sábado, 21 de febrero de 2026

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 22 de febrero de 2025

 

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 22 de febrero de 2025

La Palabra de Dios que se nos proclama en este tiempo nos mostrará un Dios que nos busca para compartir con nosotros su presencia, su esperanza, su proyecto de liberación, su actitud de misericordia. También en este tiempo resonaran gritos y critica por parte de los profetas.

¿Cómo vivir entonces esta Cuaresma? Cierra los ojos y vámonos al desierto. Tenemos 40 días para recorrer los pasos del pueblo de Israel y de Jesús. Recordemos que el desierto es el lugar de los contrastes, donde están todas las tentaciones pero al mismo tiempo la fuerza del Espíritu que apoya a quien se deja acompañar. Aprovechemos este tiempo para evaluar las tentaciones y pecados que envuelven la vida personal y comunitaria, la vida de nuestra comunidad y de nuestro pueblo en general. Es necesario reflexionar y hablar de nuestros problemas, será la única manera de resolverlos. Después de un buen tiempo de desierto se sale más fuerte y maduro, con mayor conciencia de tomar en nuestras manos el rumbo de nuestra vida y de nuestro pueblo.

De nuestra realidad no podemos obviar la tentación; la más grande del hombre es el no querer conocer y aceptar sus propios límites (1 Lect.). Cristo, a diferencia de Adán, acepta plenamente la condición humana, reconociendo la dependencia de Dios y rechazando el proyecto autónomo (Ev.). Y así Cristo constituye la nueva humanidad, en donde sobreabunda la gracia (2 Lect.).

 

En la primera lectura (Gn 2,7-9; 3,1-7), nos encontramos con dos fragmentos de la narración yavista sobre los orígenes. El primero nos sitúa en el paraíso, en la armonía de la creación y en la armonía de la relación hombre-Dios, así como en la armonía de la pareja humana. Creado el hombre en una tierra desierta es trasladado al jardín del Edén. Allí el Señor le impone un mandato; si lo cumple, vivirá feliz en el jardín... Pero el hombre rompe el pacto, y es expulsado del Edén. Aunque no se diga explícitamente, este esquema es un relato de Alianza. Todo esto ha ocurrido en la historia del pueblo.

Trasladado del desierto por el Señor a una tierra buena y fructífera, el pueblo deber cumplir lo estipulado por Dios. Si lo cumple, vivirá feliz; en caso contrario será expulsado de la tierra.

El segundo nos coloca en la tentación de no obedecer a la Palabra de Dios.

-Muchas veces Israel ha roto el pacto con su Dios, y la consecuencia ha sido la irrupción del mal en la historia del pueblo. La meditación de esta continua experiencia vivida, lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por Dios, como un acto libre del hombre. Las buenas relaciones del hombre con Dios y con su mujer se han roto.

No olvidemos nunca que esta es una interpretación más entre las muchas que se han dado en la historia humana para explicar el origen del mal. Problema siempre acuciante al que se le han dedicado miles de páginas impresas.

 

El salmo de hoy (Sal 50,3-6.12-14.17) es un salmo específicamente de cuaresma. Es el mismo del pasado miércoles de Ceniza.  

Data del final de la época monárquica. Habría sido compuesto para una liturgia penitencial presidida por el rey. Pero es obvio que ha servido de sustento a la oración de innumerables personas lo suficientemente religiosas para reconocerse en él.

 Este salmo penitencial tiene un estrecho parentesco con la literatura profética, sobre todo con Isaías y Ezequiel. Dios, totalmente puro e íntegro, al perdonar, manifiesta su poder sobre el mal y su victoria sobre el pecado (v. 6). Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.

Salmo de penitencia,  continúa el precedente, que trataba de una discusión judicial entre Dios y el pueblo en la que Dios no actuaba como juez sino como parte frente al pueblo, y adquiere todo su valor como segunda parte de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre sólo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma la «justicia», la «salvación» que se iba preparando en el salmo anterior.

El salmo describe el reino del pecado sin mencionar ni una vez a Dios (vv. 4-5). El pecado es una marcha aberrante fuera de la ruta, una contorsión de la voluntad divina, una erradicación del suelo nutricio que es Dios. Una vez descrito el pecado, aparece en seguida el polo divino: «Contra ti, contra ti sólo pequé» (v. 6).

Los sustantivos que describen el pecado son abundantes, también lo son los verbos que en imperativo piden la acción de Dios: «borra mi culpa», «lava mi delito», «limpia mi pecado». Sólo Dios puede realizar eficazmente estas acciones.

Ante la condición pecadora del orante, se impone una actuación profunda de Dios, una acción creadora: «Crea en mí un corazón puro, rocíame por dentro con espíritu firme» (v. 12): un espíritu santo que introduzca al orante en la santidad de Dios (en su templo); un espíritu magnánimo por encima de la estrechez humana (v. 14). Es el mismo espíritu prometido por Jeremías y Ezequiel, y relacionado con la nueva alianza.

Así lo comenta San Agustín: " Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón (...).

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado; tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor". ( San Agustín. Sermón 19, 2-3; CCL 41, 252-254).

 

En la segunda lectura ( Rom 5,12-19) San Pablo no quiere destacar la negatividad de la condición humana, sino tomarla como punto de partida para destacar, en cambio, la acción salvadora de Dios que supera muchísimo esa negatividad.

El texto es uno de los más difíciles  de la carta a los romanos, pero es también uno de los más importantes de su teología: existe, sin duda alguna, una similitud entre Cristo y Adán: ambos mantienen una estrecha vinculación con la multitud. Pero no hay ni antiguo ni nuevo, ni primero ni segundo. Está tan solo Jesucristo y sus figuras, figuras que, en cuanto tales, no adquieren su sentido hasta tanto no ha llegado lo que anuncian. Lo más importante es que la humanidad no puede desvelar por sí misma el sentido de su existencia sino a la luz de la soberanía de Cristo.

