domingo, 23 de febrero de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo VII del Tiempo Ordinario - Ciclo C. 23 de febrero de 2025


Las lecturas de hoy destacan las actitudes del perdón y la misericordia. En el  evangelio se nos presenta el segundo fragmento del "sermón del llano" de Lucas, sobre el amor a los enemigos, preparado en la primera lectura por el ejemplo del perdón de David a Saúl, y por el salmo responsorial por el canto a la misericordia de Dios, razón última del mensaje evangélico. Y en la segunda lectura leemos otro fragmento del c. 15 de 1 Corintios, sobre el misterio de Jesucristo resucitado y la condición de hombres nuevos propia de los cristianos, incorporados a Cristo por el bautismo.

En la primera lectura del primer libro de Samuel (26,2.7-9.12-13.22-23), se nos presenta una escena importante en las relaciones entre David y Saúl, Las relaciones entre estos dos ilustres personajes se nos descubre a los largo de 1 Sam. 16-2 Sam. 1.

David, ungido rey por Samuel, entra al servicio de Saúl; su triunfo sobre el gigante Goliat y su éxito en todas las incursiones militares que se le encomiendan, provocan la celotipia y envidia de Saúl, que intentará quitárselo de en medio.

Saúl está a merced de David (v. 7). Varias veces, Saúl intentó atravesar, con su lanza, a David contra la pared (cfr.18,11; 19, 9 s; 20, 23). Este, pudiendo ahora matarlo con la misma lanza, no lo hace. El atentado no puede fallar (v. 8), pero David devuelve bien por mal (vs. 9-11; cfr. 24, 7-8a).

Saúl, a pesar de sus tres mil soldados (v. 2), se halla desatendido. Esto es demasiado inverosímil, por eso el v. 12 hace caer sobre ellos un letargo enviado por el Señor. El autor juega con la ironía: el que no es custodiado por sus amigos, debe ser protegido por el enemigo (vs. 13-16).

-David apela al tribunal del Señor. El dará a cada uno según sus acciones. (vs. 22-23). Así, la venganza personal queda excluida.

Si las lecturas de los días pasados han hablado de la amistad y el amor (o los amores) de David, la de hoy nos presenta otra faceta de su perfil humano: la grandeza de ánimo, manifestada en el perdón y la renuncia a la venganza.

Dos narraciones presentan a David perdonando la vida a Saúl: la primera (c. 24) en una cueva del desierto de Engaddi; la segunda en el desierto de Zif. En la primera es Saúl quien entra en la cueva donde se habían escondido David y sus hombres; en la segunda es David quien, acompañado de Abisay, se infiltra en el campamento de Saúl. Fuera de estas diferencias, el esquema de las dos narraciones es el mismo: denuncian a Saúl que David se esconde en tal lugar del desierto de Judá; Saúl reúne tres mil hombres escogidos y va allá para atraparlo; en un momento de la persecución, sin saberlo, Saúl y sus soldados consiguen alcanzar a David y los suyos, y Saúl queda, indefenso, a merced de David. Los acompañantes de David creen que es la ocasión de poner término a la vida de quien implacablemente los persigue; David no se lo permite, porque, dice, no quiere poner la mano sobre el ungido de Yahvé; toma tan sólo una prenda -un trozo del manto de Saúl (c. 24) o su lanza (c. 26)- y después, desde una distancia prudente, le llama y le muestra la prenda que hace ver que podía haberlo matado.

En ambos relatos dice David que es Yahvé quien le hará justicia, es decir, quien matará a Saúl; Saúl se emociona, llora y reconoce que ha obrado mal con David; por último, Saúl se va de allí en una dirección y David en otra. Seguramente se trata de un mismo hecho, transmitido según dos versiones, o bien fueron realmente dos hechos, en cuya narración uno sufre la influencia del otro.

 

El responsorial es el Salmo 102  (SAL 102, . 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13). El salmo 102 es el gran salmo de la ternura de Dios. El concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y especial en el contexto de amor.

La ternura es, ante todo, un movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro idioma de otra palabra: cariño.

Allá, en las raíces de la ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad, donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.

Ciertamente, la Biblia, cuando intenta expresar el cariño de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna, debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón, benevolencia. En suma, la ternura.

En el salmo 102, se han condensado todas las vibraciones de la ternura humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el escenario, conmovido por la benevolencia divina y levantando en alto el estandarte de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo enseguida «con todo mi ser».

La estructura del salmo es también clara y sencilla, como suele ser la de los himnos, estructura ternaria:

a) Invitación a la propia alma y corazón del salmista a bendecir al Señor (vv. 1-2). b) Motivación: la bondad de Dios en:

1. los favores personales (vv 3-5);

2. los favores dados a la humanidad (vv. 6-19).

c) Aclamación final de toda la creación (vv. 20-22).

En el versículo segundo continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo, conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, despliega una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v. 3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa corriente, llena de inspiración:

(v.3- 4) : "Él perdona todas tus culpas  y cura todas tus enfermedades;  él rescata tu vida de la fosa te colma de gracia y ternura".

Todas las experiencias vividas por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años, están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de Israel: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).

Israel -y el salmista- que ha convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque sabe de qué barro estamos constituidos.

Para El perdonar es comprender, y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que lo arrastran por rumbos contrarios.

Por eso no le cuesta perdonar, y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia, sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.

A partir de versículo 9 el salmista se mete en las entrañas de la actitud de Dios, esto es, de la Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.

Le han puesto la fama de que no hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso, sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en el polvo: «No nos tratan como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (v. 10).

(vv. 11-13).«Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos».

En los versículos siguientes, la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14). Aquí entran sincronizadamente, la comprensión, el perdón, la misericordia y la ternura.

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,45-49).

El  aspecto tratado hoy es con el que topaban los Corintios: una concepción demasiado materialista de la resurrección. Sobre todo en ambientes judíos se especulaba mucho sobre cómo sería el cuerpo resucitado, y se imaginaban unos paraísos que sin duda tenían que repugnar a gente formada en determinadas filosofías helénicas que consideraban el cuerpo como la cárcel del alma. Esta repugnancia acentuaba, ciertamente, el rechazo de determinados miembros de la comunidad de Corinto ante la idea de una resurrección corporal.

