domingo, 26 de julio de 2020

Comentarios a las Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de julio de 2020


Comentarios a las Lecturas del XVII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de julio de 2020

La primera lectura es del primer libro de los reyes (1 R 3, 5. 7-12) es un texto que legitima el poder de Salomón sobre Israel.
Llama la atención la perfecta conexión  entre la petición de Salomón y la concesión divina. Son una misma cosa.
Salomón pide sólo aquello que a Dios agrada (vs. 5-10). Esto requiere inevitablemente el reconocimiento de su impotencia por la inmadurez y por la incapacidad de llevar a cabo tal envergadura (la dirección de un pueblo, v. 7). Y la necesidad de ayuda y búsqueda de su poder como responsabilidad, como misión, como servicio. Este servicio viene determinado como "un corazón sabio e inteligente". Significa  tener una capacidad de apertura y escucha para captar la compleja realidad. Serenidad ante los sinsabores y tinieblas de la existencia, mantenida por una confianza profunda en la vida, en las personas, en toda criatura, en suma, en el Dios que dirige y gobierna misteriosamente la historia. Así el poder político podrá ser destello del poder divino.
La petición de Salomón (v.9) es modelo de oración para todos los hombres públicos. No pide victorias militares, ni el triunfo de su ideología..., sino algo muy simple y muy difícil a la vez: saber escuchar y saber discernir entre lo bueno y lo malo para su pueblo. Sin condiciones y gustosamente concede Dios a Salomón el don de saber juzgar y gobernar a su pueblo, pero añade además la riqueza y la gloria que él no había pedido.

El responsorial es el salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130
El texto litúrgico presenta ocho  estrofas, de este salmo, el más largo del salterio. Se compone de 22 estrofas de 8 versos encabezadas por 22 letras del alfabeto hebreo. En cada estrofa, cada verso comienza por la misma letra. Así por ejemplo, cada línea de la primera estrofa comienza con la letra Aleph, cada línea de la segunda comienza por Beph, y así las demás. Es como el A.B.C. del amor a la Ley. Es más, el autor introdujo en cada verso la palabra "Ley" o uno de sus sinónimos. Tus exigencias, tus caminos, tus preceptos, tus mandamientos, tus voluntades, tus decisiones, tu palabra, tus promesas.
El salmo 118 es pues,  un canto a la Ley, cuyas excelencias proclama, de un piadoso israelita que vive en un ambiente de indiferencia religiosa, muy parecido a muchos de nuestros ambientes actuales. La Ley significa, para él, la revelación, las promesas, la palabra misma de Dios que se dirige a su pueblo.
Este amor a la Ley de Dios, es decir a su Palabra, a su designio, a su voluntad soberana, es tan acendrado, que el texto abraza en sí casi todos los géneros literarios. El acróstico agrupa, bajo cada una de las letras del alefato hebreo, ocho versículos (7+1, como expresión de una perfección consumada) y en cada estrofa suele mencionar ocho sinónimos de la Ley: leyes, decretos, palabras, promesa, mandamientos, preceptos.
 El texto representa, pues, el deseo -que en el salmista es vehemente- de que la Ley sea el principio conductor de la propia vida.
En este salmo, la Ley tiene relación con "Alguien". Los sinónimos utilizados son elocuentes: Tu Ley... Tus exigencias... Tus caminos... Tus preceptos... Tus mandamientos... Tus voluntades... Tus decisiones... Tus palabras...
La estrofa que repetimos: "cuánto amo tu ley, señor!". es la expresión en el seno de un mundo adverso, cuando sacude la aflicción, cuando peligra la vida porque arrecia el asedio de los malvados, del consuelo que el salmista encuentra en la ley: es la mediación intrahistórica del Dios trascendente. Acariciándola interiormente el salmista ve la luz, y también se nos invita a tenerla nosotros.
El salmista se ha refugiado en la historia pasada, convertida ya en Escritura Santa, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes.

La segunda lectura es de la carta del apóstol San Pablo a los romanos ( Rom 8, 28-30)
El texto nos habla del amor de Dios por nosotros que no tiene otra finalidad que hacernos conformes a la imagen del Hijo. Toda la estrategia divina, desde el comienzo de los tiempos, se concentra en esta obra.
