viernes, 12 de enero de 2018

Comentarios a las Lecturas del II Domingo del Tiempo Ordinario 14 de enero 2018

Comentarios a las Lecturas del II Domingo del Tiempo Ordinario 14 de enero 2018

Comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprende las más de treinta semanas del año litúrgico que no están comprendidas en los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Merece toda nuestra atención pues, como no está enfocado hacia alguna fiesta especial, tiene por objeto celebrar y alimentar la vida cristiana en cuanto centrada en la fe en Cristo muerto y resucitado.
En este tiempo litúrgico hemos de poner todo nuestro empeño en la celebración del domingo, el día del Señor, que es como un símbolo de la vida cristiana, pues, en él, recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Palabra y en el Sacramento de la misa dominical.
Es un día distinto de los demás y nos advierte que nuestra condición de cristianos debe dejar un sello especial a nuestra presencia en el mundo.
Las lecturas de hoy nos pueden ayudar a descubrir el factor cristiano que debe marcar nuestra vida. San Pablo se dirige a la comunidad de Corinto, muy tentada de dejarse llevar por el libertinaje de aquella ciudad portuaria, y escribe una frase que nos da una clave importante para nuestra tarea: "No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros".
La lectura evangélica describe la escena entrañable y programática de la primera llamada que hace Jesús a sus futuros discípulos. En resumen, es el itinerario de todo encuentro con Cristo.
Puede ser provechoso que recorramos, en una actitud de oración, la sugerente serie de verbos que se acumulan en el diálogo entre Jesús y aquellos hombres: "Qué buscáis?... Maestro, dónde vives?... Venid y lo veréis".

