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martes, 3 de abril de 2018

Comentario a las Lecturas del Domingo de Pascua de la Resurrección 1 de Abril 2018

La Vigilia es, siempre, una gran fiesta de luz y de oración. Hoy, sin embargo, esta “Misa del Día” nos ha podido parecer la celebración más como las otras misas de otros días. Las lecturas son menos –muchas menos—que en la Vigilia, y aunque destaca poderosísimamente el bello texto de la Secuencia, pues parece como si quedaran atrás esos relatos completos de la Pasión, como el Domingo de Ramos o el Jueves Santo, a las diez lecturas con sus correspondientes salmos de esta noche.
La celebración  de hoy tiene la importancia de abrir un tiempo lleno de gracia en  nuestro quehacer de cristianos: el Tiempo Pascual. Este tiempo no refleja otra cosa que aquel periodo de cincuenta días en los que Jesús dio sus últimas enseñanzas a los discípulos. Les preparaba para algo más definitivo que era la llegada del Espíritu Santo.
Presentamos el himno propio de Laudes  y que también es la secuencia  de hoy entre la segunda lectura y el evangelio. En este tiempo de pascua, es un buen  marco de la actitud orante del cristiano. Actitud en la que nos ayudará la palabra de Dios proclamada en este tiempo litúrgico.

"Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén. Aleluya".
Himno de Laudes. Propio del tiempo de Pascua.

La primera lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (Act, 10, 34 a.37-43). Este texto presenta el quinto discurso de Pedro en Hechos. Es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse.
En este anuncio lo esencial es el acontecimiento pascual, aunque "la cosa haya empezado en Galilea". La referencia rápida a la vida de Jesús sirve para introducir y razonar el acontecimiento central. No se puede separar la muerte de Jesús de toda su vida anterior, como si fuera algo mágico o inesperado, sino provocado por la misión de Jesús contra los poderes del mal encarnados en los personajes concretos de su tiempo. Los oprimidos que Jesús ayuda no son sólo victimas del "diablo", sino del mal producido por los hombres, simbolizado en esa figura, pero que no ha de despistar al lector.
A Jesús lo matan los hombres (nótese el "lo mataron" del v. 39) y, en contraposición Dios lo resucita. Es decir, le da la razón y se la quita a los poderosos que lo han ejecutado. La resurrección es el Sí de Dios a la forma de vivir de Jesús en favor de los oprimidos y contra los opresores. No conviene ideologizar ese suceso quitándole su fuerza polémica y su significado de condena del mal en el mundo. La resurrección es la proclamación de la liberación.
En este texto tenemos un compendio de la predicación de Pedro. Vemos en sus palabras cómo describe la actividad de Jesús siguiendo el esquema que hallamos en el evangelio de San Marcos, subrayando que la cosa comenzó en Galilea. Destaca igualmente los rasgos característicos del segundo evangelio: Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, pasa haciendo bien, esto es, curando a los enfermos y liberando a los oprimidos por el diablo. Sabemos que Mc recogió en su evangelio la catequesis de Pedro. Así lo atestigua, ya en el año 130, Papías de Hierápolis.
Pedro está convencido de lo que dice. No habla de lo que le han contado, sino de lo que él mismo ha visto con sus propios ojos.
Nos narra los acontecimientos más significativos de la vida de Jesús, lo hace en clave desde la experiencia de la resurrección: "... a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo..." (Hch 10, 38) La unción y el poder son propios del Rey de Israel. Jesús es por ello el nuevo Rey de la casa de David. En Jesús la unción ha sido diversa a los reyes anteriores y el final muy distinto. Cuando todo parecía haber terminado, entonces era cuando todo empezaba. Los apóstoles pensaron la muerte vergonzosa en la cruz, era el final. Les parecía que este final del crucificado había sido el final del proyecto mesiánico de quien se presentó como Hijo y enviado de Dios. Pero no era así, El crucificado es el vencedor de la  muerte, exaltado sobre toda la creación, dueño y Señor del universo. Rey de reyes, alfa y omega, principio y fin. Jesucristo ayer y hoy y para siempre, como recordábamos anoche en la vigilia.
¿Qué hizo Jesús?. "...que pasó haciendo el bien..." (Hch 10, 38). Jesús pasó por los caminos terrenales llenando de paz y de alegría. Una nueva realidad eterna se inicia con Él. La muerte y el pecado habían ensombrecido el horizonte del hombre, sembrando en su corazón la angustia y el temor, la incertidumbre ante el más allá. Nos llenaba de zozobra la idea de un final definitivo, el hundirnos en las sombras y el silencio para siempre. Una realidad que ilumina  la separación de nuestros seres queridos. Pasamos del temor pensar que todo terminaba en una fosa, quedando sólo la espera muda y fría de un cuerpo muerto a la esperanza de sentirnos involucrados en la nueva realidad del Resucitado.

El salmo responsorial de hoy (Sal 117,1-2.16ab-17.22-23 )nos invita a reconocer el tiempo de gracia en el que estamos sumergidos .
Este salmo fue utilizado por primera vez el año 444 Antes de Jesucristo, en la fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8,13-18). Hace parte del ritual actual de esta fiesta. La fiesta de los Tabernáculos era la más popular: el "patio de las mujeres" en la explanada del Templo, permanecía iluminado toda la noche...
Procesionalmente se iba a buscar el "agua viva" a la piscina de Siloé... Y durante siete días consecutivos, se vivía en chozas de ramaje en recuerdo de los años de la larga peregrinación liberadora en el desierto... En el Templo la alegría se expresaba mediante una "danza" alrededor del altar: en una mano se agitaba un ramo verde; la otra se apoyaba en el hombro del vecino, en una especie de ronda... se giraba alrededor del altar balanceándose rítmicamente y cantando "¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!"
 Según testimonio de los tres evangelistas sinópticos, Jesús se aplicó explícitamente este salmo (Mateo 21,42; Marcos 12,10; Lucas 20,17), para concluir la parábola de los "viñadores homicidas": "la piedra que desecharon los constructores, se convirtió en la ¡piedra angular!".
Jesús, se consideraba como esta "piedra" rechazada por los jefes de su pueblo (anuncio de su muerte), y que llegaría a ser la base misma del edificio espiritual del pueblo de Dios. El día de los ramos, los mismos evangelistas señalan cuidadosamente que la muchedumbre aclamó a Jesús con las palabras del salmo: "¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!".
No olvidemos que el "rey" que habla en este salmo, es el rey vencedor de todos sus enemigos, es el Rey Mesiánico. Y la victoria que se celebra aquí, es la victoria escatológica, la victoria completa y definitiva de Dios sobre todas las potencias del "mal". La obra de Dios, es la obra salvífica, la salvación del pecado y de la muerte. "Y el día que hizo el Señor, es el famoso día de Yahveh", en que su reino brillará a plena luz.
Resulta extraño pues poner este salmo en labios de Jesús: este Rey que habla y que arrastra a toda la multitud en su "acción de gracias", es ¡El! Releámoslo en esta perspectiva. Hacer de este salmo la oración de Jesús de Nazaret no es nada artificial. Sabemos que El, efectivamente, cantó este salmo después de la comida de Pascua, cada año de su vida terrena, y particularmente la tarde del Jueves Santo, ya que hacía parte del Hallel al finalizar la comida Pascual.
"Dad gracias al Señor...” Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su mise-discordia. Gracias al Padre bueno que tan a menudo perdona nuestras infidelidades, nuestras faltas y pecados. Tanto hemos recibido, tanta comprensión y tanto cariño nos ha mostrado que bien podemos afirmar sin la menor duda que es bueno, que eterna es su misericordia hacia esta nuestra "eterna" debilidad y malicia.
"La diestra del Señor es poderosa , la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor...". Esta exclamación esperanzadora hemos de hacerla nuestra y afirmar gozosos que también nosotros viviremos para proclamar el poder imponente del Altísimo, su amor inefable. Y así, aunque el peso de nuestros pecados nos llene de pesar y de temor, tengamos una gran fe en Jesús que ha triunfado, y nos hace triunfar a nosotros, sobre la muerte y sobre el pecado.
"Este es el día en que actuó el Señor" Han pasado los días tristes de la Pasión, están lejos ya los momentos amargos del Getsemaní y de la flagelación.. Este es el día en que actuó el Señor, el día en que rompió para siempre las cadenas de la muerte, cuando removió la losa de granito que tapaba la tumba, cuando arrancó de las garras de Satanás a su víctima -el hombre-, el pecado y la muerte ya no tendrán poder sobre el ser humano, criatura preferida del creador: "Y creó Dios al hombre a su imagen y semejanza. Hombre y mujer los creó".
ESTE ES EL DÍA QUE ACTUÓ EL SEÑOR: SEA NUESTRA ALEGRÍA Y NUESTRO GOZO (O, ALELUYA)

