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sábado, 2 de marzo de 2024

Comentarios a las lecturas del III Domingo de Cuaresma 3 de marzo de 2024

En el corazón de la Cuaresma, las lecturas nos invitan a revisar nuestro propio vivir como algo muy conforme con este tiempos litúrgico. El evangelio termina con una frase que


nos descubre la urgente necesidad de tal tarea: "(Jesús) no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque el sabía lo que hay dentro de cada hombre". Sí, podemos estar engañándonos estúpidamente al abrigo del aturdimiento que produce el ajetreo de cada día, por eso es necesario que nos examinemos a la luz la Palabra para vernos como nos ve el Señor.

 

La primera lectura del libro del Éxodo (Ex. 20, 1-17) nos propone lo que llamamos el "decálogo".

En el capítulo 20 del Éxodo se nos presenta el decálogo. Sin embargo, este texto, importantísimo, no aparece como una isla. El autor inspirado no lo contempla como una unidad aislada ni como un centro alrededor del cual girase todo el universo de la fe. Hacer eso sería caer en la idolatría de la ley. El único centro del mundo es Yahvé, un Dios dinámico, comprometido en la marcha liberadora -realizadora- del hombre. Por eso la citada tradición yahvista, integrada por los capítulos 19, 20 y 24, presenta el decálogo como parte del itinerario de la acción liberadora de Dios. Esta perspectiva es muy importante. Se comienza con una preparación muy detallada de la teofanía o manifestación de Dios (19,1-15), que ha de tener lugar al tercer día; Yahvé baja a la montaña (w 16-25) y promulga sus mandamientos (20,1-17); al anuncio de la voluntad divina sigue la celebración de la alianza, durante la cual el pueblo se compromete a observar la voluntad de Yahvé (c. 24).

Lo que aquí se subraya más es la iniciativa de Dios: es él el que da el primer paso hacia la alianza con el pueblo, y la realiza haciendo de esa gente su pueblo, sin esperar a que tengan el mérito de la obediencia (que vendrá después, cuando Dios haya iniciado ya el proceso de salvación). Todo es pura gracia. Visto así en su contexto, el decálogo es un instrumento de salvación y ha de ser utilizado como tal. La ley es buena si libera al hombre. El decálogo no es la formulación arbitraria de un déspota que esclaviza a sus súbditos. Tampoco es la manifestación de la autoridad de un dictador que conoce unas normas y las impone en beneficio de los ignorantes. El decálogo es la promulgación del gran servicio de Dios a los hombres, el acto más exquisito del respeto que le merece su libertad. Por eso indica el camino que conduce a la auténtica liberación: liberación total que comienza en el mismo fermento de esclavitud que el hombre lleva dentro, el egoísmo excluyente, que trastorna el orden del mundo. El decálogo es un grito de alerta contra la tentación secular que asedia al hombre: la manipulación de Dios, de los otros, de las fuentes de la vida, del pensamiento. Y sobre todo, un grito de alerta contra la máxima alienación humana: la codicia, que arruina la vida comunitaria, al intentar llevarla por los caminos más radicalmente opuestos al espíritu de la alianza. El pueblo encuentra, de este modo, una guía segura para no recaer en una esclavitud aún peor que la sufrida en Egipto: la esclavitud de sí mismo. Dios llama al pueblo a la libertad porque únicamente así su servicio llegará a ser culto de comunión. Es el gran argumento del Éxodo. Libertad, pero total: no solamente externa, sino, y sobre todo, interior.

En realidad, en un tono categórico, nos presenta una serie de preceptos que abarca un campo amplísimo de conducta, pero en un contexto muy personalista. Son las "palabras" que el Señor dirige a todos los que quieran vivir la alianza con Él. Su lectura puede descubrirnos lagunas importantes en nuestra vida cristiana y nos acerca a las fuentes, sin el eco de tantas interpretaciones como llegan a nosotros.

El libro del Éxodo va subrayando que es Dios quien tiene la iniciativa de liberar de Egipto a su pueblo y de hacer con él una alianza: se trata de formar un pueblo de hombres libres que sirvan y reconozcan la soberanía de Yahvè.

De ahí que el decálogo se inicie con esta afirmación de Dios como único Señor del pueblo. "El Señor pronunció las siguientes palabras: Yo soy el Señor, tu Dios… No tendrás otros dioses frente a mí. " En este texto del libro del Éxodo se recogen los mandamientos, las “leyes”, que el mismo Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí, como expresión del código de la Alianza que el mismo Dios hizo con su pueblo. Son mandamientos, leyes justas, que Yahvé dio a su pueblo; si el pueblo las cumplía, Yahveh les protegería, siendo siempre fiel a esta Alianza.

Israel será plenamente él mismo en la medida en que sirva únicamente a Yahvé y supere las tentaciones de hacerse o de adorar a cualquier otro dios hecho según la medida de las necesidades humanas. Y al mismo tiempo, las primeras palabras son una afirmación de la presencia de Dios en el pueblo ("Yo soy") y en su historia.

Yahvé es el Señor del tiempo y de la historia, es el Señor creador y libertador. En el tiempo se vive la relación con Dios, así el sábado hace vivir al pueblo en comunión con Dios, en el gozo de pertenecer a él que se significa con el descanso de todas las ocupaciones, un descanso que no afecta solamente a los hijos de Israel, sino también a sus esclavos y a sus ganados, como signo de que es la creación entera la que pertenece a Dios.

Esta antigua Alianza de Dios con su pueblo vale también para nosotros y para todos los pueblos. Pero nosotros, los cristianos, debemos ser y sentirnos especialmente fieles a una Nueva Alianza, la Alianza que Dios renovó con nosotros en Cristo Jesús. El mandamiento nuevo de Jesús es amarnos unos a otros como el mismo Jesús nos amó a nosotros. Seamos nosotros fieles especialmente a esta Nueva Alianza.

 

El responsorial es el salmo 18 (Sal 18, 8. 9. 10. 11) Mediante este salmo, entramos en contacto con el alma de Israel, aferrada a la ley divina  (la Torah) mediante un amor ardiente y sincero. La admirable evocación del cosmos que  "habla" a quienes saben mirarlo (El universo, los cielos, las estrellas, el sol), es sólo una  introducción a esta afirmación increíble: Dios ha "hablado" a un pueblo... y le ha "revelado"  sus pensamientos sobre la humanidad. Para un judío fervoroso, la ley, lejos de ser una  traba minuciosa, una regla legalista y formalista, es un verdadero "don de Dios". Al revelar al  hombre la ley de su ser, Dios hace Alianza con él, para ayudarlo en sus comportamientos  vitales: como el sol que "desposa la tierra" para darle vida, en el don de la ley hay algo así  como la alegría de las nupcias, ¡es un misterio nupcial! La letanía de "cualidades" atribuidas  a la ley recuerda las cualidades que se dan los enamorados. La mitad de estas cualidades  es "objetiva", pues definen la ley en sí misma: es perfecta... segura... recta.. límpida... pura...  justa... 

La otra mitad es "subjetiva", ya que enumera los efectos de esta ley en el hombre: da  vida... da sabiduría... alegra el corazón... ilumina los ojos.

" La ley del Señor es perfecta  y es descanso del alma" (v. 8). 

Nos es difícil entender cómo la ley pueda ser el lugar del  encuentro con Dios. Sin embargo, en la conciencia del pueblo judío estaba arraigada la  convicción de que Yahvé está cercano a través de su palabra y a través de esa forma  particular de su palabra que es la ley. 

