sábado, 1 de junio de 2024

Comentarios de las lecturas de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. 2 de junio 2024

Domingo de la sexagésima (60 días) pascua.

La fiesta del Corpus Christi (el Cuerpo de Cristo) surgió en Bélgica en el siglo XIII, por devoción de un Movimiento Monástico de Adoración Eucarística, y gracias a un prodigio en el que el Pan Eucarístico sangró en las manos dubitativas de un sacerdote al norte de Roma.


El papa Urbano IV, con la bula ‘Transiturus’, fijó su fecha en el jueves posterior a la octava de Pentecostés.

Con este motivo, Santo Tomás de Aquino compuso ‘Pange Lingua’, uno de los cantos más hermosos del cristianismo.

Ya para el siglo XIV era una celebración con mucha fuerza en toda Europa, y el Concilio de Trento (siglo XVI) fomentó sus procesiones y el culto público del Cuerpo de Cristo.

La sangre de la alianza es el tema que se repite en todas las lecturas de hoy, en este Corpus del ciclo B.

En este ciclo B leemos en el evangelio la institución de la eucaristía.

Las palabras de Jesús sobre el cáliz, según la tradición de Marcos-Mateo, expresan el paralelismo con las palabras de la institución de la alianza sinaítica. Es un paralelismo de alianzas, en el que se marca a la vez la continuidad y la discontinuidad: la continuidad de una historia de revelación, de promesas, de misericordia de Dios para con los hombres; la discontinuidad en la novedad de la persona de Cristo, en el carácter personal de la sangre de la alianza, en los destinatarios, y en los bienes comunicados y participados.

El evangelio y la primera lectura presentan la continuidad de las formulaciones; la segunda lectura, en cambio, destaca la novedad de la entrega de la sangre de Cristo como sangre personal para una alianza personal -¡el perdón de los pecados!-.

La vida de Jesucristo, su fidelidad a la voluntad del Padre, se ha desplegado hasta llegar a este momento en que la fidelidad será culminada: el derramamiento de su sangre, el don total de su vida (cfr. 2. lectura).

La Eucaristía, por tanto, nos hace participar a los cristianos, de un modo vivo, real (cfr. lo absoluto de las afirmaciones: ¡"Es mi cuerpo... es mi sangre"!), en la comunión con aquella unión entre los hombres, realizada definitivamente en la vida y la muerte de Jesús de Nazaret.

La primera lectura del Libro del Éxodo (Ex 24, 3-8), nos narra cómo Moisés, mediante la sangre de unas vacas, fórmula de sacrificio, confirma la alianza del pueblo judío con Dios. Después, la sangre de Cristo confirmará la nueva alianza que dura para siempre.

El rito tiene lugar en la falda del monte; sólo Moisés es el intermediario, pero los protagonistas son Dios y su pueblo. La ceremonia tiene dos partes: la lectura y aceptación de las cláusulas de la Alianza (vv. 3-4), es decir, las palabras (De­cálogo) y las normas (el denominado Código de la Alianza); y, por otra parte, el sacrificio que sella el pacto.

La aceptación de las cláusulas se hace con toda solemnidad, usando la fórmula ritual: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor». El pueblo, que ya había pronunciado este compromiso (19,8), lo repite al escuchar el discurso de Moisés (v. 3) y en el momento previo a ser rociado con la sangre del sacrificio. Queda así asegurado el carácter vinculante del pacto.

Al distribuir la sangre a partes iguales entre el altar, que representa a Dios, y el pueblo, se quiere significar que ambos se comprometen a las exigencias de la Alianza. Los pueblos nó­madas sellaban sus pactos con sangre de animales sacrificados. Pero en la Biblia no hay vestigios de este uso de la sangre. El significado de este rito es probablemente más profundo: puesto que la sangre, que significa la vida (cfr Gn 9,4), pertenece sólo a Dios, únicamente debía de­rramarse sobre el altar, o usarse para un­gir a las personas consagradas al Señor, como los sacerdotes (cfr Ex 29,19-22). Cuando Moisés rocía con la sangre del sacrificio al pueblo entero, lo está consagrando, haciendo de él «propiedad divina y reino de sacerdotes» (cfr 19,3-6).

 La Alianza, por tanto, no es únicamente el compromiso de cumplir los preceptos, sino, ante todo, el derecho a pertenecer a la nación santa, posesión de Dios.

 

El salmo responsorial (Sal 115). 115,12-13. 15 y 16bc. 17-18 ), habla de un sacrificio de alabanza por haber salvado al salmista del peligro de la muerte. En clave cristiana, lo entendemos en sentido eucarístico: la fracción del pan como sacrificio de alabanza por haber salvado a Cristo de la muerte.

Así repetimos en la estrofa: "Alzaré la copa de salvación, invocando el nombre del Señor"

Así comenta El Papa emérito Benedicto XVI este salmo: "El Salmo 115, en el original hebreo, forma parte de una sola composición junto al salmo precedente, el 114. Ambos, constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte.

En nuestro texto aparece la memoria de un pasado angustiante: el orante ha mantenido alta la llama de la fe, incluso cuando en sus labios surgía la amargura de la desesperación y de la infelicidad (Cf. Salmo 115,10). Alrededor se elevaba como una cortina helada de odio y de engaño, pues el prójimo se demostraba falso e infiel (Cf. versículo 11). Ahora, sin embargo, la súplica se transforma en gratitud, pues el Señor ha sacado a su fiel del torbellino oscuro de la mentira (Cf. versículo 12).

El orante se dispone, por tanto, a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el que se beberá el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada que es signo de reconocimiento por la liberación (Cf. versículo 13). La Liturgia, por tanto, es la sede privilegiada en la que se puede elevar la alabanza agradecida al Dios salvador.

3. De hecho, además de mencionarse el rito del sacrificio se hace referencia explícitamente a la asamblea de «de todo el pueblo», ante la cual el orante cumple su voto y testimonia su fe (Cf. versículo 14). En esta circunstancia hará pública su acción de gracias, consciente de que incluso cuando se acerca la muerte, el Señor se inclina sobre él con amor. Dios no es indiferente al drama de su criatura, sino que rompe sus cadenas (Cf. versículo 16).

El orante salvado de la muerte se siente «siervo» del Señor, hijo de su esclava (ibídem), bella expresión oriental con la que se indica que se ha nacido en la misma casa del dueño. El salmista profesa humildemente con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a él en el amor y en la fidelidad.

4. Con las palabras del orante, el salmo concluye evocando nuevamente el rito de acción de gracias que será celebrado en el contexto del templo (Cf. versículos 17-19). Su oración se situará en el ámbito comunitario. Su vicisitud personal es narrada para que sirva de estímulo para todos a creer y a amar al Señor. En el fondo, por tanto, podemos vislumbrar a todo el pueblo de Dios, mientras da gracias al Señor de la vida, que no abandona al justo en el vientre oscuro del dolor y de la muerte, sino que le guía a la esperanza y a la vida" .[1]

 

En la segunda lectura (Hebreos  9, 11-15), El presente pasaje, particularmente los versículos 11-14, constituye el centro de la cristología de Heb, el núcleo de todo el escrito. El lenguaje es cultual; sin embargo, no es la acrítica comprensión del culto la que proyecta luz sobre el misterio de Cristo, sino que la cruz de Cristo da un contenido insospechado a las categorías cultuales. Lo primero que el autor pone ante nuestros ojos es el misterio del proceso personal de Jesucristo (9,11-12); sólo después, y a su luz, aborda el proceso de nuestra salvación (9,13-14).

