domingo, 1 de febrero de 2026

Comentario a las lecturas del IV Domingo del Tiempo Ordinario 1 de febrero de 2026

     Introducidos ya en el tiempo litúrgico llamado "ordinario", vemos cómo Jesús crece, habla y se sienta enseñando como un Maestro . Nos va presentando aspectos prácticos para nuestra  


vida de  cristianos, esta ya  no queda reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa  gran comunidad donde resuena  el programa y las palabras de Jesús.

 

En la primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13), vemos como Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa.

Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El profeta Sofonías vivió tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética, defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración. 

El profeta ha perdido toda esperanza en la conversión de la clase dirigente, de los dignatarios y sacerdotes de Judá. Por eso la catástrofe nacional es inevitable, pero "quizás" exista aún la posibilidad de que "los pobres de la tierra", el pueblo llano y humilde, pueda escapar sano y salvo cuando llegue el día de "la cólera de Yavé". Por eso la exhortación del profeta se dirige a este pueblo, no a la clase dirigente. La salvación de los pobres depende mucho de la capacidad que tengan para reaccionar y superar el desaliento que padecen. Sofonías les invita a "buscar a Yavé" con todas sus fuerzas y a desear la justicia. Ellos son los mejor dispuestos para buscar a Yavé y su justicia. Vivamente les recomienda que recuperen el "ánimo y busquen" ellos mismos, en vez de dejarse llevar por el desaliento y por los que desalientan con su conducta al pueblo.

Mientras la literatura sapiencial bíblica tiende a considerar la pobreza como el resultado de la pereza, los profetas ven en los pobres a los oprimidos y en la pobreza de éstos la consecuencia de la injusta riqueza de los ricos. Para Sofonías los "humildes de la tierra" son los justos, pero también la ínfima clase social constituida por los jornaleros del campo. La posibilidad que tienen los pobres de salvarse se anuncia ahora como promesa de Dios que ha de cumplirse. El pueblo pobre y humilde será el "resto de Israel" (cfr. Mi 2,12) y el heredero de todas las promesas. Los pobres de la tierra, desposeídos de la riqueza y el poder, tendrán ocasión de poner toda su confianza en Dios. Y se apartarán de toda falsa autosuficiencia y la vana pretensión de apoyarse en el prestigio de una sabiduría extranjera; tampoco confiarán en alianzas políticas con las grandes potencias. Dios será su único y verdadero refugio.

El hombre debe prepararse para el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: "el pueblo despreciable" que va a ser aniquilado y el "pueblo humilde" que buscando la justicia busca a Dios.

En los vv. 3,9-20 se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores, festeja exultante" (v.14). El miedo debe ser desterrado: "no temas, no te acobardes" (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16).

La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).

La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras..." (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo" (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastarán y se tenderán sin que nadie les espante".

 

El responsorial de hoy (Sal 145,7-10), es el mismo que se nos proclamó en el del III domingo de adviento.

Es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios en una enumeración de obras divinas  festivas. Dios

-Que ha creado los cielos

-Que mantiene su fidelidad

-Que hace justicia a los oprimidos...

-Que da el pan a los hambrientos...

-Que libera a los prisioneros...

-Que abre los ojos a los ciegos...

-Que endereza a los encorvados...

-Que ama a los justos...

-Que guarda a los peregrinos...

El salmo como alabanza comunitaria, tiene varias partes. La primera se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10), esta última parte es la que viene en el responsorial de hoy.

La estrofa que repetimos entre los versículos del salmo nos sitúa ante la realidad de los pobres. Los pobres, entre los que podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. De hecho, algunos autores afirman que se podría explicar el término "humildes" diciendo "no-violentos". Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la expresión de Isaías y del salmo que hemos leído. La "justicia" va más allá de lo que entendemos normalmente por justicia. Es la relación correcta con Dios, con los demás y con el mundo. Practicar la justicia es hacer la voluntad de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la persecución para los que quieren ser justos.

Así comentó San Juan Pablo II este salmo 145: 1. El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un "aleluya", el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana:  alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara:  "El Señor reina eternamente" (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora:  no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

2. Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

3. Así, el hombre se encuentra ante una  opción  radical  entre  dos  posibilidades opuestas:  por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la desesperación.

En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo:  "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).

4. Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza:  "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40):  esto es lo que dirá entonces el Señor.

5. Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.

El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice:  "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:  "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527). (San Juan Pablo II. Audiencia del Miércoles 02 de julio del 2002).

 

En la segunda Lectura : 1 Cor 1,26-31 San Pablo invita a los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a la llamada de Dios.

Corinto era una ciudad que, en aquella época pasaba del medio millón de habitantes, dos terceras partes de los cuales eran esclavos. La comunidad cristiana, que ya debía contar algunos centenares de miembros, también estaba formada mayoritariamente por esclavos y personas de clase baja. De esta situación de hecho, que Pablo recuerda al inicio del fragmento, el apóstol deduce afirmaciones de principio. La elección de cada cristiano es una decisión personal de Dios. De aquí que "a los ojos del mundo" sorprenda la clase de gente que conforma la comunidad cristiana. De hecho, Pablo parte de aquella corriente profética del Antiguo Testamento según la cual Dios invierte los valores de los hombres: el Señor no se complace en el poder y la fuerza, sino en la humildad y el servicio.

La única riqueza, el único motivo de gloria es Jesucristo, que ha sido dado por Dios gratuitamente. Así, pues, citando libremente el texto de Jeremías, Pablo afirma que el status social de la mayoría debe servir para comprender que sólo pueden gloriarse en el Señor.

