sábado, 2 de diciembre de 2017

Comentario a las Lecturas del I Domingo de Adviento 3 de diciembre del 2017

Comenzamos un nuevo ciclo litúrgico (Ciclo B), en este tiempo de Adviento. En este nuevo ciclo litúrgico, cambiamos de evangelista ahora será San Marcos quien nos acompañará este año.
Al comenzar el ciclo litúrgico, la Iglesia nuestra Madre nos recuerda que este mundo ha de tener un final. Con ello nos va preparando a rememorar la venida a la tierra del Hijo de Dios hecho hombre, su nacimiento en Belén que inicia la Redención. A primera vista pudiera parecer que son dos hechos, el del fin del mundo y el de la Navidad, que no tienen conexión alguna entre sí.
Y, sin embargo, sí que la tienen, pues se trata en ambos casos de la venida del Señor. En efecto, cuando todo termine vendrá de nuevo Jesús hasta nosotros, para juzgar a vivos y muertos. En el tiempo precedente a la venida de Cristo es preciso prepararse con penitencias y ayunos, con la enmienda de la vida, avivando el deseo de su llegada.
Durante esta primer semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del Evangelio: "Velad y estád preparados, porque no sabéis cuándo llegará el momento". Es importante que, como Iglesia, nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad. Como resultado de nuestras reflexiones deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor creyente. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la familia, el trabajo, los vecinos, etc. Esta semana, en cada comunidad parroquial, encenderemos la primer vela de la Corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia y deseos de conversión.
La necesidad que tenemos de la venida del Señor a nuestro encuentro, para poder ser salvos.
Lo cantamos todos los años al comenzar el Adviento: rorate, Coeli, desuper et nubes pluant justum: destilad, cielos, el rocío y lloved, nubes, al justo.
Las lecturas bíblicas de estos cuatro domingos del Adviento litúrgico se refieren al Adviento espiritual, tiempo de preparación para la llegada del Reino de Dios, de la parusía, tal como lo entendieron los judíos, durante siglos. El color propio de este Adviento espiritual sería el color verde, que significa esperanza. De hecho, el color verde es el color que usamos en la liturgia durante todo el tiempo ordinario, porque, como hemos dicho, toda nuestra vida es preparación y esperanza en nuestra Pascua definitiva, junto a Cristo, que ocurrirá después de nuestra muerte. Nuestro Adviento litúrgico debe ser, también, un recuerdo del largo Adviento judío, que duró siglos, esperando al Mesías.
Al comenzar la liturgia de este primer domingo del Adviento deseémonos mutuamente la gracia y la paz de Dios nuestro padre y de Jesucristo, el Señor, palabras que oiremos en la segunda lectura.

La primera lectura es del libro de Isaías (Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7). Texto situado dentro de Is 63. 7-64. 11, que es una unidad literaria, muy compleja, que recoge la súplica del pueblo en forma de lamentación ante la mayor desgracia que le ha acaecido a lo largo de la historia. Es un texto en el que se mezclan el recuerdo de las gestas divinas en el pasado, la rebelión del pueblo, su castigo, la confesión del pecado. Todos estos elementos están muy libremente entretejidos.
 63. 7-14 es una meditación histórica. La desgracia presente del destierro evoca la amargura de Egipto, pero también el éxodo liberador en el que Dios actuó en favor de Israel. Recordar es evocar al amigo que ahora aparenta ser enemigo pero no lo es. Recordar es generar esperanzas en el Dios liberador. Guiando a su pueblo el Señor se ganó un renombre, ¿por qué no se lo gana en la situación presente, muy similar a la anterior? (63. 14).
63. 15-64. 11: lamentación propiamente dicha
vv. 17-19a;64. 4b-6: el suplicante se lamenta del estado actual dirigiendo a Dios una serie de preguntas retóricas que le muevan a actuar. La pregunta no implica un echar en cara a Dios nada; Él no es culpable de la situación, sino ellos, y lo confiesa (confesión que aparece con toda claridad en 64. 4b-6: el pecado es una mancha que contagia, que rompe las relaciones con el Señor, y Éste oculta su rostro entregando al hombre en poder de su culpa. La confesión implica ya un actuar de Dios en el interior humano). Pero ¿por qué Dios ha permitido que el pueblo se desviase del recto camino? Ellos no logran extirpar su dureza y obcecación interna, como si fuera algo superior a sus fuerzas. ¿Por qué Dios lo consiente? Y si ellos han errado el camino, el Señor debe volver por amor.
