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sábado, 19 de diciembre de 2020

Lecturas Domingo 4º Adviento, ciclo B. 20 de diciembre 2020

PRIMERA LECTURA

Lectura del segundo libro de Samuel     2 Sam 7, 1-5. 8b-11. 16.

Cuando el rey se asentó en su casa y el Señor le hubo dado reposo de todos sus enemigos de alrededor, dijo al profeta Natán: «Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios habita en una tienda». Natán dijo al rey: «Ve y haz lo que desea tu corazón, pues el Señor está contigo». Aquella noche vino esta palabra del Señor a Natán: «Ve y habla a mi siervo David: “Así dice el Señor. ¿Tú me vas a construir una casa para morada mía? Yo te tomé del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus enemigos ante ti y te he hecho tan famoso como los grandes de la tierra. Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando nombraba jueces sobre mi pueblo Israel. A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa.  En efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre”».

Palabra de Dios

Salmo responsorial     Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29

R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad». R/.

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.» R/.

Él me invocará : «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R/.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos     16, 25-27.

Hermanos: Al que puede consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo, conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la obediencia de la fe; a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios

EVANGELIO

+  Lectura del santo Evangelio según San Lucas     1, 26-38.

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,  a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».  Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.  El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».  Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril,  porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

Palabra del Señor

 

Comentario a las Lectura del Domingo IV de Adviento 20 de diciembre 2020

 

Comentario a las Lectura del Domingo IV de Adviento 20 de diciembre 2020

La primera lectura es del segundo libro de Samuel (Sam 7,1-5. 8b-12. 14a.16).

El responsorial es el Salmo 88 (Sal 88, 2-3 4-5. 27 y 29 )

La segunda lectura es la carta de San Pablo a los Romanos (Rom 16,25-27),

El evangélico es de San Lucas (Lc 1, 26- 38).

 

Llegamos al final del Adviento. Hoy completamos la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona.

¿Que ha sido? el Adviento para nosotros, personal y comunitariamente. Lo que debiera haber sido el  Adviento se define muy bien en el Libro del Apocalipsis, cuando Jesús dice: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y el conmigo". (Ap 3, 20)

Estos cuatro domingos han querido prepararnos para que vayamos centrando todo nuestro corazón, toda nuestra mente, todos nuestros sentidos en Jesús de Nazaret. 

Los domingos anteriores era Juan Bautista quien nos decía: "preparad el camino del Señor... está en medio de vosotros y no le conocéis".

El Bautista es, pues, la voz de generaciones de profetas que gritan sin parar: abrid al Señor que incansablemente llama a vuestra puerta.

En este domingo, ya tan próximo a la fiesta de la Navidad, es una  mujer María quien afortunadamente se encuentra ya preparada para acoger el don de Dios.

Hoy el hilo conductor de las lecturas es el cumplimiento de las promesas de Dios.

-El trono de David subsistirá siempre.

-Dios revela ahora el misterio mantenido en secreto durante siglos.-El anuncio a María.

 

La primera lectura de hoy nos ofrece una posibilidad de reflexión ante la inmediata celebración de la Navidad.

El texto proclama que quien obra es Dios, el Señor Todopoderoso

Retomando la historia de David que no era más que un muchacho, el menor de sus hermanos, que acompañaba a los pastores de los rebaños de su padre. Cuando Samuel recibió la orden de ungir a un nuevo rey, no se pudo imaginar que el elegido sería aquel imberbe, cuya única arma era una honda. El Señor quiso demostrar una vez más que él no mira a las apariencias sino al corazón, al interior del hombre. Por otra parte, con esa elección inesperada nos enseña que en definitiva es él quien vence y triunfa por medio de su elegido, mero instrumento en sus divinas manos.

El profeta Natán, después de muchos años, le recuerda al rey David lo humilde de sus orígenes y que es a Dios a quien debía su poder. Con ello previene al rey de Israel contra el orgullo y la soberbia, le exhorta a no presumir de nada, pues todo lo que tiene lo ha recibido del Señor... Una lección importante que cada uno de nosotros hemos de aprender y practicar.

Le recuerda a David una promesa de futuro. David, como todos los reyes de la tierra, sabía que a su muerte el trono que ocupaba podría ser ocupado por cualquiera. Él vio como la dinastía de Saúl desapareció al morir éste. Lo mismo podría ocurrir, tarde o temprano, con su reinado. Pero Dios le había mirado con una predilección particular. Del linaje David, por designio divino, habría de nacer el Rey de Israel por antonomasia, el Ungido de Yahvé, el Mesías, el Redentor y Salvador del mundo. Todo en la figura de un niño, nacido en un portal.

Quizá nosotros, como David, estaríamos tentados -con la mayor buena fe, como él- a pensar que debemos corresponder al amor de Dios haciendo algo. David quería construir un templo para el Señor; nosotros quizá pensemos en dar algo, en hacer mañana o en uno de estos días de Navidad aquello que llamamos "una obra de caridad". Celebraremos con sincera alegría la Navidad, nos sentiremos -nos parecerá que nos sentimos- mejores, que queremos ser mejores.

Pero el Señor dice a David que lo que importa no es tanto que le construya un templo sino estar siempre junto con su pueblo. Es el gran anuncio de lo que nosotros llamamos la Encarnación de Dios:

Dios se identifica con el hombre, con su vida real más honda. No vale situarle -limitarle- en algo de más a más, en un templo, en una caridad, en una buena acción. Dios -es el sentido de que se haga hombre como nosotros- quiere que le recibamos, que le acojamos, en el centro, en el corazón de nuestra vida.

 

El salmo es una bella acción de gracias.

"Cantaré eternamente las misericordias del Señor..." (Sal 88, 2).

Este salmo 88 fue elegido para servir de respuesta a esta primera lectura: "Sellé una alianza con mi elegido jurando a David mi siervo: Te fundaré un linaje perpetuo edificaré tu trono para todas las edades".

