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domingo, 23 de febrero de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo VII del Tiempo Ordinario - Ciclo C. 23 de febrero de 2025


Las lecturas de hoy destacan las actitudes del perdón y la misericordia. En el  evangelio se nos presenta el segundo fragmento del "sermón del llano" de Lucas, sobre el amor a los enemigos, preparado en la primera lectura por el ejemplo del perdón de David a Saúl, y por el salmo responsorial por el canto a la misericordia de Dios, razón última del mensaje evangélico. Y en la segunda lectura leemos otro fragmento del c. 15 de 1 Corintios, sobre el misterio de Jesucristo resucitado y la condición de hombres nuevos propia de los cristianos, incorporados a Cristo por el bautismo.

En la primera lectura del primer libro de Samuel (26,2.7-9.12-13.22-23), se nos presenta una escena importante en las relaciones entre David y Saúl, Las relaciones entre estos dos ilustres personajes se nos descubre a los largo de 1 Sam. 16-2 Sam. 1.

David, ungido rey por Samuel, entra al servicio de Saúl; su triunfo sobre el gigante Goliat y su éxito en todas las incursiones militares que se le encomiendan, provocan la celotipia y envidia de Saúl, que intentará quitárselo de en medio.

Saúl está a merced de David (v. 7). Varias veces, Saúl intentó atravesar, con su lanza, a David contra la pared (cfr.18,11; 19, 9 s; 20, 23). Este, pudiendo ahora matarlo con la misma lanza, no lo hace. El atentado no puede fallar (v. 8), pero David devuelve bien por mal (vs. 9-11; cfr. 24, 7-8a).

Saúl, a pesar de sus tres mil soldados (v. 2), se halla desatendido. Esto es demasiado inverosímil, por eso el v. 12 hace caer sobre ellos un letargo enviado por el Señor. El autor juega con la ironía: el que no es custodiado por sus amigos, debe ser protegido por el enemigo (vs. 13-16).

-David apela al tribunal del Señor. El dará a cada uno según sus acciones. (vs. 22-23). Así, la venganza personal queda excluida.

Si las lecturas de los días pasados han hablado de la amistad y el amor (o los amores) de David, la de hoy nos presenta otra faceta de su perfil humano: la grandeza de ánimo, manifestada en el perdón y la renuncia a la venganza.

Dos narraciones presentan a David perdonando la vida a Saúl: la primera (c. 24) en una cueva del desierto de Engaddi; la segunda en el desierto de Zif. En la primera es Saúl quien entra en la cueva donde se habían escondido David y sus hombres; en la segunda es David quien, acompañado de Abisay, se infiltra en el campamento de Saúl. Fuera de estas diferencias, el esquema de las dos narraciones es el mismo: denuncian a Saúl que David se esconde en tal lugar del desierto de Judá; Saúl reúne tres mil hombres escogidos y va allá para atraparlo; en un momento de la persecución, sin saberlo, Saúl y sus soldados consiguen alcanzar a David y los suyos, y Saúl queda, indefenso, a merced de David. Los acompañantes de David creen que es la ocasión de poner término a la vida de quien implacablemente los persigue; David no se lo permite, porque, dice, no quiere poner la mano sobre el ungido de Yahvé; toma tan sólo una prenda -un trozo del manto de Saúl (c. 24) o su lanza (c. 26)- y después, desde una distancia prudente, le llama y le muestra la prenda que hace ver que podía haberlo matado.

En ambos relatos dice David que es Yahvé quien le hará justicia, es decir, quien matará a Saúl; Saúl se emociona, llora y reconoce que ha obrado mal con David; por último, Saúl se va de allí en una dirección y David en otra. Seguramente se trata de un mismo hecho, transmitido según dos versiones, o bien fueron realmente dos hechos, en cuya narración uno sufre la influencia del otro.

 

El responsorial es el Salmo 102  (SAL 102, . 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13). El salmo 102 es el gran salmo de la ternura de Dios. El concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y especial en el contexto de amor.

La ternura es, ante todo, un movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro idioma de otra palabra: cariño.

Allá, en las raíces de la ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad, donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.

Ciertamente, la Biblia, cuando intenta expresar el cariño de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna, debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón, benevolencia. En suma, la ternura.

En el salmo 102, se han condensado todas las vibraciones de la ternura humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el escenario, conmovido por la benevolencia divina y levantando en alto el estandarte de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo enseguida «con todo mi ser».

La estructura del salmo es también clara y sencilla, como suele ser la de los himnos, estructura ternaria:

a) Invitación a la propia alma y corazón del salmista a bendecir al Señor (vv. 1-2). b) Motivación: la bondad de Dios en:

1. los favores personales (vv 3-5);

2. los favores dados a la humanidad (vv. 6-19).

c) Aclamación final de toda la creación (vv. 20-22).

En el versículo segundo continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo, conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, despliega una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v. 3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa corriente, llena de inspiración:

(v.3- 4) : "Él perdona todas tus culpas  y cura todas tus enfermedades;  él rescata tu vida de la fosa te colma de gracia y ternura".

Todas las experiencias vividas por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años, están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de Israel: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).

Israel -y el salmista- que ha convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque sabe de qué barro estamos constituidos.

Para El perdonar es comprender, y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que lo arrastran por rumbos contrarios.

Por eso no le cuesta perdonar, y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia, sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.

A partir de versículo 9 el salmista se mete en las entrañas de la actitud de Dios, esto es, de la Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.

Le han puesto la fama de que no hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso, sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en el polvo: «No nos tratan como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (v. 10).

(vv. 11-13).«Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos».

En los versículos siguientes, la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14). Aquí entran sincronizadamente, la comprensión, el perdón, la misericordia y la ternura.

 

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,45-49).

El  aspecto tratado hoy es con el que topaban los Corintios: una concepción demasiado materialista de la resurrección. Sobre todo en ambientes judíos se especulaba mucho sobre cómo sería el cuerpo resucitado, y se imaginaban unos paraísos que sin duda tenían que repugnar a gente formada en determinadas filosofías helénicas que consideraban el cuerpo como la cárcel del alma. Esta repugnancia acentuaba, ciertamente, el rechazo de determinados miembros de la comunidad de Corinto ante la idea de una resurrección corporal.

En un texto que ahora puede continuar teniendo vigencia para determinadas mentalidades cristianas que tienden a imaginar un cielo muy material (y que no saben dar una respuesta, por ejemplo, cuando alguien les pregunta de quién serán los órganos que han sido trasplantados de un cuerpo a otro, o qué sucederá con los cuerpos incinerados), Pablo acumula ejemplos para explicar que no se debe imaginar la resurrección del cuerpo como una resurrección del cuerpo material que ahora tenemos, sino que será un cuerpo diferente: un cuerpo "celestial", en contraste con el actual cuerpo terrenal.

Eso lo explica Pablo en 15 ,35-53 . Y de todo este largo fragmento, leemos únicamente cinco breves versículos que constituyen como una síntesis, hecha a partir de los dos modelos de hombre: el hombre terreno es el hombre que continúa la descendencia de Adán; el hombre celestial es el que se realizará en la resurrección, por obra del Espíritu del último Adán, Jesucristo.

