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viernes, 12 de octubre de 2012

ACTUALIDAD DE LA POSTURA DE JESÚS ANTE LA RIQUEZA.



lunes, 28 de febrero de 2011


 



Ante el radicalismo de Jesús ante la riqueza, cabe preguntarse si la postura  resulta hoy no ya práctica, útil, sino si es simplemente posible y practicable.
En nuestros días se suele ver el dinero, su implantación social y su dominio omnipresente en las relaciones humanas, como una conquista obvia en nuestra cultura, como una situación de hecho irreversible y un indiscutible valor. Y es que, desde un punto de vista histórico, la capitalización de la vida humana ha ido pareja al desarrollo cultural y político, social y humano en la civilización occidental; desde los inicios de la modernidad, la religión -servicio a Dios- ha ido siendo desplazada por la economía -servicio al dinero- como centro productor de relaciones sociales 18; hoy, en las postrimerías de la modernidad, el culto al Dios verdadero ha quedado arrinconado en la esfera de lo privado y de lo íntimo, mientras que el cultivo del dinero parece ser la preocupación dominante, cuando no ocupación prioritaria, en nuestra sociedad. En la España de los ochenta la situación se presenta 
especialmente alarmante: "ahora el afán de dinero es terrible, desmedido" (Card. SUQUIA, Tiempo, 12.03.90)19.
La valoración, desde la perspectiva bíblica en que nos hemos movido, no puede ser positiva; semejante estado de cosas descubre la ausencia de significatividad social del evangelio: Dios y su reinado han dejado de ser relevantes en nuestra sociedad. Los que aún seguimos 
esperándole deberíamos tomar buena nota de ello y actuar en consecuencia: "los que van principalmente en busca del dinero no 
pueden creer en Dios" (Card. TARANCON, Diario 16, 05.03.90)20 ni ver al prójimo como hermano 21.Y es que, si algo queda claro en la postura de Jesús, es que se da 
una absoluta incompatibilidad de servicio entre Dios y el dinero. Ahora 
bien, la contraposición es categórica sólo para quien vive bajo la lógica del Reino de Dios, esperando su próxima implantación y seguro de poder mantener su esperanza a pesar de sentir el poder seductor del dinero. Solamente teniendo a Dios en el corazón 22 y su querer, su reino, como quehacer de las manos, se aleja eficazmente el discípulo de Jesús de endeudarse bajo la soberanía del dinero.
Ello no implica que necesariamente el cristiano tenga que renunciar a sus bienes; aunque Jesús se lo propuso a algunos, nunca se lo impuso a todos. Y es que, según él, la renuncia a la riqueza no es consejo para unos pocos, sino exigencia permanente para todos, siempre que quedarse con ella conduzca a quedarse sin Dios. Y no piensa Jesús que se deba renunciar a los bienes porque su posesión fuera en sí misma injusta, aunque compartiera la crítica profética de que el disfrute de los bienes materiales va unido a la injusticia (Lc 16,9.11)21; Jesús, con todo, no demoniza la riqueza, pero bien sabe de su capacidad de enajenar al hombre de su Dios; de hecho, Mammona siempre tiene en él sentido peyorativo. Pero ello no le lleva a pedir simplemente a los suyos que no se dejen dominar por cuanto tienen y lo pongan a disposición de los más necesitados: exige a todos, sin pararse a ver cuánto poseen, que prefieran a Dios antes que a sus posesiones.
Y es que, para sorpresa de sus oyentes, hoy como ayer, Jesús está convencido que la riqueza humana es rival de Dios: quien se cree propietario de algo difícilmente aceptará ser siervo de alguien; el rico, al no reconocerse deudor de nadie, desconoce y menosprecia más fácilmente a su Dios. En el fondo, con su alternativa sin concesiones, Jesús propone a quienes deseen ser súbditos del Reino por venir el servicio de Dios como único modo de vivir mientras se le espera; Jesús 
pretende que cuantos viven anhelando el señorío de Dios vivan ya como si Dios fuera ya su señor único.
No deja de ser significativo que los evangelistas tuvieran que aminorar la exigencia de Jesús, para que siguiera teniendo validez en la vida de sus comunidades. Mateo, quizá por dirigirse a una audiencia de escasos recursos en su mayoría, insistirá en que quien tiene a Dios como Padre no ha de dejarse agobiar por si tiene o no lo suficiente para vivir: vivir como hijo de Dios libera de la preocupación por la propia vida, pues ésa es la ocupación del Padre (Mt 6,25-32). Lucas, seguramente porque entre sus oyentes se vive una situación económica más desahogada aunque desigual 24, exhortará a saber servirse del dinero, del conseguido incluso con malas artes, para cuidar de los que menos tienen (Lc 16,1-13).
Estas aplicaciones, sin entrar a decidir si respetaron la intencion primera de Jesús, nos ofrecen, de forma ejemplar, un camino normativo para actualizar la postura de Jesús: sin acomodación a la propia situación, el dicho de Jesús deja de ser significativo, 'evangélico'; ahora bien, cualquier actualización de la postura de Jesús ha de incluir su núcleo (o Dios o el dinero) si pretende ser normativa, "canónica". 
Quien hoy desee situarse ante el dinero como lo hizo Jesús, no podrá contentarse únicamente con repetir sus palabras afirmando otra vez la incompatibilidad del servicio simultáneo a Dios y al dinero; tendrá que ver dónde y cómo se realiza hoy ese servicio y afrontar el reto de optar por el señor a quien prefiere servir. No plantearse el dilema sería intentar lo imposible, la sumisión a dos amos.
En definitiva, de la actitud vital que frente al dinero y las riquezas tenga el discípulo de Jesús, depende, hoy como ayer, el que la postura de Jesús aparezca no sólo como creíble sino incluso como posible: en nuestra relación diaria con el dinero se juega el cristiano hoy el reino de Dios y queda comprometida la credibilidad del evangelio de Jesús. 
Para salvar ambos, el cristiano tendrá que vivir de tal forma que resulte evidente a todos que ha preferido servir a Dios en exclusiva; es su responsabilidad dar con el modo de llevarlo a la práctica fehacientemente.
Bartolomé Juan J.
SAL TERRAE 1990/06.Págs. 449-459

PRUEBAS HISTÓRICAS SOBRE LA RESURRECCIÓN.

