sábado, 27 de junio de 2026

Comentario a las lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario 28 de junio 2026

 

Comentario a las lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario 28 de junio 2026


La hospitalidad constituye el tema principal de la primera lectura y del evangelio proclamados hoy, y no será inútil escuchar la invitación que estos teCristos dirigen a los cristianos de hoy. En el mundo deshumanizado y muy urbanizado en que vivimos, el testimonio de la hospitalidad de casas ampliamente abiertas a los demás puede adquirir una dimensión profética.

Las órdenes monásticas, que han adquirido en el pasado una amplia experiencia de hospitalidad, deberían remozar su testimonio a este respecto, y con ellas todos los hogares, de forma que el encuentro mutuo permita a la personalidad de cada uno tomar cuerpo en un mundo en que el hombre se convierte en un número, de forma que la atención a los demás se convierta en una manera de vivir la disponibilidad y la hospitalidad para que el hombre desarraigado y psicológicamente aislado pueda encontrarse a sí mismo al encontrar la relación y el intercambio gratuito.

 

La primera lectura es del segundo  libro de los reyes (2 R 4, 8-11. 14-16a) Contemplamos a Eliseo que acostumbraba a pasar por Sunem, especialmente cuando iba del Carmelo a su tierra natal. En estos casos detenía su viaje para descansar en casa de esta buena mujer, que lo recibía amablemente y con todo el respeto que merece un hombre de Dios.

El anuncio del nacimiento,  del hijo de la sunamita es una historia enmarcada en las promesa de un hijo a unos padres ancianos, como recompensa por su hospitalidad, y corresponde a un género literario denominado "saga" que ya aparece en las narraciones patriarcales (v. g., promesa a Abraham y a Sara: Gn. 18, 1-15O y también en el NT. (v. g., la promesa de Juan el Bautista hecha a Isabel). 

Nos fijamos  en dos breves escenas :

Hospitalidad de la sunamita (vs. 8-11): Sunem pudo ser un santuario israelita situado al Sur del Tabor, no lejos del Carmelo, y probablemente habitado por una comunidad de profetas.

Eliseo no se hospeda en su comunidad, sino en el hogar de la sunamita, prototipo de todo ser humano capaz de descubrir a Dios en la persona y obra del profeta. Tal vez los suyos no lo hubieran recibido... La mujer le prepara una cama, mesa, silla..., un superlujo para cualquier israelita habituado como estaba a dormir en la sala común sobre una dura esterilla que se desenrollaba al caer la noche. Recibir al profeta es un gran honor para la sunamita, pero para ser como ella necesitamos una mente muy abierta para saber discernir el dedo de Dios que pasa haciendo el bien. No abrir su casa a Eliseo hubiera sido cerrarla al Señor, cerrarla al futuro de las bendiciones. Pero abrirla a otros muchos que se presentan como los "oficiales" del Señor hubiera supuesto abrirla a unos chantajistas que juegan con Dios. La actitud adoptada por la sunamita no era nada fácil.

-Agradecimiento del profeta (vs. 12-17): Eliseo se pregunta: ¿Qué podríamos hacer por ella? (v. 14). Agradecido, el profeta quiere recompensarle ofreciéndole en primer lugar una recomendación de tipo político (v. 13: ¿una exención fiscal o militar? No seamos malos, esta oferta no llega a tráfico de influencias). Ante una negativa de la mujer, le anuncia a la anciana el nacimiento de un niño... Sara no se lo creyó, la sunamita también recela...

 

El responsorial es el salmo 88, (Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19). Estamos ante uno de los salmos llamados reales, cuyo fondo es la ceremonia de entronización de un nuevo rey: el trono, los atavíos reales, la corte, el palacio, los guardias, la campaña para vencer a los enemigos.

Pero estamos en Israel, sabemos que el régimen político de este pueblo tenía un carácter muy particular: el verdadero "rey" era Dios. De ahí que el comienzo del poema es un "himno" que canta el poder real de Yahveh.

Es un largo salmo de 53 versículos. El teCristo que se nos propone hoy en la liturgia, corresponde a la primera parte que es un himno de alabanza. El libro no comienza con una introducción (2-5). Aquí aparece en ya las dos palabras clave de este salmo: misericordia y fidelidad de Dios. Se afirma que la misericordia ha sido construida para siempre y que la fidelidad es más firme que el cielo (3). Estas dos palabras aparecen 7:08 veces a lo largo de todo el teCristo. La misericordia y la fidelidad de Dios son una constante en la historia del pueblo como la alianza hecha al rey David. La misericordia y la fidelidad de Dios de la alianza engendraron una dinastía para el pueblo de Dios: David tendrá siempre un descendiente sobre el trono.

En los versículos 6-19, se proclama que Dios es señor del universo y de la historia. Es el único Dios verdadero, señor del mar y de los monstruos marinos, del hierro, de la tierra y del mundo. Todo le pertenece y es dichoso el pueblo elegido para reconocer todo esto, alabando a este Señor universal. El reconocimiento engendra confianza en el pueblo, entonces Dios se convierte en el escudo y el rey de Israel (19).

Este salmo refleja la detección del pueblo ante la derrota práctica desaparición de una de las instituciones más importantes, la monarquía en Judá. En el trono de Judá siempre se había sentado un descendiente de David, según la promesa alianza que parece2Sam 7.

Según la concepción de este salmo, la misericordia y la fidelidad del señor se encarnan en la persona del descendiente de David que ocupa el trono de Judá.

Salmo reproduce la situación de la monarquía en vísperas del siglo o bien y a durante el cautiverio en Babilonia, cuando todavía se tenía la esperanza de que el rey de Judá volvería a Jerusalén para dirigir la vida política y económica del país. Históricamente estaríamos en tiempos del rey Center y cuando Jerusalén cayó en manos de los babilonios (586 a.C.). En este periodo corresponde, también, en el final de la actividad profética de Jeremías.

El clamor de este salmo es el siguiente: "¿dónde están ahora la misericordia y la fidelidad de Dios?".

La respuesta del salmo es clara, revela el rostro de Dios aliado que camina con su pueblo. Israel está orgulloso de ser el elegido por Dios, señor del universo y de la historia. Es el Dios de la misericordia y la fidelidad que produce el la justicia y el derecho.

El Dios de este salmo es un Dios que hace historia con su pueblo.

En la perspectiva del plan de Dios cumplido en Jesús, Jesús es la máxima expresión de la misericordia y de la fidelidad de Dios de la que habla este salmo.

También en Jesús se revela, junto con la misericordia y la fidelidad de Dios, la alianza. Y así sus teCristos evangélicos nos hablan de la nueva alianza en el nuevo reino de Dios en ellos podría se anunciará el se cumplirá en Jesús como mesías, por eso el espíritu de Dios está sobre el para iniciar la gran utopía del Reinado de Dios en la historia de la humanidad.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».

El llamamiento es claro y definitivo. Dios es poderoso, todo lo puede en el cielo que tú has hecho y en la tierra que has creado. Además de ser poderoso, es fiel, cumple siempre las promesas que hace.

Se enumeran las obras hechas a David. La promesa a David de que sus descendientes gobernarían a Israel para siempre, promesa que seguiría en pie aunque esos descendientes no fueran dignos. El trono de David en Israel sería tan firme como el sol y la luna en los cielos.

Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey el gran tipo de Cristo. El es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua.

La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la afrenta y la derrota, lo hizo entrar en la zona de la cólera divina, en la dimensión contada del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejó bajar hasta la muerte. ¿Dónde quedaba la misericordia y la fidelidad del Padre?

Todos los títulos y todos los poderes se los da el Padre a su Hijo, de modo nuevo y definitivo, en la resurrección. Aquí es necesario situarnos ante la reflexión que San Pablo hace  de la resurrección. A la luz de esta, resplandecen más el poder cósmico y el poder histórico de Dios; se ve que la ira y el castigo eran limitados; con la luz de la resurrección realizada en Cristo y compartida en nosotros desde el bautismo, comprendemos finalmente y cantamos en un himno cristiano «la misericordia y la fidelidad de Dios».

Alabanza y fiarse de las promesas es válido y necesario para nuestra vida cristiana.

