domingo, 3 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas V Domingo de Pascua 3 de mayo de 2026

     Las tres lecturas de este domingo tienen un hilo conductor eclesiológico. Permiten proponer tres aspectos complementarios del misterio de la Iglesia, siempre en relación con la perspectiva pascual propia de  este tiempo.

La Iglesia, lugar del encuentro. Los primeros discípulos de Jesús ofrecieron al mundo un modelo de fraternidad. Siguiendo el camino de Jesús, aprendieron a superar las diferencias y a resolver los conflictos con amor.

Organizaron la convivencia para favorecer la vida, no para complicarla: para fomentar la comunión entre hermanos, no para establecer diferencias, rangos y dignidades.


Construyeron la comunidad sobre el único fundamento que es Cristo, el Señor resucitado. Pedro dice de ella que es templo del Espíritu Santo, es decir, ámbito del encuentro con Dios en Jesucristo. Todos los miembros de esta comunidad constituyen un sacerdocio real, un pueblo de reyes y sacerdotes.

Un pueblo en el que, por tanto, ya no hay reyes o sacerdotes que mediaticen la libertad de los hijos de Dios y se interfieran en las relaciones de cada uno con el Padre. Pero la Iglesia todavía no es el reino de Dios.

 

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles (Hech 6, 1-7), presenta los seis primeros versículos del cp. 6º de los hechos. Los capítulos del 6,1 al 9,31 forman un grupo de transición dentro de la primera parte del libro de los Hechos (3,1-14,28). Lo denominamos  de transición porque se ensancha la actividad del grupo apostólico, y otros colaboradores entran en él.

En el texto se nos presenta los dos tipos de personas que existían en los orígenes de la Iglesia: los judeo-cristianos y los cristianos helenistas.

Los del primer grupo hablaban arameo, eran de mentalidad semita, leían la Escritura en hebreo y, como es natural, se sentían muy ligados a las tradiciones judías, sobre todo en cuanto a la sinagoga y el templo. Cumplían de forma estricta la ley de Moisés, incluyendo desde luego la circuncisión. Como buenos judíos, eran queridos por el pueblo y defendidos por los fariseos.

El segundo grupo (que el texto llama "de lengua griega") lo constituían gentes que procedían de las colonias judías situadas en las riberas del Mediterráneo. Hablaban griego común, su mentalidad era muy occidental, leían las Escrituras en griego y no mostraban tanto apego a la ley mosaica como los palestinos. Su estilo era urbano y su posición económica desahogada.

En el Cp. 6º, comienza un aspecto nuevo entre los cristianos. Aparecen los testigos del servicio de la caridad, los que después fueron los «diáconos». Estos testigos, hombres llenos del Espíritu y de sabiduría, son los siete primeros colaboradores de los apóstoles, con Esteban como jefe.

El fragmento de hoy se entiende  tradicionalmente, como la institución apostólica de los siete diáconos, proyectando espontáneamente en ese lugar los orígenes de una figura ministerial que con trazos precisos existía en la Iglesia por lo menos desde los inicios del siglo II. Es posible que la redacción de Hechos, que acostumbra hacer una lectura actualizadora de la historia de la comunidad primitiva, quiera aludir al último grado de la trilogía obispos-presbíteros-diáconos que ya tomaba cuerpo a finales del siglo I. El «grupo de los siete» es el diaconado u organización ministerial subalterna de los apóstoles, nacida para atender a la comunidad de los creyentes helenistas, diferenciada religiosa y culturalmente de los creyentes hebreos, y discriminada por este grupo mayoritario y dirigente. La función que de momento se subraya más es la de liberar a los apóstoles de tareas subsidiarias, como era «servir a la mesa» y cuidar de las viudas, «mal atendidas en el servicio cotidiano» (vv 1.2).

Al leer este relato constatamos que algo ha cambiado en la comunidad cristiana.

En primer lugar ha habido un crecimiento («aumentaba el número de los discípulos»). Esto provoca una crisis de crecimiento («los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea»). Y esta crisis, bien conducida, lleva a una descentralización («no está bien que nosotros desatendamos la palabra de Dios para servir a la mesa»). La elección de los colaboradores la realiza la misma comunidad que ha de recibir sus servicios. Una vez presentados los hombres escogidos, los apóstoles hacen la plegaria de bendición y de acción de gracias, porque ha aumentado el número de los elegidos. A continuación invocan al Espíritu Santo, distribuidor de los dones, y les imponen las manos como un signo de la comunicación de este mismo Espíritu.

Esta lectura, muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo en su  « tarea administrativa» y en su dedicación «a la oración y al servicio de la palabra». Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad. Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo; el Espíritu que él les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.

 

El responsorial es el Salmo 32, (Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 ) Este salmo, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras:  "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.

Himno, con la estructura típica: introducción, motivos, conclusión.

 (vv. 1-3).Invitación a la alabanza, «Aclamad, justos... los vítores con bordones» con acompañamiento musical. Los «buenos» o «justos» son la comunidad litúrgica del pueblo escogido. Alabanza y acción de gracias se encuentran con frecuencia unidas.

VV. 4-5: Celebración de la Palabra de Dios: «Que la Palabra del Señor... él lo mandó y surgió». Primera motivación genérica: «palabra, acción, justicia, misericordia». En cierto modo, el cuerpo del himno desarrolla estos temas.

VV. 16-19: Reflexión sobre la verdadera ayuda y salvación: «No vence el rey... en tiempo de hambre» La salvación: referida a la situación bélica y al peligro mortal del hambre.

La antífona esta tomada de la Conclusión: «Nosotros aguardamos... como lo esperamos de ti» (vv. 20-22) "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti." (v. 22).

El Creador de los corazones es el Señor y el juez de los hombres. Para unos es una mirada protectora; para otros, amenazadora. Los primeros se han entregado al Señor, los otros confían en sí mismos. Pero un mismo Señor juzga a unos y a otros. Ante el conocedor de nuestras intenciones afirmamos nuestra debilidad y su fortaleza, y esperamos que nuestras vidas sean liberadas de la muerte -la suprema debilidad- por su infinita misericordia.

 

La segunda lectura es de la Primera carta del apóstol San Pedro (1 P 2, 4-9) Una parte, al menos, de la primera carta de Pedro, parece ser una especie de cuaderno-guía para la celebración de la liturgia cristiana de Pascua.

En este pasaje se trata de los creyentes y de su comunidad, que como en otros libros del NT aparece con la imagen del templo y de la construcción.

Es interesante que los templos de los cristianos sean las personas y no los edificios, aunque esto ha sido bastante olvidado en la conciencia posterior, volviendo a una idea veterotestamentaria o de religión en general, en la cual el templo físico tiene una gran importancia.

La antigua alianza ha sido elaborada en las faldas del Sinaí, monte al que el pueblo no podía acercarse bajo pena de muerte (Ex 19, 23); la nueva alianza se tramita y queda establecida para siempre en torno a una "nueva roca", una "piedra" viva que es Cristo resucitado; una piedra a la que, en oposición a lo que sucede con el monte Sinaí, todos pueden acercarse (v. 4).

El nuevo pueblo acude a reunirse bajo la protección de una persona que dio muestras de su divinidad sobre todo en su muerte y resurrección ("rechazado..., pero escogido", v. 4).

Reunidos en torno a Cristo, los cristianos constituyen de este modo un templo espiritual, pues su ofrenda no consiste ya en simples ritos, sino en actitudes personales (v. 5) y su adhesión a Cristo deja de ser una cuestión de ablución, para convertirse en fe y compromiso (v. 6-8), y ello desde una opción personal hacia El (vs. 7-8). Por la fe, todos tenemos acceso a Cristo y a la nueva vida, participamos en su resurrección y somos también nosotros "piedras vivas". Sobre el fundamento que es Cristo, construimos "el templo del espíritu", que es la iglesia .