En Heb, la clave para comprender el misterio de Jesús es su muerte; la muerte de Jesús fue un sacrificio, el sacrificio del mismo Jesús. «Cristo... entró de una vez para siempre en el santuario... mediante su propia sangre». La reiterada alusión a la sangre de Jesucristo responde al lenguaje cultual del autor; pero no debe constituir una trampa para nosotros: no debemos pensar confusamente que lo importante en la muerte de Jesús fue su sufrimiento o el derramamiento material de su sangre. Para Heb, la cruz de Jesús es la revelación del gran misterio de su libertad entregada. El sacrificio de Jesús fue la libre y esforzada entrega de su «yo» personal a Dios (10,4-10). El sufrimiento y la muerte son la prueba, el signo y la realización de su donación.

Partiendo de ahí se recupera y trasciende todo el lenguaje cultual. Jesucristo «entró en el santuario» (9,11), «en el mismo cielo» (9,24), es decir, se presentó ante Dios. Pero no después ni más allá de su cruz, sino en ella; su generosa donación selló su comunión personal con Dios. Así consiguió también la «perfección»: no más allá de los sufrimientos, sino en ellos (2,10), ya que en ellos aprendió la obediencia plena a Dios (5,8-9). Y fue también en el ofrecimiento de sí mismo, no después ni al margen de él, cuando Jesucristo fue consagrado «sumo sacerdote de los bienes definitivos» (9,11); la entrega de Jesucristo al Padre es perfecta y eterna, constituye la misma definición del Salvador sacrificado. En la raíz de esta potente visión se halla la fe fundamental: Jesucristo es el Hijo llegado a la perfección (7,28).

Ese sacrificio personal ofrece realmente a los hombres (dimensión pasiva) la posibilidad de su entrega personal a Dios (dimensión activa), en la cual consiste la "purificación de la conciencia" (9,14), la verdadera salvación. Por eso, Jesucristo es el mediador de la nueva alianza (9,15-23), es decir, de la comunión personal y libre del hombre con Dios.

Fijémonos en algunas expresiones del texto: -"Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos": El autor de los Hebreos explica el sacrificio de Cristo a partir de elementos comparativos del AT, pero con un cambio radical de su significado.

-"... ha entrado en el santuario una vez para siempre...": Como el sumo sacerdote en la celebración del Yom-Kippur entraba en el interior del santo de los santos, única ocasión anual, Cristo ha accedido una vez para siempre a Dios. Y esta entrada en la santidad de Dios la realiza a través de un tabernáculo que no pertenece al mundo de los hombres: es su mismo cuerpo renovado por la resurrección.

-".... consiguiendo la liberación eterna": Esto ha sido posible no por un sacrificio ritual, sino por el ofrecimiento de sí mismo. Inaugura de este modo el culto auténtico (personal, espiritual y perfecto) cuya eficacia es definitiva.

-"...Cristo, que, en virtud del Espíritu Santo, se ha ofrecido a Dios": Cristo es a la vez el sacerdote y la víctima. Es una víctima sin mancha, no en el sentido físico como pedía la Ley, sino por su falta de pecado y de complicidad con el mal. Es un sacerdote capaz, porque tiene el Espíritu: posee la fuerza de ofrecerse a sí mismo en obediencia a la voluntad de Dios y en solidaridad fraterna con los demás hombres y esta fuerza se eleva hasta Dios, como el fuego de los antiguos sacrificios.

 

El evangelio hoy es de San Marcos (Mc 14, 12-16.22-26) , El texto  forma parte del relato de la pasión. o mismo que los preparativos de la entrada en Jerusalén en Mc. 11, 1-6, los preparativos de la cena reproducen un modelo de actitud soberana, dueña en todo momento de la situación.

Los preparativos de la Cena de Pascua (vs. 12-16). Propiamente hablando, Pascua y Ácimos eran fiestas contiguas pero diferentes. Los Ácimos comenzaban finalizado el día de pascua y duraban siete días. Sin embargo, el sentir popular, tal como lo conocemos por Flavio Josefo, unificaba ambas fiestas. Es este sentir popular el que recoge Marcos en el v. 12. A partir de aquí el relato tiene una estructura igual a la de los preparativos para la entrada en Jerusalén (cfr. Mc 11, 1-4). Con clarividencia sobrehumana Jesús prevé el curso de las situaciones. Estas acontecen tal y como él las ha dispuesto. En los preparativos para la entrada en Jerusalén Jesús era el Señor, en los preparativos de la Pascua es el Maestro. El Maestro dispone su espacio de enseñanza, su sala, su escuela. Es probablemente el homenaje literario de Marcos escritor a Jesús, el gran desconocido. Es probablemente la protesta de Marcos escritor por la injusta crueldad de los hechos. Página llena de ternura y amor, cuando la incomprensión y la cerrazón parecen ser más bien los dueños de los acontecimientos. El maestro es Jesús.

La Cena (vs. 22-26). El Maestro basa su enseñanza en el pan partido en trozos y el vino bebido a sorbos. Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre. Así es mi cuerpo. Así es mi sangre. Cuerpo y sangre como expresión de la totalidad de la persona según la antropología bíblica. El cuerpo es la dimensión empírica de la persona; sangre es su dimensión espiritual. Un pan partido en trozos, un vino dividido en sorbos: esto es el cuerpo del Maestro, esto es su sangre. Esto es su persona, rota y ensangrentada. El Maestro ve, describe su inminente y cruel fin.

Vemos como  el autor se centra en dos gestos de Jesús; el pan partido y repartido; el vino repartido. En ambos casos a la notificación del gesto por parte del autor sigue la interpretación del gesto a cargo de Jesús. A la interpretación del gesto de la copa siguen otras palabras de Jesús sobre su destino personal en perspectiva de futuro glorioso.

El texto se cierra con una indicación del autor, preparatoria del arresto de Jesús en Mc 14, 32.

Pero este fin no es un final. La historia sigue, su historia personal sigue. El Maestro ve y describe el triunfo del Reino de Dios. Allí estará él, brindando con vino nuevo. La Cena, pues, se abre a la esperanza, a la vida, a la apoteosis. Por eso, a la salida de la Cena el autor le da rasgos de salida triunfal.

 

Para nuestra vida.

Hoy celebramos una fiesta entrañable para los católicos. Hoy celebramos lo único que realmente podemos celebrar los cristianos y aun los hombres todos. Porque hoy celebramos el amor de Dios, Dios es amor y que nos ama desmesuradamente.

Frente a tantas elucubraciones de sabios y eruditos, que a veces desfiguran el rostro de Dios y nos lo hacen terrible o inaccesible, la fiesta del Corpus nos descubre el verdadero rostro de Dios, que es su amor por nosotros, hasta el colmo del sacrificio del cuerpo y de la sangre de su propio Hijo "por nosotros".

Por eso es importante despojarnos de prejuicios y escuchar con atención y sencillez la palabra de Dios. Lo que Dios nos ha manifestado sobre sí mismo en su Hijo Jesucristo.

Centradas las lecturas de este ciclo B en la sangre de Cristo, aparece con este signo más clara la idea de alimento y de salvación. Pues sabemos que la sangre transporta el alimento a las células y como la sangre mediante transfusiones salva vidas. Ya desde antiguo se veía en este líquido rojo un signo importante como signo de compromiso, como vemos en la primera lectura. Por otra parte también se suele decir de los hijos, “son sangre de mi sangre”, o se dice “hermanos de sangre”, para hacer referencia a una unión más especial. Todos esos signos se vuelven más diáfanos este día; pues es la sangre de aquel Dios hecho hombre la que nos da la vida que viene del Padre, la que alimenta a este cuerpo que es su Iglesia, la que nos salvó de la muerte eterna o la que selló y confirmó una nueva alianza de Dios con los hombres.

Se sugiere en el texto  lo que hemos de hacer del amor a Dios y a los hermanos nuestra mejor misión. Amemos con más entrega a los que más nos necesitan: los más pobres, los que nadie quiere.

