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sábado, 29 de junio de 2024

Comentario a las Lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario 30 de junio 2024

En la primera lectura (Sb. 1,13-15; 2, 23-25 ), se nos habla del designio salvador de Dios"Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes" (Sb 1, 13).

El libro de la Sabiduría, probablemente el último de los del Antiguo Testamento, fue escrito el siglo primero o segundo antes de Jesucristo, en el ambiente de la diáspora, es decir, en aquellos grupos de judíos que vivían lejos de Israel, en ciudades paganas. Seguramente fue escrito en Alejandría de Egipto, una ciudad en la que residía una numerosa colonia judía, que tenía que convivir y confrontarse con la mayoría helénica que le rodeaba.

El libro quiere ser una afirmación de la fe de Israel para sostener a los creyentes en medio de la variedad de sistemas religiosos y filosóficos en los que se hallaban inmersos, y en medio del clima relativista de costumbres y criterios morales, que hacían que los israelitas fieles fueran a menudo mal vistos y a veces incluso perseguidos. Pero al mismo tiempo esta afirmación de fe es explicitada en diálogo con el mundo helénico: el libro, en efecto, asume y utiliza categorías de la cultura helénica circundante.

El autor del libro de la Sabiduría dirige su escrito a judíos que vivían en la diáspora (posiblemente en Alejandría) y que, al contacto con la nueva cultura griega, se reían de la fe de sus mayores (en el libro se les denomina "impíos"). El autor no tiene miedo alguno en asimilar esta cultura y realizar una "transculturalización". A la luz de la dicotomía griega alma-cuerpo (inmortal-mortal), profundiza en los conceptos tradicionales de vida y muerte, obteniendo una concepción que sonaba como revolucionaria a sus compatriotas.

El doble fragmento que hoy leemos (son dos breves fragmentos unidos: 1,13-15 y 2,23-25) presenta un elemento fundamental de la afirmaci6n de fe frente al materialismo ambiental: Dios es el Dios de la vida, y llama a los hombres a vivir esta misma vida suya. El primer fragmento (hasta "inmortal") hace la afirmación general: Dios ha creado el mundo y al hombre para la vida, y todo lo que Dios es ("la justicia") conduce a la vida por siempre.

-1, 13-15 sirve de conclusión a todo el cap, 1, en el que los gobernantes de la tierra son invitados a buscar la justicia, a Dios. Los que así obran no encontrarán la muerte, sino la sabiduría y la vida.

- la segunda parte de nuestra lectura (2, 23-24), resalta  que el hombre no es un ser para la muerte; sino un ser para la vida eterna. Esto es lo querido por Dios.

El autor no habla de un paraíso perdido. No niega que exista la muerte, pero contempla las cosas en el conjunto de la creación y ve que todas las cosas tiene una finalidad y un objetivo.

 

El salmo de hoy ( Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y 12a y 13b) es un salmo de petición y acción de gracias.

Este es un salmo de "todah", de "jubilosa acción de gracias", de "eucaristía". El verbo "dar gracias" aparece tres veces, y es la palabra final del salmo. El vocabulario de alegría es abundante: "fiesta" (2 veces), "exaltar", "gritos de alegría", "felicidad", "danza", "vestido de fiesta".

El "ropaje midráshico", es decir la "situación concreta evocada" es esta: un enfermo importante, en peligro de muerte, ha sido curado... Esta situación evoca la experiencia de Israel, que después de la agonía del exilio reencuentra la alegría de la alabanza. El pueblo de Israel consideró esta liberación como una especie de "Resurrección": "me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa".

Así comenta San Juan Pablo II: Dios disipa la gran pesadilla, el miedo a la muerte . Meditación sobre el Salmo 29 " Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.

De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (versículo 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (versículo 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (ibídem); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (versículo 12).

Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual. Lo atestigua la cita de apertura que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de una gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: «Cristo da gracias al padre por su resurrección gloriosa».

2. El que ora se dirige en varias ocasiones al «Señor» --al menos ocho veces--, ya sea para anunciar que le alabará (Cf. versículos 2 y 13), ya sea para recordar el grito que le ha dirigido en tiempos de prueba (Cf. versículos 3 y 9) y su intervención liberadora (Cf. versículos 2, 3, 4, 8, 12), ya sea para invocar nuevamente su misericordia (Cf. versículo 11). En otro pasaje, el orante invita a los fieles a elevar himnos al Señor para darle gracias (Cf. versículo 5).

Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla pasada y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro que ha quedado atrás es grave y todavía provoca escalofríos; el recuerdo del sufrimiento pasado es todavía claro y vivo; hace muy poco tiempo que se ha enjugado el llanto de los ojos. Pero ya ha salido la aurora del nuevo día; a la muerte le ha seguido la perspectiva de la vida que continúa.

3. El Salmo demuestra de este modo que no tenemos que rendirnos ante la oscuridad de la desesperación, cuando parece que todo está perdido. Pero tampoco hay que caer en la ilusión de salvarnos solos, por nuestras propias fuerzas. El salmista, de hecho, está tentado por la soberbia y la autosuficiencia: «Yo pensaba muy seguro: "no vacilaré jamás"» (versículo 7).

Los Padres de la Iglesia también reflexionaron sobre esta tentación que se presenta en tiempos de bienestar, y descubrieron en la prueba un llamamiento divino a la humildad. Es lo que dice, por ejemplo, Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su «Carta 3», dirigida a la religiosa Proba, en la que comenta este pasaje del Salmo con estas palabras: «El salmista confesaba que en ocasiones se enorgullecía de estar sano, como si fuera mérito suyo, y que así descubría el peligro de una enfermedad gravísima. De hecho, dice: ¡"Yo pensaba muy seguro: 'no vacilaré jamás'"! Y, dado que al decir esto, había sido abandonado del apoyo de la gracia divina, y turbado, cayó en su enfermedad, siguió diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Para mostrar que la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, tiene que ser de todos modos invocada humildemente sin interrupción, añade: "A ti, Señor, llamo, suplico a mi Dios". Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad, ni cree que puede conservar lo que posee confiando sólo en sus propias fuerzas» (Fulgencio de Ruspe, «Las Cartas» --«Le lettere»--, Roma 1999, p. 113).

4. Después de haber confesado la tentación de soberbia experimentada en tiempos de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que le siguió, diciendo al Señor: «escondiste tu rostro, y quedé desconcertado» (versículo 8).

Quien ora recuerda entonces la manera en que imploró al Señor: (Cf. versículos 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le preservara de la muerte, ofreciendo como argumento el hecho de que la muerte no ofrece ninguna ventaja a Dios, pues los muertos no son capaces de alabar a Dios, no tienen ya ningún motivo para proclamar la fidelidad de Dios, pues han sido abandonados por Él.

Podemos encontrar este mismo argumento en el Salmo 87, en el que el orante, ante la muerte, le pregunta a Dios: « ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Salmo 87, 12). Del mismo modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y después curado, decía a Dios: «El Seol no te alaba ni la Muerte te glorifica..., El que vive, el que vive, ése te alaba» (Isaías 38, 18-19).

