viernes, 30 de octubre de 2026

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Todos los Santos 1 de Noviembre de 2026.

La fiesta de Todos los Santos es muy antigua y parece que su origen está en la dedicación del Panteón Romano a Santa María y los mártires. En el Siglo IV la iglesia oriental ya conmemoraba esta fiesta. En el siglo IX se comienza a celebrar en lo que hoy es Francia para luego extenderse a toda la Iglesia latina.
En los primeros textos cristianos, escritos inmediatamente después del Nuevo Testamento, nos encontramos con una pieza muy singular que son las Actas de los Mártires. Se trata de los documentos que reflejan los juicios a que fueron sometidos un cierto número de cristianos que se oponían a las leyes romanas de adorar ídolos y de presentar sacrificios rituales a las estatuas de los emperadores. Dichos relatos que, por supuesto, contienen interesante doctrina, también consagran documentalmente a un cierto número de santos por su martirio.

El culto a los mártires fue muy importante entre esos primeros cristianos y de ahí se originó la devoción a esos hermanos singulares que supieron dar su vida por Cristo. Lo que los fieles pedían a esos mártires es muy parecido a lo que nosotros hoy solicitamos en nuestras devociones. Y la tradición de "hacer santos", de canonizar a cristianos de singulares méritos, es muy antigua. Y el día que litúrgicamente se dedica a recordar a todos los santos, a los conocidos y desconocidos, es este primero de noviembre, en el que las oraciones de la Misa van dirigidas a ese gran número de intercesores que nosotros necesitamos para seguir adelante con nuestros trabajos de ser buenos cristianos.

Las Iglesias reformadas, tras la protesta de Lutero, prescindieron de esa práctica canónica. No así las Iglesias ortodoxas que han continuado buscando ejemplos de santidad y venerándolos. En nuestra Iglesia Católica, el pontificado del San Juan Pablo II se caracterizó por un incremento notable del número de las beatificaciones y canonizaciones. Y ha pasado a la historia como el Papa que más santos ha elevado a los altares. Él mismo, santo, junto a su antecesor Juan XXIII por una histórica  decisión del Papa Francisco en los primeros meses de su pontificado.

 

La primera lectura es del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14 El Apocalipsis, como sucede en la literatura de este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica, necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos.

Juan escribe el libro del Ap (que significa "revelación") hacia los años 94-96, en unas circunstancias particularmente adversas para las comunidades cristianas. La persecución de Nerón, iniciada con el incendio de Roma hacia el año 64, se había extendido por todas partes en tiempos de Domiciano. El Apocalipsis es, por la tanto, un libro de la clandestinidad, lo que explica en parte la dificultad de su interpretación. Es también un libro en el que el autor exhorta a los cristianos y levanta el ánimo de las iglesias, un libro de la resistencia cristiana o de la "paciencia", que es algo muy distinto de la simple resignación. La paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible.

El Vidente de Patmos ve los acontecimientos e interpreta los signos o señales de los tiempos a la luz del Día del Señor, revelando así el verdadero sentido de las persecuciones de la iglesia en el decurso de la historia. De ahí que la exhortación del Apocalipsis tenga todavía para nosotros vigente actualidad.

En el capítulo anterior, después de anunciar las calamidades que se avecinan sobre la tierra, deja abierta una pregunta angustiosa: "Porque ha llegado el Día de su Cólera (de Dios) y ¿quién podrá resistir?" (6.17). La respuesta se halla en las dos visiones de este capítulo séptimo, que presenta la lectura de hoy.

El Vidente, situado más allá de la historia, ve lo que será al fin y al cabo. En su visión ha dado un salto, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, para mostrarnos el triunfo del pueblo de Dios. Una muchedumbre incontable, de todas las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos celebra la victoria.

La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos» -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.

En la lectura se nos muestra la apertura del misterio de la historia con la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser liberados de la destrucción. El sello sobre los siervos de Dios sella su pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la multitud inmensa, incontable, con su simbolismo propone algo de las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza. Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable” representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero sacrificado, con su sangre.

Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». Los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).

Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los israelitas en el momento de la Pascua de Egipto.

Esta liturgia celeste celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución (thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.

El himno es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan pasado por la muerte.

 

El responsorial es el salmo 23 (Sal 23, 1-2, 3-4ab, 5-6). Pertenece al grupo de los llamados salmos litúrgicos.

El salmo recuerda una procesión con el Arca de la Alianza. La procesión se desarrollaba en medio de la fiesta y la alegría, y en ella el pueblo acompañaba con cantos.

Cada una de las partes de este salmo presenta un rasgo característico de Dios. En la primera se refuerza la idea de que Dios es el creador de la tierra y Sr. Del mundo. En la segunda se presenta a Dios como el aliado de Israel: para responder al compromiso de la Alianza, el pueblo de Dios tiene que establecer unas relaciones de justicia, de integridad y rectitud.

Para entender mejor la primera parte del salmo (1b-2), hay que tener en cuenta la forma como se concebía el mundo en la en esta época. Se creía que la tierra era una superficie plana, sostenida por columnas invisibles. Estas columnas un día en sus cimientos de la profundidad de los océanos. Dios había sido el autor de esta proeza arquitectónica. Por eso le pertenece la tierra y lo que contiene, el orbe y sus habitantes.

Este "salmo del Reino" describe la entrada de una procesión en el Templo... Es Yahveh,  el Dios creador del Universo, nuestro Rey Yahveh, que viene a tomar posesión de su palacio  y de su ciudad. Al aclamarlo Israel lo hacía reinar efectivamente y le profesaba sumisión.  Pero ¿cómo reina Dios? A las puertas del templo se respondía mediante una catequesis:  son los comportamientos morales del hombre los que hacen reinar a Dios. ¡Tener un  corazón puro, las manos no manchadas de intrigas, el corazón libre de todo ídolo, liberado  de todo aquello que no es Dios, leal al prójimo, sediento de justicia, ávido de Dios.

San Juan Pablo II comentó así este salmo en la audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.

" 1. el antiguo canto del pueblo de Dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén, para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. el primero atañe a la verdad de la creación:  Dios creó el mundo y es su señor. el segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas:  debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. el tercero es el misterio de la venida de Dios:  viene en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. un comentarista moderno ha escrito:  "se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y podemos vivir con Dios" (G. Ebeling, sobre los salmos, Brescia 1973, p. 97).

2. A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante.

La primera es una breve aclamación al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitectónica:  Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.

3. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso:  "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf. Sal 14; Is 33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.

4. Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos Dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo:  "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.

5. Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes:  "Rey de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos". A las puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa.

El escenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de san Pedro (cf. 1 P 3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch 1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo de Sión.