La segunda lectura de Colosenses (Col, 3,1-4), Estos cuatro versículos de la carta a los colosenses están entre la parte de la carta en polémica con las falsas doctrinas -de la que sería al final- y la exhortación a lo que debe ser realmente la vida cristiana.
Este texto es una catequesis bautismal. Todo bautizado muere y resucita con Cristo. Por eso, debe empezar a vivir una vida nueva, una vida resucitada. Hay que buscar "los bienes de arriba", no los de la tierra; los valores auténticos, no los del consumo. Hay que alzar la puntería, porque Cristo está arriba.
En primer lugar san Pablo revela que el bautismo no consiste en una piadosa ceremonia, sino que es un gran misterio y, como anteriormente ha indicado, lo más importante que puede acontecer en la vida del creyente (2,11-13). El motivo reside en que en el bautismo participamos plenamente del misterio pascual, de modo que un hombre viejo muere y es resucitado un hombre nuevo "juntamente con Cristo". De esta realidad acontecida en el bautismo, deriva la consecuencia inmediata del cambio de mirada interna que debe caracterizar la vida del cristiano. Ya no puede tenerla fija en las cosas de abajo, sino que tiene que dirigirla resueltamente hacia "arriba" (v.1). Allá está el nuevo centro donde deben converger los deseos de la comunidad cristiana y de cada uno de los cristianos: Cristo, que desde su ascensión a los cielos está enaltecido a la derecha de Dios. El que busca a Cristo allí le encuentra.
Juntamente con este nuevo horizonte que dirige nuestro caminar por esta tierra y hacia donde debemos elevar nuestra mirada, san Pablo recomienda encarecidamente a "aspirar" a las cosas de arriba (v.2). De este modo su exhortación se especifica aún más invitándonos a elevar nuestros juicios, pensamientos y anhelos al "cielo" (es decir, a nuestro Señor Jesucristo glorificado, en quien ya se ha renovado toda la creación), no a las cosas terrenas. Esto significa, sin duda, una radical transmutación de todos los valores y exige del cristiano un desprendimiento creciente de las cosas terrenas. Pero esto no quiere decir que el cristiano pueda descuidar sus obligaciones y tareas terrenas (cf. también 1Tes 4,11s), mas no debe extraviarse en ellas, como si tuvieran un valor definitivo y supremo. El cristiano cumple sus obligaciones terrenas dirigiendo sin ruido su mirada a Cristo, su Señor y su esperanza.
Como refiere el v.3: "habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios", san Pablo apoya su exigencia precedente de dirigir resueltamente la mirada hacia arriba, en la indicación de que ya hemos "muerto" en el bautismo (cf. 2,12). Pero también se nos ha dado en Él la nueva vida, la participación en la vida de Cristo resucitado (2,13), que ahora está sentado en el trono de la gloria celestial. Esta vida se sustrae por ahora a la mirada terrena, como el Señor glorificado, está "oculta, juntamente con Cristo, en Dios". Con estas palabras, el Apóstol no quiere decir que el cristiano tenga una doble existencia, una impropia en la tierra y otra propia en el cielo. Lo que se sustrae a la mirada terrena es la misteriosa conexión vital del bautizado con Cristo, manantial de su vida oculta: porque ésta es el mismo Cristo (3,4). El cristiano vive del misterio que se llama Cristo. Por eso, su mirada también tiene que estar dirigida a Él.
San Pablo concluye este pasaje de la carta señalando el último fin de la vida del creyente y de la historia: "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (v.4). Cristo se manifestará al fin del mundo. Entonces saldrá de su retiro celestial y se mostrará como el verdadero Señor del mundo, con miras al cual todas las cosas fueron creadas (1,16), y en quien están "recapituladas" todas las cosas de los cielos y de la tierra (Ef 1,10). Aquél será el momento en que también cesará de ser invisible y oculta la "vida", de la que Dios nos ha hecho donación en el bautismo. Esta vida aparecerá gloriosa, y entonces también abarcará el cuerpo, para reproducir en nosotros "la imagen de su Hijo" (Rom 8,29).


El Evangelio de hoy (Juan, 20, 1-9 ) es un esplendido relato en el conjunto de los relatos evangélicos. El evangelio de hoy es una alegoría de Juan que nos hace descubrir qué necesitamos para «ver» a Jesús en su nuevo dimensión de Hombre Nuevo.
El apóstol Juan, protagonista del relato de hoy, lo guardaba en su memoria, ya que sería escrito muchos años, muchos años después, por él mismo, según la tradición.
Después de la muerte de Jesús en el «último día», el evangelio de Juan presenta el «primer día», tiempo de la nueva Pascua y de la nueva Creación. De este modo culminan la obra de Jesús y el proyecto creador de Dios. Comienza el día por un «amanecer», aunque todavía «oscuro», porque el pensamiento de María Magdalena está en el sepulcro, en el cadáver de Jesús.
El evangelio del Domingo de Resurrección descubre la búsqueda de Jesús por parte de los discípulos: una mujer (la Magdalena) y dos hombres (Pedro y Juan). La mujer se adelantó, y por su testimonio corrieron «juntos» los dos hombres. Los discípulos reconocen los signos: la losa retirada (roto el sello mortal), los lienzos aparte (el cuerpo desatado) y el sudario enrollado en otro sitio (la muerte superada). La muerte no tiene la última palabra: ha sido vencida por la vida.
María Magdalena, encontrando la tumba vacía, es la mujer privilegiada destinataria de los signos de la Resurrección de Cristo. La experiencia de Cristo resucitado la convierte en unos de los primeros testigos de este gran acontecimiento. Llena de admiración y de gozo por lo sucedido se dirige a los apóstoles para comunicarles la buena noticia. Entonces toca a san Pedro y a san Juan constatar la tumba vacía donde antes habían colocado el cuerpo del Maestro. Ahí están las primeras pruebas que ratifican las predicciones que Cristo les había hecho: "que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos" (v.9).
En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.
Es este primer día de la semana, aún de madrugada, casi a oscuras, cuando la fe aún no ha iluminado nuestro día. Pedro y Juan han escuchado a María Magdalena y salen corriendo hacia el sepulcro. Llega Juan antes. Corría más, era más joven. Pero no entra, tal vez por algún tipo de temor, o más probablemente por respeto a la jerarquía ya declarada y admitida de Pedro. Describe el evangelista la escena y la posición –vendas y sudario—de los elementos que había en la gruta.

