lunes, 25 de diciembre de 2017

Comentario a las Lecturas de La Natividad del Señor, Misa del Gallo. 24 de diciembre 2017

Comentario a las Lecturas de La Natividad del Señor, Misa del Gallo. 24 de diciembre 2017

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”
 En el silencio de una noche mágica Dios quiso transformar el mundo, simplemente, haciéndose Niño. ¿Por qué nos empeñamos en romper el mundo siendo demasiado adultos?
Ante el anuncio divino desaparece la lógica humana, o mejor dicho, se sublima la razón, se leva y se capacita para descubrir que, detrás de las apariencias humanas, está oculta la grandeza divina… Cuando uno se fía en exceso de su propio parecer, se cierra a entender, aunque sea a medias, el misterio inefable de Dios. Es preciso reconocer nuestra limitación a la hora de juzgar o explicar algunas cosas, sobre todo cuando se trata de verdades trascendentes y sobrenaturales.
En esa noche, los ángeles  interrumpieron e  interrumpen el sueño de los mortales. Algunos, como los contemporáneos del Niño Jesús, no se percatarán de su nacimiento
Otros, cerrando sus corazones, serán reflejo de aquellas otras posadas que dijeron ¡no! al paso de la Familia Sagrada
Y, otros más, entretenidos en sus cosas, en su mundo y mirando a otra parte…serán incapaces de descubrir, ver y seguir el destello de una estrella que conduce hasta el Dios Humanado.
Puede que, como los pastores, también nosotros veamos unos simples pañales, un austero portal.
Puede que, como los pastores, nuestros ojos no descubran nada extraordinario. Pero, es que en esa aparente invisibilidad del señorío de Dios, está la dignidad de su pobreza y la pobreza en su grandeza. Sólo, con un corazón sobrecogido por el misterio, podremos ver el prodigio que está contenido en un mísero establo. Nunca, tanta riqueza, se hizo tan gran mendigo para solicitar del hombre eso: cariño, amor, ternura, asombro, respeto, adoración y fe.
Posiblemente hemos de recurrir a la ayuda. Acudir, como hacen los niños, a nuestra madre la Virgen María e implorarle con humildad y sencillez que, como los pastores, también nosotros vayamos presurosos a Belén y contemplemos con asombro y alegría a ese Niño recién nacido.
 Las lecturas tienen como hilo conductor la esperanza, la fe en el obrar de Dios y la alegría que ello supone. Y todo ello centrado en la figura de un niño.

La primera lectura es del Profeta Isaías (Is 9, 2-7). El libro del Enmanuel -6,1-9,6- tiene la función de testimoniar que la palabra del profeta es la palabra de Dios y, por tanto, es una palabra que se cumplirá.
La estructura interna de este texto, que podríamos titular "la gran fiesta de la liberación y de la paz", es sencilla. En los capítulos siete y ocho, el profeta anuncia la total destrucción del reino del norte. Pero el castigo, la destrucción, no es el fin o la intención de Dios. Dios no abandona a su pueblo. El pueblo de las doce tribus volverá a reunirse y será un pueblo nuevo.
Isaías ha sido llamado, desde el tiempo de san Jerónimo, el "evangelista". Hoy las principales afirmaciones mesiánicas del libro de Isaías son sometidas a crítica, pero está fuera de toda duda que el trasfondo del anuncio de salvación de Is 9, 1-6 es un tiempo de dificultad, de inseguridad. El peligro y la insatisfacción hacían que el pueblo estuviera dispuesto a acoger el anuncio de paz que Dios le ofrecía.
El hecho histórico es la conversión del norte oriental de Palestina en provincia asiria. En este contexto histórico el oráculo es un canto de esperanza. Dios no abandona para siempre a su pueblo y a su territorio al capricho de los enemigos.
La contraposición entre luz y tinieblas, entendidas como símbolos de la salvación y condenación, tienen una referencia al lenguaje típico de la creación en la que Dios, creador de la luz, vence al caos y a las tinieblas.
La imagen de la alegría la toma del libro de los Jueces 7, 20ss. La derrota total de los madianitas. Israel deja de ser un animal encadenado reducido a trabajos forzados. El motivo de la paz y el hecho de la liberación es el nacimiento del nuevo rey. Así como en Egipto, el día de la entronización, se daban al soberano nombres nuevos así se le imponen al niño que ha nacido. Entre estos nombres no aparece el de Yavhé pero tienen un significado teológico. El poder y la plenitud que expresan superan todo lo que se puede decir del rey teocrático de Jerusalén.
Las imágenes usuales se presentan en clave escatológica. Desde esta clave interpretativa se refieren al príncipe con quien se cerrará la historia, en el que se realizarán todas las promesas hechas a la casa de David desde Natán. Celebramos su venida, pero su obra no ha llegado a plenitud. El reino de paz se está haciendo realidad pero todavía no es "la realidad".
 El profeta pasa de la descripción de una ruina total del pueblo a la de la una ocasión de esperanza y restauración. Probablemente Isaías aprovecha una pieza de la liturgia de entronización real, no para decirnos nada de un rey histórico, sino para realzar la entrada del rey ideal, mesiánico. De otro modo, no se hubiera atrevido a usar la expresión “Dios guerrero” (Dios fuerte) atribuyéndosela al Rey que viene.

