sábado, 4 de febrero de 2023

Comentarios a las lecturas del V Domingo del Tiempo Ordinario 4 de febrero de 2023

Este domingo podemos denominarlo como el domingo de la luz.

En la primera lectura el Profeta Isaías avanza el futuro mensaje de Cristo. Ser luz del mundo es compartir con los hermanos, no oprimir, no perseguir. Siendo así, lo dice el profeta, Dios estará con nosotros. Es una gran promesa.

. El salmo 111 es  un himno de alegría y gozo que describe la felicidad de los que aman al Señor.

En la segunda lectura San Pablo, condensa su doctrina sobre que Dios actúa por medio de nuestra debilidad y que el poder de la fe, sin duda, hace milagros.

El Evangelio de San Mateo nos dice que por mandato de Cristo todos los discípulos tienen una misión primordial y universal, dar sentido a la vida de todos mediante el amor y las buenas obras. Hemos de ser sal y luz del mundo. Tengámoslo en cuenta y escuchemos con mucha atención.

La primera lectura (Is 58,7-10) presenta un texto que pertenece a la parte del libro de Isaías atribuida a un ambiente profético posterior al exilio de Babilonia, conocido como "Trito Isaías" "el tercer Isaías", que está en continuidad de perspectivas con el Deutero Isaías, el segundo Isaías. Bajo la forma judicial del requerimiento utilizada a menudo por los profetas, Dios emplaza a su pueblo al cumplimiento de los preceptos fundamentales en relación al prójimo. El retorno del exilio no siempre ha significado la realización del ideal que se esperaba, y las diferencias e injusticias sociales han vuelto a aparecer en medio del pueblo.

Es un texto de los muchos en que a lo largo de la historia de salvación Dios manifiesta qué obras iluminan y le dan gloria.

El pueblo que acaba de volver del exilio de Babilonia, llevaba encima muchas heridas psicológicas y sociales y se preguntaba por qué Dios les había tenido tan abandonados. El profeta denuncia en nombre de Dios los delitos del pueblo. El pueblo se defiende, pues consulta los oráculos del templo y cumple sus deberes religiosos. Pero "¿para qué ayunar, si no haces caso? ¿mortificarnos si tú no te fijas?" (/Is/58/03-10)."

El Señor les responde por boca del profeta: cuando vosotros atendáis a los más pobres y débiles yo estaré en medio de vosotros y seré para vosotros como una luz que os guíe en medio de las tinieblas y la oscuridad. El Señor, nuestro Dios, es un Dios compasivo y misericordioso, y quiere que también nosotros, sus hijos, seamos compasivos y misericordiosos. En este bello texto del profetar Isaías esta idea está muy clara.

A partir de la reflexión sobre el ayuno, se va profundizando en otros aspectos de la vida del creyente: el ayuno que Dios quiere (vs.6-7): es la actitud de abrirse al otro , esto se describe con palabras sinónimas: abrir, hacer saltar, romper, dejar libre, partir, hospedar, vestir... El querer a Dios es un salir de sí mismo, un liberarse del egoísmo humano para ofrecerse, como don, a los demás: ayudando al pobre, liberando al oprimido , partiendo el pan con el hambriento y socorriéndolo en sus diversas necesidades. Ayunar es practicar la justicia y el amor.

"Entonces romperá tu luz como la aurora...": El sufrimiento compartido establece vínculos de solidaridad, crea pueblo. La misericordia transfigura a la persona, le hace compartir una cualidad que pertenece a Dios. Entonces la plegaria será escuchada, porque brotará de un hombre que vive en sintonía con Dios: "Entonces clamarás al Señor y te responderá..." La presencia de Dios en medio del pueblo prometida a los exiliados, sólo se podrá cumplir en una situación de justicia y de solidaridad entre los que han vuelto al país.

-Sólo entonces la luz rompe; el hombre que practica la justicia y el amor se convierte en luz que transforma el mundo . Esa luz que ya amanece se convertirá en pleno resplandor, en luz del mediodía (v.10).

 

El responsorial es el salmo  (Sal 111,4-99. Era  parte de las ceremonias en que Israel renovaba su Alianza con Dios. Dos veces al año, el día de Pascua y el día de la Fiesta de los Tabernáculos, Israel se comprometía, una vez más a ser fiel a Dios y a su Ley... Este salmo 111, como el anterior, es un acróstico, ya que cada uno de los 22 versos comienza con una de las 22 letras del alfabeto hebreo: procedimiento nemotécnico para aprenderlo de memoria y al mismo tiempo procedimiento simbólico para significar la totalidad de la Ley.

Relacionando este salmo 111 y el Evangelio de San Mateo (5,14), la Iglesia, en el quinto domingo ordinario del ciclo "A" nos invita a meditar precisamente sobre la "participación del hombre en la naturaleza divina". Jesús, iluminado por este salmo, dijo a sus discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" después de haber dicho: "Yo soy la luz del mundo".

Ser un justo. Hay que comprender bien este concepto a riesgo de que degenere en cierto orgullo farisaico. El justo es un hombre "de acuerdo" con Dios, que "corresponde" perfectamente al proyecto del creador.... Igualmente el hombre, es justo cuando se asemeja a la idea que Dios tiene de él, cuando se modela según Dios. Así Dios es luz, y nos pude dar y nos da a nuestras vidas el brillo de un día de verano. Señor

Muchas son las bendiciones que Dios acumula sobre el justo: «Su linaje será poderoso en la tierra, en su casa habrá riquezas y abundancia; jamás vacilará, no temerá las malas noticias, su recuerdo será perpetuo». Bendiciones sencillas para el hombre sencillo. Prosperidad en su casa y seguridad en su vida. Las bendiciones de la tierra como anticipo de las del cielo. El justo sabe que la mano de Dios le protege en esta vida, y espera, en confianza y sencillez, que le siga protegiendo para siempre. Justicia de Dios para coronar la justicia del justo.