6. El último título:  "Señor de los ejércitos", no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter marcial, aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. por el contrario, entraña un valor cósmico:  el señor, que está a punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santuario de sión, es el creador, que tiene como ejército todas las estrellas del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le obedecen. en el libro del profeta Baruc se lee:  "brillan las estrellas en su puesto de guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen:  "aquí estamos". y brillan alegres para su hacedor" (ba 3, 34-35). el Dios infinito, todopoderoso y eterno, se adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, escucharla y entrar en comunión con ella. y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor." (Papa San Juan Pablo II. Ciudad del Vaticano. Audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.)

 

La segunda lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3. San Juan en su primera carta resume muy bien en qué consiste la esperanza cristiana: todos los bautizados somos ya, aquí y ahora, hijos de Dios, pero todavía con limitaciones, tenemos la esperanza de llegar a serlo un día en plenitud.

Un doble plano podemos ver en el texto de hoy.

Nuestra realidad presente realizada. Ser hijos de Dios es "haber nacido de Dios". El aceptar la luz que es Cristo nos hace capaces de ser hijos de Dios. El cristiano, en tanto es hijo de Dios en cuanto participa de la filiación divina de Jesús. Es don amoroso del Padre. El mundo es el estado de cosas basado en "los bajos instintos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero" (1Jn/02/16). Es lo contrapuesto al amor verdadero.

Nuestra realidad futura o escatológica. Es una realidad que nos transformará. Pablo habla de una nueva creación. Será algo grande. La primera creación no es nada si la comparamos con ella. Pero no la conocemos porque aún no ha llegado. Con todo, este final ilumina nuestro presente. Es la esperanza la que nos ayuda a caminar (=conducta). Purificarse es cumplir los mandamientos, sobre todo el amor al prójimo.

La segunda parte de la primera carta de San Juan se abre con el mensaje de que todos somos hijos de Dios. A este mensaje sigue una exigencia: debemos vivir como hijos de Dios. Para los sinópticos la filiación divina es una realidad escatológica. Con san Pablo ya se hace presente en este mundo. En san Juan la filiación divina es actual y llega a todos los hombres que aman a Jesús y guardan sus mandamientos.

La razón de fondo es el amor del Padre. El autor no puede contener su admiración ante el don maravilloso que Dios nos ha hecho a los hombres: la filiación divina. Al decir: "Mirad qué amor..." nos invita a mirar no con los ojos del cuerpo sino a verificar, constatar, que aunque el amor es una realidad invisible es perceptible por los efectos.

La filiación divina es obra del amor del Padre. Si Dios ama tanto a los hombres que llega a entregarles a su propio Hijo es para darles la vida eterna, para hacerlos hijos de Dios. "El mundo no conoce..". El conocimiento supone un vínculo de unidad entre el que conoce y lo conocido. De ahí que el conocimiento que ahora tenemos sea imperfecto. En la vida presente la realidad de la filiación se posee en forma limitada y por tanto el conocimiento es parcial. No conocemos todavía lo que llegaremos a ser.

Toda la vida cristiana debe tender a manifestar que somos hijos de Dios y que amamos como él amó. Esta vida se vive ahora en medio de dificultades y el gran amor que nos tiene el Padre no lo llegamos a ver en su totalidad, pero mantenemos la esperanza firme de que un día se manifestará.

La esplendida admiración que describe San Juan,  nace de la fe y de la experiencia del Resucitado. Dios nos ha amado en Cristo, en su entrega y solidaridad hacia los hombres, hasta el punto de hacernos "hijos".

El autor expresa mediante tres términos la realidad de la situación humana presente y futura ante Dios: "ser hijos", "ver a Dios" y "ser puro". Hay una continuidad y una ruptura entre lo que somos y lo que seremos. Continuidad pues, en el bautismo y la conversión, hemos ya inaugurado nuestra relación reconciliada con el Padre, gracias a la vida de Cristo. Ruptura, pues la esperanza a la que somos llamados la vivimos todavía desde nuestra limitación, desde nuestra debilidad frente a la tentación y el pecado. Vemos a Dios, pero no tal cual es.

Parece escogida como una forma de resaltar algunos aspectos de la santidad, su naturaleza y su modo de realización.

Lo primero en el camino de la santidad es lo que Dios ha hecho por nosotros; las maravillas obradas por Dios no solo en el pasado, más aún las que ha obrado con la venida de su Hijo. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!”. Aunque no se exprese, la admiración toca en primer lugar a la manifestación inaudita del amor de Dios enviándonos a su Hijo; pero fundándose en ello, nuestro pasaje contempla y admira directamente las consecuencias de esa manifestación: el Padre, “que envió al mundo a su Hijo Unigénito” (4,9), nos ha llamado “hijos de Dios” y lo ha hecho con llamada eficaz, “pues lo somos”.

Lo que Dios ha hecho ya en nosotros está abierto a la plenitud, que consistirá en ser “semejantes a él”; y esta afirmación toca a la naturaleza de la santidad.

La semejanza no puede interpretarse como una especie de asimilación que implicara la ausencia de toda distinción entre Dios y nosotros. El ser humano contemplará a Dios: “ lo veremos tal cual es”; y esta visión nos transformará de tal modo que participaremos de la misma vida de Dios.  

 

El evangelio según san Mateo 5, 1-12a nos presenta el Sermón de la Montaña. El evangelio de hoy nos presenta las Bienaventuranzas como síntesis del mensaje cristiano, como proyecto de vida para vivir la santidad de Dios. Exegéticamente, el género bienaventuranza no es nuevo en el NT, ni tampoco es exclusivo de los evangelios.

Las ocho bienaventuranzas con que Mateo introduce el Sermón de la Montaña se muestran literariamente bien construidas, lo que nos muestra la mano del redactor eclesial: la primera y la última contienen la misma promesa y la cuarta y la octava (dos mitades!) mencionan la justicia. Cuatro de ellas presentan situaciones de conflicto: pobreza, llanto, sufrimiento, hambre-sed y persecución. Y tres se centran en acciones positivas: misericordia, limpieza de corazón, esfuerzo por la paz. No pretenden ser exhaustivas, presentar todas las situaciones humanas susceptibles de dicha evangélica: pero sí nos muestran un amplio abanico de situaciones de indigencia y de compromiso por el prójimo: en todos ellos se hace patente el rostro de Dios.

En la novena bienaventuranza recae el acento: en la misma persecución por causa del Evangelio se manifiesta el gozo de Dios. Cualquier situación humana, vivida en la línea del Evangelio, es buena para realizar el proyecto de santidad que Dios espera de nosotros.

El Sermón de la montaña ha sido llamado la Carta magna del Reino. Es el primero de los cinco grandes discursos que vertebran el primer evangelio y que giran siempre en torno al Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar.