En la primera lectura del Libro primero de Samuel (1 Sam 3, 3b-10. 19 ), se nos proclama la bella historia de Samuel y  nuestra necesidad de estar disponibles a la llamada del Señor: "El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy..." (1 S 3, 4).
Los dos libros de Samuel, en realidad dos partes de una misma obra, nos describen la formación de Israel como Estado, etapa de dura gestación con grandes reformas políticas y religiosas. Samuel es el gran protagonista de esta transición política: es el último juez, y de gran autoridad entre la gente, y a la vez el instaurador de la monarquía. Como juez es el último representante de esas figuras carismáticas, capaces de reunir a las diversas tribus en momentos difíciles para su subsistencia política o religiosa. Pero Samuel es consciente de que para hacer frente a la terrible amenaza filistea, para obtener la unidad de las tribus..., se hace necesario el instaurar la monarquía en su pueblo, al igual que lo han hecho los pueblos vecinos.
La lectura litúrgica de hoy está entresacada de la historia de la juventud de Samuel (cap. 1-3): nacimiento, consagración en el Santuario de Silo bajo las órdenes de Elí... El momento más importante de esta primera etapa es el de la llamada divina para que Samuel sea su profeta juez y anuncia el castigo a la casa de Elí (3, 1-21).
Los vs. 1-3 preparan la escena de la llamada divina. La palabra divina es muy rara en aquella época (v. 1). Tiempo, pues, triste y difícil en el que sólo se escuchaba el silencio de Dios como en tantas y tantas etapas de la historia en la que los mortales ahogamos el ruido de esta palabra con nuestras sandeces.Samuel vive en el Santuario de Silo, ciudad de Efraim, al N. de Betel. El origen de este santuario es muy oscuro, pero su importancia fue muy grande por aquellos años: allí estaba el arca, símbolo de la presencia divina, allí subían las doce tribus cuando lo aconsejaban las ocasiones... La proclamación, allí, del Libro de la Alianza invitaba a cada una de las tribus a formar un pueblo unido. Es precisamente en este santuario donde el personaje de nuestro relato va a ser interpelado por la palabra.
-vs. 4-10: y en medio de ese denso silencio retumba esta palabra que interpela al hombre. La llamada divina es mal interpretada ya que aún no se le había revelado a Samuel (v. 7). Para poder captar el mensaje divino, para discernir su palabra... se requiere el don de espíritu que sopla donde quiere, cuando quiere y como quiere. Sólo a la cuarta llamada Samuel reconoce al Señor, y el que hasta ahora sólo había escuchado las palabras de Elí de ahora en adelante deberá escuchar la voz divina. La primera misión que se le encomienda no es nada agradable: comunicar la amenaza, el final de la "casa" de su jefe Elí (vs. 11-18; 2, 12 ss.), pero esta es la misión profética. La palabra divina no siempre es de parabién.
-Termina el cap. asegurando que el Señor está con Samuel y su palabra es eficaz. El es el profeta acreditado, en su palabra el pueblo reconoce la voz de Dios (vs. 19-21).
¿Quien era Samuel?. Samuel vivía en el templo de Jerusalén. Su madre, Ana, era estéril y, a fuerza de oraciones y lágrimas, había conseguido de Dios tener hijos. Y ella, agradecida, había consagrado a Dios a Samuel, el primogénito... Y una noche Dios llamó a Samuel. El niño despierta al oír su nombre y acude a la habitación de Helí, el sacerdote y le dice: "Aquí estoy, vengo porque me has llamado". "No te he llamado --responde el anciano--, vuelve a acostarte, hijo mío". Pero Dios sigue llamando por segunda y tercera vez. Hasta ser escuchado. Y es que Dios es un Padre providente y bueno que se preocupa de sus hijos, que tiene un proyecto maravilloso para cada uno de nosotros. Y nos llama para que sigamos el camino concreto que él ha soñado con cariño desde toda la eternidad.
La voz de Dios resuena también en la noche y en las oscuridades de nuestra vida. De mil maneras nos puede llegar la llamada del Señor. Un pensamiento que  resuena en  el alma, un acontecimiento que  conmueve, unas palabras que  afectan especialmente, un ejemplo que  arrastra y suscita preguntas. Cualquier cosa es buena para hacer vibrar en nuestro espíritu la voz de Dios. Llamará y seguirá hablando al corazón, esperando nuestra respuesta.
Y ante la llamada la respuesta:  ¡Samuel, Samuel! Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1 S 3, 10). Dios nos conoce por nuestro nombre propio. Para la sociedad, para el Estado, somos unos números, una sigla que ocupa un lugar determinado en unos ficheros, a veces incluso lo somos también en la misma Iglesia. Pero Dios, no. Él nos lleva "escritos en sus manos",  metidos en su corazón... Samuel, el pequeño primogénito de la que fue estéril, responde: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Actitud de entrega sin condiciones, de docilidad y disponibilidad total. Consciente de que lo que Dios diga, es, sin duda alguna, lo mejor.

Con el salmista hoy (Salmo 39, 2 y 4ab. 7. 8-9. 10),  expresamos la espera confiada en el Señor. Ël antes  se ha inclinado hasta nosotros y ha escuchado nuestro angustiado clamor, sacándonos de la fosa mortal, del fango cenagoso.
Es el Señor quien pone en nuestra boca un cántico nuevo, un himno de gozo que canta la grandeza y el amor de Dios. En agradecida respuesta nosotros le respondemos: ""Aquí estoy--como está escrito en mi libro--para hacer tu voluntad" .
"Yo esperaba con ansia al Señor..." (Sal 39, 2) Reflexión sobre esos momentos en los que uno entiende que sólo Dios es fuerte, sólo él dice siempre la verdad, sólo él no nos puede fallar, sólo él hace más cortas las palabras prometedoras que los beneficios concedidos.
¿Cuál es nuestra actitud ante el Señor?. "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas..." (Sal 39, 7) Pero las palabras no bastan. Y esos sentimientos de gratitud y de gozo, que nos embargan al contemplar la grandeza de Dios, han de traducirse en obras concretas; nuestro agradecimiento y nuestro gozo al sentirnos queridos de Dios, ha de cuajar en una vida concorde con lo que el Señor nos indica como voluntad suya; conscientes de que, además, el único que sale ganando es uno mismo, ya que Dios lo tiene todo y nada necesita, mientras que tú y yo nada tenemos y todo lo necesitamos.
         "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, --dice el salmo--,y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio,: entonces, yo digo: "Aquí estoy--como está escrito en mi libro--para hacer tu voluntad. "Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en las entrañas...".