En el texto se repiten constantemente las expresiones "así como... mucho más" y parecidas. El paralelismo entre el pecado de Adán y la obra de Cristo es para subrayar que esta última es mucho, infinitamente en sentido literal, mayor, más importante.

Con la comparación, Pablo quiere decir que tal situación, por fuerte que sea, siempre es menor que la salvación que Cristo nos ha traído.

Los vv. 13-14 suponen que, tras el pecado consciente de Adán, la voluntad de Dios no se ha vuelto a dar a conocer hasta la revelación de la Ley del Sinaí (situación que se prolonga fuera del judaísmo, entre las naciones, en donde la ley no es conocida). A los miembros de esa humanidad sin ley, atea en cierto modo (v. 13b), no se les imputa ningún pecado personal, y, sin embargo, la muerte cae sobre esos hombres aun cuando sean ignorantes de su pecado (v. 14).

 

El evangelio (Mt 4,1-11) nos relata las tentaciones al comienzo del ministerio de Jesús . Se establecen un paralelo histórico con el peregrinaje del pueblo israelita en su viaje a la tierra prometida. La tradición judía en la que se formó Mateo enseñaba que el pueblo israelita dejó Egipto y viajó por el desierto durante cuarenta años, debiendo allí experimentar la total dependencia de Dios, antes de conquistar la tierra prometida; y que también Moisés se preparó en el desierto con cuarenta días en ayuno y oración para recibir la ley (Dt 9:9). Mateo, siguiendo esa tradición, describe a Jesús, el creador del nuevo Israel, también dejando Egipto de niño (Mt 2:15), y emprendiendo, antes de comenzar su ministerio público, su viaje de fe por cuarenta días, siendo el número cuarenta por esta razón sinónimo del tiempo de prueba o preparación para el pueblo o para los profetas, en el cual el juicio divino siempre se manifiesta (véase por ejemplo Jon 3:4).

Para el evangelista Mateo, Jesús, antes de comenzar su misión de crear al nuevo Israel (la comunidad de discípulos), debe ser probado en el mismo escenario en que lo fue Moisés, el formador del Israel del Antiguo Testamento. Y pasando la prueba, Jesús demuestra que está listo para llevarnos a la tierra prometida, que en Mateo es el Reino de Dios que Jesús mismo proclama (Mt 4:17).

El desierto también era el escenario del poder del mal y de la ausencia de protección, así como el lugar donde, en el día de la expiación, se soltaba y se abandonaba a un macho cabrío al que se le hacían llevar sobre sí todos los pecados (Lv 16:21-22).

Nos centramos en las palabras dominantes de los vv. 1 y 2: desierto-tentado (tentación) – cuarenta- hambre,.

Estas palabras nos  traen a  nuestra memoria lo narrado en el libro del Éxodo, esto es, la historia de Israel caminando por el desierto durante cuarenta años, entonces padeció hambre y sed, y experimentó diversas tentaciones: murmurar contra Dios, que lo había liberado de la esclavitud, desear volverse atrás, e incluso fabricarse un Dios hecho de metal (el becerro de oro), desconfiando del Dios Vivo y Verdadero.

Nuestro recuerdo no es solo de desdichas, recordaríamos la cercanía de Dios y la respuesta creyente de Moisés y en Elías, los dos grandes profetas que permanecieron cuarenta días y cuarenta noches, el uno en el Sinaí (Éx 34,28), y el otro en el desierto de Berseba (2 Re 19,8). Tanto para Israel como para Moisés y Elías, el desierto es un lugar privilegiado de encuentro personal con Dios y de escucha de la Palabra: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16).

San Mateo nos cuenta que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Y es que Jesús lo vivió todo en y desde el Espíritu, porque en Él reposaba en plenitud, como se hizo manifiesto en el bautismo. (Oración anterior).

El evangelista San Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Israel en el desierto. Como verdadero hombre que era (igual en todo a nosotros, excepto en el pecado), experimentó la debilidad de su condición humana (el hambre) y la tentación. Pero su respuesta fue muy diferente a la del pueblo de Israel.

Nos fijamos en cada una de las tentaciones:

a) Primera tentación: el hambre y el pan - En qué consiste ser Hijo.

Éxodo 16 nos cuenta que cuando los israelitas sintieron hambre en el desierto, murmuraron contra Moisés y Aarón diciendo: “Nos habéis traído a este desierto para matarnos de hambre”.

Cuando Jesús siente hambre, el tentador intenta que se aproveche de su condición de Hijo y utilice su poder en su beneficio, convirtiendo las piedras en panes.
Pero, para Jesús, ser Hijo no tiene nada que ver con demostrar su poder. Ser Hijo es fiarse de Dios y de su Palabra incondicionalmente, saberse amado y protegido.

En el evangelio de Juan 4,34, Jesús les dice a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y realizar su obra”. Es decir, no le alimenta alardear ni hacer valer sus derechos. No “le alimenta” ser poderoso.

Las palabras con las que, Jesús responde a la tentación están tomadas del Deuteronomio 8,3: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”..

En apariencia, a Jesús se le ofrece algo bueno, que raya con la ingenuidad: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. ¿Por qué pasar hambre si eres hijo de Dios? El diablo lo invita a aprovecharse de su condición de Hijo de Dios y así no pasar las penas que pasan millones de personas para conseguir el pan de cada día. Sin embargo, Jesús reflexiona: ¿Cómo se ganan el pan los pobres? Sudando, bajo el sol. Así opta ser como sus hermanos. Se niega a las ventajas, a las recomendaciones, a los privilegios. Jesús pasó su vida trabajando en un taller de carpintería, cómo lo hacían las gentes del pueblo. También es verdad que multiplicó los panes en el desierto, pero no para su beneficio, sino para dar de comer a la gente que estaba con hambre, para que no desfallecieran en el camino.