63. 19b-64. 4a: el autor pide una manifestación o teofanía del Señor. La confesión o conversión interna deben provocar esta manifestación externa, que es liberadora. Por eso el poeta grita: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases...!", como un día lo hicieras en el Sinaí con acompañamiento cósmico y temblor de los enemigos (elementos comunes de teofanía). El silencio es conmovedor; el cielo es un oscuro nubarrón y Dios da la impresión de no escuchar. El hombre espera y anhela esa manifestación. Es cierto que la esperanza no suprime el dolor pero hace que el silencio angustioso se haga revelador.
Dios no puede defraudar al que en Él espera (v. 3). Israel (=arcilla) está en manos de Dios (=alfarero); el artista no puede consentir que sea destruida su obra de arte, el Padre jamás puede consentir que su hijo perezca. Así Israel es perdonado.

El responsorial es el salmo 79 (Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19). El salmo 79 tiene el tono de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor es invocado como «pastor de Israel», el que «guía a José como un rebaño» (Sal 79,2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.
Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf. Sal 79,6). Los enemigos se burlan de este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece interesado, no «despierta» (v. 3), ni muestra su poder en defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en forma de antífona (cf. vv. 4 y 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente, procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.
VV. 2-3: Invocación y títulos: Israel y José representan aquí el reino septentrional, del cual se citan tres tribus que ocupan la región central de Palestina. Dios es pastor, sobre todo, en el desierto. Los querubines son los animales alados que sustentan el trono de Dios; y el resplandor indica la aparición o teofanía.
VV. 15-16: Dios debe actuar, pues se trata de «tu viña que tu diestra plantó, que hiciste vigorosa».
V. 19: Aleccionado por el castigo, el pueblo promete la enmienda, es decir, la fidelidad a Dios, para convivir con Él e invocar exclusivamente su nombre y no el de otros dioses.
En la catequesis del Papa San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002, comentaba así este salmo: " 1. El salmo que se acaba de proclamar tiene el tono de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor es invocado como "pastor de Israel", el que "guía a José como un rebaño" (Sal 79, 2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.
Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf. Sal 79, 6). Los enemigos se burlan de este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece interesado, no "despierta" (v. 3), ni muestra su poder en defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en forma de antífona (cf. vv. 4. 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente, procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.
....
Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento, pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a "volver" hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo "vuelva" a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del pecado, el Señor se "convertirá" de su intención de castigar:  esta es la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón, abriéndolo a la esperanza." (San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002).
La estrofa repetida" oh dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve", enmarca lo funadamental de la actitud orante del salmo:

En la segunda lectura de la primera carta San Pablo a los Corintios (1 Cor. 1,3-9). Durante el tercer viaje misionero, Pablo desarrolló una intensa actividad literaria, probablemente en Efeso (Hch 19,1). La carta que comenzamos hoy  responde a necesidades pastorales de la comunidad que, ante dificultades y dudas en su camino de fe, decidió consultar al Apóstol (7,1); también cabe que Pablo se enterara de tales necesidades a través de personas que le llevaban a Efeso noticias de Corinto (v 11).
Tras el saludo inicial y la acción de gracias, Pablo afronta la primera dificultad: la división de la Iglesia. No es una dificultad cualquiera y, por una causa u otra, siempre ha sido motivo de preocupación. En el caso concreto de la comunidad de Corinto había varias divisiones, si bien la más polémica era probablemente el enfrentamiento entre grupos que se decían partidarios de diferentes apóstoles. Pablo era el fundador de la comunidad. Cefas, el apóstol a quien se apareció por vez primera el Señor (15,5) y una «columna» de la Iglesia (Gál 2,10).
Apolo, judío converso de origen alejandrino, era hombre de gran cultura y elocuencia; versado en las Escrituras, refutaba con fuerza y públicamente a los judíos (Hch 18,24-28). No hay duda de que la comunidad conocía a los tres y había quedado impresionada por la personalidad de todos ellos.
