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viernes, 2 de agosto de 2024

Comentarios a las lecturas del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario 4 de agosto de 2024

La primera lectura es del Libro del Éxodo (Ex 16, 2-4. 12-15). Los capítulos 16-18 del Éxodo describen la primera fase de la travesía por el desierto hasta las laderas del Sinaí. En este itinerario aparece el tema del maná como respuesta a las protestas y murmuraciones del pueblo y que es un signo de la solicitud de Dios y, también, como una


prueba que garantiza la misión de Moisés como enviado de Dios, profeta y libertador.
El desierto es presentado en el libro del Éxodo como una realidad ambivalente: por una parte, es el lugar de las revelaciones y de la cercanía de Dios, de la providencia solícita con su pueblo. Pero, por otra, es el lugar de las carencias, de las añoranzas dirigiendo las miradas hacia atrás. La aceptación del plan de Dios conllevó mucha oposición. Pero Dios sabe muy bien donde quiere conducir a su pueblo y para qué. Por eso su proyecto se realiza en contra de todas las oposiciones.

Con la liberación de Egipto, el pueblo de Israel entra en una etapa que se caracteriza por la inseguridad del alimento cotidiano. Era normal que surgiera el recuerdo de la situación precedente que, si no daba libertad, garantizaba el alimento y la tranquilidad. Pero el Dios de Israel no es un Dios que condene, sino el Dios que salva. En el maná, el pueblo experimenta la presencia salvífica, aunque la fe queda sometida a prueba. Al no poder acumular, permanece la inseguridad.

En esta lectura  podemos distinguir dos partes:

a) Importancia de la peregrinación como etapa intermedia (vs. 2-3).

* La peregrinación de Israel por el desierto es un tiempo intermedio entre la liberación del poder esclavizador del Faraón, de Egipto y la entrada. Israel camina hacia la tierra prometida. El Señor no abandona a su pueblo en su lucha hacia la libertad, pero toda etapa es dura, difícil. Y por eso el pueblo se subleva protestando y murmurando (este es el marco de fondo de muchos de los relatos de esta época). El desierto es lucha, prueba, crisol para probar la madurez del pueblo.

* En su peregrinar se acercan al Sinaí (no conocemos el lugar exacto de este relato), y el autor nos recuerda una de tantas murmuraciones y protestas del pueblo contra sus dirigentes, contra Dios. La falta de alimentos provoca la revuelta en la que escuchamos aseveraciones blasfemas: La liberación de Egipto (=salida de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida) es considerada como salida hacia la muerte: "Nos has sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad". Israel añora los tiempos de pan abundante en Egipto (=seguridad con esclavitud) importándole muy poco su libertad (=miedo al riesgo). La libertad es esfuerzo, y el esfuerzo se rehuye.

b) Alimentación en el desierto (vs. 4, 12-15)

* A pesar de la postura de Israel, Dios no ceja en su afán de liberarlos, y por eso los alimenta en el desierto (el autor de este relato unifica el tema del maná y las codornices; según Nm. 11, 2 ss. El don divino tiene una finalidad: "para que sepáis que yo soy el Señor vuestro Dios" (v. 12). El Señor está siempre lejano al pueblo y le ayuda.

El maná y las codornices son don de Dios, respuesta divina a las reclamaciones del pueblo hambriento. El maná viene del cielo como la lluvia que hace germinar los campos (v. 4). También aquí hay una prueba: recoger sólo el necesario para cada día. No se trata de hechos milagrosos, sino de fenómenos naturales de esta región. En la península del Sinaí no es difícil apresar codornices que caen agotadas al suelo en su lucha contra el viento: el maná es una especie de goma resinosa que desprenden los tamariscos "manníferos". Su descubrimiento fue considerado por el pueblo como un hecho milagroso, al menos en la mentalidad de la tradición o de los escritores que lo han idealizado.

En el Éxodo se considera este alimento como algo providencial, como don del Señor y alimento que sacia (vv. 4. 8. 12. 16. 29...);

 

El Salmo es el 77  (Sal. 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54). El Salmo nos sitúa ante el tema de la memoria, por tanto, y la evocación de la «historia de los orígenes» de Israel, el éxodo, se presenta en lugares claves de la estructura general del salterio, casi como marcando un ritmo, el ritmo del recuerdo, que no es puramente «repetitivo» sino también progresivo.

Llaman particularmente la atención los Sal 77-78 por su posición central y por el número de las ocurrencias de los dos términos ‘recordar’ y ‘olvidar’ (el más alto entre los registrados). No se nos oculta, el hecho que el Sal 78 es un poema en el que encontramos una de las «narraciones» más extensas de la historia de los orígenes de Israel, de todo el Salterio.

El salterio nace de una meditación, de un recuerdo continuo de Dios, tal como es testimoniado en diversos salmos, hasta mediante poemas sucesivos del Salterio (42; 43; 44; 77; 78; 119; etc.). En otras palabras, el salterio es ya, desde sus orígenes un «libro de la memoria», fruto de la consciencia que Israel tiene de la propia vocación: vivir en el constante recuerdo de las maravillas de Dios (cfr. Ex 13,3; 20,8; Nm 10,9; 15,39. 40; Dt 5,15; 7,18; 8,2. 18; 9,7; 15,15) manteniendo viva esta memoria «en medio de los pueblos» (cfr. Est 4,17k-z; Sal 67,3; 96 3; 98,3; etc.). Justamente por esto, cada persona (cfr. Sal 1,1) es invitada a recorrer su camino, a orar con el pueblo de Dios en su itinerario hacia el Reino.

Prácticamente toda la investigación actual está de acuerdo en que el Salterio, como Libro tiene un portal de entrada (Sal 1 y 2) y un portal de salida a toda orquesta (Sal 146-150), pero ¿posee también un ‘centro’?: todo el Salterio hace memoria, canta y cuenta, orantemente, las maravillas de Dios (mirabilia Dei) y dicho centro lo constituye el salmo 78, que según los cómputos rabínicos está, aun materialmente, en el centro de los 2527 versos que componen el entero libro. Ese centro se presenta como un gran fresco, - ¡para usar una metáfora pictórica! -, de la historia de Israel que desde Egipto y el Sinaí llega a culminación con la elección del mesías davídico (Sal 89; 132), el pastor sabio, que los pastoreó con integridad de corazón (Sal 78,72)[1].

La segunda lectura es de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (Ef 4, 17. 20-24). Continuando con las exhortaciones éticas de la carta, volvemos a encontrar una nueva recomendación general a una conducta correcta y conforme a la fe que se dice profesar. Siempre sin entrar en muchos particulares. Por un lado, está claro que el cristianismo no es un modo de vida libertino o independiente de la ética y moral. Lo necesidad será averiguar las concretizaciones de esta actitud general. Ciertamente, un creyente se diferencia, aun en lo externo de quien no lo es o como él mismo antes de vivir la fe.

Este fragmento de la carta de los Efesios recuerda a los creyentes la santidad de vida a que han sido llamados:Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas”. (v 24). Esta vocación es, en primer lugar, a la unidad, que lleva a evitar todo aquello que puede ser motivo de división o dispersión de los creyentes. Las relaciones entre los hombres no son siempre fáciles ni llanas, y todo el mundo sabe la necesidad que tenemos de humildad, mansedumbre, paciencia y capacidad de soportarnos mutuamente para mantener vivas estas relaciones pacíficas con los otros. Es verdad que la unidad y la paz son un don de Dios, pero es necesario que cada uno la cultive en sí mismo para que así se implanten y florezcan en la sociedad.

El autor se dirige a los convertidos del paganismo y les pide que se despojen del hombre viejo. Mantener formas de vida pagana, después de haber sido injertados en Cristo, es absurdo. Los creyentes deben llegar a ser hombres totalmente nuevos, renovados en la mente y en el espíritu.

 Empieza la exhortación confrontando la conducta de los gentiles y la de los cristianos. La inmoralidad de los gentiles tiene su razón de ser en la perversión del criterio moral. La pureza del cristiano se funda en la verdad que es Cristo. Existe en cada uno de nosotros el hombre nuevo y el viejo. El hombre viejo es el hombre en cuanto sujeto al pecado. Pablo lo presenta con tres rasgos: su corazón se ha endurecido, su juicio se ha complacido en la vaciedad=ídolos, su pensamiento se ha oscurecido. Presenta la conversión como un despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo. El contenido de esta imagen es el de una renovación interior y conversión moral. Despojarse y revestirse se realiza en el bautismo. El rito de inmersión es despojarse-morir y el de emersión es revestirse-renacer.

Despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo, exige renovarse en la mente. Esto se manifiesta en el abandono del comportamiento pagano. Quien quiere revestirse y ser hombre nuevo ha de alimentarse del manjar nuevo, que es Cristo. La Iglesia, pueblo de creyentes en camino por el desierto, busca su seguridad no en las realidades terrenas ni en las instituciones, sino en el ejemplo y doctrina de Cristo.

La búsqueda de la unidad, que es un bien social, aparece, además, entre los creyentes como una exigencia lógica dimanante de las enseñanzas recibidas. En efecto, se les dice que solamente hay un cuerpo y un Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, Padre de todos. Así, pues, las divisiones entre ellos no tienen ningún sentido. Por otro lado, las diferencias existentes entre los miembros del cuerpo por haber recibido dones diversos no son para el provecho personal de los favorecidos sino una ayuda en las tareas de servicio que les han sido encomendadas. Porque, de hecho, cuanto se realiza en la comunidad sólo tiene un fin: el perfeccionamiento de los consagrados para la edificación del cuerpo de Cristo. Todos ellos han sido como absorbidos por una corriente caudalosa de vida que los dirige hacia la misma meta: la unidad de fe en el pleno conocimiento del Hijo de Dios, el hombre acabado. Llevados por semejante corriente de vida, todo lo otro que los hombres les puedan ofrecer o prometer suena a sus oídos como vendavales huecos que no se sabe ni de dónde vienen ni adónde van.

