Las tres lecturas de este domingo tienen un hilo conductor eclesiológico. Permiten proponer tres aspectos complementarios del misterio de la Iglesia, siempre en relación con la perspectiva pascual propia de este tiempo.
La Iglesia, lugar del
encuentro. Los primeros discípulos de Jesús ofrecieron al mundo un modelo de
fraternidad. Siguiendo el camino de Jesús, aprendieron a superar las
diferencias y a resolver los conflictos con amor.
Organizaron la convivencia para
favorecer la vida, no para complicarla: para fomentar la comunión entre
hermanos, no para establecer diferencias, rangos y dignidades.
Construyeron la comunidad sobre el único fundamento que es Cristo, el Señor resucitado. Pedro dice de ella que es templo del Espíritu Santo, es decir, ámbito del encuentro con Dios en Jesucristo. Todos los miembros de esta comunidad constituyen un sacerdocio real, un pueblo de reyes y sacerdotes.
Un pueblo en el que, por tanto,
ya no hay reyes o sacerdotes que mediaticen la libertad de los hijos de Dios y
se interfieran en las relaciones de cada uno con el Padre. Pero la Iglesia
todavía no es el reino de Dios.
La primera lectura es del libro de los hechos
de los apóstoles (Hech 6, 1-7), presenta los seis primeros versículos del cp.
6º de los hechos. Los capítulos del 6,1 al 9,31 forman un grupo de
transición dentro de la primera parte del libro de los Hechos (3,1-14,28). Lo
denominamos de transición porque se
ensancha la actividad del grupo apostólico, y otros colaboradores entran en él.
En
el texto se nos presenta los dos tipos de personas que existían en los orígenes
de la Iglesia: los judeo-cristianos y los cristianos helenistas.
Los
del primer grupo hablaban arameo, eran de mentalidad semita, leían la Escritura
en hebreo y, como es natural, se sentían muy ligados a las tradiciones judías,
sobre todo en cuanto a la sinagoga y el templo. Cumplían de forma estricta la
ley de Moisés, incluyendo desde luego la circuncisión. Como buenos judíos, eran
queridos por el pueblo y defendidos por los fariseos.
El segundo
grupo (que el texto llama "de lengua griega") lo constituían gentes
que procedían de las colonias judías situadas en las riberas del Mediterráneo.
Hablaban griego común, su mentalidad era muy occidental, leían las Escrituras
en griego y no mostraban tanto apego a la ley mosaica como los palestinos. Su
estilo era urbano y su posición económica desahogada.
En el Cp. 6º, comienza
un aspecto nuevo entre los cristianos. Aparecen los testigos del servicio de la
caridad, los que después fueron los «diáconos». Estos testigos, hombres llenos
del Espíritu y de sabiduría, son los siete primeros colaboradores de los
apóstoles, con Esteban como jefe.
El
fragmento de hoy se entiende tradicionalmente, como la institución
apostólica de los siete diáconos, proyectando espontáneamente en ese lugar los
orígenes de una figura ministerial que con trazos precisos existía en la
Iglesia por lo menos desde los inicios del siglo II. Es posible que la
redacción de Hechos, que acostumbra hacer una lectura actualizadora de la
historia de la comunidad primitiva, quiera aludir al último grado de la
trilogía obispos-presbíteros-diáconos que ya tomaba cuerpo a finales del siglo
I. El «grupo de los siete» es el diaconado u organización ministerial
subalterna de los apóstoles, nacida para atender a la comunidad de los
creyentes helenistas, diferenciada religiosa y culturalmente de los creyentes
hebreos, y discriminada por este grupo mayoritario y dirigente. La función que
de momento se subraya más es la de liberar a los apóstoles de tareas
subsidiarias, como era «servir a la mesa»
y cuidar de las viudas, «mal atendidas en
el servicio cotidiano» (vv 1.2).
Al
leer este relato constatamos que algo ha cambiado en la comunidad cristiana.
En
primer lugar ha habido un crecimiento («aumentaba
el número de los discípulos»). Esto provoca una crisis de crecimiento («los
de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea»). Y esta crisis, bien
conducida, lleva a una descentralización («no
está bien que nosotros desatendamos la palabra de Dios para servir a la mesa»).
La elección de los colaboradores la realiza la misma comunidad que ha de
recibir sus servicios. Una vez presentados los hombres escogidos, los apóstoles
hacen la plegaria de bendición y de acción de gracias, porque ha aumentado el
número de los elegidos. A continuación invocan al Espíritu Santo, distribuidor
de los dones, y les imponen las manos como un signo de la comunicación de este
mismo Espíritu.