Para nosotros creyentes del siglo XXI es importante recordar que Jesucristo, en la Última Cena, al instituir la Eucaristía, utiliza los mismos términos que Moisés utiliza en la primera lectura «sangre de la Nueva Alianza», indicando la naturaleza del nuevo pueblo de Dios, que, habiendo sido redimido, es en plenitud «pueblo santo de Dios» (cfr Mt 26,27 y par.; 1 Co 11,23-25).

El Concilio Vaticano II enseña la relación de esta Alianza del A.T. con la Nueva, precisando el carácter del verdadero pueblo de Dios que es la Iglesia: «(Dios) eligió como suyo al pueblo de Israel, pactó con él una Alianza y le instruyó gradualmente revelándose en Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo y santificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la Alianza nueva y perfecta que había de pactarse con Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. (...) Este pacto nuevo, a saber, el nuevo Testamento en su sangre (cfr 1 Co 11, 25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se uniera no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios» (Lumen Gentium, nn. 4 y 9).

Hoy en el día del Corpus no podemos olvidar que Dios nos encomienda vivir lo que hemos celebrado. Por eso la Eucaristía celebra la vida y nos da fuerza para la vida. Cuando el sacerdote nos dice "Podéis ir en paz" nos está enviando al mundo. Es como si Jesús nos dijera: "Tomad, comed y vivid el amor". Es esta la segunda procesión del Corpus, la que emprendemos cada día hacia la calle, hacia el trabajo o hacia la escuela como mensajeros del amor de Dios. El hombre de hoy tiene hambre de verdad y de plenitud, tiene hambre de Dios.

 

La primera lectura nos habla de la Alianza. Dentro de la profunda experiencia que el pueblo hace de la manifestación de Dios en el Sinaí, la celebración de la alianza ocupa un lugar privilegiado. Así, todo el pueblo participa en este misterio que afecta realmente al futuro de todos. Yahvé, por medio de Moisés, propone la alianza (v 3): él será el Dios de Israel, es decir, su libertador, su defensor, su realizador. Y el pueblo será el pueblo de Yahvé: con toda libertad construirá su personalidad de acuerdo con la voluntad de Dios. Inmediatamente se escribe un memorial -el libro de las palabras de Yahvé- y se erige un testimonio: doce piedras (v 4c), las cuales recordarán las doce tribus que presenciaron el compromiso de todo el pueblo con Yahvé. Después, la alianza es sellada con sangre como era costumbre en la antigüedad (5.6.8). Por eso se sacrifican víctimas: unas se ofrecen en holocausto, es decir, se queman por completo; otras se inmolan como víctimas pacíficas o de comunión, dando lugar al banquete ritual, que significaba la comunión del pueblo con Dios.

Como dirán los profetas de la crisis religiosa del tiempo de la monarquía, la alianza es una relación de amor. Vida y amor siempre nuevos, siempre reanudados, siempre abiertos a todos los caminos de la comunión y de la manifestación en la imaginación, de la búsqueda constante. Vida y amor de todos los tiempos, pero especialmente del ahora, ya que tanto una como otro son realidades presentes que fluyen del pasado hacia el futuro, pero siempre terriblemente actuales. De ahí que exijan una dinámica constante de conversión, de apertura a la renovación. De ese modo, la sangre de las víctimas derramada sobre el altar y sobre el pueblo cobra todo el significado de sello vital de la alianza contraída. Participar de una misma sangre es establecer el vínculo familiar o entrar en comunión de vida. En la celebración de la alianza, la sangre de las víctimas es vínculo de unión entre Dios -el altar representa a Yahvé- y el pueblo, los cuales, a partir de ahora, serán los grandes aliados, partícipes de una misma vida y amor.

Este texto es paralelo a los que narran la institución de la eucaristía. De este modo contemplamos la antigua alianza y la nueva. Sin embargo, la primera, a pesar de su realidad histórica eficaz, no es más que una imagen de la segunda, la nueva y definitiva alianza de Dios con toda la humanidad. En la eucaristía descubrimos en una única persona las características de mediador, sacerdote, víctima y altar, que hacen que la acción de Jesús, ofreciéndose en oblación al Padre, sea la alianza definitiva y universal de toda la humanidad con Dios para siempre. Por esta razón Jesucristo  es el mediador de una alianza nueva: para que, después de una muerte que librase de los delitos cometidos bajo la primera alianza, los llamados puedan recibir la herencia eterna, objeto de la promesa.

 

El salmo responsorial, nos brinda la expresión más adecuada, para expresar nuestro agradecimiento al hecho de la Eucaristía, en la que Jesucristo sigue ofreciendo la copa santa como gesto de alianza, de perdón, de amistad, “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre (Sal 115).

Quien acepte beber de este cáliz con respeto y dignidad, se lleva la prenda de la vida futura, porque aquel que come del pan partido en la Mesa del Señor, y bebe de la Copa de la Salvación, recibe vida eterna.

La Eucaristía es sacramento de la presencia real de Jesucristo y en ella se prolonga la hospitalidad divina. Con ese gesto, Jesús nos ofrece la señal más auténtica de su amistad y entrega generosa.

Así comenta el Papa emérito Benedicto XVI, este salmo:[2] " Concluimos nuestra reflexión encomendándonos a las palabras de san Basilio Magno que, en la Homilía sobre el Salmo 115, comenta la pregunta y la respuesta de este Salmo con estas palabras: «"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación". El salmista ha comprendido los muchos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y ha recibido la razón…, ha percibido después la economía de salvación a favor del género humano, reconociendo que el Señor se entregó a sí mismo como redención en lugar nuestro; y busca entre todas las cosas que le pertenecen cuál es el don que puede ser digno del Señor. ¿Qué ofreceré, por tanto, al Señor? No quiere sacrificios ni holocaustos, sino toda mi vida. Por eso dice: "Alzaré la copa de la salvación", llamando cáliz a los sufrimientos en el combate espiritual, a la resistencia ante el pecado hasta la muerte. Es lo que nos enseñó, por otro lado, nuestro salvador en el Evangelio: "Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz"; o cuando les dijo a los discípulos: "¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?", refiriéndose claramente a la muerte que aceptaba por la salvación del mundo» (PG XXX, 109).

 (...)
Queridos hermanos y hermanas:

El Salmo que hemos cantado al principio lo cita san Pablo a los cristianos de Corinto diciéndoles: «Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos y por eso hablamos» (2 Co 4,13). Como el Salmista, el Apóstol siente serena confianza, a pesar de los sufrimientos y debilidades humanas, dando gracias al Señor que nos libra de la angustia de la muerte.

El orante, junto con la comunidad, da testimonio de la propia fe al sentirse salvado de la muerte y profesa con alegría que pertenece a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a Él en el amor y la fidelidad. Su testimonio es para todos un estímulo para creer y amar al Señor que, al salvarlo del dolor y de la muerte, lo guía hacia la esperanza y la vida.".

 

En la segunda lectura escuchamos unas bellas y certeras palabras. Describen el papel sacerdotal y sacrificial de Jesús, el Mesías. Y es que la sangre de Cristo, vertida por nuestros pecados, purificará para siempre a los redimidos y por Él y, asimismo, purificará las conciencias de quienes –con entrega y sinceridad—siguen su camino.

Porque la sangre de Cristo hace lo que la sangre de los animales nunca pudo hacer: cambiar nuestros corazones y nuestras personalidades. La carta a los hebreos, de inspiración paulina, lo dice: «Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera . . . eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado . . . [y] de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!».

La sangre de Cristo nos transforma interiormente para librarnos de las obras de la muerto para poder servir a Dios. Ya no es cosa de una ley exterior que no podemos cumplir. Ahora es cosa de un poder vivo que hace verdaderamente posible la vida abundante.