La experiencia de la fe que tiene esta comunidad confirma lo que había dicho Jesús: que los pobres son los evangelizados y que de ellos es el Reino de Dios. Pues Dios se complace en elegir a los pobres, a los ignorantes, a los humildes, para que en medio de la debilidad y de la ignorancia resplandezca la fuerza y la sabiduría divinas. Y esto lo pueden comprobar ellos mismos con tal de fijarse en los que asisten a sus asambleas. La descripción que hace Pablo de la comunidad cristiana de Corinto coincide con la que se hace de otras comunidades cristianas en los Hechos.

-"Fijaos en vuestra asamblea...": En continuidad con el tema de la sabiduría de la cruz, Pablo hace caer en la cuenta a los corintios de que su misma situación social y cultural es demostrativa de los caminos inauditos de Dios. La ciudad de Corinto, como ciudad portuaria y de tráfico comercial, tenía una gran proporción de esclavos en su población. Su primera comunidad cristiana no podía ser muy diferente a sus habitantes.

-"...lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios": Dios invierte los criterios y proyectos humanos. Ha llamado a la fe a aquellos que no pertenecían al pueblo escogido, a los gentiles; y todavía de entre los gentiles, a aquellos que contaban poco en la sociedad. Ponía así en evidencia la vaciedad de aquellos que confían en sus solas propias fuerzas y, al mismo tiempo, ponía de manifiesto que sus criterios son los de la pura misericordia.

-"Por él vosotros sois en Cristo Jesús...": Los corintios, de no ser nada, han pasado a ser una nueva creación en Cristo. Han obtenido la sabiduría, la justicia, la santidad y la redención: todo el conjunto de las aspiraciones de los griegos y de los judíos. Jesucristo crucificado es la expresión máxima de la sabiduría de Dios; es al mismo tiempo el cumplimiento fiel de las promesas por las que Dios manifiesta su justicia; es el paso hacia la resurrección que posibilita el don del Espíritu de santificación; y, finalmente, es la muerte liberadora de la esclavitud del hombre.

Así comenta San Agustín esta lectura: "A veces los hombres se causan un gran daño a sí mismos, mientras temen ofender a los demás. Mucha es la influencia de los buenos amigos para el bien y de los malos para el mal. Por ello el Señor, con el fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores. ¡Gran misericordia la del autor! Sabía, en efecto, que si elegía a un senador, iba a decir: «Ha sido elegida mi dignidad». Si hubiera elegido primero a un rico, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi riqueza». Si hubiese elegido antes al emperador, hubiese dicho: «Ha sido elegido mi poder». Si el elegido hubiese sido un orador, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi elocuencia». Si el elegido hubiese sido un filósofo, hubiera dicho: «ha sido elegida mi sabiduría». «Está gente soberbia -dijo el Señor- puede sufrir una pequeña dilación; está muy hinchada». Hay diferencia entre la magnitud y la hinchazón; una y otra cosa son algo grande, pero no algo igualmente sano.

«Sufran dilación -dijo- estos soberbios; han de ser sanados con algo sólido. Dame en primer lugar este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada sabes, sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que se asuste, pero hay mucho para ser llenado». A tan amplia fuente ha de llevarse el vaso vacío. Dejó sus redes el pescador, recibió la gracia el pecador y se convirtió en divino orador. He aquí lo que hizo el Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; eligió también lo despreciable del mundo y lo que no es como si fuera, para anular lo que es (1 Cor 1,27-28). Y ahora se leen las palabras de los pescadores y se doblega la cerviz de los oradores. Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos; desaparezca de en medio el humo que a medida que se eleva se esfuma; despréciense totalmente en bien de la salvación." ( San Agustín. Sermón 87,12).

 

El evangelio de hoy ( Mt 5,1-12a), nos presenta el  Sermón de la Montaña, que  es considerado  como la Carta Magna del Reino de Dios. San Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no enunció condiciones para entrar en el Reino. Más bien: proclamó a la manera profética que determinadas situaciones desgraciadas (las más típicas habitualmente consideradas en el estilo profético) habían por fin provocado la atención benevolente de Dios, que sin tardar y gratuitamente iba a hacer llegar su Reino.

En primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya "dichoso", pues hay para él una promesa. En la primera y en la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.

El versículo inicial, que da cuenta de la presencia de la gente y de los discípulos, ya había quedado preparado el domingo pasado con la invitación al seguimiento y con la actividad por toda Galilea. En la montaña y en postura docente, a semejanza de los rabinos rodeados de discípulos. Para el marco Mateo sigue sirviéndose del cliché del Éxodo: presenta a Jesús en la montaña a semejanza de Moisés, a quien Jesús da sentido y cumplimiento.

-"...al ver Jesús al gentío, subió a la montaña...": Desde la montaña, como desde un nuevo Sinaí, Jesús proclama ante las multitudes y no sólo para el grupo restringido de los discípulos, la nueva ley del Reino, convocando al pueblo de la Nueva Alianza. La bienaventuranza o felicidad proclamada es escatológica, pero también presente ya de una manera latente en quienes viven según el programa del Reino; sólo por la fe puede percibirse.

