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sábado, 30 de agosto de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 de agosto de 2025.

 

 “Me parece que la humildad es la verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo la verdad en todas las cosas”. (Santa Teresita del Niño Jesús)

En esta época tan utilitarista y materialista, donde cuánto más tienes más vales, donde ser rico y famoso a toda costa se ha convertido en casi una obsesión enfermiza, son muy apropiadas las lecturas de hoy.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de la humildad.

Reconocer que hemos recibido todo de Dios, admitir sus límites y deficiencias, eso es la humildad cristiana. Debemos tener un doble comportamiento: con Dios, acción de gracias y confianza en su ayuda; con los otros, respeto por sus diferencias y compartir mutuamente los dones recibidos.

 El Salmo Responsorial como el Evangelio, nos habla de que Dios tiene predilección por los pobres.

La primera lectura es del libro del Eclesiástico (Eclo 3, 17-18. 20. 28-29).

En ella se presenta una unidad en la que la humildad (tapeinôs) y su opuesto, son protagonistas (3,17-29).

El que obra con humildad será amado (v.17), hallará gracia (v.18) y “glorificará a Dios” (v.20). Por el contrario, a los que no reconocen sus propias fuerzas, les espera el descarrío y el extravío (v.24). Teniendo en cuenta que las fuentes de la sabiduría son lo que nos es “encomendado” (v.22), la escucha atenta de las “parábolas” (v.29) se muestra un evidente contraste entre el corazón endurecido (kardía sklêrà) (v.26) y el corazón sabio (kardía sinetou) (v.29).

Es probable que el autor esté escribiendo en conflicto con los pensadores griegos, y a ellos se refiera al aludir a quienes tienen un corazón endurecido, son orgullosos, el pensamiento los excede. En ese caso se estaría refiriendo a ellos en contraste con la sabiduría de Israel. Como se ve, en estos casos el autor no está aludiendo a la humildad como actitud frente a la vida, sino en cuanto al conocimiento, de allí su contraste ante los que los sobre pasa. Esta humildad ya era frecuente en otros textos de la Escritura. La diferencia viene dada por un lado por la humildad del ser humano ante Dios y por otra la actitud soberbia de no reconocer los límites.

El texto  es el resultado de la composición de dos textos del capítulo 3 del Sirácida, en sus vv. 17-18. 20 (19-21) que se refieren a la humildad y la mansedumbre/dulzura, combinados con los vv. 27-28 (30-31) acerca de la sabiduría de la escucha y la miseria del orgulloso.

Los cuatro elementos tienen un denominador común: el de la correcta relación con la propia persona. Humilde es aquel que no pierde la conciencia de sus propios límites y posee una mansedumbre-dulzura característica (cf. Mt 11,29 y 26,45); es una persona que no intenta imponerse con agresividad o violencia. Es sabio quien no presume de saberlo ya todo, consciente de las riquezas que existen más allá de su persona, poniéndose en atenta actitud de escucha: quien sabe escuchar accede desde ya a olvidarse de sí mismo. Prestarle atención a los pobres y necesitados es otra de las maneras de mostrarse atento y abierto, olvidado de la propia persona.

Por el contrario, todo aquel que obra impulsado por el deseo de poner en evidencia las propias riquezas (sean del tipo que sean), enorgulleciéndose, no dejará de suscitar hostilidad y antipatía. Para lograr vencer las resistencias y reticencias con las que tropezará no dejará de recurrir a la agresividad y a la violencia, con su correspondiente cuota de arrogancia. No descubre ninguna necesidad de escuchar a nadie: ¡ni a Dios ni a los seres humanos, ciego para las necesidades de los que lo rodean!

 

El responsorial  es el salmo  67 (Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11(R.: cf. 11b), salmo  de alabanza y reconocimiento de las obras de Dios.

Así comenta San Agustín este salmo y concretamente el texto litúrgico:

4. [v. 4]. Continúa el salmo: Y alégrense los justos y se alborocen en la presencia de Dios y disfruten de alegría. Porque entonces oirán: Venid benditos de mi Padre; recibid el reino14. Regocíjense los que se fatigaron, y alborócense en la presencia de Dios. No será este un regocijo como el de una vana jactancia delante de los hombres, sino un santo alborozo en presencia de Dios, que contempla sin error lo que él ha dado. Disfruten con alegría; ya no alegrándose con temor15, como en este mundo, donde la vida humana sobre la tierra es una tentación16.

5. [vv. 5—6]. A continuación se dirige a los que dio tan gran esperanza, y a los que viven aquí les habla y exhorta diciendo: Cantad a Dios, cantad salmos a su nombre. Ya dije en la exposición del título del salmo, lo que me parecía significar esta expresión. Canta a Dios el que vive para Dios; y canta salmos a su nombre el que obra para gloria de Dios. Así cantando, y así salmodiando, es decir, así viviendo y así obrando: Preparad el camino, dice, al que está sobre el ocaso. Preparad el camino a Cristo, para que por los pies hermosos de los evangelizadores17, se le abran los corazones de los creyentes. Es él quien asciende sobre el ocaso, sea porque ya sólo recibe a aquel que se convirtió a él con una nueva vida, dando muerte a la vieja y renunciando a este mundo, o sea porque sube del ocaso, cuando al resucitar, convirtió en victoria la destrucción de su cuerpo. Su nombre es el Señor. Porque si sus enemigos lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria18.

6. Exultad de gozo en su presencia. Oh vosotros, a quienes se ha dicho: Cantad a Dios, entonad salmos a su nombre, preparad el camino al que anda sobre las nubes del ocaso; y también: Regocijaos en su presencia, como si estuvierais tristes, pero siempre alegres19. Mientras le preparáis el camino, mientras vais preparando por dónde puede venir a tomar posesión de las naciones, vais a sufrir muchas cosas tristes en presencia de los hombres, pero no os desalentéis, al contrario, regocijaos; no en presencia de los hombres, sino en la presencia de Dios. Gozosos en la esperanza, y tolerantes en la tribulación20. Saltad de gozo en su presencia. Aquellos que os hacen sufrir en presencia de los hombres, sentirán el sufrimiento en presencia de Dios, Padre de huérfanos, defensor de viudas. Piensan que están vencidos y desolados aquellos que muchas veces son separados por la espada de la palabra de Dios, como los padres de sus hijos, los maridos de sus esposas21; pero estos abandonados o viudos, tienen la consolación del Padre de los huérfanos y defensor de las viudas; tienen la consolación de aquél a quien le dicen: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá22; y los que perseveraron en el Señor, insistiendo en la oración día y noche23, ante cuya mirada se turbarán sus enemigos, al ver que de nada les aprovechó, ya que todo el mundo se va en pos de él24.

7. [v. 7]. De hecho, el Señor, con estos huérfanos y viudas, es decir, con los abandonados por la sociedad de toda esperanza terrena, construye para sí un templo, del que dice a continuación: El Señor está en su lugar santo. Cuál sea este su lugar, lo aclara al decir: Dios, que hace morar en su casa a los de un mismo sentir; es decir, a los que son unánimes y están animados de un mismo sentimiento: este es el lugar santo del Señor. Después de haber dicho: El Señor está en su lugar santo, como si le preguntáramos en qué lugar, ya que él está íntegro en todas partes, y no lo contiene ningún espacio corporal, añade a renglón seguido: no lo busquemos fuera de nosotros; sino más bien en la casa de los que tienen un mismo pensar, y así merezcamos que él también se digne habitar en nosotros. Este es el lugar santo del Señor, que muchos hombres buscan tener, para ser escuchados en su oración. Sean ellos mismos el lugar que buscan; y lo que dicen en sus corazones, es decir, en estos sus aposentos, se sientan contritos25, habitando en la casa de un mismo sentir, para ser morada del Señor de la casa grande, y sean con ellos escuchados en su oración. Porque la casa es grande, y en ella no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y arcilla; unos para usos honorables, y otros para usos viles. Pero quienes se hayan purificado de ser vasos viles26, estarán en la casa de la unanimidad, y serán el lugar santo del Señor. Y así como en una casa grande de un hombre, el dueño no descana en cualquier lugar, sino en alguno retirado y más honorable, así tampoco Dios habita en todos los que están en su casa (no habita, ciertamente en los vasos de uso vil). Su templo santo son aquéllos a quienes hace habitar de un modo unánime, o con unas mismas costumbres en su casa. Lo que en griego se dice ?trópoi?, en latín se puede interpretar como "modos" (modi) o "costumbres" (mores). Además el griego no tiene: El que hace habitar (Qui inhabitare facit), sino solamente: Habitare facit ("hace habitar"). El Señor, pues, está en su lugar santo. ¿Qué lugar es este? El mismo Dios se lo construye. Dios, en efecto, hace habitar en su casa a los de unas mismas costumbres: este es su lugar santo.

