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sábado, 31 de diciembre de 2022

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2023

 

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 1 de Enero de 2023

La Solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primer Fiesta Mariana que apareció en la Iglesia Occidental, su celebración se comenzó a dar en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación –el 1º de enero– del templo “Santa María Antigua” en el Foro Romano, una de las primeras iglesias marianas de Roma.

La antigüedad de la celebración mariana se constata en las pinturas con el nombre de “María, Madre de Dios” (Theotókos) que han sido encontradas en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma, donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones.

Pablo VI instauró también para hoy la jornada de la Paz; esto ha marcado la elección de la primera lectura y es bueno que se haga alusión al tema en el acto penitencial, las plegarias y el gesto de la paz. Se ha de tener todo en cuenta, y colocarlo en su debido momento; no es posible hablar de todo en profundidad pero tampoco pasar por alto ninguno de estos aspectos. La dominante es, sin duda, la fiesta de Santa María.

La definición de María como Theotokos (madre de Dios) en el concilio de Efeso (433) es como una conclusión casi natural de los concilios de Nicea (325) y I de Constantinopla (381). El tema crucial de discusión en estos tiempos era la consideración de Cristo como hombre y Dios y el conflicto que existía en afirmar, en los términos de la época, la relación existente entre persona y naturaleza.

Nicea y I Constantinopla se esfuerzan en afirmar la naturaleza de Cristo como idéntica a la del Padre (homousios), consustancial al Padre; el hombre Jesús, es también Dios. Y será Efeso el que afirme ya explícitamente que, al considerar la unidad inseparable de las dos naturalezas (divina y humana) en el Verbo, puede considerarse entonces a María como verdadera Madre de Dios.

La reflexión es una conclusión de una discusión antropológica y cristológica, que luego terminó derivando en un dogma mariano. Pero no por eso podemos dejar de considerar que en verdad María ha engendrado, misteriosamente, al Verbo hecho hombre, del cual afirmamos que es Uno con el Padre y el Espíritu.

Del Concilio de Efeso debemos rescatar su esfuerzo por definir el misterio de la unidad entre las dos naturalezas, lo cual nos ayudará a pensar en Cristo verdaderamente hombre, comprometido a tal punto con la humanidad, que asume totalmente la condición humana desde su nacimiento.

El Verbo, por lo tanto, no es "aparentemente hombre". Jesús no se "vistió" de carne humana. Desde el misterio de la encarnación Dios es hombre... y la naturaleza humana ve en Cristo el proyecto de Dios hacia toda la humanidad. Cristo es, entonces, el modelo humano hacia el cual tendemos y el cual anhelamos.

En este sentido María se convierte en la madre del Verbo Encarnado, y en cuanto en él coexisten ambas naturalezas en la misma Persona Divina, ella es entonces verdaderamente Madre de Dios.

Obviamente, no se trata de afirmar la maternidad de María respecto de la divinidad en cuanto tal, sino su maternidad en respecto al Verbo Encarnado, histórico, revelador, mediador y liberador.

¿Podemos aclarar o explicar este Misterio? Si lo hiciéramos o pretendiéramos hacerlo, ya no sería tal.

Por lo tanto, solo nos queda sentirnos unidos a la tradición creyente que en su misma oración de los pobres repite "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...". Y esto no es poco, porque la fe cristiana no puede basarse ni apoyarse únicamente en la racionalización de los enunciados; es también un creer histórico y una unidad en la fe de un pueblo que en la historia manifiesta lo que cree.

 

 

La primera lectura tomada del libro de los números (Nm 6,22-27): En medio de una serie de instrucciones para los sacerdo­tes, el libro de los Números, que sitúa a los israelitas al pie del monte Sinaí, aún reciente la experiencia de la Alianza, indica cómo deberá ser bendecido el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.» La paz, el resumen de todos los bienes que puede desear un hombre, el conjunto de todos los beneficios que puede el hombre recibir de Dios, la meta última de todo lo que Dios está haciendo por su pueblo: un hombre en paz consigo mismo y con sus semejantes; un pueblo en el que reina la paz entre sus miembros y que vive en paz con sus vecinos.

Esta formula de bendición que Moisés, en el texto, dicta a Aarón debe ser considerada como lo que es, una fórmula litúrgica. Esa es la razón por la que Yahvé se la inspira a Moisés y éste a Aarón, para darle toda la relevancia y solemnidad necesarias. Sabemos que en ella podemos rastrear expresiones de otros textos bíblicos, de salmos especialmente (cf 121,7-8; 4,7; 31,17; 122,6). Tres veces se repite el nombre de Dios, de Yahvé. Y se pide la bendición que guarde al pueblo, que ilumine con su rostro. Hay toda una teología bíblica del “rostro de Dios” que ha influido mucho en la espiritualidad y en la verdadera actitud cristiana del seguimiento. Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en la fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. La paz que era lo que el pueblo podía desear más que otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo.

El pueblo de Israel tendrá que completar un largo proceso que empezó con la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud, llegar a la tierra que Dios le va a entregar, organizar una sociedad en la que nadie sea esclavo de nadie y establecer unas relaciones de amistad con sus vecinos.

La paz es, por tanto, la meta; pero en nombre de la paz no se puede eludir el proceso: para llegar a la meta no hay más remedio que recorrer todo el camino. El fin último no es la liberación, sino la paz, pero la paz es incompatible con la opresión y la injusticia.

 

El responsorial es el salmo 66 (Sal 66,2-3.5.6.8) Salmo -de tres estrofas con estribillo intercalado- parece un comentario poético a la bendición sacerdotal de Núm 6,24-27: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia; que vuelva a ti su rostro y te dé la paz» [es la bendición de Aarón).

Es una acción de gracias por la cosecha que ha sido abundante y, al mismo tiempo, una plegaria pidiendo a Dios que continúe mostrando su bondad por medio de nuevos beneficios: La tierra ha dado su fruto, que el Señor nos bendiga. Además, este salmo -cosa no frecuente- tiene una fuerte resonancia universal. El salmista, tanto cuando se refiere a la alabanza divina como a los beneficios de Dios, no piensa únicamente en su pueblo, sino también en las otras naciones: Que todos los pueblos te alaben, que todos los pueblos conozcan tu salvación.

El salmista inicia su poema comentando la bendición sacerdotal de Núm. 6,24-27, dando una proyección universalista. La benevolencia divina se manifiesta en el resplandor de la faz de Yahvé sobre los suyos; se dice de Dios que «aparta su faz» cuando priva a alguno de su protección; y, al contrario, cuando dispensa a alguno su ayuda y protección se dice que su faz brilla sobre él. El salmista aquí considera al pueblo elegido como vehículo para dar a conocer los caminos o modos de proceder de Dios para con los pueblos. La protección dispensada a Israel será como una lámpara que atraerá la atención de todas las gentes hacia Dios. La glorificación del pueblo elegido será una prueba de que Dios protege a los que le son fieles, y en ese sentido es un reclamo para dar a conocer sus caminos.

(vv. 2-3). Se pide la bendición. Iluminar o hacer brillar el rostro es mostrarse afable, benévolo. El rostro como expresión auténtica de la persona.

