jueves, 4 de junio de 2020

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Pentecostés 31 de mayo de 2020


Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Pentecostés 31 de mayo de 2020
Este domingo celebramos Pentecostés. Pentecostés en griego significa 50, que en el simbolismo de los números bíblicos significa la perfección, plenitud, cumplimiento. San Lucas nos describe cinco "pentecostés", venidas del Espíritu Santo en diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, para mostrarnos que siempre que viene el Espíritu es Pentecostés. No fue un solo y aislado Pentecostés.
El Espíritu que había descendido sobre Jesús en el bautismo y le había llenado de su gozo al conocer la revelación del misterio de Dios a los sencillos, ha manifestado su poder resucitándole de los muertos y concediéndole tener parte en la vida y la gloria de Dios.
Con la fiesta de Pentecostés llega a su término y a su culminación la solemne celebración, por la Iglesia, de la cincuentena pascual. Después de haber celebrado a lo largo de estos 50 días la victoria de Jesús sobre la muerte, su manifestación a los discípulos y su exaltación a la derecha del Padre, hoy la contemplación y la alabanza de la Iglesia destaca la presencia del Espíritu de Dios y la entrega por el Resucitado de su Espíritu a los suyos para hacerles participar de su misma vida y constituir con ellos el nuevo Pueblo de Dios.

La primera lectura nos habla de la venida del Espíritu Santo. Entre los judíos la fiesta de Pentecostés se celebraba cincuenta días después de la Pascua, y en ella se conmemoraba la "fiesta de la cosecha y de la renovación de la Alianza"(Ex 23, 16).
Pentecostés viene a ser una segunda creación.
La segunda lectura centra nuestra atención en la múltiple acción del Espíritu Santo que se expande en carismas, ministerios y servicios.
Para san Pablo los auténticos carismas son un signo de la presencia del Espíritu.
La variedad de ministerios y de carismas y la unidad de la Iglesia con considerados por él como frutos de la acción del Espíritu Santo.
En la tercera lectura se describe una de las apariciones de Jesús. En ella transmite a los discípulos el gozo y la paz , la misión que él había recibido del Padre y el don del Espíritu Santo. Y este don del Espíritu está en relación con el poder de perdonar los pecados. De ese modo el sacramento de la penitencia aparece como fruto del triunfo de Cristo resucitado sobre el pecado y el mal.

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles (Hch 2, 1-11) en ella se hace una descripción de la venida del Espíritu Santo que se sirve de imágenes escatológicas (viento, fuego) que ya empleaba el Antiguo Testamento para describir la irrupción de Dios.
 Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo”. Hasta el momento de la recepción del Espíritu Santo, los apóstoles y discípulos de Jesús eran unas personas bastante desconcertadas, miedosas, sin influencia en la sociedad en la que vivían.
El viento ayuda a renacer, a dar vida, todo lo vuelve nuevo. El fuego purifica, da autenticidad y repara lo que está torcido. Dejemos que el Espíritu renueve nuestros corazones, encienda su luz en nosotros, que penetre en nuestra alma y sea nuestro consuelo, que nos enriquezca y llene nuestro vacío, que nos envíe su aliento para vencer el pecado.
En esa descripción que hacen los Hechos se presenta la inauguración de una Alianza nueva, y se promulga la ley del Espíritu.
Hay frecuentes alusiones a la alianza y a la asamblea del Sinaí. Pentecostés se presenta como la inauguración de la nueva alianza entre Dios y su pueblo reunido en asamblea.
La fiesta judía de Pentecostés celebraba también el don de la Ley recibida en el Sinaí cincuenta días después de la Pascua. Ahora cincuenta días después de la muerte de Cristo y de su resurrección se derrama el Espíritu sobre los apóstoles. El primer elemento de esta escena es el viento que en la tradición bíblica indicaba la presencia y la acción de Dios y era símbolo del Espíritu de Dios y lo asume Jesús en Jn 3. 5-8.
Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad (v. 4). Esta convicción ha contribuido, sin duda, a la redacción imaginativa del descendimiento del Espíritu. Lo esencial, sin embargo, se encuentra más allá de las imágenes: Dios no da sólo una ley, sino también su propio Espíritu.
El v. 4, que anuncia el don del Espíritu, sirve de transición entre las dos partes del relato. Después de haber descrito el descendimiento del Espíritu (vv. 1-3), San Lucas pasa a describir los efectos del carisma de la glosolalia (vv. 5-11). Pero, ¿en qué consistía ese "hablar en lenguas"?, ¿se trataba de sonidos sin sentido para el oído humano, o de varias lenguas que se hablaban simultáneamente? Este carisma se produjo repetidas veces en las comunidades primitivas: en Corinto, en Cesarea y en Efeso. Todos estos testimonios hacen de este fenómeno, por oposición a la profecía, un carisma que sirve más para alabar a Dios que para instruir a la asamblea ( v. 11). Se trata, pues, de un "hablar a Dios" que puede sonar de modo extraño a los no iniciados (vv. 12-13) y que sería una lengua extática ininteligible, manifestación que es interpretada como prenda de la futura espiritualización del hombre.
Esta glosolalia toma en la pluma de San Lucas un matiz personal. El evangelista convierte el fenómeno de "hablar a Dios" extático en un "hablar a los hombres" en varias lenguas. Los vv. 4 y 6, que nos dan esta interpretación, muestran un vocabulario típicamente lucano. Habría que distinguir, por tanto, más allá del relato del acontecimiento, una interpretación universalista que Lucas pretende dar de él.
El fenómeno puede ser la glosolalia. Los apóstoles empiezan a expresarse al modo de los antiguos profetas (Nm 11. 25-29). Hablan en estado extático como en Hch 10. 46. Puede también referirse a la capacidad que el Espíritu comunica a la comunidad de entenderse, de formar comunidad, a pesar de las diferencias personales.
La mención de la "multitud" (v. 6: plêthos) es una alusión a la promesa que Dios hizo a Abraham de hacerlo un día padre de una "multitud" (plêthos) de naciones. Según una tradición judía la voz de Dios en el Sinaí la oyeron todos los pueblos de la tierra. También ahora todos los pueblos son testigos de la acción del Espíritu en Pentecostés. La enumeración que nos ofrece simboliza la totalidad del mundo habitado y la universalidad del mensaje.
El poder de Dios manifestado en la general convocatoria "de judíos de todas las naciones de la tierra", que a la vez anuncian el universo al que tiene que llegar el evangelio, por eso se dice que proceden de más de doce regiones distintas: partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea, Capadocia, del Ponto, de Asia, de Frigia, de Panfilia, de Egipto, de Libia, de Roma, cretenses y árabes.

