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martes, 2 de agosto de 2016

Comentario a las lecturas del Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 7 de agosto de 2016.

Comentario a las lecturas del Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 7 de agosto de 2016.
 
La primera lectura es del libro de la Sabiduría  (Sb 18, 6-9). El fragmento es de la tercera parte del libro de la Sabiduría (caps. 11-12 y 16-19), es un comentario didáctico muy libre a siete de las diez plagas narradas en el libro del Éxodo, en las que Dios y sus representantes se enfrentan al Faraón y a los suyos.
Los vs. de esta pericopa forman parte del comentario a la sexta plaga: muerte de los primogénitos.
" Aquella noche..." es una fórmula consagrada en el recuerdo israelítico: noche de la acción de Dios y del futuro del pueblo. Ese "ánimo" que se da a los padres puede referirse tanto a los patriarcas, informados de la servidumbre y de la salida de Egipto (cf. Gn 15,13-14), como a los hebreos del Éxodo a quienes Moisés hizo conocer con anterioridad la noche pascual (cf. Ex 12,21-28). De cualquier manera la promesa de Dios sostiene el ánimo de los que pasan la prueba de la fe, lo mismo ayer que hoy.
El texto nos habla del acontecimiento capital de la historia de salvación de Israel, la Pascua: «Los piadosos herederos de las bendiciones ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar los himnos tradicionales» (18,9), anticipando así el canto del Hallel de la pascua judía. Hallel, es un grupo de salmos que se recitaban la noche de Pascua y en las grandes fiestas (cfr Sal 113-118), y que recitará Jesús con sus discípulos en la Última Cena . En ella los cristianos estamos llamados a vivir en plenitud nuestra liberación. Por esta razón la eucaristía es siempre un encuentro festivo.
Desde este texto nos queda constancia de que Dios ha decidido intervenir de una forma definitiva y clara en la historia del hombre, enviando su palabra liberadora que se compromete en favor de los oprimidos: «Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable desde el trono real de los cielos al país condenado" (18,14-15).

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El responsorial es el  Salmo 32  (Sal 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22 (R.: 12b)

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor".
VV. 1-3: Invitación a la alabanza, con acompañamiento musical. Los «buenos» o «justos» son la comunidad litúrgica del pueblo escogido. Alabanza y acción de gracias se encuentran con frecuencia unidas.
VV. 10-12: El plan de Dios frente a los planes humanos: es un plan de salvación, que se realiza en la elección de un pueblo, y no tiene término.
VV. 16-19: La salvación: referida a la situación bélica y al peligro mortal del hambre.
VV. 20-22: Conclusión del himno, añadiendo el tema de la confianza y una breve súplica final.
El plan de Dios es un plan de salvación que no pueden frustrar los planes humanos adversos; que incorpora en su realización las acciones de los hombres, conocidos por Dios. La confianza, como enlace del hombre con el plan de Dios, se convierte en factor histórico activo, para encarnarse en la historia de la salvación. Como el plan de salvación de Dios no tiene límites de espacio o de tiempo, así este salmo queda abierto hacia el desarrollo futuro y pleno de dicha salvación, queda disponible para expresar la confianza de cuantos esperan en la misericordia de Dios.-- [L. Alonso Schökel]
El himno concluye con el canto de una antífona que ha entrado en el final del Te Deum: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (v 22), que prorrumpe del corazón de la comunidad, que lo espera todo del Señor, al que invoca como auxilio y escudo (v 20).
 
La segunda lectura es de la carta a los Hebreos  (Hb 11, 1-2. 8-19). El texto forma parte de la epístola dirigida a unas comunidades que viven en medio de un mundo hostil. A muchos cristianos les parecía que el evangelio era una utopía poco menos que irrealizable y empezaban a desfallecer ante las persecuciones, algunos abandonaban incluso la iglesia (cfr. 10,25). Por eso el autor les exhorta a la perseverancia y a la fidelidad. Recurre, para conseguir el efecto deseado, a los ejemplos bíblicos, sobre todo al ejemplo de Abrahán. No pretende dar una definición de la fe, sino destacar aquellos rasgos fundamentales que obtuvo la fe en los grandes creyentes y que convenía recordar a los que vacilaban: la firmeza en la esperanza, que anticipa los bienes futuros, y el convencimiento de lo que aún está por ver y por venir. La fe, como respuesta a la palabra de Dios que tiene el carácter de promesa, es inseparable de la esperanza.
Lo mismo que los hebreos del siglo I, Abraham conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional (v. 8) y la inseguridad de las "personas desplazadas". Pero en esas pruebas encontró motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios. Tanto él como sus hijos vivieron también como nómadas (v. 19).
El creyente, en efecto, es un peregrino; está en el mundo pero no se vincula a él, porque ya ha gustado los bienes invisibles. Así, el periplo de Abraham no le lleva tan solo a una ciudad terrestre (esa Jerusalén en que los primeros cristianos deseaban penetrar), ni a una tierra prometida material, sino a la ciudad invisible (v. 10) que constituye la vida con Dios. La fe enseña a no darse por satisfecho con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas: se verifica en la espera, el alejamiento del final del camino, la inmaterialidad del fin perseguido.
Finalmente, Abraham sufrió los efectos de la esterilidad de Sara y la falta de descendencia (cf. Gén 15, 1-6) (v. 11). Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte (vv. 12-13) sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.
La fe de Abraham ofreciendo su hijo Isaac es, a los ojos del autor, una fe en la resurrección. El patriarca ha podido llevar a su hijo a la muerte -ese hijo que debía ser el origen de la descendencia-, porque ha puesto en manos de Dios la necesidad de resucitarle. Abraham afronta la muerte, pues, en la misma actitud que Cristo: con una entrega total de su futuro a disposición de Dios y una confianza absoluta en la abundancia de la vida de Yahvé.
Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un "por encima de la muerte", creyó le sería concedida una posteridad, incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización de su voluntad de salvación, pero tuvo que medir -y en eso consistió su agonía- el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.
 