Podemos afirmar como resumen que el texto de hoy no hace otra cosa que invitarnos a reflexionar sobre la seriedad y solidez de la vocación cristiana, sobre la unidad del amor comparándola con la inconsistencia de cualquier otro ideal que los hombres puedan ofrecer a los creyentes.

Así San comenta Agustín esta segunda lectura

Vuestra santidad oyó conmigo al apóstol Pablo cuando lo leímos. Decía: Como es verdad en Jesús, deponed e! antiguo modo de vivir ajustado al hombre viejo, viciado por apetencias seductoras; renovaos en el Espíritu de vuestra mente y revestíos del hombre nuevo creado según Dios en justicia y santidad verdaderas (Ef 4,21-24). Para que nadie piense que debe despojarse de alguna prenda, como se despoja de una túnica, o que debe tomar algo externo, como quien recibe un vestido, como quien se quita una túnica y se pone otra, forma carnal de entender que impediría a los hombres el obrar espiritualmente en su interior, a continuación expuso en qué consiste el despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo. El resto de la lectura va encaminado a hacerlo entender.

Alguien le podría decir: «¿Cómo he de despojarme del viejo o revestirme del nuevo? ¿Soy acaso un tercer hombre que he de deponer el viejo hombre que tuve y asumir uno nuevo que no he tenido? Habría que pensar en tres hombres, hallándose en el medio el que depone el viejo y asume el nuevo». Así, pues, para que nadie, obstaculizado por tal forma carnal de comprender, dejase de hacer lo que se le manda y para no hacerlo buscase excusas en la oscuridad de la lectura, continúa: Por tanto, abandonando la mentira, hablad verdad. En esto consiste el despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo: Por tanto, abandonando la mentira, que cada cual hable verdad con su prójimo, puesto que somos miembros los unos de los otros (Ef 4;25).”. ( San Agustin. Comentarios al salmo 25 II, 1-3).

 

El  Evangelio es de San Juan (Jn 6, 24-35). El capítulo 6 lo concibe el autor como una celebración paralela de la fiesta de Pascua. Para Juan, la Pascua no se celebra dónde está el Templo, sino allí donde está Jesús. La fiesta al aire libre de comienzos del cap. 6 el autor la presenta como contrarréplica al cuadro deprimente de inválidos en Jerusalén a comienzos del cap. 5. El Templo genera personas inválidas; Jesús, personas libres.

El texto comienza cuestionando la búsqueda de Jesús por parte de la gente. Se trata de una búsqueda anecdótica, interesada, que no profundiza. Sigue en el v. 27 una invitación a otro tipo de búsqueda, a otro tipo de esfuerzo y de trabajo. ¿Qué trabajo es éste?, se pregunta el v. 28. Respuesta: dar crédito al enviado de Dios (v. 29). Pregunta: danos una señal de credibilidad, como Moisés dio la suya (vs. 30-310. ¿Moisés? No. Dios es quien da la señal de credibilidad (vs. 32-330. Esta señal es Jesús (v. 35).

Con la marcha de Jesús al final del domingo pasado, el autor dejaba en suspenso el reconocimiento de la realeza de Jesús hasta la hora de la cruz. El texto de hoy restablece la comunicación de la gente con Jesús. La primera pregunta (¿cuándo has venido?) suena casi formal, una forma de iniciar la conversación. Inmediatamente Jesús centra el tema en los vs. 26-27 invitando a la gente a descubrir lo que quería evocar la acción milagrosa realizada el domingo pasado.

La formulación del descubrimiento en términos laborales determina la siguiente pregunta de la gente. ¿Qué tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? La gente pide a Jesús un aval, una garantía de lo que acaba de decir, a semejanza de lo que hizo Moisés con sus antepasados:

¿Qué signo nos ofreces tú? ¿Cuál es su trabajo? (vs. 30-31). Jesús responde afirmando que el sello de garantía del pan lo pone el Padre (vs. 32-33). Ante un pan que tiene un sello de garantía de tal categoría la gente no tiene más pregunta que una petición: Danos siempre de ese pan (v. 34). Llegamos al momento culminante del diálogo: “Yo soy el pan de vida. El que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no tendrá nunca sed”.

La palabra clave del discurso es el "pan". Por eso Juan lo repite siete veces en cada sección de este capítulo. Y siete veces aparecerá la expresión: "que ha bajado del cielo". Y ahora se añade que "Jesús se hace nuestro pan cuando creemos en él". Antiguamente Dios facilitó a los israelitas un alimento especial (el maná), cuando les faltó todo en el desierto. Quizá los oyentes esperaban ahora que Dios les solucionara los problemas. Y nosotros hacemos lo mismo pidiéndole constantemente favores. Pero, si Dios se conforma con ser nuestro bienhechor y nosotros aceptamos ser simples limosneros, pronto terminamos por fijarnos solamente en las cosas que Dios nos proporciona; casi no se las agradecemos y, luego, nos volvemos a quejar. Así pasó con esos israelitas que, después de recibir el maná, se rebelaron contra Dios y "murieron en el desierto". Y es que las cosas, aunque vengan del cielo, no nos hacen mejores ni nos confieren la vida eterna.

Por eso, ahora Dios propone algo nuevo. El "pan que baja del cielo" no es alguna cosa, sino alguien, y ése es Cristo. Ese pan verdadero nos comunica la vida eterna, pero, para recibirlo, se necesita dar un paso, o sea, creer en Cristo a raíz de un compromiso personal.

 

Para nuestra vida.

En la primera lectura se describe que el pueblo, tras su salida de Egipto, ya en el desierto, desesperado, protesta contra Moisés porque los ha llevado a una libertad que viene a ser para ellos una esclavitud mayor.

El tema del libro del Éxodo es la liberación de Egipto y la manifestación de Dios en el Sinaí por medio de la alianza. Al lado de este tema hay unas narraciones sobre la peregrinación de Israel por el desierto. La finalidad de estos relatos es afirmar que en el desierto Yahvé ha hecho de Israel su pueblo. Con algunas incongruencias, el esquema de estas narraciones es: murmuración contra Moisés por alguna situación desagradable; diálogo entre Moisés y Dios; milagro o solución de la dificultad.

En el texto bíblico encontramos dos temas bien diferenciados, pero que se complementan mutuamente. En el primer tema -la murmuración del pueblo (vv 2-3.6-7.9-12) hay que destacar la reacción negativa del pueblo ante las dificultades que comporta el camino de la libertad (v 3). El pueblo se cansa pronto de la lucha, y a la hora de optar entre la comodidad y la libertad, cede al encanto de la comodidad. Hay también otro aspecto muy importante en la manera de hacer del pueblo: la murmuración contra los jefes (v.2): el pueblo, en masa, renuncia fácilmente a las responsabilidades colectivas. Los que habían hecho la opción por la libertad y habían salido de Egipto eran todos. En teoría, todos estaban decididos a todo. Pero ahora, cuando se encuentran con la dura realidad, renuncian a los principios democráticos y hacen recaer la responsabilidad de las dificultades únicamente sobre los jefes. Por eso Moisés tiene que puntualizar: no murmuráis contra nosotros sino contra Yahvé ( v 7 ). El es el que lleva la iniciativa de la liberación. Los jefes no son más que servidores suyos y del pueblo.

La murmuración es la actitud del que se encuentra en una situación nueva en la que está en juego su vida. Es la situación del que se fuga de un campo de concentración o de tantos otros peligros. Se siente libre, pero poco a poco le llega la inseguridad, el hambre, el no dejarse ver ni reconocer. ¿Qué libertad es la que ha adquirido? Surge el miedo de haber tenido el valor de escapar, de haber mirado hacia adelante, de haberse comprometido, y desea volver atrás. La murmuración es una realidad que también nos  afecta a los creyentes de esta siglo XXI.

En el segundo tema se nos presenta el contorno providencial del hallazgo de un nuevo alimento. Aquellos hombres se veían obligados a vivir sobre todo de los productos del ganado que habían tomado consigo en el momento del éxodo (cf. 23). El descubrimiento de nuevos alimentos en aquellas trágicas circunstancias es recibido como un verdadero milagro de la providencia de Dios. Y ciertamente es Dios el que lleva al hombre a descubrir -"dominar"- las riquezas que él mismo ha puesto como posibilidades de la creación. En lo que se refiere al tema concreto del maná, la reflexión teológica de Israel lo va desarrollando en el sentido de relacionar estrechamente, hasta identificarlos, los conceptos de "pan del cielo" y de "palabra de Dios". El signo del maná es presentado por el autor como una prueba. Dios quiere de su pueblo algo importante, como es establecer con él una alianza definitiva. Entender la fe como encuentro personal con el Dios providente y solícito no es tarea fácil. El camino de la fe está sembrado de pruebas y debates.

Jesús tomará de nuevo estas expresiones "pan del cielo" y de "palabra de Dios" y las llevará a la plenitud total: el pan-palabra bajado del cielo, que sacia realmente el hambre del hombre y le da «vida», es él mismo, comido en la eucaristía, memorial de su sacrificio salvador.

El relato constituye  lo que se conoce como las tentaciones del desierto, lo que es proverbial en la tradición bíblica y en algunos salmos (v. g. Sal 94). Moisés, como intermediario, pide a Dios su intervención y se le comunican las decisiones. Dios no abandona a los suyos y les envía las codornices y el maná, cosas naturales por otra parte, aunque después se le ha dado un valor significativamente teológico y espiritual. Los recuerdos y las tradiciones del desierto han marcado la historia de la “liberación” de la esclavitud para poner de manifiesto que si bien es verdad que lo pasaron muy mal, nunca Dios los abandonó.

Todos sabemos que estas cosas pueden ser consideradas como sucesos naturales, ya que una banda de aves que van de paso pueden servir de alimento para ellos. Y de la misma manera en el desierto, por razones de la ecología misma, del contraste entre sus altas temperaturas del día y las bajas de la noche ciertas plantas tienen un proceso de producción de néctares, los cuales recogidos y cocinados puede ser como unos panecillos. Los beduinos del desierto lo saben. Pero lo importante en un relato popular religioso como éste y poner de manifiesto la providencia de Dios que no abandona a su pueblo y les pide la fidelidad. Y esa es la lección constante de la vida. Por ello, en la tradición bíblica, el maná estará cargado de una teología que el evangelio de Juan transformará en una de las claves de su capítulo sobre el pan de vida.

