sábado, 18 de abril de 2015

Comentario a las lecturas del III Domingo de Pascua. 19 de abril de 2015

Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C—se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección.
La textos de la liturgia de estos domingos nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Con ello  nos presenta ya unos creyentes que han recibido el Espíritu Santo. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Es importante no olvidarlo.

La primera lectura (Act 3, 13-15.17.19) nos sitúa siguiendo a Pedro que  acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. A continuación dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús".
Vemos un Pedro fuerte y seguro en la fe." Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos". La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio radical: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor.

En el salmo responsorial de hoy (Salmo 4), pedimos que el Señor obre en nosotros, desde la humildad sabemos que necesitamos que el esté ahi junto a nosotros y actuando en nuestra vida, personal y social.
HAZ BRILLAR SOBRE NOSOTROS EL RESPLANDOR DE TU ROSTRO
Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío,
tu que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mi y escucha mi oración.
Hay muchos que dicen:
"¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?".
En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo Señor, me haces vivir tranquilo.
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

En la segunda lectura ( Primera carta de San Juan2, 1-5a) ,   se nos proclama la invitación inexcusable al  amor. "Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, no solo evangelizadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos.

El evangelio o de hoy de San Lucas (Lc.  23, 35-48) nos recuerda el núcleo de la fe y predicación cristiana: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto".
Este mensaje  es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús y las dudas correspondientes de los discípulos, de las cuales nosotros no estamos exentos. El texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. A veces su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos.
El texto del evangelio  . Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Después del encuentro del con aquellos discípulos que decepcionados, huían de Jerusalén, camino de Emaús, que nos cuenta Lucas, la narración continúa diciéndonos que presurosos ellos, volvieron a la capital para encontrarse con los demás. Los dos caminantes no quieren quedarse el gozo de su experiencia para sí y los suyos exclusivamente. Los de Emaús son, pues, los primeros misioneros de entre los seguidores del Maestro. María, la de Mágdala, la apóstol de los apóstoles.

Para nuestra vida
De la primera lectura nos encontramos con la predicación de Pedro. Anunciar los hechos ocurridos  es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.
De la carta de san Juan, se continua el mensaje del domingo anterior. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos..La Fe cristiana es comunión con Dios y con los hermanos y la comunión se expresa sensorialmente mediante la comunicación. Los hombres, cada hombre, cada cristiano, no es una isla incomunicada, protegida y solitaria.
El evangelio nos sitúa en la continuación del encuentro de Emaús. Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, - nosotros mismos bastantes veces- nos encontramos agobiados y decepcionados. Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban cabizbajos y desconcertados. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.
Surge una pregunta: ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo?  Regresamos decepcionados de muchas realidades de nuestra vida, incluso de nuestra vida de fe. No llegamos a lo que el Señor espera de nosotros.
Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras dudas o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Así recorremos los caminos de la vida, según nuestros proyectos, olvidando demasiadas veces la voluntad de Dios. Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No olvidemos que sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente.

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