El camino es la conducta de Dios, su modo regular de obrar; es, sencillamente, la salvación. Este camino se hace patente en la bendición para todos los que quieren mirar y aceptar.

 (vv. 5-6). La segunda estrofa amplifica el tema del himno, insistiendo en el horizonte universal del gobierno divino y de la alabanza humana. Todas las gentes deben sentirse felices y exultantes, porque es el propio Dios quien lleva las riendas del gobierno en el mundo, y, en consecuencia, sus decisiones tienen que llevar el sello de la equidad y de la justicia. Ello debe dar seguridad a sus fieles que se conforman a las exigencias de su Ley. Esto que se manifiesta en la historia de Israel, debe ser reconocido por todas las naciones, vinculadas al pueblo elegido en virtud de la bendición de Dios a Abraham sobre todas las gentes (Gn 12,2). Por eso se invita a todos los pueblos a unirse en alabanza del Dios omnipotente y justo, que gobierna el mundo conforme a sus designios salvadores. Así, la reacción de las naciones, dispuestas a celebrar la guía del Dios universal y su gobierno justo, ocupa el centro de la segunda parte del Salmo (vv. 5-6).

 (vv. 7-8). La benevolencia divina se ha manifestado concretamente en la abundancia de los frutos de la tierra. El salmista, agradecido por los beneficios recibidos, vuelve a implorar la bendición divina para su pueblo. Todos los habitantes de la tierra, desde sus más remotos confines, deben reconocer reverencialmente este poder superior de Dios, que gobierna el mundo con equidad (v. 8). 

 

La segunda lectura de la carta a los gálatas  (Ga 4,4-7) es, históricamente, el primero que hace mención de María y se encuentra en su carta a los Gálatas escrita, probablemente, en Éfeso en el año 54, durante el tercer viaje de su misión apostólica. Pablo dirige esta carta a una región, a un conjunto de iglesias, ubicadas en Galacia, lo que es hoy Turquía, fundado por el un grupo étnico llamado los Celtas, los Galos, quienes tenían fama de ser volubles y cambiantes, en específico a las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, y Derbe, mismas que fundó en su primer viaje misionero.

Falsos maestros judaizantes estaban pervirtiendo el Evangelio de la gracia, engañando a unos Gálatas volubles e inestables, poniendo no peligro no solo la fe de los Gálatas, sino que el corazón mismo del Evangelio es “la justificación por la fe”, “la salvación por fe, y no por obras”. Y estos judaizantes estaban enseñando que para ser salvo, la fe en Cristo no era suficiente, sino que además necesitabas cumplir la ley.

Los Gálatas estaban cayendo en el error del legalismo, de la religiosidad, del ritualismo, estaban comprando la idea que regresar a la ley era señal de madurez, de espiritualidad superior, creí por fe, Dios me encontró cuando yo no le buscaba, pero, ahora, ya he crecido, he madurado, de tal manera que ya puedo por mí mismo a través de rituales y la ley sostenerme delante de Dios, le puedo demostrar a Dios que ya no me tiene que ayudar tanto porque ahora ya crecí y me las puedo arreglar solo, pretendiendo justificarse delante de Dios cumpliendo la ley

San Pablo intenta mostrarles cómo es todo lo contrario, regresar a la ley no es avanzar, sino retroceder, abandonar la gracia y regresar una vez más a la ley o al legalismo, a las obras, no es ganar mayor espiritualidad, sino regresar a la esclavitud de las obras, al vernos incapaces de alcanzar el estándar de perfección que Dios demanda.

San Pablo está respondiendo a la pregunta, ¿qué es lo que salva a una persona? ¿Cómo una persona puede estar en una relación correcta con Dios? A la cual Pablo tiene una sola respuesta: Es por fe. El único camino a la salvación que ofrece la Biblia, la Palabra de Dios, es la fe.

Nos recuerda cómo venimos a Cristo por su pura gracia, Cristo nos salvó no por nuestras obras, no cuando lo estábamos buscando, sino, que fue por su pura misericordia que nos alcanzó, a nosotros solo nos tocó oír con fe, creer en su testimonio.

 San Pablo explica como hay una promesa y un pacto con Abraham, y un pacto con Moisés, cómo son dos pactos diferentes, con diferentes términos y características, los cuales no se contraponen, sino que más bien se complementan. Como las promesas de Dios a Abraham son irrevocables e incondicionales, y fueron cumplidas en Cristo.

La ley de Moisés que vino siglos después de la ley, no fue traída para reemplazar la promesa a Abraham, sino con funciones específicas y con una duración temporal, hasta que llegara Cristo, su función era revelar el pecado y mostrarnos la necesidad de un salvador, fue cuidarnos hasta que llegar la promesa, la cual era Cristo, y una vez llegado Cristo,  nosotros llegar a Cristo, la ley no sería necesaria.

Fijémonos en las referencias que se hacen a María en el texto.  María no es nombrada por su nombre propio, pero la mujer en cuestión, no puede ser otra que ella. San Pablo hace de esta mujer la garantía más cierta y más segura sobre la humanidad del Señor. María aquí es insoslayable en cuanto a la encarnación del Hijo. Esta encarnación es la que, precisamente, nos trae la salvación, y que, de hecho, nos eleva a la dignidad de hijos. El gran valor de este texto es que se escribió en estilo y forma “paralelística”. El paralelismo es un procedimiento literario que toma la forma de U y mantiene dos partes simétricas en ambas ramas que, recíprocamente, se aclaran. Lo más simple es reproducir Gálatas 4, 4-7 en la forma paralelística. Se ve claramente que las diversas partes de cada rama están entrelazadas entre sí y así lo confirma el texto: cuando nace Jesús de una mujer, es cuando nosotros nacemos como hijos de Dios. El vínculo es el de causa, el nacimiento de Jesús, a efecto, nuestro nacimiento como hijos de Dios. Cuando María es escogida para ser Madre de Dios, también nosotros somos escogidos entonces para ser hijos de Dios y poseer el mismo Espíritu de Jesús y como Él, ser capaces de poder llamar a Dios: “¡Abba, Padre!”.

También este paralelismo tiene dos partes: la primera es descendente y comprende a todos cuantos intervienen en la salvación: Dios, el Padre, el Hijo, y la mujer que lo recibe. La segunda parte, o rama, es ascendente y la forman los salvados que estaban todos bajo la ley y que reciben el Espíritu Santo: Nosotros “para que se nos conceda la adopción filial”. Vosotros: “prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha puesto en vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “Abba Padre”. A ti: “ya no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de Dios”. Toda esta gran hazaña de la salvación ha sido posible porque el Hijo, en la plenitud de los tiempos, nació de una mujer y esta mujer es María. Los lazos con que Jesús nos salva, son tan fuertes, que con razón, podemos proclamar que formamos con Él una sola familia: “tenemos un mismo Padre, estamos habitados por el mismo Espíritu que el Hijo; somos llamados hijos y tenemos a Jesús por hermano y a María por madre”.

Y prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «Abba! ¡Padre!»”. La adopción filial constituye el motivo por el que Dios nos comunicó el Espíritu de su Hijo. El final de los tiempos no sólo trajo consigo la misión del Hijo al mundo; a aquellos que son hijos de Dios por la fe les trajo también el bien prometido: han recibido el don escatológico del Espíritu.

Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones. No sólo, pues, hemos sido colocados en la situación privilegiada de hijos de Dios, sino que en lo más íntimo de nuestro ser, en nuestro corazón, estamos poseídos por el Espíritu de Jesucristo. Y su Espíritu es «Espíritu de filiación» (Rom 8,14ss); él es quien nos da la actitud que conviene al hijo frente al padre: la obediencia llena de fe. Este Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad (Rom 8,26). Transforma nuestro interior, da al hombre un corazón nuevo y un nuevo espíritu.

“Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

El clamor del Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones hace patente que ya no somos esclavos, sino hijos, pues el Espíritu testifica «que somos hijos de Dios» (Rom 8,16). Pablo usa la segunda persona del singular para que todos, individualmente, caigamos en la cuenta. En la filiación de cada individuo ha alcanzado la misión de Dios su objetivo último. Gracias a la misión de Cristo todos estamos capacitados fundamentalmente para pasar a ocupar el lugar de hijos de Dios (4,4s). Por la infusión del Espíritu de Cristo en los corazones de los fieles, los «bautizados en Cristo», los verdaderos hijos de Dios (cf. 3,26-28), cada individuo en concreto llega a adquirir conciencia de su filiación divina. Ahora su tarea consiste en vivir lo que es, en mostrarse, a lo largo de su vida, como hijo de Dios: «los que se rigen por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14). El niño se abandona con fe a la guía del padre, le mira con espíritu de filiación, no con miedo servil. Quien es hijo es también heredero. Quien por Cristo y por su Espíritu ha llegado a ser hijo de Dios es también heredero de la promesa. Ya no es esclavo, sino hijo que tiene derecho a la herencia. Ya no es un menor de edad sometido a un tutor, porque el tiempo se ha cumplido y la herencia está en su mano.

Es sólo Dios, su inclinación graciosa, quien nos da la herencia, no el obrar humano realizado como prestación. «En Cristo» tenemos asegurada la herencia. «Siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados» (Rm 8,17). Al final de los tiempos, Dios revelará la gloria de su Hijo ante todo el mundo.

 

El evangelio de San Lucas (Lc 2,16-21) hoy se nos propone la continuación del relato del nacimiento de Jesús, que se leyó la noche de Navidad, que se compone de tres partes (1ª vv.1-6; 2ª vv. 7-14; 3ª vv. 15-21). Nos permitimos señalar que esta tercera parte del relato de Lucas tiene un cierto sentido por sí mismo, en cuanto muestra la respuesta humana al momento anterior que es todo él mítico, revelador, divino, angelical y extraordinario. Los pastores ¿qué harán? ¿buscarán al Salvador? ¿dónde? ¿es suficiente el signo que se les ha dado? ¡Desde luego que si!, lo buscarán y lo encontrarán. Pero lo buscarán y lo encontrarán con el instinto de los sencillos, de los que no se obsesionan con grandezas; diríamos que lo encontrarán, más bien, por instinto profético. El narrador no deja lugar a dudas, porque quiere precisamente mostrar la respuesta humana al anuncio celeste. Los pastores se dicen entre ellos algo muy importante: «lo que nos ha revelado el Señor”. Y se van derechos a Belén ¿a Belén? ¿era esa acaso la ciudad de David? Sí; lo fue, pero ya no lo era de hecho, porque Jerusalén había ganado la partida. Pero como por medio está el anuncio del Señor, recuperan el sentido genuino de las cosas. Y van a Belén, de donde procedía David, para “ver” al Mesías verdadero. Es verdad, todo es demasiado ajustado al proyecto teológico de Lucas, que quiere poner de manifiesto el designio salvador de Dios.


El texto nos habla de la vida de María y su fe -su adhesión al plan de Dios encarnado en Jesús- se acercan más a la de los cristianos de a pie que se debaten entre dudas y preguntas, entre incertidumbres y contradicciones.

En los dos primeros capítulos de su Evangelio, Lucas lo pone de relieve: Los pastores , acogiendo en su corazón la palabra del ángel, «fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño.

Todos los que lo oyeron se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándola en su interior» (Lc 2,l6ss). No basta oír, hay que meditar. Las decisiones personales salen de dentro del corazón. Además, cuando el corazón deja de escucharse siempre a sí mismo y sale de sí mismo, se da cuenta de cuántos problemas hay a su alrededor y halla fuerzas para encontrarse con la novedad del amor de Dios manifestado en Jesús que se nos entrega, portador de la vida y de la paz.

La noticia de un Mesías, niño, acostado en el pesebre, coge de sorpresa a todos. Aquello no entraba en el programa de la teología de entonces. ¡El Mesías, el Salvador, el heredero del trono de David su padre, acostado en un pesebre! ¡El hijo del Altísimo sumergido en la debilidad humana: un tierno niño, compartiendo ya desde el principio la condición de los humil­des y pobres de la tierra!.

Al imponerle al Niño el Nombre, en la circuncisión, José ejerció el derecho y el deber del padre. "Tú le pondrás por nombre Jesús" (Mt 1,22). Así se lo había mandado el ángel. En el lenguaje de la Biblia dar el nombre significa tomar posesión de lo que se nombra: "Dios llama por su nombre a las estrellas; Jesús llama a Simón, hijo de Juan, "Cefas". José así, se hace responsable del Niño, Jesús, en su misión mesiánica de Salvador. "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción" Lucas 2,21.

Jesús significa Dios que salva de todo mal. A todos los hombres, de todos los males, que en el fondo, son privación de la plenitud de la vida verdadera, corporal, espiritual, psicológica, moral. Nos libra del error y la ignorancia, nos fortalece en las tristezas, nos conforta en el dolor. Y nos sigue librando hoy y ahora, en la Eucaristía, donde "tiene piedad y nos bendice, e ilumina su rostro sobre nosotros" (Salmo 66).

Después de la lectura, toma unos momentos para reflexionar en silencio acerca de una o más de las siguientes preguntas:

• ¿Cuál palabra o palabras en este pasaje captaron tu

atención?

• ¿Qué parte en este pasaje te consoló?

• ¿Qué parte en este pasaje te desafió?

¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida me pide el Señor?

Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. ¿En qué momentos he visto a Dios obrar en mi vida? ¿Cómo puedo compartir el mensaje de fe en Jesucristo a través de mis palabras y acciones?

Cuantos los oían quedaban maravillados. ¿En qué momentos me he maravillado de Dios actuando en mi vida? ¿Cómo puedo estar más atento al amor y la misericordia de Dios que obran en mi vida?

María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. ¿En qué momentos  experimento desafíos en mantener mis compromisos de fe? ¿Cómo puedo hacer tiempo para el silencio, la oración y la reflexión en mi horario diario?

 

Para nuestra vida.

 

Hoy es un día de bendiciones: comienzo del año civil en la mayor parte de los países del mundo, el penúltimo año de este segundo milenio, desde que la humanidad cuenta el tiempo a partir del nacimiento de Jesús. Comenzamos bendiciéndonos, invocando sobre el mundo y sobre nosotros mismos la misericordia de Dios encarnada en Jesús, el hijo de María cuya maternidad divina hoy celebramos; invocando al "príncipe de Paz" (Is 9, 5).

