domingo, 15 de diciembre de 2019

Comentario a las lecturas del III Domingo de Adviento. 15 de diciembre 2019


Comentario a las lecturas del III Domingo de Adviento. 15 de diciembre 2019
Isaías 35, 1-6a.10
Salmo 145, 6-10
Santiago 5, 7-10
Mateo 11, 2-11
La esperanza que cambia el mundo
Las lecturas de este tercer domingo tienen un hilo conductor que es el profetismo. Todas ellas nos hacen una gran reflexión sobre la presencia de Dios en nosotros y en nuestro mundo y la alegría que esto provoca en cada uno. Hoy es el domingo de la alegría por la proximidad del nacimiento de Jesús, porque Él es nuestra verdadera alegría. A este domingo  se le llama “domingo gaudete",
La semana que empezamos es también la semana que inaugura las siete ferias mayores antes de Navidad: del 17 de diciembre al 23. Son días de una gran riqueza de textos bíblicos y eucológicos, fuente de meditación y alimento espiritual.
Aparecen tres profetas que anuncian la salvación, los tres animan a tener esperanza, los tres denuncian la injusticia, los tres son perseguidos por decir la verdad y a los tres les mueve el amor de Dios.
El profeta Isaías anuncia a los desterrados en Babilonia que llegará un día en que volverán a su tierra y "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará".
Juan el Bautista es el segundo profeta que nos presenta la Palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Manda una embajada para hablar con Jesús y éste le confirma como profeta y más que profeta, el mayor de los nacidos de mujer. La misión de Juan fue preparar el camino del Señor, ser el precursor del Salvador.
En la carta de Santiago también aparece el mensaje profético. Santiago  habla de la otra venida del señor al final de los tiempos, la parusía que creía ya cercana. Insta a tener paciencia como el labrador que espera el fruto de su cosecha, o los profetas que soportaron con paciencia todos los sufrimientos.

La primera lectura (Is 35,1-6a.10) forma parte de la primera parte del libro de Isaías.. Los cap 34-35 presentan una visión escatológica de dos escenas complementarias:
-a) Dios interviene en la historia humana trayendo la venganza sobre Edom (cap. 34). La cólera divina se ceba sobre la ciudad y sus habitantes, la espada "chorrea sangre", "su país se vuelve pez ardiente", los cardos y ortigas crecen en sus palacios que se convierten, de este modo, en guarida de chacales y crías de avestruz.
-b) Día de venganza sobre Edom, pero a la vez "año de desquite para la causa de Sión" (34, 8; cap. 35). El Señor en persona viene a liberar a su pueblo.
El tema del texto de hoy es la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso (vv. 1-2, 6-7;); todas las enfermedades serán curadas (vv. 5-6) porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá (v. 3).
Se anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo (Gn 3. 19), el sufrimiento (Gn 3. 16), las zarzas y las espinas del desierto (Gn 3. 18) no serán ya más que un mal recuerdo.
La alegría es el "leit-motiv" de todo el texto: "regocijarse", "alegrarse", "gozo y alegría" (vs 1b.2.10), quedan excluidas toda pena y aflicción (v.10). Alegría que lo invade todo: la naturaleza como morada cósmica del hombre, la tierra árida ("desierto", "yermo", "páramo" "estepa" v.1) que recobra la lozanía, su vida ("florece" como las zonas fértiles del Carmelo, Sarión y Líbano, v.2;), al mismo ser humano.
-Este gozo y alegría se deben a la presencia divina que trae la liberación de los desterrados (vs. 2b, 4b). Las expresiones "manos débiles", "rodillas vacilantes", "cobardes de corazón" hacen alusión a todos aquellos seres que en sus manifestaciones externas (manos/rodillas) e internas (corazón) han dudado, tras el destierro, del poder divino. Todos ellos contemplan la manifestación liberadora del Señor, el miedo será desterrado y sus convicciones, externas e internas, adquirirán firmeza, madurez.
-Lo menos importante a los ojos humanos, como son la tierra árida (v. 1), los seres indecisos (vs. 3-4a), los mutilados (ciegos, sordos, cojos y mudos: vs. 6a) serán los primeros en participar del gozo y alegría traídos por el Dios liberador.
-Por el camino del desierto (v. 8) avanzan los liberados por el Señor (v. 10), el destierro ha terminado y la vuelta a Sión resulta alegre (v. 10) ya que han sido liberados, como sus padres, de la esclavitud.
En la primera lectura el profeta Isaías canta las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz… Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.
El profeta insiste en animarnos. “¡Sed fuertes,  No temáis, he ahí a nuestro Dios. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.”  Sin embargo tenemos las manos desfallecidas, las rodillas vacilantes, el corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentado.
Esta secuencia del profeta Isaías es un canto a la belleza de la esperanza. " El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría… Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…"  Son notas poéticas que anuncian la llegada al mundo del Mesías. Su irrupción, como agua en el desierto, cambia todas la cosas, dando nueva vida y sentido a la Creación.
Los tiempos mesiánicos de que habla Isaías nos invitan y cuentan con nuestra colaboración. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Estas son las obras que, según profetizó el profeta Isaías, hará el Mesías, cuando venga a instaurar el reino de Dios; estas son las obras que hizo el Mesías Jesús de Nazaret. Ahora es el tiempo de la Iglesia, el tiempo de los discípulos, el distintivo del auténtico discípulo de Jesús siempre tendrá que ser este: trabajar por la justicia, para que en este mundo nuestro puedan oír los sordos, hablar los mudos, y que podamos vivir todos con dignidad cristiana, en nuestro caminar.
Las palabras de Isaias son  palabras de esperanza y fortaleza para nosotros cristianos del siglo XXI. Para nuestra vida, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, en nuestra vida un prodigioso florecer como en  una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos.