-"Dichosos los pobres en el espíritu...": La primera y la última bienaventuranza enmarcan el conjunto de las otras seis (tres referidas a situaciones de sufrimiento y tres referidas a actitudes en bien del hombre). La primera es una invitación a optar por la condición de pobre. El término "en el espíritu" no es ningún intento de aguar su fuerza social: indica que se trata de una pobreza que abraza lo más profundo de la persona y que, por tanto, no se puede reducir a una situación sociológica fruto de la necesidad ni a un sentimiento de desprendimiento de carácter interior. Contra la idolatría del poder del dinero se trata de una opción fundamental por Dios. De aquí que la promesa sea la entrada en el Reino, en el ámbito de la realeza única de Dios.

-"Dichosos los que lloran...": Las tres bienaventuranzas siguientes hablan de situaciones de sufrimiento fruto de la opresión y de la injusticia. Los términos para expresarlo provienen del AT: los que lloran (los oprimidos) reciben la recompensa del consuelo de la liberación ; los humildes, los sufridos, (los desposeídos de la tierra), la alegría de poseer el país; y los que tienen hambre y sed de realización de la justicia de Dios, verán cumplidos su deseo con el establecimiento del Reino.

-"Dichosos los misericordiosos...": Las otras tres bienaventuranzas hablan de las actitudes activas de la compasión, de la misericordia y de la pureza de corazón que son el indicativo de una conducta sincera hacia los demás y ante Dios, y de la creación de situaciones de paz como anticipación del Reino mesiánico y definitivo en el que todos serán hijos de un mismo Padre.

-"Dichosos los perseguidos...": La última de las bienaventuranzas tiene estrecha relación con la primera. La opción contra el poder y el dinero, contra la idolatría, provoca la persecución. Pero este fracaso de los discípulos en el mundo es también prenda de felicidad. Comparten la misma suerte de los profetas y del mismo Jesús, indica de que están en el camino que conduce a la verdadera felicidad de la vida del Reino.

Para nuestra vida

En la primera lectura vemos como al profeta Sofonías le tocaron años difíciles. Israel y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales partidarios de la alianza con Egipto. Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es en esa época cuando profetiza Sofonías.

Sofonías anuncia un día terrible, "el día del Señor”, para aquellos que no confían en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los dignatarios, los ricos, los que no les importa Dios. Pero el profeta habla claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios su justicia". Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor.

Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio.

Dirigiéndose a los humildes, a los sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas, Sofonías destaca lo que importa,  lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

 

En la segunda lectura vemos como en tiempos de san Pablo, la mayoría de los cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja. San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno que tienen es un don de Dios.

En nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana. Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y, si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.

La valoración que Pablo hace de la comunidad contrasta con la preocupación, hoy frecuente, de buscar hombres de valía personal para dar tono a las asambleas eclesiales. A juzgar por las palabras de Pablo, la comunidad de Corinto no estaba formada por hombres de grandes cualidades intelectuales o de una especial procedencia social. Pero el Apóstol, siguiendo el hilo de su razonamiento, da de ella una valoración definitiva y evangélica: Dios «eligió lo plebeyo del mundo... para anular a lo que existe» (v 28). El canto y la esperanza de los pobres que hacen descansar su existencia en la iniciativa de Dios, actitud constante en la Escritura, es para san Pablo la señal más clara de la elección que Dios hace cuando, por su palabra, se acerca a los hombres.

 

San Mateo nos presenta  el sermón del monte, en el se nos proclaman las Bienaventuranzas , esto produce siempre inquietudes , porque parece imposible vivir así y compartir la claridad de Cristo al pronunciarlas con toda rotundidad.

El Sermón de la montaña se sitúa relativamente pronto en el retrato que hace Mateo del ministerio de Jesús, seguido, en el capítulo 3, de su bautismo por Juan y, en el capítulo 4, su estancia y tentación en el desierto, su llamada a cuatro discípulos y su predicación temprana en Galilea.

Los cinco discursos en el Evangelio de Mateo son: el Sermón de la montaña (5-7), el discurso sobre el discipulado (10), el discurso de las parábolas (13), el discurso sobre la comunidad de fe (18) y el discurso sobre los acontecimientos futuros (24-25). [1]​ Además, como todos los demás "discursos", éste tiene la declaración final de Mateo (7:28-29) que lo distingue del material que le sigue. Véanse declaraciones similares al final de los otros discursos en 11:1; 13:53; 19:1; 26:1.

Tradicionalmente, el Monte de las Bienaventuranzas ha sido conmemorado como el lugar físico en el que tuvo lugar el sermón. También se han sugerido otros lugares, como el Monte Arbel y los Cuernos de Hattin.

Este sermón es una de las secciones más citadas de los Evangelios, incluyendo algunos de los dichos más conocidos atribuidos a Jesús, como las Bienaventuranzas y la versión comúnmente recitada del Padrenuestro. También contiene lo que muchos consideran los principios centrales del discipulado cristiano.

El escenario para el sermón se da en Mateo 5:1-Mateo 5:2|2. Allí se dice que Jesús ve a la multitud, sube a la montaña acompañado de sus discípulos, se sienta y comienza su discurso.]

El Sermón del Monte (Mateo 5-7) es el primer y más famoso de los cinco grandes discursos de Jesús en el evangelio de Mateo, situado temprano en su ministerio galileo tras llamar a sus primeros discípulos. Jesús subió a un monte para instruir sobre la vida del Reino de los Cielos a sus seguidores y a la multitud, presentándose con autoridad superior a los escribas y como un nuevo Moisés. 

Contexto Clave:

Contexto Bíblico y Teológico: Se enfoca en el "reino de los cielos" en lugar de un reino político, redefiniendo la justicia y la obediencia interna de la ley (Torá) sobre la mera observancia externa.

