martes, 21 de junio de 2011

Reflexiones en torno a Mateo 5,3 "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Hay verdades que escandalizan porque amenazan nuestra seguridad. Las negamos en actitud defensiva.
El texto propuesto a reflexión me sitúa ante mi realidad personal en medio de quienes Dios pone cada día como hermanos míos, sean creyentes , alejados o indiferentes. La pregunta que me hago es ¿me escandaliza a mi, la palabra de Jesús?. La respuesta es si me escandaliza, porque mi vida muchas veces, demasiadas veces se ve interpelada por las palabras de Jesús "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Lo más fácil es entender el concepto de pobreza como lo entiende la sociedad hoy, el concepto de pobreza tiene que ver principalmente con la carencia de dinero, el cual nos permite satisfacer nuestras necesidades para vivir con dignidad.

Pero no es a ese concepto al que se refiere san Mateo. Con la expresión “pobres en espíritu”, Mateo ataca la actitud arrogante de gente como los fariseos, personas educadas, que conocían la ley judía y que no carecían de bienes materiales. Eran bien considerados socialmente. Se sentían seguros de sí mismos, creyendo que sus propios méritos los hacía aceptos ante Dios. Jesús los llama a abandonar ese espíritu de superioridad que no les permite ver su propio mal. En Mateo, Jesús llama a que los arrogantes reconozcan su fragilidad humana, para que den lugar a una fortaleza que viene de Dios. A veces y ante los demás me siento más fariseo que humilde y “pobre en espíritu”, porque con mis pocas obras me siento más justificado que los demás.
Las palabras de Jesús en las que me recuerda (nos recuerda a los creyentes), que son las personas humildes las que son bienaventuradas o dichosas. Son los “pobres en espíritu” (Mat. 5:3) o los “humildes de corazón” (Sal. 34:18; Isa. 57:15; Sof. 2:3) los que heredarán el reino de los cielos, sean ricos o pobres materialmente.
Ser “pobre en espíritu” es, ante todo, una disposición, un modo de ser ante Dios. María, la madre de Jesús, fue llamada bienaventurada o bendita, porque con pobreza de espíritu aceptó la voluntad de Dios. En sus labios fueron puestas las palabras del Magnificat (Luc. 1:46-55), que dan testimonio de que Dios eleva al humilde pero rechaza al soberbio. Aceptar la voluntad de Dios nos cuesta y por eso nos pasamos la vida viendo a nuestro alrededor a los que no aceptan la voluntad de Dios y asi nos justificamos ante nosotros mismos, pero no ante Dios, ante Ël no nos podemos justificar porque conoce la intimidad de nuestro corazón y nuestras mas profundas razones.
Las enseñanzas de Jesús eran y son tan radicales, que hasta sus discípulos se sorprenden. Las bienaventuranzas afirman que los pobres en espíritu son personas mansas y sufridas, sometidas, desheredadas. Son quienes lloran y llevan sobre sí el dolor no sólo propio sino también el ajeno. Son quienes sienten compasión y, en consecuencia, actúan solidariamente. Al servir no buscan beneficios propios, sino que son sinceros, honestos y de corazón limpio. Son también quienes se desesperan ante las injusticias y tienen hambre y sed de justicia. Quienes son pobres en espíritu pertenecen al reino de Dios y recibirán consolación, la tierra por heredad, serán saciados, no tendrán más sed de justicia, ni sufrirán persecución, sino que vivirán en paz.
Ese Jesús, que siendo pobre no tenía ni donde reclinar la cabeza, estaba poniendo los valores de su sociedad cabeza abajo. Ese pobre Jesús, sin privilegios ni poder, atraía multitudes de pobres y les prometía el reino de los cielos. ¡Qué escándalo!. Nuestra iglesia en estos inicios del siglo XXI, debe de hacer profundo examen de conciencia desde estas palabras de Jesús y desntro de la Iglesia cada uno de nosotros.
Para mi siempre es una novedad y llamada personal la radicalidad de las palabras de Jesús,`¡ como no vamos a sorprendernos hoy si hasta sus discípulos se sorprenden cuando les anuncia que los ricos no entran en el reino de Dios (Mat. 19:23-26), y que la gente pobre tiene la bienaventuranza del reino de los cielos!.
Para mi es una llamada de atención de que la misma condición de pobreza nos puede abrir con mayor facilidad la angosta puerta para llegar a ser “pobres en espíritu”. Esta es la pobreza necesaria para gozar de las bienaventuranzas del reino. Desde la humildad de la pobreza apreciamos todo lo que nos viene de Dios y de nuestros hermanos los hombres.
Jesús pide a los suyos el desasimiento interior respecto a los bienes temporales (ya los posean o ya estén desprovistos de ellos) a fin de ser capaces de desear y de recibir las verdaderas riquezas Mt 6,24.33 13,22 Ap 2,9 3,17. Por lo demás, las posesiones materiales no son sino uno de los objetos de la renuncia total que hay que aceptar, por lo menos interiormente, para ser discípulo de Jesús Mt 10,37ss. Pero para esbozar la fisonomía completa de los «pobres de espíritu», herederos de los 'anavim, hay que notar también la conciencia que tienen de su miseria personal en el plano religioso, de su necesidad del auxilio divino. Lejos de manifestar la suficiencia ilusoria del fariseo confiado en su propia justicia, comparten la humildad del publicano de la parábola Lc 18,9-14. Por el sentimiento de su indigencia y de su debilidad se asemejan así a los niños y, como a éstos, les pertenece el reino de Dios Lc 18,15ss Mt 19,13-24.
Es para mi muy importante la relación de pobre en espíritu y la humildad.
El pobre de los salmos aparece así como el amigo y el servidor de Yahveh 86,1s, en quien se refugia con confianza, al que teme y busca 34,5-11. Los traductores griegos del salterio comprendieron bien que no se trata aquí de la sola miseria material: para traducir 'anav no pensaron en utilizar ptókhos, «indigente», o penes, pobre «menesteroso», sino que prefirieron praus, que evoca la idea de un hombre «manso», «sosegado» aun en la prueba. Con toda razón podemos nosotros también con frecuencia traducir 'atavint por «humildes» Sal 10,17 18,28 37,11 Is 26,5s. En efecto, su disposición fundamental es la humildad, esa anavah que ciertos textos del AT relacionan con la justicia Sof 2,3, con el «temor de Dios» Prov 15,33 22,4 y con la fe o la fidelidad Eclo 45,4 heb. 1,27 Num 12,3.
La pobreza incluye por supuesto la constante humildad de que nosotros que tenemos tanta familiaridad con la Palabra de Dios, esto no nos supone una garantía de salvación, sino que esta familiaridad nos debería suponer y recordar de que sino somos pobres y humildes, de poco nos sirve esta familiaridad ya que no entendemos la palabra, ni queremos vivir según la sabiduría de Dios. Muchas veces recuerdo las palabras de Jesús de que hasta los publicanos y las prostitutas nos precederán en el Reino de los cielos, si hacemos de nuestra fe un acto de orgullo y de desprecio de otros seres humanos, para nosotros alejados del plan de Dios. Nuestra fe debería de ser tan humilde que llamará la atención de los alejados y no ser tan orgullosa que los alejé aún más.

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