La Bienaventuranzas hacen de pórtico a esos puntos programáticos que el Señor proclama ante la multitud. Tienen el sabor de los antiguos salmos, que también se iniciaban a veces con esa misma fórmula de dicha y felicidad.

Las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida.

Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús.

Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.

Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico”, que quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.

Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.

Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey».

Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»).

De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación.

La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.

 

Para nuestra vida

La liturgia de esta fiesta está centrada en la santidad.

Hoy damos gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices, radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa.

Celebrar esta fiesta es sentirnos fascinados por lo alto. Cuando ascendemos a las montañas vienen a nuestros ojos imágenes de valles y de ríos, de cielos estrellados o de horizontes lejanos. En esta jornada de Todos los Santos no nos conformamos con subir a los cerros. Trepamos más arriba. Elevamos nuestros ojos a esa realidad que ha sido la razón y el motor, el existir y el triunfo definitivo de tantos hombres y mujeres que se dejaron seducir por la beldad de Dios. No se conformaron con lo que encontraban en el suelo, con las propuestas caducas de felicidad, con los atajos traicioneros. Los santos apostaron fuerte: descubrieron que Dios era lo máximo y dieron firme testimonio de El.

Al honrarles hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la aceptación de la voluntad de Dios.

Precisemos un poco mas esta Fiesta. La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar, en principio, dos hechos. El primero es que, verdaderamente, la fuerza del Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, o de cultura, o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta gozosa, fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da, y dará fruto, y lo dará en todas partes.

El segundo hecho que celebramos es que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos "han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero". Todos ellos han sido pobres, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz. Y eso les une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que "en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien", sino que celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo). Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios.

Podemos añadir  un tercer aspecto: San Agustín, en la homilía que la Liturgia de las Horas ofrece para el día de San Lorenzo, lo explica así: "Los santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos".

San Agustín se dirigía a unos cristianos que creían que quizá sólo los mártires, los que en las persecuciones habían derramado la sangre por la fe, compartirían la gloria de J.C. Y a veces pensamos también nosotros lo mismo: que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos. Y no es así. La santidad, el seguimiento fiel y esforzado de J.C., es también para nosotros: para todos nosotros y para cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada, que tome las cosas en serio, no para gente superficial y que se limita a ir tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín en la homilía antes citada: "Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación" (...). "Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio". Y hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a J.C.

 

La primera lectura propone el tema de la salvación, en ella se pone ante nuestros ojos el infinito número de los llamados a ser santos y a participar aquí y en la eternidad del don de la santidad.

El texto habla de la comunidad cristiana en tribulación, protegida por Dios en este mundo y en el otro.

Los vv. 7, 1-8 en conjunto hablan de esa protección divina a su comunidad en un mundo de malvados. Es de notar que la literatura apocalìptica no matiza. Buenos y malos están muy bien divididos. No hay que tomarlo como una descripción de la realidad, sino como una simplificación más aclaratoria que otra cosa. En realidad se trata de una afirmación de fe. Dios protege a su iglesia, a toda ella como muestra el número simbólico de 144.000 (doce veces mil, número perfecto multiplicado por sí mismo para indicar totalidad).

Los vv. 9-14 se refieren a la comunidad celeste, continuación de la actual. Lo principal es la glorificación que esa comunidad hace de Dios y de Cristo, el Cordero en terminología de muchas partes del Apocalipsis. Esta tarea, es la actitud religiosa fundamental, reconocimiento de Dios de forma total. Que hacen no sólo la iglesia, sino todo lo que no es Dios.

Más allá de este mundo, esto es, de la historia, el Vidente ve ahora en el cielo a los que ya han salido triunfantes de la gran tribulación. Es una muchedumbre innumerable y heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas, es la comunidad futura con toda la riqueza de su pluralismo y toda la unidad en la participación gozosa de una misma victoria.

Todos los que la componen van vestidos de blanco, porque son los invitados a las bodas eternas del Cordero, y llevan palmas en las manos, porque han salido victoriosos de la gran tribulación. Esta muchedumbre se encuentra ante el trono de Dios, esto es, en el cielo. No debe confundirse con la otra multitud de los señalados que aún militan en este mundo que pasa.

La salvación se debe al Cordero, que es Jesucristo, y a Dios. Por eso los santos, juntamente con los ángeles, tributan a Dios "todo honor y toda gloria" en una solemne liturgia celestial que los cristianos, señalados por el bautismo, anticipan sacramentalmente en la liturgia de la Iglesia.

El vidente es de nuevo informado sobre el significado de cuanto está viendo. La información le viene dada por uno de aquellos misteriosos "ancianos" que asisten al trono de Dios. Todos los santos han sido salvados por la sangre de Cristo, sin que esto suponga que Dios ahorre a nadie la gran tribulación. Los santos vienen de la gran tribulación, por eso su victoria es aún más gozosa.

"Después de esto vi una gran muchedumbre que nadie podía contar..." (Ap 7,9) Estamos ante una de la visiones de Juan en su destierro de la isla de Patmos. El Cielo abre sus puertas y deja que la mirada penetrante del evangelista, simbolizado por el águila, contemple los misterio del más allá. Hoy nos habla de los que fueron sellados en la frente, es decir los que se han salvado de la hecatombe apocalíptica. Habla primero de los pertenecientes al pueblo elegido, y luego de las demás naciones.

Se describe un cuadro maravilloso y consolador. De cada una de las doce tribus son ciento cuarenta y cuatro mil, esto es, una cantidad muy elevada. No se dice que todos se salven, pero sí se insiste en que son muchos, como se deduce al hablar de la muchedumbre que no se puede contar y que procede de todos los pueblos. No podía ser de otra forma, la sangre derramada del Cordero bien valió esa salvación de alcance universal.

Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.

La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios, como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación.

 La muerte y la resurrección de Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía.

En el texto se nos habla no solo  de mártires, también de todos aquellos que han pasado por la tribulación de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad, son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo que son los auténticos vencedores de la historia.

Desde el bautismo participamos del cumplimiento de la profecía del Enmanuel, Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre, ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva. Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte.

Esta lectura es una invitación a revisar como vivimos nuestra condición de bautizados invitados a la mesa eucarística, terrenal y celestial.

 

El  salmo de hoy nos plantea una claras y concretas preguntas:

" ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?"

A continuación se dan la respuesta: " El hombre de manos inocentes

y puro corazón, que no confía en los ídolos. ".

De ahí surge una petición: ¡Señor, haznos dignos de tu Santidad, Tú que  eres el Santo ! 

Cada uno de nosotros debe aplicar este salmo a su propia situación. 