Pablo comienza a examinar el problema, desechando cualquier idea de protagonismo. En realidad, ningún apóstol puede invocar derechos de posesión por grande que haya sido su actividad en medio de la comunidad. Ni el predicar, ni el bautizar, ni el fundar pueden justificar nunca el «sentido de propiedad» sobre una comunidad. En todo momento, el apóstol debe tener conciencia de que es un enviado y de que su éxito consiste en centrar toda la atención de sus oyentes en el núcleo del mensaje, del que es portador. Sólo Cristo es la roca indivisible que puede cimentar establemente una auténtica comunidad. Sólo Cristo murió por la salvación de todos los creyentes.
Escuchamos  lo que san Pablo pedía siempre al Señor para los fieles de Corinto, al comienzo de sus eucaristías: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo, estén siempre con vosotros”. Esto mismo es lo que hemos pedido hoy nosotros al Señor cuando  comenzamos nuestra eucaristía: la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo.
La gracia y la paz, la salvación y la nueva vida, nos vienen de Dios por Jesucristo. También por Jesucristo tenemos que dar gracias a Dios. En su acción de gracias (esto es, en su eucaristía), Pablo se acuerda de los corintios delante del Padre y da gracias por sí mismo y por ellos. Siempre que celebramos la Eucaristía debemos hacerlo por todos los creyentes y aun por todos los hombres; es el sentido que tiene el "memento".
v. 5:El "hablar y el saber", el carisma de la palabra y del entendimiento, son dones que Dios concede para construir la comunidad de los que esperan el día de la manifestación del Señor. El entendimiento anticipa la visión de lo que se ha de manifestar, la gloria de Dios en Jesucristo; la palabra anuncia la venida del Señor. Ambos dones o carismas son necesarios para dar testimonio de Cristo.
vv. 8-9:Dios responderá con su fidelidad a la nuestra, a la fidelidad de nuestro testimonio, Dios no nos fallará porque es verdadero Dios y no un dios falso, porque es poderoso para cumplir lo que promete.

aleluya sal 84, 8
muéstranos, señor, tu misericordia y danos tu salvación.

El evangelio es de San Marcos (Mc 13, 33-37). El Evangelio de Marcos,  nos presidirá y nos enseñará durante este ciclo B. El texto del evangelio de este domingo es corto .
Nos hallamos ante la versión de Mc de la parábola que hace dos domingos veíamos en Mt 25. 13-30. En ambos casos se trata de una invitación a vivir con la mirada puesta en el futuro: "Velad porque no sabéis el día ni la hora" (Mt 25. 13). "Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento" (Mc 13. 33). Las diferencias de ambas versiones están en los interlocutores y en el desarrollo.
Una palabra resume esta actividad del seguidor de Jesús, por la que la esperanza del cristiano se autentifica y cristaliza en realidades concretas: velar; palabra cuyo sentido se explica en el cap. 13, pues a lo largo de toda esta reflexión sobre el final de los tiempos, corre el mismo llamamiento a la vigilancia, traducido en expresiones como éstas: "que no os engañe nadie" (v. 5), "mirad por vosotros mismos" (v. 9), "no os preocupéis de..., pero el que persevere hasta el fin..." (vv. 11/13), "estar sobre aviso; mirad que os lo he predicho todo" (v. 25).
Velar es trabajar. Dice el evangelista que cada cual ha recibido ya su "trabajo" (v. 34); no desarrolla más el tema. (...).
El evangelista sabe que los cristianos deben esperar la venida de Jesús, entregados a su trabajo de cada día, pero se interesa más por la profunda actitud interior sin la cual no podría hablarse de trabajo que realizar: la mirada creyente, la fe.
(...). Velar es lo contrario de "dormir" (v. 36); es tener abiertos los ojos; es mirar con ojos atentos a todas las lecciones que pueden instruirnos, incluso a las impartidas por la naturaleza.