 

El salmo 77 y en los versículos proclamados hoy es comentado así por Jerónimo Presbítero "La Sagrada Escritura nos pide que, cuando seamos invitados a un rico banquete, extendamos con mucha discreción nuestra mano hacia los manjares (cf. Pr 23,1). Tenemos dispuesto ante nosotros el rico banquete de las Escrituras. Nos encontramos ante una pradera con gran abundancia de flores: por allí brilla una rosa, más acá la blanca pureza de unos lirios, por todas partes nos atraen toda suerte de flores. Nuestra alma vacila a la hora de elegir entre las más hermosas. Si nos decidimos por la rosa nos privamos de los lirios, si no renunciamos a su blancura nos quedamos sin margaritas. Lo mismo sucede con el salmo septuagésimo séptimo, lleno de enigmas y recubierto de innumerables misterios en cualquiera de sus expresiones que decidamos tomar en consideración. ¡No nos es posible elegirlas todas, elijamos las que podamos! (...) Habría mucho más que decir dado que este salmo es riquísimo, pero no disponemos de tiempo. Roguemos al Señor que abra el mar [para lograr cruzarlo sin ahogarnos] y que a nuestro paso de una roca haga brote agua, de modo que nuestros cadáveres no queden diseminados por el desierto. Ciertamente ustedes no ignoran que los despojos de nuestros padres yacen por el desierto hasta el día de hoy. ¡Créanme! Cada vez que diviso una sinagoga me vienen a la mente aquellas palabras del apóstol Pablo (Rm 11,17-18), por las que nos exhorta a no menospreciar al olivo [noble], cuyas ramas fueron desgajadas, sino sentir temor, pues si aquello le ocurrió a las ramas naturales, ¡cuánto más [podría ocurrir] con nosotros, que fuimos injertados en él! " (Jerónimo Presbítero, Tratado sobre el salmo 77).

 

La segunda lectura de Efesios prosigue la parte exhortativa de la carta a los Efesios del domingo anterior. El texto es de  la segunda parte del capítulo 4 cuyo tema es la vida nueva en Cristo.

El autor de la carta deja la reflexión de alcance eclesial propiamente dicha, para exhorta al sentido personal (aunque siempre comunitario) de la existencia cristiana. Son como las exigencias de la vida cristiana, en un conjunto muchos más amplio (4,17-5,20). Es una exhortación ética en plena regla, pero desde la ética cristiana. Se han usado los criterios literarios propios de la época, incluso con un estilo retórico bien definido para resaltar los contrastes entre la vida cristiana y la vida mundana. Eso quiere decir que la ética humana es asumida plenamente en el cristianismo primitivo, pero con las connotaciones que el Espíritu de Jesucristo “acuña” en el corazón del cristiano, que le hace sentirse una persona nueva. Toda ética propugna una persona nueva, pero esto no se puede conseguir solamente con la fuerza de voluntad. El cristiano tiene que ponerse en manos del Espíritu de Jesucristo.

El autor, pues, les convoca a vivir como personas nuevas, no como viven los paganos, que no tienen la experiencia del Espíritu por la que los cristianos están marcados. Aquí, como en casi toda la literatura neotestamentaria, se presenta el contraste entre el hombre viejo y el hombre nuevo con un énfasis particular sobre la “banalidad de la vida”, la vida vacía, la vida sin sentido y la vida entregada a los poderes de este mundo. Porque debemos reconocer que los no-creyentes o no religiosos no son triviales por naturaleza; por el contrario, hay personas que no siendo religiosas o cristianas tienen una ética envidiable; y muchos religiosos e incluso cristianos tienen más de personas viejas que de hombres nuevos. En esto debemos tener cuidado a la hora de presentar estos valores. Es verdad que entonces, con un dualismo exagerado, se pensaba que los «otros» que están fuera, que no son de los nuestros, no están en el camino verdadero. Pero a pesar de todo, lo fundamental de la lectura de hoy es una exhortación a ser discípulos de Jesús viviendo su Espíritu, porque no tener ese Espíritu significa estar sometidos a los criterios de este mundo en el que ya sabemos que no hay lugar para el amor, el perdón, la misericordia, la paz y la entrega sin medida.

 El mensaje del texto es claro, la esperanza cristiana no exime al hombre de su compromiso temporal, pero le ofrece la clave de interpretarlo y asumirlo desde la fe. Ofrece al hombre otro modo de entender el cotidiano vivir. La fe proporciona al hombre una nueva condición humana porque tiene fuerza humanizadora. El Evangelio proporciona a los creyentes un cambio de mentalidad, no de domicilio. Y este cambio de mentalidad favorece y posibilita la verdadera humanización del mundo. El autor de la carta remite al proyecto original de Dios sobre el hombre: es su imagen. Cristo Jesús ofrece al hombre el reencuentro con su origen, siempre según el modo de entender al hombre la Escritura: la obra escatológica de Cristo conecta con el proyecto original de Dios.

La gracia de Dios es el mismo Jesucristo, comunicado a los hombres con la fuerza del  Espíritu. Acentuar este principio es "personalizar" la realización entre Dios y nosotros, huir  de una posible cosificación de la gracia y de los dones de Dios. Es también -y muy  importante- "personalizar" la Eucaristía, como actualización sacramental de la iniciativa  salvífica realizada definitivamente en el misterio de Cristo.

La fe es, a la vez, gracia de Dios y esfuerzo del hombre. Aquí puede ayudar mucho el  texto de la segunda lectura: "Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de  Dios". La alusión, indicada antes, al tema del paraíso queda completada. Hay que hacer el  esfuerzo de revestirse, despojándose antes de la naturaleza envejecida; pero el nuevo  vestido no es autodado, sino "creado por Dios". Difícilmente se puede explicar mejor el acto  de fe. Su consecuencia está clara en las palabras de Jesús: los que van=creen en él,  quedarán perfectamente saciados.

La acción de gracias es el ambiente en el que se vive la fe. No puede ser de otro modo  cuando esta fe es consciente de su naturaleza. Por eso, la vida cristiana es una vida  "eucarística", que tiene en la Eucaristía, "su fuente y su culminación". La fuente, porque en  la Eucaristía se actualiza, para cada creyente y para toda la Iglesia, el misterio del don de  Dios: el pan que baja del cielo para dar la vida al mundo. La culminación, porque la vida en  la fe no tiene otra manera más perfecta de expresarse que la de incorporarse a la acción  sacrificial y de alabanza del Padre, que es la oblación amorosa del Enviado. 

Así comenta San Agustín esta lectura: “Hermanos, nadie de vosotros piense que debe hablar verdad con los cristianos y mentira con los paganos. Habla verdad con tu prójimo. Tú prójimo es todo aquel que ha nacido como tú de Adán y Eva. Todos somos prójimos en razón de nuestro nacimiento terreno; y de otra forma, hermanos en razón de la esperanza de la herencia eterna. Debes considerar como prójimo tuyo a todo hombre, incluso antes de ser cristiano. En efecto, no sabes lo que él es ante Dios; ignoras cómo lo ha conocido Dios en su presciencia. A veces se convierte aquel de quien te mofas, porque adora a las piedras, y comienza a adorar a Dios con más fervor que tú que poco antes te mofabas de él. Luego hay prójimos nuestros latentes entre los hombres que aún no pertenecen a la Iglesia y hay muchos ocultos en la Iglesia que están lejos de nosotros. Por tanto, dado que desconocemos el futuro, consideremos a todos los hombres como prójimos, no sólo en atención a la misma condición de la mortalidad humana, por la que llegamos a esta tierra en situación idéntica, sino también considerando la esperanza de aquella herencia, puesto que no sabemos lo que ha de ser quien ahora no es nada.

Prestad atención a los restantes actos del revestirse del hombre nuevo y del despojarse del viejo. Abandonando la mentira, que cada cual hable verdad con su prójimo, puesto que somos miembros los unos de los otros; airaos, pero no pequéis. Por tanto, si te aíras contra tu siervo porque ha pecado aírate también contra ti mismo para no pecar tú. No se ponga el sol sobre vuestra ira (Ef 4,26). Esto ha de entenderse, hermanos, en su sentido literal. Si debido a la condición humana y a la debilidad de la mortalidad que pesa sobre nosotros, consiguió entrar la ira en el corazón del cristiano, no debe permanecer en él por largo tiempo, ni siquiera hasta el día siguiente. Expúlsala del corazón antes de que se ponga esta luz visible, para que no te abandone la luz invisible.

Pero se puede entender también justamente de otra manera, puesto que nuestro sol de justicia es Cristo-verdad. No se trata de este sol que adoran los paganos y maniqueos y que ven incluso las bestias, sino aquel otro cuya verdad ilumina a la naturaleza humana, en cuya presencia gozan los ángeles, mientras que la débil mirada del corazón de los hombre, que parpadea a la luz de sus rayos, necesita ser purificada mediante el cumplimiento de los mandamientos, para poder contemplarla. Cuando este sol comience a habitar en el hombre por medio de la fe, no tenga tanta fuerza la ira que nazca en ti que se ponga el sol sobre tu ira, es decir, que abandone Cristo tu mente. Cristo, en efecto, no quiere habitar con tu ira: Da la impresión que es él quien declina de ti, cuando en realidad eres tú quien declinas de él. La ira cuando envejece se convierte en odio; y una vez que se haya convertido en odio, eres ya un homicida. Todo el que odia a su hermano es un homicida (1 Jn 3,15), dice el apóstol Juan. Él mismo dice además: Todo el que odia a su hermano permanece en las tinieblas (ib., 29). Nada tiene de extraño que permanezca en las tinieblas aquel en quien se ha puesto el sol”. ( San Agustin. Comentarios al salmo 25 II, 1-3).