El Antiguo Testamento expresaba de este modo el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y hacía referencia a los numerosos casos en los que fue alcanzada esta victoria: personas amenazadas de morir de hambre en el desierto, prisioneros que escaparon a la pena de muerte, enfermos curados, marineros salvados de naufragio (Cf. Salmo 106, 4-32). Ahora bien, se trataba de victorias que no eran definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba imponerse.

La aspiración a la victoria se ha mantenido siempre a pesar de todo y se convirtió al final en una esperanza de resurrección. Es la satisfacción de que esta aspiración poderosa ha sido plenamente asegurada con la resurrección de Cristo, por la que nunca daremos suficientemente gracias a Dios." (San Juan Pablo II. Audiencia general, miércoles, 11 mayo 2004).

 

La segunda lectura  (2 Cor. 8, 7-9.13-15), cita un término curioso y muy interesante, es la palabra nivelar. Se aplica en la vida espiritual y a la vida material.

Los capítulos 8 y 9 de la segunda carta a los Corintios están dedicados a exhortar a la generosidad en la colecta a favor de la comunidad de Jerusalén. Vale la pena leer los dos capítulos enteros para situarla tanto histórica como teológicamente, y leer también el anuncio que de ella se hace en 1Co 16,1-3. La ayuda a la comunidad de Jerusalén, que vivía en situación de estrechez, fue uno de los signos de comunión cristiana que las comunidades procedentes del paganismo realizaron con la Iglesia madre (cf. también Hechos 11,29-30 y Rm 15,26).

De los versículos que leemos hoy a propósito de este tema, destacan sobre todo dos aspectos. El primero, la facilidad con que Pablo refiere toda realidad que afecte a la vida de los creyentes (aunque sea algo tan poco "espiritual" como una colecta) a los fundamentos de la fe: la colecta imita el estilo de Jesucristo, que se vació a sí mismo; y es que, de hecho, cualquier cosa que el creyente haga tiene que ser una realización de este estilo. El segundo aspecto se refiere al criterio económico que debe regir la vida de los creyentes, y que (como todo lo que hace la comunidad cristiana) tiene que ser modelo para el mundo: la búsqueda de la igualdad.

Así la segunda carta a los corintios nos habla hoy de un tema nuevo: la colecta por la Iglesia de Jerusalén, que se hallaba en situación de estrechez. Pablo se dedicaba en esta época a recoger dinero para aquella comunidad, y ahora escribe a los de Corinto para decirles que pronto vendrán unos enviados suyos a recoger su aportación: en el texto de hoy les exhorta a ser generosos.

Posee Pablo un estilo de exhortación en el que une cualquier detalle -grande o pequeño- de la vida cristiana con las raíces más profundas de esta misma vida. También aquí, en el caso de la colecta, pone como modelo de toda la encarnación-redención de Jesucristo, en un esquema parecido al del himno de Fil 2, 5-11; en la carta a los filipenses, sin embargo Jesucristo era presentado como modelo de humildad y rebajamiento, mientras que aquí lo es de generosidad.

Este breve y denso versículo, en efecto, presenta a Jesucristo dejando la riqueza de su condición divina, como acto de generosidad, para hacerse pobre como los hombres (solidario, diríamos ahora) y así hacer posible que los hombres se enriquezcan, que reciban los frutos de su rebajamiento.

Y ya en otro nivel, el apóstol propone a los corintios el ideal de la igualdad entre los cristianos: si en cierto momento unos tienen más que los demás, deben dar de eso que tienen de más; y, cuando sea necesario, a la inversa. El ejemplo es lo que hizo Dios con el maná, según la cita de Ex 16, 18: Dios mismo aseguraba la igualdad dentro de su pueblo, y a ejemplo de Dios deben actuar ahora los corintios.

" Ya que sobresalís en todo... distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro señor Jesucristo; siendo rico... se hizo pobre". Esta apelación al corazón de los corintios tiene para Pablo especial relevancia dadas las graves dificultades que se crearon entre él y su querida comunidad, por una parte y, por otra, para disipar las dudas que surgieron acerca de su persona y su misión entre los paganos proclamando la liberación de las exigencias judías para pertenecer a la Iglesia y participar en la salvación: circuncisión y prácticas musaicas. Esta comunidad estaba enriquecida por muchos dones del Espíritu, ciertamente. Pero era necesario expresarlo a través de la generosidad en el compartir los bienes materiales. Es la razón profunda que mueve y empuja la comunión de bienes en la Iglesia. Y el modelo más profundo: Jesús. Quiso compartir con los pobres libremente, despojándose temporalmente de su rango de riqueza suma por ser Dios. Esta referencia disipa cualquier duda o dificultad en el compartir de los bienes. Por eso la comunión entre los cristianos es cristocéntrica y realista a la vez. Porque Jesús fue realmente pobre siendo realmente rico. Es un ideal, una utopía, pero posible desde la realidad humana de Jesús.

 

En el evangelio de hoy  (Mc 5, 21-43), prima la fe y la humildad.


En la perspectiva de un Reino de Dios abierto a todos, Marcos introducía el domingo pasado el tema de la fe en Jesús. El texto de hoy nos sitúa de nuevo en la orilla judía del lago de Genesaret, en medio de la habitual aglomeración de gente en torno a Jesús. El hilo narrativo lo configura el desplazamiento hasta la casa de Jairo, un encargado del orden en la sinagoga, cuya hija está mortalmente enferma. Entre partida de la orilla y llegada a la casa, Marcos intercala en los vs. 25-34 un episodio con una mujer. Se trata de la misma técnica narrativa que encontrábamos hace tres domingos en Mc. 3, 20-35. el episodio le sirve a Marcos para profundizar en el tema de la fe en Jesús.

Así el evangelio de hoy acopla dos milagros en una única narración. El leccionario prevé una lectura abreviada, pero debe ser recomendable leer el texto entero. De hecho, los tres sinópticos engarzan las dos curaciones en una relación seguida y no sin intención. Veámoslo: a) la mujer lleva doce años enferma (¡toda una vida!); la niña muere justamente a los doce años; b) la mujer va perdiendo la vida poco a poco (recordemos que la sangre es vida); la niña la pierde de golpe; c) la mujer actúa a escondidas (porque el flujo de sangre la convertía en "impura" y tocar a alguien era contagiarle su impureza) y con una mezcolanza de fe y de magia; el padre de la niña se presenta a Jesús y le pide su intervención; d) la mujer, al sentirse descubierta, tiembla atemorizada, pero Jesús la tranquiliza y le dice que es su fe la que la ha salvado y no el simple contacto físico; el padre de la niña es exhortado a tener fe y a no temer ni a la misma muerte.

Nos encontramos con Jesús que regresa a la otra orilla del lago de Galilea, lugar de vocación (1,16-20; 2,13-17) y enseñanza (3,9; 4,1).     

El fragmento que hoy proclamamos pertenece a la segunda sección de la primera parte del evangelio de Marcos: Jesús el Mesías que se manifiesta en las palabras y en los gestos.

El pasaje de este domingo nos ofrece un ejemplo del carácter histórico de los Evangelios. El nítido retrato de Jairo y su petición angustiosa de ayuda, el episodio de la mujer que se encuentran de camino a su casa, la actitud escéptica de los mensajeros hacia Jesús, la tenacidad de Cristo, el clima de la gente que llora a la niña muerta, el mandato de Jesús referido en la lengua original aramea, la conmovedora solicitud de Jesús de que se dé algo de comer a la niña resucitada. Todo hace pensar en un relato que remite a un testigo ocular del hecho.