En un texto que ahora puede continuar teniendo vigencia para determinadas mentalidades cristianas que tienden a imaginar un cielo muy material (y que no saben dar una respuesta, por ejemplo, cuando alguien les pregunta de quién serán los órganos que han sido trasplantados de un cuerpo a otro, o qué sucederá con los cuerpos incinerados), Pablo acumula ejemplos para explicar que no se debe imaginar la resurrección del cuerpo como una resurrección del cuerpo material que ahora tenemos, sino que será un cuerpo diferente: un cuerpo "celestial", en contraste con el actual cuerpo terrenal.

Eso lo explica Pablo en 15 ,35-53 . Y de todo este largo fragmento, leemos únicamente cinco breves versículos que constituyen como una síntesis, hecha a partir de los dos modelos de hombre: el hombre terreno es el hombre que continúa la descendencia de Adán; el hombre celestial es el que se realizará en la resurrección, por obra del Espíritu del último Adán, Jesucristo.

En el texto de hoy, como explicación final de la diferencia entre los dos tipos de hombre, presenta la conocida contraposición entre Adán y Cristo. El modelo del "hombre celeste", que no sabemos cómo será, es el cuerpo resucitado de JC, el "segundo hombre". A partir de la imagen de Gen 2,7, en la que se dice Dios puso en Adán el aliento de la vida, y a partir de este aliento nació la vida natural, Pablo presenta la resurrección de Jesucristo como el momento en que él recibió también el aliento de la vida, pero de una vida distinta, que da origen a la vida nueva de los hombres mediante la donación del Espíritu Santo. Es este el significado de las dos expresiones contrapuestas: "se convirtió en ser vivo" - "se convirtió en espíritu que da vida".

Los dos últimos versículos parecen presentar una contradicción: "son los hombres celestiales" - "seremos imagen..." Por el bautismo participamos ya de la resurrección ("somos"), pero nos hallamos en el camino que lleva a la plena imagen de JC resucitado, en la parusía ("seremos").

En esta segunda lectura, San Pablo nos ayuda a profundizar en lo que es ser cristiano, que consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos, si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.

San Pablo explica como el cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.

 

El evangelio es de  san Lucas (Lc. 6,27-38). A diferencia del texto del domingo pasado que restringía las bienaventuranzas a los discípulos, el texto de hoy no es restrictivo. Los destinatarios son absolutamente todos los oyentes, que, de acuerdo a Lc 6, 17, se componen de los doce, discípulos y gentío.

La lectura evangélica iniciaba el "sermón de la llanura" con la apreciación que le merece al Padre la "pobreza" y la "riqueza". Hoy la continuación del mismo discurso que encontramos en el evangelio  nos presenta cual debe ser la visión que el cristiano tiene que tener de los "otros".

El evangelio nos explica la relación de cada creyente con los demàs. La explicación está estructurada en tres partes.

Parte primera: vs. 27-30. Abren el texto cuatro frases imperativas en plural (vs. 27-28). Las cuatro igualmente concisas, con igual estructura e igual ritmo: al imperativo, marcando el sentido de lo que debe ser la actitud de los oyentes, sigue la mención global de quienes encarnan la actitud contraria y que no debe ser reproducida por los oyentes, sino cambiada por la opuesta, anteriormente formulada en imperativo.

Los versículos 29-30 no son casuística, sino invitaciones urgentes a despertar a un nuevo talante. vs. 29-30 otras cuatro frases también imperativas, aunque en singular y con estructura sintáctica inversa: el imperativo cierra ahora cada frase. Estas, por otro lado, no se mueven en el terreno de los principios o de las directrices genéricas, como sucedía con las anteriores, sino en el de las situaciones concretas. La formulación es gráfica, incisiva: pon la otra mejilla, quédate desnudo, da a todo el que te pida, no reclames lo tuyo.

Parte segunda: vs. 31-35. El grupo cristiano debe ser reconocible por el amor. Este amor no lo concibe Jesús como un sentimiento, sino como una actuación. Por el amor, Dios reconoce al hombre como hijo suyo y el hombre se reconoce hijo de Dios. Este es el premio del que habla Jesús: experimentar a Dios como Padre.

El v. 31 formula un criterio de actuación para con los demás. Comportaos con los demás, como queréis que los demás se comporten con vosotros. La frase no tiene la crudeza y la agresividad de las anteriores. Se trata de un criterio realista, razonable y, aunque con un componente interesado, el criterio es práctico y eficaz. Jesús era indudablemente un perfecto didacta, que sabía conjugar la imagen agresiva y la sabiduría popular y sosegada de las máximas.

En los vs. 32-35 Lucas retoma el estilo y el lenguaje incisivos de los primeros versículos. La traducción litúrgica presenta estos versículos como explicación del v. 31, probablemente sin fundamento. En realidad, estos versículos forman un bloque en función del último de ellos, el 35. Los tres primeros (32-34) insisten en un misma idea: el plus diferenciador de la ética de Jesús frente a las éticas no religiosas. Lucas ha conservado la expresión "los pecadores", con la que los judíos designaban a todos aquellos que no conocían al Dios de Israel.

Parte tercera: vs. 36-38. Jesús sitúa al hombre en una relación nueva con Dios: relación hijo-padre. Esta nueva relación del hombre con el hombre. Sólo así adquiere sentido todo lo que Jesús ha dicho desde el v. 27.

los vs. 36-38, está dominada por el Padre. Seréis juzgados, es decir, Dios os juzgará; etc. Estos futuros, por otra parte, participan del mismo carácter lógico que los futuros del v. 35. No obedecen, pues, primaria ni exclusivamente a una actuación de Dios en el más allá sino ya en el acá.

Estos últimos versículos erigen al Padre de los cielos en modelo de la ética de Jesús. El Padre, sus entrañas, su misericordia, su amor abismal- mente desbordante y desinteresado. El es origen y la razón de ser de las absolutamente desconcertantes y fascinantes propuestas éticas de Jesús.

A propósito, por último, del término juzgar del v. 37 hay que decir que su ámbito no es el jurídico sino existencial, es decir, remite a la inclinación que experimenta el ser humano a criticar y a encontrar defectos en el prójimo.