 “Y vio y creyó”. Esa es la cuestión nuclear : la Resurrección como ingrediente total del afianzamiento de la fe en Cristo, como Hijo de Dios es lo que nos expresa Juan en su evangelio de hoy.

Para nuestra vida.
Como se dice, "la vida continua". Y podemos comprobar que después del triunfo de Jesucristo, la vida de un cristiano no siempre esta marcada por la experiencia del  resucitado. Pero para el que cree en Cristo la muerte no es más que un mal sueño, una pesadilla, unas lágrimas y suspiros, quizás, que dan paso a la esperanza y a la paz.
La primera lectura sitúa la escena de los discípulos  mucho tiempo después de la Resurrección. El Espíritu ya ha llegado y Pedro sale  a predicar. Eso todavía no era posible en la mañana del primer día de la Semana, del Domingo en que resucitó el Señor, la primera lectura de hoy marca el final importante de este Tiempo Pascual que iniciamos hoy. La muerte en Cruz de Jesús, sirvió, por supuesto, para la redención de nuestras culpas, pero sin la Resurrección la fuerza de la Redención no se hubiera visto. Guardemos una alegre reverencia ante estos grandes misterios que se nos han presentado en estos días. Se nos invita a contemplar las escenas  narradas con los ojos del corazón, y abrirnos más de par en par a la fe en el Señor Jesús.

La primera lectura es un fragmento del c.10 que narra la predicación de Pedro ante un prosélito romano: el centurión Cornelio en Cesarea. Es la primera vez que el mensaje cristiano sale del círculo estrictamente judío en sus diferentes grupos religiosos. Pedro se centra en el anuncio kerigmático típico de los múltiples discursos del libro de los Hechos: 1 / Cristo ha muerto y ha resucitado; 2 / la Escritura, los profetas en este caso, ya lo anunciaban; 3/ nosotros somos testigos de todo lo sucedido; 4 / cambiad de vida, aceptad la fe en Cristo y bautizaos.
Dios es protagonista absoluto: ha guiado a Jesús con su Espíritu, lo ha resucitado, ha dejado que lo vieran aquellos que él ha querido, y ha encargado a los discípulos la predicación de su mensaje. La resurrección de Cristo es, pues, don de Dios para el pueblo, empezando por los judíos e incluyendo a los paganos.
Es la hora del testimonio. Es la hora de los testigos. Para empezar, nadie mejor que Pedro, el que siguió a Jesús paso a paso desde el principio, desde lo de Galilea y el bautismo de Juan. Lo siguió paso a paso, menos en uno. Pero este fallo también formará parte de su testimonio. Pedro conoce bien a Jesús y toda su historia, que ahora cuenta a la familia de Cornelio.
" Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comidos y bebido con él después de la resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos."
Este testimonio de Pedro es un modelo de predicación kerigmática, centrada en el anuncio de la salvación que nos viene de Cristo, el que encarnó entre nosotros la presencia de Dios, el que estaba ungido por el Espíritu, el que pasó como un meteoro de luz y alegría, el que fue apagado por los hombres, pero Dios lo devolvió a la luz y se ha convertido en la estrella viva de la mañana.
Mensaje testimonial para todos los hombres. Es esperanza,  juicio sobre la situación del mundo. Del mundo  de entonces y de la sociedad de ahora. Una forma de "quitarle hierro" a la resurrección es referirla sólo a los judíos, contra los que se yergue el Resucitado. En realidad es condena de toda opresión y mal humanos. Y un grito de esperanza liberadora para todos los que ahora vivimos.

El salmo responsorial nos presenta la contraposición entre la piedra desechada y la piedra escogida como angular. La muerte aparente es vida en realidad. Y por eso mismo, es obra de Dios. "Es el Señor quien lo ha hecho..." En la línea de la lectura anterior, Dios es el único protagonista.
El salmo 117 es el salmo pascual por excelencia, el texto sálmico más expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor.
"Nada más grande -comenta ·Agustín-SAN que esta pequeña alabanza: porque es bueno. Ciertamente, el ser bueno es tan propio de Dios que, cuando su mismo Hijo oye decir 'Maestro bueno' a cierto joven que, contemplando su Carne y no viendo su Divinidad, pensaba que El era tan sólo un hombre, le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios'. Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios." <![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]>
 "Las avispas y el fuego son imágenes que evocan la Pasión de Cristo y los sufrimientos de la Iglesia. El rechazo que logra Jesús consiste en el arrepentimiento y la conversión de todos aquellos que, extinguida la malicia con la que perseguían a los justos, son asociados al pueblo cristiano. Pero quienes desprecian la misericordia de Dios, experimentarán, al fin, la severidad del Juez."<![if !supportFootnotes]>[2]<![endif]> La Liturgia mozárabe nos brinda esta oración sálmica que, en la celebración de este Domingo, traduce admirablemente el contenido del salmo en oración cristológica al Padre:
"Señor, Padre santo, danos tu salvación, da prosperidad a cuantos esperamos en ti; Tú que iluminaste al mundo que yacía en tinieblas, concede a nuestra asamblea celebrar dignamente la solemnidad de este día, de modo que Cristo, el Señor, por quien se concede acceso a los justos y entrada a los que se salvan, sea nuestra puerta y nuestra patria. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén." <![if !supportFootnotes]>[3]<![endif]>