En el texto de hoy, como explicación final de la diferencia entre los dos tipos de hombre, presenta la conocida contraposición entre Adán y Cristo. El modelo del "hombre celeste", que no sabemos cómo será, es el cuerpo resucitado de JC, el "segundo hombre". A partir de la imagen de Gen 2,7, en la que se dice Dios puso en Adán el aliento de la vida, y a partir de este aliento nació la vida natural, Pablo presenta la resurrección de Jesucristo como el momento en que él recibió también el aliento de la vida, pero de una vida distinta, que da origen a la vida nueva de los hombres mediante la donación del Espíritu Santo. Es este el significado de las dos expresiones contrapuestas: "se convirtió en ser vivo" - "se convirtió en espíritu que da vida".

Los dos últimos versículos parecen presentar una contradicción: "son los hombres celestiales" - "seremos imagen..." Por el bautismo participamos ya de la resurrección ("somos"), pero nos hallamos en el camino que lleva a la plena imagen de JC resucitado, en la parusía ("seremos").

En esta segunda lectura, San Pablo nos ayuda a profundizar en lo que es ser cristiano, que consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos, si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.

San Pablo explica como el cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.

 

El evangelio es de  san Lucas (Lc. 6,27-38). A diferencia del texto del domingo pasado que restringía las bienaventuranzas a los discípulos, el texto de hoy no es restrictivo. Los destinatarios son absolutamente todos los oyentes, que, de acuerdo a Lc 6, 17, se componen de los doce, discípulos y gentío.

La lectura evangélica iniciaba el "sermón de la llanura" con la apreciación que le merece al Padre la "pobreza" y la "riqueza". Hoy la continuación del mismo discurso que encontramos en el evangelio  nos presenta cual debe ser la visión que el cristiano tiene que tener de los "otros".

El evangelio nos explica la relación de cada creyente con los demàs. La explicación está estructurada en tres partes.

Parte primera: vs. 27-30. Abren el texto cuatro frases imperativas en plural (vs. 27-28). Las cuatro igualmente concisas, con igual estructura e igual ritmo: al imperativo, marcando el sentido de lo que debe ser la actitud de los oyentes, sigue la mención global de quienes encarnan la actitud contraria y que no debe ser reproducida por los oyentes, sino cambiada por la opuesta, anteriormente formulada en imperativo.

Los versículos 29-30 no son casuística, sino invitaciones urgentes a despertar a un nuevo talante. vs. 29-30 otras cuatro frases también imperativas, aunque en singular y con estructura sintáctica inversa: el imperativo cierra ahora cada frase. Estas, por otro lado, no se mueven en el terreno de los principios o de las directrices genéricas, como sucedía con las anteriores, sino en el de las situaciones concretas. La formulación es gráfica, incisiva: pon la otra mejilla, quédate desnudo, da a todo el que te pida, no reclames lo tuyo.

Parte segunda: vs. 31-35. El grupo cristiano debe ser reconocible por el amor. Este amor no lo concibe Jesús como un sentimiento, sino como una actuación. Por el amor, Dios reconoce al hombre como hijo suyo y el hombre se reconoce hijo de Dios. Este es el premio del que habla Jesús: experimentar a Dios como Padre.

El v. 31 formula un criterio de actuación para con los demás. Comportaos con los demás, como queréis que los demás se comporten con vosotros. La frase no tiene la crudeza y la agresividad de las anteriores. Se trata de un criterio realista, razonable y, aunque con un componente interesado, el criterio es práctico y eficaz. Jesús era indudablemente un perfecto didacta, que sabía conjugar la imagen agresiva y la sabiduría popular y sosegada de las máximas.

En los vs. 32-35 Lucas retoma el estilo y el lenguaje incisivos de los primeros versículos. La traducción litúrgica presenta estos versículos como explicación del v. 31, probablemente sin fundamento. En realidad, estos versículos forman un bloque en función del último de ellos, el 35. Los tres primeros (32-34) insisten en un misma idea: el plus diferenciador de la ética de Jesús frente a las éticas no religiosas. Lucas ha conservado la expresión "los pecadores", con la que los judíos designaban a todos aquellos que no conocían al Dios de Israel.

Parte tercera: vs. 36-38. Jesús sitúa al hombre en una relación nueva con Dios: relación hijo-padre. Esta nueva relación del hombre con el hombre. Sólo así adquiere sentido todo lo que Jesús ha dicho desde el v. 27.

los vs. 36-38, está dominada por el Padre. Seréis juzgados, es decir, Dios os juzgará; etc. Estos futuros, por otra parte, participan del mismo carácter lógico que los futuros del v. 35. No obedecen, pues, primaria ni exclusivamente a una actuación de Dios en el más allá sino ya en el acá.

Estos últimos versículos erigen al Padre de los cielos en modelo de la ética de Jesús. El Padre, sus entrañas, su misericordia, su amor abismal- mente desbordante y desinteresado. El es origen y la razón de ser de las absolutamente desconcertantes y fascinantes propuestas éticas de Jesús.

A propósito, por último, del término juzgar del v. 37 hay que decir que su ámbito no es el jurídico sino existencial, es decir, remite a la inclinación que experimenta el ser humano a criticar y a encontrar defectos en el prójimo.

Es el padre quien da sentido y coherencia a los hermanos. El amor del que habla Jesús no es un simple sentimiento humanitario; tiene una raíz existencial: la realidad del Padre. Sólo así tiene sentido que pueda amar yo al de al lado: es que resulta que es hermano mío.

La idea, nuclear que da sentido  a todos los consejos que hallamos en el texto, la encontramos casi al final del mismo: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" y tiene su correlato humano en esta otra advertencia: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten".

Jesús quiere trasladar al seno de la comunidad de los suyos las relaciones de misericordia que el Padre mantiene con los hombres y pormenoriza, casi hasta el detalle, cómo tiene que ser esas relaciones. Así, hace pasar por delante de su auditorio -en nuestro caso, lectores- prácticamente una casuística completa de circunstancias que hace difícil soportar al otro y, mucho más difícil, amarlo.

Comienza recordando a los enemigos a los que hay que amar aunque nos odien, nos maldigan o nos injurien. Pero esto no basta, la respuesta del discípulo de Jesús debe ir más lejos: ofrecer la otra mejilla, dar además el manto y no reclamar nada al ladrón. Después presenta una serie de relaciones totalmente unilaterales: hay que amar, prestar y hacer el bien sin esperar a que el otro responda con la misma moneda.

Para entender las exigencias de estos consejos viene bien recordar la experiencia personal que hemos tenido del perdón tantas veces recibido de manos del Padre, en el sacramento de la reconciliación, que "es bueno con los malvados y desagradecidos.

 

Para nuestra vida.

En las lecturas de este domingo se repiten palabras claves:  Amor y perdón . Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl.

 

En la primera lectura nos presenta la escena  entre el rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David. El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel. David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”.