En la segunda lectura de la  primera carta de San Pablo a los Corintios  (1 Cor 6,13c-15a.17-20). Hasta el Domingo Sexto del Tiempo Ordinario vamos a leer fragmentos de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. Es una obra maravillosa que condensa de manera magistral el pensamiento cristiano y que mantiene su actualidad. Pablo va a tratar de la enseñanza positiva para mejor vivir el cristianismo. En el fragmento de hoy  se resalta la actitud de alabanza al Señor con nuestro comportamiento corporal, el cuerpo rescatado se señala como medio privilegiado de alabanza al Señor.
"¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros del Cuerpo de Cristo?" (1 Cor.  6, 15) El cuerpo es un don que Dios nos ha entregado para poder vivir nuestra vida de hombres. El cuerpo humano no es una cosa mala. Todo lo contrario, es algo bueno. San Pablo nos dice que ese cuerpo nuestro es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Y más adelante afirmará categóricamente que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.
         Esa es la razón fundamental que determina la visión cristiana del cuerpo humano. Visión que implica respeto, cuidado, estima. Respeto para no utilizarlo como instrumento de pecado. Cuidado para mantenerlo siempre en forma para la función que ha de cumplir. Estima para no exponerlo sin un grave motivo a ningún riesgo que pueda mermar su fuerza.
"Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos " (1 Co 6, 20) El cuerpo es el instrumento que Dios ha confiado al hombre, para que pueda cumplir su misión en la tierra. Misión que, en último término, se reduce a glorificar a Dios. Para eso tenemos los sentidos, para que al oír, al ver, al tocar, al gustar todo lo bueno y lo bello que tiene la vida nos mostremos agradecidos, felices de tener un Dios que ha sabido darnos un cuerpo tan maravilloso.
Y esto siempre. También cuando ese cuerpo falle, cuando no esté completo, cuando nos duela. Porque siempre, mientras estemos con vida, nos quedará la posibilidad de mirar -aun estando ciegos- con amor y esperanza a nuestro buen Padre Dios.

El evangelio nos relato la búsqueda y encuentro con Jesús (Juan, 1, 35-42) "Este es el Cordero de Dios" (Jn 1, 36).  En tiempo de Jesús hubo muchos que pretendieron erigirse en guías salvadores del pueblo, según nos refiere Gamaliel en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Fueron hombres que, aprovechando la situación de desamparo y desconcierto que había en el pueblo, se presentaban como Mesías redentores, capaces de liberar a la gente de las cadenas del imperio romano que les subyugaba.

