En los primeros textos cristianos, escritos inmediatamente después del Nuevo Testamento, nos encontramos con una pieza muy singular que son las Actas de los Mártires. Se trata de los documentos que reflejan los juicios a que fueron sometidos un cierto número de cristianos que se oponían a las leyes romanas de adorar ídolos y de presentar sacrificios rituales a las estatuas de los emperadores. Dichos relatos que, por supuesto, contienen interesante doctrina, también consagran documentalmente a un cierto número de santos por su martirio.
El culto a los
mártires fue muy importante entre esos primeros cristianos y de ahí se originó
la devoción a esos hermanos singulares que supieron dar su vida por Cristo. Lo
que los fieles pedían a esos mártires es muy parecido a lo que nosotros hoy
solicitamos en nuestras devociones. Y la tradición de "hacer santos",
de canonizar a cristianos de singulares méritos, es muy antigua. Y el día que
litúrgicamente se dedica a recordar a todos los santos, a los conocidos y
desconocidos, es este primero de noviembre, en el que las oraciones de la Misa
van dirigidas a ese gran número de intercesores que nosotros necesitamos para
seguir adelante con nuestros trabajos de ser buenos cristianos.
Las Iglesias
reformadas, tras la protesta de Lutero, prescindieron de esa práctica canónica.
No así las Iglesias ortodoxas que han continuado buscando ejemplos de santidad
y venerándolos. En nuestra Iglesia Católica, el pontificado del San Juan Pablo
II se caracterizó por un incremento notable del número de las beatificaciones y
canonizaciones. Y ha pasado a la historia como el Papa que más santos ha elevado
a los altares. Él mismo, santo, junto a su antecesor Juan XXIII por una
histórica decisión del Papa Francisco en
los primeros meses de su pontificado.
La primera lectura es del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14 El Apocalipsis, como sucede en la literatura de
este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica,
necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos.
Juan escribe el libro del Ap
(que significa "revelación") hacia los años 94-96, en unas
circunstancias particularmente adversas para las comunidades cristianas. La
persecución de Nerón, iniciada con el incendio de Roma hacia el año 64, se
había extendido por todas partes en tiempos de Domiciano. El Apocalipsis es,
por la tanto, un libro de la clandestinidad, lo que explica en parte la
dificultad de su interpretación. Es también un libro en el que el autor exhorta
a los cristianos y levanta el ánimo de las iglesias, un libro de la resistencia
cristiana o de la "paciencia", que es algo muy distinto de la simple
resignación. La paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible.
El Vidente de Patmos ve los
acontecimientos e interpreta los signos o señales de los tiempos a la luz del
Día del Señor, revelando así el verdadero sentido de las persecuciones de la
iglesia en el decurso de la historia. De ahí que la exhortación del Apocalipsis
tenga todavía para nosotros vigente actualidad.
En el capítulo anterior,
después de anunciar las calamidades que se avecinan sobre la tierra, deja
abierta una pregunta angustiosa: "Porque ha llegado el Día de su Cólera
(de Dios) y ¿quién podrá resistir?" (6.17). La respuesta se halla en las
dos visiones de este capítulo séptimo, que presenta la lectura de hoy.
El Vidente,
situado más allá de la historia, ve lo que será al fin y al cabo. En su visión
ha dado un salto, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, para
mostrarnos el triunfo del pueblo de Dios. Una muchedumbre incontable, de todas
las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos celebra la victoria.
La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término
final. La apertura de los «siete sellos» -tal como se describe en el Apocalipsis-
impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que
se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el
séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo,
crea expectativas y promesas para el futuro.
En la lectura se nos muestra la apertura del misterio de la historia con
la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser
liberados de la destrucción. El sello sobre los siervos de Dios sella su
pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la
multitud inmensa, incontable, con su simbolismo propone algo de las diferencias
entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza.
Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar
del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable”
representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero
sacrificado, con su sangre.
Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo
elegido marcado con «el sello del Dios vivo». Los «ciento cuarenta y
cuatro mil» (v 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo
pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la
historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores»
(v. 3).
Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de
salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales,
dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero
de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran
noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los
israelitas en el momento de la Pascua de Egipto.
Esta liturgia celeste celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa
salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v 9), a todos los «que
vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en
la sangre del Cordero» (v 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación
universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto
sometidos de algún modo por la persecución (thlipsis, «tribulación», se
convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.