 

Hoy el evangelio nos lleva hasta la ciudad de Cafarnaúm a donde Juan quiere traernos después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús huye de los que quieren hacerle rey evitando un mesianismo político. Todo es, no obstante, un marco bien adecuado para un gran discurso, una penetrante catequesis sobre el pan de vida, en la que confluirán elementos sapienciales y eucarísticos. Este discurso es de tal densidad teológica, que se necesita ir paso a paso para poder asumirlo con sentido. Jesús no quiere que le busquen como a un simple hacedor de milagros, como si se hubieran saciado de un pan que perece. Jesús hacía aquellas cosas extraordinarios como signos que apuntaban a un alimento de la vida de orden sobrenatural. De hecho, en el relato se dice que Moisés les dio a los israelitas en el desierto pan, por eso lo consideran grande; esa era la idea que se tenía. Jesús quiere ir más allá, y aclara que no fue Moisés, sino Dios, que es quien tiene cuidado de nuestra vida.

Aunque el pan que sustenta nuestra vida es necesario, hay otro pan, otro alimento, que se hace eterno para nosotros. Juan, por su parte, quiere ir a lo cristológico, bajo la figura del Hijo del hombre. Los rabinos consideraban que el maná era el signo de la Ley y ésta, pues, el pan de vida; el evangelista combate dicho simbolismo en cuanto el maná es un alimento que perece (como lo hace notar el texto de Ex 16,20) y, por la misma razón, en esta oposición entre Jesús y la Ley, se pone de manifiesto que la ley es un don que perece para dar paso a algo que permanece para siempre. Jesús es el verdadero pan de vida que Dios nos ha dado para dar sentido a nuestra existencia. El pan de vida desciende del cielo, viene de Dios, alimenta una dimensión germinal de la vida que nunca se puede descuidar. La revelación joánica de Jesús: “yo soy” (ego eimi) es para escuchar a Jesús y creer en El, ya que ello, en oposición a la Ley, nos trae el sentido de la vida eterna.

El discurso refleja toda la entraña polémica de la escuela o la comunidad joánica. Ya vimos el domingo pasado que el relato de la multiplicación de los panes era la “excusa” del autor o los autores del evangelio de Juan para este discurso de hoy que llevará a una de las crisis en el entorno del mismo Jesús (y según la interpretación de la escuela joánica). Estamos, sin duda, ante un discurso que todavía es “sapiencial” para acabar siendo “eucarístico” a todos los efectos como reconocen los grandes intérpretes (Jn 6,53-58).

En esta parte del discurso de Jn 6 se nos está hablando del “pan de la verdad”, que es la palabra de Jesús en oposición a la Ley como fuente de verdad y de vida para los judíos. Antes, pues, de pasar a hablarnos del pan de la vida, se nos están introduciendo en todo ello, por medio del signo y la significación del maná, del pan de la verdad. Y el pan de la verdad nos ha venido, de parte de Dios, por medio de Jesús que nos ha revelado la fuente y el misterio de Dios, del misterio de la vida.

Jesús no se conforma con mostrar la bondad de Dios en la multiplicación de los panes, sino que quiere que aprendamos la lección que hay detrás de este acontecimiento. La realidad material es importante, las necesidades físicas son urgentes, pero el Señor no quiere que nos acerquemos a Él sólo por esto. Hay temas más relevantes.

El Señor no quiere que nos quedemos en lo superficial y en lo material, sino que desea que sus discípulos den el paso de la fe mirando la realidad con profundidad. Nos pide que trabajemos no por el pan material que es perecedero, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna. Esto supone un cambio radical, ya que lo inmediato no es lo más importante.

Las palabras de Jesús crean desconcierto en sus oyentes, que se preguntan qué es lo que Dios quiere. La respuesta es que Dios espera de nosotros que creamos en el que Él ha enviado, porque la fe supone entrar en un camino de seguimiento y transformación de nuestra vida. Pero sus oyentes piden signos para creer. También nos pasa, en ocasiones, a nosotros cuando vivimos una fe fría y desencarnada. Uno de los signos que quedó en la memoria de Israel fue el maná, que atribuían a Moisés. Jesús quiere que entiendan que ese alimento fue un don de su Padre Dios y expresión de su providencia amorosa.

El discurso de Jesús debió ser tan cálido y tan claro, que no provocó el rechazo en sus oyentes, sino que aumentó el deseo. No acusan a Jesús de considerarse hijo de Dios, que era una osadía, sino que le piden tener siempre de ese pan.

Entonces se produce la revelación fundamental: Jesús es ese pan de vida, que sacia al que lo come y llena al que cree en Él. No hemos de buscar, pues, otros alimentos que nos prometan aquello que anhelamos.

Todo lo que necesitamos está en Jesús y Él se nos entrega en la Eucaristía. Agradezcamos este inmenso don y dejemos que nos llene de su vida para llevarla a los que no la conocen y viven en sombras de muerte.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

viernes, 10 de agosto de 2018

Comentarios a las lecturas del XXI Domingo del Tiempo Ordinario 26 de agosto de 2018

Comentarios a las lecturas del XXI Domingo del Tiempo Ordinario 26 de agosto de 2018

 

La primera lectura Libro de Josué (jos 24, 1-2a. 15-17. 18b) El Libro de Josué es el primer libro de los Nevi'im segunda de las tres partes en que se divide el Tanaj y sexto libro del Antiguo Testamento. Se encuentra ubicado entre el Deuteronomio (último libro del Pentateuco), que termina con la muerte de Moisés a las puertas de Canaán y el Libro de los Jueces.
El libro narra la entrada de los israelitas a la Tierra Prometida bajo el liderazgo de Josué, y de servir a Dios en la tierra.2​ Toma su nombre a partir del hombre que sucedió a Moisés como líder de las tribus hebreas.
Junto con el Deuteronomio, Jueces, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes y 2 Reyes, pertenece a una tradición de la historia y la ley judía, llamada deuteronómica, que se comenzó a escribir hacia el 550 a. C. durante el exilio babilónico.
El texto nos presenta la figura de Josué, anciano, ya se ha despedido de los suyos (cap. 23) porque va a emprender el camino de todo mortal. Un redactor final del libro que lleva su nombre añadió a la obra, en época posterior al destierrro, una serie de capítulos, entre los que se encuentra el 24, que dan una interpretación teológica de la ocupación de la tierra.
En este capitulo  24 Josue interpreta los momentos más importantes de la historia del pueblo elegido siguiendo el modelo literario de alianza de los pueblos orientales (cf. 8, 30-35, así como los textos de la alianza sinaítica en Ex. 19-20, 24, y de la renovación de la alianza por Moisés en Moab: Dt. 29-30).
Se abre el relato con un prólogo en el que Josué manda al pueblo congregarse para una celebración litúrgica (v. 1). El Señor que se reveló en el Sinaí va a convertirse, en Siquem, en el Dios de todas las tribus: de las que nunca salieron de Palestina y de las que emigraron a Egipto, tanto de las que volvieron a las órdenes de Josué como por su cuenta. Así el santuario de Siquem adquirió una gran importancia en la vida del pueblo (cfr. Gn 12, 6ss.; 33, 18 ss). Tras la presentación del gran soberano, Dios (v. 2a), se recuerdan las más importantes gestas históricas realizadas por el Señor en el pasado (vs. 2b-13). Mirando con detención a la historia se descubre la mano divina: todas las grandes obras narradas en el Génesis y en el Éxodo son puro don divino, no esfuerzo humano (v. 13; cfr; Dt. 6, 10 ss.). Y ante tanto beneficio divino la adecuada respuesta humana debe ser el servicio al Señor: el "pues bien" del v. 14 introduce el mandato-respuesta del servicio. En el diálogo entre Josué y el pueblo (vs. 15-24) éste se compromete libremente a servir de forma exclusiva al Señor (vs. 21, 14). Termina este relato con la puesta por escrito del documento y con la invocación de los testigos.
Toda la historia del pueblo ha sido puro don divino, por eso de gente agradecida es el saber corresponder con el servicio a Dios y no a las otras divinidades (el término "servir" suena 14 veces en el relato). No se trata de un servicio impuesto (=nueva esclavitud) sino de una libre, sincera y madura elección. Servir al Señor es tarea muy ardua ya que no quiere ser uno más sino el único, y Josué insiste machaconamente en esta dificultad. El pueblo, también de forma reiterativa, expresa su libre elección (vs. 16, 21, 24).

 

Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.16-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Salmo alfabético. Cada versículo comienza con una letra del alfabeto hebreo. ¿De quién habla este salmo? ¿Qué categoría es invitada a dar gracias? Los "pobres", los "Anawim". "Oiganlo y alégrense hombres humildes". Sí, los "desgraciados", los "humildes", los "corazones que sufren", son proclamados "dichosos", ¡en tanto que los ricos son tildados de "desprovistos"!