Aleluya
Mt 24, 42a y 44
Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre.
 
  El evangelio según san Lucas  (Lc. 12, 32-48). El v.32 de Lucas es propio de este evangelista “o temas, pequeño rebaño, porque ha tenido a bien vuestro Padre a darles el Reino”. En la perícopa anterior se habló de la confianza en Dios, el cual conoce nuestras necesidades y está pendiente de ellas, con tal de que nuestro esfuerzo esté centrado en lo único que cuenta, que es el Reino de Dios.
El “rebaño” es una imagen clásicamente bíblica para designar a Israel, pueblo de Dios, que es su pastor. Actualmente, este rebaño es pequeño, débil insignificante, circunstancia que podría aumentar sus temores, pero ellos están protegidos por una seguridad que supera todas las deficiencias humanas.
La  segunda parte del texto de Lucas (12,35-48) es una unidad de carácter literario construida desde el punto de vista de la idea del juicio. Contiene una serie de pasajes y frases de Jesús que miran hacia la parusía, la nueva venida de Cristo.
El texto nos ofrece una exhortación a la vigilancia con unas parábolas. La parábola sobre el dueño y el empleado (Lc 12,36-38), la parábola  sobre el dueño de la casa y el ladrón (Lc 12,39-40) y la del propietario y del administrador (Lc 12,41-47).
La parábola del dueño de la casa y del ladrón nos situa en nuestro hoy, cuando mucha gente vive preocupada con el fin del mundo. Por las calles de las ciudades, a veces se ve escrito sobre los muros: ¡Jesús volverá! Hubo gente que, angustiada por la proximidad del fin del mundo, llegó a cometer suicidio. Pero el tiempo pasa y ¡el fin no llega! Muchas veces la afirmación “¡Jesús volverá!” es usada para meter miedo en las personas y obligarlas a atender una determinada iglesia. De tanto esperar y especular alrededor de la venida de Jesús, mucha gente deja de percibir su presencia en medio de nosotros, en las cosas más comunes de la vida, en los hechos de la vida diaria. Pues lo que importa no es saber la hora del fin del mundo, sino tener una mirada capaz de percibir la venida de Jesús ya presente en medio de nosotros en la persona del pobre y en tantos otros modos y acontecimientos de la vida de cada día.
En el v. 41, nos encontramos con la pregunta enigmática de Pedro. “Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?" No se ve bien el porqué de esta pregunta de Pedro. El evoca otro episodio, en el cual Jesús responde a una pregunta similar, diciendo: “A vosotros os he dado conocer el misterio del Reino de Dios, pero a los otros todo les es dado a conocer en parábolas” (Lc 8,9-10).
Jesús en la respuesta a Pedro, formula otra pregunta en forma de parábola: La parábola del dueño y del administrador. “¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?” Inmediatamente después, Jesús mismo en la parábola da la respuesta: el buen administrador es aquel que cumple su misión de siervo, que nunca usa los bienes recibidos para su propio provecho, y que está siempre vigilante y atento. La respuesta dada a Pedro, vale también para cada uno de nosotros. Y allí toma mucho sentido la advertencia final: “a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.”.
 
