Mostrando entradas con la etiqueta cristiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cristiano. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2020

Comentario a las Lecturas del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario 4 de octubre de 2020

 Somos la viña del Señor y su plantel preferido. Él espera de nosotros una buena cosecha, para que corra la justicia como un río y los hombres puedan vivir en paz y en fraternidad.

En la primera lectura el profeta Isaías hace una amonestación a la gente de su tiempo, la cual, hoy, nos interpela a nosotros: son los frutos los que cuentan, son las obras las que tienen valor a los ojos de Dios. No sirve que seamos conocedores de todos los dogmas, ni de las verdades, ni de los poderes, si no producimos los frutos que el Reino quiere, el Señor se quedará triste al contemplar hoy su viña. Y los frutos del Reino son: verdad, justicia, paz, perdón, acogida a los despreciados... y todo esto hecho desde la vida.

 El  salmo 79, que proclamamos guarda una completa correspondencia con el Evangelio y con la primera lectura. Es una súplica para que el Señor Dios restaure el Reino de Salomón, el momento más glorioso de Israel. La viña es la alegoría de la familia del Señor, citada muchas veces en el Antiguo Testamento.

La segunda lectura, nos dice que hay que poner nuestra confianza en el Señor. San Pablo  nos apremia a que recuperemos la fe perdida; y él mismo nos dice como encontrarla: en la oración.

El Evangelio de San Mateo nos cuenta como se aperciben los jefes de los sacerdotes y los fariseos de que las palabras de Jesús, que narran la parábola de la viña y de sus arrendadores asesinos, se refieren a ellos. También hoy se refieren a nosotros, pero, ¿somos capaces de reconocer que se refieren a nosotros, a nuestros graves delitos? No, porque, normalmente, cuando oímos en boca de Jesús cosas que no nos gustan, siempre creemos que las dice por los demás o para personas que otras épocas. Jesús de Nazaret nos habla directamente a nosotros.

 

La primera lectura es del libro de Isaías 5, 1-7. Este canto de la viña, compuesto por Isaías al principio de su ministerio y recitado, probablemente, con ocasión de la fiesta de la vendimia, es una de las piezas líricas más hermosas de toda la Biblia.

En esta alegoría de la viña el profeta se compara al "amigo del esposo", encargado de proteger la virginidad de la prometida y acompañarla ante el esposo el día de sus nupcias.

El texto presenta:introducción (v. 1a), tres estrofas centrales (vv. 1b-2; 3-4; 5-6) los vv. 3-5 invitan a la concurrencia a que se haga cargo de la determinación que se verá obligado a tomar, condenando a su esposa infiel a la esterilidad (v. 6).y una estrofa en forma de glosa, que sirve de conclusión nos da la clave de la alegoría. (v. 7).

-En la introducción, el profeta, amigo del esposo, se dispone a entonar un cántico. De forma intencionada, el autor no quiere decirnos quién es este amigo, lo deja a la intuición de los oyentes. Ellos serán los que lo descubran en el momento oportuno.

Esta alegoría de la viña inaugura el tema de las bodas de Yahvé con Israel, tema que será tocado repetidas veces en la literatura bíblica. En diversos pasajes de la Biblia, a Israel se le designa, unas veces, como una viña (Jr 2. 21; Ez 15. 1-8; 17. 3-10; 19. 10-14); otras, como la esposa mimada y después repudiada (Ez 16.; Dt 22. 2-14; 25. 1-13). En este pasaje de Isaías se entremezclan perfectamente ambas consideraciones.

La intervención del profeta (v. 1) llama la atención sobre la misión del amigo del esposo. Las delicadas atenciones de que es objeto la viña (v. 2;) son las que Dios prodiga a su esposa (Ez 16. 1-14 o Ef 5. 25-33). El juicio que Dios emite sobre su viña se desarrolla públicamente (vv. 3-4), según lo prescribía la Ley en caso de adulterio.

Finalmente la condenación de la viña a la esterilidad (v. 6) es la maldición prometida a la esposa infiel, y la decisión de derribar el muro y la cerca (v. 5) recuerdan la orden de exponer a la mujer adúltera a la vergüenza pública antes de proceder a su muerte por lapidación (Ez 16. 35-43; Os 2. 4-15).

Desde que el amor de Dios al hombre se hace patente, aparece revestido de un acusado matiz dramático. La justificación de este amor no es otra que él mismo, siendo el sujeto que lo recibe un ser indigno de tal prerrogativa.

La paciencia de Dios afrontará, a todo lo largo de los siglos, la debilidad e inconsistencia del hombre, hasta que un buen día, en el corazón de la humanidad, surja una viña, fiel y capaz de dar abundantes frutos de vida divina; esta nueva viña no es otro que Jesucristo (cf. Jn 15.).

El responsorial  salmo79 (Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20) El salmo 79 es la oración de Israel ante una gran desgracia. El enemigo ha invadido el territorio nacional y ha destruido la ciudad y el templo, y Dios parece mostrarse indiferente y callado ante tamaña desgracia:«Señor Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

La vid, los pámpanos, las montañas, la cerca. Destrucción y ruina; y el hombre a quien escogiste y fortaleciste. Términos de ayer para realidades de hoy.

San Juan Pablo II comenta así este salmo: "1. El salmo que se acaba de proclamar tiene el tono de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor es invocado como "pastor de Israel", el que "guía a José como un rebaño" (Sal 79, 2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.

Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf. Sal 79, 6). Los enemigos se burlan de este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece interesado, no "despierta" (v. 3), ni muestra su poder en defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en forma de antífona (cf. vv. 4. 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente, procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.

2. En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.

Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales:  por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5, 2; Sal 79, 9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas.

3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía:  sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).

Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14).

4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio:  "Dios de los Ejércitos, vuélvete:  mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).

En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así:  "Que tu mano proteja a tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste". Tal vez el pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor, encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7, 13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.

5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar:  "No nos alejaremos de ti" (Sal 79, 19).

Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento, pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a "volver" hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo "vuelva" a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del pecado, el Señor se "convertirá" de su intención de castigar:  esta es la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón, abriéndolo a la esperanza. " ( San Juan Pablo II. Catequesis del Papa en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002)

 

La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los filipenses (Fil 4, 6-9).

Uno de los problemas que a los primeros cristianos se les planteó o se plantearon ellos mismos repetidas veces fue el de la moral.

Si el Evangelio era una Buena Nueva, si era efectivamente algo nuevo, ¿había también una moral nueva? La moral antigua, la ética del sentido común y de la ley natural, ¿seguía teniendo vigencia para ellos, o el cristianismo suponía una moral nueva, inventada, partiendo de cero, haciendo tabla rasa del sentido moral habitual? La pregunta no se quedó allí. Pablo respondió claramente en un texto que este domingo leemos en la liturgia de la Palabra. Pero la pregunta sigue latiendo hoy, porque nuestra conducta habitual no se basa sobre la respuesta de Pablo, sino sobre unos supuestos bien distintos.