El responsorial de hoy es el salmo 145 (Sal 145,6-10) "himno" del reinado de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".
El salmista canta el amor de Dios.
Dios
-Que ha creado los cielos
-Que mantiene su fidelidad
-Que hace justicia a los oprimidos...
-Que da el pan a los hambrientos...
Yahvéh
-Que libera a los prisioneros...
-Que abre los ojos a los ciegos...
-Que endereza a los encorvados...
-Que ama a los justos...
-Que guarda a los peregrinos...
-Que protege al huérfano y a la viuda...
La tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana.
Así, el hombre se encuentra ante una opción radical  entre dos  posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo.
La otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito.
De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).
Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.
Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.
En efecto, al final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente" (v. 10).
Desde el salmo 145, se nos ofrece una buena ocasión de meditar como es nuestra relación de confianza con los otros seres humanos y la que tenemos puesta en Dios. Constituye un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. El motivo de la auténtica confianza unifica este poema antológico. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza.
Si el salmo se considera como una alabanza, el verso final proclama su señorío universal; si es una lección en forma de oración, el salmo se cierra con un augurio de que Dios ejerza su reinado para que tenga vida plena cuantos confían en El. Formalmente se compone de una alabanza comunitaria, aunque se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

Segunda Lectura : Sant 5,7-10 Este pasaje se sitúa en la parte última de la carta de Santiago sobre un horizonte escatológico. Dos grandes temas dominan esta perícopa: la paciencia y la parusía. Estos dos temas se condicionan mutuamente. La paciencia viene motivada por la parusía y la esperanza de la parusía pide la paciencia. El ejemplo perfecto, de esta actitud de espera, es Cristo como modelo de la paciencia de Dios con los hombres. Abrirse al prójimo exige paciencia y disponibilidad para la maduración de las relaciones.
La paciencia como capacidad de encajar la prueba y como firmeza de corazón en la actitud que conviene a este tiempo de anterioridad a la Parusía. La paciencia es saber situarse desde la fe en el mundo en que a uno le ha tocado vivir. Desear otra serie de situaciones inexistentes, de uno a otro signo, es vivir una vida cristiana irreal.
Respecto a la parusía, aquí la parusía es más la de Dios que la de Cristo. Santiago está en este punto más próximo a la mentalidad judía. Este horizonte escatológico se evoca en la carta bajo varias formas (los últimos días 5, 3; la salvación 1, 21; 2, 14; la corona de la vida 1, 12; el Reino 2, 5; el juicio 2, 12-13; la gehena 3, 6).
De esta lectura resuenan dos afirmaciones importantes: “ paciencia” “cercanía del Señor” “Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.”.
El Apóstol Santiago nos invita a tener paciencia (hasta cuatro veces lo repite). Ese tiempo de paciencia y espera nos ayudará a discernir sobre cómo actuar en cada momento, sin perder el norte y permaneciendo firmes. También nos ayudará a ver con más profundidad y descubrir las huellas de Dios, los signos de su presencia en nuestro mundo y en cada persona: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.
La confesión de fe que presenta el texto de Santiago resonaba entre los primeros cristianos como una liberación, una norma moral relativizada y una exigencia de rectitud ante el inminente juicio. El tiempo fue corrigiendo el error de la comunidad apostólica y situando con realismo al creyente ante la historia. La misma confesión ha adquirido así nuevas resonancias.
Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone esta perícopa en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues El nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según El.
Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a Él. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta.
"Está cerca". Lo que de Él nos separa no es la distancia del tiempo, ni la magnitud de su grandeza, ni la inaccesibilidad de su misterio, sino la pobreza de nuestra fe. La fe raquítica, los afanes del mundo y de la riqueza, junto con la inconsciencia, son velos que oscurecen la contemplación de la gloria del Señor. Estos obstáculos nos alejan de Él, encerrándonos en el egoísmo, la mentira, la insolidaridad o la desesperación.
"Está cerca". En el pobre y en el que sufre. En los acontecimientos, cuando sabemos vivirlos como estímulos al crecimiento y al amor. En la naturaleza, huella y obra del Creador. En nuestro interior profundo que reclama acercarse a su origen divino por medio de experiencias positivas de paz, de crecimiento, de riesgo justificado, de amor, de gozo, de eficacia.
"Está cerca", pero misteriosamente. Sólo la fe dócil y confiada sabe leer sus mensajes y presencias, a veces tan raras y sorprendentes.

