sábado, 7 de noviembre de 2026

Comentario de las Lecturas del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario 8 de noviembre 2026

 

Hoy  celebramos el Día de la Iglesia Diocesana, con el lema: «Dios cuenta contigo». Cada uno de nosotros, con nuestros talentos y capacidades, formamos la Iglesia Diocesana. No es algo extraño a nosotros. Es la gran familia que rompe las distancias locales y se abre a la
comunión con otras parroquias de la misma provincia. Y cada una de las diócesis se une también en comunión con la Iglesia Universal. La Diócesis es nuestra gran familia, la casa grande donde todos cabemos y tenemos nuestro sitio. Hoy es su día. Hoy pedimos en nuestra Eucaristía por todas las parroquias de nuestra diócesis, por todas sus actividades pastorales.

En la primera lectura se nos presenta la Sabiduría de Dios personificada en una joven que busca encontrarse con su amado.. "Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan". No se comporta como una mujer que hace desaires. Al contrario, la Sabiduría se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El verdadero conocimiento de Dios no es el resultado de una laboriosa operación intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a cuantos se disponen a recibirlo con un corazón abierto.

La sabiduría de la que aquí se habla es algo muy distinto de lo que habitualmente entendemos por ciencia o conocimientos sobre una materia determinada. Un científico puede no ser nada sabio y un sabio puede ser una persona no científica. El sabio es la persona que sabe comportarse con prudencia, con justicia, con fortaleza y con templanza ante Dios, ante el prójimo y consigo mismo. Todos conocemos a alguna persona con pocos conocimientos científicos y a la que de verdad consideramos muy sabia, porque sabe discernir muy bien entre el bien y el mal, entre lo que se debe hacer en cada momento y lo que no se debe hacer. Es evidente que la verdadera sabiduría de la que habla  este texto, es de la Sabiduría como un don de Dios. Pero los dones de Dios debemos nosotros trabajarlos con humildad y perseverancia. Todos los cristianos debemos aspirar a ser sabios, a saber comportarnos en cada momento como Dios quiere que nos comportemos, como lo haría en nuestro lugar Jesús de Nazaret en cada momento determinado. Pidamos a Dios que nos conceda el don de la sabiduría y que nosotros la amemos y la busquemos constantemente y digámosle al Señor con humildad, como nos dice el salmo 62: ¡Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío!

La sabiduría "Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca, no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada". La Sabiduría de Dios madruga más que los que la desean. Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, se la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar tras de ella todo el día. Dios se presenta siempre al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos. Desgraciadamente, muchas veces nosotros los cristianos no somos capaces de imaginar que Dios esté sentado junto a nuestra puerta, esperando para regalarnos su amor. Dios nos ama gratuitamente y se ofrece constantemente para que nos llenemos de su vida. Acudamos a El para iluminar nuestra oscuridad y saciar nuestra sed de felicidad.

En este mundo donde imperan las prisas, hoy nos invita a detenernos, a descansar, a calmarnos y sobre todo a estar vigilantes.

Cuando la sabiduría exhorta a los gobernantes y reyes de la tierra a que la escuchen y les recuerda que el poder les ha sido dado por Dios, está muy lejos de querer justificar las estructuras humanas de poder. Se dirige a ellos porque son los responsables más directos del gobierno del mundo y quiere inculcarles una manera completamente nueva y revolucionaria de regir las naciones. El reinado de Dios no se puede instaurar sin aceptar su plan, y el plan divino no se puede aceptar si no se conoce la sabiduría, que lo revela y lo graba en lo más profundo de la persona.

Jesús, al asumir las enseñanzas del A.T. y presentarse como auténtica sabiduría, dio un vuelco a la historia. En lugar de dirigirse a los sabios y poderosos se dirigió a los sencillos. Si no se cambia por completo la escala de valores, no se puede captar el sentido profundo de las máximas de la sabiduría. Sólo se acepta lo que agrada y lo que justifica las posiciones a que uno se agarra desesperadamente. Es preciso que el justo muera prematuramente a los ojos del mundo por haber aceptado unos valores que los poderosos consideran ridículos y utópicos: es el único modo de llegar a reinar según las coordenadas de la sabiduría divina. Esta multitud de sabios es la que salva al mundo. Son «sabios» los discípulos de la Sabiduría del Padre.

El salmo es uno de los muchos que se utilizaban en la oración individual. Aunque este 62 tiene un especial registro de búsqueda esforzada de Dios, como muy necesitados de la cercanía del Señor. Todos –hoy y siempre— necesitamos de Dios y podemos invocar al Señor como lo hizo el Rey David cuando estaba –sólo y triste— en el desierto.

"Oh dios, tú eres mi Dios..." (Sal 62, 2) Ocurre a veces que el latido místico e íntimo del cantor de Dios aflora a la superficie de sus palabras. El salmo de hoy expresa, en efecto, los más hondos sentimientos del hombre ante Dios. "Mi alma está sedienta de ti -dice con emoción-, mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada, sin agua".

El salmista se siente seco por dentro, con una ansiedad incontenible, con una sed indefinible de algo que sólo le puede venir de lo Alto. Y por eso clama con acentos de humilde súplica y llama al Señor, diciéndole: Oh Dios, Tú eres mi Dios, mi todo, mi bien supremo, mi verdad única, mi más firme esperanza de amor eterno. Humildemente, con sencillez de niño enfermo, vamos a acercarnos en el silencio de la oración hasta nuestro Dios y Señor. Vamos a decirle cuanto sentimos o cuanto no sentimos y quisiéramos sentir. Digamos también con honda emoción, o sin ella: "Oh Dios, tú eres mi Dios...".

"Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote..." (Sal 62, 5) Sigue el salmista desgranando sus versos inspirados, sigue brotando a borbotones el agua limpia de su fuente interior. Toda la vida te bendeciré, mi Dios y Señor; en todas las circunstancias te cantaré con gratitud y amor. Pase lo que pase, sea bueno lo que me ocurra o sea lo peor cuanto me pueda ocurrir, alzaré las manos hacia ti para invocarte, humilde y confiado.