"Los mandamientos del Señor son verdaderos  y enteramente justos;  más preciosos que el oro,  más que el oro fino;  más dulces que la miel de un panal que destila" (v. 10-11). 

 

La segunda lectura es de San Pablo en su  Carta 1ª a los corintios ( 1ª Co, 1, 22-25), aporta un criterio para enfocar nuestro análisis de la realidad y alcanzar una escala de auténticos valores: "Lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres". Está claro que no es oro todo lo que reluce en nuestros juicios de valor.

San Pablo está convencido de que las facciones que se han constituido en Corinto se deben a un celo mal informado en pro de la filosofía y en pro de la reducción del mensaje evangélico a los sistemas de pensamiento humano. El pasaje que se lee en la liturgia de este día contrapone las pretensiones de esas sabidurías humanas al designio de la sabiduría de Dios y dejan al descubierto su incapacidad para expresar la trayectoria de la fe.

En contra de los judíos que quieren encontrar a Dios en los milagros y de los griegos, que le definen, creen ellos, sirviéndose de la filosofía, Pablo recuerda que Dios no es accesible más que en el Evangelio de la cruz (vv. 22-24), es decir, a los ojos de los judíos, en un Mesías crucificado o de un rey que no asciende hasta su trono sino partiendo de la cruz, es decir, a los ojos de los paganos, en un fundador de religión confundido, en el patíbulo, con un vulgar maleante.

" Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos."  En esta su carta a los Corintios, san Pablo no niega la validez de los signos que exigían los judíos, ni la sabiduría que buscaban los griegos; lo que hace san Pablo es resaltar lo propio de los cristianos, al predicar la salvación basada en los méritos de Cristo, una persona crucificada. San Pablo ve y quiere que veamos nosotros, los cristianos, en Cristo crucificado, la salvación que nos viene de Dios, precisamente a través de la humillación y muerte de Cristo, aceptada libremente y por amor, una muerte injusta provocada por la maldad de los hombres.

 

El evangelio deja el ciclo Marcos y nos presenta un texto de San Juan (Jn, 2, 13- 25),. La segunda parte de la Cuaresma del ciclo B está marcada por tres evangelios de Juan que presentan diferentes aspectos del camino muerte-resurrección que celebramos en la Pascua.

La escena de la expulsión de los vendedores que los sinópticos (seguramente con mayor veracidad histórica) colocan en los momentos finales de la vida de JC, desencadenando la definitiva reacción de las autoridades contra él, está colocada aquí al principio del evangelio, pero con las mismas referencias al misterio pascual, y para indicar, ya de entrada, que toda la vida de JC debe entenderse bajo la luz de su hora definitiva, la de su glorificación por medio de su paso por la muerte.

" ¿Qué signos nos muestras para obrar así? Jesús contestó: Destruid este templo y en tres días lo levantaré… Él hablaba del templo de su cuerpo.".  El único y verdadero templo de Dios, en el sentido más estricto de la palabra, es el cuerpo y el espíritu de Cristo. Un templo físico donde no habita el espíritu de Jesús no es templo de Dios, por muy grandioso, artístico y monumental que sea ese templo. Lo mismo nos pasa a nosotros, los cristianos: si no habita en nosotros el espíritu de Cristo no somos templo de Dios, aunque seamos unos fieles cumplidores de la letra de la ley cristiana. Los judíos, incluidos los discípulos de Jesús, no entendieron la respuesta de Jesús, porque para ellos el único templo de Dios era el templo de Jerusalén. Aprendamos nosotros: no debe ser para nosotros lo más importante de la religión ir al templo físico de la parroquia, o de cualquier iglesia, lo más importante es, cuando entramos en una iglesia, encontrarnos con el espíritu de Jesús, el único templo vivo y verdadero de Dios. Y, si cada uno de nosotros vive habitado por el espíritu de Jesús, él mismo es templo vivo de Dios.

El evangelio de hoy habla ya directamente de la muerte y resurrección de Jesucristo. San Juan, colocando esta escena al principio de su evangelio (al contrario de los sinópticos, en que aparece inmediatamente antes de la pasión) quiere dejar claro que la muerte-resurreción muestra el sentido pleno de todo lo que Jesús decía y hacía desde el principio (desde que "la Palabra se hizo carne").

¿Cómo podemos acercarnos a Dios los hombres? El evangelio muestra que los hombres han buscado relacionarse con el Dios lejano por medio de determinados actos u objetos: las ofrendas, los templos, etc. Pero estas mediaciones dejan siempre una gran distancia, y con facilidad pueden conducir a la hipocresía. Jesús proclama hoy que hay ya un camino nuevo, verdadero y pleno: un camino que no es un acto o un objeto sino una persona, la vida concreta de una persona, una vida que culmina en la muerte, en la resurrección.

En el relato de Juan (2, 13-17), el gesto de Cristo es directamente mesiánico; situado inmediatamente después de la alusión a Juan Bautista (Jn.1, 19-34), esta purificación aparece más aún como el cumplimiento de la profecía de Mal. 3, 1-4. Jesús actúa por su propia autoridad. Finalmente, Cristo considera el Templo como la "casa de su Padre" (cf. Lc. 2, 49).

b) La segunda parte del relato (Jn. 2, 18-20) San Juan comienza con una cita del Sal. 68/69, salmo que había recibido en la comunidad primitiva una interpretación mesiánica evidente y del que se hacía frecuente uso para meditar en la pasión. Para los cristianos, el "celo" de Cristo será la causa de su muerte (Mt. 26, 61-63). Juan proyecta además sobre el relato la sombra de la pasión del Señor.

Jesús quiere afirmar que en cuanto Mesías, enviado por Dios, tiene poder para destruir y para reconstruir el Templo, incluso en tres días, porque su poder es extraordinario.

En la tercera parte (1, 21-22). Juan presenta la interpretación cristiana de este episodio. Después de la pasión y resurrección del Señor, no solo queda aclarado el Sal. 68/69, 10, sino que la palabra de Cristo adquiere otro sentido. Jesús no es solo un Mesías capaz de "destruir-reedificar", es Hijo del Padre, y es otro el sentido en que reconstruye el Templo. La mención de los tres días adquiere así un sentido pascual específico. Por eso San Juan ha añadido, no sin razón doctrinal, que este episodio del Templo tuvo lugar cuando ya estaba próxima la fiesta de Pascua (Jn. 2, 13).

El nuevo Templo es la humanidad de Cristo, nueva casa del Padre, lugar del sacrificio perfecto (Heb.9-10) y fuente abundante de bendiciones (Jn. 7, 37).

La afirmación final "porque él sabía lo que hay en el interior de cada uno" (v. 25b) abre un amplio campo a la imaginación. Se trata de algún modo de la problemática del hombre, que Jesús conoce perfectamente y que, en razón del contexto, hay que entender aquí como el problema de la capacidad creyente del hombre. Creer y confiar exigen una cierta decisión y firmeza, sin que sean posibles el ánimo veleidoso, la pusilanimidad ni el miedo, la falta de confianza ni la lealtad a medias. Lo que Jesús conoce a las claras es precisamente que el hombre es un ser eminentemente inseguro, problemático y mutable, que depende de múltiples influencias internas y exteriores, todo lo cual se deja sentir justo sobre su capacidad para creer. No se trata, pues, de una omnisciencia divina de Jesús, sino de su mirada penetrante con la que abarca la problemática de la fe como el problema central del hombre.