Esta
lectura, muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo
en su « tarea administrativa» y en su dedicación «a la oración y al servicio de la palabra». Del mismo modo que el
Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y
anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres
del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales,
así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin
que por ello se pierda su unidad. Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar
de estar con los suyos en el mundo; el Espíritu que él les envía es Espíritu
divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.
El
responsorial es el Salmo
32, (Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 ) Este salmo, dividido en 22 versículos,
tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al
Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus
primeras palabras: "Aclamad,
justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor
con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico
nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto,
esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una
voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es
"nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina
dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque
anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación
definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.
Himno, con la estructura
típica: introducción, motivos, conclusión.
(vv. 1-3).Invitación a la alabanza, «Aclamad, justos... los vítores con bordones»
con acompañamiento musical. Los «buenos» o «justos» son la comunidad litúrgica
del pueblo escogido. Alabanza y acción de gracias se encuentran con frecuencia
unidas.
VV. 4-5: Celebración de la Palabra de
Dios: «Que la Palabra del
Señor... él lo mandó y surgió». Primera motivación genérica: «palabra,
acción, justicia, misericordia». En cierto modo, el cuerpo del himno desarrolla
estos temas.
VV. 16-19: Reflexión sobre la verdadera
ayuda y salvación: «No vence
el rey... en tiempo de hambre» La salvación: referida a la situación bélica
y al peligro mortal del hambre.
La antífona esta tomada de la
Conclusión: «Nosotros aguardamos... como
lo esperamos de ti» (vv. 20-22) "Que tu misericordia, Señor, venga sobre
nosotros, como lo esperamos de ti." (v. 22).
El Creador de los corazones es
el Señor y el juez de los hombres. Para unos es una mirada protectora; para
otros, amenazadora. Los primeros se han entregado al Señor, los otros confían
en sí mismos. Pero un mismo Señor juzga a unos y a otros. Ante el conocedor de
nuestras intenciones afirmamos nuestra debilidad y su fortaleza, y esperamos
que nuestras vidas sean liberadas de la muerte -la suprema debilidad- por su
infinita misericordia.
La segunda
lectura es de la Primera carta del apóstol San
Pedro (1 P 2, 4-9)
Una parte, al menos, de la primera carta de Pedro, parece ser una especie de
cuaderno-guía para la celebración de la liturgia cristiana de Pascua.
En este pasaje se trata de los
creyentes y de su comunidad, que como en otros libros del NT aparece con la
imagen del templo y de la construcción.
Es interesante que los templos
de los cristianos sean las personas y no los edificios, aunque esto ha sido
bastante olvidado en la conciencia posterior, volviendo a una idea
veterotestamentaria o de religión en general, en la cual el templo físico tiene
una gran importancia.
La antigua alianza ha sido
elaborada en las faldas del Sinaí, monte al que el pueblo no podía acercarse
bajo pena de muerte (Ex 19, 23); la nueva alianza se tramita y queda
establecida para siempre en torno a una "nueva roca", una "piedra"
viva que es Cristo resucitado; una piedra a la que, en oposición a lo que
sucede con el monte Sinaí, todos pueden acercarse (v. 4).
El nuevo pueblo acude a
reunirse bajo la protección de una persona que dio muestras de su divinidad
sobre todo en su muerte y resurrección ("rechazado..., pero escogido", v. 4).
Reunidos
en torno a Cristo, los cristianos constituyen de este modo un templo
espiritual, pues su ofrenda no consiste ya en simples ritos, sino en actitudes
personales (v. 5) y su adhesión a Cristo deja de ser una cuestión de ablución,
para convertirse en fe y compromiso (v. 6-8), y ello desde una opción personal
hacia El (vs. 7-8). Por la fe, todos tenemos acceso a Cristo y a la nueva vida,
participamos en su resurrección y somos también nosotros "piedras vivas". Sobre el fundamento
que es Cristo, construimos "el
templo del espíritu", que es la iglesia .
El
v. 9 contiene la idea esencial del pasaje. Los cristianos constituyen el nuevo
Israel, pues poseen las prerrogativas contenidas en el título que Dios concedió
al pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto.
Se
trata de una comunidad de creyentes, no tanto de una institución oficial que es
mera mediación y no es identificable sin más con la comunidad total, se dicen
los títulos del v. 9. El peligro aquí radica de predicarlos de la Iglesia
oficial sin más, y entonces es necesario ser muy torpe para ver que esta
comunidad no merece esos títulos sin más ni más. Aunque sean inseparables la
Iglesia visible y la invisible, tampoco se pueden identificar simplemente. Lo
esencial es la comunidad de creyentes, unida en fe y adhesión a Cristo. De ella
sí se dicen esas cosas.