PRUEBAS HISTÓRICAS SOBRE LA RESURRECCIÓN.
Este artículo, inédito en español, dice de forma magistral y documentada lo que los cristianos pensamos: algo verdaderamente grande tuvo que pasar en el siglo I para que tanta gente asustada estuviera de repente dispuesta incluso a dar su vida por ello. Pero el historiador y obispo anglicano Wright nos da pruebas históricas de por qué esta nueva fe que surge sólo pudo surgir a partir del convencimiento de la Resurrección, y no se trató de gente estúpida y crédula que aceptaba sin más cualquier cosa. Para poner su fe y su visión del universo patasarrriba, los testigos presenciales necesitaron, como Tomás, evidencia tan sólida y aplastante que no les quedó más alternativa que creer. Tal convicción fue tan profunda que la ola que iniciaron sigue cruzando océanos 2000 años más tarde, y nada indica que vaya a parar.
La Resurrección desde un punto de vista histórico
Antes de transcribir el artículo aclararé algo para quien lo necesite: Resucitar no significa creer que al morir nuestra alma inmortal seguirá viviendo en el más allá, eso ya lo creían casi todas las religiones de la antigüedad. La resurrección se produce cuando el cuerpo vuelve a la vida junto con el alma, pues el cristianismo original no es dual (¿alguno se sorprende?). Aunque también creemos que ese cuerpo (cuerpo glorioso) estará profundamente transformado y tendrá propiedades nuevas tal como vemos en el Cristo resucitado (no se trata de que los átomos actuales vuelvan a juntarse y formar el mismo cuerpo actual). En otro artículo hablaremos más detenidamente de esto y de qué nos dice la Biblia sobre ello, pero ahora veamos el artículo:
¿Qué evidencia hay para la Resurrección de Cristo?
[…]. Una de las cosas que más disfruté cuando escribí aquel libro, “The Resurrection of the Son of God”, fue regresar a mis antecedentes clásicos e investigar las antiguas creencias sobre la vida después de la muerte, las creencias de los griegos y romanos y de los egipcios sobre la vida después de la muerte. Y hay una enorme gama de creencias sobre esto, pero la “resurrección” no figura entre las creencias del mundo grecorromano. De hecho, Plinio, Esquilo, Homero, Cicerón, y toda clase de escritores antiguos dicen, “Por supuesto, sabemos que la resurrección no existe”. Sin embargo, al mismo tiempo, los judíos habían desarrollado una teología muy específica sobre la resurrección: que el Pueblo de Dios sería corporalmente resucitado de entre los muertos en el final de los tiempos. El elemento “tiempo” es muy importante, porque la mayoría de los cristianos en el mundo occidental usan la palabra “resurrección” como una forma vaga de referirse a la “vida después de la muerte”, lo cual nunca fue su significado en el mundo antiguo. Siempre fue un término muy específico para lo que yo llamo vida “después” de la vida después de la muerte. En otras palabras, primero te mueres, estás muerto y no corporalmente vivo, y luego eres “resucitado”, lo cual significa que comienzas una nueva vida corpórea, una nueva vida “después” de lo que sea que signifique “vida después de la muerte”.
Podemos seguir la pista del modo en que la creencia en la “resurrección” se desarrolla en el judaísmo. La resurrección es una secuencia de dos fases: justo tras morirte entras inmediatamente en un estado intermedio o de espera, y posteriormente adquieres una vida completamente nueva llamada “resurrección”. Pues bien, en el libro disfruté un montón dibujando un mapa de las creencias judías en la vida después de la muerte sobre el mapa más amplio de las creencias de la antigüedad sobre la vida después de la muerte en general. Y dentro del judaísmo en sí hay variaciones adicionales. Los fariseos creían en la resurrección, y parece que este era el pensamiento mayoritario en el judaísmo palestino en tiempos de Jesús. Los saduceos no creían en la vida después de la muerte en absoluto, y por supuesto tampoco en la resurrección. Y la gente como Filo, y quizás también los esenios (aunque eso es más polémico) creían en una inmortalidad incorpórea de una sola fase, en la cual, tras la muerte, simplemente vas [en alma] a donde quiera que vayas y te quedas allí, en lugar de experimentar una resurrección posterior.
Resulta que esto es tremendamente interesante porque en todas las sociedades que he estudiado al respecto, las creencias sobre la vida después de la muerte son muy conservadoras. Enfrentados a la muerte, la gente tiende a regresar a las creencias y prácticas que conocen, al modo en que se han realizado siempre las costumbres funerarias según el lugar del que proceden, sus tradiciones, su familia, su aldea, etc. Así pues es verdaderamente asombroso que todos los primeros cristianos que conocemos, hasta finales del siglo II en que los gnósticos empiezan a usar la palabra “resurrección” de un modo bastante diferente (pero dejaremos eso de lado) todos los cristianos primitivos que conocemos durante las primeras cuatro o cinco generaciones creyeron en una resurrección futura del cuerpo, incluso aunque la mayoría provenía del mundo pagano, donde esto era considerado como la más completa estupidez.
Un mito moderno que circula hoy en día dice que únicamente nosotros, hijos de la ciencia de la Ilustración, hemos descubierto que los muertos no resucitan. La gente de aquellos tiempos, pobrecitos, no eran ilustrados, así que creían todo tipo de absurdos milagros. Pero esto es sencillamente falso. Una preciosa cita de C.S. Lewis nos cuenta esto. Está hablando de la concepción virginal de Jesús y dice que la razón por la que José estaba preocupado por el embarazo de María no se debía a que no sabía de dónde venían los niños, sino a que lo sabía. Lo mismo pasa con la Resurrección de Jesús. Los pueblos de la antigüedad eran incrédulos ante la proclamación cristiana porque sabían perfectamente bien que cuando la gente se muere se queda muerta.
Pero nos encontramos ya desde el principio –y esto me resulta del todo fascinante- con que podemos ver en los primero cristianos varias modificaciones sobre la creencia clásica judía con respecto a la resurrección. Primero, en lugar de una resurrección que le ocurrirá a todo el pueblo de Dios sólo al final de los tiempos, los primeros cristianos decían que ya le había ocurrido a una persona por anticipado. Y por lo que yo sé, ningún judío del siglo primero creía que una persona resucitaría antes que todos los demás. Así pues, esto fue una innovación radical, pero todos los cristianos lo creían.
Segundo, creían que la resurrección implicaría la “transformación” del cuerpo físico. Los judíos que creían en la resurrección se dividían en dos grupos. Algunos decían que se produciría un cuerpo físico exactamente igual al que tenemos, y otros decían que serían un cuerpo luminoso, uno que brilla como una estrella. Los primeros cristianos no decían ninguna de estas dos cosas. Ellos hablaban de un nuevo tipo de corporeidad –esto es muy evidente en Pablo, pero no sólo en Pablo- un nuevo tipo de encarnación que es tajantemente corpórea en el sentido de ser sólida y substancial, pero parece haber sido transformada de modo que ahora no es vulnerable al dolor ni al sufrimiento ni a la muerte. Y esto es una gran novedad. Esta imagen de la resurrección no procede del judaísmo.
Tercero, por supuesto, creían que el mismísimo Mesías había sido resucitado de entre los muertos, lo cual no creyó ningún judío de la época del Segundo Templo porque, según el judaísmo de la entonces, el Mesías nunca moriría. Así que esto era novedoso.
Cuarto, usaban la idea de “resurrección” de forma nueva. En el judaísmo, la idea había sido usada como una metáfora para “el regreso del exilio”, tal como lo encontramos en Ezequiel 37. Pero en el cristianismo temprano –y quiero decir muy temprano, como por ejemplo en Pablo- lo encontramos usado en conexión con el bautismo, la santidad, y varios otros aspectos de la vida cristiana que no encajaban con el judaísmo y su uso de la “resurrección”. Esto muestra, una vez más, una innovación radical, una mutación del punto de vista judío.
Quinto, hallamos que para los primeros cristianos la “resurrección” se ve como algo a lo que el pueblo de Dios actual contribuye. Los cristianos son llamados a colaborar con Dios para ejecutar lo que se inició el Domingo de Resurrección y así anticipar el mundo nuevo al que Dios dará cumplimiento al final. También esto es bastante nuevo, pero sólo explicable como una mutación dentro del judaísmo.
Sexto, descubrimos que en la Iglesia primitiva la “resurrección” ha pasado de ser una doctrina más –importante, pero no tanto- que es lo que era en el judaísmo, a ser el punto central de todo. Elimínala de Pablo, por ejemplo, o 1 Pedro, el Apocalipsis o los grandes padres de la iglesia del siglo II, y habrás destruido todo su marco de trabajo. Hemos de concluir que algo debe haber pasado para traer la “resurrección” de la periferia al centro, al punto focal.
Séptimo, y por último, encontramos que en la Iglesia primitiva prácticamente no hay un espectro de creencias sobre lo que pasa después de la muerte. En el judaísmo hay varias perspectivas diferentes, y en el mundo pagano había multitud, pero en el cristianismo primitivo sólo hay una: la resurrección misma. Teniendo en cuenta lo conservadora que se vuelve la mayoría de la gente en su concepto de la vida después de la muerte, esto es realmente asombroso. Verdaderamente parece como si los primeros cristianos tuvieran una razón para replantearse incluso este asunto, el más íntimo e importante para cada uno. Y cuando miramos al espectro de la Iglesia primitiva, vemos que los primero cristianos se pusieron en desacuerdo sobre muchos temas, pero eran sorprendentemente unánimes no sólo en la resurrección como creencia suya, sino también en cómo esa resurrección funciona y qué papel tiene en sus doctrinas. Todo esto se explica en mi libro con gran detalle.