 

Para nuestra vida

 

La cuaresma, como camino que conduce hacia la Pascua, pretende con medios tan esenciales como sencillos (oración, austeridad o caridad) revestirnos de un espíritu que nos lleve a celebrar intensamente y en verdad la Semana Santa.

En este tercer domingo de la cuaresma seamos conscientes de un gran peligro que nos acecha: no somos ya nosotros los mercaderes en nuestro propio templo. Es ya, la sociedad que nos rodea, la que intenta invadir y torpedear los atrios de cada persona, de cada familia y de la moral colectiva con sus propias pretensiones resumidas en una frase: ¡Todo vale! Y, eso, no es bueno.

Meditemos lo que hoy se nos ha proclamado desde  la Palabra de Dios.

 

En la primera lectura se nos ha proclamado  el decálogo. Tal como nos relata el texto, Yahvé se presenta como un Dios muy celoso, que no permite que sus criaturas adoren a otros dioses fuera de él. El amor a la familia y el amor a nuestro prójimo se derivan necesariamente del amor a Dios, porque Dios nos ha amado primero. "Yo soy el Señor, tu Dios… no tendrás otros dioses frente a mí". La redacción del decálogo está hecha de acuerdo con el lenguaje de la cultura de su tiempo.

Israel sufría bajo el yugo del Faraón, que hacía trabajar a los hebreos en las grandes construcciones desde el amanecer hasta el ocaso. Días largos de fatigas y vejaciones. Un período que marcaría para siempre a los israelitas. El pueblo gemía y clamaba al Cielo. Entonces Dios escuchó su clamor y extendió su brazo poderoso, venciendo la terquedad y el poderío de los egipcios.

En este pasaje l Señor recuerda a su pueblo el pasado, para que lo tenga en cuenta al emprender el camino del futuro. La Alianza pactada hacía que Israel fuera desde entonces total pertenencia de Yahvé que, a su vez, se constituía en Dios de su pueblo. "porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones.".

            La liberación realizada al Pueblo, también ha ocurrido en nosotros. También a cada uno nos  ha sacado de la esclavitud del pecado, se ha compadecido de nosotros y nos ha dado su ley de amor. Sin él estaríamos sometidos al yugo insoportable de Satanás. Por eso sus palabras vuelven a resonar para cada uno de nosotros: "No tendrás otros dios frente a mí...". El Señor no admite particiones, no tolera las medias tintas. O se está con él, o contra él. No lo olvidemos nunca.

Dios nos ha sacado de la esclavitud del pecado, se ha compadecido  de nuestra dependencia del pecado y nos ha dado su ley de amor. Sin él estaríamos sometido al yugo insoportable de la tentación, bajo la esclavitud del pecado y la muerte. Por eso sus palabras vuelven a resonar para nosotros aqui y ahora: "No tendrás otros dios frente a mí...". El Señor no admite particiones, no tolera las medias tintas. O se está con él, o contra él.

Nos valen como orientación los contenidos del Decálogo

En el Decálogo hay unos preceptos que se refieren a Dios y otros que se refieren a los hombres. Así, después de recordar que hay que amar de todo corazón al Señor, que hay que respetar su santo nombre y santificar las fiestas, El resto de mandamientos tienen una proyección hacia los demás. Dios nos habla de la obligación que tenemos hacia nuestros padres. Y para que comprendamos la importancia de este mandamiento, nos promete que, si lo cumplimos, tendremos una larga vida sobre la tierra.

El amor a los padres es, de ordinario, un sentimiento que está metido en nuestra misma naturaleza, algo que sale espontáneo del corazón del hombre. Pero Dios quiere reforzar ese sentimiento y ese lazo que nos ha de unir con nuestros padres. Por eso le da la primacía sobre los preceptos restantes y añade una promesa para quienes lo cumplen.

De ahí que el desamor hacia los padres es un pecado gravísimo. Es antinatural no preocuparse de ellos, no ayudarles, no comprenderles, olvidarles, abandonarles. A veces somos como tremendamente egoístas. Estamos pendientes de ellos cuando los necesitamos y cuando no, los olvidamos. Es triste ver en tanta soledad a muchos ancianos, cuyos hijos ni se acuerdan de ellos. Ojalá cumplamos la ley divina, y también humana, y no olvidemos nunca a nuestros padres.

 

El salmo (Sal 18) nos invita a centrar nuestra actitud orante, en la palabra salvadora de Dios: "Señor tú tienes palabras de vida eterna".

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila.

Cuando oímos hablar de leyes y normas, en seguida nos viene a la mente la idea de restricción, de coacción, incluso de pérdida de libertad. En cambio, en este salmo leemos que la ley del Señor produce en sus fieles un efecto totalmente contrario a la represión.

Es una ley que proporciona alivio y paz: “descanso del alma”. Es educativa: “instruye al ignorante”. Causa alegría al corazón, otorga clarividencia y sabiduría. No es como tantas leyes humanas, que sirven para controlar a las gentes, a veces necesariamente pero otras veces de forma injusta, por muy legales que sean.

La ley de Dios tiene otras cualidades. Las leyes humanas cambian y lo que antes era ley hoy incluso puede ser un crimen, pero la ley divina es perfecta e inmutable. Así lo reza el salmo: es eternamente estable. ¿Por qué? Porque es pura, perfecta y verdadera. Porque no procede de la voluntad humana ni de sus intereses, sino del amor de Dios.

La ley de Dios, en realidad, es la ley del amor, como Jesús enseñó. Y el amor, efectivamente, tiene sus mandatos y opera un efecto en quienes se rigen por él. No hay que entender la palabra “mandato” como una obligación impuesta; Dios quiere nuestra fidelidad, y no es posible ser fiel sin ser libre. El mandato significa una necesidad prioritaria, un imperativo básico, de la misma manera que para sobrevivir son imperativos respirar, comer y descansar lo suficiente.

¿Qué consecuencias tiene seguir esta ley? El autor de estos versos lo sabía muy bien. Seguir la ley del Señor otorga serenidad, alegría y sabiduría. Es una ley que nos libera de las peores opresiones: nuestro orgullo, nuestros prejuicios, nuestro egocentrismo, nuestros miedos. Es una ley que nos hace humildes e intrépidos a la vez, porque el amor no conoce temor ni se endiosa. Esta ley nos ayuda a vivir con plenitud.

 

En la segunda lectura , San Pablo explica con gran lucidez la realidad del cristiano en los años en que él vivió y que, desde luego, son perfectamente válidos para nosotros.

Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos. Ni los judíos, ni los griegos podían entender y aceptar el lenguaje de san Pablo cuando hablaba de Jesús de Nazaret como auténtico Mesías. Porque para los judíos el Mesías sería un Mesías triunfador y poderoso con el poder de Dios; por eso, hablar de un Dios crucificado era un auténtico escándalo para los judíos. Los griegos no creían en ningún Mesías salvador y redentor del ser humano, por lo que hablar de esto les parecía sencillamente una necedad. El fideísmo de san Pablo se oponía radicalmente al racionalismo de los griegos. Hoy vivimos en una situación parecida a la que vivió san Pablo: lo que se opone a una razón lógica y científica les parece a muchos, simple necedad. Por eso, el cristianismo y cualquier otro dogma religioso son recibidos en nuestra sociedad con indiferencia o con desprecio; sólo vale lo que la razón científica prueba y comprueba. Los cristianos seguimos afirmando, con Pascal, que el corazón tiene sus razones que la razón no entiende. Predicar la verdad de Cristo crucificado es para nosotros una verdad del corazón.