El responsorial es el Salmo 103 (Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 ). Este salmo es, uno de los salmos más antiguos que contiene el libro de los salmos. El salmo canta la grandeza de Dios en las obras maravillosas de la creación.
Es un himno que brota de un corazón ardiente de fe que sabe reconocer la presencia del creador en la naturaleza y su providencia en la asistencia que presta a las diferentes criaturas.
El himno es una glorificación de las obras del Dios-sol en el que destaca su carácter exclusivo, su acción creadora y providencial es universal: crea y diversifica las razas y las lenguas, da vida a todos los países con su luz y con el agua del Nilo y de las lluvias de las montañas. El faraón es el hijo de la divinidad. Dios es trascendente, a pesar de que está presente en toda la creación, no obstante continúa siendo misterioso incluso para sus propios fieles.
Hallamos parecidos entre el himno de Atón y el salmo 103: la mención de los leones y las fieras, el ritmo diario del trabajo humano, el río y las lluvias de los montes, la acción providente de Dios que alimenta a sus criaturas...
En la época de la composición de este himno, había una rica relación diplomática y cultural entre la capital egipcia en El-Amarna y las poblaciones cananeas, como lo evidencia la rica correspondencia conservada en el archivo real. Es, por tanto, verosímil, pensar que el himno pasó del valle del Nilo a Canaán y allí, en el transcurso de los siglos, acabó formando parte de la cultura popular que asimilaron los israelitas.
Años más tarde, un fiel yahvista, quiso componer un himno de alabanza a Dios por la creación, y tomó frases literarias de otras composiciones anteriores, herederas lejanas del himno egipcio.
La invitación introductoria, "Bendice, alma mia, al Señor", la hallamos también en el salmo 102 que nos habla de Dios como un padre misericordioso para con sus hijos. La bendición que el hombre dirige a Dios es un humilde reconocimiento de su bondad y un vivo agradecimiento por la acción de esta bondad hacia el salmista y el mundo que le rodea.
 El salmo se  divide en tres partes: v. 1-4 forman la introducción; v.5-30 son el cuerpo del salmo; v.31-35 son la parte final.
En la parte inicial el salmista describe la grandeza real de Dios: envuelto de luz como un manto, vestido de belleza y majestad, habitando en una morada sobre las aguas celestes, a quien las nubes le sirven de carroza y los vientos de mensajeros.
En el cuerpo del himno se presenta sistemáticamente la creación, a partir de algunos miembros que la componen. a continuación encontramos una alabanza global a las obras del Señor con una referencia a la vida del mundo marino, desde una perspectiva optimista: el mar, ancho y dilatado, en él bullen, sin número, animales pequeños y grandes, lo surcan las naves y el retozón Leviatán (v.24-26).
Todo concluye con una doxología final en la que el salmista expresa su reverente y gozosa admiración por el Señor, creador y dispensador de todo bien. Pero el autor es consciente de que el cuadro que ha ido pintando a lo largo del salmo es demasiado optimista, en la tierra también existe el mal que contrasta con la bondad divina. Es por eso que al final del salmo expresa su deseo de renovación del mundo, con la desaparición de los malvados y los pecadores, para que la creación se convierta en lo que Dios quiere que sea.

