domingo, 25 de enero de 2026

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

Comentario a las lecturas del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026

 

En estos días la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, haciendo nuestro el deseo del Señor expresado en su oración a Dios Padre en la última cena: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17, 21). El lema de este año 2017 es «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia». Este lema se inspira en un pasaje del capítulo quinto de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (2 Cor 5, 14-20). En este texto
el Apóstol habla de la obra reconciliadora de Dios por medio de la muerte de Jesucristo y del cambio que se produce en los que viven «en Cristo». El cartel del octavario recoge un instante del encuentro, en la catedral de Lund (Suecia), entre el papa Francisco y el obispo luterano Munib Younan, el 31 de octubre de 2016, en conmemoración de los 500 años de la Reforma luterana.

Jesús comenzó a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Las palabras de Jesús son muy claras; si no nos convertimos, no tendremos acceso al Reino de los cielos. La conversión es una condición necesaria para entrar en el Reino de Dios. Necesitamos convertirnos cada uno de nosotros en particular y necesita conversión la Iglesia entera, en general. Una Iglesia convertida del todo a Cristo sería una Iglesia santa y católica, una Iglesia una y plural. Igualmente, un mundo de personas convertidas a Cristo sería un mundo – Reino de Dios. La conversión es la principal tarea de nuestra vida. Toda nuestra vida debe ser conversión, purificación continua y constante de nuestra mente y de nuestro corazón.

La conversión a la que nos llama Jesús, pasa necesariamente por la búsqueda de la unidad perdida a todos los niveles de nuestra vida.

Hoy la Palabra proclamada nos ofrece luz para poder ver entre las tinieblas de nuestra sociedad y nuestra vida.

 

La primera lectura (Is 9,1-4 ) describe una situación local e histórica concreta. Todo el norte del país (los territorios de Zabulón y Neftalí, Transjordania y el "Distrito de las naciones", es decir, Galilea), al caer bajo la dominación asiria, queda sumergido en las tinieblas, antítesis de la luz.

El versículo 1, tiene un gran significado mesiánico. Este capítulo habla de un cambio que se avecinaba en un lugar específico, un lugar que estaba exclusivamente relacionado con la obra del Mesías hace 2,000 años.

v1: Oscuridad: Había habido pesimismo (ausencia de luz) en este lugar, pero la implicación aquí era que esto iba a cambiar.

La que está: Hablando de Israel – específicamente del Reino del Norte. Sin embargo, esto tendría implicaciones para todos los descendientes de Jacob.

Como… la primera vez: La vez anterior. Un período de tiempo anterior al Mesías.

Él (entendido, pero no escrito): Dios

Livianamente: Esta palabra puede significar que Dios pensó poco en este lugar y no le dio preferencia. También es una palabra que podría significar “maldito”.

La tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí: Zabulón (el décimo hijo de Jacob, por Lea – Génesis 30:20) y Neftalí (el sexto hijo de Jacob por medio de Bilha – Génesis 30:8). Estos hijos heredaron tierras en la región de Galilea (Josué 19). Zabulón y Neftalí formaban parte del Reino del Norte (Israel). Dios trajo juicio (la maldición sobre ellos, a través de Asiria, debido a su desobediencia.

Pues al fin: En la última parte. En los últimos días. Esto no se refiere a los siete años finales de los últimos días, sino que se refiere a los días generales de los últimos tiempos. El mismo período del fin del que habló Pedro en Hechos 2:16-17. Este período de tiempo también se puede referir conocido como el tiempo de los gentiles – Lucas 21:24, Romanos 11:25)

Llenará de gloria: En hebreo esta es una palabra que literalmente significa ‘honor’ – ver biblehub.com o blueletterbible.org. Esta tierra de Galilea había sido un lugar de tristeza y opresión, pero se avecinaba un cambio y Di-s iba a honrarla.

El camino del mar, de aquel lado del Jordán: La ciudad situada entre estas dos porciones de tierra, que se ajusta a estos criterios, se llama Capernaum – la ‘sede’ del ministerio de Jesús (Kefer-Nahum – que significa ‘aldea de confortamiento’ – Mateo 4:13-16).

Galilea de los gentiles: Galilea se llama con este nombre porque era una porción de tierra muy deseada por las naciones. Algunos eruditos dicen que se le llama con este término porque lo que el Mesías trae (Su salvación) es muy deseado por las naciones.

 v2: Andaba en tinieblas: Caminaron en oscuridad. Estaban privados de iluminación; no tenían la verdad de Dios. Estaban confundidos y seguían la mentira.

Vio gran luz: Ha ocurrido un cambio. Esta luz se relaciona con el Mesías (Juan 8:12). El candelero del templo estaba siempre encendido. Cuando la gente miró esta luz, recordaron el hecho de que la presencia de Di-s estaba con ellos.

Luz resplandeció: Esto se relaciona con los numerosos milagros que Jesús iba a realizar entre ellos. También se relaciona con la gran verdad y sabiduría que Jesús iba a compartir con ellos.

El binomio luz-tinieblas no encierra un dualismo puramente antropológico y ético, sino que designa sobre todo la salvación y la perdición. El «norte» es un territorio atravesado de nordeste a sudoeste por la «ruta del mar», la famosa vía comercial y militar que unía Mesopotamia con Egipto. En el texto, Asiria encarna la potencia fortuita y momentánea de este mundo, mientras que las provincias del norte evocan el país de Emanuel, quien con su presencia y asistencia borra las fronteras geográficas. Para el evangelista Mateo, la Galilea, «la humillada», será la gran beneficiaria del «Dios-con-nosotros» porque en ella se establecerá Jesús «luz del mundo» (texto Mt 4,12-16, del evangelio donde se cita este texto).

