Las lecturas de hoy destacan las actitudes del perdón y la misericordia. En el evangelio se nos presenta el segundo fragmento del "sermón del llano" de Lucas, sobre el amor a los enemigos, preparado en la primera lectura por el ejemplo del perdón de David a Saúl, y por el salmo responsorial por el canto a la misericordia de Dios, razón última del mensaje evangélico. Y en la segunda lectura leemos otro fragmento del c. 15 de 1 Corintios, sobre el misterio de Jesucristo resucitado y la condición de hombres nuevos propia de los cristianos, incorporados a Cristo por el bautismo.
En
la primera lectura del primer libro de Samuel (26,2.7-9.12-13.22-23), se nos presenta
una escena importante en las relaciones entre David y Saúl, Las relaciones
entre estos dos ilustres personajes se nos descubre a los largo de 1 Sam. 16-2
Sam. 1.
David, ungido rey por Samuel, entra al servicio de
Saúl; su triunfo sobre el gigante Goliat y su éxito en todas las incursiones
militares que se le encomiendan, provocan la celotipia y envidia de Saúl, que
intentará quitárselo de en medio.
Saúl está a merced de David (v.
7). Varias veces, Saúl intentó atravesar, con su lanza, a David contra la pared
(cfr.18,11; 19, 9 s; 20, 23). Este, pudiendo ahora matarlo con la misma lanza,
no lo hace. El atentado no puede fallar (v. 8), pero David devuelve bien por
mal (vs. 9-11; cfr. 24, 7-8a).
Saúl, a pesar de sus tres mil
soldados (v. 2), se halla desatendido. Esto es demasiado inverosímil, por eso
el v. 12 hace caer sobre ellos un letargo enviado por el Señor. El autor juega
con la ironía: el que no es custodiado por sus amigos, debe ser protegido por
el enemigo (vs. 13-16).
-David apela al tribunal del
Señor. El dará a cada uno según sus acciones. (vs. 22-23). Así, la venganza
personal queda excluida.
Si las lecturas de los días
pasados han hablado de la amistad y el amor (o los amores) de David, la de hoy
nos presenta otra faceta de su perfil humano: la grandeza de ánimo, manifestada
en el perdón y la renuncia a la venganza.
Dos narraciones presentan a
David perdonando la vida a Saúl: la primera (c. 24) en una cueva del desierto
de Engaddi; la segunda en el desierto de Zif. En la primera es Saúl quien entra
en la cueva donde se habían escondido David y sus hombres; en la segunda es
David quien, acompañado de Abisay, se infiltra en el campamento de Saúl. Fuera
de estas diferencias, el esquema de las dos narraciones es el mismo: denuncian
a Saúl que David se esconde en tal lugar del desierto de Judá; Saúl reúne tres
mil hombres escogidos y va allá para atraparlo; en un momento de la
persecución, sin saberlo, Saúl y sus soldados consiguen alcanzar a David y los
suyos, y Saúl queda, indefenso, a merced de David. Los acompañantes de David
creen que es la ocasión de poner término a la vida de quien implacablemente los
persigue; David no se lo permite, porque, dice, no quiere poner la mano sobre
el ungido de Yahvé; toma tan sólo una prenda -un trozo del manto de Saúl (c.
24) o su lanza (c. 26)- y después, desde una distancia prudente, le llama y le
muestra la prenda que hace ver que podía haberlo matado.
En ambos relatos dice David que
es Yahvé quien le hará justicia, es decir, quien matará a Saúl; Saúl se
emociona, llora y reconoce que ha obrado mal con David; por último, Saúl se va
de allí en una dirección y David en otra. Seguramente se trata de un mismo
hecho, transmitido según dos versiones, o bien fueron realmente dos hechos, en
cuya narración uno sufre la influencia del otro.
El
responsorial es el Salmo 102 (SAL 102, . 1bc-2.
3-4. 8 y 10. 12-13). El salmo 102 es el gran salmo
de la ternura de Dios. El
concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el
de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general
del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y
especial en el contexto de amor.