El gran peligro al que nos enfrentamos hoy en nuestra sociedad es querer convertirlo todo en pan, es decir, buscar en el bienestar y en el consumo ilimitado, el ideal de nuestras vidas. Es un engaño creer que este es el camino hacia el progreso y la liberación. ¿Acaso no vemos lo que nuestra sociedad ha creado al empujar a las personas hacia el consumismo sin límites y a la búsqueda incesante de la autosatisfacción? El resultado: personas egoístas, vacías, que no se sienten responsables de lo que sucede fuera de su pequeño mundo, encerradas, carentes de solidaridad.

b) Segunda tentación: el agua y la sed.

La segunda tentación cambia de escenario, se sitúa en el Templo de Jerusalén. De nuevo, la voz del tentador  toca a Jesús en su realidad más intima: “Si eres Hijo de Dios...”. En la meditación anterior recordábamos como  el bautismo, Jesús había escuchado estas Palabras del Padre: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

            El amor del Padre y su voluntad es lo único importante para Jesús pero, a lo largo de su vida, tuvo que escuchar muchas voces que ponían en duda su identidad de Hijo, sobre todo al final, en la cruz: " Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, 40 decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. .... Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,40.43).

En el Templo de Jerusalén, Jesús siente la tentación de pedirle al Padre una prueba de su amor y protección. Sin embargo, vence esa tentación respondiendo con las palabras del Dt 6,16: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Estas palabras evocan el episodio de Massá y Meribá, cuando los israelitas sintieron sed en el desierto y Dios hizo brotar para ellos agua de la roca. En aquella ocasión, tanto los israelitas como Moisés y Aarón desconfiaron del Señor (cf. Nm 20,1-13; Éx 17,12 ss). Jesús, por el contrario, expresa su confianza radical en el Padre.

 El diablo llevó a Jesús a la ciudad santa, y lo puso en el alero del Templo”. A continuación, la invitación del diablo, que se tire para que lo recojan los ángeles. La propuesta es creer que vino a este mundo para aprovechar sus privilegios de Hijos de Dios. De esta manera llegará a ser famoso por realizar actos que contradicen las leyes de la naturaleza. Sin dudarlo, podemos decir que la reflexión de Jesús nuevamente tiene como referente a los sencillos y humildes. ¿Cuántas personas pasan por la vida y han hecho el bien y no han aparecido en los medios de comunicación, ni han sido famosos? La opción de Jesús fue: no quiero vivir de milagros. Seré hermano con los demás, viviendo como ellos.

c) Tercera tentación: la soberbia y el poder.

El tentador va a centrarse en el hambre de poder y la ambición de riquezas que se esconden en todo corazón humano,  para probar la confianza filial de Jesús.

Lo lleva a un monte alto (los montes elevados, en algunos profetas, designan la soberbia y la altanería) y le ofrece los reinos del mundo a cambio de que se postre y lo adore. El tentador es, como dice San Juan, el mentiroso. En este caso la mentira es, además, una blasfemia, porque la misma maldad se hace igual a Dios y pretende que Jesús reconozca esa falsa divinidad a cambio de unas riquezas que él no puede otorgar, porque sólo Dios es el dueño de todo.

Jesús desenmascara esa mentira y responde con palabras del Deuteronomio : “Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean.”. (Dt 6,13-14)

El diablo hace su oferta a Jesús: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Pareciera que el demonio ha olvidado algo elemental. ¿De quién es el mundo? ¿Acaso no está ofreciendo algo que él no ha creado, que no le pertenece? Es más, el diablo está buscando suplantar al mismo Dios, convirtiéndose en sujeto de adoración. En el fondo, la invitación del maligno es a olvidarse del camino propuesto por el Padre: camino de sacrificio, entrega, servicio desinteresado. Todo esto pasa por la muerte en la cruz. Jesús rechaza esta tentación dejando en claro que debe seguir la senda que le ha señalado el Padre.

San Mateo nos presenta un desenlace, acorde a la voluntad y filiación divina de Jesús,  a las tres tentaciones que en el fondo se trata de una única tentación: “Demuestra que realmente eres el Hijo de Dios; demuestra que Dios es tu Padre y te ama...”. Ante la actitud y respuestas de Jesús el diablo se da por vencido y Jesús es confortado por los ángeles, como confortado y alentado fue Elías en el desierto hasta llegar al Horeb.

 

Para nuestra vida.

La primera lectura del Libro del Génesis, nos relata con palabras sencillas, cargadas de poesía y de simbolismo, lo que ocurrió en aquellos instantes iniciales y decisivos para la Historia.

El texto presenta  dos escenas superpuestas.

a) Don de Dios al crear al hombre y colocarlo en el Edén (2,7ss).

Atrayente y grafica la imagen de Dios, como alfarero y escultor que modela con mimo los perfiles de esa figura hecha a su imagen y semejanza, al hombre. Infundiéndole el soplo de su Espíritu, animando aquel cuerpo muerto, dándole vida, haciéndolo partícipe de su propio hálito vital.

Barro y espíritu. Extraña mezcla de tierra fangosa y de cielo limpio. Ansias de eternidad y avidez por lo sensible, hambre de grandeza y deseos de lo material y caduco. Dos fuerzas en tensión continua. Hacia arriba, muy arriba. Y hacia abajo, muy abajo... Señor, compadécete de la obra de tus manos, corta esas amarras que nos frenan en nuestro vuelo vertical y ascendente de seres racionales.

-El hombre es la primera obra de la creación. Desde su nacimiento es libre y no malo como decían los relatos orientales. Por eso es modelado de arcilla, pero no amasado con la sangre de los dioses rebeldes. El soplo divino lo convertirá en ser vivo: Dios da la vida y la puede quitar (cfr. Is. 2, 22; Sb. 15, 16; Sal. 104, 29 ss; Job 34, 14 ss). No se hace distinción entre cuerpo y alma, sino entre ser vivo y no vivo.

-Es trasladado, como el pueblo, de la tierra desierta al jardín. Se recalca el don divino al enumerar las riquezas de dicho jardín (cfr. Ez. 31, 7 ss).

b) Desobediencia humana (3, 1-7).