Pero se trata de una llamada de Dios; es preciso, pues, que nos destine a ello: es una gracia. El pasado domingo la misma carta insistía en la presencia del Espíritu en nosotros, ese Espíritu que nos permitía orar y que oraba, él mismo, en nosotros. Gracias al Espíritu, el Hijo está continua y dinámicamente presente en nosotros.
El principio del texto es una declaración de confianza en Dios: "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien" (v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca (/Mt/07/25-35) es fuente de estabilidad alegre. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe).
El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.
Fijémonos en el proceso de acercamiento divino: ". los destino"... a ser imagen del Hijo... "Y a los que destinó" a esta semejanza, "los llamó".

Aleluya cf. Mt 11, 25 " bendito seas, Padre, señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla".

En el evangelio de  San Mateo (Mt 13, 44- 52) continuamos dentro de la sección reflexiva iniciada hace dos domingos.
El proverbio-dicho con que terminaba el texto del domingo pasado ("el que tenga oídos, que oiga") servía para avisar al nuevo Pueblo de Dios de que también él puede convertirse en viejo. No hay Pueblo de Dios por descontado. En este ambiente de aviso crítico se mueve el texto de hoy.
El evangelio de hoy tiene como interlocutores de Jesús a los discípulos, no a la gente. Para San Mateo discípulos son los que escuchan las palabras de Jesús y lo ponen en práctica. El evangelio de hoy sólo tendrá sentido para los discípulos, es decir, para aquéllos que habiendo escuchado el sermón de la montaña lo ponen en práctica. Dicho con otras palabras: sólo tendrá sentido para quienes hayan tomado opción con el Reino de los cielos.
El texto presenta
* Tres parábolas (vs. 44-50).
*Interpelación a los discípulos (v. 51a).
*Respuesta de éstos (v. 51b). Jesús formula en forma de parábola corta la consecuencia que se deriva de esa respuesta (v. 52).
De las tres parábolas, las dos primeras tienen un mismo trasfondo: una persona que encuentra una cosa valiosa y vende cuanto tiene para hacerse con ella. La tercera parábola (vs. 47-50) tiene el mismo trasfondo que la parábola de la cizaña y su aplicación escatológica (cfr. versículos 24-30, 40-42): de la misma manera que los humanos separamos los productos buenos y malos, habrá también una separación de justos y malos.
Las tres parábolas recogen modos de proceder y escenas de la época de Jesús. En el caso del tesoro encontrado, el modo de proceder (esconderlo) está condicionado por la legislación hebrea de entonces; en efecto, de haberlo declarado inmediatamente, hubiera ido a parar al propietario del terreno.
Los vv. 49-50 recogen imágenes apocalípticas populares; su lenguaje es puramente imaginativo. Letrado o escriba: teólogo-jurista, transmisor oficial en Israel de las leyes y tradiciones.
Las Parábolas del tesoro y de la perla (vs. 44-46), quieren reflejar la "actitud ejemplar" a tomar ante el Reino. Haber descubierto el Reino es haber descubierto el valor supremo dentro de una escala de valores.
"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo". Los antiguos usaban a menudo este sistema: cuando había invasiones, había peligro, hacían un hueco en la tierra y allí escondían lo que tenían de precioso. Pero a veces sucedía que la persona moría sin poder revelar el escondite.
Un hombre, pues, escarba y encuentra un tesoro. Ese también es un hombre poco honesto, un especulador; por tanto, cubre todo y lo deja como si nadie hubiera tocado nada y luego "muy contento" -dice el Evangelio- corre a casa y vende todo".
No escucha a nadie, vende todo y va a comprar el campo. Seguramente la gente se burla de él: ¡por qué habrá comprado ese campo, no vale nada, es árido, no tiene agua, se ha dejado engañar!... Pero él sigue adelante, desafía el ridículo, porque sabe que allí está el tesoro.
