domingo, 12 de julio de 2026

Comentario a las Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 12 de julio 2026

 

Comentario a las Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 12 de julio 2026

 


La primera lectura
 es del libro de Isaías (Is 55, 10-11) Este texto pertenece a lo que puede considerarse el epílogo del segundo Isaías (texto comprendido entre los capítulos 40 al 55 del llamado libro de Isaías). Después de una cálida invitación al pueblo de Israel, que se halla en el destierro, para que busque a Yahvé ahora que se le hace el encontradizo y lo llame ahora que se le acerca (v. 6), el profeta argumenta contra los frívolos (v. 7) y levanta el ánimo de los que desconfían de la salvación prometida (vv. 8-11). En primer lugar advierte a los desterrados que los pensamientos de Dios (los planes de Dios) no son como los pensamientos de los hombres, ni los caminos de Dios (la ejecución de sus planes) son como los caminos de los hombres (/Is/55/08-09). Pasa después a decir de qué manera la palabra de Dios es eficaz, y utiliza para ello una hermosa comparación.

Los vs. 10-11 son el broche de oro al gran poema de la esperanza de Is. II. Ninguna palabra profética, jamás, habló mejor de la palabra divina y de su eficacia. -La imagen pertenece al mundo agrícola, y es muy fácil de captar.

La palabra divina se compara a la lluvia que, cayendo de lo alto, fecunda la tierra proporcionando así "pan al que come y semilla al sembrador" (v. 10; cfr. Sal. 104, 13-16); es garantía de eficacia, realiza lo que dice (40, 8), siempre se cumple (55, 11), es irrevocable (45, 23). Por el contrario, la palabra humana, como el mismo ser del hombre, es casi siempre ineficaz, efímera como la hierba.

-Toda la historia de Israel es fruto de esta eficacia divina.

Serán sobre todo los profetas, los hombres de la palabra, quienes afirmen que la palabra de Dios es la gran fuerza creadora e impulsora de toda la historia humana. Todo depende de esta palabra, no sólo hace germinar las semillas, sino que también es la misma semilla, el alimento: "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor", afirma el Dt.

-Tan seguro se siente el profeta de la eficacia de estas palabras que termina este gran poema preconizando la gozosa salida del pueblo del poder de Babilonia (55, 12ss). El hombre no tiene derecho a temer; en él debe renacer la luz de la esperanza.

 

El responsorial  es el Salmo 64, (Sal 64,  10abcd. 10e-11. 12-13. 14)

R. la semilla cayó en tierra buena y dio fruto. Este salmo se clasifica como un himno de alabanza. ¿Sabemos "alabar", "agradecer", decir a los demás que estamos felices con "El"?

Este salmo, como la mayoría, atribuido a David, es un cántico al poder de Dios. ¿Y quién sino aquel que ha experimentado tal poder puede hacer semejante profesión de fe? David, de todos es sabido, experimentó la ira de Dios, pero también su misericordia; su silencio profundo, pero también su fuerte voz que le hablaba guiando sus pasos. Quizás después de una fuerte experiencia del Amor de Dios para con su vida, David pudo proclamar este cántico desde lo profundo de su ser, en agradecimiento al Todopoderoso. Y aquí ya encontramos algo importante que hay que tener en cuenta: Este cántico parte de una experiencia fuerte de Dios, de un encuentro profundo con la misericordia divina.

A nosotros  nos invita a la acción de gracias en un sentido más amplio y más pleno aún que el que tiene el sentido literal del salmo. Dios ha perdonado nuestras culpas y nos ha elegido y acercado para que vivamos en sus atrios, en una tierra cuidada y regada, enriquecida sin medida, donde nos sacia de los bienes de su casa, es decir, en la Iglesia, figura y comienzo terreno de su reino de felicidad eterna. Dios merece nuestro himno en Sión

Así comenta San Juan Pablo II, :este Salmo 64 · "... himno que nos conquista sobre todo por el fascinante paisaje primaveral de su última parte (cf. Salmo 64, 10-14), una escena llena de frescura y colores, compuesta por voces de alegría.

En realidad, el Salmo 64 tiene una estructura más amplia, cruce de dos tonos diferentes: emerge, ante todo, el histórico tema del perdón de los pecados y de la acogida por Dios (cf. versículos 2-5); después hace referencia al tema cósmico de la acción de Dios con los mares y los montes (cf. versículos 6-9a); desarrolla al final la descripción de la primavera (cf. versículos 9b-14): en el desolado y árido panorama de Oriente Próximo, la lluvia fecunda es la expresión de la fidelidad del Señor a la creación (cf. Salmo 103, 13-16). Para la Biblia la creación es la sede de la humanidad y el pecado es un atentado contra el orden y la perfección del mundo. La conversión y el perdón vuelven a dar, por tanto, integridad y armonía al cosmos.

2. En la primera parte del Salmo, nos encontramos dentro del templo de Sión. Allí llega el pueblo con sus miserias morales para invocar la liberación del mal (cf. Salmo 64, 2-4a). Una vez obtenida la absolución de las culpas, los fieles se sienten huéspedes de Dios, cercanos a él, dispuestos a ser admitidos a su mesa y a participar en la fiesta de la intimidad divina (cf. versículos 4b-5).

El Señor, que se ensalza en el templo, es representado después con un perfil glorioso y cósmico. Se dice, de hecho, que es la «esperanza del confín de la tierra y del océano remoto»; afianza los montes con su fuerza... reprime el estruendo del mar, el estruendo de las olas y el tumulto... Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante sus signos, desde oriente hasta occidente (versículos 6-9).

...

El salmista utiliza diez verbos para describir esta amorosa obra del Creador con la tierra, que se transforma en una especie de criatura viviente. De hecho, todo aclama y canta de alegría (cf. Salmo 64, 14). En este sentido, son también sugerentes los tres verbos ligados al símbolo de las vestiduras: «las colinas se orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses» (versículos 13-14). Es la imagen de un prado salpicado por el candor de las ovejas; las colinas se ciñen con el cinturón de las viñas, signo de la exultación de su producto, el vino, que «alegra el corazón del hombre» (Salmo 103, 15); los valles se visten con la capa dorada de las mieses. El versículo 12 evoca también la corona, que podría hacer pensar en las guirnaldas de los banquetes festivos, colocadas sobre la cabeza de los invitados (cf. Isaías 28, 1.5).

4. En este momento, irrumpen en la escena otro tipo de aguas: las de la vida y las de la fecundidad, que en primavera irrigan la tierra y que representan la nueva vida del fiel perdonado. Los versículos finales del Salmo (cf. Salmo 64, 10-14), como decía, son de extraordinaria belleza y significado. Dios quita la sed a la tierra agrietada por la aridez y el hielo invernal, con la lluvia. El Señor es como un agricultor (cf. Juan 15, 1), que hace crecer el trigo y las plantas con su trabajo. Prepara el terreno, riega los surcos, iguala los terrones, rocía todas las partes de su campo.

5. Todas las criaturas juntas, como en procesión, se dirigen hacia su Creador y Soberano, danzando y cantando, alabando y rezando. Una vez más la naturaleza se convierte en un signo elocuente de la acción divina; es una página abierta a todos, dispuesta a manifestar el mensaje trazado en ella por el Creador, pues «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5; cf. Romanos 1, 20). Contemplación teológica y abandono poético se funden en este pasaje poético, convirtiéndose en adoración y alabanza.

Pero el encuentro más intenso, hacia el que tiende el Salmista con todo su cántico, es el que une creación y redención. Como la tierra resurge en primavera por la acción del Creador, así el hombre resurge de su pecado por la acción del Redentor. Creación e historia están, de este modo, bajo la mirada providente y salvadora del Señor, que vence a las aguas tumultuosas y destructoras y da el agua que purifica, fecunda y quita la sed. El Señor, de hecho, «sana a los de roto corazón, y venda sus heridas», pero también «cubre de nubes los cielos, prepara lluvia a la tierra prepara, hace germinar en los montes la hierba» (Salmo 146, 3.8).

El Salmo se convierte así en un canto a la gracia divina. San Agustín vuelve a recordar, al comentar nuestro salmo, este don trascendente y único: «El Señor Dios te dice al corazón: yo soy tu riqueza. No hagas caso a lo que promete el mundo, sino a lo que promete el Creador del mundo! Presta atención a lo que Dios promete, si observas la justicia; y desprecia lo que te promete el hombre para alejarte de la justicia. ¡No hagas caso, por tanto, a lo que te promete el mundo! Considera más bien aquello que promete el Creador del mundo («Esposizione sui Salmi II», Roma 1990, p. 481)" . (San Juan Pablo II. Audiencia del Miércoles 6 de marzo del 2002)

 

La segunda lectura es  de la carta del apóstol san pablo a los romanos 8, 18-23). San Pablo responde a la pregunta que se hacían muchos cristianos: "Si hemos sido reconciliados por el bautismo y por el Hijo de Dios (Rm 6.), ¿cómo es posible que el sufrimiento y el fracaso tengan poder sobre nosotros?".

Sobre este punto, los cristianos encontraban poca luz en la tradición bíblica. En efecto, los sabios, limitados a observar el presente y la naturaleza, admitían que era demasiado presuntuoso pretender ver claro en ella (Jb 38.), o llegaban a la conclusión de que el universo era absurdo . Los profetas, por su parte, preveían una solución, pero la situaban en un futuro escatológico, al final de una catástrofe que pondría fin a la creación y a la humanidad actuales .                                         

El interés de la reflexión de Pablo está en la síntesis de estas corrientes, obtenida mediante la armonización de la solidaridad del hombre con la Naturaleza y su esperanza en un mundo nuevo.

