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domingo, 15 de noviembre de 2015

Comentario a lecturas del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario 15 de noviembre de 2015

A las puertas ya del final del año litúrgico, la Palabra de Dios nos es presentada en un lenguaje apocalíptico. La apocalíptica es la literatura que aborda esta temática: la ardiente espera de un final del orden presente, al que seguirá un orden o mundo nuevo. Para ello se sirve de un lenguaje especial, el lenguaje que tiene su origen en la fantasía. No es de naturaleza informativa, es decir, no es una guía en la que se nos comunica el desarrollo de unos hechos. Es de naturaleza simbólica, plástica y está al servicio de una idea, de una concepción. Por lo que respecta al final, éste es expresado con imágenes tremendistas: cataclismos cósmicos, guerras, fuego, derrumbamientos, personajes celestes, señales luminosas, trompetas convocando a juicio.
Si  ya había violencia en nuestra sociedad, este fin de semana la violencia ha llenado de horror las calles de París. Ahora nuestra comunión se ha hecho más dolorosa, pero no menos esperanzada; el calvario se nos ha llenado de sangre, la muerte parece prevalecer sobre la vida, pero sabemos cómo Iglesia amada del Señor, que la victoria es del Crucificado, que la última palabra la tienen las víctimas, la tiene siempre el amor. Hoy, en Cristo, Dios te muestra el camino que lleva al futuro. ¡Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra!

Hoy  en el salmo resonará las palabras del salmista que pronunció Jesús en la cruz. “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”:
Hoy la palabra proclamada nos sitúa ante tiempos difíciles. La Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a reavivar nuestra confianza en Dios y nuestra responsabilidad en hacer de éste el mejor de los mundos posibles. Una vez más constatamos que Dios está a favor nuestro, que cuenta con nosotros para construir el Reino de Dios ya desde ahora.
Las palabras de la profecía de Daniel son palabras para “tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”. Las del evangelio lo son para los días que vendrán “después de la gran angustia”, días de regreso de la tierra al caos primordial, cuando sol y luna no la iluminaban y los astros no ocupaban sus órbitas en el cielo.
 Pero profecía y evangelio parecen remitir a tiempos que, por misteriosos y lejanos, difícilmente percibiremos en la comunidad eclesial como angustiosos y como nuestros. De ahí la necesidad de escuchar una y otro desde el dolor de las víctimas, desde el caos en el que todas ellas deambulan, como si sus vidas y su mundo no formasen ya parte de la creación de Dios.

La primera lectura del libro de Daniel (Dn 12, 1-3) es parte de un libro que fue escrito en tiempos de persecución y de resistencia. En los pasajes apocalípticos de esta lectura “la gran tribulación" o "los tiempos difíciles" aparecen como una señal de salvación definitiva de los justos. El autor ve en los mártires de su tiempo la señal de la victoria, descubre la situación extrema que precede a la salvación del pueblo que ha resistido en la
fe. Este es "el libro de la vida". Se trata de una imagen utilizada para expresar que Dios conoce a los suyos y los protege hasta el final. No hay en todo el Antiguo Testamento ningún otro lugar en el que hable tan claramente de la resurrección de los muertos que "duermen en el polvo". Aunque se dice que "despertarán muchos", esta expresión quiere decir con frecuencia "todos", y éste parece aquí su sentido. La resurrección es para nuestro autor un postulado de la justicia divina, que no puede dejar sin premio a los mártires y sin castigo a sus verdugos. No falta una palabra de esperanza y una promesa para los "sabios", esto es, para los que enseñan a practicar y no sólo a conocer lo que es justo a los ojos de Dios. Hay para ellos reservada una gloria especial e imperecedera.

El salmo responsorial de hoy es el salmo 15(Sal 15 ). Con el Salmo 15 imploramos  al Señor. «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. No me entregarás a la muerte ni me dejarás conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».
Seguimos el comentario de San JP II. "El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de «lote de mi heredad, copa, suerte». Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: «El señor es el lote de mi heredad. (...)
San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar» (Sermón 334, 3: PL 38, 1469).
El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.
Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los exégetas nos dicen que en el original hebreo (cf. Sal 15,7-10) se habla de «riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de «diestra», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso, de «hígado», que expresa la emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del hombre; y, por último, de «soplo de vida».
Por consiguiente, se trata de la representación de «todo el ser» de la persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (cf. v. 10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.
() El segundo símbolo del salmo 15 es el del «camino»: «Me enseñarás el sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que lleva al «gozo pleno en la presencia» divina, a «la alegría perpetua a la derecha» del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.
En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch 2,24).
San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: «No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción» (Hch 13,35-37). (San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 28 de julio de 2004).

La segunda lectura de la carta a los hebreos (Hb 10, 11-14.18) , que hemos ido leyendo estos domingos, marca de manera magistral –y, sobre todo, para la mentalidad de los judíos de la generación de Jesús—que su sacerdocio es eterno y que su sacrificio solo ha ocurrido una vez. La estructura de la Carta a los Hebreos refleja la condición de Jesús como Sumo Sacerdote, es el sacerdocio de Jesús, en el que la Iglesia, año tras año, se ha visto reflejada.
Pero, además, el sacrificio de Jesús vale para todos y en todos los tiempos. Es decir,
no es una cuestión particular ligada al Templo de Jerusalén o a los templos de la Iglesia Católica. Sirve para todos los hombres y mujeres de antes, de ahora, y de todo el futuro.
La Carta a los Hebreos deja absolutamente claro la salvación,  cuando habla de la ofrenda de su propia vida, que Cristo ofreció por nuestros pecados de una vez para siempre. Desde entonces introdujo el perdón de los pecados, como regalo perpetuo que Dios nos hace. Los sabios según Dios y aquellos que enseñaron y practicaron la justicia brillarán por toda la eternidad.

El evangelio  acabando ya el ciclo litúrgico B es del evangelista san Marcos. (Mc 13, 24 – 32). Habla de la venida de Jesús, acompañada de unos acontecimientos cósmicos: vendrá como un ladrón en la noche, de manera imprevista... Pero en este futuro actuar de Dios hay un sí absoluto al mundo que ha creado. Jesús nos dice que estemos atentos a la higuera, es decir a los signos de los tiempos, de los que hablaba el concilio Vaticano II. El Hijo del Hombre, figura que aparece en el profeta Daniel, vendrá sobre las nubes del cielo, reunirá a los elegidos de los cuatro vientos. Por tanto, vendrá a salvar y no a condenar. El juicio será para la salvación no para la condenación. En los evangelios Jesús se atribuye a sí mismo este título mesiánico.
Aprended de la parábola de la higuera…; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta. El Señor siempre está cerca de cada uno de nosotros, animándonos con su gracia, su presencia y su amor para que sigamos viviendo. Todos los signos de los tiempos, la guerra y la paz, la justicia y la injusticia, la muerte de un niño y la muerte de un anciano, todas las criaturas nos hablan de un Dios que, como diría san Juan de la Cruz, por ellas ha pasado. El universo entero es huella de Dios: debemos ver y sentir a Dios en todas sus criaturas y, de manera especial, en cada uno de nosotros. Comparada con los tiempos de Dios, nuestra vida es solo un instante, como un soplo; todas las criaturas nos dicen que Dios está siempre ahí mismo. Estos son para nosotros los signos de los tiempos, a través de sus criaturas debemos los cristianos saber descubrir a Dios. Como cada higuera espera su primavera para que sus ramas se pongan tiernas y broten sus yemas, así cada uno de nosotros debe vivir siempre esperando que llegue para cada uno de nosotros la primavera de Dios, cuando Dios se hará presente definitivamente, en nuestras vidas.

