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viernes, 1 de mayo de 2020

Comentario de las lecturas del III Domingo de Pascua 25 de abril de 2020


Comentario de las lecturas del III Domingo de Pascua 25 de abril de 2020

En este domingo III de Pascua las lecturas nos iluminaran acerca del Plan  misterioso de Dios , con el que nos salva de nuestros propios pecados y poder del maligno. Todo estaba previsto. Algunos detalles  se anunciaron desde hacía mucho tiempo y  se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Pero Dios lo resucitó.
En este ciclo A las lecturas nos ayudan a vivir la Pascua en tres grandes líneas: a) la persona de Cristo Resucitado, b) la comunidad eclesial que da testimonio de él, y c) la vida pascual de cada creyente.
Así hoy se nos proclama: «Vosotros le matasteis, pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte» ( 1ª lectura), «Dios le resucitó y le dio gloria» (segunda), «es verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido» (evangelio).
Este año, dentro de la comunidad apostólica que creyó en Cristo y dio testimonio de él, destaca la figura de Pedro, que se convierte en el principal predicador de Cristo, según los Hechos en sus primeros capítulos, y también en la carta que leemos y que lleva su nombre.

La primera lectura  del Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33) , es un fragmento del primer discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés.
Las predicaciones que encontramos en el libro de los Hechos son la proclamación del evangelio al mundo y manifiestan el sentido cristiano de la historia de salvación. Nos encontramos pues, en la predicación inaugural del cristianismo.
Pedro, después de haber considerado Pentecostés como un signo de la acción de Dios en el último período de la historia (2,14-21), se dirige ahora a los que formarán en seguida la primera comunidad mesiánica del NT (2,22-40). Pentecostés se nos aparece, en su riqueza interior, como principio de vida y de acción del reciente pueblo de Dios.
Nos encontramos
*primero con un resumen del ministerio público de Jesús de Nazaret (versículo 22),
*después con el relato de las circunstancias de su muerte, a propósito de lo cual evoca Pedro la responsabilidad de los habitantes de Jerusalén (versículo 23) y
*finalmente la proclamación (v. 24).
El centro de la predicación es Jesús, el Mesías, a quien «Dios ha constituido Señor y Cristo». Su presentación se hace en dos fases: primeramente, el servicio de la palabra y la muerte (22-25); en segundo lugar, la exaltación mesiánica, que culmina en Pentecostés (32-35). Entre estas dos fases, Pedro cita el Sal 16,8-11 y lo interpreta cristianamente (25-31).
Las referencias bíblicas que presenta el texto, ponen de relieve que los primeros cristianos leían el Antiguo Testamento para encontrar en él el anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús .
El primer texto citado es el salmo 15/16, 10, es probablemente uno de los más importantes sobre el que se apoyaron los apóstoles para justificar la resurrección propiamente dicha(vv. 25-28).
En el v. 24, Pedro menciona el salmo 17/18, 6, sin duda a causa de la palabra-clave hades, común a las dos citas sálmicas. El salmista daba gracias a Dios por haberle permitido liberarse de la muerte: esta oración parecía, pues, perfectamente indicada para expresar los sentimientos de Cristo ante la suya.
En el v. 30 Pedro recurre al salmo 132/133, 11, que recuerda la promesa mesiánica, la fe en la resurrección se elabora a partir de esa esperanza.
En el v. 33 Pedro alude también al Sal 117/118, 16 (según la versión de los Setenta) que da a la resurrección el significado de una entronización (cf. también Act 5, 31).
Los vv. 34-35 hacen referencia finalmente al Sal 109/110, en el que Dios invita a su Mesías a sentarse a su diestra. Pedro supone, pues, que ese Mesías ha recuperado su cuerpo.
Refiriéndose a los salmos de la esperanza mesiánica y davídica, San Pedro desentraña el significado teológico de los acontecimientos de la resurrección: la Pascua de Jesús ha sido la fiesta de su entronización mesiánica. Así, la muerte del Mesías no ha puesto fin a su misión, sino todo lo contrario; se amplía, y prueba de ello es que los cristianos viven un cúmulo de circunstancias (milagros, ágapes, liberación de la cárcel, etc) que son otros tantos signos de la era mesiánica.
Está claro que los argumentos escriturísticos no constituyen pruebas de la resurrección (como si la Escritura la hubiera anunciado de antemano). El apóstol no se preocupa, pues, por "probar" la resurrección partiendo de la Escritura: para hacerlo, ahí están los testimonios (v. 32), pero se sirve de la Biblia para desentrañar su significado.
San Pedro hablaba a personas que ya tienen la fe y están abiertos a una iniciativa mesiánica de Dios. No olvidemos que la resurrección no se revela más que a hombres que, a falta de esperanza mesiánica, comparten, al menos, las esperanzas humanas y tratan de corresponder a ellas mediante el rechazo de toda suficiencia.
San Pedro termina su discurso con la afirmación de que Dios ha hecho a Jesús Señor (cf. Sal 109/110) y Cristo (cf. Sal 131/132), y de ese modo formula las conclusiones teológicas de su argumentación escriturística: toda la esperanza mesiánica y davídica del pueblo elegido se realiza en el misterio pascual de Jesús, misterio de su entronización como Mesías.
San Pedro intenta aclarar la condición celestial y trascendente del Mesías: las reivindicaciones mesiánicas formuladas por Jesús durante su vida terrestre están "acreditadas" (v. 22) con milagros y prodigios. Su resurrección está confirmada por el testimonio de quienes le han visto (v. 32) y su existencia celestial de Mesías está certificada por los dones espirituales derramados sobre la tierra, como todo el mundo puede comprobar (v. 33).
En apoyo de esta última prueba Pedro cita el Sal 67/68, 19, que figuraba en la liturgia judía de Pentecostés y Jl 3, 1-2, mencionado ya el comienzo de su discurso. Los profetas habían prometido, en efecto, que el reino del Mesías podría ser reconocido en la efusión del Espíritu de Dios.
San Juan Crisóstomo comenta esta actitud de San Pedro:
«¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva su voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo... Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora»(San Juan Crisóstomo Homilía sobre los Hechos 4).