San Pablo comienza apoyándose en el pensamiento sapiencial y en sus conclusiones. Nuestro cuerpo pertenece al mundo presente (v. 18); por tanto, participa de sus sufrimientos. La creación, es decir, la naturaleza material a la que nuestro cuerpo está estrechamente ligado, está sujeta a la vanidad (v. 20), no por el pecado del hombre, como se afirma generalmente, sino por sus propias leyes .

San Pablo pasa seguidamente a una visión más profética de las cosas. En su opinión, la Naturaleza se somete a sus leyes y se acomoda a sus límites con repugnancia (vv. 19-21). Ahora bien: esta esperanza cósmica no es vana y la solidaridad del cuerpo humano con el cosmos, en el sufrimiento y la caducidad, se mantiene en esta esperanza, pues goza ya de las arras de la glorificación (v. 23) que transformará a todo el universo (v. 21).

Al expresar esta solidaridad en la esperanza de un mundo nuevo, San Pablo es fiel al pensamiento bíblico ; no obstante modifica más de un punto importante. Así, el estado paradisíaco prometido al universo ya no se halla ligado a la salvación del pueblo de Israel, como en el A.T., sino a la revelación de nuestra filiación divina (vv. 21-23). El día en que ésta se realice en todos los hombres, hasta el punto de transfigurar sus cuerpos, transfigurará igualmente a toda la Naturaleza, liberándola de la esclavitud a la "vanidad" y adaptándola al nuevo estatuto de la humanidad.

Lejos de poner su esperanza en cierta especie de inmortalidad separada del cuerpo y del mundo, según la concepción griega, lejos de situarla en un más allá del mundo y de la vida a la manera gnóstica, San Pablo define la esperanza cristiana en el presente. Lo que se espera no es un más allá, sino algo interior que no puede alcanzarse más que viviendo su vida en el mundo.

San Pablo, además, ha desmitificado el "más allá" de la muerte recordando al cristiano que ya está muerto por el bautismo, que está ya, de alguna manera, en este "más allá" con el que sueña y que puede alcanzarlo uniéndolo al "interior" profundo de la vida.

Así comenta San Agustín el texto de esta segunda lectura:"  Preguntemos al Apóstol cómo cayo el hombre en la cautividad. En efecto, él más que ningún otro gime en ella y suspira por la Jerusalén eterna, y nos enseñó a gemir por obra del mismo Espíritu que le llenaba y le hacía gemir a él. Así escribe: Toda la creación gime y sufre hasta el presente. Y también: La creación está sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió en esperanza (Rom 8,20). Toda la creación -ha dicho- gime en medio de fatigas en los hombres que aún no creen, pero que han de creer. ¿Acaso gime sólo en los que aún no han creído? ¿Ya no gime ni sufre la criatura entre los dolores de parto en los que han creído? No sólo ellos -dice-, sino también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, es decir, nosotros que ya servimos a Dios en el Espíritu, que ya hemos creído en Dios con nuestra mente y en la misma fe hemos entregado ciertas primicias, para seguir luego esas mismas primicias. Pues también nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción y la redención de nuestro cuerpo (Rom 8,23).

Así, pues, gemía también él y gimen los restantes fieles esperando la adopción y redención del propio cuerpo. ¿Dónde gimen? En esta mortalidad. ¿Qué redención esperan? La de su cuerpo, anticipada en la persona del Señor que resucitó de entre los muertos y subió al cielo. Antes de que se nos conceda esto, es preciso que gimamos, a pesar de ser creyentes y hombres de esperanza. Es lo que afirma, a continuación, el texto de San Pablo: "De hecho, después de las palabras: También nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo, como si le preguntasen: «¿De qué te sirvió Cristo, si aún gimes?; ¿cómo es que te ha salvado el Salvador? Quien gime, aún está enfermo», añadió: Hemos sido salvados en esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25). He aquí por qué gemimos y cómo gemimos: porque esperamos el objeto de nuestra esperanza que aún no poseemos. Hasta que lo poseamos, suspiramos en el tiempo, porque deseamos lo que aún no tenemos. ¿Por qué? Porque hemos sido salvados en esperanza. Es cierto que la carne que el Señor tomó de nosotros fue salvada en realidad, no sólo en esperanza. Nuestra carne ya salvada resucitó y subió al cielo en nuestra Cabeza, aunque en los miembros deba ser salvada aún. Alégrense confiados los miembros, puesto que no fueron abandonados por la Cabeza. Ella dijo a los miembros afligidos: Ved que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mi 28,20). Así aconteció para que nos convirtiésemos a Dios. En efecto, no teníamos otra esperanza que la esperanza en el mundo, razón por la que éramos siervos miserables, doblemente miserables, porque no sólo habíamos puesto nuestra esperanza en esta vida, sino también porque habiendo vuelto el rostro al mundo, dimos la espalda a Dios. Mas cuando el Señor nos dio media vuelta, de modo que comenzamos a dar la cara a Dios y la espalda al mundo, aunque aún estamos en el camino, miramos sin embargo a la patria".(San Agustín. Comentario al salmo 125,2).

 

Aleluya

" La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; quien lo encuentra vive para siempre".

El evangelio es de san Mateo (Mt 13, 1-9). En la lectura que estamos haciendo de san Mateo, empezamos hoy el capítulo 13, en el que Jesús habla en parábolas. El capítulo está repartido en tres domingos.

El   capítulo 13, es un conjunto de parábolas que hablan del crecimiento y del futuro del Reino que Jesús anuncia, y que tienen un común denominador: el Reino avanza, el Reino es profundamente valioso, el futuro es del Reino. Y eso, en cada parábola, contrastado con las diversas actitudes de los hombres, o con los obstáculos que impiden este avance. Y es que de hecho, estas parábolas del Reino fueron dichas para paliar el posible desánimo de los discípulos al ver que el anuncio inicial de Jesús "el Reino de los Cielos está cerca", no era tan evidente ni claro como ellos imaginaban y deseaban.

En las parábolas hay una gran dosis de realismo de lo que es la vida humana. Y, a este realismo que Jesús recoge, se aporta una gran dosis de esperanza, y esta es la gran noticia, es el "Evangelio". Vienen a decir, estas parábolas, que en la realidad concreta que vivimos -que puede tener diversas caras y aspectos, configurada por personas diferentes con actitudes a veces contrapuestas- Dios va actuando. En definitiva, que el Reino va creciendo, a pesar de algunas cosillas y a través de otras. Siempre porque Dios empuja, hace avanzar. Enlazando con el domingo pasado: los pequeños y los humildes acogen la Palabra; en cambio los sabios y entendidos no. Porque el hecho es que la Palabra ha aparecido entre la humanidad, y no queda estéril: da fruto de un modo u otro, y quizá en el lugar más inesperado.

Comenzamos con la parábola del sembrador.

En cuatro escenas sucesivas, colocadas entre una descripción de la siembra (v. 3) y una descripción de la recolección (v. 8), la parábola propiamente dicha se interesa, sobre todo, por la suerte reservada a la semilla en los cuatro terrenos diferentes. Las escenas están dispuestas de manera progresiva y optimista, para desembocar en la visión de la fructificación extraordinaria de la semilla.

El tema de la cosecha, imagen de los últimos tiempos, es tradicional en Israel (Jl 4. 13); lo nuevo es la insistencia en las laboriosas siembras que la preparan. Jesús, pues, suaviza ligeramente el matiz escatológico de la venida del Reino (cosecha) subrayando más bien las condiciones difíciles de su realización. Proclama la venida del Reino, pero insiste en la lentitud de su instauración y en la dificultad de su maduración.

San Mateo  conoce todo lo que va a ocurrir con la semilla, símbolo de la Palabra. No hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada a los judíos: la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras palabras, las malas disposiciones de los oyentes.

En cuanto a estas malas disposiciones, San Mateo dice varias cosas.

En primer lugar, las nombra: inconstancia, afanes de este mundo, seducción de la riqueza. Ve en ello, además, el efecto de la actividad disimulada del Maligno (una causa entre otras). Porque advierte sobre todo que la Palabra se halla en el centro de un conflicto. Hay persecuciones que hacen vacilar a los oyentes inconstantes y que son provocados por la Palabra. Esta tiene, asimismo, adversarios que luchan encarnizadamente contra ella, en un conflicto permanente. Y es que el fracaso que Jesús conoció, mal recibido por los judíos incrédulos, lo experimenta la Iglesia a su vez; pero el profeta Isaías había ya pasado por esa dolorosa experiencia (v. 14/15). El combate de la Palabra y de la incredulidad viene desde los más remotos tiempos de la historia del pueblo de Dios y parece que ha de durar tanto como esa historia.

¿Cuál es su final? Este combate lleva a fracasos repetidos que preocupan al evangelista. Pero al autor le interesa más otra cosa: el éxito maravilloso que, en último término, obtiene la proclamación de la Palabra.

Porque el Evangelio, rechazado, perseguido, combatido ya ha "triunfado". En el seno de un mundo incrédulo, existe hoy una comunidad de discípulos. El inmediato entorno de Jesús era, en un principio, el signo modesto de un cierto éxito de la palabra de Jesús; pero a partir de entonces, todos aquellos que en todos los tiempos, especialmente hoy, se tienen por discípulos de Jesús, son signos de que la Palabra da sus frutos. Tras el "vosotros" (v.11), se oculta, en efecto, toda la Iglesia, incluidas las personas que hoy escuchan nuestro comentario del Evangelio.