Como en tantas otras cartas paulinas, el final de filipenses está dedicado a las exhortaciones éticas. Es muy importante saber situar esta sección moral con el resto de los escritos paulinos para no desvirtuar su sentido. En efecto, San Pablo no es un moralista cuyo mayor interés fuera impartir adoctrinamiento práctico. Así han procedido no pocos predicadores, antiguos y modernos, pero ésa no es la forma de proceder de Pablo ni del mismo Jesús, aunque a primera vista quizá no sea tan evidente.

Pablo, con un destino muy incierto, se despide de los filipenses. Y lo hace con una invitación a la paz: "Nada os preocupe" (V. 6). Ahora bien, esta actitud del cristiano no surge de una filosofía o modo de entender la vida a nivel simplemente humano, sino que surge de la seguridad del próximo encuentro con el Señor.

-"Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (v. 7): La paz que proviene de Dios está en otro plano que la paz que proviene de las posibilidades humanas y de su modo de comprenderla. Es una paz que, como un centinela, mantiene al cristiano adherido de corazón y pensamiento a Jesucristo.

-"Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, tenedlo en cuenta" (v. 7): El apóstol termina con una doble recomendación a la comunidad de Filipo: asumir los valores humanos aceptados y divulgados por los pensadores griegos y vivir los valores del Evangelio ("lo que aprendisteis, recibisteis..." (v. 9)).

El modelo de comportamiento que se propone a los creyentes es el del mismo Pablo, en tanto que su vida es una vida en Xto. El cristiano no será nunca un hombre pasivo, sino que se interesa por todo lo bueno y justo que hay en el mundo: las cualidades que aquí se enumeran ("lo que es verdadero, noble, justo...") formaban parte del ideal del mundo pagano de la época. Todo esto lo vivirá el cristiano desde su pertenencia a Xto y dará como fruto la presencia de Dios en él.

Aleluya cf. jn 15, 16 "yo os he elegido del mundo - dice el señor -, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca".

El  evangelio es de san Mateo (Mt 21, 33-43).

Poco antes de la pasión, el evangelista Mateo hace resaltar, en una larga secuencia, la infidelidad del pueblo de la alianza. Una concatenación, de tres parábolas (la de los dos hijos, vv 28-32; los viñadores, 33-46, y el banquete nupcial, 22,1-14) que simbolizan tres momentos centrales de la historia de salvación en los cuales el pueblo elegido se ha mostrado infiel: el testimonio de Juan Bautista, la venida de Cristo, la misión de los apóstoles.

En la segunda parábola: la muerte del hijo. Transparencia que alegoriza la muerte de Jesús, el Mesías Hijo de Dios. Comienza evocando un texto muy conocido del libro de Isaías (c. 5): el Cántico de la Viña. Imagen clásica del pueblo de Israel, simbolizado frecuentemente por la ciudad de Jerusalén.

Jesús dirige su palabra crítica a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, a los jefes de Israel, y a los fariseos (v. 45). La viña de la parábola es todo el pueblo de Israel, pero los jefes son los responsables que deben cuidar de esa viña y dar al amo lo que le pertenece y espera; esto es, el derecho y la justicia (primera lectura de hoy).

No hay padre que entregue a su hijo a semejante banda de criminales, pero Dios ha amado tanto al mundo que ha entregado a su propio Hijo para que se salven cuantos crean en él y tengan vida (Jn 3, 16). En estas palabras de Jesús hay una profecía de la muerte que le espera en Jerusalén y una confesión indirecta de que él es el Hijo de Dios. Mateo, teniendo en cuenta los acontecimientos de la crucifixión de Jesús en el calvario, dice aquí que los arrendatarios, agarrando al heredero, "lo empujaron fuera de la viña y lo mataron". Recordemos que Jesús murió fuera de los muros de Jerusalén, rechazado por los jefes de Israel y el pueblo judío. Hecho éste al que atribuye un hondo significado el autor de la carta a los hebreos (13, 12s).

-"Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para percibir los frutos...": En el momento decisivo Dios pide cuentas a su pueblo. Los primeros enviados son los profetas. Estos sufren la violencia que está descrita en forma de lapidación, tradicional descripción de la persecución de los profetas en tiempos de Jesús e incluso en los primeros tiempos del cristianismo.

-"Por último, les mandó a su hijo...": Es la última oportunidad que tienen los labradores para la conversión. El término "hijo" tiene una referencia directa a Jesús. Aunque en el judaísmo del tiempo de Jesús el término "hijo" no tenía un sentido mesiánico, el evangelio de Mateo lo utiliza -más que los otros evangelistas- para referirse a la mesianidad de Jesús.


-"Al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia": el crimen de los labradores es cometido con plena responsabilidad, no por desconocimiento de la identidad del hijo. Así la parábola quiere subrayar la gravedad del rechazo de Jesús: es un rechazo de Dios en la persona de su enviado. Jesús ya ha manifestado suficientemente con sus obras que es el enviado de Dios.

-"Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?": Así como el canto del profeta Isaías incluía un interrogante al oyente, a fin de que se convirtiera en juez de aquella situación, también ahora Jesús interpela a los dirigentes judíos para que juzguen. Será un juicio sobre su propia actuación. La respuesta implica las referencias del evangelista a la caída de Jerusalén, contemplada como un castigo por su negativa a creer en Jesús como el Mesías.

-"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular": se cita el salmo 117 que sirve para explicar el trastorno de situaciones que provoca la persona de Jesús. Quien ahora es desechado, será el jefe de un nuevo pueblo que dará máximo fruto.

La parábola de los viñadores homicidas es un resumen esplendido de la escalada de los hombres contra Cristo y contra todos aquellos que, como él, pretenden dar testimonio de Dios. Los viñadores están impacientes por apoderarse de la viña, de la herencia. En cuanto lo consigan, ya no serán obreros dependientes, sino los poseedores de lo que se les había dado como gracia. El asesinato del heredero es casi ritual. El hijo se ha convertido en el rival, en el obstáculo a su deseo. Una vez muerto él, la vida se hará, al fin, igualitaria, sin necesidad de gracias ni favores. Una religión sin el Hijo y, en definitiva, sin hijo alguno.

Esta es la explicación del asesinato de Jesucristo. Nada obligaba a matarlo, a no ser la voluntad hipócritamente religiosa de los sacerdotes y notables de conservar una religión sin dependencia filial. Una religión en la que cada uno cumple su deber, y así queda en paz con Dios. ¡Pero que Dios envíe a su propio Hijo es demasiado! La historia es de ayer... y es de hoy, en que hombres religiosos torturan al hombre en nombre de un supuesto "orden cristiano". ¿Hasta dónde llegará la escalada del crimen y el holocausto? Pero Dios responde con otra escalada: la del amor y la Alianza. No conoce más respuesta que la de comprometerse cada vez más con su obra escarnecida. Los viñadores mataron al Hijo, pero Dios lo resucita para que él mismo sea la Viña.