El responsorial es el salmo 15 (Sal 15,1-2a.5-.7.8.9.10.11)  Este salmo se clasifica en la categoría de los "Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad "tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones.
Tentado, turbado, por el mundo circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como "pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi alegría"... "mi fiesta"...
Salmo de abandono confiado en el Señor desencadena una multitud de problemas llenos de dificultades y hace enloquecer la pluma de los estudiosos. Nos ayuda a «entrar» en el sufrimiento y en la alegría de un hombre.
(v. 1-2) “ Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»”.  
¿Quién es el personaje del salmo? Parece que un sacerdote al servicio del templo. De sus labios brota un esplendido canto de confianza y de paz, de alguien que ha apostado todo por Dios. Se ha «jugado» hasta su vida por él.
No se limita a gritarnos su propia alegría. Nos da también la clave de ella. Vuelto hacia el Señor puede decir: «Tú eres mi bien» (v. 2).
(v. 5). “ El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano” (v. 5). “No se para a hacer inventario de lo que está en manos de los demás. El tesoro que le espera está en buenas manos
Ocupado en descubrir la belleza de lo que el Señor le ha regalado, no se dedica a repasar la lista de las cosas que le faltan, a las que ha renunciado.
Los versículos 5 y 6 hacen alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina, hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh. (/Nm/18/20, Deuteronomio 10,9, Sirac, el sabio 45,22). En esta forma la "vida de los levitas", que vivían en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".
(v. 6)  Agradecido dice el salmista «me ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad»
Es un lote que exteriormente puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz. Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo:
Sin embargo, no es presuntuoso. Sabe a quién dirigirse. Sabe orar para descubrir los planes de Dios para él: «Bendeciré al Señor que me aconseja» (v. 7).
Ha aprendido un «ejercicio de piedad» fundamental: «Tengo siempre presente al Señor» (v. 8). Los resultados de este «ejercicio piadoso» son evidentes:
(v. 8-9) “Con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena
 
(v. 10-11) “ Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha
“.
Nos queda la expresión final:
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha
”.  (v. 11).

La segunda lectura  de la Primera carta de Pedro  (1 Pe 1,17-21). El escrito que iniciamos hoy, la llamada primera carta de Pedro, se inscribe en el género epistolar por su encabezamiento y por la despedida final. Por lo demás, podría ser considerado como un conjunto de exhortaciones basadas en motivos cristológicos. Pues bien: esa estructura que combina el motivo cristológico con la exhortación se encuentra perfectamente delimitada en el fragmento que acabamos de leer: tras el encabezamiento y el saludo (1-2) aparece una larga sección que describe y define la vida cristiana como un nacimiento a la esperanza (3-12). Finalmente se nos exhorta a que vivamos nuestra esperanza en obediencia y temor (13-21). homilía sobre la lectura de Ex 12. Esta homilía se extiende del v. 13 al v. 21 y va seguida inmediatamente de una exhortación a los recién bautizados (vv. 22-23).
El texto  contiene un comentario cristiano del ritual de la Pascua judía que desacraliza a este último en beneficio de las actitudes de fe y de conversión a la persona viva de Jesucristo sacrificado.
Lo mismo que los hebreos en el banquete pascual, los cristianos tienen que ceñirse los lomos (1 Pe 1, 13; cf. Ex 12, 11), pero han de ser los "lomos del espíritu". Lo mismo que los primeros debían velar toda la noche, los segundos tienen que estar "vigilantes" (1 Pe 1, 13; cf. Ex 12, 8). Los hebreos se vieron libres de la esclavitud de Egipto por la sangre de un cordero "corruptible"; los cristianos son salvados por una sangre "preciosa", la del mismo Cristo (v. 19). Y el autor lo prueba así: más aún que el cordero pascual, Cristo está libre de mancha (Ex 12, 5) y, sobre todo, ha sido "elegido de antemano" (v. 20).
En los versículos 19-20, hace alusión al ritual que establecía que el cordero pascual debía ser escogido ya en el décimo día del mes para ser sacrificado el día decimocuarto (Ex 12, 3). Como la tradición judía aseguraba, por otro lado, que el carnero que sustituyó a Isaac en la hoguera (Gén 22, 13) era realmente un cordero "elegido de antemano" por Dios, quienes escuchaban la homilía de 1 Pe estaban hechos a la idea de un cordero elegido previamente por Dios para la liberación del pueblo.
La muerte y la liberación de Cristo se presentaban, como un misterio del amor de Dios para con nosotros: recibir el bautismo es ser admitido a ese misterio y profesar su fe el él (v. 21).
El bautismo se convierte entonces en un nuevo nacimiento. La tradición cristiana hablará de nuevo nacimiento en el Espíritu (Jn 3, 11) o por la Palabra (v. 23). Lo que importa es hacer depender la propia salvación de Dios dejando de contar con la "carne" o lo "corruptible" (v. 23).
Se trata, pues, de dar un giro completo a la existencia, de ahora en adelante nuestra vida estará en dependencia de Dios (la obediencia a la verdad: v. 22), y centrada en un amor a los hermanos que sólo Dios puede inspirar (vv. 21-22).

El evangelio hoy es de San Lucas  (Lc 24,13-35) . La narración parte de Jerusalén (v. 13) y termina en Jerusalén (v. 33).. Un mismo itinerario inversamente recorrido: de Jerusalén a Emaús (vv.13-32) y de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35). Para San Lucas, Jerusalén es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo creyente.
El relato de la aparición a los discípulos de Emaús nos presenta la experiencia de dos discípulos el día de Pascua. Son dos seguidores de Jesús -uno de ellos se llamaba Cleofás (v 18) y no pertenecía al grupo de los once.
Los dos de Emaús han abandonado el grupo. El camino que hacen los dos discípulos es exactamente el contrario del que habían hecho antes siguiendo a Jesús. Contrario en geografía, porque se marchan de Jerusalén; contrario sobre todo en motivación, porque el camino que ahora hacen es el de la desesperanza. "Nosotros teníamos la esperanza de que él fuera el libertador de Israel". (v. 21).
El relato transmite una experiencia humana única, en la que advertimos tanto el abatimiento y la desolación por lo que había acontecido a Jesús de Nazaret como el renacimiento de la esperanza gracias a una manifestación del resucitado. El encuentro (13-16) y el diálogo (17-27) permiten ver los límites de la fe que aquellos discípulos tenían puesta en Jesús. Veían en él a «un hombre y profeta poderoso» (19) que hubiera podido redimir a Israel como un nuevo Moisés -también llamado profeta poderoso en Hch 7,22-35-, pero no habían descubierto todavía que Jesús redimiría a Israel precisamente a través de su muerte y resurrección. Habían oído los rumores de las apariciones de los ángeles a las mujeres, afirmando que «Jesús estaba vivo» (v. 23), pero no las habían creído. Haciendo camino (vv.25-27), Jesús les interpreta las profecías del AT, que anunciaban el sufrimiento del Mesías . Así les ayuda a aceptar que la pasión de Jesús era su camino hacia la gloria (v. 26).
La escena en la que culmina la narración es -como en todas las apariciones del resucitado- la del reconocimiento: «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (v. 31) Eso ocurría cuando Jesús, al ser convidado a casa de uno de ellos, tomó la iniciativa de bendecir, partir y darles el pan. Jesús quiere que le reconozcan al principio de la cena, mientras él, bendiciendo el pan, cumple la función de cabeza de familia. Al descubrirlo los dos, se les hace invisible, porque su presencia gloriosa no es ya la misma que la de su vida terrena.
Cuando retornan se encuentran con un grupo que ya cree en Jesús resucitado (v. 34). No son, pues, los dos de Emaús los que hacen que el grupo sea creyente. Este dato es importante a la hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética (demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado). Los destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús, sino los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales. En los dos de Emaús estamos tipificados todos los cristianos que no hemos tenido el tipo de acceso a Jesús que tuvieron los testigos presenciales.
¿Cuáles son nuestras vías de acceso a Jesús? En primer lugar, la lectura profundizada del A.T. (vv. 25-27). En segundo lugar, y como culminación de la anterior, la celebración de la Eucaristía.
Es en esta celebración donde finalmente se abren nuestros ojos para reconocer a Jesús (v. 31). El encuentro interpersonal, dicen los psicólogos, sólo se da en la medida en que nos situamos en una realidad que nos trasciende a todos, al mismo tiempo que nos constituye. Esta realidad es la celebración eucarística en su doble vertiente de Palabra y de Comida.
Fijémonos en el versículo 34: "Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Es una exclamación entusiasta. Pero en esta exclamación puede distinguirse un doble momento: "El Señor ha resucitado". Es decir, el v. 34 reproduce en pequeño lo que el lector ha podido ver desarrollado en los vv. 13-32. La creencia en Jesús resucitado descansa en unos testigos presenciales en nada predispuestos a tal creencia. La fe en la resurrección tiene una base pericial suficiente para generar una certeza histórica. La estructuración global del relato y la particular del v. 34 están al servicio de esta certeza. Lucas viene a decir lo siguiente: la fe en la resurrección de Jesús está fundamentada en criterios de autenticidad histórica.

