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domingo, 7 de septiembre de 2025

Comentarios a las lecturas del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario 7 de septiembre de 2025.

"Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti". Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: "La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma". (San Agustín).

Comprender el designio de Dios. Dios como refugio, el cambio que supone la vida cristiana de recibir a todos como hermanos, la exigencia de renuncia de la propia vida cristiana para ser discípulos de Jesús, las condiciones del seguimiento. ¿Qué hombre conoce el designio de Dios?¿Qué es lo que Dios espera de mí?.¿Buscamos a Dios de verdad?. ¿Anhelamos su sabiduría?. ¿Se nota, no solo de palabra, que el Señor es nuestra  riqueza?.

Todas estas preguntas y realidades resonarán hoy en las lecturas proclamadas.

La primera lectura es del Libro de la Sabiduría ( Sab 9,13-18), nos presenta a la Sabiduría auténtica como que es el mismo Espíritu de Dios, es Dios mismo. La razón es de los hombres, la sabiduría es de Dios y ¡qué difícil es para nuestra pobre razón conocer los designios de Dios, si Dios no nos da su santo Espíritu!. Ante el misterio de Dios, el hombre debe proceder siempre con humildad y reconocimiento de nuestros límites.

 Los designios de Dios solo los podrá conocer el hombre con ayuda del Espíritu Santo. Sin la ayuda permanente del Espíritu es imposible conocer lo que Dios quiere de nosotros. Es verdad que Jesús "fue la imagen del Dios invisible" y nos enseñó a reconocer el amor desbordante del Padre hacia sus criaturas. Pero eso mismo, sin la ayuda del Espíritu, no nos llegaría, no lo entenderíamos. Muchas de las especulaciones "cientificistas" que hacen algunos respecto a la figura de Cristo, o en torno a la presencia de Dios en la creación, y que se pierden por caminos de adivinanzas o de conjeturas interminables, se deben a la ausencia del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo está en nosotros todo llega fluidamente y con una profundidad que no procede de nosotros mismos. Pretender llegar al "fondo" de Dios cerrándose al Espíritu es –casi—una pérdida de tiempo. Eso no quiere decir que no tengan mérito los esfuerzos de personas que, sin recibir al Espíritu, buscan a Dios. El contenido del texto que leemos hoy en el Libro de la Sabiduría nos demuestra que eso ya lo sabían muchas generaciones antes del nacimiento de Cristo.

"¿Qué hombre comprende el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere...?" (Sb 9, 13). Los planes de Dios, sus intenciones, sus pensamientos están ocultos a los hombres. Los deseos, las motivaciones humanas son más o menos previsibles. Muchas veces sabemos lo que nuestro interlocutor piensa con sólo mirarle a los ojos. Sabemos qué es lo que desea, qué es lo que está buscando. Con Dios no ocurre lo mismo. Él se escapa a nuestras previsiones, está por encima de nuestros cálculos. Y a menudo nos sorprende su forma de actuar, nos extraña quizá su pasividad, su prolongado silencio. Y nos preguntamos, inútilmente, el porqué de las cosas.

Hoy nos dice el sabio inspirado por Dios: Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo es el lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente del que medita... Por eso ante Dios sólo nos queda en ocasiones el silencio por respuesta, la aceptación rendida de cuanto Él quiere disponer. Conscientes de que sus planes son siempre justos e inapelables. Contentos al pensar que, además de inteligente como nadie, Dios es sobre todo amor.

"Pues, ¿quién rastreara las cosas del cielo, quien conocerá tu designio?" (Sb 9, 17). Los planes de Dios están escondidos para los hombres, el Señor puede mostrarlos con el fulgor de tu luz, esa luz que luce en las tinieblas y que las tinieblas no sofocaron, esa luz verdadera que, con su venida a este mundo ilumina a todo hombre. La luz, nos ha penetrado, sembrando el gozo y la alegría en nuestros corazones, porque sabemos lo que buscas, lo que intentas desde el principio de los tiempos. Salvar a los hombres, a todos. Esa es la voluntad del Señor, su deseo de universal salvación. Y para que esa redención no fuera como una limosna que nos humillase, permite que podamos cooperar a nuestra propia salvación, conquistar con nuestro pequeño esfuerzo, sostenido por tu gracia, ese Reino maravilloso que él ha venido a proclamar.

 

El responsorial es el salmo 89 (Sal 89,3-6.12-17).  Este es uno de los llamados salmos reales. Estos salmos tienen dos modalidades: algunos salmos que hablan sobre el rey de Israel y otros que muestran la realeza divina. La tradición de ambos grupos de salmos es davídica en el sentido de que se apoya tanto en la elección divina del Rey David como en la promesa que Yahveh le hizo sobre la perpetuidad de su dinastía. Inicialmente usados para la consagración de reyes o para ceremonias reales, con la caída de la monarquía son reutilizados en sentido mesiánico. Los más representativos son el Salmo 2, el 45, el 89 y el 110 (para los directamente relacionados con la dinastía davídica).

Este salmo es un himno al Señor rey del universo (vs. 1-18) y una evocación de las promesas hechas a David y a su descendencia (vs. 19-37) sirven de base para una súplica en favor del rey (vs. 38-52). El salmo fue compuesto probablemente hacia fines de la época de los reyes, cuando el creciente poderío de Babilonia se había convertido en una grave amenaza para el reino de Judá.

El hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos la vieja sabiduría sobre la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia.

"Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación".

El salmista se presenta en el escenario, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los siglos pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones humanas. En efecto, necesitábamos una roca porque las generaciones subían y bajaban como las olas, y la vida era un perpetuo movimiento como las entrañas del mar.

Y, por encima de las estaciones y vaivenes, el Señor estuvo con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El estaba -estuvo-- en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el fondo de nuestros sueños como confidente; y, desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados, apenas conseguimos rescatarlo a El como un ser familiar con el típico encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías. Nuestro refugio de generación en generación.

En medio de ese remolino de contrastes en que se mueve el salmista, la impresión, entre tantas impresiones, que más vigorosamente resalta el salmo 89 es la de la caducidad de la realidad humana y, en general, de toda la realidad, frente a la consistencia de Dios. Todo, en el salmo, está en una mezcla confusa: las leyes biológicas junto a las iras divinas, el vacío, el silencio, el olvido.

"Mil años en tu presencia son un ayer que pasó ,una vela nocturna... " (Sal 89,4)

"Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato" (v.12).

El Señor nos enseña a «contar nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo, «entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12).

Sabiduría de corazón. ¿En qué consiste ella? En «conocer mi fin» y «la medida de mis años» para comprender «lo caduco que soy», y en «calcular nuestros años» para, de esta manera, adquirir un «corazón sensato». He ahí la fuente y el camino de la sabiduría.