Para nuestra vida
La primera lectura del  libro de la Sabiduría nos ha hablado de la noche en que los israelitas se disponían a salir de Egipto. Los egipcios habían decretado hacer morir a los primogénitos varones de los hebreos (cfr Ex 1,15-22). Para eludir la muerte, Moisés, recién nacido, es expuesto (v. 5) sobre las aguas del Nilo en una canastilla y salvado providencialmente por la hija del faraón (Ex 2,1-10). Con la ley del talión como fondo, el crimen de los egipcios debía ser castigado con la muerte de sus propios primogénitos, «a media noche» (Ex 12,29), y también, después, con la ruina de los perseguidores, bajo las aguas del Mar Rojo (Ex 14,26-29).
En esta noche pascual ocurren dos acontecimientos contrapuestos: los primogénitos de los egipcios son heridos, lo que obliga al faraón a dejar partir inmediatamente a los hebreos, que obtienen así el cumplimiento de la liberación prometida a los padres (cfr Gn 15,13-14) y a Moisés (Ex 11,4-7). Pero esa misma noche, antes de partir los hebreos, «los hijos santos de los buenos» (v. 9) celebran a escondidas en sus casas la cena pascual con carácter festivo y sacrificial asumiendo todos el compromiso de com­partir «los bienes y peligros»; de este modo actúan como pueblo consagrado al Señor y «entonan los cantos de alabanza de los padres» (v. 9). Reconocer y agasajar al Dios liberador implica necesaria- mente sentirse unido con todos los miembros de la comunidad "en los peligros y los bienes" (v.9). ¡Celebrar el banquete es compartir todo con todos! ¡Casi nada! Sólo así se puede ser hijo o primogénito de Dios.
Sólo con esta actitud podremos llamarnos "santos" o cristianos. El reino de Dios "ya es", pero "todavía no". Un silencio sereno envuelve nuestra existencia cristiana a la espera no de un juicio histórico sino escatológico. El primero sólo es anticipo y prueba del segundo. Y este silencio sereno nos invita a modificar nuestras vidas, a ser auténticos cristianos.
 
El salmo 32 recuerda la intervención divina, portadora de salvación para su Pueblo, y la respuesta agradecida que engendra en el hombre. Atrás quedan las acciones del pasado, pero la experiencia que generaron no ha enmudecido. En definitiva, tras los numerosos motivos de este salmo, palpita una convicción, un axioma teológico: la solicitud de Yahwéh. Al conjuro de esta convicción lo antiguo adquiere una luz más intensa. La creación, la historia de las naciones, la íntima historia personal y el valor de las potencias opositoras desfilan en esta oración, que termina exponiendo la esperanza de los «justos». Queremos recurrir a la solicitud divina tan patente y latente simultáneamente.
En esa historia la alabanza es expresión de la confianza ilimitada en el poder liberador de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a la causa del progresivo reinado de Dios tiene futuro y no es una ilusoria utopía. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras obras o empresas, de nuestras cualidades humanas, de nuestro número o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre comunidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones desesperadas: « Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad ».
 
El texto de la segunda lectura (carta a los hebreos) es una exaltación de los grandes hombres de fe a lo largo de la historia de la salvación. Caminaron por las sendas de Dios, poniendo en él su confianza.
El justo vive por la fe y por la fe son recordados los antiguos.
Por la fe, ofreció Abel a Dios un sacrificio más excelente que Caín.
Por la fe, Henoc, fue trasladado a Dios.
Por la fe, Noé, advertido por Dios, construyó un arca.
Por la fe, Abraham salió de su casa, dejó su tierra, su parentela y siguió el rastro de Dios.
Por la fe, Sara, ya agotada, de Isaac, tuvo hijos numerosos como las estrellas del cielo.
Y en la cumbre de la fe de Abraham, coger el asno, la leña, el cuchillo y el fuego y subir con Isaac al monte Moria. Se fió de que Dios podría devolverle a la vida a su único hijo, garante de la promesa de una descendencia.
Seguirá el autor de la carta a los hebreos con otros ejemplos de hombres de fe: Isaac, Jacob, Moisés, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas...
Todos ellos murieron en la fe, "sin haber conseguido el objeto de las promesas".
Los cristianos, por el bautismo, participamos, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo, en una vida nueva, Esta vida nueva la orientamos desde la fe, la esperanza y el amor.
En este camino, no exento de dificultades, tenemos la ayuda y el ejemplo de los hermanos, sobretodo cuando asoma la tentación del abandono. Hay que ser valientes. Recuerda el autor de la carta a los hebreos que se han pasado momentos difíciles de persecución y ha habido que soportar un "duro y doloroso combate" (10, 32). No hay que perder ahora la esperanza en la recompensa. Aguantar un poco más; el que ha de venir, vendrá sin tardanza.
Dios no se avergüenza de ellos; con orgullo, él mismo se llama Dios suyo y les tiene preparada una morada.
Eran "hombres de los que no eran digno el mundo" (v38).
 