Así comenta San  Agustín los versículos de este salmo: "[v.2]. Cantaré eternamente, Señor, tus misericordias; y mi boca anunciará tu verdad de generación en generación. Que mis miembros den honra, dice, a mi Señor. Yo hablo, pero hablo tus cosas; mi boca anunciará tu fidelidad. Si no soy obsecuente, no seré un siervo; si hablo por mí, soy un mentiroso. Entonces, yo hablaré, pero de tus cosas. Aquí hay dos realidades distintas: la tuya y la mía: la tuya es la verdad; la mía es la boca que habla. Oigamos, pues, qué verdades dice, y qué misericordias va a cantar.

3. [v.3]. Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre. Esto es lo que yo canto; esta es tu verdad, y mi boca está dispuesta a servirle anunciándola. Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre.

....

Ha expresado las misericordiosas, ha expresado la verdad; y ahora de nuevo las ha unido de esta forma: Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre. Tu verdad será cimentada en los cielos. También aquí repite la misericordia y la verdad. Porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad[1]. No aparecería la verdad como cumplimiento de las promesas, si la misericordia no precediera en la remisión de los pecados. Además, como se habían prometido proféticamente muchas cosas al pueblo de Israel, que procedía de la estirpe de Abrahán según la carne, y así se propagó aquel pueblo en el que habían de cumplirse las promesas de Dios; y, con todo, Dios no secó el manantial de su bondad para con las naciones extranjeras, que puso bajo el amparo de los ángeles, reservándose para sí únicamente la porción del pueblo de Israel. En estas dos estirpes el Apóstol distribuye, distinguiendo en cada una de ellas la misericordia de Dios y la verdad. De hecho, dice que Cristo se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para confirmar las promesas hechas a loso padres. Ya veis cómo Dios no engañó, y cómo no ha rechazado a su pueblo, que había conocido de antemano. Pues cuando se trata del abandono de los judíos, para nadie creyese fueron reprobados hasta el punto de no recogerse, en aquella bielda, ni un solo grano en las trojes, dice el apóstol que Dios no rechazó a su pueblo, que había conocido de antemano; porque yo también soy israelita[2] Si todo él fueron espinas, ¿cómo yo, que os hablo, sería un buen grano? Luego La verdad de Dios se cumplió en aquellos israelitas que creyeron, y así vino a juntarse a la piedra angular una pared procedente de la circuncisión[3]. Pero aquella piedra no habría constituido el ángulo, si no hubiera sustentado la otra pared que procede de los gentiles. Aquella primera pared pertenece propiamente a la verdad, y esta segunda a la misericordia. Digo, pues, afirma el Apóstol, que Cristo se puso al servicio de la circuncisión, en favor de la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los patriarcas, y para que los gentiles glorificasen a Dios por su misericordia[4]. Con razón, En los cielos está cimentada tu verdad. En efecto, todos aquellos israelitas llamados apóstoles, se han hecho los cielos que proclaman la gloria de Dios. De estos cielos se dice: Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos. Y para que estéis seguros de que se habla de estos cielos, dice a continuación refiriéndose más expresamente a ellos: No es con palabras, ni con discursos cuyas voces no se oirán. Mira a ver a qué palabras se refiere, y no encontrarás otras arriba, sino las de los cielos. Si se trata, pues, de los Apóstoles, de cuyas conversaciones se ha oído su voz, son ellos de quien se ha dicho: A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje[5]; porque aunque hayan muerto antes de que la Iglesia llenase el orbe de la tierra, no obstante sus palabras llegaron hasta los confines de la tierra. Bien cumplido vemos aquí lo que ahora leemos: Tu verdad será cimentada en los cielos.

[vv.16-17]. ¿Y no nos vamos a alegrar de todas estas cosas? ¿O seremos capaces de comprender aquello de lo que nos gozamos? ¿Y las palabras serán capaces de expresar nuestra alegría? ¿O le será posible a la lengua expresar nuestro regocijo? Si, pues, no hay palabras capaces de ello, Dichoso el pueblo que conoce el júbilo. ¡Oh pueblo feliz! ¿Te parece a ti que conoces el regocijo? No es posible ser feliz si no sabes lo que es el regocijo. ¿Qué quiere decir que conoces el regocijo? Que sepas por qué te alegras de lo que no se puede explicar con palabras. Porque tu alegría no procede de ti, sino que el que se gloría, que se gloríe en el Señor[6] No te regocijes en tu soberbia, sino en la gracia de Dios. Fíjate cómo la gracia es tan grande, que la lengua no es capaz de explicarla; y entonces sí, habrás entendido lo que es el regocijo.

[v.18]. Porque tú eres gloria de su fortaleza, y según tu beneplácito se realza nuestro poder; porque a ti te ha parecido bien, no porque nosotros somos dignos.

 [v.19]. Porque Dios es nuestro apoyo. Puesto que yo he sido empujado como un montón de arena, para que cayera, y habría caído, si el Señor no me hubiera apoyado. Porque el Señor es nuestro apoyo, el Santo de Israel nuestro Rey. Él es quien nos sostiene, él te ilumina: con su luz estás seguro, en su luz caminas, por su justicia serás exaltado. Él te ha recibido, en tu debilidad él te protege; él te hace robusto por su fuerza, no por la tuya". (San Agustín. Salmo 88 I).

 

La segunda lectura es de de la Carta a los romanos (Rm 6,3-4.8-11) . A lo largo de toda su carta a los romanos, San Pablo contrapone la justicia que los hombres, judíos y griegos, quieren proporcionarse por sí mismos y la que Dios concede a quien la pide con fe.

El instrumento de esa justificación divina es el bautismo, punto de cita entre la fe del hombre y la justicia de Dios.

La idea esencial de este pasaje es la de la "muerte con Cristo". Para la Biblia, Dios es la vida y su plan es un plan de vida. La muerte física es un accidente que la mentalidad judía atribuye al pecado. Heredero de ese concepto judío, San Pablo enlaza la muerte natural y la muerte espiritual del pecado.

Cristo es el primero en penetrar en la muerte no con el pecado, es decir, la voluntad de vivir por sí mismo, sino, al contrario, con una fidelidad absoluta y una adhesión completa a su Padre, confiando en que éste le salvaría. Así, la muerte de Cristo suprime el nexo que existía hasta entonces entre muerte y pecado; así, su muerte es realmente liberadora del pecado, puesto que descubre un hombre capaz de ser liberado de la muerte y de resucitar simplemente porque se pone en manos de su Padre. Así, la muerte no es un accidente en el plano divino de la difusión de la vida, sino precisamente aquello por lo que Dios entrega su vida al hombre.

El bautismo nos une a la muerte de Cristo en el sentido de que nos hace adherirnos al Padre y no ya a nosotros mismos, y también en el sentido de que es el rito mediante el cual significamos nuestro deseo de realizarnos en nuestro futuro de hombres, realizándolo en la comunión con Dios (vv. 3-6). Nuestro bautismo se asemeja además a la muerte de Cristo (v. 11) en el sentido de que nos coloca en las mismas posiciones suyas y bajo la influencia de la misma iniciativa salvífica del Padre.

Aunque el cristiano sigue abocado a la muerte física, como todos los hombres, tiene la posibilidad, gracias al bautismo, semejante a la muerte de Cristo, de entrar en la muerte como un Dios ha entrado en ella, con plena disponibilidad respecto del Otro. Entonces le es ya posible vencer a la muerte espiritual del pecado, que es precisamente negativa a aceptar la intervención divina en la realización de nuestro destino. O dicho de otra forma: la muerte es la experiencia en la que mejor podemos alcanzar a Dios en el desprendimiento de nosotros mismos, ya que la única cosa que sabemos de Dios en Jesucristo es que no vive más que para dar, aunque sea muriendo. Morir con la misma disponibilidad de uno respecto al otro es vivir de la vida misma de Dios, y eso nos lo proporciona ya el bautismo.

