domingo, 19 de julio de 2026

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2026

 

Comentario a las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario 19 de julio de 2026

Las lecturas de hoy tienen como hilo conductor la cercanía bondadosa y activa de Dios en nuestro peregrinar terrenal. Así nos muestran el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre.

La lectura del Antiguo Testamento nos indica con claridad qué es lo que, sobre todo, debe retener y centrar nuestra atención: la larga paciencia de Dios, su juicio indulgente, el don de la conversión para quienes han pecado:  ". diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores." Sb 12,19(

San Pablo  afine aún más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.

El evangelio al hablar de la cizaña, solo se nos pide el reconocimiento de la existencia de la misma, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda.

La primera lectura es del libro de la Sabiduría (Sb 12, 13. 16-19) Este pasaje forma parte de la reflexión sapiencial sobre los castigos infligidos por Dios a los cananeos (v. 12). Es parte de los "juicios históricos" de los caps. 11-12 y 16-19 que comentan, de forma midrásica, los relatos de las plagas del libro del Éxodo. Dos fuerzas antagónicas se enfrentan, Israel y Egipto, y el Señor es el juez que emite su veredicto. El Dios de Israel no puede permanecer indiferente a la historia de su pueblo sino que en ella manifiesta su fuerza, su poder, su justicia.

-"Justicia, juicio y poder" son tres palabras que el autor de este libro repite machaconamente mientras exhorta a los poderosos de este mundo a la praxis de la justicia... Y una duda asalta la mente del autor: ¿Dios es justo? Entonces, ¿por qué castiga a la gente cananea que es inocente? Pase el que Dios castigue al Egipto opresor, pero ¿qué pecado han cometido los pobres cananeos para que su territorio sea invadido? ¿No es un abuso del poder divino? El autor trata de responder a estos interrogantes en  los vv. 12. 13-21

Dios no actúa con moderación por miedo o debilidad, sino por su gran misericordia, pues Yahvé es el único Dios que juzga de todo y no tiene que dar cuentas a nadie de su proceder, pero quiere demostrarnos que sabe juzgar con justicia. El poder de Dios no es un motivo para que obre como un tirano, arbitrariamente; por el contrario, es el fundamento de su serena justicia. Su poder sólo se hace sentir contra los que le desafían estúpidamente.


Dios es tan poderoso para cumplir sus planes que no necesita aliarse con la injusticia y recurrir al terror. "Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos" (V. 16).Por eso castiga con moderación incluso a pueblos extraños. Con mayor razón tratará con indulgencia a su pueblo Israel. El rigor excesivo no es propio de Dios, pues es la señal más clara de la debilidad de los tiranos.

Obrando así, Dios enseña que "el justo debe ser humano". La justicia deja de serlo cuando no se deja aconsejar por la misericordia. Dios no se precipita en sus castigos y da lugar al arrepentimiento, "concedes el arrepentimiento a los pecadores" (V. 19), pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

El autor aplica estos principios a los hechos concretos y distingue en Dios dos comportamientos.

*Dios se muestra fuerte y severo con quienes no creen en su soberano poder, siguiendo la conducta de los paganos; y también con los que creen, pero viven como si no creyeran, siguiendo la conducta de los judíos apóstatas (Rom 1, 21). Dios castiga el orgullo de una vida descreída y la insensatez de una conducta ilógica.

*Dios se muestra condescendiente y bondadoso con quienes reconocen su omnipotencia divina y obran en consecuencia. Dios gobierna a los hombres con moderación e indulgencia, porque es poderoso y sabe que, con sólo quererlo, puede recurrir a su fuerza y su severidad.

Esta conducta de Dios enseña a su pueblo dos cosas.

*A ejemplo de la sabiduría debe mostrarse humanitario, y esto no sólo con sus hermanos de raza, como prescribía la ley israelita, sino con todos los hombres. Es un jalón importante en el camino hacia el amor universal del Evangelio (Mt 5, 43-48).

*Nunca debe perder la esperanza, pues siempre hay lugar para el arrepentimiento y el perdón.

 

El responsorial es el salmo 85, (Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a ). Este salmo , nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu.

El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).

El salmista, que se define también "fiel" del Señor ( v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.

 El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).

En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (vv. 8-13).

Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios ( v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).

El salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

Aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado.

 

La segunda lectura de la carta del apóstol San Pablo a los romanos (Rom 8, 26-27) Este texto, es un buen complemento a las parábolas del Reino.

No sólo gime el universo y gemimos nosotros, sino que también es el Espíritu mismo quien gime. El Espíritu, en nuestro interior expresa mucho más intensa y vivamente que nosotros mismos este anhelo de vida y plenitud que es el Reino. ¿Cómo podríamos vivir lo que vivimos, sentir lo que sentimos, anhelar lo que anhelamos, si no fuera por el Espíritu que hay en nosotros?

La humanidad vive un continuo parto, ilusionada con dar a luz una criatura perfecta. Pero su debilidad radical (el egoísmo, el vivir para sí) puede más que su ilusión y por eso sus parto es trabajoso y decepcionante.

Como parte integrante de la humanidad, los cristianos vivimos la grandeza y la miseria de esa misma humanidad. Demasiadas veces los cristianos experimentamos la debilidad (v. 26), es decir, el egoísmo paralizante, que encierra en uno mismo borrando todo horizonte e imposibilitando toda colaboración en la tarea de creación de una nueva criatura.

"nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". (V 26). Los "gemidos inefables" son los sentimientos y vivencias internas, de los que nosotros mismos no somos demasiado responsables ni a un conscientes, pero que nos abren a Dios.

El segundo versículo subraya el modo  de ser del Espíritu en nosotros.

Por una parte el modo de ser para el Espíritu en sí, y ese Espíritu que está presente en nosotros y nos impulsa a actuar de modo determinado. Muchas veces ni nos damos cuenta de Él. Pero Dios se está comunicando con nosotros. Algo así como si fuésemos una especie de espejo del propio Dios cuando el Espíritu actúa.

Dentro de la vida en el Espíritu un tema particularmente importante es el de la oración. La condición cristiana no supone una total transformación del hombre, sino que continúa con aspecto de debilidad. Sobre todo cuando se trata de la comunidad con Dios. Es punto donde se hace más sensible la importancia del hombre que ha de ser suplida por el propio Espíritu.

Demasiadas veces se da por supuesto que podemos organizar y podemos establecer nuestra oración. Que es cuestión de adecuada preparación y buena voluntad. Sin duda es importante tener habito de oración, pero no puede bastar cuando se trata de ponerse en comunicación con el Señor. Fijémonos en nuestras peticiones  y sus resultados prácticos. Frecuentemente no conseguimos lo que pedimos . Y ello no se debe a falta de interés por parte de Dios, sino a que quizá no hemos sabido pedir lo que nos conviene.

Si somos sinceros con nuestra vida espiritual, nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada cn la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.

 

Aleluya Mt. 11, 25 "Bendito seas, padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

 

El evangelio es de  San Mateo (Mt 13, 24-30) Es un  pasaje es denso que  nos invita a recorrer varios caminos de reflexión.

San Mateo, reagrupa diversas parábolas que están todas unidas por un significado semejante: el juicio final, cuando el Reino haya llegado a su madurez. Al final de este pasaje del Evangelio, encontramos una breve explicación del uso que Cristo hace de las parábolas y el comentario que el mismo Jesús hace para sus discípulos de la parábola de la cizaña.

La parábola de la cizaña ocupa el puesto central. El comentario nos lo da el mismo Jesús. Pero la explicación se complementa en las otras dos parábolas, de las cuales una expresa en qué consiste el crecimiento del Reino, semejante a un grano de mostaza que es la más pequeña de las semillas y sin embargo se convierte en un árbol grande, y la otra muestra el Reino mediante la comparación con la levadura que hace que fermente la masa.

Si Jesús se expresa en parábolas es para realizar lo que decía el Profeta: "Hablaré en parábolas y proclamaré las cosas ocultas desde los orígenes". En realidad no es posible identificar a qué profeta alude S. Mateo, pero encontramos este texto en el salmo 78, 2: "Voy a abrir mi boca en parábolas, a evocar los misterios del pasado". Las "cosas ocultas" desde los orígenes, son sin duda los misterios del Reino que solamente se revelan a los discípulos.