En el evangelio seguimos el tema de la semana pasada. El gran regalo del Padre es el Reino de Dios. ¿Qué hay más importante que él?
Aquellos que acogen el reino se caracterizan por su desprendimiento. Hay que confiar en el Señor y poner cada cosa en su sitio.
¡Cuántas preocupaciones por las cosas materiales! Fijaos en los cuervos, Dios los alimenta; fijaos en los lirios, ni Salomón en toda su gloria se vistió como ellos... "Buscad más bien el Reino, y esas cosas se os darán por añadidura" (Lc 12, 31).
Haz del reino tu tesoro, pon en él tu corazón y lo demás no te importe: "Vended vuestros bienes y dad limosna".
Toda la presentación del evangelio gira alrededor de la llegada del Hijo del Hombre y el fin del mundo. Era una problemática que ya había en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Mucha gente de las comunidades decían que el fin del mundo estaba cerca y que Jesús volvería después. Algunas comunidades de Tesalónica en Grecia, apoyando la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Por esto, había personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o semanas. Trabajar ¿para qué, si Jesús iba a volver? (cf 2Ts 3,11). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que no trabajaban decía. “Quien no trabaja, ¡no tiene derecho a comer!” Otros se quedaban mirando al cielo, aguardando el retorno de Jesús sobre las nubes (cf He 1,11). Otros se quejaban de la demora (2Pd 3,4-9). En general, los cristianos vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús venía a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta de este mundo de aquí abajo e inaugurar la nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Pensaban que esto acontecería dentro de una o de dos generaciones. Mucha gente seguiría con vida cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo. Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá nunca!” (2 Pd 3,4).
Hasta hoy, la venida final de Jesús no ha ocurrido. ¿Cómo entender esta tardanza? Supone que ya no percibimos que Jesús volvió, que está en medio de nosotros: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." (Mt 28,20). El ya está con nosotros, a nuestro lado, en la lucha por la justicia, por la paz y por la vida. La plenitud no ha llegado todavía, pero una muestra o garantía del Reino ya está en medio de nosotros. Por esto, aguardamos con firme esperanza la plena liberación de la humanidad y de la naturaleza (Rm 8,22-25). Y en cuanto esperamos y luchamos, decimos con certeza: “¡El ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).
Ha resonado en el evangelio una llamada a la vigilancia. Hay que estar preparados para cuando venga el Señor: vestidos y con las lámpara encendidas. Dichoso quien esté así; el mismo Señor lo sentará a su mesa y le servirá. ¿No se arrodilló el Señor delante de los apóstoles y les lavó los pies?
Hay que estar preparado en todo momento: venga entrada la noche o de madrugada, ya que "a la hora menos pensada, viene el Hijo del Hombre".
El administrador fiel, que cuida de que no le falte de nada a los criados, estará al frente de la casa del señor; el que se aprovecha de la ausencia del señor y abusa de su poder, tendrá el castigo de los administradores infieles.
La fe que nos recordaba la segunda lectura, vuelve a resonar aquí, porque si creemos en Dios y en sus promesas, seremos capaces de poner nuestro corazón en el tesoro del Reino de Dios.
El Reino, que sabemos que viene, aunque no cuándo llega a su plenitud,  se va construyendo en la medida que vamos despegando nuestros corazón de las ataduras de las cosas y lo vamos apegando al Señor.
Dichosos aquellos que, cuando el Señor venga, estén con la cintura ceñida y las lámparas encendidas, es decir, estén preparados. El mismo Señor los sentará a su mesa y les servirá.
El Reino de Dios es como el tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, vende todo lo que tiene y compra el campo. Aprendamos la lección.
Los creyentes convocados a la Eucaristía, tenemos  en ella, el gran anticipo de la veracidad del Reinado de Dios: el Señor nos sienta a su mesa, nos sirve, y se da él mismo como alimento. Servicio y ejemplo que motivan y hacen fortalecer nuestra fe.
El que, sabiendo sus obligaciones, no cumple, tendrá más castigo que el que no las cumple porque no sabe, y ahí estamos incluidos los creyentes.
Dos preguntas podemos hacernos: ¿Soy un buen administrador/a de la misión que recibí?. ¿Cómo hago para estar vigilante siempre?.
 
 
 
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 
 

Lecturas del domingo XIX del tiempo Ordinario 7 de agosto 2016,

Lecturas del  domingo XIX del tiempo Ordinario 7 de agosto 2016
 
PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 18, 6-9

Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti
Aquella noche les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que. sabiendo con certeza en que promesas creían, tuvieran buen ánimo.
Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la perdición de los enemigos, pues con lo que castigaste a los adversarios nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti.
Los piadosos hijos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y, establecieron unánimes esta ley divina: que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.
 
Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
Sal 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22 (R.: 12b)

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos;
dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
R.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
R.
 