Clara invitación es la estrofa repetida hoy: « El justo brilla en las tinieblas como una luz»

¿Cómo podemos hacer que nuestra vida sea luminosa, que valga la pena, que ante los demás "brille como una luz en las tinieblas" según decían las palabras del salmo que hemos leído? Isaías, el profeta que escuchábamos en la primera lectura, lo tenía muy claro, y nos lo decía así: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo". Y luego repetía: "Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas".

Hoy convendría que pensáramos un poco sobre la respuesta que nos da Isaías para que lo pedido en el salmo sea realidad en nuestra vida. Y con más razón cuando precisamente el encargo que Jesús nos recomienda en el evangelio, en esta continuación del sermón de la montaña, es éste: ser luz, y actuar de modo que la gente, al vernos, den gloria al Padre que está en el cielo.

Es decir, que los demás, los que no comparten nuestra fe, al vernos actuar sientan y reconozcan que nuestra fe vale la pena.

Que nosotros, los creyentes, vivamos de modo que los que no lo son se sientan atraídos a la fe. Que nuestras preocupaciones, nuestros esfuerzos, lo que luchamos por conseguir, y nuestra misma vida cotidiana, muestren que aquello que nos mueve, aquello en lo que creemos, es verdaderamente una luz para la vida de los hombres, es algo que hace la vida mejor, más humana, más feliz.

Así se cumplirá lo repetido: « El justo brilla en las tinieblas como una luz»

 

En la segunda Lectura  (1 Cor 2,1-5),  San Pablo opone al prestigio de una palabra y de una sabiduría humanas la palabra y la sabiduría que vienen de Dios (2,4.7). A la sabiduría suficiente de la inteligencia humana, que se constituye en regla absoluta, se opone la sabiduría de Dios manifiesta en su propio actuar. Esta sabiduría, encarnada en Jesús, se ha manifestado a los cristianos de Corinto.

vv.1-2: La elocuencia y la sabiduría humanas no le van a la verdad desnuda de la cruz de Cristo. Pablo no quiso presentarse a los corintios hablando con palabras altisonantes y haciendo alarde de elocuencia. Les predicó sencillamente a Jesucristo y a éste crucificado, sin triunfalismos.

v. 3: Pablo se presentó ante los corintios como un hombre, débil y temeroso. Pero su debilidad prestaría el único y el mejor servicio a la presentación de Jesús, evitando el equívoco y mostrando que no era la palabra avasalladora de un hombre culto, sino la fuerza de Dios lo que operaba en la predicación cristiana.

v. 5: Otros fueron a Corinto que deslumbraron con su elocuencia e hicieron discípulos (por ejemplo, Apolo, el brillante alejandrino). Pablo no quiso hacer discípulos suyos, ni deslumbrar a nadie, sino llevar a todos a la luz de Cristo. La fe no es auténtica si se apoya en la sabiduría humana y se rinde apasionadamente como adhesión a un maestro brillante.

San Pablo no es un hombre que abogue por la superioridad de lo irracional, por la primacía del corazón en contra de la razón. Sus palabras se comprenden teniendo en cuenta las desviaciones gnósticas que se dieron en el seno de la comunidad de Corinto. Lo único que desea es salir al paso de estas desviaciones y de la pretensión de la sabiduría humana de llegar a desentrañar el misterio inaccesible de Dios.

San Agustín comenta esta lectura y nos dice: "Dice el Apóstol: También yo, hermanos, cuando vine a vosotros no lo hice presumiendo de mi palabra, o de mi sabiduría al anunciaros el misterio de Dios. Suyas son también estas otras palabras: ¿Acaso os dije estando entre vosotros que conocía alguna otra cosa a excepción de Jesucristo, y éste crucificado? (1 Cor 2,1-2). Aunque sólo supiera esto, nada le quedaba por saber. Gran cosa es el conocimiento de Cristo crucificado, pero ante los ojos de los pequeños lo presentó como un tesoro encubierto. A Cristo crucificado, dijo. ¡Cuántas cosas encierra en su interior este tesoro! Después, en otro lugar, ante el temor de que algunos se apartasen de Cristo seducidos por una filosofía vana y falaz, puso en Cristo el tesoro de la sabiduría y de la ciencia. Tened cuidado, dice, de que nadie os seduzca con filosofías y vanas falacias conformes a los elementos del mundo, pero no a Cristo, en quien están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,8.3). Cristo crucificado: tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.

No os dejéis engañar, pues, bajo el pretexto de la sabiduría. Juntaos ante la envoltura y orad para que se os desenvuelva. ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿De qué aprovecha el que tengas mucha sed, si pasas y pisas la fuente? Desprecias la humildad, porque no llegas a percibir la majestad. En efecto, si le hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria (1 Cor 2,8). A Jesucristo crucificado, dijo. Estando en medio de vosotros dije no conocer otra cosa a excepción de Jesucristo y éste crucificado; es decir, su humildad, de la que se mofan los soberbios, para que se cumplan en ellos estas palabras: Increpaste a los soberbios; malditos quienes se apartan de tus preceptos (Sal 118,21). Y ¿cuál es su precepto, sino que creamos en él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? En Cristo crucificado.