"No usa sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia..." (Hb 9, 12). El Misterio de la Redención alcanza cotas muy altas en la Eucaristía. Hemos de recordarlo de modo especial hoy, día en que se celebra la gran fiesta del Corpus Christi, en la que los cristianos rendimos adoración al Santísimo Sacramento del altar, le tributamos el culto supremo a Jesús sacramentado. Él quiso derramar su sangre en sacrificio de expiación por nosotros.

Antes esta realidad el autor de Hebreos exclama: "Si la sangre de los machos cabríos... tienen el poder de consagrar a los profanos, ¡cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo!".

 

El fragmento del Evangelio de San Marcos que se proclama hoy, narra con precisión el momento de la Instauración del Sacramento de la Eucaristía.

El texto evangélico nos presenta el relato de la última cena de Jesús omitiendo los versículos referentes a la traición de Judas (vv 17-21). Esta cena inaugura el relato de la pasión en los cuatro evangelistas. La víspera de su martirio, Jesús se prepara a interpretar el sentido de su muerte ante sus discípulos.

"El primer día de los ázimos..." (Mc 14, 12). Los ázimos es el nombre que recibían los panes preparados sin levadura, para comerlos durante los días de la Pascua. El pan de días anteriores, confeccionados con levadura, tenía que haberse consumido ya, o ser destruido, pues se consideraba que la fermentación de la masa ludiada era una especie de impureza, incompatible con la fiesta pascual.

Pero más importante que el pan ázimo, era el cordero inmolado en esa fiesta. Se recordaba así la sangre de aquellos corderos con la cual se tiñeron los dinteles de las casas en Egipto de los hebreos, librándolos así de la muerte...En la nueva fiesta pascual, en la Pascua cristiana, Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como lo recordamos antes de la comunión de su Cuerpo y su Sangre, Alma y Divinidad. En ese momento se nos recuerda, con palabras del Apocalipsis, que estamos invitados a la cena nupcial del Señor.

Toda su vida entregada a la voluntad del Padre en el anuncio del Reino desemboca en el rechazo de los hombres. Jesús asume este rechazo, incluso a costa de su propia vida, por fidelidad a su donación a la voluntad del Padre. El recuerdo del Éxodo, la muerte del cordero inmolado, el simbolismo del vino-sangre... y del pan partido... son los elementos de la cena pascual que sirven a Jesús para presentar el sentido salvífico de su muerte.

"Esto es mi cuerpo... esta es mi sangre... de la alianza". Jesús se mueve en un clima estrechamente sacrificial. En los antiguos sacrificios la víctima era el vínculo de unión entre los hombres y la divinidad. Con la entrega sacrificial de su propia vida, Cristo quiere ser el instrumento de unidad entre Dios y los suyos. La mención de la sangre "de la alianza" une este texto a la primera lectura de hoy (Ex 24,8).

"Derramada por todos". Del mismo modo que en los sacrificios era derramada la sangre sobre el altar, así Cristo derrama la suya en su muerte martirial. La sangre de los sacrificios tenía carácter expiatorio: cubre los pecados y reconcilia al oferente con Dios. La muerte de Cristo lo introduce en la plena comunión con Dios que es la vida del Resucitado, por eso no le afecta tan sólo a él, sino que repercute en "todos", es decir, en la humanidad entera.

" ... beberé el vino nuevo en el Reino de Dios". La era mesiánica se compara con frecuencia con un banquete . Jesús volverá a beber el vino de la bendición en la Pascua eterna que celebrará en el Reino de su Padre con todos los redimidos.

Las palabras de Jesús que nos muestra Marcos han sido, desde hace muchos siglos, la fórmula litúrgica en el momento de la consagración: “Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre”.

Jesús no nos dijo pronunciad estas palabras en memoria mía, sino "haced", es decir "vivid". No hay de verdad Eucaristía si no tenemos los sentimientos que tuvo Jesús, si no intentamos entregarnos y amarnos como Él nos ama. La fracción del pan --nombre con el que los primeros cristianos designaban a la Eucaristía-- es un gesto que a menudo pasa desapercibido, pero sin embargo refleja perfectamente lo que Jesús quiso enseñarnos al partirse y repartirse por nosotros.

Tenemos que comprender, que el cristianismo , que viene de Cristo, en quien hemos visto el amor de Dios, es la religión del amor, de la caridad, de la solidaridad. El verdadero culto, que nos recordaba Pablo, el culto que expresamos insuperablemente en la eucaristía, es la praxis del amor cristiano. Recientemente, San Juan Pablo II, al hacernos partícipes de su gran preocupación y solicitud por los problemas sociales, hacía un angustioso llamamiento a la solidaridad como alternativa a un mundo que presume de desarrollo y progreso, cuando lo que más se desarrolla y progresa es el abismo que separa al Norte del Sur, a los ricos de los pobres.

De la mano de San Juan Pablo II, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) –ubicada disciplinarmente dentro de la Teología Moral Social— incorporó en las últimas décadas del siglo XX a la solidaridad como categoría fundamental de la moral social.

Es un hecho probado que la solidaridad nació dentro de la matriz laica de los movimientos sociales de la modernidad y, por tanto, de espaldas a la doctrina moral eclesial, incluso en contra de ella. Sin embargo, poco a poco fue asumida por el Magisterio eclesial, hasta llegar a convertirse en un concepto de referencia ineludible en la moral social católica.

Aunque ya encontramos signos de la solidaridad en documentos eclesiales anteriores [3] , Sollicitudo rei socialis (SRS) es la “encíclica de la solidaridad”, es decir, el documento de la DSI en donde más nítidamente se puede apreciar esta recepción y, aunque tardía, cálida acogida católica del concepto. En esta encíclica de 1987, Juan Pablo II introduce la solidaridad entre la lista de las virtudes cristianas, la vincula a la justicia social (y a ambas en la clave de la interdependencia creciente entre personas y pueblos —una clave que apunta en el sentido de la conciencia del mundo como aldea global), y la relaciona con la caridad.

En SRS la solidaridad queda asimismo referida al misterio de la unidad del mismo Dios cristiano, comunidad trinitaria de personas 4 . No exageramos si decimos que con esta encíclica la solidaridad adquiere carta de ciudadanía en el horizonte de la ética social católica. Una vez que la solidaridad se ha convertido en categoría moral básica de la DSI, no podemos prescindir de ella para entender la dignidad humana. En efecto, las ideas de dignidad personal y solidaridad son correlativas para la DSI: la persona crece cuando construye solidaridad y decrece cuando la destruye. Cuando la DSI se distancia críticamente del individualismo que sobreestima a la persona individual y su preferencia subjetiva sin atender a los vínculos solidarios que la constituyen, o al colectivismo que destruye la singularidad de la persona para convertirla en una pieza en una maquinaria o en un número dentro de un colectivo, esta revelando una convicción fuerte y consistentemente arraigada en la ética social cristiana: el ser humano es siempre, aun cuando los sistemas o la ideologías no le dejen expresarse así, persona solidaria.

En el centro de la ética social de San Juan Pablo II está la concepción de la dignidad de la persona y de la sociedad como una comunidad de personas. El punto de partida de la moral es siempre la persona, como sujeto y fin de toda la actividad social, y ni que decir tiene que en la doctrina del magisterio dignidad y persona han estado intrínsecamente unidas, hasta el punto de que resulta incluso difícil el deslinde conceptual entre ambos. La persona es el sujeto activo y responsable de la acción y de la vida social. Se trata, pues, de mirar a la persona humana en lo que es y debe llegar a ser según su propia naturaleza social. Y, así mismo, de mirar a la sociedad como ámbito de desarrollo y liberación de la persona. En ella es en donde ha de ser tutelada su dignidad y reconocidos y respetados sus derechos, fundados en esa misma dignidad. De ahí que la dignidad se conciba como característica de todas las personas y el fundamento del cual emergen todos los derechos, deberes y exigencias morales. La suma y sustancia de todos ellos conforma la promoción de la dignidad humana. Aquí surgen importantes preguntas: ¿en qué sentido la dignidad de la persona es el fundamento de la ética.

