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domingo, 27 de noviembre de 2022

Comentario a las Lecturas del I Domingo de Adviento 27 de noviembre 2022.

Hoy empezamos un nuevo año cristiano. Y lo empezamos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva a la vez: somos invitados a celebrar el Adviento, la Navidad y la Epifanía. Desde hoy (27 de noviembre) hasta el final del tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor (7 de enero), van a ser cinco semanas de "tiempo fuerte" en que celebramos la misma buena noticia: la venida del Señor. Las tres palabras. Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación, apuntan a lo mismo: que Cristo Jesús se hace presente en nuestra historia para darnos su salvación.


En este  Ciclo litúrgico (A) el evangelio propio es el de  S. Mateo. Se trata, sin duda, del escrito evangélico con un mayor protagonismo en la historia de la Iglesia, tanto por el amplio número de comentarios sobre el mismo, como por su mayor utilización en la vida litúrgica de la comunidad cristiana.

El Evangelio de san Mateo está dirigido a probar que Jesucristo es el Mesías anunciado por los profetas y que en Él se cumplió todo lo que los profetas habían anunciado. A Mateo lo pintan con la imagen de un hombre, porque su Evangelio empieza haciendo la lista de los antepasados que Jesús tuvo como hombre.

San Mateo pone de relieve la autoridad del único Maestro, Jesús. Tiene la esperanza de que este Maestro hable por medio de su evangelio. Todas las demás autoridades pierden fuerza donde Jesús se convierte en el Señor.

Las comunidades son, sobre todo, unas comunidades de hermanos y hermanas, regidas por las enseñanzas y autoridad de un único Maestro, Jesús, que es el Mesías judío esperado, pero también el Señor universal para todos los pueblos. El sueño de Mateo: una iglesia que evidencie el único señorío de Jesús, no deja de ser el sueño de muchos cristianos y cristianas hoy., que continuamos caminando en las múltiples y coloridas comunidad cristianas.

 

La primera lectura de hoy  del capítulo segundo del Libro del Profeta Isaías ( Is 2,1-5 ) , marca el tiempo mesiánico. Una de las formas de representar el tiempo escatológico es presentarlo como un tiempo en el que no hay guerras, donde Dios mismo romperá las armas de la muerte (Os 2, 20; Zac 9, 10; Sal 46, 10). Aquí, las naciones, tras haber recibido las instrucciones de la palabra del Señor, se encargarán de romper lo que pueda ocasionar la guerra. El hombre que trabaja por ser artesano de la paz se acerca a su destino verdadero, es ciudadano de la nueva Jerusalén.

Isaías predica en Jerusalén en tiempos del rey Joatam (alrededor de los años 740-734 a.C.). Es un momento de prosperidad económica, pero que esconde la presencia de la injusticia y de la falsa piedad. El profeta, influenciado por el estilo denunciador de Amós, saca el tema a la luz y llama a la conversión: Jerusalén tendrá que volver a ser la ciudad fiel.

Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la transformación de las espadas en arados y de las lanzas en podaderas...

Pero Isaías no se queda sin hacer nada. Los sueños son para convertirlos en realidad, por eso grita en medio del pueblo: "casa de Jacob, vamos, caminemos a la luz del Señor", y la esperanza se hace camino, comienza el éxodo, la salida. No hay advenimiento, venida del Señor, si no hay éxodo, salida del pueblo de Dios.

En este texto, Isaías mira más allá, hacia el futuro, para vislumbrar el destino de la ciudad en los planes de Dios. Jerusalén, y con ella el monte de la casa del Señor, será un centro de irradiación de la Palabra de Dios: "porque de Sión saldrá la ley.."; y un centro de atracción para todos los pueblos: "Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos". Centro ascensional, que con un movimiento vertical atrae hacia arriba, no por el hecho de ser una elevación geográfica, sino por el hecho de la presencia de Dios. Es la contrarréplica a la torre de Babel: ésta era una elevación obra de los hombres, que llevó a la confusión del lenguaje y a la dispersión, aquélla, Jerusalén, ofrecerá a los hombres la palabra de Dios y la unidad.

Nos comenta Aloso- Schökel "Este poema es uno de los más inspirados y profundos del A.T. El monte se vuelve centro y origen de un doble movimiento, propuesto en orden cronológico inverso: movimiento centrífugo de irradiación, ley y palabra; movimiento centrípeto de concurrencia universal... ¿Quién los ha convocado? ¿qué fuerza de gravedad invertida los ha puesto en movimiento, para que converjan y asciendan?... Del centro del mundo ha salido una fuerza misteriosa, no de ejércitos ni de violencia, sino de convicción pacífica e irresistible". (L. Alonso ·Schökel-A)

 

El responsorial es el salmo  (Sal 121,1-9) , el mismo de la semana pasada, aunque los versículos que se proclaman hoy son otros, si es el mismo la misma antifona.. “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Sin duda está en perfecta relación con la primera lectura que acabamos de escuchar.

Respecto al domingo pasado se añaden los versículos 6-9.

Decíamos de  este salmo el domingo  pasado: " Salmo de "peregrinación" en ritmo gradual, con palabras claves que se repiten. Es era el último salmo que los judíos entonaban en su peregrinación a Jerusalén, cuando la impresionante mole del Templo se hacia visible ante sus ojos. Muestra la alegría desbordante por llegar a la Casa del Señor. Igual tiene que ser para nosotros, hoy. Mostremos nuestra alegría por estar, juntos, en la Casa de Dios.