El v. 9 contiene la idea esencial del pasaje. Los cristianos constituyen el nuevo Israel, pues poseen las prerrogativas contenidas en el título que Dios concedió al pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto.

Se trata de una comunidad de creyentes, no tanto de una institución oficial que es mera mediación y no es identificable sin más con la comunidad total, se dicen los títulos del v. 9. El peligro aquí radica de predicarlos de la Iglesia oficial sin más, y entonces es necesario ser muy torpe para ver que esta comunidad no merece esos títulos sin más ni más. Aunque sean inseparables la Iglesia visible y la invisible, tampoco se pueden identificar simplemente. Lo esencial es la comunidad de creyentes, unida en fe y adhesión a Cristo. De ella sí se dicen esas cosas.

La comunidad se fundamenta en Cristo como cimiento total y absoluto. Lo importante es entender bien la imagen de Cristo como fundamento. Lo más claro es poner la Resurrección de Cristo, o Cristo Resucitado que es lo mismo, como tal fundamento. No es el recuerdo del Cristo histórico, y ni siquiera son los propios actos del Jesús terrestre, por importantes que sean. De Cristo glorioso brota la vida de los hombres.

Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo construyen como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como «sacerdocio real». Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto la piedra angular colocada por Dios como la «piedra de tropezar» y la «roca de estrellarse» para los hombres. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como «signo de contradicción», «para que muchos caigan y se levanten»

 

Aleluya jn 14, 6

yo soy el camino, y la verdad, y la vida --dice el señor--; nadie va al padre, sino por mí.


           
El evangelio es de San Juan (Jn 14, 1-12), se enmarca en la situación motivada por la marcha de Judas (Jn. 13, 30). Esta marcha enfrenta a los discípulos con una situación nueva, derivada de la desaparición de Jesús (cfr. Jn. 13, 33). ¿Qué será de los discípulos en esta situación? ¿Cuál es su función? A estas preguntas responde el evangelio.

La marcha de Jesús y el miedo ante un mundo hostil hace nacer en los discípulos una profunda angustia que corre el peligro de hacerlos sucumbir. Jesús quiere confortarlos mostrándoles que su marcha constituirá un paso serio para una unión de carácter más íntimo que la que ahora tienen entre ellos, por la fuerza del Espíritu. El miedo atenaza muchas veces al que cree en Jesús. Su fuerza y su palabra le liberan.

En esta clave hay que entender las palabras de Jesús: "No perdáis la calma". Lo dice Jesús en un momento en el que las cosas estaban mal para Él y para los suyos. Lo van a matar, que es el acontecimiento por excelencia que puede alterar a un ser humano, y aquellos hombres a los que ha llamado desde diversos sitios y que han convivido con Él van a quedar desbordados por los acontecimientos. Era de lo más importante, por consiguiente, la recomendación de Jesús.

Los v.v. 1-11 son una invitación al consuelo y a la confianza. Estos versículos sólo los podrá "entender" quien haya vivido la experiencia del desconsuelo y del abandono por la pérdida de un ser querido.

Ante el desconsuelo que su muerte desencadena en los discípulos (v. 1a), Jesús les habla de un reencuentro en la casa del Padre, de un volverse a ver, de un camino que lleva a ese reencuentro (vs. 2-4). A la hora de interpelar los vs. 2-4 hay que evitar el peligro de la racionalización. Racionalizar o de estancias diferenciadas. Otro ejemplo: preguntarse cuándo tiene lugar la vuelta de Jesús (manifestación solemne de la Parusía; cuando uno muere). El v. 3 no dice nada de esto; simplemente está usando unas imágenes, poniendo una comparación. Todo, para decir lo único que en una situación así importa: me voy, pero nos volveremos a ver.

El segundo ruego de Jesús es una invitación a la confianza, a fiarse del Padre y de El (v. 1b). El desarrollo-justificación de este ruego se realiza en forma de preguntas y respuestas (vs.5-11). Las preguntas de los discípulos aferran la dificultad que, en última instancia, una tal invitación plantea: ¿Cómo saber que podemos tener confianza? ¿Dónde está la base segura y la fuerza motora de esa confianza? Frente a la mística gnóstica contemporánea, preocupada por conocer la vía de la inmortalidad, el itinerario a seguir en el otro mundo a través de las esferas celestes, Juan propone la mística realística de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". El que cree en Jesús no tiene necesidad de ninguna otra gnosis o doctrina de salvación; está ya seguro de llegar a la meta y ya la está tocando desde ahora.

Camino frente a todos los otros caminos, que Jesús personalmente es el camino salvífico del hombre hacia Dios, al lado del cual para la fe no cuentan para nada ni el camino soteriológico judío de la piedad nomista (la tora) ni el gnóstico de un conocimiento puramente interno de la salvación.

Jesús  verdad de Dios que sale al encuentro del hombre; con él han venido la gracia y la verdad (1,17). Esa verdad que sale al encuentro, que es objeto de experiencia y que habla, es la que hace al hombre libre: "Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois verdaderamente discípulos míos: conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn. 8,31). En contacto con Jesús y su mensaje el hombre encuentra la verdad y realidad liberadora de Dios: experimenta la verdad en Jesús como salvación y como amor; puede ser de la verdad. Cierto que esa verdad nunca se convierte en posesión disponible. Lo decisivo para la fe es que la verdad liberadora sólo se experimenta en el encuentro con Jesús y su palabra; tiene que ser otorgada al hombre. Pero en Jesús se nos da de hecho y de forma permanente. De ahí que hable el deseo humano de la suprema verdad y sentido de una manera insuperable.

Jesús vida: en conexión con el pensamiento veterotestamentario y judío la vida (o la vida eterna) se convierte en palabra clave para la salvación; es decir, para todo aquello que la revelación tiene que ofrecer al hombre. La fe dice que la vida humana sólo alcanza su plena consumación en la comunión con Dios. Podemos calificar esa concepción como una calidad de vida escatológica. Justamente eso es lo que preocupa al cuarto evangelista: la lejanía de Dios, como ausencia de sentido, de felicidad y alegría es lo que constituye el problema más grave y la auténtica enajenación de nuestra vida; mientras que la vida verdadera, como podría ofrecerla la revelación, consiste en que por Jesús se nos brinda la comunión divina. Jesús, el Hijo del hombre, es el donador de vida escatológica.

Jesús es además el que revela al Padre.

Dícele Felipe: "Señor, muéstranos al Padre..." La súplica formula el deseo de una contemplación de Dios. En ese deseo de contemplar directamente la divinidad en toda su plenitud, se condensa la quintaesencia de todo anhelo religioso, el anhelo de que en el encuentro con Dios se nos abra el sentido del universo.

El reproche "Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?", remite al trato con el Jesús histórico. Conocer a Jesús equivale justamente a reconocerle como el que revela a Dios. Sobre Jesús se pueden decir muchas cosas. Cuando no se ha encontrado ese punto decisivo, es que aún no se ha dado con el lugar justo para hablar de Jesús, por seguir moviéndose siempre en preliminares y cuestiones acusatorias.

 "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". En el encuentro con Jesús encuentra su objetivo la búsqueda de Dios. Pues ése es el sentido de la fe en Jesús: que en él se halla el misterio de lo que llamamos Dios. Por lo demás, el "ver a Jesús", de que aquí se trata, no es una visión física, sino la visión creyente. La fe tiene su propia manera de ver, en que siempre debe ejercitarse de nuevo.