Para nuestra vida.
El profeta Daniel habla a un pueblo que está a punto de ser extinguido por un poder militar adverso. Y el profeta les dice que no teman, que Dios les salvará, que lo que ellos tienen que hacer es mantenerse fieles a su Dios. Es un mensaje que también debe valernos a nosotros cuando estamos ante un peligro físico, social o psicológico: debemos mantener fuerte nuestra confianza en el Señor. En medio de todas las dificultades, Dios no nos va a abandonar.
No son realidades trasnochadas, cuentos de miedo para asustar a los niños en la noche. Son verdades fundamentales que, queramos o no, están ahí ante nosotros como una amenaza, o como un motivo de esperanza y de consuelo. Sí, porque "bienaventurados desde ahora los muertos que mueren el Señor. Si, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan". "Para siempre, para siempre, para siempre", repetía Santa Teresa. Y esta idea la animaba a seguir luchando, a perseverar en su entrega, a ser fiel al amor del Amado. Llénate tú, y yo también, ante el recuerdo de estas realidades, de un deseo constante de seguir adelante, cubriendo gozoso todas las etapas que conducen a la última meta.

Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados. Es el tema central de toda la carta a los Hebreos: Cristo, con el sacrificio de su vida, nos ha perdonado ya todos nuestros pecados. Lo único que debemos hacer nosotros ahora es renovar este sacrificio único de Cristo; nuestras ofrendas sólo alcanzan valor definitivo si van unidas a la ofrenda única de Cristo. Cristo ya nos perdonó, con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Dios ya no quiere de nosotros sacrificios, ni ofrendas, sino un corazón arrepentido y entregado. Por gracia, por la gracia de Cristo, estamos salvados, como nos dirá repetidamente san Pablo.
El evangelio nos sitúa ante el final de los tiempos, no hemos de confundir  las precisiones que Jesús hace sobre su futura venida con tanta literatura pseudoreligiosa sobre el fin del mundo que aparece en nuestra sociedad.
 La espera sobre la Segunda Venida es  motivo de alegría para los cristianos. Es la plasmación de que no estamos abandonados por Él y que un día, en su presencia y cercanía real y física, nacerá un nuevo mundo. Es la Jerusalén celestial que bajará del cielo ataviada con las mejores galas de una novia bellísima. Pero es cierto, también, que la espera de Jesús puede estar llena de problemas, inconvenientes y hasta hechos muy graves. No es fácil la vida de los cristianos es estos tiempos. Ciertamente, la fecha y el momento solo lo sabe el Padre.
Desde el abismo, Jesús de Nazaret se preguntaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?”. Desde lo hondo de su desesperanza, el emigrante se preguntaba y me preguntaba “si Dios había creado también a los negros”. Desde lo hondo, la víctima no dudaba de que Dios había creado a los negreros, a los explotadores, a los violentos, a los violadores, y se preguntaba si Dios lo habría creado también a él.
Necesitamos escuchar profecía y evangelio desde el mundo de los pobres, desde la noche de los crucificados, desde el árbol seco de los malditos, desde la angustia de los excluidos de la paz, desde el temblor de hombres, mujeres y niños entregados a la intemperie de una tierra informe y vacía.
Sólo quienes todo lo han perdido, Jesús de Nazaret el primero, y con él todos los excluidos de la creación y devueltos al caos , sólo ellos pueden reconocer en Dios su todo, y poner en su Creador toda esperanza de ser.
En comunión con Cristo y con las víctimas, también nosotros aprendemos a decir las palabras del salmo: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”.
Y en esa admirable comunión nuestro corazón sabrá que “el Señor es el lote de tu heredad”, todo tu ser sabrá que tu suerte está en la mano de nuestro  Señor. “Por eso se te alegra el corazón, se gozan tus entrañas, y todo tu ser descansa sereno”.
Hoy, en Cristo, Dios nos sacia de alegría.
Con el comienzo de un nuevo Adviento lo que haremos es esperar con esa alegría recibida  la Segunda Venida.
Y esa espera marcará un tiempo nuevo que no debemos desaprovechar.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

jueves, 6 de agosto de 2015

Comentarios a las Lecturas de Solemnidad de La Asunción de la Virgen María. 15 de agosto de 2015.

El 15 de agosto la Iglesia celebra la glorificación en cuerpo y alma al cielo de la Virgen. Según la doctrina de la Iglesia católica, que se basa en una tradición acogida también por la Iglesia ortodoxa (si bien por ésta no definida dogmáticamente), María entró en la gloria no sólo con su espíritu, sino íntegramente con toda su persona, como primicia –detrás de Cristo- de la resurrección futura.. Fue establecido como dogma por el Papa Pío XII, el día 1 de noviembre de 1950.
¿En qué se diferencia la Asunción de María de la Ascensión de Cristo? La misma palabra <Asunción> lo sugiere: el verbo asumir significa “hacerse cargo de algo, tomar para sí”. La Virgen fue asunta, fue tomada por Dios, fue atraída por Dios, la Asunción fue obra de Dios, no de la Virgen María; en cambio, Cristo ascendió a los cielos por su propia fuerza y virtud. En definitiva, más allá de frases y metáforas, en esta fiesta de la Asunción de la Virgen, los cristianos debemos alabar a Dios y de darle gracias porque hizo posible que una criatura humana como nosotros –María- fuera directamente a vivir con Él, nada más terminada su vida terrena. Esta es la aspiración de cada uno de nosotros, los cristianos.
Hoy las lecturas nos situan ante la batalla entre dos fuerzas antagónicas. San Agustín en su obra «La ciudad de Dios», dice en una ocasión que toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor de Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio de los demás. Esta misma interpretación de la historia, como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en la lectura tomada del Apocalipsis, que acabamos de escuchar. Aquí, estos dos amores, aparecen en dos grandes figuras. Ante todo, está el dragón rojo, fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante de poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia.