La lección obvia del relato es muy simple: unos amigos, probablemente Felipe y Andrés (siempre juntos, por lo demás en el Evangelio: Jn 2, 40-45; 6, 5-9; 12, 20-21; Act 1, 13), que son también discípulos del Bautista (v. 35), descubren al Mesías y le siguen. Este es el origen de su vocación apostólica. E inmediatamente previenen a sus hermanos o a sus conocidos (v. 41 y 45) y suscitan otras dos vocaciones apostólicas: Pedro y Natanael. Por consiguiente, tras este relato se encierra toda una teología de la vocación. La red de relaciones humanas puede contribuir al nacimiento de una vocación: amistad, conciudadanía, coparticipación de un mismo ideal en torno al Bautista, fraternidad según la carne, son las circunstancias de la vocación de cuatro discípulos. La vocación no es, pues, un llamamiento deshumanizado; adquiere consistencia en las relaciones humanas más naturales y más ordinarias. Y, sin embargo, la vocación es claramente llamamiento de Dios y de Cristo: la autoridad con la que Cristo cambia el nombre de Simón (v. 42b), la mirada que Jesús fija en Pedro y que dice muchas cosas (v. 42a), el conocimiento misterioso que Jesús tiene de Natanael (v. 48) y, sobre todo, el misterioso atractivo que ejerce el Señor sobre los dos discípulos de Juan Bautista (v. 38) ponen claramente de manifiesto que, por muy arraigada que esté en lo humano, la vocación es iniciativa de Dios. Así, la vocación, que es a la vez llamamiento divino y atractivo humano, prolonga en la vida de cada "llamado" el misterio del Hombre-Dios.
Por encima de esta escena tan sencilla de la vocación de los primeros apóstoles, Juan invita a su lector a desarrollos doctrinales importantes y válidos para todos los discípulos de Cristo. El relato gira en torno a unas palabras-clave: dos actitudes del discípulo: seguir y buscar (v. 37-38), y una triple recompensa: encontrar, ver y permanecer (v. 39 y 41). Para Juan, "seguir a Cristo" tiene una resonancia más escatológica que en los demás evangelistas: supone poner los medios requeridos para llegar un día allí donde " permanece" Cristo (cf. Jn 12, 26; 10, 9-10). Ahora bien, Cristo vive en una gloria adquirida por medio de la Cruz; es, pues, normal que el discípulo se abrace a su vez a esa cruz para seguir a Cristo
Apenas aparece Jesús por las riberas del Jordán, el Bautista le señala sin titubeos: ·"Este es el Cordero de Dios". Ante sus palabras algunos de sus discípulos van tras el nuevo Rabí. La impresión del primer encuentro fue tan profunda, que dejan al antiguo Maestro y siguen a Jesús el Nazareno.
Juan es intermediario para encontrar a Jesús. Es a lo que nos llama muchas veces el Señor: presentarlo a los demás.
Juan presenta a Jesús  con el título de Cordero de Dios, este es un título que en aquel tiempo tenía un sentido que implicaba realeza y poderío.
Ese título cristológico está bíblicamente relacionado con el cordero pascual con cuya sangre, según el libro del Éxodo, fueron señalados los dinteles de las casas israelitas, librando así de la muerte a sus moradores, cuando el ángel exterminador pasó ejecutando el castigo de Yahvé. Esta figura deriva de los poemas de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahvé, que marcha al sacrificio sin protestar, lo mismo que un cordero hacia el matadero. De esa forma aparece el Siervo paciente de Yahvé, que con su muerte redime al pueblo y es constituido como Rey de Israel y de todo el universo,

Para nuestra vida.
Hoy  las lecturas tienen tres núcleos: Llamada, discernimiento y respuesta.
Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte del hombre/mujer. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: "Habla, Señor, que tu siervo escucha", Dios nos invita a experimentar su vida y a gozar de los dones que nos regala. "Fueron, vieron y se quedaron" Qué generosidad y que amor demostraron! No sabían bien lo que implicaba su decisión, pero se han dejado seducir, se han enamorado de Dios. Andrés, uno de los discípulos comunica su alegría a su hermano Simón: "Hemos encontrado al Mesías" y lo llevó a Jesús. La felicidad que da el sentir la gracia de la llamada y el vivir de cerca la experiencia de Jesucristo te lleva a comunicarlo. Nosotros, que seguimos a Jesús, también debemos mostrarlo a los demás. No tengamos miedo el Señor nos dará a conocer la misión que nos encomienda, como a Pedro, y nos dará la fuerza para realizarla.
Llamada. La llamada es pura gracia, don que Dios da. Él se fija en cada uno de nosotros  y nos  llama por nuestro nombre como a Samuel. Te está diciendo primero que te ama; después, que cuenta contigo; al fin, pide tu colaboración para que trabajes por el Reino, que seas instrumento de paz, que hagas de tu profesión un servicio, que proclames con tu vida la Buena Noticia e incluso que lo dejes todo por El.
Dios no llama sólo una vez en la vida. Su llamada se mantiene a lo largo de toda tu vida. Te puede llamar también a través de las mediaciones que Dios utiliza para darnos a conocer su voluntad. Como en el Evangelio después de la llamada está el "Ven y verás". Ellos fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él. Otro paso en el camino de la intimidad con el Señor. Desde esa intimidad iremos profundizando en el conocimiento de la voluntad del Señor.
 Discernimiento. Tras la llamada hay un discernimiento para aclarar mejor por dónde tenemos que ir. Como Samuel necesitamos alguien que nos acompañe. Samuel fue a ver a Elí. Los dos discípulos acudieron a Juan, que les mostró a Jesús "que pasaba". El paso de Jesús por nuestra propia historia personal no es fácil de apreciar. Muchos como Herodes y el joven rico también se cruzaron con él, pero no fueron capaces de escucharle y de seguirle.
Dios sigue llamando, pero no sabemos escucharle porque hay mucho ruido a nuestro alrededor. No siempre percibimos la Palabra con claridad. En toda vida humana hay mucho de búsqueda, pero en muchas ocasiones Dios nos da la luz a través de experiencias y de personas que nos iluminan.
 Respuesta. Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte nuestra. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: "Habla, Señor, que tu siervo escucha", "Fueron, vieron y se quedaron".