El himno es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al
Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es
una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza
salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la
liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y
vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y
gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios
por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y
a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada
en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde
reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan
pasado por la muerte.
El responsorial es el salmo 23 (Sal 23, 1-2, 3-4ab, 5-6).
Pertenece al grupo de los llamados salmos litúrgicos.
El salmo
recuerda una procesión con el Arca de la Alianza. La procesión se desarrollaba
en medio de la fiesta y la alegría, y en ella el pueblo acompañaba con cantos.
Cada una de
las partes de este salmo presenta un rasgo característico de Dios. En la
primera se refuerza la idea de que Dios es el creador de la tierra y Sr. Del
mundo. En la segunda se presenta a Dios como el aliado de Israel: para
responder al compromiso de la Alianza, el pueblo de Dios tiene que establecer
unas relaciones de justicia, de integridad y rectitud.
Para entender
mejor la primera parte del salmo (1b-2), hay que tener en cuenta la forma como
se concebía el mundo en la en esta época. Se creía que la tierra era una
superficie plana, sostenida por columnas invisibles. Estas columnas un día en
sus cimientos de la profundidad de los océanos. Dios había sido el autor de
esta proeza arquitectónica. Por eso le pertenece la tierra y lo que contiene,
el orbe y sus habitantes.
Este
"salmo del Reino" describe la entrada de una procesión en el
Templo... Es Yahveh, el Dios creador del Universo, nuestro Rey Yahveh,
que viene a tomar posesión de su palacio y de su ciudad. Al aclamarlo
Israel lo hacía reinar efectivamente y le profesaba sumisión. Pero ¿cómo
reina Dios? A las puertas del templo se respondía mediante una
catequesis: son los comportamientos morales del hombre los que hacen
reinar a Dios. ¡Tener un corazón puro, las manos no manchadas de
intrigas, el corazón libre de todo ídolo, liberado de todo aquello que no
es Dios, leal al prójimo, sediento de justicia, ávido de Dios.
San Juan Pablo
II comentó así este salmo en la audiencia general del miércoles 20 de junio
2001.
" 1. el
antiguo canto del pueblo de Dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el
templo de Jerusalén, para poder descubrir con claridad el hilo conductor que
atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos
fundamentales. el primero atañe a la verdad de la creación: Dios creó el
mundo y es su señor. el segundo se refiere al juicio al que somete a sus
criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre
nuestras obras. el tercero es el misterio de la venida de Dios: viene en
el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los
hombres una relación de profunda comunión. un comentarista moderno ha
escrito: "se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios
y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y
podemos vivir con Dios" (G. Ebeling, sobre los salmos, Brescia
1973, p. 97).
2. A estos tres presupuestos
corresponden las tres partes del salmo 23, considerándolas como tres paneles de
un tríptico poético y orante.
La primera es una breve aclamación
al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es
una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la
antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra
arquitectónica: Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las
aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas
por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo,
y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la
vida.
3. Desde el horizonte cósmico
la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte
del Señor". Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv.
3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a
los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso: "¿Quién
puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?".
Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados
por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf. Sal 14; Is
33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder
acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente
rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y
existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un
acto penitencial que precede la celebración litúrgica.
4. Son tres las exigencias
planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos
inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan
la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de
orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no
mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino
sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos Dioses,
es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del
Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la
tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo: "No
jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización
oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño;
por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la
justicia y la rectitud.
5. Así llegamos al tercer
cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el
templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de
llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios,
marcada por tres títulos solemnes: "Rey de la gloria; Señor
valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos". A las puertas del
templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger
al Señor que va a tomar posesión de su casa.
El escenario triunfal, descrito por
el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia
cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de
Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de san Pedro (cf. 1 P
3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch
1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la
liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana
al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne
liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año
jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos
sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo
de Sión.
6. El
último título: "Señor de los ejércitos", no tiene, como podría
parecer a primera vista, un carácter marcial, aunque no excluye una referencia
a los ejércitos de Israel. por el contrario, entraña un valor cósmico: el
señor, que está a punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio
restringido del santuario de sión, es el creador, que tiene como ejército todas
las estrellas del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le
obedecen. en el libro del profeta Baruc se lee: "brillan las
estrellas en su puesto de guardia, llenas de alegría; las llama él y
dicen: "aquí estamos". y brillan alegres para su hacedor"
(ba 3, 34-35). el Dios infinito, todopoderoso y eterno, se adapta a la
criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, escucharla y entrar en
comunión con ella. y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en
el diálogo y en el amor." (Papa San Juan Pablo II. Ciudad del Vaticano.
Audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.)
La segunda lectura de la primera carta del apóstol
san Juan 3, 1-3. San Juan en su primera carta
resume muy bien en qué consiste la esperanza cristiana: todos los bautizados
somos ya, aquí y ahora, hijos de Dios, pero todavía con limitaciones, tenemos
la esperanza de llegar a serlo un día en plenitud.
Un doble plano podemos ver en
el texto de hoy.
Nuestra realidad presente
realizada. Ser hijos de Dios es "haber nacido de Dios". El aceptar la
luz que es Cristo nos hace capaces de ser hijos de Dios. El cristiano, en tanto
es hijo de Dios en cuanto participa de la filiación divina de Jesús. Es don
amoroso del Padre. El mundo es el estado de cosas basado en "los bajos
instintos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero" (1Jn/02/16).
Es lo contrapuesto al amor verdadero.
Nuestra realidad futura o
escatológica. Es una realidad que nos transformará. Pablo habla de una nueva
creación. Será algo grande. La primera creación no es nada si la comparamos con
ella. Pero no la conocemos porque aún no ha llegado. Con todo, este final
ilumina nuestro presente. Es la esperanza la que nos ayuda a caminar
(=conducta). Purificarse es cumplir los mandamientos, sobre todo el amor al
prójimo.
La segunda parte de la primera
carta de San Juan se abre con el mensaje de que todos somos hijos de Dios. A
este mensaje sigue una exigencia: debemos vivir como hijos de Dios. Para los
sinópticos la filiación divina es una realidad escatológica. Con san Pablo ya
se hace presente en este mundo. En san Juan la filiación divina es actual y
llega a todos los hombres que aman a Jesús y guardan sus mandamientos.
La razón de fondo es el amor
del Padre. El autor no puede contener su admiración ante el don maravilloso que
Dios nos ha hecho a los hombres: la filiación divina. Al decir: "Mirad qué
amor..." nos invita a mirar no con los ojos del cuerpo sino a verificar,
constatar, que aunque el amor es una realidad invisible es perceptible por los
efectos.
La filiación divina es obra del
amor del Padre. Si Dios ama tanto a los hombres que llega a entregarles a su
propio Hijo es para darles la vida eterna, para hacerlos hijos de Dios.
"El mundo no conoce..". El conocimiento supone un vínculo de unidad entre
el que conoce y lo conocido. De ahí que el conocimiento que ahora tenemos sea
imperfecto. En la vida presente la realidad de la filiación se posee en forma
limitada y por tanto el conocimiento es parcial. No conocemos todavía lo que
llegaremos a ser.
Toda la vida cristiana debe
tender a manifestar que somos hijos de Dios y que amamos como él amó. Esta vida
se vive ahora en medio de dificultades y el gran amor que nos tiene el Padre no
lo llegamos a ver en su totalidad, pero mantenemos la esperanza firme de que un
día se manifestará.
La esplendida admiración
que describe San Juan, nace de la fe y
de la experiencia del Resucitado. Dios nos ha amado en Cristo, en su entrega y
solidaridad hacia los hombres, hasta el punto de hacernos "hijos".
El autor expresa
mediante tres términos la realidad de la situación humana presente y futura
ante Dios: "ser hijos", "ver a Dios" y "ser
puro". Hay una continuidad y una ruptura entre lo que somos y lo que
seremos. Continuidad pues, en el bautismo y la conversión, hemos ya inaugurado
nuestra relación reconciliada con el Padre, gracias a la vida de Cristo.
Ruptura, pues la esperanza a la que somos llamados la vivimos todavía desde
nuestra limitación, desde nuestra debilidad frente a la tentación y el pecado. Vemos
a Dios, pero no tal cual es.
Parece
escogida como una forma de resaltar algunos aspectos de la santidad, su
naturaleza y su modo de realización.
Lo primero en
el camino de la santidad es lo que Dios ha hecho por nosotros;
las maravillas obradas por Dios no solo en el pasado, más aún las que ha obrado
con la venida de su Hijo. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!”. Aunque
no se exprese, la admiración toca en primer lugar a la manifestación inaudita
del amor de Dios enviándonos a su Hijo; pero fundándose en ello, nuestro pasaje
contempla y admira directamente las consecuencias de esa manifestación: el
Padre, “que envió al mundo a su Hijo Unigénito” (4,9), nos ha llamado “hijos
de Dios” y lo ha hecho con llamada eficaz, “pues lo somos”.