La ternura es, ante todo, un
movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la
entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial
de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro
idioma de otra palabra: cariño.
Allá, en las raíces de la
ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se
alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad,
donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier
género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la
gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.
Ciertamente, la Biblia, cuando
intenta expresar el cariño de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna,
debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se
movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido
humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos
ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón,
benevolencia. En suma, la ternura.
En el salmo 102, se han
condensado todas las vibraciones de la ternura humana, transferidas esta vez a
los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el
escenario, conmovido por la benevolencia divina y levantando en alto el
estandarte de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí
mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un
grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo
enseguida «con todo mi ser».
La estructura del salmo es
también clara y sencilla, como suele ser la de los himnos, estructura ternaria:
a) Invitación a la propia alma
y corazón del salmista a bendecir al Señor (vv. 1-2). b) Motivación: la bondad
de Dios en:
1. los favores personales (vv
3-5);
2. los favores dados a la
humanidad (vv. 6-19).
c) Aclamación final de toda la
creación (vv. 20-22).
En el versículo segundo
continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo,
conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, despliega
una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las
culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v.
3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa
corriente, llena de inspiración:
(v.3-
4) : "Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa te colma de gracia y ternura".
Todas las experiencias vividas
por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años,
están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de
Israel: «El Señor es compasivo y
misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).
Israel -y el salmista- que ha
convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos
de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es
oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene
inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque
sabe de qué barro estamos constituidos.
Para El perdonar es comprender,
y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y
deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella
encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que
lo arrastran por rumbos contrarios.
Por eso no le cuesta perdonar,
y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia,
sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es
clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es
bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una
fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y
que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.
A partir de versículo 9 el
salmista se mete en las entrañas de la actitud de Dios, esto es, de la
Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va
sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.
Le han puesto la fama de que no
hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas
pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso,
sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo
merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula
del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en
el polvo: «No nos tratan como merecen
nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (v. 10).
(vv. 11-13).«Como se levanta el cielo sobre la tierra, se
levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja
de nosotros nuestros delitos».
En los versículos siguientes,
la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre
siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El
conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14). Aquí entran
sincronizadamente, la comprensión, el perdón, la misericordia y la ternura.
La
segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios
(15,45-49).
El aspecto tratado hoy es con el que topaban los
Corintios: una concepción demasiado materialista de la resurrección. Sobre todo
en ambientes judíos se especulaba mucho sobre cómo sería el cuerpo resucitado,
y se imaginaban unos paraísos que sin duda tenían que repugnar a gente formada
en determinadas filosofías helénicas que consideraban el cuerpo como la cárcel
del alma. Esta repugnancia acentuaba, ciertamente, el rechazo de determinados
miembros de la comunidad de Corinto ante la idea de una resurrección corporal.
En un texto que ahora puede
continuar teniendo vigencia para determinadas mentalidades cristianas que
tienden a imaginar un cielo muy material (y que no saben dar una respuesta, por
ejemplo, cuando alguien les pregunta de quién serán los órganos que han sido
trasplantados de un cuerpo a otro, o qué sucederá con los cuerpos incinerados),
Pablo acumula ejemplos para explicar que no se debe imaginar la resurrección
del cuerpo como una resurrección del cuerpo material que ahora tenemos, sino
que será un cuerpo diferente: un cuerpo "celestial", en contraste con
el actual cuerpo terrenal.
Eso lo explica Pablo en 15
,35-53 . Y de todo este largo fragmento, leemos únicamente cinco breves
versículos que constituyen como una síntesis, hecha a partir de los dos modelos
de hombre: el hombre terreno es el hombre que continúa la descendencia de Adán;
el hombre celestial es el que se realizará en la resurrección, por obra del
Espíritu del último Adán, Jesucristo.