El responsorial es el salmo 95 (Sal 95,1-3.11-13:) “Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Es una invitación a cantar un cántico nuevo. Este salmo nos invita con insistencia a "cantar". La palabra se repite tres veces al comienzo de las tres primeras líneas. Más adelante, por tres veces, vuelve la insistencia: "Dad gloria al Señor"... "Dad gloria al Señor"... "¡Dad pues gloria al Señor!".
Hay que recitar este salmo con los "ángeles de Navidad" que "cantaron aquella noche": "Gloria a Dios, paz a los hombres". Nosotros junto con ellos cantemos también "alegría en el cielo, fiesta en la tierra"... "¡El cielo se alegra, la tierra exulta!" "¡Gloria a Dios!" "¡Adorad a Dios!" "¡El Señor es rey! Que nuestra oración jamás olvide esta actitud. La adoración, el sentimiento de anonadamiento, es el fundamento de todo primer descubrimiento de Dios. Dios es el "totalmente Otro", el trascendente, aquel que supera toda imaginación. Y la revelación de la proximidad de Dios que se hizo "uno de nosotros", que se hizo "niño" en Navidad "no disminuye en nada este sentimiento de adoración: paradójicamente la infinidad de Dios brilla hasta en el exceso de amor que lo hizo nacer en un pesebre de animales".
El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (cf. vv. 1-9). comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal:  "cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1). Se invita a los fieles a "contar la gloria" de Dios "a los pueblos" y, luego, "a todas las naciones" para proclamar "sus maravillas" (v. 3). En el fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina:  "Cantad al Señor un cántico nuevo, (...) cantad (...), cantad (...), bendecid (...), proclamad su victoria (...), contad su gloria, sus maravillas (...), aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos (...)" (vv. 1-3).
En el al segundo cuadro, se abre con la proclamación de la realeza del Señor (cf. vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica:  "Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra" (vv. 11-13).
Toda la tierra debe unirse a la melodía. Todos debemos sumergirnos en el portento que inunda a todas las naciones, pese a que muchos de sus ciudadanos lo ignoren. De la manera que podamos debemos decirlo: NOS HA NACIDO UN SALVADOR, ES EL MESÍAS, EL SEÑOR.
Comentaba San Juan Pablo II este salmo diciendo: " San Gregorio Nacianceno, al inicio del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95:  "Cristo nace:  glorificadlo. Cristo baja del cielo:  salid a su encuentro. Cristo está en la tierra:  levantaos. "Cantad al Señor, toda la tierra" (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, "alégrese el cielo, goce la tierra" (v. 11) a causa de aquel que es celeste pero que luego se hizo terrestre" (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).
De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina "hecho terrestre", reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica:  "El Señor reina desde el árbol de la cruz".
Por esto, ya la Carta a Bernabé enseñaba que "el reino de Jesús está en el árbol de la cruz" (VIII, 5:  I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en su Primera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque "el Señor reinó desde el árbol de la cruz" (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121).
En esta tierra floreció el himno del poeta cristiano Venancio Fortunato, Vexilla regis, en el que se exalta a Cristo que reina desde la altura de la cruz, trono de amor y no de dominio:  Regnavit a ligno Deus. En efecto, Jesús, ya durante su existencia terrena, había afirmado:  "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 43-45)". (Catequesis del Papa San Juan Pablo II., en la audiencia general del miércoles, 18 de septiembre de 2002).