Al beneficiar al cristiano de la muerte al pecado, el bautismo le permite participar en el plano de vida de Dios, viviendo ya, incluso abocado a la muerte, de una vida nueva donada por Dios (vv. 4-5). Reorientado ya por su bautismo en esa vida nueva, el cristiano puede considerar la muerte como un hecho pasado: el que ha muerto está liberado del pecado. Ahora bien, el cristiano bautizado ha pasado ya por lo esencial de la muerte: esa muerte espiritual del pecado, y ya ha salido gracias a la intervención de Dios.

San Pablo insiste en el hecho de que la resurrección de Cristo no es tan solo un hecho aislado, prenda de una resurrección futura, sino que nos compromete ya desde ahora con Él. Estamos ya muertos "con él" (v. 3), estamos ya enterrados "con él" (v. 4), vivimos ya "con él" una vida nueva (v. 5).

Estamos ante  un tema  típico de la cristología paulina.

San Pablo presenta a Cristo en cuanto hace referencia salvadora a nosotros.

San Pablo parte de una sencilla reflexión acerca del bautismo. El bautismo nos ha sumergido en la muerte de Cristo, hemos sido sepultados con él; pero también hemos resucitado con él para llevar una vida nueva. Es el bautismo el que nos hace participar plenamente del misterio pascual de Cristo, el signo que es una semejanza de la muerte y resurrección de Cristo y encierra en sí toda su realidad y actualidad.

La doctrina es sencilla y rigurosa; su puesta en práctica se revela difícil y siempre en situación de comenzar de nuevo.

Así la Resurrección la relaciona con sus efectos en la humanidad. Se fija en la transformación que comporta a los hombres que participan en ella. Evidentemente, se trata de una transformación para la salvación de estos hombres. Esta unión de Cristo y el cristiano se da en el bautismo y en la fe (téngase presente el modelo del bautismo de adultos, en el que la relación fe-sacramento es más clara que en el de niños). A partir de ahí, nos hacemos solidarios con el Señor resucitado, igual que él se ha hecho solidario con nosotros en su condición humana. Somos como arrastrados hacia su destino glorioso.

Esta condición nueva es descrita en estos versículos con las imágenes de vida y libertad, que se repiten a lo largo de este capítulo. Especialmente en el paso "muerte a vida" se intenta visualizar la transformación ocurrida. Lo cual indica la profundidad de ella. Supera con mucho los límites de una ética o una moral para colocarse en el plano del ser, que San Pablo describirá otras veces con vocabularios como "nueva creatura", "hombre nuevo", etc.

"Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo...": La vida del cristiano debe identificarse con las acciones salvíficas de la vida de Cristo, que para san Pablo se centran en la muerte, sepultura y resurrección. La fe y el bautismo nos introducen en ellas. Y así como el poder y la gloria del Padre se manifestaron en la resurrección de Cristo, también se manifiestan en el bautizado por el hecho de participar en la vida nueva del Resucitado. - "Si hemos muerto en Cristo, creemos que también viviremos con él...": La vida nueva del cristiano es, sin embargo, solo perceptible por la fe. Cristo no resucitó sólo para reivindicar su mesianidad o su justicia, sino en orden a llevar el hombre a una vida nueva por la fuerza del Espíritu.

 

El evangelio de  San Mateo (Mt 10,37-42), es continuación del domingo anterior y recoge  las palabras de recomendación y de ánimo dadas por Jesús al nuevo Pueblo de Dios en previsión de las dificultades que ciertamente experimentará, al decidir seguir es estilo de vida evangélico.

Los vv. 37-39 tratan específicamente de la adhesión personal e íntima que hay que dar a Jesús para seguirle.

El v. 37 utiliza un lenguaje profético: rápido, intuitivo, desconcertante. Un lenguaje que busca concienciar al oyente de una necesidad imperiosa. va dirigido a todos y cada uno de los componentes del nuevo Pueblo y no a un grupo especial o de aspirantes a la perfección. No es fin en sí mismo sino medio para algo.

Descubrir este "para algo" es dar con el sentido de lo que se dice. El "para algo" de nuestro tema es la urgencia imperiosa de un nuevo Pueblo que revele y sustituya al viejo y decrépito pueblo religioso. La necesidad de un nuevo Pueblo religioso es un objetivo indeclinable; su existencia no se puede diferir en absoluto. El v. 37 no establece una jerarquía o una prioridad de sentimientos o afectos (primero Jesús, después la familia). Jesús no reclama el afecto de sus seguidores. Jesús sencillamente resitúa el mundo del sentimiento en el marco de un objetivo que dé a ese mundo una perspectiva, un horizonte, una razón de ser última.

Este mismo objetivo de bien común del que Jesús es el primer seguidor, está a la base del v. 38. La idea del versículo es la siguiente: seguir a Jesús es seguirle por un camino de sufrimientos públicos y violentos.

"Tomar la propia cruz" no es una expresión metafórica. La Cruz no es el medio y el símbolo de la unión mística del cristiano con Cristo. La cruz es el medio para hacer morir a Jesús y a sus discípulos. Jesús no prescribe a sus discípulos hacerse una cruz para seguirlo hasta el Calvario; pero tampoco alude a cualquier clase de sufrimientos más o menos vagos. Anuncia a sus discípulos la misma violencia y el mismo desprecio público que soportará él mismo. Por consiguiente, no se trata principalmente de cargar consigo mismo (identificando la persona con la cruz), ni de cargar para ofrecerlo a Jesús o aceptar tal o cual sufrimiento personal, ni de reconocerse culpable ante Dios, ni siquiera de imitar a Jesús, sino de prever y aceptar la soledad humana y la oposición violenta y cuasi oficial.

"Tomar la cruz" es lo que en el v. 39 viene expresado como "perder la vida". Son expresiones equivalentes para significar "morir de muerte violenta". Pero Jesús dice a su discípulo que esta disponibilidad hasta dejarse matar es la verdadera manera de ser uno mismo, de ganarse, de vivir.

En la línea del domingo anterior, el v. 39 es una palabra de ánimo a quien puede comprensiblemente experimentar el desánimo por lo difícil de la situación.

El v. 40 es la  conclusión de la instrucción a los apóstoles. Lo que es una adquisición personal, el conocimiento de la persona de Jesús, tienen que llegar a plenitud por la vida. Vivir la fe es construir la vida, no con una pretenciosa relevancia, sino con una sencilla colaboración. Así, dar hospitalidad al mensajero no es solamente recibir con los brazos abiertos al hermano, sino también acoger la palabra, aceptar el vivir como lo exige el compromiso adquirido ante Jesús. Palabras difíciles del evangelio, pero cargadas de esperanza.

En la línea de levantar el ánimo están redactados los vs. 40-42. Estos versículos  harán ver que esta adhesión íntima a Jesús tendrá que hacerse totalmente pública.

Al final de la instrucción de los doce, se hace la alabanza para con aquellos que los recibirán, y recibirán por medio de ellos el mensaje. El mismo Jesús se identifica con ellos, está presente en quienes anuncian el Evangelio. Aquí los doce representan toda la comunidad de los discípulos, en la que hay "profetas", "justos" y "pequeños". Este último adjetivo los caracteriza de una forma muy conforme con la primera bienaventuranza (5,3). Posiblemente se refieran a todos aquellos nuevos miembros recién incorporados a su comunidad, procedentes del paganismo, y que son observados a distancia por los judeocristianos.

 

Para nuestra vida

En la primera lectura (2 R 4, 8-11. 14-16a) contemplamos al profeta portador de la Palabra, auténtica y poderosa de Dios. El tema se enmarca en relatos de mujeres estériles que dan a luz. Lo que los ángeles realizaron en Sara y en las otras mujeres estériles al darles la fecundidad, es capaz de realizarlo también la Palabra, en beneficio de una pagana. El profeta es, pues, depositario real de la Palabra creadora y vivificante de Dios.

Es sabido que una mujer que no tiene hijos propios proyecta sobre un extraño su afecto maternal. Eliseo, que ha abandonado su familia para ponerse al servicio de Dios, es aquí el beneficiario de esta bondad. Así, el complejo psicológico se convierte en actitud de hospitalidad y de acogida.

Pero acoger a una persona insignificante significa acoger a Dios mismo (Mt 10. 40): la mujer experimenta este hecho beneficiándose de la visita de Dios. Al poner todo su ser al servicio de la hospitalidad, esta mujer descubre en Dios el secreto de su bondad.

