sábado, 25 de julio de 2026

Comentarios a las Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de julio de 2026

 

El núcleo del mensaje de este domingo nos lo presenta las parábolas del evangelio que no sólo nos presentan cuál debe ser el valor fundamental del cristiano, quién debe ser su Dios, sino que nos ofrecen un modelo con el que contrastar nuestra existencia para saber si estamos en la pista del seguimiento de Jesús o si andamos "despistados", para saber si nuestro valor fundamental es el reino de los cielos o cualquier otra cosa, si nuestro dios es el Dios verdadero o un ídolo.


El cristiano no tiene otra posibilidad, no puede coquetear con dioses equívocos so pena de errar de plano el camino que deber seguir; el cristiano ni siquiera puede hacer compartir la supremacía del Dios único con otros dioses. El cristiano no puede tener otro valor fundamental que el reino de los cielos, debe construir su vida en torno al reino de los cielos, debe poner el reino de los cielos por encima de todo lo demás.

La primera lectura es del primer libro de los reyes (1 R 3, 5. 7-12) es un texto que legitima el poder de Salomón sobre Israel.

Llama la atención la perfecta conexión  entre la petición de Salomón y la concesión divina. Son una misma cosa.

Salomón pide sólo aquello que a Dios agrada (vs. 5-10). Esto requiere inevitablemente el reconocimiento de su impotencia por la inmadurez y por la incapacidad de llevar a cabo tal envergadura (la dirección de un pueblo, v. 7). Y la necesidad de ayuda y búsqueda de su poder como responsabilidad, como misión, como servicio. Este servicio viene determinado como "un corazón sabio e inteligente". Significa  tener una capacidad de apertura y escucha para captar la compleja realidad. Serenidad ante los sinsabores y tinieblas de la existencia, mantenida por una confianza profunda en la vida, en las personas, en toda criatura, en suma, en el Dios que dirige y gobierna misteriosamente la historia. Así el poder político podrá ser destello del poder divino.

La petición de Salomón (v.9) es modelo de oración para todos los hombres públicos. No pide victorias militares, ni el triunfo de su ideología..., sino algo muy simple y muy difícil a la vez: saber escuchar y saber discernir entre lo bueno y lo malo para su pueblo. Sin condiciones y gustosamente concede Dios a Salomón el don de saber juzgar y gobernar a su pueblo, pero añade además la riqueza y la gloria que él no había pedido.

 

El responsorial es el salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130

El texto litúrgico presenta ocho  estrofas, de este salmo, el más largo del salterio. Se compone de 22 estrofas de 8 versos encabezadas por 22 letras del alfabeto hebreo. En cada estrofa, cada verso comienza por la misma letra. Así por ejemplo, cada línea de la primera estrofa comienza con la letra Aleph, cada línea de la segunda comienza por Beph, y así las demás. Es como el A.B.C. del amor a la Ley. Es más, el autor introdujo en cada verso la palabra "Ley" o uno de sus sinónimos. Tus exigencias, tus caminos, tus preceptos, tus mandamientos, tus voluntades, tus decisiones, tu palabra, tus promesas.

El texto representa,  el deseo -que en el salmista es vehemente- de que la Ley sea el principio conductor de la propia vida.

El salmo 118 es pues,  un canto a la Ley, cuyas excelencias proclama, de un piadoso israelita que vive en un ambiente de indiferencia religiosa, muy parecido a muchos de nuestros ambientes actuales. La Ley significa, para él, la revelación, las promesas, la palabra misma de Dios que se dirige a su pueblo.

Este amor a la Ley de Dios, es decir a su Palabra, a su designio, a su voluntad soberana, es tan acendrado, que el texto abraza en sí casi todos los géneros literarios. El acróstico agrupa, bajo cada una de las letras del alefato hebreo, ocho versículos (7+1, como expresión de una perfección consumada) y en cada estrofa suele mencionar ocho sinónimos de la Ley: leyes, decretos, palabras, promesa, mandamientos, preceptos.

En este salmo, la Ley tiene relación con "Alguien". Los sinónimos utilizados son elocuentes: Tu Ley... Tus exigencias... Tus caminos... Tus preceptos... Tus mandamientos... Tus voluntades... Tus decisiones... Tus palabras...

La estrofa que repetimos: "cuánto amo tu ley, señor!". es la expresión en el seno de un mundo adverso, cuando sacude la aflicción, cuando peligra la vida porque arrecia el asedio de los malvados, del consuelo que el salmista encuentra en la ley: es la mediación intrahistórica del Dios trascendente. Acariciándola interiormente el salmista ve la luz, y también se nos invita a tenerla nosotros.

El salmista se ha refugiado en la historia pasada, convertida ya en Escritura Santa, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes.

La segunda lectura es de la carta del apóstol San Pablo a los romanos ( Rom 8, 28-30)

El texto nos habla del amor de Dios por nosotros que no tiene otra finalidad que hacernos conformes a la imagen del Hijo. Toda la estrategia divina, desde el comienzo de los tiempos, se concentra en esta obra.

Pero se trata de una llamada de Dios; es preciso, pues, que nos destine a ello: es una gracia. El pasado domingo la misma carta insistía en la presencia del Espíritu en nosotros, ese Espíritu que nos permitía orar y que oraba, él mismo, en nosotros. Gracias al Espíritu, el Hijo está continua y dinámicamente presente en nosotros.

El principio del texto es una declaración de confianza en Dios: "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien" (v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca (/Mt/07/25-35) es fuente de estabilidad alegre. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe).

El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.

Fijémonos en el proceso de acercamiento divino: ". los destino"... a ser imagen del Hijo... "Y a los que destinó" a esta semejanza, "los llamó".

 

Aleluya cf. Mt 11, 25 " bendito seas, Padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

 

En el evangelio de  San Mateo (Mt 13, 44- 52) continuamos dentro de la sección reflexiva iniciada hace dos domingos.

El proverbio-dicho con que terminaba el texto del domingo pasado ("el que tenga oídos, que oiga") servía para avisar al nuevo Pueblo de Dios de que también él puede convertirse en viejo. No hay Pueblo de Dios por descontado. En este ambiente de aviso crítico se mueve el texto de hoy.

El evangelio de hoy tiene como interlocutores de Jesús a los discípulos, no a la gente. Para San Mateo discípulos son los que escuchan las palabras de Jesús y lo ponen en práctica. El evangelio de hoy sólo tendrá sentido para los discípulos, es decir, para aquéllos que habiendo escuchado el sermón de la montaña lo ponen en práctica. Dicho con otras palabras: sólo tendrá sentido para quienes hayan tomado opción con el Reino de los cielos.