8. Y para evidenciar que se edifica este lugar por su gracia, y no por los méritos anteriores de aquellos para quienes lo edifica, mira lo que sigue diciendo: Libera a los cautivos con su fortaleza. Efectivamente, rompe las pesadas cadenas de los pecados, que les impedían caminar por el camino de sus preceptos; los libera con su fortaleza, de la que carecían antes de poseer su gracia. Igualmente a los que lo irritan y que habitan en los sepulcros: es decir, a los completamente muertos, y dedicados a las obras muertas. Éstos irritan porque oponen resistencia a la justicia; los prisioneros tal vez quieren caminar y no pueden; suplican a Dios que se lo conceda, y le dicen: Sácame de mis angustias27. Y cuando Dios les ha escuchado, le dan gracias diciendo: Rompiste mis ataduras28. En cambio, los provocadores de la ira de Dios, que habitan en los sepulcros, son de aquella clase de personas, a las que se refiere la Escritura en otro lugar, diciendo: La alabanza de un muerto se desvanece como la de uno que no existe29. De ahí se deduce esta afirmación: El pecador, cuando llega al fondo de la maldad, se hace despectivo30. Porque una cosa es desear la justicia, y otra hacerle resistencia; una cosa es querer librarse del mal, y otra distinta el defenderlo en lugar de confesarlo: a unos y a otros la gracia de Cristo los libra con su fortaleza. ¿Con qué fortaleza, sino con aquélla que les hace luchar contra el pecado hasta derramar su sangre? De una y de otra clase de personas se consiguen hombres idóneos para que se edifique la casa santa de Dios: unos los liberados de sus ataduras, y los otros los que han sido resucitados. Por ejemplo, aquella mujer, a quien Satanás tuvo cautiva durante dieciocho años31, a una orden suya se le soltaron las ataduras, y lo mismo, con una voz venció la muerte de Lázaro32. El que hizo cosas tales en los cuerpos, puede hacer maravillas mayores en las costumbres, y lograr habitar en la casa de los que son unánimes, librando con su fortaleza a los encarcelados, lo mismo que a los que provocaban su ira, y que habitan en los sepulcros.” (San Agustín, Sermón al pueblo. comentario al salmo 67).

 

La segunda lectura es de la carta a los Hebreos (Hb12, 18-19. 22~24a) recoge una serie de reflexiones en las que el autor quiere exhortar a una vida coherente con todo lo que ha señalado anteriormente. Destaca aquí la urgencia de una vida “santa” y en paz (12,14), y presentará en 12,14-29 la santidad, continuara en el cap 13,1-19 reflexionando sobre la vida en paz con el prójimo.

En la reflexión se contrastan dos actitudes en “el monte” (vv. 18-24). En el texto se cita la segunda, esto es- la experiencia salvífica en el monte Sión (vv.22-24) donde alude a la “Jerusalén del cielo” (cf. 11,10.16). Ciertamente el contraste viene dado en el Sinaí, como “emblema” de Israel, y la “Jerusalén celestial” como imagen de la Iglesia; es la ciudad esperada por los patriarcas (11,10), la ciudad de descanso del pueblo definitivo (10,16.19). El clima del Sinaí es de angustia, negativo (e impersonal, ni el pueblo ni Dios aparecen), no hay relaciones humanas, no hubo alianza, de aquí que no hay nada que lamentar en que esa etapa haya sido superada. En la experiencia reseñada, en cambio, todo es encuentro, hay personas, hay Dios, hay fiesta. Dios no es el terrible, sino el cercano, hay reunión pacífica y fraterna (y sororal, acotemos). El clima de fiesta (v.22; cf. Dt 7,10) es de alabanza, asamblea, adoración, de “nueva alianza”. Alianza de una sangre que habla mejor que la del justo Abel (cuya sangre es un clamor que Dios escucha, Gen 4,10).

Teniendo en cuenta las maravillas del AT el autor las toma para destacar la superioridad excelente de las cosas nuevas; una liturgia donde miles de ángeles participan (v.22),

El monte Sión, sobre el que está edificado Jerusalén, es para el pueblo de Israel, y también lo es para los cristianos (Apocalipsis) la figura de la ciudad celestial. Este párrafo dice con imágenes imponentes todo lo que descubre la persona que se convierte a Cristo y entra en la Iglesia. Con el bautismo entra en la familia de Dios, de los santos y de los ángeles. Tiene acceso a ese centro misterioso donde se decide el destino del mundo, y encuentra a Jesús mismo.

En la conversión, uno puede tener la experiencia de esto y casi tocar con las manos estas verdades, pero no debe olvidarlo cuando, después, sobrevengan el cansancio, la desilusión y las pruebas. En el mundo actual es urgente que los cristianos sean testigos ante los hombres de la existencia de ese mundo distinto (nuevo), diverso y joven, bello y pacífico en el que Cristo nos introdujo con su muerte y su resurrección.

Jesús es el que posibilita el acceso a ese mundo nuevo. Para expresar esta novedad, la lengua griega tiene dos adjetivos: uno con que indica un nuevo género de vida y otro que expresa la juventud del ser.

La Nueva Alianza fundamentada en Cristo es a la vez un género nuevo de vida y una formidable irradiación de juventud. El creyente en este Mediador tiene que llenar de “verdad” y de “vida” estas palabras


El evangelio es de San Lucas (Lc. 14, 1. 7-14). En el texto se describe una de las frecuentes comidas de Jesús, propias de Lucas. El texto luego de presentar el marco narrativo (la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos) omite el primer debate sobre el sábado y empieza una serie de temas sobre las comidas.

En primer lugar una intervención al notar que los invitados eligen los primeros lugares (v.7) que  finaliza con un frecuente dicho errante (v.11; cf. 18,14; Mt 23,12; cf. Sgo 4,6.10; 1 Pe 5,6). Luego se señala un nuevo dicho (v.12), esta vez dirigido a quien lo había invitado finalizado con una “bienaventuranza” (v.14).

Las diferentes actitudes de Jesús en las comidas –particularmente la importancia que Lucas les da- muestran elementos que deben destacarse de modo importante. Tenemos comidas con “publicanos y pecadores”, en las que lo habitual es la “murmuración” de los testigos, y comidas en casas de fariseos que parecen seguir en cierto modo el esquema del género literario de los simposios (Plutarco). Esto es una comida a la que un personaje importante es invitado y –a partir de algo fuera de lo común que este hace- se desencadena un debate entre los asistentes. En este caso, lo que Jesús –el invitado- hace, es curar en sábado ( esto no aparece en el texto litúrgico). Pero luego de este pequeño diálogo sobre el sábado, encontramos las escenas mencionadas.