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA A LOS HEBREOS 11, 1-2. 8-19

Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a se
Hermanos:
La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.
Por ella, son recordados los antiguos.
Por fe, obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba.
Por la fe, vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas - y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa -mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Por fe, también Sara, siendo estéril, obtuvo vigor para concebir cuando ya le había pasado la edad, porque considero fiel al que se lo prometía.
Y así, de un hombre , marcado  ya por la muerte, nacieron hijos numerosos- como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.
Con fe murieron todos éstos, sin haber recibido las promesas, sino  viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y  peregrinos en la tierra.
Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver.
Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.
Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenia preparada una ciudad.
Por fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac; ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «lsaac continuará tu descendencia.»
Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.

Palabra de Dios.


ALELUYA
Mt 24, 42a y 44
Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 12, 32-48
Estad preparados
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y acercándose, los irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»
Pedro le dijo:
- «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?»
Y el Señor dijo:
- «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurados aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: "Mi señor tarda en llegar", y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con vigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá. »

Palabra del Señor.

viernes, 15 de abril de 2016

Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Pascua. 17 de abril de 2016.

Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Pascua 17 de abril de 2016

A los primeros Domingos pascuales, centrados en las apariciones, sucede en todos los ciclos el Domingo dedicado al Buen Pastor. Porque este título se verifica sólo en el Cristo que ha dado la vida por las ovejas y éste sólo es el Resucitado.
Destaquemos expresiones significativas en la pericona de este año C. Las ovejas
"escuchan" su voz (de Jesús), no sólo oyen sino atienden con interés y acogen la Palabra sembrada en el corazón. Jesús "conoce" a las ovejas, da la Vida eterna. Nadie podrá arrebatar las ovejas de las manos de Jesús, porque se las ha dado el Padre, que todo lo puede, con el que Jesús es "Uno", "Yo y el Padre somos uno".
En el IV Domingo de Pascua, se nos invita a contemplar dos dimensiones de una misma realidad, como es la vocación. La Conferencia Episcopal Española ha acordado que en ese domingo “del Buen Pastor”, en el que tiene lugar la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, se celebre también la Jornada de Vocaciones Nativas, de la que es responsable la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol. Llama la atención, especialmente, el lema común escogido para esta “doble” Jornada: “Te mira con pasión”. Como puede verse en el cartel correspondiente, se juega aquí con un —también— doble sentido, en el que las dos últimas palabras se transforman en una sola, “com-pasión”, que nos sumerge inmediatamente en el Año de la Misericordia que estamos viviendo.
Oremos al Dueño de la mies para que envíe obreros a su Iglesia, también a la que va naciendo y consolidándose en los ámbitos geográficos de la misión. Y que los jóvenes que en esas comunidades nacientes experimentan la mirada y la llamada de Jesús para ser sacerdotes, religiosos o religiosas cuenten con nuestra ayuda espiritual y económica, en esta Jornada y en todo momento.
Dios no quiere vocaciones que fomenten la desunión, ni personas que se crean el centro del universo. El Espíritu sopla donde quiere y a quien quiere. Eso está claro. Y será la influencia del Espíritu la que nos ayude a cumplir y entender mejor las palabras que acaba de decirnos nuestro único pastor.

La primera lectura del Libro de los Hechos (Hch 13,14.43-52), es uno de los textos fundamentales para conocer la apertura del mensaje evangélico a todas las gentes. . Es una escena que se repetirá con frecuencia. Pablo y Bernabé son dos de los muchos que cruzaron tierras y mares para sembrar la semilla de Dios. Todo el mundo de entonces se iba iluminando con ese puñado de ideas sencillas que Cristo había sembrado a voleo en un rincón del Oriente Medio.
Aquellos primeros misioneros entran en la sinagoga y toman asiento entre la multitud. La sinagoga era el lugar donde se reunían los judíos y los paganos prosélitos del judaísmo para oír la palabra de Dios. Después de leer el texto sagrado, alguno de los asistentes se levantaba para comentar lo que acababa de leer. Pablo y Bernabé se levantarán muchas veces para hablar de Cristo. Partiendo de las Escrituras, ellos mostraron que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Salvador del mundo. La gente buena y sencilla escucha y acepta el mensaje. La fe brotaba, la luz de Cristo llenaba de claridad y de esperanza la vida de los hombres.
Vemos  también  cómo se produce el rechazo de la comunidad judía. Aquellos judíos, los hijos de Israel, que habían recibido las promesas, los herederos de la fe de Abrahán, el pueblo elegido, mimado hasta la saciedad por Dios; ellos, los judíos precisamente, van a poner las mayores trabas al crecimiento de la naciente Iglesia. Perseguían a los apóstoles de ciudad en ciudad, los calumniaban, soliviantaban a las autoridades y al pueblo contra ellos, contra los que predicaban a Cristo, los que hablaban de perdón y de paz.
San Pablo va a ir a otros que lo aceptan. La hostilidad de los judíos pone aún más de relieve la valentía y constancia de los apóstoles y descubre las dos actitudes que pueden adoptarse ante el Evangelio: los judíos lo rechazan y se quedan con sus prejuicios, los gentiles lo aceptan y alcanzan la "vida eterna". Es verdad que también entre los gentiles Pablo encontrará dificultades… Pero la enseñanza del texto es que no debe haber un monopolio del mensaje evangélico, no se puede encorsetar la Palabra en formas concretas predeterminadas por tradiciones que pueden ser superadas por la dinámica del evangelio.