¿Cómo es nuestra respuesta?. ¿Cómo hacemos  nuestro descernimiento? ¿Que grado de fidelidad ponemos en nuestra respuesta?.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Le preguntaron: Maestro, ¿dónde vives? Jesús les dijo: Venid y lo veréis. Formar en los niños y en los jóvenes una buena conciencia, una conciencia cristiana y recta, es una tarea importantísima que tienen los padres, educadores, catequistas y evangelizadores. La mayor parte de nosotros nos guiamos, o creemos y queremos guiarnos, por nuestra conciencia, no por nuestros egoísmos y por nuestras tendencias pasionales. Un niño, o un joven, que se deja guiar por sus impulsos y pasiones terminará siendo una persona pervertida y peligrosa para la sociedad. Los cristianos debemos dejarnos guiar siempre por las palabras y por la persona de Jesús. Esto es lo que hicieron los dos discípulos que acompañaban a Juan el Bautista y esto es lo que hizo Simón Pedro, aconsejado por su hermano Andrés. Jesús quiso siempre que sus discípulos le siguieran, no sólo que le oyeran, y que aprendieran de él a través de la palabra, del ejemplo y de la vida. Las palabras mueven, decimos, los ejemplos arrastran. Los educadores y predicadores de este momento es algo que debemos tener muy en cuenta: educar con las palabras, acompañadas siempre de un ejemplo coherente y de acuerdo con lo que decimos y predicamos. Nuestra Iglesia, nos han dicho repetidamente los Papas, necesita hoy más de testigos que de predicadores, o, dicho de otro modo, necesita de predicadores del evangelio que, a su vez, sean testigos vivos del evangelio que predican. Nuestros jóvenes escuchan con dificultad sermones, pero se fijan mucho en el comportamiento de los que les hablan y tratan de enseñarles. Llevemos a los jóvenes a Jesús, como hizo Andrés con Simón Pedro. Seamos catequistas y evangelizadores de palabra y de obra, como quiso siempre hacer Jesús con sus discípulos.