Todo esto nos obliga a los historiadores a hacernos una pregunta bien sencilla: ¿Por qué todos los primeros cristianos que conocemos, desde los primeros momentos que nos consta evidencia, tienen esta nueva pero sorprendentemente unánime visión de la resurrección? Esa es una pregunta genuinamente interesante por derecho propio. Por supuesto, todos los primeros cristianos que conocemos dirían, “Tenemos esta visión de la resurrección debido a lo que creemos acerca de Jesús”. Entonces, si la idea de que Jesús había resucitado de entre los muertos sólo comenzó a formarse 20 o 30 años después de su muerte, como muchos eruditos escépticos defienden, entonces encontraríamos entre los primeros cristianos muchas ramas en las cuales la resurrección no tendría mucha cabida. O, si incluyeran la resurrección, podría tener formas diferentes a la manera específica en la que se creía en la Iglesia primitiva. Por tanto, el amplio consenso que había entonces sobre la creencia en la resurrección nos fuerza a decir que forzosamente algo ocurrió por entonces, muy al principio, que dio forma y color a todo el primitivo movimiento cristiano.
Llegados a este punto hay que decir, “de acuerdo, pero ¿y los textos del evangelio?”. ¿Qué pasa con Mateo 28, ese corto pasaje en Marcos 16 y aquel más largo de Lucas 24, y el mucho más largo de Juan 20-21? Y, por supuesto, yo, como casi todos los estudiosos de los evangelios, creo que esos textos se escribieron mucho más tarde. En realidad no sé cuándo se escribieron los evangelios. Nadie lo sabe, aunque los estudiosos no dejan de decirnos que ellos sí que lo saben. Podrían haber sido escritos a mediados del siglo I –incluso antes según algunos. Podrían haber sido escritos en los años 70 u 80, o incluso en los 90 a decir de otros. Pero para mi argumento, eso ahora no tiene ninguna importancia.
La cuestión es esta: Las narraciones sobre la Resurrección del evangelio (y el material relacionado del principio del libro de Hechos) tienen ciertos puntos clave, comunes a los cuatro, que demuestran históricamente que, aunque fueran escritos más tarde, todos se basan en una temprana tradición oral que ha sufrido pocas alteraciones; la narración está algo cambiada, pero no alterada en lo substancial. Esto ciertamente es de una enorme importancia.
La primera característica es el retrato que se hace de Jesús en las narraciones de la Resurrección. Se ha dicho sin cesar (y cuando estaba investigado para mi tocho acabé cansado de leer a los estudiosos diciéndolo) que (1) Marcos se escribió primero y no cuenta casi nada de la Resurrección; (2) Mateos vino después, y no aporta mucho más y luego; (3) hacia finales de siglo se escribe Lucas y Juan, y es sólo entonces cuando encontramos historias sobre Jesús comiendo pescado asado, preparando el desayuno en la orilla, animando a Tomás a que lo tocara, etc. Según esta teoría, a finales de siglo había cristianos que empezaron a creer que Jesús no era verdaderamente humano, que no era un auténtico hombre, y por eso Lucas y Juan se inventaron esas historias por entonces para decir, sí, era verdaderamente hombre, el Jesús resucitado tenía forma corpórea, etc.
El problema con esta teoría –que, como digo, ha sido muy popular- es que esas narraciones (sobre Jesús preparando el desayuno en la orilla, partiendo el pan en Emaús, invitando a Tomás a tocarle, etc.) presentan también a ese mismo Jesús entrando y saliendo a través de puertas cerradas, a veces siendo reconocido y a veces no, apareciendo y desapareciendo a voluntad, y finalmente ascendiendo a los cielos. Digámoslo así, si yo tuviese que inventarme una narración en el año 95, por ejemplo, porque pensara que alguna de mi gente no estaba del todo segura de si Jesús era realmente un ser humano de carne y hueso, no metería todo ese material. Sería como marcar un gol en mi propia portería.
Desde el otro punto de vista, si fueras un judío del siglo primero con intención de inventarte una historia acerca de Jesús resucitando de entre los muertos, la fuente bíblica natural para ti sería Daniel 12, que es uno de los grandes textos sobre resurrección del judaísmo de la época del segundo templo. Daniel 12 dice que los justos brillarán como estrellas en el Reino de su Padre. De hecho, Jesús cita eso en un pasaje de Mateo 13. Por todo eso es tanto más fascinante que ninguna de las narraciones de la Resurrección tenga a Jesús brillando como una estrella. Debería haber ocurrido así en el supuesto de que se lo estuvieran inventando a partir de las Escrituras.
Por tanto, desde ambos puntos de vista, el retrato de Jesús en las historias de la Resurrección es muy muy extraño. No es lo que te esperarías. No hay ninguna descripción como esa en las narraciones judías de la época. Y sin embargo, sorprendentemente, es consistente tanto en Mateo como en Lucas y en Juan (Marcos es demasiado corto como para saber qué habría dicho de seguir contando). Algo muy extraño ha ocurrido. Parece como que los evangelistas estuviesen intentando decirnos: “Sé que te va a resultar muy difícil de creer, pero eso es lo que ocurrió en realidad”. Algo extraordinario ha ocurrido y ha dejado sus huellas en las narraciones. La gente no se habría sacado esas cosas de la manga. Cualquiera que escribiese historias inventadas sobre la Resurrección, habría descrito a un Jesús más claramente reconocible.
Permítanme decir algo en un aparte. Si tomas las narraciones de Mateo, Marcos, Lucas y Juan en el griego original y las comparas entre sí, son bastante diferentes –incluso cuando están contando la misma parte de la historia sobre las mujeres que van a la tumba, etc. Utilizan diferentes palabras una y otra vez. Así que no parece que se hayan copiado unos de otros.
La segunda cosa es que hay una casi total ausencia de ecos y alusiones al Antiguo Testamento en las narraciones de la Resurrección. En las narraciones de la crucifixión, está claro que la historia de la muerte de Jesús ha sido contada repetidamente por los primeros cristianos, y está entretejida con Salmos 22, Isaías 53, Zacarías y otras alusiones del Antiguo Testamento, incluso el mismo episodio del enterramiento. Pero entonces pasas la página a la narración de la Resurrección y no encuentras nada de esto en Mateos, Marcos, Lucas o Juan (y recordemos que Pablo ya había dicho en 1 Corintios 15 que Cristo ha resucitado de entre los muertos “según las Escrituras”, -Al principio de los años 50 Pablo ya tenía todo un arsenal de textos del Antiguo Testamento para interpretar la Resurrección). Habría sido muy fácil para Mateo, que le encanta hablarnos del cumplimiento de las Escrituras, decir, “Esto ocurrió para que se cumplieran las escrituras que dicen…” Pero Mateo no hizo eso. Juan dice que cuando los discípulos fueron a la tumba aún no sabía que las Escrituras anunciaron que debía resucitar de entre los muertos. Pero en realidad no cita la escritura ni nos dice cuál era. Y en la calzada de Emaús, Lucas muestra a Jesús explicando las Escrituras, pero una vez más, Lucas tampoco nos dice qué escrituras son ni qué decían de Jesús.
Esto es muy extraño. O bien nos vemos obligados a decir que la Iglesia primitiva escribió las narraciones de la Resurrección repletas de reflexiones del Antiguo Testamento y que Mateo, Marcos, Lucas y Juan trabajaron impedientemente y eliminaron esas referencias, o bien tenemos que decir que esas historias proceden mayormente de una tradición oral temprana que precede a las reflexiones teológicas y exegéticas posteriores. A mi juicio, la segunda posibilidad es, con mucho, la más probable.
El tercer rasgo fascinante de las narraciones es el lugar que ocupan las mujeres (Este punto es bien sabido, no es nada original mío). En el mundo antiguo, judío y pagano, las mujeres no eran testigos creíbles en un tribunal de justicia, y ya en la época en que Pablo cita la tradición pública sobre Jesús en 1 Corintios 15, dice: “Así es la historia tal como la contamos. Él fue crucificado por nuestros pecados, según las escrituras, resucitó al tercer día, según las escrituras, y luego fue visto por…” –y entonces tiene una lista de hombres- “Cefás, por Santiago, por los otros primeros discípulos, por quinientos a la vez, y por último, yo”. Y nosotros levantamos la mano y preguntamos: “Disculpe, Pablo, ¿dónde están las mujeres?” La respuesta es que, ya a principios de los años 50, la tradición pública ha prescindido de las mujeres en el relato de los hechos, porque la tradición pública sabía que se iban a meter en problemas. Y sabemos el problema en el que se metieron cuando leemos a Celso, quien un siglo más tarde se burla de la Resurrección diciendo: “Esta fe no se basa más que en el testimonio de unas cuantas mujeres histéricas”.