Contexto Político-Religioso: Jesús enseña en tiempos de ocupación romana, rechazando las expectativas de un Mesías militar y confrontando la religiosidad externa de los fariseos, proponiendo una moral interna y del corazón.

Contexto de "Nuevo Moisés": Mateo presenta a Jesús subiendo al monte (como Moisés al Sinaí) para dar la "nueva ley" o la interpretación correcta de la voluntad de Dios, no para abolirla, sino para cumplirla.

Contenido: Abarca temas como las Bienaventuranzas, la ética del amor, la oración (Padre Nuestro), el ayuno, el peligro de la hipocresía y la necesidad de practicar lo enseñado para construir la vida sobre la "roca".

Propósito: Definir el carácter de los verdaderos ciudadanos del reino, diferenciándolos del mundo y de la religiosidad superficial. 

Es un ideal por el que tenemos que luchar, sabiendo que en ese esfuerzo contamos con la ayuda divina.. Todos queremos ser felices y merece la pena esforzarnos por encontrar la felicidad en lo que Dios nos dice que nos la garantizará . Dice San Agustín:“No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz. Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora”. (San Agustín, Sermón 53, 1-6).

Ante  las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Jesús dirige  no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos, cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un gran y profundo amor.

De la santidad nos decía el Papa Francisco en la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013:  "Dios te dice: no tener miedo de la santidad, no tener miedo de apuntar alto, de dejarse amar y purificar por Dios, no tener miedo de dejarse guiar por el Espíritu Santo. Dejémonos contagiar de la santidad de Dios. Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr Cost. dogm. Lumen gentium, 39-42); y la santidad no consiste primero en el hacer cosas extraordinarias, sino en el dejar actuar a Dios. Y el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de su gracia, es tener confianza en su acción que nos permite vivir en la caridad, de hacer todo con alegría y humildad, para la gloria de Dios y en el servicio al prójimo. Hay una célebre frase del escritor francés Léon Bloy; en los últimos momentos de su vida decía: "Hay una sola tristeza en la vida, la de no ser santos". No perdamos la esperanza en la santidad, recorramos todos este camino. ¿Queremos ser santos? El Señor nos espera a todos, con los brazos abiertos; nos espera para acompañarnos en el camino de la santidad. Vivamos con alegría nuestra fe, dejémonos amar por el Señor... pidamos este don a Dios en la oración, para nosotros y para los otros." (Papa Francisco celebra la Audiencia general del  miércoles 2 de octubre de 2013).

En las bienaventuranzas se plasman los contenidos de  la obra de santidad que Dios quiere hacer - y hace- y valora  en  cada ser humano, es verdad que contando siempre con nuestra colaboración.  Jesús en el monte dio y nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón, expresando aquello que Dios valora en la vida del ser humano.  Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de orar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra de Dios.

Sería un error escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte, es una utopía de imposible realización. Podemos observar su existencia y sus efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas.

Todo el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad. Esa realidad ya viene anunciada en la primera lectura. Sofonías profetiza la obra de Dios, Jesús da plenitud a esa obra al proclamar las bienaventuranzas.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

domingo, 25 de enero de 2026

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

En estos días la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, haciendo nuestro el deseo del Señor expresado en su oración a Dios Padre en la última cena: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17, 21). El lema de este año 2017 es «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia». Este lema se inspira en un pasaje del capítulo quinto de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Cor 5, 14-20). En este texto
el Apóstol habla de la obra reconciliadora de Dios por medio de la muerte de Jesucristo y del cambio que se produce en los que viven «en Cristo». El cartel del octavario recoge un instante del encuentro, en la catedral de Lund (Suecia), entre el papa Francisco y el obispo luterano Munib Younan, el 31 de octubre de 2016, en conmemoración de los 500 años de la Reforma luterana.

Jesús comenzó a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Las palabras de Jesús son muy claras; si no nos convertimos, no tendremos acceso al Reino de los cielos. La conversión es una condición necesaria para entrar en el Reino de Dios. Necesitamos convertirnos cada uno de nosotros en particular y necesita conversión la Iglesia entera, en general. Una Iglesia convertida del todo a Cristo sería una Iglesia santa y católica, una Iglesia una y plural. Igualmente, un mundo de personas convertidas a Cristo sería un mundo – Reino de Dios. La conversión es la principal tarea de nuestra vida. Toda nuestra vida debe ser conversión, purificación continua y constante de nuestra mente y de nuestro corazón.

La conversión a la que nos llama Jesús, pasa necesariamente por la búsqueda de la unidad perdida a todos los niveles de nuestra vida.

Hoy la Palabra proclamada nos ofrece luz para poder ver entre las tinieblas de nuestra sociedad y nuestra vida.

 

La primera lectura (Is 9,1-4 ) describe una situación local e histórica concreta. Todo el norte del país (los territorios de Zabulón y Neftalí, Transjordania y el "Distrito de las naciones", es decir, Galilea), al caer bajo la dominación asiria, queda sumergido en las tinieblas, antítesis de la luz.

El versículo 1, tiene un gran significado mesiánico. Este capítulo habla de un cambio que se avecinaba en un lugar específico, un lugar que estaba exclusivamente relacionado con la obra del Mesías hace 2,000 años.

v1: Oscuridad: Había habido pesimismo (ausencia de luz) en este lugar, pero la implicación aquí era que esto iba a cambiar.