Hay una sentencia de los primeros Padres del desierto, que  dice que un tal fue donde uno de estos grandes Padres del desierto y le dijo: Padre mío, tú que tienes tanta experiencia, explícame ¿por qué vienen al desierto tantos jóvenes monjes y después muchos se devuelven; por qué perseveran tan pocos? Entonces el anciano monje dijo: "Mira, sucede como cuando un perro corre detrás de las liebres, ladrando. Muchos otros perros, oyéndolo ladrar y viéndolo correr, lo siguen. Pero solamente uno ve la liebre; pronto sucede que los que corren sólo porque el primero corre, se cansan y se detienen. Solamente el que tiene ante sus ojos la liebre, sigue adelante hasta alcanzarla". Así, dice el anciano monje, solamente quien ha puesto los ojos verdaderamente en el Señor crucificado, sabe en realidad a quién sigue y sabe que vale la pena seguirlo.
La Parábola de la red (vs. 47-50), es un nuevo aviso a los discípulos en la línea del domingo anterior.
En los vv. 47-48. En ella se habla de pesca y de selección de lo pescado. Se trata de dos momentos o tiempos sucesivos. Los vv. 49-50 son la aclaración o explicación de la parábola. Esta aclaración se fija solamente en el segundo de los tiempos de la parábola, el correspondiente a la selección de lo pescado, y que está formulada en el mismo lenguaje figurado de la aclaración de la parábola de la buena semilla y de la cizaña. Como ya sucedía con esta aclaración, el punto que se resalta es el siguiente: El discípulo no es quién para determinar quiénes son buenos y malos. Esto es competencia de Dios y sólo Él puede hacerlo patente y lo hará.. La parábola no tiene, pues, sentido conminatorio, sino disuasivo; no busca amenazar con un castigo, sino mover al discípulo a mudar de opinión.
La división en buenos y malos no es de naturaleza ética, sino religiosa. Dicho más claro: los peces malos pueden ser personas éticamente buenísimas, tan buenas como eran los fariseos, perfectos e intachables cumplidores de los dictámenes y sugerencias de la ley de conciencia. El nuevo Pueblo tiene que entender que personas buenas, pero de talante religioso fundamentalista, son cizaña y malos peces. Recordemos lo del domingo pasado: religión y religioso no son conceptos ni experiencias unívocas. Un día aparecerá claro esto (vs. 49-50).
"¿Entendéis bien todo esto?" La consecuencia la saca Jesús: aprended, pues, de la historia y renovaos continuamente; que no os suceda como al viejo Pueblo religioso.
Los versículo 51-52m presentan la superación del intelectual judío por la nueva imagen del discípulo de Jesús: hombre abierto, que vive una vida encarnada en la realidad de hoy sin romper la continuidad con la realidad de ayer.
Para nuestra  vida
La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los reinos vecinos.
El relato que hoy hemos leído nos transporta al día de su entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".
Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y muchas más.
Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización, pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud.
En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón: "Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar, libre para dar vida, para darse del todo.
¿ Que le pedimos?. Desde nuestro  egoísmo, pecado original del hombre inserto en una sociedad egoísta, nos vemos tentados a pedir cosas que vinculen a los intereses de la sociedad en que vivimos : "vida larga, riquezas,..." Esta, al fin y al cabo, es nuestra postura diaria. Incluso convertimos la oración en motor de aceleración para que Dios realice nuestros deseos.
Si como Salomón le pedimos la sabiduría, esta en nuestra vida cristiana,  consiste en el discernimiento de los verdaderos valores del Evangelio y en su aplicación a las circunstancias actuales. Hay que establecer una escala de valores, dentro de la cual todos los valores humanos quedan subordinados a ese último valor, que es el Reino de Dios. Por eso, los cristianos y las comunidades debemos estar siempre tomándose el pulso de su estima de valores.

El salmo proclamado y propuesto como oración son 8 de sus estrofas es el salmo 118.