En la segunda lectura se nos ofrece un mensaje de esperanza. San Pablo nos define primeramente al cristiano como aquel que, al bajar a las aguas bautismales "murió", y salió de ellas "resucitado con Cristo" a una nueva vida. Si ésta es la realidad fundamental del creyente, todo su modo de pensar y de actuar debe acomodarse a ello: "buscad los bienes de allá arriba". El bautismo, la unión con Cristo resucitado, marca para el cristiano la orientación fundamental de su vida. Y se trata de una vida que camina hacia una plenitud y que está llamada a crecer continuamente.
"Ya que habéis resucitado con Cristo...” Cristo ha resucitado. Un hecho histórico que se mantiene en vigencia en su autenticidad, a pesar de los múltiples ataques que ha venido recibiendo a lo largo de todos los siglos. Ya desde el principio, cuando apenas si se había realizado el prodigio inefable de la victoria de Cristo sobre la muerte. Cuando los soldados comunican la noticia, surge pronto la mentira y la falsificación de la noticia.
Cristo ha resucitado. Y nosotros, los que creemos en Él y le amamos, también hemos resucitado. Hemos despertado del sueño de la muerte que es la vida humana dominada por el pecado, hemos comenzado, aunque parcialmente aún, la grandiosa aventura de vivir la vida misma de Dios, la vida que dura siempre. Y por eso hemos de vivir proyectados hacia lo alto, peregrinos en la tierra, pero aspirando a las cumbres del cielo.
"Porque habéis muerto…" La tierra ha de ser para nosotros, el lugar donde estamos llamados a vivir la realidad de los cielos nuevos... Parece una paradoja, una contradicción, un absurdo. San Pablo nos habla de haber resucitado y a renglón seguido nos dice que hemos muerto. Y añade que nuestra vida está en Cristo escondida en Dios. Y cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con Él, en la gloria.
La resurrección no es sólo lo que sucedió una vez en Cristo, sino lo que ha de suceder en nosotros por Cristo y en Cristo. Más aún: en cierto sentido, es lo que ya ha sucedido por el bautismo. Ha sucedido radicalmente, en la raíz, pero ha de manifestarse aún en sus consecuencias, en los frutos.
Porque ya ha sucedido en nosotros, es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el "ya" y el "todavía-no".
Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir. Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y nuestra elección no puede ser otra que "los bienes de arriba". Lo cual no significa que el cristiano se desentienda de los "bienes de la tierra", si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los "bienes de arriba", es decir, lo que esperamos, es también la transformación por el amor del mundo en que habitamos.
Lo que ha sucedido visiblemente, es decir, en la expresividad del símbolo bautismal, y en la interioridad del espíritu, no ha cambiado aparentemente la vida de los bautizados, pues la auténtica vida está escondida con Cristo en Dios. Cristo, ascendido al cielo, es "nuestra vida" (sólo participando de la manera de ser de Cristo resucitado, podemos vivir de verdad).
Cuando Cristo aparezca, se mostrará en él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya radicalmente, misteriosamente.
Entonces aparecerá la gloria de los hijos de Dios y la nueva tierra. Mientras tanto, la creación entera está ya en dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios (Rom 8,19-22). Buscar las cosas de arriba es también llevar a plenitud las cosas de abajo.

El evangelista san Juan nos presenta, en el pasaje del Evangelio de este domingo de Pascua, las primeras experiencias y los primeros testimonios de la Resurrección (Jn 20,1-9).
Ninguno de los discípulos se esperaba la resurrección de Jesús.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte.
Cuantas veces nosotros al constatar que las cosas no son razonables, sobreviene la crisis, cae ese mundo, que creíamos controlado y Cristo desaparece... Entonces pedimos ayuda, y Pedro y Juan comienzan a correr... ¿Será posible que Jesús no esté allí donde lo habíamos dejado debajo de una pesada piedra para que no escapara?.
La lección del Evangelio es clara: sólo el amor puede hacernos ver a Jesús en su nueva dimensión; sólo quien primero acepta su camino de renuncia y de entrega, puede compartir su vida nueva.
Inútil es, como Pedro, investigar, hurgar entre los lienzos, buscar explicaciones. La fe en la Pascua es una experiencia sólo accesible a quienes escuchan el Evangelio del amor y lo llevan a la práctica.
San Juan, el discípulo «a quien Jesús amaba», el que había estado a los pies de la cruz en el momento en que todos abandonaron al maestro, el que vio cómo de su corazón salía sangre y agua, el que recibió a María como madre..., el Juan que compartió el dolor de Cristo, «vio y creyó». Intuyó lo que había pasado porque el amor lo había abierto más al pensamiento de Jesús. Pedro siempre había resistido a la cruz y al camino de la humillación; el orgullo lo había obcecado y no se decidía a romper sus esquemas galileos. Pero tiempo más tarde, cuando junto al lago de Genesaret Jesús le exija el triple testimonio de amor: "¿Me amas más que éstos?", y le proponga seguirlo por el mismo derrotero que conduce a la cruz, entonces Pedro será recuperado y no solamente creerá, sino que -como hemos leído en la primera lectura- dará testimonio de ese Cristo resucitado que "había comido y bebido con él después de la resurrección".
Estamos, como la Magdalena, confusos y llorosos, mirando con miedo el vacío de una tumba. Ese vacío interior que a veces nos invade: cansancio de vivir, acciones sin sentido, rutina. El vacío que se nos produce cuando estamos en crisis y los esquemas antiguos ya no tienen respuesta; cuando sentimos que tal acontecimiento o nueva doctrina nos quita eso seguro a lo que estábamos aferrados.
Miremos nuestra, en ella que predomina ¿las actitudes de Juan? o ¿ las actitudes de Pedro?
Creer en la resurrección de Cristo es mucho más que afirmar que él fue sacado por Dios de la tumba; es reconocer que el proyecto de Dios se realiza en cada hombre, ahora sólo entre luchas y como primicias, mañana como total realidad. Por esto, la resurrección es la garantía de nuestro sentido de trascendencia. Los cristianos creemos --o debiéramos creer, por lo menos- que si hoy reina en el mundo la opresión bajo variadas formas, si nuestra historia se rige por la ley del más fuerte o astuto, si el odio y la ambición funcionan como motores de muchas gestas humanas, también estamos convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, no sólo relativamente sino absolutamente.
En síntesis: la palabra o el concepto de «resurrección» pretende significar que el Reino triunfa sobre el mundo tenebroso. El triunfo del Reino es la victoria de la vida en cuanto tal, la victoria sobre las limitaciones humanas, sobre los conflictos que prostituyen al hombre, sobre los obstáculos que se oponen a una liberación plena. Subrayamos la palabra «plena» porque el Reino de por sí, por ser de Dios, es plenitud de vida. En Cristo está esa plenitud, por eso él es nuestra plenitud, y en él vemos como anticipadamente cuál es la última intención de Dios sobre el hombre.
Aunque en los domingos del tiempo pascual vamos a tener la oportunidad de reflexionar más detenidamente sobre este tema-, es importante que hoy tomemos conciencia de que una Pascua que no suponga la renovación de la comunidad es una pascua vacía. Es cierto que el empuje de una comunidad no puede ser constante y supone sus altibajos; por eso cada año surge la Pascua, cíclicamente, como una llamada a despertar y revitalizar lo que se ha transformado con el tiempo en rutina, tedio, cansancio, aburrimiento e indiferencia.
Vivir esta Pascua supone, por ejemplo, el esfuerzo por cambiar, por pensar de nuevo las cosas como si hoy mismo comenzáramos a hacerlas, como si todo lo ya hecho fuese sólo un peldaño en el ascenso hacia el Reino, plenitud de la vida.
La Pascua nos urge a profundizar en el significado de los textos bíblicos -tal como hace Jesús con los discípulos de Emaús- para aprender a ver con nuevos ojos cosas que antes no veíamos o veíamos de un modo imperfecto.
La Pascua no exige hoy preguntarnos por la marcha de esta comunidad, para ver si todo lo que se hace en ella está orientado al proyecto de Cristo, para encontrar los motivos de ciertos fracasos o para revisar por qué cierto esfuerzo no logra sus objetivos. Es inútil que hoy digamos celebrar la Pascua si la vida de nuestra comunidad no acusa cambio positivo alguno, si todo sigue con el mismo ritmo de inercia. Cierta quietud y perezosa estabilidad de nuestras comunidades suenan más a sábado que a domingo de Pascua.
El mejor testimonio de la resurrección de Jesús no son los textos bíblicos sino la renovación de la Iglesia, su constante rejuvenecimiento, su permanente búsqueda, su incansable acción.

