jueves, 16 de junio de 2022

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 19 de junio de 2022

 

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del  Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 19 de junio de 2022

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad del Corpus. En la solemnidad del Corpus Christi la Iglesia en España celebra el día de Cáritas, el día nacional de la caridad.

En las lecturas de hoy la reiteración de palabras referidas a “comida”, “bebida”, “vida”, es constante. Los estudiosos han llegado a encontrar 9 veces “comer-comida, vivir-vida”; 6 veces “carne”; 4 veces “pan-sangre, beber”. Todo indica que Dios quiere relacionarse con nosotros espiritual y físicamente, a través de la fe y a través de los sentidos. “El que come de este pan vivirá para siempre”.

Pero, además del simbolismo del signo sacramental, hay que admitir una realidad mucho más honda y misteriosa: la presencia verdadera de Cristo, como está en el cielo. El Corpus no consiste sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo. La Iglesia cuando trata de explicar en profundidad el misterio de su presencia emplea tres palabras: presencia verdadera, presencia real y presencia sustancial.

 

La primera lectura :(Gn 14,18-20), nos sitúa ante un texto con un relato ancestral. Estos relatos tienen  algo especial en la tradiciones de Israel, hasta el punto de poder considerar que un texto como el de Melquisedec podría ser una campaña militar, antigua, en la que se ha querido ver que los grandes, en este caso el rey de Salem, también ha querido ponerse a los pies del padre del pueblo, de Abrahán. Con los gestos del pan y el vino que se ofrecen, las cosas más naturales de la tierra, el rey misterioso le otorga a Abrahán un rango sagrado, casi de rey-sacerdote.

Melquisedec, es un personaje misterioso en el Antiguo Testamento, “sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, que permanece sacerdote para siempre”, según narra la epístola a los Hebreos. También en el salmo se dice que su sacerdocio es eterno. Una figura que anunciaba a Cristo, cuyo sacerdocio, en efecto, es eterno, y cuyo origen se pierde en la eternidad. Un sacerdocio que no proviene de los hombres, sino del mismo Dios.

El pasaje nos dice que Abrahán le ofreció el diezmo de todo. De esa forma se pone de relieve la grandeza de ese personaje, pues quien ofrece algo siempre es inferior que aquel a quien se hace la ofrenda. Por otro lado se nos refiere que Melquisedec ofreció a Dios el pan y el vino. Un sacrificio que anunciaba también ese otro sacrificio, el de la Eucaristía donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se inmolan por la salvación del mundo.

 

El responsorial es el salmo 109 (Sal 109,1-4) . Se trata de un salmo real célebre, compuesto en Jerusalén para la entronización del rey o para la celebración de su aniversario. El poeta o profeta cortesano habla al rey en nombre de Dios, que otorga el dominio, la gloria y el poder. Los w. 1 y 4, según la versión griega de la Setenta, fueron aplicados en el Nuevo Testamento a Cristo y releídos desde una perspectiva mesiánica en la estela de la tradición judía (Qumrán). El salmo tiene dos partes.La primera (vv. 1-3), contiene un oráculo real dirigido por YHWH al rey sobre su entronización
El pueblo se ha reunido en el palacio del rey de Judá y todo está preparado para la solemne consagración real del ungido del Señor. Sin embargo, el pequeño reino de Israel vive momentos difíciles a causa de los poderosos enemigos que le rodean. La misma suerte del rey que va a ser entronizado permanece incierta. El Señor tranquiliza al rey y a la asamblea con un oráculo divino. El rey no debe temer por su dignidad real: «Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies» (v. 1).

El Señor le dará también el poder y se extenderá desde el palacio real hasta todos sus enemigos, que serán humillados por la fuerza del rey. El consagrado, con sus empresas victoriosas sobre el enemigo, estará siempre a la cabeza de un pueblo victorioso y reinará sobre todo el mundo, porque se alimenta del torrente de las bendiciones divinas (vv. 2.7).

Por otra parte, el Señor mismo asegura, en este día solemne, su filiación divina de una manera misteriosa: «Yo mismo te engendré», como rey y sacerdote del pueblo, «entre esplendores sagrados», los de esta liturgia de consagración, como el rocío de la mañana desde el seno de la aurora (v. 3). Su sacerdocio será eterno, como el de Melquisedec, rey-sacerdote de Salén sin ascendencia terrena (cf. Gn 14), un sacerdocio distinto al oficial del templo, ligado a Aarón y a Sadoc (v 4).

San Agustín nos dice de este salmo: "... Pues Dios prometió la divinidad a los hombres, la inmortalidad a los mortales, la justificaci6n a los pecadores, la glorificación a criaturas despreciables.

Sin embargo, hermanos. como a los hombres les parecía increíble la promesa de Dios de sacarlos de su condición mortal -de corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza- para asemejarlos a los ángeles, no sólo firmó una alianza con los hombres para incitarlos a creer, sino que también estableció un mediador como garante de su fidelidad; y no estableció como mediador a cualquier príncipe o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Y por él nos mostró el camino que nos conduciría hasta el fin prometido.

Pero no bastó a Dios indicarnos el camino, por medio de su Hijo: quiso que él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él...

Todo esto debía ser profetizado y preanunciado para que no atemorizara a nadie si acontecía de repente, sino que, siendo objeto de nuestra fe, lo fuese también de una ardiente esperanza (San Agustín. Comentario sobre el salmo 109, 1-3).

En la segunda Lectura de 1ª corintios ( 1 Cor 11,23-26), se nos asegura que cuanto les está diciendo sobre la Eucaristía pertenece a la Tradición que arranca de Cristo, “procede del Señor” nos dice. El cristianismo primitivo tuvo que hacerse “recibiendo” tradiciones del Señor. Pablo, que no lo conoció personalmente, le da mucha importancia a unas pocas que ha recibido. Y una de esas tradiciones son las palabras y los gestos de la última cena. Porque el
apóstol sabía lo que el Vaticano II decía, que “la Iglesia se realiza en la Eucaristía”. Todos debemos reconocer que aquella noche marcaría para siempre a los suyos. Cuando la Iglesia intentaba un camino de identidad distinto del judaísmo, serán esos gestos y esas palabras las que le ofrecerá la oportunidad de cristalizar en el misterio de comunión con su Señor y su Dios. Esta tradición “recibida”, según la mayoría de los especialistas, pertenece a Antioquía (como en Lc 22,19-20), donde los seguidores de Jesús “recibieron” por primera vez el nombre de “cristianos”.