También nosotros  podemos acercarnos a Dios en la íntima soledad de nuestro corazón, donde él está. Si lo hacemos, sentiremos que nuestra vida se colma, se sacia, se apacigua en las ansias más profundas. Digámosle  entonces al Señor, con palabras de ese salmo: "Mis labios te alabarán jubilosos. En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo".

Tener sed de Dios, anhelar su cercanía más que cosa alguna. Buscarle si le hemos perdido de vista, correr tras él hasta encontrarlo de nuevo. Quedarse entonces junto a él para nunca más separarse, persuadidos de que sólo así alcanzaremos alivio para nuestra ardiente sed.

En la segunda lectura, de la Carta a los Tesalonicenses, San Pablo va refiriéndose al final de los tiempos. En estos últimos domingos del año litúrgico, el Apóstol nos muestra ese camino de salvación en el que, también, la esperanza y la prudencia son factores importantes.

En el momento en el que escribe San Pablo esta primera carta a los cristianos de Tesalónica, estos primeros cristianos esperaban ansiosamente la segunda venida, que creían inminente, del Señor Jesús. La pregunta que se hacían era esta: ¿qué será de los cristianos que han muerto antes de que venga el Señor?. "No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza". Nosotros, los cristianos de ahora, no nos hacemos, evidentemente, esta pregunta

San Pablo les dice que tendrán la misma suerte que los que vivan cuando él venga: todos los que hemos creído en él resucitaremos con él.

La esperanza en la resurrección se funda en el hecho de que Jesús ya ha resucitado. Cristo es "el primogénito de los muertos", el primer nacido o resucitado para la verdadera vida. Él es también nuestra cabeza, principio de unidad y solidaridad de todos los miembros para formar un mismo cuerpo. Si Cristo, la cabeza, ha resucitado, también resucitarán sus miembros. Describe la venida del Señor y la resurrección de los muertos con símbolos tomados de la literatura apocalíptica. Lo que importa es la afirmación de la vida sobre la muerte y la comunión de todos con el Señor que ha de volver. Como todos los fieles de su generación, espera que esta venida sea muy pronto. Pero esta creencia no se funda en ninguna palabra de Jesús, y lo único que puede decir Pablo en nombre del Señor es que "el día llegará como un ladrón en la noche". Sabemos que vendrá, pero no sabemos cuándo.

Nuestra fe nos dice que todos los que hayamos creído en Cristo durante nuestra vida resucitaremos con él, después de nuestra muerte. Creamos firmemente esto y consolémonos con las palabras del Señor que nos ha prometido que si le seguimos mientras vivimos en esta tierra, resucitaremos para siempre, para toda la eternidad, con él en el cielo. Consolémonos, pues, mutuamente, con estas palabras.

 

 El evangelio de hoy nos invita a revisar dos características esenciales en la vida de un creyente: la prudencia y la esperanza. Teniendo en cuenta que la manera de actuar de Dios no es nuestra manera y su tiempo no es nuestro tiempo. San Mateo nos presenta ya a un Jesús de Nazaret en la cercanía de la Pasión. Y quiere instruir a sus discípulos en esa línea de prudencia y esperanza. La imagen de las vírgenes necias es muy inquietante, pero hemos de tenerlo en cuenta. La salvación tiene su precio y mucho esfuerzo, aunque la inestimable ayuda de Jesús nos facilite ese camino de manera fundamental.

La Carta a Diogneto, del siglo II, define a los cristianos como hombres que «habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña». Se trata, sin embargo, de una manera especial de ser «extranjero». Algunos pensadores de la época también definían al hombre «extranjero en el mundo por naturaleza». Pero la diferencia es enorme: éstos consideraban el mundo como obra del mal y, por ello, no recomendaban el compromiso con él que se expresa en el matrimonio, en el trabajo, en el Estado. En el cristiano no hay nada de todo esto. Los cristianos, dice la Carta, «se casan como todos y engendran hijos», «participan en todo».

 «En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!”. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas...».

El banquete de bodas  viene a ser el Reino de los cielos, un banquete de bodas reales. En la noche, cuando menos se espera quizá, llegará el esposo, Cristo Jesús, para celebrar por siempre la gran fiesta nupcial. Entonces el que tenga su lámpara encendida, quien tenga su alma en gracia, viva la fe, despierta la esperanza y ardiente la caridad, ese entrará en la sala del Reino, participará de esa fiesta que nunca cesará. En cambio, el que tenga su lámpara sin aceite, quien tenga el corazón seco y frío, quien vista los harapos del pecado, quien duerma el sueño de los indolentes y los frívolos, quien sólo piense en sí mismo, ese se quedará fuera, inmerso en esa oscura noche, sin amanecida posible.

En la parábola de las diez vírgenes, vemos que hay algo que les une: todas están saliendo al encuentro del esposo, y algo que les diferencia (cinco son prudentes y cinco necias).Esto nos permite reflexionar sobre un aspecto fundamental de la vida cristiana, su orientación escatológica; es decir, la espera del regreso del Señor y nuestro encuentro con él.

Nos ayuda a responder a la eterna e inquietante pregunta: ¿Quiénes somos y adónde vamos?.

La Escritura dice que en esta vida somos «peregrinos forasteros», somos «párrocos», pues «paróikos» es la palabra del Nuevo Testamento que se traduce como peregrino y forastero (Cf. 1 Pedro 2,11), como «paroikía» (parroquia) es la traducción de peregrinación o exilio (Cf. 1 Pedro 1, 17). El sentido es claro: en griego «pará» es un adverbio y significa junto: «oikía» es un sustantivo y significa casa; por tanto: vivir junto, cerca, no dentro, sino a un lado. Por este motivo el término pasa a indicar después a quien vive en un puesto durante un tiempo, el hombre de paso, o el exiliado; «paroikía» indica, por tanto, una casa provisional.