La
comunidad se fundamenta en Cristo como cimiento total y absoluto. Lo importante
es entender bien la imagen de Cristo como fundamento. Lo más claro es poner la
Resurrección de Cristo, o Cristo Resucitado que es lo mismo, como tal
fundamento. No es el recuerdo del Cristo histórico, y ni siquiera son los
propios actos del Jesús terrestre, por importantes que sean. De Cristo glorioso
brota la vida de los hombres.
Tras
la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se
construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la
humanidad, y los que lo construyen como «piedras vivas» son al mismo tiempo los
sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como
«sacerdocio real». Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios
materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con
sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está
construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello
participa también de su destino, que es ser tanto la piedra angular colocada
por Dios como la «piedra de tropezar» y la «roca de estrellarse» para los
hombres. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como
«signo de contradicción», «para que muchos caigan y se levanten»
Aleluya jn 14, 6
yo soy el camino, y la verdad, y la
vida --dice el señor--; nadie va al padre, sino por mí.
El evangelio es de San Juan (Jn 14, 1-12), se enmarca en la situación motivada por la marcha
de Judas (Jn. 13, 30). Esta marcha enfrenta a los discípulos con
una situación nueva, derivada de la desaparición de Jesús (cfr. Jn. 13, 33).
¿Qué será de los discípulos en esta situación? ¿Cuál es su función? A estas
preguntas responde el evangelio.
La
marcha de Jesús y el miedo ante un mundo hostil hace nacer en los discípulos
una profunda angustia que corre el peligro de hacerlos sucumbir. Jesús quiere
confortarlos mostrándoles que su marcha constituirá un paso serio para una
unión de carácter más íntimo que la que ahora tienen entre ellos, por la fuerza
del Espíritu. El miedo atenaza muchas veces al que cree en Jesús. Su fuerza y
su palabra le liberan.
En
esta clave hay que entender las palabras de Jesús: "No perdáis la calma". Lo dice Jesús en un momento en el que
las cosas estaban mal para Él y para los suyos. Lo van a matar, que es el
acontecimiento por excelencia que puede alterar a un ser humano, y aquellos
hombres a los que ha llamado desde diversos sitios y que han convivido con Él
van a quedar desbordados por los acontecimientos. Era de lo más importante, por
consiguiente, la recomendación de Jesús.
Los
v.v. 1-11 son una invitación al consuelo y a la confianza. Estos versículos
sólo los podrá "entender" quien haya vivido la experiencia del
desconsuelo y del abandono por la pérdida de un ser querido.
Ante
el desconsuelo que su muerte desencadena en los discípulos (v. 1a), Jesús les
habla de un reencuentro en la casa del Padre, de un volverse a ver, de un
camino que lleva a ese reencuentro (vs. 2-4). A la hora de interpelar los vs.
2-4 hay que evitar el peligro de la racionalización. Racionalizar o de estancias
diferenciadas. Otro ejemplo: preguntarse cuándo tiene lugar la vuelta de Jesús
(manifestación solemne de la Parusía; cuando uno muere). El v. 3 no dice nada
de esto; simplemente está usando unas imágenes, poniendo una comparación. Todo,
para decir lo único que en una situación así importa: me voy, pero nos
volveremos a ver.
El segundo ruego de Jesús es
una invitación a la confianza, a fiarse del Padre y de El (v. 1b). El
desarrollo-justificación de este ruego se realiza en forma de preguntas y
respuestas (vs.5-11). Las preguntas de los discípulos aferran la dificultad
que, en última instancia, una tal invitación plantea: ¿Cómo saber que podemos
tener confianza? ¿Dónde está la base segura y la fuerza motora de esa
confianza? Frente a la mística gnóstica contemporánea, preocupada por conocer
la vía de la inmortalidad, el itinerario a seguir en el otro mundo a través de
las esferas celestes, Juan propone la mística realística de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".
El que cree en Jesús no tiene necesidad de ninguna otra gnosis o doctrina de
salvación; está ya seguro de llegar a la meta y ya la está tocando desde ahora.
Camino frente a todos los otros
caminos, que Jesús personalmente es el camino salvífico del hombre hacia Dios,
al lado del cual para la fe no cuentan para nada ni el camino soteriológico
judío de la piedad nomista (la tora) ni el gnóstico de un conocimiento
puramente interno de la salvación.