Parece como si Marcos tuviera ante la vista un doble peligro: efectivamente; por un lado, parece dirigirse a unas personas que han descuidado la vigilancia y no viven ya en la perspectiva escatológica, adaptándose quizás demasiado bien a este mundo; por otro, se opone a los que parecían creer que el final era inminente. A los primeros les dice:"Estad atentos y vigilad. Los hechos y los comportamientos de nuestra época indican que están ya a punto de empezar las agitaciones escatológicas." Y a los otros les dice: "No ha llegado todavía el final. Ni siquiera el Hijo del Hombre conoce la fecha." Finalmente, queremos señalar los diversos aspectos que encierra la vigilancia cristiana, tal como se deducen del conjunto del discurso y especialmente de la parábola del señor que regresa de noche a su casa.
Vigilar significa estar constantemente alerta, despiertos, en situación de espera. Significa vivir una actitud de servicio permanente, a disposición del amo, que puede regresar en cualquier momento. Significa, finalmente, lucha, fatiga, renuncia. No significa ni mucho menos indiferencia o falta de compromiso ante las obligaciones de cada día.
Pero esperar y confiar en Dios, no significa adentrarse por la senda de la vagancia y de la inoperancia. Hemos de pedir a Dios que nos cure, pero hemos de acudir al médico y poner toda nuestra voluntad en curarnos. Y así con todas las cosas de la vida. Es posible, no obstante, que el conocimiento de las ciencias modernas y de las tecnologías recién descubiertas nos lleven a pensar en lo contrario: que no necesitamos a Dios. Y eso puede ser un error fatal. Trabajamos junto a Dios para hacer un mundo mejor y para buscar el bienestar legítimo de nuestros hermanos. Sabemos que Jesús de Nazaret nos ha pedido que colaboremos con Dios Padre –con la Trinidad— en la redención de todos los hombres. Y la espera, hoy, que nos pide Marcos es un tiempo de esperanza, dirigido a hacer mejor nuestro trabajo, cuyas pautas fundamentales no son otras que esas ya muy sabidas de amar a Dios sobre todas las cosas y que ese mismo amor dirigido a los hermanos nos lleve a entregarnos a ellos, sin reservas, para su salvación y por tanto para su felicidad, tanto aquí en la tierra, como un poco más tarde, allá en el cielo.
Para nuestra vida.
Este domingo comienza el Adviento litúrgico, que durará hasta el día de Navidad. El Adviento litúrgico es el tiempo que la Iglesia quiere que los cristianos lo dediquemos a prepararnos para conmemorar dignamente el aniversario de la venida de nuestro Señor Jesucristo al mundo, acontecimiento que, como sabemos, ocurrió hace ya dos mil diecisiete años. El Adviento litúrgico se refiere, naturalmente, a la preparación litúrgica. El color morado que usamos en las celebraciones de Adviento significa preparación y penitencia, porque queremos llegar a la Navidad con el alma limpia. También es propia de este tiempo la que llamamos “corona de Adviento”, que son las cuatro pequeñas velas de esta corona, que significan la luz de Cristo que debe alumbrar nuestro camino hasta el día de Navidad. Tres de estas velas son de color morado, penitencia, y una de color rosado, alegría propia del tercer domingo, domingo Gaudete, por la alegría que nos proporciona la cercanía de la Navidad. Frente a este Adviento litúrgico está el Adviento espiritual que a nosotros nos dura toda la vida, porque toda la vida es tiempo de preparación para encontrarnos definitivamente con Cristo, cuando Dios nos llame a su lado
Comencemos, pues, nosotros hoy nuestro corto Adviento litúrgico, sin olvidar que toda nuestra vida es un Adviento espiritual en preparación para la muerte. Un tiempo en el que deben predominar las virtudes de penitencia interior, lucha contra el pecado, y esperanza en que la presencia redentora de Cristo nos salvará, siendo la luz y el camino que nos guiará hasta nuestro encuentro definitivo con Dios nuestro Padre. Vigilemos, pues, y oremos durante todo este tiempo y durante toda nuestra vida para que, cuando Dios nos llame, nos encuentre bien preparados, porque no sabemos ni el día, ni la hora en los que va a ocurrir este encuentro. La palabra clave en este tiempo de Adviento que hoy comenzamos es "vigilancia" en espera de la venida del Señor.