El profeta sabe descubrir la necesidad y promete un hijo. Cada uno de nosotros como nuevos mensajeros del Señor también debemos saber ser útiles a la humanidad y no perderse en discursos largos y demasiadas veces vacios que ni siquiera nosotros mismos nos los creemos.

Eliseo, no pensaba al principio hacer milagros, pero le anuncia proféticamente que a la vuelta de un año tendrá el hijo deseado. Lo mismo que Sara, la madre de Isaac, esta mujer recibe el anuncio con escepticismo. Pero también ahora se va a cumplir la palabra de Dios, la palabra del profeta. En ambos casos, el nacimiento del hijo prometido será una recompensa de Dios a la hospitalidad prestada a sus enviados. Siglos más tarde, Jesús establecerá esta ley de retribución: "Quien reciba a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta" (evangelio de hoy).

 

El salmo (Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19), nos sitúa ante una actitud de agradecimiento a Dios.

Este salmo, dedicado a la Casa de David, podemos destacar dos aspectos que también se aplican a los cristianos de hoy: la fidelidad de Dios y la alianza con él.

El salmista escribe en un contexto histórico de apogeo del pueblo judío: su monarquía se consolida, David levanta su capital, Jerusalén, y quiere erigir un templo al Señor. La fórmula de la alianza o el pacto es un recurso muy utilizado por los autores bíblicos para expresar esa fidelidad de Dios hacia su pueblo. Aquí, se centra en David y su linaje.

Se trata de un pacto muy peculiar, pues el único que se compromete, en él, es Dios. Dios promete incondicionalmente su protección, su misericordia y su favor a David y a su estirpe, para siempre. 

A la luz de la venida de Cristo, la lectura del salmo va mucho más allá de un pacto “político” entre Dios y una dinastía real. La casa de David, su descendencia, culmina en Jesús. Y, a partir de él, el pacto de Dios se extenderá no solo al pueblo judío, sino a toda la humanidad. Todos los hombres y mujeres del mundo serán los elegidos de Dios.

Frente al moderno agnosticismo, que cuestiona la existencia de Dios apoyándose en su pretendido abandono del mundo, los salmos ven la mano amorosa del creador presente en la historia. Si nosotros aprendemos a dilucidar esa fidelidad de Dios en nuestra historia personal, en cada acontecimiento de nuestra vida, veremos cómo todo adquiere un sentido. Y descubriremos que Dios ha estado a nuestro lado siempre, en el dolor y en las alegrías, en las dificultades y en la prosperidad.

Por otra parte, al igual que sucede con la Casa de David, el pacto de Dios es muy desigual, muy desproporcionado. Porque Dios se compromete a amarnos, a cuidarnos y a sernos fiel, independientemente de lo que hagamos nosotros, ¡así respeta nuestra libertad! No nos pide nada a cambio. Tan solo nos hace falta abrirnos a su amor. Así es Dios, desmesurado y magnificente en su generosidad. ¿Cómo no cantar eternamente sus misericordias?

Es muy importante como nos dice San Agustín que Dios es el que realmente obra: "Es así, dices, como yo edifico; pero a algunos los destruyes para edificarlos. Porque si ningunos fueran destruidos para ser edificados, no se le habría dicho a Jeremías: Mira que te he puesto a ti para destruir y para edificar[7]. Y, sin duda, todos los que adoraban a los ídolos y rendían culto a las piedras, no habrían podido ser edificados en Cristo, si antes no fueran destruidos en su primer error. Además, si algunos no fueran destruidos, para no ser ya edificados, no se habría dicho: Los destruirás, y ya no los edificarás2. Ahora bien, para que no se pensase, por los que son destruidos temporalmente, y luego reedificados, que lo serían también temporalmente, el salmista, cuya boca está al servicio de la verdad de Dios, se atiene a la misma verdad de Dios. Por eso anunciaré, por eso hablo: Porque tú has dicho; yo, hombre hablo con seguridad, porque tú, Dios, has hablado; y, aunque yo titubee con mi palabra, seré confirmado con la tuya. Porque tú has hablado. ¿Y qué dijiste? La misericordia será edificada para siempre. Tu verdad será afianzada en los cielos. Repite ahora lo que había dicho al principio: Cantaré eternamente, Señor, tu misericordia; y mi boca proclamará tu verdad de generación en generación". (San Agustín. Salmo 88 I).

 

En la segunda lectura (Rm 6,3-4.8-11) San Pablo insiste en el hecho de que la resurrección de Cristo no es tan solo un hecho aislado, prenda de una resurrección futura, sino que nos compromete ya desde ahora con Él.

Estamos ya muertos "con él" (v. 3), estamos ya enterrados "con él" (v. 4), vivimos ya "con él" una vida nueva (v. 5)..., cinco veces aparece la palabra "con" en estos pocos versículos para que el cristiano tome conciencia de que el bautismo ya le ha sumergido en el proceso que le conduce a la resurrección. La muerte natural no puede comprometer el desarrollo de un proceso que hace penetrar cada vez más en nuestros miembros una vida divina, a la medida de nuestra imitación del servicio, del desprendimiento de uno mismo, del amor que constituyen las características de la muerte del Hombre-Dios y de la vida de Dios.

Esta intima relación de la resurrección  de Cristo con la humanidad, tiene dos consecuencias:

* Esta nueva vida es operativa y no sólo interna. Y esa actividad conforme a la nueva condición no es automática, sino requiere una actitud por parte del cristiano. Por ello se combinan en el tema expresiones en indicativo que expresan lo sucedido de hecho, y en exhortativo, que animan a vivirlo consciente y humanamente. Con Cristo hemos muerto al pecado, pero tenemos que considerarnos muertos a él y vivir conforme a eso. Tenemos vida nueva, pero hay que vivirla para Dios. Es una tensión entre el ser que ya se es y el deber ser que lo pone en la práctica por así decirlo. No se puede olvidar ninguno de estos extremos.

* Otra consecuencia es la eterna tensión escatológica, en la base de la expresión anterior, entre el "ya" -lo que se es- y el "todavía no" -el vivirlo seriamente.

En adelante, nuestra vida es nueva y, por consiguiente, también su orientación es nueva. Porque nos hemos convertido en ese Cristo del que nos hemos revestido, y porque ese Cristo que somos ha muerto al pecado y vive para Dios en Cristo.

Cambiar de mentalidad, revisar la orientación de nuestra vida, conformar nuestros juicios de valor con aquello en que nos hemos convertido, en esto consiste la actividad primordial de todo hombre bautizado en Cristo. La severidad de esta condición de vida no es más que una de sus facetas; todos cuantos hacen la experiencia de esta incesante búsqueda de adaptación a su nuevo ser, saben que es un trabajo de esperanza capaz de entusiasmar y origen de paz y de gozo. Es preciso desear "gustarlo" y no creer que se trata únicamente de la pretensión de los "especialistas" de la vida cristiana. En realidad, es el ideal fundamental de todos cuantos han optado por Cristo.

 

En las palabras del tema evangélico (Mt 10,37-42) de la misión distinguimos dos secciones: en primer lugar, la necesidad que tiene aquel que es enviado de una adhesión personal a Cristo por encima de todo; y, en segundo lugar, la acogida que deben recibir los que son enviados.


En la primera nos encontramos con los apegos naturales de la condición humana. El hecho de colocar el amor a los padres y a los hijos y el amor a Cristo uno junto al otro, no significa de ninguna manera un desprecio para el primero. Lo que quiere subrayarse es la exigencia y el sentido de totalidad que debe tener el amor a Cristo. Jesús no reclama para sí el mundo de los afectos familiares. Lo que pide es que esos afectos sirvan para un objetivo de bien común, y no para cerrarse en sí mismos.

La visión que Jesús tiene de los lazos familiares no es negativa; solamente quiere decir que, cuando la familia, en el grado o nivel que sea, llega a constituir un obstáculo para el reino, es preciso romper y hacer una clara opción por Jesús. No se pone tanto el acento en una situación límite cuanto en lo absoluto del reino, en la total disponibilidad del que va por los caminos de la fe.