El salmista se ha refugiado en la historia pasada, convertida ya en Escritura Santa, con la intención de encontrar respuesta a sus actuales interrogantes. Otro tanto hizo Jesús cuando cuestionado su amor a Dios -con todo el corazón, por encima de la vida y más allá de las riquezas- responde con el «está escrito» (Mt 4,4.7.10). Desde este momento inicial de su misión está dispuesto a encarnar la figura del «siervo» tal como se le ha encomendado en la unción bautismal (Mt 3,13-17). Hacer la voluntad del Padre será su programa y alimento (Jn 4,34). Aun acorralado por sus enemigos, permanecerá fiel a dicha voluntad (Mt 26,39.42), incluso en el abandono supremo se atreve a gritar la cercanía de Dios(Mt 27,46). Quien conserva en su corazón las palabras de Dios y las guarda pertenece a la verdadera familia de Jesús (Mc 3,35), como el salmista, como María (Le 2,51). Con este espíritu oramos y contemplamos.
El silencio de la profecía y la desaparición de quien pudiera responder el «¿hasta cuándo?» resultaría agobiante -más cuando cunde la indiferencia religiosa- de no disponer del monumento escriturístico. Nuestro mundo y momento no es menos difícil. Hoy se combate a Dios ignorándolo, mientras se hace befa de los creyentes. Dios nos ha dado su Palabra y el mundo nos odia porque no somos del mundo (Jn 17,14; 15,19). No pedimos que nos saque del mundo, sino que nos guarde del Malo (Jn 17,15; 1 Jn 2,14), y nos consagre en su Palabra que es la Verdad (Jn 17,16). Es decir, que de tal suerte nos adherimos al Dios revelado en Cristo que por su medio llegamos a la Vida que estaba junto a Dios (Jn 1,4). Cristo, en efecto, es « el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Una realidad que escapa a la corrosión de la moda; fundamentada para siempre. ¿Con esta hondura religiosa  seremos un fermento para nuestro mundo secularizado?
El salmista inmerso en un mundo adverso invoca, gritar, , vive la cercanía de Dios. ¿Una conducta evasiva? Jesús expuso su dolor al Padre, acompañándolo con ruegos y súplicas (Cf. Hebr 5,7). Dios le escuchó por su actitud reverente (Cf. Hebr 5,7). Jesús se acomodó al mandato de Dios, un mandato que es vida (Cf. Jn 12,50), su Padre le arrancó de sus «inicuos perseguidores», de la muerte transformada en una exaltación de gloria (Cf. Jn 12,27 s.; 13,31 s.;).
Quienes seguimos a Jesús nos revestimos de su mismo talante espiritual (Cf. Fil 2,5; Col 2,12), y estimamos todo como basura con tal de ganar a Cristo (Cf. Fil 3,8). En esta ley suprema encuentra el cristiano la perfecta libertad (Sant 1,25; 2,12), y la cercanía e intimidad  con Dios, a quien invocamos.
Así comenta San Juan Pablo II este salmo: "...son iluminantes las palabras de san Agustín, quien al comenzar el comentario del Salmo 118 desarrolla el tema de la alegría que surge de la observancia de la Ley del Señor. «Este salmo amplísimo desde el inicio nos invita a la bienaventuranza, que, como es sabido, constituye la esperanza de todo hombre. ¿Puede haber alguien que no desee ser feliz? Pero si es así, ¿qué necesidad hay de invitaciones a alcanzar una meta a la que tiende espontáneamente el espíritu humano?... ¿No será porque, si bien todos aspiran a la bienaventuranza, sin embargo la mayoría no sabe cómo alcanzarla? Sí, esta es la enseñanza de quien comienza diciendo: Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor.
Parece querer decir: Sé lo que quieres; sé que estás en busca de la bienaventuranza: pues bien, si quieres ser bienaventurado, debes ser intachable. Lo primero lo buscan todos; pocos se preocupan sin embargo de lo segundo. Pero sin esto no se puede alcanzar la aspiración común. ¿Dónde tendremos que ser intachables si no es en el camino? Éste, de hecho, no es otro que la ley del Señor. ¡Bienaventurados, por tanto, quienes son intachables en el camino, los que caminan en la ley del Señor! No es una exhortación superflua, sino algo necesario para nuestro espíritu» (Comentarios a los Salmos - «Esposizioni sui Salmi», III, Roma 1976, p. 1113). (San Juan Pablo II.  Audiencia general del miércoles, 21 julio 2004 dedicada a comentar el Salmo 118).