Para nuestra vida.
El tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza.
En este tiempo pascual repetimos hasta la saciedad que Jesús ha resucitado y que está en medio de nosotros. Efectivamente, esta afirmación es el centro de nuestra fe, tal como se predicó desde un comienzo.
Sin embargo, hoy nos seguimos preguntando: ¿Cómo ver a Jesús? ¿Dónde verlo? La liturgia de este domingo gira sobre esta gran preocupación de todos los creyentes: encontrarse con Jesús y comprenderlo.
Muy valiosas las enseñanzas de San Pedro en la primera y segunda lectura. El relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. En ambas lecturas San Pedro trata de profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo.
Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.
El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos muestra a dos discípulos que, bajo el signo de la derrota que les entristece, vuelven a su antigua vida sin descubrir a Cristo que camina con ellos... Hoy nosotros nos preguntaremos si esta comunidad avanza con aquellos dos discípulos de Emaús, o si vivimos con la convicción de que, aunque invisible, se ha hecho visible en la misma realidad de nuestra vida.

En la primera lectura resuenan palabras de alegría en boca de San Pedro: " Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Estas palabras del apóstol Pedro, citando las Escrituras, son palabras que también nosotros podemos y debemos decir hoy nosotros con alegría pascual. Nuestro corazón está alegre y la esperanza llena nuestra vida, porque la muerte, nuestra muerte corporal, no será el final de nuestro existir, sino el paso necesario de este mundo material a un cielo nuevo, donde viviremos para siempre con Dios, nuestro Padre, gracias a os méritos de nuestro Señor Jesucristo. Desde esta lectura proclamada se nos invita a los cristianos a ser personas espiritualmente alegres, porque vivimos con el corazón lleno de esperanza. Las tristezas y los desasosiegos de este mundo nunca deben robarnos la alegría y la paz del alma. Vivamos para los demás, como Cristo vivió para nosotros, siendo mensajeros de la alegría y de la paz que Cristo nos ha regalado con su vida, muerte y resurrección. Cristo nos ha enseñado el camino de la vida; el mismo se proclama " Camino, Verdad y Vida". 
Esta alegría nace de la rotunda afirmación creída y proclamada por San Pedro "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son: la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida; es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en la Comunidad de hermanos.
El salmo responsorial: nos invita a expresar esta confianza  alegre: " se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena" .
El presenta a un hombre tentado por el mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...
El salmo es para todos. Porque la alegría, la paz, la seguridad afectan a todos. El salmo 15 nos propone un test para la verificación de nuestra alegría.
El «refugiarse» descrito por el salmo, no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es simplemente la «verdad» de quien puede gritar la propia alegría de ser verdadero.
Yo digo al Señor: «Tu eres mi bien» (v. 2).

En la segunda lectura San Pedro habla a la coherencia de vida: " Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil" . El juicio de Dios siempre será un juicio misericordioso, porque su justicia es una justicia misericordiosa, pero nunca será un juicio indiscriminado. Dios quiere que también cada uno de nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, como lo hizo el propio Jesús. No es lo mismo que hagamos obras buenas que obras malas, porque el que actúa con el espíritu de Jesús siempre debe intentar hacer las obras de Jesús y estas fueron obras buenas. Tomemos en serio nuestra vida de cristianos, de discípulos de Cristo, y vivámosla según el espíritu de Cristo. Los frutos del espíritu son distintos de los frutos de la carne, como nos dice san Pablo en más de una ocasión. Que nuestras obras sean fruto del espíritu, no de la carne, porque si vivimos con Cristo y por Cristo, resucitaremos con él.
Este texto da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza".