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios ( Cor 12, 3b-7. 12-13). La comunidad de Corinto pasa por la tentación del sincretismo: el mundo pagano pretende obtener un "conocimiento" de Dios por medio de trances y de fenómenos extáticos. Pero, como hemos visto en la lectura anterior (Act 2, 1-11), las comunidades cristianas gozan también de ciertos carismas. De ahí el peligro de confundir el conocimiento de Dios por la fe con los signos que lo acompañan.
En todo el capítulo 12 de esta carta Pablo expone la acción del Espíritu en la comunidad y en el individuo cristiano. La primera cosa es la confesión (v.3b). Decir que Jesús es Señor no es algo simplemente doctrinal, aprendido, una observación cualquiera, sino reconocer el señorío de Cristo de forma total, o lo que es lo mismo, confesarlo y creer en El. Lo cual no se hace por propias fuerzas, sino porque el Espíritu permite hacerlo.
Cuando creemos en Cristo debemos reconocer también que el Espíritu está actuando en nosotros. Sólo hemos de abrirnos a El.
Segunda consecuencia es la unidad. Con una formulación trinitaria de las más antiguas Pablo subraya que los cristianos pueden y deben ser y actuar de formas diversas, pero profundamente unidos por el reconocimiento y acción en ellos del Espíritu.
En los vv. 1-3, Pablo define el criterio para distinguir los verdaderos carismas de los falsos: la fe del beneficiario, puesto que un carisma auténtico deberá contribuir siempre a reforzar la profesión de fe en el Señor Jesucristo (v.3).
Los diversos carismas está  al servicio del  único designio de Dios (vv. 4-6). El politeísmo pagano ostentaba carismas muy variados concedidos por dioses diferentes. En la Iglesia, por el contrario, todo se unifica en la vida trinitaria, ya se trate de gracias particulares, de funciones comunitarias o de prodigios maravillosos.
Puesto que un único Dios es la fuente de los carismas, no puede haber oposición entre ellos, del mismo modo que no puede haber competencia entre los beneficiarios. Si existe alguna oposición entre ellos, quiere decir que no provienen del Dios trinitario.
Un último criterio para discernir los carismas es su mayor o menor capacidad de servir al bien común (v. 7) y a la unidad del cuerpo (vv. 12-13). Los carismas se distribuyen con vistas al bien común: todo cuanto aprovecha sólo a una persona, o no tiene repercusión en la asamblea, habrá que excluirlo de la comunidad, como, por ejemplo, las escenas de éxtasis o embriaguez. Los carismas, además, deben servir para el crecimiento y la vitalidad del cuerpo. Del mismo modo que este aúna a los miembros más diversos, la Iglesia aúna todas las funciones que en ella se realizan, en la unidad del Espíritu que la anima (versículos 12-13).

La secuencia que leemos hoy canta en estilo grandioso, la alegría de la Iglesia y todo lo que el mundo debe al Espíritu Santo. Porque la actividad del Espíritu no ha cesado. Pentecostés fue, sin duda, un momento cumbre en el que el Espíritu aseguró su liberalidad, pero, como subrayaba san León, el Espíritu había actuado ya antes de Pentecostés, no habiendo dejado de actuar desde entonces.