La exigencia del seguimiento de Cristo es tan fuerte que pone en juego a toda la persona, de tal modo que esta debe estar dispuesta a perder su propia vida, a renunciar a sí mismo. La exigencia del amor a Cristo parece que va aumentando en intensidad en estas sentencias iniciales: en caso de conflicto, el discípulo será lo suficientemente libre como para que el amor humano no sea un impedimento para seguir a Cristo. Y esta vida de seguimiento es definida como tomar la cruz juntamente con el Maestro, como signo de la actitud de entrega personal y de sufrimiento que esto lleva consigo. Esta actitud supone, evidentemente, no tener miedo a perder la propia vida -lo mejor que tiene el hombre- por fidelidad a Cristo. Esta actitud va acompañada de una promesa: estos serán los únicos que verdadera y definitivamente se apropiarán de la vida.

Fijémonos ahora en la segunda "El enviado es igual que aquel que le envía". Las palabras de Jesús del versículo 40 ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí...") encajan perfectamente en esta idea corriente en el mundo judío. La dignidad le viene al discípulo de la palabra que le ha sido confiada por el propio Jesús, y, a través de Jesús, por el Padre. "Recibir" al discípulo no significará sólo ofrecerle hospitalidad, sino sobre todo aceptar la palabra de la que es portador. La actitud que se adopte para con el enviado es reflejo de la actitud que se tiene hacia Cristo.

El evangelio de hoy presenta diversas instrucciones de Jesús respecto al comportamiento que los discípulos deben adoptar durante el ejercicio de su misión.

Lo que más llama la atención en estas instrucciones son dos advertencias:

(a) la frecuencia con que Jesús alude a las persecuciones y a los sufrimientos que tendrá;

(b) la insistencia tres veces repetida para el discípulo invitándolo a no tener miedo.

 ( V.37). Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí.        Lucas presenta esta misma frase, pero mucho más exigente. Dice literalmente: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.” (Lc 14,26). ¿Cómo combinar esta afirmación de Jesús con aquella otra en la que manda observar el cuarto mandamiento: amar y honorar al padre y a la madre? (Mc 7,10-12; Mt 19,19). Dos observaciones:

(a) El criterio básico en el que Jesús insiste es éste: la Buena Nueva de Dios ha de ser el valor supremo de nuestra vida. No puede haber en la vida un valor más alto.

 (b) La situación económica y social en la época de Jesús era tal que las familias eran obligadas a encerrarse en sí misma. No tenían condiciones para mantener las obligaciones de convivencia comunitaria como, por ejemplo, el compartir, la hospitalidad, la comunión alrededor de la mesa y la acogida a los excluidos.

Ese repliegue individualista sobre ellas mismas, causado por la coyuntura nacional e internacional, provocaba las siguientes distorsiones:

 (a) Imposibilitaba la vida en la comunidad.

(b) Reducía el mandamiento “honor al padre y a la madre” exclusivamente a la pequeña familia nuclear y no alargaba a la gran familia de la comunidad.

(c) Impedía la manifestación plena de la Bondad de Dios, pues si Dios es Padre/Madre, nosotros somos hermanos y hermanas unos de otros. Y esta verdad ha de encontrar su expresión en la vida en comunidad. Una comunidad viva y fraterna es el espejo del rostro de Dios. Convivencia humana sin comunidad es como un espejo rajado que desfigura el rostro de Dios. En este contexto, lo que Jesús pide “odiar al padre y a la madre” significaba que los discípulos y las discípulas debían superar la cerrazón individualista de la pequeña familia sobre si misma y alargarla a la dimensión de la comunidad. Jesús mismo practicó lo que enseñó a los otros. Su familia quería llamarlo para que volviera, y así la familia se encerraba en sí misma. Cuando le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”, él respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y mirando a las personas a su alrededor dice: “Aquí están mi madre y mis hermanos. Quien hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3,32-35).

 ¡Alargó la familia! Y éste era y sigue siendo hasta hoy el único camino para que la pequeña familia pueda conservar y transmitir los valores en los que cree.

 ( VV.38-39). Las exigencias de la misión de los discípulos. En estos dos versículos, Jesús da dos consejos importantes y exigentes:

1.-  Tomar la cruz y seguir a Jesús: Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Para percibir todo el alcance de este primer consejo, es conveniente tener presente el testimonio de San Pablo: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.” (Gal 6,14). Cargar la cruz supone, hasta hoy, la ruptura radical con el sistema inicuo vigente en el mundo.

2.-  Tener el valor de dar la vida: El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Sólo se siente realizado en la vida aquel que fue y es capaz de darse enteramente a los demás. Pierde la vida aquel que quiere conservarla sólo para sí. Este segundo consejo es la confirmación de la experiencia humana más profunda: la fuente de vida está en el don de la propia vida. Dando se recibe. Si el grano de trigo no muere, ..… (Jn 12,24).

 ( V. 40) La identificación del discípulo con Jesús y con el propio Dios. Esta experiencia tan humana de don y de entrega recibe aquí una aclaración, una profundización. “Quien os recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado”. En el don total de sí el discípulo se identifica con Jesús; allí se realiza su encuentro con Dios, y allí Dios se deja encontrar por aquel que le busca.

 ( VV. 41-42).  La recompensa del profeta, del justo y del discípulo. Para concluir el Sermón de la Misión sigue una frase sobre la recompensa: «Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá.

  «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa

El justo es reconocido por su comportamiento, por su manera perfecta de observar la ley de Dios. El discípulo no es reconocido por ninguna calidad o misión especial, sino sencillamente por su condición social de gente pequeña. El Reino no está hecho de cosas grandes. Es como un edificio muy grande que se construye con ladrillos pequeños. Quien desprecia al ladrillo, nunca tendrá el edificio. Hasta un vaso de agua sirve de ladrillo en la construcción del Reino.

  Ahora Jesús se va para practicar aquello que enseñó. Y es lo que veremos en los capítulos 11 y 12 del evangelio de San Mateo. 



Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] Sal 24,10

[2] Rm 11,1.2

[3] Ef 2,20

[4] Rm 15,8.9

[5] Sal 18,2.4.5

[6] 1Co 1,31

[7] Jr. 1,10

viernes, 5 de junio de 2026

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 7 de junio de 2026.

 

 Comentario a las  lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 7 de junio de 2026.

Hoy celebramos los católicos el día del Corpus, el día de la Caridad y del amor fraterno. Durante muchos años, y siglos, la celebración del día del Corpus, fue uno de los tres jueves que relucían más que el sol, tenía su representación más visible en la procesión solemnísima en la que el pueblo cristiano acompañaba, entusiasmado, por calles y plazas, al sacerdote que portaba en alto la custodia con el Santísimo.

Fiesta antigua en la Iglesia, surgió en la Edad Media, cuando en 1208 la religiosa Juliana de Cornillon promueve la idea de celebrar una festividad en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía. Así, se celebra por primera vez en 1246 en la diócesis de Lieja (Bélgica).

En el año 1263, mientras un sacerdote celebraba la misa en la iglesia de la localidad de Bolsena (Italia), al romper la Hostia consagrada brotó sangre, según la tradición.  Este hecho, muy difundido y celebrado, dio un impulso definitivo al establecimiento como fiesta litúrgica del Corpus Christi. Fue instituida el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV, mediante la bula Transiturus hoc mundo. A Santo Tomás de Aquino se le encargó preparar los textos para el Oficio y Misa propia del día, que incluye himnos y secuencias, como Pange Lingua (y su parte final Tantum Ergo), Lauda Sion, Panis angelicus, Adoro te devote o Verbum Supernum Prodiens.

En el Concilio de Vienne de 1311, Clemente V dará las normas para regular el cortejo procesional en el interior de los templos e incluso indicará el lugar que deberán ocupar las autoridades que quisieran añadirse al desfile.

En el año 1316, Juan XXII introduce la Octava con exposición del Santísimo Sacramento. Pero el gran espaldarazo vendrá dado por el papa Nicolás V, cuando en la festividad del Corpus Christi del año 1447, sale procesionalmente con la Hostia Santa por las calles de Roma.