La vida de los cristianos es una vida de peregrinos y forasteros, pues estamos «en» en el mundo, pero no son «del» mundo (Cf. Juan 17,11.16); pues su verdadera patria está en los cielos, de donde esperan que venga Jesucristo el Salvador (Cf. Filipenses 3, 20); pues aquí no tienen una morada estable, sino que están en camino hacia la futura (Cf. Hebreos 13, 14). Toda la Iglesia no es más que una gran «parroquia».

Su manera de ser «extranjero» es escatológica, es decir, el cristiano se siente extranjero por vocación, no por naturaleza; en cuanto que está destinado a otro mundo, y no en cuanto que procede de otro mundo. El sentimiento cristiano de reconocerse extranjero se fundamenta en la resurrección de Cristo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Colosenses, 3, 1). Por eso, no rechaza la creación ni su bondad fundamental.

Vivir en espera del regreso del Señor no significa ni siquiera desear morir pronto. «Buscar las cosas de arriba» significa más bien orientar la existencia de cara al encuentro con el Señor, hacer de este acontecimiento el polo de atracción, el faro de la vida. El «cuándo» es secundario y hay que dejarlo en la voluntad de Dios.

Debemos de estar muy atentos a nuestras actitudes, a nuestra vida de cristianos. ¿Hemos pensado alguna vez en la escena de encontrarnos con Jesús, el amado Maestro, y que no nos reconociera? El epílogo del texto evangélico de hoy es estremecedor. Las doncellas llaman desde fuera: "Señor, señor, ábrenos." Pero él responde: "Os lo aseguro: no os conozco". Hay un riesgo grave entre los hombres y mujeres de fe. Y es caer --y tolerar-- el engaño. Dejar de ser cristianos en lo hondo, aunque lo parezcan en la superficie. Muchos de los que acuden a los templos están muy alejados del Espíritu del Señor. Y esconden tras su aparente buena fe y cercanía a Jesús, graves circunstancias que les hacen estar más cerca del "enemigo" que del Maestro. La hipocresía, la soberbia, el pecado, la incapacidad para el arrepentimiento ira produciendo una especie de abandono intimo que matará la semilla del Espíritu. Y todo puede llegar por desidia por abandono.

Los primeros cristianos han querido ver a la Iglesia-esposa en las diez vírgenes, tanto las prudentes como las necias, pues la Iglesia, antes que las bodas se celebren, está compuesta de buenos y pecadores. La parábola es una llamada a nuestra responsabilidad. Precisamente porque sabemos que el Padre nos invita a la gran fiesta, no tenemos que dejarnos perder la "sabiduría radiante" de la que nos habla la primera lectura de hoy. Las cinco jóvenes poco previsoras reciben una dura sentencia condenatoria sin haber hecho nada malo. Ni siquiera maltrataron a los criados, como el mayordomo infiel. Tropezamos aquí con el tema clásico de la omisión y la neutralidad. El teórico "no hacer nada malo" es también una manera de hacer el mal. Algo así como el negar auxilio en carretera. Es no dar de comer al hambriento, es no vestir al desnudo. La neutralidad no existe.

Nos podemos hacer una pregunta que nos sirva de luz para nuestra vida eclesial. ¿Por qué no prestan su aceite las sensatas a las necias?  El aceite y la lámpara encendida significan aquí algo personal e intransferible, que forma parte de la propia identidad, que está o no está en toda la biografía personal. ¿Qué significa tener aceite y tener lámparas encendidas? La liturgia sugiere una cierta identidad entre el aceite de la parábola y la Sabiduría. Quien la tiene, tiene la plenitud de la vida.

La Eucaristía de hoy tiene que ensanchar nuestro corazón y ahondar nuestro gozo de sabernos llamados al gran banquete de bodas: ya estamos en la casa de la novia con las lámparas encendidas, pero aún no ha llegado el novio. Entretanto la Eucaristía tiene que multiplicar y renovar, cada domingo, el aceite de nuestras lámparas, la verdadera sabiduría, que es Jesucristo. Y al mismo tiempo tiene que ser una llamada -que bien necesitamos- a la responsabilidad de nuestra vida cristiana.

-¿A qué vigilancia se nos invita?

La comunidad eclesial es esencialmente "escatológica", o sea, un pueblo en marcha, peregrino, que mira hacia adelante, que espera la Venida última de su Señor y Esposo. Es una actitud fundamental para todo cristiano: además de la fe y de la caridad, un cristiano es una persona que espera, que está en vela mirando al futuro. Los  cristianos vivimos entre el recuerdo del gran acontecimiento de Cristo y la tensión hacia su vuelta final.

Nuestra vigilancia como cristianos es vivir en esta atención despierta. Los judíos no supieron estar atentos a la llegada del Esposo. Pero también nosotros corremos el peligro de adormecernos y dejar pasar el momento de gracia una y otra vez. Podemos pasar los días y los años distraídos; o bien locos tras otros valores (tras el anuncio de otros esposos y otras fiestas). Y luego, cuando llega el verdadero esposo, estamos desprevenidos. Y eso que una y otra vez Cristo nos ha avisado de que llegará en el momento menos esperado.

Las enseñanzas del evangelio no sólo se refieren a la Vuelta final de Cristo, ni tampoco sólo al momento de nuestra propia muerte, aunque son los dos momentos culminantes de la historia comunitaria y personal.

No olvidemos que hay otras "venidas" de Cristo, el Esposo, a las que también debemos estar preparados y con los ojos bien abiertos. Toda nuestra  vida está llena de momentos importantes, irrepetibles. Entre la venida primera y la última de Cristo, está su venida continuada, diaria, a nuestra vida personal y eclesial: "yo estoy con vosotros todos los días..." El cristiano sabio es el que está atento a esta presencia, el que sabe descubrir la cercanía de Cristo y de Dios en su vida, el que ve todas las cosas con los ojos de la fe, el que orienta su vida desde la perspectiva de Cristo. La verdadera vigilancia es una actitud continua de atención, de espera gozosa.