El evangelio según san Juan 20, 19-23 nos presentan Pascua y Pentecostés  unidas. A este texto remitía la siguiente frase de hace dos domingos (del ciclo A): Aquel día sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros (Jn.14,20). Aquel día se refiere a la escena de hoy, a Pentecostés. El autor del cuarto evangelio concibe este día y esta escena como la inauguración del tiempo último y definitivo de la historia. Los participantes en la escena son los discípulos. En el cuarto evangelio este término designa a los creyentes en Jesús. Su alcance va, pues, más allá de los doce, como también va más allá del día indicado en el texto la situación de cautela y de miedo.
En el atardecer del domingo de Pascua Juan sitúa retrospectivamente situaciones de cautela y de miedo posteriores. Es pues toda la comunidad creyente la que se alegra con los que vieron a Jesús resucitado. Y es también toda la comunidad creyente la que recibe el siguiente encargo de Jesús:
El evangelista quiere demostrar que con la resurrección de Jesús se ha creado una situación totalmente nueva. La resurrección señala el inicio de una nueva creación que toma forma en la comunidad neotestamentaria de la salvación.
Con la exaltación del Resucitado se pasa del tiempo de Cristo al tiempo del Espíritu. El resucitado actúa en la comunidad con el poder y la actividad del Espíritu. Este poder y esta actividad manifiestan al mundo la misión que los apóstoles han recibido de Cristo. Con ocasión del bautismo de Jesús, el ES había consagrado de manera oficial al Mesías y había inaugurado su actividad pública.
En Pentecostés el Espíritu hace que el pequeño núcleo de discípulos se presente en público, asuma el lugar que le toca en la historia de la salvación y que no lo abandone hasta el retorno del Señor. La misión de los discípulos es anunciar el don de la reconciliación y de la paz.
Hay cuatro hechos principales:
1. El saludo, el don de la paz, que ahora es la paz mesiánica prometida para los tiempos escatológicos. Paz que, para los discípulos reunidos, quiere decir perdón por la infidelidad durante la pasión, superación de la incredulidad y victoria sobre el miedo.
2. La identificación de Cristo. Es aquel con quien convivieron, al que crucificaron... sus manos y sus pies...
3. La misión. La paz y el perdón que ellos reciben deben transmitirlo a todos los hombres.
4. El "aliento" que indica la realidad y la naturaleza del don que se les ha hecho. "Recibid el Espíritu". Al principio de la creación el espíritu planeaba sobre las aguas -Gn 1. 2-, es el soplo de Dios que ha dado vida al hombre (Gn 2. 7). Así ahora el Espíritu plasma el hombre nuevo e inaugura la nueva creación.
Los discípulos tienen miedo a los judíos y se encierran a cal y canto en una casa. La expresión miedo a los judíos es de carácter religioso, significa miedo a la exclusión de la sinagoga, decisión esta que los guardianes de la Ley de Dios habían tomado contra todo el que reconociera a Jesús como Mesías (ver Jn.9,22). Excluidos de la comunidad creyente, los discípulos de Jesús eran un grupo sin puesto y sin paz.
La presencia de Jesús cambia esta situación de los discípulos. Es el Jesús de siempre, al que habían conocido, con el que habían convivido y por el que habían optado. Jesús les devuelve primero la paz de la que carecían por estar excluidos de la sinagoga. “En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros”. El saludo pascual del resucitado es "¡Paz!"; su don es la alegría. Ambas cosas son frutos del Espíritu Santo (cf. Gál 5,22); él es el gran don pascual que encierra en sí todos los demás dones. La paz es el primer mensaje que Jesús les da a sus discípulos cuando se les aparece. Paz interior y paz exterior, paz dentro de nosotros mismos y paz con los demás. La predicación del evangelio de Jesús debe hacerse siempre con valentía y con paz. Somos enviados por Jesús, el príncipe de la paz. Procuremos que nuestra predicación, de palabra y de obra, produzca siempre la paz y la alegría del espíritu. Es una paz que perdona, que quiere salvar, antes que condenar. Y no nos olvidemos de pedir, en esta fiesta del Espíritu, con las palabras de la Secuencia: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Allí permanecen hasta que la fuerza del Espíritu, como un viento impetuoso, los eche a la calle y los disperse por toda la tierra. ¿Y cómo salieron aquellos hombres, apocados y tímidos, al ser impulsados por el Espíritu Santo? Dios que siempre se ha valido de proyectos humildes, y de hechos pequeños para manifestar su grandeza, demuestra ahora sus maravillas para decirnos lo que pueden hacer su Espíritu en personas dóciles, aunque sean frágiles.
El mismo día en que Jesús resucita, «el primer día de la semana», infunde sobre sus discípulos el Espíritu Santo. Lo hace con el gesto de exhalar su aliento sobre ellos. Este soplo recuerda, en primer lugar, el primer soplo de Dios sobre el hombre, y lo llenó de espíritu de vida. Jesús comunica a sus discípulos su aliento, su espíritu, el primer día de la primera semana de la nueva era para la nueva humanidad. Estos discípulos revivieron y quedaron transformados, recreados; empezaron a ser hombres nuevos, superando miedos y tristezas.
La renovación de la faz de la tierra por el Espíritu comienza por el perdón de los pecados. Como para construir un edificio nuevo hay que comenzar por derribar los muros viejos y carcomidos y hay que echar por tierra las ruinas, así el mundo tiene que ser rehecho, recreado desde los cimientos, destruyendo previamente los pecados con el perdón de Dios.
"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La unción del Espíritu nos hace ser como él, nos hace participes de su misión.
Jesús  da a los discípulos un puesto y una razón de ser en el mundo convirtiéndolos en enviados suyos, de la misma manera que él lo había sido antes del Padre. Surge así la comunidad creyente, que se llamará Iglesia para distinguirse de la Sinagoga.