Muy oportunas son las reflexiones de San Pablo, predicar Cristo crucificado, su seguimiento, era necedad para los griegos. ¿Cómo un ajusticiado podía ser venerado? Y era escándalo para los judíos. Porque Jesús fue condenado por lo más alto de la sociedad teocrática judía. Era escandaloso darle le culto, tenerle como Dios. Pero ahí está que para nosotros es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. El sacrificio salvador de Jesús era difícil de entender. Hoy mismo lo es. Y hay mucha gente que se sigue preguntando si fue necesario que muriera Jesús en la Cruz y si la redención no pudo acometerse de otra manera. Pero Jesús llevó acabo un esfuerzo total de entrega voluntaria. Pero, además, mirémoslo desde las definiciones doctrinales de Jesús, sin llegar, todavía, al sacrificio.

La vida cristiana, también aparece como algo extraño, ¿no es necedad o locura poner la otra mejilla cuando se ha recibido un bofetón? ¿No lo es, asimismo, amar a los enemigos y rezar por ellos? ¿Y, también, hacerse pobre para poder seguirle? Pocos de los que nos llamamos cristianos, lo venderemos todo para ir detrás del Señor y pocos, muy pocos, perdonamos y rezamos por el enemigo que nos ha maltratado. Si somos coherentes con el mensaje de Jesús seremos tildados, sin duda, de locos o, al menos, de raros… El seguimiento de Jesús propone medidas muy radicales, muy difíciles de aceptar. Y, tal vez, se llega a ellas tras mucho tiempo y mucho empeño de querer serles fieles. Aunque, como bien dice Pablo, necesitamos de la gracia y de la sabiduría de Dios para disipar nuestro estupor ante lo que Cristo nos manda. este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, es un tiempo de gracia para ver, desde la intimidad de nuestro corazón, como es nuestra vida, cuales son los verdaderos motivos y valores que mueven nuestra vida.

 

En el relato del evangelio de hoy, se nos narra que  estando cercana la Pascua, Jesús sube a Jerusalén. Era una de las fiestas de peregrinación, junto con la de Pentecostés y la de los Tabernáculos. Días en los que se enfervorizaba el pueblo y al compás de un paso regular, a través de largas andaduras, se avanzaba hacia Dios, recordando que la vida entera es para cada uno un éxodo continuo en el que, por los caminos de la tierra, nos dirigimos al cielo.

 Cuando Jesús llegó a la explanada del Templo, la preparación de la fiesta se encontraba en plena efervescencia. Los cambistas de moneda atendían a los peregrinos que llegaban de la Diáspora con moneda extranjera y debían cambiar para tener moneda nacional, los vendedores de los animales para el sacrificio hacían su negocio entre la algarabía propia de un mercado. El Señor se llenó de indignación ante aquel cuadro deplorable, indigno de la casa de Dios. Es una de las pocas escenas de un Jesús enfadado.

Frente a los comportamientos de quienes han hecho de la creencia en Dios un negocio, Jesús presenta su plan de actuación, con un anunció misterioso para quienes le escuchan.

Destruid este templo y en tres días lo levantaré… Cuando San Juan escribe su evangelio, lo hace bajo la luz de la experiencia pascual. Y desde su punto de vista, el punto de vista de la fe en la resurrección de Jesús, interpreta las palabras de Jesús refiriéndolas a su cuerpo muerto y resucitado a los tres días. Si Jesús es el verdadero templo, se comprende entonces su oposición a cualquier otro templo, que pretenda situarse como algo sagrado por encima del hombre. Sí, Jesús es el templo, el ámbito del encuentro de los hombres con Dios, culto a Dios en espíritu y en verdad, pues donde hay dos reunidos en nombre de Jesús, allí está él en medio de ellos. Si Jesús es el templo, los que se incorporan a Jesús por la fe forman con él un mismo templo. La iglesia material no es ya para los cristianos la "casa de Dios" sino la casa del pueblo de Dios. Así lo explica San Agustín en su comentario a este evangelio:

“A nivel de figura, el Señor arrojó del templo a los que en el templo buscaban su propio interés, es decir, los que iban al templo a comprar y vender. Ahora bien, si aquel templo era una figura, es evidente que también en el Cuerpo de Cristo —que es el verdadero templo del que el otro era una imagen— existe una mezcolanza de compradores y vendedores, esto es, gente que busca su interés, no el de Jesucristo. Y puesto que los hombres son vapuleados por sus propios pecados, el Señor hizo un azote de cordeles y arrojó del templo a todos los que buscaban sus intereses, no los de Jesucristo”. (San Agustín)

Del evangelio de hoy nos quedan unas profundas reflexiones acerca de lo que debemos evitar como peligro de negocio y lo que debemos entender por templo.

Como estaba cercana la Pascua, Jesús sube a Jerusalén. Era una de las fiestas de peregrinación, junto con la de Pentecostés y la de los Tabernáculos. Días en los que se enfervorizaba el pueblo y al compás de un paso regular, a través de largas andaduras, se avanzaba hacia Dios, recordando que la vida entera es para cada uno un éxodo continuo en el que, por los caminos de la tierra, nos dirigimos al cielo.

 Cuando Jesús llegó a la explanada del Templo, la preparación de la fiesta se encontraba en plena efervescencia. Los cambistas de moneda atendían a los peregrinos que llegaban de la Diáspora con moneda y debían cambiar para tener moneda propia de templo: los siclos. También, los vendedores de los animales para el sacrificio hacían su negocio entre la algarabía propia de un mercado. El Señor se llenó de indignación ante aquel cuadro deplorable, indigno de la casa de Dios. Haciendo un látigo con cuerdas arremetió, él solo, contra toda aquella chusma.

Es un gesto que nos resulta sorprendente, dada la actitud serena que de ordinario vemos en Jesús. Sin embargo, quiso mostrarnos el furor de su ira para que entendamos lo grave que es hacer un negocio de las cosas de Dios, para que comprendamos cuánto abomina Jesús a quienes en lugar de servir a la Iglesia, se sirven de ella para medrar en lo temporal.

Todos podemos caer en la tentación de buscar intereses materiales a costa de la Iglesia o de quienes la representan, todos podemos convertir nuestras relaciones con Dios en trato de carácter mercantil. Ante la Iglesia, es decir ante Jesucristo, la única actitud válida es la de servicio desinteresado y generoso.

Respecto a la reflexión acerca del templo, El único templo en torno al cual se reunían los cristianos, en tiempos del evangelista Juan, era el cuerpo de Cristo. Después de Constantino los cristianos volvieron a reunirse en templos de piedra para celebrar la vida, muerte y resurrección del Maestro y Redentor. Pero sin olvidar que lo más importante nunca fue el templo físico donde comulgaban, sino el cuerpo vivo de Cristo con el que comulgaban. Pues bien, nosotros los cristianos, cuando nos reunimos para celebrar nuestras eucaristías, no debemos olvidar que el único que nos congrega es Jesús, que nos reunimos en torno a su cuerpo. Jesús fue el verdadero cuerpo de Dios y los cristianos, por nuestra comunión con Cristo, somos verdaderos cuerpos de Dios. Esa es nuestra mayor responsabilidad como cristianos: vivir conscientes de que somos cuerpos de Cristo, templos de Dios, y saber ver a las personas como templos de Dios, con todo el respeto y amor que esto conlleva. .