 

La primera lectura es el pasaje conocido como la "bendición araonítica", contenida en el libro de los Números en medio de prescripciones rituales para los sacerdotes del AT. Así debía ser bendecido el pueblo por sus sacerdotes, invocando sobre él la presencia protectora, luminosa, favorable y pacificadora de Dios. No es un simple deseo de buena voluntad; es la confianza en el poder de la Palabra de Dios confiada a sus intermediarios, los sacerdotes, servidores del pueblo.

El texto que se ha escogido del libro de los Números, está orientado, hoy especialmente, por  la bendición que se pide a Dios. Esa bendición es la paz. En las lenguas semitas, con la raíz shlm —de donde deriva shalom-paz— se indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo. Con la palabra paz se indica “lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado”. La paz, así entendida, designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano. En los textos, sin embargo, no aparece siempre con este significado tan denso. De ahí viene la palabra griega eirênê. Desde luego, desde el punto de vista bíblico, la paz, e incluso la “pax” como término latino, no es solamente el orden establecido. Es un don mesiánico, implica necesariamente ausencia de guerra. Pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad.

 

El salmo responsorial prolonga el tema de la bendición de la primera lectura con un acento universalista que cae muy bien en este día, primero del año, en el que percibimos fuertemente la fraternidad universal, sobre todo si pensamos en la Jornada Mundial por la Paz que la Iglesia viene celebrando cada 1º de Enero desde hace varios años. ¿Qué mejor bendición para la humanidad, para todos los pueblos, para cada uno de nosotros, que la instauración de un orden mundial justo y pacífico?

 Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer

En estas palabras evoca Pablo, de manera concentrada como es usual en sus escritos, no solamente la madurez a que ha llegado la historia de la humanidad, hasta el punto de hacerse Dios presente en ella a través de su Hijo, sino la plena humanidad de Jesús, hijo de María -una mujer-, cuya maternidad divina hoy celebramos, y sometido a la ley de su pueblo para liberarnos del yugo de toda ley inhumana. La plenitud de los tiempos no es un momento de madurez de la humanidad. La plenitud es obra de Dios.

Después del Concilio de Éfeso (431) santa María es invocada con el título de Madre de Dios tanto en Oriente como en Occidente. La liturgia romana le dedicó la fiesta más antigua de María en la octava de Navidad. La historia olvidó esta fiesta y Pablo VI la recuperó "para recordar el papel que María tuvo en este misterio de salvación y alabar la dignidad singular de que goza 'aquella por cuya maternidad virginal ... hemos recibido ... a Jesucristo, el autor de la vida' (colecta)" (Marialis Cultus, 1974). María siempre presente a lo largo de todo el Adviento y las fiestas de Navidad. La celebramos hoy en el núcleo central de su misterio: Madre de Dios (Theotokos), cf. Lumen Gentium 53. La Iglesia siempre ha visto una unidad llena de delicadeza entre la maternidad divina de María y su santidad única (Verbum Dei corde et corpore suscepit).

 La imagen de la Virgen María sosteniendo a su Hijo Jesús en sus brazos, repetida de tantas formas en nuestra tradición iconográfica y en la de los pueblos cristianos, expresa ya todo el misterio que celebramos hoy. María concibió a Jesús y le amó como nadie le ha amado. Ese amor no consistió en un simple sentimiento sino que la hizo generosa, activa y fiel al servicio de Jesús y siempre a su lado incluso en los momentos más difíciles. Y a la vez, su amor fue Don del Espíritu que la hizo santa e inmaculada. La comunión íntima de María con Jesús tiene un momento último: ella nos lo ofrece a todos nosotros, y así es como se manifiesta Madre de la Iglesia.

La Palabra, nacida en Israel, ha llegado a su plenitud en Jesús, y ha roto todos los moldes. Se ha anunciado al mundo entero, a judíos y gentiles, libres y esclavos, y nos ha mostrado quiénes somos: no simples cumplidores de la Ley, sino hijos y herederos.

Pablo mira desde atrás, con la vista puesta en el único autor del futuro del hombre: Dios. “Sólo con ojos de redimido puede llamar plenitud de los tiempos” al momento de la Encarnación. El proyecto de Dios tiene un objetivo primordial: la liberación del hombre. Dios, fiel a sí mismo, hace al hombre libre. La primera es su Madre Santísima, primera entre los salvados y única en la obra de Dios.

Es la síntesis y la esencia del mensaje de la Navidad.

En el texto San Pablo  nos recuerda como la promesa de Dios fue dada para darnos libertad plena a diferencia de la ley, la cual nos encierra, nos cuida con un látigo, nos esclaviza, nos cierra la puerta, dejándonos fuera, no así la fe, la cual nos hace a todos Hijos de Dios por igual, nos reviste de Cristo, dándonos libertad plena de la condenación de la ley, librándonos del elitismo y dándonos el mismo nivel de acceso a Dios, a su gracia y bendición a convirtiéndonos por la fe en hijos legítimos de Abraham.

  En el texto vemos este problema desde una perspectiva diferente, ahora Pablo enfoca el tema en aquel que vive su cristianismo de acuerdo a la promesa y aquel que lo vive de acuerdo a la ley, y cómo esto afecta directamente a su relación con Dios, cómo aquel que vive bajo la ley y aquel que vive bajo la gracia, tiene o la relación de de un esclavo o la de un hijo respectivamente, cómo los que pretenden relacionarse con Dios a través de reglas y legalismo están en una situación aún peor que la de un esclavo.

La libertad de los cristianos no tiene un fundamento simplemente jurídico; se afianza en el hecho de que somos hijos y, por lo tanto, herederos, porque así lo ha querido Dios. Y éstas, nuestra filiación divina y nuestra libertad de hijos y herederos, se fundan en el haber enviado Dios a su hijo Jesucristo "cuando se cumplió el tiempo... nacido de una mujer, nacido bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley".

Cuando Pablo recuerda esta nueva forma de existir, hace al mismo tiempo una llamada apremiante a todos los lectores para que pongan en práctica, en obediencia de fe, esta actitud filial.

El Espíritu clama al Padre: Abba!, ¡Padre! Se ha apoderado de nosotros con tanta fuerza que ya no es nuestro yo quien ora al Padre, sino el Espíritu del Hijo de Dios. Más tarde, Pablo dirá que nosotros clamamos «en» ese Espíritu: «Abba!, ¡Padre!» Es la fuerza creadora divina la que nos hace capaces de orar filialmente. Pablo no renuncia a la forma aramea del nombre de padre, tal como la usó Jesús dirigiéndose a su Padre (Mc 14,36). Es una fórmula íntima que corresponde más o menos a nuestro «papá». Así se dirigían los hijos a sus padres. Ningún judío se hubiera atrevido a dirigirse así a Dios. Sólo Cristo, como Hijo de Dios, pudo atreverse a dirigirse a Dios sin rodeos, como padre. Al hacerlo, no olvida que Dios es nuestro padre en los cielos (Mt 6,9). ¡Gran misterio de salvación, celebrado en esta Navidad!.