  Los peregrinos, después de un largo viaje de acercamiento llegan finalmente ante Jerusalén. Uno de ellos exclama de alegría y admiración. La ciudad ¡qué bella es! Se siente la sorpresa de un pueblerino o de un nómada pasmado al mirar las construcciones que forman un todo compacto: casas, calles, palacios, el templo, todo rodeado de murallas y torres sólidas.

El tono principal es de alegría. En forma de "inclusión" al principio y al fin del salmo, la razón profunda de esta alegría: "la Casa del Señor"... Sí, Yahveh vive en esta ciudad. Junto al nombre de la ciudad repetido amorosamente, un conjunto de expresiones poéticas y aliteraciones.

Fijémonos en la expresión: "Invocad la paz sobre Jerusalén" : la palabra "paz" tiene las mismas consonantes de Jerusalén... Cuando no utiliza ni "shalom" ni "Ieruschalaim", dice "allí" adverbio que casualmente tiene dos de las consonantes de Jerusalén. El conjunto, cantado en hebreo, es una pequeña maravilla musical. Es obra de un gran poeta.

En cuanto a un sentido más profundo, es también de perfecta unidad: Jerusalén, la capital, hacia la cual convergen caminos de todas partes, de arquitectura compacta (ciudad construida en la cima de una montaña), ciudad cuyo nombre significa "paz", es también símbolo de unidad de las tribus dispersas... La fe en el único Dios cuya gloria habita en el Templo, es el fundamento de esta comunidad fraternal.

Jerusalén es el corazón del judaísmo, centro de su pensamiento y de sus cantos, a quien los grandes poetas hebreos de todos los tiempos han dedicado sus más inspirados poemas.

En todo tiempo Jerusalén ha sido la capital del mundo judío: en tiempo de David y de los reyes, en tiempo de Esdras y Nehemías después del exilio, en tiempo de los Macabeos y en la época del Nuevo Testamento. Y en los 2000 años de Diáspora, después de su destrucción en el año 70, Jerusalén ha sido siempre el centro espiritual de su vida, la capital de su destino, como lo es actualmente en el moderno estado de Israel.

El salmo 121 canta la emoción de la ida a Jerusalén y las excelencias de la ciudad. Tiene una estructura sencilla que se puede presentar así:

a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)

b) Elogio de la ciudad: de su templo e instituciones (3-5).

c) Augurios de paz y de felicidad (6-9).

a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)

            Los versículos de este domingo (6-9), añaden mayor esplendor a la alegría expresada. Bendiciones sobre la ciudad: «Desead la paz... te deseo todo bien» . Los peregrinos pronuncian sus bendiciones sobre la ciudad. Le desean todos los bienes, sobre todo la síntesis de bienes que es la paz. La razón de este deseo, al mismo tiempo garantía de su eficacia, es la casa del Señor de la alianza.

     La segunda lectura  es de la Carta del Apóstol San Pablo a los romanos (Rom 13,11-14 ).

La carta debió ser escrita por Pablo en Corinto durante el invierno del 57-58, a punto de partir para Jerusalén, desde donde espera ir a Roma y de allí a España.

El texto pertenece a la segunda parte de la carta de San Pablo a los fieles de Roma. En la primera parte (1, 18-11, 36) les ha dicho lo que ya son los cristianos, ahora les dice lo que deben de ser. Pues la fe cristiana no es un estado o situación establecida de una vez por todas, sino una vida y un proceso en permanente evolución para responder día a día a las sorprendentes llamadas de un Dios que siempre está viniendo. Tampoco el Evangelio es simplemente el anuncio de lo que ya ha sucedido, es también promesa pendiente de lo que aún ha de suceder y el imperativo de un deber que es preciso cumplir. El motivo poderoso que impulsa la vida de fe es la venida inminente del Señor.

La expectación de Pablo y de los primeros cristianos, que vivían en vilo esperando esa venida del Señor, parece para nosotros agua pasada. Diríase que el Señor se ha retardado, diríase que nosotros nos hemos dormido cansados de tanto esperar. Sin embargo, lo cierto es que vivimos en el principio del fin. Pues nada puede ocurrir ya verdaderamente decisivo después de la muerte y resurrección de Jesús; todo lo demás, con ser importante en gran manera, son consecuencias de este suceso de salvación. A gran manera, son consecuencias de este suceso de salvación. A nivel individual, lo decisivo de nuestras vidas es la incorporación a Cristo y a su pascua por el bautismo y la fe . De ahí se sigue, la urgencia de vivir atentos a los siglos de los tiempos y los días para responder al Señor que viene y nos llama.

Creer en Jesús conlleva una actitud, una toma de postura bien definida: vivir en esta vida teniendo presente que pensar con los criterios de la sociedad injusta es no darse cuenta del "tiempo" en que vivimos, del tiempo de la salvación, del tiempo de Jesús. Aquí, las "actividades de las tinieblas" hacen referencia no sólo a la vida a veces desenfrenada de los paganos (hay que pensar en Nerón yendo por las tabernas nocturnas de Roma: Suetonio, Nero, XXVI), sino al mismo ser pagano que es tinieblas. El creyente que vive a lo pagano es una contradicción en vida. Para mantener la fe hoy, y para darle nuevo aliento, es preciso caer en la cuenta de que ser cristiano implica una serie de exigencias de tipo espiritual y también moral.

