lunes, 28 de marzo de 2011

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia"

 

Mateo 5, 7

Cynthia Esther ALARCÓN MÚGICA



 


Anoche Dios me habló, supo cómo hacerlo. Llovía a cántaros y me quedé leyendo un rato en la sala. Todos en la casa estaban dormidos. Luego de unas horas dejé la Biblia sobre la mesa y me dirigí a la ventana, era una noche fría y mis piernas empezaban a entumirse. Entre el velo de la lluvia observé una silueta, me acerqué al cristal y lo desempañé. Era un niño de la calle que en un pequeño techo se protegía del aguacero. Temblaba y se frotaba sus brazos cubiertos por una vieja manta. Pensé en darle cobijo, pero me quedé suspendida en la duda. De repente el niño empezó a hacer señas en dirección mía como llamándome. Era absurdo, los cristales de la casa son polarizados, ¿cómo podría verme? Me sentí perturbada. Mi respiración nerviosa empañó de nuevo el cristal, lo limpié. Por fin sentí valor, ese valor que te empuja a actuar. Casi me dirigía a la puerta cuando vi que el niño se echó a reír, un perro se le acercaba temeroso. El pequeño abrió su deshilachada manta y el canino se refugió en su regazo. Una vergüenza profunda invadió mi ánimo. Aquel niño había amado más que yo. Fue capaz de compartir su pobre abrigo y de acoger a un animal, un necesitado amparó a un necesitado y yo que lo tengo todo no pude hacer lo mismo con un ser humano como yo.
 
Cynthia Esther Alarcón
Veracruz, México

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