Nosotros somos los sarmientos de esa viña y los miembros de ese cuerpo. ¿Qué hemos hecho de él? Nosotros también hemos destrozado al Amado. ¿Qué otra cosa hacer, sino entrar en la escalada evangélica, renunciando a todo espíritu de posesión? ¡Que donde impera la violencia opongamos una dulzura sin límite! Eso es dar fruto. No el fruto insípido de nuestros contratos, sino un fruto luminoso, madurado al calor del Espíritu, sin otro artífice que la gracia. Daremos fruto si la resurrección de Cristo pasa a través de nosotros como la savia que da vida a los sarmientos. La alianza entre Dios y los hombres será cosa de amor o no será nada, en cuyo caso seguiremos matando al hombre para dar gloria a un Dios-Idolo.

 

Para nuestra vida

Hoy tanto el profeta Isaías como el evangelio de Mateo utilizan la imagen de la viña para resaltar la relación de Dios con su pueblo. Una elación que construye una historia de amor y desamor, de gracia y desagradecimiento.

 

La primera lectura del profeta Isaías, diremos que este fervoroso y literariamente bello canto del profeta Isaías a la viña del Señor se refiere, evidentemente, al pueblo de Israel.

Isaías utiliza un motivo alegórico de gran tradición, el de la viña del Señor que es la casa de Israel (Os 10. 1; Jr 2. 21; 5. 10; 6. 9; 3. 14; 27. 2-5). Pero esta alegoría logra en el canto de Isaías su versión más brillante, en la que se inspirará la parábola de Jesús que vamos a escuchar en el evangelio de hoy. El profeta, el poeta (deberíamos escuchar con atención a los verdaderos poetas, pues la poesía auténtica es muchas veces latente profecía) pronuncia un canto inocente, adaptado a la situación festiva del momento.

El amor, el amigo del profeta, eligió para su viña la mejor tierra: un collado de tierra grasa. La cavó y la plantó con las mejores cepas. Con las piedras que sacó del campo construyó una tapia, y coronó esa tapia de espinos (v. 5). Después levantó en medio de la viña una torre de vigilancia y excavó una bodega en la roca. No podía hacerse más con esa viña. Pero la viña no le dio al amo lo que era de esperar, sino agrazones. Por eso se querella contra su viña. Los habitantes de Jerusalén escuchan estas quejas y son requeridos para sentenciar en el pleito. Tenemos aquí un caso análogo al de Natán cuando invita al rey David para que juzgue sobre un asunto que resultaría ser el suyo (2 S 12. 1 ss.). Pues los habitantes de Jerusalén son "la viña del Señor". ¿Qué podrán decir en su defensa? Nada, por eso no responden.

Y ante el silencio de la viña, de la casa de Israel, Yahvé pronuncia una sentencia sobre ella y contra ella. El amo derribará la tapia para que la coman los rebaños y la devasten, la dejará yerma para que crezcan de nuevo los cardos y mandará a las nubes para que pasen de largo. Dios abandonará a Israel a su propia suerte y lo entregará como fácil presa a los asirios. Pues esperaba uvas y le ha dado agrazones; quería que corriera el derecho y la justicia como un río y sólo corre la sangre inocente y los lamentos de los oprimidos.

Dios había esperado de su pueblo derecho y justicia, pero su pueblo le respondió con asesinatos y lamentos. Aplicándonos nosotros este texto a nosotros mismos, debemos preguntarnos ahora si nosotros hemos respondido siempre con derecho y justicia, es decir, con fidelidad, a la oferta de salvación que el Señor nos ha hecho repetidamente a lo largo de nuestra vida.

Es verdad que Dios no se cansa de buscarnos.  Pero nosotros, nuestra sociedad, muchas veces y en muchos momentos y circunstancias no nos dejamos encontrar por Dios. Y es que, para salvarnos, no es suficiente con que Dios nos busque, es necesario que nosotros nos dejemos encontrar por Dios. Claro que la salvación, en estricta teología, siempre es gratuita, porque nuestra salvación es obra de la infinita misericordia de Dios. Pero Dios no fuerza a nadie a dejarse salvar por él. Sería tanto como negar el valor de la libertad humana y caer en un predestinacionismo absoluto que anula totalmente la libertad humana. No puede ser igual para Dios que nosotros respondamos a su oferta de salvación con obras buenas o con obras malas. No puede ser indiferente para Dios que sus criaturas hagan el bien o hagan el mal. Por eso, en este bello canto del profeta Isaías a la viña del Señor se nos dice que el Señor arrasará su viña, al pueblo de Israel, por no haber sido fiel a su amor. Seamos, pues, nosotros consecuentes con nosotros mismos: el Señor nos ofrece su salvación, pero si nosotros la rechazamos el Señor no podrá salvarnos.

 

" La viña del Señor es la casa de Israel". Frase del salmo 79, que repetimos en el salmo responsorial, resume  los textos de la primera lectura del profeta Isaías y el texto del evangelio según san Mateo.

El salmo también nos recuerda la obra de Dios en nosotros. , el Señor Dios nos restaurará, hará brillar su rostro sobre nosotros y nos salvará. Todo para que seamos buenos nosotros, y podamos  hacer el bien .

Demasiadas veces el mundo es un valle de lagrimas. Y desde este valle de lágrimas, la Iglesia implora la visita de su Señor. Él la escucha, viene y se hace presente en su Liturgia: "Cristo está presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica ... No sólo en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los Sacramentos, sino también, con preferencia a los modos restantes, cuando se celebra la Liturgia de las Horas. En ella Cristo está presente en la asamblea congregada, en la Palabra de Dios que se proclama y cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues Él mismo prometió que: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.»"[1]

La presencia de Cristo en la Liturgia es una presencia dinámica y eficaz, que hace de los actos litúrgicos acontecimientos de salvación. En la Eucaristía esta presencia es, además, substancial: "Tal presencia se llama 'real', no por exclusión, como si las otras no fueran 'reales', sino por antonomasia".[2]

Además de ser el Maestro y el Modelo, Cristo es siempre el Mediador y el Sujeto de nuestra oración. Como Mediador, ora por nosotros; como sujeto, es el Orante que une a Sí a la Iglesia haciéndose presente en aquellos que se reúnen en su nombre. Así pues, nuestra oración de hoy presupone a Cristo activamente presente, implicando en su alabanza e intercesión a la Iglesia, de la que es Cabeza y a la humanidad de la que es Primogénito, según la expresión de Tertuliano: "Cristo es el Sacerdote universal del Padre."[3]

"Se puede y se debe rezar de varios modos, como la Biblia nos enseña con abundantes ejemplos. 'El Libro de los Salmos es insustituible'. Hay que rezar con «gemidos inefables» para entrar en el 'ritmo de las súplicas del Espíritu mismo'. Hay que implorar para obtener el perdón, integrándose en el profundo grito de Cristo Redentor (Hb 5: 7). Y a través de todo esto hay que proclamar la gloria. 'La oración es siempre un «opus gloriae»'."[4]

La tradición de la Iglesia ha entendido siempre que esta viña de Dios es la Iglesia, que extiende sus pámpanos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río. El Señor es la verdadera vid, nosotros los sarmientos y su Padre el labrador. De las cepas de los Patriarcas y los Profetas, ha germinado Cristo, como un vástago prodigioso.[5] La antigua viña infiel ha sido renovada por Él y de ella ha nacido la Iglesia, plenitud de Cristo mismo, que forma con Jesús una misma cosa y se extiende y dilata sobre toda la superficie de la tierra.