Dos parábolas más nos presenta el texto evangelico: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura en la masa nos muestran otro aspecto del modo de proceder de Dios. El Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza; sin embargo, su energía es tal, que termina por doblegar lo que aparece como fuerte. La fuerza del Reino no tiene que ver nada con la fuerza de los hombres; es un concepto distinto. Las dos parábolas sobre el Reino subrayan sobre todo el lento trabajo de crecimiento del Reino de los cielos. Podría decirse: el inexorable crecimiento del Reino en el que no interviene el hombre. El poder de Dios es el único que ha creado todas las cosas y está sustentando este crecimiento que nadie puede detener; mientras, los hombres viven practicando la justicia o inspirados por el mal. Pero el Reino continúa creciendo, animado por la levadura de Dios, hasta que llegue a la madurez. Se adivina, bajo estas dos parábolas descriptivas del Reino, la larga paciencia creadora de Dios que se encamina al perfeccionamiento de su obra, el plan de salvación concebido desde toda la eternidad en beneficio del hombre.

Esta paciencia vigilante se pone de relieve en la parábola de la cizaña que es el centro del Evangelio de hoy.

El campo ha sido sembrado de buen trigo. El Hijo del hombre ha sembrado en el mundo a los hijos del Reino. Por la noche viene el enemigo; Satanás siembra la cizaña. Y en el mundo se produce la confusión, buenos y malos crecen juntos. A las miradas superficiales se les hace a veces difícil no someter a Dios a juicio: ¿Cómo deja crecer también al mal? A veces parece que los malos están más al resguardo en su vida material que los buenos. Es un problema que se suscita todos los días y no sólo entre las gentes sencillas. Dios deja hacer. Deja crecer a los que El mismo ha sembrado, a sus hijos de adopción, a los que ha dado la gracia bautismal, a los que el Espíritu ha transformado en imágenes de su Hijo. Les deja crecer al mismo tiempo que deja que crezca también la cizaña que El no ha sembrado, que es imposible que El haya sembrado. Y espera pacientemente. El mundo tiene que recorrer su propio camino y Dios le deja seguirlo. Espera el tiempo de la cosecha; las cosas están tan mezcladas en la vida del mundo que es mejor no intervenir demasiado pronto para no machacar lo que todavía vive. Pero el Reino no deja de crecer como el grano de mostaza, como la masa en la que la levadura está actuando. El Señor aguarda a que todo llegue a su madurez.

Cuando S. Mateo escribe esto no hace caso omiso del estado de la comunidad que tiene bajo su responsabilidad. Ve que crece como el grano de mostaza, muy pequeño, pero que se convierte en árbol; cae en la cuenta de que la levadura está en la masa, pero tampoco ignora que la cizaña está mezclada con el buen trigo. Sin duda alguna, como en nuestros días, esto era un problema para sus fieles y no era sencillo calmar sus inquietudes y reanimar la fe en la Providencia de Dios. El objetivo del Evangelista es mostrar la dinámica del Reino, a pesar de los enemigos, a pesar de los pecados y, al mismo tiempo, ayudar a su comunidad a reflexionar sobre sus responsabilidades mientras espera el día de la cosecha.

 

Para nuestra vida

La primera lectura es del último libro del Antiguo Testamento. El libro de la Sabiduría.

En el fragmento que leemos hoy se nos dice que el Dios de Israel mira siempre a sus hijos con una mirada misericordiosa, dispuesto a perdonarle todos sus pecados. Aplicando este texto a cada uno de nosotros, es consolador escuchar que nuestro Dios nos juzga siempre con moderación y gobierna nuestras vidas con gran indulgencia. Esta certeza en un Dios que nos ama y nos perdona debe acrecentar nuestro amor a él y debe ahuyentar de nuestras almas el miedo y la desesperación. Por supuesto que el saber que Dios nos va a perdonar siempre no debe permitir que se introduzca en nuestras vidas la laxitud y la tibieza espiritual, sino todo lo contrario. Precisamente, porque sabemos que Dios nos ama y nos perdona, debemos nosotros amarle a él y no hacer nada que le desagrade. Ante Dios no debemos ser ni miedosos, ni escrupulosos, ni abandonados y espiritualmente tibios. Un buen hijo siempre quiere amar a sus padres buenos y hace todo lo que puede para no ofenderles. Saber que Dios es clemente y misericordioso, como nos dice el salmo, debe elevar nuestro corazón hacia él y decirle “Señor, mírame, ten compasión de mí”

El texto hace referencia al poder humano que suele ser opresivo, dictador, porque es limitado y se teme que otros nos lo puedan arrebatar. Por eso se manda cerrar filas para no dejárselo quitar. El fiel de turno será premiado; el díscolo, condenado al ostracismo; el sumiso, que suele ser tonto, es ascendido, mientras que el crítico y listo es marginado. No importa el bien de la comunidad, sino la manutención del poder. ¿Se puede gobernar así a una comunidad, ya sea religiosa o política? -Y como el poder divino es ilimitado, por eso excluye el miedo (v. 13) y lleva a la compasión. Y amor y compasión no pueden conjugarse con la injusticia y el oportunismo... Por su poder ilimitado el Señor es fuente de misericordia y perdón (v. 18). Todo juicio de Dios en la historia da tiempo a la conversión, incluso la busca, la provoca.

"Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano..." (19). Poder, justicia, compasión. Términos difíciles de conjugarlos con nuestra vida... y por eso convertimos nuestro planeta en un antro de injusticias y en el reino de intransigencia, de desesperación, de luchas, de rencor...

-"El justo debe ser humano". Dios es humano, más humano que nosotros, y perdona a todos. Y no solamente "porque puede hacer cuanto quiere", sino porque nos ha creado, nos conoce y nos ama: "nos amó primero' (1 Jn 4. 10). El contacto con Dios sólo nos puede humanizar: "amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4. 7-8).

 

El salmo nos invita a una oración confiada en la bondad de Dios. "Tú, Señor, eres bueno y clemente", dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón "humilde y contrito".

Así comenta el Papa San Juan Palo II este salmo:

" Oración a Dios ante las dificultades . 1. El salmo 85, que se acaba de proclamar y que será objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante. Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e "hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también "fiel" del Señor (cf. v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.

Sigamos ahora esta plegaria que la Liturgia de las Horas nos propone al inicio de una jornada que probablemente implicará no sólo compromisos y esfuerzos, sino también incomprensiones y dificultades.

2. El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al Señor confiando en su amor (cf. vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34, 6). Estos reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (v. 5).

En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza delante de los pueblos (cf. vv. 8-13).

3. Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo, porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto (cf. v. 10).

En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño, que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por el camino de la vida.

4. En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte, en el mal y en el pecado (cf. vv. 12-13; Sal 15, 10-11).

El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo (cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade: "porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).

San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano. La traducción latina, en el versículo 2, de acuerdo con la versión griega de los Setenta, en vez de "fiel" usa el término "santo": "protege mi vida, pues soy santo". En realidad, sólo Cristo es santo, pero -explica san Agustín- también el cristiano se puede aplicar a sí mismo estas palabras: "Soy santo, porque tú me has santificado; porque lo he recibido (este título), no porque lo tuviera; porque tú me lo has dado, no porque yo me lo haya merecido". Por tanto, "diga todo cristiano, o mejor, diga todo el cuerpo de Cristo; clame por doquier, mientras sufre las tribulaciones, las diversas tentaciones, los innumerables escándalos: "protege mi vida, pues soy santo; salva a tu siervo que confía en ti". Este santo no es soberbio, porque espera en el Señor" (Esposizioni sui Salmi, vol. II, Roma 1970, p. 1251).

5. El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor" (Sal 85, 9). Y san Agustín comenta: "Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad, una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo, si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur, en las cuatro partes del mundo" (ib., p. 1269).

Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las criaturas" . ( San Juan Pablo II. Audiencia general del día 16-X-2002).