Es bueno destacar que en el mundo antiguo habitualmente no se come sino con quien es “como uno”. El esquema visible del “honor” hacía imposible que uno compartiera la mesa con alguien con menor honor ya que eso manifiesta pública y visiblemente que uno se reconoce públicamente como des-honroso. Jesús es invitado porque para los fariseos se trata de alguien de un honor semejante (y por eso escandaliza cuando come con personas de menor honor, como es el caso de los publicanos). Sin embargo, hay algunas ocasiones en las que un banquete incluye gente de los más diversos grados de honor. Es el caso –por ejemplo- de un homenaje a un benefactor, en el que todo el pueblo participa. Sin embargo, los lugares en la mesa son indicio visible y evidente de las diferencias de honor de esos mismos participantes. Junto al agasajado se sientan los principales, y a medida que se van alejando, el honor es menor, terminando con clientes y esclavos. Un indicio de esto es que en la mesa no comen todos lo mismo, y mientras junto al homenajeado se sirven los mejores manjares, en la otra punta la comida es vulgar. Elegir los primeros lugares es –precisamente- una manifestación pública y visible del honor con que una persona se auto-comprende. En este sentido, ir a ubicarse al último lugar es a su vez una manifestación también visible del lugar que uno mismo se asigna. Es estigmatizante, y a su vez es una manifestación pública del honor que uno se asigna ante los demás.

Jesús es invitado a casa de un “jefe” (arjontes) de los fariseos. Los “jefes” suelen ser adversarios de Jesús (23,13.35; 24,20; Hch 3,17; 4,5.8.26; 13,27) pero en este caso parece referir simplemente a un líder del grupo. Pero ya sabemos que estos quieren ponerle una trampa a Jesús en lo que diga (11,53-54) y que se “las dan de justos delante de los hombres” (16,15), por tanto que esta invitación a comer sea un sábado deja abonado el terreno del conflicto.

En este caso Jesús presenta una parábola (aunque no lo sea precisamente), y se trata de una boda. Precisamente una fiesta a la que el pueblo entero está invitado. Es una característica parábola de actitudes contrapuestas (“no te pongas en el primer lugar” / “ve a sentarte en el último puesto”) que parece inspirarse en textos sapienciales (Pr 25,6-7; Sir 3,17-20), a lo que se añade la valorización cultural del “honor”. Ver que “buscan el primer lugar” (prôtoklisias) es algo que Mt 23,6 había señalado y Lucas en su paralelo de 11,43 había omitido, quizás para reservarlo a este momento. El honor (v.10) y la vergüenza (v.9) muestran esta diferencia contrapuesta. Sin embargo, la escena que parecería una estrategia precisamente para visibilizar el honor ante todo el mundo, finaliza con un dicho de Jesús que invita a otra lectura.

 Pues todo el que se ensalce, será humillado y el que se humille, será ensalzado” (v.11). Evidentemente encontramos aquí también una escena contrastante como la de la parábola; sin embargo, lo que llama la atención en este caso es la doble voz pasiva (será humillado / será ensalzado). Como es frecuente en la Biblia –especialmente en el período post-exílico, la voz pasiva es un modo frecuente de aludir a Dios sin nombrarlo (obviamente es algo que se da cuando no es visible quién es el hacedor del verbo). En este caso lo que se afirma es que Dios ensalzará y Dios humillará. Y esto nos cambia el enfoque de la escena. No se trata de ser exaltado / humillado por el que nos ha invitado a la cena, sino por Dios mismo. Esto indica que para Jesús Dios ve nuestra realidad con otros ojos distintos a aquellos con los que la sociedad ve a las personas. Los que son tenidos por valiosos (honor significa “valor” para el mundo antiguo; lo que una persona vale para la sociedad) no necesariamente son valorados por Dios. Mientras la sociedad contemporánea veía a determinadas personas (por su oficio, por su familia, por su trayectoria, por ejemplo) con un honor que los ponía por encima o por debajo de los demás, Jesús nos dice que Dios no lo ve así; la voz pasiva nos indica que Dios lo ve precisamente a la inversa. La sociedad de su tiempo valoraba que una persona se mostrara ante todos como importante, mientras que rechazaba a los que se mostraban humildes; es interesante notar que la “humildad” era habitualmente tenida por defecto, no como virtud por los moralistas griegos;; como algo propio de los esclavos, por ejemplo. El término es propiamente cristiano (recordar que el término, en la primera lectura no se refiere a la humildad como virtud sino en referencia a lo intelectual, al aprendizaje). La inversión de los valores en la dinámica del reino es algo habitual en Lucas: (1,48.52; 3,5; 10,15; 14,11; 18,14; Hch 2,33; 5,31).

En un segundo momento se dirige al que lo había invitado, el jefe de los fariseos. La sociedad antigua era sumamente fastuosa en sus acontecimientos públicos: el homenaje a un benefactor debe ser bien visible por todos: un banquete fastuoso, una estatua o un templo dedicado a una divinidad en su honor; todo debía hacerse a la vista de todos. Pero precisamente por eso, también a la vista de todos debía manifestarse la gratitud por los beneficios recibidos. Si uno era convidado a un banquete importante, debía dar otro banquete a su vez, y éste debía ser más suntuoso, con más invitados, para manifestar la gratitud con aquel que nos ha convocado. No ser suficientemente agradecido era sumamente grave. Jesús, entonces, propone una nueva actitud, nuevamente contracultural. “Cuando des… no invites” (el mismo esquema que en v.8). Lucas varía indistintamente las palabras [cena (v.12), boda (v.8), comida (v.12), recepción (v.13)], y aquí se refiere a una “recepción” (doxê), como la que Leví ofreció a Jesús (5,29). Los cuatro invitados habituales contrastan ahora con cuatro inesperados: pobres, lisiados, cojos, ciegos (los mismos cuatro –por otra parte- que se repetirán en la parábola que viene a continuación (v.21; cf. 7,22 sin “lisiados”); son grupos excluidos del sacerdocio (Lev 21,17-21) y del banquete escatológico:

La referencia en primer lugar a los pobres parece ser inclusiva, y puede leerse: “invita a los pobres, como por ejemplo, a los lisiados, cojos, ciegos...). El contraste –evidentemente- está dado entre los que pueden y los que no pueden “invitar a su vez”, es el modo de ser “compasivos, como es compasivo el Padre” (6,36), como en la escena anterior, Jesús invita a medir con “la medida del reino”..

Pero esto destaca a su vez otros elementos: por un lado, una renuncia no sólo a lo visible y exterior, sino también un reconocimiento de una igualdad explícita que viene dada por la comunión de mesa. Pero esto incluye una renuncia al honor al que se tiene derecho y en el que se manifiesta –siempre visiblemente- la valía que la sociedad reconoce a determinada persona o colectivo. Invitar a los que no tienen honor no es –solamente- un gesto de “caridad”, es una estigmatización social, un aceptar ser –ante todos- de bajo honor en la mesa compartida. Por otro lado, la gratuidad, que es algo propio de la lógica del reino. Éste no se guía con el “do ut des” (te doy y me das) propio de cierta religiosidad, y la lógica mercantil, sino del simple dar, como donación de sí.

Una nueva “voz pasiva” que refiere a Dios concluye la unidad: “(Dios) te recompensará en la resurrección de los justos”. El “banquete” es expresión escatológica (cf. 13,29) y alude, por lo tanto, a la resurrección, la cual –por otra parte- era particularmente creída por los fariseos (cf. Hch 23,6).

 

 

Para nuestra vida

Las lecturas de este domingo hacen un gran elogio de dos virtudes cristianas y humanas sumamente importantes: la humildad y el amor generoso. Cualquier persona que practique y viva estas dos virtudes cristianas es un santo cristiano. La humildad religiosa en primer lugar: saber situarnos ante Dios. Dios es nuestro Padre y nuestro único Señor; nosotros somos hijos de Dios, siervos y empleados de Dios. Todo lo que tenemos y somos, nuestro ser y nuestro obrar, es de Dios. Reconocer la soberanía única de Dios sobre nuestras vidas y sobre nuestras cosas, y actuar en consecuencia, eso es humildad. Somos brazos de Dios y boca de Dios.

A través de nosotros Dios quiere llegar a los demás, con nuestros brazos, con nuestros pies, con nuestras palabras y obras Dios quiere construir entre nosotros su Reino. Humildad religiosa es aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos sus humildes siervos. También la humildad social es muy importante: saber situarnos ante los demás. Los demás son nuestro prójimo, nuestros hermanos, hijos de nuestro mismo Padre,

Es muy útil la enseñanza de la primera lectura (Eclesiastico). Con gran facilidad  podemos llegar a envanecernos e inflarnos tanto, que terminamos por invadirlo todo (Cf. 1Cor 1,31), sofocándolo todo y terminando por sofocarnos a nosotros mismos, no permitiéndole a Dios que nos impregne de su Espíritu de sabiduría.