Jesús
verdad de Dios que sale al encuentro del
hombre; con él han venido la gracia y la verdad (1,17). Esa verdad que sale al
encuentro, que es objeto de experiencia y que habla, es la que hace al hombre
libre: "Si vosotros permanecéis en
mi palabra, sois verdaderamente discípulos míos: conoceréis la verdad, y la
verdad os hará libres" (Jn. 8,31). En contacto con Jesús y su mensaje
el hombre encuentra la verdad y realidad liberadora de Dios: experimenta la
verdad en Jesús como salvación y como amor; puede ser de la verdad. Cierto que
esa verdad nunca se convierte en posesión disponible. Lo decisivo para la fe es
que la verdad liberadora sólo se experimenta en el encuentro con Jesús y su
palabra; tiene que ser otorgada al hombre. Pero en Jesús se nos da de hecho y
de forma permanente. De ahí que hable el deseo humano de la suprema verdad y
sentido de una manera insuperable.
Jesús vida: en conexión con el
pensamiento veterotestamentario y judío la vida (o la vida eterna) se convierte
en palabra clave para la salvación; es decir, para todo aquello que la
revelación tiene que ofrecer al hombre. La fe dice que la vida humana sólo
alcanza su plena consumación en la comunión con Dios. Podemos calificar esa
concepción como una calidad de vida escatológica. Justamente eso es lo que
preocupa al cuarto evangelista: la lejanía de Dios, como ausencia de sentido, de
felicidad y alegría es lo que constituye el problema más grave y la auténtica
enajenación de nuestra vida; mientras que la vida verdadera, como podría
ofrecerla la revelación, consiste en que por Jesús se nos brinda la comunión
divina. Jesús, el Hijo del hombre, es el donador de vida escatológica.
Jesús es además el que revela
al Padre.
Dícele Felipe: "Señor, muéstranos al Padre..." La
súplica formula el deseo de una contemplación de Dios. En ese deseo de
contemplar directamente la divinidad en toda su plenitud, se condensa la
quintaesencia de todo anhelo religioso, el anhelo de que en el encuentro con
Dios se nos abra el sentido del universo.
El reproche "Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me
has conocido, Felipe?", remite al trato con el Jesús histórico.
Conocer a Jesús equivale justamente a reconocerle como el que revela a Dios.
Sobre Jesús se pueden decir muchas cosas. Cuando no se ha encontrado ese punto
decisivo, es que aún no se ha dado con el lugar justo para hablar de Jesús, por
seguir moviéndose siempre en preliminares y cuestiones acusatorias.
"El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre". En el encuentro con Jesús
encuentra su objetivo la búsqueda de Dios. Pues ése es el sentido de la fe en
Jesús: que en él se halla el misterio de lo que llamamos Dios. Por lo demás, el
"ver a Jesús", de que aquí se trata, no es una visión física, sino la
visión creyente. La fe tiene su propia manera de ver, en que siempre debe
ejercitarse de nuevo.
Se
da ahora la razón de por qué la fe en Jesús puede ver al Padre: "¿No crees que yo estoy en el Padre y
que el Padre está en mí?" Hallamos aquí una forma de lenguaje típica
de Juan (fórmula de inmanencia recíproca), para indicar que Jesús está "en
el Padre" y que el Padre está "en
Jesús". En esa fórmula, se manifiesta la íntima relación y comunión
entre Dios y Jesús. Que Jesús "está
en el Padre" quiere decir que está condicionado en su existencia y en
su obrar por Dios, a quien él entiende como su Padre; y, a la inversa, que Dios
se revela a través de la obra Jesús, hasta el punto de que "en Jesús" se hace presente. Se
comprende que la verdad de esta afirmación sólo se manifiesta en la fe, y no en
una especulación sobre Dios que pueda separarse de la fe. Y que la fe pone al
hombre en una relación viva con Jesús y, justamente por ello, en una relación
viva con Dios, asegurando una participación en la comunión divina. (...)
Jesús
nos ofrece la garantía absoluta de que
Dios existe y de que es Padre. (v. 12).
A
la invitación al consuelo y a la confianza sigue ahora la invitación a la
acción. En ausencia de Jesús, los discípulos deben desempeñar entre los hombres
el mismo papel que Jesús ha desempeñado entre ellos. La fe de los discípulos no
es un término, sino un punto de partida. Y un punto de partida con unas repercusiones
mayores que las de Jesús, porque la actuación de los discípulos no estará
limitada al estrecho marco judío, como fue el caso de Jesús. Los discípulos
deberán ser para los demás hombres testimonio de consuelo y testimonio de
confianza en el Padre y en Jesús; deberán ofrecer la garantía de que Dios
existe y de que es Padre.
Termina
el texto dándonos Jesús la razón de su afirmación anterior: los discípulos
harán obras como las suyas, y aun mayores, porque desde su nueva condición de
resucitado él seguirá actuando con ellos. Las obras no serán fruto únicamente
de la acción de los suyos, sino principalmente de su oración junto al Padre.