Como dice San Juan Pablo II, la doctrina social mira hoy especialmente al hombre, inserto en una compleja red de relaciones sociales. Por eso las ciencias humanas y la filosofía son una ayuda para interpretar la centralidad del hombre dentro de la sociedad y ponerlo en situación de comprenderse mejor a sí mismo. De ahí que lo verdaderamente importante de la ética social no sea sólo la afirmación de la centralidad de la dignidad de la persona, considerada como ser social, sino que, sobre todo, llegar a establecer una relación correcta y certera entre persona y sociedad.

• Persona y sociedad no son dos polos opuestos y antitéticos: “La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados” (GS, 25).

• No todo depende de la persona y de su compromiso social: no es posible reducir a la responsabilidad individual la totalidad de la vida social.

• No se puede obviar la función de las estructuras sociales y los condicionamientos que se ejercen sobre las personas y los grupos. Los textos recientes de la doctrina social tienen una concepción de lo social no como realidad dada y abstracta, sino como realidad dinámica e histórica: la sociedad cambia y no es posible comprenderla y definirla de una vez para siempre. En esta línea, tenemos la noción de bien común como “conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS, 26), desde el cual se pide a las instituciones, privadas o públicas, que se esfuercen por ponerse al servicio de la dignidad y del fin de la persona, por cuanto es “escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia humana, contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional (GS, 29)” [4] .

 

Hoy, fiesta del cuerpo y de la sangre de Cristo, es el día de la caridad. Caritas quiere ser el instrumento que facilite y canalice el amor de todos los cristianos, para que el amor de los cristianos no se reduzca a limosnas, sino que sea de verdad amor y sea eficaz. Porque la exigencia del amor cristiano no es dar de lo que nos sobra, ni siquiera quitarnos lo que necesitamos. El amor de Dios nos urge a crear un mundo más humano, más justo, más solidario, más igual, donde se ponga fin al estigma de la pobreza, del abandono, del paro, del hambre y de la desesperación de la mayoría.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] Benedicto XVI: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». Ciudad del Vaticano, miércoles, 25 mayo 2005

[2] Benedicto XVI: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». Ciudad del Vaticano, miércoles, 25 mayo 2005

 

[3] En el n. 35 de Summi pontificatus de Pío XII, en 1939, aparece por primera vez el término solidaridad en el Magisterio de la Iglesia, a partir de ahí se encuentra, aunque sin gran profusión ni relevancia en Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963) de Juan XXIII, en Populorum progressio (1967) y Octogesima adveniens (1971) de Pablo VI, así como en la Constitución pastoral Gaudium et spes (1965) del Concilio Vaticano II y otros documentos menores.

[4] Gaudium et spes, nn. 7, 8, 63, 64, 66.

domingo, 26 de mayo de 2024

Comentario a las Lecturas del Domingo de la Santísima Trinidad 26 de mayo 2024

" Esta Trinidad de la fe Católica es presentada y creída de una manera inseparable... que todo lo que por ella se realiza debe considerarse realizada por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo.

Nada hace el Padre que no lo haga también el Hijo  y el Espíritu Santo, ni nada hace el Espíritu Santo  que no lo hagan el Padre y el Hijo, y nada hace el Hijo que no lo hagan también el Padre y el Espíritu Santo... " (San Agustín).

Hoy celebramos la   Fiesta de la Santísima Trinidad y en ella la Iglesia celebra la Jornada “Pro orantibus”. En este día se nos invita a orar por aquellos que oran continuamente por nosotros; invitación más significativa en este año de la Vida Consagrada; orar para que los llamados a esta vocación singular vivan su vocación de contemplación en total fidelidad al Espíritu. El lema de este año, “Sólo Dios basta””, es un conocido verso de un poema de Santa Teresa de Jesús y nos recuerda que seguimos celebrando el Año Jubilar Teresiano. En una fase tan corta se resume lo esencial de la vida contemplativa: entender la vida únicamente desde Dios, relativizando todo aquello que tanto nos ocupa y así recordarnos a todos que estamos llamados a vivir deseando el mundo futuro.


La fiesta de la Santísima Trinidad, que guarda una clara relación con la de Pentecostés, celebrada el domingo pasado, es el principio del Tiempo Ordinario. Generalmente nos ha preocupado con exceso querer desentrañar cerebralmente el misterio, que no es lo importante. Intelectualmente no se conseguirá nunca. Ahora bien, el corazón es capaz de gozar de la relación personal con Dios, y esto sí que importa y convence.

Hoy la primera lectura tomada del libro del Deuteronomio  (Dt . 4, 32-34.39-40) nos  presenta a Dios a partir del recuerdo y la meditación de sus grandes manifestaciones salvadoras en la historia.

Atribuidas a Moisés, las exhortaciones contenidas en este pasaje, pertenecen en realidad a un autor anónimo que vivió en Babilonia en el siglo VI a.C. entre los israelitas conscientes de ser responsables de la condición de la esclavitud en la que se encontraban, y convencidos de haber comprometido definitivamente su historia con los pecados que habían cometido. Están tristes, desalentados y necesitan escuchar palabras de consuelo y esperanza.

El profeta se dirige a estos deportados y les invita a repensar el pasado. Les pide recordar las obras de salvación realizadas por el Señor en Egipto y compararlas con las gestas que los otros pueblos atribuyen a sus dioses. La conclusión es obvia: en todo mundo nadie ha oído hablar nunca de un Dios que haya intervenido con tanto poder para liberar a su pueblo, como el Señor ha hecho con Israel. Ningún Dios ha hablado jamás como Él hizo con Abraham, con los patriarcas y con Moisés en la zarza ardiente; nunca se ha escuchado que ningún Dios haya obrado maravillas extraordinarias, como ha hecho el Señor para salvar a su pueblo (vv. 32-34).

El recuerdo de la liberación de la esclavitud en Egipto (vv. 34.37), de la alianza en el Sinaí (vv. 33.35), y del don gratuito de la tierra prometida (v. 38), hace concluir al autor deuteronomista: "Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro" (v. 39). De esta afirmación teológica fundamental para la fe de Israel, se deriva la exigencia ética esencial de la alianza: "Cumple sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy" (v. 40). La fe en el único Dios verdadero, que lo ha liberado y elegido como propiedad suya, exige a Israel la obediencia radical a su voluntad, condición para vivir felizmente a través de todas las generaciones en la tierra que el Señor le ha dado. 

Los dioses de otros pueblos viven en el cielo y no están interesados ​​en lo que sucede en la tierra, moran en templos donde esperan a ser atendidos y recibir los sacrificios de sus devotos; el Dios de Israel, por el contrario, está implicado en la historia de su pueblo.

Si los deportados a Babilonia confían en este Dios atento a las vicisitudes del hombre, no pueden permanecer de brazos caídos: Él ciertamente acudirá a liberarlos, como hizo en tiempos pasados.

Esta revelación de Dios amigo y protector, dirigida por el profeta a los israelitas que están en Mesopotamia, se dirige también hoy a todos los hombres para que, en todas las circunstancias de la vida, se sientan acompañados por el Señor y sepan que Él se alegra de sus éxitos y participa en sus desilusiones. Quienes creen en este Dios, no pierden nunca el ánimo, incluso si existen errores en sus vidas, pues el Señor les comprende y les muestra siempre cómo remediarlos.

Lejos de inducir a cometer pecados, la fe en el Dios de Israel, que es sólo amor y ternura y está siempre dispuesto a rescatar a su pueblo, es un incentivo para cultivar la confianza y acoger sus preceptos como palabras de vida. Por eso la lectura termina con la exhortación: “Guarda los mandamientos y preceptos; así les irá bien a ti y a los hijos que te sucedan” (v. 40).