Isaías recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas, en medio de sus propios enemigos.

Pero Yahvé los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, para hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la espalda, nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a él, a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

 

El salmo de hoy ( Sal 26,1.4.13-14) * Es un "salmo de confianza"... Compuesto quizá en dos ocasiones. Nos presenta en su estado  actual, un admirable ritmo de sentimientos:

-Afirmación del credo "el Señor es mi salvación". 

-Matiz: esta salvación conlleva una participación del hombre, un combate. 

-Este valor tiene una fuente: la oración. 

-Y la vida con sus combates sigue su curso, ansiosa. 

-Pero todo culmina de nuevo en una certeza, apoyada en Dios. " pon tu esperanza en el Señor".

El  salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con  metáforas cada vez más brillantes y audaces:

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El señor es la defensa de mi vida,  ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla, si me  declaran la guerra, me siento tranquilo.

¿Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido  del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida  que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota  los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad,  restándole un cierto eco edonista que este término oculta.

Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el  contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo?  ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Podría  ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez un significado lleno de ricos y profundos matices positivos: seguridad, libertad, gozo, paz,  alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior,  entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién  señaladas. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de  ausencia de miedo.

La Biblia repite invariablemente términos parecidos: yo estoy  contigo; no tengas miedo. La causa que  desencadena la certeza es la presencia divina (yo soy contigo); y el hecho, el efecto  producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a  efecto.

Con la confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro, oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso».

Así San Agustín comenta: "¿Creemos que podemos decir: Una sola cosa pedí al Señor? (Sal 26,4). Digámoslo, digámoslo si podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuán feliz es el corazón que usa esa fórmula interiormente, allí donde sólo oye aquel a quien se dice; pues muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en el rostro y no en el corazón. Vea, pues, cada cual cuán feliz es el corazón que dice interiormente, allí donde sabe lo que dice: Una sola cosa pedí al Señor, esa buscaré, ¿Y cuál es? Dice que es una sola cosa o petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida y contemplar los deleites del Señor (Sal 26,4). Esta es la única cosa; pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras. Si ya la has saboreado algo, si ya te intriga algo, si ya aprendiste a calentarte con un santo deseo, pésala y compárala con muchas otras cosas, instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas (¿cuándo las mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna visión, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el examen: todo el mundo y el Creador del mundo". (S. Agustín Sermón 65 A).

 

La segunda Lectura (1 Cor 1,10-13.17) presenta las facciones en la Iglesia de Corinto que se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro y... a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje y quizá han sido bautizados por ellos. En efecto, a Corinto fueron a parar muchos palestinenses que pudieron haberse encontrado con Jesús o con Pedro. Y cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la fe, los matices que más le atrajeron: quién un carácter judaizante (partidarios de Pedro), quién una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el espíritu misionero y ascético de Pablo y quién el espíritu dialéctico y filosófico de Apolo.

v. 13: Pablo supone que Cristo está unido a su comunidad, la iglesia, como la cabeza a su cuerpo. Por lo tanto, si uno mismo es Cristo, el Señor de la Iglesia, una misma ha de ser la Iglesia y no es legítimo desmembrarla. Lo mismo que la cabeza reúne la pluralidad de miembros y los gobierna dejando a cada uno su función en beneficio de todo el cuerpo, así hace Cristo con su Iglesia.

Hemos sido bautizados en nombre de Cristo y en su nombre nos reunimos. Él es el único que ha muerto por nosotros. Pablo se defiende noblemente de los suyos y no tolera que lo conviertan en cabecilla cuando sólo Cristo es la cabeza y el Señor de todos los fieles.

Para destruir esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre (v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v. 17). De hecho, la facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha dependencia respecto a la Palabra de evangelización.

San Pablo se manifiesta un tanto anti ritualista y manifiesta más interés hacia el ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17).

A pesar de la vida superactiva de hoy, a los hombres les gusta oír hablar, y están al acecho de formas nuevas y originales de presentar su fe. En ocasiones, llegan a interesarse más por la forma de la exposición que por el contenido mismo, pudiendo llegar la adhesión a la "vedette" hasta constituir pequeñas células autónomas dentro de la Iglesia. Esto, en el momento mismo de sentirse tentado a ver en ello un fenómeno de búsqueda de Dios, debe considerarse como una falta de verdadera fe y de sentido de lo que es el cuerpo de Cristo, en el que no todo tiene que ser uniforme pero sí que ha de estar unido para bien de la totalidad.

No debemos perder la pista a la desunión interna que produce en la Iglesia Católica poner en prioridad al grupo particular que a la comunidad total unida por la Comunión de los Santos. Y eso se sigue produciendo. La discrepancia, a veces, es más humana --incluso de matiz político-- que espiritual. Y eso es lo que hay que evitar, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

 

 

El evangelio de hoy  (Mt 4,12-23), nos recuerda como  Juan Bautista acabó sus días en la cárcel y sigue con el inicio de la vida pública de Jesús.

En el evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes:

* la presentación de Jesús que predica en Galilea;

* el mensaje que predica;

* l a elección de los discípulos.

La actividad de Jesús empieza cuando Juan fue "arrestado": su misión de precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. San Juan, quedaría como modelo de fidelidad a su propia misión, y ejemplo para todos los que tenemos la  misión de ser testigos de Cristo a lo largo de toda la Historia. Su misión fue, en efecto, cumplida con toda exactitud.