 "Vigilar" no es estar siempre con miedo, ni dejarnos atenazar por la angustia. Un cristiano no deja de vivir, y de gozar la vida, y de incorporarse seriamente a las tareas de la sociedad y de la Iglesia. Lo que pasa es que lo hace con responsabilidad, con la atención puesta en los verdaderos valores, los que valen en verdad la pena, sin dejarse amodorrar por las innumerables drogas de este mundo, o por la pereza y la inercia. Vivir en tensión gozosa.

Estamos invitados a vivir los años que vivamos de modo que acertemos en la clave fundamental de nuestra existencia. La presencia -invisible- del Esposo y su vuelta -visible y gloriosa- le sirven de focos que iluminan cada uno de sus pasos.

Fijémonos en aquellos aspectos de nuestra celebración dominical que "miran al futuro": el canto del Sanctus, "bendito el que viene"; la aclamación "ven, Señor Jesús"; las palabras de la Plegaria Eucarística, "mientras esperamos su venida gloriosa...". En nuestra celebración  no sólo esperamos la venida futura, sino que nos gozamos ya en la presencia actual, porque comulga con el Cristo ya presente, que nos invita a su cena de bodas.

Recordemos otra palabra de Jesús: "Que así resplandezca vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre del cielo". (Mt 5,16) Es así como tenemos que esperar al Señor,  encendidas las lámparas de nuestras buenas obras.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

viernes, 30 de octubre de 2026

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Todos los Santos 1 de Noviembre de 2026.

La fiesta de Todos los Santos es muy antigua y parece que su origen está en la dedicación del Panteón Romano a Santa María y los mártires. En el Siglo IV la iglesia oriental ya conmemoraba esta fiesta. En el siglo IX se comienza a celebrar en lo que hoy es Francia para luego extenderse a toda la Iglesia latina.
En los primeros textos cristianos, escritos inmediatamente después del Nuevo Testamento, nos encontramos con una pieza muy singular que son las Actas de los Mártires. Se trata de los documentos que reflejan los juicios a que fueron sometidos un cierto número de cristianos que se oponían a las leyes romanas de adorar ídolos y de presentar sacrificios rituales a las estatuas de los emperadores. Dichos relatos que, por supuesto, contienen interesante doctrina, también consagran documentalmente a un cierto número de santos por su martirio.

El culto a los mártires fue muy importante entre esos primeros cristianos y de ahí se originó la devoción a esos hermanos singulares que supieron dar su vida por Cristo. Lo que los fieles pedían a esos mártires es muy parecido a lo que nosotros hoy solicitamos en nuestras devociones. Y la tradición de "hacer santos", de canonizar a cristianos de singulares méritos, es muy antigua. Y el día que litúrgicamente se dedica a recordar a todos los santos, a los conocidos y desconocidos, es este primero de noviembre, en el que las oraciones de la Misa van dirigidas a ese gran número de intercesores que nosotros necesitamos para seguir adelante con nuestros trabajos de ser buenos cristianos.

Las Iglesias reformadas, tras la protesta de Lutero, prescindieron de esa práctica canónica. No así las Iglesias ortodoxas que han continuado buscando ejemplos de santidad y venerándolos. En nuestra Iglesia Católica, el pontificado del San Juan Pablo II se caracterizó por un incremento notable del número de las beatificaciones y canonizaciones. Y ha pasado a la historia como el Papa que más santos ha elevado a los altares. Él mismo, santo, junto a su antecesor Juan XXIII por una histórica  decisión del Papa Francisco en los primeros meses de su pontificado.

 

La primera lectura es del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14 El Apocalipsis, como sucede en la literatura de este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica, necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos.

Juan escribe el libro del Ap (que significa "revelación") hacia los años 94-96, en unas circunstancias particularmente adversas para las comunidades cristianas. La persecución de Nerón, iniciada con el incendio de Roma hacia el año 64, se había extendido por todas partes en tiempos de Domiciano. El Apocalipsis es, por la tanto, un libro de la clandestinidad, lo que explica en parte la dificultad de su interpretación. Es también un libro en el que el autor exhorta a los cristianos y levanta el ánimo de las iglesias, un libro de la resistencia cristiana o de la "paciencia", que es algo muy distinto de la simple resignación. La paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible.

El Vidente de Patmos ve los acontecimientos e interpreta los signos o señales de los tiempos a la luz del Día del Señor, revelando así el verdadero sentido de las persecuciones de la iglesia en el decurso de la historia. De ahí que la exhortación del Apocalipsis tenga todavía para nosotros vigente actualidad.

En el capítulo anterior, después de anunciar las calamidades que se avecinan sobre la tierra, deja abierta una pregunta angustiosa: "Porque ha llegado el Día de su Cólera (de Dios) y ¿quién podrá resistir?" (6.17). La respuesta se halla en las dos visiones de este capítulo séptimo, que presenta la lectura de hoy.

El Vidente, situado más allá de la historia, ve lo que será al fin y al cabo. En su visión ha dado un salto, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, para mostrarnos el triunfo del pueblo de Dios. Una muchedumbre incontable, de todas las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos celebra la victoria.

La historia se va desarrollando poco a poco y está llegando a su término final. La apertura de los «siete sellos» -tal como se describe en el Apocalipsis- impone un ritmo a esta duración y va mostrando sus componentes a medida que se revelan (capítulos 6ss). El fragmento de hoy se inserta entre el sexto y el séptimo -o sea, el último- sellos como una gran liturgia que, al mismo tiempo, crea expectativas y promesas para el futuro.

En la lectura se nos muestra la apertura del misterio de la historia con la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser liberados de la destrucción. El sello sobre los siervos de Dios sella su pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la multitud inmensa, incontable, con su simbolismo propone algo de las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza. Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable” representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero sacrificado, con su sangre.

