lunes, 27 de junio de 2011

Jesús, es libre ante el ambiente social,

Es libre ante el ambiente social, muchas de cuyas tradiciones rompe sin vacilaciones: habla con los niños, sostiene la igualdad de sexos, deja a sus apóstoles que cojan espigas en sábado. Se opone frontalmente a los grandes grupos de presión. Habla con franqueza a las autoridades políticas. Desprecia abiertamente a Herodes llamándole «zorra» inofensiva. Es libre en la elección de sus apóstoles. No se deja presionar por los grupos violentos que quieren elegirle rey. Es libre en toda su enseñanza. Jamás mendiga ayudas ni favores. Subraya con acierto Comblin:

Jesús no pidió nada a los ricos, ni a las autoridades: ni licencia. ni apoyo, ni colaboración. No tuvo necesidad de los poderosos. Sin duda, como siempre. esa fue para ellos la mayor ofensa, lo que mas les hirió: mostró que no los necesitaba. Visita a los ricos, fariseos, personas notables: sin pedirles ayuda. Recibe a un hambre tan importante como Nicodemo: no le pide apoyo. ni una lntervención favorable, una palabra amiga en el sanedrín. Sabe que si una persona de tal consideración garatizara su buena conducta en la asamblea. seria un buen argumento a su favor. Los ricos saben perdonar muchas ofensas a quienes les van a pedir dinero o recomendación Jesús no buscó ninguna cobertura. Pilato se extrañó: esperaba ciertamente que Jesús apelase a su clemencia. Habría sido una ocasión excelente para dar muestra de su poder. Pero Jesús no quiso facilitar las cosas. para inclinar hacia él la indulgencia. Ninguna palabra para dulcificar a los judíos, ninguna palabra para calmar a Pilato: desde el principio hasta el fin de su vida, no quiso deber nada a nadie. Y se mostró siempre inflexible, sin arrogancia, pero irreductible.

Esta independencia impresionó tremendamente a sus contemporáneos a quienes llamaba la atención, más que lo que decía, el modo como lo decía: Se maravillaron de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene autoridad (Mc 1, 22; MI 7, 29). Y sus propios adversarios se verán obligados a reconocer esa libertad de sus opiniones: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas de verdad el camino de Dios y no te importa de nadie, pues no miras la personalidad de los hombres (Mt 22, 16). ¿Cuál es la última clave de esta tremenda libertad? Que Jesús es desinteresado, que no se siente preocupado por el futuro de su vida o de su obra. Esta seguridad es, tal vez, lo más sorprendente de su postura en el evangelio. Jamás le vemos tener angustia por el futuro de ese Reino que predica, jamás le encontramos planeando estrategias para el mantenimiento de lo que está creando. Y aquí vuelve a ser absolutamente diferente a todos los futuros fundadores de religiones o de cualquier tipo de empresas humanas o espirituales. Jesús deja absolutamente todo en las manos de Dios. Conocía la mediocridad de sus apóstoles, la traición de su máximo elegido y no vacilaba en dejar en sus manos el porvenir de su tarea. Comenta el mismo Comblin:

Jamás fundador alguno dejó a sus sucesores una obra tan libre, disponible, no institucionalizada. Prácticamente Jesús no dejo a los apóstoles ninguna de las instituciones de la Iglesia posterior, a no ser la instrucción de reunirse de vez en cuando para celebrar la cena en memoria suya y de su venida futura. El resto quedó totalmente abierto. Confió en el Espíritu santo dado a los apóstoles para ir definiendo las instituciones. Nunca en los evangelios aparece preocupado por ese futuro: no dijo a los apóstoles: después de mi haréis esto o aquello.

Sabia muy bien Jesús que lo que coarta la libertad de los hombres es el miedo, la preocupación por el futuro, la necesidad de seguridades. Pero él nunca necesitó nada: no tuvo propiedades, no preciso de la ayuda de los poderosos, no dejó herencia alguna, no se preparó una carrera. Contaba con una única seguridad -¡pero qué seguridad!-: la absoluta confianza en su Padre. Gracias a ella superó también el miedo a la muerte que asumió en el acto más alto de libertad que conozca la historia. No la esquivo, no buscó pactos ni componendas, no hizo concesiones a sus adversarios. Impresionó en la cruz por su serenidad a los mismos que le crucificaban. Fue, efectivamente, el más grande de los hombres. Fue también más que humano, pero fue también todo un hombre. Y la humanidad está hoy orgullosa de él. Sí, tal vez éste sea el más alto orgullo de nuestra raza: que él haya sido uno de nosotros.

J. L. MARTIN DESCALZO
VIDA Y MISTERIO DE JESÚS DE NAZARET/1
Págs. 285-306

No hay comentarios:

Publicar un comentario