Se da ahora la razón de por qué la fe en Jesús puede ver al Padre: "¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?" Hallamos aquí una forma de lenguaje típica de Juan (fórmula de inmanencia recíproca), para indicar que Jesús está "en el Padre" y que el Padre está "en Jesús". En esa fórmula, se manifiesta la íntima relación y comunión entre Dios y Jesús. Que Jesús "está en el Padre" quiere decir que está condicionado en su existencia y en su obrar por Dios, a quien él entiende como su Padre; y, a la inversa, que Dios se revela a través de la obra Jesús, hasta el punto de que "en Jesús" se hace presente. Se comprende que la verdad de esta afirmación sólo se manifiesta en la fe, y no en una especulación sobre Dios que pueda separarse de la fe. Y que la fe pone al hombre en una relación viva con Jesús y, justamente por ello, en una relación viva con Dios, asegurando una participación en la comunión divina. (...)

Jesús  nos ofrece la garantía absoluta de que Dios existe y de que es Padre. (v. 12).

A la invitación al consuelo y a la confianza sigue ahora la invitación a la acción. En ausencia de Jesús, los discípulos deben desempeñar entre los hombres el mismo papel que Jesús ha desempeñado entre ellos. La fe de los discípulos no es un término, sino un punto de partida. Y un punto de partida con unas repercusiones mayores que las de Jesús, porque la actuación de los discípulos no estará limitada al estrecho marco judío, como fue el caso de Jesús. Los discípulos deberán ser para los demás hombres testimonio de consuelo y testimonio de confianza en el Padre y en Jesús; deberán ofrecer la garantía de que Dios existe y de que es Padre.

Termina el texto dándonos Jesús la razón de su afirmación anterior: los discípulos harán obras como las suyas, y aun mayores, porque desde su nueva condición de resucitado él seguirá actuando con ellos. Las obras no serán fruto únicamente de la acción de los suyos, sino principalmente de su oración junto al Padre. Los discípulos no están solos en su trabajo ni en su camino. La comunicación de Dios con los hombres será constante a través de la mediación de Jesús.

Las obras llegarán a feliz término si están maduradas por la oración. Jesús repetirá varias veces que las peticiones hechas en su nombre serán escuchadas siempre (Jn 15,16; 16,23.24.26). Al insistir en la promesa de que él mismo escuchará la oración de sus discípulos, Jesús trata de inculcarles e inculcarnos que toda nuestra actividad es en realidad obra suya. No especifica el contenido de esa oración; pero es evidente que no pueden ser intereses humanos y personales, sino únicamente lo que necesiten para llevar adelante la obra de su Maestro.

 

Para nuestra vida

La primera lectura nos orienta hacia otra faceta del misterio de la Iglesia.             Nos la muestra como una sociedad humana, compuesta por hombres y mujeres normales. Asistimos a la primera crisis (crisis de crecimiento: "al crecer el número de los discípulos") y a las primeras tensiones (entre el grupo de los "helenistas", que hablaban griego, y el grupo de los "hebreos", que hablaban arameo y leían la biblia en hebreo).

La comunidad cristiana primitiva solucionó aquel problema organizando mejor entre sus miembros el servicio, la "diakonía".

La necesaria institucionalización se hace en función de las necesidades y con la participación de los afectados y no con un modelo previo al que se hayan de adaptar las nuevas situaciones.

En esta descentralización es consecuencia de una exigencia de fidelidad a la misión apostólica en lo que tiene de esencial: la plegaria y el servicio de la palabra. Esta plegaria apostólica y litúrgica, con la enseñanza, es uno de los componentes básicos de la comunidad cristiana. Plegaria y servicio de la palabra son dos aspectos complementarios de una misma tarea: la dedicación a la palabra de Dios, sin dualismos y sin subordinaciones innecesarias. Esto es válido entonces y ahora.

En el  nuevo pueblo de Dios,  todo ha de entenderse como servicio humilde (el número siete era para los griegos símbolo de universalidad, como lo era el número doce para los judíos). En la Iglesia de Cristo todo es servicio: servicio de la Palabra, servicio de la oración, servicio de las mesas. Todos son "servidores" -"diakonoi"-, empezando por los responsables de la comunidad. De una manera u otra, todos están al servicio de la comunión. El modelo supremo, la referencia última obligada, es el gran Acto de Servicio que realizó en la cruz aquél que "no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc. 10,5). A partir de aquel momento, en la Iglesia el servicio no se practica como un gesto aislado, sino como estilo de vida.

Otro aspecto que llama la atención de ese suceso es lo que llamaríamos la dialéctica entre comunidad y ministerios. Estos se ven como una función al servicio de la comunidad, que los crea, institucionaliza y les da la fisonomía que conviene. Una lección que para evitar esclerosis paralizantes no debiera haber olvidado nunca la pastoral de los ministerios y que hoy urge aprender y poner en práctica de manera urgente.

La primitiva comunidad hoy nos  da un ejemplo de madurez. Es posible que en nuestras respectivas comunidades necesitemos releer y meditar seriamente esta página que, como otras tantas de los Hechos, establecen criterios fundamentales para la vida de la comunidad.

Estamos viviendo la Pascua y el viento del Espíritu debe airear nuestras comunidades cristianas. La Iglesia, en su liturgia, insiste en presentarnos el ideal de los primeros cristianos a través de sus gestos y palabras, para que hoy el árbol no nos impida ver el bosque. Cambiar lo caduco, vitalizar lo anquilosado, purificar lo superficial... son tareas que nos incumben a todos. Pascua es también dar vida a las piedras muertas del Templo del Espíritu; porque hemos sido convocados para «proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas para entrar en su luz maravillosa».

 

El salmo de hoy, nos  va introduciendo en el plan de Dios es un plan de salvación que no pueden frustrar los planes humanos adversos; que incorpora en su realización las acciones de los hombres, conocidos por Dios.

La confianza, como enlace del hombre con el plan de Dios, se convierte en factor histórico activo, para encarnarse en la historia de la salvación. Como el plan de salvación de Dios no tiene límites de espacio o de tiempo, así este salmo queda abierto hacia el desarrollo futuro y pleno de dicha salvación, queda disponible para expresar la confianza de cuantos esperan en la misericordia de Dios.

El autor del salmo 32 pudo tener como trasfondo de su himno alguna de las gloriosas liberaciones de su pueblo. En su lenguaje se trasluce el eco de unos planes de las naciones deshechos, de unos proyectos frustrados, de unos habitantes del orbe que tiemblan ante el poder de Dios, de un rey que no vence por su mucha fuerza, de unos caballos que nada valen para la victoria.

Así comenta San Juan Pablo II este salmo: “ 1. El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras:  "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.

San Basilio, considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo, explica así este pasaje:  "Habitualmente se llama "nuevo" a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito" (Homilía sobre el salmo 32, 2:  PG 29, 327). En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación del salmista, que dice:  "Cantad al Señor un cántico nuevo", para los creyentes en Cristo significa:  "Honrad a Dios, no según la costumbre antigua de la "letra", sino según la novedad del "espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su "espíritu", canta un "cántico nuevo"" (ib.).

2. El cuerpo central del himno está articulado en tres partes, que forman una trilogía de alabanza. En la primera (cf. vv. 6-9) se celebra la palabra creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, semejante a un templo cósmico, no surgió y ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses, como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente Próximo, sino sólo gracias a la eficacia de la palabra divina. Precisamente como enseña la primera página del Génesis:  "Dijo Dios... Y así fue" (cf. Gn 1). En efecto, el salmista repite:  "Porque él lo dijo, y existió; él lo mandó, y surgió" (Sal 32, 9).

El orante atribuye una importancia particular al control de las aguas marinas, porque en la Biblia son el signo del caos y el mal. El mundo, a pesar de sus límites, es conservado en el ser por el Creador,  que, como recuerda el libro de Job, ordena al mar detenerse en la playa:  "¡Llegarás hasta aquí, no más allá; aquí se romperá el orgullo de tus olas!" (Jb 38, 11).