Como premonición y como signo de esta salvación, aparece un grupo elegido marcado con «el sello del Dios vivo». Los «ciento cuarenta y cuatro mil» (v 4) que están marcados con él: son la plenitud del nuevo pueblo de Dios, el Israel renovado en todos sus componentes y puesto en la historia como signo de que el poder de Dios se revela en sus «servidores» (v. 3).

Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los israelitas en el momento de la Pascua de Egipto.

Esta liturgia celeste celebra, en efecto, la salvación ya presente. Esa salvación está destinada a una «muchedumbre enorme» (v 9), a todos los «que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (v 14). Se trata, por consiguiente, de una salvación universal, abierta a todos, en particular a todos los que se han visto sometidos de algún modo por la persecución (thlipsis, «tribulación», se convierte en el signo de toda persecución) y salen de ella purificados.

El himno es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan pasado por la muerte.

 

El responsorial es el salmo 23 (Sal 23, 1-2, 3-4ab, 5-6). Pertenece al grupo de los llamados salmos litúrgicos.

El salmo recuerda una procesión con el Arca de la Alianza. La procesión se desarrollaba en medio de la fiesta y la alegría, y en ella el pueblo acompañaba con cantos.

Cada una de las partes de este salmo presenta un rasgo característico de Dios. En la primera se refuerza la idea de que Dios es el creador de la tierra y Sr. Del mundo. En la segunda se presenta a Dios como el aliado de Israel: para responder al compromiso de la Alianza, el pueblo de Dios tiene que establecer unas relaciones de justicia, de integridad y rectitud.

Para entender mejor la primera parte del salmo (1b-2), hay que tener en cuenta la forma como se concebía el mundo en la en esta época. Se creía que la tierra era una superficie plana, sostenida por columnas invisibles. Estas columnas un día en sus cimientos de la profundidad de los océanos. Dios había sido el autor de esta proeza arquitectónica. Por eso le pertenece la tierra y lo que contiene, el orbe y sus habitantes.

Este "salmo del Reino" describe la entrada de una procesión en el Templo... Es Yahveh,  el Dios creador del Universo, nuestro Rey Yahveh, que viene a tomar posesión de su palacio  y de su ciudad. Al aclamarlo Israel lo hacía reinar efectivamente y le profesaba sumisión.  Pero ¿cómo reina Dios? A las puertas del templo se respondía mediante una catequesis:  son los comportamientos morales del hombre los que hacen reinar a Dios. ¡Tener un  corazón puro, las manos no manchadas de intrigas, el corazón libre de todo ídolo, liberado  de todo aquello que no es Dios, leal al prójimo, sediento de justicia, ávido de Dios.

San Juan Pablo II comentó así este salmo en la audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.

" 1. el antiguo canto del pueblo de Dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén, para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. el primero atañe a la verdad de la creación:  Dios creó el mundo y es su señor. el segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas:  debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. el tercero es el misterio de la venida de Dios:  viene en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. un comentarista moderno ha escrito:  "se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y podemos vivir con Dios" (G. Ebeling, sobre los salmos, Brescia 1973, p. 97).

2. A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante.

La primera es una breve aclamación al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv. 1-2). Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitectónica:  Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.

3. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso:  "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf. Sal 14; Is 33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.

4. Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos Dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo:  "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.

5. Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes:  "Rey de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos". A las puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa.

El escenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de san Pedro (cf. 1 P 3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch 1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo de Sión.

6. El último título:  "Señor de los ejércitos", no tiene, como podría parecer a primera vista, un carácter marcial, aunque no excluye una referencia a los ejércitos de Israel. por el contrario, entraña un valor cósmico:  el señor, que está a punto de encontrarse con la humanidad dentro del espacio restringido del santuario de sión, es el creador, que tiene como ejército todas las estrellas del cielo, es decir, todas las criaturas del universo que le obedecen. en el libro del profeta Baruc se lee:  "brillan las estrellas en su puesto de guardia, llenas de alegría; las llama él y dicen:  "aquí estamos". y brillan alegres para su hacedor" (ba 3, 34-35). el Dios infinito, todopoderoso y eterno, se adapta a la criatura humana, se le acerca para encontrarse con ella, escucharla y entrar en comunión con ella. y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor." (Papa San Juan Pablo II. Ciudad del Vaticano. Audiencia general del miércoles 20 de junio 2001.)

 

La segunda lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3. San Juan en su primera carta resume muy bien en qué consiste la esperanza cristiana: todos los bautizados somos ya, aquí y ahora, hijos de Dios, pero todavía con limitaciones, tenemos la esperanza de llegar a serlo un día en plenitud.

Un doble plano podemos ver en el texto de hoy.

Nuestra realidad presente realizada. Ser hijos de Dios es "haber nacido de Dios". El aceptar la luz que es Cristo nos hace capaces de ser hijos de Dios. El cristiano, en tanto es hijo de Dios en cuanto participa de la filiación divina de Jesús. Es don amoroso del Padre. El mundo es el estado de cosas basado en "los bajos instintos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero" (1Jn/02/16). Es lo contrapuesto al amor verdadero.

Nuestra realidad futura o escatológica. Es una realidad que nos transformará. Pablo habla de una nueva creación. Será algo grande. La primera creación no es nada si la comparamos con ella. Pero no la conocemos porque aún no ha llegado. Con todo, este final ilumina nuestro presente. Es la esperanza la que nos ayuda a caminar (=conducta). Purificarse es cumplir los mandamientos, sobre todo el amor al prójimo.

La segunda parte de la primera carta de San Juan se abre con el mensaje de que todos somos hijos de Dios. A este mensaje sigue una exigencia: debemos vivir como hijos de Dios. Para los sinópticos la filiación divina es una realidad escatológica. Con san Pablo ya se hace presente en este mundo. En san Juan la filiación divina es actual y llega a todos los hombres que aman a Jesús y guardan sus mandamientos.

La razón de fondo es el amor del Padre. El autor no puede contener su admiración ante el don maravilloso que Dios nos ha hecho a los hombres: la filiación divina. Al decir: "Mirad qué amor..." nos invita a mirar no con los ojos del cuerpo sino a verificar, constatar, que aunque el amor es una realidad invisible es perceptible por los efectos.