Jesús nos muestra que está a favor de la vida. La enfermedad y la muerte nos interpelan y nos plantean no pocos interrogantes: ¿por qué sufrimos? ¿Por qué tenemos que morir?. Jesús no nos dio una explicación científica o filosófica sobre el sentido del mal o del dolor. Simplemente nos demuestra que se conmueve ante el sufrimiento humano y lo combate. No le da igual, sino que es solidario y trata de ayudar. Traspasa la frontera y va en busca de los excluidos.

El jefe de la sinagoga, Jairo, tiene que pasar de la lectura legalista de la sinagoga hacia el espacio trasgresor, profético y liberador de Jesús de Nazaret. El gesto de Jesús es siempre sorprendente. Este es un gesto de escándalo porque se supone que un varón desconocido no toca en público a una mujer y además, desde los conceptos de pureza ritual, no se toca un cadáver. Jesús al tocarla asume la condición de la hija del jefe de la sinagoga. Sólo con ese compromiso podemos decirles a los grupos y a las personas enfermas, postradas o vulnerables: ¡Levántate! .

La mujer acude a Jesús como a último y único remedio a sus trastornos corporales. Pero lo hace anónimamente, mágicamente. La propia situación multitudinaria parece aconsejar un acercamiento así. En estas circunstancias resuena firme la pregunta de Jesús. "¿Quién me ha tocado el manto?" Con esta pregunta Marcos parece querer indicarnos que el ámbito de la fe en Jesús no es el del anonimato, sino el de la intercomunicación personal. La mujer, en efecto, se ve impelida a salir del anonimato. Viene con temor y temblor, y se prosterna ante Jesús.

Jesús de Nazaret se deja tocar por una mujer no judía e impura. Es un escándalo, pero deja bien claro que el hombre está por encima de la ley. Lo que le importa es el sufrimiento de esta mujer y su fe. Por eso es capaz de trasgredir la ley para favorecer la misericordia. Estamos convencidos que el núcleo de nuestra acción pastoral debe ser construir puentes que lleven a la inclusión y a la reconciliación. Ricos y pobres, el lado judío y gentil de todos los lugares, todos necesitamos ser curados de nuestras incredulidades, dudas, temores y prejuicios.

En este contexto no puede interpretarse el temor y temblor desde planteamientos psicológicos. Representan más bien la reacción humana a la manifestación o epifanía divina. Se pone con ello de manifiesto que la mujer no había actuado por magia, sino por fe: ella había creído sencillamente en Jesús, había visto en él al enviado de Dios. Esto es lo que Marcos quiere resaltar y así lo sigue haciendo en la continuación del relato, ahora ya con Jairo.

También éste se ha prosternado ante Jesús reconociendo en él soberanía y majestad. El propio Jesús le invita a tener fe en él.

A partir de este momento el relato se hace íntimo, personal.

(v. 37) El Maestro toma consigo únicamente a los tres discípulos que serían también los testigos de su transfiguración (9, 2) y de su agonía en Getsemaní (14, 33).

Jesús entra en la casa transmitiendo seguridad y dominio de la situación; el evangelista conserva las palabras en arameo, dándoles, por tanto, un fuerte valor simbólico; Jesús actúa con gran sencillez (habla como si aquello no tuviera importancia: "La niña no está muerta...";

(v. 38) Se trata de las plañideras que lloran por oficio y que para eso han sido contratadas. Esto explica que se rían después al oír a Jesús que la niña estaba dormida.

 Se limita a dar la mano a la niña y a decir una palabra nada retórica...), signo de su fuerza y su poder. Y todo el conjunto se convierte en afirmación de la fuerza salvadora de Jesús que libera al hombre sin ninguna barrera, y llama a la confianza en esta liberación. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte.

Con la exclusión de gentío y plañideras se pone de nuevo de manifiesto que el ámbito de la fe en Jesús no puede ser otro que el de la relación personalizada. Es en un ámbito así en el que lo insospechado puede hacerse realidad.

El relato termina con el sorprendente encargo, característico en el Evangelio de Marcos, de no divulgar el hecho.

Para nuestra vida.

El mensaje de hoy es, por una parte, la existencia de la enfermedad y la muerte en nuestra historia, y por otra, más importante, el anuncio del proyecto de Dios, que es proyecto de vida, y del poder liberador de Jesús que cura a la mujer enferma y resucita a la niña.

En la primera lectura se nos recuerda que Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser. La muerte es una cuestión siempre abierta. La fe de Israel, expresada en la narración del paraíso, es que Dios no quiere la muerte sino la vida; que el hombre no está destinado a la muerte, sino que su destino original -es decir, en el designio de Dios, que es el verdadero origen del hombre- es la vida plena: por algo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera.. Dios creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza. La justicia es inmortal! Estas afirmaciones remiten y recuerdan las primeras páginas del Génesis donde se manifiesta el auténtico proyecto de Dios. El Dios verdadero es un Dios vivo y que crea para proyectar su vida y su ser feliz. Es una convicción profunda que recorre la Escritura. Esta revelación sale al encuentro de la preocupación más profunda del hombre: después de esta vida ¿qué nos espera? El autor de la Sabiduría contesta: la vida y la inmortalidad. Ésta será la respuesta de Jesús cuando le planteen la misma pregunta: los hombres serán como ángeles de Dios y están destinados a la resurrección. La firme esperanza de la humanidad, apoyada en la revelación de Dios, es saberse destinada a la vida sin fin en la inmortalidad y en la felicidad. Es una verdad segura y que necesitan los hombres de nuestro tiempo más que nunca.

El deseo íntimo de Dios es la salvación de todos. Su proyecto primordial no podía ser más ventajoso para el hombre: Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo imagen de su misma naturaleza. El hombre se parecía a su Creador como un hijo se parece a su padre. En su corazón existía la misma sed de amar y de ser amado. Su inteligencia se complacía y descansaba tan sólo en la verdad.

El Príncipe de las tinieblas. el envidioso, el soberbio, el ángel de la Luz, el que viéndose tan hermoso y fuerte se atrevió a luchar contra Dios, a rebelarse a los planes divinos. Vio cómo Dios amaba al hombre y se llenó de tristeza. Su astucia y su odio se desplegaron como sucias alas de vampiro. Y vino la tentación, la caída, las trágicas consecuencias de la desobediencia a la voluntad de Dios.

  Después de la triste experiencia de Adán, Dios nos ha regenerado y nos ha llamado de nuevo a la unión estrecha con Él, a la amistad que satisface plenamente el alma. Y cuando le somos fieles, sentimos en nuestro espíritu una alegría que se desborda, una paz sublime.

Es una lección de sana humildad que nos reconozcamos formando parte de esta tierra y de este universo perecederos. Que reconozcamos que la inmortalidad es un don gratuito, que va más allá de todas las posibilidades y las fuerzas del universo del que formamos parte.

Las ansias de vida inscritas en nuestro corazón tienen su origen en aquel que nos ha creado y apuntan hacia el don gratuito e inesperado que nos da en Jesucristo, el Señor.