Corazón sensato es el de aquel hombre que tiene una visión objetiva sobre todo su entorno, dispone en su mente de la medida de las cosas y sabe aplicar, cuando corresponde, la ley de la proporcionalidad. Por lo demás, es capaz de hacer una correcta distinción entre lo verdadero y lo ficticio, entre la apariencia y la realidad. En suma, sabe que la verdad consiste en saber que todo lo humano es caduco.

"Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo" (v. 14)

Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. Hemos encontrado al salmista acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, hostigado por los rayos divinos, verdaderamente en el ojo de la tempestad.

Todas las verdades, proclamadas fragorosamente en la primera parte del salmo, siguen y seguirán en pie, pero la Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».

Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la plenitud total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como hierbas secas se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).

Las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en llenarnos. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza.

Dios hace estos prodigios, no el Dios de la venganza, que ya «murió» sobre el monte de las bienaventuranzas, sino el Dios de las Misericordias, el verdadero Dios, Aquel que nos reveló Jesús.

Después de beber este «vino», los días y los años que se abren ante nuestros ojos estarán colmados de alegría (v. 15). Y el salmo acaba con una estrofa en que una esperanza invencible llena por completo y guarda nuestro futuro:

"Aparezca tu obra ante tus siervos y tu esplendor sobre tus hijos".

La dulzura del Señor sea con nosotros. Confirma tú la acción de nuestras manos" (vv. 16-17).

En la segunda lectura de la carta a Filemón (Flm 9b-10.12-17). se nos narra a San Pablo está en la cárcel, detenido por causa del Evangelio, y desde la cárcel ha conocido a un tal Onésimo, que ha resultado ser un esclavo que se había escapado de la casa de su amo Filemón.

 San Pablo pide clemencia por el esclavo Onésimo, fugado de su casa y, posteriormente, reunido con el Apóstol.

Pablo, al encontrarse con Onésimo, pasa bastante tiempo con él, y lo convierte a la fe. Luego decide devolverlo a su amo, pero acompañándolo con la carta de recomendación que hemos leído.

Filemón es cristiano, convertido también por Pablo, y por eso el apóstol tiene autoridad sobre él y puede pedirle lo que hemos escuchado en la carta. Le dice que, como cristianos que son los dos, cuando ahora se vuelvan a encontrar la relación que deben tener entre ellos no debe ser la de un amo que castiga al esclavo que se le había escapado, sino la de dos hermanos que se reúnen.

San Pablo nos va a dar siempre esa aproximación insuperable a la realidad de su tiempo sin dejar de dar mensajes válidos para todas las épocas. La esclavitud era un "sistema de producción" dentro de la economía de ese tiempo. Sin duda, esa mano de obra barata y fiel había ayudado a construir imperios. Hombres, mujeres y niños constituían parte del botín de las guerras y pasaban a ser utilizados por los vencedores. En el Antiguo Testamento aparecen las deportaciones que sufrió el pueblo judío. Egipto, Babilonia son destinos de esclavitud. San Pablo pide hermandad entre esclavo y amo y, sorpresivamente, no pide la liberación de Onésimo. Pero es que el respeto por la ley civil del Apóstol es lo que dio marcha a su largo camino.

San Pablo pone en práctica las exigencias del evangelio de Jesús. Por la aceptación del evangelio y merced al bautismo, el esclavo tampoco es ya simplemente esclavo, ya no es un objeto sin derechos perteneciente a su propietario, de modo que éste pueda hacer lo que le plazca, sino que es un liberto del Señor, un hermano en Cristo. La relación de amo respecto a su esclavo ha quedado modificada. La llamada de Cristo acarrea una transformación radical de las relaciones: el esclavo se convierte en un liberto de Cristo y el libre se hace esclavo de Cristo. Onésimo quiere decir "útil". No habrá ya entre los hombres una relación de "utilidad" sino de "fraternidad. Esta libertad gracias a Cristo es la solución dada por el cristianismo primitivo al problema de la esclavitud. San Pablo manifiesta que merced al evangelio se produce una nueva relación del hombre para con Dios, y ella crea a su vez una nueva relación respecto a los demás hombres, cuyo determinante es el amor.

 

El Evangelio de este domingo es de San Lucas (Lc 14,25-33), se encuentra dentro de la sección de Lucas -iniciada en 9,51- que nos presenta a Jesús en viaje hacia Jerusalén. El texto está formado por dos comparaciones enmarcadas por tres frases de Jesús sobre el discipulado.

Como en otras ocasiones, también en la que nos refiere hoy el texto encontramos a Jesús rodeado de mucha gente. Era fácil seguir al joven rabino de Nazaret que hablaba con autoridad y que amaba a los niños y prefería a los humildes. No obstante, el Señor les dice que para seguirle hay que posponerlo todo a su amor: los padres, la mujer y los hijos, incluso uno mismo ha de estar en segundo plano respecto de Jesucristo. La doctrina no puede ser más clara en lo que respecta a las exigencias que comporta, el Maestro no palió las dificultades, podríamos decir que incluso parece exagerarlas un poco.

En los vv. 25-26, Jesús explica que ser su discípulo no significa simplemente caminar detrás de Él. Por esta razón, al ver que tantos lo siguen, se voltea y explica que para poder ser su seguidor de verdad, hay que preferirlo a Él por sobre todos. El amor que pide Jesús para sí es mayor que los lazos familiares más profundos, como el padre, la madre, los hijos o hermanos. Como ya había hecho en 9,57-62, el Señor enseña que solo poniéndolo a Él en el centro de nuestro corazón, prefiriéndolo incluso a la propia vida, podemos ser sus seguidores.

El v. 27, nos indica que para seguir a Jesús, es necesario cargar con la propia cruz. Del mismo modo que Él camina sin dudar hacia Jerusalén para entregar su vida (cf. Lc 9,51), quien quiere seguirlo debe hacer de su existencia un camino de entrega y servicio, y no de comodidad.

Al final del texto, en el v. 33, Jesús deja ver que tampoco puede ser discípulo suyo quien no renuncia a todo lo que tiene, es decir, a los bienes materiales que posee. Nuestro pasaje nos enseña así que el Señor debe ser preferido a todos y a todo.

Es de notar que las tres frases sobre el discipulado que hemos leído no son consejos para seguir mejor a Jesús, sino condiciones sin las cuales es imposible seguirlo (en las tres ocasiones se repite la expresión “no puede ser mi discípulo”). De este modo, el Evangelio nos invita a revisar nuestra escala de valores y prioridades para asegurarnos que Jesús esté siempre en el lugar más alto.