En el salmo brilla el carácter de oración escrita "por Israel" brilla en cada una de sus líneas. La situación humana evocada es la de una "entronización real" en la dinastía de David rey de Jerusalén. El cuadro de fondo del salmo, es el dramático fin de la realeza bajo los golpes de Nabucodonosor. El decorado es la geografía de la tierra de Palestina: se nombran los montes del Tabor y Hermón, las fronteras al occidente están marcadas por el Mar Mediterráneo y al oriente por los ríos Tigris y Eufrates. Cuando se desea éxito al rey en sus campañas, se hace decir a Dios: "Extenderé su poder sobre el mar y su dominio hasta el Gran río". El fondo cultural y religioso de este salmo es el de Israel, basado en "la Alianza" entre Dios y el pueblo elegido...

* He aquí un "salmo real", cuyo fondo es la ceremonia de entronización de un nuevo rey: el trono, los atavíos reales, la corte, el palacio, los guardias, la campaña para vencer a los enemigos.

Pero estamos en Israel, sabemos que el régimen político de este pueblo tenía un carácter muy particular: el verdadero "rey" era Dios. De ahí que el comienzo del poema es un "himno" que canta el poder real de Yahveh.

"La alianza": "Bienaventurado el pueblo que sabe aclamar, que camina a la luz de Tu rostro... Danza de alegría todo el día. Tú eres nuestra fuerza, Tú acrecientas nuestro vigor".Israel tiene conciencia de ser amado, elegido, mimado, por Dios. Dos palabras que forman una especie de pareja se repiten siete veces (no es mera coincidencia, pues el número siete es la cifra de la perfección): "¡amor" y "fidelidad!". La unión de estas dos palabras, hace énfasis en la estabilidad, en la perennidad del amor, ideas que se refuerzan aún más mediante la repetición por siete veces de las palabras "sin fin", "para siempre".

"La Alianza" con el conjunto del pueblo está simbolizada mediante la "Alianza" con el "Rey". David es el modelo. Toda la segunda parte del salmo es un recordatorio del famoso Oráculo-Profecía de Natán, que anunciaba la estabilidad de la Dinastía de David hasta el fin de los tiempos (2 Samuel 7 - I Crónicas 17,1-15 - Jeremías 33,14-26).

Las dos primeras partes (Himno-Oráculo) no son sino la introducción de la tercera, que es una Lamentación por el desastre del fin de la realeza de Jerusalén.

El salmista bajo la luz de la inspiración divina ha intuido de tal modo la misericordia infinita del Señor, que se siente pletórico de gozo y de felicidad. Ese amor divino le da tema para una eterna canción, es motivo y causa de una alegría sin fin.

Anunciaré a todos tu fidelidad, dice a continuación el salmo interleccional de hoy. Tu misericordia, Señor, es como un edificio eterno, está más firme que los cielos, jamás se vendrá abajo, nunca se derrumbará...

Ante nuestras miserias de siempre está la capacidad infinita de perdón que Dios tiene. Basta con que le digamos, humildes y arrepentidos, perdóname, Dios mío, para que él nos perdone. Pedir perdón y ser perdonados, es todo una sola cosa. Por otro lado, pedir perdón es manifestar el dolor de haber desagradecidos al Señor y desear acudir cuanto antes al sacramento de la Reconciliación.

"Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono por todas las edades" (Sal 88, 2) Son las palabras de la promesa hecha a David, según la cual llegaría el momento en que un descendiente suyo se sentaría para siempre en su trono, tendría un reinado sin fin. Se le anunciaba a él y a todo el pueblo que el Rey prometido no moriría jamás, y que su soberanía se extendería por todo el universo y por toda la eternidad.

El mensaje del salmo es claro y definitivo. Tú eres poderoso, Señor, tú lo puedes todo en el cielo que tú has hecho y en la tierra que has creado. Nada ni nadie puede resistirte, y si tú decides dejar de hacer algo, no es porque no tengas el poder de hacerlo. Y aparte de ser poderoso, eres fiel, cumples siempre las promesas que haces. Pues bien, tú le prometiste a David que sus descendientes gobernarían a Israel para siempre, y añadiste que tu promesa seguiría en pie aunque esos descendientes no fueran dignos. Declaraste que el trono de David en Israel sería tan firme como el sol y la luna en los cielos. Y sé muy bien que Israel es tu Iglesia, y David figura de tu Hijo Jesús. Y ahora escucha, Señor: el sol y la luna siguen en su sitio, pero el trono de David está en ruinas. Jerusalén ha sido destruida, e Israel derrotado. ¿Cómo es esto, Señor?

«Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».

 

En la segunda lectura, San Pablo escribiendo a los romanos, no puede dejar de admirarse ante la realización del plan divino de reconstrucción elaborado por Dios, anunciado en el mismo momento del pecado en la promesa hecha a Eva, realizado en secreto durante siglos eternos. El misterio, escondido desde siglos, es revelado ahora. El misterio, lejos de ser como lo concebimos habitualmente, es decir, algo que no podemos ni ver ni comprender, es, para San Pablo, lo que es revelado a todos para la salvación de todos. "... Revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe". Y el Apóstol concluye con entusiasmo: "Al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos".

Termina San Pablo su carta a la comunidad "desconocida" de Roma, dando recuerdos muy personales y concretos a determinadas personas que él sabía estaban integradas en la comunidad romana y que muy probablemente provenían de Asia Menor y habían sido miembros de las comunidades fundadas por Pablo.

El hecho de "señalar con el dedo" indica que en aquellas primeras iglesias cristianas se practicaba el verdadero sentido comunitario. O sea, una "iglesia" no era un lugar público a donde podían entrar todos los que pasaran por la calle para recibir unos determinados "servicios litúrgicos". Esto era inconcebible en aquellas primeras generaciones cristianas.

Pero cuando la Iglesia ha dejado de ser aquello para lo que fue fundada y se ha convertido en una pieza, más o menos esencial del "establishment", se comprende la fiebre por levantar magníficos y suntuosos templos, abiertos indiscriminadamente a las masas, sin que éstas de hecho formaran comunidad.

Los novísimos intentos de volver a las "comunidades" corresponden a este espíritu esencial del cristianismo. Lógicamente estas comunidades deberán federarse entre sí, servirse, acogerse, ayudarse. Pero no basta un frío carnet burocrático -la "inscripción bautismal"- para convencerse de que uno es miembro de la Iglesia.