-A partir de 3,1 un nuevo personaje ha entrado en escena: la serpiente que trata de perturbar la idílica paz y las buenas relaciones existentes entre Dios y el hombre y la mujer. Sigue el relato transmitiendo una verdad profunda con su ropaje de palabras sencillas al alcance de todos los hombres, también de aquellos que, con una mentalidad casi infantil, escucharon por vez primera cuanto ocurrió en el principio de la Historia. Pero a través de esas palabras se descubre entre líneas la presencia del maligno. Ese espíritu infernal, esa fuerza maléfica, ese demonio horrible que acecha y engaña con mentiras descaradas, con tentaciones que seducen y que arrastran.

No sabemos qué es lo que podía sugerir este animal a los antiguos lectores del relato. Es verdad que la tradición cristiana ha visto en la serpiente a "Satán" (=el que tienta), pero el Satán que pone a prueba sólo aparece a partir del libro de Job (libro tardío).

-Aunque no podamos conjeturar qué era lo que sugería este animal entre los antiguos, la descripción de 3, 1-7 es un relato sicológico perfecto: la astuta serpiente sabe mucho más que la mujer. La prohibición de comer de un árbol la extiende a todos los árboles del jardín dando así motivo para que la mujer lo niegue. En el diálogo, la serpiente se muestra interesada en ayudar a la Humanidad en su afán de un progreso desordenado, contrario al querer de Dios: "...se os abrirán los ojos y seréis como dioses". Sugestionada, la mujer come y hace comer a su marido.

Seréis como Dios. Y la mujer se lo creyó, y el hombre también. Cayeron en la trampa, quedando aprisionados en la miseria y en el dolor, en la angustia y en la muerte... Y el padre de la mentira, el diablo, sigue susurrando al oído del hombre sus palabras malditas, dulcemente envenenadas... Señor, haznos sordos a sus insinuaciones, ten compasión de tus hijos.

Defiéndenos en la lucha y ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Libéranos de las fuerzas del infierno, de Satanás y de los otros malignos enemigos  que andan dispersos por el mundo.

 

El salmo de hoy - Salmo 50 –que también se proclamó en la Misa del Miércoles de Ceniza— ha sido durante muchos siglos el salmo penitencial por excelencia. Es el “Misirere” latino. Pero también para los judíos tenía se sentido penitencial. Está cerca de muchos profetas y, sobre todo, de Jeremías. Tras confesar con humildad el pecado, se recibe en seguida la curación del Señor, el Perdón de Dios. Es uno de los salmos más bellos del salterio.

El salmista reconoce su falta sin rodeos. No teme contemplar ese pecado que siempre "está ante él". ¿Culpabilidad exagerada? ¿Énfasis literario? No, ya que el sentido profundo del pecado sólo existe para poder captar mejor la dimensión del perdón divino. El hombre ha pecado "contra Dios" y sólo contra él... Sin duda, conoce las repercusiones sociales de su falta, pero en el acto litúrgico de la confesión pone el acento sobre Dios, que está en el origen de todas las cosas, tanto del perdón como del sentido último de todo pecado. ¡No se puede expresar mejor hasta qué punto está de acuerdo Dios con la vida humana y su condición existencial! La conciencia del salmista es tan viva que se reconoce "nacido en la culpa", "pecador desde el vientre de su madre". No parece que sea necesario buscar en estas expresiones una teología explícita del pecado original, y menos aún del modo como se transmite, ya que el que ora se sitúa aquí a un nivel existencial; tiene conciencia de pertenecer a una humanidad pecadora, a un pueblo pecador en el que ninguna existencia podría escapar al peso de la miseria. Lo veremos mejor cuando apele al Dios creador para que le salve de su culpa. La conciencia de pecado supera absolutamente la dosificación aparentemente justa que un juez podría hacer de las responsabilidades y las circunstancias atenuantes. Se trata nada menos que de la existencia "frente a Dios". Israel es un pueblo santo, y el pecado obstaculiza al mismo Dios.

  Desde nuestra condición pecadora, Invocamos la infinita misericordia de Dios; por ella Dios nos lavará y purificará. Nuestra vida es, gracias a su inagotable condescendencia, historia de salvación, de purificación. Nuestra existencia culminará en la justificación y purificación total; entonces llegará a su plenitud la nueva creación; hará desbordar la alegría e instaurará el nuevo culto en el que nuestro espíritu y corazón serán el holocausto agradable.

"Misericordia, Señor, hemos pecado". Pidamos a Dios que su Espíritu nos renueve por dentro con espíritu firme, que cree en nosotros un corazón puro, que limpie del todo nuestro pecado y que borre en nosotros toda culpa. En este primer domingo de cuaresma recemos con fervor este salmo, para que el Señor tenga misericordia de nosotros y nos bendiga.

 

En la segunda lectura San  Pablo cuenta, la realidad entre Adán, que nos perdió y Cristo que nos ha salvado.

Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...

Si por la culpa de aquél, que era uno solo, la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.

San Pablo utiliza el texto del Génesis y lo desarrolla. Acepta el símbolo de Adán, el primer hombre, y presenta a Jesús como "nuevo Adán". De Jesús nos viene la nueva vida, la vida de hijos. Adán simboliza el hombre sometido al pecado. Jesús es el hombre Hijo de Dios, que triunfa del pecado. Por Él, por Jesús, todos podemos ser Hijos, vencer la tentación, entrar en El Reino.

San Pablo crea con maestría la doctrina del nuevo Adán, del Salvador del Pueblo de Dios.

Desde el texto, queda clara  la llamada de optimismo que a partir de los puntos negros de la existencia humana San Pablo hace a sus lectores. Hablar del pesimismo paulino es no entender una palabra de la mente de Pablo. San Pablo quiere presentar una situación humana negativa supraindividual, pero con origen humano, que en cada individuo se encuentra cuando nace y que le va influyendo independientemente de sus opciones conscientes.