En el texto proclamado lo que destaca sobre todo es la compasión y el perdón de David, en contraste con la voluntad de Saúl de hacerle la vida imposible y matarle. Hay que subrayar, no obstante, que este perdón y esta compasión no son el puro amor a los enemigos del que hablará Jesús en el evangelio de hoy, sino que incluye el temor a tocar al que el Señor ha ungido: en Saúl, a pesar de todo, se da una especialísima presencia del Señor, y por eso sería gravísimo atentar contra él.

Aún hoy día la actitud de David, renunciando a matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su comportamiento.

 

Hoy en el salmo proclamamos “el Señor es compasivo y misericordioso”. Dios es el primero que nos perdona a nosotros. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros

Es un salmo bendicional, de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia, al Señor". Es, pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser, Al final, en el himno solemne con que concluye, invitará también a los ángeles, a los "ejércitos" de Dios (los mismos ángeles) y a la creación entera (las obras de Dios) a bendecir al Dios a quien sirven. Pero lo principal es que cada uno de nosotros -"alma mía"- se decida a esta bendición.

El Salmo va describiendo con entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro de oro.

El autor del Salmo, en clave poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de Dios:

-"como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles",

-"como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos",

- "como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles"...

d) Cómo somos nosotros. El otro polo de la historia somos nosotros: y ciertamente el panorama no es alentador. El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:

-el pecado: "él perdona todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados" "ni nos paga según nuestras culpas";

-la enfermedad: "y cura todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y "como un águila se renueva tu juventud";

-la opresión: "el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de hijos a nietos";

-la caducidad: "los días del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro"...

Por encima de toda nuestra historia, que no es nada gloriosa, está el amor y la misericordia de Dios. Y esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia de un Dios que se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.

Este cuadro de flaquezas humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de barro), oprimidos por enfermedades y angustias...

El Salmo, por tanto, nos invita también a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.

 

San Pablo en la su primera carta a los Corintios describe  nuestra condición humana. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo, pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. San Pablo nos dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho. Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.

"Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

Dios se acercó al hombre, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

 

En el evangelio de hoy hay una actitud  provocadora en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.

Jesús nos pide hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada día, creciendo en el amor y en la misericordia.

El evangelio de hoy presenta lo nuclear del cristianismo: la confesión del amor gratuito y misericordioso de Dios, que conduce a la ética humana más radical y gratuita. La luz sobre Dios llega a iluminar las profundidades de la vida y el comportamiento humanos. Hoy, no obstante, hay que poner de relieve un último aspecto: esta ética tan radical no es un exceso sublime de perfección; es propiamente la ética más profundamente humana. Las relaciones entre los hombres que no estén regidas por estas actitudes acaban en lucha e inhumanidad. Hoy hay que subrayar que en la convivencia entre los hombres y entre los pueblos hay que llegar a una ética que busque el bien del otro sin utilizarle, que atienda sus necesidades sin intención de pasarle luego la factura, que busque realmente la justicia sin actitud de revancha, que dialogue con los pretendidos enemigos buscando realmente el bien social común. Esta tiene que ser la aportación cristiana al dialogo social. No sólo para dar a la convivencia un plus de perfección, sino para hacerla posible y humana, es decir, según el Espíritu del Señor.

¿Y la "recompensa"?. Es más que recompensa; es la vida en Dios, ahora y por toda la eternidad, encontrando así la verdadera relación entre los hombres, la paz, el amor, la alegría de la comunión, incluso entre los problemas y las tensiones. La vida evangélica parte de Dios y tiene a Dios como "recompensa" porque no es sino la expresión viva de la misma gratuidad que define el amor de Dios. El que ama así, y a este amor estamos llamados toda la humanidad, es el que realmente cree, en su corazón, en el Dios vivo. Esta es la fe que salva.

La existencia de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

sábado, 11 de mayo de 2024

Comentario a las Lecturas del VII Domingo de Pascua Solemnidad de la Ascensión 12 de mayo 2024

Este domingo, dentro de la última reforma litúrgica, celebramos la Ascensión del Señor. La Iglesia.

En algunos lugares esta gran fiesta litúrgica sigue situada en el jueves de la VI Semana. Pero parece oportuna su posición en la Asamblea Dominical pues, sin duda, engrandece al domingo, pero también el domingo --el día del Señor-- universaliza la celebración. Contamos en los textos de hoy con un principio y un final. Se leen los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles y los últimos del Evangelio de Marcos. En los Hechos se va a narrar de manera muy plástica la subida de Jesús a los Cielos y en el texto de Marcos se lee la despedida de Jesús que, sin duda, es impresionante: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".

Es el mandato de Jesús a sus discípulos y el ofrecimiento de sí mismo, de su cercanía, hasta el final de los tiempos. Interesa ahora referirse, por un momento, a la Segunda Lectura, al texto paulino de la Carta a los Efesios donde se explica la herencia de Cristo recibida por la Iglesia. Dice San Pablo: "Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos". Es, pues, la confirmación del mandato de Jesucristo

Esta celebración de la Solemnidad de la Ascensión del Señor la hacemos con la convicción de que, Jesús, está siempre al otro lado. De que nos acompaña hasta el último día de nuestro mundo. Tendremos luchas, saldrán a nuestro encuentro dificultades, numerosas naciones darán la espalda a una religión cristiana que ha sido el cuño y la identidad de su historia. Pero, el Señor, no nos abandona.

Hoy se celebra la 58º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. «Inteligencia artificial y sabiduría del corazón: para una comunicación plenamente humana» es el tema que propone el Santo Padre para la Jornada de este año. Ese mismo día, se celebrará en la ermita de Ntra. Sra. de los Ángeles, dentro del Cerro, en Getafe, una eucaristía que conmemora esta jornada mundial presidida por Mons. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, retransmitida por la 2 de TVE.

Por su parte, la Santa Sede hizo público el pasado mes de enero, el Mensaje del papa Francisco para la 58º Jornada Mundial de la Comunicaciones Sociales en el que destaca cómo la inteligencia artificial está modificando radicalmente la información y la comunicación. El pontífice plantea si la inteligencia artificial acabará construyendo «nuevas castas basadas en el dominio de la información» o si, por el contrario, traerá «más igualdad promoviendo una información correcta».

¿Cuál es el mensaje de los obispos? En el foco: la inteligencia artificial

Los obispos de la Comisión Episcopal para las comunicaciones sociales también han escrito un mensaje con motivo de esta Jornada Mundial . En el texto invitan a reflexionar sobre una revolución de calado: la de la inteligencia artificial. Por un lado, en lo que atañe a la dignidad humana, ya que, afecta a las personas y debe tener al ser humano y su dignidad en el centro. Por otro, sobre su repercusión en el ámbito de la comunicación. Un campo, en el que puede ser una oportunidad pero también un riesgo.

Los obispos inciden en poner al ser humano en el centro de la comunicación: «la inteligencia artificial debe de ser liberada de sesgos ideológicos, políticos, de eficiencia económica, que expulsan al ser humano del centro de la actividad de comunicación», aseguran.

En este sentido, destacan: «El sesgo de humanidad es el único indispensable en una inteligencia artificial socialmente responsable, al servicio de la dignidad del hombre y de nuestro tiempo».