Lo que Dios ha
hecho ya en nosotros está abierto a la plenitud, que consistirá en ser “semejantes
a él”; y esta afirmación toca a la naturaleza de la santidad.
La semejanza
no puede interpretarse como una especie de asimilación que implicara la
ausencia de toda distinción entre Dios y nosotros. El ser humano contemplará a Dios:
“ lo veremos tal cual es”; y esta visión nos transformará de tal modo
que participaremos de la misma vida de Dios.
El evangelio según san Mateo 5,
1-12a nos presenta el Sermón de la Montaña. El evangelio
de hoy nos presenta las Bienaventuranzas como síntesis del mensaje cristiano,
como proyecto de vida para vivir la santidad de Dios. Exegéticamente, el género
bienaventuranza no es nuevo en el NT, ni tampoco es exclusivo de los
evangelios.
Las ocho bienaventuranzas con
que Mateo introduce el Sermón de la Montaña se muestran literariamente bien
construidas, lo que nos muestra la mano del redactor eclesial: la primera y la
última contienen la misma promesa y la cuarta y la octava (dos mitades!) mencionan
la justicia. Cuatro de ellas presentan situaciones de conflicto: pobreza,
llanto, sufrimiento, hambre-sed y persecución. Y tres se centran en acciones
positivas: misericordia, limpieza de corazón, esfuerzo por la paz. No pretenden
ser exhaustivas, presentar todas las situaciones humanas susceptibles de dicha
evangélica: pero sí nos muestran un amplio abanico de situaciones de indigencia
y de compromiso por el prójimo: en todos ellos se hace patente el rostro de
Dios.
En la novena bienaventuranza recae
el acento: en la misma persecución por causa del Evangelio se manifiesta el
gozo de Dios. Cualquier situación humana, vivida en la línea del Evangelio, es
buena para realizar el proyecto de santidad que Dios espera de nosotros.
El Sermón de
la montaña ha sido llamado la Carta magna del Reino. Es el primero de los cinco
grandes discursos que vertebran el primer evangelio y que giran siempre en
torno al Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar.
La
Bienaventuranzas hacen de pórtico a esos puntos programáticos que el Señor
proclama ante la multitud. Tienen el sabor de los antiguos salmos, que también
se iniciaban a veces con esa misma fórmula de dicha y felicidad.
Las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura
sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da
sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este
contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino
de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida.
Las
bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús
declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes
situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda
a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución
por causa de la justicia o por seguir a Jesús.
Las personas
que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la
consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les
abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen
en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.
Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico”, que
quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.
Las personas
que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la
consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les
abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen
en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.
Cada una de
las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una
opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de
la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone
preceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.
De las ocho
bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico
el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por
rey».
Cada una de
las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el
futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»).
De estas seis,
las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso
para el hombre, del que se promete la liberación.
La cuarta,
quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o
disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva
también su correspondiente promesa del futuro.
Para nuestra vida
La liturgia de
esta fiesta está centrada en la santidad.
Hoy damos
gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que
afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos
unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices,
radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa.
Celebrar esta
fiesta es sentirnos fascinados por lo alto. Cuando ascendemos a las montañas
vienen a nuestros ojos imágenes de valles y de ríos, de cielos estrellados o de
horizontes lejanos. En esta jornada de Todos los Santos no nos conformamos con
subir a los cerros. Trepamos más arriba. Elevamos nuestros ojos a esa realidad
que ha sido la razón y el motor, el existir y el triunfo definitivo de tantos
hombres y mujeres que se dejaron seducir por la beldad de Dios. No se
conformaron con lo que encontraban en el suelo, con las propuestas caducas de
felicidad, con los atajos traicioneros. Los santos apostaron fuerte:
descubrieron que Dios era lo máximo y dieron firme testimonio de El.
Al honrarles
hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación
es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos
ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la
aceptación de la voluntad de Dios.
Precisemos un
poco mas esta Fiesta. La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar, en
principio, dos hechos. El primero es que, verdaderamente, la fuerza del
Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es una semilla capaz de arraigar en
todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, o de cultura, o
de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta gozosa, fundamentalmente
gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da, y dará fruto, y lo dará en todas
partes.