Para nuestra vida.
Pentecostés es el momento final de la Pascua. La Pascua del Señor es el comienzo de una humanidad nueva, el Resucitado otorga su Espíritu a los suyos para renovarlos interiormente, incorporarlos a su nueva humanidad, instaurar con ellos el nuevo Pueblo de Dios y enviarlos como fermento al mundo para su total renovación.
El misterio de Pentecostés está actuando siempre nuestra vida de bautizados. Es el Espíritu que nos da la fe por la que confesamos que "Jesús es Señor". Es el Espíritu que nos congrega y nos hace una comunidad, la Iglesia. Es el Espíritu que suscita múltiples carismas, servicios, dones, regalos, ministerios, al servicio de la comunidad. El Espíritu es el que hace posible que siendo muchos, y teniendo distintas maneras de pensar y actuar, sepamos amarnos y ser "uno". El Espíritu Santo nos hace superar todas las divisiones, fruto del pecado, y salta todas las barreras sociales, de raza, de religión. El Espíritu Santo es la única bebida que da la Vida de Dios.
Nuestro bautismo fue Pentecostés, en la confirmación recibimos como "Don" el mismo de Pentecostés; la Eucaristía es acción del Espíritu Santo que nos reúne, nos comunica y hace entender la Palabra, y hace que la Palabra se haga Pan que alimenta, y nos envía a hacer las obras que el Padre quiere en favor de los hermanos.