Los obispos, antes de finalizar su mensaje, también señalan que «toda comunicación es, de manera especial en ese tiempo, uno de los elementos claves para la fortaleza de las democracias. Por eso, es preciso proteger este derecho constitucional a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, de los poderes económicos y políticos, que tantas veces desean limitarlo».

En la primera lectura del Libro de los Hechos  (Hech. 1, 1-11), "En mi primer libro, querido Teófilo, escribí todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando..." (Hch 1, 1). San Lucas quiso dejar constancia por escrito no sólo de la vida de Jesucristo, sino también de la de su Santa Iglesia. En esos primeros tiempos, bajo una especial asistencia del Espíritu Santo, se marca para siempre la dirección por la que luego la Iglesia habría de caminar. De ahí que haya un empeño permanente en volver a los principios, para adecuar a ellos el presente. 

El autor de Hechos, antes de comenzar la segunda parte de su obra (continuación del tercer evangelio), recuerda brevemente al lector, Teófilo, el punto a donde había llegado en la primera parte (v. 1-2). Aprovecha la ocasión para ampliar lo que ya había brevemente insinuado en los últimos versículos de su evangelio: las apariciones y conversaciones de Jesús con sus apóstoles después de la resurrección y las recomendaciones dejadas, la ascensión de Jesús a la gloria del Padre y el retorno de los discípulos a Jerusalén, donde establecen la residencia comunitaria.

Estas primeras palabras del libro sirven de introducción y de conexión con el tercer evangelio perteneciente al mismo autor y dedicado igualmente al mismo amigo Teófilo. Aquí no se habla ya de Jesús recorriendo Palestina con sus discípulos, sino de Jesús resucitado. Por supuesto que es la misma persona, pero Jesús ha pasado definitivamente las puertas de la muerte. Ya vive en el más allá, compartiendo la gloria del Padre; solamente que por algunos días quiere manifestarse a sus seguidores y entregarles sus últimas instrucciones.

La finalidad de todo este fragmento es la de presentar el grupo de los apóstoles como depositario legítimo y oficial de la doctrina y de la misión de Jesús. Por consiguiente todo el desarrollo posterior de la vida de la Iglesia, de su predicación, de su vida, su misión, encontrarán su punto de apoyo en este grupo nuclear. El autor de Hechos piensa ya en la extensión de la misión eclesial entre los paganos y los conflictos que ello ocasionó en el seno de la primera generación cristiana. Esta decisión de la Iglesia encuentra su fundamento en la autoridad del Resucitado depositada en el grupo apostólico.

Con los dos primeros versículos, Lucas empalma este "segundo libro" (Hechos de los Apóstoles) con el "primer libro" (el tercer evangelio). El "primer libro" se refería a lo que Jesús había hecho y enseñado mientras estaba corporalmente con sus discípulos; el "segundo libro", a partir del momento de haber sido llevado al cielo, supone una nueva etapa, en la que Jesús, corporalmente ausente, pero más presente y operante que nunca por medio del Espíritu Santo, sigue conduciendo a la comunidad de los que creen en él.

San Lucas da dos versiones de la Ascensión: una en su evangelio. En la versión de los Hechos, la Ascensión aparecía ante todo como la inauguración de la misión de la Iglesia en el mundo. Los cuarenta días (v. 3) fijados por Lucas como la duración de la estancia en la tierra del Resucitado deben ser comprendidos en el sentido de un último tiempo de preparación (el número 40 designa siempre en la Escritura un período de espera), son pues una medida proporcional y no cronológica. La Resurrección no es pues un final, sino el preámbulo de una nueva etapa del Reino: la estancia de Cristo sentado a la derecha del Padre y de la misión de la Iglesia. A este respecto es muy significativa la advertencia de los ángeles que invitan a los apóstoles a no quedarse mirando al ciclo (v. 11).

La imagen de la nube no se debe tomar en sentido material. Para Lucas la nube es solamente el signo de la presencia divina, como lo fue en la tienda de la reunión y en el Templo. No se trata en modo alguno de un fenómeno meteorológico, sino de un acontecimiento teológico: la entrada de Jesús de Nazaret en la gloria del Padre y la certidumbre de su presencia en el mundo. Jesús resucitado es a partir de este momento el lugar de la presencia de Dios en el mundo. El único lugar sagrado de la nueva humanidad.

San Lucas da por último al acontecimiento un tono dramático. Es el único que presenta a Cristo como "arrebatado" (v. 11) o "llevado" (v. 9).

Hay aquí una idea de separación y de ruptura, aún más acrecentada por la afirmación de que no corresponde a los hombres conocer el final de su historia (v. 7) y por la llamada a los apóstoles al realismo del que querían evadirse (v. 11). Sin duda San Lucas quiere mostrar que Cristo no puede menos que separarse de gentes que sólo piensan en el inmediato establecimiento del Reino (v. 6) y que sólo está presente en aquellos que aceptan el largo caminar que pasa por la misión y el servicio de los hombres (v. 8). También quiere mostrar que para que la Iglesia comience su misión es necesario que rompa con el Cristo carnal. De ahora en adelante sólo es posible unirse a Cristo por intermedio de los apóstoles revestidos del Espíritu de Cristo. 

En el texto del Libro de los Hechos  aparece un detalle que expone,  cuál era la posición de los discípulos el mismo día en el que Jesús se marcha, va a ascender al cielo: esperaban todavía la construcción del reino temporal de Israel. Parecía que la maravilla de la Resurrección, que ni siquiera la cercanía del Cuerpo Glorioso del Señor, les inspiraba para entender la verdadera naturaleza del Reino que Jesús predicaba. Y es que faltaba el Espíritu Santo. Va a ser en Pentecostés --que celebramos el próximo domingo-- cuando la Iglesia inicie su camino activo y coherente con lo que va a ser después. Tras la venida del Espíritu ya no esperan reino alguno porque el Reino de Dios estaba ya en ellos. Y así se lo anuncia también: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo".

San Lucas no pretende describir tanto el hecho de la ascensión de Jesús, cuanto las consecuencias que ello reporta a la vida de la Iglesia: ya no hay presencia visible de Jesús; los apóstoles serán, de ahora en adelante, los responsables del anuncio del Reino. Comienza el tiempo del testimonio de la Resurrección ante el mundo.

 

En el salmo responsorial de hoy ( Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9) entonamos un himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad.

Himno empleado en la liturgia del templo, en el corazón espiritual de la alabanza de Israel.

Yahvé es Dios y Señor de todo. "Pueblos todos batid palmas aclamad a Dios con gritos de júbilo"

El motivo del aplauso y la alabanza es la grandeza de Dios: "el Altísimo, Grande y Terrible"

"porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra"

Si bien, Dios, es "emperador de toda la tierra", hay una porción especial: Israel, su pueblo. Él camina junto a ellos, especialmente cuando el Arca de la Alianza les acompaña a la batalla. Tras la victoria, vuelve a subir al Templo, al Monte Sión.

"Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas".

Pero, aunque Dios esté cercano a su pueblo y camine a su lado, sigue siendo por siempre Dios, el Trascendente, el que está sentado en el trono sagrado.

"Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado".