La libertad del cristiano ante las "cosas" de la naturaleza. San Pablo aplicó este  salmo, explícitamente, a un problema de su tiempo: ¿se pueden comer los alimentos  ofrecidos a los ídolos? Responde: "coman sin hacer problema de conciencia, todo lo que les  venden en el mercado, porque la tierra y todo lo que hay en ella es del Señor". ( I Corintios  10,25 - 26; Salmo 23,1). Considerar la fe en Dios como liberadora, es una esperanza del  mundo actual. Sólo Dios es Dios. Sólo Dios merece sumisión. Hay, como se dice a menudo,  una cierta "desacralización" del universo, que corresponde perfectamente a la verdad de  Dios. Existe siempre el peligro de sacralizar abusivamente las realidades terrestres: las  costumbres tradicionales, los tabúes ancestrales, los usos considerados como definitivos y  sagrados cuando son apenas residuos de civilizaciones locales ya superadas. Pero el gran  peligro actual, es la sacralización de las ideologías y de la política. Digámoslo claramente, ni  los partidos de derecha, ni los de izquierda, son "sagrados"; son simples opciones humanas,  respetables claro está, pero que desmerecen grandemente al proyectarse sobre ellas un  "absoluto" que sólo a Dios debe darse: el único Rey es El. Bajo esta expresión  aparentemente pasada de moda, hay una reivindicación de libertad, de total independencia. 

Existe una tendencia reciente, que opone la moral y la fe. Este  salmo trae a cuento una verdad esencial que Jesús repitió frecuentemente. Dios más que  aclamaciones rituales, más que recitación de "credos", más que gestos cultuales...: espera  de nosotros rectitud de vida. La conciencia moral es lo primero. Seremos juzgados sobre el  amor. (Mateo 25,31 - 46). No llegarán a la "montaña de Dios" aquellos que se contenten con  decir: "Señor, Señor" (Mateo 7,21), sino aquellos "que tengan el corazón puro y las manos  inocentes", que cumplan los deberes que les impone la condición de ser hombres dignos de  tal nombre. La reforma conciliar revalorizó la "liturgia penitencial" al principio de cada Misa.  ¿Quién puede acercarse a Dios? Quien esté libre de toda mancha consciente o  inconsciente, que esté dispuesto a luchar contra su egoísmo, y toda forma de idolatría. Sólo  así Dios se hace fiador de la dignidad humana y de la conciencia. Decir: "Venga tu Reino",  es comprometerse a hacer cualquier cosa para vivir según sus exigencias. 

La oración con este salmo nos ayuda a vivir de forma nueva esa religiosidad popular, que generalmente rodean nuestra vida cristiana cotidiana, podremos el sentido de las romerías de las procesiones el sentido de las romerías, de las procesiones. El salmo nos ayuda a vivir la liturgia como celebración de la vida y expresión de la fe. También la actitud tolerante con este salmo nos ayuda a superar el ritual istmo y una falsa religiosidad de apariencias

 

El texto de la segunda lectura es una reflexión sobre la vida cristiana que se representa bajo la imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. En ella se nos introduce en la misteriosa relación existente entre el amor que Dios nos tiene, amor de Padre, y la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su Hijo.

San Juan nos recuerda con entusiasmo y urgencia este hecho, que fundamenta y sostiene nuestra fe y nuestra esperanza. Somos hijos de Dios, herederos del cielo, coherederos con Jesús, resucitado y exaltado a los cielos, a la derecha de Dios Padre. Pero nos advierte Juan también de lo extraña de nuestra situación, incomprensible a veces y muchas otras incomprendida incluso por nosotros mismos, pues todavía no está claro, no se ha puesto de manifiesto, lo que somos. Somos hijos de Dios, pero eso no se ve y desgraciadamente tampoco siempre se nos nota, pues no nos comportamos como tales. Al menos, si creemos que somos hijos de Dios, no parecemos estar muy convencidos de que los hombres somos hermanos. Esta situación ambigua, somos pero no somos, da pie para que muchos no crean en nosotros y para que nosotros mismos dudemos con frecuencia de lo que somos y de lo que tenemos que ser y hacer. Vivimos una situación de gestación, de expectación, como el campo sembrado de trigo, pero en el que todavía durante el invierno no se ve por ninguna parte la cosecha. Habrá que esperar hasta la primavera en que despunten los brotes o hasta el verano en que se recoja la cosecha. Sin embargo, igual que el labrador sabe que ha sembrado y espera con impaciencia el día de la cosecha, así nosotros debemos creer y esperar el día en que se ponga de manifiesto lo que ya somos por la gracia de Dios.

Se trata de una profunda teología como corresponde al círculo de las comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.

El título cristológico más coherente de la teología joánica, es lo que afecta a la filiación divina de Jesús, esto también tiene su repercusión en quienes seguimos a Jesús, consiste en la  posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él.

La afirmación del texto es clara: ¡somos hijos de Dios! "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y los seamos" (1 Jn 3,1). La frase de San Juan tiene matices de asombro que no se captan bien en la traducción castellana. Hay que subrayar el asombro del hagiógrafo ante la magnitud y profundidad del amor divino que nos hace hijos de Dios.

 Muchos santos, desconocidos para nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y “hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para eso hemos nacido. San Pablo nos recuerda la  esperanza a la que estamos llamados.

 

El evangelio de San Mateo recoge las grandes líneas o rutas, condiciones imprescindibles, por las que se realiza la utopía humana según Jesús. La santidad cristiana es vivir la nueva sociedad que propone Jesús. Sintetiza admirablemente los caminos de la santidad cristiana mediante las bienaventuranzas.

Jesús con las bienaventuranzas  ha pretendido presentar los rasgos de una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano. No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la lucha por la justicia, porque Dios es justo.

Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús.

La fiesta de hoy es propiamente la de aquéllos que, aun sin corona ni altar, son dichosos según las bienaventuranzas, porque son pobres, sufridos, pacientes, misericorDiosos, honestos, pacíficos e incomprendidos.

Se describen situaciones en las que el hombre sufre de ordinario y en las que, sin embargo, alcanza la felicidad apoyado en la esperanza. Las promesas son tan extraordinarias y ciertas que fortalecen al justo, e incluso le llenan de gozo íntimo, aún en las situaciones más adversas que se puedan imaginar. Por otra parte hay una nota común en cada uno de esos estados descritos, la humildad y la confianza inquebrantable en Dios nuestro Padre.

Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige, simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida. Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.

¿Cómo vivo en el aquí y ahora, esta fiesta de Todos los Santos?.

Con la Iglesia, estamos invitados a celebrar a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios.

Todos podríamos decir, como Santa Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Sin embargo, hoy se nos invita vivir  la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo.

¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo?.