Jesús advierte de la absoluta necesidad de discernir antes de tomar una decisión tan importante: “¿Quién de vosotros, en efecto, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos...? Y ¿qué rey, si quiere presentar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente...? (los vv. 27-32). Los dos ejemplos propuestos sirven para demostrar que la decisión no puede hacerse a la ligera. Los medios humanos con que se puede contar son del todo insuficientes para acometer la construcción del reino de Dios y para afrontar las dificultades humanamente insuperables que se derivan de ello. La única escapatoria inteligente de este callejón sin salida es sopesar la gravedad de la situación, renun­ciando a contar exclusivamente con los propios medios. Sola­mente así se podrá hacer la experiencia del Espíritu, la fuerza de que Dios dispone para la construcción del Reino.

 

Para nuestra vida.

El texto de la primera lectura de hoy del Libro de la Sabiduría nos dice que sólo es posible comprender los caminos de Dios cuando el Espíritu Santo ilumina con la fe. Y esas resonancias del Espíritu, que tienen un claro matiz cristiano, ya se expresaban en tiempos de los judíos, lo que nos demuestra la unidad –en el tiempo y en el espacio-- de toda la Palabra de Dios.

Se  formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso.

¿Qué hombre conoce el designio de Dios? Los sabios de todos los tiempos han buscado la verdad y el sentido de la vida. Los astrólogos han buscado en los astros el destino de los hombres. Hoy se ha puesto de moda de nuevo el ansia de descubrir el propio futuro acudiendo al horóscopo o al adivino de turno que descifra la carta astral. Sabemos que son estafadores que se aprovechan de la ingenuidad y de la falta de seguridad que sufren muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. También en el siglo I en el Libro de la Sabiduría un judío de Alejandría se pregunta ¿quién rastreará las cosas del cielo? El sabio, que utiliza el seudónimo de Salomón, llega a la conclusión de que nuestros razonamientos son falibles, que apenas conocemos las cosas terrenas. Dios es el que nos concede la auténtica sabiduría, iluminando nuestra oscuridad. Cuando descubrimos la verdad aprendemos lo que Dios quiere de nosotros y alcanzamos la felicidad (la salvación). Fue el gran anhelo de San Agustín "Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti". Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: "La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma".

 Nosotros, los cristianos del siglo XXI, tenemos a Jesucristo, la sabiduría de Dios, que es Dios hecho hombre, que nos ha mostrado el rostro de Dios Padre, que nos ha hablado de lo que Dios quiere de nosotros, y que nos envió desde el cielo el Espíritu Santo que nos ilumina y nos guía. Así, si leemos y meditamos cada día el Evangelio, con la ayuda del Espíritu Santo, encontraremos allí una respuesta a esta pregunta que cada uno de nosotros hemos de hacernos: ¿Qué es lo que Dios quiere, y qué es lo que quiere de mí? Sin duda, a lo largo del Evangelio, escuchamos una llamada constante del Señor a seguirle, a ser sus discípulos. En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda qué hemos de hacer, y qué hemos de dejar atrás, para ser sus discípulos.

 

El responsorial de hoy es el salmo 89, el primero del Libro Cuarto del Salterio. Y nos muestra la oración de Moisés. Pero es, además, el inicio del reconocimiento del género humano de la existencia de un camino de contrastes entre Dios y el hombre. Se muestra la inconmensurable grandeza de Dios que supera enormemente la débil condición humana, la cual Dios remedia si invocamos su misericordia.

Este salmo se le relaciona con Moisés, "hombre de Dios": es el único salmo puesto bajo el patronato de Moisés, a causa de sus lazos literarios con el Génesis 2,17; 3,12. "Adán sacado del polvo y volviendo a"... y Éxodo 32, 12; Deuteronomio 32,36. "Vuelve de tu cólera"... Oración de Moisés.

"Es un salmo de súplica por los pecados", oración "colectiva": el salmista dice siempre "nosotros"... No ora solamente, ni sobre todo por sus propios pecados, sino por aquellos de todo su pueblo. ¡Solidaridad admirable!

Este salmo era utilizado, en el culto de Israel, como "Liturgia penitencial" para pedir perdón... Como lo hacemos al principio de cada la "solidez y la permanencia inmóvil" de las montañas, y la "fragilidad efímera" de las flores, que florecen por la mañana y se marchitan por la tarde! ¡La imagen del "sueño" de la noche, que al despertar ya no se recuerda!.

En medio de ese remolino de contrastes en que se mueve el salmista, la impresión, entre tantas impresiones, que más vigorosamente resalta el salmo 89 es la de la caducidad de la realidad humana y, en general, de toda la realidad, frente a la consistencia de Dios. Todo, en el salmo, está en una mezcla confusa: las leyes biológicas junto a las iras divinas, el vacío, el silencio, el olvido. ¿Conclusión? Pareciera que íbamos a aterrizar en el pesimismo fatalista; pero no, el salmista nos conducirá de la mano hacia la sabiduría de corazón.

"Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna..." (Sal 89,4).

He aquí uno de los lados más significativos de la sabiduría de corazón: vivir enraizados en las profundidades de Dios. La raíz, por instinto, por una fuerza misteriosa, tiende al centro de la tierra; y cuanto más avanza en esa dirección, más vigorosamente se aferra a esa tierra que nutre y sustenta el árbol; y ese hundimiento es la condición de nuestra seguridad y la medida de nuestra fuerza.

El desatino está en pretender echar raíces en realidades de arena que no tienen subsuelo; ya se puede imaginar el resultado.

En medio del follaje de tópicos que aborda el salmo, la convicción central es ésta: lo efímero reclama lo consistente; la experiencia de lo contingente nos lleva a lo absoluto de Dios.

" Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato". (Sal 89,12).

Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. Hemos buscado al salmista y lo hemos encontrado acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, hostigado por los rayos divinos, verdaderamente en el ojo de la tempestad.

¿Será que la esperanza ha sustituido definitivamente a la tragedia, y la misericordia será en definitiva más fuerte que la ira?

Todas las verdades, proclamadas fragorosamente en la primera parte del salmo, siguen y seguirán en pie, pero la Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».

Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la saciedad total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como papelitos se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).

" Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo".  (v. 14)

Una vez más lo decimos, las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en saciarse, verbo eminentemente vital, casi vegetativo. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza.

" y toda nuestra vida será alegría y júbilo;  baje a nosotros la bondad del Señor  y haga prósperas las obras de nuestras manos".(v. 17).

 

En la segunda lectura de la Carta a Filemón,–la más breve de todas las del Apóstol San Pablo-- habla de abolir la esclavitud por uso del amor fraterno. ¿No es esta una buena reflexión para nosotros en estos tiempos donde la emigración y el trabajo precario –dos formas de esclavitud— forman parte de nuestra vida?