Es el padre quien da sentido y coherencia a los hermanos. El amor del que habla Jesús no es un simple sentimiento humanitario; tiene una raíz existencial: la realidad del Padre. Sólo así tiene sentido que pueda amar yo al de al lado: es que resulta que es hermano mío.

La idea, nuclear que da sentido  a todos los consejos que hallamos en el texto, la encontramos casi al final del mismo: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" y tiene su correlato humano en esta otra advertencia: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten".

Jesús quiere trasladar al seno de la comunidad de los suyos las relaciones de misericordia que el Padre mantiene con los hombres y pormenoriza, casi hasta el detalle, cómo tiene que ser esas relaciones. Así, hace pasar por delante de su auditorio -en nuestro caso, lectores- prácticamente una casuística completa de circunstancias que hace difícil soportar al otro y, mucho más difícil, amarlo.

Comienza recordando a los enemigos a los que hay que amar aunque nos odien, nos maldigan o nos injurien. Pero esto no basta, la respuesta del discípulo de Jesús debe ir más lejos: ofrecer la otra mejilla, dar además el manto y no reclamar nada al ladrón. Después presenta una serie de relaciones totalmente unilaterales: hay que amar, prestar y hacer el bien sin esperar a que el otro responda con la misma moneda.

Para entender las exigencias de estos consejos viene bien recordar la experiencia personal que hemos tenido del perdón tantas veces recibido de manos del Padre, en el sacramento de la reconciliación, que "es bueno con los malvados y desagradecidos.

 

Para nuestra vida.

En las lecturas de este domingo se repiten palabras claves:  Amor y perdón . Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl.

 

En la primera lectura nos presenta la escena  entre el rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David. El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel. David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”.

En el texto proclamado lo que destaca sobre todo es la compasión y el perdón de David, en contraste con la voluntad de Saúl de hacerle la vida imposible y matarle. Hay que subrayar, no obstante, que este perdón y esta compasión no son el puro amor a los enemigos del que hablará Jesús en el evangelio de hoy, sino que incluye el temor a tocar al que el Señor ha ungido: en Saúl, a pesar de todo, se da una especialísima presencia del Señor, y por eso sería gravísimo atentar contra él.

Aún hoy día la actitud de David, renunciando a matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su comportamiento.

 

Hoy en el salmo proclamamos “el Señor es compasivo y misericordioso”. Dios es el primero que nos perdona a nosotros. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros

Es un salmo bendicional, de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia, al Señor". Es, pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser, Al final, en el himno solemne con que concluye, invitará también a los ángeles, a los "ejércitos" de Dios (los mismos ángeles) y a la creación entera (las obras de Dios) a bendecir al Dios a quien sirven. Pero lo principal es que cada uno de nosotros -"alma mía"- se decida a esta bendición.

El Salmo va describiendo con entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro de oro.

El autor del Salmo, en clave poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de Dios:

-"como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles",

-"como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos",

- "como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles"...

d) Cómo somos nosotros. El otro polo de la historia somos nosotros: y ciertamente el panorama no es alentador. El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:

-el pecado: "él perdona todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados" "ni nos paga según nuestras culpas";

-la enfermedad: "y cura todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y "como un águila se renueva tu juventud";

-la opresión: "el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de hijos a nietos";

-la caducidad: "los días del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro"...

Por encima de toda nuestra historia, que no es nada gloriosa, está el amor y la misericordia de Dios. Y esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia de un Dios que se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.

Este cuadro de flaquezas humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de barro), oprimidos por enfermedades y angustias...

El Salmo, por tanto, nos invita también a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.

 

San Pablo en la su primera carta a los Corintios describe  nuestra condición humana. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo, pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. San Pablo nos dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho. Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.

"Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

Dios se acercó al hombre, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

 

En el evangelio de hoy hay una actitud  provocadora en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.

Jesús nos pide hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada día, creciendo en el amor y en la misericordia.

El evangelio de hoy presenta lo nuclear del cristianismo: la confesión del amor gratuito y misericordioso de Dios, que conduce a la ética humana más radical y gratuita. La luz sobre Dios llega a iluminar las profundidades de la vida y el comportamiento humanos. Hoy, no obstante, hay que poner de relieve un último aspecto: esta ética tan radical no es un exceso sublime de perfección; es propiamente la ética más profundamente humana. Las relaciones entre los hombres que no estén regidas por estas actitudes acaban en lucha e inhumanidad. Hoy hay que subrayar que en la convivencia entre los hombres y entre los pueblos hay que llegar a una ética que busque el bien del otro sin utilizarle, que atienda sus necesidades sin intención de pasarle luego la factura, que busque realmente la justicia sin actitud de revancha, que dialogue con los pretendidos enemigos buscando realmente el bien social común. Esta tiene que ser la aportación cristiana al dialogo social. No sólo para dar a la convivencia un plus de perfección, sino para hacerla posible y humana, es decir, según el Espíritu del Señor.

¿Y la "recompensa"?. Es más que recompensa; es la vida en Dios, ahora y por toda la eternidad, encontrando así la verdadera relación entre los hombres, la paz, el amor, la alegría de la comunión, incluso entre los problemas y las tensiones. La vida evangélica parte de Dios y tiene a Dios como "recompensa" porque no es sino la expresión viva de la misma gratuidad que define el amor de Dios. El que ama así, y a este amor estamos llamados toda la humanidad, es el que realmente cree, en su corazón, en el Dios vivo. Esta es la fe que salva.

La existencia de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

jueves, 13 de febrero de 2025

Comentario a las lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 16 de febrero de 2025

 " Señor, tú que te complaces en habitar

en los rectos y sencillos de corazón
concédenos vivir por tu gracia de tal manera
que merezcamos tenerte siempre con nosotros".

 (Oración colecta del domingo VI del TO)

El mensaje nuclear de hoy son las bienaventuranzas. 

La humildad de corazón, labraba no sin esfuerzo por parte de cada uno, y con el auxilio imprescindible de la gracia de Dios, forma los cimientos sobre los que se levanta y se construye el Cristo en nosotros. 