Escuche la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia. Su precepto es que creamos en él. ¿En quién? En Cristo crucificado. Éste es su mandato: que creamos en Cristo crucificado. Éste es, sin duda; pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada su garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados se mofa de Cristo crucificado. Malditos, pues, quienes se apartan de tus preceptos. ¿Por qué se mofan, sino porque ven solamente el andrajoso vestido exterior y no el tesoro que esconde dentro? Ve la carne, el hombre, la cruz y la muerte, cosas todas que desprecia. Detente, no pases adelante, no muestres desprecio, no insultes. Espera, considera atentamente; quizá dentro se esconda algo que te causará sumo agrado. Puede que encuentres lo que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre (1 Cor 2,9). El ojo ve la carne; pero debajo de la carne está lo que el ojo no ve. Tu oído oye la voz, pero allí hay algo que el oído no oyó. Asciende hasta tu corazón, pero desde pensamientos terrenos, un hombre crucificado y muerto, pero allí hay algo que no llega al corazón del hombre. Suben a vuestro corazón los pensamientos de siempre. Subió al corazón de Moisés (el deseo) de visitar a sus hermanos (Éx 2,1 I). Es fruto de la condición humana.." ( San Agustín. Sermón 160,3-4).

 

En el evangelio  (Mt 5,13-16), la expresión  "Vosotros sois" conecta la primera frase de hoy con la última del domingo pasado (dichosos vosotros cuando os insultan) y, a través de ésta, con los pobres, los sufridos, los que lloran, etc. Vosotros se refiere, pues, a todos los que el domingo pasado eran declarados dichosos por Jesús. Todos estos, con su existencia difícil y desde su existencia, son la sal de la tierra.

Esta  conexión en la redacción del texto del domingo pasado y la metáfora de la sal quitan al proyecto al que Jesús llama cualquier ribete de apariencia, prepotencia o apologética. La sal sazona, conserva los alimentos desde su estar, sin más, en ellos.

"Pero si la sal se vuelve tonta", continúa la metáfora original. El v.13 es una invitación a los dichosos del domingo pasado a seguir abiertos a Dios, a seguir ilusionados y esperanzados, a no desfallecer. Ellos son demasiado importantes.

"Vosotros sois la luz del mundo" (v.14). Una nueva metáfora a la que siguen dos imágenes subordinadas que explican su sentido: la del poblado en lo alto de un monte y la de la lamparilla colgada en el interior de las casas (en tiempos de Jesús, se sobreentiende). El poblado en lo alto del monte es punto de referencia para el caminante, la lamparilla en la casa posibilita los quehaceres y la reunión familiar. Es importante anotar esto porque da al proyecto de Jesús su justa perspectiva. El poblado y la lamparilla están sin más. Es el caminante o los moradores de la casa quienes aprecian su valor. Así pasa con los que Jesús declara bienaventurados. No tienen pretensiones de iluminar, no dicen: nosotros os ofrecemos la solución. Sencillamente están.

"Vosotros sois" conecta la primera frase de hoy con la última del domingo pasado (dichosos vosotros cuando os insultan) y, a través de ésta, con los pobres, los sufridos, los que lloran, etc. Vosotros se refiere, pues, a todos los que el domingo pasado eran declarados dichosos por Jesús. Todos estos, con su existencia difícil y desde su existencia, son la sal de la tierra. La conexión redaccional del texto del domingo pasado y la metáfora misma de la sal quitan al proyecto al que Jesús llama cualquier ribete de apariencia, prepotencia o apologética. La sal sazona, conserva los alimentos desde su estar, sin más, en ellos.

"Pero si la sal se vuelve tonta", continúa la metáfora original. Sal tonta. ¡Qué imagen más gráfica! El v.13 es una invitación a los dichosos del domingo pasado a seguir abiertos a Dios, a seguir ilusionados y esperanzados, a no desfallecer. Ellos son demasiado importantes. Otra sorpresa de la enseñanza del Jesús de Mateo. ¡Y van ya unas cuantas! Recuerda las del domingo pasado.

"Vosotros sois la luz del mundo" (v.14). Una nueva metáfora a la que siguen dos imágenes subordinadas que explican su sentido: la del poblado en lo alto de un monte y la de la lamparilla colgada en el interior de las casas (en tiempos de Jesús, se sobreentiende). El poblado en lo alto del monte es punto de referencia para el caminante, la lamparilla en la casa posibilita los quehaceres y la reunión familiar. Es importante anotar esto porque da al proyecto de Jesús su justa perspectiva. El poblado y la lamparilla están sin más. Es el caminante o los moradores de la casa quienes aprecian su valor. Así pasa con los que Jesús declara bienaventurados. No tienen pretensiones de iluminar, no dicen: nosotros os ofrecemos la solución. Sencillamente están. El testimonio del Evangelio que dan los discípulos y las obras que realizan de acuerdo con este Evangelio -cuyo primer anuncio son las bienaventuranzas- deben ser luz para todos, para que los hombres conozcan quién es Dios y le den gloria.

Esta metáfora de la luz nos remite a las palabras "Luz de luz", de  san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre. El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida..." Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre.

Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así María, es contemplada en el apocalipsis, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el azul profundo del ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cielo... Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Focos luminosos que iluminan lo bueno de este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto le rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes.

"Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo". La luz iluminará nuestras buenas obras y ellas servirán para entender que es Dios quien nos ayuda a acometerlas, hasta el punto que podemos ser, indignamente, reflejo del mismo Dios.

 

Para nuestra vida

Nuestra identidad cristiana consiste en hacer visible en nuestra vida la fuerza transformadora del evangelio; demostrando que el amor nuevo -del que Cristo ha dado ejemplo- es posible. Jesús, pues, está hablando del deber misionero de su comunidad.

El evangelio nos da una respuesta a través de dos símbolos sobre cuyo significado no hace falta hacer muchas reflexiones. El cristiano está llamado, en primer lugar, a ser sal de la tierra. Con la sal damos sabor a las comidas. De lo que se desprende que el cristiano está llamado a dar sabor a la vida...

Pero hay algo importante: la sal sólo sirve si está fuera del salero. (...) Isaías nos dice cómo debemos salir del «salero»

Y si la sal era importante, la luz todavía lo es más. Sin luz la vida seria imposible. La luz es la que nos permite ver las cosas en su realidad y andar por el camino correcto. En cambio, si vamos a oscuras, lo más normal es que nos caigamos o causemos destrozos. La luz tiene una gran fuerza simbólica: en todos los tiempos y culturas el ser humano ha buscado la luz de la verdad, ha buscado poner luz a los interrogantes más profundos de la existencia. La fe en Jesús Resucitado es la luz que puede dar respuestas a todas las inquietudes del hombre. 

La luz alumbra cuando se destierra la opresión, la injusticia... y se edifica el amor, la justicia, la fraternidad... En la medida en que los hombres vean que los que se dicen creyentes proyectan la luz de la liberación total, en esa misma medida darán gloria al Padre. La liberación de todo mal es el signo de la presencia de Dios entre los hombres.

 

La primera lectura es un no rotundo a la falsa piedad. Es una advertencia muy necesaria, ya que tendemos a establecer una dicotomía entre religión y vida.

El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas..., dejar libres a los oprimidos..., partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte en tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora..., te abrirá camino la justicia, detrás de ti irá la gloria del Señor" (58,5-8). Y se repite la idea: "...cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tiniebla, tu oscuridad se volverá mediodía" (10).

Demasiadas veces, convertimos la fe sólo en religión y, quedándonos en ésta, separando la fe con nuestro actuar. Es un hecho fácilmente constatable en nuestra vida personal. Y, socialmente. Lo cierto es que el acceso a Dios ("Aquí estoy") es posible únicamente por el amor que se traduce en obras a favor del necesitado. La iluminación tiene lugar cuando el hombre no vive encerrado en sí mismo. Lo importante es "sentir" las necesidades y remediarlas. Quizá los creyentes hablamos mucho, hacemos declaraciones sobre derechos, pero el problema -queramos o no- es nuestra actuación social (sin triunfalismos ridículos y optando por una real eficacia, sin romanticismos). La verdadera religiosidad requiere proyección en la vida. En el proceso de conversión entran las actitudes descritas por el profeta: compartir el pan, la hospitalidad, la apertura a los necesitados, desterrar toda opresión, desterrar la maledicencia.

Esta llamada a la religión interior y al mismo tiempo de compromiso comunitario, la hace el autor razonando  y exhortando. A pesar de todo, el legalismo cundió hasta convertirse en el tan  criticado fariseísmo de los tiempos de Cristo. Después de dos milenios de cristianismo, la cizaña del "fariseísmo" sigue, demasiadas veces sin extirparse, en el nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Otro aspecto importante , y ya anunciado en nuestra reflexión,  es este:  la voluntad de Dios es que tenemos que querer salvarnos como comunidad, no pensando únicamente en nosotros mismos.

Así dando un paso hasta el presente, ya Isaías nos previene y nos ilumina respecto a que nuestra Iglesia es necesariamente una Iglesia misionera, que debe tener siempre las puertas y los brazos abiertos para acoger a los que no pueden defenderse por sí mismos. Ratificando este mensaje  mantenido durante siglos, Cristo, no vivió para sí, sino que pensó, actuó y vivió siempre  

 

En la segunda lectura San Pablo, hombre de fe, no se apoya en la sabiduría humana, sino en el conocimiento de Cristo crucificado. Lo que resulta manifiesto, a través de la pobreza humana del apóstol, es el poder de Dios.

Resulta primordial el conocimiento de Cristo crucificado. En el fondo la fe es la transmisión de una vivencia personal y comunitaria. Es real que nuestra fuerza -la única fuerza- es la fe vivida y vivida profundamente y apoyada en la cruz de Cristo, fuente de salvación. Ésta da libertad, seguridad e independencia para testimoniar, frente a las situaciones más adversas, sin perder la esperanza ni ser víctimas de la decepción.

En el comentario a esta lectura, ya citado, aconseja San Agustín: " Si nos es posible, no busquemos algo que pueda subir a nuestro corazón, sino algo a donde pueda subir nuestro corazón. En efecto, merecerá ser glorificado con Cristo como rey quien haya aprendido a poner su gloria en el crucificado. El Apóstol no sólo vio adónde subir, sino también el por dónde. Muchos hubo que vieron el adónde, pero no el por dónde; amaron la patria excelsa, pero desconocieron el camino de la humildad. Precisamente porque el Apóstol conocía el adónde y el por dónde, a ciencia y conciencia dijo: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Podía haber dicho: «En la sabiduría de nuestro Señor Jesucristo», y hubiese dicho verdad. O también: «En la majestad», y hubiese dicho verdad. O igualmente: «En el poder», siendo también verdad; pero dijo: En la cruz.