Ella nos permitirá ponernos en plena armonía con Dios, que nos responderá con las efusiones de su gracia y descubriremos que puede que también los demás reaccionen hacia nosotros con idénticas muestras de benevolencia y apertura, colmándonos con una paz que el orgulloso jamás experimentará.

 

El salmo de hoy nos sitúa en la actitud de alabanza. Invitación a la alabanza y motivos. La bondad de Dios se manifiesta en la protección del humilde e indefenso, y en la providencia amorosa sobre el pueblo. Dios mira con verdadera piedad paternal a los pobres y humildes. Lo proclama la experiencia secular de Israel. El Señor Dios merece la alabanza. Cristo ratificará de forma solemne esa imagen de Dios: pobre, humilde, por los pobres y humildes de la tierra.

Es una magnifica reflexión para cada uno de nosotros, en nuestras relaciones sociales, especialmente con los que consideramos inferiores a nosotros.ratamos como ios nos trata y trata a cualquier persona?

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría”. La confianza auténtica siempre experimenta a Dios como amor, a pesar de que en ocasiones sea difícil intuir el recorrido de su acción. Queda claro que “el Señor guarda a los sencillos» (versículo 6). Por tanto, en la miseria y en el abandono, se puede contar con él, «padre de los huérfanos y tutor de las viudas” (Salmo 67,6).

Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (Cfr. Salmo 67, 6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos.

El Dios de los “pobres”: “Padre de los huérfanos y defensor de las viudas”, pone todo su poder al servicio de quienes ama con predilección, para disipar a sus enemigos, “como la cera se derrite al fuego”; en cambio, desde su templo santo, a huérfanos y a viudas da su auxilio”.

 

En la segunda lectura la reflexión está centrada en el actuar y hablar de Dios. Dios habló en un tiempo… por los profetas…, en los últimos tiempos habló en el Hijo. Dios habló es la afirmación fundamental. En el Hijo, la novedad transcendental. El Aconteci­miento Cristo, Palabra de Dios, el tema de la obra.

Dios habló y Dios habla: Dios continúa hablando. El autor recurre al entonces de la Antigua Alianza para, por contraste, presentar la hondura y transcendencia de la Nueva Alianza. La comparación de una con otra atraviesa toda la carta.

Dios habló en el Sinaí a Moisés. Fue una teofanía tremenda. Dios habló en el Sinaí. En un monte. Monte alto y apartado. Una masa de tierra tangible. Dios habló sobre la tierra. El lugar era terreno, de este mundo. Dios habló desde el monte. Habló con voz de trueno, de forma espantosa. Los hombres no «podían» oír aquella voz. Pidieron que Dios no les hablara, que les hablara Moisés. En realidad el pue­blo no tuvo acceso a Dios. Aun siendo un monte tangible no se podía tocar. Había amenaza de muerte sobre el que osara acercarse a él. El pueblo no vio a Dios ni entendió sus palabras. Necesitaron del intérprete Moisés. La manifes­tación terrena del Dios Santo se mostró insoportable. Así fue el «hablar» de Dios entonces.

En cambio, el hablar de Dios AHORA es diverso. No es un monte tangible, terreno. Es la Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, la Asamblea de… Es algo divino. Y con ser divino es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, tangi­ble. ¡Tenemos acceso a Dios! Estamos ya dentro. No está castigada con la muerte la entrada a tan sa­grado recinto. Todo lo contrario, la Muerte ame­naza al que se queda fuera. La Voz de Dios, su Hijo, es audible. No espanta, atrae; no aterra, con­suela; no hiere, sana; no mata, salva. La Voz del Hijo nos hace hijos; como la voz del siervo Moisés hacía siervos. Jesús no es un media­dor; es el Mediador. Y la alianza es la eterna Alianza. La Voz de Dios se ha hecho carne nuestra. Jesús no se aver­güenza de llamarnos hermanos. No lo rodea niebla y fuego, sino luz y Espíritu. Por eso, ¡hay que oír su voz!.

Todo esto es el gran regalos de Dios.

 

El evangelio nos presenta las reflexiones de Jesús, con ocasión de la invitación a una comida. Estas  son dos: la primera se refiere a la tendencia casi instintiva que nos empuja a ocupar los primeros puestos en los banquetes, y, la segunda, a la gratuidad que debe regir dichos convites.

Todos buscan ocupar los puestos de honor. Esta actitud tiene como resultado alejar al ser humano de sí mismo (lo ‘aliena’), alejándolo al mismo tiempo de Dios, que habita en las profundidades de su corazón. No se atiende a la propia realidad más profunda sino que se termina por depender de las apreciaciones de los demás. Esto lleva a ‘desperfectos’ en todos los campos (pensemos, para citar un ejemplo, en algún artista que sólo trabajara buscando el éxito), pero sobre todo produce ‘desperfectos’ graves en la vida espiritual.

Hasta se puede llegar a abandonar la fe si esta no asegura los primeros puestos, convirtiendo a la fe en un trampolín para ponerse en evidencia, para ocupar puestos de importancia (aunque fuera sólo a los propios ojos y en secreto), para ser admirados por los demás (baste recordar las enseñanzas de Jesús sobre los fariseos de todos los tiempos que usualmente se hallan entre las personas más ‘religiosas’), pero al proceder de esta forma se destruye la esencia misma de la fe.

En ese contexto Jesús  expresa el conocido dicho, “todo el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado”, que nos permite captar el núcleo de la enseñanza evangélica. En presencia de Dios todo ser humano se encuentra situado en el lugar justo y adecuado, y la mano del Señor realiza la elevación de los humildes y la humillación de los soberbios (Ver Sal 113,7 y 1 Pe 5,5-6), tal como lo canta María. Pero es necesario advertir que la humildad es una virtud muy difícil de ser vivida y que además corre el riesgo, si no es correctamente entendida, de suscitar actitudes contrahechas y hasta perversas, generando búsqueda de méritos y terminando por propiciar comportamientos que justamente son los que Jesús condena. Es mejor hablar dehumillación-abajamiento, ya que sólo si aceptamos las humillaciones que provienen de nosotros mismos, de los demás y de Dios, podremos descubrir nuestra propia indigencia y, aceptándola, llegar a atisbar, con verdad, lo que significa la humildad evangélica.

La segunda reflexión!-, la hace Jesús, dirigiéndose a quien lo recibe, le recomienda:” Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos.

El mensaje es claro, si queremos ser sus discípulos, debemos expulsar de nuestras vidas la perversa lógica del ‘intercambio’, de la ‘reciprocidad’, del ‘doy-para-que-me-den’ (Cf. Lc 6,30. 35). La vida de Jesús se desarrolló de acuerdo a dicha ‘lógica-ilógica’, tal y como lo cantan las Bienaventuranzas y el Magníficat y tal como, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó en una ocasión Jesús: te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños (Lc 10,21). Por algo Jesús concluye sus recomendaciones con una de sus bienaventuranzas: ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos”.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusale.com


sábado, 1 de marzo de 2025

Comentario a las Lecturas del VIII Domingo del Tiempo Ordinario 2 de marzo de 2025

 Acaba hoy la primera parte del tiempo ordinario, porque el próximo miércoles iniciamos ya la Cuaresma.

Además, tanto en la segunda lectura como en el evangelio, concluimos la lectura de los textos que íbamos leyendo a los largo de las últimas semanas; así acabamos la lectura continuada de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto, y también el resumen del mensaje de Jesús que el evangelista Lucas ha recogido en el capítulo 6, y del que hoy leemos el tercer y último fragmento. 

Por tanto, toda la liturgia de hoy nos invita a cerrar un período, una etapa del año litúrgico, durante la cual hemos ido siguiendo los inicios del ministerio de Jesús, para iniciar otra la próxima semana: la Cuaresma, un tiempo fuerte, con todo lo que comporta. 

