viernes, 5 de junio de 2026

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 7 de junio de 2026.

 

 Comentario a las  lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 7 de junio de 2026.

Hoy celebramos los católicos el día del Corpus, el día de la Caridad y del amor fraterno. Durante muchos años, y siglos, la celebración del día del Corpus, fue uno de los tres jueves que relucían más que el sol, tenía su representación más visible en la procesión solemnísima en la que el pueblo cristiano acompañaba, entusiasmado, por calles y plazas, al sacerdote que portaba en alto la custodia con el Santísimo.

Fiesta antigua en la Iglesia, surgió en la Edad Media, cuando en 1208 la religiosa Juliana de Cornillon promueve la idea de celebrar una festividad en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía. Así, se celebra por primera vez en 1246 en la diócesis de Lieja (Bélgica).

En el año 1263, mientras un sacerdote celebraba la misa en la iglesia de la localidad de Bolsena (Italia), al romper la Hostia consagrada brotó sangre, según la tradición.  Este hecho, muy difundido y celebrado, dio un impulso definitivo al establecimiento como fiesta litúrgica del Corpus Christi. Fue instituida el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV, mediante la bula Transiturus hoc mundo. A Santo Tomás de Aquino se le encargó preparar los textos para el Oficio y Misa propia del día, que incluye himnos y secuencias, como Pange Lingua (y su parte final Tantum Ergo), Lauda Sion, Panis angelicus, Adoro te devote o Verbum Supernum Prodiens.

En el Concilio de Vienne de 1311, Clemente V dará las normas para regular el cortejo procesional en el interior de los templos e incluso indicará el lugar que deberán ocupar las autoridades que quisieran añadirse al desfile.

En el año 1316, Juan XXII introduce la Octava con exposición del Santísimo Sacramento. Pero el gran espaldarazo vendrá dado por el papa Nicolás V, cuando en la festividad del Corpus Christi del año 1447, sale procesionalmente con la Hostia Santa por las calles de Roma.

En muchos lugares es una fiesta de especial relevancia. En España existe el dicho popular: Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, lo que da idea del arraigo de esta fiesta.

Las celebraciones del Corpus suelen incluir una procesión en la que el mismo Cuerpo de Cristo se exhibe en una custodia.

  En la Iglesia hoy celebramos coincidiendo con el Día del Corpus Christi el Día de Caridad. Hoy, al contemplar la Eucaristía, nuestros ojos se van en dos direcciones: hacia la calle (necesitada de la presencia del Señor, aunque algunos la rechacen) y hacia las personas (custodias de carne y hueso en donde nos hemos de afanar mediante el obrador de la caridad). Calle y personas son un binomio excepcional e imprescindible para entender el Corpus: sin caridad y sin testimonio público…la fe se queda demasiado empobrecida y vacía de amor y testimonio.

 

La primera  lectura del libro del Deuteronomio  (Dt 8, 2-3. 14b-16a). Este libro exhorta al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. Trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Recuerda que fue Dios quien liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Pero estos acontecimientos del pasado histórico de Israel los interpreta el autor, como un proceso educativo bajo la dirección sapientísima de Dios, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Por lo tanto, la historia de la liberación coincide con la historia de la educación y de la formación de Israel.

Por eso es importante recordarla en todo momento; pues, si Israel se olvida de la educación recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes.

La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor.

Cuando el autor escribe estas palabras -que él atribuye a Moisés- el pueblo de Israel vive ya tranquilamente en la tierra que le había sido prometida, una tierra que mana leche y miel. Pero la fertilidad de la tierra y la tierra misma se pueden perder. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto. El autor ve este peligro y avisa la conciencia del pueblo con el recuerdo de sus orígenes.

El desierto es visto por el autor del Deuteronomio, y por algunos profetas, como un lugar de prueba, y el tiempo que el pueblo pasó en él después de la salida de Egipto es visto como un tiempo en el que el Señor educó a su pueblo. La tentación, la prueba es para "conocer tus intenciones".

El maná no sale de la boca de Dios, pero es una señal evidente de la fidelidad eficaz de la palabra que sale de su boca. La referencia a la "palabra de Dios", que da la vida al hombre, la encontramos también en los profetas, y el evangelio de Mateo ha utilizado este texto para hablar de la opción que hace Jesús ante la tentación.

El pueblo debe recordar el camino del desierto, debe recordar que el Señor le liberó de la tierra de esclavitud. Y ahora, cuando el pueblo se ha convertido ya en sedentario, tiene la tentación de olvidar su origen y a Aquél que es su vida. Ahora pueden olvidar al Señor, ya que recogen la cosecha de los campos y tienen agua en las fuentes y los ríos. El recuerdo del pasado les hará presente la mano amorosa del Señor, que continúa actuando, alimentando a su pueblo.

 

 

El responsorial es el Salmo 147  (Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 ). Este salmo, en el texto hebreo, es la segunda parte del salmo 146 y  continuación del mismo tema: Himno de alabanza a Dios Señor de todo y cuya bondad se  manifiesta en toda clase de beneficios. Para los pueblos rurales de otros tiempos, la  "ciudad", rodeada de murallas y protegida por sólidas puertas, era el símbolo de la  seguridad. Para los pueblos flagelados por el hambre, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Para los pueblos de países cálidos, los fenómenos  meteorológicos del invierno (nieve, escarcha, hielo) ocurren raras veces y son símbolos de  lo irreal, de lo sobrenatural, de lo admirable... Maravillas que sólo Dios puede realizar.

(vv. 12-13) Comienza la tercera estrofa del salmo doble 146-147 con nueva invitación, empalmando con el verso 2: a la vuelta del destierro, los habitantes de la ciudad reconstruida viven seguros y en paz y prosperidad. La historia dramática desemboca en la vida cotidiana serena.

Dios es protector, vv. 12-14 Aquí empieza el Salmo 147 en la LXX. La mención de Jerusalén y cerrojo de tus puertas (vv. 12, 13) sugiere el tiempo de Nehemías. Lo que se destaca es que Dios protege a su pueblo e incluye con su protección bendiciones materiales, crecimiento, paz y abundantes alimentos.

(vv. 14-15)  El salmista sigue alabando a Dios por lo que hace; Dios manda y se cumple su mandato inmediatamente. Dios está activo aun en la nevada y la provisión de agua en los ciclos de la naturaleza. La mención de mensaje y palabra (v. 15) dirige al salmista a otro gran motivo de alabanza: la Palabra que Dios ha dado a su pueblo. Aquí se refiere a las Escrituras, pues habla de leyes y decretos. ¡Qué bueno que Dios no solamente nos “programa” sino que nos “habla”, busca relación personal con los seres humanos! Otras naciones reciben igual la revelación de Dios a través de sus provisiones de lluvia y alimento; pero sólo confió sus palabras a Israel. No hay otra revelación semejante. Dios escogió un pueblo para ser su instrumento en proveer para todos su salvación y sus instrucciones sobre la vida.

El salmista no está despreciando a las otras naciones; está alabando a Dios por este gran privilegio.

 (vv. 19-20) Dios se revela a su pueblo. La palabra de Dios tiene otra dimensión: es revelación de la voluntad divina a un pueblo escogido para establecer un orden religioso.

La única Palabra de Dios, creadora y reveladora, ha sido anunciada a Jacob, confiada al pueblo de Israel. La Palabra de Dios crea a Israel. Con la peculiaridad de que esa Palabra rebasa las estrechas fronteras de Israel, corre veloz por toda la tierra y se forma un pueblo ingente. El judío ortodoxo y el heterodoxo, así como también el pagano, están convocados por una misma Palabra. Quien cree en la Palabra venida a nosotros, como los samaritanos, como el funcionario regio con toda su familia, no será condenado. Ha aceptado la Luz que posibilita llegar a ser hijos de Dios. Con ninguna nación obró Dios como con nosotros. Exultantes, glorificamos al Señor nuestro Dios.