3. El Señor es también el soberano de la historia humana, como se afirma en la segunda parte del salmo 32, en los versículos 10-15. Con vigorosa antítesis se oponen los proyectos de las potencias terrenas y el designio admirable que Dios está trazando en la historia. Los programas humanos, cuando quieren ser alternativos, introducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con el proyecto divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus éxitos transitorios y aparentes, se reducen a simples maquinaciones, condenadas a la disolución y al fracaso.

En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente:  "Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero  sólo  el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.

"Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira", comenta san Basilio (Homilía sobre el salmo 32, 8:  PG 29, 343). Feliz será el pueblo que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: “El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad" (Sal 32, 11) “ . (San Juan Pablo II. Audiencia general del miércoles, 8 de agosto 2001. El salmo 32, un himno a la providencia de Dios).

 

En la segunda lectura, san Pedro nos ofrece una de las más bellas descripciones de la Iglesia, pueblo sacerdotal, templo de Dios. Es una construcción "espiritual", no en el sentido de realidad "invisible", sino por estar construida y habitada por el Espíritu (cf. 1 Co 3. 15): la cohesión mutua de las piedras vivas que la conforman es obra del Espíritu.

El tiempo pascual es el tiempo de los sacramentos de la iniciación cristiana, que definen la condición del cristiano como comunión con la Pascua del Señor. Estas piedras vivas "entran en la construcción del templo del Espíritu" por el sacramento del Bautismo, primera experiencia pascual del cristiano, que lo deja consagrado para toda la vida. Sin apartarse de la imagen y del texto de Pedro, cabe hablar del origen pascual de esta construcción espiritual que es la Iglesia: descansa sobre "la piedra escogida y preciosa" que los constructores desecharon, el Señor Jesús, a quien crucificaron los hombres, pero Dios hizo "piedra angular" de la Iglesia. La nueva creación que llega a ser el cristiano por su incorporación a Cristo realizada en el bautismo alcanza hoy su dimensión comunitaria o de pueblo de Dios. Todo esto se describe con una terminología sacada del A.T. y aplicando a los creyentes en particular y en cuanto son comunidad -en cuanto nuevo y definitivo pueblo de Dios- lo que Israel estaba destinado a ser en virtud de su elección.

La comunidad cristiana se describe con la imagen de una casa o templo que se va edificando por la incorporación a Cristo -piedra fundamental- de cada uno de los miembros y por la fuerza del Espíritu Santo que habita en ellos: de ahí que se trate de un "templo del Espíritu"; todos los que lo forman son llamados "un sacerdocio sagrado, una raza elegida, un sacerdocio real, una nación sagrada, un pueblo adquirido por Dios".

Todas estas imágenes, tomadas del pueblo de la Antigua Alianza al de la Nueva (al que Dios ha llamado, como en un nuevo éxodo, "a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa"), indican la misión de todos los creyentes no como miembros individuales, sino como pueblo. Por medio del bautismo se forma parte de este pueblo escogido que debe hacer de su vida entera un culto y una donación a Dios. En medio de la diversidad de personas que forman este pueblo, su vocación es común y puede realizarse por la fuerza de la Palabra (cfr. 2, 2) y del Espíritu.

 

El evangelio está enteramente proyectado hacia las "estancias del cielo".

En continuidad con las dos lecturas anteriores, cabe interpretarlo también en clave eclesiológica. Así la Iglesia aparece como un pueblo en marcha hacia la casa del Padre, guiada por el Hijo resucitado. Su gran esperanza es volver a estar con su Señor, que ha llegado a la comunión total con el Padre. Su destino último y definitivo es entrar también ella en la familiaridad perfecta con Dios ("morada", en el lenguaje de Juan, es expresión de comunión con Cristo y con Dios). La Iglesia ya "ha sido iniciada en los misterios de tu Reino", gracias a los sacramentos pascuales de la iniciación cristiana. Está llamada a vivir, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna y a convertirse, para los hombres, en sacramento del Reino, de suerte que su vida "sea manifestación y testimonio de esta realidad que conocemos".

Parece evidente que ningún hombre se encuentra donde quiere, pues todos vamos detrás de nuestros deseos y proyectos, cuando no huimos de nuestros temores y necesidades. En este caso es de suma importancia hacerse la pregunta por el fin, si no queremos perder el tiempo y el sentido de la vida. Si no queremos perder también la libertad, porque solo es libre el hombre que sabe adónde va. El evangelio de hoy ante la pegunta de todo hombre, -¿Adónde vamos...? nos presenta a un Jesús que se autocalifica como camino, verdad y vida, y nos invita a seguir esa senda que es él mismo. Jesús se nos presenta, a los apóstoles y a nosotros, como aquel que da sentido pleno a la existencia, como el que es capaz de satisfacer nuestro deseo de felicidad, de gozo, de vida plena. Siguiéndole a él, aceptándolo a él como camino, yendo con él, todos los valores humanos, todas las esperanzas e ilusiones humanas se hacen más plenas, más ricas; todos los esfuerzos que hacemos los hombres al servicio de una vida mejor pueden llegar más a fondo, pueden alcanzar una amplitud insospechada.

La eucaristía celebrada entre hermanos es la realización más clara y concreta de ese ser camino, verdad y vida que Jesús es, y, al mismo tiempo, de aceptar esa realidad de Jesús por parte nuestra. Que nosotros nos reunamos aquí para celebrar la memoria de la cena de Jesús con sus amigos el Jueves Santo significa que queremos seguir el camino-Jesús. Esta realidad que ahora celebramos aquí debe ser constante en nuestra vida, no sólo una realidad para vivir un rato el domingo.

"No perdáis la calma". Lo dice Jesús en un momento en el que las cosas estaban mal para Él y para los suyos. Lo van a matar, que es el acontecimiento por excelencia que puede alterar a un ser humano, y aquellos hombres a los que ha llamado desde diversos sitios y que han convivido con Él van a quedar desbordados por los acontecimientos. Era de lo más importante, por consiguiente, la recomendación de Jesús.

Pero, naturalmente, para mantener la calma es necesario tener unos firmes cimientos. Jesús los pone inmediatamente después de la recomendación que hace: "Creed en Dios y creed también en Mí". Ahí está el secreto de la calma que pide el Señor. No es la calma del pasota. No. Es la calma del hombre que vive integrado en los problemas de su tiempo, que los siente, que los sigue, que se incorpora a ellos, que intenta -si puede- solucionarlos, pero que mantiene fija su vista en Dios, creyendo en Él. Es la calma del hombre sensible al dolor ajeno y propio, sensible a la injusticia, sensible ante los acontecimientos inexplicables que nos dejan asombrados y sin respuesta pero que, a pesar de todo, cree en Dios. La calma que pide el Señor es una calma activa, fruto de una personalidad forjada en el seguimiento de Cristo, que es el rostro del Dios en el que creemos y al que no hemos visto nunca, como le dice Felipe al Señor.

 La exhortación del evangelio «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí...."., la encontramos concretizada en San Juan XXIII que resume así determinadas actitudes de serenidad:

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto, cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie sino a mí mismo

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino también en este

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que todas las circunstancias se adapten a mis deseos

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie

7. Sólo por hoy haré por lo menos una sola cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré y me guardaré de dos calamidades: La prisa y la indecisión

9. Sólo por hoy creeré aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad "Puedo hacer el bien durante doce horas, lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo durante toda mi vida"

El evangelio que se nos ha proclamado, nos enseña algo importante, que hoy deberíamos reflexionar especialmente, porque precisamente está en el fundamento de nuestra fe.