En la primera lectura San Lucas coloca un ejemplo del anuncio cristiano en boca del portavoz de los Doce, Pedro. Es un discurso construido por el mismo autor de Hechos, con elementos de la predicación inicial. Ciertamente, la venida del Espíritu Santo no tuvo lugar por casualidad un día de Pentecostés.
En su origen, la fiesta de Pentecostés era una fiesta de la cosecha, fiesta de plenitud y de abundancia (Ex 23, 16; 24, 22), pero también tributaria del determinismo de la naturaleza. En seguida encuentra su puesto entre las celebraciones de la historia de la salvación: Dt 26, 1-11 pres- cribe ya al judío que viene a ofrecer las primicias de su cosecha que haga una profesión de fe en la que reconozca que sus tierras son un don de Dios.
Muy pronto, la fecha de la fiesta fue fijada en el día cincuenta después de la Pascua (/Dt/16/09-12). Pero se observan muchos cómputos diferentes, especialmente el que, recurriendo al tema de la nueva creación, hacía coincidir Pentecostés con el primer día de la semana (domingo). Como todos estos cálculos fijaban la fiesta de Pentecostés en el tercer mes, la atención recaía principalmente sobre lo que sucedió en el desierto en el curso de este período: la llegada del pueblo al Sinaí (Ex 19, 1-4). Los autores judíos y los monjes de Qumrân se apoyaron en este acercamiento para hacer de Pentecostés la fiesta de la Ley y de la asamblea del Sinaí. La Pascua había procurado la liberación de hecho de Egipto. Pentecostés concede la libertad de derecho; ésta realiza lo que aquélla había obtenido, recogía los frutos merecidos en la Pascua, "institucionalizaba" el "acontecimiento" pascual.
Convencido de que Pentecostés era la fiesta de la alianza, el autor del libro de los Jubileos (que no pertenece al canon de Antiguo Testamento) condensa en este día todas las alianzas concluidas entre Dios y los hombres: con Noé, con Abraham y con Moisés. Por otra parte, muchos reyes renovaron la alianza el día de Pentecostés (2 Cr 15, 10-15; Sal 67/68, 16-19, que siempre fue un salmo para esta fiesta).
No hay que extrañarse, pues, de que la restauración de la alianza y la convocación de una nueva asamblea hayan sido fijadas, en el Nuevo Testamento, el día de Pentecostés (Act 2, 1-11) y que los factores de interiorización de esta Nueva Alianza la hayan colocado sobre los temas antiguos.
En su narración, San Lucas hace alusión varias veces a la alianza y a la asamblea del desierto. El ruido, el viento y la violencia mencionados en el v. 2 son los rasgos característicos de la alianza del Sinaí (Heb 12, 18-19; Ex 19,16). Estas manifestaciones "llenan la casa" del mismo modo que el Sinaí quedó totalmente invadido (Ex 19, 18). El ruido viene del cielo como el que retumba sobre la montaña (Ex 19, 3; Dt 4, 36). Las lenguas de fuego se explica igualmente en el contexto del Sinaí (v. 3). Muchos targum imaginaban que la voz que se manifestó en el Sinaí se dividía en siete o setenta lenguas para manifestar el universalismo de su mensaje: la Palabra de Dios ha sido llevada a todas las naciones, aunque sólo Israel la escuchó. Se comprenderá que estas lenguas fueran de fuego, como Dt 4, 15 y 5, 5, que en la teofanía del Sinaí muestran a Dios hablando en la llama de fuego.
Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad (v. 4; cf. Ez 11, 19; 36, 26). Esta convicción ha contribuido, sin duda, a la redacción imaginativa del descendimiento del Espíritu. Lo esencial, sin embargo, se encuentra más allá de las imágenes: Dios no da sólo una ley, sino también su propio Espíritu.
El v. 4, que anuncia el don del Espíritu, sirve de transición entre las dos partes del relato. Después de haber descrito el descendimiento del Espíritu (vv. 1-3), San Lucas pasa a describir los efectos del carisma de la glosolalia (vv. 5-11). Pero, ¿en qué consistía ese "hablar en lenguas"?, ¿se trataba de sonidos sin sentido para el oído humano, o de varias lenguas que se hablaban simultáneamente? Este carisma se produjo repetidas veces en las comunidades primitivas: en Corinto (1 Cor 12, 30; 13, 1; 14, 2-29), en Cesarea (Act 10, 45-46) y en Efeso (Act 19, 6). Ahora bien: todos estos testimonios hacen de este fenómeno, por oposición a la profecía, un carisma que sirve más para alabar a Dios que para instruir a la asamblea. Se trata, pues, de un "hablar a Dios" que puede sonar de modo extraño a los no iniciados (vv. 12-13;) y que sería una lengua extática ininteligible , manifestación más o menos psicológica que es interpretada como prenda de la futura espiritualización del hombre.
San Lucas convierte el fenómeno de “ glosolalia” "hablar a Dios" extático en un "hablar a los hombres" en varias lenguas. Los vv. 4 y 6, que nos dan esta interpretación, muestran un vocabulario típicamente lucano. Habría que distinguir, por tanto, más allá del relato del acontecimiento, una interpretación universalista que Lucas pretende dar de él (cf. Lc 3, 6; Act 28, 28; Lc 24, 47; Act 1, 8; 13, 47, etc.). La mención de la "multitud" (v. 6: plêthos) es una alusión a la promesa que Dios hizo a Abraham de hacerlo un día padre de una "multitud" (plêthos) de naciones (Gén 17, 4-5; Dt 26, 5).
Las naciones sólo se presentan de un modo simbólico, porque la multitud se compone de judíos que dejaron, provisional o definitivamente, la Diáspora para venir a Jerusalén en peregrinación o para establecerse en esta ciudad (versículos 9-10). La lista de las naciones es bastante heteróclita, la mención de los cretenses y los árabes (v. 11) puede ser de origen posterior y la de Judea (v. 10) está aquí fuera de lugar. Esta lista hace además algunas omisiones importantes (Grecia, Cilicia...). De todas formas, el universo está presente en sus primicias judías.
El protagonista principal es el Espíritu de Dios, que ha de entenderse como la fuerza y presencia activa del Señor que lleva a cabo la salvación del hombre, inaugurándose así la comunidad de los salvados que hacen visible esta presencia. El Espíritu constituye al grupo de discípulos en testigos ante todos los pueblos, representados por los oyentes del discurso petrino. No hay fronteras para la salvación. La dimensión universal es bien clara. No sólo en cuanto destino, deseo o posibilidad, sino como realidad presente. La salvación es posible para todos, y todos pueden entenderla, cada uno con sus propias características, en su propia "lengua".
El Espíritu ya no abandona la comunidad nunca, aun cuando los signos de su presencia y acción sean hoy día distinto de los de entonces.