Israel no olvida nunca que el mayor beneficio es el maravilloso don de la "Ley", de la  "alianza" de Dios con su pueblo: ningún otro pueblo fue tratado de igual manera, ningún  otro pueblo conoció sus voluntades. Estos dos temas, el de la intervención de Dios en la  historia y el de la intervención de Dios en la naturaleza están estrechamente unidos por el  tema de la "Palabra", del "Verbo" de Dios: es el mismo Dios "que se expresa" en los dos  casos... Y las maravillas del cosmos son como la garantía de la verdad de su ley. El hombre  que conoce la voluntad de Dios tiene la posibilidad de saber "la ley de su ser": es una  seguridad de éxito. Lejos de considerar la ley como una sujeción o un peso, Israel la  considera como liberadora. Se la ama, como la luz que permite caminar sin vacilar. Saber lo  que es "bueno para el hombre", saber "lo que lo destruye", ¡qué beneficio!          
Muy grafica de la intención orante del salmo es la estrofa repetida: R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

 

La segunda lectura  es de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios (1 Cor 10, 16-17). Este texto es parte de una carta dirigida a una comunidad marcada por las divisiones.

El texto de hoy está en mitad de una argumentación contra la participación en los sacrificios paganos. En él, San Pablo explica el significado de la Eucaristía como en ningún otro texto del NT. El cáliz de la bendición era una expresión judía para designar la cena pascual. Se refería a la tercera copa que se bebía durante la cena, la más importante, ya que era el momento en que el padre de familia pronunciaba la acción de gracias o bendición. Al decir "que nosotros bendecimos", probablemente hace alusión a las palabras de acción de gracias que pronunciamos los cristianos sobre la copa, las mismas de Jesús en la última cena.

El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo. Bebiendo este cáliz, los cristianos entran en comunión con el mismo Cristo, que ha derramado su sangre, realizando así la obra de la reconciliación.

Seguidamente San Pablo pasa a hablar del pan partido (que pronto significó la Eucaristía) como comunión con el cuerpo de Cristo, estableciendo un paralelismo evidente entre cáliz y pan, sangre y cuerpo. Pero enseguida hace un giro sorprendente: ya no habla del cuerpo de Cristo sino de la comunidad.

De hecho, continúa hablando del cuerpo de Cristo, como hará evidente en el capítulo 12 de la carta. Participar del mismo pan implica formar parte del mismo cuerpo, del único cuerpo de Cristo.

Así comenta San Agustín este texto:

" Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche, pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creéis, no comprenderéis (Is 7,9 LXX). Ahora podéis decirme: «Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendamos». En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: «Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado en un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, y allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?».

A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el amén, y vuestra respuesta es vuestra rúbrica. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén». Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.

¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto; escuchemos de nuevo al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento dice: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10,17). Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan. ¿Quién es este único pan? Siendo muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se elabora de un único grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como aspergeados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.

Lo que hemos de decir respecto al cáliz, aún sin indicarlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible del pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un único vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí." (San Agustín. Sermón 272)


ALELUYA Jn 6, 51-52Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor, quien coma de este pan vivirá para siempre”.

 

El evangelio es de San Juan  (Jn 6, 51-58) El texto nos sitúa después del relato de la multiplicación de los panes. San Juan continúa con el discurso del pan de vida, que al final se transforma en discurso de la Eucaristía, que es el que leemos hoy. Jesús se presenta como el pan vivo, bajado del cielo, que da vida por siempre. Así hace la transición del discurso del pan al discurso de la Eucaristía.

El versículo inicial articula las tres afirmaciones centrales de todo el texto. Primera afirmación: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Segunda: El que coma de este pan vivirá para siempre. Tercera: el pan que yo voy a dar es mi carne.

 

“Yo soy el pan vivo”. En razón de los interlocutores esta afirmación corrige un punto de vista que veía en la Ley el alimento bajado del cielo. Los interlocutores son "los judíos", una expresión que en el cuarto evangelio designa habitualmente a las autoridades religiosas judías. Jesús es el pan vivo porque es el enviado del Padre, que es quien posee la vida y se la ha conferido (v. 57). A la vida que procede de Dios se le denomina vida eterna. La expresión atiende más al origen y cualidad de la vida que a la temporalidad.

“El que coma de este pan vivirá para siempre” . Jesús posee la vida de Dios y la transmite a los humanos. El que me coma vivirá gracias a mí. Ahora sí se resalta explícitamente la dimensión de la temporalidad-eternidad. Jesús introduce esta dimensión-realidad, insospechada y desconocida con anterioridad: No es como el pan de vuestros antepasados, que lo comieron y murieron.

“El pan es mi carne” . Se trata de otra formulación de la primera afirmación. La carne y la sangre de Jesús son expresiones para designar a Jesús como ser humano y concreto. La nueva formulación sirve para resaltar el carácter de realidad que tiene la comida. A través de esta comida el ser humano hace suya la vida divina y forma comunidad con Jesús.

El término carne designa la realidad humana, con todas sus posibilidades y debilidades. Recordemos que en el prólogo de este evangelio se dice que la Palabra se hizo carne. Observemos que Juan no utiliza el término cuerpo, probablemente porque quiere subrayar la realidad de la encarnación.

La reacción de los judíos, que seguramente manifiesta los equívocos que provoca en ciertos ambientes la Eucaristía, da pie para insistir tenazmente en el realismo eucarístico, que quiere salvaguardar la encarnación.

Carne y sangre expresan la totalidad de la vida. Comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre es participar de la vida divina. Efectivamente, Jesús, enviado del Padre, tiene la vida del Padre; los que comen la carne y beben la sangre de Jesús (su vida) tienen la vida de Jesús, que es la vida del Padre. Por eso la vida recibida es eterna.

Más aún, se afirma que sólo se puede tener vida si se participa de la vida de Jesús. La comparación con el maná ayuda a subrayar este sentido. El pan de la Eucaristía da la vida por siempre: es el pan salvífico.

También habría que tener en cuenta que, así como la carne nos recuerda la encarnación de Jesús, la sangre nos recuerda su muerte en la cruz. Así, participar de la vida de Jesús comporta asumir a fondo la propia humanidad, como hizo Jesús, y, como él, dar la vida por amor.

El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).

Por último, cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en Jesucristo, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.

Para nuestra vida

Conmemoramos hoy la permanencia real de Cristo en la tierra, bajo las especies de pan y vino, en la Eucaristía. Es algo tan grande que sólo es posible explicarlo, partiendo de algo muy íntimo. Y así, en mi experiencia personal arroja un balance de enorme importancia la recepción diaria de la eucaristía. Celebración y comunión, responden a una necesidad que tiene mucho de espiritual, pero que también incide en lo físico.

La presencia  real de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual intima. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de la comunión. No es un espejismo, no es una falsa emoción.

No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien "terreno" que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es predibujarles con las obras de nuestra vida  tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación, amor y cuidado espiritual.

El hecho de que hoy se celebre el "Día de la Caridad" y que hagamos la colecta a favor de Cáritas, nos ayudará a remarcar el vínculo indisoluble entre la comunión eclesial y la comunión con los pobres: el pan eucarístico, don del amor de Dios, nos mueve a compartir el pan de cada día. El alimento de nuestra fe nos hace ser alimento para los demás, para los pobres; nos hace descubrir la voluntad de Dios: que el pan de cada día sea para todos.

 

La primera lectura, sacada del Libro de Deuteronomio, nos lleva al desierto, porque el desierto ayuda a vivir con intensidad, ayuda a vivir el momento presente, ayuda a dar sentido a nuestra sed, nos recuerda nuestras carencias y nos encamina a la interminable sorpresa que da la búsqueda de un sustento gratuito capaz de saciar nuestra hambre de lo auténtico.