El texto repite los versículos 2-3 y continuando los versículos del domingo pasado nos presenta los versículos 16-23.
Así comenta San Agustín los versículos 2 y 3 de este salmo: “3. [v. 2] Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza está siempre en mi boca. Lo dice Cristo, dígalo también el cristiano, puesto que el cristiano forma parte del cuerpo de Cristo; y por eso Cristo se hizo hombre: para que el hombre pueda llegar a ser un ángel, que diga: Bendeciré al Señor. ¿Cuándo bendeciré al Señor? ¿Cuándo te ha hecho un beneficio? ¿Cuándo hay abundancia de bienes de este mundo? ¿Cuándo hay gran abundancia de aceite, vino, oro, plata, propiedades, ganado; cuando esta nuestra salud mortal permanece robusta e intacta; cuando todo lo que se emprende va prosperando, y nada perece por muerte prematura; cuando rebosa la casa en felicidad completa, y fluye a nuestro alrededor toda clase de bienes, es entonces cuando bendecirás al Señor? No; sino en todo tiempo. Por lo tanto ahora mismo, y también cuando estas cosas, según las circunstancias y los castigos de nuestro Dios y Señor quedan trastornadas, o nos son arrebatadas, o surgen más pobremente, o las ya nacidas se van disipando. Suceden estas cosas, y de ahí viene la escasez, la pobreza, la fatiga, el dolor y las pruebas. Pero tú, que has cantado: Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza está siempre en mi boca, cuando todo esto te lo da, bendícele; y cuando todo esto te lo quita, bendícele. Porque él es quien lo da, y él quien lo quita; sin embargo él mismo nunca se aleja de quien le bendice.
4. ¿Quién es el que bendice al Señor en todo tiempo, sino el humilde de corazón? Fue esta humildad la que nos enseñó con su cuerpo y con su sangre; porque al confiarnos su cuerpo y sangre, nos está recomendando su humildad, según lo escrito en esta historia acerca de aquella aparente locura de David, que hemos pasado por alto: y la baba le corría por su barba. Cuando era leído el Apóstol, habéis oído algo de estas salivas, que le corrían por la barba. Alguien dirá: ¿Qué salivas hemos oído? Acabamos de leer al Apóstol, cuando decía: Los judíos exigen signos, y los griegos buscan sabiduría. Y hemos leído hace un momento: Pero nosotros predicamos -dice- a Cristo crucificado (es entonces cuando tocaba el tambor), escándalo para los judíos, locura para los gentiles; en cambio para los llamados, tanto judíos como griegos, el Cristo de Dios, fuerza y sabiduría de Dios; porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres4. La baba significa la demencia, significa la flaqueza. Pero si la locura de Dios es más sabia que lo hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres, no te escandalicen estas salivas, sino fíjate que corren sobre la barba. Porque así como la baba es señal de debilidad, así la barba es señal de fortaleza. Es que ocultó su fortaleza bajo un cuerpo débil: por fuera aparecía débil, como la saliva; pero por dentro la fortaleza divina estaba cubierta como la barba. Luego aquí se nos está inculcando la humildad. Sé humilde si quieres bendecir al señor en todo tiempo, y que su alabanza esté siempre en tu boca. Job, por ejemplo, no bendecía al Señor sólo cuando tenía abundancia de todo, cuando leemos que era rico y feliz por sus rebaños, su servidumbre, su casa; feliz por sus hijos y por todo. De repente todo le fue arrebatado, y lo que está escrito en este salmo, lo puso en práctica, cundo dijo: El Señor me lo dio, el señor me lo quitó; como al Señor le ha parecido bien, así ha sucedido; sea bendito el nombre del Señor5. Aquí tienes un modelo de alguien que bendice al Señor en todo tiempo.
5. [v. 3] ¿Y por qué bendice el hombre al Señor en todo tiempo? Porque es humilde. ¿Qué significa ser humilde? No querer alabanzas por sí mismo. El que desea ser alabado por sí mismo, es un soberbio. Quien no es soberbio es humilde. ¿Quieres no ser soberbio? Para poder ser humilde, di con el salmo: Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los mansos y se alegren. Luego los que no desean gloriarse en el Señor, no son mansos; son feroces, ásperos, engreídos, soberbios. El Señor quiere tener jumentos mansos; sé tú un jumento del Señor, es decir, sé manso. Él cabalga sobre ti, él te gobierna; no tengas miedo de tropezar y caer en el precipicio. Tuya es la debilidad, sí, pero fíjate en quién te conduce. Eres una cría de asno, pero llevas a Cristo. Él también quiso entrar en la ciudad sobre un pollino, y fue manso el jumento. ¿Era tal vez elogiado el jumento aquel? ¿Era al borrico a quien se le decía: Hosanna, Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor?6 El pollino lo llevaba, pero los vítores de los que le precedían y lo seguían iban dirigidos al que lo montaba. El borrico a lo mejor iba diciendo: Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los mansos y se alegren. No, nunca aquel asno dijo esto, hermanos; pero dígalo, sí, el pueblo que imita a aquel jumento, si quiere ser portador de su Señor. Quizá el pueblo se enoje por ser comparado con el asnillo en que se sentó el Señor; y me digan algunos soberbios y engreídos: Mira, éste nos ha hecho asnos. Que sea asno del Señor todo el que esto diga; no sea como el caballo y el mulo que no discurren. Ya conocéis aquella frase del salmo: No seáis como el caballo y el mulo, que son irracionales7. El caballo y el mulo levantan de vez en cuando la cerviz, y con su ferocidad arrojan de sí al caballero. Se los doma con el freno, el bocado y el látigo, hasta que aprendan a someterse y llevar a su dueño. Pero tú, antes que el freno te castigue las mandíbulas, sé manso y lleva a tu Señor; no busques la alabanza en ti mismo; que alaben al que va sentado sobre ti, así podrás decir: Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los mansos y se alegren. Porque cuando los que no son mansos oyen estas palabras, no se alegran, sino que se encolerizan. Son éstos los que dicen que los tratamos como asnos. Pero los que son mansos, que tengan a bien oír y ser lo que oyen.” (San Agustín. Comentario al salmo 33. Comentario II. Sermón 2°).

La segunda Lectura de la carta a los Efesios ( Ef 5,21-32, nos habla del matrimonio, resaltando: Este es un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
Texto de carácter exhortativo. De tono claro y transparente. Con todo, la luz es nueva. El "Misterio" de Cristo lo ilumina, le da sentido, lo penetra. Aunque el tema inmediato sea el tema del matrimonio, éste, como cristiano, se engloba en el tema más amplio del "Misterio" de Cristo Cabeza de la Iglesia, tema importante de la carta. Le acompaña embelleciéndolo otra imagen, de recia ascendencia bíblica, que corre en la misma dirección y expresa la misma verdad misteriosa: Cristo Esposo - Iglesia Esposa.
El primer versículo, de carácter más general, sirve de paso a la exhorta­ción dirigida en particular al estado de matrimonio: Sumisión de unos a otros con respeto cristiano. Es la "nueva" comunidad, y las relaciones han de ser de todo punto "nuevas", cristianas. El ejemplo de Cristo, sumiso al Pa­dre, ha de ser continuado en la Comunidad que lleva su nombre. Unos, sier­vos de otros en respeto y caridad. Han de vivir el "Misterio" de Cristo, haciéndolo en su vida "misterio" cristiano.
El mismo "Misterio" ha de ser vivido en la institución estable del matri­monio. El matrimonio ha de ser reflejo del "Misterio" de Cristo. En otras pa­labras, el matrimonio, la vida matrimonial, ha de ser elevado a "cristiano". La actitud de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, respecto a su Señor debe ser vi­vida por la esposa en el matrimonio. Sin perder de vista "que han de some­terse unos a otros con respeto cristiano", la actitud sumisa de la mujer al varón ha de ser, en cuanto a ella respecta, la expresión "cristiana" de su es­tado. No se habla de esclavitud indecorosa ni de sumisión degradante, sino de una sumisión en la cual, en último término, el "señor" no es el marido, sino el Señor Jesús. La actitud de sumisión, de atención, de respeto, de delica­deza y de servicio, es en realidad la actitud querida por el Señor. En reali­dad se somete a Cristo. Su función queda, pues, elevada a reproducir en su conducta el Misterio de la Iglesia Cuerpo del Señor. La Iglesia recibe la sal­vación de Cristo Cabeza. La mujer "cristiana", sumisa, recibe en ello la sal­vación del mismo Señor. En lo que a ella toca, reproduce en su vida, como "cristiana", el Misterio de Cristo y la Iglesia: amor, respeto, sumisión… "Sed sumisos unos a otros…
La amonestación se vuelve, a continuación, a los esposos. La exigencia es la misma en el fondo aunque se empleen diversos términos. El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a la suya, la Iglesia. La amó y se entregó por ella para que no le faltara nada; para tenerla adornada de toda gloria; para hacerla perfecta y santa, sin mancha ni arruga. El marido debe encar­nar, en su puesto de marido, el "Misterio" de Cristo Esposo. Amor, dedica­ción, entrega, respeto. Cristo mantiene y alimenta a la Iglesia, Cuerpo suyo. Así también el esposo "cristiano". En resumidas cuentas, todo ese volcar del corazón en atenciones auténticas a la esposa redunda en beneficio propio ¿No son ya, esposo y esposa, una sola carne? ¿No se extiende el amor de Cristo a todos nosotros, que somos su Cuerpo? Los miembros, que somos no­sotros, han de expresar un amor semejante a aquel que parte de la cabeza. La realidad de ser una sola carne, apuntada ya en el Génesis, se confirma en toda su amplitud, en el misterio de Cristo y la Iglesia.
El matrimonio humano, envuelto, no digo ya en la luz superior, sino en la realidad misma del Misterio de Cristo, se convierte él mismo en vehículo de salvación, es decir, se torna "misterio" cristiano, "misterio" de salvación. El esposo y la esposa realizan por su parte, como miembros de la Iglesia el gran "Misterio" revelador de Cristo y su Iglesia. Santa institución, sagrado estado. La dignidad y la responsabilidad de los esposos se agrandan y su­bliman, haciéndose carne viva del Misterio de Cristo. Cristo y su Iglesia son el gran Misterio de salvación.