La que está: Hablando de Israel – específicamente del Reino del Norte. Sin embargo, esto tendría implicaciones para todos los descendientes de Jacob.

Como… la primera vez: La vez anterior. Un período de tiempo anterior al Mesías.

Él (entendido, pero no escrito): Dios

Livianamente: Esta palabra puede significar que Dios pensó poco en este lugar y no le dio preferencia. También es una palabra que podría significar “maldito”.

La tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí: Zabulón (el décimo hijo de Jacob, por Lea – Génesis 30:20) y Neftalí (el sexto hijo de Jacob por medio de Bilha – Génesis 30:8). Estos hijos heredaron tierras en la región de Galilea (Josué 19). Zabulón y Neftalí formaban parte del Reino del Norte (Israel). Dios trajo juicio (la maldición sobre ellos, a través de Asiria, debido a su desobediencia.

Pues al fin: En la última parte. En los últimos días. Esto no se refiere a los siete años finales de los últimos días, sino que se refiere a los días generales de los últimos tiempos. El mismo período del fin del que habló Pedro en Hechos 2:16-17. Este período de tiempo también se puede referir conocido como el tiempo de los gentiles – Lucas 21:24, Romanos 11:25)

Llenará de gloria: En hebreo esta es una palabra que literalmente significa ‘honor’ – ver biblehub.com o blueletterbible.org. Esta tierra de Galilea había sido un lugar de tristeza y opresión, pero se avecinaba un cambio y Di-s iba a honrarla.

El camino del mar, de aquel lado del Jordán: La ciudad situada entre estas dos porciones de tierra, que se ajusta a estos criterios, se llama Capernaum – la ‘sede’ del ministerio de Jesús (Kefer-Nahum – que significa ‘aldea de confortamiento’ – Mateo 4:13-16).

Galilea de los gentiles: Galilea se llama con este nombre porque era una porción de tierra muy deseada por las naciones. Algunos eruditos dicen que se le llama con este término porque lo que el Mesías trae (Su salvación) es muy deseado por las naciones.

 v2: Andaba en tinieblas: Caminaron en oscuridad. Estaban privados de iluminación; no tenían la verdad de Dios. Estaban confundidos y seguían la mentira.

Vio gran luz: Ha ocurrido un cambio. Esta luz se relaciona con el Mesías (Juan 8:12). El candelero del templo estaba siempre encendido. Cuando la gente miró esta luz, recordaron el hecho de que la presencia de Di-s estaba con ellos.

Luz resplandeció: Esto se relaciona con los numerosos milagros que Jesús iba a realizar entre ellos. También se relaciona con la gran verdad y sabiduría que Jesús iba a compartir con ellos.

El binomio luz-tinieblas no encierra un dualismo puramente antropológico y ético, sino que designa sobre todo la salvación y la perdición. El «norte» es un territorio atravesado de nordeste a sudoeste por la «ruta del mar», la famosa vía comercial y militar que unía Mesopotamia con Egipto. En el texto, Asiria encarna la potencia fortuita y momentánea de este mundo, mientras que las provincias del norte evocan el país de Emanuel, quien con su presencia y asistencia borra las fronteras geográficas. Para el evangelista Mateo, la Galilea, «la humillada», será la gran beneficiaria del «Dios-con-nosotros» porque en ella se establecerá Jesús «luz del mundo» (texto Mt 4,12-16, del evangelio donde se cita este texto).

Isaías recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas, en medio de sus propios enemigos.

Pero Yahvé los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, para hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la espalda, nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a él, a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

 

El salmo de hoy ( Sal 26,1.4.13-14) * Es un "salmo de confianza"... Compuesto quizá en dos ocasiones. Nos presenta en su estado  actual, un admirable ritmo de sentimientos:

-Afirmación del credo "el Señor es mi salvación". 

-Matiz: esta salvación conlleva una participación del hombre, un combate. 

-Este valor tiene una fuente: la oración. 

-Y la vida con sus combates sigue su curso, ansiosa. 

-Pero todo culmina de nuevo en una certeza, apoyada en Dios. " pon tu esperanza en el Señor".

El  salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con  metáforas cada vez más brillantes y audaces:

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El señor es la defensa de mi vida,  ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla, si me  declaran la guerra, me siento tranquilo.

¿Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido  del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida  que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota  los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad,  restándole un cierto eco edonista que este término oculta.

Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el  contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo?  ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Podría  ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez un significado lleno de ricos y profundos matices positivos: seguridad, libertad, gozo, paz,  alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior,  entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién  señaladas. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de  ausencia de miedo.

La Biblia repite invariablemente términos parecidos: yo estoy  contigo; no tengas miedo. La causa que  desencadena la certeza es la presencia divina (yo soy contigo); y el hecho, el efecto  producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a  efecto.

Con la confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro, oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso».

Así San Agustín comenta: "¿Creemos que podemos decir: Una sola cosa pedí al Señor? (Sal 26,4). Digámoslo, digámoslo si podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuán feliz es el corazón que usa esa fórmula interiormente, allí donde sólo oye aquel a quien se dice; pues muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en el rostro y no en el corazón. Vea, pues, cada cual cuán feliz es el corazón que dice interiormente, allí donde sabe lo que dice: Una sola cosa pedí al Señor, esa buscaré, ¿Y cuál es? Dice que es una sola cosa o petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida y contemplar los deleites del Señor (Sal 26,4). Esta es la única cosa; pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras. Si ya la has saboreado algo, si ya te intriga algo, si ya aprendiste a calentarte con un santo deseo, pésala y compárala con muchas otras cosas, instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas (¿cuándo las mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna visión, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el examen: todo el mundo y el Creador del mundo". (S. Agustín Sermón 65 A).