 Hoy es un buen día para hacerlo.

sábado, 25 de julio de 2026

Comentarios a las Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de julio de 2026

 

El núcleo del mensaje de este domingo nos lo presenta las parábolas del evangelio que no sólo nos presentan cuál debe ser el valor fundamental del cristiano, quién debe ser su Dios, sino que nos ofrecen un modelo con el que contrastar nuestra existencia para saber si estamos en la pista del seguimiento de Jesús o si andamos "despistados", para saber si nuestro valor fundamental es el reino de los cielos o cualquier otra cosa, si nuestro dios es el Dios verdadero o un ídolo.


El cristiano no tiene otra posibilidad, no puede coquetear con dioses equívocos so pena de errar de plano el camino que deber seguir; el cristiano ni siquiera puede hacer compartir la supremacía del Dios único con otros dioses. El cristiano no puede tener otro valor fundamental que el reino de los cielos, debe construir su vida en torno al reino de los cielos, debe poner el reino de los cielos por encima de todo lo demás.

La primera lectura es del primer libro de los reyes (1 R 3, 5. 7-12) es un texto que legitima el poder de Salomón sobre Israel.

Llama la atención la perfecta conexión  entre la petición de Salomón y la concesión divina. Son una misma cosa.

Salomón pide sólo aquello que a Dios agrada (vs. 5-10). Esto requiere inevitablemente el reconocimiento de su impotencia por la inmadurez y por la incapacidad de llevar a cabo tal envergadura (la dirección de un pueblo, v. 7). Y la necesidad de ayuda y búsqueda de su poder como responsabilidad, como misión, como servicio. Este servicio viene determinado como "un corazón sabio e inteligente". Significa  tener una capacidad de apertura y escucha para captar la compleja realidad. Serenidad ante los sinsabores y tinieblas de la existencia, mantenida por una confianza profunda en la vida, en las personas, en toda criatura, en suma, en el Dios que dirige y gobierna misteriosamente la historia. Así el poder político podrá ser destello del poder divino.

La petición de Salomón (v.9) es modelo de oración para todos los hombres públicos. No pide victorias militares, ni el triunfo de su ideología..., sino algo muy simple y muy difícil a la vez: saber escuchar y saber discernir entre lo bueno y lo malo para su pueblo. Sin condiciones y gustosamente concede Dios a Salomón el don de saber juzgar y gobernar a su pueblo, pero añade además la riqueza y la gloria que él no había pedido.

 

El responsorial es el salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130

El texto litúrgico presenta ocho  estrofas, de este salmo, el más largo del salterio. Se compone de 22 estrofas de 8 versos encabezadas por 22 letras del alfabeto hebreo. En cada estrofa, cada verso comienza por la misma letra. Así por ejemplo, cada línea de la primera estrofa comienza con la letra Aleph, cada línea de la segunda comienza por Beph, y así las demás. Es como el A.B.C. del amor a la Ley. Es más, el autor introdujo en cada verso la palabra "Ley" o uno de sus sinónimos. Tus exigencias, tus caminos, tus preceptos, tus mandamientos, tus voluntades, tus decisiones, tu palabra, tus promesas.

El texto representa,  el deseo -que en el salmista es vehemente- de que la Ley sea el principio conductor de la propia vida.

El salmo 118 es pues,  un canto a la Ley, cuyas excelencias proclama, de un piadoso israelita que vive en un ambiente de indiferencia religiosa, muy parecido a muchos de nuestros ambientes actuales. La Ley significa, para él, la revelación, las promesas, la palabra misma de Dios que se dirige a su pueblo.

Este amor a la Ley de Dios, es decir a su Palabra, a su designio, a su voluntad soberana, es tan acendrado, que el texto abraza en sí casi todos los géneros literarios. El acróstico agrupa, bajo cada una de las letras del alefato hebreo, ocho versículos (7+1, como expresión de una perfección consumada) y en cada estrofa suele mencionar ocho sinónimos de la Ley: leyes, decretos, palabras, promesa, mandamientos, preceptos.

En este salmo, la Ley tiene relación con "Alguien". Los sinónimos utilizados son elocuentes: Tu Ley... Tus exigencias... Tus caminos... Tus preceptos... Tus mandamientos... Tus voluntades... Tus decisiones... Tus palabras...

La estrofa que repetimos: "cuánto amo tu ley, señor!". es la expresión en el seno de un mundo adverso, cuando sacude la aflicción, cuando peligra la vida porque arrecia el asedio de los malvados, del consuelo que el salmista encuentra en la ley: es la mediación intrahistórica del Dios trascendente. Acariciándola interiormente el salmista ve la luz, y también se nos invita a tenerla nosotros.

El salmista se ha refugiado en la historia pasada, convertida ya en Escritura Santa, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes.

La segunda lectura es de la carta del apóstol San Pablo a los romanos ( Rom 8, 28-30)

El texto nos habla del amor de Dios por nosotros que no tiene otra finalidad que hacernos conformes a la imagen del Hijo. Toda la estrategia divina, desde el comienzo de los tiempos, se concentra en esta obra.

Pero se trata de una llamada de Dios; es preciso, pues, que nos destine a ello: es una gracia. El pasado domingo la misma carta insistía en la presencia del Espíritu en nosotros, ese Espíritu que nos permitía orar y que oraba, él mismo, en nosotros. Gracias al Espíritu, el Hijo está continua y dinámicamente presente en nosotros.

El principio del texto es una declaración de confianza en Dios: "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien" (v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca (/Mt/07/25-35) es fuente de estabilidad alegre. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe).

El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.

Fijémonos en el proceso de acercamiento divino: ". los destino"... a ser imagen del Hijo... "Y a los que destinó" a esta semejanza, "los llamó".

 

Aleluya cf. Mt 11, 25 " bendito seas, Padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

 

En el evangelio de  San Mateo (Mt 13, 44- 52) continuamos dentro de la sección reflexiva iniciada hace dos domingos.

El proverbio-dicho con que terminaba el texto del domingo pasado ("el que tenga oídos, que oiga") servía para avisar al nuevo Pueblo de Dios de que también él puede convertirse en viejo. No hay Pueblo de Dios por descontado. En este ambiente de aviso crítico se mueve el texto de hoy.

El evangelio de hoy tiene como interlocutores de Jesús a los discípulos, no a la gente. Para San Mateo discípulos son los que escuchan las palabras de Jesús y lo ponen en práctica. El evangelio de hoy sólo tendrá sentido para los discípulos, es decir, para aquéllos que habiendo escuchado el sermón de la montaña lo ponen en práctica. Dicho con otras palabras: sólo tendrá sentido para quienes hayan tomado opción con el Reino de los cielos.

El texto presenta

* Tres parábolas (vs. 44-50).

*Interpelación a los discípulos (v. 51a).

*Respuesta de éstos (v. 51b). Jesús formula en forma de parábola corta la consecuencia que se deriva de esa respuesta (v. 52).