En el texto de hoy, como
explicación final de la diferencia entre los dos tipos de hombre, presenta la
conocida contraposición entre Adán y Cristo. El modelo del "hombre
celeste", que no sabemos cómo será, es el cuerpo resucitado de JC, el
"segundo hombre". A partir de la imagen de Gen 2,7, en la que se dice
Dios puso en Adán el aliento de la vida, y a partir de este aliento nació la
vida natural, Pablo presenta la resurrección de Jesucristo como el momento en
que él recibió también el aliento de la vida, pero de una vida distinta, que da
origen a la vida nueva de los hombres mediante la donación del Espíritu Santo.
Es este el significado de las dos expresiones contrapuestas: "se convirtió
en ser vivo" - "se convirtió en espíritu que da vida".
Los dos últimos versículos
parecen presentar una contradicción: "son los hombres celestiales" -
"seremos imagen..." Por el bautismo participamos ya de la
resurrección ("somos"), pero nos hallamos en el camino que lleva a la
plena imagen de JC resucitado, en la parusía ("seremos").
En esta
segunda lectura, San Pablo nos ayuda a profundizar en lo que es ser cristiano,
que consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo
puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de
la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia
los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su
discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de
personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas
otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos,
si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el
bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.
San Pablo
explica como el cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y
resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a
Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un
hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido
el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de
la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos
en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a
nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde
la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo
nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre
nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a
hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.
El
evangelio es de san Lucas (Lc. 6,27-38).
A diferencia
del texto del domingo pasado que restringía las bienaventuranzas a los
discípulos, el texto de hoy no es restrictivo. Los destinatarios son
absolutamente todos los oyentes, que, de acuerdo a Lc 6, 17, se componen de los
doce, discípulos y gentío.
La lectura evangélica iniciaba
el "sermón de la llanura" con la apreciación que le merece al Padre
la "pobreza" y la "riqueza". Hoy la continuación del mismo
discurso que encontramos en el evangelio
nos presenta cual debe ser la visión que el cristiano tiene que tener de
los "otros".
El evangelio nos explica la
relación de cada creyente con los demàs. La explicación está estructurada en
tres partes.
Parte primera: vs. 27-30. Abren
el texto cuatro frases imperativas en plural (vs. 27-28). Las cuatro igualmente
concisas, con igual estructura e igual ritmo: al imperativo, marcando el
sentido de lo que debe ser la actitud de los oyentes, sigue la mención global
de quienes encarnan la actitud contraria y que no debe ser reproducida por los
oyentes, sino cambiada por la opuesta, anteriormente formulada en imperativo.
Los versículos 29-30 no son
casuística, sino invitaciones urgentes a despertar a un nuevo talante. vs.
29-30 otras cuatro frases también imperativas, aunque en singular y con
estructura sintáctica inversa: el imperativo cierra ahora cada frase. Estas,
por otro lado, no se mueven en el terreno de los principios o de las
directrices genéricas, como sucedía con las anteriores, sino en el de las
situaciones concretas. La formulación es gráfica, incisiva: pon la otra
mejilla, quédate desnudo, da a todo el que te pida, no reclames lo tuyo.
Parte segunda: vs. 31-35. El
grupo cristiano debe ser reconocible por el amor. Este amor no lo concibe Jesús
como un sentimiento, sino como una actuación. Por el amor, Dios reconoce al
hombre como hijo suyo y el hombre se reconoce hijo de Dios. Este es el premio
del que habla Jesús: experimentar a Dios como Padre.
El v. 31 formula un criterio de
actuación para con los demás. Comportaos con los demás, como queréis que los
demás se comporten con vosotros. La frase no tiene la crudeza y la agresividad
de las anteriores. Se trata de un criterio realista, razonable y, aunque con un
componente interesado, el criterio es práctico y eficaz. Jesús era
indudablemente un perfecto didacta, que sabía conjugar la imagen agresiva y la
sabiduría popular y sosegada de las máximas.
En los vs. 32-35 Lucas retoma
el estilo y el lenguaje incisivos de los primeros versículos. La traducción
litúrgica presenta estos versículos como explicación del v. 31, probablemente
sin fundamento. En realidad, estos versículos forman un bloque en función del
último de ellos, el 35. Los tres primeros (32-34) insisten en un misma idea: el
plus diferenciador de la ética de Jesús frente a las éticas no religiosas.