Las últimas frases de la Carta son una doxología, que implica ese instinto de la gratuidad divina que acompañó siempre a Pablo en su función de "liturgo del Evangelio": el Evangelio no se puede anunciar sino desde esa misteriosa llamada gratuita de Dios, que, sin saberse por qué, nos escoge para esta misión difícil y dolorosa, pero magnífica y grandiosa al mismo tiempo.

 

El evangelio nos presenta el relato de la anunciación. Ante el relato del anuncio a María, tan frecuentemente puesto en escena por la literatura e ilustrado por la iconografía, la fe debe reaccionar como reacciona María. Los elementos del relato son sencillos y como ocurre con todas las cosas grandes que cuesta pensarlas, lo complicamos a la hora de intentar una explicación: la elección de Dios, la intervención del Espíritu, la aceptación de María en la fe, el Hijo de Dios que nace de una mujer. Detrás de las palabras del ángel, se anuncia la realización de la promesa hecha a David por el Profeta Natán. Ese es el objeto de la primera lectura: "Te haré famoso como a los más famosos de la tierra... Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre".


El mensaje del ángel es claro , sin posibilidades de réplica: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo...". Realmente, Dios tiene muy claro que quiere realizar su salvación a través de María. Y las características y títulos que se afirman de aquel hijo corroboran este carácter de presencia fuerte y decisiva del Dios que viene a salvar: son todos ellos títulos que en el AT afirman esta presencia salvadora de Dios. La objeción de María "¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?", no encaja con el hecho de estar desposada con José. Quizá María imagina una concepción inmediata, y en aquella época por ley tenía que pasar un tiempo entre los esponsales y la vida marital en común. El relato trata de subrayar que allí se realiza una obra poderosa de Dios que va más allá de lo que es habitual y normal en la vida humana. Y de hecho, la respuesta del ángel a la objeción utiliza un lenguaje de acción escatológica ("el Espíritu Santo vendrá... la fuerza del Altísimo te cubrirá...") que muestra como, en aquel momento, Dios está iniciando los últimos tiempos: los tiempos de su fuerza y su actuación definitiva en la humanidad. La referencia a Isabel muestra también como esta fuerza de Dios se concreta en la salvación cotidiana, en favor de los débiles.

Vivimos afanados por muchas cosas, y una sola es necesaria (Lc 10,41s): realizar en nosotros la vocación a la que el Padre nos llama, en lo cotidiano de nuestra vida. Y para ello necesitamos iluminar nuestras vidas con la luz del evangelio, que es una profecía: revela lo que está pasando y pasará siempre.

Debemos leer el relato  de la anunciación a la luz de nuestra experiencia personal, pensando que todo lo que en él se cuenta pasa también en nuestra vida; que todo lo que les sucedió a los primeros testigos, nos sucede igualmente a nosotros; que los evangelios no han hecho más que traducir al lenguaje de su tiempo una experiencia que nos es común. Dios camina con nosotros, vive en nuestra historia, está presente dondequiera que estemos, vive en nosotros, ama con nosotros. Toda nuestra vida está entretejida de llamadas de Dios y de respuestas o evasivas nuestras, llena de "ángeles", de mensajeros. Todas esas llamadas divinas a lo largo de la historia han sido "promesas" que en la mano de los hombres estuvo que se convirtieran en realidad.

Dios se nos comunica a través de las pequeñas realidades de nuestra vida cotidiana. No vayamos a buscarlo a otra parte.

Nuestra vida puede convertirse en una anunciación continuada: hoy puedo ser yo el elegido para algo, hoy puede pedirme el Señor una respuesta, necesitar mi colaboración. Hoy y siempre, la palabra de Dios busca entrañas maternales que la acojan, alimenten y comuniquen. Hoy y siempre, el Señor espera escuchar el "" de los pequeños y obedientes, el "" de los libre y solidarios, el "" de todos los hombres de buena voluntad. Porque también existe el "no" de los opresores y ambiciosos, el "no" del dinero y del odio... Porque la lucha con la "serpiente" continúa; ella y su ralea ya están vencidas, pero no rematadas. Hay que seguir luchando para derribar a los poderosos, enaltecer a los humildes (Lc 1,52) y crear fraternidad. Hay que decir "no" a los que se endiosan y "sí" a los que se humanizan.

María cierra la escena con unas palabras que son paradigma de la actitud del creyente: disponerse confiadamente a ser instrumento de la acción de Dios (y eso es la fe que salva, como dirá después Isabel: Lc 1,45).

El ejemplo de María -pobre y pequeña- nos está diciendo que también la esterilidad de nuestra vida puede ser fecundada por la acción de Dios si nos abrimos a ella como supo hacer María. Dejémonos de defender de Dios, derribemos el muro de nuestras suficiencias, recelos y miedos. También en nosotros Dios quiere obrar maravillas (Lc 1,49).

¿Cómo puedo hacer para seguir el ejemplo de María?. 

 En primer lugar, hemos de abrirnos como ella a la Palabra, a la gracia, a la venida de Dios: valorando la oración, la lectura evangélica, la acogida a los hermanos, el silencio interior, la comunicación.

 En segundo lugar, ser fieles a la lucha contra todo mal: reconocer y tratar de superar nuestros propios pecados, el mal de nuestra sociedad, sabernos llamados a un camino de progreso constante, buscar los medios comunitarios y personales que favorezcan esta lucha y este progreso.

No nos autoengañemos celebrando la Navidad en aspectos superficiales de nuestra vida. Sí, será bueno celebrarla con fiesta, abrirnos a nuestros hermanos más necesitados con una ayuda económica, con una visita, con un gesto de amor. Pero no se juega ahí lo más importante: sólo celebraremos auténticamente la Navidad si acogemos la venida del Señor a lo más importante, a lo más hondo, a lo que pesa más de nuestra vida de cada día.