El texto nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado.

Este tal Onésimo había sido esclavo de Filemón, pero un día se escapó de su casa y se fue a refugiarse con san Pablo. Ahora, al escribirle Pablo una carta a Filemón, la envía junto con Onésimo, y le pide que lo acoja sin regañarle, sin echarle nada en cara, y que lo acepte no ya como esclavo, sino como hermano querido. Este cambio de actitud que san Pablo pide a Filemón es un claro ejemplo de lo que supone para nosotros seguir a Jesucristo. El perdón, el amor incondicional, el considerarse como inferiores a os demás, es la consecuencia de lo que Jesús nos pide hoy en el Evangelio para poderle seguir auténticamente. Así lo pide san Pablo a su discípulo Filemón. Esto no es nada fácil, pero sabemos con certeza que es lo que Dios quiere de nosotros. Esto es ser cristiano: vivir hacia los demás el mismo amor que Dios nos tiene a nosotros.

Aún siendo legal la esclavitud en muchas épocas  de la historia, el texto de esta carta,  hace ver que los buenos cristianos siempre tendieron a ver a los esclavos ya en tiempos de Pablo y posteriormente por las órdenes religiosas más como hermanos que como esclavos. San Agustín, en sus monasterios no permitía hacer distinciones entre esclavos y libres, en el trato diario, tanto en el trabajo, como en la comida, los vestidos y costumbres en general. Lo mismo podemos decir de casi todas las Órdenes religiosas en general. Los cristianos de este siglo XXI tenemos que esforzarnos denodadamente para conseguir una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones como personas.

 

Hoy el evangelio es tremendamente exigente,  expresa las duras condiciones de Jesús para aceptar a sus discípulos. Tales exigencias continúan vigentes para nosotros, hoy; con la dificultad añadida de que vivimos inmersos en un mundo que prima el placer y el abandono de todo esfuerzo. La demanda de Cristo, sin duda, nos va extrañar. Pero hemos de asumirla para poder seguirle.

Cada vez que Jesús habla en el Evangelio de seguimiento, de ir con Él, tras de Él, habla con mucha exigencia. Y es que no se puede seguir al Señor haciendo cada uno lo que quiera. Es necesario dejar otras cosas atrás para poderle seguir. “Quien quiera venir conmigo, dijo Jesús en una ocasión, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Seguir a Jesús es optar por Él, y para ello hemos de renunciar a otras cosas que nos impiden seguirle de verdad. Hoy, en el Evangelio, por tres veces dice Jesús a qué cosas hemos de renunciar, de modo que si no renunciamos a ellas no podemos ser discípulos suyos. Quien no pospone a los suyos, e incluso a sí mismo; quien no lleva su cruz detrás de Él, quien no renuncia a todos sus bienes. Esto es lo que Jesús pide para ser discípulo suyo. Se trata de optar. No es que la familia sea mala, ni mucho menos. Tampoco los bienes son malos. Pero seguir a Jesús requiere despegarse de otras cosas. La familia es muy importante, y no es que tengamos que abandonarla. Se trata de poner a Dios por encima de los demás, incluso de los nuestros, y por medio de Él amar más aún a nuestra familia, pero teniendo siempre primero a Dios. Los bienes materiales son importantes para poder vivir, pero no han de quitar el primer puesto a Dios en nuestra vida. No podemos seguir a Jesús si no renunciamos a nosotros mismos, es decir, si no dejamos de ser los protagonistas de nuestra vida para que el protagonista sea Dios, si no dejamos de hacer sólo aquello que a nosotros nos gusta, o nos interesa, para así poder hacer aquello que Dios quiere de nosotros. EL discípulo es el que sigue a su maestro, y Jesús nos mostró que el verdadero camino es el de la cruz. Por eso, para ser discípulos de Cristo, hemos de tomar también nosotros nuestra cruz y así seguirle auténticamente.

Jesús se presenta  a sí mismo como el centro de su mensaje, Él mismo es el Reino que predica. Por eso, pide una adhesión sin reservas a su Persona con términos como jamás se atrevió  a usar hombre alguno:“ Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Por la primera ("si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío"), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Jesús pide una renuncia total, para que nuestra entrega a Él sea también total,  quiere dejar muy claras las condiciones para ser discípulo suyo: como Él es libre ante su familia y ante el ambiente social, así, sus discípulos deben vivir esa libertad y estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas, trabajo y al propio egoísmo. Ciertamente Jesús no nos está invitando a odiar o a despreciar a la familia. Ni a suicidarnos, cuando dice que tenemos que renunciar incluso a nosotros mismos. Nos está diciendo que tenemos que saber distinguir entre lo importante, lo absoluto, que es Dios mismo, y lo menos importante. Ya sabemos que el Señor quiere que amemos a los nuestros. El amor a los hijos, el amor fraterno, el amor conyugal son santos, pero el amor de Dios que los sostiene y anima debe ser mayor todavía en cada uno de nosotros.

Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda ("quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío"), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición ("todo aquel  que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío")  parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece estar por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, luchando por erradicar la injusticia de la tierra.

Cuando decimos que hay que preferir a Cristo a todo lo demás, debemos entender estas palabras en un sentido estricto. Empezando por uno mismo, por mis bienes corporales y por todos mis bienes, incluida, por supuesto, mi familia, mi dinero, mis cargos públicos y privados. Si soy una persona sana y fuerte debo poner al servicio de Cristo mi salud y mi fortaleza; si soy débil o estoy enfermo, igualmente debo poner al servicio de Cristo mi debilidad y ni enfermedad. Todos tenemos, o podemos tener nuestras propias cruces, pongamos estas cruces al servicio de Cristo. Y si nos consideramos muy felices y afortunados por lo que somos y tenemos, pongámonos enteramente al servicio de Cristo. Es decir, que lo primero en mi vida es Cristo, después viene todo lo demás.

Esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

No hemos de extrañarnos de que a veces nos cueste el ser fieles al Evangelio, que en ocasiones llegue hasta ser heroico cumplir con la voluntad divina. Por otra parte, podemos pensar que quien no nos ha engañado en cuanto a las dificultades, tampoco nos engaña en cuanto a la promesa y el premio para quienes le sean siempre fieles. Es cierto, por tanto, que hemos de luchar con denuedo cada día contra todo aquello que se opone a Dios, contra todo obstáculo que se interponga entre el Señor y nosotros; aunque ese obstáculo sean nuestros seres más queridos, o nuestro propio provecho personal. El premio es tan grande y tan duradero que exige un precio elevado pero no equitativo, pues por mucho que se tenga que sufrir o sacrificar nunca pagaremos adecuadamente los bienes que el Señor nos ha preparado para toda una eternidad. Por eso estemos persuadidos de que vale la pena sufrir un poco durante unos años, para poder un día gozar mucho y para siempre.