 

El primer Evangelio del año evoca la figura de los pastores que van a adorar a Jesús recién nacido. No son las figuras simpáticas y acarameladas de nuestros pesebres y avisos publicitarios. Son hombres rudos, con fama de ladrones, de sucios. Considerados "impuros" entre los judíos del tiempo de Jesús, y peligrosos entre los demás habitantes del imperio romano. A ellos, en representación de todos los excluidos de la tierra, les fué comunicada la buena noticia del nacimiento de Jesús, "un salvador, el mesías, el Señor", como leímos en días pasados. Ahora escuchamos que ellos van corriendo a contemplarlo, que cuentan la revelación de que fueron testigos, que se vuelven a su lugar glorificando y alabando a Dios.

El texto concluye con tres afirmaciones importantes:

1) Cuando nace el Hijo de Dios, hablan los ángeles, los pastores, los reyes venidos de Oriente. Hablarán Simeón y Ana en el templo. Sólo María calla, absorta en el misterio. Sólo la Madre guarda silencio.«María -comenta Lucas- conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior.» Difícil de digerir la escena; por eso María tendría necesidad de meditar en su interior estos acontecimientos, que rompían los esquemas que se ha­bían trazado sobre el mesías venidero.

Sólo María calla. Dios habló a Abraham y a Moisés y envió a los Profetas para que hablaran a nuestros padres. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo (Hb 1,1).

2) Que el niño fue circuncidado al octavo día de su nacimiento, es decir, que se cumplió en él lo que prescribía la ley judía, para que algún día nosotros pudiéramos liberarnos de ritualismos inútiles. Él se sometió a la Ley "para rescatar a los que estaban bajo la Ley", como dice San Pablo en la segunda lectura.

3) Que le pusieron, ese mismo día de su circuncisión, como acostumbraban los judíos, el nombre de Jesús, que el ángel había anunciado que llevaría. Un nombre que significa nada menos que: "Dios es salvador"; todo un programa de vida para el niño, y para nosotros sus discípulas y discípulos en este año que hoy comenzamos.

Contemplar a los pastores entrando en la cueva quienes sorprendidos, ven la pobreza en la que el Hijo de Dios se ha dignado nacer. Un niño débil, dormido, tierno, que tal vez tiembla un poco por el frío, con las manitas juntas y apretadas sobre el pecho, era el Dios de Israel, el salvador de la humanidad. Contemplar a ese Niñito que baja del cielo por amor a mí, para hacerse cercano, para dejarse alzar, tocar, alimentar.

María conservaba todo esto en su corazón: la llegada de los pastores, los regalos que le traían al niño, los sucesos desde la partida de Nazaret, la anunciación del ángel, el nacimiento en un pesebre… Recordaría al pastorcillo, que temeroso, se acercó a pedirle le dejara alzar en sus brazos al Niño Dios; las lágrimas de emoción que tal vez corrieron por la mejilla de alguna mujer al contemplar milagro tan sublime, el esfuerzo de José por darle lo mejor que podía a ella y al recién nacido, las narraciones de los pastores que vieron a los ángeles… Todo lo conservaba en su corazón, porque en ello sabía ver la mano de Dios que desde ya actuaba en su vida y en la de los demás.

Contemplar a María y a José… Mirar a José, que después de haber pensado en abandonar a María, ahora tiene en sus brazos al mismo Dios. ¡Con cuánta ternura le habrá dado el primer beso de un padre terrenal al Hijo del Altísimo! La barba molestaría al niño, que rascaría su cara para alejar aquello que le incomodaba.

¿Cómo serían las primeras horas de María con el Niño? No dejaría de observarlo. Seguir contemplando aquella realidad del Dios hecho carne por amor a mí.

Así comentan algunos Santos Padres este texto.

San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

«María, Madre de Dios, Madre del Príncipe de la Paz» (Is 11,5).

 “La fiesta de Navidad renueva en nosotros los primeros instantes de Jesús, nacido de la Virgen María. Y nosotros, al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, celebramos nuestro propio origen. En efecto, el pueblo cristiano comienza en el momento de venir Cristo al mundo: el aniversario de la cabeza es el aniversario del cuerpo.

Ahora bien, entre los tesoros de la generosidad divina ¿podemos encontrar algo más de acorde con la dignidad de la fiesta de Navidad que la paz proclamada por el canto de los ángeles en el nacimiento del Señor? (Lc 2,41). Porque es la paz la que engendra hijos de Dios, la que favorece el amor, la que hace nacer la amistad, la que es el descanso de los bienaventurados, la morada de la eternidad. Su obra propia, su particular beneficio es unir a Dios los que ella separa del mundo… Puesto que, los que «no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano» sino que «nacen de Dios» (Jn 1,13) deben ofrecer al Padre la voluntad unánime de hijos constructores de paz.

Todos los que, por adopción han llegado a ser miembros de Cristo, deben acudir presurosamente y encontrarse junto al primogénito de la nueva creación, el que ha venido «no a hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que lo ha enviado (Jn 6,38). Los que la gracia del Padre adopta como herederos no están divididos o en contraste entre ellos sino que tienen los mismos sentimientos y el mismo amor. Los que son recreados según la Imagen única (cf Hb 1,3; Gn 1,27) deben tener un alma que les asemeje. El nacimiento del Señor Jesús, es el nacimiento de la paz. Tal como lo dice san Pablo: «Él es nuestra paz»” (Ef 2,14). (San León Magno. Sermón: Nos trae la paz. Sermón 6º para Navidad, 2,3, 5) .

San Efrén, diácono y doctor de la Iglesia

«Glorificaban y alababan a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20).

“Venid, sabios, admiremos a la Virgen Madre, la hija de David, esta flor de belleza que dio a luz la maravilla. Admiremos el manantial de donde brota la fuente, la nave toda cargada de gozo que nos trae el mensaje venido del Padre. En su pecho puro, recibió y llevó a este gran Dios que gobierna la creación, este Dios por el que la paz reina sobre tierra y en los cielos. Venid, admiremos a la Virgen toda pura, maravillosa toda ella. Escogida entre todas las criaturas, ella dio a luz sin haber conocido varón. Su alma Sólo entre las criaturas, parió sin haber conocido a hombre. Su alma estaba llena de admiración, y cada día ella glorificaba a Dios en la alegría por estos dones que parecían no poder unirse: su integridad virginal y su hijo muy amado. ¡Sí, bendito sea el que nació de ella!.

Lo lleva y canta sus alabanzas con dulce cánticos: » tu sitio, mi hijo, está por encima de todo; pero, porque lo quisiste, has sido hecho sitio en mí. ¡Los cielos son demasiado estrechos para tu majestad, y yo, la toda pequeña, te llevo! Que Viene Ezequiel, que te vea sobre mis rodillas; qué se prosterne y adore; qué reconozca en ti aquel que vio ocupar un escaño sobre el carro de los querubines (Ez 1) y el me llamará bienaventurada por su gracia…Isaías proclama: «He aquí a la Virgen que concebirá y dará a luz un hijo» (7,14), venid, contempladme, regocijaos conmigo…He aquí que he dado a luz, manteniendo intacto el sello de mi virginidad. Mirad al Emmanuel que, antaño, estaba escondido para ti… «Venid a mi, los sabios, cantores del Espíritu, profetas que en vuestras visiones habéis revelado las realidades ocultas, agricultores que, después de la siembra estáis distraídos en la esperanza. Levantaos, saltad de jubilo ha llegado el tiempo de la recolección de los frutos. He aquí en mis brazos la espiga de la vida que da el pan a los hambrientos, que sacia a los hambrientos. Alegraos conmigo: yo he recibido la gavilla del gozo»”. (San Efrén. Himno: Bendito el fruto de tu vientre. Himno 7 sobre la Virgen).