Ante esta noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el centro de su actividad.

La predicación de Jesús se inicia en la "Galilea de los gentiles", es decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria, debido a una gran cantidad de población pagana. De forma paulatina, pero inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por los territorios de Galilea, "Galilea de los gentiles", al otro lado del Jordán. Es  el Norte, en el territorio de Neftalí y Zabulón, tribus habitadas por gentes consideradas por los judíos como paganos debido a la "contaminación" con otras religiones e ideas, que desde el siglo VIII antes de Cristo habían sufrido con la invasión de los asirios. Muchos fueron deportados a las ciudades de Asiría y volvieron transformados, allí también se instalaron extranjeros que traían consigo otras vivencias religiosas.

Los primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la "luz" de la revelación porque viven en las "sombras" del paganismo. Y, a través de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.

El mensaje de Jesús es el mismo que San Mateo pone en labios de Juan el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos" (Mt 3,2).

Aunque las palabras sean las mismas, el evangelista San Mateo nos irá mostrando que el contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, "está cerca"; de hecho comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.

  En el relato se describe los momentos normales del trabajo de aquel día. Los Zebedeos estaban repasando redes, como lo siguen haciendo millones de pescadores en las orillas de los mares de todo el mundo. Acompañaban a su padre y ni siquiera la presencia del progenitor, con la enorme autoridad que se le daba el ambiente judío, impide que sus hijos lo dejen todo y marchen en pos de Jesús.

En este contexto  de normalidad se da  la proclamación del mensaje, y el seguimiento de los discípulos. Lo que más nos interesa es el significado de la expresión "seguir a Jesús": en primer lugar se trata de una llamada personal hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús- testigos del Reino de Dios. Venid y seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Jesús llama a los discípulos allí donde se encuentran: en su tarea de cada día, a la orilla del lago. El evangelio es escueto: presenta sólo dos trazos, la llamada y la respuesta. Pero entre una y otra hay un amplio espacio de maduración. Pedro, por ejemplo, dio mil y un rodeos y los evangelios no nos los esconden. Pero incluso así, el seguimiento de Jesús se fue imponiendo en su vida. Venid y seguidme: también a nosotros nos ha llegado, por mil y un caminos, la llamada de Jesús: familia, parroquia, escuela, grupo, compañeros, personas que nos han influido quizá sin saberlo... Y nos esforzamos por responder a ella como Pedro.

¿Qué quiere decir ser pescadores de hombres? No se trata de llenar el cesto, arrancando violentamente ahora a éste, ahora a aquél del agua en donde vive, se mueve y alimenta. Jesús  es sino el agua viva que da la vida.

Predicando el Evangelio del reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo (ev.). Enseñar y curar palabras de misericordia y obras de misericordia. La Iglesia (y nosotros muchas veces) ya ha escuchado el "id y enseñad". Pero quizá no ha prestado suficiente atención a la segunda parte: "Id y curad", abrirnos a las necesidades de los demás, a sus alegrías, esperanzas y temores, a sus enfermedades y deficiencias..., y esforzarnos por remediarlas.

Sólo a partir del amor real, es decir, concreto, de obras, podremos anunciar la buena noticia del amor de Dios. Cristianos, comunidades e iglesias: ¿cómo vamos con Jesús "anunciando el Evangelio de reino y curando 1as enfermedades y dolencias del pueblo"?

 

Para nuestra vida.

La primera lectura nos habla de alegría,  gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo. Vivir alegres, tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con fortaleza y serenidad la vida, por difícil o penosa que sea.

Gozo del que recoge el abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batalla... Esta experiencia es muchas veces nuestra propia experiencia, muchas veces estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Nuestro mundo se debate también en medio de tinieblas y sombras; la oscuridad es nuestro eterno acompañante. Densa niebla envuelve las relaciones políticas entre el Este y el Oeste. En eterna humillación se encuentran los países subdesarrollados en sus relaciones con los poderosos y los "así llamados" pueblos más avanzados (avanzados, ¿en qué?, ¿en nuestra forma refinada y diplomática de oprimir y esclavizar a los económicamente más débiles?). Oscuridad total en nuestras relaciones, cada vez más interesadas y menos humanas. En noche cerrada, sin claroscuros lunares, caminamos al pensar en el futuro de nuestros hijos, en el pan necesario de los parados, en la ética de nuestros jefes políticos y religiosos, en ... ¿Estaremos condenados a vivir en densa tiniebla? Y nuestro mundo sueña con la paz, con la luz que disipe nuestras tinieblas. La noche, la oscuridad, no pueden ser etapas definitivas, según el mensaje bíblico. Isaías sueña con un niño, pero éste no puede ser ningún ser humano, sino el Mesías, como nos dice el Evangelio de hoy (cfr. Is. 11). La persona de Jesús, su mensaje vivido, pueden disipar nuestras tinieblas.

Le podemos pedir al Señor que repita una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza en alegría, que nos ayude a vivir seriamente nuestra fe, a inyectar  fuerza en nuestra debilidad, acrecentando en nosotros la alegría, aumentando el gozo.