La segunda lectura de San Pablo a Tito (Tt 2,11-14) “Ha aparecido la gracia de Dios para los hombres”. Esta lectura quiere ofrecer el motivo fundamental del deber cristiano de santificar la vida cotidiana. Dentro de la sección 1, 5-3,11, en que se dan las instrucciones para organizar la comunidad, la perícopa de hoy trata de la estructura interna de la comunidad.
La vida cristiana tiene su fuente en la aparición y realidad de la salvación entre nosotros. Vivimos de una forma determinada porque Jesús nos ha salvado. La "gracia de Dios" de que habla la lectura es convenientemente interpretada con la aparición de Jesús entre los hombres.
La primera venida de Cristo, con todo, prepara la segunda y definitiva. A ella hay que irse disponiendo con un modo de vida acorde con la de Jesús. No vale mirar sólo hacia un pasado aparentemente remoto, sino hay que mirar hacia adelante apoyado en lo ya sucedido.
Los cristianos debemos dar testimonio de Dios con nuestra vida a fin de que sea conocido y amado.
La acción-vida del hombre es una respuesta a la acción salvífica de Dios. La "epifanía", aparición, de la gracia de Dios puesta al principio de esta lectura orienta el sentido de todas las demás afirmaciones. En la tradición bíblica las "epifanías" eran signos de la intervención de Dios. La Iglesia primitiva ha asumido este concepto para anunciar a Cristo que se manifiesta en la carne para la salvación del mundo. El texto proclama la actividad terrena de Jesús como revelación de la gracia de Dios... El hombre no se libera a sí mismo sino que debe acoger la salvación que viene de Dios.
Este texto es como la recapitulación de la fe de la Iglesia primitiva. El autor describe la acción maravillosa que Dios ha realizado en Cristo. Se anuncia el misterio de la encarnación pero se recuerda el sacrificio expiatorio y la gloria que recibe en la resurrección.