Meditemos sobre estas lecturas y esperemos la gloria de Jesús que un día llegará a nosotros mismos, a nuestros cuerpos el día de la Resurrección de todos, pero mientras tanto la vida de resucitados esta llamada a hacerse presente en nuestro caminar y además a dar testimonio de la misma.
Un anuncio inunda este tiempo pascual: "Jesús ha resucitado, y con Él resucitaremos todos". Así  lo creemos y así es. Si no lo fuera, nuestra fe sería algo vacío, nuestra vida tremendamente desgraciada, algo sin sentido. Pero no, Cristo ha resucitado y ha sido ensalzado hasta la diestra del Padre, donde está para interceder por nosotros. Por eso hay que alegrarse hasta cantar de gozo en este tiempo pascual, dejar cauce libre a la alegría.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com


<![if !supportFootnotes]>

<![endif]>
<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]> San  Agustin, Enarrationes in psalmos, 117, 1.
<![if !supportFootnotes]>[2]<![endif]> San  Agustín. Enarrationes in psalmos, 117, 10-12.
<![if !supportFootnotes]>[3]<![endif]> F. Arocena, Orationes super psalmos e ritu Hispano-Mozarabico, Toleti 1993, pp. 96 y 198: 'O Domine, salvos nos fac, et bona in te sperantibus prosperare; ut qui iacenti mundo in tenebris illuxisti, diem solemnem hunc frequentatione nostra tribuas peragi; quo et oculi nostri firmentur in luce tua, et possideat nos a te claritas patefacta. Per Christum Dominum nostrum. Amen',

lunes, 6 de febrero de 2017

Comentarios a las lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario 5 de febrero de 2017

Este domingo podemos denominarlo como el domingo de la luz.
En la primera lectura el Profeta Isaías avanza el futuro mensaje de Cristo. Ser luz del mundo es compartir con los hermanos, no oprimir, no perseguir. Siendo así, lo dice el profeta, Dios estará con nosotros. Es una gran promesa.
. El salmo 111 es  un himno de alegría y gozo que describe la felicidad de los que aman al Señor.
En la segunda lectura San Pablo, condensa su doctrina sobre que Dios actúa por medio de nuestra debilidad y que el poder de la fe, sin duda, hace milagros.
El Evangelio de San Mateo nos dice que por mandato de Cristo todos los discípulos tienen una misión primordial y universal, dar sentido a la vida de todos mediante el amor y las buenas obras. Hemos de ser sal y luz del mundo. Tengámoslo en cuenta y escuchemos con mucha atención.

La primera lectura (Is 58,7-10) presenta un texto que pertenece a la parte del libro de Isaías atribuida a un ambiente profético posterior al exilio de Babilonia, conocido como "Trito Isaías" "el tercer Isaías", que está en continuidad de perspectivas con el Deutero Isaías, el segundo Isaías. Bajo la forma judicial del requerimiento utilizada a menudo por los profetas, Dios emplaza a su pueblo al cumplimiento de los preceptos fundamentales en relación al prójimo. El retorno del exilio no siempre ha significado la realización del ideal que se esperaba, y las diferencias e injusticias sociales han vuelto a aparecer en medio del pueblo.
La primera lectura es un texto de los muchos en que a lo largo de la historia de salvación Dios manifiesta qué obras iluminan y le dan gloria.
El pueblo que acaba de volver del exilio de Babilonia, llevaba encima muchas heridas psicológicas y sociales y se preguntaba por qué Dios les había tenido tan abandonados. El profeta denuncia en nombre de Dios los delitos del pueblo. El pueblo se defiende, pues consulta los oráculos del templo y cumple sus deberes religiosos. Pero "¿para qué ayunar, si no haces caso? ¿mortificarnos si tú no te fijas?" (/Is/58/03-10)."
El Señor les responde por boca del profeta: cuando vosotros atendáis a los más pobres y débiles yo estaré en medio de vosotros y seré para vosotros como una luz que os guíe en medio de las tinieblas y la oscuridad. El Señor, nuestro Dios, es un Dios compasivo y misericordioso, y quiere que también nosotros, sus hijos, seamos compasivos y misericordiosos. En este bello texto del profetar Isaías esta idea está muy clara.
A partir de la reflexión sobre el ayuno, se va profundizando en otros aspectos de la vida del creyente: el ayuno que Dios quiere (vs.6-7): es la actitud de abrirse al otro , esto se describe con palabras sinónimas: abrir, hacer saltar, romper, dejar libre, partir, hospedar, vestir... El querer a Dios es un salir de sí mismo, un liberarse del egoísmo humano para ofrecerse, como don, a los demás: ayudando al pobre, liberando al oprimido , partiendo el pan con el hambriento y socorriéndolo en sus diversas necesidades. Ayunar es practicar la justicia y el amor.
"Entonces romperá tu luz como la aurora...": El sufrimiento compartido establece vínculos de solidaridad, crea pueblo. La misericordia transfigura a la persona, le hace compartir una cualidad que pertenece a Dios. Entonces la plegaria será escuchada, porque brotará de un hombre que vive en sintonía con Dios: "Entonces clamarás al Señor y te responderá..." La presencia de Dios en medio del pueblo prometida a los exiliados, sólo se podrá cumplir en una situación de justicia y de solidaridad entre los que han vuelto al país.
-Sólo entonces la luz rompe; el hombre que practica la justicia y el amor se convierte en luz que transforma el mundo . Esa luz que ya amanece se convertirá en pleno resplandor, en luz del mediodía (v.10).