El salmo proclama a Dios admirable en las obras de la creación. Para el creyente, la creación se hace transparente, y ve en ella la mano de Dios. Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital (los traductores griegos lo llamarán pneuma, y los latinos spiritus). Si un hombre, animal o planta muere, el salmista que contempla la naturaleza entiende que Dios le ha retirado el ruah, y por eso vuelve al polvo de donde había salido (v. 29). Pero Dios no cesa de enviar su espíritu a la tierra, renovando así la creación y repoblando la faz de la tierra (v. 30, ). Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada.
El salmo 103 proclama a Dios admirable en las obras de la creación. Para el creyente, la creación se hace transparente, y ve en ella la mano de Dios. Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital (los traductores griegos lo llamarán pneuma, y los latinos spiritus). Si un hombre, animal o planta muere, el salmista que contempla la naturaleza entiende que Dios le ha retirado el ruah, y por eso vuelve al polvo de donde había salido (v. 29). Pero Dios no cesa de enviar su espíritu a la tierra, renovando así la creación y repoblando la faz de la tierra (v. 30, R/). Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada. El gesto de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos sugiere el sentido cristiano de este salmo.

En la segunda lectura nos presenta san Pablo sus experiencias del Espíritu en la Iglesia.
La describe aludiendo a sus diversas manifestaciones, pero insistiendo en la unidad del Espíritu que así se manifiesta de distintas maneras. Se tiene la impresión de que san Pablo une la diversidad de estas manifestaciones con las diversas funciones necesarias para la vida de la Iglesia, pero aquí también, estas diversas actividades provienen de un mismo y único Espíritu. Lo importante y lo que a todos nos afecta, es que cada uno de nosotros tenemos que manifestar el Espíritu. Recibimos, en efecto, el don de manifestarlo, y esto con miras al bien de todos. Cuando en esta misma carta, de la que leemos hoy un pasaje, explica Pablo a los Corintios la diversidad de dones y servicios en la Iglesia, muestra cómo la riquísima unidad de ésta tiene como origen la diversidad de dones. Pluralismo de dones, pero con la mira puesta en la unidad y en la formación, cada vez más firme de un solo cuerpo. Hay un pluralismo de dones al servicio del único cuerpo que es la Iglesia. A cada uno se le ha dado una manifestación particular del Espíritu porque el Espíritu no es monopolio de nadie. Ha sido dado a la Iglesia y en ella a cada uno de los bautizados. Así el Espíritu no significa uniformidad sino variedad, no dispersión sino unidad, no pobreza sino riqueza. Pentecostés significa reconocer esta realidad en la Iglesia, descubrir el propio carisma y respetar el de los demás.
Los dones o carismas son autorevelación del Espíritu. En los carismas se hace visible el invisible Espíritu de Dios. Se dan a cada uno pero lo que se quiere subrayar no es el individualismo sino la relación de servicio a los demás. Los carismas son para la edificación de la Iglesia. Este es el criterio en base al cual deben ser recibidos.
Una larga comparación con el cuerpo viviente permite entender lo que es la Iglesia y, al mismo tiempo, nos muestra cómo tenemos que complementarnos y respetarnos unos a otros. No hay comunidad auténtica, si cada uno no participa activamente en la vida de esa comunidad, poniendo su talento al servicio de todos. Hasta el cristiano más humilde, o más pobre, puede tener riquezas de orden moral, artístico, etc., con que puede servir a los demás.
Un solo cuerpo de Cristo en un mismo Espíritu. Todos hemos saciado nuestra sed bebiendo de un solo Espíritu, y, por nuestro bautismo, formamos todos un solo cuerpo.
En cada uno de nosotros, dice san Pablo, se manifiesta el Espíritu para el bien común. Todos los cristianos debemos formar una unidad, una Iglesia, que es una, aunque no uniforme, sino diversa. Todos somos distintos como individuos, pero somos uno como Iglesia, porque todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu. En este sentido, decimos nosotros ahora, es como debemos los cristianos caminar hacia el ecumenismo. El ecumenismo no es uniformidad, sino unidad cristiana dentro de la diversidad propia de personas y pueblos distintos. Y todos debemos buscar el bien común por encima del bien particular. Como decía san Agustín a sus monjes: en esto conoceréis que habéis adelantado en la virtud, en que amáis los bienes comunes más que los propios. Un solo Espíritu..., un solo Señor..., un solo Dios. Dios es la fuente de los diversos dones que tienen los creyentes, y es además el modelo de cómo la diversidad se compagina con la unidad.
Cuando uno se compromete en la vida cristiana, el Espíritu despierta en él nuevas capacidades, muchas veces inesperadas. Si sabemos demostrar más atención a las riquezas propias de cada uno, y despertarle la conciencia de su dignidad y de su responsabilidad, veremos brotar en la Iglesia una multitud de iniciativas, fruto del Espíritu.