Así comenta San Bernardo el evangelio  " Todo el mundo espera la respuesta de María

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. (De las homilías de san Bernardo, abad, sobre las excelencias de la Virgen Madre. (Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [19,661, 53-54)

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Lecturas del Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, 8 de diciembre de 2018


Primera lectura
Lectura del libro del Génesis (3,9-15.20):

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: «¿Dónde estás?»
Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.»
El Señor le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»
Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.»
El Señor dijo a la mujer: «¿Qué es lo que has hecho?»
Ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí.»
El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.»
El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios

Salmo    97,1.2-3ab.3c-4

R/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.11-12):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Palabra de Dios

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1.26-38):


En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

sábado, 23 de diciembre de 2017

Lectura del Domingo IV de Adviento 24 de diciembre de 2017

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 7,1-5. 8b-12. 14a.16
Cuando el rey David se asentó en su casa y el Señor le hubo dado reposo de todos sus enemigos de alrededor, dijo al profeta Natán:
«Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios habita en una tienda».
Natán dijo al rey:
«Ve y haz lo que desea tu corazón, pues el Señor está contigo».
Aquella noche vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Tú me va a construir una casa para morada mía?
Yo te tomé del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus enemigos anta ti y te he hecho tan famoso como los grandes de la tierra. Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando nombraba jueces sobre mi pueblo Israel. A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa.
En efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Yo seré para él un padre y el será para mí un hijo.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará por siempre"».
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
Salmo 88, 2-3 4-5. 27 y 29
R. CANTARÉ ETERNAMENTE TUS MISERICORDIAS, SEÑOR

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R.

«Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R.

«Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
le mantendré eternamente mi favor,
y mí alianza con él será estable». R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 16,25-27
Hermanos:
Al que pueda consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo, conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestando ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegarán a la obediencia de la fe; a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios


ALELUYA Lc 1, 38
Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará
el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿ Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contesto:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor

jueves, 7 de diciembre de 2017

Comentarios a la lecturas de la Inmaculada Concepción de Santa Maria Virgen. 8 de diciembre 2017

Comentarios a la lecturas  de la  Inmaculada Concepción de Santa Maria Virgen. 8 de diciembre 2017

Esta fiesta de la Inmaculada Concepción se enmarca perfectamente en el Tiempo de Adviento que estamos celebrando en estos días. El domingo I de adviento escuchábamos a Jesús en su  llamada a la vigilancia. Hoy celebramos a quien estuvo atenta a la palabra del Señor que le llegó a través del Ángel. Y cuando en el Adviento esperamos la llegada del Señor, sabemos que María, su Madre, estará siempre con él.
Pío IX pronunció y definió como dogma de fe en la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de
Diciembre de 1854, que la Santísima Virgen María proclamaba «en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado original».
Esto era una creencia que la tradición popular había sostenido desde los comienzos de la Iglesia. Ya en el siglo II saludaba san Ireneo en la Madre de Jesús a la nueva Eva. Pero fue dentro del segundo milenio cuando poco a poco fue apercibiéndose la Iglesia del depósito revelado referente a la Inmaculada Concepción de María. El papa Sixto IV había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente (1483).

La primera lectura de hoy procede del capítulo tercero del Libro del Génesis (Gen 3, 9-15. 20 ). El texto nos sitúa en los momentos iniciales de la humanidad en el que Dios Padre dice que establece hostilidades entre la serpiente y la mujer. El yahvista divide la historia de la humanidad en dos cuadros: antes del pecado y después del pecado. Antes del pecado la vida del hombre era maravillosa. Vivía feliz, desconocía el dolor y la muerte, Dios era su confidente y toda la naturaleza estaba a su disposición. Después del pecado el cuadro cambia radicalmente. El resultado y el primer efecto del pecado es que el hombre, en lugar de ser como Dios, descubre su profunda miseria: "va desnudo", es decir, se encuentra degradado. El hombre no ha conseguido lo que pensaba; huye de Dios y mezquinamente descarga sobre los demás la propia responsabilidad. Pero Dios no huye, permanece en el jardín, pasea sobre la tierra y llama a los responsables del pecado pidiéndole cuentas. El hombre busca un chivo expiatorio: "la mujer que me diste". El mal divide, rompe la armonía inicial. Aparece el dolor, el trabajo, la muerte, el egoísmo, la división. Esta lectura que es un relato religioso, de estilo poético-místico, que no quiere ser una investigación histórica sino una reflexión sobre el sufrimiento del hombre, ha llegado a esta conclusión: la fuente moral del pecado es el hombre que se ha equivocado al hacer la opción del valor fundamental de su vida.
El texto proclamado aborda el problema del origen del mal en cuatro tiempos: tentación (3,1-4), caída (3,5-8), juicio (3,9-13) y consecuencias (3,14-23). Hoy, sólo leemos el juicio y algunas consecuencias de la desobediencia.
El juicio empieza cuando Dios llama al hombre y le pregunta: ¿Dónde estás? (3,9), porque ha roto la amistad y la armonía originales. El resultado y el primer efecto de la desobediencia es que el hombre, en vez de llegar a ser como Dios, descubre que ha perdido su estatuto y su dignidad: está desnudo (3,10-11), ha perdido su condición privilegiada ante Dios (conversaba con Él). El hombre no ha logrado lo que pretendía, huye de Dios y mezquinamente descarga sobre los demás la propia responsabilidad: el hombre busca un chivo expiatorio (3,12) en quien le ayuda (2,18). Dios, en cambio, no huye, se pasea por el jardín y llama a los responsables de la desobediencia y habla con ellos.
Otra de las consecuencias del juico de condena es que la serpiente es maldecida, se convierte en la enemiga de todos los humanos y es condenada a una futura derrota definitiva. La estirpe de la mujer (Cristo, nacido de mujer) vencerá el mal porque "le aplastará la cabeza". Es el primer anuncio de salvación, el llamado protoevangelio (3,15). El hombre llama Eva a quien Dios le había hecho su ayuda y ella se convierte en madre de todos los que viven (3,20).
Frente a la presencia del pecado, hay una promesa de salvación. Llegará un tiempo en el que Dios cambiará la situación y dará a la descendencia de Adán la posibilidad de recuperar la posición perdida. La humanidad se levantará contra la serpiente y uno de ellos le aplastará la cabeza. A su lado tendrá a la mujer. En la tradición bíblica al lado del hombre encontramos siempre a la mujer implicada en la obra de la salvación. El yahvista conoce la misión y la función de la mujer en esta obra de salvación. A esta madre que por su desobediencia trae la muerte, hoy, se le contrapone la nueva madre de los que viven, María, que por su obediencia trae la vida que no muere. María es, pues, la nueva Eva. La vencedora de la Serpiente. De ella, de su Hijo, vendrá la salvación.  