Hoy el panorama cultural y antropológico es muy diverso al vivido por el autor del libro de la Sabiduría: la nueva antropología rechaza abiertamente la distinción griega de alma y cuerpo; y habla de un más allá -cuando lo hace- en un sentido muy diverso del tradicional.

-Existen los nuevos "Epicuro" para quienes cuando la muerte es, el hombre ya no es, y mientras el hombre es, la muerte aún no es. Existen otros, como Bloch, que afirman: cuando la muerte es, el hombre aún no es, y cuando el hombre es, la muerte ya no es; pero se quedan en una concepción puramente inmanentista.

-Otros abrimos las puertas a un futuro trascendente como hizo el autor de la Sabiduría. El mensaje siempre es válido, pero lo que debe cambiar en el lenguaje del teólogo y del predicador son las formas culturales. No se puede predicar siendo ajeno a nuestra cultura, haciendo hincapié en concepciones antropológicas trasnochadas. El autor de Sabiduría fue un revolucionario de su tiempo; también lo debemos ser nosotros.

En la lectura se respira optimismo ante la creación y el hombre. Optimismo fundado en la bondad y poder de Dios. Esta actitud puede ser una respuesta a los que preguntan si puede el hombre llegar a ser feliz, cuando sabe que su vida es un caminar hacia la muerte. El autor del libro de la Sabiduría responde diciendo que Dios no es responsable de esta situación. Es el hombre quien con su pecado ha roto la armonía del mundo. Dios quiere que el hombre viva y sea feliz. El hombre puede superar el miedo a la muerte amando la justicia. En ella encontrará la bondad de las cosas que debemos hacer llegar hasta Dios.

 

El salmo nos invita a la alegría agradecida y esperanzada. "Te ensalzaré, Señor, porque me has librado".  Para recitarla cuando nos sentimos librados de una pena (la enfermedad, la enfermedad de una persona amada, una desgracia que nos oprimía...). Para recitarla en el momento de la muerte de un amigo creyente. Para cantarla con el Señor celebrando su Pascua. Para reconocer que por mucho que suframos -y hay personas y familias que sufren mucho-, por mucho que nos sintamos abandonados de Dios -y Jesús mismo se sintió abandonado: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?-, "su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa".

Más que un conjunto complejo de doctrinas, más que una moral perfeccionada, la fe cristiana es un "sentido" dado a la existencia. Cualquier persona, así sea de poca cultura, tiene conciencia de que la humanidad está "herida, enferma". Cuando todo va bien, cuando estamos saludables, tenemos la tentación de decir como el salmista: "¡Cuando estaba dichoso me decía: jamás nada me turbará!" Esta es la gran tentación del hombre moderno: creer que ha dominado las fuerzas nocivas. Luego, el riesgo de alejarse de Dios: "¡No necesito de El! ¡me bastan mis propias fuerzas!" Sin embargo, basta poca cosa, basta que Dios "oculte su rostro" y todo está perdido: sin Dios, el hombre es poca cosa... ¡Es evidente!

Pero creemos en la Resurrección... Creemos que Dios envió a su Hijo, para curar la humanidad herida por el pecado... Creemos que nuestra limitación no es absoluta, sino que desemboca en el espíritu mismo de Dios... ¡Creemos que la muerte se transforma en vida, y nuestro duelo y decrepitudes en danza! "Este es el sentido de la vida humana. ¡Vamos, no hacia la muerte, sino hacia la plenitud de vida en Dios!

"Al atardecer nos visita el llanto, por la mañana, el júbilo".

Admirable fórmula poética para definir la actitud existencial del cristiano. Realista, pues mira de frente el mal del mundo y su propio mal, el pecado. Optimista, pues no se desalienta jamás y comienza de nuevo cada mañana.

Las "lágrimas de la tarde", lágrimas preciosas que corren cuando, al mirar la jornada... observamos lo que no ha estado bien, nuestras faltas, nuestras fealdades, nuestras negligencias... y todo lo que el mundo circundante ha añadido al peso de la condición humana... ¡La "revisión de vida" es ante todo una mirada realista! El hombre prudente, en todas las civilizaciones es aquél que es capaz de examinar su jornada lealmente, y dar un juicio de responsabilidad, sin culpabilización excesiva, pero igualmente sin falsas apariencias. Cuánto fango en nuestros caminos, en una jornada humana.

Estas "lágrimas de la tarde" preparan mañanas felices, días nuevos de fidelidad, de trabajo, de amor, de valor, de servicio. Quien se ha juzgado sin engaño, puede iniciar la marcha de nuevo, con "gritos de alegría". ¡Pascua, es eso también!

 

En la segunda lectura San Pablo introduce otra novedad: el criterio de la igualdad. Tiene gran importancia para nuestra sociedad y para nosotros cristianos que vivimos en una sociedad de grandes desniveles.

La abundancia de unos en simultáneo con la carencia de otros es detrimento para todos. A la larga todos pierden cuando unos ganan a costa de otros. La igualdad de los hombres es criterio novedoso que introduce el Evangelio, cuyo fundamento último es en definitiva la dignidad “crística” del hombre. Esta “igualdad” de la que habla San Pablo es novedad del cristianismo.

También el marxismo habla de igualdad. ¿es pensable Carlos Marx en una cultura no cristiana? Quizás sólo en una cultura cristiana pueda surgir el anhelo marxista de la igualdad, la utopía de un reino de justicia y verdad terrenal. El problema es erradicar el fundamento mismo que es trascendente: Jesucristo, ya que sin Jesucristo no puede subsistir el valor, del cual el Señor es “último fundamento”.

El Papa Benedicto XVI decía en Aparecida, Brasil, en el contexto de la Inauguración de la Asamblea del CELAM, el 13 de mayo de 2007: “La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado.” Y esto es así porque es el Evangelio el que propugna la vida, es Cristo el fundamento último de la justicia, de la dignidad humana y de todos los derechos humanos. El Dios que nos revela Jesucristo es el que se ocupa y se hace cargo de la vida del hombre y quiere que las cosas coincidan con lo que son y esto es novedad del Evangelio en la historia de la humanidad y para este momento de nuestra historia.

El Papa Francisco en su reciente encíclica “Laudato si” trata de sensibilizar al mundo entero sobre la injusticia que permite que millones de personas pasen hambre. Ha denunciado que la crisis ecológica es una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad. Invita a todos, no sólo a los católicos, a una "valiente revolución cultural". Critica con fuerza a los "poderes económicos" y llama con fuerza a una "conversión ecológica", a un "cambio radical en el comportamiento de la humanidad" --con un estilo de vida más sobrio, simple, solidario, menos acelerado y consumista--, así como a un cambio del sistema mundial, "insostenible desde diversos puntos de vista". El Papa Francisco nos dice que hay que escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres: "Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles y, a la vez, recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano". La alternativa para hacer efectivo el “principio de igualdad” paulino implica no el despojar a unos para beneficiar a otros, sino un genuino interés en el bien común y en la dignidad de todos. Es decir, se trata de igualar, pero igualar por arriba con justicia para que todos los hombres puedan vivir con dignidad.