En la primera lectura de Isaías se nos proclamaY, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos, obra de tu mano”. La plegaria de lamentación de Is 63 7-64,11 es una típica plegaria de adviento, llena de esperanza, a pesar de reflejar la desilusión de la comunidad postexílica por el retraso de la manifestación de Dios. Forma parte de la recopilación de Is 56-66 que nace de una desilusión superada y de una esperanza enraizada en la convicción de que la salvación y la justicia de Dios están cerca (temática de fondo del tercer Isaías).
La lectura de hoy, por un lado, pone de relieve el momento critico en que vive la comunidad: el peligro de los ídolos y las divisiones internas. Y, por otro, manifiesta esta esperanza enraizada e indestructible: en medio de todas las cosas (enraizados en una situación concreta) Señor, eres nuestro padre; "nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; somos todos obra de tus manos"
-¿Dios dejará que nos perdamos?
En este texto el profeta pone en boca del pueblo un grito de auxilio al Señor Yahvé, su padre y redentor, para que no les deje desamparados y solos. El pueblo reconoce que su pecado es la causa de sus males y, por eso, pide al Señor que, como padre que es, olvide las culpas de sus hijos y les salve: no te excedas en la ira, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa; mira que somos tu pueblo. ¿Qué relación puede tener este texto con el tiempo de Adviento que hoy comenzamos?. Desde las palabras de esta primera lectura se anuncia la espera del Adviento¡ “Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en el. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos.
 En este primer domingo de Adviento podemos y debemos decir, con el profeta Isaías, que Dios es nos ama y nos gobierna como un padre y un pastor que aman a sus ovejas y las dirige hacia fuentes tranquilas. El profeta Isaías es el cantor de nuestra esperanza en un Dios misericordioso, en un Dios redentor, en un Dios Padre, en un Dios alfarero que quiere hacernos dignos hijos suyos. Pero para que esto pueda ocurrir nosotros debemos dejarnos hacer y rehacer por Dios, como la arcilla se deja formar y transformar por las manos del alfarero. Ninguna preparación mejor que esta podemos hacer en estos cuatro domingos del tiempo litúrgico de Adviento. Pidamos a Dios que nos preparemos para el día de Navidad dejándonos formar y transformar por las manos misericordiosas de un Dios que quiere ser nuestro Padre, nuestro redentor, nuestro pastor supremo y el alfarero de nuestras vidas.
"¿Puedes quedarte insensible ante todo esto, Señor?". Así suplicaba Israel a Dios, y así podemos seguir suplicando en el siglo XXI ante tantas desgracias que se abaten sobre nuestro mundo: armas atómicas que pueden dejar hecha la tierra un desierto, flagrantes injusticias que asolan a países enteros del tercer mundo con el hambre y enfermedades... ¿Por qué continúas obcecando nuestro corazón? ¿Seremos incapaces de romper con estas fuerzas salvajes? ¡Ojalá que rasgases el cielo y bajases...!
El hombre de nuestra sociedad o no siente a Dios o lo ve muy lejano, ajeno a nuestro mundo. Su silencio nos suena a ausencia, a no existencia.
Muchas frases de este relato suenan a ateas. Y es que Israel no sabe descubrir a ese Dios liberador, lo pone en duda y se queja amargamente. Pero esta queja es ya una súplica, un abrirse al Dios Padre. Así lamentándose Israel nos enseña a descubrir a nuestro verdadero Padre.
Al empezar el Adviento, también nosotros confesamos nuestras culpas; y en medio de los negros nubarrones, del denso silencio... gritamos con fuerza y esperanza: "Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. ".
En el salmo responsorial (Salmo 79) de hoy, imploramos la necesidad de la ayuda del Señor, sin esa ayuda, caeremos como las hojas del árbol en otoño y nuestras maldades nos arrastrarán como el viento. Por eso, nosotros rezamos hoy en el salmo responsorial: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Es el grito que dirigimos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia. Es posible que incluso le pidamos que venga sobre el mundo su castigo para que reaccione, que baje desde el cielo y derrita los montes para imponer la auténtica justicia, como dice el profeta Isaías.
El salmista lamenta el silencio de Dios. También el hombre de hoy es testigo de ese silencio: Dios calla y los ídolos han sido destruidos. Pero se trata de un silencio diferente. Nos resulta difícil hablar sobre Dios y dirigirnos a él. Pero también es preciso aceptar que el silencio es el estado habitual y definitivo de Dios, incluso en su revelación, como dice certeramente san Juan de la Cruz: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída por el hombre».