Por eso es fascinante que en Mateo, Marcos, Lucas y Juan aparezcan María Magdalena, las otras Marías y las otras mujeres. Y precisamente María Magdalena (sabemos que había tenido una vida muy accidentada) es la elegida como testigo principal: ahí está ella en las cuatro narraciones. Como historiadores estamos obligados a comentar que si estas historias hubieran sido fabricadas cinco años más tarde -y no digamos treinta, cuarenta o cincuenta años más tarde- nunca habrían dado a María Magdalena ese protagonismo. Desde el punto de vista de los cristianos apologistas intentando explicar a un público escéptico que Jesús verdaderamente ha resucitado de entre los muertos, poner a María Magdalena en ese papel es como pegarse un tiro en el pie. Pero para nosotros como historiadores, este tipo de cosas vale su peso en oro. Los primero cristianos nunca, jamás, se habrían inventado algo así. Las historias –de las mujeres hallando una tumba vacía y luego encontrándose con el Jesús resucitado- deben ser consideradas sólidamente históricas.
Y llegamos al cuarto y último rasgo fascinante de los relatos. Aquí voy a hablar como sacerdote que ha predicado muchas veces sobre el Domingo de Resurrección durante los últimos treinta y cinco años. Los predicadores de la tradición occidental que predican en Pascua sobre Jesús resucitando de entre los muertos, tienden a predicar sobre nuestra propia vida futura, nuestra propia resurrección, nuestro propio viaje al cielo. Pero en las narrativas de la Resurrección de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, no hay ninguna referencia a nuestra vida futura. Y luego en el libro del Apocalipsis encontramos ya el enlace entre nuestra resurrección y la Resurrección de Jesús. Justino Mártir, Ignacio de Antioquía e Ireneo, junto con toda la Tradición, todos coinciden: “Reflexionamos en la Resurrección de Jesús para reflexionar en la nuestra propia”.
Pero Mateo, Marcos, Lucas y Juan no dicen, “Jesús ha resucitado, por tanto nosotros también resucitaremos un día”. Ellos dicen –y esto a menudo sorprende a la gente: “Jesús ha resucitado- por lo tanto Él verdaderamente era el Mesías. La nueva creación de Dios ha comenzado. Tenemos trabajo que hacer. Y, lo que es más, nos encontramos llamados a adorar a este Jesús, porque descubrimos que ha encarnado al Dios de Israel, el creador del Universo.” En otras palabras, esas historias, tal como las encontramos en los Evangelios, se basan en una versión primitiva de la historia que aún no ha llegado al punto de elaboración en el que se dice: “Cristo ha resucitado, por tanto nosotros también resucitaremos”, tal como luego encontramos ya sólidamente argumentado a partir de Pablo desde principios de los años 40. Por tanto debemos concluir que estas narraciones proceden de una tradición muy anterior a Pablo, en una época en la que vemos a la Iglesia muy muy temprana totalmente conmocionada por este acontecimiento absolutamente inesperado que es la Resurrección, e intentado averiguar cuál es su significado.
De todo esto saco yo varias conclusiones. Para explicar el surgimiento del cristianismo primitivo, para explicar la existencia de esos cuatro relatos de la Resurrección más los trozos que aparecen en Hechos y en Pablo, tenemos que admitir que los cristianos ya desde el principio realmente estaban convencidos de que Jesús había resucitado en carne y hueso de entre los muertos. No nos consta que ninguno de los primeros cristianos pensara de otra forma. ¿Pero cómo podemos los historiadores explicar eso?
Obviamente, como cristiano, puedes atajar este argumento fácilmente. Muchos cristianos lo han hecho, y más bien es una pena porque no entienden cuál es la cuestión fundamental. A menudo la gente dice: “Pues claro, era el Hijo de Dios. Podía hacer cualquier cosa. Tiene sentido, ¿no?”.
Pero yo no quiero hacer eso. Quiero ser fiel a los propios textos, los cuales no dicen eso. Tenemos que preguntarnos: ¿Cómo explicarnos este fenómeno tan extraordinario, para empezar, el hecho de que propio cristianismo apareciera con la forma que tiene y contando las historias que cuenta? Buscando explicaciones históricas, encuentro que dos cosas muy peculiares deben haber sucedido: (1) tiene que haber existido una tumba vacía que sin lugar a dudas sabían que era la tumba correcta; de ninguna manera podría haber habido la posibilidad de error; (2) tiene que haber habido apariciones del Jesús resucitado. Ambas cosas tienen que haber ocurrido.
¿Por qué? Porque si simplemente hubiera habido una tumba vacía pero ninguna aparición, todo el mundo en la antigüedad habría sacado la conclusión evidente (evidente para ellos, no tanto para nosotros): ladrones de cadáveres. Las tumbas eran frecuentemente saqueadas, sobre todo si la gente era rica o famosa; podría haber joyas dentro, podría haber algo de valor. Así que habrían dicho lo que dijo María Magdalena: “Se han llevado el cuerpo. No sé qué han hecho con él”. Si lo único que hubiera sucedido fuera la tumba vacía, no habrían hablado nunca de la resurrección.
Del mismo modo, no puedes explicar los datos históricos que hemos visto diciendo simplemente que los discípulos deben haber tenido algún tipo de experiencia que ellos interpretaron como un encuentro con Jesús. Ellos sabían que a Jesús lo habían matado. Y también sabían que había alucinaciones, fantasmas y visiones. La literatura antigua –tanto judía como pagana- está llena de tales cosas. Ya lo encontramos en Homero, aparece en Virgilio, está por todas partes. Recientemente algunas personas, en un esfuerzo por demostrar que la Resurrección no pudo tener lugar, han intentado decir algo así como: “Bueno, cuando un ser querido se muere, a veces los ves en la habitación contigo, sonriéndote, o incluso hablándote, y luego desaparecen otra vez. A lo mejor eso es lo que les pasó a los discípulos”. Y es cierto, He leído artículos sobre eso. Es un fenómeno bien documentado que forma parte del proceso de duelo, y eres libre de explicarlo como prefieras. Pero el tema es que los primeros cristianos también conocían esos fenómenos. Sabían perfectamente que existían visiones, alucinaciones, sueños, fantasmas, etc. En otras palabras, si hubieran tenido esa experiencia de estar con Jesús, por muy vívida que pareciera, pero la tumba no hubiera estado vacía, entonces habrían dicho: “Dios mío, ha sido una experiencia muy intensa y en cierto modo consoladora, pero por supuesto no ha resucitado de entre los muertos porque los muertos no resucitan (hasta que todos los muertos resuciten en el fin de los tiempos) –y en cualquier caso, allí está su cuerpo en la tumba”.
Llegados a este punto necesitamos recordar la forma en que los judíos enterraban a sus muertos por entonces. La mayoría de los enterramientos judíos en Palestina en esa época se hacían con el método de las dos fases. Primero envuelves el cuerpo en tela, con muchas especias, y lo colocas en una losa dentro de la tumba excavada en la roca o incluso en el sótano de la casa. No se los “entierra” en el sentido que le damos hoy en occidente, en una tumba excavada en el suelo y luego cubierta de tierra, porque luego tendrías que volver para recoger los huesos una vez toda la carne hubiera sido descompuesta (para eso usaban las especias, por el olor de la descomposición; no se tomarían las molestias ni el alto precio de las especias si fueran a poner el cuerpo bajo tierra). Luego, cuando toda la carne se ha descompuesto recoges los huesos y los metes en un osario (una caja para huesos) que guardarías en un loculus (un pequeño nicho al fondo de la tumba) o en algún otro lugar conveniente. Los arqueólogos no dejan de desenterrar osarios en Jerusalén, docenas de ellos, cada vez que se construye una nueva carretera o un nuevo Hotel Hilton o se construye una nueva urbanización. Los arqueólogos tienen cientos, miles de ellos.
Esta es la cuestión. Si el cuerpo de Jesús hubiera permanecido en la tumba, los discípulos lo hubieran sabido fácilmente, y entonces hubieran dicho: “Aunque estas alucinaciones que estamos teniendo son muy fuertes, no ha resucitado de entre los muertos”. Por tanto, los historiadores tenemos que decir que realmente debió haber una tumba vacía y que realmente debió haber apariciones o, si lo prefieres, encuentros con alguien que pudieron identificar como Jesús, incluso aunque mostrara una apariencia impredeciblemente transformada de manera extraña y de una manera que a nosotros, como lectores, nos resulta confusa.
Y finalmente llegamos al movimiento final de esta partida de ajedrez: ¿Como yo, cómo historiador, explico estos dos hechos tal como creo que sucedieron: la tumba vacía y las apariciones y visiones de Jesús? La explicación más sencilla con mucho es que estas cosas sucedieron porque Jesús verdaderamente resucitó de entre los muertos y los discípulos verdaderamente se encontraron con él, incluso aunque su cuerpo estaba renovado y transformado de modo que ahora parecía poder habitar dos dimensiones a un tiempo (eso es posiblemente la mejor manera de entender el fenómeno: Jesús estaba ahora habitando en la dimensión de Dios y en la nuestra, o si lo prefieres, en el cielo y en la tierra simultáneamente).
La Resurrección de Jesús de hecho proporciona explicación suficiente para la tumba vacía y el encuentro con Jesús. Tras examinar todas las otras opciones posibles que he leído por todas partes, creo que esta también es la explicación necesaria.
Extracto traducido del artículo de N.T. Wright: “The Self-Revelation of God in Human History: A Dialogue on Jesus with N.T. Wrright”, publicado por Antony Flew en su libro: “There Is A God: how the world’s most notorious atheist changed his mind”.
(Tomado de Apología 2.1, el blog cristiano).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Mapa Tierra Santa.