De las tres parábolas, las dos primeras tienen un mismo trasfondo: una persona que encuentra una cosa valiosa y vende cuanto tiene para hacerse con ella. La tercera parábola (vs. 47-50) tiene el mismo trasfondo que la parábola de la cizaña y su aplicación escatológica (cfr. versículos 24-30, 40-42): de la misma manera que los humanos separamos los productos buenos y malos, habrá también una separación de justos y malos.

Las tres parábolas recogen modos de proceder y escenas de la época de Jesús. En el caso del tesoro encontrado, el modo de proceder (esconderlo) está condicionado por la legislación hebrea de entonces; en efecto, de haberlo declarado inmediatamente, hubiera ido a parar al propietario del terreno.

Los vv. 49-50 recogen imágenes apocalípticas populares; su lenguaje es puramente imaginativo. Letrado o escriba: teólogo-jurista, transmisor oficial en Israel de las leyes y tradiciones.

Las Parábolas del tesoro y de la perla (vs. 44-46), quieren reflejar la "actitud ejemplar" a tomar ante el Reino. Haber descubierto el Reino es haber descubierto el valor supremo dentro de una escala de valores.

"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo". Los antiguos usaban a menudo este sistema: cuando había invasiones, había peligro, hacían un hueco en la tierra y allí escondían lo que tenían de precioso. Pero a veces sucedía que la persona moría sin poder revelar el escondite.

Un hombre, pues, escarba y encuentra un tesoro. Ese también es un hombre poco honesto, un especulador; por tanto, cubre todo y lo deja como si nadie hubiera tocado nada y luego "muy contento" -dice el Evangelio- corre a casa y vende todo".

No escucha a nadie, vende todo y va a comprar el campo. Seguramente la gente se burla de él: ¡por qué habrá comprado ese campo, no vale nada, es árido, no tiene agua, se ha dejado engañar!... Pero él sigue adelante, desafía el ridículo, porque sabe que allí está el tesoro.

Hay una sentencia de los primeros Padres del desierto, que  dice que un tal fue donde uno de estos grandes Padres del desierto y le dijo: Padre mío, tú que tienes tanta experiencia, explícame ¿por qué vienen al desierto tantos jóvenes monjes y después muchos se devuelven; por qué perseveran tan pocos? Entonces el anciano monje dijo: "Mira, sucede como cuando un perro corre detrás de las liebres, ladrando. Muchos otros perros, oyéndolo ladrar y viéndolo correr, lo siguen. Pero solamente uno ve la liebre; pronto sucede que los que corren sólo porque el primero corre, se cansan y se detienen. Solamente el que tiene ante sus ojos la liebre, sigue adelante hasta alcanzarla". Así, dice el anciano monje, solamente quien ha puesto los ojos verdaderamente en el Señor crucificado, sabe en realidad a quién sigue y sabe que vale la pena seguirlo.

La Parábola de la red (vs. 47-50), es un nuevo aviso a los discípulos en la línea del domingo anterior.

En los vv. 47-48. En ella se habla de pesca y de selección de lo pescado. Se trata de dos momentos o tiempos sucesivos. Los vv. 49-50 son la aclaración o explicación de la parábola. Esta aclaración se fija solamente en el segundo de los tiempos de la parábola, el correspondiente a la selección de lo pescado, y que está formulada en el mismo lenguaje figurado de la aclaración de la parábola de la buena semilla y de la cizaña. Como ya sucedía con esta aclaración, el punto que se resalta es el siguiente: El discípulo no es quién para determinar quiénes son buenos y malos. Esto es competencia de Dios y sólo Él puede hacerlo patente y lo hará.. La parábola no tiene, pues, sentido conminatorio, sino disuasivo; no busca amenazar con un castigo, sino mover al discípulo a mudar de opinión.

La división en buenos y malos no es de naturaleza ética, sino religiosa. Dicho más claro: los peces malos pueden ser personas éticamente buenísimas, tan buenas como eran los fariseos, perfectos e intachables cumplidores de los dictámenes y sugerencias de la ley de conciencia. El nuevo Pueblo tiene que entender que personas buenas, pero de talante religioso fundamentalista, son cizaña y malos peces. Recordemos lo del domingo pasado: religión y religioso no son conceptos ni experiencias unívocas. Un día aparecerá claro esto (vs. 49-50).

"¿Entendéis bien todo esto?" La consecuencia la saca Jesús: aprended, pues, de la historia y renovaos continuamente; que no os suceda como al viejo Pueblo religioso.

Los versículo 51-52m presentan la superación del intelectual judío por la nueva imagen del discípulo de Jesús: hombre abierto, que vive una vida encarnada en la realidad de hoy sin romper la continuidad con la realidad de ayer.

Para nuestra  vida

¿Por qué no pararnos a pensar un momento sobre cuál es nuestro valor fundamental, sobre cuál es el Dios en torno al cual hemos construido nuestra existencia, y rectificar si es preciso?

La comparación de la red y la separación última y definitiva de los peces abre el horizonte de las promesas de Jesús de tal manera, que trasciende todas las limitaciones inherentes a la condición humana. La intención de San Mateo, al colocar aquí esta última comparación, es poner un centinela en el horizonte último de todo lo meramente humano, para superarlo y trascenderlo más allá de cuanto nos atreveríamos a imaginar o sospechar los mortales.

 En definitiva, la garantía más segura de que el Evangelio está presente en la vida está en que esta vida nuestra avanza y funciona impregnada de alegría por el hecho de haber conocido y encontrado a Jesús y su Evangelio.

 

La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los reinos vecinos.

El relato proclamado nos transporta al día de su entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".

Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y muchas más.

Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización, pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud.

En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón: "Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar, libre para dar vida, para darse del todo.

¿ Que le pedimos?. Desde nuestro  egoísmo, pecado original del hombre inserto en una sociedad egoísta, nos vemos tentados a pedir cosas que vinculen a los intereses de la sociedad en que vivimos : "vida larga, riquezas,..." Esta, al fin y al cabo, es nuestra postura diaria. Incluso convertimos la oración en motor de aceleración para que Dios realice nuestros deseos.

Si como Salomón le pedimos la sabiduría, esta en nuestra vida cristiana,  consiste en el discernimiento de los verdaderos valores del Evangelio y en su aplicación a las circunstancias actuales. Hay que establecer una escala de valores, dentro de la cual todos los valores humanos quedan subordinados a ese último valor, que es el Reino de Dios. Por eso, los cristianos y las comunidades debemos estar siempre tomándose el pulso de su estima de valores.

 

El salmo proclamado son 8 estrofas del salmo 118.