Nos lo enseña el evangelio, y nos lo ha dicho también la segunda lectura, de la carta de san Pedro, al afirmar que Jesucristo es la piedra angular, escogida y preciosa, la piedra que sostiene el edificio y en la que nosotros nos aguantamos como piedras vivas.

Y lo que nos enseña es que todo eso, todos esos valores humanos, todo el esfuerzo por construir en el mundo más justicia, más libertad, más dignidad, todo acto de amor pequeño o grande, se llena de mucha más vida, se hace mucho más fuerte y rico, cuando lo hacemos y lo vivimos unidos a Jesucristo, metidos en ese camino que conduce hacia la vida del Padre, sintiéndonos pobres y confiando en que él -este Padre amoroso que Jesucristo nos ha dado a conocer- conduzca nuestros esfuerzos con su amor que está más allá de todo lo que podemos imaginar.

En nuestra vida hay algo más que nuestro esfuerzo 

En realidad, nosotros creemos que toda acción al servicio del hombre, toda acción de amor, es obra del Espíritu Santo, es una misteriosa continuación de la resurrección de Jesucristo. Siempre. Pero al mismo tiempo, cuando decimos con fe que reconocemos a Jesucristo como piedra angular, como camino, verdad y vida, lo que hacemos es afirmar que en nuestra vida hay algo más que nuestro esfuerzo. Que la vida de los hombres, que el amor y la esperanza que hay en el mundo no se acaba con lo que los hombres podamos hacer. Sino más allá está el camino que Jesucristo ha abierto y que conduce hacia el Padre, hacia el amor y la vida más plena.

Cristiano es el creyente que recorre el camino de Jesús: vive de la verdad, y la verdad lo conduce a la vida. Lo contrario de la verdad es la mentira, y lo contrario de la vida es la muerte. Al camino verdadero se opone el camino mentiroso. Junto a «los caminos de Dios» están «las sendas del mal». El Nuevo Testamento señala «dos caminos» (Sal 1,6; Prov 4,18-19). Jesús nos muestra que el camino hacia el Padre es el de la práctica de la caridad.

Yo soy el camino, la verdad y la vida». Jesús se ofrece como el camino a recorrer para entrar en el misterio del Buen Dios. Él puede descubrirnos el secreto último de la existencia y comunicarnos la vida plena que anhela nuestro corazón.

Son muchas las personas que hoy se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateas.

Nunca han rechazado a Dios en su vida conscientemente y quizás no saben si creen o no.

Sencillamente, han dejado la Iglesia por no encontrar en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida, al que llamamos “Dios” quienes somos creyentes.

Y al abandonar la Iglesia podrían haber abandonado al mismo tiempo a Jesús. Por eso hay que decirles con toda claridad y fuerza: Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con la gente cristiana ni su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En Él encontraréis el camino, la verdad y la vida que demasiadas veces con las palabras y especialmente con nuestro obrar cristiano os lo hemos ocultado.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

sábado, 21 de febrero de 2026

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 22 de febrero de 2025

 

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 22 de febrero de 2025

La Palabra de Dios que se nos proclama en este tiempo nos mostrará un Dios que nos busca para compartir con nosotros su presencia, su esperanza, su proyecto de liberación, su actitud de misericordia. También en este tiempo resonaran gritos y critica por parte de los profetas.

¿Cómo vivir entonces esta Cuaresma? Cierra los ojos y vámonos al desierto. Tenemos 40 días para recorrer los pasos del pueblo de Israel y de Jesús. Recordemos que el desierto es el lugar de los contrastes, donde están todas las tentaciones pero al mismo tiempo la fuerza del Espíritu que apoya a quien se deja acompañar. Aprovechemos este tiempo para evaluar las tentaciones y pecados que envuelven la vida personal y comunitaria, la vida de nuestra comunidad y de nuestro pueblo en general. Es necesario reflexionar y hablar de nuestros problemas, será la única manera de resolverlos. Después de un buen tiempo de desierto se sale más fuerte y maduro, con mayor conciencia de tomar en nuestras manos el rumbo de nuestra vida y de nuestro pueblo.

De nuestra realidad no podemos obviar la tentación; la más grande del hombre es el no querer conocer y aceptar sus propios límites (1 Lect.). Cristo, a diferencia de Adán, acepta plenamente la condición humana, reconociendo la dependencia de Dios y rechazando el proyecto autónomo (Ev.). Y así Cristo constituye la nueva humanidad, en donde sobreabunda la gracia (2 Lect.).

 

En la primera lectura (Gn 2,7-9; 3,1-7), nos encontramos con dos fragmentos de la narración yavista sobre los orígenes. El primero nos sitúa en el paraíso, en la armonía de la creación y en la armonía de la relación hombre-Dios, así como en la armonía de la pareja humana. Creado el hombre en una tierra desierta es trasladado al jardín del Edén. Allí el Señor le impone un mandato; si lo cumple, vivirá feliz en el jardín... Pero el hombre rompe el pacto, y es expulsado del Edén. Aunque no se diga explícitamente, este esquema es un relato de Alianza. Todo esto ha ocurrido en la historia del pueblo.

Trasladado del desierto por el Señor a una tierra buena y fructífera, el pueblo deber cumplir lo estipulado por Dios. Si lo cumple, vivirá feliz; en caso contrario será expulsado de la tierra.

El segundo nos coloca en la tentación de no obedecer a la Palabra de Dios.

-Muchas veces Israel ha roto el pacto con su Dios, y la consecuencia ha sido la irrupción del mal en la historia del pueblo. La meditación de esta continua experiencia vivida, lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por Dios, como un acto libre del hombre. Las buenas relaciones del hombre con Dios y con su mujer se han roto.

No olvidemos nunca que esta es una interpretación más entre las muchas que se han dado en la historia humana para explicar el origen del mal. Problema siempre acuciante al que se le han dedicado miles de páginas impresas.

 

El salmo de hoy (Sal 50,3-6.12-14.17) es un salmo específicamente de cuaresma. Es el mismo del pasado miércoles de Ceniza.  

Data del final de la época monárquica. Habría sido compuesto para una liturgia penitencial presidida por el rey. Pero es obvio que ha servido de sustento a la oración de innumerables personas lo suficientemente religiosas para reconocerse en él.

 Este salmo penitencial tiene un estrecho parentesco con la literatura profética, sobre todo con Isaías y Ezequiel. Dios, totalmente puro e íntegro, al perdonar, manifiesta su poder sobre el mal y su victoria sobre el pecado (v. 6). Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.

Salmo de penitencia,  continúa el precedente, que trataba de una discusión judicial entre Dios y el pueblo en la que Dios no actuaba como juez sino como parte frente al pueblo, y adquiere todo su valor como segunda parte de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre sólo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma la «justicia», la «salvación» que se iba preparando en el salmo anterior.

El salmo describe el reino del pecado sin mencionar ni una vez a Dios (vv. 4-5). El pecado es una marcha aberrante fuera de la ruta, una contorsión de la voluntad divina, una erradicación del suelo nutricio que es Dios. Una vez descrito el pecado, aparece en seguida el polo divino: «Contra ti, contra ti sólo pequé» (v. 6).

Los sustantivos que describen el pecado son abundantes, también lo son los verbos que en imperativo piden la acción de Dios: «borra mi culpa», «lava mi delito», «limpia mi pecado». Sólo Dios puede realizar eficazmente estas acciones.

Ante la condición pecadora del orante, se impone una actuación profunda de Dios, una acción creadora: «Crea en mí un corazón puro, rocíame por dentro con espíritu firme» (v. 12): un espíritu santo que introduzca al orante en la santidad de Dios (en su templo); un espíritu magnánimo por encima de la estrechez humana (v. 14). Es el mismo espíritu prometido por Jeremías y Ezequiel, y relacionado con la nueva alianza.

Así lo comenta San Agustín: " Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón (...).