Posponerlo todo al amor de Dios no significa, por otra parte, que uno haya de prescindir del amor a nuestros padres o demás familiares, ni que hayamos de anularnos a nosotros mismos. No se trata de destruir, prescindir o anular, sino de trascender, de sublimar, de elevar a un plano sobrenatural aquello que de por sí es sólo natural. Así, quien se haya entregado al servicio de Dios mediante una consagración a Él, no está exento de querer a sus padres, a los que quizá ha disgustado con su entrega. Tendrá que quererlos y cuidarlos si es preciso, estar atento a sus necesidades y procurar atenderlas.

En cuanto a uno mismo, decíamos que Dios no quiere la anulación de nuestra persona sino su perfeccionamiento. Lo que hay que destruir es cuánto de malo o torcido llevemos en nuestro interior, todas esas inclinaciones y deseos, claros o larvados, que nos incitan al mal. Termina diciendo el Señor que quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser su discípulo. El Maestro no se limita a decir claras las cosas, además las repite. Ojalá aprendamos bien su lección y, con la ayuda de lo alto, sepamos dar un sentido nuevo, trascendente y sobrenatural, a cuanto constituye el entramado de nuestra vida.

Hemos de echar cálculos en función de cómo deberemos administrar la dedicación a  las cosas de Dios. Hhemos de poner por nuestra parte todo aquello que nos conduzca a un final término. Asimismo, quien se encuentre en la cercanía de una vocación religiosa plena también debe echar sus cuentas. Las grandes decisiones de la vida han de estar avaladas por la reflexión. Será, sin duda, el Espíritu quien nos envíe dicha vocación, pero hemos de saberlo.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Comentario a las lecturas del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, 6 de noviembre de 2016.

Este domingo y el siguiente centran nuestra atención en el final del camino humano. Hoy el tema es visto desde la perspectiva de la muerte personal y la vida después de la muerte; el domingo próximo, en cambio, se nos hablará del término de todo, la espera del fin de los tiempos.
Hoy las lecturas nos sitúan frente a la realidad de la resurrección. El pasaje del libro de los Macabeos (s. II a.C.) recoge uno de los pocos textos que muestran la fe del pueblo de Israel en la resurrección. Contiene parte del relato que narra el coraje de una madre y sus siete hijos para afrontar con decisión y fortaleza el martirio. Los enemigos griegos quieren que renieguen de su fe y sus tradiciones religiosas (comer carne de cerdo). Pero ellos se mantienen fieles a Dios, confiando en que él no los abandonará, sino que les llevará a la vida eterna después de la muerte.
El evangelio presenta el careo de los saduceos con Jesús. Este grupo judío no creía en la resurrección, y para burlarse de ella plantea a Jesús un rocambolesco supuesto (desde la ley del levirato, Dt 25,5): si hay vida después de la muerte, de quién sería esposa una mujer
casada sucesivamente con siete hermanos. Jesús afirma que la realidad del más allá será muy diferente a la vida terrena, ya nadie se casará. La identidad de los resucitados será al modo de ángeles, pertenecientes al ámbito celestial, serán “como hijos de Dios”. Finalmente, Jesús acude a la autoridad del Pentateuco (únicos libros que los saduceos reconocen como sagrados): si Dios se presenta a Moisés como Dios de los patriarcas (una vez que ya habían muerto) quiere decir que ellos están vivos.
Esta fe en la resurrección sustenta la misión de los cristianos. Así lo vivió y manifestó el apóstol Pablo. La oración de su carta a los Tesalonicenses refleja la esperanza puesta en el Señor, de quien procede la fuerza para amar. El es fiel y nos libra del pecado y de la muerte, de tal modo que “al despertar nos saciaremos de su semblante” (Sal 16).
 
La primera lectura  del 2 Libro de los Macabeos ( 2 Mac 7,1-2.9-14 ). relata un episodio heroico acaecido durante la revolución macabea en Israel en el s. II antes de Cristo. Durante el dominio de Antíoco Epifanes IV,  partidario de un helenismo a ultranza y perteneciente a la dinastía de los seléucidas, que dominaban Mesopotamia, Siria y Palestina después de la muerte de Alejandro Magno, la persecución había llegado a tal extremo que son torturados y asesinados una mujer y sus siete hijos por fidelidad a la ley y a las tradiciones religiosas de Israel. El texto celebra el heroísmo de siete hermanos mártires, centrando teológicamente el discurso en la profesión de fe de estos jóvenes que mueren mártires a causa de su fe: “El Rey del universo nos resucitará a una vida eterna a los que morimos por su ley” (v. 9); “de Dios he recibido estos miembros; por sus leyes los sacrifico, y de él espero recobrarlos” (v. 11); “los que mueren a manos de los hombres tienen la dicha de esperar en la resurrección” (v. 14).
Sabemos que el pueblo del Antiguo Testamento tuvo que recorrer un largo camino en el que lenta y progresivamente, entre luces y dudas, fue intuyendo la existencia de una vida más allá de la muerte, hasta llegar a la luminosa profesión de fe que hoy escuchamos en el segundo libro de los Macabeos. El creyente veterotestamentario estaba convencido firmemente de que el vínculo de amor que se instaura ya durante la existencia terrena entre el justo y Dios, no se rompe ni acaba en el vacío, sino que alcanza después de la muerte su plena realización. La comunión de gracia de la existencia histórica se transforma en comunión escatológica.
El texto de hoy recoge la valiente respuesta que le dieron al rey los cuatro primeros hermanos: es una profesión de fe en la resurrección de los muertos. Aun en el Antiguo Testamento se encuentran afirmaciones claras de esta verdad. Los siete hermanos están dispuestos a renunciar a esta vida porque están seguros que Dios les concederá otra (vv. 9.11.14).
 