El responsorial es el salmo  (Sal 111,4-99. Era  parte de las ceremonias en que Israel renovaba su Alianza con Dios. Dos veces al año, el día de Pascua y el día de la Fiesta de los Tabernáculos, Israel se comprometía, una vez más a ser fiel a Dios y a su Ley... Este salmo 111, como el anterior, es un acróstico, ya que cada uno de los 22 versos comienza con una de las 22 letras del alfabeto hebreo: procedimiento nemotécnico para aprenderlo de memoria y al mismo tiempo procedimiento simbólico para significar la totalidad de la Ley.
Relacionando este salmo 111 y el Evangelio de San Mateo (5,14), la Iglesia, en el quinto domingo ordinario del ciclo  "A" nos invita a meditar precisamente sobre la "participación del hombre en la naturaleza divina". Jesús, iluminado por este salmo, dijo a sus discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" después de haber dicho: "Yo soy la luz del mundo".
Ser un justo. Hay que comprender bien este concepto a riesgo de que degenere en cierto orgullo farisaico. El justo es un hombre "de acuerdo" con Dios, que "corresponde" perfectamente al proyecto del creador.... Igualmente el hombre, es justo cuando se asemeja a la idea que Dios tiene de él, cuando se modela según Dios. Así Dios es luz, y nos pude dar y nos da a nuestras vidas el brillo de un día de verano. Señor
Muchas son las bendiciones que Dios acumula sobre el justo: «Su linaje será poderoso en la tierra, en su casa habrá riquezas y abundancia; jamás vacilará, no temerá las malas noticias, su recuerdo será perpetuo». Bendiciones sencillas para el hombre sencillo. Prosperidad en su casa y seguridad en su vida. Las bendiciones de la tierra como anticipo de las del cielo. El justo sabe que la mano de Dios le protege en esta vida, y espera, en confianza y sencillez, que le siga protegiendo para siempre. Justicia de Dios para coronar la justicia del justo.
Clara invitación es la estrofa repetida hoy: « El justo brilla en las tinieblas como una luz»
¿Cómo podemos hacer que nuestra vida sea luminosa, que valga la pena, que ante los demás "brille como una luz en las tinieblas" según decían las palabras del salmo que hemos leído? Isaías, el profeta que escuchábamos en la primera lectura, lo tenía muy claro, y nos lo decía así: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo". Y luego repetía: "Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas".
Hoy convendría que pensáramos un poco sobre la respuesta que nos da Isaías para que lo pedido en el salmo sea realidad en nuestra vida. Y con más razón cuando precisamente el encargo que Jesús nos recomienda en el evangelio, en esta continuación del sermón de la montaña, es éste: ser luz, y actuar de modo que la gente, al vernos, den gloria al Padre que está en el cielo.
Es decir, que los demás, los que no comparten nuestra fe, al vernos actuar sientan y reconozcan que nuestra fe vale la pena.
Que nosotros, los creyentes, vivamos de modo que los que no lo son se sientan atraídos a la fe. Que nuestras preocupaciones, nuestros esfuerzos, lo que luchamos por conseguir, y nuestra misma vida cotidiana, muestren que aquello que nos mueve, aquello en lo que creemos, es verdaderamente una luz para la vida de los hombres, es algo que hace la vida mejor, más humana, más feliz.
Así se cumplirá lo repetido: « El justo brilla en las tinieblas como una luz»


En la segunda Lectura  (1 Cor 2,1-5),  San Pablo opone al prestigio de una palabra y de una sabiduría humanas la palabra y la sabiduría que vienen de Dios (2,4.7). A la sabiduría suficiente de la inteligencia humana, que se constituye en regla absoluta, se opone la sabiduría de Dios manifiesta en su propio actuar. Esta sabiduría, encarnada en Jesús, se ha manifestado a los cristianos de Corinto.
vv.1-2: La elocuencia y la sabiduría humanas no le van a la verdad desnuda de la cruz de Cristo. Pablo no quiso presentarse a los corintios hablando con palabras altisonantes y haciendo alarde de elocuencia. Les predicó sencillamentte a JC y a éste crucificado, sin triunfalismos.
v. 3: Pablo se presentó ante los corintios como un hombre, débil y temeroso. Pero su debilidad prestaría el único y el mejor servicio a la presentación de Jesús, evitando el equívoco y mostrando que no era la palabra avasalladora de un hombre culto, sino la fuerza de Dios lo que operaba en la predicación cristiana.
v. 5: Otros fueron a Corinto que deslumbraron con su elocuencia e hicieron discípulos (por ejemplo, Apolo, el brillante alejandrino). Pablo no quiso hacer discípulos suyos, ni deslumbrar a nadie, sino llevar a todos a la luz de Cristo. La fe no es auténtica si se apoya en la sabiduría humana y se rinde apasionadamente como adhesión a un maestro brillante.
San Pablo no es un hombre que abogue por la superioridad de lo irracional, por la primacía del corazón en contra de la razón. Sus palabras se comprenden teniendo en cuenta las desviaciones gnósticas que se dieron en el seno de la comunidad de Corinto. Lo único que desea es salir al paso de estas desviaciones y de la pretensión de la sabiduría humana de llegar a desentrañar el misterio inaccesible de Dios.
San Agustín comenta esta lectura y nos dice: "Dice el Apóstol: También yo, hermanos, cuando vine a vosotros no lo hice presumiendo de mi palabra, o de mi sabiduría al anunciaros el misterio de Dios. Suyas son también estas otras palabras: ¿Acaso os dije estando entre vosotros que conocía alguna otra cosa a excepción de Jesucristo, y éste crucificado? (1 Cor 2,1-2). Aunque sólo supiera esto, nada le quedaba por saber. Gran cosa es el conocimiento de Cristo crucificado, pero ante los ojos de los pequeños lo presentó como un tesoro encubierto. A Cristo crucificado, dijo. ¡Cuántas cosas encierra en su interior este tesoro! Después, en otro lugar, ante el temor de que algunos se apartasen de Cristo seducidos por una filosofía vana y falaz, puso en Cristo el tesoro de la sabiduría y de la ciencia. Tened cuidado, dice, de que nadie os seduzca con filosofías y vanas falacias conformes a los elementos del mundo, pero no a Cristo, en quien están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,8.3). Cristo crucificado: tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.
No os dejéis engañar, pues, bajo el pretexto de la sabiduría. Juntaos ante la envoltura y orad para que se os desenvuelva. ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿De qué aprovecha el que tengas mucha sed, si pasas y pisas la fuente? Desprecias la humildad, porque no llegas a percibir la majestad. En efecto, si le hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria (1 Cor 2,8). A Jesucristo crucificado, dijo. Estando en medio de vosotros dije no conocer otra cosa a excepción de Jesucristo y éste crucificado; es decir, su humildad, de la que se mofan los soberbios, para que se cumplan en ellos estas palabras: Increpaste a los soberbios; malditos quienes se apartan de tus preceptos (Sal 118,21). Y ¿cuál es su precepto, sino que creamos en él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? En Cristo crucificado.
Escuche la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia. Su precepto es que creamos en él. ¿En quién? En Cristo crucificado. Éste es su mandato: que creamos en Cristo crucificado. Éste es, sin duda; pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada su garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados se mofa de Cristo crucificado. Malditos, pues, quienes se apartan de tus preceptos. ¿Por qué se mofan, sino porque ven solamente el andrajoso vestido exterior y no el tesoro que esconde dentro? Ve la carne, el hombre, la cruz y la muerte, cosas todas que desprecia. Detente, no pases adelante, no muestres desprecio, no insultes. Espera, considera atentamente; quizá dentro se esconda algo que te causará sumo agrado. Puede que encuentres lo que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre (1 Cor 2,9). El ojo ve la carne; pero debajo de la carne está lo que el ojo no ve. Tu oído oye la voz, pero allí hay algo que el oído no oyó. Asciende hasta tu corazón, pero desde pensamientos terrenos, un hombre crucificado y muerto, pero allí hay algo que no llega al corazón del hombre. Suben a vuestro corazón los pensamientos de siempre. Subió al corazón de Moisés (el deseo) de visitar a sus hermanos (Éx 2,1 I). Es fruto de la condición humana.." ( San Agustín. Sermón 160,3-4).