La primera lectura del libro del Apocalipsis (Ap. 11, 19; 12, 1-6. 10), nos sitúa ante una de las revelaciones de la grandeza y el poder de Dios. En la isla de Patmos, en medio a su destierro, San Juan contempla visiones grandiosas, que luego trasmite a los cristianos de su comunidad, perseguidos por la crueldad del emperador romano y sus secuaces. Como él, también ellos necesitaban el consuelo de aquellas revelaciones que anunciaban la grandeza y el poder del Señor. Era necesario recordarles que sus sufrimientos de entonces eran el precio de la gloria.
En esta ocasión el cielo se abre para mostrar una gran aparición, "una señal grande": Una mujer vestida de sol y coronada de estrellas con la luna bajo sus pies. Es, sin duda, uno de esos numerosos signos en los que tanto abundan los escritos de S. Juan. Por otra parte, como los demás signos, su significado es polivalente. Pero el que hoy nos sugiere la Iglesia es que contemplemos la figura rutilante de Santa María, enfrentada al dragón rojo, segura de su victoria. Para que confiemos en su protección y su ayuda.

Salmo responsorial (Sal 44, 10. 11-12. 16)
R/ De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir.
El salmo, en esta segunda parte, glorifica a la reina. En la liturgia de hoy estos versículos son aplicados a María y celebran su belleza y grandeza.
Entre tus predilectas hay hijas de reyes,
la reina a tu derecha, con oro de Ofir.
Escucha, hija, mira, presta oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna,
que prendado está el rey de tu belleza.
El es tu señor, ¡póstrate ante él!
La siguen las doncellas, sus amigas,
que avanzan entre risas y alborozo
al entrar en el palacio real.
María nos precedió en el cielo y nos precederá siempre, como madre del rey que se sienta al lado del trono.

La segunda lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios. (1ª Cor.15, 20-27), nos habla de la certeza de la Resurrección. Entre los corintios había algunos que negaban la resurrección de los muertos. Las antiguas costumbres e ideas pesaban aún en ellos. No es fácil extirpar del todo el error y los vicios. Pero el Apóstol San Pablo les rebate con claridad y vigor. La resurrección es posible pues Cristo ha resucitado, hecho verificado por cuantos les vieron vivo después de haberlo visto muerto en la Cruz. En una ocasión fueron más de quinientos hermanos los que pudieron verle y escucharle. Puesta estas premisas, la conclusión es que también nosotros podemos resucitar, también nosotros resucitaremos. Acude S. Pablo a otro argumento y les recuerda que si por Adán entró la muerte en el mundo, de la misma manera por Cristo ha entrado la vida... Es cierto que la muerte aún no ha sido vencida pues será el último enemigo en caer. Sin embargo, aunque pasemos por la muerte, como Cristo, pasó, el final será la resurrección, la vida eterna-

El pasaje del Evangelio de san Lucas elegido para esta fiesta (Lc.1, 39-56).es el episodio de la Visitación de María a Santa Isabel, que se cierra con el sublime canto del Magnificat.
El Magnificat puede definirse como un nuevo modo de contemplar a Dios y un nuevo modo de contemplar el mundo y la historia. Dios es visto como Señor, omnipotente, santo, y al mismo tiempo como «mi Salvador»; como excelso, trascendente, y al mismo tiempo como lleno de premura y de amor por sus criaturas. Del mundo se pone en evidencia la triste división en poderosos y humildes, ricos y pobres, saciados y hambrientos, pero se anuncia también el derrocamiento que Dios ha decidido obrar en Cristo entre estas categorías: «Ha derribado a los poderosos...». El cántico de María es una especie de preludio al Evangelio. Como en el preludio de ciertas obras líricas, en él se apuntan los motivos y las arias importantes cuyo destino es su desarrollo, después, en el curso de la ópera. Las bienaventuranzas evangélicas se contienen ahí como en un germen y en un primer esbozo: «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre...».
En este canto María se considera parte de los anawim, de los “pobres de Dios”, de aquéllos que ”temen a Dios”, poniendo en Él toda su confianza y esperanza y que en el plano humano no gozan de ningún derecho o prestigio. La espiritualidad de los anawinpuede ser sintetizada por las palabras del salmo 37,79: “Está delante de Dios en silencio y espera en Él”, porque “aquéllos que esperan en el Señor poseerán la tierra”.
 En el Salmo 86,6, el orante, dirigiéndose a Dios, dice: “Da a tu siervo tu fuerza”: aquí el término “siervo” expresa el estar sometido, como también el sentimiento de pertenencia a Dios, de sentirse seguro junto a Él.
 Los pobres, en el sentido estrictamente bíblico, son aquéllos que ponen en Dios una confianza incondicionada; por esto han de ser considerados como la parte mejor, cualitativa, del pueblo de Israel.
 Los orgullosos, por el contrario, son los que ponen toda su confianza en sí mismos.
 Ahora, según el Magnificat, los pobres tienen muchísimos motivos para alegrarse, porque Dios glorifica a los anawim (Sal 149,4) y desprecia a los orgullosos. Una imagen del N. T. que traduce muy bien el comportamiento del pobre del A. T. , es la del publicano que con humildad se golpea el pecho, mientras el fariseo complaciéndose de sus méritos se consuma en el orgullo (Lc 18,9-14). En definitiva María celebra todo lo que Dios ha obrado en ella y cuanto obra en el creyente. Gozo y gratitud caracterizan este himno de salvación, que reconoce grande a Dios, pero que también hace grande a quien lo canta.
En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras:
«Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí».
 De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

Para nuestra vida.
En la fiesta de la Asunción de la Virgen María celebramos lo que aguarda al que cree y espera por la fe: la gloria de Dios. El mayor gozo, por el cual salta también María, es el vernos a nosotros sus hijos por la dirección adecuada: recordando las maravillas del Señor, viviendo según su voluntad, proclamando su santo nombre y abriendo las ventanas de nuestro vivir para que Dios entre por ellas y sea un gran vecino en nuestros corazones.
Las Iglesias Orientales hablan de la Dormición de María como titularidad de la presente fiesta. Es, tal vez, más completa la nomenclatura eclesial de Occidente que habla de asunción: de subida al cielo. Sin embargo, existen lugares en España donde la Dormición se celebra e, incluso, hay bellas imágenes de la Señora muy bella en su sueño… y que, además, procesionan por calles y plazas. La Dormición --el plácido sueño-- como tránsito de esta vida a su presencia eterna en la Gloria de Dios es algo muy bello. En la Liturgia de las Horas, en las Completas, todas las noches, antes de rezar la última antífona que está dedicada a la Virgen, se repite: "El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa". El sueño parece una antesala de la muerte cuando los cristianos despegamos del hecho de morir todo lo truculento o desagradable que culturalmente hemos añadido y la fe nos lleva a considerarlo como una Dormición.
 La vida María, desde Nazaret es un canto a la bondad del Señor. Su “sí” fue desde el principio un ponerse manos a la obra y a lo que Dios mandase. Al colocarse al lado de Jesús lo
hizo desde la humildad y con el silencio. Bien sabía, María, quién era Dios, qué esperaba Dios y qué tenía que hacer para que Dios cumpliera en Cristo lo profetizado desde antiguo.
Para nosotros habitantes de Europa esta fiesta entraña una expresión de nuestras raíces cristianas y mariologicas. Un fragmento de la preciosidad de la descripción del Apocalipsis, “coronada de doce estrellas” dice el texto, fue captado en 1955 por Arsène Heitz, pintor de Estrasburgo, y aprobada el 8 de diciembre. El piadoso artista consiguió que su proyecto fuera aceptado como bandera emblemática de Europa, precisamente un día muy vinculado con la Virgen. Algunos años me he permitido poner la bandera de la Unión Europea, junto al altar, en el celebraba la misa, es un homenaje a ella. La Fe de la Europa de Puy en Velay, Chartres, La Salette, Lourdes, Fátima y del Pilar, queda reflejada en ella.
El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.
Rafael Pla Calatayud
rafael@sacravirginitas.org

sábado, 15 de febrero de 2014

Ahí está Jesús con los discípulos que se le han unido.