En muchos lugares es una fiesta de especial relevancia. En España existe el dicho popular: Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, lo que da idea del arraigo de esta fiesta.

Las celebraciones del Corpus suelen incluir una procesión en la que el mismo Cuerpo de Cristo se exhibe en una custodia.

  En la Iglesia hoy celebramos coincidiendo con el Día del Corpus Christi el Día de Caridad. Hoy, al contemplar la Eucaristía, nuestros ojos se van en dos direcciones: hacia la calle (necesitada de la presencia del Señor, aunque algunos la rechacen) y hacia las personas (custodias de carne y hueso en donde nos hemos de afanar mediante el obrador de la caridad). Calle y personas son un binomio excepcional e imprescindible para entender el Corpus: sin caridad y sin testimonio público…la fe se queda demasiado empobrecida y vacía de amor y testimonio.

 

La primera  lectura del libro del Deuteronomio  (Dt 8, 2-3. 14b-16a). Este libro exhorta al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. Trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Recuerda que fue Dios quien liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Pero estos acontecimientos del pasado histórico de Israel los interpreta el autor, como un proceso educativo bajo la dirección sapientísima de Dios, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Por lo tanto, la historia de la liberación coincide con la historia de la educación y de la formación de Israel.

Por eso es importante recordarla en todo momento; pues, si Israel se olvida de la educación recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes.

La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor.

Cuando el autor escribe estas palabras -que él atribuye a Moisés- el pueblo de Israel vive ya tranquilamente en la tierra que le había sido prometida, una tierra que mana leche y miel. Pero la fertilidad de la tierra y la tierra misma se pueden perder. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto. El autor ve este peligro y avisa la conciencia del pueblo con el recuerdo de sus orígenes.

El desierto es visto por el autor del Deuteronomio, y por algunos profetas, como un lugar de prueba, y el tiempo que el pueblo pasó en él después de la salida de Egipto es visto como un tiempo en el que el Señor educó a su pueblo. La tentación, la prueba es para "conocer tus intenciones".

El maná no sale de la boca de Dios, pero es una señal evidente de la fidelidad eficaz de la palabra que sale de su boca. La referencia a la "palabra de Dios", que da la vida al hombre, la encontramos también en los profetas, y el evangelio de Mateo ha utilizado este texto para hablar de la opción que hace Jesús ante la tentación.

El pueblo debe recordar el camino del desierto, debe recordar que el Señor le liberó de la tierra de esclavitud. Y ahora, cuando el pueblo se ha convertido ya en sedentario, tiene la tentación de olvidar su origen y a Aquél que es su vida. Ahora pueden olvidar al Señor, ya que recogen la cosecha de los campos y tienen agua en las fuentes y los ríos. El recuerdo del pasado les hará presente la mano amorosa del Señor, que continúa actuando, alimentando a su pueblo.

 

 

El responsorial es el Salmo 147  (Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 ). Este salmo, en el texto hebreo, es la segunda parte del salmo 146 y  continuación del mismo tema: Himno de alabanza a Dios Señor de todo y cuya bondad se  manifiesta en toda clase de beneficios. Para los pueblos rurales de otros tiempos, la  "ciudad", rodeada de murallas y protegida por sólidas puertas, era el símbolo de la  seguridad. Para los pueblos flagelados por el hambre, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Para los pueblos de países cálidos, los fenómenos  meteorológicos del invierno (nieve, escarcha, hielo) ocurren raras veces y son símbolos de  lo irreal, de lo sobrenatural, de lo admirable... Maravillas que sólo Dios puede realizar.

(vv. 12-13) Comienza la tercera estrofa del salmo doble 146-147 con nueva invitación, empalmando con el verso 2: a la vuelta del destierro, los habitantes de la ciudad reconstruida viven seguros y en paz y prosperidad. La historia dramática desemboca en la vida cotidiana serena.

Dios es protector, vv. 12-14 Aquí empieza el Salmo 147 en la LXX. La mención de Jerusalén y cerrojo de tus puertas (vv. 12, 13) sugiere el tiempo de Nehemías. Lo que se destaca es que Dios protege a su pueblo e incluye con su protección bendiciones materiales, crecimiento, paz y abundantes alimentos.

(vv. 14-15)  El salmista sigue alabando a Dios por lo que hace; Dios manda y se cumple su mandato inmediatamente. Dios está activo aun en la nevada y la provisión de agua en los ciclos de la naturaleza. La mención de mensaje y palabra (v. 15) dirige al salmista a otro gran motivo de alabanza: la Palabra que Dios ha dado a su pueblo. Aquí se refiere a las Escrituras, pues habla de leyes y decretos. ¡Qué bueno que Dios no solamente nos “programa” sino que nos “habla”, busca relación personal con los seres humanos! Otras naciones reciben igual la revelación de Dios a través de sus provisiones de lluvia y alimento; pero sólo confió sus palabras a Israel. No hay otra revelación semejante. Dios escogió un pueblo para ser su instrumento en proveer para todos su salvación y sus instrucciones sobre la vida.

El salmista no está despreciando a las otras naciones; está alabando a Dios por este gran privilegio.

 (vv. 19-20) Dios se revela a su pueblo. La palabra de Dios tiene otra dimensión: es revelación de la voluntad divina a un pueblo escogido para establecer un orden religioso.

La única Palabra de Dios, creadora y reveladora, ha sido anunciada a Jacob, confiada al pueblo de Israel. La Palabra de Dios crea a Israel. Con la peculiaridad de que esa Palabra rebasa las estrechas fronteras de Israel, corre veloz por toda la tierra y se forma un pueblo ingente. El judío ortodoxo y el heterodoxo, así como también el pagano, están convocados por una misma Palabra. Quien cree en la Palabra venida a nosotros, como los samaritanos, como el funcionario regio con toda su familia, no será condenado. Ha aceptado la Luz que posibilita llegar a ser hijos de Dios. Con ninguna nación obró Dios como con nosotros. Exultantes, glorificamos al Señor nuestro Dios.

Israel no olvida nunca que el mayor beneficio es el maravilloso don de la "Ley", de la  "alianza" de Dios con su pueblo: ningún otro pueblo fue tratado de igual manera, ningún  otro pueblo conoció sus voluntades. Estos dos temas, el de la intervención de Dios en la  historia y el de la intervención de Dios en la naturaleza están estrechamente unidos por el  tema de la "Palabra", del "Verbo" de Dios: es el mismo Dios "que se expresa" en los dos  casos... Y las maravillas del cosmos son como la garantía de la verdad de su ley. El hombre  que conoce la voluntad de Dios tiene la posibilidad de saber "la ley de su ser": es una  seguridad de éxito. Lejos de considerar la ley como una sujeción o un peso, Israel la  considera como liberadora. Se la ama, como la luz que permite caminar sin vacilar. Saber lo  que es "bueno para el hombre", saber "lo que lo destruye", ¡qué beneficio!          
Muy grafica de la intención orante del salmo es la estrofa repetida: R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

 

La segunda lectura  es de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios (1 Cor 10, 16-17). Este texto es parte de una carta dirigida a una comunidad marcada por las divisiones.

El texto de hoy está en mitad de una argumentación contra la participación en los sacrificios paganos. En él, San Pablo explica el significado de la Eucaristía como en ningún otro texto del NT. El cáliz de la bendición era una expresión judía para designar la cena pascual. Se refería a la tercera copa que se bebía durante la cena, la más importante, ya que era el momento en que el padre de familia pronunciaba la acción de gracias o bendición. Al decir "que nosotros bendecimos", probablemente hace alusión a las palabras de acción de gracias que pronunciamos los cristianos sobre la copa, las mismas de Jesús en la última cena.

El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo. Bebiendo este cáliz, los cristianos entran en comunión con el mismo Cristo, que ha derramado su sangre, realizando así la obra de la reconciliación.

Seguidamente San Pablo pasa a hablar del pan partido (que pronto significó la Eucaristía) como comunión con el cuerpo de Cristo, estableciendo un paralelismo evidente entre cáliz y pan, sangre y cuerpo. Pero enseguida hace un giro sorprendente: ya no habla del cuerpo de Cristo sino de la comunidad.