San Pablo pide a los Corintios que sean generosos, como Jesús: nos viene a buscar allí donde estamos (el dominio de la muerte) y nos enriquece con su pobreza; sometiéndose a la muerte nos abre a una vida plena; nos devuelve a la imagen original (el Dios inmortal), borrada por el pecado. El texto nos invita también a hablar de una manera muy realista y muy humana de la comunicación de bienes. Y no sólo a escala doméstica; también a escala mundial: entre los países de la abundancia y los países del hambre. Al fin y al cabo Jesús nos ha enriquecido a todos con su pobreza.

San Pablo se nos muestra muy humano y sensato. Los bienes de la tierra son para todos: practiquemos, pues, la ley de los vasos comunicantes. Una exhortación especialmente apremiante en nuestra situación mundial. ¿Qué podemos hacer? A los cristianos, el ejemplo de Jesucristo no nos puede dejar tranquilos. Si él nos ha enriquecido con su pobreza (asumiendo la pobreza humana, hasta la muerte y muerte en cruz), no podemos ser insensibles a la miseria extrema de aquellos hermanos por los cuales también ha muerto el Señor.

 

En el evangelio, nos encontramos como el domingo pasado, ante una catequesis sobre la fe. La fe salva a aquella mujer de su enfermedad. Ya antes le había llevado a transgredir la ley (atravesar una barrera religioso-legal) y acercarse a Jesús hasta tocarle. Jairo es conducido por la fe a atravesar la barrera definitiva: "Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?", le dicen las plañideras escandalosas; es decir, ante el muro de la muerte no hay nada que hacer. Pero Jesús le dice: "No temas; basta que tengas fe". Los representantes de la muerte se ríen de él. Jairo, acompañado de Jesús, atraviesa el muro y recupera a la hija con vida.

Jairo era un hombre importante en medio de su pueblo. Y, sin embargo, se acerca al joven rabino de Nazaret, ese mismo que muchos capitostes de Israel rechazaban. Su situación de dolor, su preocupación de padre por la hija que se le muere le ayuda a superar prejuicios y cualquier orgullo de casta. A menudo es preciso el sufrimiento para domeñar nuestra soberbia y derribar esa latente convicción de que somos mejores que los demás.

Jesús atiende de inmediato su petición y marcha con él a su casa para curar a la niña. Podemos afirmar que un hombre humilde es siempre atendido por el Señor. Un corazón contrito y humillado Dios no lo rechaza, dice el salmo Miserere. Y así es, en efecto. La omnipotencia divina, su misma justicia, parece quedar desarmada ante el pobrecito que se sabe sin nada y acude confiado a quien todo lo tiene. Sin duda que el camino de la humildad, del reconocimiento sencillo de la personal indigencia es el más fácil y andadero para llegarnos, una y otra vez, hasta Dios.

La mujer hemorroísa también escoge ese mismo sendero de humildad. Se esconde entre la multitud, se considera indigna de que Jesús la tocara, o la mirara a ella, impura según la ley mosaica. Oculta en el tropel de la gente consigue por fin alargar su mano y rozar con sus dedos trémulos la túnica del Señor. El milagro se produce, Jesús vuelve a mirar con la ternura en sus ojos a un alma sencilla y humilde.

Junto a su profunda humildad, destaca en los personajes evangélicos de hoy, una gran fe, una confianza inquebrantable en el poder y en la bondad de Dios. Jairo no ceja en su empeño, a pesar de que la niña estaba muerta y de que la gente se ríe de Jesús porque dice que se ha dormido. La hemorroísa sabe que todos apretujan a Jesús en su afán de estar cerca de Él. Pero ella sabe también que cuando llegue a tocar el borde de la túnica que viste el Maestro quedará sana de su enfermedad vergonzosa. Y así ocurrió. Y así ocurrirá siempre que nos acerquemos hasta Jesús llenos de humildad y de compunción por nuestras faltas y pecados, confiando en su poder sin límites y en su bondad infinita.

Urge que nosotros toquemos esas realidades y asumamos sin miedo y con valentía esas condiciones. Jesucristo nos da ejemplo de lo que tenemos que hacer nosotros. Dios quiere que colaboremos a que todos puedan gozar una vida digna.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Comentarios a las lecturas del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario 11 de septiembre de 2022

 

Comentarios a las lecturas del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario 11 de septiembre de 2022

Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).

¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.

El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana?. Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana el don de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.

 

La primera lectura  tomada del Libro del Éxodo (Ex 32,7-11.13-14 ). Esta lectura del libro del Éxodo nos habla de la capacidad que tuvo Moisés para interceder por su pueblo, porque conocía en corazón de Dios y sabía que su Dios era un Dios misericordioso, que se compadecía siempre de la debilidad humana. "En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: anda, baja de la montaña que se ha pervertido tu pueblo. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado… Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo".

Nos presenta una vez más al pueblo escogido que se ha olvidado de Dios, que le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto.

En un lenguaje antropomórfico Moisés habla con Dios como quien habla con un padre lleno de amor hacia sus hijos. Sabe que Dios ama a su pueblo Israel con un amor entrañable y que esa es la causa de su enfado y de su ira cuando ve que su pueblo predilecto, Israel, le ha abandonado y ha preferido adorar al dinero, a un becerro de oro. Es tanta su ira, al no verse correspondido en el amor, que, por un momento, piensa abandonarlo y destruirlo. Pero Moisés conoce el corazón de Dios, un Dios cuyo corazón es puro amor, y se atreve a interceder por el pueblo que Dios mismo ha puesto bajo su dirección.

El Señor se irrita y Moisés tendrá que interceder a favor de los suyos ya que se han desviado del camino verdadero.

La intercesión-súplica viene descrita en los vs. 10-14 y se apoya en tres argumentos: 1) v.11: ¿Qué significado tendrá la liberación que Dios ha obrado hasta el momento presente si todo viene a destruirse ahora? 2) v.12 argumento del ridículo: si el Señor destruye al pueblo. El quedará en ridículo ante los egipcios perdiendo, por tanto, toda reputación; y 3) v.13: ¿dónde irá a parar la promesa hecha a los padres? Dios debe continuar su obra liberadora si quiere llevar a feliz término la promesa jurada a los antepasados.

Si Dios destruye al pueblo, el único descendiente de la promesa que queda es Moisés. Y el Señor le propone un plan muy halagüeño al sentir humano: "Veo que este pueblo es un pueblo testarudo. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti, sacaré un gran pueblo" (v.10). Pero Moisés no acepta esta honrosísima excepción, y por eso responde: "o perdonas sus pecados, o me borras de tu registro" (v.32). Al solidarizarse con los suyos, si Dios le hace morir, quedan invalidados el juramento y la promesa (algo imposible ya que la promesa debe continuar). Al querer correr la misma suerte que su pueblo, intercede eficazmente por ellos. Así el Señor tendrá que arrepentirse "de la amenaza que había pronunciado".

Tres ideas  en el texto:

Apostasía de Israel.

Intercesión de Moisés.

Perdón de Dios.