El texto del evangelio es especialmente significativo para la Iglesia por cuanto que marca el comienzo y el sentido de su andadura. Por su comienzo la Iglesia nace excluida de lo que había sido su medio y marco de referencias religiosas. Históricamente la Iglesia nace sin puesto y contra corriente, pero no respecto al mundo civil, sino respecto al mundo religioso. El valor de ejemplaridad de los comienzos de la Iglesia reside en que los problemas le vienen del propio mundo de la creencia.
La misión de la Iglesia es ser reveladora de Jesús y, en última instancia, de Dios. La misión la realiza en la medida en que es portadora del Espíritu de Jesús y de Dios. Vistas las cosas en sus comienzos históricos (así es como necesariamente las tiene que ver la exégesis), este Espíritu, que en razón de su origen se llama santo, está en las antípodas del espíritu que reina en los responsables de la Ley de Dios. Los retos no le vienen a la Iglesia desde el exterior. El auténtico reto es su capacidad de apertura al Espíritu de Jesús. Este Espíritu cambia mucho las cosas. Probablemente las renueva siempre.
Cristo confiere un carisma particular a los Apóstoles: el de perdonar los pecados e ir a predicar. Este es uno de los carismas que construyen la Iglesia. San Lucas, en los Hechos, menciona la venida del Espíritu: para él, esta venida afecta a la Iglesia que se dirige al mundo entero y que, al hablar las lenguas, une a todos los pueblos; es la reconstrucción del mundo destruido, la derrota del signo de Babel que no es ya otra cosa que un mero recuerdo. En adelante, será preciso que el cristiano pueda acordarse siempre de esta efusión del Espíritu sobre los Apóstoles, y que recuerde su propio bautismo para descubrir en los demás lo que el Espíritu quiere de ellos, según su don particular, para bien de la asamblea; es necesario también que el cristiano descubra su propio don particular para el servicio de todos.
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. A lo largo de la pasada cuaresma hemos tenido ocasión de familiarizarnos con el sentido y la función que este envío o misión tienen en el cuarto evangelio. Se trata de un trabajo fatigoso y complejo porque choca con tendencias muy arraigadas, que, a pesar de ser religiosas, pueden desfigurar a Dios y al Hombre. Los creyentes han recibido de Jesús el encargo de llevar adelante la tarea emprendida por Jesús.
Cuentan para ello con el mimo Espíritu que él tenía. Es este Espíritu el que eleva a los cristianos a la categoría de signo visible de gracia y de enjuiciamiento en el tiempo último y definitivo inaugurado por El.
El creyente en Jesús sabe hoy que Jesús está con el Padre, que él está con Jesús y que Jesús está con él. Hoy, Pentecostés, cuando el Espíritu de Jesús y del Padre se posesiona del creyente y lo eleva a sacramento de Dios en el mundo. Hoy, Pentecostés, cuando el mundo empieza a ser definitivamente nuevo, porque las gentes pueden entenderse desde su propia peculiaridad, y Babel, es decir, la confusión deja paso a la comprensión. Hoy, Pentecostés, cuando todos empezamos a ser conscientes de que formamos un solo cuerpo.
El Espíritu sigue actuando hoy
El Espíritu sigue presente también en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Dispuesto a transformarnos a cada uno de nosotros y nuestras comunidades:
* el Espíritu sigue siendo el alma de la Iglesia, y la llena de sus dones, haciendo florecer la fe de tantas comunidades con nuevos y sorprendentes movimientos llenos de vitalidad,
* él es quien suscita tantos carismas en nuestras comunidades, como escuchábamos en san Pablo: diversidad de dones, de servicios, de funciones, para provecho de toda la comunidad, porque todos proceden del mismo Espiritu,
* él, que es el Espíritu de la verdad, ha hecho que en estos últimos decenios la Iglesia renueve su teología y su lenguaje, profundizando en el conocimiento de su propia identidad,
* el Espíritu es quien nos inspira la oración y ha movido a la Iglesia a renovar su liturgia, y sigue suscitando tantos grupos y experiencias de espiritualidad,
* él es el Espíritu del amor y por eso suscita incontables ejemplos de amor y sacrificio y búsqueda de la justicia en el mundo, en defensa de la vida y de la naturaleza, de la igualdad y de la paz,
* es el Espíritu de la unidad y por eso está despertando en todas las confesiones cristianas el deseo de la unidad ecuménica e interna,
* ¿no ha sido un soplo del Espíritu de Jesús la gran obra del Concilio Vaticano II y de tantos otros concilios o sínodos o asambleas más locales, que han vitalizado a tantas comunidades?
Da vida a nuestros sacramentos
Uno de los aspectos en que podemos recordar más provechosamente el protagonismo del Espiritu, en nuestra vida cristiana, es el de los sacramentos.



Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com





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