En el un comentario a este salmo 79, San Juan Pablo II decía: "2. En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.
Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales:  por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5, 2; Sal 79, 9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas.
3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía:  sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).
Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14).
4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio:  "Dios de los Ejércitos, vuélvete:  mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).
En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así:  "Que tu mano proteja a tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste". Tal vez el pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor, encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7, 13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.
5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar:  "No nos alejaremos de ti" (Sal 79, 19)."(San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002).

San Pablo en el fragmento que hemos escuchado hoy segunda lectura,  nos confirma con sencillez y profundidad esa paternidad de Dios Padre, por revelación de Jesucristo. Hay además un matiz muy importante para estos tiempos: el llamamiento que Pablo de Tarso que hace a los Corintios contiene una invocación a la unidad, por la misma que mantienen Padre e Hijo. Y hemos de tenerlo en cuenta en este primer día del Adviento. Hemos de esperar a Jesús pero todos unidos. Eso no significa un uniformismo a ultranza o un diseño exclusivo del pensamiento de los fieles cristianos. La discrepancia es posible y hasta aconsejable. Pero no en nada de lo que es fundamental y que no es otra cosa que nuestra comunión en la unidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Habría además una unidad operativa, útil y no restadora de libertades, que es la posición fraterna de todos aquellos que comparten la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues dicha unidad es fuente de confianza para aquellos hermanos alejados que se acercan a nosotros.
En este primer domingo de Adviento es bueno que también nosotros hoy nos deseemos unos a otros la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor. Un Adviento vivido, individual y comunitariamente, en la gracia y en la paz de Dios será siempre un buen Adviento, porque el que vive en la gracia y en la paz de Dios vive en el amor de Dios y amando a los hermanos. Si, como venimos diciendo, el Adviento es tiempo de penitencia y preparación para la Navidad, ninguna penitencia mejor para esto que dejarnos formar y transformar cada día por las manos misericordiosas de Dios, nuestro Padre, nuestro Rey y el Buen Pastor de nuestras almas.
Constatando nuestras debilidades, necesitamos la gracia de Dios, para que el Señor, con su fuerza, restaure nuestra naturaleza caída y menesterosa, y podamos así recibirle con dignidad cristiana, en esta Navidad y siempre. Necesitamos la paz de Dios, una paz que es a su vez gracia y don, no cálculo interesado de nuestros egoísmos y conveniencias particulares. Sí, la paz de los hombres necesita estar siempre defendida con armas y dinero; la paz de Dios, en cambio, brota del corazón y busca siempre el bien del prójimo tanto como el de uno mismo.

En el Evangelio de San Marcos, evangelista correspondiente a este ciclo B que hoy iniciamos, se nos exhorta a la vigilancia: " Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”.
Esta invitación a vivir vigilantes, será el hilo conductor del tiempo de Adviento. La vigilancia es un imperativo ético en todas las edades y situaciones de la vida de un ser humano. Cuando desaparece la vigilancia aumenta el riesgo y la posibilidad de corrupción y decadencia, tanto en la vida corporal, como en la vida social y en la vida religiosa. Un creyente  serio y responsable es siempre una persona vigilante, con una vigilancia activa y esperanzada. Se nos pide que vivamos siempre vigilantes y preparados, para que cuando el Señor llegue nos encuentre bien preparados para poder recibirle con dignidad cristiana. No se trata sólo de preparar con dignidad cristiana las fiestas de la Navidad, sino de vivir siempre bien preparados y dispuestos para que cuando venga el Señor a nuestras vidas nos encuentre bien preparados. En este primer domingo del Adviento hagamos el propósito firme de ser siempre personas espiritualmente activas, para que cuando el Señor venga a nuestro encuentro, no nos encuentre dormidos.