Jerusalén en la época de Jesús.

Jerusalén en la época de Jesús.

 
¿Qué aspecto tenía Jerusalén cuando Jesús vivía?
Durante la Guerra de independencia de Israel, en 1948, el Barrio Judío de la Ciudad Vieja fue prácticamente destruido. Durante la renovación del Barrio Judío en la década de 1970, se descubrió un antiguo sitio del periodo del Segundo Templo —destruido por los romanos en el año 70 de la era cristiana— que había estado enterrado durante casi dos mil años. Los arqueólogos pusieron al descubierto un lujoso barrio residencial del periodo del Segundo Templo, en la Ciudad Alta de Jerusalén. Debido a su majestuosidad y opulencia, fue rebautizado el Barrio Herodiano, también conocido actualmente como el Museo Wohl de Arqueología.
Las acaudaladas familias aristocráticas y sacerdotales de la época de Jesús vivían en las suntuosas casas del Barrio Herodiano. Es fácil entender por qué esta zona sobre una ladera con vista panorámica al cercano Monte del Templo haya sido tan atractiva para los sacerdotes que oficiaban servicios en el Templo.
Actualmente es el mayor sitio y el más importante de la época del Segundo Templo en el Barrio Judío. Es posible que algunos de los sacerdotes y de los saduceos que polemizaban con Jesús, según se menciona en los Evangelios, vivieran en estas casas.
Al descender tres metros bajo tierra, volvemos atrás 2.000 años en el tiempo. Los vestigios arqueológicos de los sótanos de seis casas de lujo brindan una imagen vívida de la riqueza de sus habitantes. Numerosos depósitos (almacenes), estanques, casas de baños, hornos, mosaicos multicolores, frescos, elegantes artefactos domésticos y un candelabro de siete brazos esculpido en uno de los muros indican que los residentes gozaban de un alto nivel de vida.
La presencia de varios baños rituales y de muchas vasijas de piedra indica que los residentes eran sacerdotes que observaban estrictamente las leyes judías de pureza ritual, puesto que la piedra no se vuelve ritualmente impura.
Una hilera de columnas que pertenecía a un "peristilo" —una columnata en torno a un patio abierto— formaba parte de una magnífica casa solariega construida en el estilo grecorromano de la época. Desde ahí los residentes podían disfrutar de un espléndido panorama de la explanada del Templo en el que Jesús pasaba gran parte de su tiempo mientras estaba en Jerusalén.
Más abajo, llegamos a la "mansión palaciega", la mayor y la más espléndida de las casas descubiertas en el sitio, en la que probablemente vivía una de las familias del Sumo sacerdote.
Al acercarnos al final del recorrido, una habitación quemada nos deja entrever el fin trágico y violento del barrio y de sus habitantes: las vigas de madera calcinadas que cayeron del techo y las piedras abrasadas del mosaico dan testimonio del gran incendio que devastó la ciudad y de la destrucción que causaron los romanos —los últimos momentos de Jerusalén en su gloria.

viernes, 28 de septiembre de 2012

"Cenaculos de Betania".