En el evangelio de hoy  (Mt 11,2-11) San  Mateo recoge una tradición sobre la perplejidad de Juan Bautista ante la actuación del Mesías. Este Evangelio se compone de dos partes muy distintas: el relato de la embajada de los discípulos de Juan Bautista (vv. 2-6) y el elogio de este último por el mismo Cristo (vv.7-10).
Related imagea) La embajada de los discípulos del Bautista lleva el encargo de investigar si Cristo es realmente "el que tiene que venir". Hay que comprender esta última expresión en el sentido que le da Juan Bautista. Está tomada de Is 40, 10 (pasaje que el Precursor conoce bien, puesto que cita ya el v. 3 en Mt 3, 3), en donde la venida del Mesías va acompañada de fuerza y de violencia. Ahora bien, para Juan Bautista no hay lugar a duda de que el Mesías que él anuncia será particularmente violento (Mt 3, 11). El Mesías, en efecto, debe hacer su aparición dentro del aparato terrible de un día de Yahvé.
Pues bien, Cristo desmiente esa espera poniendo de relieve que sus obras mesiánicas están todas ellas hechas de dulzura y de salvación: en lugar de juzgar y de condenar, cura y libera.
Aunque, por otro lado, en todo eso no hay nada que no esté previsto por la Escrituras y esté en conformidad igualmente con la esperanza mesiánica. Pero hay dos conceptos opuestos del mesianismo que en aquella época se repartían al pueblo elegido: los unos esperaban los últimos tiempos como tiempos de poder y de violencia; los otros, como tiempos de liberación y de felicidad. Oponiéndose a los discípulos de Juan, Cristo revela un estilo de vida que constituye un problema para ellos y que no dejará de producir escándalo hasta tanto no se penetre en el misterio del Hombre-Dios sobre la cruz. Eso es precisamente el alcance del v. 6. Si se produce el escándalo a causa de Cristo, aun comprendiendo que da cumplimiento a tal o cual profecía, es porque en El se ha producido algo inesperado, algo que ninguna profecía podía prever: el misterio del Hombre-Dios.
El evangelio nos muestra cómo los discípulos de Juan Bautista acuden a Jesús y le preguntan si él es el que ha de venir. La expectación llega a su momento culminante: el Mesías está cerca. Por eso en la liturgia de este tercer domingo de Adviento, hay un componente de alegría y de fiesta ante la venida del Señor. Los cristianos estamos llamados a vivir alegres porque esta esperanza pronto se tornará en gozo.
La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan recoge las palabras del profeta Isaías: los ciegos ven, los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. La venida del Señor revoluciona nuestra vida y transforma nuestro corazón. Si queremos, Dios puede cambiar nuestra existencia y convertirla en un canto de esperanza.
Estas son las obras que Jesús el Salvador hace.
Los ciegos ven
Cuántas personas no son ciegas y, sin embargo, no ven porque no saben mirar y contemplar el mundo desde los ojos de Dios. Cuántas cosas dejamos pasar de largo porque no sabemos atisbar esas manifestaciones de Dios en la vida. Nos falta visión espiritual para captar la presencia de Dios a nuestro alrededor. Qué susto más grande nos llevamos cuando perdemos agudeza  visual. Pero, ¿no es un espanto mucho mayor que el mundo deje de ver a Dios? ¿No es más temible que las gentes aparten la vista de su Creador? Sin embargo, Dios puede abrirnos los ojos del alma.
Los sordos oyen
Igual sucede con los oídos. No sabemos oír la conveniente Palabra de Dios en nuestra vida. Inmersos en tanto ruido, somos incapaces de reconocer la melodía divina que impregna nuestra existencia. La venida del Mesías puede lograrlo, desde el espíritu, aguzando nuestro oído interior.
Los cojos andan
Cuánta cojera vemos en el mundo. Estamos sanos y parecemos inválidos. Podemos correr y nos quedamos quietos, paralizados. Nos da miedo ir hacia los demás. Nos sentimos inseguros y nos cuesta hacer el esfuerzo para desplazarnos hacia quien nos necesita. Cuánta gente vive parapléjica de alma, teniendo los dos pies sanos. Dios puede despertar el entusiasmo del corazón dormido y empujarnos a ir corriendo hacia él, que está presente en los demás. Cuando corremos hacia Dios nuestra vida tiene sentido.