 

De la segunda lectura resuenan las palabras paulinas: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene".

Esta debilidad se refiere, sobre todo, a nuestra falta de sentido espiritual, a nuestra falta de esperanza. Porque la tensión tan intensa que sentimos entre lo que tenemos en nuestras manos como un comienzo y primicia y lo que será definitivo pero todavía no lo tenemos totalmente asegurado, no es, por su naturaleza, tranquilizante; somos demasiado débiles para soportar pacientemente esa situación. Nos sentimos incluso incapaces de la enérgica reacción que podría suponer la oración. No sabemos cómo orar. Nuestra limitación nos cierra el paso hacia los designios de Dios y la prisión de nuestro cuerpo nos pone en peligro de no dejarnos acceder a lo que debería ser nuestro verdadero anhelo. Pero el Espíritu ora en nosotros y su intercesión por nosotros corresponde a las perspectivas de Dios, que es la realización de su plan de salvación. De la misma manera que el Espíritu une a los cristianos entre sí en la comunidad y hace de ellos una sola cosa, su unidad con el Padre le posibilita conocer sus caminos y lo que conviene a nuestra vida encerrada con la complejidad de lo que constituye la recreación del mundo en la unidad.

Pidamos siempre a Dios que aceptemos su voluntad, porque es verdad que nosotros no siempre sabemos qué es lo que más nos conviene. Hagamos por nuestra parte todo lo que creemos que es mejor para nosotros y lo demás dejémoselo a Dios. Es lo han hecho siempre todos los santos y todas las personas profundamente religiosas. No siempre es fácil aceptar las desgracias personales, o familiares, o sociales, pero no echemos la culpa a Dios de lo que ocurre en nuestras vidas, o en la vida de nuestra familia, o en la sociedad. Lo malo que ocurre a los hombres casi siempre es culpa de los hombres; de nuestra maldad, o de nuestra ignorancia, o de unas leyes físicas y universales que nosotros no podemos controlar. Pidamos a Dios, como nos dice hoy san Pablo en esta carta a los Romanos, que el Espíritu nos guíe siempre al cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, nuestro Padre.

Así comenta san Agustín esta segunda lectura "Rom 8,26-27: El Espíritu gime en nosotros, porque nos hace gemir.

El gemido es propio de las palomas, como todos sabéis, y el suyo es un gemido de amor. Oíd lo que dice el Apóstol y no os extrañe que el Espíritu Santo haya querido mostrarse en forma de paloma. No sabemos -dice- orar como conviene, mas el Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26). ¿Cómo se puede decir, hermanos míos, que el Espíritu gime, siendo así que goza con el Padre y el Hijo de una felicidad perfecta y eterna? Porque el Espíritu Santo es Dios como es Dios el Padre y es Dios el Hijo. He mencionado tres veces a Dios, pero no he hablado de tres dioses. Mejor es decir tres veces Dios que tres dioses, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios como es sabido por vosotros. El Espíritu Santo no gime, pues, en sí mismo ni dentro de si mismo en aquella Trinidad, en aquella felicidad, en aquella eternidad de sustancias; gime en nosotros, porque nos hace gemir. No es pequeña cosa la que nos enseña el Espíritu Santo. Nos insinúa que somos peregrinos y nos enseña a suspirar por la patria, y los gemidos son esos mismos suspiros.

Al que le va bien en este mundo, mejor dicho, al que cree que le va bien y se goza en la alegría de la carne, en la abundancia de las cosas temporales y en la vana felicidad, ése tiene voz de cuervo. La voz del cuervo es clamorosa, no gimebunda. El que se da cuenta de la opresión de su mortalidad, y de que está alejado del Señor, y de que todavía no posee aquella felicidad prometida ahora en esperanza y luego en realidad, cuando el mismo Señor venga lleno de gloria, quien primero vino oculto por la humildad, el que se da cuenta de esto, -repito-, gime. Y mientras sus gemidos sean por esto, sus gemidos son santos. El Espíritu Santo es quien le enseña a gemir así. Es gemido que aprende de la paloma. Muchos son los que gimen por su desdicha en la tierra, o por las desgracias que los torturan, o por las enfermedades corporales que los oprimen, o por estar encarcelados o combatidos por las olas del mar o cercados en derredor por las asechanzas de los enemigos. Pero éstos no gimen como la paloma, no gimen como hace gemir el amor de Dios, como hace gemir el Espíritu. Por lo cual, esos tales, tan pronto como se ven libres de las desdichas, muestran su alegría con grandes alaridos. Eso muestra que son cuervos, no palomas. ¡Qué bien está cuando se dice que del arca salió el cuervo y no volvió, y que salió la paloma y volvió! Son las dos aves que soltó Noé. Allí había un cuervo y una paloma; ambas especies de aves estaban encerradas en aquella arca, y si el arca es figura de la Iglesia, ya veis por qué es necesario que en este diluvio del mundo encierre la Iglesia ambas especies: el cuervo y la paloma. ¿Quiénes son los cuervos? Los que buscan sus cosas. ¿Quiénes las palomas? Los que buscan las de Jesucristo". ( San Agustín. Comentario sobre el evangelio de San Juan 6,1-2)

 

En el evangelio de hoy encontramos  tres parábolas o comparaciones de lo que es el Reino: la buena semilla sembrada en el campo, el grano de mostaza y la levadura. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas del Reino. Jesús hablaba en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía. Demasiadas veces utilizamos un lenguaje elevado, izado y desencarnado de la realidad. Las tres parábolas de hoy, nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde.

La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra --el Verbo-- que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es una forma más de oponerse a Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal --el Maligno-- será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.

Hoy nos podemos hacer la pregunta que más se han formulado los humanos de todos los tiempos. ¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

  Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente.

" No arranquéis la cizaña, que podríais arrancar también el trigo". Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Nuestra justicia humana, una justicia según la ley, es muchas veces, una tremenda injusticia. Porque donde está la ley está la trampa, y los ricos y los poderosos corruptos tienen siempre la trampa a mano. La ley es la misma para todos, decimos, pero no todos saben, ni pueden, usar la ley para su servicio de la misma manera. Además, que cada uno de nosotros somos un mundo, y no se puede hacer una ley para cada persona, por mucho que los jueces traten de buscar las circunstancias individuales atenuantes o acusantes para cada individuo. Sólo Dios nos conoce por dentro y por fuera a cada uno de nosotros y puede juzgarnos imparcialmente. Y como Dios sabe que somos de barro, de naturaleza frágil y pecadora, nos juzga a todos misericordiosamente. Mira nuestro corazón, antes que a nuestras obras, y nos juzga como lo que realmente somos. Desde que nacemos tenemos la cizaña ya metida en el alma y, aunque en el bautismo se nos perdone la culpa y la pena de nuestra fragilidad original, la inclinación al pecado, la cizaña, nos va a acompañar mientras vivamos. ¿Qué hacer? Confiar en la misericordia de Dios y en su perdón. E intentar juzgar a los demás con amor y misericordia. Porque más de una vez somos muy exigentes con los demás y muy tolerantes con nosotros mismos. Vivimos en un mundo imperfecto, en el que el trigo y la cizaña están muy revueltos y envueltos, y no podemos juzgar precipitada e inmisericordemente a los demás. Tratemos cada uno de nosotros de ser trigo limpio y no pretendamos exterminar de golpe y arrancar lo poco o lo mucho que nosotros consideramos cizaña. Dejemos a Dios ser Dios, es decir, dejemos que Dios sea el que nos juzgue a todos.

La Iglesia puede tener la tentación de pensar que ella acapara todo el trigo y que fuera de ella no hay más que cizaña. Más de una vez la Iglesia lo ha pensado. La verdad es que fuera de la Iglesia también hay trigo y dentro de ella también hay cizaña. La frontera entre el trigo y la cizaña también pasa por el corazón de cada uno de los cristianos.

La parábola nos habla del Reino, no lo perdamos de vista. Y recalca que el dueño del campo corrige la impaciencia de los criados. Ellos querían arrancar la cizaña cuanto antes. El dueño les hace esperar hasta la hora de la siega.