Para nuestra vida.

Hoy el tema nuclear es la Palabra divina proclamada.

Recibir la Palabra y conscientes de la propia libertad, dejarse guiar y conducir, que sea la luz para la vida, transformar los propios criterios, establecer un estilo de vida según sus postulados... Esto nos pide delicadeza espiritual y valentía para romper con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen.

La Palabra proclamada incide en nuestra conducta cristiana Es importante proponernos  unos interrogantes sobre la aceptación de la Palabra: ¿qué grado de atención le prestamos? ¿la olvidamos? ¿la ahogan los afanes de la vida? Convendría considerar el valor que se da a la celebración de la Palabra en la misa dominical, desde la puntualidad y la preparación para la misa hasta el procurar que influya en la conducta de la semana. También se puede hablar de la lectura personal de la Biblia, sobre todo del N.T., indicando que debería leerse diariamente o por lo menos algunos días. Hay también otro campo inmenso a través del cual la palabra se manifiesta: situaciones familiares, tribulaciones personales o de los amigos, necesidades que nos rodean, acontecimientos de alegría... Momentos que reclaman la presencia de la Palabra y de la palabra.

La atención a la Palabra, con la respuesta que implica, es el medio que cuida la intimidad con Dios. Recordemos que podemos ser pedregal, árbol sin raíces, personas seducidas únicamente por las cosas materiales... De esta manera se ahoga el proyecto que el Señor tiene sobre nosotros. El proyecto divino que Dios tiene para cada uno de nosotros no se realiza cuando dejamos de ser verdaderos oyentes.

 

En la primera lectura se nos recuerda como la palabra divina sale amorosa al encuentro del hombre para operar su liberación, pero es absolutamente necesario que el ser humano se abra a la palabra. Es preciso oír, escuchar, alargar las orejas..., y buscar a la Palabra, al Señor (55, 1. 2. 3. 6). Si su palabra cala en nosotros, el fruto será abundante .

Nuestra sociedad occidental se empeña en vivir sólo de pan. Se da una búsqueda afanosa por el bienestar, confort, mejora de vida... Y esta ansiedad... se convierte muchas veces en nuestra más sutil esclavitud. Siempre será necesario el recordar las palabras del Deuteronomio: "No sólo de pan vive el hombre..

El texto  nos recuerda que así como la lluvia que baja del cielo no vuelve a él sin antes empapar y fecundar la tierra, así la Palabra divina  no vuelve  sin cumplir su cometido. La palabra de Dios es el plan de Dios, sus eternos designios de salvación. Plan y designios que se manifestaron y realizaron en Cristo, su palabra encarnada. Nosotros sabemos que la Eucaristía es esa palabra bajada del cielo, salida de Dios y ofrecida en sacrificio y alimento a cuantos en esta vida tienen hambre y sed de justicia, de realidad, de amor, de Dios.

 

En el salmo de hoy, salmo de acción de gracias, se reconocen las obras de Dios en nuestra vida.

Obras a través de las cuales Dios nos sacia de sus bienes, desde  su poder. Cuando uno ha experimentado la más absoluta falta de amor profundo, una soledad que con nada puede ser combatida, una crisis existencial… sólo es en ese momento de la vida cuando uno se ve en la tesitura de plantearse cosas en el ámbito espiritual que hasta entonces no se había planteado. Y uno se da cuenta de que no está solo, de que somos un pueblo elegido por Dios, que nunca nos abandona. Porque el sufrimiento es un misterio para el cristiano. No todo se puede explicar desde la razón, más si cabe cuando sabemos que el Señor habla al corazón del hombre. Pero cuando uno experimenta, apoyado en la oración de salmos como éste que nos ocupa, que Dios sale fiador y salvador, es en ese momento cuando el corazón exalta de gozo en alabanzas a Dios. 

El Señor se nos muestra en la historia. A través de los acontecimientos nos habla. Esos acontecimientos son los signos de los que habla el cántico. Sólo el que tiene abiertos los ojos en su vida es consciente de ello. A pesar de que al hombre no se le oculta la acción divina, pues está en los libros de historia y la gran tradición que ha llegado hasta nuestros días y ha configurado nuestra cultura, no siempre el hombre reconoce en ello al Señor.

Y ¿cuál es la mayor prueba del poder del Señor? La Creación. Por eso se alude al poder y la potencia de Dios sobre la Tierra, sobre el mar, sobre el caos del hombre. El triunfo sobre la muerte, sobre el sufrimiento.

Brota del alma entonces un reconocimiento a la obra de Dios, a su justicia que es distinta a la nuestra. Esa justicia que hace brotar de la muerte la vida, esa justicia que nos entregó a Jesucristo para nuestra redención. Como decía Juan Pablo II en una catequesis sobre este salmo, al final aparece una imagen preciosa de la primavera, atrás queda el desorden y el caos de una vida sin Dios (Audiencia general del miércoles 6 de marzo de 2002).

San Juan Pablo II comentando este salmo nos recuerda,

"3. En esta celebración de Dios Creador, encontramos un acontecimiento que querría subrayar: el Señor logra dominar y acallar incluso el tumulto de las aguas del mar, que en la Biblia son símbolo del caos, en oposición al orden de la creación (cf. Job 38, 8-11). Es una manera de exaltar la victoria divina no sólo sobre la nada, sino incluso sobre el mal: por este motivo, el «estruendo del mar» y el «estruendo de las olas» es asociado al «tumulto de los pueblos» (cf. Salmo 64, 8), es decir, la rebelión de los soberbios.

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San Agustín lo comenta de manera eficaz: «El mar es imagen del mundo presente: amargo a causa de la sal, turbado por tempestades, donde los hombres, con sus ambiciones perversas y desordenadas, parecen peces que se devoran unos a otros. ¡Mirad este mar proceloso, este mar amargo, cruel con sus olas! No nos comportemos así, hermanos, pues el Señor es la "esperanza del confín de la tierra"» («Esposizione sui Salmi II», Roma 1990, p. 475).

....

La conclusión que nos sugiere el Salmo es sencilla: ese Dios, que acaba con el caos y el mal del mundo y de la historia, puede vencer y perdonar la malicia y el pecado que el orante lleva en su interior y que presenta en el templo con la certeza de la purificación divina. " (San Juan pablo II. Audiencia del Miércoles 6 de marzo del 2002)

Ojalá este cántico a la Gracia de Dios se haga realidad en nuestras vidas para que demos testimonio de que el Señor es fuerte y está presente en medio de nosotros.

 

En la segunda lectura, se nos invita a reformar nuestros juicios y nuestras maneras de ver el mundo. No se trata, como pensamos, de un mundo sometido a unas leyes cosmológicas que le hacen, a la vez, agradable y difícil de vivir por encontrarse en un estado de lucha entre los elementos que a veces se enfrentan entre sí y provocan catástrofes.  Las condiciones del hombre en sí mismo también son muchas veces contradictorias, y nuestro   cuerpo ya no es la traducción de su alma, sino que hay una ley de oposición a la que hay que someterse. Es preciso considerar esta situación presente en función de un futuro. No existe una medida común entre los desequilibrios del tiempo presente y la gloria que Dios va a revelar pronto en nosotros. Porque toda la creación aspira con todas sus fuerzas a ver esta revelación de los hijos de Dios. La creación, es decir, no sólo los cristianos, no sólo los hombres, sino todo el universo. Toda esta creación, ahora bajo los efectos del pecado, espera su liberación, la gloria de los hijos de Dios. Pero es necesario que pasen el tiempo y los dolores de la infancia y aceptar gemir, nosotros y toda la creación, con una esperanza en el corazón que no se equivoca. Ya hemos recibido el Espíritu, pero esperamos la liberación total.

Esta es la condición de los cristianos y de la condición del mundo entero. Tampoco los progresos del mundo pueden dejar indiferente al cristiano; son el signo de la reconstrucción del mundo y de su recreación progresiva en la unidad. Es preciso, también, que los desequilibrios que nosotros constatamos no destruyan nuestra esperanza, sino que hemos de aceptar la insatisfacción que todo ser siente, como un signo del futuro al que estamos abocados y cuyas primicias ya nos han sido dadas por el Espíritu.

A nivel personal la vida en el Espíritu tiene consecuencias, quizá la más importante, es la condición de hijos de Dios (vs. 15-17).

Esta condición filial, sin embargo, no ha realizado  toda su virtualidad y en el tiempo presente todavía es objeto de esperanza en ciertos aspectos. De ello trata esta pericopa.

Compara San Pablo la experiencia presente actual, tanto del hombre como del mundo, con la futura. Evidentemente, todavía hay mucho de dolor, frustración, angustias, etc. No conviene negarlo o disminuirlo para no caer en un angelismo fuera de lugar. Pero hay, para quien tiene esas primicias del Espíritu, una perspectiva mejor. No precisamente alienante o que haga evadirse del mundo, sino que confiere esperanza y sentido para afrontar lo negativo. Es importante subrayar esa seguridad del porvenir. El cristiano no simplemente espera algo futuro, sino que tiene la garantía absoluta de ello en virtud de la presencia del Espíritu.

Para San  Pablo ya no se trata solamente de los hombres, sino del universo entero. La creación había sido puesta por Dios en manos del hombre y este estaba sometido a Dios. Pero, habiendo roto con Dios, también se desbarató la relación del hombre con la creación. Ahora, pues, también la creación espera expectante la liberación, que empieza por la liberación del hombre.