*El pecado de Israel fue contravenir la orden divina de no fabricarse imágenes de Dios. De suyo no era esto acto de idolatría, sino obediencia y camino para la idolatría. El Señor muestra a Moisés cuán irritado está por las veleidades y rebeldías de aquel pueblo. Propone a Moisés el plan de abandonar a aquel pueblo y hacerle a él caudillo de otro pueblo más dócil, con el que más fácilmente y más gloriosamente realizaría su obra salvífica.

*Es ejemplarizante la conducta de Moisés en este momento. La propuesta del Señor no halaga su vanidad. Moisés es fiel a la misión que el Señor le confió, de “Mediador” de su pueblo. Y puesto a prueba, demuestra que es el siervo fiel y el intercesor poderoso. De momento parece que su mediación a favor del pueblo va a fracasar: “Déjame” (10), le dice Dios: “Déjame que mi cólera se encienda contra ellos.” Este antropomorfismo indica cómo la oración es eficaz ante Dios. Con la oración trocamos el castigo en gracia.

* La oración de Moisés-Mediador. Moisés en este momento está a la altura de su función. Dios le ha dicho: “Tu pueblo se ha prostituido, se ha desviado del camino que le tenía Yo trazado”. A este reproche de Dios contra Israel, ¿Qué podrá responder el Mediador? “Y Moisés, acariciando el rostro de Yahvé su Dios, le decía: ¿Por qué, Yahvé, se ha de encender tu ira contra tu pueblo que hiciste salir de Egipto?” (11). La oración es “acariciar” el rostro del Padre. Y Moisés asegura el éxito de su plegaria cuando con tanta confianza como habilidad le dice a Dios: “No, Señor, no es “mi” pueblo; no lo saqué yo de Egipto. Es “tu” pueblo; el que Tú sacaste de Egipto; el que desciende de los Patriarcas por Ti tan amados; el portador de la Promesa y de las bendiciones mesiánicas” (11). ¿Cómo no se va a rendir Dios? ¿Qué otra cosa quiere Dios que la conversión del pecador para poderle perdonar? Moisés gana la partida.

El episodio nos descubre una ley esencial de la oración, que debe ser ante todo teocéntrica. Demasiadas veces, cuando nos  acercamos en la oración a Dios como pecadores tratamos a veces de disculparnos, pedimos un perdón que nos restituya la integridad perdida, prometemos obrar mejor en el futuro. Pero todo esto es todavía es muy egocéntrico: nos colocamos en el centro de la oración y tratamos de recuperar una paz y un equilibrio interiores. Moisés se sitúa de muy distinta manera en la oración: contempla a Dios en su benevolencia constante, en su permanente paciencia, en su fidelidad a la alianza. Esta oración es escuchada necesariamente: Dios no puede por menos de proseguir la obra de su misericordia.

Orar es compartir la mentalidad de Dios.

Moisés ha sido presentado frecuentemente como el intercesor por excelencia entre Dios y los hombres.

Este concepto del mediador nace espontáneamente en un contexto en el que el pueblo se encuentra fatalmente pecador y débil frente a un Dios poderoso y severo. Entonces, el pueblo delega fácilmente, para hablar con Dios, en quien se le presenta como el más justo, revestido de poderes divinos. Este concepto de mediador se enriquece en este relato con un punto de vista nuevo y absolutamente decisivo: Dios no reconoce como intercesor habilitado ante Él más que a quien se desposa con la humanidad y se solidariza totalmente con ella, cualquiera sea su pecado. Para Dios, el interlocutor válido no es el "justo" en el sentido legalista de la palabra, sino quien se entrega totalmente al servicio del pueblo, corriendo el riesgo de perderse con él si es preciso.

Dios está mejor representado cerca de los hombres por un servidor que se desprende de todo por ellos, mejor sin duda que por un testigo vengador de su poder y de su santidad.

 

El  responsorial es el salmo 50  (Sal 50,3-4.12-13.17.19) . El salmo 50 llamado  Miserere es el más famoso de los siete salmos llamados «penitenciales» en la tradición cristiana. Se trata de una confesión individual de pecado seguida de una plegaria para obtener el perdón.

La dinámica de este salmo la podemos sintetizar en estos dos movimientos:

a) Confesión sincera del pecado (vv. 1-8).

         b) Oración pidiendo la renovación (vv. 9-21).

El salmista reconoce su pecado. Frente a la confesión sincera de su culpa, de sus delitos, coloca la confianza segura de la misericordia de Dios, de su bondad, de su compasión. El pecado no se quita si no es arrojándolo en el océano infinito de la bondad de Dios. Si el pecado es grande, mayor, mucho mayor es la misericordia de Dios.

Si su sinceridad humana es grande, reconociendo y confesando su pecado, más grande aún es su visión de fe: cree en un Dios que ante todo es bondad y compasión, "lento a la ira, pronto al perdón, rico en misericordia". Y a él eleva su alma, en él desahoga su corazón. Conoce y reconoce su pecado y su recuerdo le atormenta sin cesar, sabe que en su culpa ha pecado contra Dios porque es una iniquidad toda acción que vaya en contra del querer de Dios, la maldad que él aborrece: y todo esto que le humilla lo confiesa a Dios.

En consecuencia, será del todo aceptable la sentencia que Dios dará por su pecado: no le importa tener que padecer, todo lo estimará justo, venido de Dios, todo será bueno si puede recuperar la amistad de Dios, su relación cordial con él.

El salmista manifiesta todo lo que siente. Su sinceridad junto con su humildad es lo que enternecerá el corazón de Dios.

Por esto, a continuación (v. 9 en adelante) pasa a una oración de insistente petición para su renovación espiritual, para su alegría, para su amistad con Dios, para la confirmación de su conversión. Que el hisopo, con el cual se asperjaba el agua del perdón, rocíe su alma y la limpie completamente, que su vida sea una nueva existencia, que recobre la paz, con la certeza de sentirse perdonado y amado. Su alegría le hará olvidar la humillación de los huesos quebrantados por la culpa y el dolor. Ahora todo tiene que ser nuevo.

Esta es la conversión: un reconocerse pecador, confiar en la bondad de Dios, salir de uno mismo, ir al encuentro de Dios, romper con lo anterior, caminar por una senda nueva, fijarse un compromiso: es decir, recibir una nueva existencia, una re-creación llevada a cabo por la gracia misericordiosa de Dios.

El salmista sabe que todo pecado tiene como primer referente a Dios mismo; la culpa llega a su corazón y es sólo él quien, con el perdón, puede recrear. Aunque, efectivamente, el orante tiene una profunda conciencia de ser pecador desde su propia concepción, sabe también con certeza que Dios puede intervenir llevando a cabo una salvación que es una nueva creación.

El orante dirige a Dios, presente en el templo, una acongojada e implorante oración de perdón, apelando a la misericordia del Señor y reconociendo sus propias culpas: «Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado» (vv. 3-5).

A la confesión sincera elevada por el orante a Dios, que siempre se muestra compasivo con el pecador, le sigue la súplica confiada en favor de la liberación de la culpa: «Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (vv. 9-12).

Es la oración de un hombre arrepentido que desea ser liberado del pecado, obtener la alegría de vivir. Quiere que se realice en su vida una nueva creación, un «corazón puro» y una renovación interior. Eso le permitirá volver a encontrar la comunión con Dios, experimentar la salvación, volver al estado de inocencia y estar disponible al servicio de un culto agradable al Señor (vv. 13ss).

