domingo, 27 de septiembre de 2015

Comentario a las lecturas del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario 27 de septiembre de 2015


Reconocer el bien , venga de donde venga y lo haga quien lo haga.
"Los fieles descubran con gozo y respeto las semillas del Verbo que se ocultan en las tradiciones nacionales y religiosas de los países de misión" (AG II).
"El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo por las semillas del Verbo y por la predicación del Evangelio…" (AG 15).
Las lecturas de esta domingo rompen, por un lado, cualquier sentido de lo exclusivo, de lo propio, del grupo, de “ser de los nuestros” y de “no dejar pasar a los otros”. Y también claman contra las injusticias, contra los abusos, contra el daño a los más pequeños, a los más débiles.

Primera lectura tomada del Libro de los Números (Nm 11, 25-29), nos recuerda que no podemos, ni debemos monopolizar el Espíritu. El relato del Libro de los Números enseña que son muy diversas las actuaciones del Espíritu. Una de ellas es hablar en lenguas. Otra, más importante, es el haber recibido el encargo de dirigir y enseñar al pueblo de Dios. Desde Moisés, representante de Dios (que no hablaba en lenguas ni profetizaba con trances), el Espíritu se derrama sobre los inspirados. No siempre Dios comunica su espíritu por los canales oficiales. El Espíritu es soberano por encima de las instituciones. El carisma no debe ser rechazado por la autoridad. El presente pasaje de los Números confiere un carácter sagrado al origen de la institución de los ancianos, fundando así la importancia que tuvo siempre tanto religiosa como política.
"Habían quedado en el campamento dos del grupo..." (Nm 11, 26). Aquellos dos hombres no habían asistido a la reunión junto a la Tienda de Dios. A pesar de eso, comenzaron a profetizar pues la fuerza de Yahvé también les había alcanzado. El Señor, dando muestras de su liberalidad, no quiso supeditar su don a un lugar determinado. Cuando le cuentan a Moisés lo ocurrido, Josué que le había ayudado desde siempre siente celos. No le parece bien que profeticen quienes no habían asistido a la asamblea, y pide a Moisés que se lo prohíba. Pero el caudillo del desierto no se deja llevar por aquella celotipia. Él sabe que Dios es el que da sus dones, sin mérito alguno por parte del que lo recibe. Por eso contesta magnánimo: "Ojalá que todo el pueblo recibiera el espíritu de Yahvé y profetizara".

El salmo de hoy (Sal 18, 8.10 12-13. 14) nos recuerda la importancia de la Ley."LOS MANDATOS DEL SEÑOR SON RECTOS Y ALEGRAN EL CORAZÓN"
Para los hebreos, los mandatos del Señor son mucho más que cumplir una serie de normas y preceptos. La ley expresa el designio divino para toda la humanidad. El cumplimiento de sus mandatos no es una obligación estricta, sino un imperativo de carácter urgente y bueno, que pide una respuesta por lo crucial y vital de su naturaleza. Por esto, para el creyente judío un precepto de Dios es un anuncio gozoso, porque detrás de él late el deseo inagotable del Creador que quiere la felicidad de su criatura.
El amor a Dios pasa por el amor a la Torah. El pueblo de Israel va tomando conciencia progresiva de que Dios es justo, y su justicia está basada en el amor a su pueblo. En su ley no hay falacia ni engaño: es verdadera porque nos ayuda a ampliar nuestros horizontes como personas. Nuestra respuesta a su ley nos ayudará a vivir más auténticamente. Dios nos lo pedirá todo, pero hasta donde nosotros podamos responderle; él nos conoce bien y su justicia es infinita.
Esta ley orienta la vida del creyente hacia Dios, le ayuda a vivir con rectitud y con plenitud. Una vida ordenada y coherente lleva a una profunda paz interior y, como consecuencia, a un estado vital de comunión en lo más profundo del corazón. Dios desea la calma, el sosiego, la confianza, el descanso del espíritu. El desconocimiento de sus leyes nos llevaría a caminar sin rumbo, vagando hacia el vacío.
En lo más hondo de nuestro ser, todos deseamos conectar con la bondad de Dios y vivir instalados en la certeza de que somos amados por él. La ley del Señor manifiesta su lealtad y fidelidad al hombre. Dios desea que el corazón humano se abra a él y que toda persona pueda conocerle.
Conocer esta ley es conocer las mismas entrañas de Dios. El corazón de Dios es pura esencia amorosa. Desde siempre y para siempre, él desea estar a nuestro lado. Nada ni nadie puede apartarlo de esta profunda convicción. Su deseo de permanencia en nosotros responde al pacto de fidelidad que ha asumido para salvarnos.