El evangelio de San Lucas (Lc 2,1-14)  Resulta sugestiva la secuencia de nombres de lugares. El relato empieza hablando de "el mundo entero", luego de Siria, después de Galilea y Nazaret, de Judea y Belén y, finalmente, de la posada y del pesebre. De esta forma, con un movimiento semejante al de una cámara que, en el marco de un vasto paisaje al que se acerca poco a poco, se fija progresivamente en un único punto, dejando todo lo demás hasta no ver más que aquel punto, el autor conduce nuestra mirada desde las lejanas fronteras del universo hasta el pesebre de Belén.
El sentido del procedimiento es fácil de entender. Porque entre los nombres de lugares, los hay relacionados con personas.
César Augusto y "el mundo entero"...; Cirino y Siria; Belén y David, finalmente, Jesús y el pesebre. Por lo tanto, el autor ha hecho desfilar sucesivamente ante nosotros a las diversas autoridades reconocidas por los hombres, con la indicación del campo en el que ejercen su poder, hasta conducirnos, finalmente, a aquel que posee la verdadera autoridad, el único verdadero poder: no ya César, reinando sobre toda la tierra, ni Cirino, el gobernador de Siria, ni siquiera David en su ciudad de Belén, sino Jesús en su pesebre, aquel a quien hay que llamar el Mesías-Señor.
El que Jesús ocupe el lugar de esas autoridades reconocidas o establecidas, se deduce de los títulos que le son atribuidos.
El es, dice el ángel, "Salvador, Mesías-Señor". En tiempos de Lucas, los romanos gratificaban a sus emperadores con los títulos de "Salvador", de "Señor"; y mucho antes, la tradición bíblica había considerado a los reyes del Antiguo Testamento, a aquellos "ungidos", "mesías", "cristos" (2 Sam 1, 14-16), como "salvadores": "El salvará a los hijos de los pobres", canta, por ejemplo, el salmo 72, a propósito del "rey" y del "hijo del rey" (vv. 1 y 4). Así, pues, a partir de "hoy", todos los monarcas humanos, sean cuales fueren, paganos o judíos, no tienen ya el privilegio de tales títulos, de los que el nacimiento de Jesús les desposee. Únicamente éste que acaba de nacer puede ser llamado y lo es verdaderamente, Salvador, Mesías y Señor.
El acontecimiento es considerable para los hombres que saben por dura experiencia que "los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen la autoridad sobre ellos se hacen llamar Bienhechores" (Lc 22, 25). Pero se ha producido un parón en esta sed de consideración y de prestigio, porque el que ahora posee la autoridad se presenta a los hombres de una forma desacostumbrada: "envuelto en pañales y acostado en un pesebre... porque no había sitio para ellos en la posada". Es comprensible que el que así nace, el que no se comporta como los poderosos de este mundo, pida un día a sus discípulos "que el mayor entre vosotros sea el que sirve" (22, 26).
El acontecimiento es, aún ahora, más considerable de lo que parece. El niño es llamado "Señor", con un título que se atribuían los monarcas terrenos pero que en el lenguaje cristiano -el del evangelista, por lo tanto- adquiere un sentido mucho más rico. Esto se ve confrontando tres pasajes de los Hechos donde se proclaman los mismos títulos que los ángeles dieran a Jesús. El primer pasaje habla de la Buena Noticia del Cristo Jesús (5, 42); el segundo, de "la Buena Noticia del Cristo Señor" (11, 20); el tercero, de la Buena Noticia de "este Jesús a quien Dios ha constituido Señor y Cristo" (2, 36). De modo que, el Señorío de Jesús, manifestado mediante su resurrección y su ascensión, que han revelado en él al Hijo de Dios (Lc 1, 35), es proclamado por los ángeles en el momento mismo de su nacimiento. Desde ese día, a Jesús se le llama "Señor", porque lo es, no solo a la manera con que se saludaba a los emperadores, sino a la manera con que Dios era celebrado en el Antiguo Testamento.
No es, pues, únicamente un Cristo, un salvador, un señor, de este mundo el que yace en el pesebre, sino el Cristo de Dios, el Señor. Sorprendente trueque de las cosas que lleva, además, en sí mismo un motivo para suscitar la convicción. Los pastores<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]>, se nos dice, verán un "signo", pero ese signo no será otra cosa que la realidad... oculta, escondida. Escondida e invisible para quienes permanecen en la noche; luminosa como la claridad angélica para quienes saben verla. Maravillosa Buena Noticia, pues: "Os traigo la buena noticia, la gran alegría".
Los pastores se encontraban en la noche antes de que se les comunicara y fuera proclamada a sus oídos la Buena Noticia; he aquí que con los mensajeros del sorprendente misterio aparece una extremada claridad, que es "la Gloria del Señor". Cambio total de las cosas, indicio de un mundo verdaderamente nuevo en el que las realidades aparecen al fin tal como son.
El secreto de la maravilla, objeto del discurso angélico, se dice con una frase muy breve cuyo sentido ha sido una lástima que lo falseara una antigua traducción: el ángel habla de los "hombres que Dios ama". El texto no insiste en esta palabra-clave que queda sin comentario. Advirtamos que el mismo término vuelve a salir en 10, 21: "el bien-querer" del Padre ("beneplácito" suena quizá peor hoy día), su "benevolencia" ha dirigido la predicación de Jesús; y la misma raíz vuelve a encontrarse en 3, 22, en las palabras que Dios dirige a Jesús, ese "hijo en quien ha puesto todo su amor". Por eso, porque los hombres son el objeto de la benevolencia, del amor divino, se opera la maravilla que convierte a la noche de los hombres tan luminosa súbitamente como el día.
Finalmente, hay que prestar atención a los personajes: José y María pasan rápidamente por la escena y dejan el lugar a dos grupos de interlocutores: el ángel del Señor, por una parte, en seguida rodeado de "una legión del ejército celestial", y los pastores, por otra. Estos últimos permanecen callados, destinados a tomar la palabra en el segundo acto. El ángel responde a su pregunta incluso sin que la hayan formulado (vv. 9 s). De este modo, los hombres quedan sorprendidos de improviso, con la boca abierta, pasivos ante la súbita irrupción del don de Dios.
Los ángeles hablan... Su discurso tiene un doble registro. Hablan a la manera de los predicadores apostólicos al publicar la Buena Noticia de Jesús, Cristo y Señor... Pero luego cantan "Gloria a Dios". Interesante yuxtaposición de los procesos: la palabra de evangelización y la palabra de alabanza, la que publica la Buena Noticia y la que formula la Gloria de Dios. No es fácil unir en una vida humana, tan bien como lo hacen los ángeles, los dos procesos; sin embargo, aquí se entrevé que están muy cerca uno de otro. El primero dice a los hombres las maravillas divinas, que vuelve a ponderar el segundo para felicitar por ellas a su Autor.