 

En la segunda lectura de la Carta a los Corintios, San Pablo presenta el tema de la división de los cristianos, de sus facciones o de sus "capillitas". Y ese problema ha sido permanente en la historia de la cristiandad. Esta misma semana –y la pasada-- hemos celebrado oraciones por la unidad de los cristianos. Y habría que decir que uno de los puntos que más escándalo produce es esa capacidad para la desunión y, sin duda, lo que nos separa es el pecado. Tal vez, algún día no muy lejano veamos la presencia de Jesús convertido en único Pastor y en único Maestro. "Soy de Pedro, de Pablo, de Apolo..." Y, en realidad, todos somos del mismo maestro.

San Pablo  ve en la división una contradicción fundamental entre la actitud del cristiano y la negación misma de lo que es la Iglesia. Sin duda hay entusiasmos en aquella joven comunidad, pero parece más interesada por la línea doctrinal de los evangelizadores, por su modo de enseñarla y por su persona, que por el contenido mismo y, en definitiva, más que por el Señor, Maestro de todos y en el que fueron bautizados. Para la Iglesia de Corintio, llegar al cisma sería no haber comprendido nada ni de Cristo crucificado ni de lo que constituye el pueblo de Dios. Creer unidos y realizar la unidad por haber nacido en un mismo bautismo y haber sido liberados por el mismo Cristo crucificado: tal es la unanimidad que hay que realizar.

Experimentamos toda la actualidad de una carta así.  Hoy, el problema interno es la falta de unidad. Las tensiones entre ricos y pobres, "fuertes y débiles", y también las tendencias partidistas eclesiales (unos se sienten más ligados a Pedro, otros a Pablo, otros a Apolo), hacen de la comunidad de Corinto un escándalo continuado por su falta de unidad. Pablo reacciona: "os ruego, en nombre de Nuestro S. J.C., poneos de acuerdo...". ¿Cómo puede estar dividida una comunidad en la que todos creen en Cristo, por la que ha muerto Cristo? Eso no pasaba sólo en Corinto. Ahora, ante el mundo, estamos dando un espectáculo escandaloso: cristianos que creen en el mismo Jesús y que sin embargo están desunidos: católicos, protestantes, ortodoxos orientales... Es más lo que nos une que lo que nos separa, y sin embargo no queremos unirnos. Esta semana de oración que del 18 al 25 de este mes estamos viviendo es una llamada a la unidad.

Pero no hace falta que nos extrañemos mucho de la falta de unidad que haya a niveles superiores, porque nosotros mismos seguramente estamos experimentando también la desunión: en nuestras comunidades parroquiales o diocesanas, en el seno de cada familia, en la relación de jóvenes y mayores, de laicos y sacerdotes... ¿No vivimos a veces situaciones de tensión por tendencias, por sensibilidades distintas, por ideologías más o menos adelantadas o tradicionales, por partidismos eclesiales y conflictos de pareceres en todos los órdenes? A todos, la Palabra de Dios nos dice hoy que nos convirtamos al único que puede ser nuestra Luz, nuestra Paz, nuestro Guía: Cristo Jesús. En el nivel de las Iglesias, pero también en el de las personas y los grupos dentro de nuestras comunidades, convertirnos a Cristo es el único camino de la unidad. Cuando experimentamos el dolor de la discordia, una mirada a Cristo debe evitar que perdamos la caridad, el humor, la unidad, la ilusión de seguir creciendo en nuestra vida cristiana.

Lo cual no significa uniformidad: que todos piensen y sientan igual. En un coro no hace falta que todas las voces canten al unísono. En una orquesta no se trata de que todos los instrumentos sigan una misma línea melódica. Lo que sí se pide es que haya armonía y concordia en esa riqueza de matices y personalidades. Que haya unidad de fe, de caridad fraterna, de ilusión por el trabajo común, de empuje misionero.

Con todo lo que hay que hacer para llevar a este mundo la luz y la novedad del evangelio, y estamos divididos entre nosotros mismos. La falta de unidad nos condena a la ineficacia, a la esterilidad.

La Eucaristía, en la que cada uno de nosotros escuchamos la misma Palabra y comulgamos con el mismo Cristo, y en la que nos damos el gesto de la paz, como condición para recibir a Cristo, nos debe ayudar cada vez a crecer en sentimientos y en actitudes de paz y de unidad.

 

 

El evangelio nos invita hoy a acompañar al Maestro, para contemplar sus gestos, para escuchar sus palabras, deseosos de empaparnos de su espíritu.

El texto nos recuerda  el contexto sociológico en el que Jesús empieza a predicar su evangelio, un evangelio de conversión y de purificación de la religión judía. Empieza  por la “Galilea de los gentiles”, el país de Zabulón y de Neftalí, una región en sombras, desde el punto de vista religioso. Era una tierra de sincretismo religioso, de relajación de costumbres. Por ahí comenzó Jesús, desde una tierra y unas personas despreciadas por la élite religiosa de Jerusalén. Para esta gente religiosamente despreciada y sospechosa Cristo quiso brillar como una gran luz. Yo creo que nuestra sociedad, y nuestra tierra, hoy es también “Galilea de los gentiles”, una sociedad religiosamente relajada y sin vigor.

Con Jesús, la Luz irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos que ya  Isaías contemplaba envueltos en las tinieblas de la muerte. El evangelista recoge las palabras del profeta Isaías, al señalar esta tierra como llena de tinieblas y de sombra. Pero una luz grande va a brillar sobre ellos. Allí aparece Jesucristo, luz que ilumina la oscuridad y que elimina las tinieblas. Jesús prefiere empezar su ministerio público precisamente en territorio semipagano. Cafarnaúm, junto al lago, será su pueblo y de allí saldrán sus primeros discípulos que son unos pobres pescadores. El lugar y las personas elegidas desconciertan, pero son un signo de lo que significa el anuncio de la Buena Noticia, que va dirigido en primer lugar a los pobres, a los sencillos y los a los considerados ateos.