Jesús encomendó a sus discípulos que repitieran en memoria suya lo que él acababa de hacer, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, que se entregaba en sacrificio para la redención del mundo. De ahí que diga San Pablo que cada vez que comemos el Pan o bebemos del Cáliz proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Proclamar la muerte de Cristo equivale a repetir su sacrificio, de modo sacramental pero real. Es decir, en cada celebración eucarística se repite el sacrificio del Calvario. De ahí la importancia capital de la Eucaristía, de la Misa. Tanto que el Magisterio de la Iglesia lo considera como el centro de la vida la cristiana, la fuente de la que brota la vida de la Gracia y, por otro lado, es el acto al que se dirige toda actividad apostólica, allí donde converge cuanto la Iglesia hace y dice para la salvación del mundo.

 

Con el evangelio de hoy  volvemos a San Lucas (Lc 9,11b-17 ). Se nos relata la multiplicación de los panes y los peces, hecho este que es atestiguado por todos los evangelistas, uno de esos acontecimientos considerado de capital importancia, no por lo prodigioso sino por el valor teológico que encierra, por el significado doctrinal tan rico e importante que entraña.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) no sólo es provocativa dada la poca cantidad de alimento, sino que sobre todo intenta poner de manifiesto la misión de los discípulos al interior del gesto misericordioso que realizará Jesús. Los discípulos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

El gesto de “levantar los ojos al cielo” pone en evidencia la actitud orante de Jesús que vive en permanente comunión con el Dios del reino; la bendición (la berajá hebrea) es una oración que al mismo tiempo expresa gratitud y alabanza por el don que se ha recibido o se está por recibir. Es digno de notar que Jesús no bendice los alimentos, pues para él “todos los alimentos son puros” (Mc 7,19), sino que bendice a Dios por ellos reconociéndolo como la fuente de todos los dones y de todos los bienes. El gesto de partir el pan y distribuirlo indiscutiblemente recuerda la última cena de Jesús, en donde el Señor llena de nuevo sentido el pan y el vino de la comida pascual, haciéndolos signo sacramental de su vida y su muerte como dinamismo de amor hasta el extremo por los suyos.

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico. Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado. Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos.

El Señor se dio cuenta de que aquel milagro despertó en la muchedumbre el entusiasmo, hasta el punto de que quieren hacerlo rey. Pero por otro lado les recrimina que lo busquen sólo porque se han saciado. Buscad el pan del cielo, les dice, el pan que el Hijo del Hombre os dará. Y luego les aclara que quien coma de este Pan no morirá para siempre. Esto es mi Cuerpo –nos recuerda—que será entregado por vosotros.

 

Para nuestra vida

Del salmo responsorial nos fijamos en los dos oráculos, en el versículo inicial del salmo , el primer oráculo nos dice  «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies». San Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su Sermón sobre Pentecostés lo comenta así: «Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación: “Siéntate a mi derecha”. No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre… El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá» (40, 2: Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195).

El segundo oráculo tiene, en cambio, un contenido sacerdotal (cf. v. 4). Antiguamente, el rey desempeñaba también funciones cultuales, no según la tradición del sacerdocio levítico, sino según otra conexión: la del sacerdocio de Melquisedec, el soberano-sacerdote de Salem, la Jerusalén preisraelita .

Desde la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el modelo de un sacerdocio perfecto y supremo. La carta a los Hebreos, en su parte central, exalta este ministerio sacerdotal «a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), pues lo ve encarnado en plenitud en la persona de Cristo.

El Nuevo Testamento recoge, en repetidas ocasiones, el primer oráculo para celebrar el carácter mesiánico de Jesús . El mismo Cristo, ante el sumo sacerdote y ante el sanedrín judío, se referirá explícitamente a este salmo, proclamando que estará «sentado a la diestra del Poder» divino, precisamente como se dice en el versículo 1 del salmo 109 (Mc 14,62; cf. 12,36-37).

Este salmo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobrados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: «Haré de tus enemigos -la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies». Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,  como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración de acción de gracias, por todo lo que el Señor nos ofrece tan misericordiosamente.

En la segunda lectura se destaca algo muy importante en la vida cristiana. Antes de que lo entregaran a la muerte y le quitaran la vida, Jesús la ofreció, la entregó, la donó a los suyos en el pan y en el vino, de la forma más sencilla y asombrosa que se podía alguien imaginar.

¿Por qué se ha proclamar la muerte del Señor hasta su vuelta? ¿Para recordar la ignominia y la violencia de su muerte? ¿Para resaltar la dimensión sacrificial de nuestra redención? ¿Para que no se olvide lo que le ha costado a Jesús la liberación de la humanidad?. Es importante el valor de la memoria “zikarón” que es un elemento antropológico imprescindible de nuestra propia historia. No hacer memoria, significa no tener historia. Y la Iglesia sabe que “nace” de la muerte de Jesús y de su resurrección. No es simplemente memoria de un muerto o de una muerte ignominiosa, o de un sacrificio terrible. Es “memoria” (zikarón) de vida, de entrega, de amor consumado, de acción profética que se adelanta al juicio y a la condena a muerte de las autoridades; es memoria de su vida entera que entrega en aquella noche con aquellos signos proféticos sin media. Precisamente para que no se busque la vida allí donde solamente hay muerte y condena. Es, por otra parte y sobre todo, memoria de resurrección, porque quien se dona en la Eucaristía de la Iglesia, no es un muerto, ni repite su muerte gestualmente, sino el Resucitado.

Os dejamos para meditar una homilía de San Juan Pablo II  " 1. "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum:  vere panis filiorum":  "Este es el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos" (Secuencia).
Hoy la Iglesia muestra al mundo el Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo. E invita a adorarlo: Venite, adoremus, Venid, adoremos.