Salmo utilizado en uno de los días de la "fiesta de los Tabernáculos", en que  Jerusalén festejaba a "su rey" Dios. Se partía de la parte baja, de la fuente de Sión en el fondo del valle del Cedrón, luego la procesión subía, "se elevaba" hasta la colina de Sión dominada por el Templo. En una especie de "mimo" simbólico, se hacía el simulacro de entronizar a Dios en su realeza, "en su trono sagrado". Dios, estaba allí, en medio de su pueblo regocijado que lo aclamaba: esta dinámica realizaba lo que ella significaba, la ceremonia no daba la realeza a Dios porque Yahveh es Dios desde siempre... Pero sí actualizaba esta realeza, ya que, por la celebración misma, Dios reinaba, de hecho, sobre este pueblo.

Como en toda ideología real, se veía a Dios como "el gran rey" (término babilónico), "el Altísimo", "sentado sobre un trono"... Vencedor de sus enemigos, (él somete las naciones)... Y se imaginaba cómo todos los reyes y príncipes de la tierra venían a rendirle pleitesía. Esta "subida" del rey a su trono se hacía entre las aclamaciones entusiastas de la muchedumbre: "¡Terouah!" que era a la vez ovación y grito de guerra. Siete verbos en imperativo invitan a la asamblea a hacer más ruido, a gritar más fuerte: "¡Aplaudid!"..."¡Aclamad con vuestros gritos!"... "¡Tocad la trompeta!"... "¡Cantad!"... Cuando la muchedumbre llegaba al templo, los goznes de las puertas debían temblar... Tal como lo consignó Isaías, en los repetidos "Sanctus" - "Santo".

El salmo 46 ocupa un lugar  privilegiado en la liturgia de la Ascensión del Señor.[1] Por medio de él, la Iglesia celebra el triunfo de Cristo al fin de su vida mortal y su entrada solemne en el Cielo, después de haber conquistado para nosotros la Tierra Prometida.[2] El salmo, pues, nos ayuda a asistir al momento culminante de la Pascua del Señor Resucitado, a su entronización y glorificación.

Ellas muestran hasta qué punto la debilidad se ha convertido en fortaleza, la mortalidad en eternidad y los ultrajes en gloria. Mientras se elevaba en su naturaleza humana, comenzó, sin embargo, a estar inefablemente más cercano en su Divinidad pues, gracias a la fe, ya no era preciso sentir la necesidad de palpar la sustancia corpórea de Cristo. [3]

Tocad con maestría: en la Vulgata, 'Psállite sapienter'. Esta concisa expresión ha sido extensamente comentada por la tradición patrística en orden a una recitación cristiana de los salmos, sobre todo en la Liturgia de la Horas. Esta maestría -'sapienter'- es la propia de los Santos, que son los que poseen un exquisito conocimiento del Misterio de Cristo;[4] incluye la comprensión espiritual de aquello que se canta [5] y San Benito concluye con la regla de oro de la oración litúrgica: Salmodiemos de modo que nuestra mente sea concorde con nuestras voces.[6]

Nosotros con este canto aclamamos a Cristo resucitado, en la hora misma de su resurrección. El Señor sube a la derecha del Padre, y a nosotros nos ha escogido como su heredad. Su triunfo es, pues, nuestro triunfo e incluso la victoria de toda la humanidad, porque fue «por nosotros los hombres y por nuestra salvación que «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Por ello, no sólo la Iglesia, sino incluso todos los pueblos deben batir palmas y aclamar a Dios con gritos de júbilo.

 

La segunda lectura de la Carta a los Efesios, (Ef , 4, 1-13 ). Esta lectura ofrece otro significado teológico de la ascensión: la exaltación total de Cristo. En el texto paulino no aparece la mención explícita de la Ascensión, que es patrimonio lucano principal y quizá exclusivamente.

Aquí se habla de la glorificación total de Jesús. En realidad, ello ya ha sucedido en la Resurrección. Por lo cual trazar fronteras claras entre ella y la ascensión es trabajo destinado al fracaso; son más bien escenificaciones diversas de lo mismo; o, por mejor decir, la ascensión es explicitación de algo previo: la glorificación de Jesús, su exaltación y sesión a la derecha del Padre.

Se trata de fijarse en Jesús una vez más, pero en su condición definitiva y total, si bien aún aquí se hace una alusión a la Iglesia, para hacer ver que no son cosas independientes. De hecho, Jesús y su Cuerpo forman una unidad y hasta que este Cuerpo no llegue a participar del todo en la suerte de su Cabeza, no estará completa la obra del Señor Jesús.

Pablo suspira porque los creyentes tengan luz en su mente y en su corazón para que comprendan, en primer lugar, qué maravillosa esperanza pueden albergar por el hecho de que Dios los ha llamado; en segundo lugar, qué riqueza supone la herencia que les ha sido destinada, una vez que ahora pueden contarse en la comunidad de los santos y justos que configuran el gran pueblo de Dios; en tercer lugar, que admirable actuación lleva a cabo Dios en ellos con su poder y, además, la que ha de llevar a cabo cuando los resucite y los conduzca a una vida eterna.

Estas actuaciones de Dios no están aún palmariamente claras para nuestros sentidos corporales. Por eso Pablo, en los versos 20-23, las señalas como subordinada a cuatro grandes hechos que Dios ya ha realizado en Cristo. Pero las consecuencias de todas estas cosas realizadas en Cristo llegan a los creyentes como miembros del cuerpo de aquél (cf. 2, 5s).

La exaltación de Cristo es contemplada en una doble perspectiva: cósmica y eclesiológica. Cristo es la cabeza del universo entero y, como tal, ha sido dado a la Iglesia.

La comunidad cristiana, numérica y sociológicamente insignificante en el Asia Menor, debe saber que tiene por cabeza al que es la cabeza del universo, al Señor.

 

El  evangelio de hoy  de San Marcos, (Mc. 16, 15-20), pertenece al resumen de las apariciones de Jesús con el que concluye el texto canónico de Marcos.

Posiblemente se trata de un pasaje añadido al relato original. Terminada la misión de Jesús en el mundo, va a comenzar la misión de los Apóstoles. Y si Jesús comenzó haciendo y predicando en Galilea, sus discípulos comenzarán predicando el Evangelio de Jesús y haciendo las mismas obras que el Maestro.

La creación entera, es decir, todos los hombres, han de ser confrontados con el evangelio. Viene así sobre los hombres la hora del juicio, en la que cada uno elegirá la sentencia: los que crean se salvarán y los que no crean se condenarán (cf. Jn 3,18). La predicación del evangelio compromete, pues, nuestra existencia en su totalidad. Nadie puede escuchar en vano el evangelio.

El poder de hacer milagros es una promesa hecha a la comunidad y no a cada uno de los creyentes. El libro de los Hechos nos habla abundantemente de la existencia de este don en la primitiva comunidad de Jesús; pero lo que importa no es tanto echar demonios y hablar lenguas extrañas cuanto exorcizar con la palabra y con los hechos la mentira y la opresión que padecen los hombres. Evangelizar es un servicio de liberación, es redimir a los cautivos y desatar los lazos que detienen la ascensión del hombre. Y en esto sí que podemos y debemos ayudar todos los creyentes.