La filiación divina es obra del amor del Padre. Si Dios ama tanto a los hombres que llega a entregarles a su propio Hijo es para darles la vida eterna, para hacerlos hijos de Dios. "El mundo no conoce..". El conocimiento supone un vínculo de unidad entre el que conoce y lo conocido. De ahí que el conocimiento que ahora tenemos sea imperfecto. En la vida presente la realidad de la filiación se posee en forma limitada y por tanto el conocimiento es parcial. No conocemos todavía lo que llegaremos a ser.

Toda la vida cristiana debe tender a manifestar que somos hijos de Dios y que amamos como él amó. Esta vida se vive ahora en medio de dificultades y el gran amor que nos tiene el Padre no lo llegamos a ver en su totalidad, pero mantenemos la esperanza firme de que un día se manifestará.

La esplendida admiración que describe San Juan,  nace de la fe y de la experiencia del Resucitado. Dios nos ha amado en Cristo, en su entrega y solidaridad hacia los hombres, hasta el punto de hacernos "hijos".

El autor expresa mediante tres términos la realidad de la situación humana presente y futura ante Dios: "ser hijos", "ver a Dios" y "ser puro". Hay una continuidad y una ruptura entre lo que somos y lo que seremos. Continuidad pues, en el bautismo y la conversión, hemos ya inaugurado nuestra relación reconciliada con el Padre, gracias a la vida de Cristo. Ruptura, pues la esperanza a la que somos llamados la vivimos todavía desde nuestra limitación, desde nuestra debilidad frente a la tentación y el pecado. Vemos a Dios, pero no tal cual es.

Parece escogida como una forma de resaltar algunos aspectos de la santidad, su naturaleza y su modo de realización.

Lo primero en el camino de la santidad es lo que Dios ha hecho por nosotros; las maravillas obradas por Dios no solo en el pasado, más aún las que ha obrado con la venida de su Hijo. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!”. Aunque no se exprese, la admiración toca en primer lugar a la manifestación inaudita del amor de Dios enviándonos a su Hijo; pero fundándose en ello, nuestro pasaje contempla y admira directamente las consecuencias de esa manifestación: el Padre, “que envió al mundo a su Hijo Unigénito” (4,9), nos ha llamado “hijos de Dios” y lo ha hecho con llamada eficaz, “pues lo somos”.

Lo que Dios ha hecho ya en nosotros está abierto a la plenitud, que consistirá en ser “semejantes a él”; y esta afirmación toca a la naturaleza de la santidad.

La semejanza no puede interpretarse como una especie de asimilación que implicara la ausencia de toda distinción entre Dios y nosotros. El ser humano contemplará a Dios: “ lo veremos tal cual es”; y esta visión nos transformará de tal modo que participaremos de la misma vida de Dios.  

 

El evangelio según san Mateo 5, 1-12a nos presenta el Sermón de la Montaña. El evangelio de hoy nos presenta las Bienaventuranzas como síntesis del mensaje cristiano, como proyecto de vida para vivir la santidad de Dios. Exegéticamente, el género bienaventuranza no es nuevo en el NT, ni tampoco es exclusivo de los evangelios.

Las ocho bienaventuranzas con que Mateo introduce el Sermón de la Montaña se muestran literariamente bien construidas, lo que nos muestra la mano del redactor eclesial: la primera y la última contienen la misma promesa y la cuarta y la octava (dos mitades!) mencionan la justicia. Cuatro de ellas presentan situaciones de conflicto: pobreza, llanto, sufrimiento, hambre-sed y persecución. Y tres se centran en acciones positivas: misericordia, limpieza de corazón, esfuerzo por la paz. No pretenden ser exhaustivas, presentar todas las situaciones humanas susceptibles de dicha evangélica: pero sí nos muestran un amplio abanico de situaciones de indigencia y de compromiso por el prójimo: en todos ellos se hace patente el rostro de Dios.

En la novena bienaventuranza recae el acento: en la misma persecución por causa del Evangelio se manifiesta el gozo de Dios. Cualquier situación humana, vivida en la línea del Evangelio, es buena para realizar el proyecto de santidad que Dios espera de nosotros.

El Sermón de la montaña ha sido llamado la Carta magna del Reino. Es el primero de los cinco grandes discursos que vertebran el primer evangelio y que giran siempre en torno al Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar.

La Bienaventuranzas hacen de pórtico a esos puntos programáticos que el Señor proclama ante la multitud. Tienen el sabor de los antiguos salmos, que también se iniciaban a veces con esa misma fórmula de dicha y felicidad.

Las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida.

Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús.

Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.

Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico”, que quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.

Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido.

Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey».

Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»).

De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación.

La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.

 

Para nuestra vida

La liturgia de esta fiesta está centrada en la santidad.

Hoy damos gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices, radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa.

Celebrar esta fiesta es sentirnos fascinados por lo alto. Cuando ascendemos a las montañas vienen a nuestros ojos imágenes de valles y de ríos, de cielos estrellados o de horizontes lejanos. En esta jornada de Todos los Santos no nos conformamos con subir a los cerros. Trepamos más arriba. Elevamos nuestros ojos a esa realidad que ha sido la razón y el motor, el existir y el triunfo definitivo de tantos hombres y mujeres que se dejaron seducir por la beldad de Dios. No se conformaron con lo que encontraban en el suelo, con las propuestas caducas de felicidad, con los atajos traicioneros. Los santos apostaron fuerte: descubrieron que Dios era lo máximo y dieron firme testimonio de El.

Al honrarles hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la aceptación de la voluntad de Dios.

Precisemos un poco mas esta Fiesta. La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar, en principio, dos hechos. El primero es que, verdaderamente, la fuerza del Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, o de cultura, o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta gozosa, fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da, y dará fruto, y lo dará en todas partes.