El responsorial es el salmo 16 ( Sal 16,1.5-8.15 ).Este salmo nos presenta la realidad de un "inocente", cuya vida está en juego... por crímenes que jamás ha cometido. Justicia e injusticia son palabras que ocultan realidades a las cuales los hombres de hoy son especialmente  sensibles. ¡Señor, escucha el clamor de la  justicia! Gritaba el salmista. 
No olvidemos que bajo la imagen de un "individuo" oprimido por enemigos arrogantes... está, "colectivamente", Israel (y toda la humanidad) enfrentado al enemigo, al impío, al  acusador. Esta palabra se traduce en hebreo "satanás". 
Esta reacción del hombre perseguido que se "refugia en el templo" es admirable. Las sociedades antiguas consideraban los santuarios, "asilos inviolables": Dios, defensor y  fiador de la justicia.
Cuando se tiene conciencia de ser inocente, ¿no es acaso normal que se haga un llamado al juicio de Dios? "Pronuncia la sentencia, Señor, Tú, ¡Tú que sabes la verdad!". 
"Guárdame como a la niña de tus ojos, a la sombra de tus alas  escóndeme... Al despertar veré tu rostro, me saciaré de tu imagen..." ¡He ahí el óptimo bien  del hombre! ¡La verdadera y definitiva justicia! Vivir en profunda comunión con Dios es, en  casos extremos, la única actitud eficaz. Pensemos en los perseguidos, en los mártires... en  todos aquellos que no tienen ninguna posibilidad de que la rectitud de su causa sea  reconocida aquí abajo. 
Al despertar... Estas palabras finales del salmo del "inocente perseguido", ponen de  manifiesto que este hombre oprimido está poseído de una serena esperanza: se atiene al  juicio escatológico, sabe que después de las tinieblas de la noche, habrá un despertar a  otra vida, en la cual se restablecerá la justicia vapuleada aquí abajo.
 
La segunda lectura  tomada de la 2 carta a los Tesalonicenses ( 2 Tes 2,16–3,5 ) amplía el horizonte escatológico del antiguo Israel cuando habla del “consuelo eterno” y la “esperanza espléndida” que los creyentes reciben gratuita y amorosamente de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo (2,16).
Existía entre los cristianos de Tesalónica algunas tensiones, y alguna idea teológica poco correcta. Y también un poco de fanatismo, pero, en su conjunto, la vida de aquella comunidad era suficientemente satisfactoria.
Esta segunda parte de la carta concluye lo mismo que la primera (cfr. 1, 11s), con una oración. Pablo, Silvano y Timoteo (pues la carta es de los tres) invocan a "Jesucristo, nuestro Señor" y a "Dios, nuestro Padre" para que "consuele" y "dé fuerzas" a los fieles tesalonicenses. Los dos verbos se hallan en singular, no en plural como podía esperarse; la razón es que el Padre y Jesucristo constituyen un único principio de una misma acción (cfr. 1. Tes 3, 11).
En la primera parte de la lectura ( 2 Tes 2,16-17) Pablo pide al Señor que confirme los corazones de todos con una buena disposición.
Cuando Pablo y sus compañeros piden oraciones, piensan en su misión apostólica, en que el Evangelio se difunda a partir de la comunidad de Tesalónica. Pues la palabra de Dios corre y es glorificada en la medida en que los hombres responden a ella con la obediencia de la fe. En ese progreso hay obstáculos que sólo pueden superarse con la gracia de Dios. Por eso hay que pedir y rezar insistentemente.
En la segunda parte (2 Tes 3,1-5) invita a los tesalonicenses a pedir para que la palabra de Dios que ya ha producido tantas transformaciones entre ellos, se difunda y sea conocida por todos los hombres. Pide que recen también por él, pues tiene que afrontar muchas dificultades, hay muchos que lo odian y que buscan destruir lo que él ha construido.
Ante todas estas dificultades, Pablo y sus compañeros ponen su mirada en el Señor, cuya fidelidad conocen (cfr. 1 Tes 5, 24); esperan del Señor, que dé fuerzas a los fieles de Tesalónica para seguir firmes en la fe en medio de todas las persecuciones. Se consuelan también recordando que los tesalonicenses ya son fieles al Señor y a cuanto ellos mismos en su nombre les han enseñado.
La perseverancia en la fe debe ir acompañada de la constancia en el amor a Dios y de la esperanza en la venida del Señor Jesús. Y esto es lo que ellos piden ahora para sus amigos de Tesalónica.
San Pablo, hace notar que esta esperanza no es alienante, sino que se convierte en la fuerza más estimulante para que los creyentes asuman su responsabilidad histórica. Experimentando en lo más profundo de su ser el consuelo de Dios en medio de las luchas de cada día, el cristiano vive orientado radicalmente hacia el bien (2,17), anuncia la palabra de Dios con valentía (3,1), supera el temor a las fuerzas hostiles al evangelio incluso en los momentos de más dura persecución (3,2) y se mantiene fiel en el seguimiento de Cristo esperando con firmeza su manifestación gloriosa (3,5).
 
El evangelio de San Lucas ( Lc 20,27-38 ) narra una disputa de Jesús con un grupo de saduceos, “que niegan la resurrección” (v. 27). A este grupo pertenecían las grandes familias sacerdotales y la aristocracia laica. Se distinguían por ser fuertemente tradicionalistas. Además de no aceptar la resurrección de los muertos, negaban la existencia de los ángeles (Hch 23,8) y sólo aceptaban la ley escrita (el Pentateuco) y no el código legal oral que seguían los fariseos. En síntesis, se distinguían por no aceptar los desarrollos últimos de la tradición y del patrimonio de la fe de Israel.
Los saduceos, desde su incredulidad en la resurrección de los muertos, intentan <<cazar>> a Jesús mediante una estratagema. En efecto, en le ljudaísmo existía la llamada ley del levirato, según la cual si un hombre se casaba con una mujer y el hombre moría sin dejar descendencia, el hermano siguiente mayor de edad y soltero tenía que casarse con la viuda para procurar tener descendencia con ella y así perpetuar la memoria de su hermano fallecido. Acogiéndose a esta ley, los saduceos le plantean a Jesús una situación pintoresca: una mujer que se casa siete veces, porque otras tantas han ido muriendo los respectivos maridos y hermanos sin dejarle descendencia. Y aquí viene la pregunta capciosa de los saduceos a Jesús, si es que realmente existe la resurrección de los muertos como el mismo Jesús afirma: <<Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
La respuesta de Jesús, articulada en dos momentos, se fundamenta en el principio del poder y de la fidelidad de Dios.
En su primera respuesta, construida a partir de la contraposición de signo judeo-apocalíptico entre dos eones (épocas), Jesús declara que en la resurrección (vida futura) hay una lógica de vida diversa de la existencia histórica (vida presente): “Cuando los muertos resuciten, no se casarán” (v. 25). Dice Jesús: “serán como ángeles” (v. 36). Es decir, siendo inmortales no tendrán ya necesidad de procrear. La institución matrimonial no tendrá ya razón de existir en una condición en la cual el hombre y la mujer participan plenamente de la misma vida de Dios.
 Jesús indirectamente se opone a una idea de resurrección concebida según los patrones de la vida mortal, tal como era vista en algunos ambientes populares y fariseos. Para Jesús la resurrección no es la simple continuación de la vida presente, sino una etapa de plenitud que transforma a la persona humana radicalmente gracias a la comunión escatológica con la vida y el amor de Dios y que difícilmente lograremos entender desde nuestra lógica terrena y nuestras realidades cotidianas.
En su segunda respuesta, Jesús con sobriedad, sin utilizar los razonamientos llenos de fantasía de los ambientes apocalípticos, utiliza explícita y únicamente la Escritura para describir la identidad de Dios (Ex 3,6.15.16). Jesús cita el Éxodo, un libro del Pentateuco, la única parte de la Escritura aceptada por los saduceos. Hace alusión al encuentro de Moisés con Yahvéh en la zarza, para evocar la fidelidad de Dios a las promesas de la Alianza, unas promesas que no pueden quedar incumplidas a causa de la muerte: “Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo da a entender en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por medio de él” (vv. 37-38). Si los padres de Israel hubieran terminado en la muerte, Dios sería un Dios de muertos, mostrándose al mismo tiempo infiel a las promesas de la Alianza.
 