Esta fórmula "Jesús es Señor" constituye el núcleo más originario del símbolo de la fe cristiana. En esta fórmula se confiesa que Jesús, el hijo de María, que padeció bajo Poncio Pilato, es el Señor resucitado. Se trata de una expresión muy frecuente en los Hechos y en toda la literatura paulina, pero que sólo aparece aquí en los textos evangélicos.

El texto nos sitúa ante el mandato evangelizador.  "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. Es el último mensaje de Jesús en el día de la Ascensión. La Buena Noticia que el discípulo tiene que anunciar irá acompañada de estos signos: echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, las serpientes no les harán daño, curarán enfermos. ¿Cómo se traduce esto hoy día?

"A los que crean les acompañarán estos signos…"  El cristianismo no es sólo una profesión de fe, o una teoría, o una devoción piadosa, o el cumplimiento de unas normas. Ser cristiano es actuar, en cada caso, con el mismo espíritu con el que Cristo actuó. Tendremos que curar enfermos, defender a marginados, anunciar la conversión a los pecadores, ponernos siempre de parte del más necesitado.

El relato del Evangelio termina con dos frases que, al mismo tiempo que narran una historia, marcan un estilo, una tarea:

- "El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios". - «Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes».

Son dos mitades de una verdad. Quedarse en una mitad sola, es una verdad a medias; o sea, una mentira. Y la Iglesia -humana, en camino- siempre sentirá el lastre de esas dos tentaciones:

- La de quedarse "mirando al cielo": vivir exclusivamente pendiente de la otra vida. Un reino de los cielos desconectado de las luchas y de las miserias de este lado de acá. Un cristianismo desencarnado, espiritualista, refugio y huida...

- La de mirar tanto a la tierra, que acabemos perdiendo el punto de referencia que marca Cristo con su victoria. Un reino de Dios de tejas abajo, sin dimensión alguna transcendente.

Una pura lucha por un mundo mejor, sin el aliento de Alguien que nos ama, nos ayuda, nos orienta y nos espera; sin la profundidad de un amor que nos haga ver a todos como hermanos, que nos ayude a mantener el corazón a salvo de las embestidas del odio, que nos mueva a dar la vida por quien haga falta...

Queda claro. Ni quedarse mirando al cielo, ni olvidarse de mirar al cielo. Toda una tarea.

 

Para nuestra vida.

La Ascensión del Señor, nos invita mirar hacia el cielo. Pero no para desearlo como salida y fin de nuestros sufrimientos o válvula de escape sino para seguir combatiendo, hoy y aquí, con la misma fuerza y persuasión de Aquel que hoy se nos va pero nos asegura su mano, su presencia y su voluntad de no abandonarnos anímica ni eclesialmente.

Por eso dos hombres vestidos de blanco dicen a los discípulos: ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Nos está diciendo también a nosotros, discípulos del siglo XXI, que no nos quedemos contemplando, que hay que pasar a la acción, que tenemos que ser sus testigos por todo el mundo.

Contamos en los textos de hoy con un principio y un final. Se leen los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles y los últimos del Evangelio de Marcos. En los Hechos se va a narrar de manera muy plástica la subida de Jesús a los Cielos y en el texto de Marcos se lee la despedida de Jesús que, sin duda, es impresionante: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Es el mandato de Jesús a sus discípulos y el ofrecimiento de sí mismo, de su cercanía, hasta el final de los tiempos. Interesa ahora referirse, por un momento, a la Segunda Lectura, al texto paulino de la Carta a los Efesios donde se explica la herencia de Cristo recibida por la Iglesia. Dice San Pablo: "Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos". Es, pues, la confirmación del mandato de Jesucristo.

 

Los hechos narrados en la primera lectura tienen gran importancia para los discípulos de todos los tiempo. En el texto aparece un detalle, que expone cuál era la posición de los discípulos el mismo día en el que Jesús se marcha, va a ascender al cielo: esperaban todavía la construcción del reino temporal de Israel. Parecía que la maravilla de la Resurrección, que ni siquiera la cercanía del Cuerpo Glorioso del Señor, les inspiraba para entender la verdadera naturaleza del Reino que Jesús predicaba. Y es que faltaba el Espíritu Santo. Va a ser en Pentecostés --que celebraremos el próximo domingo-- cuando la Iglesia inicie su camino activo y coherente con lo que va a ser después. Tras la venida del Espíritu ya no esperan reino alguno porque el Reino de Dios estaba ya en ellos. Y así se lo anuncia también: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo".

Era necesario que aquellos primeros se convencieran plenamente de que la Resurrección era un hecho incontrovertible. Ellos habían de ser los testigos cualificados, los primeros, de que Jesús seguía vivo, presente en la Historia de los hombres. Por eso el Señor insiste y se les aparece una y otra vez. San Pablo recogerá este dato, hablando de que hasta unas quinientas personas llegaron a ver a Jesús resucitado. Después de todo aquello se persuadirán de la Resurrección de Cristo, y de tal forma que nada ni nadie les hará callar. Por todos los rincones del mundo y de los tiempos resonará el mensaje de los primeros, la buena noticia de que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, después de morir crucificado para redimir a los hombres, ha resucitado y ha subido a los Cielos.

 Este mensaje llevaba, y lleva, consigo unas exigencias y también unas promesas. Jesucristo con su muerte y resurrección, lo mismo que con su vida entera, nos traza un camino a seguir, un itinerario a recorrer día a día. También nosotros, si creemos en él, hemos de vivir y morir como él vivió y murió. Sólo así podremos luego resucitar con él y subir a los Cielos como él subió. Ojalá que la esperanza de una gloria eterna nos estimule, de continuo, a vivir nuestra existencia terrena como Jesús la vivió.

Comienza nuestro tiempo, el tiempo de los creyentes evangelizadores, el tiempo de la Iglesia. ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Se acabó el tiempo de Cristo en la tierra. Desde ese mismo momento, comenzó nuestro tiempo, el tiempo de la Iglesia. El tiempo de evangelizar, de ser testigos del Cristo muerto y resucitado. Dios ha querido dejarnos a nosotros ahora todo el protagonismo. La Iglesia de Cristo debe ser el cuerpo de Cristo; todos nosotros, los cristianos, debemos ser la boca, los pies, las manos del cuerpo de Cristo. Ante las dificultades, ante los problemas, ante los retos continuos que nos plantea continuamente la sociedad y el mundo en el que vivimos, ya no nos vale quedarnos plantados mirando al cielo, esperando que Dios baje otra vez a curar nuestras enfermedades y a dar el pan a los hambrientos.

 

En el salmo responsorial se aclama a Dios como rey universal; parece oírse en él el eco de una gran victoria: Dios nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones. Posiblemente, este texto es un himno litúrgico para la entronización del arca después de una procesión litúrgica -Dios asciende entre aclamaciones- o bien un canto para alguna de las fiestas reales en que el pueblo aclama a su Señor, bajo la figura del monarca.