La imagen de los dolores de parto, que utilizaban algunos filósofos griegos para hablar del renacimiento de la naturaleza en primavera, le sirve a Pablo para expresar la situación de toda la creación.

A pesar de haber recibido el Espíritu, aún gemimos como la creación, porque aún no ha llegado a plenitud la liberación total, la filiación. Pero ya poseemos las primicias de ella: los primeros frutos de la cosecha se ofrecían a Dios simbolizando la consagración de toda la cosecha, pero a la vez significaban la prenda de lo que tenía que venir.

En el momento actual, de sensibilidad ecológica, seguramente que este texto tendría que hacer replantear a los cristianos su relación con la naturaleza: los hijos de Dios tienen que tratar con solicitud el mundo que Dios les ha dado para que lo habiten.

Así comenta San Agustín comenta  esta lectura: " Preguntemos al Apóstol cómo cayo el hombre en la cautividad. En efecto, él más que ningún otro gime en ella y suspira por la Jerusalén eterna, y nos enseñó a gemir por obra del mismo Espíritu que le llenaba y le hacía gemir a él. Así escribe: Toda la creación gime y sufre hasta el presente. Y también: La creación está sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió en esperanza (Rom 8,20). Toda la creación -ha dicho- gime en medio de fatigas en los hombres que aún no creen, pero que han de creer. ¿Acaso gime sólo en los que aún no han creído? ¿Ya no gime ni sufre la criatura entre los dolores de parto en los que han creído? No sólo ellos -dice-, sino también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, es decir, nosotros que ya servimos a Dios en el Espíritu, que ya hemos creído en Dios con nuestra mente y en la misma fe hemos entregado ciertas primicias, para seguir luego esas mismas primicias. Pues también nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción y la redención de nuestro cuerpo (Rom 8,23).

Así, pues, gemía también él y gimen los restantes fieles esperando la adopción y redención del propio cuerpo. ¿Dónde gimen? En esta mortalidad. ¿Qué redención esperan? La de su cuerpo, anticipada en la persona del Señor que resucitó de entre los muertos y subió al cielo. Antes de que se nos conceda esto, es preciso que gimamos, a pesar de ser creyentes y hombres de esperanza. Es lo que afirma, a continuación, el texto de Pablo.

De hecho, después de las palabras: También nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo, como si le preguntasen: «¿De qué te sirvió Cristo, si aún gimes?; ¿cómo es que te ha salvado el Salvador? Quien gime, aún está enfermo», añadió: Hemos sido salvados en esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25). He aquí por qué gemimos y cómo gemimos: porque esperamos el objeto de nuestra esperanza que aún no poseemos. Hasta que lo poseamos, suspiramos en el tiempo, porque deseamos lo que aún no tenemos. ¿Por qué? Porque hemos sido salvados en esperanza. Es cierto que la carne que el Señor tomó de nosotros fue salvada en realidad, no sólo en esperanza. Nuestra carne ya salvada resucitó y subió al cielo en nuestra Cabeza, aunque en los miembros deba ser salvada aún. Alégrense confiados los miembros, puesto que no fueron abandonados por la Cabeza. Ella dijo a los miembros afligidos: Ved que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mi 28,20). Así aconteció para que nos convirtiésemos a Dios. En efecto, no teníamos otra esperanza que la esperanza en el mundo, razón por la que éramos siervos miserables, doblemente miserables, porque no sólo habíamos puesto nuestra esperanza en esta vida, sino también porque habiendo vuelto el rostro al mundo, dimos la espalda a Dios. Mas cuando el Señor nos dio media vuelta, de modo que comenzamos a dar la cara a Dios y la espalda al mundo, aunque aún estamos en el camino, miramos sin embargo a la patria.

Y cuando quizá sufrimos alguna tribulación, nos mantenemos en el camino y nos trasporta el madero (de la cruz). El viento es ciertamente desapacible, pero próspero; requiere esfuerzo, pero nos lleva y nos hace llegar con rapidez. Como gemíamos a causa de nuestra esclavitud, gimen también los que ya han creído. Habíamos olvidado el origen de nuestra esclavitud, pero nos lo recuerda la Escritura. Preguntemos al mismo apóstol Pablo. Él dice: Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido el pecado (Rom 7,14). Ved el origen de nuestra cautividad: el haber sido vendidos al pecado. ¿Quién nos vendió? Nosotros mismos, al dar consentimiento al seductor. Pudimos vendernos, pero no rescatarnos. Nos vendimos consintiendo al pecado, nos rescatamos por la fe de la justicia. Sangre inocente fue entregada por nosotros para rescatarnos. ¿Qué sangre derramó el seductor al perseguir a los justos? Ciertamente derramó sangre de hombres justos; derramó la sangre de los profetas, de nuestros padres, de los justos y de los mártires: pero todos éstos provenían de la estirpe del pecado. Derramó la sangre de la única persona que no fue justificada porque había nacido justa y, al derramar esa sangre, perdió a todos los que tenía prisioneros. Aquellos por quienes fue entregada esa sangre inocente, fueron rescatados. Al regresar del cautiverio cantan este himno" . ( San Agustín Comentario al salmo 125,2)

 

Hoy el evangelio nos presenta la parábola del sembrador, es muy clara en su sentido: el Reino ha sido sembrado, es cierto que se pierde mucha simiente, pero también es verdad que hay mucho fruto. Después, la explicación alegórica permite ampliar este sentido inicial haciendo jugar la contribución de los hombres para que el Reino avance: el Reino avanza "a medida humana", según lo que los hombres hagan; pero, con todo, este avance es seguro, ya que existen hombres que son tierra buena, y el fruto acaba siendo abundante (unos cien, otros sesenta, otros sólo treinta, pero, no obstante, abundante). Jesús nos dice que el Reino avanza.

La parábola nos conduce  a reflexionar sobre cómo acogemos nosotros "la predicación del Reino".

 Fijémonos en las tres disposiciones negativas:

1)Los que no lo entienden: los que no tienen interés en aceptar que el Reino exige cambios en la vida, y creen que lo que se anuncia es ya lo que ellos hacen, sin darse cuenta de que se trata de otra cosa (¿para cuántos ser cristiano quiere decir, por ejemplo, ser personas de orden y neutrales ante cualquier mejora social seria?

2)Los inconsistentes: los que saben bien qué es el Reino y lo defienden y están ilusionados, pero que se volverán atrás cuando vean que les afecta su vida (continuarán sin hablar con el vecino; en casa continuarán diciendo que "aquí mando yo...").

3)Los que están en manos de la riqueza: tanto los muy ricos como los que viven pendientes de cómo podrán vivir mejor, y que no son capaces de sacrificar nada de esa búsqueda del bienestar ya que según ellos "es muy importante poder tener tal cosa o tal otra..." Para ser tierra buena no podemos ser ninguna de las tres malas tierras que acabamos de describir.

San Mateo se fija en los discípulos de Jesús; los ve vivir en medio de un mundo (v.38) incrédulo: "aquellos que..." (v.12). Los ve, sin embargo, colmados: "A vosotros es dado". Y puesto que en ellos el "don" se ha demostrado eficaz, se les da cada vez más: "A quien tenga se le dará". Este don pródigamente concedido es el de un conocimiento supremo: "conocer los misterios del Reino de Dios". Este conocimiento ilumina toda la vida; gracias a él, sabrán los discípulos hacer las opciones que se imponen y participar como conviene en el combate de la Palabra.

Tras la explicación de las vicisitudes que atraviese el Reino al implantarse en el mundo, se oculta un mensaje decisivo: el mensaje pascual. Porque la aventura de la Palabra, constantemente desdeñada, perseguida pero siempre viva y eficaz, semejante al grano de trigo que debe "morir" para dar fruto (Jn12,24), ¿no es el misterio de Pascua?.

 El conocimiento de los  misterios del Reino es un privilegio del que los cristianos debemos ser conscientes. Lo que los cristianos oímos en la proclamación del Evangelio, lo que vemos en la experiencia cristiana, hay muchos hombres que no pueden verlo ni oírlo. Aun los Profetas, esos privilegiados del A.T. y con ellos, por lo tanto, todo el pueblo de la Antigua Alianza, no pudieron, a pesar de sus deseos, obtener semejante revelación de los "caminos" de Dios, de los secretos de su Reino.

En la parábola de hoy el protagonismo es para el "sembrador" y la "semilla sembrada". "El que la escucha", "acepta", "entiende", aparece porque es destinatario de "la semilla", de "la Palabra". No podemos perder de vista, pues, que todo parte de un don. La semilla del Reino ya ha sido sembrada. Y sembrada generosamente, en todas partes. Y además, dará fruto como sea, quizás en los lugares más inesperados.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, la Eucaristía dominical es  campo en el que Dios siembra para que demos fruto a lo largo de la semana; y también como campo donde recogemos los frutos de lo que hemos vivido la semana anterior.

Demos gracias a Dios por todo ello.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

sábado, 27 de junio de 2026

Comentario a las lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario 28 de junio 2026

 

Comentario a las lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario 28 de junio 2026


La hospitalidad constituye el tema principal de la primera lectura y del evangelio proclamados hoy, y no será inútil escuchar la invitación que estos teCristos dirigen a los cristianos de hoy. En el mundo deshumanizado y muy urbanizado en que vivimos, el testimonio de la hospitalidad de casas ampliamente abiertas a los demás puede adquirir una dimensión profética.