El segundo
hecho que celebramos es que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar
tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos "han lavado y blanqueado sus mantos en la
sangre del Cordero". Todos ellos han sido pobres, hambrientos
y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz. Y eso les
une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que
"en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien", sino que
celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en
el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo).
Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el
mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier
otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más
entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que
quiere Dios.
Podemos
añadir un tercer aspecto: San Agustín,
en la homilía que la Liturgia de las Horas ofrece para el día de San Lorenzo,
lo explica así: "Los
santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta
la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El
puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha
secado después de haber bebido ellos".
San Agustín se
dirigía a unos cristianos que creían que quizá sólo los mártires, los que en
las persecuciones habían derramado la sangre por la fe, compartirían la gloria
de J.C. Y a veces pensamos también nosotros lo mismo: que la santidad es una
heroicidad propia sólo de algunos. Y no es así. La santidad, el seguimiento
fiel y esforzado de J.C., es también para nosotros: para todos nosotros y para
cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada,
que tome las cosas en serio, no para gente superficial y que se limita a ir
tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa
santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín en la homilía antes citada:
"Ningún hombre,
cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación"
(...). "Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo,
además del derramamiento de sangre, además del martirio". Y
hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también
nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a J.C.
La primera lectura
propone el tema de la salvación, en ella se
pone ante nuestros ojos el infinito número de los llamados a ser santos y a
participar aquí y en la eternidad del don de la santidad.
El texto habla de la comunidad
cristiana en tribulación, protegida por Dios en este mundo y en el otro.
Los vv. 7, 1-8 en conjunto
hablan de esa protección divina a su comunidad en un mundo de malvados. Es de
notar que la literatura apocalìptica no matiza. Buenos y malos están muy bien
divididos. No hay que tomarlo como una descripción de la realidad, sino como
una simplificación más aclaratoria que otra cosa. En realidad se trata de una
afirmación de fe. Dios protege a su iglesia, a toda ella como muestra el número
simbólico de 144.000 (doce veces mil, número perfecto multiplicado por sí mismo
para indicar totalidad).
Los vv. 9-14 se refieren a la
comunidad celeste, continuación de la actual. Lo principal es la glorificación
que esa comunidad hace de Dios y de Cristo, el Cordero en terminología de
muchas partes del Apocalipsis. Esta tarea, es la actitud religiosa fundamental,
reconocimiento de Dios de forma total. Que hacen no sólo la iglesia, sino todo
lo que no es Dios.
Más allá de este mundo, esto
es, de la historia, el Vidente ve ahora en el cielo a los que ya han salido
triunfantes de la gran tribulación. Es una muchedumbre innumerable y
heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas, es la comunidad futura con
toda la riqueza de su pluralismo y toda la unidad en la participación gozosa de
una misma victoria.
Todos los que la componen van
vestidos de blanco, porque son los invitados a las bodas eternas del Cordero, y
llevan palmas en las manos, porque han salido victoriosos de la gran
tribulación. Esta muchedumbre se encuentra ante el trono de Dios, esto es, en
el cielo. No debe confundirse con la otra multitud de los señalados que aún
militan en este mundo que pasa.
La salvación se debe al
Cordero, que es Jesucristo, y a Dios. Por eso los santos, juntamente con los
ángeles, tributan a Dios "todo honor y toda gloria" en una solemne
liturgia celestial que los cristianos, señalados por el bautismo, anticipan
sacramentalmente en la liturgia de la Iglesia.
El vidente es de nuevo
informado sobre el significado de cuanto está viendo. La información le viene
dada por uno de aquellos misteriosos "ancianos" que asisten al trono
de Dios. Todos los santos han sido salvados por la sangre de Cristo, sin que
esto suponga que Dios ahorre a nadie la gran tribulación. Los santos vienen de
la gran tribulación, por eso su victoria es aún más gozosa.
"Después
de esto vi una gran muchedumbre que nadie podía contar..." (Ap 7,9) Estamos ante
una de la visiones de Juan en su destierro de la isla de Patmos. El Cielo abre
sus puertas y deja que la mirada penetrante del evangelista, simbolizado por el
águila, contemple los misterio del más allá. Hoy nos habla de los que fueron
sellados en la frente, es decir los que se han salvado de la hecatombe
apocalíptica. Habla primero de los pertenecientes al pueblo elegido, y luego de
las demás naciones.