El salmista se ha refugiado en la historia pasada, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes. Otro tanto hizo Jesús cuando cuestionado su amor a Dios -con todo el corazón, por encima de la vida y más allá de las riquezas- responde con el «está escrito» (Mt 4,4.7.10). Desde este momento inicial de su misión está dispuesto a encarnar la figura del «siervo» tal como se le ha encomendado en la unción bautismal (Mt 3,13-17). Hacer la voluntad del Padre será su programa y alimento (Jn 4,34). Aun acorralado por sus enemigos, permanecerá fiel a dicha voluntad (Mt 26,39.42), incluso en el abandono supremo se atreve a gritar la cercanía de Dios(Mt 27,46). Quien conserva en su corazón las palabras de Dios y las guarda pertenece a la verdadera familia de Jesús (Mc 3,35), como el salmista, como María (Le 2,51). Con este espíritu oramos y contemplamos.

Nuestro mundo y momento no es menos difícil. Hoy se combate a Dios ignorándolo, mientras se hace befa de los creyentes. Dios nos ha dado su Palabra y el mundo nos odia porque no somos del mundo (Jn 17,14; 15,19). No pedimos que nos saque del mundo, sino que nos guarde del Malo (Jn 17,15; 1 Jn 2,14), y nos consagre en su Palabra que es la Verdad (Jn 17,16). Es decir, que de tal suerte nos adherimos al Dios revelado en Cristo que por su medio llegamos a la Vida que estaba junto a Dios (Jn 1,4). Cristo, en efecto, es « el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Una realidad que escapa a la corrosión de la moda; fundamentada para siempre. ¿Con esta hondura religiosa  seremos un fermento para nuestro mundo secularizado?

El salmista inmerso en un mundo adverso invoca, gritar, , vive la cercanía de Dios. ¿Una conducta evasiva? Jesús expuso su dolor al Padre, acompañándolo con ruegos y súplicas (Cf. Hebr 5,7). Dios le escuchó por su actitud reverente (Cf. Hebr 5,7). Jesús se acomodó al mandato de Dios, un mandato que es vida (Cf. Jn 12,50), su Padre le arrancó de sus «inicuos perseguidores», de la muerte transformada en una exaltación de gloria (Cf. Jn 12,27 s.; 13,31 s.;).

Quienes seguimos a Jesús nos revestimos de su mismo talante espiritual (Fil 2,5; Col 2,12), y estimamos todo como basura con tal de ganar a Cristo ( Fil 3,8). En esta ley suprema encuentra el cristiano la perfecta libertad (Sant 1,25; 2,12), y la cercanía e intimidad  con Dios, a quien invocamos.

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: "...son iluminantes las palabras de san Agustín, quien al comenzar el comentario del Salmo 118 desarrolla el tema de la alegría que surge de la observancia de la Ley del Señor. «Este salmo amplísimo desde el inicio nos invita a la bienaventuranza, que, como es sabido, constituye la esperanza de todo hombre. ¿Puede haber alguien que no desee ser feliz? Pero si es así, ¿qué necesidad hay de invitaciones a alcanzar una meta a la que tiende espontáneamente el espíritu humano?... ¿No será porque, si bien todos aspiran a la bienaventuranza, sin embargo la mayoría no sabe cómo alcanzarla? Sí, esta es la enseñanza de quien comienza diciendo: Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor.

Parece querer decir: Sé lo que quieres; sé que estás en busca de la bienaventuranza: pues bien, si quieres ser bienaventurado, debes ser intachable. Lo primero lo buscan todos; pocos se preocupan sin embargo de lo segundo. Pero sin esto no se puede alcanzar la aspiración común. ¿Dónde tendremos que ser intachables si no es en el camino? Éste, de hecho, no es otro que la ley del Señor. ¡Bienaventurados, por tanto, quienes son intachables en el camino, los que caminan en la ley del Señor! No es una exhortación superflua, sino algo necesario para nuestro espíritu» (Comentarios a los Salmos - «Esposizioni sui Salmi», III, Roma 1976, p. 1113). (San Juan Pablo II.  Audiencia general del miércoles, 21 julio 2004 dedicada a comentar el Salmo 118).

 

En la segunda lectura San Pablo continua profundizando en el acontecimiento salvífico ya realizado por Cristo. Él ha iniciado el proceso con su muerte y resurrección. Quienes aman a Dios han entrado en tal proceso, que no puede fallar por tener al mismo Señor como garantía. La acción salvadora de Dios no es algo futuro, sino hunde sus raíces en el pasado. Pasado no sólo en cuanto a la vida de Jesucristo , sino a la del creyente. San Pablo no retrocede aun ante afirmaciones tan rotundas como la de justificación ya realizada y, con ella, la glorificación. De hecho, quien cree en Jesús ya ha empezado a vivir su Vida nueva y por ello está fundamentalmente en la situación de amistad e intimidad con Dios. ¿Y qué otra cosa puede ser la glorificación? Desde aquí fluye la esperanza, certeza y seguridad en la vida del hombre en Cristo, lo cual permite frases como "todo sirve para el bien para quienes aman a Dios". No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la aplicación de la salvación en nuestra existencia. Es preciso llevar a los cristianos a estos hondas realidades que nos configuran como creyentes.

El Espíritu hace posible que el cristiano pueda llamar a Dios: !Padre! Ante todo, esto significa que el cristiano no es un huérfano en medio de un universo fatalista e impremeditado.  "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien"(v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca,  es fuente de alegre estabilidad. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe). No nos ahorran las contradicciones ni la experiencia del mal, ni la inestabilidad psicológica o emocional.

Vive dentro de unas coordenadas existenciales totalmente nuevas e insospechadas, porque el amor de un Padre, que es Dios, le circunda.

En los vs. 29-30 enumera Pablo los diversos pasos de este amor. No se trata en ellos de una predilección en exclusiva en orden a la salvación final. Es decir, San Pablo no afirma que sólo los cristianos vayan a salvarse porque sólo ellos son los elegidos de Dios. Nada de eso. La perspectiva de Pablo no es escatológica, sino intramundana: la construcción aquí y ahora de la nueva sociedad.

El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.

Esta es la vocación del cristiano. ¿Cómo la realiza? Dando vida a una comunidad de hermanos en la que Jesús es el primogénito. Esta es la predestinación de la que habla Pablo. A esto nos ha llamado Dios. Y para esto nos ha justificado. Para Pablo justificación es liberación del pecado y creación de una nueva forma de existencia.