Rezad para que se constituyan muchos grupos de oración en todo el mundo, siguiendo el modelo de Betania. Comunicadnos a través el sitio "Cenaculo de Betania" . https://www.facebook.com/groups/114429198581598/
Las personas interesadas en formar grupos (Minimo 3 personas, maximo 12. poneros en comunicacion en espiritualidad@sacravirginitas.org

martes, 24 de mayo de 2011

Origen del nombre Israel.

Durante los últimos tres mil años, Israel ha identificado, en el uso común y en el religioso, tanto la Tierra de Israel (Eretz Israel) como todo el pueblo judío,[15] quien ha seguido refiriéndose a la anterior como su patria, Tierra Santa o la Tierra Prometida, pese a que posteriormente los romanos cambiaron la denominación del territorio por la de Siria Palestina tras aplastar la rebelión de Bar Kojba.


El sustantivo procede de un pasaje del Tanaj, la biblia hebrea, donde el patriarca bíblico Jacob provocó la admiración de un ángel tras vencerlo en una lucha que duró toda una noche; éste lo bendijo y le cambió su nombre por el de Yisra'el.[16] Las tribus confederadas que se reconocían como descendientes de Jacob se llamaron a sí mismas «Hijos de Israel» o «israelitas». En cuanto a la arqueología, la mención más antigua que se conoce del nombre Israel distinta a un nombre personal es un relato épico grabado en la estela de Merenptah del Antiguo Egipto, que data del año 1210 a. C., donde es empleado como un gentilicio, designando a un pueblo o grupo de gente sin asociación con un lugar geográfico concreto.

Con el establecimiento del nuevo Estado judío a mediados del siglo XX, se barajaron varios nombres para el mismo, como «Eretz Israel», «Sion», «Judea» y «Nueva Judea», que fueron finalmente desestimados. El nombre moderno que adoptó el país fue Medinat Yisrael en hebreo y Dawlat Isrā'īl en árabe, los dos idiomas oficiales, con el mismo significado de «Estado de Israel». El gentilicio del país en español es israelí y su plural israelíes, adoptado por su gobierno pocas semanas después de la independencia. El término israelita suele utilizarse en español en referencia a los antiguos habitantes del Reino de Israel, aunque también se emplea como sinónimo de judío o hebreo, e incluso erróneamente de israelí.

martes, 5 de abril de 2011

Arqueólogos creen haber descubierto la imagen más antigua de Jesucristo.


(Aci) Especialistas en Inglaterra y Suiza analizan unas láminas de bronce encontradas en Jordania que podrían contener el retrato más antiguo de Jesús, al mostrar el rostro de un hombre con una corona de espinas y la leyenda «Salvador de Israel». Según informa el diario británico Daily Mail, los 70 códices de bronce fueron hallados entre los años 2005 y 2007 en una colina con vista al Mar de Galilea.
Las piezas actualmente son evaluadas bajo estricta confidencialidad por expertos en Inglaterra y Suiza para determinar su antigüedad y procedencia, pero se estima que datarían del siglo I de la era cristiana.
El El códice que más llama la atención tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, está sellado por todos lados y ofrece una representación en tres dimensiones de una cabeza humana.
El dueño de los códices es Hassan Saida, un camionero beduino que vive en la aldea árabe de Umm Al-Ghanim, Shibli. Se ha negado a vender las piezas y solo ha cedido dos muestras para que sean analizadas en Inglaterra y Suiza.
Según el diario, las piezas fueron encontradas originalmente en una cueva del pueblo de Saham en Jordania, cerca de donde Israel, Jordania y los Altos del Golán convergen con Siria y a tres kilómetros del balneario israelí de Jamat Gader.
La cueva está a menos de 100 millas de Qumran, la zona donde se hallaron los famosos papiros del Mar Muerto.

martes, 22 de marzo de 2011

“Otro mundo es posible… desde Jesús”. Un libro de J. I. González Faus (172-01).

Parte primera.

González Faus - Otro mundo es posible... desde Jesús
Hoy escribe Antonio Piñero
Presento hoy un libro que en apariencia sólo toca tangencialmente este Blog de cristianismo e historia. Pero intentaré mostrar que no es así del todo, por el contenido de la parte del libro (la primera) en la que nos detendremos. En segundo lugar, tiene un espacio dentro del Blog porque creo que es uno de los notables autores en la línea de la teología de la liberación que procuran ser muy honestos con la situación de los estudios actuales sobre el Jesús histórico.
González Faus (GF) es consciente de las limitaciones de la teología deductiva a partir de lo que se puede conocer honestamente sobre el Jesús de la historia, y proclama a las claras la aceptación –con todas las consecuencias y limitaciones- de que basa sus deducciones teológicas sobre el Jesús recordado por sus seguidores, más que sobre el resultado de lo que puede afirmarse, siempre poco y escaso para la fe, del Jesús histórico.