Digamos, finalmente, una palabra sobre la jornada mundial por la paz que hoy celebra la Iglesia. La paz es, por una parte, un don de Dios, de su Espíritu. Por eso hay que pedirla fervientemente en la oración: paz entre las grandes religiones de la tierra, entre las razas y las naciones, entre los hombres y las mujeres de todo el mundo, de todas las edades y de todas las lenguas. Paz entre los iglesias cristianas, para que lleguen a conformar algún día la gran Iglesia, la única Iglesia de Jesucristo, para que todos crean. Paz como fruto de la justicia, pues mientras permanezcan las desigualdades abismales entre los pocos ricos del mundo y los millones y millones de pobres, es muy difícil que haya paz. La paz es, por tanto, tarea nuestra: se funda en la justicia de nuestras relaciones, en el respeto por cada uno de los seres humanos, en la defensa de su dignidad y en la plena realización de sus derechos.

Un programa político, cultural, social, religioso, familiar.

"Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios!" dijo Jesús, nuestro Señor.

¿No es un programa para nosotros este año, seguir el ejemplo de los pastores? ¿No somos, como ellos, indignos de haber sido llamados a la fe en Jesús, pero agraciados porque Dios no ha tenido en cuenta nuestra indignidad?.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

miércoles, 6 de enero de 2021

Comentario a las Lecturas de Santa María Madre de Dios 1 de Enero de 2021

 Comentario a las Lecturas de Santa María Madre de Dios 1 de Enero de 2021

Primera lectura del libro de los Números (Núm. 6,22-27)

Responsorial  salmo 66 (Sal 66, 2-3. 5. 6. 8)

Segunda lectura es de la Carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 4, 4-7)

El evangelio  es de San Lucas ( Lc  2, 16-21)

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. Hoy celebramos la festividad religiosa de Santa María, Madre de Dios. La Virgen María puede ser para nosotros, los cristianos, un buen ejemplo de alma en paz. Ante el misterio de Dios ella no intentó entenderlo, se limitó a adorarlo con profunda reverencia y emoción. ¡Meditaba en su corazón todas esas cosas que le contaban y ella no entendía! Los grandes pintores siempre han pintado a María con un rostro lleno de paz. Estaba llena de Dios y Dios era su paz.

la liturgia de este día tuvo siempre un marcado carácter mariano, de manera que el cambio de título sirve casi exclusivamente para explicar lo que estaba implícito en la misa y en el oficio de la octava de navidad. Los historiadores de la liturgia saben, desde hace mucho tiempo, que esta fiesta del 1 de enero es, sorprendentemente, la celebración más antigua en honor de Nuestra Señora en la liturgia romana. Las antífonas, que exaltan la maternidad divina de María, están tomadas del oficio antiguo y han sido utilizadas durante varios siglos. He aquí un bello ejemplo, tomado de Laudes: "La madre ha dado a luz al rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya".


Los padres griegos aplicaron a María el título Theotokos (portadora de Dios) ya en el siglo III. Los concilios de Efeso y de Calcedonia defendieron este título. En Occidente, María fue venerada de forma similar como Dei Genitrix (Madre de Dios). En el antiguo canon romano es conmemorada como la "siempre virgen madre de Jesucristo nuestro Señor y Dios".

En palabras del papa Pablo VI, "el tiempo de navidad es una conmemoración prolongada de la maternidad divina, virginal y salvífica de aquella cuya virginidad inviolada dio el Salvador al mundo". La fiesta de hoy es un resumen y una exaltación de este misterio. Tiene por finalidad "exaltar la singular dignidad que este misterio reporta a la santa Madre a través de la cual recibimos al Autor de la vida (Marialis cultus, 5).

Además de su función como "Portadora de Dios", está su maternidad espiritual respecto de la humanidad. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. El es el "primogénito entre muchos hermanos", la Cabeza de la humanidad redimida, el representante de la humanidad que une todas las cosas en él.

Hoy también celebramos la jornada mundial de la paz. El papa Pablo VI hizo de esta fecha un día especial de oración por la paz universal. Tras hablar de su significación litúrgica como octava de navidad y solemnidad de la madre de Dios, continúa diciendo:

Es también una ocasión apta para renovar la adoración al recién nacido príncipe de la paz, para escuchar una vez más las alegres noticias del ángel; y para implorar a Dios, a través de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por esta razón, en la feliz concurrencia de la octava de navidad y del primer día del nuevo año, hemos instituido El día mundial de la paz. Una ocasión que gana constantemente nuevos adeptos y que comienza a producir ya frutos de paz en los corazones de muchos"  (Marialis cultus 5).

Todo el mensaje de navidad puede resumirse en la palabra "paz", y la Iglesia trata de dar al mundo esa paz. En palabras de san León Magno, "el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz". Y dice que es el don de Dios a nosotros y también nuestro regalo a él, pues nada más agradable a Dios que los hermanos conviviendo en paz.( San Leon Magno. Sermón 6 para la navidad; Oficio de lecturas para el 31 de diciembre, Liturgia de las horas, I, 406.).

Hoy  las lecturas nos sitúan ante la realidad de la Iglesia ya que recordamos como la Madre de Dios, por ese SI al proyecto de Dios, hecho vida en Jesús, y Jesús nos sitúa en su seguimiento como miembros de la Iglesia. Hoy, ocho días después del nacimiento, el Niño es circuncidado, “y le pusieron por nombre Jesús”. Ese niño es su Hijo y todos nosotros también somos hijos en Él. Eso es lo que San Pablo nos recuerda en la segunda lectura. Jesús es el Hijo de Dios, María es la Madre de Dios, nosotros somos también hijos en el Hijo, hermanos unos de otros, hijos de un mismo Dios. Miembros del nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia.

 

La primera lectura es del libro de los Números El texto se compone de tres partes: una introducción (vs. 22-23), un poema litúrgico que es una fórmula de bendición (vs. 24-26) y una conclusión (v. 27).

En las tres partes una raíz verbal común: "bendecir" (vs. 23. 24. 27), y en las tres oraciones del poema (paralelas por su contenido y forma) un mismo sujeto: el Señor (vs. 24-26). Esta triple invocación del nombre del Señor hace eficaz la bendición de los sacerdotes aaronitas (v. 23). En realidad es Dios el que bendice a través de sus mediadores (v. 27).

- Es cierto que patriarcas, reyes y levitas pueden bendecir (cfr. Bn. 27, 48; II Sam. 6, 18; I Rey. 8, 14. 55; Dt. 10, 8, 221, 5), pero aquí esta función está reservada en exclusiva a los sacerdotes (cfr. Sir. 50, 22 ss).