Los dos últimos versículos del salmo parecen ser una añadidura posterior en tiempo del exilio cuando el templo estaba destruido y los muros de Jerusalén derruidos, pero sintonizan perfectamente con toda la composición, ya que se refieren al cumplimiento de toda confesión de los pecados: los sacrificios en el templo. Cuando se restablezca y haya de nuevo culto en Jerusalén, estos sacrificios ofrecidos con un corazón humillado y contrito, serán bien aceptados por Dios: la reconciliación será absoluta.

San Agustín nos dice de los últimos versículos del texto de hoy: " Si te ofreciera un holocausto -dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro" (Agustín de Hipona, Sermón XIX, 2s, passim).

 

La segunda lectura de la Primera carta a Timoteo (1 Tim 1,12-17)

La segunda lectura es una densa presentación de la vocación apostólica de Pablo, el que persiguió a la Iglesia, por ignorancia de que en Cristo Jesús estaba la salvación del hombre y la suya propia.

San Pablo nos da en síntesis las tres etapas de su vida:

 - Etapa de perseguidor: Recarga las tintas al hablarnos de aquel período triste. “Fui blasfemo y perseguidor, y ultrajador”. La sincera humildad de Pablo se trasluce al definirse y clasificarse como “el primero entre los pecadores”

.- Gracia de conversión: Cristo ha mostrado su magnanimidad y bondad en el perdón del gran perseguidor. Pablo será en la Iglesia el monumento viviente de la bondad de Cristo.

- Elección para el ministerio del apostolado: Pablo considera esta elección como una predilección y una especial confianza que deposita en él Cristo: “Considerándome digno de confianza me estableció en el ministerio”. Por lo cual está sumamente agradecido a Jesús. Jesús le ha revestido de poder. Este “poder” es la virtud salvífica de Cristo. Ahora está en manos de los Apóstoles, que prosiguen en nombre de Cristo su obra salvífica: “Como me enviaste Tú al mundo, Yo también los envío al mundo” (Jn 17,18). La plenitud de su virtud salvífica la transmite Jesús a sus Apóstoles, y entre éstos está Pablo, elegido personalmente por el mismo Jesús.

El evangelio  de san Lucas  (Lc 15,1-32 ). En el evangelio de San Lucas se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En los tres relatos se repiten los binomios, perdido-encontrado y tristeza-alegría. La lejanía de Dios es lo que produce la pérdida y su cercanía la posibilidad del encuentro. La tristeza por la soledad experimentada lejos de Dios se transforma en alegría tras el encuentro. Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado, simbolizado en la oveja perdida, la moneda o el hijo pródigo. Es Dios el auténtico protagonista de las tres parábolas.

En el evangelio de hoy nos ofrece una parábola que es  praxis, declaración programática del Reino que esperamos, y, sobre todo, espejo del amor de Dios por sus criaturas. Es la parábola del Hijo Pródigo tan meditada y esplendorosamente manifestada en esa magnífica pintura del maestro Rembrandt que acoge, en un ambiente de una cierta penumbra al huido y tapa su humanidad arrodillada por la fuerza de sus brazos de padre amoroso.

Comienza el texto con esa afirmación: “se acercaba a él todos los publicanos y pecadores”. Es muy propio de San Lucas subrayar el “todos”, como en 14,33 cuando decía que quien no se distancia (apotássomai) de todos los bienes… Y también merece la pena tener en cuenta para qué: “para escucharle”. Escuchar a Jesús, para aquellos que todo lo tienen perdido, debe ser una delicia. También se acercaban, como es lógico, los escribas de los fariseos, pero para “espiar”.

En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13; ver también: Mt 12, 7; 23, 23; Lc 10, 37).

La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7, 1ss), a los samaritanos (Lc 10, 33ss; 17, 16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5, 32; 15, 1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4, 18; 6, 20; 7, 22; 14, 13; 18, 22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.

 

Para nuestra vida

La historia descrita en la primera lectura  de un modo o de otro, se repite también hoy día. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado... Ojalá que seamos capaces de reconocer nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva, en vez de crearnos dioses a nuestra medida e interés.

En la historia descrita hay un intercesor Moisés. Como resultado de la intercesión de Moisés Dios se arrepiente de su amenaza y perdona, una vez más, a su pueblo. También en este caso, como en las parábolas de la misericordia, vemos que el amor tiene siempre para Dios la última palabra. Fijémonos también, en este caso, en el poder de la intercesión. Moisés intercede por amor y Dios, que lo sabe, perdona también por amor. esa intercesión es la que realiza la Iglesia y tantos creyentes unos por otros. La gran intercesión la realizó Jesucristo.

Profundicemos en el texto proclamado. Mientras que Moisés se encuentra en la cima del monte Sinaí, donde Dios le dio las tablas de la ley, el pueblo permanecía a los pies del monte esperando. Como Moisés tardaba en bajar, el pueblo decidió dar la espalda a Dios y construirse un toro de oro al que adorar. Los israelitas dejaron de adorar a Dios y comenzaron a adorar a este ídolo construido por manos humanas. Decían los israelitas que era el toro el que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Por este motivo Dios se enfadó, y decidió exterminar a su pueblo. Así se lo dijo a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. E incluso le ofreció a Moisés ser el único hombre del que haría un gran pueblo. Pero Moisés suplicó a Dios por su pueblo, intercedió por los israelitas y pidió a Dios que no castigara de ese modo a su pueblo. La ira no es propia de Dios, más bien al contrario. Así se lo recuerda Moisés, que le pide que tenga compasión de su pueblo. De este modo, Moisés consigue que Dios recapacite y vuelva a ser Dios, vuelva a tener unas entrañas de misericordia, capaz de perdonar a su pueblo a pesar de que los israelitas le hubiesen vuelto la espalda. Dios se arrepiente, se compadece y tiene misericordia de su pueblo. Esto sí es propio de Dios.

Sepamos ser también nosotros intercesores ante nuestro Dios para que perdone nuestros pecados y los pecados del mundo entero. Seguro que Dios se va a alegrar cada vez que una persona se convierte debido a nuestra intercesión.

 

 

El salmo nos sitúa ante la realidad del pecado.

El salmo 50 es el salmo cuaresmal por excelencia. Se le sitúa entre los salmos de súplica individual y data del final de la época monárquica. Habría sido compuesto para una liturgia penitencial presidida por el rey. Pero es obvio que ha servido de sustento a la oración de innumerables personas lo suficientemente religiosas para reconocerse en él.

Desde el primer versículo es notable la orientación de esta oración. Lejos de querer declarar inocente al salmista, la súplica se dirige de entrada a Dios para pedir su misericordia, su amor. La salvación del pecador está por completo en las manos de ese Dios que el amor define radicalmente. Por supuesto, no se ignora que Dios es justo, que quiere la verdad y la sabiduría en el corazón del hombre, pero precisamente esta "justicia" de Dios se manifestará, ante todo, en el perdón concedido al pecador. Se podría decir que se trata nada menos que de su honor, ya que el pecador perdonado se convertirá en testigo de Dios: podrá mostrar a los pecadores el camino de la verdad, y "hacia Dios volverán los extraviados". El reconocimiento del pecado tiene, pues, también una dimensión profética. Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.