El camino del desierto quedó como paradigma, como ejemplo que sería recordado muchas veces. Fueron momentos inolvidables en los que Dios estuvo cerca de su pueblo como nunca. El desierto se convertía así en una mística, un vivir en soledad y silencio, en intimidad entrañable con Dios. Por eso, a lo largo de la Historia hubo quienes buscaron, y buscan, el desierto o la montaña como lugar de encuentro con el Señor.

El pueblo de Israel ha cambiado de vida. La etapa del desierto: aflicción, hambre, sed, miedos, zozobras..., han quedado ya en el olvido (vs. 2-6 y 14-17). Si Israel se olvida de la ayuda recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes. La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad.

Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto.

La lectura recuerda la necesidad de alimento que el pueblo tuvo. Necesidad sentida colectivamente. Dios lo alimentó haciéndole ver, al mismo tiempo, que "el hombre no sólo vive de pan". Y el alimento que Dios les dio les hace sentir, aún más, pueblo. También nosotros debemos hacer esta experiencia: sentirnos miembros de un colectivo que es el pueblo de Dios y miembros de otro colectivo: pueblo/barrio, país...; sentir las necesidades que tienen estos colectivos, y no tan sólo las propias individuales; la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir estas necesidades, que para muchos son de pan, pero que para todos son de solidaridad.

El mismo peligro tenemos nosotros cuando abandonamos la participación en la Eucaristía. En este día del Corpus Christi se nos recuerda a los cristianos de ahora que, como escribió San Juan Pablo II, la Iglesia vive de la Eucaristía –“Ecclesia de Eucharistia”-

 

Como responsorial hoy recitamos el salmo 147.

El autor de este himno vivió probablemente en tiempos de Nehemías. Por entonces se reconstruyeron las murallas de Jerusalén, pero el pueblo está pasando momentos de escasez y de hambre, de luchas con los persas, con los samaritanos y con un grupo de judíos aprovechados. Nuestro salmista vuelve los ojos, una vez más, a Dios, auténtico fortín de Israel. Las huellas de su presencia son clamorosas en la creación, orientada a la regeneración del pueblo. La reunión de los dispersos, la renovación de los destruidos, la reconstrucción de la ciudad de Dios, la ayuda salvadora a los desamparados y la paz sobre la ciudad y el país, ¿no testimonian la presencia de Dios? El pueblo ha recibido, sobre todo, la gracia de la Palabra. ¿Con qué pueblo obró Dios así?.

El texto exalta al Señor, Dios, al Salvador de Israel. Qué manifestó todo su poder en la creación y su amor y ternura al favorecer a los pobres y a los humildes. Ese poder y amor, para nosotros, está representado en el gran milagro que es la permanencia de Cristo en la Iglesia, la cual nos propone este salmo en la "Fiesta del Corpus Christi", la Fiesta del  "Cuerpo y Sangre" del Señor. Este "pan de trigo que nos sacia" no puede menos de  hacernos pensar en este "pan de vida" del que Jesús habló con frecuencia (Juan 6).

El salmo 147 dice que Dios "envía su palabra a la tierra... y que su Verbo la recorre...".  Se trata de una "palabra" casi personificada, que tiende a ser distinta de quien la profiere.  El autor del salmo no podía pensar en una tal perspectiva, pero nosotros no podemos  olvidar las palabras de San Juan: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan  1,14). Sí, Jesús fue la mejor "expresión" de Dios. Sus hechos, sus gestos, sus palabras,  nos hablan mejor de Dios que todos los estudios que se han hecho sobre El. El es  "verdaderamente la Palabra" de Dios en el mundo.

Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía:  "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice:  el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 Homelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

¿Por qué contentarnos con dichas materiales? Israel, admirable una vez  más por su equilibrio, agradece a Dios, en el mismo salmo, por sus logros y por el don de la  Alianza. "Gracias, Señor, por habernos revelado tu Palabra, por habernos dado tu Ley. ¡No  hizo tal con pueblo alguno! Ningún otro conoció sus voluntades". He ahí una alegría plena,  desconocida para los que tienen lleno el vientre y realizan prósperos negocios. Hacer la  voluntad de Dios: íntima satisfacción que cualquier hombre, aun el más pobre, puede  disfrutar. Los hombres ahítos nunca sabrán las alegrías de que se privan, cerrándose a las  perspectivas de lo invisible. El hombre no vive solamente de pan. La promoción del hombre  no es asunto de aumento de salario o de poder de compra, sino también de mayor  participación en la "cultura", en el "arte"... Y también la posibilidad de oración y relación con  Dios. "El aspecto más sublime de la dignidad humana, es esta vocación del hombre para  entrar en comunión con Dios" [1]

El hombre tiene hambre de Dios. Cuando el hombre se hace las preguntas más  radicales, las fundamentales, sólo las puede resolver en Dios. ¿Qué es el hombre? ¿Qué  significan el sufrimiento, el mal, la muerte, que subsisten a pesar de tantos progresos? ¿De  qué sirven estas victorias pagadas a tan alto precio? ¿Qué sucederá después de esta  vida? ¿Por qué el hombre es ilimitado en sus deseos, conociendo muy bien sus límites? A  todas estas preguntas, no hay respuesta en el sistema cerrado sobre el hombre. Pero, ¿por  qué el hombre se encierra en sí mismo? En ciertos momentos, especialmente en los  grandes acontecimientos de la vida, nadie puede evitar este género de interrogantes.  Solamente Dios los puede responder plenamente. "¡Glorifica al Señor, Jerusalén! ¡Alaba a  tu Dios, oh Sión! .

 

La segunda lectura, de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios tiene como  punto de unión con la primera lectura la afirmación : "El Cáliz de nuestra acción de gracias". Los judíos llamaban "cáliz de la acción de gracias" o "de la bendición" a la copa que, una vez bendecida dando gracias a Dios, se pasaba en la última ronda entre los comensales para concluir las comidas o banquetes rituales. Este fue precisamente el cáliz que bendijo el Señor en la ultima Cena dando gracias al Padre y que pasó después a sus discípulos para que bebieran de él. El cáliz de nuestra Acción de Gracias es el cáliz de la sangre de Cristo. Cuantos beben de ese cáliz entran en comunión con Cristo y se comprometen juntos en el único y verdadero sacrificio.

En mitad de una argumentación contra la participación en los sacrificios paganos, hallamos este texto, que explica el significado de la Eucaristía como ningún otro texto del NT. El texto es parte del relato que describe lo que ocurrió con la  polémica que se desató en la primera comunidad cristiana sobre la licitud o no de comer carne que hubiera sido "sacrificada" a los dioses.

San Pablo, defiende la libertad de los hijos de Dios; pero les advierte que sean considerados respecto a la opinión de los que siguen atados a la opinión antigua y no hieran su sensibilidad. Además les amonesta para que no se pasen  y lleguen por ese camino a una participación personal de los cultos paganos. La razón es que para San Pablo no hay componenda posible entre la comunión con Cristo y la Cena del Señor y la comunión con los demonios y el culto pagano. Comer el mismo pan y beber el mismo vino en la Eucaristía compromete a una sólida comunión, no sólo superficial durante la liturgia, sino auténtica en nuestra propia vida. Por eso expone el sentido profundo de la Cena del Señor, que nos une a todos en la comunión con Cristo. Por eso, la Eucaristía es sacramento de unidad y vínculo de caridad.

 

El Evangelio  procede del Cap. 6° del evangelio de San Juan: Jesús se proclama sin rodeos que es el Pan Vivo bajado del cielo y es lo que produce en nosotros la vida eterna.

El texto de hoy  es la bisagra que une con la primera parte de los discursos pronunciados, según refiere San Juan, por el Señor en la sinagoga de Cafarnaúm. Primero ha insistido en la necesidad de la fe para alcanzar la vida eterna.