 La situación existencial del ser humano no puede cambiarse con una simple buena voluntad, porque gran parte de ella sobrepasa los límites de la conciencia y decisiones individuales, aunque tenga ciertamente un origen humano. La situación de mal, de muerte, de "hamartia", es más que la mera adición de los actos responsables pecaminosos individuales.  Existe una situación negativa en la condición humana.

 

En el evangelio, contémplanos a Jesús, retirado en el desierto y tentado. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba. Jesús fue tentado como lo han sido, son y serán todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero se trata de no escuchar al Tentador y solo aceptar el camino y misión que Dios nos ha marcado.

* Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras:

-- El hambre, que simboliza todas las "reivindicaciones" del cuerpo.

-- La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.

-- La sed de poder, el temible instinto de dominación.

¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: “El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia". La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos muchas veces. Por eso, debemos apoyarnos en El para hacer esta escalada cuaresmal, para llegar a la meta transformados y venciendo toda tentación que nos aparte del seguimiento de Jesucristo.

Nos tienta el tiempo de perder todo y de dar importancia a lo que no es importante… Y que nos lamentamos, pero no cambiamos.

Nos tienta el desaliento, porque veo muy difícil las cosas que se me presentan, las personas que me rodean ante mi vida.

Nos tienta la desesperanza, la falta de utopía, el dejarlo todo para mañana, el no querer comenzar. ¡Cuánta confianza y espera tienes que tener, con nosotros.

Nos tienta a veces creer que te estamos escuchando, pero no sabemos discernir tu voz, no distinguimos tu rostro,  no  descubrimos tu voluntad.

Le preguntamos a Jesús, ¿cómo quieres que hagamos penitencia? Y Él nos dirá que la penitencia que hagamos no sea exterior, como ésa que hacían los fariseos, como ésa que hacían los publicanos... No, Él no quiere que hagamos así, que no vayamos practicando y tocando la trompeta por todos los sitios diciendo qué es lo que quiere que hagamos. No, la penitencia que quiere que hagamos es ponernos en la piel del otro, en los zapatos del que sufre, en revisar nuestras actitudes, en ver los deseos que tenemos, en darnos a los demás.

Y seguimos preguntándole a Jesús: ¿y qué quieres que hagamos, Señor? ¿Cómo quieres que demos limosna? La limosna que quiere es que nos preocupemos exigentemente por las necesidades de los demás, del más próximo, del que sufre, del que es hermano tuyo y mío, porque todos somos hijos de Dios.

Jesús nos dice tres cosas muy fuertes: si quieres ser más cristiano, ora, entrégate y sacrifícate por los demás. Y nos dice que lo hagamos de una forma sencilla, modesta, natural. Cuántas gracias tenemos que darle a Jesús hoy, cuando le escuchamos, porque Él nos anima y nos dice: “Vive esta etapa fuerte de cuarenta días, que es lo que es la Cuaresma. ¡Y vive! ¡Y anímate! Anímate a cuidarte un poco más, a revisar tu fe, a revisar tu oración, tu vida, tus relaciones...” 

Hoy le decimos: Jesús, una vez más nos invitas y nos regalas este tiempo de gracia… que no lo desperdicie, que no lo pase de cualquier manera, que sea un tiempo de gracia de verdad. Tú conoces nuestra vida, nuestro corazón.

Hoy le pedimos al Señor que sepamos buscar espacios para estar con Él, para encontrarnos; que sepamos ayunar de tantas cosas que nos complican la vida, que nos hacen que perdamos la paz, que nos metamos en líos; que dejemos de un lado las relaciones que nos hacen mal, y hacen más mal a los demás; que quitemos todo eso que nos arrastra, que nos encorseta, que no nos deja seguir a Jesús libremente.

Le pedimos que nos quite también cualquier tristeza y cualquier falta de fe, y que nos llene ese espacio de mucha alegría; pero que sepamos hacerlo sin pregonarlo, que sepamos hacerlo con toda sencillez; que sepamos ayunar bien de tantas desilusiones, de tantas preocupaciones, de tantas palabras enfermizas, de tantas indiferencias, de tantos agobios; y que sepamos abrirnos a los demás.

  Que estos días, Señor, Jesús sean días de un fuerte encuentro contigo, un gran amor a los demás y una preocupación exigente por todo lo que nos rodea. Pero así, en silencio; así, sin ostentación, sin ruido, como Tú quieres, porque Tú miras el corazón del hombre y miras nuestro corazón y nuestra vida.

            Gracias, Señor, por regalarme este tiempo de gracia que nos prepara para vivir la Pascua.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Comentario a las lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 1 de febrero de 2026

     Introducidos ya en el tiempo litúrgico llamado "ordinario", vemos cómo Jesús crece, habla y se sienta enseñando como un Maestro . Nos va presentando aspectos prácticos para nuestra  


vida de  cristianos, esta ya  no queda reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa  gran comunidad donde resuena  el programa y las palabras de Jesús.

 

En la primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13), vemos como Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa.

Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El profeta Sofonías vivió tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética, defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración. 

El profeta ha perdido toda esperanza en la conversión de la clase dirigente, de los dignatarios y sacerdotes de Judá. Por eso la catástrofe nacional es inevitable, pero "quizás" exista aún la posibilidad de que "los pobres de la tierra", el pueblo llano y humilde, pueda escapar sano y salvo cuando llegue el día de "la cólera de Yavé". Por eso la exhortación del profeta se dirige a este pueblo, no a la clase dirigente. La salvación de los pobres depende mucho de la capacidad que tengan para reaccionar y superar el desaliento que padecen. Sofonías les invita a "buscar a Yavé" con todas sus fuerzas y a desear la justicia. Ellos son los mejor dispuestos para buscar a Yavé y su justicia. Vivamente les recomienda que recuperen el "ánimo y busquen" ellos mismos, en vez de dejarse llevar por el desaliento y por los que desalientan con su conducta al pueblo.