 A nosotros, los cristianos del siglo XXI, nos toca hoy brillar como una gran luz y predicar el amor y la conversión. Jesús en los inicios de su predicación -y ahora a cada uno de nosotros, a todos los que buscan- nos llama a la conversión, a la renovación.

Convertirse no  se trata de buscar un Dios lejano, sino descubrir un Dios presente en nuestra vida. Un Dios presente, pero que pide más, ofrece más, espera más. Esta es la Buena Noticia de JC -siempre "buena", siempre "nueva"- para nosotros.

Desde esta conversión de corazón podremos ayudar a nuestra sociedad a acercarse cada día un poco más al Reino de Dios.

El evangelio nos presenta a un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el lago de Galilea.

Allí encuentra a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. Jesús pasa cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago. También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos respondieron con prontitud y generosidad.  Le siguen, dejándolo todo. El seguimiento de Jesús será una de las categorías fundamentales que definen el discipulado. Así llegará a decir posteriormente: "El que no tome su cruz y me siga no es digno de mí" (Mt 10,38). El seguimiento no se limita a gestos superficiales, sino que lleva hasta la entrega de la propia persona. En Israel los discípulos buscan al maestro de la Torá, la Ley. En cambio aquí es Jesús el que elige. La condición del discípulo de los rabinos es transitoria, mientras que para el discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la comunión de vida y de muerte con su Maestro. El seguimiento no se limita a la aceptación histórica de Jesús, sino que supone la entrega a Él y la identificación con El y al mismo tiempo la asunción de su causa: la atención compasiva hacia los pobres y marginados. La adhesión a la persona de Cristo es la base de la moral, del comportamiento del cristiano. Adhieres a su persona, es asumir sus actitudes y valores. La moral cristina no es un mero cumplimiento de normas, sino que se basa en el "seguimiento de Jesús". Pregúntate ¿Qué pide El de ti?, ¿qué espera El de ti? ¿Qué haría El en tu circunstancia?

Jesús ahora también pasa a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria, ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de muerte en que yace el mundo, iconos de la misericordia del Padre Las barcas y las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá, lo mismo que les ocurriría quizás a los primeros discípulos. Pero como ellos hemos de mirar hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y ser valientes para recorrerlo.

Tengamos muy presente que tanto en la época de Jesús, como ahora, lo que caracteriza al discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir, esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a "fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona, establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro, no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente, todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas explicaciones.

Que el Señor, por lo menos en este domingo, nos encuentre con un corazón dispuesto a una renovación personal y comunitaria. Que el Señor, en este Día del Señor, encuentre en nuestros labios un “si” como respuesta a todo aquello que nos pide como muestra de nuestra fidelidad y de nuestra fe. ¿Hemos escuchado nuestro nombre?.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@sacravirginitas.org

 

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Comentario a las lecturas del III Domingo de Adviento. 14 de diciembre 2025.

     Las lecturas de este tercer domingo tienen un hilo conductor que es el profetismo. Todas ellas nos hacen una gran reflexión sobre la presencia de Dios en nosotros y en nuestro mundo y la alegría que esto provoca en cada uno. Hoy es el domingo de la alegría por la proximidad del nacimiento de Jesús, porque Él es nuestra verdadera alegría. A este domingo  se le llama “domingo gaudete",

Hoy celebramos el Tercer Domingo de Adviento, “Domingo de Gaudete”
El Tercer Domingo de Adviento lleva el nombre de “Domingo de Gaudete”, o ‘Domingo de la Alegría’. Se denomina así porque la tercera semana de Adviento parece despertar naturalmente una sensación de ‘cercanía’, de que el más grande acontecimiento está ‘pronto’ a suceder. Es esa experiencia del ‘falta poco’, por la que los corazones se animan porque el trecho mayor ya está recorrido. Y la liturgia recoge este sentir: la primera palabra que se dice en la introducción de la Misa es precisamente Gaudete, es decir, “¡Regocíjense!”.
        En la celebración eucarística del día, el sacerdote se reviste con una casulla de color rosa, signo de gozo, y la Iglesia invita a los fieles a profundizar en el deseo de conversión, porque el Señor ha de llegar y todo debe estar bien dispuesto. De manera coincidente, tanto en los templos como en los hogares se enciende la tercera vela de la corona de Adviento, la única vela rosada.
            El color rosa -asociado a la belleza y a la serena alegría- produce un contraste en la liturgia, en la que ha venido primando el violeta (morado) como signo de austeridad (actitud propia de las semanas de preparación para la Navidad). El color violeta ha de volver para el cuarto domingo de Adviento. En ese sentido, el rosa podría entenderse como un “ya, pero todavía no”, muy propicio para renovar esfuerzos o tomar aliento en el camino de conversión personal.
            Hoy, vamos a encender la tercera vela de nuestra corona de Adviento. El Señor está más cerca de nosotros y su luz nos ilumina cada vez más. Abramos nuestro corazón, muchas veces oscurecido por las tinieblas del pecado, a la luz admirable del amor de Dios.
Acudamos ahora a Santa María, que colaborando con el Plan del Padre permitió que la luz del Señor ilumine a la humanidad, y pidámosle que siga intercediendo por nosotros en este tiempo de preparación. Rezamos un Padre nuestro y un Avemaría.
            La semana que empezamos es también la semana que inaugura las siete ferias mayores antes de Navidad: del 17 de diciembre al 23. Son días de una gran riqueza de textos bíblicos y eucológicos, fuente de meditación y alimento espiritual.