En la segunda lectura  de Santiago (San 5,1-6) , se nos recuerda algo que ya plantean algunos libros del Antiguo Testamento donde  las riquezas se presentan como una señal de las bendiciones divinas. Se valoran las riquezas como posibilidad de practicar la "justicia" haciendo sacrificios a Dios. Pero la Biblia condena unánimemente el abuso de los ricos, la ambición desmedida y la explotación de los pobres. Además, los profetas han visto en la riqueza una fuente de injusticia. Para los evangelistas la riqueza aparece como un serio obstáculo que impide la entrada en el Reino de Dios.
Es tajante el posicionamiento de Santiago en contra de las riquezas y de los ricos por su evidente obra de opresión. Para él los ricos son un ejemplo del espíritu del mundo, hablan y planean como si Dios no existiera con un afán inmoderado de dinero y bienes.
El rico cree que le ha tocado en la vida el lado bueno pero, en realidad, “os ha tocado una desgracia” que les tendría que hacer “llorar (dice “aullar”) y lamentarse”. Están en la peor de las situaciones, aunque ellos se crean a salvo de todo. Les amenaza la caída más grande y rápida, ya que la fuerza de las riquezas encierra, con frecuencia, grandes debilidades.
Pero además, es connatural con toda riqueza el que sus valores “están corrompidos… apolillados… herrumbrados”. Tienen en su interior su propia destrucción. Esa “herrumbre” será el peor testigo de cargo contra ellos en este “tiempo final”. Es decir, las riquezas y su mundo es el peor agente de maldad en la historia humana, aquello que crea desigualdad e injusticia, inhumanidad por tanto. Quienes se asientan en la riqueza son la anti-humanidad y, por ello, lo anti-Dios, aquello que es lo más opuesto a la propuesta de Jesús y su reino. Su acción inhumana no pasará desapercibida al Dios que ama la justicia y la igualdad (según el parámetro retributivo del judaísmo).
Y, peor aún, el “jornal defraudado”, porque se ha pagado mal y tarde, porque se ha retenido injustamente, porque han engullido sus beneficios los ricos que no han trabajado en el campo, toda esa maldad “ha llegado hasta el oído del Señor”. Dios sigue escuchando el grito del socialmente oprimido, desde los viejos tiempos del Éxodo (Ex 3,7) hasta hoy (“sobornos, comisiones, regalos fuera de lo normal, es llevar pan sucio para los hijos”: papa Francisco). Quizá no haya que poner el acento en la amenaza de Dios, sino en la evidencia de que la riqueza amasada con injusticia es una ruina hasta para la misma riqueza. Y que hay posibilidades de una economía humanizadora, sensata, del bien común, con ganancias razonables para todos lo muestran muchas personas que caminan en otra dirección económica.
Suena el tono profético, al viejo estilo de Amós, cuando dice que los ricos, por su comportamiento inhumano, “están dechados para el día de la matanza”. Así es, la riqueza acumulada con la que han “engordado” se volverá contra ellos, como muchas veces sucede. El Evangelio propone un formidable mecanismo de corrección: desacumular (Lc 12,13-21). Quien quiera entender los planteamientos del Mensaje tendrá que sustituir el mecanismo de la acumulación por el del compartir hasta frenar la acumulación y hacer que desaparezca. De lo contrario, su vida caerá fuera de los parámetros del reino de Dios.

El evangelio de este domingo de Marcos (Mc 9,38-43.45.47-48) , en su relato es muy iluminador. como el pasado, nos presenta, algunos defectos de los apóstoles. Defectos que con la ayuda divina fueron superando a lo largo de su vida. Ejemplo y aliento para nuestra vida personal, tan llena con frecuencia de pequeñas o grandes faltas. También nosotros las podremos superar si luchamos y pedimos con humildad la ayuda del Señor.
Juan fue, sin duda, un hombre apasionado. Por eso quizá era tan amigo de Pedro y tan querido por el Maestro, que tanto aprecia la entrega total, y tanto abomina las medias tintas. Llevado de su carácter apasionado, Juan quiso impedir a uno que no era de los
suyos, que echase a los demonios en nombre de Jesús. Se creía tener la exclusiva, le molestaba que otro hiciera el bien sin ser de su grupo.
Los discípulos informan a Jesús de un hecho que los ha molestado mucho. Han visto a un desconocido «expulsando demonios».  Está actuando «en nombre de Jesús» y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y en paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en la alegría de los que son curados por aquel hombre. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar.
Le exponen a Jesús su reacción: «Se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros». Aquel extraño no debe seguir curando porque no es miembro del grupo. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie debe curar en su nombre si no se adhiere al grupo.
Jesús reprueba la actitud de sus discípulos y se coloca en una lógica radicalmente diferente. Él ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante no es el crecimiento de aquel pequeño grupo, sino que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo: «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro». El que hace presente en el mundo la fuerza curadora y liberadora de Jesús está a favor de su grupo.
Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos que solo piensan en su prestigio y crecimiento, y adopta una actitud abierta e inclusiva donde lo primero es liberar al ser humano de aquello que lo destruye y hace desdichado. Éste es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores.