El "momento" parece indicar los últimos días, la era escatológica, inaugurada por Cristo, que se contrapone al tiempo anterior. Se trata del tiempo de la Iglesia. La conciencia que el cristiano tiene de la importancia de este tiempo debe influir poderosamente en su actuar como hijo de la luz.

La Biblia no concibe a Dios en abstracto como podían hacerlo Platón o Aristóteles, sino que lo percibe y lo entiende en el marco de sus intervenciones acá en la tierra, que convierte la historia del mundo en historia de salvación, puesto que parte de ésta se da en la historia. Frente a los ciclos cósmicos de eterno reposo de las cosas, en la Biblia domina la concepción de que los jalones son acontecimientos únicos que no se repiten. La humanidad se enriquece poco a poco acumulando experiencia y, así, se hace posible el progreso y una marcha hacia la plenitud final que no es la vuelta al principio.

El "día-de-Yahvé", cuya fecha es desconocida, será comienzo de una nueva era de justicia y felicidad, de nuevos cielos y nueva tierra. De los textos no se puede sacar una satisfacción de la curiosidad sobre el momento final, sino únicamente la conciencia de las exigencias espirituales que comporta el tiempo en que vive. Jesús, que vive en el tiempo histórico (6 a.C al 30 d.C.), divide la historia en antes y después e inaugura el tiempo del cumplimiento, el tiempo de la Iglesia. Los últimos tiempos están sólo inaugurados, pero todavía no se palpan todos sus frutos. Es el "ya" pero "todavía no" en el que la conversión a Dios se realiza a través del seguimiento de Jesús. La venida del Hijo del Hombre, de la que el cristiano está en espera continua, define a Cristo como el alfa y omega de la historia humana.

 

El evangelio de San Mateo (Mt 24,37-44), presenta el final del evangelio, con el siguiente desarrollo: el versículo inicial establece una comparación entre la venida del Hijo del Hombre y la época de Noé. Los versículos siguientes 38-41 explican el sentido de esa comparación. Por último, los versículos 42-44 extraen la consecuencia.

Un verbo domina en él: venir. Venida del Hijo del Hombre, del diluvio, de un ladrón. De estas venidas, dos, la del diluvio y la del ladrón, sirven de referencia aclaratoria de la tercera, la del Hijo del Hombre, expresión cuyos orígenes literarios controlables se remontan al singular libro de Daniel.

Las tres venidas tienen un dato en común: su imprevisibilidad y, consiguientemente, el desconocimiento del momento exacto de las mismas. A la luz de este dato, el interés del texto se centra en despertar en los oyentes una actitud vigilante a fin de que no les coja desprevenidos la venida del Hijo del Hombre.

 La alusión a los días de Noé antes del diluvio se hace para explicarnos cómo la venida del Señor será repentina y sin previo aviso. A diferencia de lo ocurrido cuando la destrucción de Jerusalén, no hay señales claras que determinen el momento del fin del mundo. Por eso los hombres harán su vida como si tal cosa y serán sorprendidos como lo fueron en tiempos del diluvio.


La venida del Hijo del Hombre, la parusía, sorprenderá a los hombres en medio de sus faenas y diversiones. No todos serán elegidos y congregados de los cuatro vientos de la tierra por los ángeles (v. 31). Uno será tomado y otro dejado. Los hombres, que han crecido juntos, como la cizaña y el trigo, serán separados en aquel día del juicio. Para los justos será un juicio de salvación (cfr. Lc 21. 28); para los impíos, de condenación.

 La incertidumbre del fin es una advertencia para que vivamos vigilantes en todo momento, pues cualquiera puede ser el decisivo. Vigilar es estar abierto por la esperanza hacia el futuro del Señor que viene, es también estar dispuesto a reconocerle en los pobres y necesitados y a cumplir en cada caso el mandamiento del amor. Es también orar. Sólo el que vigila está preparado para el encuentro con Dios en Cristo. La expresión "vuestro señor" no es original de Jesús, sino del evangelista.

La breve parábola del dueño de la casa que no puede dormir despreocupado porque no conoce la hora en que el ladrón puede robarle, señala claramente cuál debe ser la actitud del cristiano. Así que la espera de la venida del Señor, que vendrá repentinamente como un ladrón que no anuncia la hora de su visita, lejos de ser una buena excusa para evadirse de todos los problemas, es una severa advertencia para vivir atentos la hora de nuestra responsabilidad. Los cristianos deben demostrar que esperan al Señor preparando los caminos de su advenimiento, deben ser los más activos de los hombres en la construcción del mundo. Nuestra sociedad parece cada vez más estúpida e insensible a la verdad y a la justicia. Sin embargo, la justicia vendrá en su día. ¿No es hora ya de despertar del sueño?

El texto pretende que nos percatemos  de que la historia (la particular y la general) tiene un sentido. Vivir sabiendo que tiene sentido: he aquí el significado de la invitación del texto de hoy. Conciencia de perspectiva, percepción del horizonte. ¡Que existen! ¡Porque existen! He aquí la vigilancia y la preparación de las que el texto de hoy nos habla. No habla de la muerte ni del estado de gracia en el momento de la muerte. Nos habla de que él Hijo del Hombre es el sentido mismo de la historia, que no es otro que Dios. El estar preparado es ser consciente de ese sentido, estar abierto a las inquietudes de la trascendencia. Estar en vela es mirar el horizonte de la historia , en la que estamos inmersos. El texto de hoy es todo lo contrario de una escuela de terrores y de miedos. Dicho más llanamente: es una invitación a la perspectiva y al optimismo. Invitación tanto más necesaria cuanto que con más frecuencia de lo deseable, nos encerramos dentro de las cuatro paredes de un universo impremeditado y sin sentido.

