenemos una base única para ello:
Un cuerpo: Por nuestra unión espiritual con Cristo, estamos espiritualmente unidos unos a otros (1 Cor. 12:13; Rom. 12:4,5).
Un bautismo: No el bautismo en agua, sino el bautismo del Espíritu Santo.
Un Espíritu: El mismo Espíritu Santo mora en cada cristiano y el pone el querer y la fuerza para lograr este tipo de unidad.
Una esperanza: Todos esperamos la misma y final solución- la segunda venida de Cristo.
Un Señor: A diferencia del mundo, tenemos un mismo maestro, Jesucristo. Al punto que le seguimos, y caminamos juntos .
Una fe: Porque creemos que la Biblia es verdad, podemos tener la misma visión del mundo (explicación de los problemas y la solución a esto) y los mismos valores.
Expliquemos lo esencial y lo no esencial.
Un Padre: “Todos”. No se refiere a toda la humanidad, sino a todos los creyentes. De acuerdo a Jn. 1:12, Dios nos hace sus hijos cuando recibimos a Cristo. Somos hermanos y hermanas en su familia y ese lazo de hermandad ha sido estampado en nuestros corazones. Dios está personalmente activo enseñando a sus hijos a construir, mantener esta unidad familiar.
Evangelio: No hay verdad estando el hombre aparte de Cristo. Por esta razón es que el hombre apartado de Cristo nunca ha logrado ni lograría unidad. Sólo nos es dado cuando tomamos la decisión de humillarnos ante Dios, admitimos nuestro alejamiento de El y recibimos a Cristo y Su perdón.
¿Cómo se mantiene esta unidad?
Tenemos, entonces, la base y los recursos para la unidad. Pero el imperativo es mantenerla. Se puede perder por una variedad de razones. Vamos a valorarla, construirla y mantenerla. En los v. 2,3 Pablo describe varias actitudes que son necesarias para esto.
Una forma de mantener la unidad es contrastar las actitudes que la rompen con sus opuestos que la realizan y la cuidan.
Humildad - Egoísmo, apariencia social:
Llegar a ser un siervo (Fil. 2:3): En vez de preguntar “¿qué puedo hacer?” , preguntar “¿qué puedo dar”?
Dispuesto a estar con gente que “no son de mi clase” (Ro 12:16), porque somos todos pecadores, salvador por la Gracia de Dios.
Gentileza - Insensibilidad o indiferencia:
Respecto de cómo afecto a otros; falta de dominio propio al tratar con otros.
Cuidado para hablar y actuar de tal modo que no ofenderá, sino que edificará.
Paciencia - Dominio Propio
Dejar que la frustración por el pecado caiga sobre ti, o el poco éxito sobre él resulte en rechazo (por medio de la hostilidad o alejamiento).
Absorbiendo el pecado y escogiendo perdonar, porque es la forma que Dios trata contigo ( 4:32 ).
Corrigiendo cuando es necesario, pero estando ahí con el otro, en vez de condenarle, porque Dios está ahí contigo siempre.
Diligencia - Apatía
Tomar la iniciativa para cortar el problema de raíz y sacar ventaja de las oportunidades para forjar y profundizar los lazos de amor (esto es medicina preventiva).
¿Cómo se llama esto? Lo llamamos amor bíblico(v. 2 b). Este tipo de amor requiere de un poder sobrenatural. Por eso es que necesitamos constantemente pedir a Dios gracia para manifestarlo y para que El abra nuestro carácter para profundizar nuestra capacidad de amar. La oración se vuelve emocionante cuando nos mantenemos pidiendo esto.

El evangelio nos describe una escena de intimidad con el Señor, donde se vive la unidad y el amor compartido. También a nosotros se nos invita a acudir al silencio de la oración para oír la voz de Jesús, para decirle cuán poco le amamos y cuánto quisiéramos amarle.
Aunque el relato evangélico sea de Juan, es bueno recordar qué continuidad tiene con el relato evangélico del domingo pasado.
En aquel, de Marcos, Jesús nos mostraba su solicitud para con los apóstoles después de la primera misión que les había confiado. El Señor, después de escuchar la explicación de los suyos, se los lleva para que reposen con él y para que "estando" con él aprendan a ser pastores. La escena acababa mostrándonos a Jesús instruyendo a la multitud que le seguía "como ovejas sin pastor". En el marco de esta solicitud de Jesús para con todos, el evangelista nos narra la multiplicación de los panes. En el evangelista Marcos, esta solicitud beneficia a la multitud que seguía a Jesús y le escuchaba; y en el evangelista Juan se trata de los que le seguían por los "signos prodigiosos " que hacía. Tanto en un caso como en otro, Jesús vela en favor de los que le siguen, no ofreciéndoles sólo el alimento de su palabra y de los "signos prodigiosos" con que la acompañaba, sino también en todo aquello que afectaba la vida de aquellas personas, para que en nada quedaran desatendidos. De paso, Jesús enseña a los apóstoles a velar por todos como pastores del pueblo que les sería confiado.