El evangelio es de San Juan ( Jn 6, 61-70).  Con la lectura de hoy termina, en la liturgia, el discurso eucarístico de Jesús. El comienzo remite al contenido de los tres domingos últimos calificándolo de inaceptable. En esta ocasión la crítica proviene del propio campo de los discípulos de Jesús.
En su respuesta comienza Jesús previendo un nuevo escándalo, a añadir al ya producido por sus palabras: "Si esto os escandaliza, ¿qué será cuando veáis al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?" (la traducción litúrgica ha evitado el verbo escandalizar). Si las afirmaciones de los domingos pasados escandalizaban, el ver al Hijo del Hombre volver a su lugar natural escandalizará todavía más.
En los vs. 63-65 aborda Jesús la cuestión de la raíz o causa de este escándalo. Como ya sucedía hace dos domingos, esa raíz la sitúa en un posicionamiento inadecuado: falta de sintonía con el Padre o, lo que es lo mismo, falta de fe. Al posicionamiento adecuado Jesús lo llama espíritu: al inadecuado, carne. Estos términos no expresan componentes de la persona, sino comportamientos o actitudes de la persona. Si ella está en sintonía con el Padre es espíritu; si no lo está es carne.
En el vs. 66 el autor da cuenta del abandono del seguimiento de Jesús por parte de muchos discípulos. Aunque la traducción litúrgica no lo refleja adecuadamente, este abandono está concebido como una vuelta a la observación de la Ley. En nombre del grupo, Pedro hace profesión de abandono de la ley y de adhesión a Jesús como fuente de bienestar, libertad y vida.
Jesús, en sus exigencias y pretensiones ha intentado llevar a los oyentes a una toma de posición radical respecto a su persona. Se acepta o no se acepta a Jesús; no hay término medio. No se trata de admirar o aplaudir sus obras. Se trata de aceptarlo o no como salvador. Si se le acepta como salvador, hay que seguirle a donde quiera que vaya. Va en ello la Vida. Si por el contrario no se le acepta, habrá que abandonarlo como a loco, por no decir como a blasfemo. Esto que llega a la gran masa de forma urgente, llega con más aguda urgencia al círculo que, con más o menos devoción lo venera como Maestro. Crisis de fe en el grupo más próximo a Jesús.
Muchos de los discípulos habían visto en Jesús una figura profética, no más. Hablaba con autoridad y realizaba portentos. Pero Jesús se procla­maba mucho más: Pan de vida. Sus pretensiones chocaban con la mente normal humana. Sus palabras habían sonado "nuevas" en un principio. Pero ahora sonaban ya a locura. Se hacían duras e insoportables: ¡Comer su carne y beber su sangre! Muchos de sus admiradores cierran los oídos, dan media vuelta y lo abandonan. Reconocen en su interior que no es este el que esperaban.
Jesús no está en disposición de ofrecer otro Signo que el propio cumpli­miento de su misión y de su palabra: su Exaltación Gloriosa, la Subida del hijo del hombre a donde antes estaba; su Muerte y su Resurrección. No hay otro Signo. La visión por parte de los discípulos de Jesús resucitado dará razón y sentido a sus pretensiones. Jesús se remite a ese acontecimiento su­premo.
Los discípulos podían haber sospechado algo así en las palabras del Ma­estro. Podían haber barruntado que en ellas se velaba un misterio cuya re­velación vendría más tarde. A poco que hubieran pensado, podrían haber visto que no es la carne la que da la vida sino el Espíritu. Todo el A. T. lo venía testificando: la carne se corrompe; el Espíritu da vida. No es la carne de Cristo sin más, sino el Espíritu de quién aquélla está llena, es el que da vida. La "carne" -humanidad- de Jesús es el vehículo del Espíritu. Como tal, la "carne" de Jesús da la vida. Sus palabras -ha repetido con frecuencia el Maestro- son "Espíritu y Vida": son una manifestación del Espíritu y dan vida.
Muchos se echaron atrás; no aceptaron a Jesús. No aceptaron a Jesús Salvador. Jesús contaba con esta defección. Así lo manifiestan sus palabras. La obra es de Dios. Y Dios se comporta de forma incomprensible para el hombre. Y la Salvación viene de él y no del hombre. Dios cambia su corazón y su mente. Pero el hombre se resiste con frecuencia. No ha habido en ese caso "atracción" del Padre.
La confesión de Pedro es la vertiente positiva de la crisis. Jesús no es un cualquiera; ni si quiera un profeta de gran tamaño tan sólo. Jesús es el Santo consagrado por Dios. Es alguien que toca lo divino y, como tal en po­der de dar la vida eterna. Pedro y los demás apóstoles tampoco han enten­dido, seguramente, las palabras del Señor. Para ellos resultaban tan miste­riosas como para los demás. Pero ellos veían que decía verdad. Se fiaron de él. Jesús había mostrado poseer palabras de vida eterna. ¿No lo gritaban sus signos y portentos? "Nosotros creemos" es la confesión apostólica. Tal adhesión tuvo su recompensa: todos ellos -fuera del "hijo de la perdición"- fueron testigos de la Resurrección gloriosa de Jesús y destinatarios del Es­píritu de lo alto. Así, con ellos, desde entonces, la confesión de la Iglesia. También ella espera ser agraciada con la visión del Señor Resucitado, pose­yendo ya en arras el don del Espíritu.

 

Para nuestra vida
Nuestra sociedad y particularmente sectores de la Iglesia, atraviesa una profunda crisis de   fe. Los valores y criterios humanos absorben de tal modo que en muchos pa­recen haber destruido  los más elementales sentimientos cristianos. El mundo clerical y religioso no parece encontrarse en mejor situación. Cri­sis de Fe, de fe viva. ¿A quién seguimos? .
Por el paralelo que tienen la primera lectura y el evangelio, se nota que el mensaje que hoy  escuchamos los cristianos de todo el mundo es la opción que hay que hacer ante Dios o ante la persona de Cristo.
Josué, el sucesor de Moisés, el que condujo al pueblo de Israel a la tierra prometida, les pone ante la gran disyuntiva: tienen que escoger entre servir a los dioses falsos de los pueblos vecinos -dioses más permisivos en cuanto a la vida moral, pero falsos y sin vida- o servir a Yahvé, el Dios vivo que les ha liberado de Egipto y con el que han pactado una alianza exigente. Todo el pueblo responde que servirán al Dios verdadero. Aunque luego serían con frecuencia infieles a su promesa.
En el evangelio, como reacción al discurso de Jesús sobre el pan de la vida, se dividen las posturas. Bastantes de los que hasta entonces le seguían le abandonan. No se sabe bien si por la primera afirmación (hay que creer en Jesús para tener vida) o por la segunda (hay que comer su Carne y beber su sangre): ambas, desde luego, sorprendentes y "escandalosas" para los judíos.

Fijémonos más detenidamente en la primera lectura. Antes de morir, osué quiere Jdejar firmemente asentada la unidad religiosa en Yahvé del pueblo israelita. Reúne en Siquén a todo el pueblo de Dios en sus representantes más conspicuos: Ancianos, Jueces, Magistrados… Renovación del Pacto.
Había pasado toda una generación desde que se realizara la Alianza, por primera vez, en el Sinaí. Había transcurrido mucho tiempo. Y con él habían cambiado las circunstancias y las personas. Al desierto inhóspito había su­cedido la tierra habitada; a la vida nómada, sin lugar fijo, la vida sedenta­ria; a la trashumancia, campos, tierras y viviendas. A una generación había sucedido otra. Muchos, la mayoría, de los que ahora entraban en posesión de la tierra no habían presenciado las "maravillas" de la salida de Egipto y de la "teofanía" del Sinaí.
El pueblo era otro. ¿Continuaría siendo pueblo de Dios? ¿No trocaría la religión yavista por la religión del país? El país de Canaán se les ofrecía abundante en cultos naturalistas, atractivos por tanto, con una civilización material superior a la de ellos. ¿Qué postura iban a tomar? Era un momento crucial.
Josué renueva el Pacto. Pero no a la fuerza. La elección ha de ser "libre", aunque razonable. Josué evoca las "maravillas" de Yavé en el llamado pró­logo histórico. Es en forma sucinta, la historia del pueblo. No cabe duda: Yavé es un Dios que ama a su pueblo, el Santo, el Terrible. Josué y su fami­lia se deciden resueltamente por el Dios que los ha llevado hasta allí. Es un acto de sensatez y de agradecimiento. El discurso parece que ha persuadido a los oyentes. Todos optan por Yavé el Dios de los padres, ante cuyo santua­rio se han concentrado. Lo juran ante el arca, símbolo de su presencia. La fe de Josué en Yavé es la fe del pueblo: Yavé nos sacó de Egipto; a él le servi­remos; él es nuestro Dios. ¿A qué otro van a ir que tenga palabras de vida? Elección libre, responsable, personal. Motivo: con él está la vida.

El responsorial es el salmo 33  el mismo salmo de domingos anteriores (XIX-XX), aunque con versículos diferentes. El estribillo sigue el mismo. Persiste la invitación de "gustar y ver qué bueno es el Se­ñor". Actitud de contemplación y de búsqueda. El tono aquí es: la bondad del Señor con sus fieles. "El Señor redime a sus fieles" lo resume en parte. Es un recuento de las obras de Dios para con los que le son fieles. Ese es el Dios de Israel. Esa es la fe del pueblo. Un Dios que salva y redime, en todas ocasio­nes, de todos los males. Nosotros lo contamos, lo celebramos, invitados por él , contemplamos las maravillas del Señor.
Así comenta San Agustín los versículos 16-23 de este salmo” 20. [v. 16] Los ojos del Señor miran a los justos. No tengas miedo, trabaja; sobre ti están los ojos del Señor. Y sus oídos escuchan sus ruegos. ¿Qué más quieres? Si el padre de familia de una casa grande no escuchase al siervo sus cuitas, podría quejarse y decir: ¡Cuánto tenemos que sufrir aquí, y nadie nos hace caso! ¿Dirás lo mismo de Dios: Qué mal lo estoy pasando, y nadie me escucha? Quizá digas: Si me escuchara, me libraría de este sufrimiento; estoy gritando dolorido. Sólo hace falta que te mantengas en su camino, y cuando sufras, él te escuchará. Sí, pero él es médico, y tienes no sé qué miembro infectado. Gritas, pero él sigue cortando, y no retira la mano hasta haber sajado todo lo conveniente. Sería cruel un médico que escuchase a alguien, no tocando la herida y la infección. ¿No ves cómo las madres frotan a sus hijos al bañarlos, para que se conserven sanos? ¿No gritan las criaturas entre sus manos? ¿Son crueles porque no escuchan sus lágrimas, y les evitan esa molestia? Y sin embargo los niños lloran y no se les hace caso. Así es nuestro Dios: lleno de amor. Y si da la impresión de no escucharnos, es para sanarnos y perdonarnos para siempre.
21. [v. 17] Los ojos del Señor miran a los justos, y sus oídos escuchan sus ruegos. Tal vez digan los malvados: Luego puedo hacer el mal tranquilamente, porque no están sobre mí los ojos del Señor; Dios mira a los justos, y no me ve a mí; así que todo lo que haga lo hago sin temor alguno. Pero el Espíritu Santo, intuyendo los pensamientos de los hombres, añadió inmediatamente: Los ojos del Señor miran a los justos, y sus oídos escuchan sus ruegos; pero el Señor vigila a los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