Expresamente nos dice que hay que estar en vela en la historia y particularmente en este tiempo de Adviento, para no desaprovecharlo y atender a nuestra más profunda conversión.

 

Para nuestra vida.

En este Adviento, la llamada es clara: se trata de ver la realidad a través de Cristo, que nos interpela y nos urge a la responsabilidad y al amor. Así es como los cristianos nos preparamos a salir al encuentro del Salvador, y así preparamos esta nueva Navidad. Iluminados por el misterio de Cristo y llamados a su encuentro en la eternidad, volvemos a la convivencia en un mundo en el que los hombres, nuestros hermanos, viven las más de las veces inconscientes de la necesidad que tienen de Cristo. Es preciso, es urgente que seamos luz para ellos.

Las lecturas de este domingo son una llamada a renovar nuestra fe y nuestra responsabilidad ante el misterio salvífico de Cristo.

 

La primera lectura (Isaías 2,1-5), nos presenta un sueño  del profeta Isaías. Profeta es el que ve más allá y el que ve más adentro. Profeta es el que capta el sentido de las cosas y los acontecimientos. Profeta es el que conoce lo que hay en el hombre y lo que está llamado a ser; el que se hace transparente a todo; el que escucha la voz del Espíritu.

Isaías tuvo una visión, tuvo un sueño. Sueña que todas las naciones se dejarán instruir por el Dios de la verdad y la misericordia, que caminarán por las sendas del derecho y la justicia, que se aprobarán las leyes de la solidaridad. Sueña que un día todos los hombres se darán las manos y se sentarán a la mesa de la fraternidad, y las armas se guardarán en los museos de la historia o se reconvertirán en instrumentos para el desarrollo; sueña que todos los hombres se declararán objetores de conciencia y que «nadie se adiestrará para la guerra».

Isaías  hace un espléndido anuncio "al final de los días", que fue ya, y es hoy y será mañana. es para "Judá y Jerusalén", para la Iglesia y cada comunidad cristiana. Aunque la oscuridad envuelva el mundo, siempre habrá una luz puesta sobre el monte; siempre habrá montes de esperanza; Cristo será el mejor, el más hermoso y luminoso de los montes; siempre habrá hombres y "pueblos numerosos", que busquen y suban a esas montañas luminosas, para saciarse de palabra, de justicia y de paz.

"El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios". No obstante la ignorancia y las aberraciones de los hombres, en los planes divinos el designio de salvación se extiende a toda la humanidad. Todos tenemos total necesidad de Cristo Redentor y de la revelación plena del amor de Dios. En esta primera lectura, el profeta Isaías contempla en lontananza el día del Señor y presenta el carácter universal de toda la salvación. El pueblo de la Alianza (el Antiguo y Nuevo Israel) ha sido elegido por Dios para poseer y transmitir la fe y la salvación a todos los pueblos. Dios obra en favor del mundo a través de la Iglesia, ya que el primer pueblo de la Alianza fue infiel.

De ahí la responsabilidad de todo cristiano de no poner obstáculos a la misión salvadora y redentora de Cristo. A todos nos incumbe siempre una actitud misionera, en la medida de nuestras posibilidades, según los diversos estados en que vivimos nuestra vocación.

 

El salmo responsorial  de este domingo nos  ayuda a expresar la alegría de sentirnos cerca de la casa del Señor. Cuando en sus peregrinaciones anuales los israelitas llegaban a Jerusalén, sus rostros quedaban iluminados contemplando la ciudad santa. Allí, en santa asamblea, se congregaba el pueblo, como en los tiempos del desierto en torno a la tienda; allí resonaban las alabanzas al nombre del Señor; allí era posible a los israelitas en litigio encontrar justicia, pues en las puertas del palacio real estaban los tribunales de justicia; allí resonaba sin cesar el tradicional «shalom» entre los hermanos de un mismo pueblo. ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Lo que para Israel representaba Jerusalén, para nosotros, cristianos, lo representa el domingo. En este día, nos reunimos, y el nuevo Israel aparece como ciudad bien compacta en las asambleas dominicales; en este día, según la costumbre del nuevo Israel, celebramos el nombre del Señor; este día nos aporta la esperanza escatológica y es, para quienes frecuentemente sufrimos, prenda de que se nos hará justicia definitiva; en este día del Señor, intercambiamos todos los cristianos nuestro «shalom» al celebrar la eucaristía...

Que nuestro entusiasmo, al llegar el domingo, no sea, pues, menor que el de Israel cuando se acercaba a Jerusalén: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

 

La segunda lectura (Romanos 13,11-14), nos urge a una vida renovada:  "Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís; pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.". Quienes por la fe ya hemos conocido el misterio de Cristo no podemos caer en la inconsciencia de vivir en la irresponsabilidad de los hijos de las tinieblas. Tenemos ansias del encuentro definitivo de Cristo. Nuestra vida presente es una marcha hacia el futuro.

Por eso para el cristiano que espera ese encuentro y que ha hecho suyas las aspiraciones de los hombres de su tiempo, el sentido de la historia de la humanidad es el sentido de su misma historia, que solo tiene valor a la luz de Cristo. Apartarse de ahí es caminar en las tinieblas.