Nosotros, olvidando que somos también trigo y cizaña, quisiéramos más de una vez imponer nuestros criterios en este campo que es el mundo y la Iglesia. Olvidamos que también nosotros tenemos cizaña. Olvidamos que es difícil distinguir el trigo de la cizaña. Olvidamos que detrás de la cizaña hay trigo también.

Olvidamos que no fuimos nosotros los que sembramos y que no somos nosotros los que tenemos que segar.

Y por eso surge la intolerancia, las inquisiciones, las luchas, las diferencias, las cruzadas, las penas de muerte, muchos anatemas... Cada uno creemos que la diferencia entre el trigo y la cizaña se mide según nuestros propios criterios.

Y nos da pena, y nos impacientamos al ver el campo lleno de trigo y cizaña. Y nos parece imposible que el Reino deba estar sometido a la servidumbre de tener que tolerar la presencia de la cizaña. Nos causa extrañeza, nos desalienta.

Quisiéramos medir el desarrollo del Reino según nuestros propios criterios. Nos preocupa el número, el éxito, el aplauso, las cuentas... Y nos resulta intolerable que no sea nuestro criterio el que predomine. Nos parece muy bueno el pluralismo, pero a costa de descalificar a todos los que no piensan como nosotros.

Llamamos a nuestros tiempos de pluralismo. Y nos gusta que así sea. Pero a veces nuestro pluralismo no es soportado sino a base de anatemas interiores. El pluralismo -también en la Iglesia- no nos ha educado para la convivencia social. Cada uno sigue convencido de que el trigo lo tiene él y que los demás sólo tienen cizaña.

La fe en el Reino de Dios nos pide -según la parábola- la tolerancia. Es decir, no cabe duda de que la tolerancia se basa en buena parte en la fe. No es a nosotros a los que nos toca juzgar. La justicia total llegará al final. Dios, el dueño del campo, se ha reservado el hacer justicia. Nosotros, mientras, tenemos que convivir en la comprensión, en la tolerancia, en la paz, sin anatematizar a ningún hombre, sin despreciar a nadie, sabiendo con humildad que también nosotros cosechamos cizaña en nuestro propio corazón.

Esta conclusión de tolerancia y humildad sube de tono al aplicarla al interior mismo de la Iglesia. También en la Iglesia tenemos un pluralismo muchas veces no más que soportado y lleno de anatemas interiores. Cada uno suele pensar que la recta opinión (ortodoxia) que se ha de tener hoy día en cuanto a pastoral, liturgia, moral, teología, espiritualidad, etc., es, claro está, la suya. Todos los demás, a derecha e izquierda de uno mismo, no están en la verdad exacta, que es la mía.

Esta actitud que tenemos en el corazón tantos cristianos, no es ciertamente la del Reino, según la parábola.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen. com

 

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

Comentario a las Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 12 de julio 2026

 

Comentario a las Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario. 12 de julio 2026

 


La primera lectura
 es del libro de Isaías (Is 55, 10-11) Este texto pertenece a lo que puede considerarse el epílogo del segundo Isaías (texto comprendido entre los capítulos 40 al 55 del llamado libro de Isaías). Después de una cálida invitación al pueblo de Israel, que se halla en el destierro, para que busque a Yahvé ahora que se le hace el encontradizo y lo llame ahora que se le acerca (v. 6), el profeta argumenta contra los frívolos (v. 7) y levanta el ánimo de los que desconfían de la salvación prometida (vv. 8-11). En primer lugar advierte a los desterrados que los pensamientos de Dios (los planes de Dios) no son como los pensamientos de los hombres, ni los caminos de Dios (la ejecución de sus planes) son como los caminos de los hombres (/Is/55/08-09). Pasa después a decir de qué manera la palabra de Dios es eficaz, y utiliza para ello una hermosa comparación.

Los vs. 10-11 son el broche de oro al gran poema de la esperanza de Is. II. Ninguna palabra profética, jamás, habló mejor de la palabra divina y de su eficacia. -La imagen pertenece al mundo agrícola, y es muy fácil de captar.

La palabra divina se compara a la lluvia que, cayendo de lo alto, fecunda la tierra proporcionando así "pan al que come y semilla al sembrador" (v. 10; cfr. Sal. 104, 13-16); es garantía de eficacia, realiza lo que dice (40, 8), siempre se cumple (55, 11), es irrevocable (45, 23). Por el contrario, la palabra humana, como el mismo ser del hombre, es casi siempre ineficaz, efímera como la hierba.

-Toda la historia de Israel es fruto de esta eficacia divina.

Serán sobre todo los profetas, los hombres de la palabra, quienes afirmen que la palabra de Dios es la gran fuerza creadora e impulsora de toda la historia humana. Todo depende de esta palabra, no sólo hace germinar las semillas, sino que también es la misma semilla, el alimento: "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor", afirma el Dt.

-Tan seguro se siente el profeta de la eficacia de estas palabras que termina este gran poema preconizando la gozosa salida del pueblo del poder de Babilonia (55, 12ss). El hombre no tiene derecho a temer; en él debe renacer la luz de la esperanza.

 

El responsorial  es el Salmo 64, (Sal 64,  10abcd. 10e-11. 12-13. 14)

R. la semilla cayó en tierra buena y dio fruto. Este salmo se clasifica como un himno de alabanza. ¿Sabemos "alabar", "agradecer", decir a los demás que estamos felices con "El"?

Este salmo, como la mayoría, atribuido a David, es un cántico al poder de Dios. ¿Y quién sino aquel que ha experimentado tal poder puede hacer semejante profesión de fe? David, de todos es sabido, experimentó la ira de Dios, pero también su misericordia; su silencio profundo, pero también su fuerte voz que le hablaba guiando sus pasos. Quizás después de una fuerte experiencia del Amor de Dios para con su vida, David pudo proclamar este cántico desde lo profundo de su ser, en agradecimiento al Todopoderoso. Y aquí ya encontramos algo importante que hay que tener en cuenta: Este cántico parte de una experiencia fuerte de Dios, de un encuentro profundo con la misericordia divina.

A nosotros  nos invita a la acción de gracias en un sentido más amplio y más pleno aún que el que tiene el sentido literal del salmo. Dios ha perdonado nuestras culpas y nos ha elegido y acercado para que vivamos en sus atrios, en una tierra cuidada y regada, enriquecida sin medida, donde nos sacia de los bienes de su casa, es decir, en la Iglesia, figura y comienzo terreno de su reino de felicidad eterna. Dios merece nuestro himno en Sión

Así comenta San Juan Pablo II, :este Salmo 64 · "... himno que nos conquista sobre todo por el fascinante paisaje primaveral de su última parte (cf. Salmo 64, 10-14), una escena llena de frescura y colores, compuesta por voces de alegría.

En realidad, el Salmo 64 tiene una estructura más amplia, cruce de dos tonos diferentes: emerge, ante todo, el histórico tema del perdón de los pecados y de la acogida por Dios (cf. versículos 2-5); después hace referencia al tema cósmico de la acción de Dios con los mares y los montes (cf. versículos 6-9a); desarrolla al final la descripción de la primavera (cf. versículos 9b-14): en el desolado y árido panorama de Oriente Próximo, la lluvia fecunda es la expresión de la fidelidad del Señor a la creación (cf. Salmo 103, 13-16). Para la Biblia la creación es la sede de la humanidad y el pecado es un atentado contra el orden y la perfección del mundo. La conversión y el perdón vuelven a dar, por tanto, integridad y armonía al cosmos.

2. En la primera parte del Salmo, nos encontramos dentro del templo de Sión. Allí llega el pueblo con sus miserias morales para invocar la liberación del mal (cf. Salmo 64, 2-4a). Una vez obtenida la absolución de las culpas, los fieles se sienten huéspedes de Dios, cercanos a él, dispuestos a ser admitidos a su mesa y a participar en la fiesta de la intimidad divina (cf. versículos 4b-5).