Donde el filósofo del mundo encontró motivo para ruborizarse, allí encontró el Apóstol un tesoro; debido a que no despreció la vil cáscara, llegó al precioso fruto. Lejos de mí -dijo- el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Gran peso soportaste sin buscar ninguna otra cosa, y así mostraste cuán grande era lo que se ocultaba dentro. ¿Quién fue tu ayuda? Por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gál 6,14). ¿Cuándo iba a estar crucificado el mundo para ti, si no hubiese sido crucificado por ti el autor del mundo? Por tanto, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor (1 Cor 1,31). ¿En qué Señor? En Cristo crucificado. Donde está la humildad, está también la majestad; donde la debilidad, allí el poder; donde la muerte, allí también la vida. Si quieres llegar a la segunda parte, no desprecies la primera." ( San Agustín. Sermón 160,3-4).

 

En el evangelio se nos exhorta al testimonio. Las dos parábolas de la sal y de la luz que leemos en el evangelio de hoy enlazan directamente con el inicio del sermón del monte (las bienaventuranzas) que fue proclamado el domingo pasado, y se dirigen a los mismos oyentes: a los discípulos. Las bienaventuranzas terminan diciendo: "Vosotros sois dichosos cuando...", y el texto de hoy comienza: vosotros sois..." Las bienaventuranzas nos definían al discípulo de Jesús; este par de parábolas -que expresan el pensamiento de Jesús con imágenes muy familiares a los oyentes- indican cuál es la misión de los discípulos en el mundo, ante los hombres.

El valor de la sal y de la luz lo medimos siempre por el valor que tienen cuando lo relacionamos con otras cosas. La sal es buena o mala según el bien o el mal que hace a los alimentos; la luz es buena o mala según el bien o el mal que nos proporciona. Sin sal, el alimento está soso, sin sabor; sin luz, la oscuridad nos impide hacer muchas cosas.

La primera imagen es la de la sal. Los discípulos -y todos los seguidores de Cristo- son la sal de la tierra, de los hombres.

* Los discípulos son sal, es decir, sazonan y evitan la corrupción, y esto con carácter absoluto (=la sal). Los discípulos de Jesús son necesarios e insustituibles en nuestro mundo. Cuando la sal se pierde, aún se puede usar en la limpieza pública. Pero inevitablemente los transeúntes la pisan. Si los discípulos no son sal no sirven para nada (invitación imperativa).

*Los discípulos de Jesús son luz que ilumina a los hombres y no hay más luz que ellos. Invitación imperativa a serlo porque para esto están. De ellos depende que los demás hombres den gloria al Padre, es decir, descubran que Dios es Padre. Y esto sólo lo descubrirán si los discípulos viven y son hermanos. En esta fraternidad consisten las buenas obras a que Jesús se refiere. ¿Tenemos los discípulos de Jesús una identidad entre los hombres? la respuesta nos la da el texto sin dudas de ninguna clase.

Si Cristo nos dice que somos sal de la tierra y luz del mundo es porque sabe que, si lo seguimos a él, ayudaremos a las personas a ser más valiosas para ellas mismas y para los demás. Vivir para los demás es ayudar a los demás a pensar mejor, a hablar mejor, a actuar más de acuerdo con la vida de Jesús. No podemos entender nuestra vocación cristiana sólo pensando en nosotros mismos, sin salir de nosotros mismos. El cristiano tiene vocación de comunidad, vocación de fraternidad, vocación de comunión con todas las personas del mundo. Así lo hizo, así vivió Cristo, por los demás y para los demás. Fijándose siempre en los miembros más débiles de la comunidad, porque estos son los que más protección y ayuda necesitan. Por defender a los débiles, le criticaron y le hicieron la vida imposible los más fuertes, por defender a los pecadores le criticaron y persiguieron los que se consideraban santos, por defender a los más pobres e impotentes le persiguieron los más ricos y poderosos. También nosotros debemos saber que tendremos que sufrir en este mundo si, imitando a Jesús, defendemos y protegemos a los más débiles y menos poderosos de la sociedad en la que vivimos. Después de todo, eso es lo que nos dicen las Bienaventuranzas, tal como comentamos el domingo pasado. Por otra parte, vivir para los demás no es olvidarse de uno mismo, sino todo lo contrario, enriquecer nuestro yo personal. Tanto más somos, cuanto más nos damos a los demás.

Son los demás quienes descubren el talante del cristiano, sus buenas obras, y desde ese descubrimiento concluyen la existencia de un Dios Padre. Son los demás quienes descubren su importancia o valor. No son ellos quienes se dan importancia o valor. Son los demás quienes, gracias a ellos, llegan a la conclusión de que existe Dios y que Dios es Padre. Este es el significado de la expresión "dar gloria a vuestro Padre". "Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

El texto evangélico de hoy es exigente. No se trata de tener Fe y que nadie lo sepa, que a nadie se la comuniquéis. Si se guarda en lo más profundo de nuestro espíritu, la olvidamos, la perdemos. Un terreno que no se cultiva se pierde invadido por las zarzas.

Al final de nuestra vida nos juzgarán por nuestro amor y ese amor se vislumbra cuando somos "sal y luz".