En la segunda lectura San Pablo continua profundizando en el acontecimiento salvífico ya realizado por Cristo. Él ha iniciado el proceso con su muerte y resurrección. Quienes aman a Dios han entrado en tal proceso, que no puede fallar por tener al mismo Señor como garantía. La acción salvadora de Dios no es algo futuro, sino hunde sus raíces en el pasado. Pasado no sólo en cuanto a la vida de Jesucristo , sino a la del creyente. San Pablo no retrocede aun ante afirmaciones tan rotundas como la de justificación ya realizada y, con ella, la glorificación. De hecho, quien cree en Jesús ya ha empezado a vivir su Vida nueva y por ello está fundamentalmente en la situación de amistad e intimidad con Dios. ¿Y qué otra cosa puede ser la glorificación? Desde aquí fluye la esperanza, certeza y seguridad en la vida del hombre en Cristo, lo cual permite frases como "todo sirve para el bien para quienes aman a Dios". No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la aplicación de la salvación en nuestra existencia. Es preciso llevar a los cristianos a estos hondas realidades que nos configuran como creyentes.
El Espíritu hace posible que el cristiano pueda llamar a Dios: !Padre! Ante todo, esto significa que el cristiano no es un huérfano en medio de un universo fatalista e impremeditado.  "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien"(v. 28). Estas palabras brotan de la fe: la vida podrá dar muchas vueltas. Pero el creyente está seguro de que nada podrá alejarnos de Cristo, que tanto nos ama. Y que precisamente en El Dios ha mostrado -y demostrado- su amor (véase la segunda lectura del próximo domingo). La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. En una sociedad en donde hay tantas personas inestables, que sufren depresiones, sabernos cimentados sobre la roca,  es fuente de alegre estabilidad. Claro que estas certezas brotan de la fe (o son la fe). No nos ahorran las contradicciones ni la experiencia del mal, ni la inestabilidad psicológica o emocional.
Vive dentro de unas coordenadas existenciales totalmente nuevas e insospechadas, porque el amor de un Padre, que es Dios, le circunda.
En los vs. 29-30 enumera Pablo los diversos pasos de este amor. No se trata en ellos de una predilección en exclusiva en orden a la salvación final. Es decir, San Pablo no afirma que sólo los cristianos vayan a salvarse porque sólo ellos son los elegidos de Dios. Nada de eso. La perspectiva de Pablo no es escatológica, sino intramundana: la construcción aquí y ahora de la nueva sociedad.
El final de la lectura nos recuerda el proceso de nuestra divinización y de nuestra gloria: "Dios nos ha conocido", es decir, nos ha amado; "nos ha destinado a ser imagen de su Hijo", es decir, ha tomado la iniciativa de esta transformación; nuestra respuesta, nuestra fe activa, ha significado para nosotros la gracia de ser "justificados", es decir, tratando de interpretar lo que Pablo ha querido decir, nos ha hecho participar en su propia vida y, por consiguiente, nos ha dado la gloria.
Esta es la vocación del cristiano. ¿Cómo la realiza? Dando vida a una comunidad de hermanos en la que Jesús es el primogénito. Esta es la predestinación de la que habla Pablo. A esto nos ha llamado Dios. Y para esto nos ha justificado. Para Pablo justificación es liberación del pecado y creación de una nueva forma de existencia.

El Evangelio nos presenta diversas parábolas acerca del Reino de los Cielos. Jesús comenzó su vida pública en Galilea anunciando el reinado de Dios, proclamando su venida, y ése es, sin duda, el contenido de su evangelio. Pero ¿en qué consiste ese reinado y a qué podemos compararlo? Jesús, para enseñar a las gentes el misterio del reinado de Dios, hacía constantemente uso de hermosas parábolas, que tomaba de la vida cotidiana
 El tesoro escondido, la perla de gran valor que encuentra un comerciante en perlas finas, la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, unos buenos y otros malos. Al final se reúnen los buenos en un cesto y los malos se tiran. Esta red echada en el mar es imagen de la Iglesia, en cuyo seno hay justos y pecadores. En otros lugares el Señor enseña esta misma realidad: en su Iglesia, hasta el fin de los tiempos, habrá santos y quienes se han marchado de la casa paterna, malgastando la herencia recibida en el Bautismo; y todos pertenecen a ella, aunque de diverso modo.
¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Más o menos esto. Ha sonado la hora decisiva de la historia. ¡Ha aparecido en la tierra el Reino de Dios! Concretamente, se trata de él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa, no es otra cosa sino Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: la salvación ha llegado a vosotros gratuitamente, por iniciativa de Dios, tomad la decisión, aferradla, no la dejéis escapar. Este es tiempo de decisión.
La primera de estas parábolas compara la oferta de Jesús, el reinado de Dios, con un tesoro. Un tesoro tan valioso y que seduce tanto y produce tanta alegría, que el que lo encuentra se olvida de todo lo que tiene, lo abandona todo y ve en eso lo único que vale la pena en este mundo. Esto quiere decir que quien encuentra a Jesús y su mensaje, por eso mismo cambia radicalmente de vida. Una novedad así, no puede ser ni la práctica religiosa, ni, menos aún, las obligaciones que impone la religión. Ni siquiera las promesas de felicidad para la otra vida. Nada de eso es -para la gran mayoría de la gente- un tesoro que le cambia la forma de vivir. La creencia en una esperanza (¿incierta?, ¿insegura?) de futuro, normalmente, no modifica el presente visible, tangible.
En medio de la desesperación, el cansancio y la desorientación actual, el hombre siente desesperadamente la necesidad de un sentido, un camino, una causa por la que vivir. Nos parece que es lo duro y lo difícil lo que cansa al hombre, pero en realidad es lo fácil lo que desespera al hombre. Y en una sociedad como la nuestra, donde se quiere hacer tabla rasa de toda dificultad y llegar al estado de máxima comodidad, el hombre se ahoga si no tiene un motivo para vivir, una causa en cuyo servicio gastarse y desgastarse. El esfuerzo, el sacrificio, el dar la vida generosamente, pueden llenar la vida del hombre con un sentimiento de felicidad más profundo que el de la comodidad, el confort, la diversión. No es lo difícil, es lo fácil y sin sentido lo que angustia al hombre. El que se descarga acaba cansándose, y el que gozosamente toma sobre sí la carga de la donación y el amor permanece joven y lleno de sentido.
En este contexto social sigue teniendo vigencia como nunca la parábola evangélica del tesoro escondido. Nosotros y nuestros contemporáneos seguimos buscando inconscientemente un tesoro, un tesoro que vale más que todo lo que le rodea, un tesoro que salve  nuestra vida dándole una causa para vivir y para morir, porque las grandes causas para vivir son a la vez grandes causas para morir, para dar la vida por ellas. Lo malo es que hoy en día el tesoro puede estar escondido y sepultado en medio de tanto confort y facilidades que constituyen nuestra vida cotidiana.
Lo mismo hay que decir de la perla. En el fondo, es la misma comparación formulada con otras palabras. ¿Qué pueden expresar el "tesoro" y la "perla"?
La renuncia para adquirir la perla puede llegar a las formas extremas que tuvo en san Francisco, pero el evangelio es para todos. Jesús no predica solamente a unos cuantos profetas espectaculares de la renuncia, ni predica tampoco un sueño. Su "venderlo todo" es difícil, pero debe ser posible para cualquier hombre en cualquier situación. Simplemente, hay que decir que no se sigue a Jesús con toneladas de confort o con montañas de reticencias ante una de sus exigencias precisas, por ejemplo la del perdón. "Venderlo todo" puede significar un despojo muy duro del amor propio o una generosidad en el terreno económico algo loca, o la opción heroica de la confianza ante una terrible enfermedad. Y también, desde luego, el sí a una vocación.
Solamente lo que más nos llena a los humanos: un ámbito y un ambiente humano de respeto, tolerancia, estima, cariño y seguridad, en el que damos felicidad y recibimos felicidad, con la convicción de que eso es (y será) para siempre. Solo eso puede significar lo que, tal como somos los humanos, Jesús ofrece y afirma.