Para nuestra vida.
Las fiestas de Navidad sustituyeron, en su origen, a unas fiestas bulliciosas y desmadradas, llenas de crápula y desenfreno. Eran las fiestas que la sociedad celebraba en honor al sol invicto. Como se creía que el 25 de diciembre comenzaba el solsticio de invierno, es decir, que ese día el sol comenzaba a crecer, pues ese día comenzaban unas fiestas ruidosas y bullangueras, desmadradas, como hemos dicho, fiestas que duraban hasta el fin del año y el comienzo del año nuevo. Los cristianos participaban, como ciudadanos que eran, de la alegría de esas fiestas y también se podían ver envueltos en el clima de juergas y atropellos que se cometían en esos días. Contra estas fiestas quiso luchar la Iglesia y buscó un motivo religioso que pudiera cambiar estas celebraciones paganas por una celebración religiosa. Estamos a finales del siglo III y comienzos del siglo IV y la Iglesia dice a los cristianos que nuestro sol invicto es realmente Cristo Jesús y que debemos celebrar su nacimiento con más alegría aún que la que demostraban los paganos en memoria del nacimiento del sol.
De esa manera comenzó a celebrarse la Navidad cristiana. Frente a la alegría ruidosa y desmadrada de las fiestas paganas, los cristianos debemos manifestar en estos días una alegría igualmente grande, pero no una alegría pagana y externa, sino una alegría interior y religiosa. Siguiendo este deseo de la Iglesia, también ahora nosotros, los cristianos, debemos celebrar la <Nochebuena> y las fiestas de Navidad con gran alegría humana, interior y exterior.
 En esta noche santa debemos vestir el alma con traje de inocencia, de ilusión confiada, de fe sencilla y santa alegría. El principal motivo de nuestra alegría navideña no puede ser otro que la esperanza y la certeza de la venida de un Dios que, por amor, ha venido a salvarnos. Ha venido a salvarme a mí y, por eso, mi alegría es, en primer lugar, una alegría personal e íntima.
La alegría es una nota distintiva de estas fiestas navideñas, alegría individual, alegría familiar, alegría comunitaria, alegría interior y religiosa, alegría también social y pública.