"Jesús en la cima del monte, la multitud, los discípulos.Ahí está Jesús con los discípulos que se le han unido. Los discípulos pertenecían completamente, hasta hace poco a la masa del pueblo. Eran como todos los demás. Pero llegó la llamada de Jesús; abandonaron todo y le siguieron. Desde entonces pertenecen a Jesús por completo. Van con él, viven con él, le siguen a donde quieran que los lleve. Les ha sucedido algo que los otros no experimentaron. Se trata de un hecho muy inquietante y sorprendente que no pasa desapercibido al pueblo.
Por eso, bienaventurados. Jesús habla a los discípulos (Lucas 6:20). Habla a los que se encuentran bajo el poder de su llamada. Esta llamada los ha hecho pobres, combatidos, hambrientos. Los proclama bienaventurados, no por su escasez o renuncia. Ni la una ni la otra constituyen un fundamento de cualquier clase de bienaventuranza. El único fundamento válido es la llamada y la promesa, por las que viven en escasez y renuncia.

Las bienaventuranzasBienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
Los discípulos carecen absolutamente de todo. Son Pobres. Sin seguridad, sin posesiones que puedan considerar como propias, sin un trozo de tierra a la que puedan llamar su patria... Pero también sin fuerza, ni experiencia, ni conocimientos espirituales propios a los que puedan invocar y con los que puedan consolarse. Por amor a él lo han perdido todo. Al seguirle, se han perdido incluso a sí mismos y, con esto, todo lo que aún podría enriquecerles. Ahora son pobres, tan inexperimentados, tan imprudentes, que no pueden poner su esperanza más que en el que los ha llamado.
Jesús conoce también a otros, los representantes y predicadores de la religión popular, los poderosos llenos de prestigio, firmemente asentados en la tierra e indisolublemente enraizados en las costumbres, en el espíritu de la época y la piedad popular. Pero no es a ellos, sino sólo a sus discípulos a quienes dice: bienaventurados, porque vuestro es el reino de los cielos. Sobre ellos, que viven en renuncia y pobreza, irrumpe el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados
Los que lloran son los que están dispuestos a vivir renunciando a lo que el mundo llama felicidad y paz, los que en nada pueden estar de acuerdo con el mundo, los que no se le asemejan. Sufren por el mundo, por su culpa, su destino y su felicidad... El sufrimiento no cansa, desgasta y amarga a los discípulos, dejándolos destrozados. Lo llevan con la fuerza del que ha padecido. Los discípulos llevan su dolor con la fuerza de aquel que lo sufrió todo en la cruz. Como sufrientes, se hallan en comunión con el crucificado. Son extranjeros por la fuerza de aquel que resultó tan extraño al mundo, que lo crucificó. Esto es su consuelo; más bien, éste es su consuelo, su consolador.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra
Ningún derecho propio protege a la comunidad de los extranjeros en el mundo. Tampoco lo reivindican, porque son los mansos, que viven por amor a Jesús en la renuncia a todo derecho propio... Prefieren dejarlo todo a la justicia de Dios.
Ellos poseerán la tierra. La tierra pertenece a estos hombres débiles y sin derechos. Los que ahora la poseen con la fuerza y la injusticia, terminarán perdiéndola, y los que han renunciado a ella completamente, mostrándose mansos hasta la cruz, dominarán la nueva tierra.
Dios no abandona la tierra. La ha creado. Ha enviado a ella a su Hijo. Edificó sobre ella su comunidad... Se dio un signo. Ya aquí se ha dado a los débiles un trozo de tierra: la iglesia, su comunidad, sus bienes, sus hermanos y hermanas, en medio de persecuciones hasta la cruz. También el Gólgota es un trozo de tierra. A partir del Gólgota, donde murió el más manso de todos, debe ser renovada la tierra. Cuando llegue el reino de Dios, los mansos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados
Los que siguen a Cristo no sólo viven en renuncia a su propio derecho, sino incluso en renuncia a la propia justicia. No se glorían en nada de lo que hacen y sacrifican. Sólo pueden poseer la justicia en el hambre y la sed de ella; ni la propia justicia, ni la de Dios sobre la tierra; desean en todo tiempo la futura justicia de Dios, pero no pueden implantarla por sí mismos. Los que siguen a Jesús tienen hambre y sed durante el camino. Anhelan el perdón de todos los pecados y la renovación plena, la renovación de la tierra y la justicia perfecta de Dios.
Se le ha prometido que quedará saciado. Alcanzarán la justicia, no sólo de oídas, sino hasta saciarse corporalmente. El pan de la verdadera vida les alimentará en la cena futura con el Señor. Este pan futuro es el que los hace bienaventurados, puesto que ya lo tienen presente.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia
Estos pobres, estos extraños, estos débiles, estos pecadores, estos seguidores de Jesús viven también con él renunciando a la propia dignidad, porque son misericordiosos. No les basta su propia necesidad y escasez, sino que también se hacen partícipes de la necesidad ajena, de la pequeñez ajena, de la culpa ajena.
El misericordioso regala su propia honra al que ha caído en la infamia, y toma sobre sí la vergüenza ajena. Se deja encontrar entre publicanos y pecadores... se despojan del bien supremo del hombre, la propia honra y dignidad, y son misericordiosos.
Sólo una honra y dignidad conocen: la misericordia de su Señor, de la que viven. El no se avergonzó de sus discípulos, se convirtió en hermano de los hombres, llevó su ignominia hasta la muerte de cruz. Esta es la misericordia de Jesús la única que quieren vivir los que están ligados a él, la misericordia del crucificado... si se los injuria por esto, son felices. Porque alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios
¿Quién es de limpio corazón? Sólo el que ha entregado plenamente su corazón a Jesús, para que este reine exclusivamente en su interior; el que no mancha su corazón con el propio mal, ni tampoco con el bien. El corazón puro es el corazón sencillo del niño, que nada sabe del bien y del mal, el corazón de Adán antes de la caída, el corazón en el que no reina la conciencia, sino la voluntad de Jesús.
Sólo verá a Dios quien en esta vida sólo se ha fijado en Jesucristo, el Hijo de Dios. Su corazón está libre de imágenes que le manchen, sin dejarse arrastrar por la pluralidad de los propios deseos e intenciones. Está totalmente arrebatado en la contemplación de Dios. A Dios le contemplará aquel cuyo corazón se haya convertido en espejo de la imagen de Jesucristo.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios
El seguidor de Jesús está llamado a la paz. Cuando Jesús los llamó encontraron su paz. Jesús es paz. Pero no sólo deben tener paz, sino también, deben crearla... Los discípulos de Cristo mantienen la paz, prefiriendo sufrir a ocasionar dolor a otro, conservan la comunidad cuando otro la rompe, renuncian a imponerse y soportan en silencio el odio y la injusticia. De este modo vencen el mal con el bien y son creadores de paz divina en medio de un mundo de odio y guerra... Los pacíficos llevaran la cruz con su Señor; porque en la cruz se crea la paz. Por haber sido insertados de este modo en la obra pacificadora de Cristo, por haber sido llamados a colaborar con el Hijo de Dios, serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos
No se habla aquí de la justicia de Dios, sino de los padecimientos por una causa justa, por el juicio y la acción justa de los discípulos de Jesús. Los que siguen a Jesús renunciando a las posesiones, a la felicidad, al derecho, a la justicia, a la honra, al poder, se distinguen en sus juicios y acciones del mundo; resultarán chocantes al mundo. Y así serán perseguidos por causa de la justicia. La recompensa que el mundo da a su palabra y actividad no es el reconocimiento sino la repulsa. Es importante que Jesús proclame bienaventurados a sus discípulos cuando no sufren inmediatamente por la confesión de su nombre, sino simplemente por una causa justa. Se les hace la misma promesa que a los pobres. Como perseguidos se asemejan a ellos.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo
'Por mi causa': Los discípulos son injuriados, pero encuentran al mismo Jesús. Sobre él recae todo, ya que por su causa son injuriados. El carga con la culpa. La injuria, la persecución mortal y las mentiras malignas constituyen la felicidad de los discípulos en su comunidad con Jesús. Es forzoso que el mundo ataque a estos mansos extranjeros con sus palabras, su fuerza y sus calumnias. La voz de estos pobres y mansos es demasiado amenazadora y potente, su vida demasiado paciente y silenciosa; estos discípulos de Jesús, con pobreza y sus sufrimientos, dan un testimonio demasiado poderoso de la injusticia del mundo. Resulta mortal. Mientras Jesús dice: bienaventurados, bienaventurados, el mundo grita: ¡fuera! ¡fuera! Sí, fuera. Pero ¿a dónde? Al reino de los cielos. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos".
(Dietrich Bonhoeffer. El Precio de la Gracia o El Costo del Discipulado),