Los autores espirituales clásicos dedicaron muchísimas páginas a combatir la soberbia y a alimentar el deseo de la sencillez y de la humildad en los cristianos. De eso hace mucho, y seguro que los tiempos nos reclaman una nueva insistencia aquí Recobrarse uno mismo en la humildad es el mejor servicio que podemos hacernos, es abrir la puerta principal al Espíritu, ese Espíritu que huye de lo "sabios" y es amigo de los pobres y sencillos de corazón, de los que aman rectitud y aborrecen la tortuosidad y el engaño sistemático e interesado.

He aquí nuestra oración de hoy. Que el Señor nos conceda conocer lo que somos, para que con un corazón sediento de humildad, Dios sea para nosotros la fuente de agua viva donde saciar nuestra sed de caridad. 

Primera lectura del libro de Jeremías (Jr 17, 5-8).. El material de este cap. 17 es muy heterogéneo y no guarda conexión alguna entre sí; la datación de cada una de sus secciones resulta poco menos que imposible.

Los vs. 5-11 constituyen una colección de palabras sapienciales en desarmonía total con lo que antecede y con los que sigue. Por su naturaleza, estas sentencias son anónimas y pertenecen al patrimonio cultural de la comunidad. ¿Fue Jeremías el primero en pronunciarlas? Para nada nos interesa. El profeta, miembro de esa comunidad, pudo muy bien pronunciarlas y esto nos basta.

-La perfecta contraposición entre los vs. 5-6 y 7-8 (maldición/bendición; cardo estepario/árbol plantado junto al agua; muerte/vida) da unión a esta sección y de ella se sirve el autor para exponernos su pensamiento. Antítesis que nos recuerda las contraposiciones, tan frecuentes en Prov. 10-15, entre sensato e insensato, honrado y malvado, etc.

Jeremías nos dice hoy: "Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor" (Jr 17, 5). Sin embargo, hay momentos en los que necesitamos confiar en alguien; momentos en los que todo parece hundirse a nuestro alrededor. Necesitamos entonces un apoyo, un amigo al que recurrir. Es la hora de descubrir dónde está la verdadera amistad. ¡Y cuántos desengaños se sufren! Uno comprende que las palabras que prometían no eran más que palabras hueras, sonidos articulados carentes de sentido.

Por eso es desdichado el que confía en el hombre, el que busca su fuerza en la carne. Y es lógico que sea así. El hombre es frágil por naturaleza, se sostiene en pie con dificultad. No puede dar mucho de sí, no es capaz, aunque quiera, de sostener por mucho tiempo a los demás. No hay que extrañarse ni desalentarse. Y sobre todo no hay que pedir a los hombres lo que no pueden dar, lo que ellos mismos necesitan porque no lo tienen.

De lo contrario, nos dice el profeta, serás como un cardo en la estepa, habitarás la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Serás un pobre desdichado que saborea la amargura de la ingratitud. Un pobre corazón sin ilusión que mira torvamente a cuantos se le cruzan por el camino.

Un árbol plantado cerca del agua, con sus raíces metidas en tierra húmeda y blanda. Su hoja estará verde en verano, en los años de sequía seguirá dando fruto abundante y bueno. Así ve Jeremías al hombre que confía en Dios, que pone en el Señor su refugio.

En efecto, Dios no cambia. Él ama de verdad. También cuando las cosas van mal, también cuando el ser querido le traiciona, le falla. Basta con que vuelva arrepentido para que Dios le perdone y se olvide de todo. Y le limpie las lágrimas, le cure las heridas, le llene, una vez más, el corazón de paz y alegría.

Además él es fuerte, recio, es el apoyo firme del mundo entero. Todo lo que existe se apoya en él y él en nada tiene que apoyarse. Si él escurriera el hombro todo se vendría abajo, aun lo que más seguro nos parece. Sí, es cierto. Dichoso el que confía en el Señor y pone en él su confianza. No se verá jamás defraudado. Dios no le falta a nadie. A nadie que cuente con él. Y aunque parezca que el mundo se hunde a nuestro alrededor, el corazón estará sereno,

 

Salmo responsorial  (Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6)

R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

No es  coincidencia que este salmo ocupe el encabezamiento del salterio. La primera palabra del salmo comienza con la primera letra del alfabeto "aleph". La última palabra del salmo comienza con la última letra del alfabeto "tab". Este salmo es verdaderamente un resumen de la totalidad de la ley. He aquí, en pocas palabras desde la A... hasta la Z... todo lo que debéis saber. Y todo se resume en dos "caminos", dos 'vías", que se abren ante cualquier hombre:

-El uno que conduce a la "felicidad", simbolizado por la imagen del árbol que reverdece...

-El otro que conduce a la "nada", simbolizado por la imagen de la "paja que se lleva el viento"...

El autor no ha querido hacer una simetría exacta, mecánica. Sería dar demasiada importancia al "mal", al "vacío". Se toma el tiempo necesario (10 renglones de su texto) para detallar "la firmeza" del justo. Y de un plumazo rápido (solamente cinco líneas), sugiere la desaparición del impío. Esto es una obra de arte.

Este salmo hacía parte del ritual de la Alianza, y debía cantarse en la fiesta de los Tabernáculos en la cual se renovaba la Alianza. Es un anuncio profético de las "bendiciones" que conlleva la fidelidad y de las "maldiciones" que pesan sobre aquellos que son infieles a la Alianza. Ver un texto paralelo en Jeremias 17,5-8.

En pocas palabras este salmo primero es verdaderamente el prefacio de todo el libro de los salmos, y el resumen de toda la vida humana: se trata de una continua lucha entre el bien y el mal (concretamente el salmista dice entre los justos y los impíos), esta lucha culminará con la victoria del bien. Aquí se expresa una esperanza, una certeza sobre el éxito del plan de Dios.

Este breve salmo de tan sólo 6 versículos podemos dividirlo en tres partes:

a) presentación: la doble actitud del hombre ante su vida (vv.1-2)

b) doble comparación ilustrativa: árbol frondoso - paja seca (vv.3-4)

c) conclusión: la presencia o ausencia de Dios en el camino elegido (vv.5-6).

Presentación

"Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos..." La primera palabra con la que se abre el salmo (y el salterio) es: "dichoso", "feliz". De la misma manera comenzará la nueva enseñanza de Cristo en el Sermón de la montaña: "dichosos", "felices" (Mt 5,3). Palabra que quiere sintetizar lo positivo, lo atractivo, lo profundamente humano del mensaje de Dios a los hombres. Es un grito de alegría, un llamamiento a la felicidad, ¿y qué otra cosa no desea nuestro corazón sino la felicidad? Nuestra religión es la religión del Dios con nosotros, del Dios para nosotros, que nos ama y busca nuestro bien.