Luego el Jesús expone la doctrina de la Eucaristía, insistiendo en la necesidad de comer su carne y de beber su sangre para alcanzar esa vida eterna. Sus palabras provocan una reacción de escándalo y rechazo. Tanto que incluso los discípulos le abandonan. Ante esa actitud Jesús no suaviza sus afirmaciones, ni aminora sus exigencias.

Sólo con una fe rendida y firme, podremos aceptar el Misterio de Amor que supone que el Señor se haga pan para que le podamos comer.

El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).

Cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en Jesucristo, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.

Cuando la comunión se entiende sólo como "mi comunión", asunto privado entre Jesús y mi alma, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia se desintegra: cada uno come su propio pan, y éste ya no es el "pan que partimos".

La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.

Los frutos de acercarse piadosamente a recibir la Eucaristía son abundantísimos: se ilumina la inteligencia, se inflama el alma, se fomenta el amor, cobran vida los sentimientos, se acrecientan los dones, se purifica el espíritu, se multiplican las gracias y las virtudes y, en fin, se pone participativamente con él la plenitud de todos los bienes espirituales". (Santo Tomás de Villanueva. Solemnidad del Corpus Christi).

La Eucaristía es la celebración de la vida, y así la comunidad cristiana que se congrega para celebrarla se acerca a un Dios próximo y lleno de amor y recibe la seguridad de sentirse amada, perdonada, purificada y feliz.

La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.

La comunión no es solo  signo de fraternidad. La comunión también es para vivir como hijos de Dios, como él vivió. Que la realidad de nuestra vida esté muy lejos de este ideal, no nos autoriza a desfigurar lo que la Eucaristía es.

Al comulgar, afirmamos nuestra fe y nuestra esperanza en que es posible y queremos seguir el camino de Jesucristo, aunque de hecho nos quedemos a medio camino. Pero lo más importante no es si nosotros lo hacemos y queremos, sino que Dios lo quiere. El hecho fundamental, por tanto, es que Dios se nos da como alimento por Jesucristo. Sólo aceptando que esto es el hecho primero y fundamental, podemos entender qué significa que la Eucaristía es también para nosotros un "compromiso". O dicho de otro modo: que nosotros al comulgar nos comprometemos porque nos incorporamos a una corriente de vida. Comulgar obliga a una opción: la de seguir el camino de amor de Jesucristo. Pero no como una iniciativa nuestra sino como una respuesta al Amor de Dios.

Es  una cuestión de coherencia, de ser consecuentes con lo que hacemos. Es lo que hemos leído en la carta de san Pablo: ¿cómo comulgar con Cristo y no amar? El comulgar con el cuerpo de Cristo juzga nuestra vida, la impulsa a mayor amor.

La mejor acción de gracias que podemos hacer es repetirnos simplemente estas palabras: he comulgado en el Amor de Dios. Y que estas palabras juzguen, iluminen, alimenten, vivifiquen nuestro camino de cada día.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 



[1] Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, 19.

sábado, 9 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas del VI Domingo de Pascua 10 de mayo 2026

         En las dos semanas que quedan de Pascua, el Señor Resucitado nos prepara para vivir el misterio de su «ausencia». Nosotros pertenecemos a las generaciones que ya desde el principio merecieron la «bienaventuranza» de los que, como Cristo le dijo a Tomás, «creen sin haber visto».

Cristo mismo, a pesar de que no le vemos, porque está en estado glorioso, sigue estándonos presente: a pesar de que «vuelve» al Padre, sin embargo «no os dejaré desamparados», «yo sigo viviendo», «yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». Es una buena ocasión -como lo ha sido todo el tiempo pascual- para insistir en la gozosa convicción de que Cristo no está lejos, sino entrañablemente cercano, según su promesa: en la comunidad, en su Palabra, en sus sacramentos, de modo particular en su Eucaristía, y también en la persona del prójimo.

Hoy es la «jornada del enfermo» y se nos dice que «las comunidades están llamadas a curar». Y ¿qué quiere decir «curar»? Curar quiere decir ofrecerles «razones para la esperanza».

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles  (Hech 8, 5-8. 14-17). Con el cap. 8 comienza la fase expansiva de la Iglesia fuera de Jerusalén (8. 1).

Los discípulos, una vez expulsados de Jerusalén, inician su segunda misión (Hch  8,4-9,43) en Judea y Samaría, según la palabra de Jesús: seréis testigos míos en  Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). El primer  evangelizador de esta nueva misión es Felipe (Hch 21,8), uno de los siete hombres  escogidos para servir a la comunidad de los creyentes.

"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo". Felipe, ya nombrado diácono-servidor de la comunidad, va a predicar a Samaria. Anuncia a los samaritanos que Jesús es el Mesías que ellos también esperaban. Su palabra va acompañada de la acción, la misma acción de Jesús: saca los espíritus malignos y da la salud a los inválidos. El gentío creía en el diácono Felipe, porque veía lo que hacía y escuchaba lo que decían de él. Y es que se cumplía el dicho: las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El diácono Felipe hablaba y actuaba lleno del Espíritu Santo, del espíritu de la Verdad, predicaba la resurrección de Jesús y hacía prodigios en su nombre.

El resultado de la predicaci6n de Felipe es la alegría, tema típico de Lucas. Es la alegría propia de los últimos tiempos, del momento en que Dios interviene decisivamente en la historia humana. Ante el resultado de la predicación de Felipe, los apóstoles envían a unos representantes a confirmar en la fe a aquellos que han hecho caso de Felipe y han sido bautizados en el nombre de Jesús. En este caso, la imposición de manos comporta recibir el don del Espíritu.

Los dos temas centrales de este relato son la evangelización y el don de Dios, que es el  Espíritu Santo.

El  anuncio del mensaje de salvación en Samaría da lugar a un movimiento de masas. No hay  que olvidar que toda Palestina vive entonces bajo una fuerte tensión y expectativa  mesiánicas. Felipe, lo mismo que antes Simón el mago, son los catalizadores de esta  expectación en la ciudad de Samaría (vs.6-8. 12-13). El caso de Simón Mago es un ejemplo de la falsa actitud ante este doble  hecho cristiano. El, como los magos de Egipto (Ex 7,11-13), ha de reconocer que solamente  el mensajero del Dios verdadero tiene acceso a una fuente de poder más fuerte que la  magia del dios falso. El designio de Simón de comprar el don de Dios manifiesta que no  aprecia bastante el carácter interior del evangelio y de la operación del Espíritu Santo. Es  cierto que Simón había creído el mensaje de Felipe y había recibido el bautismo; pero no  era un hombre convertido, regenerado, nacido de lo alto; prueba de ello es su deseo de  manipular mágicamente al Espíritu.

Llama la atención los milagros y  prodigios que hacían (vs. 6-7. 11). Pero había  ausencia de una auténtica  disposición de fe por parte de la gente. "Creían a Felipe" (v. 12), exactamente igual que  antes habían creído al mago Simón.

Los de Samaria no  habían pasado de aceptar la palabra de Dios (v.14a), solamente habían quedado  bautizados en el nombre del Señor Jesús (v. 16b); les faltaba hacer activa esa palabra,  actualizar a Jesús.

Se daba el peligro de un cristianismo mágico, bautismo mágico, ritos  simplemente folklóricos. Y en estas  condiciones el bautismo no produce su efecto,  es decir, el Espíritu Santo no puede hacerse presente (v. 16).

 

El  responsorial es el salmo 65, (Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20)

R. aclamad al señor, tierra entera.

Como en muchos salmos de acción de gracias, se trata aquí de una oración ante todo "colectiva". En las siete primeras estrofas aparece el "nosotros": Israel recuerda las maravillas del Éxodo, en particular "el paso del agua", "la Pascua del Mar Rojo y del Jordán: obstáculos superados por la gracia de Dios... Pero ésta es también una oración "individual " De pronto se pasa al «yo" a partir de la estrofa 8: los actos "liberadores" que Dios hizo en la historia de Israel son "significativos" de todas las situaciones de prueba aun individuales en que Dios es siempre el mismo, el que libera.