22. [v. 18] Los justos clamaron y el Señor los escuchó, y los libró de todas sus tribulaciones. Había tres jóvenes justos; clamaron al Señor desde la hoguera, y con sus alabanzas las llamas se enfriaron. La llama no pudo acercarse y abrasar a estos muchachos, inocentes y justos, que alababan a Dios, y él los libró de las llamas31. Alguien dirá: He ahí un ejemplo de los verdaderos justos que fueron escuchados, como está escrito: Los justos clamaron y el Señor los escuchó, y los libró de todas sus tribulaciones. Yo, en cambio, he gritado, y no me libró; o yo no soy justo, o no hago lo que me manda, o quizá es que él no me ve. No temas, simplemente haz lo que manda; si no te libra corporalmente, te librará espiritualmente. Porque el que libró de las llamas a los tres jóvenes, ¿libró acaso de ellas a los Macabeos? ¿No cantaban himnos entre las llamas, y entre las llamas morían?32 ¿El Dios de los tres jóvenes, no es el mismo que el de los Macabeos? A unos los libró y a los otros no; mejor, libró a unos y a otros; a los tres jóvenes los libró para confundir a gente carnal; en cambio a los Macabeos los dejó morir, para que sus perseguidores cayeran en mayores suplicios, pues sabían que torturaban a unos mártires de Dios. Libró a Pedro cuando el ángel llegó, estando él encadenado, y le dijo: Levántate y sal de aquí. Inmediatamente sus cadenas se le soltaron, siguió al ángel y así lo libró33. ¿Acaso Pedro había perdido su justicia cuando no lo libró de la cruz? ¿Es que entonces no lo libró? Sí, también entonces lo libró. ¿O es que vivió largo tiempo para hacerse malvado? Quizá lo escuchó mejor la segunda vez que la primera, porque en realidad lo libró de todas sus angustias. En efecto, cuando lo libró la primera vez, ¡cuánto tuvo que sufrir después! En cambio la segunda vez lo llevó adonde ya ningún mal podía padecer.
23. [vv. 19-20] Cerca está el Señor de los de corazón abatido, y salva a los de espíritu humilde. Altísimo es Dios, que el cristiano sea humilde. Si quiere que ese Dios alto se le acerque, debe humillarse. ¡Qué gran misterio, hermanos! Dios está sobre todo; si te levantas, no logras tocarlo; si te abajas, él desciende hasta ti. Muchos son los sufrimientos de los justos. ¿Acaso dice: Que los cristianos sean justos, que escuchen mi palabra, para que no sufran ningún mal? No, esto no lo promete, sino que dice: Muchos son los sufrimientos de los justos. Más aún, los malos tienen menos sufrimientos; si son justos, sufren mucho. Pero aquéllos, después de pocos sufrimientos, o quizá ninguno, llegarán a la eterna tribulación, de donde jamás saldrán; en cambio los justos, tras muchos sufrimientos, llegarán a la eterna paz, donde ya no sufrirán ningún mal. Muchos son los sufrimientos de los justos; y de todos los libra el Señor.
24. [v. 21] El Señor cuida de todos sus huesos, y ni uno sólo se quebrará. Tampoco esto, hermanos, lo interpretemos de una manera carnal. Los huesos son la seguridad de los fieles. Lo mismo que a nuestra carne los huesos le dan consistencia, así sucede en el corazón del cristiano: la fe es la que le da consistencia. La constancia, pues, que hay en la fe, son los huesos que van por dentro. Son ellos los que impiden las fracturas. El señor cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. Si de nuestro Dios y Señor Jesucristo hubiera dicho esto: El Señor cuida de todos los huesos de su Hijo, y ni uno solo se romperá; así como también en otro pasaje se profetiza figuradamente de él, cuando se dijo que el cordero debe ser sacrificado, y se añade: No le rompas ningún hueso34. Pues bien, eso se cumplió en el Señor, porque cuando pendía en la cruz, expiró antes de que llegaran quienes le tenían que romper las piernas, y no lo quisieron hacer, al encontrar ya el cuerpo sin vida, para que se cumpliera lo que estaba escrito35. Pero esto lo prometió también a los demás cristianos: El Señor cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. Entonces, hermanos, si viéramos a un santo pasar sufrimientos, o que el médico le tiene que sajar, o que un perseguidor lo asesina, rompiéndole los huesos, no digamos: Ése no era un hombre justo, puesto que el Señor prometió esto a sus justos, cuando dice: El Señor cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. ¿Quieres ver cómo se refiere a otros huesos, los que hemos dicho que son la firmeza de la fe, la paciencia y la tolerancia en todos los sufrimientos? Estos son los huesos que no se quiebran. Poned atención y ved cómo en la misma pasión del Señor se cumple lo que os estoy diciendo. El Señor estaba crucificado en medio, y a su lado estaban los dos ladrones: uno de ellos lo insultó, y el otro creyó; el uno fue condenado y el otro justificado; el uno tuvo su castigo, tanto aquí como en el más allá, y al otro le dijo Jesús: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso36; pues bien, los soldados que se acercaron, no fracturaron los huesos del Señor, y sí los de los ladrones37; y fracturaron tanto los huesos del ladrón que blasfemó, como del que creyó. ¿Dónde queda lo de la Escritura: El Señor custodia todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará? ¿Al que le dijo: Hoy estarás conmigo en el paraíso, no le podía haber custodiado todos sus huesos? El Señor te da la respuesta: Claro que sí, y de hecho se los he custodiado; porque la firmeza de la fe que él tenía no pudo ser resquebrajada por aquellos golpes que le fracturaron las piernas.
25. [v. 22] Horrorosa es la muerte de los pecadores. Poned atención, hermanos, a lo que íbamos diciendo. Realmente Dios es grande, y lo es su misericordia; él nos ha dado a comer verdaderamente su cuerpo, que tanto padeció, y a beber su sangre. Dios se fija en los que piensan mal y dicen: Ése murió mal, fue devorado por las fieras; ¿no es cierto que no era justo, pues si lo fuese no habría perecido de esta manera? ¿Así que es justo el que muere en su casa y en su lecho? Esto es, dices, lo que me extraña, que, conociendo yo sus pecados y sus crímenes, ha muerto en paz, en su casa, en su hogar, sin la menor persecución, ni siquiera en su edad avanzada. Escucha bien: Horrorosa es la muerte de los pecadores. Lo que a ti te parece una buena muerte, puede ser la peor, si miras su interior. Por fuera ves al que está acostado en su lecho; ¿pero ves lo que pasa en su interior: que ha sido arrastrado al infierno? Escuchad, hermanos, y aprended del Evangelio cómo es detestable la muerte del pecador. ¿No eran dos los hombres en este mundo, uno rico, que se vestía de púrpura y lino fino, y a diario banqueteaba espléndidamente; y el otro un pobre, tirado a su puerta, cubierto de llagas, que lamían los perros que por allí venían, y que estaba ansioso de saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico? Pues bien, sucedió que le llegó la muerte al pobre (él era el justo),y fue llevado al seno de Abrahán. Quien hubiera visto aquel cuerpo yacer en el umbral del rico, sin que nadie lo sepultara, ¡cuántas cosas diría! Ojalá muera así mi enemigo, y el que me persigue, que lo vean así mis ojos. Un cuerpo así se lo rechaza y se lo escupe, sus heridas son pestilentes; pero él descansa en el seno de Abrahán. Si somos cristianos, creamos; si no creemos, hermanos, nadie se finja cristiano. Es la fe la que nos guía. Las cosas son tal como las dijo el Señor. ¿Acaso por decírtelo el astrólogo ya es verdad, y si te lo dice Cristo es falso? ¿Con qué muerte murió el rico? ¿Qué muerte más lujosa, más pomposa que ésa, vestido de púrpura, de lino fino? ¿Qué clase de exequias funerarias no tuvieron lugar en tal ocasión? ¿Cuántos aromas no ungieron su cadáver para su sepultura? Y sin embargo, cuando estaba en el infierno en medio de sus tormentos, suspiraba por que del dedo de aquel pobre despreciado le cayera una gota de agua sobre su abrasada lengua, cosa que nunca consiguió38. Comprended ya lo que significa: Es horrible la muerte del pecador, y no envidiéis los lechos cubiertos con preciosos lienzos, el cuerpo envuelto en abundantes riquezas, con exhibición pomposa de lamentaciones, la familia gimiendo, multitudes respetuosas que preceden y siguen al féretro cuando es transportado, y un mausoleo con mármoles dorados en memoria suya; si preguntáis a todas esas cosas, os responderán con una mentira, y os dirán que la muerte de muchos no medianos pecadores, sino consumados criminales, es excelente, al haber merecido ser de esta forma llorados, embalsamados, amortajados, transportados y sepultados. Pero preguntad al Evangelio, y os responderá a vuestra fe que el alma del rico está ardiendo entre torturas, y cómo de nada le han servido las honras y los homenajes que la pomposidad de los vivientes le ha rendido a su cadáver.
26. [vv. 22-23] Pero hay muchas clases de pecadores, y no es fácil librarse de ser pecador, incluso podríamos decir que es imposible en esta vida. De ahí que enseguida añade qué clase de pecadores tendrá una muerte indeseable. Los que odian al justo, dice, serán castigados. ¿De qué justo se trata, sino del que justifica al impío?39 ¿De qué justo, sino del Señor Jesucristo, que hasta es propiciación por nuestros pecados?40 Los que odian a este justo tendrán la peor de las muertes, porque mueren en sus pecados, ya que por él no se han reconciliado con nuestro Dios. Porque el Señor redime las almas de sus siervos. Así que la muerte, sea la peor o la mejor, hay que entenderla referida al alma, no según los ultrajes o los honores visibles que los hombres tributan a los cuerpos. Y no serán castigados los que esperan en él. Así es como se desarrolla la bondad del hombre: progresar en lo posible durante esta vida mortal, y ya que sin pecado no puede mantenerse, que al menos no peque contra la esperanza en aquél que concede la remisión de los pecados. Amén.” (San Agustín. Comentario al salmo 33. Comentario II. Sermón 2°).