El texto presenta

* Tres parábolas (vs. 44-50).

*Interpelación a los discípulos (v. 51a).

*Respuesta de éstos (v. 51b). Jesús formula en forma de parábola corta la consecuencia que se deriva de esa respuesta (v. 52).

De las tres parábolas, las dos primeras tienen un mismo trasfondo: una persona que encuentra una cosa valiosa y vende cuanto tiene para hacerse con ella. La tercera parábola (vs. 47-50) tiene el mismo trasfondo que la parábola de la cizaña y su aplicación escatológica (cfr. versículos 24-30, 40-42): de la misma manera que los humanos separamos los productos buenos y malos, habrá también una separación de justos y malos.

Las tres parábolas recogen modos de proceder y escenas de la época de Jesús. En el caso del tesoro encontrado, el modo de proceder (esconderlo) está condicionado por la legislación hebrea de entonces; en efecto, de haberlo declarado inmediatamente, hubiera ido a parar al propietario del terreno.

Los vv. 49-50 recogen imágenes apocalípticas populares; su lenguaje es puramente imaginativo. Letrado o escriba: teólogo-jurista, transmisor oficial en Israel de las leyes y tradiciones.

Las Parábolas del tesoro y de la perla (vs. 44-46), quieren reflejar la "actitud ejemplar" a tomar ante el Reino. Haber descubierto el Reino es haber descubierto el valor supremo dentro de una escala de valores.

"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo". Los antiguos usaban a menudo este sistema: cuando había invasiones, había peligro, hacían un hueco en la tierra y allí escondían lo que tenían de precioso. Pero a veces sucedía que la persona moría sin poder revelar el escondite.

Un hombre, pues, escarba y encuentra un tesoro. Ese también es un hombre poco honesto, un especulador; por tanto, cubre todo y lo deja como si nadie hubiera tocado nada y luego "muy contento" -dice el Evangelio- corre a casa y vende todo".

No escucha a nadie, vende todo y va a comprar el campo. Seguramente la gente se burla de él: ¡por qué habrá comprado ese campo, no vale nada, es árido, no tiene agua, se ha dejado engañar!... Pero él sigue adelante, desafía el ridículo, porque sabe que allí está el tesoro.

Hay una sentencia de los primeros Padres del desierto, que  dice que un tal fue donde uno de estos grandes Padres del desierto y le dijo: Padre mío, tú que tienes tanta experiencia, explícame ¿por qué vienen al desierto tantos jóvenes monjes y después muchos se devuelven; por qué perseveran tan pocos? Entonces el anciano monje dijo: "Mira, sucede como cuando un perro corre detrás de las liebres, ladrando. Muchos otros perros, oyéndolo ladrar y viéndolo correr, lo siguen. Pero solamente uno ve la liebre; pronto sucede que los que corren sólo porque el primero corre, se cansan y se detienen. Solamente el que tiene ante sus ojos la liebre, sigue adelante hasta alcanzarla". Así, dice el anciano monje, solamente quien ha puesto los ojos verdaderamente en el Señor crucificado, sabe en realidad a quién sigue y sabe que vale la pena seguirlo.

La Parábola de la red (vs. 47-50), es un nuevo aviso a los discípulos en la línea del domingo anterior.

En los vv. 47-48. En ella se habla de pesca y de selección de lo pescado. Se trata de dos momentos o tiempos sucesivos. Los vv. 49-50 son la aclaración o explicación de la parábola. Esta aclaración se fija solamente en el segundo de los tiempos de la parábola, el correspondiente a la selección de lo pescado, y que está formulada en el mismo lenguaje figurado de la aclaración de la parábola de la buena semilla y de la cizaña. Como ya sucedía con esta aclaración, el punto que se resalta es el siguiente: El discípulo no es quién para determinar quiénes son buenos y malos. Esto es competencia de Dios y sólo Él puede hacerlo patente y lo hará.. La parábola no tiene, pues, sentido conminatorio, sino disuasivo; no busca amenazar con un castigo, sino mover al discípulo a mudar de opinión.

La división en buenos y malos no es de naturaleza ética, sino religiosa. Dicho más claro: los peces malos pueden ser personas éticamente buenísimas, tan buenas como eran los fariseos, perfectos e intachables cumplidores de los dictámenes y sugerencias de la ley de conciencia. El nuevo Pueblo tiene que entender que personas buenas, pero de talante religioso fundamentalista, son cizaña y malos peces. Recordemos lo del domingo pasado: religión y religioso no son conceptos ni experiencias unívocas. Un día aparecerá claro esto (vs. 49-50).

"¿Entendéis bien todo esto?" La consecuencia la saca Jesús: aprended, pues, de la historia y renovaos continuamente; que no os suceda como al viejo Pueblo religioso.

Los versículo 51-52m presentan la superación del intelectual judío por la nueva imagen del discípulo de Jesús: hombre abierto, que vive una vida encarnada en la realidad de hoy sin romper la continuidad con la realidad de ayer.

Para nuestra  vida

¿Por qué no pararnos a pensar un momento sobre cuál es nuestro valor fundamental, sobre cuál es el Dios en torno al cual hemos construido nuestra existencia, y rectificar si es preciso?

La comparación de la red y la separación última y definitiva de los peces abre el horizonte de las promesas de Jesús de tal manera, que trasciende todas las limitaciones inherentes a la condición humana. La intención de San Mateo, al colocar aquí esta última comparación, es poner un centinela en el horizonte último de todo lo meramente humano, para superarlo y trascenderlo más allá de cuanto nos atreveríamos a imaginar o sospechar los mortales.

 En definitiva, la garantía más segura de que el Evangelio está presente en la vida está en que esta vida nuestra avanza y funciona impregnada de alegría por el hecho de haber conocido y encontrado a Jesús y su Evangelio.

 

La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los reinos vecinos.

El relato proclamado nos transporta al día de su entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".

Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y muchas más.

Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización, pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud.

En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón: "Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar, libre para dar vida, para darse del todo.

¿ Que le pedimos?. Desde nuestro  egoísmo, pecado original del hombre inserto en una sociedad egoísta, nos vemos tentados a pedir cosas que vinculen a los intereses de la sociedad en que vivimos : "vida larga, riquezas,..." Esta, al fin y al cabo, es nuestra postura diaria. Incluso convertimos la oración en motor de aceleración para que Dios realice nuestros deseos.

Si como Salomón le pedimos la sabiduría, esta en nuestra vida cristiana,  consiste en el discernimiento de los verdaderos valores del Evangelio y en su aplicación a las circunstancias actuales. Hay que establecer una escala de valores, dentro de la cual todos los valores humanos quedan subordinados a ese último valor, que es el Reino de Dios. Por eso, los cristianos y las comunidades debemos estar siempre tomándose el pulso de su estima de valores.