Nunca debemos hacer de la religión un negocio, nunca podemos mezclar los valores de la fe con otros valores materiales, ni servirnos de nuestra condición de católicos para escalar peldaños en la vida social. De lo contrario corremos el peligro de convertir la Iglesia en casa de contratación, en una especie de supermercado de las cosas del espíritu.

Todos debemos reflexionar en la presencia de Dios, pues todos podemos caer en la tentación de buscar intereses materiales a costa de la Iglesia o de quienes la representan, todos podemos convertir nuestras relaciones con Dios en trato de negocios. Ante la Iglesia, es decir ante Jesucristo, la única actitud válida es la de servicio desinteresado y generoso.

"No solo el culto". Jesús relativiza la importancia del Templo como "lugar de culto", señalando que la cuestión no es si en Jerusalén o en Garizín, sino en el corazón y en la actitud que tenemos cuando damos culto a Dios. Ya en el Antiguo Testamento Dios había dicho que quería misericordia y no sacrificios. Por eso se atreve Jesús a decir que era capaz de destruir el Templo y levantarlo en tres días. Hablar así para los judíos ortodoxos era una blasfemia. Pero Él se refería al templo de su cuerpo, que iba a morir y resucitar. Es un anticipo de la Pascua ya cercana, pues Jesús había tomado ya la decisión de "subir a Jerusalén", donde estaba el centro de la religión judía. Reflexionemos sobre nuestra forma personal de vivir la "religación con Dios" y veamos si son adecuados los servicios religiosos que prestamos. Lo cultual es necesario, pero una parroquia o cualquier comunidad cristiana debe ejercer también el ministerio -servicio- del anuncio gozoso del Evangelio -catequesis- y del amor gratuito a los necesitados -caridad-.¡Pobres cristianos seríamos si nos quedamos sólo en lo cultual!.

El único premio al que tenemos que aspirar por servir a Dios es la recompensa eterna, la paz del alma, la alegría de la renuncia a nosotros mismos en pro de una causa noble. Esa es nuestra esperanza y nuestro gozo, la de servir y amar como Cristo nos amó y se entregó en redención por muchos. Vivamos siempre con una honda visión de fe, con unas categorías diversas a las que se usan en el comercio o en la política.

San Juan en este texto añade la nota cristológica a nuestro examen de conciencia al presentarnos la perdurabilidad de lo cristiano: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré". Sólo desde la fuerza salvadora de la resurrección de Cristo podemos encontrar la medida exacta de las exigencias evangélicas.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

viernes, 16 de marzo de 2018

Comentario de las Lecturas de la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen Maria. 19 de marzo 2018.

Comentario de las Lecturas de la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen Maria.19 de marzo 2018.

La tradición en el culto a San José tardó en tomar fuerza dentro del mundo cristiano, a pesar de ser el padre elegido para Jesús. El motivo más probable es que en sus orígenes los cristianos sólo rendían algún tipo de culto a los mártires y no era el caso de San José.
En los principios del siglo IV ya comenzaba a aparecer el culto a San José entre los Coptos (Egipcios de fe cristiana), apareciendo su festividad en el día 20 de julio del calendario Copto.
En el mundo occidental aparecen las primeras referencias a su culto en el año 1129, donde se encuentra una Iglesia dedicada a su nombre en Bolonia (Italia).
Los padres Carmelitas fueron los primeros en trasladar su culto desde Oriente hasta Occidente de una manera completa y tras su aparición en el calendario Dominico fue ganando cada vez más fuerza.
Durante los años posteriores, grandes personalidades que después fueron santos, en algunos de los casos, tuvieron una gran devoción por San José, lo que hizo que su culto tomase más fuerza. Es significativa la aportación de Jehan Charlier Gerson que en 1400 compuso un Oficio de los Esponsales de San José.
En el pontificado de Sixto IV, San José fue introducido en el calendario romano, que es el que ha llegado hasta nuestros días, en el día del 19 de marzo.
Esto fue fundamental y a partir de ese momento se convirtió en fiesta simple, pasando luego a fiesta doble por Inocencio VIII, fiesta doble de segunda clase por Clemente XI. Finalmente Pío IX le nombró patrono de la Iglesia Católica.
Más recientemente, el admirado pontífice y santo Juan XXIII introdujo su nombre en el Canon romano, que es un parte de la misa que se reza igual en todos los países y en todos los idiomas.
Las lecturas tienen un marcado carácter mesiánico. Dios juró a David que su linaje sería perpetuo y que edificaría su trono para todas las edades (1 lect. y salmo resp.) José, el esposo de María, es de la estirpe de David, padre por la fe, de Jesús, en quien alcanzan su plenitud las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento (2 lect.). José es modelo de fe, al aceptar la revelación divina sobre el embarazo de María: «No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Ev.). Así fueron confiados a su fiel custodia los primeros misterios de la salvación de los hombres (orac. colecta). Y él se entregó por entero al servicio del Hijo de Dios hecho hombre (orac. sobre las ofrendas).

La primera lectura del Segundo libro de Samuel (2S 7 4-5, 12-14, 16) nos sitúa ante la  profecía de Natán sobre la herencia de David referente al templo Habiendo narrado el autor el episodio del traslado del arca desde Quiriat Jearim a Jerusalén, añade una noticia muy distante, cronológicamente, de la anterior, pero unida por razón del tema. Lo que en esta sección se refiere tuvo lugar hacia los últimos años de David, cuando la paz interior habíase consolidado y en las fronteras del reino imperaba la paz. Israel había dejado de ser un pueblo seminómada. El rey tenía su palacio; sólo el arca ocupaba un edificio provisional y endeble. Este estado precario del arca no podía prolongarse. De sus preocupaciones hizo confidente al profeta Natán.En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
La promesa de la perpetuidad de su trono está condicionada, a que sus sucesores sigan los senderos de Yahvé y cumplan el pacto de la alianza. En el ν. 16 promete Dios a David que su casa y su trono durarán para siempre ante su rostro; pero no especifica cómo se realizará esta promesa. Muchos exegetas no creen que el texto de 2 Sam 7:13-15 se refiera al hijo determinado y concreto de David, Salomón, sino a toda su posteridad.
Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa para mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mi hijo. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”. Esencialmente, la promesa se refiere a la continuidad de la dinastía davídica en el trono de Israel (v. 12-16), como lo entiende el mismo David. La perspectiva profética, pues, rebasa la persona concreta de Salomón. Entre líneas cabe vislumbrar en el texto un descendiente de David en el que se realizarán todos los matices y pormenores contenidos en el oráculo. De ahí que gran número de exegetas admitan el carácter mesiánico de la profecía, discrepando en señalar la manera como se refiere a la persona del Mesías. Unos explican el texto en sentido exclusivamente mesiánico; otros, en sentido literal, lo refieren a Salomón, y en sentido típico a Cristo. En primer lugar cabe afirmar que el término zera=simiente, designa una colectividad y un individuo particular (v.13). No cabe duda que el oráculo constituye el primer anillo de la cadena de profecías que anuncian un Mesías hijo de David. El Mesías será hijo de David y su reino será eterno: he aquí el sentido pleno que late bajo el sentido obvio de las palabras "El edificará un templo en mi honor..." (2 S 7,13) y que  se cumplió plenamente. Primero en figura, espléndida pero efímera, y luego en la realidad, aunque de forma inaudita y definitiva. En efecto, el primer rey de la dinastía davídica, Salomón, construyó el templo de Jerusalén, una de las maravillas del mundo antiguo. Pero aquel templo sería destruido por los asirios. Después Esdras y Nehemías lo reconstruyen modestamente. Finalmente el templo es restaurado de manera ambiciosa por Herodes.
La profecía será el origen de la espera en el Mesías; profecía que el  Señor Dios cumplirá. Los judíos esperaban esa promesa y en tiempos de Jesús presidía los mejores anhelos del pueblo justo.