Aparecen tres profetas que anuncian la salvación, los tres animan a tener esperanza, los tres denuncian la injusticia, los tres son perseguidos por decir la verdad y a los tres les mueve el amor de Dios.

El profeta Isaías anuncia a los desterrados en Babilonia que llegará un día en que volverán a su tierra y "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará".

Juan el Bautista es el segundo profeta que nos presenta la Palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Manda una embajada para hablar con Jesús y éste le confirma como profeta y más que profeta, el mayor de los nacidos de mujer. La misión de Juan fue preparar el camino del Señor, ser el precursor del Salvador.

En la carta de Santiago también aparece el mensaje profético. Santiago  habla de la otra venida del señor al final de los tiempos, la parusía que creía ya cercana. Insta a tener paciencia como el labrador que espera el fruto de su cosecha, o los profetas que soportaron con paciencia todos los sufrimientos.

 

La primera lectura (Is 35,1-6a.10) forma parte de la primera parte del libro de Isaías.  Los cap 34-35 presentan una visión escatológica de dos escenas complementarias:

-a) Dios interviene en la historia humana trayendo la venganza sobre Edom (cap. 34). La cólera divina se ceba sobre la ciudad y sus habitantes, la espada "chorrea sangre", "su país se vuelve pez ardiente", los cardos y ortigas crecen en sus palacios que se convierten, de este modo, en guarida de chacales y crías de avestruz.

-b) Día de venganza sobre Edom, pero a la vez "año de desquite para la causa de Sión" (34, 8; cap. 35). El Señor en persona viene a liberar a su pueblo.

El tema del texto de hoy es la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso (vv. 1-2, 6-7;); todas las enfermedades serán curadas (vv. 5-6) porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá (v. 3).

Se anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo (Gn 3. 19), el sufrimiento (Gn 3. 16), las zarzas y las espinas del desierto (Gn 3. 18) no serán ya más que un mal recuerdo.

La alegría es el "leit-motiv" de todo el texto: "regocijarse", "alegrarse", "gozo y alegría" (vs 1b.2.10), quedan excluidas toda pena y aflicción (v.10). Alegría que lo invade todo: la naturaleza como morada cósmica del hombre, la tierra árida ("desierto", "yermo", "páramo" "estepa" v.1) que recobra la lozanía, su vida ("florece" como las zonas fértiles del Carmelo, Sarión y Líbano, v.2;), al mismo ser humano.

-Este gozo y alegría se deben a la presencia divina que trae la liberación de los desterrados (vs. 2b, 4b). Las expresiones "manos débiles", "rodillas vacilantes", "cobardes de corazón" hacen alusión a todos aquellos seres que en sus manifestaciones externas (manos/rodillas) e internas (corazón) han dudado, tras el destierro, del poder divino. Todos ellos contemplan la manifestación liberadora del Señor, el miedo será desterrado y sus convicciones, externas e internas, adquirirán firmeza, madurez.

-Lo menos importante a los ojos humanos, como son la tierra árida (v. 1), los seres indecisos (vs. 3-4a), los mutilados (ciegos, sordos, cojos y mudos: vs. 6a) serán los primeros en participar del gozo y alegría traídos por el Dios liberador.

-Por el camino del desierto (v. 8) avanzan los liberados por el Señor (v. 10), el destierro ha terminado y la vuelta a Sión resulta alegre (v. 10) ya que han sido liberados, como sus padres, de la esclavitud.

 

El responsorial de hoy es el salmo 145 (Sal 145,6-10) "himno" del reinado de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios.

Dios

-Que ha creado los cielos

-Que mantiene su fidelidad

-Que hace justicia a los oprimidos...

-Que da el pan a los hambrientos...

Yahvéh

-Que libera a los prisioneros...

Yahvéh

-Que abre los ojos a los ciegos...

-Que endereza a los encorvados...

Yahvéh

-Que ama a los justos...

Yahvéh

-Que guarda a los peregrinos...

-Que protege al huérfano y a la viuda...

La tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana.

Así, el hombre se encuentra ante una opción radical  entre dos  posibilidades opuestas:por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo.

La otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza:"Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito.

De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

En efecto, al final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente" (v. 10).

 

Segunda Lectura : Sant 5,7-10 Este pasaje se sitúa en la parte última de la carta de Santiago sobre un horizonte escatológico. Dos grandes temas dominan esta perícopa: la paciencia y la parusía. Estos dos temas se condicionan mutuamente. La paciencia viene motivada por la parusía y la esperanza de la parusía pide la paciencia. El ejemplo perfecto, de esta actitud de espera, es Cristo como modelo de la paciencia de Dios con los hombres. Abrirse al prójimo exige paciencia y disponibilidad para la maduración de las relaciones.

La paciencia como capacidad de encajar la prueba y como firmeza de corazón en la actitud que conviene a este tiempo de anterioridad a la Parusía. La paciencia es saber situarse desde la fe en el mundo en que a uno le ha tocado vivir. Desear otra serie de situaciones inexistentes, de uno a otro signo, es vivir una vida cristiana irreal.

Respecto a la parusía, aquí la parusía es más la de Dios que la de Cristo. Santiago está en este punto más próximo a la mentalidad judía. Este horizonte escatológico se evoca en la carta bajo varias formas (los últimos días 5, 3; la salvación 1, 21; 2, 14; la corona de la vida 1, 12; el Reino 2, 5; el juicio 2, 12-13; la gehena 3, 6).