 

La segunda Lectura (1 Cor 1,10-13.17) presenta las facciones en la Iglesia de Corinto que se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y... a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. En efecto, a Corinto fueron a parar muchos palestinenses que pudieron haberse encontrado con Jesús o con Pedro. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: quién un carácter judaizante (partidarios de Pedro), quién una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y quién el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

v. 13: Pablo supone que Cristo está unido a su comunidad, la iglesia, como la cabeza a su cuerpo. Por lo tanto, si uno mismo es Cristo, el Señor de la Iglesia, una misma ha de ser la Iglesia y no es legítimo desmembrarla. Lo mismo que la cabeza reúne la pluralidad de miembros y los gobierna dejando a cada uno su función en beneficio de todo el cuerpo, así hace Cristo con su Iglesia.

Hemos sido bautizados en nombre de Cristo y en su nombre nos reunimos. Él es el único que ha muerto por nosotros. Pablo se defiende noblemente de los suyos y no tolera que lo conviertan en cabecilla cuando sólo Cristo es la cabeza y el Señor de todos los fieles.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, la facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

San Pablo se manifiesta un tanto anti ritualista y manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17).

A pesar de la vida superactiva de hoy, a los hombres les gusta oír hablar, y están al acecho de formas nuevas y originales de presentar su fe. En ocasiones, llegan a interesarse más por la forma de la exposición que por el contenido mismo, pudiendo llegar la adhesión a la "vedette" hasta constituir pequeñas células autónomas dentro de la Iglesia. Esto, en el momento mismo de sentirse tentado a ver en ello un fenómeno de búsqueda de Dios, debe considerarse como una falta de verdadera fe y de sentido de lo que es el cuerpo de Cristo, en el que no todo tiene que ser uniforme pero sí que ha de estar unido para bien de la totalidad.

No debemos perder la pista a la desunión interna que produce en la Iglesia Católica poner en prioridad al grupo particular que a la comunidad total unida por la Comunión de los Santos. Y eso se sigue produciendo. La discrepancia, a veces, es más humana --incluso de matiz político-- que espiritual. Y eso es lo que hay que evitar, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

 

 

El evangelio de hoy  (Mt 4,12-23), nos recuerda como  Juan Bautista acabó sus días en la cárcel y sigue con el inicio de la vida pública de Jesús.

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes:

* la presentación de Jesús que predica en Galilea;

* el mensaje que predica;

* l a elección de los discípulos.

La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue "arrestado": su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. San Juan, quedaría como modelo de fidelidad a su propia misión, y ejemplo para todos los que tenemos la  misión de ser testigos de Cristo a lo largo de toda la Historia. Su misión fue, en efecto, cumplida con toda exactitud.

Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la "Galilea de los gentiles", es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. De forma paulatina, pero inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por los territorios de Galilea, "Galilea de los gentiles", al otro lado del Jordán. Es  el Norte, en el territorio de Neftalí y Zabulón, tribus habitadas por gentes consideradas por los judíos como paganos debido a la "contaminación" con otras religiones e ideas, que desde el siglo VIII antes de Cristo habían sufrido con la invasión de los asirios. Muchos fueron deportados a las ciudades de Asiría y volvieron transformados, allí también se instalaron extranjeros que traían consigo otras vivencias religiosas.

Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la "luz" de la revelación porque viven en las "sombras" del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

El mensaje de Jesús es el mismo que San Mateo pone en labios de Juan el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos" (Mt 3,2).

Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista San Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, "está cerca"; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

  En el relato se describe los momentos normales del trabajo de aquel día. Los Zebedeos estaban repasando redes, como lo siguen haciendo millones de pescadores en las orillas de los mares de todo el mundo. Acompañaban a su padre y ni siquiera la presencia del progenitor, con la enorme autoridad que se le daba el ambiente judío, impide que sus hijos lo dejen todo y marchen en pos de Jesús.

En este contexto  de normalidad se da  la proclamación del mensaje, y el seguimiento de los discípulos. Lo que más nos interesa es el significado de la expresión "seguir a Jesús": en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Venid y seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Jesús llama a los discípulos allí donde se encuentran: en su tarea de cada día, a la orilla del lago. El evangelio es escueto: presenta sólo dos trazos, la llamada y la respuesta. Pero entre una y otra hay un amplio espacio de maduración. Pedro, por ejemplo, dio mil y un rodeos y los evangelios no nos los esconden. Pero incluso así, el seguimiento de Jesús se fue imponiendo en su vida. Venid y seguidme: también a nosotros nos ha llegado, por mil y un caminos, la llamada de Jesús: familia, parroquia, escuela, grupo, compañeros, personas que nos han influido quizá sin saberlo... Y nos esforzamos por responder a ella como Pedro.

¿Qué quiere decir ser pescadores de hombres? No se trata de llenar el cesto, arrancando violentamente ahora a éste, ahora a aquél del agua en donde vive, se mueve y alimenta. Jesús  es sino el agua viva que da la vida.

Predicando el Evangelio del reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo (ev.). Enseñar y curar palabras de misericordia y obras de misericordia. La Iglesia (y nosotros muchas veces) ya ha escuchado el "id y enseñad". Pero quizá no ha prestado suficiente atención a la segunda parte: "Id y curad", abrirnos a las necesidades de los demás, a sus alegrías, esperanzas y temores, a sus enfermedades y deficiencias..., y esforzarnos por remediarlas.