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

viernes, 27 de enero de 2023

Comentario a las lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 29 de enero de 2023

 

Comentario a las lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 29 de enero de 2023

Introducidos ya en el tiempo litúrgico llamado "ordinario", vemos cómo Jesús crece, habla y se sienta enseñando como un Maestro . Nos va presentando aspectos prácticos para nuestra  vida de  cristianos, esta ya  no queda reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa  gran comunidad donde resuena  el programa y las palabras de Jesús.

En la primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13), vemos como Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa.

Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El profeta Sofonías vivió tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética, defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración. 

El profeta ha perdido toda esperanza en la conversión de la clase dirigente, de los dignatarios y sacerdotes de Judá. Por eso la catástrofe nacional es inevitable, pero "quizás" exista aún la posibilidad de que "los pobres de la tierra", el pueblo llano y humilde, pueda escapar sano y salvo cuando llegue el día de "la cólera de Yavé". Por eso la exhortación del profeta se dirige a este pueblo, no a la clase dirigente. La salvación de los pobres depende mucho de la capacidad que tengan para reaccionar y superar el desaliento que padecen. Sofonías les invita a "buscar a Yavé" con todas sus fuerzas y a desear la justicia. Ellos son los mejor dispuestos para buscar a Yavé y su justicia. Vivamente les recomienda que recuperen el "ánimo y busquen" ellos mismos, en vez de dejarse llevar por el desaliento y por los que desalientan con su conducta al pueblo.

Mientras la literatura sapiencial bíblica tiende a considerar la pobreza como el resultado de la pereza, los profetas ven en los pobres a los oprimidos y en la pobreza de éstos la consecuencia de la injusta riqueza de los ricos. Para Sofonías los "humildes de la tierra" son los justos, pero también la ínfima clase social constituida por los jornaleros del campo. La posibilidad que tienen los pobres de salvarse se anuncia ahora como promesa de Dios que ha de cumplirse. El pueblo pobre y humilde será el "resto de Israel" (cfr. Mi 2,12) y el heredero de todas las promesas. Los pobres de la tierra, desposeídos de la riqueza y el poder, tendrán ocasión de poner toda su confianza en Dios. Y se apartarán de toda falsa autosuficiencia y la vana pretensión de apoyarse en el prestigio de una sabiduría extranjera; tampoco confiarán en alianzas políticas con las grandes potencias. Dios será su único y verdadero refugio.

El hombre debe prepararse para el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: "el pueblo despreciable" que va a ser aniquilado y el "pueblo humilde" que buscando la justicia busca a Dios.

En los vv. 3, 9-20 se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores, festeja exultante" (v.14). El miedo debe ser desterrado: "no temas, no te acobardes" (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16).

La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).

La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras..." (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo" (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastarán y se tenderán sin que nadie les espante".

 

El responsorial de hoy (Sal 145,7-10), es el mismo que se nos proclamó en el del III domingo de adviento.

Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios en una enumeración de obras divinas  festivas.

Dios

-Que ha creado los cielos

-Que mantiene su fidelidad

-Que hace justicia a los oprimidos...

-Que da el pan a los hambrientos...

-Que libera a los prisioneros...

-Que abre los ojos a los ciegos...

-Que endereza a los encorvados...

-Que ama a los justos...

-Que guarda a los peregrinos...

El salmo como alabanza comunitaria, tiene varias partes. La primera se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10), esta última parte es la que viene en el responsorial de hoy.

La estrofa que repetimos entre los versículos del salmo nos sitúa ante la realidad de los pobres. Los pobres, entre los que podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. De hecho, algunos autores afirman que se podría explicar el término "humildes" diciendo "no-violentos". Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la expresión de Isaías y del salmo que hemos leído. La "justicia" va más allá de lo que entendemos normalmente por justicia. Es la relación correcta con Dios, con los demás y con el mundo. Practicar la justicia es hacer la voluntad de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la persecución para los que quieren ser justos.

Así comentó San Juan Pablo II este salmo 145: " 1. El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un "aleluya", el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana:  alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara:  "El Señor reina eternamente" (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora:  no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

2. Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

3. Así, el hombre se encuentra ante una  opción  radical  entre  dos  posibilidades opuestas:  por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la desesperación.

En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo:  "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).

4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza:  "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40):  esto es lo que dirá entonces el Señor.

5. Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.

El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice:  "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:  "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527). (San Juan Pablo II. Audiencia del Miércoles 02 de julio del 2002).

 

En la segunda Lectura : 1 Cor 1,26-31 San Pablo invita a los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a la llamada de Dios.

Corinto era una ciudad que, en aquella época pasaba del medio millón de habitantes, dos terceras partes de los cuales eran esclavos. La comunidad cristiana, que ya debía contar algunos centenares de miembros, también estaba formada mayoritariamente por esclavos y personas de clase baja. De esta situación de hecho, que Pablo recuerda al inicio del fragmento, el apóstol deduce afirmaciones de principio. La elección de cada cristiano es una decisión personal de Dios. De aquí que "a los ojos del mundo" sorprenda la clase de gente que conforma la comunidad cristiana. De hecho, Pablo parte de aquella corriente profética del Antiguo Testamento según la cual Dios invierte los valores de los hombres: el Señor no se complace en el poder y la fuerza, sino en la humildad y el servicio.

La única riqueza, el único motivo de gloria es Jesucristo, que ha sido dado por Dios gratuitamente. Así, pues, citando libremente el texto de Jeremías, Pablo afirma que el status social de la mayoría debe servir para comprender que sólo pueden gloriarse en el Señor.