El tesoro escondido. Domingo XVII T.O. | Parroquia San Juan Bautista En cada una de las dos parábolas hay, en realidad, dos actores: uno manifiesto, que va, vende, compra, y otro escondido, sobreentendido. El actor sobreentendido es el antiguo propietario que no se percata de que en su campo hay un tesoro y lo liquida al primero que se lo pide; es el hombre o la mujer que poseía la perla preciosa, y no se da cuenta de su valor y la cede al primer comerciante que pasa, tal vez para una colección de perlas falsas. ¿Cómo no ver en ello una advertencia dirigida a nosotros en acto de vender nuestra fe y herencia cristiana?.Es un hecho muy repetido  en muchos de los bautizados en nuestra sociedad.
No se dice en cambio en la parábola que un hombre vendió todo lo que tenía y se puso en busca de un tesoro escondido. Sabemos cómo acaban estas historias: se pierde lo que se tiene y no se encuentra ningún tesoro. Historias de ilusiones, de visionarios. No: un hombre halló un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. Hay que haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría y vender todo.
Hay que haber encontrado primero a Jesús, de manera nueva, personal, convencida. Haberle descubierto como propio amigo y salvador. Después será fácil vender todo. Se hará «llenos de alegría» como aquel hombre del que habla el Evangelio.
Es verdad que en nuestra vida cristiana son frecuentes los deseos de seguir a Jesús. Pero ¿con qué intensidad lo hacemos? El seguimiento de Cristo que vivimos se parece muy poco al auténtico.
Para seguir a Cristo, tenemos que jugárnoslo todo a su favor. Una vez descubierto este "tesoro", esta "perla", estar dispuestos a venderlo todo, a dejarlo todo. Esto es quemar las naves.
Descubierto Cristo, no debe haber posibilidad de volverse atrás. El hacerlo es signo o que ha sido un descubrimiento falso (una falsa conversión) o que anteponemos nuestros deseos, nuestra voluntad, a la voluntad de Dios. Seguir a Cristo es aceptar su juicio sobre este mundo y sobre nuestra vida.
Cuando descubrimos a Cristo como el tesoro escondido, la vida cobra un sentido nuevo; se produce una verdadera revolución en la escala de valores: lo único importante es Dios y su voluntad; todo lo demás se relativiza. Es lo de san Pablo: "Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Xto y existir en él" (/Flp/03/08).
Las parábolas del evangelio de hoy no sólo nos presentan cuál debe ser el valor fundamental del cristiano, quién debe ser su Dios, sino que nos ofrecen un modelo con el que contrastar nuestra existencia para saber si estamos en la pista del seguimiento de Jesús o si andamos "despistados", para saber si nuestro valor fundamental es el reino de los cielos o cualquier otra cosa, si nuestro dios es el Dios verdadero o un ídolo.
El cristiano no tiene otra posibilidad, no puede coquetear con dioses equívocos so pena de errar de plano el camino que deber seguir; el cristiano ni siquiera puede hacer compartir la supremacía del Dios único con otros dioses. El cristiano no puede tener otro valor fundamental que el reino de los cielos, debe construir su vida en torno al reino de los cielos, debe poner el reino de los cielos por encima de todo lo demás.
Si no obramos así ya podemos ir buscándonos otro adjetivo; el de cristianos no nos sirve. ¿Por qué no pararnos a pensar un momento sobre cuál es nuestro valor fundamental, sobre cuál es el dios en torno al cual hemos construido nuestra existencia, y rectificar si es preciso?
La comparación de la red y la separación última y definitiva de los peces abre el horizonte de las promesas de Jesús de tal manera, que trasciende todas las limitaciones inherentes a la condición humana. La intención de San Mateo, al colocar aquí esta última comparación, es poner un centinela en el horizonte último de todo lo meramente humano, para superarlo y trascenderlo más allá de cuanto nos atreveríamos a imaginar o sospechar los mortales.
 En definitiva, la garantía más segura de que el Evangelio está presente en la vida está en que esta vida nuestra avanza y funciona impregnada de alegría por el hecho de haber conocido y encontrado a Jesús y su Evangelio.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen. com


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