Los discípulos no están solos en su trabajo ni en su camino. La comunicación de
Dios con los hombres será constante a través de la mediación de Jesús.
Las obras llegarán a feliz
término si están maduradas por la oración. Jesús repetirá varias veces que las
peticiones hechas en su nombre serán escuchadas siempre (Jn 15,16;
16,23.24.26). Al insistir en la promesa de que él mismo escuchará la oración de
sus discípulos, Jesús trata de inculcarles e inculcarnos que toda nuestra
actividad es en realidad obra suya. No especifica el contenido de esa oración;
pero es evidente que no pueden ser intereses humanos y personales, sino únicamente
lo que necesiten para llevar adelante la obra de su Maestro.
Para nuestra vida
La
primera lectura nos orienta hacia otra faceta del misterio de la Iglesia. Nos la muestra como una sociedad humana, compuesta por
hombres y mujeres normales. Asistimos a la primera crisis (crisis de
crecimiento: "al crecer el número de
los discípulos") y a las primeras tensiones (entre el grupo de los
"helenistas", que hablaban
griego, y el grupo de los "hebreos",
que hablaban arameo y leían la biblia en hebreo).
La comunidad cristiana
primitiva solucionó aquel problema organizando mejor entre sus miembros el
servicio, la "diakonía".
La necesaria
institucionalización se hace en función de las necesidades y con la
participación de los afectados y no con un modelo previo al que se hayan de
adaptar las nuevas situaciones.
En esta descentralización es
consecuencia de una exigencia de fidelidad a la misión apostólica en lo que
tiene de esencial: la plegaria y el servicio de la palabra. Esta plegaria
apostólica y litúrgica, con la enseñanza, es uno de los componentes básicos de
la comunidad cristiana. Plegaria y servicio de la palabra son dos aspectos
complementarios de una misma tarea: la dedicación a la palabra de Dios, sin
dualismos y sin subordinaciones innecesarias. Esto es válido entonces y ahora.
En
el nuevo pueblo de Dios, todo ha de entenderse como servicio humilde
(el número siete era para los griegos símbolo de universalidad, como lo era el
número doce para los judíos). En la Iglesia de Cristo todo es servicio: servicio
de la Palabra, servicio de la oración, servicio de las mesas. Todos son
"servidores" -"diakonoi"-, empezando por los responsables
de la comunidad. De una manera u otra, todos están al servicio de la comunión.
El modelo supremo, la referencia última obligada, es el gran Acto de Servicio
que realizó en la cruz aquél que "no
vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por todos"
(Mc. 10,5). A partir de aquel momento, en la Iglesia el servicio no se practica
como un gesto aislado, sino como estilo de vida.
Otro
aspecto que llama la atención de ese suceso es lo que llamaríamos la dialéctica
entre comunidad y ministerios. Estos se ven como una función al servicio de la
comunidad, que los crea, institucionaliza y les da la fisonomía que conviene.
Una lección que para evitar esclerosis paralizantes no debiera haber olvidado nunca
la pastoral de los ministerios y que hoy urge aprender y poner en práctica de
manera urgente.
La
primitiva comunidad hoy nos da un
ejemplo de madurez. Es posible que en nuestras respectivas comunidades
necesitemos releer y meditar seriamente esta página que, como otras tantas de
los Hechos, establecen criterios fundamentales para la vida de la comunidad.
Estamos
viviendo la Pascua y el viento del Espíritu debe airear nuestras comunidades
cristianas. La Iglesia, en su liturgia, insiste en presentarnos el ideal de los
primeros cristianos a través de sus gestos y palabras, para que hoy el árbol no
nos impida ver el bosque. Cambiar lo caduco, vitalizar lo anquilosado,
purificar lo superficial... son tareas que nos incumben a todos. Pascua es
también dar vida a las piedras muertas del Templo del Espíritu; porque hemos
sido convocados para «proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las
tinieblas para entrar en su luz maravillosa».
El salmo de
hoy, nos va introduciendo en el plan de
Dios es un plan de salvación que no pueden frustrar los planes humanos
adversos; que incorpora en su realización las acciones de los hombres,
conocidos por Dios.
La
confianza, como enlace del hombre con el plan de Dios, se convierte en factor
histórico activo, para encarnarse en la historia de la salvación. Como el plan
de salvación de Dios no tiene límites de espacio o de tiempo, así este salmo
queda abierto hacia el desarrollo futuro y pleno de dicha salvación, queda
disponible para expresar la confianza de cuantos esperan en la misericordia de
Dios.