 

En el salmo de hoy se nos recuerda la condición de bienaventuranza que supone pertenecer al pueblo escogido. ( Salmo 42)

R.- "Dichoso el pueblo que el Señor se escogió en heredad".

" La palabra del señor es sincera,

y todas sus acciones leales;

El ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo,

el aliento de su boca, sus ejércitos,

porque El lo dijo y existió,

Él lo mandó y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:

Él es nuestro auxilio y escudo;

Señor, que tu misericordia

venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti ".

 

En la segunda lectura de la Carta de san Pablo a los romanos  (Rom  8, 14,17), nos recuerda  el don del Espíritu y nuestra constatación de condición de hijos.

La Carta a los Romanos fue escrita por san Pablo entre el 57 y 58 d.C. cuando se decidía a evangelizar España y para eso tenía que pasar por Roma. No se conocen los orígenes de la comunidad cristiana de Roma y la carta no nos aporta un indicio de la estancia del Apóstol allí al momento de su escritura.

Podemos identificar toda una unidad retórica en 8,1-17 que se compone de la siguiente manera:

 

A. Proposición v.1

B. Razón v.2

C. Desarrollo de la argumentación vv.3-17

         C1. En el pasado vv.3-4: la misión del Hijo de Dios.

         C2. En el presente vv.5-13: los bautizados son animados por el Espíritu.

             vv.5-8 Principios generales de la carne vs. Espíritu

             vv.9-11 Aplicación de los principios de vv.5-8 a los bautizados

             vv.12-13 Exhortación moral

         C3. Glorificación vv.14-17

            La sección litúrgica (8,14-17) es la última parte de la argumentación del Apóstol acerca de 8,1-2: Por lo tanto, ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte.

Los bautizados por haber recibido el Espíritu de la filiación divina debemos comportarnos como hijos de Dios y herederos de la gloria con Cristo pero ¿de qué sufrimientos se trata cuando nos dice que tenemos que tomar parte en los sufrimientos de Cristo? Más aún, en esta época que intenta negar todo sufrimiento humano, en donde han surgido grupos religiosos, como hongos, ofreciendo la "felicidad total" y el "sufrimiento cero" como mercancía a cambio de generosas dádivas para "dejar de sufrir". Pablo no explica de qué sufrimientos se trata pero en el v.18 nos da a entender que se trata de sufrimientos ligados a la condición humana, por los efectos del pecado: Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.

El Espíritu guía al cristiano en el camino de la historia, como Yahvé guiaba a Israel en el desierto (Deut. 1,33): "Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios" (v. 14) . Mientras caminamos, el Espíritu nos hace partícipes de la vida del Hijo, a tal punto que podemos dirigirnos al Padre con la familiaridad con que lo hacía Jesús, no como esclavos llenos de temor, sino como verdaderos hijos: "Padre" (Abbá) (v. 15). El Espíritu, en lo profundo de nuestro espíritu, continuamente da testimonio de que somos hijos de Dios (v. 16). El gran testigo de la filiación divina es el Espíritu. Al final del camino, después de los sufrimientos y pruebas de la historia, el mismo Espíritu nos introducirá en la gloria de Cristo, como "coherederos", "puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él" (v. 17).

 

El evangelio de San Mateo (Mt. 28, 16-20)

Un monte es de nuevo el escenario propicio para el encuentro del hombre con Dios... En el silencio de las alturas es más fácil escuchar la palabra inefable del Señor, en la luz de las cumbres es más asequible contemplar la grandeza divina, sentir su grandiosa majestad. En esta ocasión que nos relata el evangelio, Jesús se despide de los suyos y antes de marchar les recuerda que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esto supuesto los envía a todo el mundo para que hagan discípulos de entre todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El texto narra la aparición pascual de Jesús en Galilea con la que concluye el evangelio de Mateo, estructurada en tres partes: la presentación de Cristo, la misión y la promesa de la presencia del Señor hasta el final de los tiempos. El escenario es un "monte", símbolo bíblico que representa un espacio privilegiado de revelación divina .

Jesús declara solemnemente su señorío absoluto sobre el cielo y la tierra: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (v. 18). La palabra "poder" traduce el término griego exousía, que indica el "poder", el "derecho" y la "capacidad" que caracterizan la palabra y la obra de Jesús para llevar a cabo el proyecto del reino (Mt 7,29: "enseñaba con exousía"; 9,6: "el Hijo del Hombre tiene en la tierra exousía para perdonar pecados"; 21,27: "tampoco yo les digo con qué exousía hago lo que hago"). Jesús Resucitado es Señor de cielo y tierra, con el poder mesiánico para transformar la historia humana y llevarla a la plenitud de Dios.

Jesús ordena a los discípulos: "Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado" (vv. 19-20). La misión de la Iglesia aparece sin ningún tipo de límites ni restricciones, destinada a alcanzar a todos los hombres de la tierra. La fórmula bautismal, de origen post-pascual, representa la cristalización doctrinal de una larga reflexión de la comunidad de Mateo sobre el rito más importante de la Iglesia primitiva. El "nombre", en sentido bíblico, representa la persona. Bautizar "en el nombre" del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es introducir al bautizado a una comunión vital con la Trinidad.

La última palabra de Jesús en el evangelio de Mateo es una promesa: "Yo estaré con vosotros". En el Antiguo Testamento, la frase: "yo estaré contigo", o "yo estaré con vosotros", expresa la garantía de una presencia salvadora y activa de Dios . Jesús, constituido como Señor universal mediante la resurrección, lleva a plenitud esta presencia salvadora de Dios. El es "Dios-con-nosotros". La eficacia de la misión y la autoridad de la enseñanza de los apóstoles se fundamenta en esta presencia de Jesús.

 

Para nuestra vida

Para la mayoría de nosotros la Trinidad se presenta como una realidad obscura, como un misterio ante el cual tenemos que suspender nuestros razonamientos y no tratar de penetrarlo o comprenderlo. Pero la palabra "misterio" no significa propiamente una realidad obscura e incomprensible, sino algo que no puede ser comprendido de manera inmediata y definitiva, pero que está siempre abierto a una mayor comprensión y penetración. Jamás podremos 'poseer' a Dios, encerrándolo en la racionalidad de nuestro pensamiento; pues Él es "El que Es", y está siempre por encima de nuestra capacidad de comprensión.

No podemos, pues, reducir el misterio de la Trinidad a un concepto, a una idea; pero debemos tratar de descubrir su infinita riqueza, fijándonos en las dimensiones con que se nos manifiesta en la historia humana. De hecho, la Biblia, para revelarnos la realidad de Dios no nos presenta una serie de conceptos abstractos; nos presenta la historia de su actuar con nosotros y en favor nuestro.

 

Eso sucede en el Antiguo Testamento (primera lectura). Recordando lo que ha sucedido a Israel, desde la liberación de Egipto, la manifestación de Dios en el Sinaí y otras grandes acciones salvadoras suyas, la tradición del Deuteronomio llega a subrayar el tema fundamental: «El Señor es nuestro Dios». La fe tiene su fundamento en una historia precedente, de la que no podemos prescindir, sino que se nos hace presente y nos interpela directamente; que pide de nosotros no una respuesta abstracta y teórica, sino una adhesión que pone en juego toda nuestra existencia.

Por esa adhesión de fe, se desarrolla en nosotros la vida misma de Dios; don que la benevolencia del Padre promete a todos los seres humanos por medio de Cristo. Esa vida -como nos dice hoy San Pablo en la segunda lectura- es actuada en nosotros por el Espíritu, el cual nos hace participar de tal manera en la vida del Hijo, que podemos dirigirnos al Padre con la misma familiaridad de Jesús. No nos dirigimos ya a Dios como esclavos a su señor, sino como hijos, dándole el nombre de "Abbá Padre".