 

La primera lectura es del libro del Eclesiástico (Eclo 27,4-7) Un notable de Jerusalén escribe este libro con la sola intención de poner sus conocimientos de la Escritura al servicio de su pueblo. Se trata de un hombre que ha viajado mucho, que conoce el corazón del hombre.

El libro del Eclesiástico, conocido también con el nombre de Sirácida, fue compuesto en hebreo por Jesús, hijo de Sirá (cf. 50,27), en Jerusalén hacia el año 200 a.C., y traducido al griego por el nieto del autor en Egipto hacia el año 120-130 (cf. prólogo). Es la obra de un hombre que reflexiona a partir de la Escritura y de la historia de Israel, y elabora un conjunto de enseñanzas para mantener y valorar la fe y la tradición del pueblo, amenazadas por la fuerza creciente de la cultura helénica. Estas enseñanzas son la "sabiduría" verdadera, que tiene como depositario a Israel, el pueblo de Dios.

Este conjunto de enseñanzas son muy variadas. Lo que hoy leemos como preparación del evangelio de este domingo es un breve poema que invita a no equivocarse a la hora de valorar las personas. Cuando se agita la criba se ve lo que había bueno o malo; cuando el alfarero pone su obra en el horno se ve si estaba bien hecha; cuando un árbol da fruto se ve qué tipo de árbol es. De la misma manera, cuando el hombre se manifiesta exteriormente se ve qué llevaba en su interior.

¿Cómo conocer a los hombres? La lectura señala tres criterios: el de la criba, el del horno y el del fruto.

De la misma manera que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad que lo acompaña, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus reflexiones y en sus palabras. De la misma manera que las deficiencias de las piezas de alfarería se manifiestan a la hora de ser cocidas en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión.

Lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras. En resumen, para pronunciarse sobre el modo de ser de un hombre, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.

Salmo responsorial (Sal  91, 2-3. 13-14. 15-16 (r: cf. 2a)) Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.

Así comenta el  Papa San Juan Pablo II en la catequesis de la audiencia general del miércoles, 12 de Junio

"Alabanza a Dios creador

1. La antigua tradición hebrea reserva una situación particular al salmo 91, que acabamos de proclamar como el canto del hombre justo a Dios creador. En efecto, el título puesto al Salmo indica que está destinado al día de sábado (cf. v. 1). Por consiguiente, es el himno que se eleva al Señor eterno y excelso cuando, al ponerse el sol del viernes, se entra en la jornada santa de la oración, la contemplación y el descanso sereno del cuerpo y del espíritu.

En el centro del Salmo se yergue, solemne y grandiosa, la figura del Dios altísimo (cf. v. 9), en torno al cual se delinea un mundo armónico y pacificado. Ante él se encuentra también la persona del justo que, según una concepción típica del Antiguo Testamento, es colmado de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su existencia honrada y fiel. Se trata de la llamada "teoría de la retribución", según la cual todo delito tiene ya un castigo en la tierra y todo acto bueno, una recompensa. Aunque en esta concepción hay un elemento de verdad, sin embargo -como dejará intuir Job y como reafirmará Jesús (cf. Jn 9, 2-3)- la realidad del dolor humano es mucho más compleja y no se puede simplificar tan fácilmente. En efecto, el sufrimiento humano se debe ver desde la perspectiva de la eternidad.

2. Pero examinemos ahora este himno sapiencial con matices litúrgicos. Está constituido por una intensa invitación a la alabanza, al canto alegre de acción de gracias, al júbilo de la música, acompañada por el arpa de diez cuerdas, el laúd y la cítara (cf. vv. 2-4). El amor y la fidelidad del Señor se deben celebrar con el canto litúrgico, que se ha de entonar "con maestría" (cf. Sal 46, 8). Esta invitación vale también para nuestras celebraciones, a fin de que recuperen su esplendor no sólo en las palabras y en los ritos, sino también en las melodías que las animan.

Después de esta invitación a no apagar nunca el hilo interior y exterior de la oración, verdadera respiración constante de la humanidad fiel, el salmo 91 presenta, casi en dos retratos, el perfil del malvado (cf. vv. 7-10) y del justo (cf. vv. 13-16). Con todo, el malvado se halla ante el Señor, "el excelso por los siglos" (v. 9), que hará perecer a sus enemigos y dispersará a todos los malhechores (cf. v. 10). En efecto, sólo a la luz divina se logra comprender a fondo el bien y el mal, la justicia y la perversión.

3. La figura del pecador se describe con una imagen tomada del mundo vegetal:  "Aunque germinen como hierba los malvados y florezcan los malhechores..." (v. 8). Pero este florecimiento está destinado a  secarse y  desaparecer. En efecto, el salmista multiplica los verbos y los términos que aluden a la destrucción:  "Serán destruidos para siempre. (...) Tus enemigos, Señor, perecerán; los malhechores serán dispersados" (vv. 8. 10).

En el origen de este final catastrófico se encuentra el mal profundo que embarga la mente y el corazón del malvado:  "El ignorante no entiende, ni el necio se da cuenta" (v. 7). Los adjetivos que se usan aquí pertenecen al lenguaje sapiencial y denotan la brutalidad, la ceguera, la torpeza de quien piensa que puede hacer lo que quiera sobre la faz de la tierra sin frenos morales, creyendo erróneamente que Dios está ausente o es indiferente. El orante, en cambio, tiene la certeza de que, antes o después, el Señor aparecerá en el horizonte para hacer justicia y doblegar la arrogancia del insensato (cf. Sal 13).

4. Luego se nos presenta la figura del justo, dibujada como en una pintura amplia y densa de colores. También en este caso se recurre a una imagen del mundo vegetal, fresca y verde (cf. vv. 13-16). A diferencia del malvado, que es como la hierba del campo, lozana pero efímera, el justo se yergue hacia el cielo, sólido y majestuoso como palmera y cedro del Líbano. Por otra parte, los justos están "plantados en la casa del Señor" (v. 14), es decir, tienen una relación muy firme y estable con el templo y, por consiguiente, con el Señor, que en él ha establecido su morada.

La tradición cristiana jugará también con los dos significados de la palabra griega fo¤nij, usada para traducir el término hebreo que indica la palmera. Fo¤nij es el nombre griego de la palmera, pero también del ave que llamamos "fénix". Ahora bien, ya se sabe que el fénix era símbolo de inmortalidad, porque se imaginaba que esa ave renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia semejante gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de vida nueva (cf. Rm 6, 3-4). "Dios (...), estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" -dice la carta a los Efesios- "y con él nos resucitó" (Ef 2, 5-6).

5. Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez:  "A mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo" (Sal 91, 11). Por una parte, el don de la potencia divina hace triunfar y da seguridad (cf. v. 12); por otra, la frente gloriosa del justo es ungida con aceite que irradia una energía y una bendición protectora. Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.

Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios:  "Me unges con aceite nuevo" (v. 11). Orígenes comenta:  "Nuestra vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1, 12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez, todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor" (74 Omelie sul Libro del Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim)." (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 12 de junio de 2002).

 

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios (1 Cor. 15, 54-58) En el contexto de este capítulo, dedicado a afirmar la resurrección de los hombres en virtud del influjo de Cristo Resucitado, llega Pablo a la coronación y final de todo el argumento.

Este es uno de los pasajes más esperanzadores para la vida del cristiano. San Pablo ha empezado ya a hablar de la resurrección. En los domingos 6° y 7°, Ciclo C, oímos sus reflexiones a este respecto. Aquí, tiene empeño en descender a puntualizaciones: "Lo que en nosotros es corruptible se convertirá en incorrupción, y lo que es mortal se revestirá de inmortalidad". A san Pablo le gusta la expresión "revestir" que, en él, como en otros escritos, no significa en modo alguno una forma exterior, sino una mutación real. Así, "por el bautismo, nos hemos revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Mediante esta mutación, nos transformamos radicalmente... Se trata de un nuevo nacimiento. Encontramos aquí la misma imagen. Seremos revestidos de inmortalidad. Esta vestidura de inmortalidad es celestial (1 Co 15, 40; 47-50; 2 Co 5, 2). Nuestro cuerpo miserable, escribe también san Pablo, será transformado en cuerpo glorioso como el de Jesucristo (Flp 3, 20-21).