La mirada de los creyentes se concentra en el Sacramento, donde Cristo se nos da totalmente a sí mismo:  cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por eso siempre ha sido considerado el más santo: el "santísimo Sacramento", memorial vivo del sacrificio redentor.
            En la solemnidad del Corpus Christi volvemos a aquel "jueves" que todos llamamos "santo", en el que el Redentor celebró su última Pascua con los discípulos: fue la última Cena, culminación de la cena pascual judía e inauguración del rito eucarístico.

Por eso, la Iglesia, desde hace siglos, ha elegido un jueves para la solemnidad del Corpus Christi, fiesta de adoración, de contemplación y de exaltación. Fiesta en la que el pueblo de Dios se congrega en torno al tesoro más valioso que heredó de Cristo, el sacramento de su misma presencia, y  lo alaba, lo canta, lo lleva en procesión por las calles de la ciudad.

2. "Lauda, Sion, Salvatorem!" (Secuencia).

La nueva Sión, la Jerusalén espiritual, en la que se reúnen los hijos de Dios de todos los pueblos, lenguas y culturas, alaba al Salvador con himnos y cantos. En efecto, son inagotables el asombro y la gratitud por el don recibido. Este don "supera toda alabanza, no hay canto que sea digno de él" (ib.).

Se trata de un misterio sublime e inefable. Misterio ante el cual quedamos atónitos y silenciosos, en actitud de contemplación profunda y extasiada.

3. "Tantum ergo sacramentum veneremur cernui": “Adoremos, postrados, tan gran sacramento”.

En la santa Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros.
En el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los evangelios, que los discípulos encontraron y siguieron, que vieron crucificado y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28; cf. 20, 17-20).

En el Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf. Jn 20, 21-23).

En su cuerpo y en su sangre se manifiesta el rostro invisible de Cristo, el Hijo de Dios, con la modalidad más sencilla y, al mismo tiempo, más elevada posible en este mundo. A los hombres de todos los tiempos, que piden perplejos:  "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), la comunidad eclesial responde repitiendo el gesto que el Señor mismo realizó para los discípulos de Emaús:  parte el pan. Al partir el pan se abren los ojos de quien lo busca con corazón sincero. En la Eucaristía la mirada del corazón reconoce a Jesús y su amor inconfundible, que se entrega "hasta el extremo" (Jn 13, 1). Y en él, en ese gesto suyo, reconoce el rostro de Dios.

4. "Ecce panis angelorum..., vere panis filiorum": “He aquí el pan de los ángeles..., verdadero pan de los hijos”.

Con este pan nos alimentamos para convertirnos en testigos auténticos del Evangelio. Necesitamos este pan para crecer en el amor, condición indispensable para reconocer el rostro de Cristo en el rostro de los hermanos.

Nuestra comunidad diocesana necesita la Eucaristía para proseguir en el camino de renovación misionera que ha emprendido. Precisamente en días pasados se ha celebrado en Roma la asamblea diocesana; en ella se analizaron "las perspectivas de comunión, de formación y de carácter misionero en la diócesis de Roma para los próximos años". Es preciso seguir nuestro camino "recomenzando" desde Cristo, es decir, desde la Eucaristía. Caminemos con generosidad y valentía, buscando la comunión dentro de nuestra comunidad eclesial y dedicándonos con amor al servicio humilde y desinteresado de todos, especialmente de las personas más necesitadas.

En este camino Jesús nos precede con su entrega hasta el sacrificio y se nos ofrece como alimento y apoyo. Más aún, no cesa de repetir en todo tiempo a los pastores del pueblo de Dios:  "Dadles vosotros de comer" (Lc 9, 13); partid para todos este pan de vida eterna.

Se trata de una tarea difícil y exaltante, una misión que dura hasta el final de los siglos.
5. "Comieron todos hasta saciarse" (Lc 9, 17). A través de las palabras del evangelio que acabamos de escuchar nos llega el eco de una fiesta que, desde hace dos mil años, no tiene fin. Es la fiesta del pueblo en camino en el éxodo del mundo, alimentado por Cristo, verdadero pan de salvación.

Al final de la santa misa también nosotros nos pondremos en camino en el centro de Roma, llevando el cuerpo de Cristo escondido en nuestro corazón y muy visible en el ostensorio.

Acompañaremos el Pan de vida inmortal por las calles de la ciudad. Lo adoraremos y en torno a él se congregará la Iglesia, ostensorio vivo del Salvador del mundo.

Ojalá que los cristianos de Roma, fortalecidos por su Cuerpo y su Sangre, muestren a Cristo a todos con su modo de vivir: con su unidad, con su fe gozosa y con su bondad.

Que nuestra comunidad diocesana recomience intrépidamente desde Cristo, Pan de vida inmortal.

Y tú, Jesús, Pan vivo que da la vida, Pan de los peregrinos, "aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos". Amén". (San JP II. Solemnidad del Corpus Christi. Basílica de San Juan de Letrán. jueves 14 de junio de 2001).

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

sábado, 11 de junio de 2022

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad . 12 de junio de 2022.

 “El Espíritu Santo, de quien hemos recibido ahora la prenda, es el que nos garantiza que llegaremos a la plenitud de que habla el mismo Apóstol: Entonces le veremos cara a cara”. (San Agustín. Comentarios sobre el evangelio de San Juan 96,4).

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo y único Dios en tres personas. Describe una realidad misteriosa que conjuga la unidad absoluta (monoteísmo) con la trinidad de personas, familia comunidad de amor. El Padre es el principio sin principio, el Hijo es reflejo del Padre, engendrado en la eternidad de la misma naturaleza. El Espíritu Santo es el Aliento del Padre y del Hijo, es el Amor que los abraza. Los tres coexisten desde toda la eternidad, sin comienzo y para siempre. El proyecto de Dios es hacernos a nosotros partícipes de esa felicidad, y para eso hemos sido creados.