El
autor del salmo 32 pudo tener como trasfondo de su himno alguna de las
gloriosas liberaciones de su pueblo. En su lenguaje se trasluce el eco de unos planes de las naciones
deshechos, de unos proyectos
frustrados, de unos habitantes
del orbe que tiemblan
ante el poder de Dios, de un rey
que no vence por su
mucha fuerza, de unos caballos
que nada valen para
la victoria.
Así comenta San Juan Pablo II
este salmo: “ 1. El salmo 32, dividido en
22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto
de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría
desde sus primeras palabras:
"Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas;
cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv.
1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es
expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El
cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia
divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque
anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación
definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.
San
Basilio, considerando precisamente el cumplimiento final en Cristo, explica así
este pasaje: "Habitualmente se
llama "nuevo" a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en
el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier
imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas
con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida
por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces
cantas un cántico nuevo e insólito" (Homilía sobre el salmo 32, 2: PG 29, 327). En resumidas cuentas, según san
Basilio, la invitación del salmista, que dice:
"Cantad al Señor un cántico nuevo", para los creyentes en
Cristo significa: "Honrad a Dios,
no según la costumbre antigua de la "letra", sino según la novedad
del "espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino
que reconoce su "espíritu", canta un "cántico nuevo""
(ib.).
2.
El cuerpo central del himno está articulado en tres partes, que forman una
trilogía de alabanza. En la primera (cf. vv. 6-9) se celebra la palabra
creadora de Dios. La arquitectura admirable del universo, semejante a un templo
cósmico, no surgió y ni se desarrolló a consecuencia de una lucha entre dioses,
como sugerían ciertas cosmogonías del antiguo Oriente Próximo, sino sólo
gracias a la eficacia de la palabra divina. Precisamente como enseña la primera
página del Génesis: "Dijo Dios... Y
así fue" (cf. Gn 1). En efecto, el salmista repite: "Porque él lo dijo, y existió; él lo
mandó, y surgió" (Sal 32, 9).
El
orante atribuye una importancia particular al control de las aguas marinas,
porque en la Biblia son el signo del caos y el mal. El mundo, a pesar de sus
límites, es conservado en el ser por el Creador, que, como recuerda el libro de Job, ordena al
mar detenerse en la playa:
"¡Llegarás hasta aquí, no más allá; aquí se romperá el orgullo de
tus olas!" (Jb 38, 11).
3.
El Señor es también el soberano de la historia humana, como se afirma en la
segunda parte del salmo 32, en los versículos 10-15. Con vigorosa antítesis se
oponen los proyectos de las potencias terrenas y el designio admirable que Dios
está trazando en la historia. Los programas humanos, cuando quieren ser
alternativos, introducen injusticia, mal y violencia, en contraposición con el
proyecto divino de justicia y salvación. Y, a pesar de sus éxitos transitorios
y aparentes, se reducen a simples maquinaciones, condenadas a la disolución y
al fracaso.
En
el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: "Muchos proyectos hay en el corazón del
hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).
De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada
trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los
insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.
"Dondequiera
que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el
ojo de Dios te mira", comenta san Basilio (Homilía sobre el salmo 32,
8: PG 29, 343). Feliz será el pueblo
que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando
por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: “El
plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en
edad" (Sal 32, 11) “ . (San
Juan Pablo II. Audiencia general del miércoles, 8 de agosto 2001. El salmo 32,
un himno a la providencia de Dios).
En la segunda lectura, san
Pedro nos ofrece una de las más bellas descripciones de la Iglesia, pueblo
sacerdotal, templo de Dios. Es
una construcción "espiritual", no en el sentido de realidad
"invisible", sino por estar construida y habitada por el Espíritu
(cf. 1 Co 3. 15): la cohesión mutua de las piedras vivas que la conforman es
obra del Espíritu.
El
tiempo pascual es el tiempo de los sacramentos de la iniciación cristiana, que
definen la condición del cristiano como comunión con la Pascua del Señor. Estas
piedras vivas "entran en la
construcción del templo del Espíritu" por el sacramento del Bautismo,
primera experiencia pascual del cristiano, que lo deja consagrado para toda la
vida. Sin apartarse de la imagen y del texto de Pedro, cabe hablar del origen
pascual de esta construcción espiritual que es la Iglesia: descansa sobre
"la piedra escogida y preciosa"
que los constructores desecharon, el Señor Jesús, a quien crucificaron los
hombres, pero Dios hizo "piedra angular" de la Iglesia. La nueva creación que llega a
ser el cristiano por su incorporación a Cristo realizada en el bautismo alcanza
hoy su dimensión comunitaria o de pueblo de Dios. Todo esto se describe con una
terminología sacada del A.T. y aplicando a los creyentes en particular y en
cuanto son comunidad -en cuanto nuevo y definitivo pueblo de Dios- lo que
Israel estaba destinado a ser en virtud de su elección.