Lucas ha conservado la expresión "los pecadores", con la que los
judíos designaban a todos aquellos que no conocían al Dios de Israel.
Parte tercera: vs. 36-38. Jesús
sitúa al hombre en una relación nueva con Dios: relación hijo-padre. Esta nueva
relación del hombre con el hombre. Sólo así adquiere sentido todo lo que Jesús
ha dicho desde el v. 27.
los vs. 36-38, está dominada
por el Padre. Seréis juzgados, es decir, Dios os juzgará; etc. Estos futuros,
por otra parte, participan del mismo carácter lógico que los futuros del v. 35.
No obedecen, pues, primaria ni exclusivamente a una actuación de Dios en el más
allá sino ya en el acá.
Estos últimos versículos erigen
al Padre de los cielos en modelo de la ética de Jesús. El Padre, sus entrañas,
su misericordia, su amor abismal- mente desbordante y desinteresado. El es
origen y la razón de ser de las absolutamente desconcertantes y fascinantes
propuestas éticas de Jesús.
A propósito, por último, del
término juzgar del v. 37 hay que decir que su ámbito no es el jurídico sino
existencial, es decir, remite a la inclinación que experimenta el ser humano a
criticar y a encontrar defectos en el prójimo.
Es el padre quien da sentido y
coherencia a los hermanos. El amor del que habla Jesús no es un simple
sentimiento humanitario; tiene una raíz existencial: la realidad del Padre.
Sólo así tiene sentido que pueda amar yo al de al lado: es que resulta que es
hermano mío.
La idea, nuclear que da
sentido a todos los consejos que
hallamos en el texto, la encontramos casi al final del mismo: "Sed compasivos como vuestro Padre es
compasivo" y tiene su correlato humano en esta otra advertencia:
"Tratad a los demás como queréis que
ellos os traten".
Jesús quiere trasladar al seno
de la comunidad de los suyos las relaciones de misericordia que el Padre
mantiene con los hombres y pormenoriza, casi hasta el detalle, cómo tiene que
ser esas relaciones. Así, hace pasar por delante de su auditorio -en nuestro
caso, lectores- prácticamente una casuística completa de circunstancias que
hace difícil soportar al otro y, mucho más difícil, amarlo.
Comienza recordando a los
enemigos a los que hay que amar aunque nos odien, nos maldigan o nos injurien.
Pero esto no basta, la respuesta del discípulo de Jesús debe ir más lejos:
ofrecer la otra mejilla, dar además el manto y no reclamar nada al ladrón.
Después presenta una serie de relaciones totalmente unilaterales: hay que amar,
prestar y hacer el bien sin esperar a que el otro responda con la misma moneda.
Para entender las exigencias de
estos consejos viene bien recordar la experiencia personal que hemos tenido del
perdón tantas veces recibido de manos del Padre, en el sacramento de la reconciliación,
que "es bueno con los malvados y desagradecidos.
Para nuestra vida.
En
las lecturas de este domingo
se repiten
palabras claves: Amor y perdón .
Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman
puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede
devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida
a su perseguidor, el rey Saúl.
En la primera
lectura nos presenta la escena entre el
rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David.
El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más
querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la
oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel.
David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”.
En el texto proclamado lo que destaca sobre todo
es la compasión y el perdón de David, en contraste con la voluntad de Saúl de
hacerle la vida imposible y matarle. Hay que subrayar, no obstante, que este
perdón y esta compasión no son el puro amor a los enemigos del que hablará
Jesús en el evangelio de hoy, sino que incluye el temor a tocar al que el Señor
ha ungido: en Saúl, a pesar de todo, se da una especialísima presencia del Señor,
y por eso sería gravísimo atentar contra él.
Aún hoy día la actitud de David, renunciando a
matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos
enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están
por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo
comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que
debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su
comportamiento.