El Señor, que se ensalza en el templo, es representado después con un perfil glorioso y cósmico. Se dice, de hecho, que es la «esperanza del confín de la tierra y del océano remoto»; afianza los montes con su fuerza... reprime el estruendo del mar, el estruendo de las olas y el tumulto... Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante sus signos, desde oriente hasta occidente (versículos 6-9).

...

El salmista utiliza diez verbos para describir esta amorosa obra del Creador con la tierra, que se transforma en una especie de criatura viviente. De hecho, todo aclama y canta de alegría (cf. Salmo 64, 14). En este sentido, son también sugerentes los tres verbos ligados al símbolo de las vestiduras: «las colinas se orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses» (versículos 13-14). Es la imagen de un prado salpicado por el candor de las ovejas; las colinas se ciñen con el cinturón de las viñas, signo de la exultación de su producto, el vino, que «alegra el corazón del hombre» (Salmo 103, 15); los valles se visten con la capa dorada de las mieses. El versículo 12 evoca también la corona, que podría hacer pensar en las guirnaldas de los banquetes festivos, colocadas sobre la cabeza de los invitados (cf. Isaías 28, 1.5).

4. En este momento, irrumpen en la escena otro tipo de aguas: las de la vida y las de la fecundidad, que en primavera irrigan la tierra y que representan la nueva vida del fiel perdonado. Los versículos finales del Salmo (cf. Salmo 64, 10-14), como decía, son de extraordinaria belleza y significado. Dios quita la sed a la tierra agrietada por la aridez y el hielo invernal, con la lluvia. El Señor es como un agricultor (cf. Juan 15, 1), que hace crecer el trigo y las plantas con su trabajo. Prepara el terreno, riega los surcos, iguala los terrones, rocía todas las partes de su campo.

5. Todas las criaturas juntas, como en procesión, se dirigen hacia su Creador y Soberano, danzando y cantando, alabando y rezando. Una vez más la naturaleza se convierte en un signo elocuente de la acción divina; es una página abierta a todos, dispuesta a manifestar el mensaje trazado en ella por el Creador, pues «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5; cf. Romanos 1, 20). Contemplación teológica y abandono poético se funden en este pasaje poético, convirtiéndose en adoración y alabanza.

Pero el encuentro más intenso, hacia el que tiende el Salmista con todo su cántico, es el que une creación y redención. Como la tierra resurge en primavera por la acción del Creador, así el hombre resurge de su pecado por la acción del Redentor. Creación e historia están, de este modo, bajo la mirada providente y salvadora del Señor, que vence a las aguas tumultuosas y destructoras y da el agua que purifica, fecunda y quita la sed. El Señor, de hecho, «sana a los de roto corazón, y venda sus heridas», pero también «cubre de nubes los cielos, prepara lluvia a la tierra prepara, hace germinar en los montes la hierba» (Salmo 146, 3.8).

El Salmo se convierte así en un canto a la gracia divina. San Agustín vuelve a recordar, al comentar nuestro salmo, este don trascendente y único: «El Señor Dios te dice al corazón: yo soy tu riqueza. No hagas caso a lo que promete el mundo, sino a lo que promete el Creador del mundo! Presta atención a lo que Dios promete, si observas la justicia; y desprecia lo que te promete el hombre para alejarte de la justicia. ¡No hagas caso, por tanto, a lo que te promete el mundo! Considera más bien aquello que promete el Creador del mundo («Esposizione sui Salmi II», Roma 1990, p. 481)" . (San Juan Pablo II. Audiencia del Miércoles 6 de marzo del 2002)

 

La segunda lectura es  de la carta del apóstol san pablo a los romanos 8, 18-23). San Pablo responde a la pregunta que se hacían muchos cristianos: "Si hemos sido reconciliados por el bautismo y por el Hijo de Dios (Rm 6.), ¿cómo es posible que el sufrimiento y el fracaso tengan poder sobre nosotros?".

Sobre este punto, los cristianos encontraban poca luz en la tradición bíblica. En efecto, los sabios, limitados a observar el presente y la naturaleza, admitían que era demasiado presuntuoso pretender ver claro en ella (Jb 38.), o llegaban a la conclusión de que el universo era absurdo . Los profetas, por su parte, preveían una solución, pero la situaban en un futuro escatológico, al final de una catástrofe que pondría fin a la creación y a la humanidad actuales .                                         

El interés de la reflexión de Pablo está en la síntesis de estas corrientes, obtenida mediante la armonización de la solidaridad del hombre con la Naturaleza y su esperanza en un mundo nuevo.

San Pablo comienza apoyándose en el pensamiento sapiencial y en sus conclusiones. Nuestro cuerpo pertenece al mundo presente (v. 18); por tanto, participa de sus sufrimientos. La creación, es decir, la naturaleza material a la que nuestro cuerpo está estrechamente ligado, está sujeta a la vanidad (v. 20), no por el pecado del hombre, como se afirma generalmente, sino por sus propias leyes .

San Pablo pasa seguidamente a una visión más profética de las cosas. En su opinión, la Naturaleza se somete a sus leyes y se acomoda a sus límites con repugnancia (vv. 19-21). Ahora bien: esta esperanza cósmica no es vana y la solidaridad del cuerpo humano con el cosmos, en el sufrimiento y la caducidad, se mantiene en esta esperanza, pues goza ya de las arras de la glorificación (v. 23) que transformará a todo el universo (v. 21).

Al expresar esta solidaridad en la esperanza de un mundo nuevo, San Pablo es fiel al pensamiento bíblico ; no obstante modifica más de un punto importante. Así, el estado paradisíaco prometido al universo ya no se halla ligado a la salvación del pueblo de Israel, como en el A.T., sino a la revelación de nuestra filiación divina (vv. 21-23). El día en que ésta se realice en todos los hombres, hasta el punto de transfigurar sus cuerpos, transfigurará igualmente a toda la Naturaleza, liberándola de la esclavitud a la "vanidad" y adaptándola al nuevo estatuto de la humanidad.

Lejos de poner su esperanza en cierta especie de inmortalidad separada del cuerpo y del mundo, según la concepción griega, lejos de situarla en un más allá del mundo y de la vida a la manera gnóstica, San Pablo define la esperanza cristiana en el presente. Lo que se espera no es un más allá, sino algo interior que no puede alcanzarse más que viviendo su vida en el mundo.

San Pablo, además, ha desmitificado el "más allá" de la muerte recordando al cristiano que ya está muerto por el bautismo, que está ya, de alguna manera, en este "más allá" con el que sueña y que puede alcanzarlo uniéndolo al "interior" profundo de la vida.

Así comenta San Agustín el texto de esta segunda lectura:"  Preguntemos al Apóstol cómo cayo el hombre en la cautividad. En efecto, él más que ningún otro gime en ella y suspira por la Jerusalén eterna, y nos enseñó a gemir por obra del mismo Espíritu que le llenaba y le hacía gemir a él. Así escribe: Toda la creación gime y sufre hasta el presente. Y también: La creación está sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió en esperanza (Rom 8,20). Toda la creación -ha dicho- gime en medio de fatigas en los hombres que aún no creen, pero que han de creer. ¿Acaso gime sólo en los que aún no han creído? ¿Ya no gime ni sufre la criatura entre los dolores de parto en los que han creído? No sólo ellos -dice-, sino también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, es decir, nosotros que ya servimos a Dios en el Espíritu, que ya hemos creído en Dios con nuestra mente y en la misma fe hemos entregado ciertas primicias, para seguir luego esas mismas primicias. Pues también nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción y la redención de nuestro cuerpo (Rom 8,23).