En esta fiesta la Iglesia nos propone el testimonio de las vocaciones contemplativas. Los religiosos de vida contemplativa han descubierto este misterio de Dios tan atrayente y se han sentido fascinados por él. Toda una vida para contemplar, alabar, interceder, dar gloria a Dios, reparar con amor ante el Amor que no es amado. ¿Qué hace en la Iglesia una comunidad contemplativa? ¿Qué provecho alcanza de ello la sociedad de nuestro tiempo? Los contemplativos responden a una vocación de Dios, que se convierte en profecía para todos: amar y buscar a Dios sobre todas las cosas, y son para la sociedad como oasis de paz y de silencio que invitan a encontrarse con Dios y restaurar nuestras fuerzas.


Hay una antigua leyenda llamada de “San Agustín y el niño de la concha”, tal como está representada en el famoso cuadro de Rubens. En este cuadro aparece el santo obispo de Hipona paseando por la playa; cuando ve que un niño está echando agua del mar en un pequeño hoyito, con una concha que lleva en la mano. El santo se acerca al niño y le pregunta: ¿qué haces? A lo que el niño responde sin dudar: voy a meter toda el agua del mar en este agujero. El santo, paternal y bondadoso, le responde al niño: toda el agua del mar no va a caber en este agujero. El niño le mira y le dice: tampoco Dios cabe en tu inteligencia. Esta respuesta del niño hizo reflexionar al santo, que llevaba varios años pensando en el libro que iba a escribir, y que de hecho escribió, sobre misterio de la Trinidad.

 

La primera lectura tomada de Proverbios (Prov 8,22-31). El cap. 8 de Proverbios es una reflexión nueva sobre el ser de las cosas. El texto presenta  la tercera parte del capítulo (vs. 22-31), en ella, la sabiduría intentará probar su capacidad para llevar a cabo este orden entre los hombres. Ella se mueve entre Dios creador (v. 22) y los mortales que aparecen al final (v. 31). Es primogénita y mediadora: y el orden existente en el mundo no es independiente de ella ya que cuando Dios pone orden y estabilidad al universo, ella como primera criatura, está junto a El.

La "sabiduría", aparece como algo muy próximo a Dios y que queda casi personificado en el mismo Dios. Después del exilio en Babilonia, a medida que el politeísmo fue dejando de ser una amenaza para la fe en el Dios único, se fue desarrollando la idea de una Sabiduría personificada, como la que encontramos en el texto de hoy.

En el v. 22 se habla de la Sabiduría "establecida desde el principio". El entender las cosas desde Dios tiene su raíz en Dios mismo.

Al principio habla de sus relaciones con Dios (sólo en el v. 22 aparece el nombre del Señor). Ha sido engendrada (en sentido figurado), tejida con nervios y hueso al igual que el embrión en el seno materno (v. 23) y dada a luz con dolor por el Señor (v. 24). La sabiduría es anterior al mundo que el hombre ve (cfr. repetición de "antes" en los vs. 23-26) y está junto a Dios cuando organiza el mundo (cfr repetición de "cuando" en los vs. 26-29). No tiene ningún papel activo en la creación (v. 30), sino que es como un niño de pecho en el que Dios pone su complacencia; y ella tendrá sus mayores delicias en estar junto a los hombres (vs. 30 ss.).

El texto presenta la Sabiduría de Dios hablando de ella misma y afirmando que existe desde antes "del principio de las tareas" de Dios, lo que significa no sólo una precedencia en el tiempo, sino una preeminencia sobre toda criatura.

La afirmación según la cual "en un tiempo remotísimo fui formada" trajo muy pronto problemas entre los cristianos, ya que algunos la utilizaban para defender que el "Logos" había sido creado por Dios.

La Sabiduría no dice sólo que existe antes que todo, sino que estaba presente en la obra creadora de Dios, que explica de acuerdo con la concepción del relato del Génesis. Sorprende esta imagen tierna de la Sabiduría, que hace las delicias de Dios, jugando en su presencia y por toda la tierra, y su proximidad con los hombres, con los cuales comparte sus delicias.

El autor de este capítulo pensaba en la sabiduría de Dios dada a conocer a Israel y formando parte de su propia mentalidad y sabiduría.

"Esto dice la sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas" (Pr 8, 22), estas palabras  se pierden en la bruma de los tiempos, y nos llegan envueltas en los tupidos velos del misterio. Nos hablan de cuando no había nada, de un tiempo fuera del tiempo. Contemplar con nuestros ojos la hondura de la esencia de Dios, sin comparaciones ni metáforas. Pero es imposible, Dios no cabe en nuestras palabras, no podemos conocerlo directamente. Tan sólo llegamos hasta él por analogía, por aproximación. Es suficiente esa aproximación para que podamos entrever algo tan sublime, que nos rindamos ante tanta grandeza. Sí, por la revelación de Dios podemos llegar hasta donde nuestro pobre entendimiento no pudo si soñar, hasta la misma cumbre divina. Y desde allí, el hombre sólo puede hacer una cosa, adorar en silencio. Estamos ante lo sagrado, lo trascendente, lo inefable. Pretender preguntar siempre, querer saberlo todo es profanar la revelación, las palabras llenas de la sabiduría de Dios.

"Cuando ponía un límite al mar; y las aguas no traspasaban mis mandatos...” (Pr 8, 29). Dios uno y trino. Tres personas y una naturaleza. El Padre, Dios, dando forma y color al mundo, haciendo brotar de las tinieblas un torrente de luz, colgando sin hilos los millones de astros que pueblan los espacios siderales, tallando en hielo las imponderables filigranas de una brizna de escarcha... El Hijo, Dios hecho hombre, nacido de madre virgen. Trabajando sobre nuestra tierra, predicando la Buena Nueva y curando a los enfermos, amando a los hombres hasta morir por ellos colgado de una cruz... El Espíritu Santo, Dios que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

 

El responsorial es el salmo 8 (Sal 8,4-9). Este himno a la realeza de Yahveh debía cantarse en una fiesta nocturna, bajo el encanto de un cielo estrellado, y la transparencia de las noches sin nubes del oriente. Este salmo es la traducción en oración de la enseñanza elemental de la religión de Israel, el Génesis: Un Dios creador de todo, que confía todo al hombre y lo coloca en lo más alto: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. .. Dominad la tierra y sometedla. . . Os doy todo. .." (Génesis 1;2).