Los que van detrás de Jesús en este pasaje, son gente que tiene hambre y camina a la deriva. Hambre de comprensión y de cariño, hambre de verdad y de recta doctrina, hambre de Dios en definitiva. El Señor satisfizo el hambre de aquella multitud multiplicando unos panes y unos peces. Aquel suceso vino a ser un símbolo de ese otro Pan que el Señor nos entrega, el Pan que da la Vida eterna. Jesús vuelve cada día a multiplicar su presencia bienhechora en la celebración Eucarística. Una y otra vez reparte a las multitudes hambrientas el alimento de su Cuerpo sacramentado. Sólo es preciso caminar detrás de Jesús, acudir a su invitación para que participemos, limpia el alma de pecado, en el banquete sagrado de la Eucaristía.
El evangelio de este domingo pone de relieve la importancia del compartir. Jesús contempla a una muchedumbre hambrienta y se preocupa por ella. Primero consulta a los discípulos que le acompañan: Felipe y Andrés. El primero afirma que no tienen dinero para comprar el pan suficiente (Jn 6, 7), el segundo encuentra a un muchacho que tiene poca cosa: cinco panes y dos peces (Jn 6, 8-9) A partir de ahí, Jesús actúa por medio de sus discípulos. Toma el pan, lo bendice y lo reparte. El amor que anima este gesto de Jesús y de la gente que comparte lo poco que tiene, hace posible el milagro.
El problema de la pobreza en el mundo no es precisamente la falta de alimentos, sino la injusta distribución de los mismos. El acaparamiento y la insolidaridad. Y eso nos incluye a todos y a todas. Podemos tener poco, pero, como el muchacho del evangelio ¿hemos aprendido a dar desde nuestra pobreza? ¿O desde nuestra riqueza? El milagro del compartir es que, no solamente alcanza para todos, sino que sobra. Esto se da en el Evangelio y en nuestra vida real de cada día. Cuando todos compartimos, generalmente sobra.
Este gesto nos lleva a la verdadera comunión. El Amor de Dios, revelado en Jesús, nos constituye como un solo cuerpo, así como una sola es nuestra esperanza (Ef 4, 1-6) La vida nueva surge en la periferia, en las personas que el mundo margina y arrincona. Nuestra sensibilidad debe estar abierta y pronta a la dimensión del servicio. Prestar nuestra solidaridad entrañable en favor del necesitado, enfermo, oprimido, excluido…Jesús nos necesita para repetir, cada día, el milagro de un amor renovado, pues el amor es nuestro destino.
Es un detalle importante a tener en cuenta como el evangelio  recuerda que el Señor manda que recojan las sobras, sin especificar que harán con ellas. Pero que no se pierdan. Además de aprovecharlo, nos recuerda que muchos de nuestro tiempo mueren de hambre Ciertamente que el primer mensaje del texto de hoy, nos muestra la capacidad del Maestro para efectuar el milagro de la multiplicación, no debemos ignorarlo. Ahora bien, también, implícitamente, hace referencia a que alguien tiene la pequeña generosidad de dar todo lo poco que tiene, que ya es esplendidez, dicho sea de paso.
Sabemos muy bien que la multiplicación de los panes es un gesto profético que anuncia la entrega de la Eucaristía. En el evangelio de Juan esto se pone de manifiesto incluso en el verbo que el evangelista utiliza para acompañar el gesto de Jesús al tomar los panes. Nos dice: "Dijo la acción de gracias", que es la misma expresión usada en la institución de la Eucaristía.
Otra característica de Juan es lo que podríamos llamar el "protagonismo" de Jesús. Él en persona reparte a la gente el alimento multiplicado que sale de sus manos. En los demás evangelios requiere la ayuda de los apóstoles, que son quienes alargan el alimento a todos. En Juan esta colaboración apostólica aparece más escondida: en el diálogo con Felipe, con quien comparte el interrogante de cómo dar de comer a todos, y en la anotación final que concreta que las sobras del pan de cebada (alimento de los pobres) se recogen doce cestos. Así se sugiere discretamente la presencia de los doce apóstoles. Y esto en un momento en que se hace referencia a la tipología mesiánica de la multiplicación de los panes, el alimento que a todos rehace y del cual sobra. Se trata de lo mismo que sucedió en el gesto de Elíseo al dar de comer a toda la comunidad (cf. lectura primera). También el salmo nos conduce a esa misma perspectiva: El Señor alimenta a todos los que le miran esperanzados y que, al ver satisfecha su esperanza, dice: "Abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente".
En la multiplicación de los panes se adivina lo que será la Eucaristía. Es un don de Jesús no sólo para unos cuantos, sino para todos aquellos que le siguen, para todos los que han "escuchado" sus palabras o han "visto" sus obras y en él han puesto su esperanza. Es don que nos proyecta hacia la abundancia de los bienes mesiánicos en el reino futuro inaugurado por Jesús. En el humilde pan de los pobres que en manos de Jesús se convierte en alimento para todos hallamos los mismos indicios que en el agua convertida en el mejor vino y que al final de la fiesta nupcial aporta alegría a todos.

Rafael Pla Calatayud
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