 

El salmo proclamado son 8 estrofas del salmo 118.

El salmista se ha refugiado en la historia pasada, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes. Otro tanto hizo Jesús cuando cuestionado su amor a Dios -con todo el corazón, por encima de la vida y más allá de las riquezas- responde con el «está escrito» (Mt 4,4.7.10). Desde este momento inicial de su misión está dispuesto a encarnar la figura del «siervo» tal como se le ha encomendado en la unción bautismal (Mt 3,13-17). Hacer la voluntad del Padre será su programa y alimento (Jn 4,34). Aun acorralado por sus enemigos, permanecerá fiel a dicha voluntad (Mt 26,39.42), incluso en el abandono supremo se atreve a gritar la cercanía de Dios(Mt 27,46). Quien conserva en su corazón las palabras de Dios y las guarda pertenece a la verdadera familia de Jesús (Mc 3,35), como el salmista, como María (Le 2,51). Con este espíritu oramos y contemplamos.

Nuestro mundo y momento no es menos difícil. Hoy se combate a Dios ignorándolo, mientras se hace befa de los creyentes. Dios nos ha dado su Palabra y el mundo nos odia porque no somos del mundo (Jn 17,14; 15,19). No pedimos que nos saque del mundo, sino que nos guarde del Malo (Jn 17,15; 1 Jn 2,14), y nos consagre en su Palabra que es la Verdad (Jn 17,16). Es decir, que de tal suerte nos adherimos al Dios revelado en Cristo que por su medio llegamos a la Vida que estaba junto a Dios (Jn 1,4). Cristo, en efecto, es « el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Una realidad que escapa a la corrosión de la moda; fundamentada para siempre. ¿Con esta hondura religiosa  seremos un fermento para nuestro mundo secularizado?

El salmista inmerso en un mundo adverso invoca, gritar, , vive la cercanía de Dios. ¿Una conducta evasiva? Jesús expuso su dolor al Padre, acompañándolo con ruegos y súplicas (Cf. Hebr 5,7). Dios le escuchó por su actitud reverente (Cf. Hebr 5,7). Jesús se acomodó al mandato de Dios, un mandato que es vida (Cf. Jn 12,50), su Padre le arrancó de sus «inicuos perseguidores», de la muerte transformada en una exaltación de gloria (Cf. Jn 12,27 s.; 13,31 s.;).

Quienes seguimos a Jesús nos revestimos de su mismo talante espiritual (Fil 2,5; Col 2,12), y estimamos todo como basura con tal de ganar a Cristo ( Fil 3,8). En esta ley suprema encuentra el cristiano la perfecta libertad (Sant 1,25; 2,12), y la cercanía e intimidad  con Dios, a quien invocamos.

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: "...son iluminantes las palabras de san Agustín, quien al comenzar el comentario del Salmo 118 desarrolla el tema de la alegría que surge de la observancia de la Ley del Señor. «Este salmo amplísimo desde el inicio nos invita a la bienaventuranza, que, como es sabido, constituye la esperanza de todo hombre. ¿Puede haber alguien que no desee ser feliz? Pero si es así, ¿qué necesidad hay de invitaciones a alcanzar una meta a la que tiende espontáneamente el espíritu humano?... ¿No será porque, si bien todos aspiran a la bienaventuranza, sin embargo la mayoría no sabe cómo alcanzarla? Sí, esta es la enseñanza de quien comienza diciendo: Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor.

Parece querer decir: Sé lo que quieres; sé que estás en busca de la bienaventuranza: pues bien, si quieres ser bienaventurado, debes ser intachable. Lo primero lo buscan todos; pocos se preocupan sin embargo de lo segundo. Pero sin esto no se puede alcanzar la aspiración común. ¿Dónde tendremos que ser intachables si no es en el camino? Éste, de hecho, no es otro que la ley del Señor. ¡Bienaventurados, por tanto, quienes son intachables en el camino, los que caminan en la ley del Señor! No es una exhortación superflua, sino algo necesario para nuestro espíritu» (Comentarios a los Salmos - «Esposizioni sui Salmi», III, Roma 1976, p. 1113). (San Juan Pablo II.  Audiencia general del miércoles, 21 julio 2004 dedicada a comentar el Salmo 118).

 

En la segunda lectura San Pablo continua profundizando en el acontecimiento salvífico ya realizado por Cristo. Él ha iniciado el proceso con su muerte y resurrección. Quienes aman a Dios han entrado en tal proceso, que no puede fallar por tener al mismo Señor como garantía. La acción salvadora de Dios no es algo futuro, sino hunde sus raíces en el pasado. Pasado no sólo en cuanto a la vida de Jesucristo , sino a la del creyente. San Pablo no retrocede aun ante afirmaciones tan rotundas como la de justificación ya realizada y, con ella, la glorificación. De hecho, quien cree en Jesús ya ha empezado a vivir su Vida nueva y por ello está fundamentalmente en la situación de amistad e intimidad con Dios. ¿Y qué otra cosa puede ser la glorificación? Desde aquí fluye la esperanza, certeza y seguridad en la vida del hombre en Cristo, lo cual permite frases como "todo sirve para el bien para quienes aman a Dios". No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la aplicación de la salvación en nuestra existencia. Es preciso llevar a los cristianos a estos hondas realidades que nos configuran como creyentes.

El Espíritu hace posible que el cristiano pueda llamar a Dios: !Padre! Ante todo, esto significa que el cristiano no es un huérfano en medio de un universo fatalista e impremeditado.  "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien"(v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca,  es fuente de alegre estabilidad. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe). No nos ahorran las contradicciones ni la experiencia del mal, ni la inestabilidad psicológica o emocional.

Vive dentro de unas coordenadas existenciales totalmente nuevas e insospechadas, porque el amor de un Padre, que es Dios, le circunda.

En los vs. 29-30 enumera Pablo los diversos pasos de este amor. No se trata en ellos de una predilección en exclusiva en orden a la salvación final. Es decir, San Pablo no afirma que sólo los cristianos vayan a salvarse porque sólo ellos son los elegidos de Dios. Nada de eso. La perspectiva de Pablo no es escatológica, sino intramundana: la construcción aquí y ahora de la nueva sociedad.

El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.

Esta es la vocación del cristiano. ¿Cómo la realiza? Dando vida a una comunidad de hermanos en la que Jesús es el primogénito. Esta es la predestinación de la que habla Pablo. A esto nos ha llamado Dios. Y para esto nos ha justificado. Para Pablo justificación es liberación del pecado y creación de una nueva forma de existencia.