El texto es una invitación a la conversión activa, a salir del mundo viejo y caminar hacia lo nuevo. Pablo, además, anuncia algo muy importante: que nuestra salvación está cerca.

"Daos cuenta del momento en que vivís": Pablo exhorta a la comunidad cristiana de Roma a darse cuenta de que está viviendo ya en los tiempos definitivos, en los tiempos finales. El cristiano se sitúa siempre en este tiempo decisivo y, por tanto, vive en la tensión de la exigencia de ser un testimonio coherente de la fe. Este tiempo ha empezado con la muerte y la resurrección de Cristo; en El Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y su historia.

-"Ya es hora de espabilarse": Pablo recurre a las imágenes de la apocalíptica para describir este tiempo definitivo: es el inicio del día, que reclama al hombre la decisión dificultosa de dejar el sueño y emprender la lucha diaria. Día y noche, oscuridad y luz, son imágenes de la opción clave entre el bien y el mal que el hombre ha de realizar. La referencia a la oscuridad queda completada con la descripción de algunos vicios.

-"Vestíos del Señor Jesucristo": El hombre a quien el día sorprende durmiendo aún va sin vestir y no se encuentra preparado para la lucha. El cristiano por el bautismo se ha revestido de Cristo y no tiene que abandonar ese vestido si quiere estar a punto para el tiempo decisivo.

 

En el evangelio de San Mateo 24,37-44,  Jesús compara la venida del Hijo del Hombre a lo que sucedió cuando el diluvio. Pero la venida del Hijo del Hombre no será un diluvio devastador, sino una lluvia pacífica y fecunda. Lo que pasa es que no avisa. Y la gente ni está preparada ni se da cuenta. Los grandes acontecimientos no suelen anunciarse al son de trompetas. El ladrón tampoco avisa, ni la muerte, ni los cambios culturales, ni las reformas religiosas. Cuando nos damos cuenta, están ahí.

Pues de eso se trata, de darse cuenta. No es que hayamos de vivir temerosos, como si en cualquier esquina nos alcanzara la goma-2 asesina o la navaja ladrona. Temerosos no, porque es falta de fe; pero tampoco inconscientes o dormidos. La consigna es «vigilad». Vigilad porque el Hijo del Hombre viene en cada momento; porque la verdad y la justicia necesitan ser defendidas en cada instante; porque la solidaridad, como el amor, no descansa; porque la libertad hay que ejercitarla en cada hora. Vigilad, para que no os perdáis la gracia del encuentro.

La gente, como en tiempos de Noé, come, bebe, se casa, trabaja, se divierte, pero está insatisfecha y vacía y no se da cuenta de nada. La gente no ve más allá de su cartera o del plato de comida.

" estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor". No sabemos el día ni la hora. Solo la fe vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de salvación eterna. La realidad cotidiana con su monotonía exasperante nos adormece. A nuestro alrededor hay acontecimientos difíciles: guerras, violencias, injusticias, etc. A todo nos acostumbramos. Existe quien responde y quien se calla, quien se esfuerza y quien se abandona.

San Juan Crisóstomo llama aquí a la vigilancia esperanzada:

" En medio de la oscuridad no puedes distinguir al amigo del enemigo. No distinguimos de noche los metales preciosos de las meras piedras. Del mismo modo, el avaro y el licencioso no distinguen la verdad y el valor de la virtud.

«Así como el que camina de noche va muerto de miedo, de igual modo los pecadores andan continuamente atormentados por el miedo de perder sus bienes y por el remordimiento de su conciencia.

«Ea, pues, dejemos una vida tan penosa. Ya sabéis que después de tantas calamidades viene la muerte... Creen los pecadores ser ricos, y no lo son. Creen vivir entre delicias, y no gozan de ellas... Nosotros vivamos sobrios y vigilantes, como quiere Cristo. “Andemos decentemente y como de día” (Rom 13,13). Abramos las puertas para que aquella Luz nos ilumine con sus rayos y gocemos siempre de la benignidad de nuestro Señor Jesucristo»  (Comentario al Evang. Juan, hom. 5).

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

Comentario a las Lecturas del I Domingo de Adviento 29 de noviembre del 2020

 

Comentario a las Lecturas del I Domingo de Adviento 29 de noviembre del 2020

Primera lectura: Isaías (Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7).

Responsorial es el salmo 79 (Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19).

Segunda lectura: Primera carta San Pablo a los Corintios (1 Cor. 1,3-9).

Evangelio: San Marcos (Mc 13, 33-37).

Comenzamos un nuevo ciclo litúrgico (Ciclo B), en este tiempo de Adviento. En este nuevo ciclo litúrgico, cambiamos de evangelista ahora será San Marcos quien nos acompañará.


Al comenzar el ciclo litúrgico, la Iglesia nuestra Madre nos recuerda que este mundo ha de tener un final. Con ello nos va preparando a rememorar la venida a la tierra del Hijo de Dios hecho hombre, su nacimiento en Belén que inicia la Redención. A primera vista pudiera parecer que son dos hechos, el del fin del mundo y el de la Navidad, que no tienen conexión alguna entre sí.

Y, sin embargo, sí que la tienen, pues se trata en ambos casos de la venida del Señor. En efecto, cuando todo termine vendrá de nuevo Jesús hasta nosotros, para juzgar a vivos y muertos. En el tiempo precedente a la venida de Cristo es preciso prepararse con penitencias y ayunos, con la enmienda de la vida, avivando el deseo de su llegada.