El  himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una "caña" frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una "caña pensante" que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, "coronado" por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:  "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (vv. 2. 10).

La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A  estos se les califica de "adversarios", "enemigos" y "rebeldes",  porque  creen erróneamente que con  su  razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1).

A continuación se abre el escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:  "¿Qué es el hombre?" (Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es "tuyo", "has creado" la luna y las estrellas, que son "obra de tus dedos" (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común:  "obra de tus manos" (cf. v. 7):  Dios ha creado estas realidades inmensas con la facilidad y la finura de un cincel.

¿Cómo puede Dios "acordarse" y "cuidar" (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa:  al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda:  lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).

La segunda estrofa del salmo (cf. vv. 6-10) describe al hombre como el lugarteniente regio del mismo Creador. Dios lo ha "coronado", destinándolo a un señorío universal:  "Todo lo sometiste bajo sus pies", y el adjetivo "todo" resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala:  a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.

Como declara la constitución pastoral Gaudium et Spes del concilio Vaticano II, "el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios" (n. 12).

 

La segunda lectura  es de la carta a los romanos (Rom 5,1-5 ), su mensaje es claro. Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios “EL amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Se trata del amor especial que Dios nos tiene y del que nadie podrá separarnos.

El cap. 5 de Rom expone una de las piezas claves de la teología de San Pablo: el hombre justificado, reconciliado y salvado. En este texto trinitario paulino podemos ver algunas de las características más importantes de la presentación de la Trinidad que Pablo suele hacer en su catequesis. Aparecen, desde luego, los Tres de la Trinidad ("Dios" es el Padre en la terminología Paulina) y aparecen obrando la salvación. Este es el rasgo sobresaliente de la predicación trinitaria de san Pablo: no hablar tanto de la Trinidad en sí misma, ontológicamente considerada, sino de su función salvífica. Habla de ella tanto cuanto sea preciso para explicar el misterio de la salvación humana, sin grandes preocupaciones teóricas: en cambio procura conectar la vivencia cristiana (justificación, esperanza, otras actitudes cristianas básicas tal como aparecen en el texto de hoy) con la Trinidad. Se trata, pues, de un Dios cercano a los hombres, hombres creyentes.

El estar en paz con Dios no quiere decir tanto buscar la paz, sino el caer en cuenta de que ya se nos ha dado la paz en Jesucristo (Ef 2, 14). La paz se convierte así en el mayor bien mesiánico y no en una simple dimensión del alma, en una mera virtud (Is 9, 6; Lc 1, 79; Ef 2, 17). Estar en paz con Dios es saberse salvado y con fuerza para emprender una labor constructiva.

Después de que en los capítulos anteriores Pablo ha expuesto que "hemos recibido la justificación por la fe", ahora describe los efectos de esta "justicia". El primero de todos es la paz: la reconciliación obrada por Jesucristo hace que estemos en paz con Dios. No es la paz del estúpido que no se apercibe de los problemas o la del cínico que pretende ignorarlos y los rehúye, sino que se trata de aquella paz que se mantiene firme incluso en las pruebas, porque es un don de Dios.

Al lado de la paz, está la gracia y la esperanza. En nosotros todavía no se ha realizado en plenitud el gozo de la vida en Dios, pero la esperanza, basada en la fe en Jesucristo, nos lleva a no sentirnos defraudados.

De hecho, estos efectos se incluyen en uno: el Espíritu Santo. El, que es el amor de Dios derramado en nuestros corazones, es quien hace posible que vivamos de la misma forma que Jesús, quien, lleno de este mismo Espíritu, ha vivido, en las pruebas y el sufrimiento, con aquella paz y aquella esperanza que provienen de la confianza total en un Dios-Amor.

 

El evangelio es de San Juan  (Jn 16,12-15) Este Evangelio es considerado por la liturgia como el Evangelio pascual por excelencia. En las dominicas que preceden a Pentecostés, nos presentan una y otra vez sus páginas inspiradas, llenas del recuerdo luminoso del discípulo amado. En especial las escenas y diálogos de la Ultima Cena tienen el acento entrañable de una despedida cargada de promesas y de ternura. Jesús dijo entonces a los suyos, y nos lo dice ahora a nosotros, que muchas cosas tiene que enseñarnos, pero que todavía no podemos cargar con ellas; aún no podemos comprenderle del todo.

El evangelio de hoy es un fragmento del discurso de despedida de Jesús en la última Cena. El tiempo es breve para Jesús y tiene aún muchas cosas que comunicar a los suyos. Por eso, al no poder ahora decirlo todo, habla del Espíritu de la Verdad, el Defensor (Paráclito), diciendo que será él quien les hará conocer todo lo que les enseñó Jesús. No les dirá cosas distintas o referentes a otras verdades no explicadas por Jesús. La función del Espíritu será ir iluminando las palabras de Jesús, las mismas que él dijo a los discípulos. Estando Jesús ausente corporalmente, su Espíritu permanece en medio de los suyos, y les va recordando y aclarando el sentido de sus enseñanzas.

El Espíritu se va a convertir, por tanto, en el Maestro que enseña en los corazones de los discípulos todo lo que salió de la enseñanza de Cristo, y siempre les hará ver más clara la esperanza en el futuro y en la recompensa.

El Espíritu ayudará a descubrir la gloria de Jesús haciendo descubrir todo lo que Jesús dijo e hizo por los hombres. Jesús glorificó al Padre revelando el Padre a los hombres (Jn 17, 4), el Paráclito glorifica a Jesús revelándolo a los hombres.

Todo lo que es del Padre es de Jesús. El mismo misterio del Padre relacionado con el Hijo es lo que el Espíritu anunciará mostrando en realidad quién es Jesús, cuál es su dignidad, cuál la misión que ha tenido, qué gloria va a compartir con todos nosotros.