 

En el evangelio de hoy  (Mt 11,2-11) San  Mateo recoge una tradición sobre la perplejidad de Juan Bautista ante la actuación del Mesías. Este Evangelio se compone de dos partes muy distintas: el relato de la embajada de los discípulos de Juan Bautista (vv. 2-6) y el elogio de este último por el mismo Cristo (vv.7-10).

a) La embajada de los discípulos del Bautista lleva el encargo de investigar si Cristo es realmente "el que tiene que venir". Hay que comprender esta última expresión en el sentido que le da Juan Bautista. Está tomada de Is 40, 10 (pasaje que el Precursor conoce bien, puesto que cita ya el v. 3 en Mt 3, 3), en donde la venida del Mesías va acompañada de fuerza y de violencia. Ahora bien, para Juan Bautista no hay lugar a duda de que el Mesías que él anuncia será particularmente violento (Mt 3, 11). El Mesías, en efecto, debe hacer su aparición dentro del aparato terrible de un día de Yahvé.

Pues bien, Cristo desmiente esa espera poniendo de relieve que sus obras mesiánicas están todas ellas hechas de dulzura y de salvación: en lugar de juzgar y de condenar, cura y libera.

Aunque, por otro lado, en todo eso no hay nada que no esté previsto por la Escrituras y esté en conformidad igualmente con la esperanza mesiánica. Pero hay dos conceptos opuestos del mesianismo que en aquella época se repartían al pueblo elegido: los unos esperaban los últimos tiempos como tiempos de poder y de violencia; los otros, como tiempos de liberación y de felicidad. Oponiéndose a los discípulos de Juan, Cristo revela un estilo de vida que constituye un problema para ellos y que no dejará de producir escándalo hasta tanto no se penetre en el misterio del Hombre-Dios sobre la cruz. Eso es precisamente el alcance del v. 6 (cf. Mt 13, 54-57; 16, 20-23; 26, 31-33, y , sobre todo, 1 Cor 1, 17; 2, 5). Si se produce el escándalo a causa de Cristo, aun comprendiendo que da cumplimiento a tal o cual profecía, es porque en El se ha producido algo inesperado, algo que ninguna profecía podía prever: el misterio del Hombre-Dios.

b) La segunda parte del texto se centra en Juan y en su papel dentro de la historia de la salvación. La interpelación y la pregunta retórica dan a esta parte viveza y fuerza. El desierto del que se habla es la misma falla geológica del domingo pasado, paisaje árido y tórrido, salpicado en algunos lugares por matorrales, arbustos y cañaverales. Siguiendo la margen occidental del Mar Muerto, se llega a la altiplinicie rocosa, rodeada de barrancos. Su nombre actual es Masada, que significa fortaleza. Se trata, en efecto, de una fantástica fortaleza inexpugnable, donde, entre los años 37 a 31 a. de C., Herodes había construido un palacio dotado de todos los lujos y comodidades. Un palacio proverbial, del que todo el mundo contaba mil maravillas.

Para preparar a su auditorio a la idea de que el Bautista es un profeta, Jesús utiliza una serie de imágenes: el contraste entre gentes bien vestidas y el hombre vestido de pelos de camello (Mt 3, 4; 2 Re 1-8), entre el profeta que no tiembla y la caña frágil (Jer 1, 17-19). Juan es incluso más que un profeta: es el mayor de los profetas: citando Mal 3,1 y Ex 23, 20, Jesús define, en efecto, la misión del precursor como la de un servidor que conduce al pueblo de Dios hacia la tierra tanto tiempo prometida. Y, sin embargo (v. 11), Juan es el personaje más pequeño del reino. Esta observación es capital para la comprensión del verdadero alcance del Evangelio. Juan es el mayor del Antiguo Testamento, pero, en cuanto tal, se mueve aún dentro de una interpretación demasiado humana y demasiado específicamente judía de las profecías. Por eso es el más pequeño en el reino: le falta, en efecto, la inteligencia del estilo absolutamente inesperado que Cristo introduce con su existencia de Hombre-Dios.

 

Para nuestra vida.

El Adviento es un camino. De nuestras actitudes depende que lo llenemos de la esperanza y la alegría que nos propone la Palabra de Dios hoy. ¿Qué signos “vemos y oímos” hoy entre nosotros? ¿Somos capaces de descubrir signos de alegría y esperanza en medio de tanta crisis?.

Todas las lecturas nos han animado a reflexionar sobre nuestro caminar. ¡sigamos caminando y preparando los caminos al Señor! Y, si podemos, hagámoslo con alegría. El Reino de Dios es paz, amor, alegría. También alegría, aunque previamente haya que pasar por muchas contrariedades y sufrir mucho. Pero lo último no es el sufrimiento, sino el gozo indestructible.

El cristiano debe ser testigo de la alegría: en su talante, en su vida, en sus celebraciones. La cruz sólo es un medio, no un fin. Es blasfemo presentar a un Dios triste, enemigo de la vida.

El misterio de la alegría nace en Dios, es un don, no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta. Brota de dentro y tiene su origen en el Espíritu.

¿Seremos capaces de ofrecerle a un Dios humillado y humanado, el regalo de nuestra alegría por tenerle entre nosotros?

Que nosotros, ya desde ahora, celebremos, gocemos, saboreemos y nos alegremos de la cercanía de Dios en un humilde portal.