La
comunidad cristiana se describe con la imagen de una casa o templo que se va
edificando por la incorporación a Cristo -piedra fundamental- de cada uno de
los miembros y por la fuerza del Espíritu Santo que habita en ellos: de ahí que
se trate de un "templo del Espíritu"; todos los que lo forman son
llamados "un sacerdocio sagrado, una raza elegida, un sacerdocio real, una
nación sagrada, un pueblo adquirido por Dios".
Todas
estas imágenes, tomadas del pueblo de la Antigua Alianza al de la Nueva (al que
Dios ha llamado, como en un nuevo éxodo, "a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa"),
indican la misión de todos los creyentes no como miembros individuales, sino
como pueblo. Por medio del bautismo se forma parte de este pueblo escogido que
debe hacer de su vida entera un culto y una donación a Dios. En medio de la
diversidad de personas que forman este pueblo, su vocación es común y puede
realizarse por la fuerza de la Palabra (cfr. 2, 2) y del Espíritu.
El evangelio está enteramente proyectado
hacia las "estancias del cielo".
En
continuidad con las dos lecturas anteriores, cabe interpretarlo también en
clave eclesiológica. Así la Iglesia aparece como un pueblo en marcha hacia la
casa del Padre, guiada por el Hijo resucitado. Su gran esperanza es volver a
estar con su Señor, que ha llegado a la comunión total con el Padre. Su destino
último y definitivo es entrar también ella en la familiaridad perfecta con Dios
("morada", en el lenguaje de Juan, es expresión de comunión con
Cristo y con Dios). La Iglesia ya "ha sido iniciada en los misterios de tu
Reino", gracias a los sacramentos pascuales de la iniciación cristiana.
Está llamada a vivir, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna y a
convertirse, para los hombres, en sacramento del Reino, de suerte que su vida
"sea manifestación y testimonio de esta realidad que conocemos".
Parece
evidente que ningún hombre se encuentra donde quiere, pues todos vamos detrás
de nuestros deseos y proyectos, cuando no huimos de nuestros temores y
necesidades. En este caso es de suma importancia hacerse la pregunta por el
fin, si no queremos perder el tiempo y el sentido de la vida. Si no queremos
perder también la libertad, porque solo es libre el hombre que sabe adónde va. El
evangelio de hoy ante la pegunta de todo hombre, -¿Adónde vamos...? nos
presenta a un Jesús que se autocalifica como camino, verdad y vida, y nos
invita a seguir esa senda que es él mismo. Jesús se nos presenta, a los
apóstoles y a nosotros, como aquel que da sentido pleno a la existencia, como
el que es capaz de satisfacer nuestro deseo de felicidad, de gozo, de vida
plena. Siguiéndole a él, aceptándolo a él como camino, yendo con él, todos los
valores humanos, todas las esperanzas e ilusiones humanas se hacen más plenas,
más ricas; todos los esfuerzos que hacemos los hombres al servicio de una vida
mejor pueden llegar más a fondo, pueden alcanzar una amplitud insospechada.
La eucaristía celebrada entre
hermanos es la realización más clara y concreta de ese ser camino, verdad y
vida que Jesús es, y, al mismo tiempo, de aceptar esa realidad de Jesús por
parte nuestra. Que nosotros nos reunamos aquí para celebrar la memoria de la
cena de Jesús con sus amigos el Jueves Santo significa que queremos seguir el
camino-Jesús. Esta realidad que ahora celebramos aquí debe ser constante en
nuestra vida, no sólo una realidad para vivir un rato el domingo.
"No perdáis la calma". Lo dice Jesús en un momento en el que
las cosas estaban mal para Él y para los suyos. Lo van a matar, que es el
acontecimiento por excelencia que puede alterar a un ser humano, y aquellos
hombres a los que ha llamado desde diversos sitios y que han convivido con Él
van a quedar desbordados por los acontecimientos. Era de lo más importante, por
consiguiente, la recomendación de Jesús.
Pero, naturalmente, para
mantener la calma es necesario tener unos firmes cimientos. Jesús los pone
inmediatamente después de la recomendación que hace: "Creed en Dios y creed también en Mí". Ahí está el secreto de
la calma que pide el Señor. No es la calma del pasota. No. Es la calma del
hombre que vive integrado en los problemas de su tiempo, que los siente, que
los sigue, que se incorpora a ellos, que intenta -si puede- solucionarlos, pero
que mantiene fija su vista en Dios, creyendo en Él. Es la calma del hombre
sensible al dolor ajeno y propio, sensible a la injusticia, sensible ante los
acontecimientos inexplicables que nos dejan asombrados y sin respuesta pero
que, a pesar de todo, cree en Dios. La calma que pide el Señor es una calma
activa, fruto de una personalidad forjada en el seguimiento de Cristo, que es
el rostro del Dios en el que creemos y al que no hemos visto nunca, como le
dice Felipe al Señor.