Es el salmo 65 una súplica colectiva (cf. Sal. 103 y 74). Se da una combinación de lo que hace Dios en la naturaleza y su acción en la historia. No sabemos cuándo fue escrito; quizá fue después de una sequía o de un tiempo de sitio como en el tiempo de Ezequías (716-687 a. de J.C.).

Dios es digno de alabanza, v. 1 En vez de hacer un llamado a la alabanza, como es normal en los himnos, el salmista declara que Dios es digno de la alabanza.

El v. 1 da la impresión de una multitud que adora a Dios. Por cierto en Sion, en el pueblo de Dios, donde conocen quién es y qué hace, es donde las personas aprecian la adoración que Dios merece. Los demás párrafos del Salmo presentan motivos de esta alabanza.

 El perdón de Dios, vv. 2-4 Tú oyes la oración. El Dios de todo el universo oye nuestra oración.

 Pero tú perdonarás… (v. 3). Probablemente el himno fue cantado después de una restauración de comunión con Dios mediante el perdón de los pecados. La palabra perdonarás es kapar (de donde viene kippur) que se usa para la expiación (cubrir el pecado) por medio del sacrificio sangriento. La maldad y el pecado siempre estorban; pero Dios ha cubierto nuestro pecado, así el maligno no tiene de dónde agarrarnos.

El v. 4 presenta la gracia de Dios; el salmista da una visión de esta gracia. Y el beneficio y el deleite de esta gracia se viven en medio del pueblo de Dios. El contacto con y la actividad en el pueblo de Dios nos sacia con lo mejor de la vida.

El poder de Dios, vv. 5-8 Con hechos tremendos es lenguaje del éxodo. Nos responderás tiene en mente la oración del v. 2. Dios quiere mostrar su poder a sus hijos; quiere que oremos con fe para poder manifestar sus maravillas. Pero notemos que lo hace en justicia, no da respuestas contra lo que es correcto. Afirmas las montañas que eran símbolos de estabilidad y permanencia. El salmista, cuando piensa en el poder de Dios, también piensa en las olas poderosas del mar (v. 7) y cómo Dios las frena y las controla. Y esto le hace pensar en el ruido que hacen las multitudes; también Dios lo limita y lo controla.

Así comenta San Agustín los primeros versículos del salmo: " [v. 2]. Cantad salmos a su nombre. ¿Qué dijo? Que bendigáis su nombre con salmos. Creo que dije ayer lo que es salmodiar, y creo que lo recuerda vuestra Caridad. Se trata de tocar también el instrumento llamado salterio, y pulsarlo con las manos, de manera que voces y manos estén acordes. Porque si aclamáis con júbilo algo para que lo oiga Dios, tocadlo también con salmos, de manera que lo vean y lo oigan además los hombres; pero no lo hagáis en vuestro nombre. Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres, para que lo vean ellos6. ¿Y a nombre de quién tocaré salmos, me dirás, sin que vean lo hombres mis obras? Prestad atención a otra cita del Evangelio: Brillen vuestras obras ante los hombres para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos7. Que vean vuestras buenas obras, y den gloria no a vosotros, sino a Dios. Porque si hacéis obras buenas para ser glorificados vosotros, os responderá lo que él mismo dijo a unos que hacían eso mismo: Os lo aseguro: ya recibieron su recompensa. Y también: De otro modo no recibiréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos8. Entonces me replicarás: —luego ¿debo ocultar mis obras para no hacerlas delante de los hombres? No. ¿Qué es lo que dice? Brillen vuestras obras ante los hombres. Así que me quedo indeciso: por un lado me dices: Cuidado con practicar vuestra justicia delante de los hombres; y por otro me dices: Brillen vuestras buenas obras ante los hombres; ¿Cuál voy a practicar? ¿Qué voy a hacer? ¿Cuál de ellas debo omitir? Así como no se puede servir a dos señores, que te mandan cosas diversas, así tampoco a uno que te ordena cosas contrarias. —No, dice el Señor; no te mando cosas contrarias. Fíjate en el fin, canta el salmo mirando el fin; fíjate a ver con qué fin lo haces. Si lo haces para ser tú glorificado, esto es lo que te he prohibido; pero si lo haces para que sea Dios glorificado, esto es lo que yo he mandado. Cantad, pues, salmos no a vuestro nombre, sino al nombre del Señor vuestro Dios. Vosotros cantad salmos; que sea él alabado; vosotros vivid rectamente: sea él glorificado. ¿Y cómo lograréis vivir con rectitud? Si tuvierais al eterno, jamás habríais vivido mal; pero si procede de vosotros, nunca habríais vivido bien. (San Agustín. Comentario al salmo 65). [1]

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pedro ( 1Pe  3, 15 -18 , presenta varias  exhortaciones y entre ellas una de mayor  importancia: dar razón de la esperanza cristiana. San Pedro se lo decía a aquellos primeros cristianos, que vivían en un mundo hostil y difícil para ellos: que no se desanimaran, que mantuvieran firme su esperanza y que a todo el que se la pidiere le propusieran su esperanza cristiana .

Esta es una de las más completas  formulaciones del mensaje cristiano, sobre todo de cara a otros. Porque los cristianos,  vistos desde fuera, somos gente que espera. Esperanza estrechamente emparentada, casi  identificada con la fe y el amor. Pero esperanza. Esencial también para el hombre,  necesitado de ella ahora y en todo momento.

Se indica (v. 16) cómo se ha de dar razón de esta esperanza: de forma no impositiva ni  apabullante, sin presunción ni menosprecio hacia otros. Lo cual no es fácil precisamente  cuando uno está convencido. Por eso muy a menudo en el pasado, y también ahora,  aunque de forma diferente, hemos caído y caemos en intransigencias, censuras, juicios,  etc., acerca de quienes no piensan como nosotros. Y creemos que eso es testimonio, santa  desvergüenza, o cosas parecidas. No es esta la actitud que se nos recomienda en este  pasaje para dar razón de nuestra esperanza.

San Pedro nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a  cuantos pregunten por ella. Estamos en deuda con todos y a todos debemos una  respuesta. Somos responsables de la  esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar  razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los  otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos.

El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues  la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Y lo ha de hacer  con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el  respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin  mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él. Pues todo el evangelio es motivo de esperanza  para el creyente. Pedro nos amonesta igualmente para que demos razón de nuestra  esperanza con buena conciencia; esto es, que hablemos de la esperanza sin doblez ni  segundas intenciones, que proclamemos la esperanza que vivimos y vivamos la esperanza  que proclamamos, que seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás, que  seamos honestos delante de Dios y de los hombres.

Así comenta San Agustín esta segunda lectura “1 Pe 3,15-18: Por la fe a la contemplación

 Dios está muy lejos de odiar en nosotros esa facultad por la que nos creó superiores al resto de los animales. Él nos libre de pensar que nuestra fe nos incita a no aceptar ni buscar la razón, pues no podríamos ni aún creer si no tuviésemos almas racionales.

Pertenece al fuero de la razón el que preceda la fe a la razón en ciertos temas propios de la doctrina salvadora, cuya razón todavía no somos capaces de percibir. Lo seremos más tarde. La fe purifica el corazón para que capte y soporte la luz de la gran razón. Así dijo razonablemente el profeta: Si no creéis, no entenderéis (Is 7,9 LXX). Aquí se distinguen, sin duda, dos cosas. Se da el consejo de creer primero, para poder entender después lo que creemos. Por lo tanto, es la razón la que exige que la fe preceda a la razón. Ya ves que si este precepto no es racional, ha de ser irracional, y Dios te libre de pensar tal cosa. Luego, si el precepto es racional, no cabe duda de que esta razón, que exige que la fe preceda a la razón en ciertos grandes puntos que no pueden comprenderse, debe ella misma preceder a la fe.