Durante esta primer semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del Evangelio: "Velad y estád preparados, porque no sabéis cuándo llegará el momento". Es importante que, como Iglesia, nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad. Como resultado de nuestras reflexiones deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor creyente. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la familia, el trabajo, los vecinos, etc. Esta semana, en cada comunidad parroquial, encenderemos la primer vela de la Corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia y deseos de conversión.

La necesidad que tenemos de la venida del Señor a nuestro encuentro, para poder ser salvados.

Lo cantamos todos los años al comenzar el Adviento: "rorate, Coeli, desuper et nubes pluant justum" ( destilad, cielos, el rocío y lloved, nubes, al justo).

Las lecturas bíblicas de estos cuatro domingos del Adviento litúrgico se refieren al Adviento espiritual, tiempo de preparación para la llegada del Reino de Dios, de la parusía, tal como lo entendieron los judíos, durante siglos. El color propio de este Adviento espiritual sería el color verde, que significa esperanza. De hecho, el color verde es el color que usamos en la liturgia durante todo el tiempo ordinario, porque, como hemos dicho, toda nuestra vida es preparación y esperanza en nuestra Pascua definitiva, junto a Cristo, que ocurrirá después de nuestra muerte. Nuestro Adviento litúrgico debe ser, también, un recuerdo del largo Adviento judío, que duró siglos, esperando al Mesías.

El Adviento litúrgico, que hoy comienza  durará hasta el día de Navidad. El Adviento litúrgico es el tiempo que la Iglesia quiere que los cristianos lo dediquemos a prepararnos para conmemorar dignamente el aniversario de la venida de nuestro Señor Jesucristo al mundo, acontecimiento que, como sabemos, ocurrió hace ya dos mil diecisiete años. El Adviento litúrgico se refiere, naturalmente, a la preparación litúrgica. El color morado que usamos en las celebraciones de Adviento significa preparación y penitencia, porque queremos llegar a la Navidad con el alma limpia. También es propia de este tiempo la que llamamos “corona de Adviento”, que son las cuatro pequeñas velas de esta corona, que significan la luz de Cristo que debe alumbrar nuestro camino hasta el día de Navidad. Tres de estas velas son de color morado, penitencia, y una de color rosado, alegría propia del tercer domingo, domingo Gaudete, por la alegría que nos proporciona la cercanía de la Navidad. Frente a este Adviento litúrgico está el Adviento espiritual que a nosotros nos dura toda la vida, porque toda la vida es tiempo de preparación para encontrarnos definitivamente con Cristo, cuando Dios nos llame a su lado

Al comenzar este Adviento litúrgico, no olvidemos que toda nuestra vida es un Adviento espiritual en preparación para la muerte. Un tiempo en el que deben predominar las virtudes de penitencia interior, lucha contra el pecado, y esperanza en que la presencia redentora de Cristo nos salvará, siendo la luz y el camino que nos guiará hasta nuestro encuentro definitivo con Dios nuestro Padre. Vigilemos, pues, y oremos durante todo este tiempo y durante toda nuestra vida para que, cuando Dios nos llame, nos encuentre bien preparados, porque no sabemos ni el día, ni la hora en los que va a ocurrir este encuentro. La palabra clave en este tiempo de Adviento que hoy comenzamos es "vigilancia" en espera de la venida del Señor.

Al comenzar la liturgia de este primer domingo del Adviento deseémonos mutuamente la gracia y la paz de Dios nuestro padre y de Jesucristo, el Señor, palabras que oiremos en la segunda lectura.

 

En la primera lectura de Isaías se nos proclamaY, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos, obra de tu mano”. La plegaria de lamentación de Is 63 7-64,11 es una típica plegaria de adviento, llena de esperanza, a pesar de reflejar la desilusión de la comunidad postexílica por el retraso de la manifestación de Dios. Forma parte de la recopilación de Is 56-66 que nace de una desilusión superada y de una esperanza enraizada en la convicción de que la salvación y la justicia de Dios están cerca (temática de fondo del tercer Isaías).

La lectura de hoy, por un lado, pone de relieve el momento crítico en que vive la comunidad: el peligro de los ídolos y las divisiones internas. Y, por otro, manifiesta esta esperanza enraizada e indestructible: en medio de todas las cosas (enraizados en una situación concreta) Señor, eres nuestro padre; "nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; somos todos obra de tus manos"

-¿ Dejará Dios que nos perdamos?

En este texto el profeta pone en boca del pueblo un grito de auxilio al Señor Yahvé, su padre y redentor, para que no les deje desamparados y solos. El pueblo reconoce que su pecado es la causa de sus males y, por eso, pide al Señor que, como padre que es, olvide las culpas de sus hijos y les salve: no te excedas en la ira, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa; mira que somos tu pueblo. ¿Qué relación puede tener este texto con el tiempo de Adviento que hoy comenzamos?.

Desde las palabras de esta primera lectura se anuncia la espera del Adviento¡ “Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en el. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos".

 En este primer domingo de Adviento podemos y debemos decir, con el profeta Isaías, que Dios nos ama y nos gobierna como un padre y un pastor que aman a sus ovejas y las dirige hacia fuentes tranquilas. El profeta Isaías es el cantor de nuestra esperanza en un Dios misericordioso, en un Dios redentor, en un Dios Padre, en un Dios alfarero que quiere hacernos dignos hijos suyos. Pero para que esto pueda ocurrir nosotros debemos dejarnos hacer y rehacer por Dios, como la arcilla se deja formar y transformar por las manos del alfarero. Ninguna preparación mejor que esta podemos hacer en estos cuatro domingos del tiempo litúrgico de Adviento. Pidamos a Dios que nos preparemos para el día de Navidad dejándonos formar y transformar por las manos misericordiosas de un Dios que quiere ser nuestro Padre, nuestro redentor, nuestro pastor supremo y el alfarero de nuestras vidas.