Al Espíritu se le designa como "Espíritu de la verdad". La verdad de la que aquí se habla es la revelación que promete la vida y que ha traído Jesús. Se trata de la penetración profunda en el contenido de la revelación y simultáneamente de su aplicación al comportamiento de la comunidad en medio del mundo. En comparación con otras funciones que se le asignan al Espíritu en el cuarto evangelio, ésta es la que cobra mayor relieve en la experiencia cristiana.

El Espíritu no oscurece la posición reveladora de Jesús. La función de guía del Espíritu está en conexión con Jesús, al igual que Jesús lo está con el Padre. La comunicación de lo que está por venir no debe entenderse como algo completamente nuevo más allá de la revelación de Jesús, algo así como la manifestación de sucesos futuros. "Hablar de lo oído y comunicar lo que está por venir" son, en realidad, expresiones mutuamente complementarias. El Espíritu no anuncia nada nuevo, sino que abre el mensaje mismo de Jesús a las nuevas y cambiantes situaciones de la comunidad, de forma que ese mensaje vaya adquiriendo su sentido siempre actual. La guía del Espíritu saca a la luz del día a día cambiante las insospechadas e insondables virtualidades de la revelación del Padre traída por Jesús. Lo que está por venir no son sucesos futuros, sino la actualización de la definitiva revelación que Jesús hizo del Padre, revelación que en este texto y en el resto del cuarto evangelio recibe el nombre de "la verdad".

 

Para nuestra vida.

Lo que nos enseña el Misterio de la Santísima Trinidad.

-Dios es ÚNICO y, nosotros, le damos gloria y alabanza porque nuestra FE nos dice que en Él está puesta nuestra esperanza, nuestro ser iglesia, nuestra vida cristiana que ha de ser siempre trinitaria.

-Dios es AMOR y, nosotros, participamos de esa fusión única y maravillosa que existe entre las tres personas.

-Dios es COMUNIÓN y, nosotros, la contemplamos y la comemos, la vivimos y la palpamos, la añoramos y la necesitamos ante la fragmentación existente en nuestro entorno, en las galaxias de nuestros afectos, en nuestras luchas, proyectos y fatigas.

- En nuestra vida cotidiana, nos enseña que DIOS es familia y que, nosotros, formamos parte de ella aunque no lleguemos a comprender ni entender todo el entresijo y la riqueza que encierra.

El principal mensaje que nos dice a los cristianos este misterio es que el Dios en el que creemos es un Dios familia, un Dios comunidad, un Dios amor.

Nuestro Dios no es un individuo aislado e incomunicado, como una isla remota e inaccesible. Es un Dios universal. La fe nos dice que Dios es nuestro Padre, que el Hijo es nuestro redentor y que el Espíritu Santo es el amor que une al Padre con el Hijo. Por consiguiente, si nosotros queremos entender algo de este misterio, sólo podremos hacerlo entendiendo a Dios como amor. Y si nosotros queremos entender vivencialmente algo de este misterio, sólo podremos hacerlo viviendo en el amor de Dios. Todos nosotros somos criaturas de Dios, hijos de Dios, y podemos ser, vivir y existir en Dios, si amamos a Dios. Un cristiano no puede ser una persona egoísta, que sólo piensa en sí mismo, porque entonces no está creyendo en un Dios Trinitario. El individuo, y la familia cristiana, debe tener como ideal vivir creyendo y amando a un Dios que es, en sí mismo, una familia.

 

En el fragmento del Libro de los Proverbios, la Sabiduría de Dios habla en primera persona y señala su origen. El texto es una reflexión sobre el ser de las cosas. Este origen de las cosas, adquirió consistencia en lo que llaman "sabiduría", como algo muy próximo a Dios (cf. Sab 7) y que queda casi personificado. En el v. 22 se habla de la Sabiduría "establecida desde el principio". El entender las cosas desde Dios tiene su raíz en Dios mismo. Cualquier criterio religioso tiene que nacer de un criterio de fe.

Por antigua que sea la Sabiduría, tiene su origen. En esto se distingue de Dios, que es anterior y que la ha engendrado. Pero a la vez es anterior a toda creación. Aquí se apunta la cuestión del ser misterioso de esta Sabiduría a la que se asimilará Cristo, "Sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 30) El Antiguo Testamento desconocía el misterio de la Trinidad. Por eso nunca habla de él. Sin embargo, hace muchas referencias al Espíritu, entendido como una fuerza de Dios, como un poder o un impulso de Dios con el que obra en el mundo y en la historia de los hombres, especialmente en su pueblo.

El monoteísmo absoluto del A. T. no podía hacer la menor referencia a un hijo de Dios. Será el Nuevo Testamento quien va a darnos la maravillosa doctrina del Hijo eterno de Dios hecho hombre para salvar al mundo.

Pero hoy, en el libro de los Proverbios, libro sapiencial con un gran material antiguo (anterior al Exilio), se nos habla de la sabiduría de Dios, sabiduría que se presenta personalizada, como la primera de las criaturas de Dios, muy unida a Dios y a su actuación, como un discípulo, que constituía la delicia de Dios, y su propia alegría consistía en estar entre los hombres.

Dios no es un ser solitario, ni aburrido, ni egoísta. Dios es una comunicación infinita, una generosidad sin medida, una risa eterna.

La creación es un signo de su generosidad y de su sabiduría. Dios es vida que se desborda. Pero ya antes de ser creados Él se complacía en nosotros y en todas las cosas, como los esposos que sueñan con el hijo deseado. Y antes de todo, desde la eternidad, la Sabiduría jugaba en presencia de Dios, y era su encanto cotidiano. Y del amor de Dios surgía un gozo inexplicable que era el Espíritu. Dios es una comunidad de Espíritu.

La mayor hermosura coincide en las últimas palabras: "...yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres."

 

En el salmo 8, el salmista se  pregunta: "¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?, lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”.        Pregunta que en estos inicios del siglo XXI continuamos haciéndonos, contemplando las obras acertadas de los hombres las acertadas y especialmente las menos acertadas.