 

El Evangelio nos presenta diversas parábolas acerca del Reino de los Cielos. Jesús comenzó su vida pública en Galilea anunciando el reinado de Dios, proclamando su venida, y ése es, sin duda, el contenido de su evangelio. Pero ¿en qué consiste ese reinado y a qué podemos compararlo? Jesús, para enseñar a las gentes el misterio del reinado de Dios, hacía constantemente uso de hermosas parábolas, que tomaba de la vida cotidiana

 El tesoro escondido, la perla de gran valor que encuentra un comerciante en perlas finas, la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos. Al final se reúnen los buenos en un cesto y los malos se tiran. Esta red echada en el mar es imagen de la Iglesia, en cuyo seno hay justos y pecadores. En otros lugares el Señor enseña esta misma realidad: en su Iglesia, hasta el fin de los tiempos, habrá santos y quienes se han marchado de la casa paterna, malgastando la herencia recibida en el Bautismo; y todos pertenecen a ella, aunque de diverso modo.

¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Más o menos esto. Ha sonado la hora decisiva de la historia. ¡Ha aparecido en la tierra el Reino de Dios! Concretamente, se trata de él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa, no es otra cosa sino Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: la salvación ha llegado a vosotros gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomad la decisión, aferradla, no la dejéis escapar. Este es tiempo de decisión.

La primera de estas parábolas compara la oferta de Jesús, el reinado de Dios, con un tesoro. Un tesoro tan valioso y que seduce tanto y produce tanta alegría, que el que lo encuentra se olvida de todo lo que tiene, lo abandona todo y ve en eso lo único que vale la pena en este mundo. Esto quiere decir que quien encuentra a Jesús y su mensaje, por eso mismo cambia radicalmente de vida. Una novedad así, no puede ser ni la práctica religiosa, ni, menos aún, las obligaciones que impone la religión. Ni siquiera las promesas de felicidad para la otra vida. Nada de eso es -para la gran mayoría de la gente- un tesoro que le cambia la forma de vivir. La creencia en una esperanza (¿incierta?, ¿insegura?) de futuro, normalmente, no modifica el presente visible, tangible.

En medio de la desesperación, el cansancio y la desorientación actual, el hombre siente desesperadamente la necesidad de un sentido, un camino, una causa por la que vivir. Nos parece que es lo duro y lo difícil lo que cansa al hombre, pero en realidad es lo fácil lo que desespera al hombre. Y en una sociedad como la nuestra, donde se quiere hacer tabla rasa de toda dificultad y llegar al estado de máxima comodidad, el hombre se ahoga si no tiene un motivo para vivir, una causa en cuyo servicio gastarse y desgastarse. El esfuerzo, el sacrificio, el dar la vida generosamente, pueden llenar la vida del hombre con un sentimiento de felicidad más profundo que el de la comodidad, el confort, la diversión. No es lo difícil, es lo fácil y sin sentido lo que angustia al hombre. El que se descarga acaba cansándose, y el que gozosamente toma sobre sí la carga de la donación y el amor permanece joven y lleno de sentido.

En este contexto social sigue teniendo vigencia como nunca la parábola evangélica del tesoro escondido. Nosotros y nuestros contemporáneos seguimos buscando inconscientemente un tesoro, un tesoro que vale más que todo lo que le rodea, un tesoro que salve  nuestra vida dándole una causa para vivir y para morir, porque las grandes causas para vivir son a la vez grandes causas para morir, para dar la vida por ellas. Lo malo es que hoy en día el tesoro puede estar escondido y sepultado en medio de tanto confort y facilidades que constituyen nuestra vida cotidiana.

Lo mismo hay que decir de la perla. En el fondo, es la misma comparación formulada con otras palabras. ¿Qué pueden expresar el "tesoro" y la "perla"?

La renuncia para adquirir la perla puede llegar a las formas extremas que tuvo en san Francisco, pero el evangelio es para todos. Jesús no predica solamente a unos cuantos profetas espectaculares de la renuncia, ni predica tampoco un sueño. Su "venderlo todo" es difícil, pero debe ser posible para cualquier hombre en cualquier situación. Simplemente, hay que decir que no se sigue a Jesús con toneladas de confort o con montañas de reticencias ante una de sus exigencias precisas, por ejemplo la del perdón. "Venderlo todo" puede significar un despojo muy duro del amor propio o una generosidad en el terreno económico algo loca, o la opción heroica de la confianza ante una terrible enfermedad. Y también, desde luego, el sí a una vocación.

Solamente lo que más nos llena a los humanos: un ámbito y un ambiente humano de respeto, tolerancia, estima, cariño y seguridad, en el que damos felicidad y recibimos felicidad, con la convicción de que eso es (y será) para siempre. Solo eso puede significar lo que, tal como somos los humanos, Jesús ofrece y afirma.

 En cada una de las dos parábolas hay, en realidad, dos actores: uno manifiesto, que va, vende, compra, y otro escondido, sobreentendido. El actor sobreentendido es el antiguo propietario que no se percata de que en su campo hay un tesoro y lo liquida al primero que se lo pide; es el hombre o la mujer que poseía la perla preciosa, y no se da cuenta de su valor y la cede al primer comerciante que pasa, tal vez para una colección de perlas falsas. ¿Cómo no ver en ello una advertencia dirigida a nosotros en acto de vender nuestra fe y herencia cristiana?.Es un hecho muy repetido  en muchos de los bautizados en nuestra sociedad.

No se dice en cambio en la parábola que un hombre vendió todo lo que tenía y se puso en busca de un tesoro escondido. Sabemos cómo acaban estas historias: se pierde lo que se tiene y no se encuentra ningún tesoro. Historias de ilusiones, de visionarios. No: un hombre halló un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. Hay que haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría y vender todo.

Hay que haber encontrado primero a Jesús, de manera nueva, personal, convencida. Haberle descubierto como propio amigo y salvador. Después será fácil vender todo. Se hará «llenos de alegría» como aquel hombre del que habla el Evangelio.

Es verdad que en nuestra vida cristiana son frecuentes los deseos de seguir a Jesús. Pero ¿con qué intensidad lo hacemos? El seguimiento de Cristo que vivimos se parece muy poco al auténtico.

Para seguir a Cristo, tenemos que jugárnoslo todo a su favor. Una vez descubierto este "tesoro", esta "perla", estar dispuestos a venderlo todo, a dejarlo todo. Esto es quemar las naves.

Descubierto Cristo, no debe haber posibilidad de volverse atrás. El hacerlo es signo o que ha sido un descubrimiento falso (una falsa conversión) o que anteponemos nuestros deseos, nuestra voluntad, a la voluntad de Dios. Seguir a Cristo es aceptar su juicio sobre este mundo y sobre nuestra vida.