En el evangelio meditamos sobre lo ocurrido a los discípulos de Emaús. El texto responde a una pregunta que los cristianos nos hacemos, y que habiendo sido contestada, nos la volvemos a hacer, porque demasiadas veces olvidamos la respuesta: ¿Cómo podemos reconocer a Jesús?.
El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos. Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.
Los de Emaús, caminaban sumidos en tristes pensamientos , mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...
Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.
A estos  dos discípulos de Emaús la fe en la resurrección de Jesús les cambió la vida. Cuando se les había nublado la fe, se les había nublado la alegría y la esperanza: nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió todo esto. A los discípulos de Emaús les pasó lo mismo que les había pasado a los demás discípulos de Jesús: antes de ver al resucitado andaban tristes y acobardados; después de verlo recobraron la alegría, la valentía y las ganas de vivir y predicar. También en nuestro tiempo, la fe o la no fe en la resurrección de Jesús nos cambia la vida, con todo lo que esto conlleva. Creer en la Resurrección es creer en la vida inmortal, una vida en la que viviremos para siempre, según el juicio misericordioso que Dios haga de cada uno de nosotros. No creer en la resurrección es creer que todo se acaba definitivamente para la persona cuando ésta muere corporalmente. Y, naturalmente, creer que esta vida mortal es todo lo que tenemos, o creer que esta vida temporal es sólo camino para otra vida inmortal, condiciona mucho nuestro actual estilo de vida.
El evangelio, es pues un magnífico ejemplo también de catequesis cristocéntrica, nos ayuda a entender dónde y cómo podemos experimentar nosotros, después de dos mil años, la presencia misteriosa pero real de Cristo en nuestra vida. Lucas organiza la respuesta, en clave histórico-catequética, en tres direcciones.
Los que no le hemos conocido en persona, podemos descubrir a Cristo presente:
*a) en la Palabra. «Les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?
*b) en la Eucaristía: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron... y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan»,
*c) en la comunidad: «Y se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor».
Los destinatarios del relato son los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales.
El paradigma de estos cristianos son los dos de Emaús. Ellos experimentan el desencanto y la duda. El símbolo de esta experiencia es el camino de Emaús (cfr. vs. 13-14. 21-24). Es un camino de retirada, de falta de visibilidad (v. 16). ¿Por qué asustarnos si hacemos esta misma experiencia? Teniendo a la vista esta experiencia y en respuesta a la misma compone Lucas el relato. Una primera vía de acceso a Jesús resucitado es la lectura profundizada del Antiguo Testamento (vs.25-27). “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?” (v. 32). Una segunda vía, culminación de la anterior, es la fracción del pan (v. 30), término técnico para designar la Eucaristía (cfr. Hech. 2, 42; 20, 7). Es aquí donde finalmente "se les abrieron los ojos y lo reconocieron" (v. 31). En la Palabra y la Cena (las dos partes de la Misa) es donde nos encontraremos también nosotros con Jesús resucitado. Este encuentro del mismo tipo (tipo de encuentro, no tipo de acceso; no hay, pues, contradicción con lo escrito anteriormente) al vivido por los primeros testigos. Ellos garantizan un encuentro por el tipo de acceso que tuvieron a él, pero no son los únicos en poder vivir el encuentro con el resucitado; también nosotros podemos vivirlo si escuchamos la Palabra e insistimos en hospedar al que viene tan desapercibidamente que puede confundírsele con unas raciones de pan y vino.
La conversación del camino a Emaús se concluye con una invitación a compartir la mesa del atardecer. El compañero todavía desconocido, que había impresionado a los dos discípulos por la autoridad y conocimiento con que hablaba de las Escrituras, bendijo, partió y dio el pan. La Palabra se hizo comida, sacramento, y el amigo hasta entonces visible se hace invisible desde este momento. Los que habían visto sin conocer, ahora conocen sin ver. No son los ojos de la cara, sino los de la fe los que permiten ver resucitado a Cristo.
Se levantaron y desanduvieron el camino para ir al encuentro de los demás y comunicarles que habían reconocido a Jesús en el gozo de la fracción del pan. Solamente desde la experiencia pascual se puede entender la Palabra que se cumple en la Eucaristía.
El camino a Emaús es el camino de la fe a partir de la vida y acción :"¿eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?" (v. 18), el camino del reconocimiento, el camino de experimentar como se van abriendo los ojos (te son abiertos y no sabes cómo), escuchando la Palabra de Dios y participando de la fracción del pan, alrededor del Resucitado (un ausente presente).
Vivamos agradecidos de esta manera la relación entre Palabra y Eucaristía.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

martes, 28 de abril de 2020

Lecturas del Domingo 3º de Pascua - Ciclo A Domingo, 26 de abril de 2020

Lecturas del Domingo 3º de Pascua - Ciclo A

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11

R/.
Señor, me enseñarás el sendero de la vida

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos,
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,17-21):

QUERIDOS hermanos:
Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Palabra de Dios

Evangelio

 
Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

sábado, 14 de abril de 2018

Comentario a las Lecturas del III Domingo de Pascua 15 de abril de 2018

Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C—se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección.
Las tres lecturas de hoy contienen alusiones directas al perdón de los pecados: "arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados" (I lectura); "El es víctima de propiciación por nuestros pecados" (II lectura); "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén" (Evangelio). A primera vista, quizá parezca rara esta insistencia en el perdón de los pecados -un tema tradicionalmente cuaresmal- en pleno tiempo de Pascua. En el fondo, sin embargo, es perfectamente lógica esta insistencia, puesto que, si el pecado conduce a la muerte, la resurrección a la nueva vida destruye el pecado. El fruto directo del misterio pascual es la remisión de los pecados, y uno de los signos más claros de la presencia del Resucitado en la Iglesia es el anuncio del perdón de todas nuestras culpas.
El hombre tiende a negar su propio pecado o, si lo reconoce, intenta apaciguar su ansiedad mediante ritos purificatorios. El cristianismo propone una norma de conducta: reconocer el propio pecado y aceptar ser aceptado por alguien en esta situación de pecado. Reconocernos pecadores y aceptar depender, no de nuestro orgullo ni de ningún rito tranquilizante, sino de alguien que nos pueda ayudar a descubrir el camino de superación del pecado.
La  liturgia de estos domingos nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Con ello  nos presenta ya unos creyentes que han recibido el Espíritu Santo. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Es importante no olvidarlo.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Act 3, 13-15.17.19) nos sitúa siguiendo a Pedro que  acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. El discurso de Pedro, 3, 12-26, está motivado por la actitud del pueblo ante la curación del cojo en la puerta del templo.
Pedro comienza dando gloria a Dios y a Jesucristo en cuyo nombre ha realizado el milagro (v. 6). Pues no ha sido el poder de Pedro el que ha hecho andar al tullido, sino la fuerza de Dios que ha resucitado a Jesucristo; y tampoco ha de ser la fe en Pedro, sino la fe en Jesucristo, la que puede borrar los pecados del pueblo.
A los curiosos y admiradores Pedro les dice que la curación no es fruto de fuerzas ocultas que ellos posean. Con este hecho Dios glorifica a su Siervo Jesús. Al atribuir el hecho al Dios de Abraham establece una contraposición entre los judíos=hijos de Abraham, que han negado y muerto a Jesús, y Dios que lo ha glorificado. Al referirse a la glorificación del "Siervo Jesús" alude al siervo de Isaías, que a través de su sacrificio ha realizado el plan de Dios: salvar a los pecadores de todos los pueblos.
Con sus palabras valientes, Pedro realiza a la vez y en el momento preciso el anuncio y la denuncia del evangelio.
Esta segunda presentación del mensaje es muy semejante a la de Hech. 2, 22 sig. Es también composición de Lucas a base de tradiciones del kerygma primitivo y los elementos son también muy semejantes: cumplimiento de la promesa que Dios obra en y por Jesús; rechazo humano de este mismo Jesús y glorificación por parte del Padre. En este punto contrasta fuertemente la actividad humana: "entregasteis", "negasteis al Santo", "matasteis al autor de la vida (vv. 13, 14-15) y la divina: Dios le ha resucitado (v. 15). Los apóstoles son testigos de esta acción de Dios. Cada uno ha de sacar las consecuencias de esta proclamación, sabiendo que en los judíos actores estábamos representados todos. Cada mujer, cada hombre, está confrontado con esos acontecimientos para aceptarlos o no, para apuntarse a lo que significan o para dejarlos.
En esta lectura, más que ponerse del lado de Pedro que predica y anuncia que son
culpables de la muerte de Cristo, hay que ponerse entre los que escuchan para sentirse responsables de la muerte de Cristo. Y si todos son culpables de la muerte también todos participan de la salvación si voluntariamente no se excluyen.
Hay una cierta excusa en el comportamiento de los ejecutores de Jesús. Lo hicieron por ignorancia. Muy típico de Lucas, que ha aprendido la lección del Maestro. No ha lugar para vg. el antisemitismo. Se ve que Pedro habla a unos que, probablemente, no eran los actores materiales de la muerte de Jesús pero los considera englobados en ella, de la misma manera también todos los demás.
Un romano-pagano, en última instancia, se ha hecho responsable de la gran injusticia. Todos son culpables. Si hay solidaridad en la culpa debe haberla en la penitencia. Pedro ofrece a todos, incluidos los judíos, la posibilidad de ser justificados. Sin negar la culpa quiere facilitarles las condiciones de la conversión. Admite atenuantes. Todos han contribuido a la muerte. La clase dirigente judía ha rechazado al Mesías. Uno del grupo de los Doce lo ha traicionado.
Arrepentíos, cambiad de vida y os serán perdonados los pecados. Esta invitación suena diferente en el tiempo de Pascua y en tiempo de Cuaresma, pero la actitud de conversión debe ser permanente.