Pero, apenas leída la primera palabra optimista, nos encontramos con algo negativo y que puede desconcertar; pasa lo mismo que en las bienaventuranzas: empiezan con esta palabra positiva y sigue luego una lista de realidades a primera vista negativas: los pobres, los que lloran, los perseguidos, los hambrientos... El salmista es un buen pedagogo, sabe lo que hace, y por vía de contraste enumera primero lo negativo para exaltar más lo positivo de que hablará luego. Habla de tres aspectos negativos, tres momentos que indican progresivamente una adhesión siempre más grande al mal. Estos tres aspectos están representados por los verbos y los sujetos de estas frases: -seguir el consejo de los impíos: dejarse llevar, dejarse arrastrar por las insinuaciones del mal, moverse en la atmósfera del mal; -entrar por la senda de los pecadores: caminar por el mal, adentrarse en la maldad; -sentarse en la reunión de los cínicos: participar en la mentalidad perversa, hacerla propia.

Esta progresión eficaz en el movimiento hacia el mal la vemos también en la descripción de los personajes: -los impíos: los que no tienen ninguna relación con Dios, no creen en él ni se interesan por él; lo religioso les viene grande; -los pecadores: los que cometen el mal, los que no tienen para nada en cuenta la ley de Dios; -los cínicos: los que se befan de todo, de todo se burlan, los eternos volterianos que todo lo ridiculizan y desprecian.

Hoy diríamos que aquí están representados todos aquellos que se creen suficientes, que menosprecian los valores del espíritu, que pasan de todos ellos, que arrastran al mal y que pervierten. El camino es resbaladizo: quien se aventura por el camino del mal corre el riesgo de llegar hasta el fin, de pervertirse totalmente.

Después de este enunciado negativo aparece el positivo que es a donde va dirigida la enseñanza del salmo. La bienaventuranza va especialmente encaminada hacia el hombre que medita la Ley del Señor, que se complace en ella y la cumple:

"Su gozo es la Ley del Señor y medita su Ley día y noche". La Ley, para el salmista, no es ningún peso o carga: es simplemente la voluntad de Dios para que nosotros sepamos conducirnos, orientarnos en nuestra vida y podamos seguir un camino de realización y plenitud. Al decir Ley, en el sentido bíblico, entendemos no sólo la observancia sino también la confianza en la bondad de Dios que ayudará y bendecirá. Eco de la felicidad que proporciona el conocimiento y práctica de la Ley lo encontramos en muchos pasajes de la Escritura: "Somos felices, Israel, porque conocemos lo que a Dios agrada" (Bar 494) "Escucha y guarda todo esto que yo te mando para que seas feliz tú y tus hijos después de ti para siempre, haciendo lo que es recto a los ojos de Yahvé tu Dios" (Dt 12,28). "Estos son los mandamientos. Escúchalos, Israel, y ten mucho cuidado en ponerlos en práctica para que seas feliz y os multipliquéis grandemente" (Dt 6,1-2).

Dios es el creador del hombre, y sabe qué es lo que le conviene a él y a la comunidad humana. Y si el hombre no obedece y sigue su criterio, no tarda en sentir el efecto de su actuación, y tiene que experimentar aquello del profeta Jeremías: "Reconoce y advierte cuán malo y amargo es para ti haberte separado de Yahvé, tu Dios, y haberte apartado de Yahvé, tu Dios" (Jer 2,19.17). Por todo ello día y noche el salmista medita la Ley: la lee, la repasa, la estudia para conocerla y practicarla.

"Será como un árbol plantado al borde de la acequia..." Ahora pasamos del lenguaje real al figurado. Árbol frondoso al borde de las aguas: imagen realmente sugestiva en el árido Oriente. Da fruto en su sazón, a su tiempo, no defrauda. Mantiene sus hojas siempre verdes, signo de vitalidad y vigor. La imagen ayuda a la comprensión de la doctrina.

El salmista pasa de nuevo al lenguaje real: "cuanto emprende tiene buen fin". Cuanto emprende el hombre que teme a Dios no queda a medias o abandonado. Nunca se desanima, sabe esperar, ve la ayuda de Dios, Dios lo lleva y le favorece. Dios es quien actúa en él. De Dios únicamente le viene la fuerza y la alegría para continuar adelante en sus trabajos, por arduos y difíciles que sean. AL hombre fiel que describe el salmo Dios es quien le ayuda y le anima a proseguir en la tarea emprendida, en el camino iniciado. En esto vemos brillar el ejemplo de los santos que llevaron a cabo empresas arduas y humanamente imposibles, pero ellos, confiando en Dios, llevaron a buen fin sus trabajos, sus fundaciones, su apostolado. La otra comparación: "La paja que el viento se lleva", propiamente no hablaría de la paja, útil para tantas cosas: para los animales, la construcción, la combustión, etc, sino del tamo, es decir, de aquella especie de polvillo, restos de la trilla, que permanece en las eras y que es levantado y llevado por el viento sin la más pequeña utilidad. Con esto se nos muestra la sensación de inutilidad y de vaciedad que experimenta una vida sin Dios. Un árbol frondoso y lleno de frutos - el tamo de la era que para nada sirve: doble comparación, sugestiva y acertada, de los dos caminos que sigue el hombre, de las dos conductas de su vida.

 

Segunda lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los corintios (Icor 15, 12. 16-20). Este es un texto polémico de San Pablo sobre la resurrección de los muertos. Había quien la negaba. Y negar que los muertos resuciten significaba herir de muerte el corazón mismo de la predicación de Pablo. Pues ¿qué sentido podía tener entonces la proclamación de que Cristo ha resucitado de entre los muertos? «Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (v 13). La cosa era de vida o muerte. Por eso el Apóstol se juega todas las cartas. Para comprender su pensamiento habrá que tener en cuenta que, para Pablo, la situación que podemos llamar natural del hombre es de pecado y perdición. El hombre solo permanece inexorablemente perdido. Solo no se puede salvar. El único que lo puede salvar es el Cristo Jesús que Pablo predica. «Por eso si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es ilusoria y seguís en vuestros pecados. Y, por supuesto, también los cristianos difuntos han perecido» (17-18). Así, pues, el Apóstol les dice bien claro que si la esperanza que tienen en Cristo es sólo para esta vida, "son ciertamente los más desgraciados de los hombres" (19), es decir, unos ilusos.