He aquí su ficha:
José Ignacio González Faus, Otro mundo es posible… desde Jesús (colección “Presencia Teológica”), Sal terrae, Santander, 2010, 446 pp. ISBN: 978-84-293-1881-4.
El libro está dividido en tres partes:
1)“Jesús. El Reinado de Dios”;
2) “La Iglesia del Reino. Otra Iglesia es posible”;
3) El hombre del Reino: Ante Dios sin Dios”.
Nos detendremos en la primera parte. Se inicia ésta con una visión sintetizada y fresca del mundo de Jesús “que espera otra realidad posible”, donde con rápidas y ,en general certeras pinceladas, describe
a) Las “formas de vida” con las que se encontró Jesús (profesiones; comercio; turismo (en el sentido de un pueblo, el judío, que es esencialmente peregrino a Jerusalén, donde debe ir –si le es posible- tres veces al año y donde los sacerdotes del país deben pasar al menos dos o tres semanas al año fuera de sus hogares oficiando en el Templo);
b) La clases sociales: ricos, clases medias, pobres
c) los partidos religioso-políticos: saduceos; pueblo políticamente activo (fariseos, escribas); “extraparlamentarios” (= metáfora para los “celotas de corazón, aún no organizados políticamente y para los esenios tanto semimarginales –los esenios de las ciudades- como los marginales del todo: los asentados en el Mar Muerto).
La conclusión más importante de esta sección es que la polémica de Jesús se dirige sobre todo y ante todo no contra escribas y fariseos sino contra los saduceos (que controlan el sacerdocio, la riqueza y el Templo).
Los escribas pertenecen, según GF, a todas las clases sociales (no hace hincapié en que eran ante todo sacerdotes de rango menor y levitas, como señala E. P. Sanders), y son sin duda también oponentes serios de Jesús porque tienen una interpretación de las Escrituras y de la tradición que no va bien con Jesús.
Los “fariseos” evangélicos, según GF, no son tanto los fariseos reales de los años 30 del siglo I, sino la presentación que de ellos hacen los evangelistas como la personificación de los judíos de su época (entre los años 70-100) que tienen ya una características más destacadamente anticristianas.
En esta primera sección, GF se concentra en tres posiciones del Jesús histórico/evangélico:
1) su oposición a la riqueza: “Jesús y los ricos de su tiempo”, resumida en la máxima “No podéis servir a Dios y al Capital” (= equivalencia dinámica moderna de la personificación judía de la riqueza, la “divinidad” Mammón.
2) La autoridad de Jesús, sintetizada en la sentencia “Los poderosos de la tierra se imponen y se hacen alabar. Entre vosotros, por el contrario, el que mande sea sólo servidor”): crítica de Jesús a los poderes existentes, civiles y religiosos; la enseñanza de Jesús con autoridad (a nivel normativo y a nivel de experiencia personal); la praxis de Jesús = un lenguaje “asertivo”, es decir, que hace afirmaciones claras, con un lenguaje comprensible = las parábolas o las escenas concretas de la vida; y autoridad y seguimiento de Jesús: el Nazareno, a pesar de haber fracasado, gracias a su predicación del amor, como síntesis de la Ley, ha tenido, tiene y tendrá muchos más seguidores que cuantos tiranos en el mundo han sido.
En este apartado hay una suerte de justificación de la poca piedad mostrada por Jesús frente al Templo como institución real que le tocó vivir (el episodio del “choque” de Jesús con el Templo o “purificación” de éste) que denota un espíritu y un modo de actuar aplicable a los problemas actuales. GF reflexiona, sin desarrollar la idea, sobre el texto de Apocalipsis 21,22 que afirma que en el Reino pleno de Dios, ultramundano, al final de los tiempos, “no habrá Templo, porque su templo es (la presencia) del Señor”.
c) La siguiente sección trata de los poderes curativos y exorcísticos de Jesús, compendiados en la frase “Pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el demonio”. En esta subsección GF analiza el ambiente de la época de Jesús y la proyección de las creencias en espíritu u demonios como atormentadores de los hombres y la función liberadora de Jesús. Quizás lo más interesante sea el apartado en el que el autor sostiene dos ideas fundamentales. Una: la vida de seguidor de Jesús es la realización de la victoria sobre los demonios. Segunda: la lucha por la justicia puede verse muy bien hoy como acción exorcística en nuestra base histórica.
d) El penúltimo tema de la primera parte del libro se concentra en la sabiduría de Jesús. El lema que rige este apartado es doble “Jesús entristecido por la dureza de corazón” y “Sed misericordiosos como el Padre celestial”. La mirada sapiente de Jesús es de un “pesimismo esperanzado”, que se sustenta por una mirada en la gratuidad envolvente o bondad de Dios hacia los humanos. La ética que Jesús practica y exige es calificada por GF de “contracultural”, y la sabiduría de Jesús se concreta en desenmascarar a los hipócritas y ciegos que se oponen a lo que se debe practicar para conseguir la entrada en el Reinado de Dios.
e) Por último, el postrer apartado de esta primea parte (hasta la p. 248, más de la mitad del libro se concentra en el final de Jesús. Éste “sube a Jerusalén” a pesar de que es consciente de que sus enemigos “habían tomado la decisión de acabar con él”. Jesús profeta que muere en soledad y sin validación histórica del valor de su sacrificio (sólo la metahistórica de la Pascua) es el sustento de la presencia hoy de otros profetas similares a él, al estilo de Martin Luther King, que siembran una semilla que sólo más tarde comenzará a dar sus frutos. Al igual que Jesús, concluye GF esta parte que nos interesa de su libro, sus seguidores siguen proclamando que el Reinado de Dios está cerca y que otro mundo es posible si se deciden a creer eso y a aceptar el cambio que ellos supone.
En la próxima nota haremos algunos breves comentarios.
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

jueves, 3 de marzo de 2011

El Papa exonera a los judíos por la muerte de Jesús.

miércoles 2 de marzo, 02:25 PM
CIUDAD DEL VATICANO (AP) - El papa Benedicto XVI exoneró de manera general al pueblo judío de la muerte de Jesucristo en un nuevo libro, en el que desarrolla una de las cuestiones más polémicas de la cristiandad.
En "Jesús de Nazaret-Segunda Parte", del cual se difundieron algunos pasajes el miércoles, el pontífice apela a un análisis bíblico y teológico para explicar por qué no tiene fundamento la afirmación de que los judíos como pueblo fueron responsables por la muerte de Jesús.

Las interpretaciones contrarias se han empleado durante siglos para justificar la persecución de los judíos.

Si bien el Vaticano ha manifestado desde hace cinco décadas que los judíos no fueron colectivamente los responsables, estudiosos judíos dijeron que el argumento desarrollado por el Papa de origen alemán era significativo y contribuirá a combatir el antisemitismo.

"Hay una tendencia humana natural a dar las cosas por sentadas y, muy a menudo, esto deriva en una falta de lucidez y conciencia" sobre el riesgo del antisemitismo, afirmó el rabino David Rosen, director de asuntos interreligiosos en el Comité Judío Americano y líder en el diálogo judío con el Vaticano.

Señaló que el Vaticano emitió su documento más autorizado sobre la materia en 1965, "Nostra Aetate", que revolucionó las relaciones de la Iglesia Católica con los judíos al afirmar que la muerte de Cristo no podía ser atribuida a los judíos como pueblo ni en esa época ni en la actualidad.

Rosen agregó que las palabras del Papa podrían tener una incidencia mucho mayor debido a que los fieles tienden a leer las Escrituras y comentarios más que los documentos eclesiásticos, en particular los antiguos.

Benedicto XVI llegó a sus conclusiones por medio de un análisis exhaustivo, Evangelio por Evangelio, que deja poca duda de que cree profundamente en ellas.

Se trata de la segunda parte "Jesús de Nazaret" (2007), el primer libro de Benedicto XVI como pontífice, que ofrece una meditación muy personal sobre los primeros años de la vida de Cristo y sus enseñanzas. Esta segunda parte, a ser distribuida el 10 de marzo, abarca la parte final de la vida de Cristo, su muerte y resurrección.

Los editores del Vaticano suministraron algunos pasajes.

El pontífice llega a la conclusión de que los responsables fueron el liderazgo judío, la "aristocracia del templo" y unos pocos partidarios de Barrabás, mas no los judíos como pueblo.

Asimismo analiza una frase particular en el Evangelio de San Mateo en que la multitud dice "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!", citada frecuentemente como evidencia de la culpa colectiva de los judíos y una maldición consiguiente.

Benedicto XVI dijo que la sangre de Jesús "no reclama venganza y castigo, sino que trae reconciliación; no se vierte contra nadie sino para muchos, para todos".


    martes, 1 de marzo de 2011

    Rabino de Roma: judíos y católicos, hijos de un mismo Padre.