El responsorial es el Salmo 88 (Sal 88, 2-5, 27, 29). En el  se expresa un profundo contenido mesiánico. En David se fundará un ‘linaje perpetuo’ y se verificará una alianza estable. La relación paternal de Dios con esa descendencia se expresa claramente.
Antes de abordar el tema de la promesa divina hecha a David y su descendencia, el salmista declara solemnemente que las relaciones del Señor con su pueblo y sus fieles se desarrollan siempre conforme a las exigencias de su piedad y fidelidad.
Este modo de proceder del Señor da ánimos al salmista para abordar el problema de las relaciones históricas de su Dios con Israel, su pueblo. La piedad y la fidelidad son dos atributos del Señor que permanecen por siempre, y, por tanto, son indefectibles y aplicables a todas las situaciones. El Señor es el mismo de los tiempos antiguos, cuando protegía a su pueblo; por consiguiente, no puede abandonarlo cuando éste se halle en situaciones críticas. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.. La fidelidad de Dios a sus promesas tiene sus cimientos en los cielos, que son inconmovibles; por eso, sus promesas llevan el sello de la estabilidad inalterable. Y entre ellas sobresale la declarada a David.
 Yo sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: Dios es siempre fiel a su Palabra y a sus promesas ". En lenguaje poético expresa el salmista “Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. El me dirá: Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora". Es lo que se dice en 2 Sam: Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres  (2 Samuel (SBJ) 7,14) y sigue luego: pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl a quien quité de delante de mí. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente (2 Samuel (SBJ) 7,15) El salmo expresa estos mismos pensamientos con insinuaciones bellísimas, que destacan las relaciones paternales del Señor con la dinastía davídica. David se convierte así en el primogénito del Señor; Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra(Salmos (Sal 88, 29) y, en consecuencia, se halla exaltado sobre todos los reyes de la tierra. La alianza hecha a su persona se continuará en su posteridad, que mantendrá la realeza por siempre, mientras duren los cielos.
Yo lo constituiré mi primogénito, el más alto de los reyes de la tierra.
Le aseguraré mi amor eternamente, y mi alianza será estable para él.
Por eso David, con toda lealtad, puede llamar Padre a Dios; podrá invocar a Dios pues Él estará siempre dispuesto a protegerlo y a defenderlo de sus enemigos. ¿Habrá amor más grande hacia David, que el que Dios le ha manifestado?.

En la segunda lectura  Rm 4 13, 16-18,22 San Pablo, narra a los paganos ya convertidos otra promesa fundamental: la hecha por Dios a Abrahán y que paso de ser un anciano estéril a padre de todos los pueblos.
En el cap 4 San Pablo con una amplia riqueza de palabras y de imágenes, describe el ministerio apostólico como la luz de Dios en las tinieblas del mundo. Al hacerlo, explica de nuevo, con mayor claridad, sus verdaderos objetivos, para defender su ministerio y su conducta ministerial frente a las suspicacias y ataques de que era objeto en Corinto (4,2.5).
Cuando Dios llamó a Abran, prometió, “Y haré de ti una nación grande” (Génesis 12:2). Esa promesa no podía ser cumplida por medio de la obediencia de la ley por Abran, porque serían cuatro siglos más tarde que Dios entregó la ley en Sinai. La virtud de Abran era la fe en vez de la observación de la ley.
La única parte de la promesa que Abraham fue permitido a observar fue el nacimiento de Isaac – su hijo y heredero. “Ni Abraham ni sus más inmediatos herederos – su hijo Isaac y su nieto Jacob – habían tenido propiedades en Canaán, excepto un pequeño campo cerca de Mamre en el que se ubicaba la cueva de Machpelah… Abraham vio la Tierra Prometida y erró por ella como nómada, pero nunca fue suya”. Es por eso que Pablo puede decir que la promesa vino a Abraham por medio de la fe. Vivió y murió sin ver cumplida la promesa de Dios, pero confiando que sería cumplida.
“Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (v. 16). San Pablo escribe a una iglesia que incluye a ambos judíos y gentiles. Que él diga que Abraham es “padre de todos nosotros” es algo bastante radical. Cristianos judíos clamarían ser semilla de Abraham por línea sanguínea, pero Pablo nos dice que todo cristiano puede reclamar ser descendiente espiritual de Abraham.
 Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; (griego: ethnon – se puede traducir “naciones” o “gentiles”) (v. 17).
la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. (v. 17). Pablo se fija en dos atributos de Dios:
Primero, Dios “da vida á los muertos.” Esto hace pensar de Abraham y Sara, quienes se creían muertos, pero por la gracia de Dios dieron vida a descendientes “como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena inmunerable que está á la orilla de la mar” (Hebreos 11:12. Véase también Génesis 17:15-21; 18:11-14). También hace pensar de los huesos secos que revivieron ante la palabra de Dios (Ezequiel 37). El punto de Pablo es que gentiles estaban espiritualmente muertos, pero el Dios que revive los muertos ha respirado vida aún en el pueblo gentil.
Segundo, Dios “llama las cosas que no son, como las que son.” “El verbo llamar puede significar nombrar o convocar. También puede significar crear, y ése es el significado que encontramos aquí… Pablo habla de Dios creando, por medio de su llamada, algo de nada (Morris, 208-209). Igual que Dios creó un pueblo de Dios de los descendientes carnales de Abraham que se hallaban convertidos en esclavos en Egipto, también así Dios ha creado un pueblo de Dios de entre gentiles humildes.
El (Abrahan) creyó en esperanza contra esperanza, para venir á ser padre de muchas gentes (v. 18). Abran encuentra una promesa contra un problema. El problema era que él y su esposa, Sarai, eran ancianos – el tiempo de criar niños ya muy pasado. Pero Dios le había enseñado a Abran las estrellas, diciendo, “Así será tu descendencia” (v. 18).
Por lo cual le valió la justificación”. Necesitamos hacer lo que hizo nuestro Padre Abraham. Necesitamos creer que Dios puede hacer lo imposible y que nada es demasiado difícil para Dios. Necesitamos creer en el poder y las promesas de Dios, sin dudar. Necesitamos creer y estar dispuestos a obedecer voluntariamente a Dios, salir de este mundo y apartarnos del pecado.
También necesitamos confiar en la guía y dirección de Dios al llevarnos a un territorio desconocido. En nuestro viaje como extranjeros y peregrinos en el mundo, necesitamos mirar en fe al venidero Reino de Dios y en la nueva Jerusalén. Nuestra fe en la herencia futura en el mundo que vendrá debería motivarnos a vivir nuestra vida por fe.
Finalmente, por medio del ejemplo de Abraham, vemos que debemos demostrar nuestra fe en Dios por la obediencia y haciendo buenas obras que demuestran nuestra fe. Nuestra fe es perfeccionada al hacer buenas obras.
Tener fe y hacer buenas obras es una fe viva. “Yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).