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado; tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor". ( San Agustín. Sermón 19, 2-3; CCL 41, 252-254).

 

En la segunda lectura ( Rom 5,12-19) San Pablo no quiere destacar la negatividad de la condición humana, sino tomarla como punto de partida para destacar, en cambio, la acción salvadora de Dios que supera muchísimo esa negatividad.

El texto es uno de los más difíciles  de la carta a los romanos, pero es también uno de los más importantes de su teología: existe, sin duda alguna, una similitud entre Cristo y Adán: ambos mantienen una estrecha vinculación con la multitud. Pero no hay ni antiguo ni nuevo, ni primero ni segundo. Está tan solo Jesucristo y sus figuras, figuras que, en cuanto tales, no adquieren su sentido hasta tanto no ha llegado lo que anuncian. Lo más importante es que la humanidad no puede desvelar por sí misma el sentido de su existencia sino a la luz de la soberanía de Cristo.

En el texto se repiten constantemente las expresiones "así como... mucho más" y parecidas. El paralelismo entre el pecado de Adán y la obra de Cristo es para subrayar que esta última es mucho, infinitamente en sentido literal, mayor, más importante.

Con la comparación, Pablo quiere decir que tal situación, por fuerte que sea, siempre es menor que la salvación que Cristo nos ha traído.

Los vv. 13-14 suponen que, tras el pecado consciente de Adán, la voluntad de Dios no se ha vuelto a dar a conocer hasta la revelación de la Ley del Sinaí (situación que se prolonga fuera del judaísmo, entre las naciones, en donde la ley no es conocida). A los miembros de esa humanidad sin ley, atea en cierto modo (v. 13b), no se les imputa ningún pecado personal, y, sin embargo, la muerte cae sobre esos hombres aun cuando sean ignorantes de su pecado (v. 14).

 

El evangelio (Mt 4,1-11) nos relata las tentaciones al comienzo del ministerio de Jesús . Se establecen un paralelo histórico con el peregrinaje del pueblo israelita en su viaje a la tierra prometida. La tradición judía en la que se formó Mateo enseñaba que el pueblo israelita dejó Egipto y viajó por el desierto durante cuarenta años, debiendo allí experimentar la total dependencia de Dios, antes de conquistar la tierra prometida; y que también Moisés se preparó en el desierto con cuarenta días en ayuno y oración para recibir la ley (Dt 9:9). Mateo, siguiendo esa tradición, describe a Jesús, el creador del nuevo Israel, también dejando Egipto de niño (Mt 2:15), y emprendiendo, antes de comenzar su ministerio público, su viaje de fe por cuarenta días, siendo el número cuarenta por esta razón sinónimo del tiempo de prueba o preparación para el pueblo o para los profetas, en el cual el juicio divino siempre se manifiesta (véase por ejemplo Jon 3:4).

Para el evangelista Mateo, Jesús, antes de comenzar su misión de crear al nuevo Israel (la comunidad de discípulos), debe ser probado en el mismo escenario en que lo fue Moisés, el formador del Israel del Antiguo Testamento. Y pasando la prueba, Jesús demuestra que está listo para llevarnos a la tierra prometida, que en Mateo es el Reino de Dios que Jesús mismo proclama (Mt 4:17).

El desierto también era el escenario del poder del mal y de la ausencia de protección, así como el lugar donde, en el día de la expiación, se soltaba y se abandonaba a un macho cabrío al que se le hacían llevar sobre sí todos los pecados (Lv 16:21-22).

Nos centramos en las palabras dominantes de los vv. 1 y 2: desierto-tentado (tentación) – cuarenta- hambre,.

Estas palabras nos  traen a  nuestra memoria lo narrado en el libro del Éxodo, esto es, la historia de Israel caminando por el desierto durante cuarenta años, entonces padeció hambre y sed, y experimentó diversas tentaciones: murmurar contra Dios, que lo había liberado de la esclavitud, desear volverse atrás, e incluso fabricarse un Dios hecho de metal (el becerro de oro), desconfiando del Dios Vivo y Verdadero.

Nuestro recuerdo no es solo de desdichas, recordaríamos la cercanía de Dios y la respuesta creyente de Moisés y en Elías, los dos grandes profetas que permanecieron cuarenta días y cuarenta noches, el uno en el Sinaí (Éx 34,28), y el otro en el desierto de Berseba (2 Re 19,8). Tanto para Israel como para Moisés y Elías, el desierto es un lugar privilegiado de encuentro personal con Dios y de escucha de la Palabra: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16).

San Mateo nos cuenta que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Y es que Jesús lo vivió todo en y desde el Espíritu, porque en Él reposaba en plenitud, como se hizo manifiesto en el bautismo. (Oración anterior).

El evangelista San Mateo nos presenta a Jesús como el nuevo Israel en el desierto. Como verdadero hombre que era (igual en todo a nosotros, excepto en el pecado), experimentó la debilidad de su condición humana (el hambre) y la tentación. Pero su respuesta fue muy diferente a la del pueblo de Israel.

Nos fijamos en cada una de las tentaciones:

a) Primera tentación: el hambre y el pan - En qué consiste ser Hijo.

Éxodo 16 nos cuenta que cuando los israelitas sintieron hambre en el desierto, murmuraron contra Moisés y Aarón diciendo: “Nos habéis traído a este desierto para matarnos de hambre”.

Cuando Jesús siente hambre, el tentador intenta que se aproveche de su condición de Hijo y utilice su poder en su beneficio, convirtiendo las piedras en panes.
Pero, para Jesús, ser Hijo no tiene nada que ver con demostrar su poder. Ser Hijo es fiarse de Dios y de su Palabra incondicionalmente, saberse amado y protegido.

En el evangelio de Juan 4,34, Jesús les dice a sus discípulos: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y realizar su obra”. Es decir, no le alimenta alardear ni hacer valer sus derechos. No “le alimenta” ser poderoso.

Las palabras con las que, Jesús responde a la tentación están tomadas del Deuteronomio 8,3: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”..

En apariencia, a Jesús se le ofrece algo bueno, que raya con la ingenuidad: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. ¿Por qué pasar hambre si eres hijo de Dios? El diablo lo invita a aprovecharse de su condición de Hijo de Dios y así no pasar las penas que pasan millones de personas para conseguir el pan de cada día. Sin embargo, Jesús reflexiona: ¿Cómo se ganan el pan los pobres? Sudando, bajo el sol. Así opta ser como sus hermanos. Se niega a las ventajas, a las recomendaciones, a los privilegios. Jesús pasó su vida trabajando en un taller de carpintería, cómo lo hacían las gentes del pueblo. También es verdad que multiplicó los panes en el desierto, pero no para su beneficio, sino para dar de comer a la gente que estaba con hambre, para que no desfallecieran en el camino.

El gran peligro al que nos enfrentamos hoy en nuestra sociedad es querer convertirlo todo en pan, es decir, buscar en el bienestar y en el consumo ilimitado, el ideal de nuestras vidas. Es un engaño creer que este es el camino hacia el progreso y la liberación. ¿Acaso no vemos lo que nuestra sociedad ha creado al empujar a las personas hacia el consumismo sin límites y a la búsqueda incesante de la autosatisfacción? El resultado: personas egoístas, vacías, que no se sienten responsables de lo que sucede fuera de su pequeño mundo, encerradas, carentes de solidaridad.

b) Segunda tentación: el agua y la sed.

La segunda tentación cambia de escenario, se sitúa en el Templo de Jerusalén. De nuevo, la voz del tentador  toca a Jesús en su realidad más intima: “Si eres Hijo de Dios...”. En la meditación anterior recordábamos como  el bautismo, Jesús había escuchado estas Palabras del Padre: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

            El amor del Padre y su voluntad es lo único importante para Jesús pero, a lo largo de su vida, tuvo que escuchar muchas voces que ponían en duda su identidad de Hijo, sobre todo al final, en la cruz: " Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, 40 decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz. .... Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,40.43).