Por eso amonesta el apóstol Pedro que debemos estar preparados a contestar a todo el que nos pida razón de nuestra fe y nuestra esperanza (1 Pe 3,15). Supongamos que un infiel me pide a mí la razón de mi fe y esperanza. Yo veo que antes de creer no puede entender, y le aduzco esa misma razón: en ella verá -si puede- que invierte los términos, al pedir, antes de creer, la razón de las cosas que no puede comprender. Pero supongamos que es ya un creyente quien pide la razón para entender lo que ya cree. En ese caso hemos de tener en cuenta su capacidad, para darle razones en consonancia con ella. Así alcanzará todo el conocimiento actualmente posible de su fe. La inteligencia será mayor si la capacidad es mayor; menos, si es menor la capacidad. En todo caso, no debe desviarse del camino de la fe hasta que llegue a la plenitud y perfección del conocimiento.

Aludiendo a eso, dice el Apóstol: Y, sin embargo, si sabéis algo de distinto modo, Dios también os lo revelará; pero cualquiera que sea el punto al que hayamos llegado, caminemos en él (Flp 3,15-16). Si ya somos fieles, hemos tomado el camino de la fe; si no lo abandonamos, no sólo llegaremos a una inteligencia extraordinaria de las cosas incorpóreas e inmutables, tal como pocos pueden alcanzar en esta vida, sino a la cima de la contemplación que el apóstol llama cara a cara. Hay algunos cuya capacidad no puede ser más modesta, y, sin embargo, marchando con perseverancia por este camino de la fe, llegan a aquella beatísima contemplación. En cambio, otros conocen a su modo la naturaleza invisible, inmutable e incorpórea, y también el camino que conduce a la mansión de tan alta felicidad; pero juzgan que no es válido ese camino, que es Cristo crucificado, y rehúsan mantenerse en él, y así no pueden mantenerse en el santuario de la misma felicidad. La luz de esta felicidad se contenta con emitir algunos rayos que tocan desde lejos las mentes de tales sabios”. (San Agustín. Carta 120,1, 3-4).

 

Aleluya Jn 14, 23 el que me ama guardara mi palabra --dice el señor--, y mi padre lo amará, y vendremos a él.

 

El  evangelio  de hoy de san Juan ( Jn 14, 15-21) es un fragmento de los discursos de despedida. Jesús dice a sus discípulos palabras de cariño y les hace varias promesas:

-- «Me veréis» Aunque es verdad que dentro de poco seré arrebatado de vuestra vista, pero enseguida me volveréis a ver (cf. Jn 16, 10). Por un momento no me veréis, pero después me volveréis a ver. La presencia será para siempre.

-- «El mundo no me verá» Es un problema. Judas, no el Iscariote, ya le preguntó a Jesús: «¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Jn 14, 22). El mundo no verá a Jesús, porque no quiere escuchar y porque no ama a Jesús. Sólo escucha y sólo ama lo que le interesa. El mundo no verá a Jesús, no porque no lo quiera Jesús, sino porque el mismo mundo no quiere.

-- «Y viviréis» Ver a Jesús es vida. Un ver que es conocer, comprender, participar. Decía San Ireneo, que si la gloria de Dios es que el hombre viva, la vida del hombre es la visión de Dios. Y viviréis para siempre, «porque yo sigo viviendo».

--"Sabréis" La visión da conocimiento del misterio por participación. "Sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros". Sabréis este misterio de la interrelación y la comunión, porque participaréis de él. Mi Padre está conmigo y en mí. Yo estaré con vosotros y en vosotros.

--"Otro Defensor" Esto sí que no lo esperaban los discípulos. Como regalo supremo se les promete el gran Don del Espíritu. Es el mismo Espíritu de Dios, que será un Consolador, un Defensor, un Maestro y, sobre todo, un Huésped y Amigo. Quien lo recibe no necesita otros apoyos, ni otras recomendaciones, ni otras enseñanzas. Es un Espíritu Santo; por eso, no lo puede recibir cualquiera, sólo el que cree en él y se prepara para recibirlo.

-- «Guardaréis mis mandamientos» El Señor sólo pide a los discípulos que guarden sus palabras, que acepten y guarden sus mandamientos. Que no se limiten a escuchar ni sean olvidadizos o inconstantes. Su palabra es una semilla que, si se la acoge, puede dar mucho, muchísimo fruto. Cuando Jesús habla de estas cosas, su palabra aún no estaba escrita. Jesús quiere que la escriban en sus entrañas, que la guarden en la mente y en el corazón, que la hagan vida. Vivid lo que os he dicho, lo que os he mandado, lo que os he pedido. Y lo que Jesús ha dicho y ha mandado no es tan difícil de aprender y recordar. Todo lo que Jesús ha dicho se puede resumir en pocas palabras, quizá en una: amad, amaos, como yo; sed testigos del amor, de la misericordia, de la generosidad; sabed que Dios es Padre -Abba-, es Amor; dejaos amar y extended este amor. Como yo, que os he amado hasta el fin.

La primera afirmación de Jesús  relaciona el amor a él con "guardar sus mandamientos" (los "mandamientos" son el  mandamiento del amor). Para comprender la expresión de Jesús, es necesario evitar una interpretación de la palabra "mandamientos". No se trata de normas, leyes, prescripciones, prohibiciones. Es necesario superar una visión meramente legalista y jurídica para dar a la palabra "mandamientos" el sentido más amplio de "enseñanzas". Aquí se trata, en efecto, de la enseñanza de Jesús en su conjunto. No es una lista de rígidas disposiciones legalistas, sino un mensaje. No es un código, sino un evangelio. Y es precisamente este evangelio el que es "acogido" como palabra de Dios, y es "observado", o sea, debe hacerse principio inspirador de la conducta.

Creer y amar constituyen una unidad  indivisible. Sólo puede decir que cree el que ama.

Jesús insiste en que quien le ama guarda sus mandamientos y, también, en lo que puede ser un matiz algo distinto: la aceptación y guarda de esos mandamientos es señal de que se le ama.

La escena de hoy relaciona el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (la Trinidad) con los  discípulos (la Iglesia).

Este evangelio es presentado como un  proceso contra Jesús. También sus discípulos sufrirán un juicio en su contra. Por eso  necesitan a alguien que les defienda. Por eso Jesús pide al Padre que les envíe este  defensor, que es el Espíritu de la verdad. Su presencia será permanente.

El Espíritu es presentado como el "defensor". La palabra "paráclito" es un término jurídico para designar al abogado defensor. Con su ayuda es posible vivir desde el amor y mantener nuestra esperanza.

Después de la muerte y resurrección, Jesús no está presente de la misma manera que  antes de la muerte. Pero incluso aquellos que no han conocido a Jesús, si creen en él, lo  "verán", porque vivirán su misma vida 

Con todo, Jesús hace referencia a "entonces", aquel día es decir, al final de los tiempos,  cuando llegará a la plenitud su presencia, cuando se manifestará la comunión íntima entre  Jesús y el Padre, y los discípulos y Jesús.

Por la intervención de Jesús, el Padre enviará a los discípulos el  Espíritu Santo. El hecho de que el Padre dé el Espíritu Santo a los discípulos de su Hijo  Jesús, implica que quiere estar en ellos, como ellos están en el Hijo y el Hijo está en él. El  Espíritu une la Trinidad y los discípulos, y hace de la existencia de los discípulos una  existencia de comunión con Dios y entre nosotros. Pero los discípulos sólo recibirán el don  del Espíritu si se mantienen unidos a Jesús, si guardan su palabra, palabra que se ha  hecho relación (1,14), comida y bebida (6,55), donación libre por amor (10,17-18).  Jesús nos promete su presencia. No nos deja solos, porque quiere que vivamos la vida  que vive desde siempre al lado del Padre, una vida de comunión, una vida de amor en  plenitud, una vida libre y feliz para siempre. Por eso, el Padre nos dará el Espíritu, para que  éste haga manar de los corazones de los creyentes ríos de agua viva (7,38-39). El Espíritu  prometido transformará nuestros corazones para que sirvamos y amemos como Jesús, y  nos acompañará siempre en nuestro camino hacia la comunión con Dios y entre nosotros. 