Así, pues, gemía también él y gimen los restantes fieles esperando la adopción y redención del propio cuerpo. ¿Dónde gimen? En esta mortalidad. ¿Qué redención esperan? La de su cuerpo, anticipada en la persona del Señor que resucitó de entre los muertos y subió al cielo. Antes de que se nos conceda esto, es preciso que gimamos, a pesar de ser creyentes y hombres de esperanza. Es lo que afirma, a continuación, el texto de San Pablo: "De hecho, después de las palabras: También nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo, como si le preguntasen: «¿De qué te sirvió Cristo, si aún gimes?; ¿cómo es que te ha salvado el Salvador? Quien gime, aún está enfermo», añadió: Hemos sido salvados en esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25). He aquí por qué gemimos y cómo gemimos: porque esperamos el objeto de nuestra esperanza que aún no poseemos. Hasta que lo poseamos, suspiramos en el tiempo, porque deseamos lo que aún no tenemos. ¿Por qué? Porque hemos sido salvados en esperanza. Es cierto que la carne que el Señor tomó de nosotros fue salvada en realidad, no sólo en esperanza. Nuestra carne ya salvada resucitó y subió al cielo en nuestra Cabeza, aunque en los miembros deba ser salvada aún. Alégrense confiados los miembros, puesto que no fueron abandonados por la Cabeza. Ella dijo a los miembros afligidos: Ved que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mi 28,20). Así aconteció para que nos convirtiésemos a Dios. En efecto, no teníamos otra esperanza que la esperanza en el mundo, razón por la que éramos siervos miserables, doblemente miserables, porque no sólo habíamos puesto nuestra esperanza en esta vida, sino también porque habiendo vuelto el rostro al mundo, dimos la espalda a Dios. Mas cuando el Señor nos dio media vuelta, de modo que comenzamos a dar la cara a Dios y la espalda al mundo, aunque aún estamos en el camino, miramos sin embargo a la patria".(San Agustín. Comentario al salmo 125,2).

 

Aleluya

" La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; quien lo encuentra vive para siempre".

El evangelio es de san Mateo (Mt 13, 1-9). En la lectura que estamos haciendo de san Mateo, empezamos hoy el capítulo 13, en el que Jesús habla en parábolas. El capítulo está repartido en tres domingos.

El   capítulo 13, es un conjunto de parábolas que hablan del crecimiento y del futuro del Reino que Jesús anuncia, y que tienen un común denominador: el Reino avanza, el Reino es profundamente valioso, el futuro es del Reino. Y eso, en cada parábola, contrastado con las diversas actitudes de los hombres, o con los obstáculos que impiden este avance. Y es que de hecho, estas parábolas del Reino fueron dichas para paliar el posible desánimo de los discípulos al ver que el anuncio inicial de Jesús "el Reino de los Cielos está cerca", no era tan evidente ni claro como ellos imaginaban y deseaban.

En las parábolas hay una gran dosis de realismo de lo que es la vida humana. Y, a este realismo que Jesús recoge, se aporta una gran dosis de esperanza, y esta es la gran noticia, es el "Evangelio". Vienen a decir, estas parábolas, que en la realidad concreta que vivimos -que puede tener diversas caras y aspectos, configurada por personas diferentes con actitudes a veces contrapuestas- Dios va actuando. En definitiva, que el Reino va creciendo, a pesar de algunas cosillas y a través de otras. Siempre porque Dios empuja, hace avanzar. Enlazando con el domingo pasado: los pequeños y los humildes acogen la Palabra; en cambio los sabios y entendidos no. Porque el hecho es que la Palabra ha aparecido entre la humanidad, y no queda estéril: da fruto de un modo u otro, y quizá en el lugar más inesperado.

Comenzamos con la parábola del sembrador.

En cuatro escenas sucesivas, colocadas entre una descripción de la siembra (v. 3) y una descripción de la recolección (v. 8), la parábola propiamente dicha se interesa, sobre todo, por la suerte reservada a la semilla en los cuatro terrenos diferentes. Las escenas están dispuestas de manera progresiva y optimista, para desembocar en la visión de la fructificación extraordinaria de la semilla.

El tema de la cosecha, imagen de los últimos tiempos, es tradicional en Israel (Jl 4. 13); lo nuevo es la insistencia en las laboriosas siembras que la preparan. Jesús, pues, suaviza ligeramente el matiz escatológico de la venida del Reino (cosecha) subrayando más bien las condiciones difíciles de su realización. Proclama la venida del Reino, pero insiste en la lentitud de su instauración y en la dificultad de su maduración.

San Mateo  conoce todo lo que va a ocurrir con la semilla, símbolo de la Palabra. No hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada a los judíos: la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras palabras, las malas disposiciones de los oyentes.

En cuanto a estas malas disposiciones, San Mateo dice varias cosas.

En primer lugar, las nombra: inconstancia, afanes de este mundo, seducción de la riqueza. Ve en ello, además, el efecto de la actividad disimulada del Maligno (una causa entre otras). Porque advierte sobre todo que la Palabra se halla en el centro de un conflicto. Hay persecuciones que hacen vacilar a los oyentes inconstantes y que son provocados por la Palabra. Esta tiene, asimismo, adversarios que luchan encarnizadamente contra ella, en un conflicto permanente. Y es que el fracaso que Jesús conoció, mal recibido por los judíos incrédulos, lo experimenta la Iglesia a su vez; pero el profeta Isaías había ya pasado por esa dolorosa experiencia (v. 14/15). El combate de la Palabra y de la incredulidad viene desde los más remotos tiempos de la historia del pueblo de Dios y parece que ha de durar tanto como esa historia.

¿Cuál es su final? Este combate lleva a fracasos repetidos que preocupan al evangelista. Pero al autor le interesa más otra cosa: el éxito maravilloso que, en último término, obtiene la proclamación de la Palabra.

Porque el Evangelio, rechazado, perseguido, combatido ya ha "triunfado". En el seno de un mundo incrédulo, existe hoy una comunidad de discípulos. El inmediato entorno de Jesús era, en un principio, el signo modesto de un cierto éxito de la palabra de Jesús; pero a partir de entonces, todos aquellos que en todos los tiempos, especialmente hoy, se tienen por discípulos de Jesús, son signos de que la Palabra da sus frutos. Tras el "vosotros" (v.11), se oculta, en efecto, toda la Iglesia, incluidas las personas que hoy escuchan nuestro comentario del Evangelio.

Para nuestra vida.

Hoy el tema nuclear es la Palabra divina proclamada.

Recibir la Palabra y conscientes de la propia libertad, dejarse guiar y conducir, que sea la luz para la vida, transformar los propios criterios, establecer un estilo de vida según sus postulados... Esto nos pide delicadeza espiritual y valentía para romper con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen.

La Palabra proclamada incide en nuestra conducta cristiana Es importante proponernos  unos interrogantes sobre la aceptación de la Palabra: ¿qué grado de atención le prestamos? ¿la olvidamos? ¿la ahogan los afanes de la vida? Convendría considerar el valor que se da a la celebración de la Palabra en la misa dominical, desde la puntualidad y la preparación para la misa hasta el procurar que influya en la conducta de la semana. También se puede hablar de la lectura personal de la Biblia, sobre todo del N.T., indicando que debería leerse diariamente o por lo menos algunos días. Hay también otro campo inmenso a través del cual la palabra se manifiesta: situaciones familiares, tribulaciones personales o de los amigos, necesidades que nos rodean, acontecimientos de alegría... Momentos que reclaman la presencia de la Palabra y de la palabra.

La atención a la Palabra, con la respuesta que implica, es el medio que cuida la intimidad con Dios. Recordemos que podemos ser pedregal, árbol sin raíces, personas seducidas únicamente por las cosas materiales... De esta manera se ahoga el proyecto que el Señor tiene sobre nosotros. El proyecto divino que Dios tiene para cada uno de nosotros no se realiza cuando dejamos de ser verdaderos oyentes.

 

En la primera lectura se nos recuerda como la palabra divina sale amorosa al encuentro del hombre para operar su liberación, pero es absolutamente necesario que el ser humano se abra a la palabra. Es preciso oír, escuchar, alargar las orejas..., y buscar a la Palabra, al Señor (55, 1. 2. 3. 6). Si su palabra cala en nosotros, el fruto será abundante .

Nuestra sociedad occidental se empeña en vivir sólo de pan. Se da una búsqueda afanosa por el bienestar, confort, mejora de vida... Y esta ansiedad... se convierte muchas veces en nuestra más sutil esclavitud. Siempre será necesario el recordar las palabras del Deuteronomio: "No sólo de pan vive el hombre..