El evangelio de hoy  (Mt 1, 16, 18-21, 24), forma parte del primer capítulo de Mateo que a su vez forma parte de la sección referente a la concepción, nacimiento e infancia de Jesús. El centro de todo el relato es la persona de Jesús a la que se suman todos los sucesos y las personas mencionadas en la narración.. Se debe tener presente que el Evangelio revela una teología de la historia de Jesús, por eso, al acercarnos a la Palabra de Dios debemos recoger el mensaje escondido bajo los velos de la historia sin perdernos, como sabiamente nos avisa San Pablo, “en las cuestiones tontas”, guardándonos “de las genealogías, de las cuestiones y de las discusiones en torno a la ley, porque son cosas inútiles y vanas”. (Tm 3:9)
Este texto se conecta a la genealogía de Jesús, que Mateo compone con el intento de subrayar la sucesión dinástica de Jesús, el salvador de su pueblo (Mt 1:21). A Jesús le son otorgados todos los derechos hereditarios de la estirpe davídica, de “José, hijo de David” (Mt 1:20;) su padre legal. Para el mundo bíblico y hebraico la paternidad legal bastaba para conferir todos los derechos de la estirpe en cuestión (cf.: la ley del levirato y de la adopción Dt 25:5 ss) Por esto, después del comienzo de la genealogía, a Jesús se le designa como “Cristo hijo de David” (Mt 1:1), esto es, el ungido del Señor hijo de David, con el cual se cumplirán todas las promesas de Dios a David su siervo.
Imagen relacionadaJesús nace de “María desposada con José” Mt 1:18a) que “se halló en cinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1:18b). Mateo no nos cuenta el relato de la anunciación como lo hace Lucas (Lc 1, 26-38), pero estructura la narración desde el punto de vista de la experiencia de José el hombre justo. La Biblia nos revela que Dios ama a sus justos. Pensamos en Noé “hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos” (Gén 6:9). O en Joás que “hizo lo que era recto a los ojos del Señor” (2Re 12:3).
Una idea constante en la Biblia es el “sueño” como lugar privilegiado donde Dios da a conocer sus proyectos y planes, y algunas veces revela el futuro. Bien conocido son los sueños de Jacob en Betel (Gén 28: 10ss) y los de José su hijo, como también los del coopero y repostero prisioneros en Egipto con él, (Gén 37:5ss; Gén 40:5ss) y los sueños del Faraón que revelaron los futuros años de prosperidad y carestía (Gén 41:1ss).
A José se le aparece “en sueños un ángel del Señor” (Mt 1.20) para revelarle el plan de Dios. En los evangelios de la infancia aparece a menudo el ángel del Señor como mensajero celestial y también en otras ocasiones esta figura aparece para tranquilizar, revelar el proyecto de Dios, curar, liberar de la esclavitud (cf.: Mt 28,2). Muchas son las referencias al ángel del Señor también en el Antiguo Testamento, donde originariamente representaba al mismo Señor que cuida y protege a su pueblo siempre acompañándolo de cerca.

Para nuestra vida
En medio de la cuaresma se presenta la fiesta de San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, que es una explosión de alegría en medio de la austeridad cuaresmal. En todo el mundo hispánico, es patrón de numerosas ciudades y de muchas personas. Los nombres de José, Josefa, Pepe, Pepita y todas sus variantes son, sin duda, los más frecuentes de los censos de los hispanohablantes. En España, por ejemplo, Valencia celebra la Fiesta de las Fallas, donde arden a las doce de la noche de la festividad unos peculiares monumentos de madera y cartón piedra, y que sin duda tienen una interpretación finalista y penitencial. Se queman los malos modos, se incendian los viejos pecados.
Hoy se nos invita a contemplar como en San José, Dios, confió los primeros misterios de la Salvación. Su figura aun teniendo su protagonismo en los aledaños de la Navidad es en la cuaresma cuando, su persona, nos prepara para celebrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Es también compás que precede a la melodía de la Encarnación de Cristo en María. Es, además, un momento privilegiado para felicitar a los padres que, día a día, se vuelcan en sus hijos y –además- como San José intentan educar, dirigir y orientar la vida de los suyos.
Es, por otra parte, una jornada necesaria para rezar por las vocaciones sacerdotales. Para preguntarnos sobre la salud espiritual de nuestras diócesis que, en el Seminario, se puede ver perfectamente reflejada. Algo no funciona bien “en las carpinterías de nuestras parroquias” cuando, en ellas, nos cuesta animar a nuestros jóvenes a encauzar su futuro desde la opción sacerdotal.
.San José, pertenece a esa inmensa cadena de personajes que desemboca en Jesús. Es, entre otras cosas, el héroe del silencio: no habla pero dice. Es, además, el soñador de lo divino: duda pero, en sueños, sus dudas se desvanecen. Es, por otra parte, el que sin ruido pero sin pausa se convierte en el principal confidente, acompañante, educador y fiel hasta los últimos días en el crecimiento de Jesús.

La primera lectura del Segundo Libro de Samuel incide, sobre todo, en la ascendencia familiar de David sobre Jesús, a través de San José. Y es que para el pueblo judío la llegada del Mesías era una promesa que Dios había hecho a la estirpe de David.
José es descendiente de la familia de David, con lo que en Jesús –su Hijo adoptivo- se cumple la promesa hecha al rey David de poner a un descendiente suyo en ese trono que duraría por siempre en la Presencia de Dios.
Destruido el templo,  la profecía hecha a David se cumpliría... Un nuevo templo se alza, no sobre la gran explanada de Herodes sino sobre la nueva Jerusalén. Pero ahora el templo es el Cordero, Cristo mismo glorificado, la nueva Shekiná, la misteriosa y amable presencia de Dios en medio de su Pueblo.

El salmo nos habla de la fidelidad de Dios a David. En este salmo 88 hay frases de hondo contenido mesiánico y por ello está muy bien elegido en esta fiesta de San José. Pero hay que decir también que el salmo 88 tiene un contenido no homogéneo. Etán fue su primer redactor pero luego fue reelaborado para darle ese contenido mesiánico fijado en la figura del Rey David.
A nosotros, Dios nos ama por medio de Cristo, Dios nos ha amado hasta el extremo. Desde Cristo Dios no sólo es llamado Padre nuestro, sino que en verdad lo tenemos por nuestro Padre. Cuando nos acercamos a pedirle perdón Él nos recibe y nos vuelve a enviar como testigos de su amor y de su misericordia. Por eso aprendamos a no luchar contra las fuerzas del mal con nuestros propios recursos, pues saldríamos vencidos. Pongámonos en manos de Dios y hagamos nuestra la Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte.
Dios es siempre fiel a sus promesas; su amor hacia los suyos jamás dará marcha atrás, pues lo que Dios da jamás lo retira. Él escogió a David como siervo suyo; lo ungió y, poniéndolo al frente del Pueblo, Dios siempre estuvo de su lado.