La experiencia de la fe que tiene esta comunidad confirma lo que había dicho Jesús: que los pobres son los evangelizados y que de ellos es el Reino de Dios. Pues Dios se complace en elegir a los pobres, a los ignorantes, a los humildes, para que en medio de la debilidad y de la ignorancia resplandezca la fuerza y la sabiduría divinas. Y esto lo pueden comprobar ellos mismos con tal de fijarse en los que asisten a sus asambleas. La descripción que hace Pablo de la comunidad cristiana de Corinto coincide con la que se hace de otras comunidades cristianas en los Hechos.

-"Fijaos en vuestra asamblea...": En continuidad con el tema de la sabiduría de la cruz, San Pablo hace caer en la cuenta a los corintios de que su misma situación social y cultural es demostrativa de los caminos inauditos de Dios. La ciudad de Corinto, como ciudad portuaria y de tráfico comercial, tenía una gran proporción de esclavos en su población. Su primera comunidad cristiana no podía ser muy diferente a sus habitantes.

-"...lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios": Dios invierte los criterios y proyectos humanos. Ha llamado a la fe a aquellos que no pertenecían al pueblo escogido, a los gentiles; y todavía de entre los gentiles, a aquellos que contaban poco en la sociedad. Ponía así en evidencia la vaciedad de aquellos que confían en sus solas propias fuerzas y, al mismo tiempo, ponía de manifiesto que sus criterios son los de la pura misericordia.

-"Por él vosotros sois en Cristo Jesús...": Los corintios, de no ser nada, han pasado a ser una nueva creación en Cristo. Han obtenido la sabiduría, la justicia, la santidad y la redención: todo el conjunto de las aspiraciones de los griegos y de los judíos. Jesucristo crucificado es la expresión máxima de la sabiduría de Dios; es al mismo tiempo el cumplimiento fiel de las promesas por las que Dios manifiesta su justicia; es el paso hacia la resurrección que posibilita el don del Espíritu de santificación; y, finalmente, es la muerte liberadora de la esclavitud del hombre.

Así comenta San Agustín esta lectura: "A veces los hombres se causan un gran daño a sí mismos, mientras temen ofender a los demás. Mucha es la influencia de los buenos amigos para el bien y de los malos para el mal. Por ello el Señor, con el fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores. ¡Gran misericordia la del autor! Sabía, en efecto, que si elegía a un senador, iba a decir: «Ha sido elegida mi dignidad». Si hubiera elegido primero a un rico, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi riqueza». Si hubiese elegido antes al emperador, hubiese dicho: «Ha sido elegido mi poder». Si el elegido hubiese sido un orador, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi elocuencia». Si el elegido hubiese sido un filósofo, hubiera dicho: «ha sido elegida mi sabiduría». «Está gente soberbia -dijo el Señor- puede sufrir una pequeña dilación; está muy hinchada». Hay diferencia entre la magnitud y la hinchazón; una y otra cosa son algo grande, pero no algo igualmente sano.

«Sufran dilación -dijo- estos soberbios; han de ser sanados con algo sólido. Dame en primer lugar este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada sabes, sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que se asuste, pero hay mucho para ser llenado». A tan amplia fuente ha de llevarse el vaso vacío. Dejó sus redes el pescador, recibió la gracia el pecador y se convirtió en divino orador. He aquí lo que hizo el Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; eligió también lo despreciable del mundo y lo que no es como si fuera, para anular lo que es (1 Cor 1,27-28). Y ahora se leen las palabras de los pescadores y se doblega la cerviz de los oradores. Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos; desaparezca de en medio el humo que a medida que se eleva se esfuma; despréciense totalmente en bien de la salvación." ( San Agustín. Sermón 87,12).

 

El evangelio de hoy ( Mt 5,1-12a), nos presenta el  Sermón de la Montaña, que  es considerado  como la Carta Magna del Reino de Dios.

San Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no enunció condiciones para entrar en el Reino. Más bien: proclamó a la manera profética que determinadas situaciones desgraciadas (las más típicas habitualmente consideradas en el estilo profético) habían por fin provocado la atención benevolente de Dios, que sin tardar y gratuitamente iba a hacer llegar su Reino.

En primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya "dichoso", pues hay para él una promesa. En la primera y en la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.


El versículo inicial, que da cuenta de la presencia de la gente y de los discípulos, ya había quedado preparado el domingo pasado con la invitación al seguimiento y con la actividad por toda Galilea. En la montaña y en postura docente, a semejanza de los rabinos rodeados de discípulos. Para el marco Mateo sigue sirviéndose del cliché del Éxodo: presenta a Jesús en la montaña a semejanza de Moisés, a quien Jesús da sentido y cumplimiento.

-"...al ver Jesús al gentío, subió a la montaña...": Desde la montaña, como desde un nuevo Sinaí, Jesús proclama ante las multitudes y no sólo para el grupo restringido de los discípulos, la nueva ley del Reino, convocando al pueblo de la Nueva Alianza. La bienaventuranza o felicidad proclamada es escatológica, pero también presente ya de una manera latente en quienes viven según el programa del Reino; sólo por la fe puede percibirse.

-"Dichosos los pobres en el espíritu...": La primera y la última bienaventuranza enmarcan el conjunto de las otras seis (tres referidas a situaciones de sufrimiento y tres referidas a actitudes en bien del hombre). La primera es una invitación a optar por la condición de pobre. El término "en el espíritu" no es ningún intento de aguar su fuerza social: indica que se trata de una pobreza que abraza lo más profundo de la persona y que, por tanto, no se puede reducir a una situación sociológica fruto de la necesidad ni a un sentimiento de desprendimiento de carácter interior. Contra la idolatría del poder del dinero se trata de una opción fundamental por Dios. De aquí que la promesa sea la entrada en el Reino, en el ámbito de la realeza única de Dios.

