sábado, 28 de febrero de 2015

Comentarios a las lecturas del II Domingo de Cuaresma. 1 de marzo de 2015

Hoy podríamos decir que el hilo conductor tiene un tema reiterativo: la montaña y el ascenso. de la primera lectura el monte Moria. Años después David escogió el monte Moria para edificar su palacio y Salomón allí elevó el templo que lleva su nombre. Si se trata del mismo sitio, estaríamos refiriéndonos al espacio que ocupaba el santuario y que hoy lo hace la “domo de la roca” mal llamada mezquita de Omar. Para conseguir una gran explanada donde acotar el templo central de la Fe hebrea, fue necesario levantar unos grandes muros que abarcaban la superficie necesaria para albergar todo el complejo de culto judío.
El otro monte el Tabor, hoy luce con todo su esplendor.
Del ascenso cada uno de nosotros vivimos el ascenso al calvario con nuestras cruces. Revivimos las promesas del tabor a través de la vida litúrgica de la iglesia, que nos permite tener la Fe de Abraham y la vida plena de Cristo: el muerto-resucitado.

La primera lectura (Génesis, 22, 1-2.9-13.15-18), nos presenta el sacrificio de Isaac.
Las horas que pasarían Abraham y Sara serían realmente terribles. Eso no lo puede pedir ni Dios. Ni necesita pruebas de este tipo… Pero la historia que cuenta el Génesis es no sólo hermosa, sino profunda y paradigmática. Se inspira en la costumbre de ciertas religiones primitivas. Abraham pudo llegar a sentir esa exigencia. El patriarca, camino del monte, es un modelo de obediencia y de fe. Abraham con el cuchillo alzado es un paradigma de la fe.
La escena de Abrahán dispuesto a sacrificar a su propio hijo Isaac, en el monte Moria, la hemos interpretado siempre como una muestra suprema de la fe de Abrahán y de su fidelidad y confianza en Dios. Y, junto a esta actitud está la actuación de Dios que le prometió una larga descendencia por su heroica fidelidad.  "Juro por mí mismo --oráculo del Señor--: Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistaran las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido."
Aquí se ganó de verdad esa paternidad de todos los creyentes. Si hubiese retenido al hijo, su semilla hubiera terminado agotándose. Al desprenderse de él, se lo devuelven con una bendición que traspasa los siglos, con una promesa de infinitud.

El Salmo de hoy (115). es una expresión de la voluntad de cómo queremos caminar:
"CAMINARÉ EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR, EN EL PAÍS DE LA VIDA".
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti Jerusalén.

En la segunda lectura (Romanos, 8, 31b-34), San Pablo nos fortalece con sus palabras testimoniales. Ningún misterio, ningún desconcierto, ni el dolor ni la muerte, deben hacernos dudar del amor incondicional de Dios. Quien es capaz de morir literalmente por nosotros tiene derecho a nuestra confianza. "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?". Nuestra ley, nuestra ciencia y nuestra fuerza, son una persona: Cristo Crucificado. Él es el contenido de nuestra espiritualidad, de toda nuestra vida.
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". Estas palabras son como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito  de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".
Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, y feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús".
Toda esta esperanza se fundamenta en el amor incondicional de Dios, que no perdono ni a su propio Hijo. "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara su cáliz y dolorosa pasión.

Hoy el evangelio (Marcos, 9, 2, 10), nos proclama el relato de la  TRANSFIGURACIÓN.-
Jesús se retira con los más íntimos a la montaña, al Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de
Genesaret y el valle de Yiztreel. El lugar, invita a los visitantes a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendido en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.
La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.
Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. La escena narrada, con sus luces y sombras hace entrever el duro combate que había de librar Jesús , y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisos... La voz del Padre resuena desde la nube: "Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito", la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del gran amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

¡Hermosas y sugerentes las enseñanzas  de las lecturas de hoy para nuestra vida!.
En la primera lectura nos encontramos con la fe ejemplar de Abraham: a Dios no se le discute ni regatea nada. Es verdad que le pide todo su amor y su esperanza; pero Isaac, el hijo de la promesa es más de Dios que suyo; y si Dios le ha dado un hijo en su vejez, puede seguir multiplicando su semilla.  
¡Cuantas veces Dios nos pide bastante menos que a Abraham y nosotros le damos la callada por respuesta, preferimos nuestras efímeras seguridades terrenales!.
La lección que queda para nosotros, es clara. debemos ser fieles a Dios, en medio de las mayores dificultades, pero Dios no quiere que nuestra fidelidad a él vaya en contra de la vida de ninguna persona inocente. Matar a una persona en nombre de Dios es una ofensa gravísima a Dios. Esta voluntad del Dios de Abraham, es plenamente válida, cuando hoy  grupos islámicos apelan a Ala (el mismo Dios de Abraham), para infringir la muerte.
El testimonio de San Pablo, nos es de gran valor para nosotros cristianos en el siglo XXI. Él es consciente de las dificultades que hay en su vida (también en muchos cristianos, contemporáneos nuestros), de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.
Ante los constatados hechos del amor de Dios, constatados por San Pablo, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama?.
Del relato del Evangelio, ¿cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó?, ¿cómo no atender las palabras de quien murió por salvarnos?. Oír su doctrina luminosa, escenificada en el Tabor, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los caminos tortuosos de cada día de nuestra vida, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.
La Transfiguración del Señor fue un momento esplendido, de felicidad plena, pero ¡que pronto llegó la nube!, y los  apóstoles tuvieron que bajar a la áspera y complicada vida de cada día. ¿Es que la visión del Cristo transfigurado no les sirvió para nada a los apóstoles? Sí, y mucho, pero en clave de esperanza. Jesús acababa de anunciarles la inminencia de su muerte y del duro camino que les aguardaba en la subida hacia Jerusalén. Pedro –siempre tan espontáneo y hasta temerario- le criticó entonces a Jesús duramente. Jesús le dijo entonces a Pedro que hablaba como Satanás, porque pretendía suprimir el dolor del camino de su vida. El Tabor definitivo, la resurrección gloriosa, llegaría a su tiempo, paro antes tendrían aún que subir al monte del Calvario. Y en esa historia estamos nosotros, creyentes del siglo XXI.
Hoy, con el evangelio en la mano, podríamos preguntarnos si en algún momento (ante los amigos, enemigos, cercanos o lejanos) hemos dado firme testimonio de nuestra fe. O si, tal vez, por miedo al rechazo preferimos esconder la fe.

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