La segunda lectura pone de manifiesto el compromiso de la fe: la participación vital en el "Misterio" de Cristo. Seguimos a Cristo, y le seguimos se­gún su voluntad. Sumisos unos a otros con un amor y una dedicación cual la tuvo Cristo con nosotros. El gran Misterio de amor de Dios se convierte en nosotros en "Misterio" y "amor" cristianos. Es la expresión de la FE. La apli­cación al matrimonio es sumamente interesante. He ahí la vocación de los esposos: reproducir en su vida el Misterio del amor de Cristo a la Iglesia. Convendría insistir en ello cuando se habla a jóvenes que van a contraer matrimonio. ¡Realizan, los engloba, el Misterio de Cristo!
Pablo vuelve su mirada a la comunidad doméstica, la más pequeña comunidad de vida social, delimitando para cada miembro de la misma cuál es su puesto y cuáles sus correspondientes obligaciones. Así como en el siglo XVI se hicieron catálogos de las obligaciones de los miembros familiares, igualmente en contenido, aunque de manera mucho más breve, los tiene la antigüedad cristiana.
En lo que respecta a las obligaciones mutuas de mujer y hombre (la parte más débil se pone siempre delante) no puede hablar el apóstol sin referirse a la esencia misma del matrimonio. Da por supuesto tácitamente que el matrimonio fue instituido por Dios, y sus correspondientes obligaciones que de él se desprenden son expresiones de su voluntad (cf. 1 Cor 7). Pablo va aquí a lo profundo, estableciendo la unión entre cónyuges en paralelo a la unión de Cristo con su iglesia, su esposa mística.
En esta confrontación, Pablo habla más de Cristo y la iglesia -lo que constituye propiamente su tema- que del hombre y la mujer, pero sabe arrojar tanta luz desde ese alto punto de vista al tema del matrimonio, que sus palabras configuran la más sublime imagen que nunca se haya proyectado del matrimonio.
El matrimonio cristiano es también una opción radical e irrevocable, imagen de la opción de Cristo por su Iglesia. A primera vista, este texto paulino parece definir la superioridad del hombre sobre la mujer. Es evidente que la imagen no se puede llevar hasta el extremo de decir que el marido salva a la mujer en el mismo sentido que Cristo salva a la Iglesia y a sus miembros; el marido no es "cabeza" de su mujer en el mismo sentido en que Cristo lo es de la Iglesia.
Hay que tener en cuenta la evolución antropológica y social, tanto de las personas como de la familia. Hoy el matrimonio es entendido más bien en términos de complementariedad y corresponsabilidad. Pero en la sociedad en la que de hecho vivían los primeros cristianos, la superioridad del hombre era absoluta.
Teniendo en cuenta esta superioridad -que san Pablo no define, sino que constata- lo que este pasaje inculca es que la autoridad del marido debe ser un servicio de amor y de protección, imitación del de Jesucristo para con su Iglesia. Debe amarla hasta la muerte, y considerarla no como un objeto, sino como el propio cuerpo.

El evangelio nos ofrece varias reflexiones sobre la figura y actitud de  Pedro, queremos con­fesar nuestra Fe en Cristo de forma radical. Hemos ido siguiendo en los últimos domingos. el dramatismo que anima al cuarto evangelio. La revelación de Jesús se desarrolla en forma de drama. Jesús se revela a si mismo paulatinamente. Poco a poco, con palabras y en signos, va decla­rando Jesús el "misterio" -salvífico- de su persona. Las obras lo gritan, las palabras lo proclaman. A la actitud reveladora de Jesús responde la actitud de aceptación o de incredulidad de los oyentes. No existe la indiferencia en el cuarto evangelio. Los que no le aceptan, acabarán por condenarlo a muerte. Los que se fían de él, terminarán por seguirle en todas sus andanzas. Los primeros se cierran a la luz; los segundos se dejan iluminar por ella. De aquéllos se apoderan las tinieblas; éstos se convierten en hijos de la luz. Dramatismo, crisis: Jesús en la encrucijada de todo hombre.
La declara­ción de Jesús “Pan de Vida”, provoca una profunda crisis de fe en los discípulos. Y la "crisis" se re­suelve en dos posturas diametralmente opuestas: "Este modo de hablar es inaceptable" murmuran unos; "Tú tienes palabras de vida eterna" confiesan otros. La revelación de Jesús ha sido "alta", de algo que el hombre por sí mismo no puede comprender. La exigencia del Maestro extraordinaria: co­mer su carne y beber su sangre. Unos y otros han presenciado la multiplica­ción de los panes. Lo han admirado y lo han aplaudido: allí hay un profeta. Pero unos no han visto más que el milagro, y no han pasado de ahí. En el momento en que Jesús exige la aceptación de algo que supera la inteligencia y criterios humanos, se tiran atrás. Le niegan la fe. No entienden… No acep­tan. Los otros tampoco han entendido mucho. Pero han entrevisto el sentido del "signo". Allí hay un Alguien. Y, sin entender, se fían. Han creído. Esa es la FE.
La fe implica una forma nueva de ver las cosas. La crisis puede repetirse en cada uno de nosotros. Por una parte, los criterios humanos, aun religio­sos; por otro, las exigencias de Jesús, a quien asiste el Padre. Muchos eligen el primer camino. Otros muchos el segundo. ¿A qué grupo pertenecemos no­sotros y hasta qué punto? La aceptación formal de Jesús continúa en la aceptación Práctica de su doctrina. La FE es una postura de vida, no sólo de mente.
Con renovada actualidad resuenan también hoy, en cada Eucaristía, aquellas “duras” palabras y anuncio que fue ocasión para que muchos se alejaran del Señor: «el Pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51), «mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 55-56).
¿No son “duras” también las palabras que todo sacerdote, en Nombre de Cristo y con su poder, pronuncia en la consagración del pan y el vino: «Esto es mi Cuerpo… esto es mi Sangre»? ¡Estas palabras son palabras que, como enseña la Iglesia, transforman verdaderamente ese pan en cuerpo de Cristo y el vino en su sangre! ¡Es Cristo que se hace realmente presente, todo Él, ofreciéndose a nosotros como verdadera comida y bebida! ¡Es Dios mismo, bajo la apariencia de un trozo de pan y un poco de vino! ¡Dios! ¡Dios infinito, aunque ante los sentidos no aparezca nada sino el pan y el vino! ¿No es tremenda esta enseñanza? ¿No es para muchos algo absolutamente absurdo?
Ante lo que a los ojos del mundo aparece como un disparate sin igual, es decir, que Cristo-Dios esté realmente presente en la Hostia consagrada, ¿no se nos exige también a nosotros una opción radical, una definición clara? O creo, o no creo.
Ahora bien, si decimos que creemos, ¿no tiene que reflejarse esa convicción en nuestra vida cotidiana? ¿No tiene que ser la Eucaristía lo más importante para nosotros? ¿No se nos exige abandonar toda actitud indolente e indiferente frente al Sacramento? ¿No tienen que expresar y demostrar nuestras palabras, nuestro comportamiento y obras, que somos de Cristo porque comulgamos su Cuerpo y Sangre? Si recibimos a Cristo, ¿cómo no comprometernos con Cristo para ser sus portadores, a transmitirlo a Él con nuestro apostolado y caridad?
Ante esta “locura” que afirma que el pan y el vino consagrados son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo ningún cristiano puede permanecer impasible e indeciso. Por eso también hoy se dirigen a nosotros las palabras que Josué dirige al pueblo de Israel: Si no te parece bien servir al Señor, escoge hoy a quién quieres servir (ver Jos 24, 15). ¿Quieres tú servir al Señor, Dios único y verdadero? ¿O quieres servir a los falsos dioses, a los ídolos del poder, del placer, del tener? Estos ídolos, aunque deslumbran, aunque seducen, aunque producen seguridades y gozos pasajeros, no harán sino dejarte cada vez mas vacío, más triste, más solo. ¡Producen la muerte del espíritu! ¡Llevan a perder la vida verdadera! Sólo el Señor llena nuestros vacíos mas profundos, sólo Él es capaz de saciar nuestra sed de infinito, nuestra hambre de amor y comunión, porque sólo Él tiene y da la vida eterna!
¡Tú eliges! ¿A quien quieres servir? ¿En quien quieres poner tu confianza? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Serás de quienes deciden abandonar al Señor —o lo han abandonado ya en la práctica— por sus “duras palabras”, porque afirma que tienes que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna? ¿O serás de los que confían en el Señor y creen en sus palabras aún cuando no entiendas “cómo puede ser esto”? ¡Ante el don de la Eucaristía se nos exige también hoy una opción clara, sin medias tintas, sin componendas! O le creo al Señor y lo sigo, o no le creo y me aparto. ¡Tú eres libre, pero haz buen uso de tu libertad! Por ello, ten en cuenta que al apartarte de Él, te apartas de aquel único que tiene “palabras de vida eterna”, te apartas de aquel que el Padre ha enviado para reconciliarte y darte la vida, su misma vida, por toda la eternidad.
Creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios; ¿A quién vamos a ir sino a ti que tienes palabras de vida eterna? Es la Fe de nuestros padres, la fe de veinte siglos de Iglesia. Queremos elegir, fiados por la Iglesia, ese camino. Y, como la Iglesia, esperamos ver al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, como afirmaron haber visto los apóstoles. Un día saldremos a su encuentro y estaremos siempre con el Señor. La primera lectura presenta una decisión semejante: con nuestro Dios vida. Dios ha sido y sigue siendo bueno (también el salmo); de él nos fiamos. Ahí están los signos de su amor: la creación, la historia de la Iglesia, los dones espirituales en Cristo. "Gustemos" y "veamos" qué Bueno es el Señor.
 La fe que profesamos nos lo hará gustar y ver.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com