 

En la segunda de la carta a los Filipense San Pablo, , se dirige a unos cristianos que vivían en una sociedad mayoritariamente pagana. Vivían en minoría y se sentían menospreciados y, a veces, perseguidos. San Pablo les dice que no se preocupen por ello, que mantengan siempre un comportamiento justo y ejemplar y que el Señor les dará la paz. La paz, en hebreo, shalom, es el mayor don que Dios podía dar a una persona, porque incluía el bienestar material y espiritual.

San Pablo presenta un estilo de moral, una forma de comportamiento que no tiene nada que ver con la moral pagana, sino que camina en otra línea. Señala varios puntos de apoyo que los creyentes harán bien en tomar. El primero es que el actuar cristiano se desarrolla en la oración, en un clima de ternura en Cristo Jesús. La prescripción de toda moral queda desplazada por una visión de amor y esto lo expresa el creyente en la acción de gracias. Algo que cada domingo toda comunidad cristiana se esfuerza por poner de manifiesto.

Según el pensamiento de San Pablo la paz no es algo que se caracteriza exclusivamente por la ausencia de guerra, no es siquiera una virtud moral, sino es el saberse salvado por Jesús. Esta es la paz fundamental de la que dimana toda otra paz. Pues bien, el creyente tendrá que esforzarse, si quiere ser consecuente con el hecho de Jesús, por ser un hombre de paz. El cristiano es, por definición, un pacifista, un no violento nato, un antimilitarista profundo, porque cree que el mejor medio para llegar al entendimiento entre dos personas es el camino de la paz. Construir la paz es querer infundir serenidad y coraje, simpatía y ánimo.

El creyente, dice San Pablo, se caracteriza por una gran humanidad. Queda superada la concepción del que se aleja de los hombres porque le defraudan y "se refugia" en Dios. Ciertamente ese Dios no lo es tal, porque el Dios de Jesús pasa por el hombre Jesús. Por eso se podría definir al creyente como un apasionado por todo lo humano, por mejorar lo que se pueda mejorar dentro de la vida del hombre, por hacer al hombre más hombre.

Intentemos también nosotros vivir siempre en paz, en la paz de Dios, en medio de todas las dificultades materiales, sociales y espirituales en las que nos toque vivir." Nada os preocupe… y la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamiento en Cristo Jesús… Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta" .

 

En el evangelio vemos como a Dios  no le quedó otro remedio que entregar su viña (su Reino) a otro pueblo que produzca frutos.

La rebelión de los viñadores significa la infidelidad de los responsables, que se niegan a cumplir los compromisos de la Alianza. Culmina con la pasión de Cristo, Hijo de Dios. Pasión que, por un designio admirable, se transfigura en glorificación (v 42). La Alianza pasa a otro pueblo (43). Es decir, a todos los pueblos de la tierra (Mt 28,19) reunidos en Iglesia universal. Este drama del pueblo elegido lo vivían dolorosamente las comunidades de Mateo, compuestas en buena parte de cristianos provenientes del judaísmo. Pero, al redactar Mateo este capítulo, ya no se dirigía a los responsables inmediatos de la muerte de Jesús. Sus palabras son un aviso a las comunidades cristianas. A toda la Iglesia.

Llamados y elegidos del pueblo santo, no seáis infieles. Condición para no serlo: dar frutos. El imperativo de «dar frutos» es característico del Evangelio de Mateo. Habla de ello con frecuencia. Después de inculcarlo en la segunda parte del sermón escatológico con diversas parábolas (las lámparas encendidas, los talentos...) declarará en la visión del juicio (25,31-46) que el fruto que Dios pide es el amor realizado en buenas obras con los hermanos al servicio de Cristo. Rompe la alianza el que hace estéril el tesoro de gracia que el amo ha confiado a su concreta capacidad de administrarlo. La parábola nos interpela a todos: sed fieles en dar los frutos a su tiempo (v 41).

La historia de la viña es la historia del pueblo de Israel, la historia de la humanidad. Ahora la viña del Señor es la Iglesia, llamada a ser sacramento universal de salvación. Su misión es, como señalaba la "Lumen Gentium", anunciar y establecer el Reino de Dios, cuyo germen se encuentra ya en este mundo.

Todos somos trabajadores activos en la viña del SeñorEn nuestras comunidades parroquiales se anuncia estos días el plan del nuevo curso con multitud de grupos y actividades -pequeñas parcelas- en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. La pasividad y el pasotismo son nefastos para la Iglesia. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres, sé generoso. Todos estamos llamados a dar testimonio en medio del mundo, que es el lugar donde se desenvuelve nuestra vida cotidiana. Dejemos que cada cual aporte su granito de arena en la construcción del Reino.

Todos los cristianos estamos invitados a tomar conciencia de nuestra responsabilidad en el trabajo de la viña, todos somos corresponsables. ¿Has escuchado la llamada que Dios te hace a trabajar en la viña?, ¿te has preguntado alguna vez cuál es la parcela de la viña de la que te encarga el Señor?

Así el evangelio nos presenta la viña como la casa de Israel. Yahvé la plantó, arregló y preparó con todo esmero para que diera fruto. Derrochó en ella todo su amor. Sólo esperaba de ella una cosa: que diera uvas, el fruto de la vid. En el pacto de la Alianza en el Sinaí quedó claro el compromiso de ambas partes: "vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios". El Señor fue fiel, pero el pueblo olvidó su juramento. Dios sólo deseaba que diera frutos de amor, por su propio bien, por su propia felicidad. A pesar de todo, envió a sus mensajeros los profetas (los criados de la parábola) para recordárselo, pero no sólo no les escucharon sino que les apedrearon o les mataron. ¿Qué más podía hacer por su viña que no haya hecho? Lo impensable: envió a su propio hijo. Pero los labradores acabaron con su vida para quedarse con la viña. Mateo, teniendo en cuenta los acontecimientos de la crucifixión de Jesús en el calvario, dice aquí que los arrendatarios, agarrando al heredero, "lo empujaron fuera de la viña y lo mataron".

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1]  SC, n. 7

[2]  San PABLO Vl, Enc. Mysterium fidei, 3.IX.1965, n. 22.

[3] Tertuliano, Adv. Marc. IV, 9, 9; PL 2, 405.