El texto acaba recordando la relación amorosa entre el Padre, Jesús y los discípulos.  Esta relación es la que hace posible el conocimiento, la revelación de Jesús.

 

Para nuestra vida.

La cincuentena pascual está unificada por la alegría que proviene del Resucitado y se diversifica por los temas que se proponen a la consideración y vivencia cristiana. Hoy el creyente es invitado de manera especial a tomar conciencia explícita de la promesa del Espíritu Santo, el Defensor (éste es el significado exacto de “Paráclito”).

Desde el comienzo de la pascua las Escrituras se han enfocado en Jesús resucitado. De hoy hasta Pentecostés el centro de la atención es el Espíritu Santo. 

Si bien Jesús tuvo un precursor (San Juan Bautista), el precursor del Espíritu Santo es el mismo Jesús. "Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros"

Para recibir el E.S. nos preparamos abriendo el corazón a la Palabra de Dios.

Así , las lecturas de este domingo nos aconsejan estar atentos a la presencia del Espíritu. El Espíritu s quien, estando en Jesús, le hizo volver a la vida. Merece que a lo largo de estos siguientes días vayamos abriendo nuestro corazón a la inmediata llegada del Espíritu.

 

La primera lectura nos presenta la predicación de Felipe. El comportamiento del diácono Felipe debe servirnos a nosotros de ejemplo y meditación: no se trata sólo de hablar, sino de hablar y actuar en el nombre del Señor Jesús. Jesús es nuestro único modelo completo de comportamiento, es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. En el tema espiritual y de acción y predicación cristiana no tenemos que inventar cosas nuevas, sino hablar y actuar en nombre del que es nuestro modelo. Así hablaron y actuaron los apóstoles y discípulos del Maestro, los santos y grandes predicadores cristianos de todos los tiempos. Hagamos nosotros lo mismo, aunque en cada época tengamos que variar los métodos y usos propios del tiempo en el que nosotros hablamos y actuamos.

El don del Espíritu se vincula, en la primera lectura, a un gesto que la Iglesia conservará en adelante para indicar su efusión: la imposición de las manos. El domingo pasado la comunidad se ordenaba con ministerios, en este la acción del Espíritu… necesariamente, los cristianos tuvieron, desde muy pronto, que ir descubriendo cómo se iba formando la Iglesia, cómo se iba haciendo esa comunidad que compartía lo que tenía, aprendía a orar y escuchaba la Palabra.

 

El Salmo 65 es una invitación a contemplar las maravillas de Dios, a admirarse por ellas y dar gracias. Recuerda la maravilla fundamental del éxodo, pero recuerda sobre todo que Dios continúa actuando sin negar nunca su amor a quien se dirige a Él.

San Agustín al comentar este salmo hace una amplia reflexión de las obras de Dios, así dice: "5. [v. 3]. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras! ¿Por qué temibles y no amables? Escucha otras palabras del salmo: Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor17. ¿Qué quiere esto decir? Escucha la voz del Apóstol: Trabajad con temor y temblor, dice, por vuestra salvación. ¿Por qué con temor y temblor? Y añade la causa: Pues es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar por su benevolencia18. Luego si Dios obra en ti, haces el bien por gracia de Dios, no por tus fuerzas. Y si te alegras, teme también, no sea que lo que se le dio al humilde, tal vez se le quite al soberbio. Debéis saber que esto les sucedió a los judíos por su soberbia, como si hubieran sido justificados por las obras de la ley, y por tanto se vinieron abajo, dice otro salmo: Éstos confían en sus carros y en sus caballos; nosotros, en cambio, añade, en el nombre del Señor, nuestro Dios, recibiremos la gloria del triunfo: como si los primeros pusieran toda su confianza en su energía y en sus medios, pero nosotros triunfaremos amparados en el nombre del Señor nuestro Dios19. Fijaos cómo aquéllos se ensalzaban a sí mismos; en cambio estos otros se gloriaban en Dios. Por eso ¿qué añade el salmo? A ellos se les han trabado los pies y han caído; nosotros, en cambio nos mantenemos en pie20. Mira cómo el mismo Señor nuestro dice lo mismo: Yo, dice, he venido para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos21 .Mira cómo en una parte hay bondad, y en la otra una especie de malicia. Pero ¿cuál de las dos es mejor? ¿Dónde hay más misericordia, más justicia? ¿Por qué los que no ven, que vean? Por bondad.

Los judíos descendían de los Patriarcas; nacieron de Abrahán, según la carne. ¿Y qué dice el Apóstol? Quizá digas: Han sido desgajados los ramos naturales, para ser yo injertado27. Sí es cierto, ellos fueron desgajados por su incredulidad. Tú, en cambio, te mantienes por la fe; no vayas a engreírte, sino más bien teme; porque si no perdonó Dios a las ramas naturales, tampoco te perdonará a ti. Fíjate cómo algunos ramos fueron arrancados, y tú fuiste injertado; no vayas a creerte más que ellos, sino que debes decirle a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Hermanos, si no nos debemos creer más que los judíos, mirándolos con desprecio, ellos, que en otro tiempo fueron arrancados de la raíz de los patriarcas, sino más bien debemos temer, y decir a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! ¿Cuánto menos no debemos tener sentimientos de orgullo y desprecio hacia las recientes heridas de los desgajados? Primero fueron cortados los judíos e injertados los paganos; de ese injerto se han separado los herejes; pero ni tampoco contra ellos debemos tener sentimientos de orgullo, no vaya a merecer ser desgajado el que se complace en despreciar a los separados. Hermanos míos, si oís alguna voz de un obispo en este sentido, sea quien sea, os pido que estéis alerta; los que estáis dentro de la Iglesia, no despreciéis a los que no lo están. Mejor debéis orar para que ellos también lo estén. Poderoso es Dios para volverlos a injertar a ellos28. De los judíos dijo esto el Apóstol; y se ha realizado en ellos. Resucitó el Señor, y muchos han creído; no comprendieron cuando lo crucificaron; y sin embargo creyeron después, y les fue perdonado tamaño delito. La sangre derramada fue un don para los homicidas, que no los voy a llamar deicidas; porque si lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Ahora a los homicidas se les ha perdonado el derramamiento de la sangre de un inocente; y la misma sangre que derramaron por crueldad, la han bebido por gracia. Decid, pues, a Dios: ¡cuán temibles son tus obras! ¿Por qué temibles? Porque la ceguera de una parte de Israel sucedió, para que entrara en la fe la plenitud de los gentiles29. ¡Oh plenitud de los gentiles!, di a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Y así alégrate, para que al mismo tiempo te estremezcas; no te pongas sobre los ramos cortados. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras!" (San Agunstin. Comentario al salmo 65. http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)

 

En la segunda lectura Pedro en su carta nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. San Pedro observa la capacidad de calumniar y de endurecerse si no glorificamos en nuestros corazones a Jesús. Dice San Pedro: "...y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo". Es una excelente advertencia contra el fariseísmo o los excesos que producen aquellos que se creen en únicos poseedores de la verdad, pero incluso ante ellos solo cabe la mansedumbre y el respeto. Es la Cruz de Cristo quien nos dará la plenitud, pues si sufrió la Cabeza, como no van a aceptar el sufrimiento el resto de los miembros. Hay que mantener una atención muy precisa en todo lo que sea el trato con los hermanos y en él debe primar la mansedumbre, dejando la superioridad de un lado, que no es otra cosa que prueba de soberbia.