Mientras la literatura sapiencial bíblica tiende a considerar la pobreza como el resultado de la pereza, los profetas ven en los pobres a los oprimidos y en la pobreza de éstos la consecuencia de la injusta riqueza de los ricos. Para Sofonías los "humildes de la tierra" son los justos, pero también la ínfima clase social constituida por los jornaleros del campo. La posibilidad que tienen los pobres de salvarse se anuncia ahora como promesa de Dios que ha de cumplirse. El pueblo pobre y humilde será el "resto de Israel" (cfr. Mi 2,12) y el heredero de todas las promesas. Los pobres de la tierra, desposeídos de la riqueza y el poder, tendrán ocasión de poner toda su confianza en Dios. Y se apartarán de toda falsa autosuficiencia y la vana pretensión de apoyarse en el prestigio de una sabiduría extranjera; tampoco confiarán en alianzas políticas con las grandes potencias. Dios será su único y verdadero refugio.

El hombre debe prepararse para el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: "el pueblo despreciable" que va a ser aniquilado y el "pueblo humilde" que buscando la justicia busca a Dios.

En los vv. 3,9-20 se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores, festeja exultante" (v.14). El miedo debe ser desterrado: "no temas, no te acobardes" (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16).

La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).

La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras..." (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo" (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastarán y se tenderán sin que nadie les espante".

 

El responsorial de hoy (Sal 145,7-10), es el mismo que se nos proclamó en el del III domingo de adviento.

Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios en una enumeración de obras divinas  festivas. Dios

-Que ha creado los cielos

-Que mantiene su fidelidad

-Que hace justicia a los oprimidos...

-Que da el pan a los hambrientos...

-Que libera a los prisioneros...

-Que abre los ojos a los ciegos...

-Que endereza a los encorvados...

-Que ama a los justos...

-Que guarda a los peregrinos...

El salmo como alabanza comunitaria, tiene varias partes. La primera se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10), esta última parte es la que viene en el responsorial de hoy.

La estrofa que repetimos entre los versículos del salmo nos sitúa ante la realidad de los pobres. Los pobres, entre los que podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. De hecho, algunos autores afirman que se podría explicar el término "humildes" diciendo "no-violentos". Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la expresión de Isaías y del salmo que hemos leído. La "justicia" va más allá de lo que entendemos normalmente por justicia. Es la relación correcta con Dios, con los demás y con el mundo. Practicar la justicia es hacer la voluntad de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la persecución para los que quieren ser justos.

Así comentó San Juan Pablo II este salmo 145: 1. El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un "aleluya", el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana:  alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara:  "El Señor reina eternamente" (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora:  no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

2. Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

3. Así, el hombre se encuentra ante una  opción  radical  entre  dos  posibilidades opuestas:  por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la desesperación.

En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo:  "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).

4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza:  "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40):  esto es lo que dirá entonces el Señor.

5. Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.

El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice:  "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:  "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527). (San Juan Pablo II. Audiencia del Miércoles 02 de julio del 2002).

 

En la segunda Lectura : 1 Cor 1,26-31 San Pablo invita a los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a la llamada de Dios.

Corinto era una ciudad que, en aquella época pasaba del medio millón de habitantes, dos terceras partes de los cuales eran esclavos. La comunidad cristiana, que ya debía contar algunos centenares de miembros, también estaba formada mayoritariamente por esclavos y personas de clase baja. De esta situación de hecho, que Pablo recuerda al inicio del fragmento, el apóstol deduce afirmaciones de principio. La elección de cada cristiano es una decisión personal de Dios. De aquí que "a los ojos del mundo" sorprenda la clase de gente que conforma la comunidad cristiana. De hecho, Pablo parte de aquella corriente profética del Antiguo Testamento según la cual Dios invierte los valores de los hombres: el Señor no se complace en el poder y la fuerza, sino en la humildad y el servicio.

La única riqueza, el único motivo de gloria es Jesucristo, que ha sido dado por Dios gratuitamente. Así, pues, citando libremente el texto de Jeremías, Pablo afirma que el status social de la mayoría debe servir para comprender que sólo pueden gloriarse en el Señor.

La experiencia de la fe que tiene esta comunidad confirma lo que había dicho Jesús: que los pobres son los evangelizados y que de ellos es el Reino de Dios. Pues Dios se complace en elegir a los pobres, a los ignorantes, a los humildes, para que en medio de la debilidad y de la ignorancia resplandezca la fuerza y la sabiduría divinas. Y esto lo pueden comprobar ellos mismos con tal de fijarse en los que asisten a sus asambleas. La descripción que hace Pablo de la comunidad cristiana de Corinto coincide con la que se hace de otras comunidades cristianas en los Hechos.

-"Fijaos en vuestra asamblea...": En continuidad con el tema de la sabiduría de la cruz, Pablo hace caer en la cuenta a los corintios de que su misma situación social y cultural es demostrativa de los caminos inauditos de Dios. La ciudad de Corinto, como ciudad portuaria y de tráfico comercial, tenía una gran proporción de esclavos en su población. Su primera comunidad cristiana no podía ser muy diferente a sus habitantes.

-"...lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios": Dios invierte los criterios y proyectos humanos. Ha llamado a la fe a aquellos que no pertenecían al pueblo escogido, a los gentiles; y todavía de entre los gentiles, a aquellos que contaban poco en la sociedad. Ponía así en evidencia la vaciedad de aquellos que confían en sus solas propias fuerzas y, al mismo tiempo, ponía de manifiesto que sus criterios son los de la pura misericordia.

-"Por él vosotros sois en Cristo Jesús...": Los corintios, de no ser nada, han pasado a ser una nueva creación en Cristo. Han obtenido la sabiduría, la justicia, la santidad y la redención: todo el conjunto de las aspiraciones de los griegos y de los judíos. Jesucristo crucificado es la expresión máxima de la sabiduría de Dios; es al mismo tiempo el cumplimiento fiel de las promesas por las que Dios manifiesta su justicia; es el paso hacia la resurrección que posibilita el don del Espíritu de santificación; y, finalmente, es la muerte liberadora de la esclavitud del hombre.