El salmista reconoce su falta sin rodeos. No teme contemplar ese pecado que siempre "está ante él". El sentido profundo del pecado sólo existe para poder captar mejor la dimensión del perdón divino. El hombre ha pecado "contra Dios" y sólo contra él... Sin duda, conoce las repercusiones sociales de su falta, pero en el acto litúrgico de la confesión pone el acento sobre Dios, que está en el origen de todas las cosas, tanto del perdón como del sentido último de todo pecado. ¡No se puede expresar mejor hasta qué punto está de acuerdo Dios con la vida humana y su condición existencial! La conciencia del salmista es tan viva que se reconoce "nacido en la culpa", "pecador desde el vientre de su madre". No parece que sea necesario buscar en estas expresiones una teología explícita del pecado original, y menos aún del modo como se transmite, ya que el que ora se sitúa aquí a un nivel existencial; tiene conciencia de pertenecer a una humanidad pecadora, a un pueblo pecador en el que ninguna existencia podría escapar al peso de la miseria. Lo veremos mejor cuando apele al Dios creador para que le salve de su culpa. La conciencia de pecado supera absolutamente la dosificación aparentemente justa que un juez podría hacer de las responsabilidades y las circunstancias atenuantes. Se trata nada menos que de la existencia "frente a Dios". Israel es un pueblo santo, y el pecado obstaculiza al mismo Dios.

Son importantes los versículos 4, 9, 12 y 14. Si los dos primeros hacen probablemente alusión a un baño ritual de purificación, los otros interiorizan el proceso e indican que el rito es la cara visible de una profunda renovación del ser. De esta manera, el salmo se inscribe en una gran corriente de pensamiento que va desde los discípulos de Isaías hasta los evangelistas, para definir en términos de bautismo la restauración del hombre y del cosmos.

El hombre contemporáneo busca de todos los modos posibles la manera de cancelar todo sentido de culpa, llamando con frecuencia bien al mal y viviendo en una pretendida autosuficiencia ética, vive uno de los más grandes tormentos y de las más profundas soledades precisamente porque le falta la alegría de recibir el perdón.

En el fragmento del salmo se expresan dos sentimientos: el reconocimiento de nuestro pecado ante Dios y la seguridad de ser renovados por su Espíritu en lo más íntimo de nuestro ser. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. El perdón que Dios nos regala es una nueva creación, una renovación interior expresada mediante la imagen de "un corazón nuevo". La purificación profunda que el salmista pide a Dios produce la restauración de las relaciones con Dios. El pecador arrepentido se siente perdonado por Dios y quiere que todos los conozcan: "Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza". Quiere que todo el mundo experimente la misericordia de Dios y se hace pregonero de su amor. Dios acepta como única ofrenda "un corazón quebrantado y humillado".

Esta experiencia, que acompaña al ser humano en su historia y que tan bien expresa  el Miserere nos conduce, a un horizonte en el que se puede medir la gravedad de las acciones humanas, porque respecto a todo pecado debemos decir a Dios: «Contra ti, contra ti, sólo pequé» (v. 6). Pero pone también de manifiesto la maravillosa novedad que Dios, en su gran amor, puede llevar a cabo: hace nuevas todas las cosas, o sea, recrea. Por eso la invocación: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (v. 12), expresa al mismo tiempo arrepentimiento y experiencia de salvación.

¡Cuántas veces, en efecto, después de una mala acción, tras pronunciar una palabra injusta, nos sorprendemos pensando: podíamos no haberlo hecho. Pero sólo Dios puede cancelar nuestro pecado hasta restituirnos una integridad total; es ésta una fuente de alegría que necesita el corazón humano para recomenzar, para volver a partir con una vida nueva.

San Agustín nos ayuda a meditar este salmo. " «Yo reconozco mi culpa», dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios " (Agustín de Hipona, Sermón XIX, 2s, passim).

 

En la segunda lectura (1 Tim. 1, 12-17)tenemos la confesión de San Pablo a su discípulo Timoteo. Este tipo de testimonios son importantes en la vida cristiana. La sinceridad de nuestra experiencia religiosa manifestada de forma sencilla es una forma perfecta de evangelizar.

En esta Carta San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio. San Pablo le asegura a Timoteo que “Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores”. Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien, en palabras de su Carta, se confiesa el más grande pecador.

La misericordia de Dios Padre se nos muestra a través de su Hijo Jesucristo. Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. De este modo, Cristo, Dios hecho hombre que ha venido al mundo para manifestar el amor de Dios, hace visible al mundo la misericordia del Padre. Así lo explica el apóstol san Pablo a Timoteo. San Pablo ha experimentado la misericordia de Dios en su encuentro con Cristo, pues Cristo le llamó y le eligió como apóstol, le hizo capaz, se fio de él. Y eso que San Pablo, como él mismo reconoce, era un pecador, un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero la misericordia de Dios va más allá del pecado. EL amor de Dios puede a todo tipo de mal. Y cuando alguien se encuentra con este maravilloso don del amor de Dios, toda su vida cambia, como cambió la de san Pablo. Y así, el que era un pecador, un perseguidor de Cristo, se convierte ahora en un apóstol de Cristo. Dios, por medio de su Hijo, ha manifestado a Pablo su amor, un amor que perdona, que siente compasión y que elige no al que es válido o al que lo merece, sino que elige al pecador. Porque son precisamente los pecadores los destinatarios de la Buna Noticia de Cristo.

 

San Lucas en la llamada "Parábola del Hijo Pródigo" manifiesta  la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Dios Padre refleja en su rostro los rasgos de la vida.

" Me pondré en camino adonde está mi padre". Pero el perdón y la misericordia de Dios requieren de nosotros que demos un paso adelante. Cuando desviamos nuestro camino y nos apartamos de Dios, nos perdemos. Pero Dios no se resigna a perdernos. Él sale en nuestra búsqueda. Y cuando nos encuentra, hace fiesta. Porque para Dios vale más la conversión de un pecador que noventa y nueve que no necesitan conversión. Pero la tercera parábola, la conocida como parábola del Hijo pródigo, nos muestra que no sólo basta con que Dios salga en nuestra búsqueda. Nosotros no somos seres inertes como una moneda, ni seres irracionales como una oveja. Dios nos ha dado entendimiento y voluntad, y espera de nosotros que respondamos a su llamada, que salgamos en su búsqueda. Como el Hijo pródigo, también nosotros hemos de dar un paso adelante y salir al encuentro de Cristo. Cuando lo hagamos en serio descubriremos que ya antes de que nosotros saliéramos a buscar al Señor, Él estaba esperándonos, con los brazos abiertos, como el padre de la parábola, para llenarnos de besos, darnos una túnica nueva, devolvernos la dignidad perdida y hacer una fiesta. Porque la alegría de Dios está en nuestra conversión.

El da vida a aquellos que, libremente, deciden seguirle. Dios Padre nos da vida porque es Amor. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. Pero el discípulo decide volver al buen camino y allí goza de la profundidad de la vida.

Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora.

El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona. El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites.

El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola. Debería titularse: "Parábola del Padre Pródigo en amor". El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huida ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad.

Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

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