Desde ahora, disfrutemos y gocemos con nuestra salvación. Y, como Juan, ojala que a esa gran alegría, por ser los amigos de Jesús, respondamos –más que con palabras- con nuestras obras. Es decir, con nuestra vida.

También observemos que metidos en el tiempo de Adviento, la Iglesia quiere que reavivemos la virtud de la esperanza. ¿Qué es eso de tener esperanza hoy?.

La esperanza cristiana es una esperanza global y trascendente. Se eleva por encima de todas las pequeñas esperanzas, para después centrarlas, purificarlas, integrarlas en una meta trascendente, único lugar donde cobran un sentido aceptable para el hombre.

En la primera lectura el profeta Isaías Canta las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz… Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

El profeta insiste en animarnos. “¡Sed fuertes,  No temáis, he ahí a nuestro Dios. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.”  Sin embargo tenemos las manos desfallecidas, las rodillas vacilantes, el corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentado.

Las palabras de Isaias son  palabras de esperanza y fortaleza para nosotros cristianos del siglo XXI. Para nuestra vida, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, en nuestra vida un prodigioso florecer como en  una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos.

Los tiempos mesiánicos de que habla Isaías nos invitan y cuentan con nuestra colaboración. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Estas son las obras que, según profetizó el profeta Isaías, hará el Mesías, cuando venga a instaurar el reino de Dios; estas son las obras que hizo el Mesías Jesús de Nazaret. Ahora es el tiempo de la Iglesia, el tiempo de los discípulos, el distintivo del auténtico discípulo de Jesús siempre tendrá que ser este: trabajar por la justicia, para que en este mundo nuestro puedan oír los sordos, hablar los mudos, y que podamos vivir todos con dignidad cristiana, en nuestro caminar.

 

El salmo 145, es una buena ocasión de meditar como es nuestra relación de confianza con los otros seres humanos y la que tenemos puesta en Dios. Constituye un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. El motivo de la auténtica confianza unifica este poema antológico. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza.

Si el salmo se considera como una alabanza, el verso final proclama su señorío universal; si es una lección en forma de oración, el salmo se cierra con un augurio de que Dios ejerza su reinado para que tenga vida plena cuantos confían en El. Formalmente se compone de una alabanza comunitaria, aunque se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

 

De la segunda lectura resuenan dos afirmaciones importantes: “ paciencia” “cercanía del Señor” “Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.”.

El Apóstol Santiago nos invita a tener paciencia (hasta cuatro veces lo repite). Ese tiempo de paciencia y espera nos ayudará a discernir sobre cómo actuar en cada momento, sin perder el norte y permaneciendo firmes. También nos ayudará a ver con más profundidad y descubrir las huellas de Dios, los signos de su presencia en nuestro mundo y en cada persona: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

La confesión de fe que presenta el texto de Santiago resonaba entre los primeros cristianos como una liberación, una norma moral relativizada y una exigencia de rectitud ante el inminente juicio. El tiempo fue corrigiendo el error de la comunidad apostólica y situando con realismo al creyente ante la historia. La misma confesión ha adquirido así nuevas resonancias.

Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone esta perícopa en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues El nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según El.

Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a Él. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta.

"Está cerca". Lo que de El nos separa no es la distancia del tiempo, ni la magnitud de su grandeza, ni la inaccesibilidad de su misterio, sino la pobreza de nuestra fe. La fe raquítica, los afanes del mundo y de la riqueza, junto con la inconsciencia, son velos que oscurecen la contemplación de la gloria del Señor. Estos obstáculos nos alejan de El, encerrándonos en el egoísmo, la mentira, la insolidaridad o la desesperación.

"Está cerca". En el pobre y en el que sufre. En los acontecimientos, cuando sabemos vivirlos como estímulos al crecimiento y al amor. En la naturaleza, huella y obra del Creador. En nuestro interior profundo que reclama acercarse a su origen divino por medio de experiencias positivas de paz, de crecimiento, de riesgo justificado, de amor, de gozo, de eficacia.

"Está cerca, pero misteriosamente. Sólo la fe dócil y confiada sabe leer sus mensajes y presencias, a veces tan raras y sorprendentes.

Hoy el evangelio nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Lo vemos encarcelado por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y sobre todo sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Heroidas no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice Jesús, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí en una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzaron de ser cristianos, El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno, o como indiferente, lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto, o incluso chirriante y que crispa a quienes opinan lo contrario.

El Adviento es tiempo de esperanza. No se puede tener esperanza sino en la medida que uno se siente limitado. El hombre es un ser que necesita una promesa para poder existir. Se siente menesteroso, limitado, acosado, como un fuego artificial que se sabe lleno de una vitalidad pasajera. La muerte crece dentro de él al mismo compás que la vida misma. En ese contexto, del conjunto de fracasos, de limitaciones, de pequeños anhelos frustrados, surge un deseo global de un bien ilimitado y trascendente, que englobe y eleve toda nuestra menesterosidad. Sólo quien bucea profundamente en su existencia terrena es capaz de sentir la necesidad de la esperanza . Sólo ése -de alguna manera- es sujeto capaz de esperanza. De una esperanza global, trascendente y total que, como tal, ya es objeto de gracia, gratuita, y que necesita un tú absoluto en el que apoyarse: Dios.

Es preciso pues revisar, reflexionar, profundizar nuestra esperanza.

¿A quién esperamos?.  Tener esperanza cristiana es haber elegido a Jesús como futuro nuestro. Y si nos alejamos de esta esperanza, ¿a quién iremos?

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com