De hecho, continúa hablando del cuerpo de Cristo, como hará evidente en el capítulo 12 de la carta. Participar del mismo pan implica formar parte del mismo cuerpo, del único cuerpo de Cristo.

Así comenta San Agustín este texto:

" Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche, pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creéis, no comprenderéis (Is 7,9 LXX). Ahora podéis decirme: «Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendamos». En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: «Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado en un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, y allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?».

A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el amén, y vuestra respuesta es vuestra rúbrica. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén». Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.

¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto; escuchemos de nuevo al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento dice: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10,17). Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan. ¿Quién es este único pan? Siendo muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se elabora de un único grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como aspergeados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.

Lo que hemos de decir respecto al cáliz, aún sin indicarlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible del pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un único vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí." (San Agustín. Sermón 272)


ALELUYA Jn 6, 51-52Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor, quien coma de este pan vivirá para siempre”.

 

El evangelio es de San Juan  (Jn 6, 51-58) El texto nos sitúa después del relato de la multiplicación de los panes. San Juan continúa con el discurso del pan de vida, que al final se transforma en discurso de la Eucaristía, que es el que leemos hoy. Jesús se presenta como el pan vivo, bajado del cielo, que da vida por siempre. Así hace la transición del discurso del pan al discurso de la Eucaristía.

El versículo inicial articula las tres afirmaciones centrales de todo el texto. Primera afirmación: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Segunda: El que coma de este pan vivirá para siempre. Tercera: el pan que yo voy a dar es mi carne.

 

“Yo soy el pan vivo”. En razón de los interlocutores esta afirmación corrige un punto de vista que veía en la Ley el alimento bajado del cielo. Los interlocutores son "los judíos", una expresión que en el cuarto evangelio designa habitualmente a las autoridades religiosas judías. Jesús es el pan vivo porque es el enviado del Padre, que es quien posee la vida y se la ha conferido (v. 57). A la vida que procede de Dios se le denomina vida eterna. La expresión atiende más al origen y cualidad de la vida que a la temporalidad.

“El que coma de este pan vivirá para siempre” . Jesús posee la vida de Dios y la transmite a los humanos. El que me coma vivirá gracias a mí. Ahora sí se resalta explícitamente la dimensión de la temporalidad-eternidad. Jesús introduce esta dimensión-realidad, insospechada y desconocida con anterioridad: No es como el pan de vuestros antepasados, que lo comieron y murieron.

“El pan es mi carne” . Se trata de otra formulación de la primera afirmación. La carne y la sangre de Jesús son expresiones para designar a Jesús como ser humano y concreto. La nueva formulación sirve para resaltar el carácter de realidad que tiene la comida. A través de esta comida el ser humano hace suya la vida divina y forma comunidad con Jesús.

El término carne designa la realidad humana, con todas sus posibilidades y debilidades. Recordemos que en el prólogo de este evangelio se dice que la Palabra se hizo carne. Observemos que Juan no utiliza el término cuerpo, probablemente porque quiere subrayar la realidad de la encarnación.

La reacción de los judíos, que seguramente manifiesta los equívocos que provoca en ciertos ambientes la Eucaristía, da pie para insistir tenazmente en el realismo eucarístico, que quiere salvaguardar la encarnación.

Carne y sangre expresan la totalidad de la vida. Comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre es participar de la vida divina. Efectivamente, Jesús, enviado del Padre, tiene la vida del Padre; los que comen la carne y beben la sangre de Jesús (su vida) tienen la vida de Jesús, que es la vida del Padre. Por eso la vida recibida es eterna.

Más aún, se afirma que sólo se puede tener vida si se participa de la vida de Jesús. La comparación con el maná ayuda a subrayar este sentido. El pan de la Eucaristía da la vida por siempre: es el pan salvífico.

También habría que tener en cuenta que, así como la carne nos recuerda la encarnación de Jesús, la sangre nos recuerda su muerte en la cruz. Así, participar de la vida de Jesús comporta asumir a fondo la propia humanidad, como hizo Jesús, y, como él, dar la vida por amor.

El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).

Por último, cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en Jesucristo, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.

Para nuestra vida

Conmemoramos hoy la permanencia real de Cristo en la tierra, bajo las especies de pan y vino, en la Eucaristía. Es algo tan grande que sólo es posible explicarlo, partiendo de algo muy íntimo. Y así, en mi experiencia personal arroja un balance de enorme importancia la recepción diaria de la eucaristía. Celebración y comunión, responden a una necesidad que tiene mucho de espiritual, pero que también incide en lo físico.

La presencia  real de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual intima. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de la comunión. No es un espejismo, no es una falsa emoción.

No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien "terreno" que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es predibujarles con las obras de nuestra vida  tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación, amor y cuidado espiritual.

El hecho de que hoy se celebre el "Día de la Caridad" y que hagamos la colecta a favor de Cáritas, nos ayudará a remarcar el vínculo indisoluble entre la comunión eclesial y la comunión con los pobres: el pan eucarístico, don del amor de Dios, nos mueve a compartir el pan de cada día. El alimento de nuestra fe nos hace ser alimento para los demás, para los pobres; nos hace descubrir la voluntad de Dios: que el pan de cada día sea para todos.

 

La primera lectura, sacada del Libro de Deuteronomio, nos lleva al desierto, porque el desierto ayuda a vivir con intensidad, ayuda a vivir el momento presente, ayuda a dar sentido a nuestra sed, nos recuerda nuestras carencias y nos encamina a la interminable sorpresa que da la búsqueda de un sustento gratuito capaz de saciar nuestra hambre de lo auténtico.

El camino del desierto quedó como paradigma, como ejemplo que sería recordado muchas veces. Fueron momentos inolvidables en los que Dios estuvo cerca de su pueblo como nunca. El desierto se convertía así en una mística, un vivir en soledad y silencio, en intimidad entrañable con Dios. Por eso, a lo largo de la Historia hubo quienes buscaron, y buscan, el desierto o la montaña como lugar de encuentro con el Señor.

El pueblo de Israel ha cambiado de vida. La etapa del desierto: aflicción, hambre, sed, miedos, zozobras..., han quedado ya en el olvido (vs. 2-6 y 14-17). Si Israel se olvida de la ayuda recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes. La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad.

Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto.

La lectura recuerda la necesidad de alimento que el pueblo tuvo. Necesidad sentida colectivamente. Dios lo alimentó haciéndole ver, al mismo tiempo, que "el hombre no sólo vive de pan". Y el alimento que Dios les dio les hace sentir, aún más, pueblo. También nosotros debemos hacer esta experiencia: sentirnos miembros de un colectivo que es el pueblo de Dios y miembros de otro colectivo: pueblo/barrio, país...; sentir las necesidades que tienen estos colectivos, y no tan sólo las propias individuales; la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir estas necesidades, que para muchos son de pan, pero que para todos son de solidaridad.

El mismo peligro tenemos nosotros cuando abandonamos la participación en la Eucaristía. En este día del Corpus Christi se nos recuerda a los cristianos de ahora que, como escribió San Juan Pablo II, la Iglesia vive de la Eucaristía –“Ecclesia de Eucharistia”-

 

Como responsorial hoy recitamos el salmo 147.

El autor de este himno vivió probablemente en tiempos de Nehemías. Por entonces se reconstruyeron las murallas de Jerusalén, pero el pueblo está pasando momentos de escasez y de hambre, de luchas con los persas, con los samaritanos y con un grupo de judíos aprovechados. Nuestro salmista vuelve los ojos, una vez más, a Dios, auténtico fortín de Israel. Las huellas de su presencia son clamorosas en la creación, orientada a la regeneración del pueblo. La reunión de los dispersos, la renovación de los destruidos, la reconstrucción de la ciudad de Dios, la ayuda salvadora a los desamparados y la paz sobre la ciudad y el país, ¿no testimonian la presencia de Dios? El pueblo ha recibido, sobre todo, la gracia de la Palabra. ¿Con qué pueblo obró Dios así?.