Así comenta San Agustín esta lectura: "A veces los hombres se causan un gran daño a sí mismos, mientras temen ofender a los demás. Mucha es la influencia de los buenos amigos para el bien y de los malos para el mal. Por ello el Señor, con el fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores. ¡Gran misericordia la del autor! Sabía, en efecto, que si elegía a un senador, iba a decir: «Ha sido elegida mi dignidad». Si hubiera elegido primero a un rico, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi riqueza». Si hubiese elegido antes al emperador, hubiese dicho: «Ha sido elegido mi poder». Si el elegido hubiese sido un orador, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi elocuencia». Si el elegido hubiese sido un filósofo, hubiera dicho: «ha sido elegida mi sabiduría». «Está gente soberbia -dijo el Señor- puede sufrir una pequeña dilación; está muy hinchada». Hay diferencia entre la magnitud y la hinchazón; una y otra cosa son algo grande, pero no algo igualmente sano.

«Sufran dilación -dijo- estos soberbios; han de ser sanados con algo sólido. Dame en primer lugar este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada sabes, sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que se asuste, pero hay mucho para ser llenado». A tan amplia fuente ha de llevarse el vaso vacío. Dejó sus redes el pescador, recibió la gracia el pecador y se convirtió en divino orador. He aquí lo que hizo el Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; eligió también lo despreciable del mundo y lo que no es como si fuera, para anular lo que es (1 Cor 1,27-28). Y ahora se leen las palabras de los pescadores y se doblega la cerviz de los oradores. Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos; desaparezca de en medio el humo que a medida que se eleva se esfuma; despréciense totalmente en bien de la salvación." ( San Agustín. Sermón 87,12).

 

El evangelio de hoy ( Mt 5,1-12a), nos presenta el  Sermón de la Montaña, que  es considerado  como la Carta Magna del Reino de Dios. San Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no enunció condiciones para entrar en el Reino. Más bien: proclamó a la manera profética que determinadas situaciones desgraciadas (las más típicas habitualmente consideradas en el estilo profético) habían por fin provocado la atención benevolente de Dios, que sin tardar y gratuitamente iba a hacer llegar su Reino.

En primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya "dichoso", pues hay para él una promesa. En la primera y en la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.

El versículo inicial, que da cuenta de la presencia de la gente y de los discípulos, ya había quedado preparado el domingo pasado con la invitación al seguimiento y con la actividad por toda Galilea. En la montaña y en postura docente, a semejanza de los rabinos rodeados de discípulos. Para el marco Mateo sigue sirviéndose del cliché del Éxodo: presenta a Jesús en la montaña a semejanza de Moisés, a quien Jesús da sentido y cumplimiento.

-"...al ver Jesús al gentío, subió a la montaña...": Desde la montaña, como desde un nuevo Sinaí, Jesús proclama ante las multitudes y no sólo para el grupo restringido de los discípulos, la nueva ley del Reino, convocando al pueblo de la Nueva Alianza. La bienaventuranza o felicidad proclamada es escatológica, pero también presente ya de una manera latente en quienes viven según el programa del Reino; sólo por la fe puede percibirse.

-"Dichosos los pobres en el espíritu...": La primera y la última bienaventuranza enmarcan el conjunto de las otras seis (tres referidas a situaciones de sufrimiento y tres referidas a actitudes en bien del hombre). La primera es una invitación a optar por la condición de pobre. El término "en el espíritu" no es ningún intento de aguar su fuerza social: indica que se trata de una pobreza que abraza lo más profundo de la persona y que, por tanto, no se puede reducir a una situación sociológica fruto de la necesidad ni a un sentimiento de desprendimiento de carácter interior. Contra la idolatría del poder del dinero se trata de una opción fundamental por Dios. De aquí que la promesa sea la entrada en el Reino, en el ámbito de la realeza única de Dios.

-"Dichosos los que lloran...": Las tres bienaventuranzas siguientes hablan de situaciones de sufrimiento fruto de la opresión y de la injusticia. Los términos para expresarlo provienen del AT: los que lloran (los oprimidos) reciben la recompensa del consuelo de la liberación ; los humildes, los sufridos, (los desposeídos de la tierra), la alegría de poseer el país; y los que tienen hambre y sed de realización de la justicia de Dios, verán cumplidos su deseo con el establecimiento del Reino.

-"Dichosos los misericordiosos...": Las otras tres bienaventuranzas hablan de las actitudes activas de la compasión, de la misericordia y de la pureza de corazón que son el indicativo de una conducta sincera hacia los demás y ante Dios, y de la creación de situaciones de paz como anticipación del Reino mesiánico y definitivo en el que todos serán hijos de un mismo Padre.

-"Dichosos los perseguidos...": La última de las bienaventuranzas tiene estrecha relación con la primera. La opción contra el poder y el dinero, contra la idolatría, provoca la persecución. Pero este fracaso de los discípulos en el mundo es también prenda de felicidad. Comparten la misma suerte de los profetas y del mismo Jesús, indica de que están en el camino que conduce a la verdadera felicidad de la vida del Reino.

Para nuestra vida

En la primera lectura vemos como al profeta Sofonías le tocaron años difíciles. Israel y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales partidarios de la alianza con Egipto. Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es en esa época cuando profetiza Sofonías.

Sofonías anuncia un día terrible, "el día del Señor”, para aquellos que no confían en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los dignatarios, los ricos, los que no les importa Dios. Pero el profeta habla claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios su justicia". Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor.

Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio.

Dirigiéndose a los humildes, a los sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas, Sofonías destaca lo que importa,  lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

 

En la segunda lectura vemos como en tiempos de san Pablo, la mayoría de los cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja. San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno que tienen es un don de Dios.

En nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana. Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y, si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.