El interleccional de hoy (Sal  97, 1-4 ) es una invitación a reconocer y cantar las maravillas de Dios en sus criaturas. El salmo 97 era cantado en el Templo de Jerusalén en ocasiones muy solemnes. Se glorifica al Dios grande y poderoso que ha creado el mundo y lo mantiene.
El salmo 97 tiene un claro significado mesiánico y escatológico; nos hace contemplar la victoria final de Dios sobre el poder del mal y la salvación que conseguirá Israel para todos los pueblos: El Señor da a conocer su victoria.
El salmo (v1): Comienza según la fórmula clásica invitando a la alabanza y enunciando el motivo.
Continua señalando (v2)las victorias de Dios son acciones salvadoras en la historia: el brazo de Dios se manifiesta con poder irresistible. Y la victoria, ganada para salvar a un pueblo escogido, es revelación para todas las naciones; porque es una victoria justa, es decir, salvadora del oprimido y desvalido.
Se comienza con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel
Esta victoria histórica no es un hecho particular, (v 3) sino un punto en una línea coherente de amor: el Señor es fiel a sí mismo, se acuerda de su fidelidad. Su amor por Israel es revelación para todo el mundo.
Las imágenes de la «diestra» y del «santo brazo» remiten al éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. v. 1). En cambio, la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: «misericordia» y «fidelidad» (cf. v. 3).
Estos signos de salvación se revelan «a las naciones», hasta «los confines de la tierra» (vv. 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica.
Para nosotros, hoy, es una oportunidad de dar gracias al Padre que nos envió a su Hijo por medio de María

La segunda lectura es de la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios. (Ef 1, 3-6. 11-12.). Esta carta que se atribuye a Pablo, o a uno de sus discípulos, ha recogido el texto de  un precioso himno litúrgico desde tiempos muy antiguos. La lectura consta de la primera parte del himno inicial de la carta (vs. 3-6) en estos versículos aparece claramente la acción de gracias-bendición por la predestinación y elección de los hombres por parte de Dios.  Bíblicamente hablando la predestinación: la hace Dios para que todos los hombres sean hijos suyos.
El pasaje pertenece al género literario de bendición (cfr. 2 Cor 1, 3), muy usual en la liturgia judía. Dios es el sujeto de los verbos; su acción se encuentra ritmada por los "en Cristo" ("en él") y jalonada por fórmulas doxológicas (vv. 6.12).
*La bendición de Dios se considera como elección (4-5), “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. 5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos.
San Pablo expone el alcance del proyecto divino. La «predestinación» consiste en que Dios, según su libre designio, determinó desde la eternidad que los miembros del nuevo pueblo de Dios alcanzaran la santidad mediante el don de la filiación adoptiva. Ya el Apóstol había escrito que tal «filiación» arranca de Jesucristo, el Hijo Unico (Rom 8,15). *liberación (6), “para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.
Este don es también la suprema manifestación de la alabanza de la gloria de su gracia. Es decir, la gloria de Dios se revela a través de su amor misericordioso, por el que nos ha hecho sus hijos, según el plan eterno de su Voluntad. La gracia de la que habla Pablo se refiere en primer lugar al carácter totalmente gratuito de las "bendiciones divinas", e incluye también los dones de la santidad y de la filiación divina, con que es agraciado el cristiano
*herencia (11-12). “En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión | del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria | quienes antes esperábamos en el Mesías”.
La predestinación de Israel para que tuviera su herencia en Cristo la decidió, pues, la voluntad divina que obra todas las cosas. La esperanza del pueblo judío ha tenido su cumplimiento en Cristo, pues con El han llegado el Reino de Dios y los bienes mesiánicos, destinados en primer lugar a Israel como a su herencia (Mt 4,17; 12,28; Lc 4,16-22). La finalidad de la elección de Israel por parte de Dios era formarse un pueblo propio (Ex 19,5), que le glorificara y fuera testigo entre las naciones de la esperanza de la venida del Mesías. Los hombres justos de la antigua Alianza vivieron de la fe en el Mesías prometido, en cuanto que no sólo esperaban su venida, sino que, al aceptar la promesa, su esperanza se nutría de la fe en Cristo.
«La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf. Ef 1,12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor» [San Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 10].
Estos temas pertenecen al vocabulario de alianza del A.T. Efesios llega a hacer una unión notable entre la perspectiva bíblica de pueblo de Dios y la idea nueva de Iglesia de Cristo. Así señala el texto que todos fuimos elegidos por el Padre, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Hoy el evangelio de San Lucas (Lc 1, 26- 38) nos presenta el esplendido cuadro  de la anunciación.  La escena de la Anunciación de María, narrada por el evangelista San Lucas, es sin duda, una de las más bellas de todos los evangelios. Lucas es el evangelista que más nos habla de María. De los 152 versículos del NT que se refieren a la Virgen, unos 90 se los debemos a él: uno aparece en los Hechos de los apóstoles (1,14) y 89 en el tercer evangelio (Lc 1,26-28.39-56; 2,1.52; 8,1921; 11,27-28).
La escena lucana del anuncio a María tiene su extremo inicial en el v. 26a ("El ángel Gabriel fue enviado por Dios..."), y su extremo final en el v. 38b ("Y el ángel la dejó').
Dos personajes centrales:
a).-Gabriel, el mediador del mensaje. El ángel Gabriel entra en escena como el enviado de Dios (Lc 1,26). También él, por así decirlo, pronuncia un discurso en el que se hace portavoz del proyecto que Dios tiene sobre María; ella es llamada a dar a luz a Jesús, el rey mesiánico que reinará para siempre en la casa de Jacob (vv. 30-33) En él Dios quiere ser aliado del hombre, haciéndose uno de nosotros: es ésta la novedad absoluta de la nueva y eterna alianza. El Señor -dirá Zacarías- "se acordó de su santa alianza" (Lc 1,72).
b).-María, como criatura libre y sabia en la fe, presenta una objeción "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?" (v. 34). Y el ángel, en este punto, cumple con una de las tareas que corresponden a los mediadores de la alianza, es decir, iluminar a los contrayentes del pacto, para que su adhesión al Señor salga del corazón y de la mente: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti..." (vv. 35-37). Con tales palabras, el ángel ha cumplido su función de revelador de los designios divinos.
Elementos destacados del episodio.
a} El anuncio de la llegada de los tiempos mesiánicos, caracterizados por la realización de la salvación de Dios que llena de gozo a la humanidad: así aparece en la invitación dirigida por el ángel a María: «alégrate» (gr. chaire), que es un eco de otras invitaciones análogas dirigidas por algunos profetas a la «Hija de Sión» (Israel) en su anuncio de los tiempos mesiánicos en nombre de Dios.
b} La concepción y el nacimiento del Hijo del Altísimo, - del Mesías, hijo de David, e incluso -más radicalmente- Hijo de Dios, gracias a una intervención extraordinaria del poder del Espíritu de Dios (cf. Lc 2,30-35). Con una clara referencia al vaticinio mesiánico del profeta Natán a David (cf. 2 Sm 7 12-16) y a la profecía de 1s 7 14 sobre la «virgen» (almah) que dará a luz a un hijo, el ángel anuncia a María la maternidad mesiánica; y le comunica que quedará cubierta por la sombra del Espíritu divino, y que por eso concebirá y dará a luz, de una forma totalmente extraordinaria, a un hijo que será el «Santo', o bien el Hijo de Dios de modo absolutamente distinto de como se le entendía en el contexto de las esperanzas mesiánicas del judaísmo.
c} La predilección singular de Dios por María y la misión particular que le confía. Lleva al ángel ha llamarla «Privilegiada» nombre nuevo que Dios da a María y que indica un favor y un amor divino singularísimo para con ella. Esto constituirá la base de toda la reflexión teológica sobre María a lo largo de los siglos.
d} El consentimiento de la “esclava del Señor” con espíritu de obediencia y de fe en los designios del Altísimo: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»” (Lc 1,38). La respuesta afirmativa de María constituye la cima del diálogo entre ella y el ángel. Es el fíat de la Virgen a su Dios, con el que se coloca en aquella serie tan numerosa de siervos del Señor de su pueblo y se declara totalmente disponible para la realización de los designios de Dios sobre ella y sobre la humanidad entera, poniendo la libertad humana en sintonía con la urgente invitación del amor divino, para  que por medio de una alianza semejante Dios vuelva a ser el Señor de la vida del hombre y éste pueda experimentar la salvación, la redención y la esperanza que Dios le ofrece. María realiza de forma  auténtica y plena la esencia de la «fe» en la perspectiva bíblica; con ello comienza un camino de fe, que la llevará a compartir con su Hijo los gozos y los sufrimientos (cf. Jn 19,25-27) incluidos en la realización de la obra de salvación del Padre.
La Anunciación es el acontecimiento que abre el Nuevo Testamento. En él Dios dice su sí definitivo y más alto a la humanidad, y ésta en María inaugura su historia de amor con su Dios hecho carne en ella y . por ella (Jn 1,14; Gál 4,4), el «Dios con nosotros», de una forma infinitamente más alta que las esperanzas del profeta lsaías (1s 7 14).