-"Dichosos los que lloran...": Las tres bienaventuranzas siguientes hablan de situaciones de sufrimiento fruto de la opresión y de la injusticia. Los términos para expresarlo provienen del AT: los que lloran (los oprimidos) reciben la recompensa del consuelo de la liberación ; los humildes, los sufridos, (los desposeídos de la tierra), la alegría de poseer el país; y los que tienen hambre y sed de realización de la justicia de Dios, verán cumplidos su deseo con el establecimiento del Reino.

-"Dichosos los misericordiosos...": Las otras tres bienaventuranzas hablan de las actitudes activas de la compasión, de la misericordia y de la pureza de corazón que son el indicativo de una conducta sincera hacia los demás y ante Dios, y de la creación de situaciones de paz como anticipación del Reino mesiánico y definitivo en el que todos serán hijos de un mismo Padre.

-"Dichosos los perseguidos...": La última de las bienaventuranzas tiene estrecha relación con la primera. La opción contra el poder y el dinero, contra la idolatría, provoca la persecución. Pero este fracaso de los discípulos en el mundo es también prenda de felicidad. Comparten la misma suerte de los profetas y del mismo Jesús, indica de que están en el camino que conduce a la verdadera felicidad de la vida del Reino.

Para nuestra vida

En la primera lectura vemos como al profeta Sofonías le tocaron años difíciles. Israel y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales partidarios de la alianza con Egipto. Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es en esa época cuando profetiza Sofonías.

Sofonías anuncia un día terrible, "el día del Señor”, para aquellos que no confían en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los dignatarios, los ricos, los que no les importa Dios. Pero el profeta habla claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios su justicia". Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor.

Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio.

Dirigiéndose a los humildes, a los sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas, Sofonías destaca lo que importa,  lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

 

En la segunda lectura vemos como en tiempos de san Pablo, la mayoría de los cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja. San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno que tienen es un don de Dios.

En nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana. Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y, si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.

La valoración que San Pablo hace de la comunidad contrasta con la preocupación, hoy frecuente, de buscar hombres de valía personal para dar tono a las asambleas eclesiales. A juzgar por las palabras de Pablo, la comunidad de Corinto no estaba formada por hombres de grandes cualidades intelectuales o de una especial procedencia social. Pero el Apóstol, siguiendo el hilo de su razonamiento, da de ella una valoración definitiva y evangélica: Dios «eligió lo plebeyo del mundo... para anular a lo que existe» (v 28). El canto y la esperanza de los pobres que hacen descansar su existencia en la iniciativa de Dios, actitud constante en la Escritura, es para san Pablo la señal más clara de la elección que Dios hace cuando, por su palabra, se acerca a los hombres.

San Mateo nos presenta  el sermón del monte, en el se nos proclaman las Bienaventuranzas.

La proclamación de las bienaventuranzas produce siempre inquietudes , porque parece imposible vivir así y compartir la claridad de Cristo al pronunciarlas con toda rotundidad.

Sin embargo, es un ideal por el que tenemos que luchar, sabiendo que en ese esfuerzo contamos con la ayuda divina.. Todos queremos ser felices y merece la pena esforzarnos por encontrar la felicidad en lo que Dios nos dice que nos la garantizará . Dice San Agustín:“No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz. Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora”. (San Agustín, Sermón 53, 1-6).

Ante  las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Jesús dirige  no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos, cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un gran y profundo amor.

De la santidad nos decía el Papa Francisco en la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013:  "Dios te dice: no tener miedo de la santidad, no tener miedo de apuntar alto, de dejarse amar y purificar por Dios, no tener miedo de dejarse guiar por el Espíritu Santo. Dejémonos contagiar de la santidad de Dios. Todo cristiano esta llamado a la santidad (cfr Cost. dogm. Lumen gentium, 39-42); y la santidad no consiste primero en el hacer cosas extraordinarias, sino en el dejar actuar a Dios. Y el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de su gracia, es tener confianza en su acción que nos permite vivir en la caridad, de hacer todo con alegría y humildad, para la gloria de Dios y en el servicio al prójimo. Hay una célebre frase del escritor francés Léon Bloy; en los últimos momentos de su vida decía: "Hay una sola tristeza en la vida, la de no ser santos". No perdamos la esperanza en la santidad, recorramos todos este camino. ¿Queremos ser santos? El Señor nos espera a todos, con los brazos abiertos; nos espera para acompañarnos en el camino de la santidad. Vivamos con alegría nuestra fe, dejémonos amar por el Señor... pidamos este don a Dios en la oración, para nosotros y para los otros." (Papa Francisco celebra la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013).

En las bienaventuranzas se plasman los contenidos de  la obra de santidad que Dios quiere hacer - y hace- y valora  en  cada ser humano, es verdad que contando siempre con nuestra colaboración.  Jesús en el monte dio y nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón, expresando aquello que Dios valora en la vida del ser humano.  Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de orar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra de Dios.

Sería un error escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte, es una utopía de imposible realización. Podemos observar su existencia y sus efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas.

Todo el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad. Esa realidad ya viene anunciada en la primera lectura. Sofonías profetiza la obra de Dios, Jesús da plenitud a esa obra al proclamar las bienaventuranzas.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com