En el salmo responsorial de hoy Salmo 4 (Sal 4, 2. 7.9), pedimos que el Señor obre en nosotros, desde la humildad sabemos que necesitamos que el esté ahí junto a nosotros y actuando en nuestra vida, personal y social.
Este salmo es la oración de un "fiel", un hombre religioso de Israel consciente de ser amado por Dios. Tal es el sentido de la palabra "Hassid": el fiel, objeto de la Alianza Divina. Ahora bien, este hombre lleno de fe, no está preservado: su oración al comienzo es jadeante...
Para decir que ora, se atreve a decir que "grita" hacia Dios. Su gran angustia, es estar literalmente sofocado por los paganos que lo rodean: este paganismo, este ambiente materialista, diríamos hoy, es atrayente, aun para un fiel. Recurre entonces a una antiquísima costumbre religiosa usada en muchas de las religiones antiguas: "pasará una noche en el Templo", haciéndose el "huésped de Dios", esperando el favor de un "sueño profético" en que Dios le hablará.
De hecho, en el fondo de sí mismo, en su fe, escucha decir a Dios que la vida "sin Dios" es "nada", una "carrera hacia la mentira", una vida engañosa. La verdadera felicidad no está en la abundancia de bienes materiales, sino en "la intimidad con Dios": "alza sobre nosotros la lumbrc de tu rostro... Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y d vino".
"Tú que en el aprieto me diste anchura" (v. 2).
La impresión de estar perdido. Caminar por una estrecha vereda entre dos precipicios. Por una parte están los demás que se encargan de excavarme un abismo bajo los pies., Mezquindad, incomprensión, orgullo. Un ambiente que me asfixia, me desilusiona, me desgasta, me oprime. Los intentos de hacerme entender, de elevarme sobre mares de miedo, de rebelarme contra la gigantesca comedia general, son anulados por la desconfianza y la indiferencia. Las fuerzas de los distintos fariseísmos, de la pereza, de los privilegios, de la defensa del statu quo, se alían para quitarme terreno, excavar abismos de sospechas y envenenar el aire de prejuicios.
Por otra parte me encuentro frente a mi vacío, mis cansancios y mis innumerables desilusiones. Voy por una vereda entre dos precipicios. De repente me empieza a doler la cabeza, siento vértigo, las piernas me tiemblan, el sendero se hace cada vez más estrecho, como un hilo, me falta tierra para pisar. Ante mi grito desesperado alguien me coge por la espalda, me empuja y me precipita... en la anchura. En una zona de serenidad, con vastos horizontes, abiertos a las más audaces exploraciones. Lejos de todas las pequeñeces e intentos de servilismo.
Dios es el que me da anchura.
"Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha?" (v. 7).
Esta exigencia ya no se puede eludir. Se trata de «ver algo». Las palabras deben dejar el puesto a los hechos. El cristianismo «de boca» debe dar paso a un cristianismo «de compromiso», de hechos. Después podremos continuar hablando. O quizá no será necesario ni hablar. Nos explicaremos perfectamente de este modo.
Nos hemos creído que bastaban las declaraciones precisas, las tomas de posición teóricas, los programas, las instancias, los «exámenes profundos» de la situación, los buenos sentimientos, la indignación, la comprensión. Pero la gente espera otra cosa. Espera la realización práctica de nuestras palabras.
"En paz me acuesto y enseguida me duermo porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo" (v. 9).
Termina el día con todo su bullicio, su aburrimiento, los riesgos, las desilusiones, las pesadillas, las preocupaciones. He sido capaz de encontrar un sitio donde reposar mi cabeza. «En ti reposaré mi cabeza y dormiré» (P. Claudel). No conoceré ya la inquietud ni la desesperación porque todas las demás cosas han perdido su poder de seducción sobre mí. Marcada con el sello de su rostro he encontrado la unidad de mi vida e incluso el sueño puede convertirse en un «sacrificio legítimo» (v. 6).
Porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo (v. 9).
No dice «me das un poco de seguridad», sino algo con mucha más fuerza: «me haces vivir tranquilo». Y nadie más me moverá. Incluso si perturbo la paz pública con mi grito.