El Espíritu que recibimos no es un espíritu que lleva a la esclavitud y al temor, como sucedía con la ley antigua. Este Espíritu nos hace participar de la herencia misma de Cristo, de la naturaleza misma de Dios (Cfr. 2 Pe 1,4), y hace que estemos destinados a la gloria.

 

En el pasaje del evangelio de hoy, aparecen las tres personas de la Santísima Trinidad, en la 'fórmula' con que los discípulos han de bautizar "a todas las gentes" (Mt 28,19). La tarea de esta Iglesia, formada por creyentes que participan del Espíritu de Cristo, es la misma misión con la que el Hijo vino a este mundo: llevar a todos hacia el Padre. El creyente, injertado en la vida de Dios por medio del bautismo, debe disponerse a cumplir, como Cristo, la voluntad del Padre.

Resumiendo comprobamos lo  difícil que nos resulta a veces contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. Y, sin embargo, podríamos centrar esa contemplación en una frase tan sencilla como cercana: «Dios es una comunidad de amor». Contemplamos a Dios como Padre; en Jesús como el Hijo, y en el Espíritu Santo. El Dios en el que creemos es ante todo Padre, que no se impone por su poder sino por su bondad amorosa. Este Padre se ha dado a conocer en su Hijo, Jesús, quien nos revela un Padre profundamente humano y cercano a todos los seres humanos. Este Dios actúa en la historia por la fuerza del Espíritu Santo. Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Una comunidad de amor que se derrama continuamente, eternamente, sobre la humanidad. No son tres dioses: Dios es como la madre, Dios es como la Palabra, Dios es como el viento... Dios es como muchas cosas más: como el pastor, como el médico, como el agua, como el pan. Y todo eso lo sabemos por Jesús, el Hijo, el que conocía muy bien el corazón de Dios.

Así comenta San Agustin el tema de la Santísima Trinidad.

" La inseparable Trinidad de personas

1. La lectura del Evangelio nos ha propuesto el tema de que debemos hablar a vuestra caridad, como si fuera un mandato del Señor, un mandato auténtico. De él estaba esperando mi corazón una como señal para predicar este sermón; necesitaba advertir que quería que yo hablase de lo que él había dispuesto que se leyese. Escuchad con atención y devoción, y una y otra cosa sean de ayuda ante el mismo Señor Dios nuestro para mi trabajo. Vemos y contemplamos, como ante un espectáculo que Dios nos presenta, que junto al río Jordán se nos muestra Dios en su Trinidad. Llega Jesús y es bautizado por Juan, el Señor por el siervo, cosa que hizo para dar ejemplo de humildad. En efecto, cuando al decirle Juan: Soy yo quien debe ser bautizado por ti y tú vienes a mí, respondió: Deja eso ahora para que se cumpla toda justicia, manifestó que es en la humildad donde se cumple la justicia. Después de haber sido bautizado, se abrieron los cielos y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma; luego siguió una voz que vino de lo alto: Este es mi Hijo amado, en quien me sentí bien. Tenemos aquí, pues, a la Trinidad con una cierta distinción de las personas: en la voz, el Padre; en el hombre, el Hijo; en la paloma, el Espíritu Santo. Sólo era necesario recordarlo, pues verlo es extremadamente fácil. Con toda evidencia, por tanto, y sin lugar a escrúpulo de duda, se manifiesta aquí esta Trinidad. En efecto, Cristo el Señor, que viene hasta Juan en la condición de siervo, es ciertamente el Hijo; no puede decirse que es el Padre o el Espíritu Santo. Vino, dice, Jesús: ciertamente el Hijo de Dios. Respecto a la paloma, ¿quién puede dudar?, o ¿quién hay que diga: «Qué es la paloma», cuando el Evangelio mismo lo atestigua claramente: Descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma? En cuanto a la voz aquélla, tampoco existe duda alguna de que sea la del Padre, puesto que dice: Tú eres mi Hijo. Tenemos, pues, la distinción de personas en la Trinidad.

2. Si ponemos atención a los lugares, me atrevo a decir —aunque lo diga tímidamente, me atrevo a decirlo—, tenemos la separabilidad en cierto modo de las personas. Cuando Jesús viene al río, va de un lugar a otro; la paloma desciende del cielo a la tierra, es decir, de un lugar a otro; la misma voz del Padre no salió de la tierra ni del agua, sino del cielo. Hay, pues, aquí una como separación de lugares, de funciones y de obras. Alguien podrá decirme: «Muestra ahora que la Trinidad es inseparable ». No olvides que hablas como católico y que hablas a católicos. Nuestra fe, es decir, la fe verdadera, la recta, la fe católica, así lo profesa; fe que no se funda en opiniones o conjeturas, sino en el testimonio de la lectura escuchada; fe que no duda ante la temeridad de los herejes, sino que se cimienta en la verdad de los Apóstoles. Esto lo sabemos y lo creemos. Y aunque no lo vemos con los ojos y ni siquiera con el corazón, mientras nos purificamos mediante la fe, a través de esa misma fe mantenemos con toda verdad y firmeza que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo forman la Trinidad inseparable, es decir, un solo Dios, no tres. Pero un Dios tal que el Hijo no es el Padre, que el Padre no es el Hijo, que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu de ambos. Esta inefable divinidad que permanece en sí misma, que renueva todo y todo lo crea, recrea, envía y llama a sí, que juzga y absuelve, esta Trinidad inefable es al mismo tiempo inseparable, como sabemos.

3. ¿Qué hacer, pues? He aquí que el Hijo viene en cuanto hombre separadamente; de forma separada desciende el Espíritu Santo del cielo en forma de paloma; separadamente también sonó la voz del Padre desde el cielo: Este es mi Hijo. ¿Dónde está, pues, la Trinidad inseparable? Dios se ha servido de mí para despertar vuestra atención. Orad por mí, y, como abriendo vuestro seno, os conceda él mismo con qué llenar lo que habéis abierto. Colaborad con nosotros. Estáis viendo lo que hemos emprendido; no sólo qué cosa, sino también quién; desde dónde lo queremos explicar, es decir, dónde nos hallamos, cómo vivimos en un cuerpo que se corrompe y molesta al alma y cómo la morada terrena oprime la mente llena de pensamientos. Cuando aparto mi mente de la multiplicidad de las cosas y la recojo en el único Dios, Trinidad inseparable, buscando algo que deciros, ¿pensáis que, para hablaros algo digno, podré decir: A ti, Señor, levanté mi alma, viviendo en este cuerpo que agrava al alma? Ayúdeme él, elévela él conmigo. Soy débil para esa tarea y me resulta pesada.

4. «¿Hace algo el Padre que no haga el Hijo? ¿O hace algo el Hijo que no haga el Padre?» Estas preguntas suelen ser planteadas por hermanos afanosos de saber, suelen ocupar las charlas de quienes aman la palabra de Dios, y a causa de ella suele pulsarse mucho a las puertas de Dios’. Refirámonos por ahora al Padre y al Hijo. Una vez que haya coronado nuestro intento aquel a quien decimos: Sé mi ayuda, no me abandones, se comprenderá que tampoco el Espíritu Santo se separa nunca de la operación común al Padre y al Hijo. Escuchad, pues, la cuestión planteada, pero en relación al Padre y al Hijo. «¿Hace algo el Padre sin el Hijo?» Respondemos: «No». ¿Acaso tenéis dudas? ¿Qué es lo que hace el Padre sin aquel por quien fueron hechas todas las cosas? Todas las cosas, dice la Escritura, fueron hechas por él. Y recalcándolo hasta la saciedad para los rudos, torpes e incordiantes, añadió: Y sin él nada fue hecho.