Cuando descubrimos a Cristo como el tesoro escondido, la vida cobra un sentido nuevo; se produce una verdadera revolución en la escala de valores: lo único importante es Dios y su voluntad; todo lo demás se relativiza. Es lo de san Pablo: "Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él" (Flp,03-08).

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen. com

 


domingo, 19 de julio de 2026

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2026

 

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2026

Las lecturas de hoy tienen como hilo conductor la cercanía bondadosa y activa de Dios en nuestro peregrinar terrenal. Así nos muestran el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre.

La lectura del Antiguo Testamento nos indica con claridad qué es lo que, sobre todo, debe retener y centrar nuestra atención: la larga paciencia de Dios, su juicio indulgente, el don de la conversión para quienes han pecado:  ". diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores." Sb 12,19(

San Pablo  afine aún más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.

El evangelio al hablar de la cizaña, solo se nos pide el reconocimiento de la existencia de la misma, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda.

La primera lectura es del libro de la Sabiduría (Sb 12, 13. 16-19) Este pasaje forma parte de la reflexión sapiencial sobre los castigos infligidos por Dios a los cananeos (v. 12). Es parte de los "juicios históricos" de los caps. 11-12 y 16-19 que comentan, de forma midrásica, los relatos de las plagas del libro del Éxodo. Dos fuerzas antagónicas se enfrentan, Israel y Egipto, y el Señor es el juez que emite su veredicto. El Dios de Israel no puede permanecer indiferente a la historia de su pueblo sino que en ella manifiesta su fuerza, su poder, su justicia.

-"Justicia, juicio y poder" son tres palabras que el autor de este libro repite machaconamente mientras exhorta a los poderosos de este mundo a la praxis de la justicia... Y una duda asalta la mente del autor: ¿Dios es justo? Entonces, ¿por qué castiga a la gente cananea que es inocente? Pase el que Dios castigue al Egipto opresor, pero ¿qué pecado han cometido los pobres cananeos para que su territorio sea invadido? ¿No es un abuso del poder divino? El autor trata de responder a estos interrogantes en  los vv. 12. 13-21

Dios no actúa con moderación por miedo o debilidad, sino por su gran misericordia, pues Yahvé es el único Dios que juzga de todo y no tiene que dar cuentas a nadie de su proceder, pero quiere demostrarnos que sabe juzgar con justicia. El poder de Dios no es un motivo para que obre como un tirano, arbitrariamente; por el contrario, es el fundamento de su serena justicia. Su poder sólo se hace sentir contra los que le desafían estúpidamente.


Dios es tan poderoso para cumplir sus planes que no necesita aliarse con la injusticia y recurrir al terror. "Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos" (V. 16).Por eso castiga con moderación incluso a pueblos extraños. Con mayor razón tratará con indulgencia a su pueblo Israel. El rigor excesivo no es propio de Dios, pues es la señal más clara de la debilidad de los tiranos.

Obrando así, Dios enseña que "el justo debe ser humano". La justicia deja de serlo cuando no se deja aconsejar por la misericordia. Dios no se precipita en sus castigos y da lugar al arrepentimiento, "concedes el arrepentimiento a los pecadores" (V. 19), pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

El autor aplica estos principios a los hechos concretos y distingue en Dios dos comportamientos.

*Dios se muestra fuerte y severo con quienes no creen en su soberano poder, siguiendo la conducta de los paganos; y también con los que creen, pero viven como si no creyeran, siguiendo la conducta de los judíos apóstatas (Rom 1, 21). Dios castiga el orgullo de una vida descreída y la insensatez de una conducta ilógica.

*Dios se muestra condescendiente y bondadoso con quienes reconocen su omnipotencia divina y obran en consecuencia. Dios gobierna a los hombres con moderación e indulgencia, porque es poderoso y sabe que, con sólo quererlo, puede recurrir a su fuerza y su severidad.

Esta conducta de Dios enseña a su pueblo dos cosas.

*A ejemplo de la sabiduría debe mostrarse humanitario, y esto no sólo con sus hermanos de raza, como prescribía la ley israelita, sino con todos los hombres. Es un jalón importante en el camino hacia el amor universal del Evangelio (Mt 5, 43-48).

*Nunca debe perder la esperanza, pues siempre hay lugar para el arrepentimiento y el perdón.

 

El responsorial es el salmo 85, (Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a ). Este salmo , nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu.

El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).

El salmista, que se define también "fiel" del Señor ( v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.

 El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).

En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (vv. 8-13).

Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios ( v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).

El salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

Aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado.

 

La segunda lectura de la carta del apóstol San Pablo a los romanos (Rom 8, 26-27) Este texto, es un buen complemento a las parábolas del Reino.

No sólo gime el universo y gemimos nosotros, sino que también es el Espíritu mismo quien gime. El Espíritu, en nuestro interior expresa mucho más intensa y vivamente que nosotros mismos este anhelo de vida y plenitud que es el Reino. ¿Cómo podríamos vivir lo que vivimos, sentir lo que sentimos, anhelar lo que anhelamos, si no fuera por el Espíritu que hay en nosotros?

La humanidad vive un continuo parto, ilusionada con dar a luz una criatura perfecta. Pero su debilidad radical (el egoísmo, el vivir para sí) puede más que su ilusión y por eso sus parto es trabajoso y decepcionante.

Como parte integrante de la humanidad, los cristianos vivimos la grandeza y la miseria de esa misma humanidad. Demasiadas veces los cristianos experimentamos la debilidad (v. 26), es decir, el egoísmo paralizante, que encierra en uno mismo borrando todo horizonte e imposibilitando toda colaboración en la tarea de creación de una nueva criatura.

"nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". (V 26). Los "gemidos inefables" son los sentimientos y vivencias internas, de los que nosotros mismos no somos demasiado responsables ni a un conscientes, pero que nos abren a Dios.

El segundo versículo subraya el modo  de ser del Espíritu en nosotros.

Por una parte el modo de ser para el Espíritu en sí, y ese Espíritu que está presente en nosotros y nos impulsa a actuar de modo determinado. Muchas veces ni nos damos cuenta de Él. Pero Dios se está comunicando con nosotros. Algo así como si fuésemos una especie de espejo del propio Dios cuando el Espíritu actúa.

Dentro de la vida en el Espíritu un tema particularmente importante es el de la oración. La condición cristiana no supone una total transformación del hombre, sino que continúa con aspecto de debilidad. Sobre todo cuando se trata de la comunidad con Dios. Es punto donde se hace más sensible la importancia del hombre que ha de ser suplida por el propio Espíritu.