En el Templo de Jerusalén, Jesús siente la tentación de pedirle al Padre una prueba de su amor y protección. Sin embargo, vence esa tentación respondiendo con las palabras del Dt 6,16: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Estas palabras evocan el episodio de Massá y Meribá, cuando los israelitas sintieron sed en el desierto y Dios hizo brotar para ellos agua de la roca. En aquella ocasión, tanto los israelitas como Moisés y Aarón desconfiaron del Señor (cf. Nm 20,1-13; Éx 17,12 ss). Jesús, por el contrario, expresa su confianza radical en el Padre.

 El diablo llevó a Jesús a la ciudad santa, y lo puso en el alero del Templo”. A continuación, la invitación del diablo, que se tire para que lo recojan los ángeles. La propuesta es creer que vino a este mundo para aprovechar sus privilegios de Hijos de Dios. De esta manera llegará a ser famoso por realizar actos que contradicen las leyes de la naturaleza. Sin dudarlo, podemos decir que la reflexión de Jesús nuevamente tiene como referente a los sencillos y humildes. ¿Cuántas personas pasan por la vida y han hecho el bien y no han aparecido en los medios de comunicación, ni han sido famosos? La opción de Jesús fue: no quiero vivir de milagros. Seré hermano con los demás, viviendo como ellos.

c) Tercera tentación: la soberbia y el poder.

El tentador va a centrarse en el hambre de poder y la ambición de riquezas que se esconden en todo corazón humano,  para probar la confianza filial de Jesús.

Lo lleva a un monte alto (los montes elevados, en algunos profetas, designan la soberbia y la altanería) y le ofrece los reinos del mundo a cambio de que se postre y lo adore. El tentador es, como dice San Juan, el mentiroso. En este caso la mentira es, además, una blasfemia, porque la misma maldad se hace igual a Dios y pretende que Jesús reconozca esa falsa divinidad a cambio de unas riquezas que él no puede otorgar, porque sólo Dios es el dueño de todo.

Jesús desenmascara esa mentira y responde con palabras del Deuteronomio : “Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean.”. (Dt 6,13-14)

El diablo hace su oferta a Jesús: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Pareciera que el demonio ha olvidado algo elemental. ¿De quién es el mundo? ¿Acaso no está ofreciendo algo que él no ha creado, que no le pertenece? Es más, el diablo está buscando suplantar al mismo Dios, convirtiéndose en sujeto de adoración. En el fondo, la invitación del maligno es a olvidarse del camino propuesto por el Padre: camino de sacrificio, entrega, servicio desinteresado. Todo esto pasa por la muerte en la cruz. Jesús rechaza esta tentación dejando en claro que debe seguir la senda que le ha señalado el Padre.

San Mateo nos presenta un desenlace, acorde a la voluntad y filiación divina de Jesús,  a las tres tentaciones que en el fondo se trata de una única tentación: “Demuestra que realmente eres el Hijo de Dios; demuestra que Dios es tu Padre y te ama...”. Ante la actitud y respuestas de Jesús el diablo se da por vencido y Jesús es confortado por los ángeles, como confortado y alentado fue Elías en el desierto hasta llegar al Horeb.

 

Para nuestra vida.

La primera lectura del Libro del Génesis, nos relata con palabras sencillas, cargadas de poesía y de simbolismo, lo que ocurrió en aquellos instantes iniciales y decisivos para la Historia.

El texto presenta  dos escenas superpuestas.

a) Don de Dios al crear al hombre y colocarlo en el Edén (2,7ss).

Atrayente y grafica la imagen de Dios, como alfarero y escultor que modela con mimo los perfiles de esa figura hecha a su imagen y semejanza, al hombre. Infundiéndole el soplo de su Espíritu, animando aquel cuerpo muerto, dándole vida, haciéndolo partícipe de su propio hálito vital.

Barro y espíritu. Extraña mezcla de tierra fangosa y de cielo limpio. Ansias de eternidad y avidez por lo sensible, hambre de grandeza y deseos de lo material y caduco. Dos fuerzas en tensión continua. Hacia arriba, muy arriba. Y hacia abajo, muy abajo... Señor, compadécete de la obra de tus manos, corta esas amarras que nos frenan en nuestro vuelo vertical y ascendente de seres racionales.

-El hombre es la primera obra de la creación. Desde su nacimiento es libre y no malo como decían los relatos orientales. Por eso es modelado de arcilla, pero no amasado con la sangre de los dioses rebeldes. El soplo divino lo convertirá en ser vivo: Dios da la vida y la puede quitar (cfr. Is. 2, 22; Sb. 15, 16; Sal. 104, 29 ss; Job 34, 14 ss). No se hace distinción entre cuerpo y alma, sino entre ser vivo y no vivo.

-Es trasladado, como el pueblo, de la tierra desierta al jardín. Se recalca el don divino al enumerar las riquezas de dicho jardín (cfr. Ez. 31, 7 ss).

b) Desobediencia humana (3, 1-7).

-A partir de 3,1 un nuevo personaje ha entrado en escena: la serpiente que trata de perturbar la idílica paz y las buenas relaciones existentes entre Dios y el hombre y la mujer. Sigue el relato transmitiendo una verdad profunda con su ropaje de palabras sencillas al alcance de todos los hombres, también de aquellos que, con una mentalidad casi infantil, escucharon por vez primera cuanto ocurrió en el principio de la Historia. Pero a través de esas palabras se descubre entre líneas la presencia del maligno. Ese espíritu infernal, esa fuerza maléfica, ese demonio horrible que acecha y engaña con mentiras descaradas, con tentaciones que seducen y que arrastran.

No sabemos qué es lo que podía sugerir este animal a los antiguos lectores del relato. Es verdad que la tradición cristiana ha visto en la serpiente a "Satán" (=el que tienta), pero el Satán que pone a prueba sólo aparece a partir del libro de Job (libro tardío).

-Aunque no podamos conjeturar qué era lo que sugería este animal entre los antiguos, la descripción de 3, 1-7 es un relato sicológico perfecto: la astuta serpiente sabe mucho más que la mujer. La prohibición de comer de un árbol la extiende a todos los árboles del jardín dando así motivo para que la mujer lo niegue. En el diálogo, la serpiente se muestra interesada en ayudar a la Humanidad en su afán de un progreso desordenado, contrario al querer de Dios: "...se os abrirán los ojos y seréis como dioses". Sugestionada, la mujer come y hace comer a su marido.

Seréis como Dios. Y la mujer se lo creyó, y el hombre también. Cayeron en la trampa, quedando aprisionados en la miseria y en el dolor, en la angustia y en la muerte... Y el padre de la mentira, el diablo, sigue susurrando al oído del hombre sus palabras malditas, dulcemente envenenadas... Señor, haznos sordos a sus insinuaciones, ten compasión de tus hijos.

Defiéndenos en la lucha y ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Libéranos de las fuerzas del infierno, de Satanás y de los otros malignos enemigos  que andan dispersos por el mundo.

 

El salmo de hoy - Salmo 50 –que también se proclamó en la Misa del Miércoles de Ceniza— ha sido durante muchos siglos el salmo penitencial por excelencia. Es el “Misirere” latino. Pero también para los judíos tenía se sentido penitencial. Está cerca de muchos profetas y, sobre todo, de Jeremías. Tras confesar con humildad el pecado, se recibe en seguida la curación del Señor, el Perdón de Dios. Es uno de los salmos más bellos del salterio.