Los leprosos quedan limpios
Estamos manchados por la enfermedad del egoísmo. Nuestra dermis espiritual está sucia por no dejar que el oxígeno de Dios llegue a todos los rincones de nuestra vida. La misericordia de Dios y su capacidad de perdón nos harán recuperar la transparencia y la nitidez. Lavados por el Bautismo, quedamos limpios por la inmensa gracia de Dios.
A los pobres se les anuncia el evangelio
¡Qué alegría sentirnos receptores de este mensaje! Somos privilegiados y nos convertimos en testigos de una gran experiencia. Nuestras vidas cambian: la tristeza se convierte en alegría, el desespero en esperanza, el odio en amor, la desconfianza en fe.
Como cristianos, hemos de saber hacer pedagogía de la esperanza. Jesús alaba a Juan como el mayor de los profetas, pues anuncia la llegada del mismo Dios, hecho hombre. En cambio, sigue diciendo Jesús, en el Reino de los Cielos, hasta el más pequeño es mayor que Juan el Bautista. ¿Por qué? ¿Qué significan estas palabras?
Jesús está hablando de una vida nueva, donde los hombres y mujeres llamados ya no son profetas, sino hijos de Dios. En el Reino ya no son mensajeros, sino testigos. No hablan de aquel que esperan y ha de venir, sino del que ya habita entre ellos, de la presencia viva y palpitante que alienta en todo su ser. Juan Bautista cierra una época: la del hombre esperanzado que aguarda. Jesús inaugura una etapa nueva: la del hombre que ya vive en brazos de Dios. Por eso dice: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los muertos resucitan. Porque Dios transforma y renueva la vida de aquel que se deja penetrar por su amor.
b) La segunda parte del texto se centra en Juan y en su papel dentro de la historia de la salvación. La interpelación y la pregunta retórica dan a esta parte viveza y fuerza. El desierto del que se habla es la misma falla geológica del domingo pasado, paisaje árido y tórrido, salpicado en algunos lugares por matorrales, arbustos y cañaverales. Siguiendo la margen occidental del Mar Muerto, se llega a la altiplinicie rocosa, rodeada de barrancos. Su nombre actual es Masada, que significa fortaleza. Se trata, en efecto, de una fantástica fortaleza inexpugnable, donde, entre los años 37 a 31 a. de C., Herodes había construido un palacio dotado de todos los lujos y comodidades. Un palacio proverbial, del que todo el mundo contaba mil maravillas.
Para preparar a su auditorio a la idea de que el Bautista es un profeta, Jesús utiliza una serie de imágenes: el contraste entre gentes bien vestidas y el hombre vestido de pelos de camello (Mt 3, 4; 2 Re 1-8), entre el profeta que no tiembla y la caña frágil (Jer 1, 17-19). Juan es incluso más que un profeta: es el mayor de los profetas: citando Mal 3,1 y Ex 23, 20, Jesús define, en efecto, la misión del precursor como la de un servidor que conduce al pueblo de Dios hacia la tierra tanto tiempo prometida. Y, sin embargo (v. 11), Juan es el personaje más pequeño del reino. Esta observación es capital para la comprensión del verdadero alcance del Evangelio. Juan es el mayor del Antiguo Testamento, pero, en cuanto tal, se mueve aún dentro de una interpretación demasiado humana y demasiado específicamente judía de las profecías. Por eso es el más pequeño en el reino: le falta, en efecto, la inteligencia del estilo absolutamente inesperado que Cristo introduce con su existencia de Hombre-Dios.
El texto nos presenta a Juan Bautista encarcelado por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y sobre todo sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Heroidas no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.
Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice Jesús, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí en una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.
Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.
No podemos avergonzaron de ser cristianos, El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno, o como indiferente, lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto, o incluso chirriante y que crispa a quienes opinan lo contrario.