La segunda lectura de la primera carta de San Juan (1 Jn 2, 1-5a) ,   está dentro del contexto general que es desenmascarar a unos herejes a los que llama anticristos 2, 19; pseudoprofetas 4, 1. Estos defendían falsas doctrinas sobre la persona de Cristo y sobre la redención. De su doctrina hacían aplicaciones morales contrarias a la enseñanza de los apóstoles. Negaban la posibilidad de pecar y defendían que no tenían necesidad de ser redimidos por la sangre de Cristo. No se sentían ligados a los mandamientos pero creían estar en comunión con Dios. No se preocupaban de su manera de actuar porque ninguna acción, del que está unido y en comunión con Dios, puede ser pecado.
El autor afirma la posibilidad del pecado y contra los herejes enseña que la fe en Dios y la observancia de los mandamientos son dos realidades que no se pueden separar, que la realidad del pecado es cierta pero que en la vida del cristiano el perdón del pecado está siempre al alcance de todos. Su conclusión es que ni la afirmación de los herejes ni la facilidad del perdón han de dar una falsa seguridad. Dios perdona en virtud de la intercesión de Cristo que es víctima de propiciación por nuestros pecados.
Contra las "frases" de los falsos maestros, Juan establece el único criterio válido para discernir entre el verdadero y el falso conocimiento de Dios. Sólo conoce a Dios el que hace lo que Dios manda. Pues conocer a Dios es para Juan siempre "reconocer" a Dios, esto es, tenerlo en consideración y aceptarlo prácticamente como el que es. Es una afirmación característica de Juan ésta de que sólo se conoce la verdad cuando se hace. En consecuencia, conocer a Dios es imposible sin cumplir los mandamientos de Dios (cfr. 3, 22 y 24; Jn 14, 15 y 23; 15, 10).
Aplicando el criterio anterior a los falsos maestros que dicen y no practican, se descubre que son unos mentirosos. La "mentira" es para Juan una oposición, a ciencia y conciencia, a la verdad, y la Verdad es Cristo. Los que se oponen a la Verdad no la conocen, pues no está en ellos, sino contra ellos. Por más que digan que conocen a Cristo, a la Verdad, si no cumplen lo que Cristo dice, están ciegos y caminan en las tinieblas. Su pretensión es el peor de los pecados, es obstinación y ceguera, es tinieblas e incredulidad. Pues no hay ortodoxia sin ortopraxis, y nadie está en la verdad si no hace la verdad.
Hay que estar siempre en guardia contra el pecado para no ser excluido de la comunión con Dios pero se puede vivir en paz porque hay un intercesor ante el Padre en caso de pecar.
El criterio para saber si el conocimiento que tienen de Dios es verdadero o falso es la observancia de los mandamientos. Cumplir la palabra (v. 5) puede ser una alusión a la Palabra=Cristo.
Quien sigue a Cristo tiene el auténtico amor de Dios.
Así comenta San Agustín este texto: " Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero quizá se cuela el pecado en la vida humana. ¿Qué hacer? ¿Dejar paso a la desesperación? Escucha: Si alguien peca -dice- tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el Justo; él es propiciador por nuestros pecados. Él es nuestro abogado. Pon empeño en no pecar; mas si la flaqueza de tu espíritu te indujo al pecado, ponte en guardia al instante, desapruébalo, condénalo enseguida; una vez que le hayas condenado, podrás acercarte seguro al juez. Allí tienes tu abogado; no temas perder la causa de tu confesión. Si a veces se confía el hombre en esta vida a una lengua elocuente, y así evita el perecer, ¿vas a perecer tú, si te confías a la Palabra? Grita: Tenemos un abogado ante el Padre.
Contemplad al mismo Juan revestido de humildad. No cabe duda de que era un hombre justo y excelso, que libaba los secretos de los misterios en el pecho del Señor; él, en efecto, es quien bebiendo del pecho del Señor, eructó la divinidad: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios (Jn 1,1). Tan gran varón no dijo: «Tenéis un abogado ante el Padre», sino: Si alguien peca, tenemos un abogado. No dijo: «Tenéis», ni «me tenéis», ni «tenéis a Cristo», sino que presentó a Cristo, no a sí mismo; dijo: «Tenemos», no: «Tenéis». Prefirió contarse en el número de los pecadores para tener por abogado a Cristo, antes que constituirse personalmente como abogado en lugar de él y hallarse entre los soberbios merecedores de condenación. Hermanos, es a Jesucristo, el Justo, a quien tenemos por abogado ante el Padre; él es propiación por nuestros pecados. Quien retiene esto, no es hereje; quien lo defiende, no es cismático. ¿De dónde se originan los cismas? De decir los hombres: «Somos justos»; de afirmar: «Nosotros santificamos a los impuros, justificamos a los impíos, nosotros pedimos y nosotros alcanzamos lo pedido». Pero ¿qué dijo Juan? Si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo, el Justo.
Entonces dirá alguien: « ¿Luego los santos no interceden por nosotros? ¿No piden por el pueblo los obispos y prelados? Atended a la Escritura y veréis que ellos mismos se encomiendan al pueblo. El Apóstol dice a los fieles: Orad unánimes, orad por mí (Col 4,3). Ora el pueblo por el Apóstol y ora el Apóstol por el pueblo. Rogamos por vosotros, hermanos; rogad vosotros por mí. Rueguen los miembros unos por otros, interceda por todos la Cabeza. Por lo tanto, no es de admirar lo que sigue, y que al mismo tiempo tapa la boca a los que dividen la Iglesia de Dios. El que dijo: Tenemos por abogado a Jesucristo, el Justo, que es propiciación por nuestros pecados puso su mirada en los que habían de apartarse de él y decir: He aquí al Cristo, hele aquí (Mt 24,23), con la intención de mostrar que quien compró el mundo entero y posee todo lo creado se halla sólo en una parte. Por eso añadió a continuación: No sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo." ( San Agustín. Comentario a la I Carta de San Juan 1,7-8.).