Para nuestra vida
Ya metidos en el Adviento, la Iglesia  celebra el Día de la Inmaculada Concepción que es uno de los "grandes" del calendario litúrgico. La Virgen María es protagonista plena de ese tiempo de Adviento, en el que se celebra la Encarnación y Nacimiento de Cristo. El Evangelio de la misa de hoy refleja la muy bella narración de Lucas sobre la Anunciación del Arcángel San Gabriel a María. No existe en todo el Evangelio página más bella que ésta en la que San Lucas narra el encuentro entre el Arcángel San Gabriel y María de Nazaret. Debemos dedicar muy especialmente nuestras meditaciones de estos días de Adviento a Santa María y recordarla en la advocación que nos sea más querida. Esa cercanía popular de la devoción a la Virgen es una de las páginas más hermosas y más entrañables de nuestro quehacer como seguidores de Cristo. Y por ello la Solemnidad de la Inmaculada es, digámoslo así, un avance especialísimo para el tiempo de espera.
La fiesta de la Inmaculada, flanqueada por otras advocaciones marianas que se celebran en este tiempo, adquiere su verdadera dimensión eclesial encuadrada en la expectación del Adviento, como símbolo de la humanidad que espera y se prepara para ser visitada de lo alto por el que ha querido ser “Dios con nosotros”.
La festividad de la Inmaculada, en medio del Adviento, desata, religiosamente hablando, todos los resortes más sensibles y utópicos de lo que ha perdido la humanidad. Si analizamos todo ello psicológicamente, habría que recurrir a muchos elementos culturales, ancestrales, pero muy reales, del pecado y de la gracia. El contraste entre la mujer del Génesis que se carga de culpabilidad y la mujer que aparece en la Anunciación, resuelve, desde el proyecto del Dios del amor, lo que las culturas antifeministas o feministas no pueden resolver con discusiones estériles.
La historia de los hombres arrastra, clavado en su corazón, el drama del mal y del pecado: el mal que nos hacemos y hacemos a los demás, el pecado que nos hace revelarnos frente a Dios.
Sobre este fondo oscuro, descrito en el relato del Génesis, se proyecta desde el principio una promesa de salvación por parte de Dios, que en el propio texto aparece ya misteriosamente ligada a la figura de la mujer, que “herirá a la serpiente en su cabeza”. Hoy, festividad de la Inmaculada, celebramos el cumplimiento de esa promesa en María, entregada en todo su ser al plan de salvación de Dios para los hombres.
            La Inmaculada, la que nunca estuvo sujeta a la esclavitud del pecado, fue objeto de todas las complacencias divinas. Pero también fue la mujer más libre y responsable, sin condicionamientos de un mal pasado, capaz de asumir una función especialísima en la historia de nuestra salvación. Su maternidad fue efectivamente responsable, fue madre porque quiso serlo. María acogió al Mesías deseado por todo el pueblo y soñado por todas las mujeres de Israel. En ella llega a su culminación la esperanza de todos los hombres y mujeres del mundo.
            María es la "nueva Eva". Eva es seducida y engañada por el orgullo y el ansia de dominio. Se dejó seducir por el pecado y fue sometida al yugo de la violencia, del temor, de la tristeza, de la culpabilidad, de la ignorancia y de la tiranía. María también es seducida, pero es por el Amor de Dios. Por eso recibe del ángel este mensaje lleno de confianza: "no temas". María". María, humilde y confiada, libre y obediente es el prototipo de la mujer nueva, el principio de la nueva humanidad basada en el amor y en la confianza en la voluntad de Dios. María quiere alimentarse de la Palabra de Dios, no de otras cosas pasajeras o engañosas. María se contrapone a Eva, salva a Eva, la rehabilita. Eva transmite dolor y esclavitud, María ofrece liberación y gracia. La "llena de gracia" vence al mal y nos invita a nosotros a asociarnos con ella en la lucha. Sabemos que el Señor "está con nosotros".
La fiesta de la Inmaculada, al comienzo de este tiempo, es pues, un estímulo para nuestra "espera confiada".
Profundicemos un poco en el mensaje de las lecturas de hoy.
La primera lectura del Génesis, es la manifestación teológica de un autor llamado “yahvista que se limita a poner por escrito toda la tradición religiosa de siglos, en ambientes culturales diversos, sobre la culpabilidad de la humanidad: Adán-Eva. El hombre siempre se ha preguntado por el origen del mal y ha procurado darse una respuesta.
El cap. 3 del Génesis describe la convicción de la fe de Israel de que la condición humana es una consecuencia de una primitiva transgresión de la humanidad contra Dios. Una existencia humana marcada por la fragilidad existencial y moral, en forma de trabajo y esfuerzo contra la naturaleza, en forma de tensiones y violencias, e incluso de luchas fratricidas, abocada a la muerte.
El pecado nos abruma, nos envuelve, nos fascina, nos empapa en libertad desmesurada, hasta que vemos que estamos con las manos vacías. Entonces empiezan las culpabilidades: la mujer, el ser débil frente al fuerte, como ha sucedido en casi todas las culturas. Y por medio aparece el mito de la serpiente, como símbolo de una inteligencia superior a nosotros mismos, que no es divina, pero que parece.
El mal siempre ha sido descrito míticamente. Pero en realidad el mal lo hacemos nosotros y lo proyectamos al que está frente de nosotros, especialmente si es más débil, según la una visión cultural equivocada. ¿Quién podrá liberarnos de ello? Siempre se ha visto en este texto una promesa de Dios; una promesa para que podamos percibir que el mal lo podemos vencer, sin proyectarlo sobre el otro, si sabemos amar y valorar a quien está a nuestro lado; en este caso el hombre a la mujer y la mujer al hombre.
Desde su fe en el Dios salvador del Éxodo, Israel afirma que no es éste el plan de Dios sobre la humanidad. Ha sido la misma humanidad la que ha subvertido el ideal de Dios. La fiesta de hoy, no obstante, no nos quiere retener en la contemplación del pecado, sino de la gracia, la promesa de salvación que contiene el v. 15: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón" (este versículo ha inspirado la imaginería mariana de los últimos siglos). La humanidad tiene la promesa de la victoria final sobre el mal que ella misma ha provocado. La serpiente como representación simbólica del mal es común a las culturas del Medio Oriente. El texto proclamado ha sido referido a la madre del mesías-rey, que, con ojos cristianos, es María, la madre de aquel que, con su muerte inocente y su resurrección, ha vencido el círculo vicioso del pecado, y nos ha abierto el camino de la victoria final sobre el pecado de la humanidad.