El responsorial de hoy es el salmo 99  (Sal 99,2.3.5). Se presenta como un himno doxológico destinado a la entronización del Señor. La tradición judía dio a este canto de alabanza el título de «salmo para la tóda'», esto es, para el sacrificio de acción de gracias en el canto litúrgico. Se cantaba cuando el pueblo entraba en el templo para las grandes celebraciones litúrgicas.
La estructura del himno es simple:
– vv. 2-3: invitación a la alabanza dirigida a Israel y a toda la tierra, porque Dios es su creador y pastor;
– vv. 4-5: invitación a que los fieles que desfilan en procesión se asocien a la alabanza por la fidelidad del Dios de la alianza.
El breve himno litúrgico de alabanza y de acción de gracias, en su sencillez, presenta tanto las palabras de la revelación bíblica comunes a los salmos de alabanza -a saber: alegría, pueblo, rebaño, nombre del Señor, bondad, misericordia, fidelidad- como los verbos empleados para el culto de Israel: aclamar, servir, reconocer; entrar (por las puertas del templo), alabar, bendecir. La comunidad israelita está invitada a alabar y dar gracias a Dios con el canto de procesión litúrgica en el templo. Ante todo, es común la alegría entre el pueblo, que experimenta la bondad del Señor presente en la vida cotidiana de sus fieles.
La composición del himno se mueve de forma dinámica de lo universal a lo particular. Se pasa de la «tierra», donde vive el hombre, al «pueblo-rebaño» que habita en su «país-redil», para presentar, a continuación, el «templo» donde reside el Señor, centinela vigilante del pueblo. Por otra parte, la atención se dirige a la historia de la salvación que Dios ha trazado con su pueblo, mostrando su presencia providente. Dios formó y eligió a Israel, en el pasado, como criatura predilecta: «Él nos hizo» (v 3a); en el presente, Dios acompaña la vida de la comunidad como a su rebaño e Israel profesa su pertenencia a Dios: «Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3b); en el futuro, la bondad misericordiosa del Señor se manifestará a las naciones que le serán fieles y confiarán sólo en él: «Su fidelidad por todas las edades» (v 5).
El salmista concluye su alabanza al Señor con algunos mandatos que ponen de relieve la firmeza de su fe, la alegría y el entusiasmo religioso: aclamad, servid, entrad en su presencia, sabed, alabad, bendecid (vv. 2-5). Estas benévolas incitaciones brotan de su experiencia de comunión con Dios, y a esta misma experiencia quiere conducir a su comunidad y hacer que permanezca en ella, a fin de que participe de su misma alegría y viva de la misma fe en el Señor.
San Juan Pablo II tiene varios comentarios a este salmo. Nos fijamos en el siguiente, tomado de su Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001 : " 1. La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.
2. Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del Salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual:  "Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14, 1; 23, 3. 7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría.
Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente.
3. Quisiera reservar una segunda y breve nota al comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor (cf. v. 1). Ciertamente, el Salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas:  él "afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95, 10. 13).
4. Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones:  el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es  bueno, su misericordia es eterna  y  su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).
5. Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo:  "Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2. 3). Y como se repite a menudo en la Biblia:  "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro" (Dt 4, 39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina:  "Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 P 2, 25).
6. Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro Salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio:  la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.
Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa san Agustín:  "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el Salmo:  "Aclama al Señor, tierra entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor" (San Juan Pablo II. Catequesis  en la audiencia del miércoles, 7 de noviembre 2001).

La segunda lectura  tomada del Apocalipsis ( Ap 7,9.14b-17), es  continuación de la visión de San Juan, se nos explica la multitud de personas de todas las partes del mundo que han llegado después de sufrir el martirio y allí son "colmados" de toda felicidad". La visión del autor del Apocalipsis es optimista: hace que las miradas de los cristianos de su época -y de la nuestra- se dirijan al cielo, donde ya está gozando de Dios "una muchedumbre inmensa, de toda nación y lengua".
Estos bienaventurados participan de la victoria de Cristo, "vestidos de vestiduras blancas y con palmas en sus manos", y están "de pie delante del trono de Dios y del Cordero", cantando alabanzas y con acceso a las "fuentes del agua de la vida". Ya para ellos todo es gloria y alegría: "y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos".
Somos ovejas del "Cordero de Dios" y después de aceptar las penas, dolores y amarguras de esta vida, iremos a disfrutar en el cielo. Aquí también ya estamos llamados a vivir rasgos de esta resurrección.
De la palabra proclamada nos viene a nuestro tiempo, un mensaje de confianza "Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero…Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos...".  Las palabras del Apocalipsis van dirigidas a una comunidad que estaba sufriendo persecución y muerte a causa de su fe. Habla de los mártires que ya estaban en el cielo, después de haber lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del cordero.
Estamos en tiempo de Pascua de Resurrección y debemos creer firmemente que también nosotros resucitaremos en los brazos de Dios si somos fieles a nuestro Maestro y Buen Pastor.