A partir de este momento, el cristiano ha de ver la muerte de manera enteramente distinta de como la ve el que no cree ni recibió el bautismo. En el cristiano se realizarán las palabras de la Escritura ¿En qué parte de la Escritura se lee esta reflexión? En realidad, no se encuentra así en la Biblia; tal reflexión, en san Pablo resulta de la lectura de dos pasajes distintos: el primero, en Isaías 25, 8, cuando el profeta escribe: "Aniquilará la muerte para siempre".

En las últimas frases del c. 15, las afirmaciones sobre la resurrección alcanzan su punto álgido y concluyente: en el mundo divino no existe muerte alguna ni corrupción alguna. De ahí que, como nosotros somos mortales, tendremos que transformarnos para poder entrar en el mundo de Dios. El inicio o puesta en marcha de este proceso ha sido establecido: el aguijón de la muerte, el pecado (Rm/07/07-24), ha sido derrotado por la muerte y la resurrección de Jesús. Las consecuencias prácticas son evidentes: quien pertenece al Señor (está "en el Señor") sabe que el esfuerzo de su fe y de su fidelidad no es vano, porque ése ya ha dado el paso de la muerte a la vida.

En primer lugar (vs. 54-55) hay una confesión de esperanza. Pablo sabe que no todo se ha cumplido ya con la Resurrección de Cristo, aunque cierta- mente están puestos los fundamentos para ello y puede decirse en otro sentido que todo ya se ha realizado. Pero hay un aspecto en que todavía es preciso esperar la victoria final individual. Esto es lo que afirma al principio del párrafo.

La muerte ha quedado vencida, herida de muerte, por la resurrección de Cristo, pero nosotros todavía morimos. Sin embargo, además de que esa nuestra muerte ya no es lo mismo que sin la resurrección de Cristo, todavía habrá de desaparecer plenamente. Una segunda afirmación sintética muy importante es la de el v.56, donde Pablo relaciona una vez más, con toda fuerza, muerte, pecado y ley. Hay consecuencia de una categoría a la otra. No se puede separar pecado y muerte por un lado y ley por otro. Las tres pertenecen al mismo mundo. La "fuerza del pecado es la ley".

Se trata de una afirmación muy fuerte y muy seria. Fuerte porque crea y aumenta la conciencia del pecado y porque la ley, para nosotros de hecho, es ocasión de que pequemos más. No sólo por la atracción de lo prohibido, sino porque se nos fomenta la autosuficiencia y la soberbia por medio de la ley, sobre todo si se cumple. Esta podría ser una verosímil interpretación de esta acusadora frase paulina.

Termina el párrafo con una acción de gracias a quien hace posible nuestra liberación de todos esos poderes y una exhortación a seguir por este camino.

 

Aleluya Flp 2 15d. 16a.
brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida.

El evangelio es según San Lucas (Lc 6, 39 - 45). Al igual que el domingo pasado, los destinatarios de las palabras de Jesús son absolutamente todos los oyentes (los doce, discípulos y gentío). Restringiendo esas palabras a los discípulos, la traducción litúrgica no hace justicia al texto de Lucas. El versículo inicial califica al texto de comparación o parábola. Todo el texto es parábola y no sólo los dos primeros versículos. A diferencia, sin embargo, de otros casos, la parábola de hoy es discontinua o, mejor, es un mosaico de cinco piezas distintas, como lo demuestra el hecho de que en Mateo esas mismas piezas se encuentren diseminadas en contextos diferentes.

El texto evangélico forma parte de la conocida enseñanza que comienza con las bienaventuranzas. Lucas presenta esta enseñanza como una instrucción a los discípulos. Al hacerlo así va persiguiendo un fin pedagógico: configurar el comportamiento de todo aquel que quiera ser seguidor de Jesús.

Este texto  evangélico tiene dos partes: la primera consiste en una llamada a la humildad, a la sencillez, a la hora de valorarnos a nosotros y a los demás.

Los dos versículos iniciales 39-40 van precisamente en esa línea pedagógica, buscando motivar al discípulo, despertar en él el ansia de aprender. El cristiano está llamado a ser guía, a orientar. Debe por tanto saber hacerlo, debe aprender. Nadie, en efecto, nace enseñado; sólo el aprendizaje hace del discípulo un buen maestro.

Los vs. 41-42 abordan un tema concreto de aprendizaje. Lo hacen de una manera gráfica y deliberadamente exagerada y grotesca: la mota en el ojo del otro; la viga en el ojo propio. El cuadro gráfico ilustra la inclinación que experimenta el ser humano a criticar y a encontrar defectos en el prójimo, sin el más mínimo asomo de autocrítica y de conciencia de los propios defectos, que con frecuencia superan con creces a los del prójimo criticado.

A partir de las imágenes del ciego que no puede ser guía de otro ciego, y del discípulo que no está tan instruido como su maestro, Jesús hace una llamada a ser conscientes de la propia limitación, a la capacidad de autocrítica. Este pensamiento culmina con el ejemplo de la viga en el propio ojo y la mota en el del vecino: "¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?" 

Los versículos finales 43-45 completan el tema anterior abordándolo de una manera positiva. La formulación es también gráfica, tomada esta vez del campo de la agricultura y de las leyes que la rigen. Como cada árbol y cada especie vegetal, cada persona debe saber desarrollar sus capacidades.

A partir de la falsa situación del que pretende enseñar siendo ciego o un simple discípulo, y del que pretende corregir a los demás cuando él está aún más cargado de faltas, Jesús invita, en esta segunda parte del texto, a descubrir al hombre en su propia realidad. Una realidad que halla su aspecto más auténtico en lo que hay en el fondo del corazón. Lo que vale en cada persona no es lo que dice, ni lo que hace, sino lo que hay en su corazón. Y lo que hay en el fondo del corazón se expresará después en sus palabras y en sus obras.

En vez de fijarse en los defectos de los demás, el discípulo es aquél que aprende a fijarse en sus propios defectos y aprende a ser fructífero.

 

Para nuestra vida

La primera lectura de hoy está tomada del libro del Eclesiástico y es el típico texto de la literatura sapiencial con sabor poético. A partir de varias imágenes (la criba, el horno, el fruto del árbol) se nos dice que la bondad del hombre se manifiesta auténticamente después de haber sido probada, después de haber sido examinada. Tan sólo entonces se constata si es algo sólo superficial o si es algo que mana de lo hondo del corazón: "No alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre". 

Este texto no es más que un breve eco de una doctrina a la que Ben Sira da una gran importancia. Conoce todos los pecados de la lengua: las discusiones que provoca, las promesas demasiado rápidas, las mentiras y los chismes y, sobre todo, la falsedad.

La palabra pertenece, pues, al ser más intimo del hombre; revela su fuerza y su vitalidad, su espíritu y sus proyectos. Que la palabra corra sin penetrar en el fondo de la persona no es solamente un pecado, sino una dicotomía profunda y desequilibrada. Pero la cultura moderna, sometida a la publicidad o a la propaganda, enajena la palabra, la desata de toda raíz humana y la hace el elemento de un juego incontrolado, hasta el punto de que el lenguaje pierde su valor racional, no une ya entre ellas a las personas, sino que agrupa en una enorme torre de Babel a aquellos que creen emplear el mismo vocabulario y hablar el mismo idioma. No es únicamente el corazón de un hombre al que revela la palabra, sino el mismo corazón de toda la civilización en desorden.

 

El salmo de hoy nos recuerda precisamente la importancia de que las raíces sean hondas y estén agarradas en el Señor, "El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor.. En la vejez seguirá dando fruto... "

Este salmo es un himno que se asemeja mucho al salmo I. Un hombre piadoso canta la "felicidad", que surge de su contemplación permanente de las "acciones" de Dios, obras de su "amor-fidelidad" (Hessed). En oposición, ve lo efímero de los impíos, cuyo éxito es sólo pasajero y frágil... Mientras los justos se arraigan en la solidez de Dios.