    Entrevista al Rabino jefe de Roma, Riccardo Di Segni


    ROMA, viernes 21 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Con ocasión ocasión para la Jornada del diálogo judío-cristiano, que se celebra en Italia el 17 de enero, antes de comenzar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, la edición italiana de ZENIT publicó la entrevista concedida por el Rabino jefe de la comunidad judía de Roma, Riccardo Di Segni, al programa Cristiandad de Rai Internazionale. Ofrecemos ahora la versión española:
    Honra a tu padre y a tu madre: pero ¿de quién somos hijos?
    Di Segni: Según nuestra tradición tenemos dos padres biológicos, y la Tradición nos dice que en realidad los participantes son tres, está la parte divina y la parte biológica, y pueden existir también las partes educativas que no se reservan a los padres. A veces los padres incluso pueden ser extraños o negativos en un proceso educativo. Por tanto la “paternidad o maternidad” es un concepto que se amplía.
    - Muchos comentarios dicen que del mandamiento “Honra a tu padre y a tu madre” derivan todos los demás. ¿Qué significa honrar al padre y a la madre?
    Di Segni: Según la tradición hay una relación de respeto que se establece en formalidades importantes, por las que se debe reconocer al progenitor una autoridad a respetar en lo que sea. Además hay una relación que se puede convertir en una relación de apoyo, sea material o en un sentido más amplio, en el curso de los años, cuando las relaciones se invierten: de pequeños se es absolutamente dependiente de los padres y cuando los años pasan, son los padres los que de alguna manera dependen de los hijos. De manera que en este momento el respeto por los padres es una tarea más importante todavía.
    En las lenguas semíticas la palabra “Misericordioso”, que define al Omnipotente, tiene la misma raíz, rachem en hebreo, rahim en árabe, que la palabra útero, e indica la actitud de la madre que acoge al hijo en su seno. En la Biblia se compara a Dios con un madre que no se olvida de sus hijos, como recordó Juan Pablo I. Por tanto ¿la maternidad define la misericordia divina?
    Di Segni: Digamos que en una representación esquemática existe – en la imagen que tenemos del Divino- una parte de justicia, de severidad y una parte de amor. En esta oposición, o síntesis, de aspectos distintos se podría decir que prácticamente la parte masculina representa el amor. Existe también apoyo lingüístico que lo confirma. Pero es la misma Biblia la que usa la expresión de que Dios tiene misericordia de nosotros como un Padre tiene misericordia de sus hijos “Rachem aw alwalim”. Por tanto no hay exclusividad en la Misericordia, como no existe la exclusividad en la Justicia.
    - Entonces, ¿qué significa ser hermanos? ¿Los cristianos y los judíos tienen un Padre y una Madre en común?
    Di Segni: La humanidad entera tiene un padre y una madre en común, si es que tiene sentido la historia de la Biblia de que la humanidad deriva de Adán y después de Noé, todo cuanto debemos reconocer en un predecesor común y que ninguna persona puede aceptar – como dicen nuestros textos- es ser superiores al otro, porque tenemos un origen en común. En este sentido toda la humanidad es fraterna. Existen, además, tres grupos de lazos humanos unidos más estrechamente, e indudablemente la relación que existe entre judíos y cristianos es de especial cercanía, pudiendo ser representada con la imagen de la fraternidad, con todos los altos y bajos que existen en una relación fraternal
    La palabra diálogo puede tener un sentido fuerte y uno débil. Puede ser, digamos un diálogo diplomático que no incida en la vida, y un diálogo que implica y cambia a la persona entera. La relación entre el hombre y Dios en la Biblia es, a menudo, un diálogo dramático. ¿Cómo define, por tanto, el diálogo entre cristianos y judíos?
    Di Segni: Diría que es una necesidad de la que no se puede huir, aunque como experiencia es difícil porque debe superar toda una serie de escollos colocados por la historia, la teología y la cotidianidad. El hecho de que sea difícil no nos debe eximir de afrontarlo teniendo un mínimo de esperanza y un mínimo de serenidad, ya que de ésto puede salir algo positivo.
    - Usted vivió las visitas d Juan Pablo II a la Sinagoga y acogió el año pasado a Benedicto XVI, ¿qué resume dde estos encuentros?
    Di Segni: Han sido visitas muy diferentes. Diferentes por la época y la personalidad. La primera fue un acontecimiento trascendental que marcó, simbólicamente, un punto de inflexión en la historia. La segunda, un evento ue confirmó esta línea de actuación. Hay en estos acontecimientos...aunque el último no fue un evento en el que todo hay funcionado pacificamente, hubo polémicas alrededor, y yo insistí mucho en que se realizase porque creo que lo que nos deja es la sensación de que más allá de lo que nos divide, existen elementos comunes y obligaciones comunes, y sobre todo éstas últimas, de caminar unidos, de las que no podemos huir.
    Cuando Benedicto XVI llegó a la Sinagoga se detuvo delante de las lápidas que recuerdan a los judíos romanos deportados. La jornada de la Memoria ¿es un recuerdo necesario o una advertencia actual?
    Di Segni: Es necesariamente las dos cosas. La Jornada de la Memoria significa que es necesario detenerse para reflexionar, entender lo que sucedió, recordarlo y además -como deberían ser todas las jornadas de la memoria- no permanecer en el pasado sino que proyectarlo al futuro y ya que ésto es un problema que incide en la salud de lasociedad es absolutamente necesario detenerse para reflexionar.
    - ¿Piensa que la libertad religiosa está en peligro, la vida de los creyentes amenazada por causa de la Fe?
    Di Segni: Absolutamente sí.
    ¿De donde viene el peligro?
    Di Segni: Viene de toda forma posible de intolerancia, que puede ser intolerancia política, intolerancia de regímenes dictatoriales o también intolerancia religiosa.
    La religión, a su juicio, ¿es un motivo o un pretexto para la guerra y la violencia?
    Di Segni: ¡Ah! Puede ser cualquiera de las dos. A veces puede ser una excusa fácil pero otras veces es la misma estructura religiosa la que es intolerante.¿Por qué hablamos de religión como si por definición fuese una cosa bella? Es necesario discutir la religión, sufrirla, verla y también mejorarla en cualquier modo.
    ¿Cómo viven la relación entre las tres grandes religiones monoteístas, los italianos que se encuentran en contacto con otras culturas, que viven en otras partes del mundo?
    Di Segni: Viajar por el mundo es una gran lección para entender las diferencias. Hoy Italia ya no es tan regionalista, el paisaje humano que captamos caminando por las calles de cualquier ciudad italiana ha cambiado mucho respecto a veinte años atrás. Conocer las diferencias es fundamental para entender que la humanidad no se detiene a quien tiene la cara igual que la mía, que debemos asumir que existen estas diferencias – sobre todo- y luego aprender a convivir.
    La diversidad ¿es un peligro o una riqueza?
    Di Segni: La diferencia debe ser una riqueza.
    Nos están viendo también en Israel. ¿Mandaría un mensaje a los judíos italianos que han hecho Alià, qué han vuelto a la tierra de Israel?
    Di Segni: Son hermanos cercanos y compartimos las esperanzas y las experiencias, nos dirigimos a ellos siempre con afecto.
    El profeta Zacarías y también Isaías, si no me equivoco, hablan de un día en el que judío y gentiles comerán juntos bajo la tienda en la fiesta de Sukkot, que recuerda la peregrinación por el desierto. ¿Esta mesa común es una utopía o una profecía que de alguna manera obra ya en el presente?
    Di Segni: El judaísmo vive de utopía y por tanto el hecho de que sea una utopía no significa que sea algo que no se cumplirá sino todo lo contrario y en nuestras oraciones confirmamos el concepto de que ninguna cosa dicha por boca de los profetas ha venido a menos, o sea que antes o después puede realizarse. De alguna manera alguna cosa pequeña se hace, aunque nos queda mucho por recorrer.
    - El desierto es grande todavía...
    Di Segni: Sí. Pero el desierto puede ser una situación ideal.
    [Traducido del italiano por Carmen Álvarez]