[4] San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona, 1994, p. 39. Hb 5: 7: "El cual (Cristo), ofreciendo en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderoso clamor de lágnmas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su piedad." Esta 'definición' de la oración que ha escrito el Papa recuerda la expresión 'supplex gloria' contenida en el himno "O Lux" (Il y IV Domingos, II Vísperas). Se trata de una expresión sumamente concisa y densa que nos muestra los dos aspectos esenciales para configurar todo himno litúrgico: la alabanza y la súplica. Todo himno y, en cierto modo, la oración es, a la vez, un cántico que celebra la majestad de la Trinidad beatísima, y una súplica que se dirige a Dios para invocar socorro, perdón o alivio, en la esperanza de un Cielo donde sólo reinará la alabanza perfecta de los elegidos y como una sonrisa de toda la creación; mientras, sobre la tierra, como canta el "O Lux", 'supplex gloria'.

[5] Is 11, 1

 

sábado, 25 de febrero de 2017

Comentario a las lecturas del VIII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de febrero de 2017

La palabra proclamada este domingo es una invitación a fiarnos solo de Dios.  
Nos lo recuerda también Isaías: igual que una buena madre nunca se olvida de su criatura, de la misma manera Dios nunca se olvida de nosotros.
 Sólo en Dios descansa nuestra alma, proclamamos en el Salmo 61.
Esa misma confianza debe acompañar nuestra predicación. No estar preocupados del juicio de los hombres.
Propone Jesús la confianza absoluta en Dios. La propuesta de Jesús es una apuesta por la libertad y la alegría de todos y cada uno de nosotros, que confiados en Dios nos sentimos protegidos.

La primera lectura : Is 49,14-15 pertenece al "libro de la Consolación" (c. 40-55) hace referencia directa a ésta, ya que se trata de unos hermosos versos de consuelo que Is dedica a Sión, Jerusalén. Los oráculos que lo componen, forman parte de un todo, que puede repartirse en tres secciones; los vv. 14-26 forman la tercera sección.
Dios refuta las objeciones que Jerusalén le va poniendo:
a)la que se creía olvidada, volverá a estar repleta de hijos (vv. 14-20);
b)la que se creía sola, tendrá el consuelo y la compañía de sus propios hijos (vv. 21-23);
c)la que se creía condenada a cadena perpetua, será liberada (vv. 24-26).
Entonces todo el mundo verá que efectivamente el Señor ha estado de parte del dolorido y oprimido. Mensaje de consuelo y esperanza.
v. 14.-recoge el grito desgarrador de un pueblo desolado, casi sumido en la desesperación. La ciudad "Sión" no es una entidad geográfico-material sino el símbolo de la comunidad israelita que se lamenta porque su "dueño" (=su marido) le ha abandonado. La ciudad ya había quedado estéril y sin hijos (49. 21), ahora se queda también sin compañero. Sión es la viuda que se siente abandonada y solitaria, que "...pasa la noche llorando, le corren las lágrimas por las mejillas..." (Lm 1.). Y en estos momentos de zozobra y oscuridad surgen el lamento, la acusación y la desesperación.
Dios sale al encuentro del hombre desesperado. En el v. 15a el mismo Señor, a través del profeta, responde al pueblo mediante una pregunta retórica: "¿puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas?". La respuesta lógica es un "no" o un "jamás". Y aunque esto ocurriera, hecho no probable, el Señor nunca podría abandonar a sus hijos, a su pueblo (v. 15b). El amor divino es amor de madre: no es interesado, egoísta... Así como el hijo sale de las entrañas (Rehem) maternas, símbolo del amparo y cobijo amoroso y desinteresado, de la misma manera el sentimiento de amor hacia los suyos que brota de las entrañas divinas se llama amor o misericordia (Rehem). Es un sentimiento instintivo, espontáneo..., y siendo así, ¿cómo puede Israel hablar de abandono? Aunque una madre abandone a su hijo, Dios nunca abandonaría a su pueblo.

En el salmo de hoy (Sal 61,2-3.6-7.8-9),  se expresa aquí la más expresa  confianza en el Dios único, verdadero valedor para el salmista, incomprendido y hostilizado por doquier. El título (v. 1) lo atribuye a David, y, en ese supuesto, las circunstancias de la rebelión de Absalón o de Sebá darían pie para esta bella composición poética, en la que se exhorta al pueblo a poner su confianza no en las riquezas ni en los medios terrenos, sino sólo en Dios, fuente de justicia y de poder. En medio de las intrigas y asechanzas, sólo queda la esperanza de la protección de Yahvé. No pocos autores ven en este salmo un marcado sello de acción de gracias, con no pocas concomitancias con los salmos de tipo sapiencial.
Se suele dividir en tres partes: a) confianza en Dios frente a las asechanzas e hipocresías de los enemigos, vv. 2-5; b) exhortación a confiar en Dios y no en los hombres, vv. 6-10; c) el poder está únicamente en Dios, y no en las riquezas, vv. 11-13. Hoy la liturgia nos presenta las dos primeras.
Las dos primeras estrofas están precedidas de un refrán que repite la misma idea (vv. 2-3 y 6-7): el alma del salmista se siente segura en Yahvé, que es su «roca» y su «alcázar», inaccesible a los enemigos. Una vez declarada la seguridad de su alma y su quietud de espíritu, invita a los demás a refugiarse confiadamente en el que todo lo puede.
Confianza en Dios (vv. 1-5). Antes de protestar por las añagazas de sus enemigos, el salmista declara que su confianza plena está en su Dios, y en Él encuentra reposo, ya que tiene la experiencia de haberle liberado de situaciones más comprometidas. Adherido a Yahvé, se siente como en una roca o alcázar inaccesible, desde la que puede desafiar todos los injustos ataques de sus adversarios; por eso no vacilará un momento, pues tiene el pie en lugar seguro.
Se siente perseguido, y este ataque es sistemático y reiterado, ya que se unen contra él como hombres que juntos fuerzan una pared inclinada en la que se ha abierto ya brecha (v. 4). No concreta el género de hostilidad de que es objeto, pero el contexto insinúa que se trata de asechanzas malévolas y traidoras, quizá porque les da en rostro su virtud. En su proceder doble, salvan las apariencias bendiciéndole con la boca, pero odiándole y maldiciéndole en su corazón (v. 5). Hipócritas redomados, creen engañarle con su aduladora conducta cuando están tramando su ruina.
Exhortación a confiar en Dios y no en los hombres (vv. 6-10). De nuevo se declara la total confianza en el que le otorga protección segura. Llevado de su experiencia al amparo de Dios, invita el poeta al pueblo a mostrarse también confiado contra toda adversidad. Parece que aquí el salmista habla al pueblo, reunido en asamblea, para que exprese sus sentimientos de gratitud al Señor en una generosa efusión de sus corazones, pues siempre encontrarán defensa y asilo en la mano poderosa de Yahvé (v. 9).