En el evangelio tomado de san Juan  ( Jn 10,27-30) vemos como San Juan recordaba con emoción cómo Jesús hablaba de su rebaño, su pequeña grey por la que daría su vida derramando hasta la última gota de su sangre: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano...”. Juan había escuchado al Maestro como quien bebía sus palabras.
El pastor y las ovejas es una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen cotidiana en una economía agrícola y ganadera. Las ovejas representan a los seguidores de Jesús, el Buen Pastor, que da su vida por ellas. El Papa Francisco nos ha dicho que los “pastores tienen que oler a oveja”, es decir tienen que estar en medio del pueblo, compartir sus sufrimientos y sus gozos. El auténtico pastor “conoce a sus ovejas” y les da vida.
 “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen”, dice Jesús. Lo primero que tenemos que hacer es escuchar la Palabra de Dios, para después hacer la vida en nosotros y seguir a Jesús. El seguimiento de Jesús comporta un comportamiento consecuente con el Evangelio. El seguimiento es la norma de moralidad para el cristiano. A este respecto escribe San Agustín: “¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo”.
Para nuestra vida.
  De la primera lectura nos viene un mensaje de fidelidad al evangelio. Pablo y Bernabé, como todos los demás discípulos y apóstoles del Maestro, quisieron cumplir el mandato de Jesús, de predicar el evangelio hasta el extremo de la tierra. Sufrieron muchas persecuciones y fatigas a causa de su predicación, pero nunca desistieron y fueron capaces de sufrir y hasta de dar su vida antes que renunciar al cumplimiento del mandato del Señor. Cuando nosotros tengamos algún problema o contradicción por causa de nuestro comportamiento y de nuestro proceder cristiano, acordémonos de los apóstoles y primeros discípulos de Jesús, porque sabemos que ser ovejas del Buen Pastor, Jesús, supone, por nuestra parte, decisión, entrega y sacrificio.

El salmo de hoy sintoniza plenamente con las enseñanzas del papa Francisco. Alegría. Júbilo. Gozo. Nuestra época necesita más que cualquier otra, la alegría; estando como está amenazada por la difusión masiva de catástrofes a escala mundial. En otro tiempo, el hombre tenía "sus propias" desgracias que soportar, las de su familia, de su región, máxime las de la nación... Hoy, por la información que recibimos de todas partes, llevamos el universo entero sobre los hombros. De allí la melancolía y la desesperación, que se apodera de muchos de nuestros contemporáneos.
¡Dios, plenitud del "ser", y de la "alegría". La única razón que nos dan de esta inmensa "todah", es que Dios es Dios, y que El nos ha hecho! ¡Existir. Vivir. Ser. Primer don de Dios. Primera gracia, primera Alianza... universal!
Hoy recibimos los "siete imperativos" de este salmo: "¡Aclamad... Servid a Dios con alegría! Id hacia El con cantos de alegría... Reconoced que El es Dios... Id hacia su casa dando gracias... Entrad en su morada cantando... Bendecid su nombre... Verdaderamente el Señor es bueno, su amor es eterno!"
Toda época ha tenido veleidades "de universalismo", experimentando confusamente que "cada" hombre es sagrado, y una especie de realización de "la humanidad". A menudo esta visión universal ha tomado, desgraciadamente, el rostro odioso de la "dominación". Se ha pretendido anexionar a los demás a sí mismo, para explotarlos, para imponerles la propia manera de pensar.           Y el deseo de "convertir" a los otros no estaba siempre exento de este instinto de superioridad, aun hablando de "catolicidad"... Cuando no se hacía otra cosa que imponer a otras culturas nuestra manera de pensar y de orar. Aún hoy día estamos lejos de habernos liberado de este "imperialismo" que unificaría la tierra entera "por la fuerza". No obstante progresa un movimiento que busca la unificación de la humanidad "por unanimidad", en la que cada uno se asocia libremente a un proyecto humano universal. ¿Acaso Dios no trabaja en este sentido en el corazón del mundo?
La proclamación del Evangelio no tiene nada de propaganda o de publicidad: es una invitación, una proposición. ¡Venid! ¡Id hacia el Señor! "Todos los hombres, toda la tierra".
La alegría, de por sí, es comunicativa. "Reconoced que el Señor es Dios". Esto viene de dentro, sin ninguna presión... Libremente. Y quienes ya lo han "reconocido", ¡están invitados a dar gracias, a estar felices, a gritarlo, para que se oiga! Nietzche reprochaba a los cristianos la "cara triste" cuando el domingo salían de las iglesias. ¿Tienen nuestras liturgias un rostro de júbilo, de alegría? ¿Dan, nuestras vidas de cristianos, la imagen de hombres y mujeres felices de su Dios?