Estamos en deuda con todos y a todos debemos una respuesta. Somos responsables de la esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es mostrar que esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Se ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él.

La esperanza cristiana es nuestra esperanza fundamental, la que debe animar y dar sentido a todas nuestras otras esperanzas. Vivimos en un mundo en el que las esperanzas que predican los medios de comunicación son casi siempre esperanzas políticas, o económicas, o deportivas. En esta situación, los cristianos de hoy, cuando predicamos nuestra esperanza cristiana debemos hacerlo con mansedumbre y en buena conciencia. No se trata de avasallar, o despreciar las esperanzas mundanas de cada día, sino de saber establecer un orden de esperanzas. Lo primero es lo primero, y lo primera para los cristianos es la esperanza cristiana; esta esperanza es la que debe apoyar y fundamentar todas nuestras otras esperanzas. Debemos predicar nuestra esperanza cristiana con valentía y decisión, nunca con orgullo o prepotencia, siempre son mansedumbre, sencillez y buena conciencia. Esto es lo que El mundo en el que nosotros vivimos no es más difícil para los cristianos de hoy que el mundo en el que vivía san Pedro y los primeros cristianos de su época. Si también nosotros tenemos que sufrir por hacer el bien, hagámoslo en nombre de nuestro Señor Jesús, como hicieron los primeros cristianos.

Se indica también como dar razón de esta esperanza: con mansedumbre, pero sin titubeos, y que si tenían que sufrir por ello lo hicieran pensando en Jesucristo. Porque, decía san Pedro, “es mejor padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.

 

Ya, el domingo pasado, Jesús nos decía que un camino, una verdad y una vida nos aguardaba y apostábamos fuerte por Él. Pero la pregunta es la siguiente: ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo entrar en ese camino? ¿Cómo defender esa verdad? ¿Cómo sostener esa vida?

El Evangelio de hoy nos da la clave: “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34).

Y el mensaje de Jesús en este tiempo pascual es claro: "Vosotros -les dice- viviréis, porque yo sigo viviendo". ¿Qué significa esto? Que la muerte de Jesús es la entrega de su vida y el que da la vida la gana para él y para los que le aman, que Jesús en su muerte da la vida por sus discípulos y a sus discípulos. La hora de su despedida es la hora de su entrega: en adelante, privados de la presencia física del maestro, los discípulos reciben la herencia del Espíritu Santo y el regalo inapreciable de la nueva presencia de Jesús resucitado. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Jesús no nos deja solo en la tarea de anuncia la Buena Noticia de su amor. Nos envía el Espíritu Santo para fortalecernos.

Jesús nos ofrece el secreto para permanecer en su persona como camino. Avanzando por los senderos de nuestra existencia tendremos que mirar a un lado y a otro. Nada de lo que ocurra, especialmente si es con el color del dolor, nos podrá resultar indiferente. Malo será que por ir deprisa, por mirar hacia adelante, por pretender alturas y grandezas….dejemos de lado al Jesús que se encuentra al borde del camino.

Los cristianos debemos tener siempre en cuenta que para nosotros Cristo es el camino, la verdad y la vida. Sólo a través de Cristo podemos llegar al Padre, sólo en Cristo encontraremos la Verdad y sólo en Cristo tendremos verdadera vida. En nuestra vida ordinaria, en nuestra vida de cada día, como ciudadanos que somos tenemos que convivir con múltiples verdades, que sólo son verdades a medias, verdades relativas, pero que no son en ningún caso la verdad absoluta. El mundo en el que vivimos no tiene la Verdad; sólo tiene verdades a medias, medias verdades que son medias mentiras. La única verdad absoluta es Cristo. Lo mismo podemos decir del camino y de la vida: Cristo es para nosotros el único camino recto para llegar a Padre, la única vida verdadera. Pretender amar a Cristo y no vivir según el espíritu de Cristo es una contradicción. Porque amar a Cristo es comulgar con Cristo, vivir en continua comunión espiritual con él, guardar sus mandamientos. "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él". El ofrecimiento de Jesús es enorme. Nos va a amar el Padre y él se nos revelará". Quien dice que ama a Cristo y no guarda sus mandamientos es un mentiroso. Y no olvidemos que el amor a Cristo sólo es completo si incluye el amor al prójimo.  

Debemos amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros, con amor gratuito, generoso, pensando siempre en dar, más que en recibir. Siempre encontraremos en nuestro entorno personas de, de alguna manera, nos necesitan. Debemos saber descubrirlas y saber amarlas, tratando de ayudarles de la mejor manera que sepamos y podamos. Esto es vivir en el espíritu de la Verdad, en el Espíritu de Cristo. El paráclito que nos promete Jesús.

El Espíritu, del que se nos habla en el evangelio de este sexto domingo de Pascua tiene una doble función: en el interior de la comunidad mantiene vivo e interpreta el mensaje evangélico, al exterior da seguridad al fiel en su confrontación con el mundo, ayudándole a interpretar el sentido de la historia.

Lo que fue Jesús, para sus discípulos durante la vida pública, es ahora misión permanente del Espíritu en la Iglesia: testimoniar la presencia operativa de Dios en el mundo. Los que están llenos de Espíritu, tienen la visión y conocimiento pleno de la verdad, que es Jesús. Los hombres espirituales son siempre una crítica radical para los que tienen solamente espíritu mundano, pues la verdad de arriba se contrapone con la mentira de abajo.

Jesús promete enviar el Espíritu de la verdad. Ante la confusión de tanto discurso erróneo y el espejismo de valores mentirosos, es urgente defender la verdad y encontrar caminos para que brille. Muchos, como Pilatos, repiten la vieja pregunta: ¿qué es la verdad?

Se trata de una presencia, totalmente personal e íntima. Una presencia personal de conocimiento y amor, como de amigo con amigo, un "morar" en medio de nuestro corazón, en el fondo de nuestra alma, en lo oculto de nuestro ser. Una presencia que nos hace templos del Espíritu Santo. Esta presencia no depende de nuestro sentimiento, ni de nuestro estado de salud ni de las variables de nuestra alma. Es una realidad, aunque no nos percatemos de ella. Es desde luego objeto de fe. Esta presencia es real y operativa como la Fe y la gracia lo son. A pesar de ser oculta, esta presencia es perceptible y experimentable. "Él permanecerá y obrará en vosotros".

Recapitulemos nuestra reflexión de hoy.

A veces hablamos de Dios y de Jesús, como si estuvieran lejos, en el cielo. ¿No nos dice nada el saludo de cada domingo: que el Señor esté con nosotros? ¿Notamos que está con nosotros? ¿Estamos con él? ¿Lo atendemos en la oración?

-Jesús vive y está activo en los sacramentos: ¿Cómo los recibimos? ¿Somos conscientes, al administrarlos, que Jesús actúa en nuestras acciones? ¿Nos sentimos tocados por la gracia de Dios?

-Jesús vive y habla en su palabra: ¿Cómo escuchamos el evangelio? ¿Cómo hubiéramos escuchado a Jesús en aquel tiempo...? ¿Leemos con asiduidad el evangelio? ¿Qué hacemos para que se trasluzca en nuestra vida y obras?

-Jesús vive y está en la comunidad: ¿Somos comunidad? ¿Qué es lo que tenemos en común? ¿Nos sentimos unidos en la fe, en la esperanza y en el amor? ¿Estamos disponibles para trabajar por nuestra comunidad? ¿O tenemos tantas obligaciones que no nos queda tiempo para convivir y compartir con los hermanos de la parroquia?

-Jesús vive y está en los pobres y en los enfermos: ¿Lo atendemos? ¿Nos olvidamos? ¿Lo esquivamos?

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)