 
 
Para nuestra vida.
El hombre moderno, que vive en medio de una cultura científica y técnica tan desarrollada, parece que ha perdido el rumbo, viviendo intensamente el tiempo presente como refugio o evasión del futuro y eludiendo la pregunta sobre el sentido de la vida humana. Parece que le da miedo reflexionar sobre la muerte para encontrarle ese sentido necesario que evite considerar la existencia del hombre sobre la tierra como un absurdo. Como el tema de la resurrección está ligado al de la muerte, no podemos abordarlo sin preguntarnos: ¿qué es el hombre?; cuando uno se muere, ¿no hay nada más que hacer? Para el creyente de cualquier religión, el hombre viene de Dios. Lo que significa que la vida humana no puede analizarse sin una referencia al Dios de la vida, aunque todo a nuestro alrededor nos hable de muerte y destrucción. Con otras palabras: la misma fe que enseña el origen divino del hombre afirma el retorno a Dios.
La resurrección de los muertos es el centro de la fe cristiana, la columna vertebral del evangelio y de todo el Nuevo Testamento. Si se suprimiera de sus libros las referencias a la resurrección, quedarían sin base. Sin ella nuestra fe en Jesús de Nazaret no tendría sentido: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados" (/1Co/15/19).
Creer en un Dios Padre que nos ama totalmente y pensar que este amor se limita a nuestro paso por la tierra, sería tener una lamentable imagen de Dios. Dios no puede amarnos sólo por un tiempo. Si nos hace partícipes de su vida, si establece una alianza de amor con nosotros, es porque la muerte no es el final de la vida humana.
Creemos en la resurrección, la esperamos, pero no podemos demostrarla ni imaginarla. Somos un poco como el niño antes de nacer en el seno de su madre: ¿qué sabe de la vida que le espera? Pero la vida que le espera es real, aunque él no pueda imaginarla. Una vida que ya vive, de alguna manera, en el seno materno. También nosotros, ahora, podemos vivir ya la vida de Dios; una vida que se construye paso a paso, día a día: en nuestro modo de amar, de luchar por la libertad y la justicia... Una vida que llegará a una plenitud que ahora no podemos ni imaginar (I Cor 2,9). Una vida que no podemos confundir con el vigor físico, con las energías juveniles. Por ello no podemos ser hombres tristes, por más motivos de tristeza que pueda haber en nuestra vida; ni vivir sin esperanza, por más razones de desesperanza que tengamos.
Para muchos, el problema no está en saber si creen o no en la resurrección, sino en saber si tienen ganas de resucitar. Porque para tener ganas de resucitar es necesario tener antes ganas de vivir, de nacer a una vida que deseemos prolongar durante toda la eternidad. ¿Cómo desear eternizar una vida llena de sufrimientos, de conflictos, de soledad...? ¿Quién podrá soportar una vida eterna fuera de Dios? Sólo él ama lo bastante para que no le asuste una vida para siempre; sólo él es capaz de revelarnos una vida tan verdadera que deseemos detenernos en ella para siempre. La fe en la resurrección brota de un amor verdadero. Nuestra fe en la resurrección depende estrechamente de nuestra capacidad de amar. Por ello no es fácil, ni mucho menos.
 
El texto leído hoy en la primera lectura  muestra hasta dónde puede llegar la fidelidad a la propia conciencia en algunos casos. En el relato bíblico se nos propone la historia de una decisión en conciencia cuando hay que asumir cosecuencias radicales como la muerte. Estos jóvenes israelitas que prefieren morir antes de ser incoherentes consigo mismos y traicionar la verdad más profunda de su conciencia que coincide con su obediencia a los mandamientos de Dios, son un claro ejemplo de que las decisiones en conciencia algunas veces no suelen ser fáciles. A todos nos asusta la coacción de quienes procuran forzarnos a una decisión que contradiga nuestras convicciones morales y religiosas más hondas. Son dilemas que se deben afrontar casi siempre en soledad, ante el tribunal de nuestra propia conciencia. Estos jóvenes no traicionan su fe, no dejan de ser fieles a los mandamientos de Dios, actúan según su conciencia, en la que se juegan la honestidad y la integridad consigo mismo, con los demás y con Dios. Hubiera sido más fácil ceder al miedo, dejarse arrastrar por halagos, actuar como la mayoría para evitar la muerte. Sin embargo, la decisión en conciencia busca por encima de todo la verdad y el bien y la fidelidad a los caminos de Dios. Puede costar la vida o el sacrificio de la propia razón y de las propias inclinaciones egoístas. Cuando alguien decide en conciencia, asumiendo todas las consecuencias, aún las más desagradables o dolorosas como la muerte, encuentra a Dios y sigue sus caminos, escucha su voluntad y la pone en práctica, pues Dios reside en el sagrario de la conciencia, allí donde se decide en último término la moralidad de todo acto humano.
 
Emana de la segunda lectura un mensaje de esperanza por la  fidelidad de Dios: “El Señor es fiel, da fuerzas y protege del mal” (2 Tes 2, 16-3, 5)
San Pablo da a los Tesalonicenses un mensaje de esperanza. Aunque la vida del cristiano es una trama de luchas y de dificultades, Dios le ama, le da consuelo y una gozosa esperanza, pero también fuerzas para el bien y para el anuncio del evangelio. Por lo demás, hay que orar para que el evangelio se difunda y la palabra de Dios se escuche en todas partes. Esta difusión no se da sin persecución por parte de los que no creen. Pero Dios es fiel y da fuerza, protegiendo del mal. Es preciso que perseveremos en este camino.
Este breve pero tonificante pasaje de la carta va dirigido también a nosotros en medio del claroscuro de nuestra vida y de las tentaciones de atasco y desaliento. La certidumbre del amor que Dios nos tiene y de su ayuda nos levantan el ánimo e impide que nos entorpezcamos en las miserias grandes o pequeñas de nuestra existencia.
Nos quedamos con un consuelo y una esperanza espléndidos. Nos quedamos con esa esperanza, esa posibilidad, esa opción que hay que hacer frente a ella. Porque en este mundo, en lo más radical de nosotros mismos, debemos elegir entre la nada o esa esperanza que Dios nos ofrece. El autor se apoya precisamente en que Dios es fiel y nunca falta a sus promesas; si Él ha prometido la vida, debemos vivir con esa esperanza espléndida.
 