La primera lectura nos presenta la disponibilidad de Samuel a la llamada de Dios. “Habla, Señor, que tu siervo escucha. El niño Samuel no conocía al Señor, hasta que el sacerdote Elí le enseñó a reconocer la voz del Señor. Si el sacerdote Elí no hubiera enseñado al niño Samuel a reconocer la voz de Dios no habría descubierto su vocación de profeta, no hubiera llegado a ser el profeta Samuel, el primer profeta yahvista de Israel. Esta debe ser nuestra actitud ante la voz del Señor que nos habla a través de nuestra conciencia. Saber discernir la verdadera voz de Dios a través de nuestra conciencia es algo importantísimo en nuestra vida. Lo más importante para una persona es acertar con su vocación, con la vocación que Dios le ha dado. Para conseguir esto es necesario saber escuchar, estar siempre en actitud de escucha, no dejar que nuestros egoísmos y nuestras pasiones nos confundan. Aprender a descubrir y realizar en la vida nuestra verdadera vocación depende en parte de que nos dejemos enseñar por nuestros padres, o educadores, o libros piadosos, o sacerdotes, o acontecimientos de la vida, o la naturaleza, o todas aquellas personas y cosas que influyen en nuestra vida. Dejemos que Dios nos guíe, que Dios nos conduzca todos los días de nuestra vida. Aprendamos a escuchar la voz del Señor y digámosle, con palabras del salmo 39: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Samuel será el gran confidente de Dios, el destinatario de su palabra en medio del pueblo. Veamos, pues, cinco enseñanzas de esta primera lectura.
1) La apertura y la prontitud en escuchar al Señor tiene sus raíces en una actitud de apertura y prontitud humana: "Aquí estoy", dice Samuel a Elí, el sacerdote. Si no estamos atentos los unos a los otros (si no nos acostumbramos a salir de nosotros mismos, del círculo cerrado de nuestros intereses y nuestras comodidades), ¿cómo discerniremos la llamada del Señor?
2) Reconocer la voz de Dios no se puede hacer sin entrenamiento, por decirlo así; al principio, Samuel todavía no sabía reconocerla.
3) Fue Elí quien "comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho": incluso en el terreno tan íntimo e intransferible de nuestra relación con Dios, los demás tienen (o pueden tener) un lugar: pueden introducirnos en él; pueden ayudarnos a discernir que, efectivamente, es el Señor quien nos llama.
4) La apertura, la acogida, es la respuesta del creyente, a la llamada de Dios, desde Abrahám hasta María ("Hágase en mí según tu palabra": Lc 1,38) e incluso Jesús (Hb 4,4-10 le aplica las palabras del salmo 39).
5) A pesar de la ruptura que implica, la apertura a la fe está en continuidad con la apertura a los demás.

El salmo de hoy es de acción de gracias. Un grito de plegaria en una situación dramática, luego acción de gracias por ser escuchado. Pero no está todo terminado: nueva súplica en medio de nuevas desgracias.
Algunas imágenes maravillosas
-"estaba en el fondo de un abismo de pantano...".
-"Se inclinó hacia mí... para escuchar mi grito".
-"afirmó mi pie sobre la roca".
-"me puso en la boca un canto nuevo".
-"abriste mis oídos... para que escuchara tu voluntad".
-"llevo tu ley en mis entrañas... mira, no guardo silencio".
-"Se me echan encima mis culpas y no puedo huir..."
"lo admirable, lo misterioso (una profecía para el futuro): el orante acaba de ofrecer un sacrificio "ritual" en el templo, rodeado por una gran muchedumbre... pero ¿dónde está la víctima?" se preguntan. La respuesta es inaudita: Dios no quiere ya sacrificios de animales... Io que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su voluntad... El "don de sí por amor".

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda:¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Por tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo. Sabido es que los corintios estimaban la sabiduría humana y se tenían por «sabios». Imbuidos de ideas dualistas, se servían paradójicamente del desprecio del cuerpo para dedicarse a sus desenfrenadas orgías y escándalos, mostrándose escépticos sobre la resurrección de la carne. Si el cuerpo vive en dualismo con el alma, ésta no podría verse contaminada por las manchas del cuerpo. La consecuencia fue la vía libre al libertinaje. Pablo quiere corregir semejantes criterios teóricos y abusos prácticos. Principio fundamental es que el cuerpo pertenece al Señor. En la encarnación nos da Cristo a entender la dignidad del cuerpo. Y si murió y resucitó, quiere decir que la encamación no tenía sólo por objeto la salvación del alma, sino también la del cuerpo como parte integrante que es de la persona humana. El que se hace miembro de Cristo por el bautismo excluye el uso de su cuerpo para fines pecaminosos. También la sexualidad pertenece a Cristo que ha redimido el cuerpo. Si el ser humano es un ser sexuado, no significa por ello que toda la actividad humana esté orientada a la sexualidad. Se necesita comer para vivir, pero la vida no está orientada a la comida. De igual manera, las funciones sexuales tienen una finalidad concreta dentro del plan del creador, pero la vida entera no está orientada a ellas. El cuerpo pertenece a Cristo y es por tanto sagrado. El cristiano debe velar contra ese proceso de desacralización que afecta y rebaja la dignidad del cuerpo humano.
Las personas somos cuerpos encarnados. Nuestro cuerpo es parte esencial de nuestro ser personal. Los pecados de nuestro cuerpo son pecados nuestros y las virtudes que practicamos a través del cuerpo son virtudes totalmente humanas. Nuestra misión como cristianos es vivir unidos espiritualmente al Espíritu de Cristo, formar con el Espíritu de Cristo un solo espíritu, ser miembros de Cristo.
Estas palabras que escribió san Pablo a los primeros cristianos de Corinto, con motivo de algunos pecados públicos de fornicación, son palabras que debemos aplicárnoslas siempre a nosotros mismos. El hombre es un animal sexual y debe dirigir su vida sexual de acuerdo con su espíritu; no podemos dividirnos en cuerpo y espíritu, como si fueran cosas siempre opuestas. El cuerpo y el espíritu deben caminar siempre juntos y bien avenidos. No somos ni sólo ángeles, ni sólo bestias; somos personas humanas en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Glorifiquemos, pues, a Dios también con nuestro cuerpo.