La segunda lectura (1 Cor 4,1-5)  es una muestra de lo que pretende San Pablo en esta carta: dar consejos de como presentar con constancia y en toda su integridad el mensaje cristiano. En la fe cristiana el orgullo queda desterrado. Se está al servicio de la fe en favor de la comunidad. Que nadie intente apropiarse el misterio revelado por el Espíritu porque lo destruiría. El evangelio es de todos, sobre todo de aquellos que más lo necesitan.
v. 3:"tribunal humano" lit.: "un día humano", es decir, el día de la justicia humana, el juicio humano opuesto al juicio último, al del día del Señor. Se trataría, pues, en un contexto de cierta ironía, de que un tribunal humano juzgara sobre los asuntos de Dios que está en otro plan. El juicio último del creyente está en manos de Dios. De ahí que la fidelidad al hombre que el cristiano quiere mantener en su vida se medirá por la confianza que ha puesto en Dios que salva.
San Pablo hace constantemente revisión de su fe, pero es bien consciente de las limitaciones de este análisis. Por eso es paciente consigo mismo. En el camino de la fe cristiana, tan negativa es una inhibición indolente como una prisa impaciente.
Es preciso mantener el ritmo que Dios quiere sobre nosotros. Juzgarse a sí mismo y salvarse a sí mismo es igualmente imposible.
Este apelar a Dios como juez no es sinónimo de una actitud de temor, sino, por el contrario, de una espera confiada en la comprensión y en la bondad del que juzga rectamente. El Dios de nuestra fe es un juez que no sabe de sobornos, pero también es un padre verdaderamente cariñoso y perdonador.
v. 5: La rehabilitación de Dios se coloca en el futuro. En la venida de Cristo en todo su esplendor tendrá lugar el juicio misericordioso de Dios (cf. Rom. 3, 21s; Gál 2, 16ss). Aquí el juicio de Dios y el de la venida de Cristo se identifican. El creyente erradica de sí mismo todo temor coercitivo, y sabe que la justicia de Dios es la garantía de la verdad de su actuar como creyente. Lo que podría apartarle de Dios, lo acerca y mueve a poner en él su confianza.
" Que la gente vea en vosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios… No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor" . No sólo los sacerdotes, sino todos los cristianos, debemos considerarnos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Debemos hacerlo con fidelidad, con humildad y con amor. No debemos rechazar, ni condenar de antemano a nadie, porque Cristo murió por todos; dejemos que sea Dios mismo el que nos juzgue a todos. Repartamos la gracia y el amor de Dios a todas las personas, sin distinción sexo, clase social y etnia a la que pertenecen. Lo nuestro es hacer el bien y repartir la gracia de Dios; el juicio final se lo dejamos a Dios, que nos juzgará a todos en el momento final y lo hará, como nos ha dicho el profeta Isaías, como una madre que no puede olvidarse nunca del hijo de sus entrañas.

En el evangelio de hoy ( Mt 6,24-34) tenemos  el enunciado general sobre las preocupaciones de esta vida en relación con la premura del reino.
El texto empieza anunciando la disyuntiva: o Dios o el dinero. El considerar "importante" la acumulación de dinero o riqueza es decididamente incompatible con servir a Dios, porque esta acumulación exige la dedicación del corazón del hombre, ocupa todo el hombre, y le hace imposible -por mucho que se lo propusiera- servir al mismo tiempo a Dios.
El texto de hoy está en el contexto del sermón de la montaña. Mateo lo ha situado tras la invitación de Jesús a seguirle para ser "pescador de hombres". En el evangelio de Mateo, el sermón de la montaña tiene por función explicar qué significa eso de ser pescador de hombres.
El texto presenta
* un principio general, justificación del mismo y nueva formulación del principio en términos personales y concretos (v. 24).
* una consecuencia práctica (vs. 25-34). Díptico vida-alimento, cuerpo-vestido (v. 25). Explicación de la primera tabla del díptico (vida-alimento, vs. 26-27). Explicación de la segunda tabla (cuerpo-vestido, vs. 28-30). Doble conclusión que se saca de las explicaciones (vs. 31-33 y v. 34).
La consecuencia práctica gira en torno al verbo "estar agobiado", que se repite en cinco ocasiones (vs. 25, 27, 28, 31 y 34). La consecuencia práctica se formula de manera directa en la doble conclusión, sobre todo en los vs. 31-33.
Y todo ello con un tono personal y exhortativo. Son reflexiones afectuosas del Maestro, que saben a coloquio en familia. El estilo espontáneo, la viveza de las interrogaciones, el aliento de profundo sentido poético y humano hacen de estos versículos una página encantadora e inimitable.
El texto tiene un pretexto: Dios y dinero: dos "amos" con intereses absorbentes y divergentes. Los paganos, es decir, los no judíos, que son todos los que no tienen experiencia del Dios bíblico, andan  agobiados, en el horizonte de su existencia, por la perspectiva de los bienes materiales, comprometidos en su adquisición y acrecentamiento.
El punto central de los vv. 25-35 es la exhortación a buscar sobre todo el Reino de Dios: ésta debe ser la primera preocupación del cristiano, la única preocupación verdaderamente importante. En JC, que vive totalmente orientado hacia el Padre, se nos manifiesta el Reinado de Dios. La gozosa preocupación del discípulo consistirá, por tanto, en orientar su existencia hacia Dios: en esto consiste la justicia del Reino.
El v. 33 será la conclusión y pondrá de manifiesto la instrucción. Es muy importante no caer bajo el agobio de las preocupaciones de la vida, ya que el reino y sus contornos se diluirían con facilidad. No está prohibido trabajar sino hacerlo en la intranquilidad y la angustia. Dios se preocupa del que cree en lo que es esencial: la opción por el reino.
El ejemplo de los pájaros no viene a resaltar su inactividad, sino su serena actividad,