Del salmo reflexionamos con San Juan pablo II: “Esta es la gran esperanza y nuestra invocación: «¡Venga tu reino!», un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.
4. En este salmo, el apóstol san Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra de Dios en el misterio de Cristo. San Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «se ha revelado la justicia de Dios» (cf. Rm 1,17), «se ha manifestado» (cf. Rm 3,21).
La interpretación que hace san Pablo confiere al salmo una mayor plenitud de sentido. Leído desde la perspectiva del Antiguo Testamento, el salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al contemplarlo, se admiran. En cambio, desde la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo contemplan y son invitadas a beneficiarse de esa salvación, ya que el Evangelio «es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir del pagano (Rm 1,16). Ahora «todos los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la salvación de nuestro Dios» (Sal 97,3), sino que la han recibido.
5. Desde esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto recogido después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Por eso, sigamos su comentario, que entrelaza el cántico del salmista con el anuncio evangélico: «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado, algo hasta entonces inaudito. Una realidad nueva debe tener un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo". En realidad, el que sufrió la pasión es un hombre; pero vosotros cantad al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero salvó como Dios».
Prosigue Orígenes: Cristo «hizo milagros en medio de los judíos: curó paralíticos, limpió leprosos, resucitó muertos. Pero también otros profetas lo hicieron. Multiplicó unos pocos panes en un número enorme, y dio de comer a un pueblo innumerable. Pero también Eliseo lo hizo. Entonces, ¿qué hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre, para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado, para elevarnos hasta el cielo» (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 309-310).” [San Juan Pablo II. Audiencia general del Miércoles 6 de noviembre de 2002]
Unámonos a esta alabanza con el salmo.
La segunda lectura de Efesios (1,3-6.11-12), nos recuerda que Dios nos ha destinado a ser sus hijos, según un plan o decreto divino y eterno. Plan de amor, cuya realización se llama Historia de la Salvación.
EL fragmento presenta un himno (que como otros himnos del NT que se cantaban) es una confesión de fe, en alabanza al Dios salvador, que por Jesucristo se ha revelado a los hombres. Este himno se nos presenta a Cristo ya desde los orígenes, antes incluso de la creación el mundo y con Cristo se tiene presente a toda la humanidad. Se alaba a Dios porque, en Cristo, nos ha elegido para ser santos y sin tacha (diríamos sin pecado) en el amor. Como santos nos parecemos a Dios, y por eso estamos llamados a vivir sin la culpabilidad y el miedo del pecado. Esto lo logra Dios en nosotros por el amor. Porque Dios nos ha destinado a ser sus hijos, no sus rivales.
 Esta historia de culpabilidades entre los fuertes y los débiles, entre hombre y mujer, es atentar contra la dignidad de la misma creación. Cristo, pues, viene para romper definitivamente esa historia humana de negatividad, y nos descubre, por encima de cualquier otra cosa, que todos somos hijos suyos; que los hijos de Dios, hombre o mujer, esclavos o libres, estamos llamados a la gracia y al amor. Esta es nuestra herencia.
"Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Esta es nuestra vocación, nuestra llamada. La virgen María, la Inmaculada, lo consiguió porque se vació de sí misma y se fio de Dios, dejándose llenar de su gracia y de su amor. Imitemos a María, para que así también nosotros, “los que ya esperábamos en Cristo, seamos alabanza de su gloria”, como nos pide hoy San Pablo.
En síntesis el texto paulino es recordarnos que estamos llamados a la santidad. "Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por amor" (Ef 1, 4) En la fiesta de María Inmaculada se nos recuerda que también nosotros, como nuestra Madre, hemos de ser santos e irreprochables. Ese es proyecto que nuestro Dios y Señor tuvo desde siempre sobre cada uno de los hombres. Todos, sin excepción alguna, estamos por tanto llamados a la santidad. Y a serlo no a los ojos de los hombres, sino ante la mirada amorosa de nuestro Padre Dios.
A esto estamos destinados, insiste el Apóstol, por decisión del que lo hace todo según su voluntad. Esta verdad llena de gozo a San Pablo que comienza su carta a los Efesios alabando al Señor y recordando que nosotros, si somos fieles a la llamada divina, también seremos una alabanza de su gloria. Intentemos de nuevo ser santos de verdad. Hoy es buena ocasión para pedírselo a Santa María, la Inmaculada, la Sin-pecado.