El evangelio o de hoy de San Lucas (Lc.  23, 35-48) nos recuerda el núcleo de la fe y predicación cristiana: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto".
Este mensaje  es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús y las dudas correspondientes de los discípulos, de las cuales nosotros no estamos exentos.
El texto parte de una situación idéntica a la del domingo pasado en Jn. 20, 19-31. Caída de la tarde del domingo, discípulos reunidos en un local de Jerusalén, llegada inesperada de Jesús. Lo mismo que a Juan, tampoco a Lucas le interesan el cómo y el modo de esta llegada. Lo importante es el hecho: Jesús está ahí, expresando deseos de paz. Es ahora, en el tratamiento del hecho, cuando comienzan las diferencias entre Lucas y Juan. Y es precisamente este diverso tratamiento de un mismo hecho lo que da la medida exacta de la diversidad de problemática, intereses y objetivos existentes en ambos evangelistas, lo cual equivale a decir que nos hallamos ante autores y obras diferentes.
Como había desaparecido repentinamente de la vista de los discípulos de Emaús, también ahora se presenta Jesús repentinamente en medio de los once y de los que están con ellos.
Jesús no está ya sometido a las leyes del espacio y del movimiento en el espacio. El modo de existir del resucitado no es ya el modo de existir del Jesús terrestre. La aparición repentina, inesperada e inexplicable del Resucitado causa miedo y terror.
La resurrección de Jesús y su aparición en figura corporal es cosa que sobrepasa la capacidad de comprensión humana. Ni siquiera viendo y oyendo su saludo de paz logran los discípulos convencerse de que es él.
San Lucas no habla de miedo al exterior como hace Juan, sino de miedo ante la presencia de Jesús. A San Lucas le interesa la problemática de identidad del Resucitado. ¿Quién es el Resucitado? ¿Es el mismo Jesús de antes de morir? ¿Resucitado y Jesús son la misma persona? Desde el prólogo de su Evangelio sabemos que LC. es un escritor crítico. El dice que al escribir su evangelio buscó testigos oculares de las cosas ocurridas, que investigó cuidadosamente los hechos, que precisa trasmitir la solidez de lo recibido". En la segunda de sus obras, Hechos de los Apóstoles, la condición indispensable para cubrir la vacante de Judas dentro de los doce es el haber convivido con Jesús desde el principio, hasta el final, es decir, el haber sido testigo ocular de su vida.
Sólo bajo esta condición se puede ser testigo de la resurrección de Jesús, es decir, se puede garantizar críticamente que Resucitado y Jesús son la misma persona.(Hech 1, 21-22).
Si Lucas hace hincapié en los once (doce en los Hechos) es porque sólo ellos cumplen esta condición y son, por lo tanto, los únicos que ofrecen la garantía crítica incuestionable para poder creer que el Resucitado y Jesús son la misma persona. Gracias a ellos, podemos hoy, veinte siglos después, creer tranquilos. A Lucas, el autor que se planteó y abordó esta problemática, debemos la certeza inconmovible de nuestra fe en el Resucitado. Con su tratamiento del problema, Lucas echó la base sobre la que se apoya nuestra fe. Los discípulos ven la aparición, pero la interpretan como la de un espíritu sin cuerpo, como un fantasma. Una aparición puede constituir un fenómeno psicológico y por eso necesita el evangelista resaltar la corporalidad del Jesús aparecido y la realidad física de su encuentro con los apóstoles. Por eso les deja que palpen su carne y por eso come con ellos.
La predicación de la primera comunidad cristiana aludía a estas comidas con el Resucitado precisamente para alejar el peligro de volatizar el cuerpo de Jesús y dejarlo reducido a algo puramente espiritual. "A éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con el después que resucitó de entre los muertos" (Hch/10,40-41), predica Pedro en casa de Cornelio.
"Entonces les abrió el entendimiento para comprender las escrituras". Este es el don pascual que Jesús hace en el relato de ayer a los discípulos de Emaús; hoy, a los doce reunidos".
En el texto San  Lucas comenta la llegada de Jesús destacando lo siguiente: Llenos de miedo por la sorpresa, los once y sus acompañantes creían ver un fantasma. A diferencia de Juan, Lucas distingue entre los once y el resto de los discípulos. Lucas hace hincapié en los once (cfr. Lc. 24, 33). Por otra parte, Lucas no habla de miedo al exterior como hacía Juan, sino de miedo ante la presencia de Jesús. A Lucas, pues, le interesa la problemática de identidad del Resucitado. ¿Quién es el Resucitado? ¿Es el mismo Jesús de antes de morir? ¿Resucitado y Jesús son la misma persona? Desde el prólogo de su evangelio sabemos que Lucas es un escritor crítico. Vale la pena leer ahora Lc. 1, 1-4, que por razones de espacio no transcribo. Allí se habla de testigos oculares, de investigación cuidadosa, de solidez de lo recibido. En la segunda de sus obras, Hechos de los Apóstoles, la condición indispensable para cubrir la vacante de Judas dentro de los doce es el haber convivido con Jesús desde el principio hasta el final, es decir, el haber sido testigo ocular de su vida. Sólo bajo esta condición se puede ser testigo de la resurrección de Jesús, es decir, se puede garantizar críticamente que Resucitado y Jesús son la misma persona (cfr. Hech. 1, 21-22).Si Lucas hace hincapié en los once (doce en Hechos) es porque sólo ellos cumplen esta condición y son, por lo tanto, los únicos que ofrecen la garantía crítica incuestionable para poder creer que el Resucitado y Jesús son la misma persona. Gracias a ellos podemos hoy, veinte siglos después, creer tranquilos. A Lucas, el autor que se planteó y abordó esta problemática, debemos la certeza inconmovible de nuestra fe en el Resucitado. Con su tratamiento del problema, Lucas echó la base sobre la que se apoya nuestra fe.
El texto de hoy da todavía un paso más. "Todo lo escrito acerca de mí tenía que cumplirse". Este "todo" queda especificado un poco más adelante: pasión, resurrección, proclamación universal de la conversión y del perdón de los pecados. A la problemática de identidad Resucitado-Jesús, Lucas añade ahora la problemática hermenéutica. ¿Cómo leer el Antiguo Testamento? El "tener-que" no es del orden de la predeterminación mental ni de la necesidad física. Es del orden de la captación y de la profundización en el sentido de los acontecimientos y de la historia. Lucas introduce un sentido de finalidad en la historia.
Y esta finalidad la formula con la expresión "tener que". Toda la historia anterior al resucitado la concibe como un proceso que culmina en este Resucitado y a partir de El se expande al mundo entero (no sólo a los judíos) en términos de novedad (conversión) y de gracia (perdón de los pecados).
El relato marca pues, lo especifico del tiempo pascual.

Para nuestra vida
Hoy las lecturas nos ayudan a centramos en Cristo muerto y resucitado. Los textos bíblicos y litúrgicos nos hablan de Él. Esto nos ayuda a tomar conciencia de los frutos de conversión santificadora que en nuestras vidas debió producir la Cuaresma. Esto es lo que nos ayuda a vivir la vida del Resucitado, una vida nueva de constante renovación espiritual. Esto no deben experimentarlo solamente los recién bautizados, sino también todos los demás, porque la renovación pascual ha de revivir en todos nosotros la responsabilidad de elegidos en Cristo y para Cristo por la santidad pascual.
La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior para volver de nuevo a morir un día de manera ya definitiva. No es una simple reanimación de su cadáver, como pudo ser el caso de Lázaro. Jesús no regresa a esta vida, sino que entra en la Vida definitiva de Dios. Por eso, los primeros predicadores dicen que Jesús ha sido "exaltado" por Dios (Hech. 2, 33), y los relatos evangélicos presentan a Jesús viviendo ya una vida que no es la nuestra.
Los cristianos no han entendido nunca la resurrección de Jesús como una supervivencia misteriosa de su alma inmortal. Jesús resucitado no es "un alma inmortal" ni un fantasma. Es un hombre completo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte con todo lo que constituye su personalidad. Para los primeros creyentes, a este Jesús resucitado que ha alcanzado ahora toda la plenitud de la vida no le puede faltar cuerpo.
Los primeros cristianos no describen nunca la resurrección de Jesús como una operación prodigiosa en la que el cuerpo y el alma de Jesús han vuelto a unirse para siempre. Su atención se centra en el gesto creador de Dios que ha levantado al muerto Jesús a la vida. La resurrección de Jesús no es un nuevo prodigio, sino una intervención creadora de Dios. La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús y no a los discípulos. Es algo que ha acontecido en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación de los discípulos. No es que "ha resucitado" la fe de los discípulos a pesar de haber visto a Jesús muerto en la cruz. El que ha resucitado es Jesús mismo. No es que Jesús permanece ahora vivo en el recuerdo de los suyos. Es que Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.
A los primeros cristianos no les gusta decir: "Jesús ha resucitado." Prefieren emplear otra expresión: "Jesús ha sido resucitado por Dios" (Hech. 2, 24; 3, 15...) Para ellos, la resurrección es una actuación del Padre que con su fuerza creadora y poderosa ha levantado al muerto Jesús a la Vida definitiva y plena de Dios. Para decirlo de alguna manera, Dios le espera a Jesús al otro lado de la muerte para liberarlo de la destrucción, vivificarlo con la fuerza creadora, levantarlo de entre los muertos e introducirlo en la vida indestructible de Dios.