viernes, 12 de octubre de 2012

Las parábolas de Jesús


(12) Vino nuevo

Mateo 9, 17
17 «Ni tampoco se echa vino nuevo en pellejos viejos; pues de otro modo, los pellejos revientan, el vino se derrama, y los pellejos se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan.»
Marcos 2, 22
22 «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos.»
Lucas 5, 37-39
37 «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; 38 sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. 39 Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: El añejo es el bueno.»





La última Cena_Bassano Jacopo.jpg

Comentarios a la Parábola Vino nuevo

Gunther Schiwy, "Iniciación al Nuevo Testamento", Ed. Sígueme, España, 1.969

Comentarios a Mc 2, 22

Igualmente insensato sería querer meter a los discípulos de Jesús con su fe (vino) nueva en las viejas formas (odres viejos) de la piedad judía. Se perdería lo viejo y lo nuevo. La imagen es veterotestamentaria: A la manera que el mosto, cuando no tiene por donde respirar, rompe las vasijas nuevas, así sucede en mi seno. Hablaré, a fin de respirar algún tanto; abriré mis labios, y responderé (Job 32, 19-20). El odre o cuero -de piel de oveja o cabra, más raras veces de buey o de camello- sirve aún hoy en oriente, sobre todo entre beduinos nómadas, de recipiente ideal para la leche, vino y agua, y resiste a las durezas de un viaje de oriente.


martes, 21 de junio de 2011

Reflexiones en torno a Mateo 5,3 "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Hay verdades que escandalizan porque amenazan nuestra seguridad. Las negamos en actitud defensiva.
El texto propuesto a reflexión me sitúa ante mi realidad personal en medio de quienes Dios pone cada día como hermanos míos, sean creyentes , alejados o indiferentes. La pregunta que me hago es ¿me escandaliza a mi, la palabra de Jesús?. La respuesta es si me escandaliza, porque mi vida muchas veces, demasiadas veces se ve interpelada por las palabras de Jesús "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Lo más fácil es entender el concepto de pobreza como lo entiende la sociedad hoy, el concepto de pobreza tiene que ver principalmente con la carencia de dinero, el cual nos permite satisfacer nuestras necesidades para vivir con dignidad.