Por medio de esta exclamación llena de admiración y entusiasmo -que atraviesa el salmo desde su inicio hasta el final-, nos trasladamos a la atmósfera del Paraíso, al momento en el que las criaturas salían luminosas y transparentes de las manos del Creador, como manifestación de su grandeza y bondad.

"Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?".

Hay en estos dos versículos una doble mirada:

* una mirada hacia afuera y

*una mirada hacia adentro: mirada global de la que nace la sabiduría, que es una visión objetiva y proporcional; y esta visión, a su vez, surge espontáneamente al medir el hombre la altura del Altísimo con su propia pequeñez. No es necesario comparar, basta con contemplar; y se hace patente, como primera evidencia, su condición de criatura, contingente y precaria. Tiene, pues, el salmo una fuerte dimensión antropológica.

El salmista sale y contempla  una noche estrellada, y queda anonadado por la profundidad, misterio, silencio y serena belleza del firmamento. Este es el punto de partida. Abrumado por el espectáculo, que, por vía de evocación, le recuerda a Dios, comienza a reflexionar: semejante hermosura no es más que la huella digital de Dios, «obra de sus dedos»; y si así de ardiente es el esplendor de sus obras, qué no será la hermosura de su Autor.

A continuación el salmista vuelve la mirada sobre sí mismo, y descubre la insignificancia del hombre. Pero, en lugar de sentirse avergonzado o triste a causa de su pequeñez, con simplicidad y tranquilidad, deja abierto un interrogante que ni siquiera es una pregunta o una duda. Es, más bien, una pasmada exclamación, hecha de afirmación, interrogación, admiración: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él

El salmista, en lugar de sentirse sonrojado por su pequeñez, se siente feliz de que Dios sea Dios, tan indiscutible, tan incomparable, tan único. Y esto sucede porque, en lugar de fijar su mirada sobre su propia insignificancia, queda clavado, casi extasiado contemplando la munificencia del Otro. Se trataba, pues, de una pascua. Y al aceptar que Dios es Dios, al quedar «vencido» por el peso de la Gloria, entra el salmista a participar de la eterna juventud de Dios, de su omnipotencia y plenitud.

En medio de tanto deslumbramiento, el salmista alcanza a saborear, por contraste, un vislumbre de la ternura de Dios, ternura, por cierto, absolutamente gratuita, porque el objeto de su predilección no es ese firmamento majestuoso, sino el hombre en su pequeñez: «... para que te acuerdes de él». Fijémonos en el «Acordarse», la palabra tiene aquí un sentido muy concreto y muy humano. Si uno se acuerda de otro, significa que éste ya «vivía» en el corazón de aquél.

A pesar de sentir una cierta extrañeza, para el salmista, el hombre es el predilecto de la creación.

Los versículos 6-7 resumen y contienen cuanto la Biblia dice sobre el hombre:

" Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies."

Desde los primeros días de la creación, como si dijéramos, desde el principio, entra el hombre en el escenario como un señor, «coronado de gloria y dignidad» (v. 6). No es Dios, pero sí «poco menos que un dios» (v. 6). Su dependencia respecto de Dios no es una condición de vasallaje, sino una relación de padre a hijo.

El objeto único de contemplación en el salmo es el hombre. Después que el hombre salió a la luz de las manos de Dios, en un ambiente de gran solemnidad, fue colocado en una comarca hermosa y feraz, para que la cuidara y cultivara. Viéndolo demasiado solitario, un buen día, el Señor Dios presentó ante el hombre una muchedumbre de mamíferos y aves, para que, como en una ceremonia de vasallaje, tomara posesión de todos los seres vivientes. Y, efectivamente, poniéndoles un nombre a todos ellos, fue asumiendo y expresando un señorío y soberanía sobre todos los animales de la tierra. A esta ceremonia hacen referencia los versículos 6-9 del salmo.

 

En la segunda lectura se nos anuncia que a la hora de esforzarnos por llevar a cabo el plan de Dios, los cristianos tenemos un incentivo. Los primeros versículos del capítulo 5 nos hablan de la salvación que hemos recibido nosotros en nuestra justificación. Al quedar justificados por la fe en Cristo, estamos en paz con Dios: gozamos de su amistad, confianza, amor, nos sentimos próximos a él sin ningún temor ni distancia. Gracias a Cristo, la fe nos ha permitido esta entrada en la familia y la familiaridad con Dios, y gozar de la esperanza de la gloria.

Esto confiere seguridad y confianza al corazón cristiano, incluso en medio de las pruebas que van afinando nuestra fe y nuestra esperanza. Dios nos ha dado su amor dándonos el Espíritu Santo, Espíritu de amor; y nosotros lo hemos conocido y acogido, dándole una respuesta de amor, de su mismo amor.

Dios no se ha guardado su capacidad de querer, sino que nos la ha dado a nosotros. El final del texto de San Pablo  dice: "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado." El estar en paz con Dios no quiere decir tanto buscar la paz, sino el caer en cuenta de que ya se nos ha dado la paz en Jesucristo. La paz se convierte así en el mayor bien y no en una simple dimensión del alma, en una mera virtud. Estar en paz con Dios es saberse salvado y con fuerza para emprender una labor constructiva en favor de la humanidad.

Estamos justificados, estamos salvados, estamos en paz con Dios, por Jesucristo. S. Pablo expresa con fuerza esta realidad de gracia. Hay que repetir constantemente: "Gloria a Dios".

Pero nosotros estamos en el tiempo de la esperanza aún no vivimos en la gloria. Vivimos en «la esperanza de la gloria de los hijos de Dios». Y esta esperanza es inquebrantable. Incluso se crece en los trabajos, en los fracasos, en los sufrimientos y en las tribulaciones. Y la razón última es que tenemos una fuerza secreta y una garantía infalible: son las arras del Espíritu, «Amor de Dios derramado en nuestros corazones».

Nuestra fe, a diferencia de la fe de Abrahán, es fe en unas promesas que ya se han cumplido. Cristo ha tomado posesión de la tierra prometida, que es la casa del Padre, y ha obtenido en herencia todos los reinos de la tierra. Por eso, nuestra fe nos introduce inmediatamente en una especie de cielo: la paz, la filiación divina, el acceso franco a Dios, la esperanza.