Las órdenes monásticas, que han adquirido en el pasado una amplia experiencia de hospitalidad, deberían remozar su testimonio a este respecto, y con ellas todos los hogares, de forma que el encuentro mutuo permita a la personalidad de cada uno tomar cuerpo en un mundo en que el hombre se convierte en un número, de forma que la atención a los demás se convierta en una manera de vivir la disponibilidad y la hospitalidad para que el hombre desarraigado y psicológicamente aislado pueda encontrarse a sí mismo al encontrar la relación y el intercambio gratuito.

 

La primera lectura es del segundo  libro de los reyes (2 R 4, 8-11. 14-16a) Contemplamos a Eliseo que acostumbraba a pasar por Sunem, especialmente cuando iba del Carmelo a su tierra natal. En estos casos detenía su viaje para descansar en casa de esta buena mujer, que lo recibía amablemente y con todo el respeto que merece un hombre de Dios.

El anuncio del nacimiento,  del hijo de la sunamita es una historia enmarcada en las promesa de un hijo a unos padres ancianos, como recompensa por su hospitalidad, y corresponde a un género literario denominado "saga" que ya aparece en las narraciones patriarcales (v. g., promesa a Abraham y a Sara: Gn. 18, 1-15O y también en el NT. (v. g., la promesa de Juan el Bautista hecha a Isabel). 

Nos fijamos  en dos breves escenas :

Hospitalidad de la sunamita (vs. 8-11): Sunem pudo ser un santuario israelita situado al Sur del Tabor, no lejos del Carmelo, y probablemente habitado por una comunidad de profetas.

Eliseo no se hospeda en su comunidad, sino en el hogar de la sunamita, prototipo de todo ser humano capaz de descubrir a Dios en la persona y obra del profeta. Tal vez los suyos no lo hubieran recibido... La mujer le prepara una cama, mesa, silla..., un superlujo para cualquier israelita habituado como estaba a dormir en la sala común sobre una dura esterilla que se desenrollaba al caer la noche. Recibir al profeta es un gran honor para la sunamita, pero para ser como ella necesitamos una mente muy abierta para saber discernir el dedo de Dios que pasa haciendo el bien. No abrir su casa a Eliseo hubiera sido cerrarla al Señor, cerrarla al futuro de las bendiciones. Pero abrirla a otros muchos que se presentan como los "oficiales" del Señor hubiera supuesto abrirla a unos chantajistas que juegan con Dios. La actitud adoptada por la sunamita no era nada fácil.

-Agradecimiento del profeta (vs. 12-17): Eliseo se pregunta: ¿Qué podríamos hacer por ella? (v. 14). Agradecido, el profeta quiere recompensarle ofreciéndole en primer lugar una recomendación de tipo político (v. 13: ¿una exención fiscal o militar? No seamos malos, esta oferta no llega a tráfico de influencias). Ante una negativa de la mujer, le anuncia a la anciana el nacimiento de un niño... Sara no se lo creyó, la sunamita también recela...

 

El responsorial es el salmo 88, (Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19). Estamos ante uno de los salmos llamados reales, cuyo fondo es la ceremonia de entronización de un nuevo rey: el trono, los atavíos reales, la corte, el palacio, los guardias, la campaña para vencer a los enemigos.

Pero estamos en Israel, sabemos que el régimen político de este pueblo tenía un carácter muy particular: el verdadero "rey" era Dios. De ahí que el comienzo del poema es un "himno" que canta el poder real de Yahveh.

Es un largo salmo de 53 versículos. El teCristo que se nos propone hoy en la liturgia, corresponde a la primera parte que es un himno de alabanza. El libro no comienza con una introducción (2-5). Aquí aparece en ya las dos palabras clave de este salmo: misericordia y fidelidad de Dios. Se afirma que la misericordia ha sido construida para siempre y que la fidelidad es más firme que el cielo (3). Estas dos palabras aparecen 7:08 veces a lo largo de todo el teCristo. La misericordia y la fidelidad de Dios son una constante en la historia del pueblo como la alianza hecha al rey David. La misericordia y la fidelidad de Dios de la alianza engendraron una dinastía para el pueblo de Dios: David tendrá siempre un descendiente sobre el trono.

En los versículos 6-19, se proclama que Dios es señor del universo y de la historia. Es el único Dios verdadero, señor del mar y de los monstruos marinos, del hierro, de la tierra y del mundo. Todo le pertenece y es dichoso el pueblo elegido para reconocer todo esto, alabando a este Señor universal. El reconocimiento engendra confianza en el pueblo, entonces Dios se convierte en el escudo y el rey de Israel (19).

Este salmo refleja la detección del pueblo ante la derrota práctica desaparición de una de las instituciones más importantes, la monarquía en Judá. En el trono de Judá siempre se había sentado un descendiente de David, según la promesa alianza que parece2Sam 7.

Según la concepción de este salmo, la misericordia y la fidelidad del señor se encarnan en la persona del descendiente de David que ocupa el trono de Judá.

Salmo reproduce la situación de la monarquía en vísperas del siglo o bien y a durante el cautiverio en Babilonia, cuando todavía se tenía la esperanza de que el rey de Judá volvería a Jerusalén para dirigir la vida política y económica del país. Históricamente estaríamos en tiempos del rey Center y cuando Jerusalén cayó en manos de los babilonios (586 a.C.). En este periodo corresponde, también, en el final de la actividad profética de Jeremías.

El clamor de este salmo es el siguiente: "¿dónde están ahora la misericordia y la fidelidad de Dios?".

La respuesta del salmo es clara, revela el rostro de Dios aliado que camina con su pueblo. Israel está orgulloso de ser el elegido por Dios, señor del universo y de la historia. Es el Dios de la misericordia y la fidelidad que produce el la justicia y el derecho.

El Dios de este salmo es un Dios que hace historia con su pueblo.

En la perspectiva del plan de Dios cumplido en Jesús, Jesús es la máxima expresión de la misericordia y de la fidelidad de Dios de la que habla este salmo.

También en Jesús se revela, junto con la misericordia y la fidelidad de Dios, la alianza. Y así sus teCristos evangélicos nos hablan de la nueva alianza en el nuevo reino de Dios en ellos podría se anunciará el se cumplirá en Jesús como mesías, por eso el espíritu de Dios está sobre el para iniciar la gran utopía del Reinado de Dios en la historia de la humanidad.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».

El llamamiento es claro y definitivo. Dios es poderoso, todo lo puede en el cielo que tú has hecho y en la tierra que has creado. Además de ser poderoso, es fiel, cumple siempre las promesas que hace.

Se enumeran las obras hechas a David. La promesa a David de que sus descendientes gobernarían a Israel para siempre, promesa que seguiría en pie aunque esos descendientes no fueran dignos. El trono de David en Israel sería tan firme como el sol y la luna en los cielos.

Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey el gran tipo de Cristo. El es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua.

La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la afrenta y la derrota, lo hizo entrar en la zona de la cólera divina, en la dimensión contada del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejó bajar hasta la muerte. ¿Dónde quedaba la misericordia y la fidelidad del Padre?

Todos los títulos y todos los poderes se los da el Padre a su Hijo, de modo nuevo y definitivo, en la resurrección. Aquí es necesario situarnos ante la reflexión que San Pablo hace  de la resurrección. A la luz de esta, resplandecen más el poder cósmico y el poder histórico de Dios; se ve que la ira y el castigo eran limitados; con la luz de la resurrección realizada en Cristo y compartida en nosotros desde el bautismo, comprendemos finalmente y cantamos en un himno cristiano «la misericordia y la fidelidad de Dios».

Alabanza y fiarse de las promesas es válido y necesario para nuestra vida cristiana.

Así comenta San  Agustín los versículos de este salmo: "[v.2]. Cantaré eternamente, Señor, tus misericordias; y mi boca anunciará tu verdad de generación en generación. Que mis miembros den honra, dice, a mi Señor. Yo hablo, pero hablo tus cosas; mi boca anunciará tu fidelidad. Si no soy obsecuente, no seré un siervo; si hablo por mí, soy un mentiroso. Entonces, yo hablaré, pero de tus cosas. Aquí hay dos realidades distintas: la tuya y la mía: la tuya es la verdad; la mía es la boca que habla. Oigamos, pues, qué verdades dice, y qué misericordias va a cantar.

3. [v.3]. Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre. Esto es lo que yo canto; esta es tu verdad, y mi boca está dispuesta a servirle anunciándola. Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre.

....