Hermosa oración la que nos sugiere el salmo: “Muéstrame, Señor. Tus obras san patentes, pero yo soy ciego y olvidadizo, y necesito que me las vuelvas a mostrar, que me las recuerdes, que me las hagas reales. Tu misericordia es tu amor, y si yo vivo es porque tú me amas. Cada palabra de tus escrituras y cada instante de mi existencia es un mensaje de amor que me envías en cuidado constante de mi efímera vida. Y tu misericordia es también tu perdón cuando yo te fallo y te vuelvo a fallar, y tú me acoges una y otra vez con incansable piedad. Sólo tengo que aprender a reconocer tu sello en mi vida para entender tus maravillas.
Y la que entiendo como mayor maravilla de tu misericordia es la confianza que me das de poder aparecer ante ti con la frente erguida y el corazón tranquilo. Yo nunca hubiera osado pronunciar las palabras que hoy pones tú en mis labios en este Salmo: «Aunque sondees mi corazón visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí». Es verdad que no deseo hacer el mal, pero también es bien verdad que el mal anida en mí y hago sufrir a los demás y te entristezco a ti, y tú lo sabes muy bien y te dueles de mi dolor. Pero también es verdad, y me gozo en recibir de ti esta gracia ahora, que no soy malo en el fondo, que quiero hacer el bien, y que me alegra poder hacer algo por los demás y servirlos en tu nombre. Yo no soy inocente, pero tu misericordia me hace inocente, y ese gesto tuyo de borrar mi pasado y limpiar mis fondos me llena de alegría ante la responsabilidad de mi vida y la realidad de tu amor. Bendita sea tu misericordia que me abre las puertas del creer.
Ahora puedo acabar el Salmo con confianza: «Con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante»”.  (CARLOS G. VALLÉS BUSCO TU ROSTROORAR LOS SALMOS. Paulinas Sal Terrae. Santander-1989. Pág. 36)
 
El evangelio hoy nos plantea la realidad de la resurrección.
Hemos visto como los  saduceos, para poner en ridículo la creencia en la resurrección de los muertos proponen a Jesús un caso extremo en donde se aplica la ley del levirato, atribuida a Moisés, según la cual la muerte de un hombre que no había dejado descendencia, comprometía a su hermano a casarse con la viuda con el fin de garantizar una descendencia al difunto (vv. 28-32, cf. Gn 38,8; Dt 25,5; Rut 3,9-4.10).
Detrás de ciertas afirmaciones, ciertas oraciones, ciertos interrogantes de muchos cristianos de hoy se percibe todavía, por desgracia, un concepto de la “resurrección de los muertos” similar a la de los fariseos. La resurrección de la cual habla Jesús—aquella que compara al hombre a los “ángeles de Dios”—es completamente diversa. Para Jesús, el hombre vive sobre la tierra una gestación, se prepara para un nuevo nacimiento después del cual no habrá otro, porque el mundo en el que entrará será definitivo. Allí no estará presente ninguna forma de muerte.
Jesús, con gran aplomo y personalidad y con una sabiduría infinitamente superior a la de sus enemigos dialécticos, les responde con contundencia que en el cielo nadie se casará. Todos los que hayan sido juzgados <<dignos de la vida futura>> serán como ángeles. Es decir, es una torpeza trasladar a la otra vida los esquemas mentales y las realidades terrenas.
El razonamiento de Jesús podría parecer extraño a primera vista. El problema que le plantean es la resurrección de los muertos y él habla de Dios, pero en realidad la fe en la resurrección depende de la imagen que se tiene de Dios. No es sólo un problema antropológico que se resuelve respondiendo filosóficamente a las preguntas de quién es el hombre y cuál es su destino. Es ante todo un problema teológico. Por eso es sumamente importante el comentario que hace Jesús al texto del Éxodo cuando añade al final: “todos viven por medio de él” (v. 38). Para él, la resurrección de los muertos se fundamenta en el poder de un Dios que es vida y amor, quien en virtud de la comunión de vida que ha querido establecer con los hombres, no los abandona a la muerte sino que los conduce a una vida sin fin.
La esperanza de la vida futura, por una parte, nos ayuda a relativizar el presente, ayudándonos a asumir nuestra condición de peregrinos en el mundo, en constante éxodo, libres de todo lo que pueda distraernos en nuestro camino hacia la patria eterna; por otra parte, esta esperanza da consistencia al presente, lo hace fecundo e importante, pues vivimos con la conciencia de que hemos sido arrancados del poder de la muerte y seremos recuperados totalmente para Dios y en Dios. La esperanza en la vida futura nos libera de todo aquello que se presenta ante nuestros ojos con pretensiones de absoluto. Al mismo tiempo, en lugar de alienarnos, nutre y estimula nuestro compromiso con el presente, sanando los límites y las heridas propias de la condición histórica. Gracias a la esperanza en la vida futura, el cristiano es testigo de vida, de gozo y de confianza.
La resurrección como la vida en Dios es una condición completamente nueva: cuando el hombre es introducido a esta vida nueva, y para mantener la propia identidad, se transforma en un ser distinto, inmortal.
¿Cómo será esta vida con Dios? Este es el interrogante que es necesario responder con mucha circunspección porque está siempre el peligro de proyectar al más allá—como hacían los fariseos y los saduceos—lo que de positivo experimentamos aquí, multiplicado al infinito: alegría placer, satisfacción y—sostenían los rabinos—hasta el retorno a la vida conyugal.
 
- Ante la muerte nos hacemos mil preguntas y muchas de ellas son para recriminar a Dios. ¿Cómo experimentamos la “ausencia de Dios” en los momentos difíciles que genera la muerte? ¿Qué resonancia tiene en nuestra vida esta experiencia?
- La cercanía que nos han ofrecido otras personas en los momentos difíciles que genera la muerte o la que hemos mostrado nosotros mismos a los demás es, con frecuencia, el único modo de anunciar la esperanza cristiana de la resurrección.. ¿Cómo prepararnos para asumir la muerte como participación de la resurrección en Jesucristo?.
- El mundo de hoy es cada vez más agitado y vertiginoso. ¿Estamos preparados para encontrarnos cara a cara con el Señor Jesús?.
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org