La liturgia cristiana, como originariamente la hebrea, ha cantado siempre el salmo 91 en la mañana del sábado, debido precisamente al contenido de esta estrofa. Por medio de ella, la Iglesia, que tiene como misión declarar sobre la tierra la gloria del Señor, celebra las obras admirables de Dios: la Creación, la Redención y la Santificación.

Lo mismo que le sucede con la tierra, el agua, las plantas y los animales, el hombre judío, que respira por todos sus poros la naturaleza circundante, contempla el día y la noche como destello de la gloria de su Creador. Por eso, de acuerdo con las leyes del paralelismo propio de la poesía hebrea, el día y la noche son citados aquí por separado como sugiriendo que, por encima de la alternancia de ambos, hay un algo que debe permanecer constante: nuestra alabanza agradecida a Dios misericordioso y fiel, por medio de su Hijo, en Espíritu Santo.[1]

El Justo se alzará como un Cedro del Líbano: Aquí intuimos una alusión tipológica a Cristo Resucitado. Él mismo expresó su misterio con la figura del árbol de la vida, plantado en la Iglesia -la Casa del Señor- que con esta victoria suya -la más completa que cabe pensar- realiza la redención objetiva y así destruye a los malvados para siempre: todos los pecados de cada uno de los hombres y nuestra condenación eterna. Sin olvidar el optimismo que dimana de esa certeza: mis oídos escucharán su derrota.

He ahí por qué dar gracias al Señor y tocar para su nombre (v. 2) es, en definitiva, entonar un canto de alabanza a la obra de la Redención.

La robustez, la fecundidad y la longevidad de los cedros y de las palmeras -las plantas más lozanas de Palestina- son un símbolo expresivo de la inefable riqueza de la vida interior de Jesucristo. Debido a la bondad y solidez de su raíz, este Árbol santísimo -Cristo mismo- crece y fructifica en tantos y tantos Santos que adornan, desde los primeros siglos, el jardín espléndido de la Iglesia. Oportunamente señala Agustín:[2] "Tenemos una raíz que se orienta hacia lo alto. Nuestra raíz es Cristo, que asciende al Cielo."

5. Catequesis del Papa en la audiencia general del miércoles, 3 de Septiembre

Alabanza al Dios creador

" 1.Se nos ha propuesto el cántico de un hombre fiel al Dios santo. Se trata del salmo 91, que, como sugiere el antiguo título de la composición, se usaba en la tradición judía "para el día del sábado" (v. 1). El himno comienza con una amplia invitación a celebrar y alabar al Señor con el canto y la música (cf. vv. 2-4). Es un filón de oración que parece no interrumpirse nunca, porque el amor divino debe ser exaltado por la mañana, al comenzar la jornada, pero también debe proclamarse durante el día y a lo largo de las horas de la noche (cf. v. 3). Precisamente la referencia a los instrumentos musicales, que el salmista hace en la invitación inicial, impulsó a san Agustín a esta meditación dentro de la Exposición sobre el salmo 91:  "En efecto, ¿qué significa tañer con el salterio? El salterio es un instrumento musical de cuerda. Nuestro salterio son nuestras obras. Cualquiera que realice con sus manos obras buenas, alaba a Dios con el salterio. Cualquiera que confiese con la boca, canta a Dios. Canta con la boca y salmodia con las obras. (...) Pero, entonces, ¿quiénes son los que cantan? Los que obran el bien con alegría. Efectivamente, el canto es signo de alegría. ¿Qué dice el Apóstol? "Dios ama al que da con alegría" (2 Co 9, 7). Hagas lo que hagas, hazlo con alegría. Si obras con alegría, haces el bien y lo haces bien. En cambio, si obras con tristeza, aunque por medio de ti se haga el bien, no eres tú quien lo hace:  tienes en las manos el salterio, pero no cantas" (Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 192-195).

2.Esas palabras de san Agustín nos ayudan a abordar el centro de nuestra reflexión, y afrontar el tema fundamental del salmo:  el del bien y el mal. Uno y otro son evaluados por el Dios justo y santo, "el excelso por los siglos" (v. 9), el que es eterno e infinito, al que no escapa nada de lo que hace el hombre.

Así se confrontan, de modo reiterado, dos  comportamientos  opuestos. La conducta del fiel celebra las obras divinas, penetra en la profundidad de los pensamientos del Señor y, por este camino, su vida se llena de luz y alegría (cf. vv. 5-6). Al contrario, el malvado es descrito en su torpeza, incapaz de comprender el sentido oculto de las vicisitudes humanas. El éxito momentáneo lo hace arrogante, pero en realidad es íntimamente frágil y, después del éxito efímero, está destinado al fracaso y a la ruina (cf. vv. 7-8). El salmista, siguiendo un modelo de interpretación típico del Antiguo Testamento, el de la retribución, está convencido de que Dios recompensará a los justos ya en esta vida, dándoles una vejez feliz (cf. v. 15) y pronto castigará a los malvados.

En realidad, como afirmaba Job y enseñó Jesús, la historia no se puede interpretar de una forma tan uniforme. Por eso, la visión del salmista se transforma en una súplica al Dios justo y "excelso" (cf. v. 9) para que entre en la serie de los acontecimientos humanos a fin de juzgarlos,  haciendo  que  resplandezca el bien.

3. El orante vuelve a presentar el contraste entre el justo y el malvado. Por una parte, están los "enemigos" del Señor,  los "malvados", una vez más destinados a la dispersión y al fracaso (cf. v. 10). Por otra, aparecen en todo su esplendor los fieles, encarnados por el salmista, que se describe a sí mismo con imágenes pintorescas, tomadas de la simbología oriental. El justo tiene la fuerza irresistible de un búfalo y está dispuesto a afrontar cualquier adversidad; su frente gloriosa está ungida con el aceite de la protección divina, transformada casi en un escudo, que defiende al elegido proporcionándole seguridad (cf. v. 11). Desde la altura de su poder y seguridad, el orante ve cómo los malvados se precipitan en el abismo de su ruina (cf. v. 12).

Así pues, el salmo 91 rebosa felicidad, confianza y optimismo, dones que hemos de pedir a Dios, especialmente en nuestro tiempo, en el que se insinúa fácilmente la tentación de desconfianza e, incluso, de desesperación.

4. Nuestro himno, en la línea de la profunda serenidad que lo impregna, al final echa una mirada a los días de la vejez de los justos y los prevé también serenos. Incluso al llegar esos días, el espíritu del orante seguirá vivo, alegre y activo (cf. v. 15). Se siente como las palmeras y los cedros plantados en los patios del templo de Sión (cf. vv. 13-14).

El justo tiene sus raíces en Dios mismo, del que recibe la savia de la gracia divina. La vida del Señor lo alimenta y lo transforma haciéndolo florido y frondoso, es decir, capaz de dar a los demás y testimoniar su fe. En efecto, las últimas palabras del salmista, en esta descripción de una existencia justa y laboriosa, y de una vejez intensa y activa, están vinculadas al anuncio de la fidelidad perenne del Señor (cf. v. 16). Así pues, podríamos concluir con la proclamación del canto que se eleva al Dios glorioso en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis:  un libro de terrible lucha entre el bien y el mal, pero también de esperanza en la victoria final de Cristo:  "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! (...) Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque  han quedado de manifiesto tus justos designios. (...) Justo eres tú, aquel que es y que era, el Santo, pues has hecho así justicia. (...) Sí, Señor, Dios  todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos" (Ap 15, 3-4; 16, 5. 7). (San Juan Pablo II. Catequesis en la audiencia general del miércoles, 3 de septiembre de 2003)

 

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda dónde se encuentra el fundamento de nuestra esperanza: la victoria de Cristo que ha engullido la muerte. Si arraigamos profundamente nuestro corazón en esta convicción, nuestra vida será un auténtico testimonio de la fe que profesamos. "¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles.

Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor. ".

San Pablo finaliza este cap. 15 de su carta, dedicado al tema de la resurrección y a los problemas que suscitaba en la comunidad de Corinto, con una especie de himno a la victoria definitiva de la vida sobre la muerte que Jesucristo ha alcanzado.

Cuando todos los elegidos hayán llegado ya a aquella vida "incorruptible", "inmortal", entonces se habrá cumplido ya el objetivo final de Dios manifestado en la Escritura, que es la liquidación del poder de la muerte. San Pablo utiliza dos textos de la Escritura (Is 25,8 y Os 13,14), para expresar este objetivo, y lo enlaza con la explicación del porqué de esta aniquilación del poder de la muerte: la causa era el pecado, y el pecado existía debido a la Ley, que mostraba qué había que hacer pero no ofrecía la fuerza para hacerlo, de modo que los hombres tenían que vivir siempre con la conciencia culpable de ser infieles a la voluntad de Dios; ahora, Jesús sí ha realizado lo que realmente es la voluntad de Dios, y el hombre puede adherirse a él y liberarse del pecado.

San Pablo sabe que esta transformación a imagen del Señor Jesús ya ha comenzado, pero también percibe que no ha llegado a desarrollar todas las virtualidades que contiene en sí. Lo que aún falta lo resume con la palabra "corrupción" y con la de mortalidad, que resaltan bien los aspectos negativos todavía presentes en la existencia.

Lo importante está en la certeza de la victoria. De tal manera que, aun siendo algo futuro, permite emplear a San Pablo un pasado: «la muerte ya ha sido absorbida por la victoria». Es un enemigo herido, precisamente, de muerte, aunque todavía no haya desaparecido del todo. Sería bueno destacar que, por todo esto, la esperanza no es algo sólo futuro, sino que hunde sus raíces en el pasado de Cristo y de cada uno de nosotros. Porque ello permitiría vivir en consonancia mayor con esta situación cristiana fundamental. A lo cual exhorta el Apóstol en los versículos los finales del párrafo.

Es interesante también destacar la vinculación entre muerte, pecado y ley. Muerte no sólo física, sino en cuanto acertado símbolo de cuanto deshumaniza y hace la vida humana menos humana; pecado como fuerza del mal presente y actuante en el mundo, productora de deshumanizaciones varias, como podemos ver todos los días. Y ley. En la misma categoría negativa de las dos potencias anteriores. Ley, no sólo judía, sino actitud de autosuficiencia, pecadora soberbia y consiguiente desprecio de los demás.

Estos tres poderes, los tres, también han sido ya vencidos por el Señor Jesús, no de un modo general, sino en cada uno de nosotros que podemos y debemos vivir según esa victoria.

El razonamiento paulino acaba con una conclusión en orden a la vida cristiana. Este convencimiento de victoria y de vida plena en Jesucristo, que estamos invitados a creer firmemente, es lo que empuja a "trabajar siempre por el Señor, sin reservas", con la seguridad de que realmente vale la pena.

 

El evangelio de hoy usa el estilo de la primera lectura, con una serie de máximas e imágenes del mismo tipo de las que hemos visto en la primera lectura, algunas incluso calcadas: el ciego y el hoyo, el discípulo y su maestro, la mota y la viga en el ojo, el árbol y sus frutos, el corazón y la boca.

El pasaje del evangelio es un conjunto de consignas y sentencias del Jesús sin unidad entre ellas. pero resulta claro que el pensamiento central lo constituye la alegoría del árbol. el árbol bueno da buenos frutos y el árbol enfermo da frutos dañados; "no se cosechan higos de las zarzas".

También el mensaje de este fragmento de Lucas enlaza con el de la 1ª lectura. El núcleo de este mensaje de hoy consiste en valorar lo interior. Jesús invita a la profundidad y a la sinceridad de corazón; a no quedarse con la imagen exterior, que sólo es al fin y al cabo un reflejo de la interioridad de la persona. 

Jesús nos invita a cultivar la dimensión interior de la persona, aquello que constituye la parte más profunda y auténtica de su ser. Una dimensión interior que Jesús ve en positivo, al decir que "El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien". Pero este tesoro de bondad que cada cual guarda en su corazón se ha de cultivar para que dé su fruto. Por eso es tan importante trabajar la vida interior de las personas, su capacidad de reflexión, de escucha, de meditación, de silencio. 

El tema de los falsos profetas y de los falsos maestros era un tema normal en la +epoca de Jesús y en las primeras comunidades cristianas. Los escritos del nuevo testamento hacen referencia a ellos con frecuencia. ¿Quiénes son los verdaderos profetas? ¿quiénes orientan debidamente al pueblo de Dios? ¿de quiénes nos hemos de fiar? Jesús ofrece un criterio indefectible para reconocerlos. es preciso preguntarse: ¿qué pretenden? ¿qué intereses les mueven? ¿qué actitudes despiertan con su palabra y su conducta?

También nosotros somos profetas, testigos del Señor . ¿Cómo reconocerán la autenticidad de nuestro mensaje? ¿por nuestras palabras llenas de misticismo y entusiasmo? ¿por nuestros rezos y celebraciones? ¿cómo sabremos que caminamos de verdad por las sendas del evangelio? en este sentido es necesario satisfacer una doble exigencia: que el amor se traduzca en obras y que las obras estén animadas por el amor. es decir, se nos invita a un amor afectivo y efectivo.

Amor con obras. todo el nuevo testamento está sembrado de llamadas a un amor efectivo y a no engañarse a sí mismo con el follaje de las creencias, los sentimientos infecundos, los deseos vaporosos, los cultos y oraciones muy solemnes y las palabras altisonantes. sólo las obras son el verdadero test con garantía de autenticidad de la fe. advierte Jesús categóricamente: "no basta decir: ¡señor, señor!, para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra la voluntad de mi Padre del cielo" (Mt. 7,21). el mismo mensaje tiene la parábola de los dos hijos (Mt. 21,28-32), la parábola de la higuera estéril (Lc 13,6-9), la maldición de la higuera infecunda (Mt. 21,18-32). cuando le indican a Jesús que su madre y sus hermanos quieren verle, contesta: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra y la ponen por obra" (le 8,21). es conocidísimo el dicho de santa teresa de Jesús: "obras son amores y no buenas razones". sólo es auténtica y verdadera la fe que actúa por la caridad.

Las obras con que hemos de demostrar el amor son, ante todo, obras de servicio, de solidaridad con el prójimo, principalmente con el necesitado. ni el padre ni Jesucristo necesitan nada para sí. como sabemos, San Juan advierte muy seriamente: "el que diga: yo amo a dios, mientras se despreocupa de su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, no puede amar a dios a quien no ve" (Jn 4,20).

Jesús insiste que no bastan las obras; se requiere que estén animadas por el amor. las motivaciones egoístas y la búsqueda de diversos intereses pueden viciar miserablemente gestos en sí generosos. lo advierte seriamente Jesús poniendo para escarmiento las "buenas obras" de los escribas y fariseos, que las realizan "para ser bien vistos de los hombres". ni sus limosnas, ni sus oraciones, ni sus ayunos les sirven para nada.

Generalmente nuestras motivaciones están mezcladas, están impulsadas por un cierto nivel de generosidad y por algunos  intereses egoístas que los acompañan. siguiendo la alegoría de Jesús, diremos que el árbol de nuestro espíritu está más o menos enfermo, y por eso sus frutos no son ni todo lo abundantes ni todo lo sanos que deberían ser. necesitamos, por lo tanto, redoblar los cuidados. Para producir frutos abundantes y sanos es necesario que la savia circule por el árbol. y esa savia vital nos viene de Cristo: "el que sigue conmigo y yo con él es quien da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn. 15,5). necesitamos un proceso de interiorización para producir frutos abundantes y sanos.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 



[1] H. RAGUER OSB, El día y la noche en los salmos, en "Orar con los salmos", Dossiers CPL, 43, Barcelona, 1990, p. 64.

[2] S. AGUSTIN, Enarrationes in psalmos, 91, 13.