Tanto el profeta Isaías como el evangelista Lucas y el autor de la carta a Tito nos muestran al Niño que ha nacido con palabras hermosas y llenas de contenido agradecido.

En la primera lectura, Isaías nos anuncia los acontecimientos que celebramos en esta Noche santa: Dios cumple sus promesas.
-"El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande": Las tinieblas, signo del caos y de la muerte, nos indican la situación de opresión y también de infidelidad del pueblo. La luz, signo de nueva creación y de vida, nos indica la liberación y la restauración. Este paso es motivo del gozo, comparable al de una buena cosecha o al de una victoria sobre los enemigos. La posesión de la tierra y su fecundidad están siempre en el centro de atención del pueblo de Israel.
-"... los quebrantaste como el día de Madián": La liberación y la iluminación es una acción de Dios, que se compara a la victoria de Gedeón sobre los madianitas (Jc 7, 16-23): en medio de la noche, los israelitas con antorchas encendidas y tocando los cuernos ahuyentan a los enemigos. La luz y la palabra liberan en medio de la noche.
-"Porque un niño nos ha nacido...": ¿En qué consiste esta acción de Dios? Aparentemente las palabras del profeta se mueven a nivel de una historia concreta: la continuidad de la dinastía de David. Pero los mismos términos de la profecía se abren en un sentido que va más allá de la historia menuda. Cuatro nombres de uso cortesano definen, en principio, al niño: consejero, guerrero, padre, príncipe. Pero cada uno de ellos va acompañado de un calificativo que lo sitúa en un ámbito y en una amplitud que va más allá de las realidades humanas: "Maravilla de Consejero, Dios guerrero. Padre perpetuo, Príncipe de la paz".
-"... con una paz sin límites sobre el trono de David...": la profecía de Isaías reasume la profecía de Natán, con una insistencia en su perpetuidad que desborda las posibilidades históricas: "por siempre". Su fundamento es el mismo Dios: el celo de Dios, que se puede manifestar en el castigo, se manifestará "desde ahora y por siempre" en el amor por su pueblo a través del Mesías.

El salmo responsorial nos invita a la alegría: «Cantad al Señor un cántico nuevo».
A primera vista, éste es el mandamiento imposible. ¿Cómo cantar un cántico nuevo cuando todos los cantos, en todas las lenguas, te han cantado una y otra vez, Señor? ¿Cómo puedes pedirme, que en  circunstancias a veces dramáticas,  te cante un cántico nuevo?
Sé la respuesta antes de acabar con la pregunta. El cántico puede ser el mismo, pero el espíritu con que lo canto ha de ser nuevo cada día. El fervor, el gozo, el sonido de cada palabra y el vuelo de cada nota han de ser diferentes cada vez que esa nota sale de mis labios, cada vez que esa oración sale de mi corazón.
Ese es el secreto para mantener la vida siempre nueva, y así, al pedirnos el Señor que cantemos un canto nuevo, nos está enseñando el arte de vivir una vida nueva cada día con la lozanía temprana del amanecer en cada momento de nuestra existencia. Un cántico nuevo, una vida nueva, un amanecer nuevo, un aire nuevo, una energía nueva en cada paso, una esperanza nueva en cada encuentro. Todo es lo mismo y todo es distinto, porque los ojos, que miran los mismos objetos que ayer, son nuevos hoy.
El arte de saber mirar con ojos nuevos me capacita para disfrutar los bienes de la naturaleza en toda la plenitud de su pujante realidad. Los cielos y la tierra y los campos y los árboles son ahora nuevos, porque mi mirada es nueva. Se me unen para cantar todos juntos el nuevo cántico de alabanza.
«Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra».
Este es el cántico nuevo que llena nuestra vida y llena el mundo que nos rodea, el único canto que es digno de Aquel cuya esencia es ser nuevo en cada instante con la riqueza irrepetible de su ser eterno.
«Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria».