El segundo hecho que celebramos es que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos "han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero". Todos ellos han sido pobres, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz. Y eso les une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que "en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien", sino que celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo). Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios.

Podemos añadir  un tercer aspecto: San Agustín, en la homilía que la Liturgia de las Horas ofrece para el día de San Lorenzo, lo explica así: "Los santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos".

San Agustín se dirigía a unos cristianos que creían que quizá sólo los mártires, los que en las persecuciones habían derramado la sangre por la fe, compartirían la gloria de J.C. Y a veces pensamos también nosotros lo mismo: que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos. Y no es así. La santidad, el seguimiento fiel y esforzado de J.C., es también para nosotros: para todos nosotros y para cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada, que tome las cosas en serio, no para gente superficial y que se limita a ir tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín en la homilía antes citada: "Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación" (...). "Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio". Y hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a J.C.

 

La primera lectura propone el tema de la salvación, en ella se pone ante nuestros ojos el infinito número de los llamados a ser santos y a participar aquí y en la eternidad del don de la santidad.

El texto habla de la comunidad cristiana en tribulación, protegida por Dios en este mundo y en el otro.

Los vv. 7, 1-8 en conjunto hablan de esa protección divina a su comunidad en un mundo de malvados. Es de notar que la literatura apocalìptica no matiza. Buenos y malos están muy bien divididos. No hay que tomarlo como una descripción de la realidad, sino como una simplificación más aclaratoria que otra cosa. En realidad se trata de una afirmación de fe. Dios protege a su iglesia, a toda ella como muestra el número simbólico de 144.000 (doce veces mil, número perfecto multiplicado por sí mismo para indicar totalidad).

Los vv. 9-14 se refieren a la comunidad celeste, continuación de la actual. Lo principal es la glorificación que esa comunidad hace de Dios y de Cristo, el Cordero en terminología de muchas partes del Apocalipsis. Esta tarea, es la actitud religiosa fundamental, reconocimiento de Dios de forma total. Que hacen no sólo la iglesia, sino todo lo que no es Dios.

Más allá de este mundo, esto es, de la historia, el Vidente ve ahora en el cielo a los que ya han salido triunfantes de la gran tribulación. Es una muchedumbre innumerable y heterogénea, de todas las razas, pueblos y lenguas, es la comunidad futura con toda la riqueza de su pluralismo y toda la unidad en la participación gozosa de una misma victoria.

Todos los que la componen van vestidos de blanco, porque son los invitados a las bodas eternas del Cordero, y llevan palmas en las manos, porque han salido victoriosos de la gran tribulación. Esta muchedumbre se encuentra ante el trono de Dios, esto es, en el cielo. No debe confundirse con la otra multitud de los señalados que aún militan en este mundo que pasa.

La salvación se debe al Cordero, que es Jesucristo, y a Dios. Por eso los santos, juntamente con los ángeles, tributan a Dios "todo honor y toda gloria" en una solemne liturgia celestial que los cristianos, señalados por el bautismo, anticipan sacramentalmente en la liturgia de la Iglesia.

El vidente es de nuevo informado sobre el significado de cuanto está viendo. La información le viene dada por uno de aquellos misteriosos "ancianos" que asisten al trono de Dios. Todos los santos han sido salvados por la sangre de Cristo, sin que esto suponga que Dios ahorre a nadie la gran tribulación. Los santos vienen de la gran tribulación, por eso su victoria es aún más gozosa.

"Después de esto vi una gran muchedumbre que nadie podía contar..." (Ap 7,9) Estamos ante una de la visiones de Juan en su destierro de la isla de Patmos. El Cielo abre sus puertas y deja que la mirada penetrante del evangelista, simbolizado por el águila, contemple los misterio del más allá. Hoy nos habla de los que fueron sellados en la frente, es decir los que se han salvado de la hecatombe apocalíptica. Habla primero de los pertenecientes al pueblo elegido, y luego de las demás naciones.

Se describe un cuadro maravilloso y consolador. De cada una de las doce tribus son ciento cuarenta y cuatro mil, esto es, una cantidad muy elevada. No se dice que todos se salven, pero sí se insiste en que son muchos, como se deduce al hablar de la muchedumbre que no se puede contar y que procede de todos los pueblos. No podía ser de otra forma, la sangre derramada del Cordero bien valió esa salvación de alcance universal.

Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.

La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios, como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación.

 La muerte y la resurrección de Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía.

En el texto se nos habla no solo  de mártires, también de todos aquellos que han pasado por la tribulación de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad, son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo que son los auténticos vencedores de la historia.

Desde el bautismo participamos del cumplimiento de la profecía del Enmanuel, Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre, ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva. Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte.

Esta lectura es una invitación a revisar como vivimos nuestra condición de bautizados invitados a la mesa eucarística, terrenal y celestial.

 

El  salmo de hoy nos plantea una claras y concretas preguntas:

" ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?"

A continuación se dan la respuesta: " El hombre de manos inocentes

y puro corazón, que no confía en los ídolos. ".

De ahí surge una petición: ¡Señor, haznos dignos de tu Santidad, Tú que  eres el Santo ! 

Cada uno de nosotros debe aplicar este salmo a su propia situación. 

La libertad del cristiano ante las "cosas" de la naturaleza. San Pablo aplicó este  salmo, explícitamente, a un problema de su tiempo: ¿se pueden comer los alimentos  ofrecidos a los ídolos? Responde: "coman sin hacer problema de conciencia, todo lo que les  venden en el mercado, porque la tierra y todo lo que hay en ella es del Señor". ( I Corintios  10,25 - 26; Salmo 23,1). Considerar la fe en Dios como liberadora, es una esperanza del  mundo actual. Sólo Dios es Dios. Sólo Dios merece sumisión. Hay, como se dice a menudo,  una cierta "desacralización" del universo, que corresponde perfectamente a la verdad de  Dios. Existe siempre el peligro de sacralizar abusivamente las realidades terrestres: las  costumbres tradicionales, los tabúes ancestrales, los usos considerados como definitivos y  sagrados cuando son apenas residuos de civilizaciones locales ya superadas. Pero el gran  peligro actual, es la sacralización de las ideologías y de la política. Digámoslo claramente, ni  los partidos de derecha, ni los de izquierda, son "sagrados"; son simples opciones humanas,  respetables claro está, pero que desmerecen grandemente al proyectarse sobre ellas un  "absoluto" que sólo a Dios debe darse: el único Rey es El. Bajo esta expresión  aparentemente pasada de moda, hay una reivindicación de libertad, de total independencia. 