La bendición hace presente a Dios en medio del pueblo "Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré" (v. 27). Toda bendición humana continúa la bendición de Dios a los seres creados y a los patriarcas (cfr. Gn. 1, 22.28; 12, 2 ss). Pronunciada, siempre produce su efecto sin poderse revocar (cfr. Gn. 27, 30-38: difícil de entender a todo hombre occidental. La bendición en el A.T. guarda similitud con la bendición gitana).

Las fórmula de bendición posee un estilo arcaico y conciso (es muy citada en el A.T..: Sa. 67, 1,; 119, 135..., y en la literatura del Qumran, signo evidente de su importancia en la piedad judía).

Se implora la bendición divina:

1) "El Señor te bendiga y te proteja",(v. 24;). Termino equivalente a bendecir, aunque en forma negativa, es "proteger".

2) "Ilumine su rostro sobre ti", esta expresión se opone a la ira del rey. Indica, por tanto, mostrar su favor, conceder el bien y la vida .

3) " y te conceda la paz". La paz es un término muy rico en hebreo, sin traducción posible en nuestras lenguas. Indica la idea de perfección o de totalidad: bienestar, prosperidad material y espiritual tanto a nivel individual como colectivo... La paz aquí no se opone a la guerra solamente, sino a todo lo que puede perjudicar el bienestar humano y las buenas relaciones de los hombres entre sí y con Dios.

A comienzo del nuevo año quisiéramos los cristianos invocar de Dios sobre toda la humanidad la bendición de que nos habla Num. 6, 24-25: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz". La paz bíblica no es un concepto negativo, ausencia de guerra o de violencia, es como la síntesis de todos los bienes necesarios y posibles, es "Shalom", un estado de bienestar espiritual y material, comunión con Dios y con los hermanos. Por eso la paz es una meta hacia la que caminamos, un quehacer en que trabajamos.

 

El tema de la bendición se continua en el salmo responsorial. " Gracias a la bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá experimentar «la vida» y «la salvación» del Señor (Cf. versículo 3), es decir, su proyecto salvífico. A todas las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y gobierna a los pueblos y a las naciones de todas las partes de la tierra, guiando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz" (Cf. v. 5). (San Juan Pablo II, Audiencia del miércoles, 17 noviembre 2004).

El salmo de hoy es un canto jubiloso de acción de gracias. Texto breve y esencial, que se abre a un inmenso horizonte, hasta abarcar idealmente a todos los pueblos de la tierra.

Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en "casa de oración para todos los pueblos" (Is 56, 7).

En el  salmo, el coro universal de las naciones es invitado a unirse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. Se repite dos veces la antífona:  "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben" (vv. 4 y 6).

Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación:  en efecto, están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel. El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahveh (cf. v. 3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor "hasta los confines del orbe" (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios.

 Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina:  "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros" (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga" (vv. 2. 7-8).

Así comentó San Juan Pablo II este salmo:  1. «La tierra ha dado su fruto», exclama el Salmo que acabamos de proclamar, el 66, uno de los textos introducidos en la Liturgia de las Vísperas. La frase nos hace pensar en un himno de acción de gracias dirigido al Creador por los dones de la tierra, signo de la bendición divina. Pero este elemento natural está íntimamente ligado al histórico: los frutos de la naturaleza son considerados como una ocasión para pedir repetidamente que Dios bendiga a su pueblo (Cf. versículos 2. 7. 8.), de modo que todas las naciones de la tierra se vuelvan a Israel, tratando de llegar a través de él al Dios salvador.

La composición ofrece, por tanto, una perspectiva universal y misionera, tras las huellas de la promesa divina hecha a Abraham «Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Génesis 12, 3; Cf. 18, 18; 28, 14).

2. La bendición divina pedida por Israel se manifiesta concretamente en la fertilidad de los campos y en la fecundidad, es decir, en el don de la vida. Por ello, el Salmo se abre con un versículo (Cf. Salmo 66, 2), que hace referencia a la famosa bendición sacerdotal del Libro de los Números: «El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26).

El eco del tema de la bendición resuena al final del Salmo, donde reaparecen los frutos de la tierra (Cf. Salmo 66, 7-8). Ahí aparece este tema universal que confiere a la espiritualidad de todo el himno una sorprendente amplitud de horizontes. Es una apertura que refleja la sensibilidad de un Israel que ya está dispuesto a confrontarse con todos los pueblos de la tierra. La composición del Salmo debe enmarcarse, quizá, tras la experiencia del exilio de Babilonia, cuando el pueblo comenzó a experimentar la Diáspora entre las naciones extranjeras y en nuevas regiones". (San Juan Pablo II, Audiencia del miércoles, 17 noviembre 2004).

 

La segunda lectura es de la Carta de San Pablo a los Gálatas

Los primeros versículos del cap. 4 describen el cambio de situaciones que se ha operado  en el momento en que los "tiempos han alcanzado su plenitud" (v. 4). El hombre estaba bajo  la ley en la condición de hijo menor y de servidumbre (vv. 1-3); después de Jesucristo pasa  a la condición filial..., el texto leído hoy está precisamente encaminado a  describir esa condición.

El v. 4 presenta una doble antítesis: Dios envía a su Hijo como sujeto  de la ley para que los sujetos de la ley obtengan la filiación adoptiva. Recordando  igualmente que Cristo ha "nacido de la mujer", Pablo recuerda que el Hijo se ha hecho  esclavo de todas las servidumbres de la naturaleza -y no solo de la Ley- con el fin de que la  filiación libere a la humanidad de la esclavitud de los "elementos del mundo" (cf. v.3).

Esta filiación se adquiere a través de una doble misión: la del Hijo que nace  de la mujer y bajo la ley (vv. 4-5) y la del Espíritu que viene a nuestros corazones (V. 6). La  razón última de la encarnación de Cristo es precisamente el don de la filiación divina a  todos los hombres.

El Padre tiene la iniciativa de ese don, pero la realiza en dos misiones sucesivas: el envío  del Hijo que se hace esclavo para que el esclavo se haga hijo y el envío del Espíritu que  realiza esa filiación en lo más íntimo de nuestros corazones.

En el texto,  San Pablo  recuerda y describe el estado de  hijos de Dios que los hombres hemos obtenido por Cristo. 

El texto implica la trascendencia del Hijo, expuesta de pasada al aludir al plan salvífico  del Padre. San Pablo pasa inmediatamente a subrayar dos condiciones típicamente  humanas de ser del Hijo hecho hombre.

La primera es su concepción y nacimiento de una  mujer. Es la primera alusión cronológica a María en el Nuevo Testamento. Pretende  destacar la real condición humana del Hijo que tiene algo tan claramente humano como una  madre.

La realidad de la humanidad es esencial para el plan salvador del Padre.

La segunda frase, "nacido o puesto bajo la ley", se refiere a la condición de Jesús como  miembro del pueblo judío en las condiciones normales de este pueblo.   San Pablo saca la consecuencia del rescate de la ley precisamente de los hombres con los que  Cristo se ha hecho solidario. Y no solo de los judíos, sino de todos.

El punto de partida de la salvación que Cristo lleva a cabo es su total semejanza con sus  hermanos los hombres. La culminación es hacerles hijos de Dios como El mismo lo es. Los  Padres lo sintetizaron así: "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros ser lo  que El es"; hijos en el Hijo.