"¿Puedes quedarte insensible ante todo esto, Señor?". Así suplicaba Israel a Dios, y así podemos seguir suplicando en el siglo XXI ante tantas desgracias que se abaten sobre nuestro mundo: armas atómicas que pueden dejar hecha la tierra un desierto, flagrantes injusticias que asolan a países enteros del tercer mundo con el hambre y enfermedades... ¿Por qué continúas obcecando nuestro corazón? ¿Seremos incapaces de romper con estas fuerzas salvajes? ¡Ojalá que rasgases el cielo y bajases...!

El hombre de nuestra sociedad o no siente a Dios o lo ve muy lejano, ajeno a nuestro mundo. Su silencio nos suena a ausencia, a no existencia.

Muchas frases de este relato suenan a ateas. Y es que Israel no sabe descubrir a ese Dios liberador, lo pone en duda y se queja amargamente. Pero esta queja es ya una súplica, un abrirse al Dios Padre. Así lamentándose Israel nos enseña a descubrir a nuestro verdadero Padre.

Al empezar el Adviento, también nosotros confesamos nuestras culpas; y en medio de los negros nubarrones, del denso silencio del que a veces está rodeada nuestra vida,  gritamos con fuerza y esperanza: "Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros, la arcilla, y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.".

 

En el salmo responsorial (Salmo 79) de hoy, imploramos la necesidad de la ayuda del Señor, sin esa ayuda, caeremos como las hojas del árbol en otoño y nuestras maldades nos arrastrarán como el viento. Por eso, nosotros rezamos hoy en el salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Es el grito que dirigimos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia. Es posible que incluso le pidamos que venga sobre el mundo su castigo para que reaccione, que baje desde el cielo y derrita los montes para imponer la auténtica justicia, como dice el profeta Isaías.

El salmista lamenta el silencio de Dios. También el hombre de hoy es testigo de ese silencio: Dios calla y los ídolos han sido destruidos. Pero se trata de un silencio diferente. Nos resulta difícil hablar sobre Dios y dirigirnos a él. Pero también es preciso aceptar que el silencio es el estado habitual y definitivo de Dios, incluso en su revelación, como dice certeramente san Juan de la Cruz: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída por el hombre».

En el comentario a este salmo 79, San Juan Pablo II decía: "2. En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.

Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales:  por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5, 2; Sal 79, 9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas.

3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía:  sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).

Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14).

4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio:  "Dios de los Ejércitos, vuélvete:  mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).

En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así:  "Que tu mano proteja a tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste". Tal vez el pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor, encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7, 13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.

5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar:  "No nos alejaremos de ti" (Sal 79, 19)."(San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002).

 

San Pablo en el fragmento de esta segunda lectura,  nos confirma con sencillez y profundidad esa paternidad de Dios Padre, por revelación de Jesucristo. Hay además un matiz muy importante para estos tiempos: el llamamiento que Pablo de Tarso que hace a los Corintios contiene una invocación a la unidad, por la misma que mantienen Padre e Hijo. Y hemos de tenerlo en cuenta en este primer día del Adviento. Hemos de esperar a Jesús pero todos unidos. Eso no significa un uniformismo a ultranza o un diseño exclusivo del pensamiento de los fieles cristianos. La discrepancia es posible y hasta aconsejable. Pero no en nada de lo que es fundamental y que no es otra cosa que nuestra comunión en la unidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Habría además una unidad operativa, útil y no restadora de libertades, que es la posición fraterna de todos aquellos que comparten la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues dicha unidad es fuente de confianza para aquellos hermanos alejados que se acercan a nosotros.

En este primer domingo de Adviento es bueno que también nosotros hoy nos deseemos unos a otros la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor. Un Adviento vivido, individual y comunitariamente, en la gracia y en la paz de Dios será siempre un buen Adviento, porque el que vive en la gracia y en la paz de Dios vive en el amor de Dios y amando a los hermanos. Si, como venimos diciendo, el Adviento es tiempo de penitencia y preparación para la Navidad, ninguna penitencia mejor para esto que dejarnos formar y transformar cada día por las manos misericordiosas de Dios, nuestro Padre, nuestro Rey y el Buen Pastor de nuestras almas.

Constatando nuestras debilidades, necesitamos la gracia de Dios, para que el Señor, con su fuerza, restaure nuestra naturaleza caída y menesterosa, y podamos así recibirle con dignidad cristiana, en esta Navidad y siempre. Necesitamos la paz de Dios, una paz que es a su vez gracia y don, no cálculo interesado de nuestros egoísmos y conveniencias particulares. Sí, la paz de los hombres necesita estar siempre defendida con armas y dinero; la paz de Dios, en cambio, brota del corazón y busca siempre el bien del prójimo tanto como el de uno mismo.

 

En el Evangelio de San Marcos, evangelista correspondiente a este ciclo B que hoy iniciamos, se nos exhorta a la vigilancia: " Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”.