Existe una tendencia reciente, que opone la moral y la fe. Este  salmo trae a cuento una verdad esencial que Jesús repitió frecuentemente. Dios más que  aclamaciones rituales, más que recitación de "credos", más que gestos cultuales...: espera  de nosotros rectitud de vida. La conciencia moral es lo primero. Seremos juzgados sobre el  amor. (Mateo 25,31 - 46). No llegarán a la "montaña de Dios" aquellos que se contenten con  decir: "Señor, Señor" (Mateo 7,21), sino aquellos "que tengan el corazón puro y las manos  inocentes", que cumplan los deberes que les impone la condición de ser hombres dignos de  tal nombre. La reforma conciliar revalorizó la "liturgia penitencial" al principio de cada Misa.  ¿Quién puede acercarse a Dios? Quien esté libre de toda mancha consciente o  inconsciente, que esté dispuesto a luchar contra su egoísmo, y toda forma de idolatría. Sólo  así Dios se hace fiador de la dignidad humana y de la conciencia. Decir: "Venga tu Reino",  es comprometerse a hacer cualquier cosa para vivir según sus exigencias. 

La oración con este salmo nos ayuda a vivir de forma nueva esa religiosidad popular, que generalmente rodean nuestra vida cristiana cotidiana, podremos el sentido de las romerías de las procesiones el sentido de las romerías, de las procesiones. El salmo nos ayuda a vivir la liturgia como celebración de la vida y expresión de la fe. También la actitud tolerante con este salmo nos ayuda a superar el ritual istmo y una falsa religiosidad de apariencias

 

El texto de la segunda lectura es una reflexión sobre la vida cristiana que se representa bajo la imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. En ella se nos introduce en la misteriosa relación existente entre el amor que Dios nos tiene, amor de Padre, y la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su Hijo.

San Juan nos recuerda con entusiasmo y urgencia este hecho, que fundamenta y sostiene nuestra fe y nuestra esperanza. Somos hijos de Dios, herederos del cielo, coherederos con Jesús, resucitado y exaltado a los cielos, a la derecha de Dios Padre. Pero nos advierte Juan también de lo extraña de nuestra situación, incomprensible a veces y muchas otras incomprendida incluso por nosotros mismos, pues todavía no está claro, no se ha puesto de manifiesto, lo que somos. Somos hijos de Dios, pero eso no se ve y desgraciadamente tampoco siempre se nos nota, pues no nos comportamos como tales. Al menos, si creemos que somos hijos de Dios, no parecemos estar muy convencidos de que los hombres somos hermanos. Esta situación ambigua, somos pero no somos, da pie para que muchos no crean en nosotros y para que nosotros mismos dudemos con frecuencia de lo que somos y de lo que tenemos que ser y hacer. Vivimos una situación de gestación, de expectación, como el campo sembrado de trigo, pero en el que todavía durante el invierno no se ve por ninguna parte la cosecha. Habrá que esperar hasta la primavera en que despunten los brotes o hasta el verano en que se recoja la cosecha. Sin embargo, igual que el labrador sabe que ha sembrado y espera con impaciencia el día de la cosecha, así nosotros debemos creer y esperar el día en que se ponga de manifiesto lo que ya somos por la gracia de Dios.

Se trata de una profunda teología como corresponde al círculo de las comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.

El título cristológico más coherente de la teología joánica, es lo que afecta a la filiación divina de Jesús, esto también tiene su repercusión en quienes seguimos a Jesús, consiste en la  posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él.

La afirmación del texto es clara: ¡somos hijos de Dios! "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y los seamos" (1 Jn 3,1). La frase de San Juan tiene matices de asombro que no se captan bien en la traducción castellana. Hay que subrayar el asombro del hagiógrafo ante la magnitud y profundidad del amor divino que nos hace hijos de Dios.

 Muchos santos, desconocidos para nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y “hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para eso hemos nacido. San Pablo nos recuerda la  esperanza a la que estamos llamados.

 

El evangelio de San Mateo recoge las grandes líneas o rutas, condiciones imprescindibles, por las que se realiza la utopía humana según Jesús. La santidad cristiana es vivir la nueva sociedad que propone Jesús. Sintetiza admirablemente los caminos de la santidad cristiana mediante las bienaventuranzas.

Jesús con las bienaventuranzas  ha pretendido presentar los rasgos de una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano. No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la lucha por la justicia, porque Dios es justo.

Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús.

La fiesta de hoy es propiamente la de aquéllos que, aun sin corona ni altar, son dichosos según las bienaventuranzas, porque son pobres, sufridos, pacientes, misericorDiosos, honestos, pacíficos e incomprendidos.

Se describen situaciones en las que el hombre sufre de ordinario y en las que, sin embargo, alcanza la felicidad apoyado en la esperanza. Las promesas son tan extraordinarias y ciertas que fortalecen al justo, e incluso le llenan de gozo íntimo, aún en las situaciones más adversas que se puedan imaginar. Por otra parte hay una nota común en cada uno de esos estados descritos, la humildad y la confianza inquebrantable en Dios nuestro Padre.

Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige, simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida. Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.

¿Cómo vivo en el aquí y ahora, esta fiesta de Todos los Santos?.

Con la Iglesia, estamos invitados a celebrar a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios.

Todos podríamos decir, como Santa Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Sin embargo, hoy se nos invita vivir  la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo.

¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo?.

 Hoy es un buen día para hacerlo.