Pero no es a ese concepto al que se refiere san Mateo. Con la expresión “pobres en espíritu”, Mateo ataca la actitud arrogante de gente como los fariseos, personas educadas, que conocían la ley judía y que no carecían de bienes materiales. Eran bien considerados socialmente. Se sentían seguros de sí mismos, creyendo que sus propios méritos los hacía aceptos ante Dios. Jesús los llama a abandonar ese espíritu de superioridad que no les permite ver su propio mal. En Mateo, Jesús llama a que los arrogantes reconozcan su fragilidad humana, para que den lugar a una fortaleza que viene de Dios. A veces y ante los demás me siento más fariseo que humilde y “pobre en espíritu”, porque con mis pocas obras me siento más justificado que los demás.
Las palabras de Jesús en las que me recuerda (nos recuerda a los creyentes), que son las personas humildes las que son bienaventuradas o dichosas. Son los “pobres en espíritu” (Mat. 5:3) o los “humildes de corazón” (Sal. 34:18; Isa. 57:15; Sof. 2:3) los que heredarán el reino de los cielos, sean ricos o pobres materialmente.
Ser “pobre en espíritu” es, ante todo, una disposición, un modo de ser ante Dios. María, la madre de Jesús, fue llamada bienaventurada o bendita, porque con pobreza de espíritu aceptó la voluntad de Dios. En sus labios fueron puestas las palabras del Magnificat (Luc. 1:46-55), que dan testimonio de que Dios eleva al humilde pero rechaza al soberbio. Aceptar la voluntad de Dios nos cuesta y por eso nos pasamos la vida viendo a nuestro alrededor a los que no aceptan la voluntad de Dios y asi nos justificamos ante nosotros mismos, pero no ante Dios, ante Ël no nos podemos justificar porque conoce la intimidad de nuestro corazón y nuestras mas profundas razones.
Las enseñanzas de Jesús eran y son tan radicales, que hasta sus discípulos se sorprenden. Las bienaventuranzas afirman que los pobres en espíritu son personas mansas y sufridas, sometidas, desheredadas. Son quienes lloran y llevan sobre sí el dolor no sólo propio sino también el ajeno. Son quienes sienten compasión y, en consecuencia, actúan solidariamente. Al servir no buscan beneficios propios, sino que son sinceros, honestos y de corazón limpio. Son también quienes se desesperan ante las injusticias y tienen hambre y sed de justicia. Quienes son pobres en espíritu pertenecen al reino de Dios y recibirán consolación, la tierra por heredad, serán saciados, no tendrán más sed de justicia, ni sufrirán persecución, sino que vivirán en paz.
Ese Jesús, que siendo pobre no tenía ni donde reclinar la cabeza, estaba poniendo los valores de su sociedad cabeza abajo. Ese pobre Jesús, sin privilegios ni poder, atraía multitudes de pobres y les prometía el reino de los cielos. ¡Qué escándalo!. Nuestra iglesia en estos inicios del siglo XXI, debe de hacer profundo examen de conciencia desde estas palabras de Jesús y desntro de la Iglesia cada uno de nosotros.
Para mi siempre es una novedad y llamada personal la radicalidad de las palabras de Jesús,`¡ como no vamos a sorprendernos hoy si hasta sus discípulos se sorprenden cuando les anuncia que los ricos no entran en el reino de Dios (Mat. 19:23-26), y que la gente pobre tiene la bienaventuranza del reino de los cielos!.
Para mi es una llamada de atención de que la misma condición de pobreza nos puede abrir con mayor facilidad la angosta puerta para llegar a ser “pobres en espíritu”. Esta es la pobreza necesaria para gozar de las bienaventuranzas del reino. Desde la humildad de la pobreza apreciamos todo lo que nos viene de Dios y de nuestros hermanos los hombres.
Jesús pide a los suyos el desasimiento interior respecto a los bienes temporales (ya los posean o ya estén desprovistos de ellos) a fin de ser capaces de desear y de recibir las verdaderas riquezas Mt 6,24.33 13,22 Ap 2,9 3,17. Por lo demás, las posesiones materiales no son sino uno de los objetos de la renuncia total que hay que aceptar, por lo menos interiormente, para ser discípulo de Jesús Mt 10,37ss. Pero para esbozar la fisonomía completa de los «pobres de espíritu», herederos de los 'anavim, hay que notar también la conciencia que tienen de su miseria personal en el plano religioso, de su necesidad del auxilio divino. Lejos de manifestar la suficiencia ilusoria del fariseo confiado en su propia justicia, comparten la humildad del publicano de la parábola Lc 18,9-14. Por el sentimiento de su indigencia y de su debilidad se asemejan así a los niños y, como a éstos, les pertenece el reino de Dios Lc 18,15ss Mt 19,13-24.
Es para mi muy importante la relación de pobre en espíritu y la humildad.
El pobre de los salmos aparece así como el amigo y el servidor de Yahveh 86,1s, en quien se refugia con confianza, al que teme y busca 34,5-11. Los traductores griegos del salterio comprendieron bien que no se trata aquí de la sola miseria material: para traducir 'anav no pensaron en utilizar ptókhos, «indigente», o penes, pobre «menesteroso», sino que prefirieron praus, que evoca la idea de un hombre «manso», «sosegado» aun en la prueba. Con toda razón podemos nosotros también con frecuencia traducir 'atavint por «humildes» Sal 10,17 18,28 37,11 Is 26,5s. En efecto, su disposición fundamental es la humildad, esa anavah que ciertos textos del AT relacionan con la justicia Sof 2,3, con el «temor de Dios» Prov 15,33 22,4 y con la fe o la fidelidad Eclo 45,4 heb. 1,27 Num 12,3.
La pobreza incluye por supuesto la constante humildad de que nosotros que tenemos tanta familiaridad con la Palabra de Dios, esto no nos supone una garantía de salvación, sino que esta familiaridad nos debería suponer y recordar de que sino somos pobres y humildes, de poco nos sirve esta familiaridad ya que no entendemos la palabra, ni queremos vivir según la sabiduría de Dios. Muchas veces recuerdo las palabras de Jesús de que hasta los publicanos y las prostitutas nos precederán en el Reino de los cielos, si hacemos de nuestra fe un acto de orgullo y de desprecio de otros seres humanos, para nosotros alejados del plan de Dios. Nuestra fe debería de ser tan humilde que llamará la atención de los alejados y no ser tan orgullosa que los alejé aún más.

“Buscad, al Señor, todos los pobres de la tierra” (Sof 2,3)

Lectura del profeta Sofonías: Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor.


El texto es un clásico oráculo que expresa una de las más bellas descripciones del “espíritu de pobreza” en el Antiguo Testamento. Los “pobres de la tierra”, los anawim, son las personas humildes y abiertas a Dios, “los que cumplen sus preceptos” (Sof 2,3) y esperan en él. Ellos darán a luz una nueva humanidad, “un pueblo sencillo y humilde que buscará refugio en el Señor” (Sof 3,12).

Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa. Una idea dominante resalta en su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén, el "Día de la Ira". Invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo, pues, el hombre ha de rendir cuenta a Dios. Luego, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra con un oráculo de restauración (3,9-20).
“Buscad, al Señor, todos los pobres de la tierra” (Sof 2,3) es el grito que el profeta dirige a Israel sumido en esa época, siglo VII a.C., en letargo político, social y religioso. Los humildes y sencillos, el resto de Israel, son el verdadero signo de esperanza para todo el pueblo y expresión viva de la presencia del Señor entre su pueblo.

La restauración reúne a los dispersos y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras...". Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo". Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastará y se tenderá". El Resto de Israel, expresión acuñada en el A.T. y que repiten frecuentemente los profetas es el pequeño grupo, invisible las más de las veces que "escapa" a la tentación de infidelidad a Dios. El "resto" es la savia, el retoño, que sobrevive y resiste firme en la fidelidad. Son pocos los que escapan, son pocos los que se mantienen en la voluntad de Dios. Son pocos los que reciben en sencillez y piedad la revelación amorosa de Dios. Son el resto fiel.

Este hecho no es sólo algo que sucedió en la historia; en cada uno de nosotros, se desarrolla el mismo drama y la misma penuria. El amor de Dios que se manifiesta en nuestra existencia, anida en nosotros, nos informa y lo acogemos con entera fidelidad, aunque, sean mucho más amplios los sectores de incredulidad que los de fe y confianza en Dios. Esta es la actualidad de la imagen del "resto".

viernes, 17 de junio de 2011

Referencias cruzadas con Mateo, 5,3: "Bienaventurados los pobres en espiritu",

Isaías 66:2 Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser--declara el SEÑOR. Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra.
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Mateo 5:10 Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.
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Mateo 19:14 Pero Jesús dijo: Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos.
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Mateo 25:34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: ``Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
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Marcos 10:14 Pero cuando Jesús vio esto, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios.
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Lucas 6:20 Volviendo su vista hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
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Lucas 22:29 y así como mi Padre me ha otorgado un reino, yo os otorgo
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Lucas 22:30 que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino; y os sentaréis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel.
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Santiago 2:5 Hermanos míos amados, escuchad: ¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para ser ricos en fe y herederos del reino que El prometió a los que le aman?
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Apocalipsis 3:17 `Porque dices: ``Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres un miserable y digno de lástima, y pobre, ciego y desnudo,
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Los pobres en espíritu, Mateo 5:3.