San Pablo se encuentra desarmado, no pudiendo probar que Cristo ha resucitado. Con todo, hacia el final del texto no deja de insinuar y sugerir una razón seria, aunque tal vez sutil, a favor de la resurrección de Cristo y de los hombres. Sin la posibilidad de resucitar, es esta misma vida de aquí abajo la que resulta carente de sentido, sin razón, ininteligible. «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos» (32). Es decir, sin la resurrección, la vida del hombre, tal como se vive, no ofrece razón ni sentido dignos de atención por el hecho de permanecer circunscrita únicamente al cumplimiento de funciones fisiológicas de comer y beber. Ahora bien: ¿sólo para esto estaremos en el mundo? Si así fuera, hay que reconocer que queda desposeído de cualquier valor aquello que hay de más alto y humano en el hombre: la mente, el pensamiento, la inteligencia. Y llega a ser absurdo que el hombre goce de estos dones si la única cosa "racional" que puede hacer no es otra que comer y beber. De esta forma, por tanto, el anuncio de la resurrección representa para Pablo simultáneamente la recuperación y defensa del hombre en la parte más noble y más humana de él mismo.

El presupuesto paulino de esta forma de pensar es la unión total entre Cristo y el cristiano. No puede negarse la consecuencia en el hombre de los sucesos de Cristo, sin negar al mismo tiempo esos mismo sucesos. Porque lo de Jesús está en función de su efecto salvador. Cristo es el primero en tiempo y en importancia.

La frase "si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe", ha de entenderse en sentido principalmente salvífico. La Resurrección no sólo prueba que Jesús tenía razón, sino causa la vida, coloca al hombre en una nueva situación. Hay, pues, razones de esperanza vital, real, presente.

Los cristianos ya estamos en este camino. Ciertamente esta predicación puede resultar chocante. ¿Cuándo no ha suscitado escándalo este mensaje? También en los primero tiempos (cfr. Hech. 17,32: Pablo en Atenas). Pero renunciar a ella o disimularla es renuncia a lo típicamente propio del anuncio del Señor.

 

El  evangelio es de san Lucas (Lc 6, 17. 20-26) . San Lucas pone especial cuidado en diferenciar a los doce, los discípulos y el  público en general. Con la lógica excepción de los doce, Lucas recalca lo numeroso de los  otros dos grupos y la procedencia del público en general: de territorio judío y no judío.  Ambiente solemne y expectante: habían acudido a escuchar a Jesús (Lc. 8,18). San Lucas restringe a los discípulos las palabras de Jesús recogidas en el texto de hoy. Sólo  en la óptica del discípulo podrán ser entendidas esas palabras.

En el v.17 el autor presenta el escenario: un llano. En él, tres  grupos de personas netamente diferenciadas acompañan a Jesús: los doce, discípulos,  otra gente. La acción se desarrolla entre Jesús y discípulos. Esta acción no lleva anejo  movimiento alguno de las partes. Son palabras de Jesús teniendo como destinatario de las  mismas a los discípulos. En sus palabras Jesús les habla de ocho categorías de personas,  divididas en dos bloques contrapuestos de a cuatro: pobres, hambrientos, llorosos y  vituperados en el primer bloque; ricos, saciados, alegres y ensalzados en el segundo. Cada  una de las categorías viene introducida por una exclamación de gozo o de lamento.  Exclamación de gozo en el primer bloque y de lamento en el segundo.

Contemplamos a Jesús que está rodeado de sus apóstoles, y también de aquella muchedumbre que le admira y le ama, esa gente sencilla que ha sabido ver en él un refugio para sus penas y una solución para sus problemas. Son hombres y mujeres de pueblo en su mayoría, esos que eran llamados con cierta ironía, "el pueblo de la tierra". Para todos ellos, y también para nosotros, pronuncia uno de sus más bellos discursos, el Sermón de la Montaña.

Sus palabras son llamativas. Comienza proclamando que los pobres son dichosos. Luego explica que no lo son por ser pobres precisamente, sino porque de ellos es el Reino de Dios. San Mateo completa la frase que nos transmite san Lucas, y aclara que esos pobres son los de espíritu, es decir, los que reconocen su indigencia radical, los que se sienten tan débiles y miserables que sólo en Dios tienen puesta su esperanza. Éstos, en medio de su pobreza, incluso podríamos decir que gracias a esa indigencia interior, son dichosos, bienaventurados porque Dios les reserva un puesto de privilegio en su Reino.

También son felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que ansían con todas las fuerzas de su ser el cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa justicia de la que habla en otra ocasión el Señor, cuando dice al Bautista que es preciso cumplir toda justicia; esto es, realizar los planes de Dios, que en realidad son los únicos realmente justos. Sigue el Maestro proclamando dichosos a los que lloran porque ellos serán consolados, reinarán cuando llegue el momento decisivo del juicio final, cuando cada uno recibirá el premio o el castigo por sus obras.

En contraposición, Jesús exclama: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! Son aquellos que, como el rico Epulón, se olvidan de los demás y sólo viven para satisfacer su propia ambición. Los que sueñan con ampliar más y más sus graneros, sin pensar que un día cualquiera han de rendir cuenta a Dios de la administración de todos esos bienes, que en realidad les fueron confiados para que contribuyeran no sólo a su propio provecho, sino también al de los demás... Tratemos de sacar propósitos concretos de estas palabras de Jesús. Procuremos ser pobres de espíritu, y si somos ricos tratemos de enriquecer a los que tienen menos que nosotros.

 

Para nuestra vida

 

En la primera lectura, el profeta Jeremías nos sitúa ante una doble tesitura: o confiar en el hombre o confiar en Dios.