San Marcos nos llama a la vigilancia. Es el Señor quien nos la recomienda insistentemente: "Al atardecer, a medianoche, al canto del gallo, al amanecer", las cuatro vigilias en que se dividía la noche. Velad como el vigilante de una obra en construcción, como el jugador que espera que el entrenador le ponga a calentar, o el hombre de negocios la ocasión propicia; como el profeta a la escucha de cualquier signo, como la esposa que espera la llegada del amado, como el guardaespaldas para defender a la persona encomendada. Necesitamos velar para reconocerlo y acogerlo. Es lo propio del Adviento. El Señor está cerca. El Señor viene. Es el tiempo de la preparación de nuestro interior.
 “Mirad, vigilad, Velad”. Son tres palabras y una misma actitud. Mirar es ver con detenimiento y profundidad. Mirar es fijar los ojos con interés y con alguna esperanza. Mirar es dejarse sorprender. Miremos de verdad a las personas, a las cosas, a los acontecimientos, a la vida. La vigilancia es fruto de la fe, de la esperanza y del amor. Vigilamos cuando esperamos, vigilamos cuando creemos, vigilamos cuando confiamos, vigilamos cuando amamos. No dejemos de velar.
*Velad, porque Dios es sorprendente. El viene siempre, pero no sabemos cuándo, cómo y por dónde. Velad para no dormir, dejando pasar la ocasión del encuentro.
* Velad para reconocer y acoger a Dios, siempre que quiera presentarse.
*Velad, pero cumpliendo cada uno su tarea.
*Velad, porque la vigilancia es hija de la esperanza.
*Velad, porque vivimos en un adviento continuado.
Este domingo nos recuerda el horizonte último de la historia, que se identifica con la venida del Hijo del Hombre. Ahí se inscribe nuestra vida, se subraya la importancia de lo que está en juego y constituye una llamada a la seriedad. De aquí la recomendación a velar: con frecuencia nos dormimos, nada es automático, es necesaria una verdadera elección. 
Una cierta tensión atraviesa los textos de hoy y de todo el Adviento: "a ti, Señor, levanto mi alma; en ti, Dios mío, confío; los que esperan en ti no quedan defraudados" (entrada). "Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras" (colecta). "Cuando venga de nuevo podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar" (prefacio). Una cierta tensión, una sana tirantez debería ser también la tónica de nuestra vida.
Como  cristianos no debemos dejarnos atrapar en las mallas sinuosas del ambiente desencantado, regalón o "pasota" que nos rodea. y debemos extraer continuamente razones de vivir y esperar a la fuente inagotable de la fe.
Dejamos este poema de Pedro Casaldàliga, que nos puede ayudar a caminar en este tiempo de Adviento.
"Hay que nacer de nuevo, hermanos Nicodemos"
"De esperanza en esperanza, de pesebre en pesebre, todavía hay Navidad"
"Sube a nacer conmigo,
dice el poeta Neruda.
Baja a nacer conmigo,
dice el Dios de Jesús.
Hay que nacer de nuevo,
hermanos Nicodemos
y hay que nacer subiendo desde abajo.
De esperanza en esperanza,
de pesebre en pesebre,
todavía hay Navidad.
Desconcertados por el viento del desierto
que no sabemos de dónde viene
ni adónde va.
Encharcados en sangre y en codicia,
prohibidos de vivir
con dignidad,
sólo este Niño puede salvarnos.
De esperanza en esperanza,
de pesebre en pesebre,
de Navidad en Navidad.
Siempre de noche
naciendo de nuevo,
Nicodemos.
“Desde las periferias existenciales;”
con la fe de María
y los silencios de José
y todo el Misterio del Niño,
hay Navidad.
Con los pobres de la tierra,
confesamos
que Él nos ha amado hasta el extremo
de entregarnos su propio Hijo,
hecho Dios venido a menos,
en una Kénosis<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]> total.
Y es Navidad.
Y es Tiempo Nuevo.
Y la consigna es
que todo es Gracia,
todo es Pascua,
todo es Reino."
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

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<![endif]>
<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]> En la teología cristiana, la kénosis (del griego κένωσις: «vaciamiento»)​ es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios.
<![if !supportFootnotes]>[2]<![endif]> Pere Casaldáliga (Balsareny, Barcelona: 16 de febrero de 1928), es un religioso, escritor y poeta español, que ha permanecido gran parte de su vida en Brasil. Ha estado siempre vinculado a la teología de la liberación y ha sido siempre un defensor de los derechos de los menos favorecidos.

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