"Bienaventurados los pobres en espíritu", los humildes, los que recono­cen que son pecadores y buscan el perdón de Dios.



A. La palabra bienaventurado, makarios, significa dichoso o feliz. Se usa­ba para hablar de la felicidad de los dioses, de un gozo más allá de todo cuidado. La palabra se refiere a "la naturaleza de lo que es el mayor bien". Esta felicidad no depende de las circunstancias favorables. Pablo conocía el verdadero gozo a pesar de mucho sufrimiento (2 Cor. 11:23-28; Fil. 4:6,7,11,12). No depende esta felicidad de la prosperidad, ni de los eventos agra­dables, sino de la condición del corazón.



B. Hay contraste entre las bienaventu­ranzas y los ayes, Luc. 6:20-26. ¡Ay de al­gunos! y ¡qué felices son otros!

C. Sin duda Jesús sorprendió a sus oyentes cuando identificó a los que son bienaventurados. Muchos hubieran dicho "Bienaventurados los ricos". Los escribas y fariseos hubieran dicho, "bienaventurados los hijos de Abraham; bienaventurados los circuncisos; ¡ay de los incircuncisos!" Pero Jesús no enseñaba como los escribas, Mat. 7:29.

D. El dice, "Bienaventurados los pobres en espíritu", los humildes, los que recono­cen que son pecadores y buscan el perdón de Dios.

E. Todo el mundo peca (Rom. 3:23), pero los pobres en espíritu son los que re­conocen que son pecadores y que están dispuestos a confesar sus pecados -- hu­mildemente admitir que han pecado, que están errados, que están mal -- y que bus­can el perdón de Dios y de las personas a quiénes han ofendido. Muchos (como el fariseo de Luc. 18:11,12) no son "pobres en espíritu".

I. Sant. 4:6, "Dios resiste a los sober­bios, y da gracia a los humildes".

A. 1 Ped. 5:5,6, Pedro dice lo mismo, y luego agrega esta exhortación, "Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios". El hombre debe humillarse delante de Dios, reconociendo que es un pecador necesitado del perdón de Dios, y dispuesto a escuchar su enseñanza, obe­decerle y dedicar su vida al servicio de El. La soberbia y el egoísmo destruyen al hombre (Prov. 16:18).

B. La soberbia significa la exaltación de sí y la oposición a la voluntad de Dios; por ejemplo, muchos judíos no confiaban en la gracia de Dios, sino en ser hijos de Abra­ham (Mat. 3:7-12); los filósofos griegos confiaban en su sabiduría (1 Cor. 1:21), como hoy en día los humanistas destronan a Dios y exaltan al hombre, diciendo que el creer en Dios es un insulto a la inteligencia. Muchos profesores creen que lo que ellos no saben no es cierto o que no importa. Defienden la ignorancia, la superstición y toda clase de filosofía insen­sata (como la evolución). Dicen (con Faraón), "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz ...? Yo no conozco a Jehová" (Ex. 5:2).

C. Rom. 1:30, los "soberbios" están aso­ciados y relacionados con "los aborrecedores de Dios, injuriosos, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres". Rom. 1:18-32 describe cómo la soberbia del hombre destrona a Dios y lle­va al hombre a toda forma de depravación y corrupción.

1. Para los soberbios, Dios no es el Creador. No hacen ninguna distinción en­tre el Creador y las criaturas. No dan gra­cias a Dios como el Dador de todas nues­tras bendiciones.

2. Tienen más alto concepto de sí que el que deben tener, Rom. 12:3,16.

D. La soberbia, pues, previene y evita la conversión a Dios.

1. Los soberbios no quieren recono­cer que son pecadores. No quieren reconocer sus faltas. No quieren cambiar su vida.

2. Hay soberbios religiosos que no quieren admitir que están en error doctrinal. La soberbia no les deja alejarse de la religión de sus padres.

3. Por eso, la Biblia dice, "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu" (Prov. 16:18). Véase Prov. 18:12.

4. La única esperanza para los hom­bres es que se humillen y que sean "pobres en espíritu", que reconozcan que están en­fermos (Luc. 5:31), y que urgentemente necesitan del perdón de Dios.

II. Los pobres en espíritu saben que es­tán en bancarrota espiritual.

A. Cristo vino al mundo para buscar y a salvar lo que se había perdido (Luc. 19:10). El Buen Médico vino a buscar en­fermos (Luc. 5:32; 15:1,2). "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero" (1 Tim. 1:15). Jesús no puede ayudar a los que no reconocen que son pecadores per­didos.

B. Los "pobres en espíritu" son como "mendigos espirituales", cargados de pobreza espiritual, y sin recursos espiri­tuales.

1. El hombre que trabaja para ga­narse el pan diario se llama "pobre" (del verbo penomai), 2 Cor. 9:9. Este "pobre" no es rico, no le sobra nada después de proveer lo más necesario, pero tampoco sufre miseria.

2. Pero Jesús no emplea esa palabra. El usa la palabra ptojoi que se refiere a los que en verdad son pobres, los que es­tán hundidos en la miseria.

3. "Ptochos, un adjetivo que describe a uno que se agacha, se usa como nombre, un mendigo, Luc. 14:13,21, 'pobres'; 16:20,22, 'mendigo'" (Vine).

C. Por lo tanto, "los pobres en espíritu" son los que reconocen que son pecadores, "destituidos de la gloria de Dios" (Rom. 3:23), y ponen toda su confianza en Dios para que les perdone y que les reciba en su reino.

D. "Los pobres en espíritu" saben que no pueden salvarse solos.

1. Luc. 16:15, Jesús dijo a los fariseos, "Vosotros sois los que os justi­ficáis a vosotros mismos delante de los hombres". La actitud de éstos era lo opuesto de la actitud de "los pobres en es­píritu".

2. Luc. 18:9-14, el fariseo en el tem­plo que "oraba consigo mismo", hablando de sus grandes virtudes, quería justificarse a sí mismo, pero no fue a su casa justificado (ver. 14). Aunque era judío, este fariseo no reconoció a Dios, no le pidió nada y no le dio gracias. Solamente "oraba consigo mismo".

3. Apoc. 3:17, la iglesia de Laodicea se justificaba a sí misma, diciendo, "Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad", pero Jesús le dijo, "y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo". El po­bre en espíritu sabe que es un desventu­rado, miserable, pobre, ciego y desnudo, pero también sabe que Cristo le puede enriquecer y sanar, ver. 18.

E. Se elogia a los hombres indepen­dientes, los que tienen mucha confianza en sí mismos. Pero esta "virtud" es muy peli­grosa. Los tales a veces no solamente son independientes de los hombres sino tam­bién de Dios.