El fragmento del evangelio de San Lucas (Lc 1,26-38) nos presenta el relato de la “Anunciación” que es el reverso de la página del Génesis.
"El ángel, entrando a su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia..." (Lc 1,28) Al saludar el arcángel Gabriel a la Virgen, la llama Llena de gracia, y no la muy favorecida o agraciada como algunos traducen. "Kecharitomene" dice el texto original griego de San Lucas, expresión que, desde los primeros tiempos, tradujeron los cristianos por "Gratia plena", la “Llena de gracia”. De esta forma se traducía con fidelidad el sentido profundo del piropo del arcángel, lleno de admiración ante la perfección y santidad de María.
Con razón canta la liturgia diciendo en una de sus más inspiradas antífonas: "Toda hermosa eres María, y en ti no hay mancha de pecado original". En efecto, así es. Nuestra Madre fue concebida sin mancha de pecado, en ella nunca tuvo parte el demonio. En previsión de los méritos de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, María fue siempre pura, inocente, santa, inmaculada.
En el texto de hoy, aunque aparentemente no se usen los mismos términos, todo funciona en él para reivindicar la grandeza de lo débil, de la mujer. Para mostrar que Dios, que había creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, tiene que decir una palabra definitiva sobre ello. Dios restablece el equilibrio en la creación, para ello queriendo  actuar de una forma nueva, extraordinaria e inaudita para arreglar este mundo que han manchado los poderosos, elige a la mujer, que se abre a Dios y a la gracia.
Eva es seducida y engañada por el orgullo y el ansia de dominio. Se dejó seducir por el pecado y fue sometida al yugo de la violencia, del temor, de la tristeza, de la culpabilidad, de la ignorancia y de la tiranía. María también es seducida, pero es por el Amor de Dios. Por eso recibe del ángel este mensaje lleno de confianza: "no temas". María". María, humilde y confiada, libre y obediente es el prototipo de la mujer nueva, el principio de la nueva humanidad basada en el amor y en la confianza en la voluntad de Dios. María quiere alimentarse de la Palabra de Dios, no de otras cosas pasajeras o engañosas. María se contrapone a Eva, salva a Eva, la rehabilita. Eva transmite dolor y esclavitud, María ofrece liberación y gracia. La "llena de gracia" vence al mal y nos invita a nosotros a asociarnos con ella en la lucha. Sabemos que el Señor "está con nosotros". La fiesta de la Inmaculada, al comienzo de este tiempo es un estímulo para nuestra "espera confiada". María tiene una misión importante en la Iglesia porque es Madre y modelo de la Iglesia. Nuestra devoción a María debe llevarnos a su Hijo Jesucristo: "Haced lo que El os diga". Todo lo que tiene, todo lo que es María le viene de Cristo.
Al contemplar a María nos impresiona, sobre todo, que en este itinerario hacia la Navidad, Ella, reza, espera, vive y sirve como nadie. Sin ser Dios, porque sabe que no lo es, disfruta entrando de lleno en su Palabra. Sin muchas seguridades, agarrándose a la fe, espera aguardando a que se cumpla el mensaje del Ángel.
¡Cuánta humildad en María! Su belleza fue precisamente su alma interior. No tuvo más orgullo que satisfacer siempre los proyectos del Creador. Lejos de subirse en el pódium del poder o del engreimiento se sintió, ya desde el principio, agasajada por los humildes y desconcertando a los poderosos. Lejos de dejarse seducir por el pecado (ser como Dios) se entregó en un cheque en blanco para vivir con intensidad, sin fisura alguna y con regocijo el amor de Dios: amada de Dios, discípula perfecta del Señor. ¡Dichosa Tú, María, por tu limpia morada para Dios!
María es la primera cristiana. Es un estímulo para nosotros, cristianos del siglo XXI.
Al igual que María tengamos un corazón abierto, acogedor, para que la Palabra habite en nosotros y nos ilumine el camino a seguir.  María nos enseña la humildad, la ilusión, la esperanza, la espera paciente y la aceptación de la voluntad de Dios.
 Como María dejemos que la Luz nos inunde, que Cristo se haga presencia en nuestro interior, que meditemos en el silencio como lo hizo María y respondamos «Si» a los planes de Dios, aunque estos nos saquen de nuestra comodidad, de nuestra rutina, porque responder afirmativamente es vivir con alegría, con esperanza, con amor, es dejar que Él nos guié.
Junto a María contestemos: «hágase en mi tu voluntad».
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org