5. ¿Qué decir, hermanos? Por él han sido hechas todas las cosas. Entendemos ciertamente que toda criatura fue hecha por el Hijo; que la hizo el Padre mediante su Verbo, Dios a través de su Poder y Sabiduría. ¿O hemos de decir, acaso, que, efectivamente, en el momento de la creación, todo fue hecho por él, pero que ahora no gobierna el Padre por él todo cuanto existe? En ningún modo. Aléjese este pensamiento de los corazones de los creyentes, rechácelo la mente de los piadosos y la inteligencia de los devotos. Es imposible que, habiendo creado todas las cosas por él, no las gobierne también por él. Lejos de nosotros pensar que no es regido por él lo que tiene el ser por él. Pero probemos también por el testimonio de las Escrituras no sólo que por él han sido hechas y creadas todas las cosas, según el texto evangélico: Por él han sido hechas todas las cosas y sin él nada se hizo, sino también que por él son regidas y dispuestas cuantas cosas han sido hechas. Vosotros reconocéis que Cristo es la Potencia y Sabiduría de Dios; reconoced también que se dijo de la Sabiduría: Se extiende con fortaleza de un confín a otro y lo dispone todo con suavidad. No dudemos, pues, de que todas las cosas son gobernadas por quien las hizo. Nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre.

6. Sale al paso otra dificultad que en el nombre del Señor y por su voluntad nos disponemos a resolver. Si nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre, ¿no será obligado afirmar también que el Padre nació de la Virgen María, que el Padre padeció bajo Poncio Pilato, que el Padre resucitó y subió al cielo? En ningún modo. No decimos esto porque no lo creemos. Creí, y por eso hablé; también nosotros creímos, y por eso hablamos. ¿Qué se proclama en la fe? Que fue el Hijo quien nació de la Virgen, no el Padre. ¿Que se proclama en la fe? Que fue el Hijo quien padeció bajo Poncio Pilato y quien murió, no el Padre. No se nos oculta que algunos, llamados Patripasianos, entendiéndolo mal, afirman que el Padre mismo nació de mujer, que él fue quien padeció, que el Padre es a la vez Hijo, que se trata de dos nombres, no de dos realidades. La Iglesia los separó de la comunión de los santos para que no engañasen a nadie y, separados, discutiesen entre sí.

7. Traigamos, pues, de nuevo ante vuestras mentes la dificultad del problema. Alguien me dirá: «Tú has dicho que nada hace el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre; además presentaste testimonios tomados de la Escritura que confirman que nada hace el Padre sin el Hijo, puesto que por él fueron hechas todas las cosas, y que nada es regido sin el Hijo, puesto que es la Sabiduría del Padre que se extiende de un confín a otro con fortaleza y lo dispone todo con suavidad. Ahora, contradiciéndote al parecer, me dices que fue el Hijo quien nació de una virgen, no el Padre; que fue el Hijo quien padeció, no el Padre, y lo mismo dígase de la resurrección. He aquí, pues, que hallo que el Hijo hace algo que no hace el Padre. Confiesa, por tanto, o bien que el Hijo hace algo sin el Padre, o bien que el Padre nació, padeció, murió y resucitó. Di una cosa u otra. Elige una de las dos». No elijo ninguna; no afirmo ni lo uno ni lo otro. Ni digo que el Hijo hace algo sin el Padre, pues mentiría si lo dijera; ni tampoco que el Padre nació, padeció, murió y resucitó, porque si esto dijera no mentiría menos. «¿Cómo, me dices, vas a salir de estos aprietos?».

8. Os agrada la dificultad propuesta. Dios nos ayude para que os agrade también una vez resuelta. Fijaos en lo que digo, para que nos libere tanto a mí como a vosotros. En el nombre de Cristo nos mantenemos en una misma fe, bajo un mismo Señor vivimos en una misma casa, bajo una sola cabeza somos miembros de un mismo cuerpo, y un mismo espíritu nos anima. Para que el Señor nos saque de los aprietos de este dificilísimo problema a todos, a mí que os hablo y a vosotros que me escucháis, esto es lo que digo: «Es el Hijo, no el Padre, quien nació de la Virgen María; pero tanto el Padre como el Hijo realizaron ese mismo nacimiento que es del Hijo y no del Padre. No fue el Padre quien padeció, sino el Hijo; pero tanto el Padre como el Hijo obraron tal pasión. No resucitó el Padre, sino el Hijo; pero la resurrección fue obra del Padre y del Hijo». Al parecer estamos ya libres de esta dificultad, pero quizá sólo por mis palabras; veamos si también las divinas lo confirman. Me corresponde a mí demostrar con testimonios de la Sagrada Escritura que el nacimiento del Padre lo obraron el Padre y el Hijo. Dígase lo mismo de la pasión y resurrección. Tanto el nacimiento como la pasión y resurrección son exclusivas del Hijo. Estas tres cosas, sin embargo, pertenecientes al Hijo solamente, no han sido obra de sólo el Padre, ni de sólo el Hijo, sino del Padre y del Hijo. Probemos cada una de estas cosas; vosotros hacéis de jueces; la causa ha sido expuesta, desfilen los testigos. Dígame vuestro tribunal lo que suele decirse a los que llevan las causas: «Prueba lo que propones». Con la ayuda del Señor lo voy a probar, y lo pienso hacer con la lectura del código celeste. Me oísteis atentamente cuando proponía la causa; escuchadme más atentamente aun ahora, al probarla.

9. He de empezar con el nacimiento de Cristo, probando cómo fue obra del Padre y del Hijo, aunque lo que hicieron ambos pertenezca sólo al Hijo. Cito a Pablo, insigne doctor en derecho divino, pues hay abogados que aducen la autoridad de Pablo para fallar litigios, aun entre los no cristianos. Me remito a Pablo, digo, como a juez de paz y no de contienda. Muéstrenos el santo Apóstol cómo el nacimiento del Hijo es obra del Padre. Cuando llegó, dijo, la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, hecho bajo la ley para redimir a quienes estaban bajo la ley. Lo habéis escuchado y, dado que su testimonio es llano y patente, lo habéis entendido. He aquí que es obra del Padre el que el Hijo naciese de una virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, es decir, el Padre a Cristo. ¿Cómo lo mandó? Hecho de mujer, hecho bajo la ley. El Padre, por tanto, le hizo de mujer y sometido a la ley.

10. ¿O acaso os preocupa el que yo haya dicho de una virgen y Pablo de mujer? No os preocupéis, y no perdamos tiempo; no estoy hablando a incompetentes. La Escritura dice una y otra cosa: de virgen y de mujer. De virgen, ¿cuándo? He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo. De mujer, ya lo escuchasteis. No existe contradicción. Es característico de la lengua hebrea llamar mujeres a todas las hembras, y no sólo a quienes han perdido su virginidad. Lo tienes patente en el libro del Génesis, ya cuando fue hecha Eva: Y la formó mujer. En otro lugar dice también la Escritura que mandó Dios separar a las mujeres que no conocieron lecho de varón. Esto debe resultaros ya conocido; no nos detengamos, pues, en ello, para que, con la ayuda del Señor, podamos explicar otras cosas que con razón exigirán más tiempo.

11. Hemos probado, pues, que el nacimiento del Hijo fue obra del Padre; probemos también que lo fue del Hijo. ¿Qué afirmamos cuando decimos que el Hijo nació de la Virgen María? Que asumió la condición de siervo. ¿Qué otra cosa significa para el Hijo nacer, sino recibir la condición de siervo en el seno de la Virgen? También esto es obra del Hijo. Escúchalo: El cual, existiendo en la condición de Dios, no juzgó objeto de rapiña el ser igual a Dios; antes se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido de la descendencia de David según la carne. Vemos, pues, que el nacimiento del Hijo es obra del Padre; mas como el mismo Hijo se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, vemos que es también obra del Hijo.  (San Agustín. Sermón 52, Obras Completas, Tomo X, BAC, Madrid, 1983, pp. 50-51)

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com