San Pablo en el fragmento de hoy de su Carta a los Romanos nos habla de Abraham, el padre de todos los creyentes, porque creyó contra toda esperanza que sería padre de muchas naciones. ¡Buen ejemplo de fe!
"Te hago padre de muchos pueblos" (Rm 4, 17) De nuevo otra profecía mesiánica. En esta ocasión fue Abrahán quien recibe esta promesa de una generación numerosa, la mejor bendición que se podía recibir en aquellos tiempos. El patriarca creyó en la palabra de Dios, a pesar de que Sara era estéril y luego sólo tuvo un hijo... También José es llamado patriarca, pues también él creyó en las palabras misteriosas del arcángel Gabriel.

El Evangelio de San Mateo se refiere a la herencia davídica de Jesús, a través de José de Nazaret, al igual que ya lo hemos escuchado en la primera lectura. Pero además el Evangelio nos revela que, como a José, nunca nos faltará el apoyo de Dios en situaciones difíciles y de difícil valoración para nosotros. El Ángel del Señor explicó a José cual era el Camino.
Destaca los aspectos de fe y confianza en Dios, San Mateo nos cuenta que fue Jacob quien engendró a José y así Jesús recibe la herencia antigua. Y nos relata el mundo de dudas en el que se vio inmerso San José ante la futura maternidad de la Virgen. Para sacarle de dudas se le parece un ángel en sueños que, además, la llama “José, Hijo de David, confirmándose una vez más el linaje que es portador de la promesa divina. Y esa visita del ángel del Señor es paralela y coincidente con la presencia de Gabriel ante la Virgen María en el momento de la Anunciación. El fruto del vientre de María procede del Espíritu Santo y vendrá al mundo para salvar al pueblo de su pecado.
Así lo llama el Ángel cuando se manifiesta en sus sueños en el momento en que lo consumía la preocupación por la situación que generaba el aparentemente injustificado embarazo de María, su esposa. Como a José, el Señor siempre nos muestra cual es el Camino.
Dios cuenta con un hombre humilde y sencillo. El Señor confía y valora las capacidades humanas, los deseos sinceros de amar de José, de serle fiel. Por eso, en este día deseamos aprender primero de Dios que quiso contar con sus criaturas –fiado de ellas-- para llevar a cabo su plan de Redención: la empresa más grande jamás pensada. También aprendemos de José que no defraudó a quien había depositado en él su confianza. La confianza que Dios deposita en José pone de manifiesto hasta qué punto Dios valora a las personas. Somos ciertamente muy poca cosa, apenas nos cuesta reconocerlo, al contemplar la fragilidad e imperfección humanas, sin embargo, Dios no sólo ha tomado nuestra carne naciendo de una mujer, sino que se dejó cuidar en todo en su primera infancia por unos padres humanos; y luego, algo mayor, aprendió quizá sobre todo de su padre, José, las costumbres y tradiciones propias de su región, de su país, de su culto.
Las narraciones evangélicas nos hablan de José y de su fidelidad. Estando desposado con la Virgen María y comprendiendo que Ella esperaba un hijo sin que hubieran convivido, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Así manifiesta su virtud: decidió retirarse del misterio de la Encarnación sin difamar a María y fue necesario que un ángel le dijera: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Con la misma propiedad con la que se puede decir que el ángel del Señor anunció a María su futura y divina maternidad, también se puede decir que el ángel del Señor anunció a José su deber de aceptar a María como su esposa y mujer. Como María dijo su famoso y trascendental “fiat”, hágase, así José “hizo como el ángel del Señor le había mandado”. Y las mismas dificultades que había tenido María para rendirse a la voluntad del Señor, las tuvo José, y quizá mayores, para obedecer la voz del ángel. Muy mal tuvo que pasarlas José, desde el momento mismo en que empezó a darse cuenta de que su esposa estaba embarazada. Seguro que fueron días y noches de un inmenso pesar y de un desconsuelo total. José amaba a María y confiaba en ella; estaba dispuesto a poner la mano en el fuego por la inocencia y bondad de su esposa. Pero las evidencias eran innegables y él no podía negar la evidencia. ¿Qué hacer? Nos dice el evangelio que “como era justo y no quería ponerla en evidencia, decidió repudiarla en secreto”. Esta actitud y esta decisión de José, a mí siempre me ha parecido algo grandioso y admirable. José conocía muy bien las leyes judías y sabía que denunciar públicamente a su esposa, acusándola de infidelidad, podía llevar a esta a morir apedreada en la calle pública. José prefiere renunciar a su esposa, a la que amaba más que a sí mismo, antes que exponerla a una afrenta y muerte escandalosa e inmerecida. El cumplimiento de la Ley era para José mucho menos importante que el bien de su esposa. Su propio bien y satisfacción personal era menos importante que el bien de la persona a la que amaba. En estos tiempos de tanta violencia machista, el ejemplo del amante y buen esposo José puede y debe ser para nosotros un ejemplo a seguir.
José es justo y cumple su misión calladamente. Se dispone a hacer como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa. San José, que era justo, decidió abandonarla en secreto. Legalmente podía haberla denunciado y María seguramente habría sido lapidada en público hasta morir, tal como estaba mandado en la ley judía. Pero José, precisamente porque era justo y sabía, porque se lo decía su corazón, que María era inocente, no quiso hacer uso de la justicia legal. Él sabía que la verdadera justicia, la justicia bíblica que aplicaba Yahveh, el Dios de la justicia, era siempre una justicia moral, es decir, una justicia misericordiosa y compasiva. Su hijo, Jesús, sería después el modelo y predicador de esta justicia misericordiosa. La justicia legal, aplicada sin amor y misericordia, se convierte muchas veces en cruel injusticia. También en esto San José debe ser para nosotros, los cristianos, un modelo imitable. Debemos buscar siempre la justicia que salva y construye, no la que condena y destruye. La justicia de Dios es siempre una justicia de Padre, antes que una justicia de juez. Así debe ser nuestra justicia, así fue, en este caso, la justicia que inspiró el comportamiento generoso de José.
Y cuando ella dio a luz un hijo; comienza su misión de padre del Redentor según el plan divino. Una tarea sobrenatural –como deben ser todas las tareas humanas- que vivió confiando en Dios mientras veía que Dios había confiado en él.
En este día deseamos aprender primero de Dios que quiso contar con sus criaturas –fiado de ellas--para llevar a cabo su plan de Redención: la empresa más grande jamás pensada. También aprendemos de José que no defraudó a quien había depositado en él su confianza. Jesús recibió de modo especial hasta su madurez los cuidados de José. El que era su padre ante la ley le transmitió su lengua, su cultura, su oficio... La confianza que Dios deposita en José pone de manifiesto hasta qué punto Dios valora al hombre. Somos ciertamente muy poca cosa, nos cuesta reconocerlo, al contemplar la fragilidad e imperfección humanas. Sin embargo, Dios no sólo ha tomado nuestra carne naciendo de una mujer, sino que se dejó cuidar en todo en su primera infancia por unos padres humanos; y luego, algo mayor, aprendió quizá sobre todo de su padre, José, las costumbres y tradiciones propias de su región, de su país, de su culto.
En su fiesta, nos encomendamos al que fue siempre fiel a Dios, al que contó en todo con la confianza de su Creador. Le pedimos nos consiga de Dios la gracia de una fe a la medida de la suya cuando cuidaba de Jesús y de María; una fe que nos lleve a sentirnos más responsables con Dios, que también se hace presente en nuestra vida y confía en el amor de cada uno.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com