El texto exalta al Señor, Dios, al Salvador de Israel. Qué manifestó todo su poder en la creación y su amor y ternura al favorecer a los pobres y a los humildes. Ese poder y amor, para nosotros, está representado en el gran milagro que es la permanencia de Cristo en la Iglesia, la cual nos propone este salmo en la "Fiesta del Corpus Christi", la Fiesta del  "Cuerpo y Sangre" del Señor. Este "pan de trigo que nos sacia" no puede menos de  hacernos pensar en este "pan de vida" del que Jesús habló con frecuencia (Juan 6).

El salmo 147 dice que Dios "envía su palabra a la tierra... y que su Verbo la recorre...".  Se trata de una "palabra" casi personificada, que tiende a ser distinta de quien la profiere.  El autor del salmo no podía pensar en una tal perspectiva, pero nosotros no podemos  olvidar las palabras de San Juan: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan  1,14). Sí, Jesús fue la mejor "expresión" de Dios. Sus hechos, sus gestos, sus palabras,  nos hablan mejor de Dios que todos los estudios que se han hecho sobre El. El es  "verdaderamente la Palabra" de Dios en el mundo.

Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía:  "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice:  el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 Homelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

¿Por qué contentarnos con dichas materiales? Israel, admirable una vez  más por su equilibrio, agradece a Dios, en el mismo salmo, por sus logros y por el don de la  Alianza. "Gracias, Señor, por habernos revelado tu Palabra, por habernos dado tu Ley. ¡No  hizo tal con pueblo alguno! Ningún otro conoció sus voluntades". He ahí una alegría plena,  desconocida para los que tienen lleno el vientre y realizan prósperos negocios. Hacer la  voluntad de Dios: íntima satisfacción que cualquier hombre, aun el más pobre, puede  disfrutar. Los hombres ahítos nunca sabrán las alegrías de que se privan, cerrándose a las  perspectivas de lo invisible. El hombre no vive solamente de pan. La promoción del hombre  no es asunto de aumento de salario o de poder de compra, sino también de mayor  participación en la "cultura", en el "arte"... Y también la posibilidad de oración y relación con  Dios. "El aspecto más sublime de la dignidad humana, es esta vocación del hombre para  entrar en comunión con Dios" [1]

El hombre tiene hambre de Dios. Cuando el hombre se hace las preguntas más  radicales, las fundamentales, sólo las puede resolver en Dios. ¿Qué es el hombre? ¿Qué  significan el sufrimiento, el mal, la muerte, que subsisten a pesar de tantos progresos? ¿De  qué sirven estas victorias pagadas a tan alto precio? ¿Qué sucederá después de esta  vida? ¿Por qué el hombre es ilimitado en sus deseos, conociendo muy bien sus límites? A  todas estas preguntas, no hay respuesta en el sistema cerrado sobre el hombre. Pero, ¿por  qué el hombre se encierra en sí mismo? En ciertos momentos, especialmente en los  grandes acontecimientos de la vida, nadie puede evitar este género de interrogantes.  Solamente Dios los puede responder plenamente. "¡Glorifica al Señor, Jerusalén! ¡Alaba a  tu Dios, oh Sión! .

 

La segunda lectura, de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios tiene como  punto de unión con la primera lectura la afirmación : "El Cáliz de nuestra acción de gracias". Los judíos llamaban "cáliz de la acción de gracias" o "de la bendición" a la copa que, una vez bendecida dando gracias a Dios, se pasaba en la última ronda entre los comensales para concluir las comidas o banquetes rituales. Este fue precisamente el cáliz que bendijo el Señor en la ultima Cena dando gracias al Padre y que pasó después a sus discípulos para que bebieran de él. El cáliz de nuestra Acción de Gracias es el cáliz de la sangre de Cristo. Cuantos beben de ese cáliz entran en comunión con Cristo y se comprometen juntos en el único y verdadero sacrificio.

En mitad de una argumentación contra la participación en los sacrificios paganos, hallamos este texto, que explica el significado de la Eucaristía como ningún otro texto del NT. El texto es parte del relato que describe lo que ocurrió con la  polémica que se desató en la primera comunidad cristiana sobre la licitud o no de comer carne que hubiera sido "sacrificada" a los dioses.

San Pablo, defiende la libertad de los hijos de Dios; pero les advierte que sean considerados respecto a la opinión de los que siguen atados a la opinión antigua y no hieran su sensibilidad. Además les amonesta para que no se pasen  y lleguen por ese camino a una participación personal de los cultos paganos. La razón es que para San Pablo no hay componenda posible entre la comunión con Cristo y la Cena del Señor y la comunión con los demonios y el culto pagano. Comer el mismo pan y beber el mismo vino en la Eucaristía compromete a una sólida comunión, no sólo superficial durante la liturgia, sino auténtica en nuestra propia vida. Por eso expone el sentido profundo de la Cena del Señor, que nos une a todos en la comunión con Cristo. Por eso, la Eucaristía es sacramento de unidad y vínculo de caridad.

 

El Evangelio  procede del Cap. 6° del evangelio de San Juan: Jesús se proclama sin rodeos que es el Pan Vivo bajado del cielo y es lo que produce en nosotros la vida eterna.

El texto de hoy  es la bisagra que une con la primera parte de los discursos pronunciados, según refiere San Juan, por el Señor en la sinagoga de Cafarnaúm. Primero ha insistido en la necesidad de la fe para alcanzar la vida eterna.

Luego el Jesús expone la doctrina de la Eucaristía, insistiendo en la necesidad de comer su carne y de beber su sangre para alcanzar esa vida eterna. Sus palabras provocan una reacción de escándalo y rechazo. Tanto que incluso los discípulos le abandonan. Ante esa actitud Jesús no suaviza sus afirmaciones, ni aminora sus exigencias.

Sólo con una fe rendida y firme, podremos aceptar el Misterio de Amor que supone que el Señor se haga pan para que le podamos comer.

El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).

Cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en Jesucristo, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.

Cuando la comunión se entiende sólo como "mi comunión", asunto privado entre Jesús y mi alma, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia se desintegra: cada uno come su propio pan, y éste ya no es el "pan que partimos".

La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.

Los frutos de acercarse piadosamente a recibir la Eucaristía son abundantísimos: se ilumina la inteligencia, se inflama el alma, se fomenta el amor, cobran vida los sentimientos, se acrecientan los dones, se purifica el espíritu, se multiplican las gracias y las virtudes y, en fin, se pone participativamente con él la plenitud de todos los bienes espirituales". (Santo Tomás de Villanueva. Solemnidad del Corpus Christi).

La Eucaristía es la celebración de la vida, y así la comunidad cristiana que se congrega para celebrarla se acerca a un Dios próximo y lleno de amor y recibe la seguridad de sentirse amada, perdonada, purificada y feliz.

La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.

La comunión no es solo  signo de fraternidad. La comunión también es para vivir como hijos de Dios, como él vivió. Que la realidad de nuestra vida esté muy lejos de este ideal, no nos autoriza a desfigurar lo que la Eucaristía es.

Al comulgar, afirmamos nuestra fe y nuestra esperanza en que es posible y queremos seguir el camino de Jesucristo, aunque de hecho nos quedemos a medio camino. Pero lo más importante no es si nosotros lo hacemos y queremos, sino que Dios lo quiere. El hecho fundamental, por tanto, es que Dios se nos da como alimento por Jesucristo. Sólo aceptando que esto es el hecho primero y fundamental, podemos entender qué significa que la Eucaristía es también para nosotros un "compromiso". O dicho de otro modo: que nosotros al comulgar nos comprometemos porque nos incorporamos a una corriente de vida. Comulgar obliga a una opción: la de seguir el camino de amor de Jesucristo. Pero no como una iniciativa nuestra sino como una respuesta al Amor de Dios.

Es  una cuestión de coherencia, de ser consecuentes con lo que hacemos. Es lo que hemos leído en la carta de san Pablo: ¿cómo comulgar con Cristo y no amar? El comulgar con el cuerpo de Cristo juzga nuestra vida, la impulsa a mayor amor.

La mejor acción de gracias que podemos hacer es repetirnos simplemente estas palabras: he comulgado en el Amor de Dios. Y que estas palabras juzguen, iluminen, alimenten, vivifiquen nuestro camino de cada día.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 



[1] Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, 19.