Nuestra confianza debe apoyarse en el Señor y no en la fuerza humana (cfr. 2 Cron. 32,8). Quien en sí mismo confía se encuentra con la maldición porque los hombres, incluso los nobles, no pueden salvar (cfr. Sal. 118,8; 146, 3). Su fin es la muerte, como la del cardo en el desierto. Por contraposición, se elogia al hombre que pone su confianza y se refugia en el Señor (Sal. 2,12; 34,9;40,5;146,5) y en él pone su apoyo. Su fin es la vida, la salvación, como el árbol plantado junto a la corriente del agua que siempre verdea

Hay que tener en cuenta que aquí, el profeta Jeremías entiende por confiar en el hombre el poner toda la confianza sólo en lo humano, en lo mortal, dando así la espalda a Dios. Jeremías asegura que la vida de quien confía sólo en el hombre y se olvida de Dios será como un desierto árido, donde no puede crecer la vida. Sin embargo, quien confía en el Señor será como un árbol lleno de vida, junto a una corriente de agua, y que no dejará de dar fruto.

La esperanza que se apoya sólo en lo humano, en lo mortal. Es una confianza efímera. Sin embargo, ante esto, Jeremías nos propone la confianza en Dios, que nunca se acaba. Se convierte así para nosotros como una corriente de agua que no termina, que constantemente nutre las raíces del árbol de nuestra vida.

Y nosotros, ¿en quién ponemos nuestra confianza?, ¿en el poder de nuestra fuerza, del partido político, de la guerra? No hace muchos domingos, Miq. 4,14-5,5, nos recordaba que la salvación no viene del poder humano, sino de ese jefe de Israel que pastoreará en paz a su rebaño.

 

Del mismo modo se expresa el salmista.

El salmo 1 nos dice. “Dichoso (bienaventurado) el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” y se acerca muy claramente al contenido de la segunda lectura, del Libro de Jeremías, que habla, asimismo, de que será bendito todo aquel que confíe en el Señor. Y plantea Jeremías imprecaciones que son como los “Ays” que pronuncia Jesús de Nazaret al desarrollar el efecto contrario de sus bienaventuranzas. En el fondo, es lo mismo. Jeremías plantea que será maldito quien confíe en el hombre y no en el Señor. Y Jesús afina mucho más dicho contenido y se opone drásticamente a los causantes de los problemas de los hermanos, que se reflejan en las bienaventuranzas.

Confiar en Dios es un camino seguro para hacer brotar en nuestros corazones el amor hacia el propio Dios y hacia los hermanos. Sin esa confianza no habría amor y sin amor nos convertimos en enemigos de la humanidad. No es una afirmación excesivamente drástica. Los que no sienten amor por sus semejantes siempre estarán tentados a utilizarlos, a esclavizarlos, a herirlos, sin con ello se puede obtener algo de provecho.

En el juicio los impíos no se levantarán. El cristiano, con la doctrina del evangelio, puede profundizar más en la verdad de esta proposición: en la justicia de Dios, en el más allá, en la recompensa eterna. El impío no podrá afrontar el juicio de Dios que lo fulminará, lo mismo que su presencia le resulta incómoda y a veces insoportable cuando se halla entre los justos, entre los fieles, entre aquellos que él ha perjudicado u oprimido.

En cambio el Señor cuida del camino de los justos, su providencia se encarga de ellos, de su camino, de su recompensa final, Dios conoce el camino del justo, es decir, lo ama y favorece, se interesa por él. El camino de los impíos perecerá. Ni siquiera se hace mención de Dios. Quien nunca lo quiso perecerá en su soledad radical y en su tristeza. Dos caminos bien delimitados, claros: el del bien y el del mal. El salmo primero nos lo muestra y nos anima a seguir el camino del bien con el conocimiento de la Ley del Señor y con la vivencia de la misma. Ahí está el bien, la paz y la felicidad.

Desde esa necesidad de amar nos encontramos con el drama de la pobreza y la marginación, que son producidos por la opresión de algunos. La injusticia trae escasez. La injusticia llega a la propia Tierra. La mayor parte de las agresiones que recibe nuestro planeta son propiciadas por la injusticia y por el deseo de lucro excesivo. Pero hay que cuidar la Tierra que es nuestra casa, nuestra herencia y nuestro legado para las generaciones venideras. No se puede separar el sentido de la justicia del cuidado de la Tierra.

¿Tenemos nosotros, igual optimismo sobre el "dinamismo del porvenir"? La era Mesiánica esperada por Israel, es una felicidad, un éxito.

Meditemos sobre ello para que cambien nuestras conciencias... Y además orar ardientemente al Dios de todas las causas, para que cambie el alma de los que abusan, de aquellos que Jesús de Nazaret, hace más de dos mil años, denunció con fuerza y justicia.

 

La segunda lectura nos habla de la fe en la resurrección que es una fe fundamental para poder vivir como auténticos cristianos, sobre todo en determinados momentos de nuestra vida, cuando esta vida nos resulte demasiado difícil y costosa.

La contraposición entre los corintios y San Pablo a propósito de la resurrección se basa, en gran parte sobre dos conceptos antropológicos diferentes: el dualismo griego que separa el alma del cuerpo hasta atribuir a la primera una existencia cuasi autónoma y el concepto unitario judío según el cual el cuerpo y el alma, juntos, constituyen la persona humana.

La resurrección de los cuerpos se les hacia un tanto difícil a más de un corintio (v. 12). Probablemente no dudaban de la resurrección de Cristo, pero negaban todo nexo entre el acontecimiento de Pascua y la resurrección general de los cuerpos. Cabe pensar que esos corintios eran, o bien discípulos de judíos saduceos, que negaban la resurrección (Mt. 22, 23), o bien personas de tendencia platónica para las que no había necesidad alguna de encontrar en el más allá un cuerpo, que lo único que podría hacer sería obstaculizar el goce de la felicidad espiritual esperada.

La argumentación de Pablo discurre en dos planos complementarios. Por otra parte, si Cristo ha resucitado, está claro que también nosotros estamos llamados a la misma resurrección, por el simple hecho de que poseemos la misma naturaleza que El (v. 20). Por otra parte, la resurrección de Cristo no puede comprenderse sino en función de la de todos los hombres, y no a la inversa (vv. 13-18). Que exista un nexo interno entre ambas resurrecciones, eso no lo ve Pablo, puesto que se sitúa no en el plano filosófico, sino en el plano de la salvación. Afirma que si los muertos no resucitan, esto probaría que Cristo no consiguió salvar a la humanidad. La salvación implica efectivamente la victoria sobre la muerte corporal.