En el evangelio  (Mt 5,13-16), la expresión  "Vosotros sois" conecta la primera frase de hoy con la última del domingo pasado (dichosos vosotros cuando os insultan) y, a través de ésta, con los pobres, los sufridos, los que lloran, etc. Vosotros se refiere, pues, a todos los que el domingo pasado eran declarados dichosos por Jesús. Todos estos, con su existencia difícil y desde su existencia, son la sal de la tierra.
Esta  conexión en la redacción del texto del domingo pasado y la metáfora de la sal quitan al proyecto al que Jesús llama cualquier ribete de apariencia, prepotencia o apologética. La sal sazona, conserva los alimentos desde su estar, sin más, en ellos.
"Pero si la sal se vuelve tonta", continúa la metáfora original. El v.13 es una invitación a
los dichosos del domingo pasado a seguir abiertos a Dios, a seguir ilusionados y esperanzados, a no desfallecer. Ellos son demasiado importantes.
"Vosotros sois la luz del mundo" (v.14). Una nueva metáfora a la que siguen dos imágenes subordinadas que explican su sentido: la del poblado en lo alto de un monte y la de la lamparilla colgada en el interior de las casas (en tiempos de Jesús, se sobreentiende). El poblado en lo alto del monte es punto de referencia para el caminante, la lamparilla en la casa posibilita los quehaceres y la reunión familiar. Es importante anotar esto porque da al proyecto de Jesús su justa perspectiva. El poblado y la lamparilla están sin más. Es el caminante o los moradores de la casa quienes aprecian su valor. Así pasa con los que Jesús declara bienaventurados. No tienen pretensiones de iluminar, no dicen: nosotros os ofrecemos la solución. Sencillamente están.
"Vosotros sois" conecta redaccionalmente la primera frase de hoy con la última del domingo pasado (dichosos vosotros cuando os insultan) y, a través de ésta, con los pobres, los sufridos, los que lloran, etc. Vosotros se refiere, pues, a todos los que el domingo pasado eran declarados dichosos por Jesús. Todos estos, con su existencia difícil y desde su existencia, son la sal de la tierra. La conexión redaccional del texto del domingo pasado y la metáfora misma de la sal quitan al proyecto al que Jesús llama cualquier ribete de apariencia, prepotencia o apologética. La sal sazona, conserva los alimentos desde su estar, sin más, en ellos.
"Pero si la sal se vuelve tonta", continúa la metáfora original. Sal tonta. ¡Qué imagen más gráfica! El v.13 es una invitación a los dichosos del domingo pasado a seguir abiertos a Dios, a seguir ilusionados y esperanzados, a no desfallecer. Ellos son demasiado importantes. Otra sorpresa de la enseñanza del Jesús de Mateo. ¡Y van ya unas cuantas! Recuerda las del domingo pasado.
"Vosotros sois la luz del mundo" (v.14). Una nueva metáfora a la que siguen dos imágenes subordinadas que explican su sentido: la del poblado en lo alto de un monte y la de la lamparilla colgada en el interior de las casas (en tiempos de Jesús, se sobreentiende). El poblado en lo alto del monte es punto de referencia para el caminante, la lamparilla en la casa posibilita los quehaceres y la reunión familiar. Es importante anotar esto porque da al proyecto de Jesús su justa perspectiva. El poblado y la lamparilla están sin más. Es el caminante o los moradores de la casa quienes aprecian su valor. Así pasa con los que Jesús declara bienaventurados. No tienen pretensiones de iluminar, no dicen: nosotros os ofrecemos la solución. Sencillamente están. El testimonio del Evangelio que dan los discípulos y las obras que realizan de acuerdo con este Evangelio -cuyo primer anuncio son las bienaventuranzas- deben ser luz para todos, para que los hombres conozcan quién es Dios y le den gloria.
Esta metáfora de la luz nos remite a las palabras "Luz de luz", de  san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre. El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida..." Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre.
Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así María, es contemplada en el apocalipsis, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el azul profundo del ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cielo... Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Focos luminosos que iluminan lo bueno de este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto le rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes.
"Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo". La luz iluminará nuestras buenas obras y ellas servirán para entender que es Dios quien nos ayuda a acometerlas, hasta el punto que podemos ser, indignamente, reflejo del mismo Dios.

Para nuestra vida
Nuestra identidad cristiana consiste en hacer visible en nuestra vida la fuerza transformadora del evangelio; demostrando que el amor nuevo -del que Cristo ha dado ejemplo- es posible. Jesús, pues, está hablando del deber misionero de su comunidad.
El evangelio nos da una respuesta a través de dos símbolos sobre cuyo significado no hace falta hacer muchas reflexiones. El cristiano está llamado, en primer lugar, a ser sal de la tierra. Con la sal damos sabor a las comidas. De lo que se desprende que el cristiano está llamado a dar sabor a la vida...
Pero hay algo importante: la sal sólo sirve si está fuera del salero. (...) Isaías nos dice cómo debemos salir del «salero»
Y si la sal era importante, la luz todavía lo es más. Sin luz la vida seria imposible. La luz es la que nos permite ver las cosas en su realidad y andar por el camino correcto. En cambio, si vamos a oscuras, lo más normal es que nos caigamos o causemos destrozos. La luz tiene una gran fuerza simbólica: en todos los tiempos y culturas el ser humano ha buscado la luz de la verdad, ha buscado poner luz a los interrogantes más profundos de la existencia. La fe en Jesús Resucitado es la luz que puede dar respuestas a todas las inquietudes del hombre. 
La luz alumbra cuando se destierra la opresión, la injusticia... y se edifica el amor, la justicia, la fraternidad... En la medida en que los hombres vean que los que se dicen creyentes proyectan la luz de la liberación total, en esa misma medida darán gloria al Padre. La liberación de todo mal es el signo de la presencia de Dios entre los hombres.

La primera lectura es un no rotundo a la falsa piedad. Es una advertencia muy necesaria, ya que tendemos a establecer una dicotomía entre religión y vida.
El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas..., dejar libres a los oprimidos..., partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte en tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora..., te abrirá camino la justicia, detrás de ti irá la gloria del Señor" (58,5-8). Y se repite la idea: "...cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tiniebla, tu oscuridad se volverá mediodía" (10).
Demasiadas veces, convertimos la fe sólo en religión y, quedándonos en ésta, separando la fe con nuestro actuar. Es un hecho fácilmente constatable en nuestra vida personal. Y, socialmente. Lo cierto es que el acceso a Dios ("Aquí estoy") es posible únicamente por el amor que se traduce en obras a favor del necesitado. La iluminación tiene lugar cuando el hombre no vive encerrado en sí mismo. Lo importante es "sentir" las necesidades y remediarlas. Quizá los creyentes hablamos mucho, hacemos declaraciones sobre derechos, pero el problema -queramos o no- es nuestra actuación social (sin triunfalismos ridículos y optando por una real eficacia, sin romanticismos). La verdadera religiosidad requiere proyección en la vida. En el proceso de conversión entran las actitudes descritas por el profeta: compartir el pan, la hospitalidad, la apertura a los necesitados, desterrar toda opresión, desterrar la maledicencia.
Esta llamada a la religión interior y al mismo tiempo de compromiso comunitario, la hace el autor razonando  y exhortando. A pesar de todo, el legalismo cundió hasta convertirse en el tan  criticado fariseísmo de los tiempos de Cristo. Después de dos milenios de cristianismo, la cizaña del "fariseísmo" sigue, demasiadas veces sin extirparse, en el nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia.
Otro aspecto importante , y ya anunciado en nuestra reflexión,  es este:  la voluntad de Dios es que tenemos que querer salvarnos como comunidad, no pensando únicamente en nosotros mismos.
Así dando un paso hasta el presente, ya Isaías nos previene y nos ilumina respecto a que nuestra Iglesia es necesariamente una Iglesia misionera, que debe tener siempre las puertas y los brazos abiertos para acoger a los que no pueden defenderse por sí mismos. Ratificando este mensaje  mantenido durante siglos, Cristo, no vivió para sí, sino que pensó, actuó y vivió siempre  