En la epístola a Tito San Pablo escribe que "Ha aparecido la gracia de Dios...": La gracia de Dios se ha manifestado ya en JC, pero se manifestará en plenitud cuando vuelva glorioso al fin del mundo. Esta revelación histórica del plan de Dios en la persona de Jesús tiene siempre en el pensamiento de Pablo una finalidad: la salvación de todos los hombres. Por eso congrega a un pueblo que renuncia "a la impiedad y a los deseos mundanos" y vive en la expectativa del cumplimiento de esta salvación universal.
-"Él se entregó por nosotros para rescatarnos...": Dios realiza su plan salvador en la persona de JC, "gran Dios y Salvador nuestro". Así como en la antigua alianza, Dios congregó a un pueblo suyo, ahora Cristo con su muerte sacrificial reúne un nuevo pueblo, liberado del pecado y "dedicado a las buenas obras.
¿Hay que seguir "aguardando la dicha que esperamos"? Si la dicha es JC, hay que esperar y no hay que esperar: porque Él está con nosotros, pero Él tiene que venir; mientras no hayamos renunciado del todo a una vida sin religión y a una religión sin vida, hay que seguir esperando.
Toda la vida cristiana tiene su comienzo en esta aparición del Señor y Salvador que celebramos ahora. La "gracia de Dios" de que habla la lectura, ¿qué mejor interpretación puede recibir que la de la persona de Jesús?.
La moral cristiana se deja "enseñar" a través de esas manifestaciones de bondad y de gloria, siendo ella misma manifestación de la salvación en el mundo. Depende, pues, del comportamiento cristiano que el mundo crea en la salvación y espere la revelación final de Dios. En la medida en que la vida cristiana sea pura pondrá de manifiesto, en efecto, que está liberada del pecado por la Sangre de Cristo y que pertenece realmente a la soberanía de Cristo (Tt 2. 14).

El evangelio nos da el marco del nacimiento de Jesús  destacando dos aspectos:
* 1) la descripción del censo (marco universal, implicación de todos los pueblos) que lleva a José y María a Belén (lugar clave de la manifestación del Mesías davídico), vv. 1-5;
* 2) la descripción del nacimiento en Belén, indicando la colocación del niño en el pesebre, vv. 6-7. Recuerden que en Is 1, 3 encontramos: "conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento".
Lucas pone de relieve que Jesús nace en la ciudad de David, no en un alojamiento como un extraño (¡es el conocido!), sino en un pesebre, donde Dios sostiene a su pueblo. Una vez situados en un marco universal (el censo) y a la vez muy concreto (un pesebre). Le presenta la anunciación del acontecimiento a los pastores. Los pastores (que, viviendo al aire libre, velan, v.8) simbolizan la Iglesia que acoge la irrupción de la gloria de Dios en el espacio/tiempo y, al mismo tiempo, representan a todos los anawim, prototipo de los que lo esperan.
A ellos les manda Dios, antes que a nadie, el recado del nacimiento del Mesías: "Os traigo una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Mesías Señor". Ellos, marginados y despreciados por los buenos, oprimidos y explotados por los ricos, son los elegidos por Dios para conocer antes que nadie que ha nacido el Mesías; a ellos, antes que al resto del pueblo, se les comunica la buena noticia que, más para ellos que para cualesquiera otros, convierte aquella noche en nochebuena.