En la primera lectura Pedro que  acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo,  dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús".
Vemos un Pedro fuerte y seguro en la fe." Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos". La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio radical: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor.
Anunciar los hechos ocurridos  es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.

Con el Salmo 4 proclamamos: «Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro. Escúchame cuando te invoco, Dios mío, tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración. Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque. Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros”. En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo».
La búsqueda de la dicha, de la felicidad. la humanidad actual, igual que el hombre de todos los tiempos, está ávido de felicidad, busca con ansia la dicha. Hay algo profundamente melancólico en este problema: "¿Quién nos dará la felicidad?".
Esta especie de pesimismo cunde en nuestras civilizaciones occidentales, pese a apariencias contrarias. La "sociedad de consumo" produce una especie de desencanto. Bien pagado, bien alimentado, bien instruido, bien abrigado, bien alojado... El hombre sigue preguntando: "¿Quién nos dará la felicidad?". ¡Qué valiosa es la profesión de fe del salmista, que se atreve simplemente a afirmar que él es feliz, que es más feliz que todos aquellos que superabundan en bienes materiales! "¡Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino!".
Engañarse de felicidad: la "carrera hacia la mentira". Los bienes terrenos son necesarios. Pero quien va al extremo se engaña sobre la felicidad. Estamos seguros de una cosa: ¡que esos bienes son frágiles, fútiles, engañosos, decepcionantes! El autor de este salmo opone un rechazo total a la ambición que llevamos dentro hacia esos bienes engañosos. Estigmatiza esta búsqueda desenfrenada de la "carrera hacia la mentira, el amor de la nada": corréis hacia el "vacío" cuando os dejáis absorber por los negocios... Os equivocáis sobre la verdadera felicidad. "No sólo de pan vive el hombre" (Mateo 4,4). La invitación tanto de Jesús como del salmo, es no tanto de reducir nuestros deseos, cuanto de colocarlos más alto.
Para un verdadero sueño reparador. La fórmula del salmista es pintoresca y de una elocuencia nada banal. "En paz me acuesto y me duermo"... ¡Hace de este equilibrio un signo de su "fe"! No está turbado, no está tenso, aun en medio de sus cuidados... Su secreto, es poner su confianza en Dios. Confiesa que se duerme tranquilo y que se despierta bien dispuesto, la mañana siguiente, pasada una buena noche: "me acuesto, me duermo, luego me despierto; el Señor me protege, no temo a los muchos millares que en derredor mío acampan contra mí" (Salmo 3,6), cantaba el salmo anterior, casi con las mismas palabras. Jesús, era alguien que sabía dormir, aun en medio de las fuertes tempestades, y decía que Dios cuida del trigo que crece aun cuando el agricultor duerma (Marcos 4,27).
Este salmo es tradicionalmente utilizado como oración de Completas. Es una bella oración vespertina. Decir a Dios que El es nuestro "único necesario". Hacer "silencio" haciendo callar las preocupaciones. ("Yo os digo, no os inquietéis", decía Jesús a sus discípulos. Lucas 12,22). Promover en nosotros mismos los valores de "paz", de "tranquilidad", de "felicidad". Luego entregarnos al sueño confiando que la acción misteriosa de Dios continúa en nosotros mientras dormimos. Tener "confianza" en Dios (la palabra se repite dos veces en el salmo) y sepultarse en esta muerte aparente que es el sueño, con la certeza del "despertar".
Reflexionemos en lo secreto, hagamos silencio, no pequemos más. Al caer la tarde, es hora del balance, de la "revisión de vida". Han ocurrido quizá cosas desagradables o malas en esta jornada. Es el momento de "reflexionar" en ellas, y de "convertirse". Señor, rectifica en nuestra vida lo que no corresponde a tu amor. Perdona nuestros pecados.

La segunda lectura de la carta de san Juan,  continua el mensaje del domingo anterior, se nos proclama la invitación inexcusable al  amor. "Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos..La Fe cristiana es comunión con Dios y con los hermanos y la comunión se expresa sensorialmente mediante la comunicación. Los hombres, cada hombre, cada cristiano, no es una isla incomunicada, protegida y solitaria.
San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, no solo evangelizadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos.

El evangelio nos sitúa en la continuación del encuentro de Emaús.
El texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de las apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. A veces su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado—pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos.
 Los discípulos de Emaús, le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Después del encuentro del con aquellos discípulos que decepcionados, huían de Jerusalén, camino de Emaús, que nos cuenta Lucas, la narración continúa diciéndonos que presurosos ellos, volvieron a la capital para encontrarse con los demás. Los dos caminantes no quieren quedarse el gozo de su experiencia para sí y los suyos exclusivamente. Los de Emaús son, pues, los primeros misioneros de entre los seguidores del Maestro. María, la de Mágdala, la apóstol de los apóstoles.
Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, - nosotros mismos bastantes veces- nos encontramos agobiados y decepcionados. Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban cabizbajos y desconcertados. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.
Surge una pregunta: ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo?  Regresamos decepcionados de muchas realidades de nuestra vida, incluso de nuestra vida de fe. No llegamos a lo que el Señor espera de nosotros.
Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras dudas o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Así recorremos los caminos de la vida, según nuestros proyectos, olvidando demasiadas veces la voluntad de Dios. Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No olvidemos que sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente.
Jesús se hace presente en medio de sus discípulos y les invita "a comprender" las Escrituras y así entenderán su Pascua, su muerte y resurrección gloriosas. Todas las comunidades cristianas de todos los tiempos hemos de "comprender" las Escrituras con amor y con fe, y así experimentaremos la presencia real de Jesucristo resucitado que nos abre la mente y el corazón con la fuerza de su Espíritu, y podremos ser testigos delante de todos los pueblos.
La Palabra de Dios nos lleva al sacramento. Sin la Palabra no sabríamos nada de Dios, los signos y gestos sacramentales no tendrían ningún sentido. Por eso la reforma litúrgica del concilio Vaticano II en todas las celebraciones de los sacramentos manda que se lea y proclame alguna o algunas lecturas de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios anuncia aquello que el sacramento realiza. Por eso en la Eucaristía, en la Misa, la mesa de la Palabra de Dios y la mesa de la Eucaristía, las dos partes de que consta, están "tan íntimamente unidas que forman un sólo acto de culto" (SC 56).

Rafael Pla Calatayud.
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