Lo que jamás se había realizado humanamente, llegó a ser realidad misteriosa con Jesucristo. El Verbo "Dios se eleva", Dios sube, presente en el corazón de este salmo esperaba su plena realización. La Iglesia desde el comienzo, tomó este verbo "subir" para aplicarlo a la Ascensión de Jesús resucitado en la gloria del Padre. Más allá de la palabra, es "la realeza universal de Dios" que quería celebrar este salmo, y que también canta la fiesta de la Ascensión.

Humillado por un tiempo, en su "condición de esclavo", Jesús, en su Pascua, es soberanamente elevado y recibe el "Nombre que está sobre todo nombre". Entonces toma posesión de su Reino, "sentado a la diestra de Dios aclamado por los espíritus celestiales"... Vencedor ya, simbólicamente de todos Ios enemigos, esperando este Día en que volverán a su Padre todas las naciones "reunidas ante El". (Filipenses 2, 5-11; I Corintios 15, 24).

Visto ya cómo Israel vivió este salmo, y cómo la Iglesia lo aplicó a Cristo (Cristos, en griego significa precisamente "el ungido" el "rey"), toca a cada uno de nosotros hacer una oración "actualizada", personal y colectiva. Para esto, nadie nos puede reemplazar: podemos hacer simples sugerencias...

La ascensión, alegría de la humanidad que se ve "coronada" en uno de los suyos. Un hermoso himno canta así: "la tierra está feliz. Ha dado su primer fruto de gloria: ¡Jesús ha subido cerca del Padre! Feliz, lleva la promesa. Recogida en su humildad, atrae la luz de lo alto." Sí, el triunfo real de Dios, es también el triunfo pleno de un hombre "nacido de mujer" (Gálatas 4,4). Dios ha terminado su "obra maestra", el hombre, poniendo en fin todo bajo sus pies" (I Corintios 15,27). Un hombre de nuestra raza mortal, que obedeció a su "condición humana" hasta la muerte, goza ahora de la plenitud de la gloria de Dios. Y la Escritura nos revela que El nos participará un día esta misma gloria, porque El es el "primogénito" de toda la creación: lo que se realizó en Él, también se realizará en nosotros.

Cuando el hombre moderno se desespera, ¿no sería conveniente que meditara este misterio "de elevación", de "ascensión"? Allí encuentra justificación profunda, la dignidad de todo hombre. En el más pobre de los pobres hay un "rey" que se ignora. El despojo humano, el hombre arruinado, el ser salpicado de manchas... están destinados a la condición "real y divina". ¿Qué haré por la "dignidad" y la "promoción" de mis hermanos? No hay necesidad de ser cristiano para actuar en este sentido, dirán algunos. Y otros añadirán, que los cristianos no trabajan suficientemente en este sentido, mientras los ateos se entregan con generosidad. Esto es cierto, desgraciadamente. Sin embargo, quien conoce el sentido de la historia, quien sabe, "en dónde debe culminar" la humanidad, debería encontrar en esta fe, una razón suficiente para trabajar en esta empresa.

Pueblo elegido... Pueblo escogido... Pueblos de la tierra... Todos los pueblos... En este salmo, surge una vez más la dialéctica entre un polo "particularista" (la convicción de ser un pueblo separado, "preferido" de Dios, pueblo de Jacob, pueblo de Abraham), y un polo universalista (el llamado a todos los hombres a adorar el verdadero Dios). No se trata aquí de dar una imagen de una sumisión impuesta por la fuerza: "Gritad de alegría" no es cosa de pueblos vencidos... "Aplaudir" no es un gesto de sumisión, "reunirse" no es fruto de una opresión tiránica. Pese a las apariencias del vocabulario ("¡es el que somete a las naciones!"), se trata de una reunión libre, de una "fiesta". El cielo no es una dictadura ni un presidio, es una inmensa celebración festiva. La realeza de Jesucristo poca cosa tiene que ver con las realezas de la tierra: "los reyes de la tierra dominan como señores... que no sea lo mismo entre vosotros" (Marcos 10,42).

Gritos de alegría... aplausos... participar alegremente en esta aclamación de Dios. La liturgia nos invita a ello a menudo. Pero nosotros permanecemos terriblemente mudos y fríos.

Debemos ser de aquellos que invitan a los demás a esta fiesta divina. El apostolado no es una invitación regañona y suficiente dirigida a los demás para que se conviertan, sino una invitación alegre a participar en la alegría de los hijos del rey.

 

San Pablo, en su carta a los Efesios - segunda lectura-, habla ya de la Iglesia como cuerpo de Cristo. Y, como somos todos los cristianos los que formamos la Iglesia de Cristo, cada uno de nosotros podemos y debemos considerarnos cuerpo de Cristo. Esto quiere decir que la Iglesia, en general, y cada uno de nosotros, en particular, tenemos que actuar siempre movidos y dirigidos por el espíritu de Cristo. Ser cuerpo de Cristo, si queremos ser un cuerpo vivo, quiere decir que todos nuestros pensamientos, palabras y obras deben estar inspiradas y dirigidas por el espíritu de Cristo. El espíritu de Cristo es espíritu de verdad, de justicia, de amor, de vida, de paz, de fraternidad, de santidad. Como hermanos de Cristo e hijos de Dios, todos y cada uno de los cristianos debemos luchar valientemente para que todos puedan ver en nosotros el rostro de Cristo, la imagen de Dios. Corrigiendo en cada momento lo que creamos que se debe corregir y defendiendo lo que creamos que se debe defender. Con sinceridad, con verdad, con humildad.

San Pablo ruega para que los suyos alcancen el conocimiento, la experiencia de la fe y del amor, a fin de que comprendan la grandeza de su vocación. La oración de Pablo se convierte en una gran afirmación acerca del poder y la riqueza de Dios, que se ha mostrado en Cristo. Es Dios quien ha resucitado de la muerte a Cristo, le ha dado la gloria celestial y lo ha hecho cabeza de la Iglesia y de todo. La Iglesia es también el lugar de la presencia de Jesucristo en el mundo, su expresión terrenal. Junto a su Señor glorificado, los creyentes han comenzado a vivir en una nueva creación, en un nuevo mundo, en una nueva vida. Por eso hace Pablo hincapié en el conocimiento de la esperanza que de esto se desprende, en la riqueza de la herencia, etc.; conocimiento que deben alcanzar los creyentes con la ayuda de Jesucristo y por los que Pablo ora.

Invita a los creyentes a la comunión y a cuidar unas actitudes que edifiquen a la Iglesia. Esta edificación se fundamenta en la comunión con Cristo y entre los hermanos, y los "materiales" de construcción: "Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz".

Y la comunión, base para la misión. Cada miembro del cuerpo tiene su misión específica, todas importantes para el buen funcionamiento del Cuerpo: "Y él ha constituido  a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros...".

Y todo ello para que la Iglesia sea Cuerpo de Cristo, profunda e íntimamente unida a su Señor, entregada, como él, a la salvación del mundo y para que cada uno vayamos creciendo a la medida de Cristo, el hombre perfecto.

Todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Cristo, después de su ascensión al cielo, le dio a la Iglesia todo el poder espiritual necesario para realizar su misión. Si la Iglesia de Cristo no actúa con el Espíritu de Cristo estará traicionando la misión que el mismo Cristo le ha confiado. Nuestra Iglesia sólo es Iglesia de Cristo cuando actúa con el espíritu de Cristo. Con espíritu de amor, de justicia, de verdad, de paz, de fraternidad. Debemos amar a la Iglesia de Cristo como a nuestra madre espiritual, sabiendo que, como hijos, tenemos que luchar valientemente para que todos puedan ver en ella el verdadero rostro de Cristo. Todos los cristianos tenemos la obligación de sostener, espiritual y materialmente, el cuerpo de la Iglesia. Corrigiendo en cada momento lo que creamos que se debe corregir y defendiendo lo que creamos que se debe defender. Actuando siempre con amor, con sinceridad, con humildad y con firmeza.

 

            El  evangelio de hoy es de San Marcos, el evangelista del ciclo B (Mc. 16, 15-20), nos sitúa ante el mandato evangelizador.  "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

" A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, …impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos" . Esto quiere decir que también cada uno de nosotros, en nuestro tiempo, debemos curar enfermos, defender a los marginados, convertir a los pecadores, criticar a los corruptos, ponernos siempre de parte del más necesitado.  La vida cristiana no es sólo contemplación, es también acción caritativa, es un esfuerzo continuado para hacer más humano y más cristiano el mundo en el que vivimos. Los mandamientos de Cristo siguen siendo hoy, igual que ayer, los que Cristo dio a sus apóstoles, que se resumen en el único y principal mandamiento nuevo de Jesús: amar a Dios y demostrar nuestro amor a Dios amando a nuestro prójimo como el mismo Cristo nos amó a nosotros.

La ascensión de Jesús es un misterio, un acontecimiento para la fe. Lo que importa no es su descripción a manera de un acontecimiento visible sino la realidad significada en esa descripción. Ha terminado la obra de Jesús y debe comenzar ahora la misión en el mundo la comunidad de Jesús. Se abre un paréntesis para la responsabilidad de los creyentes. Entre la primera y la segunda venida del Señor, se extiende la misión de la iglesia. No podemos quedarnos con la boca abierta viendo visiones. Terminada la misión de Jesús en el mundo, ha de comenzar la misión de sus discípulos. Estos han de predicar y hacer lo mismo que su Maestro. Aparece aquí la fórmula "Señor Jesús", que constituye el núcleo más originario del símbolo de la fe cristiana. En esta fórmula se confiesa que Jesús, el hijo de María, que padeció bajo Poncio Pilato, es el Señor resucitado. Él nos envía a la misión de continuar su obra en la tierra, poniendo nuestra mirada en el cielo. Es el “ya, pero todavía no” del Reino de Dios. Así lo expresa San Agustín: “La necesidad de obrar seguirá en la tierra; pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la esperanza, allí la realidad”

Con frecuencia se ha acusado a los cristianos de desentenderse de los asuntos de este mundo, mirando sólo hacia el cielo. No podemos vivir una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos debemos implicarnos más en la defensa de la vida, de la dignidad del ser humano, de la justicia y de la paz. No es fácil la tarea que nos asigna el Señor. Soplan vientos contrarios a todo aquello que esté relacionado con el Evangelio. La cultura de hoy ridiculiza la fe, confunde a las personas sencillas y desorienta mediante la ceremonia de la confusión y la burla. Muchos cristianos mueren hoy día por confesar su fe. Nadie hace una manifestación para protestar por ello. Parece como si el cristiano hoy no pudiera hablar ni manifestarse. Sin embargo, Jesús nos pide que seamos sus testigos. No hay que temer a nada ni a nadie. Contamos con el apoyo de la gracia de Dios.

Jesús se despide, pero nos deja  la misión de seguir sus pasos, de ser sembradores de luz, de justicia, de paz y de amor, porque el Reino de Dios aún no está en su plenitud, nos toca trabajar, sembrar, abrir nuevos caminos puestos que los tiempos cambian y la fe debe seguir siendo un pilar importante en la vida de las personas.

En ningún momento debemos sentirnos solos porque Él está en comunión con nosotros, lo veremos la próxima semana.  Ve que estamos desanimados, que nos sentimos huérfanos, desamparados y nos envía su Espíritu.

Por todo lo anterior, deberíamos caer en la cuenta que en el mandato de «Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación» Él cuenta con nosotros, confía en nuestra madurez y apoyo incondicional, porque todos somos el pueblo elegido, no sólo los católicos.

Somos nosotros, con la ayuda y la fuerza del Espíritu de Cristo, los que tenemos que resolver los problemas de cada día. Dios quiere que nos comportemos como personas autónomas, libres, responsables de nuestros actos y de nuestra vida. Dios no nos ha abandonado a nuestra propia suerte; Él está con nosotros apoyándonos desde dentro, con su espíritu. Pero quiere que seamos nosotros, con su fuerza, los que sigamos intentando construir su Reino en este mundo.

Cada uno debemos  de releer estas páginas inspiradas del libro de los Hechos de los Apóstoles, para ver hasta qué punto nuestra vida de cristianos es como la de aquellos primeros. Fueron tiempos difíciles y heroicos que han quedado para siempre como un modelo que imitar, un ideal de vida que intentar. Es cierto que las circunstancias son muy diversas, pero también es cierto que el espíritu que les animaba pervive y que, dejando a un lado lo accidental, es posible reproducir en nosotros las virtudes que ellos vivían.

La vida cristiana es contemplación y acción (nos recuerda esto la casa de Betania, nos recuerda a Marta y a María; la vida cotidiana es lucha, es trabajo, es un esfuerzo continuado para hacer más cristiano y más humano el mundo en el que nos ha tocado vivir. Los signos que deben acompañar a los cristianos en este siglo XXI son, aunque con nombres distintos, los mismos que acompañaron a los cristianos de los primeros siglos del cristianismo. El mandamiento de Cristo sigue siendo hoy el mismo de ayer y de siempre: amar a Dios y demostrar ese amor amando incondicionalmente al prójimo no sólo con palabras, sino con hechos.

Esta es la misión de la Iglesia, y no olvidemos que la Iglesia somos todos, aunque, en cuanto a responsabilidad, unos más que otros, por supuesto.

¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía y la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir?

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 



[1] LITURGIA DE LAS HORAS, ant 2 II Vísp Ascensión; P SALMON OSB, Les 'Tituli psalmorum' des manuscrits latins, París, 1959. Serie Vl (Casiododro-S. Beda). 46 p 162: 'Vox Ecelesiae Deum laudantis Ascensionemque eius praedicantis.'

[2] P. SALMON OSB, Les 'Tituli psalmorum' des manuscrits latins. París, 1959, Serie V (Pseudo-Orígenes), 46 p. 141: 'Psalmus ostendit quod ipse obtentis gentibus in sempiterna gloria locatus sit.'

[3] s. León Magno, sermo 74, sobre la ascensión del señor, il, 1 y 4; pl 54, 397.

[4] s. Cirilo de Alejandría, explanatio in psalmos, 46; pg 69.

[5] s. Jerónimo, breviarium in psalmos, 46- pl 26.

[6] s. Benito, regula benedicti, 19; csel 75.