Se describe un
cuadro maravilloso y consolador. De cada una de las doce tribus son ciento
cuarenta y cuatro mil, esto es, una cantidad muy elevada. No se dice que todos
se salven, pero sí se insiste en que son muchos, como se deduce al hablar de la
muchedumbre que no se puede contar y que procede de todos los pueblos. No podía
ser de otra forma, la sangre derramada del Cordero bien valió esa salvación de
alcance universal.
Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el
Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que
hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece
muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea
vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.
La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están
ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios,
como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación.
La muerte y la resurrección de
Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía.
En el texto se nos habla no solo
de mártires, también de todos aquellos que han pasado por la tribulación
de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el
misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad,
son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido
martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son
mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo
que son los auténticos vencedores de la historia.
Desde el bautismo participamos del cumplimiento de la profecía del
Enmanuel, Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre,
ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre
ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón
de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será
pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva.
Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap
para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte.
Esta lectura es una invitación a revisar como vivimos nuestra condición
de bautizados invitados a la mesa eucarística, terrenal y celestial.
El salmo de
hoy nos plantea una claras y concretas preguntas:
" ¿Quién
puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?"
A continuación se dan la respuesta: " El hombre de manos inocentes
y puro
corazón, que no confía en los ídolos.
".
De ahí surge
una petición: ¡Señor, haznos dignos de tu Santidad, Tú que eres el Santo
!
Cada uno de
nosotros debe aplicar este salmo a su propia situación.
La libertad
del cristiano ante las "cosas" de la naturaleza. San Pablo aplicó
este salmo, explícitamente, a un problema de su tiempo: ¿se pueden comer
los alimentos ofrecidos a los ídolos? Responde: "coman sin hacer
problema de conciencia, todo lo que les venden en el mercado, porque la
tierra y todo lo que hay en ella es del Señor". ( I Corintios 10,25
- 26; Salmo 23,1). Considerar la fe en Dios como liberadora, es una esperanza
del mundo actual. Sólo Dios es Dios. Sólo Dios merece sumisión. Hay, como
se dice a menudo, una cierta "desacralización" del universo,
que corresponde perfectamente a la verdad de Dios. Existe siempre el
peligro de sacralizar abusivamente las realidades terrestres: las
costumbres tradicionales, los tabúes ancestrales, los usos considerados como
definitivos y sagrados cuando son apenas residuos de civilizaciones
locales ya superadas. Pero el gran peligro actual, es la sacralización de
las ideologías y de la política. Digámoslo claramente, ni los partidos de
derecha, ni los de izquierda, son "sagrados"; son simples opciones
humanas, respetables claro está, pero que desmerecen grandemente al
proyectarse sobre ellas un "absoluto" que sólo a Dios debe
darse: el único Rey es El. Bajo esta expresión aparentemente pasada de
moda, hay una reivindicación de libertad, de total independencia.
Existe una
tendencia reciente, que opone la moral y la fe. Este salmo trae a cuento
una verdad esencial que Jesús repitió frecuentemente. Dios más que
aclamaciones rituales, más que recitación de "credos", más que gestos
cultuales...: espera de nosotros rectitud de vida. La conciencia moral es
lo primero. Seremos juzgados sobre el amor. (Mateo 25,31 - 46). No
llegarán a la "montaña de Dios" aquellos que se contenten con
decir: "Señor, Señor" (Mateo 7,21), sino aquellos "que tengan el
corazón puro y las manos inocentes", que cumplan los deberes que les
impone la condición de ser hombres dignos de tal nombre. La reforma
conciliar revalorizó la "liturgia penitencial" al principio de cada
Misa. ¿Quién puede acercarse a Dios? Quien esté libre de toda mancha
consciente o inconsciente, que esté dispuesto a luchar contra su egoísmo,
y toda forma de idolatría. Sólo así Dios se hace fiador de la dignidad
humana y de la conciencia. Decir: "Venga tu Reino", es
comprometerse a hacer cualquier cosa para vivir según sus exigencias.
La oración con
este salmo nos ayuda a vivir de forma nueva esa religiosidad popular, que
generalmente rodean nuestra vida cristiana cotidiana, podremos el sentido de
las romerías de las procesiones el sentido de las romerías, de las procesiones.
El salmo nos ayuda a vivir la liturgia como celebración de la vida y expresión
de la fe. También la actitud tolerante con este salmo nos ayuda a superar el
ritual istmo y una falsa religiosidad de apariencias
El texto de la segunda
lectura es una reflexión sobre la vida cristiana que se representa bajo la
imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. En ella se
nos introduce en la misteriosa relación existente entre el amor que Dios nos
tiene, amor de Padre, y la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su Hijo.