Naturalmente la primera persona que recibe ese modo de ser es la propia María. Ahí está  uno de los rasgos paradójicos de su maternidad: es el medio humano para que el Hijo sea  hombre y, a la vez, es la primera beneficiaria de esa obra salvadora. Madre de Jesús y  hermana mayor de nuestra salvación.

En nuestra sociedad el hombre moderno cree en la libertad y quiere liberar a sus hermanos. Pero Cristo fue  para siempre el primer hombre que fue verdaderamente libre. Libre ante la naturaleza y  ante la Ley, ya que tanto a una como a la otra las ha puesto bajo su designio de amor. Libre  ante la muerte y el pecado que no han tenido sobre El ningún domino. Libre, finalmente,  incluso en la obediencia a su Padre, ya que ésta de ningún modo es pasiva o resignada,  sino hasta tal punto filial que se despliega bajo el signo de la invención y de la aventura  espiritual.

Cada cristiano debemos manifestar al mundo esta libertad filial con nuestro comportamiento,  mostrando cómo esta libertad completa de manera inesperada el deseo más profundo de  todos los movimientos actuales de liberación. La Eucaristía esta llamada a ser,  una asamblea de hombres libres, reunidos no por un Mesías político que no habría podido  procurarles tal libertad, sino por el propio Espíritu de Dios, que sólo El tiene el secreto de la  libertad al poseer el de la filiación.

Los  cristianos, somos libres, pero demasiadas veces no tenemos la madurez deseada para poner  perfectamente esta libertad al servicio del amor. Por esta razón recurrimos a la caridad de la  comunidad (que es el Cuerpo de Cristo) y especialmente a la Eucaristía para aprender en  ella cómo el amor le permite expresar su libertad del mejor modo posible.

 

El evangelio comienza con el relato de los pastores. Inmediatamente después de terminarse la celestial revelación, los pastores se hacen al camino hacia Belén, y allí se les confirma el mensaje anunciado por los ángeles. Una vez en Belén, cuentan lo que a ellos se les ha comunicado y cómo han sido conducidos de esta manera al recién nacido Mesías-Niño.

La indicación de que encontraron a Jesús en el portal es el signo por el que la fe de los pastores tiene que decidirse. Lo cual hace, a su vez, que ellos en el lugar del nacimiento se conviertan en mensajeros de alegría.


Sobre María se pone de relieve el hecho de que todas las palabras que salían de la boca de los pastores (es decir: "todas esas cosas", los datos narrados) las guardaba y conservaba en su corazón. El corazón, como un tesoro, se manifiesta en el caso de los pastores en que no cesan de alabar a Dios y proclamar su gloria. Después, aquella gente sencilla marcha de nuevo a su rebaño, pero ya, como se ha indicado, alabando a Dios por lo que han vivido y por lo que con fe se les ha permitido conocer.

El v. 21 es el fragmento que hace hincapié en la circuncisión que había de realizarse en todo niño judío, y especialmente en la imposición del nombre. Y, también como en el caso de Juan, el nombre de Jesús había sido determinado por el ángel, es decir, por Dios, antes de la concepción. Desde este momento, Lucas nombrará a Jesús con su propio nombre en el relato que continúa. Con ese nombre, Dios fija también la misión de Jesús: Dios es salvador. "...y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción(Lc 2,21) En la Biblia el nombre designa la misión que ese hombre ha de cumplir, Ese es el caso del  Señor al ser llamado Jesús, que significa Salvador, ese es el destino que Dios ha elegido para él.

En Jesús trae Dios la salvación: "Pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hch 10, 38).

El evangelio describe a María como alguien que, con profunda actitud contemplativa, lee continuamente los acontecimientos para descubrir su sentido más profundo. El evangelista hace notar que la Virgen no había entendido todo desde el inicio y que solamente, poco a poco, con el transcurrir del tiempo y atenta a los hechos, va comprendiendo la lógica intrínseca de los acontecimientos y su sentido. María recuerda todo lo que ha acaecido en su vida de parte de Dios y va descubriendo los caminos del Señor y su voluntad poniendo en relación unos hechos con otros. Esta actitud profundamente contemplativa se realiza en “el corazón”, sede del discernimiento, del ejercicio intelectual, y sobre todo de la fe abierta a los designios de Dios. El texto concluye con la glorificación y la alabanza de los pastores que han podido experimentar lo que Dios les ha anunciado.


Comenzamos un Nuevo  Año. En  este  Nuevo Año, nuestros propósitos están llamados a quedar enmarcados en una actitud de conversión. Hoy también pedimos la bendición de Dios sobre todos nosotros al comenzar el año 2015, para que nuestros propósitos no solo dependan de nuestras fuerzas, sino especialmente de la cercanía de Dios. Para que la intimidad con el Señor nos dé mayos fortaleza.

Esta conversión está materializada en actitudes concretas en nuestra vida cotidiana.

¿Qué debemos de dejar y que debemos de cuidar?.

-Dejemos atrás la página de la tristeza. Estamos llamados, contemplando el rostro de Jesús, a disfrutar de la vida. Un disfrute que será bueno y eterno si lo hacemos con la ayuda de nuestra fe. Dios ha venido como Señor de la alegría. Las pautas del papa están centradas a compartir la "alegría del Evangelio",

-Dejemos atrás la página del odio.  María Reina de la Paz,  nos recuerda que como cristianos hemos de ser hacedores de paz y no de odios.

-Dejemos atrás la página del rencor. Recordemos lo bueno y lo potenciemos. Olvidemos lo malo y entremos sin reservas en este Año Nuevo

-Dejemos atrás la página de la violencia. Que nuestras palabras sean más agradables; que nuestras actitudes sean más constructivas; que nuestra crítica sea más objetiva y menos interesada. Que el terrorismo sea pronto un punto negro, pero en nuestra memoria.

-Dejemos atrás la página de la duda. Un mundo sin fe se queda en nada. Fiémonos de  Dios. Creer y esperar sólo en el hombre, en el progreso, en la ciencia, no nos asegura nada ni facilita mucho las cosas.

-Dejemos atrás la página de la superficialidad. Seamos más profundos. Si Dios dejó el cielo por estar con el hombre, por hacerse hombre. ¿Cómo no vamos, en contraprestación, a dejar nuestros pequeños paraísos para conocerle más y mejor?

-Dejemos la página de la cobardía. Es hora de desprendernos de la concha de la vergüenza apostólica. Un cristiano que no da testimonio es como una chimenea que adorna una casa pero por la cual, al no salir nunca humo, denota que existe poco calor y escaso fuego en su interior.

-Dejemos atrás la página de nuestros defectos. No es suficiente ser conscientes de ellos; no nos podemos amparar en el “somos humanos y todos erramos”. Un nuevo año es una nueva oportunidad que Dios nos da para escribir de nuevo una historia de esperanza, de amor, de ilusión y de alegría con la pluma de nuestra fe.

-Dejemos atrás la página de la anti comunidad. Seamos más agradecidos. Reconozcamos, a los que nos rodean o trabajan con nosotros, los pequeños detalles que nos brindan cada día. Estamos llamados a vivir y compartir desde una realidad comunitaria. Iconos de la vida trinitaria, signos del amor trinitario de Dios: Padre, Hijo y Espíritu.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com