Inconscientemente, el cristiano moderno se vería fácilmente impulsado a razonar como los corintios. Admite la resurrección de Cristo como un milagro extraordinario que ratifica la misión y la doctrina de Jesús, pero no acierta a ver tan claro por qué esa resurrección supone la suya y la de todos los hombres.

Encuentra, además, alguna dificultad en admitir que este cuerpo enterrado y descompuesto pueda recobrar la vida, porque el cristiano disocia fácilmente el alma del cuerpo, en nombre de una filosofía griega dicotómica tradicional y que tiene que hacer un esfuerzo para creer en la unidad de la persona humana.

La fe en la resurrección debe animarnos siempre, pero sobre todo en los momentos más duros de nuestra vida.

 

En el Evangelio escuchamos las Bienaventuranzas en la versión de san Lucas, compuestas por cuatro Bienaventuranzas y cuatro “ayes”. No es la versión más conocida, pero nos muestra el mismo camino: quienes sufren aquí  en la tierra, los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los perseguidos, serán recompensados en el Cielo; mientras que los que tienen de todo, los ricos, los que están saciados, los que ahora ríen, los que son aplaudidos y aquellos de quienes todo el mundo habla bien, ya han recibido su recompensa aquí en la tierra. El que acumula bienes injustos, en su interior es un desdichado. Los satisfechos y egoístas que sólo piensan en sí mismos, en el fondo son unos infelices porque han puesto su confianza en sí mismos en lugar de ponerla en Dios. A Lucas le da pena su situación, por eso exclama ¡Ay de vosotros! Jesús invierte el orden de valores de este mundo, lo pone todo al revés. Por eso su mensaje es radical y revolucionario. Muchas veces se ha querido deformar u ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero sus palabras son claras, no hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera, pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. Le criticarán, se meterán con él, será rechazado…, no importa, peor sería si todo el mundo hablara bien de él. Así hubo muchos falsos profetas en Israel que hacían componendas para salir del paso. El cristiano debe ser valiente y afrontar el riesgo que supone seguir a Jesús de Nazaret. Él es el que nos llena plenamente.

Las bienaventuranzas no son prometidas a quienes son pobres porque son pobres, y las  maldiciones no se dirigen contra los ricos porque son ricos. De hecho, Jesús elogia a los  pobres que viven en dos mundos a la vez: el presente y la escatología, y amenaza a los  ricos que no viven más que en un solo mundo, el que encadena casi inevitablemente a  quien lleva una vida confortable.

El rico es el que se da tan pronto por satisfecho con lo que posee que no realiza el viaje  hacia la profundidad de su ser, a lo que, por otra parte, nada le llama: un determinado  orden social rico, una determinada institución eclesiástica  asegurada de verdades y de derecho.

El pobre no posee más que su soledad, pero la vive con ese valor de ser que le lleva a  las profundidades de su ser, allí donde se vislumbra otro mundo. Solitario en ese orden, es  rico en la participación de este otro orden, participa ya en las victorias y de su proximidad.  Es el revelador de este otro mundo que viene penosamente, a través de gracias y  desgracias, éxitos y fracasos, victorias y traiciones.

El mensaje de las Bienaventuranzas es un mensaje de esperanza en la Vida Eterna. No se trata de llorar porque sí, o de pasar hambre sin ningún sentido, o de padecer por el mero hecho de padecer. Sino que es una llamada a mirar más allá de la vida aquí en la tierra. Pues los cristianos esperamos la vida del Cielo. Esta Vida Eterna tiene un solo camino, que es el mismo camino que siguió Jesús: la cruz. La cruz, el sufrimiento, la entrega de la propia vida se convierten así en el camino que lleva a la Gloria. Es, en definitiva, seguir las huellas de Cristo, que no buscó el éxito aquí en la tierra, que no procuró tener de todo e incluso un poco más, sino que se reservó todo esto para el Cielo.

La confianza en Dios no es caer la inactividad o dejadez. Entre otras cosas, la confianza en Dios implica –además de abandonarnos en El- plantearnos pequeñas metas que denoten que somos de los suyos, que Dios no es una simple quimera o un sueño fugaz. Que es Alguien que lo sentimos cercano a nuestra vida y a nuestra realidad. Alguien, con cierta razón, llegó a decir: “la confianza en Dios es la mayor prueba que le podemos dar de que somos sus hijos”. Y hoy, por si no nos queda suficientemente claro, Jesús nos señala unos caminos para llevarnos hasta Dios: es el mensaje denso pero nítido de las bienaventuranzas.

¿Confías en Dios? No pongas tu centro en el dinero. Tampoco digas que “no es importante”. Entre otras cosas porque, puedes engañar a algunos de los que te rodean, pero a no Dios que siempre ve en lo escondido.

¿Confías en Dios? No te preocupes si no posees todo aquello que tú desearías alcanzar para una felicidad completa. Un día, en el abrazo saciativo que Dios te dará, entenderás muchas cosas.

¿Confías en Dios? No olvides las lágrimas. Sé solidario. No te justifiques sobre el mal del mundo con un “yo no puedo hacer nada”. Que tu llanto sea sinónimo de tu solidaridad con los que más sufren.

¿Confías en Dios? Da razón de tu esperanza. No escondas tu carnet de identidad cristiano. El Señor puso por nosotros su cara en una cruz. ¿Por qué nos cuesta tanto a nosotros dar testimonio de que somos cristianos o católicos?

¿Confías en Dios? Si a Él lo insultaron antes, subiendo y estando colgado en la cruz... ¿pretendes, pretendemos ser más que el Maestro? A veces, cuando no somos más increpados, tendríamos que preguntarnos si no será porque presentamos de una forma, demasiado dulce o descafeinado el mensaje del Evangelio.

¿Confías en Dios? No anhelemos puestos de primera o reconocimiento público por parte de instituciones políticas, económicas, culturales o sociales. Nuestra recompensa, y que no sea un tópico, está en el cielo. Hacia él, donde habita la gloria de Dios, vamos caminando con el espíritu de las bienaventuranzas.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com