El Adviento es un camino. De nuestras actitudes depende que lo llenemos de la esperanza y la alegría que nos propone la Palabra de Dios hoy. ¿Qué signos “vemos y oímos” hoy entre nosotros? ¿Somos capaces de descubrir signos de alegría y esperanza en medio de tanta crisis?.
Todas las lecturas nos han animado a reflexionar sobre nuestro caminar. ¡sigamos caminando y preparando los caminos al Señor!. El camino estamos llamados a recorrerlo con alegría. El Reino de Dios es paz, amor, alegría. También alegría, aunque a veces vaya mezclado con muchas contrariedades y sufrimientos. Con la obra salvadora de Jesús, el Cristo lo último no es el sufrimiento, sino el gozo indestructible.
Los cristianos estamos llamados a ser testigos de la alegría: en su talante, en su vida, en sus celebraciones. La cruz sólo es un medio, no un fin. Es blasfemo presentar a un Dios triste, enemigo de la vida.
El misterio de la alegría nace en Dios, es un don, no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta. Brota de dentro y tiene su origen en el Espíritu.
Así nos lo recuerda el Papa Francisco en su Evangelii gaudium [1]
¿Seremos capaces de ofrecerle a un Dios humillado y humanado, el regalo de nuestra alegría por tenerle entre nosotros?
Que nosotros, ya desde ahora, celebremos, gocemos, saboreemos y nos alegremos de la cercanía de Dios en un humilde portal.
Desde ahora, disfrutemos y gocemos con nuestra salvación. Y, como Juan, ojala que a esa gran alegría, por ser los amigos de Jesús, respondamos –más que con palabras- con nuestras obras. Es decir, con nuestra vida.
También observemos que metidos en el tiempo de Adviento, la Iglesia quiere que reavivemos la virtud de la esperanza. ¿Qué es eso de tener esperanza hoy?.
La esperanza cristiana es una esperanza global y trascendente. Se eleva por encima de todas las pequeñas esperanzas, para después centrarlas, purificarlas, integrarlas en una meta trascendente, único lugar donde cobran un sentido aceptable para el hombre. Por eso, de alguna manera, no se puede tener esperanza sino en la medida que uno se siente limitado. El hombre es un ser que necesita una promesa para poder existir. Se siente menesteroso, limitado, acosado, como un fuego artificial que se sabe lleno de una vitalidad pasajera. La muerte crece dentro de él al mismo compás que la vida misma. En ese contexto, del conjunto de fracasos, de limitaciones, de pequeños anhelos frustrados, surge un deseo global de un bien ilimitado y trascendente, que englobe y eleve toda nuestra menesterosidad. Sólo quien busca profundamente en su existencia terrena es capaz de sentir la necesidad de la esperanza . Sólo ése -de alguna manera- es sujeto capaz de esperanza. De una esperanza global, trascendente y total que, como tal, ya es objeto de gracia, gratuita, y que necesita un tú absoluto en el que apoyarse: Dios.
Es preciso pues revisar, reflexionar, profundizar nuestra esperanza. ¿A quién esperamos? Tener esperanza cristiana es haber elegido a Jesús como futuro nuestro. Y si nos alejamos de esta esperanza, ¿a quién iremos?

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com



[1] Evangelii gaudium (en español, La alegría del Evangelio) es la primera exhortación apostólica escrita por el papa Francisco, publicada el 26 de noviembre de 2013 tras el cierre del Año de la Fe. Como la mayor parte de las exhortaciones apostólicas (que no son encíclicas), ​ ésta también se escribió tras una reunión del Sínodo de los Obispos: en este caso se trató de la XIII Asamblea General Ordinaria sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana».[

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