Sólo a partir del amor real, es decir, concreto, de obras, podremos anunciar la buena noticia del amor de Dios. Cristianos, comunidades e iglesias: ¿cómo vamos con Jesús "anunciando el Evangelio de reino y curando 1as enfermedades y dolencias del pueblo"?

 

Para nuestra vida.

La primera lectura nos habla de alegría,  gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo. Vivir alegres, tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con fortaleza y serenidad la vida, por difícil o penosa que sea.

Gozo del que recoge el abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batalla... Esta experiencia es muchas veces nuestra propia experiencia, muchas veces estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Nuestro mundo se debate también en medio de tinieblas y sombras; la oscuridad es nuestro eterno acompañante. Densa niebla envuelve las relaciones políticas entre el Este y el Oeste. En eterna humillación se encuentran los países subdesarrollados en sus relaciones con los poderosos y los "así llamados" pueblos más avanzados (avanzados, ¿en qué?, ¿en nuestra forma refinada y diplomática de oprimir y esclavizar a los económicamente más débiles?). Oscuridad total en nuestras relaciones, cada vez más interesadas y menos humanas. En noche cerrada, sin claroscuros lunares, caminamos al pensar en el futuro de nuestros hijos, en el pan necesario de los parados, en la ética de nuestros jefes políticos y religiosos, en ... ¿Estaremos condenados a vivir en densa tiniebla? Y nuestro mundo sueña con la paz, con la luz que disipe nuestras tinieblas. La noche, la oscuridad, no pueden ser etapas definitivas, según el mensaje bíblico. Isaías sueña con un niño, pero éste no puede ser ningún ser humano, sino el Mesías, como nos dice el Evangelio de hoy (cfr. Is. 11). La persona de Jesús, su mensaje vivido, pueden disipar nuestras tinieblas.

Le podemos pedir al Señor que repita una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza en alegría, que nos ayude a vivir seriamente nuestra fe, a inyectar  fuerza en nuestra debilidad, acrecentando en nosotros la alegría, aumentando el gozo.

 

En la segunda lectura de la Carta a los Corintios, San Pablo presenta el tema de la división de los cristianos, de sus facciones o de sus "capillitas". Y ese problema ha sido permanente en la historia de la cristiandad. Esta misma semana –y la pasada-- hemos celebrado oraciones por la unidad de los cristianos. Y habría que decir que uno de los puntos que más escándalo produce es esa capacidad para la desunión y, sin duda, lo que nos separa es el pecado. Tal vez, algún día no muy lejano veamos la presencia de Jesús convertido en único Pastor y en único Maestro. "Soy de Pedro, de Pablo, de Apolo..." Y, en realidad, todos somos del mismo maestro.

San Pablo  ve en la división una contradicción fundamental entre la actitud del cristiano y la negación misma de lo que es la Iglesia. Sin duda hay entusiasmos en aquella joven comunidad, pero parece más interesada por la línea doctrinal de los evangelizadores, por su modo de enseñarla y por su persona, que por el contenido mismo y, en definitiva, más que por el Señor, Maestro de todos y en el que fueron bautizados. Para la Iglesia de Corintio, llegar al cisma sería no haber comprendido nada ni de Cristo crucificado ni de lo que constituye el pueblo de Dios. Creer unidos y realizar la unidad por haber nacido en un mismo bautismo y haber sido liberados por el mismo Cristo crucificado: tal es la unanimidad que hay que realizar.

Experimentamos toda la actualidad de una carta así.  Hoy, el problema interno es la falta de unidad. Las tensiones entre ricos y pobres, "fuertes y débiles", y también las tendencias partidistas eclesiales (unos se sienten más ligados a Pedro, otros a Pablo, otros a Apolo), hacen de la comunidad de Corinto un escándalo continuado por su falta de unidad. Pablo reacciona: "os ruego, en nombre de Nuestro S. J.C., poneos de acuerdo...". ¿Cómo puede estar dividida una comunidad en la que todos creen en Cristo, por la que ha muerto Cristo? Eso no pasaba sólo en Corinto. Ahora, ante el mundo, estamos dando un espectáculo escandaloso: cristianos que creen en el mismo Jesús y que sin embargo están desunidos: católicos, protestantes, ortodoxos orientales... Es más lo que nos une que lo que nos separa, y sin embargo no queremos unirnos. Esta semana de oración que del 18 al 25 de este mes estamos viviendo es una llamada a la unidad.

Pero no hace falta que nos extrañemos mucho de la falta de unidad que haya a niveles superiores, porque nosotros mismos seguramente estamos experimentando también la desunión: en nuestras comunidades parroquiales o diocesanas, en el seno de cada familia, en la relación de jóvenes y mayores, de laicos y sacerdotes... ¿No vivimos a veces situaciones de tensión por tendencias, por sensibilidades distintas, por ideologías más o menos adelantadas o tradicionales, por partidismos eclesiales y conflictos de pareceres en todos los órdenes? A todos, la Palabra de Dios nos dice hoy que nos convirtamos al único que puede ser nuestra Luz, nuestra Paz, nuestro Guía: Cristo Jesús. En el nivel de las Iglesias, pero también en el de las personas y los grupos dentro de nuestras comunidades, convertirnos a Cristo es el único camino de la unidad. Cuando experimentamos el dolor de la discordia, una mirada a Cristo debe evitar que perdamos la caridad, el humor, la unidad, la ilusión de seguir creciendo en nuestra vida cristiana.