III. Bienaventurados vosotros los po­bres, Luc. 6:20.

A. Dios siempre ha mostrado su interés en los pobres que confían en El.

1. Léanse Salmo 9:18; 34:6; 72:4; 107:41; 132:15.

2. Dios es el Defensor de los pobres y destituidos.

B. Cristo vino al mundo para predicar a los pobres, Luc. 4:18.

C. Hablando en forma general, el pueblo de Dios se describe como pobres, oprimidos, afligidos, Sant. 2:5; 2 Cor. 6:10; Apoc. 2:9; 1 Cor. 1:26-31.

D. Los ricos son, generalmente, crue­les, orgullosos, opresores (Sant. 2:6,7; 5:1-6), materialistas que prosperan (Sal. 73:3). Por eso Jesús dice, ¡Ay de vosotros, ricos! (Luc. 6:24). También Santiago (5:1-6) los denuncia.

E. Desde luego, muchos pobres no son buenos (Prov. 19:15; 21:25; 24:30-34), y muchos ricos no son malos (Abraham era muy rico). La verdad es que hay peligro tanto en la pobreza como en la riqueza (Prov. 30:8,9), pero la mayoría de "los po­bres en espíritu" son pobres también en lo material.

F. Muchos textos hablan de la influen­cia negativa que las riquezas tienen sobre el alma, Luc. 12:13-21; 16:19-31; 1 Tim. 6:6-10, 17-19.

IV. Algunos ejemplos de los pobres en espíritu.

A. Luc. 7:36-50, la mujer pecadora que regó con lágrimas los pies de Jesús y los enjugaba con sus cabellos era pobre en espíritu. Reconocía que estaba arruinada espiritualmente, y confiaba en Jesús para el perdón.

B. Luc. 18:9-14, el publicano que dijo, "Sé propicio a mí, pecador"; era pobre en espíritu. Reconocía que necesitaba el perdón de Dios, que estaba totalmente carente de la justicia de Dios, y no confia­ba en sí (como hizo el fariseo), sino en Dios.

C. Luc. 15:17-19, "Yo aquí perezco de hambre. Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti: Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jor­naleros". El hijo pródigo era pobre en es­píritu.

D. Sal. 51:1-3, "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones ... yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre de­lante de mí". El ver. 17 (verso clave) dice, "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios". David era pobre en espíritu.

V. "Porque de ellos es el reino de los cielos", porque estos son los únicos que lo buscan.

A. Los "pobres en espíritu" serán per­donados y hechos ciudadanos del reino de los cielos, pero es en vano hablar de la salvación a los que no quieren reconocer que son pecadores que deben arrepentirse y cambiar sus vidas. El Médico no puede ayudar al enfermo que no quiere recono­cer que está enfermo.

B. Juan 3:5, "el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". El famoso rabino, Nicodemo, tuvo que arrepentirse y cambiar su vida. No podía entrar en el reino de los cielos en virtud de ser "un principal entre los judíos" (ver. 1). Ya no bastaba con ser "judío", ni aun con ser un judío famoso. El tenía que humillarse (ser "pobre en es­píritu"), y obedecer al evangelio, para entrar en el reino. Tuvo que arrepentirse y bautizarse y dejar que el Señor le transformara en la imagen de Cristo. Los pobres en espíritu no discuten acerca de la necesidad de bautizarse, porque al saber que el bautismo es un mandamiento del Señor (Mar. 16:16) para remisión de pecados (Hech. 2:38), con gusto lo obede­cen.

C. Col. 1:13, Dios "nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo".

D. Mat. 18:3, Tenemos que arrepen­tirnos y hacernos como niños (humillarnos como niños, ver. 4), para poder entrar en el reino de los cielos.

Conclusión.

A. "Los pobres en espíritu" son per­sonas humildes que reconocen que son pecadores, destituidas de la gloria de Dios. Reconocen que están en bancarrota espiritual.



B. Estos crucifican la soberbia, porque re­conocen que no pueden justificarse a sí mismos. Por lo tanto, ponen toda su con­fianza en Dios.

C. Compungidos de corazón, los tales obedecen al evangelio de Cristo, para obtener el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo, Hech. 2:37,38.

D. Entonces como cristianos siguen siendo "pobres en espíritu", siempre dispuestos a admitir faltas y pedir perdón, Sant. 5:16; 1 Jn. 1:9.

Preguntas sobre Mateo 5:3, los pobres en espíritu

1. ¿Qué significa la palabra "bienaventurado"?

2. Según los escribas y fariseos ¿quiénes eran los bienaventurados?

3. ¿Qué dice Sant. 4:6; 1 Ped. 5:5 acerca de los soberbios y los humildes?

4. ¿Cuál es el equívoco más grande de los soberbios (el que impide la conversión de ellos)?

5. ¿Por qué se asociaba Jesús con los pecadores? Véase Luc. 5:30-32.

6. ¿Eran pobres en espíritu los fariseos que querían justificarse a sí mismos? (Luc. 16:15).

7. Descríbase la actitud del fariseo de Luc. 18:9-14. ¿Era pobre en espíritu? Explíquese su respuesta. ¿Qué pidió este fariseo? ¿Dio gracias a Dios?

8. La iglesia de Laodicea quería justifi­carse a sí misma (Apoc. 3:17). Jesús dijo que era iglesia "pobre". ¿Eran pobres en espíritu?

9. ¿Quiénes son, pues, los pobres en espíritu?

10. ¿Por qué dice Jesús en Luc. 6:20, "Bienaventurados vosotros los pobres", en lugar de decir, "Bienaventurados los po­bres en espíritu" (Mat. 5:3)?

11. ¿Son dichosos todos los pobres?

12. ¿Son buenos todos los pobres y malos todos los ricos?

13. Hablando en forma general, ¿son pobres o ricos el pueblo de Dios?

14. La palabra traducida "pobres" en Mat. 5:3 y Luc. 6:20 es la misma que se usa para hablar de Lázaro (Luc. 16:20,22). ¿Qué tan pobre era él? ¿Sería correcto decir que los pobres en espíritu están en bancarrota espiritual?

15. Descríbase la influencia negativa que las riquezas tienen sobre el alma según los siguientes textos: Luc. 12:13-21; 16:19-31; 1 Tim. 6:6-10, 17-19.

16. ¿Cómo demostró la mujer pecadora de Luc. 7:36-50 que era pobre en espíritu?

17. ¿Cómo demostró el publicano de Luc. 18:9-14 que era pobre en espíritu?

18. ¿Era David pobre en espíritu? Véase Sal. 51.

19. ¿Qué significa la expresión "de ellos es el reino de los cielos"?

20. ¿Qué tenía que hacer Nicodemo para entrar en el reino? Véase Jn. 3:1-5. ¿Cuál es la relación entre este texto y Mat. 5:3?

21. ¿Cuál es la relación entre Mateo 5:3 y Mat. 18:3,4?

22. ¿Son pobres en espíritu los her­manos que no quieren reconocer sus faltas y pedir perdón? (Véase Sant. 5:16).