Demasiadas veces se da por supuesto que podemos organizar y podemos establecer nuestra oración. Que es cuestión de adecuada preparación y buena voluntad. Sin duda es importante tener habito de oración, pero no puede bastar cuando se trata de ponerse en comunicación con el Señor. Fijémonos en nuestras peticiones  y sus resultados prácticos. Frecuentemente no conseguimos lo que pedimos . Y ello no se debe a falta de interés por parte de Dios, sino a que quizá no hemos sabido pedir lo que nos conviene.

Si somos sinceros con nuestra vida espiritual, nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada cn la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.

 

Aleluya Mt. 11, 25 "Bendito seas, padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

 

El evangelio es de  San Mateo (Mt 13, 24-30) Es un  pasaje es denso que  nos invita a recorrer varios caminos de reflexión.

San Mateo, reagrupa diversas parábolas que están todas unidas por un significado semejante: el juicio final, cuando el Reino haya llegado a su madurez. Al final de este pasaje del Evangelio, encontramos una breve explicación del uso que Cristo hace de las parábolas y el comentario que el mismo Jesús hace para sus discípulos de la parábola de la cizaña.

La parábola de la cizaña ocupa el puesto central. El comentario nos lo da el mismo Jesús. Pero la explicación se complementa en las otras dos parábolas, de las cuales una expresa en qué consiste el crecimiento del Reino, semejante a un grano de mostaza que es la más pequeña de las semillas y sin embargo se convierte en un árbol grande, y la otra muestra el Reino mediante la comparación con la levadura que hace que fermente la masa.

Si Jesús se expresa en parábolas es para realizar lo que decía el Profeta: "Hablaré en parábolas y proclamaré las cosas ocultas desde los orígenes". En realidad no es posible identificar a qué profeta alude S. Mateo, pero encontramos este texto en el salmo 78, 2: "Voy a abrir mi boca en parábolas, a evocar los misterios del pasado". Las "cosas ocultas" desde los orígenes, son sin duda los misterios del Reino que solamente se revelan a los discípulos.

Dos parábolas más nos presenta el texto evangelico: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura en la masa nos muestran otro aspecto del modo de proceder de Dios. El Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza; sin embargo, su energía es tal, que termina por doblegar lo que aparece como fuerte. La fuerza del Reino no tiene que ver nada con la fuerza de los hombres; es un concepto distinto. Las dos parábolas sobre el Reino subrayan sobre todo el lento trabajo de crecimiento del Reino de los cielos. Podría decirse: el inexorable crecimiento del Reino en el que no interviene el hombre. El poder de Dios es el único que ha creado todas las cosas y está sustentando este crecimiento que nadie puede detener; mientras, los hombres viven practicando la justicia o inspirados por el mal. Pero el Reino continúa creciendo, animado por la levadura de Dios, hasta que llegue a la madurez. Se adivina, bajo estas dos parábolas descriptivas del Reino, la larga paciencia creadora de Dios que se encamina al perfeccionamiento de su obra, el plan de salvación concebido desde toda la eternidad en beneficio del hombre.

Esta paciencia vigilante se pone de relieve en la parábola de la cizaña que es el centro del Evangelio de hoy.

El campo ha sido sembrado de buen trigo. El Hijo del hombre ha sembrado en el mundo a los hijos del Reino. Por la noche viene el enemigo; Satanás siembra la cizaña. Y en el mundo se produce la confusión, buenos y malos crecen juntos. A las miradas superficiales se les hace a veces difícil no someter a Dios a juicio: ¿Cómo deja crecer también al mal? A veces parece que los malos están más al resguardo en su vida material que los buenos. Es un problema que se suscita todos los días y no sólo entre las gentes sencillas. Dios deja hacer. Deja crecer a los que El mismo ha sembrado, a sus hijos de adopción, a los que ha dado la gracia bautismal, a los que el Espíritu ha transformado en imágenes de su Hijo. Les deja crecer al mismo tiempo que deja que crezca también la cizaña que El no ha sembrado, que es imposible que El haya sembrado. Y espera pacientemente. El mundo tiene que recorrer su propio camino y Dios le deja seguirlo. Espera el tiempo de la cosecha; las cosas están tan mezcladas en la vida del mundo que es mejor no intervenir demasiado pronto para no machacar lo que todavía vive. Pero el Reino no deja de crecer como el grano de mostaza, como la masa en la que la levadura está actuando. El Señor aguarda a que todo llegue a su madurez.

Cuando S. Mateo escribe esto no hace caso omiso del estado de la comunidad que tiene bajo su responsabilidad. Ve que crece como el grano de mostaza, muy pequeño, pero que se convierte en árbol; cae en la cuenta de que la levadura está en la masa, pero tampoco ignora que la cizaña está mezclada con el buen trigo. Sin duda alguna, como en nuestros días, esto era un problema para sus fieles y no era sencillo calmar sus inquietudes y reanimar la fe en la Providencia de Dios. El objetivo del Evangelista es mostrar la dinámica del Reino, a pesar de los enemigos, a pesar de los pecados y, al mismo tiempo, ayudar a su comunidad a reflexionar sobre sus responsabilidades mientras espera el día de la cosecha.

 

Para nuestra vida

La primera lectura es del último libro del Antiguo Testamento. El libro de la Sabiduría.

En el fragmento que leemos hoy se nos dice que el Dios de Israel mira siempre a sus hijos con una mirada misericordiosa, dispuesto a perdonarle todos sus pecados. Aplicando este texto a cada uno de nosotros, es consolador escuchar que nuestro Dios nos juzga siempre con moderación y gobierna nuestras vidas con gran indulgencia. Esta certeza en un Dios que nos ama y nos perdona debe acrecentar nuestro amor a él y debe ahuyentar de nuestras almas el miedo y la desesperación. Por supuesto que el saber que Dios nos va a perdonar siempre no debe permitir que se introduzca en nuestras vidas la laxitud y la tibieza espiritual, sino todo lo contrario. Precisamente, porque sabemos que Dios nos ama y nos perdona, debemos nosotros amarle a él y no hacer nada que le desagrade. Ante Dios no debemos ser ni miedosos, ni escrupulosos, ni abandonados y espiritualmente tibios. Un buen hijo siempre quiere amar a sus padres buenos y hace todo lo que puede para no ofenderles. Saber que Dios es clemente y misericordioso, como nos dice el salmo, debe elevar nuestro corazón hacia él y decirle “Señor, mírame, ten compasión de mí”

El texto hace referencia al poder humano que suele ser opresivo, dictador, porque es limitado y se teme que otros nos lo puedan arrebatar. Por eso se manda cerrar filas para no dejárselo quitar. El fiel de turno será premiado; el díscolo, condenado al ostracismo; el sumiso, que suele ser tonto, es ascendido, mientras que el crítico y listo es marginado. No importa el bien de la comunidad, sino la manutención del poder. ¿Se puede gobernar así a una comunidad, ya sea religiosa o política? -Y como el poder divino es ilimitado, por eso excluye el miedo (v. 13) y lleva a la compasión. Y amor y compasión no pueden conjugarse con la injusticia y el oportunismo... Por su poder ilimitado el Señor es fuente de misericordia y perdón (v. 18). Todo juicio de Dios en la historia da tiempo a la conversión, incluso la busca, la provoca.

"Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano..." (19). Poder, justicia, compasión. Términos difíciles de conjugarlos con nuestra vida... y por eso convertimos nuestro planeta en un antro de injusticias y en el reino de intransigencia, de desesperación, de luchas, de rencor...

-"El justo debe ser humano". Dios es humano, más humano que nosotros, y perdona a todos. Y no solamente "porque puede hacer cuanto quiere", sino porque nos ha creado, nos conoce y nos ama: "nos amó primero' (1 Jn 4. 10). El contacto con Dios sólo nos puede humanizar: "amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4. 7-8).

 

El salmo nos invita a una oración confiada en la bondad de Dios. "Tú, Señor, eres bueno y clemente", dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón "humilde y contrito".

Así comenta el Papa San Juan Palo II este salmo:

" Oración a Dios ante las dificultades . 1. El salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf. v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.

Sigamos ahora esta plegaria que la Liturgia de las Horas nos propone al inicio de una jornada que probablemente implicará no sólo compromisos y esfuerzos, sino también incomprensiones y dificultades.

2. El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf. vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34, 6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).

En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf. vv. 8-13).

3. Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).

En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

4. En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado (cf. vv. 12-13; Sal 15, 10-11).

El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).

San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano. La traducción latina, en el versículo 2, de acuerdo con la versión griega de los Setenta, en vez de "fiel" usa el término "santo": "protege mi vida, pues soy santo". En realidad, sólo Cristo es santo, pero -explica san Agustín- también el cristiano se puede aplicar a sí mismo estas palabras: "Soy santo, porque tú me has santificado; porque lo he recibido (este título), no porque lo tuviera; porque tú me lo has dado, no porque yo me lo haya merecido". Por tanto, "diga todo cristiano, o mejor, diga todo el cuerpo de Cristo; clame por doquier, mientras sufre las tribulaciones, las diversas tentaciones, los innumerables escándalos: "protege mi vida, pues soy santo; salva a tu siervo que confía en ti". Este santo no es soberbio, porque espera en el Señor" (Esposizioni sui Salmi, vol. II, Roma 1970, p. 1251).

5. El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85, 9). Y san Agustín comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo" (ib., p. 1269).

Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas" . ( San Juan Pablo II. Audiencia general del día 16-X-2002).

 

De la segunda lectura resuenan las palabras paulinas: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene".

Esta debilidad se refiere, sobre todo, a nuestra falta de sentido espiritual, a nuestra falta de esperanza. Porque la tensión tan intensa que sentimos entre lo que tenemos en nuestras manos como un comienzo y primicia y lo que será definitivo pero todavía no lo tenemos totalmente asegurado, no es, por su naturaleza, tranquilizante; somos demasiado débiles para soportar pacientemente esa situación. Nos sentimos incluso incapaces de la enérgica reacción que podría suponer la oración. No sabemos cómo orar. Nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada con la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.

Pidamos siempre a Dios que aceptemos su voluntad, porque es verdad que nosotros no siempre sabemos qué es lo que más nos conviene. Hagamos por nuestra parte todo lo que creemos que es mejor para nosotros y lo demás dejémoselo a Dios. Es lo han hecho siempre todos los santos y todas las personas profundamente religiosas. No siempre es fácil aceptar las desgracias personales, o familiares, o sociales, pero no echemos la culpa a Dios de lo que ocurre en nuestras vidas, o en la vida de nuestra familia, o en la sociedad. Lo malo que ocurre a los hombres casi siempre es culpa de los hombres; de nuestra maldad, o de nuestra ignorancia, o de unas leyes físicas y universales que nosotros no podemos controlar. Pidamos a Dios, como nos dice hoy san Pablo en esta carta a los Romanos, que el Espíritu nos guíe siempre al cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, nuestro Padre.

Así comenta san Agustín esta segunda lectura "Rom 8,26-27: El Espíritu gime en nosotros, porque nos hace gemir.

El gemido es propio de las palomas, como todos sabéis, y el suyo es un gemido de amor. Oíd lo que dice el Apóstol y no os extrañe que el Espíritu Santo haya querido mostrarse en forma de paloma. No sabemos -dice- orar como conviene, mas el Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26). ¿Cómo se puede decir, hermanos míos, que el Espíritu gime, siendo así que goza con el Padre y el Hijo de una felicidad perfecta y eterna? Porque el Espíritu Santo es Dios como es Dios el Padre y es Dios el Hijo. He mencionado tres veces a Dios, pero no he hablado de tres dioses. Mejor es decir tres veces Dios que tres dioses, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios como es sabido por vosotros. El Espíritu Santo no gime, pues, en sí mismo ni dentro de si mismo en aquella Trinidad, en aquella felicidad, en aquella eternidad de sustancias; gime en nosotros, porque nos hace gemir. No es pequeña cosa la que nos enseña el Espíritu Santo. Nos insinúa que somos peregrinos y nos enseña a suspirar por la patria, y los gemidos son esos mismos suspiros.