La valoración que Pablo hace de la comunidad contrasta con la preocupación, hoy frecuente, de buscar hombres de valía personal para dar tono a las asambleas eclesiales. A juzgar por las palabras de Pablo, la comunidad de Corinto no estaba formada por hombres de grandes cualidades intelectuales o de una especial procedencia social. Pero el Apóstol, siguiendo el hilo de su razonamiento, da de ella una valoración definitiva y evangélica: Dios «eligió lo plebeyo del mundo... para anular a lo que existe» (v 28). El canto y la esperanza de los pobres que hacen descansar su existencia en la iniciativa de Dios, actitud constante en la Escritura, es para san Pablo la señal más clara de la elección que Dios hace cuando, por su palabra, se acerca a los hombres.

 

San Mateo nos presenta  el sermón del monte, en el se nos proclaman las Bienaventuranzas , esto produce siempre inquietudes , porque parece imposible vivir así y compartir la claridad de Cristo al pronunciarlas con toda rotundidad.

El Sermón de la montaña se sitúa relativamente pronto en el retrato que hace Mateo del ministerio de Jesús, seguido, en el capítulo 3, de su bautismo por Juan y, en el capítulo 4, su estancia y tentación en el desierto, su llamada a cuatro discípulos y su predicación temprana en Galilea.

Los cinco discursos en el Evangelio de Mateo son: el Sermón de la montaña (5-7), el discurso sobre el discipulado (10), el discurso de las parábolas (13), el discurso sobre la comunidad de fe (18) y el discurso sobre los acontecimientos futuros (24-25). [1]​ Además, como todos los demás "discursos", éste tiene la declaración final de Mateo (7:28-29) que lo distingue del material que le sigue. Véanse declaraciones similares al final de los otros discursos en 11:1; 13:53; 19:1; 26:1.

Tradicionalmente, el Monte de las Bienaventuranzas ha sido conmemorado como el lugar físico en el que tuvo lugar el sermón. También se han sugerido otros lugares, como el Monte Arbel y los Cuernos de Hattin.

Este sermón es una de las secciones más citadas de los Evangelios, incluyendo algunos de los dichos más conocidos atribuidos a Jesús, como las Bienaventuranzas y la versión comúnmente recitada del Padrenuestro. También contiene lo que muchos consideran los principios centrales del discipulado cristiano.

El escenario para el sermón se da en Mateo 5:1-Mateo 5:2|2. Allí se dice que Jesús ve a la multitud, sube a la montaña acompañado de sus discípulos, se sienta y comienza su discurso.]

El Sermón del Monte (Mateo 5-7) es el primer y más famoso de los cinco grandes discursos de Jesús en el evangelio de Mateo, situado temprano en su ministerio galileo tras llamar a sus primeros discípulos. Jesús subió a un monte para instruir sobre la vida del Reino de los Cielos a sus seguidores y a la multitud, presentándose con autoridad superior a los escribas y como un nuevo Moisés. 

Contexto Clave:

Contexto Bíblico y Teológico: Se enfoca en el "reino de los cielos" en lugar de un reino político, redefiniendo la justicia y la obediencia interna de la ley (Torá) sobre la mera observancia externa.

Contexto Político-Religioso: Jesús enseña en tiempos de ocupación romana, rechazando las expectativas de un Mesías militar y confrontando la religiosidad externa de los fariseos, proponiendo una moral interna y del corazón.

Contexto de "Nuevo Moisés": Mateo presenta a Jesús subiendo al monte (como Moisés al Sinaí) para dar la "nueva ley" o la interpretación correcta de la voluntad de Dios, no para abolirla, sino para cumplirla.

Contenido: Abarca temas como las Bienaventuranzas, la ética del amor, la oración (Padre Nuestro), el ayuno, el peligro de la hipocresía y la necesidad de practicar lo enseñado para construir la vida sobre la "roca".

Propósito: Definir el carácter de los verdaderos ciudadanos del reino, diferenciándolos del mundo y de la religiosidad superficial. 

Es un ideal por el que tenemos que luchar, sabiendo que en ese esfuerzo contamos con la ayuda divina.. Todos queremos ser felices y merece la pena esforzarnos por encontrar la felicidad en lo que Dios nos dice que nos la garantizará . Dice San Agustín:“No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz. Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora”. (San Agustín, Sermón 53, 1-6).

Ante  las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Jesús dirige  no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos, cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un gran y profundo amor.

De la santidad nos decía el Papa Francisco en la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013:  "Dios te dice: no tener miedo de la santidad, no tener miedo de apuntar alto, de dejarse amar y purificar por Dios, no tener miedo de dejarse guiar por el Espíritu Santo. Dejémonos contagiar de la santidad de Dios. Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr Cost. dogm. Lumen gentium, 39-42); y la santidad no consiste primero en el hacer cosas extraordinarias, sino en el dejar actuar a Dios. Y el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de su gracia, es tener confianza en su acción que nos permite vivir en la caridad, de hacer todo con alegría y humildad, para la gloria de Dios y en el servicio al prójimo. Hay una célebre frase del escritor francés Léon Bloy; en los últimos momentos de su vida decía: "Hay una sola tristeza en la vida, la de no ser santos". No perdamos la esperanza en la santidad, recorramos todos este camino. ¿Queremos ser santos? El Señor nos espera a todos, con los brazos abiertos; nos espera para acompañarnos en el camino de la santidad. Vivamos con alegría nuestra fe, dejémonos amar por el Señor... pidamos este don a Dios en la oración, para nosotros y para los otros." (Papa Francisco celebra la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013).

En las bienaventuranzas se plasman los contenidos de  la obra de santidad que Dios quiere hacer - y hace- y valora  en  cada ser humano, es verdad que contando siempre con nuestra colaboración.  Jesús en el monte dio y nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón, expresando aquello que Dios valora en la vida del ser humano.  Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de orar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra de Dios.

Sería un error escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte, es una utopía de imposible realización. Podemos observar su existencia y sus efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas.

Todo el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad. Esa realidad ya viene anunciada en la primera lectura. Sofonías profetiza la obra de Dios, Jesús da plenitud a esa obra al proclamar las bienaventuranzas.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com