La Navidad es el tiempo de Dios, el tiempo de la Fe, el tiempo de la Esperanza.
Toda la sabiduría y todas las promesas bíblicas están resumidas en estas definiciones, en estas descripciones que se nos hacen de Jesús. El es el Salvador, el Mesías, el Señor. Él es Maravilla de consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Él es hoy, esta noche y durante estos días santos del tiempo litúrgico de Navidad, el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Él es la grandeza de Dios en la realidad frágil, pobre, humilde, y tierna de un niño que acaba de nacer, de un niño para el que su Madre apenas encuentra lugar donde recostarle, un niño que, anunciado por los ángeles, es adorado por unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turnos su rebaño.
De esa esperanza que es la salvación. Y no hay otra Navidad…..Por más que nos empeñemos en banalizarla, edulcorarla, maquillarla, disfrazarla y desnaturalizarla, viviendo y practicando tantas veces una Navidad sin Dios. Y no hay otra Navidad que la Navidad de Belén, la Navidad que el evangelista Lucas y el resto de los textos bíblicos de hoy y de estos días nos relatan. Algo muy distinto de las “otras navidades”.
En esta “Noche Buena” Dios se hace Niño y se manifiesta en la pequeñez y en pobreza para indicarnos el verdadero camino de la vida, la gran sabiduría de la existencia y la gran y única esperanza que nos salva.
La verdadera Navidad es la Navidad de la Esperanza. Hagamos posible la esperanza con nuestros gestos y con nuestros detalles. Esperanza es el nuevo nombre de la Navidad. Y a esa esperanza hemos de comprometer nuestra vida. Una vida sobria que significa también solidaridad, fraternidad y justicia social, Una vida honrada en el cumplimiento de la entera ley de Dios, en el respeto a los demás, en la equidad y cuyos otros nombres son también solidaridad y fraternidad. Una vida religiosa: una vida que descubra a Dios, al Dios revelado por Jesucristo, al Dios de rostro y corazón humanos, que hoy, en Belén, en Jesús, es el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Una vida, sí, sobria, honrada y religiosa. Es decir, una vida abierta a Dios y dirigida al prójimo. Una vida cuajada, rebosante y remecida de una esperanza que se basa en el amor de Dios y que se demuestra en el amor al prójimo. Hagamos posible la esperanza regalando no sólo cosas materiales, sino lo que de verdad puede hacer felices a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo:
Nos sirve para nuestro testimonio cristiano, darnos cuenta de lo que el Señor nos ofrece y nosotros recibimos: a Cristo que es Luz que ilumina las tinieblas. . Todo el que recibe la luz de Cristo, se siente hijo de Dios y portador de esta luz. Y no solamente puede llenar de luz los caminos de los hombres, sino decirles dónde está la luz verdadera. La Iglesia es hoy la luz que alumbra a todo hombre, porque es el sacramento de Cristo ante el mundo.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org



<![if !supportFootnotes]>

<![endif]>
<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]>.- En Palestina, en el tiempo en que nació Jesús, los pastores eran considerados personas de las que no había que fiarse demasiado. No gozaban de buena reputación: la gente pensaba que eran tramposos y ladrones y los acusaban de entrar con los animales y destrozar los campos ajenos, de quedarse con parte de los productos (lana, leche, cabritos) de los rebaños que no eran de su propiedad. Por otro lado, las personas religiosas les echaban en cara que no cumplían los mandamientos de Moisés, como, por ejemplo, el descanso del sábado. En realidad eran gente de clase social humilde que, quizá sólo por la comida o por muy poco más, tenían que guardar, día y noche, los rebaños de los terratenientes; incluso los sábados, mientras los dueños de los rebaños rezaban en la sinagoga.
Los pastores, precisamente porque no tenían nada, porque no contaban con nada y porque nada esperaba nadie de ellos, precisamente porque eran pobres y marginados, pudieron recibir esa noticia como buena noticia. Ellos son, en el evangelio, símbolo de todos los que caminaban en las tinieblas de la opresión y sentían sobre sus hombros el yugo de su carga; ellos representan a cuantos necesitaban que se estableciera la justicia y el derecho y que la vara del opresor fuera destrozada (véase Is 9, 13). Por eso, para ellos, el anuncio del nacimiento del liberador fue la luz que iluminó la terrible oscuridad de su existencia; y pudieron sentir con más profundidad que nadie la alegría de saberse amados por Dios, quizá el único que los quería ¡y hasta ahora no se habían enterado!

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