Para nuestra vida
En el libro de Los Números se nos dice que el profeta Moisés actuó de un modo parecido a como actuó Jesús en el caso que hemos comentado en el evangelio.
Los celos de Josué anticipan la misma actitud de los discípulos de Jesús frente al exorcista que arrojaba demonios sin ser de su grupo (evangelio de hoy). La gran tentación de la autoridad religiosa ha sido siempre monopolizar el Espíritu, pero el Espíritu se comunica a quien quiere y como quiere. Los que mandan no deberían estar celosos de que el pueblo profetice alguna vez; más bien debiera tomar nota de lo que dice Pablo a los obispos: "No apaguéis el Espíritu".
Lo importante es que el Espíritu del Señor se infunda y se difunda por todo el pueblo, sin distinción de clases sociales, o jerarquías religiosas. Nadie debe estar celoso de sus privilegios, o facultades religiosas; todo el que habla en nombre de Dios y dice la Verdad de Dios debe ser bienvenido. Hay personas ignorantes que hablan sabiamente y personas muy doctas que hablan neciamente.

Lo planteado por Santiago , hoy es una realidad, los que viven bien deben su bienestar a que miles y miles de personas viven en la miseria. La defensa de sus privilegios trae cada año como consecuencia inevitable la muerte injusta de millones de personas por hambre, represión y guerras. Los países ricos son incapaces de acoger en su tierra a los que huyen de la miseria o de la guerra. El evangelio, que es Buena Noticia para los pobres, se convierte en mala noticia para los ricos. Sin embargo, los ricos siguen acaparando riquezas sin caer en la cuenta de que el juicio de Dios es inminente. La retención del jornal es aquí sólo un botón de muestra de la explotación y de la injusticia de los ricos. Claramente lo expone la Doctrina Social de la Iglesia, la gran ignorada. Sarcásticamente, el autor dice a estos ricos que son como los cerdos que se ceban para la matanza.
"Ahora vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida… habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer… condenasteis y matasteis al justo; Él no os resiste". Este texto del apóstol Santiago contra los ricos inmisericordes es muy duro. Lo que debemos hacer cada uno de nosotros es mirarnos a nosotros mismos, para ver si realmente este texto también nos dice algo a nosotros. No debemos pensar que sólo los muy ricos tienen que hacer misericordia y vivir con más austeridad; muchos de nosotros, sin ser muy ricos, también tenemos y malgastamos bienes superfluos, que serían muy necesarios para los pobres. Toda persona cristiana debe ser sobria y caritativa, si quiere ser fiel a la doctrina y a la vida del Maestro. La corrupción y la tacañería no son defectos exclusivos de los muy ricos. Examinemos nuestra conducta.

Las palabras de Jesús en el evangelio van dirigidas contra esa determinada concepción de la autoridad como control y  monopolio exclusivo y excluyente. Hay aquí un canto en favor de los "pequeños" que creen en Jesús. Poco estimados, más ignorantes o débiles en la fe, jamás hay que hacerles tropezar (escandalizar). Estos pequeños pueden ser en la comunidad los que necesiten ser ayudados con cariño y paciencia para poder evolucionar sin desconcertar su fe. Pero también los que sufren la tentación de abandonar la Iglesia por la lentitud de ésta en renovarse. Todo el que se hace discípulo de Jesús y aún no ha llegado a una fe adulta es "pequeñuelo". Y el que aparta de su camino a uno de estos pequeñuelos es un homicida, ya que les impide llegar a la verdadera vida. "Escándalo" es la piedra que nos hace tropezar, el impedimento que se encuentra en el camino. La tentación nunca procede exclusivamente de fuera; de ahí que el hombre deba procurar también no escandalizarse a sí mismo. Y esto no es posible si uno no lucha contra sus propias inclinaciones y no toma medidas negándose a sí mismo.
También en nuestros días hay muchos hombres que luchan contra el mal y la injusticia de nuestra sociedad y, con todo, no son expresamente cristianos, éstos son de los nuestros aunque no sean "de los nuestros", pues es claro que no están contra nosotros. Son personas solidarias e implicadas en organizaciones humanitarias que luchan denodadamente contra la exclusión que sufren millones de personas en nuestro mundo. Son hombres y mujeres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellos está vivo el Espíritu de Jesús.
Hemos de sentirlos como amigos y aliados, nunca como adversarios. No están contra nosotros pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.
No les impidamos actuar, sumemos nuestras fuerzas a las suyas, nuestros proyectos a los suyos, para hacer un mundo más humano. También ellos colaboran a la extensión del Reino de Dios, la “civilización del amor”

Rafael Pla Calatayud

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