Esta invitación a vivir vigilantes, será el hilo conductor del tiempo de Adviento. La vigilancia es un imperativo ético en todas las edades y situaciones de la vida de un ser humano. Cuando desaparece la vigilancia aumenta el riesgo y la posibilidad de corrupción y decadencia, tanto en la vida corporal, como en la vida social y en la vida religiosa. Un creyente  serio y responsable es siempre una persona vigilante, con una vigilancia activa y esperanzada. Se nos pide que vivamos siempre vigilantes y preparados, para que cuando el Señor llegue nos encuentre bien preparados para poder recibirle con dignidad cristiana. No se trata sólo de preparar con dignidad cristiana las fiestas de la Navidad, sino de vivir siempre bien preparados y dispuestos para que cuando venga el Señor a nuestras vidas nos encuentre bien preparados. En este primer domingo del Adviento hagamos el propósito firme de ser siempre personas espiritualmente activas, para que cuando el Señor venga a nuestro encuentro, no nos encuentre dormidos.

San Marcos nos llama a la vigilancia. Es el Señor quien nos la recomienda insistentemente: "Al atardecer, a medianoche, al canto del gallo, al amanecer", las cuatro vigilias en que se dividía la noche. Velad como el vigilante de una obra en construcción, como el jugador que espera que el entrenador le ponga a calentar, o el hombre de negocios la ocasión propicia; como el profeta a la escucha de cualquier signo, como la esposa que espera la llegada del amado, como el guardaespaldas para defender a la persona encomendada. Necesitamos velar para reconocerlo y acogerlo. Es lo propio del Adviento. El Señor está cerca. El Señor viene. Es el tiempo de la preparación de nuestro interior.

 Mirad, vigilad, velad: son tres palabras y una misma actitud. Mirar es ver con detenimiento y profundidad. Mirar es fijar los ojos con interés y con alguna esperanza. Mirar es dejarse sorprender. Miremos de verdad a las personas, a las cosas, a los acontecimientos, a la vida.

La vigilancia es fruto de la fe, de la esperanza y del amor. Vigilamos cuando esperamos, vigilamos cuando creemos, vigilamos cuando confiamos, vigilamos cuando amamos. No dejemos de velar.

*Velad, porque Dios es sorprendente. El viene siempre, pero no sabemos cuándo, cómo y por dónde. Velad para no dormir, dejando pasar la ocasión del encuentro.

* Velad para reconocer y acoger a Dios, siempre que quiera presentarse.

*Velad, pero cumpliendo cada uno su tarea.

*Velad, porque la vigilancia es hija de la esperanza.

*Velad, porque vivimos en un adviento continuado.

En este domingo se nos recuerda el horizonte último de la historia, que se identifica con la venida del Hijo del Hombre. Ahí se inscribe nuestra vida, se subraya la importancia de lo que está en juego y constituye una llamada a la seriedad. De aquí la recomendación a velar: con frecuencia nos dormimos, nada es automático, es necesaria una verdadera elección. 

Una cierta tensión atraviesa los textos de hoy y de todo el Adviento: "a ti, Señor, levanto mi alma; en ti, Dios mío, confío; los que esperan en ti no quedan defraudados" (entrada). "Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras" (colecta). "Cuando venga de nuevo podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar" (prefacio). Una cierta tensión, una sana tirantez debería ser también la tónica de nuestra vida.

Como  cristianos no debemos dejarnos atrapar en las mallas sinuosas del ambiente desencantado, regalón o "pasota" que nos rodea. y debemos extraer continuamente razones de vivir y esperar a la fuente inagotable de la fe.

Dejamos este poema de Pedro Casaldàliga, que nos puede ayudar a caminar en este tiempo de Adviento.

"Hay que nacer de nuevo, hermanos Nicodemos"

"De esperanza en esperanza, de pesebre en pesebre, todavía hay Navidad"

"Sube a nacer conmigo, dice el poeta Neruda.
Baja a nacer conmigo,
dice el Dios de Jesús.
Hay que nacer de nuevo,
hermanos Nicodemos
y hay que nacer subiendo desde abajo.

De esperanza en esperanza,
de pesebre en pesebre,
todavía hay Navidad.
Desconcertados por el viento del desierto
que no sabemos de dónde viene
ni adónde va.
Encharcados en sangre y en codicia,
prohibidos de vivir con dignidad,
sólo este Niño puede salvarnos.

De esperanza en esperanza,
de pesebre en pesebre,
de Navidad en Navidad.
Siempre de noche naciendo de nuevo,
Nicodemos.

“Desde las periferias existenciales;”
con la fe de María y los silencios de José
y todo el Misterio del Niño,
hay Navidad.

Con los pobres de la tierra,
confesamos que Él nos ha amado hasta el extremo
de entregarnos su propio Hijo,
hecho Dios venido a menos,
en una Kénosis[1] total.
Y es Navidad.
Y es Tiempo Nuevo.

Y la consigna es que todo es Gracia,
todo es Pascua, todo es Reino."

(Pedro Casaldàliga)[2]

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 



[1] En la teología cristiana, la kénosis (del griego κένωσις: «vaciamiento»)​ es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios.

[2] Pere Casaldáliga (Balsareny, Barcelona: 16 de febrero de 1928- 8 de agosto de 2020, Batatais, Estado de São Paulo, Brasil). Fue  un religioso, escritor y poeta español, que permaneció gran parte de su vida en Brasil. Estuvo  siempre vinculado a la teología de la liberación y fue  siempre un defensor de los derechos de los menos favorecidos.