En la segunda lectura San Pablo, hombre de fe, no se apoya en la sabiduría humana, sino en el conocimiento de Cristo crucificado. Lo que resulta manifiesto, a través de la pobreza humana del apóstol, es el poder de Dios.
Resulta primordial el conocimiento de Cristo crucificado. En el fondo la fe es la transmisión de una vivencia personal y comunitaria. Es real que nuestra fuerza -la única fuerza- es la fe vivida y vivida profundamente y apoyada en la cruz de Cristo, fuente de salvación. Ésta da libertad, seguridad e independencia para testimoniar, frente a las situaciones más adversas, sin perder la esperanza ni ser víctimas de la decepción.
En el comentario a esta lectura, ya citado, aconseja San Agustín: " Si nos es posible, no busquemos algo que pueda subir a nuestro corazón, sino algo a donde pueda subir nuestro corazón. En efecto, merecerá ser glorificado con Cristo como rey quien haya aprendido a poner su gloria en el crucificado. El Apóstol no sólo vio adónde subir, sino también el por dónde. Muchos hubo que vieron el adónde, pero no el por dónde; amaron la patria excelsa, pero desconocieron el camino de la humildad. Precisamente porque el Apóstol conocía el adónde y el por dónde, a ciencia y conciencia dijo: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Podía haber dicho: «En la sabiduría de nuestro Señor Jesucristo», y hubiese dicho verdad. O también: «En la majestad», y hubiese dicho verdad. O igualmente: «En el poder», siendo también verdad; pero dijo: En la cruz.
Donde el filósofo del mundo encontró motivo para ruborizarse, allí encontró el Apóstol un tesoro; debido a que no despreció la vil cáscara, llegó al precioso fruto. Lejos de mí -dijo- el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Gran peso soportaste sin buscar ninguna otra cosa, y así mostraste cuán grande era lo que se ocultaba dentro. ¿Quién fue tu ayuda? Por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gál 6,14). ¿Cuándo iba a estar crucificado el mundo para ti, si no hubiese sido crucificado por ti el autor del mundo? Por tanto, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor (1 Cor 1,31). ¿En qué Señor? En Cristo crucificado. Donde está la humildad, está también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí también la vida. Si quieres llegar a la segunda parte, no desprecies la primera." ( San Agustín. Sermón 160,3-4).

En el evangelio se nos exhorta al testimonio. Las dos parábolas de la sal y de la luz que leemos en el evangelio de hoy enlazan directamente con el inicio del sermón del monte (las bienaventuranzas) que fue proclamado el domingo pasado, y se dirigen a los mismos oyentes: a los discípulos. Las bienaventuranzas terminan diciendo: "Vosotros sois dichosos cuando...", y el texto de hoy comienza: vosotros sois..." Las bienaventuranzas nos definían al discípulo de Jesús; este par de parábolas -que expresan el pensamiento de Jesús con imágenes muy familiares a los oyentes- indican cuál es la misión de los discípulos en el mundo, ante los hombres.
El valor de la sal y de la luz lo medimos siempre por el valor que tienen cuando lo relacionamos con otras cosas. La sal es buena o mala según el bien o el mal que hace a los alimentos; la luz es buena o mala según el bien o el mal que nos proporciona. Sin sal, el alimento está soso, sin sabor; sin luz, la oscuridad nos impide hacer muchas cosas.
La primera imagen es la de la sal. Los discípulos -y todos los seguidores de Cristo- son la sal de la tierra, de los hombres.
* Los discípulos son sal, es decir, sazonan y evitan la corrupción, y esto con carácter absoluto (=la sal). Los discípulos de Jesús son necesarios e insustituibles en nuestro mundo. Cuando la sal se pierde, aún se puede usar en la limpieza pública. Pero inevitablemente los transeúntes la pisan. Si los discípulos no son sal no sirven para nada (invitación imperativa).
*Los discípulos de Jesús son luz que ilumina a los hombres y no hay más luz que ellos. Invitación imperativa a serlo porque para esto están. De ellos depende que los demás hombres den gloria al Padre, es decir, descubran que Dios es Padre. Y esto sólo lo descubrirán si los discípulos viven y son hermanos. En esta fraternidad consisten las buenas obras a que Jesús se refiere. ¿Tenemos los discípulos de Jesús una identidad entre los hombres? la respuesta nos la da el texto sin dudas de ninguna clase.
Si Cristo nos dice que somos sal de la tierra y luz del mundo es porque sabe que, si lo seguimos a él, ayudaremos a las personas a ser más valiosas para ellas mismas y para los demás. Vivir para los demás es ayudar a los demás a pensar mejor, a hablar mejor, a actuar más de acuerdo con la vida de Jesús. No podemos entender nuestra vocación cristiana sólo pensando en nosotros mismos, sin salir de nosotros mismos. El cristiano tiene vocación de comunidad, vocación de fraternidad, vocación de comunión con todas las personas del mundo. Así lo hizo, así vivió Cristo, por los demás y para los demás. Fijándose siempre en los miembros más débiles de la comunidad, porque estos son los que más protección y ayuda necesitan. Por defender a los débiles, le criticaron y le hicieron la vida imposible los más fuertes, por defender a los pecadores le criticaron y persiguieron los que se consideraban santos, por defender a los más pobres e impotentes le persiguieron los más ricos y poderosos. También nosotros debemos saber que tendremos que sufrir en este mundo si, imitando a Jesús, defendemos y protegemos a los más débiles y menos poderosos de la sociedad en la que vivimos. Después de todo, eso es lo que nos dicen las Bienaventuranzas, tal como comentamos el domingo pasado. Por otra parte, vivir para los demás no es olvidarse de uno mismo, sino todo lo contrario, enriquecer nuestro yo personal. Tanto más somos, cuanto más nos damos a los demás.
Son los demás quienes descubren el talante del cristiano, sus buenas obras, y desde ese descubrimiento concluyen la existencia de un Dios Padre. Son los demás quienes descubren su importancia o valor. No son ellos quienes se dan importancia o valor. Son los demás quienes, gracias a ellos, llegan a la conclusión de que existe Dios y que Dios es Padre. Este es el significado de la expresión "dar gloria a vuestro Padre". "Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".
El texto evangélico de hoy es exigente. No se trata de tener Fe y que nadie lo sepa, que a nadie se la comuniquéis. Si se guarda en lo más profundo de nuestro espíritu, la olvidamos, la perdemos. Un terreno que no se cultiva se pierde invadido por las zarzas.
Al final de nuestra vida nos juzgarán por nuestro amor y ese amor se vislumbra cuando somos "sal y luz"..
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org