El salmista reconoce su falta sin rodeos. No teme contemplar ese pecado que siempre "está ante él". ¿Culpabilidad exagerada? ¿Énfasis literario? No, ya que el sentido profundo del pecado sólo existe para poder captar mejor la dimensión del perdón divino. El hombre ha pecado "contra Dios" y sólo contra él... Sin duda, conoce las repercusiones sociales de su falta, pero en el acto litúrgico de la confesión pone el acento sobre Dios, que está en el origen de todas las cosas, tanto del perdón como del sentido último de todo pecado. ¡No se puede expresar mejor hasta qué punto está de acuerdo Dios con la vida humana y su condición existencial! La conciencia del salmista es tan viva que se reconoce "nacido en la culpa", "pecador desde el vientre de su madre". No parece que sea necesario buscar en estas expresiones una teología explícita del pecado original, y menos aún del modo como se transmite, ya que el que ora se sitúa aquí a un nivel existencial; tiene conciencia de pertenecer a una humanidad pecadora, a un pueblo pecador en el que ninguna existencia podría escapar al peso de la miseria. Lo veremos mejor cuando apele al Dios creador para que le salve de su culpa. La conciencia de pecado supera absolutamente la dosificación aparentemente justa que un juez podría hacer de las responsabilidades y las circunstancias atenuantes. Se trata nada menos que de la existencia "frente a Dios". Israel es un pueblo santo, y el pecado obstaculiza al mismo Dios.

  Desde nuestra condición pecadora, Invocamos la infinita misericordia de Dios; por ella Dios nos lavará y purificará. Nuestra vida es, gracias a su inagotable condescendencia, historia de salvación, de purificación. Nuestra existencia culminará en la justificación y purificación total; entonces llegará a su plenitud la nueva creación; hará desbordar la alegría e instaurará el nuevo culto en el que nuestro espíritu y corazón serán el holocausto agradable.

"Misericordia, Señor, hemos pecado". Pidamos a Dios que su Espíritu nos renueve por dentro con espíritu firme, que cree en nosotros un corazón puro, que limpie del todo nuestro pecado y que borre en nosotros toda culpa. En este primer domingo de cuaresma recemos con fervor este salmo, para que el Señor tenga misericordia de nosotros y nos bendiga.

 

En la segunda lectura San  Pablo cuenta, la realidad entre Adán, que nos perdió y Cristo que nos ha salvado.

Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...

Si por la culpa de aquél, que era uno solo, la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.

San Pablo utiliza el texto del Génesis y lo desarrolla. Acepta el símbolo de Adán, el primer hombre, y presenta a Jesús como "nuevo Adán". De Jesús nos viene la nueva vida, la vida de hijos. Adán simboliza el hombre sometido al pecado. Jesús es el hombre Hijo de Dios, que triunfa del pecado. Por Él, por Jesús, todos podemos ser Hijos, vencer la tentación, entrar en El Reino.

San Pablo crea con maestría la doctrina del nuevo Adán, del Salvador del Pueblo de Dios.

Desde el texto, queda clara  la llamada de optimismo que a partir de los puntos negros de la existencia humana San Pablo hace a sus lectores. Hablar del pesimismo paulino es no entender una palabra de la mente de Pablo. San Pablo quiere presentar una situación humana negativa supraindividual, pero con origen humano, que en cada individuo se encuentra cuando nace y que le va influyendo independientemente de sus opciones conscientes.

 La situación existencial del ser humano no puede cambiarse con una simple buena voluntad, porque gran parte de ella sobrepasa los límites de la conciencia y decisiones individuales, aunque tenga ciertamente un origen humano. La situación de mal, de muerte, de "hamartia", es más que la mera adición de los actos responsables pecaminosos individuales.  Existe una situación negativa en la condición humana.

 

En el evangelio, contémplanos a Jesús, retirado en el desierto y tentado. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba. Jesús fue tentado como lo han sido, son y serán todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero se trata de no escuchar al Tentador y solo aceptar el camino y misión que Dios nos ha marcado.

* Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras:

-- El hambre, que simboliza todas las "reivindicaciones" del cuerpo.

-- La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.

-- La sed de poder, el temible instinto de dominación.

¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: “El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia". La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos muchas veces. Por eso, debemos apoyarnos en El para hacer esta escalada cuaresmal, para llegar a la meta transformados y venciendo toda tentación que nos aparte del seguimiento de Jesucristo.

Nos tienta el tiempo de perder todo y de dar importancia a lo que no es importante… Y que nos lamentamos, pero no cambiamos.

Nos tienta el desaliento, porque veo muy difícil las cosas que se me presentan, las personas que me rodean ante mi vida.

Nos tienta la desesperanza, la falta de utopía, el dejarlo todo para mañana, el no querer comenzar. ¡Cuánta confianza y espera tienes que tener, con nosotros.

Nos tienta a veces creer que te estamos escuchando, pero no sabemos discernir tu voz, no distinguimos tu rostro,  no  descubrimos tu voluntad.

Le preguntamos a Jesús, ¿cómo quieres que hagamos penitencia? Y Él nos dirá que la penitencia que hagamos no sea exterior, como ésa que hacían los fariseos, como ésa que hacían los publicanos... No, Él no quiere que hagamos así, que no vayamos practicando y tocando la trompeta por todos los sitios diciendo qué es lo que quiere que hagamos. No, la penitencia que quiere que hagamos es ponernos en la piel del otro, en los zapatos del que sufre, en revisar nuestras actitudes, en ver los deseos que tenemos, en darnos a los demás.

Y seguimos preguntándole a Jesús: ¿y qué quieres que hagamos, Señor? ¿Cómo quieres que demos limosna? La limosna que quiere es que nos preocupemos exigentemente por las necesidades de los demás, del más próximo, del que sufre, del que es hermano tuyo y mío, porque todos somos hijos de Dios.

Jesús nos dice tres cosas muy fuertes: si quieres ser más cristiano, ora, entrégate y sacrifícate por los demás. Y nos dice que lo hagamos de una forma sencilla, modesta, natural. Cuántas gracias tenemos que darle a Jesús hoy, cuando le escuchamos, porque Él nos anima y nos dice: “Vive esta etapa fuerte de cuarenta días, que es lo que es la Cuaresma. ¡Y vive! ¡Y anímate! Anímate a cuidarte un poco más, a revisar tu fe, a revisar tu oración, tu vida, tus relaciones...” 

Hoy le decimos: Jesús, una vez más nos invitas y nos regalas este tiempo de gracia… que no lo desperdicie, que no lo pase de cualquier manera, que sea un tiempo de gracia de verdad. Tú conoces nuestra vida, nuestro corazón.

Hoy le pedimos al Señor que sepamos buscar espacios para estar con Él, para encontrarnos; que sepamos ayunar de tantas cosas que nos complican la vida, que nos hacen que perdamos la paz, que nos metamos en líos; que dejemos de un lado las relaciones que nos hacen mal, y hacen más mal a los demás; que quitemos todo eso que nos arrastra, que nos encorseta, que no nos deja seguir a Jesús libremente.

Le pedimos que nos quite también cualquier tristeza y cualquier falta de fe, y que nos llene ese espacio de mucha alegría; pero que sepamos hacerlo sin pregonarlo, que sepamos hacerlo con toda sencillez; que sepamos ayunar bien de tantas desilusiones, de tantas preocupaciones, de tantas palabras enfermizas, de tantas indiferencias, de tantos agobios; y que sepamos abrirnos a los demás.

  Que estos días, Señor, Jesús sean días de un fuerte encuentro contigo, un gran amor a los demás y una preocupación exigente por todo lo que nos rodea. Pero así, en silencio; así, sin ostentación, sin ruido, como Tú quieres, porque Tú miras el corazón del hombre y miras nuestro corazón y nuestra vida.

            Gracias, Señor, por regalarme este tiempo de gracia que nos prepara para vivir la Pascua.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com