sin inquietudes ni agobios. Dios colma sobradamente la actividad pequeña y elemental de los pájaros. Si Dios vela con solicitud sobre criaturas tan insignificantes como los pájaros y las flores, aun cuando no hacen nada, qué cuidado no tendrá de esas criaturas más dignas que son los hombres, que colaboran eficazmente en su obra. Cristo libera a la almas de su inquietud (pero no les invita a imitar la despreocupación de los pájaros) con el fin de que puedan consagrarse con una total entrega y fidelidad a la búsqueda del Reino (vv. 31-33). En este punto de su argumentación introduce Cristo una mención del "Padre", dando así a entender que el sentimiento de confianza filial debe tranquilizar la natural inquietud. Y a quienes buscasen tan sólo en una pertenencia material al Reino el sosiego de su inquietud, Mateo les sale al paso añadiendo al texto de Cristo..."y su justicia" (como ya en Mt. 5, 6-10) para subrayar que no se encontrará paliativo a la inquietud sino en la observancia de esa justicia nueva que vienen justamente a definir las bienaventuranzas y el discurso en la montaña.
Dios Padre ¡Cuánto más colmará el deseo profundo del hombre! Dios solamente rompe el círculo opresor de la limitación y de la necesidad del hombre. Sólo Dios da continuidad y perpetuidad a la aspiración más íntima del hombre.
El segundo ejemplo para aclarar la idea que se quiere exponer es este de los lirios, asimilados a la hierba en el v. 30. Difícil de expresar de forma tan sencilla la fe de Jesús y de sus discípulos en Dios creador. Dios lejano, pero inmensamente cercano al hombre. Dios potente, pero delicado en su amor para cada hombre y cada cosa.
Para llegar a descubrir esta naturaleza fundamentalmente bienhechora de Dios y encontrar en ella una llamada a la confianza, es necesaria la fe (cf. 8. 26; 14. 31).
El sentido general y la conclusión a la que se  llega en que lo mismo que los paganos "buscan" un tipo de vida lo más muelle posible, los creyentes "buscan" (el mismo verbo) gozosamente el reino. No se trata de una búsqueda apasionada e inquieta, sino que se tiene la seguridad de que el que busca encuentra (7. 8), ya que el término de todo es Jesús mismo. Todo esto no enseña una confianza pasiva en la providencia, ni el desprecio de las necesidades del cuerpo, como opuestas a las del alma, sino que llama a una búsqueda de lo esencial y, en consecuencia, a una sosegada simplificación del tren de vida que llevamos. Son dos concepciones diferentes de la vida, pero nunca una oposición entre trabajo y ocio. La confianza en Dios da al creyente una mayor actividad.

Para nuestra vida
En la primera lectura Isaías recoge las quejas del pueblo. Quejas que quizá se hayan también esbozado en nuestro interior. Palabras doloridas que brotan de un corazón herido por la angustia y envuelto en la soledad. Quebranto de quien se ha visto cerca de Dios, y de pronto se ve lejos, abandonado, perdido, solo. "Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado". No es verdad. Él no nos olvida. Él sólo permite que nosotros, libremente, nos alejemos y le olvidemos. Entonces, cuando uno se da cuenta de la gran equivocación, cuando uno percibe lo que significa estar sin Dios, entonces viene la zozobra y la angustia, el escozor de la peor soledad que pueda afligir al hombre. Y al no encontrar ni paz ni sosiego en nada ni en nadie, el hombre vuelve sobre sus pasos y acude de nuevo a Dios, a quien se queja dolorido y humillado.
Isaías contempla la reacción divina, escucha asombrado esas palabras que revelan en parte la inabarcable grandeza de la misericordia divina. ¿Puede una madre olvidarse de su hijito?, pregunta Dios enternecido. Pues aunque todas las madres se olvidaran de sus pequeñuelos --hipótesis absurda--, Dios no se olvidaría de su criatura, el hombre y la mujer. Toda la carga de amor, toda la dulzura, todo el cariño de cuantas madres han existido y existirán, todo el cúmulo afectivo de la maternidad es algo nimio en comparación con el amor de Dios. Él sólo está esperando que le llamemos para acudir corriendo a nuestro lado. Él sólo necesita que le pidamos perdón para perdonarnos inmediatamente. Esa es nuestra esperanza y fortaleza: la fidelidad de Dios a su palabra de misericordia.

El salmo 61 es la oración confiada de un hombre cruelmente perseguido; esta oración cuadra muy bien como final de la jornada. Hombres de poca fe, cuando la persecución se avecina, nos sentimos con frecuencia decaídos. Esta oración debería aportarnos la gran lección del abandono en manos de Dios: Pueblo suyo, confiad en él -nos dice el salmista-; aprended de mi experiencia, mis enemigos arremeten contra mí, sólo piensan en derribarme, pero, en realidad, no son más que un soplo; por eso, por muchos que sean sus ataques, mi alma descansa tranquila en Dios.
Nos puede servir de oración de confianza en Dios.
Hay muchas cosas que nos inquietan y nos hacen perder la paz interior, comunitaria y social. Se conmueven nuestros cimientos como si alguien tuviera interés en derribar nuestra tapia ruinosa o la pared que cede. Nunca faltarán en nuestra existencia tales situaciones.
La actitud del corazón creyente ante ellas es proclamar con el salmista: ¡Sólo en Dios descansa mi alma! Paz, descanso, plenitud, encontraremos sólo en Dios.
Brota de esta experiencia fundante nuestra misión en el mundo y nuestro grito de alerta a los hombres, nuestros hermanos: «¡No confiéis en la opresión, no pongáis ilusiones en el robo!» Nuestro anuncio tiene un tema central e insustituible: «De Dios viene la salvación», «¡Sólo él es mi roca firme, mi alcázar, mi refugio, mi esperanza, mi gloria!»
VV. 2-3- El salmista ha encontrado asilo y salvación en el templo. Comienza afirmando enfáticamente esta experiencia religiosa «Sólo en Dios», y subrayándola en tres títulos emparentados: «mi roca», «mi salvación», «mi alcázar».
VV. 6-7. Variación de la estrofa inicial, en diálogo interno.
VV. 8-9. Una nueva confesión pública prepara la invitación. El título «pueblo suyo» ya es un título para la confianza; y la súplica a Dios ha de ser íntima y sincera.
En la segunda lectura, otra vez tiene Pablo que prevenir a la comunidad de Corinto, tan a menudo dividida. Con anterioridad les había reprochado ya el estar excesivamente apegados a la manera de anunciar un predicador una doctrina, sin ir más allá del hombre ni de su manera de presentar lo esencial que debe anunciar; están demasiado apegados a una filosofía, y tienden a engreírse con eso.
Son consejos que son de gran actualidad para nosotros, como, seguidores de Jesús.
Por lo que a él se refiere, presenta lo que ha de ser el Apóstol: servidor de Cristo y administrador de los misterios de Dios.
El único juicio que sobre San Pablo pueda hacerse versará únicamente sobre la fidelidad a su papel. No se trata de juzgarle sobre otros puntos de vista que son absolutamente secundarios.
Solamente ante Dios se siente San Pablo responsable de su manera de actuar. No se fía plenamente de su propia conciencia, sino que se remite al juicio de Dios. Invita a los Corintios a hacer lo mismo, a reservar su juicio y a esperar a lo que el Señor descubra de los hombres, pues es el único que conoce los repliegues de la conciencia humana. Sólo él pondrá al descubierto las intenciones secretas y, en definitiva, Dios será quien dé a cada cual la alabanza que le corresponda.
La invitación a suspender cualquier juicio no obedece al miedo a la crítica -que a Pablo "le importa muy poco", sino a la convicción de que cualquier juicio «prematuro es inútil», porque el derecho de juzgar corresponde sólo al Señor y porque la libertad del apóstol que actúa responsablemente, sin «remordimientos de conciencia», no puede verse nunca coaccionada ni por su propia valoración ni por la de otros. Pero lo que relativiza todavía más el juicio de los hombres es el sacrificio concreto del apóstol por la Iglesia.
Con antítesis paradójicas, San Pablo contrapone la cruda realidad de la vida del hombre escogido por Dios a las vanas ilusiones de los que, apenas han comenzado a caminar, creen haber llegado ya a la cima de los dones espirituales. A quien ha sufrido por la Iglesia, no le hacen mella las críticas de unos sabios que buscan diferencias.
La lección es clara y está dada sin rodeos diplomáticos. Es también importante. Hoy sigue siendo la misma para nosotros. Juzgar a la Iglesia es una actitud grave, sobre todo si uno se para en lo periférico. Sólo Dios conoce las verdaderas intenciones de los hombres. Hay que dejarle a él el cuidado de hacer justicia.