San Juan nos
recuerda con entusiasmo y urgencia este hecho, que fundamenta y sostiene
nuestra fe y nuestra esperanza. Somos hijos de Dios, herederos del cielo,
coherederos con Jesús, resucitado y exaltado a los cielos, a la derecha de Dios
Padre. Pero nos advierte Juan también de lo extraña de nuestra situación,
incomprensible a veces y muchas otras incomprendida incluso por nosotros
mismos, pues todavía no está claro, no se ha puesto de manifiesto, lo que
somos. Somos hijos de Dios, pero eso no se ve y desgraciadamente tampoco
siempre se nos nota, pues no nos comportamos como tales. Al menos, si creemos
que somos hijos de Dios, no parecemos estar muy convencidos de que los hombres
somos hermanos. Esta situación ambigua, somos pero no somos, da pie para que
muchos no crean en nosotros y para que nosotros mismos dudemos con frecuencia
de lo que somos y de lo que tenemos que ser y hacer. Vivimos una situación de
gestación, de expectación, como el campo sembrado de trigo, pero en el que
todavía durante el invierno no se ve por ninguna parte la cosecha. Habrá que
esperar hasta la primavera en que despunten los brotes o hasta el verano en que
se recoja la cosecha. Sin embargo, igual que el labrador sabe que ha sembrado y
espera con impaciencia el día de la cosecha, así nosotros debemos creer y
esperar el día en que se ponga de manifiesto lo que ya somos por la gracia de
Dios.
Se trata de una profunda teología como corresponde al círculo de las
comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en
este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la
santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de
la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.
El título cristológico más coherente de la teología joánica, es lo que
afecta a la filiación divina de Jesús, esto también tiene su repercusión en
quienes seguimos a Jesús, consiste en la
posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el
Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él.
La afirmación del texto es clara: ¡somos
hijos de Dios! "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que
seamos llamados hijos de Dios y los seamos" (1 Jn 3,1). La frase de
San Juan tiene matices de asombro que no se captan bien en la traducción
castellana. Hay que subrayar el asombro del hagiógrafo ante la magnitud y
profundidad del amor divino que nos hace hijos de Dios.
Muchos santos, desconocidos para
nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios
en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser
una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y
“hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la
intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para
eso hemos nacido. San Pablo nos recuerda la
esperanza a la que estamos llamados.
El evangelio de San Mateo recoge las grandes líneas
o rutas, condiciones imprescindibles, por las que se realiza la utopía humana
según Jesús. La santidad cristiana es vivir la nueva sociedad que propone
Jesús.
Sintetiza admirablemente los caminos de la santidad cristiana mediante las
bienaventuranzas.
Jesús con las bienaventuranzas ha
pretendido presentar los rasgos de una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se
trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano.
No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la
gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de
muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la
benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la
lucha por la justicia, porque Dios es justo.
Las
bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús
declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes
situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda
a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución
por causa de la justicia o por seguir a Jesús.
La fiesta de
hoy es propiamente la de aquéllos que, aun sin corona ni altar, son dichosos
según las bienaventuranzas, porque son pobres, sufridos, pacientes, misericorDiosos,
honestos, pacíficos e incomprendidos.
Se describen
situaciones en las que el hombre sufre de ordinario y en las que, sin embargo,
alcanza la felicidad apoyado en la esperanza. Las promesas son tan
extraordinarias y ciertas que fortalecen al justo, e incluso le llenan de gozo
íntimo, aún en las situaciones más adversas que se puedan imaginar. Por otra
parte hay una nota común en cada uno de esos estados descritos, la humildad y
la confianza inquebrantable en Dios nuestro Padre.
Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige,
simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida.
Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí
en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.
¿Cómo vivo en
el aquí y ahora, esta fiesta de Todos los Santos?.
Con la
Iglesia, estamos invitados a celebrar a todos los difuntos que ya gozan
definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre
sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y
amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una
comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros,
se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por
nosotros ante Dios.
Todos
podríamos decir, como Santa Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Sin
embargo, hoy se nos invita vivir la
comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros
hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan
que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de
nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la
que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir
caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la
plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo.
¿No habrá que
renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo?.
Hoy es un buen día para hacerlo.