Ha expresado las misericordiosas, ha expresado la verdad; y ahora de nuevo las ha unido de esta forma: Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre. Tu verdad será cimentada en los cielos. También aquí repite la misericordia y la verdad. Porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad[1]. No aparecería la verdad como cumplimiento de las promesas, si la misericordia no precediera en la remisión de los pecados. Además, como se habían prometido proféticamente muchas cosas al pueblo de Israel, que procedía de la estirpe de Abrahán según la carne, y así se propagó aquel pueblo en el que habían de cumplirse las promesas de Dios; y, con todo, Dios no secó el manantial de su bondad para con las naciones extranjeras, que puso bajo el amparo de los ángeles, reservándose para sí únicamente la porción del pueblo de Israel. En estas dos estirpes el Apóstol distribuye, distinguiendo en cada una de ellas la misericordia de Dios y la verdad. De hecho, dice que Cristo se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para confirmar las promesas hechas a loso padres. Ya veis cómo Dios no engañó, y cómo no ha rechazado a su pueblo, que había conocido de antemano. Pues cuando se trata del abandono de los judíos, para nadie creyese fueron reprobados hasta el punto de no recogerse, en aquella bielda, ni un solo grano en las trojes, dice el apóstol que Dios no rechazó a su pueblo, que había conocido de antemano; porque yo también soy israelita[2] Si todo él fueron espinas, ¿cómo yo, que os hablo, sería un buen grano? Luego La verdad de Dios se cumplió en aquellos israelitas que creyeron, y así vino a juntarse a la piedra angular una pared procedente de la circuncisión[3]. Pero aquella piedra no habría constituido el ángulo, si no hubiera sustentado la otra pared que procede de los gentiles. Aquella primera pared pertenece propiamente a la verdad, y esta segunda a la misericordia. Digo, pues, afirma el Apóstol, que Cristo se puso al servicio de la circuncisión, en favor de la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los patriarcas, y para que los gentiles glorificasen a Dios por su misericordia[4]. Con razón, En los cielos está cimentada tu verdad. En efecto, todos aquellos israelitas llamados apóstoles, se han hecho los cielos que proclaman la gloria de Dios. De estos cielos se dice: Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos. Y para que estéis seguros de que se habla de estos cielos, dice a continuación refiriéndose más expresamente a ellos: No es con palabras, ni con discursos cuyas voces no se oirán. Mira a ver a qué palabras se refiere, y no encontrarás otras arriba, sino las de los cielos. Si se trata, pues, de los Apóstoles, de cuyas conversaciones se ha oído su voz, son ellos de quien se ha dicho: A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje[5]; porque aunque hayan muerto antes de que la Iglesia llenase el orbe de la tierra, no obstante sus palabras llegaron hasta los confines de la tierra. Bien cumplido vemos aquí lo que ahora leemos: Tu verdad será cimentada en los cielos.

[vv.16-17]. ¿Y no nos vamos a alegrar de todas estas cosas? ¿O seremos capaces de comprender aquello de lo que nos gozamos? ¿Y las palabras serán capaces de expresar nuestra alegría? ¿O le será posible a la lengua expresar nuestro regocijo? Si, pues, no hay palabras capaces de ello, Dichoso el pueblo que conoce el júbilo. ¡Oh pueblo feliz! ¿Te parece a ti que conoces el regocijo? No es posible ser feliz si no sabes lo que es el regocijo. ¿Qué quiere decir que conoces el regocijo? Que sepas por qué te alegras de lo que no se puede explicar con palabras. Porque tu alegría no procede de ti, sino que el que se gloría, que se gloríe en el Señor[6] No te regocijes en tu soberbia, sino en la gracia de Dios. Fíjate cómo la gracia es tan grande, que la lengua no es capaz de explicarla; y entonces sí, habrás entendido lo que es el regocijo.

[v.18]. Porque tú eres gloria de su fortaleza, y según tu beneplácito se realza nuestro poder; porque a ti te ha parecido bien, no porque nosotros somos dignos.

 [v.19]. Porque Dios es nuestro apoyo. Puesto que yo he sido empujado como un montón de arena, para que cayera, y habría caído, si el Señor no me hubiera apoyado. Porque el Señor es nuestro apoyo, el Santo de Israel nuestro Rey. Él es quien nos sostiene, él te ilumina: con su luz estás seguro, en su luz caminas, por su justicia serás exaltado. Él te ha recibido, en tu debilidad él te protege; él te hace robusto por su fuerza, no por la tuya". (San Agustín. Salmo 88 I).

 

La segunda lectura es de de la Carta a los romanos (Rm 6,3-4.8-11) . A lo largo de toda su carta a los romanos, San Pablo contrapone la justicia que los hombres, judíos y griegos, quieren proporcionarse por sí mismos y la que Dios concede a quien la pide con fe.

El instrumento de esa justificación divina es el bautismo, punto de cita entre la fe del hombre y la justicia de Dios.

La idea esencial de este pasaje es la de la "muerte con Cristo". Para la Biblia, Dios es la vida y su plan es un plan de vida. La muerte física es un accidente que la mentalidad judía atribuye al pecado. Heredero de ese concepto judío, San Pablo enlaza la muerte natural y la muerte espiritual del pecado.

Cristo es el primero en penetrar en la muerte no con el pecado, es decir, la voluntad de vivir por sí mismo, sino, al contrario, con una fidelidad absoluta y una adhesión completa a su Padre, confiando en que éste le salvaría. Así, la muerte de Cristo suprime el nexo que existía hasta entonces entre muerte y pecado; así, su muerte es realmente liberadora del pecado, puesto que descubre un hombre capaz de ser liberado de la muerte y de resucitar simplemente porque se pone en manos de su Padre. Así, la muerte no es un accidente en el plano divino de la difusión de la vida, sino precisamente aquello por lo que Dios entrega su vida al hombre.

El bautismo nos une a la muerte de Cristo en el sentido de que nos hace adherirnos al Padre y no ya a nosotros mismos, y también en el sentido de que es el rito mediante el cual significamos nuestro deseo de realizarnos en nuestro futuro de hombres, realizándolo en la comunión con Dios (vv. 3-6). Nuestro bautismo se asemeja además a la muerte de Cristo (v. 11) en el sentido de que nos coloca en las mismas posiciones suyas y bajo la influencia de la misma iniciativa salvífica del Padre.

Aunque el cristiano sigue abocado a la muerte física, como todos los hombres, tiene la posibilidad, gracias al bautismo, semejante a la muerte de Cristo, de entrar en la muerte como un Dios ha entrado en ella, con plena disponibilidad respecto del Otro. Entonces le es ya posible vencer a la muerte espiritual del pecado, que es precisamente negativa a aceptar la intervención divina en la realización de nuestro destino. O dicho de otra forma: la muerte es la experiencia en la que mejor podemos alcanzar a Dios en el desprendimiento de nosotros mismos, ya que la única cosa que sabemos de Dios en Jesucristo es que no vive más que para dar, aunque sea muriendo. Morir con la misma disponibilidad de uno respecto al otro es vivir de la vida misma de Dios, y eso nos lo proporciona ya el bautismo.

Al beneficiar al cristiano de la muerte al pecado, el bautismo le permite participar en el plano de vida de Dios, viviendo ya, incluso abocado a la muerte, de una vida nueva donada por Dios (vv. 4-5). Reorientado ya por su bautismo en esa vida nueva, el cristiano puede considerar la muerte como un hecho pasado: el que ha muerto está liberado del pecado. Ahora bien, el cristiano bautizado ha pasado ya por lo esencial de la muerte: esa muerte espiritual del pecado, y ya ha salido gracias a la intervención de Dios.

San Pablo insiste en el hecho de que la resurrección de Cristo no es tan solo un hecho aislado, prenda de una resurrección futura, sino que nos compromete ya desde ahora con Él. Estamos ya muertos "con él" (v. 3), estamos ya enterrados "con él" (v. 4), vivimos ya "con él" una vida nueva (v. 5).

Estamos ante  un tema  típico de la cristología paulina.

San Pablo presenta a Cristo en cuanto hace referencia salvadora a nosotros.

San Pablo parte de una sencilla reflexión acerca del bautismo. El bautismo nos ha sumergido en la muerte de Cristo, hemos sido sepultados con él; pero también hemos resucitado con él para llevar una vida nueva. Es el bautismo el que nos hace participar plenamente del misterio pascual de Cristo, el signo que es una semejanza de la muerte y resurrección de Cristo y encierra en sí toda su realidad y actualidad.

La doctrina es sencilla y rigurosa; su puesta en práctica se revela difícil y siempre en situación de comenzar de nuevo.

Así la Resurrección la relaciona con sus efectos en la humanidad. Se fija en la transformación que comporta a los hombres que participan en ella. Evidentemente, se trata de una transformación para la salvación de estos hombres. Esta unión de Cristo y el cristiano se da en el bautismo y en la fe (téngase presente el modelo del bautismo de adultos, en el que la relación fe-sacramento es más clara que en el de niños). A partir de ahí, nos hacemos solidarios con el Señor resucitado, igual que él se ha hecho solidario con nosotros en su condición humana. Somos como arrastrados hacia su destino glorioso.

Esta condición nueva es descrita en estos versículos con las imágenes de vida y libertad, que se repiten a lo largo de este capítulo. Especialmente en el paso "muerte a vida" se intenta visualizar la transformación ocurrida. Lo cual indica la profundidad de ella. Supera con mucho los límites de una ética o una moral para colocarse en el plano del ser, que San Pablo describirá otras veces con vocabularios como "nueva creatura", "hombre nuevo", etc.

"Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo...": La vida del cristiano debe identificarse con las acciones salvíficas de la vida de Cristo, que para san Pablo se centran en la muerte, sepultura y resurrección. La fe y el bautismo nos introducen en ellas. Y así como el poder y la gloria del Padre se manifestaron en la resurrección de Cristo, también se manifiestan en el bautizado por el hecho de participar en la vida nueva del Resucitado. - "Si hemos muerto en Cristo, creemos que también viviremos con él...": La vida nueva del cristiano es, sin embargo, solo perceptible por la fe. Cristo no resucitó sólo para reivindicar su mesianidad o su justicia, sino en orden a llevar el hombre a una vida nueva por la fuerza del Espíritu.

 

El evangelio de  San Mateo (Mt 10,37-42), es continuación del domingo anterior y recoge  las palabras de recomendación y de ánimo dadas por Jesús al nuevo Pueblo de Dios en previsión de las dificultades que ciertamente experimentará, al decidir seguir es estilo de vida evangélico.

Los vv. 37-39 tratan específicamente de la adhesión personal e íntima que hay que dar a Jesús para seguirle.