La exhortación del evangelio
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y
creed también en mí...."., la encontramos concretizada en San Juan
XXIII que resume así determinadas actitudes de serenidad:
1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el
día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez
2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi
aspecto, cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o
disciplinar a nadie sino a mí mismo
3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he
sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino también en este
4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias,
sin pretender que todas las circunstancias se adapten a mis deseos
5.
Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando
que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena
lectura es necesaria para la vida del alma
6.
Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie
7.
Sólo por hoy haré por lo menos una sola cosa que no deseo hacer, y si me
sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere
8.
Sólo por hoy me haré un programa detallado. quizá no lo cumpliré cabalmente,
pero lo redactaré y me guardaré de dos calamidades: La prisa y la indecisión
9.
Sólo por hoy creeré aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la
buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el
mundo
10.
Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar
de lo que es bello y creer en la bondad "Puedo hacer el bien
durante doce horas, lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo
durante toda mi vida"
El
evangelio que se nos ha proclamado, nos enseña algo importante, que hoy
deberíamos reflexionar especialmente, porque precisamente está en el fundamento
de nuestra fe.
Nos
lo enseña el evangelio, y nos lo ha dicho también la segunda lectura, de la
carta de san Pedro, al afirmar que Jesucristo es la piedra angular, escogida y
preciosa, la piedra que sostiene el edificio y en la que nosotros nos
aguantamos como piedras vivas.
Y
lo que nos enseña es que todo eso, todos esos valores humanos, todo el esfuerzo
por construir en el mundo más justicia, más libertad, más dignidad, todo acto
de amor pequeño o grande, se llena de mucha más vida, se hace mucho más fuerte
y rico, cuando lo hacemos y lo vivimos unidos a Jesucristo, metidos en ese
camino que conduce hacia la vida del Padre, sintiéndonos pobres y confiando en
que él -este Padre amoroso que Jesucristo nos ha dado a conocer- conduzca
nuestros esfuerzos con su amor que está más allá de todo lo que podemos
imaginar.
En
nuestra vida hay algo más que nuestro esfuerzo
En
realidad, nosotros creemos que toda acción al servicio del hombre, toda acción
de amor, es obra del Espíritu Santo, es una misteriosa continuación de la
resurrección de Jesucristo. Siempre. Pero al mismo tiempo, cuando decimos con
fe que reconocemos a Jesucristo como piedra angular, como camino, verdad y vida,
lo que hacemos es afirmar que en nuestra vida hay algo más que nuestro
esfuerzo. Que la vida de los hombres, que el amor y la esperanza que hay en el
mundo no se acaba con lo que los hombres podamos hacer. Sino más allá está el
camino que Jesucristo ha abierto y que conduce hacia el Padre, hacia el amor y
la vida más plena.
Cristiano
es el creyente que recorre el camino de Jesús: vive de la verdad, y la verdad
lo conduce a la vida. Lo contrario de la verdad es la mentira, y lo contrario
de la vida es la muerte. Al camino verdadero se opone el camino mentiroso.
Junto a «los caminos de Dios» están «las sendas del mal». El Nuevo Testamento
señala «dos caminos» (Sal 1,6; Prov 4,18-19). Jesús nos muestra que el camino
hacia el Padre es el de la práctica de la caridad.
Yo
soy el camino, la verdad y la vida». Jesús se ofrece como el camino a recorrer
para entrar en el misterio del Buen Dios. Él puede descubrirnos el secreto
último de la existencia y comunicarnos la vida plena que anhela nuestro
corazón.
Son
muchas las personas que hoy se han quedado sin caminos hacia Dios. No son
ateas.
Nunca
han rechazado a Dios en su vida conscientemente y quizás no saben si creen o
no.
Sencillamente,
han dejado la Iglesia por no encontrar en ella un camino atractivo para buscar
con gozo el misterio último de la vida, al que llamamos “Dios” quienes somos
creyentes.
Y
al abandonar la Iglesia podrían haber abandonado al mismo tiempo a Jesús. Por
eso hay que decirles con toda claridad y fuerza: Jesús es más grande que la
Iglesia. No confundáis a Cristo con la gente cristiana ni su Evangelio con
nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En Él
encontraréis el camino, la verdad y la vida que demasiadas veces con las
palabras y especialmente con nuestro obrar cristiano os lo hemos ocultado.
Rafael
Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com
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