El texto  nos recuerda que así como la lluvia que baja del cielo no vuelve a él sin antes empapar y fecundar la tierra, así la Palabra divina  no vuelve  sin cumplir su cometido. La palabra de Dios es el plan de Dios, sus eternos designios de salvación. Plan y designios que se manifestaron y realizaron en Cristo, su palabra encarnada. Nosotros sabemos que la Eucaristía es esa palabra bajada del cielo, salida de Dios y ofrecida en sacrificio y alimento a cuantos en esta vida tienen hambre y sed de justicia, de realidad, de amor, de Dios.

 

En el salmo de hoy, salmo de acción de gracias, se reconocen las obras de Dios en nuestra vida.

Obras a través de las cuales Dios nos sacia de sus bienes, desde  su poder. Cuando uno ha experimentado la más absoluta falta de amor profundo, una soledad que con nada puede ser combatida, una crisis existencial… sólo es en ese momento de la vida cuando uno se ve en la tesitura de plantearse cosas en el ámbito espiritual que hasta entonces no se había planteado. Y uno se da cuenta de que no está solo, de que somos un pueblo elegido por Dios, que nunca nos abandona. Porque el sufrimiento es un misterio para el cristiano. No todo se puede explicar desde la razón, más si cabe cuando sabemos que el Señor habla al corazón del hombre. Pero cuando uno experimenta, apoyado en la oración de salmos como éste que nos ocupa, que Dios sale fiador y salvador, es en ese momento cuando el corazón exalta de gozo en alabanzas a Dios. 

El Señor se nos muestra en la historia. A través de los acontecimientos nos habla. Esos acontecimientos son los signos de los que habla el cántico. Sólo el que tiene abiertos los ojos en su vida es consciente de ello. A pesar de que al hombre no se le oculta la acción divina, pues está en los libros de historia y la gran tradición que ha llegado hasta nuestros días y ha configurado nuestra cultura, no siempre el hombre reconoce en ello al Señor.

Y ¿cuál es la mayor prueba del poder del Señor? La Creación. Por eso se alude al poder y la potencia de Dios sobre la Tierra, sobre el mar, sobre el caos del hombre. El triunfo sobre la muerte, sobre el sufrimiento.

Brota del alma entonces un reconocimiento a la obra de Dios, a su justicia que es distinta a la nuestra. Esa justicia que hace brotar de la muerte la vida, esa justicia que nos entregó a Jesucristo para nuestra redención. Como decía Juan Pablo II en una catequesis sobre este salmo, al final aparece una imagen preciosa de la primavera, atrás queda el desorden y el caos de una vida sin Dios (Audiencia general del miércoles 6 de marzo de 2002).

San Juan Pablo II comentando este salmo nos recuerda,

"3. En esta celebración de Dios Creador, encontramos un acontecimiento que querría subrayar: el Señor logra dominar y acallar incluso el tumulto de las aguas del mar, que en la Biblia son símbolo del caos, en oposición al orden de la creación (cf. Job 38, 8-11). Es una manera de exaltar la victoria divina no sólo sobre la nada, sino incluso sobre el mal: por este motivo, el «estruendo del mar» y el «estruendo de las olas» es asociado al «tumulto de los pueblos» (cf. Salmo 64, 8), es decir, la rebelión de los soberbios.

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San Agustín lo comenta de manera eficaz: «El mar es imagen del mundo presente: amargo a causa de la sal, turbado por tempestades, donde los hombres, con sus ambiciones perversas y desordenadas, parecen peces que se devoran unos a otros. ¡Mirad este mar proceloso, este mar amargo, cruel con sus olas! No nos comportemos así, hermanos, pues el Señor es la "esperanza del confín de la tierra"» («Esposizione sui Salmi II», Roma 1990, p. 475).

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La conclusión que nos sugiere el Salmo es sencilla: ese Dios, que acaba con el caos y el mal del mundo y de la historia, puede vencer y perdonar la malicia y el pecado que el orante lleva en su interior y que presenta en el templo con la certeza de la purificación divina. " (San Juan pablo II. Audiencia del Miércoles 6 de marzo del 2002)

Ojalá este cántico a la Gracia de Dios se haga realidad en nuestras vidas para que demos testimonio de que el Señor es fuerte y está presente en medio de nosotros.

 

En la segunda lectura, se nos invita a reformar nuestros juicios y nuestras maneras de ver el mundo. No se trata, como pensamos, de un mundo sometido a unas leyes cosmológicas que le hacen, a la vez, agradable y difícil de vivir por encontrarse en un estado de lucha entre los elementos que a veces se enfrentan entre sí y provocan catástrofes.  Las condiciones del hombre en sí mismo también son muchas veces contradictorias, y nuestro   cuerpo ya no es la traducción de su alma, sino que hay una ley de oposición a la que hay que someterse. Es preciso considerar esta situación presente en función de un futuro. No existe una medida común entre los desequilibrios del tiempo presente y la gloria que Dios va a revelar pronto en nosotros. Porque toda la creación aspira con todas sus fuerzas a ver esta revelación de los hijos de Dios. La creación, es decir, no sólo los cristianos, no sólo los hombres, sino todo el universo. Toda esta creación, ahora bajo los efectos del pecado, espera su liberación, la gloria de los hijos de Dios. Pero es necesario que pasen el tiempo y los dolores de la infancia y aceptar gemir, nosotros y toda la creación, con una esperanza en el corazón que no se equivoca. Ya hemos recibido el Espíritu, pero esperamos la liberación total.

Esta es la condición de los cristianos y de la condición del mundo entero. Tampoco los progresos del mundo pueden dejar indiferente al cristiano; son el signo de la reconstrucción del mundo y de su recreación progresiva en la unidad. Es preciso, también, que los desequilibrios que nosotros constatamos no destruyan nuestra esperanza, sino que hemos de aceptar la insatisfacción que todo ser siente, como un signo del futuro al que estamos abocados y cuyas primicias ya nos han sido dadas por el Espíritu.

A nivel personal la vida en el Espíritu tiene consecuencias, quizá la más importante, es la condición de hijos de Dios (vs. 15-17).

Esta condición filial, sin embargo, no ha realizado  toda su virtualidad y en el tiempo presente todavía es objeto de esperanza en ciertos aspectos. De ello trata esta pericopa.

Compara San Pablo la experiencia presente actual, tanto del hombre como del mundo, con la futura. Evidentemente, todavía hay mucho de dolor, frustración, angustias, etc. No conviene negarlo o disminuirlo para no caer en un angelismo fuera de lugar. Pero hay, para quien tiene esas primicias del Espíritu, una perspectiva mejor. No precisamente alienante o que haga evadirse del mundo, sino que confiere esperanza y sentido para afrontar lo negativo. Es importante subrayar esa seguridad del porvenir. El cristiano no simplemente espera algo futuro, sino que tiene la garantía absoluta de ello en virtud de la presencia del Espíritu.

Para San  Pablo ya no se trata solamente de los hombres, sino del universo entero. La creación había sido puesta por Dios en manos del hombre y este estaba sometido a Dios. Pero, habiendo roto con Dios, también se desbarató la relación del hombre con la creación. Ahora, pues, también la creación espera expectante la liberación, que empieza por la liberación del hombre.

La imagen de los dolores de parto, que utilizaban algunos filósofos griegos para hablar del renacimiento de la naturaleza en primavera, le sirve a Pablo para expresar la situación de toda la creación.

A pesar de haber recibido el Espíritu, aún gemimos como la creación, porque aún no ha llegado a plenitud la liberación total, la filiación. Pero ya poseemos las primicias de ella: los primeros frutos de la cosecha se ofrecían a Dios simbolizando la consagración de toda la cosecha, pero a la vez significaban la prenda de lo que tenía que venir.

En el momento actual, de sensibilidad ecológica, seguramente que este texto tendría que hacer replantear a los cristianos su relación con la naturaleza: los hijos de Dios tienen que tratar con solicitud el mundo que Dios les ha dado para que lo habiten.