 

El Evangelio nos presenta diversas parábolas acerca del Reino de los Cielos. Jesús comenzó su vida pública en Galilea anunciando el reinado de Dios, proclamando su venida, y ése es, sin duda, el contenido de su evangelio. Pero ¿en qué consiste ese reinado y a qué podemos compararlo? Jesús, para enseñar a las gentes el misterio del reinado de Dios, hacía constantemente uso de hermosas parábolas, que tomaba de la vida cotidiana

 El tesoro escondido, la perla de gran valor que encuentra un comerciante en perlas finas, la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos. Al final se reúnen los buenos en un cesto y los malos se tiran. Esta red echada en el mar es imagen de la Iglesia, en cuyo seno hay justos y pecadores. En otros lugares el Señor enseña esta misma realidad: en su Iglesia, hasta el fin de los tiempos, habrá santos y quienes se han marchado de la casa paterna, malgastando la herencia recibida en el Bautismo; y todos pertenecen a ella, aunque de diverso modo.

¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Más o menos esto. Ha sonado la hora decisiva de la historia. ¡Ha aparecido en la tierra el Reino de Dios! Concretamente, se trata de él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa, no es otra cosa sino Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: la salvación ha llegado a vosotros gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomad la decisión, aferradla, no la dejéis escapar. Este es tiempo de decisión.

La primera de estas parábolas compara la oferta de Jesús, el reinado de Dios, con un tesoro. Un tesoro tan valioso y que seduce tanto y produce tanta alegría, que el que lo encuentra se olvida de todo lo que tiene, lo abandona todo y ve en eso lo único que vale la pena en este mundo. Esto quiere decir que quien encuentra a Jesús y su mensaje, por eso mismo cambia radicalmente de vida. Una novedad así, no puede ser ni la práctica religiosa, ni, menos aún, las obligaciones que impone la religión. Ni siquiera las promesas de felicidad para la otra vida. Nada de eso es -para la gran mayoría de la gente- un tesoro que le cambia la forma de vivir. La creencia en una esperanza (¿incierta?, ¿insegura?) de futuro, normalmente, no modifica el presente visible, tangible.

En medio de la desesperación, el cansancio y la desorientación actual, el hombre siente desesperadamente la necesidad de un sentido, un camino, una causa por la que vivir. Nos parece que es lo duro y lo difícil lo que cansa al hombre, pero en realidad es lo fácil lo que desespera al hombre. Y en una sociedad como la nuestra, donde se quiere hacer tabla rasa de toda dificultad y llegar al estado de máxima comodidad, el hombre se ahoga si no tiene un motivo para vivir, una causa en cuyo servicio gastarse y desgastarse. El esfuerzo, el sacrificio, el dar la vida generosamente, pueden llenar la vida del hombre con un sentimiento de felicidad más profundo que el de la comodidad, el confort, la diversión. No es lo difícil, es lo fácil y sin sentido lo que angustia al hombre. El que se descarga acaba cansándose, y el que gozosamente toma sobre sí la carga de la donación y el amor permanece joven y lleno de sentido.

En este contexto social sigue teniendo vigencia como nunca la parábola evangélica del tesoro escondido. Nosotros y nuestros contemporáneos seguimos buscando inconscientemente un tesoro, un tesoro que vale más que todo lo que le rodea, un tesoro que salve  nuestra vida dándole una causa para vivir y para morir, porque las grandes causas para vivir son a la vez grandes causas para morir, para dar la vida por ellas. Lo malo es que hoy en día el tesoro puede estar escondido y sepultado en medio de tanto confort y facilidades que constituyen nuestra vida cotidiana.

Lo mismo hay que decir de la perla. En el fondo, es la misma comparación formulada con otras palabras. ¿Qué pueden expresar el "tesoro" y la "perla"?

La renuncia para adquirir la perla puede llegar a las formas extremas que tuvo en san Francisco, pero el evangelio es para todos. Jesús no predica solamente a unos cuantos profetas espectaculares de la renuncia, ni predica tampoco un sueño. Su "venderlo todo" es difícil, pero debe ser posible para cualquier hombre en cualquier situación. Simplemente, hay que decir que no se sigue a Jesús con toneladas de confort o con montañas de reticencias ante una de sus exigencias precisas, por ejemplo la del perdón. "Venderlo todo" puede significar un despojo muy duro del amor propio o una generosidad en el terreno económico algo loca, o la opción heroica de la confianza ante una terrible enfermedad. Y también, desde luego, el sí a una vocación.

Solamente lo que más nos llena a los humanos: un ámbito y un ambiente humano de respeto, tolerancia, estima, cariño y seguridad, en el que damos felicidad y recibimos felicidad, con la convicción de que eso es (y será) para siempre. Solo eso puede significar lo que, tal como somos los humanos, Jesús ofrece y afirma.

 En cada una de las dos parábolas hay, en realidad, dos actores: uno manifiesto, que va, vende, compra, y otro escondido, sobreentendido. El actor sobreentendido es el antiguo propietario que no se percata de que en su campo hay un tesoro y lo liquida al primero que se lo pide; es el hombre o la mujer que poseía la perla preciosa, y no se da cuenta de su valor y la cede al primer comerciante que pasa, tal vez para una colección de perlas falsas. ¿Cómo no ver en ello una advertencia dirigida a nosotros en acto de vender nuestra fe y herencia cristiana?.Es un hecho muy repetido  en muchos de los bautizados en nuestra sociedad.

No se dice en cambio en la parábola que un hombre vendió todo lo que tenía y se puso en busca de un tesoro escondido. Sabemos cómo acaban estas historias: se pierde lo que se tiene y no se encuentra ningún tesoro. Historias de ilusiones, de visionarios. No: un hombre halló un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. Hay que haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría y vender todo.

Hay que haber encontrado primero a Jesús, de manera nueva, personal, convencida. Haberle descubierto como propio amigo y salvador. Después será fácil vender todo. Se hará «llenos de alegría» como aquel hombre del que habla el Evangelio.

Es verdad que en nuestra vida cristiana son frecuentes los deseos de seguir a Jesús. Pero ¿con qué intensidad lo hacemos? El seguimiento de Cristo que vivimos se parece muy poco al auténtico.

Para seguir a Cristo, tenemos que jugárnoslo todo a su favor. Una vez descubierto este "tesoro", esta "perla", estar dispuestos a venderlo todo, a dejarlo todo. Esto es quemar las naves.

Descubierto Cristo, no debe haber posibilidad de volverse atrás. El hacerlo es signo o que ha sido un descubrimiento falso (una falsa conversión) o que anteponemos nuestros deseos, nuestra voluntad, a la voluntad de Dios. Seguir a Cristo es aceptar su juicio sobre este mundo y sobre nuestra vida.

Cuando descubrimos a Cristo como el tesoro escondido, la vida cobra un sentido nuevo; se produce una verdadera revolución en la escala de valores: lo único importante es Dios y su voluntad; todo lo demás se relativiza. Es lo de san Pablo: "Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él" (Flp,03-08).

 

Rafael Pla Calatayud.

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