Hoy en el salmo proclamamos “el
Señor es compasivo y misericordioso”. Dios es el primero que nos perdona a
nosotros. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y
derrama raudales de misericordia con nosotros
Es un salmo bendicional, de
alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por
el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia, al Señor". Es,
pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser, Al
final, en el himno solemne con que concluye, invitará también a los ángeles, a
los "ejércitos" de Dios (los mismos ángeles) y a la creación entera
(las obras de Dios) a bendecir al Dios a quien sirven. Pero lo principal es que
cada uno de nosotros -"alma mía"- se decida a esta bendición.
El Salmo va describiendo con
entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia,
sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo,
siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es
compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace
suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni
guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se
muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el
salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del
perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro
de oro.
El autor del Salmo, en clave
poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de
Dios:
-"como se levanta el cielo
sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles",
-"como dista el oriente
del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos",
- "como un padre siente
ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles"...
d) Cómo somos nosotros. El otro
polo de la historia somos nosotros: y ciertamente el panorama no es alentador.
El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus
límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor
de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:
-el pecado: "él perdona
todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados"
"ni nos paga según nuestras culpas";
-la enfermedad: "y cura
todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y
"como un águila se renueva tu juventud";
-la opresión: "el Señor
hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de
hijos a nietos";
-la caducidad: "los días
del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del
Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de
que somos barro"...
Por encima de toda nuestra
historia, que no es nada gloriosa, está el amor y la misericordia de Dios. Y
esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los
mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia de un Dios que
se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los
hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.
Este cuadro de flaquezas
humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de
los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de
barro), oprimidos por enfermedades y angustias...
El Salmo, por tanto, nos invita
también a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de
confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en
las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que
siempre está cerca para ayudar y perdonar.
San Pablo en la su primera carta
a los Corintios describe nuestra
condición humana. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo,
pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria
como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada
fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el
hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. San Pablo nos
dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre
nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que
nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho.
Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.
"Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen
del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La
misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella
maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga
el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que
pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin
llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su
obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del
viejo Adán.
Dios se acercó
al hombre, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma
tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas,
las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado
hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible
de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al
redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo.
Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha
conseguido al precio de su sangre.
En el evangelio de hoy hay una actitud provocadora en las palabras de Jesús en el
Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad
al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el
enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal
y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos
sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos
como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que
nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.
Jesús nos pide
hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo
vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando
murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo
vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces
nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente
se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el
mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus
discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin
medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos.
Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con
nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que
Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada
día, creciendo en el amor y en la misericordia.
El evangelio
de hoy presenta lo nuclear del cristianismo: la confesión del amor gratuito y
misericordioso de Dios, que conduce a la ética humana más radical y gratuita.
La luz sobre Dios llega a iluminar las profundidades de la vida y el
comportamiento humanos. Hoy, no obstante, hay que poner de relieve un último
aspecto: esta ética tan radical no es un exceso sublime de perfección; es
propiamente la ética más profundamente humana. Las relaciones entre los hombres
que no estén regidas por estas actitudes acaban en lucha e inhumanidad. Hoy hay
que subrayar que en la convivencia entre los hombres y entre los pueblos hay
que llegar a una ética que busque el bien del otro sin utilizarle, que atienda
sus necesidades sin intención de pasarle luego la factura, que busque realmente
la justicia sin actitud de revancha, que dialogue con los pretendidos enemigos
buscando realmente el bien social común. Esta tiene que ser la aportación
cristiana al dialogo social. No sólo para dar a la convivencia un plus de
perfección, sino para hacerla posible y humana, es decir, según el Espíritu del
Señor.
¿Y la "recompensa"?.
Es más que recompensa; es la vida en Dios, ahora y por toda la eternidad,
encontrando así la verdadera relación entre los hombres, la paz, el amor, la
alegría de la comunión, incluso entre los problemas y las tensiones. La vida
evangélica parte de Dios y tiene a Dios como "recompensa" porque no
es sino la expresión viva de la misma gratuidad que define el amor de Dios. El
que ama así, y a este amor estamos llamados toda la humanidad, es el que
realmente cree, en su corazón, en el Dios vivo. Esta es la fe que salva.
La existencia
de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran
a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente;
y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.
No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin
esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la
alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así
nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com