En este domingo inmediatamente anterior al inicio de la Cuaresma, escuchamos en el evangelio uno de los fragmentos más duros y, al mismo tiempo, más poéticos de todo el sermón de la montaña.
Por un lado, se nos ha dicho que en la actitud cristiana no caben las medias tintas: o servimos a Dios o nos hacemos esclavos del dinero. Por el otro lado, se nos ha exhortado, con frases impregnadas de amor a la naturaleza, a poner toda nuestra confianza en Dios, que, como madre amorosa y solícita, siempre cuida de sus hijos.
Jesús nos pone en guardia para que no caigamos en la aberración, de considerar el dinero como lo más importante. El dinero tiene sólo una importancia relativa. Por encima de él se han de poner los valores del espíritu, la amistad, la honradez, la conciencia, el amor en sus múltiples manifestaciones, Dios en definitiva. Sólo así alcanzaremos la paz y la felicidad.
Hay que trabajar por supuesto, tratar de obtener cuanto necesitamos para llevar una vida digna. Pero siempre eso será un medio y no un fin. Por otra parte, hemos de vivir seguros de que Dios existe y que nos ama, que puede ayudarnos y nos está continuamente ayudando. Vivir confiados en la providencia divina, siempre ocupados pero nunca preocupados. Luchando con toda el alma, pero sin perder jamás la calma.
En el evangelio  Jesús propone  una inversión de orden: Buscad "primero" el Reino de Dios. Sólo se busca lo que se valora como necesario. Jesús propone, en definitiva, una inversión en el orden de los valores, un ordenamiento distinto, una justicia distinta.
No niega ninguna de las búsquedas; sencillamente, las trastoca.
Ya sabemos que sólo se busca lo que se valora como necesario. Jesús propone, en definitiva, una inversión en el orden de los valores, un ordenamiento distinto o, usando su vocabulario, una justicia distinta.
El ordenamiento de la vida basado en el dinero genera en la persona un estado angustioso de agobio que termina por aniquilarla. ¿Y no vale más la persona que todos los dineros juntos? Contempla los pájaros: su lozanía, su libertad, su alegría. ¡Ya lo creo que trabajan! Pero no hay en ellos el más leve asomo de angustia. Contempla una flor.
La propuesta de Jesús es una apuesta por la libertad y la alegría de todos y cada uno de nosotros. Una propuesta que no prejuzga una determinada forma de economía. Las palabras de Jesús no nacen de una determinada forma de economía. Las palabras de Jesús nacen de su descubrimiento de una persona, de su descubrimiento del Padre. Este descubrimiento no ahorra el trabajo, ahorra la angustia y el aniquilamiento personales. El descubrimiento del Padre genera seres adultos, personas hechas y derechas. Esta es la justicia, es decir, el ordenamiento del Reino de Dios.
Desde esa realidad del Reino de Dios, Jesús invita a todo hombre en primer lugar a ser persona, a ser él mismo, señor de sí mismo y de sus circunstancias... para poder entonces dar el paso y ser para los demás instrumento de paz y de concordia. Invita a vivir en el cada día y en el cada asunto que valga la pena, desde una filial relación con Dios nuestro Padre. Una fe amorosa que es confianza y libertad, y derivará, si es verdadera, en fraterna relación de ayuda. Esto es imposible hacerlo desde el desasosiego y el agobio por la autosatisfacción.
Y por lo demás, más nos vale andar ocupados y hasta preocupados, porque los frutos del Reino maduren y crezcan, paciente pero perseverantemente: una nueva justicia y una joven esperanza.
"Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia: todo lo demás se os dará por añadidura".
Si el discípulo vive -como vivió Jesús- orientado hacia Dios, participa también de esta fe y de esta gozosa confianza en el Padre que se refleja en los vv de hoy. Las palabras de Jesús ponen el acento en el hecho de no agobiarse, repetido como un estribillo ("no estéis agobiados por la vida...; ¿quién de vosotros, a fuerza de agobiarse...?; ¿por qué os agobiáis...?; no andéis agobiados pensando...; no os agobiéis por el mañana").
No agobiarse por la comida, la bebida o el vestido no significa vivir en una ingenua despreocupación. Agobiarse por esto significará comprometer toda la vida y las energías de la persona en la adquisición de los bienes materiales, y perseguir esto, como preocupación fundamental de la vida, es propio de paganos (para los oyentes de Jesús, la mención de los paganos debía ser una expresión muy fuerte).
El discípulo está llamado a vivir como hombre de fe en Dios, de quien provienen todos los bienes, especialmente la vida ("¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?"). Y vivir con esta actitud de fe en Dios, que se preocupa incluso de los pájaros del cielo y de la hierba de los prados -sinónimo de algo pasajero- supone orientar la vida cara al Reino y trabajar con paz en el corazón y sin agobios -fruto de la fe en Dios y de la orientación de la vida hacia Él- por la vida de cada día.
"Nadie puede estar al servicio de dos amos". Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. En la sociedad capitalista en la que nosotros vivimos, el dinero es realmente un Dios al que las personas, las empresas y los Estados desean conquistar. Política y socialmente, el valor de los proyectos y acciones que se proponen se mide, principalmente, en términos económicos. Los cristianos no podemos caer en esta idolatría del dinero. Para nosotros, porque así lo hizo y lo predicó Jesús, el dinero debe ser siempre un medio al servicio moral y social de las personas, no al revés. Necesitamos el dinero, claro, para poder vivir con dignidad. Lo necesitan los niños y los jóvenes para adquirir un desarrollo personal integral, lo necesitan los padres, para sacar adelante a la familia, y los necesitan los abuelos para poder vivir los años de vejez sin agobios y estrecheces. Pero el hecho de que necesitemos dinero para vivir, no quiere decir que tengamos que vivir esclavos del dinero. El dinero debe ser siempre sólo un medio para vivir, no un señor al que servir. Los valores humanos y cristianos son siempre lo primero que debemos buscar y valorar los cristianos. Casi todo, decimos, se puede arreglar con dinero, menos la muerte. Pero la dignidad moral, como el cariño verdadero, no se compra ni se vende con dinero. La pobreza evangélica nos exige a los cristianos vivir con sobriedad y dar con generosidad. Los cristianos tenemos que vivir, también en temas de dinero, preocupándonos de nosotros mismos y también de los demás. Todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos; vivamos como tales.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org