Al que le va bien en este mundo, mejor dicho, al que cree que le va bien y se goza en la alegría de la carne, en la abundancia de las cosas temporales y en la vana felicidad, ése tiene voz de cuervo. La voz del cuervo es clamorosa, no gimebunda. El que se da cuenta de la opresión de su mortalidad, y de que está alejado del Señor, y de que todavía no posee aquella felicidad prometida ahora en esperanza y luego en realidad, cuando el mismo Señor venga lleno de gloria, quien primero vino oculto por la humildad, el que se da cuenta de esto, -repito-, gime. Y mientras sus gemidos sean por esto, sus gemidos son santos. El Espíritu Santo es quien le enseña a gemir así. Es gemido que aprende de la paloma. Muchos son los que gimen por su desdicha en la tierra, o por las desgracias que los torturan, o por las enfermedades corporales que los oprimen, o por estar encarcelados o combatidos por las olas del mar o cercados en derredor por las asechanzas de los enemigos. Pero éstos no gimen como la paloma, no gimen como hace gemir el amor de Dios, como hace gemir el Espíritu. Por lo cual, esos tales, tan pronto como se ven libres de las desdichas, muestran su alegría con grandes alaridos. Eso muestra que son cuervos, no palomas. ¡Qué bien está cuando se dice que del arca salió el cuervo y no volvió, y que salió la paloma y volvió! Son las dos aves que soltó Noé. Allí había un cuervo y una paloma; ambas especies de aves estaban encerradas en aquella arca, y si el arca es figura de la Iglesia, ya veis por qué es necesario que en este diluvio del mundo encierre la Iglesia ambas especies: el cuervo y la paloma. ¿Quiénes son los cuervos? Los que buscan sus cosas. ¿Quiénes las palomas? Los que buscan las de Jesucristo". ( San Agustín. Comentario sobre el evangelio de San Juan 6,1-2)

 

En el evangelio de hoy encontramos  tres parábolas o comparaciones de lo que es el Reino: la buena semilla sembrada en el campo, el grano de mostaza y la levadura. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas del Reino. Jesús hablaba en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía. Demasiadas veces utilizamos un lenguaje elevado, izado y desencarnado de la realidad. Las tres parábolas de hoy, nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde.

La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra --el Verbo-- que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es una forma más de oponerse a Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal --el Maligno-- será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.

Hoy nos podemos hacer la pregunta que más se han formulado los humanos de todos los tiempos. ¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

  Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente.

" No arranquéis la cizaña, que podríais arrancar también el trigo". Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Nuestra justicia humana, una justicia según la ley, es muchas veces, una tremenda injusticia. Porque donde está la ley está la trampa, y los ricos y los poderosos corruptos tienen siempre la trampa a mano. La ley es la misma para todos, decimos, pero no todos saben, ni pueden, usar la ley para su servicio de la misma manera. Además, que cada uno de nosotros somos un mundo, y no se puede hacer una ley para cada persona, por mucho que los jueces traten de buscar las circunstancias individuales atenuantes o acusantes para cada individuo. Sólo Dios nos conoce por dentro y por fuera a cada uno de nosotros y puede juzgarnos imparcialmente. Y como Dios sabe que somos de barro, de naturaleza frágil y pecadora, nos juzga a todos misericordiosamente. Mira nuestro corazón, antes que a nuestras obras, y nos juzga como lo que realmente somos. Desde que nacemos tenemos la cizaña ya metida en el alma y, aunque en el bautismo se nos perdone la culpa y la pena de nuestra fragilidad original, la inclinación al pecado, la cizaña, nos va a acompañar mientras vivamos. ¿Qué hacer? Confiar en la misericordia de Dios y en su perdón. E intentar juzgar a los demás con amor y misericordia. Porque más de una vez somos muy exigentes con los demás y muy tolerantes con nosotros mismos. Vivimos en un mundo imperfecto, en el que el trigo y la cizaña están muy revueltos y envueltos, y no podemos juzgar precipitada e inmisericordemente a los demás. Tratemos cada uno de nosotros de ser trigo limpio y no pretendamos exterminar de golpe y arrancar lo poco o lo mucho que nosotros consideramos cizaña. Dejemos a Dios ser Dios, es decir, dejemos que Dios sea el que nos juzgue a todos.

La Iglesia puede tener la tentación de pensar que ella acapara todo el trigo y que fuera de ella no hay más que cizaña. Más de una vez la Iglesia lo ha pensado. La verdad es que fuera de la Iglesia también hay trigo y dentro de ella también hay cizaña. La frontera entre el trigo y la cizaña también pasa por el corazón de cada uno de los cristianos.

La parábola nos habla del Reino, no lo perdamos de vista. Y recalca que el dueño del campo corrige la impaciencia de los criados. Ellos querían arrancar la cizaña cuanto antes. El dueño les hace esperar hasta la hora de la siega.

Nosotros, olvidando que somos también trigo y cizaña, quisiéramos más de una vez imponer nuestros criterios en este campo que es el mundo y la Iglesia. Olvidamos que también nosotros tenemos cizaña. Olvidamos que es difícil distinguir el trigo de la cizaña. Olvidamos que detrás de la cizaña hay trigo también.

Olvidamos que no fuimos nosotros los que sembramos y que no somos nosotros los que tenemos que segar.

Y por eso surge la intolerancia, las inquisiciones, las luchas, las diferencias, las cruzadas, las penas de muerte, muchos anatemas... Cada uno creemos que la diferencia entre el trigo y la cizaña se mide según nuestros propios criterios.

Y nos da pena, y nos impacientamos al ver el campo lleno de trigo y cizaña. Y nos parece imposible que el Reino deba estar sometido a la servidumbre de tener que tolerar la presencia de la cizaña. Nos causa extrañeza, nos desalienta.

Quisiéramos medir el desarrollo del Reino según nuestros propios criterios. Nos preocupa el número, el éxito, el aplauso, las cuentas... Y nos resulta intolerable que no sea nuestro criterio el que predomine. Nos parece muy bueno el pluralismo, pero a costa de descalificar a todos los que no piensan como nosotros.

Llamamos a nuestros tiempos de pluralismo. Y nos gusta que así sea. Pero a veces nuestro pluralismo no es soportado sino a base de anatemas interiores. El pluralismo -también en la Iglesia- no nos ha educado para la convivencia social. Cada uno sigue convencido de que el trigo lo tiene él y que los demás sólo tienen cizaña.

La fe en el Reino de Dios nos pide -según la parábola- la tolerancia. Es decir, no cabe duda de que la tolerancia se basa en buena parte en la fe. No es a nosotros a los que nos toca juzgar. La justicia total llegará al final. Dios, el dueño del campo, se ha reservado el hacer justicia. Nosotros, mientras, tenemos que convivir en la comprensión, en la tolerancia, en la paz, sin anatematizar a ningún hombre, sin despreciar a nadie, sabiendo con humildad que también nosotros cosechamos cizaña en nuestro propio corazón.

Esta conclusión de tolerancia y humildad sube de tono al aplicarla al interior mismo de la Iglesia. También en la Iglesia tenemos un pluralismo muchas veces no más que soportado y lleno de anatemas interiores. Cada uno suele pensar que la recta opinión (ortodoxia) que se ha de tener hoy día en cuanto a pastoral, liturgia, moral, teología, espiritualidad, etc., es, claro está, la suya. Todos los demás, a derecha e izquierda de uno mismo, no están en la verdad exacta, que es la mía.

Esta actitud que tenemos en el corazón tantos cristianos, no es ciertamente la del Reino, según la parábola.

 

Rafael Pla Calatayud.

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