El v. 37 utiliza un lenguaje profético: rápido, intuitivo, desconcertante. Un lenguaje que busca concienciar al oyente de una necesidad imperiosa. va dirigido a todos y cada uno de los componentes del nuevo Pueblo y no a un grupo especial o de aspirantes a la perfección. No es fin en sí mismo sino medio para algo.

Descubrir este "para algo" es dar con el sentido de lo que se dice. El "para algo" de nuestro tema es la urgencia imperiosa de un nuevo Pueblo que revele y sustituya al viejo y decrépito pueblo religioso. La necesidad de un nuevo Pueblo religioso es un objetivo indeclinable; su existencia no se puede diferir en absoluto. El v. 37 no establece una jerarquía o una prioridad de sentimientos o afectos (primero Jesús, después la familia). Jesús no reclama el afecto de sus seguidores. Jesús sencillamente resitúa el mundo del sentimiento en el marco de un objetivo que dé a ese mundo una perspectiva, un horizonte, una razón de ser última.

Este mismo objetivo de bien común del que Jesús es el primer seguidor, está a la base del v. 38. La idea del versículo es la siguiente: seguir a Jesús es seguirle por un camino de sufrimientos públicos y violentos.

"Tomar la propia cruz" no es una expresión metafórica. La Cruz no es el medio y el símbolo de la unión mística del cristiano con Cristo. La cruz es el medio para hacer morir a Jesús y a sus discípulos. Jesús no prescribe a sus discípulos hacerse una cruz para seguirlo hasta el Calvario; pero tampoco alude a cualquier clase de sufrimientos más o menos vagos. Anuncia a sus discípulos la misma violencia y el mismo desprecio público que soportará él mismo. Por consiguiente, no se trata principalmente de cargar consigo mismo (identificando la persona con la cruz), ni de cargar para ofrecerlo a Jesús o aceptar tal o cual sufrimiento personal, ni de reconocerse culpable ante Dios, ni siquiera de imitar a Jesús, sino de prever y aceptar la soledad humana y la oposición violenta y cuasi oficial.

"Tomar la cruz" es lo que en el v. 39 viene expresado como "perder la vida". Son expresiones equivalentes para significar "morir de muerte violenta". Pero Jesús dice a su discípulo que esta disponibilidad hasta dejarse matar es la verdadera manera de ser uno mismo, de ganarse, de vivir.

En la línea del domingo anterior, el v. 39 es una palabra de ánimo a quien puede comprensiblemente experimentar el desánimo por lo difícil de la situación.

El v. 40 es la  conclusión de la instrucción a los apóstoles. Lo que es una adquisición personal, el conocimiento de la persona de Jesús, tienen que llegar a plenitud por la vida. Vivir la fe es construir la vida, no con una pretenciosa relevancia, sino con una sencilla colaboración. Así, dar hospitalidad al mensajero no es solamente recibir con los brazos abiertos al hermano, sino también acoger la palabra, aceptar el vivir como lo exige el compromiso adquirido ante Jesús. Palabras difíciles del evangelio, pero cargadas de esperanza.

En la línea de levantar el ánimo están redactados los vs. 40-42. Estos versículos  harán ver que esta adhesión íntima a Jesús tendrá que hacerse totalmente pública.

Al final de la instrucción de los doce, se hace la alabanza para con aquellos que los recibirán, y recibirán por medio de ellos el mensaje. El mismo Jesús se identifica con ellos, está presente en quienes anuncian el Evangelio. Aquí los doce representan toda la comunidad de los discípulos, en la que hay "profetas", "justos" y "pequeños". Este último adjetivo los caracteriza de una forma muy conforme con la primera bienaventuranza (5,3). Posiblemente se refieran a todos aquellos nuevos miembros recién incorporados a su comunidad, procedentes del paganismo, y que son observados a distancia por los judeocristianos.

 

Para nuestra vida

En la primera lectura (2 R 4, 8-11. 14-16a) contemplamos al profeta portador de la Palabra, auténtica y poderosa de Dios. El tema se enmarca en relatos de mujeres estériles que dan a luz. Lo que los ángeles realizaron en Sara y en las otras mujeres estériles al darles la fecundidad, es capaz de realizarlo también la Palabra, en beneficio de una pagana. El profeta es, pues, depositario real de la Palabra creadora y vivificante de Dios.

Es sabido que una mujer que no tiene hijos propios proyecta sobre un extraño su afecto maternal. Eliseo, que ha abandonado su familia para ponerse al servicio de Dios, es aquí el beneficiario de esta bondad. Así, el complejo psicológico se convierte en actitud de hospitalidad y de acogida.

Pero acoger a una persona insignificante significa acoger a Dios mismo (Mt 10. 40): la mujer experimenta este hecho beneficiándose de la visita de Dios. Al poner todo su ser al servicio de la hospitalidad, esta mujer descubre en Dios el secreto de su bondad.

El profeta sabe descubrir la necesidad y promete un hijo. Cada uno de nosotros como nuevos mensajeros del Señor también debemos saber ser útiles a la humanidad y no perderse en discursos largos y demasiadas veces vacios que ni siquiera nosotros mismos nos los creemos.

Eliseo, no pensaba al principio hacer milagros, pero le anuncia proféticamente que a la vuelta de un año tendrá el hijo deseado. Lo mismo que Sara, la madre de Isaac, esta mujer recibe el anuncio con escepticismo. Pero también ahora se va a cumplir la palabra de Dios, la palabra del profeta. En ambos casos, el nacimiento del hijo prometido será una recompensa de Dios a la hospitalidad prestada a sus enviados. Siglos más tarde, Jesús establecerá esta ley de retribución: "Quien reciba a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta" (evangelio de hoy).

 

El salmo (Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19), nos sitúa ante una actitud de agradecimiento a Dios.

Este salmo, dedicado a la Casa de David, podemos destacar dos aspectos que también se aplican a los cristianos de hoy: la fidelidad de Dios y la alianza con él.

El salmista escribe en un contexto histórico de apogeo del pueblo judío: su monarquía se consolida, David levanta su capital, Jerusalén, y quiere erigir un templo al Señor. La fórmula de la alianza o el pacto es un recurso muy utilizado por los autores bíblicos para expresar esa fidelidad de Dios hacia su pueblo. Aquí, se centra en David y su linaje.

Se trata de un pacto muy peculiar, pues el único que se compromete, en él, es Dios. Dios promete incondicionalmente su protección, su misericordia y su favor a David y a su estirpe, para siempre. 

A la luz de la venida de Cristo, la lectura del salmo va mucho más allá de un pacto “político” entre Dios y una dinastía real. La casa de David, su descendencia, culmina en Jesús. Y, a partir de él, el pacto de Dios se extenderá no solo al pueblo judío, sino a toda la humanidad. Todos los hombres y mujeres del mundo serán los elegidos de Dios.

Frente al moderno agnosticismo, que cuestiona la existencia de Dios apoyándose en su pretendido abandono del mundo, los salmos ven la mano amorosa del creador presente en la historia. Si nosotros aprendemos a dilucidar esa fidelidad de Dios en nuestra historia personal, en cada acontecimiento de nuestra vida, veremos cómo todo adquiere un sentido. Y descubriremos que Dios ha estado a nuestro lado siempre, en el dolor y en las alegrías, en las dificultades y en la prosperidad.

Por otra parte, al igual que sucede con la Casa de David, el pacto de Dios es muy desigual, muy desproporcionado. Porque Dios se compromete a amarnos, a cuidarnos y a sernos fiel, independientemente de lo que hagamos nosotros, ¡así respeta nuestra libertad! No nos pide nada a cambio. Tan solo nos hace falta abrirnos a su amor. Así es Dios, desmesurado y magnificente en su generosidad. ¿Cómo no cantar eternamente sus misericordias?

Es muy importante como nos dice San Agustín que Dios es el que realmente obra: "Es así, dices, como yo edifico; pero a algunos los destruyes para edificarlos. Porque si ningunos fueran destruidos para ser edificados, no se le habría dicho a Jeremías: Mira que te he puesto a ti para destruir y para edificar[7]. Y, sin duda, todos los que adoraban a los ídolos y rendían culto a las piedras, no habrían podido ser edificados en Cristo, si antes no fueran destruidos en su primer error. Además, si algunos no fueran destruidos, para no ser ya edificados, no se habría dicho: Los destruirás, y ya no los edificarás2. Ahora bien, para que no se pensase, por los que son destruidos temporalmente, y luego reedificados, que lo serían también temporalmente, el salmista, cuya boca está al servicio de la verdad de Dios, se atiene a la misma verdad de Dios. Por eso anunciaré, por eso hablo: Porque tú has dicho; yo, hombre hablo con seguridad, porque tú, Dios, has hablado; y, aunque yo titubee con mi palabra, seré confirmado con la tuya. Porque tú has hablado. ¿Y qué dijiste? La misericordia será edificada para siempre. Tu verdad será afianzada en los cielos. Repite ahora lo que había dicho al principio: Cantaré eternamente, Señor, tu misericordia; y mi boca proclamará tu verdad de generación en generación". (San Agustín. Salmo 88 I).

 

En la segunda lectura (Rm 6,3-4.8-11) San Pablo insiste en el hecho de que la resurrección de Cristo no es tan solo un hecho aislado, prenda de una resurrección futura, sino que nos compromete ya desde ahora con Él.

