lunes, 28 de marzo de 2011

AL PARTIR EL PAN...

 

En el camino a Emaús (Lucas 24, 13-35)

María BAFFUNDO



 
En las afueras de mi ciudad, una noche de tantas una mujer, María L., con sus tres hijos pequeños se encamina al basural Municipal. Como tantos otros con la esperanza de encontrar entre las sobras el alimento para la jornada.
Prefiere la noche porque la oscuridad envuelve su vergüenza, porque la humillación es menor entre las sombras, porque las lágrimas pueden fluir libremente sin ser vistas.
Atrás entre los vericuetos del cantegril, quedó su casilla y en ella su hijo mayor de 7 años, la fiebre lo mantiene sobre su jergón desde hace días porque es difícil conseguir el dinero para ir al hospital y los médicos no llegan a este barrio por miedo a los robos y los golpes.
Y más lejos aún, en el Penal de Libertad (vaya, que irónico nombre) su esposo, recluido desde hace dos años por hurto. A veces aquellos que se sientan todos los días a la mesa ante un plato de comida, no entienden que robar por hambre, para llevar pan a quién no lo tiene, no es un robo, es justicia.
Mientras piensa en él, se da cuenta que han llegado a la basura, ahora se trata de vencer la repugnancia y pelear con las ratas por una porción de pan, esta es su rutina.
Busca, elige, revuelve, se asusta y de vez en cuando coloca algo en la bolsa que lleva colgada en la cintura, sus hijos mientras tanto juegan; se esconden entre las pequeñas montañas de basura que se van formando, eligen algún que otro pedazo de juguete para aumentar los "tesoros" que tienen en su casa.
Está amaneciendo y el trabajo de toda la noche ha agotado a esta mujer, es muy poco lo que ha conseguido... se levanta y siente sobre sí la mirada de un hombre, trata de cubrirse un poco más temiendo los deseos ocultos de él, y una búsqueda de placer físico que la humillaría aún más.
Cuando se dispone a retirarse; sus ojos se encuentran con los de él y percibe en ellos una paz que la intriga y calma su temor, pero no dispone de tiempo para pararse, llama a sus hijos, y emprende el camino a su casa, angustiada, pensando que les dará cuando llegue.
El individuo se pone a caminar junto a ella y sin quererlo María L. comienza a hablar... le comparte sus penas, sus necesidades, el temor por su esposo encarcelado... ¡Su esposo! Cuanto lo extraña, no solo por ser quién se preocupaba de que no faltara nada en el humilde hogar, lo extraña por su mirada serena y su sonrisa franca, por su bondad y sus manos disponibles a dar y hacer para otros. Lo extraña por sus caricias y sus palabras de aliento que mantenían la esperanza del humilde hogar.
Le habla de sus hijos, estos que corretean alegres delante de ella, luego de la aventura de hurgar y clasificar, ajenos a la dura realidad. Estos que cada día le preguntan por papá y crecen en un ambiente hostil al cual ella sola no puede hacer frente. Le habla de su hijo enfermo, de la fragilidad de su cuerpo que día a día se nota en sus huesos y en su piel y su necesidad de curarlo y de que esté bien.
Le habla de ella misma y su presencia en el cantegril, de tantos que la miran con lujuria y buscan ayudar para obtener de ella el pago con su cuerpo, al favor concedido, de cómo se siente indefensa frente a ellos y llora por las noches.
El hombre se limita a escuchar, y mirar, pero María L. abre su corazón y se siente reconfortada, tanto que sin darse cuenta llega a su casilla...
El desconocido hace ademán de seguir de largo, pero ella se lo impide:
- "Venga, quédese aquí, refrésquese del camino y comparta con nosotros, es poco lo que tenemos, pero nos alcanzará... por cierto, no nos presentamos, me llamo María L. ¿y usted?".
- "Simplemente Jesús" - contesta el desconocido.
Al entrar en la pieza, Jesús descubrió en un rincón al pequeño afiebrado, con ternura se acerca, lo toma de la mano, lo incorpora y bendice... pronto el niño estará mejor.
María L. coloca un trozo de nylon sobre el cajón que hace las veces de mesa, dispone en un plato de lata algunos trozos de pan, una botella de plástico con agua fresca que fue a buscar a la canilla pública y está todo pronto para compartir... Jesús se sentó con ella y sus hijos, mientras la más pequeña jugaba con su barba.
Tomó entre sus manos el pan, lo partió, volvió a bendecir levantando su mirada y repartió el pan... un pan que como por arte de magia se había vuelto tierno y fresco, que se partía y repartía y nunca acababa.
María L. no salía de su asombro, y se contagió de la risa de su niño que desde el rincón pedía más, y de la pequeña que con esmero juntaba las migajas que caían de sus labios...
Pronto la luz de la mañana iluminó la casilla, pero una luz más fuerte iluminó el corazón de María L. al compartir su vida con el desconocido del camino. Con ese quién realizó un milagro ante sus ojos al partir el pan, sí, pero un milagro mucho más grande había realizado en su propio ser... en su mesa aún quedaba mucho pan, tanto como para que a sus vecinos también alcanzara el prodigio, y el agua fresca parecía que la renovaba por dentro.
Jesús se puso de pie para irse, saludo a cada uno de los niños con una palmada en la cabeza y una mirada llena de cariño, con la cual envolvió también a María L.
Al llegar a la puerta volvió sobre su pasos y dijo:
- "Ah, por cierto María Libertad, mi Padre me ha enviado para decirte que mañana tu esposo Juan volverá a la casa, su prisión ha terminado, llegó por fin un tiempo nuevo... "
Cuando María Libertad intentó responder, Jesús se había ido, dejando su corazón encendido, y ella corrió por las callecitas del cantegril, despertando a sus vecinas para contarles de su encuentro con un desconocido, del pan partido y de la buena noticia que por Él había recibido...
 
Hna. María de los Ángeles Baffundo
Instituto "María Auxiliadora"
Canelones 1701 - CP 11200
Montevideo - Uruguay
Email: mailto:%20ima1@adinet.com.uy

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