El evangelio de hoy nos presenta una pregunta que cada generación debe tener el valor de preguntarse en forma total y absolutamente nueva quién es realmente Jesús de Nazaret, qué es el cristianismo, qué es la Iglesia y qué debería o podría ser; qué es lo que cambió en el pasado y qué es lo que ha de cambiar. Debe ponerse en marcha para buscar siempre de nuevo a Jesús, a su propio Jesús de hoy.
Y debe también tener el valor de dejarse preguntar a su vez por Jesús: ¿Qué buscáis? Aunque la respuesta pueda sonar de primeras bastante imprecisa y vaga y quede muy lejos del encorsetado formalismo eclesial: "Maestro ¿dónde vives?" Merece atención que el Jesús joánico no responda a la pregunta dando una dirección precisa y fija, no responda con un formulario teológico ni con un catálogo de dogmas, sino que apela a la experiencia personal: ¡venid y lo veréis! Venid y vedlo por vosotros mismos, recordad vuestras propias experiencias, vuestra propia vida, que os es perfectamente conocida; no os alejéis de esas experiencias, sobre todo de las incómodas y desagradables; poneos en movimiento, comprometeos; usad vuestros propios ojos, vuestros oídos, vuestras propia razón y vuestra sana razón humana; no os dejéis manipular; examinad la realidad tal como es. “¡Venid y veréis!”.
Más que de encontrar a Jesús, se trata de dejarse encontrar por él. Y la mejor disposición es una actitud de búsqueda sincera del bien y la verdad. Si nosotros nos mantenemos abiertos al bien y a la verdad, podemos esperar que Jesús, a través de su Espíritu, no dejará de hacerse presente en nuestra vida en forma de paz, de gozo, de fortaleza, de capacidad para amar y perdonar... Y podemos esperar también que, en más de una ocasión, en la fe, nos hará experimentar la certeza de su presencia, la certeza de que aquellos dones nos vienen de él. Y escuchar su voz significará discernir en cada situación, bajo la acción del Espíritu, lo que es más conforme al evangelio, a las opciones mayores del Reino, como son la confianza en el Padre del cielo, el respeto y el amor incondicional a los demás, la opción por los pobres, la paz, la solidaridad, etc.
Y no podemos despreciar las diversas mediaciones de este encuentro. Porque, si bien es cierto que el Espíritu de Dios sopla cuando y donde quiere, también es cierto que hay unas mediaciones ordinarias que nos permiten experimentar más fácilmente la presencia del Señor y ver más claramente su voluntad. Por citar algunas, el silencio y la plegaria, la lectura del evangelio, los encuentros eclesiales, la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos.
Ocupémonos personalmente de ese Jesús y atendamos a lo que tiene que decirnos. Tomemos su palabra como una palabra humana clara y simple; juzguemos nuestra propia dirección humana y pensemos lo que podemos iniciar con ella. Así empieza un encuentro auténtico con Jesús, y no solo con los principios doctrinales del catecismo "que hay que tener por verdaderos". Sólo desde la propia experiencia vital y en diálogo con quienes van a la búsqueda de la fe y se preguntan personalmente por Jesús puede surgir la fe.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

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