Lo cual no significa uniformidad: que todos piensen y sientan igual. En un coro no hace falta que todas las voces canten al unísono. En una orquesta no se trata de que todos los instrumentos sigan una misma línea melódica. Lo que sí se pide es que haya armonía y concordia en esa riqueza de matices y personalidades. Que haya unidad de fe, de caridad fraterna, de ilusión por el trabajo común, de empuje misionero.

Con todo lo que hay que hacer para llevar a este mundo la luz y la novedad del evangelio, y estamos divididos entre nosotros mismos. La falta de unidad nos condena a la ineficacia, a la esterilidad.

La Eucaristía, en la que cada uno de nosotros escuchamos la misma Palabra y comulgamos con el mismo Cristo, y en la que nos damos el gesto de la paz, como condición para recibir a Cristo, nos debe ayudar cada vez a crecer en sentimientos y en actitudes de paz y de unidad.

 

 

El evangelio nos invita hoy a acompañar al Maestro, para contemplar sus gestos, para escuchar sus palabras, deseosos de empaparnos de su espíritu.

El texto nos recuerda  el contexto sociológico en el que Jesús empieza a predicar su evangelio, un evangelio de conversión y de purificación de la religión judía. Empieza  por la “Galilea de los gentiles”, el país de Zabulón y de Neftalí, una región en sombras, desde el punto de vista religioso. Era una tierra de sincretismo religioso, de relajación de costumbres. Por ahí comenzó Jesús, desde una tierra y unas personas despreciadas por la élite religiosa de Jerusalén. Para esta gente religiosamente despreciada y sospechosa Cristo quiso brillar como una gran luz. Yo creo que nuestra sociedad, y nuestra tierra, hoy es también “Galilea de los gentiles”, una sociedad religiosamente relajada y sin vigor.

Con Jesús, la Luz irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos que ya  Isaías contemplaba envueltos en las tinieblas de la muerte. El evangelista recoge las palabras del profeta Isaías, al señalar esta tierra como llena de tinieblas y de sombra. Pero una luz grande va a brillar sobre ellos. Allí aparece Jesucristo, luz que ilumina la oscuridad y que elimina las tinieblas. Jesús prefiere empezar su ministerio público precisamente en territorio semipagano. Cafarnaúm, junto al lago, será su pueblo y de allí saldrán sus primeros discípulos que son unos pobres pescadores. El lugar y las personas elegidas desconciertan, pero son un signo de lo que significa el anuncio de la Buena Noticia, que va dirigido en primer lugar a los pobres, a los sencillos y los a los considerados ateos.

 A nosotros, los cristianos del siglo XXI, nos toca hoy brillar como una gran luz y predicar el amor y la conversión. Jesús en los inicios de su predicación -y ahora a cada uno de nosotros, a todos los que buscan- nos llama a la conversión, a la renovación.

Convertirse no  se trata de buscar un Dios lejano, sino descubrir un Dios presente en nuestra vida. Un Dios presente, pero que pide más, ofrece más, espera más. Esta es la Buena Noticia de JC -siempre "buena", siempre "nueva"- para nosotros.

Desde esta conversión de corazón podremos ayudar a nuestra sociedad a acercarse cada día un poco más al Reino de Dios.

El evangelio nos presenta a un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el lago de Galilea.

Allí encuentra a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. Jesús pasa cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago. También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos respondieron con prontitud y generosidad.  Le siguen, dejándolo todo. El seguimiento de Jesús será una de las categorías fundamentales que definen el discipulado. Así llegará a decir posteriormente: "El que no tome su cruz y me siga no es digno de mí" (Mt 10,38). El seguimiento no se limita a gestos superficiales, sino que lleva hasta la entrega de la propia persona. En Israel los discípulos buscan al maestro de la Torá, la Ley. En cambio aquí es Jesús el que elige. La condición del discípulo de los rabinos es transitoria, mientras que para el discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la comunión de vida y de muerte con su Maestro. El seguimiento no se limita a la aceptación histórica de Jesús, sino que supone la entrega a Él y la identificación con El y al mismo tiempo la asunción de su causa: la atención compasiva hacia los pobres y marginados. La adhesión a la persona de Cristo es la base de la moral, del comportamiento del cristiano. Adhieres a su persona, es asumir sus actitudes y valores. La moral cristina no es un mero cumplimiento de normas, sino que se basa en el "seguimiento de Jesús". Pregúntate ¿Qué pide El de ti?, ¿qué espera El de ti? ¿Qué haría El en tu circunstancia?

Jesús ahora también pasa a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria, ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de muerte en que yace el mundo, iconos de la misericordia del Padre Las barcas y las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá, lo mismo que les ocurriría quizás a los primeros discípulos. Pero como ellos hemos de mirar hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y ser valientes para recorrerlo.

Tengamos muy presente que tanto en la época de Jesús, como ahora, lo que caracteriza al discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir, esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a "fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona, establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro, no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente, todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas explicaciones.

Que el Señor, por lo menos en este domingo, nos encuentre con un corazón dispuesto a una renovación personal y comunitaria. Que el Señor, en este Día del Señor, encuentre en nuestros labios un “si” como respuesta a todo aquello que nos pide como muestra de nuestra fidelidad y de nuestra fe. ¿Hemos escuchado nuestro nombre?.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@sacravirginitas.org