  De la lectura del apocalipsis, nos viene un mensaje de confianza para actuar en tiempos difíciles movidos por la esperanza en la Resurrección. Nuestra actuar no es fácil, porque las potencias de este mundo tiran de nuestro cuerpo y nos incitan a vivir cómodamente aquí en la tierra. Pero si queremos ser buenas ovejas del Buen Pastor debemos saber que nuestra patria definitiva es el cielo, porque allí está él y hasta allí queremos seguirle. Ante el sufrimiento y el dolor sepamos que Dios siempre enjugará las lágrimas de nuestros ojos, si seguimos al Maestro, a nuestro Buen Pastor, hasta el final. Allí, en el cielo, ya no pasaremos hambre ni sed, sufrimiento, ni dolor, porque el primer mundo ya habrá pasado.

En el evangelio San Juan  nos invita a nosotros - cristianos del siglo XXI- a escuchar de la misma forma, como el escucho a Jesús , a que hagamos vida de nuestra vida la enseñanza  de Jesucristo. Sólo así alcanzaremos la vida que nunca termina, seremos copartícipes de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, nos remontaremos hasta las cimas de la más alta gloria que ningún hombre puede alcanzar, la cumbre misma de Dios. "Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño".
Sintamos la alegría de ser  miembro del rebaño, porque Jesús es  el Pastor. El es  la raíz de nuestra unidad. Al depender de él, buscamos refugio en él, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de su cayado. Mi lealtad a Jesús se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque me fío de Jesús, Pastor. Amo a los demás, porque le amo a Él. Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a su lado.
Jesús asume la alegoría del pastor y el rebaño, con la que expresan los profetas la relación de Dios con su pueblo, para significar su relación con la comunidad. Él es el Pastor encarnado, en todo semejante a sus ovejas menos en el pecado (Hb 4,15). "Padre santo, protege a los que me has confiado" (Jn 17,11). Con esta alegoría, Jesús quiere comunicarnos el mensaje de que su proyecto es la comunidad. Y quiere poner de manifiesto cuales son sus relaciones con cada miembro y cuales han de ser nuestros comportamientos dentro de ella. En este tiempo de Pascua, la palabra de Dios pone de relieve que Jesús es el pastor que vive, que sigue estando en medio de los
suyos, siendo vínculo de unidad, creando comunión en ella. Jesús no es el hombre-Dios que realizó su aventura y pasó a la historia. Él sigue siendo el "único" Pastor de su comunidad a la que alimenta con su palabra y con su cuerpo. Ha constituido a algunos como servidores de sus hermanos que guían y animan a la comunidad "en su nombre" y siempre en referencia a él. Con su palabra y con los hechos, Jesús deja bien claro cual es su intención: "Le dio pena porque eran como ovejas dispersas sin pastor" (Me 6,34). "Tengo otras ovejas que no son de este redil; tengo que atraerlas para que escuchen mi voz y haya un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10,16).
En el momento culminante de la última cena oró ardientemente: "Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea" (Jn 17,23).
Pero Jesús pone todavía más de manifiesto cual es su proyecto con los hechos. Ya al comienzo de su ministerio de profeta itinerante reúne a sus discípulos para que convivieran como amigos. Con algunos convive como en familia.
Los discípulos entendieron bien el mensaje de Jesús, después de la desbandada de su pasión y muerte, al reencontrarse con él resucitado, se congregan de nuevo para convivir como hermanos. "En el grupo de los creyentes, escribe Lucas, todos tenían un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32).
Éste es el único cristianismo posible: el cristianismo comunitario. Ch. Peguy lo decía muy gráfica y ardientemente: "Ésta es nuestra religión: aceptar la fraternidad, vivir la fraternidad". Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos.
La Iglesia es la "mesa familiar" en la que todos comen de la misma sopera. Y Dios preside la comida paternalmente.
Él nos tomó la delantera en el amor.
Ya en el siglo IV se hizo famoso un dicho de san Cipriano, haciendo un juego de palabras latinas decía: "Ullus christianus, nullus christianus". Traducido significa: "Un solo cristiano no es ningún cristiano". Es decir, un cristiano en solitario es unimposible. Es como una abeja sola; no puede existir; se muere inexorablemente. Afirma rotundamente el Vaticano II: "Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad". Más claro, imposible.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org