Hay todavía diferencias entre Cristo y nosotros: por eso hablamos de esperanza (lo cual significa que el don de Dios no es todavía completo) y sentimos en nuestra carne las tribulaciones propias de los que viven en este mundo. Pero las afrontamos con el espíritu de la victoria ya lograda, precisamente porque hemos participado de la victoria de Cristo. Ni la constancia ni la virtud tienen su origen en nosotros, sino que todo forma una cadena perfectamente trabada que arranca de que el Espíritu Santo nos ha infundido el mismo amor de Dios.

Dios ya se ha puesto totalmente de nuestra parte: cuando éramos débiles, impíos, pecadores y enemigos, cuando nada se podía esperar de nosotros, entregó a su Hijo para morir por nosotros, mucho más dispuesto a continuar su obra estará ahora que hemos creído en Cristo y hemos participado de su vida.

Como cristianos podemos contar con Dios, gloriarnos en Dios. Del mismo modo que el judío decía con orgullo ante todos los pueblos de la tierra «éste es mi Dios», así el pueblo cristiano, sin atribuirse ningún tipo de mérito, puede sentirse continuador de la obra de Cristo y, por tanto, templo vivo de Dios en la tierra.

 

El texto evangélico de San Juan sitúa en las palabras de Cristo la realidad profunda que es la Santísima Trinidad.

El evangelio de hoy es un fragmento del discurso de despedida de Jesús en la última Cena. El tiempo es breve para Jesús y tiene aún muchas cosas que comunicar a los suyos. Por eso, al no poder ahora decirlo todo, habla del Espíritu de la Verdad, el Defensor (Paráclito), diciendo que será él quien les hará conocer todo lo que les enseñó Jesús. No les dirá cosas distintas o referentes a otras verdades no explicadas por Jesús. La función del Espíritu será ir iluminando las palabras de Jesús, las mismas que él dijo a los discípulos. Estando Jesús ausente corporalmente, su Espíritu permanece en medio de los suyos, y les va recordando y aclarando el sentido de sus enseñanzas.

El Espíritu se va a convertir, por tanto, en el Maestro que enseña en los corazones de los discípulos todo lo que salió de la enseñanza de Cristo, y siempre les hará ver más clara la esperanza en el futuro y en la recompensa.

El Espíritu ayudará a descubrir la gloria de Jesús haciendo descubrir todo lo que Jesús dijo e hizo por los hombres. Jesús glorificó al Padre revelando el Padre a los hombres (Jn 17, 4), el Paráclito glorifica a Jesús revelándolo a los hombres.

Todo lo que es del Padre es de Jesús. El mismo misterio del Padre relacionado con el Hijo es lo que el Espíritu anunciará mostrando en realidad quién es Jesús, cuál es su dignidad, cuál la misión que ha tenido, qué gloria va a compartir con todos nosotros.

El texto  identifica a Jesús con la verdad. Esta no es pues un concepto o una categoría, sino una persona. El conocimiento de una persona no se hace ni se agota una vez por todas: se va haciendo continuamente, diariamente. Facilitar este conocimiento es la tarea y la función del Espíritu: El irá llevando al grupo cristiano a un conocimiento cada vez más hondo de Jesús. Este conocimiento progresivo explica la expresión "muchas cosas me quedan por deciros". Hay mucho desconocido en la  persona de Jesús, que sólo puede ser conocido a medida que la experiencia coloca a la comunidad delante de nuevos hechos o circunstancias. Los cristianos deberán saber estar abiertos, por una parte, a la vida y a la historia –los signos de los tiempos- y, por otra, a la voz del Espíritu que se la interpreta. Uno de los cometidos del Espíritu es llevar a los discípulos hasta el conocimiento pleno de Jesús. Que el Espíritu glorifica a Cristo es realidad en la medida en que conduce a los discípulos progresivamente al conocimiento de la realidad que se manifiesta en él.

Se refiere el Señor a la riqueza inagotable e inabarcable de los tesoros divinos que, poco a poco, a lo ancho y lo largo de la vida terrena, vamos recibiendo. Dios se adapta a nuestra capacidad limitada y se nos va acercando más y más, para descubrirnos paulatinamente su grandeza sin límites. Jesús sabía que los suyos no comprenderían el sentido de las persecuciones y sufrimientos, ni incluso después de haber resucitado. Pero no se desanima y les dice que cuando venga el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena. Él será quien culmine la obra de la redención, quien habite en nuestros corazones y actúe, día a día, hasta transformarnos en hombres nuevos, siempre que nosotros secundemos con docilidad su acción sobre nuestro corazón .

"Él me glorificará", dice Jesús , "porque recibirá de mí lo que os irá comunicando". Los apóstoles comprendieron entonces, cuando llegó el Espíritu de la Verdad, lo que Jesús era y significaba realmente para todos los hombres. Desde entonces su amor y entusiasmo por Jesucristo creció hasta límites insospechados, por Él serían capaces de los mayores sacrificios, héroes de las más grandes hazañas. Jesús es confesado como perfecto hombre y como perfecto Dios, es proclamado ante todos los hombres a través de todos los tiempos y sobre todos los espacios, amado y venerado como ningún otro hombre, como ningún otro dios. Él es el Hombre por excelencia, pero también el único y verdadero Dios. Al decir que todo lo que tiene el Padre es suyo, Jesús nos revela su igualdad de naturaleza y dignidad con el Padre y Creador del universo. También lo que anuncia el Espíritu Santo, y por tanto también con Él es uno es de Jesucristo e igual a Él.

Estamos ante el misterio de la Santísima Trinidad, misterio insondable e incomprensible, ante el que sólo cabe la aceptación humilde y gozosa. La grandeza divina es tan inmensa que la más penetrante inteligencia humana se siente embotada y lenta para comprender.

 Esta incapacidad en lugar de entristecernos nos ha de alegrar. Ello significa que Dios es inmenso en todos sus atributos y perfecciones, digno de nuestro amor y nuestra fe, mantenedor firme de nuestra esperanza.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com