Estamos ya muertos "con él" (v. 3), estamos ya enterrados "con él" (v. 4), vivimos ya "con él" una vida nueva (v. 5)..., cinco veces aparece la palabra "con" en estos pocos versículos para que el cristiano tome conciencia de que el bautismo ya le ha sumergido en el proceso que le conduce a la resurrección. La muerte natural no puede comprometer el desarrollo de un proceso que hace penetrar cada vez más en nuestros miembros una vida divina, a la medida de nuestra imitación del servicio, del desprendimiento de uno mismo, del amor que constituyen las características de la muerte del Hombre-Dios y de la vida de Dios.

Esta intima relación de la resurrección  de Cristo con la humanidad, tiene dos consecuencias:

* Esta nueva vida es operativa y no sólo interna. Y esa actividad conforme a la nueva condición no es automática, sino requiere una actitud por parte del cristiano. Por ello se combinan en el tema expresiones en indicativo que expresan lo sucedido de hecho, y en exhortativo, que animan a vivirlo consciente y humanamente. Con Cristo hemos muerto al pecado, pero tenemos que considerarnos muertos a él y vivir conforme a eso. Tenemos vida nueva, pero hay que vivirla para Dios. Es una tensión entre el ser que ya se es y el deber ser que lo pone en la práctica por así decirlo. No se puede olvidar ninguno de estos extremos.

* Otra consecuencia es la eterna tensión escatológica, en la base de la expresión anterior, entre el "ya" -lo que se es- y el "todavía no" -el vivirlo seriamente.

En adelante, nuestra vida es nueva y, por consiguiente, también su orientación es nueva. Porque nos hemos convertido en ese Cristo del que nos hemos revestido, y porque ese Cristo que somos ha muerto al pecado y vive para Dios en Cristo.

Cambiar de mentalidad, revisar la orientación de nuestra vida, conformar nuestros juicios de valor con aquello en que nos hemos convertido, en esto consiste la actividad primordial de todo hombre bautizado en Cristo. La severidad de esta condición de vida no es más que una de sus facetas; todos cuantos hacen la experiencia de esta incesante búsqueda de adaptación a su nuevo ser, saben que es un trabajo de esperanza capaz de entusiasmar y origen de paz y de gozo. Es preciso desear "gustarlo" y no creer que se trata únicamente de la pretensión de los "especialistas" de la vida cristiana. En realidad, es el ideal fundamental de todos cuantos han optado por Cristo.

 

En las palabras del tema evangélico (Mt 10,37-42) de la misión distinguimos dos secciones: en primer lugar, la necesidad que tiene aquel que es enviado de una adhesión personal a Cristo por encima de todo; y, en segundo lugar, la acogida que deben recibir los que son enviados.


En la primera nos encontramos con los apegos naturales de la condición humana. El hecho de colocar el amor a los padres y a los hijos y el amor a Cristo uno junto al otro, no significa de ninguna manera un desprecio para el primero. Lo que quiere subrayarse es la exigencia y el sentido de totalidad que debe tener el amor a Cristo. Jesús no reclama para sí el mundo de los afectos familiares. Lo que pide es que esos afectos sirvan para un objetivo de bien común, y no para cerrarse en sí mismos.

La visión que Jesús tiene de los lazos familiares no es negativa; solamente quiere decir que, cuando la familia, en el grado o nivel que sea, llega a constituir un obstáculo para el reino, es preciso romper y hacer una clara opción por Jesús. No se pone tanto el acento en una situación límite cuanto en lo absoluto del reino, en la total disponibilidad del que va por los caminos de la fe.

La exigencia del seguimiento de Cristo es tan fuerte que pone en juego a toda la persona, de tal modo que esta debe estar dispuesta a perder su propia vida, a renunciar a sí mismo. La exigencia del amor a Cristo parece que va aumentando en intensidad en estas sentencias iniciales: en caso de conflicto, el discípulo será lo suficientemente libre como para que el amor humano no sea un impedimento para seguir a Cristo. Y esta vida de seguimiento es definida como tomar la cruz juntamente con el Maestro, como signo de la actitud de entrega personal y de sufrimiento que esto lleva consigo. Esta actitud supone, evidentemente, no tener miedo a perder la propia vida -lo mejor que tiene el hombre- por fidelidad a Cristo. Esta actitud va acompañada de una promesa: estos serán los únicos que verdadera y definitivamente se apropiarán de la vida.

Fijémonos ahora en la segunda "El enviado es igual que aquel que le envía". Las palabras de Jesús del versículo 40 ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí...") encajan perfectamente en esta idea corriente en el mundo judío. La dignidad le viene al discípulo de la palabra que le ha sido confiada por el propio Jesús, y, a través de Jesús, por el Padre. "Recibir" al discípulo no significará sólo ofrecerle hospitalidad, sino sobre todo aceptar la palabra de la que es portador. La actitud que se adopte para con el enviado es reflejo de la actitud que se tiene hacia Cristo.

El evangelio de hoy presenta diversas instrucciones de Jesús respecto al comportamiento que los discípulos deben adoptar durante el ejercicio de su misión.

Lo que más llama la atención en estas instrucciones son dos advertencias:

(a) la frecuencia con que Jesús alude a las persecuciones y a los sufrimientos que tendrá;

(b) la insistencia tres veces repetida para el discípulo invitándolo a no tener miedo.

 ( V.37). Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí.        Lucas presenta esta misma frase, pero mucho más exigente. Dice literalmente: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.” (Lc 14,26). ¿Cómo combinar esta afirmación de Jesús con aquella otra en la que manda observar el cuarto mandamiento: amar y honorar al padre y a la madre? (Mc 7,10-12; Mt 19,19). Dos observaciones:

(a) El criterio básico en el que Jesús insiste es éste: la Buena Nueva de Dios ha de ser el valor supremo de nuestra vida. No puede haber en la vida un valor más alto.

 (b) La situación económica y social en la época de Jesús era tal que las familias eran obligadas a encerrarse en sí misma. No tenían condiciones para mantener las obligaciones de convivencia comunitaria como, por ejemplo, el compartir, la hospitalidad, la comunión alrededor de la mesa y la acogida a los excluidos.

Ese repliegue individualista sobre ellas mismas, causado por la coyuntura nacional e internacional, provocaba las siguientes distorsiones:

 (a) Imposibilitaba la vida en la comunidad.

(b) Reducía el mandamiento “honor al padre y a la madre” exclusivamente a la pequeña familia nuclear y no alargaba a la gran familia de la comunidad.

(c) Impedía la manifestación plena de la Bondad de Dios, pues si Dios es Padre/Madre, nosotros somos hermanos y hermanas unos de otros. Y esta verdad ha de encontrar su expresión en la vida en comunidad. Una comunidad viva y fraterna es el espejo del rostro de Dios. Convivencia humana sin comunidad es como un espejo rajado que desfigura el rostro de Dios. En este contexto, lo que Jesús pide “odiar al padre y a la madre” significaba que los discípulos y las discípulas debían superar la cerrazón individualista de la pequeña familia sobre si misma y alargarla a la dimensión de la comunidad. Jesús mismo practicó lo que enseñó a los otros. Su familia quería llamarlo para que volviera, y así la familia se encerraba en sí misma. Cuando le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”, él respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y mirando a las personas a su alrededor dice: “Aquí están mi madre y mis hermanos. Quien hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3,32-35).

 ¡Alargó la familia! Y éste era y sigue siendo hasta hoy el único camino para que la pequeña familia pueda conservar y transmitir los valores en los que cree.

 ( VV.38-39). Las exigencias de la misión de los discípulos. En estos dos versículos, Jesús da dos consejos importantes y exigentes:

1.-  Tomar la cruz y seguir a Jesús: Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Para percibir todo el alcance de este primer consejo, es conveniente tener presente el testimonio de San Pablo: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.” (Gal 6,14). Cargar la cruz supone, hasta hoy, la ruptura radical con el sistema inicuo vigente en el mundo.

2.-  Tener el valor de dar la vida: El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Sólo se siente realizado en la vida aquel que fue y es capaz de darse enteramente a los demás. Pierde la vida aquel que quiere conservarla sólo para sí. Este segundo consejo es la confirmación de la experiencia humana más profunda: la fuente de vida está en el don de la propia vida. Dando se recibe. Si el grano de trigo no muere, ..… (Jn 12,24).

 ( V. 40) La identificación del discípulo con Jesús y con el propio Dios. Esta experiencia tan humana de don y de entrega recibe aquí una aclaración, una profundización. “Quien os recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado”. En el don total de sí el discípulo se identifica con Jesús; allí se realiza su encuentro con Dios, y allí Dios se deja encontrar por aquel que le busca.

 ( VV. 41-42).  La recompensa del profeta, del justo y del discípulo. Para concluir el Sermón de la Misión sigue una frase sobre la recompensa: «Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá.

  «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa

El justo es reconocido por su comportamiento, por su manera perfecta de observar la ley de Dios. El discípulo no es reconocido por ninguna calidad o misión especial, sino sencillamente por su condición social de gente pequeña. El Reino no está hecho de cosas grandes. Es como un edificio muy grande que se construye con ladrillos pequeños. Quien desprecia al ladrillo, nunca tendrá el edificio. Hasta un vaso de agua sirve de ladrillo en la construcción del Reino.

  Ahora Jesús se va para practicar aquello que enseñó. Y es lo que veremos en los capítulos 11 y 12 del evangelio de San Mateo. 



Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] Sal 24,10

[2] Rm 11,1.2

[3] Ef 2,20

[4] Rm 15,8.9

[5] Sal 18,2.4.5

[6] 1Co 1,31

[7] Jr. 1,10