Así comenta San Agustín comenta  esta lectura: " Preguntemos al Apóstol cómo cayo el hombre en la cautividad. En efecto, él más que ningún otro gime en ella y suspira por la Jerusalén eterna, y nos enseñó a gemir por obra del mismo Espíritu que le llenaba y le hacía gemir a él. Así escribe: Toda la creación gime y sufre hasta el presente. Y también: La creación está sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió en esperanza (Rom 8,20). Toda la creación -ha dicho- gime en medio de fatigas en los hombres que aún no creen, pero que han de creer. ¿Acaso gime sólo en los que aún no han creído? ¿Ya no gime ni sufre la criatura entre los dolores de parto en los que han creído? No sólo ellos -dice-, sino también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, es decir, nosotros que ya servimos a Dios en el Espíritu, que ya hemos creído en Dios con nuestra mente y en la misma fe hemos entregado ciertas primicias, para seguir luego esas mismas primicias. Pues también nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción y la redención de nuestro cuerpo (Rom 8,23).

Así, pues, gemía también él y gimen los restantes fieles esperando la adopción y redención del propio cuerpo. ¿Dónde gimen? En esta mortalidad. ¿Qué redención esperan? La de su cuerpo, anticipada en la persona del Señor que resucitó de entre los muertos y subió al cielo. Antes de que se nos conceda esto, es preciso que gimamos, a pesar de ser creyentes y hombres de esperanza. Es lo que afirma, a continuación, el texto de Pablo.

De hecho, después de las palabras: También nosotros gemimos en nuestro interior esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo, como si le preguntasen: «¿De qué te sirvió Cristo, si aún gimes?; ¿cómo es que te ha salvado el Salvador? Quien gime, aún está enfermo», añadió: Hemos sido salvados en esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25). He aquí por qué gemimos y cómo gemimos: porque esperamos el objeto de nuestra esperanza que aún no poseemos. Hasta que lo poseamos, suspiramos en el tiempo, porque deseamos lo que aún no tenemos. ¿Por qué? Porque hemos sido salvados en esperanza. Es cierto que la carne que el Señor tomó de nosotros fue salvada en realidad, no sólo en esperanza. Nuestra carne ya salvada resucitó y subió al cielo en nuestra Cabeza, aunque en los miembros deba ser salvada aún. Alégrense confiados los miembros, puesto que no fueron abandonados por la Cabeza. Ella dijo a los miembros afligidos: Ved que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo (Mi 28,20). Así aconteció para que nos convirtiésemos a Dios. En efecto, no teníamos otra esperanza que la esperanza en el mundo, razón por la que éramos siervos miserables, doblemente miserables, porque no sólo habíamos puesto nuestra esperanza en esta vida, sino también porque habiendo vuelto el rostro al mundo, dimos la espalda a Dios. Mas cuando el Señor nos dio media vuelta, de modo que comenzamos a dar la cara a Dios y la espalda al mundo, aunque aún estamos en el camino, miramos sin embargo a la patria.

Y cuando quizá sufrimos alguna tribulación, nos mantenemos en el camino y nos trasporta el madero (de la cruz). El viento es ciertamente desapacible, pero próspero; requiere esfuerzo, pero nos lleva y nos hace llegar con rapidez. Como gemíamos a causa de nuestra esclavitud, gimen también los que ya han creído. Habíamos olvidado el origen de nuestra esclavitud, pero nos lo recuerda la Escritura. Preguntemos al mismo apóstol Pablo. Él dice: Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido el pecado (Rom 7,14). Ved el origen de nuestra cautividad: el haber sido vendidos al pecado. ¿Quién nos vendió? Nosotros mismos, al dar consentimiento al seductor. Pudimos vendernos, pero no rescatarnos. Nos vendimos consintiendo al pecado, nos rescatamos por la fe de la justicia. Sangre inocente fue entregada por nosotros para rescatarnos. ¿Qué sangre derramó el seductor al perseguir a los justos? Ciertamente derramó sangre de hombres justos; derramó la sangre de los profetas, de nuestros padres, de los justos y de los mártires: pero todos éstos provenían de la estirpe del pecado. Derramó la sangre de la única persona que no fue justificada porque había nacido justa y, al derramar esa sangre, perdió a todos los que tenía prisioneros. Aquellos por quienes fue entregada esa sangre inocente, fueron rescatados. Al regresar del cautiverio cantan este himno" . ( San Agustín Comentario al salmo 125,2)

 

Hoy el evangelio nos presenta la parábola del sembrador, es muy clara en su sentido: el Reino ha sido sembrado, es cierto que se pierde mucha simiente, pero también es verdad que hay mucho fruto. Después, la explicación alegórica permite ampliar este sentido inicial haciendo jugar la contribución de los hombres para que el Reino avance: el Reino avanza "a medida humana", según lo que los hombres hagan; pero, con todo, este avance es seguro, ya que existen hombres que son tierra buena, y el fruto acaba siendo abundante (unos cien, otros sesenta, otros sólo treinta, pero, no obstante, abundante). Jesús nos dice que el Reino avanza.

La parábola nos conduce  a reflexionar sobre cómo acogemos nosotros "la predicación del Reino".

 Fijémonos en las tres disposiciones negativas:

1)Los que no lo entienden: los que no tienen interés en aceptar que el Reino exige cambios en la vida, y creen que lo que se anuncia es ya lo que ellos hacen, sin darse cuenta de que se trata de otra cosa (¿para cuántos ser cristiano quiere decir, por ejemplo, ser personas de orden y neutrales ante cualquier mejora social seria?

2)Los inconsistentes: los que saben bien qué es el Reino y lo defienden y están ilusionados, pero que se volverán atrás cuando vean que les afecta su vida (continuarán sin hablar con el vecino; en casa continuarán diciendo que "aquí mando yo...").

3)Los que están en manos de la riqueza: tanto los muy ricos como los que viven pendientes de cómo podrán vivir mejor, y que no son capaces de sacrificar nada de esa búsqueda del bienestar ya que según ellos "es muy importante poder tener tal cosa o tal otra..." Para ser tierra buena no podemos ser ninguna de las tres malas tierras que acabamos de describir.

San Mateo se fija en los discípulos de Jesús; los ve vivir en medio de un mundo (v.38) incrédulo: "aquellos que..." (v.12). Los ve, sin embargo, colmados: "A vosotros es dado". Y puesto que en ellos el "don" se ha demostrado eficaz, se les da cada vez más: "A quien tenga se le dará". Este don pródigamente concedido es el de un conocimiento supremo: "conocer los misterios del Reino de Dios". Este conocimiento ilumina toda la vida; gracias a él, sabrán los discípulos hacer las opciones que se imponen y participar como conviene en el combate de la Palabra.

Tras la explicación de las vicisitudes que atraviese el Reino al implantarse en el mundo, se oculta un mensaje decisivo: el mensaje pascual. Porque la aventura de la Palabra, constantemente desdeñada, perseguida pero siempre viva y eficaz, semejante al grano de trigo que debe "morir" para dar fruto (Jn12,24), ¿no es el misterio de Pascua?.

 El conocimiento de los  misterios del Reino es un privilegio del que los cristianos debemos ser conscientes. Lo que los cristianos oímos en la proclamación del Evangelio, lo que vemos en la experiencia cristiana, hay muchos hombres que no pueden verlo ni oírlo. Aun los Profetas, esos privilegiados del A.T. y con ellos, por lo tanto, todo el pueblo de la Antigua Alianza, no pudieron, a pesar de sus deseos, obtener semejante revelación de los "caminos" de Dios, de los secretos de su Reino.

En la parábola de hoy el protagonismo es para el "sembrador" y la "semilla sembrada". "El que la escucha", "acepta", "entiende", aparece porque es destinatario de "la semilla", de "la Palabra". No podemos perder de vista, pues, que todo parte de un don. La semilla del Reino ya ha sido sembrada. Y sembrada generosamente, en todas partes. Y además, dará fruto como sea, quizás en los lugares más inesperados.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, la Eucaristía dominical es  campo en el que Dios siembra para que demos fruto a lo largo de la semana; y también como campo donde recogemos los frutos de lo que hemos vivido la semana anterior.

Demos gracias a Dios por todo ello.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com